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TEOLOGÍA II

14. Semana:
Espíritu Santo en la vida del creyente. Dones del Espíritu Santo,
¿Qué son dones espirituales? ¿Cuántos hay? Buscar y utilizar los dones
espirituales.

14.1. El Espíritu Santo en la vida del creyente

Es importante comprender que para los primeros cristianos el


Espíritu se concebía en función de poder divino claramente manifestado
por sus efectos en la vida del receptor; el impacto del Espíritu no dejaba
al individuo o al observador en duda acerca de un cambio significativo
que se había operado en él mediante la intervención divina.
Vez tras vez Pablo retrotrae a sus lectores a la experiencia inicial
que tuvieron con el Espíritu. Para algunos había sido una experiencia
sobrecogedora del amor de Dios (Ro. 5.5); para otros de gozo (1 Ts.
1.6); para otros de iluminación (2 Co. 3.14–17), o de liberación (Ro.
8.2; 2 Co. 3.17), o de transformación moral (1 Co. 6.9–11), o de
diversos dones espirituales (1 Co. 1.4–7; Gá. 3.5).
En Hechos la manifestación del Espíritu que se menciona más
frecuentemente es la de hablar bajo inspiración, hablar en lenguas,
profetizar y alabar, predicar con denuedo la palabra de Dios (Hch. 2.4;
4.8, 31; 10.46; 13.9–11; 19.6). Es por ello que la posesión del Espíritu
como tal puede señalarse como la característica definitoria del cristiano
(Ro. 8.9; 1 Jn. 3.24; 4.13), y que la pregunta de Hch. 19.2 podía
merecer una respuesta directa (cf. Gá. 3.2). El Espíritu como tal puede
ser invisible, pero su presencia podía ser fácilmente detectable (Jn. 3.8).
El don del Espíritu (un solo don, singular no plural) no era, por
consiguiente, simplemente un corolario o una deducción basada en el
bautismo o la imposición de manos, sino un acontecimiento
sumamente real para los primeros cristianos. Es muy probable que sea
al impacto de esta experiencia a lo que se refiere directamente Pablo en
pasajes tales como 1 Co. 6.11; 12.13; 2 Co. 1.22; Ef. 1.13; también Tit.
3.5s, aunque muchos los vinculan con el bautismo. Y si bien Ro. 6.3 y
Gá. 3.27 (“bautizados en Cristo”) se toman generalmente como
referidos al acto del bautismo, bien podrían tomarse como síntesis de
una alusión más plena a la experiencia del Espíritu, “bautizados en
Cristo por el Espíritu” (1 Co. 12.13).
Por cierto que según Hechos los primeros cristianos adaptaron su
ritual embrionario, armonizándolo con el Espíritu, más bien que a la

14.1
inversa (Hch. 8.12–17; 10.44–48; 11.15–18; 18.25–19.6). Y si bien Jn.
3.5 probablemente vincula íntimamente entre sí el bautismo (“agua”) y
el don del Espíritu en el nacimiento de lo alto, no por ello hemos de
tomarlos como una misma cosa (compare con . 1.33), y el nacimiento
por el Espíritu constituye claramente el pensamiento primario (3.6–8).
Hechos, Pablo, y Juan hablan de muchas experiencias del Espíritu,
pero no de una segunda o tercera experiencia del Espíritu
claramente indicada como tal. Por lo que concierne a Lucas, Pentecostés
no fue una segunda experiencia del Espíritu para los discípulos, sino su
bautismo en el Espíritu para ingresar en la nueva era (Hch. 1.5 ), el
nacimiento de la iglesia y su misión. Los intentos de armonizar los
pasajes de Jn. 20.22 y Hch. 2 a un nivel histórico directamente podrían
ser erróneos, ya que el propósito de Juan puede ser más teológico que
histórico, es decir, el de destacar la unidad teológica de la muerte,
resurrección, y ascensión de Jesús, con el don del Espíritu y la misión
(Pentecostés, Jn. 20.21–23; cf. 19.30, literalmente, “inclinó la cabeza y
entregó el espíritu/Espíritu”).
De modo semejante en Hch. 8, por cuanto Lucas no concibe la
venida del Espíritu de un modo silencioso o invisible, el don del Espíritu
en 8.17 es para él la recepción inicial del Espíritu (8.16, “solamente
habían sido bautizados en el nombre de Jesús”). Lucas, más aun,
parecería sugerir que su fe anterior no podía considerarse como entrega
a Cristo o confianza en Dios (8.12—“creyeron a Felipe”—como
descripción de la conversión no tendría paralelo en Hechos).

14.1.1. El Espíritu como el poder para la nueva vida.


Según Pablo, el don del Espíritu es también un comienzo que
anticipa un cumplimiento final (Gá. 3.3; Fil. 1.6), el comienzo y la
primera cuota de un proceso de transformación a la imagen de Cristo,
que dura toda la vida y que sólo logra su cometido en la resurrección del
cuerpo (2 Co. 1.22; 3.18; 4.16–5.5; Ef. 1.13s; 2 Ts. 2.13; tamb. 1 P.
1.2). El Espíritu es las “primicias” de la siega de la resurrección, por la
que Dios comienza a ejercer dominio sobre el hombre en su totalidad
(Ro. 8.11, 23; 1 Co. 3.16; 6.19; 15.45–48; Gá. 5.16–23).
Por consiguiente, para el creyente la vida es cualitativamente
diferente de lo que era antes de iniciarse en el camino de la fe. Su vida
diaria se convierte en su medio para responder a los reclamos del
Espíritu, capacitado para ello por el poder de ese mismo Espíritu (Ro.
8.4–6, 14; Gá. 5.16, 18, 25; 6.8). Para Pablo esta era la diferencia
decisiva entre el cristianismo y el judaísmo rabínico. El judío vivía por la
ley, el depósito de la obra reveladora del Espíritu en generaciones
pasadas, actitud que conducía inevitablemente a la inflexibilidad y la
casuística, por cuanto la revelación del pasado no es siempre

14.2
inmediatamente apropiada para las necesidades del presente. Pero el
Espíritu produjo la inmediatez de la relación personal con Dios, lo cual
daba cumplimiento a la antigua esperanza de Jeremías (31.31–34), y
que hizo que la adoración y la obediencia resultaran mucho más libres,
vitales, y espontáneas (Ro. 2.28s; 7.6; 8.2–4; 12.2; 2 Co. 3.3, 6–8, 14–
18; Ef. 2.18; Fil. 3.3).
Al mismo tiempo, en razón de que el Espíritu es sólo un comienzo
de la salvación final en esta vida, no puede haber cumplimiento final de
su obra en el creyente mientras dure esta vida. El hombre del Espíritu
ya no depende de este mundo y sus normas para su orientación y
satisfacción, pero sigue siendo hombre de apetitos y fragilidad humanas,
y forma parte todavía de la sociedad humana.
Consiguientemente, tener el Espíritu es experimentar tensión
y conflicto entre la vida vieja y la nueva, entre la carne y el
Espíritu (Ro. 7.14–25; 8.10, 12s; Gá. 5.16s; cf. He. 10.29). A los que
veían la vida característica del Espíritu en función de visiones,
revelaciones, y cosas semejantes, Pablo les respondió que la gracia
adquiere su expresión plena sólo en la debilidad, y gracias a ella (2 Co.
12.1–10; cf. Ro. 8.26s).
Lucas y Juan dicen poco acerca de otros aspectos de la vida
progresiva del Espíritu (cf. Hch. 9.31; 13.52), y en cambio centran la
atención particularmente en la vida del Espíritu en cuanto su dirección
hacia la tarea misionera (Hch. 7.51; 8.29, 39; 10.17–19; 11.12; 13.2,
4; 15.28; 16.6s; 19.21; Jn. 16.8–11; 20.21–23).
El Espíritu es ese poder que da testimonio de Cristo (Jn.
15.26; Hch. 1.8; 5.32; 1 Jn. 5.6–8; tamb. He. 2.4; 1 P. 1.12; Ap.

Nota: como Trabajo: Investigar y dar una lista de los Atributos


y Títulos del E.S.

14.3
14.2. DONES DEL ESPÍRITU SANTO

14.3. EXPLICACIÓN Y BASES BÍBLICAS

14.3.1. Cuestiones relacionadas con los dones espirituales


en general
En las generaciones previas, las teologías sistemáticas no tenían
capítulos sobre los dones espirituales, porque había pocas dudas sobre
la naturaleza y el uso de los dones espirituales en la iglesia. Pero en el
siglo XX se vio un notable incremento del interés en los dones
espirituales, principalmente debido a la influencia de los movimientos
Pentecostal y carismático dentro de la iglesia. En este capítulo, primero
examinaremos algunas cuestiones generales relacionadas con los dones
espirituales, luego examinaremos brevemente1 lo que enseña el Nuevo
Testamento sobre dones particulares.
Antes de comenzar la discusión debemos definir los dones
espirituales, según Grudem (pág. 1071), "Un don espiritual es una
habilidad potenciada por el Espíritu Santo y utilizada en cualquier
ministerio de la iglesia”. Esta amplia definición incluye tanto los dones
relacionados con las habilidades naturales (tales como la enseñanza, el
mostrar misericordia, o la administración) como los dones que parecen
ser más «milagrosos y menos relacionados con las habilidades naturales
(tales como la profecía, la sanidad o el discernimiento de espíritus). El
motivo de esto es que cuando Pablo menciona los dones espirituales (en
Ro 12:6-8; 1 Co 7:7; 12:8-10,28; y Ef 4:11) incluyen ambas clase de
dones. Pero no todas las habilidades naturales que tienen las personas
están incluidas aquí, pues Pablo sabe bien que todos los dones
espirituales se deben a un mismo y único Espíritu» (1 Co 12:11), que se
dan «para el bien de los demás» (1 Co 12:7), y que todos deben ser
usados para «edificación» (1 Co 14:26), o para la edificación de la
iglesia.

14.3.2. Los dones espirituales en la historia de la redención.


Ciertamente el Espíritu Santo obraba en el Antiguo Testamento,
trayendo las personas a la fe y trabajando de manera notable en unos
cuantos individuos tales como Moisés y Samuel, David o Ellas. Pero en
general había una actividad menos poderosa del Espíritu Santo en las
vidas de la mayoría de los creyentes. Una evangelización efectiva de las

1
Para una mayor profundidad sobre el tema, recomendamos el estudio del Capítulo 52, Teología
Sistemática, de Wayne Grudem, recurso recomendado en la bibliografía del curso.

14.4
naciones era muy poco común, el exorcismo de demonios2 era
desconocido, las curaciones milagrosas eran poco comunes (aunque sí
ocurrieron, especialmente en los ministerios de Elías y Eliseo), la
profecía estaba limitada a unos pocos profetas o pequeños grupos de
profetas, y «el poder de resucitar» del pecado en el sentido de Romanos
6:1-4 y Filipenses 3:10 se experimentaba rara vez.
Pero en varios aspectos el Antiguo Testamento está a la espera de
un tiempo cuando habría una capacitación mayor del Espíritu Santo que
alcanzaría a todo el pueblo de Dios. Moisés dijo; «¡Cómo quisiera que
todo el pueblo de Dios profetizara, y que el SEÑOR pusiera su Espíritu
en todos ellos!» (Num. 11:29). Y el Señor profetizó a través de Joel:
Después de esto,
Derramaré mi Espíritu sobre todo el género humano.
Los hijos y las hijas de ustedes profetizarán, tendrán sueños los
ancianos y visiones los jóvenes.
En esos días derramaré mi Espíritu aun sobre los siervos y las siervas.
(Jl. 2:28-29)
Juan el Bautista destaca las expectativas del pueblo sobre el
cumplimiento de la profecía de Joel cuando anuncia que después de él
viene alguien que los «bautizará con el Espíritu Santo y con fuego» (Mt
3:11; cf. Mr 1:8; Lc 3:16; Jn 1:33; Hch 1:5 ).
Cuando Jesús comienza su ministerio llega trayendo la plenitud y
el poder del Espíritu Santo en su persona. Lucas escribe: «Jesús regresó
a Galilea en el poder del Espíritu» (Lc 4:14). Como resultado enseña con
gran poder (Lc 4:15-22) y sana y echa fuera demonios de todos los que
están oprimidos (Lc 4:31-41). Claramente, Jesús ha venido en el mayor
poder del Espíritu Santo del nuevo pacto, y ha venido para conquistar el
reino de Satanás.
De hecho, dice que el poder del Espíritu Santo que obra en él
permitiéndole echar fuera demonios es una señal de que el reino de Dios
ha venido con poder. «Sí expulso a los demonios por medio del Espíritu
de Dios, eso significa que el reino de Dios ha llegado a ustedes» (Mt
12:28). Al recordar la vida y el ministerio de Jesús, Juan nos dice: «El
Hijo de Dios fue enviado precisamente para destruir las obras del
diablo» (1 Jn 3:8).

2
Lo único que se acerca a la expulsión de demonios en el Antiguo Testamento es el hecho de que
cuando David tocaba la lira para el rey Saúl, la música calmaba a Saúl y lo hacía sentirse mejor, y
«el espíritu maligno se apartaba taba de él» (1 S 16:23), pero David hacía esto «cada vez que el
espíritu de parte de Dios atormentaba a David, lo que indica que Saúl no experimentaba un alivio
permanente de la opresión demoníaca.

14.5
Pero este poder del Espíritu Santo del nuevo pacto no está
limitado solamente al ministerio de Jesús. Éste envía a sus discípulos
diciendo: «El reino de Dios está cerca» y les dijo: «Sanen a los
enfermos, resuciten a los muertos, limpien de su enfermedad a los que
tienen lepra, expulsen a los demonios» (Mt 10:7-8). No obstante, este
poder del Espíritu Santo del nuevo pacto no se ha dispensado todavía a
todos los que creyeron en Jesús o lo siguieron, sino solo a sus doce
discípulos o a los setenta discípulos (Lc 10: 1-12).
El derramamiento del Espíritu Santo en la plenitud y el poder del
nuevo pacto en la iglesia ocurrieron en el Pentecostés. Antes que Jesús
ascendiera al cielo mandó a sus apóstoles «que no se fueran de
Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre» y en contenido de
esa promesa era: «Seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no
muchos días» (Hch 1:8). Les prometió: «Recibiréis poder, cuando haya
venido sobre vosotros el Espíritu Santo» (Hch 1:8). Cuando se derramó
el Espíritu Santo sobre la iglesia en Pentecostés Pedro reconoció que se
había cumplido la profecía de Joel, pues afirmó: «Mas esto es lo dicho
por el profeta Joel» (Hch 2:16), y entonces citó la profecía de Joel (vv.
17-21). Pedro reconoció que el poder del Espíritu Santo había venido
sobre el pueblo de Dios y que la era del nuevo pacto había comenzado
como un resultado directo de la actividad de Jesús en el cielo, pues dijo:
A este Jesús, Dios lo resucitó, y de ello todos nosotros somos
testigos. Exaltado por el poder de Dios, y habiendo recibido del Padre el
Espíritu prometido, ha derramado ahora esto que ustedes ahora ven y
oyen. (Hch 2:32-33).
Con el ministerio de Jesús y el ministerio de los discípulos con
Jesús como trasfondo, los discípulos presentes en el Pentecostés habrían
esperado correctamente que una poderosa predicación evangelística, la
liberación de la opresión demoníaca, las sanidades, y quizá también la
profecía, los sueños y visiones comenzarían y continuarían entre
aquellos que creen en Cristo, y que estas cosas serían una característica
de la era del nuevo pacto que comenzó con el Pentecostés. Otra
característica de esta dispensación del Espíritu Santo fue una amplia
distribución de dones espirituales a todo el pueblo, en que hijos e hijas,
jóvenes y viejos, siervos y siervas, en palabras de Joel, todos recibieron
el poder del Espíritu Santo del nuevo pacto, y también se esperaba que
entonces todos recibirían los dones del Espíritu Santo también. De
hecho, eso fue lo que ocurrió en la iglesia primitiva (vea 1 Ca 12-14; Gá
3:5; Stg 5:14-15). Como dijo B. B. Warfield:
Estamos justificados al considerar característico de las iglesias
apostólicas que tales milagros debían manifestarse en ellas. La
excepción sería, no una iglesia con, sino una iglesia sin esos dones... La

14.6
Iglesia apostólica tenía como característica ser una iglesia productora de
milagros.3
(Esto es verdad independientemente de qué punto de vista se
asuma sobre la continuación de los dones milagrosos después del
tiempo de los apóstoles.)

14.3.3. El propósito de los dones espirituales en la era del


Nuevo Testamento
Los dones espirituales se conceden para capacitar a la iglesia para
llevar a cabo su ministerio hasta que Cristo regrese. Pablo les dice a los
corintios: «De modo que no les falta ningún don espiritual mientras
esperan con ansia que se manifieste nuestro Señor jesucristo» (1 Ca
1:7). Aquí él vincula la posesión de los dones espirituales y su situación
en la historia de la redención (a la espera del regreso de Cristo),
sugiriendo que los dones se dan a la iglesia para el período entre la
ascensión de Cristo y su retomo. De igual manera, Pablo espera el
tiempo del regreso de Cristo y dice: «pero cuando llegue lo perfecto, lo
imperfecto desaparecerá» (1 Ca 13:10), e indica que estos dones
«imperfectos» (mencionados en vv. 8-9) estarán vigentes hasta que
Cristo regrese, cuando serán superados por algo muy superior. De
hecho, la dispensación del Espíritu Santo en «poder» en el Pentecostés
(Hch 1:8) era para capacitar a la iglesia a fin de que predicara el
evangelio (Hch 1:8)-algo que continuaría hasta que Cristo regresara. Y
Pablo les recuerda a los creyentes que en su utilización de los dones
espirituales deben procurar «que abunden para la edificación de la
iglesia» (1 Ca 14:12). Por último, al escribirle a los efesios, Pablo
especifica que cuando Cristo ascendió al cielo concedió dones «a fin de
capacitar al pueblo de Dios para la obra de servicio, para edificar el
cuerpo de Cristo» (Ef 4:12).
Pero los dones espirituales no solo capacitan a la iglesia para el
tiempo hasta que Cristo regrese, también dan un anticipo de la era por
venir. Pablo recuerda a los corintios que Cristo los había «llenado de
toda riqueza», tanto en sus palabras como en su conocimiento, y que el
resultado de este enriquecimiento era que no les faltaba «ningún don
espiritual» (1 Ca 1:5, 7). Por supuesto este enriquecimiento en sus
palabras y conocimiento no les daba las palabras perfectas o el perfecto
conocimiento que tendrían en el cielo, sino solo un anticipo o pago inicial
de esta perfección celestial. De modo semejante, Pablo les recuerda a
los corintios que los dones espirituales son «imperfectos», pero cuando
el modo «perfecto» de conocer venga al regresar el Señor, entonces

3
Warfield, Counterféit Miracles, p. 5

14.7
estos dones pasarán (1 Ca 13:10).justo como el Espíritu Santo es en
esta era un «pago anticipado» (2 Ca 1:22; d. 2 Ca 5:4; Ef1:14) de toda
la obra del Espíritu Santo dentro de nosotros en la era por venir, así los
dones que el Espíritu Santo nos da son anticipos parciales de la obra
plena del Espíritu Santo que nos pertenecerá en la era por venir.
En este camino, los dones de discernimiento y entendimiento
prefiguran el discernimiento mucho mayor que tendremos cuando Cristo
regrese. Los dones del conocimiento y la sabiduría prefiguran la
sabiduría mucho mayor que será nuestra cuando «conozcamos como
somos conocidos» (d. 1 Ca 13:12). Los dones de sanidad dan un
anticipo de la perfecta salud que será nuestra cuando Cristo nos
conceda cuerpos resucitados. Paralelos similares se podrían encontrar
con todos los otros dones del Nuevo Testamento. Aun la diversidad de
dones debe conducir a una mayor unidad e interdependencia en la
iglesia (vea 1 Ca 12:12-13, 24-25; Ef4: 13), Y la diversidad en la unidad
será en sí misma un anticipo de la unidad que los creyentes tendrán en
el cielo.

14.4. ¿CUÁNTOS DONES EXISTEN?

Las epístolas del Nuevo Testamento relacionan dones espirituales


específicos en seis diferentes pasajes. Examine la tabla en la página
siguiente.
Lo obvio es que estas listas son todas muy diferentes. Ninguna
lista tiene todos estos dones, y ningún don excepto la profecía se
menciona en todas las listas (la profecía no se menciona en 1 Ca 7:7,
donde solo se discute el tema del matrimonio y el celibato, pero se
incluye ciertamente en «el que habla» de 1 P 4:11). De hecho, 1
Corintios 7:7 menciona dos dones que no están en ninguna otra lista:
En el contexto de la discusión sobre el matrimonio y el celibato, Pablo
dice: «Cada uno tiene de Dios su propio don4; éste posee uno; aquél,
otro».
Estos hechos indican que Pablo no intentaba construir listas
exhaustivas de dones cuando especificó los que mencionó. Aunque a
veces hay una indicación de algún orden (él pone a los apóstoles
primero, a los profetas en segundo lugar, a los maestros en tercero,
pero al don de lenguas en último lugar en 1 Ca 12:28), parece que en
general Pablo relacionaba casi al azar una serie de diferentes ejemplos
de dones según le venían a la mente.

4
Aquí el término griego para «don» es charisma. el mismo que Pablo usa en 1Ca 12-14 cuando
habla de los dones espirituales

14.8
1 Corintios 12:28 Efesios 4:115 1 Corintios 7:7
6
1. apóstol (1) apóstol 21. matrimonio
2. profeta (2) profeta 22. celibato
3. maestro 14. evangelista
4. milagros 15.Pastor-maestro
5.tipos de sanidad
6. ayudas
7. administración
8. lenguas
1 Corintios 12:8-10 Romanos 12:6-8 1 Pedro 4:11
9. palabra de sabiduría (2) profecía El que habla (que
cubre varios dones).
10. palabra de conocimiento 16. Servicio
El que presta algún
11. fe (3) enseñanza
servicio (que cubre
(5) dones de sanidad 17. Alentar varios dones).
(4) milagros 18. Contribuir
(2) profecía 19. Liderazgo
12. distinguir entre espíritus 20. Misericordia
(8) lenguas
13. interpretación d lenguas

Por otra parte, hay cierto grado de superposición entre los dones
relacionados en varios lugares. Sin duda el don de administración
(kybemesis, 1 Ca 12:28) es similar al don de liderazgo (ho
proistamenos, Ro 12:8), y ambos términos pueden aplicarse
probablemente a muchos que tienen el oficio de pastor-maestro (Ef4:
11). Por otro lado, en algunos casos Pablo relaciona una actividad y en
otros casos relaciona el sustantivo relacionado que describe a la persona

5
Esta lista ofrece cuatro tipos de personas en términos de oficios o funciones, no, hablando
estrictamente, cuatro dones. Para tres de las funciones de la lista, los dones correspondientes
serían la profecía, la evangelización y la enseñanza.
6
Estrictamente hablando, ser un apóstol es un oficio, no un don (vea capítulo 47, de la misma
obra, pp. 952-58, sobre el oficio de apóstol).

14.9
(tal como «profecía» en Ro 12:6 y 1 Ca 12:10, pero utiliza «profeta» en
1 Ca 12:28 y Ef4:11).

14.5. BUSCAR Y UTILIZAR LOS DONE ESPIRITUALES

El propósito de todo esto es simplemente decir que Dios le da a la


iglesia una asombrosa variedad de dones espirituales, y todos ellos son
muestra de su multiforme gracia. De hecho, Pedro dice tanto como:
«Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como
buenos administradores de la multiforme gracia de Dios» (1 P 4:10;
aquí la palabra «multiforme» es poikilos, que significa «tener muchas
facetas; tener una rica diversidad»).
La consecuencia práctica de esta discusión es que debemos estar
dispuestos a reconocer y apreciar a las personas que tienen dones que
difieren de los nuestros y que pueden diferir de nuestras expectativas de
lo que debe ser la apariencia de ciertos dones. Por otra parte, una
iglesia saludable tendrá una gran diversidad de dones, y esta diversidad
no debe llevar a una fragmentación sino a una mayor unidad entre los
creyentes de la iglesia. Todo el propósito de Pablo en la analogía del
cuerpo con muchos miembros (1 Ca 12:12-26) es decir que Dios nos ha
puesto en el cuerpo con estas diferencias de manera que podamos
depender unos de otros. «Ni el ojo no puede decirle a la mano: No te
necesito, ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de
vosotros». Antes bien los miembros del cuerpo que parecen más
débiles, son los más necesarios» (1 Ca 12:21-22; d. vv. 4-6). Va contra
la manera de pensar del mundo decir que disfrutamos de mayor unidad
cuando nos unimos más a aquellos que son diferentes a nosotros, pero
ese es precisamente el argumento que formula Pablo en 1 Corintios 12,
demostrando la gloria de la sabiduría de Dios al no permitir a nadie
poseer todos los dones necesarios para la iglesia, sino requiriendo que
dependamos uno del otro para un adecuado funcionamiento de la
iglesia.

Bibliografía
Grudem, Wayne. Teología sistemática: Una introducción a la
doctrina bíblica, Ed. revisada Miami Florida, Editorial Vida, 2009;
H. Berkhof, La doctrina del Espíritu Santo, 1968;
M. Green, Creo en el Espíritu Santo, 1977;
J. G. Dunn, El bautismo del Espíritu Santo, 1977;

14.10
B. Graham, El Espíritu Santo, 1980;
M. J. Scheeben, El Espíritu Santo, 1973;
H. Smith, Teología bíblica del Espíritu Santo, 1976;
E. Schweizer, El Espíritu Santo, 1984;
K. H. Schelkle, Teología del Nuevo Testamento, 1977, t(t). II, pp.
339–360

14.11