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PLANIFICANDO CENTAVOS

Desde la ley de Participación Popular, Bolivia ha dado un gran paso en materia de


gestionar los recursos públicos en el ámbito local, como una nueva alternativa de
desarrollo a la ofrecida por el modelo del “centralismo” que no pudo atender
efectivamente las necesidades de cada uno de las organizaciones territoriales en sus
varios niveles.
Con la venida de las autonomías hoy reconocidas en la propia Constitución Política del
Estado se vislumbraba una mayor incidencia de las entidades territoriales en la
planificación del desarrollo local sin embargo hasta la actualidad se ha mantenido el
mismo modelo del “centralismo” rejuvenecido con un nuevo ingrediente, los programas
estatales como Evo Cumple, Mi Riego, Mi Agua, en sus diferentes versiones. Mismos que
han ocasionado que los gobiernos municipales se dediquen meramente a brindar
contrapartes para financiar proyectos, planificados desde las prioridades y necesidades
que el Gobierno Central “cree” que son prioritarios para que los municipios puedan
gestionar su desarrollo económico y social.
En este escenario hibrido entre autonomías de figurativas y el Centralismo consolidado
los Gobiernos Municipales han arrastrado una mala práctica en la planificación
consecuencia de una errada interpretación de la ley de Participación Popular, esta se
refiere a la asignación de recursos por población, la cual se refería en su esencia a que
el Nivel Central realizaría la transferencia de recursos hacia las entidades
territoriales de acuerdo a un criterio de población.
Es así que las entidades territoriales municipales han manejado este mismo criterio para
destinar sus recursos en el nivel local, hoy se habla no solo del Programa Operativo
Anual (POA) del Municipio sino también de los POAs distritales, los cuales son
planificados desde las subalcaldías que a su vez redistribuyen los recursos con la
participación de las Federaciones de Juntas Vecinales (área urbana y periurbana) o
Comunidades (áreas rurales). La atomización de los recursos hace imposible pensar en
proyectos de impacto para los municipios, puesto que todos los recursos se reparten una
y otra vez hasta llegar a cifras irrisorias.
Los programas a cargo del Gobierno Central alivian a los municipios en este aspecto
debido a que se comprometen contrapartes que se consolidan como los proyectos de
mayor relevancia para gestionar el desarrollo local. Sin embargo, nuevamente las
prioridades y necesidades son directrices y parámetros elaboradas desde el Gobierno
Central a las que se adecuan los niveles municipales.
Exista una brecha entre lo que la población pide y lo que verdaderamente necesita, es
ahí donde la planificación local interviene, analizando el entorno económico, social,
ambiental y cultural, estableciendo prioridades y construyendo una visión de desarrollo
con identidad propia.
Tanto la ley de Participación Popular como la Ley de Autonomías fueron ideadas con ese
único fin, la autodeterminación en la gestión pública de las entidades territoriales a
través de sus competencias asignadas y el presupuesto suficiente para tal efecto. Hoy en
Bolivia existe una degeneración de ambas leyes, primero porque los presupuestos son mal
planificados con una suerte de “redistribución” por población en el ámbito local, lo cual
hace imposible gestionar proyectos de impacto con “mini” presupuestos por distritos o
comunidades. Segundo la ley de autonomías confiere muchas competencias a los gobiernos
municipales sin embargo no transfiere los recursos para tal efecto ocasionando que los
presupuestos disponibles para inversión luego de las “gastos obligatorios por ley” sean
insuficientes, tal cual ocurrió con el bono para los discapacitados que puso en jaque las
arcas de muchos municipios que sorprendentemente no opusieron resistencia ante una
medida totalmente arbitraria desde el Gobierno Central.
¿Por qué no se suelta las riendas a la autogestión de las entidades territoriales? La
respuesta es el poder, el Gobierno Central maneja el poder en los departamentos, regiones
y municipios, a través del control de los recursos públicos, los liderazgos locales pueden
proyectarse indudablemente con las gestiones en los ámbitos en que se desarrollen, es
decir un alcalde, un gobernador, que realice una brillante gestión puede proyectar su
liderazgo hacia nuevos niveles, convirtiéndose a la larga en un riesgo latente para la
única figura oficialista existente desde ya hace 12 años.
Vemos con mucho pesar que los alcaldes esperan la visita del presidente Morales para
inaugurar obras en sus jurisdicciones que solamente son posibles si existe afinidad entre
la primera autoridad local y el Gobierno Central. Esta buena relación viene a un coste
político, la sumisión y la adhesión de la autoridad local al Proceso de Cambio; los
agradecimientos llueven hacia una sola figura, el presidente, dando cuenta que alcaldes
y gobernadores son meros espectadores que hacen fila ante los ministerios para financiar
los proyectos que se ponen a disposición desde los diversos programas nacionales, la
representación no se hace de abajo hacia arriba, es decir del ámbito local al nacional, hoy
por hoy se hace una representación de arriba hacia abajo, los nuevos portavoces del Nivel
Central en los ámbitos locales son nuestros alcaldes y gobernadores.
Son 12 años que no se han podido consolidar las autonomías, el desarrollo local en todos
sus niveles ha ido de tumbo en tumbo, se ha recrudecido el fenómeno de la migración
campo-ciudad, al que se suma la migración de “ciudades de la periferia” (Oruro, Potosí,
Sucre, Tarija, Beni y Pando) hacia las ciudades del eje (Santa Cruz, La Paz y Cochabamba).
Esto da cuenta que existe un desarrollo dispar en el país, el desarrollo no llega a todos
por igual, un problema estructural que no va a tener solución si es que el “Centralismo”
heredado de la República y la nueva versión ejecutada en el Nuevo Estado Plurinacional
ejecutada hoy por hoy sigue vigente.
Por: Carlos Armando Cardozo Lozada
Economista, Máster en Desarrollo Sostenible y Cambio Climático, Especialidad en Gestión del
Riesgo de Desastres y Adaptación al Cambio Climático, Presidente de Fundación Lozanía