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BREVE ALEGATO CONTRA LA NEUTRALIDAD AXIOLÓGICA DE LA CIENCIA

MANUEL CORROZA

La ciencia no es axiológicamente neutra. La ciencia está cargada de valores, que la


constituyen de manera substancial. Afirmar que la ciencia es axiológicamente neutra sólo
tiene sentido en el supuesto de que la definamos únicamente como un conjunto cerrad o de
teorías, enunciados y proposiciones aléticas, esto es, un conjunto de contenidos con valor
de verdad. Pero este supuesto remite a una concepción platónica e idealista de la ciencia,
esto es, a considerar a la ciencia como un eidos trascendente e inmutable, que habita en el
reino platónico de las verdades intangibles y permanentes. O bien remite a una noción
puramente formal de la ciencia, como una estructura algebraica compuesta por un conjunto
M de enunciados y proposiciones y una relación de deducció n lógica que operaría entre
aquéllos como una relación de orden[1], es decir, 〈 M,├ 〉.
Fue quizás Robert Merton, en su obra de referencia The Normative Structure of Science
[2] el primero en abordar la axiología de la ciencia y en definir los conjuntos de valores
que informan la actividad científica y la producción de teorías científicas.
Estos valores, que configuran el ethos de la ciencia, son los siguientes:
1) Universalidad (todos los científicos deben contribuir al progreso de la ciencia, sin que
importe su nacionalidad, etnia, género o cualquier otro factor de identificación cultural) .
2) Desinterés (la actividad científica debe regirse por la máxima del incremento del
conocimiento científico, dejando de lado cualquier pretensión de beneficio personal) .
3) Comunismo epistémico (el conocimiento científico debe ser público y estar igualmente
disponible para todos los miembros de la comunidad científica) .
4) Escepticismo organizado (todas las pretensiones de verdad enarboladas por los
científicos deben estar sometidas a un estudio metodológicamente crítico, y no deben ser
aceptadas en razón del principio de autorid ad o por otras razones epistémicamente
deficientes).
Se trata, entonces, de valores políticos (universalidad), éticos (desinterés), organizativos
(comunismo epistémico) y epistémicos y operativos (escepticismo organizado).
Javier Echeverría, en su libro Ciencia y valores[3] propone una axiología formalizada de la
ciencia, entendida ésta como actividad humana. Su sugerencia se inspira en la
formalización fregeana del lenguaje en funciones y argumentos, y en este contexto define
las llamadas funciones axiológicas[4], funciones no saturadas en el sentido de Frege: según
Echeverría, un valor no sería una propiedad externa y real del objeto, ni una estimación
personal del sujeto, sino el resultado de aplicar una función axiológica a una o varias
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variables axiológicas. En definitiva, y de acuerdo co n esta tesis, un valor sería equivalente
a un enunciado axiológico. Este autor describe también un conjunto de doce subsistemas de
valores que informan la labor del científico: valores epistémicos, éticos, operacionales,
metodológicos, y otros.
También Mario Bunge sostiene, en Ética, ciencia y técnica[5], la existencia de una
axiológica, que afecta al procedimiento científico, aunque no a sus contenidos finales. Para
Bunge, los valores presentes en el quehacer de la ciencia son entidades relacionales que
conectan individuos con objetivos científicos.
Como él mismo afirma en el segundo capítulo de su libro:
“(…) es cierto que la descripción, la teorización, la explicación y la predicción científicas
son ajenas a la valuación y a la normatividad; en una palabra, el contenido del
conocimiento científico es axiológica y éticamente neutral. Pero ¿acaso la ciencia se agota
en su contenido? ¿Acaso la descripción, teorización, explicación y predicción científicas
no están sujetas, a su vez, a valuaciones y normas? La ciencia es un organismo dinámico
compuesto no solamente de proposiciones sino también de propuestas y de actos guiados
por criterios, reglas o normas mediante los cuales los investigadores científicos procuran
satisfacer ciertos desiderata (verdad, claridad, universalidad, etc.). Y algunos de los
criterios que se emplean en ciencia son claramente normativos: dicen lo que debe hacerse
para conseguir determinados fines; y algunos de los actos que el científico
realiza qua científico son actos de valoración, que a veces expresa explícitamente, como
ocurre cuando coteja hipótesis rivales”[6].
Visto lo cual, la tesis de la neutralidad axiológica de la ciencia remite a un ideal
inalcanzable, porque la ciencia siempre está incrementando y modificando sus
contenidos.
Pero incluso si aceptáramos esta visión estática y platónico -formal de la ciencia, ésta
resultaría ser axiológicamente no neutra. ¿Por qué?
Porque las teorías científicas están formuladas en un lenguaje semiformalizado que es
deudor del lenguaje de las matemáticas (“las matemáticas son el lenguaje de la naturaleza”,
como diría Galileo). Y el lenguaje de las matemáticas es, a su vez, deudor del lenguaje de
la lógica de proposiciones y de la lógica de predicados de primer orden y de orden superior,
así como del lenguaje conjuntista.
Y todos estos lenguajes son portadores de valores tácitos y preferencias ontológicas que a
veces no resultan evidentes.

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De hecho las matemáticas, en la actualidad, están fundamentadas sobre la lógica
proposicional y de predicados axiomatizada por Russell y Whitehead[7], sobre la
axiomatización de la aritmética de Peano[8] y sobre la teoría de conjuntos[9] formulada
por Cantor y axiomatizada, entre otros, por Zermelo y Fraenkel, con la adición del, a veces
problemático, axioma de elección[10].
Y estos fundamentos, a su vez, son el resultado de elecciones basadas en valores y en
preferencias.
Por tanto, ni siquiera las matemáticas, las más exactas de las ciencias, son axiológicamente
neutras. En el último tercio del siglo XIX y en el primer tercio del siglo XX se desarrolló
una febril labor de búsqueda de los fundamentos de la matemática.
En este escenario intelectual presentaron sus credenciales al menos cuatro escuelas de
pensamiento o, por mejor decir, cuatro formas de contemplar la naturaleza de las
matemáticas:
1- El platonismo de Cantor.
2- El logicismo de Russell y Whitehead.
3- El formalismo de Hilbert.
4- El intuicionismo constructivista de Brouwer y Heyting[11].
Uno de los principales ejes de discusión pivotaba en torno a la naturaleza de los constructos
matemáticos.

Así, los platónicos sostienen que las entidades matemáticas existen idealmente en una
realidad superior e inmutable, de modo que la única obligación de los axiomas matemáticos
es postular la existencia de estas entidades (por ejemplo, los conjuntos infinitos o los
ordinales y cardinales transfinitos).

Por el contrario, los intuicionistas afirman que todo concepto matemático debe ser
construido, y que no puede postularse ningún concepto del que no pueda ofrecerse un
método de elaboración.

Por esta razón, los platónicos defienden la existencia de conjuntos infinitos


actuales (colecciones de infinitos elementos tomadas como totalidades acabadas y
disponibles para servir al razonamiento matemático) en tanto que los intui cionistas sólo

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están dispuestos a aceptar el infinito potencial (es decir, el infinito cuyos elementos se van
construyendo paso a paso a través de mecanismos bien establecid os).
Por poner un ejemplo, un matemático platónico consideraría el conjunto de los números
naturales (también el de los enteros, racionales, reales o complejos) como un objeto
conceptual cuyos elementos estarían perfectamente definidos desde el primer mome nto; tal
era la postura de Cantor. Sin embargo, un matemático intuicionista, como Brouwer, no
admitiría la existencia acabada de tales entidades, sino únicamente una colección finita de
objetos matemáticos iniciales, básicos e inanalizables (dados de forma directa a la
intuición) y un procedimiento mecánico e iterativo para la construcción, a partir de ellos,
de los siguientes elementos, en un proceso algorítmico que nunca terminaría, pero que no
daría por supuesta la existencia de los componentes que aún n o hubiesen sido “fabricados”.

El formalismo de Hilbert, por otro lado, considera que la actividad matemática consiste en
la manipulación de signos físicos de acuerdo con unas reglas sintácticas coherentes y bien
establecidas que no den lugar a contradicci ones formales y que sean capaces de dar cuenta
de todas las construcciones sintácticamente correctas concebibles. Hilbert, por tanto, no
contemplaba la posibilidad de una semántica matemática, es decir, de un sistema de
relaciones que pusiera en correspondencia los signos escritos con objetos conceptuales que
actuaran como referentes. Por tanto, el formalismo descartaba la posibilidad de una
matemática simbólica. Los signos hilbertianos tanto podían referirse a triángulos
equiláteros como a mesas o a sillas .

Sin duda, esta neutralidad semántica es el resultado de una preferencia sustentada en


criterios de valoración que no son ni necesarios ni universales.

En cuanto al logicismo de Russell y Whitehead, se trataba de una propuesta metodológica


que pretendió en su momento hacer derivar toda la matemática de la lógica formal,
fundamentalmente de la lógica proposicional y de la lógica de predicados de primer y
segundo orden. En honor a estos autores, hay que decir que casi lo consiguieron en su
monumental obra Principia Mathematica[12].
En cualquier caso, los famosos teoremas de incompletitud de Gödel[13] -cuya importancia
teórica es indudable, pero cuyo alcance práctico en la investigación ma temática cotidiana
es muy reducido- dieron al traste con esta ambiciosa pretensión.

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Al final, el intuicionismo perdió fuerza, entre otras cosas porque los valores que
sustentaban esta doctrina (rechazo de la estipulación no constructiva de conceptos
matemáticos y del infinito actual) la hacían heurísticamente poco productiva. En efecto, los
intuicionistas negaban la validez del principio lógico del tercero excluido y de la prueba
por reducción al absurdo, en razón del principio de que sólo puede demostrarse
la existencia de objetos conceptuales que puedan ser construidos de acuerdo con un
procedimiento previamente establecido. Esta actitud hubiera perjudicado seriamente el
potencial creativo de las matemáticas, que trabajan operativamente mucho mejor sobre la
base de axiomas estipulativos y conjuntos infinitos.
Si bien es cierto que los desarrollos matemáticos anteri ores no se habían ocupado
particularmente de estas cuestiones de fundamentación, y que habían optado de forma
implícita por un sano pragmatismo metodológico -lo cual nos devuelve otra vez a la
cuestión de los valores y las preferencias - cabe preguntarse qué hubiera pasado si,
colocando los bueyes delante del carro, la discusión sobre los fundamentos hubiese
precedido a la investigación matemática práctica y si la perspectiva intuicionista hubiese
triunfado.
A final se terminó eligiendo (afortunadamente) la axiomatización que mejor servía a los
intereses del desarrollo creativo de las disciplinas matemáticas, aunque sin duda el debate
sobre los fundamentos estaba lejos de impresionar a los matemáticos de campo y es poco
probable que hubiese incidido en sus m odos cotidianos de investigación.

Como se ve de nuevo, cuestión de valores. En este caso, de valores epistémicos, pero


también de valores filosóficos: recuérdese el platonismo de Cantor y Gödel y la matriz
lógico-positivista del logicismo de Russell.
Es decir, incluso el propio lenguaje matemático de las proposiciones científicas,
consideradas como un conjunto bien definido en una acepción platónica o algebraica de
“ciencia”, está transido de valores, que informan las preferencias y la elección entre
sistemas axiomáticos distintos e incluso la postulación entre unos u otros axiomas.
Podrían mencionarse, para terminar y cambiando de tercio, otros ejemplos en los que los
valores religiosos de ilustres científicos influyeron en la formulación de sus modelos
teóricos, como es el caso de Newton o Kepler. También sería pertinente mencionar la
aportación de la teología natural británica al desarrollo de la historia natural en los siglos
XVIII y XIX o la influencia del hábito de la clasificación dicotómica en la si stemática

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linneana: sobre esto último tiene Stephen Jay Gould un interesante libro de lectura muy
recomendable, y un compendio de erudición y buena escritura, titulado Érase una vez el
zorro y el erizo[14].
Y es que la ciencia no es tal conjunto eidético de teorías, enunciados y proposiciones. Esta
definición sólo recoge uno de los componentes de una auténtica descripción de la ciencia.
La ciencia es, por supuesto, una actividad humana, y por lo tanto es una actividad cultural
(en el sentido amplio del término “cultural”) sometida a valores y preferencias. La ciencia
no es sólo el corpus de conocimientos registrados en un momento determinado en revistas
científicas, libros de textos, ponencias de congresos, libros de divulgación, páginas web o
notas de laboratorio.
Este es únicamente el “resultado” de la ciencia, y no la ciencia misma.
Por “ciencia” cabe entender todo un entramado de personas, actividades pautadas,
instituciones de investigación y de enseñanza, instrumentos, conjuntos de pu blicaciones,
normativas y reglamentos de funcionamiento, experimentos y, aquí sí, resultados. La
ciencia, en tanto actividad científica, puede ser objeto de estudio de la axiología y de la
praxiología. Estas disciplinas estudian los valores y las prácticas que aparecen en el
desarrollo de toda actividad protagonizada por comunidades de sujetos intencionales.
Lo cual no tiene nada que ver con el excelente producto epistémico que la ciencia nos
ofrece, ni con una visión relativista o posmoderna del conocimien to científico. En absoluto.
Los contenidos de la ciencia, el corpus de teorías, enunciados y proposiciones científicas
constituyen, sin duda, una aproximación fiable y crecientemente exacta de la realidad. No
es eso lo que se está discutiendo. Afirmar que la ciencia no es axiológicamente neutra no
implica, en modo alguno, abrir las puertas a concepciones anticientíficas o relativistas.
Por último, y a modo de corolario, compartimos esta pertinente reflexión de Mario Bunge,
convertido en nuestro distinguido epiloguista:
“En resumen: el lenguaje de la ciencia contiene oraciones valorativas. No puede
prescindirse de ellas al nivel pragmático porque en toda acción reflexiva —y la
investigación científica lo es en alto grado— se dan relaciones de fines a medios. Y no
podemos prescindir de los juicios de valor al nivel metacientífico porque a este nivel
comparamos entre sí procedimientos y teorías, y damos normas a las que deseamos que se
ajusten los objetos comparados. La dicotomía hecho/valor no existe, pues, en el caso de la
ciencia; lo que refuerza la tesis de que la estimación del valor es un problema de
conocimiento siempre que sea una estimación fundada”[15].

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Notas
[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Relación_de_orden.
[2] Robert K. Merton, “The normative structure of science”, en Robert K. Merton and
Norman W. Storer The sociology of science: theoretical and empirical
investigations, Chicago, University of Chicago Press, 1973.
[3] Javier Echeverría, Ciencia y valores, Barcelona, Ediciones Destino, 2001.
[4] Puede encontrarse una explicación detallada de las funciones axiológicas en Javier
Echeverría 2002, “Axiología y ontología: los valores de la ciencia como funciones no
saturadas”, en Argumentos de Razón Técnica Nº 5 págs. 21-37.
[5] Mario Bunge, Ética, ciencia y técnica, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1996.
[6] Mario Bunge, op. cit., 1996.
[7] https://en.wikipedia.org/wiki/Principia_M athematica
[8] https://es.wikipedia.org/wiki/Axiomas_de_Peano
[9] https://en.wikipedia.org/wiki/Set_theory
[10] https://es.wikipedia.org/wiki/Axioma_de_elección
[11] Puede encontrarse una buena exposición del logicismo, el formalismo y el
intuicionismo matemáticos en Pablo Cobreros 2016, “Filosofía de las matemáticas”,
en Diccionario Interdisciplinar Austral, editado por Claudia E. Vanney, Ignacio Silva y
Juan F. Franck. URL=http://dia.austral.edu.ar/Filosofía_de_las_matemáticas .
[12] Alfred N. Whitehead and Bertrand Russell, 1910, 1912, 1913, Principia Mathematica,
3 vols, Cambridge, Cambridge University Press; 2nd edn, 1925 (Vol. 1), 1927 (Vol s 2, 3).
[13] Kurt Gödel 1931. «Über formal unentscheidbare Sätze der Principia Mathematica und
verwandter Systeme, I»., en Monatshefte für Mathematik und Physik Nº 38, págs. 173-198.
[14] Stephen J. Gould Érase una vez el zorro y el erizo: las humanidades y la ciencia en el
tercer milenio,Barcelona, Editorial Crítica, 2004.
[15] Mario Bunge, Op. Cit., 1996.

Notas

ontología
Del lat. mod. ontologia, de onto- 'onto-' y -logia '-logía'.

1. f. Fil. Parte de la metafísica que trata del ser en general y de sus propiedades trascendentales.
2. f. En ciencias de la comunicación y en inteligencia artificial, red o sistema de datos que definelas relaciones
existentes entre los conceptos de un dominio o área del conocimiento.

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axiología
Del fr. axiologie, y este del gr. ἄξιος áxios 'digno', 'que tiene valor' y el fr. -logie '-logía'.
1. f. Fil. Teoría de los valores.