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De la felicidad al bien común

El capitalismo conoce los medios para generar crecimiento económico, pero no tiene claros los
fines; es decir, para qué sirve dicho crecimiento. A su vez, este sistema económico se fundó a
partir de una visión equivocada de la naturaleza humana. Parte de la premisa de que los seres
humanos solo estamos motivados por nuestro propio interés. Razones no le faltan para creerlo. Es
cierto que somos egoístas. Y que cada uno de nosotros mira, en primer lugar, por sí mismo,
poniendo nuestras necesidades por delante de las de los demás. Es una simple cuestión de
supervivencia.

Sin embargo, los ideólogos del capitalismo pasaron algo por alto. No contaron con que por medio
de nuestro libre albedrío y de nuestra habilidad para aprender y evolucionar, los seres humanos
tenemos la capacidad de poner nuestro propio interés al servicio del bien común de la sociedad.
Es decir, hacer un bien al mundo y que, como resultado, eso nos haga bien, tanto emocional como
económicamente. Es lo que coloquialmente se llama «altruismo», la máxima expresión del
egoísmo.

En esencia, consiste en hacer algo que nos gusta hacer y que además reporta beneficios para otras
personas. El altruismo no es un acto moral. No lo hacemos porque tengamos que hacerlo. Y no
tiene nada que ver con la caridad. Tampoco lo hacemos para ser buenas personas. Somos
altruistas simplemente porque hacer el bien nos hace sentir bien. Nos genera bien-estar.

En el siglo XVIII Adam Smith le dijo al mundo que «preocupándonos por nosotros, la sociedad
ganaba». De ahí la obsesión contemporánea por el afán de lucro. Pero a lo largo del siglo XXI sus
palabras han quedado desfasadas. Desde la perspectiva del nuevo paradigma, «preocupándonos
por la sociedad, nosotros ganamos». Del mismo modo, las empresas, buscando el beneficio de sus
cinco stakeholders, acaban incrementando su propio beneficio económico. Algunos ya han
bautizado esta nueva corriente filosófica como «la segunda mano invisible».99 Ya no se trata de
escoger entre ganar dinero o hacer el bien. Hoy el gran reto consiste en unir e integrar ambas
posturas, aprendiendo a crear riqueza a través de un enfoque sistémico y holístico; una visión que
va más allá de cualquier noción obsoleta entre izquierdas y derechas.

Si bien es fácil de decir, lo cierto es que proporcionar un bien al mundo requiere mucho valor. Por
un lado, la valentía de conocernos y de transformarnos. Y por el otro, la habilidad de desarrollar
nuestro talento y nuestro potencial a fin de generar riqueza para la sociedad. A lo largo de la
nueva Era que se avecina, estamos condenados a saber cuál es nuestro auténtico valor como seres
humanos. Y a reconectar con lo esencial, redefiniendo lo que es verdaderamente importante.

Cada vez más personas estamos comprometidas con descubrir y seguir nuestro propio camino en
la vida. Y esta revelación está modificando —a su vez— nuestras prioridades y aspiraciones. De ahí
que esté cambiando lentamente el comportamiento económico de la sociedad. Cabe señalar que
esta transformación está sucediendo dentro del sistema. Y para ello no hace falta estar a favor o
en contra del capitalismo. Más bien consiste en que nuestro trabajo y nuestro consumo sean un
fiel reflejo de nuestros auténticos valores.
LO QUE EL DINERO NO PUEDE COMPRAR

A los economistas les sigue traicionado su desconocimiento sobre la condición humana. Dan por
hecho que somos seres racionales que tomamos decisiones racionales a la hora de gastar dinero.
Sin embargo, en general nuestro modo de consumir sigue siendo completamente irracional. Así,
nuestro «hiperconsumismo» está movido —en gran parte— por emociones como el miedo, la
codicia, la envidia, la tristeza, la euforia, la culpa... Entre otras cuestiones, pone de manifiesto
nuestro vacío existencial. Y dado que siempre queremos más, nunca nos sentimos del todo
satisfechos.

La incómoda verdad es que buscamos en el consumo algo que el consumo no puede darnos. Esta
es la razón por la que el crecimiento económico se sostiene sobre la insatisfacción de la sociedad.
Para que el capitalismo siga con vida, es imprescindible que la gente desee constantemente más
de lo que tiene. Paradójicamente, el actual estilo de vida materialista destruye muchas de las
cosas que sí nos satisfacen como seres humanos, como la calidad de nuestros vínculos afectivos o
la relación con el entorno natural en el que vivimos.

El dinero no tiene la culpa. Y no es bueno ni malo. Es solo un medio. Lo importante es lo que


hacemos con él; cómo lo ganamos y cómo lo gastamos. Así es como entre todos construimos y
desarrollamos nuestra sociedad. La raíz del problema es que seguimos proyectando en estos
trozos de papel la felicidad, la seguridad y la valoración que no encontramos dentro de nosotros
mismos. Así, nuestra vida seguirá vacía si solo conocemos aquello que puede conseguirse con
dinero. La riqueza material nos permite tener todo lo que se puede comprar. Y casi todo puede ser
comprado, excepto las cosas más importantes de la vida. A menos que conozcamos ese algo que
está por encima del dinero, no habremos conocido la vida de verdad.100

Esta es la razón por la que a lo largo de los próximos años va a ir consolidándose una «cultura
orientada al cambio». Es decir, una sociedad que concibe el bienestar y la felicidad de los seres
humanos como la principal finalidad de la vida. Y parte de la premisa de que a menos que
aprendamos a estar verdaderamente a gusto adentro de nosotros mismos, nada de lo que
tengamos afuera va a proporcionarnos ese bienestar. La felicidad es nuestra auténtica naturaleza.
Sin embargo, debido a las mentiras que la sociedad nos ha venido contando, aprender a ser felices
se ha convertido en nuestro gran desafío.