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Conflicto,

dominación y violencia
Capítulos de historia social

Carlos Illadcs
Conflicto, dominación y violencia

© Carlos Illades

Imagen de la cubierta: Webguerrillero. Periódico digital de las


izquierdas del siglo XXI, 2 de diciembre de 2012

Diseño de la cubierta: Luz Ma. Zárate Martínez

Primera edición junio de 2015, Ciudad de México, D.F.

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ISBN Gedisa 978-84-9784-976-0


ISBN UAM 978-607-28-0428-9
IBIC: HBAI-I

Impreso en México
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medio de impresión, en forma idéntica, extractada o modificada, en
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CAPÍTULO 1

HISTORIOGRAFÍA
DE Los
MOVIMIENTOS SOCIALES

A mediados del siglo pasado, Femand Braudel conminó a entablar un


diálogo productivo de la Historia con las ciencias sociales, a fin de
que ésta pudiera emplear con soltura conceptos indispensables que
por sí misma no era capaz de elaborar, y que aquéllas pudieran adqui-
rir la profundidad temporal que les hacía falta. Planteo’ entonces que
no habría ciencia social “más que en la reconciliación en una pra'c-
tica simultánea a nu;stros diferentes oficios”. La convergencia de la
historia con estas disciplinas recibió el nombre de “historia social” y
más adelante, en los Estados Unidos de América (EUA), el de “socio-
logía histórica”, para subrayar el desplazamiento de los sociólogos
hacia la historiografía.'
En el Primer Congreso lntemacional de Ciencias Históricas (Pa-
rís, 1950), Eric Hobsbawm participó en la mesa de historia social,
“probablemente la primera de su especie en un congreso de historia”,

l Braudel, La historia y las ciencias sociales, p. 124; Casanova, La historia social


y las historiadores, p. 84.

19
CONFLICTO. DOMINACIÓN Y VIOLENCIA

recuerda en su autobiografía.2 Aque’lla cobró impulso con la crea-


ción en 1952 de la revista británica Past and Present, la cual congre-
gó a una ple'yade de historiadores marxistas (el propio Hobsbawm,
Christopher Hill, Rodney Hillton, George Rudé y E. P. Thompson),
a quienes se sumaron estudiosos tan destacados como Lawrence Sto-
ne, John Elliot y Moses Finley. Mientras tanto, en EUA la sociología
histórica daba sus primeros pasos con Barrington Moore, maestro en
Harvard de Charles Tilly.
Sería arduo encontrar un sociólogo que haya sacado mejor pro-
vecho de la historia que Tilly. Salvo su primer libro acerca de la re-
vuelta contrarrevolucionaria de la Vende'e (publicado en 1964), la
larga duración, conceptualizada por Braudel como la historia de las
estructuras, es el estrato del tiempo dentro del cual sitúa el análisis el
investigador estadounidense, tra’tese de las luchas sociales en Fran-
cia, los sistemas estatales, las revoluciones europeas, la democracia
y los movimientos sociales a escala mundial. Ya en 1970, George
Rudé había llamado la atención acerca de los artículos de Tilly “so-
bre la inquietud de la mano de obra y ‘preindustrial’ en la Francia
del siglo XIX”. Y, un lustro adelante, los historiadores de la República
Democrática Alemana que desarrollaron el concepto de “protoindus-
trialización” para explicar el tránsito del feudalismo al capitalismo,
reconocieron la patemidad del mismo a los trabajos pioneros de los
60 realizados por “los historiadores norteamericanos Franklin F.
Mendels y Charles y Richard Tilly”.3
Con 250 años de trayectoria, los movimientos sociales han sido te-
rreno común a historiadores y sociólogos desde hace medio siglo. De
ellos trata el último libro que publicó en vida Charles Tilly, auxiliado
por Lesley J. Wood, a quien el sociólogo estadounidense pidió que tra-
bajara en el volumen “tal vez consciente de que la muerte le llegaría
antes de poder acabarlo”.4 La exposición que haremos a continuación,

2 Hobsbawm, A ños interesantes. p. 265.


l Rudé, La multitud en la his/aria, p. 8; Kríedte, Medick y Schlumbohm, Indus-
N'I'a/¡zacíón antes de la inc/usfria/¡zación, p. 18.
4 Tilly y Wood, Los movimientos sociales, I 768-2008, p. l4.

20
I. HISTORIOGRAFIA DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES

trata de situarlo dentro del campo problemático en el que confluye-


ron ambas disciplinas: presentar los desarrollos previos de la historia
social —en particular los trabajos de Hobsbawm, Rude' y Thompson—,
colocar en perspectiva el estudio del sociólogo estadounidense, a fin
de ponderar su aporte historiogra'fico y comentar algunos textos so-
bre los movimientos sociales elaborados desde la sociología histórica
que, como los de Sidney Tarrow, han dialogado con su obra.

LA HISTORIA SOCIAL A ESCENA

En 1959 dos libros popularizaron a quienes serían notables expo-


nentes de la historia social, identificada en aquel tiempo con la co-
rn'ente conocida como “historia desde abajo”, me refiero a Rebeldes
primitivos, de Hobsbawm, y a El pueblo en la Revoluciónflancesa,
de Rude'. El uno preocupado por explicar las “formas arcaicas de los
movimientos sociales de los siglos XIX y xx” (bandolerismo, milena-
rismo, etcétera); el otro, por descubrir las motivaciones y la compo-
sición social del pueblo revolucionario.5
Más que ninguno, Rude' se empeñó en revelar la lógica intema de
la protesta popular de los siglos XVIII y XIX en respuesta a lo que el
pueblo llano consideraba agravios, injusticias o la ruptura unilateral
del pacto entre los grupos sociales o de e'stos con el Estado. Contra
la extendida percepción heredada del siglo antepasado y teorizada
por la psicología social de Gustave Le Bon, en el sentido de que la
multitud es irracional y se guía por pulsiones meramente emotivas,
cuestionando además el supuesto del individualismo metodológico
según el cual la elección racional es un atributo exclusivamente indi-
vidual, el historiador noruego encontró patrones de comportamiento
que permitían explicar la acción colectiva y el repertorio disponible
para alcanzar sus objetivos. Rude' dedicó su libro más recordado a

5 Hobsbawm, Rebeldes primitivos, p. 9; Rudé, The Crowd in the French Revolu-


tion, pp. 178 y ss.

21
CONFLICTO. DOMINAClÓN Y VIOLENCIA

estudiar “lo que los sociólogos han denominado la ‘turba agresiva’


o el ‘estallido hostil’, es decir, a actividades tales como las huelgas,
revueltas, rebeliones, insurrecciones y revoluciones”.6
Las revueltas rurales francesas del siglo xvm, motivadas por lo
que Ernest Labrousse caracterizó como crisis de subsistencias, en
absoluto pretendían derrocar al gobiemo o romper con el orden es-
tablecido, simplemente buscaban evitar el hambre. Además de este
imperativo, en las ciudades inglesas la muchedumbre protestaba con-
tra el empleo de mano de obra irlandesa, por la libertad de algunos
disidentes o por derogar ciertas leyes que consideraba arbitrarias. La
revolución de 1789 activo’ la movilización de artesanos, quienes re-
clamaban mejores jomales y acabaron perdiendo el derecho de aso-
ciación con la Ley Le Chapelier (1791), la de las clases populares que
pretendían detener la escalada de los precios de los consumos bási-
cos y practicaban la democracia directa, y las revueltas reaccionarias
“por la Iglesia y por el rey” (la Vendée), sofocadas por el gobiemo
de la Convención Nacional. Y en Gran Bretaña, el siglo XIX conoció
la eficacia de la acción directa —con el conveniente refuerzo de las
cartas amenazantes dirigidas a los propietarios y a la autoridad- a
través del ludismo, el capitán Swing y las hijas de Rebeca, reacias
éstas últimas a pagar impuestos injustos:

Rebeca (según nos lo recuerdan sus historiadores) era estric-


tamente saba’tica: nunca trabajó en domingo y hasta llegó a
evitar cuidadosamente las sesiones nocturnas de los sábados
o matutinas de los lunes. Rebeca era también notablemente
selectiva: solo se ocupaba de las barreras consideradas “injus-
tas”, particularmente aquellas que obstruían las rutas laterales
y que —debído a su proliferación- elevaban excesivamente el
costo del transporte de cal.7

Además de las motivaciones inmediatas de los actores sociales (ham-


bre, disputa por el trabajo, derechos atropellados, etcétera) y de la or-

6 Rude', La multitud en la historia, p. 12.


7 lbídem, p. 165.

22
i. HISTORIOGRAFÍA DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES

ganización que se daban (compagnonnages, células, etcétera), Rude'


consideraba fundamentales las formas bajo las cuales racionalizaban
su condición social. Para esto recurrió al concepto de ideología que,
de acuerdo con el historiador noruego, comprende dos planos sobre-
puestos: por una parte, las idas espontáneas que surgen de la expe-
riencia cotidiana (una noción básica de los derechos, la justicia o de
lo que es correcto); por otra, las ideas derivadas provenientes de los
discursos políticos estructurados (liberal, conservador, socialista).
La síntesis de ambas correspondía a los intelectuales, en el sentido
gragmsciano del término.8
Hobsbawm y Rude' publicaron, en 1969, el clásico acerca de la
gran revuelta de los jomaleros ingleses para enfrentar la mecaniza-
ción del campo. Tras analizar la anatomía de la rebelión de 1830, los
episodios centrales y seguir paso a paso el destino de los insurrectos
deportados a Australia, los historiadores encontraron que, no obstan-
te la violencia, “los ataques estaban dirigidos contra la propiedad, no
contra la vida de las personas”. Basada “en el consenso informal de
las clases bajas de la aldea”, la tenaz resistencia del capitán Swing
fue uno de los últimos diques colocados por “la sociedad tradicional
en contra de quienes pretendían destruirla”. Hacia 1870, el moderno
sindicalismo se haría cargo de las reivindicaciones de los trabaja-
dores agricolas. Con ello, la protesta espontánea y horizontal de los
subalternos, apolítica y frecuentemente anónima, que eventualmente
recurría a la acción directa para presionar a las clases dominantes, fue
despeja’ndole el terreno al movimiento obrero: organizado, provisto
de liderazgos visibles y de una ideología estructurada; disciplinado,
con reivindicaciones políticas expresas, utilizando la huelga como
instrumento de negociación.9

8 Rudé, Ideología y conciencia de clase, pp. 34 y ss.


9 Hobsbawm y Rudé, Revolución industrial y revuelta agraria, pp. 316, 320, 323;
Rudé, Revuelta popular y conciencia de clase, pp. 162, 202-203; Rudé, La mul-
titud en la historia, pp. 260, 265. Se cita el primero. Para contextualizar la re-
vuelta del capitán Swing dentro del fenómeno más extendido de la destrucción
de máquinas que abarca dos siglos, véase Hobsawm, Trabajadores, pp. 16-35.

23
CONFLICTO. DOMlNACIÓN Y VIOLENCIA

Fuera del ámbito anglosajón, el historiador francés Georges Le-


febvre, en El gran pánico de 1789 (1932), estudió las expectativas,
actitudes y conducta campesina ante la revolución. Albert Soboul, su
discípulo más avanzado, dice que aquél cambió la perspectiva con
la que se había abordado el fenómeno revolucionario, justamente al
mirarlo “desde abajo”. Y, por su parte, desplazó el interés del mun-
do rural hacia la ciudad y realizó una compleja caracterización del
movimiento popular del Año n, el de los sans-culottes, que reunía
artesanos, desempleados, pequeños propietarios y a la gente menuda
que defendió el control de los precios y practicó la democracia di-
recta en 1793.lo
No podemos terminar este breve recorrido por los estudios acer-
ca de la multitud preindustrial, sin mencionar El mundo trastornado
(1972), formidable volumen de Christopher Hill, acerca de las sectas
igualitaristas y radicales (díggers, ranters, levellers, entre otras) que
pusieron en vilo a la monarquía británica durante la Revolución glo-
riosa. Precedida por la Conspiración de la pólvora (1605), de Guy
Fowkes, la emblemática máscara que cubre a los rebeldes posmo-
demos, y con proyecciones hacia el movimiento ludita del siglo XIX,
aquella alternativa popular a la cultura aristocra’tica dominante, sin
duda habría puesto al mundo de cabeza:

Hubo, sin embargo, otra revolución que nunca estalló, a pesar


de que de vez en cuando amenazara con producirse. Esta re-
volución pudo haber establecido la propiedad comunal y una
democracia mucho mayor en las instituciones políticas y lega-
les; pudo haber acabado con la Iglesia estatal y arrinconado a
la ética protestante.ll

La exploración de algunas de estas “vías muertas” de la historia, fije


objeto de la obra del ma’s importante historiador social del siglo pa-
sado: E. P. Thompson.

m Soboul, La Rem/zm‘ón francesa, ¡987, p. 30, énfasis propio; Soboul, La Revo-


luciu'njium'esa, 1985, p. 87.
H Hill, El mundo Imvlornadn, p. 4.

24
Í. HISTORIOGRAFÍA DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES

La distinción entre los movimientos sociales arcaicos y modernos,


preíndustriales e industriales, prepolíticos y políticos, de acuerdo con
los criterios de clasificación de los historiadores, fue uno de los blan-
cos de la crítica del influyente libro de Thompson sobre la formación
de la clase obrera inglesa12 y también de sus subsecuentes estudios
acerca de la multitud, ya que para el historiador oxoniense aquella
clase emana de esta multitud, pues las formas de conciencia plebeya
fueron uno de los sustratos sobre los cuales se asentaron las tradicio-
nes obreras.
En los 60, Thompson y Perry Anderson debatieron acerca de la
crisis de la sociedad inglesa de la e'poca y las causas históricas que
la provocaron, conduciéndolos a preguntarse porqué Inglaterra no
experimentó una revolución como la francesa y la consecuencia que
esto tuvo para el ulterior desarrollo de una cultura política conserva-
dora en la isla. A grandes rasgos, Anderson argumentó que la aristo-
cracia terrateniente se transformó progresivamente en una burguesía
agraria (de allí el gen conservador del que nunca se desprendió), en
tanto que Thompson sostuvo que el desarrollo de la gentry fue relati-
vamente independiente y contradictorio, además de que era erróneo
asumir que existía un tipo ideal de revolución burguesa (la francesa),
al lado de un cúmulo de experiencias históricas imperfectas o degra-
dadas, donde el primero Vio una clase obrera sumisa, el otro destacó
la complejidad de su cultura y su potencial conflictivo como mostró
el ludismo.l3

12 Algunos comentarios de E.P. Thompson a los estudios de Rudé sobre la multitud


preíndustrial están en Thompson, La formación de la clase obrera en Ingla-
terra, I, pp. 62-64. Aque’l, por su parte, lamentó no haberse podido referir de
manera más detallada a la obra de Thompson, pues estaba prácticamente en
la imprenta La multitud en la historia (publicada en 1964), cuando apareció el
libro del historiador oxoniense en 1963. Rudé, La multitud en la historia, pp. 8,
228. Hay un diálogo constante de Rudé con la obra de Thompson en Revuelta
popular y conciencia de clase (publicada en Londres en 1980), pp. 37, 41, 45,
12], 182-183, 187, 191, 195-196.
¡3 Anderson, La cultura represiva, p. 41; Thompson, Las particularidades de lo
inglés y otros ensayos, pp. 76 y ss.

25
CONFLICTO. DOMINACIÓN Y VIOLENCIA

Para comprender esto, en la década de los 70 Thompson se aden-


tro’ en el conflicto entre patricios y plebeyos durante el siglo xvm, de
donde surgieron las clases sociales modernas. La aristocracia agraria,
triunfante en la revolución de- 1688, consolidó una hegemonía polí-
tica y cultural sobre el conjunto de la sociedad, la cual intermiten-
temente era confrontada por los grupos subalternos; esto iba desde
las disputas cuando subían de precio los alimentos, que oponían a la
“economía moral de la multitud”, con el libre mercado de la econo-
mia política, hasta la caza furtiva que desafiaba el derecho de propie-
dad de los terratenientes rurales. Representaciones burlonas de éstos,
la reproducción de rituales considerados bárbaros o por lo menos de
mal gusto por los grupos dominantes, y pequeños actos de rebeldía
cotidiana, conformaban el repertorio de acciones a disposición de los
dominados. La multitud dieciochesca era rebelde e irreverente, “pero
su rebeldía es en defensa de la costumbre”.14
La polarización de estos dos bloques sociales ocurrió en parale-
lo a la Revolución industrial que, con “la consiguiente revolución
demográfica fueron el trasfondo de la mayor transformación de la
historia, al revolucionar las ‘necesidades’ y al destruir la autoridad de
las expectativas consuetudinarias”. De esta forma, las experiencias
de la maquinización, la disciplina laboral y el trabajo asalariado, se
inscribieron en esta lógica del conflicto cultural preexistente en el
seno de la sociedad patemalista. Sumado a esto, tanto la organización
que introdujo el metodismo dentro de su feligresía, como la difusión
de las ideas de Thomas Paine entre el artesanado y los pequeños pro-
pietarios, que reforzaban la convicción de que el inglés era “libre de
nacimiento” (la fusión de las ideas espontáneas con las ideologías
elaboradas que vimos en Rude’), se completa el cuadro del surgimien-
to de la clase obrera. De esta manera, “desde 1830 hacia adelante,
maduró una conciencia de clase”,15 permitiendo a la población obrera
constituirse como un sujeto autónomo y reclamar sus derechos políti-
cos en el movimiento cartista.

¡4 Thompson, Costumbres en común, p. 22.


¡5 [bie/em, p. 27; Thompson, Laformación de la clase obrera en Inglaterra, l, p. 314.

26
1. HISTORIOGRAFÍA DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES

Thompson concibió a la clase como una formación histórica y no


un simple agente de la estructura económico-social, como pensaban
algunos sociólogos contemporáneos, presas de “una preocupación
obsesiva por la metodologia”. El historiador oxoniense puso en juego
tres categorías interrelacionadas: clase, experiencia y conciencia. La
clase implica intereses comunes conformados a través de la experien-
cia diaria. Dichos intereses no surgen arbitrariamente, ya que están
vinculados con las relaciones productivas en donde los individuos
están inscritos, esto es, tienen como fundamento una materialidad
social y se objetivan por medio de la experiencia, la cual transforma
a conglomerados humanos particulares en clases sociales. Desde esta
perspectiva, la clase existe a través de su propia experiencia. Por esa
razón, Anthony Giddens reconoció en el autor de La formación de
la clase obrera en Inglaterra, la enorme importancia otorgada “a la
capacidad de los agentes humanos para moldear una y otra vez las
condiciones de su existencia”. Y Tarrow vio la tentativa de “sustituir
el productivismo marxista de sus antecesores por un enfoque de clase
como autocreación”.16
Desde el “giro lingüístico”, el estadounidense William H. Sewell
estudió el discurso corporativo del artesanado francés y la emergen-
cia del discurso asociativo durante la Revolución de Julio, en la cual
se hizo explícita la conciencia de clase trabajadora (más o menos en
el mismo periodo considerado por Thompson para el caso inglés).17
Entre tanto, el británico Gareth Stedman Jones mostró la dificultad de
concebir el lenguaje como un mero vector de la conciencia y no como
un problema epistemológico en sí mismo, asi como la insuficiencia
de la teoria politica marxista, no obstante la recuperación de las cate-
gorías gramscianas por parte de Hobsbawm, Rudé y Thompson.
Mientras en Outcast London (1971) abordó el conflicto social en
la época victoriana, en Lenguajes de clase (1983) Stedman Jones

¡6 Thompson, La formación de la clase obrera en Inglaterra, p. xv; Giddens,


“Fuera del mecanieismo”, p. 154; Tarrow, El poder en movimiento, p. 61. En-
fasis propio.
¡7 Sewell, JL, Trabajo y revolución en Francia, p. 382.

27
CONFLICTO, DOMINACIÓN Y VIOLENCIA

revisó sus propias tesis, sobre todo después de reconsiderar el car-


tismo, además de refutar las concepciones esencialistas de las clases
sociales (Rude', Hobsbawm y Thompson) en las que el “ser social”
es a la vez su elemento constitutivo y la sustancia de su materiali-
dad objetiva, para desplazar el análisis hacia los lenguajes políticos
(como hizo dentro de la historia intelectual la Escuela de Cambrid-
ge), através de los cuales aquéllas se identifican como tales. En esa
medida, no es posible “descifrar el lenguaje político para conseguir
una expresión primigenia y material del interés, ya que es la estruc-
tura discursiva del lenguaje político la que concibe y define el interés
en primera instancia”.18

LA CONTRIBUCIÓN DE LA SOCIOLOGÍA
HISTÓRICA

Braudel, Hobsbawm, Rude' y Thompson fueron referencia significa-


tiva para Tilly, quien no dudó en admitir su deuda intelectual pero,
al mismo tiempo, marcó distancia con la visión progresiva de los
movimientos sociales (el paso de formas inferiores a superiores de
lucha), atribuye'ndoles a Hobsbawm y Rude' el error metodológico
de confundir las formas de acción colectiva conilas ocasiones en que
éstas ocurren. Con el tiempo, tampoco le vería utilidad a la distinción
entre movimientos arcaicos y modernos, ni compartiría el implícito
de que el avance de “la conciencia y la organización revolucionarias
a la larga borrarían cualquier protesta espontánea e inútil”.'9 De he-
cho, en el sociólogo estadounidense hay un desplazamiento del análi-
sis desde los conceptos fuertes del marxismo (estructura económica,
ideologia, conciencia) y la constitución de sujetos sociales (clases)
hacia los componentes básicos de toda acción colectiva concertada,

¡8 Stedman Jones, Lenguajes de clase, p. 2] .


l 9 Tarrow, « ' - T- a - - r I -
[2/ ¡mc/er en mawmlemo, p. 53; ¡lly, La (llSCl'lSlOfl politica y los pobres
en América Latina, siglos xvm y Xix”, p. 289. Se cita éste,

28
I. HISTORIOGRAFÍA DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES

la forma en las que se combinan, la movilización de los recursos, la


estructura de oportunidades políticas y las restricciones externas, esto
es, todo lo que conforma la política contenciosa.
Tilly y Wood fecharon el origen de los movimientos sociales en
la segunda mitad del siglo xvm, cuando confluyeron tres elemen-
tos preexistentes los cuales, a partir de entonces, se combinaron de
manera variada dando lugar a una amplia gama de movimientos: la
interpelación a la autoridad presentando reivindicaciones colectivas
de orden programa'tico, identitario o de posición (campaña); el em-
pleo de formas diversas de acción política (repertorio), el cual in-
corpora no solo lo que la gente hace sino lo que es capaz de hacer;
manifestaciones públicas y concertadas de valor, unidad, num’ero y
compromiso de los actores y su entorno (demostraciones de WUNC).20
Apoya’ndose en Rudé, Tilly y Wood destacaron que las movili-
zaciones londinenses a fin de llevar a John Wilkies al parlamento
en 1768, con repercusión incluso en Carolina del Sur, siendo en-
tonces la ciudadanía privilegio de un segmento muy estrecho de la
población, presentaron una novedad de consideración, ya que una
campaña electoral se transformó “en una ocasión para hacer gala de
la solidaridad y la determinación del pueblo”. No obstante, fue hasta
después de las guerras napoleónicas cuando la política britan'ica ins-
titucionalizó los movimientos sociales. Tilly y Wood registraron los
cambios que para los movimientos sociales trajo la vuelta de siglo: el
repertorio “fue distancia'ndose cada vez más de las fórmulas emplea-
das en el pasado para mostrar apoyo o rechazo como los incendios
provocados, las caceroladas, las serenatas o los saqueos de casas”,
de manera tal que se extendieron las “reuniones públicas, peticiones,
declaraciones públicas, manifestaciones y símbolos compartidos de
pertenencia a un grupo”.21
El derecho de asociación, ganado por la clase obrera tras cruentas
luchas, fue factor esencial para cohesionar los movimientos sociales,

20 Tilly y Wood, Los movimientos sociales, 1768-2008, p. 22; Tarrow, El poder en


movimiento, p. 84.
2] Tilly y Wood, Los movimientos sociales, 1768-2008, pp. 48, 73, 81.

29
CONFLICTO, DOMINACIÓN Y VIOLENCIA

reforzar sus elementos identitarios, crear coaliciones y redes (incluso


intemacionales, pensemos en la Asociación lntemacional de Traba-
jadores), así como canalizar de manera organizada y eficaz las de-
mandas colectivas hacia el poder público, al grado de alcanzar cierta
interlocución. Tilly y Wood no pasaron por alto el surgimiento del
movimiento obrero y, el capítulo que dedican al siglo antepasado,
comienza con la manifestación pública de los canuts (tejedores de
seda) lioneses los cuales, entonando La Marsellesa, partieron el 25
de febrero de 1848 del barrio de la Croix-Rousse, donde tenían sus
talleres, hasta llegar al ayuntamiento. Una campaña bien organizada,
a la que se sumaron un repertorio variado de acciones y demostra-
ciones convincentes de valor, unidad, número y compromiso, dieron
coherencia al reclamo de proclamar la república.22 Lo mismo harían
los cartistas ingleses para tratar de conseguir el sufragio universal
masculino, reduciendo o anulando los requisitos censitarios que úni-
camente favorecían a las clases propietarias.
Estos ejemplos nos conducen al tema de la política popular —rasgo
de los movimientos sociales modernos de acuerdo con Hobsbawm
y Rude'— y al vínculo entre la movilización social y el proceso de
democratización, de gran interés para Tilly y Wood. La conclusión
a la que arribaron los sociólogos anglosajones tras analizar mucha
de la evidencia empírica disponible, indica por un lado, que no existe
una conexión necesaria entre los movimientos sociales y la democra-
cia; del otro lado, sugiere que los movimientos sociales normalmente
llegan después de la democratización cuando e'sta no ocurre, tal es el
caso de los regímenes autoritarios, aquéllos menguan.23
El recorrido por el siglo XX salta las revoluciones a las que Tilly
dedicó un volumen redactado poco después del colapso de la Unión
Soviética,24 detenie’ndose en los movimientos juveniles de la década

22 lbz'dem, pp. 87-93. No obstante su sugerente exposición, se echa en falta el clá-


sico estudio de Bezucha, Modern Europen social history, pp. 93-123.
23 Esta tesis se desarrolla más ampliamente en Tilly, Democracia, pp. 148-155.
24 Tilly, Las revoluciones europeas, 1492-1992, caps. 6, 7, aborda las revoluciones
en Europa del Este.

30
1. HISTORIOGRAFÍA DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES

de los 60. Estos “nuevos movimientos sociales” comenzaron como


un cuestionamiento de la sociedad postindustrial y de un mundo go-
bernado por los adultos mayores25 —o del autoritarismo si pensamos
en Me’xico—, incorporando pronto reivindicaciones tan diversas como
las del feminismo, los derechos de los homosexuales, la protección
del medio ambiente, los derechos de los pueblos indígenas y la des-
penalización de las drogas. Entre tanto, en Europa del Este, se con-
vocó a ejercer la soberanía popular. Nunca antes los movimientos
sociales abarcaron tal porción del globo, ni tampoco habían sido tan
homogéneos, sin restar importancia a la diversidad local, compagi-
nando bien la singularidad con los patrones generales, lo cual nos
regresa a la pregunta capital planteada por Wood en el prefacio a la
segunda edición de la obra: “¿por que’ los movimientos sociales son
tan parecidos en todo el mundo y cómo y por qué se han convertido
estos movimientos en una de las principales plataformas de acción
política en todo el planeta?”26
La pregunta nos introduce también en el siglo XXI y en el proceso
de intemacionalizacio’n de los movimientos sociales. Ya en el siglo
XIX los flujos migratorios habían impulsado esta tendencia, tanto del
movimiento obrero como de otros movimientos sociales (el anarquis-
mo en América del Sur o el supremacismo en EUA, son dos casos
destacados), pero sin duda un siglo más adelante fue cuando aquélla
cobró mayor importancia, auxiliada por el consumo masivo de las
nuevas tecnologías que “permitieron establecer una relación mucho
más sólida entre los agentes del movimiento social y el resto de los
usuarios de esas mismas tecnologías, y distanciarlos de quienes no
las empleaban”. Pero, contra las apariencias, la disposición de las
comunicaciones de última generación incrementó en lugar de reducir
las brechas en los distintos rincones del globo. Ahora es mayor la
distancia que separa al Primer del Tercer Mundo, y “la mayoría de

25 Hobsbawm, Historia del siglo XX, p. 327. “A finales de la década de los 60, la
brecha cultural que separaba a los jóvenes de sus padres quizá era mayor que en
cualquier otro momento desde los comienzos del siglo XIX”. Judt, Algo va mal,
p. 89.
26 Tilly y Wood, Los movimientos sociales, 1768-2008, p. 13.

31
CONFLICTO, DOMINACIÓN Y VIOLENCIA

los pueblos del mundo siguen sin tener acceso a los movimientos
sociales como herramientas para expresar sus reivindicaciones po-
pulares”.27
Tilly y Wood consideran la hipótesis de que en el futuro des-
aparezcan los movimientos sociales o se transformen en una forma
politica radicalmente distinta, aunque esto no sea sino una manera
diferente de plantear las mismas reivindicaciones sociales. Y esta es
justamente la tesis de Alain Touraine, quien considera que no única-
mente estamos entrando a una era postsocial, sino que la naturaleza
de las demandas está también cambiando, pues “la crisis actual tes-
timonia la desaparición de los actores de la sociedad industrial”. La
crisis de la economía global no solo arrojó a la precariedad, el des-
empleo o la pobreza a millones de ciudadanos, sino que destruyó a la
sociedad capitalista que hasta entonces habíamos conocido, dado que
los actores sociales fueron prácticamente borrados al consumarse la
escisión entre el sistema y éstos, y los subalternos ya no son capaces
de conformar una fuerza unitaria que resista al capitalismo desregu-
lado; la economía se autonomizó en la medida en que no hay ningun’
poder controlado socialmente que la gobieme por lo que, en adelan-
te, el conflicto (y la posible reconfiguración de la vida comunitaria),
será entre la economía financiera —que engulló a la economía real- y
los sujetos morales, soberanos y portadores de derechos universales,
unidos por lazos de solidaridad basados “en el reconocimiento de los
otros, ya que todos tenemos los mismos derechos fundamentales”.
Para el sociólogo francés, la desaparición de lo social “deja a la lógi-
ca del cálculo cara a cara con la lógica de la conciencia”.28
En tanto que Touraine considera que dentro de la “situación postso-
cial” la lucha de clases no es más la fuente principal del conflicto y
la articuladora de las demandas colectivas, desde la perspectiva de

27 I es ' ' r - ,3 a. - T ' ss


lbzdem, pp. 205, 234. En la srtuac10n postsocral , senala Alain ourame, los
principales conflictos ya no se dan al interior de un sistema de producción, sino
que oponen a la economía globalizada la defensa de los derechos que son es-
trictamente humanos, y no solo sociales”. Touraine, Después dela crisis, p. 39.
28 Tilly y Wood, Los movimientos sociales, 1768-2008, pp. 294-295; Touraine,
Después de la crisis, pp. 159, 153, 64. Enfasis propio.

32
I. HISTORIOGRAFÍA DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES

Tarrow esto nunca fue así, dado que encuentra en los Estados y el
capitalismo “los principales orígenes y objetivos de la acción colec-
tiva”.29 Esto se aprecia en las respuestas sociales contra las cargas
fiscales, las luchas por la extensión del sufragio hacia los subalternos
y la creación de una policía profesional para contener los disturbios
populares, como ocurrió en Inglaterra después de la masacre de Pe-
terloo (Manchester, 1819) o en los EUA para garantizar el funciona-
miento del mercado libre, de acuerdo con los estudios pioneros de
David Montgomery.30
Para Tarrow, los movimientos sociales surgen a la par que el Es-
tado moderno y son secuencias de acción política basadas en redes
sociales intemas y compactas, acompañadas de “marcos de acción
colectiva” con capacidad para desafiar a oponentes poderosos, trátese
de otras coaliciones políticas, clases o el Estado mismo. Y esta acción
colectiva deviene en contenciosa, cuando la emplean grupos que no
tienen un acceso regular a las instituciones, siendo una expresión de
la política popular que, a juicio del sociólogo estadounidense, está
imbricada siempre con la política formal practicada por las élites. Ya
consolidados los Estados se institucionalizaron algunas de las formas
de la protesta popular, obligando a los gobiemos a aceptar “la legi-
timidad de algunas formas de acción colectiva a las que se habían
opuesto anteriormente, mientras reprimían otras”.3'
Tarrrow utiliza el concepto de “ciclos de acción colectiva” cuando
ésta se extiende a la sociedad entera y puede diseminarse en espacios
geográficos distintos aunque frecuentemente contiguos. El primero
de la época moderna corresponde a las revoluciones de 1848 —que
incluso tuvo repercusiones en América Latina al alentar el desarrollo
del primer socialismo-32 y el más reciente, la Primavera Árabe. Los
movimientos estudiantiles de 1968 o las Revoluciones de Terciopelo

29 Touraine, Después de la crisis, p. 120; Tarrow, El poder en movimiento, p. 136.


30 Montgomery, El ciudadano trabajador, pp. 71, 88; Tarrow, El poder en movi-
miento, p. 162.
3] Tarrow, El poder en movimiento, pp. 33, 166.
32 lllades y Schelchkov, Mundos posibles, pp. 27 y ss.

33
CONFLICTO. DOMINACIÓN Y VIOLENCIA

de 1989-1991 destacan en el siglo xx. La tentación de emplear e]


singular y considerarlos como segmentos de un proceso único, sim-
plifica la diversidad y nubla las causas que los propiciaron, por lo que
el sociólogo estadounidense advierte sobre la pertinencia de descom-
poner “los distintos elementos que los forman: las innovaciones que
producen, las campañas y coaliciones, y los mecanismos de movili-
zación y desmovilización”.3’3
“Movimientos antisiste’micos” es el concepto empleado por Gio-
vanni Arrighi, Terence K. Hopkins e Immanuel Wallersteín para ana-
lizar los ciclos de acción colectiva. Con Tarrow, éstos reconocen la
centralidad estatal al plantear que “las estructuras reales de las clases
y de los grupos étnicos han dependido de la creación de los Estados
modernos”.34 Los teóricos estadounidenses de la “economía-mundo
capitalista” consideran que a partir de las revoluciones románticas de
1848, iniciaron los movimientos antisistémicos con ramificaciones
hasta la actualidad:

Los movimientos sociales de finales del siglo XIX se hallaban


enraizados en la intensificación de los procesos de centrali-
zación y de racionalización de las actividades económicas
capitalistas. Una gran variedad de grupos sociales (siervos y
campesinos, artesanos y profesionales de baja categoría, pe-
quen”os comerciantes y tenderos) que hasta entonces habían
logrado más o menos hacer frente a la extensión de la com-
petencia generada por el mercado, vieron rápidamente ame-
nazadas sus pautas de vida por la expansión y profundización
de la proletarización, ante lo cual reaccionaron con una gran
variedad de luchas.3’5

Teniendo como marco las únicas revoluciones mundiales ocurridas


al dia de hoy, 1848 y 1968 (cuya extensión fueron las Revoluciones

33 Tarrow, El poder en movimiento, p. 348.


34 Arrighi, Hopkins y Wallerstein, Movimientos antisistémicos, p. 24.
35 lbídem, p. 89.

34
1. HISTORIOGRAFÍA DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES

de Terciopelo de 1989), los movimientos sistémicos se desarrollaron


en tres direcciones: como la reivindicación de derechos, mejoras so-
ciales y participación política dentro del Estado (socialdemocracia,
en Occidente); como la toma del poder político en la periferia (co-
munismo, en el Este y en Asia); como guerras de liberación nacional
en los países atrasados (antiimperialismo, en el Tercer Mundo). Sin
embargo, el capitalismo de posguerra transformó la estructura de la
fuerza de trabajo haciendo crecer los segmentos de profesionales
asalariados, los empleados del sector servicios (con un importante
contingente femenino) y la fuerza de trabajo semicalificada o sin es-
pecialización (a la que se incorporaron los trabajadores migrantes).
Esta sería la base de los nuevos movimientos sociales de la década
de los 60: pacifista/ecologista/altemativo, feminista y de las mino-
rías étnicas. Consecuencias significativas de 1968, fueron “los cam-
bios que se produjeron en las relaciones de poder entre los grupos de
estatus (los grupos de edad, de género y las minorías ‘e’tnicas’)” que
probaron “ser más duraderos que los movimientos que hicieron que se
convirtiesen en objetos de atención mundial”.36

CONCLUSIÓN

Si bien los movimientos sociales fueron tematizados hacia mediados


del siglo XIX por el alemán Lorenz von Stein, autor de Historia del
movimiento socia/francés desde 1789 hasta la actualidad (1850), y
el escritor francés Jules Michelet con El pueblo (1846), no fue sino
lOO años después cuando aquéllos se incorporaron a la agenda de
la historiografía profesional, impulsados por el florecimiento de la
historia social británica y la historiografía francesa. La primera se
planteó explicar el surgimiento y desarrollo del movimiento obrero
moderno, en tanto que la otra se ocupó de la vertiente popular de la
Revolución de 1789.

36 //)/'(/.. p. 675.
CONFLlCTO, DOMlNACIÓN Y VIOLENCIA

La articulación entre economía y sociedad fue uno de los proble-


mas fundamentales abordados por los historiadores sociales, dado
que los desarrollos de la historia económica planteaban una visión
bastante optimista con respecto de la Revolución industrial al enfati-
zar el progreso material que provocó y obliterando los daños socia-
les que produjo. Friedrich A. Hayek, por ejemplo, intentó acabar con
“la leyenda de que la situación de las clases trabajadoras empeoró
a consecuencia de la implantación del ‘capitalismo’”. Y la respues-
ta la encontraría en los primeros estudios de Hobsbawm acerca de
los trabajadores y en el clásico de Thompson sobre el mismo tema,
donde el historiador oxoniense diagnosticó que “en algunas de las
causas perdidas de las personas de la Revolución industrial podemos
descubrir percepciones de males sociales que tenemos todavía que
sanar”.37
Aunque en Hobsbawm se observa ya un desplazamiento del movi-
miento obrero hacia la historia de la clase obrera, esto es, el paso de la
“vieja” a la “nueva” historia social, sería Thompson quien lo afirma-
ria. Con él, la clase obrera deja de ser un resultado lineal del proceso
económico (Revolución industrial) y adquiere un papel central en el
proceso de su conformación, la cual, además, está indisolublemente
ligada a la conciencia de sí misma, por lo que la clase existe cuando
se identifica y actúa como tal.
El nexo entre la conciencia de clase y la movilización social, se-
ñalamos, interesó mucho a Rude' y fue objeto de uno de sus libros en
donde trató acerca de la articulación entre las ideas espontáneas de
los actores sociales y las ideologías elaboradas por los intelectuales.
Pero, como Hobsbawm y Thompson, para el historiador noruego el
sujeto social continúa siendo la clase. Touraine reintrodujo el factor
de la consciencia, si bien disocíada de aquélla, es decir, concebida en
términos morales y, al mismo tiempo, como universalidad (no olvi-
demos que para Marx la clase obrera era la clase universal que unifi-
caría tras de sí a todos los oprimidos).

37 Hayek. “Historia y política”, p. 15; Hobsbawm, Trabajadores, caps. 5, 6, 7;


T hompson, /,a_/armacia'n de la clase obrera en Inglaterra, l, p. xvn.

36
1. HISTORIOGRAFÍA DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES

Mientras la vieja historia social se concentró en los elementos es-


tructurales (fundamentalmente económicos y tecnológicos) que ha-
cen posibles los movimientos sociales, así como en la formación de
las clases, observamos en Thompson la recuperación de la cultura en
sentido antropológico como dimensión del análisis social y, en Mont-
gomery, pero sobre todo en Stedman Jones, el replanteamiento de la
política, además de un interés en los lenguajes de clase que el autor
de Outcast London comparte con Sewell Jr.
No obstante los puntos de confluencia con la historia social, el en-
foque de la sociología histórica es diferente. Tilly y Tarrow, quienes
optaron por perspectivas temporales amplias, como en su momento
propuso Braudel para la disciplina histórica, toman en consideración
a las clases sociales y sus motivaciones, pero concitan mayormente
su atención los mecanismos que dispara la acción colectiva y hacen
que ésta ocurra en determinado tiempo y lugar. De esta manera, el
análisis estructural que explicita las condiciones de posibilidad para
que los acontecimientos sucedan —como plantean Arrighi, Hopkins
y Wallerstein—, gira en dirección de los factores específicos que ac-
tivan lo que Tilly llamó “política contenciosa”, destacando cómo se
combinan los elementos indispensables para que sea tal la movili-
zación social, los recursos disponibles, la estructura de oportunida-
des políticas y las restricciones externas (frecuentemente estatales).
Los movimientos sociales, concluyen Tilly y Wood, coadyuvan a
la democracia cuando amplían “el espectro de participantes en la
política pública”, los iguala “en términos de importancia”, evita que
las “desigualdades categoriales” se plasmen en la política pública e
incorporan a ésta “unas redes de confianza previamente segmenta-
das”.38

38 Tílly y Wood, Los movimientos sociales, 1768-2008, p. 276.

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