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Lingüística y Psicoanálisis
según Jean-Claude Milner

1.

A principios de los años ´60, Jean-Claude Milner era un destacado estudian-


te de la École normale supérieure en París, donde asistió a los cursos de Roland
Barthes, Gaston Bachelard, Georges Canguillem, Jacques Derrida y Louis
Althusser. Junto a otros alumnos como Pierre Macherey, Étienne Balibar y
Jacques-Alain Miller, también perteneció al grupo Izquierda Proletaria, don-
de se apoyaba y se estudiaba a la llamada “revolución cultural” china lleva-
da a cabo por Mao Zedong. Es probable que a su dedicación a la lingüísti-
ca, la epistemología y la política se haya sumado un interés por el psicoaná-
lisis cuando, en enero de 1964, Althusser invitaba al entonces desconocido
Jacques Lacan a celebrar su seminario en la Universidad, además de propo-
ner a sus alumnos el trabajo sobre la obra lacaniana. Diez años más tarde,
se lo encuentra, en pleno fer vor del lacanismo, brindando un ciclo de char-
las en el Departamento de Psicoanálisis de Vincennes, más tarde publicadas
como “El amor por la lengua”, donde se arriesgan un conjunto de tesis so-
bre las relaciones del psicoanálisis con la lingüística. Que la respuesta a la
presentación de ese trabajo haya consistido en algunos casos en un “violen-
to silencio”, no hizo sino confir mar al autor que allí se había topado con una
verdad, aun opaca para él mismo. Cuatro años más tarde, Milner publica su
reescritura de dicho trabajo.

El libro “El amor de la lengua”, establece al comienzo de su Pro-logos que


se encargará de establecer cuál es el deseo del lingüista; quizás por ello se
recibe en principio como un trabajo que concier ne al psicoanálisis “en
extensión”. Solo que, pronto en su recorrido se aprecia que, por una
torsión moebiana, el supuesto exterior de la extensión se vuelve el inte-
rior de la intensión, y lo que parecía ser de interés marginal para un psi-
coanalista se descubre como cuestión esencial para los fundamentos del
psicoanálisis.

Esta reescritura del trabajo de 1974 debe ser encuadrada dentro del proyec-
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to anunciado en la Introducción a su libro “La obra clara”, donde entra en


juego esta misma topología: “Hacer constatar claramente que hay pensamiento en
Lacan. Pensamiento; es decir algo cuya existencia se impone a quien no lo pensó. [...]
Situar algunos relieves exteriores con los que tropezó el discurso lacaniano y que este dis-
curso contor neó, erosionó, no sin recibir su forma y no sin conferirles una. Llámese a es-
to un materialismo discursivo”.

Para Milner se trata, pues, de leer a Lacan, es decir, de interpretarlo, lo que


excluye cualquier her menéutica pues implica, en un doble movimiento:
hacerse interpretar por él, pasar por el “molino” de los significantes de la
orientación lacaniana (Vincennes, 1974); para estar en condiciones de ha-
cer uso de ellos, de anudarse a través de ellos a una posición.

Interroguemos el nombre dado a esa posición: ¿qué es un materialismo dis-


cursivo? La enseñanza de Althusser destacó que, entre las filosofías del siglo
pasado, el marxismo es la que puso en primer plano la línea de demarcación
entre idealismo y materialismo como constituyente del pensamiento occi-
dental; por otra parte, el estructuralismo francés de los años ´60, y el pensa-
miento que surge de sus impasses, ha concentrado sus energías en discutir
el estatuto del discurso. Se trata de establecer entonces una conjunción.

El concepto de materialidad depende para Milner, al igual que para todo


pensador francés for mado en la epistemología bachelardiana, de la idea del
funcionamiento de las marcas de escritura en los dispositivos de la ciencia
desde que surge como moderna: la ciencia, a partir de Galileo, no es otra
cosa que la construcción de una escritura repetible, cuyas reglas de uso no
prestan atención al sentido de lo que esa escritura podría designar, y que
asegura por esto su transmisibilidad integral a todo aquel que se interiorice
sobre el uso de dichas reglas.

Otro rasgo es tomado por Milner como esencial a la ciencia moderna, y es-
ta vez es tomado de las epistemologías de tradición anglosajona: la ciencia
debe limitarse a derivar de su sistema estructurado de marcas exclusivamen-
te proposiciones que sean falsables, es decir, cuyo referente sea directa o in-
directamente representable en una configuración espaciotemporal dada
(más específicamente, debe ser posible para toda proposición perteneciente
al campo de la ciencia la construcción de una configuración en tiempo y es-
pacio representacionales, de tal for ma que la tornaría falsa). Este último ras-
go asegura una apropiación del concepto de letra matemática o matema que
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despeja un sinnúmero de ambigüedades bastante extendidas entre los textos


lacanianos, y es portadora de consecuencias fundamentales para una lectura
de la lingüística y del psicoanálisis mismo.

Milner encuentra en la utilización de las escrituras de la ciencia lo que dife-


rencia a la lingüística de las gramáticas diversas. Se dedicó a evaluar según
los rasgos enunciados las dos grandes escuelas que hegemonizaron la lin-
güística durante la segunda mitad del siglo que acaba de finalizar: el estruc-
turalismo que se inicia con el “Curso de lingüística estructural” de Ferdinand de
Saussure, y la escuela de Cambridge, alineada bajo la figura de Chomsky.

Según el análisis de Milner, la operación realizada por Saussure en el “Cur-


so ...” consistió en el gesto, verdaderamente kantiano, de for mular las con-
diciones de posibilidad de una ciencia del lenguaje, asegurando así la entra-
da en el campo de la ciencia de las prácticas ya presentes en su época bajo
la for ma de la gramática comparada. La constitución misma del concepto
de signo, el mito de su génesis a partir de las masas amorfas del flujo sono-
ro y la idea o el sentido, se muestra análoga desde este punto de vista a la
distinción kantiana entre los fenómenos y las cosas en sí. Pero la potencia
del paradigma sausssuriano reside en la inversión explícita que realiza de la
relación de deter minación entre las distinciones (diferencias) y las propie-
dades; no son más las últimas las que per miten las primeras sino al revés:
destitución en acto de la metafísica. Se hace entendible a partir de esto que
los estructuralistas reivindicaran los trabajos de Saussure como punto de
partida para la extensión de los procedimientos de literalización de la cien-
cia a los objetos culturales, y con esto, la inclusión de las disciplinas socia-
les en cánones de rigurosidad acordes con la ciencia moderna.

Tomado de Saussure, otro rasgo común a muchas lingüísticas estructuralis-


tas fue su carácter minimalista: éste prescribe que todo elemento toma su
identidad exclusivamente de la oposición con los otros elementos del siste-
ma, tomados individualmente y en su multiplicidad, y solo cuentan las diferen-
cias puras, de donde resultan exhaustivamente todas las propiedades de los elementos de
cualquier sistema. En su versión minimalista, el estructuralismo no reconoce
la presencia de estratos en la lengua: no hay asignaciones de tipos de rela-
ciones específicos para los niveles de los fonemas, lexemas, semantemas,
etc 1. Esto constituye uno de los puntales de la crítica que hace Milner a la
matriz teórica importada por Lacan en el psicoanálisis a través de los tra-
bajos de R. Jackobson, generatriz de posiciones centrales durante más de la
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mitad de su enseñanza.

Por el lado del llamado “programa generativo” de la escuela de Cambrid-


ge, es evidente que sus principios también están ligados a la literalización
de su objeto 2. Se diferencia del estructuralismo por un conjunto de elec-
ciones conceptuales y metodológicas, que dan lugar a zonas distintas de vi-
sibilidad (principalmente Milner destaca el hecho de que, a diferencia de lo
que encontramos, por ejemplo, en Saussure, las unidades se toman por da-
das empíricamente; así, la sintaxis transfor macional trabajará privilegiada-
mente con la oración y las categorías gramaticales clásicas). Por otra parte,
la asociación de la gramática generativa con el cognitivismo neodarwinista
es considerada por Milner como fortuita: debida a un fenómeno estricta-
mente sociológico, es decir, no teórico; poco importa para la teoría de la
lengua que el saber que se elucubra de ella sea supuesto como competen-
cia de un individuo biológico o como for ma de la estructura. El despeje de
los elementos de cognitivismo, biologicismo y neodarwinismo que impreg-
nan la teoría transfor macional se hace según la línea de demarcación althus-
seriana entre Proposiciones Científicas y Filosofía Espontánea del Científi-
co 3.

Milner destaca un núcleo común a ambas escuelas, y es que tanto los estruc-
turalistas como los transformacionalistas instituyen, por vías distintas, el
axioma de lo discernible (es decir, aquí, lo matematizable) en el campo de los
hechos del lenguaje. Ahora bien, dejando de lado el esquematismo intrínse-
co de la ciencia, lo primero que llama la atención es la osadía que implica in-
tentar extender el imperio de las letras matemáticas hasta un dominio tan in-
dómito como lo es precisamente el de los hechos de lenguaje. Esto lo expe-
rimentan cotidianamente, por ejemplo, los poetas y los psicoanalistas, para
quienes la realidad del equívoco, la incalculabilidad del sentido, la infinitud ac-
tual de la Contingencia, conforman la estofa y el resorte de su praxis. Tene-
mos incluso, como extremo de la serie de la desconfianza hacia la ciencia, a
los “puristas” (figura construida por Milner con el objeto de ironizar todo
heideggerianismo en materia de lenguaje) para quienes lo real del lenguaje es-
tá imposibilitado de todo acceso a la representación; para quienes, según se
lee al final del capítulo 2 de “El amor ...”: “la lengua puede funcionar como agal-
ma, tesoro, objeto a [...] Se trata de un amor auténtico, el amor mismo de la lengua, fuen-
te evidentemente de ridículo cuando se hace público. [...] A diferencia del avaro de Moliè-
re, al purista le falta el tesoro desde siempre: nadie le garantiza que sea poseedor de la pu-
reza de la lengua, motivo de su deseo, nadie a no ser un reino de los muertos, conjunto iner-
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te de citas por medio del que se convoca a los autores a decir lo puro. [...] Cada vez que
habla, pues, le acecha la degradación y, si escapa, es que ha franqueado victoriosamente el
Aqueronte, volviendo, como un Orfeo moderno, con una flor que la luz marchita de inme-
diato: lo puro como tal”.

Por su parte, las consecuencias de los trabajos del segundo Wittgenstein


per miten afir mar en for ma rigurosa que no existe una totalidad componi-
ble de elementos que pueda ser llamada una lengua, sino solo for mas múl-
tiples y heterogéneas de uso de locuciones articuladas con otras prácticas.
Para tal heterotopía, para tal inconmensurabilidad, para esta realidad del
equívoco que introduce un cortocircuito en los estratos, en las for mas que
rigen las lenguas, queda reconocido el nombre que acuñó Lacan en fran-
cés 4 : lalangue. Se trata de lo que Saussure excluyó al considerar la lengua co-
mo una for ma, y del punto posible de articulación del psicoanálisis con la
lingüística, pues lalangue, lo real que resiste a las redes que teje la lingüísti-
ca, es para el psicoanálisis la sustancia, la materia de los fantasmas, el con-
junto de los lugares donde habita el deseo.

Las preguntas de Milner trazan a partir de aquí el siguiente recorrido: pri-


mero, ¿cómo puede pretender la lingüística que aquello que toma por ob-
jeto es pasible de ser matematizado? Se hace necesario separar en prime-
ra instancia del “cómo es” de la lengua las cuestiones acerca del origen,
del lugar y la función que tienen en la realidad los hechos del habla; cues-
tiones tradicionalmente vinculadas al concepto de lenguaje, y que perte-
necen al dominio de lo imaginario, de manera que solo cuenta lo que per -
mite la construcción de una escritura repetible (el elemento desgajado de
los accidentes de la realidad). Pero sabemos que las lenguas, tanto toma-
das en su conjunto como separadamente, son una clase inconsistente -es
decir, no se pueden representar o describir sin caer en contradicciones-, y
hay que admitir que solo se atienen al régimen de la escritura científica por
petición de principio 5. Incluso así, al decir de Milner, “lalengua está en tran-
ce continuo de infectar la lengua”, cuando en su despliegue las vías trazadas por
la escritura científica se enrarecen, adquieren viscosidad, se entrecruzan al
infinito, y las referencias aseguradas, de un momento a otro, se desvane-
cen. ¿Existe en este punto una vía alternativa al proceder de la ciencia, que
ya de esto no quiere saber nada? ¿Existe una manera de situar este no-re-
presentable que no dependa de la fe en el testimonio del purista? Aquí es
donde Milner, lingüista, juega su partida por una verdad: si la realidad de
las lenguas representada por las escrituras de la ciencia toca, aquí y allá,
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puntos de inconsistencia donde las referencias establecidas por esa escri-


tura desfallecen, es por esta caída misma de lo representable que se pue-
de situar lo que lo excede.

Esta es la elección —crítica, como vemos— hecha por Milner de la for ma


de la relación de la lengua (del lingüista) con lalangue; de la que deriva la si-
guiente tesis: la lengua es el soporte de lalangue en su carácter de no-todo.
Implica que del lado de la lengua se produce una imposibilidad por el he-
cho de que la lingüística, al autorizarse a emitir proposiciones universalizan-
tes acerca de ella (es decir, proposiciones que toman por objeto siempre a
la ocasión regular), debe per mitir la construcción de una existencia que las
niegue (según la exigencia de falsabilidad); y a la vez que, del lado de lalan-
gue, siendo imposible la construcción de cualquier límite que la circunscri-
ba, también lo es la de cualquier operador universal lícito 6.

A su vez, resulta de esto que solo de lalangue, en tanto es desde ahora el es-
pacio donde se engancha el deseo del lingüista y aparece su verdad, puede
emerger la letra que el lingüista traza de la lengua, como lo muestra Milner
por el isomorfismo que establece entre la regla descubierta y el Witz, y de
lo que da testimonio el júbilo del lingüista en el instante de su emergencia
(cobra aquí valor de testimonio que el autor nos remita a su propia expe-
riencia como lingüista, entre otras).

2.

En el pensamiento de Milner, la lingüística pretende ser para el discurso


analítico el referente por excelencia que atestigüe la vigencia de la literaliza-
ción matemática para el campo de la antiphysis, relevo del lugar que ocupa-
ba, en los tiempos de esplendor de la apuesta estructuralista, la antropolo-
gía de Levy-Strauss. Poco importa ahora la for ma que la lingüística tome,
mientras pueda anudar su deseo de ser una ciencia con una ética de la ver-
dad. El discurso psicoanalítico, a su vez, es para la lingüística lo que man-
tiene abierta la posibilidad de nombrar aquello que insiste en sus redes, el
real que la causa.

Las relaciones entre lingüística y psicoanálisis son entonces bidireccionales


pero asimétricas, no recíprocas: ambas no for man un conjunto cerrado so-
bre sí. En “Los nombres indistintos”, Milner propone para figurarlas la topo-
logía del coss-cap:
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“La lengua es ese punto infinitamente multiplicado donde contingencia y contacto ope-
ran, la línea de puntos en que del imaginario lenguaje se desgarra lalengua real, no sin
que se dibuje la simbólica red de los paradigmas. Estructura heteróclita, y sin embar go
tendida hacia la regularidad, no podría figurarse mejor que por un aesférico descosiéndo-
se de un esférico: aesférico de lo real y esférico imaginario, pero también costura invisible
y zurcido cuadriculado de lo simbólico: la lengua se prestará entonces gustosa a dejarse
tomar por un objeto (a). Nada menos asombroso que verla, a la vez vaciada y de nuevo
inflada con valores infinitamente variables, animando el deseo de algunos”

Podría surgir aquí una pregunta, que es también una consecuencia y un re-
doblamiento de la cuestión, con respecto al tér mino y al lugar de “lalangue”:
¿cómo podría éste, si no es como semblante, aspirar a constituir un nombre
unívoco para el conjunto inconsistente de lugares de los equívocos? Milner
respondería, con Lacan, que no hay discurso que no sea del semblante.
Queda por establecer el valor del discurso teórico se que intenta instituir.

Entre lingüística y psicoanálisis, queda cernido un real para el pensamien-


to. Con lalengua se trata, como diría Milner, de un concepto paradójico, es
decir, de una nominación que por no ceder en un punto paradójico del
campo conceptual, anota en éste la esquizia, el entre-dos que lo constituye:
en última instancia, la tensión absoluta entre el Uno y el heteros múltiple.

Se trata, también, de la lectura por parte de Milner de una salida en el pen-


samiento de Lacan al impasse de la posición estructuralista. Se trata propia-
mente de una salida, porque no recae en ninguna posición anterior a la crí-
tica estructuralista: ni el vacío de pensamiento que caracteriza a la sofística
o la postmodernidad (el pensamiento identificado con el heteros), ni la posi-
ción trascendentalista que impone a priori propiedades estructurales míni-
mas a todo campo posible de experiencia (imperio irrestricto del Uno, co-
mandado por el afán de dominar –eliminar– a lalengua).

Esta salida conlleva un conjunto de elecciones, establece para el pensa-


miento un campo, una orientación y un modo, que no se pretende el úni-
co válido, pero sí guardar fidelidad (transferencia) con un espíritu, con un
conjunto de investigaciones, y con un corpus textual. Milner lo for mula en
tér minos de imperativo:

“de que el equívoco, la homonimia sea lo Real de lalengua no se sigue que no haya que
inscribir en lalengua lo que fuere; de que todo pensamiento sea, por cuanto nombra, equí-
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voco, no se sigue que no haya que pensar; de que todo nombre sea múltiplemente ambi-
guo no se sigue que no haya que nombrar; de que la univocidad sea lo imposible no se
sigue que no deba ordenar un deseo. Hay que hablar, y pensar, y nombrar, y, singular-
mente, hay que hablar, pensar, nombrar, la homonimia- sin per juicio de concentrarla en
un solo significante, que es un nombre propio: Lacan”

Sebastián Waingarten
Octubre del 2002

Bibliografía de Jean-Claude Milner


disponible en castellano

• El amor por la lengua, Nueva Visión, 1974

• La obra clara, Bordes Manantial, 1990

• Los Nombres Indistintos, Bordes Manantial, 1994

• Introducción a una ciencia del lenguaje,


Bordes Manantial, 1994

• Lo triple del placer, del Cifrado, 1995

• El amor de la lengua, Visor, 2001

Notas

1 Este rasgo de minimalismo relevado por Milner en la lingüística estructuralista,


cuyo modelo es Jakobson, sería ajeno a los criterios de cientificidad modernos, que
solo exigen, como hemos visto, falsabilidad y literalización. Ahora bien, para Mil-
ner el minimalismo constituye un resurgimiento de rasgos de la episteme antigua
y una incompatibilidad con el ideal de ciencia moderna (cf. La obra clara, Cap. “Pri-
mer clasicismo lacaniano”; y “Los nombres indistintos”, Cap. “Lalengua”), mientras que
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nosotros preferimos otra apreciación de este minimalismo que caracteriza a cier-


tas lingüísticas estructuralistas: se trataría de una resistencia a la reestructuración de
su campo conceptual impuesta por los hallazgos de regiones no reductibles en el
éter de las diferencias puras, como los Speech Acts de Austin y Searle, o los shifters,
descriptos por el mismo Jakobson (sobre el concepto de reestructuración, cf. Ba-
libar, “Nombres y lugares de la verdad”, cap. “El efecto de verdad de las ciencias en la ideo-
logía”).

2 Basta pensar en la sintaxis transfor macional, eje de las investigaciones chomskia-


nas. La utilización de modelos computacionales como método de investigación y
validación teórica proporciona el “funcionamiento ciego” nomológico, que es el
carácter inequívoco de toda literalización.

3 Para estos últimos conceptos cf. Althusser Louis, “Curso de filosofía para científicos”
(1967), obra ya clásica en el campo de la epistemología de las ciencias conjeturales.
La referencia de Milner a esta obra no es explícita, pero se sabe que se for mó en
ella y se la ve operar en su avance. Milner hace un análisis de la ideología cognitivis-
ta en “Introducción a una ciencia del lenguaje” Cap. 3.1.

4 Más exactamente, el tér mino cumple su función en el discurso por no pertene-


cer completamente al francés, por ubicarse en ese borde donde se desdibuja el lí-
mite que circunscribe la lengua. Nombre para el equívoco y la homofonía, ésta
construido por equívoco y homofonía. No es el único caso en la enseñanza de La-
can de una nominación que es a la vez mimesis del objeto que constituye su refe-
rencia: piénsese en las clases sobre la escritura de Joyce, y la topología de las cade-
nas borromeas.

5 O sea, como destaca Milner, por una demanda, en el sentido que toma este tér -
mino en la enseñanza de Lacan, es decir, en tanto implica irreductiblemente la di-
mensión imaginaria. Como desarrollamos en este trabajo, la apuesta del autor resi-
de en la posibilidad de que en esa demanda se articule un deseo.

6 El entendido habrá reconocido en esto la lógica estricta que anima el matema


lacaniano de las fór mulas de la sexuación, tal como son introducidas por Lacan,
por ejemplo, en El Atolondradicho. La lógica de las mismas puede sostenerse aun-
que se introduzca en ellas otra función que la fálica; como lo demuestra el uso que
hacen de las mismas F. Regnault en “Dios es Inconciente”, y J-C. Milner en “El amor
de la lengua”.