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Territorios, redes y territorios-red – Haesbaert (U2)

Otro discurso corriente es el que asocia desterritorialización y red. La estructuración de una sociedad en red no es,
obligatoriamente, sinónimo de desterritorialización, ya que en general significa nuevas territorializaciones, aquellas en
que el elemento fundamental en la formación de territorios, casi al punto de confundirse con éstos, es la red.

Tal vez ésta sea la gran novedad de nuestra experiencia espacio-temporal posmoderna, en que controlar el espacio
indispensable para nuestra reproducción social no significa (solamente) ejercer control sobre zonas y definir "fronteras",
sino en especial vivir en redes, donde nuestras propias identificaciones y referencias espacio-simbólicas se efectúan no
sólo en el arraigo y la (siempre relativa) estabilidad, sino en la propia movilidad: una parte significativa de la humanidad
se identifica en el y con el espacio en movimiento, es posible decir. Así, territorializarse significa también, hoy en día,
construir o controlar flujos/ redes y crear referentes simbólicos en un espacio en movimiento, en el y por el movimiento.

Entre tanto, lo que hay de nuevo no es solamente una diferencia de grado, la intensidad con la que se expandió el modo
de organización en red o reticular, sino también su carácter cualitativamente diferente; o sea, existe una diferencia de
naturaleza, comenzando por el tipo de red y por su articulación, hoy por completo distintos, sobre todo a partir del
fenómeno de la compresión tiempo-espacio.

El territorio, de este modo, no es solamente objeto, "cosa", sino sobre todo acción, ritmo, movimiento que se repite.
Además, expusimos que Santos (1996) habla del territorio como sistema de objetos y acciones, de fijos y flujos, pero que
no se trata, no obstante, sólo de objetos y acciones en un sentido funcional, ya que esos objetos y esas acciones
también están siempre cargados de diferentes significados, o sea, son también simbólicos.

Los territorios tampoco son unidades homogéneas o "totalidades". Están compuestos de elementos diferentes que
proporcionan configuraciones específicas.

El sociólogo Bertrand Badie (1995), por ejemplo, desarrolla todo su razonamiento sobre el "fin de los territorios" a partir
de una diferenciación nítida, dualista, podemos decir, entre territorio y red. Uno es la contigüidad, el otro la liberación de
los apremios espaciales; uno es el cierre, el otro la apertura; uno es la fidelidad exclusiva, el otro las fidelidades móviles:
El mundo de las redes opone al principio de la territorialidad un modo diferente de articulación de los individuos y de los
grupos. El primero está fundado en la contigüidad y la exhaustividad, el segundo en las relaciones libres de los apremios
espaciales. Uno implica el la exclusión, el otro la apertura y la inclusión. En un caso, las relaciones construidas son
eminentemente políticas, fundadas en la fidelidad ciudadana, en el otro son funcionales y suponen fidelidades móviles,
no jerarquizadas, frecuentemente sectoriales y volátiles.

Las redes, en tanto "líneas conectadas y no superficies", se extienden por casi todos los lugares, "y se expanden tanto
en el tiempo como en el espacio, sin llenar el tiempo y el espacio".

Otro autor que efectúa una distinción en sentido correlativo, aunque utiliza el término "lugar" y no "territorio", es el
sociólogo Manuel Castells (1996), en sus concepciones de espacio de flujos (que dominan la "sociedad en red") y
espacio de los lugares. La diferencia principal entre ambos sería la desarticulación física, o mejor dicho, la contigüidad
espacial, ausente en el caso de los flujos y presente en el de los lugares, espacios diversificados en términos de
funciones y expresiones, dotados de fuerte memoria colectiva e interacción social.

De acuerdo con Harvey (1969), el espacio absoluto es el que tiene una existencia independiente de la materia, como en
la perspectiva kantiana, un a priori usado de modo intuitivo por la experiencia y no su producto. El espacio no es una
cosa o un hecho, no porque sea fruto de un conjunto de relaciones, de coexistencias, sino simplemente porque es un a
priori, una especie de trama ideal formada de puntos, líneas y superficies, a priori geométricos para entender el espacio.

Asociamos aquí el "espacio absoluto" y "sin temporalidad" con las lecturas más tradicionales de territorio, tomado como
un tipo de territorio-zona homogéneo, disociado de la idea de movimiento, en una tri o, la mayoría de las veces, bi-
dimensionalidad de puntos, líneas y superficies, sin la relatividad y la "profundidad" que sólo se pueden lograr mediante
su indisociable condición temporal. Este "territorio-zona" más estático puede ser visto como "absoluto" no sólo en un
sentido epistemológico (en términos de geometría euclidiana o como a priori kantiano), sino también en términos
ontológicos, como realidad casi sin movimiento, reducida básicamente a sus formas, en tanto materialidades
atempérales.

Massey destaca también las implicaciones políticas de esa inseparabilidad entre espacio y tiempo: lo espacial es parte
integrante de la producción de la historia, y de este modo la posibilidad de la política, tanto como lo es lo temporal para la
producción de la geografía. Insistimos entonces acerca de la inseparabilidad del tiempo y el espacio, en su constitución
conjunta a través de las interrelaciones entre fenómenos, en la necesidad de pensar en términos de espacio-tiempo.

En consecuencia, tiene origen allí una visión dicotómica entre territorialización y desterritorialización que a
veces asocia no sólo unilateralmente la desterritorialización con las redes, sino que las carga de una
connotación negativa, como si la movilidad fuese siempre un mal y el "arraigo", la territorialización, un bien.

Al contrario de varios geógrafos que distinguen e incluso oponen territorio y red, defendemos aquí una idea como la de
Raffestin (1988). Él ha propuesto una tipología simple pero pertinente sobre la interacción de elementos que componen
el territorio, que denominó "invariantes territoriales": tramas, nodos y redes, privilegiados de modo diferente conforme la
sociedad en la que estamos insertos. Así, en una distinción algo evolucionista, cuestionable, identifica cuatro tipos de
sociedades o "civilizaciones": dos "tradicionales", una de transición y una "racional", moderna, y pasa de la que valora
más las tramas, "el territorio recorrido" o la "dimensión horizontal", a la que valora más las redes, teniendo como
intermedio el papel creciente de los nodos representados por los núcleos urbanos.

La red constituye, pues, el "antiterritorio". Esto significa: un juicio moral perfectamente extraño al espíritu científico: las
redes serían un invento moderno [...] y los territorios el arcaísmo. Por lo tanto, no hay lugar para oponer red a territorio; el
territorio es una forma social, mientras que la red es esencialmente un modo de estructuración de los lazos sociales o de
la interacción; la sociedad puede perfectamente definirse como una red de redes sociales no exclusivas que se
desarrollan en un mundo material, y las propias redes están siempre más o menos territorializadas.

Algunas distinciones nos parecen importantes en relación con la red, considerada como elemento constituyente de todo
proceso de territorialización. En primer lugar, tal como el territorio en un sentido más amplio, la red nunca debe ser
tomada como un "todo" homogéneo y ahistórico. A pesar de que se la considera —según el punto de vista de Raffestin-
como una "invariante" territorial, la red está constituida por elementos que se diferencian a lo largo del tiempo. Así,
debemos cuando menos distinguir entre sus puntos (o vértices) y sus líneas (o arcos), tanto respecto al tipo de ductos y
reíais (estaciones intermedias) como al de flujos que circulan por ella. Éstos son fundamentales para entender el papel
ambivalente de las redes, al mismo tiempo territorializador (cuando son más centrípetas o introvertidas) y
desterritorializador (cuando son más centrífugas o extrovertidas en relación con determinado territorio).
Una característica contemporánea que genera una configuración espacial completamente diferente y que promueve la
discontinuidad espacial, es la compresión del tiempo-espacio y la consecuente inmaterialidad creciente tanto de los flujos
como de los "ductos" que componen las redes.

Para nuestros propósitos, la característica más importante de las redes es su efecto a la vez territorializador y
desterritorializador, lo cual provoca que los flujos que circulan por ellas tengan un efecto que puede ser tanto de
sustentación, más "interno" o constructor de territorios, como de desestructuración, más "externo" o desarticulador de
territorios. De esta manera, las redes (aunque, atención: no solamente las redes en sí, sino como formas o medios
constituidos o movilizados por determinados sujetos) son más o menos desterritorializadoras de acuerdo con diferentes
factores, que incluyen su carácter estratégico-funcional o simbólico-expresivo, pues territorializarse es siempre una
conjugación (diferenciada) entre función y símbolo, acción concreta y valoración simbólica, lo cual hace que las redes
básicamente técnicas, por ejemplo, desarrollen muchas veces un alcance más limitado (más estrictamente funcional,
diríamos) de territorialización.

En un mundo en proceso de globalización cada vez más desordenado por flujos de distinta naturaleza que alimentan
redes de todo tipo, hay una "multiplicación y banalización de territorios en red". A pesar de que nunca existió una
organización social sin redes (sean sociales en sentido estricto o físicas), es a partir de la globalización que éstas
dominan, con nuevas "capacidades" y ritmos, generando una difusión creciente de flujos inmateriales que, a través de la
conexión en la discontinuidad, "introducen aspectos geopolíticos nuevos y subrayan la necesaria actualización de la
nación misma de territorio".

Según Bakis, el propio Estado-nación es de cierta manera un "territorio en red", a través de sus redes administrativas,
pero los casos más espectaculares están constituidos por los territorios contemporáneos de las empresas
multinacionales:

La geografía de estas empresas [multiestablecimientos] literalmente explotó entre diferentes sitios, entre diferentes
países y continentes. Pero sus territorios tienen "existencias" muy reales, caracterizadas por un funcionamiento global en
que los diferentes lugares participan en tiempo "real" en el movimiento del conjunto, donde existe también una cultura
propia, a pesar de la distancia geográfica y de su dispersión por varios continentes. [...] Se creó un territorio específico,
territorio que no funciona en la escala de los diferentes estados en los cuales ésta [la empresa] dispone de
establecimientos.

En este caso, algunos autores prefieren el término, más condensa-o, "territorio-red" en lugar de "territorio en red", pero
con el mismo significado.

Los territorios en este fin de siglo son siempre, también, a diferentes niveles, "territorios-red", porque están asociados en
menor o mayor grado a flujos (externos a sus fronteras) articulados en forma jerárquica o complementa-ría. [...] más que
la desterritorialización que genera desarraigo, se manifiesta un proceso de reterritorialización espacialmente discontinuo
y en extremo complejo.

Para Veltz (1996), "la imagen de un 'territorio en red' -territorio a la vez discontinuo y estratificado, puesto que las redes
son múltiples, se superponen y se imbrican- se expresa como un contraste con la de los buenos viejos 'territorios de las
zonas". Basado en la nueva geografía económica delineada a partir de la globalización y el capitalismo flexible.

Esta distinción se relaciona, por lo menos parcialmente, con la que Veltz propone al diferenciar "territorios de redes" y
"territorios en red". La verdadera novedad sería que en el segundo caso o territorio-red "cada polo se define como punto
de entrecruzamiento y de conmutación de redes múltiples, nodo de densidad en una gigantesca imbricación de flujos que
es la única realidad concreta, pero que también es un desafío a la representación y a la imaginación".

Si, como afirma Souza (2002), "al contrario de lo que se podría pensar, el territorio no es una 'prisión', que se debe
contrastar con la 'versatilidad' de las redes" y si "el territorio protege y "la red articula", dentro de "una dialéctica
cierre/apertura, en la que los dos polos son imprescindibles", en el territorio-red o en red podemos decir que el control (la
"protección") se produce a través del movimiento articulado (la red). Para Souza, el territorio-red representa un "puente
conceptual" que reúne la contigüidad espacial del territorio "en el sentido usual" y la discontinuidad de las redes,
formando así un territorio discontinuo que, de acuerdo con la escala, es "una red que articula dos o más territorios
discontinuos".

El efecto más importante de esta perspectiva conceptual es de orden político, ya que permite superar la noción
"exclusivista" de poder presente en la idea clásica de territorio, con lo que admite así la visualización de diferentes
formas territoriales, superpuesta y discontinuas, de articulación del poder o de distintos tipos de relación de poder.

En un trabajo anterior, hemos identificado tres grandes perspectivas teóricas en la relación entre territorio y red: una
subordina la red al territorio; otra, en forma dicotómica, separa claramente territorio y red y, finalmente, una tercera
trabaja con el binomio territorio-red, relativizado de manera histórica, en que la red actúa con efectos territorializadores, o
desterritorializadores.

Vistas como componentes de los territorios, las redes pueden estar así al servicio tanto de los procesos sociales que
estructuran territorios como de los que los desestructuran. Pero la dinámica del elemento red se volvió tan importante en
el mundo "posmoderno" (o, al menos, allí donde se propuso la idea del posmodernismo) que no parece equivocado
afirmar que la red misma puede transformarse en un territorio. Se puede aseverar que existiría inclusive un tipo de
territorio-red más "radical", que se aproximaría a la noción de "red-territorio" debido a la gran relevancia que tiene la red
en la formación territorial, en este caso en tanto flujo que se repite, o sea, vinculada a la idea de territorialización por la
repetición del movimiento. Como propuesta innovadora, entre tanto, abre una gran polémica que merece ser de-
sarrollada en trabajos futuros.

Para muchos, lo que importa es justamente esa "relación", representada de modo más explícito por la movilidad, el "estar
en movimiento" o cuando menos en detención temporal o tratando de alcanzar puntos de conexión para retomar otra vez
el movimiento; o sea, el "estar entre territorios", en su significado más tradicional. Incluso las detenciones o paradas
intermedias, pueden ser más valoradas como puntos de conexión que de reposo en sentido estricto.

Los cambios tecnológicos recientes también obligan a reformular nuestras concepciones de territorio, al grado de incluir
la noción de "territorios móviles" en sentido estricto, y no sólo como territorios que, al mantener una base material fija,
tienen límites más fluidos o se transforman de forma constante por el cambio de función o apropiación simbólica. Ahora -
y ciertamente más en el futuro- podemos tener el desplazamiento de la propia base o sustrato material.

¿Qué significa decir que en la actualidad la territorialización se lleva a cabo en gran parte en torno a esos diferentes
"territorios-red"? En primer lugar, que es un hecho concreto la posibilidad de gozar de una mayor movilidad, pero que
ésta es también un instrumento de poder extremadamente diferenciado y que no puede ser sobrevalorada, ya que
sabemos no sólo de la enorme desigualdad en el acceso a diferentes velocidades y tipos de desplazamiento, sino
también hasta qué punto el desplazamiento rápido de unos afecta el tipo de desplazamiento (y acceso a recursos) de
otros. A este respecto, Massey afirma muy apropiadamente: No es simplemente una cuestión de distribución desigual,
de que algunas personas se desplazan más que otras, de que algunas tienen más control que otras. Lo que ocurre es
que la movilidad y el control de algunos grupos pueden debilitar en forma activa el de otras personas. La movilidad
diferencial puede debilitar el crecimiento de los que ya son débiles. La compresión espacio-tiempo de algunos grupos
puede destruir el poder de otros grupos.

Con ello, las personas consumen mucho más tiempo en los desplazamientos, al punto de que la misma movilidad física
es, como ya lo hemos destacado, un componente muy importante en la conformación de su identidad -o del
debilitamiento de ésta. En tanto algunos viven un "movimiento territorializador", con el cual se identifican en el papel de
aquellos que Bauman (1999) denomina "turistas", los más viven movimientos alienantes y con los cuales no se sienten
nada identificados, como los trabajadores que pierden horas y horas desplazándose de su casa al trabajo.

De alguna forma, en la actualidad territorializarse implica la acción de controlar flujos, de establecer y dirigir redes. Como
vimos, éstas jamás son del todo inmateriales, están siempre de una manera u otra concibiendo materialmente territorios;
nuevos territorios con una carga mucho mayor de inmaterialidad, es cierto, pero que no por ello son "no territoriales". Las
referencias espaciales se difunden por todas partes, y el espacio/territorio está dotado, así, de una carga simbólica
inédita, ya que se crean y recrean imágenes espaciales con frecuencia a la propia velocidad y volatilidad impuestas por
la lógica de mercado.
¿Cómo controlamos los flujos? Sabemos muy bien que no basta con establecer barreras físicas como paredes, muros,
cercas, límites-fronteras, aunque éstos sigan siendo importantes, y decisivos en algunos casos, como en el control de los
flujos migratorios. Los flujos antes dominantes eran principalmente flujos materiales de personas y mercancías. Hoy, las
relaciones de poder más relevantes implican el control sobre los flujos de información (o de capital ficticio "informa-
tizado", como el que gira en torno a los paraísos fiscales y las bolsas de valores), pero no podemos ignorar que los flujos
materiales como el de las personas no sólo continuará teniendo importancia, sino que ésta será creciente, sobre todo
mientras sigan aumentando el nivel de exclusión social (económica, política y cultural), la degradación ambiental y, en
especial, las disparidades entre zonas ricas y pobres del planeta.

Podemos resumir, entonces, que existen tres "tipos ideales" en relación con las formas de organización espacio-
territorial: los territorios-zona, más tradicionales, forjados en el dominio de la lógica zonal, con zonas y límites
("fronteras") relativamente bien demarcados y con grupos más "arraigados", en que la organización en red adquiere un
papel secundario; los territorios-red, configurados sobre todo en la topología o lógica de las redes, o sea, son
espacialmente discontinuos, dinámicos (con diversos grados de movilidad) y más susceptibles a superposiciones; y lo
que denominaremos "aglomerados", más indefinidos, muchas veces mezclas confusas de territorios-zona y territorios-
red, donde se vuelve muy difícil identificar una lógica coherente o una cartografía espacialmente bien definida.

Mientras los territorios-zona aparecen centrados en dinámicas sociales vinculadas al control de superficies o a la difusión
en términos de áreas (en general continuas) y recurren de manera prioritaria a límites más exclusivistas o a "fronteras"
bien demarcadas, en los territorios-red la lógica se refiere más al control espacial mediante el control de flujos
("canalizaciones" o ductos) o conexiones (emisores, receptores y simplemente reíais). Una característica muy importante
de la lógica discontinua de los territorios-red es que admite una mayor superposición territorial, en la división
concomitante de múltiples territorios.

Tal como hemos visto al discutir los nexos entre desterritorialización e inmovilidad, no se trata de concepciones
contrapuestas y estancas. La relación de territorios-zona, territorios-red y aglomerados con los procesos de
desterritorialización y territorialización es ambivalente, e incluso puede pasar de un extremo a otro: los niveles más
fuertes de desterritorialización, en medio de procesos de violenta inseguridad y exclusión social, pueden dar origen a los
territorialismos más arraigados -de base cultural, por ejemplo—, en una búsqueda a veces desesperada por sobrevivir y
gozar de seguridad. En una versión anterior de este esquema, habíamos propuesto una situación en la que no había
vínculo entre desterritorialización y territorio-zona. En realidad, depende de a qué grupo social nos estemos refiriendo, ya
que, como vimos en la discusión sobre desterritorialización e inmovilidad, podemos tener territorios-zona, como algunos
guetos, dentro de los cuales puede generarse, a la vez, la des-reterritorialización más violenta.

DESTERRITORIALIZACIÓN Y AGLOMERADOS DE EXCLUSIÓN

Después de la oposición campo-ciudad del siglo XIX y la oposición centro-periferia del siglo XX, asistiremos en breve, si
no nos preparamos, a la oposición entre aquellos que cuentan con una vivienda y un empleo permanentes y los que
viven a la deriva, en busca de una subsistencia precaria y de un alojamiento provisorio.

Desterritorialización, si es posible utilizar el concepto de manera coherente, nunca "total" o desvinculada de los procesos
de re-territorialización, debe aplicarse a fenómenos de efectiva inestabilidad o debilidad territorial, sobre todo entre los
grupos socialmente más excluidos o profundamente segregados y, como tales, imposibilitados de hecho de construir y
ejercer un control efectivo sobre sus territorios, tanto en el sentido de la dominación político-económica como en el de la
apropiación simbólico-cultural.
Ante todo, sin embargo, se plantean dos observaciones importantes:

• Desterritorialización, al contrario de "exclusión social", no tiene una valoración exclusivamente negativa.

• Como la desterritorialización se vincula, aquí, a una noción de territorio en tanto dominación político-económica
(sentido funcional), a la vez que como apropiación o control por identificación cultural (sentido simbólico), y reconocemos
que todo proceso de desterritorialización está asociado a un proceso de reterritorialización, podemos encontrar
situaciones en las que, a pesar de estar "territorializados" en términos funcionales, más concretos, podemos hallarnos
más desterritorializados en el sentido simbólico-cultural, y viceversa; la exclusión como desterritorialización debe ser
concebida, entonces, también en sus múltiples dimensiones económico-política y simbólico-cultural.

Así, la imbricación entre exclusión social y desterritorialización parte del presupuesto de que ambas nociones incorporan
siempre un carácter social multidimensional, dinámico y que debe ser contextualizado de forma geográfica e histórica.

Propusimos la noción de "aglomerados humanos de exclusión" a fin de dar cuenta de situaciones ambiguas y de difícil
desbocamiento que no pueden abordarse ni bajo la forma de territorio (o como claro proceso de territorialización), en
términos de una zona razonablemente bien delimitada y bajo control de los grupos que se reproducen allí, ni en el
sentido de una red cuyos flujos están definidos y controlados por sus propios productores y usuarios.

TERRITORIOS, REDES Y AGLOMERADOS DE EXCLUSIÓN

Si se percibe la pobreza como asociada a la disponibilidad de recursos, "recurso" debe ser visto en su acepción más
amplia, lo que incluye, a nuestro entender, la propia dimensión espacial, o sea, el territorio como "recurso", inherente a
nuestra reproducción social. Con esto partimos del presupuesto de que toda pobreza y, con mayor razón aun, toda
exclusión social, es también, en algún nivel, exclusión socioespacial y, por extensión, exclusión territorial, o sea, en otras
palabras, "desterritorialización". La desterritorialización es entendida aquí en su sentido "fuerte" o que podemos
considerar más estricto, la desterritorialización como exclusión, privación o precarización del territorio en tanto "recurso"
o "apropiación" (material y simbólica) indispensable para nuestra participación efectiva como miembros de una sociedad.

En este caso, es como si hubiera no tanto grupos sociales que son excluidos del territorio (o incluidos en él de manera
precaria), sino más bien que el propio "territorio", definido "de afuera hacia dentro" (una especie de "naturaleza
territorializada"), es "excluido" de la sociedad, en el sentido de que cada vez se crean más zonas completamente
vedadas a la vivienda/circulación humana, en especial las destinadas a una pretendida "protección de la naturaleza", con
diferentes modalidades de reservas naturales creadas alrededor del mundo.

José de Souza Martins (1997) prefieren utilizar la expresión "inclusión precaria", en vez de exclusión social. Al proponer
una lectura "sociológico-política", no economicista, del fenómeno, Martins afirma: rigurosamente hablando, no existe
exclusión: existe contradicción, existen víctimas de procesos sociales, políticos y económicos excluyentes, existe el
conflicto por el cual la víctima de los procesos excluyentes proclama su inconformismo, su malestar, su bronca, sus
esperanzas, su fuerza reivindicativa y su reivindicación corrosiva. Estas reacciones [...] constituyen el imponderable de
tales sistemas, forman parte de éstos incluso negándolos.

Los "excluidos" son, la mayoría de las veces, vulnerables que estaban "al borde" y se cayeron. Pero también existe una
circulación entre esa zona de vulnerabilidad y la de la integración, una desestabilización de los estables, de los
trabajadores calificados que se han vuelto precarios, de los cuadros bien cotizados que pueden pasar a ser
desempleados.

La exclusión aparece más como un problema esencialmente periférico, que existe en el límite de la sociedad, que como
característica de una sociedad que típicamente produce masivas desigualdades colectivas y crónica privación a una
amplia minoría.

En su dimensión más concreta, los procesos de exclusión se extienden hoy por el mundo como un todo, y no escapan a
ellos ni siquiera los países centrales y sus principales núcleos económicos.
Fruto de este relativo "abandono" por parte de los circuitos globales de inserción en la sociedad capitalista, tanto en
relación con el consumo como con el trabajo, con la ciudadanía o con la expresión cultural (o con todos éstos al mismo
tiempo), el movimiento de dicha población "superflua" -en circuitos migratorios, por ejemplo- se vuelve un problema serio
y provoca reacciones autoritarias y segregadoras, incluso en los países centrales del sistema, lo que se puede verificar
de forma fehaciente en los controles fronterizos y en la proliferación de actitudes xenófobas y neonacionalistas. Es como
si la creciente desterritorialización/exclusión, al generar nuevos "aglomerados", tuviera su contrapunto en el refuerzo de
una territorialización también excluyente, pero ahora al mando de los grupos que se sienten "amenazados" por la masa
de excluidos, de la cual en gran parte también son responsables.

Los aglomerados de exclusión, más que espacios aparte claramente identificables, son fruto de una condición social muy
precarizada, en que la construcción de territorios "bajo control" (término redundante) o "autónomos" se vuelve demasiado
difícil, o por completo subordinada a intereses ajenos a la población que allí se reproduce. El aparente desorden que rige
esta condición, en el sentido negativo de desorden, es fruto de la no identificación de los grupos con su ambiente y la
ausencia de control del espacio por sus principales "usuarios". De cualquier forma, es como si el "vacío de sentido"
contemporáneo reproducido en el abordaje sociológico por la controvertida noción de "masa" tuviera su contrapartida
geográfica en la noción de aglomerados de exclusión.

La modalidad más extrema de exclusión, la erradicación total, parece imposible, excepto por una degradación absoluta
de la situación política y social. No obstante, es difícil que una sociedad que haya guardado un mínimo de referencias
democráticas pueda suprimir pura y simplemente a sus "inútiles para el mundo" o a sus indeseables, como se daba en
otros tiempos.

Los aglomerados más típicos, sin embargo, a los cuales denominaremos "aglomerados de masa", en sentido estricto, de
más difícil delimitación y en apariencia "incontrolables", abarcan gran número de personas y se encuentran bajo
situaciones de crisis (coyunturales o más prolongadas) en las que existe una gran confusión de territorios-zona y
territorios-red, como ocurre en el caso típico de los movimientos de refugiados en situación de gran inestabilidad e
inseguridad.

Para (no) concluir este punto, es importante destacar además que la noción de aglomerado, en su acepción más amplia,
no se restringe a esos espacios (o contextos) "negativamente" articulados en torno a los procesos de exclusión. Los
aglomerados de exclusión serían sólo el ejemplo más representativo de esta dimensión "ilógica" y, en parte
(especialmente en el caso de los aglomerados "de masa") más "fluida", presente en mayor o menor grado prácticamente
en todos los espacios de nuestro tiempo. Así como la concepción de desorden está acoplada siempre a la de orden, y el
propio territorio y la red cargan con esta ambivalencia, el desorden -y los aglomerados-también encierra un sentido a la
vez negativo y positivo, por su potencialidad "transformadora", creadora de lo nuevo, locus por excelencia de las "líneas
de fuga" y de la desterritorialización.