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Después de un largísimo trayecto llegamos al Centro Campoalegre, donde llevaba trabajando

bastante tiempo.
Para llegar allí los sábados, sin trancones, me demoraba aproximadamente dos horas. Ese día
fue un desastre, nos quedamos en la 170, en medio de un embotellamiento horroroso y llegamos
tres horas más tarde.
Ayudé a Ernesto a bajar de su auto, él aún continuaba muy adolorido por el accidente,
caminaba despacio con la ayuda de un par de muletas; yo iba a su lado.
Ya en el corredor, nos encontramos con una de las enfermeras quien nos facilitó una silla de
ruedas.
El cuarto de Luciana se veía al final del pasillo y aunque llevaba mucho tiempo haciendo el
mismo recorrido para visitar a mis pacientes, ese día se transformó en un túnel oscuro y sin
salida, un nudo se hizo en mi garganta y sentí unas inmensas ganas de llorar. Aunque es bien
sabido que en mi profesión no es permitido involucrarse con los pacientes, ni albergar
sentimientos por ellos, con Luciana fue imposible. En las terapias sentía que ella era una parte
de mí, como si fuéramos almas gemelas con historias diferentes o tal vez éramos muy
parecidas pues
oscilábamos entre los estados más sublimes y los más perversos.
Ayudamos a Ernesto a sentarse en la silla de ruedas y fuimos directo a la habitación de
Luciana. Cuando entramos, ella no se percató de nuestra presencia, sólo miraba hacia la ventana,
de su boca salía una baba espesa que mojaba la almohada.
Verla atada a esa cama y dopada por los antipsicóticos, me hacia sentir muy mal; su ímpetu,
yo se lo arrebataba con los medicamentos y la dejaba inmersa en un letargo desolador.
Antes de toda esta pesadilla, Luciana tomó demasiados riesgos. Se aventuró a dar un salto al
vacío para renunciar a los rígidos arquetipos impuestos desde su niñez y así, enfrentarse consigo
misma, con sus miedos y deseos más intensos y fue en esa caída vertiginosa donde perdió todo
control. Pero debo reconocer su valentía, pues la senda elegida por ella requiere mucho más que
fortaleza, para recorrerla es necesario una mente abierta y liberada, si no es de esa manera, se
corre el riesgo de terminar siendo la mujer aburridora y frustrada dedicada al autoflagelo, dejando
a su marido en el papel de imbécil acatador de órdenes.
Luciana era de esas mujeres con los ovarios bien puestos y esto lo digo, no sólo por mí, sino
por la cantidad de mujeres que a diario visitaban mi consultorio para intentar, fallidamente,
reconstruir una vida propia, sin depender de un hombre que les brindara la sensación de apoyo e
impulso y las hiciera sentirse vivas. Aunque hoy en día las mujeres no dependemos
económicamente.
de los hombres como antes, sí necesitamos de un ser a nuestro lado que nos escuche, que nos
abrace cuando nos sentimos tristes, de alguien que esté allí para consolarnos o simplemente
para no sentir el frío al lado de la cama. Es una necesidad de estar falsamente acompañadas,
aunque sea por costumbre, por rutina, por hastío, pero lo importante es tener con quién
descargar esa energía que fluye por nuestro ser llenándonos de furia y alegría, sin razones ni
motivos, lo importante es tener a alguien atado, asegurándonos que nos va amar toda la vida,
que hipócritamente nos demuestre que sólo tiene ojos para vernos a nosotras, cuando en el
fondo, todas sabemos que no existe hombre a nuestra medida, que la fidelidad es una utopía,
que los amores no son felices para siempre, que los príncipes azules duermen plácidamente
en las hojas viejas de los cuentos de nuestra niñez, y a pesar de ese panorama, seguimos
dispuestas a pagar cualquier precio, por sostenerle esa farsa a los hijos, a la familia, a las
amigas quienes estúpidamente preguntan: “¿Ay, por qué se separó, si era tan buen marido?”
“¡Mija, pero cómo se le ocurre! Mire, él no bebía y tampoco le pegaba, como le pasó a
Juanita, la sobrinita de Merceditas, quien terminó en cuidados intensivos…”. “Pero cómo se le
ocurre, no sea bruta, otra puede venir y se lleva todo lo que usted ha conseguido con años de
trabajo y de esfuerzo…” y otras más osadas, tienen la desfachatez de decir, “pero cómo va a
hacer eso, quién la va a recibir con esos muchachitos a estas alturas de la vida, no ve que los
años no pasan en vano…”.
Al saltar al abismo y estar dispuestas a sentir la adrenalina corriendo por nuestro cuerpo
cuando soltamos al ser que nos acompaña y lo dejamos libre, se desmitifica el concepto de amor
y se puede entender que en el vuelo plácido de dos seres puede existir más alegría. Esa es una
decisión definitiva y trascendental, como bien me lo enseñó Castaneda en Las Enseñanzas de
Don Juan. Gracias a ese libro, inicié mi propio camino y asumí mi sexualidad sin temores, aún
recuerdo esa pregunta que me invitó a dejar a mi marido para ir en busca de la mujer de mi vida:
“¿Tiene corazón este camino? Si tiene, el camino es bueno; si no, de nada sirve. Ningún
camino lleva a ninguna parte, pero uno tiene corazón y el otro no. Uno te hace gozoso el viaje;
mientras lo sigas, eres uno con él. El otro te hará maldecir tu vida. Uno te hace fuerte, el otro te
debilita”.
Aunque recordaba casi cada línea de ese libro de Castaneda que me llegó cuando más lo
necesitaba, como todos los libros que he leído en mi vida, no podía establecer si el camino de
Luciana era un camino con corazón o un camino sin corazón, eso sólo lo podría saber ella misma
y buscando aquella respuesta, en el aterrador silencio de la habitación, mientras las gotas de agua
golpeaban el vidrio de la ventana. Observé detenidamente a Ernesto, estaba mucho más delgado
que cuando lo conocí, su cabello negro ondulado, ya se veía amenazado por las canas. Sus ojos
grandes color marrón oscuro, bajo esas 11
cejas imponentes, estaban tristes, apagados y mientras permanecía inmóvil, sentado al pie de
la cama en su silla de ruedas, empezó a leer el libro de Luciana, en voz alta…

Despedí a Guisela, la mucama y a Marcela, la nana de mi hijo menor, la semana pasada;


deseaba un cambio radical en mi vida. Estar más cerca de mis hijos y construir un verdadero
hogar. Seguramente ocupándome de todo: de la casa, de mis hijos, de la comida, de Ernesto, de
los baños sucios, de los platos engrasados, de las telarañas, de mis diseños, de los pelos
enmarañados en la rejilla de la tina, también de mi sexshop y mi carrera, iba a percibir un
verdadero cambio en mis estados de ánimo, pero en aquel fallido intento, todo se volvió un
desastre.
La mañana en que las despedí no encontraba nada, cuando entré en la cocina, laberinto
indescifrable, no sabía dónde estaban ni siquiera las cucharas, vertí agua en la cafetera y me vi
en la penosa necesidad de salir al café internet que tenía Carlos Andrés, mi hijo mayor, en la
urbanización campestre donde vivíamos, pues no pude encontrar ni el azúcar, ni el café, en la
enorme despensa llena de tarros de todos los colores.
Cuando regresé de tomarme un delicioso mocachino, con unas galletitas de ajonjolí, vi a
Carlos Andrés con David quienes iban para la cancha de squash.13

Sssssssssssss

14 no Carlos Andrés, quien había dejado su cama tendida y todo en orden.


Mientras organizaba los cuartos empecé a sentirme perdida en esa casa descomunal, recogí
las toallas mojadas del piso y salí corriendo para la cocina, bajé las escaleras de madera que
descendían en forma de espiral hacia la sala, el arroz se podía quemar. Lo probé, estaba simple y
duro.
Por tratar de arreglarlo, le eché sal y dos tazas más de agua. El arroz se convirtió en una
aguamasa igual de viscosa a la que le servían a los cerdos en la hacienda de mi padre cuando yo
era niña, pero eso no fue más desagradable que limpiar las paredes internas de los sanitarios. Mi
madre nunca me preparó para eso, desde niña fui a los mejores colegios y para mí la mugre y el
desaseo, parecían no existir; siempre había alguien limpiando cada milímetro en el espacio donde
me movía.
Después de todo, seguí insistiendo. Puse a calentar el sartén con aceite mientras subía a mi
habitación por los bocetos de la nueva colección que Louise esperaba con premura en Milán.
Mientras se freía la carne, tenía planeado terminar de pulirlos.
Bajé de nuevo a la cocina, dejé los bocetos encima del mesón de mármol y en el sartén con
aceite hirviendo, arrojé la carne congelada. El aceite empezó a salpicar violentamente toda la
cocina; mi mano derecha fue alcanzada por varias de las gotas de aceite, el ardor y las vejigas de
agua formadas en las falanges de los dedos, cada vez eran más grandes. Metí la mano al lavaplatos
con agua helada y sentí un gran alivio, pero los bocetos quedaron completamente arruinados.
Cuando intenté retirar la mano de la llave no lo soporté. Cogí un vaso plástico con agua y
hielo y por la ventana de la cocina, que daba al jardín de la entrada, llamé a Eloy para que me
llevara al médico.
En el tiempo que Eloy tardó en llegar, aproveché para pedir comida a domicilio.
Entramos por Urgencias. Una mujer elegante lloraba en la sala de espera; tenía el rostro
hinchado por los golpes.
Había varias madres con sus hijos enfermos y unos cuantos hombres. Repentinamente la
puerta de la entrada se abrió, en la camilla venía un señor agonizando, alcancé a escuchar las
palabras de los paramédicos, parecía que al señor lo habían baleado por no entregar su carro. Uno
de los guardas de tránsito que los acompañaba traía en brazos a una niña que no paraba de llorar.
Minutos después escuché mi nombre y seguí al consultorio.
El médico de urgencias miró mi mano e inmediatamente llamó a una cirujana plástica, según
ella, si no me enyesaban la mano, corría el riesgo de cicatrizar con los dedos malformados.
No podía creerlo, yo era demasiado torpe en los quehaceres de la casa, en ese misterioso
mundo donde se desenvuelven millones de mujeres que para llevar algo de dinero a sus familias,
están dispuestas a criar a los hijos ajenos y así, entre calzones, medias sucias y guisos de tomate
con cebolla, se abren paso por el mundo; aguerridas, con esa fortaleza, con don de madres y
padres al mismo tiempo.
Sólo hasta ahora lograba valorarlas, pues silenciosamente todos los días me ponían las cosas
y la vida en orden. Algo andaba mal en mí, yo no podía con todo, no lograba entender cómo
Marcela y Gisela antes de llegar a mi casa a las seis y treinta de la mañana, dejaban sus humildes
viviendas impecables, el almuerzo preparado y despachaban a sus hijos para los hogares
infantiles, donde permanecían todo el día y en la noche tenían la mesa bien servida para la llegada
de sus maridos del trabajo.
A mí, la mañana escasamente me había alcanzado para quemarme la mano, arruinar los
bocetos de mi nueva colección y pedir comida a domicilio.
Me sentí tan inútil, tan frustrada, me parecía absurdo, algo tan simple como cocinar para mis
hijos, en mí caso, era una hazaña irrealizable.
Al medio día, llegó Ernesto con Carlos Andrés y David. La casa aún seguía desordenada y
sucia. Me encerré en el cuarto. Ernesto tocó la puerta en varias ocasiones y no tuve valor para
abrirle.
Tomé el teléfono, llamé a Clara y le pedí que viniera pronto a casa, necesitaba hablarle a mi
mejor amiga de todo lo que me había pasado.
Me acosté en la cama, abracé mi almohada y me eché a llorar, nunca me había sentido tan
impotente. Mis lágrimas eran incontenibles, esos fluidos salados bajaban por mi rostro, aliviando
la detestable sensación de reconocerme imperfecta, débil, vulnerable.
Al sentirme más tranquila, me fui al balcón de mi cuarto y me acosté en la hamaca con la
intención de leer un libro de Sándor Márai, que semanas atrás había comprado y no había tenido
tiempo de empezarlo. Pero, no podía concentrarme, no lograba olvidar la imagen del hombre de
la camilla y la cara de terror de la niña, que el guarda de tránsito traía en sus brazos. Me paré y
fui al escritorio del estudio que hay contiguo al cuarto y empecé a escribir…
La ratonera
Todo estaba oscuro y aún retumbaban en sus oídos los últimos lamentos agónicos de aquel
hombre; no podía sacar de su mente esas imágenes: los ojos detenidos en el tiempo, horrorizados,
esperando la muerte certera; la sangre resbalando lentamente por el parabrisas; la boca atiborrada
de ese líquido espeso y oscuro; la cara de la niña de ojos azules y trenzas doradas que lo
acompañaba y no dejaba de llorar; la lluvia; el sonido del acelerador de su moto que se perdía
entre el asfalto mojado….
Había salido como una rata a esconderse en la alcantarilla de su barrio. Dejó la moto tirada en
una trocha y se perdió en medio de su miseria, huyéndole a las imágenes. Se detuvo en un
callejón, con la capucha que ocultaba su desgraciada existencia.
En medio de una calle ciega se arrodilló a agradecerle a su estampita por haberlo sacado ileso
de su bautizo. Para la gente como él, esa es la única manera de mantenerse en pie: pertenecer a
la pandilla que lo mantendrá vivo para no morir atravesando una calle de su barrio.
Percanta, como lo llamaban, lloraba de felicidad aturdido por el silbido de las balas; ahora
podía ser el duro 18
de esa ratonera. De pronto cayó petrificado en medio de la acera, su sangre se empezó a diluir
con el agua de la calle…
Al amanecer, no estaba solo, una diminuta criatura con cola bebía plácidamente su sangre.
Sin darse cuenta se había refugiado en la calle prohibida y murió a manos del nuevo bautizado
de la otra banda, un chico de apenas doce años.
Lo último que alcanzó a ver fue el primer dibujo que hizo en una de las paredes de su barrio
cuando tenía tan sólo seis años.
Al terminar de escribir la historia, antes de salir de la habitación, llamé nuevamente a Marcela
y a Guisela para que volvieran a casa.
Debía reconocerlo, entre ellas y yo había un abismo inmenso, ellas eran más resistentes, la
vida las había fortalecido.
A diferencia de aquellas dos mujeres, yo lo tenía todo para ser feliz. La vida me había colmado
de privilegios económicos. Nunca me faltó nada. Cuanta cosa deseaba era posible y aun así, no
dejaba de quejarme, de sentirme inconforme, nada parecía complacerme.
Cuando salí al comedor, vi a Juan Ángel, acababa de llegar del colegio. Ernesto, Carlos Andrés
y David, comían pizza, la misma de champiñones con salami que siempre habíamos pedido desde
que nos conocimos; hasta en eso éramos predecibles; nuestras salidas a comer eran rutinarias, no
había novedad, siempre nos encontrábamos 19
comiendo en Crepes & Waffles, McDonald’s, o en uno de los diez restaurantes de turno de
los centenares que se encuentran en esta ciudad, pero esta vez, yo rompí la rutina de la cena.
Todos quedaron pasmados al verme la mano enyesada. Inicialmente me quedé en silencio, me
avergonzaba reconocer la circunstancia tan absurda que me tenía así, pero no supe en ese
momento mentir y llorando le conté a Ernesto el desastre ocurrido.
Él, inmutable, me entregó una servilleta para limpiar mis lágrimas, alzó la ceja como de
costumbre: reproche mudo con sarcasmo sutil, donde el silencio se encarga, por sí solo, de
reafirmarme lo estúpido de toda la escena que viví en la cocina de mi propia casa.
Justo en ese momento sonó el timbre, era Clara. Me aferré a ella y la invité a que me
acompañara a las bancas de madera que estaban cerca al lago. Y allí sentadas, observando a los
cisnes nadar sobre el agua, empecé a desahogarme. Clara pasó toda la tarde en silencio, escu-
chándome, y cuando el sol empezó a esconderse detrás de las montañas la acompañé hasta su
auto, debía llegar temprano con David a casa para adelantar unas piezas que le hacían falta para
su nueva exposición.
Luego subí a mi cuarto para buscar un poco de silencio, antes de entrar deduje que Ernesto
estaba con los chicos en el cuarto de televisión por el ruido tan fuerte que retumbaba en toda la
casa. Cerré la puerta y me acosté en la hamaca a observar las luciérnagas jugando en el prado.20
Cinco años después del nacimiento de Juan Ángel empecé a reconocer que mi vida no era
nada parecida a mis anhelos. Me sentía cansada de todo y de todos, discutía mucho con Ernesto,
cualquier cosa era un buen pretexto para entrar en conflicto y aunque nos encontrábamos muy
poco, ambos vivíamos muy ocupados, la magia se había transformado en un hastío mutuo, en
una inapetencia compartida, donde no había lugar para las miradas largas y profundas, para los
silencios de mariposas en el vientre; eso se había trastocado para convertirse en un nudo en el
estómago, en un no querer llegar temprano a casa, en una huída permanente, porque era más fácil
huirle a esa sensación tan dolorosa de encontrarse con un amor desmembrado por el tiempo. Un
amor ya sin ojos, sin brazos, sin alas y sin alegría y parecíamos disfrutar de la agonía de nuestros
sentimientos pues ninguno tenía el coraje para acabar con lo poco que nos unía o para intentar
cambiar las cosas.
Nuestra cotidianidad transcurría en una inercia triste y silenciosa, ya no había forma de volver
atrás, el amor siempre será como la vida, un camino sin retorno que inevitablemente nos
conducirá a la muerte.
Pero a pesar de todo lo que nos estaba sucediendo, a pesar de lo mucho que me hizo sufrir
hace varios años en South Beach, no podía decir que Ernesto era un mal hombre, era responsable
con su trabajo y compartía parte de su tiempo con los niños, era una persona sensible,
especialmente con los animales. Teníamos en casa más de diez perros, una pareja de gatos, tres
guacamayas, ga21
llinas, conejos, dos pavos reales, tres cisnes y una colección de las más desagradables
lombrices californianas.
No sé cómo Ernesto era capaz de coger en sus manos a esos seres repugnantes y babosos y
mucho menos, cómo se le ocurrió, justo al lado del kiosco, construir una suite de alimentos
descompuestos que expelían los más horribles olores por toda la casa.
Ernesto era extraño, pasaba más tiempo junto a los animales que a mi lado, y esa, era una
excusa más para pelearnos. No soportaba los animales dentro de la casa, no resistía ver a los gatos
acechando en la cocina un plato sin lavar o a Juan Ángel correteando a las gallinas por el Jardín;
en cambio Ernesto era feliz, disfrutaba profundamente cuando me llevaba la contraria. Imagino
que por eso decidió estudiar veterinaria en los diez años que estuvimos separados mientras yo
vivía en Milán.
Todo un economista, había reducido su vida a salvar, con la fortuna que heredó de su padre,
a cuanto animal se encontraba desahuciado en la calle.
Otra cosa que no toleraba era verlo con mis hijos recogiendo boñiga en las fincas cercanas y
montando los costales en la camioneta. Me descomponía al ver mi carro transportando mierda de
vaca para alimentar a esas inmundas lombrices.
En esos momentos, sentía un inmenso deseo de volverme a ir y no regresar de nuevo a su lado.
Añoraba Milán, el color de mi vida era diferente: las pasarelas, la moda, las lentejuelas, la prensa,
el frío de las noches tranquilas, las eternas tertulias con mi prima Jelipsa y 22
Viola en mi apartamento, el silencio, la soledad hermosa de no extrañar a un hombre y
sentirme plena bajo las sabanas de satín rojo y la colcha térmica que se convertían en las
cómplices perfectas de las manos inquietas que encontraban las sensaciones más profundas y
placenteras. Sí, eso era más gratificante que tener en mi cama, a un ser ausente y distante.
Realmente ninguno de los dos, merecía la compañía del otro.
En nuestras discusiones ambos perdíamos los estribos y nos lastimábamos con palabras hasta
que mis lágrimas salían a implorar que ya no más, que ya era suficiente; en el fondo, hubiera
preferido seguir amando su recuerdo, pues desde la distancia las relaciones son hermosas, má-
gicas y extraordinarias; en cambio, la cotidianidad logra lavar el maquillaje y nos vemos así como
somos.
Me aterraba el sólo hecho de pensar que Ernesto me sintiera vulnerable; probablemente me
había acostumbrado tanto a la soledad, después de dejar de verlo por diez años, que la presencia
de Ernesto me hacía sentir asfixiada, limitada; me había abierto paso en la vida, sin la necesidad
de tenerlo a mi lado y ahora, después de siete años intentando construir una familia, no me llenaba
tener una familia distante y separada; me parecía falsa, hasta mi actitud de buena madre. Prefería
ocupar mis días en el trabajo, en vez de dedicarle un poco de tiempo a mis hijos.
En las noches la soledad me abrumaba, él se sentaba en la terraza a fumar tabaco y a ver
televisión, y yo, a leer algún libro en la biblioteca o a escribir en el computador.23
Nuestra comunicación se fue diluyendo, fragmentando, como cuando se rompen grandes
bloques de hielo bajo las aguas mansas y frías, cada quien en su pequeña isla congelada, Ernesto
y yo nos acercábamos construyendo puentes de reproches y silencios, discutíamos para resolver
quien cancelaba las cuentas por pagar; eran muy pocas las ocasiones donde nos sentábamos a
dialogar; éstas y otras situaciones lograban hacerme sentir incompleta, pero no podía pedirle otra
cosa a la vida. Así fue la relación de mis padres, y la mía, a veces creía, no tenía por qué ser
distinta.
Para mí, dormir en una cama y compartir hasta el hartazgo una cotidianidad monótona,
desgastaba el amor.
En ese entonces, yo no sabía cómo cambiar la historia, pues no contaba con esa capacidad
para olvidar los momentos dolorosos y bellos de mi existencia, mi mente desde la niñez había
sido un imán de recuerdos y eso no me permitía aplicar la fórmula mágica de esas relaciones
enmohecidas por los años, que rezan textualmente: “Para poder vivir con alguien toda la vida,
hay que tener memoria de corto plazo”.
Añoraba intensamente los primeros tres años de matrimonio cuando hacerle la siesta a un
tinto, era la excusa perfecta para hacer el amor a cualquier hora del día.
Anhelaba volver a tener esos instantes de manos sudorosas, de corazones agitados, de
cosquillas en el vientre, pero esas, eran ya, imágenes borrosas, recuerdos guardados como
reliquias, que quedan para aferrarse a ellos en los momentos más difíciles y así no desfallecer en
medio de esas crisis. 24
En la cama, lugar sagrado del amor, reposaban nuestros cuerpos desnudos y distantes, después
de los últimos cinco años de guerra, el hechicero del deseo yacía inerte en medio de las sábanas,
impidiéndonos recobrar la magia.
Algunas noches, cuando Ernesto llegaba de algún cóctel con tragos en la cabeza, me montaba
y simplemente me penetraba. Cuando no me miraba a los ojos, quizás necesitaba recrear en su
mente a alguna ejecutiva o secretaria de su empresa, o a la joven administradora de su almacén
veterinario.
Ernesto no era mal amante. Disfrutaba de su sexo y de sus caricias, pero para mí era muy
frustrante no alcanzar el clímax junto a él, verlo roncar después de sentirse pleno y verme en
medio de la cama, desnuda, mirando el techo, ansiando sus abrazos, sus mordiscos en mis pechos,
su lengua húmeda por mi vientre, pero hasta allí llegaba todo. Algunas noches debía salir a la
terraza a refrescarme, me recostaba en la hamaca y era inevitable dejar caer mis manos entre mis
piernas y acariciarme muy lentamente para lograr algo de satisfacción.
En el fondo no sabía si Ernesto era feliz conmigo y yo con él, pero sí sabía que estábamos
cansados el uno del otro, nuestra relación era una farsa. Él, harto de mis fluctuaciones entre el
amor y el odio, y yo, de su desidia.
Según Ernesto, por mi cuerpo corría una sustancia espesa y oscura que me perturbaba los
momentos de alegría y por eso decía él, debía ir a terapia.
Ernesto no comprendía por qué teniéndolo todo: niñera, mucama, trabajo, siempre me quejaba
de algo y 25
nunca me conformaba con nada. Él, quizás no sospechaba lo cansada que me tenía su silencio
y esa competencia absurda entre los dos, pues trabajábamos casi dieciocho horas al día, mientras
nuestros hijos crecían con Guisela y Marcela en la casa.
Marcela, se había convertido en un ser indispensable para todos. Cuando terminaba sus turnos
los viernes en la noche, me desesperaba, no sabía que hacer, mi hijo menor lloraba, la llamaba
entonces desconsolada. Como no lograba calmarlo, corría al teléfono y Marcela le cantaba la
canción de cuna que ella misma le inventó.
Así se aquietaba y yo, por dentro, estallaba en llanto, pues todo mi esfuerzo por volver a
alcanzar el éxito económico y sentirme alguien en esta sociedad, se volvía insulso.
Ver a Juan Ángel necesitando más de su nana que de su propia madre, me revolcaba recuerdos
de la infancia.
Aún permanece esa imagen. Tenía seis años, nos encontrábamos en el parque, todos los niños
con sus padres y yo con Carlota, mi nana y Eloy el conductor de nuestra hermosa camioneta azul.
Sola, en medio de un mundo feroz que no se compadece de ricos ni de pobres, veía como Eloy
le metía la mano a Carlota por su impecable falda blanca y la masturbaba sin compasión; a esa
edad no lograba entender que le hacía Eloy y tampoco por qué a Carlota el rostro se le ponía rojo
y hacia gestos de dolor.
Tal vez una de las razones de mi lujuria desbordada provenga de mi infancia y por eso disfruto
tanto en el baño a solas cuando me masturbo. En esos momentos 26
me deleito, abro las piernas mientras el agua caliente absorbe mi cuerpo y empiezo a buscar,
como quien busca un pensamiento sensato en una reunión de viejas chismosas, el punto exacto
donde mi cuerpo explota y mi cueva empieza a contraerse y todo mi cuerpo se estremece. Así
siento el poder del placer en mis manos. Así muchas no necesitamos de ellos, ni de sus carnosos
miembros erectos.
Después de la historia en el parque, mi infancia y mi adolescencia, fueron un volcán de deseos
extraños; a los dieciséis años me excitaba viendo los cuerpos desnudos de las mucamas, cuando
salían del baño. Me escondía debajo de sus camas y las veía vestirse. Me encantaba verle los
pechos a Carlota, eran grandes y sus pezones rosados, siempre se le veían erizados.
En las tardes, yo me iba a los cañaduzales con Mariposa, mi yegua, a ver los trabajadores de
mi padre. Me escondía en los cultivos, para mirarlos sin camisa, bañados en sudor y observaba
detenidamente el movimiento de sus músculos. Era hermoso ver el mágico encuentro entre su
machete y la caña jugosa que caía y penetraba la tierra húmeda. Mi mano se clavaba en mi sexo,
me acariciaba y en medio del olor y sabor de mis fluidos, pasaba las horas bajo el sol de la tarde.
Un buen día, un joven que me encantaba, hijo de uno de los corteros, me sorprendió. Salí
corriendo y antes de poder montar en mi yegua, él me tomó con fuerza del brazo, me arrojó al
suelo y empezó a tocarme con la misma intensidad con la que Eloy tocaba a Carlota. 27
Abrió violentamente mi blusa blanca, me besó los pechos, me asusté muchísimo cuando
empezó a pasar la punta del machete por mi ombligo; me quitó el pantalón y con la cacha del
machete me masturbó, me haló del pelo y me introdujo su enorme miembro.
No grité. Gemí, me encantó sentirme ahí, en medio del cañaduzal, con las piernas abiertas y
con aquel adolescente brioso cabalgándome sin tregua.
Desde esa tarde, siempre a la misma hora desaparecía de la casa.28
Ernesto súbitamente dejó de leer, se acomodó en la silla de ruedas y me empezó a relatar su
historia con Luciana, cuando ella apenas era una jovencita:
Esperanza, yo conocí a Luciana un veintidós de marzo de 1986, ese día había llegado rendido
a casa de mi padre, Avaricio. Las últimas semanas en Bogotá habían sido agotadoras, estaba
terminando mi tesis para poder graduarme como economista. Llevaba meses añorando llegar a
casa de mi padre, acostarme en su sillón y prender la televisión para desconectarme del mundo.
No había mejor distracción que tirarme a ver partidos de fútbol y no tener que pensar en
parciales, ni en números, ni en todas las cosas en las que debe pensar un prestigioso economista,
para mí era perfecto el plan de ver a veintidós jugadores corriendo detrás de una pelota durante
noventa minutos, o mejor aún, volver a las actividades que más disfrutaba en mi infancia, como
estar sólo en el establo alimentando a los animales de la hacienda o volver a contemplar a mi gato
en la hamaca que aún reposa en el corredor frente al que fue mi cuarto. 29
Recuerdo que mi madre antes de morir, cuando yo aún era niño, juró regalar a mi primera
gatita para que se me acabaran todas las alergias; la pobre lloró una noche entera, pues yo le
escribí una carta despidiéndome de ella y de mi padre, le decía que me iba de la casa con la gata
y que sólo volvería si ella aceptaba a mi mascota. Nunca me fui, me encerré con mi gata en el
closet con una gran cantidad de provisiones hasta el día siguiente, mi padre se enteró de mi
escondite al no encontrar su postre predilecto en la nevera; afortunadamente cumplió su palabra
y no le contó nada a mi madre sobre mi guarida, ella cuando me vio al otro día, prometió dejar
tranquila a mi peluda amiga, quien murió de vieja encima de mi almohada.
Cuando me encontré con mi padre en el aeropuerto lo vi delgado, pero no era difícil adivinar
la razón de su estado, María Alejandra, su segunda mujer, cada cierto tiempo lo abandonaba, ella
salía del país con su perro pervertido y volvían cuando el dinero se les agotaba.
Esa mujer me repugnaba y aún más, después de encontrarla accidentalmente en el cuarto de
mi padre, sentada al filo de la cama con una falda larga y debajo de ella, su labrador dorado
lamiendo su sexo, cuando vi esa escena, entendí porqué ese perro, cuando llegaba una mujer a
casa, se le lanzaba encima, desesperado, a olfatear el gran manjar.
Aunque no soportaba la idea de ver a Avaricio, perdiendo sus últimos años con esa mujer, yo
no podía hacerlo cambiar de opinión, era un hombre obstinado y 30
testarudo y para su desgracia y la mía, enamorado profundamente del amor.
En el pueblo se rumoraba que ella lo tenía trabajado, que quizás rezaba su fotografía o alguna
de esas tonterías en las que creen algunos supersticiosos, y algo de cierto debían tener aquellos
rumores, pues el estado de estupidez en el que había caído, no tenía precedentes en la vida de un
hombre tan inteligente.
No me había terminado de bajar del avión y mi día ya estaba programado, Avaricio ya me
tenía planes sin consultármelo, pero era mejor no llevarle la contraria, pues cuando lo hacía, se
ponía de muy mal humor.
Esa tarde me llevó con él, a un almuerzo en la hacienda de los padres de Luciana.
Ese día, ella cumplía diecisiete años, yo no la conocía.
Cuando llegamos, Bernarda, la madre de Luciana, nos atendió en la sala principal. Era una
mujer elegante y su sola presencia dejaba ver la rigidez de su temperamento, la expresión de sus
ojos siempre era tensa como si su estado natural fuera estar de mal humor.
Mientras esperábamos a don Santiago Santamaría, el padre de Luciana, escuchamos unos
disparos, la señora Bernarda se sobresaltó, se sentó en una silla y tomó un poco de agua con unos
calmantes que le trajo Carlota para tranquilizarla.
Don Santiago llegó una hora más tarde agitado a la casa, le pidió una copa doble de
aguardiente a su mujer y se sentó a conversar. 31
Él a diferencia de su esposa, tenía cara de hombre bonachón, su tez trigueña en medio de esa
abundante barba blanca y su escasez de pelo, denotaban los años que llevaba viviendo con la
misma mujer.
Nos dio un paseo por su hacienda, la cual era realmente hermosa, no sólo por la gran casa
blanca rodeada de balcones y jardines de girasol, sino por los imponentes samanes que
custodiaban aquel espacio.
Cuando entramos a las caballerizas vi llegar en un caballo a una chica delgada, de ojos grandes
color miel y de cabello ondulado y negro hasta la cintura. Era Luciana, tenía una blusa blanca,
unos pantalones ajustados y unas botas en cuero que casi le llegaban a las rodillas.
Tenía las mejillas rosadas y los botones de la blusa desabrochados, su madre inmediatamente
le hizo un gesto y ella cubrió sus pechos dorados por el sol.
Después de saludarnos, bajó de su caballo y salió llorando.
Al fondo, por los cañaduzales, se veía un tumulto de trabajadores.
Al verla quedé muy inquieto y cuando pude retirarme de aquella aburrida charla entre nuestros
padres, la encontré recostada en una hamaca escribiendo. Me acerqué en silencio y empecé a leer
lo que había escrito:
Para ser felices
Somos una maraña de deseos
anhelamos lo que no tenemos,
vivimos inconformes,
deformes corazones nos componen.32
Estamos llenos,
de los más putrefactos sentimientos,
vestiditos con colores primaverales
caminamos por el mundo,
pero como angelitos endemoniados
queremos sexo.
Nos mostramos como damiselas virginales
y hombres galantes fingiendo
las relaciones perfectas que soñamos construir;
y así se nos va la vida
fingiendo papeles y roles que no nos
corresponden
y al final del camino,
cuando ya estamos cansados,
mirando hacia atrás todo lo que deseamos y
no hicimos
nos permitimos entonces,
vibrar con las cosas más simples
que se van con un suspiro
pues la vida no nos alcanzó
para ser felices.
Me encantó el escrito, cuando le pregunté por el autor se molestó conmigo, realmente no pude
creer que una chica tan joven como ella tuviera semejantes pensamientos.
Justo en ese momento llegó una joven hermosa, delgada y de cabello crespo, Luciana al verla
se paró como un rayo y la abrazó muy emocionada, era Clara su mejor amiga. 33
Pasamos el resto de la mañana los tres, hablando de libros y de mi aburrida vida universitaria.
Cuando nos llamaron a almorzar, doña Bernarda nos obligó a todos a lavarnos las manos con un
líquido rojo, espeso y espumoso.
Una de las mucamas se acercó muy discretamente a Luciana y alcancé a escuchar cuando le
dijo que el joven estaba bien, que afortunadamente la bala sólo le había rozado la pierna. Después
de eso la actitud de Luciana cambió, se le veía más relajada, y desde ese momento, no dejamos
de mirarnos y de tocarnos por debajo de la mesa.
Prendieron las diecisiete velas, y en voz alta Luciana dijo querer ser una gran diseñadora de
modas o una gran escritora. Yo reí, me parecía insulso soñar con tales ridiculeces y aunque no le
dije nada, por sus gestos, como buena mujer, había adivinado lo tontas que me parecían sus
ilusiones. ¿Por qué no soñaba con ser doctora, abogada o ingeniera…? Todo eso era mucho mejor
que dedicarse a remendar trapos, o a escribir historias que a nadie le interesarían.
Los ojos de Ernesto se nublaron, las lágrimas no le permitían pronunciar palabra. No fui
capaz de decirle nada, pero al ver a Luciana en esa cama, él no pensaba lo mismo de sus ilusiones.
Cuando Ernesto leía el libro de Luciana en voz alta, no exagero si digo que cada palabra
parecía tener vida propia, podría decir, sin dejar de ser fiel a la verdad, que esas 34
líneas palpitaban y se humedecían mágicamente; y en el transcurrir de cada párrafo escrito por
ella, pudimos percibir sus angustias, sus tristezas; más la impotencia de no poder hacer nada para
sacarla de su letargo, dejaba una sensación amarga y dolorosa en el ambiente.
Ernesto, ya más tranquilo continuó su relato:
¿Sabes?, aquella noche, ella no quiso despedirse de mí y me sentí muy mal. De no haber
sido por la torpeza que nos caracteriza a los hombres al relacionarnos con la sensiblería de la
mayoría de ustedes, nuestra relación no hubiera empezado con el pie izquierdo, y aunque ya no
soy un muchacho, sigo sin comprender cómo siendo levantados y educados por mujeres, los
hombres solemos ser todo lo contrario a lo que ustedes sueñan y desean para sus vidas, es como
si morbosamente nos educaran para hacerlas infelices, pues nunca estamos ni siquiera cercanos
a ese príncipe azul, a ese hombre ideal que se levanta muy temprano para llevar un desayuno a
la cama.
No somos ni la sombra de ese ensueño de hombre dulce y sincero, de ese hombre que, en los
momentos más dolorosos y difíciles, tiene ganas de conversar.
Esa noche, después de despedirme de sus padres, no logré sacarla ni un momento de mi mente,
tenía algo especial que me atraía, no sabía si era su mirada penetrante, o sus labios carnosos y
cejas perfiladas. Algo en ella me intimidaba y seducía al mismo tiempo. 35
Cuando llegamos a casa, salí a dar una vuelta con los viejos amigos del colegio, nos fuimos
al parque a tomarnos unas cervezas y a fumar marihuana como en los buenos tiempos, eso era lo
que más amaba de mi pueblo, muy distinto a la capital, pues cuando sales, en sus calles todos te
saludan y saben algo de tu historia, en cambio en las grandes metrópolis no eres nadie, te salvas
cuando algún profesor puede recordar tu nombre o cuando le agradas a una chica para charlar
con ella.
Estando en el parque se vino a mi mente la imagen de Luciana, queriendo saber algo más de
ella quise preguntarle a mis amigos, pero ellos, al escuchar su nombre, me dijeron casi en coro:
“Imagínate Ernesto, ¡cómo puede ser posible!, en la finca de su padre hirieron en una pierna
a uno de los corteros más jóvenes y no contentos con esto lo despidieron a él y a toda su familia…
bla … bla … bla”.
Después de escuchar cómo de manera morbosa, mis amigos describían con pelos y señales lo
que se rumoraba en todas partes, empecé a preguntarme qué relación tendrían las lágrimas de
Luciana con aquel suceso.
Desde ese día me olvidé de mi tesis y de mis estudios. Todas las tardes de los dos meses
siguientes, estaba en la sala de su casa, esperando a que la señora de Santamaría, se dignara a
avisarle a su hija que yo la esperaba.
Ella se sentaba durante toda la visita a tejer en el salón contiguo, y así, era casi imposible
dialogar sin que nos escuchara. 36
Doña Bernarda parecía un policía, toda su vida giraba en torno a su hija, no hacía más que
tejer y controlarle hasta los suspiros, y no exagero en lo que digo, Esperanza, pues don Santiago
me contó que cuando Luciana nació, su mujer no dormía en la noche, cerciorándose de que su
pequeña hija no se ahogara con las mantas de seda y permanecía toda la noche en el piso, debajo
de su cuna, para que ningún animal intentara subirse a lastimarla. Su neurosis llegó a tal punto,
que hizo colgar la cuna para dejarla suspendida en el aire y así lograr tener a su hija a salvo de
infecciones.
Imagino que para doña Bernarda yo era la bacteria más abominable que pudiera acercarse a
su hija, ella no consentía ningún acercamiento de ninguna clase y así transcurrían las visitas hasta
las ocho de la noche; su madre nunca supo que Luciana abría la ventana de su habitación, me
dejaba entrar y hacíamos el amor una y otra vez hasta el amanecer.
Y fue así como empecé a enamorarme, pues además de ser mágicamente impredecible, tenía
una habilidad enorme para hacerme el amor y entretenerme con sus historias.
Una tarde de mayo de 1986, al llegar a su casa la encontré llorando, discutía con su padre, y
al fondo, en una de las habitaciones, se escuchaban los alaridos y sollozos de su madre. Cuando
llegué se quedaron en silencio, don Santiago se retiró sin saludarme y Luciana se aferró a mí, con
su voz entrecortada me dijo que íbamos a ser padres.37
Quedé pasmado con la noticia, no esperaba ese suceso, pero no sentí temor, estaba seguro
hasta ese momento que Luciana era la mujer de mi vida y me encantó la idea de ser el padre de
sus hijos.
Para los preparativos de la boda no pudimos contar con doña Bernarda, ella estaba indignada,
en cambio don Santiago y mi padre, estaban satisfechos con nuestra boda.
Aunque nos casamos en junio, un mes después de conocer la noticia, en la iglesia de los
Milagros de Buga, con vestido blanco de cola, con la bendición del padre Evelio y todos los
invitados que hacían parte de la alta sociedad, incluyendo al Alcalde y la Primera Dama. Igual,
no hubo poder humano que convenciera a doña Bernarda para que asistiera al matrimonio de su
única hija. Después de ese desplante decidimos irnos en julio de ese mismo año para Chía a vivir
en una de las casas campestres que mi padre tenía cerca de la capital, así yo terminaría mi carrera
y Luciana tendría un embarazo más tranquilo.
A Luciana le dio mucha tristeza dejar de ver a Clara, eran amigas desde el colegio y se querían
mucho.
Finalizando octubre, tres meses después de estar viviendo en Chía, recibí una llamada que no
esperaba, a mi padre Avaricio lo habían asesinado a puñaladas cerca de las oficinas donde
manejaban las cosas de la hacienda y tuve que dejar a Luciana sola, pues por su avanzado em-
barazo, no le era permitido viajar.
Al sepelio asistieron muy pocas personas, entre ellos los padres de Luciana, Clara y unos
cuantos amigos míos y María Alejandra, la segunda esposa de mi padre, ima38
gino que había regresado para cobrar la herencia y el jugoso seguro de vida que mi padre había
dejado.
Él era un cañero muy adinerado, la última vez que nos vimos antes de irme con Luciana,
estaba muy angustiado, había recibido algunas amenazas y justamente por esos días había
discutido con su mujer.
No sé qué le habrá pasado con ella, pero tuvo que ser algo muy grave, pues en su testamento
no le dejó nada, sólo un proceso de demanda a favor de mi padre, por abandono de hogar, y así
ella, no tuvo derecho a reclamarle nada, ni siquiera una indemnización por los años que lo
acompañó.
Imagino la rabia que sintió después de todo lo que lo lloró en vano en el cementerio.
Cuando recibió la noticia por parte del abogado de mi padre, salió de su oficina lanzando toda
clase de improperios e insultos contra el alma de Avaricio.
Con la situación así, siendo yo el único heredero, era mejor pensar en salir del país, pues
aunque sospechaba de la mujer de Avaricio, no sabía con certeza que delincuentes podrían estar
detrás de estos hechos y era mejor no arriesgarnos.
Tuve que quedarme todo el mes de noviembre en Buga, tenía que arreglar algunos asuntos de
mi padre, los papeles de la sucesión, dejar al padre de Luciana a cargo de las tierras y regresar
para los preparativos de nuestro viaje.
En diciembre, recibí el maravilloso regalo de ser padre, Luciana se veía hermosa con nuestro
hijo Carlos Andrés entre sus brazos.39
Sentí una inmensa emoción al tener por primera vez entre mis brazos a mi primogénito, Carlos
Andrés había heredado de Luciana sus labios carnosos y de su abuelo materno la piel canela.
Ernesto se quedó en silencio, yo me acerqué a la ventana, ya había escampado, afuera el
verde del prado y los jardines del centro siquiátrico, parecían una pintura de colores
verdeazulados, rojosvioletas, pero todos cubiertos por una neblina gris densa y triste. Afuera todo
contrastaba con mi estado de ánimo, algo nublado.
Luciana seguía inmutable en la misma posición, Ernesto miraba las líneas escritas por su
compañera y yo no dejaba de pensar.
Mediante el ejercicio de mi profesión había escuchado muchas historias de mujeres, quienes
en los camerinos, antes de salir radiantes a la pasarela lloran; lloran en la cocina, en los baños,
en la cama, en la oficina, en la calle, en los hospitales, en las cárceles, en las montañas; y son
tantas las mujeres, como tantas las historias. Se confunden unas con otras y se mezclan, para
tener una constante: mujeres inconformes, solas y tristes; desesperadas, desesperanzadas con su
vida y su relación con el mundo, con sus hijos, con su sexualidad, con su marido y consigo
mismas. Féminas que no han encontrado machos que sean capaces de mirar más allá de sus quejas
y reclamos, hombres incapaces de acompañar a esas mujeres que muchas noches se han acostado
en la cama, húmedas, ansiosas de sentirse deseadas; cansadas de 40
caminar en tacones altos y vestir linos perfectamente planchados, deseosas de ponerse un traje
de cuero negro y convertirse en perras acaloradas que sólo quieren tirar toda la noche.
Unas agotadas de ser como Luciana, las ejecutivas perfectas; otras aburridas de oler a manteca
y a cebolla recién cortada, soñando con joyas y autos lujosos, linos perfectamente planchados
que probablemente nunca logren obtener y unas cuantas como yo, capaces de comprender el
mundo, de reconocer el delgado límite entre la demencia y la cordura, en el que se debate gran
parte de la humanidad, pero allí siempre, al filo de la navaja, censurando los pensamientos de
otros, pretendiendo que el universo entero nos cabe entre las manos. Por eso muchas veces
cuando estamos allí, frente a nosotras mismas, sentimos vértigo, angustia, de sólo imaginar que
somos realmente tan distintas a lo que hemos soñado…
Pero finalmente, sin importar nuestras búsquedas e inconformidades, estamos solas, en un
rincón de la cama y solas también construyendo un sueño, levantando un hogar, criando a unos
hijos que luego se van y nos dejan llenas de surcos el vientre.
Así nos vamos de este mundo, con muchos sueños guardados y tantas fantasías sin realizar.
Pero cómo decirle a los hombres que nos halen del pelo mientras nos penetran, cómo
expresarles tantas cosas que ellos mismos piensan, si somos sus esposas tan castas, tan puras y
abnegadas; casi virginales, que están ahí para hacerles la vida más ligera y hermosa. 41
Las mujeres somos tan indescifrablemente mágicas, neuróticas, hermosas, inteligentes,
insoportablemente tercas, sensuales, sexuales. Y es tal vez por eso que las he amado tanto, porque
dentro de mi torrente interno fluye una que ansía la caricia lenta, la palabra dulce y la presencia
leve de una compañera.
El silencio en la habitación era absoluto, Ernesto no dejaba de mirar el libro, ese era uno de
esos tantos momentos en la vida, donde las palabras se esfuman y no nos permiten escondernos
de los recuerdos. Fue entonces cuando aparecieron en mi mente unas imágenes…
…Era un día muy parecido a este, por las calles corría el agua. Me había quedado de encontrar
con ella en el Juan Valdez de la setenta y cuatro. Era un lugar ideal para hablar sin que nadie nos
molestara. Luciana llegó puntual como siempre, estaba más bella que nunca. No puedo negar que
quise decirle en ese momento todo lo que la deseaba, pero la escuché en silenció, con mi antifaz
de psiquiatra, actuando de doctora corazón mientras ella se abría para mostrarme ese volcán de
deseos ardiendo en su ser.
Yo, hasta ese momento, sólo conocía un lado de la historia, ella me hablaba de una historia
muy distinta a esta; para mí, su relación con su esposo era desastrosa, no existía entre ellos un
vínculo distinto a las peleas y los gritos, estaba convencida de estar frente a una relación
desgastada por los años, donde la posibilidad de lograr 42
una tregua era mínima, pero me fui dando cuenta con el relato de Luciana que la palabra puede
con todo, pues ella pasó de ser para mí, una mujer infelizmente casada, a una que le estaba
apostando a un juego divertido pero peligroso con su esposo.
Las aventuras que escuché esa tarde, me mostraron ese lado oscuro que las mujeres solemos
ocultar silenciosamente, y así, la paciente sobria que vi llegar a mi consultorio, era en realidad
una fiera desbocada ávida de tragarse al mundo con su vagina hambrienta, húmeda y sedienta de
instantes de lujuria, después de los cuales, volvía a la calidez y la ternura de siempre.
Empecé a entender muchas cosas; por ejemplo, la razón de ser de su profesión, no fue por
cosas de la vida, ni por el destino que Luciana diseñaba lencería erótica, yo desconocía hasta ese
momento las verdaderas motivaciones, Luciana tenía un profundo deseo por las mujeres y fue en
Milán donde pudo permitirse el deleite con los cuerpos desnudos de las prostitutas a las que ella
les diseñaba la ropa para sus shows.
No pude evitar humedecerme mientras la escuchaba y fue imposible para mí ver a Luciana
nuevamente como mi paciente, menos aún, después de lo que pasó esa noche y en los meses
siguientes.
Ernesto irrumpió en mis pensamientos con el sonido de su voz ronca y gruesa. Continuó
leyendo, lenta y pausadamente el libro de Luciana.43
Algún día opté por convertirme en la cómplice de Ernesto, me sentía agotada con la vida que
teníamos, quería compartir con él todos los pensamientos y deseos que pasaban por mi mente,
pero me atemorizaban sus prejuicios, no sabía qué podía sentir él cuando le confesara mi deseo
por tocar el cuerpo de una mujer, eso ni siquiera se lo había contado a Esperanza, ella era muy
rígida y seguramente no lograría entenderme.
Sentía vergüenza de contarle mis apetitos más íntimos a Ernesto, pero asumí el riesgo, y
después de veintidós años de conocernos decidí dejar de ser simplemente su esposa para ser algo
más: su compañera.
Un miércoles, finalizando el 2008, justamente el día que me retiraron el yeso de la mano por
la quemada en la cocina, llamé a Ernesto y lo cité en un restaurante, cuando llegó lo abracé y sin
más preámbulos le propuse abrir el periódico para buscar en los clasificados una de esas chicas
que alquilan su cuerpo por horas.
Me miró asombrado, parecía desconocerme. Yo siempre tan recatada, desde mi impecable
forma de vestir; faldas largas y cuellos altos que no dejaban ver en mi piel ni un mínimo asomo
de erotismo y sensualidad, hasta 44
mis comportamientos rígidos que nunca me permitieron fumar marihuana o ingerir una copa
de licor.
Su mirada perpleja me hizo sentir insegura de mis palabras. Pero no quería repetir la historia
de mi madre, la de mi abuela, la de mi bisabuela y la de tantas mujeres que sufren porque sus
maridos buscan en la calle algo que, a ellas y a mí, nos corre por las venas: deseos de aventuras
desenfrenadas.
Él se quedó en silencio, me sentí muy mal, tal vez estaba pensando que yo era desvergonzada.
De repente soltó una carcajada, él no creía en la franqueza de mis palabras.
Empecé a llorar, estaba confundida. El rostro de Ernesto no expresaba nada, sus gestos no me
revelaban sus sentimientos.
Salí hacía el auto, quería ser tragada por la tierra y cuando llegamos al parqueadero me abrazó
y me dijo que estaba dispuesto a ir a una terapia con un sexólogo, a leer libros, o a tomar viagra
con tal de complacerme.
Sentí rabia conmigo misma, era inútil que mi esposo lograra comprenderme. Yo no esperaba
que su pene fuera más grande, ni más grueso, esperaba que me escuchara, pues mis deseos no
tenían relación alguna con lo que entendía por virilidad.
Prendió el auto y salimos por La Séptima.
El recorrido fue largo. Mientras Ernesto manejaba yo lo miraba por el retrovisor, lo veía
turbado.
Cualquier cosa podía pasar con nosotros de allí en adelante, no quería hacerlo sentir mal, pero
si no ha45
blábamos en ese preciso momento, el tedio terminaría arruinando nuevamente nuestra
deteriorada relación.
Oscurecía y el viento que corría por las calles era tan helado como su actitud.
Aceleró y en una estación de gasolina se detuvo a tanquear el carro. Todo estaba en silencio,
era el momento de decir algo, pero hice lo mejor que hace una mujer cuando no sabe que decir,
saqué mis arreglos y retoqué mi maquillaje, Ernesto cogió el periódico de la guantera y manejó
rumbo al norte de la ciudad.
Se detuvo a la orilla de la carretera y me abrazó, con sus ojos encharcados y la voz
entrecortada, me confesó su temor de perderme nuevamente, me habló de lo doloroso que fue
estar diez años de su vida lejos de mí. De lo arrepentido que estaba por todo lo que me hizo sufrir
en South Beach cuando Carlos Andrés era un niño.
Nos abrazamos fuertemente, un beso lento, largo y cariñoso, bastó para recordar y traer de
vuelta lo que nos mantenía juntos como una familia.
En ese momento surgió de nuevo la magia dormida, la misma que me hacia sudar con tan sólo
sospechar su presencia.
Así, sin saberlo, reedificamos el puente para poder acercarnos.
En el camino hablamos de todo aquello que no se le permite hablar a una pareja de esposos y
sólo hasta ahora, después de tanto tiempo de compartir, me daba cuenta del deseo de Ernesto por
esposarme a una cama y hacerme el amor a la fuerza. Pero a él le daba miedo expresarme sus
deseos, no quería arriesgarse a empujarme 46
a una nueva crisis y que, con mi exacerbado moralismo, lo juzgara por sus pensamientos.
Me confesó muchas cosas: al enojarse conmigo, en muchas ocasiones iba a una sala de
masajes para que lo acariciaran y masturbaran, y poder sentir el alivio de la venganza por mi
constante cantaleta.
Aunque me dio mucha rabia escucharlo, no se lo expresé, no podía ser inferior a su honestidad
y en el fondo lo comprendía, pues mi carácter era muy fuerte, mi temperamento era casi igual al
de mi madre, me prendía con una facilidad enorme de cualquier palabra o gesto para
incomodarme.
No era raro que buscara en aquellas chicas de la “vida fácil” (aunque de fácil no tenga nada
su oficio) esas caricias que yo me negaba a darle porque siempre tenía dolor de cabeza o alguna
importante ocupación.
Pero ese día me di la hermosa oportunidad de expresarle todos mis sentimientos, le conté de
todos los pensamientos que se pasaban por mi mente, de mi creciente atracción por las mujeres,
templos sagrados para mí, del deseo y la perdición carnal.
Además del profesionalismo que le debía a mi carrera, no podía negar el deleite que me
producía el tener cerca a aquellas hermosas modelos vistiendo los provocadores accesorios
creados por mí, para cada colección.
En los años vividos en Milán, lejos de Ernesto, había reafirmado mi deseo por ellas, a Jelipsa,
mi prima, la deseé en silencio mucho tiempo, pero en ese entonces no tuve el valor para
expresárselo, además nuestro parentesco me intimidaba, igualmente me avergonzaba 47
admitir mi excitación al tenerla cerca. Todo, su olor, sus gestos me embrujaban. Ella se
convirtió en mi fantasía favorita con el más dulce sabor de pecado, no sólo por su tendencia
homosexual, sino, porque además de ser mi modelo estrella en la línea de lencería femenina, era
la compañera de Viola y para completar, ambas, grandes amigas mías.
Me sentí libre y alegre cuando terminé de hablar, pero una inmensa angustia se apoderó de
mí, pues aunque quería vivir mi sexualidad a plenitud, como nunca antes lo había hecho, y aunque
deseaba profundamente exceder todos los límites del apetito voraz de mi cuerpo, no sabía qué
era más aterrador; si transitar por una senda donde no hay riendas ni limites con Ernesto, donde
estaríamos obligados a mirarnos frente a frente y a reconocernos que, más allá del amor, nuestros
más bajos instintos nos reclamaban historias intensas y fugaces, o seguir así, observando
hipócritamente como nos acostumbrábamos a continuar siendo infelices.
Ese día rompimos todas las cláusulas, nos reconocimos como seres humanos imperfectos,
impredecibles, como animales con deseos injustificados, no como siempre lo habíamos hecho,
pretendiendo que el otro fuera nuestra propiedad y que sus sentimientos, deseos y acciones se
acomodaran a nuestra voluntad.
Por primera vez, Ernesto y yo nos desnudábamos sin desvestirnos.
Al llegar al sitio del clasificado nos recibió un hombre con ademanes femeninos, miré asustada
a Ernesto pero decidimos entrar. Las gradas eran largas y oscuras, 48
el olor era extraño. En el fondo había una sala pequeña con una chimenea artificial. Nos
sentamos.
En medio de la penumbra apareció una mujer en calzones negros, sus tetas se movían
armoniosamente. Eran muy parecidas a las de Carlota.
Ella tenía el cabello rubio, su mirada era oscura y penetrante, su forma de caminar, grotesca y
un poco vulgar; este espacio no tenía la magia y el glamour que había en mis pasarelas, pero eso
lo hacía más atractivo y seductor.
Ella se acercó al sillón y nos saludó amablemente.
—Me llamo Jennifer, sólo díganme a quién quieren que atienda.
—Dejemos que las cosas fluyan, atiéndenos a los dos. Te esperamos en una hora en el Motel
Babilonia. Dijo Ernesto.
Antes de perderse de nuevo entre el pasillo y la cortina roja, Ernesto llevó mi mano a sus
nalgas para que yo las acariciara.
Me sentí inquieta de sólo imaginar que las manos de Ernesto acariciarían otro cuerpo, pero al
mismo tiempo me excitaba saber que nuestra unión podría ir más allá de la piel y las posesiones
de la carne, que había cosas más profundas que nos hacían compañeros.
Cuando entré al Motel sentí vergüenza, la chica que nos atendió me miraba y sonreía.
Ernesto pidió una habitación presidencial en el último piso y avisó que en una hora llegaría
una chica para atendernos.
Ingresamos en la habitación, encendió la calefacción y el techo que culminaba en una cúpula
transparente deja49
ba ver el cielo hermoso, se veían la constelación de Orión y millones de estrellas adornando
el firmamento. Ernesto pidió una botella de coñac y cuando llegó me sirvió un trago.
Estaba nerviosa, las manos me sudaban, tomé la copa y Ernesto sonrió, era la primera vez que
ingeriría un licor tan fuerte.
Mis ojos se humedecieron y tuve que tomar dos vasos con agua, mi organismo percibió un
cosquilleo como si cada milímetro de mi cuerpo se relajara.
Me sentí igual de asustada, como la primera vez que estuve a solas con un amigo en casa.
Lo recuerdo muy bien, yo tenía quince años, mis padres habían salido a cenar y Carlota estaba
en el garaje tirando con Eloy.
La casa se encontraba a mi entera disposición, invité a aquel muchacho a mi cuarto, era la
primera vez que unas manos diferentes a las mías tocaban mis senos; mis pezones tomaron una
actitud desafiante, ante esa lengua vencida por mi provocadora desnudez; en medio de las sábanas
rosadas de mi cuarto, perdí ese tesoro tan preciado que me obligaron a cuidar desde niña, como
si debajo de mi himen se escondiera una ninfa, guardiana de tesoros secretos, que no tenía el
derecho a despertar. Mi vagina, en ese entonces, no era mía, era de mis padres y luego del que
fuera padre de mis hijos; era como un recinto que no le pertenecía a mi cuerpo, pues según mi
madre, no la podía explorar.
Mi madre era una de esas mujeres chapadas a la antigua, pues mientras mis compañeras
estaban obligadas a cargar 50
preservativos en la billetera, ella me obligaba a guardar mi escapulario, seguramente para que
la virgencita protegiera a mi vagina de todo mal y peligro.
Ella nunca me enseñó a hablar con la misma naturalidad con la que se habla de las rodillas o
de los codos, de mis genitales; pero desde esa noche, sin el consentimiento de mis padres,
desperté a la ninfa anfitriona de las más placenteras sensaciones.
Ernesto prendió el jacuzzi, abrió la billetera, sacó un papel enrollado donde se escondía un
ripio medio verdoso y seco, lo echó en su pipa y me dio a fumar, al aspirar empecé a toser, le di
seis bocanadas y una risa incontrolable se apoderó de mí.
Mientras sonaba No more trouble de Bob Marley, mi cuerpo se movía con la misma cadencia
de la música.
Me subí en la cama y tomé a Ernesto de la mano para que me acompañara a bailar. Él prefirió
quedarse acostado observándome y sacó su celular para fotografiarme. Mi cuerpo desnudo
descendía hacia la cámara con movimientos insinuantes. No hubo lugar que no recorrieran esas
fotos… mis pies, mis pezones, la humedad entre mis piernas, mi lengua jugueteando entre mis
senos… Era extrañamente excitante la sensación, pues aunque nunca antes había sido
fotografiada por alguien me sentía desinhibida.
Fue maravilloso volver a sentir aquellas mariposas en mi estómago y descubrir de nuevo ese
vértigo que me producía tenerlo clavado en mi sexo, danzando con su 51
lengua húmeda, quise atrapar ese instante eternamente, pero tocaron la puerta.
Jennifer entró, tenía una gabardina roja, vestida reflejaba la edad que tenía, treinta y cuatro
años. Pero al quitársela podría confundirla con cualquier adolescente, ella no tenía nada que
envidiarle a los cuerpos de las jovencitas que trabajaban para mí en los desfiles.
La euforia fue total, mis manos eran más largas y mi cuerpo se hacía más liviano, empezamos
a desvestirla lentamente; estaba fuera de mí, la chica empezó a bailar para nosotros. Ernesto me
pidió que yo la acompañara, me hice frente a ella y empecé a seguir sus movimientos
tímidamente. Ella me incitaba con pequeños mordiscos en los senos, cada vez nos acercábamos
más, mientras Ernesto observaba en silencio.
Las emociones eran ambiguas y extremadamente excitantes, cuando estuve cerca de Jennifer,
por instantes, evocaba la figura y el rostro de Jelipsa bailando en el bar de Torino, en Milán, me
encantaba verla despojarse de sus diminutas prendas.
Empecé a sentir sus manos recorriendo mi cuerpo tibio. Ernesto se paró frente a mí y ambos
viajaron, con sus lenguas y sus dedos por todos mis rincones.
Esa noche nos revolcamos en la cama con Jennifer, una mujer tan bella y dulce que no pensaría
fuera capaz de asesinar a un hombre.
En medio de la noche nos contó que cuando fue adolescente y no tuvo el dinero suficiente
para entrar a estudiar, se vio forzada a tomar el empleo que anunciaban en los clasificados, en
una joyería.52
María Alejandra, mi jefa, era como una madre para mí, tan amable y gentil, algunas veces
me llevaba en su auto a mi casa, siempre me pareció una mujer muy distinguida, ella me apreciaba
mucho, en ciertas oportunidades me invitaba a comer después del trabajo y me daba permiso los
sábados en las mañanas para ir a estudiar, y en alguna ocasión me compró los implementos
solicitados en el curso de enfermería al que estaba asistiendo.
Escuchábamos a Jennifer en silencio, ella con su historia nos pedía que la entendiéramos,
como si quisiera expiar sus culpas, como si quisiera convencernos de algo, talvez de su buen
corazón.
Ella se recogió en los brazos de Ernesto como buscando protección, él la abrazó y limpió sus
lágrimas.
Le di a Jennifer una nalgada y le grité: ¡Puta!
Ernesto se percató de mi mensaje y empezó a acariciarme junto a Jennifer. Las manos de
ambos se trenzaban en mi cuerpo, era excitante saltar todas las reglas aprendidas para ser
infelices, por primera vez me permití dejar de pensar en Ernesto como una posesión y me agradó
sentirlo como algo más que mi marido, como un compañero de verdad.
Mientras Ernesto se duchaba, Jennifer me contó el resto de la historia.53
No sé por qué el marido de mi jefa nos hizo eso.
La noche del cumpleaños de María Alejandra, ella me invitó a comer.
Cuando llegué a su casa, María Alejandra me recibió en una levantadora de seda negra, su
casa estaba llena de velas y una música muy suave sonaba al fondo. El ambiente para mí era
sospechoso, pero finalmente me relajé con el primer trago de whisky. Charlamos un buen rato en
la sala, una hora después sirvió una comida que ella misma había preparado, un Filet Mignon.
No puedo negar que aquel plato sofisticado era sabroso pero me gustaban más las comidas menos
refinadas.
Cuando terminamos de comer fuimos a su cuarto para ver una película titulada X-Infierno.
Mientras trascurrían las escenas empecé a observar cómo María Alejandra se acariciaba. Al
principio me sentí incómoda, pero entre más avanzaba la película y más la observaba, sin que
ella se percatara, más húmeda me ponía.
De pronto todo quedó en silencio, ella apagó la televisión y me preguntó si me dejaba tocar,
no fui capaz de negarme y fue así como la señora María Alejandra y yo empezamos a vernos
continuamente.
Ella en algunas ocasiones me llevaba de compras o me obsequiaba toda clase de atuendos y
juegos eróticos para complacerla. Lo que más le gustaba eran las bolas chinas y un enorme
consolador que yo me ajustaba a las caderas para hacerla mía. 54
Pero todo se acabó por culpa del desgraciado de su marido. Una tarde, llegó repentinamente
a la casa de María Alejandra y nos encontró a las dos desnudas en la tina. Ese mal nacido la sacó
del pelo, la golpeó y la amarró a una silla. A mí me cogió a la fuerza y delante de su mujer me
poseyó violentamente, mientras me golpeaba y me penetraba le gritaba a María Alejandra y le
decía que era una puta malparida; a mí, me reventó la nariz y me golpeó hasta que perdí el
conocimiento.
Esa noche aparecí en un parque golpeada y ultrajada.
Cuando desperté, en una camilla, no recordaba nada. En la habitación, un hombre
desconocido, me contó en que condiciones me había encontrado y que al verme así, decidió
llevarme al centro de salud.
Después de eso no volví a ver a María Alejandra. Me dejó su perro amarrado a la ventana de
mi casa y una carta donde me contaba que había salido del país por temor a su marido.
Por puro resentimiento, maté a ese cabrón de mierda quien me violó y me hizo perder a esa
mujer que tanto quería.
Una tarde lo esperé en una esquina cerca al café donde se encontraba con sus amigos todos
los jueves a la misma hora y lo llamé: venga señor un momento, tenemos que hablar, al comienzo
no me reconoció, tal vez por eso se acercó, y sin más preámbulo lo cogí a puñaladas, lo dejé
tirado en la acera y me perdí.55
Al terminar la historia ella empezó a bailar, se metió en el jacuzzi e invitó a Ernesto a
acompañarla.
Recostada en la cama con la pipa entre los labios, vi a mi hombre apuñalar con su miembro
erecto a una prostituta que parecía incapaz de matar una mosca.
Esa noche, aquella mujer que llevaba veinte años en la prostitución, me reveló realidades
desconocidas.
A eso de las cinco en punto de la tarde, los miércoles, el día menos sospechoso para cualquier
esposa en casa, precisamente el día de las juntas en la oficina, empiezan toda clase de
espectáculos; mujeres desnudas complacen a nuestros maridos, los tocan, los acarician y nos los
mandan cansaditos para la casa.
Después de ver a esa mujer haciendo su trabajo, al escuchar su jadeo, al sentir sus pezones
erizados, al sentir sus besos húmedos y cálidos, comprendí a los hombres; por eso nos quieren
tener como hermosas porcelanas en casa, en nuestros munditos perfectos, pues saben que las
mujeres somos insaciables y temen perdernos.
Ese día al llegar a nuestro hogar me metí en la tina con agua caliente, después de los efectos
del licor y de la marihuana, me sentía sucia, pretendía sacar con agua, jabón e Isodine, las
imágenes que abrumaban mi mente. Quería arrancarme la piel, me había acostado con una puta
y sentía que había caído muy bajo. No debí dejarme llevar por mis deseos y aunque lo había
disfrutado plenamente, mis principios me hacían sentir más puta que la mujer a la que le habíamos
pagado.56
La mañana siguiente fue fabulosa, nos despertamos como a las once de la mañana, Ernesto se
levantó muy cariñoso, hacía mucho tiempo no teníamos ese espacio de estar allí, metidos entre
las sabanas, abrazados, mirándonos a los ojos, acariciándonos suavemente, pero ese momento
desapareció, se esfumó y se diluyó como el agua entre las manos, Juan Ángel nuestro hijo, abrió
la puerta e hizo que la magia huyera instantáneamente.
Entró con una hemorragia nasal, me incorporé rápidamente y lo llevé al baño, mojé una toalla
con agua fría, se la puse en la frente y le recliné la cabeza un poco para que se detuviera la sangre.
Llamé a Marcela para que se encargara de él, pues llegaría tarde a la inauguración de la nueva
tienda Lujuriana Sexshop al sur de la ciudad, donde exhibiría mis más recientes colecciones.
Jelipsa y Viola no dejaron de timbrarme al celular para avisarme que se estaba haciendo tarde
y que Jean Pierre ya había llegado tan puntual como todo europeo.
Después de esa noche comenzamos a recorrer un camino diferente, ya no tenía que enfadarme
porque Ernesto mirara a otra mujer, ahora era él, quien me invitaba a mirarlas para deleitarnos
juntos.
Mi marido empezó a sorprenderme, después de vivir en medio de silencios interminables,
empezamos a dialogar con más frecuencia.
Me llamaba, cosa que nunca hacía, al celular, a decirme que me extrañaba; parecíamos un par
de novios, súbitamente aparecía en mi oficina, me llevaba a las afueras de la ciudad y en las
carreteras solitarias me perdía entre sus piernas mientras él manejaba.57
Recuerdo especialmente un viernes en la tarde, yo salía del gimnasio y en la entrada me
esperaba Ernesto, subí a su auto. En la parte de atrás vi una gran caja con un moño. Lo miré con
inquietud.
Es para ti Luciana, quiero verte con él esta noche.
¿Para dónde vamos?
No preguntes nada, quiero sorprenderte.
Nos dirigimos hacia el Aeropuerto Internacional El Dorado.
Llegamos a Santiago de Cali, una ciudad que me traía grandes recuerdos, pues en diciembre,
siempre asistíamos a sus cabalgatas. Viajábamos con mi padre desde Buga, donde quedaba
nuestra hacienda y llevábamos a Mariposa, mi yegua preferida y a Azabache, el caballo más fino
y brioso del establo.
Al llegar, alquilamos un taxi y tomamos la autopista Cali-Yumbo. Entramos al Motel Geisha,
tenía un gran salón lleno de espejos, una sala cómoda y en la esquina uno de esos aparatos
maravillosos para hacer posiciones. Seguimos en silencio hacia la cama, Ernesto se acostó y me
ordenó que me desvistiera. Estaba emocionada, era la segunda vez que íbamos a un motel.
Me pidió que abriera mi regalo. Solté el moño rojo que lo envolvía. Era un vestido de
lentejuelas, azul, de tiras muy delgadas y un escote que llegaba al final de la espalda.
Al levantarlo encontré un vibrador en el fondo. Ordenó que me sentara en la máquina del
amor. 58
Abrí mis piernas y con la sola vibración de aquel aparato en la cima de mi horno, empecé a
sentir unas contracciones placenteras, y justo a punto de alcanzar el clímax, ordenó que me bañara
y me arreglara para él.
Entré en la tina y me duché, por el espejo lo vi masturbándose, no lo reconocía, era otro
hombre, me generaba mucha inquietud su forma de actuar. Nunca me había ordenado nada,
siempre fue de buenos modales y cortés al hablar, pero ahora, era otro y eso me excitaba, sentía
que su ímpetu avasallador me enloquecía.
Cuando subimos al taxi le pregunté hacía dónde íbamos. No dijo nada. Le entregó un papel al
taxista y retornamos por la carretera hasta llegar a la avenida sexta. Se escuchaba salsa en casi
todas las discotecas.
Cali, la ciudad de la rumba, se veía desolada, aunque las luces navideñas eran mucho más
hermosas que en otras épocas, la ciudad de los colores dejada años atrás, había desaparecido. Vi
muchos indigentes en las calles y travestis buscando clientes.
En cada semáforo se acercaban más de quince personas ofreciendo agujas, limpiones de
cocina, tarjetas para teléfonos y con ellos, todo un grupo de malabaristas que en el intervalo del
rojo al verde, hacían su función, sin contar con los lisiados que aprovechaban su tragedia, para
cambiarla por cualquier moneda.
Esto me mostraba la decadencia de la ciudad, mientras al río Cali lo adornaban con cientos de
millones de pesos, en las calles, en las aceras, cientos de personas aguantaban hambre y frío.
Nos detuvimos en una esquina.59
En la entrada estaban cuatro hombres y un letrero en cerámica que decía: La Mansión Rosada.
¿Qué es esto? Pregunté.
No hubo más que un largo silencio, pasamos un portón blanco y pagamos cien mil pesos para
entrar.
En el techo una luz rosada creaba un ambiente particular. Un tapete extravagante cubría las
escaleras.
Subimos, las paredes tenían pinturas, afiches y toda clase de dibujos eróticos. Al fondo se
escuchaba música bailable.
Tercer piso, pasamos una puerta, un hombre de pantalón negro y camisa blanca nos recibió.
Entramos al salón.
En el centro del recinto, una tarima y un tubo metálico que llegaba hasta el techo. El lugar
estaba prácticamente vacío. Tres hombres en una mesa con una chica. En un rincón oscuro una
joven sola.
Pedimos una botella de Whisky. Ernesto prendió un habano.
Ya no necesitaba preguntar nada, la disposición de las sillas, los seis reflectores rojos
alumbrando la tarima y las chicas que en ese momento entraron al salón, me despejaron cualquier
duda.
El ambiente era similar al bar en Torino, la única diferencia era que en Milán, aunque los
rostros de las mujeres eran más exóticos, no tenían nada que hacer, al lado de las curvas de estas
jovencitas.
Cuando ingresaron, la música súbitamente cambió, empezó a sonar música electrónica. Las
chicas se sentaron cerca de las mesas donde había hombres solos. 60
Ellos, aunque intentaran disimularlo, no lo podían ocultar, eran casados. Fue muy divertido,
todos esos hombres buscando compañía y yo, siendo la cómplice de mi esposo.
Después de un rato, salió a la tarima el hombre de la entrada.
El show va a comenzar.
Me sentía observada y me preocupaba que alguien pudiera reconocerme. ¿Cómo explicar mi
presencia en un lugar vedado para esposas? ¿Cómo revelar nuestra nueva fórmula para tratar de
salvar nuestro matrimonio?
Dudo que alguien pudiera entender este hallazgo, esta sensación fantástica de transgredir las
normas y de sentirnos uno, intentando explorar nuestros más recónditos deseos. En Milán era
distinto, la probabilidad de ser reconocida en el bar donde trabajaba, diseñando lencería erótica,
era mínima.
Ernesto me acompañó al baño y esperó hasta que saliera.
En la tarima, una hermosa chica con piernas largas, ligueros negros, tacones transparentes
muy altos, y un diminuto vestido nos dejó ver sus nalgas voluptuosas.
Empezó a bailar, sonaba una música muy suave, movía sus caderas de una manera casi
angelical, parecía flotar. La luz de los reflectores se filtraba por sus tacones de princesa perversa
y daban destellos de colores ardientes. Abría sus piernas y empezaba a descender por el tubo,
dejando sus nalgas al descubierto. Al ascender, deslizaba su vulva por el falo metálico y frío.
Caminaba y volvía a 61
bajar su vestido, como jugando a ser recatada y puta, ángel y demonio.
Me excitaba ver a aquella chica bailar, pero cuando Ernesto me observaba, yo bajaba la cabeza
y miraba el vaso de Whisky.
La música se aceleró, ella hizo un giro y terminó dando vueltas sin parar. Se detuvo y dejando
sus senos al descubierto dio paso a un coqueteo con su vestido para finalmente quedar en unas
diminutas tangas rojas.
La magia del ambiente empezó a embriagarme, las hormonas me hicieron hervir las
sensaciones.
Soltó las tiritas que la sostenían a su cuerpo y mostró su secreto totalmente rasurado. Siguió
danzando.
Mi ropa interior estaba mojada. Apagaron la música, ella bajó del escenario y con un pañolón
transparente atado a su cintura, nos abordó en la mesa y nos pidió la propina.
Abrí mi billetera, sólo diez billetes de cincuenta mil pesos. Le entregué uno. Sentía que los
merecía, su trabajo lo hacía muy bien y pensé que ella podría tener en casa a sus hijos solos y
con hambre.
Ernesto me abrazó feliz de compartir esos instantes conmigo.
El hombre pidió un aplauso para la chica y anunció el nuevo show.
Salieron todas al tablado vestidas como cualquier universitaria, eran más de veinte jovencitas
bailando.
Una de ellas se nos hizo en frente, era inevitable dejar de mirarla, trigueña, senos enormes,
cabello largo, negro y unas nalgas hermosas. 62
Danzaban y al ritmo de la música se desvistieron.
Todas sin excepción terminaron desnudas, la trigueña parecía penetrarnos con su mirada.
Cuando estuvo totalmente desnuda, deseé tocarla pero no fui capaz, me perturbaban los
prejuicios, alguien podría verme y pensaría que yo era lesbiana.
Al terminar el show la llamamos.
—Hola soy Sara.
—Queremos que nos atiendas. ¿Cuánto cuesta?
—Media hora quinientos mil pesos y una hora el doble.
Nos miramos y asentí.
Le pagué con mi tarjeta de crédito una hora al señor de camisa blanca y pantalón negro. Nos
entregó tres toallas, jabón de baño, preservativos y un consolador. Bajamos a los cuartos. 63
No pude seguir escuchando a Ernesto, me dolía mucho verla allí, amarrada de pies y manos,
y más aún, porque era a mí, a quién le tocaba suministrarle las altas dosis de medicamentos
psiquiátricos para poderla controlar cuando entraba en crisis. No soportaba observarla y recordar
los momentos compartidos a su lado.
Salí de la habitación para despejar mi mente, el Centro Campoalegre tenía muchos pacientes,
algunos caminaban por los pasillos y otros, en medio del paisaje aterradoramente hermoso, se les
veía con la mirada perdida en otro lugar.
La gran mayoría de pacientes eran adolescentes y ancianos con ojos tristes. En sus largas
caminatas parecía que intentaran mitigar sus miedos y sus angustias. Unos incapaces de soportar
la realidad con la que crecieron desde niños y los otros, contando los días para dejar esos cuerpos
casi inservibles (con la única esperanza: la certera llegada de la muerte).
Los pasillos, laberintos interminables, escondían tantas historias, tantos sueños, tanta alegría
marchita y afuera en las ciudades, el mundo seguía igual, las personas transitaban en medio del
smog y el bullicio, tal vez 64
con los mismos sueños y muchas más angustias y frustraciones.
Cuando entré en la habitación, Luciana seguía mirando hacia la ventana, Ernesto se encontraba
en la silla de ruedas leyendo. Se detuvo, era incapaz de seguir inmerso en las historias de su
compañera.
Me pidió un abrazo y empezó a llorar.
En ese momento entraron mis colegas y sus resultados fueron desalentadores, las semanas
pasaban y pasaban y el estado mental de Luciana no mejoraba, se encontraba ensimismada,
perdida en sus alucinaciones y miedos. La salud de Luciana cada vez se deterioraba más, su
continuo estado de reposo le produjo problemas respiratorios.
Súbitamente, Luciana empezó a gritar, creo que veía corretear por la habitación a Juan Ángel,
su hijo muerto, ella lo regañaba y le pedía que se quedara quieto.
Su respiración se agitó, se le sentía un silbido en el pecho, inmediatamente ordenaron ponerle
oxigeno y la inyectaron para calmarla.
Ernesto le acariciaba la mano sentado en su silla de ruedas mientras ella entraba en un sueño
profundo.
Los estados anímicos de Ernesto me preocupaban, evadía la compañía de familiares y amigos,
permanecía solo, como detenido en el tiempo, navegando en ese libro, en ese océano de palabras
que se estremecían en sus ojos.65
La luz era tenue, Ernesto prendió otro habano y se recostó en la cama; le pidió a Sara que me
desvistiera. Ella se hizo detrás de mí y empezó a acariciarme.
Las sensaciones desbordaban mi cuerpo, fue inevitable ser asaltada por muchos pensamientos.
Toda mi cultura, mi formación, oleadas de imágenes se me venían a la mente, de rodillas en una
iglesia le pedía al sacerdote perdón por ser grosera con mi padre, luego apareció la imagen de mi
gata y el gran espejo de mi cuarto, los recuerdos me atormentaban; pensaba en mis hijos, en los
códigos sociales.
Ella me acarició y me besó los senos, recordé cuando parí a mis hijos y no los amamanté, en
mi memoria aún estaban presentes las imágenes de mi padre abusando de nuestra nana, mientras
mi madre rezaba el rosario y le pedía a Dios por su alma.
Todo era confuso, me encantaban las manos de Sara tocando mi cuerpo, pero tenía miedo de
perder a Ernesto y perderme en ese mundo tan atractivo.
Antes de nuestras aventuras, cuando esporádicamente hacíamos el amor, disfrutaba de su
sexo, me gustaban sus nalgas empujando, su vigor encima de mí, sus olo66
res eran deliciosos, mas no lograba llevarme al clímax; cuando me estimulaba, sus manos
primero se le entumecían antes de hacerme sentir satisfecha pues no ejercía esa presión necesaria
sobre mis pliegues, ni sostenía el ritmo mágico que lograba hacerme desprender de los fluidos
más intensos; en cambio, aquella mujer, me hizo experimentar esos espasmos deliciosos que me
erizaban todo el cuerpo con sólo dejar danzar sus manos con una cadencia única, como si toda su
energía vital viajara por esos dedos prodigiosos y malévolos.
Sara era hermosa, me abrazaba y me acariciaba el pelo, sus ojos escondían mil historias sin
contar, su piel guardaba el rastro del deseo y las pasiones más bajas. La besé mientras ella me
acariciaba.
Ernesto me hizo suya, nuestros cuerpos se convirtieron en uno sólo, el deseo brotó por los
poros de nuestros cuerpos húmedos.
Ella y yo nos fuimos a la tina, mientras Ernesto dormía.
Sentada una frente a la otra, sumergidas en el agua caliente, la vi embadurnar sus pies de aceite
y con sus diminutos dedos asechó mis pezones, los acarició; sus pies suaves me transmitían todo
su fuego, su desenfreno. Mi sexo ardía, urgía de ella, quería sentirla dentro de mí, deseaba ser
penetrada por su energía de diosa perdida y en un único lenguaje, sus piecesitos cómplices, se
hicieron uno con mis ansias y mis bajos instintos.
Sara encontró rápidamente el punto que a Ernesto le costó muchos años encontrar.
Fuimos a la cama y nos quedamos abrazados hasta escuchar el timbre.67
Ese día que internamos a Luciana en el Centro Campestre, debí acompañar a Ernesto hasta
la casa, iba muy perturbado, pero no lo hice.
Me quedé un rato más con Luciana, me fui para el consultorio y después salí para mi
apartamento.
La calle se encontraba muy congestionada, el día estaba gris. Nuevamente las gotas se
desprendieron de las nubes, el vidrio del carro se empañó, en medio del trancón no podía sacar
de mi mente la imagen de Luciana.
La última vez que hablamos, un día antes de la misa por la muerte de su hijo, la sentí muy
descontrolada, lloraba mucho y me reprochó por mi ausencia, ella, como todas las mujeres,
también contaba con un gran suministro de lágrimas para cada ocasión, pues siempre son
distintas, de alegría, de tristeza, cuando tenemos un orgasmo… Nunca son iguales ni tienen la
misma intensidad.
Pero esa vez, la sentí extraviada, en medio de divagaciones absurdas y sin sentido. Lloraba y
me decía que Jelipsa y yo la habíamos abandonado, cuando al contrario, no dejábamos de llamarla
y de visitarla en la semana. 68
Gracias a Luciana, conocí a Jelipsa, ella me había invitado a la inauguración de su nuevo
sexshop y fue allí donde conocí a esa maravillosa mujer.
Recuerdo que ese día la vi detrás del vidrio, como un maniquí, tenía unos ligueros blancos y
de su espalda se desprendían unas alas rojas con destellos alucinantes. Me impactó verla,
semidesnuda posando en esa vitrina delante de un centenar de hombres y mujeres que asistieron
a la inauguración. Luciana ese día se veía feliz, las ventas fueron maravillosas, casi todos las
prendas se agotaron. Al final de la noche me presentó a Viola y a Jelipsa, sus dos socias y
compañeras de trabajo.
Mientras recordaba ese encuentro con Jelipsa, conducía muy despacio, las llantas traseras de
mi carro pedían cambio y era mejor no correr riesgos innecesarios.
Ese día de la inauguración, recuerdo que salimos las cuatro a tomarnos un vino para celebrar.
Fuimos al mismo bar donde estuve con Luciana la primera noche que salimos, afortunadamente,
ya había cambiado de dueños.
Cuando llegamos al sitio nos sentamos en unas sillas en la terraza, Luciana esa noche estaba
eufórica, salió a bailar con Viola y yo me quedé con Jelipsa en la mesa, cuando me paré al baño,
ella me siguió y al entrar le puso pasador a la puerta. Se quedó mirándome fijamente a los ojos y
me dijo:
—¡Vos me atraés Esperanza!
—Pero Jelipsa, ¿Acaso Viola no es tu compañera?
—Que va, esa anda detrás de todas las modelitos que trabajan para Luciana. ¡Viola es una
leona en celo! Ella me lo cuenta todo, para que las escojan, esas jovencitas 69
están dispuestas a cualquier cosa. Y Viola, no es mujer para relaciones estables. Siempre lo
he sabido y ya estoy acostumbrada. Lo que nos une es que somos muy buenas amigas y
disfrutamos de nuestra compañía. Pero nos permitimos aventuras, nos las contamos, y tenemos
toda clase de juegos perversos. Por ejemplo ella me mandó a buscarte.
—¿Y para qué?
— Para que tenga sexo contigo en este baño.
—Y ¿Luciana…?
—Luciana baila, ella está feliz, no te preocupes que Viola la entretendrá.
—Pero, pero, yo no puedo...
En ese instante Jelipsa me besó desenfrenadamente…
Escuché un estruendo espantoso, hundí el freno inmediatamente, el carro de adelante había
atropellado a un ciclista, por poco yo también me estrello, en el piso estaba tendido un hombre
sobre un charco de sangre, los carros pitaban, la lluvia caía y todos seguían su rumbo. El ciclista
continuaba tendido en el piso, unos cuantos curiosos se deleitaban con la tragedia, el semáforo
cambió, yo arranqué, no quería pensar en nada, cuando llegué a mi apartamento abrí el
congelador y justo antes de descongelar los espaguetis que había pedido al restaurante la semana
pasada, timbró mi celular. 70
Al día siguiente fui a la iglesia a pedirle perdón a Dios, sentía que toda mi vida era un
desastre, de rodillas en el altar lloraba, cada vez me sentía más confundida.
Decidí entonces hacerle caso a Ernesto. Tomé el directorio de profesionales e instituciones de
mi póliza de salud y al azar, escogí el nombre de una psiquiatra, Esperanza, justo el nombre que
buscaba. Tomé el teléfono y llamé.
El timbre repicó tres veces y una dulce voz me contestó:
Buenos días, consultorio de la Doctora Esperanza de Brigard. ¿En qué puedo servirle?
Colgué el teléfono, no era tan desequilibrada como para ir donde un psiquiatra, aunque mi
vida no era maravillosa, no iba a ir donde un loquero quien mediante fórmulas mágicas,
pretendería arreglarme la existencia, preferí más bien ir a mi estudio e intentar terminar los
bocetos que había echado a perder en la cocina.
Recostada sobre la alfombra tomé papel y lápiz, pero no lograba concentrarme. Había muchos
pensamientos en mi cabeza, una maraña de deseos extraños y confusos me perturbaban; de
repente las imágenes de Jennifer y Sara desnudas, vinieron a mi mente.71
Al recordar las dos historias vividas con Ernesto, sentí que más allá de la piel construíamos
un nuevo sentido del amor, debía reconocer mis grandes cambios con Ernesto. Nuestras peleas
no eran tan frecuentes, ya no me sentía tan frustrada en mi vida matrimonial, pues no era mejor
sexo lo que nos faltaba, necesitábamos escucharnos, reconocernos y amarnos así como somos,
con todas esas ideas que tenemos en la cabeza.
A Ernesto y a mí, ahora nos unían otros lazos diferentes a los hijos, el matrimonio y el hogar.
Esta nueva faceta transformaba el sentido de nuestra relación.
Nunca imaginé a Ernesto aceptando con tal naturalidad mi gusto por las mujeres, supuse desde
siempre, que todos los hombres anhelaban mujeres buenas e interesantes con las cuales pudieran
envejecer y que si buscaban placeres, tenían que hacerlo en la calle. Pero empecé a entender que
nada de malo había en convertirme en la puta preferida de mi marido.
Ahora me empezaba a preocupar lo extremamente placentero que me parecía tener una mujer
desnuda entre las sabanas.
Tomé el teléfono y pedí la cita.
Al Principio fue muy difícil, no fui capaz de contarle a la psiquiatra la verdadera razón de mi
consulta, el profundo placer por las mujeres. Empecé a ir a su consultorio para contarle problemas
pertenecientes al pasado con Ernesto. Aunque ya no peleábamos, yo le contaba a Esperanza de
las peleas terribles que tuvimos como si estuvieran sucediendo, pues me daba miedo contarle mis
verdaderos sentimientos.72
Con los meses, Esperanza, muy lentamente, empezó a ocupar un lugar trascendente en mi
vida, tenía a alguien dispuesto a escucharme y por eso pagaría cualquier cantidad de dinero.
Cuando iba al consultorio de Esperanza me sentía más liviana. Disfrutaba mucho de su
compañía.
Antes de conocer a Esperanza, Clara siempre había sido mi confidente, incluso cuando viví
en Milán, siempre estuvimos en contacto por internet, nos escribíamos diariamente y mi
constante comunicación con ella, me permitía ver a Carlos Andrés mi hijo, por cámara. Eso me
alentaba y me daba fuerzas para continuar luchando por realizar ese sueño de ser, lo que soy
ahora.
Saber que Carlos Andrés y David, el hijo de Clara, eran como hermanos me llenaba de alegría
y tranquilidad.
Aunque Clara era escultora, como amiga había logrado lo que no pudo hacer después de
muchos meses mi psiquiatra; a Esperanza, a pesar de sus cinco años de estudios especializados
en psiquiatría, yo la hacía reír con mis historias, parecía sentirse identificada con mi sarta de
quejas y algo como, un gesto de solidaridad de género, me hacía pensar que no era la única que
había sufrido por los hombres.
Esperanza, buen nombre para la psiquiatra de turno, pues me vendía la esperanza de salvar mi
matrimonio y a esta sociedad enferma.
La vida de mi psiquiatra era un gran misterio, nunca hablábamos de ella, de sus miedos, de
sus deseos y frustraciones, sólo sabía que vivía sola, en un apartamento. 73
Aquella enigmática mujer me empezó a inquietar, y para poderla conocer decidí propiciar
encuentros fuera de su consultorio, la invitaba al cine y la acompañaba a trotar en las mañanas,
íbamos juntas a los desfiles que tenía en algunos lugares de la ciudad.
Hasta que un buen día no resistí más y le pregunté sobre su vida sentimental pues, para mí,
era una mujer muy atractiva como para estar sola, ella me contó que estuvo casada por más de
siete años con un hombre que la amaba profundamente.
Pero no quiso decirme más, sus ojos se llenaron de lágrimas y un silencio muy largo acompañó
ese instante.
Era increíble, a pesar de mis años podía contar en los dedos de una mano mis más grandes
amigos, tal vez por el medio en el que me hice mujer, en medio de la moda, las pasarelas, el
maquillaje, las siliconas, en medio de un mundo colorido pero falso, deslumbrante pero igual-
mente mezquino, en medio de una cápsula que atrae seres vacíos y frívolos que encuentran entre
las piernas una forma de ganarse la vida, tal vez por eso no logré construir relaciones fraternas y
profundas como los vínculos que me unen a Clara, Esperanza y a Jelipsa.
Clara era para mí, una mezcla extraña entre madre, hermana, amiga y confidente, pues cuando
me ocurría algo con Ernesto, la llamaba y después de hablar con ella lograba sentirme mejor.
Aún tengo presente la noche que la invité a casa con su familia, yo sentía un nudo en la
garganta, necesitaba contarle a Clara de esas aventuras locas que me había permitido vivir, mi
cabeza no paraba de pensar. Un mar 74
de prejuicios no me dejaba poner en orden mis pensamientos.
Ese día afortunadamente mis hijos habían viajado de vacaciones a casa de sus abuelos en Buga
y no regresaban hasta el comienzo de clases del colegio y la universidad.
Clara llevaba poco tiempo viviendo en Bogotá, yo la ayudé económicamente para que se
viniera a vivir a esta ciudad, le compré un apartamento, era lo menos que podía hacer después de
haberme cuidado a mi hijo por tanto tiempo mientras estuve en Milán, gracias a ella, mi
muchacho se salvó de crecer al lado de su abuela.
Clara en menos de un año en Bogotá, ya había logrado realizar importantes exposiciones de
su trabajo, cosa que no le había pasado en años, en la ciudad que la vio crecer.
Después de dos horas de retraso, sonó el timbre y salí a recibirlos.
Clara estaba hermosa, me encantaba verla con su cabello crespo y suelto, recuerdo que ese día
estaba vestida de blanco, con una falda larga y un pañolón amarrado en el cuello, llevaba una
blusa que dejaba entrever sus senos ligeros y sueltos.
Federico, como siempre con su mochila wayúu y sus jeans desgastados. David, su hijo, entró
en silencio y me pidió prestado el computador para chatear.
Le ofrecí un capuchino.75
Hacía mucho frío, el cielo estaba encapotado. Las luces de Bogotá se veían a lo lejos.
Destapamos una botella de crema de whisky y Clara colocó un CD de Jazz y Blues de Armstrong
y Ellington, mientras Ernesto y Federico prendían la chimenea, Clara y yo fuimos por unos
pasabocas y en la cocina le conté sobre mis últimas experiencias.
Clara sonreía, ella no podía creer que una mujer tan psicorrígida como yo, hubiera accedido a
tales cosas. Mientras ella escuchaba mis historias, yo me sonrojaba.
Al regresar a la sala, Federico y Ernesto hablaban. Callaron repentinamente.
Supuse que Federico también se había enterado de mis aventuras con Ernesto. Los troncos de
madera ardían en la hoguera. Me retiré y fui al estudio a llevarle el capuchino a David. Cuando
entré estaba chateando con una chica que se veía ligera de ropa. Él cerró la pantalla
inmediatamente y yo no quise decirle nada.
Cuando llegué a la sala Clara me pidió que le hiciera un masaje, los últimos días ella había
estado trabajando hasta muy tarde pues tenía una exposición de sus esculturas en un Museo de
Arte Moderno y quería relajarse un poco. Subimos a mi cuarto, ella se quitó la blusa y se sentó
frente al espejo.
Con aceite en las manos empecé a masajear su espalda suavemente, mis dedos empezaron a
moverse como haciendo surcos, de pronto su espalda rígida y blanca empezó a desmadejarse
hacia atrás y me susurró al oído que le masajeara los senos, empecé a acariciarlos y justo cuando
mis manos descendían por su ombligo tocaron la puerta. Clara se colocó la blusa rápidamente y
asustadas 76
vimos a David abrir la puerta. Sólo quería despedirse, Federico le había entregado por primera
vez las llaves del auto para que saliera con su novia.
Después del susto invité a Clara al corredor. Ella me preguntó si me atraía. No podía creerlo,
el mundo se estaba poniendo patas arriba o yo definitivamente me estaba volviendo loca. Me
quedé absorta. Ella tomó mis manos y se las llevó a sus senos, un corrientazo atravesó de nuevo
mi cuerpo. Sentí vértigo, algo estaba pasando y no sabía qué era, Clara y yo éramos amigas desde
el colegio y nunca sentí de parte de ella nada extraño. En todas nuestras charlas siempre me
hablaba de los hombres que había metido entre las sábanas, pero nunca me habló de mujeres.
Antes de caer nuevamente al abismo, retiré asustada mis manos de sus senos.
No supe responder. Sus senos siempre me parecieron bellos, pero nunca había tenido un mal
pensamiento por ella.
El licor empezó a calentar el ambiente, la segunda botella bajaba por nuestras gargantas.
Ernesto puso a todo volumen el soundtrack de Kama Sutra.
Nos sentamos en el piso alrededor de la chimenea, Federico sacó un cigarrillo de marihuana
y lo prendió.
A Clara y a Federico llevaba años de conocerlos y no sabía que fumaran marihuana, tampoco
sabía que le atraía a Clara.
Todo era confuso, ya no sabía si era yo o lo que habíamos consumido o si todos, sin excepción,
desconocíamos a las personas que teníamos en frente. 77
Ernesto se acercó a Clara y empezó a acariciarla, Federico lo seguía, en mi cuerpo, nos
acariciábamos morbosamente, ella empezó a tocar mi espalda, Federico y Ernesto reían como
aprobando sus caricias, me recliné contra el sofá y Clara se quitó la blusa, sus pezones estaban
levantados, empezamos a besarnos. Las caricias y los besos se confundían. Ernesto le pidió a
Federico que me follara, él seguía pensando que mi lujuria se saciaría con un pene más grande y
grueso, pues Federico, según Clara, tenía uno así.
Nos llevaron a la cama y empezaron a manosearnos. Ernesto se acostó y puso mi rostro entre
sus piernas. Empecé a masturbarlo y a lamerlo suavemente. Federico teniéndome en cuatro, con
los jeans en las rodillas, empezó a acariciarme con su lengua húmeda, estaba muy excitada. Clara
estaba con sus piernas abiertas encima de Ernesto, mientras Ernesto se deleitaba, ella y yo nos
besábamos y nos acariciábamos los senos.
Me sorprendía que Ernesto accediera a que un hombre diferente a él, me penetrara. Podía
entender que Ernesto aceptara que yo estuviera con otras mujeres, pero sabía que en su condición
de macho, no le era muy fácil aceptar esa situación.
Antes de que Federico me penetrara, Ernesto me abrazó y me besó, estaba asustado, lo sentía
en su forma de mirarme y abrazarme. Para él era una prueba muy fuerte y más sabiendo que
Federico estaba mejor dotado que él. Pero infortunadamente a Federico se le durmió el miembro
poderoso que amenazaba con taladrar mi cueva y se 78
le convirtió en una lombriz flácida que no era capaz ni siquiera de levantarse para verme a la
cara.
En realidad no sé si no pudo penetrarme porque soy demasiado ardiente o porque soy la esposa
de su mejor amigo, al final cualquier excusa sobra.
Lo mejor de la noche fue la fabulosa faena entre Clara y yo, mientras nuestros maridos
dormían dulcemente en la alfombra de la habitación.
Después de vivir esta nueva historia, me sentía más confundida, ahora mi confidente y amiga
terminó siendo una magnífica amante y con Esperanza no tenía tanta confianza como para
contarle todas mis historias.
Fue así, como decidí buscar a Jelipsa, ella era la mujer indicada para compartirle las dudas y
los temores que tenía sobre mis inclinaciones sexuales; Jelipsa era bisexual, le encantaban por
igual hombres y mujeres.
Yo me estaba sintiendo profundamente lesbiana y me daba terror perder el deseo que tenía
por Ernesto y para completar mis confusiones había empezado a tener sueños eróticos con mi
psiquiatra.
Cuando me encontré con Jelipsa, lo hice en un bar, necesitaba beber algo para apaciguar la
mente.
Era absurdo, había buscado a la mujer que me tenía inmersa en estas confusiones, para que
me ayudara a descubrir si había perdido el deseo por los hombres.
Esa noche le pedí a Jelipsa que me aconsejara; quería confrontar mis sentimientos por él, hasta
ese momen79
to las conquistas habían sido mías y Ernesto sólo era el cómplice de mis deseos.
Jelipsa, versada en aquellos temas espinosos, me contó su experiencia.
—Cuando yo era una niña, en las tradicionales pijamadas jugueteaba con mis amigas debajo
de las sabanas. Era muy excitante para mí, sentir las manos delicadas de mis compañeras
acariciándome. Todo había empezado como un juego de adolescentes inquietas, pero con el
tiempo, empecé a descubrir que para mí era igualmente placentero hacer el amor con mis
noviecitos o juguetear con mis compañeras del colegio. Y así, crecí deseando por igual a hombres
y a mujeres. Para mí no había ninguna diferencia, el asunto era de energía, de feeling. Y como
sabía que tenía una familia muy conservadora, preferí salir de Colombia. Luego de graduarme
del colegio, me gané una beca y viajé a Milán a estudiar danza contemporánea y modelaje. Fue
así como conocí a Viola, en mi primer trabajo de bailarina exótica. Mi madre murió convencida
de que su hija era una gran bailarina clásica y que algún día se iba a casar con un apuesto hombre
adinerado quien le daría muchos, pero muchos nietos.
Cuando ella terminó de hablar quedé inmersa en un mar de preguntas:
—Pero Jelipsa ¿A dónde quieres ir con tu historia?
—Pues, Luciana es sencillo, no te enredes la cabeza con moralismos estúpidos.
—¿Cómo así, qué me quieres decir?
—Es fácil Luciana, déjate llevar, goza esos instantes, fluye con las sensaciones que desbordan
tu cuerpo, no 80
es malo sentirse vivo de vez en cuando. No siempre debemos preocuparnos por algo, no todo
en la vida está afuera. Disfruta estos episodios mágicos, ¿tiene algo de malo sentir placer o
hacerlo sentir? ¿Acaso las mujeres estamos condenadas a criar hijos, a ser las esposas perfectas,
o ser las mejores en todo? A veces en la vida debemos recordar nuestra condición de seres alados
y libres y no individuos presos de nuestros miedos y frustraciones.
—Me quieres decir que está bien lo que he vivido.
—Luciana, no debes temerle a tu esencia, pues lo único que te condena son tus pensamientos.
Los pensamientos son más poderosos de lo que tú imaginas.
—¿Pero qué hago con este miedo que siento?
—Pues enfréntalo, intenta descubrir realmente a qué le temes.
—Pero Jelipsa, ¿Cómo lo hago?
—Date la oportunidad de que Ernesto esté en tu misma situación, que sea él quien seduzca,
sólo así descubrirás si realmente eres su compañera, su cómplice y también reafirmarás de ese
modo, cómo tú lo llamas, “tus inclinaciones sexuales”. Pero yo, Luciana, me muero con la mía,
somos más que genitales de sexos opuestos.
Cuando finalicé la charla con Jelipsa, en el fondo sentía que tenía razón, pero deseaba
confrontarme.
Fue así como le pedí a Ernesto que quería verlo al asecho, seduciendo a otra mujer. Y para
lograrlo fuimos a uno de esos bares de solos y solas. 81
Nos pusimos una cita, a las once de la noche nos encontramos en el bar, yo me senté sola en
una silla y él se sentó en la barra. Dos chicas se sentaron cerca de él, una era rubia y la otra era
trigueña. Logró hacer empatía con la rubia. Ella sonreía, cuando la sacó a bailar vi como le
manoseaba las nalgas, empecé a sentir una cantidad de sensaciones extrañas, me molestaba pero
al mismo tiempo me gustaba lo que veía. Cuando fui al baño, Ernesto me siguió disimuladamente,
me arrinconó detrás de la puerta y me metió la mano entre los pantalones, estaba húmeda, nos
metimos en un baño e hicimos el amor.
El consejo de Jelipsa me ayudó un poco para aliviar las culpas que me atormentaban.
Con Esperanza seguíamos incansablemente buscando en mi pasado las razones que me hacían
discutir con Ernesto, pues ella creía que yo aún continuaba amenazando con irme de la casa,
llevarme a mis hijos; ella estaba totalmente convencida de que yo continuaba mal con Ernesto.
Esperanza no tenía idea de nada, a ella no le había contado de Federico, ni de Jennifer, ni de
todos mis intentos para ser la cómplice de Ernesto.
No creía que estuviera preparada para aguantar tanta fogosidad, ella era sólo una psiquiatra,
con su mente llena de reglas, de principios. Yo por mi parte, le estaba apostando todo a construir
una relación diferente, no soportaba ser más esa mujer perfecta que la sociedad quiere tener, una
mujer hogareña, tierna, sumisa, pero profundamente infeliz.82
Después de un año de estar en terapia con Esperanza y haber dejado de discutir con mi hombre,
invité a Esperanza a un café.
Decidí contarle todas mis historias, sentía que hasta ahora, no había sido honesta y ella como
psiquiatra, estaba convencida de la eficiencia de su terapia.
Pasé la avenida, hacía mucho frío, se respiraba un aroma húmedo, a tierra mojada.
Cuando llegué, Esperanza aún no había arribado, el ambiente era perfecto. Al fondo sonaba
un buen blues.
Del techo se desprendían unas lámparas que caían de manera perpendicular a las mesas, la luz
era cálida. Prendí mi computador portátil. En ese momento llegó Esperanza. Esperamos a ser
atendidas.
Le pedí una botella de vino tinto a un mesero buen mozo que se acercó a nuestra mesa y
empecé a leerle a Esperanza algunas de mis historias.
Cuando era adolescente solía esconderme en mi alcoba y llamaba dulcemente a Felipa, mi
linda gata blanca y luego de cerrar la chapa con seguro, me sentaba frente al gran espejo y le
permitía a mi gata, durante horas, retirar con su lengua la crema chantillí que yo dejaba deslizar
sutilmente por mi vagina...83
Esperanza me miraba de una forma bastante extraña, pero no me reprochaba con su mirada,
más bien dejaba ver atisbos de imágenes en su mente, como si recordara algo oscuro que quisiera
compartir. Mientras me escuchaba en silencio, tomó otro trago con sus largas manos blancas.
De repente interrumpió mi relato, me invitó a su apartamento. Antes de salir del café pedí dos
botellas más de vino tinto.
Ella vivía en las Torres del Parque, en un apartamento grande con una vista preciosa sobre
Bogotá. Estaba ubicado en La Macarena, no conocía ese barrio, ni sus alrededores, yo sólo me
movía entre el norte y el sur de la ciudad, el centro para mí era totalmente desconocido, pasaba
por la séptima de largo, para llegar de mi casa en Chía y al sexshop, pero nunca había entrado a
ninguno de esos barrios, no conocía muchas personas en Bogotá para visitar y escasamente me
desenvolvía en las calles y avenidas principales.
Como Esperanza sabía que no tenía idea de dónde estaba ubicada, me empezó a hablar de los
alrededores mientras veíamos por el ventanal de la sala.
—Por allá, tienes el planetario, y el centro internacional, el Museo Nacional y la séptima que
es la que siempre te lleva de tu casa al trabajo.
—Sí, esa sí la conozco. No estoy tan perdida.
—El centro, es muy ruidoso Luciana, allí cometí el error de montar mi consultorio, fue
horrible. Era muy movido y estaba lleno de comercio, indigentes y universitarios. 84
En el centro y Chapinero quedan muchas universidades y por eso pensé que era bueno estar
ubicada allí. Era un ambiente pesado, pero muy activo, lleno de movimiento durante la semana,
las aceras siempre estaban llenas de gente, sobre todo entre el miércoles y el sábado, después de
las nueve había mucha acción: rumba, teatro, bohemia en su máxima expresión. Allí encuentras
a la verdadera Bogotá, pues en el centro ves de todo, desde el alemán trotamundos con su mochila
eterna, hasta el punk que odia todo y a todos; ves a los universitarios con ganas de tirarse al
mundo y a las universitarias mostrando pierna en medio de un frío espantoso; también adviertes
al poeta decadente y de poca monta, al profesor morboso, al hippie anacrónico, al indigente de
cobija, al hombre de negocios andando en carro y al de medio pelo caminando o en taxi.
—Es todo un universo, punzante, ansioso, siempre de afán, siempre en busca de algo. Todos
transitan por la acera, ven el reloj, caminan de prisa, alguien espera su llegada, y allí en medio de
ese carrusel, te venden cualquier cosa, podrías encontrar hasta el más sagaz que vende frasquitos
de sueños empacados en lociones miniatura, en fin… Los sábados después de las tres de la tarde,
todo se muere, todos desaparecen como por arte de magia y te encuentras allí en medio de la
nada, en medio del rastro funesto de esa humanidad que transita por las calles… sólo ves basura…
polvo… y algún mendigo con un costal en la espalda. Es deprimente. Y por eso salí de allí pues
una tarde pasé el peor de mis sustos.
—¿Qué te sucedió?85
—Ese sábado llegó un hombre a consulta sin una cita y como su apariencia era buena, de saco,
corbata y un maletín, lo hice seguir. Empezó a hablarme toda clase de incoherencias: que se había
separado de su mujer porque ella era una vulgar mujerzuela, que se acostaba con cuanto hombre
él llevaba a su casa y cuando me percaté de sus manos, detrás del maletín que tenía encima de
las piernas, observé su pene erecto fuera del pantalón, se estaba masturbando mientras me
hablaba.
—¡Y qué hiciste, qué horror!
—Afortunadamente en ese momento llegó el celador del edificio y le pedí que sacara a ese
depravado de mi oficina.
Desde ese día abandoné el consultorio y me fui a trabajar en la Clínica Montserrat, donde ya
me habían hecho una propuesta de trabajo, pero no la había aceptado porque no me agradaba la
idea de ir todos los sábados y algunos domingos a realizar una terapia de grupo al Centro
Campestre Campo Alegre ya que esos días los dedicaba para mí, para la lectura y el descanso.
Por la ventana se veía La Plaza de Toros de La Santa María, estaba ahí, tan imponente y
majestuosa, toda una obra dedicada al festejo de la muerte y el dolor de criaturas inocentes.
Esperanza me hizo seguir a la sala, se quitó el abrigo y descalzó sus pies para meterlos en
agua caliente.
Sus pies eran tan blancos como sus manos, delicados como los de una muñeca de porcelana.
Caminó descalza por la alfombra, con dos copas en la mano y una de las botellas de vino tinto.
Destapó la botella y brindó por las mujeres. 86
A Esperanza no le conocía esa expresión tan relajada en su rostro, pues siempre adoptaba su
cara de psiquiatra y esa noche parecía una mujer común y corriente, vulnerable y sencilla.
Estando en el sillón, timbró mi celular, era Marcela acababa de llegar de Buga con mis dos
hijos que estaban de vacaciones. Me contó que Ernesto los había recogido y la autoricé para ir a
su casa a ver a su familia. No sabía a que horas había pasado tantos y tantos días sin mis hijos en
la casa, debo reconocer que no sentí su ausencia.
Le seguí leyendo a Esperanza mis aventuras. Ella se dirigió a la cocina y cuando menos pensé,
sentí un hielo recorriendo mi espalda. Me sorprendí. Ella me dijo, déjate llevar.
Bajó la luz, prendió un par de velas, empezó a danzar, en medio de la danza sus prendas caían
en la alfombra.
Yo dejé el portátil encima de la mesa y ella descubriendo sus senos, abrió paso a un juego de
seducción, abalanzó su cuerpo sobre el mío, dejándome sus pezones erectos justo en mi boca,
empecé a morderlos y a lamer sus senos pequeños y firmes; era excitante tener a mi terapeuta en
medio de mis piernas, como buscando respuestas, como si sus diplomas no bastaran para com-
prender el mundo, como si todo lo que desease fuera quedarse allí, en medio de la noche, perdida
en mi sexo.
Mi cuerpo se estremecía ante su presencia delicada y suave. Sentí vértigo al estar entre sus
piernas, al saborear su intimidad delicada y suave, era emocionante sen87
tir cómo el cuerpo de aquella mujer temblaba mientras la recorría despacio, sin prisa, como
saboreando el manjar más deseado. No podría encontrar palabras para describir la energía que
nos envolvía y nos devoraba por completo haciéndonos presas de los orgasmos más intensos y
profundos.88
El teléfono empezó a repicar, no lo contesté, tenía mucha hambre, los espaguetis no daban
espera, dejé que la contestadora hiciera su trabajo…
—Esperanza, le habla Guisela, estoy muy angustiada, me llamaron por teléfono a decirme que
don Ernesto se accidentó en el auto y que fue remitido de urgencias a la clínica que queda
entrando a Suba. Llámeme apenas pueda.
Al escuchar la noticia casi dejo caer el plato, dejé los espaguetis encima del mesón, cogí mi
bolso, las llaves y salí corriendo del apartamento.
Cuando llegué a la clínica, no me dejaron pasar, a Ernesto le estaban haciendo una
intervención quirúrgica, se había partido el fémur izquierdo en tres partes. Según el tránsito, el
carro quedó totalmente destrozado pues chocó contra una volqueta parqueada y me informaron
además que él estaba en alto grado de embriaguez.
En el pasillo me encontré a Carlos Andrés, lo abracé muy fuerte, se veía angustiado. Lo invité
a tomar un café y luego tuve que dejarlo solo pues tenía una cita en el consultorio.89
Finalizando la tarde del día siguiente entré en la habitación con el portátil de Luciana, decidí
contarle a Ernesto sobre los escritos de su compañera, era la única oportunidad que tenía para
ayudarla.
Ese mismo día le dieron de alta a Ernesto, yo fui a recogerlo con Carlos Andrés, le avisé a
Guisela para que nos preparara comida.
Cuando llegamos, nos abrió Marcela. Desde la muerte del hijo de Luciana, a Marcela la tenían
ayudando en las labores domésticas y en el café Internet de Carlos Andrés. Ernesto había sido
incapaz de despedirla, ella era casi parte de la familia.
La mesa estaba impecablemente servida, como a Luciana siempre le había gustado. Dejamos
a Ernesto en su habitación y entré hasta la cocina para saludar a Guisela, ella estaba muy
preocupada por Ernesto, me contó que desde la muerte del niño y las continuas crisis de Luciana,
él se había alejado de todos, no quería hablar con nadie, sus días transcurrían entre la clínica
Montserrat y el cuarto de su hijo.
Cuando regresé a la habitación, Ernesto le pidió a Carlos Andrés que se retirará y me pidió
que prendiera el computador, ansiaba leer las historias que tanto le había ocultado Luciana, pero
en ese momento Guisela nos pidió seguir a la mesa.
Para no hacer levantar a Ernesto de su cama, le llevé la comida al cuarto y le ayudé a comer.
Estaba muy adolorido por el accidente.
Terminamos de comer, prendí el portátil y empecé a leer para él.90
En ese instante timbró mi celular, era mi esposo pidiéndome el teléfono de Marcela. Juan
Ángel tenía mucha fiebre y la llamaba permanentemente, abrí mi agenda electrónica y le di el
número. Después de quedarse unos segundos en silencio, me preguntó dónde estaba, me asusté
muchísimo, no sabía qué decir, tenía a Esperanza totalmente desnuda mordiéndome el vientre y
sin saber mentir le dije que estaba en casa de mi psiquiatra.
Esperanza en ese momento se detuvo y me miró perpleja, yo la tomé del pelo con fuerza y la
conduje a mi sexo.
Le dije a Ernesto que estábamos en medio de una terapia de grupo.
Al colgar me sentí descubierta, atrapada con las manos en la masa, y como la mente es
misteriosa, se me vino a la memoria el instante más aterrador de mi vida, cuando vi a mi padre
desenfundar su arma y descargarla en las piernas del muchacho con el que minutos antes estaba
haciendo el amor entre los cañaduzales, recuerdo su rostro desencajado, enfurecido, la cara de
terror del joven, la sangre que se fundía con la tierra húmeda, el golpe de mi padre sobre mi rostro
lleno de lágrimas… la 91
angustia… Para mis padres desde ese momento me convertí en la deshonra de la familia pues,
para ellos, debí llegar virgen al matrimonio, lo que ellos nunca supieron era que yo había perdido
ese “tesoro tan preciado” antes de revolcarme con aquel hermoso mulato.
Mi padre era un hombre bueno, pero sus prejuicios sociales eran muy grandes.
Al pobre muchacho con el que hice el amor tantas veces en los cañaduzales lo hizo salir de la
ciudad con toda su familia. Desde ese día nunca lo volví a ver. Mi padre estaba feliz cuando se
enteró de mi embarazo y del matrimonio con Ernesto, el hijo de su mejor amigo, quien había
estudiado su secundaria en Canadá y además, iba a ser pronto un gran economista,
afortunadamente nunca nadie sospechó que mi hijo no era de Ernesto, pues mi hijo tenía el mismo
color de piel de mi padre, finalmente ellos no lograron del todo desaparecer a aquel mulato de mi
vida.
En realidad, no me casé con Ernesto para darle gusto a mi padre, lo hice porque realmente
sentía que lo amaba, me atraía y me parecía un buen hombre, pero la razón más grande que me
hizo ir con él para la capital, fue dejar de vivir con mi madre; no la soportaba un instante más.92
Ernesto se quedó en silencio. Sé que quiso reprocharme, pero las últimas líneas que leí lo
dejaron sin palabras, estaba confundido, Luciana había parido a su hijo Carlos Andrés tres meses
antes de cumplir los dieciocho años y fue así como descubrió que Carlos Andrés, no era hijo
suyo, sino del chico que habían herido en la hacienda de Luciana el día de su cumpleaños. Ahora
entendía porque Luciana no quería que él leyera sus escritos, ahora sí comprendía la angustia y
la desesperación que experimentaba todo el tiempo, pues guardar un secreto de esos, por tantos
años, debió ser muy difícil y doloroso.
Ernesto entre más avanzaba, lograba tejer la cadena de sucesos que llevaron a Luciana a
intentar quitarse la vida.
Me pidió que lo dejara solo, luego de salir de su habitación lo escuché llorando como un niño.
Le pedí a Guisela que estuviera muy pendiente de todo lo que hacía.
Ernesto pasó más de una semana sin salir de casa, al principio no quiso recibirme, no quería
saber nada de mí, ni de Luciana, no quería ir a visitarla, su rabia era más grande que su amor por
ella, no sabía por qué le había mentido por tanto tiempo. No era justo. 93
Yo me fui al sur de la cuidad, afortunadamente había sacado una copia del material que
Luciana tenía guardado en el computador, me dirigí a una editorial. Estaba segura, al publicar un
libro con sus historias, lograría no sólo realizar uno de sus más grandes sueños, sino que al mismo
tiempo lograría darle una razón más para aferrarse a la vida.
Al llegar, la secretaria que me atendió me pidió el número de páginas y el nombre del autor,
apenas ella supo que la autora era Luciana Santamaría, la reconocida diseñadora de lencería
erótica que estaba hospitalizada en una Clínica psiquiátrica, llamó por la línea interna al editor y
en pocos instantes yo estaba sentada en su oficina.
Le mostré algunos textos y el editor los leyó detenidamente, al terminar la lectura me pidió
que le dejara el archivo con todos los escritos, dudé unos instantes y le entregué una copia del
material al editor.
Una semana más tarde me citó en su oficina, había leído toda la obra. Le había impactado
tanto que quería preparar un lanzamiento en Bogotá y otro en Milán, la ciudad donde Luciana
Santamaría había tenido más reconocimiento y fama.
El editor me dijo que si Ernesto lo aprobaba, ellos correrían todo el riesgo económico, él
aseguraba un éxito rotundo. Yo en el fondo sabía que a este hombre lo único que le importaba
eran las ventas. Para él la coyuntura era perfecta, podía tener un Bestseller en una abrir y cerrar
de ojos.
La obra de Luciana, una mujer que figuraba en los medios, antes de perder la cordura, le
aseguraba las ventas, 94
pues eso se vendería como pan caliente en las librerías, para alimentar el morbo de la sociedad
de consumo, ese morbo que logra mover masas de seres humanos que se deleitan con la tragedia
de sus semejantes.
Yo sabía esto. Años atrás había tenido una cita con él en su oficina, pretendía que su editorial
me publicara mi primer libro sobre psicoanálisis, pero eso para él no significaba pesos y de
entrada me rechazó.
Decidí esperar dos semanas para hablar con Ernesto, sentía que no estaba bien publicar el libro
sin tener su aprobación. Pero creía que al ver realizado uno de sus más hermosos sueños, Luciana,
recobraría sus fuerzas y sus ganas de vivir.
En esas dos semanas la vi más decaída que nunca, parecía sin ganas de vivir, su respiración
cada vez era más difícil y ya no quería ingerir nada de comer, tuvimos que aplicarle alimentación
intravenosa; había perdido mucho peso.
Pasadas las dos semanas, después de salir de consulta me fui para la casa de Ernesto. Guisela
me dejó seguir.
Se le veía más tranquilo, atrevidamente me acerqué tomé entre mis manos el portátil y empecé
a leerle casi susurrándole al oído. 95
Esperanza y yo terminamos en su tina, desnudas con la cuarta botella de vino tinto a medio
empezar, con su voz entrecortada y lágrimas en los ojos me hizo prometerle que no le contaría a
Ernesto ni a nadie lo sucedido y me hizo jurarle también, que nadie podía conocer la razón por
la cual se le acabó el matrimonio, ella era lesbiana, pero nunca tuvo el valor de ser honesta con
su esposo y como no pudo con la culpa, decidió quedarse sola para no enfrentarse a sus
sentimientos, ni lastimar a nadie.
Profesionalmente no sería bien visto que ella, como psiquiatra, saliera de la mano con otra
chica, inmediatamente se quedaría sin pacientes ya que en esta sociedad, no existe el respeto a la
diferencia, aun cuando se esté hablando del hecho más sublime que es amar a otro ser humano
sin importar su preferencia sexual.
La abracé por un largo rato mientras sus lágrimas se confundían con el agua que bajaba por
nuestros cuerpos desnudos. Nos vestimos y me invitó a salir.
Nos dirigimos a un bar gay en el norte, al entrar nos recibieron dos hombres de músculos
impresionantes y si no me hubiesen dirigido la palabra en aquel instante, 96
habría quedado convencida de estar en frente de unas caricaturas infladas, como las que
presentan en la televisión.
Al lado de ellos me sentía como una cosita chiquita, corriendo el riesgo de ser aplastada por
el más leve de sus movimientos.
Después de pasar la enorme puerta de vidrio, qué podría decir de aquel lugar, quizás un poco
extravagante para mi gusto.
Una nube blanca nos envolvió, luego, en la penumbra, se empezaron a vislumbrar unos
cuerpos que ondulaban sensuales al ritmo de la música.
Al fondo, encima de la barra, unas mujeres exhibían unos ombligos que lograban una
combinación perfecta con sus senos y sus nalgas, invitándonos al deleite visual a todos los
presentes, había más hombres que mujeres y no puedo negar que me aterró ver a los más
hermosos sementales abrazados, apretándose las nalgas mientras bailaban y se besaban
apasionadamente.
Seguimos por una rampa hacia el segundo nivel y observé el juego planteado en ese espacio,
era un juego de seducción de los cuerpos deseosos de ser vistos o quizás de ser tocados. Podría
decir con certeza, que esto era un encuentro para hacer orgías con los ojos y con los pensamientos.
Luego, con Esperanza, me dirigí al baño. Antes de entrar me entregó mi estuche negro y me
percaté de pasarle doscientos mil pesos que estaban en uno de sus bolsillos.
Todo era perfecto esa noche, el erotismo del ambiente era divertido y en el baño, con aquel
estuche, decidí aumentar las sensaciones. 97
Al salir, después de veinte minutos, me senté al lado de ella, quien notó mi cambio.
Empecé a besarla y a oler mis dedos con excitación.
Me contó que mientras estuve en el baño se había encontrado con un buen amigo suyo que
era gay.
Nos subimos en la barra y bailamos, nuestros senos erectos danzaban y nuestros culos se
movían como si pidieran ser penetrados.
Ella alcanzó a ver a su amigo, le hizo señas y lo llamó.
Minutos más tarde él estaba allí con su compañero, y cual fue mi sorpresa, y la de él, cuando
descubrí que debajo de aquel sombrero amanerado y aquella gabardina negra estaba uno de los
hombres que más había deseado en toda mi vida, mi ginecólogo. No podía creerlo, no comprendía
como un hombre tan bien parecido no gustase del sexo femenino, me sentí frustrada, pero entendí
en ese momento sus constantes rechazos, que tonta me sentí al verlo allí, tomándole la mano a
otro como él. Me sentí tan tonta al estar parada al lado de un hombre por el cual me masturbé
muchas veces deseando tenerlo adentro.
No tenía otra opción que sonreír y saludarlo, mi situación no era muy distinta a la suya; qué
estaría pensando él de mí, si cuando llegaron Esperanza y yo nos besábamos.
Me sentí muy incómoda y le propuse que nos fuéramos a un espacio más tranquilo, pero en
ese instante uno de esos hombres inflados, nos hizo bajar de la barra y le pidió a Esperanza el
estuche negro. ¿Nos habrían descubierto? 98
El hombre llamó al dueño del lugar.
Algunas parejas nos miraban con la inquietud propia de esa escena sospechosamente
deliciosa.
Allí estábamos, rodeadas por aquellos hombres cuando llegó el dueño.
Empezó a interrogarnos. Exigió que abriéramos los bolsos, se los mostré; luego nos pidió que
sacáramos el estuche negro para confirmar las sospechas sobre su contenido, pero Esperanza se
rehusó a entregarlo.
Tomamos nuestras cosas y nos dirigimos a la salida, con la satisfacción de conservar nuestro
secreto.
Reímos en el carro, pues como bien lo dijo Esperanza, nunca un gramo de cocaína será más
poderoso y excitante que un vibrador de mariposa bien utilizado.
Dormimos abrazadas toda la noche. A la mañana siguiente escuché movimientos en la cocina,
de pronto entró ella, con su pijama de satín blanco y una bandeja en sus manos.
Todo estaba perfectamente servido, el jugo de naranja y una tortilla de champiñones.
Llevaba años esperando que Ernesto hiciera lo mismo, que después de hacer el amor me
abrazara toda la noche y en la mañana me llevara un delicioso desayuno, y la persona que menos
pensé lo hizo.
Desde esa tarde en el café, mi relación con Esperanza empezó a cambiar, ya no podía verla
como mi terapeuta, ahora su sola presencia me humedecía y frente a esas sensaciones que
perturbaban mi mente, no hice más que permitirme sentirlas y seguí yendo a su consultorio, más
de una vez por semana. 99
Ella me esperaba con su bata de doctora. Sentada en su escritorio de cedro tallado y yo, con
mis pies, me abría paso entre sus piernas, siempre la encontraba sin ropa interior debajo de su
falda.
Esa mañana al regresar a casa encontré a Ernesto muy angustiado. Juan Ángel estaba
hospitalizado. Había vomitado sangre en la madrugada.
Él me había estado timbrando al teléfono móvil toda la noche, pero le dije que se me había
descargado después de contestar su última llamada.
Ernesto llevaba más de una hora intentando adivinar que cosas podría necesitar nuestro hijo
en una clínica. Al revisar lo que había empacado encontré una paca de pañales que había mandado
a traer de la droguería.
Ernesto no se había dado cuenta que Juan Ángel hacía más de dos años ya sabía utilizar el
baño.
En la entrada de la clínica había una familia con cinco niños sucios y mal vestidos pidiendo
limosna, saqué unas cuantas monedas de mi bolso y se las dejé en el plato sucio donde muchas
personas como yo, aliviamos nuestras culpas con una limosna.
Al encontrarnos con el doctor Hernández, su cara me indicó que algo muy grave estaba
sucediendo. Después de un largo silencio, nos contó que los resultados del hemograma
confirmaban sus sospechas, nuestro hijo tenía leucemia infantil aguda.
El doctor, luego de hablar largo tiempo con la nana de mi hijo, después de escuchar todos los
síntomas que venía presentando, síntomas que yo desconocía, porque entre mis afanes nunca tuve
tiempo de mirar su rostro 100
pálido y débil. Nunca le presté atención a sus hemorragias nasales, no me parecía raro que las
tuviera, pues cuando yo era niña, en algunas ocasiones las presentaba y el médico sólo me
mandaba pañitos de agua fría y le decía a mi madre que eso era por el calor.
El doctor Hernández nos indicó que debían tomarle una serie de exámenes antes de empezar
con las quimioterapias.
Cuando entré al consultorio, Juan Ángel estaba recostado en los brazos de Marcela, ella le
estaba terminando de leer un cuento de Anthony Browne. No sabía, hasta ese momento, que
Gorila era su cuento preferido. Le pedí el libro a Marcela y lo leí en silencio, me sentí muy mal
cuando llegué a la página final, era la historia de una niña que tenía un padre que nunca sacaba
tiempo para ella, era lógico su afecto por ese libro y me di cuenta que el gorila de aquel cuento,
no era ni su padre, ni yo, sino Marcela.
Le di un beso en la frente a mi hijo y salí en silencio de la habitación.
Ernesto en el pasillo me detuvo y me preguntó para dónde iba, y yo sin saber el rumbo, le dije
que quería estar sola, nos abrazamos y lloramos, nos dolía mucho sentirnos impotentes, sólo
podíamos esperar la evolución de su enfermedad.
Al salir de la clínica vi de nuevo a los cinco niños pidiendo limosna, barrigoncitos pero sanos.
Y ahora era yo, quien podía estar en su lugar, pidiéndoles un poco de salud para mi hijo que se
estaba muriendo, un poco de esa, que a aquellos niños sucios y mal vestidos les sobraba a
borbotones. 101
Escapé en el auto, mi cabeza daba vueltas, en algún momento había perdido los estribos de mi
vida. Estaba acostumbrada a controlar todo en mis negocios, a Ernesto, a mis hijos; la vida
anterior era perfecta, nada se salía de mi control, pero todo había cambiado, no podía comprar un
poco de salud para mi hijo, ni controlar mis instintos más bajos, ni retroceder el tiempo, me sentía
el ser humano más desgraciado y miserable de la tierra.
Detuve el auto prendí mi portátil y empecé a escribir:
La escalera
Cinco años, los ojos se me rasgaban por las dos moñas de colores que halan los cabellos
ensortijados como el mío; el mismo vestido de flores amarillas y violetas, regalo de la abuela en
mis cuatro años, que mi madre insistía en ponerme aunque la cintura me quedaba en las axilas y
los boleros escasamente me alcanzaban para cubrir los calzones nuevos de Winnie Pooh.
Salimos en el auto hacia la casa de la abuela. Desde la ventana miraba los edificios como
clavados en el cielo, le buscaba mil formas a las nubes, mientras mi madre manejaba discutiendo
sola con un aparatito algo extraño adherido a su oreja desde hace mucho, que sólo se quitaba para
dormir.
Las calles se encontraban llenas de gente apresurada y carros que pitaban angustiosamente en
los semáforos como lo hacen las ambulancias, quizás todos iban con un enfermo para la
clínica.102
Mi madre cada vez gritaba más fuerte y yo preferí seguir observando por la ventana,
escaparme de allí, subirme por alguno de esos edificios y alcanzar el cielo para hacer bombones
con las nubes.
Recuerdo que me timbró el celular, lo saqué del estuchecito de Tigger que combinaba con mis
calzones. Era mi padre, me recogería en la noche en casa de la abuela.
Al llegar me olvidé de mi madre, de sus lágrimas y de sus gritos…
Allí estaba la gran casa vieja de los abuelos, laberinto lleno de cuartos, de fotos antiguas y de
mil aventuras. En ese lugar sí era divertido jugar a las escondidas con mis primos pues en el
apartamento donde vivíamos con mi madre no había donde ocultarse; era tan pequeño que mamá
decía que pronto terminaría escuchando sus pensamientos. No existía nada de misterioso en ese
espacio; en cambio esa vieja casa siempre fue mágica, el lugar perfecto para mostrarle los
calzones nuevos a mi primo Santi sin que los adultos se enteraran, en ese mismo cuarto, donde
dormía Papá Noel todo el año, nos dimos nuestro primer beso.
Me encantaba ir a esa casa todos los domingos, el único día que veía a mi madre, pues en la
semana ella llegaba de su trabajo cuando yo ya dormía.
Saludé a mis abuelos, estaban como siempre en las sillas mecedoras del jardín en el centro de
la casa. Me dieron un gran beso y partí en busca del carrito de balineras, ese que construimos
Santiago y yo con ayuda del abuelo.
Antes de llegar al solar de la casa, donde había platanillas y un hermoso rosal que mi abuela
cuidaba con 103
esmero, sonó el timbre; salí corriendo, eran Santi y mis tíos. Llegaron puntuales para el
almuerzo.
Mientras los adultos tomaban tinto en la sala y esperaban a que Tomasa sirviera el ajiaco,
nosotros nos quitamos los zapatos, tiramos las medias por ahí y salimos al solar. Montamos en
nuestro carro de balineras, yo conducía y Santiago me empujaba por la espalda. Nos lanzamos
con las llantas que chirriaban contra el piso a la expedición más grandiosa, la habitación del tío
Alberto que estaba al final del pasillo cerca al solar.
Arrancamos a toda velocidad, con nuestros pies desnudos sobre las baldosas grises. Llegamos
a la puerta del cuarto del tío Alberto. Abrimos con todo el sigilo. Traquearon las bisagras
oxidadas de la puerta, allí reposaba el tío Alberto, con las babas chorreadas por sus cachetes
arrugados. Parecía muerto sino fuera por los ruidos espantosos producidos por su garganta y su
nariz.
En puntillas entramos y el lugar que antes sólo podíamos ver desde la rendija de la puerta,
ahora estaba a nuestra entera disposición. Cada tornillo ocupaba un lugar especial en ese cuarto,
los martillos de todos los tamaños estaban dibujados en la pared con marcador negro.
El tío Alberto era un hombre extraño, solo, perdido en una habitación llena de herramientas
que, como él mismo lo decía, le permitían atornillarse a la existencia; clavar los pasos para sentir
que la vida no se le iría con los años.
Con el corazón agitado y tomada de la mano de Santi nos dirigimos a su mesita de noche: en
un vaso de agua 104
flotaba una caja de dientes amarillenta y sucia. De pronto mi primo tumbó una lámpara y mi
tío Alberto se despertó.
Entre carcajadas y un susto aterrador, salimos a correr sin descubrir ninguna sonrisa escondida
en algún rincón de ese cuarto silencioso y triste.
El almuerzo estaba servido, mamá me llamó al comedor.
Nos sentamos a la mesa, todos miraban los platos, mi abuela rezaba por los niños que no tenían
nada para comer y daba gracias por los alimentos.
Santiago y yo reíamos mientras soplamos la sopa humeante.
—¡Que no muerda la cuchara! —me gritó mi madre.
—¡Si quieren postre, se comen todo! —dijo mi tía.
Realmente no nos importaba lo que nos decían los adultos, aún pensábamos en el grito del tío
Alberto. Pero ellas, las mamás, quedaron contentas cuando respondimos en coro: “¡Sí, señora!”.
Correteamos por la casa, Papá Noel fue testigo de otro beso, le mostré los calzones nuevos a
Santiago y él me mostró sus calzoncillos de Supermán.
Fue una tarde extraordinaria. Sonó el timbre, era papá. Mi tía le abrió la puerta, mamá no lo
saludó, él me dio un beso en la mejilla y me pidió que subiera rápido al auto; tenía afán como de
costumbre.
Tomamos la carretera, los edificios seguían clavados en el cielo oscuro. Mi padre manejaba
discutiendo solo, con el mismo aparatito extraño adherido a su oreja. Ahora ibamos para su
apartamento, al otro sitio triste que no me dejaba esconderme ni de mis pensamientos.105
Sin importar si estaba en el apartamento de mi padre o en el de mi madre, la casa de los abuelos
siempre estaría a siete largos días, y sentada en la cama, mirando por la ventana de aquel cuarto,
continuaba imaginando que los edificios algún día se convertirían en escaleras para subir en una
nube y volver a la casa de los abuelos a encontrarme con Santiago, subirnos al carrito de balineras
y recorrer juntos nuestro imaginario paraíso.
Realmente no sabía de donde salió esa historia, ni las tantas y tantas que he escrito. Pero desde
siempre me ha acompañado una imperiosa necesidad de escribir, de poner en el papel esas
imágenes abrumadoras. La niña de ese cuento tenía una vida muy parecida a la que yo le ofrecía
a mis hijos, esa mamá era absolutamente parecida a mí.
Ernesto, mis hijos y yo, creo que todavía seguimos añorando una escalera para escapar de ese
mundo tedioso en el que vivimos, una escalera para ver más allá. Pero como no hay escaleras…
escribo, escribo para por lo menos creer que la puedo pintar con mis palabras y así escapar en
ella.
Sola en el auto, lloraba abrazando el timón, tenía miedo, me sentía perdida, sentía que Dios
me castigaba, me sentía sola y no sabiendo más a dónde ir, me dirigí al consultorio de Esperanza.
Al entrar rompí en llanto. Su secretaria me dejó pasar inmediatamente, me refugié en sus
brazos tratando de mitigar el dolor, pero era inútil, me mortificaba la ima106
gen de Juan Ángel, cuando iba a mi cuarto, con un fuerte dolor en sus articulaciones y yo le
decía que eso era por estar brincando y molestando todo el día a las gallinas, que me dejara
descansar, y lo mandaba a dormir en el cuarto de su nana.
Siempre que ocurría esto, Ernesto estaba roncando, nunca se daba cuenta de nada.
Le conté todo a Esperanza y después de escucharme en silencio me pasó una hoja de papel y
un lápiz, las palabras empezaron a fluir por mis manos, intentando descargar mi angustia, mi
impotencia y mi tristeza…
Vivimos en Guerra
El deseo de matar o morir se esconde
en nuestras entrañas,
la guerra no es afuera sino adentro.
En la calle, los niños sufren, la gente llora pero no importa…
Las esperanzas y los sueños navegan por los caños,
de una ciudad donde corren ríos de sangre descompuesta,
para seguir siendo infelices en los munditos perfectos,
que nos hemos inventado.107
Esperanza me entregó dos frascos de Levomepromazina, me indicó tomar diez gotas antes de
acostarme. Me quitó las llaves del auto y me llevó a casa, yo no estaba en condiciones de manejar.
Me dejó en mi habitación y le pidió a Guisela que me preparara una agüita de cidrón. Cuando
Esperanza salió de la habitación, rompí de nuevo en llanto. Quién lo creyera, mi hijo al borde de
la muerte y yo revolcándome con mi psiquiatra. Dejé caer cuarenta gotas en el agua caliente y
entré en un sueño tan profundo que todo mi dolor parecía desaparecer.
De pronto sentí su voz al lado de mi cama, era Juan Ángel, venía con su osito preferido, de
repente empezó a golpearme. De su nariz salía mucha sangre, tomé las sabanas de mi cama para
intentar contener su hemorragia. Llamaba a gritos a Ernesto, pero él no me contestaba. Juan
Ángel, no dejaba de mirarme a los ojos y empezó a llamar a Marcela; ella entró repentinamente
y me lo arrebató de los brazos, ya a su lado la hemorragia se detuvo y él le dijo a ella, mami.
Al despertar no sabía dónde estaba, ni qué día era, las sábanas estaban totalmente mojadas,
me miré en el espejo, mi cara estaba muy roja y ardía en fiebre, me lavé la cara y llamé después
de unos minutos a Guisela. Ella me contó que Juan Ángel ya estaba en su cuarto, la noche anterior
había dormido en la clínica con Marcela y al llegar sus náuseas eran tan fuertes, que no salía del
baño.
Entré a su cuarto y estaba ahí, con su cuerpo diminuto abrazando su oso preferido, como
tratando de aferrarse al mundo, me arrodillé en su cama y le pedí perdón por 108
no escucharlo, por dejarlo solo durante ese largo viaje a Italia, sentía que a mi hijo lo estaba
matando la ausencia de su madre.
Con la enfermedad de Juan Ángel, mi relación con Ernesto empezó a cambiar, yo volví a estar
tan irascible como en el pasado, todo lo que él hacía me molestaba, sentía mucha rabia conmigo
y con él, no era justo que por andar preocupándonos por nuestras vidas, el niño estuviera al borde
de la muerte, no me podía perdonar ésto y tampoco se lo podía perdonar a Ernesto. Juan Ángel a
sus seis años, sólo había recibido las sobras de los tiempos ajustados que manejábamos y ahora,
cuando el reloj corría en contra, no sabía cómo comportarme con él, era muy difícil para mí,
mirarlo a los ojos sin que la tristeza se notara.
Una tarde me senté con Marcela a charlar, no sabía cómo hacer para acercarme a Juan Ángel,
no conocía ni siquiera el nombre de sus amiguitos del colegio.
Para mí el mundo de Juan era ajeno, había dejado en las manos de Marcela y en las de los
excelentes profesores su educación. Cumplíamos como padres dándole lo que creíamos era todo:
el colegio más costoso, los mejores cursos de equitación, patinaje, natación y fútbol. Pero ahora,
aunque hablaba perfectamente inglés, y estaba aprendiendo a defenderse con el italiano, entre
nosotros, no habíamos construido un lenguaje familiar y mucho menos uno afectivo.
Marcela me ayudó desde ese día a redescubrir las pequeñas y las grandes cosas escondidas en
una madre, su vínculo con Juan era grande y profundo; ella podía 109
reconocer en su mirada la tristeza y la alegría. Conocía cada pequeño detalle de la vida de mi
hijo, las horas de su merienda, los juegos que lo divertían, sus cuentos favoritos…
Con todo lo que estaba pasando en mi vida afortunadamente contaba con Viola y Jelipsa para
atender los sexshop, eso me tranquilizaba, confiaba en esas dos mujeres; con ellas al frente del
negocio, todo iba a estar bien.
Juan Ángel insistentemente me preguntaba por mi trabajo, no comprendía porqué súbitamente
su madre estaba todas las tardes en casa para ver alguna película o compartiendo la armada de un
rompecabezas.
Esos momentos fueron de los más dolorosos de mi vida, ver cómo lo dejaban los tratamientos
me partía el corazón. Recuerdo cuando lo vi llorando frente al espejo con una cantidad de su pelo
entre las manos, él era muy chico para enfrentar esa experiencia; pero lo más triste de todo era
reconocer mis fallas. Aunque quería retenerlo conmigo, la cinta de nuestra historia no tenía rever-
sa y ya no había tiempo de grabar en los recuerdos de su infancia la presencia de una madre
paseando por un parque de la mano con su hijo; ya no había posibilidad alguna de cambiar el
libreto.
Mi vida era un completo caos, Juan Ángel enfermo y mi relación con Ernesto irrespirable, nos
agredíamos todo el tiempo, echándonos mutuamente la culpa. No soportaba su facilismo, me
culpaba por no haber estado al lado de mis hijos, por mi viaje a Milán, por todas y cada una de
mis ausencias. Él, como muchos hombres, piensa que las mujeres estamos hechas para la casa y
110
desde allí debemos cuidar el hogar, parir y llevar a cuestas el futuro de nuestros hijos.
Entonces, si son doctores o sicarios, terroristas o sacerdotes, músicos, políticos o poetas, fue
porque fallamos o acertamos como madres. Pareciera que el destino de nuestros hijos fuera sólo
nuestro compromiso, como si solas los engendráramos, y ellos, no tuvieran responsabilidad
alguna en sus historias de vida.
Me sentía confundida con todo lo sucedido, sentía rabia con Ernesto pues Juan Ángel también
era hijo suyo y aunque estaba enfermo, no sacaba tiempo de su trabajo para estar a su lado.
Esperanza en varias ocasiones me acompañaba a las quimioterapias y cuando no podía,
llamaba a Clara o a Jelipsa. No era capaz de ir sola con Juan Ángel en la parte de atrás del carro,
pues lloraba mucho pidiéndome que no le inyectaran más sustancias.
La presencia de Esperanza me ayudaba a equilibrarme, después de haber vivido a plenitud la
historia con ella, decidimos seguir siendo sólo amigas. Se lo propuse porque no podía darle
estabilidad y tenía claro que jamás me iría a vivir con ella; las aventuras con las mujeres me
habían parecido fabulosas, mágicas, pero no como para dejar mi hogar y mis hijos. Preferí más
bien hacer de cupido para acercar a Esperanza y a Jelipsa. Estar al lado de mis tres amigas me
aliviaba un poco, no me sentía tan sola, ellas me sugerían libros para enfrentar estos procesos tan
dolorosos, me invitaban al cine o a comer helado para distraerme. 111
Por esos días Ernesto y yo estábamos muy tensos, discutíamos por todo y la situación se puso
peor cuando le conté del viaje a Cartagena. Estábamos en el comedor cenando cuando le di la
noticia, Juan Ángel estaba a mi lado y Carlos Andrés acababa de llegar del café internet con su
novia. Ernesto no tuvo reparo en gritarme delante de todos, Juan Ángel salió corriendo y se aferró
a los brazos de Marcela y ella se lo llevó para su cuarto. Carlos Andrés y su novia se retiraron a
la cocina, pero los gritos retumbaban por toda la casa.
Para Ernesto no era suficiente mi presencia medio día en casa, él pretendía que yo lo dejara
todo para cuidar a nuestro hijo. Pero él sí estaba en todo el derecho de continuar su vida, sus
importantes citas con los socios y asistir a sus urgentes reuniones, cuando su hijo estaba tan
delicado de salud.
Aunque le expliqué una y mil veces las razones de mi viaje, Ernesto no escuchó mis razones.
Finalmente empaqué mis cosas sin su consentimiento. No podía faltar, yo era la encargada de
abrir el Fashion Show que ya estaba anunciado a nivel nacional.
Llamé a Eloy, le pedí que me llevara al aeropuerto. Ya no era aquel hombre buen mozo de
ojos color miel, cejas gruesas y labios abultados, ahora tenía el cabello cenizo y arrugas que
trazaban el curso de sus años.
Cuando llegamos al aeropuerto le di las instrucciones a Eloy sobre los horarios de las
quimioterapias de Juan Ángel y también le pedí que mantuviera el celular prendido para indicarle
mi hora de regreso. 112
Al llegar a Cartagena, vi la ciudad tan bella como siempre, sus calles adoquinadas, sus
murallas aún abrazan ese pedacito de ensueño escondido en la ciudad antigua. Al llegar al hotel
prendí el aire acondicionado y puse a llenar la tina.
Llamé a casa, todos estaban bien, Juan Ángel seguía en su terapia y Carlos Andrés estaba
pendiente de acompañarlo.
Llamé a Ernesto a su oficina pero no quiso atenderme, según su secretaría estaba en una junta
con los socios.
Coloqué música y me sumergí en la tina para intentar descansar del viaje y de todas las
situaciones tensas que me agobiaban.
Con los ojos cerrados pretendí colocar mi mente en blanco y dejarme llevar por la música pero
era incapaz de alejarme de las preocupaciones.
En la tarde, antes de salir para encontrarme con todo el equipo de colaboradores que me
ayudarían a montar el show para la noche siguiente, llamé Esperanza pero no contestó.
Al llegar al bar, todos trabajaban en sus oficios, unos montando el juego de luces, otros
armando la pasarela, Viola haciendo los últimos ajustes para que mis chicas salieran perfectas.
Cada uno cumplía su función. Pero no veía por ninguna parte a Jelipsa, parte primordial del
espectáculo.
Viola no le hablaba a Jelipsa desde que se enteró que ella y Esperanza estaban saliendo
juntas.113
Esa noche salí a caminar a la playa, quería relajarme un poco. El día siguiente iba a ser mucho
más difícil, con mil ajustes de último momento por resolver.
El mar, tan majestuoso e imponente, parecido a las mujeres, dulce y apacible desde afuera y
por dentro estallando en remolinos fríos y calientes, furiosos y serenos.
Junto al mar pensé en las mujeres de mi vida, Esperanza, Jelipsa y Clara, eran para mí como
la brisa deliciosa junto al mar, pero nada más que eso, fueron como el deleite de un exquisito
manjar que se probó en alguna época de la vida. Las aventuras con Ernesto eran imágenes
fragmentadas, pequeños pedazos de historias inconclusas, los rostros de Sara y Jennifer cada vez
eran más difusos en mis recuerdos, pues en mi mente sólo había espacio para Juan Ángel y mi
tormentosa vida con Ernesto.
En medio de los enredos de mi mente, junto al mar, me encontré con David, el hijo de Clara
quien se encontraba con un grupo de amigos de la universidad tomando cerveza en su penúltima
noche en la ciudad amurallada.
Cruzamos dos o tres palabras y los invité al Fashion de la noche siguiente.
El evento estuvo extraordinario, la prensa, la radio y la televisión, no me dejaron tranquila,
como tampoco me dejaron tranquila los pensamientos.
En medio del público vi a Esperanza, había viajado para acompañar a Jelipsa esa noche. Por
lo que notaba, mis intentos por propiciar una relación entre ellas, iban mejor de lo que creía. Los
rostros de aquellas dos mujeres, no los podría describir, irradiaban un halo mágico de 114
plenitud y eso me hacía sentir mucho más tranquila por las tres.
Esa noche al acabar el evento Jelipsa y Esperanza salieron abrazadas. Viola estaba feliz
coqueteándole a una modelo invitada desde Milán para abrir el show.
A David lo vi llegar cuando ya se había terminado todo, se acercó para invitarme a Mister
Babilla, una de las discotecas más conocidas en Cartagena.
Al principio me negué, no tenía ánimo para salir, pero ante tanta insistencia acepté, nos fuimos
con Jelipsa y Esperanza.
Mister Babilla, estaba lleno, la gran mayoría eran adolescentes, me sentía extraña en ese
ambiente.
Yo superaba casi por veinte años a las jovencitas que estaban con el grupo de amigos de David.
Pero poco a poco, me fui integrando y bailé como hace muchos años no lo hacía; Ernesto nunca
fue un buen bailarín.
Disfruté mucho de la compañía de David, nunca había tenido la oportunidad de cruzar muchas
palabras con él, me di cuenta que era un muchacho inteligente y fresco, me hizo reír casi toda la
noche y no me dejó descansar un solo momento.
En medio de la rumba, cuando David fue al baño uno de sus amigos me invitó a bailar, cuando
estábamos en la pista me preguntó qué ropa interior traía puesta, la pregunta me pareció
impertinente e irrespetuosa, traté de soltarme pero ese muchacho me apretó con mucha fuerza e
intentó manosearme las nalgas. Afortunadamente David llegó en ese momento, me lo quitó de
encima, insultó a su amigo y salimos de ese lugar. 115
Esperanza y Jelipsa no quisieron venir con nosotros, estaban en pleno idilio. Compramos dos
botellas de vino, paramos un coche y fui con David a recorrer la ciudad.
A las tres de la mañana regresamos al hotel, David me agarró de la cintura para subir las
escaleras del edificio, no quiso que usáramos el ascensor y entre risas y tropiezos, llegamos a la
habitación.
Antes de abrir la puerta David me miró y me dejó sin aliento, intentó besarme pero yo le puse
mis dedos sobre su boca y sonreímos. Al entrar me ayudó a sentarme en el sillón de la sala, él se
acostó en el sofá.
David se quedó dormido y yo me quedé observándolo, su cuerpo y su cara juveniles; saqué
mi portátil, lo prendí y empecé a escribir…
Furtivos
Furtivos son los sentimientos
que tengo cuando lo miro,
de vez en cuando me permito
desearlo desenfrenadamente
y en mis sueños más profundos
logro tenerlo cerca.
Es así como me gusta…
Quizás si lo tuviera a mi lado,
no desearía ni siquiera verlo.
Por eso me deleita desearlo en silencio,
en la oscuridad de la noche
y amanecer sin él al lado de mi cama,
para poder extrañarlo, imaginándolo perfecto, 116
amable, galante, detallista…
Pero la utopía se esfuma en la madrugada
cuando recuerdo que los hombres así,
sólo existen en mis poesías…
Salí de mi letargo cuando él se despertó y me sorprendió escribiendo, me hice la tonta, apagué
mi computador y me acosté.
Cuando desperté, David estaba en toalla recién salido de la ducha, yo me recogí el pelo y me
fui a bañar.
Al salir David me pasó una hoja con una pregunta y me pidió que se la respondiera por escrito.
—¿Qué ocultas?
—Nada que pueda interesarte.
—¿A quien le escribías ayer?
—A nadie.
—Puedo escribirte algo.
—Está bien.
—Ayer cuando estuvimos en el bar quise besarte pero me dio temor.
—¿Por qué?
—Porque siento que eres una mujer muy intensa y profundamente apasionada.
—¿Cómo lo percibes?
—Por tus ojos, tu energía es poderosa.
—¿Y eso te gusta?
—No, siento vértigo al tenerte cerca y eso me da miedo.117
—Y aún quieres besarme.
—Sí
—¿Y porqué no lo haces?
—Porque no se si tú lo deseas.
—¿Sabes a quién le escribía ayer?
—¿A mí?
—Pero eres un joven muy convencido.
—No, sólo que era evidente.
Nos quedamos en silencio, él recorrió con sus manos mi rostro, empezó mordisqueando mis
labios, soltó mi salida de baño y empezó a acariciarme los senos. Todo mi cuerpo temblaba,
estaba muy asustada, David tenía la misma edad de mi hijo mayor y eso hacía que la situación
fuera más excitante.
De pronto reaccioné y entré en mis cabales de nuevo, me até la bata muy bien a la cintura y
me encerré en el baño para vestirme.
Yo estaba muy vulnerable, mi vida pasaba por momentos muy confusos y dolorosos, era
normal que intentara evadirme con este tipo de situaciones. Cuando salí del baño le pedí a David
que olvidara todo, que hiciera como si nunca hubiera pasado nada entre los dos.
David me dijo que lo entendía.
Nos terminamos de arreglar y salimos de prisa para el aeropuerto.
No lograba dejar de pensar en Juan Ángel, en Ernesto y ahora para completar mi confusión,
la imagen de David no se me salía de la mente. 118
Me estaba sintiendo más enredada que en mi adolescencia.
Estaba aturdida, había una revolución dentro de mi ser y con la mirada perdida en las nubes,
no lograba hallar reposo, no sabía qué iba a suceder de allí en adelante, mi desamor por Ernesto
crecía con el paso de los días.
En el aeropuerto nos esperaba Eloy. Camino a casa le pedí a Eloy detener la camioneta. Me
bajé, algo andaba mal, reventé en un llanto incontrolable, luego llegó una risa aterradora y por
un momento, en medio de los árboles, al lado de la vía, vi a Juan Ángel con una túnica blanca
correteando descalzo, pero inesperadamente llegó el viento y se llevó su imagen.
Me subí llorando a la camioneta y continuamos en silencio.
Antes de llegar a casa de Clara me pinté los labios y me arreglé un poco el cabello en el
semáforo. Doblamos en la esquina y Eloy nos dejó en casa de mi amiga.
Clara estaba en su taller moldeando el dorso de una mujer en barro, al verme me abrazó y se
sorprendió de ver a David en casa, le conté de nuestro encuentro en la playa y ella me agradeció
profundamente por haberlo traído.
Ella me prestó el teléfono, llamé a casa para saber cómo se encontraba mi hijo.
Contestó Marcela. Ernesto había salido desde temprano y Juan Ángel, acababa de llegar con
Carlos Andrés de su quimioterapia.
Cuando Juan Ángel pasó al teléfono me dijo que quería verme. Nunca lo había sentido tan
ansioso por mi llegada, entonces le pedí a Carlos Andrés que me recogiera 119
finalizando la tarde, en casa de Clara, para invitarlos al cine y a comer helado.
Ese día no quería llegar temprano, no quería discutir de nuevo con Ernesto, estaba muy
deprimida y necesitaba charlar con mi confidente.
Después del cine, Carlos Andrés y Juan Ángel, me dejaron donde Clara y regresaron a casa.
Le conté mis conflictos con Ernesto, nuestra relación iba de mal en peor, llevábamos varias
semanas sin hablarnos, ni determinarnos mutuamente.
Yo entendía que él estuviera mal por lo de nuestro hijo, pero no tenía derecho a tratarme así,
era injusto que sólo a mí, me tocara sacrificar mis cosas para dedicarle tiempo a Juan Ángel y él
siguiera como si nada.
Mientras Clara me hablaba de su relación con Federico, yo no dejaba de pensar en su hijo
David y en lo que habíamos hecho.
Le conté todos los pormenores del Fashion, de la relación entre Esperanza y Jelipsa, omití la
historia con su hijo, estaba segura que era una situación intrascendente y mientras ella me oía en
silencio, se escuchó la voz de David desde el primer piso, mi corazón se aceleró.
David llegó con café recién preparado y torta de chocolate, me sonrojé al verlo y dejé caer la
taza de café encima de la alfombra. Ayudé a recoger y fui a la cocina con él a traer algo para
limpiar.
En la cocina me estrujó contra el mesón, me pasó la lengua por el oído y me pidió que esa
noche dejara la puerta sin seguro. Lo retiré con fuerza y volví al taller con su mamá.120
A las diez de la noche antes de acostarme me metí en la ducha y como si la vida me quisiera
jugar una mala pasada, en el cuarto impecablemente preparado para mí, sólo faltaba la toalla.
Desde el baño llamé a Clara y ella no contestó, de pronto escuché a David en el cuarto.
En bermudas y sin camiseta se acercó y no quiso entregarme la toalla, se sentó en la cama,
empezó a mirarme de una manera muy particular, ahora parecía verme como mujer.
Recorrió con sus manos mi rostro y mi cuerpo mojado.121
Ernesto no hizo más que mirar a la pared blanca y escucharme en silencio; mientras las
palabras danzaban con la cadencia de mi voz en su cuarto, él dejaba fluir la tristeza por sus ojos,
cada línea parecía desgarrar su corazón, apretaba los puños con fuerza el uno contra el otro, como
intentando resistirse al dolor que lo invadía.
Después de una larga lectura, me detuve para abrazarlo, llorábamos por Luciana, por sus
palabras, por sus historias.
Después de aquel encuentro, Ernesto me llamó una semana más tarde, decidió que aunque
Luciana le había mentido por muchos años, aunque había sido capaz de ocultarle verdades tan
profundas, no podía desconocer toda su entrega, no era justo retirarle su apoyo y menos ahora
que ella necesitaba tanto de él, por esa razón decidió autorizar en la editorial la publicación del
libro. Tal vez esa publicación ayudaría a retornarla a sus cabales.
Esa semana Ernesto hizo algo de lo que todavía se arrepiente, fue a la clínica a reclamarle a
Luciana por no haberle contado que Carlos Andrés no era hijo suyo.
Después de ese episodio, Luciana entró en estado catatónico, se le veía pálida, una tristeza
profunda se atra122
vesó en su corazón, sus ojos se nublaron y recogida, abrazando sus piernas, se quedó
totalmente quieta.
Al verla así, Ernesto le dio un beso en la frente y salió apresurado. Me lo encontré en el pasillo
y salí para acompañarlo.
Íbamos a casa de Clara. En el camino no pudo contener las lágrimas, imaginé que se sentía
impotente ante la situación de Luciana, no podía ayudarla y ahora parecía que su presencia en la
clínica empeoraba su estado.
Al llegar donde Clara ella lo recibió con un gran abrazó y le preguntó por Luciana. Ernesto
no contestó nada, Clara me saludó amablemente.
Él se dirigió al cuarto de David y le dio un puño en la cara y empezó a hacerle toda clase de
reclamos en voz alta, Ernesto no entendía cómo David había sido capaz de ponerle la mano
encima a su mujer, si ella podría ser su madre y Carlos Andrés era como su propio hermano.
Ernesto salió enfadado sin despedirse y yo lo seguí en silencio. Nos montamos en el carro y
unas cuadras más adelante se detuvo y me pidió que encendiera el portátil y siguiera leyendo.123
Llegó a mis labios y me besó como hacía mucho no lo hacía ningún hombre.
Fue excitante sentir el vigor de un joven de tan sólo veintiún años cuando ya se tienen treinta
y nueve años.
De pronto, escuché la voz de mi amiga llamando a su hijo. Le supliqué que se fuera.
Al día siguiente, después de haber descansado del largo viaje, nos volvimos a encontrar en el
pasillo y nuestro único diálogo fue el sonido del piano que, mediante sus manos, dejó escapar
una hermosa melodía.
Salí sin despedirme de David, cogí la autopista para llegar lo más pronto posible a casa.
Al llegar no le conté nada a Ernesto, aunque ese era nuestro pacto, me sentía confundida y
como las cosas andaban tan mal entre los dos, preferí más bien no decirle nada.
Era claro, aquel episodio no podría repetirse, David era el hijo de nuestros dos más grandes
amigos.
Pero la claridad se fugó por la ventana cuando, días después, decidí hablar con David,
aprovechando un viaje de Ernesto a Buga a solucionar unos asuntos de una de las haciendas que
heredó de su padre.124
Llegué a la casa de Clara, le pregunté sí podía quedarme, necesitaba hablar con ella.
Cuando entré en la sala, allí estaba David.
Como si fuera nuestro ritual, se sentó en silencio en el piano a tocar: El primer movimiento,
de la sonata para piano, Claro de Luna de Beethoven.
Sus manos se movían con la misma armonía de la música, con esa misma cadencia con la cual
me tocó aquella noche. No cruzamos palabra, pero yo dejé la puerta sin seguro cuando subí al
cuarto de huéspedes para acostarme.
Al amanecer escuché que la puerta se abría muy lentamente, era él.
Cerré los ojos y sentí cuando se acostó a mi lado. Con sus manos frías empezó a recorrer mi
cara, como si con sus manos quisiera pintar mi rostro en su memoria. Cuando llegó a mi boca,
entreabrí mis labios y empecé a lamerlos con desenfreno. Él empezó a descender sus dedos por
mi vientre, intenté detenerlo pero me tomó con fuerza de las manos mientras exploraba mi cuerpo
a su antojo.
Emprendió un juego con mis pantis, halándolos hacia mis pliegues. De pronto se quedó quieto
y se paró de la cama, tomó el cinturón de tela hindú que traía puesto ese día y me ató con fuerza
las manos a la cama.
Me acariciaba todo el cuerpo con la yema de los dedos, surcando mi piel casi sin tocarla. De
pronto empecé a sentir la humedad de su lengua entre mis piernas…
Al despertar, David ya no estaba en la cama, me bañé y al vestirme no encontré mi ropa
interior.125
Me dirigí al taller de Clara, Federico estaba con ella ayudándole a organizar las esculturas
para una nueva exposición. De nuevo escuché el piano. Tocaba Fantasía- impromptu de Chopin.
No sé cómo, había adivinado que él era uno de los compositores que más me deleitaba escuchar.
Al salir, me llamó con discreción y me entregó una nota.
Cuando iba camino a casa la leí y decía: “Espero verte en Clepsidra el sábado, no me falles”.
En realidad estuve tentada, pero no tuve el valor para hacerlo, me estaba involucrando
demasiado en esa historia, me quedé en casa, tenía que revisar el correo electrónico y mandarle
nuevas propuestas a Jean Pierre. Cuando abrí mi correo, en la pantalla había más de diez correos
de Jean Pierre, estaba urgido por mi propuesta para lanzar mi nueva línea en una cadena de
sexshop en Londres, Jelipsa me había escrito una larga carta sobre su relación con Esperanza, por
lo que leía estaba feliz, me contó todos los pormenores de su estadía en Cartagena. Ese par de
locas eran la una para la otra, y justo cuando ya iba terminando de leer su carta, David me empezó
a escribir mensajes en el chat y no me resistí ante sus palabras y le empecé a escribir:
—Hola señora hermosa… ¿no salió usted de su casa? La estuve esperando más de dos horas
y viendo que no llegaba regresé al apartamento para escribirle. Le cuento algo. No he dejado de
pensarla, su imagen la tengo clavada en mi memoria y no logro olvidar lo que hicimos, su piel,
su aroma… no podría definir con palabras lo que 126
me hizo sentir. Me asusta esto que me está produciendo, es algo que no puedo controlar.
—Y ¿Qué sientes?
—Como un cosquilleo por todo el cuerpo, un deseo incontrolable de tenerla cerca. De volverla
a tocar… En este momento estoy con su ropa interior en mis manos, la estoy pasando por mi
nariz, el olor de su sexo me enloquece, ¿quiere que haga algo con ella?
Me quedé en silencio un instante y cerré la puerta de mi cuarto con seguro.
—Quiero que se masturbe.
No resistí la curiosidad y lo invité a conectar su cámara. Yo encendí la mía.
El plano de la cámara estaba justo en sus jeans ajustados, se bajó el cierre de su pantalón y
empecé a vislumbrar los vellitos que formaban un camino hacia el lugar deseado. Se quitó el
pantalón y quedó en unos bóxer negros.
—Sigo… o me detengo. —Me preguntó él.
—Sigue
—¿Y qué me vas a mostrar?
—Ahora no puedo hacer nada, Ernesto está en casa y en cualquier momento toca la puerta.
Pero si quieres te mando unas fotos que tengo para que puedas terminar lo que estás haciendo.
—Vale127
Ernesto recordó aquel día en el motel cuando Luciana posó para él, estaba indignado. No
podía creer que su compañera le había enviado las fotos de un instante tan íntimo.
En ese momento sonó su celular, era Clara. Ella no había entendido el episodio vivido en su
casa y nos invitó para que habláramos.
Al entrar juntos, nuevamente a casa de Clara, ella lo abrazó. Nos sentamos en la sala y Ernesto
le explicó su manera de reaccionar y se puso a llorar. Tenía mucho enojo, ¿Por qué él, si era como
su hijo? ¿Por qué precisamente él y no otro?
Se paró y empezó a darle puños a la pared. Clara no podía creer que Luciana hubiera llegado
a tales extremos, no sabía cómo había sido capaz de revolcarse con su hijo en su propia casa.
Después de una larga charla con nosotras, Ernesto me pidió que lo acompañara a la casa.
Cuando llegamos, prendió el computador de Luciana y siguió leyendo, se le había vuelto casi una
obsesión.128
Luego de apagar el computador, me fui para el baño, abrí uno de los gabinetes y saqué uno
de mis vibradores, el de forma de mariposa, David me estaba produciendo sensaciones
inimaginables, era muy excitante todo lo que pasaba con él. Tuve un orgasmo tan intenso que mi
mano quedó mojada. Me metí a la ducha y me bañé.
Al salir fui a buscar a Ernesto a su estudio, me sentía culpable por lo que había hecho.
Me contó que Clara me había llamado, y me preguntó por qué no contestaba mi celular; me
puse pálida.
Me estaba duchando y no escuché el teléfono, le dije.
Nos quedamos en silencio. Me quitó la toalla que llevaba puesta, quedé totalmente desnuda.
Me tomó con sus manos, me sentó en su escritorio y abrió mis piernas. Al penetrarme cerré los
ojos y allí estaba la imagen de David. Empecé a imaginar que era él quien me poseía. Súbitamente
salió corriendo.
¿Se habría dado cuenta de algo? Me asusté mucho, tal vez David le había contado todo a Clara
y ella se lo había contado a él. Salí detrás de Ernesto, pero cerró con seguro la puerta del baño.
Ahora sí tenía que preocuparme, 129
Ernesto nunca se encerraba en el baño. Pegué mi oído a la puerta y escuché a Ernesto peer de
la manera más desagradable.
Me sentí aliviada. 130
Entre líneas Ernesto empezó a hablarme en voz muy baja:
Ahora la entiendo, ella se sentía sola, sentía que a mí poco me importaba su vida, sus sueños,
¿cómo pude estar tan ciego? Esperanza, la dejé ir sin ser realmente su compañero. Ahora lo
recuerdo, sí, ella me esperaba hasta muy tarde, yo encontraba la mesa bien servida y a ella
dormida en el sofá con su mejor vestido, con los ojos negros de tanto llorar, pobre de mi Luciana,
ahora entiendo su aventura con David y todo su desenfreno, yo la dejé sola, sola con sus miedos
y sus angustias, pobre, pobre de mi Luciana, mírala como está, Esperanza, y no podemos hacer
nada.
Mientras ella se sentía sola, angustiada por Juan Ángel, yo andaba en algún burdel con
Federico, pagándole a una prostituta para que me bailara, y me olvidé de ella, fui egoísta con sus
deseos, no voy a negártelo, Esperanza, sentí celos de ti y de todas las mujeres que han logrado
complacerla, sí Esperanza, soy un pobre imbécil porque tenía miedo de perderla.131
Mientras lloraba se refugió en mis brazos, yo entendía su impotencia y frustración, mi dolor
era aún más grande, pero lo único que podíamos hacer era esperar a que ella saliera de su estado
catatónico.
Tomé el teléfono y llamé a la editorial para saber como iba el libro. 132
Para calmarme, un poco después del episodio tan desagradable del baño, me fui a ver cómo
andaban las ventas en el sexshop. Era enero y para estas fechas las ventas no eran muy buenas.
En medio del trancón no podía dejar de pensar en mi hijo, pues semanas después de haber
llegado de Cartagena, noté en Juan Ángel algo extraño, no era normal verlo triste, ahora se le
veía perturbado.
Precisamente dos días después de mi regreso tuvo una crisis.
Súbitamente se desplomó en el piso después de una fuerte hemorragia por la nariz.
Me aterrorizaba imaginar mi vida sin su presencia, su enfermedad progresaba y esa imagen
me atormentaba todo el tiempo, él al lado de mi cama con su dolor en las articulaciones.
Justo al entrar al sexshop, uno de los clientes se tropezó y destrozó un jarrón que me había
traído Jean Pierre desde Milán.
Él, muy apenado por el daño causado, canceló una suma bastante grande por el jarrón y me
invitó a tomar algo y por el monto cancelado, no tenía más remedio que aceptar. 133
Caminamos unas cuadras y fuimos al mismo café donde estuve con Esperanza.
Cuando entré, se me confundieron todos los recuerdos, pedí un capuchino y Germán, el señor
del incidente con el jarrón, pidió un café expresso.
Él era exportador, exportaba mariposas por todo el mundo; las mariposas para él, no sólo eran
hermosas, además se le habían convertido en un buen negocio.
Las exportaban en sus pupas hacia Europa, esas mariposas se convertían en bellas artesanías
y en el mejor souvenir.
Al terminar el café me invitó a su finca, en las afueras de Bogotá. Me pareció buena idea y lo
acompañé.
Aquel sitio era soñado, los senderos parecían pintados con flores de colores y los grandes
cedros negros daban buena sombra. Al finalizar el recorrido había dos inmensos mariposarios
con toda clase de mariposas. Me llamaron mucho la atención los colores, sus combinaciones me
parecían perfectas para mi nueva colección, tomé algunas fotos con mi celular y llevé conmigo
una caja de mariposas que Germán me regaló.
Al encontrarme en casa con Juan Ángel, le di la caja, él la tomó entre sus manos débiles y la
destapó. Decenas de mariposas revoloteaban a su alrededor, reía y trataba de alcanzarlas, pero su
alegría no lograba quitarme la tristeza, pues la vida de mi hijo, era efímera, como la de aquellas
mariposas.
Esa noche Juan Ángel tuvo una fiebre muy alta, alcanzaba los cuarenta grados. Tibié un poco
de agua para colocarle paños húmedos en su frente y pecho. Su cuerpo 134
temblaba y como la fiebre no cedía, me metí en la ducha con él, abrazaba su diminuto cuerpo
y mientras el agua bajaba por nuestros cuerpos, las lágrimas no cesaban de correr por mis
mejillas.
En realidad esa noche no pude conciliar el sueño, corrí la cortina y abrí la ventana, aún no
había aclarado el cielo, a Juan Ángel le había bajado la fiebre, los primeros cantos de los pajaritos
ya se escuchaban, todos dormían, bajé a la cocina y me tomé el café recién colado que me tenía
servido Marcela, me senté en la mesa del antejardín, mi mente estaba en blanco, esa era la única
hora en el día en la que lograba desconectarme del mundo, pues prendía mi portátil y me sentaba
a escribir.
Si mis palabras lograran expresarte
todo lo que siento al verte frágil,
al saber que la vida se te esfuma con el viento,
sí pudiera capturar tu sonrisa
y guardarla en mi alma para siempre,
si pudiera cambiar la historia,
cambiar mis regaños por un beso,
si pudiera ser mejor madre
te hubiera amamantado
una y mil veces de mi pecho,
si pudiera volver el tiempo atrás,
te leería noches enteras tus cuentos.
Pero la vida a mi pesar fluye,
fluye como el agua y te lleva de mí, muy lejos
y yo sin poder hacer más, escribo, 135
escribo para apartar esta tristeza
que llevo clavada en mi pecho
Cuando sentí ruidos en el cuarto de Guisela, grabé la información y apagué mi portátil.
En ese momento Ernesto se despertó, nos dimos un beso en la mejilla y me fui a duchar.
Tenía cita con el ginecólogo.
La historia con mi ginecólogo fue muy divertida, yo siempre deseé tener una aventura con él,
era un joven bastante apuesto, siempre que iba a su consultorio tenía el mismo ritual, en el baño,
con la crema de afeitar me rasuraba hasta dejar mi piel suave, tan tersa como cuando tenía once
años.
Al entrar al consultorio como siempre un abrazo, pero no precisamente un abrazo de amigos,
sino más bien un abrazo de médico, frío y seco.
En el baño de su consultorio, siempre me quitaba la ropa interior y orinaba. Con las piernas
abiertas escudriñaba cada rincón de mi vagina para que no quedaran fragmentos del papel
higiénico.
Al salir él se ponía muy nervioso pues yo salía totalmente desnuda con la bata envuelta como
una bufanda; él empezaba a cubrirme las piernas como intentando no mirarme.
Desde mi primera consulta, siempre deseé que súbitamente empezara a lamer mi vagina y a
masturbarme con sus dedos largos y gruesos. Que de repente me tomara con fuerza y me
penetrara.136
Pero esos pensamientos retorcidos se esfumaron cuando Esperanza y yo lo descubrimos en el
bar, besando tiernamente a un hombre mucho más apuesto que él, desde ese noche me lo imagino
en las posiciones más creativas pidiéndole a su compañero barbado y buen mozo que le dé más.
Él sin saber lo que pienso, me palpa los senos y presiona mis pezones para cerciorarse de que
todo esté bien.
Al terminar la citología pasamos de nuevo al consultorio, tengo vaginitis, una alteración en la
flora. Me explicó.
Pensé en David e imaginé muchas flores en mi conducto.
—Siempre me he preguntado, doctor, por qué a las mujeres nos dan tantas cosas, después de
menstruar, no salimos de los consultorios. La comezón, el ardor al orinar, que el olor… En fin
tantos síntomas, me invitan a pensar en mi abuela cuando decía: que tener relaciones era pecado.
A veces pienso que sería mejor clausurar ese recinto, pues cuanto más sexo tengo, más citas en
su consultorio.
El doctor reía mientras me explicaba que hay muchos factores por los cuales nosotras sufrimos
de infecciones, entre otros por tener la uretra muy corta y estrecha a diferencia de la de ellos.
No pude evitar imaginarme de nuevo su miembro erecto, penetrando a un hermoso muchacho
mientras conversamos.137
Al salir de mi cita fui directo al consultorio del doctor Hernández. Marcela estaba en la sala
de espera; y mientras a Juan Ángel le hacían la quimioterapia, fui a hablar con el doctor.
La salud de mi hijo cada día era más preocupante, estaba perdiendo peso rápidamente; sus
diarreas, vómitos y encías sangrantes, eran alarmantes. El doctor me sugirió hacerle un
transplante de médula ósea, teníamos que incrementar las quimioterapias para lograr tener re-
sultados con el trasplante de las células madre, y desde ese día, Ernesto, Carlos Andrés y yo,
tuvimos que practicarnos toda serie de exámenes para determinar si había una coincidencia
genética por lo menos de cincuenta por ciento para ser sus donantes.
A Juan Ángel lo hospitalizaron, le empezaron a realizar toda clase de chequeos diarios en la
clínica, sus defensas estaban muy bajas y había constante riesgo de infección.
Tuvo que dejar de asistir definitivamente al colegio y dejó de recibir clases particulares en
casa.
No habían pasado más de dos meses y medio desde que supimos que Juan Ángel tenía
leucemia y ya no tenía cabello como consecuencia de su tratamiento.
Estaba pálido y todo se complicaba por la anemia que empezó a presentar.
Después de todos los chequeos, afortunadamente su hermano tenía coincidencia genética para
realizarle el transplante.
En casa, todos estábamos muy preocupados, Marcela estaba muy deprimida, no quería pasar
bocado, en varias ocasiones la encontré llorando, sabía que ella quería a 138
mi Juan Ángel, como si fuera suyo, Ernesto y yo permanecíamos muy distantes, nuestras
conversaciones eran frías, afortunadamente por esos días no se volvieron a escuchar nuestros
gritos en casa, las cosas entre los dos iban muy mal, se enteró de la relación que había tenido con
Esperanza y él no lo pudo soportar.
Eloy antes de renunciar al trabajo que había tenido con mi familia toda su vida, me contó que
Ernesto le había pagado una suma que nunca hubiera imaginado conseguir, para comprar la casita
que siempre soñó para él y Carlota su esposa.
Su única misión era seguirme cuando salía de casa, escuchar mis conversaciones telefónicas
y vigilar hasta el más mínimo de mis movimientos. Yo nunca sospeche de él, siempre me pareció
un hombre correcto y fiel a sus principios, pero era lógico que por la casa de los sueños para la
esposa amada, se hacen cosas que nunca creímos capaces de realizar.
La noche antes del transplante, no logré dormir, estaba aterrada, di vueltas toda la noche en la
cama, en varias ocasiones fui al cuarto de Juan Ángel, Marcela estaba allí perpleja sin poder
dormir, hubo un momento en el que no soporté más y me senté en el piso a llorar, Marcela me
abrazó y me dijo que todo iba a estar bien, yo no sentía lo mismo, me asustaba pensar que mi
pequeño no resistiría la intervención.
Cuando salimos para la clínica, Guisela y Marcela pidieron acompañarnos y fui incapaz de
negarme.
Yo iba en el carro con Carlos Andrés; Ernesto iba en el suyo con Guisela y Marcela. 139
En silencio manejé hasta la clínica, llevaba un nudo en la garganta, pero no quería llorar frente
a mi hijo, por el retrovisor lo veía, tenía la mirada clavada en la autopista de cemento. No sabía
qué decir en un momento tan difícil como ése. No tenía idea cómo debía comportarse una madre
cuando uno de sus hijos se le estaba muriendo. Quería abrazar a Juan Ángel y decirle que tenía
miedo de perderlo, pero eso no lo podía entender un niño que aún tenía la ilusión de ser tan alto
como su padre, yo no tenía el derecho de quitarle la ilusión de llegar a ser un gran futbolista o un
gran veterinario como siempre lo había soñado.
Cuando llegamos a la sala de cirugía mis manos y mis pies sudaban frío, acompañé a mi hijo
hasta la puerta, vi desde los vidriecitos que daban a la sala de cirugía, cómo mi pequeño se iba
quedando dormido. Una enfermera me acompañó de regreso a la sala de espera, allí me dio a
firmar un papel donde la clínica no se responsabilizaba de los resultados del procedimiento, sentí
en ese momento que firmaba el acta de defunción de mi hijo, como si estuviese autorizando que
esos doctores me lo devolvieran muerto. Pero no tenía más opciones, si Juan Ángel no era
intervenido su vida se le apagaría en muy poco tiempo.
Después de firmar llamé a Esperanza, justo en ese momento ella iba entrando a la sala de
espera, la abracé y me quedé a su lado; cuando Ernesto llegó de la cafetería con el capuchino que
le había pedido, nos encontró tomadas de la mano, trague grueso y él ni siquiera se digno a
saludarla.140
Me entregó el capuchino y salió de la sala.
Marcela y Guisela estaban en las sillas del fondo con un escapulario y una Biblia rezando.
A Ernesto le timbré al celular y me mandaba al buzón, tenía que estar muy enfadado conmigo
como para apagar ese aparato.
Me sentí mal por él, pero necesitaba de la presencia de Esperanza en ese momento.
Cuando terminó la intervención de Juan Ángel le asignaron una habitación en cuidados
intermedios especialmente filtrada, para evitar cualquier riesgo de infección. Los cuidados con
Juan Ángel eran extremos, debía tener una dieta muy estricta y le restringieron las visitas, sólo
Ernesto y yo estábamos autorizados para visitarlo.
Diariamente cambiaban las sábanas de su cama, cualquier infección podía impedir o retrazar
el injerto de médula ósea o causar algún daño permanente en uno de sus órganos.
Por esos días extrañamente mi celular sólo timbraba cuando me llamaban Esperanza, Jelipsa,
Clara o Jean Pierre, ninguno de mis colegas se tomó el tiempo para llamar a preguntar como
estaba mi hijo, me sentía muy sola, esos días se me hicieron eternos, pero tuve la oportunidad de
conocer un poco más a Juan Ángel, él era un chico inquieto, aunque su salud estaba deteriorada,
tenía energías para reír de vez en cuando.
En las mañanas me acostaba con él a ver los muñecos que pasaban en la televisión, le leía
libros y le inventaba canciones para intentar aliviar sus dolores y en las tar141
des, antes de irme a casa, vigilaba su sueño mientras yo escribía.
Y así transcurrieron los días, entre exámenes especializados y mil inyecciones. Hasta que una
tarde de enero de 2009 llegó el doctor Hernández y nos informó a Ernesto y a mí que la salud de
Juan Ángel se estaba complicando, en el último examen realizado encontraron una infección muy
fuerte en los riñones y su hígado no estaba funcionando muy bien.
A la madrugada del día siguiente, timbró mi celular. Era de la clínica. Al parecer algo malo
había ocurrido, nos informaron que Juan Ángel había sido remitido de cuidados intermedios a
cuidados intensivos y no dijeron más, me dejaron con el teléfono en la mano repicando y con la
angustia de no saber qué le había ocurrido a mi chiquillo.
Salí sin arreglarme y le pedí a Ernesto que manejara, me sentía incapaz de tomar el timón.
Llovía, llovía muy fuerte, la carretera estaba totalmente nublada, pasamos muchos semáforos
en rojo, casi nos estrellamos con un auto, el tiempo se agotaba, así lo sentía. Subí corriendo las
escaleras, los primeros rayos del sol despuntaban por la ventana, la lluvia había cesado, abrí la
última puerta que nos separaba y allí estaba mi hijo nadando en un mar de sangre en la camilla,
los médicos estaban como estatuas momificadas y de pronto lo vi, se sentó en la camilla y
extendió sus alas blancas y salió para siempre de su cuerpo frágil. Allí estaba con su pijama
blanca, yerto, pálido y frío, se fue sin darme un 142
beso y según los médicos el último nombre que pronunció fue el de Marcela.
La muerte ha llegado vestida de fiesta
y me quiere llevar a bailar con ella,
Las putas bailan con su soledad interna
y las monjas rezan
con su crucifijo entre las piernas.
Todos gimen y rezan en esta sociedad de mierda
Y al final no sirven ni para abonar la tierra
pkojinhónhjjn
,ñ{´´´´´´´´lllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllmmmmmmmmmmmm
143
Existe un dicho que nunca creí cierto, el matrimonio al que no lo mata lo desfigura. Con
Luciana lo comprobé, después de ser una de las diseñadoras más exitosas, terminó aquí,
hospitalizada en el centro donde yo trabajo, tomando Clozapina, litio y amarrada a una cama de
pies y manos.
Después de la muerte de Juan Ángel, entró en una crisis muy profunda, veía a Juan Ángel por
toda la casa, diciéndole que sus articulaciones le dolían mucho.
Cada vez sus estados eran más inmanejables, se salía de la realidad en la que vivía, se sentaba
en el piso y se daba golpes contra la pared.
En otros instantes se le veía en un mutismo aterrador, no volvió a su oficina, ni a los sexshop,
ella no salía del cuarto de Juan Ángel, no dejaba de abrazar a su oso de peluche.
Un mes después de la muerte de Juan Ángel, justamente el día de su primera misa, Ernesto
encontró a Luciana desmadejada en la alfombra del cuarto de su hijo, sus dos muñecas estaban
cortadas de lado a lado y la sangre no cesaba de fluir, fue así como me enteré, gracias a 144
Ernesto. Él me timbró al celular, estaba paralizado, no sabía que hacer.
Angustiada pedí el servicio de ambulancia y llegué a casa de Luciana, lo más rápido que pude.
Cuando entré en su habitación tenía unos torniquetes en ambas manos y se daba pequeños
golpes contra la pared. Al verme me abrazó y se aferró a mí como una niña asustada y
desprotegida. Ella me susurró al oído que escondiera su portátil de Ernesto, revisé toda la
habitación y encontré su portátil prendido encima de la cama:
La muerte ha llegado vestida de fiesta
y me quiere llevar a bailar con ella,
Las putas bailan con su soledad interna
y las monjas rezan
con su crucifijo entre las piernas.
Todos gimen y rezan en esta sociedad de mierda
Y al final no sirven ni para abonar la tierra
pkojinhónhjjn
,ñ{´´´´´´´´lllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllmmmmmmmmmmmm
Guardé la información y aprovechando que Ernesto estaba atendiendo a los de la ambulancia
que acababan de llegar, escondí el portátil en una bolsa y me lo llevé conmigo.
Llevamos a Luciana al centro de salud más cercano y allí la atendieron por urgencias.145
Cuando lo peor había pasado y a Luciana ya le habían suturado las heridas, le dije a Ernesto
que la remitieran al Centro donde yo trabajaba, era el espacio ideal para su recuperación y
debíamos empezar a tratarla con más medicamentos.
Ernesto estuvo de acuerdo y unas horas más tarde, cuando el papeleo y las autorizaciones de
salida estaban listas, salimos en la ambulancia directo a Suba, al Centro Campoalegre, ese era un
ambiente mucho más propicio para Luciana en ese momento.
Al llegar le asignamos una de las mejores habitaciones, cerca de mi consultorio. Le pedí a
Ernesto que se fuera para su casa y que yo estaría pendiente de ella.
En mi consultorio, ya un poco más tranquila prendí su portátil pero la clave no me permitía
acceder a sus archivos, digité su nombre y apellidos, los nombres de sus hijos y hasta el mío pero
nada, mi acceso era negado. Finalmente, intenté con Lujuriana y como por arte de magia allí
estaban sus archivos.
Una carpeta decía Lujuriana y la otra Poemas, abrí la de poemas y empecé a leer.
Luego de leer detenidamente algunos de los poemas escritos por Luciana, me aventuré a abrir
la otra carpeta. Era una especie de novela, que al empezar a leer, me permitió descubrir, entre
líneas, a esa Luciana de la vida real, a esa mujer que con palabras trataba de hacer más llevadera
su vida y me perdí allí, navegando entre sus historias, no podía parar, algo me llevaba a querer
saber más… 146
Recuerdo como si fuera hoy el día que viajamos a South Beach, en Miami. Habíamos salido
del país seis meses después de la muerte del padre de Ernesto. Del asesinato de su padre no supe
mucho, Ernesto no quiso contarme mayor cosa al regresar del entierro, no sé si por el dolor y
tristeza que sentía o por no alterarme sabiendo que estaba muy sensible por el parto de Carlos
Andrés.
Parte del dinero y de la herencia que él había recibido la depositamos en dólares en dos
cuentas, una a mi nombre y la otra a nombre de él.
Podíamos vivir tranquilamente por un buen tiempo mientras nos acomodábamos.
Ernesto en su inexperiencia invirtió parte de su dinero en la bolsa, aunque se había graduado
de economista, empezó a hacer cosas con el dinero que me intranquilizaban.
Tal vez, saber que había tanto dinero en las cuentas, le hacía sentir que la vida la tenía
asegurada. Las cosas empezaron a ponerse muy mal, gastaba a manos llenas, me llevaba a los
mejores restaurantes en la calle de South Beach. Alguna vez, en sus excentricidades, alquiló una
147
limosina para llevarme a comer a Bongo’s, el restaurante de Gloria Estefan.
No puedo negar que el sitio era espectacular, la decoración deco tropical era fabulosa, los
bongos donde nos sentamos le daban al sitio un aire único y la comida cubana fue todo un manjar,
por eso, preferí no preguntarle a Ernesto cuantos dólares le costó aquella gracia. Y así mismo,
compraba compulsivamente ropa y juguetes para Carlos Andrés. Pero las cosas fueron
cambiando, cuando acabábamos de cumplir cuatro años de casados, él empezó llegar a la
madruga oliendo a licor. Yo estaba desconcertada y triste, Carlos Andrés tenía tres años y medio,
era chico para comprender lo que ocurría, yo no entendía que había pasado con Ernesto, no sabía
por qué de un tiempo para acá, se estaba convirtiendo en un hombre agresivo; cuando yo le hacía
los reclamos, él me gritaba y se encerraba en el cuarto con mi hijo.
Hasta que ocurrió algo que no podía perdonarle, alguna vez lo dejé con Carlos Andrés, porque
quería ir de compras para mandarle unos regalos a Clara y a su hijo David que pronto cumpliría
cuatro años. Cuando regresé en la tarde Ernesto estaba tirado en el sofá ebrio con una botella de
vodka regada en el piso. Desesperada empecé a buscar a Carlos Andrés por toda la casa, estaba
sólo en la cocina con una bolsa en la boca que contenía un polvo blanco, ese día le hice un
escándalo a Ernesto, que imagino nunca se le olvidó, no podía ser posible que estuviera
consumiendo esas porquerías y dejándolas al alcance de Carlos Andrés. Por primera y última
vez, Ernesto me 148
puso las manos encima, de un golpe me reventó la nariz y me mandó al piso.
Armé mi maleta y desaparecí con Carlos Andrés.
Llamé a mi papá y le pedí el teléfono y la dirección de mi tía Lía, la hermana de mi padre que
vivía en Milán desde hace muchos años.
Yo, aún tenía muy bien aprendidas las clases de italiano que mi padre me obligó a recibir
cuando era una niña, siempre me dijo que aprender otros idiomas me permitiría tener más
oportunidades para surgir y en ese momento le di toda la razón.
Llamé a mi tía Lía y ella me dijo que Jelipsa, mi prima hermana iría a recogerme al aeropuerto.
A Jelipsa no la veía desde que yo era una adolescente y ella una niña.
Cuando nos encontramos en el aeropuerto casi no la reconozco, era una mujer muy hermosa,
alta, delgada y con un cuerpo envidiable. Al verla me abrazó y empezó a interrogarme por toda
la familia.
En el camino le conté toda mi vida y ella me compartió la suya, me dijo que mi tía había
perdido su empleo en la factoría porque la artritis no le permitía ser más ágil en la clasificación
de textiles. Mi tía Lía, a sus cincuenta y cinco años no podía aspirar a otro trabajo distinto que
cuidar chicos o esperar sentada al pie de una ventana a que la muerte llegara para llevarse los
dolores insoportables que sentía en sus huesos.
Ya en Milán, Jelipsa me consiguió un trabajo en casa de Marchelo Angelucci, uno de los
clientes más generosos que visitaban su bar, ella se había enterado por su jefa que él se había
quedado sin niñera. 149
Empecé a trabajar en esa mansión que quedaba a más de tres horas del apartamento de Jelipsa,
la niña que me tocaba cuidar era una chica insolente y caprichosa, manejaba a su antojo a su
madre y a su padre con sólo dos años de nacida. Me hacía falta Carlos Andrés pero sabía que él
estaba bien con mi tía y a ella le servía que yo ayudara a cubrir los gastos del apartamento.
Me sentía muy sola en esa casa tan grande, con aquella niña. Una noche luego de dormir a la
niña después de una horrible pataleta observé, desde la terraza, al señor de la casa morboseando
a la mucama. Él la cogió con fuerza, le amordazó y esposó, dejándola atada a los alambres de
colgar la ropa, se arrodilló en el piso para observar sus piernas, empezó a ascender, le subió la
falda hasta la cintura y le metió los calzones por su vagina, empecé a excitarme, ella se complacía
mientras él lamía sus labios gruesos como lamiendo un helado de chocolate. Levanté mi falda
para acariciarme, me emocionaba ver cómo la penetraba.
Por error tropecé con un jarrón de rosas amarillas y al quebrarse, el señor Marchelo Angelucci
alcanzó a verme. Salí corriendo a mi cuarto.
Cerré con llave, en pocos instantes estaba él en la puerta gritándome que abriera, al abrir la
puerta lo desconocí por completo, tenía los ojos desorbitados y su miembro flácido colgaba del
pantalón. Me tomó bruscamente del brazo y me amenazó con demandarme por haber maltratado
a su hija si llegaba a contar algo. Empaqué mis cosas y él me llevó a la estación del tren para
volver al apartamento de Jelipsa. 150
El señor Marchelo Angelucci esa noche me recordó a mi padre.
Una noche llegó borracho y le arrancó la ropa a mi madre para abusar de ella, no le importó
que yo estuviera presente y mi madre en su desespero, me pidió que diera la espalda. Me arrodillé
en el piso a rezar, como lo hacía ella, por el alma de mi padre.
Después de eso trabajé en cuanto empleo salía en el periódico y en pocos meses logré
conseguir un buen auto. Carlos Andrés se veía contento, Lía era una mujer cariñosa y especial.
De pronto a mi tía se le ocurrió una idea genial, presentarme en la factoría de donde la habían
despedido. Ella había trabajado por muchos años allí y estaba segura que Louise le ayudaría para
que me contrataran inmediatamente.
Allí empecé aseando las bodegas, luego pasé por toda clase de oficios, hasta terminar
clasificando textiles gracias a Louise, la mejor amiga de mi tía y una de las más importantes
compradoras de textiles de la factoría y de las más prestigiosas diseñadoras francesas y por ella,
empecé a descubrir mi gran talento en el diseño.
Fantaseaba con llegar a ser como Louise, pero me parecía casi imposible alcanzar su prestigio,
y así, buscando entre mis papeles encontré algunos bocetos de la ropa que yo misma había
diseñado; desde muy niña me gustó crear mis vestidos, yo les cocía la ropa a mis muñecas. 151
Cuando mis compañeras tenían alguna fiesta iban a mi casa para que les cosiera algún
accesorio extravagante.
Esa habilidad la adquirí por mi madre quien sólo tuvo eso para enseñarme.
Aquel ideal de ser como Louise, fue el motor que me movió para no quedarme solamente
embalando textiles para exportar a otros países de Europa y Estados Unidos.
Y fue así, como después de tres años de trabajar en la fábrica, ingresé a un Fashion Course en
el Istituto di Moda Burgo. Allí comenzó mi carrera.
Dedicaba mis pocas horas libres a imaginar y a crear los diseños para los textiles que se
producían en la fabrica. Pero entre más avanzaba el curso, menos tiempo tenía disponible para
Carlos Andrés y la plata no me alcanzaba para nada, fue por eso que decidí con la tristeza en el
alma mandar a Carlos Andrés para Colombia, yo tenía que prepararme para darle un mejor futuro
a mi hijo y haría todo lo que fuera necesario para que él estuviera bien.
Dos semanas después estaba despidiendo a Carlos Andrés en el aeropuerto, quien viajaría
recomendado con una azafata, nuevamente perdía a alguien que amaba profundamente, nunca
pensé ser capaz de apartarme de su lado, pero no quería volver a casa de mis padres sintiéndome
derrotada. Lloré esa noche y las siguientes. Tenía el corazón como retazos remendados, me dolía
dejarlo, pero la vida tenía que continuar.
Clara, mi mejor amiga, lo recibió en su casa como un verdadero hijo, yo mensualmente giraba
la plata para sus estudios y me alegraba que creciera con David, pues ellos eran como
hermanos.152
Mi padre en algunas ocasiones iba a visitarlo.
El acenso vertiginoso de mi carrera empezó una noche en el bar donde trabajaba Jelipsa.
Ya habían pasado seis meses desde que mi hijo se había ido, cuando mi prima me invitó al
lugar donde ella trabajaba de bailarina exótica, me llevó porque quería presentarme a la dueña
para que yo trabajara en el bar en las noches y tuviera más tiempo para mi carrera; yo no estaba
muy convencida de la idea, pero finalmente fui.
Después de una hora en el auto por fin llegamos al parque Palerina en Torino, un sector que
no conocía, pero del que Jelipsa me hablaba mucho. Muy cerca, a unas cuantas cuadras quedaba
el bar.
El parque Palerina, tenía su historia, me contaba Jelipsa. En el día era para la diversión de los
niños, para los juegos y las risas de los infantes y en las noches se transformaba en un burdel,
lleno de mujeres, en su mayoría mujeres de pieles morenas que recreaban a los adultos inquietos
que deambulaban buscando historias en la calle.
Cuando entramos me enteré que había una despedida de soltera.
En el bar atendían hombres en unas diminutas tangas y meseras semidesnudas, había conmigo
más de cien mujeres, alguna que otra pareja heterosexual y una mesa con un grupo grande de
hombres hermosos; Jelipsa me contó que esos hombres de cuerpos envidiables, jugaban a los
espadachines en los baños y al amanecer, algunos de ellos, estarían pidiéndole a su contrincante
que les hundiera su fabulosa espada hasta la empuñadura. 153
Pasadas las doce arrancó el show, cinco hombres salieron en esmoquin y empezaron a bailar.
Mientras tanto Jelipsa y yo nos dirigimos a la barra a pedir un refresco y ella le preguntó a un
chico, por la dueña.
Espera un momento —Le dijo.
Minutos más tarde, una mujer con aspecto vulgar se acercó y la abrazó. Cuando me la presentó
no podía creer que una meretriz tuviera un nombre tan bien puesto, Viola.
Estaba decidido, como el dinero no era suficiente para mis gastos y no podía gastar a manos
llenas los ahorros que traía en la cuenta, le pedí trabajo de mesera. Jelipsa ganaba muy bien
haciendo su trabajo, ella sólo estaba obligada a bailar y por eso le pagaban. Los hombres y
mujeres que allí asistían, no podían ponerle una mano encima a no ser que ella lo decidiera.
La primera noche en el bar fue horrible, me sentía vulgar con la ropa que tenía, en el camerino
no hice más que llorar, me sentía incapaz de salir con ese atuendo a bailar para unos hombres y
mujeres que no conocía. Viola al verme así me mando a cambiar y me hizo acompañarla a su
mesa, esa noche le conté casi toda mi vida y terminé llorando en su hombro por mi hijo.
Quién lo iba a pensar, aquella mujer de aspecto vulgar me hizo una propuesta que me cambió
la vida. Me empezó a pagar para que fuera a su bar a ver el show y para diseñar toda la lencería
de sus streepers.
Desde ese momento empecé a trabajar con ella, pues para diseñar lencería erótica, el ambiente
era propicio, 154
en ese ambiente no era difícil imaginar toda clase de fetiches que le agradarían a los clientes,
las primeras bragas que diseñé eran sólo unas tiras muy finas color rojo, que se hendirían en los
pliegues de cualquier vagina para hacer sobresalir hasta el más imperceptible clítoris.
Uno de los diseños que más me gustaba era aquel con un pene de silicona adherido al panty,
las chicas del bar lo disfrutaban mucho, pues según ellas con pequeños movimientos sentadas en
una silla se excitaban.
Recuerdo que empezamos con una pequeña vitrina en el sitio, allí teníamos a la venta mis
diseños y toda clase de juegos eróticos que compraban los clientes.
Las ventas cada vez eran más grandes y empezamos a surtir a otros bares del mismo perfil.
No podía creerlo, las cosas empezaron a cambiar para mí radicalmente. Una noche llegó al
bar un hombre muy apuesto, él era alto, muy fornido, de cabello rubio y liso. Cuando entró lo
atendió Viola personalmente y me pidió que le llevara una botella del trago más costoso, por
cuenta de la casa.
Cuando llegué con la botella ella me pidió que me sentara y me presentó a Jean Pierre Lelouch,
uno de los diseñadores más grandes de lencería erótica en Milán, no podía creerlo, él había
escuchado de la ropa intima que yo estaba diseñando gracias a Louise, la amiga de mi tía. Ellos
eran socios pues Louise tenía una de las cadenas más grandes de lencería erótica en Francia. Esa
noche Jean Pierre me citó en su oficina para el lunes siguiente con todos los diseños.155
Estaba tan feliz, que esa noche después de cerrar el bar, invité a Jelipsa y a Viola a tomar vino.
Viola sugirió ir a su apartamento.
Esa madrugada tomé hasta no poder más, el vino era el único licor que me agradaba, en cambio
para Viola y Jelipsa las seis cajas no les fueran suficientes, en la mañana las encontré desnudas
abrazadas en la alfombra tomando cerveza y fumando cigarrillo.
Me sorprendió verlas así, sobre todo a mi prima. Yo pensaba que su trato en el bar era parte
del show pero realmente empecé a entender que aquellas dos mujeres tenían una relación extraña.
Nunca hasta ese momento había visto una relación entre mujeres tan intensa y desquiciada,
cuando las veía discutir, recordaba mi relación con Ernesto, recordaba ese pequeño infierno que
en tan poco tiempo destruyó la magia. Nuestra relación había terminado sin haber tenido tiempo
de conocernos completamente.
Gracias a aquellas dos mujeres mi vida estaba tomando un giro inesperado. Aunque extrañaba
mucho a Ernesto y a Carlos Andrés sentía que mis esfuerzos tenían resultados.
Ese lunes llevé todos mis diseños, cuando entré en su oficina las piernas me temblaban, estaba
asustada y antes de alcanzar a saludarlo me preguntó nuevamente mi nombre, yo respondí
Luciana. Él súbitamente se paró de la silla y me pidió que trabajara una propuesta innovadora y
fresca para el Festival Erótico en Barcelona, pero su única exigencia era que esa colección
llevaría el nombre de Lujuriana, Sexy Lingerie.156
No lo podía creer, todo lo que me pasaba era absolutamente increíble, eran demasiadas
alegrías y tristezas juntas, y así empecé una carrera hermosa.
Con Jean Pierre conocí gran parte de Europa y Estados Unidos, viajábamos semanalmente a
pasarelas por todo el mundo, estaba inmersa en un mundo oscuro que desconocía, el mundo de
los homosexuales, un mundo mágico pero al que no quise acceder en ese entonces, me daba
miedo, aún estaba muy lastimada por mi fracaso con Ernesto.
En esa correría de viajes, luces y lentejuelas, Jelipsa y Viola viajaron conmigo, Viola dejó el
bar a cargo de una de sus hermanas.
Jelipsa se convirtió en una de las modelos más apetecidas por el público y Viola era la
encargada de escoger a las nuevas modelos para las colecciones que yo diseñaba.
En medio de los afanes en los que vivía casi diariamente me conectaba al Internet para ver por
cámara a mi hijo, muchas veces me encontré en el chat con Ernesto, él había vuelto a su ciudad
y estaba a cargo de los negocios de su padre, al principio nuestros encuentros en el chat eran
difíciles, continuábamos reprochándonos muchas cosas, pero con el tiempo, nuestra relación a
distancia empezó a funcionar, él se hizo cargo de Carlos Andrés y empezó a apoyarme para que
siguiera con mis proyectos.
El alivio que sentí al saber que mi hijo vivía con Ernesto y que él estaba totalmente recuperado
de sus adicciones, me motivó a seguir en mi lucha.157
Cuando Carlos Andrés cumplió catorce años, decidí viajar a Colombia.
El viaje se me hizo eterno, las manos me sudaban, no sabía si me asustaba más, ver a mi hijo
o ver a Ernesto, me preocupaba el reencuentro con mi pasado, con los retazos de lo que en algún
momento fue una familia, no sabía cómo podría ser la reacción de mis padres y sobre todo me
preocupaba mi madre cuando se enterara que yo había dedicado varios años de mi vida a diseñar
lencería erótica para prostitutas, travestis y gente de gustos extravagantes.
En el aeropuerto, al bajarme del avión, la respiración se me paralizó, al fondo estaban Carlos
Andrés y Ernesto con un ramo de flores amarillas en sus manos.
Ernesto estaba muy delgado y apuesto, vestido como siempre me había encantado verlo; dos
mujeres los acompañaban, una mayor y la otra más bien joven y bella, en ese instante pensé que
podría ser su novia o compañera, al encontrarnos, Ernesto me abrazó fuerte y me besó en la boca,
después de eso saludé a mi hijo y me presentaron a Guisela la cocinera y a Marcela la nana de
Carlos Andrés.
Ernesto se sorprendió al verme, me dijo que sentía estar en frente a otra mujer, no de la misma
que lo dejó tirado en un sofá sin saber para dónde se había ido.
Nos abrazamos y nos besamos nuevamente.
Las lágrimas corrían por nuestros rostros, pues a pesar de todo, aún nos amábamos
profundamente. Fuimos a tomar algo ligero, pues venía con un poco de hambre, la comida de los
aviones no era de mi predilección y tenía 158
un deseo enorme por tomarme un café colombiano con una almojábana caliente. Al terminar
de comer salimos en el auto de Ernesto.
Al llegar a la casa que fue de su padre, había una gran fiesta para mí, las bombas de colores
decoraban toda la hacienda y Ernesto había invitado a todos mis viejos amigos de juventud. En
el fondo de la sala vi a mis padres, mi madre lloró al verme, pero no pronunció palabra alguna, a
diferencia de mi padre que toda la noche no dejó de preguntarme sobre mi vida en Europa.
Esa sensación de sentirme en “familia” me llenaba de alegría.
En medio de la fiesta, cuando me iba al baño sentí que alguien me seguía, cuando menos lo
esperé sentí las manos de Ernesto abrazando mi cintura, nos encerramos en el baño, me quitó la
blusa que llevaba puesta, con pequeños mordiscos en mis senos empezó a excitarme, descendió
lentamente por mi vientre con su lengua húmeda, bajó mi pantalón de cuero hasta las rodillas y
metió su lengua entre mis piernas…
Bajé su bragueta y empecé a lamerlo, me puse de rodillas en la taza del baño y me penetró
con fuerza.
Salimos del baño y abrimos una botella de vino tinto. Mirándonos a los ojos brindamos:
—Salud por la amistad y por la vida —dijo Ernesto.
—Salud por los viejos tiempos.159
En ese momento llegó Carlos Andrés, me abrazó por la cintura.
Yo los abracé en silencio y les pedí perdón.
La reunión se acabó como a las dos de la mañana y cuando Carlos Andrés ya se había dormido,
continuamos una conversación que años atrás había quedado inconclusa.
—Perdóname Luciana, no debí dejarte ir.
—En realidad eso ya no importa, todo es perfecto, nada pasa porque sí, talvez mi vida sería
otra, si me hubiera quedado contigo en ese instante. Ahora soy feliz y siento que si decido vivir
contigo es porque lo deseo y no porque lo necesito, como era antes.
Él no sabía qué decir, sus ojos se llenaron de lágrimas.
Este reencuentro con Ernesto era como otra oportunidad que nos daba la vida para comenzar
otra vez. Esa noche hicimos el amor hasta el amanecer. Cuando desperté estaba entre sus brazos.
Tres meses después de mí llegada a Colombia le propuse a Ernesto que intentáramos construir
de nuevo nuestra relación, pues en el fondo de mí, sentía que lo nuestro podía cambiar, pero la
única condición que puse fue la de irnos a vivir otra vez a Bogotá.
Antes de mi viaje, ya había contemplado la idea de quedarme, pues extrañaba mucho mi país,
a mi hijo y a mi familia, además, habíamos explorado con Jean Pierre y Louise, la posibilidad de
abrir mercado en Colombia con la línea de Lujurina Sexy Lingerie.160
Un año después de mi llegada al país y de estar ubicada en Bogotá, Jean Pierre viajó para
asesorarme en la decoración del sexshop y fue así como le di un nuevo rumbo a mi vida. Compré
una casa más grande en Chía y un local en la zona rosa muy bien ubicado, la casa del padre de
Ernesto se la alquilamos a Viola y a Jelipsa.
Dos meses después de la inauguración del sexshop me sentí muy mareada. No le puse
atención, pues la única vez que estuve con Ernesto sin protegerme, según mis cuentas, no pasaría
nada.
Las náuseas y mareos empezaron a preocuparme. Fuimos al médico.
Estaba embarazada. De nuevo empezaba a inflarme como un globo.
Era muy duro volver empezar a los treinta y dos años cuando ya se tiene un hijo de quince
años.161
Mucho días después del accidente que tuvo Ernesto y de haber leído, línea a línea los escritos
de su compañera, junto a Esperanza, decidieron publicar sus escritos, que bien titularon
Lujuriana, el libro era la última oportunidad que tenían para hacerla retornar del viaje que había
emprendido en los laberintos de su mente. El deterioro de la salud de Luciana cada día era más
inmanejable pero ellos mantenían el anhelo que los hacía sentir convencidos, que Luciana al ver
su trabajo publicado, volvería en sí.
Cuando Esperanza y Ernesto recibieron el libro en la editorial se dirigieron de inmediato al
Centro Campoalegre.
Al entrar, vieron a Luciana ausente, ella no lograba levantarse, su esquizofrenia catatónica no
le permitía mover ni siquiera un centímetro su cuerpo.
Sí hubiera querido llamar a alguien, no lograría hacerlo, la lengua no le respondía.
Esperanza cerró la ventana, mientras Ernesto, sentado en la silla de ruedas, empezó a leer el
libro en voz alta…162
Despedí a Guisela, la mucama y a Marcela, la nana de mi hijo menor la semana pasada,
deseaba un cambio radical en mi vida, estar más cerca de mis hijos y construir un verdadero
hogar. Seguramente ocupándome de todo: de la casa, de mis hijos, de la comida, de Ernesto, de
los baños sucios, de los platos engrasados, de las telarañas, de mis diseños, de los pelos
enmarañados en la rejilla de la tina, también de mi sexshop y mi carrera, iba a percibir un
verdadero cambio en mis estados de ánimo, pero en aquel fallido intento, todo se volvió un
desastre…163
Ernesto dejó de leer, cerró el libro y se acercó a Luciana, ella hizo una mueca que parecía una
sonrisa y dejó rodar una lágrima por su mejilla.