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LA INICIACIÓN,

Hace pocos días, haciendo limpieza del que hasta ahora había sido mi despacho
profesional, el cual tengo que dejar llegada la edad de la jubilación, me encontré
enfrentado a una inevitable montaña de papeles y documentos. A lo largo de
todos estos años, se han ido acumulando archivos profesionales, pero también
archivos relativos a asuntos de la Orden a la que continúo vinculado y que me
tocó dirigir durante veinte años.

He tirado muchos papeles que no tenían ningún valor, como demuestra el hecho
de haber estado allí sin que en todo este tiempo haya necesitado, ni tan siquiera
consultarlos. Pero también se han salvado otros que parecían olvidados, y que al
revisarlos, han revelado que forman parte de nuestra historia y de la historia de
la existencia del Régimen Escocés Rectificado en España, mucho antes de la
existencia del GRAN PRIORATO DE HISPANIA.

Entre ellos, también he encontrado artículos y trabajos de distintos Hermanos de


aquí y de allí, y en particular ha llamado mi atención uno que he seleccionado de
un Querido Hermano francés, que ha venido a recordarme una etapa de mi vida
en que por razones profesionales, me veía obligado a efectuar estancias en París,
al menos una vez al mes.

Recuerdo que transcurrían los años siguientes a las Olimpiadas de 1992 que se
celebraron en Barcelona. Eran tiempos difíciles (en realidad, siempre lo han
sido…) para el R.E.R. en España, ya que en 1993 acababa de constituirse a partir
de y a través de la Gran Logia de España, el Gran Priorato de España K.T. Para
la Gran Logia de España, ello significaba poder tener y controlar una Orden de
caballería Templaria, al margen de la situación habida hasta entonces en que
debían pasar –les gustara o no- a través del Gran Priorato de las Galias, que tenía
una Orden de caballería, pero distinta y aunque aparentemente todo era
caballería, en realidad era la Orden de los Caballeros Bienhechores de la Ciudad
Santa, afecta al Régimen Escocés Rectificado.

Como consecuencia de todo ello, la estructura del R.E.R. existente (a nivel de


Orden Interior, las Prefecturas de Zaragoza y Barcelona con sus
correspondientes Encomiendas) pasaba a integrarse dentro del nuevo organismo
creado por la masonería inglesa anglosajona, presidido por el Gran Priorato para
Inglaterra y Gales de los K.T. Dicha estructura quedó integrada en un Priorato
(que se sitúa por debajo de un Gran Priorato) que tomó el nombre de la antigua
Provincia de la Orden del Temple en estos territorios: Aragón, e instalándome a
mí como máximo responsable para el R.E.R. en nuestro país. A la práctica para
nosotros era como si la “madre” hubiera marchado de casa dejándonos
“huérfanos”, solo que no había marchado voluntariamente sino forzada por las

1
 
circunstancias, sintiendo de algún modo que se había roto el “cordón umbilical”
que nos unía a ella, y viéndonos forzados a madurar de golpe al tener que asumir
de improviso nuestro destino.

En estas circunstancias, mis viajes profesionales a París se revelaron


providenciales pues permitían continuar manteniendo un contacto y continuar
“nutriéndonos” a partir de unos trabajos (en forma de Planchas) que daban un
sentido y una explicación a un Rito Escocés Rectificado, que por su bisoñez y
falta de experiencia, no contaba con nadie con experiencia suficiente sobre el
particular sobre el que poder inspirarse y diera luz a tantas y tantas dudas que
aparecían en su práctica cotidiana, así como a muchas preguntas surgidas de la
reflexión sobre los contenidos de las distintas Instrucciones presentes en los
rituales de cada grado.

Buscando esa referencia tan necesaria para nosotros, encontré la Logia de mi


Querido Hermano y amigo, Daniel Fontaine, a la sazón Gran Maestro del
G.P.D.G. La logia se llamaba “Amitié et Bienfaisance” y aglutinaba a lo bueno y
mejor del R.E.R. en Francia. De hecho, los máximos dirigentes del G.P.D.G. –
comenzando por su Gran Maestro/Gran Prior- formaban parte de ella, y se
concentraba en la misma el gobierno de la Orden, lo que les permitía una mayor
eficacia en la gestión y toma de decisiones. Cuando llegué por allí de la mano de
Fontaine, el que hacia las funciones de Venerable Maestro es el actual Gran
Maestro del G.P.D.G. y en una de las Tenidas a las que asistí, iniciaron a
Dominique Vergnole, uno de los actuales Grandes Dirigentes y miembro actual
del Consejo de Gobierno del G.P.D.G.

Está claro que dicha Logia era la más influyente para el R.E.R. en Francia, y sus
trabajos, fuente de inspiración para todos, y también –claro está- para nosotros.
Allí conocí a Pascal Gambirasio d’Asseux que llegaría a ser Rey de Armas del
G.P.D.G. y según ellos mismos han reconocido, el mejor Rey de Armas que
nunca han tenido. Es autor de diversos libros sobre heráldica, y en particular de
uno que yo mismo traduje y que en el G.P.D.H. utilizamos como “libro de
cabecera” para la formación de nuestros Escuderos Novicios de la Orden
Interior, que se preparan en el conocimiento del Noble Arte, para llegado su día
ser Armados Caballeros. Gambirasio es de los heraldistas que ha sabido darle a
la lectura de las Armas, una dimensión espiritual que va más allá del buen
conocimiento formal del arte del blasonamiento, a que se limitan la mayoría de
heraldistas, salvo honrosas excepciones como es el caso de Gérard de Sorval. La
heráldica es un lenguaje que se refiere al hombre y a su gesta en el mundo, y a
diferencia de la mayoría de heraldistas, estos dos –pero Gambirasio
especialmente-, contemplan al ser humano también en su aspecto espiritual,
aspecto que conviene e interesa a aquellos que como nosotros estamos
comprometidos en la gesta de la iniciación, siendo la iniciación caballeresca una
modalidad, dentro de la iniciación cristiana.

2
 
Porque es sobre la INICIACIÓN que trata Pascal Gambirasio en su artículo que
aquí estamos comentando. Pocos autores conozco que hayan tenido la valentía
de abordar este tema tan abiertamente, desde la perspectiva cristiana. Sobre
iniciación se han escrito muchas cosas y he oído muchas tonterías, sobre todo de
“esoteristas” de medio pelo que “pintan” una iniciación que quedaría reservada a
los poseedores de la “verdad” quedando el resto de mortales como una serie de
memos y crédulos.

El cuadro que nos pinta Gambirasio es mucho menos ambicioso y mucho más
humilde, pero revistiéndolo a la vez de una grandeza solo comparable al objeto
de su visión de la iniciación. Para comenzar, sitúa la iniciación en el marco
referencial del Evangelio de Cristo, diciéndonos que ninguna iniciación puede
estar al margen o por encima del mismo, lo que ayuda a situarse y no perderse.

Los ejemplos que utiliza, sus alusiones y sus referencias son el Evangelio [“el
Evangelio es la Ley del Masón” dice nuestra Regla Masónica Rectificada], los
Padres de la Iglesia y los rituales Rectificados. Cita sin ruborizarse y en diversas
ocasiones la exhortación apostólica del Papa Juan Pablo II “Vita Consecrata” de
1996, poniendo de manifiesto su condición de masón católico Romano de
manera desacomplejada, en un momento [y hoy todavía más] en que en el
ámbito masónico cristiano, reconocerse católico quedaba mal visto, ya que los
masones que aceptaban los orígenes cristianos de la masonería tradicional [que
algunos descubrieron gracias a René Guénon], y se acercaban de nuevo a la
tradición cristiana, veían admisible apuntarse a cualquier confesión cristiana,
excepto la católica que se consideraba menos renovada y más degradada. En
realidad, reflejos de la “modernidad”.

Sin embargo, Gambirasio conoce por supuesto a Guénon, y lo menciona [por su


nombre o mediante sus planteamientos] en un par o tres de ocasiones, pero sus
alusiones son inevitables ante un foro que no hubiera entendido que no se
mencionara al autor que en el siglo XX empezó a hablarnos de la noción de
tradición asociándola a la de religión. Con René Guénon se puede estar de
acuerdo o no, siendo difícil para un cristiano creyente en la Revelación, aceptar
una religión primordial [al menos como él la explica] de la que se derivarían
todas las demás, señalando un ranking de degradación de cada una de estas
religiones en relación a la primordial, quedando el catolicismo naturalmente a la
cola. De ahí que Pascal Gambirasio considere lógicamente a Guénon, pero
ponga por delante y en primer lugar a Cristo.

Menciona –aunque sea muy de pasada- a Louis-Claude de Saint-Martin, pero


para nada a Martinès de Pasqually y por supuesto, ignora sus postulados
conflictivos [para la tradición cristiana] que se pueden encontrar en su
“Tratado”. Estoy de acuerdo con Gambirasio sobre que Saint-Martin –sin haber

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renegado de Pasqually- es mucho menos peligroso que este último. Pero insisto
cómo destaca su perfil católico-romano al ponernos como ejemplo de
receptividad y apertura a la voluntad de Dios, de la figura de la santa Virgen
María.

Destaca también su percepción y diferenciación entre esoterismo cristiano y


cristianismo esotérico que condena al pretender constituirse este en “una especie
de cuerpo doctrinal distinto, incluso opuesto al Santo Evangelio” el cual sitúa
por encima de todo. Es ese cristianismo esotérico a que se refiere Gambirasio,
que tanta turbación ha traído a la Orden Rectificada por parte de aquellos que
confunden la gimnasia con la magnesia, insistiendo en la existencia de una
doctrina propia del Rectificado (heredera de algunos postulados equívocos de
Pasqually) que estaría por encima (por aquello del purismo en la práctica del
R.E.R.) de cualquier otra doctrina, chocando con esto con el Evangelio y con la
doctrina de la Iglesia. La iniciación de “los confundidos” entraría entonces para
Gambirasio en la categoría de las “tradiciones no cristianas” en la que el iniciado
se sitúa por encima del resto al pretender poseer un tipo de conocimientos que
los demás no poseen, entrando con ello en colusión con la tradición cristiana
para la que “todo es dado” en plenitud por los sacramentos.

Muy interesante trabajo el de Pascal Gambirasio sobre “La Iniciación” y que


aporta valiosas luces que he querido compartir, traduciendo sus reflexiones para
que puedan ser compartidas en el ámbito hispánico.

Ramón Martí Blanco


Barcelona, 15 de julio del 2017, (veinte años después de la aparición del trabajo de
Gambirasio)
Festividad de San Buenaventura

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LA INICIACIÓN,
¿POR QUÉ Y PARA QUÉ?

VISIONES DIVERSAS SOBRE LA VÍA INICIÁTICA EN EL MARCO EVANGÉLICO


Pascal Gambirasio d’Asseux

Este título es voluntariamente provocador. Pero la “pro-vocación”, en su esencia ¿acaso


no debe entenderse como un llamamiento para cumplir alguna cosa, como una llamada
hacia algo o de alguien…? Siendo ese “alguien”, como bien habrá podido
comprenderse, el mismo Cristo que no deja de llamar a los hombres a que lo sigan y a
su imitación.

El subtítulo, por su parte, anuncia la orientación y el objetivo de este trabajo (que


reconoce gustoso por su parte sus límites e imperfecciones) versando sobre un tema
mayor de nuestra vía espiritual. En efecto, en tanto que iniciados cristianos debemos ser
conscientes del carácter paradójicamente específico y universal de nuestro camino, y
como bien señalaba el Papa Juan Pablo II en su exhortación apostólica “VITA
CONSECRATA” presentada en 1996: “Aun cuando toda la Sagrada Escritura sea (…)
fuente límpida y perenne de vida espiritual, los Evangelios son «el corazón de todas las
Escrituras ».

El sentido de la palabra iniciación (del latín: initium, que viene de inire: compuesto por
su parte de in, que significa en e ire, significando ir, marchar, avanzarse) es doble y
connota por una parte la idea de encaminamiento, más particularmente de los primeros
pasos en el cumplimiento de este encaminamiento, y por otra, la idea de una
interioridad.

La iniciación se define así de manera natural como un encaminamiento interior, como


una búsqueda de interioridad, insistiendo en su carácter de comienzo probablemente con
el fin de subrayar que su término, su cumplimiento “no es de este mundo” en su sentido
evangélico, lo que tampoco no significa que no pueda ser alcanzada, realizada “en este
mundo” o “desde este mundo”. Volveremos más adelante sobre esto.

Esta andadura interior, así pues estrictamente hablando, esta vía del y hacia el corazón,
es simultáneamente, y de manera efectiva, andadura hacia lo “alto”, andadura hacia el
Reino de los Cielos en el que Cristo Jesús nos revela que él “también” está y ello “en
primer lugar” dentro de nosotros: “ved, en efecto, que el reino de Dios está dentro de
vosotros”1. Señalaremos aquí que el término de esoterismo significa precisamente “lo
que está al interior”, en “el corazón” de las cosas o los seres.

                                                            
1
Lucas 17, 20-21.

5
 
Por otra parte, no nos es posible evocar este carácter de encaminamiento y vía que
constituye el propio de la iniciación sin recordar estas palabras del Señor que aclaran e
iluminan (en todos los sentidos del término) su naturaleza esencial: “Yo soy el Camino,
la Verdad y la Vida”2.

El Verbo divino encarnado en la adorable Persona de Jesucristo, se presenta así, no


solamente como el objetivo de toda iniciación, sino también como la vía misma para
acceder a ella; diríamos inclusive la Voz, la Palabra de llamamiento que invita a ello.
Efectivamente, el hombre es llamado continuamente por su Creador y Salvador para que
se gire (se torne: la conversión en su sentido pleno) hacia Él, Fuente de Amor y de
Vida: “Sígueme”3.

La iniciación es pues la búsqueda del reencuentro, de la intimidad con la Verdad


revelada la cual, de igual modo como el Camino que conduce a ella, no es otra que una
Persona, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.

Por otra parte el esoterismo, o el conjunto de conocimientos y “operaciones” rituales


que le están vinculados, significa muy precisamente lo que surge del ámbito de la
interioridad y en consecuencia del secreto porque es de naturaleza sagrada y escondida
en “la célula del corazón” según expresión monástica. El esoterismo, en oposición a la
locura ocultista o de los travestismos heréticos en que algunos lo han convertido –en
todos los sentidos de la palabra-, aparece así como el corazón, la médula y la sangre
espirituales del Conocimiento y la Caridad que el Padre nos abre y nos pide por el Hijo
en el Espíritu: “Venid, y lo veréis.”4

Pero es menester precisar que la iniciación, esencialmente, es una vía reservada; una voz
que sólo es percibida si uno es escogido por ella. He ahí el auténtico sentido de la
vocación que nos devuelve al deseo espiritual del santo encuentro que evocábamos hace
un instante, encuentro de corazón a corazón con Dios, Creador, Salvador y Amigo, que
a la vez se revela y se oculta. Y para nosotros, en tanto que cristianos, de la entrada más
intensa en la participación adoptiva de la vida trinitaria, en este amor de las Tres
Personas de una única naturaleza, que nos es dada por los Sacramentos del bautismo, de
la confirmación y de la eucaristía. La realidad de esta vía reservada, de esta vocación
específica nos es anunciada y justificada por estas palabras de Jesús: “No deis lo santo a
los perros, ni echéis vuestras perlas ante los cerdos, no sea que las pisoteen con sus
patas y volviéndose a vosotros os despedacen.”5, y cuando sus discípulos le preguntaban
por qué hablaba a las turbas mediante parábolas, les respondía: “A vosotros os ha sido
entregado el misterio del reino de Dios; mas a aquellos de fuera todo les viene en
parábolas, para que mirando, miren y no vean; y oyendo, oigan y no entiendan (…).”6

                                                            
2
Juan 14, 6.
3
Mateo 4, 19-20; Marcos 1, 17-18; Juan 1, 37-39.
4
Juan 1, 39.
5
Mateo 7, 6.
6
Marcos 4, 11-12; Mateo 13, 11-13.

6
 
Múltiples son los sentidos de estas palabras, todos ellos complementarios. Significan la
multiplicidad de los dones de Dios y de los caminos que llevan a Él y sugiere muy
nítidamente, en particular por el calificativo de “aquellos de fuera” (dichos también
profanos), la vocación iniciática y el conocimiento esotérico.

En otros términos, esta vocación iniciática, esta vía esotérica constituyen realmente una
hermenéutica, pero interior y reservada (entendiendo que la hermenéutica es la
interpretación teológica de los textos sagrados).

El misterio de este llamamiento es un componente del misterio de las vocaciones y


carismas que Dios dispensa a cada uno según su sabiduría infinita para el bien de todos
en la unidad de la Iglesia, como lo expone principalmente san Pablo en su epístola a los
Romanos7 y en su primera epístola a los Corintios8. El episodio de la Transfiguración
del Señor fundamenta e ilustra esta vía de misterio reservado: en efecto, de entre los
doce, Jesús escoge y llama únicamente a Pedro, Santiago y Juan; los lleva en un aparte
únicamente a ellos a otra montaña, el monte Thabor, para contemplar la manifestación
de la Gloria divina. Pero “descendiendo ellos del monte, les mandó que a nadie dijesen
lo que habían visto, sino cuando el Hijo del Hombre hubiese resucitado de los muertos.
Y guardaron la palabra entre sí.”9 La tradición ha querido dar a Santiago y Juan el
calificativo de Boanerges, nombre que significa literalmente “hijos del trueno”.
Recordaremos, por una parte, que Juan y Santiago son los dos santos patrones de la
iniciación de Oficio o Compañerazgo, y por otra, que en el curso de la ceremonia de
iniciación según el Rito Escocés Rectificado el candidato, justo antes de recibir la luz,
“oye” resonar el trueno.

La respuesta libre y amorosa del ser ante el llamamiento divino según su carisma
propio, según el don del Espíritu que el Padre ha querido para él, es lo que define al
hombre de deseo, tal cual es evocado por el Apocalipsis de Juan y junto a él por el
Filósofo Desconocido Louis-Claude de Saint-Martin.

Esta respuesta del amor del hombre al amor de Dios, que la teología denomina la
redamatio, da testimonio de la orientación del ser, del “signo” que lo marca
ontológicamente y del buen uso que el interesado ha hecho de su libertad, primero de
los dones gratuitos del amor de Dios para con el hombre. Es la respuesta a la pregunta
planteada por el Señor a Adán en el jardín del Edén después del Pecado y es entonces
que precisamente Adán se esconde: “¿Dónde estás tú?”. Pero ésta vez, en la luz de la
Salvación y la voluntad de conversión del hijo pródigo, la respuesta es idéntica a la del
discípulo Ananías llamado por Jesús en el curso de una visión: “Heme aquí, Señor”10 y
satisface todo el conjunto y la anterior pregunta cuando la Caída y ésta llamada
constante del Salvador citada anteriormente: “Sígueme”.
                                                            
7
1 Romanos 12, 3-8.
8
(en particular 1 Corintios 12, 4-30.
9
Marcos 9, 2-10; Lucas 9, 28-36.
10
Hechos 9, 10.

7
 
Es la respuesta del ser que presenta su dignidad esencial, su nobleza original y que
experimenta en lo más profundo de sí mismo que su razón primera no es otra que
escatológica: la alabanza y la adoración de la Santísima Trinidad en la intimidad filial
de este diálogo auténtico y misterioso que es la verdadera contemplación: la presencia
del corazón del hombre con la Presencia del Corazón de Dios en él, en primer lugar, por
el de Jesús, el Emmanuel por el Espíritu Santo.

Por otra parte en este aspecto, el primer carácter de la vía iniciática, en su modalidad
cristiana, es perfectamente mariano puesto que en efecto, en la historia de los hombres
como en la plenitud de los tiempos, no existe ninguna criatura, ningún ser comparable a
la santa Virgen María quien, en fruto de su total oblación a Dios, ha sido objeto de la
manera más eminente y única de la presencia en ella del Verbo por el Espíritu. En este
sentido asume por todos nosotros el paradigma de toda santidad y nos es dada a la vez
como ejemplo y como madre. A la Iglesia en general y a cada uno de sus hijos en
particular, especialmente a aquellos que han recibido la cualificación iniciática, ella
muestra, cuando la Anunciación, la única vía hacia Dios presentándose como el
cumplimiento perfecto: “He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra”.11

La “cualidad mariana” se revela pues como carácter constitutivo de toda alma ofrecida a
Dios y viviendo de y para el Señor, Única Realidad, único origen y Único Término.

Vía activa en una aparente pasividad que es de hecho una recepción gustosa y activa,
una receptividad actuante y discerniente del corazón y del espíritu. ¿No es acaso el
trabajo de todo iniciado y principalmente el del aprendiz, sentado silenciosamente en la
columna del norte y que acaba de nacer (o quizá mejor renacer) a la Luz que es Cristo?
Para realizar esta recepción, es preciso en primer lugar ser capaz del recogimiento, que
es silencio y secreto, así pues vigilancia del centro del ser, esta “célula del corazón” de
la que hablábamos más arriba. Esta guardia, esta vigilancia, es un elemento clave –en el
pleno sentido de la palabra-, de la vía espiritual y muy especialmente de la vía iniciática,
ligada por naturaleza al misterio del silencio y de la Luz escondida para aquel que no
está llamado a contemplarla en todo su esplendor. El ritual de cierre de los trabajos del
Rito Escocés Rectificado se nos presenta como una ilustración inmediata a través de
estas palabras pronunciadas por el Venerable Maestro: “Que la Luz que nos ha
iluminado en nuestros trabajos no sea nunca expuesta a los ojos de los profanos”.12

Esta vigilia, este recogimiento en la humildad, ya que quien se siente llamado y todavía
más en el camino de la iniciación, sólo puede hacer íntimamente suyas estas palabras
pronunciadas por todos y cada uno en el momento de la comunión en el Cuerpo y la
Sangre de Cristo: “Domine, non sum dignus (Señor, no soy digno de que entres en mi
casa; pero una palabra tuya bastará para sanarme)”, esta guardia y este recogimiento, así

                                                            
11
Lucas 1, 38.
12
Ritual Aprendiz, pág. 104.

8
 
pues, se enraízan y se alimentan del ejemplo mayor de María acogiendo la Palabra y
recogiéndose en Ella para mejor ofrecerla al mundo, así como san Lucas lo señala:
“María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”.13

Es solamente en la plenitud de esta actitud que toda alma está dedicada a volver a ser, lo
que ella siempre ha sido y nunca ha dejado de serlo, desde toda la eternidad, y que
traduce tan pertinentemente el blasón y la divisa del grado de Aprendiz (“Adhuc Stat”).

Es también el signo cristiano de este camino iniciático, que de alguna manera y según
su carácter propio y sus carismas específicos, sella lo que en términos teológicos se
denomina la consagración: se evoca entonces la vida consagrada o una persona. Nos
parece oportuno citar aquí un breve pasaje de la exhortación pontifical citada
anteriormente: “A imagen de Jesús, el ‘Hijo bien amado’ que el Padre ha consagrado y
enviado al mundo14, aquellos que Dios ha llamado para que le sigan, están ellos también
consagrados y enviados al mundo con el fin de imitar su ejemplo y proseguir su misión.
Esto se aplica a todos los discípulos en general. No obstante, se aplica de manera más
particular a aquellos que son llamados a seguir a Cristo “más de cerca”, en la forma
específica de la vida consagrada, y hacer de ello el “todo” de su existencia (…) La
misión, en efecto, caracterizándose por las obras exteriores, consiste en hacer presente
al mundo el mismo Cristo a través de su testimonio personal. He ahí el desafío, ¡he ahí
el objetivo primero de la vida consagrada! En la medida que uno se deja configurar a
Cristo, más lo hace presente y actuante en el mundo para la salvación de los hombres.
Esta consagración, que no debe ser confundida con uno de los siete sacramentos, es el
vector de cargos y deberes espirituales.

En el plano y en el ámbito que son los suyos, la iniciación es comparable a una


consagración y exige con el mismo rigor la cualificación y fidelidad a los compromisos
solemnemente adquiridos. Por lo demás, ¿acaso en el ritual de cierre del Rito
Rectificado no se nos pide: “llevar entre los otros hombres las virtudes de las cuales
habéis jurado dar ejemplo”15… Esta “consagración iniciática”, podríamos decir, cuyo
carácter imborrable queda impreso en el ser por la recepción de lo que René Guénon
denomina “la influencia espiritual” recibida en el momento de la ceremonia de
iniciación, es también, en corolario, la fuente de los carismas necesarios a esa misión, a
estos deberes. Carismas, a los que por otra parte aspira nuestra plegaria de cierre de los
trabajos recitada en el seno de la cadena de unión, dispensados por el Espíritu sobre
cada uno de acuerdo a sus necesidades y los deseos de Dios respecto a él.

Sobre la naturaleza y los “efectos” de la iniciación, es ciertamente necesario distinguir


según se opere en el seno de las tradiciones no cristianas o en el marco evangélico de la
Nueva y Eterna Alianza.

                                                            
13
Lucas 2, 19.
14
Juan 10, 36.
15
Ritual Aprendiz, pág. 105.

9
 
Tradiciones no cristianas

La iniciación constituye, en el contexto espiritual considerado, como un “plus” que


aporta en relación a lo que recibe la “multitud” realmente una gracia suplementaria. La
iniciación, por su parte, a través de la bendición específica que ella representa, confiere
una suerte de privilegio a ojos de lo que es transmitido a la masa de fieles. En la medida
que estos últimos reciben el viático general que les permitirá cumplir lo mejor posible a
su estado su peregrinación terrestre (en modo bíblico, diríamos que son admitidos en el
recinto del Templo, incluso en el Santo), la iniciación se presenta entonces como la
posibilidad de franquear el umbral, siendo admitido en el Santo de los Santos; quedando
así como la recepción de un tipo de bendición reservada.

Así mismo, este “plus” que evocábamos hace un instante se percibe y analiza como un
elemento de interioridad y decondicionamiento “suplementario” en el cuadro de la
revelación espiritual considerada. Dicho de otra manera, se trata de una gracia (de una
“influencia espiritual” como diría Guénon) que aproxima al Centro a aquel que la
recibe, permitiéndole, obrándole en el pleno sentido de la palabra, otras posibilidades,
otros campos de realización espiritual en esta vida o en lo que se ha convenido
denominar los estados póstumos del ser. Estos estados pudiendo entonces diferir
esencialmente, en este contexto tradicional no cristiano, según uno esté iniciado o no, y
a condición que dicha iniciación se haya cumplido, o que uno se beneficie (si se nos
permite decirlo ya que de por sí es un testimonio eficaz e inconmensurable de la
atención misericordiosa del Creador para sus hijos), “solamente” de la bendición
general que “envuelve” al conjunto de miembros de la comunidad con vistas a un
viático espiritual apto para ser alcanzado y cumplido por esta multitud todavía no
sensible al deseo de interioridad y de lo absoluto “para el Reino de los Cielos”.

10
 
Tradición cristiana

Fundamentalmente a diferencia de otras formas tradicionales, precisamente porque se


trata de la Nueva y Eterna Alianza en la que interviene “la plenitud de los tiempos”,
según la promesa de Dios, la revelación cristiana no conoce, o quizá mejor no
considera, esta distinción de algún modo jerárquica de bendiciones, de la “periferia” al
“centro”.

“Todo es dado” en plenitud por los sacramentos fundamentales del bautismo y la


confirmación y por la participación de la comunión eucarística que los mismos
sacramentos permiten y para el que son ordenados.

El hombre, por el santo bautismo es definitiva y radicalmente lavado del pecado


original, o lo que es lo mismo, de las consecuencias ontológicas del pecado de Adán. El
hombre es salvado de la Caída y la marca de Satán sobre él queda borrada, aunque
permanece, a pesar de todo, susceptible y así pues sensible a las tentaciones del Maligno
quien continúa pudiéndolo herir a nivel individual mediante sus potenciales
corrupciones si se deja seducir y subyugar. Pero las aguas vivas del bautismo y el fuego
de esta pentecostés personal que constituye la confirmación, marcan de manera
imborrable al ser que las recibe y hacen de él un ser nuevo, un ser renovado en el Señor.
El alimento eucarístico, finalmente, lo hace entrar como por “anticipación escatológica”
en los misterios del Reino de Dios y ser admitido, por la gracia adoptiva a la vida
Trinitaria que las Tres Personas tienen por naturaleza.

Como podemos ver, y es aquí la doctrina cristiana con toda su autoridad divina la que
afirma a través del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia, que no es posible que en el
marco espiritual la iniciación aporte una gracia “de más” en relación en relación al resto
que no fuera compartida por el conjunto de bautizados. Es de igual modo precisamente
en esto que el cristianismo y la iniciación cristiana difieren de otras tradiciones.

Sin embargo, esto no significa que la vía iniciática pierda su razón de ser en el contexto
cristiano, ni tampoco su “eficacidad” propia, muy al contrario; y si acaso no confiere
“nada de más”, ella transmite “algo mucho mejor”, dicho también lo “más cercano” a
Cristo por retomar la expresión del Santo Padre (cf. Vita Consecrata). Ella constituye, si
se nos permite el ejemplo, una ampliación, una intensificación del sacramento de la
confirmación y más precisamente todavía de ciertas virtudes y gracias del Espíritu Santo
que este confiere, en particular la virtud de la Fuerza y la de la Justicia, particularmente
vinculadas a la iniciación caballeresca. Por otra parte, podemos acudir a la misma
doctrina de la Iglesia en cuanto a la definición ya los efectos del sacramento de la
Orden, reservada a algunos en relación a las gracias y caracteres generales compartidos
por todos los bautizados, llamados –no lo olvidemos- al triple ministerio real, sacerdotal
y profético. La iniciación, en el marco de la tradición cristiana, integra, culmina,
recapitula y justifica las iniciaciones anteriores, todas ellas fundamentalmente de origen

11
 
divino y coeternas al hombre desde su exilio “en este mundo”. Actúa en esto
exactamente la tradición cristiana como respecto a otras tradiciones en el plano dicho
“exotérico”.

De este modo la iniciación cristiana transfigura e ilumina las iniciaciones anteriores las
cuales aparecen como prefiguraciones. En lenguaje teológico, diríamos que estas
iniciaciones quedan “justificadas”, en efecto, es decir a la vez legitimadas en su
naturaleza y objeto, y en lo sucesivo comprendidas y “situadas” como “propedéuticas”
antes que la Palabra no se encarnara en la historia de los hombres. Estas religiones e
iniciaciones contribuyeron, según su orden, a realizar lo que Juan el Bautista nos
exhorta a efectuar en nuestros corazones respectivos: preparar y enderezar el camino
hacia el Señor16. Esta “justificación” le permite tomar finalmente su verdadera
dimensión y revelar su auténtica “eficacidad espiritual”.

La iniciación, en el marco cristiano, está marcada por el mismo sello. Los elementos
arquetípicos y preexistentes en la perspectiva que acabamos de definir quedan en lo
sucesivo ordenados a la Palabra última y viviente de Dios hecho hombre, Jesucristo, que
da y deja al mundo su Alianza, su Alegría y su Paz.

Como la religión en la que se inscribe en un corazón radiante, la iniciación cristiana


“recapitula” igualmente todo lo que fue o permanece en la materia como al igual en
gracias anteriores, lo que significa que las reúne y traspasa, que las sintetiza e ilumina
en plena comunión de sentido.

Por otra parte, firma y abre una profundización en la mirada interior, una apertura del
“ojo del corazón” en favor del iniciado cristiano en relación a su hermano cristiano no
iniciado. Como ya hemos dicho, el no iniciado, no soporta una falta, ya que el iniciado,
sin tener un “plus” goza de un “mejor” en una ilustración de la diversidad de carismas y
la superabundancia evangélica.

Ya que, si todos los cristianos están “situados” por la gracia del bautismo, en el
“centro”, en el “corazón de Dios”, el iniciado en particular, percibe sus latidos con
mayor consciencia, deseo e intensidad. Es de hecho el oficiante y el guardián, de
acuerdo a su vocación y a los dones que el Espíritu le haya otorgado. En esto consiste su
misión en este mundo.

Así mismo, la iniciación en el marco de la religión cristiana, busca con todo amor y toda
humildad la revelación del corazón del Evangelio, de la interioridad cardíaca o cordial
de la Alianza del Cordero de Dios, Salvador del mundo.

                                                            
16
Juan 1, 23.

12
 
Y ¿por qué –pues-, querer ir más allá, hacia Dios? ¿Por qué pues ir, como dice el Santo
Padre: “lo más cerca de Cristo”?17 La respuesta la tenemos, por una parte, en estas
palabras de san Macario de Egipto: “Si alguien dice: ‘soy rico, tengo todo lo que pueda
necesitar, no necesito nada más’, este no es cristiano sino un vaso de iniquidad
diabólica. Ya que el placer que se tiene en Dios es tanto que uno no puede saciarse.
Cuanto más se gusta, cuanto más en comunión estas con Él, más hambre tienes.”

Ahora bien esta hambre a que nos referimos, ¿acaso no es la vocación primera, esencial,
del hombre la verdadera vida de su ser…?

Y en estas palabras de san Anselmo, por otra: “No trato, Señor, de penetrar en vuestras
profundidades ya que mi inteligencia no es en absoluto comparable, sino tan solo deseo
comprender un tanto vuestra verdad que mi corazón cree y ama.”

Estos dos Padres de la Iglesia explicitan de esta manera y en su radicalidad la fuente y la


legitimidad espirituales y evangélicas de la meditación teológica al igual que de la vía
iniciática.

Por otra parte, toda la vía se resume, se consuma y se consume en el ejemplo y el


testimonio de estos tres faros de la espiritualidad carmelitana que podemos contemplar
como iniciados por el mismo Espíritu Santo. En primer lugar, san Juan de la Cruz
cuando afirma: “en el atardecer de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor”; santa
Teresa de Jesús (santa Teresa de Ávila), a continuación cuando proclama: “Y sin amor
todo es nada”; finalmente santa Teresa del Niño Jesús (santa Teresa de Lisieux), que
nos deja el perfume de su alma, escribiendo: “En el corazón de la Iglesia, que es mi
madre, yo seré el amor”.

Amor y conocimiento como una sola y única plegaria, como una sola y única obra
cristiana, san Pablo lo confirma y exhorta a ello con estas palabras: “Que vuestra
caridad abunde más y más en el conocimiento y en toda comprensión”18. He ahí lo que
teje el carácter de la iniciación cristiana, el mantillo de tierra en que germina y crece.

En esta realidad y por tal de captar un tanto la dimensión de la iniciación cristiana y del
esoterismo cristiano, podemos considerar la síntesis siguiente: Bautismo y
Confirmación son los sacramentos fundamentales del cristiano: los sacramentos, es
decir los signos y los instrumentos eficaces de la regeneración de su ser por la gracia
salvífica del “Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”19 y redime el pecado
de Adán al precio de su Preciosa Sangre. La eucaristía, alimento celeste o pan de los
ángeles, es la participación “desde esta vida” de la Vida trinitaria, abierta por los dos
sacramentos anteriormente citados.

                                                            
17
Cf. VIA CONSECRATA, Juan Pablo II, Exhortación Apostólica, 1996.
18
Filipenses 1, 9.
19
Juan 1, 29.

13
 
En el seno de la plenitud de estos tres sacramentos que “marcan” ontológicamente al
cristiano y componen una única familia, en la Iglesia, donde todos comparten la misma
dignidad y los mismos efectos de la gracia de este modo dispensada, hay como tres
recintos en la economía general de las misiones ligadas a la vocación de cada uno, que
no difieren en jerarquía sino en carácter. Y la iniciación es uno de estos tres recintos.
Recordemos estas palabras del Apóstol: “Y hay diferencias de dones, pero el Espíritu es
el mismo. Y hay diferencias de ministerios, pero es uno mismo el Señor. Y hay
diferencias de operaciones, pero es uno mismo el Dios que lo opera todo en todos. A
cada uno se le da la manifestación del Espíritu para lo conveniente.”20

El sacramento de la Ordenación

Según la jerarquía tradicional y estrictamente hablando, únicamente el Obispo


(consagración episcopal) y el Presbítero (ordenación sacerdotal) están facultados para
celebrar la eucaristía, ya que el Diácono no ha recibido la ordenación que se lo
permitiría. De acuerdo a ello, la misión y el carisma del obispo y del sacerdote, por la
gracia y el carácter del sacramento de la Ordenación, es el de configurarse a Cristo para
cumplir el sacrificio eucarístico y asumir la plenitud del apostolado en beneficio de
todos. En estos “actos”, se encuentra realmente el Verbo de Dios que actúa en y por
ellos.

La vida consagrada

Esta consagración no se inscribe entre el número de los siete sacramentos. Dicha


dedicación, define y sella la vocación religiosa regular o secular de los hombres y
mujeres que “toman el hábito” de las Ordenes monásticas, o se comprometen en el seno
de las Congregaciones o Institutos religiosos. Es igualmente la vía de los laicos
pertenecientes a lo que se denomina las Ordenes Terciarias u Ordenes terceras, surgidas
de una de las Ordenes monásticas mencionadas. El carácter de esta vía dedicada y la
especificidad de la misión de aquellos que son llamados a la misma es el de vivir en
imitación perfecta a Cristo, castamente, pobremente, obedeciendo la voluntad del Padre,
orando y llevando su misión, a fin de hacerlo presente, incluso y sobre todo, allí donde
no es conocido o reconocido. En su modalidad religiosa, es la ascesis hacia la santidad a
la que todos los hombres están llamados -aunque bien pocos respondan a esa vocación-,
para convertirse en el germen del Amor, de la Paz y de la Alegría de Dios.

La iniciación

                                                            
20
I Corintios 12, 4-7.

14
 
En el marco cristiano, la iniciación se presenta, a la vez y en una aparente paradoja,
como un aspecto central y específico de la consagración evocada en el párrafo
precedente.

Aspecto central, porque la iniciación nace y vive de la Palabra encarnada que es


simultáneamente la Luz verdadera que ilumina a todos los hombres, como bien anuncia
el Prólogo del Evangelio según san Juan21. Central y así pues, en el sentido pleno de la
palabra, católico, es decir universal. Es en esto por otra parte, que a imitación del
Evangelio en el seno del cual se inscribe, la vía iniciática cristiana “recapitula” como se
ha dicho, “conteniendo” en cierto modo, todas las iniciaciones anteriores.

La iniciación cristiana constituye el corazón de “la iniciación” por consecuencia


inmediata del hecho que el Evangelio constituye a su vez el corazón de todas las
Revelaciones divinas precedentes hasta entonces identificadas como prefiguraciones y
propedéuticas. Analógicamente y haciendo un paralelismo, podemos ver que en el Rito
Escocés Rectificado, desvelamos la luz al candidato durante la ceremonia de iniciación
en dos tiempos: en el primero, desvelándole solamente una luz “difusa”, precisamente
porque sus ojos –el alma del candidato- no son todavía capaces de soportar en todo su
esplendor -en que por otra parte nunca ha dejado de brillar-, mientras que en el segundo,
se sitúa al candidato frente a y en la gloria de la Presencia, en un recuerdo del bautismo
que lo revistió de Cristo, Luz del Mundo. Podemos comprender ahora por qué la
iniciación hace de él en lo sucesivo, un “hijo del trueno”, un “hijo de la Luz”.

Aspecto específico, ya que la iniciación, el conocimiento esotérico, tiene por misión


abrir el ser que está llamado al absoluto de la Buena Nueva y a la realización, por los
ejercicios espirituales que le están vinculados y reservados, de cuerpo de gloria o cuerpo
de resurrección. ¿Acaso no afirma la tradición iniciática, que al mediodía en punto, el
iniciado cumplido no proyecta ninguna sombra…?

La Gran Obra de esta vocación es pues la de actualizar, la de “anticipar”, si se nos


permite, lo que debe advenir escatológicamente, en primer lugar a título individual en lo
que se acostumbra a denominar los estados póstumos del ser, en cumplimiento de la
Resurrección de la carne y a continuación a título colectivo, lo que significa
radicalmente la Comunión de los Santos, cuando todo estará acabado en la Plenitud de
los tiempos en que Dios será “todo en todos”22, como dice san Pablo.

A través del camino trazado por las Beatitudes, que residen en la vía real del cristiano,
así como por las “operaciones” y ejercicios espirituales que le son propios, la vía
iniciática permite a aquellos que son llamados a esta realización en modo religioso o
monástico, realizarla incluso “en esta vida” y “desde esta vida”, constituyéndose en los
guardianes de una enseñanza que el Señor entiende que no es bueno que sea compartida

                                                            
21
Juan 1, 9.
22
I Corintios 15, 28.

15
 
por todos. Esta santa ciencia llama a aquellos que la profesan a convertirse y
permanecer eficientes y oficiando al servicio de la Verdadera Luz que es Cristo. Por
todo ello, no por revelación directa, sino por una especie de “capilaridad espiritual” a
través de la acción de presencia y la ascesis particular de los iniciados, este arte real y
reservado concurre igualmente al bien común.

De todas formas, la iniciación es “pentecóstica” ya que por ella el Espíritu refuerza, por
decirlo de algún modo, su presencia en el corazón del hombre. Igualmente, promete en
su perfección una asunción del ser por el logro del estado glorioso que acabamos de
evocar. El profeta Elías, por otra parte patrón de los Carmelitas, y antes que todo, la
Virgen María son los ejemplos mayores de lo que nos es prometido si permanecemos
fieles a las promesas de nuestro bautismo y a nuestros votos iniciáticos.

Una en su naturaleza, pero múltiple en sus formas, la iniciación en el marco cristiano


que es el nuestro, presenta las vías siguientes:
- La vía del Oficio, dicha también Francmasonería y el Compañerazgo
- La vía heroica, es decir la Caballería y su lenguaje simbólico: la heráldica
- La vía alquímica y hermética: Al-kimia significando en efecto química de Dios
(Al/El)
- La vía de las letras y los números o cábala cristiana.

Sin olvidar que con toda evidencia la manifestación más perfecta y más acabada de todo
esoterismo se tiene en ese misterio insondable del amor de Dios que nos sacia de su
Presencia y de su Vida bajo las Santas Especies Eucarísticas.

Sea cual sea el camino escogido o “que nos haya escogido”, es preciso saber que el
peregrinaje es largo y difícil e incluso peligroso. La vía iniciática, en plena armonía con
la paradoja a que nos referíamos en preámbulo, conjuga el don y el misterio de hacernos
partícipes del anuncio de la Buena Nueva por un testimonio de vida auténtica aún y que
permaneciendo secreta, en la medida que permanece reservada solamente para aquel
que está llamado para franquear el umbral. Este secreto no debe sorprendernos. ¿Acaso
san Pablo no enseña? que: “(…) vuestra vida quedó oculta con Cristo en Dios; cuando
Cristo, que es vuestra vida, se muestre, os mostraréis también vosotros en gloria con
él.”23

Así, podemos hablar de una verdadera “legitimidad evangélica” de la iniciación. Es en


este sentido que es lícito y verdadero hablar de un esoterismo cristiano. Insistimos y
subrayamos –a continuación de René Guénon- el hecho que se trata de un esoterismo
cristiano, es decir una vía de interioridad espiritual en la acogida y meditación de la
Palabra de Dios (en ejemplo, citaremos la lectura alquímica del Apocalipsis de Juan que
constituye una de las aplicaciones del sentido anagógico de las Escrituras) y no de un

                                                            
23
Colosenses 3, 3-4.

16
 
cristianismo esotérico que constituiría una especie de cuerpo doctrinal distinto, incluso
opuesto al Santo Evangelio.

Cristo, no solamente permite sino que anima y legitima esta gesta cuando el episodio de
la unción de Betania. En efecto, mientras que Judas se indigna por el hecho que María
esparza a los pies del Señor un perfume de nardos de alto precio, poniendo como
objeción las necesidades de los pobres, Jesús responde: “Déjala…”24. En uno de los
significados en que podrían ser entendidas estas palabras, pide a cualquiera que
permanezca extraño a una misión o carisma particulares y especialmente a la vía
iniciática, de no obstaculizar esta vocación de interioridad operativa que, ciertamente,
uno puede no llegar a comprender, que puede incluso llegar a molestar a otros, y como
sucede para la vida contemplativa, puede no llegar a verse la necesidad y la belleza que
supone a los ojos de Dios.

Subsiste, al cabo de toda esta exposición, una pregunta fundamental, en el verdadero


sentido del término: ¿cómo cumplir nuestra vocación cristiana e iniciática?
Esencialmente por la fiel aplicación de esta enseñanza de los Padres y grandes maestros
de la acción apostólica que recuerda por otra parte el Santo Padre en su exhortación
sobre la vida consagrada: “es preciso tener confianza en Dios como si todo dependiera
de Él, y al mismo tiempo, comprometerse con generosidad como si todo dependiera de
nosotros”.

Pascal Gambirasio d’Asseux


Enero de 1997.

                                                            
24
Juan 12, 7.

17