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André Gide: el inmoralista

JOSÉ CUELI

E
n su novela El inmoralista, André Gide escribió: ‘‘Saber liberarse no es nada, lo arduo es
saber ser libre”. Y esta frase por sí sola nos abre un vasto campo de reflexión. No pocos
fueron los temas cruciales que Gide abordó en su obra, pero quizás el que mejor podría
englobarlos en un rubro general que sería el de la libertad.

Religión, sexualidad, política, moral, ética y literatura fueron los grandes temas que
captaron su atención en su literatura y en su vida misma.

En cuanto a la religión, sabemos que nace y crece en el seno de una familia protestante;
sus acérrimas críticas al catolicismo cristalizan en su libro Los sótanos del Vaticano. A lo
largo de su vida vemos (en reflexiones vívidas escritas en su Diario) a un Gide que raya en
el misticismo y no deja de conmovernos la ingenuidad, la desesperación y la ternura con
que busca llenar el vacío existencial en la creencia de Dios. Lo vemos aferrarse con
desesperación a la fe y al mismo tiempo flagelarse por lo que él llamaba ‘‘sus desvíos”,
culpándose hasta la contrición. Podemos palpar en sus confesiones íntimas el dolor casi
agónico que le produce su homosexualidad. Imagina una novela cuyo título podría ser ‘‘El
peso de mis pecados mearrastra’’.

Otra ocasión escribe en su diario: ‘‘Todo cuanto puedo recordar me horroriza… ¿no
ven que hablan con un muerto?... en ocasiones me siento un ser descuartizado”.

En su camino hacia el ateísmo, convencido finalmente de lo asfixiante y represivo de la


religión, su único sostén parece ser la opción de continuar escribiendo, la vía sublimatoria
como posibilidad de elaboración del dolor que acompaña a su drama existencial.

Más adelante escribirá: ‘‘El único drama que de veras me interesa y que siempre querría
relatar de nuevo, es el debate de todo ser con aquello que le impide ser auténtico, con lo que
se opone a su integridad. El obstáculo suele estar en él. Y todo lo demás no es más que un
accidente”.

La historia y el sufrimiento de Gide aparecen condensados magistralmente en un


párrafo de su Diario:

‘‘La melancolía de la Antigüedad, yo no la iría a buscar en el sombrío dolor de Níobe,


ni en la locura de Áyax, sino en el amor engañado de Narciso por una vana imagen, por un
reflejo que rehúye sus labios ávidos y que rompen sus brazos tendidos por el deseo, en su
postura encorvada como una flor en las aguas, en su mirada perdidamente fija, en sus
cabellos que lloran sobre su frente como hojas de sauce.”

Los testimonios de André Gide nos cautivan por su exquisita prosa y al mismo tiempo
son un valiosísimo testimonio para reflexionar sobre los avatares del amor, el deseo, la
pulsión, la escrituración inconsciente del deseo y las identificaciones, los deletéreos efectos
de la represión y la violencia ejercidas por la religión y la sociedad.

André Gide: el inmoralista


JOSÉ CUELI

E
n su novela El inmoralista, André Gide escribió: ‘‘Saber liberarse no es nada, lo arduo es
saber ser libre”. Y esta frase por sí sola nos abre un vasto campo de reflexión. No pocos
fueron los temas cruciales que Gide abordó en su obra, pero quizás el que mejor podría
englobarlos en un rubro general que sería el de la libertad.

Religión, sexualidad, política, moral, ética y literatura fueron los grandes temas que
captaron su atención en su literatura y en su vida misma.

En cuanto a la religión, sabemos que nace y crece en el seno de una familia protestante;
sus acérrimas críticas al catolicismo cristalizan en su libro Los sótanos del Vaticano. A lo
largo de su vida vemos (en reflexiones vívidas escritas en su Diario) a un Gide que raya en
el misticismo y no deja de conmovernos la ingenuidad, la desesperación y la ternura con
que busca llenar el vacío existencial en la creencia de Dios. Lo vemos aferrarse con
desesperación a la fe y al mismo tiempo flagelarse por lo que él llamaba ‘‘sus desvíos”,
culpándose hasta la contrición. Podemos palpar en sus confesiones íntimas el dolor casi
agónico que le produce su homosexualidad. Imagina una novela cuyo título podría ser ‘‘El
peso de mis pecados mearrastra’’.

Otra ocasión escribe en su diario: ‘‘Todo cuanto puedo recordar me horroriza… ¿no
ven que hablan con un muerto?... en ocasiones me siento un ser descuartizado”.

En su camino hacia el ateísmo, convencido finalmente de lo asfixiante y represivo de la


religión, su único sostén parece ser la opción de continuar escribiendo, la vía sublimatoria
como posibilidad de elaboración del dolor que acompaña a su drama existencial.

Más adelante escribirá: ‘‘El único drama que de veras me interesa y que siempre querría
relatar de nuevo, es el debate de todo ser con aquello que le impide ser auténtico, con lo que
se opone a su integridad. El obstáculo suele estar en él. Y todo lo demás no es más que un
accidente”.

La historia y el sufrimiento de Gide aparecen condensados magistralmente en un


párrafo de su Diario:

‘‘La melancolía de la Antigüedad, yo no la iría a buscar en el sombrío dolor de Níobe,


ni en la locura de Áyax, sino en el amor engañado de Narciso por una vana imagen, por un
reflejo que rehúye sus labios ávidos y que rompen sus brazos tendidos por el deseo, en su
postura encorvada como una flor en las aguas, en su mirada perdidamente fija, en sus
cabellos que lloran sobre su frente como hojas de sauce.”

Los testimonios de André Gide nos cautivan por su exquisita prosa y al mismo tiempo
son un valiosísimo testimonio para reflexionar sobre los avatares del amor, el deseo, la
pulsión, la escrituración inconsciente del deseo y las identificaciones, los deletéreos efectos
de la represión y la violencia ejercidas por la religión y la sociedad.