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Economía carolingia

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"En cuanto al abonado de tierras todo permite colegir que en la época carolingia no
se perdieron las recomendaciones de los agrónomos latinos: fertilización de las
tierras con el estiércol de las aves o los animales de labor o mediante el
recubrimiento de marga, tal y como se menciona en el edicto de Pistes, del 864.
Algo similar cabrÍa decir de ciertos instrumentos técnicos (collera, arado de ruedas,
molino de agua) conocidos ya en el bajo Imperio, pero cuya difusión sistemática no
parece anterior al siglo x. A comienzos de esta centuria — abundando en esta
idea— los monjes de Saint-Bertin, en las cercanías de Saint-Omer consideraban el
molino movido por fuerza hidráulica como una maravilla.
El escaso desarrollo de las fuerzas productivas y —también hay que decirlo— la
casi permanente inseguridad de los tiempos, hicieron del alto Medievo una época de
graves carestías. Las malas cosechas fueron algo familiar para una sociedad
europea que se desenvolvía a niveles de pura supervivencia las más de las veces.
Considerando los datos recogidos en el inventario hecho en el Fisco Real de
Annapes, los excedentes de cosecha disponibles para la alimentación después de
hecha la siembra eran del 46 por 100, para, la espelta; 40 por 100, para el trigo, y 38
por 100, para la cebada. Duby piensa que, globalmente, los rendimientos rara vez
serían superiores al 2 por 1. No es de extrañar, por tanto, que el fantasma del
hambre se cerniera con todos sus horrores sobre una Europa en la que las
dificultades de comunicación hadan difícil la correcdón de posibles desequilibrios.
Desde mediados del siglo VIII a comienzos del XI se han documentado verdaderas
catástrofes frumentarias sobre amplias zonas.
Entre el 748 y el 753 el valle del Duero se vio sacudido por una gravísima carestía
que provocó un fortísimo éxodo del elemento bereber allí asentado. En el 793,
Borgoña, Francia e Italia se vieron afectadas por un hambre atroz, que forzó al rey a
dictar severas medidas contra el alza de precios. Entre el 805 y el 806 se
promulgaron leyes para fijar los precios de los víveres y prohibir su salida. En el 843,
868 y 942, el hambre volvió a afectar duramente a grandes regiones de la Europa
carolingia. Y algo similar ocurría, en 1005, en la Galia y Germania." (Mitre, Emilio,
Historia de la Edad Media en Occidente, 1995, España, Madrid, Ediciones:
CÁTEDRA, página 110)
"En lo que se refiere a la extensión de las explotaciones, el Occidente de los siglos
VIII al XI conoció la pervivencia de los dos tipos:
De la existencia de pequeñas explotaciones ocupadas por hombres libres hablan,
precisamente, las disposiciones oficiales tendentes a su preservación: las de
Carlomagno, del 802 o el 811, denunciando a los poderosos, o el capitular de Olone
de Luis el Piadoso, en el 825, parecen bastante elocuentes. Razones de Índole
militar se encuentran entre las de más peso a la hora de promulgar estas medidas
de protección. La práctica de la presura o la aprisio poniendo en cultivo parcelas de
bosque o tierras arrebatadas a los musulmanes convertían al roturador
prácticamente en propietario. Constituyó uno de los pocos medios que
proporcionaron algo de movilidad a una sociedad excesivamente anquilosada.
Sánchez Albornoz ha defendido con vehemencia la tesis de la repoblación del valle
del Duero por una masa de pequeños campesinos libres.
El tamaño de estas pequeñas explotaciones se acostumbra a considerar entre uno y
cuatro mansos.
La dificultad se encuentra a la hora de considerar la extensión de una de estas
medidas, a las que también se conoce bajo los términos de Hirva, bof ,harue o bidé.
Beda el Venerable habla del manso como de la porción de nena de una familia o
capaz de producir una renta por la que pudieran vivir el cultivador y su familia. Por
ello, la extensión — de acuerdo con las condiciones de los suelos o del clima—
había de variar sustancialmente de unos lugares a otros. Sin embargo, hablar de. -
manso en abstracto resulta difícil por dos razones. En primer lugar, porque el manso
acaba siendo la unidad de percepción de las cargas militares y fiscales y, por ello,
hay que verlo en relación con otras instancias superiores. Y, en segundo lugar,
porque Ja pequeña propiedad familiar independiente se ve a merced de múltiples
vicisitudes que dejan a su titular en precario ante la fuerza de los poderosos.
Frente a las pequeñas explotaciones, los grandes patrimonios acaban por imponer
su peso económico y político dado su mejor equipamiento material y humano. El
poder de las dinastías va en relación directa con la acumulación de tierras lograda.
No es una casualidad, así, que el último merovingio cuando fue destronado, en el
751, no poseyera más que una villa. Las sucesivas desmembraciones a la muerte
de los titulares del trono fueron siempre en detrimento del patrimonio rústico de los
monarcas francos, tanto como la serie de concesiones a los grandes magnates, que
acabaron convirtiéndose en una de las grandes potencias fundiarias. La otra, la
Iglesia (pese a ciertas medidas expropiadoras de Carlos Martel) conocerá también
el continuo incremento de sus bienes territoriales. Las distintas donaciones por un
lado y el papel de algunos monasterios como fuerza propulsora del movimiento de
reconquista/ repoblación en la Península Ibérica dieron a la Iglesia una enorme
potencia territorial.
Lo característico de las formas económicas del mundo rural altomedieval fue la
simbiosis entre la gran y la pequeña explotación. Dicho con otras palabras: su
integración orgánica en lo que conocemos como sistema dominical carolingio
«clásico» en el que la villa da la pauta como unidad de producción:
¿Existe una continuidad entre las villas del Bajo Imperio, las merovingias y las
carolingias?
Las novedades que se producen en Europa a partir del siglo VIII son — en opinión
de autores como Doehaerd y Banniard— de varios órdenes: en primer lugar, un
crecimiento absoluto del número de villas, bien por la absorción en una gran unidad
de pequeñas explotaciones, bien por su multiplicación, en zonas hasta entonces
poco afectadas por el sistema: el área entre el Rin y el Loira, por ejemplo, en donde
precisamente el sistema dominical alcanzará su madurez. En segundo lugar, la villa
carolingia suele ser más extensa que su predecesora- la merovingia. En tercer
lugar, la mano de obra no es sólo la que depende directamente del titular de la villa,
sino también la procedente de otro tipo de prestaciones. En último término, las
rentas que se perciben tienden a ser fijas, independientemente de lo que se haya
cosechado.
La extensión de algunas villas que conocemos a través de los polípticos podía
superar las 2.500 hectáreas, caso del Fisco Real de Annapes o el Fisco de Barisis,
a principios del siglo IX Todas las demás parecen quedar por debajo de esta
extensión.
Las 18.000, de Leeuw-Saint-Pierre, parecen excepcionales.Una parte de la villa la
compone — normalmente las mejores tierras— la reserva, terra salica o terra
indominicata, explotada directamente por el señor o un intendente, que en los
dominios reales recibe el nombre de mayordomo o actor. La reserva la constituye la
casa central o curtís, rodeada de los alojamientos y las tierras arables que ocupan
una proporción del suelo muy variable. El resto lo ocupan las tierras incultas de
prado o bosque.
La tierra de la reserva es cultivada por una mano de obra servil (manapia)
mantenida directamente por el señor, a la que se suman cada vez más las
aportaciones de siervos adscriptos, colonos y precaristas.
Estos se encuentran instalados en los mansos anejos a la reserva que completan el
total de la extensión de la villa. Se trata de mansos de distinta naturaleza, según el
estatuto jurídico de los ocupantes. Hay, así, mansos serviles y mansos libres,
aunque tai distinción se va difuminando con el tiempo.
Esta mano de obra adscripta se ve obligada, por una parte, a la entrega de una
serie de frutos al año (trigo, miel, cerdos, huevos...) y al ejercido de una serie de
prestaciones (operas, corveas): jomadas de trabajo en la reserva del señor,
transportes, cercarmento de campos, reparación del utillaje o las instalaciones
agrícolas... La fuente de mano de obra resulta a veces extraordinaria. Se ha
calculado, por ejemplo, que los colonos de la abadía de Bresda a principios del siglo
X prestaban a sus señores, según G. Luzzato, unas 60.000 jomadas de trabajo al
año.
Por lo general las prestaciones son tanto mayores cuanto más baja es la
condiciónjurídica del campesino, llegándose en ocasiones a la fórmula de exigir
«todo el trabajo que les fuese requerido».
La superficie de un manso — como ya hemos adelantado— varía sustancialmente
de unos lugares a otros. A las razones de índole geográfica hay que añadir también
las de carácter jurídico. Así, los mansos ingenuos pueden llegar a alcanzar las 15
ha., mientras que los serviles no superan las 9 ha. Los de menos extensión se
encuentran entre las 1,5 ha., para los primeros, y las 20 áreas, para los segundos.
La amplitud de variadones se extiende también a las reservas: 1.000 ha. en
Annapes,contra sólo 14 ha. en Saint Amand...
Los mecanismos de la explotación rural, sin embargo, no se terminan en el mundo
casi cerrado de una villa. Cada villa, en efecto, suele ser una pieza de un sistema
económico mucho más amplio: el de los grandes patrimonios, que se plasman en la
acumulación por los señores de toda una serie de explotaciones separadas entre sí
por largas distancias. Se trataba, a fin de cuentas, de la mejor forma de tener una
economía completa y equilibrada, imposible de lograr mediante la utópica autarquía
de cada villa. Así, los abades de Saint Germain-des-Pres disponían de dispersas
posesiones en todo el territorio carolingio con una extensión calculada en más de
30.000 ha. algo similar ocurre en territorios alejados del área entre ei Rin y el Loira,
en los que sistema dominical «clásico» no se impone con todas sus consecuencias.
A fines del alto Medievo, por ejemplo, el monasterio de San Pedro de Cardeña,
estudiado por Salustiano Moreta, ejercía su control sobre una serie de explotaciones
dispersas en un amplio radio, desde el valle dei Pisuerga al curso del Ebro, y entre
la orilla sur del Duero y las estribaciones occidentales de la Sierra de la Demanda.
Se ha insistido en que la Europa carolingia conoció una agudización de las
dificultades en estos campos. En los últimos años se ha tendido a suavizar esta idea
y a considerar que el marasmo en los sectores industrial y comercial no fue. mayor,
que en siglos atrás. R. Doehaerd ha recogido abundantes referencias a la vida
mercantil y artesanal en la Europa carolingia para dar un rotundo mentís a la
creencia en una solución de continuidad. Aunque significativo, el valor de estas citas
resulta muchas veces demasiado inventarial. Es difícil, por tanto, hablar de uno o
más conjuntos coherentes a través de los cuales — como sucederá con
posterioridad— se articule un verdadero sistema mercantil. Las transacciones
comerciales del alto Medievo — aun admitiendo un cierto impulso experimentado en
el siglo VIII— suponen muy poco en el conjunto de las actividades económicas.
En una sociedad en la que la vida económica urbana se contrajo al máximo, las
villas se erigieron en algo más que en meras productoras de víveres. Es importante
destacar, en este sentido, cómo muchas de las prestaciones debidas al señor se
expresan en servicios artesanales. Los grandes propietarios manifiestan un enorme
interés en disponer de una mano de obra especializada que convierta la villa en una
verdadera «manufactura». La existencia de mansos que ocuparán distintos
artesanos (herreros, armeros, fabricantes de sidra o cerveza, etc.) resulta
sumamente ilustrativa. El Capitular de Villis habla con todo detalle de la serie de
trabajadores de que tenía que ir dotada una villa imperial. Los polípticos de diversos
monasterios recogen referencias muy similares de la existencia de variados
artesanos que aprovisionaban a la comunidad de los más heterogéneos productos
manufacturados.
Al lado de estos artículos orientados a la subsistencia de un grupo de población
dotado de escasa movilidad, se encuentran otros productos. Unos son los
procedentes del subsuelo, cuyo dominio pertenecía a su propietario, minas o
salinas, objeto —particularmente las segundas— de transacciones frecuentes de las
que las abadías son reiteradamente beneficiarías. La iglesia de Salzburgo tuvo una
de sus fuentes de ingresos, precisamente en las salinas que le otorgó el duque
Theodo de Baviera. Otros productos, por el contrario, salen del ámbito puramente
vilicario para nutrir algunas de las débiles corrientes del comercio internacional:
cerámicas de Colonia, armasfrancas, textiles de Provenza o Frisia, etc.
Aunque la documentación de la Europa altomedieval nos hable de intercambio de
productos de consumo, las tendencias al autoabastecimiento y los bajísimos niveles
de producción rinden como muy limitadas estas transacciones.
Los excedentes — pobres siempre— de la economía vilicaria en su dimensión más
agraria son los que nutren este tipo de mercado interior, a fin de paliar el hambre y
los desequilibrios regionales de producción. Diversas disposiciones de Carlomagno
hablan del precio al que se deben vender los cereales. El Capitular de villis insiste
no sólo en el mantenimiento de silo y bodegas, sino también en la venta de los
excedentes en el mercado. En el Concilio de Thionville, del 805, se recuerda que en
tiempos de escasez no se debe abusar de los precios, ni vender los productos
allmenticios fuera del Imperio.
Los desplazamientos por el interior del Imperio parecen materialmente posibles,
siguiendo las viejas vías de comunicación, aunque la inseguridad de la época
(bandidaje, pillaje, debilidad del poder publico...) conviertan los viajes en verdaderas
aventuras.
Las razzias de sarracenos o vikingos hicieron en el siglo IX particularmente
inseguras ciertas vías de comunicación. Algún gran proyecto como el de
Carlomagno de establecer un canal que comunicase el Meno y el Danubio se
manifestó imposible...
Las dificultades de infraestructura limitaron profundamente el número de los agentes
y los instrumentos de intercambio en el interior del Occidente altomedieval.
Por un lado, serán algunas abadías las que, provistas de una serie de privilegios,
pueden ejercer unas actividades mercantiles — con la inapredable colaboradón de
las prestaciones en transporte de sus colonos— no desdeñables. Serán los casos
ele Saint Denis, Aniano. Fleurv, San Martin de Tours, Bobbio, etc...
Pero serán también las ferias, mercados y tiendas, herederas de la época anterior y
readaptadas a las nuevas circunstancias, o de nueva creación, las que consiguen
mantener, aunque a niveles modestos, unas transacciones con un radio de acción
puramenre comarcal. Determinados centros eclesiásticos, modestos núcleos de
población o dominios de latifundistas se beneficiaron de algunas concesiones
reales. En distintas ocasiones se trata con ello de proporcionar beneficios
económicos a obispos o abades en mala situación pecuniaria. En el caso de la
España cristiana, desde el siglo X, como adviene Valdeavellano, ya encontramos
pequeños mercados como los de Ampurias, Perelada y, quizás, Oviedo; y para el
siglo X, los de los dos principales centros políticos: León y Barcelona.
De todos los centros dotados de mercado o feria algunos alcanzarán renombre,
como el de Saint-Denis (heredero de la etapa anterior) y, sobre todo, aquellos que
logren conectar mejor con el comercio intemadonai: Chalons-sux-Mame, Magunda,
Verdún o Pavía.
Las fuentes de la época altomedieval nos hablan de una serie de productos y de
diferentes tipos de mercaderes de variada procedencia que constituyen la base de
unas relaciones mercantiles entre el Occidente europeo y el mundo exterior.
Entre los primeros aparecen el vidrio y las cerámicas de procedencia renana, las
armas, los paños frisones, las pieles, los esclavos, diversos, utensilios de metal y
productos de lujo.
Entre los mercaderes, aparecen sajones (desde el 710, ya en la feria de Saint-
Denis); frisones, especialmente en las desembocaduras del Rin, Mosa y Escalda:
judíos, que constituyen la verdadera lanzadera entre Europa y Oriente; italianos de
variada procedencia: milaneses, pavianos, napolitanos, amalfitanos y, sobre todo,
venecianos, cuya continuidad parece datada sin rupturas desde la época de
Caríomagno a la de Otón II; y, por último, alemanes (de Worms, Ratisbona,
Maguncia-...), en especial desde el siglo X, apoyados en el favor de los
emperadores otónidas.
Sobre estas bases, sin embargo, difícilmente puede hablarse de un gran comercio
internacional perfectamente sistematizado. Cabe sólo hablar de tres áreas del
comercio exterior altomedieval, con un tráfico no demasiado denso:
El comercio en el Mediterráneo ha sido objeto de encendidas polémicas, desde que
Henri Pirenne publicara su Mahoma y Carlomagno, en 1922. El ilustre historiador
belga sostenía que, ante el impacto de la expansión islámica, se produjo la ruptura
de la unidad del Mediterráneo, mantenida en los siglos anteriores pese a las
migraciones germánicas. El Mediterráneo, de vehículo de unidad cultural y
económica se convirtió en un mar de barrera entre civilizaciones (bizantinos,
islamitas, europeos occidentales).
La tesis pirenniana se resumía en el principio de que «el Imperio carolingio no se
hubiera dado sin el islam, y Caríomagno sin Mahoma, hubiera sido un absurdo».
Los argumentos de Pirenne, en lo que concierne a la ruptura de la unidad
económica, sufrieron fuertes ataques desde las más diversas ópticas: desde las que
negaban abiertamente que el islam fuera responsable del marasmo mercantil en el
Mediterráneo, a las que hadan a los propios germanos los primeros culpables del
deterioro de las relaciones comerciales. En los últimos años, R. Doehaerd ha
afirmado que durante el alto Medievo «el Mediterráneo fue una ruta de intercambios
más o menos practicable, presentando a lo largo de los siglos zonas peligrosas y
zonas que lo fueron menos, pero jamás llegó a ser un mar desierto».
En efecto, la expansión musulmana, muy rápida en tierra, fue mucho más lenta en el
mar. Trabajos de autores como H. Ahrweiller han llegado a la conclusión de que la
escuadra bizantina mantuvo la hegemonía naval durante bastante tiempo, mediante
un eficaz bloqueo de las costas, que impidió el tráfico entre la Galia y Oriente. Las
campañas de los francos, después del 730, sobre las poblaciones de la Narbonense
aceleraron la decadencia. Los contactos de Carlomagno con Harum-al-Rashid
permiten hablar de una cierta reactivación de intercambios pese a la oposición
política y económica bizantina. Los factores de índole religiosa no parecen, así,
como determinantes de las relaciones comerciales.
La derrota de la escuadra bizantina en Creta, en el 829, acabó dando la
preeminencia naval a los musulmanes en el Mediterráneo y rompiendo, por tanto, el
cerrado bloqueo impuesto desde Constantinopla. Las razzias de los piratas
sarracenos a lo largo del siglo X hicieron, sin embargo, problemática la
recuperación. En cualquier caso, los cristianos parecían las grandes víctimas de las
vicisitudes políticas del Mare Nostrum serán los italianos los que logren mantener
una cierta actividad, bien como herederos de la política económica de los reyes
lombardos (caso de los vecinos de Pavía), bien valiéndose del ambiguo estatuto
político en que viven (caso de venecianos, napolitanos, amalfitanos). No será así
una pura casualidad el que las ciudades italianas sean en el futuro las grandes
adelantadas de la «revolución mercantil» de la Europa del pleno Medievo.
La gran novedad de las actividades mercantiles del alto Medievo será el
desplazamiento del eje horizontal del Mediterráneo por el ¡je vertical del Atlántico: El
Canal de la Mancha, ei Báltico y el Mar del Norte se vieron beneficiados por este
proceso. Los marinos frisones y los puertos de Durstel, Quentovic y Rouen
mantuvieron contactos frecuentes con la Inglaterra anglosajona y la Península
Escandinava. El procurador del Canal era beneficiario de un alto cargo fiscal que en
tiempos de Carlomagno fue disfrutado por el abad Gervoldus. Los acuerdos
comerciales de Carlomagno con el rey Offa de Mercia, en el 796, permitieron una
regular exportación de vino a Inglaterra a cambio de plomo inglés y de la promesa
de protección a los mercaderes británicos que fueran al reino franco a vender
tejidos. Los fiisones, hacia el norte, llegaron a fundar establecimientos en Jutlandia y
Escandinavia: Haitabu, Birka, Reric...
La mezcla de comercio y bandidaje que las actividades mercantiles tenían en los
mares del norte, se acentuó con las violentas razzias de los vikingos después de la
muerte de Carlomagno. A lo largo de todo el siglo EX, los establecimientos dei
Canal de la Mancha y del Mar" del Norte fueron sistemáticamente depredados.
Durstel. Y Quentovic desaparecieron como puertos comerciales. Sajones y frisones
desaparecieron como mercaderes en el siglo X. Otras ciudades como Utrecht o
Deventer fueron sustituyendo a las arruinadas durante la época de decadencia de
los carolingios, después del 843. Las incursiones normandas no fueron, sin
embargo, negativas en su totalidad ya que, a la larga, contribuyeron a reforzar las
rutas del norte. Y no sólo en los caminos del Mar del Norte o el Canal de la Mancha,
en los que a la depredación acabó sucediendo una más civilizada práctica mercantil,
sino también en las rutas de la Europa oriental, en donde los vikingos orientales
(suecos o varegos) proceden a introducirse en el espacio ruso. Las rutas del Don y
el Volga sirven para que toda una serie de productos de lujo (bizantinos o
musulmanes) accedan a los puertos del Báltico, desde donde pueden pasar al
mundo franco.
Las rutas del comercio exterior estrictamente continentales se vieron favorecidas
bajo Carlomagno por el adelantamiento de las fronteras hasta el Elba y el Saale y la
destrucción del imperio ávaro, que dejó expedita la vía del Danubio hacia el este:
Un capitular, del 805, fijó una serie de prohibiciones para la exportación de armas, y
prescribió cuáles debían ser las localidades fronterizas en donde se establecería el
control de las exportaciones.
El elemento judío parece haber ocupado un importante lugar en el comercio
continental. Maguncia fue una de sus grandes bases. Como también Verdún que,
desde fecha temprana, figura como el gran mercado de esclavos canalizados hada
la España musulmana. En el siglo X, Praga se dedica igualmente de forma activa a
este tipo de comercio.
Sin embargo, el asentamiento de los húngaros en la llanura de Panonia y sus
frecuentes incursiones sobre el Occidente hicieron de la ruta continental del Danubio
una vía de comunicación entre Oriente y Occidente un tanto problemática.
En la periferia meridional del Occidente cristiano aitomedieval quedaban, por último,
otras vías de comunicación que conectaban las rutas continentales con el
Mediterráneo.
En el centro, el valle del Po, con Pavía a la cabeza, era la salida de las rutas del Rin
hacia los Alpes. En el extremo Occidente, los núcleos cristianos de la Penínsuia
Ibérica hacían de intermediarios entre las zonas desarrolladas de Al-Andalus y una
Europa Occidental con una economía demasiado «colonial». El islam hispánico
facilita objetos de. lujo y productos manufacturados, mientras que la cristiandad
provee de materias primas y esclavos. El León del siglo X, como ha estudiado
Sánchez Albornoz, fue un núcleo de población modesto, pero en el que el mercado
y las riendas permanentes conocían la existencia de armas francesas, tejidos
«mauriscos» de Al-Andalus y «pannos greciscos» bizantinos.
Desde fines del siglo VIII, la política economica, en algun modo «dirigista», de
Carlomagno propició lo que algunos autores han dado en llamar «revolución
monetaria». En definitiva, el paso a un sistema monometálico, distinto del
bimetalismo imperante años atrás.
La imposición del patrón plata desde el 794 ha sido objeto de distintas
interpretaciones que han tratado de esclarecer las causas de la desaparición del
oro. Para algunos autores lo que se produjo fue un drenaje «natural» del oro hacia
Oriente, y de la plata hacia Occidente. La solución monometaiista carolingia
supondría, así, la manera de simplificar un sistema en eí que la existencia de dos
patrones resultaba un inconveniente más que una ventaja.
Para otros autores, el oro «desapareció» de la circulación monetaria en un
movimiento «giratorio» (según M. Lombard y Pierre Vilar): un circuito islam (vía Al-
Andalus)-Francia carolingia-Oriente (vía Europa nórdica o Italia) para comprar de
productos de lujo en el Imperio bizantino. Para otros especialistas, en definitiva, el
oro no desaparece tanto por su fuga como por su atesoramiento. Las monedas de
oro que circularon por el Occidente fueron las de ascendencia lombarda y visigoda o
dinares musulmanes. Aunque el sueldo de oro aparezca en la metrología carolingia
fue sólo como moneda de cuenta, con un valor de un veinteavo de libra. La moneda
en circulación fue el denario de plata, equivalente a la doceavaparte del sueldo, y
cuyo peso osciló entre 1,75 y 2 gramos.
En el 805, el emperador culminó el proceso de reforma con un intento de reivindicar
el monopolio real en la acuñación. Algo que con el transcurso de los años resultó
difícil de mantener ya que el poder central se fue debilitando. Las concesiones a
condes y obispos dieron lugar a que en años sucesivos (hasta culminar en la
segunda mitad del x) los nombres de éstos figuren en las monedas que salgan de
las cecas bajo su autoridad.
Con todo, la circulación monetaria en el alto Medievo parece tan exigua como la de
los mismos bienes de consumo. Otros medios se utilizan con generosidad en las
transacciones. El valor de los productos se hace generalmente en una evaluación
distinta a la puramente monetaria. Las cabezas de ganado, las piezas de tela o los
modios (medida para áridos equivalente a unos 8 kg) figuran en todo tipo de
transacciones como medios de pago de una sociedad que se desenvuelve
generalmente en loslímites de lo que un tanto convendonalmente se ha dado en
llamar «economía natural»."
(Ídem, págs 111-118)