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POLICÍA GATUNA

IGUALDAD

En una ciudad llena de perros hambrientos y furiosos un grupo de gatos se reunió para organizar la vigilancia de
su guarida. A pesar de los acuerdos que se habían firmado entre perros, gatos y ratones, algunos perros parecían
no tener interés de respetarlos. El gato más anciano se dirigió a los demás y les dijo:

-Compañeros, necesitamos que alguien se ocupe de vigilar la zona de los gatos y defendernos. Tenemos que
formar una patrulla de policía gatuna.
Uno de los presentes se adelantó y dijo:
-Yo me ofrezco voluntario. Soy fuerte y fiero. Puedo asustar a la mayoría de los gatos y defenderme de los más
osados.

Otro de los gatos que estaba en la reunión dijo:


-Yo le ayudaré. También soy fuerte.

Poco a poco, todos los gatos fuertes y también los más fieros se fueron uniendo a la patrulla de la policía
gatuna.

-Yo también quiero unirme a la patrulla -dijo una gata. Todos se sorprendieron.

-Pero tú eres pequeña y ligera -dijo el primer gato que se había unido a la patrulla-. ¿A quién vas a asustar?
¿Cómo te vas a defender si te atacan? Además, eres… eres una…

-Una qué -le interrumpió la gata-. ¿Una chica?


-Sí, bueno, una chica -dijo el gato.
-Puede ser de utilidad -interrumpió el gato anciano.
-Las chicas siempre son útiles para despistar -dijo otro de los gatos de la patrulla.
-Pero, ¿tú de qué vas? -dijo la gata, muy ofendida-. ¿Crees que las chicas solo servimos para eso, para
entretener y despistar a los chicos?

-No quise decir eso -se disculpó el gato.


-Pues que te quede claro, majete -dijo la gata-. Soy muy rápida y muy ágil. Puedo librarme fácilmente de los
perros y puede llegar muy rápido a donde quiera para avisar a los demás. También soy valiente, tanto como para
acudir al soberano de los perros y denunciar un ataque. Y como soy también muy sigilosa, puedo hacerlo sin que
nadie más me vea.

Todos los gatos la miraban boquiabiertos. Todo eso parecía muy útil.

-Cada uno tenemos nuestras cualidades y hay que saber aprovecharlas -dijo la gata-.

Y así fue como se formó la patrulla de la policía gatuna, un equipo eficaz que mantuvo a raya a los perros por
mucho mucho tiempo.
LOS LADRONES DE PIRULETAS

JUSTICIA

Villapirula estaba engalanada de arriba a abajo. En pocos días se celebraría la Gran Piruletada, la fiesta grande
de la ciudad. Todos los habitantes de Villapirula estaban muy nerviosos. Durante meses habían estado
fabricando piruletas para la gran ocasión. La Gran Piruletada atraía a miles de visitantes todos los años atraídos
por la gran fiesta que se montaba y por las maravillosas piruletas que se podían comprar ese día. Y había que dar
la talla.

Ajenos de lo que se les venía encima, los habitantes de VillaPirula seguían con los preparativos de la Gran
Piruletada. Mientras tanto un ladrón preparaba el gran golpe.
-Ya estoy viendo los titulares de los periódicos de mañana -reía el ladón-. Algo así como esto: Ladrones astutos le
hacen la pirula a los de Villapirula. No, no, mejor así: La Gran Piruletada se convierte en la Gran Pirula. Se la dan
con queso a los de Villapirula.

El ladrón no hacía más que reír y gastarse bromas a sí mismo mientras esperaba que llegara la noche para dar el
gran golpe.
Y el momento llegó. La noche había caído y el ladrón se deslizó sigiloso y se coló en el almacén de piruletas con
un saco enorme. Ya había llenado el saco cuando, de repente, oyó unos pasos.

El ladrón se escondió rápidamente. No sabía quién andaba por allí, pero no querían ser descubierto, así no se
movió.
Un rato después volvieron a oírse pasos. Alguien llegó donde él estaba. Era otro ladrón, cargado con un enorme
saco lleno de piruletas. Los dos ladrones se miraron, pero no dijeron nada. Solo esperaron.

Un rato después volvieron a oírse unos pasos. Pocos segundos después un tercer ladrón se unió a los otros dos.
Ya casi era de día, y había que salir de allí. Pero entonces, volvió a oírse ruido y un cuarto ladrón se unió al
grupo.

-Chicos, vámonos, que nos van a pillar -dijo uno de los ladrones-. Seguro que el quinto ladrón está haciendo de
las suyas. Dejemosle a lo suyo, y que salgo cuando acabe.
Pero no había un cuarto ladrón, sino una patrulla de policías que iba a investigar unos movimientos sospechosos
que un vecino había denunciado.
Los ladrones se llevaron tal susto que soltaron los sacos de piruletas y salieron corriendo. Pero no llegaron muy
lejos, porque varias patrullas ya se habían instalado fuera del almacén para cerrar el paso a los posibles
delincuentes.

Como escarmiento, los ladrones tuvieron que ayudar a los vecinos a Villapirula durante toda la fiesta haciendo
los trabajos más duros.
La Gran Piruletada fue un gran éxito y los ladrones se fueron a casa agotados. Eso sí, con una piruleta de plástico
para que no olvidaran que a los de Villapirula no se les hace la pirula.
EL CAPITÁN BARBALECHUGA

TOLERANCIA

Había una vez un capitán pirata al que todos llamaban Barbalechuga. En realidad, no tenía ninguna lechuga en la
barba, ni tampoco tenía la barba de color verde. A este pirata le llamaban Barbalechuga porque era vegetariano
y no había día que no comiera una o dos veces ensalada de lechuga.
Barbalechuga comía todo tipo de verduras y frutas, legumbres y tofu. Y siempre había muchos alimentos de
estos en el barco, aunque los otros piratas preferían comer otras cosas como carne y pescado. Además,
Barbalechuga también comía cereales, huevos y leche.
Los piratas de vez en cuando se burlaban de su capitán y le escondían el tofu y las legumbres para hacerlo rabiar.
Pero le respetaban, porque aunque estaba un poco más flacucho de lo normal en un pirata, era un pirata
valiente y fuerte.
Un día, sin saber cómo, la carne y el pescado en salazón de las despensas del barco desaparecieron, y no había
manera de que los peces picaran el anzuelo.
Alguien había robado la comida a los piratas del Capitán Barbalechuga y había asustado a los peces. Y estaban en
alta mar, sin viento para navegar.
- ¿Qué haremos ahora? -se lamentaban los piratas.
Estaban muy lejos de cualquier puerto, y sin viento, el barco no podía avanzar.
Barbalechuga les ofreció compartir su comida, pero los piratas dijeron que preferían seguir esperando a que
algún pez picara. Mientras tanto, fueron comiendo cereales, huevos y leche, pero pronto se acabó.
Viendo a sus hombres cada vez más débiles, Barbalechuga decidió preparar él mismo algo de comer para todos
usando sus verduras y legumbres. Cuando los piratas se encontraron con aquel festín, ni se lo pensaron. En un
abrir y cerrar de ojos se lo comieron todo.
- ¡Uhm, qué bueno está esto! -decían mientras devoraban la comida.
Al día siguiente, Barbalechuga volvió a preparar la comida, y los piratas volvieron a comer con apetito, y
enseguida recuperaron las fuerzas.
A los pocos días volvió el viento y pudieron navegar, por lo que emprendieron viaje al puerto más cercano para
reponer víveres.
Entonces, a alguien se le ocurrió preguntar:
- ¿Qué hemos estado comiendo estos días?
- La comida del Barbalechuga -respondió el capitán.
- ¿En serio? -dijeron los piratas, todos a la vez?
- Vaya, no era tan mala ¿verdad? -preguntó Barbalechuga.
- Carguemos más legumbres, frutas y verduras entonces! -dijeron los piratas.
- Un momento, ¿No os gustaron las hamburguesas? -dijo el capitán.
- ¡Nos encantaron! -dijeron los piratas.
- Pues vais a tener que cargar más tofu entonces -dijo el capitán.
Los piratas se miraron los unos a los otros, extrañados. Después de unos segundos, se echaron a reír y dijeron:
- ¡Más tofu!
Y así fue como los piratas del capitán Barbalechuga empezaron a comer de todo. Y, aunque no le quitaron el
mote a su capitán, dejaron de burlarse de él.

De la comida robada nunca se supo nada, aunque hay quien piensa que fue el propio capitán quien la escondió,
cansado de burlas sobre su forma de comer, para darles una lección. Pero eso, solo son rumores.
Uga la tortuga.
PERSEVERANCIA
¡Caramba, todo me sale mal!, se lamenta constantemente Uga, la tortuga.

Y es que no es para menos: siempre llega tarde, es la última en acabar sus tareas, casi nunca consigue premios a
la rapidez y, para colmo es una dormilona.

- ¡Esto tiene que cambiar!, se propuso un buen día, harta de que sus compañeros del bosque le recriminaran
por su poco esfuerzo al realizar sus tareas.

Y es que había optado por no intentar siquiera realizar actividades tan sencillas como amontonar hojitas secas
caídas de los árboles en otoño, o quitar piedrecitas de camino hacia la charca donde chapoteaban los calurosos
días de verano.

- ¿Para qué preocuparme en hacer un trabajo que luego acaban haciendo mis compañeros? Mejor es dedicarme
a jugar y a descansar.

- No es una gran idea, dijo una hormiguita. Lo que verdaderamente cuenta no es hacer el trabajo en un tiempo
récord; lo importante es acabarlo realizándolo lo mejor que sabes, pues siempre te quedará la recompensa de
haberlo conseguido.

No todos los trabajos necesitan de obreros rápidos. Hay labores que requieren tiempo y esfuerzo. Si no lo
intentas nunca sabrás lo que eres capaz de hacer, y siempre te quedarás con la duda de si lo hubieras logrados
alguna vez.

Por ello, es mejor intentarlo y no conseguirlo que no probar y vivir con la duda. La constancia y
la perseverancia son buenas aliadas para conseguir lo que nos proponemos; por ello yo te aconsejo que lo
intentes. Hasta te puede sorprender de lo que eres capaz.

- ¡Caramba, hormiguita, me has tocado las fibras! Esto es lo que yo necesitaba: alguien que me ayudara a
comprender el valor del esfuerzo; te prometo que lo intentaré.

Pasaron unos días y Uga, la tortuga, se esforzaba en sus quehaceres.

Se sentía feliz consigo misma pues cada día conseguía lo poquito que se proponía porque era consciente de que
había hecho todo lo posible por lograrlo.

- He encontrado mi felicidad: lo que importa no es marcarse grandes e imposibles metas, sino acabar todas las
pequeñas tareas que contribuyen a lograr grandes fines.

FIN
Luisa quiere cumplir sueños
EMPATIA

Luisa es una niña muy simpática de enormes ojos, gran sonrisa y mucha, mucha imaginación. Desde que ha
empezado el colegio tiene muchos amigos. La invitan a todos los cumpleaños y ella se siente muy bien con ellos.
Una de las cosas que más echa de menos es tener un hermanito por eso le gusta estar tanto rodeada de niños y
niñas.
Un sábado por la tarde vio una película con papá en la tele y le llamó la atención la historia. La película contaba
como un genio salía de una lámpara dorada y conseguía caer bien a todo el mundo y ayudar a los reyes
cumpliendo deseos y haciendo bromas a todo aquel que solicitaba su ayuda. A Luisa le gustó mucho el genio y se
le ocurrió lo que ella pensó como una maravillosa idea ¡Ella también sería como el genio y cumpliría sueños!
Esa noche en su habitación no podía dormir y se puso a pensar como convertirse en genio y se le ocurrió la idea
de que mañana mandaría a todos los niños amigos suyos que trajeran una pequeña libreta al día siguiente
donde apuntaran sus sueños. Luego ella ya se encargaría en cómo hacerlos realidad.
Cuando al día siguiente Luisa contó la historia en el recreo algunos niños se rieron, otros la escucharon con
dudas y otros decidieron que mañana le traerían la libreta con sus cosas apuntadas. Luisa salió muy feliz del
colegio, su plan ya estaba en marcha.
Al día siguiente, sin embargo, solo una niña, Estefanía, se acordó de traer su libreta de los sueños. Le tendió la
libreta a Luisa que estaba incluso nerviosa, esta le dio un beso en la mejilla en agradecimiento y miró lo que su
amiga le había escrito. Cuando lo leyó se sintió muy sorprendida ¡Un árbol que dé gominolas!
Su amiga Estefanía soñaba con tener en su casa un árbol que en vez de dar frutos pueda tener gominolas. ¡Qué
difícil era ser Genio!
Luisa dio vueltas toda la tarde a cómo podría hacer eso, al final decidió hacer algo parecido. Convenció a papá
para que le comprara gominolas para un supuesto cumpleaños. Luego cogió unas cartulinas que tenía en su
cuarto y se dedicó a construir un árbol de cartulina. Quizá no podría conseguir un árbol de verdad, pero podría
hacer una sorpresa parecida para cumplir el sueño de Estefanía.
En esas estaba cuando el papá de Luisa entró en la habitación y la vio con todo encima de la mesa. Un árbol de
cartulina verde y unas bolsas de gominolas divididas en bolsitas de plástico.
-¿Qué estás haciendo? No entiendo nada. No estás leyendo y esas chucherías ya veo que no son para mañana.

El papá estaba muy serio y Luisa entendió que cumplir sueños podía conllevarle más problemas de lo que
parecía.
-Lo siento papá. Te he mentido y me arrepiento mucho. Es que tras ver la película del genio azul pensé que igual
yo también podría ayudar a la gente a cumplir sueños y se lo dije a mis amigos del cole y Estefanía me pidió para
cumplir su sueño un árbol que dé gominolas como es muy difícil y no quería que se pusiera triste o que pensara
que me había reído de ella intenté hacer un árbol de mentira con gominolas.
El papá de Luisa quedó mirándola alucinado. Le acabó explicando que tenía que separar fantasía de realidad.
Que lo que contaba era la intención y que no la dejaría llevar nada de eso al colegio pero no la castigaría, que
tendría que pedir perdón y le explicaría a Estefanía que ella solo quería hacerla feliz pero que esa no era la
forma.

Además de toda la conversación con su papá, Luisa entendió que cada uno cumple sus propios sueños.
La abejita soñadora
LIBERTAD

Había una vez una abejita muy trabajadora que se pasaba el día entero entre las flores recogiendo polen para
llevarlo a la colmena y así hacer miel.

A la abejita le encantaba su trabajo, y lo hacía con mucha alegría. Nunca le faltaba de nada y tenía una gran
familia. Pero, aún así, la abejita no era feliz.

La abejita soñaba con conocer mundo, con descubrir otro tipo de flores, probar otro tipo de néctar y saborear
otro tipo de miel.
Al principio, la abejita se guardaba para ella sus sueños. Pero, con el tiempo, se los fue contando a las demás.
Pero ninguna la tomaba en serio. Incluso algunas se reían de ella.

La historia de que una abejita soñaba con viajar y conocer otros lugar y otras flores llegó a oídos de la Abeja
Reina. Y no le gustó nada. Así que la mandó llamar.
-Pequeña abejita, no quiero oír nunca más que vas diciendo esas tonterías por ahí. ¿Queda claro? Tu sitio es este
y no podrás irte de aquí jamás. Si vuelvo a oír que andas diciendo esas cosas te encerraré para siempre.

La abejita se quedó muy triste, pero también confundida. La Abeja Reina no le había reñido por desear conocer
otros lugares. Lo que le había parecido mal a la Abeja Reina es que lo estuviera contando. ¿Qué mal podría estar
haciendo ella hablando de sus sueños de libertad?

-¡Ah, claro! ¡Es eso! -pensó la abejita-. La Abeja Reina tiene miedo. Si todas las abejas nos fuéramos, nadie
trabajaría para ella. ¿Es que no soy la única que sueña con ser libre? ¿Es que tal vez haya otras que sueñen con
lo mismo que yo?
En ese momento, una abeja interrumpió sus pensamientos.

-¿Qué tal, abejita? ¿Qué quería la Abeja Reina de ti? Te ha regañado bien, ¿eh? Es que no se puede soñar con
tonterías, abejita.
-Te equivocas, compañera -respondió la abejita-. No me ha reñido por soñar, sino por hablar de ello. Me ha
pedido que cierre la boca. Se conoce que no soy la primera que sueña despierta. Pero ya me callo, que luego me
castiga.

-Vaya, vaya -pensó la otra-. ¡Qué curioso! ¿Qué ocultará la Abeja Reina?
Y así, sin hacer ruido, entre susurros, entre las abejas empezó a crecer el mismo sueño que tenía la abejita
soñadora. Primero fue por curiosidad, la curiosidad que despierta lo prohibido. Después el interés por conocer
algo nuevo se convirtió en un deseo de libertad para decidir.

Quién sabe si algún día la abejita soñadora se atreverá a cumplir su sueño. Quién sabe si alguna lo hará. Porque
soñar es fácil. Lo difícil es tener valor para hacer realidad tus sueños.
Por las malas
RESPETO

Lalia tenía solo tres años, pero ya había asustado a todo el colegio. Cada vez que Lalia aparecía en clase tiraba
todos los juguetes, descolocaba las sillas y tiraba todos los abrigos.

Cuando iba a casa alguna amiga o de alguno de sus primos, Lalia tiraba sus juguetes, rompía todo lo que podía y
le cogía las pinturas para ensuciar su ropa y sus libros.
Todos los niños y las niñas huían cuando veían a Lalia. Nadie quería jugar con ella. Algunos incluso lloraban
cuando la veían.

-Tienes que portarte bien, Lalia, sino no vas a tener nunca amigos -le decían sus padres, sus tíos y sus maestros.

Pero a Lalia le daba igual. A veces la castigaban, pero no le importaba. Lo mucho que le había gustado hacer la
trastada que le había valido el castigo solía valer la pena. Y era así, día tras día, semana tras semana. Hasta que
otra niña, Matilda, se cansó y decidió tomar medidas.

Todos los días mientras recogían para irse a casa, Lalia aprovechaba para pegar a alguien, tirar alguna cosa o
esconder algo y así hacer rabiar a alguno de sus compañeros mientras la maestra estaba en la puerta
entregando niños a sus padres. Como a Lalia la iban a buscar la última tenía tiempo de sobra para sus fechorías.
Pero el día que Matilda actuó la cosas fueron bien distintas.
Matilda convenció a otra niña para que le ayudará a meter a Lalia en la casa de juguete que tenían en la clase.
Entre otras dos la sujetaron a través de las ventanas para que no saliera. Otros cuatro niños se dedicaron a
arrastrar sillas y mesas y ponerlas alrededor de la casa para que Lalia no pudiera salir.

La maestra, acostumbrada al ruido, ni se dio cuenta de lo que pasaba, mientras seguía entregando a los niños.
Cuando llegó la madre de Lalia y la niña no aparecía es cuando se dio cuenta que salían voces de la casa.
Entre la madre y la maestra retiraron las mesas y las sillas. Y allí encontraron a la niña, llorando desconsolada.

Desde entonces Lalia no ha vuelto a meterse con los demás, porque ha aprendido la lección. Pero tampoco tiene
amigos, porque nadie quiere estar con ella después de todas las maldades que ha hecho.

Ojalá Lalia no hubiera tenido que aprender por las malas lo importante que es respetar a los demás. Ojalá en vez
de castigar y disciplinar pensáramos más en fomentar la convivencia y la colaboración. Tal vez las cosas serían
distintas, para Lalia y para todos los niños que pegan y acosan a sus compañeros, para todos los que tienen que
responder con violencia porque nadie interviene intentando poner un poco de paz.

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