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•v-

LEYENDAS VASCONGADAS.
LEYENDAS VASCONGADAS.

DON JOSE MARIA DE GOIZUETA.

MADBID,-IStl.

«ÍTABLECIMIBNTO TIPOGRAFICO Di D. F. GARCIA PiDftM,


Calle de Jesus y Maria, número 2S.

j i] Cebr |i'-ja.,
r.i i , Ortcvla Sl.i .
' „..rri.f... ' v.' .
Es propiedad del autor y se tendrán por furtivos los
' ejemplares que no esten rubricados y con la contraseña
del mismo.
OTUmENIK.

, , II., . ». *»
Es aphaqye dp todos, los , pantos, rooala¡iese*:e|l s*e.
mas,ó menos inclinados a, creerir^lo,que.sea'9QU(iefr
nat,ural y maravilloso. Sea quesea .estos p¡aiaes la n^ty,r .
raleza se Dre^euta do un,* manera, mas imponente;^
riendo las,imaginaciones de los sencillos hsbitaatsg.<}p,i
las montañas,,ó sea por otras ra?QnflS que de¿a*nos.áiIa,
consideracion de observadores mas profundos, ,ella,es.
qu.e lasesparpa,d3s orillas del,Rhin,|5BlRicadas.de,ruj>iss
deludalesi castillos,, las m,antaSas.ry,lagps,de.la Esf^fcr.
ciarlas áridas rpcas de las .Hebridas,, copip las esteflsas.
y quebradas laudas cubiertas , de maleza de. la, verid*
Erin,, tienen las ,una.s,sus gnqmos «^cJweiMÍe?, las otras.
sus dapias blancas cabalgando sobte fantásticas hawk7
neas, estas sus peris,juguetonas , a,q aellas ,sus.uz)üí¿f
danzarinas, ¡y,.)iodas,ür^a^numer^bie,a|^t|fcu^ dé ^otfp
misteriosos, cuyos gritos, danzas, juegos y aereas ca-
237983
algatas han visto á la pálida luz de la luna ó entre la
ruma que sube de los torrentes, para posarse á mane-
a de dosel , sobre las copas de los árboles seculares de
los bosques.
Si algun viajero despreocupado se sentase en el ho
gar hospitalario de estos paises, y al oir las maravillo
sas aventuras que el mas anciano de la familia relata
con la mas envidiable buena fé , al paso que los demas
lo escuchan con religioso y ejemplar silencio ; si este
viajero, repetimos, tuviese la desgraciada ocurrencia de
interrumpir la relacion , bien sea con un bostezo , bien
con otro signo mas ó menos marcado de incredulidad,
veris, á toda la reunion alzarse en masa y protestar
contra aquel acto , no ya de descortesia , sino de inju
riosa duda: duda que rebajaria en mucho la importan
cia del Canton ó comarca, que se creeria de menos va
ler que sus circunvecinas si no tuviese en su territorio
uno de estos seres, no definidos hasta hoy , pero en
contacto con los habitantes y ejerciendo directo influjo
en todos los actos importantes de su vida sencilla y
monótoaa.
T para que el incrédulo viajero se convenza, no faltará
algun robusto pastor que jurará por la Biblia haberse des
pertado una noche por el ligero beso de una blanca vvi-
lli que arrancándolo del lecho de heno, le ha conducido
al bosque vecino, y alli lo ha abandonado al amanecer,
molido y quebrantado , merced á las rápidas vueltas de
algun wals ú otro baile mas violento.
Recordará el anciano haber visto en su mocedad á 1»
Vil
dama blanca del castillo inmediato, pasearse á caballo
por la selva , con el halcon encaperuzado al puño y e'
acompañamiento obligado de la trompa de caza y los
ladridos de la jauria.
A estas aseveraciones , que nadie pone en duda , se
guirán las de la decrépita dueña de la casa que ha visto
con sus propios ojos á un travieso duendecillo verter
la sal, echar agenjo á los pucheros y aun llevar su auda
cia hasta el estremo de atar una sarten vieja á la cola
del gato mas venerable de la casa.
A tan irrecusables testimonios no hay duda que re
sistir pueda, y el viajero se ve obligado á convenir en
que realmente existen duendes, vvillis, peris y damas
blancas, volviendo de este modo á captarse la benevo
lencia de sus patrones.
En cuanto á mi, soy de parecer que es mejor dejar
á estas buenas gentes sus creencias, que á nadie per
judican, encomendando al tiempo el cuidado de su des-
eBgaño, que meternos á reformadores tratando de des
arraigarlas, Por otra parte, los pueblos que en su sen
cillez creen estas cosas, son generalmente los mas vir
tuosos, los mas pacificos, los mas honrados, los mas
dispuestos á la observancia de les preceptos religiosos
ylos mas inclinados á obedecer las leyes emanadas de
sus respectivos gobiernos.
Con tales circunstancias en su favor, bien pueden dis
pensárseles estas creencias, que en cierta manera los
predisponen á no dudar de otras mas interesantes.
T además, ¿cómo pasarian las largas veladas del in
VIH
tierno si caree¡esen de estas maravillosas historias,
^pe relatadas al amor de la lumbre en buena paz y
*ompana, sirven de pasto á su imaginacion y de alivio
á sus cuerpos fatigados con el rudo trabajo campestre?
¿No es esto preferible á ocuparse de asuntos politicos,
ó i disputar acerca de la dignidad del hombre, acerca
de sus derechos, sin que el que con sus escritos haya
lecho sustituir estas perniciosas al par que estériles
cuestiones á las anteriormente indicadas, se haya to
mado Id molestia de mostrarles con antelacion cuáles
son sus deberes?
Convengamos, pues, en que son felices al menos
mientras dure la velada y la maravillosa conseja, y no
agriemos con nuestro necio escepticismo el placer que
aquellas gentes esperimentan. Y volviendo á mi asun
to, del cual me he separado en demasia, voy á mi vez
á sacar á plaza las creencias mas ó menos arraigadas
de nn pueblo, en cuyo territorio se ven montañas como
en Escocia, verdes colinas como eo Irlanda, rios de es
carpadas orillas como en Alemania, costas sombrias é
Inhospitalarios como en las Hebridas. ,''
Y este pueblo es el vascongado: pueblo sui géneris'.
«on su idioma magnifico, original, á ningun otro pare
cido: con su imaginacion brillante y poética' con sus
costumbres sencillas, patriarcales: con su amor idóla -
toa hacia sus montañas: con sus creencias religiosas
profundamente arraigadas: con sus asombrosos adelan
tos, sus virtudes innegables: con su admirable admi-
iiistracion dig^na de ser imitada.
IX
Este pueblo tan parecido topográficamente á los an
teriormente citados, lo es tambien en su inclinacion á
crear entes fantásticos, conocidos con el nombre de
Lamias en las borrascosas costas, de Éassa jaon ó jau
ria en sus interminables bosques, ¡de Maitagarrya en
las frondosas florestas, y de Sorguiñas en los soli
tarios descampados y en los cauces profundos abier
tos por los torrentes.
LEYENDA PRIMERA.

Aquelarre.

i.

En el territorio comprendido entre las villas de Zu-


garramurdi y Echalár, territorio montañoso y cubierto
de bosques, cruzado de riachuelos, y cortado por
profundos y estrechisimos valles, se alza aislado y
sombrio el monte Aquelarre, rodeado de jarales y cer
cado de peñascos y torrentes.
La posicion de esta montaña y su figura cónica, han
llamado la atencion de algunos geólogos que han visi
tado aquellas asperezas; y en efecto, no deja de ser
curioso que al paso que las demas montañas, ramales
mas ó menos considerables del Pirineo, se unen entre
si por gargantas que forman ondulaciones llenas de ac
cidentes unas veces, de suave y siempre verde pen
diente otras, pero cuyas cumbres son planas ó redon
das; Aquelarre se separe bruscamente de la condicion
general de aquellas montañas, para formar per si sola
una escepcion entre las demas.
Diriase que Ariel, genio tutelar de los vascongados,
estendió un' dia su p'ofentfe brazo," y arrancando de su
asiento á la singular montaña, fué á colocarla lejos de
sus compañeras para que no se contaminasen al con
tacto del monte maldito. Porque, en efecto, Aquelarre
es una montaña maldita.
Observad sino el color de las jaras que cubren sus
inmensos costados. No es el verde que tanto recrea la
vista y con el cual se'sagalana el lozano roble. No es
tampoco el color plateado del álamo blanco. Mucho me
nos aun el brillante verde claro con vueltas de blanco
mate de la rsbusta haya. Tampoco se parece al de que
se cubren los guindos, perales y avellanos silvestres,
con sus blancas y perfumadas flores, en cuyo cáliz bri
lla como diamante puro una gola de diáfano rocio... $1
color de los jarales del Aquelarre, tétrico, lúgubre y
sombrio, se asemeja al del gigantesco pino de Litua-
nia, ó al del ciprés que crece en las hendiduras de las
pedregosas colinas de la Arabia Petrea.
Color fúnebre y siniestro que entristece el ánimo^y
ghogalu halagüeña espansion del corazon de| poeta»qve
contempla estasiado las suntuosas galas de la natura
leza en los bosques, ó los risueños y mas sencillos
adoraos de los valles floridos y frescos., , ..
Y ¿por ,qué este contraste tan chocante? ¿Por jqué
este tétrico fantasma en medio de una naturaleza un
galana? Porque todo lo que esló en contads con i el
genio del mal, lleva en si,el sello de reprobacion, sus-
tituyendoá sus anteriores bellezas, formas asquerosas,
TTopugnantes. ^ l(l
— 13 —
Y el Aquelarre se encuentra en este caso.
Su cúspide es frecuentada por el principe Je las ti
nieblas, y en las sinuosidades de la montaña, repiten
tos ecos las cáatigas sacrilegas que se entonan en, ioor
suyo. Muchos son les que las han oido aterrado?/ eu me
dio del imponente silencio de la noche. Algunos hay,
que han visto elevarse columnas de humo negro y de
ún olor nauseabundo desde la meseta de la montaña
maldita, y han congeturado con razon, que aquel humo
ira producido por los holocaustos ofrecidos al genio
del mal, en misteriosos sacrificios, por sus sacrilegos
idoradores.
Pero ¿quiénes eran estos? ¿De dónde venian á cele
brar sus fiestas nocturnas?
□cilio montañés se encogia de hombros al ha-
'le estas preguntas y se contentaba con responder
lacónicamente: Eztaquit: no sé.
De repente, se esparció un rumor que corriendo de
boca en boca se hizo general muy pronto; este rumor
era un acontecimiento notable: era nada menos que
el descubrimiento que habia hecho un niño de lo que
sifcedia'én la cumbre de la mootaaa maldita.
Héá'q'ui cómo se verificó aquul descubrimiento, se
gún dice la tradicion.
Izár y Lañoa eran dos niños huérfanos, de siete años
él'Izár y de nueve su hermané.
Estos pobres muchachos, verdaderos bardos erran
tes, vagaban por aquellas montañas y gaDaban su sus
tento cantando baladas y aires nacionales con sús vo
— di
ces infantiles , en cambio de un lecho de paja y de
una olla de legumbres. En toda la comarca eran co
nocidos y estimados, tanto por su cruel abandono,
c santo por lo agraciado de su figura. Haciase sin em
bargo una distincion entre ambos.
Izár, el mas pequeño , era blanco como la leche, y
' sus largos cabellos que caian rizados sobre sus hombros
y espaldas, rubios como la cabellera de una mazorca de
maiz: el azul del cielo de sus ojos purisimo; su mirada
dulce y suplicatoria, tenia la fuerza irresistible de toda
mirada de niño cuando pide alguna cosa. De entre sus
labios encarnados como la flor del granado silvestre,
se escapaba continuamente una sonrisa tan suave co
mo el soplo leve de la brisa espirante, y al contraerse
sus lábios, se iormaban en las sonrosadas megillas dos
graciosos hoyuelos.
Izár era el mas paciente de los dos hermanos , el
mas humilde: era el mas hermoso : su voz la mas pu
ra, y por consiguiente era el predilecto de aquellos
sencillos habitantes.
Lañoa, aunque tan hermoso como su hermano, esta
ba dotado de otra clase de belleza. Su talla era mas es
belta, sus miembros mas fornidos, la mirada que lan
zaban sus negros ojos, e. a altanera, á veces arrogante
y audáz. En el modo con que fruncia el labio superior,
revelábase su carácter altivo y colérico: sus cabellos
'eran negros con ese viso azulado que se observa
en la pluma del cuervo ; sus luengas pestañas mi
tigaban algun tanto el fuego de su mirada de asui
— iS-
la. Por lo demás, Laiioa era bueno , amaba i so
hermano pequeño, aunque á veces lo trataba con bas
tante aspereza.
En uno de los tristes y nebulosos dias del mes de
noviembre, encaminábanse los dos hermanos hécia
Aranáz , atravesando penosamente las montañas cu
biertas de niebla en su base y de nieve ea la cima.
Izár se habia cansado mucho en aquella caminata y
al pobrecillo le faltaba valor para implorar el auxilio
de su hermano. LaSoa por su parte no estaba dis
puesto i brindárselo, aunque en el fondo de su cora
zon deseaba que su hermano lo pidiera para podérselo
dar sin menoscabo de su orgullo.
—El pobre se cansa, decia entre si; pera no quiera
humillarse solicitando mi ayuda. No, pues si espera á
que yo se la ofrezca...
T murmurando asi, alargaba el paso haciendo de
este modo aumentarse la distancia que ya lo separaba
de Izár. Este procuraba alcanzarlo y hacia esfuerzoa
sobrehumanos por conseguirlo; pero sus delicados pies
ya no le podian sostener, y á duras penas lograba man
tenerse al alcance de la voz.
De pronto una bocanada de viento empujó masas
compactas de niebla húmeda y pesada hácia el barran
co por donde caminaban ambos hermanos , y Lañoa se
vio obligado á suspender la marcha rápida que seguia.
Al poco tiempo Izár se hallaba á su lado.
•—Qué hacemos ahora? preguntó con timidez.
—Tú harás lo que quieras, perezoso: contestó La-
— 16 —
ño»brusQ*roen,t«,lo que es yo, voyápcosegutr la «ar
el ia apenas se disipe un poco la niebla.
—Bien, hermano, repuso Izar con dulzura ; par»
interin se disipa, siéntate á mi lado y cúbrete con este
capusáy. estás sudando á mares.
—Eso de resguardarse del viento na conviene mas
que á mugeres y niños perezosos como tú: en cuanto i
nu. soy hombre y no me asusta el frio.
Y diciendo esto, se descubrió la cabeza y espuso.su
hermosa cabellera empapada en sudor al soplo helado
del'viento norte.
—Quéfcaces, hermano ? «sclamó Izar levantándose
del peñasco en que estaba reposando y cubriendo con
su montera la cabeza de Lañoa. Oh! permiteme que te
guarezca delirio, prosiguió coa solicitud: ya sé que
eres mas fuerte que yo; pero por lo mismo debes coi*
darte mas para poderme ayudar á mi que soy tan débil.
—Quita alié , contestó Lañoa empujando á so her-
taano, que cayó de espaldas al suelo. Luego emprendió
resueltamente la marcha con la cabeza desnuda por
entrela espesa y fria niebla.
Izar, nada dijo, ni siquiera lanzó el mas pequeño
quejido al recibir un golpe en h cabeza que chocó al
caer con una piedra. Levantóse para renovar su obra
de abnegacion y caridad, y vió con profundisimo dolor
que su hermano habia desaparecido.
Como llamándolo á gritos en todas direcciones; pe
ro la niebla era tan densa, que no consiguió encontrar
lo. Entonces desesperado, abrumado de cansancio y
—"17''--
transido de frio, dirigió el pobré niño la vista ásu de
redor, y á muy poca distancia del sitio en que se encon
traba, descubrió un árbol gigantesco, cuyo tronco es
taba hueco.
La noche entretanto avanzaba con rapidez cubrien
do con su negro manto aquellos solitarios parages,
La niebla mas y mas. impregnaos de humedad , fué
haciéndose pesada; y en vez fie volar con desu
sado impetu como en el resto del dia, se estacionó
adhiriéndose á tas ramas de los árboles, y cubriendo,
como las aguas en una avenida , todos los terrenos
bajos.
Desde el hueco del árbol donde se habia guarecido
nuestro jóven héroe, veia un dilatadisimo espacio cu- "
bierto de blanca uieb'a, inmóvil en algunos parages
como el agua en las profundas bahias, bulliciosa y tur
bulenta en otros, como las olas del mar que se rompen
en los promontorios.
En medjo de aquel o;ccéano de nieblas, descubrianse
aqui y alli algunos puntos negros como otras tantas is
las sombrias, que nó eran otra cosa que las cAspides de
las montañas. ' ;
El silencio era profando y la oscuridad crecia por
instantes.
Solo allá á lo lejos se divisaba una linea amarflen
ta, precursora de la salida de la luna, que es aqatijia-
épocadelaño es de un brillo dudoso, sobre toá'o en
una atmósfera tan impregnada de vapores.
Irár comprendió por lo que tenia á la vista, que se
— 18 —
encontraba en la cima de una montaña, y saliendo (le
su albergue, recorrió las inmediacienes.
El árbol protector ocupaba el centro de una pradera
circular, rodeada por todas partes de arbustosy mator
rales tan espesos, que no se descubria rastro alguno de
camino que indicase la comunicacion de la cumbre del.
monte con su base.
¿Cómo llegó alli el niño estraviado 1 Lo ignoraba.
Viéndose solo y hambriento, desconociendo comple
tamente el sitio en que se hallaba, lloró lleno de angus
tia y temor, y no encontrando nada mejor que hacer,
vclvió al hueco del árbol decidido á pasar la noche bajo
su hospitalario ramaje. Encomendó fervorosamente su
alma á Dios, pensó tristemente en su madre que lo amó
con ternura, y rogó al Ser Omnipotente librase de todo,
riesgo a su hermano mayor. Hecho esto, se acomodó lo
mejor que pudo en su escondite, y el sueño de la ino
cencia cerró sus párpados paulatinamente.
En el mismo instante que ponia su cuerpo y alota
bajo la salvaguardia de un Dios lleno de bondad, ras
góse el firmamento, y un ángel hermoso como son to
dos los ángeles, bajó con rápido vuelo á posarse en las
ramas del árbol. Estendió en seguida sus blancas alas, y
veló solicito y vigilante el sueño del inocente niño.
Largo rato hacia que Izar gozaba de él, cuando se des
pertó despavorido merced á un ruido incesante y es-
traio que llenaba el espacio. Asomó cautelosamente la
cabeza por la hendidura del tronco, y un espectáculo
incomprensible para el, se presentó á su atónita vista.
— 19 —
l>a luna suspendida sobre la pradera lanzaba rayos
de luz pálida, que suir inistraban un color fúnebre y si
niestro á todos los objetos. Fuera de la penumbra, y en
todo el dilatado espacio del horizonte, las tintas iban
siendo gradualmente mas sombrias, pasando del par
do claro al negro mas marcado.
De los cuatro puntos cardinales del horizonte, des
tacábanse cuatro larguisimas hileras de fantásticas som
bras, que con infernal bataola y rapidez espantosa, se
dirigian á encontrarse en un punto ".oncéntrico. Este
punto era precisamente el prado circular ya descrito.
Pintar aqui las estrañas cabalgaduras sobre que ve
nian montadas las sombras en cuestion, es obra supe
rior á las fuerzas humanas.
Cuál, apretaba con sus descarnadas rodillas el esque
leto de un mamouth de descomunales proporciones:
cuál, montaba sobre un horrible y monstruoso buho:
aquella, hendia los aires cabalgando sobre el mango de
una escoba: esta sobre una larga sierpe alada, de ojos
trillantes y de alas desmesuradas. Y todas estas som
bras, asidas unas á otras, formaban una cadena meo.
mensurable.
Reuniéronse al fin á cien pies de altura del suelo , y
alli se saludaron con frenéticos alaridos , con metáli
cas y estridentes carcajadas , con gritos chillones y
¿bullidos espantosos. Despues empezaron un vuelo cir
cular en confuso tropel, y poco á poco fueron bajando
Á la pradera.
El asombro y terror de Iiár fueron indecibles al ob.
— 20 —
servar que todas aquellas sombras eran otros tantus
Cuerpos de mugeres decrépitas. Sus semblantes tizna
dos y rugosos causaban náuseas , al paso que su des-
'nudez completa repugnaba á la vista sobre toda pon
deracion. Sus pechos lácios , sucios y colgantes; sus
cortos y desmelenados cabellos; sus miembros descar
nados , causaban pavor. Éste creció de todo punto en el
corazon del pobre niño , testigo forzoso de aquella es-
tráordinaria reunion , cuando vió que todas aquellas
mugeres se disponian á ejecutar alguua danza satánica,
dándose las manos y formando un ancho circulo en
derredor del árbol que lo cobijaba. Lo mas estraño era
que aquella inmensa multitud cabia cómodamente en
la pradera , sin que para esto se aumentasen sus pro
porciones , ni disminuyesen en lo mas minimo el volu
men do los cuerpos alli presentes.
La danza no se hizo esperar mucho tiempo , segun lo
temia lzár. Empezó primero con movimientos lentos,
acompasados , sosteniéndose todas uniformemente ,'ya
sobre un pié ya sobre otro. Poco á poco fueron siendo
mas violentos los saltos, mas rápidas las vueltas ; hasta
que al fin aquel baile sin nombre; se convirtió en una
especie de torbellino <]ue causaba vértigos por la rapi
dez con que giraba. Saltos, gritos, tumbos , ''.ou tor
siones , vueltas, todo era sobrenatural, todo horrible á
la vista, todo confuso al oido, todo incomprensible...
El pobre lzár no pudo soportar por mas tiempo aquel
espectáculo y se desmayó.
Cuando volvió en si , la luna habia desaparecido. La
— 31 —
noche estaba oscurisima , y un silencio sepulcral rei
naba éu la pra'déra.
Asomó de nuevo la cabeza creyendo que hahrian
desaparecido las'diáb'ólicas mugeres que tanto Inhibian
asustado ; pérb vió con nuevo'terror que todavia ocu
paban el mismo sitio, aunque de otro modo mas estra-
I ño, si tibe.
' frailábanse ttidas en circuro y en cuclillas alrededor
rjte'un trono de ébano, sobre el cual Se Yeia grave y
reposadamente sentado uq enorme cabron. t)el trono
le ébano saliSn algunas ráfagas de luz ámarilla , único
resplandor que iluminaba la 'escena,
"fes'viejas'ibán acercándose una por urfa al 'trono 'y
' bísÉibán " reífíetúbsfem'ente la hendida pezuña' cfel ma-
títtfrcábrió. 'Despues, cuándo'toilas hubieron concluido
aqaelía larga ceremonia, él cabron meneo la cabeza,,y
Cada'unade'tes asistentes empezó una relacion de sus
técTiorias

profanaciones de cementerios, estaba próximo á des


mayarse de nuevo, cuando oyó una voz dulcisima .que
( bajando de las ramas del ár.bol pronunciaba su
. nombre. ; ,
, .,.Admirado de este suceso, alzó la vista y descubrió
entre; el ramage un mancebo de celestial' bermosufs
que le miraba amorosamente. ,.
. —feucha v nada temas, le dijo el mancebo: .yo velo
;P°rtW ',:1 .
— 22 —
En aquel instante, la última sorgumá ó bruja empe
zaba su relacion.
Izar prestó un oido atento y oyó lo que sigue:
—Todas mis hermanas, decia la bruja con voz chi
llona, han obedecido tus mandatos. No ha habido nin
guna que no te haya deparado victimas], soberano y
señor nuestro , pero las desafio á que hagan lo que yo.
—Habla, hija, murmuró el cabron: ya sé que eres
mi mas celosa adoradora.
—Ta sabes, señor mio, prosiguió la bruja, que el
gran duque reinante de F.... y su esposa son cristia
nos celosos, devotos de esa que llaman Madie de Dios:
tambien sabes que no tienen mas que una hija hermo
sa como un sol, y á la cual aman con ternura sin igual.
¡Qué gloria para mi el hacer morir poce á poco, len
tamente esa hermosa criatura; el secar paulatinamen
te esa flor en toda su lozania, infiltrando la desespera
cion en el corazon de sus padres, para entregarlos
asi dispuestos á tus poderosas tentaciones! I ¿No seria
un golpe maestro matarla al cabo de dos ó tres meses
de padecimientos? ¿Cuánto os costaria, señor mio, im
pulsar á sus padres en tal caso al suicidio?
Una mueca horrible, que sin duda debió ser una
sonrisa de satisfaccion, se dibujó en el semblante del
cabron, y sus ojos brillaron de,una manera imposible
de describir.
—Si tal haces, contestó el demonio, serias ,1a predi
lecta de mis hijas.
—Pues dame tus albricias , señor mio , pues ya
— 23 —
hace ocho dias que la princesa padece, sin que nadie
atine la causa de su mal y mucho menos los medios de
sanarla.
— T no temes que alguno lo descubra?
—No: El encanto consiste en un enorme sapo qae
está oculto bajo de una estatua caida y abandonada
hace tiempo en un rincon del jardin del gran duque.
Mientras el sapo no sea aplastado, la enfermedad se
guirá su curso y la princesa morirá.
—Me complazco de ello, Bazzoti, y deseo tener no
ticias repetidas y exactas de lo que suceda. Yo os doy
gracias por vuestros trabajos, prosiguió el génio del
mal, y os cito para el sábado próximo.
Dicho esto, meneó el diablo la cabeza, oyóse una es
pantosa denotacion y el trono desapareció con el que
lo ocupaba.
Todo quedó entonces sepultado en completa oscu
ridad.
Al poco rato oyó Izar el vuelo de las brujas que se
remontaban por los aires , y al débil resplandor del
crepúsculo matutino, divisó las fantásticas hileras de
sombras que se dirigian silenciosas al punto del hori
zonte de donde habian venido, desapareciendo poco á
poco tras de una masa de nubes negras.
Dirigió entonces la vista á las ramas del árbol y vio
al mancebo que diciéndole
—Cumple ahora tu mision come yo he cumplido la
mia; estendió sin alas y se remontó al firmamento,
dejando tras si uua ráfaga de brillante luz y un aroma
— 24 —
celestial qiie confortólos miembros entumecidos del
□¡tro' é infundió valor en su corazon.
' . . ' .1:¡.'. i¿ *
%

Un mes habria trascurrido desde que Izár habia pre


senciado el conventiculo. Llene de féen las palabras del
ángel , marchaba á ejercer un acto de candad que tan
en,avmoaia estaba con su corazón sensible. Decidido *
arrostrar todos los obstáculos que podrian oponérsele,,
caminaba noche y diá.hácia Italia, en uno de'cuyos!ri&> '
queBo§ estados dictaba sus leyes el gran duque de F.,. .
¿Cómo pudo atravesar el adolescente naciones, ente- '
ras sin ningun género de recursos , sin conocer el idisi
ma que en ellas se hablaba? '
"La tradicion nada dice tocante á este punto. Lo qué"
si se asegura en el pajs vascongado es, que llegó á su
destino y at umbral' dpi palacio del gran duijtíé rei
nante. ,
Difícil hubiera sido á nuestro joven aventurero acer
carse á aquel personaje, si la duquesa que volvia de un
templo vecino, en donde habia rogado á Dios porf*
salud de
lacio. „ su hrja , no entrara en' 'aquel
s" hinstante
:' " en,'s,sl
pa 's
Cuando Vió álzár, acercóse á él creyendo fuese un
mendigo , y dándole una moneda de plata , te dijoi
—Toma esa limosna , pobre, niño, y pide aiSefior
— 25 —
«jue sane á mi hija. Las súplicas de uo inocente obten
drán quizá de Dios lo que á nosotros nos niega.
—¿Es tuestra hija laque está enferma? puegunté
Izar con dulzura.
'Si, mi hija querida.
—Pues yo la curaré.
—Tú! esclamó la duquesa admirada. ¡Pobre niño?
¿Igaoras acaso que los médicos mas famosos han deses
perado de su curacion?
—Lo ignoro, en efecto; pero loque sé es, que vengo
espresamente á curarla y que la sanaré.
,La duquesa,
a mudai_ de
J_ asombro,
; :-i atentamente
miró
i Izár, que en pió y en medio de un brillante circulo de
cortesanos , se mantenia en actitud moaesta y con su
graciosa cabeza descubierta. Numerosos rizos se der
ramaban stíbre sus hombros. Revelaba tal candor su
limpida mirada , era tan dulce su sonrisa , que la gran
señora, despues de consultar con la vista á sus cortesa
nos , y viendo en sus semblantes señales de un asenti
miento tácito , subio la suntuosa escalera del palacio
conduciendo á Izár de la mano.
Interin sucedia este acontecimiento estraño en las
puertas del alcázar, el duque se hallaba sentado junto
al lecho de la enferma.
Tendria esta unos ocho años. Sus grandes y rasgado*
ojos habian perdido ya el brillo'y viveza que formaba
el encanto de sus padres, ó iban sepultándose en la
profundidad de sus órbitas. Un ancho circulo morado
se'veia tiazado en derredor de los párpados, y la pali
— 26 — ,
dez mate del delicado rostro, hacia preveer el próximo
fio de tan temprana flor. Los labios resecos habian
perdido su brillante colorido.
Penoso era aquel espectáculo. Nada' mas terrible
que el dolor de un padre presenciando la lenta agonia
de un hijo querido. Dolor mudo si, pero profundo. Do
lor que por falta de desahogo causa mas estragos. Por
que un padre además de sofocar el suyo, tiene que ali
viar otro dolor: el dolor de la madre.
En este instante se abrió la puerta del aposento y se
presentó la duquesa conduciendo á Izár, y seguida de
un sin número de cortesanos atraidos por la novedad y
deseosos de presenciar la escena que se preparaba.
Izár no manifestó el menor asombro al encontrarse
súbitamente en aquellos regios aposentos cubiertos de
damascos, de terciopelos, de mármoles y oro. Al verlo
marchar sobre aquellas ricas alfombras sin demostrar
curiosidad alguna, sereno y apacible el semblante, y sin
despegar sus labios purpurinos sino para sonreirse cuan
do la duquesa lo miraba, nadie hubiera sospechado que
aquel niño habia pasado sus dias errante en los bosques
y sus noches bajo el ahumado teeho de los caseríos
vascongados. Esta circunstancia no pasó desapercibida
para la duquesa, en cuyo corazon comenzó á brillar un
rayo de esperanza.
Apenas la duquesa entró ea el aposento, levantóse el
duque, y saliéndola al encuentro, la dijo tristemente:
—Señora, perdamos toda esperanza: nuestra que
rida hija se muere sin remedio.
— 27 —
—Oli! callad, amigo mio: ¿quién sabe si aun....
—No abrigueis esperanza alguna, repuso el duque: se
muere, señora, se muere.
La duquesa miró á Izar que se mantenia detrás de
ella, y vió que el niño fijaba la vista en el duque son- ,
riéndose.
—Cualquiera que tá seas, esclamó tomándole la ma
no y acercándolo hácia si; ¿es verdad que curarás á mi
bija?
—A eso he venido, contestó Izár tranquilamente.
—Ta lo veis, dijo la duquesa á su marido; aun nos
queda una esperanza.
—¿Quién es este niño? preguntó el duque admi
rado.
—Lo ignoro. Al volver del templo lo encontré, y su
plicándole rogase á Dios por mi hija, me contestó que
venia á salvarla.
—¿Será cierto? esclamó el duque.
—Es la verdad, respondió Izár. ,
—¿Quién eres? replicó el duque: ¿acaso algun ánge!
que Dios envia para nuestro consuelo?
—Soy un pobre huérfano, señor.
—De dónde vienes?
—De un pais muy lejano.
—A curar á mi hija?
—Este es el único objeto de mi viaje, que ha durado
mas de un mes.
Todos los circunstantes lanzaron una esclamacion
de asombro. Pasóse el duque la mano por la frente
— 28 —
como un hombre que se decide á adoptar usa. resolu
cion importante, y dirigiéndose á la alcoba en donde
yacia su hija inerte y moribunda, ,h4zo seña á lzár,par¿
que se acercara.
Las estraordinarias respuestas del niño escitaron, en
sumo grado la curipsidad.de cuantos presenciaban aque
lla escena, y agolpáronse en la. puerta de la alcoba.
Izár se acercó al lecho y contempló silenciosamente
á la princesa que apenas daba señales.de vida, ,' '
—Hé abi la ' enferma: ¿podrás curarla? le dijo el
duque.
Izá,r nada respondió : seguia contemplándola silen
ciosamente)
Alñn murmuró en voz baja..
—Esta es la flor destinada á marchitarse paulati
namente.
La ansiedad era general. De repente todos los. cir
cunstantes lanzaron una.esclamacion de júbilo. La
prjn'esa se habia sonreidq, tristemente, es verdad;
pero se habia sonreido: habia dado las primeras setales
devida al cabo de un mes.
La duquesa, por un brusco movimiento, se bincjó. de
rodillas delante del niño, y con una mirada imposible
de definir y una voz que hizo estremecer á los cir-
cunstantes^gritó:
—Ohi En el 'nombre de Dios, salva á mi Sofial
—Levanta,. pobre madre atribulada , contestó} Izár
'con gravedad: he venido á curar .á tu hija.y la .curaré..
—Lo oyes, hija mia? dijola duquesa apretando con.
— 29 —
tra sus labios la mano helada de la princesa, Este niño
viene á salvarte.
—Si, Sofia, añadió Izár. Tu madre, ,dice la verdad.
Entonces la enferma fijó s,u apagada mirada en e| ni
ño, sonrjéndose dulcemente y le tendió la mano.
El asombro habia llegado á su colmo. Entonce* el
duque colocando ambas manos sobre la cabezadel.nj.!
ño, esclamó con acento solemne:
—Yo juro por mi corona gran ducál, que si la sal
vas, serás su hermano.
Izár dió las gracias con un movimiento de cabeza y
salió del aposento suplicando que nadie le siguiese.
Todos los cortesanos le abrieron paso respetuosamen
te^ le dejaron marchar.
El niño bajó á los jardines; registró los rincones
mas apartados; descubrió la estátua derribada; la se
paró á duras penas del sitio que ocupaba y vió al fin
el asqueroso sapo que lo miraba fijamente con sus ojos
saltones y vidriosos. Izár puso el pié sobre aquel sapo
y lo aplastó. Hecho esto volvió al cuarto de la enferma,
en doade se hallaban reunidos todos los dependientes
de palacio, inquietos por su desaparicion y mas inquie
tos aun por su tardanza.
Cuando oyeron crugir la seda del tapiz que cubria la
puerta, una espresion de alegria asomó al semblante
de todos... Esperaban al misterioso niño, y el niño
apareció tranquilo y sereno como siempre.
—Y bien? preguntó la duquesa con ansiedad.
Izár se acercó al lecho de la enferma.
— 30 —
—Sofia! Hermana! Me oyes? la preguntó.
—Si, contestó la princesa llenando de admiracion i
todos los presentes. Oh! ya no siento aquel peso...
aqui... aqui... en el pecho.
—Bendito seais, Dios mio! esclamó la duquesa ver
tiendo lágrimas de alegria: mi Sofia se ha saltado.
—Ya oyes lo que dice tu madre, hermana mia. Le
vántate que ya estás curada.
La princesa se incorporó en el lecho lentamente; mi
ró á todas partes, restregóse los ojos y dijo sonrién-
dose:
—Si, ya estoy buena.
Entonces el duque abrazando á Izár esclamó:
—En el nombre de Dios, adopto por hijo este huér
fano que ha derramado la felicidad en mi familia. Con
sentis, duquesa?
Por toda respuesta, la pobre señora se arrodilló de
lante del niño, dicióndole:
—Hijo mio, bendice á tu madre.
La fama de este suceso maravilloso, estendjóse en
breve por toda la Italia, atravesó luego los Alpes y sir
vió de materia para que los provenzales improvisado
res lo narrasen en sentidas trovas. De estos pasó i
los bardos vascongados; de manera que en las monta
ñas en que tuvo principio este acontecimiento ,. ya na
die lo ignoraba cuatro meses despues.
— 31 —

III.

Dijimos al principio de esta narracion , que Lañoa


despues de haber derribado á su hermano , se habia
puesto en marcha, á pesar de la espesa niebla Al poco
tiempo, conoció que Izar no le seguia y se paró: viendo
que tardaba en reuni rsele , empezó á inquietarse y lo
llamó á voces; pero fué en vano.
Entre las diferentes propiedades de una niebla den
la, la mas notable es la de que apaga los sonidos de
manera que apenas pueden oirse dos personas muy
próximas.
Vieiido, pues , Lañoa, la inutilidad de sus gritos por
sl silencio que reinaba, se alarmó de veras y volvió
al sitio donde se habia separado de su hermano. Pero
el niño ya habia desaparecido; y entonces se apoderó
de él la mas violenta desesperacion. Lloró amargamen
te á su hermano abandonado: su imaginacion ardiente
se lo presentó moribundo de frio y hambre, implorando
su socorro y echándole en cara su ingratitud y dureza.;
y el pobre Lañoa se desesperaba, corria de aqui para
alli llamándole con gritos furiosos, se arrojaba al sue
lo y se mesaba los cabellos... pero sin ningun resultado
favorable.
Pasó toda la noche sentado ec un peñasco, devora
do por la fiebre y el remordimiento: recorrió el dia in
mediato todas las montañas vecinas , y no encontran»
do rastro ni vestigio alguno , se apoderó de él una pro
funda melancolia y desde entonces no se le oyó cantar
ninguna balada. Tornóse huraño y salvage : huia de
las gentes, y [desgraciado del que se atreviese á pedir
le nuevas de Izar! Cinco meses hacia que se le veia
vagar solitario por los bosques y los pastores comen
zaron a sospechar de que hubiese sometido el crimen
de Cain, Tero apenas empezaron á esparcirse estas
sospechas, cuando ya se cantaba en buenos versos
vascongados, la maravillosa historia de Izár el miste
rioso y la bella Sofia. La balada era una relacion exac
ta de todos los hechos acaecidos desde la separacion
de los dos hermanos , hasta la adopcion del huérfano
por el gran duque.
No tardó Laaoa en saber esto acontecimiento que col
mó su corazon de alegria, aliviándolo de un gran peso.
Seguia solicito á los que lo cantaban y suplicaba hu
mildemente se la repitiesen una vez concluida. Suoa-
rácter cambió de súbito y fe hizo humano y tratable.
Entretanto las pompas de la primavera habian suce
dido á la desnodez del invierno: las suaves y perfuma
das auras de abril á los violentos huracanes de di
ciembre, tas montañas ataviábanse con sus verdes .ga
las, y los. pajarillos saludaban con sus alegres trinos
la vuelta de la estacion de sus amores. .
Solo el Aquelarre permanecia triste y sombrio co
mo siempre. .i'..i.
,, Diriase, que envidiosa de la alegria general de la aa-
— 33 —
turaleza, aquella montaña maldita se complacia cq
entristecer 'si risueño panorama, mostrando su faz ce-
íuda que formaba un estraño contraste con el bulli
cioso y festivo movimiento de las demas montañas.
Ningun pájaro cantaba en su enramada, ningun cer
vatillo triscaba en su espesura. Todo era soledad, to
do silencio.
Un anochecer, sin embargo, los pastores de los va
lles divisaron con asombro y terror, que por la solita
ria meseta del Aquelarre se paseaba una forma huma
na. Herida esta por los rayos oblicuos del sol en su
ocaso, adquiria proporciones jigantescas. Al lado de
esta figura se veia otra igual que seguia fielmente sus
movimientos.
Este no era mas que un simple efecto de óptica,
fenómeno asaz comun en aquellas elevadas regiones,
donde los objetos adquieren dimensiones colosales,
merced á la refraccion de los rayos solares al atrave
sar sutiles capas de vapores.
Pero aquellos sencillos pastores ignoraban todo es
te, y solo veian en aquel tenómeno un motivo para
ponerse en salvo. Asi es que temerosos de que los sor
prendiese la Boche en las inmediaciones de la menta
ña maldita, en la cual, segun ellos, se preparaba al
gun acontecimiento siniestro y de mal agüero, se da
ban priesa á recoger su ganado y á encerrarse en sis'
chozas.
La figura humana que se paseaba en la cumbre del
Aquelarre era Lañoa el solitario.
— M -r.
Desde que oyó la balada en que se narraba la histo
ria de su hermano, le acometieron vivos deseos de
marchar á verlo; pero su orgullo se resistia y para en
gañarse á si mismo coa respecto á la pasion que lo ba
cia obrar, deciase:
—No, no: le abandoné cruelmente cuando era pobre
y débil; no debo ir á buscarlo ahora que es rico y po
deroso. Cuando, pomo él, haya llevado á cabo unaac-
cipn generosa, iré á su presencia y le pediré perdon...
y el Qie perdonará.... ¡Es tan buenol... Subamos, pues,
ala montañamaldita; sorprendamos algun secreto en
el conventiculo, y obraremos.
Menester era eme el que abrigase semejante pensa
miento y tratase de llevarle á cabo, estuviese dotado
de un valor sobrenatural, de una firmeza de carácter i
toda prueba, y Loñua el audaz, el allanero, poseia es
tos cualidades en alto grado. Otro móvil habia además
que lo impulsaba. Este era su orgullo.
—Cómo! se decia, ¿seré yo menos que mi hermano?
¿El tan débil, yo tan fuerte y robusto'' ¿El tan dulce y
pusilánime, yo tan altivo y valiente? No, no: subiré al
Aquelarre, y arrancaré si es necesario sus cuernos al
demopjo.
Y abismado en estos pensamientos, subié la áspera
rnpntaña decidido á desafiar cuantos peligros se le
presentase!}, y lograr su fin á toda costa. La noche
iba acercándose y Lañoa, siguiendo fielmente lo que
la balada relataba, se metió en el hueco del árbol,
Casualmente era un sábado , y por consiguiente
— 36 —
aquella, noche debia reunirse el conventiculo. En efec -
to, á eso de media noche empezó Lañoa á percibir
aquel ruido estraño é incesante que se aproximaba
cada vez mas. Su naturaleza comenzó á ¡laquear cuan
do divisó aquellas larguisimas hileras de fantásticas
sombras que se dirigian al sitio donde se encontraba.
Ún sudor frio. corria de su frente, cuando las som
bras se saludaron entre si y formaron el confuso re-"
molino que tanto habia chocado á Izár. Los gritos y
carcajadas de las brujas aumentaron su terror, y cuan,
do al fin las vió descender á la pradera, cuando pudo
distinguir sus repugnantes figuras, el pobre comen
zó á temblar. Empezaron las brujas sus danzas singu
lares, y Lañoa es'aba ya pesaroso de haber prestado
oido á los consejos del orgullo.
Pero ya el mal estaba hecho y no tenia remedio. De-
cidióse, pues, á sufrir las consecuencias de su falta, y
mas tranquilo, esperó el desenlace de la temeraria
empresa.
" No se hizo esperar mucho tiempo. Una horrorosa
detonacion hizo estremecerse á las montañas en su
base, y á poco apareció el trono de ébano y sentada en
él, la figura mas horrible que jamás vieron ojos hu
manos.
La cabeza del principe de las tinieblas era enorme:
sus ojos desmesuradamente abiertos, parecianse al
cráter candente de un volcan: orejas de un tamaño no
conocido pendianle hasta los hombros, y de Su boca
desprovista de labias, salian bocanadas de humo den
— 36 —
so, ¿ cuyo través se divisaban de vez en cuando largas
filas de dientes amarillos y agudisimos. Sus pies y ma
nos mostraban uñas afiladas, encorvadas y largas. El
resto del cuerpo correspondia á la fealdad del sem
blante.
Dirigió su sañuda mirada por la numerosa reunion
que aguardaba temblando las órdenes de su soberano
infernal, y luego gritó con voz cavernosa:
—Bazzoti! ¡Bazzoti!
1 Una de las brujas que se hallaba confundida con
as demás, se colocó en frente del trono de ébano.
—Ahi ahi esclamó el genio del mal. ¿Que se hicie
ron tus promesas, maldita?
—No pudieron cumplirse, contestó temblando la
bruja.
—Ya: la princesa sanó, y sus padres lejos de pensar
en suicidarse,, adoran mas y mas á mi mortal ene
miga.
—Señor! murmuró la bruja medio muerta de ter
ror.
—Cállate, replicó el diablo; y ya que para nada me
sirves en este muudo, vé á esperarme en el otro'. '
Dicho esto hirió el suelo con su garra y la bruja des
apareció en la sima que se abrió á sus pies.
Las demás bajaron la cabeza hasta la tierra y per
manecieron en silencio.
—Ahora, añadió registrad el árbol.
Laiioa tembló de pies á cabeza al escuchar aquella
órden, y se creyó perdido.
— 37 —
Bien pronto se rió agarrado por una multitud de
brujas que le atenaceaban los miembros y que con sa
tánicas risas lo llevaron ante el trono del principe in
fernal.
—Ola! olal Aqui tenemos á lo que parece otro ca
rioso, esclamó haciendo una mueca horrible . Acércate,
profano, acércate.
Lañoa en aquella terrible situacion hizo un esfuer
zo sobrenatural, y dióá su semblante un aire de sar-
cástica burla.
—Oh! parece que no nos tienes miedo , prosiguió
Luzbel rechinando los dientes..
Lañoa por toda respuesta se encogió de hombros.
Terrible era la lucha que se preparaba entre aquel
niño sin mas apoyo que su carácter de hierro, y Luz
bel armado con todo el poder del inñerno.
—Qué hacias escondido en ese árbol? le preguntó
despues de contemplarlo largo rato.
—Burlarme de ti, contestó Lañoa riéndose.
— Profanacion!! gritaron las brujas.
—Silencio! silencio! dijo Satáu, ¡y las brujas se ca
llaron.
—Con que le burlaba* de mi? volvió ¿'preguntar des
pues de un momento de silencio.
—Si, á fé.
—Te parece que ha podido jactarse nadie de haberse
burlado de mi impunemente?
—Si; puesto que mi hermano lo ha hecho ya con
buen éxito.
— 3«kr-
—Ohl,.oh! ¿Segun eso eres hermano del qua .ha
salvado á la princesa italiana?
Lafioa no contestó.
—Responde , maldito, le dijo la bruja mas incaen
diata.
Lañoa la agarró por los cabellos y la tiró "al sueloi
puso el pie sobre su garganta, cruzóse de brazos y mi,-
ró fijamente á Satán.
Este quedó estupefacto al ver aquella rápida acción ,
y al notar la serenidad inalterable del niño.
—Por el infierno, jóven, le dijo al fio: me vas¡in-
tcresando.
—Pues yo te desprecio, ta contestó Lañoa.
—Me despiecias?
—SÍ,
—Bah! Eso dices porque no me conoces.
El, niño frunció el labio superior, en señal de sobera
no desden.
—Acércate y toca esta mano si te atreves, añadió
alargando su mano armada de acaradas uñas.
Lañoa rechazó con el pie el cuerpo asqueroso de la
bruja, y cogió impávido la mano de Satán.
—Quema? le preguntó este.
—Nólo siento, contestó Lañoa con indiferencia.
Y el niño tenia tostada la piel al contacto de aque
lla man o abrasadora .
— Esestraño, murmuró Luzbel.
—Ya ves que no te temo, le dijo Lañoa.
—Lo confieso, contestó aquel soltando la mano casi
— 39 —
carbonizada del adolescente ; pero eso no prueba que
me desprecies.
—Quiéresunaprueba? preguntó Lañoa'con arrogancia.
—A ver?
—Ahi la tienes, dijo el joven escupiendo al rostro
de Luzbel.
Describir aqui la espresion de rabia infernal que
apareció en el monstruoso semblante de Satán , no es
dadoá pluma humana. Lanzó un rugido, en cuya com
paracion la violenta erupcion de un volcan es una sua •
ve melodia, y alzándose airado de su trono, cogió al ni
ño entre sus garras y lo lanzó como una catapulta al
precipicio que está situado á mas de una legua de dis
tancia.
El cuerpo de Lañoa se hizo pedazos y su alma obtu
vo gracia en el cielo.
Desde entonces el citado {precipicio es conocido en
la comarca con el nombre de Infernu erreca , y los
pastores aseguran que á la media noche Je todos los
sábados, escepto el de Resurreccion , sé oye un que
jido lastimero y un ruido semejante al que produce un
cuerpo biando y pesado al caer.

PIN DB LA PRIMERA LBTENDA.

'
LEYENDA SEGliDA.

Lamia.
Leyenda maritima.

i.

Nada mas terrible que la costa de Guipúzcoa en un


dia de tempestad. Los fiascos de sus montañas, sumer
gidas en el mar , solo presentan picos amenazadores
donde no lóbregas cavernas abiertas al empuje vio
lento de las olas impelidas por los huracanes.
Pero en donde mas salvage é inhospitalaria se pre .
senta esta terrible costa, es en el espacio comprendido
entre el Cabo de Higuér y San Sebastian ; y solo un
ojo ejercitado ó el conocimiento práctico de un piloto
guipuzcoano, podrá divisar á través de la bruma que
esparcen las olas al estrellarse en las rocas, el estrecho
boqueron que sirve de entrada al pueito de Pasages.
En la angosta y única calle de este pueblo, hácia la
parte que se dirige á Lezo, hubo hace tiempo una hos
teria, famosa entre los marineros, no solo por sus cidras
espumosas, sus asados de ternera y la manera nada co
— 42 —
mun con que la hostalera componia un guisado de
mariscos, sino tambien por la singular belleza y apos
tura de Blanra,jó«e£ da, negro* cabell#s, gípojosamen-
te trenzadas, ágil cerno, la «orza, denlas ,montañas, es
belta como el tipo perfecto da los, estatuarios grifgos,
du.ce y amorosa como la tórtola tornasolada del Pirineo.
Entre el animado circulo de las bailarinas de Pasages,
sobresalia nuestra heroina por la soltura de sus movi
mientos, por el singular donaire con que mecia su
cuerpo al compás del tamboril.
Semejábase al tallo del lirio silvestre, inclinándose
al feble y templado soplo de' la brisa vespertina, que
se desliza juguetona y bulliciosa por entre las enrama
das de los bosques de IraU.
Nada en efecto mas seductor que sus miradas; ae..
dientes cuando la música aceleraba el compás; lángui
das y voluptuosas cuando el silvo recorria pausada
mente las notas mas bajas de su diapason.
|Oh! Es que entoqoes, Blanca, sacudiendo con sus
pies de niño la menuda y brillante arena de la playa,
humedecida aun por las mansas olas, de la bahia, era
mas bien una divinidad compañera de Venus,, que una.
sencilla aldeana de Pasages.
¡Con qué placer doblegaba su flexible cintura sobre,
el robusto brazo del. mirinero que la servia de, parejat
Las magnéticas emanaciones que despedias sus ojos
de gacela, el suave y arQpiát(icp.álií,Q. qua.se desprendia,
de sus lábios rojos como, Jadiar, del.^raqa4o,,erabflaga,r
ban á su compañero, que ol,Yj4£»4Qiel t>ailfe snrd.Q.,á la.
— ' 43 —
música, separaba contemplando estasiado el hermoso
semblante de la jóven
La noche estendió su manto sobre las tranquilas aguas,
lasjóvenes bailarinas abandonaron en grupos la placia,
seguidas por los marineros, el silvo despidió aun algu
nas notas que se perdieron entre las rocas, ó'deslizás.
'dose sobre el mar, fueron á morir en'la inmensidad del
Occean?.
Las casas de fasages se confundian ya con las som
bras del monte Jaizquibd', y al bullicio del baile, suce
dió el suave murmullo de las olas ribeteadas de espuma
que venian á espirar en la playa.
Dos figuras humanas se paseaban en aquella soledad:
un hombre jóven y una muger.
Enlazados sus brazos, tnclin idas las cabezas, aspira
ban con deleite el ambiente satino del mar, y recogian
con avidez las palabras de amor que manaban del co
razon y se resvalaban por sus labios para sumergirse en
su alma.
—Si, Blanca, decia el marinero: tú serás mi vida, mi
todo. Cuando la tempestad azote la vela triangular de
mi carabela, me acordaré de tu sonrisa y mi corazon se
alegrará.
—Ah Jorge! contestó la jóv en estrechando el brazo
de su amádo: cuando sople el huracán, mis ojos verte
rán lágrimas; y mis labios, en vez' de producir la sonrisa
quetanto amas, sdlo pronaUoiarán humildes plegarias
al santo Cristo de Lezo para que te proteja contra la
furia de los elementos.
— 44 —
—Y ese divino señor escuchará propicio tus ruegos,
amada mia, y yo volveré sano y salvo á tu, bnizoc,
añadió el marinero con aquel acenlo de fé y convir-
Cioo profunda que solo posee en alto grado el hombre
de mar.
—Asi lo creo, Jorge, y sin embargo....
—Nunca te vi tan triste y abatida, Blanca mia. No
es la primera vez que he surcado el mar: la ausencia
ha durado semanas enteras algunas veces, y no obs
tante, animosa estabas al tiempo de mi partida y te
encontraba mas bella á mi vuelta.
—Es que entonces, Jorge, tus viajes solo se limi
taban á algunos puertos de Francia, al paso que ahora
vas lejos, muy lejos, segun me has dicho.
—A.i es: quizá durante alguuos meses no veamos
mas que el azul del cielo reflejado en el azul del
Occeano.
—Sin que diviseis tierra? Oh! Eso debe ser horri
ble: repuso Blanca palideciendo. Perdidos en esas sole
dades inmensas de agua, añadió, Itjos del socorro de
'os hombres....
—Pero no del amparo de Dios, amor mio, replicó
Jarge. Alli, mecido por las olas, empujado por los
vientos, reflexionaré sobre el poder del hombre: alli, en
lucha abierta con los monstruos marinos y las tempes
tades, Jorge se creerá el dueño del mundo; y cuando
fatigado con el rudo trabajo de la maniobra, tendido en
la cubierta, dirija mi vista al cielo, veré á Dios sonreir .
se con benevolencia y tender su potente mano para
— 45 —
protegernos. Y quiéu sabe si entre el silbido del vien
to distinguiré el sonido de tu voz dirigiando preces al
Eterno?
Blanca callaba al escuchar la poética inspiracion de
su amado, y la fé santa del marino se infiltró en su co
razon.
En aquel momento se oyó un ruido de remos, y diri
giendo la vista hácia la bahia, divisaron un esquife que
se acercaba á uno de los muelles del pueblo.
—Jorge! esclamó Blanca al divisar el barquichuelo;
hé ahi otro peligro en el cual aun no habiamos pen
sado.
—Cuál'? preguntó el marinero.
—No conoces aquella embarcacion? añadió señalan
do un punto negro que se divisaba en el centro de la
bahia.
—El barco francés?
—Si. No he creido prudente decirte nada de lo que
me sucede con su capitan; pero ahora que te ausentas,
bien i pesar mio, ni quiero ni debo ocultártelo.
—Pues qué, Beaussac acaso...
—No me deja en paz. Me persigue noche y dia coa
protestas de amor que me repugnan.
—Nada mas? Esa es pura galanteria.
—Es que aun hay mas. Una tarde que me paseaba
por los peñascos de la costa con la esperanza de ver
llegar tu carabela, se acercó a mi; y viendo que recha
zaba con dureza sus proposiciones , me amenazó di
ciendo que tarde ó temprano seria suya.
— ,46 —
—Infame! Qué intentará?
—No lo sé... Pero ese hombre me causa miedo. En
donde otros no ven mas que una galanteria grosera,
descubro yo intenciones siniestras. Todo él es un mis
terio: algunos se dan por satisfechos de sus respues
tas porque á ellas acompaña una comida espléndida;
pero yo creo adivinar el hombre peligroso á través de
esa generosidad que nada justifica. Oh! Lo aborrezco
y lo temo por instinto.
Los nocturnos paseantes prosiguieron su conversa
cion internándose en el barranco que conduce á Lezo.
Un cuarto de hora despues, losdos amantes, arrodilla
dos en el santuario del famoso Santo Cristo , oraban
con fervor.

n.

La ,hosteria El perfecto marinero iba llenándose de


marinos, que reunidos en grupos separados, hablaban
en voz alta de sus viajes, de sus pescas y de sus com
bates con los filibusteros.
Veianse alli marinos cubiertos con gabanes , entre
cuyo espeso vello podian percibirse aun, granos bri
llantes del hielo del mar de Noruega: otros, con cami
sas de tela roja y mangas anchas, que habian desafia
do los candentes rayos del sol de las Islas Canarias.
Entre aquella multitud de rostros casi oegros los
— 47 —
unos , tostados por la intemperie los mas, podianse
distinguir fácilmente los marineros de viajes largos de
los de viajes costaneros.
Los primeros tenian mas erguida la cabeza, mostra
ban sus brazos nervudos con mas pretensiones que los
segundos , sumirada era mas audaz , mas provocati
va. Pero entre todos ellos descollaban Beau-ssae y ses
marineros, como descuellan los altos mástiles de un na
vio de linea entre los mas humildes de las goletas y ja
beques.
Era Beau-ssac capitan de un barco que á la sazon se
balanceaba sobre las mansas aguas de la bahia de Pa-
sages. En el tope de uno de sus palos, flotaba la ban
dera blanca de Francia. Este bajel llamaba la atencion
tanto por su construccion singular, cuanto por su co
lor lúgubre. Todo él estaba pintado de negro, si sees-
ceptúa una ancha faja roja que lo circuia. Su obra
muerta sobresalia tan poco de la linea del agua , que á
veces el puente se inundaba al mas pequeño oleaje.
Carecia el buque de aquella tosca armazon quo se cono
cia con el nombre de Castillo de popa, y que no servia
en realidad mas que para hacer mas lenta la marcha
de los buques y por consiguiente mas difícil la manio
bra. Algunos cañones de hierro fundido, guarnecian
aquellas fortalezas postizas de madera , contribuyendo
con su peso á hundir la popa en demasia, hacieudo per.*
der á la embarcacion su equilibrio y levantando des
proporcionadamente la proa.
Nadie sabia á punto fijo ni, el numero de los tripa
— 48 —
lanles del buque francés , ni las toneladas de que
constaba."
En cuanto á su armamento, apenas podia encontrar
se á bordo mas que alguna hacha mugrienta ó tomada
de orin, que asi servia para partir leña, como para cor
tar gruesos tasajos de salazon.
Era, pues, en apariencia al menos, un pacifico bar
co , cuyas pretensiones tan solose reducian á traspor
tar fierro de Barambio á Burdeos, y conducir de retor
no á los astilleros de Bilbao y de Pasages pina vete da
las Landas de Mont de Marsan.
Observábanse , sin embargo , en los costados del
barco y en el centro de la faja roja que lo adornaba,
diez y ocho portezuelas que permanecian sólidamente
carradas.
Algunas curiosos preguntaren el objeto con que es
taban practicadas , á lo cual Beau.ssac contestaba con
la mas benévola de sus sonrisas:
—Es tan chato mi pobre barco , que la ola mas hu
milde anega su cubierta ; y sin las portezuelas que sir
ven para el desagüe , no podriamos acudir á la manio
bra.
Esta sencilla respuesta, pronunciada con melosa voz,
hacia desaparecer las sospechas que pudieran concebir
se y satisfacia la curiosidad.
fSi á pesar de las respuestas del capitan, se hubiese
practicado un escrupuloso registro en la embarcacion,
hubiérase encontrado en el fondo de su cala una
trampa muy disimulada , abierta la cual , el ojo menos
— 49 —
perspicaz descubriria diez y ocho tubosde hierro pinta
dos de negro que eran otros tantos cañones de grande
alcance. Tan artisticamente se hallaban colocados, que
sin ocupar mucho espacio, ni imprimir al buque movi
mientos embarazosos , dejaban entre si bastantes va
cios para rellenarlos, como lo estaban , de sacos de
pólvora , balas sueltas y encadenadas , y algunos cen
tenares de botes de metralla. Tambien en otros vacios
perfectamente disimulados en todo el cuerpo del barco,
se hallaban pistolas largas , hachas de abordaje , pu
ñales y picas.
Pero todo esto lo ignoraban los habitantes de Pa-
sages y el Requin se mecia indolentemente sobre
las tranquilas aguas del puerto entre una multitud
de barcos mercantes, sin que nadie lo incomodase
en lo mas minimo.
Antes al contrario, Beau-ssac, que tenia fama de
hombre rico y generoso, convidaba á menudo á los
patrones, marineros y pilotos de otros buques, y aun
á los del mismo Pasages; y sus comidas eran repu
tadas como las mejor acondicionadas, y sus vinos
como los mas delicados. Estas eran razones muy
suficientes para que se respetase su tranquilo
buque.
Nunca se le habia visto colérico, ni aun siquiera
pensativo. Aleiye y decidor, pasaba su vida bebiendo
en la hosteria, tendido indolentemente en su lecho ó
enamorando á ¡as jóvenes del pueblo.
Asi es, que no dejó de llamar la atencion de los
— 50 —
parroquianos del Perfecto marinero el que el galante
patron franeés dejase pasar impunemente por su lado,
sin dirigirlas ni una palabra , ni una mirada , á las
hermosuras de la villa y caserios vecinos, y aun algu
nos creyeron observar en so semblante muestras de
grave preocupacion.
Esta mutacion se hizo notable desde que Beau-ssao
vió bailar una tarde á Blanca. '
Un mes hacia que el Requin habia anclado en el
puerto, y. ni se presentaba cargamento para él, ni. por
eso sus marineros dejaban de gastar sendas doblas en
la hosteria.
—Ola, Catalina; vino, con mil diablos, y que sea del
mejor; gritó el patron del Requin entrando en la
hosteria y sentándose junto á una mesa.
—Allá voy; señor Beau.ssac, allá voy; contestóla
hostelera colocando delante del patron una enorme
vasija llena de vino y algunos cubiletes de estaño lim
pios y brillantes como la plata.
—Varios marineros se agruparon al rededor de la
mesa, y empuñando los cubiletes, comenzaron á deso
cupar la jarra colosal, acompañando cada trago con
dicharachos groseros, carcajadas homéricas y ruido
sas palmadas.
—Por vida del demonio, esclamó Beau-ssac luego
te hubo vaciado algunos cubiletes devino; creo que
ya es hora de que las gentes honradas se retiren á sus
madrigueras, y sin embargo, no diviso por acá á la
linda sirena de Pasages.
— M —
—'Habrá ¡do á rezar, contestó un marinero guiñan
do el ojo.
—O estará en dulces coloquios con su amante, aña
dió otro.
—Poco á poco, señores; repuso Catalina poniéndose
en jarras. Mi sobrina no es de esa clase de jóvenes
desenvueltas que andan de ceca en meca.
—Eh, eh, buena 'Catalina, replicó Beau.ssac; eso no
debe incomodaros. ¿Qué mal hay en que Blanca cor.
,responda al cariño de un honrado marino?
—No digo tal; en esa materia nada tengo que repli
car; pues yo tambien correspondia al cariño de mi di
funto antes que fuese mi maridó; pero nunca se me vió
con él á solas y menos de noche. '"'
—Toma, toma, replicó Beau.ssac, ya lo oreo que na
die os veria cometer esos pecadillos; porque lo mismo
en vuestros tiempos que hoy dia, esas cosas se ocultan
de todo el mundo. Pero'si yo os dijese...
—Que, qué? preguntaron todos á la vez.
—Si yo os dijese , prosiguió Beau.ssac, que en este
momento Blanca con otra persona que la acompaña, se
pasea en el sendero de Lezo?
—Señor Beau-ssac, esclamó Catalina colérica: sois un
impostor. Ya se vé; como la niña no ha querido corres
ponder á vuestro amor... os vengais de ella denigrán
dola.
Los circunstaates miraron al patron, que se puso co
lorado como la grana. Un súbito rayo de ira lanzaron
sus ojos negros ; pero muy pronto desapareció aquella
— 52 —
espresion de cólera para reemplazarla con la que le era
habitual.
—Ed efecto , señores , dijo sonriéndose agradable
mente. Ha desechado mis proposiciones amorosas; pero
para dulcificar de algun modo lo amargo de la repulsa,
me concedió un beso.
—Qué decis? gritó Catalina asombrada.
—Oh, oh ! Eso si que no lo creo , añadió un marine
ro de Pasages.
—Y aun dudo que se atreva á dárselo , repuso otro;
al menos si la acompaña Jorge.
—Que no me atrevo decis ? Aunque la acompañase
el diablo.
—Apostemos á que no
—Héla aqui ; dijo Beau.ssac viendo entrar á Blanca.
Bien venida, hermosa, bien venida.
—Dios os guarde, señores , dijo la joven entrando
risueña en la sala de la hostería.
—De vos nos ocupábamos, hermosa niña, dijo Beau-
ssac levantándose.
—De mi?
—Si, de vos : nos estrañaba el no yeros por acá y
temiamos el que os hubiese sucedido algo.
—Gracias, contestó Blanca ruborizada.
—Ea, servidnos, joven, añadió Beau.ssac. Por el dia
blo que una escanciadora tan linda merece servir la
mesa de los dioses.
—Sois muy galante : permitid que me retire para
cambiar de trage.
— 53 —
—Cómo retiraros? no lo consiento de ningun modo.
Y al decir esto enlazó con sus robustos biazos la de
licada cintura de la joven. Esta quiso dosasirse ; pero
al hacer un violento esfuerzo para conseguirlo , acercó
su rostro al de Beau-ssac , quien estampó en él un rui
doso beso.
Blanca lanzó un grito sofocado por la desesperacion
y la veigüenza, y al mismo tiempo apareció en el dintel
dela puerta del salon la airosa figura de Jorge.
Los marineros que rodeaban á Beau.ssac aplaudieron
frenéticamente el triunfo de su capitan, al paso que
Blanca por un movimiento instintivo se acercó á su
amante y agarró con fuerza su brazo.
Jorge estaba pálido, inmóvil. Desasió con dulzura el
brazo que tenia asido Blauca, y acercándose pausada
mente á Beau-ssac, se paró delante de él y mirándolo
fijamente le dijo con reposado acento.
—Sois muy descortés.
Todos los que estaban *n la hosteria fijaron su aten
cion en ambos interlocutores.
Beau-i'sac no se movió, pero miró á Jorge con al
taneria.
Este dió un paso mas y añadió con el mismo
acento :
—Sois un miserable.
Beou-ssac frunció el ceño y nada contestó.
Entonces Jorge puso el dedo Indice sobre la frente
tostada del patron francés y dijo:
—Sois un cobarde.
—n54 —
' Un profundo silencio reinaba en el salon.
Beau-ssac lanzó un rugido, alzósede su asiento como
'empujado por un resorte, y abalanzóse hácia Jorge que
pálido é inmóvil lo esperaba.
La esccBa iba haciéndose interesante ; todos los de
la hosteria se aproximaron al sitio en que aquella se
representaba, y esperaban ansiosos su desenlace. Blan
ca se acercó rápidamente á Jorge y ,lo cubrió con su
cuerpo. Su rostro hermoso como el de Yenus reveló en
aquel momento tanta audacia , resolucion tanta; sus
ojos negros brillaron de una manera tan estraña, que
Beau-ssac dando dos pasos atrás, dejó caer la mano que
tenia alzada y con la cual empuñaba un ancho pu~
Sal. Luego, pasándose la mano por la frente , es
clamó :
—Para que veais que soy galaute , perdono la vida á
este rapaz en consideracion i la belleza.
Hizo una seña y salió de la hosteria seguido de sus
marineros.
Jorge lo vió salir sin moverse, lanzándole una mira
da de soberano desprecio.
Tan pacifica solucion admiró á los concurrentes, que
á su 'vez abandonaron el salon.

ID.
La aurora asomaba su faz por el horizonte: abrianse
las puertas de las casas de Pasajes; los muelles iban
llenándose de gente y notábase en la babia un rumor
' — a» —
producido por los golpes secos de los remos, por las
cantinelas de los grumetes que limpiaban las cubiertas
de los barcos y otros [mil ruidos que soo la alborada
de los puertos de mar, como el canto de los pájaros lo
es de los bosques.
Uoa densa niebla cubria la superficie de la bahia re*
posando perezosamente sobre las azuladas aguas: al
gunos mástiles asomaban sus topes sobre la niebla, y
tal cual flámula solitaria y decolores brillantes, presen*
taba sus pliegues, y giaciosas ondulaciones á les tibios
rayos del sol naciente, y al soplo de la brisa fresca y
juguetona.
La niebla, hasta entonces inmovil, empezó á con»
moverse: elevábase i veces formando torreones y cas
tillos, y cuando su fuerza de ascension cesaba, volvia
á caer en lluvia de espuma blanca y esponjosa. Otras
veces, cediendo al impulso de las mansas olas, recor
ria en confusas y mudas oleadas la superficie espacio»
sa de la bahia é iba á chocar silenciosamente contra los
ennegrecidos muros de la fortaleza de Pasages, preci
pitándose enseguida al mar por el estrecho que con
nuce al puerto.
El sol fué adquiriendo. fuerza: elevóse majestuoso y
radiante en el espacio y la niebla fué haciéndole mas
diáfana, mas ligera. Poco á poco se desprendieron,
de aquella masa blanca algunas porciones, que, con
vertidas en vapores sutiles y semejantes á gasas vapo
rosas y aéreas, desaparecieron; ya formando graciosas
guirnaldas, ya tomando formas caprichosas de árbor
— 56 —
ies copudos, de ciudades flotantes ó de animales fabu
losos. ,
Descubriose al fin toda la bahia, como la decoracion
de un teatro al levantarse el telon de boca, y el sol
inundó con sus rayos de oro las aguas, los barcos, las,
caserias y montañas.
Pero en vano los ojos escudriñadores de los marine
ros, buscaron entre los demás buques el casco negro y
rojo del Requin.
El barco misterioso no 'se balanceaba ys en las
mansas aguas de la bahia.
Este suceso fijó por un momento la atencion de
los habitantes de Pasages y fué objeto de animadas
conversaciones : pero estas cesaron muy pronto;
pues otro suceso no menos notable preocupaba los
Animos.
La Atrevida, la mas ligera de las caravelas guipuz-
coanas, se disponia á levar anclas é iba á dirigir su
rumbo á los bancos de Terranova. Jorge, su capitan,
recorria la embarcacion de popa á proa ejerciendo
una vigilancia estrema y presidiendo el embarque de ro
pa, provisiones, redes y arpones. Y por cierto que todas
cuantas precauciones se tomaban, las justificaba lo pe
ligroso del viaje á regiones casi desconocidas, endonde
se sostenian luchas gigantescas con furiosos huracanes,
y mónstruos marinos de corpulencia tal, que con sus
acometidas hacian zozobrar embarcaciones de mediano
porte.
Concluidos los preparatiros de marcha , saltó Jorge
— 57 —
i un ligero esquife, y al vigoroso impulso de los remos
te acercó rápidamente á tierra.
Ed la playa, fijos los llorosos ojos en la laneha, per
manecia la desconsolada Blanca aguardando el abra
zo de despedida del intrépido marino. Las largas
trenzas de sus cabellos de ébano flotaban en sus
espaldas á merced del viento , y sus brazos esten
didos hácia el mar estrecharon el robusto cuello de
Jorge.
—Enjuga tu llanto , Blanca mia , dijo abrazándola;
pronto me verás llegar cargado de despojos.
—Dios te oiga , amado mio, contestó la joven. '
—Y entonces, prosiguió el marino, nos uniremos
para ta separarnos jamás.
—Oh! Jorge! esclamó Blanca sollozando; tengo mie
do, mucho miedo.
—Miedt ! preguntó Jorge con estrañeza : miedo T y
de qué?
—El Requin ha desaparecido ; fué la contestacion
de la doncella.
Jorge dirijió la vista hácia el sitio en que estaba an
clado la vispera, y observó por primera vez la ausen
cia del buque.
—Y qué tiene eso de estraño 1 preguntó : acaso te
mes que Beau-ssac me ataque en alta mar ? Si asi fue-
tt, te aseguro que se encontraria con un hombre que
no le tema.
—No sé, Jorge; pero tengo un presentimientojde qut
este viaje no será feliz.
—Confiemos en Dios , Blanca mia, que él nos liber
tará de los peligros.
—rSea «i: pero qué qn'ieres... te amo tatoto, qUe me
he Suelto timida por ti. Además de quenoptredo se
rrar de'mi mente la; escena; de anoche. Confiesa que
le dejaste llevar de la cólera.
—Yo?pues habia de permitir que te iusuHasen á i*l
'presencia?
—Oh ! aun me quema la megil'a en que el menguado
me besó, dijo Blanca ruborizada.
—Vive Dios , que no to volverá á hacer.
—Guárdate, íorge, Guárdate. Tengo muy presente ej
diabólico gesto que hizo al salir.
—Y qué me importan á mi sus gestos?!Te aseguro
que ahora mas que minea me pesa el no haberla clava
do una buena puñalada.
—'No digas eso , amado mio ; un viaje en alta mar
despues de un homicidio, no puede ser teiiz.
-¿Pero ya que no lo he cometido , de esperar es que
no nos suceda una desgracia. Mas el tiempo vuela y ya
mi tripulacion me aguarda impaciente. Adios , Blanca
rafa , adios.
—Jorge, contestó llorando la jóven ; no te espongás
á los -peligros sin necesidad : acuérdate que dejas en
esta playa una muger que morirá si tú moeres'. A'hora,
áfiadió desciBéndose una hermosa faja de seda amari
lla , toma este recuerdo mio, y adios.
El marino 'besó el donde su amada , ábra¿61a con
•fusion y se lanzó á la lancha.
— S»V-
Cioco minutos despues la caravela, salvando la, boga
del puerto eu medio de las aclamaciones de, todos los' '
habitantes de Pasageg, se balanceaba en el mar coa sus
velas triangulares desplegadas, y la faja de Blanca iza
da en el tope de uno de sus palos.

IV.

Un mes despues de los sucesos que acabamos.de .re


ferir, la Atrevida surcaba las aguas de los bancos de
Terranova, á cuyas inmediaciones llegó en tan corto
espacio de tiempo, merced a los vientos que constante
mente le fueron favorables.
Lastres de la tarde serian poco mas ó menos cuando
Jorge , sentado en el alcázar de popa , y pensando en
Blanca, sintió apoyarse en su espalda una mano robusta.
Saliendo de su meditacion alzó los ojos, y tio al primer
piloto, verdadero tipo del marino vascongado de fac
ciones rudas y encallecidas por los huracanes y los ra
yos del sol.
—Triste viaje hemos hecha, Jorge, dijo. Ni una
marsopla, ni un becerro marino, nada, absolutamente.
Parece que el diablo les ha soplado á la oreja nuestra
Tenida y que han huido las maldecidas á esoondorse
en los hielos de. mas arriba.
—Tú siempre estás descontento , mi buen Gili,,,
—Y cómo no estarlo? replicó el piloto. Hace una
— 60 —
semana que debiamos haber lanzado los arpones ; pero
el diablo lo ha dispuesto de otro modo , y mientras nos
andamos bordeando de aqui para alli cual almas en pe
na, los vigias se mantienen mudos como las gaviotas
cuando duermen.
—Vamos, vamos, que no hay motivos para estar des
contentos. Por lo pronto desde que salimos de Pasages
no ha habido necesidad de tomar un rizo: vieato en
popa siempre: buena comida: marineria disciplinada,
alegre y robusta: qué mas quieres?
—Verdad es eso : pero quién nos asegura que el
tiempo siga en bonanza?
—Temes algo ? preguutó Jorge registrando el ho
rizonte.
—Huml murmuró Gil.
—Habla, amigo mio: ya te dije que fiaba en tu es-
periencia. '
—Ya sabes, Jorge, que no me acobardo fácilmente.
Cuando tú naciste, ya hacia veinte años que surcaba yo
el mar, y en mis largos viajes he aprendido muchas
cosas que antes ignoraba.
—Y qué cosas son esas? preguntó Jorge haciendo
sentar á su lado al viejo piloto y convencido que algo
importante tenia que comunicarle.
—Has oido cantar alguna vez al águila marina?
—Muchas veces; pero qué tiene eso de estraño?
—Nada para elque no entiende el lenguage del mar;
pero mucho para mi.
-* Asi será.
— 61 —
—Ne has observado que unas veces canta de un
modo y otras de otro?
—Tambien he observado eso.
—rues anoche, posada en esta entena, cantó de una
manera que no me gustó.
—Será asi; pero ya ves que el tieirpo sigue en bo
nanza y quenada anuncia tempestad.
—Eso pensaba yo tambien; pero al poco tiempo el
águila huyó y apareció el fuego de San Telmo.
—Ola! Eso ya es mas sério.' dijo Jorge coa in
quietud.
—Sin contar con que un lobo marino asomó el ho
cico y dió un grito que no anunciaba nada bueno: tam
bien los delfines bailaban delante de la proa y huian
hacia el Oeste como invitándome á que los siguiese.
—De todo lo cual deduces, repuso Jorge, que se pre
para una tormenta.
—Ya se vé que si: ese lenguage es para mi tan cla
ro, como el latin del misal para el párroco de Lezo.
—Y qué hemos de hacer? Hemos de volver la proa
hácia nuestras costas sin siquiera una marsopla, para
ser alli la burla de nuestros compañeros?
—Eso no, voto á Satanás; contestó el piloto; pero no
seria malo alejarnos algun tanto de estos malditos ban
cos, no sea que embarranquemos y sirvamos de pasto
á las lampreas.
—Tierra á estribor! gritó en aquel momento el
vigia.
—Tierra? preguntó Gil poniéndose en pió. Eso es
— 6fr —
imposible: Antonio, mira bien lo que, dices, gritó el' pi
loto al vigia.
—Veo una cosa negra que se mueve, volvió ¿ decir
el grumete.
—Ira de Dios! esclamó el piloto: son dos ballenas.
Orza, Pedro, orza con mil millones de diablos! Alas
lanchas, muchachos,. á las lanchas.
La caravela se inclinó con gracia sobre el costado
de babor y todos los tripulantes que se pusieron en pie
á las voces del piloto, vieron la causa que las habia
motivado.
El sol descendia rápidamente á su ocaso, y, una ráfa
ga de luz amarillenta iluminaba al soslayo la superficie
del Occéano.
A cosa de una milla de distancia se divisaban dos
enormes ballenas que luchahan encarnizadamente.
Sus monstruosos cuerpos negrosy lustrosos, salian fue
ra del agua á los esfuerzos que hacian por herirse mu
tuamente: ibanse acercando hácia la caravela y el mar
se veia revuelto á la inmediacion de los cetáceos, per
cibiéndose entre la blancura de la espuma,, algunas
anchas lineas rojas.
El espectáculo era tan estraordinario y tan repenti
na la aparicion de aquellos gigantes del mar, que por
un momento nadie pensó en votar al agua tas lanchas:
pero Jo.ge renovó la orden de una manera tan impe
riosa, que un minuto despues, las frágiles embarcacio
nes surcaban el mar.
El capitan . montaba la pinaza, y Gil uno de los es
— 63 —
qaifes chatos que pendian del costado de la caravela.
—Sigamos una lioea paralela y cojamos en medio á
esos falderillos, gritó Gil.
—Fuerza de remos, amigos, dijo Jorge á su vez, y co
locándose en pié en el estremo de proa, cogió uno do
los arpones y gritó con fuerza: ánimo, muchachos , y
viva Pasages.
▼-Viva , gritaron los marineros haciendo volar á los
dos barquichuelos.
—Por el Santo Cristo de Lezo que no se ha de de
cir á nuestra vuelta que somos poltrones, ni marinos
de costa.
—Aurrera, gritaban los marineros encorbando sus
robustos cuerpos, sobre los remos.
—La barra al viento , Jorge, gritó en este momento
Gil :'íflos animalitos prefieren tu pinaza á mi esquife.
El piloto, por una diestra y atrevida maniobra , se
acercó á los cetáceos, que con una rapidez espantosa
se adelantaban hácia la pinaza lanzando chorros de
agua y sordos bramidos.
—La barra al viento, tornó á gritar á Jorge, que en
pié sobre la proa, levantado el arpon, suelta al viento
su cabellera, habia mandado parar su barquichuelo y
esperaba con tranquilo continente la furiosa embestida
de los monstruos marinos.
—No temas, Gil, contestó el jóven : respondo de
la primera.
—Pero la segunda os va á echar á pique; voto á dos
nil diablos.
— 64 —
—No tengas cuidado , mi buen piloto.
—Alerta, que ya llegan.
—Adelante.
En efecto , el mayor de los dos cetáceos, perseguido
por su autagouista y furioso con las heridas qne reci
biera en la lucha, volaba sobre la superficie del mar,
asomando su encorbado lome y parte de su cráneo co
losal. Al divisar delante de si otro objeto que le cortaba
la retirada, lanzó un bufido terrible y embistió con to
da la fuerza de que era capaz, para arrollar aquel nue
vo obstáculo. La segunda ballena seguiala de cerca, y
el esquife de Gil apenas podia mantenerse en sus aguas
i fuerza de remos.
—Lanza el arpon, hijo mio, gritaba el piloto: lán
zalo al nacimiento de la cabeza.
Jorge se santiguó , murmuró el nombre de Blanca, y
al pasar el cetáceo casi rozando la proa de la pinaza,
arrojó el arpon que fue á hundirse silbando en el cuer
po de la ballena.
La terrible sacudida que dió al seotirss herida de
nuevo , hubiera hecho zozobrar la pinaza si esta no se
hubiese separado algunas brazas del hervidero que
formaban tas aguas azotadas por la formidable cola
del monstruo.
Su cuerpo se sumergió hasta el fondo del mar : la
segunda ballena, perseguida por Gil, que arrojaba gri
tos de triunfo, prosiguió la huida sin reparar en la des
aparicion de su enemiga : ambos se perdieron de vista
como dos fantasmas, en direccion de la caravela.
— 65 —
Mientras duró tan peligrosa lucha, la noche, se habia
acercado y algunas nubes de color plomizo volaban pe
sadamente en la atmósfera.
La pinaza permanecia estaciona, ia, aguardando sos
tripulantes en el mayor silencio la aparicion de su pre
sa. Empezóá recogerse la cuerda amarrada al anillo del
arpón, y al cabo de algun tiempo se vió asomar entre
las sombras de la noche el lustroso cuerpo del cetáceo.
—Atencion, muchachos, gritó Jorge á sus marine
ros: aun no está muerta y puede damos que hacer.
A otros pescadores menos experimeniados hubiera
engañado sin duda la inmovilidad del monstruo , cuyo
cuerpo, inerte y sin vida al parecer, seguia todas las
ondulaciones de las olas.
De repente hizo un esfuerzo supremo, arrojó chorros
de agua mezclados de sangre, sacudió la cola de una
manera espantosa y huyó con la velocidad del rayo.
La pinaza ácuya proa estaba atado el otro estremo
de la cuerda, fué arrastrada en aquella furiosa huida.
La noche habia cerrado del todo.
Nada mas fantástico que el ver aquel frágil barqui-
chuelo surcando las olas al través de la oscuridad mas
profunda, con una rapidez solo comparable á la del
huracan.
La ballena aceleraba su marcha en los últimos es
fuerzos de la agonia; el arpon desgarraba sus carnes;
la cuerda tirante formaba una linea horizontal per
fecta, y la pinaza, inclinada su pioa, volaba arrastrada
por aquel torbellino.
— 66 —
Los marineros aterrados, ei izado el cabello , sueltos
los remos, no se atrevian á gritar temerosos de que
sus gritos acelerasen aun mas la marcha del mons
truo. Solo Jorge en pió seguia con sus ojos de lince
todos los movimientos de la presa, cuyo cuerpo oscuro,
apenas se divisaba entre la lobreguez de la noche.
Este espectáculo tenia algo de sobrenatural.
Al fin uno de los marineros mas viejos se atrevió á
proponer el cortar la cuerda, y ya se disponia á ejecu
tarlo, c.uando J >rge le gritó:
—Qaieto, Pedro , quieto, te digo, ó por Dios vivo
que te arrojo al mar.
—Pero capitan, replico el marinero, nuestra perdi
ciones segura.
—Adelante, cobardes, contestó Jorge chispeantes
los ojos de cólera.
—La tempestad se nos hecha encima, gritaron otros.
—Cortad la cuerda si quereis; pero os advierto que
agarrado a ella seguiié yo solo á la ballena hasta el
fin del mundo. ¿No veis, imbéciles, que ya se la agotan
Jas fuerzas?
Pedro arrojó el hacha con que se disponia á cortar
la cuerda y se sentó taciturno en él Fondo de la pinaza.
Esta en nada disminuia su velocidad arrastrada
siempre por el monstruo. En este instante se sintió
una bocanada de aire tibio y un sordo trueno recorrté
el espacio.
—-El huracán! el huracan I gritaron los marineras
aterrados.
— «7 -
Jorge alzó la vista por primera vez, y vió en efecto
señales inequivocas de la horrorosa tempestad que se
preparaba.
Encontrábanse entonces á mucha distancia de la ca
ravera y ningun socorro podian esperar.
—Al timon y álos remos, hijos, gritó con voz fuerte.
Otra bocanada de aire mas poderosa que la primera,
pasó rozando la superficie del mar é hinchando algun
tanto las olas.
—Dios nos asista, esclamaron los marineros.
—A los remos, hijos mios, volvió á gritar Jorge cod
mas fuerza: hé aqui la otra ballena que nos acomete
por babor.
A tan repentino y teirible anuncio, soltaron los re
mos, y todos los marineros dirigieron la vista hácia
aquel lado. Otra masa negra, disforme, se dirigia rapi
damente á cortarla linea que seguian.
—Animo, muchachos, ánimo y venga otro arpon,
gritó Jorge, cuyo valor se aumentaba en vista de aquel
nuevo peligro.
La masa negra pasó átres brazas de la pinaza cor
tando la cuerda, y se oyó distintamente en el espacio
una carcajada sonora. Los marineros quedaron mudes
de espanto.
—Maldicion ! esclamó Jorge ; nos ha cortado Is
cnerda.
—Ola, ola, gentil mancebo, gritaron en la oscu
ridad. Ahora verás si es lo mismo insultarme en Pa—
sages que en alta mar.
— 68 —
Iluminóse repentinamente la superficie del Occéano,
oyóse un estampido y una bala de cañon pasó silbando
á media vara de distancia de la pinaza.
— RequinW esclamaron los marineros aterrrados.
—Cobarde, cobarde y villano, gritó Jorge arrancán
dose furioso los cabellos.
—Lo que no consigan mis cañones, lo conseguirá la
tempestad, ahulló Beau-ssac con su bocina: adios, Jor
ge; yo voy en busca de Blanca.
Una nueva llamarada iluminó el costado del Requin
y ios marineros de la pinaza pudieron ver, llenos de
asombro, al barco francés con todas sus velas desple
gadas, perderse en la oscuridad.
La segunda bala se llevó parte de la popa de la frá
gil embarcacion. Un grito espantoso se oyó y luego
todo quedó en silencio. El huracán desplegó en aquel
momento su destructora fuerza ; infinidad de rayos
surcaron coi su luz siniestra el firmamento; sucedié
ronse los truenos sin interrupcion; mugieron los en
contrados vientos, y las olas hinchadas y revueltas, co
menzaron á rodar en luengas espirales por la solitaria
inmensidad del Occéano boreal.
El ulterior destino de la pinaza y sus tripulantes
quedó envuelto en el misterio de Ta lóbrega noche, en
medio de un mar desconocido, y lejos, muy lejos de
todo lugar habitado.
— 69 —

V.

Tres meses hacia ya que la Atrevida abandonara el


puerto de Pasages: tres meses durante los cuales ao
pasó dia sin que Blanca recorriese los peñascos mas
elevados de la costa, demandando á las olas y los vien
tos nuevas de su querido Jorge.
El primer mes lo pasó coa bastante resignacion : al
principiarse el segundo comenzó tambien su desasosie
go, y muchos vecinos de Pasages aseguraban verla de
noche dirigirse triste y solitaria al suntuario de Lezo
para elevar al cielo fervientes súplicas por su amado.
El brillante colorido de sus megillas iba desapare
ciendo paulatinamente: sus ojos perdian la animacion
que era el encanto de cuantos la miraban , y una pro
funda melancolia marcaba en su lindo semblante el se
llo fúnebre, pre:ursor dela muerte.
La pobre virgen veia sucederse los dias á los dias.
Finó el segundo mes; finó tambien el tercero y Jorge
no parecia oi habia noticias de la Atrevida.
Una tarde en que Blanca, segun costumbre, sentada
en las rocas de la costa contemplaba con tristes mira
das la puesta del sol, creyó divisar á lo lejos Jas blan
cas velas de una embarcacion.
Esta aparicion nada tenia de estraño, pues el puerto
de Pasages era mas frecuentado en aquella época que
— 70 —
¡o es ea el dia por las naves de casi todas las na
ciones del Norte de Europa,
Pero Biaoca esperimentó una sensacion indefinible
al ver asomarse en el horizonte aquel punto b'anco
que sus ojos ejercitados reconocieron por un barco cu
yo rumbe se dirigia al puerto.
Su corazon la pronosticaba que aquella embarca
cion, si no conducia á su amado , podria dar cuando
menos noticias suyas.
Con este presentimiento bbjóde las rocas con la lige
reza que prest» la esperanza de ver cumplido ira deseo
ferviente: acercóse cuanto pudo al mar^ y con los ojos
fijos en la nave que se acercaba con rapidez , aguardó
con ansia se aproximase lo bastante para poder dis
tinguir mejor su casco y sus jarcias.
Los que montaban el buque debieron comprénder su
iBfiedadi pnes se vió elevarse pausadamente hasta el
tope del palo mas alto, un gallardete amarillo como ett
señal de reconocimiento.
Al divisarla señal, Blanca lanzó un grito de alegria
yse dirigió corriendo a la entrada del puerto: ya no
habia duda, el barco que estaba á la vista efa\a Atre.
vida, y la flámula amarilla que flotaba en sus palas, ta
fSja qrie regalara á Jorge el dia de su partida.
tJüSndó la joven bajó a la orilla del mar, la noche em
pegaba á esparcir süs sombras , y el buque , aunque
muy próximo á la costa, fóé perdiendo sus contornos
pb'dO á poco y luego desapireéió en 1» oscuridad.
HBtohfcia qae Blanca con él oido avizor escachaba
— M —
con una «tencion intensa, esperando por momeolos
oir el rumor de las olas al romperse en lapioa de la
cara vela.
Una hora larga se pasó en este estado, cuando oreyó
percibir el ruido acompasado delos remos y muy pron
to divisó á cosa de tres brazas de la orilla, una pinaza
que >e dirigía al puerto conducida por ocho vigorosos
remeros.
Para entrar en él, teman que pasar junto á la jóveD.
y cuando estuvieron á su altura, gritó Planea:
—Qué ba, co es el que llega?
r.iLa Atrevida , contestó el que dirigia el \i-
W-
—Oh! me lo decia el corazon, murmuró la doncella.
¥,su capitas? tornó á preguntar.
Los remeros soltaron los remos al oir esta nueva pre
gunta, y el mismo que contestó á la primera, dijo:
—Jorge está bueno y nos envia en busca de su pro
metida.
—Soy yo, gritó la joven metiéndose en el agua. Soy
yo; aqui me teneis.
—Saltad, pues, á la pinaza ; vamos á acercarla á la
«illa.
, —Pero cómo es que no viene él en persona á re
cibirme?
--Falta v ieato al barco y no puede arriesga rse á en-
Uar de,Boche Por lo demás, *u eDcarpo ha sido el que
os enseñemos esl» faja amarilla y os invilemos,en.$n
notabie 4 venir é botdo.
— 72 —
—Le ha sucedido alguna desgracia? No me lo ocul
teis por Dios: esclamó Blanca con inquietud.
Los marineros consultaron en voz baja y el timonél
contestó:
—No podemos deciroslo.
—Dios mio, dijo la jóven: acercad la pinaza.
Y dando un salto desde la orilla, fué recibida por los
marineros.
—Oh! pronto, pronto, conducidme á bordo.
—Fuerza de remos, gritó el que dirigia la maniobra;
y el ligero barquichuelo se internó en el mar.
A poco rato vió Blanca dibujarse en la oscuridad el
casco sombrio del buque que se mantenia al pairo, pú
sose en pie en la pinaza, y apenas esta se acercó al
costado de la embarcacion dn que formaba parte, ligera
como una ardilla, trepó la escala de cuerda y saltó á
cubierta gritando:
—Jorge, Jorge, dónde estás?
—Aqui, Blanca mia, aqui; contestó un hombre es
trechándola en sus brazos y cubriendo de besos su
rostro.
Un pequeño farol alumbraba escasamente la escena.
Miró Blanca sorprendida al hombre que seguia abra
zándola, y de repente, desasiéndose de sus brazos por
un esfuerzo desesperado, gritó:
—Dios mio!... Soy perdida... Beau-ssacl El Bequinl
Y la joven aterrada, medio muerta de espanto, re
trocedió hasta el coronamiento de popa.
—Yo soy, en efecto, contestó el capitan francés sol-
— 73 —
tando una ruidosa carcajada. Por cierto, Sirena mia,
que el chasco ha sido completo.
—Oh! Sois un infame! esclamó Blanca pálida y tem-
blorosa; pero no espereis aprovecharos de mi credu
lidad.
Al concluir estas palabras, Blanca saltó por cima de
la obra muerta y se precipitó al mar.
Desgraciadamente sus ropas se engancharon en las
barras que servian para colgar á popa la pinaza, y su
cuerpo quedó suspendido en el aire.
Beau-ssac se lanzó á salvarla, y á pesar de los es
fuerzos de la jóven, fué puesta en salvo y encerrada
en el camarote del capitan.
—Sois una toquilla, la dijo: quereis morir cuando os
aguarda un porvenir brillante. Mirad esas arcas: pro
siguió mostrándola unos cofres de grandes dimensio
nes: están llenos de ropas preciosas: ahi encontrareis
cachemires de Asia, perlas del mar de Arábia, diaman
tes del Brasil. Pues bien; todo eso es vuestro si con
sentis en ser mia.
—Obi Jamás, jamás: contestó Blanca sollozando.
—Iremos á vivir á un pais lleno de flores y perfumes,
y entre las hermosuras de todos colores, de todas na
ciones, vos, hermosa niña, sereis la reipa.
—Nunca, nunca, murmuró Blanca con sordo acento.
—Ya cambiareis de modo de pensar, repuso Beau-
ssac. Cuando os veais rodeada de todo cuanto el lujo
mas refinado ha podido inventar, cuando centenar s
de esclavos y doncellas se postren en el suelo para re
* ti
ctoir vdestrás díaénes, bendecireis el dis en que h«*
L'eis venido á mi poder.
—TVneii etrte'HHMo, ca,pílan de bandoleros , «clamó
la' jó*feb riotfMoift#i fH pife y nirtándolo con desprecio,
que estimo en mas el tosco gaban de Jorge, que tod'ó$,
vtíestfbs tesoro*.
—Jorge! dijo el cfcpitlih riGhdSfs'e'. Ni espereis veri*
álfó «Si Té'MúWü quedó par* pfcsto dfr paees.
-*MWrttWi villano, grilló BIS'**».,
—No lo creeis? pregtiot8'eli friJBrJéJr sin ibtilutWs»'.
, —Nb.,
—PttWmh.átfi replica ÍeW*Wo de¿arroltandb úft*
faja amarilla. Conoceis esto?'
Biabes lanz* nfl gTrW y íe dejó oaW «"n¡ uno de* tos
bandos áé la^éftbffrá.
.M3réi((if efelisU'quo ytf pWd^iítfaqttW MhWVOt
sangrieirtty ultraje d}db Bife' lanzó al rostro la visJlterá'dW
stfpártidaf Creiais que podria soportar el que vdsyiP
qnien adoro, fueseis suya?
—Asesino! infame!
—Seré lo que querais; pert> juré vengarme de él y que
vos seriáis rhia, y lo que el capitán del R»cptUrt ha ju.
rido cumplir, se cumple á pes.ar del cielo y del infiernó
—Dios mio ! Dios mio ! murmuró Blanca.
—Le he seguido paso á paso durante él viajé como
la pantera de Africa á sil presa; y la Atrevida con toda
su tripulacion duerme en este momento «n el fondo (Mí
mar. Llamad á Dios cuanto q erais , prosiguió con (rfflf
infernal sonrisa , yo le desafb.á que la haga sut>ii<*
- 7A -
la. superficie del Occeano coa Jorge y sus core pa
leros.
—Blasfemo! esclamó Blanca reliocediendo hasta el
rincon del camarote.
Ed esle mprnento se. oyó golpear con fuerza en la
puerta.
—Quién llama? preguntó el capitan: ¿no he dado or
den de que nadie venga á interrumpirme?
•yrSoy yo, mi capitan; contestó una voz bronca.
—TúPernok?Qué sucede?
—Sucedeque en puestras aguas han señalado los
vigias un buque sospechoso.
—Demonio! allá voy, y tú estate alerta.
I,ue$o acercándose á la prisionera , que rogaba á
Dios la libertase del poder de aq uel monstruo, la dijo:
—Pronto vuelvo, Blanca: reflexionad acerca de loque
•s he dicho: escaparos es imposible; tened, pues, pro-
lente que de vue.tra conducta dependerá la raia.
Blanca nada contestó. Beau-ssac se ciñó un cintu-
ron del cual pendian pañales y pistolas largas de empu
ñadura y culatas ricamente cinceladas; cubrió su caber
za con un capacete da acero pulido y brillante; vistió
un jubon de piel de toro, y agarrando una hacha cor
ta y afilada, salió del camarote cerrando tras si. la
puerta.
A media milla de distancia del Requin, divisábase un
barco que por sus maniobras indicaba no serle muy
agradable la vecindad del buque francés.
Los primeros albores del crepúsculo matutino espar-
— 76 r~
cian ya una luz , incierta si , pero que era muy sufi
ciente para distinguir los objetos.
La tierra se habia perdido de vista y el capitan fran
cés, notó con placer esta circunstancia.
—Están cargados los cañones? p reguntó.
—Hasta la boca.
—Cuántas municiones hay á bordo, Pernok?
—Pocas, con mil demonios; contestó el teniente.
Anteayer gastamos basta el último grano de pólvora
con aquella maldita galeota.
—Malo es eso, murmuró el capitan. No podremos
enseñai los dientes á ese importuno, y por el diablo
que me pesa el n'i hacerle una visita.
—Y lo peor es, repaso Pernok, que es mas velero que
nosotros y no podremos evitar el que se nos acerque.
—De qué nacion es?
—No tiene bandera.
—Izemos la nuestra.
—No, votoal demonio: replicó Pernok. Se nos echa
ria encima y la lucha seria desigual. Si intentásemos
sorprenderlo...
—Izad la bandera de Francia, gritó Beau-ssac: mil
rayos! parece que se acerca á nosotros:
Zl pabellon blanco subió magestuosamente hasta
tocar el estremo de la entena.
El otro buque correspondió á esta señal izando ban
dera española.
—Ah! ah! Hé ahi un barco que debe encerrar en su
seno bastantes barras de plata.
— 77 —
—Acerquémonos si os parece, propuso Pernok.
_Es el modo de sorprenderlos ya que no podemos
escapar; pero os aseguro que preferiria encontrarme á
trescientas millas de distancia.
—Ocultaos, muchachos, gritó el teniente á la mari
neria; y estad prevenidos a la primera señal, sea para
acometer, sea para huir.
La nave española se acercaba lentamente: ningun
tripulante se dejaba ver sobre cubierta: ya no distaba
mas que unas cien brazas del ñequin, cuando se i»
aparecer á proa un oficial que con la ayuda de la boci
na, gritó:
—Ah del barco!
—Ah del barco! contestó Pernok como un ecs.
—De dónde verás?
—De Bayona. Y vos?
—Del Norte. Qué rumbo llevais?
—El de Portugal. Y vos?
—El de Paaages.
—Mil rayos me partan, murmuró Beau-ssac, si ese
barco no nos juega una mala pasada. Vira pronto,
Ory, vira y preséntale el costado.
Hizosela maniobra y el oficial de la embarcacion es
pañola, dijo:
—Esa virada es sospechosa. Como se llama el buque?
—Lo Doncella de Orleans. Y el vuestro?
—El Santo Cristo de Lezo. '
En este instante salió á cubierta, Blanca, que lan
zando un grito agudo y penetrante, esclamó:
— 7S —
—Os engañan, os engañan; esle barco es de pi
ratas.
Abordo del buque español se notó de repente un
estraordinano movimiento, y una numerosa tripula
cion llenó toda su cubierta: los costados de los ¿arcos
casi se tocaban.
—Fuego, con mil rayos! fuego! gritó Beau-ssac.
Y el Requin vomitó por su costada un diluvio de
hierro.
—Fuego! gritaron á la vez los españoles, y una des
carga semejante á la ¿el Requin, lanzó la muerte á bor
do del pirata.
—Amarradme á esa loca, gritó Beau-ssac, y metedla
á fondo de rala.
Ejecutóle la órden y empezó á regularizarse el com
bate.
Una nube blanca ,envolvia en su seno á entrambos
contendientes. La cubieria del Requin estaba atestada
de muertos y heridos que llenabau el aire de furiosos
alaridos y horribles mediciones. A bordo del buque es
pañol se notaba menos confusion.
—Al abordaje, lobos mios! gritó el pirata arrojando
'un gai fio de hierro que se euredó en la jarcia del Santo
Cristo de Lezo.
Como una manada de panteras que salvando las ta
pias del redil se atr. oj 10 sobre un reLaño de inofen
sivas ovejas, asi los piratas lanzando gritos espantosos
se precipitaron al buque español.
Pero este se hallaba prevenido.
— 79 —
Una lucha descomunal y sangrienta se trabó en la*
jarcias y cubierta Jel Sanio Cristo de Lezo. Berm.ssac
perfectamente armado, heria y mataba á cuantos en
contraba á su paso. Los marineros de su buque, ávidos
de botin y sangre, y sin mas a ternativa que victoria
6 muerte, se batian como leones, y los españoles no Ies
iban en zaga. Pero la victoria no podia tardar en decla
rarse por los últimos : mejor dirijidoi y obrando con
mas concierto, sin contar con que su número era ma
yor, el de los piratas iba disminuyendo á ojos vistas.
De repente Beau.ssac se queda inmovil , desencaja
do el semblante y los ojos desmesuradamente abiertos.
Un español , cubierta Id faz y armado de un arpón ,
hiende la turba de piratas que se le ponen delante:
acércase al capitan, y alzando el arma terrible que em
puña su diestra, esclama:
—Capitin del Reqmn, pirata , infanr.e, cobarde, toma
tu merecido.
T lanza su arpón , que rozando la mejilla de Beau-
ssac , se hunde silbando en el vientre de Pernok, cla-
vándo'o en la obra muerta.
—Jorge! esclama Bcau.ssic: el infierno te confunda-
—Blanca! dónde está B anca? dijo J,rge lanzándose
puñal en mano hácia el pirata.
Pero este saltó á bordo de su buque , cortó de un
hachazo el cable que unia á los dos barcos , y soltando
una carcajada satánica, gritó:
—Quieres á Blanca? pues ven á buscarla: te la entre
garé deshonrada.
— 80 —
En seguida abrió la escotilla y se hundió en las pro
fundidades de la cala.
Los piratas, reducidos á uds tercera parte y viéndo
se separados de su buque, se lanzaron al mar para
abordarlo á nado. El Requin abandonado á si mismo,
giraba sin direccion fija al impulso de las olas, y en me
dio del bullicio y clamoreo de la lucha, percibiéronse
á su bordo dolorosos gritos. Al poco rato apareció en su
desierto puente una muger jóven luchando rabiosa con
Beau-ssac. En las manos de la heroina brillaba un pu
ñal agudo, con el cual habia herido al pirata en e
rostro: éste pugnaba por sujetarla los brazos, mientras
la jóven en el último paraxismo de la agonia, gritaba;
—Socorro, Jorge, socorro, que me matan.
Esta horrible escena tenia en suspenso á la tripula
cion española. En aquel instante apareció tambien so
bre la cubierta del barco pirata un jóven que lanzando
un grito horrible, cortó de un hachazo la cabeza de
Beau-ssac. Ya era tarde. Blanca, viéndose á merced
de su enemigo, se habia hundido el puñal en el pechos
y solo pudo dirigir una triste sonrisa á su amante
Los piratas todos perecieron y el Santo Crislo de
Lezo entró aquella noche en Pasages, conduciendo a
remolque al Bequvn.
Nadie supo el paradero de Jorge, ni entre los cadá-
veres que arrojó el mar á la costa se encontró el de
Blanca.
— 81 —
Algunos años despues de este suceso, volvian varios
pescadores hácia Passges , emendo la costa con sus
barquillas y huyendo de una tempestad que por mo
mentos arreciaba.
Al pasar frente á una cueva que en las mareas ba
jas de aquel tiempo quedaba en seco, y que hoy se
halla á muchas brazas bajo el nivel del mar, vieron
una fantasma blanca que deslizándose sobre la super
ficie del Occéano y entonando una cancion dulce y
melancólica, se dirigia á guarecerse en aquel abrigo
cubierto de ovas.
Los sencillos marineros miraban asombrados aquella
aparicion que sobrenadaba lamiendo las crestas de
las olas con su vestidura talar, blanca como el armiño.
La aparicion entró en la cueva é hizo seña á los pes
cadores para que se alejaran, tremolando una faja ama
rilla.
Hiciéronlo asi, y el mas anciano de los pescadores
dijo á sus compañeros luego que hubieron saltado en
tierra:
—Cuando oigais cantar á la Lamia , huid pronto á
agazaparos en el puerto mas próximo: su cántico anun
cia tormenta deshecha. '
—Pero quién es esa Lamia de quien tanto se habla?
—Es el espiritu de Blanca , la prometida esposa del
anciano ermitaño de San Marcos de Renteria , y que
murió hace años en opinion de santo.
FIN DE LA SEGUNDA LKTEHDA.
LEYENDA TERCERA.

■a*a Janna.

El ciervo habia apagado ya su ardiente sed en los


manantiales del no Irati, en cuyas limpidas aguas rie
laban los blancos rayos de la luna. Disponiase el noble
animal á descansar sus miembros ágiles entre la verde
hojarasca del barranco por do corre el riachuelo , y
emboscado en aquel fresco albergue, burlarlos ardo*
res de un sol de eslio. Pero apenas el astro del dia
asomó su faz rubicunda por cima del Belaya , prolon
gados ahullidos se oyeron en el espacio: los gritos de
los cazadores y el sonido de las trompas de caza lle
garon al solitario barranco, repitiéndolos el eco basta
el infinito.
Asi como el gefe vascongado abandonaba su cama
de helecho y empuñaba el corto y ancho puñal , tan
temible á los romano.,, al grito de guerra del centinela
apostado en la cumbre, asi el rey de los bosques de
— 84 —
Irati saltó de su fresco lecho de hojas de avellano sil
vestre: pero antes de emprender una rapida huida,
sacudió el rocio que humedecia su piel abigarrada y
permaneció inmóvil, pegado el hocico al suelo.
De repente alzó su hermosa cabeza adornada con
una cornamenta de diez puntas, registró con la vista
el valle sombrio, interrogó al feble céfiro matioál es
cuchando atento el ruido de la caceria que se acerca
ba. por momentos, y cuando vio aparecer en la lade
ra vecina los primeros perros de la jauria , salvó el
riachuelo con un salto prodigioso, y prolongando su
cuerpo como una pantera, partió con la rapidez, del
rayo en busca de otro asilo mas inaccesible.
Aumentáronse á su vista los ladridos de los perros
que en monton bajaban, no corriendo, sino rodando
como una avalancha, por la pendiente de la montaña.
Ningun obstáculo podia detener su furiosa carrera:
unos saltaban el riachuelo, otros caian en él, trope
zando en los que iban delante y sin detenerse para
sacudir el agua, corrian lanzando sonoros ahullidos.
Las rocas, los valles, todas las montañas repitieron
una y mil veces los gritos de los cazadores, mezclados
confusamente con los ladridos y los penetrantes soni
dos de las trompas de caza.
La timida corza huyó con su cervatillo lejos de aquel
tumulto, y la astuta zorra se agazapó mas y mas en su
madriguera. El águila del Pirineo miró atónita desde
la region de las nubes aquella escena de bullicio y des-
órden, basta que su penetrante vista perdiólas hue
— 85 —
Has del torbellino que desapareció en las sinuosidades
de los barrancos mas sombrios.
Pocos fueron los cazadores que pudieron llegar i
tiempo para no perder de vista al ágil ciervo: entre
ellos descollaba Elizgaray, el gallardo jóven que con
su toca de terciopelo en que flotaba una pluma de cis
ne, y montado en un caballo pequeño, negro y vellu
do, trepaba por los riscos y descendia á los precipicios
con sin igual ligereza y desembarazo. ,
El ciervo se hallaba en aquel momento en la falda
occidental de la montaña, á cuyo pié se estienden los
pintorescos valles aezcoanos con sus caserias de techos
puntiagudos de madera, y mis allá podian divisarse en
tre la bruma blanquecina del horizonte, las cimas del
[ru y las veletas del famoso monasterio de Roncesva-
lles. Recorria el animal coa inquietas miradas los mon
tes y praderas, los argomales y pantanos, buscando un
abrigo seguro.
Divisó al fin el verde jaral que cubre el desfiladero de
Cahella y los altos robles que coronan la montaña de
Abody.
A la vista de aquellos montes sin fin, da aquellas es
pesuras impenetrables, renacieron sus fuerzas, y hollao.
do argomas y helechos, dirigió su marcha hácia levan
te dejando tras si y á una grande distancia la jauria
jadeante y cansada.
Dos veces atravesó el rio Irali, y en la orilla solo en
contró un cazador.
Solo estaba, es cierto; pero en su ardor infatigable,
— 86 —
hnpdia las espuelas en el vientre de su cabalgadura que
lauzaba bufidos de rabia y de dolor , emprendiendo de
nuevo su impetuosa carrera oscilada por el látigo y los
espolazos,.
Agotadas del todo las fuerzas, el lomo cubierto de
espuma, pendiente la leDgua roja como el fuego , ene.
grecido el vientre de p ilvo y lodo, el pobre ciervo huia,
no ya en carrera seguida, sino dando saltos desiguales
ye ida vez mas cortos, lanzando un lastimero gemido
y cubiertos de lágrimas sus redondos ojos á cada es-
fuer/o que hacia para huir.
Dos sabuesos negros , famosos por su corpulencia,
valor y lijereza,eran los únicos que estaban á sus alcan
ces, y su cál,enle hálito llegaba hasta las dilatadas na
rices del ciervo. De e'ta manera seguian corriendo el
pedregoso sendero que se estendia por la falda de[
monte y el profundo cauce de'. rio, cuyas aguas salta
ban por entre fragmentos de rocas y troncos de árboles.
Elizgaray observó una peña cortada á pi^o que incli
naba su calva cima sobre el Irati, formando un arco na
tural: aquel obstáculo le pareció insuperable; lisongeó-
se de que la iés deteuida por aquella barrera retroce
deria, y 0; gulloso con la perspectiva del triunfo, conte
nia su aliento para sonar la tocata de muerte. En
alto la poderosa diestra , blandia ya la jabalina para
lanzarla al animal que no distaba masque dos pasos,
cuando el sagáz cu rvo evitó el golpe y dando un salto
de través, ,e hundió, por decirlo asi, en la espesa oja-
rasca del desfiladero de Cahella , haciendo perder la
-' *' —
pista á los perfosyaV cazador; Oculto alli en el paragtj'
mas agreste, cubierto de campánulas y rosas siWesWeS
que esparcian sobro su abrasada cabeza' una frescur*
refrigerante y un perfume delicioso, oia los ladridos de
loS sabuesos, repetidos pOr los peñascos y las ladiíflaS
de tos montes.
El cazador llamó á los perros para buscar las hue^-
lltls del crervó; pero tropezando su caballo, cayó lan
zando un relincho parecido al suspiro. Menudeó Elizga-
rify los latigazos, gritó, se desesperó, mas en vano, fil
caballo estiró sus patas convulsivamente, arrojó sangre
iWgra por boca y narices, y 'dirigiendo una sublime mi'
rada de reproche a su amo qie seguia golpeándola',
murió.
Entdnces Elizgaray conmovido, cesó de golpear yse
jimentó de la muerte de su coreé!.
*M>obre caballo miu! esclamó; enán lejos estaba d(S'
pensar que hahiasde morir de esta manera! Me salvas^
fce Iti vida en la liatalla de Nájera, y yo eu pago te mato
* golpes!... J.M;üta sea la caza, y maldito el instante en
que has muerto...
Los perros se reunieron al cazador con la cola caid*
y la cabeza baj, dirigiéndole miradas temerosas.
La noche se acercaba entretanto y sus sombras em
pezaban á estenderse en los valles. Eüzgaiay sonó la
bocina: el buho se estremeció en su agujero, y el
halcón respondió con un grito penetrante. Nadie mas
contestó á la señal del cazador que por primera vez di
rigió U vista en su derredor y se apercibió du que es
— 88 —
taba solo en medio de una naturaleza salvage y pin
toresca. El sitio en que se encontraba le era completa
mente desconocido.
El sol en su ocaso tendia su cabellera de oro y púrpu
ra por las cimas de los montes solitarios, y sus mil co
lores se reflejaban en las aguas de hs cascadas. Un mar
- de fuego bañaba la altiva cumbre de la montaña y el
pico descarnado de los peñascos; pero sus rayos no
descendian ya á los silenciosos y sombrios barrancos
por do se estendia el pedregoso sendero, ya serpen
teando entre tenebrosos jarales, ya subiendo por las fal
das escarpadas de aisladas rocas, fortalezas naturales,
gigantescas y soberbias como las orgullosas torres dela
antigua Troya.
Elizgaray contempló largo rato este espectáculo su»
blime, ycuandoyaelsol se hubo ocultado del todo, em
prendió la marcha siguiendo el sendero á la ven
tura.
fres horas despues descansaba sus miembros fatiga
dos bajo el techo hospitalario de un caserio cercano á
Garralda.

II.

El mas profundo silencio reinaba en el caserio de


Urberea, y sus ventanas todas se hallaban cerradas por
gruesas tablas de haya. Ya no salia de su puntiaguda
techo ninguna columna de humo que indicase la pre
— 89 —
paracion de la cena del gefe de la familia: solo de vez
en cuando oiase el ladrido del lebrel favorito, que con
testaba al abullido del lobo de la montaña.
En la cercana fuente susurraba el agua cayendo del
caño rústico de una hoja de castaño, al recipiente mas
rústico aun, del roble hueco que servia de abre
vadero.
Sobre la roca á cuyo pie murmurabala solitaria fuen
te, hallábase sentada la mas hermosa de las hijas de la
montaña.
Graciosa, suelto el cabello castaño que cubria sus
espaldas, apoyado el codo en la rodilla y su ovalado
rostro en la palma de la mano, escuchaba atenta el
ruido mas pequeño. Sus bellos ojos fijos en el sendero
que se internaba en el bosque, rebelaban una inquietud
desusada: palpitante el seno, ruborizado el rostro, in
clinó alfin la cabeza al oir el chasquido imperceptible
de una rama seca al romperse.
En el lindero del bosque dibujóse una sombra: oyó
se el arrullo triste de una tórtola y Graciosa se puso
espió.
—Es él; esclamó pasándose la mano por la frente.
ElizgarayI
—To soy, amada mia, yo soy, respondió el cazador
acercándose.
—Oh! Al Gn te estrecho en mis brazos: dijo Gracio
sa abrazándolo. Temi no verte esta noche, y bien sabe
Dios que casi deseaba el que no vinieras.
—Y por qué ese deseo, amada mia? i
— 00 ~
—Hoy es vteroes: oqntestóla jávee.
—Verdad es pero ¿qué diferencia puede haber entoe
este dia ó cualquiera oiro de la semana?
•—En este dia murió nuestro redentor, murmuro
(Uflciosa estremeciéndose.
Eiiz^ai ay bi¡6 los ojo': y calló.
—Y sin embargo, prosiguió Graciosa, hoy comete
mos un pecado hoireodu. ¡Oh Dius mio! Pur qué te
«,oned? Antes, tranquila sino gozosa, pasaba mis dias
como pasan las aguas de esta fueots: aotes alzaba er
guida la fiente cubierta de blanco cendal; ahora temo
leva otar los ojos del suelo y mi tocado aparece lleno
de manchas. Oh Elizgarayl Por qué te concci?
Elizgaray miró ti isl emente á la joven: desasiéndose
despues de sus br-azos, dijo:
—Adios, Graciosa, adbos, para siempre. Y cpmeww
i canunai hacia el bosque.
Uua lucha terrible se suscitó en el animo de aque|Jp
Muger. Por una parle el deber la inducia á separarse
de su amante; por otra el amor la impulsaba al crimen.
Levantóse de la peüa en que estaba sentada , y cu
bierto. el rostro ccn las manos, echó á correr hacia el
caserío. la virtud triunfaba... pero en el momento >de
abrirla puerta, volvióse para, mirar, por. última vez a
so amante, y este momento decidió de su suerte Vipiá
.Elizgaray. parado, y mirándo,a fijamente. La luz de la
<|(W# iluminaba ;de ,lano =u v.aioml y ber.a»to semblan
te. Revelaba este:«u d*ior tan profundo , Un hundi
desesperacion , qjae Graciosa .seguró taimhieo. Eutón
.* M —
ees el cazador tendió háciá ella sos brazos, y la joven
sin poderse contener voló á su encuentro.
—-Ahlesclamó Graciosa; detente, amado iBio, detec
te y no me abandones.
—Abandonardonarte yo? Puedes acaso creerlo ? No,
Graciosa, no: el abandono vendrá de tu parte porque
no me amas.
—Que no te amo dices? dijo Graciosa mirándolo
asombrada y con los ojos llenos de lágrimas : ¿que no
te amo has dicho?
Elizgaray nada respondió.
—Ingrato! murmuró la joven: no estaba yo solitaria
y triste esperando tu llegada, espuesta á los peligros
de la noche? Por quién sino por ti abandono el lecho
nupcial y vengo en pos de caricias que solo de mi es
poso me es dado recibir? Por quién he perdido el re
poso y la pureza sino por ti? Por quién yo, la mas ale
gre de las jóvenes de Garralda , lloro noche y dia? In
grato, ingratol...
—Perdon, perdon! eselamó el cazador postrándose
á Rispies. Te amo tanto...
¿.-Y qué seria de mi si asi no fuese? Repiteme tina
y mil veces esas palabras: si supieras cómo alivian mis
pesaresl...
—Pesares tú?
—Y cómo no ? Unida por fuerza á un hombre á
quien veneraba si pero no amaba, podia al menos
sobrellevar mi existencia apoyada en la rectitud de
mi conducta, en la pureza de mi corazon ; pero te vi.
— 92 —
te vi cobijado en nuestro lecho hospitalario, medio
muerto de cansancio: escuché la melodiosa voz conque
relatabas tus hechos de armas en batallas y escara
muzas, y te amé: oh! te amé con idolatria: desde en
tonces, amor mio, huyó el sueño de mis párpados y la
paz del corazon....
—Serénate, amada mia, replicó Eiizgaray.
—Desde entonces, prosiguió Graciosa, hondos pesa
res laceran mi alma; crueles remordimientos me ase
dian, y quién sabe si los siniestros presentimientos
que hace algun tiempo prohija mi imaginacion, s» rea
lizarán....
—Graciosa, Graciosa!
—Si, si, dime que me amas: tus dulces palabras derra
man algun bálsamo en mi alma dolorida.
—Ob! Te amo, te amo: murmuraba Élizgaray es
trechándola contra su pecho.
—Al menos mientras escucho tu voz, proseguia la
joven, mientras tus caricias me abrasan, huyen lejos
de mi los presentimientos funestos, las tristes ideas....
—Luego me amas cual yo deseo que me ames?
—Y me lo preguntas? Ignoro lo que por mi pasa;
pero te aseguro que te amaria á pesar del cielo y del
infierno. Y Graciosa cubria de besos el rostro del
cazador.
De repente se oyó en el bosque un quejido profundo,
triste como el último estertor del moribundo. Ambos
amantes se levantaron aterrados.
—Dies mio! esclamó Graciosa: has oido ?
— 93 —
—Si: pero ese quejido puede ser causado por algun
lobo que anda rondando por el bosque.
—Oh! No, no: es un aviso del cielo. Separémonos,
amado mio.
—Tan pronto? Te aseguro que ese ruido nada tiene
de estraño; en mis cacerias lo he oido salir muchas
Teces del seno de, los bosques.
—Esa es una voz del otro mundo: créeme: insistia la
jóven.
—Ilusiones de tu fantasia], Graciosa. Olvidemos esa
pequenez y gocemos de estos momentos de soledad,
Graciosa inclinó su cabeza sobre el hombro del jóven,
quien la besó en la frente.
El quejido se dejó ojr mas claro, mas perceptible
que antes.
—Somos perdidos! esclamó Graciosa apretando, con
vulsivamente el brazo de su amante: esUrberea.
—Tu marido?
—Si, si: no me cabe duda.
—Pues no me dijiste que estaba en Baztan?
—Asi es: y no debia volver hasta pasado mañana.
Oh! vete, huye.
—Huir? y dejarte sola, abandonada á su furor? Eso
no, voto al infierno; voy á registrar el bosque, quiero
ver por mi mismo la causa de esos ruidos estraños.
El cazador se lanzó al espeso jaral, y por entre los
arbustos y á través dela oscuridad , vió deslizarse un
bulto informe que desapareció en la espesura , gri
tando:
— 94 —
—Adúlteros, adúlteros!
Los rayes del crepú ,culo doraban ya las copas de
los árboles; empezaba á elevarsa al cielo ese murmu
llo misterioso de las soledades; el gamo huia á escon
derse de la claridad del dia, cuando Graciosa, abriendo
cautelosamente la puerta de su morada, y enviando
un beso á Elizgaray que la miraba sonriéndose desde
la orilla del bosque, desapareció en el caserio.

m.

El invierno lia sucedido á las pompas del verano: sti


blanco manto cubre la tierra, envolviendo en sus plie
gues, pueblos, bosques, montañas y valles. La golon
drina abandonó su nido de barro y emigró en busca de
un clima mas benigno : la paloma torcáz de tornasolado
cuello, emigró tambien á cobijarse en enramadas nue
vas, y solo el águila del Pirineo permaneció en su al
bergue elevado y so'itario.
Al canto alegre de los pájaros ha sucedido el tétrico
silencio de la soledad: al susurro de los arroyuelos y
de la brisa, el horrisono ruido de los torrentes y de los
huracanes.
Pardas nubes cubren el firmamento : el Iru tiene ve
lada su faz por nieblas densas y de color plomizo: la
noche es oscura y amenaza ser terrible , porque ya los
árboles, desprovistos de hojas, se balancean at soplo
— 95 —
helado y furioso de un vendabal naciente: sordos gemi
dos salen del seno delos bosque;; algunas lucecillasde
pálido reflejo sobrenadan en la superficie de los panta
nos, y el mugido de los torrentes, llevado en alas del
viento, semejase al bramido del trueno lejano, ó al rui
do que forman las manadas de búfalos en huida en las
grandes sábanas de la América del norte.
La lluvia cayendo á raudales, golpea los puntiagudas
techos de Urberea; mientras en el interior de la casa
se oyen alegres cantares y el sonido argentino de pla
tos y vasos.
Pedro Urberea, sentado en el puesto de honor y ro
deado de una turba de cazadores, parientes suyos,
apura vasos inmensos de vino y cidra mientras sirven
la cena. Un sitial hay vacante á su lado.
En la parte baja de la mesa , Graciosa, colocada en
mediode jóvenes muntañesas, procura sonreirse al es
cuchar los báquicos cantares de un bardo vascongado.
El festin debe ser espléndido. El gefe de la familia ce
lebra el aniversario de su casamiento con Graciosa,
el éxito feliz de una caceria monstruo y de una inva
sión en Francia.
La cocina está llena de corzos, jabatos, ánades, cho
chas y ansares , productos de la caceria de aquel dia.
Los asadores rechinan bajo el peto de enormes cuarto»
de buey, y las cacerolas apenas pueden contener Unta
ave,' tanta liebre como el gefe de la familia habia caza
do con sus compañeros.
—Gaita, Johanes, mi buen menestral , gritó Urberea.
— 96 —
Nuestra esposa se ruboriza al oir tus desenvueltas tra
bas.
—Que prosiga, voto al diablo! gritaban los comen
sales.
—No, por Dios, replicó el gefe.
—Y cómo hemos de pasar el tiempo mientras llega el
que esperais'
—Lo emplearemos en beber. Por cierto , Johanes,
que has escogido un asunto nada á propósito para tus
canciones.
—Al contrario, esclamó el bardo, preparándose de
nuevo á tañer una especie de chirimia de asta y paja de
centeno.
—Al contrario dices? Conque segun eso, crees ade-
cuado para celebrar el aniversario de mi matrimonio
con Graciosa, sacar á colacion los impuros y adúlteros
amores de Blanca de Francia con don Fadrique de
Castilla? Por Dios, señora: prosiguió dirigiéndose á su
esposa, que vengais en mi ayuda. Eh? mirad, señores,
á Graciosa pálida como la cera.
—Es que el bramido de la tempestad me aterro
riza, contestó Graciosa agitada en estremo.
—•Esa es una cobardia imperdonable, amada mia. Vos
hija de las montañas y las nubes; vos, ninfa de nuestras
florestas; vos, esposa de un cazador; temblar , vos, al
ruido de una tempestad de invierno? No lo concibo, á
fé mia. Ea, Johanes, sirvenos vino y canta lo que te se
antoje, procurando que el sonido de tu voz sobrepuje al
del huracan para que nuestra timida esposa no se asuste.
H©7
s, —No es por mi por quien temo, esposo mio, con
testó Graciosa can timidez; oh'r.ii t/s »va lobav
—Pues por quién? No será cierl amenté por nosotros.
—T.tmpoco. Nosotros, todos a Dios s¡rocias; nos ha
llamos al abrigo de .la. tempestad'. "»sp «.r.ui m / louod
*u'i«M*Ur? eschvnwUrbeiea. Veamos; pttes> pop qriiéa
,oa ¡interesáis taDtaJ'm.piii ,.,-ei:iü ú' .'s'u'.lanuoiio >ol
— Por la persona á quien habeis tenido ¡i bien con
vidar y 'que todavia oo'pa rececho i / si' mikiii
—Diablo! Sabeis qui3n es? preguntó QlWdtbM otf'ía
,esposa una mica da de'iguda. ob uao'i i¡ ¡'-ni'MiHt/.
.!-Lo ignoro complétamentle , puesto' que no habéis
creido can,veoiente, pai tici pa rmel o; pero sea quie a
fuese, digno es de interés e1 que á semejante bars de
la noche arrostralos furores de batt'desbechs imrtf-
,can.. iHiit n i: icii» ','ip ln \'''iiA I,¡ «bniup '.."i'I —
ir. —Hall, bah, contestó Urberea bebiendo un vaso de
vino. El que yo aguardo se burla de los huracanes como
,í yo tí* los rugidos del 'OSO! y sin embargo, prosiguió
marcando las palabras, no niego qoe mi convidado es
acreedor al ,interés yaun él amor de las mngeres.
j. —Tan galan es? preguntaron los comensales.
(,'. —Vaya si lo es. Os aseguro, Graciosa, que es on
jóveo gallardo. ii'w,i, '. i i sr." ' ' » ¡: i;.' .('\
Miró la jóven á su marido y palideció al observar
el rayo siniestro que despidieron susnjus: i: ' '.*'''
En este momento se oyeron fuertes golpes en la
puerta de la casa. ..i»'' f' '' ' ' s'."''."
—Ta está aqui el que yo aguardaba. Señores, espero
— 98 —
, que me acompañareis á honrar i mi huésped; es el ca
zador roas aventajado de nuestras montañas. Ota,
Johanes, añadió Urberea; deja tu instrumento, acom
paña al estranjero hasta la puerta de nuestra sala de
henor y manda que sirvan la cena.
El menestral desapareció: pusiéronse en pié todos
los circunstantes. Graciosa, inquieta sin saber por qué,
apoyó su liada cabeza en el hombro de Alida, su her
mana de leche, y todos, esperaban con án.si a la apari
cion del huésped. . , r. y d
Abriéronse á poco de par en par las puertas: dos
criados con hachones de pinabete precedian á un
hombre que envuelto en una luenga capa empapada en
agua y cubierta la cabeza con una toca de terciopelo,
se paró en el dintel. 1, ,'' i'i .i''',-'.'. .. \ ''¡' m
—Dios guarde al huésped que viene á honrar mi ca
sa, dijo Urberea adelantándose y tendiendo la mano al
recien llegado. ¡.. . .i „..,/
Desembozóse este y dejó ver la gallarda figura de un
jóven en la flor de la edad.. . . ,¡.j,' v ' ' i' ' , .
Graciosa púsose pálida al reconocer á su amante.
Urberea observó su palidéz; pero sin mostrar estra.
ñeza alguna, apretó cordialmente y con la sonrisa en
los lábiosla mano del jóven. .r'..i o.
—Os efperábainos con ánsia, amigo'mio,,le dijo: y aun
hay damas en esta sala que han temido por vuest ra vida.
, . «—No merezco tanto, señores, contestó Elizgaray sa
ldando afectuosamente á todos: y por Dios que agra
dezco en el alma estas pruebas de afecto. ¡ , r.'f—
— 99 —
—Acercaos, Graciosa, dijo Urberea á su muger en el
tono mas afectuoso: ya os dije que el huésped qúe es
peraba era digno del interés que mostrabais por él, y
aún creo haber añadiJo que era acreedor al amor de
'as damas. Ya veis que no os he engañado.
Graciosa se acercó at jóven haciendo un esfuerzo so
brehumano por parecer tranquila.
—Es antiguo conocido vuestro, prosiguió Urberea
sonriéndose cou la mayor naturalidad; os permito que
le deis á besar vuestra mano.
—Dios mio! Qué vá á suceder aqui? murmuró Gra
ciosa obedeciendo á su marido.¡ "
El doncel estampó sus lábios en la mano c!e la dueña
de la casa apretándosela con disimulo. ." ,
— Alerta por Dios! dijo rápidamente Graciosa. . '
—Qué es eso? preguntó Urberea. Qué diablos ha
bláis, esposa mia? No os andeis en rodeos y decidle á
voz en grito que lo veis con placer en nuestra com
pañia.
—Puedo esperarlo? preguntó Elizgaray.
—Oh! Podeis estar seguro de ello: no he querido de
cirla que os aguardaba por causarla una sorpresa agra
dable.
—Graci.w, eípiso mio, contestó Graciosa.
—No tas recibo aun, señora, dijo Urberea, porque
os guardo otra sorpresa mucho mas agradable. Con
que á la mesa, señorea vos, Elizgaray. á mi lado. —
Sirvióse la cena: Urberea se mostraba alegre y deci
dor en estremo. Graciosa no osaba alzar la vista del
i'.,: ' , . i .....u.múI.I. . .' .r'"n. .1
Algunos meses despues de este suceso, empezó ir-
susurrarse en et pais, que á las altas horas de la noche
¡frecuentaba los boques comarcanos un hombre de ta
lla tan gigantesca , que su cabeza sobresalia por cima
de los ai boles mas elevados: cubierto el cuerpo de un
▼ello largo y lacio, con un nudoso baston en la mano,
perseguia al caminante estraviado y sus ahullidos fero-
<ces, esparcian el terror en toda aquella comarca.
Si en nuestios dias algun viajero racorre aquellas
montañas, oirá hablar del Bassajaun, nombre signifi
cativo con que ha sido bautizado por los montañeses
vascongados el fantasma singular de que nos ocu
pamos.
«En todas' ' partes
' se le encuentra (dicen los natura-
es del pais); Cuando el pastor conduciendo su rebaño
al redil, oye de noche pronunciar á sus espaldas »u
nombre de colina en colina... es el Bassa /aun.. y des -
graciado de él si vuelve la vista atrás.... Si á deshora,
caminando por aquellas soledades ois el ruido de un
paso grave y mesurado... esel Bassajaun que os si
gue... guardaos de volver el rostro. Y siempre lo en
conirareis de noche. Tropezad en el tronco de un ár
bol caido y cb.erto de nieve... bien pronto lo vereis
moverse, alzarse luego y lanzando un feroz rugido,
perseguiros tenazmente... Es el Bassa jaun que doi-
mia y á quien lubeis despertado imprudentemente.»
Algunos creen que al Bassa jaun es nada menas
que el señor deUrtrarea, que en castigo del asesinato
cometido bbjo cu techo despues da haber partido su
I
— 103 —
pan y vino con la victima, está condenado i vivir er
rante en aquellos bosques hasta la consumacion de los
siglos.
Otros menos crédulos opinan que el Bassa jaun exis
tió hace muchisimos años en el Pirineo; pero que ha
desaparecido siglos ha, y que este fantasma ó vestigio
de las leyendas vascongadas no era otra cosa que us
orangután.

FIN DE LA LEYENDA TERCERA.


• ;i i;ín i olii;u96n';p si.. ' ,f,i;iiiní/ e¡íu: oiiv v nsq
iv' uor;i,uui*,io!; bl ai'.uil 'iuyiiii ,iliuiipe u'i atnp '
'^''MMsn^O,Mitt iftiu¡. its,a.t'.' ^; ' i,Ii••~, i é-oíi "ti aotlO
id ii;p üi9u ;o)nciií! iv ir, ,.oi'« ¿cnu-n;.i,.'i; rf 6,J
wi'i''si o adi'üHifi vi . , i,.;. / .di) fopmií ii¡M.Tip;j'wib
J' •»a{' S»03' ,illO £';9 CU ,i,t'í,r;',a3i'.V :'•,(,';:; r'M riil
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ana ,«»T 'TO'o.i / ! a,t K.i


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p,::b fOiiti;m ib ci:.eq¿'s soq W'Jiu sriil ojid r;.ti vi»;
', i te »Ui' «Birift) t I I i'.IOI,! *.Al '.lplOlu[K;VéCJOq 'cJ
i ; ^uJii:'ieiii 'rfiT'ütq ": .'' .': ,,ü'Mim . slm.upf,

' ¿od-.Q¡ ,ü'iii.iiiii ':.,!;. '•i.•• ~''M'...'.í¡;iii::Í '••: 'mi •,!. ,i i ta


. . [,»i.,.,i! .ij ,•;' 'iIiümii' !i/';'f i, :':'
'nom b¡ ."li old.iKj m.'Jj* S!K;i?Íi!fi„
-Oici ; ' ''.• o"'-' r.iicl'iihiiii,:' ,i ...
ur oi' »« taoehia de noldAakim". "
si v c>'in f'i 'if! i.: i; obi hv isi- ¿la f';.
iiiii .T s'.ij, *i;¡ i,v»n ;'.'''|;'ií:,'Ci, 'i. I .•.'¡ni;
-OU.ii! •a;uoí'iif'!i«im'!, ::'.. ; sra 00 ;:0.
Cuánojo oi por primera vez esta W^a '
jóven. Las circunstancias que precedieron á sa narra
cion^ las. giiteie siguieron, merecen en mi concepto.
menciojCiarse, aunque ninguna relacion tengan .croóla
leyenda. pues sonde tal naturaleza, que nunca lap 9)-
vida,ré ^xrep prestarán mayor interes á este relato.
Et invierno de i 829 fuá uno de los mas rigurosos de' ,
es|e siglo. ;En España fueron generales las nieves^ y( r
hasta las provincias iheridionales, en las cuales ,unt. (
nevada suelo ser un fenómeno curipso que ^olo se pre
senta de siglo á siglo, se vieron cubiertas de espesas
capas blancas de nieVe,. con no poca. admiracion de
sus afortunadas haDitantes.
Pero donde naturalmente se hizo sentir el invierna
con mas rigor, fue en el pais vascongado. El transito
de uu pueblo á otro era imposible, y hubo caserios se
— 106 —
(,ultados bajo las nieves por espacio de muchos dias.
Los pocos viajeros que por necesidad tenian que atra
vesar aquellas montañas, corrian peligros inauditos, ya
de ser arrebatadpS;por, un alud, ya de caer e¡a sprofun-
dos ventisqueros, Ja en fin, de ser devorados por ma
nadas de lobos hambrientos que abandonaban los bos
ques y rondaban atrevidamente las poblaciones.
Bailábame entonces en Goizuela, pueblo de la mon
taña de Navarra, solazándome con los esquisitos jamo
nes de que se hallajuaprovista la despensa de un tio,
cura de aquella villa, aficionado á la buena mesa y ca
zador infatigable. Las abundantes nevadas que caian
sin interrupcion no nos permitian abandonar los linde-
res de la poblacion, y esperabamos con ansia que el
tiempo abonanzase algun tanto, para salir a recorrer
las'montañas vecinas pobladas de corzos y jabalies.
raterin llrgaba esta ocasion: pasábamos el tiempo lo
mejor posible, proyectando cacerias en grande, al re
dedor de una mesa bien servida y en sabrosa conver
sacion, sazonada con buenos tragos de . vino de Mendi-
gorria. ,
El dia de Rayes comenzó á despejarse algun tanto la
atmósfera, y por la noche nos hallabámos reunidos en
casa del escribano del pueblo, decididos á verificar
una ta* ida el inmediato, cuando se presentó un robus
to aézcoano portador de una carta del prior de lá aba
dia de Boncesvalles. , ' ", , 'u .. .,. j
Lp misiya venia dirigida á mi tio, y en ella le supli
caria
-90el;'('prior
iv''';''ec omiiI
nombre
; de su buena
• •;''• '•!'• amistad,
..,«' ,v: pasase
M ' iiii
„ WÍ07 —
i hacerle una visita á la abadia, acompañado de su es',
celente jauria, con el objeto de cazar un enorme oso'
negro que habia aparecido en aquellas cercanias, de
vorando cuanto bicho viviente caia en su poder,
- El prior, que sin duda conocia muy á fondo el carác
ter v mistos de mi tio, no escaseaba en su misiva las
alabanzas mas lisonjeras acerca de la abundancia y
buena calidad de los vinos de su bodega, sin olvidarse
de encomiar la habilidad sin igual de su cocinero, para
preparar un buen estofado de ternera, ''• .
' - Cada una de estas circunstancias, por si solas bnbru-
ra» sido bastantes á animarnos: no es, pues, de estre
nar que todas juntas nos incitasen de manera, que al
amanecer nos pusiésemas en marcha en número de ca
torce cazadores acompañados de veinte perros, flor y
nata de los sabuesos y mastines de las montañas de
Navarra. '; s. . v. ¡ • ,;-.n
..' Al anochecer del segundo dia llegamos á nuestro
destino, despues de atravesar el pintoresco valle de
Baztán , los puertos de Eagui y la llanura denomina
da Prado de Roldan, con nieve á la cintura casi en <
todo el camino. .. / .„i. .^iü:" i
Era para mi enteramente nuevo el asistir á una ca
cería de tanta importandia: y asi es que no cesé de
ostrgar con mis preguntas á im primo de diez y
ocho años de edad, montañes rudo, en tod3 la esten-
siotf de la palabra, ágil como un corzo, fornido; «i-
dai y abezado á toda clase de peligros y fat¡ga».~{Jno
'de esos bellos tipos que solose enenentran en aque-
~—7;11)8—.
.'•BaB rtfontáBas ,: tipos preciosos, irrfleonoiliuWes' en sus
°'4diQsr pero que elevan'su araislad;hasfca el heroismo:
' ibori^O' demás, imágen verdadera de los hombrea pri-
mitiv4WÍ'~;i i', M eici stn•.ivi* 'jfto.ii ni.icr. o! ninof
iSirafl «iradop ¿«'fcarra^ jugidor 'de' pelota Bad* co.
F '«ioá,'«áp8Z de dinb»ulareo iSii':i3tóm»^).imt'nBe<iiB-
t fitf' edrderi»,ry tb bra«i^r.íd«iktodiee.árfl*Y;raBtMftin
'••par de azumbres 'de vino sin siquiera aptreihjrise
''4ttíSo9niM;:, i» !fti,i;i ;i,' t ,¡ .i, ii : 1 ,r.imforn »b
5 Este esceleoteifthrcii ihaei«ii>4b«fDonipM¡o»jef3'P(>s.
'4ériormérjtfr m«i h«;ióaiio pruebas de ello en réiíDuns.
Wncias sumameskeior-ikicas, durante: la última gwer-
I .ifwpiv.il, «d la q¡He;tomóupart*' sm mas razon q»*e 4a<tíe
rílabfer ro emp*ñadol«8Brmasariiw'ii^:i'i ,mu i4»9n«ra«
y oIpii#ri8is«ffi {asi seilantaba) se babia donstitnidsien
'''tnr<fie*w«e, y eía 'el 'encargado de contestar ¿toáis
impertinentes preguntas. Cualquiera otro se hubiera
oJA»p8c¡eritado .Cfl isu lügBi';' pero Francisco no 'sol* me
''írmába, sitio qm se complacia en hacerme vter ;eou: .<lr-
gajto flpe an ciertas marteriat podia sermías ¡nítaallio
'HM'.fla2adoMmonta5éi<qoe ruó roagtáW»cta»fí/T¡eirft fln-
fonces estudiaba yo el Vinio. ''qim<;)!i oboi
■» ' A»iiflfsfliw,fluaadft'flW W8*pw¡eB<fiaiá^deesq¡«d<>tcaia
n&tinnigflai v#s^qwri»iy we#pl«wbaien ;la;'nietíe jhasta
vels«Bellq, *wdi» ái*a(»rnaeidB#Pjuel. »al; paso.r#ga*-
.rtrótafie.ipor la ;Q»Dw>b»,4fn«M 9»f*w«* eoji*»**»-
• i#épdo»8'6p,il*irai«offlWiiá un.rtonigeABsdttpai*' *¡c..>
om>4**tt»fcbicar^ra9jciudades^ fiisír-
• ÍWpiTO» f|8«í»l9aba##r;¡teiiáa pdftiqtoatfirtpasiBO*:, y
reirse en nuestras barbas cuando nos presentamos en
sus salones.
—Francisco, le contestaba yo, en mi casa has sido
bien recibido siempre que'tfas venido por allá.
—Si, si; pero no se me olvida jamás la burla de que
fui objeto cuando me obligaste á calzar aquellas mal
ditas Votas': ''f"eso'q^epiFií"tftlífesBr88flr88?? '(flresS:,los
fccíii)'aS5o<<tó'WeS hó'M6HM aunWo'cSÍzabVqlie
'eTriáturál ' Mitaieq tnp .,r'mfcwR¿ „'mnsh?»

y4'—ta se WtsSk fi té8^/^JWb^ié^H'át*íJteilA


'nuestras. montañas para ir á estu liar; serias rhúcHtí-
ch'o'de mas provecho, 'ai' pasó que 'ahora' para ná/8ii
sirves «'¡;f iinai, 0l!''i0*;j9ia¡ 'aupa vb som»

" Ug ''áicno '"dicho : sme' totitesto 'coK sü'tislbittidl


rukv.a. 'Talo veremos sino $&a%lW8a8§Wl. tíra
me, t'epeí prosiguió': tu no serás jugador cié' .pelotS^'di
podrás caminar diez j seis leguas de sol á'sól con'fa
'nieve á' fá co'tJ¡ila.'EÍn ¡as.univ'ersíaá'íes''6ls''riaceisíflo-
JÓs^hVrag^nes, delicados, y solo' a^r^ndeis a ni'óWfa
len^ya mas de io'q^ijfe ^ebiérais. '*
0 'í§ tiempo. sViua éncarsado'd'e''i¡ist¡fícar klguh'as db
8susOlffOD
profecias. nu 9t¡ r.,nfioa Ciován*'! r.l uif', íioi iJ;
.•nn «i» '.oras »Té9 'mp Imliw bi s y , nnduinr, ol isJ
«»p Di* . «uiius pu> m- lo s iif.inu'.'ai aamnl .obivii
.sr'b6ib'iirí'ii sfusim diTKJn«t,ii¡ a»'i,ul
,onsJ?»aom l,b ebJiauq mwlem %s¡ oenui&risv)
Cuando llegamos á la abadia de Roncesval'es, fui
mos recibidos por el prior y sus canónigos, rollizos y
escelentes sacerdotes, que pasaban su vida en aquel
desierto, con una esplendidez envidiable. Al divisar
las altas torres dsl monasterio, las robustas paredes
de que se halla revestido, las ojivas ventanas cubier
tas de vidrios pintados; al mirar las casas de los?ve-
cinos de aquel puebtecillo agrupados en derredor de
Ja inmensa mole de la vivienda monacál, creia hallar
me trasplantado á otros tiempos, y mi imaginacion,
retrocediendo siete siglos, me presentaba aquel con
junto como obra de otra época mas remota. En una
palabra, me encontraba de lleno en los tiempos de la,
•dad media. .
,Y la ilusion podia ser racional al fijar la atencion,
en nuestra jauria, en nuestros trajes en los delos ca
nónigos que salian á recibirnos, en aquel grupo de
paisanos que nos examinaba atentamente, saludando
eon respeto al poderoso prior que les echaba su ben
dicion con la benévola sonrisa de un padre: como á
tal lo amaban , y á la verdad que este amor era me
recido. Jamas recurrian á él en sus cuitas, sin que
fuesen instantáneamente remediadas.
Cerráronse las macizas puertas del monasterio, re
cornmos sus .inmensos claustros, precedidos por oria-
dos que nos alumbraban con hachones de brea, y muy
pronto pudimos descansar nuestros miembros fatiga
dos y secar nuestros vestidos empapados en agua,
en la cómoda y magnifica celda priora). ' .;.,„: :¿'
Nuevo, muy nuevo era para mi todo cuanto pasaba
á mi vista, y encontraba un placer infinito en alimen
tar mas y mas mi imaginacion con las ideas que se me
presentaban en monton.
—Aquel es el altivo señor de esta fortaleza, pen
saba yo mirando fijamente al prior muellemente sen
tado junto á la chimenea, en la cual ardia un media
no monte deleña. Heaqui sus principales oficiales: nos
otros sumos el séquito de otro baron feudal que vie
ne á formar alguna alianza con su vecino: yo soy ss
page escanciador , el que quita la caperuzca ásual-
con favorito, el que sujeta la brida de U acanea de la
castellana, el que lleva el escudo y pendon del señor
en un dia de batalla... Este proseguia pensando y mi
rando á mi primo, es el montero mayor, el que pre
para la batida, el que tañe el alhali cuando el noble
ciervo se lanza de su guarida: aquel...
Una estrepitosa carcajada vine á interrumpir mis
sueños de la edad media.
Era mi buen tio que se reia á pulmon desplegado
al recuerdo de cierta travesura estudiantil, ejecuta
da mancomunadamente con el reverendo prior.
—Acércate, Pepe, acercate, me gritó: aqui tienes
un escelente amigo, delos pocos que se encuentran
—~ti*"-—
hoy* WfMt^mriMte'íiéñ 6Íf*^Tüepté efi'i¿ ~J
v*M*toH*bál ^AvA n..> n,.d,.-..ifm,lR »oa hu(, wb
'^éiu'sbiirYnW 16 pre^rntu' ef pricir; golpeando cota 1

—Si, amigo ha qoerírlo ' asistir ^ 'ta éaceri'a y ¡nW '


há-isegaidif'c«á 'tin ''VáM heroico~ •por'Wó'iites' y Va- .
llaékys'; ic ns c;';''''" i»wf,j ou r.!n'i«9iw / .,'Mi/ «
•^Peró' duiflo'rilufcíi¡o^eilVaMéáeH^ado hasta qmsin'J
mi ayuda, repuso Francisco. Mas .de veinte veces he '
tenido qué desenterrarlo de la nieve.
TtfS s¿'"lb' qüo''húb'ieiái yo contestado en [aquel mo. '
mentar;e¿ qué rril arh'or' pfó'pib se Ve¡la mortificado, si'
«I' is&idb'de ' una'cárn^aifa 'y fa 'voz de un criado no
nó(s'htible.*é"''anuhciiid6 quer¡a cená nos 'aguardaba. '
Todo* nos léVáritá'mds ál 'oir'tán' agradable mensaje';
ynbs''%hcátn¡tíamos
jkioA' a•.» ! alstrefectorib'
'.s'vparticular
p ''•'csdel señor'
'ÍStjtoi trié e^pferatt» bt'f'a soVprésá muy erí armonia con '
lás'ldeái'q^'éiena'zni^ntevoíviata á apoderarsele mi"
Mi%me¡<k. •"'';,ir:' pr"m m h '» •' r::''"' '
•Bpn. cliu ;s i,p«\s' ly.•.t»:« :'T i' 'r(n.*, J »•. 'n'ti
Una mesa de colosales dimensiones, germa bajo..©1.,
peso
*étm de enoimes
iiqir.ii -T. ..i cuartos
6 i::.' doi.i.ivenado•. v\Aiavali humeao-
..T:i'W Mil
do en anchas fuentes de zinc. .Mas a[]a se descubrian
truchas . ¿¡docenas.eq cacerolas^ grillantes. Gfanó^s
garrafas de,cristal eWeriabappor azumbres ^n ^u ^e-
no, el dulce Peralta^} 'rub^cun^.^udpla^slsgpur^dgt
^ JBipj^la cidra ^.He.¡ nani^y en,el;pentro de aquel
gi¡an .circulo de viandas suculentas y apetitosas' alza-
base orgullosa, media ternera estofada, plato favorito
del^rtbf 'fñhwá tio, flanqueada por b'ditM\Mú de
anisete, malvaria y otras bebidas aliohólicas'. °Ji'' r'a
'Éra, en redimen, lina de áfqo'ellüis cenas fiomeS'¡cas
cuyos recuerdos han llegado hasta nuestros dias. Mas
ápesar cie t^nVá abundancia, ios platos ibanqúéd'anó'b'
vacio's'comO por encanto; los vinos y licores desapa
recian con increible rapidez, y debo cíufesar quei fui '
uno de tos que mas contribuyeron á tan prodigiosa i
desaparicion.
Durante la cena, rodó la conversacion acerca def
objeto de nuestro viaje, y ei'prior nos informó deque
el oso que veniamos á cazar desde tan lejos sé habia
hecho tan audaz y temible , que nini^uno se atrevia
á separarse de la poblacion por temor de ser devo-
rad0, ,02aB rint ;iVr! Jf '
—Mañana te le traeremos atravesado en un mufo, le

b
e¡rpK"7 'BSTUIT WHBBK1S KMtñftB s* ;ilo
— Bih! bah! contesto riéndose. Que se presente
ese señor á veinte pasos de distancia , y ya veremos
para qué le sirve su agilidad.
— Diablo con el muchacho! esclamó el prior.' ¿y ten
drias suficiente serenidad para apuntaile bien?
—Y porqué no? contestó bebiendo de un splo.tiago
un vaso de supurado, . . ,. , ¡.,. ,n,
—Pues yo te juro en mi ánima, que echarla á po.rr^r
apenas lo divisase. . ,.
—Pronto te alcanzaría ; le contestó mi tio. Pero no
tengas cuidada ; yo te prometo que su piel abrigará tusv
pies este invierno. . , , ", , ,
,—Dios lo quiera : te aseguro que no faltará quien to
lo agradezca. L03 pobres arrieros están acobardados,
con la fiera que los persigue encarnizadamente.. ¡I
—Y hacia qué punto se deja ver con mas fre
cuencia? . , r¡ i„
.—En el camino del portillo de Francia. , '., ,,,),., ¡
—En el paso de Roldan?
-Si, .01,.
—Muy bien. Ahora, señores, vamonos á dormn,, que
mañana es preciso madrugar. ^ ._ ^ .
Rezó el prior el üenedicite, aparecieron los criados
eon luces, y cada uno se dirigió al aposento que le es
taba destinado. Eran las once de la noche, y la cena
habia durado dos horas y media.
Francisco y yo nos encontramos unicos propietario s
de una mediana sala, desde cuyas dos rasgadas venta
nas se divisaba el lindero de un bosque inmediato'. No
pude resistir al placer de contemplar aquel agreste pai-
sage, cubierto de nieve é iluminado por la luna , cuyo
brido purisimo sé estendia por todo el firmamento, sin
que la mas ligera nubecilla viniese á empañarlo, ' ' " ' '
Abri en consecuencia una de las ventanas , y aso'má-
. .J I. .¡.' I .«V ." '.' i¡ n.. ll¡
— 115 —
do á ella, páseme á contemplar el espectáculo que te
nia ála vista.
Si cuando llegamos al monasterio me habia formado
la ilusion de que me encontraba en uno de los castillos
feudales de la edad media, poblado de pajes , damas y
caballeros, aquella fue adquiriendo mayor' fuerza de
realidad, cuando me asomé á la gótica ventana. "
Descubriase al frente y en primer término una vast8
llanura cubierta de nieve congelada , que al reflejo de
los rayos de la luna, parecia ser un blanquisimo tapiz
sembrado de brillantes, topacios y esmeraldas.
Mas allá se divisaban, medio veladas por una ligera
neblina, las casas del puebla de Burguete. "
A mi derecha, elevábanse hasta confundirse con el
azut mate de la atmósfera , los elevados picos del Iru y
de las demas montañas que forman aquella cordillera
titánica.
Á mi izquierda, el espectáculo era mas sorprendente.
Robles seculares, centenarios pinos, se reian despoja
dos de su follaje, moviendo lentamente sus copas al
soplo de una feble y helada brisa. Los negros tron
cos resaltaban ñas' y mas sobre el fondo blanco de
la llanura, y sus gigantescas ramas semejábanse' á'16s
br.izos descomunalps de alguna fantasma colosal. "
En medio del sepulcral silencio dé la noche, tari so
lo interumpido por el ruido lejano de los torren tes»
mi oido percibia algunos sonidos estraños, que aunqua
débiles en un principio, iban haciéndose mas percep
tibles. Mi primo se habia' acostado f dormia prófun-
= Stf =
ate,. Quise despertarlo para hacerle notar aquella
circunstancia; pero me despidió echando pestes y re
niegos, y hube de renunciar á su compañia. Entre
tanto aquel sonido singular, que tanto me preocupaba,
liba gnecieudo por grados! g^m ^~.^ ^ J¿¿
Sena ilusion mia? Tal vez.
Mi acalorada fantasia, mas acalorada con las j^a
ciones de la cena y el espectáculo que tenia á la vis
ta, presentábame aquel heroico combate de los ejér
citos de Cario Magno, contra los montañeses navarros'
Si, si; ese era sin duda el ruido que oia; el crugir de las
lanzas, el relinchar de los caballos, él choque de las pie
dras contra las corazas, el silbido de las flechas, los
graos de los vencedores, los ahuliidos de los heridos,
el estertor de los moribundos Si, si; ya estaba es-
plicada la causa del rumor que llegaba á mis oidos^
Iba á cerrar' la ventana para acostarme ú mi vez,
cuando percibi, sin que me quedase duda alguna, un
grito claro, penetrante que chocando en las peñas ve
cinas, se prolongaba hasta lo infinito, repe,ido por los
' ffffIT'BOn o ! .r.wid ;,bi,i~ij y «Ido'l emj '¡b olqoa
•; ' -Francisco, Francisco! grité á mi primo sin poderme
«.fl°PHflWiii,',miiw <eur i 'c'.'ftin'una w- v .r.mng!l el
—iPéjame dormir con mil diablos; si no me marcho
á la cocina; me dijo de muy mal humor.
—Levántate, repliqué sin hacer caso de su repulsa,
aqui sucede algo de estraño. .;,im
-Y qué diablos quieres que suceda?
No losé; pero he oido un ruido
—Véteal demonio con tus^d^j ?t¡
Eq esteliripWtfVAffKgMK "WfiWn8? W1^ g#±2 de
•rfMHfenr..Jfii 'n » i;' «hr.v.i :);> fuimosv ri ",iiq óivO
snrr<Mh«<4tti<Vr¿ :W.fa-iffi.tfSS.' S*p« MffiHMPV
.ípwc^dfl^e,»,}» venUqa.cQnm^q,^ „;Ms 6, n9 ¡j9ffl
,T^L&,^Voj, oyendo b£)pe Bjed^gy^j (fl B'w
-or*;*tyTf* ,6«„4or.q^.,esp.d¡i/};,y/?ly^ndplo^.^ g0¡
—Y qué es ello? le pregu^qo^M¡fti¡i.Rnoi ,0,0,
MlTrf$«M>Mta rR"1^ a^e ia&p Jab^irAjjidiien-

— Toma 1 [T^./d^J(WndBP^nPW^P^^WWiW
-aunó «q «l,pwtiHoi i^po^dtó.aietjéB^os^^caniijijla-
mente en el Ii-cho, ..,'p f'ol ••b '•r'»T tassa »b ¡'sq
-i ' lapbsM*me. ¡í«e «pptoPief¡;|fl fiWfTfpftHftWf.W;»-
xo»c46, y,ta*l*)fnos,i#ia ¡cU,¡pqtoK ^p^ad^^rcj^íje
Harórfe^fenUBmas ,y aparecidos,, tnt ,„ 0(OH 0¡, i„n
ig .~TlUo, ra¡i vecesjuJU: m&frt^'^foffikl0
que .«s.pBPeÜOT.en las un^er^ade^.?,^. ^ft$,My
bpittM»'*hí-' Cysn'flue ro .ge, aparejabais ^SfieMiW
cuerpo que han queda4q.wjiep«tto5jty^ ^gf^j^re
ñaña, si es que vi\$3,„,|a <jgp Jhjfls,, v\sf.o. Sa,^ sinp).8|}I
¿tyrawsnw;á pas.ear;tp,#pr ese^squ^p .enhen/je, y
.W: f?esp9»4p,;,de que. apt.e^, 4$ ^^r.^;incu^'njta^a-

—Aprenderlas, me contestó en un tono seod,18igs


—Me las enseñarás tú?
—No sé: me contestó y me volvió la espalda.
Cerré pues la ventana obligado á contentarme cora'
jas esplicaciones que me habia dado mi Cicerone, j me
meti en la cama decidido á hacerle contar alguna corjr-
seja el dia inmediato. Cinco minutos despues cerré
los párpados y me auedé dormido arrullado por losso-
■oros ronquidos de mi primo. '
Apenas la aurora tenia con sus pálidos reflejos las
montañas vecinas al monasterio, cuando la jauria
reunida en el ancho patio , nos despertó á todds los
cazadores con sus atronadores ladridos. ' •''•'I ~'
' Los gritos de los perreros, los sonidos de las trom
pas de caza , las voces de los que mas habian madru
gado, producian un ruido tan infernal, que me fué for
zoso dejar el lecho aunque de malisima gana. Mi pri -
mo no solo se habia levantado ya , sino que , coa el
cuidado que pudiero tener una madre por su hijo al
marchar á una espedicion lejana y peligrosa, habia
limpiado mi escopeta de dos cañones, ensebado mi
cuchillo de monte, registrado mi frasco de pólvora',
adobado mis abarcas, y en una palabra preparado Mi
do de manera que nada me faltase.
Mi tio el cura , con su rubicunda y alegre faz qó*
rebosaba salud por todos sus poros, nos esperaba im
paciente rodeado de los demás cazadores y seguido d*'
prlorVq'uc no (tejaba de' amonestarle pWa^oe tomase
las mayores precauciones contra la fiéra'que ibamos á
cazar<^'p' tct;! ..a ai ., '..Ye•, 'tu ic'l iii.mtA—
^—-Se ha levantado ese psrezoso? gritó en el momen«
to que yo asomaba por el umbral de la puerta.
—Henos aqui , le contestó Francisco riéndose. Tra
bajo me ha costado despertarlo.
—Cazador que no madruga, mal cazador: repuso
sentenciosamente mi tio'.
—Si apenas ha amanecido, respeodi bostezando.
—Bah, bah ! me parece ójue no servirás para gráa
cosa, replicó apretándome cariñosamente la mano. _
—Cuidado, muchachos, añadió el prior : no os sepa
reis unos de otros, y 3obre todo, spuntad bien.
—No tengáis miedo, señor prior; le dijo, mi primo.
Pepe y yo no nos separaremos; y además nos acompa
ñará el Tigre, que es su pen o favorito.
,—Ea pues, buen dia y cazad de largo: yo voy á cele
brar la misa del alba.
Despedimonos del buen prior, y un cuarto de hora
despues perdimos de vista el monasterio y nos inter
namos en los bosques. Para mejor registrarlos, nos di
vidimos de dos en dos como las parejas de una guerrir
11a, formando un ancho semicirculo y colocaude en
\ojs espacios de cada pareja los perros con los que los
conducian. , i . i '.
No dejamos barranco por esplorar, ni peñasco por
escudriñar; pero todo fué en vano. El oso no parecia
ai se descubria en la nieve rastro alguno que pudiera
servirnos de norte. , , ,
£n esta» pesquisas inútiles anduvimos hasta )as tres
de la tarde, hora en que se juzgó prudente volver al
mcna.'tério pa'i a no dejarnos sorprender por la noche
en aquellas soledades cubiertas de nieve y de hielo. 0
Yó e.'taba molido do tanlo subir y bajar cuestas y,
poco acostumbrado á semejantes faenas, tenia las ma-
nos ensangrentadas á fuerza de trepar por penas
llenos de maleza, il. uwi''.;n .obiOSOi.rriB i :L¿ untas K—
_ .»Lin.,••B::,,
Sentéme, pues, al pie de una roca: Francisco se
echó eu tierra .á mi lado y el Tigre me lamia las ma
tos Jemas caz: dores emprendieron la retirada.
Mientras; dura la batida de aquella mañana, Francis
co se habia mestrado uraño conmigo, solo habia cuH-
testado á mis preguntas con monosilabos y ni una sola
vez lo vi reirse. t'irl8s veces ln habia yo preguntado
la causo de su mal-humor; pero jamás pude consegui
mas contestacion que esta: iiid
—.ludio, incírédülo, ú otra semejante. l*
Llegóme la vez de aparecer pirado, y sjraiiHo con
forme estaba, clavaba mi vista en las nubes y entrete
niame en tirar de las orejas al perro, que lo sufi ia pa
cientemente: ñirmc dfgbé mirar á mi primo que por su
parte se: ¿dtittífit'abá3 fc'a'ni silbar un aire nacional, lleva»;
do el compás con los dedos sobre la caja es-
copeta '< ~ 'lq,:i ioq oansiisa goms^ M
Estábamos f ente á frenle el hombre de la naturale-
' w¿, fiüfri •i /';tn ,i ua rndiip
za ron ^us noble s rüa'ndades y poquisimos defectos.
el hombre civilizado c sus mezquinas pasiones
._i '¿i i servii•.'•las dé
i 09 sioc
....(I^ad^fWft nec.ja yapid^tf de Wer¡| ,or^lo,4p^-
.ide^abámed^mirar,, á.^ociscofliie efyaqu.el jnsj^ntp,,
<fpg»it/afi lp.t>a co.nlesa^ma^tafd.e,, calculaba la.,jma,,.
^er,a.$op. gueime^ fe»^4ft.W4??W5i??. lW*|Bí.l?HWrl4
^n^naste^ifl^propad&ciéAdpse de dehilidapVy de.7
.«Wft ¿ |>WW: compañia i,pda lafl^he^i^se.ae,-
.WJfWsu;'r s :i " "hui] on y i'n6.ri '.l itn¡¡,iUw»t
Aquella situacion hubiera durado muchp tiempo p,oi¡
»..« fñ twi^o.t :BW«?bp. O»3* W/f.^ «10°»
,•iB.d^daiPvtrqife. t,eoia 'la pftppie^fia d,a su^perip^r
dad, no me hubiese hablado el primero, (¡^O&ió #oa, $e
mis,maups.y. migándome p la ciara rue dijo: ,„.i'j..
,,| ,^.?epifi,ej¡pierniaiie<'.er sentado,taiUp,Üe,oa,pp, HP,.pjue¡'
Raerte p.rpvie^^cv:,Je^(fá^,pa,ftsa,dft,.spda,Qda ,tal ¡ve$,
y el frio de la nieve es ,perj,ud^c^^ ,,|,,,.,0, ,., , ,: ,i,,int
£st*s. palabras, dichas pop di)l?u^a^fi^ljegaiifin al
alma: pero mi pegullo np rpe,,^rrajlió^e^r á estfljnsjr
«nacion paqifipa, y contesté refunfuSapdp hv.. '«T—
, ,-^uandftJwya descarPsadp proseguiré] }a marc.ha^'tú
puedes fettrarj,p si .quyenes^ para nada tp joefíesito,,^
. T^Tiqiiédjab.lQs hacemos, aqui parados? Ponto al me-
z>ps al abr.jgp. del .viento detras de la roca y alli estarás
mejpí, r , i ' . '.. ...if", ,.t'.' ,..:.„'.,í, w,
;„ -^Prefiero np. moverme: así RUedo cofttemplar.mas á
mi gusto la puesta del sol.
—Mejor podias contemplarla desde aquella peñarme
dyo señalándome á trescientas ¡pasos, una emineacj
en quejjo np..habia. reparado. Vamos, Pepe., añadiio,
conozco «nft. h* oslado, algo .brusco ¡contigo.;, pe^g
debes perdonármelo. Qué quieres: nosoírios los hi
jos de éstas m ontañas, somos salvajes comd"éllAk
Dame la mano y olvidense nuestras rencillas: yo creo
'o que me han enseñado mis abuelos y los tuyos; creo
con fé religiosa lo que oigo decir á mi madre; si la tu
ya te dice lo contrario, haces bien en creerla á tu ve*.
Tendióme la mano y no pude resistir á aquella¡ invi
tación franca y cordial.' ' "',">"'"' ' '».. .¿ 6l.'„,pA
' —Para que la paz sea mas completa, le dige, bebamos
un trago de vino y me contarás algo acerca de la boci
na de Roldan'. ''' ""
—Pepe, me dijo levantándose y frunciendo él ceñes
búrlate dé mi cuanto quieras; pero guárdate de burlarte
de mis creencias: son un depósito sagrado que mi santa
madre ha colocado en mi corazon. , " ;
—Perdon, Francisco, me apresuré á contestarle; es
te maldito empeño de burlarme de todo...... ' 1
—Te será fatal , no lo dudes; me dijó con gravedad.
Si corno yo hubieras pasado semanas enteras en los
bosques sin mas compáñiá, que un perro y la escopeta
al hombro, salinas muchas cosas que no sabes. Leván
tate y sigueme ya' que quieres qué té cuente¡ alguna
cosa acerca del caballero francés: yo te diré lo que he
oido; pero ha de ser en el mismo sitio en que aquel
valiente murió.
Levanteme y ambbs nos 'dirigimos á ta eminencia que
antes ine habia "indicado. Nada mas imponente qué
aquella naturaleza pr!mHivá, corí sus árboles de inmen
sa altura , Con sus' peñaséos' boñtemporáneoS de is

*??¡—
creacion, con sus nieves que cuentan siglos , con sus
tormentes de aguas turbias que están mugiendo desde
«1 principio del mundo. La emimencia en que nss en -
«pairábamos estaba tajada i pico, y en la parte opues
ta se veia la otra mitad, con una superficie tersa por
e) frente que nosotros divisábamos: por esta hendidura
pasa el camino que comuuica con Francia.
—Ya hemos llegado al sitio en que murió Roldan.
—Y es aqui donde tañe su bocina? le pregunté.
,r-:Aqui.
—Pero lo ha visto alguno?
—Yo no lo he visto; pero he oido muchas veces su
eco desde los puertos de Zilveti, y cada vez que se ha
dejado oir el metálico sonido, ha caido un alud ó se
han incendiado los montes, ó ha desaparecido algun
caserio por una tormenta deshecha.
—Cuéntame, cuéntame algo de eso.
—Escucha, pues. Hubo en Francia un emperador ó
rey que caminaba de conquista en conquista hácia el
Norte. Acompañábanlo en sus escursjones algunos va
rones de su reino, hombres esforzados por demas y en
tre los cuales descollaba Roldáoj como descuella aque
lla naya entre los demas árboles de! bosque. Fatigado
de dirigirse siempiehácia el Norte eo donde ya no en
contraba mas que hielos, volvió á su reino y hechos al
gunos preparativos, se dispuso á conquistar el Medio
dia. ¿Ves aquella altisima montaña qu» casi se oculta
en las nubes? pues bien: desde aquella montaña hasta
Elizondo no se veian mas que soldados, la tierra tem-
biaba bajo el peso de aquella masa de hombres cubier-

a resis»encia ¡iuumiiis iipiinci a >u pa^ii yvi «iuu va-


amos desprevenidos. Llegaron á Pamplona y la
uistaron; esparramáronse por la ribera v se hicie-'
ron duenos de ella. Enorgullecidos con tan pi ósperos
sucesos, volvieron á Francia dejando guarnecidas las
plazas.iPero en esta'feUrada les esperaba el castigo de
su ambicion. Todo el ejército pasaba por ese camino
que ahora miras cubierto de nieve. Aquella multitud de
hombres pareciase á una larguisima serpiente, cuya
cabeza, que era conducida por el emperador, . icul-
tabaeo Oloron, y cuya cola, que la fo 39
tocábalas paredes dql santo monasterio donde dormi h
mos anoche. Todas estas peñas, todos estos barrancos
repetian millones de veces el ruido de sus cantares y
elsoufdo de las herraduras de sus caballos. Ro¡d¡ín ha
bia ya llegado á la altura de ese puio que desde aqui
apaiece tan pequeño como un helecho:, departia alegre
mente con sus escuderos, cuando un horrible estampi
do se oyó en los aires. Alzaron la vista aterrados, y '
vieron unas masas informes que dando saltos terriblvs,
y silbando de una manera espantosa, caian como un
granizo sobre sus tropas, aplastándolas como á rep-

^.Oh! esclamé vivamente interesado


piotorespa, relación. Y ¿qué era lo que i
t mos sentados, me contestó. Un atarido espantoso se
oyó en ese barranco: las tropas apiñadas oponir
escudas á aquella lluvia de peñascos; pero aquel obs._
euloera demasiado débil para proyectiles semejantes;
tronchábanse brazos, pulverizábanse los cuerpos, aplas
tábanse hombres, carros y caballos, y antes de diez
minutos, todo ese camino no era otra cosa que una
amalgama de carne magullada, de petos y corazas des
trozadas. Roldan era el único que aun permanecia in
tacto; sonó su bocina pidiendo auxilio, y el feroz, el
terrible irriiist (1) vascongado fué la contestacion que
#«« UMu .onftitó^» a„ ? dao'J, «i ioú u ',>.
Todas estas alturas estaban coronadas de vascos que
arrojaban peñas, dardos y hasta pelotas de nieve. El
conde Lobo los mandaba: miraba aquella horrorosa
carniceria, sentado en el mismq sitio que tú ocupas.
Roldan hizo esfuerzos inauditos por reunir sus tropas
y trepando poc las laderas, arrojar al enemigo delas
alturas. Varias veces llegó hasta esa quebradura qui
ves como unas dos varas mas abajo de tus pies; pero e
tronco de un árbol que rodaba, una peña ú otro pro
yectil semejante, lo arrastraba en su descenso. Fati
gado al iin de tanto luchar, formó una muralla con los-
mismos cuerpos de sus soldados, y guarecido tras de
ella sonaba la bocina y maldecia á su primo el empe
rador. El sonido de su trompa iba debilitándose por
I : a HI
. (\) ,Especie de relincho: grito .de guerca de losanti-
guos vascangados.
-- C.»J
m —-
grados, y ya en el último esfuerzo de su agonia cogió
la espada por la punta y la arrojó lejos de si. La espa
da se clavó en esta misma peña hasta la empuñadura;
cátló la bocina... Roldan habia muerto acribillado de
flechas y rodeado de los cadáveres de sus soldados."'
Pero su sombra anda vagando por estas soledades,
y armado de punta en blanco, se le vé en las alturas
arrojando peñas enormes para obstruir el camino,
mudo tesigo de su deri ota. A veces, cuando alguna
catástrofe amenaza alpais, óyese distintamente el su-'
nido de su bocina celebrando con sus sonatas la des
gracia que va á suceder. Y cuando aquella se verifica,
vense por la noctn en este camino largas filas de
hombres armado;, danzando al compás de la tocata
que tase su gefe. ¡Desgraciado entances del arriero
vasco que por aqui pase!!!
—Qué le sucede? le preguntó.
—Muere hecho pedazos contra las rocas.
—De modo, que si ahora apareciesen esos gaba
chos......
—Nos matarian sin remedio. '
—Bah, bah! Yo no tengo miedo á los' muertos, le
dije soRnéndome: mas me imponen dos hombres vi*
vos que todos los cadáve'cs de Roldan y susjsoldados.
—Temer á los vivos! me contestó con ademan des
deñoso: mientras tenga cargada mi escopeta, no temo
i ninguno que se me presente por delante.
"Iba yo á responderle y quizá á empezar «lguna polé
mica, cuando oiraos muy csrca de nosotros el mismo
grito estraño y p'enetranté que'habia llegada á nues
tros oidos 1* noche anterior; '" 'o" ' '', - ': :n
—Hé aqui como hay Dios, á tu Roldan que viene á
despedazarnos sin duda, le dije riéndome y muy age-
no de pensar la verdadera causa de aquel gritd!' !; ;1
Pero observé con asombro y terror la palidez de' mi
primo, que puesto un dedo en Ta boca me indicaba-
guardase profundo silencio.
i—El Tigre tenia erizados los pelos sobre el lomo y
lanzaba sordos y siniestros gruñidos.
De repente esclamó Francisco. • ' • '' '•
—Maldicion! He perdido mi trompa ' : ' ' ,J
- : í_<.pero qué sucede? le pregunté en roz baja.
—Qué sucede? me contestó; mirh á nuestra dere
cha: no oyes nada? ' ' ''' ; '/• '
Percibiase en efecto el chasquido de algunas ramas
secas", y el ruido sordo y pausado de un hombre que
camina despacio: pero nada divisé ; '' ;
—Será acaso Roldan el que se acerca? le pregunté
easi convencido de que esta suposicion pudiera ser
cierta-.; ,! ' ' ' '' °' ' " ' '"' ''' '"' ' ' 'Mv
—Quién sabe? contestó mi primó; Silencio, Pepe,
por Dios: quieto, Tiíjrt, murmuró amenazando al per
ro que se echó entre mis piernas. ' ..¡'• ft!
La noche empezaba á cerrar,' y tés nieblas se der
rumbaban rápidamente desde las cumbres haciá los
•talles':'; ". ''
' De improviso resonó por el espacio otro gritó irias
sonoro que cuantos hasta entonces habiamos Oido, y'a'
—-5¡.428 —
,volver Ib cabeisa vimos, mudos de espanto que un .lot-
midable oso negro nos miraba puesto en ;dos .pies y.Cp-
nw á veinte P*wM» distancia ,„„. ;, ¡„n,.;.ti—
. Todada/syigre se heló en mis venas al veilo y casi
maquinalmente me eché la escopeta á la cara, ,,; .,¡;
—Dátenle por D. os, me gritó mi pruno bajándome
-<^3rn}a¿ ó^deJo, «mtrarioiomos perdidos.
B animal se mecia indolentemente, gruñia de pla
ce, sin duda, viendo taQ próxima uua presa deseada y
que cenceptuaba segura, y tonia clavados «a nosoteos
sus feroces ojos. .ovium'i i,rn; i '•' ii,O'fpn •.ti
La estatura de la fiera era gigantesca: euabraMs for
nidos dejaban, ver en sus esiremidades uñas.smeom-
—Preparémonos á una lucha cuerpo ¿ cuerpo , le
.di¿e ¿Francisco al ver que el oso empezaba ¿moverse.
s;,p—^hlrSi estuviera jo salo....,esclaiüó aquel, de.se.n-
»ainando su cuchillo. de. . monte. ... -w, :>'.h raims*
. .,.—Que harias? le pregunté.. , , , .. ¡o.
,.,-p^itjpri^ un escopetazp y le clavaria este puñal.
—Pues hazlo, y sino lo matas le tiraré yo otro.,, .
. —Imposible, me contestó: sino lo mato nos arome -
texa,g a«i;g.ue yo solo podria defenderme fácilmente,
no podré hacerlo contigq. ,.. .,ft,, , ,„; .. ,, 'fir, pi
. Pu^sif)uyamop,.le~djja. B •, . r. .. i•.o" .• I
i0¡ . e^Rlamó mirándome de arriba abajo: estás
cansado, Pepe, y antes de alejamos veinte pasos, sen
tinas sus garras hundirle en tu cuello. No, no; haga-
JW» ol.wcpaí.¡,i,... .'_í,,,„.. b,'.,n;.•„',.:., 'n.p oicno,
— Otl —
»»b..:''f *l tnii-f v''T ~ viuotne *itiw\ M
—Peleemos con él hasta morir, Francisco. .
El oso dio un gruñido fuerte y se lanzó hacia nosotros.
Veloz como el pensamiento, saltó mi primo hacia
•delante y se colocó entpe la fiera y yo.
Los ojos de Francisco brillaban de una manera es-
traña, y en su mano derecha armada con el ancho co
chillo de monte, se notaba cierto temblor febril que
anunciaba una resolucion suprema.
. Pero aquella lucha hubiera sido muy desigual, si
cuando el oso estaba á corta distancia no se hubiese
presentado otro combatiente. Tigre, que hasta enton
ces no había hecho masque gruñir y ancorbar su lo
mo, se lanzó á su vez sobre la fiera y con aquella fuer
za y agilidad prodigiosa de todos los perros de su raza,
asió al oso por las lanas del cuello y haciéndole perder
el equilibrio, lo tiró al suelo. .. [..•'.i '»n W
La rabia del animal fué terrible. Ahullá de una ma
nera espantosa y se avalanzó al perro; pero esterera
muy ágil, amaestrado y sorteaba las acometidas de. la
fiera con sorprendente habilidad.
—Nos hemos salvado, esclamó Francisco.;
—Hagamos fuego, le dije preparando la escopeta,
—Quieto, con mil demonios, me gritó: ¿quieres que
si no lo matamos, abandone al perro y dirija su furia
hácia nosotros? guardemos los tiros para el último
estremo. i. ' , • . •: ' ¡
Entretanto el oso se esforzaba en vano por cojer al
perro, que cada vez que hurtaba el cuerpo, no dejaba
de dar alguna dentellada á la fierajque bramaba de furor.
— no —
Mi primo entonces comenzó á dar gritos desaforado*
i fin de qae nos oyesen tes 'demésx«nHrftorws\ los oua-
!•»«sfeban sumamente cuidadosos al echar de toar

Al fin despues de un cuarto de hora de angustias,


'«iw» el sonido de sus trompas , los ladridos de sus
ferros y los gritos que daban para anunciarnos 'str n%-
W0Ék
Cuando el oso oyó aquel ruido, empezó á retirarse
pausadamente, 1* disparamos dos tiros y desapareció
«i la espesura.
Los cazadores llegaron abrumados de cansancio y
,temerosos de una desgracia.
—-¡,••pe, Pepe, ¿dónde ,está Pepe? gritaba mi pobre
tio jadeando y cubierto de sudor.
—Aqui estamos, tio, le contesté.
—Pero estais sanos?
—«, tio, til ,''
—Gracias á Dios; pero, ¿qué diablos ha suce
dido? i,'» -
—Qué ha de suceder? le contesté: que si no hubiera
sido por Francisco me despedaza él t»o. '
—Misericordia ! esclamaron todos los cazadores;
.sbañeis ti&to el oso?
si u^ComotOs estoy riendo, respondi. ' | .
—f Francisco?
Entonces oimos una detonacion de arma de fuego
¡que salia de la espesura, y un ahnllido penetrante se
«¡guió al tiro. Corrimos todos por aquél lado, y encon-
iv ii , L . '„. ..i. n¡ n| » .. . i . i ' .nril i",' si ' ú et
— 131 —
tramos á mi primo cargando su esoopeta con la mayor
serenidad. '.,..•..
—Lo he herido, como hay. Dios, dijo apenas nos di-
riso: si seguimos la pista el oso es nuestro.
—Pero, señores, ya es de noche; repuso uno dalos
cazadores.
—Y qué importa? contestó Francisco echando al
hombro la escopeta é internándose en el bosque.
Todos le seguimos, y en la blancura de la nieve pu
dimos observar algunas manchas rojas.
—Está herido, señores , dijo mi tio: vayamos con
tiento. Pepe, añadió llamándome, ven á mi lado, do te
quedes detrás bi te separesde nosotros., - .
—Está conmigo, contestó Franoiseo; el cual asiéndo
me la mano y apretándomela con efusion me dijo: an
tes que tocarte un pelo de la ropa, me hará el oso mil
pedazos.
Yo le abracé profundamente conmovido con aquella
inequivoca muestra de.cariño.
Recojiúse toda la jauria, púsose Tigre delante, uní
monos los cazadores en escuadron cerrado y prepara
das las armas, seguimos las huellas de la fiera por
mas de una legua de camino. La noche habia cerrado
del todo; pero podiamos caminar merced á la claridad
que esparcia la blancura dela nieve. Las huellas del
animal dos servian de guia; pero al llegar á una prade
ra circular rodeada de altas peñas, como nn circo por
las graderias, cesaron de repente las manchas de san
gre y las pisadas. De aqui se dedujo que el oso tendria
— 133 —
su guarida en la hendidura de alguna de tas peñas que
teniamos á la vista, y resolvimos acampar en la nieve
tomando algunas precauciones para pasar la noche con
la mayor seguridad y comodidad posibles. Encendióse
ana fogata con algunas ramas secas de árbol y hele,
chos, atraillamos los perros de dos en dos, reforzamos
los estómagos con algunos fiambres, y nos acostamos
i campo raso. Algunos cazadores montaban por torno
una espere de guardia abanzada. May pronto nos rin
dió el sueño i pesar del frio penetrante de la noche,
templado hasta cierto punto por el calor de la ho
guera.
Apenas amaneció el dia inmediato, cuando ya todos
estábamos en pié, y comenzaron de nuevo las pesqui
sas. Las huellas del oso se veian profundamente mar
cadas en la nieve y se dirigian hacia el fondo de aquel
anfiteatro natural. Divisamos entonces) entre la maleza
la boca de una cueva, al pie de una altisima peña cor
tada á pico, y ya nadie dudó de que aquella fuese la
guarida de nuestro enemigo. Rodeamos la montaña
de piedra por ver si tenia otra salida, y vimos con pla
cer que no habia otra boca.
Entonces se reunió una especie de consejo para dis
cutir el medio mas á propósito de hacerlo salir dela
caverna, y adoptóse por unanimidad el propuesto por
Francisco. Reduciase este á colocarse de antemano los
cazadores en las peñas que circuian la pradera : los
perreros con la jauria suelta, en la entrada de'la misma;
y hecho esto, reunir fajo» de ramas secas y helechos, y
— 133 —
aplicarlos á la boca de la caverna prendiéndoles fuego.
Una vez adoptado el plan, nos dispusimos á ponerlo
en ejecucion. Al efecto coronamos las peñas, y mi
primo armado con una azagaya y seguido de algunos
perreros cargados de leña , se acercó lentamente á la
caverna: cerróla herméticamente y aplicó el fuego re
tirándose prontamente.
Mi curiosidad estaba escitada hasta el mas alto pun
to. Todas las miradas estaban fijas en la hoguera que
empezaba á arrojar llamas y columnas de humo. Fran
cisco se colocó á mi dereeha y Tigre á mi izquierda.
Diez minutos pasaron sin novedad, y cuando ya creia
mos errado el golpe, vimos volar por el aire fajos en
teros de leña ardiendo al impulso vigoroso de los bra
zos de la fiera. Presentóse esta lanzando rugidos es
pantosos y dirigiendo iracundas miradas por todas
partes. Cuando el animal se vió encerrado en aquel
estrecho recinto, su furor no conoció limites.
Arrojóse sobre los perros, que todes fueron sueltos á
la vez, y empezó una lucha descomunal y sangrienta.
Eran estos, sabuesos de raza , que con sus cuerpos leo
nados y negros cubrian á la fiera: esta por su parte des,
garraba las entrañas de cuantos se ponian al alcance de
sus formidables uñas ; y muy pronto, de aquel monton
i nforme de cuerpos entrelazados que luchaban con in
decible furia, empezaron á salir ahullidos de dolor y
pedazos de carne palpitante. Trece perros salieron
muertos y heridos en la pelea y los demas se retiraron
á la voz de los perreros.
— 134 —
El oso, rendido de fatiga, mostraba abiertas sus san
grientas fauces v de su hocico cubierto de espuma
pendia inerte su lengua roja como un hierro candente.
El animal estaba sentado é inmóvil.
—Fuego todos á la vez , gritó mi tio, y cinco balas se
hundieron en el cuerpo de la fiera.
El salto que dió al sentirse herida, causó admiracion
á cuantos la vieron: púsose en pié, miró á todas partes '
y con saltos desesperados, con ahullidos horribles, con
un crujir de dientes que causaba pavor, se dirigió, cu
bierto de lodo y sangre , hácia donde nos habiamos co
locado Francisco y yo.
Para llegar al sitio donde nos encontrábamos ,tenia
el oso que trepar una peña como de seis pies de altura,
en una de cuyas hendiduras estábamos cómodamente
sentados. Los Cazadores no se atrevian á disparar sus
armas por temor de herirnos, ni podian prestarnos au.
silio porque ya no era tiempo. El oso entretanto trepa
ba con agilidad y casi sentimos su ardiente aliento. Los
cazadores estaban aterrados '. mi pobre tio no s animaba
con sus voces, al paso que un frio sudor bañaba su ros
tro. Yo temblaba de pies á cabeza y no sabia qué hacer:
miré á mi primo que me besó en la frente , murmu
rando:
—La bocina de Roldan I y tornóse pálido.
El momento critico era llegado : la huida imposible.
El oso avanzó una garra : Francisco en pié , quitóse la
boina, santiguóse rápidamente y disparo.
Yo cerré los ojos.
— 135 —
Un grito de alegria resonó en aquel recinto al Ttr
que la fiera caia rodando por la peña y el Tigre con tila,
hecha presa en su pescuezo.
Francisco lanzó un irrinci de triunfo y saltando de
la peña abajo, clavó el puñal en el corazon del animal.
t Tres horas despues entrábamos triunfantes en el mo
nasterio, llevando atravesado en un mulo al oso negro,
terror de aquellas montañas. De su cuerpo se estrage-
ron veinte libras de grasa , y su piel ha cubierto por
espacio de algunos años el lecho prioral de Roncea-
Talles.
Largo tiempo despues de estos sucesos, be soñade
muchas veces con la bocina de Roldan y siempre que he
tenido este sueño, me he despertado despavorido, cre
yéndome presa de las garras de un oso negro.

MN DE LA LEYENDA ClXtttTA.
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. LEYENDA QUINTA. .;
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Mallagarrl. (I). . ,

Iturmoz (2).

El mas profundo silencio reinaba en uno de los ca


serios de las cercanias de Oyarzun. Pedro Iturrioz,
gefe de la familia, robusto montañés de avanzada edad
acababa de cenar, y su muger, mas jóven que él y en
cuyo rostro podian distinguirse algunos rasgos de su
belleza primitiva, se mantenia en pié con un vaso lleno
de vino caliente en la mano, aguardando á que su ma
rido tuviese á bien dirijirla la palabra.
El gefe hizo una señal y la muger puso en sus manos
el vaso de plata con cierto ademan que indicaba i la
vez ternura y respeto. Luego colocó sobre la rústica
mesa un cestillo lleno de olorosas frutas y se sentó al
otro estremo con la rueca á la cintura, hilando silen
ciosamente un finisimo, lino que mas tarde habia de
convertirse en manteles, sábanas y camisas perfuma-
(1) Hada que habita los lagos y florestas.
(2) Fuente fria.
138 —
'las, que tanto abundan en ios caserios vascongados.
En otro rincon de la cocina, dos muchachas jóve
nes dotadas de atagujar heUeza, hablaban en voz baja
terciando en la conversacion un rapaz como de 'quince
años que se mantenia con la cabeza descubierta.
Un sillon de baqueta guarnecido con gruesos cla
vos de bronce, se veia desocupado bajo la campana de
la chimenea á la derecha deT hogar. Este cuadro de
familia lo iluminaba la hoguera del fogon, y la luz bri-
Uante¡de una hacha de resina celocada en una argolla
de hierro.
Ei gafe partió uaa manzana, dió la mitad á. su espo
sa, y aourando las dos terceras parte» del contenido;
del vas0i invitó á la omiget á que lo concluyese: oikom.
as¡. sin hablar mia palabra. El montañés entonce* des
cubrió 6tt venerable cabeza, ácuya accion se levantar
re» (toautos eo la cocina estaban: santiguóse, murmu
ró una oración á la que hicieron coro los demas, y fué
á sentarse en el sillon de baqueta. Una de' las.mnr
chachas'retiró la mesa, guardó el Manquisimo mantel

La ana de casa hilaba, las muckiohas formata*


madejas recogiendo el hilo en' unas aspas de madetai
el jóvan afilaba un cuchillo de mente, mientras Vt*hter'
ItwñKv apoyados los codos, en los' brazos del; sillon,
parecia estar~yreocupado:
Las miradas de los circunstantes se (yaba» en el
semblante del patriarca, euyos ojos se iban cerrando
— 139 —
paulatinamente. La esposa hizo entonces una seña im
perceptible: cesó la conversacion de ras doncellas, y
el mancebo entonó con voz muy baja una canturria
sencilla y monótona, cuya cadencia marcaban las tres
mugeres moviendo las manos. Esta melodia debió
obrar poderosamente en el anciano, puesto que inclinó
del todo la cabeza quedándose profundamente dormhio.
Por entre los resquicios de la puerta entreabierta,
penetraban algunos rayos de la luna que iluminab aun
magnifico paisage de árboles frondosos y montañas
jigantescas: el murmullo de una fuente se dejaba oir
imprimiendo á este tranquilo espectáculo un [encanto,
desconocido.
Largo rato permanecieron de este modo, hasta
que el anciano dijo repentinamente:
—Repiteme, Antonio, lo que has oido en la mon
taña.
El jóven dejó su cuchillo, se levantó y contestó
respetuosamente.
—He oido, padre mio, que la batalla ha sido san
grienta.
—Y no sabes quiénes son los vencidos?
—No me lo han dicho, padre mio.
( EJ anciano se calló. La mayor de las dos doncellas
tornóse sumamente pálida, y dejó caer el aspa de ma
dera en que recogia el hilo; fijos los ojos en su her
mano, interrogábale con la mirada: pero Antonio es
peraba para hablar la órden de su padre.
—Mañana antes de ser de dia te encaminarás á la
— 140 —
frontera, y no vuelvas á casa hasta que sepas el éxito
'del combate.
—Asi lo haré, padre mio.
—Acércate, le dijo al mancebo.
—Qué me quereis? contestó Antonio inclinando la
cabeza para escucher lo que su padre tenia que decir
le confidencialmente.
—Gil está con ellos, le dijo con voz conmovida:
hermano tuyo es é hijo mio: pregunta, registra el
campo, y cuando vuelvas, dime que lo has visto vivo,
ó que lo has sepultado cristianamente, si es que ha
muerto.
—Cumpliré vuestras órdenes.
—Si vive, le dirás de mi parte, que le prohibo,
¿entiendes? que le prohibo hacer uso de las armas
contra el de Arpide mientras estén enfrente del ene
migo.
—Y á mi, padre, ¿me lo prohibis tambien?
—Si, hijo mio: los odios, los resentimientos parti
culares, por profundos que sean, deben acallarse cuan
do se trata de la salvacion de la patria. ¡Maldito sea
quien asi no lo hiciese!
Levantóse el anciano, besó la frente de las tres
mugeres, bendijo á Antonio, y salió lentamente de la
cocina. Media hora despues dormia con el sueño tran
quilo del justo.
Apenas Pedro Iturrioz abandonó la cocina, cuando
Antonio se vió cercado por las tres mugeres.
—Tu padre te ha comunicado órdenes secretas
— Ul —
que no me es dado saber, dijo la madre con santa
resignacion. Obedécelas, hijo mio, sin restriccion al
guna: tu padre debe ser tu Dios en la tierra.
—Asf me lo habeis enseñado, madre mia; contestó
el joven besándola.
—Y asi es, Antonio ; pero despues del padre, le
pertenece á la madre aconsejar á sus hijos. Sentaos,
pues, y escuchadme.
Los tres jóvenes se sentaron: la madre entre sus
dos hijas, de las cuales la una demostraba una angus
tia indefinible, mientras la otra la miraba cariñosa
mente. Antonio, de rodillas delante de Catalina, tenia
ñjos sus ojos negros en ella: la esposa de Iturrioz ju
gaba con los ensortijados cabellos de su hijo.
—Antonio, le dijo: un hermano tuyo está peleando
en la frontera; su carácter fogoso te es bien conocido:
si vive, dile que cumpla con su deber como bueno;
pero que no se arroje á empresas temerarias.
—Se lo haré presente, madre mia, contestó el
jóven.
—Que olvide nuestras querellas particulares para
no acordarse de otra cosa sino de que es guipuzcoa-
no, y que sus enemigos son los que lo sean de su
patria....
—¡Oh, hermano! no te se olvide esa sabia reco
mendacion; interrumpió la jóven que parecia angus
tiada.
—¿Qué entiendes tú de eso, Inés? le preguntó An
tonio mirándola fijamente.
— un —
—Es verdad, contestó la joven ruborizándose; pe,'
co entiendo, pero creo que la sana razon lo dicta asi.
—Madre mfa: lo mismo que acabais de aconsejar
me, me lo. ha recomendado mi padre.
—Loado sea Dios! contestó Catalina.]! Ahora sol»
me resta encargarte que no te detengas en el viaje.
'Recibe la bendicion de tu madre, y que Dios os pro
teja á los dos hermanos. Hijas mias, vamos á rece
jemos.
Levantáronse todos y salieron de la cocina. El ca
serio quedó bajo la salvaguardia de las leyes del pais
y vigilado por un mastin que se tendió j unio al hogar.

La Bruja de ZaldüíI.
I , i .; ' • •' . ! . '
Media noche era por filo, cuando se abrió lenta
mente la puerta esterior del caserfo y entró en la co
cina una muger anciana. El mastin alzó la cabeza,
lanzó un gruñido sordo, se acercó á la reden venida,
la olfateó y volvió á tenderse indolentemente. La mu
ger arrojó algunas ramas secas al fogon, y una luz
brillaste iluminó' el Hogar hospitalario. La anciana re
medó el canto del buho con una perfeccion inimitable,
j muy pronto se sintió un paso ligero que hacia tem
blar la. escalera de madera que conducia al piso supe-
liar. Dominica, la mas joven de las hijas de Pedro
Itnrrioz, acababa de entrar y se paró á alguna distan
cia de la estrangera revelando en su rostro temor y
dera en que se habia sentado su interloaatarai el
majalin se acurrucó frente á Dominica, y.appjuisu'lBie-
ligente cabeza en las rodillas. ,, ..;•;'' •
Aqnel grupa iluminado ;por la luz del fogo»* T>des
tacándose del fondo negro de las paredes abumadasv
tenia cierto barniz de hechicerfa. La anciana, coa<M
rostro arrugado y moreno, sus. redondo» ojillos 'de
nasmovilidad estraordinaria, con sus .cabellos .e»t*e-
canos y despeinados, y con su nariz larga y puoitiagv-
4a* Jomaba un contraste estcaóo.coa las frescas saeji-
lias, los hermosos ojos negros, el talle esbelto y la.
sonrisa de Dominical fiara completar este, cuadro 'aña
diremos, .que la anciana acercaba s» rostio á 1» tam
frente de la joven, y que el mastin seguia con vistan
perspicaz. todos las movimientos de la bruja.
—He has llamado, .Dominica, .dijo'eataioon voj»cas-
cada; y aqui me tienes: ¿qué deseas de mi? . u „'
—Deseaba saber, contestó lajóven con voz tem
blona, quiénes han sido los vencidos en la batalla>que
ae ha dado en la frontera.
—Nada mas? ,preguntó la bruja Ajando con' iaM»
«ion su mirada.em Dominica. : ,,./....'•', f
—Nada mas: volvió á coatestar su. intecloouta*»
bajando los /ojo», '• i- >poihi'
—.Bien: abre esa ventana que da al campa.. . ,
—Ya está, dijo abriéndola de par en par.
—Mira al cielo.
Jfti*t"'« '' • ' 'í •;!': u'
—Qué ves á poniente?
' —Veo una nube cenicienta.
—Qué forma tiene?
—Parece al esqueleto de un caballo muy grande.
—Qué mas observas?
—Observo que la nube se ha partido en dos pe
dazos. • ' •' ' ''; "' " ! •''
—Cuál de ellos es el maydrf''« '
—El del lado de la cabeza.
—Los franceses y navarros han sido vencidos, dijo
la bruja. '. . ~ '
Dominica lanzó un grito de alegria y acercándose á
Ja anciana, la dijo:
—Es cierto lo que me anunciais?
—Taii cierto como te estoy viendo. ¿Quiéres saber

—Quisiera saber lo que ha sido de mi hermano.


—Voy á satisfacer tu curiosidad. Acerca aquella
caldera.
Dominica se apresuró á obedecer.
—Colócala al fuego. Eso es: ahora vete al campo y
tráeme raiz de helecho.
Dominica salió del caserio seguida del mastin.
Entonces la vieja pitonisa sacó de su faltriquera un
taquito de cuero y de este un emboltorio de trapos.
Púsose á desdoblarlo cuidadosamente hasta que des-'
cubrió una mano de niño perfectamente conservada:
— 145 —
algunos rizos de cabellos rubios y sedosos envolvian
aquella mano: de un frasco pequeño de plomo, derra
mó algunas gotas de licor rojo á la caldera , candente
ya por la accion del fuego , y aguardó la llegada de
Dominica. Esta no se hizo esperar: entró con un ma
nojo de raices de helecho en la mano, y cuando se
acercó á la anciana, observó que el mastín la tiraba
de la ropa.
—Quieto, Moro, quieto: le dijo. No parece sino
que quieres solazarte aun á los rayos de la luna. Aqui
teneis, prosiguió Dominica, entregando el manojo de
yerbas á la vieja.
—Estaban á la sombra cuando las has recogido? la
preguntó examinándolas.
—A la sombra de un nogal.
—Bien está. Siéntate ahora en el escaño y fija toda
tu atencion en la caldera.
La pitonisa echó las raices bien mondadas en el
caldero, cuyo contenido comenzó á hervir. Pocos ins
tantes despues elevóse una llama azulada, cuyo res"
plandor, reflejando en los muebles de la cocina, les
hizo cambiar de color.
—Qué ves? dijo la bruja.
—Veo á mi hermano cubierto de sangre y dormido
tranquilamente. Veo muchos cadáveres tendidos en el
campo de batalla. Ah! esclamó de repente.
—Qué mas ves? :
—Veo á Juan de Apide dormido tambien á alguna
distancia. Hay muchas fogatas, diviso á las centinelas.
— 146 —
—Mira Ahora á tu hermano: qué hace?
—Dios mio! atetan* Dominica palideciendo.
—Q«¿ sucede?
—Mi. hermano se levanta, desenvaina I* espada ?,
se.acerca'cautelosamente a Juan de Arpide.
—T» hermano y el de Arpide se batirán sntre
ra sangre correrá, dijo la bruja con voz siniestra. Qué.'
mra,i*ssT
—Nada.mas, contestó Dominica, temblando.
—Vuelve, el rostro á la pared,.prosiguió la bruja*,
observa bien las figuras que hay dibujadas en «IIs.
Dominica obedeció, y lanzando un pequens (grito se
tapo los ojos.
—Qué ves ahora? tornó á preguntar la anciana con
semblante impasible.
—Oh! Ese no puede ser, repuse la joven agitada
sD.e&tremo.
—Quita ilas manos del rostro, y dime lo que vesc
ne,lengp tiempo para oir tus sollozos.
—Veo á Juan de Arpide en brazos de una muger.
—lia conoces? ,. . ,,
—Tiene vuelto el rostro.
—Mira bien á Arpide ; ¿qué color tiene su sem
blante?
—Muy pálido.
—Estás satisfecha? preguntó la bruja con uwUcna
sonrisa.
—Pojare hermana mia! contesté pomonic*. lloa
rando.
— .í47 —
—Tu hermano ha vertido la sangre del amante de
Inés. ¿Quieres saber el fin de sus amores?
El mastin dió un gruñido y colocó sus patas sobre
los hombros de la joven lamiéndola el rostro.
—Dios mio! murmuró Dominica.
—Decidete pronto: en otra parte me aguardan ha
ce dos horas.
La joven titubeaba y . el perro no cesaba de lamer
la el rostro lanzando á la vieja miradas iracundas.
—Eres muy pusilánime; dijo¿entonces la bruja guar
dando el saquito de cuero y disponiéndose á marohar.
— Oh! aguardad un momento : esclamó Dominica,
deteniéndola por la ropa,
—Yo no puedo permanecer por mas tiempo en esta
c»sa, repusola vieja , mirando, al perro de través.
—Pues bien , me decido , dijo la joven.
El perro lanzó un gruñido lastimero, y separándose
de su ama fué á echarse en un rincon de la cocina.
—Toma este saquito ya que estás dispuesta á todo,
.y observa de nuevo la llama azul.
—Ya miro ; dijo Dominica tomando el saco y ha
ciendo un esfuerzo para superar su temor.
—Abrelo ahora y arroja á la caldera uno por uno
todos los objetos que contiene.
Dominica obedeció*, pero cuando vió en sus ma
nos el miembro mutilado del niño envuelto en los ri-
. ios de pelo, especimentó tal sensacion de horror, que
. soltó el saco que fué á caer en la hoguera - del fogon
ron todo lo que contenia.
— 148 —
Una terrible detonacion hizo temblar á todo el edi
ficio, y cuando la joven quiso huir no pudo. Flaqueá-
ronla las rodillas y cayó al suelo lanzando un grito.
Habia visto á la bruja de Zaldiiñ escaparse por la ven
tana convertida en un monstruoso murciélago. La ho
guera se fué apagando paulatinamente , quedando el
aposento sumergido en la mas profunda oscuridad.
La del alba seria, cuando Antonio vistiéndose apre
suradamente, se disponia á salir del caserio. En la
puerta de él, encontró á Inés sentada en un poyo de
piedra, aspirando ansiosa la fresca brisa de la ma
ñana.
—Buenos dias, Inés, la dijo besándola en la frente.
Por qué te has levantado tan temprano?
—He querido verte antes de tu partida.
—Gracias, Inés mia: en ese rasgo conozco tu cari
ño hacia mi. Y cómo es que Dominica no te acompa
sa?
—Estará dormida tal vez. Pero mira Antonio: estoy
(Ola, porque ademas de verte, deseo tener una confe
rencia contigo. Eres joven, ya lo veo; pero no obstan
te, los hombres á tu edad, teneis el juicio mas sano
que las mugeres á la mia.
Antonio miró con atencion á su hermana y observó,
a la luz de los primeros reflejos del alba, la palidez de
su rostro.
—Estás mala, hermana? la preguntó cariñosamente.
—Si, Antonio: tengo enfermo el cuerpo y mas en
ferma el alma.
— 149 —
—Pobre Inés! Y qué puedo hacer por ti? Habla: ya
sabes que te amo con ternura.
Inés alzó los ojos y miró á su hermano de una ma
nera que hirió en lo vivo al joven.
—Dudarias acaso de mi cariño? la dijo: semejante
duda de tu parte, seria injuriosa para mi.
—Tan lejos estoy de eso, hermano mio , contestó
Jués con dulzura, que voy á confiarte lo que ignoran Gil
y nuestro padre.
—Esa respuesta me consuela: replicó Antonio sen
tándose á su lado.
—Las horas vuelan, hermano, y tienes mucho que
caminar: escúchame, pues, y se indulgente conmigo.
—Habla, Inés, habla: te escucho con toda la aten
cion de que soy capaz.
Inés tomó entre las suyas la mano de Antonio y em
pezó asi.
—Tú no ignoras la fatal enemistad que divide á
nuestra familia y á la de Arpide: esta enemistad es la
primera causa de mi desgracia.
—Cómo es eso? preguntó Antonio dando un salto.
—Si, hermano: asi es. He conocido á Juan: la pri
mera vez que le vi, hui de él.
—Obraste bien, hermana. La injuria que hizo su
padre al nuestro, es imperdonable.
—Escúchame hasta el fin. Desde aquel dia no cesó
de perseguirme: cuando bajaba á Oyarzum á oir misa
en compañia de mi madre, estaba segura de encon
trarlo en la puerta de la iglesia: nos ofrecia el agua
— 150 —
bendita respetuosamente, colocábase en la iglesia jun
to á nosotras, y cuando saliamos del templo, él era á
quien encontrábamos próximo á la agua benditera.
Nos encaminábamos al caserio, y Juan nos seguia acier
ta distancia....
—Sin dirigiros la palabra?
—Nunca se atrevió á tanto. Cuando me asomaba á
la ventana, veialo siempre con su ballesta al hombro
en la cumbre de la montaña, fijos los ojos en nuestra
casa.
—Abrigará ese hombre algun siniestro proyecto
contra nosotros?
—Oh! no, se apresuró á contestar Inés. Llegó la
primavera, y al amanecer, cuando abria la ventana de
mi aposento, encontraba siempre una corona de flores
en el marco. Al principio las arrojaba con cólera, por
que estaba segura de que oculto en algun matorral de
las inmediaciones, no dejaria de espiar mis acciones-
Pero al otro dia lo encontraba, ya en el bosque, ya pró
ximo á la fuente, y su semblante demostraba tan honda
tristeza, que me causaba lástima.
Antonio soltó la mano de su hermana y quedóse
pensativo.
—Escúchame, Antonio, por piedad: su conducta res
petuosa y reservada , llamó estraordinariamente m¡
atencion: pensé en él, mas amenudo de lo que debie
ra, y á pesar de los esfuerzos que hacia para borrarlo
de mi imaginacion, me era imposible conseguirlo.
Llegó el invierno... Volvia yo un anochecer de velar
— ÍH —
»t cuerpo de la pobre Lucfa, nuebUa prima, k.qmtw
tasto querfamos: nevaba mucho, y «1 camino. e»UU»a.wr
transitable. Casad» llegué al erucero cercano i la>i
fuente, vi un bulto negro parado en tnedio'del camino, ,
y qne me miraba coa uno» «ios que brillaban en la
oscuridad como dos luces: asustóme de tal modo, que
me faltaron. las fuerzas para huir, y la voz. para pedir
socorro. El bulto, negro lanzó un ataullido terrible y se-
«rrojó sobre mí. ...
—Seria Juan? esclamó el. mancebo poniéndose es
pié: miserable!
—No , hermano: do era Juan. Era si,, aqnel lob*.
rabioso q^e fué el terror de esta. comarca.,—
—EL que se encontró muerto junto á.la fuente? Po
bre hermana mia! esclamó"lomándola de nuevo la mano.
—Mi muerte era segura : prosiguió estremecién
dose. Ai verlo tau cerca de mi, crugiendo bis dien
tes y abollando,. el esees» del terror me arrancó un
grito, y cuando ya iba a ser presa de la fiera, vi salir
del lindero del camino una, figura humana, que inter
poniéndose entre ellobo y yo, recibió su primara aeo^
metida. Lucharon los dos encarnizadamente , y lo mas.
horrible era, que ni. .el lobo. abollaba, ni el hombre
qne luchaba con él articulaba una palabra: era pues,
no combate mudo sí, pero sangrento. Lo que yo pa
decía, en aquel momento, es indecible: creia de bu*»»..
té, hermano rato, que aquel hombre era Gil.
Antonio durante este relato, apretaba eoevoist***
«ente la mano de Inés.
— 152 —
—Como unos diez minutos duró la lucha; prosiguió
la jóven: el lobo cayó muerto, estrangulado por las
robustas manos de mi libertador. Este se acercó en
tonces á mi, y juzga cual seria mi sorpresa al recono
cer a Juan de Arpide....
—Juan de Arpide! esclamó Antonio asombrado.
—Si, hermano; á él debo mi vida. Suplicóme que le
permitiera acompañarme hasta aqui, y que le jurase no
decir á nadie lo que habia sucedido. Lo juré, herma
no, y hasta hoy he cumplido mi juramento. *
—Y le has vuelto a ver? preguntó Antonio. s "
—Muchas veces, hermano mio; porque desde aquel
momento me fué imposible dejar de amarle.
Y al decir esto, se 'ruborizó y ocultó su rostro
apoyando la cabeza en el pecho de su hermano. Este
se sintió profundamente conmovido al escuchar aque
lla confesion hecha con un acento dolorido. " "
—Y sabes tú, Inés, le preguntó despues de un mo
mento de silencio, sabes tú si él te ama? ' - r ,
—Nunca me lo han dicho sus labios; pero muchas
veces sus ojos, las coronas de flores adornaban todas
las mañanas mis ventanas, y la vispera de marchar
contra el enemigo de nuestra patria, en vez de la co
rona acostumbrada , solo encontré dos flores : una
siempre viva unida á un pensamiento.
—Su proceder ha sido noble: esclamó el mancebo
con acento solemne; alza, pobre Inés, esa frente, pura
como el primer pensamiento de un niño: levántala,
hermana mia: yo, tu hermano , te protegeré contra
— 153 —
'odos. Si nuestro padre, cediendo á los impulsos del
odio, maldice tu amor, si mi hermano mayor hace lo
mismo, yo que sé lo que ha sucedido, yo que he oido
de tu boca cuanto has sufrido, yo te protegeré herma
na; y cuando Gil y Pedro Iturrioz sepan lo que yo sé, no
dudo que te bendecirán como el iris de paz entre las
dos familias, que nunca debieron desunirse; ellos te
bendecirán Inés , como yo te bendigo.
Inés se arrojó en los brazos de su hermano, quien
la estrechó en ellos cubriendo de besos su frente.,
—Oh! esclamó vertiendo lágrimas de gozo. Qué
bien he hecho en confiarte mis pesares!
—Si , hermana, si: has obrado bien: yo no puedo
olvidar que me has amado con predileccion, y aunque
participo algo del carácter de mi padre y respeto sus
opiniones, el corazon me dice que por esta vez no son
las mas acertadas. Retirate ahora, Inés mia, y espera
mi vuelta: quién sabe lo que podrá suceder?
—Esperemos en Dios,] hermano. ,
—Asi es, esperemos en Dios.
—Y que él te guarde, querido Antonio.
Tornáronse á abrazar ambos jóvenes y el mancebo
marchó á cumplimentar la orden de su padre.
EL DUELO.
Por la falda de poniente de los montes que de Lei-
za signen formando cordillera hasta la orilla del Occea.
no, dirigiase un caballero armado de todas armas y
montado en poderoso trotón. Por el abonamiento de
tu casco de batalla, por lo sucio de su armadura, co.
— 1» —
mo por los girones que colgaban de su sobrevesta
'ütorOtáa, ,y la ausencia completa de las plumas.de m
«¡mera, conociase que embaen caballero volvia de Ü-
'gwi torneo * i6 üfgtatHefo oWnifcáte.
'Marchaba soto, sin paje ni escudero, parándose á
^«s como para reconocer e"l páis, reqtfirfertlío' ía'tt-
sna espada á cada rumor que llegaba á sus oidos, ó
deseugancliando el hacha de armas que colgaba d*i
arito de la sitia a cada pastor ó transeunte que ces,
taba por el camino.
Dejó á su izquierda la Villa de Goizueta, siguió el
eurso del Urumea hasta la i nmendiacion de la casa fuer
te de Aldunciñ, y de alli tomó ála derecha por un sen
dero que conduce al sitio llamado Articuza, l'erreria no
table en aquel pais, jamo á la cual se vé un etíifeio
$ untuoso que causa agradable sorpresa á cuantos tran
sitan por aquellas breñas.
En aquel tiempo no existia nada de esto , y el es
trechisimo valle en donde están construidos palacio j
'erreria, era lo mas sálvage y escabroso de aquélla eo-
marca.
Cuando el caballero llegó á la cima de una de las
montañas,que forman el valle, el sol se ocultaba en e!
mar, que desde alli se divisa en lontananza, formando
una linea de oro en todo el horizonte. El caballero se
detuvo nn momento contemplando aquel espectáculo.
7 prosiguió su camino descendiendo al valle sombrio.
llegar cerca de unos peñascos que obstruyen el pass
4tt arroyo que corre por lo profundo del valle, defúss
— 155 —
se, bajó de su trotón, se tendió en la yerba dejando al
caballo pacer tranquilamente algunas hojas de arbus
tos, y se dispuso á gozar de un momento de reposo.
De repente, y cuando el caballero se disponfa á se
guir la marcha , su corcel lanzó un sonoro relincho el
cual fué contestado por otro igual.
El caballero montó á caballo y se dispuso á la de
fensa, temiendo el ser sorprendido: escuchó por algun
tiempo, y no tardó en llegar á sus oidos el ruido que
producian los pasos del caballo y el rumor de las ar
mas del que llegaba.
Las sombras de la noche no permitian distinguir
los objetos á cierta distancia, y asi es que hasta que
«e encontraron muy cerca ambos caballeros, no pudie
ron verse.
—Quién va allá? preguntó el que primero habia
llegado.
—Y quién sois vos para demandármelo? repuso el
que acababa de llegar.
—Soy un caballero, contestó el primero.
—Guipuzcoano ó navarro?
—Guipuzcoano.
—En buen hora. En ese caso somos amigos.
Esto diciendo , se acercó mas el recien llegado , y
preguntó:
—Hacia dónde caminais?
—Hacia Oyarzun.
—Sois de alli?
—De muy cerca.
— 156 —
—Vuestro apellido debe serme conocido en ese cs
so; cómo os llamais?
—Juan de Arpide.
—Y yo, Gil de Iturrioz, contestó el segundo.
Siguióse un momento de silencio á esta declara
cion. Hallábanse frente á frente los primogénitos d e
dos familias cuyo odio databa de algunos años.
—Al fin nos encontramos en un terreno neutral ,
dijo Gil á su antagonista. Aqui no nos atan las manos
ni el respeto á las leyes del pais, ni el tener que olvi
dar nuestras querellas particulares para combatir uni ,
dos al enemigo comun.
—Decis bien, contestó el de Arpide con tristeza;
pero yo no veo una razon por la cual hayamos de re
partirnos tajos y mandobles, cuando entre vos y yo no
existen motivos de rencor.
—Cómo no? replicó Gil. Acaso Juan de Arpide ol
vida que su padre ultrajó al inio, ó cree que la injuria
hecha al gefe fte una familia no obligue á vengarla ¡i
sus descendientes? Donosa creencia seria por cierto!..
—Escuchadme, Gil, repuso el de Arpide. No niego
que han existido querellas en nuestras familias, desde
el dia en que mi padre negó al vuestro la mano de su
hermana, despues de habérsela prometido; pero antes
que esta desgracia sucediese, tengo entendido que
ambas á dos estaban muy unidas. Ahora bien : el re
cuerdo de aquella buena armonia ha de borrarse por
el recuerdo de una injuria debida quizá al carácter en
demasia violento de nuestros padres? Seamos justo
— 157 —
Gil: la paz que nuestros mayores turbaron, hagámosla
volver á nuestro hogar : acábense los odios , Gil ; sea
mos hermanos: sobrados son los enemigos que nos
combaten por defuera, sin que nos debilitemos por lu
chas intestinas.
— A fé mia que debiérais soltar la armadura y sus*
tituirla con un sayal : dijo Gil con burlona sonrisa. Os
aseguro que me pareceis mas bien predicador de ju
bileo, que caballero que calza espuelas.
—Gil! yo no merezco esa provocacion de vuestra
parte. Bien sabeis que no es el temor el que me hace
hablar asi, sino el deseo de que reine la buena armo
nia entre nosotros.
—Por mi parte no la apetezco ni la echo de me
nos. Cuando naci existian esos mismos'ódios en las
familias de Arpide é Iturrioz, con ellos me he criado y
conservándolos he de morir.
—Oh! ¡Qué mal haceis! esclamó Juan con abati
miento.
—Esa no es cuenta vuestra, replicó Gil con altane
ria : en todo caso, ni á vos os compete aconsejarme, n¡
yo me humillo á pediros consejos.
—Tampoco he pretendido erigirme en vuestro con
sejero. Conservad vuestros odios todo el tiempo que
querais , y Dios quiera que sea corto ; pero separémo
nos al menos sin cruzar las armas.
—Sois muy prudente, el de Arpide : dijo riéndose
Gil. Sois quizá mas que prudente : sois cobarde.
—No hace ocho dias que vos mismo habeis visto
— 158 —
todo lo contrario , respondió el de Arpide haciendo un
esfuerzo sobrehumano por contener su ira.
—Asi es; pero creo que no es lo mismo combatir
contra peones y caballeros franceses que contra un
hijo de Pedro Iturrioz.
—No es esa la cansa de mi repugnancia á combatir
con vos : ya sabeis que no os temo.
—Pues cual puede ser el motivo?
—El temor que tengo á las consecuencias de este
duelo. Dios os guarde Gil : os declaro que no quiero
combatir con vos : y picó espuelas al caballo al con
cluir estas palabras.
—Oh! ¿no quereis? esclamó Iturrioz colérico ; pues
yo os obligaré á ello. Y con su guantelete de acero hi
rió brutalmente en el rostro á Juan de Arpide.
Este se paró, miró á Gil, bajóse del caballo y des
envainó la espada. Gil de Iturrioz hizo lo mismo y am
bos combatientes se prepararon á la pelea.
El terreno en que iba á verificarse era el menos á
propósito : la superficie de la peña apenas tendiJa do
ce varas de estension ; por tres partes lo cercaban jaros
espesos y por la otra acababa bruscamente en un pre
cipicio. La noche era oscura y algunas gotas de agua
se desprendian de las nubes.
El primero en acometer fué Gil de Iturrioz, cuya es
pada cayó pesadamente sobre el casco de Juan de Af.*
pide : el combate se empezó. Las rocas y barrancos
repetian en el silencio de la noche el estruendo' de las
armas: chispas luminosas salian dé vez en icvsndb"de la
— 159 —
snmbre del peñasco iluminando fugazmente la arma
dura de los combatientes: a favor de tan incierta luz
subiera podido observarse que Gil tenia encendidos
de cólera los ojos y que acometia con furia,
*1 semblante de Juan revelaha profundo disgu

i ruido que el de las


,armas: ninguna voz, ninguna palabra pronunciaban los
combatientes. Cualquiera que en aquel momento hu
biera pasado por aquellas inmediaciones, creeria asis
tir á alguna lucha gigantesca trabada entre los espi
ritus de las tinieblas. De repente se oyó un ruido sornV,
t una voy. que decía.
—Levantaos, Gil; y que se acabe la batalla,
—No, vive Bios; he dado un resbalos que h¡

i no estat8 herido?
—Nio á fé mia, aunque bien pudiérais haberme
muerto mientras estaba caido en tierra.
—Sin embargo no h> he hecho. Quede esto pues con
fluido y prosigamos la marcha cada cual por su¿camino,
'Por toda respuesta óvose de nuevo el ruido de

. Sintióse un golpe seco»


un alharido de detor y despues todo quedó sepultado
en el más profundo silencio. Por entre la sombra de
los jarales se vtó deslizarse un bullo informe j "W til
pedregoso sendero se oyeron las pisada* de un cabal lu
e • ' M,UTAGAMU. , ¡ ,. • ui.

Al anochecer del dia siguiente hallábase Juan de


Arpide sentado en lo mas escondido del valle de. Arti-
euza y al pié de una peña cortada á pico : cerca de él
pacia su caballo de batalla : un entumecimiento general
en los miembros, le impedia moverse : empezó á que
rer recordar lo que le habia sucedido la vispera; vino*
sele á la memoria el encuentro con Gil, su conversacion
eon él, su duelo y por último su caida: dirijió la vista
al peñasco á cuyo pié estaba sentado y conoció que en
sujcima era donde habia combatido. Entonces compren
dió la causa de su entumecimiento, y las profundas abo
lladuras de su armadura le indicaron lo demás. Hallá
base pues solo , magullado, con una ligera herida en el
«uello, casi exanime de inanicion, pues haria mas de
treinta horas que no tomaba alimento alguno. Todo
socorro humano parecia imposible en aquel parage
solitario. '
Un dosél dé verdura cubre durante el verano este
sitio salvage. Los árboles adquieren dimensiones tales,
que sus ramas entrelazadas no dejan paso á los rayos
del sol. El arroyuelo de agua cristalina que corre por
el fondo del estrecho valle, lame los troncos de los ár
boles y mantiene una frescura agradable.
La vejetacion es poderosa y magnifica, y nada mas
poético que un paseo nocturno en aquella tranquila so
ledad. El arroyo forma algunos remansos, pequeñas
— 161 —
lagunas cercadas de espadañas y zarzas, de azucenas
y rosas silvestres. Cualquiera al observar las aguas
tranquilas de estos lagos en miniatura , creeria bailarse
mirando un grande espejo cercado de un marco de flo
res. Algun marlin pescador de color verde subido, ha
ce oir su chirrido desagradable al rozar con las alas la
superficie del lago : algun cervatillo apaga su sed en L
corriente que alimenta la laguna y tal cual ruiseñor
posado en la enramada, ó alguna tórtola, cuyo triste
arrullo invita á la meditacion , son los únicos]seres que
animan tan romántico paisage.
Juan de Arpide, viendo que la noche cerraba del todo
y calculando que le seria imposible soportar hasta la
mañana siguiente el hambre que sentia, llamó á su ca
ballo, quien acudió alegre por demas á la voz de su se.
ñor. Despues de mil esfuerzos inútiles, logró al fin
montar en él y se disponia á emprender la marcha.
Encontrábase á la orilla de uno delos pequeños la
gos ya descritos que sehabia formado al pié de la peña de
cuya cima cayera la vispera. Del centro de las aguas
elevábase un vapor diáfano : largas raices de enreda
deras colgaban de la peña hasta hundir sus estrenios
en el lago, y aquellas raices se veian cubiertas de ho
jas, semejándose á esas cortinas ó persianas de junc0
verde que sombrean los balcones chinos. Largas y pun
tiagudas espadañas crecian en la orilla, y las ramas de
un sauce lloron se balanceaban al impulso de una leve
brisa , como las plumas de la cimera de un casco de
guerra.
— 165! —
El caibáilero creyó observar, en medio de la os
curidad', una repentina ondulacion en las aguas: ere."
yó asimismo que las raices de enredadera se separaban:
vió despues que las ramas del sauce se movian de una
manera mas marcada, y al fin llegó á sus oidos una
melodia lejana enyos sonidos misteriosos dejaron sus
penso Su ánimo.
Kasgése la Cristalina superficie, y envueltas' en la
neblina producida por los vapores que salian del agua,
vió aparecer hasta una docena de doncellas de sin par
hermosura, coronadas las frentes de rosas azules,
cubiertos sus aéreos cuerpos con vestimentas talares
de gasas blancas como la nieve : estrellas de pálido bri
llo adornaban el centro de sus coronas de flores.
Eleváronse pausadamente sobre la superficie de'
agua; y asiéndose las manos, prosiguieron cantandi la
música estraña que tanto habia llamado la atencion del
caballero.
Todos aquellos rostros estaban pálidos, los ojos me
dio cerrados y velados por luengas pestañas, y los ca
bellos abundantes, sueltos sobre sus espaldas alabas
trinas.
Al poco tiempo de esta singular aparicion, diri.
jiéronse las doncellas al sitio en que las contemplaba
absorto el caballero ,y rodeándolo por todas partes, la
tina cogió las riendas del caballo que parecia encanta
do, segun estaba de inmóvil , la otra tuvo el estrivo
para que desmontara el ginete, cual quitóle el arnés,
cual el escudo y la poderosa lanza, y asi desarmado y
confuso de verse también servid» por aquellas jóvenes
herniosas, dejóse conducir bajo el sauee. ..fy gjM
Cubria este árbol cou sus pendientes ramas la poca
de una cueva, cuyo suelo, tapizado de menuda y ama
rillenta arena, daba estrada ú la magifW mansion de la
Maytagarri del pirineo. i, ' ¡ t. oldin^i 'i;'di...ur' b syp
«iuanlu la imaginacion mas poética de Uñente pu
diera inventar de maravilloso, se bailaba reunido eu u
vasto salon á donde fué conducido el caballero. La bó
veda resplandecia ceuto si «ufoie.se sidp construida 4f
un solo diamante pulimentado : altas columnas .de es-
taláeticas, que figuraban sapientes de pri#fal <¡itfrfl.r
lazadas las unas, guirnaldas de flores las otras, soste
nian aquella techumbre brillante: franjas de azucenas
unidas entre si, hojas de parra silvestre me;cc)adas cou
flores de granado, rojas como el rubi, formaban festo
nes que encantaban la vista, y bajo un dosel de agua
cristalizada, se veía un trono ó reclinatorio de musgo,
suave, como la piel del armiño; mullido, coino los al
mohadones donde . se reclinan las perezosas odalisfjas
orientales. ,«nat-.
Muellemente recostada en aquel lecho, reposaba
la reina de mansion tan maravillosa : chapines rojos
cubrian sus pies, y una tela bordada de oro, velaba su
xptfr*, Jf. ' >♦ ¿/ . .<¡**' «i* » (',./.
Cuando el .caballero enfr?, aL$se, j^re^sajtnente,,
tomó una postura voluptuosa y separo el velo. Sus
ojos de azabache se fijaron en Juan de Aruide,
uua sonrisa encantadora resbalé D«r fAfjfas 4fi co
— «4 —
ral y coa una mano modelada por las gracias, hizole
seña de que se acercara y se sentase a so lado.
Verificólo asi el caballero y las doncellas desapare
cieron. ' ' ¡ "' " 1 ,'' '. ' ''
—Juan de Arpide, le dijo con voz tan melodiosa,
que el caballero tembló de placer : has entrado en mis
dominios en hora vedada: has sorprendido mi sueño:
has interrumpido mis fiestas : digno eres de castigo.
—Señora : contestó Juan, admirado al ver aquella
belleza celestial : yo ignoraba hasta vuestra existencia
en estos sitios, y si efectivamente he cometido los de
litos de que me acusais, culpa ha sido de mi mala es
trella. . ¡
—Y por eso te perdono, repusola encantadora. Sin
mi intervencion, tu muerte era segura.
—Cómo? sabriais acaso?..
—Yo todo lo sé : oculta en la oscuridad, presenci*
tn combate de anoche, adiviné tu caida, y si cuando»
verificó no hubieras encontrado en el aire brazos que
aminorasen el golpe, tu cuerpo se hubiese hecho mi 1
pedazos.
—Y cómo agradeceros, señora, tan señalado favor?
esclamó Arpide casi fascinado por la mirada de May.
taaarri.
—Nada me debes: yo te he salvado la vida, escier-
tdj pero esa vida me pertenece en lo sucesivo.
—Señora!., dijo el caballero mirando con temor a
su interlocutora.
—No lo dudes, Juan. YJaun oreo debieras agrade-
— 16S —
eer esta nueva muestra de mi cariño. Bien mereaco
que i mi amor se sacrifique el de Inés de Iturrioz.
Juan de Arpide bajó la cabeza y nada contestó,
—No respondes, Juan? Sin embargo asi ha de ser.
El hombre que como tu penetra en mi morada, no
vuelve á salir de ella.
—Y vos deseais que yo os ame?
—Si:¡lo deseo: contestó la Hada incorporándose del
todo. Pero deseo ser amada esclusivamente: deseo
que todos tus pensamientos se fijen en mi: que tu cuer
po y alma sean mios, absolutamente mios.
—Señora, dispensadme si os soy franco en dema
sia; pero desde ahora os aseguro que jamás consegui
reis los deseos que acabais de manifestarme.
—Cómo no? esclamó la encantadora, cuyo rostro se
revistió de una espresion tal, que el caballero se re
tiró algun tanto. ... . .
—Vos misma habeis dicho que no ignorabais mi
amor hácia Inés de Iturrioz. , ...... ¡ , . ,¡
—Bah ! contestó Maitagarri : cuando conozcas el que
yo te profeso, no titubearás en entregarme tu co
razon. ., . , ...i ,
—Imposible.
—Imposible! Pues asi ha de ser.,, , . ., . ,
Y la encantadora mostró á los ojos atónitos del
caballero las mismas facciones, la misma mirada, idén
tica voz que Inés de Iturrioz. Solo se notaba una dife
rencia: el mirar modesto de la virgen guipuzcoana, ha
bia sido reemplazado por el ardiente y atrevido de las
íoffé&M? fcjflf'.'a? Affldi cttmí ««¡Mi «M*
apaíéfif3ér llis'* &6fttsS df# Sin cuerpo; ya h'd Séntiát:|»
falta de aiiniénto: fijos Sus otos eh tos fijos ftegfoS de
Msiytagafít, sé WM8&lj£é¡-$ dMéite que tos de
Í3 entaWaflbW lB-dt»eMáfl.
—Escucha, amado mio: prosrgtfhíf acercándose S
él: yo te haré al mai'feriz dé toí «ofÍ8les: iftíteres. glo
ria* fUrMi;?y la «frbhadi: veriefeaor otfratá siempre tu
freiilfe'. (JnHír'e's rttJttetfaS? Pid%, y verás levantarse piH
laBtíSptó'*órj5Mé, afrfl8dftfas BKlTant('s para áeíetf,
derte, ropas pr'tícióSSS pára adornarte, pageS« damas
y í^cutrefoá pafa servirte. Quieres amor? Tendrás el
mWf^rSfno? 'tiW á*Br"8n Cují comparacion todos loí
demás
.¡HJBi TWS, lB«s: esetirmó Cl caballero fascinado,
MAM W«^!íí|»', is »»f .'s| n^*.;.,. ..c¡: ,¡' "iuhví
—Si, te amaré mas que á mi misma.
W rf,6eí« «iéiélWoyft encantador» rótteaba con sus
brazos blancos el cuello de Juad dé Arpidé y estampaba
efliSufcdéa BeebS vettiplu8sos. Pero aquellos brazos
esthBáu '#Uf^, aquellos beses cavécfim de calor, iuan
sentia correr por sus venas un estremecimiento de
placer mezclado de terror. La encantadora' habia de
nuevo cambiado deformas: yS*6'*tiá Inés: era el tipo
la Wéfféük «RJSl: fera 10 q*é débíó ser Eva cuando
sflHB d¿ ttVMMM'ffel CrfadttV: Él Caballero Creyó ver
^iíbiWMaSÉál* iftagelí déi»* abatia, como el primer
fíegor «fe lü a"#R#HMaéSpúés dé una hache de tempes.
t»d: comparaba la sin iftuál hermosura de la nniRer
— 167 -
que tan terca tenia, con el semblante puro y modesto
de Inés.... Luchaba e! caballero entre el deseo de po
seer el amor de aquella muger voluptuosa, y ,el de.
huir de sus impuros brazos, para gozar de una dicha
mas tranquila cerca de la modesta Inés de Itutrioz.
Esta lucha no duró mucho tiempo. Conoció el ca.
b.iliero que la atmósfera impregnada de vapores de
aquel salon, iba produciendo un efecto soporifero en
todo su cuerpo: apoderóse de sus miembros cierta la
xitud invencible: comenzaron a cerrarse sus párpados,
por un esfuerzo supremo quiso levantarse
del reclinatorio de musgo y desprenderse de los 1
zos de Maytagarri, cayó pesadamente en el re
zo... de la encantadora y q""
mido.
Entonces Maytagarri llamó a sus compañeras, quie
nes vertiendo algunas aguas olorosas sobre el lecho
de musgo, refrescaban el ambiente perfumado, me
ciendo grandes abanicos de gasa: Vertiéronle en los
labios algunas gotas de un licor rojo.
Contempló la encantadora con indecible complacen
cia el rostro del dormido, y una inefable sonrisa aso
mó á sus labios al posarlos de nuevo en la boca de
Juan de Arpide.
De repente las luces misteriosas que tan espléndi
damente iluminaban la estancia, fueron perdiendo su
brillo: la encantadora se recostó junto al caballero:
pintóse en su rostro como en el de las demás doncellas
una profunda tristeza ; sus cuerpos aéreos tornáronse
— 168 —
mas diáfanos, mas impalpables, conforme la claridad
disminuia; y muy luego desaparecieron convertidas en
niebla, que á su vez se disipó, quedando la cueva su
mida en completa oscuridad.
Los ronquidos del caballero resonaban entre las
Tocas, y el canto del colorin animaba los bosques. El
10I acababa de asomar su faz rubicunda sobre la cum.
re del monte Aya.
Cuando Juan de Arpide despertó, encontróse en
el mismo mágico salon, recostada su cabeza en el re
gazo de Maytagarri, cuyos aterciopelados ojos estaban
fijos en los suyos, como queriendo sorprender su pri
mera mirada. Una mesa servida con abundantes y de
licados manjares, ocupaba el centro del vasto apo
sento.
— 169 —

EL B0ME1.0

Antonio habia marchado al campamento: algunos


soldados le dijeron que Juan de Arpide habia desapa
recido, y que su hermano Gil de Iturrioz, viendo al
ejército franco-navarro derrotado, y sin temor de que
pudiera volver á rehacerse, se habia marchado á sus
hogares. Las demás tropas empezaban ¿retirarse tam
bien.
Cuando el mancebo volvió á su caserio, creyó que
ya habria nuevas del amante de su hermana y se ha
llaba decidido á proteger sus amores. Grande fué
su sorpresa cuando solo encontró á Gil, quien llevó la
noticia de que Juan de Arpide habia perecido en la ba
talla.
Esta noticia, dada sin ningun miramiento, causó
una herida mortal en el corazon de Inés. La profunda
tristeza que se habia apoderado de ella, y la fiebre
lenta y tenaz que nunca la abandonaba, minaban de
hora en hora su existencia.
Pasaba los dias sentada en el tronco del árbol en
el cual vió por primera vez á su amado, y á las noches
se levantaba furtivamente del lecho para pasearse so
litaria por el prado vecino. Palideció su semblante,
apagóse el brillo de sus ojos, demacráronse sus miem
bros, y de aquella jóven tan hermosa, ya no quedaba
— 1750 —
mas que una sombra animada por un leve soplo de
vida próximo á estinguirse del todo.
Las sabias reflexiones del padre, las caricias de sn
madre y hermanos, ningun bálsamo derramaban en
aquel corazon herido de muerte. A las reflexiones del
padre, que escuchaba con paéighcfá, CoitteBtirba con
una tristisima sonrisa; á las caricias dé SÜ tnadre, con
lágrimas abundantes.
Asi pasaron algunos mes«s.
(labia llegado el fin del otoño. Las hojas de tos ár
boles volaban por la atmósfera impelidas pbr ios nor
destes, como bandadas de pájaros cuando emigran á
climas remotos. El a/.ril de! cielo estaba cubierto po,
las primeras nieblas del invierno: los dias acortaban
sensiblemente, y las noches alargaban su duracion so
bre la tierra.
La enfermedad de Ifiés seguia su curso, y sus pa
seos nocturnos habian cesado.
Encontrábase Una noche la familia reunida «abe el
hogar. El patriaria con sn venerable cabeza descubier
ta, bendecia la frugal cena que se veia colocada en h
rústica mesa. Gil de Iturrioz hallábase sentado eti ah
estremo. Catalina hilaba su copo de lino, dirijicndo
tristes miradas á Inés, que sentada sobre almohadas,
tnedio cerrados sus párpados, cruzadas la? manos casi
trasparentes, murmuraba algunas palabras, sonriéa-
dose i vetes tan melancólicamente, qwe sn sonrisa
arrancaba lágrimas. Dominica lloraba oculto el rostro
etn *u delantal de lienzo blanco, y Antonio apretaba
— 171 —
eenvuiBiVámente entro sus manos el cuchillo con que
hacia ingeniosas labores eu un palo de Tresno, des,li.
do á servir de báculo á sn hermana casi moribunda .
Un silenoio profundo reinaba en aquel recinto. La
tempestad rujia por la parte de afuera.
De repente se oyeron algunos golpes en la
puerta.
—Ved quién llama, Antonio, dijo el gefe de la fa
milia.
—Un pobre estrangero estraviado que os pide asi
lo: contestaron desde la puerta.
—Dios proteja al caminante, repuso Pedro Iturrioz:
entrad quien quiera que seáis: la puerta de la casa de
un vascongado, está siempre abierta al caminante.
El estrangero entró: los jóvenes se levantaron.
Antonio se acercó á el para prestarle aquellos servi
cios que la hospitalidad vascongada sabe prestar. Ca
talina dejó la meca y colocó en la mesa otro cubierto"
el gefe hizo seña al recienvenido para que se sentara
en el sillon de baqueta, puesto de honor reservado al
mas anciano de la familia, y que este, siempre cede a1
estrangero.
El que acababa de entrar era un peregrino. So
edad podia ser como de cincuenta á sesenta años: bar.
fes poblada y blanca, rostro moreno; crespo el cabello;
de mirar distraido; de miembros robustos auu, mas
con maestras de fatigados; roto el trage talar que lo
cubría; ancho sombrero de fieltro en la cabera nrgo
bordon en Ja maso.
— 172 —
A la señal del gefe tomó asiento, y comió lo que
aquel le presentaba en el plato.
Concluida la cena pidió Pedro al estrangero rezase
la oracion de la noche, lo que el caminante verificó con
voz temblona.
Apenas el peregrino hubo cesado su rezo, se oyó
un quejido que hizo volver la cabeza á todos los cir
cunstantes. Inés se habia incorporado: sus ojos sin bri
llo se hallaban desmesuradamente abiertos: la boca
seca y pálida articuló algunos sonidos, y sus manos y
brazos estendidos hácia adelante , parecian querer
atraer un objeto lejano.
En este estado permaneció algunos minutos, con
asombro de cuantos la miraban. Luego movió lenta
mente la cabeza, y volvió á tomar la postura anterior.
—Inés, la dijo Dominica con tierno acento, quieres
alguna cosa?
—Nada, hermana mia, nada me apetece: he tenido
nn sueño feliz; pero estos jamás se realizan: y la
jóven tornó á su inmovilidad y su silencio.
—Hija mia! murmuró Catalina sollozando.
—Despedios de ella, madre mia, repuso Inés mi
rándola tristemente; su vida se acaba por momentos,
y muy pronto marchará á reunirse con su amado.
Catalina cojió sus manos y comenzó á besárselas
apasionadamente. '
—Vuestra hija está enferma? preguntó el peregrino
á Pedro en voz baja.
La cólera de Dios ha descendido á nuestra morada ,
— 173 —
eontestó este: bendigamos su nombre y sometámonos á
su soberana voluntad.
La santa resignacion del anciano hubo de conmo
ver al estrangero, pues sus ojos vertieron lágrimas.
—Y sabeis la causa de su enfermedad? tornó á
preguntar.
—Dicen que muere de amor.
—Pobre jóven! murmuró el romero.
—Decis bien; pobre jóvenl repuso el anciano. An
tes de esta desgracia era el orgullo de mis canas, la
alegria de mi corazon.
—Quizá la ha abandonado su amante...
—No: su amante era uno nuestros vecinos, noble
y honrado.
—Y qué ha sido de él? volvió á preguntar el ro
mero.
—Murió: contestó el anciano bajando la cabeza; mu
rió cuando estaban próximos á estinpuirse los odios que
dividian nuestras dos familias; cuando sabedor de su no
ble comportamiento para con mi hija, me hallaba dis
puesto á admitirlo en mi familia. Oh! El odio es una pa
sion maldita, y por abrigarla demasiado tiempo en mi
pecho. Dios me castiga; bendita sea la justicia de Dios!
—Podriais decirme cómo murió? insistió el romero.
—Con la muerte que deseo para mis hijos: en el
campo de batalla.
El peregrino volvió lentamente la cabeza y quedó
se mirando de hito en hito á Gil, que permanecia ta
citurno y pensativo sin osar mirar á su hermana.
— i7k —
—Habeis dicho que murió en el campo de batalla?
preguntó al cabo de algun tiempo.
—Esa es la verdad, contestó el anciano.
—Combatiendo á sus enemigos?
—Combatiendo á los enemigos de su pais.
Otra vez miró el peregrino á Gil de Iturrioz. Anto,i
nio se habia aproximado al lado de su padre, y escu
chaba aquel diálogo con atencion profunda: la preocu
pacion de Gil no le permitia oirnada de lo que se ha
blaba á su inmediacion.
—Quién os ha dicho eso? tornó á preguntar el e*.
trangero.
—Mi hijo que lo vió morir.
—Cuál de los dos? El rapáz que nos escucha, ó Gil
a quien veo tan preocupado?
—Gil, contestó el anciano, admirado de la curiosi
dad asáz indiscreta del estrangero, y mas admirado
aun de que supiese el nombre de su hijo.
—Gil de Iturrioz ha mentido en tal caso; dijo el pe
regrino con voz sonora.
—Gil de Iturrioz no miente nunca ,. esclamó el pri
mogénito de la familia poniéndose en pjé, y amenazan
do al estrangero con la mano levantada .
—Herid, caballero, herid mi rostro, el rostro de un
anciano, y será la segunda vez que lo haceis; dijo el
romero humillándose. , ».
£1 ,brazo del mancebo cayó inerte ante aquella
humildad evangélica , y cubrióse el rostro con las
manos, '
— 175 —
—Caballero, esclainó en seguida, yo os acusp ante
vuestros parientes del crimen de asesinato.
Todos los circunstantes se estremecieron al oir ta
jes palabras. Inés salló de su inmovilidad y fijóla aten
cion en aqueila escena.
—Mentis, villano! gritó Gil furioso. Agradeced i
que os cobijais bajo mi techo, agradeced á vuestras ca
nas el que no os haya atravesado con mi espada.
—Desde cuando olvidan mis hijos, esclamó Pedro
Iturrioz con airado semblante, los deberes que nos im
ponen las leyes de la hospitalidad? Sentios, Gil, sin re
plicar: se os acusa de un crimen. Vos, añadió dirijién-
dose al peregrino , habeis pronunciado una acusacion
grave... podreis probarla?
—Al momento, si gustais, contestó el peregrino.
—Empezad pues; dijo el anciano revistiendo su sem
blante de la magestad de un juez que juzga sin apela
cion.
—A vos, Gil de Iturrioz, caballero guipuzcoano, me
dirijo. A quién encontrasteis en el valle de Articuza lia.
ce euatro meses? pregunto el peregrino enalta voz.
Gil se estremecio y miró al romero con terror.
—Cuál fué la conversacion que medió entre vos y
Juan de Arpidc? No os ofrecio la paz?
—Si, contestó en voz baja el acusado.
—No os prometió su amistad sincera?
—Es cierto.
—Y en vez de aceptarla no le insultasteis?
—Tambien es verdad , respondió Gil con abatimiento.
— 176 —
—Y al insulto, no añadisteis la injuria de herirla en
el rostro con vuestro guantelete?
El mancebo nada contestó.
—Kesponded. Gil de Iturrioz: prosiguió el peregrino.
Cuando echasteis mano á vuestras armas, no erais vos
el que atacabais, al paso que vuestro antagonista solo
se limitaba á defenderse de vuestros golpes sin querer
heriros?
Tampoco contestó Gil esta vez ; su padre le dirijia
iracundas miradas , Antonio temblaba de indignacion
y las tres mugeres parecian asombradas.
—A vos me dirijo ahora, anciano, prosiguió el es-
trangero. Vuestro hijo tropezó y cayó en tierra ; y
cuando Juan de Arpide, justamente enojado, podia ma
tarlo en buena ley, dUMe la mano para levantarse;
propúsole de nuevo la paz, y en lugar de admitirla , le
tiró una estocada que hirió su cuello, precipitándolo
despues de la cúspide de una peña á un profundo bar
ranco. Cómo apellidareis en lo sucesivo á vuestro
hijo?
—Gil! salid de mi casa; esclamó el anciano señalan
do con imperioso ademan la puerta del caserio. Ya no
os reconozco por hijo.
Inés lanzó un grito y cayó de espaldas. Catalina y
Dominica quedaron aterradas.
Cuando Gil en cumplimiento de la orden de su pa
dre iba á abandonar la casa paterna, detúvole el pere
grino.
—Mirad á vuestra hermana próxima á espirar: ar
— 177 —
repentios de lo que liabais hecho y tal vez pueda re
mediarse tanto mal. Jii ».
Acercóse el estrangero á Inés, que empezaba á vol
ver e'n si, merced i ios cuidados de su madre, y tomán
dola la mano , esclamó dirijiéndose á los circuns
tantes:
— Si Jiian dé Arpide Viviese', Consentiriais en Su
maTrlmonio con ThéS?
Antonio corrió hacia ef ¿stran¿erb, quitóle súbita
mente el sombrero, cayóse la blanca barba que ador
naba su rostro, y apareció á la Vista de todos el noble
semblante del amante de Inés. Ün gríto'de asombro y
ii« alegria lanzaron cuantos se hallaban eiv el aposento
Inés miró á su amado, pasóse la mano por los ojos,
or'ó'en silencio algun tiempo, y al fin, enlazando sus bia
zas éa el' cfreffo de Jfaán de Arpide, derramó ligrimas
d# pilréer, sin pronunciar una palabra: a'efirti silencia "
era sublime,
' tíii se 'qfódd pálido de íérroi', puii créy6 sobréBa.
tuíal águelta aparicieq. Conocido el errpr,. acercóse aí
fio, á Jnañ, y con voz conmovida le dijo;
—áérmaínó : intercede por mi, ailte el justo iriDuna (..
de mi padre. ,, , , .

******* *... i,, i'. ' * , , m . i ft .


A.prinqiBios, de,^ nies de, mayd inmediato, se cele-
brabj pon, ^'i^d> .algazara el -natrimonio de late o*
WiM.W «El primogénito da la sasa d» Arpide. .., -t
— 178 -
; EPÍLOGO. , ".'
Articula. "'"
Dos dias después del matrimonio de Inés, á cosa de
media noche, sentianse quejidos dolorosos en el angos
to valle de Articula. A favor de los rayos de la luna
veiase acurrucada junto á un arroyo, una muger decré
pita, desmelenado el cabello, rotas las vestiduras, lasti
mosamente macerado el cuerpo. A su lado se veian
algunas sombras, ó mejor dicho, fantasmas blancas que
la golpeaban sin piedad, y presidiendo aquel Oagela-
miento, la Maytagarri del Pirineo. Su rostro aparecia
airado, sus ojos arrojaban chispas de cólera , su boca
lanzaba ahullidos en vez de palabras. Ya no era aque
lla hermosura que embelesó los sentidos de Juan de
Arpide; era si una hermosura de otro género.... la del
ángel caldo, cuandojipr acaso deja de sufrir los tormen
tos del infierno. ,,, .
—Mujer maldita! decia interpelando á la anciana.
De qué me sirviron tus filtros? Para eso me pediste la
mano izquierda de un niño dormido? Y yo triste de mi
que crei mas en el poder de tus pócimas, que e,n él
de mis gracias!!
—Perdon! gritaba la bruja de Zaldiiñ, pués no era
otra la azotada. Yo'no'podia ' suponer 'qué tardara tan- '
to tiempo, e» dormirse,. . . ' .
—Debias haberlo previsto sin embargo : los prime
ros meses se dormia una hora antes de aparecer la luz
de la aurora; luego resistia por mas tiempo a la accion ,
— 179 —
del licor, hasta que al fin sucedió lo que yo temia. Azo
tad sin compasion á esta bruja.
—Perdon! tornaba á gritar la azotada.
—Perdon dices, cuando desearia hacer pedazos tu
cuerpo maldito? Muere, muere embaucadora, como
has vivido. Crees que podré perdonarte el que Juan
de Arpide haya sido testigo de mi aniquilamiento ape
nas asoma el sol, y que haya podido fugarse de mis
brazos, despreciar mi amor por el de otra mujer? Y
todo por qué? Porque tus filtros no tuvieron fuerza
bastante para prolongar su sueño hasta el anochecer
del dia inmediato: entonces al despertarse, hubiérame
visto cual soy de noche, bella, encantadora, rodeada de
lujo, de poder y de maravillosos misterios muere,
muere.
Y la bruja de Zaldüñ no pudo soportar mas tiempo
aquel tormento. Murió. Maytagarri con su séquito hun
dióse en la cueva maravillosa ,. de la cual no salió en
mucho tiempo. Cuando volvió á aparecer, ya se habia
edificado la ferrerla de Articuza, y el ruido del colo
sal martillo de hierro y el de los fuelles inmensos que
soplan atizando un fuego semejante al de un volcán,
hizo abandonar á Maytagarri aquellas comarcas para
habitar otras mas solitarias : los bosques de Irati,
El cuerpo inanimado de la bruja, tornóse negro
como el carbón, y una águila jigantesca lo remontó por
Um aires en sus poderosas garras.
Fin di la quinta t ultima lítínía.
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