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EN QUÉ CONSISTE EL GREGARISMO DE LA SOCIEDAD MODERNA

Para Nietzsche tanto el liberalismo, como el socialismo y nacionalismo coinciden en


ser portadores de nivelación individual e indiferenciación social, pues estas ideologías for-
man sujetos sumisos y los mantienen sujetos para que se crean libres y sólo se culpen a sí
mismo de su insatisfacción. Así, el estado moderno es un sistema jurídico-institucional y
administrativo de ese gregarismo indiferenciado en el que no cabe más que la “pequeña
política”.
En este sentido es la imagen inversa del estado griego, pues representa, sobre
todo, un proyecto de neutralización de las individualidades fuertes y excepcionales en la
medida en que su objetivo fundamental es reducir al mínimo las diferencias entre los indi-
viduos y no permitirles ser fuerzas en lucha, competición, libre y leal.
Por tanto, esa refractariedad del Estado democrático moderno frente al hombre in-
dependiente y creador siempre en movimiento de autosuperación es lo que Nietzsche una
y otra vez denuncia. Este Estado democrático no puede permitir, y mucho menos fomen-
tar, tal tipo de hombre porque representan un gran peligro para él. Necesita la mayor ge-
neralización posible de los esclavos que sólo viven como órganos del sistema de necesida -
des colectivas, las cuales han dado origen a valores e interpretaciones ideológicas como
“igualdad de derechos y oportunidades”, “soberanía popular”, “Estado de derecho”, “digni-
dad del trabajador”, etc., que el esclavo ha incorporado convirtiéndose así en órgano al
servicio del rebaño. A cambio se da a esos esclavos la pequeña satisfacción a su resenti -
miento que representa acceder a su exigencia de “igualdad para todos en el sufrimiento” y
a su pretensión de verse continuamente relejados y exaltados en las representaciones co-
munes.
Culturizar ha sido siempre la acción de modelar al individuo para hacer de él un
“miembro” o un “órgano” de una determinada colectividad. El hombre comienza a ser
hombre como parte de una totalidad con cualidades orgánicas propias y que hace del indi-
viduo su propio órgano. De ahí que los hombres, en virtud de hábitos antiquísimos, sien-
tan primero los afectos de la sociedad. Como miembro de su sociedad, el hombre asimila y
aprende lo que es bueno para ella, y rechaza toda diferencia como amenaza a su estabili -
dad. Esto, que es condición necesaria para la vida en sociedad, lo lleva a cabo, en primerí-
sima instancia, el lenguaje. Es el lenguaje quien crea reacciones fisiológicas comunes, una
uniformidad de las percepciones, de los sentimientos y de las ideas en virtud de la cual es
posible la comunicación y el ejercicio del conocimiento, así como la colaboración social y el
trabajo. Y la lengua, es la que crea básicamente esta uniformidad al establecer las desig -
naciones fijas de las cosas que son válidas y vinculantes para todos los miembros de una
determinada comunidad lingüística.
El lenguaje es siempre el distintivo de lo humano, lo que significa que la estructuras
lingüísticas son siempre estructuras históricas. Adelantándose en cierto modo a Wittgens-
tein, Nietzsche cree que los lenguajes son también formas de vida: toda lengua condensa
y alberga en su estructura un modo idiosincrásico de ver la realidad y de entender la vida.
Por eso la lengua representa uno de los poder más eficaces en la construcción del senti-
miento de pertenencia de los individuos a su nación y de la cohesión solidaria de ésta. En
rigor, no se puede hablar del lenguaje en abstracto, sino que se debería hablar siempre de
un lenguaje histórico concreto; en el caso de Nietzsche, de los lenguajes de la cultura eu-
ropea que incorporan la visión metafísica y moral del platonismo y del cristianismo. Estos
lenguajes son gregarios y gregarizadores en el sentido de que se construyen suprimiendo
los casos singulares y fundiéndolos en categorías idénticas a las que luego se atribuyen un
carácter sustantivo. Nombrar consiste en identificar, es decir, en nivelar lo diferente con lo
idéntico. La experiencia sensible se reduce por la mediación de estos lenguajes, a los este-
reotipos homogeneizadores del rebaño. De este modo, el prejuicio metafísico de las identi-
dades sustanciales, construido y mantenido por los lenguajes europeos, funciona en com-
binación con el prejuicio moral, que quiere que el hombre bueno repita siempre y sólo la
misma clase de acciones categorizadas como buenas.
Una lengua comienza con la imposición de nombres a las cosas y el consecuente
dominio de la complejidad y del flujo del devenir bajo la disciplina de las palabras y de los
conceptos. En un segundo momento de tal proceso, estos se convierten en convenciones
comunes y fijas que forman la estructura léxica de una lengua. El problema no está tanto
en que la lengua uniformice a los individuos, sino en cómo lo hace a partir del hecho de
que alberga una determinada visión y valoración de la vida. En la cultura occidental, el de -
sarrollo del lenguaje tiene lugar en íntima conexión con el desarrollo de la religión, de la
moral, de la metafísica y de la ciencia. De ahí que Nietzsche insista en el poder de seduc -
ción de su gramática y en la eficacia intoxicadora de esta lengua.
Por eso, para poder contrarrestar el poder nihilizante y gregarizador de nuestro len-
guaje, señalaba a la música como potencia expresiva de carácter dionisíaco, que en vez de
ser la voz de la razón socrática occidental, es la expresión inmediata de la energía cósmi-
ca. Gran parte de la atención que Nietzsche presta a la música, pero también a la danza y,
sobre todo, a la poesía, está presidida por la búsqueda de formas expresivas y de metáfo-
ras privilegiadas capaces de hablar del devenir, de lo pulsional y del tiempo. La poesía re -
presenta, en este contexto, la instancia elegida o el lugar para la transgresión del lenguaje
uniformador de la conciencia y de la ciencia.
Nietzsche no critica el hecho elemental de que la cultura uniformice, pues la necesi -
dad obliga a los hombres a comunicarse y ello hace que se creen palabras y que se vayan
acumulando los significados en la riqueza léxica de una lengua. Lo que Nietzsche critica en
el lenguaje es la forma de vida que alberga y transmite el lenguaje del hombre europeo,
conformado al hilo del desarrollo de la religión cristiana y de su moral, responsables direc-
tas de la decadencia y del nihilismo pasivo como patología social de Europa.
O sea, de las posibles formas de vida que hubiera podido contener y transmitir
nuestro lenguaje, la configurada sobre la base de platonismo metafísico y la moral cristia-
na falsifica las acciones y los instintos humanos en beneficio de la generalización de un re -
baño de individuos dependientes y débiles. Su eficacia gregarizadora se ha potenciado con
la absolutización de los valores que presiden esta forma de vida como “bien” y “mal” in-
temporales y transmundanos, creando las condiciones de la intolerancia reactiva. Y el he-
cho de que la imposición de estas creencias y normas se haya prolongado durante genera-
ciones a lo largo de dos mil años ha acabado por convertirlas en los instintos que dirigen
la vida social y personal de los europeos modernos. O sea, una cultura, una tradición. La
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sumisión y el inmovilismo de ese rebaño se garantizan por la dogmatización de unas ver-
dades y de unos principios morales que bloquean cualquier crítica. La sacralización de
estos principios los blinda y acoraza. Se acuñan y difunden los términos calumniadores
para crear la mala conciencia en quienes se resistan a la sumisión. Y al ejercicio tiránico
de la violencia domesticadora se une el cálculo pragmático de las ventajas que aporta la
sumisión: verse integrado y protegido, bien visto y considerado, seguro y a cubierto de los
daños y hostilidades a las que se ve sometido el hereje, el marginado, el proscrito.
Se podría resumir, pues, el modo como se ha producido la culturización del hombre
europeo por la generalización, como condiciones de existencia, de estas dos valoracio-
nes convertidas en instintos: por un lado, la percepción reactiva de la fuerza vital como
una amenaza potencial que hay que debilitar; por otro, el excesivo afán de seguridad y
confort y la ansiedad por el control absoluto y la previsión de todo acontecer propia de la
debilidad.
De hecho, tanto el proceso de selección del tipo de hombre que se ha querido como
predominante en la sociedad europea, como la coacción con la que se ha ejercido esa se -
lección a través, sobre todo, de la religión y la moral, no han tenido otro objetivo que el
de prevenir las diferencias para eliminar lo desconocido y poder así satisfacer una determi-
nada necesidad de seguridad. Este rechazo o intolerancia respecto de lo diferente no sólo
se aplica los individuos, sino que se extiende a toda idea, afecto o meta que no sean los
del rebaño.
Por eso, todo está diseñado, según Nietzsche, para impedir que exista y que pros -
pere el hombre fuerte, presentido globalmente como peligroso. La primera institución dis-
puesta a ello es la educación; luego los arquetipos sociales y, por último, la estimación de
la sumisión a la autoridad y la humildad respecto de uno mismo, lo que condena el desa-
rrollo de lo individual como lo que escapa a la regla gregaria. El resultado es la fabricación
de individuos tendencialmente homogéneos, equivalentes, uniformes, normalizados, y la
reducción de cualquier posible diferencia incluida la diferencia de sexos. Es decir, el resul-
tado es la mediocridad de individuos encerrados en horizontes estrechos y tal vez mezqui-
nos.
Así, el ideal de la igualdad prohíbe la individuo afirmarse a sí mismo y juzgarse su-
perior a otros, le prohíbe toda diferencia de sí en relación a los demás. La ilusión de un
reino de la igualdad, implica esta clase de tiranía que no puede tener nunca una final, por -
que la profundización progresiva en la igualdad de condiciones hace cada vez más inso-
portable la más mínima desigualdad, suscitando una rivalidad generalizada.
La otra condición de existencia, el afán de seguridad y confort y, por tanto, el con-
trol del acontecer, ha generalizado también el proceso de culturización de los europeos. El
tipo de sociedad tecnificada, que ha domesticado en gran parte la naturaleza (y por tanto,
ha conseguido grandes niveles de confort) no produce más libertad ni más autonomía en
términos reales, pues los individuos han quedado reducidos a meros elementos dentro de
la maquinaria que mueve el conjunto de la sociedad.
Al comparar ya la sociedad de su tiempo con una máquina, Nietzsche veía en “los
obreros de la esclavitud de las fábricas” la imagen del europeo moderno. Especialmente

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significativo le parece “el culto sin reservas al trabajo”, en cuanto que, primero, contribuye
(aunque a veces pueda estar asociado a la actividad creadora) al gregarismo y la nivela-
ción (el culto al trabajo produce del modo más eficaz individuos estandarizados, in-
tercambiable unos por otros) y, segundo, crea recelo y mala conciencia ante la ociosidad.
Esto produce, por un lado, el relegamiento de un determinado cultivo del espíritu que re-
quiere serenidad, meditación, ocio, en suma; y por otro, es la actitud que dispara la prisa
y la agitación que acompañan al activismo propio de nuestro estilo de vida y cuyas conse -
cuencias son el agotamiento y la esterilidad.
Eso nos sitúa en las antípodas de una cultura superior pues lo que se entiende por
ocio en la nuestra (que valora la productividad económica sobre todo) no tiene que ver
con la ociosidad de la vida contemplativa dedicada a la reflexión, sino que son las horas en
las que, agotados, lo que apetece es abandonarse y aturdirse con placeres propios de “es-
clavos embrutecidos y encorvados”.
Así, en las sociedades en las que existe una aristocracia, el hombre de origen noble
oculta su trabajo si la necesidad le obliga a trabajar, mientras que el esclavo trabaja con el
sentimiento de hacer algo despreciable en sí.
En esta línea, Nietzsche, intenta comprender la nivelación como la condición de po-
sibilidad para que nazca y se desarrolle una nueva élite de señores, una clase de indivi -
duos ociosa y creadora que necesitaría para su existencia de la “institución de la esclavi-
tud”. En pocas palabras: la generalización del gregarismo y la mediocridad, en cuanto ne -
cesidad ligada a la industrialización y tecnificación del mundo, así como toda la tabla de
valores e ilusiones que esta necesidad obliga a incorporar a los individuos para hacerse a
sí misma posible, podría ser la base para la existencia de nuevas individualidades cuyo se-
ñorío no se ejercería en el ámbito de la dominación política o económica, sino en la esfera
de la creación artística, filosófica y espiritual.
O sea, en sentido estricto, habría que llevar la enfermedad a su límite, favorecer la
igualación extrema del nivelamiento democrático y la mecanización del esclavo, pues esta
nivelación extrema no puede tener otra justificación que la de servir a una especie nueva
de individuos futuros que reposa sobre la precedente y sólo basada en ella puede elevarse
a su propia tarea. No se trata de una raza de señores destinada a gobernar o tiranizar a
las masas –cometido este de “esclavos superiores”-, sino de un tipo de hombres retirados
en su propia esfera de vida y dedicados a la creación artística e intelectual.
Desde la convicción que Nietzsche tiene en relación la esencia misma del mundo
como una cantidad de energía limitada que sólo se desplaza en un sentido o en otro, o
sea, que solo se transforma pero ni se crea ni se destruye de nuevo, el debilitamiento ex -
tremo de la fuerza que representa la gregarización y mediocridad de la humanidad moder-
na le lleva a suponer el inmediato desplazamiento de la fuerza hacia un excedente del que
brotaría, de manera, espontánea, esa otra clase de individuos poderosos, afirmativos y lle-
nos de capacidad creativa.