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Lo afirmó Armando Bartra, sociólogo mexicano y especialista en desarrollo rural, e
insistió en la necesidad de volver a la actividad agropecuaria dirigida a satisfacer el
mercado interno más que al agronegocio exportador. [13.05.2010]

Armando Bartra es docente e investigador del posgrado en Desarrollo Rural de la


Universidad Autónoma Metropolitana de México. Dirige el Instituto para el Desarrollo
Rural Maya y coordina la Jornada del Campo, suplemento informativo del diario La
Jornada de México. Estuvo en Córdoba invitado por el Centro de Estudios Avanzados
para disertar sobre ³El campo frente a la gran crisis. Mercancías, fetiches y
contradicciones externas del capitalismo´.

En diálogo con   , planteó la existencia de una crisis de orden


planetaria con aristas económicas, climáticas, alimentarias y energéticas, pero vinculada
fundamentalmente al modelo de explotación agropecuaria basado en la exportación de
productos que deberían destinarse al consumo interno de los países.

En este sentido, Bartra postuló que el problema de la agricultura en el mundo se


relaciona con una crisis alimentaria que no perjudica a los productores ni a los
comercializadores, sino a los consumidores que se han visto cadavez más
empobrecidos. ³El desmantelamiento del mercado interno, pensando sólo en las
ventajas de la agroexportación nos puso un límite´, explica el especialista y agrega: ³La
crisis alimentaria está mostrando que los países que no tienen capacidad para producir
sus propios alimentos, aún si poseen economías lo suficientemente fuertes como para
comprarlos, están realizando un mal negocio porque los alimentos se han vuelto muy
caros´.

Según el especialista, no existe otro camino para salir de esta crisis que volver a pensar
en la producción de alimentos por cuenta propia, atendiendo al autoabastecimiento y al
consumo interno, más que al agronegocio.

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- Si uno se fij en el PB podrí sostenerse que l agri ultura es una acti idad marginal
con una participaci n del tres o cuatro por ciento. Sin embargo, esa pequeñez es
engañosa, porque el campo absorbe cerca del 16 por ciento de la poblaci n
económicamente acti a. Es decir, directa o indirectamente, trabajan en la producción
primaria o en la agrotransformación, 16 de cada 100 trabajadores acti os. Asimismo,
uno de cada tres mexicanos vive en el campo y dos de cada 10 trabajan en él. En
términos de población y de ocupación es importante, aunque sólo tres o cuatro pesos de
cada 100 se producen en él.

Por otra parte, debemos preguntamos por los 97 pesos restantes. Lo que tenemos allí es
una producción de publicidad y diversión chatarra, de bienes de consumo suntuarios de
altísimo precio, que no satisfacen necesidades fundamentales o básicas. Es decir, la
economía mexicana tiene un importante sector de negocios que aporta muy poco al país.
En cambio, en ese tres o cuatro por ciento de PB que corresponde a la agricultura, se
encuentran los alimentos.

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En México, como en muchos países, la agricultura campesina contribuye con el


medioambiente. Del campo viene el aire puro, el agua limpia, la tierra fértil. En él se
sostiene la diversidad biológica, aporta climas templados, paisaje, cultura e identidad.
Es un portador de bienes mucho más valiosos que ciertas mercancías chatarras. Y esto
debemos ponerlo en la coyuntura de una crisis que no es solamente económica, sino
también medioambiental. Una crisis relacionada al cambio climático, en el que lo único
garantizado es la incertidumbre.

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Me refiero a incertidumbre en cuanto a la precipitación pluvial, a la duración de las


sequías, o a la intensidad de los huracanes. Cuando una actividad como la agropecuaria
se vuelve incierta, ya sea por el mercado o por los precios, y mucho más por la realidad
del cambio climático, lo que deberíamos hacer es asegurar una producción agropecuaria
sólida y capaz de enfrentar esa situación. Y la agricultura capaz de afrontarla no es la
que hemos desarrollado recientemente con monocultivos especializados que dependen
de agroquímicos y semillas mejoradas, en muchos casos transgénicas.

Entonces, desde esta perspectiva, la agricultura es un sector estratégico en toda América


Latina, porque una de las dimensiones de la crisis, el cambio climático, está poniendo
en riesgo la alimentación del planeta.

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Consumimos más energía en los últimos 20 años que en toda la historia de la


humanidad. Desde hace algo más de dos siglos utilizamos el carbón, el petróleo y el gas
como fuente de energía, pero se trata de un recurso limitado porque existe en la
naturaleza a partir de procesos geológicos definidos, y se está agotando.
Extraemos petróleo de lugares cada vez más profundos, en condiciones cada vez más
incómodas, y por lo tanto, más costosas. Petróleos más pesados, combinados con arenas
bituminosas. En estas condiciones, producir combustibles es más caro y, por lo tanto, el
rendimiento energético del petróleo está disminuyendo. Cada vez hay que utilizar más
energía para producir la misma cantidad de energía. Esto pone un límite al sistema. El
capitalismo no puede continuar siendo lo que ha sido en los últimos 200 años. No
estamos hablando de una crisis de sobreproducción que dura un año y medio, o dos, y
después se remonta. En este contexto, la agricultura es una actividad que compró el
modelo energético del resto de la economía, en el sentido del uso abusivo de químicos y
agroquímicos de origen petrolero.

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Hay bienes que podíamos consumir directamente o con una transformación relativa,
pero los convertimos en productos chatarra, resultado de procesar granos una y otra vez,
lo cual implica un gasto de energía, además de un incremento en el precio y la pérdida
de la calidad nutricional. Si a esto agregamos la lógica según la cual la única actividad
económica importante es aquella que sirve para la exportación, entonces estamos
pensando que los productos agrícolas deben ser enviados a mercados internacionales,
que habitualmente son remotos. Se produce en Argentina o México lo que se va a
consumir en Europa o en Asia.

Es absurdo pensar que los productos agrícolas ±que podrían ser de consumo local±
deban ser comercializados a grandes distancias, sobre todo cuando el costo de los
energéticos es muy elevado. Entonces, también por cuestiones de energía el modelo
agrícola está contraindicado.

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Sí, y el caso de la carne es paradigmático. Argentina ya es una cultura consumidora de


carne, pero hay pueblos enteros como India y China, que están cambiando sus hábitos
en el consumo de cárnicos y lácteos. Esto ocasiona que se derive una parte de la
producción agropecuaria hacia el alimento de ganado, utilizando granos de consumo
humano para la producción de forraje, lo cual en situaciones de escasez relativa es
absurdo.

Entonces también existe un modelo agrícola exportador que piensa en función de una
actividad pecuaria sobredimensionada, con hábitos de consumo que se están
encaminando hacia las carnes rojas. Pero es inviable pensar en sostener a la población
mundial consumiendo carnes rojas.

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Para Armando Bartra, la situación agraria argentina es tan complicada como la de todos
los países de América Latina, donde se combinan dos factores: productos agrícolas a
precios muy altos y rentabilidad de la actividad.

En el caso de Argentina, con un modelo agrícola extensivo y la soja en particular,


afloran tres grupos de interés diferentes que se benefician de la explotación
agropecuaria: el dueño de la tierra, el contratista que desarrolla los cultivos y el
inversionista.

Según Bartra, el problema agrario es grave en toda Latinoamérica, pero la particularidad


de Argentina radica, ya no en la existencia de un vasto número de campesinos, sino en
la presencia de ³un sector empresarial, una oligarquía agraria más que terrateniente,
porque en muchos casos son inversionistas agrícolas y no terratenientes. Un grupo de
interés enormemente poderoso, que ha ganado mucho dinero y quiere continuar
haciéndolo, pero que no le interesa compartirlo a través de las finanzas públicas con el
resto de la nación´.

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