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Universidad Autónoma de Bucaramanga

Semillero “Sujeto y Psicoanálisis”


Relatoría del texto: ¿Qué es un autor? / Autor: Michel Foucault – 22 de Febrero de 1969
Por: Sebastián Patiño Villegas
Fecha: 24 de Septiembre del 2018

En esta conferencia, Michel Foucault —frente a los miembros de la Sociedad Francesa de Filosofía— desarrolla un
conjunto de formulaciones que tienen como vértice el interrogante: ¿qué importa quién habla? En esa vía, estructura
un bosquejo teórico con el fin de advertir, no tanto el reconocimiento de la desaparición del autor, como un tema
dominante para la crítica, sino la localización de los sitios en donde se ejerce su función.
La consecución de estas intelecciones aparece para Foucault como una manera de contestar a diversas objeciones
recibidas de la crítica acerca de su libro Las palabras y las cosas, referidas, en particular, al empleo somero de ciertas
categorías y referencias sobre la obra de algunos autores. Observaciones, a su parecer, fundamentadas pero no
totalmente pertinentes, pues el interés investigativo en dicho análisis recaía, no tanto en la descripción o restitución
de lo que había dicho o querido decir algún autor, y sí en buscar las reglas según las cuales habían formado algunos
conceptos o conjuntos teóricos. En suma, un esfuerzo por pesquisar las condiciones de funcionamiento de prácticas
discursivas específicas; según qué métodos, qué instrumentos, se puede localizar grandes unidades discursivas,
analizarlas y describirlas.
La problemática que reside en el trasfondo de la cuestión es entonces la del autor, noción que constituye el momento
fuerte de individualización de la historia de las ideas, de los conocimientos, de las literaturas, y también de la historia
de la filosofía y de las ciencias. En efecto, cuando se emprende la historia de un concepto o de un género literario,
esas unidades se consideran secundarias y sobrepuestas en relación con la unidad primera, que es la del autor y de la
obra.
Según Foucault, el qué importa quien habla de Beckett presenta la indiferencia en la que ha de reconocerse uno de los
principios éticos de la escritura contemporánea, a saber, la apertura de un espacio en donde el sujeto escritor no deja
de desaparecer. En ese sentido, retoma también el lazo entre la escritura y la muerte, pues pareciera que nuestra cultura
ha trastocado el tema milenario de la perpetuación de la inmortalidad del héroe a través de la narración o la epopeya,
al punto en que ahora la escritura está ligada al sacrificio mismo de la vida, desaparición voluntaria que encuentra su
cumplimiento en la existencia misma del escritor; la marca del escritor ya no es más que la singularidad de su ausencia.
En relación a lo anterior, Foucault puntualiza dos nociones que conservan con sutileza la existencia del autor. En
primer lugar, la noción de obra, palabra que designa una unidad tan problemática como la individualidad del autor,
pues, ¿qué es una obra? Aquél que escribe, ¿es un autor? Todo lo que un autor escribe ¿forma parte de su obra? En
segundo lugar, la noción de escritura, que pareciera repetir el principio religioso de la tradición y el principio estético
de la supervivencia de la obra, al hacer subsistir el juego de las representaciones que formaron cierta imagen del autor.
Se inaugura aquí la pregunta por ¿Qué es un nombre de autor? En palabras de Foucault, se trata de un nombre propio,
pero no uno como los otros, y en esa medida no es posible hacer de él una referencia pura y simple, pues posee otras
funciones además de indicadoras. Es en cierta medida el equivalente a una descripción; no simplemente un elemento
en un discurso, pues asegura una función clasificatoria que posibilita la reagrupación y delimitación de un cierto
número de textos. Asimismo, el nombre de autor funciona para caracterizar un cierto modo de ser del discurso: indica
que un discurso no es una palabra cotidiana, indiferente, se trata de una palabra que debe recibirse de cierto modo y
que debe recibir, en una cultura dada, un cierto estatuto.
Ahora bien, para ahondar en este asunto, Foucault pormenoriza cuatro rasgos que pueden reconocérsele al discurso
portador de la función autor. Primero, son objetos de apropiación; se estableció un régimen de propiedad para los
textos—a finales del siglo XVIII y a principios del siglo XIX—en la medida en que podía castigarse al autor, es decir,
por cuanto los discursos podían ser transgresivos. El discurso, como acto, se ha reconocido históricamente como un
gesto cargado de riesgos antes de ser un bien tratado en un circuito de propiedades.
Segundo, la función autor no se ejerce de manera universal y constante sobre todos los discursos. Así, como reconoce
Foucault, los textos que hoy llamaríamos científicos solo poseían un valor de verdad en la Edad Media, con la
condición de estar marcados con el nombre de su autor. Solo hasta el siglo XVII o XVIII se empezaron a recibir los
discursos científicos por sí mismos, en el anonimato de una verdad establecida, pues aquello que los garantizaba era
su pertenencia a un conjunto sistemático y no la referencia al individuo que los produjo. En consecuencia, la referencia
al autor no es simplemente una manera de indicar la fuente, sino de proporcionar un cierto índice de “fiabilidad” en
relación con las técnicas y los objetos de experimentación utilizados.
Tercero, la función autor no se forma espontáneamente como la atribución de un discurso a un individuo. Es el
resultado de una operación compleja que construye cierto ser de razón que se llama autor. Por lo mismo, lo que se
designa en el individuo como autor no es sino la proyección, del tratamiento aplicado a los textos, de los rasgos
establecidos como pertinentes, operaciones que varían según las épocas y los tipos del discurso. Así, para encontrar
al autor en la obra, la crítica moderna utiliza esquemas muy cercanos a la exégesis cristiana. Para ilustrar esto, Foucault
alude a los criterios de San Jerónimo para definir a un autor: el autor se define como un cierto nivel constante de
valor. Asimismo, como un cierto campo de coherencia conceptual o teórica; se define como unidad estilística; y por
último, como momento histórico definido. Delimitación que no se distancia en mucho de la crítica moderna, para la
cual el autor aparece como el principio de una cierta unidad de escritura; como la posibilidad de superar las
contradicciones que pueden desplegarse en una serie de textos. En síntesis, como un cierto centro de expresión que,
bajo formas más o menos acabadas, se manifiesta igual y con el mismo valor.
El cuarto rasgo designa la posición que puede tomar el autor en el discurso, así como las posiciones que puede
tomar en el texto. Aun cuando el texto trae consigo algunos signos que remiten al autor, subraya Foucault que sería
tan falso buscarle del lado del escritor real como del lado de ese parlante ficticio, pues la función autor “se efectúa
en la escisión misma. En efecto, todos los discursos provistos de la función autor implican una pluralidad de ego: da
lugar a varias posiciones-sujeto que pueden ocupar diferentes clases de individuos.
Seguidamente, Foucault señala lo fácil que resulta vislumbrar, en el orden del discurso, la posibilidad de ser autor de
algo más que de un texto. Al respecto, trae a colación la figura de Freud y de Marx, para distinguir en ellos una posición
trans-discursiva. Se trata de fundadores de discursividad, es decir, de autores que produjeron algo más: la posibilidad
y la regla de formación de otros textos; el espacio para algo distinto a ellos que, sin embargo, pertenece a lo que
fundaron. Por otro lado, pareciera que la instauración de discursividad parece ser del mismo tipo que la fundación de
cualquier cientificidad. No obstante, en el caso de esta última, el acto que la funda está al mismo nivel que sus
transformaciones futuras. Como afirma Foucault “el acto de fundación de una cientificidad siempre puede
reintroducirse al interior de la maquinaria de las transformaciones que se derivan de él”. Por su lado, la instauración
discursiva no forma parte de esas transformaciones ulteriores, sino que necesariamente permanece en suspensión o
en desplome. Por ello es comprensible que se encuentre, como una necesidad inevitable, la exigencia de un regreso al
origen. Entendiendo por esto un movimiento que tiene su especificidad propia y que caracteriza las instauraciones de
discursividad. De suerte que el olvido y el propio impedimento del regreso no se pueden hacer desaparecer más que
por el regreso. Se trata, en suma, de un trabajo efectivo y necesario de transformación de la propia discursividad.
A modo de conclusión, Foucault se interroga por el lugar del sujeto, y en esa vía deja planteados los siguientes
interrogantes: ¿cómo, según qué condiciones y bajo qué formas algo como un sujeto puede aparecer en el orden de
los discursos? ¿Qué lugar puede ocupar en cada tipo de discurso, qué funciones puede ejercer, y esto, obedeciendo a
qué reglas? Preguntas que comportan todo el interés para nuestro autor, pues con ellas apuesta a quitarle al sujeto su
papel de fundamento originario, para analizarlo como una función variable y compleja del discurso.