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Como ha demostrado Putin, la locura política es el nuevo status

quo

Slavok Zizek

Dirigiéndose a los miembros del Parlamento ruso, Vladimir Putin dijo la semana pasada: “Los tests de
lanzamiento del misil y las pruebas en tierra muestran que es posible crear un nuevo tipo de arma, un misil
nuclear estratégico impulsado por un motor nuclear. El rango es ilimitado. Puede maniobrar por un período
de tiempo ilimitado”.

“Nadie en el mundo tiene algo semejante”, dijo entre aplausos, concluyendo con las siguientes palabras:
“Rusia todavía tiene el mayor potencial nuclear en el mundo, pero nadie ha escuchado. Escuchad ahora”.

Sí, debemos escuchar estas palabras, pero debemos escucharlas como las palabras de un loco uniéndose el
dueto de otros dos locos.

Recuerdo cómo, hace un tiempo, Kim Jong-un y Donald Trump compitieron sobre los botones para disparar
misiles nucleares que tienen a su disposición, con Trump afirmando que su botón es más grande que el de
Kim. Ahora tenemos a Putin uniéndose a esta obscena competición ‒que es, no lo debemos olvidar, una
competición sobre quién puede destruirnos a todos de la forma más rápida y eficaz‒, con la afirmación de
que el suyo es el más grande de todos.

Últimamente los medios informan sobre un intercambio de insultos cada vez más ridículo entre Kim y
Trump. La ironía de la situación es que, teniendo (lo que parecen ser) dos hombres inmaduros insultándose
el uno al otro, nuestra única esperanza es que exista alguna limitación institucional anónima e invisible que
prevenga que su ira explote en forma de guerra total. Por lo general, por supuesto, tenemos la tendencia a
quejarnos de que, en la política alienada y burocratizada de hoy en día, las presiones y las limitaciones
institucionales impiden que los políticos puedan expresar sus visiones personales ‒si bien en este caso
esperamos que esas mismas restricciones eviten asimismo la expresión de todas las visiones personales
demasiado locas.

Pero, ¿realmente el peligro reside en patologías personales? Cada lado puede, por supuesto, afirmar que
sólo quiere la paz y que sólo está reaccionando a la amenaza planteada por los demás ‒es cierto, pero lo
que esto significa es que la locura está en todo el sistema en sí, estamos atrapados en el círculo vicioso
desde que participamos en el sistema.

A pesar de que las diferencias entre Corea del Norte y los EE.UU. son evidentes, se debe, sin embargo,
insistir en que los dos se aferran a la versión extrema de la soberanía del Estado (“¡Corea del Norte
primero!” frente a “¡Estados Unidos primero!”). La más que evidente locura de Corea del Norte (un
pequeño país dispuesto a arriesgarlo todo y bombardear los EE.UU.) tiene su contraparte en que los EE.UU.
sigue pretendiendo jugar el papel de policía mundial, un solo Estado asumiendo el derecho a decidir a qué
otro Estado se le debe permitir la posesión de armas nucleares.

Esta locura mundial se percibe en cuanto hacemos una pregunta sencilla: ¿cómo se imaginan los
protagonistas de las amenazas nucleares (Kim, Trump, Putin) pulsando el botón? ¿No son conscientes de
que casi con un 100% de seguridad su propio país también será destruido por ataques de represalia? Bueno,
ellos son conscientes y no conscientes al mismo tiempo: a pesar de que saben que también perecerán,
hablan como si de alguna manera pudiesen evadir el peligro y atacar al enemigo desde un lugar seguro.
Esta posición esquizofrénica combina los dos axiomas de la guerra nuclear. Si el axioma básico subyacente
de la Guerra Fría fue MAD (Destrucción Mutua Asegurada), hoy en día este axioma se combina con la
opuesta, la de NUTS (Selección de Objetivos de Utilización Nuclear), es decir, la idea de que, por medio de
un golpe quirúrgico, uno puede destruir las capacidades nucleares del enemigo mientras el escudo
antimisiles nos protege de un contraataque. El hecho de que dos estrategias directamente contradictorias
se movilizen simultáneamente por la misma superpotencia testimonia el carácter fantástico de todo este
razonamiento.

En diciembre de 2016, esta inconsistencia alcanzó un pico de ridículo casi inimaginable: tanto Trump como
Putin destacaron la posibilidad de nuevas relaciones más amistosas entre Rusia y los EE.UU., y al mismo
tiempo afirmaron su pleno compromiso con la carrera de armas ‒como si la paz entre las superpotencias
sólo pudiera ser proporcionada por una nueva Guerra Fría. Alain Badiou escribió que los contornos de la
guerra del futuro ya se dibujan: “Los Estados Unidos, su camarilla occidental y Japón, por un lado, y China y
Rusia por el otro lado, con las armas atómicas en todas partes. No podemos dejar de recordar la afirmación
de Lenin: ‘O una revolución evitará la guerra o la guerra desencadenará la revolución’”.

No hay manera de evitar la conclusión de que un cambio social radical ‒una revolución‒ es necesario para
civilizar nuestras civilizaciones. No nos podemos permitir la esperanza de que una nueva guerra conduzca a
una nueva revolución: sería mucho más probable que una nueva guerra significase el fin de la civilización tal
como la conocemos, con los supervivientes organizados en pequeños grupos autoritarios. Corea del Norte
no es una excepción loca en un mundo cuerdo, sino una pura expresión de la locura que impulsa nuestro
mundo.

As Putin has proven, political madness is the new status quo

We used to hope that politicians wouldn't be held back from pursuing their personal visions
by unnecessary bureaucracy and shadowy forces. Now we pray that they are.

Slavoj Zizek

Addressing members of the Russian parliament, Vladimir Putin said last week: “The missile's test launch and
ground trials make it possible to create a brand new weapon, a strategic nuclear missile powered by a
nuclear engine. The range is unlimited. It can manoeuvre for an unlimited period of time.

“No one in the world has anything similar,” he said to applause and concluded: “Russia still has the greatest
nuclear potential in the world, but nobody listened to us. Listen to us now.”

Yes, we should listen to these words, but we should listen to them as to the words of a madman joining the
duet of two other madmen.

Remember how, a little while ago, Kim Jong-un and Donald Trump competed about buttons to trigger
nuclear missiles that they have at their disposal, with Trump claiming his button is bigger than Kim’s? Now
we got Putin joining this obscene competition –which is, we should never forget it, a competition about
who can destroy us all more quickly and efficiently‒ with the claim that his is the biggest in turn.

Lately our media reports on the more and more ridiculous exchange of insults between Kim and Trump. The
irony of the situation is that, when we get (what appears to be) two immature men hurling insults at each
other, our only hope is that there is some anonymous and invisible institutional constraint preventing their
rage from exploding into all-out war. Usually, of course, we tend to complain that in today’s alienated and
bureaucratised politics, institutional pressures and constraints prevent politicians from expressing their
personal visions –now we hope such constraints will prevent the expression of all too crazy personal visions.

But does the danger really reside in personal pathologies? Each side can, of course, claim that it wants only
peace and is only reacting to the threat posed by others ‒true, but what this means is that the madness is in
the whole system itself, in the vicious cycle we are caught in once we participate in the system.

Although the differences between North Korea and the US are obvious, one should nonetheless insist that
they both cling to the extreme version of state sovereignty (“North Korea first!” versus “America first!”),
plus that the obvious madness of North Korea (a small country ready to risk it all and bomb the US) has its
counterpart in the US still pretending to play the role of the global policeman, a single state assuming the
right to decide which other state should be allowed to possess nuclear weapons.

This global madness becomes visible the moment we ask a simple question: how do the protagonists of
nuclear threats (Kim, Trump, Putin) imagine pressing the button? Are they not aware of the almost 100 per
cent certainty that their own country will also be destroyed by retaliatory strikes? Well, they are aware and
not aware at the same time: although they know they will also perish, they talk as if they somehow stand
out of the danger and can strike at the enemy from a safe place.

This schizophrenic position combines the two axioms of nuclear warfare. If the basic underlying axiom of
the Cold War was MAD (Mutually Assured Destruction), today this axiom is combined with the opposite
one, that of NUTS (Nuclear Utilization Target Selection), i.e. the idea that, by means of a surgical strike, one
can destroy the enemy's nuclear capacities while the anti-missile shield is protecting us from a
counterstrike. The very fact that two directly contradictory strategies are mobilised simultaneously by the
same superpower bears witness to the fantastical character of this entire reasoning.

In December 2016, this inconsistency reached an almost unimaginable ridiculous peak: both Trump and
Putin emphasised the chance for new more friendly relations between Russia and the US, and
simultaneously asserted their full commitment to the arms race – as if peace among the superpowers can
only be provided by a new Cold War. Alain Badiou wrote that the contours of the future war are already
drawn: “The United States and their Western-Japanese clique on the one side, China and Russia on the
other side, atomic arms everywhere. We cannot but recall Lenin’s statement: ‘Either revolution will prevent
the war or the war will trigger revolution.’”

There is no way to avoid the conclusion that a radical social change –a revolution– is needed to civilise our
civilisations. We cannot afford the hope that a new war will lead to a new revolution: a new war would
much more probably mean the end of civilisation as we know it, with the survivors (of any) organized in
small authoritarian groups. North Korea is not a crazy exception in a sane world but a pure expression of the
madness that drives our world.