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nota del editor

los domínguez y el diablo


la invasión
setenta y siete
sonrisas
el juego
duplicados
las vejez de las gemelas de el resplandor
las islas
plantas aéreas
los niños perdidos de londres
la gente buena
UNA NOCHE DE INVIERNO ES UNA CASA
hombre en el espejo
el pozo
NO ENTREN
AL 1408
Edición de
Jorge Luis Cáceres
© Jorge Luis Cáceres

© Mariana Enríquez• Edmundo Paz Soldán


Jorge Enrique Lage • Francisco Ortega•Jorge Luis Cáceres• Patricia Esteban
Erlés
David Roas• Marina Perezagua • EspidoFreire• Pilar Adón •Javier Calvo•
Alberto Chimal
Antonio Ortuño• Cecilia Eudave •Alexis Iparraguirre• Santiago Roncagliolo.

Título original: No entren al 1408 / Antología en español – Tributo a Stephen


King
Selección, cuidado y concepto de edición: Jorge Luis Cáceres

https://www.facebook.com/stephenking1408
http://1408tributostephenking.wordpress.com/

ISBN: 9789942118851

No entren al 1408 – Antología en español tributo a Stephen King


Compuesto en Andralis nd, del tipógrafo argentino Rubén Fontana.
NOTA DEL EDITOR
Derry les da la bienvenida

Mi primer encuentro con la obra de Stephen King se dio en la difunta librería


Studium, de la avenida 10 de agosto en la ciudad de Quito. Cuando era chico, mi padre
tenía la costumbre de llevarme cada fin de mes a la librería para que escogiera el libro
que más me gustara con la única condición de terminar de leerlo. En uno de los estantes
de la sección de jóvenes lectores encontré el ejemplar de La torre oscura III: Las tierras
baldías. En la solapa la figura de King sobresalía en relieve bajo una amplísima
inscripción que rezaba: “El maestro del terror”. Para dividir cada capítulo había
ilustraciones a color y dibujos en blanco y negro de un peregrino con imagen de
pistolero. Esa misma noche arranqué con la lectura y me volví una especie de máquina
devoradora de libros, y aquel hombre se convertiría como en el mítico relato de
Pandora, en el hacedor del mal que permite escapar a los miedos para convertirlos en
literatura.
De este modo en el año 2012 decido darme a la tarea de realizar una cartografía
iberoamericana de escritores que tengan como referente la obra de Stephen King y
descubro una fascinación y, hasta cierto punto, un fanatismo comparado solo con una
estrella de rock. La pregunta que me haría entonces sería ¿por qué no se le ocurrió a otra
persona hacer este homenaje, si muchos lo tenían pensado? De no ser así, la
convocatoria para esta antología habría sido tan limitada que no hubiese tenido sentido
publicar un libro de estas características que se concretó en una primera edición
publicada en Ecuador bajo el titulo No entren al 1408, gracias a Editorial La Biblioteca de
Babel (Quito, 2013) y reeditado por La Cifra Editorial y el Conaculta, (México DF, 2014),
y bajo el título de King, tributo al Rey del Terror por InterZona Editora (Buenos Aires,
2015), además de contar con una traducción al inglés King, tribute to King of Terror, a
cargo del portal “Palabras Errantes” (http://www.palabraserrantes.com/), publicado
en abril del 2016.
Los cincuenta y un años desde la publicación del primer cuento de Stephen King,
que apareció “en un fanzine de terror dirigido por Mike Garrett, de Birmingham
(Alabama), bajo el título In a Half-World of Terror, o como el autor lo bautizó
originalmente I Was a Teenage Graverobber, (1965)” , Editorial La Biblioteca de Babel, los
1
quiere celebrar con la reedición de esta antología, a manera de tributo, que cuenta con la
participación de destacados escritores de España, Ecuador, Bolivia, Argentina, México,
Perú, Chile y Cuba, y con nueve relatos inéditos escritos especialmente para este libro;
con el afán de explorar los temas planteados en la obra de Stephen King, como: la
extrañeza, lo insólito, el terror en su máxima expresión o lo fantástica que puede
resultar la vida cotidiana. Este libro plantea la formulación del miedo como algo muy
personal, es decir: “lo que nos asusta varía ampliamente de un individuo a otro” . Por2

tal razón no hay que tomar a esta antología como un catálogo de horrores intertextual
con la obra de King, sino como una concepción individual del miedo. “Lo que vale es la
historia no el que la cuenta” .
3

Stephen King en diálogo con Iberoamérica

Poniendo en práctica los principios propios de una creación canónica que


pretende definir varias claves de lectura del género fantástico en especial del terror
iberoamericano, este libro (King, tributo al Rey del Terror), representa una cartografía
de miedos y obsesiones que tienen los autores y que están distribuidas geográficamente
en Santiago, Buenos Aires, Quito, Barcelona, Madrid, Lima, México D.F., La Habana,
etc., es decir este libro es una muestra de que los horrores, si están bien escritos, pueden
ser desarrollados en cualquier territorio, lugar o escenario. En la actualidad ya no es
extraño ver zombis o autos malditos en Quito, o en La Paz. Lo extraño sería no verlos.
De igual manera, así como Borges pudo condensar lo insólito y el estupor en su
máxima expresión a través de su Libro de Arena (1975), los nuevos narradores se
plantean múltiples posibilidades para enfrentar lo fantástico por intermedio de la
fragmentación de una parte de la realidad para transgredir con ese efecto la normas
comúnmente establecidas sobre lo que consideramos y aceptamos como real. Para
Stephen King, “no hay ningún Depósito de Ideas, Central de Relatos o Islas de los Best-
sellers Enterrados” que pueda reemplazar la interrelación con la lectura y con la obra
4

de otros escritores que resuelven problemas esquemáticos o de estructuras como el


argumento, y que él mismo reconoce al mencionar que, cuando estaba escribiendo la
novela Misery echó mano de la sinopsis, gracias al escritor Edgar Wallace “cuyas
novelitas hacían furor en los años veinte y fue quien inventó (y patentó) un artilugio
que llevaba el nombre de rueda Edgar Wallace de argumentos” . De este modo lo que
5

pretendo mencionar es que los textos planteados en este libro han asimilado los
conceptos sobre el cuento de larga tradición latinoamericana y sobre las nuevas
estructuras y personajes que presenta la literatura norteamericana (quizá muy rica en
los géneros de terror y ciencia ficción) y que muestran en su obra, al fantasma acechante
de King, que ronda en sus cuentos a veces como Pennywise, otras como un ser arcano
venido de un más allá desconocido, y casi siempre como la idea martillante en la mente
del asesino o la voz latente y sedienta de sangre, que desmenuza la cultura
estadounidense, sus costumbres más arraigadas, su fanatismo religioso, y que da origen
al mito de los pequeños poblados como territorios malditos donde transitan monstruos,
payasos, automóviles poseídos y escritores atormentados bajo la sombra del Dr. Jekyll y
Mr. Hyde.
King reconoció: “el terror como la principal emoción del ser humano, así que
trato de aterrorizar al lector” , y se ha vuelto un ícono de la cultura popular, uno de los
6

imprescindibles como Edgar Allan Poe, H.P. Lovecraft, Robert Bloch, Ray Bradbury,
Richard Matheson o el propio Jorge Luis Borges.

Jorge Luis Cáceres


Hotel Dolphin, octubre, 2015

1 Stephen King, Mientras escribo, (Plaza &Janés Editores, 2001), p. 31


2 Stephen King, Todo es eventual, cuento 1408, p. 277.
3 Stephen King, Skeleton Crew, cuento «El hombre que no quería estrechar manos», p. 34.
4 Ibíd, p. 33
5 Ibíd, p. 130
6 Stephen King, Danza macabra, p. 22.
Todos los escritores tienen un pasadizo que baja al subconsciente.
Pero el que escribe relatos de terror tiene un pasadizo que baja aún más.
IT, STEPHEN KING

Los escritores tal vez inviten a los fantasmas. Junto con los actores y
los artistas, son los únicos médiums que acepta totalmente nuestra sociedad.
La mitad oscura, STEPHEN KING

Lo que vale es la historia, no el que la cuenta.


Skeleton crew, STEPHEN KING
Índice

Nota del editor

LOS DOMÍNGUEZ Y EL DIABLO


Mariana Enríquez (Argentina)
LA INVASIÓN
Edmundo Paz Soldán (Bolivia)
PURE FICTION DAYS
Jorge Enrique Lage (Cuba)
SETENTA Y SIETE
Francisco Ortega (Chile)
SONRISAS
Jorge Luis Cáceres (Ecuador)
EL JUEGO
Patricia Esteban Erlés (España)
DUPLICADOS
David Roas (España)
LA VEJEZ DE LAS GEMELAS DE EL RESPLANDOR
Espido Freire (España)
LAS ISLAS
Marina Perezagua (España)
PLANTAS AÉREAS
Pilar Adón (España)
LOS NIÑOS PERDIDOS DE LONDRES
Javier Calvo (España)
LA GENTE BUENA
Alberto Chimal (México)
EL HORÓSCOPO DICE
Antonio Ortuño (México)
UNA NOCHE DE INVIERNO ES UNA CASA
Cecilia Eudave (México)
EL POZO
Santiago Roncagliolo (Perú)

Sobre los autores


Créditos
Crítica
LOS DOMÍNGUEZ Y EL DIABLO
Mariana Enríquez

La puerta de la habitación estaba abierta y Verónica entró. Su mamá seguía


acostada, con los ojos abiertos; no dormía. En la mesa de luz se acumulaban varios
vasos, algunos vacíos, otros con jugo de naranjas, agua, gaseosa ya sin burbujas;
pañuelos de papel, un reloj despertador con la alarma apagada, el teléfono móvil con la
batería baja. Verónica se arrodilló ante la cara hinchada, pálida, de su madre: no sabía
qué decirle. Ella también estaba triste, ella también extrañaba a Martín, pero no quería
seguir encerrada en la casa, con todo el verano afuera, los gritos de los chicos en las
piscinas de las casas vecinas, las colas de gente en la heladería de la esquina y el cielo de
un celeste completo, sin manchas blancas, tan cercano que parecía al alcance de la mano
si uno se ponía en puntas de pie, extendía el brazo y cerraba los ojos. Verónica no
aguantaba más esa casa que, por cerrada, conservaba la frescura de una primavera fría
y no quería seguir pensando en los últimos días de Martín, que había ido lleno de
miedo a la cirugía, que nunca, nunca, se había creído las palabras optimistas de sus
padres, de sus médicos, de nadie.
—Mamádijo. Mariela me invitó a la pileta. ¿Puedo ir?
Mariela era nueva en el barrio –se había mudado con su familia a la casa de la
esquina, una de las más grandes de la cuadra, hacía apenas tres meses–. Solían verse en
la parada del colectivo cuando lo esperaban juntas para ir al colegio, y a veces se
cruzaban en el minimercado o en el kiosco: Verónica estaba a cargo de las compras
desde hacía semanas porque su madre ni siquiera se levantaba de la cama, y su padre,
cuando volvía del trabajo, se sentaba a llorar frente al televisor.
A veces Verónica creía que exageraban el duelo, que la muerte de Martín les
dolía demasiado. ¿Sería porque ahora debían conformarse apenas con ella? La habitación
de Martín seguía intacta, como solía pasar en las películas trágicas que pasaban los
sábados a la tarde: nadie había tocado los carteles de Nirvana y de los White Stripes, ni
la guitarra eléctrica apoyada contra la pared, ni siquiera los medicamentos que brillaban
bajo el sol, sobre el escritorio. Habían pasado cuatro meses y Verónica creía que, si
seguían sin atreverse a tocar esa habitación –que quedaba al lado de la suya– se llenaría
de polvo y de algo más, de una presencia flotante, escondida. Ella ya la sentía. No
entraba a la habitación de Martín salvo que estuviera obligada a hacerlo, porque creía
que él, con sus labios azules y sus dedos azules y el tubo de oxígeno con rueditas, la
esperaba detrás de la puerta. Su madre, dos veces, le había pedido que trajera de la
habitación la laptop de Martín: la quería para leer sus archivos, mirar sus fotos, recordar
y llorar. Las dos veces Verónica había entrado corriendo a buscar la computadora,
siempre imaginando que Martín salía del armario, con los ojos hundidos y susurrando:
no te lleves mis cosas, no miren mis cosas, no te metas, hija de puta.
O peor: cuando imaginaba que Martín estaba todavía en la cama, se levantaba
con los cables y tubos que le habían puesto en el hospital colgando de los brazos –y con
los dedos largos y azules; eran tan extrañas esas manos de ahogado, tenían ese color por
la falta de oxígeno– y le gritaba por qué yo, por qué vos no, por qué a mí, por qué vos no.
—Quién es Marieladijo su madre.
—Es la vecina nueva, de la esquina. Me invitó a la pileta.
Su madre la miró con ojos llenos de desprecio y de reproche. Cómo podía querer
dormir al sol, refrescarse, jugar y reír en el agua de enero después de la muerte de su
hermano, eso decían los ojos irritados de su madre. Pero en cambio dijo:
—Claro, claro.
Verónica buscó su bikini, que estaba perdido en el cajón de la ropa interior, y lo
guardó en la mochila, junto a una gaseosa bien fría para convidarle a Mariela y una
toalla. Cuando cerró la puerta y guardó las llaves en el bolsillo del jean, sintió que se
alejaba de una bóveda helada y el sol la encandiló, como si ella también fuera una
pequeña muerta que volvía a conocer los días.



Era sábado por la tarde, y la familia de Mariela descansaba del asado bajo el
toldo del patio. La madre, gorda y hermosa, de pechos inmensos y un pareo de tela
hindú que le cubría las caderas, le presentó al resto de la familia. Osvaldo, el padre,
llevaba anteojos negros aunque estaba a la sombra; Paulina, la hermana mayor, estaba
vestida como si fuera otoño, con una remera de mangas largas y pantalones anchos:
parecía que no le gustaba la pileta. Tenían dos perros, Lula y Bauer, que saltaban
excitados.
—Mariela ya vienedijo Julia, la madre. Fue a comprar helado. ¡Nos olvidamos
del postre!
Paulina le ofreció un vaso de Coca Cola y le preguntó si quería comer algo:
habían sobrado chorizos, podían hacerle un sándwich, o un plato de ensalada, si
prefería. Verónica dijo que no de pura vergüenza: en su casa la comida no faltaba pero
era siempre la misma dieta de congelados, hamburguesas y pizza. Hubo un silencio
incómodo y Verónica vio cómo los padres de Mariela intercambiaban miradas. Fue la
madre, finalmente, la que se atrevió:
—Nos contó Mariela que tu hermano murió hace unos meses.
Verónica no contestó. Pero la madre de Mariela insistió:
—¿Cómo están tus padres?
—Bien.
Otro silencio. Solamente se escuchaban a los perros, peleando por un hueso, que
resoplaban en el calor del patio.
—Si necesitan ayuda, estamos a disposición.
—Ayuda espiritualagregó Paulina mientras servía Coca Cola. Somos
cristianos. ¿Ustedes son cristianos?
Verónica tuvo que admitir que no.
—Ah, pero nunca es tarde para Diosdijo Paulina.
Mariela llegó en ese momento, con un kilo de helado en un pote de telgopor,
envuelto en una bolsa de plástico. Lo dejó sobre la mesa para saludar a Verónica:
parecía contentísima de verla. Ella misma sirvió el helado en unas copas que llamó
“especiales”. Mariela estaba bronceada y olía a coco; ni bien terminó de tomar su helado
corrió hasta la pileta y se zambulló con un golpe de agua que asustó a los perros e hizo
enojar a su madre. Verónica la siguió con cautela: entró al agua cuidadosamente, un pie
por vez, después los muslos, el vientre, hasta que hundió la cabeza bajo el agua y ahí, en
esa tranquilidad celeste, con los pulmones llenos de aire y la boca bien cerrada, pensó
que nunca, nunca quería volver a su casa.



Las visitas a la casa de la esquina duraron todo el verano y, de a poco, se fueron


haciendo más extensas. Verónica empezó a llamar a la familia por su apellido: los
Domínguez. Así pedía permiso cada vez que iba a visitarlos. Sencillamente gritaba:
“Mamá, me voy a lo de los Domínguez”. Sus padres nunca querían retenerla. A fines de
enero, Verónica empezó a quedarse a dormir en casa de los Domínguez. El único día
que no visitaba a los Domínguez era los domingos: la familia entera iba al Culto, como
llamaban a su iglesia. Si al principio la familia de la esquina le había parecido ideal,
ahora que las tardes volvían a ser frescas y la escuela aparecía en el horizonte como una
tormenta amenazante, los Domínguez ya habían mostrado algunas de sus fallas. La casa
tenía demasiados cuadros religiosos, escenas que Verónica no podía comprender pero
le parecían vagamente amenazantes o violentas: un hombre de barba blanca metiendo
la mano entre las costillas descarnadas de Jesús; el Cristo con dos hombres a cada lado,
las manos retorcidas por los clavos, la sangre chorreando sobre la madera; una estatua
blanca que miraba arder a una ciudad, el fuego del incendio en el horizonte de la noche.
Y la peor de todas: Jesús abriéndose el pecho con las manos, dejando el corazón a la
vista, un corazón muy rojo rodeado de llamas o alas; trataba de mirarlo lo menos
posible, de olvidar los detalles, le recordaba a Martín, a la operación.
Tampoco le gustaba la abuela: había pasado todo el mes de enero sin conocerla,
porque la anciana pasaba el principio del verano con su otra hija, la tía de Mariela,
hermana del padre. Había vuelto una mañana, cuando todos tomaban el desayuno –
jugo de naranjas, leche chocolatada– en la cocina. La abuela tenía el pelo muy largo y
completamente blanco peinado en una larga trenza y, como el padre, usaba anteojos
oscuros. Era un problema en los ojos, le había explicado Mariela: los dos tenían
fotofobia, si no usaban anteojos les dolía tanto la cabeza que no podían levantarse de la
cama. Verónica saludó a la abuela con un beso pero fue como besar a una muñeca. No
se movía, no respondía de ninguna manera. Con los días se enteró de que estaba muy
enferma y que no tenía energía más que para ver televisión en su cuarto, leer la Biblia e
ir al baño. Verónica se la había cruzado yendo al baño, por la noche: no llevaba puestos
los anteojos y en la oscuridad los ojos le brillaban como llamas de fósforos, como si
tuviera las cuencas huecas y, a través de los agujeros, se pudiera ver el fuego que la
consumía por dentro. No volvió a dormir esa noche y se la pasó escuchando la
respiración de su amiga, lenta y pacífica, mezclada con la de la abuela que, como el
cuadro de Jesús, le hacía acordar a su hermano, a la respiración agitada, superficial,
agónica, de sus últimos días.
Pero, pensaba Verónica, de todas maneras seguía prefiriendo la casa de Mariela a
la suya propia. Varias veces los Domínguez le habían insistido en que trajera a su madre
para tomar un té o incluso sugerían visitarla. Decían que no podía seguir así, que tenía
que superar la muerte de Martín, que ellos eran capaces de llevarle la paz de Dios y de
ayudarla a aceptar su voluntad. Verónica seguía rechazando los pedidos, amablemente;
había escuchado demasiadas veces a su madre insultando a Dios. Sabía que un
encuentro, cualquier tipo de encuentro, era imposible.
En la casa de los Domínguez había que orar antes de dormir, todas las noches, y
confesar a los padres los pecados del día. Paulina nunca se confesaba: la hermana
mayor no pecaba. Pero Mariela sí; y si la madre consideraba que los pecados eran muy
graves, la castigaba. La hacía limpiar la habitación, o lavar los platos después de cada
comida durante una semana, o le prohibía usar Internet. Cuando Verónica trataba de
ayudarla, la detenían: “Tiene que cumplir con Dios ella sola”, le decían.
Mariela no se quejaba. Una noche, cuando terminó de rasquetear una olla que
había pasado demasiado tiempo sobre el fuego, pidió permiso para quedarse un rato en
el patio antes de ir a dormir: la noche estaba cálida y hermosa. Los padres la dejaron.
Mariela y Verónica se sentaron al borde de la pileta, con los pies dentro del agua, para
refrescarse. Un poco de viento movía los rosales sin flores; iba a llover.
—Es horrible que te castiguen asídijo Verónica. Cada vez que veía a su amiga
trabajar después de confesarse, sentía que la ahogaba el enojo, la injusticia.
Mariela se rio.
—Mis papás son súper blandos; no sabés las cosas que les hacen a otras chicas
del Culto.
—¿Qué cosas?
Mariela movió los pies adentro del agua.
—No sé si te puedo contar cosas del Culto.
—¿Por qué no?
Mariela se dio vuelta para comprobar que sus padres estuvieran en la sala, ante
el televisor, viendo una película. Desde la pileta se veía el resplandor azul, que titilaba.
—El verano pasado la mejor amiga de Paulina se escapó de la casa. Se llamaba
Celeste. Bueno, se llama; nadie sabe dónde está, pero nos hubiéramos enterado si
estuviera muerta. Desde que Celeste se fue, Paulina se volvió más religiosa, como es
ahora. Celeste era muy devota, ayudaba al pastor, daba clase de lectura de la Biblia en
la escuelita del culto y era solista del coro. Pero veía cosas. Decía que, por su barrio,
andaba un auto sin nadie al volante, que había visto el volante moviéndose solo, porque
el coche llevaba las ventanillas bajas. O contaba que en la alcantarilla de la esquina de la
iglesia se asomaba un hombre con la cara pintada de blanco, y decía que había que tener
cuidado porque, a veces, sacaba las manos y atrapaba los tobillos. Es pecado escuchar y
contar historias así, en la iglesia nos prohíben las películas y los cuentos de terror.
Celeste se confesaba cada vez que veía algo y su mamá la castigaba con el armario. La
encerraba. El armario, adentro, tenía una pintura de Satanás, con cabeza de perro y ojos
rojos; eso me contó Celeste. La pintura estaba iluminada por una lamparita y el armario
era muy chico, nunca podía estar cómoda, siempre se contracturaba o le hormigueaban
las piernas hasta que no las sentía más. El castigo duraba hasta que su mamá lo decidía,
la encerraba con llave. El armario es un castigo común en el Culto, pero mis papás
piensan que no sirve. Y creo que tienen razón. El problema con Celeste era que no
paraba de contar historias porque, según ella, no las inventaba. Ella veía cosas de
verdad. Pero el desastre fue cuando empezó con lo de la casa abandonada de su barrio.
Decía que estaba embrujada.
¿Ustedes creen o no en esas cosas?
—Claro que creemos. El Diablo existe. El Diablo toma muchas formas. Pero
tenemos que darle la espalda. La mejor manera de combatir al diablo es ignorarlo, dice
el Culto.
El diablo puede tomar muchas formas, pensó Verónica.
Puede ser un auto sin conductor, o un hombre con la cara pintada en una alcantarilla,
puede ser un chico con un tubo de oxígeno detrás de una puerta o una vieja con fuego en los ojos,
no, no, no.
Mariela continuó:
—Celeste estaba obsesionada con la casa embrujada. No sé cuántas veces le
dijimos que se olvidara; rezamos juntas, con mis papás, para que dejara de pensar en la
casa. Pero ella decía que, cuando pasaba por la puerta, la llamaban desde adentro. Que
había visto una mano en la ventana, saludándola, aunque la casa estaba deshabitada.
Una tarde se metió en la casa. Quería comprobar que nosotros teníamos razón, eso nos
dijo, que la casa estaba vacía. Y lloraba, gritaba que estábamos equivocados. Subió hasta
el primer piso de la casa y, cuando entró en una de las habitaciones, vio a una persona
ahorcada, colgada de una viga del techo. Decía que la persona, un hombre, tenía la cara
negra. Y que cuando ella entró, abrió los ojos.
—Ay, no, Mari, no.
—Eso contó Celeste. Si es pecado repetirlo, que Dios me perdone.
—¿Y qué hicieron?
—La mamá llamó a la policía. Pero no encontraron nada. Los policías dijeron que
no se podía subir al primer piso de la casa porque la escalera estaba demolida. Estaban
seguros de que Celeste jamás había estado en el primer piso. Salvo que hubiera, no sé,
volado.
—¿Vos qué crees?
—Yo le creí. Celeste no vio a un ahorcado. Vio al Diablo. Esa noche la mamá la
encerró toda la noche en el armario. A la mañana, cuando le abrió, estaba desmayada.
Se había hecho pis y caca ahí adentro, un asco. La dejó ir a bañarse y a descansar antes
de visitar al pastor, pero, nadie sabe cómo, Celeste se escapó. Y no la encontraron más.
Verónica no supo qué decir. En todo ese verano nada, ni los rezos antes de
dormir, ni la abuela con los ojos ardientes, ni los cuadros llenos de sangre la habían
preparado para una historia así, con esa chica probablemente loca encerrada en un
armario por una mujer bruta. Durante todo el verano habían hablado de los chicos que
les gustaban, de la escuela –iban a la misma, aunque a distinto grado; Mariela tenía 12
años, uno más que Verónica–; habían mirado blogs de moda, habían hecho listas de la
ropa que querían comprarse, habían visto películas y leído mangas y habían pasado
horas en Facebook. Los padres dejaban que Mariela hiciera exactamente lo mismo que
cualquier otra nena: como a todas, le controlaban lo que veía en Internet, no la dejaban
mirar televisión después de las diez de la noche, ni hablar horas por teléfono, ni salir
sola. Cierto: las películas de terror estaban prohibidas en la casa de los Domínguez. Pero
Verónica conocía muchas casas con esa regla, de otras amigas que no eran religiosas.
Salvo por los domingos en la iglesia y las oraciones, era una familia normal. Paulina era
rara pero Paulina tenía 16 años, la misma edad que su hermano cuando murió; y Martín
también había sido raro y no porque estuviera enfermo, se había puesto raro cuando
empezó la secundaria y dejó de ser su amigo, y Paulina era igual.
Esa noche Verónica no se quedó a dormir en casa de los Domínguez, aunque
estaba invitada. En su cama, en su habitación, le costó dormirse: algo se movía en la
habitación de su hermano. En el armario de su hermano. Sabía que era su madre:
algunas noches acariciaba la ropa de su hijo y hojeaba sus carpetas del colegio. Pero no
podía dejar de pensar en Celeste, encerrada con una lamparita que colgaba del techo, y
el Diablo que la miraba, con ojos rojos, desde la pared.



Verónica evitó ir a la casa de Mariela durante dos días. Le mandó un mensaje,


dijo que tenía que empezar a preparar las cosas de la escuela. Era mentira: no quería
verla. Trató de contarle a su padre pero, antes de empezar a hablar, mientras revolvía
un puré instantáneo algo rancio, se arrepintió. Mariela era su amiga y, en estos meses, a
pesar de las estupideces sobre el Diablo, la había tratado mejor que sus padres. La había
hecho reír, le había preparado milanesas al horno, le había acariciado el pelo cuando
ella lloraba porque extrañaba a su hermano; porque lo extrañaba, a pesar de que en los
últimos años, Martín había dejado de hablar con ella, y aunque siempre estaba de
malhumor porque se sentía mal.
No le dijo nada a su papá sobre el Diablo y los Domínguez. Hablaron de la
escuela, que empezaba en dos semanas, y del verano, que se terminaba. “Si tu mamá
está mejor”, dijo su padre, “el verano que viene nos vamos al mar”.
Al día siguiente, volvió a la casa de Mariela. La abuela estaba sentada en el patio,
peinándose, con un camisón blanco y las piernas hinchadas. El pelo le llegaba casi hasta
el suelo. Los perros estaban sentados a su lado: parecían sus custodios. Los Domínguez
la recibieron con la alegría de siempre. Y, durante la cena, la invitaron por primera vez
al Culto.
Verónica dijo, rápidamente, que tenía que pedir permiso en su casa, aunque no
iba a hacerlo: sus padres no podían enterarse. Le hubieran prohibido ir. Solían decir que
los religiosos eran ignorantes, y peligrosos.
—¿Tengo que llevar algo en especial?
—El corazón abierto, nada másdijo Paulina y hubo algo en su sonrisa que
disgustó a Verónica. Sonreía como si guardara un secreto.



Nunca había estado en una iglesia así. Tenía una cruz en la entrada pero adentro
parecía más bien un club, con sillas de plástico y un escenario, nada que ver con las
iglesias de bancos de madera y altar y vitraux; nada que ver con una iglesia católica, las
únicas que Verónica conocía. El pastor era joven y estaba gordo: cuando gritaba, su
cuello se enrojecía. Hasta la mitad del sermón, Verónica pensó que el Culto era bastante
aburrido. Pero entonces el pastor habló del espíritu santo y Paulina, que estaba a su
lado, empezó a llorar con los brazos extendidos y a hablar. No se le entendía nada de lo
que decía. Muchos otros se acercaron al pastor, que, cuando les apoyaba la mano en la
cabeza, los desmayaba. Verónica tuvo miedo pero Mariela le susurró que no era nada,
que su hermana hablaba en lenguas y que los que hacían fila para el pastor estaban
recibiendo al Espíritu Santo. Después fue el momento de Dar Testimonio y dos mujeres
hablaron: una contó que el Señor Jesús le había curado la artrosis; la otra, que el Señor
había expulsado al demonio de su casa y le había devuelto la paz. El lugar olía a
transpiración y a comida. A veces los gritos hacían temblar las sillas de plástico. Pero
Verónica no estaba impresionada. Tampoco estaba convencida. Al final, todos –menos
ella, que no sabía la letra– cantaron una canción que decía:

Al Gólgota ve, alma mía;


contempla por fe al Señor,
que clama y la muerte ansía,
sufriendo por mí con amor.

—¿Te gustó?Paulina le sonreía otra vez, con ese gesto burlón. Estaba
despeinada y con las mejillas coloradas.
—¿Qué se siente cuando hablásen lenguas?quiso saber Verónica.
—Se siente a Dios. No lo podés entender.
Me odia, pensó Verónica. Antes de que pudieran seguir hablando, el pastor se
acercó para saludarlos. Habló, alejado de las chicas, con los padres; la abuela no había
venido, estaba demasiado débil. Después de un rato, vio a Verónica. “¿Quién es esta
muñeca?”, preguntó, y le acarició la cabeza. “Sería lindo que nos acompañaras mañana
en el bautismo”, le dijo, sonriendo. Y después se fue, listo para saludar a otra familia.
En el auto, los Domínguez comentaron lo extraño de la invitación del pastor,
porque el bautismo era una celebración a la que no solían concurrir personas que no
fueran miembros del Culto. Julia, la madre, miró a Verónica por el espejo retrovisor y le
preguntó si quería participar del bautismo. “Es mañana a la mañana, te podés quedar a
dormir”.
—Buenodijo Verónica, y no preguntó más. Estaba segura de que se trataría de
otra ceremonia llena de gente que gritaba.



Algo la despertó y, cuando miró a su alrededor, no supo dónde estaba. En la


oscuridad reconoció la habitación de Mariela y, enseguida, la vio durmiendo en la cama
de enfrente, con una pierna destapada y la almohada sobre la cabeza.
También reconoció rápidamente qué la había despertado. Unos golpes en la
ventana, secos, claros. Verónica se sentó en la cama y vio, a través del vidrio, a su
hermano. Allí estaba, con una camisa abierta desprendida y el pecho abierto, el esternón
partido y el corazón al aire, completamente quieto.
El corazón muerto.
Su hermano se llevó uno de sus largos dedos azulados a la boca, para indicarle
que no gritara. Verónica lo intentó, para despertarse de la pesadilla, pero no pudo.
Como solía pasar en las pesadillas, estaba muda.
Vení, Verodijo Martín. Hablaba bajo, pero ella le entendía
perfectamente.Tengo algo que decirte.
Es un sueño, pensó Verónica. Y se dejó llevar. Era su hermano. Lo extrañaba,
quería volver a hablar con él. Trató de mirarlo a la cara, que era casi la de siempre; no se
parecía a la del funeral, tan delgada y gris.
(Pero el pecho, y la sangre, esa herida)
Martín la guio hasta los rosales secos. Los perros dormían inquietos, gimiendo.
Verónica quiso tocar el brazo de Martín pero no pudo. Como si su hermano estuviera
hecho de humo. No le gustaba ese sueño, ahora. Estaba a punto de llorar. Los ojos de su
hermano parecían cansados y reflejaban la luna. De noche, tenía los labios y las manos
más azules que nunca.
—No vayas. No vayas. Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y
perverso; ¿quién puede conocerlo?
—¿Que no vaya adónde? Martín, mamá te extraña mucho.
Su hermano la miró con paciencia, con ternura.
—Recordá lo que acabo de decirte. Hay cosas peores que la muerte.
Verónica empezó a llorar, quiso volver a tocarlo, pero su hermano retrocedió y se
fundió en la pared detrás de los rosales. Ella se arrodilló sobre el pasto y se golpeó la
cabeza para despertarse, se tiró del pelo, intentó gritar otra vez y, por fin, despertó.
Mariela seguía durmiendo en la cama de enfrente, ahora totalmente tapada por
la sábana. El vidrio de la ventana estaba cubierto por las cortinas. Verónica intentó
volver a dormirse. Sentía mucha más tristeza que miedo y tenía los pies muy fríos,
como si hubiera caminado toda la noche por sobre una pista de hielo.



Al despertar, Verónica ya había olvidado los detalles de la pesadilla. Recordaba,


sí, una pesadilla. Unos golpes en la ventana. Estaba triste. Nada más. No habló mucho
durante el desayuno ni en el auto, pero todos iban callados. Llovía y parecía que, más
tarde, podía desatarse una verdadera tormenta de verano.
El bautismo se hacía en la parte de atrás de la iglesia. No había demasiada gente;
unas cincuenta personas, todas rodeando un piletón blanco. La mitad de las personas
vestían túnicas blancas, estaban descalzas y, en el caso de las mujeres, llevaban el pelo
suelto. El pastor, con la Biblia en la mano, caminaba sobre una plataforma y nombraba a
quienes se sumergían en la bañera; no era un bautismo como el de los bebés en las
iglesias que Verónica conocía: los fieles se metían por completo en el agua, hundían la
cabeza y el cabello largo de las mujeres quedaba flotando alrededor de sus cabezas
como moluscos velludos.
La gente seguía llegando y se acomodaba como podía, porque el espacio era
relativamente chico. Traían con ellos la humedad de la lluvia que se evaporaba y hacía
chorrear a las paredes. Algunos de los recién llegados empezaron a cantar pero a
Verónica le costaba verlos porque ya no quedaba espacio, la empujaban, y en un
empujón demasiado fuerte perdió de vista a los Domínguez. Empezó a transpirar: se
dio cuenta de que tenía miedo. El coro cantaba pero la melodía era extraña, nerviosa, y
no podía entender una palabra de la letra. Estaba segura de que no era una de las
canciones del día anterior. Era una música horrible, repetitiva, y se escuchaban gritos.
Otro empujón la arrojó al lado de la plataforma por donde el pastor caminaba y
leía la Biblia. Desde ahí podía ver la fila de los bautizados. Se sorprendió: la siguiente en
la fila de los bautizados era la abuela de Mariela. Verónica buscó a su amiga y a los
Domínguez, pero no pudo verlos. La abuela, con su largo pelo blanco, se desnudó para
entrar en el agua.
Tenía la piel verde y cubierta de pelusa, como una mandarina podrida. No
llevaba los anteojos oscuros y Verónica volvió a ver los fósforos que ardían bajo sus
párpados en lugar de las pupilas.
—Jeremías diecisiete nuevegritó el pastor.Engañoso es el corazón más que
todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?
Entonces Verónica recordó. Cómo podía haberse olvidado.
No vayas no vayas
Pero ya había venido. La vieja de piel verde llena de fuego se hundió en el agua y
Verónica no quiso ver más. ¿Podría cruzar la plataforma desde la que predicaba el
pastor sin que nadie la detuviera? La gente cantaba y gritaba, no prestaba atención.
Intentó trepar de un salto pero entonces vio los zapatos del pastor. Eran enormes. No
eran zapatos normales. Tiene los pies deformes, pensó Verónica. Eran lo
suficientemente grandes como para calzar la pezuña de una vaca. O de una cabra.
Hay cosas peores que la muerte, ay, por qué no le avisé a papá que venía acá, él lo hubiera
recordado, él no me ignora, está triste, eso es todo, está triste pero nos vamos al mar, sí, el año
que viene nos vamos al mar
Puedo pasar por debajo de la plataforma, pensó Verónica, y se agachó. No había
nadie ahí abajo, ella era ágil y delgada, no había mucho espacio pero podía agacharse.
Pasó por debajo del escenario caminando en cuclillas como un cangrejo. Del otro lado
quedó atrapada entre la gente que lloraba y cantaba; desde ahí no podía ver a la vieja
verde en el agua, apenas oler su podredumbre. Un nuevo empujón le dejó un insólito
vacío y se arrojó hacia ese espacio entre dos mujeres que babeaban. Pero no pudo
moverse. Algo la estaba sujetando de los tobillos. Miró el suelo y vio dos manos azules
que le rodeaban los pantalones, justo encima de los pies. No se atrevió a luchar contra
las manos, intentar deshacerse del abrazo. Eran manos de uñas finas, eran dedos azules
que ella conocía muy bien.
LA INVASIÓN
Edmundo Paz Soldán

Hoy me encontré en Jaelle al despertar. Estaba con Laurence, visitado una vez
más por el tembleque. El hombre es cosa que tiembla, dijo cuando le pregunté qué le
pasaba, asombrada por el movimiento constante de sus brazos, el parpadeo
descontrolado, el tuicheo de las mejillas. A mí también me ocurría, más nunca tanto.
Desde una nave de combate habíamos visto los ejércitos diezmados del coronel
Wgmann en las afueras de la capital, después de las bombas. Los pozos incendiados, las
torres de alta tensión caídas, los edificios en ruinas. La luz que rodeaba las montañas
era como una señal de tregua que nos mandaba ese mundo, muy diferente a los gestos
de sus líderes, recalcitrantes a la subordinación. Viajábamos por el cielo entintado
esperando el Apocalipsis. El viento, nos, lo destruiríamos todo ese día. Nos éramos el
viento, no éramos el Apocalipsis. Estuvimos entre los primeros shanz que aterrizaron
en Jaelle y combatimos calle-a-calle, casa-a-casa. Encerrados en nosos cascos y
uniformes, tratábamos de respirar ese aire difícil, más tóxico aun q’el de Iris. La vida:
eso que cuesta respirar. La vida: cosa que tiembla. Vimos a brodis violar a mujeres y
hombres, incendiar templos, sembrar las largas alamedas de cadáveres. Hubo quienes
murieron en nosos brazos. Vimos todo eso hasta que Laurence y yo nos separamos
porque un coronel me envió a una misión de rescate nel palacio del Gobernador.
Cuando volví, él ya nostaba. Encontré su bodi empalado nuna pica de metal en la plaza.
Abrí los ojos y Jaelle desapareció. Tan fácil todo. Más Jaelle vuelve.
Al rato se abrió la puerta y hubo un resplandor y no quise abrir los ojos, sabía de
prisioneros que se quedaban ciegos ante el fogonazo de luz. Como los topos, nos
íbamos instalando en la noche. Entró un enfermero acompañado de un par de shanz,
distinguía sus siluetas, mirada de bulto, más una adivinanza de bodis cercanos a partir
de los ruidos y el olor que una verdadera imagen, y los saludé y ellos no. Les dije
estamos en lo mismo mas ellos siguieron en la suya. Les dije paciencia con una
excombatiente, una veterana condecorada, y uno dellos escupió al suelo y dijo tienes
suerte de que no te violamos. Lo odié, odié a todos y les deseé que Xlött viniera y los
clavara nuna pica en la plaza.
El edificio se sacudió. Se acercaban las tormentas de viento y yo miraba la pared,
besaba la pared, igual sería mejor anunciar la oscuridad de la galaxia que den renacería
sin nos. Radiante estrella que algún día acabarás con nos, mira tu pueblo Xlött, me
arden las manos. El enfermero me puso electrodos en la cabeza. Le dije que me los
comería. Me puso una inyección con una spike platinada nel cuello. Me retorcí de dolor
y todo giró. Una danza desacompasada. Volvía Jaelle.
No, no volvía. Sentí q’el líquido penetraba nel bodi y mi locura volvió a
tranquilizarme. Me quedé mirando la nada. Porque la nada no es nada. Porque estoy
loca, dicen, y que no existe Jaelle tu, y que soy una adicta a los psicofármacos que me
dan y no pueden no dármelos porque quieren que Jaelle desaparezca de mi cabeza y yo
admita q’el día es día y la noche es noche y Nova Isa es Nova Isa. Estoy en la prisión de
Nova Isa, en la susodicha Casona, eso sé, les digo, eso no se los discuto, mas ya nostán,
estoy sola nau y me han dejado amarrada en la oscuridad, mirando los matices del
negro. Me han arruinado el color negro pa siempre ko. Lo veo en la noche y nel día, con
ojos cerrados y abiertos, se descompone en matices, capas, como si tuviera peso y
respirara, y hay negros grises, negros ablancados, negros bermellones, negros plomizos,
negros de bronce, negros índigo, negros violeta, negros marrones q’estallan delante de
mí y me succionan rumbo al corazón del planeta. Colores negros que me rodean y
quieren hacerme suya. Soy un matiz del color negro. Los colores hablan y son ellos los
que nos componen. Sin el negro no seríamos nada. No necesitamos dotros colores. Estar
sola en la oscuridad veintitrés de veinticuatro horas, cualquiera se loquea así. A veces
veo flotando delante de mí los goyots y los mapaches que cazábamos y comíamos en mi
pueblo, y el olor de la comida me sacude, el olor dulzón de las especias de mamá, papá
en la cocina preparando la cena del nuevo año, y sé q’ese olor está cerca y lo persigo,
mas choco con las paredes de la celda y nostá. Igual con los sonidos, que a veces no me
dejan dormir. Oigo el rumor de los ciempiés en la celda, percibo sus patitas miserables
arrastrándose por el suelo, a veces animándose a visitarme en busca de orificios
p’anidar, como las garrapatas en aquellas jornadas nel puesto de observación en
Malhado, tembleques ante la posible aparición de Malacosa. Garrapatas ciegas, guiadas
solo por el calor de noso bodi, la temperatura de nosa sangre, treinta y siete grados, el
número mágico pa caer de los árboles mientras nos desplazábamos, caer sobre nosas
cabezas e incrustarse ahí, en la piel del cráneo, o deslizarse a los oídos, a más duno le
explotó un tímpano. Oigo el rumor de las zhizus en la celda, escucho la paciente
construcción de sus redes, o quizás impaciente, el hilo fino que despliegan dun rincón a
otro y del cual se cuelgan, morosas, dadas a picaduras que hinchan los dedos de mis
manos, los flacos dedos de mis manos. La celda respira, se agiganta y den se reduce a
un orificio nel que solo cabe mi bodi. Vuelve a agigantarse y oigo campanas por todas
partes, las campanas de la iglesia de Anerjee, las campanas de la única iglesia cristiana
de Anerjee, y ahí vamos, con mis sis y pas, una familia kreol orgullosa como pocas, una
familia que se lleva bien con los irisinos que trabajan pa ella y con los pieloscura y
kreols que mandan nel pueblo y la miran a menos, somos un cóctel de rasgos, dicen, y
nau qué, mas pronto comenzarán con esa historia de que no tengo hermanos,
campanas, campanas, al igual que las frecuencias alborotadas de la radio que escuchaba
papá nel sótano, cuando volvía de su trabajo de cocinero nel voluntariado duna iglesia,
una radio que captaba frecuencias lejanas, frecuencias de Munro que hablaban dun
mundo medroso mas estable, frecuencias de Sangaì que hablaban de multitudes
inquietas que solo vivían pa comprar pese a la espalda rota de tanto trabajo, de tanto
festejo, frecuencias de la India y de Tailandia que mencionaban una inundación que
desaparecía ciudades, una inundación feliz que redibujaba el mapa del globo,
frecuencias dotros planetas, frecuencias de Alba que hablaban de los cristales por los
cuales bien valía un viaje interplanetario, cristales que te permitían ver a los guardianes
nel cielo-de-arriba, frecuencias de Jaelle que planeaba la invasión si es que antes no lo
hacíamos nos. Frecuencias, frecuencias que me volaban la cabeza, que me producían el
tembleque desde los días niños en Anerjee. Un tembleque suave y corto, no como el de
Laurence. Todos tenemos una versión del tembleque ki. Quizás Anerjee estaba muy
cerca de do cayó la lluvia amarilla. Mas el interrogador dice que Anerjee no existe nel
mapa de Iris. Lo borraron, digo, lanzaron una lluvia amarilla desde los bombarderos,
como un siglo antes con todo Iris. No, eso no, dice el interrogador. Y yo quiero una
inyección más, la muerte es tan cómoda como la vida, el nostar tan sagrado como el
estar, la salud es tan o más mortal que la enfermedad, no es mi culpa si estoy como
estoy, yo no inicié esta guerra.
Un golpe en la mejilla. Hora de visitas, felicidad. No puedo ni quiero abrir los
párpados, cuesta cuando me animo, la oscuridad nos entrena a vivir con los ojos
cerrados, somos topos, todos topos nerviosos, esa hora de luz que nos toca más vale
tenerlos cerrados. No quiero enceguecerme más, mas no hay otra salida si veintitrés de
veinticuatro. Algún día seré como las garrapatas de Malhado, me dejaré guiar por el
calor de los bodis cercanos, la sangre caliente será mi refugio, treinta y siete es el
número mágico. El interrogador ha venido a visitarme. Tanta deferencia con una pobre
presa. Me pide que le cuente mi historia una vez más. Yo quiero q’él me cuente la suya.
Habla de electrolápices y otras torturas. Amenaza con dejar que los shanz me usen.
Debo colaborar, dice. Soy una espía de los irisinos, dice. Me agarraron con Laurence
nuna casa de la plaza, conspirando pa planear la llegada de las tropas de Orlewen a
tomar la ciudad. Tenía armas, holos incriminatorios en mi Qï. Me río. Nada me asusta,
le digo, desde aquella noche que me encontré con Xlött nun descampado en las afueras
de Anerjee. Además que miente porque Laurence está muerto hace mucho, vi su cabeza
clavada nuna pica en Jaelle.
Muerto, sí, lo está, dice, y recibo una bofetada. No pudo resistir tanto como tú. Le
dimos el dragón, y con el dragón no se juega. No existe tu pueblo. Tú no eres tú. Quién
eres tú.
Yo no soy yo, digo. Neso estamos dacuerdo. Yo soy X-251, digo nel momento en
que un shan abre la puerta de la celda y se filtra una hendija de luz asesina. Vivo nel
protectorado de Iris y me enviaron nuna nave intergaláctica junto a otros shanz, a
conquistar las galaxias pa la federación de Munro. La puerta se cierra y me calmo.
Estuve en Ardes, un pequeño planeta do las naves se abastecían de combustible, y den
en Alba y probé los famosos cristales, que hicieron q’el campo magnético se
resquebrajara y fuera capaz de ver q’en realidad somos una proyección de Xlött.
Vivimos en la cabeza de Xlött.
No hay Ardes, dice el interrogador. No hay Jaelle.
Mas a Xlött no lo discute. Vivimos en la cabeza de Xlött, repito. Ya lo sospechaba
desde aquella vez en que me encontré con él, la tarde en que mamá se desencarnó.
Mamá, una irisina trabajadora, una irisina traidora, le decían, una irisina que se creía
pieloscura y por eso se metía con los pieloscura. Una irisina con aires de princesa. Por
qué no, todos los irisinos provienen dun linaje imperial. Mamá me consolaba cuando
los shanz nos sacudían a insultos camino al mercado, dung dung dung. Cuando
golpeaban a papá, un pieloscura q’un día dejó de trabajar nel Perímetro porque no creía
más en la ocupación, y se fue a Anerjee y se unió a grupos de derechos irisinos. Mas un
día fue arrestado y lo llevaron a una cárcel y mamá lo iba a visitar y un día él ya no
estaba más en la cárcel y nadie sabía dóstaba. Lo esfumaron, decía mamá, que no me
ocultaba nada, y una noche nosa casa se incendió y yo logré escapar y mis sis tu y
mamá no pudo ser rescatada. Salí corriendo al descampado cerca de la casa y me tiré al
suelo y abrí los brazos y grité que la muerte de mamá probaba la inexistencia de Xlött.
El hecho de que la nada era nada. El cielo retumbó y se largó a llover y el descampado
se llenó duna niebla que picaba los ojos, una niebla que se arrastraba y me envolvía, y
sentí que algo me abrazaba y que Xlött me susurraba que a partir de nau sería inmortal.
De modo que Xlött existía. Un abrazo que hizo que me fuera en dung. Un abrazo que
hizo que la sangre, mi sangre, dejara de circular por unos instantes. Un abrazo que me
convirtió nuna estatua de sha. Podía luchar y las balas silbarían en torno a mí. Podía
arrojarme contra riflarpones enemigos y la sangre no dejaría mi bodi. De modo que no
hay tembleque ya. No me da más que levemente. Soy la primera en ofrecerme de
voluntaria a la conquista dotros planetas, a la lucha contra seres que no son como nos,
seres de seis extremidades que escupen fuego y tragan metales y llevan en su bodi
mariposas gigantes que les salen por las orejas. Mas a mí no me salen mariposas
gigantes. A mí se me entran las garrapatas. Los ciempiés.
El interrogador se levanta, impaciente. Se acaba la hora. Con los ojos cerrados,
puedo percibir sus movimientos.
De modo que no hablarás, dice.
Hablo y hablo, le digo. Es lo único que sé hacer.
Queremos una confesión, dice.
Den qué. Saldré libre.
Tú ya nunca más saldrás libre. A los traidores les espera la muerte.
Q’entre la muerte y coexista con la vida. Mas Xlött me protege y no moriré.
Es la hora del dragón, dice. No digas que no te lo advertí.
Q’es eso.
Cuando lo sepas no te servirá de nada. El dragón es el dragón. Una droga líquida
y muy rápida que se come tu piel y destroza tus huesos. Una droga que te come viva.
Tendrás alucinaciones de terror y a pesar de eso querrás más.
Lo que quiero es spikes platinados. Cristales de Alba.
No es broma. Última chance. Confiesas, o el dragón.
No tengo nada que confesar. Y si hay que probar el dragon, quién dijo miedo.
Nada que me haga alucinar me es ajeno.
El interrogador me busca una vena y ahí va la spike, va, va, fue, y yo dejo de ser
y cuando abro los ojos estoy tirada nel suelo y él ya no está, nadie más está en la celda,
ni siquiera los ciempiés y las zhizus, ni siquiera el olor de la comida de papá, lánsès al
horno con miel, corderos marinados en linde. Veintitrés horas. Veintitrés. Eso. Larga la
espera hasta su regreso. Me daña cuando viene, más es peor cuando no.
En Jaelle probamos cosas alucinantes tu. Ah la maravilla de los colores dese
planeta. Las dunas doradas, el amarillo incendiario de las hojas de los árboles. Un
espectro de matices que hacían creer nuna perpetua explosión de otoño. Lo natural era
lindo, pero había que concederle un espacio a lo no natural. Sin él no hubiera tolerado
tanta ausencia. Porque papá fue esfumado y mamá incendiada. Y me quedé sola
acompañada de Xlött. En la entrada a los socavones había que ofrecerle koft y kütt a
Malacosa y pedirle que intercediera por nos. Malacosa sabía lo q’era bueno. El mundo
era rico, mas los cristales de Alba lo enriquecían aún más. Lo llenaban de portales a
espacios bienhechores. Había portales al espanto tu. Eso me gustaba de los cristales.
Uno no sabía qué iba a visitarnos. El cristal no hacía todo el trabajo, era un zap que
dialogaba con noso cerebro. Un brain-zap. De ahí el retorcimiento a veces. Las sendas al
borde del acantilado, de las que uno se resbalaba pa caer en abismos. Una vez me
convertí nel bodi del mundo. Fui el mundo. Me fundí en las paredes, me entregué a los
objetos, fui el insecto que nese momento cruzaba el techo de la habitación. Vi el mundo
desde ojos boxelders. Ojos compuestos por miles de ventanas hexagonales. Ojos con
lentes poderosos que me permitían anticipar el movimiento. La realidad se
despedazaba ante mí, mas eso nostaba mal. No era más que la forma en que la percibía.
Y me tiraba bajo una mesa porq’el brodi a mi lado se había convertido nun boxelder
gigante que me perseguía pa atragantarse de mí.
Toso, y un dolor eléctrico me sacude desde los intestinos hasta la garganta. Como
si me estuvieran operando a corazón abierto y sin anestesia. Arde el brazo donde la
spike encontró la vena. Lo toco y me quedo con algo. Un poco de piel. Me digo si es eso
el dragón. Si me despellejaré viva.
Toso, y un dolor eléctrico me sacude desde los intestinos hasta la garganta. Como
si me estuvieran operando a corazón abierto y sin anestesia. Arde el brazo donde antes
la spike encontró la vena.
Toso, y un dolor eléctrico me sacude desde los intestinos hasta la garganta. Como
si me estuvieran operando a corazón abierto y sin anestesia.
Sin anestesia. Sin anestesia. Sin.
Veo doble con los ojos cerrados. Veo triple. Es un glich. Glich glich glich.
Me doy un golpe en la cabeza, como pa que todo vuelva a funcionar. Como pa
que todo vuelva a la normalidad. Qué normalidad.
Ahhhh.
Soy una garrapata gigante. A flote en la sangre de alguien. Treinta y siete grados.
Lo que fluye del brazo. Me lo llevo a la boca. Tan fácil, que mi bodi reviente. Será
que puedo tocar el hueso.
Ahhhhhh.
En la noche de la noche pienso en lo que se viene. Horas oscuras que se
descomponen en minutos en segundos. Soy un dragón hembra en busca del Gran
Dragón nel cielo de arriba. Porque nel cielo de abajo yo jugaba con los brodis que vivían
cerca de mi jom. Kreols irisinos pieloscura. Venían a casa porque papá les caía bien. Nos
hacía entrar al sótano, juguemos al ocultaoculta, decía. Laurence se escondía y yo me
escondía y todos nos escondíamos y pa decía q’era Malacosa y nos encontraría. Una vez
me escondí nel hueco bajo la escalera. Estaba todo oscuro. Escuchaba los pasos de papá
subiendo y bajando por la escalera. Los pasos estremecedores de papá-Malacosa.
Pasaban los minutos y no venía por mí. Escuchaba gritos, te encontré, te encontré. No
sabía si salir. Mejor esperar, me dije, no romper las reglas, que pa me descubra. Den
alguien me tocó el hombro en la oscuridad y me di la vuelta y ese alguien me dio un
beso en la boca. Sospeché que era Laurence y dije así no, plis, le digo a papá. Mas no
había nadie.
Nada ni nadie.
Quise salir del hueco de la escalera.
Salí y me encontré nuna plaza que con el tiempo vendría a reconocer como la
plaza de Jaelle. Vi nuna pica de metal la cabeza de Laurence o de alguien que se parecía
mucho a Laurence. Caminé y caminé, esperando q’ese paisaje se transformara nel
sótano de mi casa. Dóstás, pa, dó. Nada aconteció durante un largo día o lo que me
pareció un largo día. Cansada, me recosté y cerré los ojos. Cuando volví en sí lloraba y
un enfermero me ponía una camisa de fuerza y yo convulsionaba. O quizás había vuelto
en no. Vi la cara de mamá, la cara desesperada de mamá. Vi la cara de papá, la cara
angustiada de papá, ahí estaba él. Vi a Laurence, vi a mis amigos. Laurence me agarró
de la mano, me pidió que me tranquilizara. Basta de tembleque plis, me dijo. No podía.
El tembleque nunca más me abandonaría.
Serán así estas veintitrés. Ya sin luz, ya ciega sin estar ciega. Oh, el ardor. No
mentía el interrogador. Oh las blancas paredes desta celda. Oh las voces lejanas dotros y
otras como yo a quienes torturan tu. Oh mi piel, mi bendita piel. Oh mi hueso. Oh el
alambique mendicante. Aquello que me separa del mundo nostará más. Seré
transparente. Transparente seré. Trans trans trans.
Oh el gélido río del dolor por las venas. El dolor envenenado. El dolor venenoso.
Soy inocente inocente soy, mas duna vez que se termine todo porque nada se
terminará. Malacosa me protegerá. Xlött me protegerá, vivimos en su cabeza.
Ahhhhhh.
Dragón, detén tu camino.
Ahhhhhh.
Las frecuencias de la radio de mi padre. Vienen de Sangaì y de Munro y de
Tailandia y de la India y de Alba y de Jaelle. Las escucho todas a la vez. No distingo las
voces, todo se pierde nun murmullo, el zumbido que hacen los planetas al girar en sus
órbitas, el escandaloso zumbido que debe escucharse desde otras galaxias, o quizás el
retumbar del bigbang que todavía se expande desde el principio de los tiempos, y llega
a mí, nau, llega a mí, un bang muy big, te lo dije, bang bang, bruja muerta.
Quién zumba ahí afuera. Pugnamos ensartarnos por el ojo del dragón. Dostán
ahora, padre esfumado, madre ida.
El glich en mi cerebro. Soy el glich.
Quién.
Afuera. Ahí. Algo. Luz.
Hasta aquí llegué.
Cuando abran la puerta, ábranla plis, confesaré todo lo que quieran. Veintitrés
veintitrés veintitrés. Les diré soy una terrorista, plis, una mastermind, whatever,
ábranla. Laurence y yo, esa vez que nos encontraron nel sótano desa casa en la plaza,
planeábamos la llegada de las tropas de Orlewen. El triunfo de Orlewen es inevitable y
el fin deste mundo tu. Mas no quiero morir como Laurence. Clavar su cabeza nuna pica
es de tembleques, gestos desesperados de quienes están perdiendo la guerra. Sin
pruebas, sin nada. Se han comportado como los aliens dotros planetas. Como los aliens
de Jaelle.
Ábranla.
Quién.
Un glich un glich.
Ahhhhh.
Sangre convertida en ácido. La sangre es ácido, solo falta activarla. Se cae mi piel.
Se cae mi piel. El hueso se deshuesa. Somos hueso, vuelvo a ser hueso. Los boxelders se
alimentarán del polvo de mis huesos. Los boxelders mis brodis.
Ahhhhh.
A fecundar la noche y preparar mi muerte. La muerte de esperar y el morir de
verte lejos. Deverte. Y los silencios y el esperar del tiempo. Pa vivir cuando llegas y me
rodeas de sombra. Desombra. Y me haces luminosa y me sumerges nel mar
fosforescente do acaece acá tu estar y do solo dialogamos gamos tú y mi noción
pavorosa de tu ser ser ser.
Estrella desprendiéndose nel Apocalipsis. Entre bramidos de tigres y lágrimas.
De gozo y gemir eterno y eterno. Solazarse nel aire rarificado. Zarse. Nel. Aire.
Rarificado. Entre bramidos. Midos. Estrella desprendiéndose. Estrella. Estrella. Es es es
es es.

PURE FICTION DAYS


Jorge Enrique Lage

Nada la toca, solo el aire, pero desde que la vi todo tiene que ver con ella.
Puedo convertirla en una descripción de pelo largo y rubio, labios lejanos (the best
lipstick, far lips, decía el comercial), ojos que no he visto y un cuerpo cuyas formas se
adivinan y se pierden con rapidez. Puedo transformarla en un concepto. No lo haré.
Dejémosla en el portal de las imágenes: una imagen hace tiempo rondando en mi
cabeza, una imagen que merece unas palabras. Aquí están.
Hace años escribí un cuento titulado “Yo fui un adolescente ladrón de tumbas”.
El título lo tomé de uno de los primeros cuentos (que nunca leí) de Stephen King: “I
was a teenage grave robber”.
Pues bien, una vez yo andaba por Groenlandia, todavía no me explico haciendo
qué, y de regreso tomé una avioneta helada que me dejó en algún sitio de Québec. Mi
plan era tomar un avión decente a Montreal o Toronto y de ahí seguir vuelo a La
Habana, pero al parecer lo que tomé fueron demasiados tranquilizantes y mi cerebro
se fundió una o varias veces, no recuerdo dónde ni cómo. El caso es que pocas horas
después yo estaba en el aeropuerto de Portland, Maine, no mucho más al sur y sin
nadie a quién contarle del Polo Norte.
Entonces tuve una idea. Como todo el mundo sabe, el estado de Maine es el
reino de King. Decidí ir a visitarlo. Alquilé un auto con calefacción y mapa. Después
de conducir perdido por carreteras secundarias y bosques durante un día completo,
atropellando renos y escuchando misteriosas emisoras, llegué a su castillo.
—No puedo creerlo, estoy en casa de Stephen King —le dije a Stephen King. El
viejo me miró suspicaz y me dijo:
—Tú no pareces periodista ni fan. ¿Qué eres, un maldito escritor?
—Cubano —precisé—. Vengo inconsciente desde Canadá.
—Oh, my American God. ¿Existen escritores cubanos?
Para mí resultaba un acontecimiento. De alguna forma me hacían pensar en el
futuro. Una raza de futuro. No es usual ver patinadores en las calles de esta ciudad.
Ver patinadoras es menos usual aún.
Ella, para colmo, apareció impulsada por un viento de rareza adolescente que
me hizo seguirla con la vista hasta que los ojos se me humedecieron.
Quise ser muy pequeño para poder ir con ella, para poder ir en ella, abrazado
con fuerza a uno de sus muslos, temblando de miedo y mirando hacia arriba. Quise
ser muy grande para cuidarla del tráfico, llevarla a casa, sentarla sobre mi pecho,
quitarle los patines y quitarle las medias y poner en mis labios, unidos, sus dos
piececitos sucios.
Stephen King y yo nos sentamos a conversar. Yo le hablé de mi cuento con
título suyo, pero aclaré que no se trataba ni mucho menos de un cuento kingniano.
(Vacilé, recuerdo, antes de usar el adjetivo).
En realidad, “Yo fui un adolescente ladrón de tumbas” era una ensalada de
referencias que bastante poco le debía a King. Se cruzaban allí, según recuerdo:
Lovecraft, Safo, Rimbaud, Virginia Woolf, Julián del Casal, e incluso, muy
lejanamente: yo mismo, Paul Auster y un autor soviético y anfibio, de ciencia-ficción,
llamado Alexander Beliaev.
No es una relación de la que me sienta orgulloso.
—Y dime, ¿cómo patinan los escritores cubanos?
Su expresión: fucking cuban writers.
La pregunta me cogió por sorpresa.
—¿Quiere decir patinar... en el hielo?
Me di cuenta de que había dicho una estupidez. Hacía frío en Maine.
—Quiero decir patinar, muchacho. Patinar sobre cualquier superficie.
—Entiendo. Pero no estoy seguro de saber la respuesta.
—Piensa un poco. Sin que te duela.
—Escuche, ¿por qué no va a Cuba a averiguarlo?
—No es mala idea. ¿Se puede ir a Cuba?
Ahí mismo lo invité a un encuentro de narrativa fantástica que tendría lugar en
La Habana el siguiente mes. King aceptó. Yo le dije que iba a estar esperándolo. Luego
él me acompañó de regreso a Portland para asegurarse de que yo tomara un avión.
Cualquier avión.
La volví a ver la volví a ver la volví a ver...
Pasaba a veces muy cerca, a veces muy lejos de mí, y podía pasar lo mismo un
día que medio año entre un flechazo visual y otro, pero no me importaba: ya había
una frecuencia, una proximidad. Aunque ella no existiera, ya era un suceso real.
Ningún aditamento superfluo: solo sus largas piernas emergiendo de los
botines, emergiendo de las ruedas, emergiendo del pavimento, los ojos ocultos tras
gafas oscuras, la ropa pegada al cuerpo y el cuerpo pegado a la velocidad: una estela
doradísima de pelo suelto. Siempre la misma. Pero a la vez diferente cada vez que yo
la veía.
Porque cada vez yo era diferente.
Por supuesto que no había ningún encuentro de narrativa fantástica ni nada
parecido. Era preciso inventar algo antes de que King pusiera un pie en La Habana.
En cuanto llegué empecé a ocuparme del asunto. Hice planes. Hice llamadas.
Toqué varias puertas. Provoqué reuniones en editoriales, revistas, ministerios... Todo
en vano. No pude mover un milímetro de nada ni convencer a nadie. A nadie le
importaba un carajo que Stephen King viniera a Cuba.
A casi nadie. De mi lado estaban unos cuantos amigos fanzineros y
fanzinerosos, heroinómanos de cultura pop, vampiros bloggers, fantasmáticos de las
cloacas, narradores esteparios y mutantes, algunos con libros ilegibles o inéditos,
ninguno con suficiente poder.
Todos con la seguridad de que si no hacíamos algo, así fuera una forma tallada
en una nube hipotérmica, lo mejor era suicidarnos los unos a los otros lo antes posible.
No éramos suficientes para simular un evento literario de la envergadura King.
Necesitábamos extras, voluntarios talentosos. De pronto, alguien tuvo una idea
completamente loca.
—Tengo algunos contactos en el Hospital Psiquiátrico. Si reunimos dinero...
Nos fuimos al Hospital Psiquiátrico con el dinero reunido y un soborno en la
cabeza.
Gracias a los contactos del que tuvo la idea pudimos llegar hasta una doctora
que se pintaba o se afilaba las uñas en un escritorio. Al principio nos escuchó
comprensiva, como pensando en ingresarnos. Luego, cuando le enseñamos el dinero,
su mirada cambió.
—¿Cuántos locos quieren?
Propusimos un número. Empezó el regateo.
Al final no conseguimos tantos. Eran caros. Pero la doctora prometía calidad.
—Necesitamos de varias edades y de varios países. Escritores o tipos literarios.
También nos sirven lectores rockeros, cinemaniacos punk y cualquier tipo de
aficionado a las series B y Z.
—Algunas mujeres, de ser posible —apuntó alguien.
—Las locas cuestan más —dijo la doctora.
Volvimos a negociar. Conseguimos especialistas muertas, groupies
telequinésicas y lesbianas góticas. Ahora solo faltaba el lugar.
La doctora señaló por la ventana:
—Por allá, no muy lejos, hay un hangar en desuso. Lo custodian unos militares,
pero ellos también están locos.

Pensar en ella era pensar:


a) En una trayectoria cerrada que se abría a un espacio ilimitado, sin partida y
sin final, un detenerse nunca, puro recorrer asfalto cuando el asfalto se transforma en
pista de hielo.
b) En un videoclip o comercial acelerado que anuncia, convertidos en objetos y
fetiches adorables, tus asociaciones más finas: un videoclip para las guitarras que en
ese momento suenan en los audífonos, mientras afuera se congela y se quiebra y se
rompe tu mejor secuencia de Ciudad Desconectada.
c) En mí mismo.
El día acordado, llegó. Descendió la escalerilla del avión sin escafandra y como
asombrado de que el aire contuviera oxígeno.
Ya todo estaba listo. Unos cuantos locos se estaban preparando para los días de
su vida y yo empezaba a sospechar que aquello:
—Welcome —apreté su mano.
—Te traigo el último Entertainment Weekly.
…ya no tenía tanto que ver con Stephen King.
Lo acompañé al Free Havana Hotel, y allí lo invité a que me invitara a cenar el
día siguiente en el restaurante del último piso, donde hay una vista formidable de La
Habana. Él aceptó y subió rápido a su suite del piso penúltimo, dijo que a drogarse.
En la cena, una mesa junto a la pared de cristal que nos separaba de la noche,
me dijo que no había visto el menor movimiento que sugiriera la posibilidad de un
encuentro de escritores más o menos verosímil.
—Es que va a ser algo un poco... alternativo —dije, y me quedé pensando.
—Alternativo no es la mejor palabra, ¿cierto? —dijo King, con la boca llena.
—Como quiera que sea, es nuestra semana. Hemos pensado hacer el evento en
las afueras, allá por el Hospital Psiquiátrico, lejos de la locura del centro. Si le parece
bien empezamos mañana mismo.
Se puso a mirar tras el cristal las luces de la ciudad. Masticando la vista y la
comida. No dijo nada durante unos minutos.
—Me gustaría andar un poco por allá abajo. Ayer me asomé al balcón con los
prismáticos del hotel y lo primero que vi fue una muchacha atravesándolo todo, el
tráfico de las avenidas, los parques, los viejos edificios... Un sueño que se movía. Una
blondie bad girl que patinaba sola y como nadie.
Me miró. Yo no dije nada.
—Pero bueno, ¿qué tienen pensado hacer ustedes? ¿Hay algún programa? ¿El
invento de narrativa fantástica tiene un nombre?
No lo tenía hasta ese momento.
Sonreí. Le dije el nombre.
Así nació Skate Fiction Days.

Una vez, digamos que una vez me puse un par de patines y salí a buscarla. A
perseguirla. Con una red.
Aunque no había pensado qué hacer con ella después de tirarle una red.
Rodé por la ciudad, el mal tiempo de la ciudad. Un ciclón empujaba gigantes
olas del Caribe. Todo estaba inundándose. De pronto la vi cruzar frente a mí. Me vio,
me invitó a seguirla moviendo el dedo índice como anzuelo y desapareció tras una
esquina, en el aire o en el agua. Fui por ella lo más rápido que pude, pero ya había
perdido la visión. Solté la red y caí al suelo estrepitosamente: me partí la cabeza, las
costillas, las dos rótulas. Yo no sé patinar. Pero me levanté, no sé cómo, quizás el
veneno de la sangre mezclada con espuma de mar, y seguí. Y seguí sin ver a más
nadie, no había gente, no había carros, en un cielo bajo flotaban los cadáveres, cuerpos
ahogados. La red no me impedía moverme, pero a medida que avanzaba se iban
enganchando: botellas, peces, revistas, circuitos, rocas, vestidos, animales molestos.
Ese tipo de cosas iba arrastrando con mi cuerpo, que sin embargo ganaba en
velocidad, como impulsado por una poderosa corriente submarina que era, al mismo
tiempo, un impulso poderosamente sexual. Tuve deseos de desnudarme, pero de
cierta forma ya estaba desnuda. Y sola. Y nadie me alcanzaría o se atrevería a
alcanzarme mientras siguiera patinando sin más dirección que mí misma.

De antemano hay que decir que todo salió mal. O que salió como salen las cosas
que no tienen profundidad ni sentido.
No nos dio tiempo a limpiar el hangar pero metimos en él una mesa larga, un
montón de sillas y de carteles, una expendedora de dulces y bebidas, potecitos de
pastillas diversas, grabadoras, cámaras, micrófonos, maniquíes, juegos de luces, etc.
Stephen King fue el primer día, saludó a todos, habló de todo, autografió hasta
libros que no eran suyos (uno de Harold Bloom, recuerdo) y no volvió a aparecer por
el hangar hasta el último día.
Pero aquello siguió andando. Y yo no pude ser el anfitrión real de King durante
aquella semana (por las noches iba a buscarlo al Free Havana y siempre estaba
durmiendo o no estaba) porque todos los participantes, incluso los extranjeros, veían
en mí a un supuesto coordinador en jefe.
Hubo lecturas.
Conferencias.
Debates.
Recuerdo que alguien habló de Códigos de Acceso o algo así.
Alguien leyó una novela completa y compacta y cuando terminó le pegaron un
tiro.
Sin que tuviera mucho que ver, un DJ ensayista o un ensayista VJ (no
entendimos bien, no entendimos nada), dio a conocer su último estudio sobre la
última literatura china. Planteaba que en lejanos supermercados lumínicos y pisos
flotantes de rascacielos, en lejanas microsalas de cine y columnas de quiosco semanal,
ya se estaban escribiendo y reescribiendo todo tipo de alimañas mecánicas, las cuales
se disponían a invadir poco a poco el planeta tomando posesión de los cuerpos. Para
finalizar, el estudioso se puso a leer textos breves de ficción en chino (o textos breves
de ficción china). Gritamos que nadie entendía. Él dijo:
—Pobrecitos —y siguió leyendo.
Otro día vino la policía y nos metieron presos a todos. Estuvimos en la cárcel
solo unas horas. Alguien pagó o intercedió por nosotros. El guardia que nos abrió la
puerta era un tipo amable y culto que había leído a Stephen King.
—Mañana estoy libre. ¿A qué hora empieza la actividad?
Hubo citas.
Exergos.
Desmayos.
Se presentaron y se vendieron libros que no estaban escritos.
Una editora argentina, entre un bostezo y otro, preparaba antologías.
Por las madrugadas, un subgrupo de participantes empezó a desarrollar su
propio evento, donde según ellos se abordaban temas que no eran considerados serios
o importantes en el evento diurno, ideas y formas que se dejaban de lado. El subgrupo
lo encabezaban autores (algunos de mis amigos) que decían sentirse censurados
porque no los dejaban leer (o porque no los dejaban no leer), y tras ellos fueron otros
cuya opinión era, básicamente, que el espacio diario del hangar se había acomodado
en la normalidad freak, que ya no era suficientemente subversivo y radical: faltaban
humores, blasfemias, esqueletos nuevos. Mientras tanto, un tercer subgrupo ojeroso y
medio zombi empataba alegremente la madrugada con el día sin prestar atención al
cisma (sin prestar atención a nada), o dividía el tiempo a su manera para poder tomar
notas cuando fuera necesario.
Nadie preguntaba por King. Pero llegaron rumores. Lo habían visto caminando
por ahí con una gorra de béisbol, caminando mucho bajo el sol. Lo habían visto
conversando con camareras, comprándoles helado a los niños. Y King sí preguntaba
por alguien. Pero nadie sabía responder.
El día de la clausura me preguntó a mí.
Who’s the girl?
Sospecho que para entonces él sospechaba la respuesta. Yo no. Yo no la supe
hasta ese momento.
Are you sure?
—Yo solo soy un viejo escritor americano —me dijo—. No he visto muchas
cosas.
Yo miraba a la doctora de las uñas pintadas pronunciando las palabras de
despedida del encuentro. Usaba una blusa transparente. No sé qué era lo que estaba
despidiendo.
—Pero he venido aquí gracias a ti, y aquí he visto algo sorprendente.
Aplausos. La gente empezó a abandonar los asientos.
Algunos no pudieron levantarse, pero…
—¿Quién es la chica?
…estaba claro que todo había terminado.
—Soy yo —le dije. Al fin.
Él se acomodó los espejuelos y me miró.
—¿Estás seguro?
—No.
Nadie estaba seguro de nada después de aquellos días. Así que sucedió algo
hasta cierto punto inevitable. Mis amigos y yo debíamos devolver los locos (sobre todo
las locas) al hospital. Pero como resultado de una confusión, algunos de mis amigos
viven hoy en el Psiquiátrico y algunos de los que fueron extras de Skate Fiction Days
hoy son personajes del under habanero.
Nada que tenga mucha importancia.
Acompañé a Stephen King del hangar al hotel y del hotel al aeropuerto.
Durante todo el recorrido evitó mirarme. Pero hablamos. Hablamos mucho.
—Mantente en movimiento —creo que fue lo último que me dijo antes de subir
al avión—. Mantente a salvo. —Típico one-liner. Me quedé para ver el despegue.
Quería tener la seguridad de que despegara rumbo a Maine.
Dondequiera que esté eso.
Sé que algunos me ven. Que algunos incluso me buscan. Es absurdo. Yo no
tengo nada que decir, nada que revelar.
Simplemente sigo patinando.
SETENTA Y SIETE
Francisco Ortega

Agosto, 1995.
Independencia, Santiago de Chile.

Conocía cada ruido de la casa: el aletargado crujido de las cañerías durante la


noche, ese continuo toqueteo de las ramas del ciruelo, las vigas de la terraza al
hincharse con los cambios de temperatura, el marco de las ventanas al ser alcanzado por
la primera luz de la mañana... A sus sesenta y cinco años, Elcira Ramírez dominaba tan
bien cada sonido de su hogar, que despertó de inmediato cuando un ritmo pesado y
cansino empezó a sucederse desde el pasillo de la puerta hacia el interior del primer
piso. Se quedó tranquila, en silencio, a oscuras, apoyada contra el almohadón más
grande de la cama. Y escuchó. El ruido no solo seguía allí, abajo, además se movía. No
cabía duda, alguien más respiraba en la casa, alguien que caminaba torpe,
deambulando entre el living, la cocina y el dormitorio que alguna vez fue de su hijo.
Sola en casa y con un extraño acechando. Recordó las veces que su hermana le había
ofrecido irse con ella: “alguien malo puede aprovecharse, tu hijo no va a regresar”,
fueron sus palabras. Pasos, claro que eran pasos, trancos arrastrados de quien parecía
revisar con atención cada uno de los detalles de la vieja geografía del lugar.
Elcira sentía su corazón apretado, latiéndole desordenado, con potencia, como si
fuera el estruendoso motor del auto viejo del dueño del almacén de la esquina. Un
miedo como nunca había experimentado en todos los años transcurridos desde que su
esposo murió y se llevaron a su hijo. Dos décadas sola, dos décadas abandonada a la
suerte, olvidada por los poderosos, los unos y los otros. Una vieja y un intruso, la
balanza no estaba a su favor. Pasos, pasos, pasos, latido, esa era la aritmética. Respiró
profundo y agudizó los sentidos, el hombre (porque era un hombre, pesaba como uno)
había entrado a la habitación de su hijo y allí se había quedado, tal vez de pie, tal vez
sentado en la cama, tal vez solo era un pobre vagabundo que buscaba un lugar para
dormir. Estiró su brazo izquierdo hacia el velador y encendió la lámpara de noche: luz y
fotografías antiguas la saludaron y le dieron valor. ¿Qué podía ser tan terrible? Llevaba
años guerreando contra los que mandaban, se había enfrentado a ejércitos y soldados,
todo por el derecho a saber dónde estaba su hijo. Si las botas y fusiles nunca la habían
asustado, por qué ahora, un pobre ladronzuelo (eso imaginó que era) la iba a intimidar.
Apretó los puños y brincó de la cama, buscó una bata gruesa, se puso los zapatos y
agarró el bastón que alguna vez fue de su esposo, como instrumento de golpe en caso
de necesitarlo. Estudió el escenario, don Luis estaba en la casa continua, solo había que
gritar fuerte, quebrar cosas, correr hacia la calle. ¿Y si traía un arma? ¡Que la disparara!,
total hacía rato que no tenía nada que perder. Ya no más. Bajó las escaleras y se
encaminó valiente al dormitorio de su hijo. Al entrar percibió un aroma mojado, a viejo,
como de algo guardado durante mucho tiempo que de la nada era sacado a la luz. Con
pasos sigilosos pero seguros se asomó a la habitación, cruzando el bastón sobre su
cuerpo, tratando inútilmente de parecer intimidante.
Y allí, bajo las sombras, reconoció la silueta de su hijo.
Sebastián. Su pequeño, el que un día se llevaron los militares, el que por tanto
tiempo buscó, el de la fotografía en los carteles mojados con agua represora, el tanto
tiempo sufrido, allí estaba, sentado en esa misma cama donde había despertado por
última vez.
La vieja se dejó caer llorando sobre su pequeño.
—Sebastiááánnnn tartamudeó entre lágrimas.
Él apenas respondió a su abrazo.
Y estaba tan joven, tan blanco, tan inocente, como si todos los años que pasaron
sobre ella se hubiesen restado sobre su único y amado muchacho.
Ella se lo comió a besos.
Él se la comió a mordidas.
Y aunque trató de pedir ayuda, aullar de horror y de dolor, no pudo hacerlo.
Elcira Ramírez entendió demasiado tarde que cuando tu propio hijo te arranca la
lengua, no se puede gritar.

15 años después.
Cuartel de la PDI. Policía de Investigaciones.
Santiago Centro.
Te buscanle informaron al comisario Martínez. Esa mina que está en la puerta,
la rubia alta, dice que necesita hablar contigo, que es importante.
Amador Martínez permanecía encerrado en una oficina sitiada por torres de
papeles, documentos y archivadores, labor en la cual se habían concentrado sus últimos
diez años de servicio a la policía civil.
—¿Quién es?bajó el tono.
—Una fiscal, no dijo más, solo que necesitaba al comisario Martínez.
El exdetective la miró, la muchacha no debía tener más de treinta años. Rubia,
cabello liso, anteojos de marco grueso, zapatos con tacones, mirada distante, hija de
buena familia, de barrio alto. Si usa esa falda negra y esa blusa gris es que quiere
respeto, infirió, también que le ha costado ganárselo. A las de su tipo no les resulta fácil,
son demasiados los que nunca dejan de verlas como muñecas de adorno.
Se acomodó la corbata, buscó su chaqueta y fue a recibirla.
—Antonieta Baculic se presentó ella; seria y con un apretón de manos que
reveló bastantes horas en el gimnasio. Era bonita, mucho, pero también algo masculina.
Hija única tal vez, demasiado metida en sus asuntos para pensar en tener pareja e hijos.
¿Y si era lesbiana?
—¿Usted dirá?le preguntó Martínez. Ella le pidió hablar en un lugar menos
concurrido.
Sabiendo que era seguida por las miradas de todos los hombres presentes,
Antonieta evitó cualquier gesto de amabilidad y siguió a Martínez hasta un pequeño
privado, junto a las oficinas de los oficiales. Tras cerrar la puerta, el comisario le ofreció
asiento:
—La escuchole dijo.
—Mi tarjeta, al reverso anoté el número de mi móvil.Le entregó Antonieta.
Luego se presentó como nueva fiscal adjunta de Santiago Norte y le informó que estaba
trabajando en un caso “bastante complejo” con la Brigada de Homicidios.
—¿Y en qué puede ayudarle un oficinista como yo?Quiso saber Martínez.
La fiscal Baculic abrió su bolso, sacó un computador portátil, lo puso sobre la
mesa, lo abrió, busco algo en las carpetas del disco duro y luego giró la pantalla hacia el
policía.
—No siempre fue un oficinista —le dijo.
La foto que aparecía en la superficie de cristal líquido fue como un puntapié para
Martínez. Un hombre con todo el vientre abierto, completamente vacío por dentro, sin
el menor rasgo de vísceras u órganos.
—Es el cuarto caso en dos meses, los jefes se las han arreglado con la prensa y el
gobierno para que no se sepa, igual que hace quince años. ¿Usted a cuántos llegó?
¿Veinte en un año, verdad? Así los conocen en la brigada, “los veinte de
Martínez”bajó sus anteojos y le clavó sus ojos azules.
—Fue hace tiempo, señorita, ya no sé de estas cosas.
—Averigüé su historia, comisario, sé que sabe mucho de esto…
—Entoncesalzó la voz Martínez si sabe tanto, habrá averiguado lo que me
pasó. Quiere un consejo, cámbiese de caso. Es mujer, puede alegar que es demasiado
fuerte, afecta su salud, qué sé yo, se ve inteligente, sabrá inventar algo. En serio,
olvídese de todo, deje el asunto, por su bienestar.
—Usted no lo dejó.
—Y vio lo que me ocurrió. Perdóneme, pero tengo mucho trabajo, estoy lleno de
expedientes y archivos que revisar. Y no me pagan horas extras.
—Su superior…
—Yo no tengo superior, señorita Martinic.
—Baculic.
—Baculic subrayóhace quince años que nadie me manda, si está tan enterada,
sabrá que fue parte del trato. Ahora, si me permite.La invitó a salir.
Antonieta Baculic dejó el edificio central de la Policía de Investigaciones y subió
al Hyundai gris perla donde la esperaba una detective de su unidad. La joven policía
estaba fumando y escuchando noticias en la radio.
—No quiere cooperarle dijo la fiscal.
—Es lógico, yo en su lugar estaría dolidorespondió la policía y encendió el
motor del vehículo.
Dos semanas después, nueve de la noche y Amador Martínez estaba en la cocina
de su departamento en Providencia, barrio Seminario, calentando una taza de arroz y
viendo los goles del fin de semana en televisión. No esperaba a nadie, ni siquiera
comida a domicilio, así que se sorprendió al escuchar el citófono. Era Baculic, la fiscal, la
bonita pero masculina. Insistía en hablar con él.
—Adelante.
La abogada venía vestida prácticamente de la misma forma como la había visto
hacía quince días, salvo que el color de su falda ahora era gris. La hizo pasar, le ofreció
asiento y le preguntó si quería algo. Ella solo pidió agua.
—Veo que es buenale dijo averiguó mi dirección.
—No es difícil cuando se tiene autoridad.
Martínez prefirió no agregar nada.
—Mirecontinuó ella sin rodeos, ha habido dos casos más desde la última vez
que nos vimos. Igual que sus veinte. Desollados, abiertos de cuajo, con sus vísceras y
órganos extirpados; todos con un vínculo en común, cada uno de los cadáveres está
vinculado con algún militar procesado por asuntos de derechos humanos. En su caso
fue al revés, con víctimas de la dictadura.
—Olvídese de este asunto, en serio, señorita, por su bien.
—Mire, Martínez, las cosas han cambiado en estos años. Sé que usted la pasó
mal, que desobedeció a sus jefes y estos lo degradaron a oficinista. Lo he investigado,
con su perdónle clavó su mirada celeste usted era un policía brillante, marcó pauta
entre sus compañeros, le auguraban una carrera brillante hasta que insistió demasiado
en lo de los veinte y llegó una orden desde arriba. Y de la calle lo pasaron a archivos,
perdió mucho…
—Más de lo que usted se imaginabajó la voz Amador por eso no sea tonta,
óigame, usted tiene toda la vida por delante. Además las cosas no han cambiado tanto,
solo están mejor disfrazadas.
—Lo necesito, Amador, únicamente usted tiene la experiencia. Escúcheme, por
favor, no diga nada antes, tengo influencias, soy buena en lo que hago, puedo
regresarlo a la acción, sacarlo de ese cuchitril lleno de papeles, reivindicarlo con la
institución. Le ofrezco cobrarse por lo que le hicieron…
El exdetective le respondió con una mirada.
—¿Me va a ayudar o no?
—Lo siento.
—Entonces, creo que he perdido el tiempo, con su permiso.
La fiscal se levantó, dejó el vaso con agua a medio tomar sobre la mesa de centro
y caminó hasta la puerta del departamento. Amador la despidió con amabilidad.
El comisario Martínez esperó a oír cómo el ascensor se abría y cerraba al fondo
del corredor, luego cruzó la cadena de la puerta de su departamento y regresó a la
cocina. Tuvo que volver a calentar el arroz.
Días después Amador Martínez jugaba con la tarjeta de presentación de
Antonieta Baculic. El logo del gobierno, de la fiscalía, el nombre de la muchacha, un
teléfono y una dirección de correo electrónico; al reverso, garabateado, el número de un
celular. Dejó la tarjeta sobre el escritorio, acomodó unas carpetas para disimular y
continuó leyendo en la pantalla del computador. Hacía tiempo que no lo hacía, meterse
a los expedientes de la Brigada de Homicidios, pero ahora las cosas eran distintas, los
“devorados” habían regresado, Antonieta y sus muchachos no tenían idea en lo que
estaban metidos. Crímenes sin resolver, igual que sus “veinte”, los de 1995, los que
pasaron y supuestamente a nadie le importaron. Ahora al menos los jefes fingían estar
apoyando al nuevo equipo. Antonieta se veía lista, sus antecedentes además revelaban
sus capacidades, pero aún era ingenua, lo suficiente como para no llamarle la atención
que nadie la presionara por solucionar rápido el caso, tampoco que asesinatos de
similares características apenas fueran mencionados en la prensa, pero bueno, hace
quince años él tampoco se percató de esas señales, vino a percibirlas cuando ya era
demasiado tarde. Levantó el teléfono y marcó el celular de la fiscal.
Tono muerto, nadie respondió.
Una semana después retomaron contacto.
Antonieta Baculic le dijo a la detective que la acompañaba que la esperara con el
motor apagado. Descendió del auto, miró que nadie viniera de uno o de otro sentido de
la calle y cruzó rápido a la plazoleta, ubicada al otro lado de la avenida. Se acercó al
Peugeot 305 allí estacionado y enfrentó al conductor.
—¿Qué es lo que quiere?le gritó.
—Suba.Le ofreció Martínez, abriendo la puerta del acompañante.
—Cree que soy estúpidacontinuó ella, acomodándose en el asiento lleva días
siguiéndome. Cuando le pedí ayuda me dio la espalda y ahora, ¿cuál es su juego? Tengo
diez llamadas perdidas suyas en mi celular, cuando se las regreso no contesta, qué está
haciendo, Amador, cree que…
—No creo nada, solo estaba preocupado por usted, no quiero que le pase nada
malo.
—Nada malo me va a pasar, no estoy sola.Le mostró el auto institucional al otro
lado de la calle.
Martínez bajó el rostro.
—No los matandijo.
—¿Perdón?
—Eso, no los matan, se los comenAntonieta no alcanzó a reaccionar. Tampoco
fueron veinte.
—Qué está diciendo, Martínez…
—Me escuchó bien. No fueron veinte los casos que investigué, en total sumaron
setenta y siete. Siempre son setenta y siete, antes de 1995 y ahora igual, en año y medio
más se va a cerrar la cifra, setenta y siete, acuérdese, setenta y siete…
—De dónde sacó eso.
—De lo vivido, fiscal. Dígaselo a sus superiores, mencione esa cifra, atrévase y
vea cómo le cierran la investigación. Si después necesita un hombro donde llorar,
búsqueme.
Antonieta Baculic regresó el último día hábil del mes al despacho del comisario
Martínez. No saludó a nadie, no pidió autorización, simplemente entró al privado del
policía y cerró la puerta de golpe tras ella. La vena de su frente se marcaba como la pata
de un gallo sobre los anteojos. Tiró un par de carpetas y lo enfrentó, quería respuestas,
no más rodeos. ¿Qué era eso de los setenta y siete? Bastó mencionarlos para que llegara
una orden desde arriba pidiéndole que dejara el caso, que el asunto entraba en terrenos
de la fiscalía militar.
—Supongo que también les dijo que se los comíanreaccionó Martínez.
—Supone mal, no soy tan estúpida.
—Debió decirlo, tal vez la habrían tratado con más respeto. La pasaron a llevar,
de ser la estrella de la fiscalía ahora es una más. ¿Se siente pésimo, cierto?
—No me joda, ¿quiero respuestas, Martínez?
El exinspector sonrió, buscó un papel y escribió algo con un lápiz de tinta negra.
—Cálmese, Baculic, aquí las paredes escuchan.Deslizó la hoja sobre el
escritorio, “paso por usted a las nueve de la noche, no comente nada con nadie, anote su
dirección acá abajo”.
Antonieta lo miró, agarró el lápiz y escribió rápido las indicaciones de un edificio
de departamento en Las Condes; “barrio alto”, pensó Martínez.
Cuando el reloj digital del tablero del viejo Peugeot 305 marcó las veintitrés con
cincuenta y cinco, Amador Martínez estacionó su auto junto a la entrada de un pequeño
pasaje en el sector bajo de la comuna de la Reina.
—Aquí es, la casa del fondo.Le mostró una propiedad con antejardín y
ventanas rodeadas por marcos y cruceros de madera pintados de blanco. Vamos, hace
rato que nos están esperando.
Aunque era evidente que la fiscal Baculic estaba nerviosa, también lo era que
confiaba en su acompañante, lo había hecho desde la primera vez que se habían juntado
a conversar. La puerta de la casa se abrió y una mujer de cabello blanco salió a
recibirlos, tenía una edad indefinible, detenida en algún punto medio entre los 45 y los
60 años. Sus ojos, verdes y profundos, destacaban contra una piel pálida con pocas
arrugas, salvo alrededor de la boca, adornada con labios rosados, jóvenes, y dientes
muy blancos.
El nombre de la dueña de casa era Dominga Serrano y de acuerdo a la versión de
Martínez era médica, con varios años de servicio en el médico legal, hasta su temprano
retiro a mediados de los noventa. Era miembro además del ejército de Chile, con el
grado de capitán.
—Si me permitedijo Antonieta, anotando el nombre de la mujer en una libreta.
—Claroaccedió ella escriba lo que quiera y si le parece grábeme, no creo que
ello marque mucha diferencia.
Antonieta prefirió no insistir en la última frase de la dama de cabellos blancos,
quien se ausentó a la cocina por un instante, tras ofrecer café a sus invitados.
Contra lo que la fiscal esperaba, fue Martínez quien comenzó.
—¿Cómo va en historia de Chile?le preguntó.
—Bien, supongocontestó ella, siguiéndole el juego.
La doctora Serrano repartió el café a sus invitados y en una bandeja puso un
azucarero junto a un frasco de sacarina. La fiscal no endulzó el suyo.
—¿Qué sabe de la Batalla de la Concepción?
—El día de la bandera, un grupo de jóvenes soldados chilenos, masacrados por
miles de indios y soldados peruanos, julio de 1882, uno de los últimos combates de la
Guerra del Pacífico, campaña de la Sierra tras la toma de Limarespondió segura la
fiscal. Dominga Serrano miró a Martínez y sonrió.
—Setenta y siete jóvenes soldados para ser exactaagregó la médica y
capitánSupongo que ha escuchado mucho ese número en estas últimas semanas.
Antonieta miró a Martínez.
—Señorita fiscalcontinuó la doctora lo que ahora va a saber supera cualquier
límite de lógica. No podemos pedirle que crea cada palabra que escuchará, pero por
alguna razón Amador confía en usted y supongo que no solo por ser una muchacha
bonita.
Antonieta se ruborizó.
—Únicamente vamos a pedirle que oiga sin opinar, ya habrá tiempo de despejar
dudas y demases. Esta verdad lleva más de cien años oculta en los altos círculos del
gobierno chileno, muchos han muerto por ella, otros hemos pagado con traiciones y
golpes por la espalda.
—Los escucho entoncesagregó Antonieta, con un dejo de burla en su tono,
detalle que Martínez y Dominga Serrano aceptaron como parte del trato.
—En 1882 las cosas no eran fáciles para Chilehabló el comisario. Teníamos el
dominio de Lima, habíamos ganado la guerra, pero en las sierras el general Andrés
Cáceres había reunido una fuerza descomunal de indios y negros, que junto a
remanentes de las fuerzas del Perú se preparaban para reconquistar el país y arrasar
con las fuerzas chilenas, la derrota era inminente, por muy distinta que sea la versión
que haya leído en los libros de historia. Cáceres nos tenía en vilo. Había que buscar una
salida y esta no estaba en las armas, sino en algo muy distinto, algo en teoría
abominable e imposible –Martínez sorbió un poco de su café–. Debe saber usted,
Antonieta, que a finales del siglo XIX la religión más popular en Chile era el espiritismo
y todos sus derivados y que muchas autoridades, sobre todo integrantes del Ministerio
de Guerra, eran simpatizantes de este culto, fue así como llegó al gobierno la historia
del Huitranalhue, muertos resucitados en un ceremonial mapuche encabezado por
cuatro brujos calcú, los que podían ser manejados a voluntad de quien los controlara,
una fuerza de ataque invencible, imparable y prácticamente inmortal, el gran secreto de
los tres siglos de resistencia araucana… Mal que mal lo único que requerían para
moverse era sangre, carne e interiores de los vivos. En marzo de 1882, el gobierno
chileno hizo un trato con un grupo de machis y brujos, quienes a cambio de tierras y fin
de hostilidades en el sur, aceptaron regalarle al gobierno chileno un batallón de muertos
vivos. Solo se necesitaban setenta y siete individuos para ser sacrificados y luego
revividos.
—Setenta y siete interrumpió Serrano porque siete es cifra divina, de creación,
y al repetirla es un acto de burla, blasfemia y desafío contra Dios, eso, por supuesto, si
se aceptan las creencias de estos brujos.
Martínez continuó:
—Así fue cómo se ideó la trampa de la Concepción. Setenta y siete muchachos,
casi niños, enviados como corderos al matadero, para ser luego resucitados y
convertidos en la fuerza que aseguró la victoria definitiva de Chile en las pampas del
norte. Esos setenta y siete primeros arrasaron con las sierras, devorando casi la mitad de
la población rural del Perú, transformándose además en un efectivo método de guerra
sicológica. El rumor de que el diablo peleaba por los chilenos era bastante cercano a la
realidad, nadie ni nada iba a atreverse a levantarse en armas contra ese poder ancestral
desatado por nuestro país, una maldición, un virus, un mito hecho realidad, convertido
en arma.
Antonieta lo miró, luego a la doctora. No dijo nada.
—Los setenta y siete han estado más de cien años al servicio del gobierno
chilenoagregó Serrano pero no son eternos. El hechizo tiene una razón de ser, es un
reacción física a determinados estímulos eléctricos y químicos causados por una mezcla
entre barro y agua, viven bastante, pero se van deteriorando, hasta que finalmente se
deshacen en polvo, por ello, para mantener a los setenta y siete, de vez en cuando se
realizan cacerías, asaltos a civiles con el objeto de convertirlos en cuerpos, estuches para
los Huitralnahues. Entre 1973 y 1979, Pinochet en persona ordenó renovar por completo
el batallón, por esa razón hubo tanta detención fortuita de muchachos jóvenes, apenas
vinculados con el régimen de la Unidad Popular. Un mínimo porcentaje de nuestros
detenidos y desaparecidos no son ni lo uno ni lo otro, sino miembros del cuerpo de elite
más efectivo de nuestras fuerzas armadas. ¿Por qué cree que ni el bloque soviético, ni
los Estados Unidos intentaron detener a los gobiernos de Allende y de Pinochet? ¿Si
Allende también lo supo y pagó caro este conocimiento? ¿O cree la versión oficial de
que el golpe del 73 fue por motivos políticos? Levantó las cejas. Nos tienen miedo,
fiscal, nos respetan por los setenta y siete sarcófagos enterrados a doscientos metros
bajo el palacio de la Moneda. ¿Le gustaría saber la verdadera razón de por qué
Argentina no nos atacó en 1978? ¿O qué llevaron los aliados chilenos de los ingleses a
las Malvinas en el 82? Señorita fiscal, el celo que el resto de Latinoamérica siente hacia
Chile no tiene nada que ver con razones políticas, simplemente nos temen, saben que
acá, los muertos corren y comen al servicio de la bandera tricolor.
—En el 95 usaron algunos de ellos para detener a gente que estaba molestando
demasiado por asuntos de derechos humanos, madres buscando hijos, abogados
principiantesexplicó Martínez esos fueron “mis veinte”. Ahora están deshaciéndose
de viejos partidarios de la dictadura militar, limpiando el país y aprovechando de
recolectar “estuches”.
Antonieta Baculic miró a Serrano, luego al comisario y torció una mueca llena de
sarcasmo.
—Y quién está detrás de todo, ¿Drácula?se burló.
—Cuando la doctora me lo contó, pensé que era Frankenstein Martínez le
siguió el juego.
—Digamos que hay gobiernos bajo gobiernosexplicó Serrano, gente más
poderosa e influyente, más allá del dominio de votos y plebiscitos. En todo caso, si le
interesa o si quiere preguntar, arriba, en lo más alto de su institución, de las policías, las
fuerzas armadas y de la presidencia, esta historia es bien sabida. Ocultada por miedo y
porque… bueno, póngase en el lugar del Presidente, hay secretos que por el bien común
es mejor mantener, aunque te jodan el resto de la vida. ¿Por qué cree que ninguno de
nuestros ilustres ha insistido en la reelección?
—Uno lo hizo.
—Porque sabía que iba a perder.
—¿Y qué se supone que debo hacer con toda esta información?
Amador Martínez respondió:
—Usted quería saber, vea usted lo que hace con esto. Nosotros simplemente
queremos vivir un poco más tranquilos, cada vez que lo contamos, dormimos un poco
mejor, sabe; algo que por desgracia no le ocurrirá a usted…
—Se supone entonces que debo creerles.
—Analice su último mes de vida, busque algo con más sentido que lo que le
hemos contado. ¿Le dieron alguna explicación racional al cerrar el caso? ¿Cuál fue la
reacción de sus jefes cuando mencionó el número setenta y siete?
Antonieta Baculic no contestó, miró la casa, a sus interlocutores y recordó el
informe sicológico del comisario Martínez, documento que había revisado antes de
pedir su ayuda. Inestabilidad emocional, decía junto a la firma del doctor, se habían
quedado cortos.
—Otro caféle ofreció la señora Serrano.
—Por favorpidió la fiscal.
—Yo voy, doctoraofreció el comisario. Mientras hierve el agua, muéstrele los
documentos, tal vez así en verdad nos crea.
—¡¿Hay documentos?!saltó Antonieta.
—Mi joven amiga, ¿cree que la trajimos acá solo para contarle una historia de
espanto?
Dominga Serrano se levantó y fue hasta un mueble emplazado tras el comedor,
abrió un cajón cerrado con llave y sacó del interior una serie de carpetas que luego
desordenó sobre la mesa de centro.
—Lea y revise lo que quierale indicó.
Martínez encendió con un chispero el quemador de la cocina y esperó a que el
agua hirviera. Y mientras veía el vapor subir por el pico de la tetera, fue hasta la puerta
del patio, levantó el seguro y la dejó entreabierta. Luego se acomodó contra la cocina y
cerró los ojos.
Las bisagras de la puerta del patio crujieron.
Enseguida vino el olor: fétido, húmedo, añejo y barroso.
Y los pasos cansados y pesados.
Otra puerta que se abría.
El grito de una mujer joven y bonita.
“Claro que hay documentos, señorita, no solo eso, ellos están aquí”, pensó que le
habría dicho la doctora Serrano mientras le indicaba que mirara hacia la entrada de la
cocina, donde las propias creaciones de la mujer de pelo blanco habían venido a la
fiesta.
Del segundo grito no había que preocuparse, después de todo cuando no se tiene
lengua, no se puede gritar.
Con los ojos cerrados el comisario Martínez escuchó: golpes, manotazos,
rasguños, murmullos, arañazos, risas...
Y finalmente la succión.
Entonces abrió los ojos y se asomó a mirar, siempre le gustaba ver el final de la
cena, sobre todo cuando la presa era tan joven y tan bonita.

Agosto, 1995.
Comuna de Independencia, Santiago de Chile.

Los dos agentes y la doctora ingresaron a la casa de Elcira Ramírez, la puerta


estaba abierta así que no tuvieron mucho problema para entrar. Se dirigieron al
dormitorio del primer piso y allí encontraron al muerto, dormitando junto al cuerpo
violentado de su madre. Le había abierto el vientre y devorado los órganos e intestinos,
bebido toda su sangre y masticado la lengua y el cerebro. Sangre y carne estaban
salpicadas por todos lados, nada que no pudiera limpiarse. El cadáver reposaba junto a
su comida, con el estómago hinchado y redondo, igual que un recién nacido que
acababa de ser amamantado.
—No querías a tu hijo, vieja culeada. Ahí lo tienesse burló uno de los agentes, el
más viejo y gordo.
La doctora Serrano, superiora de la unidad, lo hizo callar y se acercó a inyectar a
la unidad para regresarla a su estado de hibernación mantenida.
—Que vengan temprano a buscarlole indicó a los hombres.
—Sí, señoraaceptó uno de los agentes, mirando con temor a la criatura de piel
pálida, casi transparente.
—Tranquilosindicó la mujer. El muchacho no los va a molestar, pero les
aconsejo no tocarlo.
Luego tomó sus cosas y salió a la calle. La estaban esperando en la esquina.
Cuando finalmente se quedaron solos, los hombres se sentaron en el living,
tenían todo el resto de la noche y el día siguiente para limpiar, no había para qué
apresurarse.
—Te conté cuando los soltamos en Buenos Aires en el 78le dijo el más viejo a su
compañero.
—Muchas veces.
—Estos culeados casi se comen al fantasma de Gardel, pero ganamos la guerra.
—No hubo guerra.
—Eso es lo que crees tú, ahueonao. ¿Un cigarrito?
SONRISAS
Jorge Luis Cáceres

David Trepaud echaba un último vistazo a su agenda, donde regularmente


anotaba las citas de sus pacientes, como le gustaba llamar a los clientes que visitaban su
despacho en el edificio Alhambra, de la avenida República del Salvador. Lo hacía
recostado en el diván, ubicado al pie del librero que ocupaba la totalidad de la pared
izquierda del despacho. El diván, así como los tapetes, mesitas y lámparas, habían sido
regalos de Laura, su exesposa. Seis cuadros que ilustraban sonrisas, colgaban en la
pared, al fondo del despacho.
David aprovechaba las primeras horas de la mañana para tomar apuntes de los
casos que investigaba en su consulta. Era un renombrado criminólogo y profesor de la
Facultad de Leyes de la Universidad Internacional. Su trabajo elaborando perfiles
criminológicos para la Fiscalía le había significado un tratamiento de vidente, de gurú
especialista en casos difíciles.
El señor Ramírez cumplía un canon riguroso, establecido por David, llegaba
puntual a su consulta, siempre a las diez y media, en busca de nuevas pistas para
encontrar a su hijo desaparecido hacía tres meses. David leía plácidamente una novela
de Bill Denbrough, con esta llevaba tres novelas leídas, una por cada mes de
investigación. Bill Denbrough, según el expediente de la Fiscalía, era el escritor favorito
del hijo del señor Ramírez, un aspirante a escritor de novelas de misterio, quien por
rutina solía caminar en el Parque Metropolitano. Aprovechaba los meses de invierno,
que despertaban la naturaleza esquelética de los árboles sin hojas. El aspirante a
novelista había dejado una novela inconclusa, que David había solicitado leer. El gurú
quería descifrar alguna clave dejada por el chico.
—Señor Ramírez, buenos días. ¿Ha traído la novela de su hijo?
—Sí, pero me ha tomado tiempo recuperarla de su computador. Comprenda que
no es nada fácil para un padre sumergirse en los secretos de un hijo.
David miraba las comisuras de la boca de Ramírez y pensaba en una máquina
tragamonedas sin sonido, activada por un payaso de aspecto siniestro, era algo que
había leído en una novela de Bill Denbrough, algo que había inspirado las seis sonrisas
que adornaban la pared al fondo de su despacho.
—Señor Trepaud dijo Ramírez, llamando su atención y tomando lugar en el
diván donde regularmente conversaban. La semana pasada estuve en la Fiscalía y la
agente Andrade me comentó que había tratado de localizarlo. Me dijo que le había
dejado varios mensajes con su asistente, pero que usted no había dado señales de vida
por ningún lado.
David tomó asiento junto a Ramírez, colocó su libreta de apuntes sobre sus
piernas y tosió ligeramente. Analizó su respuesta. Ramírez parecía tranquilo, aun
sabiendo que la investigación no avanzaba.
Por fin, David abrió la boca.A verdijo, sonando reflexivo. La semana pasada
estuve en Guayaquil, para entrevistarme con un fanático de la obra de su hijo, un tal
Querido Tartaja. Una charla en el blog de su hijo, me llevo hasta el barrio de La
Prosperina, al norte de Guayaquil, donde me esperaba el Querido Tartaja. Su hijo se
hacía llamar señor WB.
—Señor Trepaud, ¡de qué trata todo esto!exclamó el señor Ramírez, sin
entender una palabra.
—Llámeme David, por favor.
—¡Señor Trepaud!nuevamenteexclamó Ramírez. ¿De qué blog habla? ¿Quién
es Querido Tartaja?preguntó, ahora de pie.
David avanzó hacia el librero y extrajo dos libros.Señor Ramírez, ¿ha leído la
novela Los rápidos negros? preguntó.
Ramírez dudó y luego alzó los hombros en señal de desconcierto.
David nuevamente tomó asiento junto al diván y pidió a Ramírez hacer lo
mismo.
Trataré de explicarle, señor Ramírez. Su hijo, era un fanático de Bill Denbrough,
un afamado escritor de Maine. Por eso bautizó a su blog como Los rápidos negros, y por
eso existe el Querido Tartaja y el señor WB, seudónimos utilizados dentro del blog para
intercambiar opiniones.
Ramírez siguió sin entender la explicación dada por David.
David llamó la atención de Ramírez hacia el librero.¿Cuántas veces ha estado
en mi despacho?preguntó. ¡Tres veces!secontestó el mismo. ¿Y alguna vez ha
mirado mis libros? ¿O se ha detenido a mirar los cuadros?
—Nocontestó Ramírez, meciendo su cabeza.
—Mi viaje a Guayaquil me condujo hacia Raúl Miranda, conocido como Julia
Foster, un travestido que vende películas en la calle J, del barrio La Prosperina. Julia
Foster es el Querido Tartaja, la primera pista real sobre la desaparición de su hijo.
¿A que no sabía que a Bill Denbrough, de niño en su Maine natal, le llamaban
El Tartaja? preguntó David, sin obtener respuesta de Ramírez, quien seguía recostado
en el diván con los ojos cerrados, pensando si se habría vuelto loco el gurú.
Creo que su hijocontinuó David, se topó con una criatura más desalmada
que las narradas en las novelas de Denbrough. A su hijo le gustaba tanto el horror y
quien llama al horror con insistencia, termina sonriéndole a la muerte.
David pidió a Ramírez entregarle el manuscrito de la novela de su hijo. Ramírez
le dio un total de diez hojas, se trataba del primer capítulo de la novela sin nombre del
aspirante a escritor de misterio.
Necesito media hora para analizar el textodijo David, solicitando a Ramírez
abandonar su despacho.
Pasada media hora, David pidió a Ramírez entrar y ocuparnuevamente el diván.
¿Descubrió algo, señor Trepaud?preguntó Ramírez intranquilo. Sus ojos eran
saltones y curiosos.
¡Nada mal!señalóDavid. Está visto que su hijo tenía mucho potencial.
¡Tenía!mencionóRamírez consternado. O sea que lo da por muerto. ¿Ha sido
el marica de Guayaquil, el tal Querido Tartaja, quien lo ha matado?
¡Tenía! ¡Tiene! Es un decir, solo estaba alabando la obra de su hijo. Julia Foster,
o el Querido Tartaja, no tienen vela en este entierro. Ya le dije que a su hijo lo visitó
alguien mucho más macabro que un simple travestido fanático de lecturas de terror y
misterioaseveró David.
David extendió la mano hacia Ramírez y le entregó unas hojas.
—¿De qué se trata, señor Trepaud?
—David, por favorinsistió el gurú.
Las hojas contenían la conversación en el blog del aspirante a novelista con el
Querido Tartaja.
Ramírez echó un vistazo a las hojas repletas de diálogos incongruentes entre el
señor WB y el Querido Tartaja.
Señor WB: Eso, Eso, Eso, me visitó por la noche, en un sueño. Me pidió reescribir
su historia. A Eso no le gusta la novela escrita por Bill Denbrough, donde Los Perdedores
derrotan a Eso.
Querido Tartaja: En tu mente existe un mal superior a Eso, que es capaz de
derrotar a Los Perdedores. Una criatura aún peor que las nombradas por Thad Beaumont
en su novela La mitad oscura.
—No entiendo nadadijo Ramírez, arrugando las hojas con sus manos y
golpeando el filo del diván.No entiendo nadavolvió a decir, esta vez tapando su
rostro con los restos de papel.
David caminó en dirección de los cuadros de sonrisas, al fondo de su despacho.
Señor Ramírezdijo. No hay por qué sulfurarse. Acérquese, por favor.
Ramírez se incorporó sin bríos, el estrés provocó un limbo en su mente. Apartó el
diván y caminó unos metros hacia el fondo del despacho. Colocó su mirada en los
cuadros de sonrisas, era la primera vez que los miraba con detenimiento y un horror
brotó en su cuerpo. Los cuadros eran ilustraciones de sonrisas cortadas por las
comisuras de la boca, manchadas por un rojo intenso a manera de sangre, que goteaba
de las bocas desgarradas.
Lo ve, señor Ramírez, tres veces ha estado en mi consulta y nunca se ha
detenido a mirar mis cuadros. Yo mismo los he pintadoseñaló David.
¿Y por qué razón las sonrisas parecen sufrir?preguntó Ramírez, con espanto.
“El gurú se ha vuelto loco”, pensó.
Pinto sonrisas desde niñomencionó David. Creerá que estoy loco. Que el
gurú, del que tanto hablan los medios de comunicación y la Fiscalía, es un simple
charlatán. Pero al leer la novela de su hijo y al conversar con Julia Foster, o mejor dicho
con el Querido Tartaja, mis dudas se disiparon. Su hijo, al igual que yo, era un fanático
de las obras de misterio. Observe mi librería y encontrará los mismos libros que leía su
hijo. He comparado el expediente detallado que me entregó la Fiscalía donde citan los
libros de su hijo, con mi catálogo personal.
Nuevamente el gurú hablaba en pasado, como si supiera qué criatura saboreaba
los huesos del aspirante a novelista.
En el primer estante están los libros más antiguos, cuando aún vivía Laura, mi
exesposa. Algunos me los obsequió ella. Por ejemplo, están los libros de Mort Rainey,
en especial Todos tiran la moneda. Laura y yo acostumbrábamos leer juntos antes de ir a
dormir. Recuerdo en particular el relato “Temporada de siembra”, de Mort Rainey. ¡No
lo sé!, pero siempre que veo el libro me acuerdo de Laura. Junto a Mort Rainey están los
libros de Scott Landon, Jack Torrance y su única novela Los luminosos, pues la escritura
lo volvió loco de remate hasta el punto de morir congelado. Una trágica historia la de
Jack,mencionó David. En el segundo estante podrá encontrar los libros de Mike
Enslin, muerto también y de Thad Beaumont, quien se suicidó. Paul Sheldon comparte
el tercer estante, donde guardo los monstruos de Mike Nonnan, Richard Bachman,
Stephen King y William “Bill” Denbrough. La única mujer del grupo, Bobbi Anderson,
la ubiqué cerca del retrato de Laura, en el cuarto estante, para que le hiciera un poco de
compañía.
Ramírez, inexpresivo ante las palabras de David, reflexionó sobre la relación de
la desaparición de su hijo y la puta biblioteca personal y los cuadros del gurú. El
Querido Tartaja, el viaje a Guayaquil, los nexos incongruentes encontrados en el blog y
en la novela de su hijo, no encajaban con los libros de escritores que para Ramírez
solamente escribían mierda. “El gurú había fabricado un delirio para subsanar su falta
de profesionalismo en el caso”, pensó.
Pierdo mi tiempodijo Ramírez mientras tomaba la novela de su hijo del
escritorio de David. Es lamentable su estado, señor Trepaud señaló, debería visitar
un especialista. Tantos casos lo han convertido en un ser frío y paranoico. Mi hijo está
desaparecido desde hace tres meses y usted solo habla de su obra como un crítico
literario.
Señor Ramírez, usted no entiendereplicó David, con actitud pasmada ante los
reclamos. La clave está en los libros y en los cuadros. Le mostré el camino pero usted
no ha querido ver.
David sacó del tercer estante un libro pesado y voluminoso. Ramírez recordó el
comentario del gurú: En el tercer estante descansan los monstruos. En la tapa del libro
sobresalía un payaso de aspecto fantasmal, con peluquín rojo. Sonreía diabólicamente
de perfil. Sus ojos despedían luces luminosas.Las luces de la muertecomentó David
en voz alta. Se trataba de la novela IT, de Bill Denbrough, basada (según la leyenda) en
su niñez en Derry. David se frotó las manos antes de abrir el libro. Buscaba las líneas
que mencionaban una tortura practicada por los niños de Derry conocida como “la
sonrisa del payaso”.
Ramírez torció su boca. Era una mueca de “cierra el pico y déjame ir, maldito
loco”. Los dos permanecieron de pie; frente a frente, como dos pistoleros antes de
disparar. David tomó la iniciativa y comenzó a narrar la historia del primer cuadro que
había pintado:
Cuando era niño, mis padres me regalaron un gato por mi cumpleaños. Pronto
le tomé cariño y el gato parecía corresponder a mi amor y dedicación. Chispita era su
nombre. Cuando creció, Chispita comenzó a comportarse de modo extraño, se volvió
irascible con todos, menos conmigo, eso me acarreaba problemas con mi padre, que
odiaba al gato. Una tarde de verano, cuando llegué a casa, descubrí a mi madre con los
brazos ensangrentados. Chispita la había atacado en su dormitorio sin motivo aparente.
Llamé al gato, pero Chispita no llegó a mi encuentro como era su costumbre. Avancé
hacía el patio trasero con la intención de buscarlo, pero me sorprendí con la imagen de
mi padre sosteniendo un martillo por encima de su cabeza y machacando a Chispita. Le
gritaba: “te mataré, estúpido gato, voy a molerte a golpes, gato infernal”.
Luego de varios minutos, mi padre dejó el cuerpo de Chispita y me pidió
deshacerme del gato. Ni siquiera pudo mirarme a los ojos para pedirme perdón por su
crimen. Cavé un profundo hoyo en el terreno baldío cerca de mi casa, para que ningún
niño pudiera encontrar a mi mascota. Esa noche tuve la primera de varias pesadillas.
Soñaba con la boca mutilada de mi padre. En mi sueño era yo quien sostenía el martillo
y molía a golpes a mi padre en el patio trasero. Noche tras noche tenía el mismo sueño y
me perseguía a todos lados, como una sombra que se hacía más oscura. Luego vinieron
las voces: “córtalo, córtalo, córtalo”, me decían, era el coro del infierno.
Un día mi padre me pidió que le ayudara a cortar el césped, era su forma de
hacer las paces. Hablaba de cómo podar los árboles y poner fertilizante, pero las voces
volvieron más intensas: “córtalo, córtalo, córtalo”, decían, así que tomé las tijeras
mientras mi padre continuaba en el suelo palpando la tierra, y las metí en su boca
cortándole la mejilla. Empezó a desangrarse, gritaba: “¡qué has hecho, engendro!, ¡te
moleré a palos!”. Mi madre, que estaba en la cocina, corrió hacia el patio y aterrada
empezó a sollozar. Ella no tuvo la culpa, pero apreté la tijera en su garganta rasgando
su cuello. Luego miré a mi padre, no podía creer lo que estaba pasando. Trató de
arrancarme las tijeras, pero en cuanto alargó sus manos le corté los dedos, y luego
también le corté el cuello. Cómo me libré de ir a un reformatorio es un cuento aparte, lo
importante es que las voces y las sonrisas se apagaron hasta que conocí a Laura.
Ramírez, intranquilo por la frialdad de David al contarle cómo había asesinado a
sus padres, no encontraba la manera de salir del despacho, que parecía una jaula hecha
a la medida.
David, sin prestar atención a lo que hacía Ramírez, continuó hablando de su
pasado.
Conocí a Laura en la universidad y nos hicimos muy amigos. Ella estudiaba
literatura, y yo, leyes. Precisamente fue Laura quien me habló de los libros de Mort
Rainey y Thad Beaumont, después de un comentario que hiciera sobre mis pesadillas de
niñez. Cuando nos graduamos de la universidad, seguimos siendo buenos amigos,
charlábamos, usted sabe, en pequeños barcitos y restaurantes hasta que nació el amor
entre nosotros. Los primeros años de matrimonio pasaron sin problemas.
Aprovechábamos nuestra juventud para viajar y conocer distintos lugares, frecuentar
amigos en común y realizar fiestas y reuniones en casa. Todo iba de maravilla hasta que
las pesadillas y las voces regresaron. Como terapia, Laura me sugirió pintar mis
pesadillas, no era bueno cargar con tanta maldad adentro, tenía que sacarla de algún
modo. Los tres primeros cuadros en pintar fueron las sonrisas mutiladas de Chispita y
mis padres, que al contrario de aletargar las voces, terminarían por amplificarlas. Una
noche Laura me sorprendió con una nueva novela de Bill Denbrough, hacía mucho que
no leíamos juntos, y como me veía mejor Laura quiso retomar una vieja costumbre.
Leímos durante hora y media la historia de un payaso que marcaba los labios de un
chico con una filosa navaja, algo similar a mis pesadillas. «Córtame, córtame, córtame,
David», decían las voces.
Pobre Laurasuspiró David nunca supo cuánta maldad realmente había en
mí.
Ramírez permaneció inmóvil. Como un reflejo miró a la pared y una boca de
finos labios le sonrió de manera escalofriante.
¿Entonces también mató a su esposa?preguntó.
La maté sin dolorcontestó David. Se podría decir que murió dormida. Si
quería una historia morbosa y sangrienta, no se haga ilusiones, lo que pasó esa noche
solo nos concierne a Laura y a mí, aunque confieso que las voces se callaron cuando
mutilé su boca dibujando una sonrisa. Al amanecer la enterré en el patio de nuestra casa
y planté un árbol de manzanas, como un homenaje al cuento de Mort Raineyque tanto
le gustaba. Pero no se preocupe, señor Ramírez,añadió David, para usted tengo una
historia más interesante.
Trepaud, es usted un puto locoafirmó Ramírez, alertando cómo sus manos se
apretaban en señal de defensa.
David se apartó del librero y caminó en dirección a Ramírez. Abrazaba el libro de
Denbrough y, como una revelación, señaló en dirección al quinto cuadro que colgaba en
la pared. Dibujada en tonos oscuros, sobresalía una sonrisa marcada con una especie de
mancha roja muy intensa. El rojo más intenso que había visto Ramírez en su vida.
Del interior del libro, David extrajo una fotografía del hijo desaparecido de
Ramírez, la usaba como separador de hojas para no olvidar el pasaje de la novela de
Denbrough que narraba “la sonrisa del payaso”. Luego tomó la fotografía entre sus
dedos y colocó la imagen a la misma altura que el quinto cuadro. Ambas imágenes se
convirtieron en una sola visión ante los ojos desorbitados de Ramírez. Su hijo estaba
muerto y sonreía en la pared de Trepaud.
David apartó la foto del hijo del señor Ramírez y tomó asiento en el diván.
Creo deberle una explicacióndijo calmado, y sin esperar respuesta de Ramírez
confesó que el Querido Tartaja había sido una invención de su autoría para acercarse a su
hijo. Sin querer, un día se topó con el blog Los rápidos negros y se hicieron amigos. A
diario compartían historias y el aspirante a novelista le había contado que tenía planes
para reescribir una novela de Denbrough y convertirla en una maldad aún mayor.
No creerá lo que le voy a decir, señor Ramírez, pero su hijo me recordó a Laura
y le tomé cariño. Y es que tengo un grave problema. En cuanto les tomó cariño a las
personas, enseguida regresan las voces y empiezo a imaginar sonrisas repletas de
sangre. Como me pasó con Laura y con Chispita.
Sería precisamente en este diván donde mantuvimos la última
conversación,suspiró David, posando sus ojos en Ramírez.
Ramírez no podía creer lo que escuchaba. Durante tres meses había compartido
con el asesino de su hijo y sin saber había visto su sonrisa colgando en la pared.
¿Quiere decir que mi hijo estuvo aquí?preguntó Ramírez intranquilo, al borde
de perder el control. Sus manos parecían granadas a punto de estallar.
Nos citamos por el blogrespondió David. Fuimos a tomar café en el bar del
cine Ocho y Medio, en La Floresta. Juro que cuando su hijo sonreía, no podía pensar en
otra cosa que en su sonrisa cortada y repleta de sangre. Luego, por insistencia mía,
fuimos a mi despacho, quería indicarle la novela de Bill Denbrough que pensaba
reescribir. Su hijo se tendió en el diván, acariciaba el lomo del libro con ternura y reía
como un niño, nunca había visto un ejemplar de la primera edición de IT. Al verlo así
recordé la parte de la novela de Denbrough que trata sobre “la sonrisa del payaso”. Y
las voces regresaron: “córtame, córtame, córtame”, decían. Me coloqué por detrás de la
cabeza de su hijo, quien miraba distraído el libro, y ágilmente coloqué un estilete en su
boca y lo corté de un tajo. Pronto la sangre brotó y su hijo empezó a chocar contra todas
las cosas como un carro desbocado. Sollozaba, seguramente de dolor. Intentó pelear,
pero cada vez que se acercaba le cortaba alguna parte de su cuerpo, hasta dejarlo como
un colador. Sin fuerzas para seguir peleando cayó de rodillas cerca del diván, tomé su
cabeza y metí nuevamente el estilete en su boca, quería dibujarle una sonrisa, tal como
el payaso de Denbrough lo hacía en su novela. Luego corté su cuello y lo dejé
desangrarse como un cerdo después de la faena. Pero esa noche aún no había
terminado, las voces seguían hablando a mi oído: “córtame, córtame, córtame”, decían.
Mutilé el cuerpo de su hijo hasta hacerlo picadillo, pero las voces no dejaban de
atormentarme. Me había convertido en el monstruo que tanto buscaba su hijo, pero mi
monstruo personal sería peor.
Ramírez apretó sus manos, las venas de su cuello hervían.
¿Y ahora qué?preguntó. ¿Vamos a forcejear hasta morir o hasta que venga la
policía? Los dos sabemos cómo terminará todo esto. Vamos a matarnos, eso es lo que
haremos, puto loco de mierdaconcluyó.
Está en lo cierto, soy un puto locodijo David, incorporándose del diván.
Creo que es el finseñaló.
Ramírez retrocedió, apretó mucho más sus manos. Era un reflejo de
sobrevivencia.No se acerquegritó.
Tranquilo, señor Ramírezdijo David. No seré yo quien lo mate. Recuerda
que mencioné que en el tercer estante del librero están los monstruos y que dije que
quien busca un mal mayor lo termina por encontrar. Pues yo encontré el mío, la noche
que asesiné a su hijodijo David con el rostro desencajado.
De pronto el lugar se volvió siniestro y del librero emergió una criatura
horrenda, de piel oscura similar a la brea. De su boca chorreaba una sustancia viscosa y
su cuerpo era compacto y macizo. Sus dientes parecían colmillos filosos como agujas
interminables, y sus ojos profundos y amarillos, tan brillantes que hacían imposible
verlo de frente.
Las luces de la muerteexclamó David antes de cerrar los ojos.
Ramírez se quedó petrificado al ver a la criatura. “Este era el monstruo de
Trepaud”, pensó. Sin escapatoria, la criatura se abalanzó sobre él, cortando su carne y
rompiendo sus huesos a mordidas. Cuando la criatura terminó con Ramírez,
desapareció dejando una estela de luz en el despacho. David abrió sus ojos y descubrió
el lugar intacto, como si nada hubiera pasado. Lo único extraño era que la cabeza de
Ramírez yacía en el piso junto con un lienzo y una navaja.
EL JUEGO
Patricia Esteban Erlés

Sigo castigada. Al asomarme a la puerta entornada de mi cuarto escucho el


rumor de sus voces a través del hueco de la escalera. Mi madre solloza bajito; mi padre
sube el tono cuando habla de ese sanatorio suizo en el que el doctor Ocampo le ha
recomendado internarme. Escucho el sonido de sus pasos, ploploplop, y su voz
acercándose y alejándose luego, porque no deja de moverse de un lado para otro como
el tigre amarillo del zoológico. Seguramente camina con las manos a la espalda como
cuando está muy enfadado, mientras mamá llora sentada en su sillón, con las piernas
muy juntas y un pañuelo blanco hecho una bola entre las manos. Hay que tomar una
decisión, Mercedes, le dice mi padre, y después se hace el silencio.
Van a llevarme allí, no sé si Laurita vendrá conmigo, pero a mí seguro que me
llevan. Tú tienes la culpa, le digo muy enfadada, girándome desde la puerta. Mi
hermana gemela, Laurita, sonríe, sentada sobre la cama y encoge los hombros. Está
acostumbrada a librarse de todos los castigos; pese a que yo solo hago lo que ella me
ordena, siempre se libra.
Me cortarán el pelo al cero en ese asqueroso colegio para niñas malas, me
pondrán un vestido de arpillera, me encerrarán en un cuarto lleno de ratones y
cucarachas y solo beberé el agua de lluvia que pueda recoger en la palma de la mano, a
través de los barrotes de un ventanuco. Les he dicho la verdad y no me han creído.
Tengo miedo. Ahora lloro bajito, hihihi, como nuestro cocker Jasper, tumbado a la
sombra de su sauce favorito cuando me acerqué a él con el trofeo de papá en la mano.
El año pasado mi padre quedó tercero en el torneo del club y le dieron aquel ridículo
señor de bronce, con gorra y un palo de golf levantado, que pesaba una burrada. De
verdad que yo no tenía nada en contra del pobre Jasper, fue mi hermana Laurita, como
siempre, la que me ordenó que tomara el trofeo de la vitrina y lo atara a un extremo de
nuestra cuerda de saltar, quien me susurró que Jasper sufría mucho por culpa del
reuma y era mejor para todos que anudara muy fuerte el otro extremo del saltador a su
cuello. Me negué al principio, como de costumbre, pero Laurita me dijo que entonces
jugaríamos a lo de la muerte, y eso sí que no.
Jasper estaba ciego y apenas podía mover las patitas de atrás porque ya tenía
doce años. Lloriqueó bajito cuando me arrodillé junto a él para acariciarle sus orejas,
largas y rizadas como la peluca de un rey francés, y no dejó de hacerlo mientras lo
llevaba en brazos hasta el borde de la piscina. Después lo vi patalear brevemente en la
superficie, tratando de mantenerse a flote, pero enseguida le fallaron las fuerzas y se fue
al fondo. Al mirarlo allí abajo, tan quieto, pensé que ya no daba tanta pena, porque en
realidad no parecía un perrito, sino más bien la sombra de una araña negra y muy
gorda. Al cabo de una hora Laurita y yo estábamos tumbadas tan tranquilas sobre mi
cama, leyendo a medias un libro de Los Cinco que nos gusta mucho, cuando
escuchamos el alarido de mi madre en el jardín.
La verdad es que últimamente Laurita está muy pesada, pero mi padre no cree
una palabra de lo que digo, y mamá se echa a llorar cuando acuso a Laurita de
obligarme a hacer cosas. Claro, ellos no tienen que aguantar el juego de la muertita, de
lo contrario, también harían todo lo que ella les pidiera. Detesto ese juego, mamita
querida, le confesé a mi madre la penúltima vez, Laurita es mala y dice que se morirá
delante de mí si no le obedezco. Pero mamá me miró como si no entendiera, con sus
ojos abiertos como platos y algunos fragmentos de su muñeco Otellito entre las manos,
sin dejar de susurrar una y otra vez: ¿Por qué lo has hecho, Victoria, por qué? Ella no se
imagina la pena que me dio estampar contra el suelo el muñeco negro de porcelana que
había pertenecido a mi abuela de Cuba. Hasta tuve que cerrar los ojos para hacerlo.
Sabía que aquel bebé de color chocolate, que tenía las manitas gordezuelas levantadas
como si estuviera muy contento y fuera a empezar a aplaudir de un momento a otro,
era el último recuerdo que le quedaba a mi mamá de la suya. Era lindo de verdad,
Otellito, tan lindo, sonreía con la boca abierta y tenía los dientes muy blancos, y hasta
un poco de pelusilla negra muy rizada en lo alto de su cabecita. Mi abuela Silvia le
había tejido el jersey y el pantalón de punto azul celeste que llevaba, también los
diminutos patucos con botones de nácar, y mamá lavaba a mano aquellas prendas cada
semana para evitar que cogieran polvo en lo alto del armario. Luego, mientras la ropa
se secaba a la sombra, envuelta en una toalla blanca como si fuera un tesoro, frotaba con
un paño húmedo los brazos y las piernas de Otellito, su cara de negrito feliz, y tarareaba
una canción de cuna que la abuela Silvia le había enseñado cuando vivían en La
Habana. Yo sabía cómo iba a dolerle encontrar a Otellito hecho trizas, que también a
ella se le iba a partir el corazón en un montón de pedazos pequeños que nadie iba a
poder recomponer, pero Laurita se cruzó de brazos y agitó la cabeza de un lado para
otro mientras yo le suplicaba y le ofrecía mis canicas de vidrio azul, la bañera con patas
de latón de mi casa de muñecas, hasta el guardapelo de oro que me regaló nuestra
madrina. Qué tonta eres, me dijo, ¿para qué quiero un guardapelo que tiene dentro un
mechón mío, si puede saberse? Rompe el muñeco o jugamos, dijo, y lo siguiente que
recuerdo es que me subí a una silla para alcanzar al inocente de Otellito, que estaba allí,
como siempre, sentado en su esquina del armario de nogal de mis padres, tan feliz. Ni
siquiera el terrible golpe contra los azulejos consiguió quitarle la sonrisa de los labios,
tan solo se la partió por la mitad.
Me alejo deprisa de la puerta porque escucho los pasos cansinos de mi madre al
pie de la escalera. Corro hacia la cama y empujo bruscamente a Laurita, para que me
haga un sitio. Disimula, viene mamá, le digo entre dientes, así es que nos sentamos a lo
indio y nos ponemos a jugar a piedra, papel o tijera. Mamá se detiene junto a la puerta y
da dos golpecitos muy suaves. Pregunta en un susurro, ¿Estás ahí, Victoria?, con una
voz tan triste que me tiembla la garganta al contestarle que sí, que estamos las dos, aquí,
jugando tranquilamente. Mamá ahoga un sollozo al otro lado, lo sé, y espera un poco
con la mano puesta en el tirador antes de entrar. Laurita y yo no decimos nada cuando
la vemos aparecer, sonreímos de oreja a oreja para que se calme y vea que todo está bien
ahora. Pero mamá no sonríe. Parece un fantasma triste, le están saliendo canas
plateadas por toda la cabeza y ese horrible vestido negro dos tallas más grande le queda
fatal. Se sienta en la cama de Laurita y arregla el cojín en forma de corazón. Después me
mira.
Victoria. ¿Por qué?
Ya estamos. Solo me habla a mí, como siempre, y la sonrisa se borra de mi rostro.
Me enfado, me enfado mucho. Quiero que me crea y empiezo a contarle otra vez, desde
el principio, lo de la muertita, para que vea que no miento. Me estoy poniendo roja de
rabia. Cierro los ojos. Le digo que Laurita se empeñó en jugar a eso por primera vez un
domingo por la mañana, a la vuelta de misa, y que luego insistía siempre en volver a
hacerlo. Le cuento cómo subíamos corriendo escaleras arriba, mientras papá se quedaba
leyendo el diario en la sala de estar y ella marchaba a la cocina a supervisar la tarea de
Matilde, nuestra cocinera. Yo caminaba unos pasos por detrás de Laura y la veía trotar
hasta el dormitorio de ellos, que era su lugar favorito para morirse. Entonces se
tumbaba en la cama de matrimonio y levantaba el brazo para indicarme con un gesto
imperioso que entornase la puerta de la alcoba. Así lo hacía yo, que nunca supe llevarle
la contraria, a pesar de que aquel juego me aterraba.
Mi madre me pide por favor que me calle, pero no le hago caso. En lugar de eso
le digo que no soportaba mirar a Laurita cuando se quedaba tan quieta, pero no podía
hacer otra cosa. Me quedaba junto a la cama, viendo flotar sus rizos negros contra el
almohadón de raso, como la cabellera fosilizada de aquella actriz famosa que se tiró al
río y salió en todos los periódicos. Cuando mi hermana cerraba sus ojos era como si se
apagaran de pronto todas las estrellitas blancas que le brillaban dentro. Laurita parecía
más que nunca una muñeca, y me daba miedo mirar sus fosas nasales de adorno, sus
largas pestañas disecadas en torno a los párpados, las manitas cruzadas sobre el pecho
igual que las de la abuela Silvia cuando aquel hombre flaco de la funeraria nos dijo que
podíamos pasar a verla, porque ya estaba arreglada. El vestido de seda azul que mamá
nos ponía a las dos los domingos dejaba de ser idéntico al mío y se convertía en la tulipa
inmóvil de una lamparita. Las piernas de Laura parecían dos palillos, enfundadas en
sus medias blancas, y terminaban en un par de merceditas de charol negro, muy
relucientes y con sus suelas nuevas.
Yo estaba viva y mi hermana Laurita se había muerto. Parada junto a la cama la
realidad y el juego se mezclaban hasta convertirse en una sola cosa, yo estaba viva y mi
hermana gemela se había muerto. Me sentía culpable de seguir de pie y de temblar
como una hoja, con los ojos llenos de lágrimas que apenas podía contener, mientras mi
hermana se quedaba quieta para siempre y con los zapatos puestos. Eso era lo peor, sus
zapatos nuevos que nunca llegarían a gastarse. Entonces corría hacia el armario, abría la
puerta y me escondía dentro. Me quedaba allí encogida mucho rato, hasta que Laurita
empezaba a reírse y a saltar sobre el colchón, gritándome que era una sonsa y una
cobardica, y yo me picaba y salía hecha una furia cuando no podía más, con las mejillas
rojísimas por la falta de aire.
Ya no estoy enfadada, ahora me río acordándome de mi cara roja como un
tomate, de las ruidosas carcajadas de Laurita señalándome, muerta de la risa y dando
patadas en la cama de mis padres. Cuando termino de contarle todo esto a mi madre
me doy cuenta de que ni siquiera espero ya que me crea. Mamá saca del puño de jersey
su pañuelo arrugado y se seca el rastro que las lágrimas han dejado en sus mejillas.
Laurita me mira con ojos llenos de rencor. Yo miro a mamá, expectante y entonces ella
dice, y sé que me lo dice a mí:
Cariño, tu hermana está muerta. ¿Entiendes eso?
Pero no le contesto ni que sí ni que no. Miro a Laurita, que ahora saca la lengua y
se lleva el dedo a la altura de la sien, dándole vueltas. Me entra la risa. Sí, claro, muerta,
qué sabrá ella.
DUPLICADOS
David Roas

—Si el universo se está expandiendo, un día se romperá, y eso será el fin de todo.
—¿Y eso a ti qué te importa? ¡Tú estás en Brooklyn! ¡Y Brooklyn no se está expandiendo!
WOODY ALLEN, ANNIE HALL

En 1937, el físico Erwin Schrödinger imaginó un experimento que consiste en meter a


un gato dentro de una caja opaca en la que se ha instalado un peligroso dispositivo: sobre una
ampolla de veneno pende un martillo, el cual, a su vez, está conectado a un mecanismo detector
de partículas alfa; si este es alcanzado por una, el martillo cae, rompe la ampolla y el gato
muere. Junto al detector se coloca un átomo radiactivo con una característica especial: en el
lapso de una hora puede emitir o no una partícula alfa; la probabilidad de que suceda una cosa o
la otra es la misma: el 50%.
Evidentemente, al cabo de esa hora se habrá manifestado una de las dos posibilidades y
el gato estará vivo o muerto. Pero no podremos saberlo si no abrimos la caja para comprobarlo.
Las leyes de la mecánica cuántica nos dicen que mientras nadie mire en el interior de la caja el
gato estará a la vez vivo y muerto. O lo que es lo mismo, se produce una superposición de los
dos posibles estados. Al abrir la caja, el observador interactúa con el sistema y lo altera, rompe
esa superposición cuántica y el sistema se decanta por uno de los dos estados.
A partir de esta paradoja, el físico Hugh Everett propuso en 1957 su teoría de los
mundos múltiples o multiverso: el gato está vivo y muerto, pero en dos universos distintos, o
paralelos.

Al entrar en la tienda de mascotas, sabía que iba a acabar arrepintiéndome. Y


todo por culpa de mis alumnos. En la clase de ayer, tras explicarles la paradoja de
Schrödinger, alguien propuso que lleváramos a cabo el experimento. Al principio lo
tomé por una broma y volví a repetir que la tesis de Schrödinger no iba más allá de ser
una simple paradoja, que se trataba de un experimento imaginario: importaba más
como hipótesis que como prueba efectiva de la incertidumbre cuántica. Algunos
protestaron.
A ver si pensáis un poco, les dije, que la cosa no va mucho más lejos: si hacemos
el experimento lo único que tendremos al abrir la caja será o un gato vivo o un gato
muerto. No hay más. ¿No será que lo que os apetece de verdad es cargaros a un pobre
bicho? Si queríais jugar con animalitos haber estudiado biología.
Molestos por mi broma, algunos protestaron. Para defenderme les dije que
usaran la imaginación (si es que la Playstation no había acabado definitivamente con
ella) y que se olvidaran de torturar a un pobre gato. Si tanto les interesaba, les dije que
leyesen un artículo publicado en la revista Nature
(www.nature.com/nature/journal/v448/n7155/abs/nature06054.html) en el que se
mostraba cómo unos científicos del Instituto de Óptica de París habían logrado emitir
un pequeño número de fotones en una superposición de estados incompatibles. ¡Un
gato de Schrödinger óptico!, exclamé intentando que la cosa pareciera el no va más.
Ni se inmutaron. El mundo subatómico no podía competir con un mamífero
peludo. Como no quería más deserciones («Mecánica Cuántica I» no es de las
asignaturas más populares), fingí que me convencían. La verdad es que me apetecía
ver la cara de decepción de mis estudiantes ante aquel experimento inútil. Lo malo es
que eso podía provocar la muerte de un inocente animal.
El inevitable sentimiento de culpabilidad que empecé a notar al cruzar la puerta
de la tienda, me obligó a comprar dos gatos. Así, si uno moría, cuidar del
superviviente devolvería un cierto orden al universo. En un arranque literario, los
compré negros.

Esta mañana, al llegar a la Facultad, mientras preparaba el instrumental


necesario para llevar a cabo el experimento, se me ocurrió realizar un ensayo. Todavía
faltaban tres horas para mi clase y no estaba de más comprobar que todo funcionara
bien (lo reconozco, no me apetecía fallar delante de mis quejosos estudiantes). La
responsabilidad ha vencido a la culpabilidad y he decidido utilizar el segundo gato
(todavía quedaban muchos en la tienda para, en caso de necesidad, apaciguar mi mala
conciencia). Lo que no sospechaba es que con ello iba a provocar un cataclismo de
proporciones astronómicas.
Después de acondicionar la caja y colocar en su interior la ampolla de veneno y
los diversos aparatos, he procedido a meter en ella a uno de los gatos. No ha sido nada
fácil: con una fuerza impensable en un bicho tan pequeño –quizá su hipersensible
sistema sensorial le advertía de lo que iba a ocurrir–, se debatía como un loco,
agarrándose al borde de la caja con sus afiladas uñas. Aunque, previsor, me he puesto
unos guantes, no me he librado de sus arañazos y mordiscos. Al final, he tenido que
sedarlo para poder cerrar la tapa. Sus desconsolados maullidos me han acompañado
durante un buen rato. Ajeno a las protestas de su compañero, el segundo gato
dormitaba plácidamente en su jaula.
El experimento ha dado comienzo a las diez de la mañana. Dado que tenía lo
que sin duda iba a ser una larga hora por delante, para entretener la espera me he
puesto a ordenar las notas para un artículo que debo entregar la semana que viene.
Pero la irritante sensación de estar perdiendo el tiempo con un experimento
absolutamente inútil, me impedía concentrarme. He pensado bajar a la cafetería, pero
no quería dejar al pobre gato solo. Podía despertar y al verse encerrado, sufrir un
ataque de pánico y volverse loco.
Inevitablemente, me he proyectado en el gato, en su miedo al ser encerrado en
aquel cajón oscuro, con los sentidos alerta esperando que algo –malo– ocurra. Y, de
pronto, me he visto a mí mismo, de niño, acostado en la oscuridad de mi habitación,
atormentado por el miedo, desde que vi en la televisión a un científico que hablaba
acerca de cómo las galaxias se alejaban de la Tierra a velocidades terribles. Toda mi
infancia la pasé acojonado por culpa de la expansión del universo. Cada noche me
atormentaban las mismas preguntas: ¿adónde iban esas galaxias?, ¿el universo podía
expandirse sin cesar?, ¿qué pasaba si se llegaba al límite de esa expansión?, y, sobre
todo, ¿yo podría escapar si eso ocurría? Tumbado en la oscuridad, los minutos antes
de dormirme eran un auténtico suplicio.
En cierto modo eso fue lo que me decidió a estudiar física. No para poder idear
–infantilmente– una escapatoria a esa hecatombe que se augura como final para la
expansión imparable del universo, sino para comprender mejor el funcionamiento de
nuestro mundo. Además, la huida es imposible: cuando las galaxias colapsen, todo
terminará. Las leyes de la física y la termodinámica son muy claras al respecto. Pero
eso ocurrirá cuando pasen varios miles de millones de años y yo ya habré muerto para
entonces. Además, mucho antes del gran colapso final, el Sol ya se habrá apagado y al
Big Crunch no asistirá ningún espectador terrestre. Algunos científicos hablan de
escapar a otro universo paralelo en mejor estado que el nuestro, pero, por ahora, eso es
pura entelequia.
Cuando he vuelto al presente, el reloj marcaba las 10 y 35. He empezado a
sentirme imbécil sentado ante la caja, esperando absurdamente el final de un
experimento que no lleva a ningún lado. De pronto, la caja se ha movido y el gato ha
empezado a gruñir de nuevo. Su colega del exterior le ha respondido con un largo
maullido. Y, como si eso fuera una señal para acabar con aquella estupidez, he
decidido levantar la tapa.
Ni Schrödinger ni Everett (ni Feynman y otros popes de la mecánica cuántica)
habrían nunca imaginado lo que me esperaba en el interior de la caja: dos gatos negros
idénticos. Uno, con el pelaje erizado, me miraba con ojos inyectados de rabia; el otro
ha lanzado un lastimero maullido e inmediatamente se ha desplomado. Muerto. La
superposición cuántica en todo su esplendor.
Y entonces –no se me ocurre otra manera de expresarlo–, el tejido del espacio se
ha resquebrajado. En el mismo instante en que he mirado en el interior de la caja, un
destello cegador ha surgido de esta, seguido de un calor sofocante y una desagradable
vibración. La onda expansiva me ha arrojado al suelo. A cámara lenta y en absoluto
silencio, lo que había a mi alrededor y yo mismo nos hemos duplicado, como si ante
mí se desplegara un enorme espejo que reflejara todo lo que había en la habitación. Mi
otro yo me ha hecho un gesto que podía significar cualquier cosa. En sus ojos he leído
el terror.
Y, de pronto, el laboratorio gemelo y mi otro yo se han alejado de mí a una
velocidad inverosímil. He visto nítidamente cómo una y otra realidad se separaban.
Tras esa vertiginosa disyunción, todo ha recobrado su aspecto habitual. En el reloj de
pared todavía eran las 10 y 35.
He vuelto a mirar en el interior de la caja: el cadáver del gato negro atestiguaba
que el experimento había ocurrido. Que no era una alucinación.
Inmediatamente, me he asomado a la ventana del laboratorio. Todo parecía
normal, como si nada extraño hubiera ocurrido: el sol brillaba como en cualquier otra
mañana de mayo, varios estudiantes se dirigían hacia la puerta de la Facultad, otros
fumaban en corro charlando animadamente, la señora del quiosco entregaba un
periódico a una estudiante... La cotidianidad seguía inalterable su curso, felizmente
ajena a lo que he provocado.
Me parece tan imposible que nadie haya notado nada, como que el propio
acontecimiento realmente hubiera ocurrido. Es absurdo que por levantar la tapa y, de
ese modo, interrumpir el proceso tal y como lo había diseñado Schrödinger, se haya
producido la duplicación del gato y, me siento aún más estúpido por pensarlo, del
propio universo. Como si por impedir que la incertidumbre cuántica se resolviera, los
dos estados de probabilidad que coexistían en la segura oscuridad de la caja tuvieran
el mismo derecho a continuar existiendo una vez que he levantado la tapa y he mirado
en su interior.
Sea como fuere, mi interacción con el sistema ha resultado excesiva para la
estabilidad del universo. El continuo espacio-tiempo en el que hasta hace un rato
habitábamos se ha dividido por la mitad y ha generado –no se me ocurre otra
explicación mejor– un nuevo universo. Nuestro doble.
En ese momento, me he sentido como un dios. Y también como un gilipollas. O,
mejor, como un dios gilipollas: no me hace nada feliz haber creado un doble de
nuestra miserable realidad. La idea de que nuestro absurdo mundo tenga un hermano
gemelo donde se repita todo lo que somos, resulta insoportable. Aunque quizá allí las
cosas sigan su propio rumbo. A lo mejor.
Y me he puesto a imaginar qué estará haciendo mi otro yo en esa otra realidad:
si también se estará devanando los sesos para entender lo que ha ocurrido. Porque
para él debe ser lo mismo: él ha creado un doble de su realidad. Y seguro que tampoco
se siente orgulloso de haber provocado ese desastre.
Pero sobre todo he pensado en el gato que le acompaña en ese mundo
disociado: resulta inquietante que sea el único elemento de ese universo que no tiene
un doble a este lado, pues su gemelo está muerto. Un ser incompleto, asimétrico.
Llevo largo rato junto a la ventana. Un nuevo maullido me saca de mi estupor.
Enfoco de nuevo mi vista en el exterior. Y, de pronto, siento un extraño hormigueo.
Aunque la realidad sigue pareciendo la misma que he contemplado en infinidad de
ocasiones (el quiosco, la puerta de entrada a la Facultad, los alumnos, ahora veo pasar
a Martínez, el catedrático de Química, que al verme en la ventana me saluda con la
mano...), todo ha adquirido, ¿cómo decirlo?, un nuevo tono.
Con un gesto automático, me restriego los ojos y vuelvo a mirar. Todo parece
recuperar su aspecto, su tono. La sensación ha sido fugaz, pero ¿es en verdad la misma
realidad que hace unos instantes? ¿La recuerdo exactamente así o modifico mi
recuerdo con su apariencia de normalidad, de regularidad? Es cierto que he mirado
cientos de veces por esta ventana, pero podría haber inapreciables diferencias que
escapan a mi percepción.
Lo único cierto es que nadie parece notar nada.
Quizá soy yo el que está fuera de lugar.
Ya es la hora de mi clase. Los alumnos me esperan y no tengo excusa para no
acudir. Cojo la caja y el segundo gato y me dirijo pausadamente hacia el aula.
LAS VEJEZ DE LAS GEMELAS DE EL RESPLANDOR
Espido Freire

Ahora salimos menos: cuando no es la una, es la otra la que siente una


irrefrenable pereza. Remoloneamos antes de levantarnos de la cama, nos vestimos con
calma, nos acercamos una y otra vez al espejo para comprobar si nuestros calcetines
están bien subidos (los ocho: los nuestros y los del reflejo), las faldas de nuestros
vestidos almidonadas y opulentas, y luego nos sentamos de nuevo, agotadas ya sin ni
siquiera acercarnos a la puerta.
Salimos menos y a menos lugares, solo porque nos encontramos hambrientas y
no nos queda más remedio que ponerle solución. Antes nos colábamos en casi cualquier
casa, en los pasillos de las comunidades de vecinos, en los sótanos donde los niños se
escondían en juegos de sábado por la tarde. Hubo una temporada, cuando éramos
niñas, en la que cada tarde y cada noche nos aparecíamos a alguna familia desgraciada.
Resultaba sencillo elegirlas: todas las familias son, antes o después, desgraciadas. De eso
nos alimentamos, del dolor.
No siempre estamos de acuerdo con respecto a la calidad del dolor. Yo prefiero el
dolor acre de la angustia, el que produce un sudor frío por las noches y puede olerse a
distancia. Los bebés lo transmiten puro y alto, los ancianos unen a su peculiar fragancia
un tufo a cabello mal lavado y a orines, que aspiro como quien bebe una cerveza bien
fría en un agosto abrumador. Yo, en cambio, sigo el dolor agudo, el que producen los
golpes en la carne tierna, o las malas palabras. A diferencia de mi gemela, necesito una
emoción fuerte, el miedo que genera la violencia o el abandono.
De manera que nos turnamos: un día seguimos a una madre con gafas de sol, que
nos llamó la atención en plena calle. El rostro cubierto por un maquillaje algo más
espeso de lo que realmente necesitaría nos dio la pista, y la perseguimos hasta su casa,
donde dormita un marido borracho, un chiquillo que aprende a caminar en silencio
desde que dio sus primeros pasos. La mujer cierra la puerta con apenas un chasquido
de la cerradura, reza por que el hombre no se despierte. Le mira con una mezcla de
repugnancia y cariño; ya le ha perdonado. Revisa su rostro en el espejo, roza con
delicadeza el ojo palpitante y el moratón bajo la pintura.
Por un momento, a través del espejo, cree vernos. Se asusta. Una exclamación
entrecortada brota de los labios. Pero ya no estamos allí. Yo me relamo, ahíta. Quizá esa
noche regresemos de nuevo; no hay que atracarse con dolor del bueno, del exquisito.
Hace mucho que aprendimos a ser moderadas.
Otro día seguimos a un hombre, aún joven, con barba crecida y unos pantalones
gastados. Nos gusta acecharlos en los supermercados, en las gasolineras, en esos
espacios de nadie y libres de censura, en los que podemos observar sin llamar la
atención. Caminamos casi a la vez, apoyadas la una en la otra, con un carrito viejo que
no sabemos con qué llenar. Aceite y vino en las estanterías de la derecha, quesos y
fiambres a la izquierda. Nuestra mirada pasea sobre las viandas: nos dan asco. No
recordamos más que como un aroma lejano el tiempo en el que estábamos vivas y nos
alimentábamos de plantas y cadáveres de animales.
Casi nadie fija la mirada en nosotras. Los supermercados y los parques rebosan
de ancianas extravagantes, que pasean perros casi tan caducos como ellas, que se
prenden lazos en las cabelleras canas. Creen que somos una pareja más, viejas gemelas
que han nacido juntas y que no saben respirar sin la otra. Nos conviene que crean eso.
Como decíamos, observamos con una ávida curiosidad los movimientos de ese
joven. Vemos cómo arrastra los pies. Hace mucho tiempo que nadie le ha dicho nada
agradable. Alcanza una lata de alubias del estante, y observa cuidadosamente el precio.
Duda. Lo deja de nuevo en el mismo lugar, con mimo. Yo aspiro su exquisito aroma a
desesperación. Luego abandona el supermercado, con una lata de cerveza y un paquete
de arroz. Arrastramos los pies y el carro, y le seguimos. Él recorre, con el paso
automático que otorga la rutina, un sendero por el que ha deambulado ya muchas
veces. Vive en un bajo de una única habitación. Le contemplamos primero a través de la
ventana, luego esperamos en el baño.
No aparta la cortina de la ducha, que nos cobija, pero sabe, siente, que estamos
allí. El sudor le recorre la espalda. Cree estar volviéndose loco. Abre la cerveza y vacía
su contenido en el fregadero. Entonces se arrepiente, bebe con avidez. Sabemos que esta
tarde regresará al supermercado, comprará más cerveza, adormecerá el miedo con
alcohol. Oh, delicioso.
A veces sufrimos alguna pérdida. La mujer del maquillaje espeso decide
escaparse de casa con su hijo, y ya no podemos percibir su miedo. Nos tambaleamos,
hambrientas. Yo, sobre todo, me doblo sobre mí misma, con punzadas en el estómago.
Me apoyo en mi gemela. Renqueamos hacia el supermercado, con el infame carrito.
También tenemos derecho a realizar nuestra propia compra.
Miro a mi hermana, siento su agonía. Con la mirada, atravieso a quien creo que
puede alimentarla. Antes o después, alguien se cruza con nosotras. Todas, todas las
familias son desgraciadas. Mi gemela aspira, se recupera. A por ese, a por ese, susurra.
Cojeando, seguimos a quien ella desea.
No siempre fue así. Recordamos a veces, mientras nos cepillamos el pelo la una a
la otra, un tiempo en el que éramos nosotras las que percibíamos sombras extrañas en
los rincones. Yo tenía una muñeca, creo recordar, y yo un caballito de trapo que
chupaba cuando me distraía. Las sombras se asemejaban vagamente a un hombre muy
delgado, muy alto, sin cabello. Nos miraba. Parecía aguardar algo.
Mamá no lo veía. Nos atiborraba de tisanas, al principio. Luego, junto con la
leche caliente tras la cena, nos dio píldoras. De otra manera, nos resultaba imposible
dormir. Yo despertaba en mitad de la noche, gritando, aterrada. Yo comencé a cortarme
con la navaja de papá. Primero en el vientre, en el muslo, luego en el brazo. Veíamos
cómo el hombre extraño sonreía y nos miraba. Pronto, mi caballito no sirvió de nada.
Luego ocurrió lo que temíamos. A mí me rajó la garganta con la misma navaja
con la que yo jugaba a cortarme. Sonreía. Yo, en cambio, se lo puse más difícil. Mientras
escuchaba cómo mi gemela se ahogaba en burbujas de sangre, me escondí dentro de un
armario. Papá recorrió con parsimonia la casa. Le llevó mucho tiempo. Con calma
registró cada hueco. El corazón me latía en los oídos. Por primera vez me sentía sola. La
angustia me impedía respirar, y desde el día anterior no sabíamos dónde estaba mamá.
Papá abrió la puerta del armario, yo ahogué un grito y, de pronto, me reuní con mi
gemela.
Desde entonces vagamos juntas. Nunca vimos de nuevo a papá. Nunca hemos
visto, de hecho, a nadie más que no sea como nosotras, un proyecto inacabado, una
pausa entre la violencia y la angustia. Crecimos, pasaron los años, las décadas, nuestros
cabellos blanquearon. Estamos cansadas. Ya apenas salimos. Compartimos una
irrefrenable pereza.
Pero tenemos hambre.
LAS ISLAS
Marina Perezagua

Los chicos se habían empeñado en comprar una colchoneta hinchable de camino


a la playa. Eligieron la más grande, un círculo amarillo con unas rocas y un cangrejo en
relieve. En el centro tenía una palmera también hinchable, dos metros de tronco y largas
hojas de plástico. Al llegar a la playa, como no teníamos bomba, tardamos casi dos
horas en terminar de inflarla. A mí me habría gustado quedarme leyendo, pero Alberto
no sabe nadar y Laura es aún demasiado pequeña para cuidar de él. Cuando la echamos
al agua y los niños vieron la isla flotar se entusiasmaron tanto que insistieron en que nos
subiéramos inmediatamente.
La superficie de plástico debía de ser tan nueva que su olor cubría el olor a gente
y a lociones bronceadoras. Con satisfacción observé que la palmera daba sombra,
porque además de las hojas de plástico tenía otras de tela que formaban una especie de
sombrilla. Me recosté y, mientras los niños se afanaban en navegar golpeando el agua
con sus pies, comencé a leer.
No sé si entró viento de repente o si me despisté tanto que no advertí el esfuerzo
de los niños por alejarnos de la orilla, pero el caso es que cuando aparté los ojos del
libro la distancia que nos separaba de la costa era tan grande que la muchedumbre de
playeros se había hecho indistinguible. Laura y Alberto seguían parloteando con ese
sonido que yo había escuchado como fondo de mi lectura para saber que seguían bien.
Antes del miedo sentí un segundo de placer al advertir que sus voces eran el único
atributo humano a mi alrededor. Lo siguiente humano que escuché fue mi jadeo, un
soplido de angustia al preguntarme cómo íbamos a volver.
Comprobé la dirección del viento. La isla seguía alejándonos de tierra, hostigada
por las hojas de la palmera, que funcionaban como vela. Agarré el tronco y lo doblé por
la mitad, sujetándolo con una gomilla del pelo de Laura. Esto frenó algo nuestro
movimiento, pero la mar seguía alejándonos. Pensé en diferentes opciones. Siendo un
excelente nadador todavía tenía posibilidades de alcanzar la tierra a nado, siguiendo la
corriente en diagonal. Pero tendría que ir solo, y dudaba que Laura y Alberto
obedecieran mis órdenes de permanecer en la isla hasta que regresara con ayuda.
Confiaba en Laura, pero Alberto seguía siendo demasiado pequeño. Si hubiera tenido la
certeza de que nadie nos encontraría a tiempo, les habría dejado allí. Me habría echado
al mar para intentar salvar, al menos, a uno de los tres náufragos. Finalmente, opté por
la opción de la espera, y sentí la ridiculez de un padre que decide morir con sus hijos.
Al escuchar el motor supe que no sería un mártir. Salvamento Marítimo se
acercaba en una moto de agua que remolcaba una camilla. Algunos minutos después la
costa comenzó a acercarse. Primero las sombrillas de colores, luego las personas de
colores, después los gritos, las barrigas, las neveras y los bocadillos de embutidos. Una
vez en tierra un enfermero nos hizo un reconocimiento y mi mujer vino a perdonarme
la vida por la alegría de vernos vivos.
Eva ya había agotado sus vacaciones y, mientras ella trabajaba, yo tenía que
seguir yendo a la playa. Parecía una obligación. Lo pensaba al día siguiente, cuando
volvía por el paseo marítimo con los niños, cargado de toallas, cubos y rastrillos. Al
pasar por la tienda donde la mañana anterior había comprado la colchoneta, tuve una
sensación de bienestar al ver que seguían vendiendo la misma isla. Allí estaba,
ocupando parte del paseo marítimo, con la palmera como un reloj de sol, proyectando
sombra sobre el amarillo de su arena. Al mirarla sentí que me alejaba de la playa, una
brisa limpia corría entre su costa y mis piernas, una sensación de libertad me acariciaba.
Deshice mis pasos, entré en la tienda, y la compré, esta vez inflada. Los niños, que no
habían llegado a comprender la gravedad del accidente el día anterior, me ayudaron a
sujetarla para que no rozara con el suelo mientras caminábamos.
Peleé por un hueco libre en la arena y coloqué la isla. Extendí la protección solar
en los cuerpecitos de Laura y Alberto. La crema blanca les asemejaba a otros niños que
jugaban en la orilla. Con la cabeza apoyada en la colchoneta retomé la lectura, pero el
pensamiento de volver a alejarme en la isla flotante me desconcentraba. Me fijé en un
matrimonio de mediana edad. Me incorporé para pedirles que vigilaran a mis hijos
mientras yo me daba un baño. Me puse las aletas, cogí la colchoneta y la empujé con
fuerza los primeros metros, antes de subirme para ver cómo las olas continuaban
alejándome. En la playa, la bandera amarilla que indicaba precaución, comenzó a
empequeñecer. Mis hijos también. Mis hijos, tan bellos como invisibles.
Hacía mucho tiempo que no me sentía tan bien como en mi isla. A partir de cierta
distancia la plaga de medusas que parecía procrear en la aglomeración humana
empezaba a disiparse, y me dejaba llevar bocarriba, con los pies en el agua y la mirada
velada de gotas saladas. No me hacía falta nada más que una botella de agua. Si
Alejandro Magno hubiera venido a regalarme cuanto quisiera, le habría pedido una
cosa: Que se fuera. Me sentía un Diógenes en el presente radical de una ola que rompe
en espuma.
De regreso a la playa, el matrimonio, preocupado; mis hijos, llorando. Una
masajista pasaba de una espalda a otra sin limpiarse las manos. Aceite y dinero. Eructos
de cerveza recalentada. Me disculpé, calmé a los niños y desinflé la colchoneta para que
Eva no la viera al llegar a casa.
Al día siguiente busqué otra playa. Había comprado una bomba automática y la
isla se levantaría en diez minutos. Esta vez le encargué a una abuela el cuidado de
Laura y Alberto. Era el tercer día que salía en la colchoneta, y el día en que la vi por
primera vez. Llevaba como media hora a la deriva cuando, a unos setenta metros, divisé
una isla igual que la mía. La misma palmera con sus hojas de tela ondeando, la misma
forma, el mismo tamaño y, sobre ella, la silueta de una mujer. Traté de precisar su edad,
pero a aquella distancia únicamente podía ver dos manchas azules que se
correspondían con su bikini. Sentí curiosidad, pero no quise perturbarla y me alejé.
La curiosidad me acució por la noche. Dormí y desperté con el pensamiento de
encontrar de nuevo la otra isla. Recordaba las marcas donde la había avistado y, aunque
pensé que esas marcas no me servirían para nada, la encontré en el mismo lugar.
Supuse que, quizás, se había encallado entre dos balizas, que tenía a ambos lados. El
respeto pudo de nuevo más que la curiosidad, y tan solo le grité si necesitaba algo.
Como no obtuve respuesta pensé que ella, como yo, tampoco necesitaba nada. Una
nueva emoción me impresionó: Había pasado del sentimiento de estar solo en el
mundo, al sentimiento de estar solos en el mundo.
Los tres días que siguieron fueron similares. Ella siempre en el mismo sitio.
Comprendí que había encallado la isla a propósito. Era un buen lugar, desde allí los
edificios de veinte pisos parecían piedras blancas. Cada vez me atrevía a acercarme un
poco más. Todavía estaba demasiado lejos. Podía ver algo más precisamente las dos
manchas azules de su bikini, pero nada más, no acertaba a precisar el color de pelo, ni
siquiera su postura, aunque parecía que habitualmente estaba recostada sobre el tronco
de la palmera. Lo más que pude anticipar entonces fue el color de su piel; por contraste
con la arena clara de la isla, era algo más oscura, más anaranjada. Pero a pesar de la
escasez de datos, el hecho de que pasara las horas en una isla como la mía era suficiente
para estimular en mí una atracción enorme hacia ella, que iba más allá de su edad o
aspecto físico.
Uno de los días Laura y Alberto insistieron tanto en venir que tuve que llevarlos
conmigo. A partir de entonces les pondría los flotadores. Con ellos me fue imposible
acercarme a la isla unos metros más, tal como había hecho las últimas veces. En los días
sucesivos observé que cuando los niños me acompañaban, siempre había algún factor
que hacía imposible mi acercamiento, ya fuera una corriente marina adversa, un cambio
de tiempo inesperado o una sed insoportable que me obligó una mañana a terminar la
botella de agua de un trago y tener que volver. Pero cuando iba solo, mi isla parecía
conocer su propio rumbo, y navegaba como empujada por un viento amigo.
Mi atrevimiento aún no llegaba a ser suficiente para poder describir a mi
compañera. Así la consideraba, mi compañera, dadas las coincidencias de nuestras
circunstancias. Y en cada viaje un nuevo detalle iba apuntalando la atracción. Unos
destellos diseminados por lo que debía de ser su cuerpo delataban las gotas de agua.
Seguramente acababa de darse un baño, allí, tan lejos, donde el mar deja de ser el
jacuzzi que es en la orilla, donde los únicos ojos que nos ven son los de los seres
submarinos. Sin duda era, como yo, una gran nadadora. En uno de los últimos trayectos
tiré el libro al agua. Ya no me servía, no lograba concentrarme. Pensé en llevar unos
prismáticos para verla respetando la distancia, pero aquella idea me pareció una
violación y la deseché. Si quería verla, tenía que acercarme, darle la libertad de que ella,
al verme, se alejara o me recibiera.
Laura y Alberto me dieron una semana insoportable. Se negaron a volver a
quedarse en la playa al cuidado de algún extraño, y de nuevo tuve que llevarlos
conmigo. La ventaja era que podíamos estar en la isla mucho más tiempo, y
comenzamos a comer allí. Aunque después de la comida los niños se quedaban más
tranquilos, seguían parloteando entre ellos. Perdí todos los metros que había ganado las
veces que había ido solo. Por alguna razón, incluso mi anterior y discreto acercamiento
parecía imposible, y la visión de la isla lejana comenzó a desesperarme las ganas como
el espejismo de un oasis. Y de fondo, el murmullo de los niños, que no quería acallar
porque al fin y al cabo aquel sonido me permitía no tener que mirarles para saber que
seguían bien. Quería reservar mi vista para mi isla vecina, como un reflejo de la mía,
como una sombra flotante de mi deseo que, después de tantas horas, se fijaba en mi
retina y se proyectaba durante el camino de regreso en breves instantes; en la cara de
Laura, en el pico de la montaña, en la linterna del faro en el puerto.
Dejé de tocar a Eva. Por la noche sacaba los pies de la cama para imaginarme
cómo sería el próximo día, el frescor del agua, la visión de la isla que me esperaba. Todo
el tiempo que estaba en tierra lo empleaba en recrear las sensaciones que tenía cuando
flotaba, y una de aquellas noches determiné que la próxima vez alcanzaría la isla.
Concilié un sueño apacible después de noches de insomnio, y me desperté con la lengua
acartonada de sal.
Al otro día, dispuesto a evitar cualquier barrera que me limitara un
acercamiento, volvimos a embarcarnos pero, a cierto punto, mi isla, como era habitual,
se detuvo. La atracción era tan irresistible que pensé en el canto de las sirenas y, de la
mano de ese pensamiento, vino otro que me dio el motivo de la imposibilidad de
continuar el rumbo: El verdadero canto de las sirenas no es una melodía, no es una voz
ni un coro. El verdadero canto de las sirenas es el silencio.
Intenté apartar de mí la palabra. Todo aquello que fuera palabra incordiaría la
unión de nuestras islas. Cada vez más magnetizado, les dije a los niños que callaran.
Efectivamente, en cada silencio, avanzaba una braza. Pero Laura o Alberto terminaban
por reiniciar su parloteo y, de nuevo, nos deteníamos. Sin poder resistirlo por más
tiempo, les eché al agua. En sus dos flotadores comenzaron a alejarse y, cuando sus
voces se extinguieron, comencé a avanzar, callado, quieto. Había cerrado los ojos.
Quería descubrir la aparición al completo. Me dejaba llevar, visualizando en mi cabeza
el choque blando de las dos islas como el nacimiento de un nuevo continente. Cuando
sentí la colisión abrí los ojos y vi la isla frente a mí. Era idéntica a la mía, salvo por un
detalle que me hizo lanzar un grito de angustia, una llamada de ayuda, un llanto de
padre. La diferencia entre nuestras dos islas era una muñeca hinchable.
PLANTAS AÉREAS
Pilar Adón

La señora Milne no ha dejado de cojear y toser desde su difícil caída por las
escaleras de hace ya casi dos meses. Ella insiste en acusar a las residentes más veteranas.
Incluso tiene en mente el rostro de alguna de ellas como evidente culpable de risas,
guiños y fascinación al ver cómo su ocurrencia concluía de una manera mucho más
oscura y vertiginosa de lo esperado: con el cuerpo enjuto y quebradizo de la señora
Milne golpeando, en su descenso, la fría piedra de los escalones, uno tras otro. Pero no
dispone de pruebas ni de testigos. No puede escribir una carta a los padres de la
sospechosa, a sus tíos o tutores legales, porque no sabría siquiera cómo plantear sus
conjeturas (Estimado señor, recientemente fui empujada por su hija… Estimado señor,
su hija ha procedido a llevar a cabo sus maliciosos planes consistentes en empujarme…
Estimado señor, tiene usted un monstruo por hija…), que surgirían como los delirios de
una vieja encerrada en una abadía.
Sin embargo, la señora Milne no es vieja en absoluto. Lo parece ahora que cojea
por los pasillos, más y más encogida en sus espasmos cada vez que se ve atacada por
uno de esos violentos y agotadores accesos de tos. Pero sus ojos no han desarrollado
alrededor las líneas que los adormecerán y su piel se mantiene limpia de manchas.
Además, huele bien. No hace ruido al comer ni se oye la actividad hueca de su garganta
al tragar sorbos de agua y elevar al máximo el vaso hacia el techo cuando bebe. No
expira al terminar. No emite silbidos por la nariz ni se oyen los movimientos de sus
tripas en las reuniones previas al almuerzo. Todo lo cual hace de la señora Milne un ser
pulcro y de agradable compañía. Muy distinta a otras.
Al igual que yo, no tiene familia a la que visitar ni un hogar al que regresar. Por
lo que ambas pasaremos en la abadía los días de la Natividad, ella dedicada a la oración
y al cumplimiento de los ritos litúrgicos, y yo entregada a mis libros y a las enseñanzas
en materia de horticultura (siembra, laboreo y recolección) que me ofrece el señor Miori,
a quien, a veces, me sorprendo llamando Daniel. También pasearé. Con frecuencia me
dedico a caminar como lo haría un poeta inglés de principios del diecinueve, pero sin
pretensiones, sin nada que argumentar. Solo observando los cambios de escenario.
Cuando llegué hace tres años, me sorprendí relacionando el rígido aislamiento que aquí
me esperaba con el dolor que sentía en los músculos al avanzar, y con la limitada
capacidad de mis mal acostumbrados pulmones, que se negaban a admitir el aire que
necesitaba para seguir andando indefinidamente. Las primeras veces no aguanté
mucho. Las piernas no me respondían y me veía obligada a dar media vuelta para, muy
despacio, con múltiples paradas para descansar, llegar de nuevo hasta una de las
puertas laterales del edificio principal. Aunque he de decir que, más que a la indudable
falta de forma física y de entrenamiento (era consciente de que todavía no podía
exigirme demasiado), la decisión de volver a los pocos minutos se debía, esencialmente,
a una acentuada y extravagante sensación de vergüenza. Al temor de que alguien
estuviera observando esa empecinada actitud mía con una sonrisa irónica en los labios,
y un “¿puede saberse qué es lo que está usted haciendo? ¿De verdad quiere salir a
caminar sola, sin ir a ningún sitio, sin trazar un destino claro en un mapa? ¿Sin un
objetivo? ¿Solo para perder el tiempo?” Aquellas primeras veces regresaba
precipitadamente, cerraba los ojos con fuerza e intentaba recordar, repitiéndomelo una
y otra vez, que ni en las montañas ni en el lago ni en las ciénagas había gente hostil.
Nadie contemplaba mis pasos ni el calzado que llevaba ni la manera de mover los
brazos en mi deambular por el camino que hubiera decidido seguir hasta los muros que
delimitaban la propiedad y que me impedían continuar. Nadie juzgaba si la marcha que
llevaba era la más conveniente, si sufriría una lesión o no por elegir un sendero
inadecuado, si arrancaba demasiado deprisa o si se me iba a echar la noche encima sin
haber previsto ningún refugio en el que encerrarme para tomar algo sólido. Nadie me
observaba. Y, sin embargo, todas aquellas exigencias, aquellas voces reprobatorias que
coreaban “¿qué es lo que se propone? ¿Demostrar algo? ¿Va a jugar usted sola a los
exploradores?” no cesaban. Jamás. Ni siquiera bajo los benéficos efectos del agua de las
bañeras.
Así pues, tras el sexto intento fallido pasé unos días sin salir. Días en los que
procuré alimentarme bien, preparar mis ejercicios, leer durante horas y mentirme
libremente al recalcarme que si no andaba era porque me dolían las piernas.
No puedo revelarle semejantes impresiones al señor Miori, Daniel, que me
explica desde su silla junto al fuego, cerca del árbol que ha decorado con tanto detalle,
que diciembre no es el mes más apropiado para realizar algunas labores y que se
dedica, por tanto, a otras: construir nuevos semilleros, vigilar los sacos de arpillera y las
telas de plástico con que cubre las plantas más sensibles al frío, arreglar sus
herramientas e idear nuevas técnicas que llevará a la práctica durante los meses más
cálidos. El color de sus ojos es del máximo azul que pueden aceptar unos ojos, y,
algunas noches, aunque pase días sin sentarme a su lado, soy capaz de recordar con
facilidad lo blanquecino de su piel salpicada de racimos de manchas rojizas que se
diseminan, de forma caprichosa, por sus mejillas, su frente, sus manos.
—¿Sabe usted que al té no hay que echarle azúcar? —lo normal es que yo no
responda cuando el señor Miori, Daniel, empieza con su “sabe usted”. De manera que él
continúa mientras, a su lado, puede ir perfilándose la silueta de un perro no muy
grande, más bien delgado—. Desvirtúa todo su sabor.
Poco puedo añadir yo ante semejantes afirmaciones. El perro suele estar
empapado y mantiene la cabeza gacha, como si deseara examinar el suelo, cuando lo
cierto es que, a la vez, alza hacia mí sus ojos, negros y profundos, como un súbdito
humillado que solicitara la clemencia de su rey. Si está tranquilo me garantiza que nos
encontramos los tres solos en la parte destinada a los huertos. Aunque, ¿habían estado
las otras personas allí esa mañana, ante la puerta de Daniel, esperándome? ¿Habían
dejado allí sus huellas?
Porque a veces recuerdo episodios que creo no haber vivido. Y, cuando eso
sucede, cuando salgo a caminar y escucho exigencias y reproches a mi alrededor, me da
la impresión de que, en realidad, comparto una existencia más íntima, secreta e
intangible con otra gente. Hombres y mujeres que han diseñado cada uno de mis días
con anterioridad, con un cuidado y un mimo absolutos, y que saben qué hago, qué
opino y qué deploro en cada circunstancia. Personas que, si yo así lo quisiera, si
decidiera decir sus nombres en voz alta, se presentarían ante mí para preguntar qué
echo de menos. Qué he perdido y qué preciso. Y para procurar satisfacer en un abrir y
cerrar de ojos cualquiera de mis necesidades.
No puedo contarle nada de todo esto al señor Miori. Cuando salgo a pasear entre
los robles y los fresnos que ascienden en número de diez mil por cerradas pendientes
repletas de hojas y raíces al descubierto, después de abandonar los invernaderos y antes
de alcanzar los muros de ladrillo y piedra caliza, procuro no escuchar a la gente que me
llama. No he de olvidar que los que están a punto de llegar sí reclamarán de mí una
conversación ordenada, con sus irritantes explicaciones acerca de los reparos y las
consideraciones de los desconocidos. Con toda esa perorata sobre la personalidad y el
ánimo, y tantas, tantas palabras, tantos argumentos y suposiciones… Pero, mientras, he
de separar los labios ya que el aire se niega a seguir entrando por la nariz, sonreír como
si todo lo que el destino me tuviera preparado fuera una inmensa y duradera felicidad,
y repetirme que si estoy aquí es por algo. Por algo importante que no debo olvidar
jamás.
En la cocina la actividad crece hasta hacerse frenética durante estos días. Alguien
llega y alguien se va. Toda la laboriosidad cotidiana de la abadía, de las reuniones y las
clases parece ahora reservarse exclusivamente para el espacio consagrado a los hornos y
las mesas de amasar donde se elaboran los panes y los postres que todavía han de
repartirse entre algunas familias. Los grandes cubos metálicos en los que se recoge la
leche. La mantequilla, los huevos. La leña, el agua, el calor de las brasas… Me muevo
entre las cocineras como un espíritu incorpóreo, y, por tanto, nadie parece reparar en
mí. Pero he aprendido cosas. Ahora sé que hay distintos tipos de harina y que se le
puede añadir fruta, zumo de limón, semillas, pasas, nueces.
—Señorita… ¡Señorita! ¿No preferiría salir al salón? Han preparado un buen
fuego, y estará caliente. Aquí dentro va a mancharse el vestido, y el pelo se le
impregnará de este olor. ¿No preferiría…?
Sí. Desde luego. Resultaría mucho más conveniente que me acercara a los
ventanales de la sala de lectura y que, desde allí, contemplara plácidamente el lago
cubierto de sombras. Suelo pasar despierta la mayor parte de las horas destinadas al
sueño, y me encontraba en un estado de ánimo poco propicio para las celebraciones.
Pero, dadas las fechas, resultaba forzoso sentirse agradecida y compartir algo (quizá ese
agradecimiento o quizá solo una civilizada y necesaria comprensión mutua) con los
demás. Además, sabía que llegarían visitantes para sentarse a nuestra mesa, y sabía que
debía mostrarme ante ellos tal y como esperaban: con maneras sencillas y suaves, pero
impecables.
Precisamente allí, en la sala de lectura, parecían haber acomodado ya a una de
nuestras invitadas más tempranas. En situaciones así, aunque bruscas y fatigosas,
resulta obligado aproximarse, sonreír con afabilidad, y hacer lo posible para que el
huésped se sienta como en el salón de su propia casa. Y con esa disposición me acerqué.
Erguida. Procurando no frotarme los dedos de las manos en exceso, procurando no
hacer nada en exceso, y escuchando el torpe sonido de mis pasos. Fui hacia ella con la
idea de que tal vez pudiéramos mantener una agradable conversación acerca de nuestra
disposición personal a emprender viajes o acerca de personajes imaginarios o de la
astucia de determinados infantes. No obstante, al ver su rostro tan demacrado, al
contemplar sus ojos a la altura de los míos, su pelo que revelaba la textura y el color de
mi propio pelo, y sus ropas tan idénticas a mis ropas, todo lo que conseguí articular fue
un ruido amorfo que, más que la manifestación natural de una peculiaridad humana,
pareció un profundo aullido animal.
—Bienvenida, ¿señorita…?
—Amanda.
¿Qué más podía decir? Extendí una mano hacia ella y traté de mantener una
expresión serena, consciente de que la anfitriona era yo, aunque consciente también de
que no debía de estar teniendo mucho éxito.
—¿Desea volver a sentarse, Amanda?
—No es necesario, gracias. ¿Y usted?
Tampoco yo me senté. Me notaba aún más adormecida. Insensibilizada desde el
momento en que me acerqué a esa joven con aspecto de haber salido en ese mismo
instante, y por primera vez en su vida, de una habitación sin ventanas.
—¿Ha visto ya a la señora Milne?
—No. Aún no he tenido el gusto. ¿Y usted?
—¿Yo?
—Sí. Usted.
—Yo vivo aquí.
—¡Ah! Perfecto. En ese caso ya habrá tenido el placer de ver hoy a la señora
Milne, ¿me equivoco?
¿Cómo podíamos parecernos tanto? ¿Cómo podía tener mi mismo tono de voz,
de manera que era oír sus palabras y tener la impresión de que oía las mías? ¿Por qué
movía las manos de esa forma, medida y eficaz, ajustada al ascenso y descenso de sus
modulaciones interrogativas? ¿Cómo sabía que debía inclinar la cabeza hasta ese ángulo
exacto, en evidente señal de interés, mientras reclamaba a la vez una respuesta rápida?
¿Me había observado? ¿Se había percatado de los buenos resultados que me daban a mí
esos remilgos, y había decidido imitar mis pautas? Seguir mis esquemas.
Pude por fin apartarme y dirigirme a la ventana. Uno de los adornos se había
desprendido del cristal e intenté colocarlo correctamente. Como debía estar. En su sitio.
—¿Cultiva usted flores? —oí—. A mí me gustan los lirios. Toda clase de lirios. En
cambio nunca tengo jacintos en mi habitación. Ya lo habrá advertido usted. Huelen
demasiado. Me marean.
¿Iba a tener que escuchar mi propia voz aflorando de una garganta ajena? ¿No
podía inventar una excusa aceptable y echar a correr para encerrarme en el dormitorio?
No. Porque en ese momento entraba la señora Milne y, tras mirarnos con una
displicencia que me resultaba familiar, tras espiar nuestros gestos, avanzó hacia
nosotras muy despacio, procurando mantener el equilibrio y no toser. Nos saludó y,
mientras entraba también el señor Miori, Daniel, detrás de ella, nos dijo:
—Señorita, ya lo sabe: nada de espectáculos, ¿de acuerdo? No quiero tonterías.
Los coches están a punto de llegar, y a la mínima, ¿me ha oído bien?, a la mínima, será
encerrada. Como las demás. Nada de carreras por las escaleras. Nada de risitas. Nada
de tirar los cubiertos al suelo ni de guardar comida en las servilletas. Creo que ha
quedado claro. ¿Ha quedado claro? Espero que sepa aprovechar la confianza que hoy
depositamos en usted.
Amanda se echó a reír pero no de alegría. Me miró. La suya era la risa de la
histeria, y el señor Miori me tomó en brazos como un niño toma un globo de helio para
depositarme, con el máximo cuidado, en el sofá.
—Descanse un poco, señorita. Hoy va a ser un día largo.
Un día largo. Sí. En el que no debíamos alborotar ni chillar ni darnos patadas por
debajo de los manteles de la mesa grande. Deseaba que llegara la noche y deseaba que
concluyera la solemnidad de la celebración. Todos conocían mi modo reservado de
comportarme. Pero aquello acababa de empezar. Solo estaba empezando.
Me levanté y volví a mirar por la ventana. Desde allí podría divisar la llegada de
los primeros invitados. Quizá conociera a alguno de ellos. Quizá, después de todo, las
horas transcurrieran tranquilas y amables. Quizá debiera conformarme, buscar una silla
cómoda, disponer de un elegante sombrero con el que cubrirme los ojos, y aceptar de
una vez el movimiento acompasado de los pájaros por encima de nuestras cabezas.
Desde luego, resultaría mucho más sencillo dejar de pensar. Pero eso es algo que yo no
sé hacer, dejar de pensar. Además, al señor Miori le gusta darme golpecitos en las
manos para que me detenga. Es mejor que no las mueva con semejante agitación, y ha
decidido quedarse junto a mí de este lado de la sala. Así que ahora puedo girarme,
contemplar cómo se le entreabren los labios de forma involuntaria y, sin apartar los ojos
de una de las manchas más cristalinas, una mancha hipnótica que ha ido a situarse justo
debajo de su ojo izquierdo, considerar que la próxima semana, cuando todos se hayan
ido, cuando terminen sus ridículas vacaciones y nosotros volvamos a sentarnos al calor
del fuego, tal vez sea capaz de pedirle de una vez que me explique en qué consiste todo
esto, tanta confusión y tanto vacío.
LOS NIÑOS PERDIDOS DE LONDRES
Javier Calvo

Al principio los Niños Perdidos de Londres eran cuatro: Sid, Auggie, Florence y
Tommy Boy. Eso era antes de que Tommy Boy se atreviera a ir a la charcutería. Ahora
los Niños Perdidos de Londres son tres, y Auggie dice que Florence huele tan mal
porque se va a morir. Auggie dice que la gente huele muy mal justo antes de morirse. A
Sid le parece que Florence huele mal porque es una guarra y no hay más que hablar.
Auggie se ajusta su máscara antigás y se pone las alas de ángel y sube la
escalerilla de mano que lleva a la claraboya. Las alas de ángel van sujetas a los hombros
con unas correas como de mochila y están hechas de plumas que en algún momento
fueron blancas pero que ya están apelmazadas y casi negras. El aire de Londres va tan
cargado de ceniza que hay mañanas en que cuesta ver el sol.
Auggie baja la escalerilla y va a sentarse con los otros dos, en el otro extremo del
sótano, a la luz de la vela. La señorita McKiernan no es lo único que se está acabando.
Tampoco quedan muchas velas.
Auggie frunce el ceño. Se quita las alas de ángel y pone la cara solemne que pone
siempre que está dando el Informe de los Perros.
—Tres Perros en el Sector Charcutería —dice—. Un Perro en el Sector Tienda de
Zapatos. Ni rastro de Fritz.
Los Niños Perdidos de Londres se sienten en la obligación de mencionar que no
hay rastro de los alemanes cada vez que hacen una inspección ocular de la calle.
Suponen que Hitler no ha llegado a la ciudad, pero la verdad es que no lo saben seguro.
Hace semanas que no salen del sótano de la señorita McKiernan. No tienen ni idea de
cómo va la guerra ni de cómo está la ciudad más allá de Holywell Lane, Shoreditch,
Distrito de Hackney. Tampoco saben si hay más Niños Perdidos como ellos. Al
principio hablaban de ello, pero ahora casi nunca hablan. Y claro, no saben qué pasó
con Tommy Boy. Lo más probable es que lo atacaran los Perros de camino a la
charcutería, a menos que lo haya hecho prisionero Fritz.
Auggie se quita las alas de ángel. Ni él ni Sid han mirado directamente a Florence
una sola vez en toda la mañana, ni tampoco Florence ha dicho nada ni se ha movido de
su silla, donde se limita a acariciar a su muñeca roñosa con la máscara antigás puesta.
Florence siempre ha sido una niña rara, pero nunca tanto como desde que ayer
acordaron que sería ella la que saldría. Auggie dice que Florence es rara porque un día
su padre le dio un tortazo en toda la cabeza que la tuvo durmiendo una semana y
cuando se despertó ya se había quedado rara para siempre. Sid no tiene ni idea de si la
historia de Auggie es cierta. No tiene ni idea de quién era el padre de Florence ni el de
Auggie ni tampoco el suyo propio. Ninguno de los Niños Perdidos de Londres tiene ni
padre ni madre, y es por eso que cada noche antes de irse a dormir se ponen las alas por
turnos y rezan la Oración De La Gente Que No Tiene Padre Ni Tiene Madre. Sid
recuerda una cara que él cree que es la de su madre, antes del orfanato, pero es probable
que sea un sueño. Tampoco suele creerse las historias de Auggie. Simplemente se ha
acostumbrado a oír su voz parloteando todo el día. Era Tommy Boy quien solía hacerlo
callar.
—Es hora de salir —dice Auggie, y mira por primera vez a Florence.
Florence se encoge de hombros y deja la muñeca roñosa encima de una caja.
—Ponte las alas. —Auggie le ofrece las alas—. Ya te lo hemos explicado. Con las
alas no te puede pasar nada.
La razón de que ahora los Niños Perdidos de Londres lleven puestas las
máscaras de gas todo el día y toda la noche es la misma razón por la que han decidido
que uno de ellos tiene que arriesgarse por fin a salir: la señorita McKiernan se está
acabando. Y lo que queda de ella está hinchado y lleno de líquido y apesta cosa mala y
no se puede comer porque da vomitera. Auggie se comió el último trozo hace dos días y
se puso tan enfermo que le tuvieron que poner las alas de ángel para salvarlo. Desde
entonces no han tocado sus restos cubiertos con una manta ni tampoco han bebido el
agua de las tuberías, que está llena de bichos, y la peste es tan insoportable que tienen
que llevar las máscaras hasta para dormir.
Ahora los tres están sentados en sus cajas, en la parte del sótano que usan para
reunirse, bien apartados de la señorita McKiernan. Auggie señala a Florence.
—Ahora no te puedes echar atrás —le dice.
—No me he echado atrás —dice ella.
—¿Entonces vas a salir o no?
Florence se encoge de hombros y coge las alas. Se las empieza a poner con
parsimonia, primero una correa y luego la otra.
La idea de que al que lleve las alas de ángel no le puede pasar nada malo es una
idea que se ha ido gestando de forma compleja en el sótano de la señorita McKiernan
durante las últimas semanas. Todo empezó con el hecho de que Tommy Boy no se quiso
poner las alas cuando decidió salir a la charcutería. Tommy Boy no creía en las alas, y
Auggie dice que es por eso que nunca volvió. Ninguno de los Niños Perdidos de
Londres que quedan en el sótano cree a ciegas en el poder de las alas, está claro, pero es
lo único que tienen y está claro que en el sótano no pueden sobrevivir. Y cuando Auggie
y Sid se enfrentaron anoche a Florence y le dijeron que era ella quien tenía que salir a
buscar comida y agua porque lo había decidido la mayoría y así era como se hacían las
cosas en Inglaterra, ella se limitó a encogerse de hombros.
Con las alas puestas, ahora Florence se pone de pie. Echa un vistazo al sótano,
probablemente el último. La última mirada al último hogar que ha tenido. A este sótano
al que llegaron hace tres semanas, o tal vez más, cuando todavía eran cuatro, huyendo
de los Perros y buscando un refugio de los bombardeos. En vida, la señorita McKiernan
era la única de toda la calle que no les echaba a gritos ni les tiraba cubos de agua.
Florence coge su muñeca roñosa, le da un abrazo de despedida y la deja encima
del montón de mantas donde duerme. Se detiene junto a la señorita McKiernan y
levanta la manta que la cubre. Los otros dos se quedan mirando cómo Florence hunde
la mano en la carne blanda y llena de gusanos y se unta los brazos y las piernas con el
pus maloliente. Los gusanos se mueven mucho y hay que mirarlos muy de cerca para
darse cuenta de que son gusanos. Por fin Florence cruza el sótano y sube la escalera de
mano, con las alas de ángel y la máscara antigás.
Los otros dos contienen la respiración. Nadie ha salido por la claraboya desde
que salió Tommy Boy, el más valiente de los cuatro, decidido a ir a la charcutería en
busca de latas de fiambre y botellas de gaseosa.
—¿Qué vas a hacer? —pregunta Auggie en el último momento, consciente de lo
absurdo de su pregunta.
—Voy a salir —dice la niña, y un momento más tarde ha abierto la claraboya y ha
desaparecido por esta.
Debe de hacer dos semanas que Tommy Boy salió a la charcutería. Tommy Boy
no solamente era el más valiente de los Niños Perdidos de Londres, también era su
líder. El único que hacía callar a Auggie y el único que hacía sonreír a Florence, con su
descaro salvaje y su acento irlandés. Tommy Boy fue quien se convirtió en su padre y en
su madre cuando el resto de niños fueron evacuados al principio de la guerra. La
mayoría evacuados con sus escuelas, en autobuses abarrotados, rumbo a campos de
acogida en Gales. Los más pequeños evacuados con sus madres. En cuestión de
semanas, Londres se convirtió en una ciudad sin niños. Salvo los Niños Perdidos. Y
luego empezaron los bombardeos y la vida en los sótanos. Es probable que ninguno de
ellos hubiera sobrevivido de no ser por Tommy Boy. Con su técnica de hacer velas a
partir de cabos de vela y su conocimiento de los alimentos enlatados. No está claro qué
es lo que le pasó a Tommy Boy, pero es poco probable que cayera prisionero de Fritz.
Para empezar, nunca han visto a Fritz en Holiwell Lane. Lo que todos temen y en el
fondo saben es que a Tommy Boy lo atacaron los Perros que acechan día y noche al otro
lado de la claraboya.
Y ahora Florence acaba de salir por donde salió Tommy Boy. Los otros dos se
miran un momento y luego echan a correr hacia la escalera. Auggie es el primero en
llegar, pero cuando empieza a subir la escalera Sid le agarra la pierna y lo tira al suelo.
Cuando Sid llega a lo alto de la escalera y saca medio cuerpo por la claraboya, ni
siquiera se da cuenta de que es la primera que se atreve a hacerlo desde que llegaron. Se
tapa los ojos para protegerlos de la luz y luego mira a su alrededor. El Sector Tienda de
Zapatos está despejado. El Sector Curtain Road está despejado, aunque faltan dos
edificios que estaban la última vez que miró y hay algo tirado en medio de la calle, un
trozo de obús o quizás de fuselaje. El Sector High Street está lleno de sombras
moviéndose, todas en dirección al Sector Charcutería. Por fin Sid mira hacia allí y se le
erizan todos los pelos de la espalda y la cabeza. Nunca había habido tantos Perros. Debe
de haber treinta, todos esqueléticos y temblando de furia, todos moviéndose en
dirección a Florence.
Y Florence, en medio de la calle. Caminando como si nada. Con las estúpidas alas
de ángel a modo de única protección.
—¡Corre, idiota! —le grita Sid.
—¿Qué está pasando? —Desde abajo, Auggie le da tirones frenéticos del
pantalón.
Florence sigue caminando. Los perros ya la rodean por todas partes.
Sin pensarlo, Sid saca el resto del cuerpo por la claraboya y salta a la calle.
Auggie está gritando algo.
Y entonces pasa algo prodigioso. Algo que hace que Sid se detenga tan en seco en
medio de la calle que casi se cae sobre el pavimento mojado.
Los Perros, los mismos Perros que atacaron a Tommy Boy y que llevan semanas
montando guardia en torno a la claraboya, impidiendo que los Niños Perdidos de
Londres salgan a buscar provisiones, hacen algo prodigioso. Los dos primeros llegan
adonde está Florence y cuando se disponen a saltar sobre ella, no lo hacen. Le huelen la
ropa, sueltan un gañido de dolor y retroceden. Los perros se apartan para dejarla pasar.
Florence es libre. Sid corre detrás de ella y Auggie corre en último lugar, con su máscara
antigás y su rifle de madera.
Antes de que ninguno de ellos tenga tiempo de pensar, los tres han cruzado la
calle. Florence abre la puerta de la charcutería y se hace a un lado para dejarlos entrar.
Un segundo después, los tres están dentro, sentados en el suelo y respirando muy
deprisa. Con la puerta cerrada detrás de ellos.
—Lo hemos conseguido —dice Auggie—. Estamos fuera.
Los Niños Perdidos de Londres miran a su alrededor. La charcutería es y a la vez
no es la charcutería que recuerdan. Para empezar, el techo se ha hundido por encima
del mostrador, y ahora hay una viga enorme de madera que desciende en ángulo
oblicuo desde un agujero del techo hasta el centro de la tienda. No hay nada en la viga
que recuerde a un altar, pero la cruz que ahora forman el mostrador de la charcutería y
la viga caída hace pensar un poco en un altar. Y hay algo más. Varios trozos cortados de
animal en los ganchos que cuelgan sobre el mostrador.
—Tommy Boy se equivocaba —chilla Auggie, con aire triunfal—. Las alas sí
protegen. Con las alas somos invencibles.
—Las alas son un pedazo de basura, y no hay más que hablar —dice una voz
procedente del otro lado del mostrador.
Los Niños Perdidos de Londres se giran como un solo hombre. Florence se quita
la máscara antigás para ver mejor. Tardan un momento en reconocer a Tommy Boy, de
pie sobre el mostrador, de tan cambiado que está. Tiene la parte inferior de la cara
cubierta de una costra de babas. Se mueve con dificultad y le tiemblan el cuello y los
brazos. Está sudando a mares pese al frío que hace en la charcutería y tiene los ojos
inyectados de sangre y tan hinchados que le hacen parecer otra persona. Lleva un collar
hecho con una circunferencia de alambre oxidado, en el que hay ensartadas cuatro
pezuñas y dos orejas de perro.
—¿Tommy Boy? —dice Auggie, con admiración evidente—. ¿Has matado a un
perro?
Tommy Boy no se mueve.
—¿Por qué no volviste a por nosotros? —dice Sid.
Tommy Boy no se mueve.
—La señorita McKiernan se acabó —dice Auggie—. Tal como tú dijiste. Apuesto
a que tú te has estado atiborrando de fiambre.
—La señorita McKiernan no existe —dice Tommy Boy, con una voz que no es la
suya. Parece que le cuesta mover los labios. Tose y le cae un chorro de saliva sobre la
pechera de la camisa—. La guerra no existe, y Fritz tampoco. Y no estamos en Londres.
—Hace una pausa y camina con dificultad alrededor del mostrador, apoyándose con las
manos.
Auggie baja lentamente su rifle de madera.
—Maté a un perro. —El Nuevo Tommy Boy levanta su collar de pezuñas y orejas
—. Y ya no soy un niño. Ahora soy un perro. El perro me mordió y recordé a mi madre.
Mi madre era un perro. El perro me mordió y ya soy libre. Ya no me hace falta comer ni
beber. Y ahora veo todas las mentiras. No somos niños. No estamos perdidos. Y no
estamos en Londres. Estamos en Arcadia. Arcadia es el reverso de Londres. Igual que la
noche es el reverso del día.
—¿Por qué no volviste a por nosotros? —repite Sid.
—Los padres no existen —continúa Tommy Boy—. O sea que no somos
huérfanos. —Hace una pausa desafiante, retándolos a que respondan. Nadie dice nada
—. Holiwell Lane no existe. Detrás de las fachadas no hay nada. Cuatro palos que han
puesto ahí para tenernos bien quietos, y no hay más que hablar.
Auggie ha bajado el rifle de madera y se ha quitado la máscara antigás. La
máscara le ha dejado unos surcos rojos y muy profundos en torno a los ojos y a los
lados de las mejillas que parecen pinturas de guerra. Las pinturas de guerra de los
indios de las novelas ilustradas. Por lo demás, la cara de Auggie está mucho más flaca
que la última vez que Sid se fijó en ella y ha adoptado un tono amarillo. Sid no sabe
exactamente cuándo fue la última vez que comieron. Auggie deja caer el rifle de madera
y se pone a girar el cuello flaco y venoso para mirar todo lo que hay a su alrededor. La
charcutería en ruinas con sus ganchos colgados del techo. Con sus surcos en el suelo
para la sangre. Con sus pósteres descoloridos en las paredes. Uno de los pósteres
muestra a una madre sentada bajo un árbol en compañía de sus dos hijos, que juegan
apaciblemente. Junto a su oído, un Hitler traslúcido y de rasgos diabólicos le está
susurrando: “DEVUELVE A LOS NIÑOS A CASA”.
—¿Quién de nosotros recuerda a sus padres? —dice el Nuevo Tommy Boy con
esa voz que no se parece en nada a su voz. El problema parecen ser los labios y la parte
inferior de la cara—. ¿Quién de vosotros recuerda algo de antes de la guerra? ¿Dónde
estábamos antes de llegar al sótano de la señorita McKiernan? —Esta vez su voz ha sido
claramente un gruñido. Un gruñido claramente perruno—. ¿En otro sótano? ¿En cuál?
Florence permanece de pie a un lado de la puerta. Envuelta en su abrigo infantil.
Mirándolo todo sin decir nada. El Nuevo Tommy Boy avanza con dificultad hacia sus
antiguos compañeros, apoyándose en las cosas, sudando a mares.
—Antes estaba ciego —dice—. Hasta que me mordió el perro. Ahora soy libre.
No me hace falta comer ni beber. Dejadme que os enseñe la verdad. —Se detiene
delante de Auggie y Florence—. Dejadme que os muerda.
Sid echa un vistazo por encima del hombro hacia la puerta cerrada. Calcula sus
posibilidades: si sale ahora, los perros se le echarán encima y no hay más que hablar. Da
un paso atrás y nota los baldosines helados de la pared en la espalda. Cierra los ojos. En
el único recuerdo que tiene de su madre, o que cree tener, ella está vestida con un
delantal blanco y algo que podría ser una cofia. Se está agarrando el vientre con las
manos y haciendo un gesto de dolor intenso, como esa cara arrugada que pone uno
cuando está cagando pero todavía más roja e intensa. Eso es lo único que recuerda.
Visto desde abajo. Como si él fuera muy pequeño o estuviera sentado en el suelo.
Delante de él, todo pasa muy deprisa: Florence apenas ha dado un paso adelante,
vacilante, cuando el Nuevo Tommy Boy se le tira encima. Antes de que nadie pueda
hacer nada, le clava los dientes en el cuello y le arranca un trozo de carne, grande y muy
blanco. La carne de Florence se vuelve azul nada más ser arrancada. Un chorro de
sangre negra y muy caliente lo salpica todo.
Con la cara salpicada de sangre de Florence, Auggie cae de rodillas. Con los ojos
muy abiertos. Tommy Boy sigue mordiendo a Florence, arrancando trozos de su cara y
de su cuello.
Y es entonces, mientras levanta una mano instintivamente para protegerse la
cara, cuando Sid cree entenderlo. Un cambio de conciencia, muy fugaz e increíblemente
frágil, pero igualmente decisivo. No necesariamente relacionado con las palabras del
Nuevo Tommy Boy, aunque tal vez sí con su emergencia en este punto de la historia.
Un Niño Perdido de Londres es una máquina. Un Niño Perdido de Londres es un
artefacto balístico. Un módulo diseñado para cambiar de estado, para estallar hacia
adentro. De la mariposa a la crisálida. Y al estallar hacia adentro, se invierte el signo de
las cosas. La charcutería se convierte en el reverso de la charcutería. El sótano se
convierte en el reverso de la idea misma de un sótano.
Al principio los Niños Perdidos de Londres eran cuatro. Ahora Tommy Boy ha
estallado hacia adentro, y debido a eso gruñe y los ojos se le salen de las órbitas y está
arrancando a mordiscos la cara y el cuello de Florence. En medio de la sala, Florence
emite chorros pulsátiles de sangre por varias heridas abiertas y lleva puestas unas alas
de ángel negras y está bailando un baile frenético que se compone de espasmos y
convulsiones. Y junto a ellos, de rodillas en el suelo, Auggie parece estar rezando algo
que Sid no oye. Con los ojos cerrados y los puños apretados contra el pecho.
Sid pega la espalda contra la pared. Cada Niño Perdido de Londres es una
revolución en potencia. Un defecto que infecta la historia. Como un defecto de
impresión en un libro o una rayadura en el cilindro de un fonógrafo. Y la historia,
infectada, se convierte en un manual para destruir la realidad.
Al cabo de un momento, algo le pasa al baile de Florence. Durante un segundo se
hace más lento, pierde aceleración. Después hay una última sacudida, más violenta que
todos los espasmos y convulsiones anteriores. Y lo que había dentro de Florence
desaparece. Su cuerpo se desploma sobre la sangre.
El Nuevo Tommy Boy da un paso hacia Auggie. Sus gruñidos parecen un idioma
que nadie más que él puede entender. El Nuevo Testamento del Nuevo Tommy Boy.
—¡Me acuerdo de mi madre! —chilla Auggie, en tono suplicante, con las manos
unidas frente al pecho.
—Cállate —le dice Tommy Boy.
Y todo se convierte en su contrario.
LA GENTE BUENA
Alberto Chimal

“People won’t be people when they hear this sound”.


BATTLES, ATLAS

Las cajas llegaron de Juárez a las nueve de la noche. Las trajeron por tierra, lo que
siempre inquieta un poco, dado que la violencia allá, en el norte, es auténticamente
incontrolable y en ocasiones le causa problemas incluso a nuestra propia gente. Pero
dejé de pensar en eso cuando Marco subió las cajas al despacho, abrió la primera y vi
los envoltorios.
—Qué primorosos —le dije—, qué fino el papel. —Y un poco después tuve que
agregar—: ¡Y mira qué hermosos los frascos! Qué profundos los colores del vidrio… ¿El
empaque lo harán allá también?
—Pues supongo que sí, señora —me dijo Marco, sonriendo, mientras terminaba
de desenvolver los frascos y de colocar a un lado las hojas de papel, bien alisadas y una
sobre otra—. Debe ser más seguro que encargarlo fuera. Pero además, señora, mire qué
originales: azul, verde, amarillo, naranja, púrpura, pero no rojo. No hay ni uno rojo.
—Te dije que eran personas de buen gusto.
Marco asintió, por supuesto, y su sonrisa se volvió todavía más amplia que de
costumbre.
Este es el único detalle que me disgusta de él: desde el día en que lo puse a
trabajar para mí y lo traje a esta casa, no ha dejado de sonreír. Ni cuando duerme se le
quita la sonrisa. Él dice que en los primeros años llegó a dolerle la cara, que le daban
calambres en la mandíbula y la boca, pero ahora ya no, y que en todo caso es
perfectamente feliz viviendo aquí, entregado a servirme… Pero esas son, desde luego,
las palabras exactas que yo le dicté cuando lo puse a mi servicio. Así lo hago siempre:
cuando los tomo, les digo que estar sujetos a mí los hará sentirse felices. Así que debe
ser culpa de la sujeción: el efecto secundario.
No es terrible, y hasta donde puede saberse (los estudios que se han hecho al
respecto no llegan a nada, como suele pasar) Marco es realmente feliz. Y así debe ser: las
personas que sujetan a alguien y lo obligan a sentirse desdichado o furioso todo el
tiempo me parecen innecesariamente crueles. Por otra parte, esa sonrisa perenne basta
para que Marco no pueda salir de la casa. Él es perfectamente funcional –de ningún
modo está como aquel sujeto famoso del siglo XIX que comía moscas y acabó en un
manicomio–, pero no puede pasar por un hombre normal...
Esa noche, en el despacho, pensé brevemente (tontamente) si alguna vez se
podría saber de verdad lo que pensaba una persona sujeta: cómo juzgaría Marco los
veinte años (¿veintitrés, veinticinco?) que llevaba sin salir a la calle, encerrado conmigo.
Pero Fernanda me apartó de estas preocupaciones.
—¿Le puedo ofrecer algo, señora? —la oí preguntar: estaba en el umbral del
despacho, muy firme, con su uniforme limpísimo y perfectamente puesto: más aún (si
tal cosa es posible) que la librea de Marco.
Siempre está al pendiente de mí porque no puede evitarlo, desde luego, pero su
celo me parece admirable pues, al igual que Marco, ya no es joven.
—No, Fernanda —le dije—. Dale de cenar a él —y ella asintió y dio media vuelta
para ir a la cocina.
Me guardé uno de los frascos –el púrpura–, me levanté. Salí del despacho. Marco
me siguió. Elda ya bajaba las escaleras, trotando. Su propio efecto secundario es ese: que
va deprisa para todos lados. Ella me dijo una vez que es por la ansiedad de terminar lo
que está haciendo por mí y comenzar lo siguiente que va a hacer por mí. Usó esas
palabras exactas, pero ella también es feliz y lo que le pasó es incluso una ventaja: la
casa siempre está limpia, las compras no toman nada de tiempo… la verdad, cuando
muera la extrañaré. Mucho.
De la planta baja pasamos al jardín, que de noche siempre es el lugar más
acogedor de la casa. Las lámparas estaban encendidas y alumbraban los árboles, el
pasto verde, los helechos y las orquídeas, el pequeño cementerio donde están los
sirvientes de la casa (que no es tan antigua, pero yo he ocupado durante mucho tiempo:
no he salido tanto de México como otros amigos y parientes. Todos nos reímos de que
la recomendación más famosa de la ciudad como coto de caza no está en una guía seria
sino en una novela, y de hecho una bastante mala, pero la ciudad es excelente sitio: no
es más que la verdad).
—Distráeme —le ordené a Marco.
—Por supuesto, señora —sonrió él—, me dará mucho gusto. Estar con usted es
una maravilla. ¿Quiere que le cuente algo? ¿Que le lea? Puedo traer el reproductor de
música, o una televisión…
—No, no —le contesté—. Vamos a sentarnos…
—¿O quiere salir primero a cazar, señora? Otra vez han destruido farolas en el
parque, y aún hay niños en la alcantarilla de…
—¡Marco, no seas tonto! ¿No nos acaban de llegar las cápsulas?
Le mostré el frasco que tenía.
—Es cierto, señora, perdón —dijo él, y su sonrisa (contra lo que esperaba) no se
debilitó.
—Después de todos estos años no me dirás que te gusta que te regañen.
—Me hace feliz que se ocupe de mí, señora, que me corrija —respondió Marco, y
ahora sí volvió a crecerle la sonrisa.
Llegamos a la mesa de vidrio y metal y nos sentamos. Fernanda ya se acercaba
con la cena de Marco: una ensalada ligera pero bien servida y un vaso de limonada.
Según ellos son alimentos muy sabrosos. Fernanda sirvió la cena y luego se quedó de
pie detrás de mí, con la vista al frente, lista para cualquier cosa que yo le pidiera. Yo
asentí para darle a entender que estaba satisfecha.
Luego dije con voz agria: —¿Por qué no me distraes, Marco? Cuéntame aquella
historia que te contó el hombre de Juárez el otro día, cuando vinieron a cerrar el trato.
—¿De veras quiere oír eso, señora? Realmente era una historia muy truculenta,
acuérdese que le dije… Y además muy larga. Aquello que le contaba de que el tipo no se
calló nunca es totalmente cierto. ¡No se callaba! Parecía que no podía callarse: cuando
yo hablaba él bajaba el volumen, por así decir, y nada más movía los labios así: bs, bs,
bs, bs, bs, bs, bs…, pero no se callaba. Muy raro.
Yo dije solamente: —Cuéntame a grandes rasgos. De verdad quiero saber. No
entiendo cómo hacen allá para conseguir la gente y poder hacer las cápsulas…
Marco asintió. Las comisuras de su boca, los bordes de su sonrisa, temblaron un
poco. A veces ocurre. Pensé que a más tardar en unas cuantas décadas, cuando muriera,
moriría sonriendo. Quise pensar también que no se veía mal esa sonrisa: que la librea le
sentaba muy bien y que parecía el retrato de la fidelidad, como decía mi padre hace
siglos…
—¡Empieza ya, Marco!
—Sí, señora.
La empresa era pequeña, me dijo, pero próspera y sobre todo eficiente. Estaba
disfrazada de clínica de asistencia: la llamaban el Instituto Piedad y se anunciaba como
un proyecto para atender a mujeres muy pobres que hubiesen quedado embarazadas.
—Supuestamente —siguió Marco— son una organización contra el aborto: que
antes de dejar que una mujer sin recursos asesine a su propio hijo, así dicen, le ofrecen
casa y sustento durante su embarazo y luego la ayudan a dar en adopción. En realidad,
para muchas de ellas es muy buen negocio, digamos, porque eso es efectivamente lo
que les ocurre: pasan tranquilas su embarazo en la finca del Instituto, que está en un
lugar muy bien cercado y seguro, y luego van a parir a un buen hospital, y firman los
papeles y listo.
—¿Y con eso les basta?
—No, señora, porque no a todas las muchachas les pasa eso. Están las que tienen
alguna familia, alguien que se preocupe por ellas, y están las que no: las que nadie va a
extrañar. Esas no salen: en cambio las sujetan y las hacen embarazarse otra vez y otra,
tantas veces como se pueda. Con esto tienen una producción que no es muy grande,
desde luego, pero sí constante. Debe haber unas doscientas mujeres en esa situación en
cualquier momento dado, es decir, doscientos bebés al año o poco más.
—¿Y quién se encarga de…?
—¿De qué, señora, de preñarlas? Los otros empleados. Todos se mantienen bien
alimentados y haciendo ejercicio, lo necesario para que estén sanos. El tipo, el que no se
callaba, me decía que él ya había hecho como trescientos hijos.
—¿Y todos son felices?
—¿Los hijos, señora?
—No, Marco, ¡qué tonto andas hoy! Los sujetos.
—Fíjese que justamente eso no me lo dijo el tipo, pero no creo que ninguno
pueda ser más feliz que yo, señora.
Y una vez más le creció la sonrisa.
Me pregunté cómo se sentirían los hombres y las mujeres sujetos en Juárez.
Imaginé que no podrían estar obligados a una depresión terminal, por ejemplo,
simplemente por razones de salud. ¿Pero los querrían felices, allá, sus dueños? La
sujeción más natural, la que hasta un niño de los nuestros puede hacer, más bien anula
las emociones: los sujetos viven como sonámbulos, literalmente no sienten nada.
Alguno me dijo que le parecía como ser una piedra o una planta, y que incluso eso, a su
modo, era mejor que el dolor o que la amargura. Pero la sujeción no solo es instantánea,
sino que da la impresión al sujeto de que nunca ha sido distinto: de que nunca ha sido
libre, siempre ha debido obedecer y lo que siente es lo normal, lo correcto…
Cuando las mujeres ya no eran fértiles las desechaban, seguía Marco. A veces las
usaban de camellos o de mensajeras para sus negocios, es decir, les ponían en el
estómago bolsas con dinero o mercancía y las enviaban a suicidarse a lugares escogidos.
Otras veces las hacían ir al desierto y que se quedaran allá, sentadas. No duraban
mucho al rayo del sol, desde luego. Y con los hombres pasaba lo mismo. Y como en la
región había tantos asesinatos, nadie se daba cuenta de nada.
—También me contó del proceso de hechura —dijo Marco—. Usted lo ha de
conocer, pero él me dijo que le han metido innovaciones.
—¿Sí?
A los recién nacidos los resecaban, como siempre, pero lo hacían en hornos
hechos especialmente, insonorizados para que no se oyera nada desde el interior.
Cuando los cuerpos estaban listos los trituraban y preparaban las cápsulas mediante un
método especial…
—La base debe ser la misma que la del tradicional —le contesté, y le expliqué que
hacer extracto de carne y sangre humana venía del tiempo de mis abuelos: una época
terrible en la que cazar era realmente muy difícil y semejante sustituto era la única
comida que muchos de mi gente llegaban a probar en años.
—Tú no tienes manera de saberlo, ni tú tampoco, Fernanda —en ese momento
me volví hacia ella—, pero no es la primera vez que se usa así a la gente como ustedes.
Ahora estamos en una época mucho más cómoda que otras, nuestra posición es más
segura, pero hemos tenido criaderos, granjas… Estas cápsulas —y abrí el frasco— son
golosinas ahora, y golosinas caras, pero han sido alimento de primera necesidad…
—Pues yo no lo sabía, señora —me sonrió Marco—, pero suena lógico. ¿Sabía
usted que hay seres humanos, es decir, no sujetos como yo, sino de los otros..., que
hacen sus propias cápsulas de carne de feto o de bebé, pensando que podrían hacerles
el mismo bien que a ustedes? No conocen el método, según me dijo el tipo, y por eso las
cápsulas que hacen no sirven para nada, pero de todos modos no dejan de hacerlas. Son
populares en China y Corea, por ejemplo.
—Ya sabía, Marco, ¿cómo crees que no iba a saber?
—Perdón, señora —me dijo él, sonriendo.
—Cena —le contesté: por supuesto no había tocado su comida.
Él empezó a comer mientras yo me volvía otra vez a Fernanda.
—Sí, señora —dijo ella—. Dígame qué necesita.
Me dio la impresión de que estaba a punto de echar a correr para ir a hacer lo que
yo fuera a ordenarle, y dije: —Quédate quieta.
Ella me obedeció.
—Fernanda, tengo una pregunta. ¿Qué piensas de esto que cuenta Marco?
—Pienso que soy feliz obedeciéndola, señora —respondió Fernanda—. Es lo
primero que pienso en general acerca de cualquier cosa, y me basta.
Me miraba, pero seguía firme. Marco seguía comiendo su ensalada. También
masticaba sin dejar de sonreír.
—Yo pienso —dije— que ustedes eran esposos.
—Bueno, señora —dijo Fernanda—, todavía somos…
—Y pienso también —la interrumpí— en la hija que tenían. Tú y él. Sí recuerdan,
¿verdad? Vivían con ella.
—Sí, señora.
—Y pienso que cuando los elegí a los tres, un poco al azar, como suelo hacer
estas cosas, me pareció que eran muy buenos, muy trabajadores, y por lo tanto me
podían ser de más utilidad como sirvientes. Por eso los sujeté apenas entré en su casa…
Y entonces pasó lo que pasó con su hija, ¿recuerdan?
—Se llamaba Sara —dijo Marco de pronto, con la boca llena, sonriente.
—Lo recuerdo. Y recuerdo que su efecto secundario fue raro y muy desagradable
porque en cuanto estuvo sujeta cayó al suelo y empezó a convulsionarse: cada vez con
más fuerza, sin parar, en un ataque que terminó durando todo el día siguiente, y que tal
vez habría durado más si no hubiese decidido sacrificarla: ustedes me ayudaron
manteniéndola inmóvil, porque ella misma no podía aunque hacía grandes esfuerzos
por obedecer, y yo le rompí el cuello y luego me la bebí. Porque básicamente le tuve
piedad, pero tampoco la iba a desperdiciar. ¿Recuerdan ustedes todo eso?
—Sí, señora —dijeron los dos a la vez.
—Bueno, ¿y qué piensan de eso? Díganme la verdad.
Se quedaron callados un momento.
—Yo no pienso nada, señora —dijo Fernanda, con la vista otra vez al frente.
—Yo tampoco —dijo Marco, sonriente, y un trozo de jitomate cayó de su boca.
—Pasó hace muchos años —dijo Fernanda.
—Y Sara murió feliz, y desde entonces nosotros somos felices como nunca
pensamos que se pudiera ser feliz.
No quise continuar y les ordené que callaran. Saqué el frasco, tomé una cápsula y
me la metí en la boca. Su sabor era maravilloso: profundo y rojo, y al disolverse en la
boca la pintaba de un aroma raro y complejo. La gente del norte es realmente buena,
pensé.
EL HORÓSCOPO DICE
Antonio Ortuño

Mi padre no es querido en el barrio. Los policías asoman por la casa cada lunes o
martes y lo miran beber cerveza en el minúsculo cuadrado de cemento que antes fue
jardín. Los vecinos no tienen un enrejado que los resguarde pero nosotros sí. Mi padre
bebe encaramado en un banquito sobre la misma calle, delito perseguido por aquí con
severidad digna de crímenes mayores. Pero los policías no pueden cruzar el enrejado y
detenerlo: se conforman con mirarlo beber.
Nuestra relación tampoco es buena. Mi madre murió y yo debo hacer el trabajo
de la casa, él está educado para no tocar una escoba y yo, en cambio, parece que nací
para manejarla. Cuando termino de barrer, sacudir, trapear y lavar baños y cocina (la
ropa, jueves y lunes) debo vestir el overol y caminar a la fábrica.
Fui una alumna tan destacada que conseguí empleo apenas presenté mi solicitud,
pero no tan buena como para obtener una beca y seguir. Trabajo en una línea de
ensamble de las tres de la tarde a las diez de la noche, junto con veinte como yo,
indistinguibles. Vistas desde arriba, a través la ventanilla de la oficina de supervisión,
debemos parecer incansables, las doscientas o trescientas que formamos las quince
líneas fabriles simultáneas durante los diferentes turnos.
Otra de mis fortunas (no me gusta quejarme: les dejo eso a los periódicos) es que
mi camino de regreso resulta simple. Once calles en línea recta separan la casa de la
fábrica. Algunas de mis compañeras, en cambio, deben abordar dos o tres autobuses y
caminar por brechas enlodadas antes de darse por libres.
Las calles cercanas a la fábrica fueron oscuras pero ahora las iluminan largas filas
de lámparas municipales. El patrullaje es permanente: durante el trayecto de once calles
hasta mi puerta es posible contar hasta seis camionetas de agentes, dos en los asientos
delanteros y cuatro detrás, arracimados en la caja, piernas colgantes y rifles al hombro.
Los periódicos se quejan. Dicen que el barrio es una vergüenza y lo comparan
con los suaves fraccionamientos del otro lado de la ciudad. Es cierto: aquí no hay bardas
ni jardines. Nosotros tuvimos uno, diminuto, que ahora está sepultado bajo el cemento
y que mi padre utiliza como estación de vigilancia mientras bebe. Mira pasar a la gente
de día, y por la noche, cuando nadie se atreve a salir, espera mi regreso. O eso creo. A
veces no está cuando llego y solo aparece un rato después, botella en mano.
Es cierto que existen peligros. Y no todos son mentiras de la prensa, como
sostienen algunos. Muchas compañeras, no se ha podido saber con precisión cuántas,
jamás vuelven a la fábrica. Algunas porque se cansan de la mala paga o la ruda labor, se
supone. Otras, porque las arrebatan de las calles cercanas. Dicho así, suena como esos
artículos del periódico en los que se quejan de la aparición de otro y otro cuerpo. Los
acompañan fotografías en donde las muertas parecen juguetes. Así debemos vernos
todas: muñecas articuladas, acompañadas por la mascarilla de seguridad. A veces
jugamos a ensamblar muñecas (acá la cabeza, los brazos, acá piernas y ropa) y a veces,
como muñecas, somos desarmadas. No: la verdad es que ensamblamos circuitos y la
línea de muñecas cerró hace años por falta de mercado. Pero recorté un artículo que lo
asegura porque me gustó su forma de mentir. Como si tuviera algún sentido lo que
sucede, como si fuéramos algo que pudiese ser descrito.
El artículo fue publicado hace año y medio, por la época en que el patrullaje era
mayor y las desapariciones (y los hallazgos de cuerpos), más frecuentes. Ahora han
disminuido, aunque sin desaparecer. Como sucede con esas parejas que aún se meten
mano de vez en cuando si él bebió o ella está aburrida. Eso leí en otro artículo, en una
sección que en vez de cuerpos muertos luce los muy vivos de algunas mujeres
hermosas. Lo que no soporto son los crucigramas. De todos modos no podría
resolverlos, porque mi padre se precipita sobre cada periódico que llega a la casa. Los
agota en minutos, sin tachones ni dudas. Como si los hubiera planeado, como si fuera
capaz de que sus palabras cupieran en los cuadritos sin que importara su
correspondencia con la verdad. Nunca me he detenido a revisárselos.
No suelo pasear, sino que camino veloz y sin distracciones. No volteo si alguno
de los policías, arriba de sus camionetas, llama. Algunas mujeres de la fábrica se hacen
sus amigas y novias (es decir, se meten con ellos a los callejones y se deslizan sus
miembros a la boca) en busca de escolta y protección, pero no tengo intenciones de
revolcarme con uno de ellos ni necesito que me sigan hasta mi puerta. A mi padre no le
gustaría verme llegar con uno.
Los periódicos se quejan de todo pero, como pasa con la gente habladora, llegan
a referir cosas útiles. Por ejemplo, tengo acá un artículo en donde informan que la
fábrica es un negocio tan malo que resulta inexplicable que su dueño lo mantenga
funcionando. No ha generado beneficios en ocho años y reporta pérdidas en todos los
estados financieros. Incluso los recaudadores de impuestos se han vuelto laxos en sus
revisiones, porque el dueño es amigo de un diputado y en el gobierno saben que esto no
da dinero. Lo dejan en paz.
Otro problema de este barrio, “en situación extrema”, leo, es que han muerto
cinco policías en el año. El periódico, repitiendo los dichos del Ayuntamiento, propone
que los agentes son abatidos por los mismos que secuestran y desechan los cuerpos de
las compañeras. Pero cómo confiar en un diario que, luego de asestar esa información,
secunda sin parpadear las imaginaciones del redactor encargado de los horóscopos. El
mío, hoy, dice: Te encontrarás inusualmente sintonizada con tu pareja, aprovecha para decirle
eso que te incomoda.
Mi pareja, que no existe, tendría que ser paciente: trabajo de lunes a sábado y en
la casa no termina la labor. Y a mi padre le disgustaría verme llegar de la mano con
alguien. Sobre todo, me parece, si fuera un policía y tuviera que meterme con él a los
callejones y chuparlo.
Ahora me doy cuenta de que terminé diciéndole esto a nadie y en verdad me
incomoda. Otro triunfo para el horóscopo.

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Salgo, de noche, con otras cincuenta. Somos relevadas por cincuenta más,
idénticas. A pocas les conocemos la cara, porque debemos utilizar redes para el cabello
y mascarillas de seguridad y no resulta cómodo quitarlas y ponerlas en su sitio cada
vez, así que suelen seguir allí, tapiándonos la vista.
Hace tres días que el mismo agente, de pie en la esquina más alejada de la puerta,
justo donde comienza el camino de regreso, me da las buenas noches. Es un tipo feo
incluso entre los de su especie, pero procura mostrarse amable. Le sonrío sin responder
y sé que por esa ventana mínima que abro, vuelve.
Sus compañeros, las piernas colgando en la caja de una camioneta, se ríen. “No se
te hace ni con la gata más pinche”, le dijeron el segundo día. No pienses, policía, que lo
de la gata me ofende. La camioneta acompaña mi regreso pero se detiene ante la última
esquina. El agente feo, de pie en la caja, me identifica como la hija del borracho del
enrejado. Vuelven a burlarse. Debe haber pasado humillaciones peores: es realmente
feo.
Una muchacha nueva, apenas mayor que las otras, llega a la fábrica. Dice
conocerme. Vive en una de las apretadas casas al otro lado de mi calle: ha visto a mi
padre beber en su banquito desde que era pequeña. Lee los periódicos tanto como yo,
aunque evita las noticias sobre el barrio y se concentra en las que ofrecen explicaciones
para los problemas de cama de hombres, mujeres y gatas. No puedo creer que esos hijos
de puta me dijeran gata en la cara, sin parpadear.
Caminamos juntas de regreso, inevitablemente, como si la hubieran colocado en
mi horario para obligarme a intimar. El policía feo parece interesarse por la vecina
cuando la descubre a mi lado. Se sonríen. La animo, en las jornadas de ensamblaje, a
sostenerle la mirada y acercarse. Me esperanza la idea de que se gusten.
Éxito: consigo librarme de mi compañera de ruta apenas se decide a conversar
con el feo. Ella es linda, curiosamente linda, y ahora los compañeros del agente le
gruñen, resentidos, en vez de burlarse. Yo no tengo ojos para ellos, solo para las calles
que recorro cada día y noche. No me preocupan. Nunca me colaré a un callejón para
lamer, agradecida, a un protector.
Dice el horóscopo que debo cuidarme de murmuraciones. Y agrega, el diario,
otro aviso: en vista de que el número de crímenes en el área ha disminuido hasta
cincuenta y nueve punto dos por ciento, se reducirá en la misma proporción el
patrullaje policial. Que me expliquen cómo le descontarán el decimal, amigos. Si
pudiera calcularlo, me digo, quizá habría conseguido la beca. Y ahora escribiría los
horóscopos en un diario.
Mi vecina aprovecha nuestra cercanía en la línea de ensamblado para narrarme
sus manoseos y lameteos con el policía. Su fealdad parece entusiasmarla. La hace sentir
deslumbrante. Incluso el periódico ha bendecido sus apetitos, porque en la sección con
las fotografías de bellas desnudas recomiendan a las lectoras buscarse novios feos pero
apasionados.
Lo siguiente no debió ocurrir. Ella pudo quedarse con su hombre y permitirme
caminar sola, pero en vez de ello se citó con él más tarde, en su casa, para presentarlo
ante su familia, y me escoltó por las calles. Todo era perfecto, serían felices, él iba a
pedir su cambio a un centro comercial y se alejaría de los peligros. Así que no le gusta el
barrio, dije. A nadie, vecina, a nadie. Pues a la gata le gusta, pienso.
Pero la camioneta sale detrás de una esquina plena de luz y se detiene allí, al
final de la calle. Negra, sin placa ni insignias, los vidrios levantados. Nos detenemos y
sus faros nos esperan.
Ella debe imaginarse rota, en una zanja, alejada para siempre de su amante feo,
su overol de trabajo y hasta de mí. A nadie le gusta pensar eso. Me toma de un brazo,
tiembla. Yo no padecería este miedo si estuviera sola. No volveré a caminar con esta
pendeja, me digo. De la parálisis nos salva la luz de una torreta. Por la calle avanza una
patrulla. La camioneta, lenta como nube, se marcha.
Evito responderle al día siguiente, en la fábrica, cuando vuelve al tema. Le
recomiendo que recurra a su novio y me deje volver sola, como sé, como me gusta. Se
resiste. Dice, no sé con qué base, que juntas corremos menos peligro. Tengo que echarla
de aquí. Tu puto novio me dijo gata y quiso que se la mamara. Chingas a tu madre tú y
él igual. Ni me hables, pendeja. Todo eso y la espanto lo suficiente como para alejarla.
Al fin.
Unos días después, veo a la distancia que le entregan una canasta de globos. Hay
abrazos y algún aplauso. Se muda con el feo, se va de la fábrica. El alivio hace que las
rodillas me tiemblen y mis muslos suden, como si la tibia orina de la niñez escurriera
por ellos.
El periódico, ladino, calcula que el número de policías en el barrio podría haber
bajado no por la disminución de crímenes, sino al revés. Me doy cuenta de que,
asombrosamente, mi padre no concluyó el crucigrama esta vez. La receta del día:
ensalada de pollo con salsa dulce. Luce deliciosa.
La camioneta viene, lenta, hacia mí. En el mejor lugar posible para un asalto, a
mitad del camino entre la fábrica y la casa, en un cruce de calles en donde nadie vive y
subsisten pocos negocios, cerrados todos a esta hora. Me rebasa pero se detiene,
aguardándome. Como no avanzo (para qué precipitarse), bajan dos hombres. Visten
ropas de calle. Son el feo y un compañero, uno que quizá se reía más que los otros de
esta pinche gata. Sus expresiones perfectamente serias. Nada de diversión, aquí.
El rodillazo me dobla y la patada me derriba. No puedo oponerme, nada en los
bolsillos de mi overol o en mi pequeña mochila puede ser utilizado como defensa. Me
jalan a la camioneta y debo pesarles en exceso, porque no es un movimiento limpio sino
uno lastimoso y torpe el que hacemos en conjunto. Logro sujetarme de un poste para
retenerlos. Es obvio que no saben hacer esto.
Pero, claro, el experto está aquí. No lo ven, no lo esperan, pero el crujido que
escucho mientras tironean mis pies y me patean las costillas son sus botas y arma.
Cierro los ojos porque me duele, porque no disfruto esto ni me divierte cuando sucede.
Los tiros no son estruendo sino ecos acallados por la carne.
Sudo. Me arde el estómago, mi boca se abre y jala aire, todo el aire. Me arrastro al
poste y, contra él, consigo incorporarme. Náuseas. Me hicieron daño.
El feo tiene el pecho destrozado y un agujero como una mano entre las ingles. Su
compañero luce un boquete negro en el ojo derecho y las entrañas se le escapan del
vientre.
Tengo las fuerzas necesarias para escupirles a ambos, devolverles las patadas. El
dolor en las costillas me perseguirá un mes. Escucho un jadeo. El feo vive aún, trata de
escurrirse.
Mira a la pinche gata, le digo, mírala.
Vuelven a dispararle.
Cierro los ojos.
Una mano me toma del hombro, me obliga a volverme.
Vámonos, pues, a la verga, dice.
Sí, papá.
Me contempla con aspereza.
Volverán las patrullas.
Lo sigo por calles vacías.
UNA NOCHE DE INVIERNO ES UNA CASA
Cecilia Eudave

Para Almudena Mora

Al entrar se comprobó mi más triste sospecha: ahí hacía un frío de esos


ancestrales, que me dobló la espina dorsal y me obligó a apoyarme sobre una de las
desconchadas paredes. Aquel lugar era inmenso, sí, muy grande, pero inmundo,
parecido a una piel que con el tiempo se desgaja y va dejando su rastro por cualquier
parte. Y ese olor, que nunca logré erradicar, entre dulzón y amargo, parecido a la
descomposición de una vaca que por el camino algún incauto golpeó y dejó morir. Esa
casa agonizaba y necesitaba sangre fresca para seguir viviendo, ahora me parece más
claro, pero en ese entonces...
La señora que nos mostró la casa tampoco me resultó agradable, me miraba con
desconfianza, cuando lo hacía, y solo se dirigía a Enrique. Eso no me importó nada,
pues mientras ellos hablaban de precios y de arreglos necesarios, más bien urgentes, yo
comencé a pasear por el lugar. Todo iba de horrible a horroroso, pero no fue suficiente
hasta que llegué al baño y vi aquel desastre lleno de hongos, de humedad y suciedad.
Para colmo me habían dicho que alguien había habitado esa casa, una pareja, como
nosotros. Ah, no, me dije, como nosotros no. ¿Quién puede vivir así? Aquello era un
chiquero. Pero, ¿quién puede resistirse a un jardín? ¿A un inmenso jardín en medio de
una ciudad tumultuosa? Todos, menos yo, y accedí a rentar esa casa invierno —jamás
dejé de sentir frío mientras estuve dentro de ella—, porque cuando vi el jardín caí en el
hechizo, y pagué un tributo muy caro por ceder cuando la intuición manda otra cosa,
por querer tener un paraíso donde se sabe que solo puede habitar la miseria, porque no
hay jardín de las delicias ni parque encantado que no cobre precio.


Después de unas negociaciones muy duras, llegamos a un buen precio con la
casera y nos dio las llaves. Así, pudimos comenzar a disfrutar de aquel paraíso de
mugre y desolación, junto a tres albañiles, dos carpinteros (antes cantantes de un bar),
un fontanero y un electricista que parecía ser el único que portaba un poco de
compostura, pues no dejaba de repetir: “Esta casa es un desastre, ni tirándola una y otra
vez será habitable”. Ya llevaba dos semanas intentando que los interruptores
respondieran al lugar donde se requería luz, y no que hicieran lo que les viniera en
gana. Le había sacado a las paredes todos los alambres, que yacían como venas por
cualquier lado, como anacondas silenciosas carcomidas por los años, insólito resultaba
ver aquel espectáculo de metros y metros de cables blancos, azules, rojos, entreverados
unos con otros, enloqueciendo la mente de aquel electricista que no podía ponerle
orden a ese cuerpo. Logró, por lo menos, que algunos interruptores sí funcionaran,
otros tuvo que clausurarlos y quedaron como falsos apagadores, de manera que puso
nuevos para suplir a los viejos, y como es natural, en esa casa loca y fría, a veces
funcionaban hasta los clausurados.
Total, no se pudo conseguir que un solo apagador hiciera lo que debe hacer un
interruptor: prender la luz, apagar la luz. Incluso por las noches un pequeño recital de
clics se escuchaba cuando llegábamos intentando encender la luz, y solo conseguíamos
ecos, destellos que se iluminaban en distintas zonas. Corríamos, entonces, tras la luz,
para atraparla en donde menos la imagináramos (pues una vez capturada con la mano
puesta en el interruptor, los demás prendían y la luz se distribuía por las habitaciones).
Eso ocurría solo cuando Enrique y yo llegábamos juntos, o cuando yo entraba sola a la
casa, a él nunca le pasó. “Yo creo que tú tienes un problema con lo eléctrico, debes de
tener mal los polos o de plano eres un pésimo catalizador, o algo así. Recuerda que a
todo el mundo le das toques”. Con eso quedó claro quién era el motivo del desorden de
iluminación, no se pudo buscar más respuestas, ¿para qué?, ya había culpable.
Los albañiles, por su cuenta, tenían sus dudas sobre la “vibra” de la casona. Ellos
habían calculado su edad, unos setenta años, quizá más, bastante venida a menos por
mal mantenimiento, lo que la hacía una achacosa, además de una impertinente, una
incomprendida que cree que nadie la merece. Esto último ocasiona su terrible ira, y
pues a destrozar a los inquilinos a como dé lugar. Ellos lo sabían por su amplia
experiencia en parchar residencias en mal estado, y en verdad que lo sabían, pues las
reparaciones resultaron solo parches aquí y allá para dar la impresión de habitable. Por
si fuera poco, me hicieron advertir un detalle curioso: dentro de cada closet de la casa
había una imagen de una Virgen María. “A lo mejor hay fantasmas”, dijeron, y “esto es
una precaución, un detente para los aparecidos, para su maldad”, y esa frase me hizo
reír de nervios, lo que me faltaba, gente muerta deambulando por los pasillos. Le
comenté a Enrique sobre aquella peculiar afición de los antiguos inquilinos a pegar
vírgenes en el interior de los armarios, a lo que él respondió: “No vas a creer que aquí
espantan, digo, eso es cosa de ignorantes y de mujeres”. Esto último me enfureció, claro,
en realidad me percaté de que yo era la muerta viviente, y que Enrique no estaba lejos
de ser lo mismo, desde hacía tiempo ya no vivíamos el uno para el otro, y yo venía a
encarnar todas las respuestas a los problemas.
En fin, el fontanero se esforzaba, ya no en que tuviéramos agua caliente (en la
cocina nunca se consiguió ese milagro), sino en que por lo menos saliera agua de las ya
cascadas tuberías: “Si quiere le meto presión a la cañería, pero si truena es su
problema”. Y lo fue, tuvimos que cambiar varios metros de tubos y aun así solo se logró
que salieran unos miserables chorros de agua en la cocina y en el único baño, pues
había seis habitaciones, una estancia, un recibidor, dos patios, un jardín, y solo un
raquítico baño. ¡Ah, los carpinteros! No paraban de cantar y de hacer suyo todo el
recinto, llevaban como tres semanas tratando de remachar, encuadrar y pintar las
puertas, y como se encariñaron con un viejo librero empotrado en la pared, le dedicaban
varias horas al día para dejarlo con la dignidad de su origen. Y yo, por Dios, ya quería
que se largara todo el mundo. Necesitaba estar un minuto en paz y tranquila, sin la
culpa de ser la respuesta de todos los males. “Pero querías tu jardincito, tu paraíso en
medio de todo este tumulto de seres de ciudad”, me repetía como un aliciente para
aguantar la siguiente embestida de la casa.
Como pude fui sorteando todas estas desventuras, porque Enrique parecía
revivir cada vez que iba a la casa para mirar los avances (lentos, muy lentos), solo él
parecía recibir la energía positiva del lugar, pues los demás acabábamos exhaustos,
como salidos de las catacumbas. “En un par de semanas podremos venirnos a vivir ya
aquí”. ¿Pero de qué planeta?, debí preguntarle, pues aquello parecía trabajo de meses.
Empeñada en hacerlo feliz, me apliqué por completo a terminar los arreglos. Si no
hubiera sido por los ecos de otros días, de otros años donde habíamos sido una pareja
feliz, vagando por ahí, no hubiese podido darle más energía a la casa, pues ese lugar
terminó de impedir que yo encontrara mi sitio donde definitivamente ya no lo tenía.

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El ingeniero encargado de la obra era un inútil. Con su pasito de señorito venido


a menos y su ineptitud logró desquiciar mis mejores intenciones de instruirlo en el arte
de hacer bien las cosas. Me cobró por adelantado el baño, y lo que debió haber sido una
tarea de una semana se prolongó a tres. De nada sirvió que lo amedrentara, ni que le
gritara (por alguna extraña razón, esa casa me había vuelto agresiva y había sacado lo
peor de mí), y el baño no estuvo hasta dos días antes de mudarnos a la casa. Cuando lo
vimos terminado, quedamos atónitos: se veía igual, solo que ahora con todo nuevo,
pero la impresión era la misma, la de un cuarto de baño viejo e inmundo. No se hizo
esperar la reacción de Enrique, quien me acusó de inepta (por Dios, si no había
estudiado ingeniería, ni contratado al personal, ni escogido los aditamentos del baño; la
casera eligió todo). “Tanto dinero para esto”, le oí decir. “A ver cómo lo arreglas ahora,
además la taza del excusado está chueca”. Efectivamente, y se quedó así, pues por más
esfuerzos que se hicieron por enderezarla, nunca se pudo. Tuvimos que aprender a
hacer nuestras más íntimas necesidades de ladito (igual que él y yo a no decirnos más
las cosas y a tolerarnos mutuamente de ladito), e instruir a las visitas cuando alguien
osaba ir a vernos (Enrique se volvió celoso de su espacio y permitía a muy pocos
visitarnos), sobre la manera de apoyarse para evitar accidentes.
Y cuando ya pensaba que aquella casa iba de peor a menos despreciable, me
levanta Enrique exaltado para decirme que de las paredes del cuarto de baño manaba
agua... y ¡caliente! ¿Cómo era posible? De la regadera apenas y un miserable chorrito de
agua se asomaba de vez en vez, y tibia, pues el calentador hacía lo que le venía en gana.
Ah, y cuidado con moverle un centímetro la temperatura, pues entonces se apagaba y a
llamar a un técnico, ya que nosotros no éramos dignos de tocar a su majestad, y si lo
hacíamos acabábamos llenos de tizne y con las pestañas y las cejas quemadas. Así de
sensible era todo en ese lugar, incluyéndonos, claro, pues ahora a cada momento se
suscitaba una pelea por el más mínimo motivo. Ese día no fue la excepción: “Ya ves”,
me dijo, “¿por qué te hice caso y dejé que te empecinaras en tener este cascarón de
hogar?”. ¿Qué?, pero si el aferrado a este frío lugar era él. Por no discutir más me paré
de la cama para revisar el desperfecto —de alguna manera yo ya era una ingeniera—, y
descubrí que la fuga provenía de la azotea, donde, para no variar, se había estancado el
agua y filtrado por las viejas paredes. Recuerdo que esa vez me senté en el baño chueco
y comencé a llorar. Yo también manaba agua tibia por mis mejillas; por primera vez, esa
casa y yo compartíamos una misma sensación.


La verdad, el jardín me entusiasmaba mucho. Era el único espacio donde no se
respiraba lo irreparable, así lo veía yo. El sol daba de lleno, y aunque aquello era una
jungla con la más extraña variedad de plantas conviviendo juntas, me propuse
reformarlo, reconstruirlo. La faena fue demoledora: quitar primero toda la hierba mala,
que resultó la única que podía vivir ahí, pues el pasto que pusimos tardó muchas
semanas en prender, y eso gracias al jardinero, quien casi iba a diario a quitar las yerbas
caprichosas. Cuando por fin aquello parecía ir tomando forma, ¿cómo la casa iba a
dejarme disfrutar un momento aquel espacio?, apareció una plaga de alacranes, otra de
gusanos azotadores, los más negros y peludos jamás vistos, y una comunidad de
hormigas gigantes, rojas y ponzoñosas, que se encargaron de comerse las nuevas
plantas y de mermar las ya existentes.
Enrique, ya medio enloquecido y obsesionado con la casona, llamó a los
fumigadores, pero como él era sensible a los productos que se iban a utilizar, me dejó
encargada de la tarea de supervisar el buen empleo de los insecticidas y la vigilancia del
cascarón que yo me empeñaba en mantener (proyección suya, él era el aferrado a ese
pedazo de problemas). No hay que mencionar que, por supuesto, exterminaron la
invasión de insectos, pero se murieron casi todas las plantas que sembré (sí,
sobrevivieron las antiguas), y yo quedé intoxicada de la casa, de Enrique y de mi vida
hasta ese entonces.

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El jardín, que había resultado la única atracción para mí de aquel lugar, se


convirtió en mi peor pesadilla. Cierto día, ya ni recuerdo cuánto tiempo llevaba ahí,
mientras regaba el pasto para que no se secara y lograra superar a la mala hierba,
comencé a oír llantos. Al principio eran muy tenues, como si un niño pequeño llorara
allá detrás de los árboles, o más lejos aún, detrás de cualquier casa. Cerré la llave del
agua y traté de percibir de dónde podría venir aquel sonido. Recorrí todo el jardín hasta
llegar a una habitación semiderruida que existía al fondo de este. El ruido se escuchaba
más fuerte ahí. Como pude, abrí la puerta, obstruida por el moho, las telarañas y la
tierra acumulada ahí por años (esa parte de la casa todavía no era reconstruida). Y ¡zas!,
me saltan una media docena de gatos, que si no me mataron del susto fue por lo
repentino de su aparición. ¡Por Dios! Estaba invadida de felinos, que además parecían
estar sarnosos, llenos de pulgas y con rabia. Después comprobé que no parecían; lo
estaban. Enrique no pudo ayudarme en la tarea de desalojo animal, ya que su alergia al
pelo gatuno era casi mortal para su cuerpo. Y como yo, seguramente, nací inmune a
cuanto hay en el planeta, incluidos los ataques felinos, me lancé de lleno a erradicar esa
plaga, bastante más grande y peligrosa que cualquier alacrán güero.
Me sugirieron ponerles veneno, pero no resultó. Luego tapié con cartones las
entradas al cuartucho del fondo, les importó poco, se asentaron fuera de él. Rocié con
una sustancia el pasto para que no pudieran echarse sobre la hierba, nada, se treparon a
los árboles. Total, tuve que llamar a un viejito, de esos que se hacen míticos por sacar de
tu casa lo que sea, y logró, cual pepenador, atrapar a cuatro de ellos, tres gatas (dos
preñadas) y un gato. Los otros escaparon. Antes de irse, con su costal lleno de gatos,
medio arañado, y con un montón de dinero que me sacó, me dijo: “Volverán”. Y
volvieron. No hubo más remedio que acostumbrarse al concierto en gato menor para
noctámbulos de casas frías como invierno.

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Cuatro meses después de pintada la casa, la humedad reapareció. Era una


humedad gloriosa, de esas que florean toda la construcción de manera caprichosa, de
esas que pueden pasarse la vida haciéndonos la vida imposible: el salitre. Y otra vez a
luchar con la adversidad, ya como costumbre, desde que me había mudado a la casona.
En cierto modo, yo era una especie de gladiadora a la que sacan al ruedo a enfrentar
una jauría de tigres malhumorados, hambreados y mal dormidos, que debe mantenerse
viva, y de paso tener contento al césar: Enrique, quien, curiosamente, alérgico a la
humedad, parecía no tener ningún achaque frente a esta, salvo la molestia de ver cómo
se abrían las flores blancas en las paredes recién pintadas.
Como quiera, aprendí a resanar y retocar con pintura. Salía un poco de salitre
aquí y yo corría a evitar que aquello se extendiera más, hasta que apareció esa mancha
amarillenta en una esquina de la casa en lo más alto del techo. Como no era salitre, sino
humedad de la más vil y mala, tuve que hacer una profunda investigación en la azotea
para dar con la cañería (rota seguramente) que estaba provocando esa aparición
inesperada. Conseguí dar con la falla, era un bajante obstruido, lo limpié y listo. Un
poco de pintura y ya. Pues no, en esa casa nada era así de sencillo y fácil, ¡qué va!, ahí,
lo bizarro era cosa de rutina. Y la mancha amarilla, como si fuera una ameba mutante,
se deslizó y se colocó justo a un lado de donde había yo pintado. “Mira, mira, no
pintaste bien. La mancha sigue ahí”.
La voz de Enrique ya comenzaba a sonarme como la de un jefe impertinente,
diminuto e inútil que solo sabe gritar para sentirse a gusto. Volví a pintar, y al día
siguiente la mancha se había desplazado otra vez. ¿No estaré volviéndome
esquizofrénica? ¿No estará Enrique volviéndose esquizoide? ¿No nos estaremos
volviendo locos aquí? Yo había desaparecido esa mancha, lo juro. Bueno, quizá el
cansancio me hizo suponer que la cubrí bien y no fue así, en fin, volví a pintar. Sí, al día
siguiente reapareció triunfante y feliz. “Ah no, ahora la mato”. Y en un acto titánico, de
esos que la desesperación suele llamar valentía heroica, pinté todo el techo. Nada, la
mancha volvió a salir ahora sobre una pared lateral de la sala. Ya no era cuestión de
heroicidad, ya era cuestión de salud mental, tenía que aceptarlo, la casa no me quería y
haría hasta lo imposible por acabar con mi paciencia, mi vida y mi cordura. Como un
deber a mí misma, a nadie más, me dispuse a abandonarla.



“¡O la casa o yo!”, le grité a Enrique. Pues la casa, por supuesto. Él se quedó con
ella y yo hice mi maleta. Recuerdo que antes de irme quise echar un último vistazo al
lugar. Lo recorrí todo: el inmundo baño; la cocina donde casi pierdo el cóccix, pues por
alguna razón que solo la dimensión desconocida sabe, el piso siempre estaba como lleno
de grasa; la sala, que era propiedad inequívoca de la mancha trashumante; la recámara,
donde escuché un sinfín de conciertos para gatos, y donde se acabó lo que se daba en mi
relación con Enrique; el jardín, que ahora estaba más verde y más bonito que nunca. Ahí
me quedé un rato mirando cómo por lo menos ese esfuerzo había, literalmente, dado
frutos, pues los árboles frutales comenzaban a llenarse de flores. Entonces, por un
instante, pensé: “¿Y si me quedo? Si hago un último esfuerzo y trato de recuperar lo que
aquí se ha perdido...”. Y ¡zas!, que se revienta el tinaco y sale disparado el tapón que lo
cubría como un torpedo asesino, que fue a retumbar a una de las paredes de jardín
haciendo que se cayera un trozo considerable de muro. De no haber sido porque el agua
que manó de golpe me tiró al suelo, estaría ahora en otra parte, si es que hay otra
después de la muerte.
Mojada y todo, ya no quise ni cambiarme la ropa, tomé mi maleta y salí de ahí
presurosa. Enrique no estaba, se había ido a buscar a quién sabe quién, seguramente a
un reemplazo de ingeniera que le volviera a atender la casa. Antes de salir, cerré bien,
no deseaba que un pedazo de frío me siguiera a donde fuera, y aventé las llaves por la
ventana. Crucé la calle y un hombre no muy mayor vestido de blanco me sonrió a
medias, se quitó el sombrero cuando pasé a su lado y me dijo: “¿Expulsada del paraíso?
No se agobie, pase por aquí, y vayamos por allá que hace un sol maravilloso”.
Extrañada, acepté el consejo y me alejé con él sonriendo, mientras la luz desvanecía lo
que dejé al dar la espalda. “Ah, y es mejor que deje su equipaje”.
HOMBRE EN EL ESPEJO
Alexis Iparraguirre

A Marco García Falcón.

Mónica despierta tarde, luego del mediodía. Se sienta en la cama, hace a un lado
las sábanas con un pie desnudo y bosteza. La habitación huele a la madera antigua y a
los abrigos guardados con naftalina en el comodín. Se contempla en el espejo del
tocador: la piel blanca, los ojos pequeños, la faz de pómulos esculpidos a cuchillo. Se
acomoda el cabello con un peine automáticamente. Decide que ese día hará algo. “Lo
que sea”, se anima, “ya cumplí dieciocho”.
Entonces ve al hombre. De pie, entre las prendas del armario. Tiene el cráneo
amplio, la piel oscura, los ojos dispuestos para escudriñar movimientos. Viste un
sobretodo largo, talar. Mónica arroja el peine, reprime su primera pulsión: pedir auxilio
a gritos.
Sabe muy bien que nadie puede entrar a su cuarto. Ni se molesta en girar.
—No existes —le dice al espejo.
Parpadea. “Esto va a desaparecer”. Y con los ojos violentamente abiertos lo mira
de nuevo. “¡No quiero!”.
Él asiente inesperadamente y desaparece.

Cuando baja a desayunar se da cuenta de que la sigue: camina a su lado. Lo


observa a través de las amplias consolas que flanquean la escalera. Mónica acelera el
paso, salta de un escalón a otro. En el descanso, espejos oblongos y opuestos lo reflejan
sin pausa. El hombre se mantiene, unos metros detrás. Silencioso. Mónica finge
ignorarlo. Ojea unos periódicos olvidados en el sofá del salón y acomoda dos
miniaturas de centro de mesa. Quiere oler el aire fresco que viene del jardín; lo único
capaz de animarla. Y solo ahoga.
Se sienta en el comedor en el sitio de la cabecera frente al espejo de tres cuerpos.
Una vez más, el hombre la acecha con su mirada inquisitiva, como una emanación
indeseable del sueño; se inclina sobre el respaldar, los dedos largos y perfectos sobre la
cima del tallado de la silla.
—¿Qué eres? —le pregunta Mónica.
El hombre mantiene el mutismo. Sola la mira, atento.
—¿De dónde vienes? —insiste Mónica, con la voz que se le parte.
El hombre habla con un sonido de vidrio crujiente:
—De otro lado.
Ella se estremece por el tañido de su voz, pero opina para no desmayarse:
—Pareces de un cuento de niños.
El hombre no replica. Cuando la madre de Mónica trae la comida, permanece
inmóvil. Como intuye, su madre no lo ve. Da cucharadas a la sopa, mientras el hombre
continúa detrás, prendido al respaldar.

Mónica se desliza al desván abandonado donde su madre acumula


antigüedades. Es el corazón del polvo de la casa. “Aquí no está”, se sofoca. Al lado de la
figura de una virgen de yeso, ubica un espejo sucio. Mónica lo limpia con las manos.
Distingue su perfil. Y ve al hombre mirándola.
No resiste. Siente el aliento convulso.
—¿Por qué no te vas? —chilla entrecortada.
Su respiración opaca el reflejo. El hombre solo se encoge de hombros.
Mónica contiene un grito. La hastía. Sostiene el espejo para hacerlo añicos con la
presión de sus dedos, pero no puede y lo golpea contra la esquina de una vitrina.
Luego, se pone a llorar. Se hunde contra la vitrina, sin dejar de sentirse ahogada.
Entonces percibe que la miran. Abre los ojos.
Incrédula, observa al hombre que se afianza, por completo libre del límite del
vidrio, silencioso, sobre los travesaños del techo, en perfecta posición invertida, por
completo libre del peso de los cuerpos.
Mónica no es capaz de gritar. El espanto la inmoviliza.
Se escapa de él o eso pretende. En el laberinto de opciones, presiente la necesidad
de dejar la casa. Sale al aire libre como animal expulsado de su cueva. Da botes entre los
espinos liados del jardín: le parecen garabatos en los que se enmaraña con facilidad. “La
alameda no tiene paredes”, se le ocurre. Encuentra el camino casi sin mirar. Es un paseo
inacabable, gris, de árboles moribundos y solemnes, encajonado en calles que siguen la
pendiente hacia el mar. Salta por costumbre las escalinatas. Busca que el esfuerzo físico
le impida percibir sus pensamientos.

El hombre del espejo la sigue, caminando por las casas y los balcones en perfecto
paralelo al suelo.
Mónica se rinde. Se apoya en un árbol. No sabe qué decir.
Le habla:
—En invierno vengo con Ton.
Sabe que no se va a librar de él.
—Yo estoy con Ton —continúa a tientas.
Él la sigue a su paso. Mónica sabe que no avanza, no camina hacia ninguna parte.
Habla sin objeto, balbucea:
—Ton... es un apodo, ¿sabes...? Se llama Washington.
Mira al hombre que se detiene del mismo modo que ella, el aspecto invariable.
Intenta esbozar una sonrisa, aunque le apetece llorar. O pedir auxilio.
—¿No te parece feo... Washington? —dice Mónica.
Él asiente.
—Es horrible.
Mónica suelta el aire, mira las casas, agita la cabeza.
—¿Qué hacían? —pregunta él.
—Corríamos —recuerda—. Nos íbamos de aquí hasta la playa.
—Corramos —propone él.
La sorprende como siempre. No se puede imaginar esa palabra de desafío en esa
criatura. Asiente, sin calcular nada.
—Ya pues —se ríe—. ¡Ahora!
Empieza a ir alameda abajo con todo lo que pueden sus piernas. El hombre da
largos pasos sobre las paredes, sobre las puertas y las salientes de las ventanas. Mónica
se empieza a reír, como acostumbra, de su propia agitación.
Mira a su lado: solo distingue el sobretodo convertido en una mancha de tela
ondulante atravesado por las luces del crepúsculo, justo detrás de ella. Y no la alcanza.
Ve cómo el hombre se abalanza, cómo se hunde en las aspas de sus manos y el gesto
desesperado, boquiabierto, de quien sabe, sin aviso, que el piso se le acaba, que las casas
y las paredes no siguen hasta la playa, y se cae de narices. El extraño apenas puede
asirse con gesto agónico de un poste, impotente, para no descalabrarse. La mira,
componiéndose el traje, y se encoge de hombros, visiblemente incómodo.
Mónica no sabe qué hacer. “Qué bien”, chilla de alegría por dentro, le saca la
lengua. Se acerca aún jadeando al margen de la alameda.
—Te gané —le dice, sin pensar si todo ello es sensato o adecuado.
Él se encoge de hombros. Ella sonríe:
—Creo que me libraré de ti.
—¿Cómo?
—No sé.
Ahora Mónica se desentiende. Se acomoda el cabello. Mira a otra parte.
—Pero ya me das risa. Es el primer paso.
Él niega con la cabeza, sin énfasis.
—El primer paso es que ya no sientes miedo. Y falta muy poco tiempo.

—Ton se va en verano a la casa de playa de sus viejos —dice Mónica—. Va con


los gemelos y el grupo de Gabo.
En silencio, se han ido caminando junto al mar. Mónica se ha metido en una de
las casonas señoriales ruinosas y vacías que se extienden por el malecón. Avanzan a
oscuras por lo que debió ser una habitación. La luz del exterior apenas penetra en haces
polvorientos que parecen tasajearlos.
—¿Por qué no fuiste con tus amigos?
—No sé.
Se descubre incómoda. “¿Qué sé, maldición? ¿Qué importa? ¿A quién le
interesa?”.
—Tal vez sea mi carácter.
Se percata de que el hombre ha adoptado una vez más una actitud ausente.
—No lo sabes, pero viene un viento —dice él, tras una pausa que por primera
vez Mónica no interpreta como un acoso—. Lo esperan, pero no lo saben.
—Aquí no hay vientos. —Lo mira, con cierto desasosiego—. No corre ni brisa.
—Vendrá un viento.
Mónica pestañea, sin entender de lo que habla, pero la coge un escalofrío:
—Yo solo espero que Ton vuelva.
—Es muy tarde —dice él, alzando los hombros con desdén—. Tú ya te has ido.
—¡Yo estoy aquí! —protesta, exasperándose.
El hombre solo añade:
—Andabas lejos. Por eso me hallaste.
Ella calla, asustada.

Algunas tardes vuelven a correr. Él bromea que le enseña a caminar de cabeza.


Aunque el hombre le tiende la mano, incitándola a subir a los techos, no hace el menor
intento de bajarse. Y a Mónica le asusta imaginar en qué consiste el equilibrio cabeza
abajo. Además, no puede colocar las zapatillas en el tapiz. Sabe que lo manchará y su
madre se quejará con ella. A veces las disputas con el hombre llegan al escándalo.
Cuando su madre la oye, no sabe por qué tanta bulla. Mónica no tiene nada que hacer y
no la frecuentan amigos. Pero, cuando se asoma al cuarto, la sorprende conversando
sola sobre la cama con el espejo o con el techo. Prefiere no meterse porque los jóvenes
tienen sus cosas.
Ese mediodía de verano, el aire calienta, el cuarto de Mónica es un hoyo de calor;
las sábanas tibias las descorre con su cuerpo. Mira de inmediato al espejo.
—Hoy viene Ton —le dice, soñolienta, y sonríe—. Habrá una reunión en la casa
de los gemelos.
El hombre hace un ademán:
—Has puesto cara de esperanza.
—¿Cómo es eso?
Mónica se ha habituado a sus comentarios, a las insinuaciones que conducen a
mil asedios, o a un miedo básico que detesta.
—Es el rostro sonriente —asevera—. Desperdicias tu esperanza y la vas a
necesitar.
Un escalofrío le estremece la columna. Mónica abraza una almohada. No replica.
Se pregunta por qué él parece gozar elaborando esas frases, y ella, estúpida, las tolera.
Pero ¿acaso ella no es cómplice de su misma molestia? No hace lo que piensa: “Si me
molesta, debo echarlo”.
En cambio, le pregunta, con la mirada húmeda:
—¿Eres mi amigo?
Él no contesta la pregunta.
Mónica se enfurece. Estúpida. Su compañía es una farsa. En verdad, él no existe:
es un pedazo de vidrio. Entonces, ¿por qué no actuar con cordura?, ¿por qué no
rechazar esa alucinación que la fastidia y atemoriza?
Pero se limita a murmurar, afligida:
—Si eres mi amigo, no deberías ser cruel.
El hombre solo la contempla despacio:
—Si no fuera cruel, estaría mintiendo.
Se queda muda. Intenta pronunciar unas palabras, pero quiere llorar. Antes de
que haga una cosa o la otra, él se adelanta:
—¿Me vas a invitar a tu fiesta?
Entonces, ella patalea mientras le vence la risa y le dan ganas de saltar a
abrazarlo.

Las parejas bailan muy lento. El aire hiede a cigarro y a licor. Los golpes del
piano y el silencio imponen una melodía difusa. Se suceden simulaciones de chillidos
humanos, una trompeta en sordina. Los Cadillacs tocan jazz en el pick up de los gemelos.
Mónica experimenta a la vez el alcohol, la melodía, las reverberaciones de una trompeta
en sordina.
Se ajusta con un movimiento elástico al que efectúa Ton. Giran
imperceptiblemente por el área de sombras. Un contrabajo licua sin dirección aparente
unas notas. Estoy soñando que llega mi muerte, canta Vicentico, estoy soñando que veo la
suerte. La tarola enfatiza los versos. El cencerro titila como si fuese un vahído. Cuelgan
guirnaldas de luz en la noche y hacen fiesta en toda la calle. Mónica baila. Yo me despido que
me lleva la muerte... ellos me abrazan y me dan buena suerte...
Sin aviso, el doble bombo, el procesador de efectos, en estrépito, como miles de
tambores de guerra. Entonces, una marea de cuerpos galopa en la penumbra y
evolucionan en giros y colisionan unos contra otros. Una voz distorsionada brama
desde todos lados: La Santa se soñó con llagas, con llagas. Lejos de la carne, torturada lloró...
¡su visión premonitoria!
Mónica evade por unos instantes en el bulto de los brazos y piernas. Pero luego
también se lanza sobre los otros, trazando velozmente su propio curso de colisión.
Pierde el paso en absoluta confusión de la oscuridad. El espacio es un hormiguero de
saltos y colisiones ciegas.

Mónica aparta a Ton en un respiro. Conversan con la música dispersa y los


muchachos sumidos en una contemplación laxa del humo.
—Estás raro —le dice ella. Lo mira con los ojos tristes, le pasa un trago.
—Tú eres la rara —dice Ton—. Pero ya arreglaremos más tarde.
Sonríe. A Mónica la agota la atmósfera. La envuelve como una banda elástica
contra la boca.

Cuando el escándalo y el humo se dispersan, distingue el espejo oval. Se examina


sentada en un sillón contra la pared, la cara macilenta, las rodillas tocándole el mentón.
Por instantes, la cubren los cuerpos imprecisos de los bailarines. El hombre aparece ahí.
Inmutable, posa los ojos sobre ella:
—¿Ves algo nuevo?
Mónica se demora en contestar, pues entiende el juego de sentidos.
—A ti—. Sin embargo, sospecha que no es la única contestación posible. No
quiere pensar más.
Prefiere alejarse de la pregunta con algún pretexto y se le ocurre hacerle al
hombre un ademán muy elaborado para iniciar un baile, como en las películas de
época. Él la mira escéptico, aunque es evidente que está a medias complacido. Entonces,
el vidrio tiembla, mientras su mano lo traspasa para tomar los dedos de Mónica. Ella la
siente cálida y tiembla.
—¿Por qué no caminas en el techo? —, pregunta, para evadir la sensación.
Él no contesta.
“Sí puedes”, piensa ella, divertida, “pero caminando como cualquiera te pones a
mi altura”.
Gira al ritmo del hombre, que la conduce de una mano. Muchos se ríen al ver un
baile de figuras que casi no toma en cuenta la música.
—Como siempre, se pasó de tragos —se ríe Ton.
Mónica baila con los ojos cerrados. Cuando los abre, descubre, espantada, el
espectáculo que dan los gemelos: Pedro y Manuel se están imitando coreográficamente.
Los escruta un grupillo bullicioso de ebrios en busca de fallas. Los gemelos se
sincronizan los movimientos más ínfimos: la flexión de un músculo del cuello, el
movimiento lateral de una pupila, la distancia en que un pie se desliza. Mónica mira al
hombre. “Me pasa lo mismo”, piensa. “Solo soy yo”. Frunce el ceño y fuerza la mirada.
No lo ve. Quiere echarse a llorar sin motivo. Ton la detiene en medio de los giros
desbocados de una danza demente.
Mónica y Ton caminan dando tumbos, de amanecida, por la orilla del mar. Aún
la orilla es el espejo espumoso de un cielo negro. Van abrazados en medio del
chasquido del oleaje. Se empujan. Ton le mordisquea el músculo del cuello. Ella piensa
en juegos de espejos. “Estupidez”, se calma, tumbada, humedeciendo los pies en la
arena. Finalmente, accede. Ton la acaricia de a poco. Mónica percibe los gemidos que
provienen de su cuerpo que late y huele.
Cuando Ton la posee en los movimientos estremecidos de sus piernas en alto,
Mónica se queda fija en la imagen de su rostro en los anteojos de adorno.
El hombre destella en los reflejos de vidrio. Lo mira sin curiosidad, pero sin
salida. No puede seguir. Abandona su cuerpo y sus movimientos bajo el peso de Ton,
que la embiste. Se imagina que todo apesta, incluso ella misma. Se hunde, llora,
gimoteando en silencio.

Se detiene frente al espejo del cuarto. Solloza:


—No entiendo nada...
El hombre en el espejo la atiende sin inmutarse, en medio de la oscuridad, de la
habitación silenciosa. No distingue sus facciones, pero, como en un sueño, sabe que
mueve los labios.
—Vendrá un viento.
Mónica se exaspera
—Yo no siento viento.
Tiene ganas de golpear y patear el espejo.
¾¡Yo solo siento asco! ¡Asco de todo!
Lloriquea y, sin motivo, sigue empalideciendo.

“Una crisis nerviosa, se entiende perfectamente”, explica el médico de la familia.


“Con los antecedentes de Mónica es completamente normal”. Mónica oye voces
disueltas tras el sueño.
“Ya van tres días, doctor”», se queja su madre y escucha sus sollozos. “Se
levanta, da gritos”.

Los fríos leves del invierno en el malecón se deshacen como nubes de vapor. La
luz diurna se difumina en un cortinaje húmedo de rocío. Cuando menos lo espera, por
fin una tarde luminosa en medio de ese hoyo de niebla penumbrosa. Mónica permanece
quieta, observando el techo. Nada la motiva a moverse. La detiene una paz sin nombre.
Ton viene, como de costumbre, desde que cayó en cama.
—Ya estoy mejorcita —le susurra, la expresión recuperada—. Vamos a caminar.

Entre los árboles de la alameda, el frío crece, se ensancha, es material. Extiende


una mano y el frío se corta como papel crepé. Lo triza con un movimiento brusco de un
brazo y se reconstruye al momento, como si nunca lo hubiera tocado. Pestañea. Ese no
es su mundo, no el de antes. Tiene la impresión de adentrarse en una impostura, en un
escenario decorado por imágenes tan delgadas como casas y árboles de escenografías.
—El aire parece lana —susurra.
Ton le sonríe. No entiende.
“Hay una diferencia entre nosotros”, piensa Mónica, mientras sus palabras
adquieren sorprendente evidencia. “Ahora todo es símbolo de algo que no está aquí”.
La vence la melancolía de su descubrimiento. “Él no lo sabe”.
Ton empieza a juguetear con ronroneos de amor apenas la observa ensimismarse.
Mónica le devuelve las caricias porque la sensación la reconcentra en sí misma. Siente
sus manos auscultándole los senos, la tiemplan en la evidencia del instinto.
La alza del piso y la besa. Le masajea los flancos. Lo percibe eufórico. Como
siempre cuando no sabe cómo exteriorizar esa excitación infantil, la rodea con un brazo
por la cintura y con otro la coge de las piernas, alzándolas en horizontal. Pero esta vez
Mónica no entiende el movimiento hasta cuando la suelta de la cintura y la iza de golpe
de los tobillos. La sensación del suelo que salta a los ojos la eriza y la ahoga.
—¡Bájame, bájame! —aúlla, con el estómago en la boca, cabeceando contra el aire.
Desconcertado, Ton la devuelve al suelo, tan velozmente como puede.
Mónica boquea una y otra vez, encogida contra sí. Se sienta con lentitud. Las
casas y los arboles le dan vueltas.
Ton la abraza con fuerza. Solo tras un minuto, Mónica entiende con los ojos muy
abiertos.

—Lo sé —encara al hombre—.Quieres dañarme. ¡Quieres que todo apeste!


El hombre se desentiende:
—No hago nada.
—¡Yo no tengo pestilencia en mí! —dice Mónica—. ¡Me estás manipulando para
que vea como tú!
—¿Cómo veo yo? —contraataca él. Aparece en el cielo raso, de cabeza, y avanza
por el cuarto sin moverse.
—Ves ruina, podredumbre, yo lo sé.
El hombre queda frente a ella. Mónica experimenta un desasosiego que la
debilita. Qué espanto. Es un matiz que no puede nombrar, pero que la turba y la hace
sentirse estúpida.
—El espacio cambia de apariencia —dice él—. Es un indicio. La lana en el aire es
la madeja cien mil cabos que nadie ve.
Mónica piensa en los objetos desperdigados en la oscuridad del cuarto. Le es
clara la atmósfera de hebra de lana. Parecía papel crepé, pero ahora siente los hilos. Si se
sigue un cabo jamás se acaba. Desde el verano los tiene todos adentro, como
respiración. Esos hilos la desesperan. Bordan sus sesos, sus sentimientos, su reflejo
multilateral en el espejo. “Es el abismo de las cosas del mundo”. Son tramas densas,
enmarañadas y de sus nudos cuelgan cadáveres pálidos, amoratados, balanceándose.
Ha mirado veloz hacia atrás y es el tejido de su pasado: es el laberinto de sí misma
ahogándose en el camino de vuelta a casa.
—¡No lo aguanto! —balbucea. Gira la cabeza alrededor, jadea, los ojos laten a
punto de estallar—. ¡Lo veo... todos están muertos! ¡Ton, los hilos...!
De espaldas al hombre, es incapaz de observar que él extiende una mano con
expresión afligida. Sin embargo, continúa chirriando, vítreo:
—Sí, están muertos. Ahora y cuando el viento venga. Ni yo sé cuándo ocurrirá.
Pero sé que lo veo, sé que es pronto. Las casas se elevarán por los aires, el mar será la
tromba que todos han visto como en sueños. Será una mañana de otoño; serán, primero,
decenas de cadáveres. No tengas esperanzas. Ton está entre ellos. Fíjate la hebra del
espejo...
El tejido del aire se enfría en una escena de puerto. Delgados personajes de
oropel danzan al viento. La figura con el perfil de Ton se confunde entre otros que se
agitan a la intemperie. Pero es él, desmadejado, entre una fila de muertos, desnudo. No
tiene a mitad del cráneo, el estómago abierto y los hilos de sus intestinos expuestos son
pequeños y movedizos gusanos blanquísimos. Huele la putrefacción.
—Ves el tiempo del viento —explica el hombre.
Mónica tiene los ojos convulsionados.
—¡No te quiero ver! —murmura, boquea—. ¡Lárgate!... ¡¿Entiendes?!... ¡No más!...
El hombre obedece. Se hunde en el espejo por una habitación duplicada que no
es la de Mónica, aunque ella sabe que es la misma.

Luego de medianoche, sigue despierta en la oscuridad. Se contempla en el espejo.


—¿Estás ahí?
Se lanza a tocar el cristal. Comprueba que no hay nadie dentro.
—Mejor.

Amanece en la habitación. No ha dormido. Busca respirar tranquila. El hombre


solo significa problemas. Los objetos no son extremos de cabos que conducen a
cadáveres. Pero la enfermedad y las imágenes siguen. Y ahora sueña intrincadamente
con él. Sale a pasear con Ton, pero las caminatas solo traen el consuelo del hielo en la
fiebre. Piensa: “Esto es placebo”.
“¿Dónde hay paz?”, susurra. Pasan los días. Confusamente, sabe que su
problema no es una respuesta. Percibe dentro de sí misma una jungla de objetos que es
el límite de una pregunta. Desconoce la pregunta, pero intuye la espesura de cabos e
hilos, hambrienta.
Los días se suceden de nuevo; respira agitada. Entra, vuelve a salir de la casa,
siempre anda en bata o apenas vestida. De pie, en el umbral de la entrada, se mira en la
consola del recibidor.
“Cómo te llamas”, pregunta al vidrio del espejo. Pregunta por él. Entonces
contesta su propia zozobra.
Luego se hurga despacio en sus propias facciones. Descubre en sus ojos su
impaciencia, su alarma.
“No está”.
El pensamiento la entristece, pero de inmediato se enoja con brusquedad. Sube a
su habitación. Amanece innumerables veces. No sueña con hileras de muertos. Sueña
con él en habitaciones enormes, borroneadas, donde hablan sin pausa del tejido del
mundo que se enrarece velozmente. Él le dice: “La soledad no es estar lejos todos, sino
de una sola persona”.

Llega la noche y vuelve a soñar. Otra vez es una escena en una habitación de su
casa vacía. Contiene el apogeo de la fiesta de los gemelos: el pogo, los saltos, los gritos,
las marañas de cabellos y de ropas. Mónica camina entre ellos con la misma seguridad
que en la invariable vigilia. Él debe estar ahí. Pero la violencia se intensifica con cada
giro, incesante: hay rostros golpeados hasta la deformidad, fugas de multitudes
despavoridas, disparos a cabezas de expresiones aterrorizadas. La aporrean en la cara.
La derriban y grita. Se desliza sangre en su mejilla. Gimotea. Trata de contener la sangre
con la mano, pero son hebras de tejido.
Debe llegar a él, se repite. Esta vez sí lo alcanzará. Debe hablarle. Y los que bailan
se le lanzan estampida. Pero no la tocan. Ni el aire la toca. El mundo cuelga de hilos. El
hombre la espera al centro. Inmóvil. Mónica se adelanta hacia él.

“Te quiero”. Lo dice sin palabras.


—¿Quién eres? —pregunta.
—Me llaman Miguel —contesta él—. Soy el ángel que viene antes del fin del
mundo.
—¿Quién soy? —replica Mónica, que no entiende.
Él responde sin vacilar:
—Tú eres la mujer de la que habla la canción.
Ella escucha, abriéndose paso entre el sueño, la voz distorsionada que guía la
conmoción:
¡La Santa se soñó con llagas, con llagas! Lejos de la carne, torturada lloró... ¡su visión
premonitoria!
Entonces se mira las manos. Llagas enormes. Todo cobra sentido: el asco, las
premoniciones, ese sueño.
El hombre le limpia el rostro, le acomoda los hilos de cabello con los dedos. Ella
solo acorta distancias. Se besan.
Hay un silencio que quiebra, como un grito, como miles de gritos.
Abre los ojos. Solo el espejo vacío, la habitación a oscuras.

—¿Cómo la ha visto? —pregunta el médico.


—Mucho mejor —replica su madre.
—Es lo normal —dice él—. Estos casos tienden a estabilizarse.
Avanzan por el pasillo. El médico da unos toquidos en la puerta. No esperan
respuesta. Cuando la ven, Mónica ha puesto un pie en la pared. Boquiabiertos, ven
cómo sube el otro. En perfecta perpendicular, trepa paso tras paso ágil sobre el papel
tapiz hasta plantarse de cabeza en el cielo raso.
Observa el mar a través de la ventana, como quien busca barcos.
—Vendrá un viento —asevera.
Ni su madre ni el médico se atreven en ese momento a negarlo.
EL POZO
Santiago Roncagliolo

Debería verlo antes de partirme dijo Wordsworth. Es algo que no se puede


perder... Si se atreve, claro.
Wordsworth solía ponerse pedante a ciertas horas de la madrugada, cuando ya
solo quedábamos los solteros y los decididamente alcohólicos en el bar del Grand Hotel
des Wagons Lits. En realidad, yo detestaba a ese tipo. Me molestaban su arrogancia y
sus aires de superioridad. Pero en el Pekín de 1937, no había mucha gente más con
quien compartir una noche de copas. Los japoneses acampaban a pocas millas de la
ciudad, preparando la invasión. El gobierno había trasladado la capital. Los
occidentales se marchaban. Los pocos que quedábamos vivíamos encerrados en el
barrio de las legaciones. Salir de noche se consideraba un suicidio. Aun así, le dije:
Lléveme. Vamos ahora.
No me haga sacar el coche si luego va a echarse atrásdijo Wordsworth, tras
una pantalla de humo de cigarrillos.
¿No me ha oído? He dicho que nos vamos.
En esos tiempos, todo el mundo hablaba del club del Loto. Supuestamente era el
más exclusivo de Pekín, pero por eso mismo, nadie admitía ser miembro. Era tal la
leyenda del club que yo pensaba que no existía en realidad. Pero Wordsworth, con su
enorme boca y su borrachera, acababa de admitir que era socio, y se había ofrecido a
llevarme.
Solo hay una condiciónadvirtió: debe jurar que no contará a nadie lo que
ocurra ahí.
¿Por qué?preguntabayo. ¿Qué pasa ahí que sea tan importante?
He jurado no contarlorespondía Wordsworth, enigmáticamente.
¿Y qué pasa si un socio traiciona el juramento?
A nadie se le ocurriríasonrió.
Yo también me marchaba. Al día siguiente. Acababa de vender todos los
negocios de mi familia en la ciudad. En Londres me esperaba mi prometida Mina, cuya
familia poseía un patrimonio considerable. Me preparaba para una vida cómoda pero
aburrida. Echaría de menos los fumaderos de opio contrabandeado de Manchuria, las
brochetas de alacranes y las prostitutas coreanas. Así que esa noche, no quería dormir.
Quería saborear cada segundo en Pekín. Quería aventuras. Y acepté su condición.
Está bien, lo llevarédijo Wordsworthahora, aplastando su colilla contra un
ostentoso cenicero de porcelana. Será un regalo de despedida. Supongo que se lo ha
ganado.
Montados en su Voisin blanco, abandonamos el barrio de las legaciones y
penetramos en la China real, entre lámparas rojas de papel y patrullas militares.
Wordsworth condujo hasta los hutongs cercanos a la Ciudad Prohibida y se detuvo en
uno de ellos, ante una construcción gris y silenciosa.
¿Está usted seguro?me dijo mientras apagaba el motor.
Yo asentí con la cabeza.
Nos internamos por un callejón miserable lleno de curvas y bifurcaciones. La
luna brillaba intensamente esa noche, y avanzábamos sin dificultad. En algunas
esquinas había mendigos durmiendo. Uno de ellos se sacudió bruscamente cuando nos
acercamos, y descubrí que estaba lisiado, pero no trató de impedirnos el paso. También
escuché el ladrido de algunos perros salvajes y el sonido de sus mandíbulas cerrándose
sobre algo, aunque no conseguí verlos.
Wordsworth se detuvo frente a una puerta, que parecía la más miserable de todo
el callejón. Temí que el club fuese un fiasco, un fumadero sórdido para millonarios
aburridos. Pero no dije nada. Mi acompañante tocó cinco veces con los nudillos y
esperamos mientras el tiempo se congelaba a nuestro alrededor. Tras una breve
eternidad, alguien abrió una rejilla del otro lado. A mis oídos llegó un ruido de copas y
risas apenas perceptibles. Wordsworth no dijo nada, pero hizo un gesto con la mano,
una especie de contraseña visual. Y la puerta se abrió.
Entramos en la sala más lujosa que he visto en mi vida. Arañas de cristal
colgaban de los techos, que contra todo pronóstico, eran muy altos, como si la casa fuera
más grande por dentro que por fuera. Las paredes estaban cubiertas de mármol y
espejos enmarcados en pan de oro. En ese escenario espectacular se celebraba un cóctel.
Los caballeros presentes sostenían copas de champán y las damas relucían, forradas en
diamantes y terciopelos. Reconocí al embajador francés, al director de la policía, a varios
generales del Kuomintang y a algunos rusos blancos adinerados. Si el propio Chang Kai
Shek hubiese dado una fiesta, los invitados serían los mismos.
Wordsworth y yo nos mezclamos entre los invitados. Algunos se sorprendían al
verme y se alegraban de darme la bienvenida. Pero a mí no me impresionaban
especialmente. En cuestión de veinticuatro horas, ellos ya no significarían nada para mí.
¿Esto es todo?le pregunté a Wordsworthal oído. ¿El gran club del Loto? Hay
fiestas mejores en nuestro barrio.
Usted no tiene paciencia ¿verdad?meregañó. Y luego, volviéndose hacia un
camarero con una bandeja de whisky, le preguntó. Mi amigo quiere ver el pozo ¿lo
puedes llevar?
El camarero asintió. Dejó la bandeja en una mesa y me guió hacia un patio
central, y luego a través de otro salón ricamente decorado con jarrones y dragones de
porcelana. Finalmente se detuvo ante una habitación y abrió la puerta. Me invitó a
pasar.
Adentro de la habitación, no había muebles. Solo una lámpara de papel roja
colgaba en medio del techo. Y abajo de ella, un pozo.
Me arrodillé en el suelo para asomarme. El pozo tenía unos cinco metros de
profundidad y en el fondo, había un hombre, sentado con las manos y pies atados.
Pensé que sería un japonés capturado, al que exhibían por morbo y por decadencia.
Estaba sollozando. Lo llamé:
¡Eh! ¿Quién lo ha metido ahí?
El hombre pareció revivir. Alzó las manos y la cabeza, haciendo sonar las
cadenas.
¡Por favor, sáqueme de aquí! ¡Sálveme de esta gente! ¡Están locos!
La voz tenía acento londinense, y de hecho me sonaba familiar. Mis ojos se
fueron acostumbrando a la oscuridad del pozo. Y solo entonces lo vi con claridad. Y con
horror.
Era yo.
¡Vendrán en cualquier momento!siguiórogando. Iba vestido con mi misma
ropa, y tenía mi rostro y mi pelo. Era yo, cada centímetro de mí, como en un espejo
infernal. ¡Por favor, sáqueme! Le pagaré.
No quise seguir escuchando. Salí corriendo de esa habitación. Atravesé de vuelta
el patio, y la reunión. Me perdí en el laberinto hasta que encontré la salida. Y seguí
corriendo, mientras amanecía, hasta llegar a mi hotel.
Dos días después, los japoneses entraron en Pekín.
Yo nunca volví a esa ciudad.
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Sobre los autores

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Alberto Chimal (Toluca, México, 1970). Profesor de literatura y escritura


creativa. Su segunda novela: La torre y el jardín, fue finalista en 2013 del Premio
Internacional de Novela Rómulo Gallegos, uno de los más importantes del idioma
español. De ella ha escrito el narrador y crítico Edmundo Paz Soldán que “debería
convertirse en uno de los primeros clásicos de la literatura latinoamericana de este
siglo”. Recientemente obtuvo también el Premio Bellas Artes de Narrativa “Colima”
para obra publicada por Manda fuego (2013), una antología personal que es la suma de
su trabajo en la narrativa breve. Antes, publicó la novela Los esclavos (2009), 83 novelas y
El Viajero del Tiempo, ambas de 2011, y El gato del Viajero del Tiempo (2014). Dentro del
género del cuento, sus libros más recientes son El último explorador (2012), La ciudad
imaginada (2009), y Grey (2006).
Alexis Iparraguirre (Lima, Perú, 1974). Narrador y crítico literario. Es
Máster en Escritura Creativa en Español de la Universidad de Nueva York (NYU). Ganó
el Premio Nacional PUCP de Narrativa en 2004 por su libro de cuentos El Inventario de
las Naves, cuyos relatos han sido elogiados por la crítica e incluidos en numerosas
antologías. Fue seleccionado para integrar la versión en línea de la colección de nuevos
narradores latinoamericanos El futuro no es nuestro, al cuidado de Diego Trelles Paz.
Actualmente, es becario del Doctorado en Lenguas y Literaturas Hispánicas y Luso-
Brasileñas del Centro de Graduados de la Universidad de la Ciudad de Nueva York
(CUNY). Además, prepara la edición de su segundo libro de cuentos, Aquí en la Tierra.
Antonio Ortuño (Guadalajara, México, 1976). Fue, en este orden, alumno
destacado, desertor escolar, obrero en una empresa de efectos especiales y profesor
particular. Trabaja desde 1999 en el grupo de periódicos Milenio, donde ha sido
reportero, editor y, actualmente, Jefe de Redacción del diario Público-Milenio. Su
primera novela, El buscador de cabezas (2006), recibió el elogio unánime de la crítica de su
país y fue seleccionada por el diario Reforma como mejor primer libro del año. En 2006
apareció en España su libro de relatos El jardín japonés. Su novela Recursos humanos
(2007) fue finalista del Premio Herralde de Novela de la editorial Anagrama. Es
colaborador habitual de publicaciones como Letras Libres, La Tempestad y Cuaderno
Salmón.
Cecilia Eudave (Guadalajara, 1968). Narradora y ensayista. Algunos de sus
libros son: Registro de Imposibles (cuentos), Sirenas de Mercurio (cuentos), Bestiaria vida,
con la cual ganó el premio de novela corta Juan García Ponce. Escribe también novelas
para jóvenes y cuento infantil. Ha participado en varias antologías y revistas tanto
nacionales como extranjeras. Sus libros más recientes: Técnicamente humanos y otras
historias extraviadas (cuentos), Papá oso (cuento infantil), Pesadillas a mediodía (Novela) y
Para viajeros Improbables (cuentos). Obtuvo Mención honorífica por su libro Sobre lo
fantástico mexicano (ensayos) en el 12th Annual International Book Awards 2010,
galardón que otorga la organización Latino Literacy Now, y en el 2011 recibió otra
mención honorífica en el mismo certamen en la categoría de mejor libro de cuentos con
Técnicamente humanos y otras historias extraviadas. Ha sido traducida al japonés, al chino,
al coreano, al italiano, al checo y al portugués.
David Roas (Barcelona, España, 1965). Es escritor y profesor de Teoría de la
Literatura y Literatura Comparada en la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha
publicado los ensayos: Teorías de lo fantástico (2001), Hoffmann en España (2002), De la
maravilla al horror. Los orígenes de lo fantástico en la cultura española (1750-1860) (2006) y La
sombra del cuervo. Edgar Allan Poe y la literatura fantástica española del siglo XIX (2011).
Asimismo, ha publicado varias antologías dedicadas a la narrativa fantástica española
de los siglos XIX y XX: El castillo del espectro. Antología de relatos fantásticos españoles del
siglo XIX (Barcelona, 2002), Cuentos fantásticos del siglo XIX (España e Hispanoamérica)
(Madrid, 2003), y, en colaboración con Ana Casas, La realidad oculta. Cuentos fantásticos
españoles del siglo XX (Palencia, 2008). En julio de 2011 recibió el IV Premio Málaga de
Ensayo “José María González Ruiz” por su libro Tras los límites de lo real. Una definición
de lo fantástico (Madrid, 2011). Es autor del libro de microrrelatos Los dichos de un necio
(1996), la novela negra Celuloide sangriento (1996), los volúmenes de cuentos Horrores
cotidianos (Palencia, 2007 y Lima 2009), Distorsiones (Barcelona, 2011), Bienvenidos a
Incaland (Barcelona, 2015), la novela La estrategia del koala (Barcelona, 2013) y el libro de
crónicas humorísticas Meditaciones de un arponero (Málaga, 2008). Algunos de sus
cuentos forman parte de varias antologías.
Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es profesor de
Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Es autor de diez novelas,
entre ellas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio Quemado (2006), Los
vivos y los muertos (2009) y Norte (2011); y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada
(1990), Desapariciones (1994), Amores imperfectos (1998) y Billie Ruth (2012). Ha coeditado
los libros Se habla español (2000) y Bolaño salvaje (2008). Su libro más reciente es Iris
(Alfaguara, 2014). Sus obras han sido traducidas a diez idiomas, y ha recibido
numerosos premios, entre los que destaca el Juan Rulfo de cuento (1997) y el Nacional
de Novela en Bolivia (2002). Ha recibido una beca de la fundación Guggenheim (2006).
Colabora en diversos medios, entre ellos los periódicos El País y La Tercera, y las
revistas Etiqueta Negra, Qué Pasa (Chile) y Vanity Fair (España).
Espido Freire (Bilbao, España, 1974), debutó como escritora con Irlanda
(1998), novela que recibió una espléndida acogida por la crítica y fue galardonada con el
Premio Millepage, otorgado por los libreros franceses a la novela revelación extranjera.
En 1999 apareció Donde siempre es octubre y seis meses más tarde se convertía en la
ganadora más joven del Premio Planeta con su obra Melocotones helados (1999). Sus otras
novelas son Diabulus in musica (2001), Nos espera la noche (2003) y Soria Moria (ganadora
del Premio Ateneo de Sevilla 2007), La diosa del pubis azul (2005) y su última novela, La
Flor del Norte (2011). Es autora, además, de colecciones de cuentos, una novela juvenil y
un libro de poemas. La crítica la ha reconocido como una de las voces más interesantes
de la narrativa española. En Ariel ha publicado los ensayos Mileuristas, La generación de
las mil emociones, Primer amor, Los malos del cuento y Quería volar.
Francisco Ortega (Victoria, Chile, 1974). Periodista, escritor y guionista.
Trabaja de editor de no ficción, asesor de contenidos, colaborador de revistas como
Rolling Stone y VIVE, y guionista para varias productoras y canales. Es autor de las
novelas 60 Kilómetros, El Número Kaifman, El Horror de Berkoff, y del libro colectivo
CHIL3, así como de la novela gráfica 1899. Cuentos suyos aparecen en diversas
antologías.
Javier Calvo (Barcelona, España, 1973). Autor de las novelas El dios reflectante
(2003), Mundo maravilloso (2007, finalista del VII Premio de Novela Fundación José
Manuel Lara), Corona de flores (2010, Premio Memorial Silverio Cañada de la Semana
Negra de Gijón) y El jardín colgante (Premio Biblioteca Breve 2012). Estas dos últimas
son los volúmenes primero y segundo respectivamente de la Trilogía de la Muerte.
También ha escrito los libros de narrativa breve Risas enlatadas (2001), Los ríos perdidos de
Londres (2005) y Suomenlinna (2010). Colabora ocasionalmente con los periódicos El País
y La Vanguardia. Sus novelas se han traducido al inglés, francés, alemán e italiano, y
trabaja desde hace dos décadas como traductor literario.
Jorge Enrique Lage (La Habana, Cuba, 1979). Licenciado en Bioquímica por
la Universidad de La Habana. Ha publicado los libros de relatos: Yo fui un adolescente
ladrón de tumbas (Cuba, 2004), Fragmentos encontrados en La Rampa (Cuba, 2004), Los ojos
de fuego verde (Cuba, 2005), El color de la sangre diluida (Cuba, 2008), Vultureffect (Cuba,
2011), y la novela Carbono 14. Una novela de culto (Perú, 2010). Textos suyos han sido
incluidos en antologías como: Álbum: 30 cuentistas hispanoamericanos
(www.literaturas.com, 2007), Asamblea Portátil. Muestrario de narradores Iberoamericanos
(Perú, 2009) y Región. Antología del cuento político latinoamericano (Argentina, 2011).

Jorge Luis Cáceres (Quito, Ecuador, 1982). Ha escrito los libros de cuentos
Desde las sombras (Quito, 2007), La flor del frío (Quito, 2009 y Salamanca, 2011) y Aquellos
extraños días en los que brillo (Lima, 2011, Barcelona, 2015). Como antologador preparó el
dossier de narradores ecuatorianos para la UNAM de México bajo el título de Lo que
haremos cuando la ficción se agote (México, 2011) y No entren al 1408, antología en español
tributo a Stephen King (Quito, 2013 y México D.F., 2014). Cuentos suyos aparecen en las
antologías El Desafío de lo imaginario (Lima, 2011), Letras cómplices (Quito, 2011), GPS
antología de cuentistas ecuatorianos (Santa Clara, 2014), Ecuador Cuenta (Madrid, 2014) y en
revistas internacionales como Barcelona Review, Punto en Línea, Big-Sur, Letralia, entre
otras. Elegido por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2012, como uno de los
35 autores destacados por “Latinoamérica Viva”. Graduado en Leyes por la
Universidad Internacional del Ecuador y máster en Criminología por la Universidad
Autónoma de Barcelona. Actualmente cursa la maestría de Literatura
Hispanoamericana y Ecuatoriana en la Universidad Católica del Ecuador. Los diarios
ficticios de Martín Gómez, es su primera novela (New York, 2015).
Mariana Enríquez (Buenos Aires, Argentina, 1973). Es licenciada en
Periodismo y Comunicación Social por la Universidad Nacional de La Plata, y trabaja
como periodista con el cargo de subeditora del suplemento de arte y cultura Radar del
diario Página/12. Publicó las novelas: Bajar es lo peor (1995) y Cómo desaparecer
completamente (2004); la colección de cuentos Los peligros de fumar en la cama (2009) y la
nouvelle Chicos que vuelven (2010). Sus relatos han aparecido en antologías de España,
México, Chile, Bolivia y Alemania. Parte de su obra ha sido traducida al alemán.
Marina Perezagua (Sevilla, 1978). Es licenciada en Historia del Arte por la
Universidad de Sevilla. Tras su licenciatura viajó a Estados Unidos con una beca de
doctorado en Filología Hispánica, y durante cinco años impartió clases de lengua,
literatura, historia y cine hispanoamericanos en la Universidad Estatal de Nueva York
en Stony Brook. Su primer libro de relatos Criaturas abisales (Barcelona, 2011), causó un
gran impacto en la crítica. En el 2014, publicó su segundo libro de relatos Leche
(Barcelona).
Patricia Esteban Erlés (Zaragoza, España, 1972). Licenciada en Filología
Hispánica por la Universidad de Zaragoza, ha publicado los libros de cuentos:
Manderley en venta (Zaragoza, 2008), Premio de Narración Breve de la Universidad de
Zaragoza en 2007 y fue seleccionado en el V Premio Setenil como uno de los diez
mejores libros de relatos editados en España en el año 2008; Abierto para fantoches
(Zaragoza, 2008), ganó el XXII Premio de Narrativa Santa Isabel de Aragón, Reina de
Portugal; Azul ruso (Madrid, 2010) y Casa de Muñecas (Madrid, 2012). Actualmente
trabaja en la escritura de su primera novela. Forma parte de las antologías:
Perturbaciones. Antología del relato fantástico español actual (Madrid, 2009), Por favor, sea
breve 2 (Madrid, 2009) y 22 escarabajos. Antología hispánica del cuento Beatle (Madrid,
2009).
Pilar Adón (Madrid, 1971). Narradora, poeta y traductora. Su novela Las hijas
de Sara (2003) fue considerada por la crítica como una de las diez mejores novelas de ese
año, junto a obras de autores como Rodrigo Fresán o A. S. Byatt. Su libro de relatos
Viajes Inocentes (2005) la hizo merecedora ese mismo año del prestigioso Premio Ojo
Crítico de Narrativa, concedido por Radio Nacional de España. En su faceta de
narradora ha sido incluida en diversos volúmenes de relatos, entre los que destacan
Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual; Pequeñas Resistencias 5. Antología del
nuevo cuento español; Frankenstein; Contar las olas; Ni Ariadnas ni Penélopes o Todo un
placer. Es autora de los poemarios La hija del cazador, y Con nubes y animales y fantasmas.
Ha publicado relatos y poesía en distintas revistas y suplementos literarios, entre los
que cabe destacar Babelia, Eñe, ABCD, Público o Turia. Su último libro de cuentos es El
mes más cruel (2008).
Santiago Roncagliolo (Lima, Perú, 1975). Ha escrito las novelas El príncipe
de los caimanes (2002); Pudor (2004); Abril rojo (2006), que le convirtió en el ganador más
joven del Premio Alfaguara de Novela; Memorias de una dama (2009); Tan cerca de la vida
(2010); El amante uruguayo (2012); Óscar y las mujeres (2013); La pena máxima (2014). El
libro de cuentos Crecer es un oficio triste (2003), los ensayos El arte nazi (2004), Jet Lag
(2005), La cuarta espada. La historia de Abimael Guzmán y Sendero Luminoso (2007). Sus
obras han vendido más de 150 000 ejemplares y se han traducido a más de veinte
idiomas.
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Créditos
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 Mariana Enríquez
“Los Domínguez y el Diablo”, inédito.
 Edmundo Paz Soldán
“La invasión”, inédito.
 Jorge Enrique Lage
“Pure fiction days” pertenece al libro El color de la sangre diluida (Letras cubanas,
Cuba).
 Francisco Ortega
“Setenta y siete” apareció en los libros Cuentos Chilenos de Terror (Norma, 2010) y
Poliedro 4 (Forja, 2011).
 Jorge Luis Cáceres
“Sonrisas”, inédito.
 Patricia Esteban Erlés
“El juego” pertenece al libro Abierto para fantoches (Diputación de Zaragoza,
2008).
 David Roas
“Duplicados” pertenece al libro Distorsiones (Páginas de Espuma, Barcelona
2011).
 Espido Freire
”La vejez de las gemelas de El Resplandor”, inédito.
 Marina Perezagua
“Las islas”, inédito.
 Pilar Adón
“Plantas aéreas” inédito.
 Javier Calvo
“Los niños perdidos de Londres” inédito.
 Alberto Chimal
“La gente buena”, inédito.
 Antonio Ortuño
“El horóscopo dice”, inédito.
 Cecilia Eudave
«Una noche de invierno es una casa» pertenece al libro Registro de imposibles
(Editorial Del Plenilunio, México 2006).
 Alexis Iparraguirre
“El hombre en el espejo” pertenece al libro El inventario de las naves
(Estruendomudo, Perú 2008).
 Santiago Roncagliolo
“El Pozo” apareció en la antología Díez cuentos peruanos (Libros del Viento,
Bogotá, 2007).
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Crítica
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“Una excelente antología donde vamos a encontrar grandes temas presentes en la
obra de King: miedo a la oscuridad, las enfermedades, la pérdida de los seres queridos,
y el fanatismo religioso, entre otros”. Revista Insomnia, el Universo de Stephen King,
Argentina.
“Este libro confirma la idea de variedad: un doble maligno, demonios que acosan
a niñas inocentes, canibalismo, locura, humor negro… En todos se puede ver la sombra
de King, pero eso, contra lo que pudiera pensarse, no es una desventaja. Al contrario, es
muy grato ver de qué forma la imaginación del llamado maestro del terror embruja la
imaginación de otros autores”. Raquel Castro, La Jornada, Aguascalientes, México.
“En este libro, el ecuatoriano Cáceres —él mismo autor de un magnífico texto
recogido en estas páginas— ha reunido a varios narradores iberoamericanos de
nuestros días para rendir un homenaje al autor estadounidense; así, ellos han urdido y
armado este espléndido y terrorífico muestrario de ejemplos del horror en los que el
miedo sólo se detiene para renovarse. Juan José Reyes, Correo del Libro, Conaculta, México.
“Para los escritores participar en esta antología es como si formaras parte de una
banda de metal y te invitaran a homenajear a Metallica”. Natalia Gelos, Revista Ñ, Clarín,
Argentina.
“La calidad de los cuentos es excelente, hay aquí distintos puntos de vista de los
miedos de cada uno. Es, quizá, la misma labor del payaso Pennywise de la novela IT de
Stephen King”. Juan Romero Vinueza, revista El Imperdible de la Universidad Católica del
Ecuador.
“Elegido por críticos y escritores ecuatorianos, como uno de los mejores libros
del 2013”. Diario El Universo, Ecuador.
“La mayoría de los cuentos de Stephen King tiene por protagonistas a escritores.
Y esta vez, fuera de la ficción, un libro en su honor cuenta con los mismos
protagonistas. Son escritores de Hispanoamérica, creadores convocados para rendirle
un tributo al genio del terror de la mejor forma posible: escribiendo historias
terroríficas”. Anderson Boscán, diario Expreso, Ecuador.
“Es libro, rinde homenaje con cuentos que recorren el espectro temático de
Stephen King, además de presentar una particular cartografía de miedos y obsesiones”.
Revista Matavilela, Ecuador.