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¿Certezas?

Cuando hablamos del Tarot (y por qué no, de la vida), toda reflexión es provechosa en función del
tiempo en que es pensada. Toda verdad es dueña de un momento que inevitablemente pasará, y
con él, el fruto se vuelve semilla; de otro sentir, de otro divagar, igual de útil que el de ayer. Y es
en esta impermanencia en la que debemos navegar al hablar de las cartas, todas las verdades son
relativas, incluyendo lo aseverado aquí. Respecto al Tarot hay más dudas que respuestas, no se
sabe quién lo inventó, ni cuando, no se sabe cual mazo es el original, no se sabe para qué fue
creado, si partió siendo un juego o escondía desde su génesis un trasfondo distinto. Incluso no se
sabe si aloja algún conocimiento esotérico, si encaja con la Qabalah, la Astrología, algún tipo de
Numerología, el Ocultismo, la Alquimia, la Psicología Junguiana, la Individuación etc. etc. Lo que si
sabemos, es que esta baraja no venía con un manual de instrucciones, lo que tiene sentido si
pensamos en ella como un libro, un libro en imágenes que no necesita ser traducido (disminuido)
a palabras, a menos que estas tengan el destino de volar.
En este panorama, nos encontramos con que la mejor verdad es la que se vive, la que cada uno
respira al mirar los naipes, al observar cada detalle, los gestos, los colores, ahí está la forma que a
cada uno le pertenece, pero como siempre, por solo un instante…

ya que sería poco tradicional tener que leer un texto para entender otro, y sería aún más
novedoso que ambos textos viniesen juntos