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El paisaje de “El matadero”

Es la segunda vez que leo “El matadero”, pero ha sido hasta ahora que lo he degustado con
mayor intensidad al reparar en su jugosa ironía. Para la extensión que tiene, es impresionante la
mordacidad y agudeza de ingenio con que Echeverría escoge sus palabras. Supongo que vivir las
injusticias en sumisión bajo el régimen de Rosas le hizo pensar y repensar los hechos más de una
vez, sobre todo, al no compartir su visión política, y esto le llevó a comparar cuantas injusticias
veía con la condición inhumana de las reses que iban al matadero para satisfacer el hambre de
otros.

Me detendré tan sólo en el principio del texto para analizar sus fundamentos narrativos (el
escenario de esta obra de Echeverría). Considero que sin éstos el resto no funcionaría ni
impresionaría todo lo restante. Pues como Miguel Delibes pensaba, todo relato bien articulado
debe contar con “Un hombre, un paisaje y una pasión”, los cuales están claramente representados
en “El matadero”. Sin embargo, quiero enfocarme con mayor detenimiento en este paisaje
esbozado y detallado por Echeverría desde principio a fin.

El título provoca el primer impacto en los ojos del lector: “El matadero”. Es un título corto,
crudo y conciso. Presenta el tema del texto sin desvelarnos a qué tipo de matadero se refiere, ya
que ésta es una palabra polisémica a la que una lectura literaria puede cargar de aun más
significados, a pesar de que el primario sea el del lugar donde se mata al ganado. De manera que
el nombre de la obra montada por Echeverría es atractivo y, de alguna u otra manera, promete
acción, sangre.

Un segundo elemento altamente importante que puede pasar desapercibido a través de las
páginas es el narrador. Tan sólo le vemos actuar de manera estelar en el primer párrafo y éste es
el único que necesita para cumplir su propósito: “A pesar de que la mía es historia, no la
empezaré…”, “Tengo muchas razones para no seguir ese ejemplo, las que callo…”, “Diré
solamente que los sucesos de mi narración…”, “Estábamos, a más, en cuaresma…”. De manera
descarada —y a la vez subrepticia—, el narrador de Echeverría establece el tono del texto desde
su punto de vista empático: el del testigo. Independientemente del contexto histórico, nos hace
pensar que su historia es verídica, y para no distraernos con su voz, cambia modestamente a la
tercera persona en los párrafos siguientes, pues ésta es una voz imparcial, la voz de la ciencia y
de la historia oficial. Esta estratagema me parece muy significativa sin importar o no la veracidad
de los hechos, desde un mero punto de vista narrativo que busca dar verosimilitud al texto.

Un tercer aspecto es el tono de la historia. Se advierte el sarcasmo de Echeverría desde la


primera línea: “A pesar de que la mía es historia, no la empezaré por el arca de Noé…”. El autor
no pierde ocasión ni tiempo en asestar los primeros golpes para burlarse de una manera
quijotesca del estilo de su época. Él no narrará lo siguiente según los canónicos “prototipos”,
sino de acuerdo con la verdad que le había tocado vivir, libre de cualquier censura, pues este
escrito de 1839 no verá la luz hasta 1871, diecinueve años después de la derrota de Rosas.

Sigue una alegoría que me parece de lo más plausible de “El matadero”: la de la cuaresma. Esta
abstinencia de carne prescrita por la Iglesia, le sirve para hablar de leyes sagradas (imposiciones
para el pueblo argentino) y de privilegios: “Y como la Iglesia tiene ab initio y por delegación
directa de Dios, el imperio inmaterial sobre las conciencias y los estómagos”. Sé que esto puede
resultar irrespetuoso si se lee descontextualizado y de forma anacrónica, pero admito que la
relación entre “los mandamientos carnificinos” y Argentina —uno de los principales productores
de carne en Latinoamérica— es simplemente perfecta. Y si a eso se le agrega que el matadero es
el gobierno de Rosas, no se puede desear más.

Quisiera saber cómo fue que Echeverría dio con estas dos analogías (cuaresma-matadero).
Porque si bien es cierto que ambas analogías parecen obvias y que, desde un punto de vista
marxista, las revueltas se desatan a partir de la hambruna —es decir, al quitarle a las masas su
pan y circo—, también es cierto que a través del tiempo ha habido siempre tiranos y preceptos
religiosos, así como mataderos. Sin embargo, es Echeverría quien escoge estos crudos escenarios
para sacar a la tarima a sus personajes y lo hace de una manera maravillosa.

Por último, también encontramos la economía del lenguaje. Pese a tratarse de un texto largo para
la concepción de un cuento, y corto, para el de una novela, me atrevería a decir que a la obra de
Echeverría no le falta ni le sobra nada. Para efectos del resultado deseado (abominación de Rosas
y sus seguidores), el autor lo tiene todo muy bien previsto: introducción testimonial, amplio
contexto satírico de aquella cuaresma del año “183…”, representación burlesca del Restaurador
y su esposa, descripción de razas y clases, y las dos matanzas que ocurren en el matadero. El
texto de Echeverría funciona de maravilla gracias a este paisaje presentado al inicio —a este
entramado narrativo—; sin él, la sátira no cobraría todo su sentido, ni la voluntad de los lectores
quedaría presta a empatizar con el pueblo argentino ni a creerle de manera tan ciega.