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Propercio y el amor

por Marco Aurelio Denegri


En latín, había dos verbos relacionados con el amor: amare, que es el
amor adhesivo, y dilígere, que es el amor reflexivo
MARCO AURELIO DENEGRI

Propercio y el amor, por Marco Aurelio Denegri


Marco Aurelio Denegri04.01.2016 / 08:30 pm

Recuerdo que en una conversación con Armando Robles


Godoy cité al poeta latino Propercio. “Basta amar –decía
Propercio– para dejar de ser libre.” Esto es algo que siempre me
ha parecido cierto. Es una observación válida, una opinión
admisible. Sin embargo, Armando no la compartía.

“Fíjate –me dijo–, Propercio comete dos errores. El primero es


suponer que el amor es un vínculo encadenante y el segundo
es estar demasiado seguro de lo que dice. Para mí, el amor es
vivenciable pero no inteligible. Yo no sé lo que es el amor. Lo
único que sé es que el amor puede obrar en mí, pero yo no
puedo traducir en palabras el amor. Así de simple y así de
misterioso.”

Tal vez sería menos misterioso si hubiésemos admitido el verbo


diligir. En latín, había dos verbos relacionados con el
amor: amare, que es el amor adhesivo, y dilígere, que es el
amor reflexivo. El amor pasional es adhesivo, se adhiere al otro,
se pega, quiere confundirse con él, unimismarse. En cambio, el
que profesa dilección profesa un amor diligente, esto es,
cuidadoso, atento, responsable, un amor reflexivo que traduce,
como dice la Academia, una voluntad honesta. La dilección es
el amor tierno y puro.

En la Vulgata, que es la traducción latina de la Biblia y que fue


obra de San Jerónimo, amare se usa solamente 51 veces,
pero dilígere y derivados (dilectus, dilectio), 465 veces.

“Dilige, et quod vis fac”, dijo San Agustín, y la traducción


usual de esta sentencia es: “Ama, y haz lo que quieras.” Pero
una versión más justa sería: “Dilige y haz lo que quieras.”

La amación o pasión amorosa es el amor de concupiscencia, el


amor interesado. La dilección es el amor reflexivo, el amor de
benevolencia, el amor desinteresado.

La gente rústica que seguía a Jesús en Galilea sólo podía


entender el amor de concupiscencia; pero Jesús predicaba el
amor de benevolencia. Ése era por entonces el problema y lo
sigue siendo, porque nuestro mundo no es benevolente sino
concupiscente, desea bienes terrenos y quiere calmar muchos
apetitos.

Nietzsche y la vivencia
Nietzsche decía que sólo tenemos oídos para lo que nos viene
de la vivencia, voz con que José Ortega y Gasset tradujo el
vocablo alemán Erlebnis. El problema es que no podemos
vivenciar una cosa porque queramos vivenciarla. La vivencia
no es una querencia, sino una ocurrencia o sucedencia. Nos
ocurre de pronto o nos sucede, pero no está sujeta a nuestra
voluntad. Como tampoco lo está la intuición. Yo no puedo
decir: “Voy a intuir tal cosa.” La intuición y la vivenciación son
ocurrencias o sucedencias, pero no son voliciones.