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Mauricio Sánchez Menchero

Mauricio Sánchez Menchero


Universidad Autónoma de México

LITERATURA POPULAR, ESTUDIOS CIENTÍFICOS Y COMETAS EN LA NUEVA


ESPAÑA (SIGLO XVII)
Becinos, abrid el ojo,
que viene el año derecho,
y procure hazer barbecho
la que tubiere rastrojo.
[Nuevo corpus, 1129 bis] (Frenk 2003a)

¿Qué al fin fueron las estrellas


en un sabio poderosas
y en su pronóstico ciertas?
(Ruiz de Alarcón 1959: 95)

No hay mayor argumento


para convencer al que lo negare,
que ponerle un telescopio
o antojo de larga vista en las manos...
(Sigüenza y Góngora 1959: 174)

La presente comunicación se circunscribe dentro del vasto campo de la historia cultural y


no tanto en la especificidad de la historia de la ciencia. Un ámbito de estudio cuyo común
denominador es lo simbólico y su interpretación el análisis de prácticas, conductas y
comportamientos sociales. Es decir, en la historia cultural se hace énfasis en la construcción
cultural, por ejemplo, de cierto tipo de conocimiento. Dentro de este campo historiográfico en el
que ceñimos nuestro trabajo, queremos aproximarnos al fenómeno de las culturas a través del
análisis de los gustos y de los intercambios materiales y simbólicos, particularmente con los
relacionados con la producción, la circulación y el consumo de literatura referente a la astronomía
que, durante el siglo XVII, se encuentra estrechamente vinculada a la astrología. Se trata de libros que
recibieron el nombre de almanaques, pronósticos, efemérides, calendarios o lunarios1.
Hasta ahora no existe claridad sobre la variada terminología usada para designar a este
tipo de obras astrológicas que, en general, contenían el registro de todos los días del año,
distribuidos por meses, con datos astronómicos y noticias relativas a celebraciones y festividades
religiosas y civiles. A esto se podían añadir, combinadas con alguna crónica papal, tablas anuales
con las coordenadas de los planetas y de las estrellas fijas, cuadros con número áureo2 o letras

1
La etimología de la palabra almanaque proviene, según el Diccionario de la Real Academia, del vocablo árabe hispano almaná,
calendario, y este del árabe clásico, munā, alto de caravana, porque los pueblos semíticos comparaban los astros y sus posiciones
con camellos en ruta. Para Joan Corominas la “parada en el viaje” corresponde al “signo del Zodíaco en el cual se estaciona el sol
parte del año”.
Por los propósitos de este trabajo, los términos almanaque, efemérides, pronóstico, calendario o lunario serán utilizados como
sinónimos.
2
El número áureo es un ciclo de diecinueve años que fue utilizado por los primeros astrónomos. Éstos observaron que cada
diecinueve años, entre la Luna con el Sol, se establecía toda la variedad posible de conjunciones y plenilunios.

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Literatura popular, estudios científicos y cometas en la Nueva España (siglo XVII)

dominicales3, así como los eclipses, fases lunares, ecuaciones de tiempo y otros elementos
necesarios para los cálculos puramente astronómicos, astrológicos y zodiacales.
Ciertamente, los cálculos hechos por los distintos astrólogos variaban por las diferentes
reglas de observación e interpretación que aplicaban de una región a otra. Girolamo Cardano
advertía que si la astrología dogmática estaba “formada por una ciencia meticulosa de los
movimientos [astrales] y por la filosofía natural”4, también existía otra de la que había que
desconfiar pues sus autores ni hacían observaciones astronómicas ni realizaban cálculos
matemáticos y sólo agregaban “infamia a esta arte”.
Por esta razón, el contenido de los almanaques era poligráfico. Una frontera se trazaba
entre los que escribían o sabían descifrar símbolos, calcular fechas o interpretar zodiacos, y los
que simplemente no podían. Pero, a pesar de que eran textos de inaccesible lectura, estos
pronósticos se constituyeron en una literatura muy difundida que servían para acompañar la
cotidianidad con consejos prácticos. Parafraseando a Margit Frenk, puede pensarse que el vulgo
que no sabía leer, se apropiaba de esta literatura de pronósticos oyéndola comentar y leer en voz
alta, además de usar sus remedios medicinales o recomendaciones para la faena diaria; es decir,
los hacían suyos por medio del oído, de la frecuente oralización de los textos escritos y por una
atenta observación del tiempo, del calendario y de los astros en el cielo (Frenk 2003ª)5. Conviene
recordar que cierto tipo de obras, como el Calendrier des Bergers, estaba dispuesta para que los
analfabetos supieran calcular con los dedos de las manos en qué fechas caerían las fiestas
religiosas del año (Nisard 86-87).
Debemos añadir que estos libros estaban editados en formatos reducidos que permitían su
lectura en diferentes espacios o situaciones. Asimismo, por sus contenidos, los lectores podían
llevar a cabo la consulta anticipada sobre el clima para las jornadas laborales en el mar o en el
campo (“si la Luna de Julio entrare creciendo en el signo de León, denota bien, y provecho a los
labradores en sus cogidas. Y si entrare menguando, señala trabajos, peligros, y enfermedades” –
Cortés 1632: 98-99); o para restablecer la salud por medio de remedios caseros (“este mes, es
bueno para baños, y sangrias, y para curar qualquiera dolé[n]cia” –Cortés 1632: 60-61); o para la
simple distracción a partir del uso de sus tablas para la contabilidad, por ejemplo, de plenilunios
o eclipses en el año o del cálculo de fechas para las fiestas. Lo anterior sin olvidar los apartados
con zodiacos y calendarios perpetuos.
Hay que recordar que, desde sus inicios, la astrología en Occidente se convirtió en una
práctica de observación que recogía la herencia dejada por los pueblos antiguos. Una tradición que
incluía una concepción cosmológica, meteorológica y un conjunto de artimañas para realizar
adivinaciones o curaciones. En su propia evolución, la astrología grecorromana pasó de ser una
manera de observar los cielos a una concepción filosófica y hasta religiosa: se pensaba que el
movimiento de los astros determinaba el destino de los seres humanos. De esta concepción provenía
lo que se denomina astrología judiciaria: un sumo de teorías y reglas basadas en observaciones y de
las cuales se pretendía tanto predecir los fenómenos naturales, como dar a conocer una guía para la
actividad diaria.
3
El ciclo solar de letras dominicales contempla un periodo de 28 años. De esta forma, todos los días de un año, combinados con
las letras del alfabeto, ayudan a ubicar las fechas que caerán en domingo. Eminentemente es un indicador con fines religiosos
pues se trataba de conocer de antemano los “días del Señor” para asistir a las celebraciones eclesiásticas.
4
Cita en Sigüenza y Góngora 1959: 167. Véase además Grafton 2001: 35, 37
5
Según Reinhard Wittman, la lectura en el siglo XVIII va a seguir siendo ingenua, prerreflexiva y en voz alta. La carga laboral de
sol a sol permitía una competencia lectora rudimentaria “para descifrar las tablas de sangrías, las predicciones climatológicas, las
prescripciones para la siembra y los avisos relativos a los oficios religiosos que se difundían en los mercados, pero también
mediante el comercio ambulante […]” (Wittmann 2001).

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Durante el siglo XVII, la astronomía se especializó en un conjunto de teorías y técnicas de


observación. En esta especialización paulatina continuaba prevaleciendo el método de
autoridades, en combinación con la exposición razonada de observación y “experimentos”. Estas
últimas en realidad consistían en simples analogías. Así tenemos, por ejemplo, a Fray Andrés de
San Miguel que al dividir la región celestial en once partes, indicaba que cada una de éstas “es un
cielo de por sí, pero algunos de estos cielos se componen de diversos cascos, como una cebolla”
(San Miguel 1985: 80-81). Gabriel López de Bonilla utilizaba la imagen de “un pedazo de cal
viva” para explicar la formación de un cometa (San Miguel 1985: 102). A su vez, el ingeniero
alemán Henrich Martin, afincado en México como Henrico Martínez, explicaba que si “dos
personas que tuvieron en sus natividades el Sol y la Luna y el grado del ascendente en partes del
cielo concordantes”, su temperamento y su complexión serían similares como el sonido que se
produce al tener colocadas un par “vihuelas igualmente templadas la una cerca de la otra, tañendo
con la una de ellas, si se escucha atentamente, se oirá que la otra también suena sin tocada, lo
cual procede de la conformidad de temple que entre ellas hay” (Martínez 1991: 305).
Otra variable que modificó la observación e interpretación de los cielos tuvo que ver con la
evolución técnica de los telescopios o la imprenta. Hay que recordar que “Copérnico gozó de la
oportunidad de examinar una gran cantidad de documentos y de usar más obras de referencia
[tablas] que cualquier otro astrónomo antes que él” (Eisenstein 1994: 193). También hay que
decir que el astrónomo polaco también utilizó manuscritos y, tal vez, hasta comunicaciones orales
(Vernet 2000: 75). Finalmente, el avance científico no sólo delimitó sino separó a los campos
astrológico y astronómico. “Los astrólogos que luchaban contra la visión copernicana del mundo y
seguían buscando la congruencia con la interpretación cristiana cayeron cada vez más en una
desventaja argumentativa” (Von Stuckrad 2005: 310). El fundamento científico de la astrología fue
cuestionado con la ciencia moderna que cada vez más exigía una verificación de la relación entre los
movimientos de los astros y los acontecimientos humanos. La presencia de la astrología como una
occulta philosophia en las ciencias académicas comenzó a ser cuestionada.
En este sentido, se observó un lento deslinde que se estableció entre estas prácticas dentro
del mundo occidental con sus agentes e instituciones especializados. Sin embargo, las prácticas
cruzadas continuaron a lo largo del siguiente siglo. No es de extrañar que los autores de la
Ilustración hayan enfrentado la razón a las disciplinas ocultas, para retirar definitivamente a la
astrología de las universidades y reducirla a otros ámbitos culturales como el arte, las sectas o las
formas populares. Ya Benito Feijoo fue, en lengua española, un fiel reflejo de este desprecio:

¿Qué nos pronostican estos Judiciarios, sino unos sucesos comunes, sin determinar
lugares, ni personas; los cuales considerados en esta vaga indiferencia, sería milagro que
faltasen en el mundo? [...] A la verdad, con estas predicciones generales no puede decirse
que se pronostican futuros contingentes, sino necesarios; porque aunque sea contingente
que tal Navío padezca naufragio, es moralmente necesario que entre tantos millares, que
siempre están surcando las ondas, alguno peligre; y aunque sea contingente que tal
Príncipe esté enfermo, es moralmente imposible que todos los Príncipes del mundo en
ningún tiempo del año gocen entera salud. Por esto va seguro quien, sin determinar
individuos, ni circunstancias, al Navío le pronostica el naufragio, al Príncipe la dolencia,
y así de todo lo demás”. (Feijoo 1985: 119-120)

En todo caso, en las ciudades, se generó una cultura popular donde convivieron lo escrito, lo

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Literatura popular, estudios científicos y cometas en la Nueva España (siglo XVII)

oral y lo icónico6. Fue un espacio social y gremial en donde existían y convivían prácticas
calificadas desde la ortodoxia, religiosa y secular, como de sentido común y engaño. De ahí, por
ejemplo, que se denunciara y persiguiera a los agentes especializados en crear y/o divulgar
almanaques o pronósticos. Se trataba de un pequeño grupo de autores –tanto especialistas como
embusteros– que lograron una divulgación impresa importante. Así, la imprenta-librería y su red de
vendedores se convirtió en un medio fundamental para la difusión de almanaques en Europa y en
América. La multiplicación de panfletos y cuadernillos se convirtió en un negocio que redituaba
amplias ganancias a los impresores, aunque no necesariamente representaba lo mismo para los
astrólogos. Aquí conviene tener presente que a la imprenta llegaron todo tipo de manuscritos:
desde construcción de instrumentos de observación hasta curas de todos los males.
Ahora bien, es probable que, frente a la difusión y a la aceptación pausada del
heliocentrismo, muchos astrólogos fueron modificando el contenido de sus pronósticos. Además,
inmersos en el entorno de las constantes guerras y las pestes, los almanaques adquirieron un tono
más catastrofista. Por esto, muchos impresos llegan a asemejarse a los cuadros abigarrados de El
Bosco con sus “danzas de la muerte” y fuegos escatológicos donde se condenaba por igual a
nobles, eclesiásticos o vulgo en general. Así, los almanaques cumplieron menos con los
propósitos de servir como pauta para la vida diaria y se volvieron cada vez más alarmistas. Los
astrólogos que tomaron ese camino se dieron cuenta de las ganancias producidas por el negocio
del miedo. La importancia que adquirió este tipo de literatura llegó a ser tal que, en Italia, por
ejemplo, los impresores presionaron a las autoridades eclesiásticas en contra de las ideas
heliocéntricas de Galileo Galilei (Grafton 2001: 35-37). En este sentido, el siglo XVII constituye
un adecuado periodo de estudio para analizar el auge de los almanaques a pesar de la férrea
implantación de la Contrarreforma en España, auxiliada por el Santo Oficio y por la publicación
de Índices de libros prohibidos7.
No obstante, muchos expertos denunciaron la charlatanería presente en algunas
efemérides astrológicas. Entre éstos, destacaron Tycho Brahe y Johannes Kepler que admitían la
astrología científica tal y como ellos mismos la cultivaban. Girolamo Cardano, por ejemplo,
denunció el pronóstico de Stoeffler, pues:

[…] en un tiempo en que reinaba la más jovial tranquilidad, [Stoeffler] creyó que las estrellas
amenazaban con un diluvio y anunció grandes desgracias a los hombres. Muchos huyeron a las
montañas. Yo, en cambio, que tenía por entonces veinte años, aseguré a nuestro duque
Francisco [Sforza] que no había peligro alguno […]. (Von Stuckrad 2005: 276)

Un elemento fundamental para la crítica de este tipo de literatura proviene del estudio
interconectado de contenidos de almanaques con los libros impresos sobre fenómenos naturales y
su calificación en los tribunales inquisitoriales. Así, por ejemplo, puede observarse un cambio en
la disposición de los contenidos en los impresos previos y posteriores al Concilio de Trento o a la

6
Bouza refiere que durante los siglos XV a XVII se dio en Europa “[...] una trinidad de formas de comunicación (oral, icónico-
visual y escrita) a las que se podía recurrir para resolver la necesidad de transmitir conocimientos, saberes y tradiciones [...] hay
que reconocer que ni lo oral ni lo icónico-visual como formas de comunicación perdieron vigencia alguna durante la alta Edad
Moderna europea; de ellas hizo frecuente uso tanto la ‘cultura popular’ de los iletrados como la llamada ‘cultura de las élites’ o
minoría letrada” (Bouza Álvarez 1992: 10).
7
En cuanto al desarrollo de un mestizaje cultural en México, fuera de los propósitos de este trabajo, conviene recordar las
referencias que hacen los primeros evangelizadores de la astrología prehispánica. Es el caso de fray Jerónimo de Mendieta, quien
describe como los indígenas “daban grandes alaridos y grita[n] en el tal eclipse del sol, y también lo hacían en el de la luna, o
cuando alguna otra señal o cometa veían en el cielo, aunque no tanto como en el eclipse del sol” (Mendieta 1997: 215).

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publicación de la Bula Coeli et terrae dominus, expedida por el papa Sixto V (1586), un
documento que prohibía los pronósticos astrológicos:

[...] Por esta constitución que para siempre ha de valer, por autoridad Apostólica estatuymos, y
mandamos, que así contra los Astrólogos, Matemáticos, y otros qualquier de la secta judiciaria,
que de aquí adelante exercieren el arte de la Astrología, sino es cerca de la agricultura,
navegación, y cosas de medicina [...] (Ciruelo 1986: s/p)

La obediencia a la disposición eclesiástica condujo a los creadores de almanaques a evitar


la astrología judiciaria. En 1594, Jerónimo Cortés, en el prólogo de su Lunario, realizaba toda
una justificación filosófica sobre el libre albedrío:

Digo, pues, que las estrellas pueden inclinar a los hombres, pero no forzarles, de la qual
inclinación pretendo hablar en todo el discurso de la pronosticación natural de los planetas,
sometiéndome en todo y por todo a la corrección y obediencia de la Santa Madre Iglesia
Católica Romana. (Cortés 1976: 213)

Aunado a lo anterior, conviene tener presente el uso de diferentes estrategias, por parte de
los autores o impresores, para burlar al Tribunal Inquisitorial. Es el caso del uso el traspaso de
responsabilidades hacia un autor extranjero traducido, la colocación de falsas autorizaciones
eclesiásticas o la inclusión de hagiografías para disimular discursos zodiacales. En particular, el
uso del anonimato o de los seudónimos sirvió de estrategia frente a las autoridades. No es de
extrañar que la Inquisición decidiera, a partir de 1688, exigir “a todos los impresores que sólo
podrían imprimir pronósticos con el nombre verdadero del autor” (Quintana 1969: 52).
Ahora bien, es necesario resaltar el mestizaje que se circunscribe en los lunarios escritos
en la Nueva España y que son resultado de los intercambios establecidos con la metrópoli. Es el
caso del repertorio que realizó Henrico Martínez, al hacer una copia general de la del español
Jerónimo Chávez. Sin embargo, su autor hizo una adaptación a la historia, al territorio y a los
habitantes de la Colonia. Un ejemplo es la ubicación astrológica de la Nueva España:

[…] la altura de México, que son diez y nueve grados y quince minutos, [le corresponde el
signo de Capricornio] y por lo consiguiente es el que parece tener dominio sobre ella, según lo
han demostrado algunas experiencias... Hubo por este tiempo [1546] una pestilencia general
[por la conjunción de Saturno y Marte en el 23 grado de Sagitario] que llamaron cocoliste […].
(Martínez 1991: 261)

A fines del año 1680 y principios de 1681 un cometa pudo ser contemplado en Europa y
América. El fenómeno condujo a astrónomos, astrólogos y matemáticos a manifestarse con
diversas opiniones. De esta forma, fueron editadas noticias y no tanto almanaques pues se trataba
de un hecho que era difícil de pronosticar. Fue el caso del novohispano Carlos de Sigüenza y
Góngora y del jesuita alemán Eusebio Kino quienes en México escribieron unos textos donde
explicaban las características astronómicas y astrológicas de los cometas –tema ya estudiado por
algunos historiadores de la ciencia. Conviene señalar que ambos autores dedicaron sus libros a
sus patronos8: el primero a la condesa de Paredes y el segundo al virrey. En particular, el jesuita
expresaba su deseo de que el cometa dejara su lado oscuro y agorero para convertirse, sobre todo,
8
La importancia del mecenazgo descansaba en que daba cabida y soporte a los artistas y a los estudiosos de la naturaleza. La
tolerancia a los astrólogos y a sus obras se brindaba si los avances cognitivos se presentaban como hipótesis o si estaban bajo el
amparo de un mecenazgo. Así estos autores se podían salvar de algún juicio por mantener posturas heterodoxas.

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en esta ocasión en que dedicaba su obra al virrey, en paraninfo de buenas nuevas. Lo contrario
era mal corresponder a la autoridad. Aunque tardíamente, esta postura será criticada en la Libra
Astronómica y Filosófica (1692) por el cartógrafo Sigüenza, para quien valía tanto el honor como
el conocimiento que buscaba explicar los fenómenos naturales y descubrir las leyes que los
regulaban.
En su Exposición astronómica de el cometa (1681), un panfleto metafísico, el padre Kino
infería que los cometas debían ser considerados como señales de la Providencia y no estudiados –
como proponía Galileo– para descubrir las leyes mecánicas que regulaban sus movimientos.
Desde luego, el texto del jesuita no estaba escrito en clave catastrofista como el que publicara
Johanem Carion, en 1521, anunciando un diluvio9. Tampoco era la descripción histórica del
fenómeno que acarrea el fallecimiento de algún monarca10.
Pero para el padre Kino el cometa no dejaba de ser una manifestación de la indignación
del Creador, pues “[...] quién duda –indicaba– de que se deben temer las señales que para nuestra
utilidad y salud nos pone y envía Dios [...]”11. Ira divina que podía permitir que el cometa y su
cola (que, según cálculos del jesuita medía tanto como la distancia de la Tierra al Sol), se
dirigieran hacia al mundo para causar graves males. Esta lectura y advertencia del jesuita alemán
eran el resultado de una crítica al Manifiesto filosófico contra los cometas despojados del imperio
que tenían sobre los tímidos (1681), del matemático Sigüenza y Góngora. Se trataba de un
documento que, haciendo eco al de su mentor Fray Diego Rodríguez (1652)12, afirmaba que los
cometas no podían ser vistos como causa de males debido a que eran desconocidos tanto su
origen y naturaleza como su posición.
En respuesta y como desafío al padre Kino, Sigüenza ampliaba lo esbozado en su
Manifiesto filosófico, al escribir Libra Astronómica y Filosófica, donde afirmaba una vez más
que los cometas –que algunos llamaban monstruos del cielo– no podían ser considerados como
los causantes:

[…] de las calamidades y muertes que les imputan; como tampoco lo son cuantos monstruos
suelen admirarse entre los peces del mar, entre los animales de la tierra y aun en la especie
humana [...]; por que si es cosa digna de risa el que un monstruo, aunque nazca en la publicidad
de una plaza, sea presagio de acabamientos de reinos y muertes de príncipes y mudanza de
religión, ¿cómo no lo será también el que un cometa lo signifique, cuando el origen de éste y de
aquéllos puede militar una individua razón? (Sigüenza y Góngora 1959: 10)

Y con sus propias observaciones y cálculos, el matemático novohispano demostró los


equívocos que tuvo el religioso alemán en calcular, por ejemplo, el paralaje del cometa y no usar
diversos registros sobre la observación del fenómeno celeste. Y es que Sigüenza y Góngora no
era un improvisado en estos menesteres astronómicos. En la Nueva España, la cátedra de
astrología y matemáticas que se impartía, desde 1637, en universidades como la Real y Pontificia

9
Aunque el fenómeno astronómico al que hace referencia Carion se trataba de un eclipse, en su época la forma extraña y su
aparición irregular del cometa fue interpretado desde Antiguo como causa de males.
10
Es el caso de fray Prudencio de Sandoval que describía la presencia de “un cometa muy amarillo [...] algunos días antes” de la
muerte del rey Felipe El Hermoso. Hay que añadir que de forma moderna e irónica, en ese mismo relato, el fraile agregaba un
dato importante: que el rey, la tarde de su muerte, comió “demasiado y jugó a la pelota y [sic] hizo otros ejercicios dañosos
después de comer” (Sandoval 1846: 82).
11
La cita del P. Eusebio Kino aparece referida en la respuesta que le da el matemático Carlos de Sigüenza y Góngora en su obra
Libra astronómica y filosófica (1959: 62).
12
Discurso etherologico del Nuevo Cometa, visto en Aqueste Hemisferio Mexicano; y generalmente en todo el mundo. Este año
de 1652.

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de México, tuvo como primer titular al fraile mercedario Diego Rodríguez, mentor del astrónomo
Sigüenza. Y al fallecimiento de Rodríguez, el matemático ocupó la cátedra hasta que, a fines del
siglo XVII, con su retiro de la Universidad, la astrología desaparecía como disciplina en las aulas.
Sin embargo, Sigüenza y Góngora mantuvo hasta el final de sus días la escritura de
almanaques no sin manifestar su descontento. ¿Cómo se puede explicar esta aparente
contradicción? El mismo matemático lo justificaba en el Almanaque de 1692 cuando pedía
disculpa a sus lectores por no haber podido hacer lo que Johannes Kepler: “dejar absolutamente
de hacer pronósticos por ser más lo que con ellos se pierde de crédito, que lo que se avanza en
reales” (Quintana 1969: 72). En gran parte, el matemático se vio en la necesidad de escribir
dichos materiales –más de una veintena a lo largo de su vida– obligado por el bajo salario que
percibía por su cátedra en la Universidad.
Finalmente, y en referencia a la controversia suscitada acerca del cometa, conviene
recordar que Sigüenza tardó casi diez años en poder publicar su obra contra la postura del padre
Kino. Y a pesar de la tardanza en su publicación, o quizá por eso mismo, la Libra astronómica y
filosófica, se convirtió en uno de los mejores documentos astronómicos de su tiempo. En este
libro, el científico novohispano demostraba con datos matemáticos que la astronomía era una
ciencia especializada en estudiar el cosmos no como una naturaleza irracional, sino como un
espacio regulado por leyes susceptibles de ser comprobadas. Por eso, cuando Sigüenza observaba
el cometa con su telescopio, estaba interesado en investigar la trayectoria de éste a fin de
descubrir las leyes mecánicas que regulaban su recorrido. De hecho, el matemático mexicano
“apoyó sus argumentos en sus propias observaciones del cometa, las cuales realizó entre el 3 y 20
de enero de 1681, exactamente en las mismas fechas en que Newton realizaba las suyas”
(Trabulse 1993: 86). Además, dio un paso adelante al relegar las preguntas metafísicas sobre la
finalidad del cometa a un segundo plano. Y como resultado de su atento trabajo de observación y
deducción supo, por ejemplo, calcular tanto las coordenadas eclípticas del cometa, como la
longitud y la latitud. “A pesar de todo, Sigüenza no nos presenta su propia estimación de la
paralaje del cometa, ni discute acerca de la forma de su trayectoria, como habían hecho en
España Vicente Mut y José de Zaragoza” (Navarro 2000: 165) o como hacían Isaac Newton y
Edmond Halley13.
Pero, finalmente, ¿existió en realidad una revolución científica que cambiara la
concepción del mundo? La respuesta es no si este periodo es considerado como un relámpago
cultural aislado. De hecho, será necesario el paso de todo un siglo para que el nuevo paradigma
newtoniano adquiriera predominio en la idea que la ciencia tenía de sí misma. No es de extrañar
entonces que la evolución de la física clásica tardara en aprehenderse dentro del mundo moderno.
El propio Newton, por ejemplo, siguió redactando obras teológicas en las que relacionaba sus
posiciones científicas con una lectura del Apocalipsis. Por eso, más que privilegiar los enfoques
uniformes y estáticos, la historia cultural subraya la importancia de los contextos y de los
procesos de cambio en periodos de larga duración. De esta forma, pueden comprenderse más
cabalmente, por ejemplo, las cosmovisiones populares o los desarrollos científicos. Así como las
visiones mestizas de un novohispano como Sigüenza y Góngora que escribía almanaques para
ayudar a ganarse la vida y cálculos matemáticos para aplacar los miedos.

13
Este último dedujo el regreso del cometa para 1758, pronóstico que sólo erró el científico británico en un par de meses, pues el
Halley volvería a ser visto en marzo de 1759.

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Bibliogafía

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