Sunteți pe pagina 1din 21

Capítulo i.

Historia y dilemas de los movimientos

antisistémicos27

El nacim iento de los m ovim ientos antisistém icos y sus debates estratégicos en los años de 1789 a 1945

Desde sus primeros años, la economía-mundo capitalista, que 11111 ciona desde por lo menos hace cinco siglos, ha provocado siempre fuer! 1■ . resistencias por parte de los trabajadores, y ello bajo formas diversas: n vueltas campesinas, motines de hambre, movimientos mesiánicos, e ¡11 cluso diversas formas del bandidismo social. Pero es hacia el siglo XIX que, por primera vez, se han constituido movimientos antisistémicos, |><> líricos, organizados y durables, lo que ha sido una notable creación social, a la cual no obstante y durante mucho tiempo, se le ha dado muy poca atención, además de no haberla analizado tampoco suficientemente. Esta creación de un instrum ento del cam bio social, si bien se lia

revelado com o algo m uy eficaz, ha conocido al m ismo

límites. Y es esta realidad contradictoria, doble, la que puede explicar el curioso fenóm eno que se desarrolló después de 1945. En efecto, niien tras que durante este periodo de la segunda posguerra estos movim ic 11 tos parecían estar más fuertes que nunca, es en esta misma época cuan do se han manifestado las dudas más grandes respecto de su capacidad para alcanzar sus propios objetivos, paradoja aparente que resultaba de las presiones contradictorias nacidas tanto de la estructura coin<><le las estrategias de estos movimientos. Entonces, no se puede com prender lo que ha sucedido después de 1945 más que desde el contexto de la historia propia de esos moví mientos, y esa historia debe necesariam ente partir de la época de la

tiempo ciertos

27

Este texto fue publicado originalmente en inglés como capítulo del libro colectivo tilulmln Transforming the Revolution, que incluía también ensayos de Giovanni Arrighi. Samir Amíu v André Gunder Frank. La presente traducción al español está hecha, en cambio, de la versión di­

ese libro en francés, titulada Le granel tumulte? Les mouvements socictux dans!'économic-monih1

Ed. La Découverte, Paris, 1991, pp. 10 - 55. La traducción del francés al español es obra di Carlos Antonio Aguirre Rojas.

11isloriji y dilrm.r. <l<* los movimientos antisistémicos

Revolución Francesa. Y no porque esta Revolución, ni tam poco el pe­

riodo napoleónico, hayan sentado las bases de la ^organización de esos

ya des­

últim os. M ás bien, el punto principal es

que la Revolución Francesa, de un lado ha puesto a la ideología del Antiguo Régimen en una postura defensiva, y lo ha hecho definitiva­ mente en la escala de todo el sistem a m undial, y de otra parte, ella ha sentado sólidamente las bases de los tem as ideológicos del m undo m o­ derno, de las consignas y las razones de ser de todos los m ovim ientos

que le han sucedido. En resumen, todo lo que puede condensarse en la célebre fórmula: “Libertad, Igualdad, Fraternidad”. Pues en un prim er sentido, estas consignas han inspirado lo que podríamos llam ar de m anera m uy am plia el m ovim iento social, es de­

cir, la lucha de las clases oprimidas, y especialm ente de las clases óbre­ las en la conquista por la libertad (derechos políticos en toda la exten­ sión de este término, acceso a una cierta seguridad económ ica que hace posible optar por diversas alternativas políticas y sociales, control so­ cial sobre el lugar del trabajo y sobre el espacio en el que uno vive), la igualdad (es decir la elim inación de los criterios políticos, económ icos

y sociales de todo tipo de diferenciación), y la fraternidad (la ayuda

mutua y la solidaridad de las clases obreras, concebida com o la condi­

ción necesaria de la fraternidad de toda la hum anidad entera).

Es claro que estos ideales del m ovim iento social no nacieron sú­ bitamente en la época de la Revolución Francesa: tenían ya una larga historia detrás de ellos; incluso, habían sido algunas veces planteados I)or m ovim ientos de protesta religiosa. Pero la Revolución Francesa los Iransformó completamente, en primer lugar porque les confirió una forma laica e independiente de toda religión. En segundo lugar, porque les dio tam bién una legitim idad social tal que incluso los pensadores conscientem ente conservadores, del tipo de Joseph de M aistre, se com­ prometieron por vez primera en un combate sistemático en contra de

ellos, reconociendo de esta m anera su creciente fuerza y

el m undo en­

presencia so­

cial. Finalm ente, la Revolución

tero, convirtiéndolos en ideales generales que no estaban asociados con ningún lugar, con ningún grupo hum ano, o con ningún pueblo o nación en particular.

dim ensión novedosa es que esas consignas han inspi­ que podríam os llamar, de m anera m uy amplia, el m o­

ví miento nacional, es decir la lucha de los pueblos oprim idos en la con-

La tercera rado también lo

movimientos, aún cuando en cubrir los em briones de estos

esos tiem pos nosotros podem os

Francesa los expandió en

quista de la libertad (su autonom ía política, económ ica y cultural, en iauto que colectividad), la igualdad (encarnada esencialm ente en el con­

Im m anuel W allerstein

cepto de soberanía nacional), y la fraternidad (la solidaridad del con junto de un pueblo en tanto que pueblo, por encima de toda diferencia ción interna, y tam bién la solidaridad de ese pueblo en tanto que pnc blo con otros pueblos oprim idos sim ilares a él). La analogía entre los objetivos es tal, que algunos han pensado poder aplicar el térm ino ele movimiento social también a estos movimientos nacionales. Pero la larga historia de los debates políticos entre estos dos tipos de movimientos, nos obliga a m antener para ellos dos denominaciones distintas. Aquí también los objetivos, considerados en sí mismos, no eran nuevos. Pero la Revolución Francesa ha impuesto a todo el sistema mundial dos conceptos que hasta ese momento no habían sido recono cidos universalm ente. Prim ero, el concepto de soberanía, concepto crucial para toda la superestructura política de la econom ía-m undo ca pitalista, con su sistem a interestatal: aquella cualidad que hasta ese

m om ento se atribuía a la figura de un individuo, el “soberano”, la Reve> lución lo ha convertido'en un concepto que se atribuía a la figura coto pleta del pueblo, convertido ahora en pueblo “soberano”. El segundo

aplica

ba más que a un pequeño núm ero de Estados, y que a partir de en ton

ces se ha convertido en un patrim onio com ún de todos los pueblos, in cluso de aquellos cuya existencia no ha sido hasta hoy reconocida.

concepto es el de la nacionalidad, que hasta ese m om ento no se

El cam ino que ha tom ado esta expansión

de la idea nacional es,

por otro lado, paradójico, porque no es la de la difusión de los ideales

revolucionarios, sino más bien la del im perialism o revolucionario bajo

la form a de la conquista napoleónica, la que en su momento provocó

un nacionalism o antifrancés. Este doble aspecto de su origen es ev¡ dente aún dentro del nacionalism o moderno, que puede ser, al mismo tiempo, revolucionario frente a fuerzas de opresión más poderosas, per< > tam bién im perialista frente a otras fuerzas más débiles, provocando v

legitim ando en cada

Sin duda, como lo sabemos bien, la Revolución Francesa fue segui< la del periodo de la Restauración, de una época durante la cual se pensaba haber eliminado al movimiento social a través del restablecimiento do la Monarquía. Y esto, sobre todo en Francia, en donde movimiento social y movimiento nacional eran considerados, simultáneamente, como un fi a caso, por parte del ‘Concierto europeo’ que había organizado Metternicli Pero m uy pronto se vio que no era tan fácil tratar de limitar y encasillar al nuevo espíritu dentro de los viejos moldes. Las ideas inspiradoras coi 11i nuaron expandiéndose bajo formas diversas.

m om ento otras luchas distintas.

Así, desde la primera mitad del siglo XIX, los protomovimientos (li­

la clase obrera desarrollaron en su seno todos los elementos que estaban

11¡alona y dilemas de los m ovim ientos antisistém icos

i i Mmi I*». ,i mantenerse también como características de su época más su capacidad de organización (como el caso de las Sociedades -la i ii Inglaterra, que estaban forzadas a ser secretas en virtud de la

I * , mi contra de las Coaliciones), los diversos intentos de construir uto­ pia colectivas (defendidos por los partidarios d eO w en , por los Saint- 111ion ia iios, por los fourieristas), la violencia (bajo la forma del luddismoy •li l Manquismo, pero también de la Revolución Haitiana con la insurrec- ■ Ion d<- los esclavos), la reivindicación de reformas legislativas llevadas a cal to por parte del Estado (la Campaña por el establecimiento de la ley de la.-; diez lloras y en contra del trabajo de los niños y de las mujeres, en Inglaterra, el Movimiento Carlista en general, pero también la Campaña IK>i la (-mancipación de los católicos, en Irlanda y en Gran Bretaña). En este mismo periodo, las m anifestaciones de la corriente de los

nacionalistas han puesto en evidencia todas las am bigüe­

vi nlientos

dades que habrían de continuar también durante las etapas posterio­ res Es claro que varios nuevos Estados se form aron sobre la base de las antiguas fronteras “coloniales”, como fue el caso en Am érica Latina, pero también en Bélgica en 1830, casos que fueron dirigidos por gru­ pos cpic han podido encontrar apoyo en el descontento social interno, IIin1cntado, por lo demás, por la influencia ideológica de la Revolución tú ancesa. Y esos m ovim ientos se beneficiaron adem ás de una coyuntu- 11 internacional favorable, teniendo el apoyo de una o de varias gran­ des potencias de la época. Pero tam bién es claro que esos movimientos, no necesariam ente m ovilizaron en su apoyo a las grandes m asas de las capas sociales más desfavorecidas de sus respectivos países. Después, la econom ía-m undo capitalista se ha ido incorporando nuevas zonas y nuevos territorios; de ello ha resultado su reestructura­ ción política y la creación de nuevos Estados. En la línea de esta crea­

ción, se pueden distinguir tres variantes, que se pusieron en práctica en

caso del Imperio Otom ano. La prim era, es la que podríam os llam ar

el

la del nacionalism o en sí mismo, como fue el caso de la Revolución Grie­ ga de 1820-1830, que fue abiertam ente apoyada por la Gran Bretaña y que estaba representada, en esta situación, por dos figuras típicas y opuestas: de un lado por ese romántico liberal, tercerm undista antes de que este término fuese inventado, que era Lord Byron, y de otra par- le, por el im perialista cultural en todo su esplendor que fue Lord Elgin. Una segunda variante es la de la reconstrucción llevada a cabo desde el interior, y es este el caso de la ruptura que llevó a cabo Egipto con el Imperio Otom ano, ruptura construida por parte del prim ero de los “m odernizadores”, que eraM éhém et-A lí. Gran Bretaña y Francia lo apoyaron en la medida en que su proyecto debilitaba al dom inio impe-

Im m anuel W allerstein

i'ial otom ano, y sobre todo, cuando este últim o se oponía a sus intere ses. I’ero al mismo tiempo, esas dos potencias se opusieron a los planes

crear un Estado egipcio efectivam ente

de; este proyecto, cuando intentó

fuerte y autónomo. Finalmente, una tercera posibilidad fue la recons­ trucción desde afuera, y es el caso de la conquista de Argelia por parte de Francia y de su colonización a partir del año de 1830. En este caso, observamos inmediatamente una fuerte reacción, en la cual es posible encontrar los orígenes del nacionalism o argelino moderno, el Estado de Abd El-kader y su resistencia a la conquista. Estos intentos de movimientos organizados eran todavía m uy con­ fusos, como era de esperarse en un periodo en el que se intentaba lo que podía intentarse, sin demasiados análisis o debates estratégicos. Porque estos últimos han surgido verdaderamente, sólo a partir del ambiente re­ volucionario de 1848 y de las derrotas políticas que lo han acompañado. En 1848, por vez primera en Francia, un grupo político cuya base era proletaria ha intentado seriamente conquistar el poder del Estado en be­ neficio de la clase obrera, junto a la legalización de los sindicatos y el con­ trol obrero sobre los lugares de trabajo. El intento fracasó, la guerra civil irrumpió en el mes de junio, siendo una guerra civil corta pero de una violencia extrema, y después el orden fue restablecido por medio de una dictadura militar con rasgos populistas, bajo la égida de Napoleón III. Esl <> comprobaba que la victoria del movimiento social no llegaría fácilmente'. Sabemos bien que uno de los análisis políticos más conocidos de Carlos Marx se refiere a estos acontecimientos y a su prolongación, en la obra Id dieciocho brumario de LuisNapoleón Bonaparte, y esto no es una casua lidad. Como no lo es tampoco el hecho de que el texto estratégico funda­ mental del movimiento social moderno, el que ha ejercido la más grande influencia sobre ese movimiento es el del Manifiesto delPartido Comu­ nista, que fue publicado precisamente a comienzos de 1848, es decir antes de la insurrección de junio, la que precisamente ha provocado que un pan­ fleto, que en otras condiciones quizá habría estado destinado a perderse en la oscuridad, haya en cambio podido dar nacimiento a un movimiento de amplitud mundial. Pero 1848 no ha sido solamente una enseñanza fundamental para el movimiento social, también ha sido la época de la “primavera de las nació nes”, seguramente m uy breve, pero que ha establecido también ciertas lec­ ciones importantes para el futuro. Porque es claro que ha sido la coyuntu ra internacional desfavorable la que provocó la derrota de los distintos intentos por crear nuevos estados soberanos, sobre la base de reivindica­ ciones que eran a la vez constitucionales y nacionales (en Alemania, en Italia y en Hungría). De esta experiencia, era necesario concluir que los

in

Ilistoria y dilemas di* los movimientos antisisLéniicos

111111■111uní iac i(males no podrían triunfar sin estar acompañados de una

i i >\ niiliu .i internacional favorable, que les permitiese encontrar aliados

' 1111 r I,i:, i',i;111<les potencias. En resumen, la revolución nacionalista no era un proceso más fácil que el de la revolución social, y ellas debían, ambas y

i lula una por su lado, contar sobre todo con sus propias fuerzas, y esas

lo* i a era necesario construirlas y organizarías. Entonces, la gran lección de 1848, es que todos esos movimientos 1 ni ni necesidad de una organización política estable, capaz de llevar a

• nimias» liversas luchas durante largos años; ésta era un arma indispensa-

l i' 1>¡ira la victoria, y este axioma ha sido la base de la estrategia de todos I ■ movimientos de cierta importancia a partir de esta, fecha. Algunos di- 1nn, incluso, que esta lección fue demasiado bien comprendida.

Naturalmente este principio no fue adm itido de entrada sin dis- eusión. Muy por el contrario, entre 1848 y la insurrección obrera si-

•uirnle, la de la Com una de París en 1871, la discusión fue intensa y se ln'I. o izó, de un lado, en el debate entre los m arxistas y los anarquistas en el seno de la Prim era Internacional, fundada en 1864, y de otra par­

le. entre los m arxistas y

I’ara los proudhonianos, la salida consistía en salirse y ubicarse fue- ra del circulo de las relaciones de la producción capitalista, y para los ¡1narquistas el objetivo era la destrucción del Estado, en tanto que base de I*>tl<>el sistema; tales eran los verdaderos medios de realizar, según ellos, los objetivos de la clase obrera. Por su lado, los marxistas juzgaban que dicho retiro sería una estrategia destinada al fracaso, y de ninguna manera .ilgo progresista; y en cuanto a la destrucción del Estado, ella no sería tan lácil de cumplir como lo creíanlos anarquistas. En lugar de estas dos vías, lo que los marxistas proponían era más bien una empresa metódica de conquista del poder del Estado, apoyándose en el potencial revolucionario tle aquellos que “no tienen nada que perder, más que sus cadenas”, es de­ cir la clase del proletariado industrial. Poniendo el acento sobre la organi­ zación colectiva, despreciaban todo aquello que parecía derivar del indivi­ dualismo, no obstante, sin rechazar la moral del trabajo; aunque conci- Itiendo que esta última debería de ser aplicada, específicamente, sólo por aquellos que estaban dispuestos a emplearla al servicio del bien común. I-as estrategias proudhonianas y anarquistas eran consideradas no sola­ mente como ineficaces, sino también como posiciones que fácilmente se prestaban a derivar en una vida de bohemio, a degenerar en comporta­ mientos similares o próximos a los del lumpenproletariado, o dicho de »>tra manera, a comportamientos irresponsables y políticamente dudosos. Por el contrario, para los marxistas, el cambio social debería ser el resulta­ do final de esfuerzos rigurosos y conscientes.

los proudhonianos.

linmanuel Wallerstein

4

También es necesario considerar que la Comuna de París fue desd muchos puntos de vista un acontecimiento sorprendente, porque ella n nació de una empresa metódica y consciente, sino más bien de una situ;:

ción política particular: la de la derrota de Francia en la guerra de 1870, e

contra de Alemania. Es claro que la Comuna sería destruida y masacrad por una fuerza armada, derivada de una alianza de las clases dominante francesa y alemana. Pero no es menos cierto que esa Comuna nos habí dado la prueba de la capacidad de las clases obreras para organizarse rápi da y adecuadamente en el contexto de una situación revolucionaria, moví lizando en torno de ella un amplio apoyo de las masas, y mostrándos como particularmente apta para la creación y la inventividad social. Y súbitamente, ella ha dado también un sentido concreto al concep to de “dictadura del proletariado” (un sentido pasajero, evidentemente

concepto destinado,

a partir de ese momento, a tener una m uy larga vid?

Y

es así que en 1872, los marxistas vencerán definitivamente en el seno d

la

Internacional sobre los anarquistas bakuninistas, aunque la Internado

nal misma, que ha reunido en su seno a un conjunto de movimientos má bien débiles, se apagará cuatro años después, al igual que varios de eso

movimientos débiles. Entonces, en el periodo siguiente, y en sustituciói de esta Primera Internacional, en la mayor parte de los países de Europ;

metódicos, lo mis un

que poderosos sindicatos. Y ambos, estos partidos y estos sindicatos, se

rán los que constituyan la base de la Segunda Internacional. De este modo, entre 1870 y 1914, y como el debate sobre la orga nización política había sido ya resuelto, las discusiones se centraroi sobre tres tipos de problemas nuevos.

Occidental se organizarán partidos obreros sólidos y

1. En la m ayor parte de los Estados europeos, hubo desde ese mo

m entó no uno sino dos tipos de organización de la clase obrera, de ui

lado sindicatos, y del otro partidos socialistas; ambos reclutaban su; adherentes en los mismos sectores, su personal dirigente se sobrepon!;

a veces, pero eso no im pedía que se mantuvieran como organizacione:

distintas y dentro de cam pos de acción diferentes. Los sindicato:

actuaban en el seno de los lugares de trabajo, y sobre todo dentro de campo de la “econom ía”, luchando por arrancar a los patrones capita

listas lo que los obreros consideraban como sus propios derechos. Su:

m edios de acción eran, de un lado la huelga, la presión sobre los patro nes por medio de la interrupción de la producción, y del otro las negó

políticas

ciaciones, directas o por la interm ediación de las autoridades

Por su lado, los partidos socialistas actuaban en el cuadro de la es tructura estatal y del dominio “político”, luchando por arrancar aquello ;

. I •

I

I ím I oi In

v <11 1«* 111 n •. «Ir

lu:.

moví ni I i ' i i I on .mi Isl.sl n i i l n

>s

I"

'l'" I" olm m:; tenían derecho, no de las manos;de los patrones, sino

"i

i l'H'ii dr I.i•• manos del Estado. Sus medios de acción eran análogos a

I" d. los sindicatos: el empleo de una cierta forma de violencia en contra

di

l Estado, y lamí>ién las negociaciones con él. Se puede entonces pensar,

i

I- ii lu dirías similitudes, que los esfuerzos de sindicatos y de

partidos

sr

liahi i.m podido fácilmente sincronizar y armonizar. Pero en aquellos

lu

mpo:; surgió fatalmente el problema de las prioridades y de las jerar-

11uta:; cn tre los dos tipos de organización, y esto se complicó rápidamente,

I'<a la emergencia de dos tendencias -llam adas por algunos “desviacio-

iir

ciones.

l ,a primera tendencia fue el resultado de la aparición de esa capa

peyorativa, fue nom brada “aristocracia obrera”, o

II icl 10 de otro modo, de una capa de obreros altam ente calificados, me- |or pagados, y que eran frecuentem ente conservadores en m ateria de

reivindicaciones políticas -esto , en razón de su “posición de clase”, en

la medida misma en que ellos ya tenían algo m ás que perder que sola­

mente sus cadenas— . Ahora bien, es importante subrayar que fue pre-

e ;a 111e n te en el seno de esta capa obrera que los sindicatos habían echa- do inicia luiente raíces. Visto desde la lejanía, nos parece ahora inevita­ ble que hayan sido esos obreros los que tuvieron un lugar tan despro­ porcionado en el seno de esas direcciones sindicales. Lo que entonces

i

*Iiii■, de una m anera

, y que se repartían de manera desigual en el seno de esas organiza­

.

derivó, rápidamente, en el hecho de que las reivindicaciones sindicales

concentraron, fundam entalm ente, en torno de la lucha por las nece­

■ o

d ad es materiales más inmediatas.

I,a otra tendencia había nacido de la evolución de los partidos so­ lía listas, los que tendían hacia la construcción de una suerte de alianza

atraían hacia ellos, cada vez m ás, a cier-

tos intelectuales de origen burgués. Varios de estos últim os, gozaban

de buenas situaciones profesionales en el seno de las clases medias, e incluso de las clases altas. Pero sobre todo a partir de su form ación, estaban bien entrenados en el ám bito de las tareas de la organización que eran indispensables para un partido político. M ucho m ás que los obreros calificados, estos intelectuales se m ostraron como capaces de ocupar los puestos de responsabilidad, cada vez más num erosos, den­

tro de los aparatos de

dirección de esos partidos. Y entonces, em peza-

de

clases, en la m edida en que

ron a ver el rol del partido com o el de una vanguardia, encargada de mantener en el camino correcto a un sindicalism o que estaba dom ina­ do por la aristocracia obrera.

a. Los gérmenes de estas contradicciones estaban entonces ya sem­ brados desde este periodo, aún cuando en aquellos tiempos no tomaran

Iimiumiicl W iiIIcmnIcíii

i

i

todavía la forma de un conflicto interno abiertamente declarado, sino so­ lamente la de una tensión respecto de la prioridad jerárquica de uno o de otro tipo de organización; y vale la pena señalar que en esa época, esta contradicción no fue de hecho solucionada nunca verdaderamente. Muy al contrario, ella se integró aunque sin confundirse, dentro de la segunda gran divergencia interna del movimiento socialista, la que se refería al punto de la táctica de la conquista del poder del Estado, y que puede resumirse sumariamente en la oposición entre la vía parlamentaria o gradual, y la vía de la insurrección revolucionaria. Al principio, la discusión fue llevada to­ talmente de buena fe entre los defensores de un mismo ideal: el ideal de la sociedad socialista, puesto que esa discusión le había sido impuesta al m o­ vimiento, a partir de una situación nueva e independiente de su voluntad. Esa situación era la de la extensión continua del derecho de voto, esencial­ mente dentro de los países centrales de la economía-mundo. Sin duda, esta era una antigua reivindicación de todo el movimiento democrático, pero fue sólo hacia mediados del siglo XIX que las fuerzas conservadoras se dieron cuenta de que podían obtener, con la conce­ sión de esta demanda, ciertas ventajas para la cooptación de estos m o­ vimientos. De hecho, en Inglaterra por ejemplo, fue el tory Disraeli y no el liberal Gladstone, quien propuso la más amplia extensión de este de­ recho al voto, lo que es un signo evidente de este cambio. Y se podría

ultraconservador Bismarck

quien de hecho inventó lo que más tarde se llam ará el Estado-Provi­

agregar que incluso en

Alem ania, fue el

dencia.

Entonces se planteaba la pregunta a los socialistas, de decidir si ellos debían o no participar en las elecciones, si debían o no participar

fin del siglo

XIX, incluso si debían o no participar en el gobierno. Sobre este proble­ ma, hubo entonces aquellos que no veían ninguna razón para no llevar a cabo esta participación, pues consideraban que su electorado poten­ cial constituía claram ente la inm ensa mayoría de la población, y esto por definición. En consecuencia, los partidos socialistas tenían todas

las oportunidades de ser los grandes beneficiarios de esta extensión del derecho de voto, con lo cual podrían hacer que el Estado evolucionara en la dirección que los beneficiaba a ellos. Por otra parte, los escépticos frente a esta participación, retom aban nuevam ente los argum entos de los marxistas en contra de los proudhonianos y los balcuninistas, pues

pensaban que las cosas

no se dejaría expulsar del poder por medio de los simples resultados electorales, o más exactamente, ella no perm itiría una supresión del capitalism o por la simple vía electoral. En consecuencia, el proletaria-

dentro de la vida

parlam entaria, y finalmente, a partir del

no serían tan fáciles. La

burguesía, afirm aban,

l

i

Historia y dilemas de los m ovimientos antisistém icos

i li i i Ifhía prepararse para una áspera lucha, es decir, debía prepararse

puro la revolución.

No obstante, en Europa Occidental y en Estados Unidos, la doctri-

i

n.i llamada "revisionista”, es decir, la de una evolución gradual hacia el

<nía Ir ano, lili malí atos

11 vi ilucii maria o de la lucha armada. Y a que a m edida que los partidos ■ ir.san en número y se transform aban en partidos de m asa, estapers-

pi’rl iva se reforzaba, tanto entre los m ilitantes com o entre los dirigen- trs Nulamente en Rusia, donde no había ni elecciones ni parlam ento, y en donde el proletariado industrial era poco num eroso, no había un lisn no favorable para este “revisionism o”, y su éxito parecía entonces poro creíble. Tam bién, en 1902, los antirevisionistas habían adquirido el control del partido, en un Congreso en el que tuvo lugar una ruptura interna del Partido Obrero Socialdem ócrata Ruso. Los bolcheviques, dirigidos por Lenin, sostenían que solam ente un partido clandestino de cuadros —en oposición au n partido de m asas que actuaba legalm en- le , estaba en capacidad de conquistar el poder en Rusia, lo que en el 11ni texto del poder zarista, parecía en efecto plausible, de suerte que la ¡11 gu mentación de Lenin era perfectam ente pragm ática, en el sentido de estar en clara conform idad con las situaciones de hecho. Pero en el trasfondo de toda esta polém ica, se reencuentran dos

ubicadas en el corazón m ism o del análisis marxista.

que se refiere a la tensión entre determ inism o y vo ­

luntarismo, viejo problem a m etafísico del pensam iento occidental, en

interm edia, soste­ y al determ inism o

en contra de los otros pensadores socialistas. No obstante, la tonali­

dad dom in an te dentro de sus an álisis ha sido m ás b ien la del

determ inism o, de suerte que los revisionistas han podido tratar de apoyarse sobre esta idea, utilizándola para defender el carácter “in­

de la evolución social hacia el socialism o, y justificando en­

tonces una política gradualista. M ientras que Lenin, por el contrario, se ubicaba deliberadam ente del lado del voluntarism o, poniendo el acento sobre la im portancia decisiva de una acción organizada, y lle­ vada a cabo por una m inoría devota y bien form ada.

am bigüedad del análisis m arxista se refiere al rol de la

conciencia hum ana -la que para M arx era una superestructura que re­ flejaba el estado de la base económ ica, aunque no se trataba de una correspondencia autom ática, porque podía existir, com o él lo planteó, también una “falsa conciencia”— . Pero entonces, ¿cóm o determ inar el

era atractiva porque parecía corresponder a los resultados y concretos, y aparecía como m enos utópica que la táctica

am bigüedades

I .a primera, es la

relación al cual, M arx ha intentado seguir una vía niendo al voluntarism o en contra del liberalism o,

evitable”

La segunda

Im m anuel W allerstein

4 ‘

grado de verdad de una cierta conciencia determinada? Una soluciór consistía en dejar que la historia fuera la que decidiese y resolviese este punto, es decir, adm itir que después de un cierto tiempo el nivel de conciencia hum ana se adaptaría de m anera espontánea para convertir­ se en una traducción exacta de la realidad material. La otra solución era la de la anticipación y la aceleración de la historia, o dicho en otros térm inos, aquellos que tenían la más grande claridad política debían de guiar a los otros, en función de su nivel de conciencia más elevado. Evidentemente, la prim era solución se adaptaba mucho más a 1; tendencia llam ada revisionista, mientras que la segunda se acompasa!); m ucho m ejor en la línea de razonam iento de los bolcheviques. Y de uní-

m anera no m enos

clara, esta polém ica está estrecham ente ligada a la

que nosotros evocamos antes, sobre el rol respectivo de la aristocracia obrera y de los intelectuales revolucionarios. Los revisionistas, de un lado, sentían la necesidad de defender que su conciencia era la traduc­ ción ju sta y en el largo plazo de su propia base m aterial, m ientras que en cambio, los intelectuales revolucionarios, sentían la necesidad de defender que su conciencia era una traducción justa de la base materia de la clase obrera, en oposición a la traducción sindicalista, juzgando que esta última no reflejaba más que las preocupaciones inmediatas. 3. El tercer problem a se refiere a las relaciones de los socialistas con el nacionalism o, de un lado, y con las reivindicaciones campesinas

del otro. Vem os habitualm ente estos dos

to, y de hecho dieron lugar a debates diferentes en su propia época. Pero en el fondo se trata de un mismo debate, que se refiere al rol que juegan todos aquellos que no son parte del proletariado industrial en la

lucha por el socialism o, e incluso al rol de estos m ism os proletarios de las fábricas que no pertenecen al grupo étnico m ayoritario o dominante

prim er caso

un grupo m inoritario étnico, o incluso una “nación”, que reclam a sus derechos a la existencia nacional —o por lo menos el derecho a la expre­

sión de su cultura, y en otro caso, sus derechos políticos, y en ambos, la

una población de trabaja­

dores rurales, que reivindican su justa parte dentro de los frutos de su trabajo, exigiendo frecuentem ente la posesión de la tierra que ellos mismos trabajan. Una vez más, la respuesta del m ovim iento socialista a estas reivin dicaciones tomó dos direcciones diferentes. Hubo una tendencia que las rechazaba en bloque, y las calificaba de ilegitimas, porque según ella el proceso de desarrollo del capitalism o iba poco a poco a hom oge neizar el mundo entero, y por ende a elim inar tanto a las “naciones"

problem as como algo

distin

dentro del Estado. Porque esos “otros” pueden ser, en un

igualdad económica— , y en un segundo caso

.

40

111 si oí ia v d i l e m a s d e los m< >vmi ion Ion ;iiiI ínínIcínicos

como a los “cam pesinos” en tanto

razonamiento, era entonces vano y peligroso querer hacer más lento este proceso, asum iendo la defensa de esas otras reivindicaciones, que eran distintas a las del propio proletariado industrial. Con esto, no se

habría hecho otra cosa más que dividir a la clase obrera. Un punto de vista que, por lo demás, estaba en pleno acuerdo con la tendencia

gradualista entre los socialistas. La posición opuesta, en esta época, no consistía en un apoyo total ni a las reivindicaciones nacionales ni a las de los cam pesinos, porque eso se habría visto como una traición al com prom iso intem acionalista

y obrero de la ideología marxista. Más bien, la segunda tendencia ha

afirm ado la legitim idad de una alianza provisional entre la clase obrera

y esos “otros”, en virtud del argumento de que esos “otros” eran opri­

midos por la m ism a clase dominante, y que esta alianza era una cues­ tión táctica, que debía hacerse bajo la hegem onía “de la clase obrera”. Por lo demás, dicha alianza no podía realizarse más que si existía un partido de cuadros y de vanguardia para ejercer dicha hegem onía. En­ tonces, esta concepción se adaptaba perfectam ente con la perspectiva de los leninistas, los que la han adoptado efectivam ente como su propia

concepción. Paradójicamente, podemos señalar que rra M undial los “revisionistas”, que se habían

nacionalismo, han sido los defensores de la sagrada unión nacional den­ tro de sus propios países, mientras que por el contrario los leninistas, partidarios de las alianzas tácticas con los nacionalistas, han rechaza­ do, en tanto que fieles intem acionalistas, el otorgarle legitim idad algu­

na a esa guerra nacional burguesa. Esta expansión de los movimientos obreros organizados en Euro­ pa, entre 1870 y 1914, coincidió con la últim a gran expansión territorial de Europa dentro de la historia moderna, inscribiéndose entonces den­ tro de ese contexto de la conquista colonial. Consecuentem ente, m ien­ tras que los m ovim ientos socialistas buscaban su camino en tanto que movimientos antisistémicos, poniendo el acento en las luchas anticapi­ talistas, los m ovim ientos nacionales en la periferia trataban de encon­ trar su camino poniendo el acento en las luchas antiimperialistas. En este marco, estos movim ientos nacionalistas reprodujeron en sus pro­ pios debates acerca del rol central de la organización política dentro de sus estrategias, el m ismo tipo de debates que había conocido antes el movimiento socialista europeo. Lo que podem os llam ar el nacionalism o cultural, es aquí el equi­ valente de las tendencias proudhonianas o anarquistas, es decir, la idea

que categorías distintas. Según este

durante la Prim era Gue­ opuesto violentam ente al

Imm anuel W allerstein

de un retiro fuera del campo de la sociedad dominante, que debía eiiv tuarse m ediante el renacim iento cultural y la afirm ación de su propia identidad lingüística, artística y de sus diversos modos de vida. En cam bio, los nacionalistas políticos respondían un poco a la m anera de los marxistas, afirm ando que en el m ejor de los casos el nacionalism o cul tural no podría alcanzar sus objetivos, e incluso peor, que él era enga ñoso y erróneo, porque esta autonom ía cultural que no tendría el con trol del Estado, no dispondría de la base material necesaria para sobre­

vivir. En resumen, tam bién aquí la

este caso, m ediante la secesión y/o la creación de una nueva entidad

estatal— , se

ser logrado, requería tam bién aquí de la existencia de un partido. El debate entre revisionistas y leninistas encuentra su paralelo, en este caso, en el debate sobre el método de cómo realizar los objetivos nacionalistas, habiendo de una parte aquellos que estaban por una vía “constitucional”, es decir, de negociaciones con las autoridades exis­ tentes, en vista de una transferencia gradual del poder al grupo nacio­ nal im plicado, y de la otra parte aquellos que defendían más bien una acción m ilitante mucho más activa, con m ovilizaciones de masa y con confrontaciones abiertas, dentro de una lucha prolongada que en caso

de ser necesario, podría ser incluso una lucha violenta. Es interesante subrayar, no obstante, que si en sus principios el marxismo ha sido un

com prom etid o en una lucha revolucionaria, y que el

revisionism o con su vía parlam entaria no se desarrolló y se fortaleció sino más tarde, en cambio y por el contrario, el movimiento nacionalis­ ta arrancó más bien con el predom inio de la táctica de la vía constitu­ cional en numerosos países, tales como la India, China, el mundo ára­ be, M éxico o África del Sur, afirm ando su componente revolucionario

tan sólo en un m om ento ulterior,

en el cual este com ponente radical se

conquista del poder del Estado -en

convertía en el objetivo estratégico prioritario, el que para

m ovim ien to

consolidó. Estas trayectorias diferentes son el resultado de los diversos terre ­ nos de acción geográficos, y al mismo tiempo, de las estructuras de cla­

ses diferentes en esa época. En efecto, los m ovim ientos socialistas na­

de la econom ía-m undo, mientras que los hicieron en la periferia. Los prim eros te­

nían su base política en el proletariado industrial, antes de ampliarse para abarcar el apoyo de los sentim ientos anticapitalistas de vastas masas de la población, mientras que la base social de los movimientos nacionalistas estaba constituida por las burguesías periféricas y por la intelligentsia, antes de am pliarse para obtener el apoyo de los senti­ mientos antiimperialistas de también vastas masas o vastos grupos de

cieron en los países del centro m ovim ientos nacionalistas lo

48

H istoria y dilemas de los movimientos antisistémicos

la población. Pero en las dos situaciones, y a partir de la am pliación de

esas alianzas de clases, derivada de la voluntad estratégica de conquis­

tar el poder del Estado, las tácticas de los dos tipos de m ovim iento co­

m enzaron poco a poco a aproximarse.

Por lo que corresponde a los nacionalistas, su oposición al nacio­ nalismo cultural fue perdiendo poco a poco su im portancia. Pues m ien­ tras ellos no eran más que pequeños grupos de burgueses y de intelec­ tuales, en la búsqueda de una vía constitucional, podían fácilm ente de­ fender tal o cual variedad de integración cultural o de “occidentaliza- ción”, sea bajo la form a de la adopción de ciertos elem entos fundam en­ tales de las culturas occidentales —com o la lengua, la religión, el tipo de vestim enta, etc.— , sea bajo una form a edulcorada del tipo de la reinterpretación del Islam, o del hinduism o, o del confucianism o, para tratar de defender la idea de que ciertos valores “m odernos” no eran exclusivam ente “occidentales” o “cristianos”, sino que estaban ya pre­ sentes en las literaturas o en las religiones antiguas de estos m ism os pueblos. Pero cuando esos movim ientos han comenzado a buscar un verdadero apoyo de parte de las grandes masas, no han podido ya de­ fender esta asimilación, dado que para la gran m ayoría de la población

el antiim perialism o significaba la preservación y la reafirm ación de sus

propios valores y bienes, en contra de aquellos que habían aportado los conquistadores. Y de una manera sem ejante sucedió con la ampliación de los m ovim ientos revolucionarios socialistas, los que al crecer han

tenido cada vez más que referirse al “pueblo” en su conjunto, mucho

más que solamente a la clase obrera, lo que los ha inm erso en una evo­

lución que, fatalm ente,

les ha ido dando una apariencia cada vez más

“nacionalista”. De este modo los nacionalistas, al convertirse en cada vez más mili­ tantes, se acercaron también cada vez más al nacionalismo cultural, aun­ que sólo hasta cierto punto, porque en tanto que movimiento político, ellos tenían que actuar, en cierta medida, dentro del contexto de las restriccio­

nes impuestas por el sistema político global de todos los Estados restantes.

Y en este punto, hubo igualmente una convergencia con los marxistas, en

virtud de que el ala leninista del marxismo evolucionó también hacia un reconocimiento limitado de la legitimidad de los objetivos nacionalistas - es decir, desde su propia mirada, culturales—, al mismo tiempo en que los movimientos nacionalistas, de su lado, han tratado de seguir una vía inter­ media que combinaba objetivos políticos, objetivos de clase y objetivos culturales. De esta manera se sentaron las bases de un nuevo análisis polí­ tico, y de nuevos desarrollos, de los cuales la revolución de octubre de 1917 sería el principal catalizador.

Im m anuel

W allerstein

4‘)

no es menos sorprendente que como lo fue en su propia épo­

ca, el hecho de que haya sido en Rusia y no en Alemania, o en Inglate­ rra, en donde tuvieron lugar los “diez días que conm ocionaron al m un­ do”, para retom ar el título del famoso libro de John Reed. Y si esta re­ volución rusa ha conm ocionado al mundo, eso fue menos porque era la primera revolución que triunfaba bajo la bandera del marxismo, que por el hecho de que tuvo lugar precisam ente en Rusia y no en A lem a­ nia, en donde los socialistas del m undo entero la esperaban -d ad o que

el más fuerte movimiento socialista, hablando política e intelectualm en­

te, era precisam ente el de Alem ania— , Lo que em pujaba a la gente a

considerar a esa revolución rusa como una suerte de “accidente”, espe­ rando que la revolución que acontecería en Alemania, vendría en algu­

H oy

na m edida a

Pero en Alem ania la revolución sufrió poco después una derrota

fatal, que al cabo de un poco de tiempo, todo el mundo se vio obligado

a asumir. Lenin obtuvo inm ediatam ente las consecuencias tácticas de

esta derrota: dado que ya no sería posible hacer la revolución con A le­

mania, habría que hacerla entonces con el Oriente, al cual, en el Con­ greso de Bakú de 1921, Lenin le propuso la alianza cabal y completa

los m ovim ientos

nacionalistas antiim perialistas de la periferia. No obstante, esta alian­ za estaba cargada de todo un conjunto de extraordinarias am bigüeda­ des, cuyas consecuencias sufrimos nosotros todavía hoy.

entre los m ovim ientos anticapitalistas del centro y

rectificar el curso de la historia.

Porque lo que la revolución de octubre había “probado” al mundo entero, es que una revolución podía triunfar, y más adelante, que como fruto de esa revolución triunfante, un Estado revolucionario era capaz

de industrializar a su país, para convertirlo en una gran potencia políti­

ca

y m ilitar. Pero, en definitiva, ¿qué era lo que esto probaba? ¿O en

qué era diferente esta ‘prueba' - s i es que acaso lo era— , de la ‘prueba’ ya dada en 1905, de que un Estado no europeo, en este caso Japón,

caso la

propia Rusia? Ciertam ente estas dos “pruebas” han servido para trans­

form ar la psicología social de los m ovim ientos revolucionarios,

insuflando en ellos un optim ism o fundam ental de la voluntad, que des­ de ese m om ento ha estado en la fuente m ism a de su creciente fuerza

política. Pero al mismo tiem po estas “pruebas”, nos

la cuestión de saber en que consiste, más precisam ente, el verdadero carácter revolucionario de una revolución. Hoy sabemos que la contraofensiva de las fuerzas dominantes del mundo capitalista en contra de la Unión Soviética, ha provocado que finalm ente ella no giró ni hacia Alem ania ni tam poco hacia el Oriente,

podía triunfar m ilitarm ente sobre un Estado europeo, en este

vuelven a p lan teó ­

H istoria y dilem as de los m ovim ientos antisistém icos

sino más bien que se replegó sobre ella misma, hacia lo que se llam ó el “socialism o en un solo país”, y hacia stt propia autodefensa com o Esta­ do asediado. El control del poder del Estado no fue entonces suficiente para transform ar a la Unión Soviética, aunque sí lo fue para transfor­ m ar a la Tercera Internacional, de ser un conjunto de movim ientos pa­

ralelos, a ser una estructura jerárquica que se adaptó a las exigencias de un Estado en particular, en este caso, el Estado ruso. De aquí, nace la pregunta de saber en qué medida esa III Internacional y la Unión So­

viética, jugaron un papel de fuerzas realm ente antisistém icas al

rior del sistema mundial, pregunta que quedó en suspenso desde 1920 y hasta la Segunda Guerra Mundial. Durante este periodo, las rivalidades y las m aniobras de las gran­ des potencias dirigentes del mundo capitalista, que habían ya provoca­ do la Primera Guerra Mundial, han continuado causando estragos, y preparándose para llevar a cabo la Segunda Guerra Mundial. M ás ade­ lante, como sabem os, la división entre los dos bloques m ilitares de los países capitalistas se revistió bajo la form a de una fuerte oposición ideo­ lógica, tom ando la figura de una confrontación entre una coalición “li­ beral” y otra coalición “fascista”. La pregunta fue entonces ¿debíam os ver en esta confrontación, como lo hizo Lenin durante la guerra de 1914, una simple confrontación entre dos grupos de ladrones, o debíamos más bien elegir entre dos cosas malas, una de las cuales era quizá m e­ nos grave que la otra? Las decisiones frente a esta pregunta fueron tomadas por la Tercera Internacional, para el centro y para la periferia, de un modo paralelo. Para los dos sectores, los casos que sirvieron de modelo fueron el caso de Ale­ mania, para los países del centro, y de China para los países de la periferia. En Alemania, se trataba de saber si el partido comunista debía o no parti­ cipar en el “frente popular” -com o se les llamaría a estos frentes más tar­ de— , al lado de los socialdemócratas y en contra de la derecha, y más espe­ cialmente de los nazis, o si por el contrario, debía ubicar a esos socialde­ mócratas bajo la etiqueta de “socialfascistas”. En China, se trataba de sa­ ber si el partido com unista debía m antener su alianza táctica con el Kuomintag, en contra de las fuerzas imperialistas mundiales, y más espe­ cialmente en contra del Japón, o si por el contrario, debía dar más bien prioridad a la guerra civil. En los dos casos no hubo nunca una respuesta clara y neta, porque la Internacional cambió muchas veces de postura, y con ella, los partidos comunistas involucrados, aún cuando el partido chi­ no fue mucho menos dócil que el partido alemán. El mismo tipo de proble­ mas habrían de replantearse un poco en todas partes más adelante, en España igual que en la India, por ejemplo.

inte­

Im m anuel W allerstein

.*>i

Detrás de estas incertidum bres y oscilaciones de la Tercera Inter nacional, durante el periodo entre las dos guerras mundiales, se perñ laba un problem a más profundo, que se refería al tipo de alianzas que habían sido planteadas por el Congreso de Bakú. Pues la alianza políti ca en tre los partid o s so cia lista s del centro y los m ovim ien tos antiimperialistas de la periferia podía revestir dos significaciones pro fundam ente diferentes, que sólo se harían evidentes después de 1945. La disyuntiva era que, de un lado, este podía term inar siendo sólo un

el cual ciertos sectores interm edios de esos dos seg­

mentos del sistema mundial, el centro y la periferia, lograrían incorpo­ rarse a dicho sistema, para beneficiarse un poco del botín y de las m iga­ jas del mismo, bajo la falsa cobertura ideológica de un supuesto nuevo orden de cosas. O en el otro caso, había también la posibilidad de que esta fuese la vía real para la verdadera reunión de dos familias de movimientos antisisté- micos, los que al unirse formarían un sólo movimiento, infinitamente más poderoso, y que entonces si tendría el peso necesario para transformar totalmente el sistema mundial capitalista. Aquí, una vez más, no hubo una respuesta simple y clara, ni en esa época ni después, y ello porque ciertas tendencias contradictorias de la economía-mundo capitalista misma ha­ cían que tal respuesta fuese m uy difícil de alcanzar.

Porque el mismo proceso de extensión y de profundización del sis­ tem a en el mundo entero, que había engendrado una polarización de clases en escala mundial, y reforzado con ello la base social de estos movimientos, este mismo proceso había, al mismo tiempo, reforzado su diferenciación geográfica, espacializando por así decirlo esa polari­ zación de clases, y reduciendo entonces el desarrollo paralelo de los

procesos políticos de sus diferentes Estados componentes. Así, las alian­ zas internacionales de m ovimientos de tipo diferente se volvían menos sencillas, m ucho m enos creíbles, lo que por el contrario, hizo que la burguesía mundial encontrara en esta situación un mecanismo precio­

camino m ediante

so

Además, esa extensión mundial del sistema, ampliaba también el papel de los Estados y del sistema interestatal, en tanto que instituciones clave de toda la economía-mundo, dándole simultáneamente una importancia decisiva al tema del control del poder del Estado, aunque esta importancia

se presentaba como mucho menos eficaz para el caso de los Estados más débiles. En consecuencia, la conquista del poder del Estado en tanto que arma de los movimientos antisistémicos, se convertía a partir de ese mo­ mento en algo particularmente ambiguo: esta conquista podía servir para sabotear el sistema, pero al mismo tiempo transformaba a esos movimien­

tanto de control

com o de cooptación.

52

Historia y dilemas de los movimientos antisistémicos

tos antisistémicos en participantes y en sostenes del conjunto global del sistema interestatal existente. Y es este dilema, el que ha comenzado a jugar un papel central en todo el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, después de 1945.

El éxito de los m ovim ientos en la posguerra:

triunfos y am bigüedades

En cualquier época los hom bres han resistido a la explotación, activam ente cuando han podido, y de m anera pasiva cuando no han tenido otra alternativa posible. Desde 1789 hasta 1945, se desarrolló una larga odisea de un trabajo de organización en condiciones m uy di­ fíciles, en el curso de una ardua lucha, durante la cual la m ayoría de la población del globo ha sufrido duram ente la opresión. Dentro de esta aventura, 1945 marca, psicológicam ente hablando, un verdadero vira­ je, porque por vez primera los movimientos antisistémicos pensaron que el éxito estaba a la vuelta de la esquina, y que la estrategia que habían adoptado en el siglo XIX, estaba a punto de producir sus prim e­ ros frutos. Recordemos que esta estrategia se apoyaba sobre una clara secuencia: primero, la m ovilización para alcanzar la conquista del po­ der del Estado, y después, utilizar este poder para transform ar la socie­

dad, con miras a desarrollar de manera efectiva una sociedad en la que dominara la libertad, la igualdad y la fraternidad. Ya que desde 1945 comenzamos a hablar habitualmente de tres “mun­ dos”: primero el mundo occidental industrializado, es decir Europa Occi­ dental, Estados Unidos y Canadá, Australia, y después de 1970, aproxima­ damente, también Japón. Un segundo grupo era el de los países socialis­ tas, que abarcaban a la Unión Soviética, a los países de Europa del Este, a China, a Corea del Norte, a los tres Estados de Indochina y a Cuba. Y final­ mente, en tercer lugar, lo que se convino en llam ar el tercer mundo, es

decir Asia menos

Sin duda, las líneas divisorias entre estos tres “mundos” no eran siem­ pre demasiado claras, pero sobre todo si se trataba de analizar el funciona­ miento de la economía-mundo y del sistema interestatal, esta división tripartita introdujo más confusión que verdadera claridad. No obstante, al mirarla más de cerca, parece que es útil si de lo que se trata en cambio es de analizar los movimientos antisistémicos. El mundo llamado occidental aparece como aquél en el que el heredero directo de los movimientos del siglo XIX es un partido “socialdemócrata”, ligado a la Segunda Internacio­ nal, o algún otro tipo de partido que juega más o menos este mismo papel. El mundo de los países socialistas es aquél en el que un partido de la Terce­

China y Japón, África y Am érica Latina.

Im m anuel W allerstein

53

ra Internacional se encuentra ahora en el poder. Y en lo que se refiere al tercer mundo, es aquél en el que el representante masivo de las tradiciones antisistémicas es un movimiento nacionalista o de liberación nacional. Y no es esta una simple diferencia en cuanto a las etiquetas ideo­ lógicas, sino una respuesta a la pregunta de saber qué tipo de m ovi­ miento ha sido capaz de asegurar la movilización política de las masas populares, en su com bate en contra de los privilegios de todo tipo, y

cuál m ovim iento ha encontrado suficiente

eco a sus pretensiones de

representar verdaderam ente los intereses del pueblo entero. Además, estos tres tipos de movim ientos no solamente lograron esta m oviliza­ ción de masas, cada uno dentro de su propia zona, sino que también han sido capaces, en el periodo posterior a 1945, de alcanzar cada uno

su objetivo político interm edio, es decir, de lograr la conquista del po-> der del Estado en la m ayor parte de los Estados de su zona correspon­ diente. Así que podem os decir que esos m ovim ientos triunfaron. Sólo’

de estos tipos de m ovim ientos, ha sido la significa­

ción m ism a de ese éxito político la que después se ha revelado como algo am biguo, y vale la pena analizar tanto esos éxitos como sus am bi­ güedades, en cada una de estas tres zonas. Por lo que corresponde a los países del centro, en el mundo lla­ mado occidental, la estructura social cambió considerablemente. Pues la enorme concentración del capital mundial en esta zona, ha hecho que el nivel de vida haya crecido enorm em ente, no sólo para las profe­ siones liberales y para los cuadros de las clases superiores, sino tam ­ bién para los obreros calificados y sem icalificados. De esta suerte, si bien se ha m antenido una capa m uy pobre dentro de la población, ella constituye ahora un pequeño porcentaje del total. Adem ás, estos secto­ res m uy pobres tienden frecuentemente a confundirse con un grupo étnico, distinto del de los respectivos países y en m uchos casos privado incluso de los derechos de ciudadanía, porque se trata de lo que se ha llamado trabajadores m igrantes, es decir de extranjeros. Así, mientras que alrededor de 1850 las capas sociales miserables representaban al­ rededor de un 80 ó 90% del total, alrededor de 1950 ellas no represen tan más que, cuando mucho, un tercio del total. De otra parte, la inten sa globalización ha reducido a la población rural, que era mayoritaria hacia 1850, a ser un m uy débil porcentaje, hasta el punto de que los

cam pesinos “tradicionales” han desaparecido prácticam ente, o bien, se han reducido rápidam ente a ser un grupo num érico poco relevante. En este periodo posterior a 1945, a la inm ensa riqueza de los paí ses del centro correspondía un sistema político relativam ente liberal, que reposaba sobre el sufragio universal -p e ro con la exclusión de los

que, para cada uno

vi

Historia y dilemas de la movimientos antisistémicos

"m igrantes”— , y sobre el m ultipartidism o, e

en un sistem a de dos partidos dom inantes, tno m ás o m enos “conser­ vador”, y el otro más o m enos “socialdem ócuta”j y en donde ni uno ni otro se apoyaban exclusivam ente sobre tal o oral clase, aunque, no obs­ tante, el partido socialdem ócrata contaba geieralm ente con una fuerte base obrera. En 1945, no obstante, las clases obrera;y sus m ovim ientos juzga­ ron que esta estructura social, que se ha coivertido para nosotros en algo familiar, se apoyaba sobre bases frágiles en la m edida en que esta­ ba presente el recuerdo de la crisis m undial le 1929. Ni el aum ento del nivel de vida ni el sistem a político liberal pancían suficientem ente bien asentados, y más todavía, esas clases trabajaloras tenían el sentim ien­ to de que había sido necesario luchar m uy duramente por cada con­ quista social o política (derecho de voto, aceso a la escuela, reducción de la jornada de trabajo, seguridad social, etétera), y que esas conquis­

tas estaban m uy lejos de estar sufícientemeite consolidadas. En resumen, las clases obreras tenían el entim iento de que habien­ do llevado a cabo una difícil lucha, sufrían tod.vía no sólo al ver negados sus derechos económicos, sino al padecer tamlién una clara exclusión so­ cial y al sentir que todo pasaba como si ellos o tuviesen aún derecho de ciudadanía completa dentro de las estructuro políticas del Estado. Así que todavía en 1945, el combate decisivo, seguí esas clases trabajadoras, era un combate aún por realizar y por ganar, yss precisamente eso lo que hicieron durante el periodo posterior a 1945. E s éxito se dio muchas veces bajo la forma de una gran victoria electoral, cono la del Partido Laborista en Inglaterra en 1945, o la del Partido Socialdenócrata Alem án en los años setenta, o la elección de Frsngois Mitterrand, «1 Francia en 1981.

los trabajadoES am ericanos habían de­

del Partido Dem ócra­

ta, en tanto que elem ento central e institucional de este partido, y este

acontecim ien­

tos que recién m encionam os, lo mismo que h es el papel que el Partido Socialista Belga tuvo en la abdicación del Rjy Leopoldo. En cuanto a los países escandinavos, y a Holanda, los patidos socialistas han esta­ do en el gobierno durante largos periodos. El los años ochenta, Grecia, Portugal y España, se han unido al grupo le países en los cuales se ejerce esta gran influencia de los socialdem cratas.

Y es solam ente en Italia, que se m antieie hoy una situación dife­

rente y atípica, porque aquí el m ovim iento obrero está representado por un partido com unista. No obstante, el compromiso histórico pare­

Itilia dentro de esta m ism a

que tendía a convertirse

Ya en los años cuarenta,

m ostrado que eran capaces de im ponerse deitro

hecho era como un equivalente social y psicológico de los

ce desarrollarse en el sentido

de incluir a

Im m anuel W allerstein

regla general, y hasta se podría sostener que el control actual de mu chos gobiernos regionales por parte de este partido com unista, se ins cribe tam bién en esta m ism a perspectiva. Otra excepción está repre

sentada por el caso de Japón. Pero finalm ente, y vistas las cosas eu el

conjunto del m undo occidental, durante los años ochenta, la llegada al

poder de m ovim ientos de la clase obrera por la vía electoral no era ya más un objetivo a alcanzar, com o si lo fue en 1945, sino que era ya un

objetivo alcanzado. En el caso del “m undo” de los países llam ados socialistas, que se extiende desde el Elba hasta el Asia Oriental, tuvo lugar un desarrollo que desde distintos puntos de vista puede considerarse también como

paralelo, durante este m ism o periodo. Ya hem os recordado

volución de octubre de 1917, conquistó el poder por la fuerza, siguiendi» un modelo que más tarde sería calificado como el modelo marxista leninista, y que significaba la tom a del poder a partir de la dirección de un partido de vanguardia, un partido de cuadros, que luego ejercía ese poder bajo la form a de la “dictadura del proletariado”, en la cual el po der real perm anecía en las manos de ese mismo partido.

En 1917, no obstante, los bolcheviques, sorprendidos por su pro pió éxito, no creían poder perm anecer en el poder si no tenía lugar muy pronto, tam bién, una revolución alem ana victoriosa. Pero cuando les

fue necesario relegar esta esperanza al nivel de las

que la re

sim ples quim eras, el

aislam iento de su país por parte de las fuerzas de los Estados hostiles,

les provocó un sentim iento constante de inseguridad, que culminó con la invasión de la A lem ania nazi en 1941, y con la atroz guerra que le sucedió. Pero en 1945, la Unión Soviética había finalmente triunfado

sobre los invasores, y entonces el partido com unista soviético se sentía ahora seguro, juzgando su propio poder como algo bien consolidado.

com unistas tomaron el poder

en ocho países de Europa Oriental, en China, y en la mitad norte de

China, Yugoslavia y Albania, la tom a del

En el período posterior a 1945, los

Corea. En tres de esos países,

poder fue el resultado de una situación de hecho: en el curso de la Se­ gunda Guerra M undial, los partidos com unistas de esos países se afir marón en tanto que fuerza dirigente, militar o políticamente, de la re­ sistencia arm ada a los invasores nazis o japoneses. Súbitamente, llega­

ban así al poder partidos m arxistas leninistas, que habían logrado en­ carnar ellos mismos a la corriente nacionalista, y habían logrado obte­ ner la victoria en ese combate. Fue distinto el caso de los otros siete países m encionados, en los cuales, sin la presencia de las tropas soviéticas, no hay duda alguna de que los com unistas no habrían sido capaces de tom ar el poder, o de