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Valores o virtudes

EMILIO J. MARTÍNEZ GONZÁLEZ


Roma

INTRODUCCIÓN

“Por lo demás, hermanos, todo cuanto hay de verdadero, de noble


de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud o
elogiable1, tenedlo en aprecio” (Flp 4, 8).
La pedagogía y la filosofía cristianas, deudoras de la ética aristoté-
lica, han hecho de la enseñanza y práctica de la virtud la esencia del
proceso educativo2. Aunque el término virtud sólo aparece tres veces
en el Nuevo Testamento (1 Pe 2, 9 y 2 Pe 1, 5, junto a la cita de Fili-
penses arriba anotada)3, éste, con diversos contenidos, fue incorporado
al discurso de los Padres griegos, asumido por Agustín4, Ambrosio y
Gregorio, definido en las Sentencias de Pedro Lombardo como “una
buena cualidad de la mente, por la cual se vive rectamente, de la que
nadie usa mal, que Dios obra en nosotros sin nosotros”5 y explicado

1
ε τις ρετ κα ε τις παινος, en el original griego.
2
Por “proceso educativo” entiendo aquí no sólo la transmisión de unos
contenidos de orden moral, sino el camino a través del cual dichos contenidos
son asumidos e interiorizados por el individuo (cf. C. A. TREPAT, ¿Educar sin
instruir?: Cuadernos Cristianisme i Justícia 146, 5-7, para una aclaración de
términos).
3
Cf. TOMÁŠ ŠPIDLÍK, La espiritualidad del Oriente cristiano, Monte Car-
melo, Burgos 2004, 343-344.
4
Quien da esta definición: “Virtud es lo que hace bueno al que la posee y
buena la obra que realiza” (tomamos la cita de: D. MONGILLO, Virtud, en F.
COMPAGNONI – G. PIANA – S. PRIVITERA – M. VIDAL, Nuevo Diccionario de
Teología Moral, Madrid 22001, 1867).
5
Ib.

REVISTA DE ESPIRITUALIDAD 69 (2010), 515-544


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profusamente por Tomás de Aquino6.


Con la ilustración, el tema de las virtudes entró en crisis. P. Valéry
afirmó en 1934: “La palabra virtud ha muerto, o al menos está mu-
riendo”7 y Lalande en 1971: “Las palabras virtud y virtuoso tienden,
según parece, a desaparecer del lenguaje moral contemporáneo. Se las
usa sólo en las expresiones consagradas o bien se añade una fórmula
que recuerda esta semifalta de costumbre”8. “La ausencia de la voz
virtud en muchos diccionarios teológicos y el papel del todo secunda-
rio que se le reserva en diversas obras contemporáneas de teología
moral confirman estas valoraciones”9.
Es en este contexto en el que, en el ámbito de la pedagogía, gana
terreno el discurso sobre la educación en valores, no siempre entendi-
da como opuesta a la educación en la virtud o en las virtudes, pero sí,
al menos muchas veces, comprendida como superación de un modelo
obsoleto10.
Partiendo de la base de que la educación no es sólo transmisión de
conocimientos, aparentemente superado el concepto de virtud como
base de la formación moral, se constituía aquella como enseñanza de
valores con la pretensión de insertarlos en la vivencia social.
Educar en valores era -y es todavía ahora- el objetivo de la educa-
ción moral de las nuevas generaciones, con la pretensión de generar
buenas personas, instruidas en el conocimiento y la vivencia de con-
tenidos morales fundados en los principios de ciudadanía, convivencia
cívica, derechos humanos, etc.
El fin del siglo trajo, sin embargo, un renacimiento de la virtud.
Proverbiales, en este sentido, son los trabajos de teología moral publi-

6
En el Catecismo de la Iglesia Católica, art. 1803-1844, encontramos un
resumen didáctico de la teoría católica de la virtud.
7
“«La palabra virtud no se encuentra ya sino en el catecismo, los chistes,
la Academia y las operetas». Así se expresaba irónicamente el poeta y ensa-
yista francés Paul Valéry en el cuarto de los cinco volúmenes de ensayos re-
cogidos entre 1924 y 1944 bajo el título Varietès” (G. RAVASI, Ritorno alle
virtù. La riscoperta di uno stile di vita, Mondadori, Milán 2005, 11).
8
Ambas citas en D. MONGILLO, Virtud…, 1868.
9
Ib.
10
Cf. J. M. FERNÁNDEZ SORIA, Educar en valores. Formar ciudadanos.
Vieja y nueva educación, Biblioteca Nueva S.L., Madrid 2007.
VALORES O VIRTUDES 517

cados por Alasdair MacIntyre11, para quien la moral debe recuperar su


dimensión comunitaria, pues no podrá ser tal sometida a la tiranía del
subjetivismo y del individualismo12.
Para MacIntyre, la secularización de la moral iniciada con la Ilus-
tración ha conducido a un empobrecimiento de la misma, que no ha
supuesto la ansiada autonomía, sino que la ha privado de valores, de
ideales y de contenidos. Se han perdido puntos de referencia y las ins-
tituciones han quedado deslegitimadas.
Entonces, según el autor escocés, sería necesario retornar a la tra-
dición ética aristotélica basada en la virtud como fundamento último
de las leyes y las relaciones humanas. Sólo en ella encuentran una ba-
se sólida los valores y devienen comunes, sólidos y auténticos. MacIn-
tyre añade que es la tradición moral católica la única capaz de ofrecer
una superación real del relativismo de los valores, convirtiéndose en
una indudable referencia para retomar las raíces de la filosofía moral,
basada en la virtud13.
Se abre así, un debate al inicio de nuestro siglo, que trata de dilu-
cidar el fundamento de un campo tan decisivo como la educación mo-
ral: ¿virtudes o valores?

LA VIRTUD EN LA HISTORIA

La época clásica

Profundizando un poco en el apunte histórico presentado más arri-


ba14, encontramos en la filosofía griega los primeros usos de la palabra

11
Sobre todo dos: After virtue, University of Notre Dame Press, Notre
Dame 1981 (Tras la virtud, Crítica, Barcelona 22004) y Dependent Rational
Animals: Why Human Beings Need the Virtues, Open Court, Chicago 1999
(Animales racionales y dependientes: por qué los seres humanos necesitamos
las virtudes, Ediciones Paidós Ibérica, Barcelona 2001)
12
Cf. G. ABBÀ, Felicidad, vida buena y virtud. Ensayo de Filosofía moral,
EIUNSA, Barcelona 1992, 98-115.
13
Cf. G. RAVASI, Ritorno alle virtù..., 32-33; L. MELINA, Participar en las
virtudes de Cristo, Cristiandad, Madrid 2004, 58-61.
14
Cf. D. MONGILLO, Virtud…, 1866-1869; G. RAVASI, Ritorno alle
virtù..., 11-17.
518 EMILIO J. MARTÍNEZ GONZÁLEZ

virtud (areté) relacionados siempre con el comportamiento recto, sobre


todo –pero no sólo- en el ámbito militar, y como bien al que hay que
tender15.
Será Platón quien use primero el significado que luego se hará pre-
ferente, “de prerrogativa del espíritu humano”16, presentando además
un elenco y comentario en el diálogo La República de las famosas
cuatro virtudes cardinales, que encontramos también en el libro de la
Sabiduría: “Si alguien ama la justicia, las virtudes son su especialidad,
pues ella enseña templanza y prudencia, justicia y fortaleza; para el ser
humano no hay en la vida nada más provechoso” (Sab 8, 7).
Pero el tratado más amplio sobre la virtud es el que Aristóteles
presenta en su Ética a Nicómaco, particularmente en los Libros II al
VII. Así, al comienzo del Capítulo VI del Libro II, encontramos: “Se
ha de confesar ser verdad, que toda virtud (areté) hace que aquello cu-
ya virtud es, si bien dispuesto está, se perfeccione y haga bien su pro-
prio oficio. Como la virtud del ojo perfecciona el ojo y su oficio, por-
que con la virtud del ojo vemos bien, de la misma manera la virtud del
caballo hace al caballo bueno y apto para correr y llevar encima al ca-
ballero y aguardar a los enemigos. Y si esto en todas las cosas es así,
la virtud del hombre será hábito que hace al hombre bueno y con el
cual hace el hombre su oficio bien y perfectamente”.
Así, “la areté es una forma específica de exĕs, habitus17: la pro-

15
Cf. TOMÁŠ ŠPIDLÍK, La espiritualidad…, 343.
16
D. MONGILLO, Virtud…, 1866.
17
“Después de esto tenemos que considerar qué es la virtud. Puesto que
las cosas que pasan en el alma son de tres clases, pasiones, facultades y hábi-
tos, la virtud tiene que pertenecer a una de ellas. Entiendo por pasiones ape-
tencia, ira, miedo, atrevimiento, envidia, alegría, amor, odio, deseo, celos,
compasión, y, en general los afectos que van acompañados de placer o dolor.
Por facultades aquéllas en virtud de las cuales se dice que nos afectan esas pa-
siones, por ejemplo, aquello por lo que somos capaces de airarnos o entriste-
cernos o compadecernos; y por hábitos aquello en virtud de lo cual nos com-
portamos bien o mal respecto de las pasiones, por ejemplo, respecto de la ira
nos comportamos mal si nuestra actitud es desmesurada o lacia, y bien si
obramos con mesura; y lo mismo con las demás. Por tanto, no son pasiones ni
las virtudes ni los vicios, porque no se nos llama buenos o malos por nuestras
pasiones, pero sí por nuestras virtudes y vicios; ni se nos elogia o censura por
nuestras pasiones (pues no se elogia al que tiene miedo ni al que se encoleriza,
ni se censura al que se encoleriza sin más, sino al que lo hace de cierta mane-
ra), pero sí se nos elogia y censura por nuestras virtudes y vicios. Además sen-
VALORES O VIRTUDES 519

pensión pronta y estable a obrar es el habitus del justo medio”18:


“Asimismo en las acciones o ejercicios hay exceso y defecto, y tam-
bién su punto medio; y la virtud se ejercita en las acciones y afectos,
en las cuales el exceso y el defecto yerran, mientras que el término
medio es elogiado y acierta, -y ambas cosas son propias de la virtud.
Por tanto, la virtud es un cierto término medio, puesto que apunta al
medio [...]. Es, por tanto, la virtud un hábito selectivo que consiste en
un término medio relativo a nosotros, determinado por la razón y por
aquella por la cual decidiría el hombre prudente. El término medio lo
es entre dos vicios. Uno por exceso y otro por defecto, y también por
no alcanzar en un caso y sobrepasar en otro el justo límite en las pa-
siones y acciones, mientras que la virtud encuentra y elige el camino
medio”19.
Para Aristóteles, por tanto, las virtudes son disposiciones o hábitos
“que, no obstante, deben ser cultivadas, educadas a fin de transformar-
se en guía para la acción libre y responsable del sujeto moral. La vir-
tud, por tanto, está ligada íntimamente a la libertad y tiene como luz
que la alumbra la sabiduría racional. Por ello es necesario ejercitarla
tanto como lo es ser educado en ella (la paideía griega)”20.
Los latinos comprenderán la areté griega como virtus, asociando
así el concepto a la madurez y la fuerza, que capacitan al hombre al
cumplimiento de sus deberes como persona y como ciudadano: “La

timos ira o miedo sin nuestra elección, mientras que las virtudes, son en cierto
modo elecciones o no se dan sin elección. Además de esto, respecto de las pa-
siones se dice que nos mueven, de las virtudes y vicios no que nos mueven,
sino que nos dan cierta disposición. Por estas razones, tampoco son
facultades; en efecto, ni se nos llama buenos o malos por poder sentir las pa-
siones sin más, ni se nos elogia o censura; además, tenemos esa facultad por
naturaleza, pero no somos buenos o malos por naturaleza -de esto ya habla-
mos antes-. Por tanto, si las virtudes no son ni pasiones ni facultades sólo que-
da que sean hábitos. Con esto está dicho qué es la virtud genéricamente”
(ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco, Libro II, Capítulo I).
18
D. MONGILLO, Virtud…, 1866.
19
ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco, Libro II, Capítulo VI. “Los Padres
buscan fundar este principio en los textos de la Escritura y lo desarrollan
aprovechándose del Eclesiastés: un tiempo para cada cosa (3, 1ss). Y además
el camino estrecho del Evangelio (Mt 7, 13) es aquel que no se desvía a la iz-
quierda hacia la malicia ni a la derecha hacia una supuesta bondad” (TOMÁŠ
ŠPIDLÍK, La espiritualidad…, 344-345).
20
G. RAVASI, Ritorno alle virtù..., 16.
520 EMILIO J. MARTÍNEZ GONZÁLEZ

disposición social en la Roma republicana expresaba la idea de que los


primeros romanos habían alcanzado la gloria realizando actos de vir-
tus y así habían llegado a ser conocidos. Estos nobiles pasaban su glo-
ria a sus hijos y herederos que sentían que esta gloria heredada impo-
nía una suerte de deber sobre ellos para realizar los mismos grandes
actos que sus ancestros: había una cierta competencia para mantener el
alto nivel de virtus dejado por sus predecesores. Los actos de virtus
pertenecían a los romanos de una manera muy especial: «La virtus es
un atributo de la estirpe y del nombre romano. Os ruego que conser-
véis esa virtus, que vuestros antepasados os dejaron por herencia; aquí
abajo todo es incierto, precario, caduco, sólo la virtus está unida por
profundas raíces que ninguna fuerza podrá quebrantar o arrancar» [Ci-
cerón, Phil., 4.13]. En este pasaje parece como si Cicerón estuviera
urgiendo a su audiencia romana a realizar actos de virtus; ellos habían
heredado la gloria de la virtus de sus antecesores, pero eso no era sufi-
ciente, ahora debían mostrar que eran capaces de ganársela por sí
mismos”21.

La aportación cristiana

Saltando ya al ámbito cristiano, encontramos en el comentario al


evangelio de Lucas de San Ambrosio una primera presentación de las
virtudes cardinales22, goznes, por tanto, de cualquier disposición mo-
ral: “Durante siglos estas cuatro estrellas han estado encendidas en el
cielo de la moral y han sido puntos de referencia a menudo violados e
ignorados, pero nunca oscurecidos o borrados de lo hondo de la con-
ciencia, como, por desgracia, parece suceder de algún tiempo a esta
parte”23.
La tradición creyente ha unido a estas cuatro virtudes tradicionales
heredadas de Platón, Aristóteles y los clásicos, otras tres de raigambre

21
C. BALMACEDA, Virtus romana en el siglo I a. C.: Gerión 25 (2007),
297-298. El artículo me parece muy interesante y en él, la autora estudia el
tratamiento y evolución del término latino virtus a partir de sus correspondien-
tes griegos areté y andreia, principalmente en Cicerón. El texto completo
puede encontrarse en internet, URL:
http://revistas.ucm.es/ghi/02130181/articulos/GERI0707230285A.PDF.
22
Cf. G. RAVASI, Ritorno alle virtù..., 12.
23
Ib., 12-13.
VALORES O VIRTUDES 521

netamente religiosa, que se conocen como virtudes teologales, sobre-


naturales o infusas. Son la fe, la esperanza y la caridad, que aparecen
por primera vez en 1 Tes 1, 3, pero cuyo enunciado más famoso nos
da el mismo Pablo en la primera carta a los Corintios: “Ahora subsis-
ten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas
ellas es la caridad” (1 Cor 13, 13)24.
Tomás de Aquino, comentador de la Ética a Nicómaco, trata el
tema de la virtud en diversos contextos25, resaltando sobre todo el es-
tudio realizado en la Prima Secundae, presentando la cuestión dentro
de la visión general “del hombre según la perspectiva cristiana”26.
La persona humana, ser dinámico y siempre en crecimiento, lla-
mada a recorrer en libertad el camino que la conduce por la vida hacia
el bien27, se siente sin embargo tentada por vías laterales que la dis-
traen de la estrada principal28.
El Señor nos llama a ser perfectos como nuestro Padre es perfecto
(cf. Mt 5, 48; Lc 6, 36), pero en el combate de la vida, la tentación no
nos deja ser lo que debemos y queremos ser: “Realmente, mi proceder
no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que

24
Cf. 1 Pe 1, 5-7, donde encontramos una combinación de virtudes cardi-
nales y teologales. “Si las virtudes son una participación en la vida divina,
¿cómo podemos decir que la perfección consiste en no exagerar? Para solu-
cionar esta dificultad, la escolástica de la edad media distinguió dos clases de
virtudes: las virtudes teologales, que crecen indefinidamente, y las virtudes
morales, cuya perfección se sitúa in medietate. Precisemos, sin embargo, que
la objeción estaría dictada por un malentendido si la virtud debiera practicarse
en forma mediocre. No se trata de limitar el impulso en la realización del bien,
sino de diferenciar y separar lo que está bien de lo que no está bien, de practi-
car la virtud, según la admonición de Casiano, sin turbar el orden maravilloso
de la creación, donde cada ser tiene un lugar determinado, donde cada acción
está subordinada a una medida sin la cual el bien se convierte en mal. Esta es
la opinión «de San Antonio y de todos los Padres» [Casiano]” (TOMÁŠ
ŠPIDLÍK, La espiritualidad…, 345).
25
Cf. D. MONGILLO, Virtud…, 1867.
26
G. RAVASI, Ritorno alle virtù..., 20 (cf. pp. 20-26).
27
“Mediante la gracia de la fe, de la esperanza y de la caridad somos, por
tanto, conducidos al Dios Trinidad y asimilados a Él en un modo que nos abre
siempre más profundamente a la verdad que es Él mismo y a la necesidad de
testimoniar esta única verdad”. D. CHARDONNENS, La dimensione teologale
della testimonianza cristiana, en AA.VV., Testimoni di Dio, Teresianum – Ed.
OCD (Fiamma Viva 50), Roma 2010, 141; cf. 140-144.
28
Cf. TOMÁŠ ŠPIDLÍK, La espiritualidad…, 346-347.
522 EMILIO J. MARTÍNEZ GONZÁLEZ

aborrezco. Y, si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con la Ley en


que es buena; en realidad, ya no soy yo quien obra, sino el pecado que
habita en mí. Pues bien sé yo que nada bueno habita en mí, es decir,
en mi carne; en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el
realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal
que no quiero. Y, si hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra,
sino el pecado que habita en mí. Descubro, pues, esta ley: aun que-
riendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta” (Rom 7, 15-21).
En este panorama, el Aquinate, siguiendo la senda marcada por
Aristóteles, presentará a las virtudes como instrumentos que, influ-
yendo constantemente en la persona, la inducen a escoger el camino
correcto. Para ello deben ser ejercitadas hasta transformarse en habi-
tus. Lo cual no supone “una especie de repetición pasiva e inconscien-
te de gestos, sino de una verdadera constancia en el ejercicio severo de
la propia libertad que se orienta con empeño y decisión hacia los valo-
res verdaderos. Son, de este modo conquistas de uno mismo y domi-
nio sobre la tempestad de las pasiones, adhesiones coherentes y per-
manentes al bien, la verdad, la belleza y la justicia”29.
Tomás de Aquino, por tanto, invita a un ejercicio ascético de for-
mación y ejercicio en la virtud, como camino de superación de las ten-
taciones y los vicios30. “La virtud es la buena cualidad de la mente por
la cual se vive rectamente y de la cual ninguno puede servirse para el
mal”, afirmará31. La virtud, pues, se presenta en el Aquinate como una
disposición ordenada a obrar el bien, no sólo como un acto bueno pa-
sajero, sino como una cualidad permanente capaz de imprimir en la
persona la determinación hacia un obrar moral recto, facilitando un
ejercicio de la libertad correcto.
Entrelazadas entre sí, Tomás de Aquino presentará las virtudes de
acuerdo a los dos niveles recogidos por la tradición: de una parte,
aquellas cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza, siendo

29
G. RAVASI, Ritorno alle virtù..., 21; cf. L. MELINA, Participar en las vir-
tudes…, 78-79.
30
Por lo que se refiere a los autores orientales, “son aquí menos sistemáti-
cos que la Suma teológica de Tomás de Aquino, aunque ellos también suelen
tratar de las virtudes. Atanasio, en la Vida de San Antonio, define varias veces
la ascesis como virtud o camino de virtud” (TOMÁŠ ŠPIDLÍK, La espirituali-
dad…, 342).
31
ST I, II, q. 65, a. 4.
VALORES O VIRTUDES 523

la primera una suerte de punto de conexión o coordinación de las


otras32.
Sobre ellas, las virtudes sobrenaturales, teologales o infusas, fe
como adhesión a la verdad revelada y al Cristo que la revela, esperan-
za, que aguarda confiada el cumplimiento de las promesas, y caridad,
donación en amor a Dios y los hermanos. En este caso es la caridad la
cumbre y corona de todas, la que guía a la fe y a la esperanza, aquella
que permanecerá (cf. 1 Cor 13, 13)33. Ya en su ejercicio no depende
todo del hombre sino que, teniendo a Dios como origen y meta, son
por Él infundidas en su criatura para que la hagan tender a la plenitud
de la vida34.

El ocaso de la virtud

Con el paso del tiempo, el tema de las virtudes fue escapando del
ámbito teológico y se planteó, de nuevo, en el espacio filosófico. De
Montesquieu a Kant, pasando por Schiller, Goethe o Hume, la cues-
tión fue tratada desde diversos puntos de vista y enriquecida –o empo-

32
Cf. TOMÁŠ ŠPIDLÍK, La espiritualidad…, 347-353, para la visión de la
espiritualidad oriental acerca de la división y jerarquización de las virtudes,
cuya corona es, también, la caridad (cf. 353-360).
33
“Fe, esperanza y caridad están unidas. La esperanza se relaciona prácti-
camente con la virtud de la paciencia, que no desfallece ni siquiera ante el fra-
caso aparente, y con la humildad, que reconoce el misterio de Dios y se fía de
Él incluso en la oscuridad. La fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo
y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios
es amor. De este modo transforma nuestra impaciencia y nuestras dudas en la
esperanza segura de que el mundo está en manos de Dios y que, no obstante
las oscuridades, al final vencerá Él, como luminosamente muestra el Apoca-
lipsis mediante sus imágenes sobrecogedoras. La fe, que hace tomar concien-
cia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz,
suscita a su vez el amor. El amor es una luz -en el fondo la única- que ilumina
constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar. El
amor es posible, y nosotros podemos ponerlo en práctica porque hemos sido
creados a imagen de Dios. Vivir el amor y, así, llevar la luz de Dios al mundo:
a esto quisiera invitar con esta Encíclica” (BENEDICTO XVI, Deus Caritas est,
39).
34
“Los Padres son muy conscientes de la estrecha relación que existe en-
tre el comportamiento moral del hombre en la vida divina presente en él, ima-
gen celeste” (TOMÁŠ ŠPIDLÍK, La espiritualidad…, 346; cf. L. MELINA, Parti-
cipar en las virtudes…, 79-80).
524 EMILIO J. MARTÍNEZ GONZÁLEZ

brecida, como en el caso del libertinismo35-, sobre todo por el último


gran estudioso de la virtud, el ya citado Kant.
Después de él, el discurso sobre la virtud, aunque vivo en las fa-
cultades teológicas y en otros ámbitos teóricos, fue siendo aparcado (o
reducido en el discurso al ámbito de la sexualidad), hasta la irrupción
en el panorama filosófico de Max Scheler quien, en 1913, publica el
ensayo Zur Reahabilitierung der Tugend, La rehabilitación de la vir-
tud. Es original de Scheler la explicación de los valores como conteni-
do de la virtud36, que pueden ser conocidos no tanto por medio de la

35
Encarnado por filósofos como Bayle o de Mandeville. Según ellos,
“precisamente por ser fruto de una autoimpostación artificiosa, la virtud como
sacrificio es una ruina, porque genera hipocresía y falsedad y tiene como re-
sultado la fachada pretenciosa de las «virtudes públicas», que en realidad no
hace otra cosa que cubrir densos «vicios privados.» Por ello sería mucho más
lógico y coherente reconocer que el bien común nace de un sano y sereno
ejercicio de los vicios, como mucho reglamentado por leyes fluidas y no exce-
sivamente represivas” (G. RAVASI, Ritorno alle virtù..., 27): a este punto, la
deformación de la virtud es más que evidente.
36
Cf. G. RAVASI, Ritorno alle virtù..., 31. ; MAX SCHELER, Ética, Capa-
rrós, Madrid 2001 y Ordo Amoris, Caparrós, Madrid 1996; S. SÁNCHEZ-
MIGALLÓN, La persona humana y su formación en Max Scheler, Eunsa,
Pamplona 2006. “Los valores son, según Scheler, cualidades; de hecho la
comparación que varias veces ofrece los asemeja a los colores. Los colores
hacen a las cosas coloreadas, los valores tornan los objetos buenos (o malos);
los colores no existen propiamente sin cuerpos extensos, los valores tampoco
sin objeto alguno. Y así como se puede pensar y establecer leyes acerca de los
colores con independencia de las cosas coloreadas, igualmente los valores
pueden ser objeto de consideración y de teoría con independencia -a priori- de
las cosas valiosas o bienes: «Los nombres de los colores no hacen referencia a
simples propiedades de las cosas corporales, aun cuando en la concepción na-
tural del mundo los fenómenos de color no suelan ser considerados más co-
rrectamente que como medio para distinguir las distintas unidades de cosas
corporales. Del mismo modo, los nombres que designan los valores no hacen
referencia a meras propiedades de las unidades que están dadas como cosas, y
que nosotros llamamos bienes. Yo puedo referirme a un rojo como un puro
quale extensivo, por ejemplo, como puro color del espectro, sin concebirlo
como la cobertura de una superficie corpórea, y ni aun siquiera como algo
plano o espacial.
Así también valores como agradable, encantador, amable, y también amis-
toso, distinguido, noble, en principio me son accesibles sin que haya de repre-
sentármelos como propiedades de cosas o de hombres» [GW II, 35]. De esta
suerte, las leyes de los valores (o axiológicas) rigen por la esencia de ellos
mismos, sea cual sea la situación fáctica del mundo en cuanto a la existencia
de bienes y males (la lealtad, por ejemplo, es siempre un valor positivo aun
VALORES O VIRTUDES 525

razón como por medio de la adhesión interior. El valor supremo sería


la santidad y el fundamento de todos, el amor, que es mucho más que
una emoción y sólo puede ser vivido en toda su plenitud por la perso-
na inserta en la sociedad37.
Mención aparte merece la figura de Vladimir Jankélévitch (1903-
1985), filósofo francés de origen ruso-judío, cuya mayor obra se titula
precisamente Tratado de las virtudes (1949 y 1969-1972). “Para este
pensador la moral precede al pensamiento y el acto ético se funda en sí
mismo: deber de la filosofía no sería tanto explicar este cortocircuito,
sino más bien aceptarlo y estudiarlo”38.
Como para Scheler, también para Jankélévitch es el amor el ápice
de la virtud, entendido como donación total de uno mismo al otro, pe-
ro su vivencia es con frecuencia trágica, pues la práctica del amor ver-
dadero pone al yo frente al dilema del cuestionamiento de sí mismo a
favor de los otros.
Con posterioridad a Scheler y Jankélévitch, “diversos autores no se
limitan a destacar la importancia de la virtud; buscan las condiciones
en las cuales puede realizarse”39. Puede considerarse pionera en este
renacimiento de la virtud a Elizabeth Anscombe quien, ya en 1957

cuando no se diera ninguna acción leal o nadie la valorase como merece” (S.
SÁNCHEZ-MIGALLÓN, Max Scheler, en F. FERNÁNDEZ LABASTIDA – J. A. MER-
CADO, (editores), Philosophica: Enciclopedia filosófica on line, URL
http://www.philosophica.info/archivo/2007/voces/scheler/Scheler.html).
37
“Por un lado, el amor aparece como descubridor de unos valores y una
esencia ideal de lo amado. Scheler se opone a la manida idea del amor ciego;
todo lo contrario, el amor ve más, descubre (desde luego no crea), lo valioso
en el objeto. «Este acto juega más bien el papel de auténtico descubridor en
nuestra aprehensión del valor -y solamente él representa ese papel-; y, por así
decir, representa un movimiento en cuyo proceso irradian y se iluminan para
el ser respectivo nuevos y más altos valores que hasta entonces desconocía to-
talmente» [GW II, 267]. En general, el amor ensancha (o reduce) la capacidad
de sentir del hombre, y su naturaleza dinámica lo convierte en motor de su vi-
da tendencial. Más aún, Scheler llega a caracterizar el amor y el odio como los
actos «que fundan todos los otros actos por los cuales nuestro espíritu puede
aprehender un objeto “posible”» [GW VI, 95-96]. Por otro lado, en todo posi-
ble objeto de amor puede dibujarse entonces una esencia ideal valiosa, y por-
tadora, como valiosa, de un deber-ser ideal. Tal esencia ideal axiológica a la
que se tiende la vive especialmente la persona humana, por tratarse del ser
más dinámico y activo” (ib.).
38
G. RAVASI, Ritorno alle virtù..., 31-32.
39
D. MONGILLO, Virtud…, 1869.
526 EMILIO J. MARTÍNEZ GONZÁLEZ

publica el artículo que pondrá en marcha el debate contemporáneo so-


bre las virtudes40, que encontrará un excelente caldo de cultivo sobre
todo en el ámbito de lengua inglesa.
En sus estudios E. Anscombe criticaba las teorías morales moder-
nas (utilitarismo y deontologismo de inspiración kantiana), llamando a
un redescubrimiento del concepto de virtud que encontraría eco en
muchos autores como Murdoch, Nussbaum, Taylor, etc…41
Entre ellos estarían también MacIntyre –citado más arriba-, R. Be-
llah, O. H. Pesch42 o S. Hauerwas. De la mano de estos autores se asis-
te a la superación de la crisis de la virtud y puede hablarse, en cambio,
de un renacimiento que salta curiosamente del mundo de la filosofía al
de la teología, como intento de elaborar un discurso ético basado en
las virtudes en forma de superación de las propuestas utilitaristas,
deontologistas o emotivistas43.
Se asiste, por tanto, “a un retorno a las raíces de la filosofía moral,
de la propuesta teológica clásica y, por ello, las virtudes entran de
nuevo en escena de modo neto y explícito”44.
J. Coleman afirma que “esta categoría moral está descuidada, por-
que sus supuestos (comunidad auténtica, comprensión teleológica de
la realidad, unidad narrativa de la existencia considerada en su globa-
lidad, tradición) no están en sintonía con los fundamentos ideológicos
predominantes en la sociedad posmoderna y con las instituciones in-
dustriales avanzadas. La vuelta a la virtud no puede realizarse si no es
en el contexto de una contracultura que desenmascara y critica los ca-
racteres básicos de la sociedad moderna avanzada”45.

40
Cf. G.E.M. ANSCOMBE, Modern Moral Philosophy: Philosophy 33
(1958) 1-19.
41
Cf. G. ABBÀ, Felicidad…, 89-95, para las referencias bibliográficas.
42
O.H. PESCH, La teología de la virtud y las virtudes teológicas:
Concilium 23 (1987/I) 459-480. El número está dedicado en su totalidad al es-
tudio del panorama de las virtudes y los valores en un momento en el que el
debate sobre esta cuestión estaba en plena eclosión.
43
cf. G. ABBÀ, L’originalità dell’etica delle virtù: Salesianum 59 (1997)
491-517.
44
G. RAVASI, Ritorno alle virtù..., 33.
45
D. MONGILLO, Virtud…, 1869; cf. J. COLEMAN, Valores y virtudes en
las sociedades avanzadas: Concilium 23 (1987/II) 365-380.
VALORES O VIRTUDES 527

VALORES FRENTE A VIRTUDES

Si, como hemos visto, la virtud es un tema añejo en la filosofía oc-


cidental, el estudio de los valores y su inclusión en la reflexión filosó-
fico-moral, es relativamente reciente46 y nace en contraste con el posi-
tivismo y el cientificismo. Frente a una ciencia que se establece sobre
lo que es, sobre puros hechos, “se quiere instaurar una investigación
cognoscitiva de lo que no es pero debería ser, de lo que importa, que
suscita estima admiración, interés, consideración, aprecio, etc.”47.
El primero en establecer una teoría sistemática de los valores fue
E. Husserl, en el ámbito de la fenomenología. Más tarde, como hemos
visto, Scheler haría la aplicación ética, en su axiología, de las tesis de
Husserl, mostrando la capacidad en el hombre de distinguir lo malo de
lo bueno.
Poco a poco, el concepto de valor se fue haciendo con un espacio
en el discurso filosófico, si bien su entrada en el panorama ético no es-
tuvo exenta de polémicas, como las protagonizadas por Heidegger o
Ricoeur, quienes tachan a la teoría de los valores de excesivamente
subjetivista.
A estas acusaciones responde Valori afirmando que “el valor dice
ciertamente relación al hombre, a sus deseos, a sus apreciaciones, a
sus necesidades. Esto no significa que no tenga ninguna objetividad.
Cuando yo afirmo que una obra de arte es bella, no intento expresar
sólo un sentimiento subjetivo empírico mío de admiración, sino admi-
rar una cualidad intrínseca de la cosa en sí misma. Lo mismo ocurre
cuando aprecio una acción como buena. El concepto de valor, igual
que el concepto de bonum de la tradición escolástica, dice una perfec-
ción inherente al ser mismo, si bien relativa a la voluntad que des-
ea”48.

La transmisión de valores

Poco a poco, así, la educación en las virtudes va dejando paso a la

46
Cf. P. VALORI, Valor moral, en F. COMPAGNONI – G. PIANA – S. PRIVI-
TERA – M. VIDAL, Nuevo Diccionario…, 1826-1828.
47
Ib., 1826.
48
Ib., 1827-1828.
528 EMILIO J. MARTÍNEZ GONZÁLEZ

educación en valores, a la que se concede una enorme importancia,


sobre todo por el enorme poder socializador de la escuela, que se re-
tiene mayor que el de la familia.
Se impone así, en primer lugar un repensamiento de los fines edu-
cativos que serían fundamentalmente los siguientes49:
Aprender a aprender: ya que lo decisivo no es adquirir conoci-
mientos, sino aprender a procesarlos, seleccionarlos, producirlos y uti-
lizarlos. Se pide hoy que el docente sea un “acompañante cognitivo”.
Aprender a vivir juntos: considerando que la escuela es un ámbito
de socialización, debe existir la voluntad firme de que lo sea y de que
fomente la cohesión social, por encima de otros objetivos aparente-
mente más seductores (excelencia, personalización, autonomía, etc...).
La disyunción entre calidad y equidad es mortal para la educación.
La calidad en la educación no puede depender del poder adquisitivo de
las familias, y los poderes públicos han de velar para que ambos facto-
res permanezcan unidos. Nuestra sociedad es ya una “sociedad cogni-
tiva” y no encontrarán sitio en ella quienes no tengan una amplia y
completa formación. La sociedad civil y los responsables políticos no
pueden permitir que nadie se autoexcluya y, menos aún, que sea ex-
cluido.
Fomentar la fluidez en las relaciones escuela-familia y escuela-
sociedad: mediante una fluida comunicación bidireccional educador-
educando, que además implique a las familias y a la comunidad local.
Fomentar la participación: Además de porque nos encontremos en
una sociedad democrática y, por tanto, participativa y de que las orga-
nizaciones hayan evolucionado y deban evolucionar siempre en ese
sentido, la participación tiene, en sí, un sentido formativo. Es por ello
que debe ser fomentada. Gracias a la participación, el peso se desplaza
desde los individuos a los equipos y las escuelas se convierten en co-
munidades de aprendizaje.
Atender a la diversidad: Es un tema candente. La diversidad no va
a ir a menos, sino a más. Pero la respuesta a ella no es sólo una cues-
tión técnica, sino también de concepción de la educación. Se trata de

49
Seguimos en todo este paso a Mª D. MARTÍN BLANCO, Ante la actual
condición juvenil en España: Moralia 27 (2005) 199-224. Escogemos, por tan-
to, un modelo “católico” de educación en valores. Cf. J. F. SUÁREZ – T. STRA-
KA – A. MORENO MOLINA, Una nueva propuesta para la educación en valo-
res. Guía teórico-práctica, San Pablo, Caracas 2001.
VALORES O VIRTUDES 529

buscar, encontrar y ofrecer las ayudas para que todos puedan aprender,
tanto en el ámbito organizativo como en el didáctico.
Tomar en serio la formación de los profesores: Hay que alentar y
valorar el trabajo de los profesores, además de dotarles de recursos
necesarios con el fin de potenciar tres áreas: las relacionadas con las
dinámicas internas del aprendizaje y de la comunicación, las relacio-
nadas con las capacidades para el trabajo en equipo y las relacionadas
con el uso formativo de las nuevas tecnologías.
Puestas estas premisas, se puede ya pasar a la asunción de ciertos
compromisos prioritarios. La educación en valores para los jóvenes,
afirma nuestra autora, no es diferente a la que asume el resto de la so-
ciedad. Se basa en tres conceptos clave: identidad (el modo de estruc-
turarla), conciencia (formación y desarrollo) y acompañamiento que
ayude en ese proceso de estructuración, formación y desarrollo.
Es necesario, así mismo, inducir a la admiración por la belleza y
bondad del valor, rechazo del mal, deseo del bien, proponer cuestio-
namientos que permitan descubrir los imperativos o deberes que se
plasman en normas y tomas de decisión, compromisos de hecho. Ello
se logra mediante un quíntuple proceso:
Experimentar: Tanto en la conciencia psíquica como en la con-
ciencia empírica. La primera es mayoritariamente inconsciente, pero
mediante la introspección podemos conocer algo de lo que la habita.
La segunda se constituye por los datos que proporcionan los sentidos.
En el campo de la experimentación hay que formar al joven en la
aceptación propia y la reconciliación consigo mismo. Ante el buen
número de jóvenes que manifiestan una fuerte inseguridad y fragilidad
personales, así como heridas psicológicas, el compromiso educativo es
aceptarlos como son, escucharles, ayudarles a leer su pasado con sere-
nidad, integrarlo con paz y reconciliarse consigo mismos.
Hay que formar en la capacidad de asumir lo real, percibirlo. Si-
lencio, concentración, escucha, capacidad para ver, oír, escuchar, ca-
pacidad de asombro... “Hacer nacer al mundo” (P. Meiriau), que no es
una extraña maniobra metafísica. Se trata simplemente de comprome-
ter al joven en una tarea, por simple que sea, que le ayude a salir de su
narcisismo –arreglar un jardín o unas macetas, cocinar, limpiar...-, a
experimentar más allá de sus intereses inmediatos.
Entender: La conciencia inteligente se pregunta por lo que está ex-
perimentando, elabora los datos de experiencia. El sujeto debe estar
530 EMILIO J. MARTÍNEZ GONZÁLEZ

capacitado para realizar ese proceso de pregunta y elaboración, para lo


cual necesita un lenguaje rico, amplio, capaz de dar forma a la expe-
riencia, nombrarla, entenderla, comunicarla.
Juzgar-Valorar: A través de la conciencia racional nos abrimos a
la duda, con el fin de cuestionar las apariencias y las primeras impre-
siones en torno a un hecho concreto. Así podremos obtener alternati-
vas más críticas y profundas a nuestros juicios sobre lo que experi-
mentamos.
Desde el punto de vista formativo hay que incidir en la necesidad
de hacerse preguntas y dialogar con otros para contrastar visiones. Se
trata de argumentar con el fin de llegar a establecer un juicio de hecho
con criterios de verdad.
En un tiempo como el nuestro en el que las informaciones llegan
en aluvión, el problema no es evidentemente la cantidad recibida, sino
el modo como esa cantidad es procesada.
Además, afirma nuestra autora, se permite al individuo abrirse a
los otros para contrastar sus propias experiencias –y el modo de vivir-
las y entenderlas- con aquellas de quienes son diferentes a él, así como
con el caudal de sabiduría que alberga la humanidad entera. Ser capa-
ces de reflexionar y hacerlo en comunidad.
Valorar-decidir: La conciencia racional existencial y religiosa, en
su caso, sobre el juicio de hecho, realiza ahora un juicio de valor. Tras
evaluar ha de decidir, optar y comprometerse en la acción. Las accio-
nes formativas más importantes en este paso son: proponer el valor;
situar el lugar de los deberes y normas; formar para tener el coraje de
decidir o la formación de la voluntad. Estas acciones se explicitarían
así:
Proponer el valor sin cortedad de miras, al contrario, se ca-
paces de proponer valores/virtudes grandes. Entre ellas destaca
la experiencia de fe como experiencia fundante. La captación
del valor depende extraordinariamente del nivel afectivo de la
conciencia-inteligencia de la que venimos hablando, con sus
ingredientes de impulsos, sentimientos y vinculaciones o ape-
gos señalados en los estadios anteriores. Es claro también que
el descubrimiento del valor y su aceptación vienen bastante
condicionados por la credibilidad del transmisor. Una antigua
manera de descubrir el valor es narrar, contar historias, biogra-
fías, peripecias vitales elocuentes.
VALORES O VIRTUDES 531

Situar deberes y normas. Por lo general somos reacios a


aceptar normas y deberes. Se hará más sencilla su asimilación
en la medida en que seamos capaces de transparentar sus co-
nexiones con el valor del que son cauce. Si, además, hemos
participado total o parcialmente en su creación o aplicación, el
valor será aceptado con mucha mayor facilidad.
El coraje de decidir o la formación de la voluntad. Con el
fin de comprometerse con alguna acción o proyecto vital que
exprese el valor. Se trata de optar, elegir, renunciar, afirmar o
negar, de acuerdo con el valor que se ha marcado. Transformar
el deseo en proyecto comprometiéndose, superando la tentación
de la permanente indecisión.

Acompañar: establecemos con facilidad qué es lo que no se tiene y


qué es lo que se debe tener. No olvidemos la necesidad de mostrar el
modo como se pasa de un lado a otro50.

El conflicto

Así las cosas, parece que una teoría de los valores no debería en
absoluto entrar en discusión con el tratado de virtudes. Es más, se
apunta en Scheler un deseo de integrar ambas realidades en el discurso
ético. Por otra parte, el proyecto de educación en valores arriba ex-
puesto, por más que no entra al detalle de los contenidos a desarrollar
y se detiene sobre todo en las estrategias a seguir, no induce a pensar
en la necesidad inesquivable de un conflicto entre virtudes y valores.
Sin embargo, ciertamente, en la línea de la tesis sostenida por Ma-
cIntyre, por más que la teoría de los valores busque fundarse en pará-
metros objetivos, lo cierto es que, abandonados el concepto de virtud
y el de la existencia de una finalidad, un propósito del ser humano en
cuanto tal, su aplicación práctica pierde base y corre el riesgo de fun-
darse exclusivamente en el emotivismo ético o el utilitarismo51.
En el fondo, nos parece, se presentaría entonces el problema entre

50
Cf. A. MACINTYRE, Tras la virtud…, 233-236.
51
Cf. E. BONETE PERALES, El fundamento racional de la moral y Veritatis
Splendor, en G. DEL POZO ABEJÓN (COORD.), Comentarios a la Veritatis
Splendor, BAC, Madrid 1994, 277-285.
532 EMILIO J. MARTÍNEZ GONZÁLEZ

una ética de primera persona –basada en la perspectiva del sujeto


llamado a realizar actos excelentes, que lo orientan hacia su propia
plenitud- y una ética de tercera persona. En el caso de la educación en
valores, esa tercera persona estaría caracterizada por la dominante
perspectiva de un observador (la sociedad, el grupo, etc.), encargada
de “considerar el acto interno y los factores concernientes a su impu-
tabilidad moral. Aquí se considera el acto humano como un hecho que
sucede y provoca cierto estado de cosas, y que está en conformidad o
no con la norma legal. Las virtudes tienen una importancia secundaria
e insignificante: sólo conciernen a la facilidad ejecutiva de producir
determinada clase de actos”52.
La polémica surge entonces cuando se diseñan los programas de
educación en valores o incluso se imponen programas al estilo de la
Educación para la ciudadanía, a través de los cuales –se tiene al me-
nos la impresión- los estados tratan de inculcar valores ciudadanos a
las nuevas generaciones, valores que, por su historicidad y labilidad,
entrarían en el juicio negativo de Heidegger, que califica la teoría de
los mismos como inmanentista, subjetivista y antropologista.
La realización práctica de la educación en valores, tiene como ob-
jetivo la creación de buenos ciudadanos. Es evidente que, no siempre
y no siempre de modo consciente, tal afirmación rechaza de plano la
existencia de un propósito estable para el ser humano en el ámbito de
su realización personal tanto general como moral.
E incluso cuando estos proyectos tienen tintes cristianos, encon-
tramos la dificultad de su fundamentación si hemos de limitarnos a es-
trategias tan subjetivas y maleables como ésta que trajimos arriba: “La
captación del valor depende extraordinariamente del nivel afectivo de
la conciencia-inteligencia de la que venimos hablando, con sus ingre-
dientes de impulsos, sentimientos y vinculaciones o apegos señalados
en los estadios anteriores. Es claro también que el descubrimiento del
valor y su aceptación vienen bastante condicionados por la credibili-
dad del transmisor”.
Parece evidente que existen, entonces, ciertas diferencias entre
educar en valores y educar en virtudes53.

52
L. MELINA, Participar en las virtudes…, 59 (cf. 58-61).
53
Cf. CARMEN RUÍZ ENRÍQUEZ, ¿Educar en virtudes o en valores?, en
COMISIÓN ORGANIZADORA DEL CONGRESO GENERAL DE LA FAMILIA, La familia
VALORES O VIRTUDES 533

El retorno de la virtud

Podemos referirnos a las virtudes, en la línea aristotélico-tomista,


como cualidades que capacitan al hombre para distinguir bienes y
practicarlos, teniendo ellas mismas el carácter de bienes como medios
internos, como elementos constitutivos del bien mayor; son, pues, dis-
posiciones habituales y firmes para hacer el bien y las encontramos,
como hemos visto, en la tradición filosófica y teológica54.
Sin embargo, el suelo sobre el que se asientan los valores se nos
aparece como más relativo y cambiante; de hecho, los valores cambian
en función de las culturas, de los tiempos, las condiciones e ideas tan-
to de las personas que los enseñan como de las que los reciben. Así,
resulta difícil encontrar un acuerdo acerca de los valores a enseñar55.
“El rasgo más chocante del lenguaje moral contemporáneo es que
gran parte de él se usa para expresar desacuerdos; y el rasgo más sor-
prendente de los debates en que esos desacuerdos se expresan es su
carácter interminable. Con esto no me refiero a que dichos debates si-
guen y siguen y siguen -aunque también ocurre-, sino a que por lo vis-
to no pueden encontrar un término. Parece que no hay un modo racio-
nal de afianzar un acuerdo moral en nuestra cultura”56.
Veámoslo más claramente con uno de los tres ejemplos que aduce
el mismo MacIntyre para justificar esta afirmación, mostrando tres
afirmaciones contrapuestas sobre la guerra:

protagonista, Acción Familiar Navarra, Pamplona 2003, 411-417. La autora


se expresa fuerte y enérgicamente a favor de la educación en virtudes, mani-
festando un juicio muy negativo sobre la educación en valores, precisamente
por su falta de referencias de fundamentación sólidas y objetivas: “Educar en
valores es muy difícil, porque se apoya básicamente en las capacidades inte-
lectuales y volitivas del niño-joven-adulto, dejados solos. Sin Dios, en defini-
tiva. Pero es que sin Dios no hay modo de conocer y practicar esos valores”
(p. 413). Concluye afirmando que la única educación en valores posible, es la
educación en las virtudes.
54
Por otra parte, resulta cuando menos chocante que, en muchos casos, al
menos seguramente cuando se habla de valores cristianos, estos resultan as-
pectos de las virtudes, difíciles de fundamentar, como afirma la autora citada
en la nota precedente, fuera de su contexto.
55
Cf. L. MELINA, Participar en las virtudes…, 74-81.
56
A. MACINTYRE, Tras la virtud…, 16.
534 EMILIO J. MARTÍNEZ GONZÁLEZ

“a) La guerra justa es aquella en la que el bien a conseguir pesa


más que los males que llevarla adelante conlleva, y en la que se
puede distinguir con claridad entre los combatientes -cuyas vidas
están en peligro- y los no combatientes inocentes. Pero en la gue-
rra moderna nunca se puede confiar en un cálculo de su escalada
futura y en la práctica no es aplicable la distinción entre comba-
tientes y no combatientes. Por lo tanto, ninguna guerra moderna
puede ser justa y todos tenemos ahora el deber de ser pacifistas.

b) Si quieres la paz, prepara la guerra. La única manera de al-


canzar la paz es disuadir a los agresores potenciales. Por tanto, se
debe incrementar el propio armamento y dejar claro que los pla-
nes propios no excluyen ninguna escala de conflicto en particular.
Algo ineludible para que esto quede claro es estar preparado para
luchar en guerras limitadas y no sólo eso, sino para llegar más
allá, sobrepasando el límite nuclear en ciertas situaciones. De otro
modo, no se podrá evitar la guerra y se resultará vencido.

c) Las guerras entre las grandes potencias son puramente des-


tructivas; pero las guerras que se llevan a cabo para liberar a los
grupos oprimidos, especialmente en el Tercer Mundo, son necesa-
rias y por tanto medios justos para destruir el dominio explotador
que se alza entre la humanidad y su felicidad”57.

Ahora bien ¿es posible, a la luz de estas tres afirmaciones todas


ellas aparentemente bien fundamentadas, dilucidar si es un valor la
guerra o lo es la paz?
El debate, aquí apenas apuntado, acerca de la dificultad de deter-
minar racional y metafísicamente los valores, lo que les pone en des-
ventaja, a mi modo de ver, al respecto de las virtudes nos lleva a reco-
nocer que, efectivamente, la más adecuada educación en valores es la
que toma como base la tradición acerca del destino final del hombre y
las virtudes, en la línea que MacIntyre se propone recuperar.
En un sentido práctico, si nos viéramos en la tesitura de elegir en-
tre virtudes y valores, lo que en el fondo podríamos estar planteándo-
nos es si preferimos que las nuevas generaciones conozcan a la per-

57
Ib., 16-17.
VALORES O VIRTUDES 535

fección el significado de palabras como justicia o si deseamos más


bien que se comporten justamente. Naturalmente es preferible la se-
gunda opción, más correspondiente a las virtudes que a los valores, a
mi parecer58: “La virtud, o más bien, las virtudes son nuestros valores
morales, si se quiere, pero encarnados -tanto como podemos-, pero vi-
vidos, pero en acto: siempre singulares, como cada uno de nosotros;
siempre plurales, como las debilidades que combaten o corrigen”59.
Eso sin contar con que, muchas veces, los valores “son sólo algu-
nos aspectos de las virtudes, aparentemente al margen de ellas: la soli-
daridad o la tolerancia son aplicaciones de la caridad y de la generosi-
dad; el optimismo y la alegría son frutos de la esperanza, de la fe; la
responsabilidad y la laboriosidad son concreciones de la caridad, de la
diligencia. Pero no se habla de las antiguas virtudes, sino de los nue-
vos valores”60.
Muchos de los defensores de la educación en virtudes ponen de
manifiesto el hecho del fracaso de la educación en valores en la escue-
la real61. Por desgracia, hemos de reconocer que en muchas ocasiones
no les falta razón: “Lo que poseemos son fragmentos de un esquema
conceptual, partes a las que ahora faltan los contextos de los que deri-
vaba su significado. Poseemos, en efecto, simulacros de moral, conti-
nuamos usando muchas de las expresiones clave. Pero hemos perdido
–en gran parte, si no enteramente- nuestra comprensión, tanto teórica
como práctica, de la moral”62.
Para retomar la comprensión tradicional, MacIntyre propone recu-
rrir a la historia y a la antropología socio-cultural con el fin de inter-
pretar, gracias a la historia, el actual devenir de la moral y utilizar la
segunda a la hora de justificar los resultados obtenidos63. Así, su pri-

58
De la misma opinión: O. M. CAMPOS LÓPEZ, En la educación básica
¿valores o virtudes?, URL: http://www.rieoei.org/deloslectores/Campos.PDF.
59
A. COMTE-SPONVILLE, Pequeño tratado de las grandes virtudes, citado
en ib.
60
CARMEN RUÍZ ENRÍQUEZ, ¿Educar en virtudes o en valores?..., 415.
61
Cf. Ib.; G. MUCCI, Educazione e maleducazione: La Civiltà Cattolica
161 (2010) 468-474.
62
A. MACINTYRE, Tras la virtud…, 15.
63
“Lo que aquí necesitamos no es sólo la agudeza filosófica, sino también
el tipo de visión que los antropólogos, desde su puesto de observación de otras
culturas, tienen y que les capacita para identificar supervivencias e inteligibi-
536 EMILIO J. MARTÍNEZ GONZÁLEZ

mera tarea será “la de identificar y describir la moral perdida del pasa-
do y evaluar sus pretensiones de objetividad y autoridad”64.
Fruto de esta investigación, nuestro autor nos mostrará cómo la
ruptura del proyecto moderno ha generado las dificultades de nuestro
tiempo en el orden moral. No en vano, la posmodernidad, que se defi-
ne alternativa al proyecto moderno, proclama una humanidad fundada
en las experiencias, de acercamiento a todo lo humano, sin asumir
ningún tabú, sin que ningún sistema de pensamiento pueda imponerse.
Cualquier propuesta firme es rechazada por un cierto pacifismo que la
calificará de fundamentalismo. Pero ese pacifismo deviene con fre-
cuencia pasotismo relativista, vivido desde el individualismo. Se rei-
vindica la diferencia y una cierta irracionalidad. El pluralismo se con-
sidera más beneficioso que la uniformidad, al menos no genera tanta
violencia como la imposición de cualquier saber, al decir de la pos-
modernidad.
Así pues, es evidente para MacIntyre que la Ilustración y el pro-
yecto moderno nos han conducido a un punto muerto y que se hace
necesario volver atrás. Tanto como para encontrar en Aristóteles y su
Ética a Nicómaco un primer punto de referencia, un retorno a la virtud
como disposición a escoger un camino moral fundado y estable65.
Me resulta particularmente brillante el estudio que del estilo aristo-
télico en la Ética a Nicómaco, hace MacIntyre. Según él, el estagirita
nos ha legado unos apuntes en los que no sólo hace gala de su ingenio,
de su propia creatividad, sino que se hace receptor de una tradición, a
la que intenta dotar de un aparato racional: “Para el concepto de tal
tradición, es central que el pasado no sea nunca algo simplemente re-
chazable, sino más bien que el presente sea inteligible como comenta-
rio y respuesta al pasado, si es necesario y posible, se corrija y tras-
cienda pero de tal modo que se deje abierto al presente para que sea a
su vez corregido y trascendido por algún futuro punto de vista más

lidades que pasan desapercibidas para los que viven en esas mismas culturas.
Una forma de educar nuestra propia visión podría ser preguntarnos si los apu-
ros de nuestro estado moral y cultural son quizá similares a los de otros órde-
nes sociales que hemos concebido siempre como muy diferentes del nuestro”
(ib., 143).
64
Ib., 37-38.
65
Cf. Ib., 150-155. Si bien las posturas maduras de la ética aristotélica se
encontrarían más bien en la Ética a Eudemo (cf. ib., 187).
VALORES O VIRTUDES 537

adecuado”66.
Si el objeto de la vida moral es la felicidad, las virtudes no son, en
contra de Kant, actuaciones contra la inclinación sino, muy por el con-
trario, conducentes al auténtico fin del hombre: “El agente moral edu-
cado debe por supuesto saber lo que está haciendo cuando juzga o ac-
túa virtuosamente […]. El agente auténticamente virtuoso actúa sobre
la base de un juicio verdadero y racional”67. Y así, considerando que
el ejercicio de las virtudes exige la capacidad de juzgar y hacer lo co-
rrecto, concluye que “el ejercicio de tal juicio no es una aplicación ru-
tinaria de normas”, sino la capacidad de distinguir, asimilar y transmi-
tir los fundamentos racionales que sustentan la práctica de las virtudes
que “exige, por tanto, la capacidad de juzgar y hacer lo correcto, en el
lugar correcto, en el momento correcto y de la forma correcta”68, ac-
tuando así, de acuerdo con la recta razón69.
Desde el conocimiento y el reconocimiento de la tradición que re-
conoce un fin en la vida de la persona humana70, las virtudes se pre-
sentan, atendiendo a los desarrollos de MacIntyre, como la base de
una educación moral firme y no por ello deontológica ni legalista, sino
del bien.
Mediante el bien, el hombre se perfecciona y mediante la virtud se
le facilita el cumplimiento del bien. Ventajosamente, así, la educación
en las virtudes ofrecería a la formación moral de las nuevas genera-
ciones un campo más firme y fundado que el de la educación en valo-
res71.

66
Ib., 187.
67
Ib., 189.
68
Ib., 190.
69
Cf. ib., 194.
70
“He apuntado que salvo cuando exista un telos que trascienda los bienes
limitados de las prácticas y constituya al bien de la vida humana completa, el
bien de la vida humana concebido como una unidad, ocurre que cierta arbitra-
riedad subversiva invade la vida moral y no somos capaces de especificar ade-
cuadamente el contexto de ciertas virtudes” (ib., 251).
71
Parece, además, que el proyecto de educación en virtudes encaja mejor
en una propuesta de tipo teológico, que no tiene por qué ser excluyente, pero
permite incluir ideas tan importantes para una propuesta moral cristiana como
el seguimiento de Cristo, la llamada universal a la Santidad, etc.
538 EMILIO J. MARTÍNEZ GONZÁLEZ

UNA OFERTA CRISTIANA: LA CARIDAD COMO MOTOR DE UNA MORAL


72
SOCIAL JUSTA

Benedicto XVI ha legado hasta ahora tres encíclicas que, de un


modo u otro, abordan el problema de las virtudes. Es particularmente
la tercera, Caritas in Veritate (CV), la que me da ocasión de buscar
entre sus páginas una aplicación práctica de orden global al tema que
venimos viendo.
Inmediatamente después de analizar la doctrina social de Pablo VI,
particularmente tal y como queda reflejada en Populorum progressio
(PP), en el capítulo primero de CV, Benedicto XVI realiza en su encí-
clica un duro análisis de la situación del desarrollo en nuestro tiempo.
El número 21 –primero del segundo capítulo- es, a mi parecer, concre-
tamente, la constatación evidente del fracaso de un modelo que, lejos
de aceptar las sugerencias de una Iglesia que confiaba en la posibili-
dad de un diálogo desde el optimismo, se ha desarrollado esencial-
mente según las líneas que el Papa Montini consideraba menos ade-
cuadas.
La globalización de un desarrollo centrado en lo económico y lo
tecnológico (cf. CV 23-27), no ha traído consigo un auténtico diálogo
entre las culturas, porque no ha fomentado el crecimiento integral de
la persona y de las sociedades que, en muchos casos, más bien han
debido sacrificar el corazón de los valores que las sostenían y consti-
tuían al poderoso ídolo de la técnica y el consumo; y el resultado no
ha sido un mundo mejor, porque las carencias subsisten, si no aumen-
tan.
Por todo ello se hace necesario afrontar la tarea de realizar una
nueva síntesis humanista (cf. CV 21): “Se trata de ensanchar la razón
y hacerla capaz de conocer y orientar estas nuevas e imponentes di-
námicas, animándolas en la perspectiva de esa «civilización del
amor», de la cual Dios ha puesto la semilla en cada pueblo y en cada
cultura” (CV 33). En definitiva, desarrollar y universalizar el valor de
la virtud de la caridad como medio para la superación de las desigual-

72
He desarrollado este tema más ampliamente en una conferencia leída en
el Pontificio Instituto de Espiritualidad Teresianum de Roma el 17 de febrero
de 2010, con el título: Cambiar el corazón del hombre para dotar de corazón
al mundo. Reflexiones a la luz de CV 21, de próxima publicación.
VALORES O VIRTUDES 539

dades sociales.
Esa es la tarea ingente que el Papa anima a emprender y cuyas lí-
neas fundamentales de desarrollo presentará en los siguientes capítu-
los de la Encíclica. Un esfuerzo, sin duda, arduo, ya que las raíces del
pecado -individual y colectivo- parecen alejar al hombre de esa semi-
lla de amor divina (cf. CV 53 et. al.) e invitarle a realizar su propio
destino sin mirar ni a izquierda ni a derecha, sin preocuparse de otra
cosa que no sea su propia supervivencia en las mejores condiciones
posibles, haciendo de los otros, en el mejor de los casos, medios nece-
sarios para alcanzar el desarrollo deseado.
Benedicto XVI deja claro, desde la introducción de la encíclica,
que sólo un discurso basado en la caridad -virtud teologal fundada en
el Misterio de la Trinidad- puede afrontar con garantías de éxito una
tarea semejante. Más allá de las visiones limitadas de la caridad, que
la contemplan como un simple añadido paralelo a la justicia –que sería
la única base para las relaciones sociales-, es aquella la virtud funda-
mental que permitirá reconstruir la ciudad humana, sustentando el de-
sarrollo integral de los pueblos (cf. CV 11)73: “La caridad es la vía
maestra de la doctrina social de la Iglesia. Todas las responsabilidades
y compromisos trazados por esta doctrina provienen de la caridad que,
según la enseñanza de Jesús, es la síntesis de toda la Ley (cf. Mt
22,36-40). Ella da verdadera sustancia a la relación personal con Dios
y con el prójimo; no es sólo el principio de las micro-relaciones, como
en las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las
macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políti-
cas. Para la Iglesia -aleccionada por el Evangelio-, la caridad es todo
porque, como enseña San Juan (cf. 1 Jn 4,8.16) y como he recordado
en mi primera Carta encíclica «Dios es caridad» (Deus caritas est):
todo proviene de la caridad de Dios, todo adquiere forma por ella, y a
ella tiende todo. La caridad es el don más grande que Dios ha dado a
los hombres, es su promesa y nuestra esperanza.” (CV 2).
La verdad de las relaciones sociales, por tanto, encuentra su autén-
tico fundamento en la caridad cristiana que, da fuerza a dicha verdad y
muestra su capacidad de autentificar y persuadir en la concreción de la

73
Cf. F. G. BRAMBILLA, Lo sviluppo integrale dei popoli come questione
antropológica, in: AA. VV.: Carità globale. Commento alla Caritas in
Veritate, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 2009, 42-44.
540 EMILIO J. MARTÍNEZ GONZÁLEZ

vida social (cf. ib.).


Pero la caridad, en cuanto virtud teologal, no es algo que acaece en
la vida del hombre como fruto de su propio esfuerzo, sino que es reci-
bida como don, como regalo de Dios que, al dárnosla, nos hace parti-
cipar de su propia naturaleza74: “La caridad en la verdad pone al
hombre ante la sorprendente experiencia del don. La gratuidad está en
su vida de muchas maneras, aunque frecuentemente pasa desapercibi-
da debido a una visión de la existencia que antepone a todo la produc-
tividad y la utilidad. El ser humano está hecho para el don, el cual ma-
nifiesta y desarrolla su dimensión trascendente. A veces, el hombre
moderno tiene la errónea convicción de ser el único autor de sí mismo,
de su vida y de la sociedad. Es una presunción fruto de la cerrazón
egoísta en sí mismo, que procede -por decirlo con una expresión cre-
yente- del pecado de los orígenes. La sabiduría de la Iglesia ha invita-
do siempre a no olvidar la realidad del pecado original, ni siquiera en
la interpretación de los fenómenos sociales y en la construcción de la
sociedad: «Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, incli-
nada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación,
de la política, de la acción social y de las costumbres». Hace tiempo
que la economía forma parte del conjunto de los ámbitos en que se
manifiestan los efectos perniciosos del pecado. Nuestros días nos
ofrecen una prueba evidente. Creerse autosuficiente y capaz de elimi-
nar por sí mismo el mal de la historia ha inducido al hombre a confun-
dir la felicidad y la salvación con formas inmanentes de bienestar ma-
terial y de actuación social. Además, la exigencia de la economía de
ser autónoma, de no estar sujeta a «injerencias» de carácter moral, ha
llevado al hombre a abusar de los instrumentos económicos incluso de
manera destructiva. Con el pasar del tiempo, estas posturas han des-
embocado en sistemas económicos, sociales y políticos que han tirani-
zado la libertad de la persona y de los organismos sociales y que, pre-
cisamente por eso, no han sido capaces de asegurar la justicia que
prometían […]. La esperanza sostiene a la razón y le da fuerza para
orientar la voluntad. Está ya presente en la fe, que la suscita. La cari-
dad en la verdad se nutre de ella y, al mismo tiempo, la manifiesta. Al

74
“La caridad, como amistad con Dios, es posible sólo si Dios toma gra-
ciosamente la iniciativa hacia el hombre”. L. MELINA, Participar en las virtu-
des…, 80.
VALORES O VIRTUDES 541

ser un don absolutamente gratuito de Dios, irrumpe en nuestra vida


como algo que no es debido, que trasciende toda ley de justicia. Por su
naturaleza, el don supera el mérito, su norma es sobreabundar. Nos
precede en nuestra propia alma como signo de la presencia de Dios en
nosotros y de sus expectativas para con nosotros. La verdad que, como
la caridad es don, nos supera, como enseña San Agustín. Incluso nues-
tra propia verdad, la de nuestra conciencia personal, ante todo, nos ha
sido «dada». En efecto, en todo proceso cognitivo la verdad no es pro-
ducida por nosotros, sino que se encuentra o, mejor aún, se recibe.
Como el amor, «no nace del pensamiento o la voluntad, sino que en
cierto sentido se impone al ser humano»” (CV 34).
Son muchas las manifestaciones en la vida del hombre que nos in-
vitan a creer que el don, la gratuidad, son algo esencial y connatural al
ser humano; pero, como expresa el número apenas citado, el pecado
ha hecho olvidar al hombre la necesidad de “dar espacio al principio
de gratuidad como expresión de fraternidad.” (ib.).
No todo es lógica mercantil (cf. CV 36) y, de hecho, la imposición
de la simple justicia conmutativa, dejando de lado la justicia distribu-
tiva y la justicia social, han generado la falta de confianza que está en
la base de la actual crisis mundial: “Si hay confianza recíproca y gene-
ralizada, el mercado es la institución económica que permite el en-
cuentro entre las personas, como agentes económicos que utilizan el
contrato como norma de sus relaciones y que intercambian bienes y
servicios de consumo para satisfacer sus necesidades y deseos. El
mercado está sujeto a los principios de la llamada justicia conmutati-
va, que regula precisamente la relación entre dar y recibir entre igua-
les. Pero la doctrina social de la Iglesia no ha dejado nunca de subra-
yar la importancia de la justicia distributiva y de la justicia social para
la economía de mercado […]. Sin formas internas de solidaridad y de
confianza recíproca, el mercado no puede cumplir plenamente su
propia función económica. Hoy, precisamente esta confianza ha falla-
do, y esta pérdida de confianza es algo realmente grave.” (CV 35).
Es necesario, pues, “favorecer una orientación cultural personalis-
ta y comunitaria, abierta a la trascendencia, del proceso de integra-
ción planetaria” (CV 42). A mi parecer, el único modo de caminar
hacia esa orientación es provocar un auténtico cambio en el corazón
del ser humano, de cada hombre y de cada mujer, abriéndoles al pro-
yecto de Dios sobre cada uno de ellos y sobre la sociedad. Es, decir,
542 EMILIO J. MARTÍNEZ GONZÁLEZ

como explícitamente afirma el Papa Benedicto en la encíclica, la re-


novación que llevará a esa nueva síntesis humanística no puede tener
simplemente fundamentos materiales, sino espirituales: “Uno de los
aspectos del actual espíritu tecnicista se puede apreciar en la propen-
sión a considerar los problemas y los fenómenos que tienen que ver
con la vida interior sólo desde un punto de vista psicológico, e incluso
meramente neurológico. De esta manera, la interioridad del hombre se
vacía y el ser conscientes de la consistencia ontológica del alma
humana, con las profundidades que los Santos han sabido sondear, se
pierde progresivamente. El problema del desarrollo está estrechamen-
te relacionado con el concepto que tengamos del alma del hombre
[…], el desarrollo del hombre y de los pueblos depende también de las
soluciones que se dan a los problemas de carácter espiritual. El desa-
rrollo debe abarcar, además de un progreso material, uno espiritual
[…]. El ser humano se desarrolla cuando crece espiritualmente, cuan-
do su alma se conoce a sí misma y la verdad que Dios ha impreso
germinalmente en ella, cuando dialoga consigo mismo y con su Crea-
dor. Lejos de Dios, el hombre está inquieto y se hace frágil. La aliena-
ción social y psicológica, y las numerosas neurosis que caracterizan
las sociedades opulentas, remiten también a este tipo de causas espiri-
tuales. Una sociedad del bienestar, materialmente desarrollada, pero
que oprime el alma, no está en sí misma bien orientada hacia un autén-
tico desarrollo […]. El vacío en que el alma se siente abandonada,
contando incluso con numerosas terapias para el cuerpo y para la psi-
que, hace sufrir. No hay desarrollo pleno ni un bien común universal
sin el bien espiritual y moral de las personas, consideradas en su tota-
lidad de alma y cuerpo” (CV 76).
Un crecimiento que sólo es posible mediante el encuentro auténti-
co e íntimo con Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, que “purifica y li-
bera de nuestras limitaciones humanas la búsqueda del amor y la ver-
dad, y nos desvela plenamente la iniciativa de amor y el proyecto de
vida verdadera que Dios ha preparado para nosotros. En Cristo, la ca-
ridad en la verdad se convierte en el Rostro de su Persona, en una vo-
cación a amar a nuestros hermanos en la verdad de su proyecto. En
efecto, Él mismo es la Verdad” (CV 1).
A la hora de proclamar e inducir a desarrollar este proyecto de vi-
da que supone una educación en la virtud de la caridad, la Iglesia no
puede olvidar el discurso de los místicos, que completa e ilumina des-
VALORES O VIRTUDES 543

de el ámbito de la experiencia cualificada la palabra de la predicación


y de la teología. Como queda dicho, también para Benedicto XVI la
nueva síntesis humanística necesita de dicho encuentro transformante
que recrea y realza la vida moral y espiritual de la persona (cf. CV 76;
1; 5; 34; 54-55 et. al.).
Nada mejor para ello que partir de las palabras del Papa Benedicto:
“El desarrollo necesita cristianos con los brazos levantados hacia
Dios en oración, cristianos conscientes de que el amor lleno de ver-
dad, caritas in veritate, del que procede el auténtico desarrollo, no es
el resultado de nuestro esfuerzo sino un don. Por ello, también en los
momentos más difíciles y complejos, además de actuar con sensatez,
hemos de volvernos ante todo a su amor. El desarrollo conlleva aten-
ción a la vida espiritual, tener en cuenta seriamente la experiencia de
fe en Dios, de fraternidad espiritual en Cristo, de confianza en la Pro-
videncia y en la Misericordia divina, de amor y perdón, de renuncia a
uno mismo, de acogida del prójimo, de justicia y de paz” (CV 79)75.
Efectivamente: el auténtico amor que, vivido en verdad, lleva a
cada persona y a la sociedad al pleno desarrollo, no puede ser entendi-
do ante todo como fruto de nuestra capacidad, sino como don, como
regalo que nace de la comunión con Dios. Y el ámbito privilegiado
para alcanzar esa comunión es el de la experiencia mística cualificada.
Así, por ejemplo, en la cumbre mística del camino propuesto por
san Juan de la Cruz, encontraremos al hombre en su plenitud moral en
la que, sin perder el protagonismo de la acción, es en todo movido por
el Espíritu de Jesús que no apaga la acción humana, suplantándola, si-
no que la desescombra y potencia dándole plenitud: la unión con Dios
y el amor de él según la ley evangélica76. Comentando el verso hare-
mos las guirnaldas de la estrofa 30 de Cántico, dice el Santo: “Y no
dice: haré yo las guirnaldas solamente, ni haráslas tú tampoco a solas,
sino harémoslas entrambos juntos; porque las virtudes no las puede
obrar el alma ni alcanzarlas a solas sin ayuda de Dios, ni tampoco las
obra Dios a solas en el alma sin ella. Porque, aunque es verdad que to-
do [dado] bueno y todo don perfecto sea de arriba, descendido del
Padre de las lumbres, como dice Santiago (1, 17), todavía eso mismo

75
La misma llamada en Deus Caritas est, 37-38.
76
Cf. CB 11, 11; 35, 1...; F. RUIZ, Místico y Maestro. San Juan de la Cruz,
Editorial de Espiritualidad, Madrid 1986, 272.
544 EMILIO J. MARTÍNEZ GONZÁLEZ

no se recibe sin la habilidad y ayuda del alma que la recibe. De donde,


hablando la Esposa en los Cantares con el Esposo, dijo: Tráeme, des-
pués de ti correremos (1, 3). De manera que el movimiento para el
bien de Dios ha de venir, según aquí da a entender, solamente: mas el
correr no dice que él solo ni ella sola, sino correremos entrambos, que
es el obrar Dios y el alma juntamente”77.
Ese sería el culmen de un proyecto de educación moral cristiana:
recrear en toda vida la imagen de Cristo78 y viviendo, de ese modo, la
vida de la Trinidad, fuente de la caridad: “La caridad es amor recibido
y ofrecido. Es «gracia» (cháris). Su origen es el amor que brota del
Padre por el Hijo, en el Espíritu Santo. Es amor que desde el Hijo des-
ciende sobre nosotros. Es amor creador, por el que nosotros somos; es
amor redentor, por el cual somos recreados. Es el Amor revelado,
puesto en práctica por Cristo (cf. Jn 13,1) y «derramado en nuestros
corazones por el Espíritu Santo» (Rm 5,5). Los hombres, destinatarios
del amor de Dios, se convierten en sujetos de caridad, llamados a
hacerse ellos mismos instrumentos de la gracia para difundir la cari-
dad de Dios y para tejer redes de caridad” (CV 5).
Afirmar que el anuncio de Cristo es el primero y principal factor
de desarrollo (cf. CV 8; PP 16), nos compromete no sólo a comunicar
de palabra el Misterio de amor en él revelado, sino a vivirlo primero
para poder contagiarlo después a los otros. Ésa es la clave de una au-
téntica educación en la caridad, clave de bóveda de las virtudes.

77
CB 30, 6. El poema de la Fonte, también del místico carmelita, expresa
una realidad parecida: Dios, anterior e independiente del hombre, le envuelve,
le colma, le llama y le impulsa, en una mezcla de pasividad y entrega, de acti-
vidad y abandono.
78
Cf. L. MELINA, Participar en las virtudes…, 157-183.