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Análisis de La Intrusa

Título: Alude a Juliana Burgos. El título es irónico, porque el personaje no se interpone


entre los Nilsen por su propia voluntad. Es llevada a esa casa y sólo complace a sus amos.
Se puede leer también el título como una muestra del tema principal del cuento para el
narrador: Juliana pasa a ser una extraña que altera el mundo de ambos hermanos, su
relación de amor no declarado (amor homosexual o fraternal) y de tan profunda manera que
la única forma de restituir ese estado ideal es eliminando la amenaza, es decir, matando a
Juliana.
Epígrafe. El epígrafe remite a una cita bíblica. 2 Reyes I:26, que en otras traducciones es 2
Samuel 1:26, “Angustia tengo por ti, hermano mío Jonatán, que me fuiste muy dulce: Más
maravilloso me fue tu amor, que el amor de las mujeres.” Anuncia el tema principal del
cuento: el amor fraternal como más poderoso que el amor erótico.
“Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de
los Nelson”. El primer verbo utilizado en el cuento está conjugado en tercera persona del
plural. El sujeto está omitido, de la forma en que se hace impersonal, un “ellos” indefinido.
No se sabe quienes “dicen”, lo único que se sabe es que deben haber sido testigos
presenciales de lo que afirman. El Borges narrador considera improbable eso que “dicen”,
porque conoce al personaje lo suficiente, aunque no nos haya contado nada acerca de él.
Entonces el narrador se coloca en un plano de superioridad respecto al lector: sabe algo que
nosotros todavía no sabemos.
El narrador presenta dos caminos, paralelos (aunque uno llega primero a oídos del
narrador), por los que le llegó la historia.
El esquema sería así:
Eduardo Nelson (¿?) Anónimo
Alguien Párroco 1 (¿?)
Alguien Párroco 2 (¿?)
Santiago Dabove
Narrador Narrador

La segunda versión, por lo que cuenta el narrador, agrega el detalle de una Biblia.

“En Turdera los llamaban los Nilsen”


Los apellidos, para Borges, representan un linaje. La posible deformación de un apellido,
por tanto, aumenta la incertidumbre respecto a ese linaje. Nelson es un apellido británico,
probablemente celta, aunque Borges reduce la posibilidad a irlandés. Nilsen (o Nielsen) es
un apellido escandinavo, probablemente noruego o danés. La indeterminación del apellido
se suma a la indeterminación del origen de la historia.
“El párroco me dijo que su predecesor recordaba, no sin sorpresa, haber visto en la
casa de esa gente una gastada Biblia de tapas negras, con caracteres góticos; en las
últimas páginas entrevió nombres y fechas manuscritas. Era el único libro que había
en la casa. La azarosa crónica de los Nilsen, perdida como todo se perderá.”
En estas líneas el narrador informa varios detalles:
1) Los dos párrocos pudieron estar en la segunda vía por la que le llegó la historia.
2) Tanto la sorpresa del párroco que visitó a los Nilsen (a partir de este párrafo se
continuará usando ese apellido) por ver una Biblia, como el apelativo “esa gente”,
sirven para adelantar el tipo de vida que los hermanos llevaban, lejos de una vida
religiosa.
3) La Biblia cumplía una función meramente testimonial, recuerdo de un linaje
perdido: “en las últimas páginas entrevió nombres y fechas manuscritas” nombres y
fechas de nacimiento de la familia; “la azarosa crónica de los Nilsen”, es decir, su
linaje (hay un paralelo entre la predestinada genealogía de David y la azarosa, es
decir, incierta, genealogía de los Nilsen, perdida en cuanto a que ni siquiera el
apellido se sabe a ciencia cierta).
4) “Era el único libro que había en la casa”, y no necesitaban más. Probablemente la
Biblia se conservara porque era lo único que los ataba con su linaje, porque ahí
estaban anotados los nombres de sus antepasados1. Incluso la costumbre de
conservar la Biblia familiar era propio de los inmigrantes de países protestantes y
era raro entre la población católica criolla.
“El caserón, que ya no existe, era de ladrillo sin revocar; desde el zaguán se divisaban
un patio de baldosa colorada y otro de tierra.” El caserón “perdido como todo se
perderá” es descrito como uno más. No tiene nada de particular, salvo su simpleza,
despojado hasta de un revoque de barro.
“Pocos, por lo demás, entraron ahí; los Nilsen defendían su soledad.” Pocos, entre ellos el
párroco, tal vez protegido por su condición. De a poco va pintando el carácter de los Nilsen:
hoscos, huraños, no dados a recibir visitas ni a comunicarse (recordar “lo cual es
improbable”).
“En las habitaciones desmanteladas dormían en catres; sus lujos eran el caballo, el
apero, la daga de hoja corta, el atuendo rumboso de los sábados y el alcohol
pendenciero.” De nuevo la intertextualidad, pero esta vez no es con la Biblia (con la que el
paralelismo tiene una intención más estructural y menos literaria), sino con el Quijote2. Es
una enumeración escueta, que sirve para probar un modo de vida sin grandes posesiones.
Lujos, porque eran sus únicos artículos de valor.
“Sé que eran altos, de melena rojiza. Dinamarca o Irlanda, de las que nunca oirían
hablar, andaban por la sangre de esos dos criollos.” Hay un contraste entre la primera
grafopeya de los personajes, que es exacta, precisa, aunque limitada a la altura y al color de
pelo, con la indeterminación del origen de su linaje. Luego la mención “de esos dos
criollos” destacando su naturaleza de europeos nacidos en América frente a las nuevas
oleadas de inmigrantes y al mismo tiempo (polisemia de la palabra) su condición de
orilleros, de compadres.
“El barrio los temía a los Colorados; no es imposible que debieran alguna muerte.
Hombro a hombro pelearon una vez a la policía. Se dice que el menor tuvo un
altercado con Juan Iberra, en el que no llevó la peor parte, lo cual, según los
entendidos, es mucho.” Los Colorados, así, con mayúscula, denota un apelativo. El barrio,
Turdera, los temía y los llamaba por un apelativo colectivo “los Colorados”, “los Nilsen”
denotando su inseparabilidad. Habla también, al mismo tiempo, de su bravura y su
impunidad. “No es imposible que debieran alguna muerte” es una frase eufemística: en
realidad está diciendo que es obvio que mataron. Funciona como una prolepsis más,
anticipando el final.
“Fueron troperos, cuarteadores, cuatreros y alguna vez tahúres. Tenían fama de
avaros, salvo cuando la bebida y el juego los volvían generosos. De sus deudos nada se
1
Es común en países anglosajones el hecho de registrar nacimientos y eventos familiares en la Biblia
familiar. Para más datos se puede buscar en https://familyhistorydaily.com/family-history/the-
importance-of-family-bibles/
La persistencia de esta costumbre puede notarse en que gobiernos como el del Estado de Texas en
Estados Unidos, lo tomen como forma alternativa de prueba de la edad de una persona.
https://hhs.texas.gov/sites/default/files/documents/laws-regulations/forms/H1020-A/H1020-A.pdf

2 “…un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo
más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes,
algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della
concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflos de lo mismo, los días de
entre semana se honraba con su vellori de lo más fino.”
Cervantes Saavedra, Miguel de. Don Quijote de la Mancha, Primera Parte, Cap. 1. Ed. Planeta,
Barcelona, 2004. Págs. 31, 32.
sabe ni de dónde vinieron. Eran dueños de una carreta y una yunta de bueyes.” La
enumeración de profesiones o formas de ganarse la vida entre legal e ilegal es propia del
tipo social del gaucho (recordar lo dicho sobre su impunidad). También esa dualidad de
avaro/generoso y la indeterminación genealógica, que reafirma lo dicho anteriormente. De
alguna manera esa manera de ser es determinista: “atarse” a una mujer, para esos hombres,
es renunciar a su estilo de vida.
“Físicamente diferían del compadraje que dio su apodo forajido a la Costa Brava.
Esto, y lo que ignoramos, ayuda a comprender lo unidos que fueron. Malquistarse con
uno era contar con dos enemigos.” Diferían físicamente en lo único que sabemos de su
descripción física: que eran altos y pelirrojos. Pero eran parte, a pesar de esas diferencias
físicas, de ese compadraje. El narrador da un origen metonímico a la región: era Costa
“brava” por la bravura de sus compadres. “…ayuda a comprender lo unidos que fueron.
Malquistarse con uno era contar con dos enemigos”. De nuevo la inseparabilidad de los
hermanos Nilsen, pero esta vez con el agregado de la fortaleza que les otorgaba. “Lo que
ignoramos” es, por ahora, el final. Es una frase interpuesta para crear suspenso: lo que
ignoramos (los lectores) es lo que todavía no leímos.
“Los Nilsen eran calaveras, pero sus episodios amorosos habían sido hasta entonces de
zaguán o de casa mala.” Eran calaveras, es decir, eran “hombres disipados, juerguistas e
irresponsables”. “De zaguán” es acercamientos sin compromisos y “de casa mala” es,
eufemísticamente, prostibulario.
“No faltaron, pues, comentarios cuando Cristián llevó a vivir con él a Juliana Burgos.
Es verdad que ganaba así una sirvienta, pero no es menos cierto que la colmó de
horrendas baratijas y que la lucía en las fiestas.” Primera mención al personaje que da el
título al cuento. Si quedó algún indicio de romanticismo en la primera frase de este
fragmento, se disipa en la siguiente: “es verdad que ganaba así una sirvienta”. El narrador,
economizando recursos, plantea de entrada cuál es la relación entre Cristián y Juliana
Burgos: ella es una esclava de facto, sexual y doméstica. No aclara cómo la llevó, ni es
necesario en cuanto la finalidad del cuento, sí que es una esclava a todos los efectos. Y la
dualidad de la siguiente oración no deja dudas: si bien “la colmó de horrendas baratijas”, es
decir, regalitos sin gusto, es para “lucirla en las fiestas” como una pertenencia.
“Juliana era de tez morena y de ojos rasgados; bastaba que alguien la mirara para que
se sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres,
no era mal parecida.” Grafopeya y etopeya de Juliana en dos oraciones: Juliana era bonita,
de rasgos mestizos, sumisa y con gran necesidad de afecto. Pero es una descripción que
parece más de un animal que de una persona.
“Eduardo los acompañaba al principio. Después emprendió un viaje a Arrecifes por
no sé qué negocio; a su vuelta llevó a la casa una muchacha, que había levantado por
el camino, y a los pocos días la echó. Se hizo más hosco; se emborrachaba solo en el
almacén y no se daba con nadie. Estaba enamorado de la mujer de Cristián. El barrio,
que tal vez lo supo antes que él, previó con alevosa alegría la rivalidad latente de los
hermanos.” Primera mención a la rivalidad entre los hermanos y su causa. La frase “estaba
enamorado de la mujer de Cristián” suena demasiado obvia en el contexto del párrafo, pero
pone en discusión si se puede calificar como amor a ese sentimiento o si se trata de una
obsesión. Hay un comportamiento colectivo de envidia-odio hacia los hermanos,
probablemente motivado por “las muertes que debían”. Recuerda al comportamiento de
Jefferson con la señorita Emily, en Una rosa para Emily de Faulkner. (Intertextualidad).
“Una noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el oscuro de Cristián atado al
palenque. En el patio, el mayor estaba esperándolo con sus mejores pilchas. La mujer
iba y venía con el mate en la mano. Cristián le dijo a Eduardo:
—Yo me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana; si la querés, usala.
El tono era entre mandón y cordial. Eduardo se quedó un tiempo mirándolo; no sabía
qué hacer. Cristián se levantó, se despidió de Eduardo, no de Juliana, que era una
cosa, montó a caballo y se fue al trote, sin apuro.” La frase más dura de este fragmento es
“que era una cosa”. Evidentemente, Juliana no era una cosa, sino que era tratada como tal.
No describe al personaje de Juliana, sino a la actitud de Cristián. “El tono era entre mandón
y cordial”. Era más que una sugerencia: Cristián le estaba diciendo a su hermano lo que
debía hacer. Era obvio su comportamiento y el hermano mayor decide compartir su
propiedad para tranquilizar al menor. La forma de irse recuerda a Martín Fierro: irse
despacio para que no se note emoción alguna3.
“Desde aquella noche la compartieron. Nadie sabrá los pormenores de esa sórdida
unión, que ultrajaba las decencias del arrabal.” El comportamiento de los hermanos
resulta pecaminoso para el barrio y no es casual que el párroco recordara “no sin sorpresa”
haber visto una Biblia en casa de “esa gente”.
“El arreglo anduvo bien por unas semanas, pero no podía durar. Entre ellos, los
hermanos no pronunciaban el nombre de Juliana, ni siquiera para llamarla, pero
buscaban, y encontraban, razones para no estar de acuerdo.
Discutían la venta de unos cueros, pero lo que discutían era otra cosa. Cristián solía
alzar la voz y Eduardo callaba. Sin saberlo, estaban celándose. En el duro suburbio,
un hombre no decía, ni se decía, que una mujer pudiera importarle, más allá del deseo
y la posesión, pero los dos estaban enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba.”
El arreglo no podía durar porque ambos estaban enamorados (de nuevo, es discutible el
término que usa el narrador, salvo que se acepte la existencia de un amor patológico) de
Juliana. ¿Pero se celan uno al otro o celan a Juliana? “En el duro suburbio” se puede leer
como una justificación del comportamiento o como una descripción de las costumbres del
lugar. Es decir, el suburbio es duro por tanto los hombres deben comportarse así o el
suburbio es duro porque los hombres se comportan así. La relación causa-efecto entre el
ambiente y el comportamiento humano resulta ambigua y permite ambas lecturas. Lo que
no admite dos lecturas es que la humillación (saberse enamorados o siquiera sentir algo que
no pudieran explicarse) sentida por los Nilsen era una afrenta que no podían dejar pasar. Es,
salvando muchas distancias, como el areté griego: ellos son quienes son porque mantienen
una reputación de dureza.
Una tarde, en la plaza de Lomas, Eduardo se cruzó con Juan Iberra, que lo felicitó por
ese primor que se había agenciado. Fue entonces, creo, que Eduardo lo injurió. Nadie,
delante de él, iba a hacer burla de Cristián. Analepsis, el episodio fue referido al
principio del cuento, e Intratextualidad, la segunda mención a Juan Iberra, en el cuento,
hace referencia a un texto del propio Borges, Milonga de dos hermanos4.
La inseparabilidad de los hermanos es puesta a prueba y Eduardo la cumple desafiando al
más bravo de los compadres de la Costa Brava, además con buena fortuna.
La mujer atendía a los dos con sumisión bestial; pero no podía ocultar alguna
preferencia por el menor, que no había rechazado la participación, pero que no la
había dispuesto. De nuevo, como en la primera descripción de Juliana Burgos, se compara
su actitud con la de un animal, “sumisión bestial”, es decir, como sólo pueden tener los
animales. La preferencia por Eduardo posiblemente es lo que moleste a Cristián, que se

3
218

Limpié el facón en los pastos,


desaté mi redomón,
monté despacio y salí
al tranco pa el cañadón.
Hernández, José. El Gaucho Martín Fierro. Alloni – Laffont Editores. Buenos Aires, 2005. pág. 55.

4
Milonga de dos hermanos, Para las seis cuerdas (1965) en Borges, Jorge Luis. Obras Completas. Emecé
Editores. Buenos Aires, 1974. Pág. 955.
consideraba su propietario. La mención a que Eduardo no había dispuesto la participación
indica que, aunque no renegaba del arreglo responsabilizaba a su hermano por los efectos
que pudiera tener, aunque no lo dijera.
Un día, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no
apareciera por ahí, porque tenían que hablar. Ella esperaba un diálogo largo y se
acostó a dormir la siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar una bolsa con
todo lo que tenía, sin olvidar el rosario de vidrio y la crucecita que le había dejado su
madre.
Sin explicar nada la subieron a la carreta y emprendieron un silencioso y tedioso viaje.
Había llovido; los caminos estaban muy pesados y serían las tres de la mañana cuando
llegaron a Morón. Ahí la vendieron a la patrona del prostíbulo. El trato ya estaba
hecho; Cristián cobró la suma y la dividió después con el otro.
La condición de esclava de Juliana queda manifiesta en la trata. La solución encontrada por
ambos hermanos (no sabemos si consensuada o decidida por Cristián, que actúa como
propietario, ya que “cobró la suma”, y aceptada por Eduardo) fue vender a Juliana, la
intrusa, para volver a su vida anterior, sin rencillas entre ellos. No sabemos si había un
prostíbulo más cercano, sólo que, a priori, el elegido quedaba lo suficientemente lejos para
evitar tentaciones.
En Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la maraña (que también era una
rutina) de aquel monstruoso amor, quisieron reanudar su antigua vida de hombres
entre hombres. Volvieron a las trucadas, al reñidero, a las juergas casuales. “De aquel
monstruoso amor”, por primera vez el narrador hace referencia al amor que sentían los
hermanos por Juliana calificándolo como “monstruoso”5. El adjetivo no es casual.
“Perdidos hasta entonces en la maraña6”. La solución buscó, para los hermanos, restablecer
el orden perdido, no porque les importara que ese amor fuera “monstruoso”, sino porque
querían volver a ser ellos.
Acaso, alguna vez, se creyeron salvados, pero solían incurrir, cada cual por su lado, en
injustificadas o harto justificadas ausencias. Poco antes de fin de año el menor dijo que
tenía que hacer en la Capital. Cristián se fue a Morón; en el palenque de la casa que
sabemos reconoció al overo de Eduardo. Entró; adentro estaba el otro, esperando
turno. Parece que Cristián le dijo:
—De seguir así, los vamos a cansar a los pingos. Más vale que la tengamos a mano.
Habló con la patrona, sacó unas monedas del tirador y se la llevaron. La Juliana iba
con Cristián; Eduardo espoleó al overo para no verlos. Fatalmente, y pese al
autoengaño, y a intentar engañar al otro, sabían que no podían escapar de ese “monstruoso
amor”. Las “injustificadas” (eufemismo que el mismo narrador matiza con el opuesto y real
“harto justificadas”) ausencias son un torpe ardid que inevitablemente iba a caer. Los
hermanos tienen reacciones muy distintas. Mientras Cristián parece tomar el hecho con
humor y vuelve a comprar a Juliana (que por eso se va con él, como su propiedad),
contrasta con la de Eduardo, que se aleja para no ver.
Volvieron a lo que ya se ha dicho. La infame solución había fracasado; los dos habían
cedido a la tentación de hacer trampa. Caín andaba por ahí, pero el cariño entre los
Nilsen era muy grande —¡quién sabe qué rigores y qué peligros habían compartido!—
y prefirieron desahogar su exasperación con ajenos. Con un desconocido, con los
perros, con la Juliana, que había traído la discordia. Este párrafo vuelve a poner la
historia en un punto de tensión que debe resolverse, que es insostenible. “Caín andaba por
ahí”. De nuevo una referencia bíblica, pero esta vez a otros dos hermanos, Caín y Abel. El
narrador plantea que una solución posible a la situación es el fraticidio, pero enseguida la
rechaza, planteando “el cariño entre los Nilsen”, lo que nos recuerda inmediatamente la cita
bíblica del epígrafe y el amor que sentía David por Jonatán. Nuevamente, se menciona a

5
“Contrario al orden de la naturaleza” Diccionario de la R.A.E.
6
“Situación o asunto intrincado o de difícil salida”. Ídem.
Juliana de una manera despectiva y hostil, “con Juliana, que había traído la discordia”. Es
una forma de justificar el maltrato (y de anticipar el femicidio), que es discutible si se pueda
atribuir al escritor (el Borges persona), al narrador (el ficticio Borges que escuchó la historia
y la cuenta) o al personaje que finalmente cometerá el femicidio, Cristián. Nuevamente la
ambigüedad nos deja sin certeza a los lectores. La palabra “discordia” puede leerse tanto en
su denotación como intertextualidad, recordando a Eris, la diosa griega de la discordia.
“El mes de marzo estaba por concluir y el calor no cejaba. Un domingo (los domingos
la gente suele recogerse temprano) Eduardo, que volvía del almacén, vio que Cristián
uncía los bueyes. Cristián le dijo:
—Vení; tenemos que dejar unos cueros en lo del Pardo. Ya los cargué; aprovechemos
la fresca.
El comercio del Pardo quedaba, creo, más al sur; tomaron por el Camino de las
Tropas; después, por un desvío. El campo iba agrandándose con la noche.
Orillaron un pajonal; Cristián tiró el cigarro que había encendido y dijo sin apuro:
—A trabajar, hermano. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Que se
quede aquí con sus pilchas. Ya no hará más perjuicios.
Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro vínculo: la mujer tristemente
sacrificada y la obligación de olvidarla.” El desenlace del cuento es breve y muy intenso.
La solución al conflicto pasaba por dos opciones: matarse entre ellos o matar a Juliana
como elemento de discordia. En todo momento es tratada como cosa o como animal. No
solamente la asesinan sino que la arrojan a un pajonal. Siquiera la entierran7 (“después nos
ayudarán los caranchos”). Que Cristián la haya matado un domingo, día de recogimiento
cristiano (palabra que Borges magistralmente la usa en dos sentidos, porque también
significa retirarse al hogar a descansar) es una provocación a lo divino, una manera de
agravar su pecado.
Para los dos hermanos (¿para el narrador también?) hay dos clases de amor: el que tienen
entre sí los hermanos y el que sienten por una mujer, forma más baja de amor que se asocia
“a la posesión y al deseo”. El sacrificio es un acto de expiación, pero en ningún momento lo
sienten como de sus propios pecados -al contrario, el “ya no hará más perjuicios” de
Cristián traslada toda la culpa a Juliana-, pero sí como un acto necesario para recuperar el
orden natural de amor fraternal. Pero el nuevo vínculo pasa no solo por el amor, sino por el
horror.

7
Ver diferencia con el Martín Fierro, estrofa 221.