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Temas de bioética

El temario bioético
Nace la bioética como una disciplina contingente, es decir, requerida por dilemas
concretos que demandan análisis y solución. Los primeros en sentirse aludidos por estos
problemas fueron médicos, filósofos, teólogos, sociólogos, investigadores de ciencias
naturales, en menor grado políticos –ecologistas, verdes- y líderes comunitarios.
Contingencia y la participación protagónica de diversas disciplinas originaron un
crecimiento inorgánico de la bioética, cuyo campo de acción no ha sido claramente
acotado y cuyas prioridades sufren fluctuaciones. Una taxonomía (taxis = ordenamiento)
de la agenda bioética tiene que ser provisoria, incompleta y perfectible.
Como toda disciplina joven, tiene la bioética dificultades en acotar su área de
competencia y en especificar su temario. Las prácticas sociales son actividades
estructuradas que se realizan en y con la anuencia, o por encargo, de las sociedades, por
definición afectando a las personas, ya sea indirectamente –prácticas sociales
empresariales o bancarias- o más directamente en lo que se conoce como las prácticas
biomédicas. La definición de bioética como reflexión sobre actos que real o
potencialmente afectan irreversiblemente a los seres vivos requiere ser hecha operativa y
aplicada en aquellas prácticas sociales en que estos actos ocurren. El prefijo “bio” no se
refiere a la medicina, lo cual sería redundante, sino a todas las actividades que afectan a
la vida en nuestro planeta. Como lo vivo está concatenado, cualquier acción sobre
especies vegetales o animales tendrá repercusiones sobre la vida humana.
La bioética se toma por tarea la reflexión moral acerca de actividades biomédicas,
siendo corolario evidente que privilegiará la conservación sobre la destrucción, el
bienestar antes que la deprivación, la realización en plenitud antes que la restricción, la
libertad por sobre la imposición, el apoyo al necesitado más que la pleitesía al poder.
Porque este programa puede ser enfrentado de muy diversos modos, es que el debate y
la polémica en bioética son parte intrínseca de la disciplina.
Hay temas que han sido forzados en la agenda bioética, como es el caso de la
sexualidad, de la cual solo ciertos aspectos relacionados con violencia y lesiones al
prójimo corresponde acoger. Lo concerniente a moral sexual debe quedar excluido de
una bioética secular. Otras materias irrumpen con tanta fuerza en la realidad social, que
deben ser tratadas con cierta minucia, ejemplo de lo cual son la reproducción humana y
la genética. La salud pública, de infaltable presencia en el debate bioético había sido, no
obstante, muy someramente atendida, situación que se revierte hace solo escasos años.
En la actualidad, bioética y salud pública desarrollan un vivo interés mutuo, y el tema se
expande hasta merecer un texto propio.
Durante los primeros decenios de su desarrollo, la bioética fue entendida como
una modernización de la ética médica, la vertiente más global iniciada por Potter
habiendo sido relegada a presencia menor. Cuando la preocupación por el medio
ambiente anidó con más fuerza en la opinión pública, la bioética también amplió sus
intereses y desarrolló reflexiones en muchos campos no médicos. Todo esto ocurre con
ciertas incomodidades, reflejadas en la dificultad de encontrar una nomenclatura
adecuada. Así, se habla de bioética médica, aunque no todo lo sanitario es médico, o de
bioética clínica, aun cuando la clínica es solo una parte de las prácticas médicas. S bien
menos elegante, sería más correcto hablar de bioética en los diversos campos de
reflexión: bioética en medicina, en salud pública, en investigación biomédicas, etc.

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Una última nota preliminar insiste en excluir ciertos temas de la bioética, ante
todo aquello relacionado con la ética profesional del investigador, del médico o los
practicantes de cualquier otra actividad social atingente a la biomedicina y la
biotecnociencia. La bioética supone cumplidas esas normas o, en su defecto, fiscalizadas
por instancias ad hoc que son parte del status profesional que otorga la sociedad. Hace
excepción a esta división de materias la necesidad de algunos comentarios sobre la ética
del bioeticista, porque inevitablemente la solvencia de un discurso sobre materias éticas
depende de una proveniencia intachable. Si la bioética, con su mandato de tolerancia,
abre las puertas a cualquier perspectiva que se sepa validar, deberá cuidar de no dejar
filtrarse puntos de vista que precisamente atenten contra esta apertura con postulados
lesivos a la ética o que fomenten la intolerancia. La sociología de la bioética muestra una
evolución que hace necesaria la reflexión de la bioética sobre sí misma, como se discute
más adelante.

Bioética y el entorno natural


Ética frente a la naturaleza
La ética en relación a la naturaleza se refiere a interferencias del ser humano en
procesos naturales no directa ni necesariamente ligados a su propia sobrevivencia ni a
los intereses más inmediatos y urgentes de la especie humana. El tema ha sido materia
de discusión ética mucho antes de la expansión científica y técnica iniciada en el siglo
XIX. El Antiguo Testamento ofrece citas que han sido utilizadas tanto para justificar como
para condenar la subyugación de procesos naturales a planificación humana. Dios crea a
los seres humanos y les dice (Gen 1,28): "...llenen la tierra y sométanla. Manden a los
peces del mar, a las aves del cielo y a cuanto animal vive en la tierra." Otra parece ser la
lectura que emana de Gen 21,15: "Yavé tomó, pues, al hombre y lo puso en el jardín de
Edén para que lo cultivara y cuidara".
Que el hombre sea el mayordomo de Dios en la tierra es una visión teológica que
el racionalismo no comparte por considerar que un argumento basado en fe religiosa no
tiene validez general más allá de esa doctrina. Tanto la deontología racionalista de Kant
como la teología moral de Santo Tomás de Aquino concuerdan en rechazar la
manipulación lesiva de la naturaleza por estimar que ello debilita la fibra moral de los
seres humanos. El utilitarismo de Bentham también concluye que hacer sufrir a cualquier
ente, animal o humano, es antiutilitario pues aumenta el total de padecimientos en vez
de reducirlos.
Han sido criticados como "especistas" quienes argumentan desde el
antropocentrismo que el animal, por carecer de conciencia y reflexión, sufre menos que
el humano y que por lo tanto el bien del hombre justifica el dolor animal. Los defensores
de los derechos animales, por su parte, han llegado a postular que un animal superior es
más racional y por ende tiene primacía moral sobre un ser humano incompleto o
defectuoso, de modo que sería discriminatorio rechazar el aborto que solo afecta a un
embrión pre-racional, pero aceptar la experimentación en animales.1 Algunos pensadores
como C.S. Lewis le otorgan valor espiritual al dolor humano, indicando que la “completa
expresión del abandono en Dios exige dolor”, mientras que el animal no siente dolor,
más bien “el dolor está operando en este animal.” 2
La naturaleza es moralmente neutra como todo acontecer que se da
independientemente de la voluntad humana.3 De allí que fracase todo intento de
justificar racionalmente la actitud ética frente a lo natural en términos no humanos, sean
ellos trascendentes o de respetuosa admiración por los procesos naturales. La naturaleza
no puede tener esencialmente valor en sí -¿quién se lo concedería?-, pero sí es
depositaria de valores trascendentes y humanos. Por eso han sido más convincentes

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aquellas posiciones que buscan proteger la naturaleza desde el punto de vista humano
más allá de intereses contingentes y previsibles, ampliando una visión estrechamente
utilitarista para abarcar al menos tres perspectivas importantes:
1) El respeto de la naturaleza como fuente de recursos potenciales, incluyendo
aquellas parcelas actualmente sin utilidad aparente, pero que tal vez en el futuro
se transformen en recursos necesarios -los mares, la energía solar-.
2) La preocupación por la naturaleza con miras al escenario civilizatorio de futuras
generaciones que tendrán necesidades actualmente desconocidas, pero que no
por ello estamos en el derecho de coartar.
3) El cuidado de la naturaleza por respeto a la armonía y la belleza, considerando
estos valores como bienes de la humanidad.4

Inevitablemente, el ser humano sobrevive merced a la naturaleza, pero los


argumentos citados lo obligan a planificar y racionalizar los recursos naturales, actuales y
potenciales, buscando conservar lo que no indispensablemente debe expoliar,
sometiéndose a cálculos razonables respecto de los daños que provoca y los beneficios
que obtiene, evitando destrucciones irreversibles cuyos costos futuros son incalculables,
y negándose a devastaciones superfluas y no sustentables que ofrecen ventajas
inmediatas a costa de lesiones a largo plazo. La explotación dispensable de la naturaleza
con objeto de satisfacer deseos idiosincrásicos y caprichosos –safaris, pieles de lujo, caza
deportiva- no logran justificación ética alguna y deben ser coartados aunque las parcelas
naturales amenazadas no tengan utilidad para la pervivencia humana.5
La explotación irrestricta de la naturaleza confía en que el apoyo científico-técnico
sabrá paliar las diferencias y escasez que ocurran, y que la humanidad esclarecida podrá
adaptarse a nuevas situaciones naturales sin reducir sus opciones ni la calidad de su
sobrevivencia. Esta es la esperanza del materialismo optimista, planteada en forma vaga
e irresponsable ya que carece de toda certeza de cumplimiento.
La conciencia de costos limita las potestades humanas a fin de evitar una
expoliación descontrolada. Si el proceso civilizatorio se cobija en una explotación impune
de la naturaleza, terminará por agotar la fuente de recursos y liquidar su propia
pervivencia. De allí la necesidad de transformar el desarrollo irrestricto en uno de
carácter sustentable, es decir, utilizar los recursos naturales con economía y con una
política de reposición que mantenga el equilibrio entre explotación de bienes materiales y
la mantención de un medio ambiente propicio. Para destruir algo, inanimado o vivo, se
debe tener un motivo basado en producir un bien mayor que el daño, bien que éste no
queda al arbitrio personal sino depende de la aceptación social. Es así como se entiende
la protesta kantiana, que el maleficio contra entes incapaces de tener, o expresar,
intereses propios, es reprobable por cuanto emponzoña el clima moral de una sociedad.
Además, estos actos aparentemente carentes de valoración ética dañan a la persona que
tiene, aunque sea indirectamente, intereses en los entes afectados.
La polémica entre conservacionistas e intervencionistas no tiene solución racional
por estar basada en una premisa metafísica. Si el ser humano es parte de la naturaleza,
tiene su misma estructura ontológica, entonces podrá comportarse como lo hace todo lo
natural, persiguiendo sus fines sin miramientos ni respetos. Pero, para quienes el ser
humano es algo más que mera naturaleza, una parte de su ser rigiéndose por otros
cánones, trascendentes por llamarlos de algún modo, habrá que imputarle la obligación
de ser cauto y considerado con la naturaleza, en virtud de su pertenencia a otro orden de
ser que lo compromete frente a lo natural. Ante la imposibilidad de aunar estas creencias
fundamentales, habrá que abogar porque el ser humano, siendo indefectiblemente ético,

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no puede autorizarse a sí mismo la provocación de daños gratuitos o motivados en
intereses espurios y particulares.6

Etica ecológica
La ecología (oikos= hogar) se refiere a la naturaleza en cuanto nicho que alberga
a una humanidad adaptada a las condiciones naturales que la rodean. La ecología
entiende una parte de la naturaleza como fuente de recursos para la sobrevivencia
humana. Estos recursos son agotables o de reposición lenta, la especie humana
encontrándose en una expansión que anuncia la escasez, absoluta o por distribución
sesgada de estos recursos y la necesidad de racionarlos, la preocupación de su
preservación mediante un uso juicioso.
En tanto la ética de la naturaleza tiene por tema la totalidad de las relaciones
humanas con su realidad circundante, se restringe la ética ecológica a aquellas acciones
donde individuos y sociedades hacen uso de recursos naturales para fines determinados
y reconocidos como impostergables. Frente a la naturaleza se plantea la pregunta sobre
las potestades y los límites de la intervención humana en la naturaleza y sobre sí misma
en tanto parte de ella. La ecología acepta la necesidad de apropiar recursos del entorno o
nicho propio a la especie humana, y concentra su reflexión sobre la sustentabilidad
económica y ética de estas acciones.7
Los aspectos bioéticos de la ecología intentan regular la explotación de recursos
de tal modo que no se lesionen requerimientos a largo plazo por satisfacer
ilimitadamente intereses actuales; propende, al mismo tiempo, a requerir que los
beneficios y los costos de la expoliación de recursos sean compartidos en forma
ecuánime por toda la humanidad, la marginal como la muy desarrollada, la
contemporánea así como la por venir.
Una forma de ilustrar la diferencia entre ética en relación a la naturaleza y ética
ecológica, consiste en distinguir la preocupación por la extinción del oso panda o del
cóndor chileno, de aquella que emana de la existencia de granjas avícolas. En el primer
caso, se busca salvaguardar una especie animal que no integra el nicho ecológico
humano, que no ha sido directa, necesaria y sistemáticamente expoliada por el hombre,
por lo cual su extinción, provocada por prácticas particulares e idiosincrásicas, se
considera una pérdida estética y un eventual peligro para el equilibrio de la naturaleza
toda, más que un déficit de suministros. En el caso de las granjas de aves, en cambio se
discute la legitimidad o no de intervenir en procesos naturales y someter a la especie
gallinácea a explotación mediante cautiverios artificiales y posiblemente atormentantes a
fin de aumentar su rendimiento para la economía y la nutrición humanas.
El enfoque ecológico reconoce que el ser humano necesariamente debe utilizar
recursos naturales para sobrevivir, que el aumento poblacional requiere incrementar la
eficacia de la explotación alimentaria, y que las vastas aplicaciones de ciencia y técnica
han permitido potenciar el dominio humano sobre la naturaleza. Esta expansión del
conocimiento y de la productividad es necesaria y coherente, pues el ser humano no
puede sino obtener bienes a partir de su entorno, para lo cual busca reducir sus áreas de
ignorancia y aumentar su eficiencia productiva. Por ende, y en concordancia con el
espíritu de modernidad que impregna a buena parte del mundo desde el siglo XVII, los
procesos civilizatorios que incrementan el conocimiento y la eficiencia irán acordes con
los intereses de la humanidad.
Junto con esta expansión de poderío aparecen fuentes energéticas inexploradas,
pero se producen también efectos secundarios que son reconocidamente tóxicos o
impredecibles en sus eventuales efectos. En tanto que la ética de la naturaleza apela a

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una responsabilidad frente a sujetos no especificados -la humanidad toda, futuras
generaciones, equilibrio ambiental o sentido estético-, cautela la ética ecológica los
intereses concretos y la evaluación de bienes/costos para una clientela identificable. La
ética ecológica es, entonces, más pragmática y se aboca a situaciones más específicas
que la ética frente a la naturaleza.
Los ecologistas sostienen que el cosmos se regula según un orden trascendente
que debe ser respetado, pudiendo ser utilizado pero jamás irreversiblemente dañado. Los
expoliadores pragmáticos rebaten que siendo la naturaleza vulnerable a la intervención
humana, ya se le está reconociendo una fragilidad incompatible con su supuesto carácter
divino. Si algo es destructible, dice este argumento nietzscheano, no hay pecado en
destruido.
La civilización ha traído grandes ventajas a la humanidad y quien aprecia sus
beneficios tiene que aceptar los costos. La conservación de la naturaleza no sería un
valor en sí, sino que debe someterse a un cálculo pragmático de costos-beneficios. Las
medidas conservacionistas sólo tienen razón de ser si la explotación de recursos es
demostrablemente más desventajosa a los intereses de la humanidad que su
conservación. La preocupación moral por el medio ambiente aparecería cuando discrepan
los beneficios que se obtienen a costa de destrucciones provocadas, no dependiendo de
un valor intrínseco de lo natural.
El conocimiento y el control de la naturaleza han logrado protecciones eficaces
ante los peligros que acechan a la humanidad, como lo ejemplifican las construcciones
asísmicas o la canalización de aguas turbulentas. El costo ha sido aumentar los riesgos,
que son amenazas ya no naturales como en el caso de los peligros, sino potenciales
efectos negativos generados por acciones y decisiones humanas. Un maremoto es un
peligro natural, la explosión de una planta nuclear es un riesgo. La técnica responde a los
riesgos con más técnica, lo cual genera nuevos riesgos. La diferencia entre peligros y
riesgos es importante de notar, pues los primeros son inevitables, en tanto los riesgos
dependen de decisiones humanas.
La sociedad contemporánea ha sido definida como una sociedad de riesgos, por
cuanto las amenazas provenientes de la civilización se vuelven impredecibles,
potencialmente catastróficas, mal controlables, es decir, revierten a ser amenazas
características de los peligros, ejemplificados por los agujeros de ozono, el efecto
invernadero, el bioterrorismo, el descontrol en la acumulación de armas nucleares.
Preocupación adicional para la bioética proviene de la distribución sesgada de
beneficios y riesgos –peligros ecológicos- provenientes de la tecnociencia. Los países
industrializados han sabido protegerse de riesgos –out-sourcing industrial- y acaparar
beneficios a costa de países menos desarrollados, lo cual queda en evidencia al
presenciar su escaso compromiso en acuerdos ecológicos internacionales.
Hay explotaciones cuyos riesgos no son perceptibles o se promete paliarlos con
medidas substitutivas. La deforestación de bosques nativos parecería lesionar nada más
que intereses estéticos, ya que el equilibrio ecológico se restituiría mediante
reforestaciones programadas. Detrás de todo ello hay argumentaciones con variables
desconocidas: tanto la alarma de los ecologistas como la retórica trivializante de los
expoliadores desconocen los procesos de adaptación ecológica que ocurren al extinguirse
una especie o la toxicidad real de determinados desechos producidos por el hombre, cada
parte argumentando ad ignorantiam.
Por encarar tan directamente los intereses de la humanidad, la ética ecológica no
permanece en el ámbito privado de los individuos ni se conforma con emotivas
declaraciones, sino que aspira a constituirse en materia de regulación estatal, sujeta a
consideraciones políticas y presuntamente respetuosas de la voluntad democrática. La

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respuesta de los poderes públicos y las presiones interesadas tienden a la inercia y a la
permisividad, autorizando la expansión expoliadora en tanto no se hagan efectivos los
temores y se materialicen los riesgos. Con lo cual toda reglamentación ecológica llegará
demasiado tarde para impedir los efectos nocivos de procesos ya irreversibles. En un
clima de incertidumbre, la prudencia aconseja reglamentar precozmente, ya que están en
juego beneficios y riesgos de ponderación y predicción inciertas y sujetas a cambios en el
tiempo. Este argumento ya se daba en el siglo XVI con el nombre de tutiorismo,
señalando que un acto no es permisible en tanto se le pueda contraponer un argumento
irredargüible y de peso o, en caso de duda, ha de elegirse el camino moralmente más
certero. También reaparece en la jurisprudencia donde a igualdad de situación legal,
quien posee un bien está en ventaja con respecto a quien lo disputa o lo pone en jaque.
El ámbito europeo ha renovado el debate con la introducción del principio de
precaución, en un intento por satisfacer tanto a los pragmáticos expansionistas como a la
ciudadanía preocupada. La precaución consiste en permitir las innovaciones
tecnocientíficas en tanto tengan riesgos sustentables, exigiendo que se continúe
investigando hacia la seguridad de estas innovaciones, y que el proceso cívico-político de
información y decisión regule y autorice los programas de investigación
biotecnocientíficos en prosecución un equilibrio aceptable de beneficios y riesgos. El
principio de precaución es políticamente frágil y muy susceptible a las influencias de los
fuertes intereses que comandan la “big science” y sus aplicaciones.
H. Jonas concluye que la biotecnociencia contemporánea tiene un ritmo de
aceleración tal, que se hace imposible predecir correctamente sus efectos a largo plazo y
las proyecciones transgeneracionales. Desde su ética de responsabilidad propone una
política de frugalidad en la materia, argumento rebatido por K.-O. Apel al señalar que
una desaceleración tecnocientífica marginaría a los pobres del progreso.8 Una respuesta
posible a este dilema podría ser la reducción efectiva del ritmo expansivo y la
concentración de esfuerzos en desarrollar lo ya alcanzado, a fin de obtener productos de
menor costo y más accesibles a las mayorías.

Derechos y futuras generaciones


Quienes se inquietan por la acelerada expansión de la civilización contemporánea
prevén dos consecuencias negativas para futuras generaciones de seres humanos: por
un lado se está arriesgando agotar los recursos energéticos naturales que ellos
necesitarán, por otra parte aumentan los riesgos de toxicidades y catástrofes a largo
plazo, que pondrían en riesgo la pervivencia futura de la humanidad.
Si bien es imposible anticipar los modos de vida y los esquemas culturales de
futuras generaciones, sí puede decirse que tendrán intereses y que no existe motivo
alguno para suponer que vayan a carecer de necesidades, o que serán insensibles a la
prioridad de mantener un medio ambiente natural y rico en variedades, o que tolerarán
procesos civilizatorios patogénicos y destructores de protecciones naturalmente
presentes. Empobrecer la naturaleza podrá o no herir intereses específicos de
generaciones venideras, pero en todo caso limita sus opciones, castigando la autonomía
de futuros seres que la necesitarán tanto o más que los contemporáneos. Por lo tanto,
nada autoriza a destruir el medio ambiente o a administrarlo en una forma no
sustentable con la disculpa que los efectos no se presentarán hasta un futuro lejano e
imprevisible.
La atención a futuras generaciones se inserta en el problema de los eventuales
derechos de entes que no están en condiciones de reclamarlos -animales, nonatos,
muertos, incompetentes mentales, futuras generaciones-, y de las obligaciones que
corresponde asumir frente a estos seres. Si se le acepta derechos sólo a quien tiene la

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capacidad de promulgarlos, se corre el riesgo de sesgar arbitrariamente el diálogo moral.
Una visión más amplia requiere especificar la forma en que se integrará al discurso moral
virtual a los que no pueden expresarse y cómo se establecerá la legitimidad de quienes
representan a esos seres. La defensa vicariante de derechos es empresa riesgosa,
criticable porque la representatividad es asumida sin haber sido expresamente otorgada,
y porque defender derechos supuestos o extrapolados es fácilmente rebatible.9 10 La
solución, ciertamente, no se encuentra en la negación de derechos a estos seres.
Para hablar de los derechos de seres humanos embrionarios, se recurre al
argumento de que son potencialmente personas y por lo tanto desde ya depositarios de
todos los derechos de éstas. Sólo tienen derechos aquellos entes que poseen intereses,
lo que a su vez presupone la existencia de deseos. Obviamente, los objetos inanimados y
plausiblemente el reino vegetal carecen de intereses y por tanto de derechos. Los
animales probablemente tengan deseos, pero no tienen la capacidad de administrar su
vida instintiva a fin de planificar sus actos como correspondería a quienes tienen
intereses. Existen, sin embargo, personas con el derecho a desear y fomentar el
bienestar y el buen cuidado de estos y otros entes que por sí no tienen, o no pueden
expresar, derechos.
En el caso de futuras generaciones, en cuyo nombre se intenta limitar los
desequilibrios ecológicos, se ha recurrido al argumento de la potencial existencia de seres
humanos en el futuro. Esta potencialidad parecería desde el punto de vista temporal más
débil que la de un embrión, ya que la cadena de causas y efectos hasta la aparición de
futuras generaciones es compleja e incierta. Sin embargo, la probabilidad que existan
generaciones futuras de seres humanos es tan alta, que se debe más bien considerarla
como una potencialidad fuerte.
La fuerza del argumento por el respeto de futuros seres humanos es al mismo
tiempo su fragilidad. La defensa de derechos asignados a futuras generaciones contiene
la falacia de suponer que estos derechos serán de algún modo diferentes a los que vigen
para seres actualmente vivos. No obstante, ningún derecho actualmente reconocido
dejará de valer para generaciones venideras, así como éstas no tendrán derechos
diversos a los ahora válidos. De manera que defender derechos futuros no difiere de la
cautela actual de estos mismos derechos, e insistir en una ética para el futuro soslayando
la necesaria para el presente no es sino una debilidad retórica que no encara los
problemas actuales.

• La bioética ha de especificar su temario y acotar su campo de reflexión, no


incursionando en lo que no le compete, tampoco omitiendo lo que le corresponde
incorporar.
• Cuando el ser humano expolia la naturaleza más allá de sus necesidades de
adaptación y sobrevida, debe primar una actitud moral de evitar destrucciones
injustificadas.
• La ética ecológica se refiere a la utilización de recursos naturales dentro del nicho
vital del ser humano, donde la prudencia debe evitar agotamientos futuros.
• La bioética requiere que a la sustentabilidad ecológica se agregue la justicia
distributiva de bienes y efectos negativos.
• Se invoca los derechos de futuras generaciones a contar con recursos de
sobrevivencia. La retórica es falaz, pues todo derecho futuro ya es válido en la
actualidad, debiendo ser aplicado contemporáneamente y cautelado en forma
atemporal.

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1
Singer P. Practical Ethics1979. Cambridge, Cambridge Univ. Press.
2
Lewis CS. El problema del dolor. 1995. Santiago, Ed. Universitaria.1990:102
3
Norman R. Interfering with Nature. Journal of Applied Philosophy 1996; 13: 1-12.
4
Birnbacher D. (ed). Ökologie und Ethik. 1986. Stuttgart, Philip Reclam jun.
5
Celi Galindo S.J., G. (ed). Temas de Bioética Ambiental. 1995. Bogotá, Pontificia Universidad Javeriana.
6
Donnelley S. Natural Reposnsibilities. Hastings Center Report 2002; 32: 36-43.
7
Hare RM. Moral Reasoning about the Environment. En Almond B. & Hill D. (eds) Applied Philosophy:Morals and
metaphysics in contemporary debate. 1991. London, Routledge: 9-20
8
Böhler D (ed). Ethik für die Zukunft. Im Diskurs mit Hans Jonas. 1994. München, CH Beck.
9
Kavka GS. The Paradox of Future Individuals. Philosophy & Public Affairs. 1982; 11:93-112.
10
Parfit D. Future Generations: Further Problems. Philosophy & Public Affairs. 1982; 11:113-172.

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