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«La cazadora de águilas»

La masificación de la vida
Por Samuel Lagunas

No es extraño que las primeras dos referencias cinematográficas que me vienen a la mente
cuando veo “La cazadora de águilas” (Otto Bell, 2016) sean dos películas animadas:
“Valiente” (Mark Andrews y Brenda Chapman, 2012) producida por Pixar y “Cómo entrenar
a tu dragón” (Chris Sanders y Dean DeBlois, 2010) de DreamWorks. No es extraño porque
el evidente discurso aspiracional que subyace a dos de las películas más “inclusivas” de sus
respectivos estudios no es muy diferente al móvil del primer largometraje documental del
británico Otto Bell.

En “La cazadora de águilas” conocemos a Aisholpan, una adolescente de 13 años dispuesta


a continuar el legado de su familia y convertirse en una cazadora de águilas, actividad
emblemática de la tribu nómada kazaja de la que ella y su familia forman parte. El único
inconveniente es que domar águilas y entrenarlas para que se conviertan en cazadoras es una
actividad esencialmente masculina y que una niña la practique va en contra de siglos de
tradición. Oto Bell ha dicho que se interesó en la historia de Aisholpan tras haber visto una
serie fotográfica donde quedaba de manifiesto el vínculo entre la niña y el águila. Además,
el marco del Festival de Cazadores de Águilas en el que Aisholpan deseaba inscribirse le
brindó a Bell un arco argumental idóneo para su propósito.

De forma similar a cualquier biopic deportiva, o “team-pic” (por ejemplo “McFarland” [Niki
Caro, 2015]), Bell va introduciéndonos progresivamente en la vida de Aisholpan y en las
costumbres de su pueblo: la escuela donde vive entre semana, la vida doméstica de sus
padres, la decoración de la casa, su alimentación. Este acercamiento de Bell, no exento de
exotismo, se intercala con el proceso de aprendizaje de Aisholpan y su preparación para la
competencia, desde la captura del águila en un nido ubicado en los intersticios de una peña
hasta las primeras prácticas, en donde comienza a estrechar su relación con el animal.
Paralelamente, Bell se dedica a presentar entrevistas con los detractores de Aisholpan,
hombres ancianos que sostienen a pie juntillas que el lugar de las mujeres es en casa y su
deber es la cocina y la crianza de los niños. No obstante, Aisholpan encuentra en su padre el
principal apoyo para su perseverancia. Así, llegado el día de la competencia, Bell no duda en
crear el suspense necesario para mantener a la audiencia en tensión. Para ello se vale de una
ostentosa fotografía, a cargo de Simon Niblett, y de un manierismo musical que refuerza la
espera de la decisión de los jueces y acompaña el vuelo triunfal del águila de Aisholpan. Tras
su (in)esperada victoria en la competencia, Aisholpan debe enfrentar un reto más ante los
ancianos de su pueblo para demostrar que ella también es una auténtica cazadora de águilas:
la cacería de un zorro en invierno. Ese último y climático momento del documental, no exento
de pequeñas y calculadas decepciones, desembocará en una apoteosis del triunfo y del valor.

En “La cazadora de águilas” Otto Bell se muestra más que como buen documentalista, como
buen generador de contenidos. Las vistosas exhibiciones de los paisajes y la habilidad para
(re)crear y mostrar secuencias de combate animal delatan su afición por la noticia-
espectáculo y su enorme calidad para ganar audiencias, de ahí que el puesto como líder de
un departamento de CNN llamado “Courageous”, que tiene como objetivo ayudar al
cumplimiento de los objetivos de mercado de la compañía a la vez que producen historias
reales “apasionantes”, le siente a la perfección. Sin embargo, en ese deseo de transformar una
historia personal en espectáculo para las masas, la vida misma de sus protagonistas queda
reducida a eso: a una gala de sueños y aventuras: a un producto superficial de entretenimiento
y apto para el consumo de cualquier público que busca en el cine y en las noticias razones
para sentirse bien.

Ficha técnica:
Año: 2016. Duración: 87 min. País: Estados Unidos. Dirección: Otto Bell. Fotografía: Simon
Niblett. Edición: Pierre Takal. Música: Jeff Peters. Sonido: Andrew Yarme

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