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DANIEL CAMARGO.
En diciembre de 1984 comenzó una ola de terror que sacudiría a Ecuador
durante más de un año. Los cuerpos de niñas y jóvenes, la mayoría vírgenes,
aparecían víctimas de las más espeluznantes atrocidades. Los cadáveres
desnudos y desmembrados de más de 70 chicas, alertaron a las autoridades
sobre la presencia de un asesino en serie, a quien llamaron el Monstruo de
los Manglares. Daniel Camargo Barbosa nació un 22 de enero de 1930 en
una población de los Andes colombianos. Antes de cumplir un año su madre
murió y, posteriormente, su padre se casó con una mujer que tenía
problemas de fertilidad y un obsesivo e insatisfecho deseo de tener una hija.
Sus frustraciones desembocaron en el pequeño Camargo. Su madrastra lo
vestía de mujer frecuentemente, lo obligaba a ir de esa forma al colegio (donde todos se burlaban de
él) y a veces lo castigaba atrozmente clavándole alfileres. Su padre no fue de manera alguna un refugio
para Camargo: era alcohólico, violento y nada afectuoso, su mayor y casi único interés era el dinero
y, como figura paterna, era muy distante, despótico y severo. Las pocas veces que trataba con su hijo
solía ser para propinarle brutales palizas ayudado por el tío del niño. Pese a todo, Camargo consiguió
ser un estudiante destacado en el colegio León XIII de Bogotá, aunque posteriormente tuvo que dejar
sus estudios y dedicar sus esfuerzos a ayudar económicamente a su familia; lo cual, según
declaraciones de él mismo, habría contribuido a aumentar su amargura y resentimiento.
Ya de adulto, Camargo conoció a una mujer llamada Alcira con la que tuvo dos hijos, a la cual terminó
abandonando cuando conoció a Esperanza, una joven de 28 años con la cual se había hecho muchas
ilusiones llegando incluso a desear casarse con ella; esto sería el detonante del lado criminal de
Camargo, no sólo porque Esperanza no era virgen sino que, además, sin que hubiera pasado mucho
tiempo en su relación, la descubrió en la cama con otro hombre. Frustrado, dolido y decepcionado de
las mujeres en general, Camargo no hizo lo que alguien normal habría hecho, en vez de cortar
definitivamente su vínculo con Esperanza, él astutamente la convenció, utilizando la culpabilidad que
ella sentía por decepcionarlo, para que ésta le ayudase en su vil plan de conseguir chicas jóvenes e
“inmaculadas”. Sobre eso, en declaraciones posteriores a su detención, Camargo se justificó diciendo
que fue:
“Por no encontrar virgen a mi prometida, con la que me iba a casar. Yo no fui capaz de dejarla, porque
estaba locamente enamorado. Había momentos en que yo decía ‘Sí, yo la dejo’, pero otros no era
capaz, porque realmente estaba enamorado. Esto dio por resultado que, como yo no había tenido
experiencias con mujeres vírgenes, y al mismo tiempo era incapaz de dejar a, esa muchacha…, yo
acepté como lo más correcto que ella me ayudara a conseguir unas chicas que estuvieran vírgenes”.
Así fue como Esperanza, a través de engaños, llevaba chicas al apartamento de Camargo, dándoles
allí cápsulas de seconal sódico para que se durmieran y Camargo pudiese abusar de ellas.
Cinco fueron las violaciones (sin muerte todavía) que Camargo logró con el seconal sódico y la ayuda
de Esperanza hasta que la quinta víctima, que era apenas una niña, descubrió que había sido violada
mientras dormía en el departamento de Camargo e, indignada y asustada, contó lo sucedido y
Camargo y su novia fueron denunciados y enviados a distintas prisiones en 1964. Todo parecía indicar
que Camargo sería sentenciado a sólo tres años, aunque después la causa subió en grado y el nuevo
juez, más severo que el anterior, le condenó a ocho años tras las rejas, lo cual destruyó el supuesto
propósito inicial de Camargo de regenerarse (había jurado regenerarse) y le llenó de rabia y odio hacia
la sociedad y su justicia, desencadenando así una profunda y hostil rebeldía interior que junto al hecho
de que su quinta víctima hubiese hablado, sería la causante de que Camargo decidiera en la cárcel que
en el futuro no dejaría con vida a una sola de sus víctimas, esta era la única forma de evitar que le
delataran.
De violador a asesino despiadado
Tras ser liberado, Camargo se dedicó a trabajar como vendedor ambulante de pantallas de televisión.
Un día, mientras pasaba frente a una escuela, Camargo vio una pequeña niña de nueve años que lo
cautivó. Engañándola la llevó hasta una zona poco transitada en donde la violó y posteriormente la
estranguló para evitar ser delatado y luego, sin enterrarla, la dejó junto a las pantallas de televisión
que llevaba. Fue su primera violación con fatal desenlace. Al enterarse de su fuga y desaparición, las
autoridades colombianas —firmemente convencidas de que su Gorgona era una prisión de máxima
seguridad en que las corrientes y los tiburones hacían las veces de un sistema de guardia secundario—
le dieron por muerto y la prensa se aventuró a publicar que el “monstruo” había sido devorado por
los tiburones. La sociedad, ante tales noticias se tranquilizó, el monstruo no volvería a
atacar.Aprovechando el hecho de que se lo creía muerto, Camargo cruzó a Brasil y posteriormente a
Ecuador, donde iniciaría la más cruenta ola de crímenes. Todo comenzó un 18 de diciembre de 1984
con la desaparición de una niña de nueve años en la ciudad de Quevedo, al día siguiente continuó con
la desaparición de otra niña (de diez años) y luego vino desaparición tras desaparición…
Poco a poco los cadáveres de las jóvenes vírgenes fueron apareciendo con huellas de machetazos,
cuchilladas, estrangulaciones y signos de violación. Aparecían desnudas, en parajes llenos de
vegetación, generalmente en la vía Perimetral, en la vía Nobol y en la Avenida de Los Granados. Los
forenses no podían determinar con exactitud la causa de la muerte y además se sabía que, por la zona
de la provincia del Guayas en que operaba Camargo, había una banda de sádicos violadores, de modo
que también resultaba difícil la labor policial para determinar al autor. Sólo después de ser arrestado
se supo que los asesinatos con violación sumaban un total de 71, y que los lugares habían abarcado
Guayaquil, Quito, Ambato, Machala, Nobol, Quevedo y Ventanas y, sobre todo, que su autor había
sido un enclenque cincuentón de apenas 1,65 de estatura. Sus víctimas, normalmente fueron
campesinas, colegialas, escolares, universitarias, y empleadas domésticas.
En Guayaquil, Camargo sobrevivía como un indigente que cargaba bultos en un mercado público,
ganando apenas un sueldo de 40 sucres diarios (algo menos de un dólar) con esto se mantenía a base
de seco de chivo (una comida típica muy económica) y cola. Además tras cada asesinato vendía
bolígrafos, ropa, joyas y otros objetos de sus víctimas. Aún así su situación económica era tan precaria
que debía dormir en el banco de algún parque. Físicamente era flaco, trigueño, pequeño (1,65), con
poco pelo y la frente amplia, curva y despejada. Tenía las manos grandes, vestía bien y andaba pulcro
dentro de sus limitadas posibilidades. Frecuentemente un cigarrillo adornaba su boca acrecentando
esa imagen de frialdad, dureza y sequedad que su rostro y mirada traslucían. Era inteligente y culto.
Las pruebas de los interrogatorios mostraron que tenía un coeficiente intelectual de 116 y la cultura
que poseía era casi imposible de encontrar en alguien que dormía en parques y cargaba bultos en el
mercado. El periodista Francisco Febres Cordero, quien tuvo la oportunidad e entrevistarlo, llegó a
decir de él lo siguiente: “como todo psicópata, brillante. Tenía una respuesta para todo y podía hablar,
con igual soltura, de Dios y del Diablo. Buen lector (su formación literaria parece que la adquirió en
la isla prisión Gorgona), citaba a Hesse, Vargas Llosa, García Márquez, Guimaraes Rosa, Nietzche,
Sthendal o Freud. Cuando lo capturaron, encontraron en el maletín de mano que portaba, junto con
una prenda íntima de la última niña a quien acababa de matar y violar, “Crimen y castigo”, de
Dostoievky.
Captura, condena y muerte
Un 26 de febrero de 1986, minutos después de violar y asesinar a Elizabeth Telpes de 9 años de edad,
una patrulla de la Interpol lo vio mostrando un comportamiento sospechoso a la altura de la avenida
de Los Granados, una calle de Quito. Cuando los dos policías se bajaron para examinar al sospechoso,
lo que hallaron los dejó sorprendidos: allí, en la bolsa de pertenencias de Camargo, estaban las ropas
ensangrentadas de quien evidentemente había sido una pequeña e inocente niña… Inmediatamente lo
detuvieron. Posteriormente María Alexandra Vélez, una chica guayaquileña que se salvó del violador,
identificó a Camargo cuando fue llamada a testificar. Aunque no sería complicado condenar a
Camargo ya que él mismo se declaró culpable sin cómplices un 31 de mayo de 1986, admitiendo 71
asesinatos y violaciones y mostrando con espantosa frialdad a la Policía los sitios en que dejó los
cadáveres de sus víctimas. Después de su detención fue inmediatamente llevado a la cárcel de
Guayaquil hasta que en 1989 fue trasladado al Penal García Moreno de Quito para cumplir la máxima
pena que existía y aún existe en Ecuador: 16 años, un castigo insignificante para la escalofriante
trayectoria criminal de Daniel Camargo Barbosa.
Desde el principio de su encarcelamiento en la cárcel de Guayaquil Camargo tuvo que ser
especialmente vigilado para evitar que los otros presos le asesinaran. Finalmente Camargo fue
trasladado al Penal García Moreno, donde los primeros días compartió celda con Pedro Alonso López
alias “El Monstruo de Los Andes”, otro psicópata colombiano del cual se dice que cometió más de
300 asesinatos. No obstante La Bestia de Los Manglares no duraría muchos años más encarcelado
pues el 13 de noviembre de 1994 moriría asesinado por el recluso Luis Masache Narváez de 29 años
(familiar de una víctima de sus víctimas).
La niñez de Camargo estuvo marcada por la infelicidad, señalan las crónicas que hurgaron en su
pasado tras conocer sus horrendos crímenes. Antes de cumplir el primer año de edad, su madre murió
y su padre se casó con otra mujer que padecía infertilidad. Frustrada por no tener hijos propios, su
madrastra obligaba a Camargo a acudir a la escuela vestido de mujer; sin embargo, esto no influyó
en él, que se convirtió en un buen estudiante. Los problemas económicos lo llevaron a abandonar los
estudios para ayudar a su familia. A los 30 años, Camargo se casó con Alcira Castillo, pero 7 años
después su matrimonio se desmoronó cuando encontró a su mujer en la cama con otro hombre. Desde
ese momento el odio hacia las mujeres sería tan grande que Camargo las consideraría como el origen
de todas las cosas malas que le habían pasado en la vida, dice su biografía.
Matanzas. Tras conseguir una nueva pareja, Camargo empezó una vida de crímenes y sadismo en
Colombia en complicidad con su mujer. Las víctimas principales eran jóvenes vírgenes, a quienes
drogaba para abusar sexualmente de ellas y luego las asesinaba. En 1968 la policía colombiana lo
capturó y las autoridades le impusieron una condena de 5 años, pero esto de nada sirvió, ya que
Camargo volvió a su vida criminal y fue apresado nuevamente. Esta vez se lo condenó a 25 años de
reclusión en la isla penitenciaria de Gorgona (Colombia). De su sentencia, Camargo cumplió diez
años y en 1984 logró escapar de su encierro, en una embarcación improvisada que construyó, y pasó
3 días a la deriva sin agua y sin comida, hasta que llegó finalmente a la costa de Ecuador.
Terror. Como en Ecuador no tenía antecedentes, volvió a los ataques. La ola de terror que sembró
duró quince meses. Hubo muertes en Guayaquil, Quito, Ambato, Machala, Nobol, Quevedo y
Ventanas, según diario Hoy.Se presentaba como un indigente, un vendedor ambulante o un
evangélico. Así convencía a sus víctimas para que lo acompañaran. En 1986, policías que patrullaban
en Quito detuvieron a un hombre de aspecto harapiento que llevaba una maleta. Decía llamarse
Manuel Solís Bulgarín.