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INMOR AL

Marcela del Sol

Editorial Desbordes
Colección Diosas de la Ira
INMORTAL
© Marcela del Sol
cazzadora@gmail.com
© Editorial Desbordes, 2017
editorialdesbordes@gmail.com
Colección Diosas de la Ira
Fotografía de portada e interiores: © Gabriela Rivera Lucero
Fotografía p. 61 “Performance Todas Hemos sido Violentadas”
de Gabriela Rivera Lucero por © Alejandro Maestri
Registro de Propiedad Intelectual Nº
ISBN:
Editorial Desbordes
Director: Alexis Donoso González
Editor: Gonzalo Geraldo Peláez
Diseñador: Salvador Troncoso Curivil
Edición especial de 500 ejemplares
Impreso en Chile
INMOR AL
Marcela del Sol

Fotografías de Gabriela Rivera Lucero


En este libro de Marcela, quiero decirle a todas las mujeres maravillosas
que luchen por lo que quieren y ya basta de ser sometidas a los hombres.
Y que cada hombre pague por el daño que hace a las mujeres, para que
así nunca la violencia se vuelva a repetir, ni en Coyhaique ni en ninguna
parte del país.

Nabila Rifo
Todo mi trabajo es para y por mis hijos. Los amo más allá del amor.
Yo grito, para que nunca ellos tengan que hacerlo.
All my love and work is for you, my chiquititos. I love you beyond love.
I shout so you never have the need to do it.

Este libro está dedicado a mi amiga Nabila Rifo.


Te quiero, me enseñas, te agradezco y amo tus sopaipillas.
Inmortal es un libro directo, crudo, real, encar-
nado y descarnado a la vez, son relatos desveladores, ponen de
manifiesto dimensiones muchas veces acalladas por nuestra cul-
tura patriarcal, por nuestra justicia imperfecta, es decir por la in-
justicia, por la eterna problemática de la culpa. Marcela del Sol
devuelve la voz a las víctimas, en un punzante acto literario que
no se contenta con el silencio aterrado, con la vergüenza, con el
qué dirán, y en ese sentido es un libro que lleva entre las líneas el
gesto de acabar con la revictimización y devolver la dignidad a las
víctimas, plurales, diversas y únicas.

Inmortal nos habla de resiliencia, de esa hermosa capacidad hu-


mana de rearmarse a pesar de los pesares, y en ese gesto, entrega
palabras a una zona de silencio, donde la infancia, no tiene las
herramientas para procesar el daño y significado del abuso, en
ese sentido, este libro tiene la enorme fortaleza de no generalizar,
pues cada historia es única y despliega dolores y mecanismos de
resistencia particulares, donde cada ser confronta situaciones ex-
tremas desde una óptica subjetiva, cada personaje desarrolla sus
propias estrategias de resiliencia, cada personaje encuentra sus ar-
mas contra la adversidad, y esa capacidad no significa que ausen-
cia de dolor, de angustias o de rabia, muchas veces la capacidad de
superar el trauma convive con obstáculos físicos y emocionales,
y esa combinación de factores está contada de manera magistral.

La escritora Marcela del Sol, despliega una capacidad incon-


tenible de hablar las zonas oscuras sin rodeos, sin detenerse en el
andamiaje moral que envuelve muchas veces este tipo de relatos,
rompiendo así los prejuicios enquistados en nuestras sociedades
occidentales modernas, donde permanentemente escuchamos un
discurso moralista frente a los abusos sexuales a menores, pero
paralelamente vemos un bombardeo de referentes publicitarios y
culturales que sexualizan a la juventud.
En ningún momento Marcela de Sol intenta dar lecciones o dejar
una moraleja, en ningún momento se trata de negar la sexualidad
femenina, bien por el contrario, en cada línea se puede palpar
un reclamo permanente de la propia sexualidad de las mujeres,
como dueñas de su cuerpo y de sus deseos, más allá del contexto
hostil y violento, porque el abuso no es solamente sexual, tam-
bién es económico, social, machista en su sentido amplio. En este
sentido, Inmortal es un texto que se posiciona contra la cultura
patriarcal, un posicionamiento carnal y apasionado que redefine
la igualdad de derechos con una pluma fina y a veces violenta,
teje relaciones con el relato testimonial, reformulando en cada
cuento, nuevas formas de subjetividad donde se enlaza la ficción
con la realidad, redefiniendo el constante juego entre literatura y
testimonio. Marcela del Sol nos habla de experiencias límites, de
niñas rotas que se rearman y que redibujan sus fortalezas a partir
de las dificultades, las líneas de los diferentes relatos están car-
gadas de emociones, de caminos para salir adelante, de acciones
que llevan a desenmascarar todo un sistema de opresión vigente,
a veces de estratégicos retrocesos para dar un paso atrás y recargar
las fuerzas para seguir adelante, Inmortal nos habla de confiar en
uno mismo.

Camilo Parada Ortiz


INMOR AL
INGRID
Son las tres de la tarde.

Otra vez son las tres. Otra vez, porque los que queremos morir,
pero no nos matamos porque es pecado, esperamos que las horas
no se nos den más de dos veces.

Es chistosa la gente, siempre queriendo lo que no tiene. Como el


tío José Luis, sabiendo que yo no era suya, que era de mis padres
y, así y todo, invitándome al campo todos los fines de semana. No
a mí sola, no era tan obvio el culiao.

Los sábados cuando mi papá decía que sí, con el dedo apuntando
al cielo “porque al jefe no se le pueden hacer desaires”, partíamos
muy temprano en la citroneta amarilla, desde Macul hasta cerca
de Linares. ¡Era más fome el viaje! Pasaba las cuatro horas sacán-
dome las legañas, haciendo pelotitas con los mocos y escuchando
a mi papá agarrar a chuchadas a mi mamá porque no se callaba
nunca, paˈque no se durmiera.

Casi siempre era de fútbol porque la verdad, es que parece que


no sabían de qué conversar. Mi mamá no entendía nada, lo hacía
repitir todo. Si yo hubiera ido manejando, la hubiera dejado tira-
da por ahí. Y la recogería a la vuelta, porque de seguro estaría en
el mismo lugar, llorando y rezándole a su mamita en el cielo. Es
que mi mamá no sabía que hacer si no se lo decían. No es como
si fuera a pasar, mi papá siempre dijo que las mujeres no manejan,
ni trabajan, como las sueltas, porque las mujeres buenas cuidan
sus familias y sus casas.

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Bueno, son las tres de la tarde y es sábado, por eso me acuerdo de
esto. Como todos los sábados y casi todas las tres de la tarde cuan-
do no estoy curá. Desde que tuve a la niña trato de no lanzarme
los fines de semana porque viene a verla y a dejarme la plata paˈ
la pieza y la comida. A veces me hace chuparle el pico, pero casi
siempre me lo mete por el chico de entrada; para evitar más acci-
dentes. Esas veces sí que me curo porque me duele mucho, pero
me aguanto hasta que se vaya, después de bañar a la niña. La baña
siempre, dice que es para que yo aproveche de hacer las tareas
y salir un rato, porque con una guagua de tres años las madres
necesitan descansar un poco. Se olvida que ya no voy a la escuela.
Me da plata paˈir a la esquina a tomar una bebida. Compro una
Bilz, unos cigarros y veo tele un rato en la botillería, el resto de
la plata la guardo. A veces veo al hijo de la dueña de la pensión,
porque también va a ver tele y a fumar escondido de la vieja, pero
nunca hablamos.

Cuando vuelvo y se va, me entra un miedo raro cuando se apa-


ga el poste que alumbra mi ventana. Me dan ganas de tirar a la
guagua del techo del cité paˈque no tenga que vivir en este mun-
do de mierda, pero agarro el rosario que me regaló después de la
primera vez. No sé paˈque, costumbre supongo, no es que crea
en Dios. ¿Cómo voy a creer en ese amor y la salvación y todas
esas cabezas de pescao? Supongo que es porque desde que me
echaron de la casa, “por puta, porque quizás con quién te metiste,
cabra cochina, ¿qué van a decir de nosotros?”; no tengo a mi mamá
paˈque me abrace. Igual ella no dijo naˈ ese día y se fue a la cocina
cuando mi papá empezó a patearme en el suelo, como siempre
cuando se enojaba con nosotras.

“Te vái de mi casa, cochina de mierda. Acá no servís paˈnaˈ. Las


maracas sirven paˈuna sola hueá. Olvídate que soi hija nuestra. Ni
que te vea asomá por acá, maraca agilá.”

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Esa vez no me dio mucha pena, porque pensaba que se iba a
morir la guagua con tanta patá y puñete.

Dejé de tragarme esas payasadas ese sábado a las tres de la tarde,


en el dormitorio que me tenía a mí solita en la cabaña chica de
la iglesia, donde los curas cochinos, como él, llevaban invitados
para llenarse de la dicha del Señor.

A mí me llenó, desde que tenía ocho años, pero de dolor y no con


dicha; primero con los dedos y su baba, después con la pichula.

Después con la Nancy.

A veces no quiero que me toque, pero dice que no debo ser mala-
gradecida, que si no fuera porque me consiguió esta pieza donde
la vieja fumona que limpia su parroquia, quizás qué hubiera sido
de mí y la niña. Que piense en mis viejos, que mi papá todavía
cuida los jardines de la iglesia. A lo mejor no es tan malo… dice
que me quiere mucho y nunca nos va a dejar solas. Es verdad,
capaz que estuviéramos muertas por ahí, si no fuera por él. O sea,
ahora que lo pienso, igual como que me salvó. ¿Cierto?

Bueno, mejor no hablar más de esto porque quién va a creerle a


una cabra como yo que va a arder en el infierno por contar men-
tiras, como dijo mi papá cuando le rogué que no me echara de la
casa, que el Padre José Luis me lo había hecho. No voy a olvidar
nunca cuando me echaron, hace casi tres años.

Cuando cumplí trece.

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MARTITA
“Venga paˈacá, Martita linda.”

No quiero ir, no quiero moverme. Quiero que en la noche cuan-


do mi mamá se va a la pega, él me deje sola, se cure y me deje
dormir bien. Mañana quiero ir al colegio, aunque tampoco me
gusta mucho porque la señorita Sonia me pasa retando; que soy
floja porque no hago las tareas “y ya estás en quinto”, pero de ver-
dad que quiero hacerlas. Lo que pasa es que no tengo ganas de
nada.

Mis compañeros me gritan “patas con tierra, hedionda”, cuando


paso cerca de ellos. Ni con la Claudita, que vive a la vuelta y está
en mi curso hablo. Dicen que me creo la muerte porque no me
junto con nadie y que tengo olor a pichí. Por eso me siento sola
cuando salimos a recreo. Mi hermanito es lo único que me hace
feliz y lo quiero más que a nadie en el mundo, pero tiene ocho
años y no entiende cuando lloro y le digo que no tengo ganas de
jugar.

No soy hedionda, me baño varias veces al día; cuando él me ob-


liga a meterme a la ducha y en la mañana antes de ir al colegio.
Tampoco tengo tierra en las patas, porque tenemos zapatos nue-
vos desde que nos vinimos a vivir a su casa.

“El Señor nos escuchó, Martita, ¡cómo nos quiere y nos cuida!” Dijo
mi mamita cuando le dio plata para comprarnos los zapatos de
colegio y un par de zapatillas a cada uno y, además, un par de
botas con flecos paˈmí. Como los que tenían las niñitas en la casa
donde mi mamá trabajaba, antes de conocerlo. Ahora trabaja de

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noche, en un supermercado cerca de aquí. Dice que la pega no es
tan pesá y le pagan casi lo mismo por trabajar menos.

“Venga pues, ¿qué le pasa con su papi?”

Son las nueve, más o menos. Mi mamá se fue apurada, hace poco,
a las ocho y media. Siempre nos tiene la comida servida, después
de que nos ponemos el pijama y nos da muchos besos antes de
irse, me imagino que es el postre porque se sienten dulces los
besos cuando los da una mamá.

Me voy a acostar, le digo, me duele la guata. “Es que come muy


rápido, Martita, siempre anda corriendo. No se puede ni conversar
con usted, es la edad del pavo. A ver, déjame ver qué te pasa. A lo
mejor necesitái hacer caca”, se ríe.

No quiero que me vea, no quiero vivir. No me duele la guata,


pero tengo algo en el pecho que me aprieta todo por dentro.

Escucho que se levanta de su sillón floreado (no sé como no se


han marchitado esas flores, con su poto hediondo a axila todo
el tiempo) y mueve la cortina que me separa de todo lo que me
asusta, casi todos los días. Excepto algunos fines de semana cuan-
do mi mamá nos manda a Quilpué a estar con mi abuelita Inés o
cuando a él le toca turno en la mina.

El piso tiene alfombra y no lo escucho, pero sé que viene en nueve


pasos. Es como que siento lo que me hace, antes de que me lo
haga. Lo siento en el corazón que se me arranca, en la falta de aire
y los mareos, como ahora. Como cuando me acuerdo de todo,
sentada sola en el patio del colegio. Siempre está, sobre todo en
los lugares donde no tengo salida.

Mi pieza no tiene puertas ni ventanas. Tiene una cortina y al otro


lado está él.

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“¿Por qué está sentadita? Acuéstese si le duele la guatita, pues. A ver.”

Me empuja y quedo recostada. Las lágrimas empiezan a correrme


por las mejillas, pero no digo nada. No puedo hacer mucho ruido
porque el Rodriguito está en la cama de al lado, pintando unos
dibujos para mostrarle mañana a su profesora. Me da un beso en
la frente y me dice que quiere que me mejore y que siempre va a
cuidarme.

“Hijo, vaya a ver la tele un ratito que tengo que hablar una cosa con
su hermanita.”

Rodriguito pregunta qué cosa, pero le repite que vaya a ver tele
y mi hermanito da un salto de la cama al living, me mira y se
queda parado. Creo que ve mis lágrimas y le sonrío, paˈque no
se preocupe, porque es un niñito y los niñitos siempre deben
estar felices. Como los de la tele, en los reclames cuando comen
yogurt.

“¡Martita!”, me apunta con un dedo y trota al living con sus pa-


titas peladas muy blancas. Lo más probable es que se siente en el
suelo, muy cerca de la pantalla y repita en silencio todas las pal-
abras que dicen. Siempre se aprende los programas de memoria
y me imagino que será un actor famoso cuando crezca y me va
a llevar a viajar por el mundo y hasta vamos a ir a Disneylandia,
como la gente del barrio alto.

“Vamos a sacarle los pantalones porque el elástico aprieta la guatita.”

No lo miro, me concentro en los dibujitos del Rodriguito, que


están pegados por casi toda la pieza. Me tira fuerte el pantalón y
me raspa las piernas porque no las levanto. Estoy tiesa como el
pan que comíamos antes, el que le daba la patrona a mi mamá,
cuando le sobraba del día. Mi mami les echaba margarina y col-

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gaba la bolsa en la manilla de la puerta de la pieza para que lo
alcanzáramos, si nos daba hambre.

Siento el pantalón alrededor de los tobillos, siempre me los deja


ahí. Me da besos, no en la boca, me mete la lengua, los dedos y
me duele, pero no tanto como cuando recién empezó a moles-
tarme.

“Abra las piernitas paˈexaminarla. Ya poˈ, Martita, no se me porte


mal.”

No las abro. Me da miedo y también para aguantarme las ganas


de ir corriendo a hacer pichí y vomitar, pero me las abre con sus
manos callosas de mecánico minero y se acerca a mi cara, con su
olor a cigarro, cerveza y guiso de carne. Me da un beso en la boca,
trata de meterme la lengua y me pellizca los labios para que los
abra, me chupa los dientes.

“Usted sabe que la quiero, por eso la regaloneo tanto y le compro co-
sas. Nadie va a cuidarlos como yo. ¿Se da cuenta? Si no usted no fuera
buena, todavía estarían cagados de hambre.” Me hace cariño en el
pelo. Quiero cortármelo, que ya no sea “un velo azabache largo y
brillante”, como me dice.

Se acuesta detrás mío y siento su cosa en la espalda, bajando hasta


los cachetes, me la mete entre las piernas y se mueve, me chupa la
oreja y me sigue metiendo los dedos.

“¡Ah, ah, ah!” Me agarra el trasero. Quiero vomitar, es verdad que


soy sucia y todos me sienten el olor en el colegio. Se mueve más
rápido y rezo para que diosito me lleve.

“Ahora ya no le va a doler la guatita”, se sube el cierre. La cama


rebota mientras se levanta.

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“Vaya a bañarse, mijita”. Me sube los pantalones y me cierra un
ojo.

“Rorro, venga a acostarse o mañana va a andar todo cansado paˈir


a la escuela.”

No he parado de llorar, siento la boca llena de mocos, parece que


cuando una está más triste, los mocos son más salados.

“La quiero mucho, hija”, me dice despacito. Me hace cariño en la


cabeza y me empuja al baño.

Estoy mojada y no sé si me hice pichí o son las cosas de él, pero


siento mojado por todos lados, los ojos, las piernas y el corazón.
Me imagino a mi corazón como un pedazo de carne cruda, en-
vuelto en alambre de púas, chorreando sangre.

Miro el poster de Jesús que está al lado de mi diploma de mejor


compañera cuando estaba en segundo. La profesora de religión
dice que Dios está en todas partes y ve todo. ¿Por qué no me ayu-
da si mira lo que me pasa desde la pared? A veces pienso que no
existe y lo inventaron para vender posters, porque todos compran
casi cualquier cosa que se trate de él. Y nadie pide rebaja cuando
se trata de comprar a Dios.

Me quedo en la ducha hasta que me arrugo, me paso la piedra


pómez por todos lados y me sale un poco de sangre en las piernas
y los brazos. Me duele, pero quiero sacarme todo esto. Se me pasó
la mano, me doy cuenta porque mi toalla amarilla tiene manchi-
tas de sangre.

Llego a acostarme y están durmiendo. Él ronca en el sillón y el


Rodriguito está abrazado del peluche de Snoopy que siempre saca
de mi cama. Quiero darle un besito, se ve tan lindo con su pelito
negro pegado en la frente, pero no quiero ensuciarlo y me da

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miedo que se despierte y le de pena verme llorando. Es un niñito
chico y tiene que ser feliz.

Me acuerdo cuando no teníamos tres pares de zapatos, ni un pa-


drastro manoseándome entera. Miro la carita de mi hermanito,
tan lindo y limpio en su camita propia. Me acuerdo de cuando
teníamos hambre casi todos los días porque el pan llena, pero a
veces no.

Mi mamita tiene razón, tenemos mucha suerte de estar aquí. Por


eso no puedo contarle a mi mami. Tenemos mucha suerte de
tener una casa y que nos cuiden.

Hoy voy a dormirme con mis botitas puestas, para no ser mal-
agradecida cuando me haga cariño otra vez.

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RENATA
Me llamo Renata Aguirre. Aguirre Irarrázaval, no crean que soy
de esos otros Aguirre.

No quería contar mi historia porque es de rotos contar las cosas


privadas. Mi mamá no era así, hablaba de todo, me contó mi
nana. En realidad no sé mucho de ella porque murió cuando yo
tenía un año, dicen que en Estados Unidos en un viaje, por eso
no hubo un funeral. No supe hasta que cumplí diez. Se le salió
a mi viejo, la verdad. Cuando empecé a empujarlo, una de esas
noches en que se metía a mi cama, porque fue distinto. Bueno,
así, también supe que mi abuela no era mi madre.

Hasta ese viernes, no me había importado que me tocara, era


muy chica. No sabía si era algo malo o bueno, ¿cachái? Además,
cuando le conté a mi abuela, me dijo que nunca más calumniara,
que dejara de inventar cochinadas y quizás dónde había escucha-
do eso. Que solo las niñas ordinarias de las poblaciones mentían
de esa manera, que acaso no me gustaba vivir en la casona y ya no
los quería. Que era un pecado ser tocada.

“Los pecados se pagan aquí en la tierra y también en el cielo.”

Imagínate, vivir castigada en todos lados. Supuse que no podía


ser tan terrible, así es que nunca más hablamos del asunto. Para
no vivir castigada, por lo menos acá en la tierra.

“Si no es la primera vez que pasa, ¿por qué no me contaste antes? Es


muy sucio decir esas cosas, esa inmundicia y usted no es una pecado-
ra, ¿o sí, mijita? ¡Si te escuchara alguien, capaz que nos quedemos sin

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amigos y tu padre se tenga que ir a vivir a otro país! Hay maneras
decentes de llamar la atención.”

No entendí mucho, solo que hablar de eso era peor que tener
las manos de mi viejo tocándome y dándome besitos porque me
quería tanto.

Después de varias veces ya no me daba pena, casi ni me importa-


ba. Después de hartos meses el miedo se transformó en necesidad
de tenerlo porque me di cuenta cuanto me quería, era lo más
importante en su vida y hasta dejaba a mi vieja durmiendo sola
para quedarse en mi cama, aunque le molestaban los peluches y
ponía boca abajo los marcos de fotos que tenía en el velador. En
ese tiempo no entendía por qué.

Esa noche, la que quiero contar un poco, fue distinta. Entró a mi


pieza, sonriendo y callado, como llegaba casi siempre. Cerró la
puerta y se deshizo de las pantuflas y del pantalón. ¿Sabes? Nunca
le vi el pecho desnudo, solo la cruz grande de oro y las canas que
se le salían por el primer botón de la camisa.

Se acostó a mi lado y me di vuelta con la boca como en trompa


para que me diera un beso, me hizo cariños en la cara y en el pelo.
Antes yo era más rubia, natural por si acaso.

“Cada día está más linda, Renatita. Te pareces tanto a tu madre,


Dios la tenga en su santo reino. Me miraba con los mismos ojos par-
dos, la echo tanto de menos.”

¡Había muerto mi madre! No me dio pena sino alegría porque


iba a poder abrazarme y quererme todas las noches en la cama
grande. Crees que soy mala, ¿verdad?, porque no me dio pena.
Mi abuela nunca fue muy cariñosa conmigo, solo me abrazaba si
era necesario, como en mi cumpleaños y esas cosas que no pasan
a menudo. Eso me hizo entenderlo un poco más. Necesitaba mi
cariño.
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“Dese vuelta, Renatita.”

Me dio un beso, como de despedida, pero en vez de irse comenzó


a bajarme el calzón y me quedé tranquila y feliz porque no se iría.
Sentí eso duro en mis nalgas y sus manos abriéndome las piernas.

“Tan linda, mi Renatita. Tan buena, la quiero tanto.”

Los dedos ya no eran dedos, había otra cosa entre mis piernas y
trataba de meterse en mi cuerpo.

¿Qué está haciendo?, le dije, me duele.

“Calladita, Renatita. No se vaya a poner como la mamá, ahora.”

Lo escuché escupir en la mano, porque me la puso llena de saliva


abajo, y de repente, me metió… tú sabes. Eso.

¡Ardió tanto! Me dolió la guata, no sé, como que me dolió todo


en realidad. Tú cachas que cuando uno es chica no sabe diferen-
ciar las partes del cuerpo.

Es un dolor raro. Lo más parecido es un corte en el pezón con un


cuchillo cartonero. No creas que lo hago mucho, pero a veces me
siento bien cortándome un poquito… por eso uso mangas largas.
¡Ja! No se lo he dicho a nadie.

Grité, llamé a mi madre muerta y a la Isabel. Me tapó la boca pero


le mordí los dedos y seguí gritando. La Isabel llegó corriendo.

“Renatita, ¿qué le pasa? Don Bernardo… ¿qué está haciendo? Don


Bernardo, es una niñita chica.”

No escuché nada más, solo los pasos rápidos de la Isabel hacia el

Marcela del Sol / 35


segundo piso y los golpes en la puerta de mi madre-abuela. Ob-
viamente, mi nana no sabía que estaba muerta. Sorry, ¿te estoy
enredando?

Alguien abrió la puerta arriba, un tango empezó a sonar muy


fuerte. Hubo gritos, pero no se entendían. Yo seguía llamando,
me dolía la garganta porque su mano me ahogaba la voz y yo
trataba de gritar más fuerte.

¿Tenís un cigarro? Gracias. Bueno, escuché a la Isabel bajando


pero despacio. Empecé a calmarme porque venía a mi pieza, pero
escuché sus chancletas de terciopelo burdeos pasando de largo.
¿Sabes? Creo que la escuché llorar también. Cursilerías de nanas
llorando sin vergüenza.

Cerré los ojos y traté de acordarme de la playa y la Pancha Mo-


randé que era mi mejor amiga, porque siempre nos reíamos de
todo, pero el olor a saliva seca de su mano arrugada y suave sobre
mi boca aprisionaban incluso a mi imaginación. Como en mi pie-
za cada noche, supongo. Como en esa casa y esa familia, porque
no tenía a nadie más. O sea, tengo tíos y primos, pero viven en
el campo. ¿Te imaginas vivir ahí? Antes nos visitábamos, pero no
vienen hace unos años, desde que mi prima entró al colegio. La
tía Fernanda dice que es porque las niñitas dan más trabajo y no
les queda tiempo. Es mentira que no vienen a Santiago, la Isabel
los ha visto comprando en el Parque Arauco los sábados.

“Tranquilita, Renata. Eso, eso.”

Se movía de atrás para adelante, pero despacio. Vas a pensar que


estoy loca, pero me dio por pensar en la Isabel cuando plancha,
porque era como el mismo tipo de movimiento. Como despacio
y preciso, ¿cachái? Sobre todo en el doblez del hombro.

“Tiene que fijarse bien y pasar la plancha por la misma raya o queda

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feo. A don Bernardo le gusta todo impecable.”

Eso dice la Isabel, cuando estamos solas y me voy a la cocina a


tomar once cuando ella plancha.

Me destapó la boca.

“No llore, yo la quiero más que a nada en el mundo. Eso, calladita.


No sé qué haría si me hiciera callarla, como su mamá.”

La Cumparsita parecía nunca acabar, por eso me cargan los tan-


gos. Oye, no le vayas a contar a nadie esto porque te juro que lo
niego.

Me dejó mojado el poto y me dio un beso. Después de ese dolor


como que no le tuve miedo a nada más, ¿qué podría ser más do-
loroso?

Después de un tiempo ya no me dolía así. A veces hasta se que-


daba dormido tratando de hacérmelo, las noches en que volvía
medio borracho de sus reuniones en el Club de la Unión. Ahora
ya no me quiere tanto, desde que me llegó la regla a los trece. O
sea, hace dos años ya no lo espero en mi cama.

¿Dónde iba? ¡Ah! En la mañana, encontré a mi abuela tomando


desayuno. No me miró ni respondió mis buenos días. Ahí en-
tendí que había hecho algo malo, que nunca debería haber grita-
do o pedido ayuda.

“Apúrate para que no llegues tarde al colegio.” Me pasó un vaso con


jugo de piña.

Ese día empecé a entender ciertas cosas, que la Victoria de las


fotos en mi pieza, no era mi hermana, sino mi madre muerta.
Que no había tenido un accidente en Miami. Había muerto bajo

Marcela del Sol / 37


la mano asfixiadora de mi abuelo, mi abuelo que también es mi
papá, ¿cachái? Y además, mi único pololo, que dejó de acostarse
conmigo para no dejarme embarazada a mí también. Eso de-
muestra cuanto me quiere, qué atroz tener guagua a esta edad
como los cumas.

Pero en fin, hay cosas peores, la Isabel tiene tres cabros chicos y
viven en un departamento de dos dormitorios, allá abajo, no sé
donde.

¿Sabes? No me siento muy mal contándote esto. Si se lo cuentas


a alguien, lo niego. Te juro que lo niego. Además, ya no hemos
hecho nada hace dos años. Quedó en el pasado y no sirve de nada
acordarse, ¿no crees?

Oye, ¿te puedo llamar alguna vez si quiero hablar o algo así? O
sea, de cualquier cosa, no de esto. ¿Te imaginas? ¡Qué atroz!

Si se lo cuentas a alguien, lo niego. Te juro que lo niego.

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AMANDA
Amanda se pasea de arriba a abajo en el inmenso patio del co-
legio. Tiene el dedo índice enredado en las puntas de sus rizos
castaños. Está nerviosa porque van a tomar once juntos para ce-
lebrar su cumple y van a hacer el amor. Hasta le había sacado un
calzón negro a su nana, la Doris, para verse más sexy. Pero a él le
gusta que sea tal como es y no agrandada, así es que se puso uno
rosado, pero sin dibujitos y se los metió un poco en el poto, como
las minas en Reñaca.

Tiene una botellita de aceite de guagua y dos condones en la


mochila, “paˈque no te duela, galla”, le dijo la Consuelo Gacitúa
cuando se los dio.

“No vái a terminar con apendicitis. ¿Supiste que a la Barbarita


Franzani le dio la otra vez? Toma, ¡happy birthday!” Le dijo, caga-
da de la risa, cuando le pasó los regalos.

Rodolfo la ha tocado por todas partes, pero nunca se lo ha meti-


do. La pone de guatita y le mete el pene entre las piernas, mo-
viéndose rápido. No se demora mucho, ni le saca la ropa, le gusta
verla en uniforme y correrle mano por encima.

Quiere hacerse mujer a los catorce, porque sus amigas le han con-
tado que solo así le van a crecer las tetas y es como la única que
no lo ha probado. Está enamorada, le gusta cuando se cruzan en
el colegio y se miran como si nada. Mientras más tiempo pasan
tocándose, más caliente la deja y ya no aguanta más. Rodolfo le
dijo que sí. Que sería su regalo de cumpleaños.

¿Pero se le hái chupado al menos? La Consuelo no tiene vergüenza.


Es como un hombre, siempre dice lo que piensa y nadie le dice

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nada.

“Está loco, tení que buscarte un mino que no te corra mano noma
poˈ, Mandy. Cómo se va a pajear tocándote, nomá poˈ. O sea, tiene
que pensar en ti también. Si el Matías no me hace acabar, lo pateo.
Es raro. ¿Cuándo me lo vái a presentar? ¿Acaso es flaite que lo tení
tan escondido? Igual dicen que los flaites lo tienen más grande, ¿sabí?”

La Consuelo siempre tiene razón. Debe ser porque sus papás


siempre hablan de todo con ella. Piensa que podría ser un poco
más como la Consuelo, si su viejo no pasara tanto tiempo fuera
de Chile y su mamá no pasara el día quejándose de dolor de
cabeza y juntándose con las niñas igual de quejumbrosas, rubias
y perfumadas con las que tanto se parecen. La Florencia no pesca
a nadie, además es rara. Con la Doris habla, pero esto no se lo
puede contar.

Por eso le ha aguantado esas cosas a Rodolfo, estos meses, porque


la escucha y la abraza fuerte después de aplastarle la espalda en la
cama. La quiere mucho, se lo dice siempre, hasta tiene una foto
suya en el cajón del velador y siempre reza por ella. A veces hasta
lloran juntos, le toma las manos y las besa despacio, sin soltarlas.
La mira como si estuviera perdido dentro de sus ojos verdes y
empieza a llorar sin hacer ruidos. Parece que no estuviera, que se
hubiera quedado pegado en un recuerdo triste. Se imagina que
echa de menos a su familia, al otro lado del mundo, en Irlanda.

También ha pensado que hizo algo malo, que se movió mucho


debajo de él, cuando necesita levantar la cara de la almohada para
respirar, que está enojado, pero nunca le ha dicho que le pasa esos
momentos.

Solo la abraza cuando terminan de pololear así y le dice que la


quiere como a nadie más ha querido, se sienta a su lado y le acari-
cia el pelo, le arregla los pinches y le dice que es la niña más es-

42 / INMOR AL
pecial de su vida, que nunca había sentido esto. Los dos se callan.

Es cuando a Amanda le dan ganas de llorar más fuerte porque


es la única persona que tiene, pero pareciera desaparecer en esos
momentos, siempre después de sus regaloneos. Lo mira mirándo-
la, quieto, llorando y en silencio, casi inmóvil.

Quizá es como hablan con Dios los sacerdotes.

Marcela del Sol / 43


NANCY
Le debo todo lo que soy a mi madre, me tuvo cuando era niña
y a pesar de todo lo que la vida le hizo afrontar, lo hizo sola. No
me da vergüenza decir que soy hija de una trabajadora sexual que
tuvo que dejar de estudiar sin terminar siquiera la educación me-
dia, pasó hambre y frío y nunca me abandonó. Me ha querido y
cuidado siempre y a lo mejor no quería tenerme.

¿Cómo culparla? Quedó embarazada de un cura pedófilo que la


violó por años y que probablemente todavía anda invitando a
niñas pobres y sus familias a vacacionar en las casas de retiro, o
como se llamen esos antros de viejos asquerosos. Imagínate vivir
en una situación de carencia y que te ofrezcan ir de vacaciones
a cualquier lado. Obviamente, nadie rechaza eso y, más encima,
quién va a poner en duda las intenciones de un cura, si vivimos
en un país que te lava la cabeza y te adoctrina que la religión es lo
más maravilloso de la vida, que los curas son los representantes de
Dios en la tierra, que hay que respetarlos.

Nos instruyen a confiar en cualquier imbécil que lleve puesto


un uniforme, nos enseñan a no cuestionar y a tener fe y en que
debemos tenerla.

Imagínate el número de casos como el nuestro, todo porque no


nos enseñan a pensar, solo nos heredan las convicciones sociales
de nuestras familias. Por eso admiro a mi mamita, fue capaz de
ver lo que estaba mal, por eso terminó en la calle. Y ahora tene-
mos este departamento, le doy todo lo que necesita y nos vamos
de vacaciones juntas a Iquique todos los veranos. Le gusta porque
dice que es la tierra de campeones y eso somos: campeonas y
guerreras.

Marcela del Sol / 47


Mira, el cura le hacía creer que nos ayudaba, porque nos puso
en la pieza de un cité que tenía una de las viejas asquerosas que
trabajaba en su iglesia. Eso hacen estos desgraciados, tergiversan
todo hasta que crees que tienen razón para hacer lo que hacen.
Te trabajan, saben tus vulnerabilidades y ahí atacan, se hacen in-
dispensables.

En esa pieza la siguió vejando… y a mí hasta que mi mamá se


dio cuenta. Yo no sabía que era malo. ¿Qué va a saber una niñita
que no tiene idea de la vida? ¿Cómo verbalizas una situación que
te es desconocida? Mi mamá solo se dio cuenta porque cuando
cumplí cinco, le metí la mano en el calzón cuando me estaba
abrazando. Me acuerdo tan bien de ese día, nunca la había visto
llorar tanto. Aunque cuando me iba a buscar donde la señora
Luisa, una vecina, en las mañanas, siempre se veía triste y no me
daba besos hasta que llegábamos a la pieza, después de ducharnos
en el baño que estaba al fondo del pasillo. Me acuerdo que era
como un océano, me llevaba con ella y nos duchábamos juntitas.
El pasillo tenía piso de cemento y baldosas verde claro por donde
caían unos helechos llenos del sol que les llegaba por las rendijas
del techo de pizarreño. Me imaginaba que éramos sirenas y na-
dábamos hasta el baño.

Se ponía feliz después de la ducha y comíamos pan con huevo y


un vaso de leche, ella se fumaba un cigarro con la cabeza afuera
de la ventana. Por eso fumo, el olor me recuerda esas mañanas en
que vivíamos tan vulnerables y la fuerza de mi madre lo trans-
formaba todo, era el lugar más seguro del mundo.

“No creas lo que te dicen, investiga, pregunta hasta que te hagas tus
propias ideas.”

Eso decía cuando le hacía preguntas. Mi mamá era chica y no


había terminado la escuela, pero tenía la sabiduría que la vida le
entrega a los que han vivido sospechosos, temerosos y quebrados.

48 / INMOR AL
Son esas personas las que más aprenden porque el miedo les re-
prime el corazón, pero les acelera la cabeza.

Ese día que le conté de los juegos con el cura, me abrazó tan
fuerte que pensé que nos íbamos a quedar pegadas. Empezó a
llorar tanto que hasta el rouge se le corrió. Siempre andaba con
los labios pintados, con ese tubito de Pamela Grant naranjo que
llevaba a todos lados. La verdad es que no le venía mucho ese co-
lor, pero solo lo cambió cuando compré el departamento, la pri-
mera Navidad que pasamos en nuestra casa. Le regalé uno nuevo,
en una cajita con un collar de perlas y una botella de Charlie.

Lo abrió y me confesó que nunca le había gustado, pero su madre


lo usaba y era lo único lindo que recordaba de ella. Es lo único
que sé de mi abuela. Y que abandonó a mi mamita cuando más la
necesitaba. ¡Cómo es la vida! Mi madre fue rota en lo mas íntimo
de su ser y sus labios han sido siempre hermosos, como hechos
para la belleza de las palabras que aún me regala.

Ese día agarró algunas cosas y una alcancía rosada llena de stic-
kers de flores que tenía debajo de la cama y nos fuimos. Dejó
casi todas sus cosas, pero todo lo mío lo llevó a cuestas. El dolor
punzante de esos dedos dentro de mi vagina infante, mi osito de
peluche, mis vestidos y los elásticos con cinta que me ponía en
los moñitos.

Nos fuimos a la botillería de la esquina y me dejó sentada viendo


tele mientras hablaba con don Manuel. Volvió con una Fanta y
me dijo que no me moviera, que ya venía. Cuando crecí, me di
cuenta que había ido a vender su piel.

No me acuerdo cuando, pero terminamos viviendo con la tía


Olga en una casa vieja con olor a comida rica y perfume en San
Miguel. Muchas tías me traían regalos y me daban besos. Todavía
las visitamos, son mujeres valientes las prostitutas, ¿sabes? Son

Marcela del Sol / 49


mujeres que han sido aplastadas por la falta de oportunidades y
transan un pedazo de ellas y gran parte de su alma, para sobrevivir
en un mundo que las revictimiza. Es increíble la fragilidad de los
hombres, la estupidez, listos a repartir lucas por un cuerpo, pero
resistentes a permitirnos nuestros derechos, sin pedirles nada.

La tía Marisol, por ejemplo, era profesora. El esposo le sacaba la


mierda, no pudo ejercer porque no la dejaba. ¿Quién le iba a dar
trabajo sin experiencia? Y con lo que le pagan a los profes… pero
donde la tía Olga pudo ahorrar, la tía Olga había sido una mujer
sufrida. Hija de una madre fuerte y un padre borracho, se fue de
la casa con un pololo que le salió igual de curado. Tiene dos hijos,
pero la niña se murió, decía que por eso nos regaloneaba tanto a
los niños del hotel.

La Jacqueline había llegado chica y embarazada. Juntó plata tra-


bajando en el almacén cerca de la casa y le pagó los estudios a
su hijo Oscar, él es profesor de castellano. La hermanita de Car-
mencita Reyes es enfermera. Ellas llegaron con el hijo paco de la
tía. El papá, el abuelo y el tío las violaban desde que eran muy
chicas y la mamá las ofrecía a los traficantes. La Carmencita llegó
con gonorrea. ¡Gonorrea a los diez años! Tuvo gonorrea antes de
tener la regla. La tía Olga la llevó a la posta apenas llegó. Nos
llevaba a todos cuando estábamos enfermos.

Cuando salí del colegio, mi mamita me dijo que podía ser lo que
quisiera. Había guardado cada peso que le había sobrado, entre
vender su cuerpo y sus tejidos en la feria.

“Lo que se proponga, lo puede hacer. Por algo se llama Nancy, está
llena de gracia, mi niña.”

Elegí psicología porque necesito entender y ayudar a sanar. Vivi-


mos en un país tan indolente frente a la mujer, pero no por indi-
ferencia sino por flojera. Somos aberrantemente flojos al tratar de

50 / INMOR AL
cambiar las cosas, pero no somos flojos para reclamar.

Este país está lleno de contradicciones, ¿te has fijado? Chile es


como un cura, hablando de salvación y paraísos, pero enviando
la inocencia de los niños a arder en un infierno del que nunca te
puedes olvidar. Yo no recuerdo mucho de lo que me hizo. Vivo
con una especie de sábana sucia dentro mío, algo pesado y lleno
de manchas que trato de sacarme por la nariz. Duele. Es un nudo
que a veces no deja que entre aire ni que salgan lágrimas, un nudo
que lo controla todo. Especialmente, cuando pienso en mi madre
y el tiempo que nos queda juntas.

Mi viejita tiene cáncer y estoy segura que es culpa de él. Desde


que me tuvo, la violaba por atrás todos los sábados, hasta que
cumplí cinco años. Le desgarró el ano, la perforó por dentro.
Tuvo fístula, se le pasaba el excremento al conducto vaginal, le
corría pus del ano. Hace poco me contó que si no me hubiera
tenido, se hubiera suicidado por tanto dolor.

Y aún así no se arrancó por ella, sino para salvarme.

A mí, la hija de su violador.

Marcela del Sol / 51


OLGA
Cuando llego del consultorio siempre es así, me quedo pegada
en la ventana mirando a los niñitos jugar y lloro calladita. Es que
verlas tan enfermas y chiquitas, me trae recuerdos feos. No estoy
loca, como dicen las viejas en la plaza cuando conversamos. Sé
que es chacota, pero cuando uno tiene la depre como que se toma
todas las cosas a pecho. Igual me río, total son buenas vecinas y
siempre traen cosas o hacen rifas paˈayudarnos.

No los miro jugar nomás, aprovecho de verme en el vidrio y me


peino. Es lo único güeno que saqué de mi padre, el pelo café os-
curo y grueso. Fíjese, ni una cana, señorita y ya tengo cincuenta
y cuatro. Los dientes son todos míos, eso sí que no se llevó el
Richard con los combos. La nariz es de él, yo no la tenía chueca.
El pelo de india, la piel y la nariz respingada de europea, así me
decía una profesora en el liceo.

De mi mamita me acuerdo harto, por eso me da pena mirar a


los niñitos jugar. Me duele mucho ser mamá. Me acuerdo del
Rodriguito cuando andaba corriendo en el patio con sus pistolas
de agua, a lo mejor le entró un gusto por los balazos antes de lo
de mi niñita.

La realidad, señorita, es que paso todo el día pensando en mis


dos cabros, pero le hablo del Rodrigo mejor. Hablarle de mi niña
es como una espina que tengo en el alma. ¿Ve? Acá la tengo, esta
cadenita no me la saco nunca, me la regaló la Hilda y hasta me
ayudó a cortar las cabezas de las fotos paˈmeterlas en este corazón.

Ahora siempre me dan pena los cabros chicos. Cuando entran al


súper con las mamitas y se dan besos. Me da pena ver niñitas con
caritas tristes en la calle porque me imagino que así andaba mi

Marcela del Sol / 53


niña. Tuve sospechas yo, pero esas cosas que una se imagina que
se imagina nomá, cuando estaba lavando sábanas una vez. Una
que ha tenido hombre sabe de estas cosas, ¿ve? ¿Pero qué iba a
hacer, señorita? Apenas me alcanzaba con la plata de la pega y el
Richard nos daba todo, tenía reˈgüena pega en las minas y con la
platita que yo juntaba, mandaba a los niños donde mi mamá lo
que más podía.

Así pensaba antes, además, una aprende a vivir con esas cosas. La
gente no tiene idea lo fuerte que es una mujer que se para, aun-
que no tenga donde afirmarse.

A mí me pasó lo mismo con mi padre, pero lo perdoné. Mi ma-


mita no, lo dejó tirado y entre mis tíos le sacaron la cresta, pero
eso no me sanó la herida que llevo dentro. A los pacos fuimos,
pero fue peor. Me mandaron al hospital y me revisaron tanto que
fue como que me estuvieran haciendo la cochinada de nuevo. Yo
lloraba calladita nomás y tenía tanta vergüenza porque mi ma-
mita estaba conmigo, y el doctor era hombre y preguntaba cosas
íntimas de una y yo no entendía nada, así que respondía lo que
creía que tenía que decirle.

Cuando me llevaron a los tiras, me preguntaban cosas como que


era culpa mía. ¿Por qué me había duchado, por qué no había con-
tado altiro, por qué no había guardado mis calzones, con quién
pololeaba? Como que se olvidaron de mi padre y era todo en
contra mía, señorita. No se lo doy a nadie.

Fue terrible, eran casi todos hombres y había una rati que me mi-
raba con desprecio. ¿Sabe? Así como con asco, como haciéndome
saber que era mejor que yo. Ha pasado harto tiempo y a veces me
acuerdo de ella. Cuando la vi entrar, me dio esperanza y me sentí
protegida, pero fue como que pasara todo de nuevo. ¡Tenía una
frialdad!

54 / INMOR AL
Ahora que estoy vieja pienso que necesitaba ser así porque igual
trabajaba con puros hombres. Ese es un problema reˈgrande, que
hayan mujeres que creen que tienen que ser como los hombres
para hacer las cosas bien. Si el hombre es el que casi siempre nos
está cagando, sacando la mugre, violándonos, riéndose de una.
No necesitamos mujeres así, pero una no se da cuenta hasta que
le pasan las cosas y eso es más triste. ¿No cree usted? Una tiene
que tener compasión siempre.

Bueno, mi mamá dijo que era el colmo, así que no seguimos con
la demanda y acá me ve parada, con dos hijos que tuve y nunca
les faltó un pan paˈcomer.

Mire como juegan esos niñitos de al frente, ¿los ve? Son primos,
viven detrás del almacén. Siempre andan felices esos cabros, así
debería ser. Los niñitos chicos tienen que estar siempre felices.

Yo no sabía, así de saber. O sea, tenía como un presentimiento


porque la niña no quería que me fuera a trabajar y me preguntaba
si podía acompañarme. Andaba como volada todo el tiempo, así
como pensando cosas que no se entienden. Yo creía que era la es-
cuela, pero de un día paˈotro no tenía ni amiguitas y andaba pegá
con el Rodrigo, como cuidándolo. No quise preguntarle, porque
si me decía que le estaba pasando eso, iba a matar al culiao y qué
íbamos a hacer. Disculpe los garabatos, pero lo iba a matar si la
niña me contaba algo y con él muerto, ¿dónde me podía llevar
a mis niños? Allá donde vivía mi mamá no había pega. Mire las
cosas que uno piensa cuando no le han pasado tragedias, por eso
le digo que una no tiene que esperar a que pasen las cosas, porque
casi siempre es demasiado tarde.

Ay, mijita, ese día llegué del trabajo derechito a ducharme. Puse la
tetera porque tenía hambre. Llegué a las seis y a las siete les tenía
que dar desayuno a todos, por eso no me fui a acostar altiro. Dejé

Marcela del Sol / 55


la tetera, con la bolita adentro, me fui calladita al baño porque
estaban todos durmiendo, aunque con alfombra no se escuchan
los pasos. La puerta estaba pesada y no podía abrirse así que tuve
que empujarla harto, pero no se abría, por eso fui a buscar a la
niña paˈque me ayudara a empujar más. No la encontré en su
cama, ni durmiendo con el Rodriguito. Me entró como una cosa
que no puedo explicarle y empecé a revisar por todos lados. No
estaba en la casa, ni en el patio y faltaban sus botitas con flecos
que le gustaban tanto.

Desperté al Richard y el Rodriguito se despertó con el ruido. Me


acuerdo de su pelito negro brillante que casi le tapaba los ojitos
negros. Mis hijos salieron casi iguales, blanquitos, con el pelito y
los ojos del color de la noche, flaquitos y callados. Forcejeamos
con la puerta del baño porque pensamos que la niña se había
dormido, el Richard la abrió y pegó un grito. Me dijo, “vieja, no
entres”, pero con la niña perdida cómo no iba a entrar.

Mi niñita se había ido, señorita. Se había matado y escribió una


cartita pidiendo perdón por no quedarse para cuidar a su her-
manito. Nunca había sentido eso que dicen que el alma deja el
cuerpo, pero es verdad. Como que sentía la sangre correrme por
las venas y no tenía aire. No sé cómo explicarle. Como un dolor
que solo existe para una madre que pierde un hijo, ¿sabe? Porque
he tratado de pensar en cosas para contarle a mi niña sicóloga lo
que siento, pero no existen.

No existe algo más unido que una mujer y la guagüita que viene
de ella. No existe. Las frutas crecen en los árboles, pero fuera.
Lo más cercano que he encontrado son los pescados en el agua;
una es el pescado y los hijos son el agua, nos arrancan de ellos y
morimos. Pero no morimos de una, es una muerta lenta que no
se acaba.

56 / INMOR AL
Mi niñita estaba tirada en el piso, con sus ojitos cerrados para
siempre y sus venas abiertas. Tenía una manito debajo de uno de
los cortes más profundos, como tratando de no ensuciar el suelo.
Era tan flaquita y blanca, pero no tanto como ese día, parecía una
muñequita tirada y no pude acercarme. Estaba convencida de que
si no la tocaba, todo se convertiría en un sueño y no sería verdad.
Yo podría haberla salvado, había terminado mi turno temprano,
pero me quedé haciendo horas extras para mandarlos donde la
abuelita el fin de semana, para que jugaran con los amiguitos que
tenían allá.

Tenía una cuerda amarrada al cuello. Se había colgado del gancho


de atrás de la puerta, pero se quebró. Dicen que se murió por as-
fixia, pero yo sé que lo que la mató, fue ese desgraciado.

¿Sabe? Una nunca se siente completamente viva después de que


le hacen eso.

El Rodriguito no habló por varios meses. Yo no sé como, pero


me dicen que grité llamando a la vecina Hilda, no éramos amigas
en ese tiempo, paˈmí era la dueña del almacén nomás. ¿Sabe que
vende marihuana? Una se hace la loca con esas cosas, sobre todo
porque esa plata hace cosas buenas. Vino corriendo y le sacó la
cresta al Richard. Lo sacó paˈfuera y ella misma llamó a los pacos.
Me dijo que la vida de los niños vale más que todo en el mundo.
Salieron hartos lolos y también le pegaron. Yo miré todo por la
ventana porque estaba con mi niño en brazos que no paraba de
llorar. Me hice la fuerte y le juré que nunca le iba a pasar nada
malo.

En ese momento me di cuenta que a lo mejor todos sabían, menos


yo, pero no me dio rabia eso, porque yo tampoco había hecho
nada para salvarla y cuando uno no hace nada, es igual de malo.

Marcela del Sol / 57


Ahora la Hilda es como mi hermana, nunca me habían ayuda-
do tanto como ella. También la malearon cuando chica. Un cu-
rita que la confesó antes de la primera comunión, la sentó en
su falda y le dijo que volviera más tarde sin contarle a nadie.
Quería mostrarle donde estaban las campanas de la iglesia, ella
fue porque nadie desconfía de los curitas, si nos enseñan desde
que nacemos que Dios es lo más importante de todo y hay que
obedecerle, ¿o no? Por eso yo no creo en nada que me dicen que
tengo que creer. Solo creo en las personas que se sienten tibias en
el corazón. ¿Me entiende? Las personas que no andan diciéndole
a una lo que tiene que hacer y abrazan fuerte.

Bueno, ese día se llevaron al culiao no sé dónde y nos quedamos


viviendo en esta casa. La Hilda mandó a unos amigos de ella a
arreglar eso.

Mi niñita se veía tan blanca, señorita, como un ángel que era ella,
una angelita pura. No importa lo que piense la gente porque el
cuerpo no significa mucho, es el corazón lo que vale y el de mi
niña era el más puro de todos, pero tenía una pena que la oscu-
recía entera y nadie la ayudó. La matamos todos. Sabe que en vez
de preguntarle qué le pasaba, los profesores la hacían sentir más
peor. Es como una necesidad que tiene la gente, eso de sentirse
más importante pisoteando a otros.

Mi angelita se me fue de los brazos, a lo mejor por eso tengo a


todas estas diablas conmigo. Mire, las que están en la cocina son
la Pía y la Negra. Vivían con el abuelo hasta que se murió de tos
en invierno y tuvieron que salir a moverse. ¡Qué iban a ir a la
escuela si no tenían ni paˈcomer! No trataron de buscar otra pega
porque si las pillaban solas, las podían mandar al SENAME y allá
pasan cosas terribles. Usted no tiene idea, a la hermana chica de
ellas la pusieron ahí y dicen que andaba como muerta cuando la
fueron a ver una vez. Dopada, ¿sabe? Dicen que porque lloraba
mucho. Pero ¿qué niñita no va a sufrir si la encierran en una casa

58 / INMOR AL
con gente desconocida y sin cariño? Por ser pobre, ¿sabe? Ella
les contó que las sacaban en las noches para ir a unas fiestas con
viejos de plata que les sacaban fotos y las manoseaban. Paˈmí
que por eso la dopaban, para que se le olvidaran las cosas que la
obligaban a hacer.

Estas diablas andaban trabajando en el paradero de colectivos.


No salvé a mi niñita, señorita, por eso ahora me traigo a todas las
que andan sufriendo solas por ahí. Mañana la Hilda y el Rodri-
guito van a ir a buscar a unas niñitas. Son chicas y la vieja culiá de
la madre las cambia por pasta. El Rodrigo es el que se entera por
ahí. Yo creo que por lo de mi niñita se hizo paco.

Vamos a tener harta pega con ellas, porque son chiquitas nomás.
Es mejor que no venga por un tiempo porque las nuevas se asus-
tan cuando no conocen la casa y la gente.

Dicen que son calladitas y cuando las ven en la calle de la manito


de su tío, siempre miran el suelo.

Él también es angustiado y vuelve con bolsas, pero no con ellas.


Las va a buscar después. Usted sabe lo que eso significa.

Marcela del Sol / 59


TRINIDAD
Nos conocimos en la U. Me caía mal porque era la típica cuica
de mi barrio, pero de esas que han crecido sin conocer más allá
del mundo de donde venimos. A lo mejor yo hubiera sido igual,
si hubiera crecido en Chile. Mis viejos son retornados, otra onda,
abiertos de mente, intelectuales, de cuna, pero con corazón de
pueblo. Parte del red set, supongo. Qué término más ahuevona-
do.

Siempre andaba sola, como si le molestara estar con nosotros.


Se sentaba sola, desaparecía cuando teníamos tiempo libre. Casi
nunca hablaba. Después de un par de semanas me di cuenta que
no era elitismo, sino pena. Me vi en ella, fui ella muchas veces,
pero cuando chico, cuando me sacaban la cresta en el colegio. Me
demoré semanas en darme cuenta, semanas en que quizás cuánta
tristeza le podría haber ahorrado.

Me acerqué a ella apenas terminamos una clase de Psicobiología.


Me acuerdo porque estaba muy aburrida. ¿No te importa que
hable de mí como mujer? Yo nunca he sido hombre, que no te
engañe el paquete. Corrí a alcanzarla antes de que desapareciera
camino al estacionamiento.

“¡Renata!”

Se dio vuelta y me miró como si fuese lo más extraño que le había


sucedido.

“Soy Tomás. Somos compañeros.”

Marcela del Sol / 63


Miró a los lados, como asustada. No dijo nada.

“¿Vas al casino?”

“No, iba a mi auto a comer.”

“Vamos a comer algo a la esquina.”

Sonrió y dijo, “bueno”. Ese fue el día en que me enamoré.

Creo que hay un mundo oculto en todos los que estudiamos Psi-
cología. No me enteré de su historia hasta que cumplimos dos
meses viviendo juntos, un día en que abrió una de las cajas que
había traído de su casa. La Renata lo hace todo muy lento, o
en los tiempos en que no la invade el dolor, supongo. Son muy
pocos.

Me mostró un marco de foto, se puso a llorar y me lo disparó


todo. Nunca ha hablado tan rápido como ese día, era como un
caudal de historias que había estado estancado detrás de un tron-
co. Me contó de su abuelo y de su madre, que creyó ser una
hermana muerta, de la Isabel y que todos los miércoles iba a te-
rapia, no al parque a correr. Que no había nada más hermoso que
amarme porque no necesitábamos sexo y se sentía muy segura
con un hermano, amigo, compañero de casa, amante, gay. Que le
gustaría que me llamara Trinidad, no Tomás, porque no soy uno,
sino tres. El que muestro en público, el que duerme abrazado a
ella, en nuestra cama, todas las noches y el que le roba las faldas
arrugadas del closet. Toda su ropa está siempre arrugada.

Renata me regaló el primer nombre que se sentía mío. La pri-


mera oportunidad de ser yo, Trinidad, de piernas suaves y faldas
prestadas. Con brazos fuertes para esquivar los golpes de machi-
tos homofóbicos y viejos depravados que intentaran atacarnos. La
Súper-Trinidad.

64 / INMOR AL
A Renata le da asco todo lo que tiene que ver con el cuerpo,
tiene aversión a ser tocada, incluso hasta el punto de evitar lu-
gares donde hay mucha gente, en caso de que la rocen al pasar por
su lado. Le dan ataques de ansiedad que duran días, por eso no ha
podido trabajar desde que nos titulamos. No necesita hacerlo, los
abuelos dejaron todo a su nombre cuando murieron. O sea, antes
de morir obvio. Después de muertos no hubiesen podido hacerlo.

Soy la única persona que puede tocarla sin que le de miedo y es


la única persona que quiero tocar con sentimientos. La amo con
todo mi corazón y mi dosis de sexo la consigo por ahí, cuando
quiero, en las noches de escarcha y faldas apretadas, cuando me
pican las piernas por afeitármelas.

Nancy la abraza cuando terminan las terapias, pero ella es su


psicóloga y es mujer. He notado que a los hombres canosos les
teme, incluso si los ve de lejos. A mí me gustan, pero nunca se lo
he dicho.

Supongo que ve al abuelo.

El viejo culiao dejó una fisura en su alma que nunca va a cerrar.


No la dejó tranquila a los quince, como ella pensaba. Cuando
empezamos la U, le presentaron a un buen partido, amigo de la
familia. Le dijeron que era hora de casarse y bien. Esa noche les
dijo a sus abuelos que se iba de la casa porque no le gustaban los
hombres. Ellos asumieron que era lela. Es que a Renata no le gus-
ta nadie, está traumada. Pero anda a hacer entender a un par de
viejos fachos obtusos de La Dehesa. ¡Hasta una foto grande con
Pinochet tenían en una pared!

Dos días después, el abuelo la agarró cuando se duchaba y la vio-


ló ahí, en el suelo mojado del baño, doblada encima de la taza
mientras la ahorcaba para corregir su error. Me llamó temprano

Marcela del Sol / 65


esa mañana y la esperé en la esquina. No habló cuando se subió
al auto, no podía. Temblaba entera y tenía la cara llena de sangre,
me dijo que la llevara a la clínica. Me apretó súper fuerte la mano
cuando le pusieron los puntos y cuando le preguntaron que le
había pasado, no mintió. Pensé que había sido un incidente aisla-
do, no me había contado toda la historia, todavía.

El silencio, me dijo. “La vergüenza de mierda, que a nadie le sirve,


deja que pasen estas cosas.”

Fue la primera vez que sentí orgullo en mi vida.

Renata se levanta todos los días a la misma hora y se va a la casa de


Olguita, Nancy las presentó. Es una casa como secreta de mujeres
y niñas valientes, como ella. Ahí hace su pega, o sea no le pagan.
Ella lo llama trabajamor. Dice que ayudándolas es la mejor forma
que ha encontrado para sanar.

Incluso la cicatriz de su ceja izquierda ya está desapareciendo.


Aunque nunca se desvanezca la de su corazón.

66 / INMOR AL
LUCIANA
Mi familia no tenía plata, tenía deudas. Mi papá era abogado y
mi mamá... bueno, mamá. Vivíamos en Ñuñoa y aparentábamos
bien. Fuimos a un buen colegio, tuvimos buenos amigos, viajába-
mos todos los años. Mi papá conseguía la casa de unos clientes en
Zapallar y contaba que era de él. Así conocí a Domingo, tenía-
mos los mismos amigos y aunque era la única que vivía abajo,
mi apellido es lindo, extranjero. Ya sabes que en Chile, cualquier
cosa de afuera cae bien, además rubiecita y de piel clara. Nadie
sospechaba que la nana era mi tía, que la ropa nos llegaba de se-
gunda mano de la casa de unas primas que sí vivían bien.

Por eso me casé con él, no por amor sino porque casarse con un
Echaurren era entrar en un mundo donde la ropa se compra en
Alonso de Córdova y Miami, y la casa en Zapallar es casona y
propia. Tú entiendes.

Siempre quise tener hijos, por eso cuando nació la Florencia fue
el día más feliz de mi vida. Domingo andaba de viaje, como siem-
pre, pero le trajo unos trajecitos bellos de España y un abrigo her-
moso para mí. Teníamos un año de casados y los fines de semana
nos íbamos a la playa los tres, con mis suegros. A veces mis padres
y mi tía Josefa. Nadie preguntaba nada, de un día a otro la nana se
convirtió en la tía y nadie pareció darse cuenta, es que de ciertas
cosas no se habla.

Amandita nació dos años después, cuando Domingo ya casi no


pasaba en Chile. Para serte franca, ser madre se había vuelto te-
dioso, aburrido. Como un aprisionamiento obligatorio. Estaba
muy sola y empecé a pensar más en mí, salir de compras, llamar

Marcela del Sol / 71


a las amigas del colegio, pasarlo bien. Tuve mucha suerte con la
Doris, sin ella no sé que hubiera hecho. Domingo llamaba noche
por medio y hablábamos un par de minutos, me preguntaba que
queríamos que nos trajera y estábamos siempre planeando vaca-
ciones familiares que nunca sucedieron.

Tal vez por eso la Amandita me daba tantos problemas, porque el


papá no pasaba mucho con ella. Empezó a desobedecer y a llegar
tarde del colegio. Estaba poseída por las hormonas de la adoles-
cencia, típico en niñas de su edad, me decían mis amigas.

A los trece, más menos, empezó a desaparecer. Se quería quedar


en casa de su amiga Consuelo todo el tiempo. La Florencia pasa-
ba en su pieza, hace algunos meses había dejado de invitar amigos
a la casa y no hablaba con nadie. Fue en ese tiempo en que me
empezaron las jaquecas, por eso inventaba cosas para salir porque
con las niñas tan distantes, ¿qué iba a hacer? ¿Quedarme ence-
rrada? Eso le pasó a Josefa y terminó viviendo sola, cuidando a la
familia. ¡Atroz! Era bien buenamoza, pero se le fue el tren.

Domingo llegaba un miércoles y se quedaría a pasar el cum-


pleaños de Amanda. Le dije a la Doris que comprara unas cositas
para hacerle una comida bien rica. No me casé por amor, pero
no se puede evitar el cariño que crece con el tiempo. Siempre
nos cuidó muy bien, nunca supe lo que era una cuenta de nada.
Hasta me sobraba plata y yo gasto… mejor no te cuento.

La inconveniencia que creemos que los hijos provocan. Eran las


diez de la noche del martes y Amandita todavía no llegaba del co-
legio. La Consuelo no sabía donde estaba, me gustaba que fueran
amigas, por eso no me importaba que se quedara en su casa tanto
tiempo. A pesar de ser demasiado liberales, su familia es distin-
guida y respetada en los más altos círculos sociales. Habían sido
exiliados, pero vienen de una familia bien y tenía la esperanza de
que Amandita terminara pololeando con Tomás, el hermano de
su amiga. Ese niño es bello y tan simpático. Los adoro.
72 / INMOR AL
A las once y media me empecé a preocupar. A las doce llamé al
esposo de mi amiga Matilde que era no sé que de carabineros.
Vinieron a la casa a conversar conmigo y la empezaron a buscar.
Domingo llegaba a la tarde, al otro día. Estaba nerviosa, asustada
y enfurecida. Doris me traía agüitas de yerba con mucha azúcar
y me hacia cariños en la espalda. Florencia estaba sentada al otro
lado del sillón, pegada al celular.

Creo que no dormí esa noche. Doris roncaba en el sillón, Floren-


cia se había ido a acostar. Fui a buscar una copa de vino blanco
frío y vi su torta, blanca con florcitas rosas alrededor de “Happy
Cumple Amandita”, escrito en chocolate. Encima del mesón,
reposaban dos velas rosas de números: uno y cuatro. Es lo último
que recuerdo de esa noche.

El miércoles a las cuatro de la tarde en punto, llegó Domingo sin


saber lo que pasaba. El esposo de Matilde, unos minutos después.
Nos sentamos a conversar. Habían ido al colegio, el padre Rodolfo
la había visto en la tarde, saliendo como todos los días después de
clases. Iba hablando en su teléfono, le había dicho al oficial.

“¡Mentira! ¡Mentira!”

Florencia estaba mirándonos de arriba, gritándole al oficial. No


había ido al colegio. Doris subió rápido y la abrazó.

“¡Ese cura es un degenerado!” Siguió gritando y nosotros, desde


abajo, solo mirábamos su carita roja de rabia, de certeza. Entendí.
Entendí su hermetismo, su soledad, la lealtad con su teléfono
como único compañero, las malas notas, la falta de abrazos y que
se vistiera en el baño después de la ducha. Como si su desnudez
corriera peligro en la poca distancia a su dormitorio.

Domingo descruzó las piernas y se movió a la orilla del sillón.

Marcela del Sol / 73


Hizo ese ruido con la garganta cuando está molesto. Un típico
ruido de acomodado, que equivale a un concha de su madre gri-
tado, en otros lados. Dijo que no hiciéramos caso, que después
hablábamos con ella. Se disculpó por el mal rato y le ofreció un
whisky al marido de Matilde, pero no lo recibió.

“Si me permiten, me gustaría hablar con su hija.”

Subí con él y escuché cómo las manos de ese cura que ponían
ostias en las bocas de mi familia todos los domingos, se habían
paseado por las piernas y el pecho pubescente de mi hija casi to-
das las tardes, el año pasado. Como recién se había dado cuenta
que no estaba bien, cuando leyó una noticia en el diario sobre un
cura en Australia que estaba preso. Que antes de leer eso, creía
que los curas tenían derecho a hacer lo que quisieran, porque eran
los representantes de Dios en la tierra y todo lo que tenía que ver
con Dios era bueno.

“Es que siempre nos dicen eso. Perdóname, mamá. No sabía que
podía contarte.”

Nos dijo, llorando, que había visto a su hermana mirándolo como


enamorada en los recreos, que si había sido la última persona en
verla, era probable que le hubiera hecho algo.

Domingo se levantó del sillón, agarró su maleta y se fue. Más


tarde llamó y me dijo que si esto salía de nuestra casa, no contara
con él. No recuerdo que más dijo, pero algo sobre la vergüenza de
la familia, los amigos, la reputación, no sé qué.

Pero eran mis hijas, su dolor. Por eso hablé. Y por Florencia que
había escondido su pena, detrás del silencio, pero gritó por su
hermana.

Cuando lo detuvieron en el colegio, estaba en su dormitorio

74 / INMOR AL
con una niña de segundo básico, pero no lo vas a leer en ningún
diario. En el velador tenía fotos de varias niñitas, incluso de mi
Amanda. Su agenda estaba llena de números de gente conocida,
jueces, militares, médicos. Gente que había comido en mi mesa
y visitado a Domingo para hablar de negocios. Me lo contó Ar-
mando, el esposo de Matilde. Ellos son unos de los pocos amigos
que no nos abandonaron.

Nunca me había dado cuenta de lo fuerte que podíamos ser mi


hija y yo. Bueno y la Doris que nunca nos ha dejado. Amandi-
ta todavía no vuelve, ya han pasado cuatro años. Pero la siento
dentro mío, como cuando saltaba en mi guatita antes de nacer.
Todavía recuerdo su carita roja y las pelusitas claras de su cabecita
sucia, nació moviendo los bracitos, como dando combos, y estoy
segura de que así también se fue desde donde la haya tenido ese
animal, peleando por volver un día a casa.

Ya no me importan los viajes ni los abrigos, ni los apellidos ex-


tranjeros. La Consuelito y Tomás me presentaron a una psicóloga
que nos ha ayudado tanto. A Flo y a mí nos han regalado algo que
nunca tuvimos muy claro, propósito y un sentido de ser parte de
algo. Suena cursi, ¿no?

Todos los martes y los domingos viene Olguita, una amiga nueva,
con sus hermanas y sobrinos a almorzar. Los jueves y los viernes
nosotras vamos a su casa con mercadería y ropa, a veces con nada.
Se ponen felices al vernos, no saben lo bien que nos hacen.

Florencia ha vuelto a hablar y a ser feliz, incluso tiene polola. A


mi hija la vejó como niña y en su identidad sexual, pero hoy se
ve plena. Es increíble como las personas pueden pertenecerse a
través de un sentimiento común. La Flo se siente parte de todas
estas niñas y ellas de mi hija, porque las une un dolor que no
necesitan contar para entenderlo, y la fuerza increíble que tienen
para seguir viviendo.

Marcela del Sol / 75


Estamos planeando muchas cosas para el próximo mes, porque
vamos a empezar a recibir sobrinas de Olguita permanentemente.

Amandita va a estar feliz con tanta gente maravillosa en casa,


cuando vuelva. Sobre todo con tantas primas que la ayuden a
peinar sus rulos castaños, que se le enredan tanto. A lo mejor se
cortó el pelo. No importa, va a estar feliz con toda esta gente que
la va a querer tanto.

Eso sí, vamos a tener que comprar una torta más grande para
celebrarle el cumpleaños.

76 / INMOR AL
GABRIELA
Me gustaba como brillaba el sol, por las ventanas de nuestra casa
señorial de Pocuro. En la sala de juegos, al lado del taller de mi
mamá, llegaba justo a las cabezas de mis Barbies, tiradas por to-
dos lados. Por ser tan rubias, parecían ángeles con halos.

Jugaba con mi hermano mientras mi mamá hacía mis vestidos de


terciopelo y collares victorianos, en medio de sus diseños de haute
couture. Entre sus vestiditos y los trajecitos que mis abuelos traían
de Europa en sus vacaciones, a veces creía ser una muñeca viva.
Así me cuidaban y así crecí.

Hasta los seis años.

Mis padres vivían tranquilos. Habían elegido esa casa porque era
una especie de fortaleza distinguida. Un espacio grande, lejos del
peligro y lo vulgar.

Éramos felices sembrando de risas la casa entera, mi hermano y


yo. Mirando a las nanas cocinar, con sus manos llenas de historia
y sus corazones de surcos invisibles, siempre sonriendo. Escondi-
endo el frío de invierno que traían de los paraderos, esperando la
micro a la casa patronal. Arrastrando el hambre pero haciéndonos
cazuela. Llenándonos la tina del baño matrimonial.

¿Qué es una vida sin un trozo de desconsuelo? ¿Una página escri-


ta con una sola letra?

Fue un viernes, habían dos maestros arreglando el piso de uno de


nuestros baños y yo, curiosa y pequeña, subí a mirar.

Marcela del Sol / 81


“Hola, niñita”, me dijo cerca del oído.

La aspereza de sus manos viejas hizo ruidos extraños en mi ter-


ciopelo.

“¿Te hago cosquillas?”

No esperó que le respondiera, no le interesaba y a los seis años no


hay muchas cosas que contestar, o quizás el miedo me congeló.

Mi pelvis, de la que entonces ni siquiera sabía el nombre, atacada


con los dedos de alguien que tampoco conocía. Mis nalgas, raspa-
das con manos de obrero viejo.

A los seis años descubrí cuán largos son los segundos y lo pesado
que es el temor. Sus dedos me apretaban la vulva, su monstruosi-
dad, mi corazón. No sé si hubo ruidos, pero no eran míos porque
entre el miedo y el abuso, se me había arrancado la voz.

Se movió y me dijo, bajito: “¿Te gusta?”

Corrí, corrí despavorida, pero sin saber que era miedo. Solo corrí
y bajé a ver televisión.

Como la segunda vez, cuando necesité el baño y me agarró.

“Son cariñitos, mijita. Se siente rico”. Pero me dolió. Esa vez sus
dedos no me apretaron, me mermaron de una manera que arde y
duele por siempre. El dolor no inmoviliza, ahuyenta. Corrí.

Esos días ya no iba al parque o a fiestas de cumpleaños. Los baños


llenos de risa y shampoo, ahora rebosaban de recuerdos oscuros
que se escurrían entre mi pelvis y el ano, como si fuesen a saltar
desde mi silencio a atacarme a dos manos.

82 / INMOR AL
“¡Gabriela! ¡Gabriela!” Gritaba mi hermano desde el segundo
piso, pero no quise ir cerca de donde estaban trabajando. Me fui
a la salita de juegos, a vestir mis muñecas porque ya no me gus-
taba dejarlas desnudas.

Pero parece que la perversión tiene ojos en todos lados.

Entré a la casita externa, donde estaban los talleres y los juguetes.


Donde el sol daba fuerte en las ventanas, donde era muy feliz.

Pero apenas abrí la puerta, todo se tornó oscuro. Su mano dura


en mi calzón blanco, con blonditas de algodón. Su voz profunda
en susurros diciéndome que solo eran cariños. Su mano por todas
partes. Supe de dedos en mi pelvis, antes de ponerme calzones de
color.

Acá parada en calle Amapolas, a veces miro donde estaba nuestra


casa. Mi madre en su afán de convertir un edificio, en un hogar
pudiente, su matrimonio que se ahogó de pronto. Los baños y
las cerámicas importadas que nunca terminaron de instalarse. Pi-
enso en las Barbies tiradas en el piso y en lo sucias que quedaron
porque nunca quise llevarlas conmigo al baño, otra vez. Las dejé
abrigadas en una esquina, debajo de un cojín de lana.

Todo se desmoronó desde esos dedos. Se fue mi padre y, con él, la


hipoteca impaga, se fueron los colores nuevos de las paredes, las
dos nanas. Se fue la descuidada risa por las escalas.

Aún mi madre me hace vestidos, aunque ya no sea muñeca.

Aún me duelen los seis años. Aunque no se vea.

Marcela del Sol / 83


MARCELA
Hay cosas tenebrosas que se repiten, pero basta la primera para
que te corroa la vergüenza. Y es justo eso, la vergüenza que no te
corresponde, lo que te silencia y te secuestra a formas ajenas, a
callar lo recalcitrante de otras violencias como si fuese, la reitera-
ción, más terrible que la bestia que atrapa tus sueños de infancia
y los marca con sus dientes, con una huella que no se borra ni se
confunde con otras, es imperecedera.

Como la vez que no recordaba hasta hace poco. Tal vez, porque
en el carrusel que ha sido mi vida y dada la inusual conformación
de mi mente, estaban algunos recuerdos reprimidos. Fue en una
iglesia, en la calle Matta de Antofagasta, donde hice mi catequesis.
En una de esas confesiones, como si a los ocho años, la impiedad
le correspondiera a una niña y necesitara la redención de un cura
para poder vestirse de novia el ocho de diciembre.

“Siéntate en mi falda”, dijo el cura y me tocó la cara. “Eres muy lin-


da. Tienes una carita de escaparate, ven más tarde y tocas la puerta.
Voy a mostrarte algo, pero no le cuentes a nadie”.

No volví. Pero no tengo dudas que mi historia hubiese sido dis-


tinta, de haber ido.

Tal vez por eso llevamos vestidos blancos en comuniones eclesiásti-


cas. Porque hay novios como él, esperando desvirtuarnos cerca de
altares o en confesionarios.

Marcela del Sol / 87


Seguí yendo a la iglesia. Mientras todos se dormían en misa, yo
me asombraba con lo estatuario y divino dentro de esas paredes
que, sin saberlo, también confinaron prisioneros políticos en los
ochenta, de quienes extrajeron cuerpo, mente y vida entera.

Ese ocho de diciembre, no sabía siquiera de besos, pero cala en


mano, seguí la santa procesión desde la iglesia. Blanco el vestido
y blanca mi vida. Blancos mis calzones de algodón.

Siempre hay pausas que no son tales, sino puentes enlodados que
una trata de ocultar.

La Navidad siguiente, un hombre me ofreció tarjetas navideñas y


me llevó a su casa. Me sentó en su cama, pero alguien le avisó a
mi papá y llegó a salvarme del zarpazo que casi me arañó entera.

Blanca mi inocencia, blanco mi conocimiento sobre las aves ca-


rroñeras que, desde muy alto parecieran vernos dondequiera que
estemos.

Tenía once años la última vez que no pensé en morir. Mis días
eran frescos y ligeros, sin el ruido inaguantable de los recuerdos,
esos que quedan pendientes en el tiempo y resurgen en la soledad
con formas tenebrosas. Por haber dado un beso y escribir poesía,
me convertí en la puta de mi elitista colegio católico. De padres
izquierdistas y al servicio de lo humano, ropas equivocadas, vo-
cabulario demasiado elevado. De padre ausente y cocainómano,
de madre aguerrida y rabiosa, ahí estaba yo, tratando de com-
placer al mundo para convencerme de ser capaz de encajar y, así,
merecer ser parte de algo indoloro.

Una se detiene en el desconsuelo del miedo, pero todo sigue co-


rriendo, los amigos en el parque y las onces familiares. El miedo
es una tortura ancha y vigilante.

88 / INMOR AL
Vivo con memorias reprimidas, guardadas en inexorables cajones
que todos tratan de abrir, ginecólogos forenses, sicólogos, madres
preocupadas que hacen de la culpa un juego de autoflagelación y
se olvidan de lo penoso, cuando no es acerca de sí.

A los once años, un cajón me fue abierto, con la bestialidad de


manos atrapando mis piernas y mis brazos, mientras se turnaban
despiadados por sacar todo del espacio incólume que era mi vir-
ginidad. Me vaciaron y me dejaron llorando en la cama chica de
una pieza muy grande, en una casona del barrio centro-norte de
Antofagasta. Como un cuero viejo, escapé calle abajo y llena de
semen entre las piernas y moretones en los brazos, le pedí a una
micro que me llevara gratis hasta la esquina de mi casa. No tenía
nada, me convertí en nada. Recuerdo cómo olía el día en que por
vez primera, me convertí de niña a pellejo manoseado y suelto,
sin alma, sin orgullo, sin amor, ni cien pesos para la micro.

Era solo eso, una cáscara vacía, sola, en una micro llena de gente
que la miraba llorar. Con los brazos cruzados sobre el borde de mi
cintura y encima de mis pechos recién creciendo, me fui, hollejo
manchado y agonizante al sur de la ciudad.

Luego el tío pudiente que trató de meterse al baño cuando me


cambiaba de ropa en el hotel cinco estrellas de la familia. Tam-
bién, los pedófilos que hacían fiestas y esperaban duros que las
niñas pequeñas se emborracharan, para llenarlas de saliva, vaseli-
na y moretones.

Luego mi abuela acusándome de ser culpable de que mi padre


nos dejara. Luego mi hermano gritándome “sucia” cuando sus
amigas me golpearon en la casa de alguien, por estar celosas de
mí.

Marcela del Sol / 89


El hombre que me tocó la pierna cuando con una amiga, hicimos
dedo a los trece años.

El ex esposo que no me dejaba sola y odiaba sonreír. El mismo


que ruega por mi muerte para arrebatarme, de una vez por todas,
a mis hijos. El mismo que tenía sexo conmigo si me portaba bien
y me dejó en la calle, sin mi ropa, ni mis hijos. Nadie me ofreció
ayuda, nadie preguntó por qué. Tejieron historias, me acusaron
porque solo soy mujer.

El ex conviviente que me tiró a la piscina, vestida de traje por


querer volver al mundo laboral. El que chocó con su 4WD mi
pequeño auto.

El estudiante adulto que drogó mi café y me violó.

El ex esposo de la amiga de mi madre, que me metió la mano


debajo del uniforme, cuando estaba estudiando primero medio
en Iquique. Ciudad donde me mandaron, a otro colegio infame y
exclusivo, para evitar a esa gente que me gritaba puta en las calles
de Antofagasta, siendo niña… una niña recién violada.

Los tantos hombres que no querían nada de mí, sino quebrarme


más porque ya no era virgen.

Mi padre pateándome en el suelo y tirándome en contra de las


paredes, aun viendo mi cara ensangrentada.

“Nunca quise que nacieras.”

Padre, ese día yo también lo deseé.

¿Pero dónde estabas cuando los demonios cayeron sobre mi cuer-


po y devoraron mi alma? ¿Los mandaste a mí? ¿Dónde estuvo la
compasión que tienes con todos, cuando le solté los dedos a un
precipicio y me salvaron los pacos gringos? ¿Dónde estabas?
90 / INMOR AL
No te vi. No te escuché. Imagino que tu deseo por mi exterminio
fetal, aún te hace compañía. Por eso tal vez, no me ayudaste cuan-
do sabías que no tenía plata para comer.

Estabas inhalando cocaína en algún burdel. Ocupado de los hijos


de otras y acurrucándolos. Y cuando llego a mi patria, levantada
en una fortaleza que a nadie le pertenece, sino a mí, me recibes
con ansias. Con tu camisa planchada y una sonrisa entre sombría
y demente, a aplaudir mis logros, para decirme que a tu maltrato
le debo ser quien soy.

Ese es el amor que he conocido y no lo quiero, el que se presenta


dulce, embaucador, pero deja una res muerta cuando se va.

He contado historias de tantas gentes, pero me cuesta hilvanar


con sentido la mía. No solo quebraron mi cuerpo y mis diminu-
tos pechos pubescentes. No solo fue escabroso como profanaron
mis membranas y mi casi párvulo cuerpo, quebraron mi mente.
Fui violada, ultrajada, golpeada, desposeída del fruto de mi vien-
tre, la leche de mis mamas y el amor entero de mi corazón. Mi
historia es triste, pero lo más penoso es no que te la he contado
entera.

Sin el intento fútil de unir fragmentos, sin la desesperación por


completar suicidios. Sin la hiperventilación precedida de venas
cortadas, ni de la proximidad peligrosa a los precipicios, me le-
vanto.

Porque soy mujer.

Marcela del Sol / 91


Marcela del Sol / 93
Índice
Ingrid p. 17
Martita p. 23
Renata p. 33
Amanda p. 41
Nancy p. 47
Olga p. 53
Trinidad p. 63
Luciana p. 71
Gabriela p. 81
Marcela p. 87

Marcela del Sol / 95


Agradecimientos
InmorTal es un libro basado en historias reales y nace
para exponer al mundo a aquellos dolores incesantes, aunque evi-
tables si viviésemos en una sociedad justa, de voces reprimidas
por la ignominia a las que han sido, sin mérito alguno, sometidas.

Es con vehemencia y muchas horas de insomnio, borradores,


episodios disociativos, viajes, corazones rotos (bueno, solo el
mío) y cagarnos de frío interviniendo con piluchismo en espa-
cios eclesiásticos y solemnes (tal como ellos interfieren en nues-
tros cuerpos) que he escrito este libro para y por todas esas niñas
y mujeres que han convergido en mi camino, seres poderosos
y bellos, abusadas y re-traumatizadas en sociedades que oblite-
ran el desarrollo hacia una realidad segura y ecuánime. Quiero
gritar por nosotras, por todas. Quiero amanecer en un mundo
donde caminar por la noche no implique miedos ni sospechas,
donde las llaves entre los dedos no sean necesarias. Donde estar
sola signifique solo eso, no vulnerabilidad. Un mundo en que la
opresión del patriarcado sea abolida, donde ser mujer tenga valor
ecuánime, donde el cuerpo y el sexo sean campo y cosecha de
nuestro dominio, sin iglesias ni gobiernos de normas opresoras
obsoletas.

InmorTal es, además, el espejo de tantas almas dolientes. Triste-


mente, un lugar común a diario, en demasiadas casas y esquinas.
Pero también el fruto de un corazón y un cuerpo impúberes que
fueron destrozados, que escriben estas páginas con una fortaleza
indestructible que demuestra que basta una grieta para que vuel-
va a florecer un jardín entero.
Mi amor indefinible y admiración a mis hijos, por enseñarme
que la verdad del sentir y lo eterno no precisan de presencias tan-
gibles y por ser mi razón de seguir luchando. Los amo con todo
mi todo.

Infinitas gracias a mi querida amiga, enorme mujer y compañera


de lucha Gabriela Rivera Lucero por su magnífico trabajo en fo-
tografía, confiar en mí y su reciprocidad en las ganas de hacer
cambios, agarrada de la mano de mi atrevimiento.

Especiales gracias al querido Julio Jung, maestro, inspiración y


fuerza. Al súper equipo de Editorial Desbordes por la convic-
ción, compromiso y profesionalismo (vamos todos en el bus). A
mi madre por no renunciar, pese a lo pedregoso de su camino (te
amo). Gracias Camilo Parada Ortiz por tu profundidad, fortaleza
y hermosura, a mi querida amiga Paulina Capote por tolerar mi
universo alternativo y su constante apoyo (y asistencia tramoyísti-
ca). A Amanda y Emilia, por ser semillas de cambio. Tremendas
gracias a nuestro querido y talentoso fotógrafo Leonel Sánchez
por su compromiso absoluto, arte y contribución generosa (¡te
pasaste!), a nuestras asistentes de fotografía Paola Espinoza y Sa-
bine Greppo por ayudarnos con su arte, a nuestra queridísima
amiga y compañera Viviana Corvalán, por su ayuda y poder de
creación. Gracias a nuestro anónimo súper modelo, a Victoria Al-
caide e Isadora Vilches, A y J por su coraje (más allá de sus cortos
años), belleza y ayuda.

A mis queridos amigos Juan Sativo, Amaro Labra y Carolina


Garcés, Evinn Tapia y Julio Canales, Nicoletta Raggi, Claire
Douglas, Julie Edwards y Gemma “Star”, por el continuo apoyo
y a mi amiga y compañera Claudia Pacheco, por el cariño y la
fuerza. A mis amadas prima Carolina y sobrina Francisca y a mi
querida Planta Carnívora, compañera de lucha y hacedora del
mejor humus.
A la familia Rifo Ruiz, por enseñarme tanto y a ti, hombre sin
nombre; faro y calor, por la precisión de tu abrazo.

Gracias Javier Valenzuela por cuidarnos mientras interveníamos,


piluchas, alguna calle de Santiago y Flavia Saldías, por su trabajo,
difundiendo el mío. A los amigos que viven en las calles y nos
cuidaron.

Gracias a todos los medios que, valientemente, apoyan mi “in-


surrecto” trabajo. Especialmente a ChileOkulto, inexpugnable
compañero.

A todas las InmorTales que reconstruyen, con magia, desde el


dolor más abismante y han confiado en mí y a aquellas que ya no
están acá, debajo del cielo. Somos eternas.

A Chile; soltemos el miedo. Soberanía sobre nuestros cuerpos.

¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias!