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ACIDEZ CONSUMO

En mi pieza las paredes blancas me miran, un frasco vacío me refleja, un juguete verde de
monster inc me interroga con su único ojo, una pequeña roca llena de minerales recuerdo de
mi padre me afronta, una foto en la pared me recuerda. Las cosas me miran pero yo no las
veo mirarme. Yo sólo veo la pantalla, yo solo veo al perro rascarse, yo solo veo un nuevo
videoclip por youtube. Voy a la cocina. Es viernes, de noche, y nadie lo sabe. Mi madre se
encuentra sentada en la mesa de la cocina jugando solitario en su notebook, cagá de frío y
con sueño. Me voy a morir de frío acá por quedarme jugando me dice. Le comento que en
una canción de Roger Waters llamada Amused to death un antropólogo alienígena, al
encontrar los cadáveres de la extinta raza humana frente a sus pantallas de televisión, llega
a la inevitable conclusión de que esta especie se ha divertido hasta la muerte. Mi madre se
ríe. Esa soy yo. Siento la melancolía de mi mirada hacia el vacío en el refrigerador. Paso al
patio para fumar el resto de marihuana que me queda, es viernes y yo también me voy a
divertir hasta la muerte. A lo lejos en el cielo tímidamente van apareciendo las estrellas,
busco la cruz del sur pero solo encuentro la falsa. El rosado efecto de la contaminación me
acoge. Al otro lado de la casa mi abuela duerme en su pieza, cuatro paredes para llenarle la
mirada. Y para qué decir el tacto. Mi abuela duerme y descansa de ver en la tele la Jueza,
Lo que callamos las mujeres, esa serie de casos médicos que no sé cómo se llama y el
noticiario esquizoide del Chilevisión. Vuelvo volao a mi pieza, busco en youtube Amused
to death subtitulado, lo comparto en Facebook, abro Word. Escribo.

Se me hace necesario dejar de lado los días extraordinarios, los momentos excepcionales y
extraños. Si estoy sentado frente a esta pantalla, si estoy haciendo caber en la página de
Word (Times New Roman 12. interlineado 1,5. Justificado.) una versión virtual de mi vida,
no lo hago porque necesite encontrar las cosas que valieron la pena, o para alivianar una
culpa que me corroe, no lo hago para intentar entender o para crear sentidos. Lo hago
porque estoy volao (en pijama (un viernes (en la noche (cagao de calor)))), soy un ocioso al
que le basta lo inmediato. Al lado mío está el Locky lamiéndose las bolas en mi cama sin
hacer. Termina, yergue la cabeza y se me queda mirando. Me cae bien el Locky, hemos
dado infinitos paseos juntos. A veces yo lo acompaño a él, a veces él me acompaña a mí. O
al menos eso me gustaría, porque en la realidad yo lo controlo, a través de una cadena
coarto totalmente su libertad.

Llega un momento de la tarde en el que nuestros deseos se encuentran. La invitación que el


uno ve reflejada en las pupilas del otro nos moviliza. El Locky, con su porte y sus saltitos
de poodle fifi, mira hacia arriba, el Felipe lo mira parado al lado de la puerta. La cola
moviéndose, se mueve la cola y es importante que la cola se mueva y se mueva la colita
que tan cortada tanto se mueve. Todos los días veo a ese perrito esperando que ese guatón
tetón se dé la paja de salir con él. Es el único momento en el que veo a ese perrito adentro
de la casa. Pero se nota que es un momento de éxtasis profundo, de alegría total. Saltando y
moviendo la colita. Saltando y moviendo la colita de alegría porque al fin llegó mi
momento. Una parte importante de su posible felicidad está ligada a esto.

A veces siento que la correa nos mira. A veces me demoro más en tomarla. Pero lo hago.
Ahora debo enganchársela a su collar. Por fin vamos a salir juntos, por supuesto que estoy
ansioso por colaborar. No es necesario que Felipito se agache para hacer enganche. Como
sabe que le voy a poner la correa, se para en dos patas y en el aire me da el tiempo
suficiente para amarrarlo, para encadenarlo, para limitarlo. No me gusta eso, no deseo
seguir en esa, pero estoy perdido, totalmente perdido, voy por un túnel húmedo, escucho
voces, voy palpando para ver si logro dar con otro, pero solo encuentro murallas, las cosas
van mal, ¿por qué chucha terminé en un túnel oscuro?, ¿Cómo mierda salgo de aquí?,
¿cómo mierda salgo de aquí?, ¿cómo mierda salgo de aquí? Alguien habrá escuchado mi
voz, tiene que existir alguien, escucho sonidos de vuelta, escucho voces, pero no logro
distinguirlas, no logro entenderlas, no las escucho completamente, no las escucho
nítidamente. Me veo paralizado, pero la narración debe seguir. Me incomoda, pero igual le
pongo la correa.

(Otro caso. El caso de la tortuga de Combarbalá. En la casa de Combarbalá hay una


tortuga, pequeña, en un estanque pequeño en un rincón pequeño del desértico patio. Es una
pecera muy chica, la tortuga sí que tiene delimitada su existencia. La pecera suele estar
asquerosa (no sé si eso será bueno o malo para una tortuga). Está condenada al aislamiento
por el simple capricho humano de tenerla, solo tenerla. Ni siquiera mirarla. Tenerla.
Siguiente párrafo. En un almuerzo de enero postulé provocativamente que lo mejor que
podía hacerse por la tortuga era tirarla al río. Al pequeño río de Combarbalá. (Sí me
acuerdo xd). Tonto weon, si le hací eso se va a morir. Yo creo que esa muerte es mucho
mejor que su vida. Yaaaaaa. Pero es que vale mucho más una muerte como acto de plena
libertad. Es una muerte, es un fin, pero entendido como culminación. Mucho mejor a la
vida de mierda en que la tienen. Mañana en la mañana la voy a tirar al río, va a ser libre, y
ustedes se van a dar cuenta como un mes después. Ah Felipe, no te pongai sacowea. Ese
almuerzo terminó en discusión. Por su puesto que nunca tiré la tortuga. No me atreví. Fin
del otro caso. Cierre de paréntesis). Me gustaría sacarlo siempre sin correa, y lo intento
varias veces, pero es que como que no caxa que la calle es un lugar peligroso, que el
cemento sobre la tierra vuelve todo peligroso, así que se lanza re tranqui por la vida y
después yo tengo que salvarlo de morir atropellado.

* **

El Locky se toma su tiempo para hacer la weá que quiera en los caminos. Realmente le
entretiene demasiado. Saco del bolsillo de la guayabera la cola de un pito que quedaba de
anoche. ¿Cómo dejar pasar esta oportunidad? Prendo la cola caminando por Portugal, me
zampo todo el resto. La música de los audífonos se vuelve una serie de obras maestras.
También es un buen tiempo para pensar. Tantas ideas afloran gracias al ritual. Caminamos
sin rumbo ni prisa. Dejamos que el instinto nos guíe.

No siento ansiedad. Recuerdo: Era nueve de diciembre. A esa altura del año la temperatura
me tenía exhibiendo a diario camisas floridas, piernas peludas, colores vivos. Pero el día
anterior estaba sorpresivamente nublado, en la noche se puso a llover. Era nueve de
diciembre. Agua leve y agradable. Iba caminando por Irarrázaval. Era mi única excursión
del día. Ya tenía en mi bolsillo el elegante gramo de marihuana envuelto en un cucurucho
de papel. Día gris. Abrigo negro. Jeans. Zapatolos. Lluvia. El disco Mala Madre. Incluso
un cigarro prendido. Lo que habíamos hablado ayer. Conchesumadre, estoy en el pasado.
Caminando por Irarrázaval me vino ese pensamiento. Un shot de ansiedad a la vena. Sentí
un miedo profundo. Un miedo que venía de adentro. De esos que calan hasta loh hueso. Vi
a mi alrededor, no había nada a lo que temer. Pensé en las cosas que ocurrirían en el futuro
próximo, no había nada a lo que temer. Pensé en las cosas que habían pasado, no había nada
a lo que temer. Pero aun así sentía una angustia sin origen, una angustia anónima. Seguí
caminando en vez de tomar la micro. Caminaba rápido. Me comía las uñas. Prendía el otro
cigarro que de casualidad tenía en el bolsillo. Eso era la ansiedad. Ansiedad. Me compré
unos chocolates. Llegué a mi casa, pesqué la pipa y chum pa entro. Volao me puse a
escribir lo que había sentido. Esto es. Pero hay otro Felipe. El Felipe de la acción de este
relato. Para el Felipe de la acción de este relato, este Felipe que escribe ahora es solo un
recuerdo, él va feliz caminando un día soleado con el Locky. No siente ansiedad.

Todos los movimientos del cuerpo son perfecta expresión del ritmo que llevan los
audífonos. Los brazos se mueven como la marea, los hombros juegan y los pasos marcan el
tempo. Temperatura perfecta. Temperatura perfecta para usar guayabera roja, traje de baño
corto y unas buenas chalas zico. Temperatura perfecta para caminar. Camina y mientras
camina el otro también camina, pero camina buscando, camina olorosando, camina
explorando y camina investigando. Se detiene cuando cree necesario detenerse en un olor
de la tierra, en un arbusto o en algún objeto extraño. Tiene todo el tiempo del mundo. Bailo.
Exploro. Pienso. Pienso que todos mis pensamientos surgen del diálogo con el Locky.
Diálogo mental. Diálogo espiritual. No. Diálogo corporal. Diálogo temporal.

En la otra cuadra me encontré con un joven paseando a su perrito, hacía movimientos


extraños, andaba indecente y lascivamente por la calle, drogándose con un pito de
marihuana, su rostro me pareció el reflejo de la decadencia.

De pronto de entre las calles que atravesamos instintivamente se asoma un perro. Desde
cualquier esquina se acerca cuidadosamente. Entra en contacto con el Locky dentro del
campo de acción que le permite la cadena. La cadena. La mano que la sostiene. El sujeto
que lo limita. ¿Debería soltar al perro?, ¿Debería permitir que se vaya? Quizás su vida se
vuelva la zorra, quizás se realice totalmente. Quizás su vida se vuelva precaria, quizás se
transforme en un perrito melancólico. El Locky. La tortuga. El río de Combarbalá. Dejo que
interactúe un rato. Lo suficiente para que los dos perros terminen peleados. Siempre
terminan peleados. Locky por qué siempre terminan peleados. Por qué. Ejerzo mi voluntad.
Tiro lo suficiente la correa para hacer continuar el camino. Impongo la ley. Pero esto no es
una dictadura. Es una dictablanda.
Caminaron lentamente. El perro seguía el capricho de su olfato. El hombre seguía el
capricho de su oído. Llegaron a la esquina, doblaron hacia la izquierda para darle vuelta a
la cuadra. El lado estrecho de la cuadra lo recorren brevemente. A la vuelta de la esquina y
a la vuelta de la esquina dos animales caminan por la calle Portugal. Uno de ellos se
encuentra con dos gatos chicos. El otro me encuentro con el viejo qlo de la esquina xd.

El otro día vi a ese viejo en pelota. Sentado en un sillón. Mirando pa la calle. Miro pa la
calle. Sentado en mi sillón. Aparece ese pendejo con su perrito. Un guatón con un perro
chico. Siempre los veo pasar como a esta hora y los saludo.

El viejo nos dice hola. Yo le digo hola. Yo miro sentada a ese perro que pasa. Yo oloroso los
árboles y a veces intento saludar a esa gata sentada al lado del viejo. A veces intercambiaba
un par de oraciones con el viejo. Oraciones sobre el clima, sobre el perrito, sobre la gata. Y
después me iba. O el viejo me decía repentinamente “ya chao”. Ahora último nos hemos
quedado conversando un poco más. Que él tenía un sobrino que sabía de todas las guerras
del mundo. El weón me habla de la guerra de Francia, de Roma, de Frankfurt, me tiene loco
el weón. Te lo voy a presentar algún día. Ya, buena. Y tu vai a la universidad, chico? Si, voy
en tercero. En tercero de literatura. Está bien chico. Está bien. Ya chao.

[Nota desde el futuro: Estábamos dando una vuelta con el Locky justo antes de almuerzo.
Paso donde el viejo, se detiene, me saluda, me hace pasar a su casa, mira, yo te voy a
presentar a mi sobrino, pasa chico, me quedo esperando en ese sillón donde siempre lo veo
a él sentado mirando nada, espero, aparece el sobrino; un weón con pinta de vago a guata
pelá lavándose los dientes. Hola. Dije incómodamente. Me estoy bañando, ándate. Salgo de
la casa, el viejo se despide y me dice que para otra será. Ojalá que no. [Nota desde el
futuro: Pasó tiempo. Había vuelto de un viaje extraño. Me bañé. Afuera del baño el Locky
me esperaba. Salimos. Nos encontramos con el viejo. Venía de la calle con sus pasos
milimétricos. Al borde de la vereda se quedó mirándome con su mano en posición de
saludo. Estaba inmóvil mientras me acercaba. Le di la mano y me dijo me aburrí del Jorge,
muy ordinario el conchesumadre, me aburrí de ese weón y lo mandé a la chucha porque era
muy ordinario el chuchesumadre, no por las palabras, pero era un roto. Ya chao chico. Me
dio la mano nuevamente y siguieron caminando]].

Caminamos. Nos quedan pocas cuadras, pero ya me cansé de escribir.


Si digo que esta historia es real, no es para validarme frente a ustedes, tampoco ha sido un
relato extraordinario, es solo para recordármelo. No sé por qué, pero creo que algún día
pueda adquirir un significado que ahora no soy capaz de percibir.

Cuando muera mi perro me quedaré realmente solo. Todas estas horas mirando el techo,
mirando manchas, mirando nada se repetirán como siempre, pero sin él pasarán sin que me
recuerden que estoy vivo. Nada se moverá a mi alrededor. Vuelco este dejar de sentir,
intento fracasadamente transformarlo en palabras. Aunque sea de una manera muy extraña,
las palabras existen; validan mi existencia. Cuando muera mi perro me afirmarán las
palabras.

Cierro Word, guardo los cambios.

Tarde en la noche. El final de esa perfecta canción que pedía silencio dio inicio a la
madrugada.

Me paro frente al espejo un tiempo, me quedo mirando y me pierdo en el vacío de la


imagen.

De pronto escucho un estrepitoso quejido que penetra a intervalos, que existe. Un sonido
cercano y familiar. Tarde en la noche, siento un aullido.

Salgo al patio buscando su origen. Desde la oscuridad del pasillo me estrello en la luminosa
intemperie. El perro también sale. Nos recibe un cielo artificial, la luna nos mira desde el
espacio morado en que flota. La cruz del sur no se aparece. La falsa cruz del sur, que se
distingue por ser más grande y estar más arriba que la humilde, intensa, firme, segura, real,
si que se aparece. Pero apenas. Ninguno de los dos encuentra explicaciones.

Volvimos a sentir el ruido. Con temor nos miramos. Comprendemos que viene de dentro.

Camino por el pasillo oscuro la mirada se pierde hacia el vacío. Las baldosas del suelo, las
murallas verde pálido y el techo de madera, todo lo que apenas puedo ver se me pierde, se
me funde y se va a negro. La noche lo cubre todo. No se vuelve a escuchar nada más que
ronquidos. Me acuesto, me masturbo, y me duermo.
2

Sábado. Sábado de gloria. Me levanto a cagar a las once. De allí voy a la cocina y desayuno
chocapic con leche. Algún día, cuando sea la hecatombe, voy a estar yo encerrado en un
bunker lleno de puro chocapic con leche. Es toda la alimentación que necesito en mi vida.
Un chocapic con leche pal desayuno, dos pal almuerzo, uno pa la once y uno pa la cena.
Mientras como miro por la ventana hacia el patio, y entre las plantas veo una cantidad
inusual de baba repartida. Inusual es igual a notoria, porque es esperable que
disimuladamente algún caracol se arrastre y deje su baba, pero acá estamos hablando de
litros. Salgo al patio. Qué baba más extraña. Toda viscosa y transparente repartida entre los
arbustos y las hojitas, diversas especies de plantas que sólo sé distinguir visualmente se
encuentran manchadas con ese pegajoso líquido. Hojas grandes de pálido verde, largos
tallos, ramas grises y hojitas celestes bañadas en semen. Osea no semen, era transparente la
weá. Pero era caleta, así. Era como un balde lleno, así. Todas las plantas chorreadas, así.
Qué chucha.

Miré la baba de entre las plantas. No quería preocupar de más a mi madre así que tomé la
decisión de mantener el secreto. Con la manguera en la mano y los huevos en la otra abrí la
llave, chorreando con el agua todo se fue arrastrando y desvaneciendo hasta no dejar
ningún rastro superficial. Solo estaba regando las plantas y comiendo chocapic. Me hice el
weón.

Por el pasillo quise acudir a mi abuela, su pieza es un espacio sin tiempo en el que ella flota
esperándome. Allí acudo cuando necesito nada, cuando lo demás me supera converso con
ella, pero de otra cosa, de cualquier cosa que sirva para hablar, a menudo dejo que su
caudal de memoria echa palabra fluya libre y con fuerza, a veces me supera y dejo de
ponerle atención, mientras me arrastran sus palabras pesco el celular y me pongo a ver
memazos en Facebook y carne en Instagram, pero pese a la pantalla sigo preguntándole
detalles, igual retomo e igual relleno sus historias, siempre inabarcables para quien no las
haya vivido, escucho tratando de captar lo vivo, esos precisos preciosos detalles del sentir,
esas diferencias en la entonación de cada sílaba, todas esas imágenes delicadas que surgen
de cualquier frase impulsada por un relato vivo, sin pretensiones ficticias. Trato de recordar
todas las palabras que le escucho para luego volver a pegarlas juntas en una hoja de Word.
Por supuesto, tal empresa es solo una quimera.

Llegando al marco de su puerta disminuyo la intensidad de mis pasos con la intención de


volverlos imperceptibles. Me gusta ser ante mi abuela como una aparición, de pronto un
cuerpo en su pared celeste de frente. También hay un crucifijo y la foto de un lago, el
mismo en que vivió su primera vida junto a sus hermanas. Allí jugaban libres de
modernidad, de entre los bosques en la copa de los árboles sacando frutos y haciendo
travesuras con panales de abeja, sumergiéndose con los peces de reojo vistos por un caballo
sediento, caminando horas de tierra para llegar a la escuela, inocentes cazaban y comían. A
la esquina comenzando con la otra pared se entrecruza una tele grande y plana, todavía sin
prenderse, pero amenazando con hacerlo en cualquier momento.

Mi abuela entrecierra los ojos como esforzándose por ver, se sobresalta y me reta por haber
entrado de esa manera. Allí está, acostada en la misma cama en la que está desde que un
mal día se cayó de cabeza friendo un huevo. Ya estaba demasiado vieja, y sus piernas aún
se resienten demasiado como para caminar. Allí está acostadita como una niña recién
bañada, con su pijama rosado puesto y su pelo bien brillante. Me sonríe y me saluda
mientras me muevo a sentarme en el sillón a la izquierda de su cama. En la pared de ese
lado se encuentra una gran ventana, entre ella y la calle una cortina semitransparente media,
evitando los constantes ojos.

De tanto estar en una pieza sola frente a la televisión en horas que se han vuelto
imperceptibles, de tan avanzada edad en lucidez pero inmovilidad, de tan grande vertiente
de memoria, mi abuela hacia la ventana con el tiempo comenzó a ver cosas extrañas. Detrás
del vidrio la realidad en la calle se escapaba del encierro sofocado de paredes. Allí su
imaginación u otra cosa comenzó a dispararse. Partió viendo unos animalitos en la copa de
los árboles, simpáticos monitos que jugaban durante la tarde, luego el condominio a lo lejos
se transformó en un buque y una casa del frente en agua de un gran lago. Ella me llamaba
durante las tardes para que viera con ella a los monos, me preguntaba si los veía bailando y
haciendo muecas, yo me esforzaba pero no los encontraba, al comienzo pensé que solo eran
manchas producto del notable deterioro de sus ojos, que lo borroso lo interpretaba y veía
animalitos, pero con el paso del tiempo, ella me contaba, los monitos se organizaron y
comenzaron a cobrar plata por sacarse fotos con un caballo de madera que se habían
conseguido. En ese momento supe que lo que ella veía de alguna manera existía más que un
mero desenfoque. Quizás como las brujas mi abuela sacrificó sus ojos para poder ver más
allá. Quizás tanto Chilevisión en la pantalla la volvió esquizofrénica, pero eso no era lo
importante, yo me admiraba de sus visiones, encantadoras y cotidianas, de una delicada
simpleza en la vida de quienes solo mi abuela podía percibir. Los monitos ingeniosos e
inquietos también se pusieron a vender limonada a las orillas del lago. La gente en los
buques a lo lejos saludaba alegre, a veces hasta la Juana les alzaba la mano. Ella me
contaba los monitos y como yo no podía verlos le preguntaba sobre lo que hacían, a veces
se balanceaban en los cables de la electricidad, una vez incluso vinieron de la
municipalidad a correrlos.

Un día en silla de ruedas saqué a mi abuela hasta el patio, allí en la mesa junto a las plantas
nos pusimos a hacer pan de huevo. Mientras amasaba la Juana miraba preocupada un punto
detrás de mi espalda, alza la geta y desafiante exclama que qué, qué quiere. Con el
escalofrío en la espalda recorriéndome en microsegundos me di vuelta al encuentro del
espectro. No había nada más que plantas. Le dije que no había nada más que plantas, pero
ella seguía viendo, le pregunté y me dijo que veía una mujer como de 55 años haciendo
muecas detrás mío, le dije que no estaba, que no había nadie, ella confió en mí, sin alarma
continuamos amasando, en secreto ella seguía sospechando, de vez en cuando la veía
mirando de vuelta y haciendo gestos de choreza.

Luego en su pieza durante los almuerzos de sábado con mi madre nos contó que a orillas
del lago en la ventana habían llegado un montón de niñas con trajes enteritos como de
bailarina, que parece que eran una academia de baile porque estaban todos los días
ensayando dos horas, y se subían a los árboles donde ahora los monos estaban tranquilos
para hacer sus increíbles piruetas y elongaciones. Ensayaban todos los días menos los
domingo, aunque el domingo pasado estuvieron un rato porque organizaron un almuerzo, y
llegaron señores con sombreros de copa y mujeres con vestidos elegantes y almorzaron
todos juntos y les convidaron puré de lentejas con chuletas a los monos que después se
fueron a andar en botes al lago mientras un niño en el pasto tocaba la guitarra. Ellos
bailaban y se reían, de vez en cuando también caían al agua, las bailarinas daban una
cariñosa demostración de su arte coordinado.

De entre esos almuerzos era el sábado en que nos encontramos. Yo en el sillón, mi abuela
acostada, el Locky entre las piernas y mi madre en la silla del otro lado. Tomaticán con
papas fritas y arroz. Entero weno. Terminamos de almorzar, levanto los platos y mi madre
se dispone para salir. Como no le queda otra manera de descansar, va al mall. Se sube a su
auto gris, pone música en un parlante portátil porque la radio la robaron y no vale la pena
gastar en otra, se pone gafas oscuras y acelera con cirujana precisión. Su carrera es
elegante, sus velocidades y miradas de concentración, todo ejecutado de exacta manera
correcta. Al entrar en el estacionamiento para sacar un ticket tiene que abrir la puerta
porque está mala la ventana y no vale la pena gastar en otra. En la superficie recorre las
vitrinas, los vestidos, los lápices, las jirafas, los muebles, los reflejos, los deseos y lo
grotesco, sus movimientos elegantes confluyen en un café cortado y un cigarro, una terraza
desde la que el resto se ve pasando.

Yo me quedo en la casa cuidando a mi abuela. Fumando marihuana. Frente a una ventana.


¿Qué mierda estaba pasando? ¿Tenía la baba en las plantas relación con los ruidos de
anoche? Evidente que sí. Evidente que algo raro estaba pasando. Estaba pasando porque los
signos estaban ahí, a la vista. Estaba pasando porque así lo nombré, y una vez nombrado el
misterio se inscribe real, lo real que se escapa, que se escapa por la hendidura de la puerta a
desvanecerse con la oscuridad. Están penando cuático en la casa pensé. Como los
fantasmas de los cazafantasmas pensé. Que dejan todo babeado con ectoplasma pensé. Qué
chucha.

Salgo con el Locky. Caminamos por las cuadras. Quiero distraerme del moco. Me acuerdo
del cuento que estaba escribiendo. En la otra esquina caminan un par de haitianos grandes y
fibrosos, con sus pieles negra de hermoso contraste con sus elegantes ropas. Puta que se
visten bien. Pero caminan incómodos, humildes, tímidamente mirando el suelo cuando
pasamos nosotros los weones. Escribir que me gustaría pedirles extendieran sus brazos en
el fluir de nuevos movimientos que nos encandilen y remezan nuestras pequeñas y
atrofiadas extremidades. Escribir que me gustaría decírselos, pero que me quedo callado
porque es más cómodo. Siempre el silencio es más cómodo. También creo que debería
incluir la visión de la cordillera, alta, lejana y blanca a lo lejos, omnipresente cima que
contemplo con el perro en la calle. Con las nubes rojizas atardeciendo, y la luna de día. La
luna de día. Mi padre me interrumpe por teléfono. Hola Felipito, cómo está, oiga necesitaba
que me hiciera un favor, que fuese a diez de julio y buscase un repuesto para la camioneta,
mire que por culpa de eso estamos paraos y no hemos podido subir a La Crucita. Yo ya
estoy aburrido de puro estar en Combarbalá. Yo necesito estar en los cerros, trabajando la
roca, extrayéndola, alcanzando la pureza del mineral, y sin ese repuesto no podemos subir a
la mina, así que por favor el lunes si puede pase a diez de julio a buscarlo. Yo le voy a
enviar los datos por whatsapp para que vaya y le deposito la plata. Son 20 lucas. Eso,
gracias. Y cómo le ha ido. Qué bueno. Chao. Sigo caminando. Suena Jorge Gonzalez.
Corre como el agua, corre como el agua, de la cordillera al mar. Corre como el agua,
corre como el agua, de la cordillera al mar. Y así te acabarán, y así te acabarán para
darnos luz. Y así te acabarán, y así te acabarán para darnos luz.

LA CRUCITA.

Me vuelvo a encontrar con el viejo qlo de a la vuelta de la esquina. Me saluda y me dice


cosas que no entiendo mientras se ríe. Yo río de vuelta y lo saludo caminando.

Volviendo a la casa me acuerdo del moco, de ese extraño moco en el patio. Su misterio me
ocupa el resto del día. La intriga no me permite atender lo que está pasando en el presente,
una visión borrosa se ocupa de mi mente. El moco fluyendo por las hojas, chorreando
pegajoso, desvaneciéndose con el agua. ¿Estaré yo también comenzando a ver weás?
Decido distraerme y lo hago matando zombies hasta tarde. Apago el computador, de frente
en la cama sueño con mi abuela muerta, la madre de mi padre. Estoy en su pieza, la
reconozco en los amarillos y grises, en los rincones oscuros y en la cama de fierro antiguo
de Combarbalá. Miro para el lado y la encuentro a ella, viva, apretando sus manos contra
mis brazos y gritando con su cuerpo que la acompañe. Yo comprendo que debo pasar con
ella lo que le queda de sufrimiento antes de morirse. Transpira y tensa su piel de dolor, yo
también siento la presión sudando. Nos quedamos los dos acostados de frente. El intenso
intercambio de nuestros ojos me comparte su agonía. Le aliviano la carga. Pero no es
suficiente. Se queja, la escucho quejarse y llorar y mirarme, y yo me quejo, lloro y la miro.
Las lágrimas que se derraman comienzan a acumularse, rápidamente ganan volumen
aliándose con el moco y el sudor. El líquido viscoso que se forma de la mezcla empapa toda
la cama, llega hasta el suelo, lo ocupa todo, inunda la pieza. Nosotros seguimos
produciéndolo con nuestra agonía que llena la pieza. Repentinamente mi abuela se separa
de mí. De su garganta se arrastra un descomunal grito agudo que le llena la mandíbula y se
la mueve en distintas formas. No sé qué más pasa en el sueño, de ahí el recuerdo se hace
muy difuso como para lograr contar algo. No despierto altiro y transpirando como en las
películas. Abro los ojos varias veces antes de decidirme a la vigilia. Ubico mis
coordenadas. Me acuerdo de donde estoy, de qué día es. Es domingo y estoy en mi pieza.
Veo la hora en el celu. 2 mensajes nuevos de mi padre en whatsapp. El nombre del repuesto
y una foto.

El Domingo se desarrolla tranquilamente. Es el día de descanso. Resuena mi papá


diciéndome lo que siempre me decía cuando hablábamos por teléfono. Que no anda ni un
alma en Combarbalá el Domingo, Felipe. Yo me siento en la plaza y miro alrededor y no
anda ni un alma. Con cuea un perro que me mira, cagao de frío. Y la luna brillante desde un
cielo negro. Pienso en su constante necesidad de hablar de sí mismo, aunque sea para decir
escenas insignificantes y reiteradas de su vida. En la noche me fumo unos pipazos paseando
con el Locky. Vuelvo y veo en youtube Rick y Morty. Ricky Martin. Un tipo
caricaturescamente musculoso, con jeans y polera blanca, cabeza chica y pelao, caminando
al lado de un flacucho de pitillos y polera rallada, grotescamente cabezón, narigón, orejón,
con la mano en los bolsillos. -Verga mano sendo coco donde estudias -ricanmortin. Y
después me dispongo a seguir mi cuento. Abro Word y escribo.
3

Mi madre se levanta temprano el lunes para llegar a su trabajo. Yo me quedo tirado,


profundamente dormido. Embotado y cansado de quedarme hasta las 4 am frente al PC. En
la otra habitación duermen el Locky y mi abuela. Mi madre se levanta temprano y
abandona la casa. Quedamos los reclusos, los incapaces, los postrados.

Cerca de las 11 am se escuchan ladridos en el patio. Reconozco la voz del Locky, está
preocupado.

Camino por el pasillo. A lo lejos, en el patio, veo al perro con cara de angustia, concentrado
en un punto fijo. Escucha mis pasos, me mira, y al reconocerme manifiesta alivio con suave
movimiento de cola. Se me acerca tímidamente. Yo continúo por el pasillo, salgo al patio
para ver a qué le estaba ladrando. Al ver, mi visión se perturba, mi rostro no sabe
reaccionar, mi cuerpo se congela de ansiedad. Ahora entiendo la extrañeza del perro. Esto
me supera, no voy a ocultarlo. Las palabras se tropiezan, mi mente tartamudea. No soy
capaz de decirlo bien, no sé cómo hacerlo, no sé cómo mantener la sutileza literaria;
Encontré un marciano tirao de guata en el patio.

Un marciano verde así, cien por ciento real así. Su piel era lisa y pegajosa, llena de
pequeños poros que se encontraban totalmente secos. Era un cuerpo de cráteres verdes, piel
tensada que daba forma a un ente como de dos metros, con piernas flacas, con manos
largas, con su poto redondo y su espalda curvada. Verde y cabezón, seco de poros irritados
reposaba en un rincón de mi patio. Al lado de la mesa, en las baldosas color rojizo había un
marciano tirao de guata, todo seco así, parecía muerto así.

Yo me paralicé completo. Con el avance de los segundos recobré paulatino control sobre mí
mismo al caxar que el marciano seguía tirado sin hacer nada. Empecé con el movimiento de
mis dedos a superar la inmovilidad. Leve y bruscamente sacudí mi cuerpo. Este baile es
como un arma de defensa personal contra la presión presente. Cerré fuerte los ojos y volví
a abrirlos. Cuando desperté, el marciano seguía ahí. Tirao en mi patio. Se me ponen los ojos
medios llorosos con tamaña visión. Es rara la extrañeza. Me acerco, y, al ver que no
reacciona, más me acerco. Me quedo mirando sus poros. Son como bocas resecas. O como
anos verdosos. Lo que veo es un cuerpo. Tiene piel y está como charqui.

-FFEEEEEEEELIIIIIIIIPEEE!!

Me sobresalta el grito de mi abuela

- FFEEEEEEEELIIIIIIIIPEEE!!

Puta que weá querrá ahora la vieja. No me atrevo a gritarle una respuesta, podría despertar
al marciano. Tampoco me atrevo a irme, darle la espalda y que desaparezca. No podría
volver a dormir tranquilo en mi vida. Pero tengo que hacer algo. Tengo que hacer algo.
Tengo que hacer algo. Corro a pasos largos por el pasillo hasta la pieza de mi abuela, ella
me mira y pregunta.

-¿Sentís el ladrido del perro? Anda a ver qué es, Felipe, pueden estar metiéndose al patio

-Si Juana, si allá estaba. Era un gato. Relájese.

Salgo de la pieza y voy corriendo al patio. La Juana me grita al verme salir apurado. Yo le
respondo rápido que tengo que ir a ver el sartén, que tengo puesto un huevo. Me urjo por
llegar al patio. El pasillo se hace interminable. El reflejo de las baldosas me encandila. Me
acerco al umbral del patio pensando que no va a haber nada, que todo fue parte de alguna
preocupante alucinación. La respiración se me agita, siento los ojos llorosos. Me deslumbra
el sol un microsegundo nervioso por ver al marciano. Cuando atravieso la puerta descubro
al Locky vigilando. Sigue igual. No sé qué chucha hacer. Qué mierda debería hacer. Ah
marciano culiao. Voy a buscar la pipa a mi pieza. Me pongo a fumar marihuana en el patio
mientras vigilo al weón ese. El Locky lame caca de pájaro. Yo inhalo el humo de la pipa.
Nos miramos. Le empieza a tiritar la mandíbula inferior. Siempre que lame caca de pájaro
le tirita la pera. Yo exhalo. En el patio, fumo marihuana mientras espero que el marciano
haga algo.

Unos cuarenta minutos después, estando los tres tirados en las baldosas rojizas, los poros
del marciano comienzan a excretar un líquido mucoso. El leve silencio que apenas logra
asomarse en nuestro rincón de Santiago se ve interrumpido por sonidos mojados que en
segundos cubren todo su cuerpo. Yo me paro al tiro entero urgío. La piel seca se llena de
color, se comienza a mover. Primeras señales de vida. El Locky comienza a gruñir. De a
poco el cuerpo verde empieza a erigirse, apoyándose en sus brazos y piernas se levanta. Se
para enfrente mío y lo quedo mirando de frente. Por segunda vez en el día me quedo
atónito. El Locky no ladra. La inseguridad es mayor. Veo el rostro del marciano. Sus ojos
extraños sin pupila, sus colores morados, pálidamente azules y ampliamente verdosos. En
todo su cuerpo los poros expulsan y absorben un líquido, su agua, su baba, la que había
manchado el otro día las plantas. De sus poros entra y sale el espeso líquido, circulando así
por su organismo. Su boca pegajosa se abre, expulsa un hedor extrañamente familiar. Gritos
agudos con el aire para adentro. Su boca se mueve tratando de articular sonidos. Trompetas
del infierno suena el marciano y me re cago de miedo. Mientras grita mueve sus manos y su
abdomen. De nuevo gotea moco a las plantas. Me extiende la mano y me mira fijamente.
La mueve, como invitándome a beber de ella. Me acerco, no sé por qué mierda lo hago.
Dirige su mano a mi rostro, el hedor me hace sentir asco y deseo. Abro la boca y salgo a su
encuentro con mi lengua. Le lamo los dedos húmedos. No sé por qué mierda lo hago.
Siento su aura de moco sin sabor. Hunde su dedo más largo en mi boca y eyacula
notoriamente. Yo me lo trago todo, no sé por qué mierda lo hago. Su espeso semen
intergaláctico se mueve en mi estómago. Lo siento vivo. Siento el líquido moverse dentro
de mí por mis conductos hasta mi columna vertebral. También lo siento transitar por mi
uretra, llegar a la punta del pico, humectar mi glande y devolverse, transitar por el
estómago y subir por el esófago. Mis ojos se nublan llenos de agua, siento un intenso dolor
que luego se extiende por el cerebro. No sé si había sentido realmente mi cerebro antes. No
contraerse así al menos. El agua termina saliendo por mis fosas nasales. De allí cae a la
palma de la mano extendida por el marciano. Sus poros la tragan y comienza a circular
junto con el resto del agua en su cuerpo.

Miro al marciano. Vuelve a abrir su boca y esta vez entiendo palabras. Me dice que el
universo es tan grande que incluso hablar de universo es poco. Habría más bien que hablar
de Multiverso. Sé de lo que está hablando. En los cómics de Marvel y DC plantean arto el
rollo de los multiversos. Infinitas posibilidades cumpliéndose en infinitos lugares de un
universo infinito. También en Rick and Morty juegan arto con eso. Y en “El jardín de
senderos que se bifurcan”, de Jorge Luis Borges. Me causa sospecha que lo primero que me
dice el marciano es un rollo sobre el lenguaje. Me habla con mis palabras. Me dice que los
universos conforman un tejido, un tejido vivo y carnoso, un organismo que respira y se
mantiene vivo. Me dice que los organismos están en perpetuo movimiento, que el perpetuo
movimiento es la clave de la vida, que el perpetuo movimiento depende de los líquidos,
que, así como por los animales circula la sangre y por las plantas la sabia, el gran
organismo conformado por el tejido de universos requiere en su interior del perpetuo
movimiento de líquidos precisos. Me dice que él, quien me habla, es representante del
líquido, y que el líquido unido es mucho mayor que todo lo existente en esta región, en este
universo. Me dice que el líquido se reparte y viaja por el multiverso, que la cantidad
necesaria en este planeta es super poca. Quien me habla es el líquido preciso. Me dice que
comprende lo limitada de la percepción humana, que nos entiende sometidos a nuestros
huesos y carnes, que por eso se presenta como un marciano, que eligió presentarse como
marciano porque encontró que tenían una fisiología parecida a la nuestra, que además esa
especie cultivaba también la expresividad literaria. Que esa peculiar afinidad decía mucho.
Supo que podría haber comunicación entre dos lejanas formas de vida, que por eso eligió
ese cuerpo, pa ver qué pasaba, y parece que tenía razón, porque yo le entendía todo, me
hablaba con mis palabras.

El líquido circulando por el marciano representaba al líquido circulando por el cuerpo que
forma el tejido de universos. Si el multiverso es un organismo, significa que hay más cosas
fuera de él… ¿o no?... ¿Qué hay fuera?... No lo sé, dijo el líquido a través del marciano.
Supo responder a una pregunta que aún no tenía tiempo de aparecer, que se formularía
tiempo después recién en la escritura. Yo había estado todo el rato en silencio, pero el igual
me respondió. No sé qué es lo que hay fuera del organismo, yo solo circulo para mantenerlo
en movimiento. A veces el tejido expulsa parte del líquido, otras veces se raja y sale
chorreando. Ese líquido reingresa al cuerpo luego de pasar por una serie desconocida de
procesos de transformación en el exterior. De aquella experiencia no guardamos memoria
ni entendimiento, nos es totalmente desconocida. El líquido que vuelve no es el mismo,
pero es el resultado de las transformaciones del anterior. Así funciona la vida, en el
perpetuo movimiento, en la circulación de sus líquidos. La muerte no se entiende, solo se
atraviesa. Vine porque acá el tejido está a punto de rajarse. Y si se raja artos universos van a
destruirse, todos ustedes morirán y yo saldré chorreando hacia afuera. La pérdida es natural,
pero lo vivo tiende a mantenerse, ese es su sentido. En esta versión de este planeta hay un
mineral específico necesario para evitar que el tejido se raje. Mi misión es extraerlo y
hacerlo circular por las venas cósmicas. He aterrizado en este patio porque pude sentir
cercana la presencia del mineral. He venido a buscarlo.

Toda esa información la siento vibrar en la punta de mi columna vertebral, de ahí sube
hasta mi cerebro palpitante que responde con un impulso eléctrico. Casi sin procesarlo me
salen las palabras:

-¿Qué hay fuera?

El misterio no se resuelve.

No recuerdo la forma que tuvo el marciano de expresarme todo eso. Mi cuerpo sudaba, se
desvanecía. De pronto, se alza la pierna derecha, los poros que en el suelo circulan baba se
despegan, el marciano da su primer paso por el patio. El Locky y yo retrocedemos. El
marciano ignora nuestros cuerpos, camina hacia la entrada del pasillo. Cuando avanza,
siento un sutil hormigueo en la punta de la columna vertebral que me da el morboso
impulso de seguirlo. Por el pasillo cada paso suyo deja rastros de baba hedionda, se apoya
con sus manos en las paredes, de los poros se desprende el moco que circula y deja todo
manchado por la chucha. Llega hasta mi pieza y entra. Detrás suyo, mis ojos se humedecen
y un par de gotas corren por las mejillas. De reojo miro en dirección hacia la pieza de mi
abuela, que por suerte está viendo La Jueza a todo volumen. En mi pieza el tacto del
marciano se dirige inexorable a una pequeña piedra encima del escritorio. Era una piedra de
La Crucita, recuerdo de mi padre. Sus músculos se contraen en un espasmo al lamerla con
los poros de sus manos. Esto es lo que necesito. Mi padre siempre me habló de lo especial
que era el mineral de La Crucita pero nunca le creí. Esta cantidad no es suficiente. Necesito
considerablemente más. Tú -me apunta con el dedo- debes guiarme a la fuente del mineral.
Chan. Imagen a negro. Créditos.

En capítulos anteriores: Esta cantidad no es suficiente. Necesito considerablemente más. Tú


-me apunta con el dedo- debes guiarme a la fuente del mineral.

Aparecen los créditos iniciales. Comienza el nuevo capítulo. Se ve marciano frente a


humano. Cambio de plano, el humano respira un par de veces y asiente nervioso. Lo hace
por miedo. Si. Yo te guiaré. Le sorprenden las palabras que salen de su boca. Cambio de
plano, el perro mirando desde afuera. Silencio unos momentos. Me acuerdo del repuesto. Si
vamos a sacar mineral a la mina, debería antes comprar el repuesto. Okey, me dice. Qué
chucha, me digo. Vamos a pasar por Diez de Julio a comprar el repuesto, luego iremos en
metro a la Estación Central, donde tomaremos el bus a Combarbalá. El viaje dura seis
horas. Cuando lleguemos a Combarbalá, iremos en camioneta junto a mi padre a la mina y
allí sacaremos el preciado mineral. Tendré que dejar sola a mi abuela hasta que llegue mi
madre. Ninguna de las dos sabrá de mí. Cuando esté en la carretera llamaré explicando que
me tuve que ir a Combarbalá, que no espero que lo entiendas pero necesito este tiempo con
urgencia. Mi madre llorará asustada al otro lado del teléfono. No se merece la angustia que
le estoy dando, pero la verdad sería incluso peor. Intentará llamar de nuevo pero no tendrá
éxito. Las pantallas dejarán de preocuparme.

Marciano, no entiendo ese cosquilleo en la columna que me sostiene, esa electricidad en los
músculos desde el centro líquido de mis vertebras que me mantiene. Marciano, tenemos
que ir a un local, tomar el metro y tomar un bus, pero a ti no deben verte, solo nos
estorbarán, peor, no nos dejarían ir, debes esconderte en mi maleta y hacerte el weón.
Necesito que te dobles en pliegues y que conserves todo el líquido dentro de tu cuerpo,
quieto. No sé por qué, con que descarada seguridad, pero sabía que el marciano podía hacer
todo eso, que estaba dispuesto. Cambio de plano, el marciano mirando en silencio,
moviendo sus pequeñas bocas vomitando. No dice nada, comienza a doblarse y reducir el
espacio que ocupa su cuerpo. Me asusté cuando comenzó a moverse, pero de ahí caché que
me había entendido, que por suerte estaba dispuesto a colaborar. La verdad es que no sé qué
mierda hubiese hecho si no, quizás entonces ni siquiera esa extraña vibración en mi
columna me hubiese mantenido en pie.

Le va mejor de lo que esperaba, el marciano se incorpora en la maleta e incluso deja


espacio para camisas, calzoncillos, y para el repuesto que tenemos que pasar a comprar.
Estamos daos pal el éxito, solo queda esperar un rato, una hora y media más, porque o si no
llegaríamos muy temprano al terminal y tendríamos que esperar allá, y ni cagando espero
allá con un marciano en la mochila.

Dejo al marciano guardado, extraño por mis venas confío en su inmovilidad.

COMIDA PA LA JUANA

Reviso marciano check


Salgo con el Locky a dar una vuelta para mantener la vida circulando. El cielo está extraño,
a pesar de que son como la una y media de la tarde ilumina super poco, se ven puras
sombras. El calor, sin embargo, sigue sofocante Caminamos por las cuadras mientras fumo
la mitad de un pito delgado. Buena mitad. Por ahí el Locky se encuentra con una simpática
perrita. El dueño es un niño como de ocho años que por su acento debe ser peruano. Los
perros interactúan, verlos me ayuda a respirar. El niño me mete conversa, recompongo mi
cara y echamos la talla sobre lo que hacen. Simpático el niño. Sigo caminando, tomándome
el tiempo en pensar el presente, las hojas, el viento, el Locky, porque cuando termine esta
vuelta…

Hablaba entero bien el pendejo culiao, pronunciaba todo muy cuidadosamente, elegía sus
palabras muy cuidadosamente, armaba oraciónes complejas muy cuidadosamente. Nada
que ver a un pendejo chileno. Se nota la importancia del lenguaje y su desvalorización en la
educación chilena voy pensando mientras caminamos a la vuelta de otra cuadra. Contento y
volao veo a lo lejos sentada en la oscuridad una sombra con un perro. Nos aproximamos
con calma, mi pulso comienza a normalizarse. Es una vieja. Afirma la correa que limita a
una perrita a la que le falta una pata de adelante. Dejo que el Locky se acerque
tranquilamente. La vieja me mete conversa mientras los perros interactúan. Me pregunta si
está cieguito. Yo le contesto pero no me escucha lo primero que digo, vuelvo a hablar y le
digo que está viejito ya, que por eso se está quedando ciego. Aaaah pucha. Y cuánto tiene
me pregunta. Le digo que trece. Me dice que así es la vida, que así es también para los
humanos. Y a esta le falta una patita me dice. Me cuenta que la recogió con seis meses, que
la habían atropellado y que tuvieron que operarla, que está bien y que le encanta caminar.
Me tiene sentada acá descansando de tanto que me hace caminar. Pero está bien. Así es la
vida para todos, pasan tantas cosas, uno sale y le pueden pasar mil cosas. A veces yo intento
hablar pero ella me interrumpe siempre para seguir su penosa reflexión. Cuando logro
hacerme un espacio le digo, todo volao y con un leve cosquilleo en la columna, que pese a
todo lo que pasa siempre se es posible seguir disfrutando, tal como lo demuestra esa perrita
de tres patas. Si, me dice. Pero contraataca. Yo no disfruté la vida, me dice. Y ahora estoy
sola, con esta perrita y con el de arriba que me cuida. Me tienen acá viviendo sola, sin
nadie, pero yo paseo a mi perrita. Acá estoy po. Trato de compartir con la señora alguna
reflexión que le ayude a sentirse mejor, pero al primer sonido que emito me interrumpe. Ya,
vamos, chao, nos vemos. Chao. Seguimos caminando en la misma dirección, cagaos de sed.
El Locky anda más lento en las últimas esquinas. Trato de pensar en las cosas que pasaron
en esta vuelta. Pienso en tratar de escribirlas para el cuento, pero ni cagando voy a poder
escribir porque está ese marciano culiao en mi casa. Conchetumadre por qué mierda hay un
marciano culiao weón, Locky qué chucha weón, qué mierda está pasando weón por la
conchetumadre que wea voy a hacer, qué mierda voy a hacer, weón ese marciano
conchetumadre, no , no, weón, qué mierda weón, no puedo weón no entiendo por la mierda
no quiero, aaaaaah, nooooo weón noooooo, aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah,
noooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhh

AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHHH
HCCCCCCCCCCCCCCCOOOOOOOONNNNNNNNCCCHHHHHHHHHHHHHEEEEE
EEEEETUMAAAAAAAAAAAAADDDDDDDDDDDDDREEEEEEEEEEEEEEEEEEE
EEEEEEEEEAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHH
HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH
HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH

Pienso en salir corriendo, pero sé que no lo haré. Esto es lo que se me ha entregado por
vida. Debo enfrentar su crudeza con valentía, por una vez que sea, basta de ser un maricón
cobarde, tuvo que venir la peor de las situaciones para dejar de ser un maricón cobarde.
Llegando a la casa trato de recomponerme para poder actuar con la precisión que es
requerida. A medida que nos acercamos, siento con más intensidad el cosquilleo en la punta
de mi columna, dejo de esforzarme pero mis pies siguen moviéndose.
5

Salgo con el marciano en la maleta. Le digo a mi abuela que tengo que ir a la universidad,
no hay problema en dejarla sola porque mi mamá está por llegar. Dejo atrás la casa con sus
pasillos y murallas manchadas de baba. Cruzada en mi hombro izquierdo cargo la maleta
con el marciano. Pesa lo que pesa cualquier maleta llena. A lo lejos edificios de
departamentos y cables y torres. Camino por las tranquilas cuadras de mi barrio en
dirección a comprar el repuesto en la calle Diez de Julio. Debo confesar que me gusta
mucho la novela Av. Diez de Julio Huamachuco de Nona Fernández, pero no es la razón
por la que incluyo tal calle en mi relato. Lo que pasa es que yo de verdad vivo cerca de allí,
por lo que es usual ese tipo de encargos de mi padre, no es que yo esté haciendo un
simpático juego literario, era verdad que tenía que pasar por esa calle con el marciano en la
maleta, así que me fui caminando por Portugal, por sus casas con viejas plácidas, sus
almacenes, parrilladas, callcenters, diseñadores hípsters, vagabundos durmiendo en
colchones al lado de la basura, baratas, gatos, dientes, humo, y autos, sobretodo autos,
incesante autos, penetrando autos, deslizando, y en mi brazo el peso de la maleta con un
marciano plegado.

Llego a Diez de Julio. Bajo el sospechoso cielo oscuro de ese día recorro la avenida repleta
de cafés con pierna y mecánicos viejos cochinos. De reojo me miro por el espejo negro
rodeado de tetas y grasa. El marciano ni se movía, yo entraba a tiendas llenas de
parachoques, tuercas y espejos retrovisores. Allí preguntaba por el repuesto. Me atendían
viejos con las manos engrasadas y posters de minas tetonas de fondo, me decían que no,
que ese repuesto puede que lo vendan en esa tienda de allá, o a dos cuadras más allá, o en el
local de a la vuelta. Llegué, lo pedí, lo pedí, lo pedí, lo pedí, lo pedí, lo pedí, lo pedí, lo
compré. Cuando abrí la maleta para echarlo, vi las camisas que tapaban al marciano
húmedas y pegajosas, se movían al ritmo de la respiración del bicho. Cómo pude ser tan
weón de poner mis camisitas ahí, fue un movimiento automático. Ahora ni cagando me las
pongo. Encima el repuesto, cierro el bolso y camino hacia Irarrazabal. En la esquina de
Vicuña Mackenna hay un Telepizza rodeado de vagabundos durmiendo, de viejos
apostando en el teletrack o comiéndose un completo de carro, chorreando la mayo hasta el
suelo frente al kiosko lleno de películas porno también atendido por un viejo cochino.

Al otro lado, en el suelo una boca gigante traga y vomita gente por las escaleras. En la
entrada del metro me topo de frente con una mujer de facciones redondas y abultado escote
remarcado de pezones. Sentí deseo y vergüenza por desviar la mirada tan automático. Bajé
las escaleras. Yo caminaba nervioso con el bolso, pero nadie parecía mirar a nadie. Sonidos,
luces y cemento, circuito subterráneo. Me acordé que no tenía saldo en la tarjeta. Puta la
weá, justo ahora que ando con un marciano culiao en el bolso tengo que hacer la fila culiá
pa cargar la cagá e tarjeta. Siento un hormigueo en mi brazo izquierdo, mis piernas
tiemblan queriendo desvanecerse, pero no weón, tranquilo weón, tengo que conservar la
calma para que todo no se vaya a la mierda, tranquilo weón, esa gota fría corriendo por tu
frente no la nota nadie, ese guardia gordo mira las piernas de las colegialas, esa vieja
pastera ya no es capaz ni de encontrar su reflejo, esa pareja se está sintiéndo los poros de la
lengua, ese otro weón de allá está atrapado en la electrónica, la mayoría va aturdido en su
celular, ese vago tirado a lo lejos, ese sí que te está mirando, nota tu ansiedad, la siente
mayor a la del resto, respira tu paranoia y tú lo ves mirándote por entre la persiana de gente,
te pesa su mirada, miras el bolso y te pones nervioso, quieres salir corriendo. Pero tranquilo
Felipe, solo es un vago, nadie escuchará sus palabras.

El cosquilleo ajeno a mi cuerpo que siento en mi columna me mantiene de pie. La fila


avanza y se carga la tarjeta. Llego hasta el andén y me paro con el resto de la gente a
esperar que pase el metro. Siento leves movimientos de mi carga. Miro para todos lados.
Parece que nadie cachó. El guarén que camina por los rieles desvía la atención. Del otro
lado del andén un pendejo le saca foto a la escena. Abajo el guarén, arriba la gente
mirándolos. Entre ellos, un guatón con lentes y guayabera que mira nervioso hacia su bolso,
su bolso deformándose como si algo vivo quisiese salir. Qué chucha llevaba dentro me
pregunté cada vez que vi esa foto. Después cagó la tarjeta de memoria. El pendejo con su
celular me queda mirando, pero justo llega el metro. Le achunto al lugar del andén en que
se va a abrir justo la puerta, me subo al vagón apurado. A paso largo entra rápido y se ubica
en un rincón, desde allí mira para todos lados y deja su maleta en el suelo. De ella se
desprende un ruido como un leve quejido. Se pone pálido, se hace el weón, pero se le nota
nervioso, algo raro lleva. La vieja que está al lado mío me mira extrañada. La distancia
entre las personas es reducida, pegado a mi espalda está el brazo de un oficinista, a un
costado apoyada la vieja, al otro lado una mujer de voluptuosas piernas, de gordas piernas
que me llaman y me gritan, que me atraen y me erectan. Yo miro indiferente mi reflejo
negro en las ventanas del metro que se adentra en la oscuridad. Siento la sangre avanzar
hacia mi pene. A unos metros unos pezones que se traslucen, junto al roce y la vibración,
aumentan mi erección. La maleta comienza a moverse sutilmente a medida que el carro
avanza por las estaciones. Cuidado con el cierre de puertas. El metalero del otro rincón
también comienza a mirar sospechando mientras mueve sus manos al ritmo de la canción
que está dejando la cagá en sus tímpanos. Un colombiano sentado en el suelo, dos
colegialas despreocupadas, el caballero arrugado y bien peinado en el asiento de la
izquierda. De a poco siento que todos comienzan a sospechar de mi maleta, la chica sport
que está junto a la ventana, se le notan unos labios vaginales que ya quisiera lamer, el viejo
pelao que está sentado, el loquito con camisa de futbol afirmado en el fierro, el rapero del
fondo, toda la gente en verdad, si está llena la weá. La electricidad en mi columna afirma
mi erección, no sé qué estoy haciendo, puras pésimas decisiones. El líquido sigue
circulando, el sudor baja por mi rostro al ritmo de una respiración tartamuda. Me miro en el
reflejo de las puertas, trato de perderme en esa vida espectral. Cuidado con el cierre de
puertas. Quedan cuatro estaciones para llegar, pero ya todos me miran con extrañeza y
hablan entre sí, los siento susurrar y mirarme, son cínicos, me desesperan. Yo los apunto
con mi tula dura. La maleta se mueve y de tanto en tanto gime. Ya todos la miran. Siento
mis ojos ardiendo en lágrimas y el hormigueo en mi brazo izquierdo. El metalero me
pregunta con tono justiciero que qué onda la maleta weón, que acaso tení un animal
encerrado adentro weón? Qué mierda te pasa weón, abre la maleta weón,

no,

ábrela, ábrela gritan otros enojados. Veo un par de celulares grabando la escena. Me, me,
métanse en sus weás trato de decir, no sé qué historia convincente podría inventar, se me
bloquean las palabras, la gente comienza a pifiar y gritarme cosas, quedan tres estaciones.
Parece que mi reflejo negro no vendrá en mi ayuda. Cuidado con el cierre de puertas. Si no
estuviesen grabando me masturbaría para distraerlos. El metalero se me acerca y me intenta
quitar la maleta, yo reacciono torpe y desesperado, la gente se preocupa, el metalero le pone
una mano encima, aunque yo no pienso ceder, en el forcejeo la erección eléctrica me
desestabiliza, la maleta cae lejos, al lado de un zorrón universitario que la abre. De
inmediato el marciano sale disparado, de inmediato en el aire grita y despliega su cuerpo
erecto. Por un segundo nadie es capaz de reaccionar a su aullido largo y para todos. Una
niña estalla en llanto y todos despiertan, gritan, corren, tiran el freno de emergencia para
que el metro se quede detenido en la estación a la que estamos llegando. Se me achica la
tula. La gente desesperada se agolpa en las entradas esperando que el metro llegue a la
estación. Alguien me mira con odio y me exige explicaciones, yo siento el roce del bóxer en
mi pene flácido, el marciano lo mira y le apunta con el dedo, la persona se orina y cae de
rodillas. La chica sport llora en un rincón, trata de asistir a la vieja que ha perdido el
conocimiento. Se abren las puertas, salen, suben, se escapan, guardias se aproximan para
entender lo que está pasando, otros se tropiezan o se desmayan, una chica se queda viendo
al marciano y empieza a jadear nerviosamente, tiene un ataque de pánico, otro tiene
epilepsia, está moviéndose sin control, se muerde la lengua y le corre la sangre, yo miro
nervioso pero no tengo tiempo para ayudarlos, me ocupan problemas mayores; el marciano
al lado mío, el guardia ese que mira con intención de hacerse el héroe.

Tomo la maleta y estrecho mi mano con la humedad del marciano, siento un cosquilleo en
la palma de su palma, su contacto mucoso me da asco, sus poros me lamen con incómoda
confianza mientras lo arrastro y lo guío corriendo. La gente me ve avanzar con el marciano
y no se atreven a intervenir, escapan, o miran como amenazando defenderse, nosotros los
ignoramos y llegamos a la salida. Eso fue fácil. Nadie tiende a reaccionar, nos abrimos paso
por las escaleras. Afuera, de vuelta en la superficie, las viejas seguían sentadas, los cabros
seguían andando. Por los gritos están advertidos de que algo pasa en el metro. Nos miran y
se impactan, con el marciano seguí indiferente, me apuré lo más que pude, no les dimos
tiempo para reaccionar y ya nos metimos por unas pequeñas enredadas chicas calles.
Rápidamente encontramos un callejón vacío, eso fue fácil. Respiro. En el centro líquido de
mi columna algo me mantiene. Mientras me calmo se vuelve a meter el marciano en la
maleta. Me paro y la vuelvo a cargar, miro la hora, camino por otras cuadras, me alejo del
metro, me pierdo en la gente y por el camino largo llego hasta Estación Central, eso fue
fácil.
Camino apurado porque igual estamos justos en la hora. Mi reflejo recorre las vitrinas de
las tiendas comerciales, el fluido de gente se hace eternamente lento, mis dedos no paran de
moverse nerviosos. Una abuelita no se atreve a subir las escaleras mecánicas, es que me
voy pa’tras me tropiezo y me caigo. Arriba, donde están los buses, compro a doce lucas un
boleto a Combarbalá. Quedaban tres asientos disponibles, elijo el de más atrás. Mis piernas
tensas de caminar rápido llegan hasta el bus estacionado, hasta el momento todo va bien y
el marciano parece haber entendido que tenía que quedarse quieto. El asistente del bus,
peinado con gel y con un manos libre en la oreja derecha, me ofrece la mano para dejar la
maleta en el maletero. Sin darme cuenta extiendo mis brazos, cuando me la quita me
acuerdo de su contenido. Me urjo un poco pero ya es demasiado tarde, a esta altura tengo
nervios de acero. Cuando el asistente deja al marciano en el maletero, este no reacciona,
parece que entendió la weá. Respiro profundo. Trato de tranquilizarme, miro a la gente
hacia lo lejos, el helado que le chorrea a la vieja guatona y el cielo lleno de cables, eso fue
fácil. Pienso en el viaje que estoy a punto de hacer.

Antes de subir paso al kiosquito del terminal, me compro un jugo y unas galletas pa
inyectarme azúcar. El asistente cerrando el maletero me queda mirando fijo, me urjo, debe
habernos descubierto. Evado la mirada y me dirijo al bus, trato de apurarme para no
topármelo. Arriba, con toda la gente a bordo, la atmósfera se siente pesadísima. Calor y olor
a pan con chancho, sudor y pendejos gritando me reciben. Yo me instalo en mi asiento del
final, al lado del baño y de un guatón de como doscientos kilos, por la chucha. Me siento
incómodo, el brazo derecho me queda colgando para evitar perderlo en la guata vecina. Al
menos tengo ventana. Antes de partir se sube una vieja vestida de rojo con el logo de coca
cola vendiendo diarios, yo le compro el condorito por puro wear. Son seis horas y tengo un
marciano en la maleta, voy a tener que ocupar todos los medios a mi favor para distraerme
o será una tortura.

Si, pero Condorito…

También como galletas y escucho música. Miro por la ventana a la estación de cemento.
Mierda mierda mierda mierda mierda mierda mierda. Para distraerme pienso en el cuento
que he estado escribiendo. Me acuerdo de una vez en que paseaba con el Locky como
siempre, por la calle del frente pasaba un cabro como de quince años también con un
perrito. Yo iba entero tranqui caminando volao cuando lo vi, mientras su perro meaba el
movía su mano izquierda de manera impulsiva y nerviosa, como un escalofrío constante
que del brazo invadía su cuerpo y su rostro. De un lado para otro movía su brazo y su
cuerpo sin control. Sufridas muecas nerviosas en un frenético movimiento constante. Tras
un par de segundos mi mirada coincidió con la suya mientras se pegaba en la frente, al
verme mirando recuperó control de su cuerpo con vergüenza, dejó de moverse frenético e
irguió su columna, como vi que le incomodaba no hice ningún gesto, me hice el weón y
seguí caminando no más. El soltó una risa nerviosa que antecedió el relajo, luego de eso
siguió caminando con su perrito. No sé por qué me acordé de eso, pienso incluirlo en mi
cuento. Se pretende el motor del bus.

En la ventana se aparecen calles sucias, veo viejos escupiendo a perros quiltros meando y
meando edificios corroídos de tanto meando. Al poco de andar el bus toma la autopista para
desatarse de los nudos que forman Santiago, y allí, a lo lejos, se ven los bloques de
departamento, los precarios campamentos, y las ultrasofisticadas empresas que bordean la
ciudad. A mi lado, rebalsando su asiento, el gordo habla fuerte por teléfono. Comienzo a
sentir calor incómodo en el humedecer de mis axilas. Nos vamos alejando de Santiago y
paulatinamente voy sintiendo caleta de sueño. Siempre me pasa lo mismo, al rato de sentir
el vibrar de las ruedas el sueño me inunda, es como un mecanismo de defensa desarrollado
tras años derramando vomito por las carreteras. El auxiliar comienza a avanzar por el
pasillo pidiendo los boletos, tengo que esperar entregarle el mío para poder quedarme
dormido. En la ventana comienzan a verse grandes campos y vacas recorriéndolos, también
se ven torres de alta tensión y una vieja caminando con dos bolsas grandes. En mis rodillas
me mira Condorito con su cara picarona. El guatón corta la llamada, se rasca una tetilla y
saca un paquete de galletas bañadas en chocolate. Se echa un par a la boca, extiende el
envase y me ofrece. No pierdo la oportunidad de agarrarle el paquete y saborear sus
galletas. Ahí me cayó bien el guatón, si claramente yo también soy un cerdo. El sueño me
espera ansioso y yo quiero entregarme a sus brazos. Por fin el auxiliar llega hasta mi
asiento y le entrego el pasaje. Estando listo no pierdo el tiempo, me inclino leve hacia la
ventana y cierro los ojos.

Sentado en el antepenúltimo asiento de la micro, seguro de que aún me quedaba una larga
trayectoria, me puse a dormir. En el sueño estaba acostado en mi cama. Mi pieza oscura,
todo normal. De pronto las paredes se volvieron carne, estaban vivas, respiraban y sudaban
y sangraban. Yo contemplaba absorto, cagao de miedo, inmóvil. La carne palpitaba y
chorreaba sangre. No podía mover mi cuerpo, me salpicaba al rostro y no podía reaccionar.
Veo guaguas muertas que comienzan a trepar hacia mi cabeza girando sus cráneos como la
pendeja del exorcista y yo no podiendo mover mi cuerpo. Se acercaban a mí, flotando,
gritando, bailando frente a mi hielo. Me esforcé todo lo que pude en moverme y cuando
sentí el tirón me desperté. Estaba en la micro. En la ventana la calle me parecía familiar. En
el pasillo dos weones con camiseta de clubes deportivos se dirigían directo hacia mí. Entre
el movimiento de los shorts del primero se traslucía una larga y flácida tula. Estaba muy
rico con su bronceado y sus pelos negros. El otro llevaba amenazante un cuchillo con el que
me apuntaba directo mientras sonreía. Venían a asaltarme. Me querían dejar en pelota. Me
arranqué por atrás. Me bajé de la micro que siguió indiferente, respiré del impulso y la
caída bajo el sol encontré la carretera al lado de una población abandonada. Caminé por los
grandes bloques vacíos. Ni un alma. Debía estar soñando aún. Tomo conciencia y despierto.
Estoy en mi pieza oscura de nuevo no puedo moverme. A esta altura sé bien que es una
parálisis del sueño, a pura voluntad logro mover mi cuello. Siento cómo mi cabeza se estira
con el movimiento, el esfuerzo la hace crecer sobrenaturalmente y volverse una masa
amorfa. Con mi cuello gigante doblado como una masa cruda veo el suelo profundamente
oscuro interrumpido por dos cucarachas enormes, rostros y tenazas punzantes dirigiéndose
hacia mí. Yo sabía que estaba soñando así que no tuve vacilación en matarlas. Las reventé
fuerte y su crujido hizo cosquillas en la planta de mi pie. El asco o el remordimiento no me
detenían porque sabía que estaba soñando. Mantengo control. Logré ponerme de pie.
Decidido fui caminando hacia el pasillo. Cada paso suponía un esfuerzo extraordinario para
mis tensados músculos. Allí la oscuridad se tragaba la casa pero no me importó. Caminé y
me adentré en el vacío profundo. Cuando comencé a dejar de sentir desperté. Miré la
ventana y me reconocí en el bus con el guatón a mi lado. Me acordé que de pronto me
estaba yendo a Combarbalá. Despierto la realidad me parecía tan evidente. Del bolsillo
saqué mi celular, abrí la cámara frontal y me miré fijo. Tomé jugo y me miré fijo. Acerqué
mi rostro a la pantalla y me miré fijo. Mis pupilas. Mi piel. Mi rostro. Fijo.

(Hace tiempo no me pasaba. Hubo años en que tenía caleta de parálisis del sueño. Qué raro
estar contando esto por acá. Uno de cada tres días los sufría, y a veces más. Me despertaba
por la opresión contra mi cuerpo. No podía moverme. En momentos así, y ya acostumbrado
a la situación, recordaba la escena de Kill Bill en que la protagonista sale de un largo coma
e intenta recuperar el movimiento de su cuerpo atrofiado. En tal escena se queda mirando
fijo el dedo gordo de su pie paralizado, se concentra y le hace empeño hasta que logra
moverlo. Siempre me acuerdo y me inspira a mover mi dedo gordo. Trato de mover mis
articulaciones con violencia para así despertarme. Al cabo de unos cinco minutos
intentándolo ya logro mover un par. Trato de tensarme, trato de vencer la opresión que me
inmoviliza. Trato de ganar impulso, trato de manifestar cualquier tipo de fuerza que pueda
realizar con mi cuerpo. Quiero gritar pero no puedo. Ni siquiera las cuerdas vocales pueden
vibrar por mí. Trato de mover mi cuerpo para que de a poco mis partes se vayan
despertando. Se vayan articulando. Tres minutos más y ya logro tener movimientos notorios
y deformes, grito de auxilio monstruoso que no logra ser sonido. En unos quince minutos
termina un trance eterno. Despierto y vuelvo a ser. Respiro profundo disfrutando la
facilidad con que lo hago. Muevo mis piernas un poco. Me levanto a mear al baño. Tomo
agua. Me miro en el espejo. Me siento super impecable. Me siento lleno de energía. No
entiendo cómo chucha pude descansar tanto en tan poco tiempo de horrible experiencia.
Pero me siento bien. Me acuesto alegre de que son como las 3:45 am (siempre son como las
3:45 am) y aún quedan horas de sueño. Y después de la parálisis siempre se vienen sueños
bonitos. Rico descanso. Qué raros son los sueños).

En el bus despierto en posición incómoda, las piernas pidiendo estirarse y el sudor


avanzando por la espalda. Sigo durmiendo de manera intermitente y voy desarrollando
dolor de cuello ante una imposibilidad de encontrar buena posición. Miro el pasillo del bus,
en sus costados algunas viejas duermen con la baba colgando, pendejos no paran de ver
españoles hablando weás en celulares, dispositivos, metales grises, vidrio iluminado. Una
chica de pelo rosado mira por la ventana y soy capaz de apreciar su reflejo melancólico
moviéndose al ritmo del k-pop en su pantalla. Para descansar de los sueños me pongo a leer
Condorito. Antes de terminar una página me vuelvo a quedar dormido. Despierto y avanzo
a la otra página, leo pero no soy capaz de seguir despierto. Así de intermitente avanzo cinco
páginas. De microsueños cada vez despierto como del fondo del agua, jadeando aliviado
por no haber seguido hundiéndome. Cuando despierto todo está oscuro, de las ventanas
solo se transmite lo negro y las breves luces de neón, estamos atravesando el túnel El
Melón1.

Mi reflejo que surge de la oscuridad en el vidrio me interroga. Qué oculta tu mirada seca,
tus parpados y tu boca; antes de formular la pregunta sé que un marciano es la respuesta.
De espacios desconocidos en el organismo multiversal, unos líquidos viajaron hasta mi
patio para pedirme que los llevase hasta La Crucita. De los yo más gordos, flacos, largos,
verdes, metaleros, hechos de paja, de lentejas, de colmenas inteligentes de avispas, de
pequeñas rayas que se van formando en templos abandonados por una civilización hace
millones de años perdida, de todas las versiones de yo que existen en las distintas versiones
de la Tierra, de todas las posibilidades del multiverso justo me vino a tocar a mí por la
conchetumadre atravesar por todo este martirio, toda esta desestabilización de mi existencia
que me deja pal pico, cómo chucha ahora vivo yo con la weá weón, si eso es lo que me da
rabia po weón, y después dirán que tuve un brote psicótico, esquizofrenia o alguna otra
weá, si patologizar solo es weá de voluntad, y ellos sí que tendrán voluntad frente al miedo,
1 Me salió verso sin esfuerzo
miedo a la perturbada mirada que les extiendo con el dolor de la irreversible contaminación
de mi columna vertebral.

¿Y si no soy el único? ¿Y si esta no es la única versión de la Tierra en que están extrayendo


el mineral?, ¿Y si miles de versiones de yo han estado siendo esclavizadas por una extraña
fuerza alienígena capaz de moverse a voluntad para explotarme? ¿Cómo puedo saberlo? No
debería tragarme todo lo que me dice un monstruo baboso. Quizás ni siquiera es un líquido,
quizás solo sea un marciano contrabandista que cambia el mineral por repuestos para el
baño de su nave. Quizás sea el espía de una belicosa civilización de Andrómeda dispuesta a
utilizar la Tierra como puesto de avanzada en una milenaria guerra interplanetaria. O
interdimensional. Quizá me vino a culear. Hasta ahora me lo había tragado todo muy fácil.
El misterio no se resuelve. Aquí, sentado con las piernas apretadas y el cuello adolorido,
pienso en el marciano que está en mi maleta. Pienso en la peste que estoy llevando a
Combarbalá. Afuera, tras la ventana, en los muros del túnel hilos de luz cada vez más
intensos anuncian la salida. La luz va ganando intensidad, lo cubre todo y por un segundo el
destello nos enceguece.

Cuando los ojos se acostumbran afuera del túnel unos intrépidos bosques saludan la
velocidad, detrás de estos se aparece el mar, el mar, el mar, brillar, olita, diamante líquido,
el mar, brillar. El cielo acá está despejado, compruebo que es de día, celeste, tenue, arriba,
el mar. Y en la maleta un perverso líquido extraterrestre agitándose, hirviendo de deseo de
salpicar, contaminar el mar, qué mierda estoy haciendo.

Como no tengo de otra tras respirar frente al miedo y la ansiedad determino ponerme a
escuchar música e intentar volver a quedarme dormido. Mi pierna incómoda tirita sin poder
evitarlo, mi cuello que duele pal lado, y el guatón ocupando de más espacio, pa irme a la
segura pongo el disco Kid A al toque, tratando de guiarme con su primera canción a un
estado de menor pulsación, pero mi pierna sigue moviéndose, me inclino en cualquier
posición incómoda y cierro los párpados, es difícil mantener cerrados los parpados estando
tan despierto, como que te tiritan con ganas de abrirse, y seguí escuchando el disco, y
viendo reflejos por la ventana, y de a poco el presente se te hace llano, de penumbras pero
llano.
De pronto un recuerdo. Ausencia. Abrazo resentido al vacío. En la yema de los dedos se
toca un silencio. No se entiende bien todo. Vuelvo a mirar por la ventana y ya se aparece de
frente una ciudad llamada Los Vilos. Nadie sabe lo que allí se me esconde.

Ingresamos en la ciudad, vi viejos ordinarios, un perro embarrado, dos cibercafé,


semáforos, muelles, el culo gigante de una rubia trasluciendo su monumental zanja,
pezones bailando, un viejo en bici-moto, la estación de buses, allí el guatón se baja, sale
hacia afuera como una espinilla reventada, en mi espacio todo respira aliviado, me estiro,
sigo viendo por la ventana, grifos, cables mal cortados del tendido eléctrico, borrachos de
cuerpo destruido vomitándose en el suelo, un culo en bikini perfecto, un cartel que dice
Lord Wilow, a una vieja que se sube le compro una empanada frita de queso chorreando y
sigo viendo plantas, calles, computadores, celulares, tetas, una rueda gigante, cabañas, la
carretera.

Siguiendo por la carretera comienza a atardecerse. Con la música en mis orejas y el nuevo
espacio ganado vuelve a mi el deseo de sueño. Despierto en Angostura, en el desvío de la
carretera por el que se llega a Combarbalá. Allí hay un peaje. Tras pasarlo el bus se mete
por entre los cerros, cafés, llenos de piedras y de cactus, de arbustos y de tierra, de pájaros y
lagartijas y madrigueras secretas, rocas imponentes de cimas majestuosas, rodeadas por una
carretera zigzagueante siendo atravesada por el bus. El sol cayendo sin duda, al poco de
andar desaparecido. Por entre las curvas y sus barrancos en las laderas de cerros el día
terminó en total oscuridad. Afuera penumbras que desaparecieron tras minutos, total
oscuridad salvo las ocasionales luces de otros vehículos. Total oscuridad. Solo carretera.
Cuando yo era chico este camino era de tierra. Y eso fue hace poco.

Recuerdo una historia contada por mi padre. Tenía quince años y estaba estudiando en un
internado de Santiago. Un día se cancelan las clases por corte de cañerías. Mi padre siente
la necesidad, el impulso, la pasión por ir a los cerros, escapar de Santiago y volver a la
mina junto a su padre, mi abuelo, que en ese momento se sabía arriba en La Crucita
trabajando la roca. Mi padre se escapa de la casa de su tío en la Gran Avenida, toma el bus
y sin avisar emprende viaje hacia la mina, pasando por Combarbalá. Siente el impulso de
ayudar a su padre, de cumplir con su destino, de extraer el mineral y ser así parte de una
gran tradición cósmica que no se conoce pero se presiente.
Tras el viaje en bus que en esos caminos de tierra más se demoraba, salí de Combarbalá
hasta una hacienda en la que mi padre era respetado. Para poder internalizarse en los cerros
indómitos de la cordillera sin camino por donde estaba La Crucita se necesitaba de una
mula, allí la conseguí. Costó arto pillarla eso sí. Partí en la mula por el valle y las piedras,
cactus, maleza y cabras acompañaron mi travesía. En laderas de cerros se me fue yendo el
día, de a poco y al paso de mula se fue posando el sol. La sombra avanzaba por la tierra
cubriéndolo todo de oscuro. En el cielo negro las estrellas no aparecían, solo penumbras
desconocidas. Sin darme cuenta estaba atrapado a oscuras entre las montañas, no veía ni
una weá, Felipe, ni un hilito de luz que pudiese guiarme, ni una palidez de manos que
recordara mi condición, estaba totalmente perdido, gancho. Avanzando unos metros a
ciegas recordé un consejo que mi padre me había dicho; gancho, me decía él, si a usted lo
pilla la noche estando entre los cerros, tiene que hacer andar la mula y ella solita solita va a
encontrar camino. Como no me quedaba de otra, Felipe, seguí su consejo y dejé que la
mula andase. Entremedio de mis piernas su cuerpo se movía tímido, sus cortos pasos se
fundían con mi respiración en el único ruido de la noche. Tal movimiento era lo único que
me salvaba de perderme, de ser una conciencia flotando en el vacío desconocido, perdido
por siempre en la nada.

De pronto la mula deja de moverse, a unos metros se ve luz saliendo de una ventana. Es una
pequeña cabaña de piedra de la que sale un viejo de como dos metros, con una barba de
este porte, y con su rifle preguntando que quién es y qué quiere. Yo me bajo de la mula
salvadora y le digo que mi nombre es Marcelo Pizarro, estoy perdido, me pilló la noche,
venía a ver a mi padre que trabaja en La Crucita. ¿Usted es hijo de don Hugo Pizarro?,
pase, pase altiro.

Dentro de su cabaña estaba toda la familia, su esposa y sus seis hijas, alrededor de un
bracero en que se calentaba una olla con sopa. Era una fotografía tremenda Felipe, así como
un cuadro precioso y honesto, humilde y poderoso, te juro Felipe, qué ganas de haber
tenido una cámara. La madre nos sirvió sopa a todos, estaba super rica y aliñada. Después
de comer, el patriarca sale de la casa y me indica acompañarlo. Sin saber cómo reaccionar
lo sigo, me lleva hacia el establo, de entre la paja me prepara una cama; UNA PALABRA,
todavía me acuerdo que así le decía el viejo a la cama de paja que hizo, me llamó la
atención.

Allí dormí, y a la mañana siguiente partí. Me despertó un chiflido a primera hora, el viejo
tenía lista la mula, se me aproximó y me indicó la dirección que debía seguir. Mientras me
alejaba sentí húmedo el sabor de la mañana, de entre las nubes y las cabras fui llegando a
La Crucita. Subí por el cerro conocido y allí, en un costado, estaba la mina y sus
trabajadores. TRABAJADORES. Pregunto por mi padre Pregunto por mi padre y me dicen
que está cazando una codorniz. Que anoche había dicho que hoy llegaba usted, y que por
eso iba a a cazar algo para esperarlo. Hugo

Mira el viejo, Felipe, te dai cuenta. No había manera de saber que yo iba para allá e igual el
sabía, sin comunicación ni nada sabía, lo había dicho y me estaba esperando.

Eso me contó mi padre.

CANELA casas evangelicos niña camino espacio exterior CUESTA DE LA VIUDA


COMBARBALÁ
7

Del aire suspendido mi pie baja y toca Combarbalá. Afuera en la calle angosta donde está la
casa pintada de verde fosforescente que hace de terminal, algunas personas me miran
descender del bus esperando encontrarse el rostro de alguien conocido, al no reconocerlo
desvían rápido sus pupilas y yo las mías. Veo que el auxiliar abre el maletero del bus y trato
de ser el primero en sacar equipaje, pero camininando se me cruzan un viejo y una vieja,
ellos mantienen ocupado al auxiliar sacando sus dos maletas pesadas, y un saco de esos de
plástico tejido lleno de cosas, y una caja grande embalada con scotch, al lado de la cual veo
un bolso maldito, el más que haya cargado, esperando que de allí, un poco a oscuras, nada
se moviera en esta operación. Nervioso veo mi bolso, en mi boca la uña y el cuero de mi
dedo que me saco, a veces me da la impresión de que las formas del marciano comienzan a
later un poco, necesito sacar la maleta rápido, por la chucha, pero estos viejos culiaos, en
mi dedo chorrea sangre de la carne que me saco con los dientes, espero mi turno y le pido al
auxiliar mi maleta, le entrego el papel comprobante, la recibo indiferente, con máxima
naturalidad me volteo a caminar por entre la gente esperando también sacar sus maletas, los
dejo atrás con movimientos como dueños de la calle.

Al frente mío está la plaza.

Al frente mío está la plaza. Pero la plaza cerrada.

Plaza plaza cerrada

un leve chillido de mi bolso me deja pal pico, sigo caminando haciéndome el weón con la
cara más indiferente posible, pero nadie parece escuchar, todos siguen esperando su turno
mientras yo camino, me encuentro con que la plaza de armas, el corazón de la ciudad, está
todo cerrado con tela negra en alambres por estar en remodelación, camino por

borde plaza

Iglesia

SONIDO DEL RÍO

Mientras cruzo la calle de entre la Iglesia y el kiosko donde varias personas consumen
helados, un sonido fuerte emerge de mi bolso, cagué pienso, de mi mano la carga se suelta
y cae al suelo, de adentro el marciano se mueve, de sus músculos vuelve a circular todo el
líquido por dentro y sale chorreando con su cuerpo desde el bolso, el marciano baboso
emerge de nuevo, el mal extendiéndose libre y caprichoso contagio que traje, mi corazón
me pega constante y fuerte, la respiración se me corta seca y ahogada, los ojos
desenfocados moviéndose al ritmo de leves convulsiones en el rostro, en el brazo, en el
torso, con sudor en mi frente miro hacia adelante tras el marciano, en el kiosko espero ver
gente horrorizada y gritando, pero no, todos siguen consumiendo indiferentes sus helados,
qué conchetumadre estaba pasando, más cara de extrañeza, el marciano chillando, en la
iglesia el cura vestido con su media guata saluda a unas viejas feligreses, al fondo unos
niños jalados jugando fichas en el taca-taca, en la pared unos viejos fumando parados, yo
de frente mirando sudando con los ojos bien abiertos y las cejas de extrañeza, la respiración
de foca y la boca de tartamudear nada, el marciano acomodándose en la superficie bajo la
luz amarilla de un foco, dándose el tiempo de probar la tierra con sus poros, saboreándola y
escupiéndola. Ninguna reacción. Todos actuaban como si todo transcurriese de lo más
normal. Y eso era lo más terriblemente extraño. Todos seguían gastando, quemando,
comiendo, consumiendo. De pronto en la otra cuadra a lo lejos pasa una vieja jorobada que
camina toda doblada y tuerta, me queda mirando fijo y al marciano, rápido abre su boca de
pocos dientes y trata de espantarnos, de insultarnos de maneras ininteligibles, ella es la
única que reacciona, que sabe lo que está aquí, la vieja tuerta y arrugada, su ojo con una
tela blanca y desorbitado, con el cuello mirando la acera y su joroba doblándola entera,
apenas de pie gritaba con horror y furia, no sabía como reaccionar, pero me llegó la
información de que debía seguir, seguir caminando, comandado por la columna, guiando al
marciano y mi maleta con el repuesto por la calle hasta mi casa. Como vio que me alejaba,
la vieja loca descansó de gritar su lucidez. Entre la gente del kiosko un par de amigas me
reconocieron, me llamaron y se pararon a saludarme. Ellas me sonreían a los ojos
pareciendo ignorar mi agitación y mi pánico, las gotas, pero sobre todo pareciendo ignorar
al marciano de dos metros, verde, cabezón con sus ojos saltones, chorreando una baba con
consciencia propia, cósmica, multiversal, entre poros pegajosos y electricidades de
columna. Qué conchetumadre estaba pasando. Seguí caminando con el marciano, me alejé
de la gente agitado, cachando huevo,

SONIDO DEL RÍO


Creo que no
Domingo. Combarbalá. Ni un alma. Con el marciano y uno de mis primos fuimos a
comprar marihuana en la noche. Músculos tensos y vapor de respiración. Chucha, el frío
me va a transformar en Stephen Hawking. Jaja si, la cagó.

El marciano arrastraba su organismo. Los poros de sus pies verdes chupaban el suelo, se
movían y hacían circular líquido entre el exterior y su cuerpo. Todos pegajosos y húmedos
los pies se contraían ante algunas rocas, algunas colillas, algunas plantas. Cualquier cosa
que aparecía en el camino podía sorprender su tacto y excitarlo notoriamente. Agua sexual
sonaba con cada una de sus pisadas.

Cuando me acompañó a sacar cinco lucas en el cajero automático del pueblo comenzó a
frotar notoriamente sus pies sobre el cemento. Fue donde más líquido eyaculó. Yo me
concentraba en sacar la plata. Yo me concentraba en acordarme de la contraseña y apretar
los botones. Mientras esperaba que saliera el billetón miré el reflejo de un vidrio. Me vi la
espalda encorvada. Vi al marciano verde al lado mío. Vi a un perro lamiendo en la calle la
estela de moco.

Caminamos. Calles ampliamente deshabitadas. El recuerdo de mi padre hablando. Usted


sabe gancho que acá en Combarbalá los domingos son días muertos. No anda ni un alma
por las calles. Hasta el movimiento del sol resulta inquietantemente tranquilo cuando se va
posando entre los titanes montañosos. A lo lejos, a lo alto de la cordillera, los últimos rayos
se reflejan rojizos en la roca. El color arrebol (¿es un color un color? ¿O es otra cosa?), el
silencio mortuorio, el aire seco y frío. Los domingos no traen buenos anuncios. El miedo
hace de todas las experiencias signo de muerte. Es mejor quedarse acostadito y a la chucha
no más.

Dos perros negros se nos quedan mirando de lejos. Vemos la puerta corroída en azul.
Golpeo. Abre un amigo en pijama, nos saluda y lo saludamos. Nos hace algún comentario
buena onda. Sacamos las cinco lucas. Saca el cucurucho de papel, nos muestra la hierba. Es
chilena, pero igual está buena. Si, bkn, acá está la plata. Cierra la puerta. Nos vamos con la
marihuana en el bolsillo. El silencio me inquieta. Ningún comentario sobre el marciano al
lado nuestro, ningún gesto, ninguna mirada.
Llegamos al río. Su sonido; imagen. El camino de tierra reemplaza al cemento, las rocas,
los árboles, el agua dan forma a una gran poza donde en la tarde la gente se sumerge y en la
noche las estrellas se hunden nítidas y confusas. El fluir suena refrescante. Caminamos a
orilla del río por la ruta de entre los árboles, distintos grupos de gente están acomodados en
piedras y troncos, avanzamos, por entre las risas y el ruido del agua nos instalamos en un
rincón. La posa cristalina me mira a los ojos mientras su ritmo me pone en marcha. Bajo
por entre las piedras, en sus grietas hay envases de chocolate, musgos, latas de cerveza,
apuradas lagartijas que ven mi cruzarse de piernas, mi inestable paso inseguro hasta la
orilla que suena. Llego hasta abajo. Dejo mis chalas en la arena, siento en la planta el
cosquilleo de las piedritas que giran y me rascan, avanzo hasta tocar el agua ruidosa,
refrescante, helada, tibia, gelatinosa, viva. El movimiento de mis pies agita las ondas en el
agua, el reflejo en lo profundo de la luz desarma sus hilos ondulantes. Cerca de la orilla
encuentro un guarisapo verde, venoso, gelatinoso, vivo, con unas miserables patas blancas
que se aprontan a salir para transformarse en glorioso sapo. Su palpitar viscoso me recuerda
al marciano moviéndose por las fuerzas del agua, su hinchar de poros y contraer de espuma.
Sigo avanzando, a cada paso la arena y las piedras del fondo le hacen cosquillas a mis pies,
me llenan de sensaciones en la planta. En mi oído el correr del río también me hace
cosquillas. A unos metros avanza uno de mis primos, camina hacia el otro lado de la posa,
hacia donde los árboles de la orilla cubren todo de sombra. Lo sigo y en el camino
encuentro más guarisapos. Shhhhshhhhshhh. Del centro de la posa veo hacia la orilla gentes
sentadas hablando motivadas y riendo exaltadas. Aquí el ruido del río ha cubierto todo lo
demás de silencio, shhhshshhhshh suena constante, la inquietud de oídos en la plaza y en
las calles encuentra su goce aquí en medio del río, las orejas espasmosas de la gente vienen
a disfrutar del ruido que les quita la inquietud.
Shhhhhhhhshshhhhshhshhsshhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhshhhhhhhhhhshshsshhhhhhhhhhhhh.
Una libélula atraviesa mi sombra y la conecta con uno de mis primos, vuela ágil y soberbia,
helicóptero gringo en Vietnam asegurando un perímetro por incendiar. Me pongo a jugar en
el agua, formo hermosos círculos de onda que hacen atravesar la luz en el suelo. El sonido
del río. Uno de mis primos también hace círculos. Shhhhhhshhhhshhh. Jugamos con las
formas. A lo lejos, subiendo por el río y de entre las plantas creo ver una cigüeña atacando
una vaca.

-Probablemente no sea cierto, pero creo que vi a una cigüeña atacando a una vaca.

Shhhhhhhhhhhhhhshhhhhhshhhhhhhhhhhhshhhhshhhshhshshshhhhhhhhhhhhhhhhhshhhhh.

-Si, si hay cigüeñas por acá, todo un ecosistema se ha formado con el agua.

Shhhhhhhhhhhhhhhhshhhhhhhhhhshhhhhhhhhhhhshhhhhhhhhhshhhhhhhhhshhshhshhhhh.

-Puro que vino a comerse los guarisapos.

Shhhhhhshhhhhhshshshhhhhhhhhhhhhhhshhhhhhhhhhhhhhhhshhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh.

-El agua circulando es vida, con ella llegaron los bichos, los sapos, las aves, el weonaje
tomando melón con vino. Viste weón, y ustedes se reían de mí cuando yo les decía que vi
cisnes cuando chico en el río, weón, pero era verdad, weón, y también era verdad que nos
tirábamos en cámaras de neumático río abajo a lo Tarzán chico. Era verdad también. Si el
agua trae toda la vida, el ecosistema y la weá. En esos tiempos todo era vivo. Me acuerdo
que una vez estábamos todos los niños acá jugando y nadando en el río, estaba el Maicol,
así, y con nosotros también andaba la Meme2. Me acuerdo que ella veía como weábamos en
el agua. Me acuerdo que del puente para allá todo era camino de tierra, era de tierra y
2 Mi abuela muerta con la que soñé.
medio pique pa allá. Estábamos todos y de pronto cae un rayo así, a la vuelta del camino
del cerro, un rayo, nosotros gritamos y fuimos a ver, así, y le dijimos a la Meme Meme
espérennos y nosotros vamos a ver así, y fuimos y me acuerdo que a la vuelta había un
camión todo destrozado, repartido por metros de camino me acuerdo, creo que después
tuvieron que sacar en pedazos el cuerpo del chofer, así.

Mientras escucho las palabras de uno de mis primos veo bichos nadando en la superficie
del agua, son artos bailando en círculos de una fiesta orgiástica. Y ese ruido acuático. Y ese
dulce silencio que nos acompaña de fondo. Pienso que el río concentra toda la vida. Desde
que llegué a Combarbalá solo aquí he encontrado vitalidad. No me refiero solo a la
variedad de animales, también a la vida humana; solo aquí mis hermanos se ven despiertos,
solo aquí parecemos vivos, solo aquí uno de mis primos tiene tanta consciencia como para
invadirme con su recuerdo, solo aquí aflorece el inconsciente que me lleva al juego y a él a
la memoria, fluyendo con el río todo parece funcionar y en la orilla los cabros toman
copete.

Sonido del río.


Caminamos de vuelta del río por las calles de Combarbalá. La iluminación amarilla, las
sombras y los adobes hacen de estas un paisaje único, negro y rojizo de particulas. Con los
cabros caminamos y uno de mis primos se acuerda de una página snuff de narcotraficantes
-Mi viejo wn en el terremoto del mil novecientos sesentai tanto creo que fue, vivía en El
Cobre, a los pies del relave de una mina, imagínate un relave, pura mierda de mina, y era
gigante, era El Cobre la mina, se llamaba El Cobre, qué pasó, el relave era gigante po wn, y
lo, y estos weones tenían como lo, donde vivía la gente que trabajaba en la mina, el
pueblito, se llamaba El Cobre, ahí vivía la gente que trabajaba en la mina, en el terremoto,
hermano, del mil nueve sesenta y tanto, hermano, pa pa pa pa pa, se cae el relave, hermano,
hermano imagínate, mi papá, mi papá tenía seis o siete, no sé bien que edad tenía mi papá,
diez años, imagínate, y mi papá vio que venía la hueá, imagínate estar en pleno, no se po,
desayunando, y de repente en la ventana veí que viene una weá de barro gigante culiao,
comiéndose a la gente hermano, las casas, qué hací tu weón, con seis años, traumado, te vai
a la chucha, el papá pescó a los hijos culiao, se fueron a la chucha corriendo, la familia
completa hermano, y mi papá, imagínate, ir corriendo y ver esa weá que van muriendo tus
amigos culiao, y la wea que conocí toda tu vida, la señora de la esquina se está muriendo,
arrancaron culiao, se murieron dos hermanas de mi papá, se las llevó el relave, hermano,
letal.

-brígido wn

-qué estai contando Prisionero? -Interviene un primo.

-cuando se cayó el relave, hermano

-y qué weá tu papá, cómo se salvó?

-Mi papá arrancó corriendo, se salvaron artos igual pero otros quedaron atrás, quedaron
niños sin papá, familias sin nadie, cabros chicos solos, imagínate que había gente, no sé,
creo que era día domingo, hermano, menos mal que fue día domingo hermano, imagínate
hubiese sido lunes, hermano, toda la gente hubiese estado trabajando, no sé, bueno, fue un
día domingo creo, y, imagínate po wn, murió mucha gente, y esa weá nunca la dieron en las
noticias hermano, porque no les convenía, sabí que la gente todavía protesta, la gente por
esa weá, por la gente que murió, hermano, y porque nunca lo dieron a conocer, es una cagá
que se mandaron po wn, imagínate la media cagá, cuanta gente murió en un pueblo
completo, se cubrió.

-y cómo se llamaba el pueblo?


-El Cobre, hermano.

-El Cobre

-El Cobre

PÁRRAFO Ese fue el único recuerdo real de ese momento de mi vida.

Al centro de la plaza en un gran círculo de pasto, siempre custodiado por piedras como
dientes, brota de la tierra un monumento roca de como dos metros de piedra combarbalita.
La obra, que lleva por título “La Temporera”, fue tallada por el vecino curao, el más
perdido grande artista de Combarbalá. Saliendo desde la raíz de la tierra y la hierba una
mujer de piedra emerge, su rostro y su cuellos fundiéndose con la roca bruta, con la piedra
gigante del que esas facciones surgen, con otra piedra tallada que es el brazo derecho
extendido hacia arriba, ofreciendo al infinito el racimo de uva que sostiene su mano. Su
mano izquierda, otra piedra tallada brotando del pasto, acaricia o apreta el pezón de su teta
izquierda, que junto con la derecha del pasto aisladas también surgen. Con la mitad de su
cuerpo hacia el interior de raíces extiende la mirada firme a las estrellas, ofreciendo de sí su
humilde trabajo de infinitos frutos.

Yo frente al espejo
La noche cae en Combarbalá con un sabor húmedo refrescando la mejilla. Los grillos entre
la ropa y las calles cantan su existencia. El río de fondo. Las luces blancas hacia abajo, en
la acera, el cielo arriba profundamente negro brillante de estrellas, ellas mirando a lo lejos
imágenes de la Tierra ocurridas hace millones de años. La luna, amarilla y rojiza,
incompleta y gigante sobre los cerros. Cuántas versiones de este territorio existirán en el
multiverso. Salgo automático hacia el callejón a conseguir algo de marihuana. Caminando
por las calles azules de Combarbalá quise olvidar a ese marciano que había arrastrado hasta
acá conmigo, que ahora anda suelto haciendo quizás qué cosa, revelando quizás qué forma,
saboreando quizás qué leche. Atravieso por casas de adobe y de piedra, por una pequeña
plaza rural, por el local de comida china, por todos esos edificios de un solo piso y escaza
seguridad. Las amplias cuadras se alargan a cada paso. El sonido shhhhhhhhhshhhhshhh del
río se escucha cada vez más intenso. Llegando al callejón me encuentro con un par de
conocidos con el mismo destino, por las cuadras varios más llegan de caminar tieso rectos
hacia el callejón. Antes de que crucemos pasa por la calle una camioneta verde de los
pacos. Nosotros caminamos indiferentes, con la mirada fija y el rostro imperturbable. La
policía pasaba atenta a nuestras caras, pero ellos también se veían como aturdidos, pálidos y
de mirada perdida. Se van. No hacen nada. Nosotros cruzamos al callejón pegado a las
murallas del Liceo. Apoyados en el muro encuentro más gente que conozco juntando plata
para comprar marihuana. Les veo la cara y sé que ya tienen los ojos rojos, el rostro pálido
no solo de droga, de algo más, de algo que he sentido en los movimientos de todos desde
que llegué aquí, de un aturdimiento general al que sólo se escapa la vieja, esa vieja tuerta y
loca gritándome y maldiciendo al marciano el día que llegamos. Ella puede presentir algo,
tengo que ir a verla mañana. Tengo que hacer algo. Ahora tengo que fumar. Apenas los
saludo y me devuelven unas muecas. Saco de mi bolsillo una luca y se las paso, ellos van
automáticos a comprar la marihuana. Caminan pocos pasos hacia un dealer igual de
embrutecido que igual de automático les entrega la mercancía. Vamos automáticos hacia el
río, no tengo ni siquiera que sentir el cosquilleo en mi columna, me basta con seguir sus
pasos, guiados por el sonido todos confluyendo para fumar en el río. Se ve más gente que
va para allá, algunos de la mano, otros cargando bolsas llenas de copete. De entre los
grupos veo a un chico de piel morena y tierna carne en las mejillas, de jugosos labios lleno
de ganas de morderlos cuando por un segundo cruzamos nuestra mirada aturdida.

La media luna ilumina la tierra al borde del río, las plantas, los árboles, las piedras y las
latas en penumbras que de plata reconocen los rostros. Yo caminamos con los cabros
arrastrando los pies a distintos ritmos muertos. Éramos como doce, y nos sentamos
alrededor de unas rocas desde las cuales se veía correr el agua brillando cristales con la
luna. El sonido nos reconfortaba, podía sentirlo en sus gestos y gemidos. Estaba el
Prisionero, me acuerdo. Armamos como ocho pitos, me acuerdo.
Sentados con el resto en las confundidas penumbras del río su boca se acercó a mi oreja
como para contarme un secreto, el secreto era su lengua húmeda con la que lamía y
penetraba con saliva mi oreja. La excitación del momento fue inmediata, pegajosa, con el
aliento y el calor de su órgano muscular moviéndose a la voluntad del deseo, del placer en
sus poros y en la respiración que de mi agitarse siente. Siento abajo la sangre bombear
firme poniéndome la tula como fierro. Como ella sigue con entusiasmo su movimiento
erótico yo extiendo mi mano en su pierna, la recorro con el calor aislado de los dedos,
dejando en mi movimiento atrás siempre el pulgar para que por sí solo también vaya
acariciando la carne. La blandura de sus muslos llenando mis manos. La erección firme
queriendo romper con todo si fuese posible. El sonido incesante del río fluyendo. Sutil
presión de mí recorre el lado interior de su pierna, en mi caricia un espasmo de su músculo
salta. Mientras lame con su boca mi oreja me acaricia la espalda. Me muerde la piel y
extiende su lengua a mi cuello. Yo agarro con firmeza su rica pierna.
El río con su sonido tiene hipnotizada a la gente

En la mina los marcianos trabajando mi padre

Ancestros conflicto con marcianos

Salvé el multiverso. Nadie lo sabe, nadie me creería. Ni yo me lo creo. Porque en realidad


no lo sé. Supongo que nunca lo sabré, la vida se me seguirá escapando impune.
De pronto el trastocar en la piel de los huesos se detiene. Miro hacia arriba y una pálida luz
me permite divisar el contorno del gigante cerro Chaguareche, su cima como lomo de
camello iluminándose anuncia la venida de la luna. La fuerza de su luz librará las
penumbras que aquí en la tierra necesito. La cruz del sur indolente. El profundo y
anaranjado brazo de la galaxia comienza a desaparecer a medida que la luz se aproxima,
estrellas que dejan de verse se retiran, detrás del cerro la luna prepara su llegada al
escenario. Con la mula ya detenida en su destino decido esperarla, su luz rebelde y viva me
permitirá encontrar un camino aquí en la tierra. De entre las dos grandes cimas del
Chaguareche se asoma la punta circular de la luna, como una hostia gigante de máximo
brillar, los pelos se me erizan, la mula también se acomoda, yo me bajo y me siento con
ella. La luz revela plantas, arbustos y un árbol gigante y reseco frente a mí a unos cinco
metros. Debajo de mí hay tierra y piedras y ramas y espinas y raíces que se alzan con el
resto hacia la avanzada de la luna que va revelando su cuerpo completo. Su blancura con
manchas y cráteres, su mirada de frente y directa que vislumbra a un joven y una mula
sentados en la tierra. Piedras filosas y redondas también se revelan en sus lomos de metal y
polvo, estamos en medio de una breve explanada de entre los cerros, a mi alrededor las
piedras parecen dispuestas de maneras específicas, como respetando un cierto oculto patrón
flotando en la oscuridad de la tierra. Miro para atrás y descubro que la mula ha estado
siguiendo un camino trazado por las piedras, el camino termina en el árbol, a su alrededor
tiene un espacio oscuro de solo tierra, libre de piedras y de arbustos, como la delimitación
ancestral de un espacio sagrado y puro. El silencio de este lugar es real. La luna se eleva
total en el profundo vacío cercano a la tierra. Su círculo es perfecto. Su luz encandila y en
la tierra todo se ve de plata, sutilmente iluminado, penumbras hasta del suelo por la esfera
que se alza perfecta en medio de la noche, solo el espacio alrededor del gran árbol aún se ve
negro, profundamente oscuro y vacío. Yo me paro y de frente la luz me llena tocando mi
piel, la mula sopla y hace un gesto como hacia adelante, me invita a adentrar. Entiendo en
mis energías que debo ir hacia el árbol.

En mi columna siento una electricidad que intenta paralizarme, pero el calor de mis fuerzas
logra sobreponerse, mis pies avanzan de a poco y camino recto hacia la oscuridad del árbol,
a mi paso las rocas me miran y se encienden de plata, escucho voces y susurros argentinos,
espectrales, graves y agudos. Me detengo, miro hacia alrededor y nada parece pasar, el
silencio material se actualiza y los arbustos con maleza me miran. Sigo caminando y veo
más piedras encendiéndose, vuelven los susurros y la electricidad en la última vértebra, las
voces me envuelven y en mi interior las siento conocidas, las resiento calurosas, secando el
líquido en mi columna van abriéndome paso por la penumbra trazada hacia el árbol reseco
de múltiples brazos tocando el cielo. Son voces milenarias, voces que se han mezclado con
la tierra, de las raíces surgen estos fantasmas cercanos y distantes, de culturas perdidas, de
guerreros y chamanes, de mineros y soldados en otro tiempo secados de vida corporal pero
vivos de energía fluyendo hacia el árbol. Ellos apoyaban mi paso como orgullosos de mí,
sus cuchicheos se volvían aliento. A medida que me aproximaba al árbol comencé a sentir
un pitido en mi oreja cegándola, como vio que me detenía la mula a lo lejos me relinchaba,
seguí dando pasos hasta alcanzar el terreno sagrado, allí mis pasos se sentían flotar, la
oscuridad del fondo me abraza y recibe mi movimiento a las raíces, frente al árbol con la
luz de plata iluminando todo el terreno caigo de rodillas, cuando alzo la mirada veo en cada
una de las secas ramas unas llamas de fuego azul como hojas espectrales dispuestas de
energía, son mis ancestros, los reconozco, reconozco a mi abuelo y mi bisabuelo y su
bisabuelo aunque nunca los conocí. Reconozco al Pizarro aventurero que atraído sin poder
explicarlo también aquí cayó de rodillas y abrazó para su descendencia la ocupación
espectral de este árbol, la custodia y poder sobre el mineral que por aquí descansa.