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E L BARCO · DE VA!l>OR
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Gi lberto Rendón Ortiz

Los cuatro amigo


¿ Y si ya ha dejado de aer nlflo?
¿Como ea sabe 1110? ¿en qua momento
preciso deja un nlflo da ser nlflo?
de siempre~
----
Gilberto Rendón Ortiz
LOS CUATRO
AM IGOS
¿Hay una regla para medir la Infancia?
Manuel esté preooupado tiene
miedo de crecer talvez al se
DE SIEMPRE hace mayor eua amigos Julio, l:mlllo,
Jaok y Karl dejarén de Ir a
visitarle.

Gilberto Rendan Ortlz es un


escritor mexicano cuyo principal objetivo
ha sido difundir la Educación,
La Cu ltura a través de la radio, la
te levisión, la prensa y los llbros
Merecedor de Innumerables gafar
dories !Iterarlos Rendón obtuvo por
esta obra el premio IEI barco de vapor
mexico 1998.
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A PARTIR 9 AÑOS
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El BARCO: DE \//'J.,POR

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Gitberto Rendón Ortiz


Premio EL BARCO DE VAPOR 1998�México
--¡ Aianuelito
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Pnmerr, crÍio,;,1:p,/1,; ,!()I x)


Octav,1 edlc",011: ;ulw 2007
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� OS grand ec1to ·
-ü para Jugar a esas cosas - 11a
Dín:rc:ón editon,1l, Els.i .-\¡::uiar
Cub1en� e dusn acioné,>: :\·l,11:io Fc.1]
dicho ía tía Fanny.
\'.::r,ión 1d,1pt,ida de! <•rit!itu!
('
¡,Jra ,IJ ¡111bli,---·-,l.-¡"1·i 1•11 z:. .-
•. l.:\p;),1,i l\fo gusta la música de sus palabras. Me gusta
@ Gilbl'rco R,:ndóu nrtÍ L f<)l)l)
toda .la tia Fanny, pero a veces me duele la mú­
<D Edicionr, S�l. 2l.l00 ' sica de su voz.
1 mpre,ort',, i S
Urbani7.a,ión Pradc, de! F.,pi P ,)
La tía Alba vino también de Costa Rica, pero
2X6t>O Ro,idi!b dd M.:.,nre ¡ �-bdr1d! ella es más seca de voz y de cuerpo y de carácter.
\\w,1·.grup,l-sn1.,:ú111 -Usted ya no debe andar inventando cosas
L. u1·11..o.
Cl,Jvn,o DL ,\TE,\:UÓ.\ .�L U.lE1'n·: as1., No es un cn1 q
1�L 902 t2 13 2 ..� Es más seca, pero casi nunca se enoja conmigo,
Fax: 902 24 12 2).
t· mad: dii:11tc,<g,grupo-sm.úllll no que me dé cuenta. Lo único gracioso que yo
ISI3N: -i�s.84-J-H�-72.<,0-8
le veo es que me hable de usted. A los mayores
Depósito l:.�.,i: ;\[-2t>J 87-20•)7 les habla de tú, o más bien de <:se rnodo en que
l�1prcs,1 -:n E;.p.;.1b ¡' Pnrmd m Spmn hablan los extranjeros. Ella no es extranjera, sino
C,oh¡:gr,11 índu,rriJ¡; Gr,ífic�s. SI._ .. 21-lLJ:';" C1sun.bud,,, ::'vladnd.•
------·-----------. ------·-- ___,,_____ --- . -....____ . ..... -------- ---- ·-------- mexicana, pero se ha educado en Costa Rica, al
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r�1�dª• proh1l,ida,d ·¡ .;,¡/vo . CXcCJXÍÚ!l
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l'rt'\'Í,t� ,, �'tt',, t' , · j
1 11..:1 01tn,1 l. t: ieprn-
igual que la tía Fanny. Las dos son hermanas de
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�il:Cl:,�)n. J'\tn Htc1on, co111un1::.: .1L'ff,n rnúbH�··t v. tr'in-·,fo,I11,, •1 .,-;
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lru,1Qn_:· 1- L1 ,ibr.t pu1.·dl.." -,�r i.:nnq'lt\l(l\':J. Je dd ti ,) �o:ltr�l Yo me he puesto serio y ellas dicen que no
fa prnp1c_l1d 11�tel,�ctu.1l -1.:,ln. n ¡,,
(;lft, ,1.,,O v. "'· ,-ld (.,,d¡ ..�...0 p.... '1,"'1 .. F''.. L".,. . - - ¡ l.¡ \,�
me enoje porque me pongo «muy feo,,. Me tratan
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D. c-n.·c ll 1 )S Rcprogr,1h.:-.v, vda pür d rc-:-pd.o de: ]<;� ci rnd o�. ,..: h.J..:·d-H).;_
-
----·---- ..... . - ·-- ----�-- ---·---- -- ···------- - . -·-·-··-- - --·------- como a un pequeño, y luego dicen que ya so
y
mayor.
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La verdad es que no me enojo con ellas.
Me pongo serio, preocupado. Y, sí, ta.mbién bs tengo, sino que los cumplo dos días antes del
rabioso, pero no en su contra; no sé contra día de Keyes.
quien, porque a lo mejor ellas tienen razón y ya Yo me atengo a la promesa y ya sé lo que voy
no soy un niño. a pedir. Y no me importa que sea lo último que
Lo siento en el pecho ) como algo que se aga­ me traigan, sino que cumplan con la última vez.
zapa a la espera de poder saltar. Veo las cosas Bueno, pero lo que me hace rabiar y .llorar no
de otro modo, como si de golpe los ojos los tu­ son los Reyes Magos, ni las tías., ni la abuela, ni
viera más arriba; siento los brazos más largos, el lo.s primos que ya están aquí de vacaciones (ya
rostro como si se me hubiera hecho de ángulos. i;é que se van a burlar-compadecer de mí; más
Siento que en cualquier momento voy a ser otro. todavía que en b.s fiestas pasadas, si la abuela
¿Y si ya he dejado de ser niño? ¿Cómo se sabe no regresa pronto), sino el miedo que siento de
eso? que este año ellos, mis amigos, los cuatro mag­
¿En qué momento preciso deja un niño de ser níficos, no vuelvan más. ¿Por qué? Por lo que
niño? dicen las tías: que ya no soy un niño. Si ellos
¿Hay una regla para medir la infancia? piensan igual, van a decir lo mismo: que ya so­
¿Cuando mi abue me reveló el secreto de los mos mayores para jugar a esas cosas.
Reyes Magos, me abrió los ojos-puertas para pa­ -Pero decíme, tía -imito su modo de ha­
�ar al mundo de los adolescentes, de los que ado­ blar-, ¿cuándo se deja de ser niño'?
lecen de infancia y de edad madura ) de los que ---Cuando se abren los ojos, cuando d cuerpo
están en medio de dos mundos... ? ¿Por eso es se despierta, cuando ... --redta la tía Alba brus­
que ahora me atormento y lloro y no sé dónde camente, llevando la cuenta con los dedos.
estoy, si allá o aquí? A la tercera respuesta se interrumpe de golpe,
No lo sé; el cuerpo me duele más y me canso me mira sorprendida y corre a darme un beso,
mucho y tengo siempre sueño. Es lo único que seco como es ella, en la frente. Creo adivinar
sé. una húmeda mirada, pero no logro fijarme bien
Además, cuando mi abueia dijo eso de los Re­ en sus ojos, porque de improviso sale de la ha�
yes Magos, prometió que me traerían regalos una hitación diciendo:
vez más, hasta los doce años, y ésos todavía no -Siga usted jugando, Manuelico, no escuche
a esta vieja...
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7
M.e da un sueño irresistible, ya estoy cabe­
Y yo recupero la espada que armé con las pie­ ceando. ¿Í"o.r dónde iba? Si, ya sé. La tía Fanny
zas del mecano y el escudo de lámina (que tam­ me mira. La tía Alba se ha ido llorando. Abue
bién salió del mecano) , y me apresto a combatir h . , Q , .. ? Í),,
no viene, sigue en el ospitaL ¿ _ye mas. '<.Ye
a los capitanes turcos gue tienen sitiada Candía. ya no soy un niño. , .
El juego es en silencio, porque la tía Fanny se A lo mejor ya estoy grandecH:o, como dicen
queda a cuidarme y me da vergüenza gritar ellas, y mis amigos ya no regresan más. ¡No, �so
1
como un jenízaro delante de ella. no, ellos vendrán! No puedo perder la es?er,anza,
Cuando me canso, no de jugar sino del cuerpo yo los voy a esperar siempre, aunque deJe de ser
y de la mente, no me quiero dormir; quiero estar
�iño y ya no juguemos a esa� �osas. Podr_í��os
alerta, a ver si, en un descuido de 1a tí.a Fanny,
fumar y hablar sobre las noticias del �eno�ic�
ellos vienen por mí.
y hacer juntos cosas de mayores. ¡?h, D10s, OJala
Bueno, a ver si los dejan venir a jugar con­
no sea muy aburrido ser mayor!
migo.
Sí, los voy a esperar siempre, como otras ve­
1-\.. los cuatro; sí, a los cuatro. O a uno tan sólo.
ces, a,quí sentado.
Hoy, con las cosas que dicen las tías, me con­
formo con que venga uno solo. En mi sílla de ruedas.
¿,Y si los que han crecido s011 ellos, y si ya
son adolescentes, y si ya no son niño:,? Entonces
no vendrán, ¿,verdad?
No sé la edad que tienen, pero de golpe no
creo que hayan envejecido. Los cuatro al mismo
tiempo. No, habrá uno. a lo mejor Karl, que sea
más niño que los otros. De marzo a diciembre
son ... nueve meses. ¿Es bastante tiempo pa.ra cre­
cer tanto?
¿ÜJ:Iién lo sabe?
¿Y si nos queda un poquitito de niños? ¿Uria
cositita, así, chiquirita'? ¿Cómo saberlo? ¿Dónde
está ese metro que mide a los niúos y les dice
cuánto les falta para dejar de serlo?
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8
2 Emilio

AL primero que conocí fue a Emilio. Él dejó


el portón de la huerta abierw, de par en par.
--Uno nunca sabe si tiene que salir corriendo
-se decía cuando entró a cortar unos mangos.
Había, casi a la entrada, unos mangos manila
muy bajitos, pero la huerta es enorme y está
llena de ciemos de árboles diferentes.
-¡ Mompracem ! -se imaginó Emilio apenas
arrinconó su bicicleta junto a un árbol de litchis.
Y, fascinado con la huerta, se puso a explorar
el lugar.
Yo lo vi desde la terraza de mi cuarto cuando
llegó ante los guanábanos.
Mi abue me había sacado un rato a tomar el
sol a la terraza bajo el filtro de una enredadera
de maracuyás.
Iba Emilio vestido de blanco bien blanco, des­
lumbrante el pantalón corto, los tenis, los cal­
cetines blancos, la camisa blanquísima y bien
blanco el sombrero blanco de explorador.

l1
Así a lo lejos me pareció una figura arrancada -No puedo dejarte en h terraza . Estoy ocu­
de un libro de cuentos. .
pada, hoy no ha venido la muchacha � debes
Descubrió que lo veía y trató de esconderse .
estar dentro... Hago de comer, espero v1s1tas, es­
detrás de un árbol. cribo, barro, coso... Te quiero cerca.
Yo agité mi mano saludándolo y él volvió a Ni cerca ni lejos en realidad. La abuela está
aparecer, no muy confiado. abajo y yo en mi cuarto, arriba. A veces grita y
--¿No hay perros? -preguntó. me pregunta qué estoy haciendo.
-No -respondí-. Había una perra hace -¡Juego a los piratas! -le contesto.
tres o cuatro años, pero se la llevaron a otra casa. O le digo 9.ue estoy leyendo un libro º. que
-¿Puedo cortar un mango? no estoy haciendo nada, o no digo nada s1 me
-¡Ven! -exclamé. quedo dormido.
Tenía un pequeño morral al hombro. Me lo . .
Ella se ocupa de mí, pero tiene trabaJO. Escri-
imaginé lleno de fruta y añadí: be para un periódico, una, dos, tres notas dia:ias.
-Por este lado hay mangos maduros... Yo te _
Me toma la temperatura, me da las med1cmas,
digo en qué árboles la fruta está buena. corre a verme si la llamo, me besa y a. veces se
-Me gustan los mangos verdes. entretiene un rato conversando conmigo.
-No sabes... El mango criollo, verde; el man- Le gusta escribir y leer. Por eso me ha llenado
go fino, maduro... el cuarto de libros. A mí también me gusta leer.
-Mejor ven tú ... Ahora lo entiendo. La lectura alivia la pesada
Me quedé callado un momento. ¿Cómo decirle carga que represento para ella.
que mis piernas son dos hilachos que no me Pero hoy, me refiero a ese día hace vemte me-
llevan a ninguna parte? ses, cuando apareció Emilio con su exótica �lan­
-No me dejan. cura, no quiero ver libros, ni jugar con la rma­
En ese momento llegó mi abuela. El chico se ginación. Hay un chico de verdad en la huerta
escondió y vio asombrado que, en efecto, yo era ¡y yo aquí encerrado!
un pns10nero. . .
No podía dejar de pensar en el chico de blan-
-Ya basta de sol, hijo ... co. �ería decirle que había unos mango� agu­
-No, abue; quiero estar un rato más aquí sanados. Ese año no les habían puesto el msec­
fuera. ticida a tiempo. Los gusanos se entierran en el
12 13
condición de invilido y · me puse triste· y · ine
suelo y se mueren o no sé en qué se transfor­ rnorcii los labios, temeroso de que al descubrirla
man, pero dejan sus huevos enterrados y al año el visitante sufriera la gran decepción. Qyizá te­
siguiente salen a vivir de nuevo del mango. De nía diez años como los que yo tenía entonces,
esa variedad nada más. Los otros árboles están pero su mirada brillaba como nunca he visto la
buenos y resisten Ja plaga. mía brillar ante el espejo. Era un muchacho
De pronto, un golpecito en los cristales de muy recio y ágil. Pisaba firme, sus pasos reso­
la puerta que da a la terraza. Había alguien naban en toda la habitación.
fuera. La abuela gritó:
Pude abrir porque la abuela no pone seguro. --¿Qyé haces?
Hay un escalón por el cual no podría subir yo -¡Estoy jugando! -respondí de inmediato.
solo 1a silla de ruedas, y por eso no se preocupa En ese momento el chico había encontrado
de cerrar con llave. unos pañuelos y se ponía uno en la frente y me
--¡No temas! --apareció el chico de blanco--. tiraba el otro para que me lo pusiera igual.
¡Sandokán al rescate! -_¡Vámonos! -exclamó avanzando deci-
Salté de emoción al verlo y al escucharlo. dido.
Había dejado en algún lugar d sombrero de -No puedo... -le señalé mis piernas, ape­
explorador y lucía una magnífica cabel1era negra nado.
rizada. Era blanco de tez, pero muy quemado -¡Ah, mi querido Yáñez, veo que el truhán
por el sol. no sólo ha usurpado el trono que a usted le per­
-Amigo Yafiez, estás libre. Ahora mismo ce tenece, sino que lo ha reducido a este lamentable
sacaré de aquí. estado! No se apure, encontraremos el antídoto
Estiré la mano para saludarlo y él la estrechó preciso ...
con efusión. Antes de que yo pudiera decir algo, se puso
--Me llamo Manuel -dije. detrás de mí y empujó la silla de ruedas.
-¡Yáñez! -corrigió Sandokán. -Al revés --dije contento.
Paseaba la mirada por toda la habitación, y él Y no tardamos en salir a la terraza.
mismo no se estaba quieto en ninguna parte. Yo -¿Ahora, cÓr.üo bajamos, señor Yáñez?
lo miraba divertido, pero cuando dio con el ar­ -Primero la silla de ruedas y luego yo... -se
mario y abrió una de las puertas, recordé mi
1.5
14
me ocurrió, temblando de emoción--. Hay va­ ] Kad
rias cuerdas por ahí --señalé la puertecilla de
un cuarto de herramientas que daba a la terra-­
za-. La inás larga es la cuerda para las piñatas,
cuando vienen mis primos en Navidad.

BAJÉ por mis propias fuerzas. Mis manos se


desgarraron con la soga, me quedaron sangrando
y ardiendo, pero oculté el hecho, porque Emilio,
así dijo que se llamaba antes de lanzarme yo al
vacío tras la silfo de ruedas, se mostraba esplen­
doroso a mí lado, sin agitarse por la escalada,
sin dar muestras de temor por ::m atrevimiento.
Y yo quería parecerme un poco a él. Escondí
también el miedo que me daba que la abuela
nos descubriera.
Cruzamos como un rayo la huerta toda. Al­
canzamos el portón que seguía abierto y mar­
chamos a la búsqueda del árbol de litchis.
-¡Ha desaparecido! -exclamó desconcertado
Emilío-Sandokán.
. Fue cuando supe que había llegado en bici­
cleta.
-A.lguien ha visto el portón abierto y se la
ha llevado.
-No, Manuel... El ladrón no se ia ha llevado
afuera... Mira las huellas.
16 17
El encanto del juego se rompto, d había de­
jado de s�r Sandokán y yo Yáiiez. No podía se­
guir siéndolo si le roban a uno la bicicleta.
Seguimos las huellas, que yo no veía pero él
sí, hasta el cerco de malla rapizado con enreda­
deras y cerezos del Brasil.
Allí estaba la bicicleta en manos de un mu­
chacho rubio, más alto que Emilio pero de no
más edad.
-·¿Es tuya? --preguntó con descaro, dirigién­
dose a Emilio-. Nunca había montado en una
burra italiana, Benot:-o. No me parece tan buena
como el camello que trae tu ainigo. ¿Puedo dar
otra vudta?
----¿Camello? -preguntamos los dos.
Burra se dice a ve·ces a la bicicleta. Camello,
pensé, quizá fuera otra forma de nombrar una
marca diferente o a una silla de ruedas.
El rubio no respondió, sino que se encaramó
en la bicicleta y se fue pedaleando por una ve-­
reda entre los árboles.
Tuve 1a impresión de que aquel muchacho ru­
bio nos había tomado el pelo y había escapado
con la bicicleta, pero no tardó en volver a ve­
locidad regular por el otro lado.
Entonces se acercó a la silla de ruedas y, ale­
gremente, dejando la bicicleta en manos de su
dueño, se puso detrás de mí.
-Ésta sí es una nave del desierto -y cornen-

18
zó ;;i empujar b silla llevándome a la ca.rrera---. Ten íi yo una grosería en la boca, apan:e de
i:7"�mos tras los piratas de.l mar Rojo! Sígueme,
una lágrima que había escurrido en mí cara.
s1d1. ..
--Déjame ·--c�si grité.
Emilio, montado en su vehículo, se apresuró
El rubio insistió, quería ayudarme.
a ir detrás de nosotros.
---¡Déjalo! -exclamó Emilio--. ¿No has
Nunca ames nadie me habí.a paseadó a J.a ca­
oído?
rr�ra en la siila de ruedas. Era estupendo. Daba
El rubio se enderezó y quedó frente a Emilio.
brincos en algunas panes del ter.reno, y en al­
gunos planos y bajadas cobraba una velocidad de Se cruzaron sus miradas a pocos centímetros de
distancia, cerra.r,:-,n ambos los puños y perma­
vértigo.
nederon así algunos segundos. El rubio aflojó las
De pronto, lo �1ue tenfa que ocurrir pasó: tro­
manos y sus puños se abrieron.
pez amos con un borde del terreno, la silla salió
---Si no queréis, no juego --se encogió de
vob.nc�o f'°.r un lado� y yo, su pasajero, por d
hombros.
otro. _f\�abe en el suelo en una posición que me
perrmuo ver una escena ter.rible: la silla aterrizo Emilio me miró. Yo escondí los ojos para no
1 o ..-:x10 tener que responder.
a m·
. _1 1ao. , J· vanas
· vo 1 teretas siguiendo una
-No queremos que juegues --informó Emi­
zona despej:ada de árboles y malezas, y cuando
lio.
cayó �e pie lo hízo en u�a ligera bajada que
-Bueno... -se alejó unos pasos el rubio. Me
corn::lm2 en un arroyo. Así mi siUa se fue ro­
miró y dijo--: Siento lo de la silla.
dando hasta p.recipitan,e en la fuerte corriente
Pero no se fue, se quedó a un lado frente al
de agua que cruzaba apenas por diez o quince
arroyo, mirándonos de reojo.
metros dentro de la finca, antes de volver a me­
Emilio me llevó en brazos y me puso a orillas
terse en otra propied,H:-1 privada.
El rubio y Emilio corrieron a alcanzar fa silla del ribazo.
d: ruedas, pero la corriente 1:r.:1. muy rápida, y Yo seguía viendo todo nublado, a través de los
oj os húmedos. lVli silla de ruedas era ... parte de
fna� Antes de que se animaran a tirarse al agua,
mí mismo. La parte que yo creía que amaba más
la silla pasaba, como resto de un naufragio, bajo
porq_u·:: no me dolia nunca y porque aden1ás me
1a ab:mbrada que divide los territorios.
permitía ir de ::m lado a otro y vencer los fan�
-¿Estás bit:n, ,Íosef ben Josef ben Azud ben
Jalha ben Ami ... ? -me recogió d rubio. tasmas que acosan a los desvalidos físicos. Y 1a
había visto perderse a lo lejos entre la corriente.
20 21
---Ya \:e he dicho que no te queremos aquí...
-gruñó Emilio cuando reparó en que el rubio 4 Julio y ]ack
no se iba.
Habían medido fuerzas en el br-eve momento
en que se encararon, y aunque d rubio era poco
más alto, Emilio era más fuerte y temerario. Y
ambos lo sabían.
-No me he quedado a jugar... -·--añadió el
otro----, sino a ayudar.
Respondí que sí a la nueva mfrada. de Emilio. -N ECESIT.Alv10S un barco para ir tras las rue­
-Bueno, quédate. das del chico -aseguró Kad a modo de pro­
--1\;Íe llamo Karl -s� presentó. puesta.
-Tienes razón -asintíó Emilio-. Pero para
hacer un barco necesitamos un hacha ...
,
"LX l ....? --me l'1mp1e
--¿.nac:1a ., ]os OJOS.
--Para tumbar este árbol. La madera de bao-
bab es ligera y resistente y nos saldrá un barco
muy mannero.
-¿Baobab? ---me quedé mirando el árbol de
mangos al que Emilio le había echado el ojo. Es
cierto, parecía algo diferente de los demás ár­
boles de mango que yo conocía, pero hasta en­
tonces yo no sabía que en la huerta había un
baobab.
Nos quedamos mirando lo alto que estaba, las
ramas tan frondosas y robustas, y, de pronto,
descubrimos dos caras que nos miraban desde
arriba, entre el follaje.
--¡Eh, los de arriba! ¿�,é hacéis en nuestro
baobab?
22 ·1-.
k .'J
En las ramas del árbol se escu(·haron unas ri­ ----Yo voy pritnero --dijo Emilio dirigiéndose
sas. a Karl-. Tú pones a JVIanuel en el columpio y
---¿Baobab'.) ---re:;pondieron--. ¿Llanúi :, bao-­ subes al final.
bab, pobres ignorames, a un árbol de lord Gle­ Emilio, con su pafrnelo anudado en la frente,
narvan '? subió rápidamente y no tardó el columpio en
Emilio también rió burlón. estar ele regreso.
--¿Así 1larnan en tu rancho a !os baobabs? Temblaba yo de emoción. ¡Subir a_l m�ís alto
-·-jSube para que te cerciores! -clarn,:i una de los árboles l Era mi suefio a los tres o cuatro
voz. d.ií.os de edad. cuenta mi abuela. Ql1ería yo alas
--¡Anda, sube, éste es un lugar seguro! -ur- para volverme páj:uo, de eso sí me acuerdo, por­
gió_ una segunda voz. que vi la película del rey Arturo cuando joven.
Ibamos a preguntar cómo diablos se sube <1 un Merlín lo volvía un animalito diferente cada
fü·bol tan alto cuando un columpio comenzó a vez. ivE abue me colgaba,. entonces de un.a barra
descender hasta el mismo suelo. Arriba, nos di­ de meral que había en el tendedero y yo mt'
n_1os cuenta, lo podían subir y bajar gracias a un columpiaba unas pocas veces porque mis brazos
ststema de poleas y a una manivela. no resistían mucho .
. _l'v1e asombró_ est�. ¿Desde cuándo jugaban esos Me acomodé en el columpio con la ayuda de
ducos en el más alto de los árboles de la huerta? Karl, quien tiró de la cuerda para avisar que es­
Era obvio que aquel sistema de poleas no era tab�l listo d pasajero.
improvisado. Y a1lá voy para arriba, ingrávido, aspirando d
-¿Habrá sitio para tres... ? ---preguntó Emilio air(; de las alrnras, gozoso, olvidando que una
tirando de la cuerda. parte de mi ha naufragado.
---¿Sois muy gordos? Y alhi arriba me reciben dos caras extrañadas
-·-¡No, qué va! que me miden de arriba abajo. Les sonrío con
·--Bueno, entonces podéjs subir los tres ---res­ ojos, labios, orejas, rn.anos ...
pondió una voz. --ÉJ es M.1.11ucl ---me presenta Emilio--. Y
De inmediato estalló la segunda voz, más agu-· elios son Julio ·-el mayor de todos. quizá ya
da que la otra, con una risita ahogada: tenia doce aúos- y Jack --un chico de ojos cla­

--Pero, uno por uno, ,¿eh? ros dd mismo vuelo de Emilio.

24 2.)
u11 mango, En�llio de que e<; un baobah y Karl,
Los saludo asombrado porque, además del jue­
que no distingue más que las palmeras y :.iem­
go de poleas, tienen arriba del árbol una plata­ previvas, no tiene una opi11ión al respecto.
forma de madera sobre la que han construido
-Bueno, ¿y qué más? -quiero saber.
con ramas una cabaña aérea. Me acuerdo de uno
Julio frunce el ceño y se lleva las manos a la
de los cuentos de mi abuela sobre Juan Tonto y
cabeza como diciendo que estoy echando a per­
Juan Listo. Juan Listo le dice a Juan Tonto que
der las cosas.
suba la puerca al árbol porque se espera una
inundación. Juan Tonto no escucha bien y sube Jack se encara conmigo.
la puerta de la casa. Me siento sobre la plata­ --¿Es que no sabes jugar?
forma-puerta y veo cómo reciben efusiva�ente Emilio me defiende:
a Karl. -Es que acaba de perder sus dos piernas-rue­
Julio y Emilio se juntan, parecen afines. das.
Kad y Jack hablan con entusiasmo del mismo -Sus piernas-camello -aclarn Karl.
programa de televisión y de las mismas cosas. Se -Por ahora olvidemos las ruedas, no van
nota que quisieran salir corriendo juntos a jugar con · d juego -corta Julio-, Cuando pase
a las canicas o a corretear entre los árboles. la tormenta, haremos una excursión en su bús­
Yo soy Juan Tonto, sentado en la puerta mien­ queda.
tras pasa la inundación, hasta qt�.e Julio pone or­ -¿Tormenta? ----iba yo a preguntar, pero Jack
den. adivina mi intención y me corta la pregunta con
-Bueno, bueno, si vais a quedaros, nosotros su mirada azul.
mandamos en el juego -advierte, -Aquí. casi no se siente la tempesta_d -dice
Están en su territorio y nadie les dísputa el sin dejar de mirarme a la cara-. Saca un poco
mando.,. la mano del follaje y verás ...
-¿A qué jugamos? -pregunto yo. En efecto, cae tímida una gota de lluvia en
-Pues a lo mismo -responde Jack, soca- mi mano, dos gotas, tres... Se animan las gotitas
rrón-. A la cabañ.a aérea. y caen cuatro.
-Éste es un árbol de lord Glenarvan --apun­ Los demás me imitan.
ta Julío. -Ya casi para -dictamina Julio-. Si no
Todos asentimos. Yo estoy seguro de que es
2.7
26
el peligro es menor y puede subír cualquiera de
arrecia esta noche, tal vez ma1iana podamos ba­ vosotros.
¡ar. --¿Yo también? -quiero preguntar. Me de­
--¡)vlafiana? --Yoy a decir, cuando m� acuer­ tiene Jack, ahora tocándome el brazo con su
do de los ojo�; de Jack, y 1uda m;i<; ,;uspiro acor­ mano.
dándome también de rni abuela. Seguro que ya - ¿Tienes un íápiz ... ? -me pregw1ta.
ha preguntado -,¡,�1¿ hace$, mi rey? .. , y cre­ En efecto, en el bolsillo de la camisa llevo un
yendo que estoy dormido se ha qued.tdo tran-­ lápiz. Se lo doy a Jade. Éste t:raza cuatro líneas
quila escribíendo-tcjie11do-planchandc1-baciend�) sobre una hoja en blanco y explica:
de comer, pero más tarde subirá a verme, a cn-­ -El que saque la línea más larga, ése gana
derezarn1c la cabeza, :i cambiarme el babero, a -y nos da a escoger.
cofocarme una ;1Jmohada, en fin. y descubrirá Tengo el presentimiento de que voy a ganar
<..]Ue no estoy en d cuarto. Con ese-o�·; pens3rnien­ yo, de que voy a librarme del miedo de tener
ros . nu puedo jugar a gusm. ¿.Cótfü) oh·i.darrm: de que subir a la punta del árbol. Y cruzo los dedos
estas cosas ... ? para· que la suerte me sonría. Y gano yo.
Bu�co a Em.i lio, d ,,abra co.ndu1:irme; pero Los otros me felicitan.
Emilio ha trepado . r:..mas arrib�� v hace de vig'-- fa. -¡Arriba, pues l -dice Emilio.
Tend.ré que entendérmdas <;olo. Y es entonces cuando comprendo que el que
Sobre la plc1taforma ,e extiende11 b<; provisio­ ganara tendría la fortuna de hacer de vigía en
nes: c1 morral de Emilio ca.rgadú de mangos ver­ ese turno.
des, de guavabas v de litchis en s,1 {)Unto, v u.na
l.., ,1 • ;
(hiiero gritar que así no juego yo, pero me
bolsa de s.inJwiches de j:1n-ton que han rr.üdo detienen los ojos negros de Emilio, los azules de
los otros. Jack y la mirada confiada de Karl.
---¡Es todo io que queda! -informa Julio. -Sí, ya voy -comienzo a arrastrarme.
---Apenas para una muela �responde Karl. Soy la oruga que recorre la8 plantas de hoja
Emilio baja a participar del almuerzo con no­ en hoja. .Me arrastro, me apoyo en rnis brazos,
sotros. me cuelgo de una rama, me abrazo a un tronco
--Creo que tenernos qu,::: sortear el puesto de y columpio mi cuerpo inútil para descansarlo
vigía. Yo me he pasado todo el tiempo allá arri­ sobre otra rama. Y así voy trepando. Escucho las
ba, en plena cormenca, y :ihora que ba cesado,
29
1Q
voces lejanas de mis amigos. Ahora 1 que ya no un balde de plástico. Es una especie de basurero
se dan cuenta, sigo trepando y trepando. Las ra­ aquel lugar.
mas se prestan para que me arrastre por u.nas, -No te apures, Manuel -dice Emilio-. 1\fa­
para que me descuelgue por otras, para que me ñana iremos a buscarla. No puede estar lejos esa
oprima contra el tronco espantado de mi propia silla.
temeridad. Karl me ayuda a bajar.
Por fín alcanzo la cumbre y me desplomo
unos momentos. Cobro conciencia del corazón
que salta en mi pecho, no sé si de :miedo o de
contento ..Mi respiración agirnda se calma poco
a poco; mi vista, nublada por el sudor ¿o las
lágrimas? del esfuerzo, se aclara. Y d aire mece
la rama y me despeina y trae aromas de fruta y
de tierra mojada.
De golpe, cuando creo que ha pasado una eter­
nidad, distingo a lo lejos un espejo de agua. Un
lago o un estanque. El arroyo que pasa por. la
finca desemboca en ese sitio. Allá tiene que ha­
ber llegado la silla de ruedas. Sí, allá está: es
aquella cosa que brilla bajo el sol.
-¡Aquí, amigos 1 -grito emocionado.
Más tardo en llamar que los chicos en estar
en lo alto conmigo. La rama se dobla, se bam­
bolea como un juego de feria.
--Es un brillo metálico, ciertamente ---con­
firma Julio.
Nadie está seguro de que sea una silla de rue­
das. Distinguen bolsas de plástico, neumáticos y

30 31
S Una noche en la cabaiía aérea

EsTOY en apuros.
Anochece y yo... Bueno, no sé cómo decirlo.,.
Me da vergüenza.
Estoy contento, no importa que mi abuela me
esté buscando a estas horas, ni que se pierda la
silJa de ruedas. No me importan las manos des­
carnadas, ni la alturá que marea si miras abajo,
ni la voz enronquecida de tanto hablar y gritar.·
Estoy jugando de verdad y con amigos de ver­
dad.
Emilio es muy cálido; Karl se ha acercado a
mí con ánimo protector. Jack se muestra muy
pícaro y socarrón, pero sé que le simpatizo. Julio
asurn.e el papel de capitán y también me mira
con afecto.
Pero estoy en apuros.
Y no sé cómo decirlo ni �- ql.üén.
Yo nunca supe que Sandokán, ni Yáñez, ·ni
lord Glenarvan: ni siquiera Roberto Grant ...
Bueno, el caso es que ya no me aguanto y se
lo digo a Emilio.
Emilio me da a entender ue esta -¡Entonces estamos en América del Sur!
q mos entre
amigos y que todos somos varone --0 en el sur de África.
s ue es 1o
m�s natural del mundo. Eso a lo y q -O en Australia.
y sé. Lo que
qu iero que entienda es que necesito ir a mi -O en una isla del Pacífico.
cuar­
to para pasar al baño. No resisto
más. -O del Atlántico.
Señala el aire, un rincón oculto tra
s un tronco -O del mar Antártico.
y el suelo abajo. -Da lo mismo, mientras no podamos bajar
-Como los pajaritos -aconseja.
del árbol de lord Glenarvan ...
«¡Como los pajaritos!», me re ito
p divertido. Iba yo a preguntar ¿y por qué no podemos
;Oh, es algo que nunca se me hab
ía ocurrido bajar... ?, pero yo mismo me respondí: porque el
encerrado en mi cuarto, en mi sill
a, en Ía terra­ juego de la cabaña áerea no había terminado ..
za, ni siqui<::ra por los comentarios ma
liciosos de La noche nos envolvió con su canto� de ci­
mis primos!
Sí, anochece. La to1·menta ha dejado garras y grillos y otros extrn.ños ruidos de insec­
el cielo tos.
limpio y brillante. Poco a oco se
p van encen­ Ju.lío me cedió el lecho que tenía para él y se
diendo las estrellas.
fue a hacer uno junto a Emilio. .Los oi hablar
-jMirad, mirad lo que di o! -seña
emocionado-. ¡Aquella constelació
g la Julio, buena parte de la
noche'.. Una vez que callaron,
n! ¿Os dais me entretuve en contar la respi.ración profunda
cuenta de lo que significa?
de Karl, dornüdo en una rama por encima de
.- ¡Una cruz! mí. Me pasé la noche despierto, adn-ürado de que
-¡La Cruz del Sur!
-¿Veis? Significa que estamos en el fa oscuricfad füern tan fn::s :a entr.:: las ramas del
1

hemis- árbol. ¿Qyé dirían mis prirrtós si me vieran'?


ferio sur y no en el norte. ... •• .-,

Yo y a había visto, al lado de mi abu Ellos levanrnn una tiend:.,, de-: campana :trente a f"

elo Paco, . -. -. -f .!!ct,,�:


,.. �0�1...• r,c.1-1.
l-,�1,, . ...«, r.-,-.J�n1
la C�uz del Sur surgiendo en el horizon l a terraza ,:1 e m1 cuan1�· A '� . •�
,,

te. Todos jugando. Si creen que kis F.-si:oy _miracd.0 por la


los áños, durante tres o cuatro meses,
se ve aquí ventan;;i., se mofan y bur:'..,1n
en esta ciudad. Pero ellos son de fue
ra y poca
gente sabe que a · la latitud de 18 La abuela se dio cuenta t.m?. w:.z y s� enojó
y 19 grados
norte, la Cruz del Sur es visible. Ad con ellos. Mandó que pusierais la úen.:fa. de ,-:?srfl­
emás, el jue­
go era así. Yo también exclamé asombrado: paña más lejos, donde no escuchara yü su�; voces.

34 35
¡Qye me viera ahora mi abuela, y que me vie­ protesta porque no nent: un paf1udo <.()1T1n d
ran todos, en la ca baña aérea! ..
frente y part1.:-1p·u
mío para ponérseI o en ia 1 en
Por fin el sueño me atrapa y cierro los ojos. b expedición. .No Jcr:pt,1 el que le ofre:z.co, ni
Los abro sorprendido por la claridad del ama­ menn ... d. Lle Emilio ,'.que nü �e lo ofrece). Y ya
necer. que e-st�rn1os ��b�ijo, junto al arroyo, le digo qu..:
Los vuelvo a cerrar, temeroso. ¿Fue todo un 1;uede ir a mi cuarto. Tengo una docena de esos
sueño? ¿Estoy en mi cama? ¿Me ,iuedé dormido pa6.udos en uu cajón del armarío.
en la silla de ruedas? ¿O es verdad que estoy en ---Iré si 111i:� acompaúas.
la cabaña aérea? Presto atención: no hay un rui­ --.Jd, mientra� no:,mros preparamos una bals<1.
do ni una sensación especial que me permita sa­ Í\Íé' cuelgo ;1 la espalda de Jack. No es t,rn
berlo. Jack, ¡oh, Jack, qué bien que estás aquí! robusto corno Emilio; :dwra siento sus huesos,
Sí, es Jack que silba. su cuerpo fíacu. .r-..;,_1 pareu� de la mi�ríl<l condi­
Emilio exclama algo en respuesta. ción $Oct::i.l de los otros.
Julio ordena que todos se levanten.
---¿Tt� <..fan permiso pdr,1 jugar aquí/ ---le pre­
Karl remolonea en su lecho. gunw cu.;indu llegamos bajo .la terraza.
Me atrevo entonces a abrir los ojos y tengo La cuerda sigue en su sitio. i\·1i abueb no la
que agarrarme de la ca bla, porque estoy en la ha vist,J, si es que me ha estado buscando.
misma orilla de la plataforma. Retrocedo, em­ --Ped1 pcrrni!:>u para pasar un par de dú1s en
pujándome con los brazos. Qyé susto me he lle­ casa de Julio, y lulio pidió pt�nniso para pasar
vado. unos db� en la rnfo. Bueno, en b c;::i�:a de nues­
Tras eso, qué alegre· despenar. También los tros pariente:;:_ Así púdemos corrtr una bu1:na
otros están contentos, animosos, resplandecen de avenrura pc,r nuestr<� cuenta sin prencuparnos de
entusiasmo. nuestros lO:nfi;;>.<lo.s P<Hlrcs.
Julio saca de una mochila cuatro yogures.
Trepa Jack Uevandorne colgado de su cuello y
-Ahora sí: es lo último que queda. hombro:;.
-No importa -asegura Emilio-, aquí a la -· - No pesas nada ----a�egur��, pero yo siento su
vuelta hay una tienda. Luego vamos por más. r··'"''-s1)1' ...r''{'l. ,; t·u
e, . ,.:.n ,:¡'··er:,"" !-1
'-..>
'-,., < �
Desayunamos parcamente y nos preparamos En la terraza no hay nadíe, n1 en rní cuarto.
para descender del árbol de lord ·Glenarvan. Jack La rnuen� sizue abiertJ, como la dejamos ayer.
'-'
36
La c-?.tna está ·deshecha, no me acuerdo si yo 1a
6 La jungla negra
d"'.-,J,i,�e. Y hay un panudo tir::1.dn fuera del ar­
mario.
-Apresúrate -le pido a J ack.
Tengo miedo de que mi abue escuche ruidos
y nos descubra.
Jack recoge los pañuelos y sale corriendo.
-¡Vámonos, pues!
Y volvemos a descolgarnos por la cuerda. AHORA sí, todos tenemos un pañuelo como
José María Morelos y Pavón.
-¡Como piratas! -dicen los otros en coro.
Y una balsa.
-¡Un barco! -corrige KarL
Emilio es el que manda en este juego. Karl y
Julio manejan una larga vara para conducir la·
ern barcación.
Jack me pasa el brazo por los hombros mien­
tras la balsa, digo el ban:o, va por el río. Y Emi­
lio va describiendo, para gozo nuestro, la aven­
tura. Así me entero de que nos internamos en
la jungla negra y que las lavanderas con las que
a ratos nos tropezamos son es pías th ugs, adora­
dores de la diosa Kali.
Un tigre nos sigue por la otra ribera y procura
ma�tener lejos a los thugs. Es un. tigre amaestra­
do, amigo nuestro, Nos acompaña hasta donde
las aguas del río se funden con el estanque. Ahí
se queda esperando nuestro regreso, mientras no­
sotros comenzamos a explorar el estanque. La si-

39
lla de ruedas pasa a segundo rermmo cuando
descubrirnos los peces enormes que puebfan l as
aguas más profundas.
Jad.< y Emilio se desnudan y se bnzan a nado
hasra la orilla. Julio, Karl y yo nos dedic-1mos ;1
la pesca con v,HÍ<lDle fortuna. Yo saco un pez
muy grande; Karl, dos pececito.e;, y Julio, nada.
Jack y Emilio regre:;a.n para empujar la em­
barcación a la orilla y allí asamos los pcsc:t dos.
Nns quedan ddicíosamente ahumados y lo!> de­
voramos en un pispás. Juli.o y Kad tienen que
salir un momento de la aventura p;ua ir a com­
prar refrescos y una lata de sardinai,, para com­
pletar el almuerzo.
De la silla, ni rasrro.
El resto de b mañana lo pa<s<uno,; explorando
cada rincón del estanque. Hay nemn<'i.ticos, cubos,
baldes y bolsas de rlás6co, botdL�s de vidrio ...
Por la tarde nos damos por vern.:ídos y co-·
1nenzamos a bogar de regreso, penosamente por­
que es conna una corriente muy rápida.
Vamos todos tristes. El juego ha cermínado.
Emilio saluda a las bvandcras; el tigre amigo ni.
. . .
stqu1era se menciona.
Ya casi arribamos a c.1s<1, estamos entr;indo
a Ia finca vecina. Me da tristeza que mis ami­
gos estén tristes. Sólo .mi abup se pone triste así
por mi. Los demás me .miran como un estorbo.
Por (:;'SO me saltan fa.s lágrimas de los o¡os, no

40
porque mi siila se haya perdido, sino porque mis
amigos se han puesto tristes. No me gusta eso. 7 ,En casa
No me importa ya la silla de ruedas. Estornudo
una vez, luego otra. A lo me:jor me he resfriad.o.
El río se estrecha y la fuerza de la corriente
aumenta. Hace falta que todos ayuden, unos con
las pértigas, otros alejándose con las manos de
las orillas.
Karl se sacude la tristeza y comienza a cantar
algo como de Strauss. No sé qué es pnrque Karl LA silla de ruedas tiene una abolladura nada
desenrona. Yo escucho m.úsica dásíca y reconoz­ más. Los n-mch�tchos la limpian del fango, la se­
co a tre:s o cuatro compositores, a 1Vlozart y a can, la dejan como nueva. Los cuatro .resplan­
Viv2:ídi, pxincipalmente. Ha empe-udo, pues, a decen de gusto.
cant�r; y cuando quiero reconocer la melodfa Julío me abraza.
Kar l calla y da un tremendo grito: -0,yiero verte de nuevo, Manuel... En las
-¡Silfo d.e ruedas a babor! próximas vacaciones.
---¿Babor? ----miramos unos a la derecha y Yo tengo vacaci,Jnes todo d tiempo. La maes­
otros a la izquierda, tra que tenia h·a dejado de venir porque ya he
· · Y, atorada en la orilla, está mi silb. de ruedas. acabad.o los seis cursos de primaría 1 un poco ade­
Se ha detenido poco después de salir de nuestra lantado de edad, y ahora no pnedo pasar a se­
finca, Atorada junto a un enorme ramillete de cundaria especial. La abuela no tiene para pagar
junco� verdes cargados de flores bbni:as fragan­
a varios maestros, y a mi edad no me admiten
tes, rnuy simi.1ares a orquídeas.
en la secundaria abierta.
-Es la flor típica de Hawai --comenta Julio.
También Jack me abraza. Siento su cuerpo re­
-Es la flor típica de las islas Antillanas
cio apretar el mío. Le pregunto si va a venir a
--rectifica Emilio.
-Es la flor típica de estos lugares -digo yo verme alguna vez.
cortando la discusión. Y todos a.caban por ad­ --Seguro -responde-. Todos los arios la fa­
rnitír c1ue t•::ngo razón-. Los nativos la llaman milia pasa aquí las vacaciones.
bugardenia -añado. Karl hace cuentas con los meses. Se despide
de mí corno los otros y hace una promesa.
----Si coincidimos los cuatro en las vacaciones
F. .._ ,_tv:go ent1.e los dos
.�rn.t·1·10• �r¡ · subirnos fa silfo. de
de fin �e año, aquí estaremos contigo.
� _ rueJas
.cm1ho se pone ·eras la silla ele ruedas y em­
. -IV!e voy yo también -me deja Ernílio en
pieza a empujar ..
el cuarto con todo y silla--. ¡Cuídate mucho,
--¡Cuidado! --grita Karl.
Manuel!
Ha escuchado un rugido extraño. No es el ti­
-Tú también cuídate -lo abrazo largo tiem­
gre que nos acompañaba, no; es algo mecánico,
Un coche, o mejor dicho dos coches que: entran po, no quiero soltarlo,
El cansancio, cuando me he quedado solo, me
por el portó�, uno tr�s otro. Son los tíos Bene y vence en forma de sueño. Creo que tengo fiebre.
Vena, es decrr, Benedicto y Venancio. Algo gor­
La frente me arde como si el sol me siguiera
do pasa para que ellos, siempre tai, ocupados,
dando en la cara.
vengan a 1a finca de la abuela.
Ya pasará, me digo. No son más que las emo­
Nos ocultarnos tras unos arbustos, dejamos
ciones pasadas.
que pasen., que entren a la casa y, entonces vol­ La abuela acomoda la almohada bajo mi ca­
vemos al punto en donde nos q�edamos.
beza._ Oigo voces.
�milio empuja la silla de ruedas hasta quedar Abro los ojos.
baJO la terraza dr; mi cuarto. La tarde se está
El doctor Beristáin, mi abve, los dos Bene y
yendo. Vcna sostienen una conversación en mi cuarto.
No sé qué le voy a explicar a mi cibue. No
-Hola, hijito... -mi ahuda descubre que he
�uir::rn que eche la llave ele la puerta y esconda despertado--. ¿Cómo te sientes?
la s cu.erdas en otro lado. No quiero que me pro­
� --Bien -re&:_pondo.
hiba ver a mis amigos.
l1v1e toca la frente, se sonríe, y yo también le
--¿Puedes solo? -me pregunta Emilio con la
sonrío, pero no sé si voy a con1partir m1 aven­
soga en la mano.
tura con ella.
-Sí --me· atrevo.
Y me agarro de la cu�rd¡1_ y voy subiendo poco
- a poco, colgando en el aire mis piernas de alam­
bre, las manos desholladas, los labios apretados.
Por fin alcanzo la balaustrada y ahí espero a
8 La abuela

M1 abuela no está a.hora. Le toca quedarse


diez días en el hospital, por eso están aquí todos
sus hijos. Los tíos Bene y Vena y las tías Fanny
y Alba. Y los tíos Hilario y Ernesto, esposos de
mis tías.
Yo la extraño mucho.
A mamá no la conocí, tampoco a papá. Sólo
he tenido abuelos, aunque mi abuelo Paco falle-·
ció hace un año. Vivimos solos mi abuela y yo,
pero ahora, desde hace diez días, viven aquí to­
dos sus hijos, menos papá, y me siento más solo
que cuando estamos nada más los dos.
I\tie inquieta tanta gente de la familía.
Me intimidan sus fiestas. sus reuniones. Cuan­
do los mayores se dan cuenta de que estoy pre­
sente, me miran de reojo y cuchichean. Si se
fijan abiertamente en mi, me compadecen a gri­
tos. Si estov, demasiado cerca, me rehúven.
,
A los
chicos muy chicos les causo miedo y repulsión.
Babeo mucho, por eso uso babero, y a veces en
mi rostro se contrae un músculo que me obliga

A.7
a hacer una m.ueca grotesca. Los mayores se bur­
lan de mí. O se avergüenzan y me ignoran. No
como todo lo que ellos comen; no pienso igual.
Soy tan diferente...
Mi abue, en cambio, me llena de caricias. Me
lee cuentos, me compra libros, me pone música
de Mozart. Dice que uno se hace más inteligente
con esa música. Yo lo soy, asegura ella, pero aña­
de que a nadie Ie hace mal un masaje musical.
Hace tiempo me ponía algunas pelícu.las en ·e1
vídeo, pero ya no se encuentran películas del
formato beta, y mi abue dice que no puede com-­
prar un aparato del otro formato.
La extraño. Pregunto por ella a la tía Fanny;
también a la tía Alba.
Ellas se parecen mucho a mi abuela. Las quie­
ro a las dos, aunque ellas no pueden quererme
como mi abue. Viven tan lejos, en Costa Rica,
que las he visto sólo tres o cuatro veces en toda
mi vida. Sus hijos h;,-i.n sido menos groseros que
los otros y creo que me aceptan como primo.
Uno de ellos, Paquito, se empeñó una vez en
subirse a mi silla de ruedas..Me hizo gracia y le
dije a mi abuela que podía prestársela un ratito.
· Su padre, cuando se enteró de que anduvo
dando vueltas en mi silla, le riñó y yo me sentí
mal toda la tarde. Soy así; una idea se me queda
fija en la cabeza y no puedo quitármela durante
mucho tiempo.
48
Fue en ese mismo diciembre.
9 Otra vez Karl
Esa vez rompieron una piñata y mi abue quiso
que yo estuviera presente. Cuando me v1eron
mis primos, pidieron a coro que yo le diera a la
piñata. Me vendaron los ojos, me dieron un palo
e intenté pegarle con todas mis fuerzas. ¡Oh, qué
terrible! Bajaron mucho la piñata, la pusieron
casi sobre mis piernas sin que yo me diera cuen­
ta y ¡paf!, con la fuerza del golpe, me fui de
LAS piñatas de las fiestas de las posadas se
_?ruces fuera de la silla. Como la piñata estabá rompen cerca de la terraza de mi cuarto en un
tan cerca de mí, me quedé encima de ella, en­
redándome con las golosii1as. Yo no peso nada, rectángulo de cemento que originariamente es­
taba destinado a la piscina que nunca se cons­
y el tío Enrique, primo de los hermanos de papá,
tiró de la cuerda de la piñata y yo me quedé en truyó. Creo que ahí se hacían las piñatas desde
el aire, manoteando aterrado. que mi padre era pequeño. El caso es que desde
Las carcajadas apagaron mis gritos. mi ventana y, mejor aún, desde la terraza, puedo
El resto de las fiestas navídefías lo pasé en­ ver toda la escena y divertirme tranquilamente
cerrado en mi cuarto. Ni siquiera quería salir a desde lejos, sin exponerme demasiado.
la terraza durante el día. Ni saber nada de los Pero el año pasado, después de quedarme col­
g ado como la piñata, me encerré en mi cuarto,
primos, los tíos, los parientes. Nada más de mi
abuela. apagué la luz y puse música a un volumen su­
Hoy que no está en casa, ¿qué va a ocurrir ficientemente alto como para apagar el griterío
cuando empiecen las fiestas? que llenaba el rectángulo de cemento.
Mi abue subió a verme. Me dejó una bandeja
con dulces. tejocotes y cacahuetes, y una jarra
con limonada. Inmediatamente salió; la querían
a ella en la fiesta sus hijos y nietos.
Me quedé sumido en tinieblas.
De golpe, se hizo la luz.
Karl, mi amigo Karl, aplastaba su cara contra o la
el cristal de la puerta que da a la terraza. -No, eso no, Karl. Vamos a jugar com
Corro a abrir. otra vez.
Entra Karl y con él entra d fastidioso ,�dale, -¿Sabes jugar al castillo azteca?
dale, dale» que rodea los esfuexzos de alguien por -Claro.
to; lo
pegarle a la piñata. Cierro rápidamente y en­ Toda la noche correteamos por el cuar _
media­
ciendo la luz. No lo puedo cree1-. ¡Karl en per­ ponemos de cabeza, y sólo después de la
sona! noche caemos rendidos.
Trae dos canastas de comida y los bolsillos del
pantalón cargados de jícamas y cacahuetes.
-Creí que estabas en la piñata... -explicó.
-No, esas cosas no me gustan -respondí.
-Pues a mí me gusta mucho intentar ganar
toda la fruta y los dulces ...
No se lo puedo criticar. Me encojo de hom­
bros.
-¿Te han visto? ¿Qyé han dicho?
-Me he confundido con el mundo de chicos
q hay ahí y nadie me ha dicho nada.
ue
-¿Y nadie te ha visto subir a la terraza?
-No, he trepado en el momento en que un
chico gordote iba a darle a la piñata.
-Y los demás, ¿van a venir?
-No sé, ¿no están allá fuera cantando leta-
nías? O no han llegado, o nos están esperando
en algún lugar, o quizá no puedan venir. ..
-Es de noche. ¿Vamos a jugar de noche?
-Fuera no, pero aquí dentro sí. ¿No tienes
algún juego de mesa?
10 Los otros

--¿yA te h::is despertad.o, mi niüo? -grita


la abuela desde abajo. Le duden las pi.ernas y
evita subir las escaleras siempre que pL1ede, aun­
que si yo la llamo no tarda en subir corriendo.
----Es muy temprano --protesto adormilado.
--Descansa otro rato y luego subo para que
te bañes y desayunes.
M.e enderezo bruscamente.
Karl duerme como nn trm1co. Tengo (.1ue mo­
verlo para gue despierte.
--Mi abuefa v,:1 a subir a arreglarme. ¿Q_yé le
decimos si te ve'?
--Lo que se nos ocurra. A lo mejor sabe jugar
como nosotros.
Me río.
--Va a querer que tú te bañes también.
Karl se pone serio.
---¿Es obligatorio darse un baño? -pregunta,
alarmado.
---Todas las mañanas --asiento.
otros han crecido más. Julio está muy alto y Jack
-A ver: ¿si andas en una caravana en el de-
ha engordado. mientras que Emilio ha alcanzado
sieao... ?
a Karl en estatura y ello hace resaltar el rostro
-¿Qyé quieret, decir... ?
aniúado del rubio.
-�(h_xe hoy no me baño yo.
¿Cómo mt: verán _ellos a mí? Anoche, antes
-Ni yo -··-aplaudo.
de que llegara Karl, y tal vez a consecuencia del
-Entonces j vámonos de una vez.
incidente de la piñata. sentí que se me iba a
---Sí, GJntes de que suba mi abuela.
contraer el músculo de la cara que me deforma.
Cuando acabamos de bajar al patio, logro es­
Hoy me siento bien. Al lado de ellos me siento
cuchar muy distante una voz que dice:
me¡or que nunca,
-jManuel, ya es hora de levantarse! Man�e­
-No hay tiempo que perder --explic� Julio
lucho, ¿no me oyes?
apenas los i;aludamos con alegría-. Tentamos
Karl empuja la silla. a la carrera en dirección
que haber empezado ayer, pero ---se lleva fo
al árbol de lord Glenarvan. Tenemos la vaga es­
mano a la cabeza-- se atravesó esa piñata por
peranza de que allá arriba estén los otros.
medio ...
Karl no s.ibe empujar mi silla más que a la
---I\,1ejor di.cho -intervino Jack-: te at-rave­
carrera y, pese a lo ocurrido la primavera pasada 1
saste tú en el vuelo de h piñata.
voy contento sintiendo la velocidad, agarrado :).
-¿Estás bien? -pregunté. Ya he visto esos
la silla con todas mis fuerzas.
golpes.
P?r fin estamos ante el tronco dd árbol que
-Sí. pen) eso impidió que Jade. y yo llegá­
soDt.1.:::ne la cabaña aérea. Arriba no se ve a nadie.
ramos ayer ... ¡Y ahora tenemos el tiempo justo
No hay huellas de actividad alrededor del árbol.
para participar en esa competición!
--¡Aquí, Karl, Manuel! --alguien nos llama
--¿�1é competición? --exclamo vo.
desde lejos.
Jack me mira desconsolado. lVIue�e b cabeza
Es J ack, en el fondo de la huerca, por el lado
y cede la palabra a Emilio.
de la malla donde conocí a Karl. Y junto a Jack,
-¿No lo sabes? Todo d pueblo lo comenta.
creo reconocer a Emilio y a Julio.
Hasta salió en los periódicos.
Karl, ahora lo veo claro, es el más joven de
--Sólo leo la columna de mi abuela c.n d dia­
los cuatro. Se ha quedado casi de la 1�isma es­
rio local.
tatura que tenfa el año paséldo, en tanto que los
--Pues si le hubieras dado la vuelta al diario
de hace tres días, detrás de la columna de tu
11 La silla ·voladora
abuela h3 brías visto la convocatoria para la com­
oetición de sillas de ruedas.
J..

- ¿Qyé? -exclamo, y no me importa que


J ack se lleve fas manos a la cabeza poxque no sé
seguir el juego-. ¿Una competición de sillas de
ruedas? ¿Eso estáis diciendo? Pero ... si ... ¡mi silla
es la mejor de todas! ¿Para qué hacer una com-
. ./ ?
pet1c1on.
.,.....f
ooo el santo día estuvimos trabajando con
mi silla de ruedas.
--¡La mejor de todas! ---fack se burla-_ . Eso
hay que demostrarlo. Nos metimos en un cuarto que a mi abuelo,
antes de su muerte, le servía de taller. Polvo­
-Es lo que pretendernos hacer -dice Julio.
--- ¿Y cómo? -pregunto. riento y abandonado, conservaba un sinn��ero
-Le -vamos a poner alas. <le herramientas que 110s resultaron muy ut1les.
Antes de que el sol se hundiera nas los cerros,
habíamos terminado con la pobre silla. Ahora
parecía un aeroplano de juguet�, una c�meta,
una máquina voladora de lo mas extrano, un
verdadero artefacto.
-¿Y dónde la probamos.? -n1zo l · a.11 gmen
. 1a
pregunta que más temía yo.
/ .
-·¡En la azotea, claro! -exclamo Julio tran­
quilamente.
Y allá vamos, a la azotea.
Tres chicos cargan la silla de ruedas y otro,
Julio, me carga a mí.
Jack protesta ante las incomodidades de una
escalera de caracol porque Julio es el más gran_­
dote y es el que menos esfuerzo hace.
--Yo llevo al piloto de pruebas -aclara--.
¿No hay que tener más cuidado con él?
--=�=--
--¿El piloto? -quiero preguntar a pesar de
la mirada acerada de Jack. Pero hoy sí que no
me atrevo a hacerlo por temor a la respuesta.
¿Yo, el piloto? ¿He oído bien? Durante el lar­
go ascenso por la escalera de caracol voy tem­
blando de pies a cabeza. ¡Sí, hasta siento las pier­
nas, normalmente insensibles, que se me llenan
de sangre y laten al unísono con el corazón! Y
cuando llegamos arriba, estoy como sonámbulo.
Me dejo acomodar en la silla voladora, escu­
cho las instrucciones que da Julio, y no reaccio­
no hasta cuando Emilio y Jack sostienen el ar­
tefacto aquel, listos para el lanzamiento usando
el tejado a dos aguas como si fuern una rampa.
Voy a deci..r que no he hecho mi testamento
y que no me gustaría que mi primo Hugo, el
gordote que rompe siempre todas las piñatas, he­
redara mi colección de libros de aventuras. Perü
ni siquiera puedo abrir la boca cuando ya me
lanzan en picado.
Me aferro con todas mis fuerzas a la silla. Cie­
rro los ojos por un n1omento y, cuando los abro,
voy por el aire directo a estrellarme contra el
suelo. Angustiosamente, doy un tirón a una cuer­
da que Julio ha atado a mi mano, y estalla el
ruido de un motor eléctrico. ¡Si mí abuelo se
entera allá en el cielo de que lo hemos quitado
de una de sus podadoras, va a ponerse verdel
para formar la procesión, pedir posada y romper
.La silla sigue en picado, pero mas ctepnsa, lan­ la piñata del día1 es decir, de la noc��, y no. se
zándose contra el suelo. Cuando está a una dé­ dan cuenta 01ando los cuatro magmf1cos baJ an
cima de segundo de estrellarse, algo se mueve en del techo y se dirigen a toda prisa al _árb?l de
las alas y éstas logran levantarse un poco de lord Glenarvan para colmarme de felic1tac1ones.
modo que, en lugar de chocar, consigo aterrizar
milagrosamente. Respüo aliviado. La silla va a
la carrera por una vereda entre los árboles. De­
bería disminuir su velocidad, pero no entiendo
por qué se acelera más y más. Voy a est.rdfanne
contra el portón (¡chin, lo han dejado cerrado
esta vez!).
-¡Elévate, elévate! -gritan entretanto mis
amigos.
-Como si fuera tan fácil -digo moviendo
una palanca.
Y la sHla se eleva bruscamente. En ese instan­
te ·.:-:;:mprendo el mecanismo. Un tirón hacia arri­
ba mueve las alas en un ángulo que le permite
elevarse, Un empujón hacía abajo produce el
efecto contrario.
De todos modos no es fácil volar por primera
vez en una silla de ruedas. Voy dando tumbos
de aquí para allá. Vuelo como un abejorro asus­
tado y paso rasante sobre el techo de la casa,
donde mis amigos se tiran sobre la azotea para
que no me los lleve de corbata. Y cuando creo
que voy a estrellarme contra las ramas del árbol,
hago un perfecto aterrizaje en la cabaña aérea.
Allá abajo mis pariente.,;; se están organizando
63
62
12 La competición

EN la plataforma aérea de Juan Tonto, como


la llamo yo, Julio revisa la silla voladora y se
dispone a hacer algunos arreglos. J ack, que sabe
hacer de todo, ie ayuda rnientras los dr�más, col­
gados de las ramas vecinas, los rodeamos curio­
sos con ganas de colaborar en :rlgo.
---Son los últimos ajustes �-dice Julio.
Hemos pasado una noche fenomenal. Tras mi
providencial aterrizaje, cant,H11os a todo pulmón
canéiones marineras para acallar las canciones de
pedir posada que nos llegaban de todos lados.
Después, nos contamos cuentos de tenor y nos
metimos tanto miedo que acabamos los cinco
muy juntitos. Al final hicimos planes para el día
sigu iente. De las seis a las siete, tomar yogur con
galletas; de las siete a las nueve, Julio y Jack
harían unos arreglos a la silla voladora; de las
nueve a fas diez deberíamos trasladarnos a , la
Unidad Deportiva para estar temprano en la
competición, que comenzaba a las once. Tam­
bién quedamos en que, si ganábamos, nos repctr-

65
tirfa1110s el premio en partes iguales; pe.ro si .r.to
· alcanzábamos más que el segund.o lug�r, enton­ que contaba con el permiso de m1s padres para
ces yo me podría quedar con todo el premio, un.a participar en la prueha y que eximía a los or­
enciclopedia para mí solo. ganizadores del mismo de cualquier responsabi­
Todo salía bien. Los arreglos al artefacto vo­ lidad en caso de lesiones o de un accidente, vi
lador lo harían más fácil de maniobrar, teniendo el nombre completo de mis amigos junto al mÍ Oí
en cuenta que yo no puedo usar los pies ni fas pero corno yo firmo al revés, poniendo el cua­
piernas. Lo malo empezó cuando salimos de la derno de cabeza, no pude leer más que Julio Ga­
finca y quisimos que alguien nos llevara al cen - briel U... , o a lo mejor era V o Y.
tro de la dudad. A pesar de que habfan des­ -Pasen a ocupar el lugar de salida diecisiete
montado las alas, de todos modos ocupábamos --nos dijo el oficial.
mucho espacio. La cancha de fútbol había sufrido una sin­
Por fin, casi a fas di.ez y media, llegó un au­ gular transformación y ahora era una especie de
tobús del servicio público y permitió que aco­ circo de tres pistas. Las tribunas del estadio es­
modáramos la silla y las alas sobre el techo. AHá taban casi llenas, en especial de familiares de los
arriba se fue Jack, para cuidarlas; los demás fui­ concursantes. Mi familia brillaba por st� ausen­
mos sentados en el interior. Nos bajamos a cua­ cia, pero de haberse enterado habría llenado me­
tro manzanas de la zona deportiva. Teníamos dia tribuna.
que correr para llegar antes de la once. -Son cuatro pruebas, M:J.nuel -explicó Emi­
Julio me cargó a mí y Kar1 se llevó la silla lio-. Si ganarnos dos y quedamos en segundo o
empujándola de modo experto con las alas sobre tercer lugar en las otras, probablemente seremos
el asiento. Llegamos cinco minutos antes de la los campeones.
hora, cuando ya el oficial había cerrado el libro La primera competición era una carrera alre­
de inscripciones. No hubo problema. para volver dedor del estadio.
a abrirlo y apuntar a nuestro equipo. Qyedamos El lugar .diecisiete de salida estaba precisa­
registrados con el número 17, pero había más de mente a la mitad. Los primeros puestos estaban
treinta sillas de .ruedas paseándose de aquí para ocupados por niños y niñas de menor edad que
ailá. In. mía y la de mis amigos; en los últimos lu­
Cuando me tocó firmar un papel que decía gares, los concursantes eran mayores que noso-
1 ros. Comprendí que teníamos una ligera ventaja
·66
�¡

sobre los mayores; pero, por el contrario, los chi-­


JJ Salto de longitud
cos menores nos adelantaban cinco, diez, veinte
y hasta cincuenta metros, según fuera la diferen­
cia de edad. ¿Podíamos darles alcance cuando la
p ista apenas ten.i..1 cuatrocientos veinte metros,
sin un solo borde además?
Me acornodé en la silla de ruedas, Kar I se puso
detrás de mí y, a la seúa1 de partida, salimos
como el rayo. LA segunda prueb�, la hice al lado de �mili?.
Rápidamente adelantamos a tres o cu�:tro Era una competición de salto y res1st�ncia
competidores. Con Karl empujando mi silla no consistente en coger carrerilla durante die o
tardamos en ponernos fos primeros. Fue difícil i1uince metros, tomar una rampa de 45 gra�os
p asar a .la última pareja, los más jóvenes de to·· de inclinación y lanzar por ella la silla de ruedas
dos, pero lo hicimos antes de los trescientos me­ con conductor incluido, .l ver lo lejos q ue lle­
_ ,
tros. Ya íbamos a tomar la curva final cuando gaba, si caía en buena posición, y si res1st1a el
.
vimos que un par de saetas venía tras noson-os. �rompazo de la caída. Se consideraba el me1or
¡ L os competidores mayores nos iban a caer en-­ salto de tres intentos.
cima pocos metros ante& de la meta! Se hicieron tres grupos de competidores. No­
---¡Duro, Karl 1 -gritaba yo desesperado. sotros pasamos en cuarto lugar en nuestro g:·upo
Kad apuró el paso y no se dejó pasar hasta y Emilio pudo lanz�r la sill de m�n ra pe f cta
� � �� :
que cruzamos los primeros la meta. Para enton­ Es un atlet,1 de pnmera. Yo falle al .a�n u l�s
ces, las dos pare¡as que nos seguían de cerca iban brazos v oponer con e.llo un poco de re$1Stencia,
1
tan rápidas que no pudieron detenerse antes de pero, a�n así, con once metros justos, estuvimos
cincuenta metros. en primer lugar durante mucho tiempo. Hasta
que llegaron dos de los c�icos �1ayores : reba

saron mí salto por cosa de treuua cent1metros
uno y cincuenta el otro.
, . .
En el segundo intento no consegu:i me¡orar m1
marca anterior porque Emilio perdió el paso.
�milio se concentró, tomó carrera y empujó en
p_erdió el control y no pudo soltar a tiempo la
el momento justo con la misma. perfección gim­
sdfa, de tal suerte que salimos los dos volando
nástica que en el primer intento. Salió mi silla
juntos. Dos metros y ocho centímetros habría
volando, Emilio se detuvo en el borde mismo de
valido el salto si hubiera caído la silla de pie y
1a rampa y ahí se quedó, equilibrándose mila­
no de cabeza.
En el tercer intento y�. conocía a todos los grosamente para no caer, viendo cómo volaba la
silla. Yo estiré los brazos hacia delante en el mo­
competidores y no me importaba mucho perder
mento justo y logré un impulso extra. Lá silla
ante ellos. Eran chicos v., chicas como yo,.' peo-a-
l.,
cayó sobre sus ruedas, reb�tó en el suelo y a
dos de por vida ;')_ su silla de ruedas. Venían mu-
chos de ellos de pueblos y ciudades vecinas, y punto estuve de irme de bruces y caer, estro­
otros incluso eran vecinos de mi colonia, Se lo peando el magnífico salto, pero me eché hacia
atrás y pude seguir en eJ asiento mientras la silla
dije a Emílio., y Emilio, de quie:n no conocía más
rebotaba t.tes o cuatro veces, hast,1 quedar quieta.
que el lado amable, se disgustó seriamente con­
--¡Catorce metros veintidós centímetros!
migo.
-exclamó el oficial ante los aplausos de toda la ·
--Yo ya no participo más -dijo.
tribuna.
}ntervircieron Julio, Karl y Jack para calmarlo.
Asombrados los competidores, pidieron ver,
-:No puedo estar al lado de un perdedor.
en la pantalla gig�i.nte del estadio, la repetición
-¡Pero si no voy a perder! -exclamé yo-.
del salto, y escucharon la entrevista que nos hi­
Qy.ería decir otra cosa. Esos chicos están esfor-­
cieron a Emilio y a mí. Explicamos nuestra téc­
zándose lealmente. Y lo reconozco. Pero no voy
a dejar que nos ganen. �ica y... ¡para qué f hablamos!, los siguientes saltos
fueron todos per ectos. Competidores de ocho
-Por un momento he pen:.ado · -confesó
años de edad estuvieron a p�mto de alcanzarnos,
Emilio- que querías quedarte con la enciclo­
pues habían comprendido cómo había que saltar.
pedia del segundo puesto. Cuando fue el turno de los competidores más
-¡No! --chillé rabioso-. Lo único que quie­
fuertes, yo rne quería desvanecer en brazos de
.ro es compartir el primer premio con vosotros.
Jad<, que no dejaba de animarme.
--Discúlpame, entonces.
Al final ganamos, pero por cuestión de ocho
Claro que sí. Cuando llegó nuestro turno, es­ centímetros sobre el segundo puesto.
tábamos dispuestos a reali:;.;�.r el mayor esfuerzo.
l
14 Clara

LAs siguientes pruebas eran individuales. Sig­


nificaba que eran del todo mías. La primera de
ellas tendría lugar después :de un descanso para
armar las sillas voladoras. Estaba yo asombrado
de ver cómo · se iban transformand0 todas las
otras sillas. Yo tenía a cuatro magníficos amigos
para ayudarme; y a los otros chicos y chicas,
¿quiénes los ayudarían?
--No empieces a pensar tonterías, porqve los
otros lo único que desean es que te estrelles en
la salida para poder ganarte... -rumió Emilio--.
Concéntrate en lo qu,= tienes que hacer: ganar.
--Se les dará a los competidores treinta mi­
nutos para que demuestren su pericia y habili­
dad sin más ti-aba que su imaginación y su ca­
pacidad --explicaba un hombre por el altavoz
al público asistente.
Yo no prestaba atención más que a las indi­
caciones de Julio. �izá eran las mismas pala­
bras que había e1npleado en la azotea de la casa,
pero aquella vez no entendí nada porque estaba
yo aturdido. Ahora comprendí sus instrucciones
Entonces coordiné mis movimientos con ella
perfectamente. Se lo hice saber y m e despidió
y la .fui siguiendo, imitando sus figuras; hice lu~-
con una palmada en la espalda.
go las mías y ella aceptó el reto y me fue si-
-- --Ponle mucha imaginación ·---recomendó· al
guiendo a mí.. . Así estuvimos largo rato tratando
final.
de vencernos uno al otro. Los chicos que cayeron
Fui a tornar la pisté\ de despegue mientras d
{~n la cuenta de lo que hacíamos buscaron imi-
cielo comenzaba a :recibir a los primeros com-
tarnos, y de pronto el ciclo dejó de ser un re-
petidores. Pronto me encontré volandu entre
voltijo d e máquinas voladoras para convertirse
otras treinta sillas voladoras. Comencé mi par-
en un concierto aéreo. A la media hora sonó la
ticipación haciendo una demostración de velo-
sirena que indicaba que la prueba había ternu-
cidad y de altura. ¿,Alguien podía volar más alto
nado.
que yo? Atravesé unas nubes y luego me preci-
Dieron el primer puesto empatado a cuatro
pité hacia abajo en un picado increíble casi a ras
participantes. A la chica y a mí entre ellos.
del suelo, para volver a subir repentinamente.
-¡Empate! Eso significa que he fallado --te-
Algunos chicos trataron de imita rme, y no con-
nía deseos de darme un buen puntapié en la ca-
siguieron subir tan alto ni acelerar a tan ta ve-
beza.
locidad.
Emilio me tranquilizó:
De golpe, reparé en un piloto que hacía pi-
--No has fallado; tu calificación ha sido per-
ruetas a baja altura. Un rizo, una banda d e Moe-
fecta.
bius. un nudo ciego... y no si: qué otras figuras
-·- Entonces, ¿qué ha pasado?
acrobáticas. ¡Me estaba super,rndo! Lo peor de
-Tenías razón. Todos esos chicos están ha-
codo es que se trataba de una niúa. Intenté im i-
ciendo un gran papel.
tarla. crear incluso nuevas figuras acrobúticas.
Jack no estaba de acuerdo:
Hice el sacacorchos, la montafía rus a inversa, el
- Manuel ha sido el mejor, porque él ha to-
resorte, la hoja de maple y otras figuras de mi
~ado siempre la iniciativa; los jueces no han
invenció n; p ero la chica no cedia para nada.
podido apreciar todo a la ,•ez.
., Se llama Clara,,, p ensé. Y estaba seguro de
.r...fe sentí bien. Estaba alegre por mí y estaba
ello . .. C lara Blumc. Tiene once afios y va a quin -
alegre por la chica. Cuando dieron los resulta-
to y tiene una perra husl~y... ,.
dos, no quise escuchar su nombre por el altavoz,
~orque, si decían que no se llamaba Clara, yo 15 La prueba J-inal
1ba a sentir que la magia no existe.
Ahora sólo faltaba una prueba. Yo tenía tres-
cientos puntos y mi más cercano perseguidor
doscientos cuarenta y cinco. Significaba que me
bastaban cuarenta y seis puntos para ser el triun-
fador absoluto, pues nadie más podía alcanzar
mayor puntuación. Por tanto, ya nos sentíamos
el equipo triunfado.r. Solamente Julio contenfa ~I APENAS me enteré de en qué consistía la prue-
entusiasmo y decía que lo mejor era esperar un ba, empecé a sentirme mal. Pedí a Emilio que
poco antes de celebrarlo. me cambiara el babero, porque el que llevaba ya
estaba todo mojado. Un rictus nervioso me de-
formaba la cara cuando anunciaron que tomá-
ramos nuestro puesto.
--Tranquiio -se acercó Jack--. Tú puedes
hacerlo.
Me coloqué en la pista central, en un lugar
que una chiquilla ele nueve años reclamaba como
suyo. Intervino un oficial para indicar cuál era
mi posición.
-¿Estás bien? -me preguntó. Tan mal me
veía.
-Sí, no se preocupe: así soy yo normalmente
-expliqué.
Estalló una música espantosa que acabó por
aturdirme. A cada tamborazo me hundía más en
la silla, mientras el resto de competidores se sa-
cudían de pies a cabeza con todo el entusiasmo
del mundo.
¡Bailar cada quien en su silla de ruedas era la
última prueba!
-Creo que Manuel se ha desmayado -señaló
Karl, preocupado.
Tenía la intención de meterse en 1a pista.
-No entres. Pueden descalificarlo -lo detu-
vo Julio.
- ¿Y sí se ha puesto mal?
-No puede ponerse mal -respondió Emi-
lio--. No puede fallarnos ...
-No nos falles -- rogó Jack.
-No nos falles ---repitieron los demás a coro.
Clara bailaba maravillosamente esa música
horrible. Pasó varias veces enfrente de mí y en
una ocasión me miró asombrada.
-- No nos falles -se movieron sus labios.
No sé si eso lo dijo ella, porque las palabras
resonaron dentro de mi cerebro, no en mis ore-
jas; el caso es que, al verla, me pareció que eran
sus palabras. O eran pensamientos que resona-
ban en mi cerebro, porque hasta la propia mú-
sica parecía decir: «.No nos falles, chaca, chaca,
chaca, no nos falles, chaca, chaca, chaca,,, así, a
ritmo de música disco. ~üse entonces pedirle
auxilio a Clara Blume. (<¿,Cómo voy a mover con
la misma gracia tuya este torpe cuerpo mío?·.;,
Ella no pudo escuchar mis pensamientos, pero
sonrió animándome y se dio la vuelta. Pude en-
tonces notar que llevaba un babero muy bonito,
y que su cuerpo parecía tan contrahecho como 16 En casa
el mío. Y, sin embargo, bailaba como los ángeles
y se veía tan hermosa ... <,Sí ella puede, quizá yo
pueda», me dije. Seguí sus movimientos con los
ojos, con el corazón, con el pecho, con los bra-
zos, con mis piernas-ruedas y, de pronto, me en-
contré bailando como los demás. Chaca, chaca,
chaca, me resonaba todo el cuerpo. Sonreí la si-
guiente vez que se cruzaron mis ojos con los ojos
PASAMOS otros dos días en la cabaña aérea, vo-
de Clara. Y ella se sonrojó, bajó la vista, pero no
lando por turnos en la silla de ruedas. Lo mismo
se aguantó más y mostró el contento que le daba
hicieron los otros chicos y chicas que habían
verme sonreír.
puesto alas a sus sillas, porque en el cielo siem-
Nunca creí que seguir esa música primitiva
pre había sillas volando por aquí y por allá. Has-
fuera divertido. Cuando apagaron el sonido y el
ta que, unos días después, pasó la m oda de las
público aplaudía de pie, en mí pecho resonaba
sillas de ruedas voladoras. .
todavía el ritmo aquel. Me dieron cincuenta
Una vez mis primos sorprendieron a Jack vo-
puntos de calificación, muy por debajo de los
lando sobre la huerta y, desde el árbol de lord
noventa y siete puntos de Clara, que fue la nú-
Glenarvan, los demás escuchamos a Hugo, el
mero uno en esa prueba; pero yo tenía la pun- gordote, decir:
tuación suficiente para ser el ganador absoluto
-·¿No es ésa la silla de Manuel...?
junto con mis amigos.
-¡Manuel, ese bobo que no es bueno para
Después de la ceremonia de entrega de pre-
nada, ahora se p asa dormido todo el tiempo!
mios, nos metimos en una heladería a comer to-
-¡Pero ese parche en el respaldo... ! - excla-
dos los postres, pasteles y helados diferentes que
mó Hugo- . Se lo puso la abuela cuando yo le
había. Nos gastamos todo el dinero del premio.
di a escondidas un navajazo a su cochina silla...
El regreso lo hicimos de manera similar a la
-¿Cuál parche? Era un adorno... De tanto
ida, y, finalmente, nos instalamos, cargados de
videojuego ya te falla la vista.
provisiones, en la cabaña aérea.
Se fueron, por fin.
Al quedarme solo en mi cuarto, me preparé
para afrontar e.l enOJO de abue por m1 larga au­ mt desanJ-rición 1-,c debía a lo que había pasado
sencia. con la pi1fata ? Me quedé pensando cómo podr�a
Esperé una hora, dos horas, y como la abuela Cl)ntar.le hs ª"'enturas que había tenido con mis
no subía, la llamé. No respondió. La seguí lla­ amigos. A�í se d.1ría cuenta de qué poca cosa
'-
mando cada quince o veinte minutos, hasta que eran para mí !J.s burlas e�i los d emas.
,
se hizo de noche y me quedé dormido. Cuando En esos días o.o tuve la oportunidad ele ha­
abrí los ojos, comprendí que la fiebre había re­ cerlo porque b cuestión �e complicó: b abuela
gresado. Las emociones ou:a vez, me dije. Los tuvo una discuo:;íón con sus hijos y nietos porque
helados. la comida, el aire frío de las alturas ... no guiso ir a cenar con ellos en Nochebuena.
No lo sé. Mi cuerpo es débil y a veces una co­ ----Ne) puedo apartarme de Manuclito hasta
rriente de aire que se cuela por una rendija me que n1,�jore un poco ---se disculpó.
enferma. Las tías C.iro y Ful, esposas de los tfos Benc
Me hundí en un sueño inquieto, hasta que un y Vena, se molestaron tauto que ya no c�naron
rayo de J uz en la cara me despertó. en c:1sa v se fueron a uri hotel cercano. lVh abuc­
·Era el doctor Beristáin, alumbrándome con .la tuvo, que ir, empujada pot los rios Bene y
una linterna en los ojos. Vena, a pedirles el día de Navidad que regresa-­
-¡Abuela! ---aparté la línrerna con un brusco ran a la finca, porque no babia tenido intencíón
movimiento. de ofcnderbs.
---Aquí estoy, hijo.
Hice a un lado al doctor y me abracé a 1111
querida abuela.
--Te he llamado muchas veces y no estabas ...
--Sólo me he apartado de ti un momento ...
Aquí estoj' cóntigo y aquí estaré siempre ...
�Yo ... --traté de dedr algo, pero las palabras
se anudaron en mi garganta.
·--No di,.,as
i::,
nada. A mí tamr)oco me han gus­
tado nunca las piñatas...
Suspiré. ;_De modo que mi ahue pensaba que
17 Un cuento

~ S PIRÉ con. alivio cuando mi abuela y yo nos


volvimos a quedar solos.
Tuve u.na gran m ejoría los meses de enero y
febrero. Hasta me retiraron una de las seis me-
dicinas que tomo. Níi abuela se veía m uy con-
tenta y animosa. Incluso, p ara mayor suerte: le
aceptaron sus colaboraciones en un diario de la
capital del estado, y dijo que podría ahorrar para
comprar un aparato de vídeo VHS (luego se gastó
de nuevo el dinero en medicinas y ya no compró
nada).
Yo mismo :rne sentía muy fuerte y sano y le
pedí que me llevara a pasear por la huerta. No
quiso porque había mucho polen flotando en el
aire y eso, ya estaba comprobado, me hacía daño.
¿No lo d ecía yo? Si no es e1 aire, son las emo-
ciones, y, si no, el helado que me comí en se-
creto. Ahora es el polen.
-Mejor te cuento un cuen to - añadió con
d ulzura.
-No, abue -respondí.

85
--Pero no te enfades; es por tu bien ... 18 1\1.iedo
-Lo sé y no me enfado...
--Entonces, ¿el cuento?
---Bueno, pero mejor te lo cuento yo.
Inventé una historia basad.a en la ª�'entura del
pasado diciembre. Mí abuela, radiante, escucha­
ba, como si ella fuese una pequeña cría tura v yo
. . /
un v1e10 narrador.
}\HORA que mi ::i.buela está en el hospital, he
p ensado mucho en la muerte. lVle aterra quedar­
me solo, sin ella. La tia Fanny y la tía Alba no
me llevarían con ellas a Costa Rica, ya que si
ellas me quien::n un poco, no creo que me quie­
ran igual los tíos. Ellos son hermanos también
y conocieron a mis tías cuando pasaban unas
vacaciones en 1\.féxico. Ahora las tías hablan con
más acento extranjero que mexicano.
-¿Se va a mor.ir mi abuela? --le pregunto a
la tía Fanny.
La tía salta, tira el punto, se acomoda las ga-
rras.
-No 1 qué barbaridades decís, Manuelico ... Sos
muy maleducado ...
-Estoy preocupado, nadie me dice cómo está
mi abue ...
-Está mejorcita, ¿qué más querés saber?
-Cuándo va a regresar.
-La operaron, está delicada. Va a pasar seis
o siete días más en el hospital.

87
--¿.Entonces no se va a morir?
-- Ya re he dicho que no. El pdigro ha
pa-- 19 C?!millo Blanco
sado.
··--Yo he tenido rnucho miedo ...
--A la muerte no hay que tenerle miedo.
--No le tengo miedo a la muerte, le teng
o
miedo a quedarme sin abuela ...
·-·-¡.Ah, qué valiente sos! !\"o renés idea
de
nada.
1
---La muerte es igual a un sueño... Uno cier
los ojos y no los abre más.
ra f uE en marzo. lo�; últimos días, durante las
cortas vacaciones de Semana Santa. Ya había
--Eso crees. Yo he leido lo que l es pasa a
l os vuelto :i ponerme rna1o. La fiebre, el sueúo, l�>s
muertos que no se mueren. Bueno, a unas per­
sonas que se murieron y luego las revivier dolores en las piernas, el rictus en la cara, mas
on y medicinas ... Sí, fue en ios últimos días de marzo,
Io contaron ... ¿Sabés qué? Uno empieza a
andar una época calurosa y seca, en que esta población
por un túnel oscuro hasta que ve al fond
o una s<� vuelve muy visitada por sus balnearios.
luz brillante. Al final del túneL lo espe
ra un Bueno, pues yo también ardid de calor, aun­
p erro para guiarlo duranre los siguientes
pasos. que lo peor de la fi�:bre ya había pasado.
Es un perro c0nc1cido que- é>C crió con uno
... Tocaron en los cristales de la puerta de la te­
---¿Y si nunca hubo perros en la casa ... ? -·--in
­ rraza. Unos golpeciros· quedos, tímidos.
terrun1po.
--Si no renés un perro ... jHO habrá quien JVIe apresuré a abrir con un feliz presr:nti­
te
guie en el otro mundo! A.si es y ... miento.
---¡Calla, mujer! --dice la tía Alba. que Ahí estaba Jack, pecoso y sonriente, cargando
h él
entrado sin que nos diéramos cuenta---. ¡Qy en brazos a un pequefio animal.
é- co­
sas más inconvenientes estás contando! -E� un lobo ----lo puso en mis manos.
-¡Oh, Dios, tenés razón! -St:' levanta h --¿Un lobo?
tfa
Fanny nerviosa, tratando de hilar una disc Esta vez Jack no me reprochó nada, srno que
ulpa.
Y acaba diciendo--: Es que con este niño asintió sonriente.
... una
se desespera ... --Un verdadero lobo, muy joven aún.
,-,
--¡uuau.
'
t --exc 1 ame.
Se•
t.'·'
-Así no hacen, sino: ¡Aaauuuuu ... ! -Ajá -exclamó Jack-. Y para empezar, ne-
-¿Y me lo vas a regalar? cesito que tomes asiento en otra parte.
-No es mío.
-¡_Y mi silla de ruedas?
-¿De quién es? -Es un excelente vehículo, no te preocupes.
_-De él mismo, así corno tú te perteneces a ti No, ya sé jugar bien. Ya no me preocupo, ni
mismo.
me pongo a pensar que el baobab no es báobab,
-Comprendo, pero debe de tener un amo. o que el tigre es imaginario, o que Sandokán es
-Claro.
Emilio, o que las estrellas. se ven en el Norte lo
-¿Con quién hablas, Manuelito? --gritó mi mismo que en el Sur. No, poco a poco voy
abue.
aprendiendo.
--�stoy jugando a Colmillo Blanco -respondí.
Además, no se aparta de mí el lobito. ¡Qyé
-¡Ese es un buen nombre! -exclamó Jack-.
suave se siente su piel! Qyé cara tan bonita tie-
Le ha gustado mucho, míralo.
El lobo me lamía las manos y la cara. ne...
-Qyé bonito -1.o acaricié. Mientras yo juego con el cachorro, mis amigos
No q�íse �onfesar a mi amigo que a la perra se apresuran en transformar la silla de ruedas en
que tema m1 abuelo se la habían llevado a casa un trineo... ¿Qpé digo? ¿En un trineo? Eso he
del tío Bene porque -se le caía un poco de pelo dicho. Un largo trineo que puede llevar cuatro
y, a veces, el pelo entraba en la casa y me hacía pasajeros y, aparte, un conductor.
daño. -¿Y quién va a tirar de él? --pregunto.
-Bueno, . ¿vamos a salir a jugar? -pregunté El cachorro ladra en respuesta.
tras estar mirando lo zalamero que era Colmillo Aunque sea de juego, no lo puedo aceptar. Es
Blanco. sólo · un cachorro y va arrastxando el trineo con
Los otros nos esperaban a la orilla del arroyo. cuatro· de nosotros arriba y Jack detrás, empu­
Estaban
_ cargados de raros utensilios y herra- jando y conduciendo. Cierto, el trineo se mueve
1:11entas. Les pregunté, luego de saludarlos efu­ sobre unas tablas a modo de esquís, todas ellas
s1vamente, qué se proponían hacer. llenas de pares de ruedecitas que permiten al
. -J acle es/el jefe de este juego ... -apuntó Emi­ vehículo deslizarse con facilidad en toda clase de
lio-. Y a el se le ha ocurrido hacer algo con terreno. Siento que es mucho esfuerw para un
todas estas cosas que traemos. animal tan joven.
90
Lo peor es que marchamos todo el día sin
descanso. �ieren llegar a las estribaciones de la
sierra antes del anochecer. Jack dice que somos
gambusinos. Conocemos un rico filón de oro,
pero para llegar a él tenemos que atravesar toda
la sierra.
Comemos sobre la marcha y ellos se relevan
en el puesto de conductor sin que nos detenga­
mos, mientras Colmillo Blanco permanece en su
lugar tirando y tirando del largo trineo.
Cuando finalmente nos detenemos a descan­
sar, me por;i.go a curar las patas del animal. El
pobre se las lame lastimero y yo permanezco se­
rio con mis amigos hasta la hora de cenar, cuan­
do sus .risas, su conversación amena, sus palabras
amistosas rompen el disgusto que siento.
Colmillo Blanco se echa a mis pies y el frío
de la noche --¡hace frío en esa sierra al tiempo
que en el valle hace calor!- se esfuma con su
calorcito. En la madrugada, el lobo se echa a mi
lado y se queda dormido en mis b.razos.

en
¿u Utra vez ta sitia...
1

AL día siguiente, en lugar _de reanudar la mar-


cha, nos pasamos toda la maña.na deslizándonos
en el trineo por u na pendiente. Me alegra que
·se dé descanso al animal, ya que el vehículo, es
decir, m i silla de ruedas con esos esquís extraños,
se desliza sola cuesta abajo. Claro, hay que su-
birla de regreso cada vez, pero en ese trabajo yo
no participo; siempre alguien carga conmigo, ya
sea en brazos o en el vehículo ese.
Qyísiera conducir yo el trineo. Me entran
unas ganas locas de llevar yo las riendas aunque
sea un ratito.
-¡Una vez y yal - les pido a m is amigos.
Jack niega reiteradamente, pero los otros abo-
gan por mí y, cuando todos están ya cansados
de subir y subir la silla, acepta que haga yo la
última bajada.
¡Allá voy, allá vamos! Colmillo Blanco corre
alegremente a nuestro lado. El trineo va aumen-
tando su velocidad a medida que desciende. Es
fabuloso. Controlo el trineo con unos tirantes de
millo Blanco tiraba del trineo con tanta facili­
los que voy tirando con fuerza. De pronto, el dad. Lo único que puedo hacer es seguir adelan­
trineo salta. Así había sido siempre que pasá­ te, evitando rocas, árboles y arbustos. Karl grita
bamos por esa parte, pero es distinto ir sentado en las bajadas como las muchachas cuando están
cómodamente mientras otro guía, a ser uno el en la montana rusa. Los otros tar.nbién gritan,
conductor. Como conductor, el tiempo pasa a yo grito y Colmi.llo Blanco ladra. De nada sirve
una velocidad diferente, y e1 salto me sorprende tanto griterío. El valle que abandonamos el día
pues lo esperaba unos segundos después. Así que anterior se va acercando aceleradamente. Distin­
el salto del ti-ineo me hace pe:rder un instante o-o allá abajo bloquecitos blancos y verdes. Las
su control y se desvía un poquito de la dirección
t:,
/
casas, las haciendas, las fincas... Cada vez mas
que debería llevar. Qyiero enderezar el camino, cerca. De pronto, se cruza la carretera y la abor­
inútilmente, porque el trineo se desliza ya por do. Ya he aprendido a conducir mejor el trineo;
una ruta distinta y comienza a precipitarse a lo único rnalo es que no tiene frenos y, como
gran velocidad ladera abajo. vamos de bajada, a cada segundo es mayor la
-¡Detentel -chilla Julio. velocidad a que se desliza. Sigo la cinta de as­
-¡Cuidado! -exclama Emilio entre los la- falto. De pronto, se vienen encima de nosotros
dridos desaforados de Colmillo Blanco y .las vo­ dos enormes cam.iones en sentido contrario. Es­
ces de los demás. tán a punto de atropellarnos. Busco entonces sa­
Y es que vamos deslizándonos, mejor dicho, lir de ·1a carretera y tomo un bosquecito de en­
vamos precipitándonos, a enorme veloridad por cinas (Emilio dice que son encinas y Julio dice
una ladera empinadísima. Logro desviar el tri­ que son eucaliptos, pero como esta vez Emilio
neo a la derecha y, a punto d.e volcar, tomamos �1anda en el juego, son encinas). La mala suerte
una ligera loma, la cual subirnos gracias al im­ que tenemos es que, tras el bosquecito de .enci­
pulso que traíamos. El trineo va perdiendo ve­ nas, la ladera se precipita abruptamente a una
locidad, casi casi se detiene ya, pero ha logrado cañada. Es imposible detenerse. Trato de desviar
subir toda la loma y, cuando damos gracias a el trineo y, en el intento, tras un inesperado mo­
Dios por nuestra buena suerte, el vehículo vud- . vimiento, sale Julio despedido por los aires. De
ve a deslizarse por el otro lado loma abajo. reojo, adivino que vuela a la rama de un árbol.
El tri.neo se desplaza tan fácilmente que nada Otro movimiento, y Karl sale por el otro lado,
lo puede parar. Ahora comprendo por qué Col-
97
Estoy a punto de frenar cambia talla la risa de Karl. Es el primero al que le hace
ndo de dirección
una y otra vez. Emilio sale volan gracia el estado en que nos encontramos. Todos
do en otro brus­
co movimiento, y al final, c..1.1a ,
sonre1mos · . Y'. poco a poco vamos con-
primero
ndo llegamos al .'
fondo de la cañada, Jack vuela tagiándonos de su risa. Hasta Julio, col?ado de
también y yo,
milagrosamente, lo sigo a él mi una rama, acaba por reír mientras se ag1tan sus
entras el trineo
se precipita al fondo, diez me piernas en el aire y se balancea todo su cuerpo.
tros abajo.
«¡Mi silla!», pienso nada má
s un instante, o
tal vez .menos, porque mi atenc
ión se va al lado
de mis amigos.
-¿Estáis bien? -soy el rim
p ero en decir
algo.
-¡Hola! -saluda Julio col ado
g del pantalón
en la rama de un árbol.
-j Buenas tardes! -res onde
p Karl sacudién­
dose las ropas, ya de pie, a are
p nte mente en bue­
nas condiciones.
--Creo que esto.y com leto -s
p e revisa Jack.
Está tirado sobre W1 arbusto
y acaba de revisarse
de pies a cabeza.
-Todo bien -dice Emilio. En
realidad, es el
único que ha sacado de todo
esto un buen chi­
chón y un tremendo ras uño
g en un brazo,
Colmillo Blanco, asustado, com
ienza a aullar
lastimero. Su aullido resuena
a lo lejos. i\hora
que veo que todos est'án bien, o tam
y bién tengo
ganas de ponerme a aullar or mi
p silla de rue­
das. Desde .mi posición, sano
y salvo, no logro
distinguir el estado en ue ha
q quedado allá en
el fondo del barranco. Pero en
ése momento es-
98 99
21. El rayo ·verde

EL resto de la tarde lo pasé al borde del ba­


rranco, con Colmillo Blanco a mi lado, mirando
cómo rescataban mi silla de ruedas. Tras mucho
batallar lograron sacar todas sus partes. Estaba
completa, sí. Cada rueda por su lado y el asiento
por otro, pero completa. Los esquís estaban, en
cambio, rotos e inservibles.
,<¡Ahora sí que me la he cargado!,,, pensé.
--No te preocupes, nosotros la arreglaremos
-decía Julio,
-I'v1añana esrari como nueva -- aseguraba
Emilio, pues ya la tarde se estaba yendo.
No les creí. Una rueda había quedado cuadra­
da, la otra casi triangular y el resto todo abolla­
do o raspado.
Lo peor de todo era que no sólo se babia
arruinado la silla, sino nuestro medio de trans­
porte. Ahora reníamos que regresar a pie; bueno,
ellos a pie y yo. ., sobre las manos, si no lo hacía
arrastrándome.
--No ¡:e preocupes --insistía Karl.
., �-.. •t
Sólo Jack p e.rma11"-.. �� callado, tra
tando de de­ -No hace falta entender nada -respondió
volverle la forma a una de lqs ru da .
e s Julio-. Cuando ves las estrellas, las ves y ya,
Acampamos ahí mismo, si es qll f:':SO,::, era un no te pones . en plan sabiondo a �ensar cuál es
campamento, cobijados por fos estrellas, ue fue­ _
q su masa y su temperatura, a que velocidad se
ron encendiéndose en lo alto, y, cuando d -.:'.S­
tómago empezó a reclamar nuestra falta de atc:-::n­ desplazan en el espacio y todo eso... ¿O no? Lo
ción, chupamos vainas dulces de mezquite como único que sabes, y es lo único que im?orta e�
único alimento. ese momento, es que ahí están en el cielo, hn-
Y, sin embargo, fue una noche divertida. llando.
Como las otras noches que hemos pasado juntos. -De todos modos --intervino Emilio--, con­
No sé a qué hora nos quedamos dormidos. El viene decir que el rayo verde es algo muy raro
.
caso es que cerré los ojos, me hundí en un sueño en estas latitudes. Se ve mejor en las reg10nes
profundo, y de pronto siento en ·fa cara que me­ más cercanas al Ártico, donde se encuentra el
pasan una esponja o un estropa_jo. Antes de abrir polo norte magnético.
. .
los ojos, caigo en la cuenta de que se trata del - ·1 Hay que acomodarse en el s1t10 de obser-
lengüetazo cálido de Colmillo Blanco, y entonces vación! -interrumpió Jack a1 par de «c1ent1 . �f·1-
creo escuchar la voz de Jack llamándome. cos>?-.._Ya casi es la hora prevista.
Me desperté. Estaba a punto de amanecer. Trepamos a una peña que estaba precisamente
-Al fin -exclamó Jack, inclinado sobre mi en la cima de la loma y ahí nos apretamos los
cara. cinco: Colmillo Blanco a mi lado.
-¿Qy.é ocurre? -pregunté. KarÍ sacó una brújula que llevaba especial­
-Vamos a ir allá arriba... -señaló una loma mente -para esta oportunidad y nos indicó con
cercana. precisión el norte magnético. �
Hacía fresco y el aire era suave. Justó. en el momento en que senalaba con el
Me colgué del cuello de Kar1 y éste mé llevó índice·. Ía lejanía, un rayo verde cruz� el ho;1-i­
en su espalda, a caballito. Los otros iban a nues­ zonte '. Un rayo verde con destellos .ro1os y pur-
tro lado; hablaban de un rayo verde. No enten­ puras..
día nada. -Es la aurora boreal... -susurro Jack, como
-Ni yo -rió Karl. si temiese romper con su voz el encanto de -�que-
lla visión sin i gual. · · ;•.,-�,,.,:. ·
102 1A:>
·--El rayo verde ----brincaba de gozo m1 CO··
razón.
Habia leido yo una aventura formidable en la
que los personajes perseguían al rayo verde, de
modo que tenía idea de lo extraordinario del su­
ceso.
No sé cuánto tiempo duró el fenónteno porque
a mi me ocurre que en momentos as1 pierdo fa
noción del tiempo. De golpe, con los primeros
resplandores del sol naciente, la mágica visión se
fue apagando hasta desaparecer.
Luego, Julio y Emilio se enfr ascaron en una
discusión para explicar el fenómeno. Hablaron
de tormentas magnéticas producidas por la ac­
tividad de las manchas solares al chocar contra
los polos magnet1cos de la Tierra, pero vo no
entendí nada.
--Ni yo --repetía KarL
,..,,2
,L ,.,, El regreso

]\/{i silla de ruedas se auedó torcida v se des-


Á •

plaza sobre una rueda no nmy redonda. Por elfo


la cargan hasta llegar a la éarretei-a, en iugar de
irla empujando, A mí también me llevan, por
turnús, a calx1llito.
En la carretera probamos la sílla de ruedas y
es cuando nos damos cuenta de que ha quedado
hecha un desastre.
No importa. Ya encontraré qué decirle a mí
abuela.
Nos lleva una camioneta. La finca de mis
abuelos está a cinco manzanas de esa misma ca­
rretera al entrar a la. ciudad, de modo que no
tardamos en estar en casa.
Nadie tiene fuerzas ni ánimo para subir al
árbol de lord Glenarvan, como yo hubiese que­
rido, a fin de retardar n1i regreso y encontrar
una explicación más o menos creíble por mí abue
de lo ocurrido a la silla de ruedas. Todos tienen
que irse por una u otra razón.
Se despiden Jack, Karl y E111ilio. Julio es el

107
hasta que llega a mí el olor de... una sopa de
encargado de llevarme de i-egreso a mi cuarto. fideos. Abro los ojos sorprendido.
Colmillo Blanco chilla, y a mí se me hace un Mi abue está junto a mí y, precisamente, acer­
nudo en la garganta cuando el cachorro me lame ca a mi nariz un plato humeante de sopa.
la cara por última vez. -Mira lo que t� traigo ... --dice, acomodando
la bandeja en la mesa que se desplaza sobre mi
.. -La energía que absorbiste del rayo verde,
Manuel -dice Julio en nuestra despedida-, te cama.
va a traer muchos días buenos, al igual que a Se alegra tanto de verme que, por lo pronto,
mí y a los demás ... no tengo que explicar nada de nada. Mientras
-Gracias por todo -exclamo cuando el ma­ tomo la sopa recorro la habitación con la mi­
rada. No está mi silla de ruedas en ninguno de
y de los muchachos sale a la terraza y se dis­
or
pone a descolgarse por la cuerda. los rincones acostumbrados. ¡Huy, huy, eso s.í se
«Sí, amigos; gracias por vuestra am.istad», re­ pone feo1
-- ¿La :,illa? -adivina la abuela mi inquie­
pito en mi interior. Y es cuando me doy cuenta tud-. Detrás de ti.
de que esta vez no han prometido venir para las
Se levanta, empuja la silla de ruedas y la pone
próximas vacaciones. Ya no puedo llamarlos. Es enfrente de mí. .Me quedo con la boca abierta:
hora de ir pensando en algo realmente convin­ es una silla nueva.
cente para que la abuela no se oponga a las aven­ No sé si alegrarme o ponerme a llorar. Mi
turas que tengo con mis amigos. abue no ha dicho ni una palabra de reproche
Le diré que entró un ladrón y que trató de todas las veces que me he escapado. Y hoy que
llevarse la silla de ruedas, que la dejó caer desde .he regresado con la silla hecha una lástima1 en
la terraza al jardín y que ... No; es una historia vez <le enojarse y exigir una explícación, me
muy tonta... compra una silla de lujo. Me la está mostrando.
No puedo pensar en nada inteligente porque Dice que tiene un motor de tres velocidades, fre­
tengo d estómago vacío. ¡Ufl 1 sí que tengo ham­ no, elevador y unos hierros para bajar la esca­
bre. Me comería un biso.nte entero yo solito. lera...
Bueno, un bisonte a la parrilla; e.rudo no me -¡Ya, abue, no sigas... ! -le digo. No me pue­
apetece en absoluto. do contener más y me dispongo a contárselo
Cierro los ojos y me imagino ciettos manjares todo.
deliciosos. Me quedo soñando en paisajes lejanos
109
1()Q
Le cuento de pe a p,1 todo, desde el momento 23 Los días siguientes
en que Emilio se apareció con su traje blanquí­
simo y su rnorraL hasta el instante mismo en
que Julio se despidió de 1ní diciéndome lo dd
rayo verde.
Ella me escucha con atención. A ratos sonríe:,
a ratos se pone seria. Al final me lkna <le besos
y es cuando veo que tiene húmed:1 1a mirada.
---¡Cómo quisiera que todo fuera cierto. .?vla­ LA silla nueva es un regalo de los tíos Bene y
nudito! --dice limpiándose una gotita de agna Vena, no porque ellos la hayan pagado, sino por­
que se escurre por su cara. oue
1
· ellos tuvieron la idea de pedirla
-
a una ins-
---Lo es, abue... 1\1.is amigos son mudi<ichos J 1;,, titución que no me acuerdo cómo se llama. A lo
Yc::rdad y me he divertido mucho al bdo de mejor es el Seguro Social, ya que yo estoy ase­
ellos. gurado.
--Mi cido: si nunca me he apartado de ti. No sé qué .b icieron con mi silla vieja. (h¡isiera
Estos seis días que han pasado, me he quedado verla para comprobar Jas averías que sufrió y así
a dormir en tu cuarto. demostrarle a mi abu.e que yo digo la verdad.
--¿Y las otras veces? -----digo, increduío. Pero, pobre, si se lo demuestro, va a tener que
---Nunca. nunc.1 te he:- dejado solo má-; de unas reconocer que tiene muy mala memoria y que
p ocas horrl.s. se olvidó de mí durante algunos días.
1\ rni abuela se le olvidan las cosas. Eso r::: lo La abuela ha dicho que yo estaba tan contento
que ocurre, Siempre deja en un lug::tr i.iu ga n­ a causa de la silla de ruedas nueva; pero, ¡qué
chílIL) v. lo busca en ouo. Ur! día nevó ' ,.:-1.ui-:· era va! Yo sé que n:1e sentía tan lleno de energía
man1:s, sali<) currié:ndo al periódico ,1 cntn:¡�ar su debido al rayo verde.
colaborai..·ión y resultó que era miércoles. Nun,:--a Salíamos todos los días a pasear por la huerta,
sabe en CJU�: día vi.vimos. Sí", eso es lo que l.Kurre incluso ahmnas
o veces nos asomamos a la calle y
con la p·1brc olvidadiza. Por eso. ni cuenta s,: h,1 compramos un dulce de nanche.
dado de mi� andanzas. --Ése es el árbol de lord Glenarvan -le ex­
plicaba a mi abue---. Aquí, mira, exactamente en

110 111
este borde tropezó la silla de ruedas cuando Karl Luego, en los primeros días de diciernbre, mi
la empujaba... abue se puso enferma y yo me empecé a sentir
Ella se reía. Estaba todo el tiempo contenta peor. Llegó primero el tío Bene, quien la acom­
porque veía que mi salud mejoraba. pañaba una y otra vez al doctor. No se curaba
Una vez, hace tiempo, sorprendí un comen­ y tuvieron que hospitalizarla. Entonces llegaron
tario de mis tíos. Decían que cuando un enfermo todos rn is ríos, incluso llegaron las tías de Costa
está muy mal y sale de una crisis, la siguiente Rica adelantándose a sus planes. Mi abuela les
crisis va a ser más fuerte y dificil de superar. dijo que no me dejaran solo ni un r.nome�t�� Y
No me pidan que explique qué es crisis. Yo me las tías más o menos cumplen con esta pet1cton.
imagino que es una recaída grave de salud. Creo Más o menos porque, sí finjo que estoy dor­
que hablaban de mí. No lo sé. Pero yo ahora sé mido, salen corriendo. Y entonces abro los ojos
otra cosa: cuando un enfermo se alivia un po­ y me quedo mirando a la vidriera para ver s1
quito, la próxima vez que se alivie se alivia más. aparecen mis amigos.
Eso me estaba pasando a mí.
Mayo, junio, julio, agosto, septiembre y octu­
bre fueron los meses más sanos de mi vida. Los
vivimos intensamente, los disfrutamos mucho.
Cierto: durante todo· este tiempo, no aparecieron
por aquí los primos más que un par de fines de
semana. Pero no me molestaron; al contrario,
descubrí que no son criaturas horrorosas, sino
chicos comunes y corrientes. Hugo, el gordote,
tiene el mismo modo de mirar de Jack que tanto
me divierte. Reconociendo esto, ya no me parece
tan horrible como antes.
En la primera semana de noviembre, me sentí
desganado y le dije a 1a abuela que prefería que­
darme en la terraza. ¿Se estaba esfumando el
efecto del rayo verde?
112 113
24 La gran aventura

__ ¿CuÁNTOS díasuntofaltan para las fiestas de


las posadas? -preg a la tía Alba. He estado
con tanto sueño que he pe.tdido la noción del
tiempo.
-¡Las posadas! Mire nada más en qué está
pensando, como si estuviera para andar pegán­
dole a la olla ... -la tía Alba sirve una cucharita
con un líquido verdoso que sabe a grillos-.
¡Ande, tómese su medicina!
---En serio, tía: ¿a qué día estamos? Es lo que
quiero saber.
--A veintiséis de diciembre.
¡Veintiséis de diciembre!, resuena en mi ce­
rebro. ¡Veintiséis de diciembre'., campanillea en
tod.a mi cabeza. Y los muchachos no han venido.
- ¿�1é le pasa? ¿No decía que esa medicina
sí le gusta?
--En comparación con las demás ... ---aclaro.
La medicina 110 me importa en esos momen­
tos. ¿,Dónde he estado todos estos días que no
me he dado cuenta de cuándo empezaron las

115
rnn alcohol, escribe una nota, dice algo al tío y
verdaderas vacaciones de diciembre? Dormido, .
sale del cü�rto:_ El: tío rr,iha :a la tía, le dice algo
con fiebre, o qué se yo. El caso es que mis ami­ y va tras el doctor. La tía me mira a mí, no dice
gos ... No sé qué pensar ahora. �ada y· sale corriendo tras el tío.
Antes tenía miedo de que no vinieran poxque «¡Vaya enredo!», pienso. Me han de¡�do solo,
ya no somos unos niños. sumido en el calor de dentro y en los rmdos que
Ahora tengo miedo de que hayan venido llegan de fuera y las gotitas de suero que siguen
mientras yo estaba aquí sumido en mi enfer­ escurriéndose por el tubito.
medad. El tac-tac es ahora más fuerte; el- cri-cri, más
Y mi abue no aparece tampoco. Si al menos cercano.
ella hubiera estado aquí, y si, como decía, nunca De pronto, se abre con violencia la puerta de
se a partaba de mí, le habría pedido que si venía la terraza y un chico, vestido todo de azul, cae
Jack o Emilio o Julio o Karl, les dijera que po­ de bruces en medio de la habitación.
dían pasar a despertarme. -¡Diablos contigo, Ivlanuel! --quier� decir
Me siento mal de verdad con sólo pensar en muy fiero Julio, pero le sale la voz dolorida. Ha
que vinieron y no respondí a su llamada. Me da abierto la pue.rta golpeánd9la -con el hombro.
vértigo, me hundo en un abismo negro. --Llevo media hora· tocando ·para- .. que me
Cuando abro los ojos tengo una aguja clavada abras.. . - -�
en el brazo y una �ascarilla en la nariz. Huele -¡Lo sabía! -exclamo-. ¡No me podían fa-
a medicinas, se respira caliente y pesado. Las pa­ llar!
redes se quisieran derretir del calor que sienten -Claro que no; los otros están allá. arriba, ya
también. Me están poniendo suero. Oigo voces, sabes.
no las comprendo, y oigo un tac-tac lejano y un -¡En el árbol de lord Glenarvan!
cri-cri todavía más distante. -Bueno, vámonos.
El doctor· de siempre, no me puedo acordar Es lo que. más me molesta dé los cuatro; es lo
ahor� de su nombre. La tfa... , tampoco me acuer­ que más me gusta de �os cuatr?. Sí, ambas cos�s:
que me traten como· si yo pudiera hacer lo mis­
do de su nombre. La que me habla en costarri­
mo que ellos. Ya estoy acostumbr�do, así que
cense: «Sos un sonso, Manuelico ... ». Y el tío ese,
sonrío y le señalo a Julio los tubito� que me
el padre del gordote. Ellos están conmigo. Tie­
tienén conectado a la botella de suero.
nen cara de espanto. El doctor se lava las manos
117
116
-----Ya veo ...
Se acerca parsimonioso y, del modo más nor­
mal 9 quita la mascarilla, arranca la aguja y me
toma en sus brazos.
--¡A caballito! -le digo.
Y él deja que me cuelgue en su cuello mien­
tras que sus manos de muchacho fuerte sostie­
nen mis piernas blandengues.
Y a estamos a punto de salir a la terraza cuan-
do grito que olvidamos mi silla de ruedas.
---No la necesitas -responde Julio.
Lo comprendo de inmediato.
En el árbol de lord Glenarvan están mis otros
rres amigos esperando. De un solo salto, desde
la terraza, estamos con ellos. Nos tomamos los
cinco de las manos y, en un suspiro, comenza­
mos a flotar tranquilamente, a volar de verdad,
a subir poco a poco al cielo.
Al pasar por entre las nubes, me entra una
tremenda preocupación.
--¿,Y mi abuela? --me detengo.
Todos nos soltamos de las manos, Jack me
mira sorprendido y nada más mueve la cabeza.
Emilio se da prisa en contestar:
-Allá abajo. Estará bien por algunos años
más,
-Bueno, entonces, sigamos --digo yo, y es
cuando me fijo bien en el rostro de Juho y en
el de Emilio y en el de Jack y en el de Karl...

119
¡Pero si son mis amigos de siempre! Juli� Verne,
Emilio Salgari, Jack London, Karl Nlay... jDebo 25 Los amigos de siempre
de ser un tonto de capirote por no haberlos re­
conocido!
Y ahora el ascenso es libre, cada uno por su
lado va volando como mejor le acomoda. Yo me
pongo a describir figuras acrobáticas y los otros
no tardan en imitarme. El sacacorchos me sale

T_J
a mí mejor que a nadie, y cuando hago la banda
de 1Vloebiu.s, girando vertiginosamente hasta com­ N mes se pasa como sea cuando el corazÓJl
pletar una figura imposible, me doy cuenta de está dolorido. Se duerme mal, se come sin ganas,
que mis piernas 1·esponden magníficamente. se piensa m.ucho, se: duele uno de la imaginación.
Miro abaje: allá se queda mi silla de ruedas, La abuela ha decidido arreglar el cuarto de
vacía, a un lado del cuerpo frío del niño que fui. Manuel. Primero no quería tocar nada; luego se
animó a sacudír, a limpiar, a acomodar esto y
aquello. Ahora está decidida a cambiarlo todo,
ya que el recuerdo de su nieto lo lleva dentro.
Se detiene ame el estante lleno de libros de
aventuras. Los lomos de colores de ediciones co­
rrientes se confunden con las ediciones de· pastas
de cartón. Muchos de esos libros pasaron por sus
propias manos antes de llegar a las de su nieto,
por eso los conoce bien. Qpizá ahora los rega.le
a sus otros nietos. De entre toda esa colección
de libros de aventuras, resaltan cuatro tomos en
un rincón. Parecen idénticos, pero pertenecen a
distintas editoriales. La abuela se acerca y lee:
--Los h(¡'os del capitán Grant, El León de Da­
masco. La llamada de la. selva, La hija del jeque.
Y mientras descubrC'. los titulos, salta su co-
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razón en el pecho. Ha .reconocido de golpe a los Í~dice
autores. Tiene que sentarse y tomar un vaso de
agua antes de sacar los cuatro libros.
-Julio, Emilio, Jack, Karl... Eran ellos ... Los
amigos de siempre....

1 l'v1anuelito .............................................................. .. 5
2 Enúlio ........................ ,............ '. ................................ 11
3 Karl .......................................................................... 17
4 julio y Jack .............................................................
23
S Una noche en la cabaña ahea, .................... ······ - :.,
'i2
6 La jungla negra ............................................... 39
7 En casa ................................................... . 43
8 _l,a abuela ................................................................ 47
9 ()tra vez Karl ········:········-...................................... 51
JO L-os otros ........ ,......................................................... 55
JJ La silla volado.;-·a ................................................... 59
12 La co1npetición ....................................................... 65
69
13 Salto de lon¿:rii:ud .................................................... ?3
14 Clara ....................................................................... .
15 La prueba fi'nal .. � .................................................. . 77
16 E'n casa ................................................................... 81
17 Un cuento ............................................................... 85
18 Miedo ................................................... · 87
19 Colmillo Blanco ............................................ . 89
20 Ott·a vez !u. silla... . .. � .............................. &····�················" 95
21 El rayo ve1·de ........................................................ . 101
22 El regreso ............ ,................................................. .. 107
23 Los días siguientes .................................,. ............ .. 111
24 La gran aventura .................................................. 1.15
2S Los amigos de siernpre .......................................... 121

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