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SER Y DIALOGO
La cuestión que se debate en este libro es la de cómo tomar el

texto de Platón. Se discute la consistencia del tipo de lectura

que busca las «tesis de» Platón, poniendo de manifiesto tanto

en qué consiste, para el decir general, el carácter relativamen­


te secundario o tardío de lo enunciativo y de la prosa doctrinal,

como también cuál es la peculiarísima ubicación de Platón en


ese proceso. Por esta vía se investiga en qué sentido y de qué

modo la marcha misma del diálogo es el verdadero contenido.


Felipe Martínez Marzoa, catedrático de la Universidad de
Barcelona, es autor de trabajos hermenéuticos cuyos dos blo­
ques de mayor peso están referidos respectivamente a la
Grecia antigua y a la Modernidad.

FELIPE MARTÍ N EZ MARZOA

ISBN 84· 7090·302-0 ISTMO �


1 11 1
9 788470 903021
ISTMO �

SER Y DIALOGO
La cuestión que se debate en este libro es la de cómo tomar el
texto de Platón. Se discute la consistencia del tipo de lectura
que busca las «tesis de» Platón, poniendo de manifiesto tanto

en qué consiste, para el decir general, el carácter relativamen­


te secundario o tardío de lo enunciativo y de la prosa doctrinal,
como también cuál es la peculiarísima ubicación de Platón en
ese proceso. Por esta vía se investiga en qué sentido y de qué

modo la marcha misma del diálogo es el verdadero contenido.


Felipe Martínez Marzoa, catedrático de la Universidad de
Barcelona, es autor de trabajos hermenéuticos cuyos dos blo­
ques de mayor peso están referidos respectivamente a la

Grecia antigua y a la Modernidad.

FELIPE MARTÍNEZ MARZOA

ISTMO t><J
ISTMO t><J
SER Y DIÁLOGO
Leer a Platón

Felipe Martínez Marzoa

ISTMO�
1•
---------- ------------------------------��----
---
© Felipe Marcínez Marzoa Índice
©Ediciones ISTMO, S. A., 1996
Pág.
Colombia, 18. 28016 Madrid
Tel.: 91 345 41 01
Fax.: 91 359 24 12
Prólogo . ....................................... 7
l. La articulación apofántica . ................. 11
Diseño:
Joaquín Gallego 2. Tránsito a la cuestión del eidos . ............. 19

ISBN: 84-7090-302-0 3. La interpretación apofántica y el «Ser» . . . . . . . . 35


D. L.: M-39.610-1996
4-. La distancia dialógica . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. 47
Impresión 5. Los sobredistanciamientos intradialógicos,
Lave!, S. A. 55
la topologí a y el símil . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
.
Humanes (Madrid)
6. Los guardianes . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. 65
7. To agathón y el diálogo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 75
8. La línea . ................................... 87
9. " Las geometrías y las cuentas
y lo similar a eso, . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 97
10. El rechazo de la mímesis 107
11. El alma • • • • • • • • o • • • • • o • • • • o • • o • • • • • • • • • • • • • 113
12. El daímon . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 125
Reservados rodas los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el
13. En torno al «Parménides» . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 133
artículo 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de
multa y privación de libertad quienes reproduzcan o plagien, en 14. Observaciones finales . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 145
roda o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en
cualquier tipo de soporte, sin la preceptiva autorización. Bibliografía . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 153
Prólogo

Cada vez que abordamos algo, lo hemos tomado ya d e una


u otra manera, lo hemos situado de antemano en una u
otra p erspectiva, lo hemos tomado «Como• esto o aque­
llo, «como• este o a quel tipo de cosa. Este previo «tener
por» es, desde luego, m erecedor de continua revisión; lo
que nunca ocurre es que no lo h aya, pues, si no hubié­
semos tomado de una u otra manera la cosa en cuestión,
sencillamente no estaríamos en relación alguna con ella
y nada sabríamos ni nos plantearíamos a propósito de ella.
El que el mencionad o «tener por• sea «previo • no signi­
fica en modo alguno que sea posible una previa exposi­
ción de él; por el contrario, si lo fuese, estaríamos en un
regressus in infinitum. Sólo en el trabajo mismo con la
cosa puede o currir -y ocurre si el trabajo es especial­
mente serio- que el previo «tener por• s e ponga de mani­
fiesto e incluso que llegue a poder ser discutido. La serie­
d ad del trabaj o con algo se mide por la capacida d de
s ometer a continuada autocrítica el previo •tener por• .
Pues bien, a quí l a «cosa• o el «algo• es el diálogo de
Platón. De un trabaj ar sobre los diálogos d e Platón este
libro pretende destacar aquel hilo que el autor conside­
ra como la expresión de un cierto caso d e eso que aca­
b amos de designar como el que el previo •tener por•
alcance relevancia y, por lo tanto, cap aci dad autocríti-
SEH Y DIALOGO PRÓLOGO 9
8

ca. Se trata, pues, de, en un cierto trabajo sobre el diá­ hemos adoptado, bien entendido que las transliteracio­
logo de Platón, hacer notar en especial la cuestión de nes pretend en ser claras y útiles también para aquel lec­
«como qué, ha d e ser tomado el diálogo; no d e plante­ tor que, por no ser lingüista, no esté capacitado para dis­
ar esa cuestión por s eparado, planteamiento que ya cutir la legitimidad de tales recursos.
hemos d eclarado imposible, sino simplemente de hacer­
la resaltar. Los grafemas b, d , g repre sentarán l o s fonemas con­
sonantes oclusivos sonoro s ; p , t, k los correspo ndientes
Con esto queda ya dicho, también, que aquí no se trata
s ordos; los o clusivos aspira dos, c a d a uno de los cuales
de manera especial ningún concreto diálogo o grupo de
e s un solo fonema, se representan m e diante los dígra­
diálogos, ni tampoco cuestión o círculo alguno particu­ fos p h, th, kh. E l grafema s representa el fonema silb ante
lar de cuestiones temáticas, y que, en cambio, se pretende sordo. Es obvio lo que representan m, n, l, r. Más pro­
que lo que a quí se dice es relevante para la lectura d e blem ático e s z p o r e l hecho de que representa algo que
cualquier diálogo y para e l tratamiento de cualquier cues­ en ciertos respectos se comporta como un doble fone­
tión concerniente al decir y el pensar d e Platón. m a ; cabe im aginárselo como un silb ante s onoro mar­
Asimismo, dicho queda que el libro está pensado para c a d o . Lo que representamos por u s e pronunciaba en el
una lectura continuada, de comienzo a final, y no para dialecto ático, en los casos en que era centro de sílab a,
que en él se busque en particular el tratamiento de este de manera próxima a la «U» francesa, p ero tenemos que
o aquel punto . mantener el grafema u p orque lo representado es en
todo c a s o funci onalmente identifi c a ble con el elemen­
El que en el texto aparezca una considerable canti­
to que en otras posiciones suena (incluso en ático) como
dad de expresiones en lengua griega no constituye en sí
l a "u" latina normal. Los dígrafos ei, ou representan, por
mismo especial problema, pues es fácil ver que, si esas una p a rte, algo que funcionalmente es diptongo de pri­
expresiones aparecen en griego, ello se deb e precisa­ mer elemento breve, pero, d a d o que ese diptongo p a s a
mente a que en el texto se discute su significado, razón d e s d e VII-VI a . C . a pronunciarse como, respectiva­
por la cual el substituidas por una traducción no sólo no mente, "e" y «O» largas cerra d a s , los citados dígrafos
facilitaría la lectura, sino que la dificultaría gravemen­ repres entan también dichas vocales largas cerradas
te. Ahora bien, la experiencia del autor en estas lides lo cuando el texto e s de un habla que (como los dialectos
ha llevado en este caso a emplear el procedimiento lla­ del grupo jónico-ático) las distingue de una <<e» y una
mado exa ctamente «transliteración", que es el que s e <<O» largas abierta s . Por lo demás l a cantidad de las voca­
les, que en principio es relev ante s i empre, en el alfa­
emplea cuando se quiere escribir griego y, p o r unas u
b eto griego s e refleja p ara <<e» y "0", y aquí sólo l a indi­
otras razones, no s e quiere o no se puede emplear los
caríamos (con un trazo horizontal encima p ara la larga)
caracteres griego s ; s e emplean entonces caracteres lati­ en el c a s o de que, no h a ciéndolo, el contexto permiti e­
nos, pero no de cualquier manera, sino tratando de que s e confundir la expresión con otra. E s cribiremos los
ningún dato lingüístico relevante quede por ello en la a c ento s tal como s e e s crib en con l o s caracteres griegos
sombra, lo cual exige, por ejemplo, romper con el vicio, usuales. E l l e ctor debe saber que en griego los dipton­
desgraciadamente frecuente, de intentar reflejar con valo­ gos tienen s i empre i o u como s e gundo elemento y que
res castellanos d e las letras latinas la pronunciación esco­ es mera convención gráfica el que e l a cento sobre el dip­
lar habitual entre nosotros del griego. Indicamos a con­ tongo s e e s criba sobre dicha s e gunda vocal. Las s e cuen­
tinuación los recursos del sistema de transliteración que cias p a r a las que la grafía griega usual entre nos otros
lO SER Y D LíLOGO

emplea la llamada «iota subs crita» son funcionalmente


diptongos ( de primer eleme nto largo ) y como tales l o s
e s cribimos, haciendo, p o r l o q u e se refiere a l a canti­
dad del primer elemento, lo que ya hem o s dicho; e n el
cas o de que uno de e s o s diptongos lleve acento, e s cri­
bimos éste s o bre la vocal centro de sílaba. Finalmente,
h repres enta una aspiración.

Lo que acabamos de d ecir no es de aplicación a los


nombres propios que aparecen formando parte d e nues­
tro propio texto castellano, ya que éstos no se translite­ l. La articulación ap ofántica
ran, pues la transliteración comporta que la palabra en
cuestión sigue estand o en griego, y no es ese el caso con
los nombres propios, del mismo modo que, en general,
tampoco escribimos en su lengua original los nombres Empezaremos definiendo cierta estructura de la que hare­
propios d e otros orígenes. En cuanto a cómo s e p one en mos uso en nuestra propuesta de lectura de Platón, pero
castellano cad a nombre propio griego, e s cierto que d e • empezaremos d efiniéndola sin presuponer el uso que

1
hecho h ay por ahí impresas l a s cosas m ás sorprenden­ haremos de ella, incluso sin presuponer nada acerca de
tes, pero sólo por ignorancia d e la propia lengua caste­ : cuál es el tipo d e uso ni, consiguientemente, acerca de si
llana, la cual tiene de suyo excelentes recursos para hacer esa estructura tiene algún papel y cuál en el pensamien­
frente a esta tarea 1. to d e Platón. Significa esto que sólo después s e verá qué
p apel desempeña en nuestro trabajo la d efinición que en
este capítulo introduciremos y cuál es la justificación que
tenemos para introducirla en los particulares y, como se
verá, nada obvios términos en que lo h acemos. De entra­
da, lo único de lo que sí podemos y debemos adelantar
una especie de justificación, aunque de momento sólo
podrá ser genérica, es este mismo modo de proceder expo­
sitivo al que acabamos de referirnos, el empezar por dedi­
car un capítulo a la definición de cierta estructura sin pre­
juzgar n ad a sobre su ulterior empleo. G enéricamente, la
justificación de este proceder está en la necesid ad de enfa­
tizar lo peculiar de la definición que va a hacerse, y esta
necesidad d eriva d e que, sin remedio, en esa definición
habrán de emplearse algunas fórmulas que, perteneciendo
1 Cf. sobre este último punto M. F. Galiano La transcripción castellana
a la cultura filosófica usual, sin embargo tienen en el pre­
de los nombres propios griegos ( Madrid 1961), libro del que asumi­
mos los conceptos generales, a unque no n eces ariamente el detalle
s ente contexto un sentido bien distinto del usual; fór­
de las solucio nes. mulas a las que, como se verá, no s ería aceptable renun-
12 SER Y DL\LOGO L A A R T I CULA C I Ó N A P O F.� N T ICA 13

ciar, pero que, a la vez, sólo son empleables si s e consi­ apophaínein y que este verbo, en la mayor parte de los
gue encontrar en ellas algo antes o por debaj o o más allá casos, se traduce muy cómodamente por un cierto «decir»
de s u presencia en el repertorio técnico consabido. Así, con el específico carácter de «manifestar» o «declarar»;
emplearemos la expresión " algo de algo, o «algo como pero al constatar esto no hacemos sino añadir el reco­
algo,, donde, como es s abido, en el paso de una a la otra nocimiento de un segundo elemento problemático ya en
variante, el orden de aparición de los dos «algo, se invier­ la mera mención preliminar de la fórmula. En efecto, la
te, digamos : « algo - 1 de algo-2» o «algo-2 como algo- 1 » ; mencionada traducción a una lengua moderna por <<mani­
s i Teeteto ríe, l a risa e s algo - 1 y Teeteto e s algo-2 ; d e algo, festar» resulta engañosa por cuanto en moderno el obj e­
a saber, de Teeteto, acontece o se dice algo, a saber, la to gramatical directo de ese «manifestar» es de manera
risa; algo, Teeteto, acontece o se dice como algo, esto es, n atural algo así como un pensamiento, estado de ánimo,
como riente. Emplearemos esta fórmula y, sin embargo, opinión o similar, mientras que en griego el que el verbo
pronto se verá que no se entendería nada de lo que que­ apophaínein desempeñe el p apel en cuestión es insepa­
remos decir si tal empleo se remitiese al significado téc­ rable de que su s ignificado estructural, determinado por
nico usual de la misma. Igualmente, para designar la su inclusión en el sistema sincrónico de formación de
estructura o articulación dual que hay en ese «algo de p alabras 2, sea el de poner de m anifiesto, mostrar, dej ar
algo» o «algo como algo», emplearemos desde luego las aparecer, donde, de entrada, lo que se pone de manifiesto

conocidas expresiones que remiten al verbo griego apo­ l es sencillamente la cosa, no un "pensamiento» ni en gene­
1
phaínein, hablaremos de la articulación "apofántica» para 'oc ral algo de «la mente». Ahora bien, este mostrar o poner
referirnos a la apuntada estructura dual, y entonces s erá de m anifiesto es por p arte de la cosa un aparecer y com­
vital para la comprensión de lo que queremos decir el que parecer, y entonces tampoco podemos substraernos a la
el lector se percate de que la p alabra griega y sus deri­ constatación d e cierta continuidad s emántica que se
vados se emplean a quí enfatiz ando precisamente aquello registra en el uso natural e inmediato de las palabras
que diferencia el significado de ella frente al uso técni­ griegas por cualquier hablante anterior al Helenismo, es
co hoy habitual de "apofántico". decir, incluyendo a Platón y Aristóteles 3 • Nos referimos
Por de pronto ya en nuestra primera mención de la a la continuidad que enlaza parecer, aparecer, m anifes­
articulación apofántica, y a pesar del carácter m anifies­ tarse, con surgir, brotar, producirse, n acer, crecer, llegar
tamente externo y superficial d e esa m ención, no hemos
podido evitar que entrase en juego cierto elemento pro­
blemático ; hemos tenido que decir que de algo «aconte­ Nunca apelaremos (quede dicho y a para todo el libro) a la etimo­
ce o se dice» algo y que algo «acontece o se dice» como logía, y sí, e n cambio, algunas veces a la Wortbildung (•formación
d e las palabras» ) , que, a diferencia d e la etimología, no e s explica­
algo. Hemos tenido, pues, que rehusar expres amente el ción genética o diacrónica, s i no que forma parte del sistema sin­
tomar partido en cuanto a si la articulación dual lo es crónicamente vivo de la lengua.
del tener lugar o acontecer o lo es del decir; y, con ello, 3 En lo suces ivo, y únicamente al efecto d e simplificar l a expresión
de alguna m anera estamos a delantando que quizá en el evitando l a frecuente repetición de ciertos complementos, cuando
h ablemos d e «Grecia» y de algo •griego", entenderemos las épocas
presente contexto esa cuestión no tenga sentido. Es ver­
arcaica y clásica, es decir, i n cluyendo a Aristóteles, pero y a no el
dad que el «algo de algo" (ti p erí tinos, ti katá. tinos) es Helenismo. Esto n o envuelve aquí necesariamente tesis alguna, s i m ­
regido de m anera muy natural en griego por el verbo plemente ahorra p alabras.
14 SEH Y DI.Ü O G O L.-\ A R TICUL A C I Ó N A P QF,\ NTICA 15

a ser, en d efinitiva con ser. En su momento la pres ente de entrada en l a identidad global, l o que constituye pro­
investigación nos conducirá al problema del estatuto d e blema filosófico, lo que h a d e ser expresamente des cri­
verbo cópula; la provisionalidad en que h asta entonces to, es el que hay a un decir que, siendo verdaderamente
nos encontramos puede servir de excusa para que algo decir, a la vez no sea decir verdadero, esto es, que, dicien­
que ya queremos decir lo digamos de momento de una do, no diga ente alguno.
manera casi aforística : cualquier hablante moderno parte Queda, pues, provisionalmente afirmado que de entra­
de la obviedad de la distinción entre parecer y ser en cada da no procede preguntar si la articulación •algo de algo•
caso particular para llegar filosóficamente a una cierta es articulación del decir o del parecer o del s ab erse o lo
identidad global de lo uno con lo otro, es decir, p arte d e es simplemente del acontecer o tener lugar o ser; que no
q u e s i n duda esto puede parecer oro y no serlo, y , par­ es pertinente, al m enos por el momento, la cuestión de
tiendo de a hí, razona que, sin embargo, si no es oro, ello si lo que h ay es que de algo se dice algo o que a propó­
quiere decir que, en definitiva, observado de manera ade­ sito de algo parece o aparece algo o que por lo que s e
cuada, tampoco lo p arece, y que, si a ultranza siguiese refiere a algo acontece o tiene lugar algo. Nos corresponde
pareciendo oro, entonces por definición lo sería, con lo a hora hacer algunas precisiones más acerca de dónde
cual el moderno reconoce que la rectificación de un pare­ encontramos eso que hemos rehusado situar en uno u otro
cer se produce dentro del parecer mismo y que, por lo lado de contraposiciones tales como la de ser y decirse o
tanto, si bien en cada caso concreto el parecer es algo la de ser y p arecer; ¿dónde, en qué dimensión, el zapato
distinto del ser, sin embargo, globalmente considerado, aparece como zapato o tiene lugar como zapato o es carac­
el parecer es el ser; pues bien, también el hablante grie­ terizado o «dicho• como z apato?, ¿dónde de esto aconte­
go está en ambo s lados a la vez, en el de la posible dis­ ce que ello sea zapato?; al menos está bien claro dónde
crepancia particular y en el de la i dentidad global, sólo n o acontece, dónde esto n o es zapato, dónde no tiene

que el papel de una y otra de ambas constataciones, en lugar como zapato, a saber: no es zapato en lo que yo
cuanto a cuál de ellas es punto d e partida natural y cuál estoy haciendo ahora, al fijar mi atención en ello, al tema­
resultado del esfuerzo filosófico, es en cierta m anera tizada ; h asta tal punto es así que de ordinario esa fija­
inverso con respecto al que tienen en el hablante mo der­ ción y tematización s e produce precisamente cuando el
no ; para el griego, ser tiene de m anera inmediata y natu­ zapato dej a de tener lugar como tal, por ejemplo cuando
ral la connotación de presencia, aparecer y parecer, y lo lastima o s e estropea; es entonces cuando se presta aten­
que constituye problema filosófico, lo que está necesita­ ción al zapato y éste se vuelve tem a ; por el contrario,
do de una expresa descripción fenomenológica, es el que, zapato es el zap ato mientras no le presto atención, por­
sin embargo, h aya lo que parece-y-no-es. Una fórmula que entonces simplemente camino seguro y es ahí donde
similar podríamos emplear, con igual grado de provisio­ en verdad el zapato es zapato. Tendremos, sin duda, el
nalidad, a propósito de •decirse• y •ser•; el moderno parte problema de cómo transitar fenomenológicamente de ahí
de la obviedad de la distinción en cada caso concreto para a que ·decir• de alguna manera tenga que ver con pro­
a continuación filosóficamente razonar que la d eslegiti­ nunciar palabras. Pero ya antes de eso debemos consta­
mación de un decir sólo puede tener lugar a su vez en tar la concordancia de lo que acabamos de decir con el
el decir y que, por lo tanto, globalmente h ay identidad; hecho de que todas las palabras griegas que tra ducimo s
para el griego, en cambio, puesto que él está instalado p o r palabras nuestras como • s aber• significan cosas del
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16 SER Y DIALOGO
..... LA .-\HT!C U LIC I Ó N .-\P OFÜíT !L\ 17
),,

tipo «ser capaz de habérs elas con•, destreza o pericia; n o como la referencia del carácter o con dición de zapato
hay, p o r ej emplo, diferencia a este respecto entre episté­ (algo - 1) a eso (algo-2) que llevo en el pie es el que yo
me y tékhne; una contraposición entre estas dos p alabras .¡,. pise s eguro sin ocuparme de ello, e sto es, precisam ente
sólo en el Helenismo llegará a ser un h echo de la lengua; no el que me ocupe de ello para colocarle el predicado
en Aristótele s mismo es sólo un recurso a d hoc produci­ '· «zapato•. Mientras así sea, en ningún modo s e trata del
do por el filósofo para determinados fines expositivos ; y enunciado; el enunciado será lo que haya cuando la arti­
en Platón, en general, no es ni siquiera eso. No opera en culación dual ya no sea el modelo interpretativo, sino que
griego clásico noción alguna de un «saber• enunciativo o sea ella lo que quede, porque el interpretando para el que
tético 4. en principio fue forj ada s e haya e sfumado del horizon­
Es, pues, en el puro y simple «andar con• las cosas, te problemático. La articulación apofántica no es el enun­
en el que éstas no s e tematizan, donde propiamente hay ciado, y precisamente no lo es mientras es apofántica, es
el aparecer o el tener lugar cada cosa como lo que ella decir, mientras interpreta el mostrar, mostrarse y apare­
es, donde el zapato es precisamente zapato, etc. ; es, pues, cer, el cual, s egún vimos, es el tener lugar y acontecer
la presencia o el acontecer o el tener lugar o el ser que en el que el z ap ato acontece precisamente como zapato.
hay en ese puro y simple «andar con• no temático lo que El ej emplo del zapato no remite la cuestión a tipo algu­
quizá en algún momento, por parte d e algún pensador, no particular de entes; cualquier «saber•, dicho en grie­
se examinó fenomenológicamente empleándose como útil go, es precisamente el atético ser-capaz-de-habérselas­
interpretativo la articulación «algo de algo•. El que así con, porque todo ser o tener lugar o acontecer tiene el
h aya sido significa una peculiar situación de «filo de la carácter de ese tipo de presencia que precisamente con
1
navaja•, porque a la vez es cierto que la noción de un J
la tematización s e interrumpe. Es ese tipo de presencia
''de qué•, esto es, la de lo que arriba llamamos el « algo- lo que s e interpreta, aunque s e lo interprete como • algo
2•, es la noción de la tematización, la de esa situación de algo • ; y sólo mientras así ocurre llamamos al •algo de
en la que, como vimos, se encuentra el zapato cuando algo• la «articulación apofántica•.
ya no es zapato. Ahora bien, por el momento esa noción, Ulteriores desarrollos, en parte en este mismo libro,
esto es, la articulación misma, es sólo el útil (artificio o mostrarán cómo esa situación que hemos caracterizado
modelo) interpretativo; el interpretando es, en cambio, como de «filo de la n avaj a• es todo lo contrario de una
eso otro de lo que precisamente hemos visto que s e inte­ InconsecuenCia.
rrumpe con la tematización. Se interpreta empleando las
categorías del «algo de algo•, pero lo que se interpreta
es aquel tener lugar, aquella presencia de las cosas, que
hay en el •andar con• no tematizante; lo que se interpreta

'1 Nótese que la distancia que establecemos frente a lo que llamamos


•enunciativo• o •tético• no tiene nada en común con una contra­
posición como la de •cognoscitivo• y •práctico•, la cual presupone
ya que se está en el ámbito de lo enunciativo o tético. Tan enun­
ciativa o tética es una decisión como un conocimiento.
2. Tráns ito a la cuestión del eidos

Platón es el primer momento en el que cierto rasgo pecu­


liar del acontecer de la Grecia arcaica y clásica se plas­
ma en un tipo peculiar de decir. Po demos definir provi­
sion almente el rasgo en cuestión diciendo que se trata
de la insolencia consistente en que se vuelva o se quie ­
ra volver relevante aquello q u e en todo caso está y a
supuesto y que, por l o tanto, siempre ya ha quedado atrás,
digamos: que quiera hacerse relevante el juego mismo
que siempre ya se está jugando. E sta insolente preten­
sión puede encontrarse de una manera o de otra en todo
el decir griego (arcaico o clásico) que conocemos, pero
es en Platón donde por primera vez cristaliza en un pro­
pio y específico modo de decir. Desde después de Platón
ciertos textos griegos anteriores a él s e interpretan como
especialmente vinculados a esa pretensión, pero esos tex­
tos son trozos de tradiciones poéticas diversas, de géne­
ros poéticos diversos. La «filosofía» anterior a Platón no
sólo es fragmentaria en el s entido de que s e conserven
m eramente fragmentos y no obras enteras, sino que lo
es también en el sentido de que se trata de una colec­
ción a posteriori de trozos de géneros varios. La crítica
al anacronismo de llamar «presocráticos» a los así lla­

r
m ados debiera extenderse al hecho mismo de la delimi­
tación retrospectiva de ese (o cualquier otro) subconjunto
20 SER Y DL\LOGO TR.-\NSlTO , \ LA C U E S T I Ó N D E L EIDOS 21

de textos y autores para constituir el apartado «filosofía, Cualquier saber e s en griego -decíamos- aquel «ser
en la etapa anterior a Platón. capaz de h abérselas con» que muestra, descubre o pone
En los autores anteriores a Platón, cualquier inten­ de manifiesto la co sa con la que s e las ha. Si la articu­
to de mención d e eso que siempre ya está supuesto, de lación apofántica e s el recurso elaborado precis amente
eso que en principio no s e menciona porque siempre y a para referirse a aquello que siempre ya acontece, enton­
e s t á y siempre ya h a quedado atrás, es u n intento epi­ ces el intento de que de alguna m an era se vuelva rele­
só dico y huidizo, algo así como lo siguiente: tal o cual vante lo que siempre ya acontece se desarrollará como
palabra de l a lengua común, en cada caso una distinta, intento de un saber habérselas con la articulación apo­
nunca un término, sino s iempre alguna p alabra de la fántica misma en el que ésta s e ponga de manifiesto ella
lengua común y que sigue siéndolo incluso en ese misma.
m om ento, a dquiere momentáneamente, episódi camen­ Este «saber habérselas» referente a la articulación
te y huidizamente, en virtud de alguna posibilidad que apofántica misma m antiene el carácter de saber en s en­
de su mismo uso en la lengua común s e deriva, aunque tido griego, es decir, no se trata de decir cosas acerca
siempre mediante una cierta violencia, el carácter de la de la articulación apofántica, sino d e un cierto «andar
aludida insolente m ención. con» en el que ella, que de ordinario pasa inadvertida,
En Platón, s egún ya ha quedado dicho, la cosa va sin embargo comparece, d e un «andar con» que pone de
substancialmente más allá, puesto que se genera p ara la manifiesto. No s e tematiza la articulación apofántica; s e
insolente pretensión un tipo propio y sostenido de decir. la descubre. Y, sin embargo, e s cierto q u e la propia arti­
Para exponer con qué tiene que ver esta novedad, empe­ culación apofántica como m anera de interpretar el juego
zaremos por atender a que en Platón no s e trata ya del que siempre ya se está jugando significa ella misma una
uso de esta o aquella palabra ; lo que sirve en Platón de cierta tematización, no del j uego mismo, sino de cada
punto de apoyo p ara la insolente m ención e s cierta una de las cosas «de que» s e trata en él, justamente por­
estructura que, en efecto, interpreta aquello que siem­ que la interpreta ción del juego en los términos « algo de
pre ya está. Tal como hemos dicho en el capítulo prece­ algo» hace de la cosa (no del juego mismo, sino de la
dente, no ha lugar a discutir si donde la estructura «algo cosa de la que en cada caso s e trata) un «de qué". E ste
de algo", la articulación apofántica, está siempre ya es es el «filo de la navaj a» de que hablábamos en el capí­
en el decir o sencillamente en el acontecer; al nivel en tulo l. Quiz á tal situación es ni más ni menos que el pre­
el que ahora nos movemos es, como vimos, lo mismo cio del impertinente intento ; que el j uego se haga rele­
reconocer lo uno que lo otro . La articulación apofánti­ vante e s la otra cara de que s e detenga; allí donde vimos
ca es la m anera en la que Platón interpreta lo que siem­ que el zapato pasa a ser un «de qué, cuando dej a de ser
pre ya está. Así, pues, la cuestión de lo que siempre ya zapato, allí mismo quedó también sugerido que la deten­
está es, en efecto, en Platón la cuestión de la articula­ ción del j uego puede no ser la detención trivial con­
ción apofántica misma, y, consiguientemente, es en un sistente en que el zapato lastima o se e stropea; puede
sab er h abérselas con esa articulación, en la destreza o s er tambi én la detención fenomenológica. Si es así, el
pericia referente a ella misma, en la destreza o pericia propio elemento de tematización que h ay en la articu­
que la hace aparecer ella misma como tal, en lo que con­ l ación ap ofántica h abrá de comportar una virtualidad
siste la referencia de Platón a lo que siempre ya está. interpretativa, e sto es, habrá de ser, a su m anera, ade-
22 S E H Y Dl.Ü O G O TRXNS I T O A LA C U E ST I Ó N DEL EÍDOS 23

cuado p ara d ej ar ver algo e n l o que e n efecto consiste ca con algún verbo que significa «Ver» y del cual la forma
el juego que siempre ya se está jugando. Vamos a ver que para significar estado significa « s ab er» ; pues bien, de
así es. acuerdo con todo lo dicho, ese «Ver» (y, consiguiente­
En efecto, si la articulación apofántica establece la mente, también el «saber» al que acabamos de referirnos)
tematizabilidad d e un término, lo hace precisamente ha de ser entendido, sin perj uicio de que aún h ayamos
poniendo como supuesto constitutivo de esa tem atizabi­ de decir otras cosas al respecto, por de pronto como algo
lidad la relevante no-tematizabilidad del otro término; del tipo del «ser capaz de h abérselas con».
la cosa, lo ente, es el «de qué", el algo-2; ahora bien, el Dado que más adelante habremos de ocuparnos d el
que la cosa sea cosa, el que lo ente sea, consiste en que estatuto del verb o cópula en la lengua de Platón y en las
haya el otro término, el algo- 1, el cual, por lo tanto, no nuestras, de momento es s ólo un recurso para entender­
puede tener a su vez el carácter o la condición o el esta­ nos y que deb e ser asumido con toda reserva el que diga­
tuto de ente o de cosa. mos que, si en el d ecir de uno u otro caso hay una p ala­
Ese otro estatuto que no puede ser el de ente o de cosa bra que de alguna m anera significa el eidos y otra que
es designado por Platón con la palabra eídos. Se trata de d e alguna m anera significa la cosa (si las hay, pues no es
una palabra muy frecuente en el uso común y su empleo preciso que en todo caso s e pueda e stablecer en la expre­
por Platón en el modo que acabamos de mencionar se sión una partición así) , entonces el vínculo de lo uno con
atiene estrictamente a lo que la palabra es en ese mismo lo otro, la relación y diferencia de lo uno a lo otro, s e
uso común y frecuente ; no hay aquí (ni en general en representa p o r algo a s í como «es»; supondremos, también
Platón) nada parecido a un término técnico. Lo que la sólo para entendernos, que el eídos es significado por la
palabra significa es algo así como presencia o aspecto o p alabra que sigue al «es» y la cosa por la que lo precede.
figura, con la connotación de brillo e incluso de b elleza. E l único sentido que en este momento tiene esta provi­
Platón emplea esa palabra porque s e trata de, a diferen­ sional construcción está en que ella nos permite ver que
cia del m ero referirse a lo ente o a la cosa, señalar ahora ya lo poco que hasta aquí s e ha dicho sobre el eídos con­
a aquello en lo que consiste que la cosa sea cosa, a aque­ tiene, sin embargo, algo gravísimo. En efecto, decir, como
llo en lo que consiste ser, y, en efecto, ya en el capítulo h emos dicho, que el eídos no puede tener a su vez la con­
1 hemos a delantado algo así como que ser significa pre­ dición de ente, comporta decir que el «es» no remite un
s encia, aparecer y comparecer. Pero la presente situación ente a otro ente ; en otras p alabras, a diferencia del «es»
expositiva nos invita a aportar algunas precisiones (que moderno, el «eS» griego no es redu ctivo, no reduce una
tampoco s erán las últimas) al respecto. No será sin antes cosa a otra. Quizá esto tenga algo que ver con que sean
apuntar a las consecuencias que ahora tiene lo ya dicho semánticamente imposibles en griego tesis como que este
en el capítulo 1 sobre el carácter de aquella presencia y o aquel sonido «eS» e ste o aquel número de vibraciones
aparecer, o, lo que es lo mismo, sobre el carácter del «ver» por segundo o que este o aquel color «es» esta o aquella
en relación con el cual está esa presencia; se dijo que el frecuencia y longitud de onda de un proceso ondulato­
«sab er» en cuestión es «saber h abérselas con» p orque la rio electromagnético. En todo caso, puesto que ente o
presencia, esto es, el ser, del que se trata es el tener lugar cosa es por definición nominal aqu ello cuyo significan­
y comparecer no en otra parte que en el « andar con» no te precede al «eS», podemos decir ahora que, en griego,
tético; la palabra eídos se relaciona de m anera sincróni- ente o cosa es lo que no se reduce, lo irreductible.
24 S E H Y D LÍ LO G O
TRA N S ITO A L.� C U E S TIÓN D E L EÍDOS 25

De acuerdo con lo que acabamos de exponer, el que lanto sobre cosas que vendrán después, hemo s de dejar
el eídos no pueda tener a su vez el carácter de ente com­ planteada la cuestión de si el que eso de que todo y cada
porta que el «es• excluye la reducción y, por lo tanto, que cosa «está lleno de dioses• s e diga no pertenece ya pre­
cada cosa es cosa en cuanto que es irreductible. Ahora cisamente a que los dioses s e esfumen.
bien, eso de que el eídos no puede tener el carácter de Nuestra tarea es ahora establecer cómo se dice en con­
ente es lo que hemos expresado diciendo que el eídos creto, o cómo se produce concretamente en el decir, eso
rehúsa la tematización y la rehúsa en el mismo acto de que el eídos rehúsa la tematización, o sea, cómo � e
interpretativo en el que precisamente se considera tema­ dice el carácter mismo del eídos como tal, su diferencia_
tizahle la cosa. Así, pues, la cosa es irreductible por lo con respecto a la cosa. Nótese que el, estando siempre
mismo por lo que el eídos se substrae a la tematización; ya supuesto en la tematización, a la vez rehusarla él
la irreductibilidad de la cosa es lo mismo que el que el mismo es el carácter o estatuto propio del eídos; así, pues,
eídos rehúse la tematización. el «no• que hay en ese rehusa r n o podrá ser la exterio­
Es oportuno adelantar ahora un punto que tendrá ridad que s e expresaría en una renuncia o en una decla­
cierto protagonismo en algún capítulo posterior. La men­ ración de imposibilidad; tendrá que ser un «no• o un
cionada irreductibilidad constitutiva de la cosa como tal, rehusar que, por así decir, permanezcan, un «no• o un
el que cada cosa sea lo que ella misma es y no se deje rehusar internos. Esto significa por de pronto que ha de
reducir a nada, eso e s lo que de momento hay que tenga haber, y también de m anera permanente, algo así como
que ver con las m encionadas connotaciones de brillo y un intento de tematización. Veamos en primer lugar en
b elleza. Totalmente de acuerdo con ello está el que esas qué puede consistir un intento de tematización del eídos.
connotaciones lo sean de la palabra eídos y que lo bri­ Seguiremos para ello apoyándonos por el momento en
llante y b ello sea la cosa ; en efecto, es la cosa lo que la construcción ingenua, introducida más arrib a, en la
«tiene• eídos, o, si se prefiere decirlo así, es lo ente lo que la articulación y diferencia de la cosa y el eídos se
que «tiene• ser. Que eídos sea belleza y brillo significa repres entaba por un «es•, donde la cosa es lo que «es ... •

que la cosa es, por ser en verdad cosa, brillante y b ell � ; y el eíclos e s el •ser . . . •. El intento de tematizar el eídos
que el ser sea brillo y belleza significa que es bello y bn­ se formulará entonces como la pregunta "qué es ser . . . •,

llante lo ente en cuanto que, en efecto, es ente. Es inclu­ en principio referida a •ser zapato•, «ser olivo• o cual­
so este mismo estatuto de consistencia irreductible de quier otro eídos aparentemente trivial. El desarrollo de
cada cosa lo que por el momento hay que tenga que ver esa pregunta, es decir, el intento de darle una respues­
con eso, tan reiteradamente dicho en la Grecia antigua ta, consistirá en tratar de fijar la determinación •olivo•
(Tales, Heráclito, Aristóteles) y tan d efinitorio de lo grie­ o «zapato• o «pescador de caña• a partir de una deter­
go, de que en todo y en cada cosa «hay dioses•, todo y minación «superior•, que llamaremos «género•, y ello
cada cosa «está lleno de dioses•, etc .. Tal como arriba mediante una «diferencia• que divide el género separando
hemos hablado del precio de la interpretación y de la la determinación que se pretende fij ar de lo demás con­
relevancia como pérdida a propósito de que la cosa tenido en el mismo género . E sto presupone que el géne­
hubiese de aparecer como tematizable siquiera fuese para ro es a su vez fij able de la misma m anera, a p artir de un
poder aparecer en la diferencia frente a algo que rehú­ género superior a él, etc .. El modelo de fij ación de un
ye la tematización, también ahora, en este somero acle- eídos así esbozado es lo que se llama la dihaíresis.
EIDOS 27
26 SER Y OLÍLO G O THcÍ. N S I T O A LA CUEST IÓN D E L

Lo que Platón postula como dihaíresis, para que acaba de registrarse, de que la dihaíresis, si ha de tener
tenga algún s entido dentro del proyecto de Platón, ha algún sentido, presupone algo así como criterios quizá vin­
de comportar un efectivo examen fen omenológico y no culables a nombres como, por ejemplo, «uno» o «unidad»,
un m ero dividir lógico. Así, por de pronto, si decidimos por citar el que, casi accidentalmente, acaba de surgir. Que
llamar « dividir» o « división» a la dihaíresis, habrá de quizá en otros contextos el nombre deba ser otro se ilus­
suponerse que no podemos dividir un género m ediante tra por de pronto recordando que la misma cuestión se
cualquier división que sea lógicamente correcta, sino que expresó más arriba también diciendo que el género tiene
el género tiene sus propias divisiones y el h allazgo de sus propias divisiones y que no cualquier división lógica­
ellas forma p arte d e la descripción fenomenológica. m ente correcta genera un eidos; la cuestión era la misma,
Ahora bien, el fondo de esto es que d e ninguna m ane­ como ya se vio, pero la estábamos formulando en los tér­
ra ocurre que cualquier determinación que en nuestro minos de que no cualquier división lógicamente correcta
sentido lógi co sea un «predicado» se correspondiese con constata una verdadera identidad-alteridad, con lo cual la
un eidos (inclus o si llamamos eidos también al género) . cuestión no estaría siendo llamada literalmente «uno", sino
Es posible d elimitar con todo rigor y a la vez en térmi­ algo así como «mismo versus otro». Aun así, sigue siendo
nos s encillam ente arbitrarios una colección d e obj etos, probable que ni los nombres ni siquiera el tipo de nom­
esa delimitación puede expresarse de multitud de bres hasta ahora aparecidos sean los que más deban inte­
man � ras, incluso intensionales, sin que por ello dej e d e resarnos.
s e r hsa y llanamente arbitraria, y lo así definido e s lógi­ Así, pues, si recordamos que podemos llamar eidos
camente un predicado, e incluso no hay manera alguna también al género, lo que acab amos de encontrar es que
de distinguirlo a efectos lógicos d e una delimitación que en cada paso del proceso mismo de la dihaíresis, en cada
no fuese eso que hemos llamado arbitraria; sin embar­ momento del intento mismo de fij ar algún eidos, sea éste
go, huelga decir que eso que así se h a definido en nin­ el que fuere, ciertos eíde 5 están siempre ya supuestos y,
gún modo es un eidos ni tiene nada que ver con nada como hemos visto, lo están por cuanto el intento de fij a­
de lo que Platón está queriendo decirnos. ción de algún eidos, cualquiera que sea éste, s e rige en
La observación que acabamos de hacer nos introduce todo caso por algo así como criterio s referentes a qué es
en el paso siguiente. Lo que ocurre con la aludida colec­ y qué no es un eidos.
ción de objetos arbitrariamente delimitada quizá podamos ·
Estos eíde siempre ya supuestos lo son, es decir, son
expresarlo diciendo algo así como que ese agrupamiento siempre ya supuestos, precisamente en el propio inten­
no constata ninguna verdadera unidad; a fin de cuentas to de tematizar un eidos, esto es, lo son en cada paso de
esto no es sino otra manera de decir que la delimitación la dihaíresis; por lo tanto, no pueden ellos a su vez ser
es sencillamente arbitraria. Otra cosa es que estemos o no obtenidos en dihaíresis. E sto explica entre otras muchas
en condiciones de dar algún criterio referente a qué es y cosas el que la dihaíresis no pueda aspirar ya a arrancar
qué no es un agrupamiento arbitrario o uno fundado. En de más arriba en el momento en que ha tomado como
todo caso hemos dicho algo así como «unidad", debién­ cúspide una de esas determinaciones siempre ya supues­
dose insistir en que la manera de llamar a eso quizá pudie­ tas ; así ocurre con la famosa ilustración del «pescador de
ra ser otra o incluso quizá en otros mom entos o contex­
tos debiera serlo; ello no mengua en nada la evidencia, que 5 eíde es el plural d e eidos.
28 S E R Y DLíLO G O TR.� N S I T O A L.\ C U E S TIÓN D E L ElDOS 29

caña» en el diálogo «El sofista»; l a determinación más alta nítes; en ausencia de un criterio que determine con exac­
de la que p arte allí la dihaíresis es la d�terminación de titud qué es tékhne y qué no, cualquiera de los que, tri­
tekhnítes, esto es, de poseedor de una tékhne; esa deter­ vialmente hablando, pescan con caña podría no ser un
minación es ya una de las siempre ya supuestas, porque «Verdadero» pescador de caña.
tékhne, como hemos visto, es sab er, es decir, e s el «Ver» Lo dicho d e que el «ver» que hay en el significado de
que hay en la noción misma de eidos. la p alabra eidos es el ser capaz de «andar con» y «habér­
No debe perders e de vista que la remisión que hemos selas con» nos servirá ahora para aclarar un poco más el
constatado desde cada determinación aparentemente tri­ carácter y el papel de esas determinaciones siempre ya
vial, como zapato u olivo, a lo siempre ya supuesto tenía supuestas a las que venimos aludiendo. Si el ver y el
lugar en el curso de la cuestión de en qué consiste el saber son lo que acabamos de decir que son, entonces
intento de fijar o tematizar un eidos, cuestión que a su el eidos, empezando por el eidos de e sta o aquella cosa,
vez tiene sentido sólo por el hecho de que el saber del zapato u olivo, s ería algo así como el criterio de qué
eidos, el ser capaz de habérselas con el eidos, habrá de hacer con el tipo de cosa en cuestión, y ello no en la
consistir en que lo propio del eidos como tal, el rehusar forma de p auta tematizada, sino en el modo en que mi
la tematización, efectivamente acontezca y se diga. Por «sab er» de la tiza, mi «Ver» la tiza como tal, consiste en
eso decíamos que el rehusar la tematización ha de ser que, cuando m e encuentro ante el encerado y echo mano
un continuado rehusar, lo cual comporta un continuado de ella, e s p ara escribir con ella sobre el encerado, no,
intento. Pues bien, las que hemos llamado determina­ por ej emplo, p ara comérmela. El intento de tematizar el
ciones aparentemente triviales, como zapato y olivo, lo eidos es por de pronto la pretensión de traducir este
son, esto es, son aparentemente triviales en el sentido de «sab er habérselas con» en algo que tenga el valor de una
que de entrada no se percibe en relación con ellas un fra­ p auta o norma o regla. La remisión que hemos consta­
caso de la pretensión tematizadora; de entrada no se ve tado de las determinaciones aparentemente triviales a las
por qué no h abría de poderse responder a la pregunta siempre ya supuestas significa ahora que todo saber
,,¿qué es ser zap ato?», "¿qué es ser olivo?». La remisión habérselas con este o aquel tipo p articular de cosas sola­
que hemos constatado de esas determinaciones, preci­ m ente ocurre en el m arco de un «sab er habérselas» pura
samente por el hecho mismo del intento de tematizar­ y simplemente, no ya con e ste o aquel tipo de cosas. Lo
las, por el hecho mismo de la dihaíresis, a determina­ antes dicho'del «verdadero» pescador de caña se confir­
ciones que siempre ya están supuestas, que están en cada m a ; «Verdadero» es el « andar con» en cuanto que es en
paso de la dihaíresis, y que a la vez, y precisamente por él donde, como hemos visto, la cosa es lo que es, y, en
eso, previsiblemente no se dej arán obtener por dihaíre­ este s entido, en él reside el •ver» y el «saber». Hay cier­
sis, no destruye la aparente trivialidad, pero hace que sea tas zonas en las que incluso nos otros, modernos o tar­
sólo aparente, es decir, no suprime la diferencia de carác­ domodernos, reconocemos que un cierto «andar con» es
ter entre las determinaciones como olivo o zapato y las el que descubre y dej a aparecer, e sto es, deja ser; sólo
siempre ya supuestas, pero hace que también a propósi­ que son zonas, para nosotros mismos, marginales con res­
to de las primeras las cañas s e vuelvan lanzas («todo está pecto a una existencia normativa ; reconocemos, en efec­
lleno de dioses») ; qué sea ser pescador de caña será cosa to, que el trabajo del escultor no consum e los materia­
trivial si y sólo si damos por consabido qué es ser tekh- les, sino que los descubre, que h ay un cierto sentido del
30 SER Y D LÍ L O G O T R A N S IT O A L \ C U E ST I ÓN D E L E fDOS 31

fenómeno «color» o del fenómeno «Sonido» e n e l que es siempre y a supuestas significa q u e todo saber habérse­
el pintor quien « s ab e» de colores y el músico quien «sabe» las con esto o lo otro sólo e s posible en el marco de un
de sonidos, etc., y, en este s entido del descubrir y «dej ar s ab er habérselas pura y simplemente, entonces las deter­
ser», no tenemos m ayor inconveniente (otra cosa es que minaciones siempre ya supuestas, que en un primer
podamos dar un criterio al respecto) en aceptar que no m omento aparecieron en nuestra exposición con nom­
es verdadero escultor cualquiera que con uno u otro cri­ bres como «uno» y «mismo versus otro», serán por otra
terio formulado no pueda distinguirse del verdadero p arte ni más ni m enos que los diversos nombres que,
escultor. Pues bien, eso del descubrir y el «dej ar s er», que s egún el contexto, pueda tomar la areté. De hecho, si las
incluso nosotros reconocemos para el pintor o el escul­ cronologías más generalmente admitidas de los diálogos
tor o el músico, en griego s e asume de manera natural d e Platón, al menos en lo que tienen de común, son váli­
para cualquier « andar con», para la pesca con caña como das, es bajo el aspecto de nombres de la areté como en
para el llevar zapatos o manto. Tal es el significado de primer lugar y d e manera más permanente aparecen esas
la afirmación de que el saber habérselas con esto o aque­ determinacion e s ; aparecen así, en efecto, en todos los
llo, con este o a quel tipo de entes, sólo es posible en el momentos de la obra de Platón, mientras que sólo algo
marco de un saber habérselas pura y simplem ente, afir­ tardíamente, a partir del diálogo «Parménides», lo hacen
mación que ya hemos visto como sinónima de la de que también con nombres como «uno» o «mismo/otro». En
no todo el que trivialmente pesca con caña es un verda­ todo caso la cuestión es la misma, b aj o uno u otro modo
dero pescador de c aña. d e invocación.
Hemos llegado, pues, hasta la noción de un saber que, Estamos ahora en condiciones de dar una primera ver­
siéndolo en s entido griego, esto es, como saber h abér­ sión de cómo se produce en el decir eso que llamábamos
selas, a la vez no lo sería de tipo alguno determinado de el rehusar la tematización y que considerábamos como lo
entes y estaría de alguna manera supuesto en el carác­ propio del eidos. El «¿qué es ser . . . ?» referido a cualquier
ter de saber de todo saber referente a algún tipo deter­ determinación aparentemente trivial, como zapato u olivo,
minado de entes; ese sab er pura y simplemente habér­ remitiría, según hemos visto, a determinaciones siempre
selas es lo que en griego en general y en Platón en ya supuestas y, por lo tanto, desembocaría en un «¿qué
particular se llama areté. Si hablamos de la areté del pes­ es ser ... ?» referido a alguna de esas determinaciones, las
cador de caña como tal, entonces de lo que h ablamos es cuales hemos visto ya como identificadas con los nom­
de eso que hemos m encionado como el carácter de «ver­ bres de la areté. En definitiva, pues, lo que hay en el fondo
dadero» pescador de caña. Y e sto, en virtud de todo lo es la cuestión «¿qué es ser . . . ?" en una forma en que el
dicho, significa que también podemos hablar s encilla­ lugar del «Ser . . . » es ocupado por un nombre de la areté;
mente de la areté. Léxicamente, areté es el carácter o la y aquí es donde propiamente empieza el diálogo de
condición de agathós, y esta palabra (que es la que con­ Platón, porque e s donde se hace explícito el rehusar,
vencionalmente s e suele traducir por «bueno») significa donde empieza el continuado interno fracaso.
sencillamente el apto, el que s a b e h abérselas, e star y Sea por de pronto el «Laques». Cuando decimos que
andar. en una conducta h ay «valentÍa» o «Coraje», la estamos elo­
Si, dado el sentido del «Ver» y «saber» que hay en eidos, giando; eso de la valentía o el coraj e debe ser, pues, un
la remisión de tod a determinación a determinaciones aspecto o parte o nombre de la areté ; procede, pues, la
32 SER Y D LÍ L O G O T R .·Í N S I T O A L A C U E S T I Ó N D E !, EjiJ Q S 33

pregunta «¿qué e s ser valiente o corajudo?» ; consiste l a la de la valen tía, ha servid o p ara que exper iment emos
,
como la cosa se nos escap a. Y lo mism o ocurr e con cual­
valentía -piensa por d e pronto Laques- e n una cierta fir­
meza; pero, puesto que areté es s ab er habérselas, es qui er otro in� ento de fijar una figura de la a.reté : 0 bien
(pnm_ era po
sab er, será «mej o r" (si llamamos «bueno" a a qu ello cuyo sibilid ad) la figura que establ ecemo s es falsa
carácter es la areté) aquella firmeza en la que h ay un p orque lo que con ella se descri b e no es incon dicion al­
•saber qué s e hace» ; por otra parte, sin embargo, valen­ m ente areté, � bien (segun da posib ili dad) vamo s a p arar
tía y coraj e hace referencia a riesgo e incertidumbre, o en la r � ferenc 1a a la are té en gener al, disolviendo la figu­
sea, a un cierto «no saber qué s e hace»; hay, pues, ya de ra part1c ula �, � :1 que � aya esta altern ativa significa que
entrada incompatibilidad interna en la valentía o el cora­ (terce ra po � Jbihd ad) , s1 e algun a figura partic ular y a la

je, y, nótese bien, precisamente incompatibilidad inter­ vez es ?'rete, enton ces la hgura carece de akríbeia, 0 sea,
no defme . con exacti tud, no determ ina sufici entem ente
na entre el carácter de areté en general y el carácter espe­
cífico de valentía o coraj e, o sea, entre la condición de cuánd o es el ca � o y cuánd o no, y, sin embar go, la akrí­
.
beL �. � s Irrenu nciabl e, porqu e ella es el «qué es•. Las tres
areté y la fija ción de alguna figura, de algún quid. Nicias .
pretende entonces evitar la incompatibilidad definiendo p osibil idade s no son simple mente tres miem bros de una
directamente la valentía como un sab er, como el saber altern ativa ; la tercer a resum e las otras dos.
de lo temible y de lo inocu o en cuanto tales. E sta defi­
nición sup era incluso la objeción según la cual no habría
un saber de tales cuestiones en sí mismas, sino que cada
saber sabría qué es lo temible y qué lo inocuo en su
campo, por ej emplo: el m édico en lo que se refiere a la
s alud, el agricultor en lo que concierne a la cosecha; esta
objeción s e supera considerando que, si bien el médico
sabe qué es p erju dicial y qué b eneficioso para la salud,
sin embargo, no siendo la s alud incondicionalmente un
bien o no siendo deseable por encima de cualquier cosa,
no puede decirse sin más que todo lo perjudicial p ara la
s alud s ea temible y todo lo b eneficioso para ella inocuo,
e igualmente por lo que s e refiere a la agricultura, etc. ;
es, pues, otra instancia, no e l saber d e cada caso, quien
decide si algo es temible o inocu o ; con este argumento,
ciertamente, s e diferencia el saber de lo temible y de lo
inocuo frente a todo saber particular, pero precisamen­
te en el s entido d e que s e lo identifica con pura y sim­
plemente la capacidad de decidir qué sí y qué no, de dis ­
cernir lo bueno de lo m alo, o sea, sencillamente con la
areté misma, de modo que el intento de dar a ésta una
figura determinada, aunqu e sólo fuese una entre otras,
3 . La interp retación ap ofántica y el «Ser,

Ya hemos expuesto cómo la articulación apofántica, no


siendo en manera alguna el enunciado, a la vez está vin­
culada como modelo interpretativo a aquella p érdida del
interpretando en virtud de la cual lo que quede será el
enunciado, p érdida que, por otra parte, es, en el s enti­
do que expusimos, i déntica con la relevancia de aqu ello
mismo que se pierde. Sólo hay interpretación apofánti­
ca, en el s entido que a esto hemos dado, mientras el
interpretando aún no se h a esfumado, p ero el hecho de
que haya la interpretación apofántica significa que s e está
esfumando, sin lo cual, por cierto, no sólo no habría
interpretación apofántica, sino que tampoco h abría inter­
pretando, p ues su carácter de interpretando, su rele­
vancia, su aparecer y comparecer, e stá asociado con su
pérdida.
El predominio de la interpretación apofántica, pre­
dominio cuyo s ignificado acabamos de recordar, puede
representarse como el de cierta estructura de eso que
solemos llamar el lenguaj e ; tal estructura no es la de
«suj eto y predicado• en el mismo s entido en que la arti­
culación apofántica no es el enunciado; en todo caso es
una estructura dual, y su modo de expresión por así decir
directo es el que los dos elementos de la dualidad e stén
representados por dos sintagmas referidos el uno al otro
36 S E H Y D i c\ L O G O L A I N T E R P H E TA C I Ó N .I P O L í N T I C A Y EL · S E R · 37

mediante u n elemento que signifique precisamente e s e ción léxica no reclamase palabra alguna de las que se fle­
tipo de referencia, esto es, q u e signifi que la articul � ción xionan como verbos, podría producirse indefinición tanto
misma . D a do que esto es el «verb o c�, pula», � e � ntlende en lo que se refiere al contenido m orfemático como en
el que el momento de 1� interpreta � w . n apof. ntlca h aya
, � lo referente a la existencia misma de nexo ; un m o do de
de culminar en la adopcwn del propw verbo copula como resolver este problema estructural es que haya un verb o
nombre para designar el interpretan � o, el j u ego que p ara cuyo empleo no s e requiera una intención léxica
siempre ya s e está j ugan � o ; e� efecto, si en Platon,
, com
� determinada, algo así como un lexema cero con flexión
.
hemos dicho, l a referencia al JUego que Siempre y � se esta verbal; si en la secuencia ordenada de palabras consti­
jugando no es esta y aquella mención huid� za, smo q � e tuida por •el niño• y «rubio• queremos indicar que ya hay
genera un modo propio, excl � si� o y sostem � ? de decu, nexo, es decir, que no es que «el niño rubio» esté en espe­
unos instantes después, en Anstoteles, h abra mcluso u n ra de un ulterior pre dicado, podemos intro ducir «es», lo
nombre relativamente fijo, el cual no será otra c o s a que cual a la vez deshace la indefinición, si la hubiere, en
el uso nominal del verbo cópula. Ahora bien, esto com­ cuanto a qu e el •ti empo" es "presente• y el «modo• es
porta que, incluso en el caso �e �ristóteles, estamos �oda­ •indi cativo• . Hasta aquí una sencilla explicación que, sin
vía en la interpretación apofántica, no . en el enunc1 � do . emb argo, resulta en p arte ya cuestionada por el hecho
Para apoyar esta distinción, en los térmmos en que viene de que no sería del todo inobjetable decir que en «el niño,
ya de nuestros capítulos precedentes, tenemos � hora qu e rubio.• (donde los signos de puntuación pretenden repre­
llamar l a atención sobre el hecho de que no qmere decu .
s entar una pausa y una curva de entonación determina­
exactamente lo mismo «verb o cópula» cuando hablamos das) no haya verbo cópula, aun si suponemos que no hay
de la lengua de Platón que cu � ndo habla�os de una de contexto que permita suplirlo ; más bien, quizá, h abría
nuestras lenguas. Este propos1to , nos obhga, algo p ara­ que interpretar esa secuencia asumiendo que ciertos
dójicamente, p ero inevitablemente, a. hablar por m:? s miembros del paradigma del verbo cópula tienen la posi­
momentos del m ero sirrnificado nommal de l a nocwn bilidad de la expresión cero, pues no parece aceptable

•verbo cópula», es deci a hablar como s i ju � ta m ente l �
. asumir que «el niño, rubio.• sea del todo ambiguo en
diferencia que pretendemos establecer no exi stlese .; sera cuanto a morfemas extensos, ni siquiera en el caso de que
.
sólo para ulteriormente rectificar la perspectiva . C1e �tos ningún elemento del contexto los determine 6 ; en otras
morfemas (que llam aremos «morfemas extensos») � fec­ p alabras: la situación en la lengua a la que pertenece este
tan no a un sintagma mínimo, sino a una secuencia d e ejemplo, en la lengua que estamos hablando ahora, como
tales sintagmas, siendo a l a vez este hecho l ? que deli­ .
en general en las l enguas modernas, e incluso en l atín
mita con un carácter p articular la secuencia afectada clásico y en griego helenístico, es que el verb o cópula
(diremo s : lo que delimita un «nexo») ; el modo � e expre­
sión que la lengua (cierto conju? to de lenguas) �1ene p ara 6 tl admitir, c o m o s uge r i m o s , que «el n i ñ o , rubi o . •, s alvo que a l g o s e
.
esos morfemas es el tipo de flexiÓn asignado a cierto con­ s u p l a p o r el c o n texto, t i e n e los m orfemas extensos de «es• y n o l o s
junto de palabras, que son las que llam_ amos «Verbo s » ; d e «fue• o •sea• o •scnÍ• n o comporta e n manera algu n a decir que
como resultado de ello, e n u n a secuencia q u e fuese u n signifi q u e d e hecho actuali d a d temporal y realidad m o dal, pues tam­
poco l a forma con «es• s i g n i fi c a n e cesa r i a m e nte ni en todo caso esos
•nexo• y e n l a que, p o r lo tanto, la intención sem � ntica c o n c epto s ; n o se co nfu n d a la m o rfcm;ítica d e la le ngua c o n u n aná­
comportase morfemas extensos, p ero en la que la mten- l i s i s conce p t u a l presuntam ente neut ro de la s u b s tancia s em á n t i c a .
38 SER Y D J ,\ L O G O L..\ I N T E H P R E TA C I Ó N A P O n i\' T I C .-1 Y EL · S E H · 39

e s obvio y que los casos e n los que presuntamente n � lo Homero y el Helenismo. L a •todavía no obviedad» s e per­
habría son o bien casos de elipsis o de sobreentendido cib e, en primer lugar, en que l a explicación antes suge­
o bien de expresión cero de ciertos miembros d �l p ara­ rida p ara las oraciones con predicado nominal y supues­
digma. Esa es también la situ a ción a la que � e tiende a tamente •sin verb o cópula» en nuestra propia estructura
lo largo de la historia del gn_ ego arcai_ � o y clasico,
. pero, lingüísti ca (a s a b er: expresión cero para ciertos miem­
p ara ver en qué sentido no puede decirse que sea antes bros de los p aradigmas etc.) no valdría p ara el griego
del Helenismo una situación alcanzada, tenemos que arcaico y clásico; allí hay verdaderamente oraciones de
adoptar, sólo como modo de expresión, algo � sí co r�lO un ese tipo sin verbo cópula; esto es cierto con muchos mati­
modelo de cómo se llegó en general a esa sltu a cwn _ : se
ces en los que no podemos entrar aquí, p ero es cierto ;
trata en buena m edida de que la tendencia a que en todo el verbo cópula es ya normal, p ero no e s pura y simple­
•nexo» haya un •verbo• comporta una progresiva gene­ m ente obvio. Otro hecho en el que s e p ercib e esta •toda­
ralización -y, por lo tanto, debilitamiento s e r_n ántico del vía no obviedad• es el siguiente :. si antes dijimos que
_
lexema- de ciertos verbos, los cuales, consigUientemente, podemos representarnos el proceso de constitución de la
llegan a no distinguirse unos de otros e incluso a inte­ cópula como algo en l o que está n implicados (aunque
grarse en un único paradigma; de ahí tanto el que el para­ quizá no exclusivamente) verb o s que en principio tienen
digma del verb o •sef» tenga en algunas lengua � mdoe _ u­
_ , contenidos léxicos concretos, debemos ahora recordar
ropeas el evidente carácter de confluencia de etlmol ? gias que en griego antiguo la conexión de verbos tales con la
diversas como el que algunas <<raíces• indoeuropeas mte­ cópula es todavía sincrónicam ente viva en una m edida
gradas en el verbo •ser• en algunas lenguas m � ntengan importante; así, el verbo gígnesthai, sin p erder j am ás su
en otras su carácter independiente; si hemos dicho que significado de •llegar a ser», •nacer», es a menudo indi­
•en buena m edida» ocurrió lo que acab amos de indicar, ferenci able de la cópula, y ci ertas formas del verb o phú­
e s porque, de todos modos, hay una •raíz» de las que ein o phúesthai, que nunca d ej a de significar • crecer•,
entran en el verbo •ser» en las lenguas indoeuropeas, •brotar», •surgir•, se emplean a veces con un carácter de
concretamente la del griego esti, eínai, digamos la •raíz• verb o cópula tan estricto como el que normalmente tiene
*es-, de la que no nos consta por la comparació � entre eínai.
las lenguas indoeuropeas significado alguno ant enor a la Que haya verbo cópula, esto es, que el signifi cado de
función de cópula; puede ser que lo haya t � mdo, _ p ero ci erto verbo esté constituido por el papel o función que
también que s e trate de algo que pasó a func10nar como acabamos d e describir, y que el verb o cópula aún no s e a
raíz verbal precisamente para el papel de cópula. S e a pura y simplem ente obvio ( e n e l s entido que también
como fuere, e l proceso de constitución del verbo cópu­ hemos descrito) , son l a s dos condiciones que, por una
la es algo que está ya en marcha, incluso b astante avan­ p arte, ya habían hecho posible antes de Platón el uso del
zado, desde estadios sólo accesibles por vía de compa ­ verbo cópula como recurso p ara, por de pronto, alguna
ración y, desde luego, e n el griego m á s antiguo, e l cual, d e a quellas m enciones huidizas de a quello cuya mención
por lo que s e refiere al tipo d e expre � ión q � e a quí nos e s insolente, d e lo que siempre ya está teniendo lugar,
interesa, es grosso modo Homero. L a distanci a entre este del juego que siempre ya se está jugand o ; sólo con este
estadio ya bastante avanzado y l a antes me � c10n_
� da pura carácter, un uso así del verbo cópula ya había tenido
y simple obviedad de l a cópula es la distancia entre lugar en Parménides ; h asta ahí esa m ención huidiza no
40 S E I\ Y D IA L O G O
Ll I N T E R P R E TA C I Ó J'I A P O LÍ N T I C . \ Y E L · S E H · 41

e s substancialmente distinta d e otras menciones huidi­ pierd e ; el mismo ·filo d e l a navaj a» del que reiterada­
zas de lo mismo empleando otros recursos, por ej emplo: m ente hemos hablado.
de algún uso de lós·os o de phúsis p o r Heráclito o de Las prece dentes consideraciones apuntan a u n deter­
nómos por Píndaro. Lo que sin duda es ya entonces dife­ .
mmado _
sent1do del hecho de que, finalmente, es decir,
rente es que en la diferencia del tipo de cualificación que cuan � o s e lle & a a que haya una designación (y no sólo
una y otras p alabras tienen p ara ser recursos de esa m en­ m encwnes hmd1zas) _ de l a cuestión del j uego que siem­
ción está ya predeterminada la diferencia de la ulterior pre y a s e está jug � ndo, � l elemento de la l engua que
historia de una y otras a ese respecto. De las vari as pala­ _
smmmstra esa des1gnacwn . s e a precisamente el verb o
bras que en aquel momento sirven o casionalmente para cópula 7• También h a quedado sugerido por qué el que
esa mención, sólo una, a saber, e l verb o cópula, deriva
su aptitud para ese uso de su específica relación con la
articulación apofántica misma. En efecto, cuando hemos La forma gramati cal m á s frecuente s e rá, c o m o e s s a b i do, l a d e l l l a ­
m a d o « n e utro s m g u l a r con artículo d e l p a rt i c i p i o p resente•: tó ón.
caracterizado el verbo cópula como l a p alabra q u e tiene _ _
I n d e p e n d i e nt e m e n te de la falta de e q u i v a l e nc ia, de la que precisa­
la capacidad de, dentro del decir, decir que en efecto h ay m ente n o s esta m o s o c up a n d o en el texto, entre el verbo c ó p u l a d e l
un decir, esto es, cuando hemos recordado que el verbo .
g n e g o a ntiguo y e l d e una l e n g u a m o d e rna, h ay m últiples m o tivos
cópula es la p alabra que deshace la ambigüedad que que h a cen especialm ente poco reco m en d a b l e traducir e s a e x p r e s i ó n
pudiera haber en cuanto a que l a conexión entre «el gnega por «lo c n te» o p or «el e n t e • . E n p r i m e r l u g ar, el neutro s i n ­
_ _
gu l a r de u n adJel!vo gnego antiguo, cuando no h ay en absoluto s u b s ­
niño» y «rubio" es tal que constituye por sí misma un � _ _
a n tivo de referencia ( n i exp l ícito n i i mplícito, ni dete r m i n a d o n i
decir, lo que con todo ello hemos dicho es que el verbo m d ct e r m m a d o ) , :; i gnifica algo así c o m o « e l carácter o l a c o n d i c i ó n
cópula caracteriza l a dualidad de términos dada como d e X•, s i e n d o X el significado l c x e m á t i c o d el a djetivo; e l q u e s u s ­
precisamente l a articulación ap ofántica. Para ser más !
cnbe es caste l a n o h a b l ante y n o percibe p o s i b il idad corre s p o ndien­
exacto s : en griego (arcaico y clásico) la cara cteriza como t� a esta e n mnguno d e l o s dos s i n tagmas castellanos m en c i o n a d o s .
l � n segui� d o l ugar, s i ya e n g e n e r a l y p a r a cualquier v e r b o l a c o rres­
la articulación apofántica, en lengua moderna (y en cier­ P ? ndencia d e la forma c aste l l a n a en «-nte• con e l l l a m a d o « p a rtici­
ta manera ya en griego helenístico) la caracteriza como ,
�IO � I e s e nte• es poco m a s que u n c o n ve n i o m n e motécn i co, esa pre­
el enunciado, s i recordamos la distinción entre ambas ,
� u nc i ? n de corres p o ndencia se v uelve m uy d esfigura d o ra c u a n d o s e
nociones en la que hemos insistido reiteradamente; es .la apli ca a u n a fo r m a que, c o m o « e nte• y ya el latín ens, es s e n cilla­
Im;� te una palabra inventada ad hoc y cuyas p o s i bilid ad e s s i ntag­
a esa distinción a lo que responde el fenómeno que
n�at �cas no tie n e n apenas rel a c i ó n a l g u n a con l a s de la p al a b ra grie­
hemos descrito como la «to davía no obviedad» de la ga . l' I n a l m ente, o c ? m o resultado d e todo e ll.o, s e corre el p eligro de
cópula en griego arcaico y clásico . La cópula es o bvia �
olvi ar o no percibn alg � que, sin e m b argo, es de la m áx i m a i m p o r­
(es decir, si de hecho no está expresa, ello es elipsis o tancia, a s a ber, que el gnego ont- es u n a p a la bra de uso m u y flu i d o ,
, .
sobreentendido o similar) cuando lo que hay es ya el s i n ta S m al!camente n e o , com ú n y o rd i n a r i o , y que es u s a d a p o r
_
Anstotel ; s m i s m o d e a c u e r d o c o n ese c a rácter que ti ene en l a len­
enunciado; la cópula existe y tiende a generalizarse, p ero
gua co m u n . Incluso c o n i n dependencia d e l o que hay ya de a b e rrante
todavía no es obvia, mientras lo que hay es la interpre­ e n que una palabra de uso flui d o en una l engua se traduzca por u n a
tación ap ofántica. Que todavía no e s obvia se corres­ Inventada a d hoc e n o t r a , caso d e e n s l a t i n o p a r a ón g r i e g o , n o d e b e
ponde con que todavía, por así decir, significa algo ; está � orpre n der e n e s t e cas � e l que n i s i q u iera p o r l o d e m á s l a p al a b ra
condenada a caer en l a obviedad por cuanto lo que sig­ mvcntada c o n s e rve casi n ad a de lo r¡ue h ay en la original, p u e s d e
l o que d ec J m ? s en el texto se s igue q u e la d e s i gnación, p o r fin, d e
nifica es algo tal que por el hecho de que s e significa se
e s o c · > e , p o r .h n, s e d e s t gna c o n tó ón. vaya seg u i d a de l a p érdida d e l
42 SER Y D L Í.L O G O LA I N T E H P H E TA C I Ó N A I' O f.,Í. N T I L\ Y E L . S E R · 43

s e llegue a tal situación comporta que inmediatamente utilidad que no po demos permltunos el luj o de desa­
después se haya p erdido todo s entido p ara eso que s e provechar el hablar de la •cuestión del s er» dando a esta
acaba de designar. La design ación sigue siendo, pues, expresión el s entido que se desprende de lo que hemos
huidiza, sólo que ahora lo e s de otra manera. En todo expuesto hasta aquí. La adopción de la expresión •cues­
caso, el breve momento en que se llega a esa designa­ tión del ser» significa que la articulación apofántica es
ción, inmediatamente antes, pues, de l a correspondien­ la interpretación que hay del juego que siempre ya se está
te p érdida, es Aristóteles. El que no ocurra en Platón, j ugando. Ahora bien, la misma exposición que hasta aquí
pese al papel central de la articulación apofántica en su hemos hecho, ya desde el capítulo 1 , comporta que en
pens amiento y a la relación que a tal papel hemos atri­ la articulación apofántica hay una doble referencia a lo
buido con la designación en cue stión, ob e de ce a las que siempre ya está aconteciendo, un doble •siempre ya».
características del modo de decir de Platón; este pensa­ Por una p arte, l a articulación significa que en que algo-
dor es, como dijimos, el primer a utor (y, en general, el 2 sea está siempre ya como constitutivo uno u otro • algo-
primer m omento) en el que l a insolente pretensión se 1 » , en otras p alabras, que ser es •ser ... ", lo cual. comporta
despliega en un modo específicam ente suyo y sostenido que el • algo - 1 » no puede tener a su vez el carácter o la
de decir; pero ese modo de decir, al cual dedicaremos condición o el estatuto de cosa o de ente; para designar
alguna atención, e s tal que excluye l a fij ación de desig­ ese otro estatuto, el propio del •algo- 1 ", se echó mano
naciones; las p alabras nunca tienen en Platón otra fij e ­ de la palabra eídos. Lo siempre ya supuesto es, pues, por
z a que l a q u e s en cillamente tienen en l a lengua común una p arte, el eídos en el s entido de que es uno u otro
en l a que Platón compone. En todo caso, a nosotros, que eídos, uno u otro, p ero siempre alguno. Y ya cada eídos,
venimos mucho tiempo después de Aristóteles y que de olivo o zapato, tiene un estatuto que no es el d e ente o
ninguna manera p odríamos decir en el modo de decir de cosa, sino el de algo ya supuesto en que el ente sea y en
Platón, sino, a lo sumo, llegar a p e rcibir la diferencia de que la cosa sea cosa. Ahora bien, por otra p arte, esto
ese modo de decir con respecto al nuestro, nos es de una mismo signifi c a que lo siempre ya supuesto es l a dife­
rencia misma, la alteridad del otro estatuto . Si a l a •cues­
tión del ser» la llamamos •la cuestión ontológica», enton­
sentido d e e s a designación, fenómeno, por otra parte, documentado
e n h echos tan llamativos como que en l a organización (t posteriori
ces esa cuestión se define como tal frente a cualesquiera
de los es critos del corpus aristotelicum aquellos escritos en los que cuestiones de entes o de cosas, en el sentido de que en
s e puede encontrar un análisis fenomenológico del sentido de la ella no se trata de qué cosas son o qué son esas cosas,
cópula aparezcan por completo desconecta dos de aquellos otros en sino de en qué consiste ser, esto es, no de qué hay, sino
los que to ón aparece como el nombre de lo que siempre ya consti­
de en qué consiste el haber; y entonces contrapondre­
tuye el problema; uno y otro bloque d e escritos han p a s a do a s er,
por así decir, competencia de grupos distintos de investigadores; de mos cuestión ontológica a cue stiones ónticas, siendo
donde surge, por una parte, el que las palabras fenomenológicas del estas últimas precisamente las de qué cosas son y qué son
primer bloque h ayan pasado a entenderse como términos técnicos esas cosas, o sea, las de qué hay. Trasladando a esta
de un análi si s «lógico" del •enunciado» y, por otra p a rte, en conso­ m anera de hablar lo dicho inmediatamente antes, dire­
nancia con ello, la famosa cuestión de un sentido de •mera» cópula
frente a presuntos •otros• sentidos de •ser•; estos •otros• sentidos
m o s : por una parte, ya la cuestión de e ste o aquel eídos,
resultan necesarios porque el desconocimiento de la fenomenología de •qué es ser olivo» o •qué es ser z apato», es cuestión
de la cópula misma convierte a ésta e n •mera•. ontológica y no óntica, y al respecto hablaremos de onto-
44 SER Y D LÍ L O G O L A I NT E R P R ETA C I Ó N .·\ P O LÍ NT I C .·\ Y EL · S ER · 45

logías p articulares o simplemente d e ontologías, e n plu­ b ajo el mismo eídos, «una en cuanto al número, aunque
ral ; por otra p arte, la cuestión ontológica es la cuestión no en cuanto al ser», ser considerada en uno u otro ámbi­
de la diferencia misma, el a sumir la no onticidad del to; contraposición característicamente aristotélica entre
eíclos ; frente a «Ontologías p articulares» o simplemente ámbitos de lo ente es, por de pronto, la de ta. p húsei ónta
<<ontologías,, habría que hablar aquí de algo que e s onto­ («aqu ello cuyo ser e s phúsis») frente a tO. tékhnei ónta
logía y no es plural, pero que de momento preferimos (<<aquello cuyo ser es tékhne,) ; el lecho es tékhnei (su ser
dejar sin nombre. Una y otra p arte se corresponden con es tékhne) , pero l a misma cosa, ciertamente no en cuan­
lo que en el capítulo 2 hemos descrito como, respec�i­ to lecho, sino en cuanto trozo de madera, que, si es levan­
vamente, por una parte la cuestión ,,¿qué es ser . . ?» refe­
. tado y dej ado en el aire, cae, o que quizá incluso con­
rida a olivo o zapato o pescador de caña, pretensión serva, como trozo de un árbol, la capacidad de que algo
tematizadora que tiene lugar para fracasar continuada­ de él crezca, es phúsei (su ser es phúsis) ; y, a l a inversa,
mente, esto es, p ara que comparezca aquel específico el árbol o la roca, que son p húsei, a la vez, no en cuan­
estatuto que se m anifiesta en el rehusar la tematización, to árb ol o roca en s entido estricto, sino en cuanto que
y, por otra p arte, aquello en lo que se concreta ese con­ están ahí porque el proyecto ha incluido d ej arlos estar
tinuado fracasar y rehusar, a saber, el interno remitir de y no cortarlos o arrancarlos, son tékhnei; tanto el ser en
esas determinaciones a eíde que están siempre ya supues­ el s entido de phúsis como el ser en el s entido de tékhne
tos en toda averiguación referente a un eídos, esto es, en es eídos, y eídos se relaciona, como sabemos, con «Ver» ;
cada paso de l a clihaíresis. la distinción aristotélica entre phúsis y tékhne se rela­
La consideración de ontologías particulares y de lo ciona con s i el eídos ej erce como tal, esto es, como s er,
otro a lo que no hemos puesto nombre, tal como acaba precisamente en y por (mediante, a través de) el ver o
de ser introducida, s e corresponde con el pensamiento independientemente de él; por eso p ara l a primera de
de Platón y no con el de Aristóteles. En Aristóteles cab e estas dos posibilidades aparece como término de «ser» un
hablar de ontologías particulares, pero éstas no lo son d e término que ya hemos encontrado clasificado como de
tipos de entes, como zapato u olivo. C o n matizaciones «sab er» ; la opción por uno de los términos de <<sab er»,
que no forman p arte de nuestro actual tema, l a cuestión concretamente tékhne, para esta función pro duce una
ontológica sigue siendo en Aristóteles, como lo era en diferenciación de significado dentro de los términos de
Platón, la cuestión del eídos, p ero el contenido p articu­ «saber», p ero esa diferenciación todavía no afecta al
lar de cada eídos es tratado en Aristóteles como cuestión hecho fundamental de que todo «sab er, griego sea «saber
óntica, no ontológica. La diversidad de las ontologías par­ habérselas con»; lo que sí ocurre es que, dentro del «sab er
ticulares en Aristóteles no lo es d e tipos de entes, sino habérselas», tékhne pasa a tener una especial relación con
de lo que pudiéramos llamar ámbitos de lo ente, noción el producir. Esto último n o s proporciona un hilo con­
que de entrada podemos diferenciar de la de tipo s de ductor hacia ciertas diferencias del p unto de vista de
entes por l a consideración de que en principio aquella Platón con respecto al de Aristóteles. El sab er, esto es,
cosa que p ertenece a un tipo no p ertenece a otro, lo que el «saber hab érselas con», la destreza o pericia, llámese
es zapato no es tiza, mientras que, en el caso de los ámbi­ tékhne o epistéme o sophía, no tiene en Platón, en prin­
tos de lo ente, puede (y quizá no sólo puede) l a misma cipio, relación especi al con el producir; de lo que sab e
cosa, materialmente la misma, aunque no considerada el zapatero no es, en principio, d e zapatos, sino de cor-
46 SER Y DIALOGO

tar el cuero, mientras que quien sabe d e zapatos e s el que


porta zapatos ; el pescador de caña del ej emplo no s a b e
de pescado, sino de peces, río (o m ar) y caña ; d e pesca­
do sabe el cocinero. El zapatero, que es un tekhnítes (y
por lo mismo, en Platón y en la lengu a común, un epi­
stémon y un sophós) , <<sabe de» el cuero (que aristotéli­
camente s erá phúsei) ; en Aristóteles esto seguirá siendo
cierto en el nivel de la lengua común, pero en el del arti­
ficio fenomenológico lo que o currirá s erá lo siguiente :
puesto que en el caso del zapato el ser (el e'idos) tiene 4. La distancia dialógica
el carácter de tékhne, el que •ve• o •sabe de» s erá en
ese caso el tekhnítes, y, por s u parte, el cuero, que en
cuanto tal es p húsei, p ertenecerá en cuanto húle para el
zapato o dunámei z apato al ámbito tékhne. Esta dife­ E n el capítulo 2 hablábamos de u n continuado intento
rencia comporta otra que describimos a continuación. de tematización, necesario p ara que tenga l ugar el con­
Aristotélicam ente, el que el árb ol y la roca, phúsei en tinuado fracaso de la tematización, es decir, p ara que
cuanto tales, puedan ser tékhnei en el s entido al que hace comparezca lo propio del e'idos como tal, esto es, su
unos instantes nos hemos referido, es inseparable de cier­ rehusar la tematización. Lo que allí llam ábamos tema­
ta distinción en lo que allí mismo llamamos el •proyec­ tización es ni más ni menos q u e : que ·de» un e'idos algo
to• ; s e puede, en efecto, •sab er hacer» algo y, a la vez, se m anifieste, se diga, comparezca, acontezca, en otras
optar por no h acerlo; el excelente arquitecto puede rehu­ p alabras: que el e'idos ocupe el lugar de lo que hasta aquí
sar construir una b ella morada no porque no sepa hacer­ hemos venido llamando el •algo-2» . Por eso era j usta­
la (pues e s u n excelente arquitecto) , sino porque s e trata m ente esta la vía para que, en el continuado fracaso, b ri­
del palacio del tirano ; se distingue así entre •sab er hacer» lle la diferencia que hay en la articulación apofántica
y •saber qué h acer» ; frente a tékhne como m o do de ser misma : el estatuto del algo- l es el d e a quello que siem­
surge, como un tercer modo de s er tras phúsis y tékhne, pre ya queda atrás en el ·de» y, por lo tanto, está cons­
la prohaíresis, y frente a tékhne como • s ab er h acer» apa­ tituido por el rehusar el ·de». Ahora bien, continuado
rece phrónesis como •saber qué hacer» ; así en Aristóteles. fracaso del ·de», eso quiere decir: continuado fracaso del
Alguien, que muy bien podría ser Platón, rechazaría esta apopha.ínein, pues el • de», el • algo de algo", como vimos,
distinción objetando frente a ella de una u otra de las dos es precisamente el apopha.ínein; lo que hay es, pues, una
maneras siguientes, que en el fon do son una sola: o bien continuada ruptura del apophaínein; no p ara remitir a
que al p alacio del tirano le corresponde ser un adefesio, algún otro acontecer o proceder; no h ay tal otro ; e s en
que precisamente el excelente arquitecto no podría cons­ la ruptura en sí misma, tal como la diferencia e s la dife­
truir, o bien que la •excelente>> morada del tirano no es rencia misma, no que en algu n a otra parte h aya alguna
el p alacio, sino la m azmorra. otra cosa.
Digámoslo de otra manera. La interpretación apofán­
tica funciona positivamente para el saber, decirse, mani-
48 SER Y Dl c\ LO GO LA IJ I STA N C L\ D I A L ÓGI C A 49

festars e y acontecer ónticos. Por otra parte, p ara desig­ relevante el j u ego que siempre ya s e está jugando, etc. ;
nar eso que nosotros, desde el capítulo 3, llamamos ónti­ cab e preguntarse si este «sab er, (o como haya que lla­
co, p ara designar el discernimiento óntico, tenemos una marlo) no es a su vez interpretado apofánticamente. Pues
palabra del griego clásico y, desde luego, de Platón mismo. bien, habíamos hecho notar que el hacerse relevante el
La p alabra es dóxa. No es cuestión de entrar ahora en la j uego significa (o es lo mismo que) una cierta detención
explicación (que l a hay) de cómo el significado de esta o interrupción del mismo; mientras que la clóxa es que
p alabra llegó a entenderse desde el Helenismo en térmi­ el j u ego s encillamente se juegue, la aludida insolencia
nos de «apariencia, en contraposición a algo así como «lo es una cierta detención o ruptura, una distancia con res­
que verdaderamente hay»; en todo caso ese no es su sig­ pecto al j uego, p ero no p ara situars e en alguna otra p arte
nificado en griego arcaico o clásico. La dóxa es el dis­ (no hay otra p arte) , sino p ara que el juego mismo com­
cernimiento óntico, el que esto s e a así y aquello asá. Si p arezca como tal. Así, pues, ese otro sab er, lo que hemos
hubiésemos de encontrar un antecedente griego p ara llamado la cuestión ontológica, es distancia o ruptura con
nuestro <<juicio, o «enunciado» o "proposición,, ese ante­ respecto al apophaínein, p ero no en el sentido de que se
cedente sería precisamente dóxa; claro que no es el j ui­ sitúe en algún otro ámbito ; no h ay otro ámbito ; es rup­
cio ni el enunciado ni la proposición, por lo mismo por tura interna (y, por lo tanto, continuada) del apophaínein
lo que ya reiteradamente hemos dicho que el «algo de mismo, es el continuado e interno fracasar del apophaí­
algo• griego no es el enunciado, porque es sólo el mo de­ nein. E sto es lo mismo que ya ap areció cuando dijimos
lo interpretativo, no el interpretando, sólo el artificio de que la comparecencia del eídos tiene lugar precisamen­
la descripción fenomenológica, no el fenómeno a descri­ te en su diferencia frente a lo ente o l a cosa, diferencia
bir, o, lo que es l o mismo, p orque donde de esto aconte­ expresada en el continuado fracaso del (por ende no
ce que ello es tiza no es en enunciar alguno, sino en que, m enos continuado) intento de hacer del eídos un <<algo-
sin prestarle atención, con ella escrib o sobre el encera­ 2,, esto es: precisamente en la diferencia misma, no en
do en vez de, por ej emplo, comerl a . algo así como otro lado; en la diferencia con respecto a
C o n e sto p arece estar dicho q u e es la dóxa, e l dis­ l a cosa o lo ente, no en otra cosa o ente (que fuese, por
cernimiento óntico, lo que s e interpreta en los términos ej emplo, l a cosa o lo ente «Verdaderos•) .
de la articulación apofántica. Y así es con alguna m ati­ Cuando habitualmente s e refiere el tan citado símil
zación. La dóxa es lo que se considera como típicamen­ de la partera del «Teeteto», el punto que centra la aten­
te o p aradigm áticamente interpretable de manera apo­ ción suele ser el de que la partera no comunica nada a
fántica, es decir: es aquello p ara cuya interpretación su paciente, sino que le ayuda a s oltar algo que de todos
apofántica no hay m ás problema que el que pueda pre­ modos está en él y n ecesita s alir. Ahora bien, en el texto
sentar en general la noción misma de articulación apo­ eso no es el punto que propiamente constituye el símil,
fántica, y no problema referente a la aplicación de la sino sólo el elemento o el material o el medio en el que
misma precisamente en este campo. A su vez, lo otro que el símil s e produce; el verdadero símil, tal como expre­
l a dóxa, lo otro que el discernimiento óntico, es lo que s am ente aparece en el texto ( l 49a- l 5 l c) , está constitui­
hemos llamado la cuestión ontológica, término con el que do por los al menos cuatro rasgos que a continuación
hemos designado lo que antes había ap are cido como la mencionamo s . E n primer lugar, l a partera es una mujer
insolente pretensión, el que de alguna manera se h aga que no puede ella misma p arir. Hasta tal punto es claro
50 S E R Y D l c\ L OGO LA D I S T A N C I A D IA L Ó G I C A 51

que esto significa l a distancia con respecto a lo apofán­ nos ocuparemos m á s adelante, porque su mejor com­
tico que l a expresión de Sócrates p ara decir qué e s l o que prensión requiere elementos que están todavía por intro­
él no puede hacer como correlato de l a incapacidad de ducir.
la partera consiste en juntar en un mismo sintagma el Platón e stá situado en (y es parte es encial de) el pri­
verbo apophaínein con la estructura ti perí tinos ( l SOc) . m er mom ento de l a historia griega en que l a «literatu­
El s egundo rasgo de contenido del símil e s que l a inca­ ra» es en efecto literatura, es decir, básicamente escrita.
pacidad de la partera para p arir es debida precisam ente Cierto que aun la literatura en s entido amplio, el decir
a su edad, es d ecir, la distancia con respecto a lo apo­ relevante y transmitido, en Grecia s e escrib e ya desde el
fántico no es alienidad, sino una especi e de estar de vuel­ momento más antiguo en el que podemos situar obras,
ta o interna distancia. El tercer rasgo es algo que Sócrates y ni es casualidad ni es irrelevante (no es simplemente
no atribuye a la p artera de otro modo que como cosa oca­ •natural» ni es comparable con cosa alguna que ocurra
sional porque -nos dice- en el caso del parir en prin­ más o m enos en todas partes) el que la datación histo­
cipio no ocurre que haya especial dificultad p ara dis­ riográfica de obras disponga de un lapso que empieza
cernir si lo habido es parto o es aborto ; si l a hubies e , algún tiempo después de la invención de l a escritura alfa­
entonces ciertamente e s o estaría entre l a s atribuciones b ética. Ahora bien, h asta la s egunda mitad del �iglo V el
de la p artera; pues bien, en el caso del apophaínein sí papel de la e s critura, papel desde luego esencial y que
que h ay ese problema, y, por lo tanto, de la m ayéutica va creciendo, es fundamentalmente el de guarda y cus­
de la que a quí se trata sí que es pieza fundam ental el todia del texto, no el del elemento en el que el texto tiene
poner a prueba; Sócrates lo efectúa con los decires de lugar. En Platón, en cambio, el texto es ya básicamente
su interlocutor, siendo l a pru eb a desde luego interna, escrito ; la e s critura no es ya la guarda de algo que, por
puesto que el m ayeuta no aporta criterios o p atrones de ej emplo, s e recitase. Es un viejo tema el de la distancia
medida. Ello ocurre con l a particularidad de que ni en de Platón con respecto a l a escritura; quizá sea ahora el
este pasaj e ni en ningún otro parece contarse seriamen­ momento de recordar que esa distancia no lo es con res­
te con la posibilidad de que el resultado del poner a prue­ pecto a algo dado, sino con respecto a algo que ahí
ba sea afirmativo. El único motivo por el cual no se puede mismo, en esa misma distancia, se está generando; Platón
decir lisa y llanamente que es siempre negativo, motivo es, en su distancia frente a la expresión escrita, uno de
que es m uy importante y sobre el cual habremos de vol­ los creadores originales de ésta. Parece inevitable rela­
ver, es que dar l a fórmula general de que siempre es cionar esto con lo que hemos visto que ocurre con la
negativo desfiguraría l a cosa a l presentar como u n prin­ interpretación apofántica; el que esa interpretación surj a
cipio general, externo a cada fij ación, lo que, de acuer­ tiene que ver c o n e l rasgo de l a insolente pretensión, l a
do con Platón y con lo que hasta aquí hemos dicho, sólo d etención d e l j uego q u e hay en q u e el j uego mismo s e a
vale como continuada mostración del interno hundi­ relevante, etc., y a l a vez, inseparablemente de ello, l a
miento de cada fijación; la tem atización, o, si s e prefie­ interpretación apofántica s e produce en cuanto que e l
re decirlo a sí, el intento de ella, h a de produ cirse siem­ s aber mismo de la insolente pretensión s e expresa como
pre de nuevo p ara siempre de nuevo fracasar. Falta aún continuada ruptura interna del apophaínein, frente a un
un cuarto rasgo del símil de la p artera, referente a qué s ab er ordinario que es el interpretado como positiva­
es lo que a Sócrates le impide apophaínein; d e ese rasgo mente apofántico. Esta conexión comporta que la dis-
52 S E R Y D I .-Í L O G O L .-1 D I S TAi\ C I A D I .I L Ó G I C A 53

tancia con respecto a l a escritura e n ningún modo s e pro­ entender conexiones fundamentales. El que algunos ele­
duciría en algún tipo de saber no escrito o cosa p areci­ mentos del decir de la época de Platón o incluso de algo
da, puesto que es distancia o ruptura interna y, por lo antes, elementos que se dan dentro de modos de decir
mismo, producida de nuevo en cada momento ; m á s bien que en ningún caso son la prosa enunciativo-doctrinal,
habrá de ser u n tip o p eculiar de es critura que s ignifique puedan considerarse como el antecedente o el germen
precisamente esa continuada ruptura con la escritura. de esa prosa, tiene que ver con que, como ya expusimos,
Q uizá sea esto el diálogo de Platón. Antes de pretender está en marcha l a interpretación apofántica, la cual no
que en efecto lo es, recordaremos algo en conexión con es el enunciado, p ero sí a quello que ha de acabar en el
el hecho, al que acabamos de referirnos, de que la m en­ enunciado. Dentro de esta consideración s e incluye el
cionada distancia con respecto a la expresión e s crita sea que bastante de lo que hay en el diálogo de Platón, toma­
a la vez l a creación de la expresión escrita. E ste hecho do aparte de su contexto dialógico, es decir, tomado como
tiene su paralelo en otro orden de cuestiones, del que nos no es, sea en efecto antecedente o modelo de lo que s erá
ocupamos a continuación. la prosa enunciativo-doctrinal. Más aún, en el caso con­
Cualquiera que venga después de finales del siglo IV creto del diálogo de Platón, esta referencia a un elemento
a. C. recibirá en primera instancia el diálogo, e igual­ interno que, visto desde después, es antecedente o ger­
mente algunas otras formas, como algo que s e define p o r men de lo enunciativo tiene el concreto carácter siguien­
su ap artamiento c o n respecto a una forma que s e consi­ te: lo apofántico, lo cual se está generando en ese
dera -por así decir- la forma cero u obvia dentro de cier­ momento, a la vez s e está generando como aquello con
to campo, la cual es la prosa enunciativo-doctrinal; lo que respecto a lo cual s e produce una distancia, porque l a
llamamos la filosofía nunca se acomo dará del todo a esta interpretación apofántica, como hemos visto, s urge con
última forma, p ero las que a dopte se definirán siempre la detención o ruptura o distancia y, a la vez, surge pre­
por su apartamiento con resp ecto a ella y, por lo tanto, cisamente como la interpretación d e aquello con respecto
a partir de ella . Pues bien, considerar de esta m anera el a lo cual se produce esa ruptura o distancia, la cual es,
diálogo de Platón es falsearlo ya de entrad a ; en tal s en­ por lo tanto, ruptura o distancia frente al apophaínein
tido habla, por de pronto, y a el hecho de que en la pro­ mismo, ruptura o distancia «interna» en el s entido que
pia época de Platón no existe prosa enunciativo-doctri­ ya se indicó .
nal, salvo a lo sumo germinalmente, o más bien en cuanto En el modeló b ásico de diálogo hasta aquí presenta­
que existen, dentro del propio diálogo de Platón ( como do ( cf. en especial, p ero no sólo, capítulo 2 ) , la conti­
veremos ) y en otras p artes, elementos que, vistos desde nuada ruptura interna a la que ahora acabamos de hacer
después, resultan ser los gérmenes o antecedentes d e la referencia está representa da por el hecho de que cada
prosa enunciativo-doctrinal; ahora bien, l a principal intento de respuesta a la cuestión .¿qué es ser X?,, lo cual
razón para considerar como un falseamiento b ásico la en definitiva quiere decir cada intento de respuesta a esa
citada m anera de recibir el diálogo de Platón es que el pregunta siendo el «ser X· un nombre de la areté, se
mismo no es m eramente anterior a que haya pro s a enun­ hunde internamente, tanto m á s relevantemente cuanto
ciativo-doctrinal, sino que desempeña u n papel esencial m á s radical es el intento; _lo que constituye el saber de
en el camino que conduce a esa forma, de modo que, al la cuestión ontológica, el s aber del que se trata, es la rup­
entenderlo desde ella, se priva uno de la posibilidad de tura interna de cada apóphansis, de cada acto de apo-
54 SEH Y DIALOGO

plwínein, concretamente en el s entido de ruptura inter­


na de esta y aquella y la otra y la siguiente apóphansis.
El que el carácter y sentido global del decir en cuestión
sea este, no es cosa que se diga, y, aunque sobre ello vol­
veremos, ya hemos indicado (hablando del símil de la
partera) por qué no puede decirse. Añadiremo s incluso
importantes matizaciones a l a afirmación de que no se
dice, pero dejémosla estar por el momento. No s e dice,
pues, p ero, ap arte de que sin decirse ocurra, se signifi­
ca ya por de pronto de manera glob al por el hecho mismo 5 . Los sobredistanciamientos
del diálogo, esto es, por el hecho, al que llamaremos «la intradialógicos� la topología y el símil
distancia dialógica», d e que el autor, que es quien dice
todo, a la vez no dice, sino que pone en b oca de, con lo
cual autor y lector quedan como más acá, en distancia. El amago de que se haga relevante el juego mismo que
Si damos a esto un nombre, el de « distancia dialógica», siempre ya se está j ugando, el impertinente apuntar de
es porque sostendremos que hay dentro del diálogo de aqu ello que siempre ya h a quedado atrás, es, s egún
Platón otras distancias que s e sobreañaden a ella. D e la vimos, en Platón el que se convierta en problema la pro­
esencialidad de la distancia dialógica añade fe el h e cho, pia diferencia que s e expresa en la dual articulación apo­
que irrita a algunos lectores, de que la formulación de fántica. Tal problematización ocurre ya en el hecho de
l a misma se m antenga incluso en aquellos momentos en que s e plantee un «¿qué e s ser ... ?», de que s e pregunte
que la componente d e efectivo diálogo en el contenido por un eídos ; el que este tipo de pregunta, por el hecho
e s nula. d e ser tal tipo, envuelve ya el emerger de l a aludida dife­
rencia se manifiesta en que, cualquiera que s e a el eídos
por el que en principio se pregunte, el preguntar s e vuel­
ve agudamente tal a través del hecho de que se ve en todo
caso conducido a formular la pregunta con referenci a a
aqu ellos eíde que, en cada paso d e la pregunta referida
a cualquier eídos, están siempre ya como supuestos o
dej ados atrá s ; esos eíde, puesto que son -lo hemos visto
ya- lo que en todo preguntar referido a un eídos está
dado por supuesto como criterio de qué es l o que s e con­
sidera un eídos, constituyen aquello que h a ce del eídos
precisamente eídos, son el eídos del eídos mism o ; vimo s
también cómo estos mismos eíde s o n , aunque no siem­
pre de manera literalmente explícita, los nombres de la
areté. El habérselas el preguntar con esos eíde es habér­
selas con el eídos como tal, e sto es, con el eídos en su
1. 0 5 S O B II E D I S TU C J..I M I E <IT O S I N T il \ D J. . I I. Ó G I C O S . L1 T O P O I. O G ÍA Y E L S Í M I L 57
56 S E R Y D LÍ L O GO

plemente acontece, eso que constituye el acontecer y la


diferencia con respecto a la cosa, con la no onticidad, lo
substancia del diálogo. Así, pues, de lo metadialógico
c � al hemos expresado también indicando cómo e s pre ­ .
hemo s diCho, en las líneas inmediatam ente precedentes,
cisamente al lleg �_r a esas determinaciones cuando el pre­
que, en principio , no es posible, porque su ocurrir liqui­
guntar asume la hgura -tal como la hemos descrito- del
daría el diálogo .
continuado fracaso de la tematización. Esto es el diálo­
Queda, sin embargo, una posibilidad, que inicialmen­
go, y lo es, como vimos, indistintamente y a la vez en lo
te � escribimos a continuación. No se olvide que, por
gue s e refiere al contenido y en lo que concierne a la opciÓn terminológica convencional, hemos decidido
forma o modo del decir. Lo es en lo que se refiere al con­
incluir � n la noción de •lo metadialógico» el que ello ocu­
tenido porque lo que ocurre en -por de pronto- el mode­
rra. precisamente dentro del diálogo. Pues bien, esto puede
lo básico de diálogo h asta aquí manej ado es, en efe cto,
qmzá s er el caso si, dentr? del diálogo, lo metadialógico
el continuado fracaso de uno y el otro y el otro intento
s � � a enmarcado y distanciado
_ con respecto a la base dia­
de fij a ción de un • qu é es» referido a uno de esos eíde. Y
log1Ca de tal manera que el antes aludido cortocircuito,
lo es en cuanto al modo del decir porque eso mismo a
l � liquidación del diálogo a la que hemos hecho referen­
lo que acabamos de hacer alusión e stá representado en
cia, no se produzca. Esto implica un distanciamiento den­
lo que hemos llamado la distancia dialógica .
t�o del diálogo ; p ero el diálogo es ya él mismo, como
Con todo esto estamos diciendo que el auténtico asun­
v � mo � , una distancia; ahora se trata, pues, de un distan­
to, la diferencia del eídos con respecto a lo ente o a la
Ci amiento sobreañadido, o, quiza más exactamente, de
cosa, acontece o comparece o s e m anifiesta en el diálo­
momentos o rasgos o modos de tal sobredistanciamien­
go. Pero todo esto aún no comporta que ese mismo asun­
to. . Literariamente, si la distancia dialóo-ica
b es ' como
to, esa diferencia que en el diálogo acontece o compa­
vimos, e l que el autor, diciendo, no dice él mismo, sino
rece, que constituye el acontecer dialógico mismo, a la
que po � e en boc a de uno u otro personaj e, a su vez cada
vez dentro del diálogo mismo s e diga . Y el que esto últi­ _ _
sobredistanciamiento intradialógico s e efectuará por el
mo pueda ocurrir constituye un grave problema, pues ya
hecho de que ya n � siquiera es � l propio personaj e que
hemos dicho, por ej emplo, a propósito de la partera del _ _ , mismo traslada o diluye o
ha.bla qmen dice, smo que el
·Teeteto», que no s ería compatible con el asunto mismo
evlta la responsabilidad del decir. Un recurso todavía rela­
el for� ular como una e specie de principio general el que
tivamente inocente dentro de esta gama es la atribución
cada mte nto haya de f_� acasar. Si todo está en que siga
_ , a algo o alguien lej ano y sólo vagamente determinado.
mamfestandose como mterno fracaso cada pretendida
Algunos otros procedimientos para lo mismo serán cita­
fijación de un •qué es ser : .. », entonces justamente esto
dos p or nosotros más adelante, cuando hayamos dicho
tien e que no poder decirs e de manera general; el poder
_ previam ente lo que es necesario para poder describirlos.
de�Irl ? de mane_r a general daría una salida, es decir, pon­
dna fm al contmuado fracas o ; s ería un resultado, y es
�ero conviene que digamos ya ahora que en el mismo con­
J Unto de recursos incluimos también, con matices a los
esencial el que el proceso no tenga resultado alguno.
que vamo s a referirnos, el que el p ersonaj e que consti­
A fin de facilitar la exposición, llamaremos •lo m eta­
tuye p or así decir la última instancia del diálogo obvie
dialógico» al hecho, si alguna vez fuere un hecho, de que
exponer alg? que emplea en su exposición apelando a que
dentro del diálogo se diga eso que en el diálogo, tal como
ello no es smo lo que •tantas veces has oído» y •sin duda
hasta aquí ha sido caracterizado, no se dice, sino que sim-
58 S E R Y 0 1.-Í L O G O

conoces» (por ej emplo en «Fedón» l OOb y reiteradam en­ 1 1 � es re m i s i ó n a l g u n a a o t ra pa rte, a algo así como algo

te en «República• 504e, 5 0 5 ab) . Con esto estamos • fu e ra • d e l d e ci r ; no hay «fuera• con resp ecto al decir;
diciendo que esas fórmulas no deben ser interpretadas en p o r eso l a ruptura e s precisamente la ruptura misma, no
el sentido de que con ellas s e esté apelando «realmente• u n a ru ptura con relación a algo por traslado a alguna otra
al carácter «ya conocido» de ciertas «doctrinas•. Pero lo p a rt e . El deci � dice cosas, dice entes. El decir ontológi­
peor que podría ocurrir sería que esto se entendiese como co es la contmuada ruptura con el decir en el decir
una toma d e posición nuestra sobre cuestiones de hecho. mismo. Podemos de entrada representarnos esto de dos
Aunque creyésemos (que, a decir verdad, no creemos, p ero maneras. Una es p ensar el d e ci r ontológico como una
eso es otro asunto) que en efecto hubiese una base «real» luch a con el d e cir en el interior de cada fra s e y de cada
para esas alusiones, ello no contribuiría ni poco ni mucho palabra; en este modo lo que s e hace siempre e s «forzar•
a aclarar por qué las mismas aparecen en el diálogo pre­ de un modo u otro a cada paso el modo de decir del que
cisam ente en los momentos en que aparecen y enmar­ se parte, forzarlo en cada frase y en cada p alabra ; ya
cando aquellos contenidos que enmarcan; la cuestión de Pa :ménides en cierta m anera h acía esto con el épo s y
hechos no roza siquiera el problema de cuál es la fun­ Anstóteles lo hará con la prosa ática. Pero hay otra mane­
ción que tales referencias desempeñan en una construc­ ra d e p ensar esa ruptura interna del decir. S e puede, en
ción tan cuidada y calculada como lo es un diálogo de cada fras e y en cada p al abra, asumir sin resistencia (sin
Platón. Internamente, e structuralmente, lo que esas resist �n ci a d e r:tro de cada p alabra y de cada frase) que
referencias a lo «ya conocido• hacen es que determina­ ,
el dec1r es ontlco, que es narrativo-descriptivo en senti­
dos contenidos no tengan otro estatuto ni otro nivel de do amplio, que «cuenta una historia•, dejarlo que en efec­
definición que el puramente alusivo ; a esto tenemos que to cuente una historia, y a la vez situarlo o-l obalm ente
atenernos. en un marco que distancie. Lo que con esto :stamos des­
Por otra p arte, el enmarque sobredistanciante (inclui­ cribiendo es ni m á s ni menos que l a relación, a p u n t a d a
do el que se produce por procedimientos que todavía no a p ropó sito de lo metadialógico, entre e l enm a rq u e sobre­
hemos descrito) es solidario de cierto carácter de a que­ _ te y lo que enmarcado p or él a p arece; l o
distancian
llo que aparece así enmarcado y s obredistanciado. S e enmarcado es un d ecir que no puede ser adecuado, y e l
trata, como acabamos de exponer, del procedimiento enmarque sobredistanci ante significa que a e s a inade­
necesario p a ra que, de alguna manera, lo metadialógico cuación s e hace frente mediante el expreso y global reco­
pueda ocurrir sin que por ello resulte liquidado el diá­ nocimiento de ella, esto es, no yendo contra ella en cada
logo. Lo m etadialógico es que dentro del diálogo s e diga p alabra y cada frase, sino precisamente dej ándola que
aquello que en principio en el diálogo no s e dice, sino camp e y s e note .
que simplemente acontec e ; y lo que acontece en el diá­ L o que aparece dentro del enmarque sobredistan­
logo es -decíamos- el eídos como tal, la no onticidad, ciante es, pues, siempre algo del tipo del «Contar una his­
la diferenci a . Se trata ahora de que eso s e diga ; s e trata, toria•. El h a b er reconocido esto nos capacita para citar
pues, de aquel decir para el cual eso que llamam o s «el uno más de l o s tipos de recursos de sobredistanciamiento
lenguaje• o incluso «el d ecir• es inadecuado por princi­ intradialógico, de los que m á s arriba citamos dos advir­
pio ; pues el decir dice cosas, o sea, entes, no en qué con­ tiendo que faltab an algunos muy importantes . Un terce­
siste s er. A la vez, la ruptura que con esto se menciona ro puede ser la misma extravagancia de los detalles de
Y 0 1 .-Í L O G O L O S S O B HE D IST.I � C L I \I I E n O S INTR A D LI L Ó G I C O S , L1 TOPOLO G ÍA Y 61
60
E L S ÍM I L
SER

l a historia, e l luj o d e una descripción e n términos m uy . p ertenecen a un lugar u otro, q u e están e n u n lugar u
plásticos y a l a vez plásticamente irrepresentable por otro y que van de uno a otro lugar. La topología e s lo
completo, e l carácter contrarrealístico de l a narración­ que hasta a quí hemos llamado las «historias». La topo­
descripción. Es verdad que la apreciación en concreto de logía es un lenguaj e inadecuado p ara el cual no hay un
este carácter pasa por muchas discusiones, pues lo que lenguaj e adecuado al que pudiese ser traduci do; la ina­
traducido (real o mentalmente) a una lengua moderna es decuación es esencial al asunto del que se trata ; ese len­
extravagante puede no serlo en griego, p ero en términos guaj e inadecuado que es la topología sólo s e vuelve en
generales no cabe duda de que el contrarrealismo desem­ cierta m anera adecuado por el hecho de que su inade­
peña aquí un papel . Es importante subrayar esto porque cuación s e h aga relevante, s e h aga brillar, y esto s e con­
por lo dem ás h ay motivos por los que l a recepción de las sigue m ediante los mismos recursos de sobre distancia­
historias de Platón tiende a ignorar este elemento. Por miento intradialógico cuya necesidad más arriba
una p arte, cuando necesidades espirituales de épocas habíamos derivado del problema general de la posibili­
posteriores llevaron a tomar como doctrinas ciertos dad de lo metadialógico.
aspectos de eso qu e está intradialógicamente sobredis­ Aunque to davía h ayamos de citar alguno m ás de los
tanciado, es claro que no s e pudo hacer esto con las his­ recursos de sobredistanciamiento intradialógico, hemos
torias tal como están, pues son demasiado extravagantes dicho ya lo suficiente para poder llamar la atención sobre
e incompatibles unas con otras, sino sólo con ciertas el h echo de que bajo el enmarque sobredistanci ante está
estructuras recurrentes de esas historias; la segregación todo cuanto en los diálogos de Platón sirve de presunta
de esas estructuras es una operación realizada contra el base para la lectura doctrinal. El hecho es relevante, por­
texto, y elimina uno de los distintivos del sobredistan­ que no es obvio ni siquiera después de lo que ya hemos
ciamiento, que es precisamente la llamativa extravagan­ dicho ha sta aquí. Obvio es que todo lo que hay en los
cia. Por otra p arte, o quizá como algo incluible dentro diálogos está b ajo la distancia dialógica, p ero también
de eso que hemos llamado «necesidades espirituales de que no todo ello está bajo sobredistanciamientos intra­
épocas p osteriores", el hecho mismo de hablar de Platón dialógico s ; y, sin embargo, está en efecto bajo tales sobre­
y del diálogo de Platón en general, como hacemos inclu­ distanciamientos todo lo que la lectura doctrinal cita,
so aquí, vuelve casi inevitable el destacar en algún incluso con independencia de si, por lo demás, lo lee bien
momento estructuras recurrentes en las historias, con la o no. Así, pues, al menos es cierto que esa lectura, común
consiguiente tentación de representarse esas estructura s a •pl atónicos» y •antiplatónicos" de todos los tiempos,
bajo la óptica de una presunción de verosimilitud des­ produce ya de entra da una alteración global en el carác­
criptiva que, sin embargo, el texto, tomado s in opera­ ter del texto que lee, una no justificada abstracción con
ciones abstractivas, no abona. respecto al c arácter que el texto tiene.
Así, pues, en el tipo de expresión que estamos exa­ Pasamos ahora a ocuparnos de algo que es también
minando s e «cuenta una historia», esto es, s e habla ónti­ u n recurso de sobredistanci amiento intradialógico, p ero
camente, s e dicen entes y acontecimientos que tienen uno especialmente marcado.
lugar en, con y por entes, cosas que van de un sitio a otro, El que en una obra aparezcan «símiles" no es, dicho
que están aquí o allí. Llamaremos a este tip o de expre­ así, en abstracto, nada que caracterice de manera espe­
sión •topol ogía», p orque se trata siempre de cosas que cial a Platón. Lo que ocurre es que h abrá una muy con-
62 S E R Y D I .Ü O G O L O S S O B R E D I SH N C I.UI I E NT O S I N T R .W I .\ L Ó G ICOS, U TO POLOGLI Y EL S ÍM I L 63

creta aplicación del procedimiento llamado "símil» que . decir, de sobredistanciarlo, pues en todo caso s e está ya
tendrá que interesarnos y que sí es peculiar de Platón. dentro d e la distancia dialógica; de la entidad topológi­
Antes de pasar a ocuparnos de ella, empecemos por ca se habla, pero sólo indicándola como aquello de lo que
subrayar l a obviedad de que l a topología, tal como la es símil un símil, evitando presentarla directamente y sin
hemos definido, no tiene nada que ver con el símil. En m ás . El símil e s entonces, por de pronto, un recurso de
la topología no hay relación del tipo "imagen de»; l a enti­ sob redistanciamiento intradialógico; la topología resul­
dad topológica no es imagen de otra cosa ni hay otra cosa ta sobredistanciada por el hecho de que se rehús a for­
de la que pudiese ser imagen; en cambio, un símil envuel­ m ul arla en sí misma y sólo se la esb oza como interpre­
ve una comparación entre dos términos, a saber, la ima­ tación del símil. Ahora bien, ya conocíamos varios
gen y aquello de lo cual es imagen. Bien es verdad que recursos d e sobredistanciamiento intradialógico ; el símil
en la tradición poética del símil está ( y, si no, el símil no no es simplemente uno m ás, sino que es uno especial­
tendría sentido ) que la imagen dice, de aquello de lo cual m ente marcado, porque en él el distanciamiento ( sobre­
es imagen, algo que no s e diría h ablando directamente d istanciamiento ) no sólo es literariamente producido,
de ello; en los tan característicos símiles homéricos, suele smo_ que es d e alguna m anera expresamente menciona­
ocurrir que la imagen e stá construida con cuidado deta­ do, pues el símil comporta la m ención expresa d e una
lle, mientras que aquello que s e compara con ella es distancia, el expreso reconocimiento de que s e habla de
meramente indicado. En todo caso, no hay símil si aque­ algo sin hablar de ell o .
llo de lo que l a imagen es imagen no está por lo m enos
identificado en el texto. Esto es cierto también para los
símiles que sí hay en Platón, y e s especialmente intere­
s ante observar qué s entido tiene en los más caracterís­
ticos de los símiles de Platón ( en particular en los tres
que constituyen la serie de los libros V I y V II de «La
república» ) eso de que m e diante la imagen siempre se
dice algo que no se diría directamente de la cosa. En efec­
to, en esos símiles especi almente característicos de
Platón, aquello de lo cual la imagen es imagen, a qu ello
de lo que no s e habla directamente, sino sólo mediante
un símil, es ello mismo precisamente topología. Ocurre,
ciertamente, eso, que acabamos de decir acerca de los
símiles en general, d e que l a imagen s e construye deta­
lladamente y, en cambio, aquello de lo que es imagen
solamente s e indica; ahora bien, a la vez ocurre que esto
que solamente se indica e s topología. De esta m anera, el
empleo de símiles, ateniéndose a l a tradición poética del
símil, a dquiere a l a vez un s entido muy específico de
Platón; e s una manera de distanciar lo topológico, es
J 1

1
• 1

6. Los guardianes

Hasta aquí s e h a tratado la cuestión de la posibilidad de


lo metadialógico como posibilidad dentro del diálogo en
general. Una de las cosas que pueden ocurrir es que cier­
to diálogo tenga ya desde el comienzo algo que, visto
desde el conocimiento del conj unto del diálogo, es reco­
n o cible como una vocación metadialógica. Eso no obli­
ga en modo alguno a prescindir del modelo básico que
hemos ilustrado con el «Laques"; por de pronto sigue tra ­
tándose de un «¿qué es ser . ?» donde el «Ser ... " del que
. .

s e trata e s un nombre de la areté. Una vez que conoce­


mos el conj unto del diálogo «La república», p ercibimos
en el comienzo de él la vocación metadialógica ya en cuál
es ahora el nombre de la areté elegi d o : dikaiosúne (dire­
mos «justicia») es el carácter o la condición de díkaios o
de díkaion (diremos «justo») , y este adj etivo significa
aquel o aquello que está regido por la díke, p alabra que
signifi ca ensamble y trabazón, mientras que su contra­
rio, adikía, es predominio. Se adelanta una pretensión
de alcance nuevo en cuanto que s e elige un nombre que
dire ctamente signifi ca algo del tipo de un e quilibrio o
proporción entre términos diversos, algo, pues, que e stá,
por así decir, en un s egundo nivel. D e acuerdo con esto,
de entrada se recuerda el modelo básico de diálogo para,
inmediatamente a continuación, introducir con respec-
66 SER Y D i ..\L O G O
LOS GUARDIANES 67

to a é l u n tipo d e cuestión que sólo s e e � �iende e n re l a ­ llo que s e a saber o que areté está del lado del que esté
ción c o n é l , p ero que no estaba en los dialogas del tipo_
sab er, y, p or otra parte, que l a areté es bienandanza o,
del «Laques» . Concretamente, el recuerdo del modelo si s e quiere decirlo así, «felicidad»; ambas cosas están
básico d e diálogo e s el diálogo con Polemarca que llega dichas en la caracterización que hemos hecho en capí­
hasta 3 3 6 a ; allí son identificables todos los elementos tulos anteriores de todo «sab er» griego como «sab er
estructurales del diálogo que hemos visto a propósit o del habérselas», destreza o p ericia, y, por otra p arte, de l a
«Laques», sólo que ahora aparecen entre mu} e s;udia _ � as
areté misma como e l saber hab érselas. En e l diálogo s e
brumas e indicios de que la cosa no quedara ah1. El tipo discute s i l a j usticia es bienandanza y s i e s s ab er y s i e s
nuevo de cuestión es entonces intoducido por la discu­ areté, p ero nadie discute que areté, bienandanza y saber
sión con Trasímaco a partir de 3 3 6b y vamos a ver en qué están del mismo lado.
consiste o, más bien, por el mom ento, como qué se pre­ El que cierto nombre s e a en efecto un nombre de la
s enta d e entrad a . Coherentemente con lo que hemos areté es cosa que sólo se decide a través del hecho de que
dicho, se trata d e algo relacionado con la pe culiaridad con ese nombre ocurra en efecto en el diálogo lo que
que tiene el nombre ahora e legido de � a areté, con eso hemos visto que ocurre con los nombres de la areté, a
que llamábamos su p ertenencia _ a algo asi como un segun­
saber, el continuado fracaso d e uno y el otro y el otro
do nivel. En el «Laques» no se planteaba duda alguna en intentos de fij ar un "¿qué es ... ?» o «¿qué es ser . . . ?»; ya
cuanto a que s e a la valentía, y no, por ejem plo, la cob � r­ hemos visto que esto es un proceso que nunca se puede
día, lo que constituya un nombre de la arete. En cam � w, declarar terminado ni s e puede plasmar en una fórmula
a tenor del significado nominal que h emos rec? noc � � o resultante. Menos aún podría, pues, decidirse en una dis­
en díke y adikía, no cab e ahora suponer u � a si;uacw n cusión previa al núcleo del diálogo que tal o cual o cual
enteramente similar a la de entonces; no es sm m as obvw _
nombre fuese definitivamente un nombre de la a-reté. En
que sea el ensamble y la trabazón, y no, por el contra­ la discusión con Trasímaco no se ha decidido que l a jus­
rio, el predominio, lo que sea nombre de la arete., C o � o ticia lo sea; solam ente se h a j ustificado una opción pre­
,
corresponde al planteamiento, Trasímaco entra en el dia­ via sobre cuál de los dos términos, el ensamble y traba­
logo defendiendo una determinada respuesta � } a cues­ zón o, por el contrario, el predominio, es aquel desde el
tión de qué es la j usticia, p ero la m archa del dialogo no que tiene s enti do poner en marcha el proceder, y, sobre
tarda en poner de m anifiesto que el verdade ro fondo de todo, por el hech o mismo de que esa discusión esté ahí,
l a cuesti ó n reside en que Trasímaco no esta, aceptando se ha subrayado la no obviedad o no i nmediatez que
que la justicia sea un nombre de la r:reté, es decir, p ara caracteri z a la adopción del nombre «justicia,, es decir, lo
_
él no es el ensambl e y la trabazón, smo precisamente el que hemos caracterizado como el hecho de que el diálo­
predominio, lo que es nombre de la areté. D e p aso, para go en curso s e sitúa en algo así como un segundo nivel.
el lector moderno atento esa misma marcha pone de E sta autocanlcterización del diálogo se continúa en l o que
manifiesto otras dos cosas que p ara un griego no era pre­ ocurre inmediatamente después. Se formula entonces,
ciso poner de m anifiesto, porque u n griego no entende­ ante la perspectiva d e una averiguación referente a qué
ría que se cuestionasen; dos cosas, pues, que ope � a n es la j usticia, una condición que en el propio texto apa­
como supuestos implícitos comunes a todos los � articJ­ .
rece con las marcas d e algo forzado y antinatural; en efec­
p antes en el diálogo : por una p arte, que es arete aque- to, Glaucón y Adimanto, que son quienes formulan esa
63 S E I1 Y D I .-Í L O G O L O S G U .-\ R D I A N E S 69

condición, han d e tomarse un considerable trab �j ? p ara · fenomenológico de <<qué es l a j usticia•, ocurre que el
expli car lo que pretenden, y, s ? bre todo, la co n dicwn , en
, mismo no sólo no busca ejemplos, sino que ni siquiera
cuestión sólo p odrá ser asumida p ara ser mas adelante p odrá apoyarse en nada que tenga el estatuto de lo que
retirada y ello con el énfasis que le da el hecho de que pudiera ser un ej emplo. Tendrá, pues, que proceder sobre
esa ulter{or retirada de la asunción, que no ocurrirá hasta algo así como un constructo, sobre algo «pro ducido en el
m uy cerca del final del diálogo (li � ro X, 6 12 b - d), se pro­ decir• (369a) . Es esta exigencia lo que pone en marcha
ducirá como una verdadera autoclta, con datos que pro­ la construcción de la figura de una p ó lis, y los «hagamos
porcionan l a identificación n: aterial e� acta de los pa � a­ esto así o asá• que s eguirán no hacen sino prolongar la
jes del liko Il a los que se r e�I : re, cosa mus � al en Plat�� · expresión de ese construir, de ese «pro ducir en el decir•.
.
S e trata, pues, de una condiCwn muy esp : c1al que el di � ­ Nos deben, pues, una prueba quienes sostienen que en
logo se autoimpone, a s ab er, la d: que el mtento de decu lo que sigue se está «propugnando• algo ; el estatuto con
qué es la justicia se des arr� l � e sm presup on � r que hay a el que ese construir surge en el diálogo no es en mane­
.
de haber una dóxa de la JUStiCia. Hemos discutido en capi­ ,
ra alguna el de un «propugnar•. Por otro lado, l a cons­
tulas precedentes tanto el significado de la p alabra clóxa trucción forma p arte del intento de una respuesta al «¿qué
como otra s cuestiones, referentes a «parecer• y « S er•, que es ser ... ?. referido a la j usticia, y, por lo que hasta ahora
tienen relevancia aquí; el propio texto del que ahora tra­ sab emos, la seriedad del intento de respuesta es necesa­
tamos reduce al absurdo cualquier lectura de clóxa como ria precisamente p ara que el hundimiento del mismo
«parecer• en contraposición a «Sel'», pu esto qu_ e habla de resulte relevante ; falta saber si las modificaciones que con
una dóxa ante o por parte de cualqmer . m . stanCia, "Ya sean
. respecto al modelo b ásico de diálogo encontramos en «La
los hombres o los dioses•, y ya hemos visto que, llevada república• llegan hasta anular este último punto, p ero
a ese nivel, la contraposición de «parecer• a. <<ser• no se hasta el momento está ocurriendo que nada del modelo
so stiene; n o s vemos, pues, remitidos al sentido de doxa ,
b á si co d e diálogo s e anula, aunque todo se modifique;
que, en efecto, hemos dado por válido anteriormente, el veremos en su momento qué ocurre.
de discernimiento óntico; abstenerse de suponer que haya Por otra parte, lo que se construye es preci s amente
una clóxa significa dejar en su spenso el supues to de que una pólis. El que en Grecia haya la p ólis, el fenómeno o
l a determinación en cuestión lo sea en el senti. � O el: u n acontecer p ó lis, es s encillamente otra cara de lo mismo
posible criterio de discernimiento óntico, e.s d � c� r, sign�. ­ que anteriormente hemos designado como el que pre­
.
fica abstenerse de suponer que el que haya J UStiCia Imph­ tenda hacerse relevante, comparecer ello mismo, aque­
ca que haya, con referencia a ente s, por ej emplo a actos llo en lo que siempre ya s e está, el j uego que siempre ya
.
y situaciones., un « este o esto es JUSto•, «este o esto es s e está jugando, aquello en l o que cada cosa es lo que
inj usto•. En su mom : nto esta abstención ser � de algún es, el «lo mismo• de que esto e s e sto por lo mismo que
modo abolida, pero solo de algun , modo, y hara falta. todo aquello es a qu ello. No vamo s a detenernos aquí en esto.
Platón p ara entender de qué modo . Po�· ahora, y p ara rato, Nos contentaremos con decir algo que, ciertamente, tiene
estamos en esa abstención. Así, pues, SI todo examen fen� ­ que ver con ello, p ero que aquí se dirá únicamente en
menolóo-ico d e u n <<¿qué es ser . . . ?• busca una determi­ su relación con el diálogo de Platón . En el modelo bási­

nación no ej emplos, en el caso de examen de esa índo­ co d e diálogo que en su momento hemos presentado y
le que ahora tenemos entre manos, el del examen al que no hemos dejado de referirnos, hay un momento
70 SER Y D I ALOGO LOS G UA R D I A N E S 71

digamo s •positivo», l a posición d e cada intento d e res­ . hubiésemos de h a cerlo coincidir con páginas del texto
puesta a l a cuestión «¿qué es s er .. .?•, de cada intento de se situaría en el libro V. Es verdad que ya dentro de e s �
tematizar e l «Ser ... •; en el caso del diálogo «La repúbli­ p a rte aparece una figura que d e algún modo va más allá
ca» esa p arte •positiva• es adem ás •constructiva• en el del mero carácter de guardiá ? '. pero a � arece sin que haya
sentido que a esto hemos dado en este mismo capítulo . una pregunta por su especrfrco caracter ni por el del
Pues bien, en esa p arte positivo-constructiva de ·La repú­ «sab � r· que específicamente se l e atribuye. Que es l o
blica», la p ólis desempeña en efecto el papel del ámbito propiO d e l guardián l o q u e rríarca todo e l constructo
o j uego o lugar en el que esto es esto y aquello es aque­ puede vers e en rasgos como el que a continuación ano­
llo; desempeña el papel de eso en cuanto que eso es algo tamos a propó sito de las d efiniciones d e •virtudes• que
que está aspirando de alguna m anera a ser tematizada. aparecen i n cluidas en él. Se trata d e lo que d e suyo son
Así, pues, en el constructo o construyendo, en l a pólis, no :n � re : .de la areté, y d e h e ch o m aterialmente l o qu e
ahr srgmfrcan. e s os nombres es a todas luces idéntico con
hay por de pronto el que e sto es esto y aquello es aque­
llo, lo blanco es blanco y lo negro es negro, es decir, hay lo que significan en otros diálogos en que los mismos
el discernimiento óntico, la dóxa. Eso que «nosotros• (los n � mbres ap � r.ecen sometidos al proceso que hemos des­
constructores) nos hemos prohibido dar por supuesto en cr�to a proposrto del •Laques•. Sin embargo, por el hecho
lo que se refiere a determinaciones como la que inves­ mrsmo de que � s.tén i ? cluidos en el constructo, s e pro­
duce una m o drfrcacron . que precisamente impide que
tigamos, a s ab er, el discernimiento óntico, es en cambio
lo constitutivo del «guardián•, el cual es, por de pronto, a quel pro c � so pueda tener lugar, e s d ecir, los fij a en l a
_ a d e l a propia problem ática, y l o hace ator­
p � rte posrtr
la figura en la que se concreta la construcción. El guar­ � .
dián se rige por la timé, noci ó n emparentada en el uso mllando artrfrc �. alme �te . el sig?if� cado de esas p alabras
vivo de la lengua con la de dóxa y cuya eventual inter­ al terreno del drscermmrento ontrco. La ilustración m á s
pretación como •apariencia• estaría sometida a las evidente l o e s por el h e c h o d e que una de las •virtudes•
sea precrsam. ente l a valentía y además l o sea en d efini­
mismas críticas y a indicadas a propósito de dóxa. El que
no cualquiera s e a un guardián, sino que el guardián sea ción materialm � nte coincidente con el último y más
una determinada figura, significa sencillamente que el m � du.ro d e. l o s rntentos p ositivos del •Laques» ; llamo
discernimiento óntico no es espontáneo, sino que es efec­ corncrdencra material en este caso al hecho d e que tanto
tivamente discernimiento, discriminación, h ay que dis­ en � no como en el otro diálogos la valentía trata de l o
tinguir lo que e s de lo que no es, guardar l a frontera . La temrble, de q u é es y qué no es temible; l a novedad e stá
paideía del guardián se rige en todos y cada uno de sus en que en • L a república• (42 9b - c y 43 0b) la valentía es
m omentos por el p rincipio de discernimiento ; no se pre­ por lo �u e se re �iere a lo temible o no temible, la •pre�
.
s ervacron• d e crerta dóxa, a s ab er, d e aquella que es
gunta por el criterio, p ero se asume como postulado la
aplicabilidad óntica unívoca del mismo, el que haya lo · :ecta • ; e s d ecr_ r : s e d a por supuesto que hay un crite­
, _
no o p auta ontrcamente unívoc o ; que no es el momen­
que «SÍ» y lo que •no• .
En realidad l a figura del guardián, con el signifi ca­ to de P re�untar por el criterio mismo, sino sólo de supo­
,
do que acab amos de darle, e s l a figura de toda l a p arte n � rlo ontiCam ente uní; oco , se expresa diciendo que l a
que acabamos de designar como p o sitivo-constructiva, doxa a pres ervar, l a doxa recta, e s considerar temibles
la cual, como veremos, llega hasta un p unto que, si aquellas cosas y tipos d e cosas que el legislador ha esta-
72 SER Y D J. .\ L O G O
LOS GUAR DIANES
73

blecido como tales e n l a paideía. Opera aquí l a noción


d e una pauta óntica, e s decir, de l o que s ería un crite­ - ó � ticamente discerniente de la determinación que se exa­
rio tematizable, eso que, s egún hemos visto, el eídos con­ mma, y con ello surgió tambi e n el rasgo que hemos lla­
_
tinuadam ente rehúsa ser, pues hemos visto que es en ese m a do •co nstructivo"
_ . ¿e la p arte positiva del diálogo, y
continuado rehusar donde comparece como eídos; l o de esa misma vo c � cwn es también expresión el que, si
del �omento positl�o _
hemos visto y, sobre todo, desem p eñará un p apel esen­ . d_e, cualquier diálogo es constitutiva
cial en lo que s eguirá de «La república•. La palabra que l a b usqueda de dehmcwn, la pretensión de que h aya un
, _
en el texto al que ahora mismo nos estábamos refirien­ o ntlcamente u_nívoco •qué sí y qué no•, en la p arte posi­
do destaca Platón p ara designar l a p a uta óntica o crite­ t �_ vo-constructiva d e •La rep �bli c � · eso no sólo lo h ay,
rio tematizable como tal es to nómimon, y por eso como smo que �� ello mismo _ _
el prmc1p10 de contenido de l a
sinónimo contextua l de ·dóxa recta• se dice dóxa nómi­ construccwn, el cual e s , en efecto, q u e dentro d e l cons­
mos. La indicada modificación en l a exégesis de la valen­ tructo, esto es, par� l � propia figura que se construye, esté
tía tiene que pro ducirse porque ahora la valentía no e s per�_ectamente deflmd o qué sí y qué no . «Nosotros•, e s
l a protagonista del diálogo, sino un elemento q u e apa­ decir, el construyente, e � e l proyecto fenomenológico
rece dentro del momento positivo del mismo, dentro del _
dentro del cual tiene s entido ese construir, hemos d eja­
momento de fij ación temática . En otras p alabras : el •qué do en suspenso l a pretensión d e discernimi ento óntico
es• de la valentía no puede ahora experimentar él mismo unív� �o ; corr �lato de eso es que, en cambio, de l a cons­
por su cuenta o por separado un proceso de hundimiento truccwn el � nncipio e � que � e �tro del constructo impe­
_
re l a umvocidad del discernimiento óntico . Todos estos
interno, p o rque ahora habrá de ser no l a valentía, sino
todo el constructo del que ella forma p arte, lo que resul­ rasgos, en cuanto signifi cantes de una vocación meta­
tará arrastrado en un proceso que, con todas las varian­ dial ¿ gica : nos hacen p rever que, si lo m encionado hasta
tes que haya, será en efecto el homólogo de aquel hun­ aqm ha s1 do el momento positivo (en este caso positivo­
dimiento interno del •Laques• . _
const�u �tivo) � el diálogo, por su parte el momento de
En •La república•, pues, cada nombre de •virtud• no hundimiento mterno s erá idéntico con la irrupción
aparece por sí mismo en el continuado hundimiento expresa d e l o m etadialógico .
interno del intento de fij ar un .¿qué es?•, sino que todos
ellos ap arecen como elementos de una estructura a pro­
pósito de l a cual sí tendrá lugar ese proceso de hundi­
miento y cuya presentación, por lo tanto, constituye el
momento positivo del diálogo . Esta peculiaridad está vin­
culada al carácter también p e culiar del nombre de la
areté ahora elegido como hilo condu ctor de todo el diá­
logo, •ju sticia•, nombre cuyo carácter especial ya hemos
comentado precisam ente en la línea d e tomarl o como
expresión de una cierta vocación metadialógica inherente
en este caso al diálogo en su conj unto. De la misma voca­
ción surgió el d ej ar en suspenso la cuestión del carácter
7. To agathón y el diálogo

E l vuelco que lo últimamente expuesto hace esperar en


la m archa del diálogo •La república» s e anunci a desde
el momento en que, en el libro V, l a construcción s e
detiene, en princi p í o con el pretexto de insistir en algu­
nos puntos de ella. El programa constructivo formula­
do en el libro II aún no se h a llevado a cabo por com­
p leto ; verem o s que no e s c a s u alidad el que s e a
precisam ente la presentación de las figuras de la injus­
ticia la p arte de él que quede p ara después; por de pron­
to, no es o bvio que d e la in-justicia, esto es, d e lo que
en principio e s simplemente lo otro, haya figura o figu­
ras, esto es, que ella deba ser a sunto de una efectiva pre­
s entación, y el que, sin embargo, así o curra tiene, como
s e verá, que ver con l a p ertinencia de exponer las figu­
ras de la inj usticia no en la p arte p o sitivo-constructiva,
sino dentro o después de eso que hemos llamado el vuel­
co y que también pudiéramo s llamar, en el diálogo de
Platón en general, la crisis interna del intento de fij a­
ción del .¿qué e s ?•, lo cual, en «La república• en p arti­
cular, incluye la crisis interna del proyecto constructi­
vo. Pero veamos por el momento qué e s lo que ocurre
como anuncio del vuelco en el libro V . La construcción
se detiene con el p retexto de proceder a una mayor cla­
rificación d e algunos puntos de ella, y esta detención
T ci A C A THÓJ\' Y E L D Lí L O G O 77
76 S E H Y 0 1 .- \L O G O

desemboca e n q u e por primera vez s e llega a una con­ tiké, es decir, referente a la p ó lis, ha de ser entendido
sideración o a una pregunta cuyo asunto es el constructo e n relación con aquel significado del a contecer p ó lis al
en su conj unto ; lo importante es que la pregunta a la :rue que hicimos alusión en el capítulo 6, es decir, con e s e
se llega tenga esta referencia global; e� todo �aso, la fór­ acontecer c o m o u n a de l a s c a r a s d e l intento d e que s e
mula con la que se plantea es la de que tendna que ocu­ h a g a relevante el juego q u e siempre ya se está jugando;
rrir p ara que en efecto una p ó lis tuviese lugar en el m o do l a noción de un •saber concerniente a la p ó lis misma»,
y en los términos construi dos en el constructo . Apare ce de una p o litike ep istéme o p o litike tékhne (y ya hemos
_ di cho que no otra cosa puede mentar politike dúnamis) ,
entonces lo d e que l a p olitike dúnamis (y adrede l o deJ a­
mos sin traducir p o rque precisamente vamos a o cupar­ es así l a noción de un • s aber» (ciertamente en el men­
nos de qué significa) coincid a con •la filosofía». � ado cionado sentido griego) que no lo sería de estas o aque­
que por las mismas zonas del texto aparece tamb1en - llas cosas, porque lo sería de aquello en lo que siempre
�l
que •los filó sofos reinen•, conven � rá empe� a r p o r dec1� ya s e está . Esta es una n o ción radicalmente problemá­
que el verbo que s e traduce por •re� n ar» no tlen � por que tica y vinculada a eso que hem o s m encionado en varios
significar ninguna otra cosa que eJercer eso m1smo que capítulos anteriores como el rasgo •insolente» de la aspi­
s e llama l a p o litike dúnamis, de manera que l a aclara­ ración a la comparecencia de lo que siempre ya ha que­
ción de una expresión será a l a vez la aclaración de la dado atrás precisam ente porque siempre ya está. S i la
otra. Dicho esto, tratemos de ver qué es la politike dúna­ noción de un saber de esta índole fuese la de u n s a b er
mis o qué significa exactamente est� expresió ? . Por de p ositivo, entendiendo por tal un saber que de alguna
pronto, no en general, como es obvw, � ero s1 en con­ manera lo es de ente, de cosas, entonces no po dría s er
texto con e l a dj etivo p o litiké, l o que des1gna l a p alabra sino el s a b e r de todo a la vez; Platón está en polémica
dúnamis s e puede designar también con episténte o tékh­ con esta n o ción, n o con la de un saber que lo s ería de
ne 0 sophía, siendo estos tres nombres, en este con tex­ aquello en lo que siempre ya s e está, sino con que ese
to sinónim o s entre sí; recuérde s e a l respecto lo d1cho _ saber pueda tener el carácter de algo así como u n s ab er
e � capítulos prece dentes sobre estas p alabras y, en gene- de cosas o de ente, como un s ab er óntico ; nos hemos
. ral, sobre las p a l abras griegas para •s aber•. As �, pues, ido acercando, a lo largo de los capítulos precedentes,
dúna,mis no e s en manera alguna •poder» en sent1do que a la manera en que el carácter que Platón da al pro­
s e parezca ni de l ej o s a lo que por tal ent: ndemos cuan­ blemático saber de lo que siempre ya está es el del con­
do en cualquier l engua mo derna dec1mo� •tene_r el tinuado fra caso de la (por eso mismo esencial) preten-
.
p oder» o •estar en el p oder• o •el p o der poht1co•; tlene
que ver con •poder» sólo s i conseguimos entender este • p ode ro so » , A s í, en a l e m án ( d o n d e •el p o d e r» d e «t en e r el p o d e r>' e s
verbo en un sentido de •saber• como •sab er habérselas», die Macht) se e m p l e a konnen p a ra d e c i r q u e a l g u i e n sabe t o c a r e l
el sentido que hemos atribuido de m anera ge_n e_r al a lo s p i an o o q u e s a b e u n a l e ng u a , e l s u bstantivo das Konnen s i g n i fica,
verbos griegos d e •sab er» 8 . Por su parte, el a dj etlvo p oh- _ en tre otras cosas, destreza o per i c i a (s ab e r h a bérs e l a:;), e i n c l u s o se
dice q u e a lgo e s gekonnt para d e c i r que es lo c o ntra r i o de u na c h a ­
p u z a , Au n q u e nada pueda d e m o strarse a p a r t i r de l a •procede n c i a "
8 El u s o de verbos • p o d er» en este sentido, próximo a l •sab er• grie­ diacró n i c a de las pa l a br a s , n o e :; m a l a i l u ;;t r a e i ó n el reco rdar rr u e
go, t i e n e, en efecto, a l gu n a presencia en l as leng uas m o d e rn as, y pre­ konnen n o s ó l o es ori g i n almente u n ver b o d e •sab e r", s i n o q u e m a n ­
_ tiene esta c o n d i ci ó n h asta (i n du s ive) e.l a lto a lemán m e d i o ,
c i s am ente entonces se d1stmgue con to d a clandad del •po der» d e l
78 SER Y D I .Ü O G O TÓ A GA TH Ó N Y E L D I A L O G O 79

s1on pos1tlva. S i ahora, pues, aparece d e una m anera pugn e » ; p ero no decimos sólo que no sea Plató n ; tam­
m arcada y visiblemente polémica una noción por com­ poco los p ersonaj e s que hablan y tampoco otras instan­
pleto equivalente a la de politike tékhne o politike epi­ cias que comparezcan de alguna otra m anera ; así, pues,
stéme, el que esa aparición tenga que ver con la polé­ en este caso ni distancia dialógica ni distanciamientos
mica a la que acabamos de hacer referencia es tanto más sobreañadi dos ; la verdad es que eso que con tanta fre­
verosímil por cuanto lo que ahí se pone en contacto con cuencia se atribuye al texto no lo h ay en él, ni distan­
p o litike dúnamis es otra de las nociones, a s aber, «filo­ ciado ni sobredistanciado ni de ninguna otra manera.
sofía,, que de un modo u otro, en un momento u otro, Las interpretaciones que lo ven son rechazables, resu­
aparecen también implicadas en el intento de dar un miendo cosas que ya hemos dicho, por al m enos cuatro
nombre al problemático s ab er aludi d o ; pero no se pien­ órdene s de razones cada uno de los cuales s ería por sí
s e que, ni remotamente, l a remisión a «filosofía» dé y a mismo s uficiente. Primero : que, textualmente, la consi­
ese peculiar carácter q u e hemos dicho q u e Platón que­ deración que ahora s e interpreta sigue formando p arte
rría dar al saber en cuestión; la palabra philosophía tiene de un construir, el del constructo de la p ólis, cuyo carác­
en ese momento como sentido dado uno muy poco m ar­ ter y estatuto en el diálogo no es el del «propugnar», sino
cado ; así como en el texto se está discutiendo qué cabe otro del que ya nos hemos ocupado. Segund o : que en

1
entender por p o litike tékhne, tanto o más se está discu­ el momento textual en cuestión no s e da por sentada una
tiendo en el mismo qué cabe entender por p hilosop hía ; noción de «los filósofos" o «la filosofía, ni quiénes son
no es la remisión de lo uno a lo otro ni la de lo otro a los unos ni qué es la otra. Tercero : que la dúnamis no
lo uno, sino el hecho mismo de la confluencia, lo que es en manera alguna «el po der" en el sentido en el que
constituye un arma expositiva y polémica, en orden, cier­ )
hablamos de «tener el p odeP y « estar en el poder".
tamente, a dar a lo uno e idénti camente a lo otro el Cuarto : que lo concerniente a la p ó lis no es lo «políti­
carácter que, s egún hemos dicho, Platón pretende en C O » en el s entido que este adj etivo tiene en cualquier
efecto darl e s ; esa confluencia, por cierto, en el libro V lengua mo derna, porque la p ó lis no es el E stado ni
solamente s e anuncia y postula; s u efectiva exposición siquiera un homólogo griego del mismo.
se identificará con lo que nosotros hemos anunciado El postular que la politike dúnamis s e identifique con
como, en «La república", la crisis interna del construc­ la filosofía, tal como aparece en el texto, pertenece toda­
to y el hundimiento interno de la pretensión positiva que vía al constructo precisamente porque es un postular. No
en ese concreto diálogo aparece representada en esa postular, sino exponer, coincidirá con algo que precis a­
construcción. mente hasta ahora no hay, a sab er, una determinación
En las consideraciones precedentes ha quedado desde más próxima de qué es p o litike tékhne y qué es p hilo­
luego descartada la habitual interpretación s egún la cual sophía. Rasgo esencial de e sta determinación más pró­
Platón habría «propugnado» que «los filósofos" asumie­ xima, rasgo y determinación que irán emergiendo tra­
sen «el poder políti co". Interesa destacar que el recha­ b aj o s am ente a lo largo de los libros VI y VII, es que
zo de esa interpretación s e ha realizado incluso hacien­ p olitike tékhne y p hilosop hía s e identifican entre sí tan
do abstracción de la distancia dialógica. Esa distancia pronto como cada una de ellas llega a ser verdaderamente
s ería un argumento si lo que aquí s e pretendiese cues­ algo, porque en un caso como en el otro sólo h ay una
tionar fuese sólo el que sea Platón mismo quien «pro- cosa que pueda llamarse así sin ser un engaño y esa única
80 S E R Y O 1 ,í L O G O TÓ A GA THÓN Y E L O I.Ü O G O 81

cosa es la misma para uno que para otro de esos dos nom­ de Platón en general, acontece en este diálogo de una
bres y no es sino aquel •sab er» (saber habérselas, epi­ manera consecuente con la vocación metadialógica que
sténte o tékhne como sinónimos) que tiene lugar (es decir, en él detectábamos ya desde su comienzo; la conse­
que se ej erce) en el diálogo mismo : la epistéme o la tékh­ cuencia reside, por una parte, en que la crisis n o lo es
ne o la dúnamis del dialégesthai mismo, la dialektiké, de uno y otro y otro intento de fij ación, sino que toca
adj etivo junto al cual está o se sobreentiende cualquie­ directamente a la propia pretensión fij adora como tal, al
ra de esos tres substantivos femeninos : epistéme, tékh­ carácter de •ante los ojos», y, por otra parte, en que esa
ne, dúnamis. Qué se entiende en este contexto por •el diá­ crisis esté constituida por el hecho de que el propio diá­
logo,, es lo que venimos tratando de exponer desde el logo resulte ser la substancia de aquello que en princi­
comienzo de este libro y lo que s eguiremos tratando de pio en el diálogo habría de resultar fij ado . Ahora bien,
exponer en todo lo que queda de él; en esa línea nos s egún e sto la crisis consiste en que como contenido del
hemos ocupado d e qué pasa en el diálogo, de cómo ello diálogo en curso emerge no otra cosa que el diálogo
es al mismo tiempo significado por la distancia dialógi­ mismo. En ese !llOmento, lo metadialógico ya no es una
ca, etc.; lo hemos h echo básicamente para po der ahora vocación que s e detecta, sino que pasa a ser lo que hay.
decir que es ni más ni menos que ese acontecer lo que Ya expusimos en su momento por qué lo metadialó­
Platón considera, por una parte, como lo único que mere­ gico sólo puede acontecer mediante recursos de sobre­
ce el nombre de p olitike tékhne y, por otra parte, tam­ distanciamiento que s e añaden en el diálogo a la dis­
bién como lo único que merece el de philosophía y, por tancia dialógica. Lo que ahora acabamos d e decir
lo tanto, en definitiva como aquello en lo que, por nada permite, pues, entender que, pasada la mitad del libro
más que por ser cada una de ell as lo que es, coinciden VI, se tra nsite hacia una situación del diálogo en la que
la philosophía y la politike tékhne; e s ese acontecer con esos recursos, en combinación virtuosista de unos con
todos los significados que le hemos dado y los que fal­ otros, todos los que en su momento citamos e incluso
tan por darle, por la s encilla razón de que se los damos alguno más, ya no s e limiten a aislar, e s decir, a produ­
o s e los daremos ni más ni menos que tratando de poder cir islas dentro del diálogo, sino que configuren é ste ele­
leer lo que nos dice Platón cuando, trabajosamente, como mentalmente.
no po dría dejar de ser, nos dice que es a ese saber que Cada vez que en un diálogo cualquiera de Platón se
acontece en el diálogo a lo que s e apunta, ya sea bajo la busca fij ar un .¿qué es ser ... ?», s e busca akríbeia, esto
fórmula p olitike tékhne, ya baj o la fórmula philosophía. es, exacta definición, como ya vimo s al exponer en su
La identificación del •sab er habérselas» concernien­ momento el mo delo básico de diálogo ; se la busca, pues,
te a la pólis con la tékhne del diálogo mismo, ciertamente, durante el momento positivo del diálogo, y la crisis, como
significa la crisis y el hundimiento interno del proceso entonces vimos, consiste en que en cada caso resulte que
de construcción del constructo, por de pronto ya por el lo logrado no la posee. A lo largo de la parte positiva de
hecho mismo de que rompe con el carácter de • ante los «La república», que e s no sólo positiva, sino, como vimos,
oj os• propio de todo constructo, propio incluso de todo precisamente constructiva, en lo que se refiere a la akrí­
quid que se intenta tematizar, de todo .¿qué es?» que s e beia la citada vocación (hasta entonces sólo vo cación)
pretende fij ar; e n efecto, e l diálogo e s el •nosotros». Así, metadialógica s e manifiesta en que no sólo se busca akrí­
pues, la crisis, que constituye la substancia del diálogo beia en lo referente al contenido del que se trate, sino
82 S J; H Y D LÜ O G O T O A CA TH Ó N Y EL D I A L O G O 83

que l a exigencia d e akríbeia. e s ella misma u n principio go, las definiciones de «Virtudes• y todo lo que las acom­
productor d e contenidos, como de hecho vimo s siguien­ paña, carece de a.kríbeia. mientras no esté en conexión
do la paideía de los guardianes. Pues bien, ahora, en el con algo que todavía falta, un último y definitivo que está
vuelco, la akríbeia. ya no s e limita a actuar como prin­ por aprender y que ha de s er aprendido. Antes de h acer­
cipio rector, sino que es ella misma expresamente el pro­ nos cargo del nombre que Platón elige para eso último,
blema, la cuestión, el asunto ; antes no s e la nombraba, hemos de hacer algunas aclaraciones sobre p alabras.
ahora será mención casi obsesiva. Cada paso estará deter­ La expresión to 0.{3"a.thón significa el carácter o la con­
minado por el problem a de la akríbeia. Veamos cómo. dición de a.gathós; si convencionalmente traducimos el
Aunque anunciada desde el momento que dijimos, la a djetivo por «bueno», entonces to agathón sería algo así
ruptura de la etapa positivo-constructiva empieza a efec­ como «el bien•. Lo que ocurre es que en su momento
tuarse cuando se pregunta directam ente qué o quiénes hemos hablado de a.reté y también esta palabra es una
son los que h ayan d e «preservar• la figura de p ólis que m anera, en un contexto gramatical diferente, d e invo­
h a sido construida. Esta pregunta s e pone en marcha pre­ car ni más ni menos que el carácter o la condición de
guntando cómo tendría que ser la paideía. de los tales. aga.thós. Encontrábamos, hablando de a.reté, razones
Así como la descripción de la pa.ideía d e los guardianes para hacer lo que luego, e n efecto, hicimos d e m anera
era ni más ni menos que el trazado d e la figura o noción reiterada, a saber, llamar «los nombres de la a.reté• a las
del guardián, así ahora lo que habrá, en este nuevo desa­ designaciones de aquellas determinaciones ( eíde ) en
rrollo de la cuestión de una paideía, s erá la crisis inter­ cuya presencia ( eídos ) lo que aparece es ni más ni menos
na de esa noción o figura, la del guardián, en la que, que lo propio del eídos como tal, l a diferencia frente a
como vimos, se resumía toda la parte positivo-construc­ lo ente, l a no o ntici d a d, la no temati z ab ilidad.
tiva. Tal crisis s e efectuará al elevarse a problema en sí Concretábamos esta comparecencia en que cada fijación
mismo aqu ello que en la figura del guardián era sim­ resulta no tener a.kríbeia. (cf. c apítulo 2) . El empleo de
plemente el principio rector, a saber, la a.kríbeia.. Dej a p alabras como a.reté (y, por lo tanto, al menos implíci­
d e tratarse d e los guardianes e n e l momento e n que al tamente agathós, pues son semánticamente inseparables)
tratarse de ellos la m ención de ese principio se vuelve abundab a en la consideración de que la determinación
expresa, esto es, en el momento en que se trata de aque­ ( eídos) , en griego, es el «CÓmo h abérselas con• ; y así más
llos de los guardianes que son los a.kribésta.toi, los de cosas que ya en su momento s e dij eron. Pues bien, si
manera marcada determinados por la akríbeia.. Y, enton­ ahora, en «La república•, s e nos dice que es to a.gathón
ces, no es que se trate de otra pa.ideía., sino que se trata aquello últim o que falta y sin lo cual las determinacio­
de la pa.ideía. con m ención ahora expresa de la a.kríbeia., nes carecen de akríbeia, lo que s e nos está diciendo es
esto es, se trata de a quella p arte o aspecto o modo de la que es precisamente en aquel continuado fracaso del
pa.ideía. que es la a.kribestáte, l a que está marcadamen­ intento de fijación, en aquel continuado rehusar la tem a­
te determinada por la a.kríbeia.. tización, donde hay akríbeia., que sólo en contacto con
La plenitud que unas líneas más arriba anunciábamos eso, sólo dentro de ese proceso, las determinaciones tie­
para el despliegue de los recursos d e s obre distancia­ nen akríbeia. E sto p arece algo así como que sólo en la
miento s e alcanza de hecho a p artir del momento en que siempre continuada ausencia de akríbeia. h ay, sin
se declara que todo lo fijado hasta entonces en el diálo- embargo, a.kríbeia. Así es, en el s entido que a conti-
84 SEH Y D LÜ O G O TÓ A CA TH Ó N Y EL D LÍ L O G O 85

nuación intentamos precisar. Cada p auta tematizable, Es, pues, en el continuado substraerse a cada inten­
cada norm a óntica, resulta ser en último término ambi­ to de fij ación o tematización donde el eídos acontece; es
valente y borro s a ; en el sufrir continuadamente esa ahí donde es eídos; ese continuado rehusarse es lo que
ambivalencia e imprecisión reside, sin emb argo, un hace de cada eídos precisamente eídos y es to agathón.
«saber qué»; reside ahí y en ninguna otra parte; no, pues, Y ese continuado rehusarse es, como reiteradamente
en el dar l a espalda a las normas, ni en el creerse p or hemos visto, lo que acontece en el diálogo ; es, pues, el
encima de ellas, ni siquiera en el decl ararlas «relativas», diálogo mismo la presencia o el acontecer del eídos como
posiciones to das ellas que son falaces porque son otras tal y la comparecencia de to agathón, es decir, a la vez
tantas maneras de eludir la experiencia fenomenológi­ el substraerse que to agathón es, el rehusarse en el que
ca del hundimiento interno de cada fij ación. el eídos (la presencia) tiene lugar.
Completemos la exposición del modo en que en «La A la luz de todo lo anteriormente expuesto, lo que
república» s e designa aquello que falta para la akríbeia. ahora acabamos de decir equivale a que la cuestión de
Es, ciertamente, to agathón. Ahora bien, también había­ to agathón es el nombre con el que en «La república»
mos dicho que esos eíde cuyas designaciones son los nom­ aparece lo que habíamos entendido por la cuestión onto­
bres de la areté constituyen lo propio del eidos como tal, lógica tomada no en el sentido de una u otra de las que
es decir, algo así como el eídos del eídos mismo o de los en su momento hemos llamado ontologías en plural, sino
eíde mismos. Es comprensible, pues, que encontremos un como la cuestión de la diferencia misma, esto es, no de
nombre para cuya formación s e aprovecha la identidad este o a quel eídos, sino del eí:dos mismo en su diferen­
entre cierto muy especial eídos y to agathón; ese nombre cia con respecto a la cosa o lo ente, de la no onticidad
puede ser una construcción que h aga depender to aga­ del eídos. Es esa diferencia lo que constituye la natura­
thón en genitivo de eídos como núcleo, algo así como «el leza misma del diálogo de Platón en general, lo que acon­
eídos de to agathón,, donde, nótese bien, el uso del geni­ tece en el diálogo y, por lo tanto, lo que de alguna mane­
tivo sería el llamado apositivo o epexegético, es decir, el ra s e dice cuando el diálogo se vuelve metadiálogo ; ya
significado de la construcción sería «aquel efdos que es hemos visto qué problemas de expresión comporta esto
to agathón» 9, bien entendido que, por ser el eí:dos en cues­ y en qué s entido ello ocurre de una m anera peculiar en
tión eso que hemos llamado «el eí:dos del eídos mismo,, «La república». El carácter que acabamos de atribuir a
resulta también interesante oír la fórmula así: «el eídos, la cuestión de to agathón e s también lo que da sentido
el cual, en cuanto no este o aquel eídos, sino sencilla­ a la fras e de 5 0 9b s egún la cual el eídos que es to aga­
mente el eí:dos, es to agathón» . thón no es ser, sino que está «más allá» o "por encima»
del ser; ese «por encima» o «más allá» incluye no sólo que
9 Es i.rrelevante, aquí c o m o en otros lugares, e l q u e en vez de eídos
no tiene el estatuto de lo que hemos llamado algo-2, es
ap ai-ezca idéa; c o m o palabras griegas, a m b a s s o n idén t i c as a todos decir, no «es ... ", sino también que tampoco tiene el de
l o s efectos que aquí p uedan interesar. Evitamos idéa porque cual­ un algo - 1 , e s decir, no es s er, porque no es algún deter­
quier interferencia aquí del uso que e s a palabra tie n e en las len­ minado «ser ... "; en otras p alabras, no es este o aquel
guas modernas s e ría por compl eto funesta. Natu ralm ente tiene s u
explicación el que t a l p alabra h aya l l e g a d o a s e r lo que e n nuestras
eí:dos, sino la diferencia misma del eídos con resp ecto a
lenguas es, pero esa explicación no entra dentro de la presente inves­ la cosa o a lo ente ; no, por supuesto, algo-2, pero tam­
tigación . poco algo - 1 , sino la diferencia misma del algo-1 con res-
86 S E R Y DLÍ. L O GO

pecto al algo-2 . No s e olvide, por otra parte, que la fras e


del «más allá» o «por encima» v a s eguida inmedi atamen­
te de una carcaj ada a la que Sócrates, que e s quien ha
pronunciado a quella frase, no tiene nada que obj etar. En
efecto, la frase viene al final de la explicación de un símil;
ya hemos expuesto por qué tienen que emplearse sími­
les ; incluso, como forma marcada de sobredistancia ­
miento intradialógico, l o s símiles s o n especialmente
necesarios a quí, donde lo m etadialógico alcanza una
especie de paroxismo ; fiel a todo e sto, Sócrates sólo ha
hablado «de» to agathón en los términos de la explica­ 8. La línea
ción del símil, pero en un momento s e le escapa decir
algo (la fras e que comentamos) directamente de to aga­
thón; la carcaj a d a es el correctivo merecido.
S egún s e desprende del precedente capítulo, el que la
verdadera cuestión pase a ser to agathón es i déntico con
que lo que s e está buscando pase a ser no otra cosa que
lo que acontece en el diálogo mism o ; de lo que s e trata
ahora es, pues, de decir en el diálogo lo que en el diá­
logo mismo en principio no se dice, sino que acontece.
A p artir del momento en que así es, lo metadialógico s e
encuentra e n una situación paradójica; por una parte, por
las razones que en su m omento se vieron, sólo puede
d arse a través de los recursos de sobredistanciamiento ;
por otra parte, no hay allí mismo un contenido en el nivel
de la mera distancia dialógica; hay la distancia dialógi­
ca, pero no un contenido en ella sola, porque es el diá­
logo mismo el que ha volcado hacia lo metadialógico.
Esto da entonces al diálogo un muy peculiar carácter; el
casi amontonamiento repentino de varios recursos de
sobredistanciamiento intradialógico (a partir de 5 04d)
desemboca, tras una especie de estudiado cuello de bote­
lla, en un encadenamiento de símiles que, con todo lo
que directa o indirectamente forma parte de las indica­
ciones interpretatorias de los mismos, llega h asta cerca
del final del libro VII.
El s egundo de esos símiles es el de la línea. En él, el
carácter topológico de aqu ello de lo que la imagen es
LA LÍNEA 89
88 SER Y D I. -í. L O G O

del diálogo, se ha iniciado una crisis interna de todo eso,


imagen (cf. capítulo 5 , final) e s mínimamente marcado·
crisis que, sin decir con ello nada nuevo con respecto a
s e limita a lo que de topológico h ay ya en la fijación d �
_ lo ya dicho en s eguimiento de ella, podernos ahora re su­
entidades unas al lado de otras . Para facilitar las referen­
mir en la siguiente consideración: el discernimiento ónti­
cias que haremos a varios aspectos del símil de la línea,
co, el •qué es• y •qué no es•, •qué hay• y •qué no hay•,
establezcam? s el conveni ? de designar corno a y b las dos
presupone un •en qué consiste s er• o •en qué consiste
partes, ·desiguales•, s egun el texto, en que queda divi­
el haber»; lo presupone en el doble sentido de que no
dida la línea 1 0 , designando entonces corno aa y ab las
sería posible sin ello y de que siempre ya lo ha dejado
dos partes en que s e sub divide a, y corno ba y bb las dos
atrás ; en este sentido el discernimiento óntico presupo­
partes en que se sub divid e b; el texto dice que la divi­
ne, pues, la cuestión ontológica. E sto, en el símil de la
sión y las sub dfvisione � e stán hechas todas ellas s egún
_ línea, está representado sólo por el hecho de que la divi­
una misma razon o cociente, esto es, que a es a b como
sión que representa el discernimiento óntico, la división
aa a a.b y como ba a bb; un elemental cálculo nos dice
entre aa y ab, sea una sub división de aquella otra en la
que esto significa que ab y ba son iguales entre sí. Estas
que todo a es a su vez una de las dos partes, es decir,
son todas las indicaciones que hay en el texto sobre cómo
que el discernimiento óntico remita a otra cuestión. En
s e est�uctura la lín e a ; son, pues, lo bastante escasas para
el símil de la caverna la misma presuposición de la cues­
que mnguna de ellas deba considerarse irrelevante.
tión ontológica por el postulado de discernimiento ónti­
La parte a representa la dóxa, de la cual hemos habla­
c ? estará representada por el hecho de que, aun perci­
do en los capítulos 4 y 6, en los cuales la hemos descri­
biendo tanto los artefactos de los que se proyectan
to corno el discer r:ii? iento óntico. Así, pues, el que esa
sombras como las sombras mismas, quien no ha salido
pa rte a s u � ez s e divid� en dos significa que el discerni­
, de la caverna nunca reconocerá que aquéllos sean más
m �_ ento ontlco es en efecto discernimiento, significa eso
verdaderos que éstas; sólo quien vuelve de fuera de la
I�u.srno con lo que en el capítulo 6 hemos dado por jus­ caverna puede discernir qué es más verdadero y qué
tifica � � el qu � h ay � de haber una específica figura del
_ menos verdadero dentro de la caverna misma .
guaidran ; l a dis ��_ ncwn entre aa y ab es l a frontera que
: _ Vo �v �:nos, sin embargo � al símil de la línea. Si la pre­
gua1da el guardian ; ello concierta con que en el texto la
suposicwn (en doble s entido) d e la cuestión ontológica
d i ;isión de _a : n aa y � b ap � � ezca como la representa­
_ _ por el postulado de discernimiento óntico e stá repre­
CJon en el Simil de la distmcwn dentro de la dóxa entre
s entada por el hecho de que la división lo sea de un a
eikasía � pístis, que son algo así como, respectivamente,
que a su vez e� p arte frente a un b, entonces cabe espe­
la asunciÓ � ver� � ímil y la convicción legítima. Desde que _ _ de b en ba y bb nos diga algo de la
, rar que l a divlSlon
se es � a� lecw l a h gura del guardián corno la figura del dis­
_ _ es �ructura que Platón atribuye a la cuestión ontológica
cermmiento ontlco y el centro de la parte constructiva
misma. Veremos a continuación que esto está confirma­
10 N ótese que lo que e n gri ego s e lla m a una línea es un trecho o dis­
do por las p alabras mismas que en el diálogo aparecen
tancia. El gri ego n o piensa el trecho como delimitación advenida
en las indicaciones interpretatorias del símil.
� !
sobre l a base e l a ínea qu e s i e m pre s igue en una y otra d i recció n, Se �ún lo �asta a quí visto la cuestión on�ológica, la
_ _
smo q u e lo p n m a n o en gnego es la distancia o el «e ntre•, el cual, cuestwn del etdos, se desarrolla como el contmuado fra­
p o r lo tanto, debe s e r designado precisamente como l a línea, n o caso de uno y otro y otro intento de fijación o tematiza-
como u n •segmento de•.
90 S E R Y D L\ L O G O
LA L Í N E A 91

ción; e s e n ese continuado rehusar donde tiene lugar el además del proceder por hupot héseis, el servi :s e � e im � ­
eídos. E so que estamos llamando la fijación o la temati­ genes. Lo que esto quiere decu _
_ es que la dwnow, _ _ r � fi­
zación es el dar o reconocer a algo el estatuto de lo que riéndose al eídos, a la vez, puesto que hp o tematl z a ,
1
llamábamos algo-2. No hace falta esperar a Aristóteles para pone c o m o e n t e y , por lo tanto, repres enta ónticamen­
que este estatuto se designe con el verbo hupokeísthai, que te. Amb o s caracteres, el proceder por hup othéseis y el
es palabra normal en griego para designar el « estar ahí» y servirse de imágenes, son, pues, solidarios entre sí.
el «hab erlo» de lo que "hap. Ahora bien, este verbo es Aclaratoriamente, en el diálogo se remite en algún
verbo «de estado», y su correspondiente «Causativo», es momento h ablando de la diánoia, al proceder de «los que
decir, el que significa dar o producir ese estado, es hupo­ se ocupa � de las geometrías y las cuentas y lo similar a
títhesthai; y de éste el nombre de acción es hupóthesis; esta eso». No debe tomars e esta referencia en el s entido de
última palabra, pues, significa el acto de dar a algo el esta­ que la diánoia coin � ida �e alguna I? an �ra con la m ate­
tuto de algo-2. Lo que hemos dicho del comparecer del . ,
m ática. Si h ay que Identificar la dwnow con algo que
eídos como el continuado rehusar la tematización se dice, pueda a su vez ser identificado desde otro ángulo, habrá
pues, así: el eídos comparece en el hundimiento interno que mencionar los s ab eres, esto es, «s � b eres» en el sen­
de una y la otra y la otra hupóthesis. tido que reiteradamente hemos atnbmdo _ a las p alabras
La división de b en ba y bb repres enta este doble griegas p ara «saber», pero dichos expresai? ente en ph: ­
carácter, que tiene la cuestión ontológica, de ser en cada ral cada uno d e ellos como un s ab er p articular, consti­
momento el e stablecimiento de un «qué es ser sólo ···"
tui d o por la fij ación de algún eíd� s .. � i, cuando i�ustra­
para que eso establecido tenga en su propia presencia mos la noción griega de saber refinendonos a donde y
fenomenológica su hundimiento. Consiguientemente, ba en qué el z ap ato e s zapato y la tiza es tiza, aquello, cier­
representa l a hup óthesis considerada en sí misma, sin tamente, no era diánoia, es porque no se conte � pla la
su hundimiento ; representa, pues, la hupóthesis no reco­ posibilidad de ello como un saber espe �ial o p articular,
nocida como tal, no considerada como una fijación, la o, dicho llanamente, porque no se esta pensando que
hupóthesis en la que su carácter d e tal no es relevante, h aya algo así como especialistas e 1_1 p �rtar za � atos o en
pues sólo deviene relevante en su contacto con el otro .
escribir con tiz a ; considerar tal posibilidad sena ya mvo­
aspecto del proceso. Cuando s e procede por o en vir­ car la diánoia. No obstante, la referencia a «las geom e­
tud de hup o théseis l l , preci s am ente entonces no s e sabe trías y las cuentas y lo similar a es � , no es puramente
nada de ellas en cuanto tale s ; ellas actúan en tal caso accidental ; ese tipo de asuntos constituyen, en efecto, de
no como hup o théseis, sino sencillamente como princi­ alguna m anera lo común a todos los s ab eres particula­ _
pios rectores. Lo representado en ba es llamado en el res; este e s un punto sobre el que volveremos.
diálogo diánoia 12, y como carácter de ello s e aduce, Dijimos que hup ó thesis significa el acto de dar a algo
el estatuto de algo-2 . Por el mismo trozo de gramática,
11 hupothéseis es e l plural de hupóthesis.
12
Si h u b i ese que buscar una traducción c o nvencional que l o s e a de
n o s permitiría, p o r ej emplo, diferenciar esta p alabra de nóesis. E?
l a pal abra misma, es decir, s i n l a trampa de hacer pasar p o r signi­
cambio, la diferencia queda clara (o eso intentamos) en la expo �; ­
ficado léxico l o que es contexto fil o s ó fi c o u otras cosas, necesa­
c i ó n que h a c e m os, la cual pretende basarse en lo que hay en el dia­
riamente caeríamos e n algo (como « p ensam iento» o similar) que n o logo que ahora mismo estamos c o m e ntando .
92 SER Y D IALO G O L\ L [ N U 93

hup ótheton deb erá significar o bien aquello que s e dej a nombre para lo que representa el conjunto de b. Más ade­
dar ese estatuto o bien e l carácter o l a condición d e lo lante ( 5 3 3 e-534a) s e volverá sobre la cuestión d e los
tal, es decir, el dej arse conferir el estatuto de algo-2. Y nombres, y entonces nóesis s erá el nombre para todo b,
lo que resulte de anteponer a esa expresión un prefijo mientras que bb s e llamará epistéme en el sentido de
de rechazo o de rehusar, es decir, anhupótheton, signi­ aquella acepción que adquiere la palabra epistéme por
ficará o bien aquello que rehusa ser tomado como algo- el hecho de que se la emplee como singulare tantum,
2 o bien el rehusar mismo, a sab er, rehusar ser tratado como singular sin plural; si, por el contrario, de lo que
como algo-2 ; concretamente esto último será lo que sig­ h ablamos es de una u otra u otra epistéme, entonces eso
nifique ese a djetivo cuando aparezca en la p ara nosotros e s la diánoia. En todo caso, bb es lo que reiteradamen­
ya conocida construcción de •neutro s ingular con artí­ te h a aparecido en nuestra exposición como el momen­
culo en uso absoluto» (donde • absoluto» quiere decir: sin
referente substantiva! ni explícito ni implícito, ni d eter­
minado ni indeterminado) , esto es, to anhupótheton. Pues
·¡
1
to de crisis o de interno hundimiento, que es el momen­
to propiamente constitutivo del diálogo mismo ; y, puesto
que es esto, es, de acuerdo con todo lo que hemos dicho,
bien, el papel de la subparte bb de la línea es apuntar a la cuestión de to a{5"athón, la cuestión ontológica como
to anhupótheton como a aquello en lo que -y sólo en tal. En vez de •el saber que acontece en el diálogo
ello- acontece el eídos, en concordancia con todo lo que mismo», que es lo que antes hemos dicho y lo que sig­
hemos dicho de que el efdos lo es en el rehusar el esta­ nifican las expresiones con el a dj etivo dialektiké como
tuto de algo-2, esto es, en la no onticidad, en la diferencia determinante de los substantivos tékhne o epistéme,
con respecto a lo ente. Cuando en el diálogo se dice que podemos también decir algo así como •la marcha propia
bb es ir •más arriba y más atrás» con respecto a las hupo­ del diálogo,, y entonces, con el mismo adjetivo, el subs­
théseis, no puede estarse diciendo simplemente ni fun­ tantivo es méthodos y s e está diciendo exactam ente lo
damentalmente que se vaya de una hupóthesis a otra mismo. El remontar del que hablábamos unas líneas más
•anterior» y •más alta» y así hasta un primero, pues enton­ arriba es el anhaireín que, con •las hupothéseis» como
ces ese primero s ería algo así como una hupóthesis abso­ objeto gramatical directo, aparece caracterizando esa
lutamente primera, lo cual, ap arte de ser absurdo, es •m archa propia del diálogo». S e nos está diciendo lo que
incompatible con que ya desde la primera indicación hemos . visto que en efecto acontece en el diálogo . Que
interpretativa al respecto (5 1 0b) el diálogo hable de en el remontar las hup othéseis comparece to anhup óthe­
anhupótheton (el giro con to aparecerá un poco más ade­ ton significa que el eídos comparece como tal en ningu­
lante: 5 l l b) ; el •más arrib a y más atrás» lo es •con res­ na otra parte ni modo que en el continuado hundimiento
pecto a las hupothéseis» en el s entido por otra parte único interno de una y otra y otra hupóthesis.
en que puede s erlo con respecto a todas y cada una d e Aparte de la alusión ya hecha a un aspecto muy con­
ellas, a saber, siendo u n remontar e l hup otíthesthai creto del símil de la caverna, sólo una cosa diremos ahora
mismo, no un despe dirse de él, sino a quel remontar en sobre este símil, que sigue en el diálogo al de la línea.
el cual, y sólo en él, como hemos visto, la hup óthesis es El que no se trata de un •verdaderamente ente» frente a
en efecto hupóthesis. lo ente digamos ordinario viene aquí tajantemente expre­
El nombre p ara lo repres entado en bb es en un pri­ s a do por el hecho de que no h ay quedarse fuera de la
mer momento ( 5 l l d) nóesis, y en ese momento no hay caverna; a qu ello, lo de fuera, no es j amás el asunto, lo
94 S E R Y DL\ L O G O LA LÍNEA 95

que hay, lo ente. Contundentemente, el episodio último de la diánoia son los mismos contenidos considerados de
y definitivo de la historia es el retorno ; esto quiere decir distinta manera. Que algo sea consiste siempre en un
que es la capacidad del retorno lo que mide la autenti­ eídos y un eídos es siempre el que algo sea.
cidad del viaj e ; cuando se dice que a los filósofos «no s e
l e s permitirá" que s e queden allá, n o se está h ablando
en nombre de ninguna otra cosa que precis amente lo
único que puede definir a los filósofos como tales una
vez que la identificación de philosop hía y p o litike tékh­
ne en la dialektike tékhne está ya b astante avanzada; por
lo tanto, lo que en verdad se está diciendo con ese «no
les permitiremos" no es que alguna autoridad externa
vaya a permitir o no, sino que quien diga o crea o pre­
tenda quedarse fuera ni es un filósofo ni está fuera de
nada ni se h a distanciado siquiera de las sombras . En
otras palabras : el viaj e no s e hace por mor de lo de allá,
sino por mor de la diferencia misma, la misma diferen­
cia de la que venimos hablando desde el comienzo.
Nos falta comentar un elemento del símil de la línea
que no podemos dejar de lado. Es la mencionada igual­
dad entre ab y ba, es decir, entre los tramos representa­
tivos de la p ístis y la diánoia respectivamente. Po demos
partir para ello del uso de imágenes que hemos encon­
trado ya como un carácter de la diánoia. El campo de ésta
es el de este y aquel y el otro eídos, el de los diversos eíde;
el propio carácter tematizante de la consideración de cada
eídos en este nivel hace que necesariamente se opere
siempre con una u otra presencia óntica, y esto es la m en­
cionada necesidad de «imágenes", las cuales en sí mismas,
independientemente de su función de imágenes, son con­
tenidos de la pístis. De modo que todo contenido de la
diánoia se representa en un contenido de la p ístis. Ahora
bien, lo recíproco también es cierto, puesto que los con­
tenidos de la pístis son lo que en el discernimiento ónti­
co es discriminado como verdadero, lo que en verdad hay,
lo que en verdad es, y decidir que algo es significa ni más
ni menos que atribuirle uno u otro eídos; una vez m á s :
ser es «Ser ···"·Así, pues, l o s contenidos de la pístis y los
9. «Las geometrías y las cuentas
y lo similar a eso,,

S egún lo dicho, pístis y diánoia constituyen algo a s í


como los dos aspectos o l a s d o s caras d e l s a b e r ordi­
nario. En la p ís tis, el eidos opera como criterio sin estar
él mismo presente ni ser cuestión en m anera alguna; en
la diánoia está él mismo presente, pero, por eso mismo,
no está precisam ente en l a condición de eídos, en la
diferencia frente a la cosa, frente a lo ente. Lo que aquí
falta había quedado desde muy pronto en nuestra expo ­
sición ( expresamente desde el capítulo 2 y en muchos
m omentos posteriores ) vinculado a ciertos eíde que
constituyen el carácter mismo del eídos como tal; s egún
en qué momentos, h abían aparecido designados com o :
los eíde que están y a supuestos e n cada intento de reco­
nocer un eídos, los nombres de la areté, el eídos del
eídos mismo, to agathón. C u alquiera d e estas designa­
ciones lo es de a quello que en el saber ordinario siem­
pre ya queda atrás. Ahora bien, por ello mismo tiene
que tratarse de algo cuyas marcas están en el propio
sab er ordinario. No s e piense, sin embargo, que esto
produce algún tipo de continuidad o salva el abismo o
evita la ruptura entre el saber ordinario y la cuestión
ontológica; no es así, porque las citadas marcas sólo son
reconocidas como tales desde la cuestión ontológica
misma; el círculo, pues, no s e evita.
98 S E R Y D I .-Í L O C O
· LA S C E O M E T HLIS Y L A S C U E N TA S Y L O S I M I LA R A ESO· 99

Las aludidas marcas son las que e n el saber ordina­


. hay d e aquello que en dicho saber siempre ya h a que­ de la areté hayan aparecido en algún momento (cf. capí­
no
, Por lo tanto, tendrán que consistir en algo que tulo 2) también con los nombres d e «Uno• o <<mismo ver­
dado atras.
sus otro•.
s e encuentra en todos los sab eres ordinarios. Con algo
Así, pues, la decisión de unidad de «una• cosa frente
asi, nos he�os encontrado ya; al hablar de la diánoia diji­
a «Otra• cosa, que por de pronto ha ap arecido como la
mos, en efecto, que la apa : ic � ón ilustrativa de «las geo­
r

operación de contar, reclama un fundamento que no s e


metnas y las cuentas y lo Similar a eso• se justificaba no
deja encerrar en n a d a óntico, esto es, u n fundamento tal
porque el campo de la diánoia fuese el de «las matemá­
que la pregunta por él pone en el ya tantas veces m en­
ticas•, cosa que no ocurre, sino porque eso de las cuen­
tas, �as geome�rías y similares significa lo que hay de
cionado camino del continuado fra caso de la tematiza­
ción. Ahora bien, si e s así, ello no afecta sólo a la inter­
c ? mun � los diversos sab � res particulares u ordinarios,
pretación que deba hacerse de la op eración de contar;
Siendo estos lo que constituye el campo de la diánoia.
lo que e stá en juego es el s entido mismo d el d elimitar
Todos los s ab eres cuentan y hacen cuentas y trazan figu­
una cosa frente a lo otro, esto es, el límite o la figura;
ras y efe ctúan algunas otras operaciones de esta índole.
Pero habrá que precisar qué s entido tiene esta constata­ algo así como un criterio de «desde dónde hasta dónde•,
ción en el presente contexto . de qué es límite o figura y qué no, rehúsa a su vez la
tematización, es decir, no tiene lugar ónticamente ; y, sin
Los sab eres ordinarios son saberes de cosas; las cosas
son � n cuanto que se diferencian unas de otras ; y s e dife­ embargo, nada percibimos sin que s e efectúen tales deli­
rencian en cuanto qu � , por ejemplo, lo uno es duro y lo mitaciones, éstas, en cierta manera, son el p ercibir
otro blando. Ahora bien, la percep ción de duro y la de mismo, la presencia misma de cosas.
bla r: do, c �ya fu r: ci ón parece ser, por lo que acabamos de La consideración últimamente hecha vale no sólo para
decir, el discermmiento,_ no disciernen si no se presupone cosas, sino también p ara movimientos . A lo que el diá­
alguna otra cosa. En efecto, percibo duro cuando y por­ logo s e refiere no es a un movimiento «matemático•, sino
_ sencillamente al movimiento ; por eso remite la cuestión
que y en la me dida en que percib o blando y viceversa ;
_
ambas percepcwnes s o n en sí mismas indiscernibles l a a aquel movimento que, puesto que determina el día y
u n a d e la otra ; disciernen porque y sólo porque a la vez la noche y las estaciones, de algún modo resume todo
está el que lo duro es uno y lo blando es otro y son dos ' movimiento. Con referencia, pues, al movimi ento de los
es decir, porque hay contar. astros se nos dice que el que el mismo acontezca no es
sino qu � de él h aya de poder establecerse figura, regla y
Con lo dicho s e ve también hasta qué punto el con­
tar del que aquí se trata no tiene nada que ver con lo le Y; decimos que haya de poder, porque no s e está supo­
_
menda que en algún momento la figura establecida sea
cuantitativo. El «Uno• y el «dos• de que acaba de h ablar­
aquello a lo que el movimiento en cuestión sea entera­
s e son lo m á s cualitativo de todo lo cualitativo; son el
_ mente adecuado; en todo caso, percibir, que ello sea pre­
esquema mismo de la cualificación; a lo que m enos se
s ente, en definitiva : que sea, no e s s ep ara ble de que haya
parecen e s a cortes s obre la base d e un continuo. Con _
de poder establecerse ley, regla, figura . Pues bien, una
lo que, por el contrario, tiene que ver la aparición aquí
vez más, qué sea figura o regla o ley y qué no, el algo así
del « �no• y el «Otro• y el contar es con que aquellos eíde
_ como criterio al respecto, rehúsa la tematización, elude
constitutivos de la condición misma de eídos o nombres
el estatuto de lo óntico.
100 S E R Y D I .-Í L O G O
· US G E O M E T R ÍA S Y L \ S C U E N T,\ S Y L O S I M I LA R _\ E S O · 101

Estamos recogiendo del diálogo •La república» (522 rialmente exacto, pew no hace j usticia al hecho de que
y siguientes) indicaciones a cerca de lo que, formando eso que hacemos op erar como base común para expli­
parte inexcusable del percibir óntico, a la vez no es ónti­ car la diferencia de las armonías, a sab er, el continuo,
camente fundamentahle. Tales indicaciones, las que ya es radicalmente contrario a la experiencia griega del
hemos recogido y alguna que aún vendrá, se entienden asunto ; para el griego el análisis en armonías opera como
mejor si nos tomamos el trab aj o de formular de otra lo básico y primario ; la percepción es b ásicamente musi­
manera algo que, en cuanto al fondo, ya quedó dicho en cal, no •física» en nuestro sentido. Pues bien, encontra­
el momento (capítulo 2) en que por primera vez trata­ mos, ahora de nuevo en el libro VII y a continuación de
mos de resaltar la gravedad que hay ya de entrada en la lo dicho sobre los números, las figuras y los m ovimien­
mera noción de eídos. Ya la a primera vista inocente tos, una consideración similar concerniente a los soni­
constatación de que ser es •ser ... », al comportar que ser dos como tonos. No hay percepción de los tonos inde­
es límite y, por lo tanto, que el límite es lo primario, obli­ pendientemente de una u otra armonía posible, y, a la
ga a asuinir algo tan cargado de consecuencias -y, por vez, el algo así como criterio d e qué es y qué no es una
otra parte, inherente a tod a la Grecia arcaica y clásica, armonía no e s fundamentahle ónticamente. La i dentifi­
llegando esta última hasta incluir a Aristóteles- como cación •pitagórica» de los intervalos con números no hace
que el límite no puede ser pensado como delimitación sino confirmar y redondear este cuadro, pues los núm e­
advenida sobre la hase de un fondo u horizonte que ros pitagóricos, como las figuras pitagóricas, son eso de
sigue. Por eso ahora hemos empezado por insi � tir en que lo que unas líneas más arriba hemos dicho que no tiene
los números del contar no son cortes en el contmuo ; tam­ nada de cuantitativo, que no son cortes en un continuo
poco lo son los límites ni las figuras. C abe esperar que y que es lo más cualitativo de todo lo cualitativo.
este inciso ayude por de pronto a entender la última de Decimos, pues, que la invo cación de figura y núme­
las menciones de algo que, siendo inherente a la pre­ ro, de <<las geometrías y las cuentas y lo similar a eso»,
sencia óntica, a la vez no e s ónticamente justificable. a quí como en cualquier texto de la Grecia arcaica o clá­
Consideremos el sonido como tono, es decir, desde el sica, es j ustamente lo más opuesto que pueda pensarse
punto de vista de su <<altura», de su carácter de agudo o a cualquier prioridad de lo cuantitativo. Ello e s así por­
grave. Tampoco e sto es para el griego un continuo . Para que esa invocación, al expresar, como hemos visto, el que
nosotros, modernos, lo es •físicamente,, pero a la vez ser, esto es, presencia, es límite, expres a lo contrario de
reconocemos algo, la música, que no lo trata como un la suposición implícita del continu o ; expresa, en efecto,
continuo. Lo que ocurre e s que nosotros tomamos la que la distancia, el • entre», no se percib e en modo algu­
asunción musical como una estructuración sobre la hase no como advenida sobre la hase d e un horizonte que
de un continuo. Sucede entonces que, a la hora de expo­ sigue en una y otra dirección, sino que es ella misma lo
ner qué son las <<armonías» d e las que, por ej : m p lo, el primero. Que el continuo sea en Grecia a lo sumo una
diálogo •La república» ha hablado en 3 9 8 d y s1gmentes, noción a la que trabajosamente s e llega pudiera de entra­
lo hacemos diciendo algo así como que son diferentes da parecer s imilar a lo que ocurre en la Mo dernidad,
respuestas a la cuestión de en qué puntos de un inter­ donde también e s un penoso trabaj o llegar a conceptuar
valo de octava, p ensado en principio como un trecho d e el continu o ; p ero, en verdad, la cosa es bien distinta en
continuo, s e sitúan algo a s í como notas . Esto es m ate- uno y otro ámbito histórico; la dificultad del moderno
· L A S G E O M E T R Í A S Y L A S C U E N TA S Y L O S I M I L A R A E S O · 103
102 S E R Y D L\ LO C O

bien dis tinta es la s ituación cuando lo que tiene que ver


lo e s para llegar a significar temáticamente e l continuo, .
con los mtervalos no son cantidades, sino la díada, l a trí­
justamente porque éste, como regla implícita, opera siem­
ada y la cuaterna, que no son en manera alguna cantida­
pre ya p ara el mo derno, quien, cuando piensa distancia
des, sino lo más cualitativo de todo lo cualitativo.
o •entre•, siempre ya ha puesto como base de ese pen­
Cier� o que, en esta cuestión de la primariedad de la
sar l a implícita representación del horizonte que siem­ .
di � ta ��I a y de s ? ulterior reducción a segm ento o deli­
pre sigue y en el que los cortes son en principio infini­
n: Itacwn advemd a sobre l a b a s e de un horizonte que
tos posibles y en principio to dos iguales en derechos ; tal
sigue, estarrto � en el mismo ·filo de la navaj a" ya comen­
regla, en cambio, no opera, ni explícita ni implícitamente,
tado a propósito d e l a articulación apofántica y el enun­
en el modo de pensar del griego.
ciado; pues la p érdida de l a distancia o del • entre• como
Lo que acabamos de exponer manifiesta cuán falto de
lo pr�mario, s � paso a segmento, es lo mismo que l a rele­
fundamento es, en cuanto a la cosa misma, poner en algún
vancia de l a distancia o del «entre • ; se pierde p o rque s e
tipo de conexión nociones de número y figura pertene­
vuelve relevante, porque comparece (es decir: e n defi­
cientes al ámbito de l a Grecia arcaica o clásica (llámese­
nitiva porque acontece), y se vuelve relevante o com­
las •pitagóricas" o no) con los postulados constitutivos de
p arece porque s e p ierde, esto es, en definitiva aconte­
la física matemática, por más que en la mente de algunos
ce perdiéndose. E sto se percibe especialmente bien,
de los iniciadores de ésta cierto referente que cultural­
como es sabido, en la ·Física• de Aristóteles a propósi­
mente se ha acostumbrado a llamar «pitagórico» (o algo .
to del •tieínpo, ; l a pal � br� para «tiempo• sigue signifi­
así) haya desempeñado un papel. Expresémoslo tomando :
cando en el mismo Anstoteles siempre un intervalo 0
como ilustración lo aludido acerca de los intervalos de
· � ntre• o distanci a ; no es el significado de l a palabra,
tono . Independientemente de que una octava es en efe�­
smo el hecho de que eso significado por l a palabra se
to l/2 y una quinta 2/3 y una cuarta 3/4, las exigencias
h aga problema, s e vuelva � llo mismo relevante, lo que
de la física matemática quedarían igualmente satisfechas . , del h nzonte que sigue, y no se trata
da luga � a la nocw � ?
simplemente con que a un intervalo audible correspon­
del honzonte que sigue, smo del •entre•, si bien el hecho
diese una expresión numérica, no importa con cuántas
de que precisamen.t � se trate d e él lo traslada de algu­
cifras decimales o incluso pudiendo ello depender del .
n a manera a la noci ? n del honzonte que sigue. L a men­
grado de aproximación de la medida; en cambio, esto ni .,
cw -?- de esto e s p ertmente a qu í porque, sin alguna indi­
le diría nada ni le serviría de nada al •pitagórico• de época , exp esa al res ecto, lo que decimos podría quedar
cacwn � r
arcaica o clásica, quien, si se nos permite esta rudimen­
mal � ntendid ? por l a mterferencia de una interpretación
taria personificación del problema, por una p arte, frente
habitual s egun la cu al en Platón aparecerían, concreta­
a la mera pretensión de que a todo intervalo corresponde
m en � e en un conocido p asaje del ·Timeo• (37d), no sólo
alguna cantidad, podría encogerse de hombros, pues esa
pretensión en sí misma sólo significa que cab e establecer � el tiempo• com ? el ho �izonte que si empre sigue, sino
mcluso la • etermdad•, sm que a d em á s sea s ufici ente en
un procedimiento para hacer corresponder cantidades a
este caso el alegar distanciamientos inherentes al diá­
intervalo�, cosa trivial, y, por otra p arte, si lo que s e pre­
. logo ni sobredista n ciami entos dentro de él, pues
tendiese fuese atribuir a las cantidades así consign adas el
d.efendemos que en ningún m o do puede en la Grecia clá­
carácter de algo así como la verdadera naturaleza de los
SICa tratars e de e s e •ti empo• ni de la «eternidad•, tesis
intervalos, pensaría que eso es por completo arbitrario;
104 S E R Y O L\ L O G O
· L .-I S G E O �I ET R Í A S Y L A S C U E NT.\ S Y L O S I M I L A H A E S O · 105

para la cual no es decisivo que quien presuntamente


s eguiremos a quí, ocurre que Platón necesita un corre­
hable de esas cosas sea Platón mismo o alguno de sus
lato •allá• de lo que p ara « a quí• d esigna como •tiempo»
personajes o una tercera instancia. En todo caso, para
(khrónos) y echa m ano entonces d e la palabra aión; la
empezar, el <<tiempo• no es ahí el horizonte continuo,
palabra, pues, repres enta un intento de tematizar «el
sino el ritmo del día y la no che y los meses y las esta­
tiempo» (como el <<entre» o la distancia) , del mismo modo
ciones, definido y guardado por los astros. Ahora bien,
que el uso de eídos representa un intento de tematizar
¿ qué es eso que se traduce por <<la eternidad•?; a decir
el <<Ser» (esto es, el • s er . . . • ) .
verdad, tal traducción en cierta m anera se des autoriza
ella sola, a s ab er, por el hecho de que aión sólo s e tra­
duce por • eternidad» en ese pasaj e y en textos que de
un modo u otro dep enden históricamente de él ; con lo
cual parece claro que no e s que el pasaj e se entienda
como s e entiende porque aión s e traduzca por • eterni­
dad», sino que es a la inversa, es decir: se traduce aión
por •eternidad» porque esa es la manera de que el pasa­
je signifique lo que •tiene que» significar, y el <<tiene que»
es el cliché helenístico <<Platón». De suyo la pal abra aión,
que es una p alabra tradicional de la lengua griega, ya
presente en Homero , no demasiado frecuente, pero sí
clara y característica, es sin duda una de las palabras
griegas de las que en principio echaríamos mano para
decir •el tiempo» y a la vez es evidente que designa una
distancia o «entre", h asta tal punto que con bastante fre­
cuencia el traductor s ale del atolladero poniendo cosas
como «el tiempo de la vida• o •la duración de la vida•.
La existencia misma de la p alabra aión y el conj unto de
sus usos en griego arcaico y clásico es un buen argu­
m ento en el s entido de que no hay en griego << el tiem­
po» como el horizonte que siempre sigue 13. D e ntro de
la construcción topológica del ·Timeo», cuyo detalle no

13 Po r otra parte, aión s e relaciona (incluso sincrónicamente) c o n aeí,


q u e es el •siempre• q u e h ay en gr iego y q u e, c o i n cidentemente c o n
todo lo d i c h o , n o e s un « s iemp re • d e continuidad (digam o s : h o r i ­
w ntal), s i n o un « e n c a d a caso»; a s í, h o i aei árkhontes n o s o n l o s
r¡ u e m a n d a n siemp re, s i n o e n cada caso l o s que m a n d a n , ahora
éstos, l uego aquéllos.
lO. El rechazo de la mímesis

Hicimos al comienzo del capítulo 7 algunas conside­


raciones sobre el hecho de que en «La república, la ex­
posición de las figuras de la injusticia, inicialm ente
presentada como parte del programa positivo o positivo­
constructivo, se deje, sin embargo, para dentro o después
del vuelco. Estamos ahora en condiciones de añadir que
ello tiene que ver con lo que ocurre en el vuelco mismo;
en él se revela, en efecto, el carácter esencialmente escu­
rridizo del «¿ qué es la justicia?» y, por lo tanto, la esen­
cialidad d e la injusticia. Así se j ustifica tanto el que de
la inj usticia haya en efecto figura o figuras, en vez de que
ella sea simplemente lo otro, como el que la exposición
de la injusticia tenga en cierta m anera el carácter de algo
así como un surgir a partir de lo que en el programa
constructivo se s uponía habría de ser la justicia. Ahora
bien, la constatabilidad de este surgir es meta dialógica,
pues el que ese giro haya de producirse no es sino la con­
s ecuencia de todo lo mostrado en la parte metadialógi­
ca del diálogo ; consiguientemente, de acuerdo con lo que
ya se dijo sobre la posibilidad de lo metadialógico, el sur­
gimiento en cuestión no podrá ser mostrado directamente
ni de manera adecuadamente descriptiva; lo es el paso
de una a otra d e las figuras d e la injusticia, pero no el
surgimiento mismo, es decir, n o el tránsito a la primera
108 S E R Y D L\ L O G O EL R E C H AZ O D E L A M ÍM E S TS 1 09

d e esas figuras, e l cual aparece bajo u n poderoso blin­ p ara el caso de la Grecia antigua, llamamos «los poetas».
daj e sobredistanciante : entrega enfática al modo narra­ Todo lo que el poeta hace es dihégesis, dihegeisthai,
tivo y, d entro de él, búsqueda de una combinación que s eguir la cosa o las cosas conduciendo a través de los
parece tener la pretensión de hacer igualmente imposi­ diversos aspectos y detalles d e ella o de ellas, diremos
bles el s eguimiento y la demostración de la imposibili­ «exponer» o «referir». La dihégesis es mímesis si y sólo
dad del mismo (libro VIII, 645d-647c) . si lo que constituye el poema (esto es: las palabras, even­
Después de la presentación de las figuras de l a injus­ tualmente incluso el gesto, la figura, el movimiento) es
ticia, que llega hasta el final del libro IX, diríase que tal cual si ello mismo fuese la cosa o cosas que se trata
todo está dispuesto para la coda del diálogo . La coda de exponer, digamo s : cuando los versos de Homero son
será, ciertamente, la retirada de a quella condición que a la vez las p alabras d e Cris es. En el libro III se hace
p ara el des arrollo del diálogo se había impuesto en el esta distinción a la hora de discutir qué decires han de
primer tramo del libro 1 1 y d e la cual ya anun ciamos entrar en la paideía de los guardianes, concretamente
en el capítulo 6 que s e retiraría c erca del final . Pero p ara imponer s everas restricciones al empleo del ele­
todavía no se p a s a directamente a la coda tras la expo­ mento mímesis. En el libro X, en cambio, no s e menciona
sición de las figuras de la inj usticia; por el m e dio h ay en absoluto la relación con punto pa rticular alguno del
algo cuya aparición a estas alturas puede resultar sor­ constructo de la p ólis ni con momento o aspecto parti­
prendente, porque a primera vista parece una amplia­ cular alguno de la paideía, y, por lo mismo, tampoco s e
ción y precisión de un punto muy concreto tocado den­ trata de restricciones, s everas o no, sino q u e simple­
tro de la parte constructiva , cosa que, sin embargo, en m ente el concepto mímesis aparece como la expresión
este momento del diálogo difícilmente podría tener de algo frente a lo cual s e pro duce (a saber: se produ­
algún s entido. El punto en cuestión ap arecía en a quel ce en el diálogo en general y s e resume aquí) un recha­
mom ento anterior en relación con la cuestión de qué zo. ¿Qué rechazo es este?.
decires han de formar parte de la p aideía de los guar­ Si hay mímesis en el sentido dicho, esto es, si las pala­
dianes, y e s el punto que por el mom ento designare­ bras, inclusive eventualmente gestos, movimientos, etc.
mos como la restricción o, en su caso, el rechazo de la del poema pretenden ser las palabras (gestos, movi­
mímesis. En el m arco de la paideía d e los guardianes, mientos) que constituyen la cosa misma que el poeta
la restricción s e b a s aba en el postulado, que, como refiere, entonces, dado que en la cosa el médico habla
vimos, definía la figura del guardián, de discernimien­ (inclusive: s e mueve) como m édico, el navegante como
to óntico unívoco, de exclusión d e la ambigüedad. navegante, etc., el poeta ha de saber hablar como médi­
Ahora ya no puede tratarse de eso ; la mímesis h abrá de co, como n avegante, etc., incluso ha de saber qué hace
tener ahora un significado que s e relacione con el esta­ y cómo lo hace en cada caso un médico, un n avegante,
do actual de la problemática . Recordemos qué es en «La etc.; pues bien, ¿a quiénes ha curado el poeta o qué b ar­
república» la mímesis. cos ha conducido?. El médico, el navegante, etc. son cada
S e trata d e algo que ocurre o puede ocurrir dentro uno de ellos en su caso un sophós (un «sabio» en el sen­
del decir de quien es en griego (en principio también tido que reiteradamente hemos atribuido a las palabras
para Platón) el dicente en s entido relevante, es decir, de griegas para «sab er») , y, en principio, todo sophós lo es
esos a quienes nosotros, inclus o -retrospectivam ente- en cuanto a un tipo determinado de cosas ; así, el so-
1 10 SER Y D I ALO GO
E L R E C H AZ O DE L A MÍM E S J S 1 11

p hós, e n principio, o bien cura, o bien navega, o bi �n car­ gunta, el cual atestigua que Platón, como por otra parte
pintea, o bien hace alguna otra cosa en p articular. ya s ab emos, no rechaza pura y simplemente la noción de
También cabe que en el contexto del que se tr� te, por un saber que no fuese ninguno de los sab eres de esto o
uno u otro tipo de razones, no proceda o no I� terese aquello ; s ab emos incluso que un p osible nombre p ara ese
.
especificar campo y que al soph ? s � e le design e Slmpl � ­ saber es el de p o litike tékhne o p olitike epistéme, y s abe­
_
m ente como sop hós ; esto, en pnncipw, no qmere _ � � cu
- mos ya por qué. Consiguientemente, enseguida s e dej a
que no tenga un campo, sino s ólo que no se espe � Ihca d e lado e l preguntar a Homero a quién h a curado, etc.
cuál; ya entonces la actividad o actitu � del personaJ e e � (599b-c), y se p as a a preguntarle qué póleis s e han hecho
cuestión s e design a no como curar m como n avegar m m ejores por obra de él o quién s e ha hecho mej or por
como carpintear ( aunque pueda �er una u otra d e e s as su paideía (599c-600b) . El a dvers ario en la p olémica es
cosas) , sino simplemente como « eJ ercer de s op�os»,, esto
algo más concreto incluso que lo que hasta aquí hemos
_
es, verbo sophízein y nombre de agente sophlstes. Un u so
_ visto como sentido marcado de sophistés, pues aun en tal
más marcado de e stas dos últimas palabras, en especial s entido la p alabra de suyo puede significar esa misma
del nombre, s e produce en la medida �n que l a no espe­ pretensión que el propio Platón, como hemos visto, en
_
cificación de campo no s e deba ya a falta d � mtere , del
� principio no rechazaría; lo que o curre es que de hecho,
hablante por especificarlo, sino a que la flgur� m1s � a en el contexto con el que Platón está, al menos tal como
_
designada sea la d e quie � , en efecto, m cura m carp1? ­ él lo interpreta, los que tienen esa pretensión tienen en
tea ni navega, sino que simplemente «eJ_ erce de sophos, general también una cierta concepción de aquel saber
por así decir en general o glob almente, o eso pretende; que no s ería ninguno de los de tales o cuales cosas, con­
_
entonces estamos ante un sophistés en un s entido menos cretamente a qu ella concepción de él que Platón ve vin­
inocente. No es casualidad el que precisamente la pala­ culada con las pretensiones de la mímesis, esto es, la con­
bra aparezca en el punto en que, dentro del tramo � e «La cep ción s egún la cual de todos modos ese saber seguiría
república» que ahora nos ocupa, s e plantea por pnmera siendo un s ab er de cosas o de entes, pues sólo así ese
vez (y todavía de m anera muy vaga, a desarrollar en las sería (y sólo así habría en general) un saber que capaci­
p áginas siguientes) la cuestión de un sab er-hacer q � e lo taría para producirse ahora como sabio en e sto y luego
es con referencia a cualquier cosa (596d) . A que lo d1� ho como sabio en aquello sin serlo ni precisamente en e sto
_
signifique la palabra sophistés es d � bido el que cierto tipo
_ ni precisamente en aquello. Se trata de la concepción de
de p ersonaje suela llamarse así a fmales del siglo V, y de aquel s ab er como saber que, de todos modos, lo es de
hecho en el texto s e encuentra un poco más adelante una las cosas, d e lo ente, como un saber p ositivo y que con­
comparación entre las pretensiones �e «saber, que pudie­ duce a algún resultado, de m anera s imilar a como el
,
ran desprenderse del proceder poetiCo de Ho� ero y las saber del m arinero conduce en efecto a puerto ; p or eso
que Protágoras o Pró dico, s egún Platón, efectivamente es lícito preguntar a Homero qué póleis ha hecho efec­
exhibían (600c-d) . En todo caso, lo más esencial en esta tivamente m ejores. El que esa concepción sea la que
línea es el que el Sócrates de «La república» no se con­ Platón encuentra en los p ersonajes del entorno que ejer­
tenta con preguntar al poeta a quiénes ha cur� do, �ué cen la pretensión del h asta aquí meramente sentido mar­
barcos ha conducido o qué e dificios ha constrmdo, smo cado de s op histés hace que, de Platón en adelante y a
que pasa inmediatamente a otro modo de hacer la pre- consecuencia de su obra, esta p alabra a dquiera un sen-
112 SER Y D IALOGO

tido aún m á s especial y y a de ninguna manera implica­


do en el significado léxico de ella.
La presencia de esta discusión en el libro X de «La
república» significa que, una vez alcanzada una noción
del s aber que s e busca, ha de haber una caracterización
de aquella m anera de ver que es no el contrario trivi al,
sino el contrario dentro d e una pretensión en cierta
m anera común. Para Platón, el s aber sin especificación
de ámbito no puede ser saber de cosas, de ente s ; todo
saber de cosas o de entes e s saber p articular. O, quizá 1 1. El alma
m ejor dicho, s encillamente no hay gobalidad o totali­
dad óntica, no hay unidad-totalidad d e lo ente, d e las
co sas; lo óntico es siempre y en todo caso particular,
parcial. En capítulos anteriores quedó expuesto qué entendemos
De ningún modo valdría extraer de este tramo de «La hablando de Platón por «topología». Recordemos en todo
república» la conclusión de que Platón no sea capaz de caso que s e trataba de un modo, no el único posible, pero
oír a Homero de otro modo que como un precedente de sí el de Platón, de asumir en el lenguaj e mismo cierta
la Sofística; solamente que Platón es muy consecuente esencial inadecuación del lenguaj e . Lo de que la «ina­
en el manej o de la ambigüedad inherente al diálogo, en decuación» sea «esencial» quiere decir que no s e está
este caso ya a la distancia dialógica misma. Aquí la ambi­ ·,1 remitiendo en manera alguna del lenguaj e a alguna otra
güedad riza el rizo; el rechazo de la mímesis ocurre en parte, sino que todo está en asumir la inadecuación den­
un tipo de decir que es una obra maestra de la misma. tro de ella misma, esto es, en el lenguaj e ; con lo cual la
Lo cual es por sí solo una sugerencia de que, si, al recha­ inadecuación no es meramente un defecto, sino que en
zar la noción de un saber que lo sería de todo sin serlo ella está a la vez la posible virtud. Quiere esto decir que
de nada en particular, se hace desde otra noción de un la inadecuación ni puede ni debe ser «supera da», esto es,
saber sin especificación de ámbito temático, igualmen­ que la topología no s e convierte ni s e traslada ni se tra­
te podría suceder que el rechazo de la mímesis se pro­ duce; queda como está; y «como está» quiere decir: pre­
nuncie en el marco de una mímesis que sea la distancia, cisamente como topología, con todo el enmarque del que
la ruptura, la eironeía, en el sentido en el que a lo largo ya nos hemos ocupado.
de nuestra precedente exposición hemos encontrado l a En la propia elección por nuestra p arte del término
interna ruptura como e l acontecer del diálogo y lo repre­ «topología» estaba la consideración de que se habla de
sentado en la distancia dialógica ; por añadidura, esto lugares y de estar en o pertenecer a un lugar u otro o ir
explicaría el que, cuando expresamente se habla d e de un lugar a otro. Ello es ya inherente al hecho mismo
mímesis, no sea en este último sentido, pues ya hemos de que la topología sea hablar como si fuese de entes o
expuesto, b ajo la rúbrica del problema de lo m etadialó­ cosas y de a conteceres y relaciones de y entre cosas o
gico, por qué de la mímesis en ese sentido no puede entes; pues las cosas, los entes, e stán en unos u otros
hablarse directamente. lugares y van de unos lugares a otros . En todo caso, si
1 14
EL ALMA 11 5
SEH Y DIALOGO

l a topología, siendo u n decir como d e cosas, constituye, rrentes de las expresiones topológicas de Platón. La más
como en � u momento exp usimos, una manera de que general de ellas es precisamente la citada del • allá" y el
pueda decirse dentro del dialogo, lo que a la vez en el diá­ •acá", de •aquel lugar» y •este lugar». Desde el comienzo
logo no se dice, sino que es sencillamente el acontecer de este libro, tomando como hilo conductor la articula­
del diálogo mismo, y si esto que en esta manera se dice ción apofántica, hemos empezado a elaborar una fórmu­
y a la vez � o se die : : s, como también vimos, lo que la interpretativa que ahora p arece confluir con el que en
hemos vemdo descnbiendo como la diferencia, la no la expresión topológica haya esa estructura. Tal con­
onticidad del eídos, el que el eídos tiene lugar como tal fluencia debe comportar que lo del •allá" y el •acá" acon­
en el re �� sar la t :n: atización, entonces parece claro que tezca precisamente en el movimiento que enlaza y a la
la mencwn topologica del eídos, para m encionar esa pre­ vez distingue ambos lugares, en el viajar de algo que tiene
sencia en el modo del rehusarse, la cual acontece en el su naturaleza propia precisamente en ese viajar. Debemos
diálogo, h abrá de mencionarla en la m anera en que, considerar a este respecto dos cosa s : primero, la estruc­
h ablando como de cosas, se menciona una presencia que tura del viaj ar mismo, y, s egundo, qué o quién es el via­
es un rehusarse, a sab er, como un « allá", como otro j ero. No ocurrirá que el viajar presuponga como •suj eto»
•lugar» ; lo de •aquí" es, por el contrario, lo ente, lo que un viaj ero, sino que s erá el viaj ero el que consista en ese
e n la interpretación apofántica se interpreta como tema­ viajar; por eso ponemos en primer lugar la cuestión que,
_
tlzable, por más que, en virtud del m encionado ·filo de en efecto, hemos mencionado como primera.
la navaj a", lo que se interpreta sea su ser no temático, La estructura del viajar está determinada por la doble,
su ser en el •andar con" ello . y a la vez irrompiblemente única, consideración de que,
Cuando el hablar acerca de las expresiones topológi­ estando el eídos siempre ya supuesto, siendo, pues, • ante­
cas de Platón selecciona estructuras recurrentes en esas rior», a la vez no lo es en ninguna otra parte que en la
expresiones, como la del •allá" y el •acá», ello tiene el presencia (en el tener lugar) de la cosa, como el consti­
grave inconveniente de que anula al menos uno de los tutivo de ese tener lugar. Es anterior, no en el s entido
recursos de sobredistanciamiento intradi alógico, a sab er, de que fues e él mismo cosa o ente que hubiese con
lo que ya en su momento hemos designado como el con­ anterioridad en alguna parte, sino en el sentido de que
trarrealismo de la presentación, la abundancia de extra­ es aquello en lo que consiste el haber o en lo que con­
vagantes detalles narrativo-descriptivos. Tales detalles, en siste ser; es el constitutivo •siempre ya" y «de antema­
efecto, quedan fuera por la propia operación de abstrac­ no» que configura toda presencia, todo saber y aprender,
ción que hay en el h echo de quedars e con las estructu­ el constitutivo •haber visto" en el que consiste todo •ver».
ras recurrentes. Se está entonces en la tentación de con-· Topológicam ente, esto s e dice de la siguiente manera:
siderar dichas estructuras buscando algo así como una presencia es evo car, conocer es recuerdo.
verosimilitud o credibilidad de la historia que en ellas s e Esto por lo que se refiere a la estructura del viaj ar.
cue� ta, 1 ? cual v a contra e l sentido del texto, pues en éste Ahora bien, ello determina también que el viaj ero es
la histona es buscadamente inverosímil. La a dvertencia quien •Ve» (y decimos • quien» en vez d e •lo que» sola­
es t �nt? más necesaria cuanto que, de todos modos, para m ente para evitar la ambigüe d a d gramatical) . Una vez
decir ciertas cosas que tenemos que decir, no tendremos más, evitemos atribuir el •ver» a instancia alguna por
otro remedio que m encionar algunas estructuras recu- lo demás configurada de algún m o do ; quien •ve» está
116 S E H Y D I A LOGO EL A L M A 11 7

constituido precisamente por el ver y por ninguna otra menos en el aspecto que nos ocupa, de comprensión no
cos a ; bastante hemos hablado ya, por otra parte, del muy difícil para el h ablante de a qu ella misma época.
carácter de ese «Ver». De hecho, Platón llama con fre­ Para ilustrar la fase más antigua de esa estratificación
cuencia a la instanci a viaj era «el alm a». El ocuparnos sincrónicamente presente pueden servir los primeros ver­
por unos momentos de cómo hay que tomar esta p ala­ sos de la llíada, en los que se nos dice que aquello que
bra es tanto más indicado por cuanto no s e trata en allí se va a cantar envió al Hades muchas «fornidas almas
m anera alguna de un términ o ; no debemos, pues, bus­ de» héroes, mientra s que «a ellos mismos» los hizo pasto
car una definición formalizable de su signifi cado, sino p ara los perros y festín en el que cada una de las aves
más bien el tipo de aclaración que en general s e pre­ de rapiña tuvo su p arte H . Las almas, pues, no son «ellos
tende del s entido de una p alabra usada en el decir rele­ mismos», e incluso les son contrapuestas de manera mar­
vante. Una primera aproximación puede consistir en cada; las almas van al Hades, al cual no van y en el cual
constatar que Platón mismo p arece usar esta p alabra allí no están ellos mismos, que, por el contrario, son pasto
donde, por unas u otras razones, está atribuyendo a algo para los perros y festín para las aves de rapiña. Lo que
, una figura unitaria, es decir, lo está tomado como algo se contrapone a las almas son precisamente ellos mismos,
a lo que de m anera s eñalada hay que considerar como no son los «Cuerpos», que difícilmente podrían serlo en
una cosa en contraposición a lo que pudiera ser un trozo primer lugar porque en Homero la palabra «Cuerpo»
de cosa; en tales casos la p alabra « alma,, psukhé, desig­ (sóma) sólo s e emplea para referirse al cadáver, mién­
na precisamente la figura unitaria ; nótese que tal atri­ tras que, si a toda costa s e quisiese designar el ' cuerpo
bución o suposición de figura unitaria comp orta consi­ viviente, habría que buscar dentro del repertorio homé­
derar la cosa en cuestión como en cierta manera to do; rico otros recursos (como «los miembros» o «la piel» o
a sí, es significativo al respecto el que, si el modo topo­ algo así) ; ahora bien, este último problema no s e plan­
lógico de decir lleva a Platón en algún momento, como tea, porque aquí no se trata de «cuerpos», sino de «ellos
en el "Timeo», a m encionar nada m enos que el to do de mismos». Por otra parte, cada alma reúne todas las carac­
lo ente, es de cir, en términos topológicos el todo de terísticas o rasgos distintivos d e a quel de quien es alma ;
«esto» o de lo de " a quí», ello comporta por coherencia ello, ilustrado e n este caso por e l que las almas sean nada
s emántica considerar ese todo como un «viviente», e sto menos que «fornidas», es claramente confirmado por
es, atribuirle «alma». Con todo, si el posible alcance de otras apariciones d e la palabra « alma» en Homero ; el
los usos de la p alabra «alma» sigue esta línea, ello no alma, que no es «él,, reúne todos los rasgos caracterís­
ocurre en el modo de algo así como una definibili dad ticos de éL El alma es lo que va al Hades, y la palabra
general de signifi cado que coinci diese con eso que aca­ «hades» (háides con variantes) será oída a menudo por
bamos de decir; más bien s e trata de una palabra en los propios griegos de época clásica de un modo que,
cuyo complej o uso se superponen momentos de una evo­ desde luego, etimológicamente es falso, pero constituye
lución que, aun teniendo también un significado dia­
crónico, no s e limita a éste, sino que constituye en cier­
14 Ilíada, A 3 - 5 . Una variante del texto d a «los hizo p asto para los
to modo situaci ón sincrónica por el hecho de producirse
perros y festín en el que cada una de las aves de rapiña tuvo su
en textos que son todos ellos en la época de Platón parte», otra da «los hizo p asto p ara los p e rros y para todas las aves
simultáneam ente presentes, muy dichos y oídos y, al de rapiña». La diferencia n o afecta a lo que aquí nos ocupa.
11 8 SER Y DLíLOGO
EL A L MA 1 19

un testimonio d e las conexiones semánticas sincrónicas


de la p alabra, a sab er, como a-idés, e s decir, invisible; el figura, hay indefinición, y no porque falten cosas que
Hades es el estatuto de no-presencia ; así, pues, lo que hayan de añadirse aún a las habidas, lo cual sigue sien­
�ay en el Hades, o se � , el alma, es por de pronto el pecu­ do «cuerpo», sino por algo mucho más radical, a sab er,
liar modo de presencia que consiste en la no-presencia, que nada de la habido ni de lo por haber es ni esto ni
es la presencia, la figura, de quien definitivamente no está aquello, nada está definido en cuanto a su verdadero ser
presente. Lo que ahora nos falta por entender, y lo que y sentido, si no es en el marco de la figura unitaria, y
s erá el punto clave para transitar de Homero a Platón, ésta sólo s e constituye con la muerte.
es lo siguiente : cómo y por qué esa presencia en el esta­ Reparemo s ahora en que lo último que hemos dicho
tuto de no-presencia resulta ser de algún modo la pre­ enlaza directamente con el punto en el que h abíamos
_ verdadera . Ello tendrá muy poco que ver con el
s encia dej ado la m archa del diálogo «La república». D ecíamos
tipo de «creencias, con que retrospectivamente, desde el entonces que la coda del diálogo empezaba con l a reti­
Helenism o y desde más tarde, suele asociárs elo . El alma rada (en 6 1 2b-d) de la condición, autoimpuesta desde el
adquirirá el rango al que acabamos de referirnos sin p er­ libro 11 por razones que ya expusimos, de no dar por
der en medida alguna su condición de presencia en el supuesto que h aya una dóxa de la justicia; de no darlo
estatuto de la no-presencia, o, para ser más exactos, lo por supuesto «nosotros»; otra cosa e s que haya de darse
adquirirá precisamente como consecuencia d e esa con­ por supuesto en esa paideía de los guardianes que «noso­
dición. En efe �to, en un mundo en el que ser, puesto que tros» «producimo s en el decir». Ahora la condición se reti­
es «Ser ... ", es hgura y, por lo tanto, es límite, alguien sólo ra precisamente para nosotros y por nuestra parte ; ten­
es propiamente cuando ya no es; hasta entonces se dremos que a dmitir que ha de haber una dóxa de la
e nc � entra en una in-definición, su figura está por cons ­ justicia, es decir, que ha de haber discernimiento ónti­
_
tltmr. S e nos expone esto muy bien cuando Heródoto co en lo que se refiere a la j usticia. R ecuérdese aquello
hace que Solón afirme no saber si Creso es o no un hom­ en lo que reiteradamente hemos insistido acerca del
b� e dichos o ; Solón �lega que, no habiendo tenido lugar significado de dóxa. El discernimiento óntico en cuan­
aun para Creso «el fmal de to do asunto y negocio,, está to a la justicia s ignifica simplemente que tenga s entido
por decidir qué o quién es Creso 1 5 . Dado que en la época lo de «justo» o «injusto» referente a este o aquel acto o
de este texto ya funciona « Cuerpo" como contrapuesto a conducta o vida. Pues bien, nuestras precedentes consi­
«alma», el significado de esta contraposición resulta a el a ­ deraciones, las de e ste mismo capítulo, nos han condu­
rado p o r e l u s o q u e en e l mismo pasaj e q u e acabamos cido hasta algo que es inmediatamente pertinente en ese
de citar se hace de ella; Heró doto, en efecto, pone allí punto d e «La república", pues nos han llevado a reco­
en boca de S olón el ocasional uso de la expresión «cuer­ nocer que nada de lo habido o por haber en una vida o
po de hombre» para designar a quello que tiene en mayor conducta, nada de lo que hago o m e ocurre, e s ni esto
o menor medida y por más o menos tiempo unas u otras ni aquello ni tiene s er ni s entido si no es en el m arco de
de aquellas cosas que pueden constatarse en alguien sin la figura unitaria; trasladado esto al problema de la dóxa
esperar a que h aya muerto ; en ello no h ay propiamente de la justicia, se dice así: ahora, ciertamente, aceptamos
P ? r principio que lo de «justo» o «injusto» referido a algo,
15 Heródoto, I, 29-33.
digamos de entrada que a algo que h ago o que me ocu­
rre, ha de tener s entido, y, preguntándonos entonces qué
E L A UL I 121
' '

120 S E !l Y DIALOGO

tiene que o currir para que e n efecto l o tenga, dejamos (aquí básicamente los de Platón) nos cuentan, desempe­
entrar e n juego la consideración de que ninguna d e las ña la noción de un •haber muerto• y de un •alma sepa­
cosas que hago o me ocurren es ni esto ni aquello ni es, rada del cuerpo•, en otras p alabras, para qué s e sitúa al
por lo tanto, j usta o injusta, ni simplemente es, es decir, alma en un •haber muerto•, qué operación que se atri­
tiene determinación o figura, si no es en el m arco de la buya al alma en esa situación justifica, desde el punto de
figura unitaria, esto es, dentro de algo así como la tota­ vista de la lógica interna del texto, toda la historia. A este
lidad de mi vida; ahora bien, ¿dónde o cuándo hay eso respecto se a dopta una perspectiva deformante cuando s e
de la totalidad de mi vida, la figura unitaria, etc.?; pre­ sitúa en e l centro de la consideración la pervivencia del
guntar esto e s como preguntar dónde o cuándo en efec­ alma; la pervivencia es necesaria en virtud del carácter
to soy, es decir, tengo en efecto una figura, cuándo o narrativo-descriptivo de la exposición (carácter del que
dónde está en efecto definido qué o quién soy; y ya hemos ya nos hemos ocupado al hablar en general de la topo­
visto qué contestaba Solón a Creso y cuál era la raíz logía), y ya esto muestra que no es ella el punto del que
homérica d e ello ; que ese tipo de respuesta se mantie­ verdaderamente se trata, sino más bien inherente a la
ne de algún modo en Platón está atestiguado por la mar­ manera de tratarlo. Tampoco el premio o castigo que el
cha del diálogo «La república• en el paso concreto al que alma pueda recibir es el punto central; desempeña un
ahora nos estamos refiriendo ; en efecto, la recuperación papel en la estructura narrativa, como aún veremos, pero
del problema del discernimiento óntico en •justo• e no es el elemento clave . Centrar la atención en uno u otro
«injusto• coincide inmediatamente con la remisión de lo de los aspectos que acabamos de mencionar responde a
que así h a de ser enj uiciado a la figura unitaria, al alma, necesidades espirituales de épocas posteriores, empe­
y con el reconocimiento de que ésta, la figura unitaria, zando ya en el Helenismo temprano. En el texto mismo,
sólo es propiamente tal en el •haber muerto» o, dicho de sin embargo, el verdadero elemento central, al cual se
otra manera, •separada del cuerpo•, e s decir, cumplida subordinan y en torno al cual giran los demás, es que el
como figura unitaria, superado el elemento de la inde­ alma en el •haber muerto», •separada del cuerpo", tiene
finición. lugar p ara que por fin y de una vez s e diga qué o quién
Así, pues, de la referencia de la justicia o injusticia al verdaderamente soy yo, esto es, para que cada alma s e
alma y, sobre todo, de la afirmación de que el alma sólo exprese en u n a sola y única decisión; en efecto, lo que
en el ·haber muerto•, esto es, •separada del cuerpo•, es centralmente ocurre en esa historia del alma •separada
propiamente lo que ella es, empieza a notarse que todo del cuerpo• es que el alma elige vida, elige •cuerpo•; en
ello tiene que ver con que sólo en la figura unitaria cada una sola y única decisión establece, con garantía total de
cosa que hago o me o curre es en efecto alguna cosa, es que lo que decida se cumplirá, qué o quién quiere ser, es
decir, tiene el carácter que tiene, y sólo en el ·haber muer­ decir, qué o quién e s ; la importancia de lo que el hom­
to» tiene lugar la figura unitari a; lo cual a su vez tiene bre haya sido a lo largo de su vida está en que es eso
que ver, en los términos que arriba expusimos, con que mismo lo que en virtud de la muerte queda traducido a
ser sea límite y, por lo mismo, la verdadera presencia sea figura unitaria, es decir, •separado del cuerpo•, y se expre­
la presencia en el estatuto de la no-presencia. Se confir­ sa entonces, como corresponde a su carácter de figura
ma esta línea de interpretación cuando observamos cuál unitaria, en decisión única sobre la totalidad de una vida.
es el papel que en efecto, en la historia que los textos El elemento central es, pues, la remisión, que aca-
122 SEH Y D LÍ. L O G O
EL A UL I 1 23

b amos d e definir, a decisión única. D ebemos e n conse­


mera en elegir, s e nos dice que ella, viniendo del lugar
cuencia preguntarnos qué p ap el desempeña e � ,que en la
historia que s e n o s cuenta en la coda. ?�� dialogo «L a
del premio, siendo, pues, la de alguien a q � ien � e le
reconoce que h a vivido de acu � rdo con la Jl·:s �Icia. , y
república", en la que, en efecto, esa remisiOn e s el moti­ _
habiendo a demás llevado esa vida en una polLs bien _
vo clave, a la vez la citada decisión única de cada alma
ordenada, elige l a vida del peor d e los tirano � . Por toda
vaya precedida de un tiempo d e premio o castigo s egún _
explicación s e añade que aquel h ombre ha VIVIdo e n la
el j uicio que unos j ueces justos y sabios hac e � sobre la _
justicia por éthos sin philosophía.; no vale maqmllar
vi da de cada uno. Es legítimo preguntarse SI_ twne s en­
ahora los significados de e stas palabras de manera que
tido algún otro premio o castigo que el hecho � ismo de
resulte algo más a sumible y promisorio; éthos tiene que
tener que vivir la vida que uno mismo ha eleg�d o , toda
_ ver aquí con p auta o norma de conducta en general, no
vez que Platón sin duda considera que la arete mcluye
sólo con pauta o norma «aparente» o «externa,, pues para
la felicidad y que el tirano es el más desgraci ado de los
eso el relato establece unos jueces a los que no s e puede
hombres. Esta pregunta confirma por sí sol � lo que
engañar; y, correlativamente y por lo mismo, el otro tér­
hemos dicho d e que el juicio s eguido de premiO o � as­
mino, philosop hía., ha adquirido entretanto, por o � : a del
tigo no es el elemento clave del «haber muerto» ; SI lo
propio diálogo que ahora ter� I_ na, una, concrec � on de
fuese, entonces sufi ciente juicio sería la deci � ión del . a algun otro tipo de
s entido tal que no puede remitu
alma misma al elegir vida, pues adecuado premio o cas­ .
pautas o normas, sino a eso que ya reiteradamente
tigo sería, por definición, el tener q�� vi �ir la vida que
hemos descrito como el continuado e interno fracaso de
_
uno mismo elige. Así, pues, el enJUICiamiento por J_ Ue­
esta y a quella y la otra pauta; no como la «conclusió � »
ces justos y s abios s eguido de tiempo de premio o cas­ _
o la «tesis» d e que las pautas fracasan, lo cua � no sena
tigo debe estar en l a narraci�n p ara alguna otr � cosa;
sino la más pretenciosa de to das las pautas, smo como
está, en efecto, p ara algo que forma parte de la mas ade­
el propio continuado e interno fracasar.
cuada caracterización de la propia decisión del alma. Lo
vemos así tan pronto como consideramos lo último � � e
h ay en la historia que se nos cuenta, l_o cual e s ta � bien
lo último del diálogo . Los jueces son J UStos y sabws, es
decir, no pueden ni e quivo carse ni prevaricar; por ot�a
parte, la decisión del alma misma es adecuada por defi­
nición; pues bien, ambos dictámenes no coinciden el uno
_ amente, y eso es
con el otro ; discrepan incluso estrepitos
el final del diálogo. No hay arreglo ni paliativos. No sólo
se nos dice que de las alm � s que ll �gan del luga r del pre­
mio, almas, pues, cuya vid a ha SI�o reconoc�_ da c � mo
.
concorde con la j usticia, las que ehgen un � vida m} us­
ta no son menos que las que hacen esto mismo vimen­ _
do del lugar del castigo ; no sólo esto, sino que a demá � ,
a propósito del alma a la que toca en suerte ser la pn-
1 2. El daím o n

En l a s líneas q u e en e l capítulo 4 dedicamos a l símil de


la partera dijimos que quedaba p ara más a delante la
cuestión de qué es o cómo s e llama eso que a Sócrates
le impide apaphaínein. Decir externamente cómo s e
llama es relativamente fácil, p u e s aparece con cierta fre­
cuencia en los diálogos, incluso en el propio pasaj e de
la partera d el «Teeteto». A veces s e llama ha theós o to
theían, pero como más frecuentemente se llama es to
daimónion 16. No hay diferencia constante en griego entre
los significados de las palabras (substantivos) theós y daí­
man, y, por lo tanto, tampoco entre los de los corres­
pondientes a djetivos derivados, theíon y daimónion; que
no hay diferencia constante, lo cual es la situación tam­
bién en Platón, quiere decir que sólo hay diferencia en
aquellos contextos que la establecen, de alguno de los
cuales nos o cuparemos pronto . En principio, lo mismo
s e llama unas veces ha theós y otras ha daíman, o bien
unas veces to theían y otras to daimónian; la traducción
convencional, que emplearemos sólo para aligeramien­
to d e nuestra expresión y sin entender bajo ella otra cosa

16
ho y to s o n respectivamente el masculino s i ngular y el llamado «neu­
tro singular» del •artículo». Sobre cierta posibilidad del uso del •neu­
tro s i ngular c o n artículo, de un adjetivo, cf. n ota al capítu l o 3.
EL D A ÍM O N 127
126 SEH Y D Lí L O G O

es aquello que aboca siempre de nuevo a un encaminarse


que lo que digamos que debe ente� derse b aj o � as p ala­ que nunca conduce a morada, aquello que impide la ins­
bras griegas, es p ara los substantivo s con articulo «el talación; e s a la vez, y por lo mismo, lo que constituye
dios» (es decir, el dios del que s e trate en cada � aso) 7 l o la capacidad de estar en efecto en ese no-estar. La irre­
cual induce p ara theíon y daimónion la tradu � ci_ � n "di vi_ � ductibilidad de la que acabamos de hablar, con todo lo
no», que a su vez hace que to theíon y to dawwnwn, _ si que hemos visto como ins eparable de ella, constituye lo
no hay que dar por entendido substantivo alguno a � �� e que en la exégesis corresponde a la connotación de bri­
se refieran, resulten significar el carácter o la condicwn llo y belleza que hay en el significado de la palabra eídos.
de · divino». Todo ello, en los usos m arcados de estas pala­ De acuerdo con esto, la irreductibilidad lo e s de l a cosa,
bras en el diálogo de Platón, designa el principio rector pues es cosa aquello que «tiene» eídos ; es la cosa lo bri­
de una cierta abstención o distancia, justamente aquella llante y lo b ello, pues es cosa lo que «tiene» b elleza ; la
que separa a Sócrates del apophaínein, la cua l, como ya belleza, el brillo, es l a «Verdad» de la cosa, esto es, el que
sabemos, n o e s estar en alguna otra p arte, smo _ que es la cosa, lo ente, sea. Por otra parte, es a ese mismo carác­
una detención o ruptura interna del apophaínei'! mismo. ter irreductible, inquietante, desarraigante, que consti­
A lo largo de los capítul? � pre cede � tes hemos I nterpre­ tuye el ser de cada ente o el carácter de cosa de cada
_
tado esa ruptura, abstencwn, distancia o deten� wn _ , co� o :
cosa, a lo que alude la expresión « el dios», a saber, el dios
l a diferencia, l a no onticidad del eídos, e l contmuado fra­ que hay en cada cosa, el dios que en cada caso h ay, en
caso de la tematización del eídos, identificándose la no el repetido y característicamente griego motivo •en todo
tematizabilidad o no onticidad del eídos con la irreduc­ hay dioses» y «todo está lleno de dioses».
tibilidad de la cosa (cf. capítulo 2 ) ; esa distancia, deten­ Esta última constatación, la referente a •el dios», nos
ción abstención, ruptura, diferencia, fracaso, resultó ser, ayuda además a entender otras cosas, entre ellas el exac­
por � tra parte, lo representado en la di stan � i � di � l ógica. to sentido de la afirmación de que es •el dios» lo que con­
Situémonos a hora de nuevo en la I_ dentlficacwn, , tal
tinuadamente aparta a Sócrates del apophaínein, no en
como la reconocíamos en el capítulo 2, entre el rehusar el s entido de que lo sitúe en alguna otra parte, sino en
la tematización, propio del eídos, y el carácter no reduc­ el reiteradamente expuesto de la interna ruptura del
tivo del «eS» griego. Tiene el carácter de ente o de cos a apophaínein. Habíamos dicho que el rehusar la temati­
aquello que no es reductible a otra c ? s a7 que e s s en � I­ _
_ zación, propio del eídos, s e cumple en el continuado fra­

llamente lo que ello es; esto no ocu� nna SI :l e � dos tuvie­
_ casar de uno y el otro y el otro intento de tematización.
s e a su vez el estatuto de ente. Tal Irreductibilidad cons­ E sto comporta algo así como la posibilidad de conside­
tituye el carácter inqu � etante que hay en cada c? sa, ! a rar dos momentos, ciertamente ins eparables, cada uno
_
imposibilidad de reducirla, de explicarla o, _ro : a � I d eCir, de los cuales no tiene sentido sin el otro, los cuales s e
de deshacerse de ella; si por un momento msistlmo s en corresponden c o n l o q u e e n la pregunta .¿qué es ser . . . ?»,
que la irreductibilidad de l a co s a es lo mismo que el qu � tal como h a venido siendo desarrollada desde el capí­
_
el eídos rehúse la temat1zac10n, _, entenderemos qmza _
tulo 2, eran respectivamente cada fijación de un «qué es»
mejor el que esa irreductibilidad, como lo inquietante, y el hundimiento interno, fenomenológico, de en cada
sea a la vez lo desarraigante, pues ya sabei_U OS que el caso esa misma fij ación; considerado por separado, e s
rehu s ar la tematización tiene lugar en el contmuado fra­ _
decir, considerado tal c o m o no es, el primer momento,
caso de uno y el otro y el otro intento ; lo desarraigante
1 28 S E R Y D L\ L O G O E L D A ÍM O N 1 29

que entonces y a no sería mome� to , sino otro as � nto, El eíclos, si se lo considerase como ente, s ería aquello
hace del eídos ente, cosa, es dectr, Ignora. �
el eLclos, eso cuyo «Ser• consiste en no nacer ni p erecer ni ser tal en
no es la cliánoia del símil de la línea, sino el resultado un respe cto y tal otra cosa en otro, y, si eso es el «ser•,
de tomar la cliánoia por lo que ella precisamente no es, entonces justamente lo en principio ente, la en princi­
a saber la instancia última y definitiva, lo cual no sería pio cosa, no sería, no sería cosa; entonces el asunto no
entonc � s tramo alguno de la línea, sino la ruina de la sería la diferencia, la no onticidad del eídos, sino que lo
línea como tal. En todo caso, el reconocimiento de la � lgo que habría s ería un «Verdaderamente ente• frente a un
así como dualidad de momentos comporta la actltud «sólo aparentemente ente•; s ería como si en el símil de
polémica frente a la posible de�ener� ción o trivi� liza­ la caverna hubiese lo que ya hemos visto que no h ay, a
ción a que acabamos de hacer referencia, la cual es mclu­ sab er, un quedarse fuera. A e sto corresponde la trivia­
so algo más que po sible en a ?stract? , pues el aspecto lización de lo divino también en el sentido de lo que
..
refutatorio, de poner de mamhesto como algo se hu� d e s ería brillante y no mísero, verdadero y no falaz, bueno
internamente, e s esencial al tipo de s a b e r que h� Ido y no malo. Para designar a estos dioses triviales dej a
emergiendo de lo que vimos en los capítulos antenores, ahora Platón la palabra theós, acogiéndose a claínwn
y eso exige que h aya algo que en cada momento h ay a d � como designa ción de lo que más propiamente le intere­
.
ser refutado, o, dicho de otra manera, el preguntar «é.qu e sa. Lo propio del daímon es precisam ente la distancia o
es ello?• siendo «ello• e l «ser ... • comp orta y a e l avance la diferencia, el «entre• ( metaxú) ; con esto concierta el
de una ontización del eíclos, avance que, ciertamente, en que precisamente para describir al claímon se produz­
el saber del que aquí se trata, está p ara ser desbara� ado can las líneas de «El banquete» en las que s e inspiró
en cada momento, pero que precis amente por eso tlene nuestra anterior m ención (en este mismo capítulo) del
que en cada momento de nuevo estar. H ay, pues, � na desarraigo y la continuada pérdida del lugar, de aquel
inherente polémica frente a una cons�� nteme � te p o sible siempre-de-nuevo -en-camino que nunca conduce a
trivialización. D istinguir en la expreswn los termmos d e morada, de él como a la vez la capacidad de en efecto
l a polémica es c o s a que, e n efecto, s e �ace alguna � ve c� s e star en eso, de estar en la no e stancia, de instalarse
en diversos diálogos de Platón; el caracter metadialog¡­ , siempre de nuevo en la no instalación; el no tener cal­
co de tal tarea comporta que la postura desde la cual se zado ni morada y dormir ante las puertas y a los b ordes
polemiza y la percepción de la polémica misma (no nece­ de los caminos como la otra cara de ser diligente, resuel­
sariamente aquello contra lo cual s e polemiza) habrán to y capaz de encontrar vías (203b-2 04b) . El carácter
de aparecer bajo todas las marcas q� e � n su mome � :o desarraigante aparecía, según hemos visto, como expre­
.
vimos como posibilitantes de lo metadialogico. En el dia­ sión de aquello que designábamos por parte de la cosa
logo «El banquete• la adopción � e una expres �ón p ara como irreductibilidad y por parte del eíclos como no onti­
.
distinguir los dos términ � s de la m h� r ente po � emica se cidad o continuado rehusar la tematización; ambas desig­
,
hace precisam ente a p arttr de la nocion «el d ws» de la naciones designan lo mismo.
_
que venimos o cupándono s � n � 1 presen� e � ap ltulo, y s e Para ser exactos, la citada fenomenología d el desa­
. ,
hace produci endo u n a dist1 � cwn de s1gmfi cad ? entre rraigo aparece en «El banquete» como descripción de
. ,
theós y claímon. Correspondtendo a 1 � ont1zacw � del éros ; sólo que es precisamente para caracterizar a éros
, .
eídos, hay una trivialización de la noc1on de lo d1vmo. p ara lo que se intro duce claímon como distinto de theós ;
1 30 SEH Y D Lí L O C O EL DA ÍM O N 131

el daímon es, pues, éros, y éros e s el daínwn. Así las cosas, � os un •alma•; es cosa en sentido marcado en cuanto que
el que Sócrates diga en ·El banquete• ( 1 77 d) que él no tlene marcadamente el carácter que aquí hemos descri­
sabe (recuérdese el s entido griego de •saber•) de ningu­ to como la irreductibilidad, lo inqui etante y lo desarrai­
na otra cosa que de lo tocante a éros es exactamente lo gante. Así, siendo éros la verdadera comparecencia o
mismo que el que el mismo S ócrates diga en el «Teeteto» tener lugar y el verdadero recono cimiento d e la cosa
que su saber está constituido por el no poder apophaí­ c omo cosa, se comprende que sea marcadamente a lo que
nein ti perí tinos, pasaje este que ya hemos interpretado _
tiene •alma• a lo que éros se refi era, o, si se prefiere
(cf. capítulo 4 y este mismo) en el s entido de la interna decirlo así, se comprende que • amado• sea en particu­
ruptura del apop haínein; lo uno es lo mismo que lo otro lar aquello que tiene «alma• y que haya una p articular
con independencia de qu e el principio rector de la abs­ referencia del • amor• a preci s amente el •alma• de lo
tención o distancia o ruptura en el ·Teeteto» s e llame ho •amado•.
theós, pues ya hemos visto que la diferencia entre las dos
palabras para «el dios» no está dada, sino que es esta­
blecida por y p ara el texto que la establece. Sócrates es
quien impulsa la pregunta «¿qué es ser . . . ?• en la doble
condición de quien no permite decaer de la pregunta y
de quien sostiene esa continuidad de la pregunta preci­
samente ayudando a la experiencia del hundimiento
interno de cada intento de respuesta ; es, pues, quien
representa eso que en el pres ente capítulo hemos des­
crito como el desarraigo, que, por cierto, es lo mismo de
lo que ya dijimos que está representado por la propia dis­
tancia dialógica.
Según e sto, éros es aquello en lo que la cosa compa­
rece o tiene lugar precisamente como cosa, en eso que
hemos llama do su irreductibilidad y que es a la vez lo
inquietante y desarraigante. En este contexto adquiere un
especial valor interpretativo la referencia que en el capí­
tulo 11 hicimos a lo que allí llamamos la «figura unita­
ria• como el carácter de aquello que de manera marca­
da ha de ser tomado precisamente como una cosa y que
no cabe, por ej emplo, tomar como un trozo de cosa; allí
mismo m atizamos la relación de esa figura unitaria con
el empleo de la palabra que traducimos por •alma». De
todo lo dicho allí y en este mismo capítulo resulta que
cosa en s entido m arcado es precisamente a qu ello que
tiene, en el sentido expuesto, una figura unitaria, diga-
1 3 . En torno al «Parménides,

El hecho de que e n e l título de este capítulo aparezca e l


d e uno d e l o s diálogos de Platón n o significa que aquí
se vayan ni siquiera a esbozar las líneas de algo así como
un tratamiento por s eparado del diálogo así titulado, lo
cual romp ería con el proyecto general de este libro. Lo
que aquí s e dirá sobre el «Parm énides» sólo es inteligi­
ble desde los conceptos generales que sobre el diálogo
de Platón s e han elaborado en los capítulos preceden­
tes y tiene por obj eto únicamente establecer la p eculiar
aportación del «Parménides» a lo que esos mismos con­
ceptos generales pretenden describir.
En algún punto del capítulo precedente ha apareci­
do la noción de algo así como dos momentos en el ope­
rar de ese saber que se busca y tiene lugar en el diálo­
go mismo ; dos momentos en cuanto que el « ¿ qu é es ser
. ?• comporta algo así como un intento de tematización
. .

del «ser ... » y, a la vez, eso es j ustam ente lo que, en efec­


to, siempre de nuevo ocurre, p ero con el sentido de que
la comp arecencia del eidos, esto es, el s ab er que se
busca, consiste en el siempre de nuevo experimentado
fracaso d e ese siempre de nuevo reitera do intento. Los
dos momentos no sólo no son s eparables, sino que ni
siquiera ocupan en manera alguna, ni en exclusiva ni
prioritariamente, uno de ellos alguna parte y el otro
134 SER Y D LÍ L O G O E N T O R N O A L · I' A R M É i\' I IJ E S · 135

alguna otra d e l a obra, o d e p arte. d e l a obra, �e Platón. lo hasta aquí expuesto, tiene que ser; es Sócrates sin el
En particular, no h ay nada del tipo de que cierta fas e claímon, es, pues, la futura partera mientras todavía no
cronológic a se caracteriza se p � r � n m ayor p e s o de uno es partera porque todavía está en edad de parir, en suma:
_
u otro de los dos momentos . SI, hmltando las constata­ Sócrates j oven. En consecuencia, el preguntante no podrá
ciones de h echos externos a un mínimo admitido por ser el de otras veces; explicar el s entido de que para este
prácticame nte todo el mundo, asumimos por de pronto p apel se elij a a Parménides requiere un inciso.
que el bloque al que perte � ecen "L� sis,, ."�aques» y Cuando en el capítulo l O, en referencia a un tramo
"Eutifrón» e s anterior en conJ unto al eJ emphficabl e por del libro X de «La república», encontráb amos a
«La república», «El b anquete» y «Fedro, y contemplam os •Homero» en conexión con los «sofistas», no hacíamos
esto con los conceptos interpretati vos presentado s hasta sino percibir un cierto lado o perspectiva d e algo que
aquí, encontram os ciertament e una diferen_ cia re � ev �n­ asoma con cierta frecuencia en los diálogos d e Platón
te, pero no concernien te al diálogo y a la distancia �I_a­ como la tra dición d e un antiguo sab er. Donde la des­
lógica, esto es, no to cante a lo dialógico mismo; la dife­ cripción de contenido de ese saber es más pregnante es
rencia está, en cambio, en que en el s egundo bloque de en la vigorosa (y, en parte, reivindicatoria) caracteriza­
diálogos se desarrolla, comp lica � co � bina � odo e � o � u.e ción de la figura de Protágoras en el «Teeteto,, pero el
hemos llamado los sobredistan ciamientos mtradwlog i­ mismo saber, y atribuido aproximadamente a los mismos,
cos, expresión, como vimos, de lo metadialógi co. Una aparece también en el ·Crátilo» y en otras partes . E s e
diferenciac ión que, en cambio, sí tenga algo que ver con saber s e atribuye e n una u otra manera a todos l o s anti­
los dos momentos cuyo recuerdo abrió este capítulo, guos sabios •excepto Parménides» (así literalmente en
podemos encontrarla a través del h echo de que en al &� n ·Teeteto» l 52e), pero a quienes más en particular s e atri­
diálogo desempeñe un papel estructural la pr � sentacwn buye es a Homero, Heráclito y, como último gran repre­
de cómo s ería el primer momento, el del mtento de sentante, Protágoras. De lo que en verdad s e trata es de
tematizació n del eídos, por a sí decir abandonad o a sí la polémica d e Platón a propósito de (y sólo en cierta
mismo; sigue sin haber en esto predom_inio alguno de m anera contra) el saber a secas, el saber sin especifi­
un momento o del otro, pues ese pnmer momento cación de ámbito, aquel saber (o cierta interpretación d e
abandonado a sí mismo lo es precisamente para que él él) q u e lo s ería del j uego q u e siempre ya s e está jugan­
mismo se rompa, es decir, por mor del segundo momen­ do. Hemos expuesto (capítulo l O) cómo la p al abra so­
to ; pero no deja de ser cierto que ello comporta una tran­ phistés llega a significar el detenta dor d e esa pretensión
sitoria individuaci ón del primer momento, concretada de saber y cómo, en una todavía ulterior especialización,
incluso en una significativa figura. Esto no es ni mucho ya dependiente de la propia obra d e Platón, lo que esa
menos toda la peculiarida d del diálogo «Pan_nénides », palabra llega a d esignar es la interpretación de ese s ab er
pero es quizá una manera de entrar a c_onsid_erar ta� que Platón encuentra en a quellos de sus contemporáneos
peculiarida d; veamos si lo e s y, en caso ahrmatlvo, que que lo pretenden, es decir, a quella interpretación según
e s lo que tal peculiaridad nos enseña sobre el diálogo la cual ese saber sería él mismo un saber de cosas, de
de Platón en general. ente. D e esto ya hemos h ablado, pero ahora nos toca
La figura en la que el primer momento, abandonado dej ar claro que tal interpretación d e ese saber afecta no
a sí mismo, se individualiza es la que, de acuerdo con todo sólo a cómo s e entiende el sab er, sino también a cómo
136 SER Y D LÜ O G O EN T O R N O AL . 1',.\I Ul É N l D F: S · 1 37

s e entiend en las cosas. En efecto, s i h a d e haber u n saber Dado que en esa historia Protágoras aparece no como
que sea uno y el mismo para to do y, a la vez, ese s aber uno más de los • antiguos sabios•, sino como el repre­
ha de ser un sab er de cosas, d e ente, entonc es lo ente sentante serio de a quello coetáneo para cuya c aracteri­
mismo, las cosas, ha de ser uno-to do , pero precisa men­ zación s e construye esa tradición, puede ser una cues­
te uno-to do de cosa, de ente, uno-to do óntico; ahora tión interes ante, aunque no la vayamos a tratar aquí, la
bien, esto signific a la aboli ció r: � e la difer� ncia, del dis­ de hasta qué punto el perfil de Protágoras que encon­
_
cernim iento, de la determ macwn , de la ÍlJ eza en gene­ tramos en el •Teeteto» pudiera transmitir algo que en
ral lo cual es en definiti va algo así como ab olición de efecto haya sido Protágoras de Abdera. En cambio, ni
lo � nte mismo , pues ser es delimit ación, determ inación , siquiera podría ser una cuestión seria la de si la men­
ser esto y no aquello ; propiam ente, nada •es», tod � f� uye, ción de Heráclito d entro de la misma tropa podría pro­
cualqu ier fij ación está ya de antema no despres �1g1 �da. porcionar una guía p ara entender las palabras de
Todo •es ... » o •no es . . . » conllev a o reclam a un •6que es Heráclito, y, de no ser por cosas (posteriores a Platón)
ser . . . ?•, algo así como un criterio del _•se : ... "; ya sabe­ de nuestra historia cultural, no debería resultar chocante
mos que en Platón la pregun ta por el cn: eno, la pr_egunta la exclusión de tal posibilidad, to da vez que nadie, que
•lqué es ser ... ?•, se efectúa en su m1smo contmu ado sepamos, defiende e s e modelo como orientación para la
interno fracaso , cada fij ación s e hunde, etc . . En el per­ lectura de Homero, por más que éste aparezca a la cabe­
sonaje del que hablam os, en cam bio, la f�j � ción no tiene za de la lista . Más aún : si en el caso de Homero ya hemos
,
ocasión de hundir se, porque esta descah hcada de ante­ indicado que ni siquiera podemos asumir que eso sea la
mano y de manera general , y, por lo mismo, sólo fraca­ experiencia que Platón tiene de los poemas, sino que hay
s an los tontos, los que algo h abían creído . .No es que el que contar con todo lo dicho sobre l a ambigüedad esen­
criterio sólo compar ezca en el continu ado fracaso mter­ cial al diálogo, etc., consideraciones no m uy diferentes
no de s u mismo compar ecer, sino sencill amente que no podrían hacerse a propósito de Heráclito.
hay criterio , y esto es lo que dice la fra � e del ·hombr e Sin embargo, de todo cuanto hemos dicho s e sigue
medida • de Protágo ras, de la cual, para qmen desde nues­ que el modelo de •antigua sabiduría• expuesto representa
tra contem porane idad pretend e entend erla, no b � sta e.n en efecto algo frente a lo cual no este o aquel decir den­
manera alcruna a estas alturas decir que expresa Identi­ tro del diálogo, sino el diálogo mismo como tal, es polé­

dad entre aparece r» y •ser», pues, en cierto sentido que mica; por lo tanto, algo que en efecto hay, y precisamente
ya hemos expues to, algo que nosotro s podemo s ente.n­ en la época de Platón y en su entorno . Ahora bien, esa
der por tal identid ad e s supues to por todo hablante gne­ pretensión de un s ab er que sería uno y el mismo para
go (d. capítul o l) ; la no .ción de • ap arecer» reclama -� n todo porque lo s ería del juego mismo que siempre ya s e
criterio en la misma med1da en que lo reclam a la nocwn e stá jugando, cualquiera q u e sea el modo en q u e a fina­
de ser: en qué consist e el que algo • aparezc a como . . . •, les del s iglo V s e h aya autointerpretado o reinterpreta­
qué exigim os para recono cer que � p arece oro • ; y lo que do, no puede haber surgido de otra parte que de lo que
tiene d e esp ecial la frase de Protag oras es � � e expresa h asta aquí hemos venido describiendo como la cuestión
un sentido de •aparec er», y, por lo tanto, tamb1en de •ser•, de en qué consiste el haber o en qué consiste ser, a dife­
que se define como tal po��micam ente_ po � el rechaz o glo­ rencia de las cuestiones de qué cosas h ay o qué cosas son
bal de cualqu ier preten swn de un entena . y qué son e s as cosa s ; pues sólo de ahí puede surgir la
E N T O H N O .\ L · P A H )I É i\' I D E S ·
138 S E H Y D LÜ O G O
139

exigencia d e algo a s í como «uno s olo y lo mismo para da en esa palabra s e autointerprete y reinterprete como
todo», aunque luego esa exigencia se autointerprete y cuestión de lo ente o de lo que h ay . En el propio Zenón
reinterprete como la de un uno-todo de lo ente, de un está, pues, ya iniciado el viraj e que, cuando se haya lle­
uno-todo óntico. Así, pues, como polémica contra esa gado a la S ofística, habrá dado l o s resultados que hemos
situación en la que el saber uno e s saber de ente y, por visto. Por otra parte, que la pregunta de en qué consis­
lo tanto, el uno es el uno-todo de lo ente, con las con­ te el haber o en qué consiste el ser estuviese todavía sin
secuencias que hemos visto a propósito del mo delo de autointerpretarse y reinterpretars e como cuestión de lo
la « antigua sabiduría», el diálogo de Platón es reivindi­ ente, ocurría no sólo en Parm énides, sino también en
cación del s entido original de la pregunta una, de la pre­ Heráclito. D e hecho la aparente d iferencia en el nivel de
gunta de en qué consiste el haber o en qué consiste s er, reconocimiento de esta peculiaridad en uno y otro de
como diferencia frente a toda pregunta de qué cosas h ay ambos pensadores dentro del diálogo de Platón se limi­
o qué cosas son y qué son esas cosas; por eso el diálogo ta al papel que se hace desempeñar a la figura y el nom­
es interno fracaso, ruptura con o distancia frente a aque­ bre de Parménides; en todo lo que son atribuciones expre­
llo en lo que en todo caso ya s e e stá, desarraigo. sas, la versión que aparece de Parménides responde al
Una vez establecido que la pregunta tal como se la estereotipo ·Elea» y para ella es válido lo que hemos dicho
encuentra en el modelo de la «antigua sabi duría» sólo es acerca de cómo h ay que tomar l a de Heráclito; el que
posible como autointerpretación y reinterpretación en sobre la base de este empleo de las figuras por Platón la
cierto modo s ecundaria, el viraj e que esto parece postu­ posteridad haya establecido la contraposición Heráclito­
lar lo encontramos, por ej emplo, confrontando lo que Parménides no sólo deja sin valor historiográfico esta con­
sabemos de Parménides con lo que sabemos de Zenón traposición, sino que perturba la lectura de Platón al igno­
de Elea, comparación que, en lo concerniente a ciertas rar el carácter de su texto. A decir verdad, ni siquiera
palabras, incluye comparar lo que ellas son como pala­ hubiera sido imposible que, con el mismo signifi cado que
bras de la lengua con lo que llegan a ser en un estatuto de hecho tiene en el diálogo de Platón, el modelo de la
más próximo al de término s de escuela. Ya hemos visto «antigua sabiduría» se hubiese construido desde el moti­
cómo la palabra dóxa en sí misma significa el discerni­ vo •eleático», estableciéndose entonces la distancia de otra
miento óntico, el que esto es esto y aquello es aquello y manera. Ahora bien, una vez que Platón opta por cons­
lo otro es lo otro; la diosa del poema de Parménides truir ese modelo desde el motivo «heraclíteo» y por sig­
advierte al poeta en el sentido de que el dis cernimiento nificar la distancia en la figura de Parménides, a qui en,
óntico siempre ya ha dejado atrás aquello uno y lo mismo por otra parte, en cuanto al fondo no tiene mayor inte­
que hay en que esto es esto por lo mismo que a quello es rés en distinguir bien de Zenón, tal opción, dado que la
aquello, etc.; esto es algo completamente distinto de refu­ distancia no s e marca en contenidos, sino en el manejo
tar la dóxa y afirmar que lo que verdaderamente h ay es de la figura, comporta ubicar la noticia de contenido de
una sola cosa, como, por lo que sab emos, parece hacer Parménides, y por ende la d e Zenón, en una cierta ambi­
Zenón. Correlativamente, ya hemos dicho que en la len­ güedad: Zenón habría escrito su escrito siendo joven, el
gua misma to ón no es «lo ente» o «lo que h ay», es decir, texto «robado», etc. , y Parménides mismo no asume en
no lo es por la gramática, pero puede pasar a serlo por momento alguno la defensa de lo que estereotípicamen­
el hecho d e que l a cuestión en algún momento expresa- te s e le atribuye y s e le s eguirá atribuyendo.
140 SER Y DIALOGO EN T O R /1' 0 AL · P A H M É N I D E S · 141

Señalábamos como una peculiaridad del «Parménides• alguna m anera se ha recuperado la situación anterior al
el hecho de que en un cierto tramo de él se encuentre bloque d e diálogos que habíamos ej emplificado con «La
como individualizado eso que nosotros, también muy tran­ república•, •El banquete» y «Fedro• y si, en detrimento
sitoriamente, al comienzo de este capítulo y alguna otra de lo m etadialógico, vuelve ahora a ser lo lisa y llana­
vez hemos llamado el primer momento de la cuestión del mente dialógico lo que importa. A decir verdad, no es del
efdos. S e indicó ya la pertinencia de la figura en la que todo así, pero lo importante es ver en qué consiste ello .
fugazmente s e representa ese primer momento ; y hemos No hay, ciertamente, sobredistanciamientos intradialó ­
hecho un inciso p ara sugerir que el rechazo d e hacer de gicos, pero sí otro tipo de distanciamiento que s e sobre­
la cuestión del ser cuestión de lo ente aparece en la figu­ añade a la distancia dialógica; el nuevo sobredistancia­
ra de Parménides, no en general, pero sí en e ste diálo­ miento difiere del intradialógico en que no tiene lugar
go, y sólo en la figura misma, no en la noticia, .Y o � li­ exactamente dentro del diálogo, sino, por así decir, por
gando ello a una cierta ambigüedad de la caractenzac1ón, fuera del mismo, situando la totalidad de él no en una
pues hay contradicción entre el significado de la figura distancia cualquiera, sino precis amente en una lejanía
y la siempre estereotípica noticia. Nos corresponde a hora fij a, a la cual se accede a través de un elemento neutro,
señalar otra peculiaridad del diálogo «Parménides• y exa­ aj eno e inmovilizante. El diálogo, que ha tenido lugar
minar su posible relación con la hasta aquí reseñada. El hace mucho tiempo, llega, a quienes actualmente lo oyen,
hasta aquí considerado tramo, casi inicial, en el que mediante el hecho de que alguna vez alguien, por su inte­
Sócrates joven resultaba refutado por Parménides da paso rés en oírlo de otro que a su vez h abía asistido a él, llegó
a un desarrollo que es una especie de sistematización de hasta fij arlo en la memoria y todavía no lo ha olvidado,
lo que en su momento habíamos descrito como la subs­ p ero sólo lo recuerda por así decir mecánicamente, pues
tancia del proceder dialógico : s e e stablece o fija o tema­ entretanto ha dejado de ocuparse de esas cosas y lo que
tiza una cierta determinación de aquellas que encontrá­ ahora le importa son los caballos . Esta concreción de la
bamos como las siempre ya supuestas, y se presencia el s egunda peculiaridad del «Parménides• tiene la virtud de
hundimiento interno de la tematización; esto s e hace con llamarnos inmediatamente la atención sobre el hecho de
la novedad de buscar una cierta exhaustividad y siste­ que tal rasgo estructural es también característico de
maticidad, de intentar, una vez dada la determinación en otros tres diálogos, los cuales, además, son generalmen­
cuestión, agotar las posibilidades; a una con ello, la dis­ te considerados como siguientes cronológicamente al
tancia dialógica s e m antiene ahora con un carácter tam­ «Parm énides•; son «Teeteto", «El sofista• y «El político»;
bién fijo y sistemático, como algo que, en efecto, h ay que en ellos el diálogo, después de haber tenido lugar, a tra­
m antener y sin lo cual todo s ería falso, pero que ya no vés de la memoria de alguien ha sido fij ado por escrito
hay que ir conquistando a cada paso. Ahora bien, a este 1 y ahora, tiempo después, es leído en voz alta por un
respecto la peculiaridad en la que en primer término que­ 1 esclavo ; esta escena introductoria del «Te eteto• introdu­
remos insistir es que en este diálogo no hay distancia­
mientos intradialógicos, al m enos no lo que hasta aquí 'l ce la s ecuencia de los tres diálogos . Hay, pues, en los cua­
tro diálogos un sobredistanciamiento, un distanciamiento
hemos descrito como tales ; y, dado que tales distancia­ :1 que se sobreañade a la m era distancia dialógica, sólo que
mientos constituían la marca de lo que hemos llam ado no es intradialógico, sino predialógico o peridialógico,
lo metadialógico, h emos de preguntarnos si es que de es decir, n o se produce dentro del diálogo, sino que lo
142 S E R Y D I .Ü O G O E i\' T O R i\' O A L • P A R �¡ É i\' 1 D ES. 143

envuelve, d e manera que n o e s que algo s e distancie con de decir que en la elección del nombre de la a.reté hay no
respecto al diálogo, sino que es el diálogo mismo lo que ya una vocación m etadialógica, sino sencillam ente meta­
resulta distanciado. El sobredistanciamiento, señal, en diálogo, y que por eso el sobredistanciamiento es ahora
principio, de lo metadialógico, envuelve aquí el diálogo peridialógico, con ausencia, en cambio, de los intradialó­
mismo, el cual, por otra parte, s e motiva y desarrolla de gicos. Ello comporta una modificación en el carácter de
un modo, en diversos grados, más explícitamente buscado lo dialógico mismo, pues todo lo dicho significa que, cuan­
y metódico, menos espontáneo y gracioso, que allí donde do se llega a lo que en este diálogo corresponde a lo que
todo esto no ocurre. Ello concierta con que las determi­ desde el comienzo de la obra de Platón es lo dialógico
naciones sobre las cuales s e produce ahora el diálogo, es _
sensu stncto, se llega, por así decir, sabiendo ya qué es eso;
decir, «uno• en «Parménides», «sab er• en ·Teeteto•, «ser• el diálogo no s e produce de manera inmediata, sino en el
en «El sofista•, las determinaciones para las cuales se pro­ marco de la decisión de que s e produzca y de la caracte­
duce el intento de tematización que continuadamente fra­ rización de qué es eso que ha de producirse. De ahí el
casa, tienen en e stos diálogos un carácter peculiar; sigue antes mencionado carácter sistemático del diálogo y de la
tratándose, ciertamente, de nombres de la areté; cual­ distancia dialógica misma, la cual, a partir del punto al
quiera que haya s eguido nuestra exposición hasta aquí que acabamos de referirnos, funciona como algo simple­
habrá visto que lo son, pero precisamente lo habrá visto mente fijo, como algo ciertamente esencial, pero que ya
porque hemos estado hablando del diálogo de Platón; es no hay que luchar por m antener.
decir, son nombres de la areté, pero lo son no con la evi­ Lo que acabamos de decir sobre el carácter que ahora
dencia prefenomenológica con que lo son la valentía o tiene lo dialógico sensu stricto no puede dej ar de tener
(de otra manera) la justicia, sino con evidencia intra­ consecuencias sobre las fórmulas mismas que constitu­
fenomenológic a ; lo son en virtud de lo que en el diálo­ yen el contenido del diálogo . Ahora la hup óthesis ya no
go acontece y no sin ello. Así, pues, en la adopción como sólo queda de manifiesto como tal en el curso del diá­
nombres de la areté de las palabras que ahora se adop­ logo, ni siquiera sólo ocurre que además sea incluso
tan como tales nombres, en la de •uno• o •sab er• o «ser», expresamente caracterizada como tal en un rasgo m eta­
hay ya metadiálogo ; por eso la señal de lo metadialógi­ d � alógico dentro del diálogo ; ahora la hupóthesis, y pre­
co, el sobredistanciamiento, no es aquí intra dialógica, Cisamente tomada como tal, es desde el principio lo que
sino que se sitúa envolventemente con respecto al diá­ hay que h acer, y desde el principio s e sabe que hay que
logo, sobredistanciando el diálogo mismo; ello, por otra hacerlo de m anera continuada y en cada caso exhausti­
parte, concuerda con que ya el modo en el que se llega va. Por eso mismo, no es preciso (y, por lo tanto, no ten­
a poner la determinación clave tiene el carácter de una dría s entido) desencadenar la hup óthesis m ediante una
discusión s obre lo que hemos visto que está en juego en pregunta formulable ante cualquier decir «sabio•, como
el diálogo como tal : discusión s obre los eíde en el es, � ua � d o alguien h a dicho que algo •es A·, l a pregun­
·Parménides», símil de la partera en el «Teeteto•. ta «6que es ser A?», pregunta, como sabemos, en último
Si a propósito de «La república• habíamos dicho en su término siempre referida a un •ser A» que es un nombre
momento que la elección del nombre de la areté para aquel de la a.reté; ahora la hup ó thesis no tiene que ser desen­
diálogo comportaba lo que entonces describimos como una cadena � a, porque desde el principio se sabe y se dice que
cierta vocación metadialógica, del «Parménides» acabamos
1 ella es JUStamente lo que una y otra vez tiene que ocu-
1
144 S E H Y D i.-\ L O G O

rrir; ya n o hace falta, pues, l a pregunta «¿qué e s ser . . . ?• ;


lo que esa pregunta pretendía poner en m archa, a s ab er,
el «Ser ... es . . la posición o tematización, la hupóthe­
. »,

sis, ahora ya no tiene que ser puesto en m archa por algo,


sino que se efectúa directamente; no se pregunta <<qué
es ser uno» o «qué e s unidad» o «qué es 'uno'•, sino que
directamente se pone <<unidad» o <<uno», es decir, se
empieza por «Unidad es• o ,<'uno' es•, o, para ser exac­
tos, dado que s e trata de ver qué s e sigue de esa posi­
ción, por «si unidad es, entonces ... » o «Si 'uno' es, enton­ 1 4. Observaciones finales
ces . . . •, lo cual comporta empezar también por «si unidad
no es, entonces . . . » o «si 'uno ' no es, entonces . . . • . El
fondo de la cuestión, ciertamente, no ha cambiado, pues
aquello d e lo que s e trata, a qu ello en lo que consiste el Aunque en lo anterior nos hayamo s o cupado bastante
saber que s e busca, sigue siendo el presenciar el inter­ poco de eso que pudiéramos llamar el cliché «PlatÓn•
no hundimiento de cada una de esas posiciones, no el en la historia de la cultura (y en cierto modo en la his­
llegar a la conclusión de que s e hunden, sino pasar con toria de la filosofía) , alusiones no han faltado a que ese
to do el preciso detalle por ese hundimiento, y ello de cliché, incluso en sus formas respetables (pue s de las
todas las maneras posible s : ver qué pasa <<Si 'uno' es• y otras s encillamente no hablamos) , tiene su origen en lo
qué pasa «Si 'uno' no es», qué pasa, en el uno y el otro que de m anera muy provisional hemos llamado «nece­
caso, tanto por lo que se refiere a «Uno» como por lo que sidades de otras épocas•, es decir, en todo caso no en
se refiere a lo demás, a lo otro que «uno• ; ver eso para Platón. A lo que (en cierto modo tautológicamente)
ver cómo, tanto en el uno como en el otro caso, y tanto Platón y lo que con él va «no es ajeno• (expresión auto­
por lo que se refiere a lo uno como por lo que se refie­ denunciatoria de la trivialidad) es a que hayan de tener
re a lo otro, todo o curre y nada o curre, lo cual, como lugar esas <<otras épocas• y sus «necesidades•, p ero sí
conclusión, sería la noche en la que todos los gatos son tanto a las necesidades en cuestión como a las fórmu­
pardos, p ero no lo es, porque no s e trata aquí de con­ las, culturalmente llamadas «platónicas•, con las que esas
clusión alguna, sino de seguir detalladamente la m archa, necesidades s e expresan y, lo que e s lo mismo, se afron­
la cual es en todos y cada uno de sus momentos e stric­ tan. Dado que el estudio de estas conexiones p ertenece
ta determinación, lo contrario de la noche en la que a investigaciones distintas de la presente, lo poco que
todos los gatos son pardos. al respecto digamo s aquí no po drá tener otra intención
que la de evitar que incluso en otros aspectos nuestra
propia exposición se preste en medida mayor que la ine­
vitable a m alentendidos.
Cuando en capítulos anteriores ha aparecido la posi­
bilidad de considerar en cierta m anera por s eparado lo
que alguna vez hemos llamado el «primer momento» de
146 S E R Y D L-\ L OC O O B S E R VA C I O N E S F I N A L E S 1 47

l a cuestión del eídos, a s ab er, l a pretensión d e tematizar el contrario, se piensa como delimitación advenida sobre
el eídos, la pretensión «ser ... es ... ", esa posibilidad ha la base del horizonte o continuo que siempre sigu e ; en
aparecido con una connotación que puede hacer efecto, el que lo básico sea la exigencia del continuo sig­
momentáneamente útil el atribuir al cliché «Platón» un nifica que toda distancia, todo límite, en definitiva, pues,
origen en que ese «momento, dej e de ser momento p ara todo contenido, toda cosa, es advenido, acci dental, con­
convertirse en lo que hay; en efecto, allí se ha visto que, tingente. Ya entonces indicamos (capítulo 9) que la exi­
si el eídos «es», entonces lo que no «eS» es la cosa, que, gencia del continuo, o el tránsito de la distancia � que
en el sentido en que el eídos «es,, la cosa no «es». Ahora se la piense como advenida sobre la base del contmuo,
bien, esa posibilidad, ciertamente aj ena a Platón mismo, radica en el hecho mismo de que la distancia se haga pro­
de quedarse en el «primer momento», solamente ayuda blema, de que se vuelva relevante, y en esto reside en
a describir el ulterior cliché; lo que no hace es acl arar cierto a sp ecto el mencionado «no ser aj enos, Platón y
su sentido, pues precisamente sólo un cambio radical de Aristóteles al vuelco, pero en ellos el continuo sólo apa­
cuestiones y de pretensiones puede hacer que tenga sen­ rece precisamente como el resultado de cierto vuelco ; no
tido quedarse en el primer momento. Lo que la posición como exigencia obvia, y el vuelco sólo aparece precr � a­
central del primer momento produce es, en efecto, como mente como algo que ocurre por el hecho de que la drs­
acabamos de recordar, una inconsistencia de las cosas, tancia se vuelve problema, se hace asunto, de manera que
y esto es lo contrario de lo que pretendía Platón, para tanto Platón como Aristóteles todavía pertenecen de lleno
quien la radical alteridad del eidos significa precisamente a la situación de partida, si bien al momento, que es con
aquella no tematizabilidad (del eídos) que en capítulos matices toda la Grecia arcaica y clásica, en que esa situa­
anteriores hemos identificado con la irreductibilidad (es ción de partida, por así decir, se nota, se hace relevan­
decir, la consistencia) no ya del eidos, sino precisamen­ te, lo cual, en efecto, comportará, como hemo s dicho, el
te de la cosa, de cada cosa, irreductibilidad que, s egún vuelco. El «filo de la navaj a, que de este modo postula­
dijimos, constituye el carácter mismo de cosa o de ente. mos como ubicación de la Grecia arcaica y clásica y en
Hay, pues, un viraj e esencial entre la situación a la que último término de Platón y Aristóteles es el mismo que
pertenece Platón (a la cual pertenece también en este en su momento veíamos a propósito de la articulación
aspecto Aristóteles) y aquella otra en la cual de lo que apofántica y el enunciado. Tal identidad ha quedado ya
se trata e s de dar expresión a una especie de general suficientemente indicada en lo que se refiere a la rela­
inconsistencia de las cosas, incluso si ese dar expresión ción entre relevancia y pérdida en ambos casos ; en cuan­
es en el fondo, como ciertamente es en los más grandes to a que también es el mismo el contenido, ya se expre­
pensadores de la ulterior situación, el modo de sin se en los términos de distancia y continuo o en los de
embargo y con todo reconocer a las cosas una cierta con­ articulación apofántica y enunciado, ilústrese la identi­
sistencia, términos estos que no podrían ser en modo dad con la siguiente consideración : el propio ti katá tinos
alguno los que constituyesen el problema de Platón o de o ti perí tinos todavía es, como los demás recurso � de la
Aristóteles. Acerca de cuál es y cómo s e gesta la ulterior lengua griega de los que se echa mano p ara refenrse al
situación, han surgido, en lo expuesto en capítulos ante­ juego que siempre ya se está jugando, mención de la dis­
riores, algunas indicaciones; por ejemplo, cuando se tancia o el «entre,, aunque lo sea de diferente manera
habló de si la distancia, el «entre», es lo primero o, por en Platón que en Aristótele s ; el «algo de algo» es de algu-
148 S E R Y 0 1.-Í L O G O O B S E R V.\ C I O N E S F I N A L E S 149

n a manera u n · d e algo a algo», u n «llegar a s er,, en helenística puede a lo sumo acreditar que la lectura d e
Aristóteles básicamente en el modo del brotar o produ­ Platón no era entonces todavía tan obvia como, en sus
cirse o ser producido, en Platón más bien, b ásicamente, rasgos básicos, lo s erá algún tiempo después; pero no
en el del aparecer de algo en el uso de ello. En cambio, queda fuera del mismo diagnóstico fundamental válido
cuando lo que hay no es ya la articulación apofántica, para el • dogmatismo» •platónico»; el e scepticismo como
sino el enunciado, en el s entido que a este viraje hemos corriente (cosa distinta de la sképsis) no hace sino lle­
dado en capítulo s precedentes, entonces en el significa­ var consecuentemente adelante el carácter de • allá>> de
do mismo del •es» ya no hay la distancia o el • entre", ya la consistencia en cuanto que el verda dero significado de
sólo queda el instante o el punto . tal carácter no es sino la inconsistencia de cada •acá»,
Así, pues, el cliché ·Pl atón" tiene su origen en una esto es, de cada (presunta) cosa, de cada (presunto) con­
situación resultante posterior a Platón y a Aristóteles, tenido.
situación que comporta algo así como una inconsisten­ En todo caso, un problema que difícilmente puede
cia general de las cosas, e sto es, de lo ente, y, lo que es obviarse, aunque tampoco tratarse aquí, y que no queda
lo mismo, el situar, por así decir, lo verdaderamente ente resuelto con las consideraciones precedentes, reside en
más allá de lo ente o de las cosas, misión a la cual se pres­ que cierta caracterización de Platón como el autor de la
ta un falseamiento de lo que hemos llamado el •primer •doctrina de los eíde• o ·doctrina de las ideas» aparece aso­
momento» de la cuestión del eídos por cuanto en ese ciada incluso con la manera en que ha llegado a nosotros
momento s e aplica el •es ···"a algo que no es •esto», que la crítica del propio Aristóteles a Platón. Cuál sea en deta­
no es la cosa, y por cuanto el «es ... ", por el hecho de ser lle el sentido, cuál el contexto, cuál el verdadero referen­
así aplicado, adquiere un s entido en el cual la cosa no te, etc. de los textos de Aristóteles con los que se docu­
«es ... » ; nace así lo que •platónicos» y • antiplatónicos» de menta dicha crítica, es investigación aparte, que requeriría
todos los tiempos han estado de acuerdo en atribuir a un marco propio. Aun así, no podemos dejar de señalar
·Platón», a sab er, la consabida ·doctrina de los eíde" o de algún modo hacia la cuestión de cuáles pudieran ser
«doctrina d e las ide as», d e la que, salvo para m arcar la los rasgos del pensamiento de Platón, tal como lo hemos
distancia frente a ese «Platón», en un trabajo sobre Platón interpretado, a los que pudiera referirse algo que, en efec­
mismo no habría ni por qué hablar. No se piense, sin to, a través de unos u otros prismas haya podido llegar
embargo, que con esto estamos restringiendo lo dicho del hasta nosotros como la crítica de Aristóteles, es decir,
origen y carácter del cliché ·Platón» a una referencia como una crítica hecha desde aquel mismo ·filo de la
exclusiva, al menos en lo que toca al •platonismo» hele­ navaja», a una ·doctrina de los eíde», o, quizá más exac­
nístico, a la corriente ·dogmática» o ·doctrinal» d e él. En tamente, qué es lo que en una de las dos man eras de
el fondo la corriente •escéptica» queda incluida en la h acerse presente el ·filo de la navaja» pudo verse desde
referencia; independientem ente de lo que significa la la otra como una •doctrina de los eíde». Nos limitaremos
palabra sképsis como tal p alabra y al margen de corrien­ a hacer n9tar cómo en lo dicho hasta aquí por nosotros
tes históricamente dadas, lo que en este libro hemos hay ya algunas indicaciones al respecto.
dicho no está ni m ás ni menos cerca de la interpretación Ocurre que para Platón, según hemos expuesto, es ya
«escéptica» de Platón que de la interpretación ·dogmá­ cuestión del eídos y, por lo tanto, ontología el intento de
tica». La presencia de un •escepticismo» en la Academia describir el eídos A o el eídos B o el eídos C. Ya sabe-
150 SER Y D LÍLOGO O B S E H V,\ C I O N E S F l i\' ..I L E S 151

mos que l a cuestión del eiclos aparece siempre, e n cada ciertamente de aquellos que Aristóteles gusta de pro­
diálogo de Platón, en definitiva referida a uno u otro d e blematizar. Para decirlo sin entrar aquí en una discusión
aquellos eícle q u e hemos caracterizado como «los no m ­ interpretativa que esté fuera del campo de la presente
bres d e l a areté», pero también hemos expuesto por qué investigación, digamos que en Aristóteles el que •ser» sea
ello es así, es decir, de qué manera el examen de cual­ •ser ... •, el que •ser» sea para el zapato •ser zapato• y para
quier eiclos, esto es, el del eiclos A o el eidos B o el eidos el olivo •ser olivo», tiene que ser compatible con que el
e , remite siempre -y en ello muestra su carácter preci­ problema ontológico resida precisamente en el verb o
samente ontológico- a uno u otro de aquellos eíde siem­ cópula y no en • . . . " ; consiguientemente, el tipo de plu­
pre ya supuestos o •nombres de la areté•. Así, pues, el ralidad del problema ontológico que Aristóteles recono­
problema ontológico es ciertamente, por de pronto, el de ce es el de la que en el capítulo 3 hemos caracterizado
describir, por lo que s e refiere al zapato, en qué consis­ como no de tipos de entes, sino de ámbitos de lo ente ;
te su «ser zapato» y, por lo que s e refiere a la tiza, en qué allí mismo hemos indicado también p or qué ese tipo d e
consiste su <<Ser tiza» y, por lo que s e refiere al pescador pluralidad, reconocido p o r Aristóteles, no puede e n cam­
de caña, en qué consiste su «Ser pescador de caña•; otra bio funcionar en Platón; y, teniendo en cuenta lo que
cosa es que la clihaíresis, o su versión •hacia arriba», la ahora hemos dicho de la coherencia entre el tipo de plu­
súnopsis, ponga de manifiesto que ser pescador de caña ralidad y el tipo de unidad reconocido por Platón, s e
implica ser •sabio» (tekhnítes) o que ser zapato o ser tiza entiende que también opere e n cierta manera contra
implican lo que quizá debamos llamar algo así como ser Platón la preocupación de Aristóteles por evitar que la
•Útil· o ser •apto», de manera que nos vemos lleva dos - unidad del •ser» se parezca de algún m odo a la de un
y en ello justamente se m anifiesta el carácter ontológi­ género supremo único. Así, por ej emplo, la negativa de
co del problema de partida- hasta eíde, como •sabio» o Aristóteles, frente a Platón, a plantear el problema de la
«Útil» o ''apto», que son eso que hemos llamado •nombres conducta como problema del ·bien• a secas y en gene­
de la areté», pero ello no hace sino confirmar el carác­ ral, su exigencia de buscar una noción de ·bien» espe­
ter efectivamente ontológico de la pregunta por el eiclos cífica para l a cuestión de la conducta, encarna a la vez
zapato, por el eíclos tiza, etc. ; es decir: se trata en efec­ el rechazo de una pretensión ontológico-general que
to de ''los eícle», de e ste y aquel y el otro eíclos; hay, en pudiera parecers e a la de un género supremo único y la
este sentido, algo así como una « doctrina de los eíde», reivindicación de una pluralidad que no lo sea de tipos
aunque en nada se parezca al ulterior cliché. A este tipo de ente, sino de ámbitos de lo ente, concretamente en
de pluralidad la unidad que corresponde es la de un cier­ este caso la reivindicación d e la especificidad ontológi­
to siempre de nuevo lo mismo; no, desde luego, la de un ca de tá prohairései ónta, especificidad de la que, sin
género supremo en el sentido de una cúspide única de embargo, ya hemos dicho por qué no puede funcionar
la clihaíresis, pues la clihaíresis sólo funciona con éxito en Platón.
en el trayecto entre un nombre de la areté y un eiclos par­ En todo caso, la crítica de Aristóteles, incluso si está
ticular, sino en el s entido de que con cada nombre de la dirigida contra algo así como un ·de los eíde», en nin­
areté ocurre en todo caso lo mismo, a s ab er, lo que hemos gún modo puede estarlo contra nada que s e parezca al
dicho que es el diálogo . El tipo de pluralidad y el corres­ cliché (helenístico y posterior) ·doctrina de los eícle» o
pondiente tipo de unidad que a cabamos de describir son ·doctrina de las ideas•, y la evidente necesidad de tomar
152 SER Y 0 1 .-\ L O G O

e n s erio e l problema d e l a actitud d e Aristóteles ante


Platón en ningún modo opera en el sentido d e dar algu­
na credibilidad a aqu el cliché ; tanto más cuanto que del
mismo viraj e que la génesis de él forma parte también
el hecho (aludido por nosotros en nota al capítulo 3) de
la pérdida de s entido para la problem ática del propio
Aristóteles.

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