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lecciones de sociología

de las ciencias
Título original:
Petites leçons de sociologie des sciences

© del texto: Bruno Latour, 1993


© de la traducción: Xavier Febrés, 2016
© de esta edición: Arpa y Alfil Editores, S. L.

Deu i Mata, 127, 1º – 08029 Barcelona


www.arpaeditores.com

Primera edición: julio de 2017

ISBN: 978-84-16601-38-7
Depósito legal: B 5682-2017

Fotografía de cubierta: Manuel Braun


Diseño de cubierta: Enric Jardí
Maquetación: Estudi Purpurink

Impresión y encuadernación: Cayfosa


Impreso en España

Reservados todos los derechos.


Ninguna parte de esta publicación
puede ser reproducida, almacenada o transmitida
por ningún medio sin permiso del editor.
Bruno Latour

lecciones de sociología
de las ciencias

Traducción de Xavier Febrés


Sumario

Los amantes de las ciencias 9

SOCIOLOGÍA DE LOS OBJETOS


DE LA VIDA COTIDIANA

Retrato de Tomás el Gafe como filósofo de las técnicas 19

Los dilemas cornelianos del cinturón de seguridad 32

La llave de Berlín 43

La carga moral de un llavero 61

«El botones está en huelga. Por el amor de Dios,


cierren la puerta.» 72

II

EL DURO OFICIO DE LOS TRABAJADORES


DE LA EXPERIMENTACIÓN

La angustia del conferenciante por la noche en el hotel 101

La ópera del riñón: escenificación y aplicación 106

Retrato de un biólogo como capitalista salvaje 126

Tres pequeños dinosaurios


o la pesadilla de un sociólogo 164
III

LAS TRIBULACIONES DE LA IMAGEN CIENTÍFICA

El trabajo de la imagen
o la inteligencia erudita redistribuida 181

El «pedófil» de Boa Vista, montaje fotofilosófico 216

Los ángeles no son buenos instrumentos científicos 283

Agradecimientos 317
De Châtelperron, para Lucie y Chloé
Los amantes de las ciencias

Los científicos aficionados aprecian aquellos resultados de


las ciencias que intentan reproducir en sus granjas, talleres,
graneros y cocinas a más pequeña escala. Los amantes de
las ciencias aprecian menos los resultados que la elabora-
ción, el movimiento, la labor, la pasta de lo que obtienen.
No pretenden hacer más obra científica que un crítico de
arte pintar como Rembrandt.
¿Por qué las obras de teatro, los ballets, las óperas,
las inauguraciones o las emisiones de televisión gozan de
crónicas y cronistas y, en cambio, los laboratorios, los pa-
radigmas, las expediciones y los experimentos no tienen
derecho a su correspondiente dosis de vulgarización? ¿La
verdad, la eficacia o la rentabilidad merecen menos con-
sideración que su hermana la belleza? ¿Son acaso menos
humanas, menos turbadoras, menos amables?
Así lo creen los críticos de arte, que tan solo ven en
las ciencias y las técnicas el mundo objetivo, del que es
preciso evadirse lo antes posible para acceder al de la li-
bre creación. Para ellos las ciencias se demuestran y luego
se enseñan, pero no se aprecian. Las técnicas se elaboran
y se aplican, pero no se disfrutan. Al contrario, dicen: las
10 Bruno Latour

«personas de cultura» deben resistirse con todas sus fuer-


zas a la tiranía de las ciencias y las técnicas. Tan solo los
siglos pueden dar una pátina a una turbina hidráulica o a
algún sistema cosmológico para llamar su atención, como
si fueran precisas la quiebra y la muerte para que las cien-
cias y las técnicas accedieran a la dignidad, para ellos sin
par, del museo.
¿Deberíamos llamar, por oposición, «personas de na-
turaleza» a los sabios e ingenieros? Tendríamos entonces
por un lado la cultura, donde se mezclan los sujetos, sus
afectos y sus sueños, y, por el otro, actividades admira-
bles, aunque algo monstruosas, que permiten mantener
a los objetos a prudente distancia de los sujetos. En tal
caso, sería preciso que los letrados cumplieran dos tareas
simétricas: proteger a la ciencia de la contaminación de la
imaginación, las pasiones políticas y los intereses huma-
nos, y proteger a su vez la dignidad, la libertad y la ima-
ginación de los hombres de la dominación de la objetivi-
dad o la eficacia.
Un amante de las ciencias tiene otros deberes. Para él,
es en el ámbito de las ciencias y las técnicas donde puede
observarse el mayor grado de confusión entre sujetos y
objetos, la más profunda intimidad, el más intenso acuer-
do. Luego no entiende cómo pueden oponerse las activi-
dades de la cultura y las de la «naturaleza». La idea de un
arte autónomo y libre le parece tan incongruente como la
de una ciencia objetiva y fría. ¿Proteger a las ciencias y
las técnicas de los sujetos y las pasiones humanas? ¡Pero
si entonces desaparecerían! ¿Resguardar a los sujetos de
derecho de la invasión de las ciencias y las técnicas? ¡Pero
si entonces se desvanecerían! Extraño racionalismo, cu-
rioso humanismo, que quieren destruir lo que dicen que-
rer como a la niña de sus ojos.
Los amantes de las ciencias 11

Las lecciones reunidas en este libro combinan a los


humanos y los no-humanos1 de múltiples formas, sin caer
nunca en aquella inhumanidad que antaño se atribuía tan
fácilmente a las ciencias y las técnicas, ya fuese para ala-
barlas o para ningunearlas. Mediante ficciones, anécdo-
tas, investigaciones, entrevistas, observaciones, análisis de
texto y fotomontajes, dichas lecciones tratan de saltar las
antiguas barreras, tenidas por infranqueables, entre los
signos y las cosas, el sujeto y el objeto, la organización de
nuestra sociedad y la clasificación de los seres del mundo
natural. Este pequeño libro pretende analizar algunos de
los dispositivos que hemos imaginado para clasificar las
cosas y las gentes: técnicas, ciencias, ficciones y ángeles.
Tomemos el ejemplo del «gendarme acostado». Si ob-
servo que usted frena al aproximarse a una escuela, le feli-
cito a la vez por su civismo y su altruismo. Ha visto la ad-
vertencia del código que le pedía no superar los 30 km/h y
ha dado prioridad a la seguridad de los niños antes que a
sus urgencias. Sin embargo, compruebo que, al pasar ante
la escuela, su coche se ve sacudido por un sobresalto… In-
trigado, miro al suelo y comprendo que estaba equivoca-
do. Ha frenado, con lo que les ha ahorrado a los queridos
escolares el peligro de verle pasar a 120 km/h, pero lo ha
hecho porque dos bandas de frenado alineadas le han for-
zado a levantar el pie del acelerador para preservar no a los
niños por altruismo, sino a sus neumáticos por egoísmo.
De lejos, para un observador externo, las dos conductas

1 La pareja humanos/no-humanos es característica de la obra fi-


losófica de Bruno Latour. Constituye una alternativa a la pareja objeto/
sujeto y una tentativa de superación de la frágil partición entre naturaleza
y cultura. (N. del T.)
12 Bruno Latour

son idénticas, aunque la primera se obtenga por la interio-


rización de una ley y la segunda por la exteriorización de
la fuerza del «gendarme acostado». Astutos ingenieros de
puentes y caminos, secundados por alcaldes y asociaciones
de vecinos, le han impuesto su conducta mediante la ins-
talación de una barra de cemento. Gracias a ella, se pasa
de un programa difícil de cumplir («Respete el código de
circulación») a otro programa («No destroce sus amorti-
guadores»). Como mucha más gente prefiere sus amorti-
guadores al respeto escrupuloso de las normas, este «des-
plazamiento del sentido» permite hacerse obedecer mucho
más ampliamente, aunque cueste caro, frene sin motivo a
las ambulancias apresuradas y a los bomberos y fractu-
re además las vértebras de los conductores exasperados.
Podría pensarse que con este ejemplo hemos pasado
de las relaciones morales a las duras obligaciones, que he-
mos abandonado el mundo social para penetrar en el de la
técnica. Los humanistas admitirán amparar al conductor
mientras piense en su prójimo, obedezca la ley, respete el
código de circulación y preste atención a las señales. Pero
si pasa de la acción reflexionada al acto reflejo, de las re-
laciones de razón a las relaciones de fuerza —si, en suma,
pega un frenazo para proteger la mecánica de su coche—,
entonces lo relegarán al reino de las cosas y del ingeniero
que en él impera como único amo. Sería una lástima, por-
que por más que nos adentremos en historias de amorti-
guadores, siempre encontraremos tantas reglas, signos, le-
yes, personas, pasiones y objetos como en esta. Cambiaría
su reparto, sin duda, pero no su mezcla, que no haría más
que crecer. Ardua tarea la de tratar siempre por separado
el sentido moral de los conductores, la psicología de los
locos del volante, la escritura y el emplazamiento de las
señales, la solidez de las suspensiones, el flujo de las aguas
Los amantes de las ciencias 13

pluviales, la política de los alcaldes, el sufrimiento de los


padres, la conducta errática de los escolares y los decre-
tos del Ministerio de Transportes. Para dejar tranquilos
a algunos padres, el alcalde se enemista con camioneros,
bomberos, conductores de autobús y locos del volante, que
para vengarse tocarán la bocina furiosamente por la no-
che y despertarán a los padres también furiosos, que a su
vez exigirán a los ediles que arranquen al precio que sea
esas bandas de frenado recién instaladas… Podemos aña-
dir no-humanos para modificar el abanico de conductas,
pero no podemos simplificar las relaciones que mantene-
mos con ellos. Añadan algo de técnica y verán como la si-
tuación resulta todavía más rica, complicada y, a qué ne-
garlo, más interesante. Gracias a Tomás el Gafe y a ciertos
objetos de la vida cotidiana, en este libro aprenderemos a
deshacer algunos embrollos de humanos y no-humanos.
Esta obra plantea asimismo algunas disciplinas erudi-
tas. Se piensa a menudo que solo mediante las ciencias se
logra obtener la mayor distancia entre las pasiones subje-
tivas y los hechos objetivos. Pero en realidad es casi al re-
vés. Solo en las ciencias se mezclan íntimamente los no-hu-
manos más exóticos y los humanos más cercanos.
El otro día en el Instituto Pasteur encontré a un in-
vestigador que me estrechó la mano y se presentó con un:
«Buenos días, soy el coordinador del cromosoma 11 de
la levadura de la cerveza». No desdeñemos esta extraña
frase de un manotazo. No tratemos por separado al indi-
viduo singular que dice «soy», a la organización europea
capaz de coordinar los equipos de biólogos moleculares
y, por último, a la secuencia de ADN del cromosoma de
Saccharomyces cerevisiae. Esta cómoda clasificación po-
dremos usarla más tarde, en frío, cuando la investigación
haya terminado. De momento, estrecho la mano de este
14 Bruno Latour

hermoso híbrido: un individuo-organización-secuencia de


ADN. Imposible acceder directamente al cromosoma 11 sin
entender la sagaz organización que ha sido preciso asen-
tar para coordinar la acción de todos los «levaduristas»
de Europa. Sin los programas de ordenadores, el correo
electrónico, las bases de datos y los subsidios de la CEE,
dicho cromosoma no hubiera podido analizarse por com-
pleto antes de treinta años. Pero también resulta imposible
comprender esta red de investigadores sin prestar atención
al individuo que se ha identificado hasta tal punto con la
levadura que ínfimas modificaciones en sus neuronas per-
mitirán descubrir las piezas restantes del puzle de su se-
cuencia. Finalmente, también sería imposible comprender
la originalidad de este investigador y de su organización
sin tomar en cuenta la levadura que actúa desde hace mi-
lenios en toneles y barricas y cuya fermentación se mezcla
desde siempre con la de los humanos. Como los médiums
estudiados por los etnógrafos, mi amigo levadurista es un
shape-changer: se convierte en cromosoma 11, quien a su
vez se convierte en una porción del Instituto Pasteur, el
cual se convierte en una red europea. Este pequeño ejem-
plo muestra bastante bien cómo las ciencias no extraen
su belleza de la separación, por fin total, entre el mundo
de los sujetos y el de los objetos. Al contrario, si las cien-
cias son tan hermosas es porque sirven de intercambiador
en las encrucijadas entre individuos, instituciones y cosas.
El amante de las ciencias, ya vamos entendiéndolo, no
piensa que vivamos en un mundo racionalizado, desencan-
tado, dominado totalmente por el imperio de las máqui-
nas y los hechos. No se toma tan en serio a las ciencias y
las técnicas como para otorgarles el exceso de violencia al
que debemos oponernos para merecer el bello calificativo
de humanista. No, las aprecia tal como son: frágiles, en-
Los amantes de las ciencias 15

tremezcladas, raras, enmascaradas, turbias, mediatizadas,


interesantes, civilizadoras. Quién defiende mejor a las cien-
cias: ¿aquel que las cree sólidas e intocables o aquel que,
tomando consciencia de su debilidad, reconoce el precio
que es preciso pagar para que perduren? Quién las criti-
ca mejor: ¿aquel que las imagina formidables y sistemáti-
cas o aquel que, analizando la fragilidad de su construc-
ción, evalúa al mismo tiempo de cuántas maneras pueden
abordarse?
El amante de las ciencias no se toma por un sabio. No
trata de sintetizar el resultado de las ciencias ni de divul-
garlo entre el bondadoso pueblo que, a su modo de ver,
debería beneficiarse del derecho constitucional de ignorar-
las. Tan solo le interesan porque, en el ámbito de lo colec-
tivo, las halla por todas partes. ¿Cómo imaginar una cul-
tura que no posea ni técnica eficaz ni hecho comprobado?
Queriendo formarse el gusto por las unas y las otras, el
interesado no pretende fundar ninguna nueva ciencia hu-
mana, sino tan solo hacer como si, mediante la investiga-
ción, la ficción, el estilo, la imagen, pudieran existir hu-
manas ciencias.
1

S O C I O LO GÍA D E LO S O BJ ETO S
D E LA V I DA COTI D I ANA
CADA Vfl QUf BUfNAVISTA HA QUfRIOO
TOMARMf fl mo Hf fNCONTRAOO UNA
ARGUCIA Y NO Sf HA SALIDO
CON LA SUYA.
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�.,�"-:-'" ..
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Figura r.r Extracto del álbum n . 1 3


de Tomás el Gafe merece una zurra, de André Fra nquin.
RETRATO D E TO MÁS E L GAFE
C O M O FILÓ S O F O D E LAS TÉCNI CAS

Nada mej or para pensar la esencia de la técnica que ele­


gir un pequeño ejemplo, como nos gusta a los filósofos
empíricos. Y para no intimidar con alta tecnología, tome­
mos el invento de una puerta por parte de ese maestro de
los inventos que es Tomás el Gafe, el héroe de Franquin.
En una página de viñetas todo queda dicho: la técnica se
define por la mediación de las relaciones entre hombres
por una parte, y entre hombres, cosas y bichos por la otra .
« ¡ Miaaa u ! » . Un gato maúlla en el despacho de la re­
vista Spirou. ¿ Por qué un gato en un despacho belga ? No
nos entretendremos con esta cuestión. En cualquier caso,
el gato maúlla y reclama a Buena vista, superior j erárqui­
co de Tomás, que abra la puerta . « Me he convertido en
portero del gato » , exclama Buenavista , indignado por el
hecho de verse mecanizado e instrumentalizado por una
puerta, por un gato y por Tomás. Así como existen boto­
nes -humanos y mecánicos- que cierran puertas (véa­
se la lección 5 ) , Buenavista se ha convertido en un bo­
tones humano abre-y-cierra-puertas. Su postura tiesa y
furiosa señala con claridad que imita a una máquina, que
hace el robot.
20 BRUNO LATOUR

En seguida estalla una crisis porque el gato sigue mau­


llando. Quiere que la puerta esté siempre abierta para po­
der ir y venir libremente. Buenavista debería conocer este
rasgo de la psicología del gato. Su ignorancia indigna a
Tomás: « ¿ No sabes que un gato no soporta las puertas ce­
rradas? ¿Y que necesita sensación de libertad ? » . Tanto To­
más -portavoz de los derechos del gato- como el pro­
pio gato -dignamente representado por Tomás y capaz
de expresarse por sí mismo mediante maullidos que par­
ten el alma- quieren q4e el botones abre-y-cierra-puertas
esté siempre alerta para que se respeten los derechos de los
animales. Y es que los felinos ignoran puertas y paredes,
y, aunque les gusta aprovecharse del confort del hogar, no
se resignan a ser meros prisioneros. Como perfectos pa­
rásitos, pretenden tenerlo todo a cambio de nada. Domés­
ticos pero salvajes: así son los gatos. Nadie los cambiará.
Eso equivale a olvidar el derecho de los hombres y en
particular de Buenavista a protegerse de las corrientes de
aire. ¡ Cuántas disputas provocan las corrientes de aire en
los autobuses, los trenes, los despachos ! ¡ Podríamos ma­
tarnos por una ventana abierta o cerrada ! Parece, por cier­
to, que las corrientes de aire solo matan a belgas y fran­
ceses y que los británicos, educados con mayor rigor, no
son tan sensibles al frío. En todo caso, el belga Buenavista
nos obliga a considerar la psicología del « querido pobre­
cito gato » y su propia salud. La psicología del gato exi­
ge que las puertas permanezcan abiertas; la salud de Bue­
navista que estén cerradas. Los felinos son salvajes, pero
los periodistas son civilizados y quieren estar calentitos.
El tono de Buenavista no dej a lugar a dudas. « Estas puer­
tas estarán cerradas » , exclama en futuro de mando, y su­
braya su imperativo categórico con un gruñido símbolo
de autoridad y el chasquido típico de los portazos furio-
RETRATO DE TOMÁS EL GAFE 21

sos. N o hay nada más que decir. Los gatos y los subordi­
nados deben obediencia.
Pero eso sería no contar con el gesto técnico, la astu­
cia, el rodeo, el daedalion, la metis, el bricolaje caracterís­
tico, desde el principio de los tiempos, de la ingenuidad de
Dédalo,' de Vulcano o de Tomás el Gafe. « Cada vez que
Buenavista ha querido ser aguafiestas, me las he apañado
para evitarlo » , murmura Tomás, equipado con una sierra
y una caj a de herramientas. Nuestro nuevo Arquímedes in­
voca la sabiduría milenaria del ingeniero. Tome usted a un
aguafiestas con autoridad y fuerza y enfréntelo a un inge­
nioso con apaños y trucos. ¿ Quién invierte la relación de
fuerzas ? El i _ n genioso, claro está, tal como sabemos desde
Plutarco. « El rey Hierón -escribió- sunnoésas tes tén
dunamin [asombrado por el poder de la técnica], encar­
gó máquinas de guerra a Arquímedes para defender a Si­
racusa » tras haberle visto tirar solo del trirreme cargado
de hombres gracias al truquito de las poleas compuestas.
Arquímedes redefinió la fuerza: un anciano, cuerdas y po­
leas fueron más fuertes que una tripulación de trirreme y
que un soberano alzando la voz1•
Tomás, más modesto, redefine tan solo las puertas e
inventa ( o reinventa ) la gatera, « pequeña apertura prac­
ticada en el baj o de una puerta para dej ar pasar a los ga­
tos » , define el diccionario Robert. La gatera de Tomás es
una puerta vertical en la puerta horizontal. Los goznes sus-

1 Sobre el mito de Dédalo y la noción de rodeo técnico, véase el


excelente libro de Franr;oise Frontisi-Ducroux Dédale, mythologie de
l 'artisan en Crece antique, Maspero, París, 1975.

2 Véase el análisis de este episodio en Michel Authier: « Archimede,


le canon du savant», en Michel Serres (dir. ) : Éléments d'histoire des
sciences, Bordas, París, 1 9 8 9 .
22 BRUNO LATOUR

tituyen a nuestro amigo Buenavista, que ya no tiene que


hacer de portero de gatos. El humano mecanizado cede
el paso a un mecanismo automático. La operación por la
cual el botones humano se convierte en botones maquinal
se ejecuta por medio de los goznes. En vez de la presencia
permanente de Buenavista, basta con que Tomás los insta­
le una sola vez para que la función de botones se vea de­
legada para siempre en la gatera. Es la astucia del rodeo
técnico. Un poco de tiempo, un poco de acero, unos torni­
llos, unos cortes de sierra, y la función que hacía de Bue­
navista un esclavo se convierte para siempre en el progra­
ma de acción de un ser que ya no se parece a un hombre.
Pero toda innovación genera conflictos. Buenavista
opina que se trata de una destrucción y no de una nue­
va producción: « ¡ Bravo, todas las puertas del primer piso
fastidiadas ! » . A lo que el astuto Tomás replica que sin em­
bargo se respeta el derecho de Buena vista a la salud: « ¡ Re­
conoce que ya no hay corrientes de aire ! » . La puerta con
gatera es un compromiso: el gato satisfecho ya no maú­
lla, y aunque al principio Buenavista se muestra furioso,
pronto quedará satisfecho con no resfriarse. El truco del
ingeniero ha permitido contentar tanto al gato maulla­
dor como al propietario frágil de garganta (el aguafiesta s ) .
¿ Quién h a pagado e l precio d e l a negociación ? E n pri­
mer lugar, las puertas. Ahora están alteradas, rediseñadas,
redefinidas. Acto seguido Tomás, quien pese a su legendaria
pereza ha trabajado mucho. Finalmente la revista Spirou,
que financia a esta alegre banda. Con algunos rodeos y al­
gunas facturas, la crisis se ha resuelto mediante el bricolaje
técnico que pone fin a la confrontación gracias a un com­
promiso en que otros no-humanos se encuentran inmersos.
El conflicto entre gatos y jefes ha sido desplazado y a conti­
nuación pacificado por medio de sierras, tornillos y goznes.
RETRATO DE TOMÁS EL GAFE 23

¡ Pero no nos olvidemos de la gaviota ! ¿ Por qué una


gaviota en el despacho de un periodista ? Poco importa el
origen de esta rareza belga. La gaviota también se queja y
sus gritos son más penetrantes que los del gato. Su inespe­
rado furor amenaza el frágil compromiso que reconciliaba
a Buenavista, el gato, las corrientes de aire y las puertas
con gatera. « ¡ Grrrrr! » . Tomás, gran psicólogo de bestias,
interpreta el gruñido como una manifestación de celos. Los
gatos quieren ser libres; las gaviotas también, sobre todo
si los gatos ya lo son. ¿ Qué hacer con este actor inespe­
rado que expresa su furor o su desesperación ? ¿ Eliminar­
lo ? Imposible, Tomás ama demasiado a su gaviota. ¿ Pedir
a Buenavista que se convierta en portero de gaviotas tras
haber rechazado serlo del gato ? Imposible, le sacaría de
quicio. ¿ Ofrecer a la gaviota el beneficio de la gatera ? Es
demasiado exigua y la gaviota demasiado orgullosa para
rebaj arse de este modo.
Tomás debe volver a empuñar sus herramientas y di­
rigirse otra vez a las puertas del primer piso para redefi­
nidas un poco. « Cien veces en el oficio » , tal es la máxima
de nuestro j oven inventor. Las reforma, las redibuj a. Les
añade un agujero. Quien inventó la gatera puede inventar
la « gaviotera » , « pequeña apertura practicada en lo alto de
una puerta para dejar pasar a las gaviotas » , rezará pronto
el diccionario Robert.
« ¡Aaaaah ! » , es todo lo que Buenavista logra decir.
Gruñía en sentido figurado y ahora lo hace en sentido li­
teral, reducido al modo de expresión de gatos y gaviotas.
Tomás, que comprende el lenguaje de los animales, toma
los ruidos de Buena vista por un argumento que contrarres­
ta de inmediato con amabilidad: « No actúes de mala fe:
¿ la puerta se encuentra cerrada o no ? » . Cerrada a las co­
rrientes de aire, a bierta a gatos y gaviotas. ¿ Quién tendría
24 BRUNO LATOUR

la mala fe de pretender lo contrario ? ¿ Quién sería tan ton­


to para no reconocer una puerta, aunque sea renegociada,
en la innovación brindada por Tomás ? Pasada la crisis de
apoplejía, Buenavista deberá reconocer que la innovación
pacifica todas las crisis y que los derechos de los gatos, ga­
viotas, propietarios resfriados y mensajeros amigos de los
animales quedan a salvo gracias a ciertas modificaciones
en la puerta . La puerta se somete y se complica para en­
cajar los conflictos de los hombres y los animales. La ga­
tera apacigua al gato; la gaviotera satisface a la gaviota; el
rediseño de la puerta mantiene controladas las corrientes
de aire y debería pacificar a Buenavista -a menos de que
sea un bastardo de mala fe y que, indiferente ante el in­
vento técnico, expulse a Tomás y a sus animales y regrese
a las puertas de siempre, los artificios del poder y las ex­
clamaciones de aguafiestas.
Nadie ha visto nunca técnicas, ni nadie ha visto nunca
humanos. Solo vemos ensamblaj es, crisis, disputas, inven­
tos, compromisos, sustituciones y arreglos cada vez más
complicados que exigen cada vez más elementos. ¿ Por
qué no cambiar la imposible oposición entre humanos y
técnicas por la asociación ( Y ) y la sustitución ( O ) ? Dote­
mos a cada ser con un programa de acción y consideremos
todo lo que interrumpa su programa como otros tantos
antiprogramas. Tracemos entonces el mapa de alianzas y
cambios de alianzas . Lograremos tal vez comprender no
solo a Tomás el Gafe, sino también a Vulcano, Prometeo,
Arquímedes y Dédalo.
El punto de partida carece de importancia -este es el
interés del método-, ya que los montajes mezclan preci­
samente cosas y gentes. Partamos, por ejemplo, del gato.
En la versión (3 ) de la figura 1 . 2 todo el mundo se opone
a él y la furia de Buenavista le perj udica . Pero basta con
RETRATO DE TOMÁS EL GAFE 25

introducir en sus alianzas al astuto Tomás y su gatera con


goznes para que el programa del gato se realice plenamen­
te. El gato ni siquiera percibe la diferencia entre pasar por
una puerta abierta o por una gatera. La traducción corres­
ponde para él a la equivalencia siguiente:
gatera = puerta abierta = libertad salvaje
En cuanto a la furia de Buenavista ( o de la gaviota )
ya no tiene influencia sobre él. La gatera reversible, hecha
de madera y goznes, lo previene del humor cambiante del
portero de gatos. Indiferente, el gato de Tomás pasa por
todas partes como si nada3.

O> gato libre gato furioso. puerta cerrada

(2) gato libre. gato contento. puerta abierta, Buenavista portero Buenavista furioso

(3) gato libre gato furioso. puerta cerrada, Tomás furioso. Buenavista furioso

(4) gato libre, gato contento, Tomás astuto, gatera abierta

programa anti programa


o
Figura 1 . 2

La historia resulta más complicada desde el punto


de vista de Tomás, puesto que debe mantener en un solo
conj unto a más actores implicados. El gato solo se preo­
cupa de sí mismo; Buenavista de su salud y su periódico.
Pero Tomás ha decidido mantenerlo todo a su alrededor:
sus animales, sus jefes y su tra baj o . No quiere renunciar a
nada, por lo que debe desviar el compromiso hacia otros
seres, cosas y gentes. No debe solamente redefinir la puer-

3 En el capítulo titulado « La carga moral de un llavero» puede


hallarse una explicación del principio de los diagramas.
26 BRUNO LATOUR

ta encaj ándole una gatera y luego una gaviotera, sino que


también debe renegociar con Buenavista y ofrecerle cua­
lidades que no parecía poseer. Es la gran lección de la fi­
losofía de las técnicas: si las cosas no están estabilizadas,
menos aún las personas. Buenavista era periodista y de­
viene portero de gatos. Y es que, para Tomás el ingenio­
so, Buenavista no aparece como una unidad, sino como
una multiplicidad. Es a la vez dócil y exasperado, y sobre
tal multiplicidad j uega nuestro inventor. A partir de un
Buenavista gruñón y quejica, Tomás imagina otro Bue­
navista agradecido: « Ya no hay corrientes de aire » , afir­
ma el chistoso Tomás. Nuestro Dédalo va todavía más le­
j os. Obliga al Buenavista apoplético de la última imagen
a desdoblarse en un personaj e muerto de furia y otro pa­
cificado, de buena fe, que reconoce en la puerta abierta a
todos los animales a la puerta cerrada de antes : « No ac­
túes de mala fe » . Cada redefinición de la puerta rediseña
la psicología de Buenavista y arrastra el consentimiento
de los animales. Existen tantos Buena vistas como puertas
y Tomases. Existen tantas puertas como Tomases, Buena­
vistas y gatos.

programa anti programa

(1) Tomás. gato contento, puerta abierta, Buenavista dócil Buenavista exasperado

(2) Tomás gato furioso, puerta cerrada, Tomás indignado, Buenavista furioso

(3) Tomás, sierra, herramientas, invención, gatera Buenavista pelmazo

(4) Tomás, gato contento, gatera, Buenavista agradecido Buenavista furioso

(5) Tomás, gato contento, gatera, Buenavista calmado gaviota celosa

(6) Tomás. gato contento. gatera, gaviota contenta, gaviotera, Buenavista de buena fe Buenavista quejica

o
Figura 1 . 3
RETRATO DE TOMÁS EL GAFE 27

No puede hacerse filosofía de las técnicas sin exten­


der el existencialismo a la materia, a lo que Sartre llama­
ba lo práctico-inerte. Imagine a un Buenavista un poco
más resistente que, sólido como una roca, sigue decidido
a aguar la fiesta : las puertas alteradas tienen que reparar­
se, no reconoce la ausencia de corrientes de aire, exige la
partida de los animales. Imagine ahora puertas algo más
resistentes: esta vez, es Tomás quien no puede renegociar­
las. Imagíne animales más frágiles: morirían ante la pri­
mera puerta cerrada. Si solo hubiese esencias, no habría
técnicas4• Tomás se asoma a todas las pequeñas fracturas
existenciales y prueba combinaciones múltiples hasta ha­
llar aquella que pacifica a todo el mundillo que reúne a
su alrededor. Por el contrario, la sierra, así como la caj a
de herramientas y los goznes, j uegan el papel de esencias
bien definidas con las que se puede tocar fondo. Lo mis­
mo ocurre con la psicología de los gatos -« sensación de
libertad »- y la de las gaviotas -« celosa »-, que son in­
negociables. La esencia no se halla del lado de las cosas
ni la existencia del lado de los humanos. La división se
produce entre aquello que fue una existencia y se convir­
tió provisionalmente en esencia, en una caj a negra -la
inventiva de Tomás, la psicología de los gatos, la sierra­
y aquello que fue una esencia antes de convertirse provi­
sionalmente en una existencia -la psicología de Buena­
vista, la idea de puerta .
No por abandonar la falsa simetría de los hombres
enfrentados a los obj etos alcanzamos el caos. Experimen­
tamos, al contrario, l o posible y lo que no lo es: el gato no

4 Gil bert Simondon: El modo de existencia de los obietos técnicos,


Prometeo, Buenos Aires, 2007.
28 BRUNO LATOUR

cambiará de psicología y Tomás no abandonará a su gato;


Buenavista siempre correrá el peligro de resfriarse y desea­
rá que las puertas estén cerradas. Las distintas lógicas de
los seres de madera, de carne o de espíritu son sustituidas
por otras tantas socio-lógicas, tal vez más enmarañadas
pero menos obligatorias: si se contenta al gato, entonces
es preciso contentar a la gaviota; si se instalan gateras en
una puerta, entonces es preciso hacerlo en todas; si Bue­
navista ronronea de satisfacción, entonces todos los ani­
males gritan frustrados. La innovación pone a prueba la
solidez de todos esos vínculos. Por medio de tal prueba y
solo así percibimos si la idea de puerta es flexible o no, si
Buenavista es múltiple o uno.
Lej os de ofrecer a la mirada esa noche en que todas
las vacas son pardas, esta pequeña filosofía práctica per­
mite, al contrario, desenmarañar las socio-lógicas. ¿ Qué
es una innovación técnica ? Modificaciones en una cade­
na de asociaciones -numeradas más arriba de ( 1 ) a ( 6 ) .
¿ De dónde proceden esas modificaciones ?
En primer lugar de la suma de nuevos seres: no esperába­
mos más de la sierra que de la gatera o de la gaviota celosa.
En segundo lugar, del paso de un actor del programa
al antiprograma o viceversa : la puerta abierta conspira
con el gato y con las corrientes de aire, por lo tanto con­
tra Buenavista, a quien le basta un soplo de aire para res­
friarse. El aliado en un programa de acción se convierte,
en la versión siguiente, en socio del antiprograma; e, in­
versamente, quien conspiraba contra el programa devie­
ne su partidario.
En tercer lugar, del cambio de estado de un actor do­
tado de nuevas propiedades: el gato furioso y la gaviota
celosa quedan encantados, el Buenavista dócil se convier­
te en aguafiestas, acto seguido en furioso, luego en apaci-
RETRATO DE TOMÁS EL GAFE 29

guado, mientras la puerta clásica se vuelve belga y Tomás


amanece ingenioso en vez de indignado o perezoso .
E n cuarto lugar, d e u n a sustitución entre l o s seres: Bue­
na vista portero de gato se ve reemplazado por una gate­
ra; un nuevo montaje que prolonga la misma función pero
con otro material.
En quinto lugar, de la rutina de los actores, que se
vuelven fieles unos a otros. Para el gato, el trabajo de To­
más y las puertas son insignificantes: pasa sin darse cuen­
ta y ronronea de placer. Para Buenavista, pronto (o así lo
esperamos ) el trabaj o seguirá como si nada entre las nue­
vas puertas (abre-gato, abre-gaviota, cierra-resfriado ) . Las
existencias frágiles se convierten en esencias estables, en
caj as negras inaccesibles.
Si somos capaces de seguir estos cinco movimien­
tos y modificar el punto de vista del actor de forma que
la misma historia mezcle efectivamente al gato, la puer­
ta, la sierra, a Buenavista y a Tomás, entonces todo está
dicho. Completada la descripción, sigue la explicación:
solo existe una puerta que permita mantener j untos los
caprichos de Tomás, de Buenavista y de sus animales fa­
miliares. No es lógicamente exacto, pero es socio-lógica­
mente riguroso. Si hubiéramos contemplado la evolución
de la puerta, del modo en que habría podido aislarla un
historiador de técnicas antiguas, o si hubiéramos exami­
nado las relaciones de poder entre Buenavista y Tomás,
como ha brían podido hacerlo los sociólogos de antaño,
la lógica de los conflictos de despacho en Bélgica se nos
hubiera escapado por completo. Nos hubiéramos vistos
obligados a recorrer dos historias paralelas, ambas ca­
rentes de sentido:
30 BRUNO LATOUR

Evolución técnica

D. D, Cl
Evolución de las relaciones de poder
Buenavista Tomás
jefe de domina a
Tomás Buenavista
2

Figura 1 .4

Si examinamos el obj eto j unto con los seres que tie­


ne y que le tienen, entonces comprendemos el mundo en
que vivimos. La puerta evoluciona adecuadamente por
transposiciones y sustituciones, pero Buena vista evolucio­
na también, así como Tomás y sus animales ( figura 1 . 5 ) .
No evolucionan « en paralelo » , como se dice a veces, ni
por influencia recíproca ni por retroacción. La puerta y el
poder son como palabras de una frase, ligadas a otras pa­
labras. Hay una sola sintaxis y una sola semántica tanto
para las cosas como para las personas.

programa anti programa

(1) puerta, función cerrada gato furioso, Buenavista hostil

(2) puerta, función abierta, gato contento Buenavista furioso

(3) puerta, función cerrada, Buenavista contento gato furioso, Tomás furioso

(4) gatera, gato contento, Buenavista agradecido Buenavista furioso

(5) gatera, gato contento. Buenavista tranquilo gaviota furiosa

(6) gatera, gaviotera, gato contento, gaviota contenta, Tomás contento Buenavista apopléjico

o
Figura 1.5
RETRATO DE TOMÁS EL GAFE 3I

Punto de vista de la puerta. Programa: resolver la con­


tr adicción abierto/cerrado.
Contrariamente a los temores de los moralistas, no
podemos sustraer palabras de esta larga frase sin sustraer
igualmente lo que conforma nuestra humanidad. Podemos
añadir actores, sustituirlos por otros, incluir a algunos de
ellos en una rutina estable, pero nos resulta imposible para
siempre disminuir su número: la puerta se sofistica, la psi­
cología de Buenavista se complica, el número de actores
se acrecienta. Querer simplificar estos grupos, arrancarles
el actor humano, simplificar su esencia, situarlos frente a
cosas igualmente reducidas y aisladas, sería una tortura
bárbara que, espero, no se presentará más b �j o el bello
apelativo de humanismo.
LO S D I LEMAS C ORNELIAN O S
D E L CINTURÓN D E S EGURI DAD 1

El Señor me ceñirá con su fuerza,


Él es mi escudo, Él es mi arnés.
Él solo me protegerá de mis enemigos.

Los cosmólogos buscan la « masa que falta » para comple­


tar la enorme suma que se esfuerzan en calcular: la masa
del universo. Por ahora, la tara necesaria para equilibrar
su balanza cósmica sigue estando fuera de su alcance. Al
mismo tiempo, los moralistas se quej an continuamente de
la degradación de la moral, la pérdida de valores, la inva­
sión de los pobres suj etos por máquinas inhumanas. Se­
gún ellos, a nuestras civilizaciones industriales les falta una
enorme dosis de moral. La técnica se vuelve cada vez más
dominante y los débiles humanos cada vez más amorales.
Creo sin embargo que los moralistas tendrán mayor fortu­
na que los cosmólogos y encontrarán rápidamente donde

1 El llamado dilema corneliano, planteado en obras del drama­


turgo Pierre Cornei lle, designa una elección que opone la razón a los
sentimientos. (N. del T. )
LOS DI LEMAS CORNELIANOS DEL CINTURÓN 33

se encuentra la « masa que falta » de moralidad y de valo­


res. Basta para detectarla con fij arse no ya en las personas,
sino en los no-humanos.

Subiendo despreocupado a mi coche, percibo que no puedo


hacerlo arrancar, que parpadea y se quej a. Sorprendido,
miro el tablero: «¡Abróchese el cinturón ! » . Obedezco la
orden del tablero, me abrocho el cinturón y me veo por
fin autorizado a accionar el motor de arranque. El propio
coche me prescribe una conducta: debes abrocharte el
cinturón para conducir. Me impide arrancar hasta que
obedezca. Una vez mi acción está conforme con sus exi­
gencias, me autoriza a hacer lo que deseo: conducir por
la autopista hasta el trabaj o.

Hay al menos dos maneras de analizar esta anécdo­


ta . La primera es moral. El moralista se indignará por
la despreocupación del conductor que se acomoda en
su coche sin pensar en su seguridad o por el dominio
de la máquina sobre el hombre al imponerle conductas
sin preocuparse por las libertades individuales ni por la
inmensa variedad de las situaciones humanas. A su en­
tender falta una cierta cantidad de moral: ya sea en el
conductor irresponsable que carece de ella o bien en la
máquina humana que se halla igualmente desprovista .
En ambos casos, el filósofo se quej ará: ni el hombre ni
la máquina saben conducir ni conducirse . Es la hipótesis
de la masa que falta .
Pero también existe otra hipótesis, que he denominado
expeditivamente « socio-técnica » . La masa de moral per­
manece constante pero se reparte de distinto modo. Des­
p ués de cincuenta años de conducir coches, los responsables
de la seguridad vial se han dado cuenta de que no podían
34 BRUNO LATOUR

confi,ar en el sentido moral de los conductores para limitar


su velocidad. Al parecer no se puede inscribir en su cuer­
po de forma duradera la regla moral « no correrás dema­
siado » . Sin duda sería posible inscribirla en los motores:
« No superar los 1 00 km/h » . Pero como se ha querido de­
j ar a los motores libres de ir a 200 km/h al mismo tiempo
que se prohibía a los conductores alcanzar tales velocida­
des, la solución de compromiso es prohibir al menos a los
conductores estrellarse contra el parabrisas. No obstante,
sin cinturón la regla desesperada se vuelve inaplicable: los
conductores rechazan dej ar de aplastarse la cara contra el
parabrisas y hunden el tórax en el volante.
¿ Inercia de los humanos ? Tal vez. Pero también está
la inercia de los cuerpos pesados lanzados a 1 00, 150 o
incluso 230 km/h. Una vez aceptado el automóvil, se dan
cuenta de que su conductor no siempre actúa de forma
responsable y se convierte, quiéralo o no, en un cuerpo
pesado que obedece a las leyes de la dinámica y que por
tanto puede ser sustituido por un maniquí antropomorfo
de 70 a 90 kilos. El cinturón se convierte entonces en el
medio utilizado por los responsables de la seguridad vial
para inscribir en el coche la regla moral « no correrás » , te­
niendo en cuenta que el conductor embalado a gran velo­
cidad es un monstruo híbrido, mitad ser pensante, mitad
cuerpo pesante.
Sea cual sea la solidez de su sentido moral, la recti­
tud de su conducta o las ascesis de su vida en la décima
de segundo de un accidente, el conductor no puede evi­
tar estrellarse contra el parabrisas. El cinturón puede ha­
cerlo en su lugar, si funciona . El cinturón de seguridad
es pues la delegación de la moral perdida del conductor.
Tal delegación ha sido decidida a la vez por los respon­
sables de la seguridad vial, los inventores de los distintos
LOS DI LEMAS CORNELIANOS DEL CINTURÓN 35

tipos de cinturones y el conductor que acepta abrochár­


selo. El conductor se protege de este modo por adelan­
tado contra su propia falta de palabra, contra su propia
inercia moral y física . Sabe muy bien que la carne es dé­
bil y sobre todo pesada a 1 20 km/h. Se desdobla en dos
personaj es: uno, presente, se a brocha el cinturón; el se­
gundo, futuro, se verá protegido en caso de accidente
por el cinturón como un ángel de la guarda . Así, pues, el
conductor que se abrocha el cinturón se distingue poco
del que coloca en el tablero un amuleto o una medalla
de San Cristóbal para beneficiarse de la protección divi­
na, o una foto de los hijos para recordar que acelerar es
peligroso para ellos, pues corren el riesgo de perder a su
padre querido. En todos los casos, el conductor se pro­
tege contra sí mismo y se remite a los demás, ángeles de
la guarda o resortes abrochables, para permanecer fiel al
contrato suscrito con su conciencia.
¿ Pero qué tipo de moral debe inscribirse en el coche ?
El cinturón debe ser a la vez 'fl.exible cuando el conduc­
tor no hace nada malo o no se halla en peligro y al mis­
mo tiempo extremadamente rígido durante la fracción de
segundo en que es necesario protegerle contra su inercia.
Doble dificultad: el cinturón ha de ser al mismo tiempo
fácil de abrochar, porque de lo contrario nadie lo usaría,
y no puede desabrocharse solo en caso de gran choque,
sin lo cual perdería su función protectora.
Hay más. El punto en que el debate sobre el cintu­
rón se vuelve verdaderamente corneliano, en que su mo­
ral se vuelve tan complej a como los estados de ánimo del
rey Lear o de Madame Bovary, es que el mismo cinturón
que debe resistir el mayor choque sin desabrocharse tiene
que desabrocharse instantáneamente cuando el conductor
accidentado, en estado de shock, se encuentra boca aba-
36 BRUNO LATOUR

jo dentro de un coche siniestrado1• Se entiende que des­


anime si nos limitamos a mirar a los hombres, pero que
estimule si consideramos atentamente a los no humanos.
En general no prestamos atención a esas contradicciones
de los mecanismos que denominamos, de modo muy eva­
sivo, « funcionales » . Preferimos con mayor frecuencia los
debates del corazón, el alma o el espíritu, que nos parecen
más dramáticos o más estéticos. Es una lástima, porque
las grandes crisis morales, las grandes tragedias, los gran­
des dramas no ocurren hoy en la pantalla de cine sino en
las máquinas y los dispositivos. El resorte de las intrigas
del teatro de bulevar es menos interesante que los resor­
tes de un cinturón de seguridad J .
Como ley moral inscrita en l a s fibras, el cinturón cons­
tituye un admirable logro: resulta muy fácil abrocharlo
o desabrocharlo cuando el conductor lo desea. Solo hay
que apretar un botón o tirar de una lengüeta . Pero una
vez abrochado, no puede arrancarlo ni siquiera una fuer­
za de varias toneladas, o al menos eso nos gusta pensar.
El cinturón es pues reversiblemente irreversible y vicever­
sa. Mientras el conductor se mueva de forma lenta y pro­
gresiva, el cinturón sigue y obedece. Si brinca de golpe, se

2 Los oponentes a la obligación del cinturón han pretendido du­


rante largo tiempo que esta última función no queda garantizada, adu­
ciendo que el cinrurón aprisiona al conductor en el coche en vez de per­
mitirle escapar. La misma moral que debía proteger se vuelve entonces
condenatoria.
3 El cinturón de seguridad de los aviones es un resorte menos rico.
Lo impone la tripulación, quien explica y verifica su uso. Aunque re­
gulable, es rígido y aplasta el estómago. Protege contra uno mismo,
aunque sobre todo protege de los vecinos que un bache de aire podría
transformar en peligrosos proyectiles.
LOS DI LEMAS CORNELIANOS DEL CINTURÓN 37

bl o qu ea y manda. En términos psicológicos, el cinturón es


muy « susceptible » , se ofende por nada y algunos son tan
desa gradables que se bloquean incluso cuando el conduc­
tor solo intenta alcanzar la guantera. Se debe aprender a
vivir con esa ley moral que presiona sobre el vientre, ejer­
citarse en hacer solo movimientos suaves y progresivos
para no molestar al cinturón, quien en caso contrario de­
j aría de permitirnos movernos4• Las numerosas patentes
registradas por ingenieros siempre tienen como finalidad
resolver esas variaciones j urídicas alrededor de la autori­
zación y la inflexibilidad, de lo reversible y lo irreversible.
Así vemos repartida de otra forma la masa constante
de moral. Una fracción se remite al conductor -abrochar
y soltar el cinturón- y la otra se remite al dispositivo, a
veces permisivo, a veces obligatorio, a veces reversible, a ve­
ces irreversible. Este reparto de tareas es importante, por­
que distribuye de nuevo las competencias propias de cada
uno: el conductor puede volverse más despreocupados y el
coche más inteligente. Lo que uno pierde, el otro lo gana.
Cada uno aprende a vivir con el otro: el cinturón necesita
a un humano para colocarse y sacarse, el humano apren­
de a vivir en « libertad vigilada » sin hacer movimientos
bruscos. El conductor ya no debe esforzarse en sostenerse
en caso de frenazo brutal: el cinturón lo hace por él; pero
conserva la libertad suprema: abrocharse o desabrocharse
el ángel de la guarda.

4 Los taxistas, poco sensibles a las bellezas de dicha moral, han


sido autorizados a no ponerse el cinturón.
5 Ciertos especialistas pretenden por este motivo que el cinturón
ofr ece un falso sentido de seguridad y lleva a los conductores a acelerar
en vez de aminorar.
38 BRUNO LATOUR

Es precisamente esta libertad lo que los responsables


de la seguridad vial querrían retirarle al conductor en la
anécdota que planteaba más arriba. No solamente no pue­
de inscribirse en el cuerpo y en el cerebro de los hombres
la ley « no correrás demasiado » , sino que ni tan solo se
les puede inscribir la ley más simple, que sirve de mal me­
nor de la primera : « Abrocharás tu cinturón » , aunque la
segunda solo pretenda protegerle a sí mismo, a diferencia
de la primera, que pretende proteger también a los demás.
Todo el trabaj o de delegación moral en el cinturón y toda
la inventiva de los ingenieros, los ergónomos y los regis­
tradores de patentes se vuelve inútil si el conductor no se
abrocha el cinturón de seguridad. ¿ Por qué no delegar la
ley moral todavía más allá y hacer que el coche no pueda
arrancar antes de que el conductor se haya abrochado el
cinturón ? Bastaría con conectar directamente un disposi­
tivo electrónico entre la hebilla del cinturón y el motor de
arranque o sujetar de forma permanente el cinturón a la
puerta de modo que ni siquiera se pudiera tomar asiento
y cerrar la puerta sin encontrarse asegurado, a pesar de
uno mismo, por la famosa ley moral.
Esta audaz solución muestra la dirección tomada por
numerosos efectos de moralidad, así como la razón por la
cual los discernimos cada vez menos: mantenemos a los
no-humanos unos con otros6• El ingeniero usa el cinturón
para controlar el arranque o, más radical aún, se sirve de
la puerta que debe cerrarse para instalar el cinturón de se-

6 El siguiente nivel de delegación de la ley moral ya es una reali­


dad. ¿Por qué dej ar conducir al conductor? ¡Qué peligro público! Puede
delegarse la conducción al propio coche, mediante los dispositivos ade­
cuados, etc. Se trata del famoso « coche sin conductor» ( humano) .
LOS DILEMAS CORNELIANOS DEL CINTURÓN 39

g uridad. La elección se vuelve irreversible: o bien la puer­


ta del coche está cerrada y el motor en marcha y enton­
ces significa que el cinturón está abrochado, o bien no lo
está y el coche dej a de ser automóvil para convertirse en
inmóvil. Uniendo directamente los órganos no-humanos
unos a otros, los constructores han elaborado no solamen­
te una ley moral, sino también una imposibilidad lógica
-digamos « socio-lógica » . Ya no existe coche que pueda
circular sin que el conductor no quede atrapado y prote­
gido por un cinturón de seguridad. El conductor sin cintu­
rón ha quedado excluido por la lógica inscrita, gracias al
ingeniero, en la naturaleza de las cosas. Hombres de car­
ne y hueso expulsan al tercer excluido (el conductor sin
cinturón) y construyen de tal modo nuestra socio-lógica;
hombres de carne y hueso escriben en las cosas y constru­
yen así lo que se convierte en nuestra segunda naturaleza .
Esta solución extrema es tan evidentemente moral que
ha sido prohibida en Estados Unidos, porque amenazaba
la libertad individual. Un coche puede sugerir a su con­
ductor abrocharse el cinturón, puede suplicárselo median­
te alarmas e indicadores, puede amenazarle con las peores
sanciones, pero no tiene derecho a forzarle7• Solución defi­
nitiva de los j aponeses: un cinturón sujeto al marco de la
puerta se separa educadamente cuando el conductor abre
la puerta; pero una vez sentado, le rodea y le abraza, le
ciñe y le estrecha con firmeza. No vale la pena discutir, no
vale la pena hacer trampa, no vale la pena pedir al mecá­
nico del taller que desconecte el mecanismo. O el coche

7 La diferencia de rigor con los cinturones de avión es chocante. En


lo s aviones nadie queda dispensado, ni siquiera la tripulación, y puede
forzarse a un pasajero recalcitrante a abrocharse.
40 BRUNO LATOUR

circula con la puerta abierta, o el conductor debe llevar el


cinturón abrochado. Esta vez el tercero en discordia se ve
excluido por completo. Imposible no ser moral, a menos
de dej ar de conducir.
Justamente esta diferencia entre el derecho y la fuer­
za, entre el deber hacer y el poder hacer, es lo que impi­
de a los moralistas ver en las técnicas la enorme reserva
de moral donde yace la « masa que falta » que se afanan
en encontrar. Los moralistas establecen una diferencia ab­
soluta entre el « deber hacer » , lo único propiamente hu­
mano, y el « poder hacer » adj udicado a las técnicas sim­
plemente eficaces o funcionales. Sin embargo, el sencillo
ej emplo del cinturón de seguridad muestra que existe una
gama continua de órdenes y prescripciones que pueden en
todo momento transformar el deber hacer en poder hacer.
Recorramos rápidamente esa gama: puedo vincular
la prohibición de correr demasiado a los usos y costum­
bres de una cultura blanda ( inscripción en los cuerpos y
las mentalidades ) ; si eso no da resultado, puedo inscribir­
la en el código de circulación ( versión escrita y j urídica ) ;
s i eso tampoco funciona, puedo recurrir a l menos a l a so­
lución desesperada de impedir que quienes van demasiado
deprisa se maten en el momento de convertirse en simples
cuerpos balísticos ( inscripción en los resortes de un cintu­
rón ) ; si los conductores no se lo abrochan, puedo colocar
una señal con luces roj as o una sirena para recordarles su
deber ( etapa de signos y símbolos); si siguen sin obedecer,
puedo hacerles multar por policías de carne y hueso (eta­
pa del poder y del aparato j udicial); si los hombres infie­
les siguen sin disciplinarse, puedo forzarles a abrochárse­
lo vinculando el arranque del motor a la colocación del
cinturón (estadio de los automatismos y de las hermosas
técnicas encadenadas ) .
LOS DI LEMAS CORNELIANOS DEL CINTURÓN 4I

Este movimiento no siempre finaliza en las cosas, pues­


to qu e a fuerza de obligaciones puedo prescindir de to­
dos los signos y órdenes e inscribir el hábito de colocarse
el cinturón en los ritos y las costumbres; entonces a todo
el mundo le parecerá inconcebible subir a un coche sin
ab rocharse el cinturón8• Por qué diablos hemos de llamar
« m ora l » al primer y segundo estadios, « técnico » o « fun­
cional » al penúltimo y « cultural » al último. El automa­
tismo acude en auxilio del cinturón, quien acude en auxi­
lio de los símbolos, quienes acuden en auxilio de la ley, la
cual acude en auxilio de las costumbres . . . Es posible des­
cender o remontar esta gama pasando continuamente del
« ¡Tú puedes ! » al « ¡Tú debes ! » .
El cielo estrellado sobre nuestras cabezas y la ley mo­
ral inscrita en nuestros corazones son dos espectáculos que
m aravillaban al viej o Kant. Añadamos una tercera fuente
de asombro que no había previsto: las leyes morales ins­
critas en la naturaleza de las cosas. No tenemos reparo en
admitir que las técnicas son la prolongación de nuestros
órganos. Sabemos desde hace tiempo que son un factor de
multiplicación de la fuerza. Simplemente, habíamos olvi­
dado que son un medio de delegación de nuestra moral9•

8 Conozco a varios colegas americanos y suecos que no « pueden »


arrancar su coche sin que los pasajeros se hayan abrochado el cinturón.
Desde el punto de vista de un observador externo, resulta imposible
decidir si esa impotencia guarda relación con un programa de mandos,
con mecanismos materiales, con una ley moral inscrita en sus neuronas
protestantes o con una imposibilidad mecánica inscrita en el cableado
ele ctrónico de sus coches. Me ha sucedido varias veces.
9 Véanse a este propósito las destacadas obras de Madeleine
Akrich: « Comment décrire les objets techniques>> , Technique et culture,
vol 5; y « Des machines et des hommes » , número especia l de Technique
et culture, Ed. De la Maison des Sciences de l'Homme, París, 1 9 90.
42 BRUNO LATOUR

La masa que falta se encuentra ante nuestros ojos, presen­


te por todas partes, en lo que llamamos con admiración o
con desdén el mundo de la eficacia y de la función. ¿ Falta
moral en nuestras sociedades técnicas ? Muy al contrario.
No solamente hemos recuperado la masa que nos falta­
ba para completar nuestra suma, sino que somos mucho
más morales que nuestros antecesores. El cinturón de se­
guridad no es técnico, funcional o amoral. Frente al peli­
gro, será mucho más moral que yo, y por eso ha sido ins­
talado. En cuanto freno bruscamente, me impide provocar
una desgracia y dej ar tras de mí desgraciados huérfanos.
LA LLAVE DE BERLÍN1

Conocemos poco la naturaleza del cuerpo social e igno­


ramos por completo la esencia de las técnicas. Sin embar­
go, no estamos desprovistos del todo, pues podemos ob­
servar con detalle cómo los enunciados circulan de mano
en mano, de boca en boca y de cuerpo en cuerpo, y so­
mos perfectamente capaces de ver cómo tales enunciados,
o casi-obj etos, se cargan poco a poco, ganan peso, y se
convierten en un mundo en cuyo seno nosotros, los hu­
manos, acabamos circulando. La antropología o la socio­
logía de las ciencias y las técnicas tienen su primer prin­
cipio, como la termodinámica, e incluso su segundo. Es
una suerte de darwinismo generalizado: al principio, mí-

1 La llave de Berlín es un tipo de llave de cerradura típica de la


capital alemana cuya particularidad consiste en tener dos paletones o
conj unto de dientes, uno en cada extremidad. Tras a brir la cerradura
debe recuperarse la llave del otro lado de la puerta para poder cerrar y
extraerla . También llamada por ello « Schlie8zwangschlüssel » o « llave
para obligar a cerrar » , esta invención de un cerrajero berlinés se exten­
dió a partir de 19 12.. En la actualidad su uso ha disminuido, pero sigue
siendo algo típico de la ciudad. (N. del T. )
44 BRUNO LATOUR

tico, los enunciados carecen de contenido, pero circulan.


Esta circulación define, traza, expresa, marca, señala la
forma del colectivo . ¿ Quién los interrumpe ? ¿ Quién los
transforma ? ¿ Quién los asume ? ¿ Quién los abandona ?
¿ Quién los ignora ? Preguntas que definen, en caliente, la
esencia provisional de un grupo. A su vez el colectivo se
ve desplazado, desviado, modificado, traducido, traicio­
nado por todo aquello que carga, lastra, añade peso a los
enunciados. Nadie ha visto nunca un colectivo que, en el
mismo momento en que es considerado, no esté caracte­
rizado por la circulación de bienes, gestos, palabras; na­
die ha considerado nunca técnicas que no sean adoptadas,
compartidas, reapropiadas, intercambiadas en el seno de
un colectivo -de este modo definido.
¿ Una dimensión social de las técnicas ? Es poco de­
cir: admitamos más bien que nadie ha observado nunca
una sociedad humana que no se vea confortada, refor­
zada por las cosas. ¿ Un aspecto material de las socieda­
des ? Tampoco basta : las cosas no existen sin estar lle­
nas de hombres y, cuanto más modernas y complicadas
son, más los hombres pululan en ellas. ¿ Una mezcla de
determinaciones sociales y obligaciones materiales ? Es
un eufemismo: a estas alturas, no se trata de reunir for­
mas puras sacadas de dos grandes depósitos, por un
lado el de los aspectos sociales del sentido o del suje­
to y, por otro lado, el de los componentes materiales
pertenecientes a la física, la biología y la ciencia de los
materiales. ¿ Una dialéctica, entonces ? Si así se desea, a
condición de renunciar a la disparatada idea de que el
suj eto se piensa por oposición al obj eto, pues no hay
suj etos ni obj etos, no más al principio -mítico- que
al final -igua lmente mítico . Recorridos, traslados, tra­
ducciones, desplazamientos, cristalizaciones . . . muchos
LA LLAVE DE BERLÍN 45

movi mientos, sin duda, pero n i uno solo que s e asemej e


a una contradicción1•
En el Catálogo de objetos imposiblesJ de Carelman
no se halla la llave surrealista de dos paletones que nos
ocupa. Por una razón: la llave existe, pero únicamente en
Berlín y sus alrededores4•
Se trata de un tipo de qbjeto que, al mismo tiempo que
alegra el corazón de los tecnólogos, causa pesadillas a los
arqueólogos, que son los únicos en el mundo que observan
artefactos que se parecen un poco a aquello que los filóso­
fos modernos creen que es un objeto. Los etnólogos, los an­
tropólogos, los folkloristas, los economistas, los ingenieros,
los consumidores y los usuarios no ven nunca objetos. Solo
ven proyectos, acciones, comportamientos, disposiciones,
costumbres, heurísticas, habilidades, agrupamientos prácti­
cos de los que algunas porciones parecen más duraderas y
otras algo más fugaces, sin que pueda decirse nunca quién,
si el acero o la memoria, las cosas o las palabras, las piedras
o las leyes, asegura una vida útil más prolongada. Incluso
en los desvanes de nuestras abuelas, en los mercadillos, en
los vertederos, en los desguaces, en las fábricas oxidadas

2 Para una síntesis reciente, véase Bruno Latour y Pierre Lemonier


(dir. ) : De la préhistoire aux missiles balistiques. L'intelligence socia/e
des techniques, La Découverte, París, 1994; para un estudio detallado,
véase Bruno Latour: Aramis, ou /'amour des techniques, La Découverte,
París, 1 9 92.
3 Jacques Carelma n : Catálogo de objetos imposibles, Aura Co­
municación, 1 9 9 1 .
4 Agradezco profundamente a Bertrand Joerges haberme presen­
ta do esa llave y a Wanfred Schweizer de la sociedad Kerfin haberme
vendido un ejemplar de la cerradura tan real que le asegura su sustento.
Recordemos que este artículo fue escrito antes de la caída del Muro, en
Berlín Occidental, entonces asediado por el socialismo real .
46 BRUNO LATOUR

y en el Conservatorio de Artes y Oficios aparecen objetos


aún repletos de usos, recuerdos, noticias. Siempre anda al­
guien a pocos pasos de ahí dispuesto a cogerlos para en­
volver esos huesos roídos en carne fresca. Pese a que tal re­
surrección de la carne queda prohibida a los arqueólogos,
pues la sociedad que hacía y era hecha por esos artefactos
ha desaparecido del todo; y si, por una operación de re­
troingeniería, tratan de inducir las cadenas de asociacio­
nes de las que los artefactos son un eslabón, en el mismo
momento en que toman esos pobres objetos fósiles y pol­
vorientos en sus manos, tales reliquias dejan de ser objetos
y vuelven al mundo de los hombres, circulando de mano
en mano en la excavación, el aula o la literatura científica.
Solo puede llamarse « objeto » a la parte más resistente de
una cadena de prácticas en el momento en que permanece
bajo tierra, desconocida, tirada, sometida, recubierta, igno­
rada, invisible en sí misma. Dicho de otro modo, no hay ni
nunca hubo objetos visibles. Solo hay objetos invisibles y
fósiles. Peor para la filosofía moderna, que nos ha hablado
tanto de nuestras relaciones con los objetos, de los peligros
de la objetivación, de la autoposición del sujeto y de otras
zarandajas que, debe reconocerse, son poco convenientes.
Nosotros, que no somos filósofos modernos (y menos
aún posmodernos), consideramos las cadenas de asocia­
ciones y decimos que solo ellas existen. ¿ Asociaciones de
qué ? Digamos, en primera aproximación, de humanos (H)
y no-humanos (NH ) . Naturalmente, todavía podrían dis­
tinguirse, en cualquier cadena dada, las antiguas divisiones
de los modernos. H-H-H-H se parecería a « relaciones so­
ciales » ; NH-NH-NH-NH a una « máquina » ; H-NH a una
« interfaz hombre-máquina » ; NH-NH-NH-NH-H al « im­
pacto de una técnica sobre un hombre » ; H-H-H-H-NH a
la « influencia de lo social sobre la técnica » ; H-H-H-NH-
LA LLAVE DE BERLÍN 47

H -H -H a la « herramienta modelada por el humano » ; y


NH - NH-NH-H-NH-NH-NH a un « pobre humano aplas­
ta do por el peso de los automatismos » . ¿ Pero por qué es­
forzarse en reconocer antiguas divisiones si son artificiales
y nos impiden analizar lo único que nos importa y que exis­
te: la transformación de estas cadenas de asociaciones ? Si
los aislamos, no sabemos cómo caracterizar con precisión
los elementos que componen esas cadenas. Hablar de « hu­
manos » y « no-humanos » solo permite una aproximación
burda, que sigue tomando prestada a la filosofía moderna
esa idea asombrosa de que existen humanos y no-huma­
nos, cuando en realidad solo hay recorridos y cruces, tra­
zados y desplazamientos. Pero sabemos que los elementos,
sean cuales sean, se sustituyen y transforman. La asociación
-Y- y la sustitución 0 bastan para darnos la preci­
- -

sión que nunca pudo darnos la distinción entre social y téc­


nico, entre humanos y cosas, entre « dimensión simbólica »
y « obligaciones materiales » . Dejemos a la forma provisio­
nal de los humanos y la esencia provisional de la materia
salir de esta exploración por asociaciones y sustituciones,
en vez de echarnos a perder el gusto decidiendo por ade­
lantado sobre lo que es social o lo que es técnico.

Figura 3 . 1
48 BRUNO LATOUR

« Qué es este embrollo ? ¿ De qué puede servir ¿ Por qué


una llave con dos paletones ? ¿Y con dos paletones simé­
tricos ? ¿A quién quieren tomar el pelo ? » Una arqueólo­
ga j uega con la llave de Berlín entre sus dedos. Porque se
lo han dicho, sabe que esta llave no es ninguna broma,
que los alemanes la usan y que sirve incluso -la preci­
sión tiene su importancia- para los portales de inmue­
bles comunitarios. Se había dado cuenta de la traslación
horizontal que permite la identidad completa de los dos
paletones y la falta de asimetría de los dientes le había lla­
mado la atención. Conocía sin duda, gracias a la costum­
bre de usar llaves, su eje de rotación habitual y percibía
que uno de los dos paletones, cualquiera de ellos, podía
servir de cabeza para ejercer una fuerza de palanca sufi­
ciente para accionar la llave.

(,\

1 1

Figura 3 . 2

Acto seguido se fijó en e l labio. No truncaba l a trasla­


ción horizontal, sino que establecía una asimetría si se con­
templaba la llave de perfil. Sin embargo, al girar la llave 1 80
grados sobre su eje vertical, volvía a encontrarse el mismo
labio en el mismo lugar. Traslación, rotación de 3 60 grados
sobre el eje horizontal, rotación de 1 8 0 grados sobre el eje
vertical; todo eso debía de tener algún sentido, pero ¿cuál ?
LA LLAVE DE BERLÍN 49

Estaba segura de que a esa llave le correspondía una


ce rra dura. La cerradura iba a representar la clave del pe­
queño misterio. Pero al mirar por el agujero en que era
preciso introducirla, el misterio aumentaba.

Lado del portal mirando


Lado d e l a calle Lado del portal desde el ojo de la cerradura

Figura 3 . 3

Nunca había visto u n oj o d e cerradura formado de


tal modo, pero quedaba claro que toda la cuestión, todo
el misterio, descansaba sobre la disposición de la muesca
del agujero horizontal que debía permitir o no la intro­
ducción del labio de la llave.
La sorpresa aumentó cuando la arqueóloga pudo re­
tirar la llave tras haberla introducido verticalmente y ha­
berla hecho girar 2 70 grados en sentido contrario al de las
aguj as del reloj . La cerradura se abrió, la llave entró en el
negro cajetín como en cualquier cerradura normal, el por­
tal se abrió, pero la amiga arqueóloga tiraba, empuj aba y
retorcía en vano la llave sin poderla extraer de nuevo. La
única forma que se le ocurrió fue volver a cerrar la puerta
mediante una rotación de 2 70 grados en el sentido de las
aguj as del reloj . Quedó encerrada por fuera. « Qué tonte­
ría, se dij o, para recuperar la llave tengo que volver a ce­
rrar la puerta . Pero no puedo entrar si vuelvo a cerrar por
fuera . Una puerta debe estar abierta o cerrada. Y tampo­
co puedo perder una llave cada vez que la utilizo, a me­
nos que se trate de una puerta asimétrica que debe per-
50 BRUNO LATOUR

manecer abierta tras haber entrado. Si fuese un llavín de


buzón, todavía. Pero esto es a bsurdo, cualquiera podría
encerrarme con una simple vuelta de llave, y se trata del
portal de un inmueble. Por otro lado, si bloqueo la cerra­
dura sin cerrar la puerta, la llave impedirá cerrar. ¿ Qué
protección puede ofrecer una puerta con la cerradura blo­
queada pero abierta ? »
Como buena arqueóloga, se puso a reflexionar sobre
las instrucciones de la llave milagrosa. ¿ Qué gesto per­
mite conservar al mismo tiempo todas las componentes
del sentido común ? Una llave sirve para abrir y cerrar
y/o para bloquear y desbloquear una cerradura; no pue­
de perderse una llave cada vez, ni bloquear una puerta
que permanece abierta, ni creer en una llave a la que un
cerrajero habría añadido un paletón por pura diversión.
¿ Qué movimiento permite hacer j usticia a la particulari­
dad de esta llave -dos paletones simétricos por rotación
de 1 8 0 grados alrededor del eje e idénticos por traslación
horizonta l ? Tiene que haber una solución. Solo hay un
eslabón débil en esta pequeña red socio-lógica. « ¡ Claro
está ! » . Es probable que el amante de la topología, el ha­
bitante de Berlín y el arqueólogo ingenioso ya hayan en­
tendido el gesto que debe hacerse. Si nuestra arqueóloga
no puede retirar la llave tras ha ber abierto la puerta me­
diante una rotación de 2 70 grados como tiene por cos­
tumbre con todas las llaves del mundo, puede deslizar la
llave, ahora en horizontal, hasta el otro lado a través de
la cerradura.
LA LLAVE DE BERLÍN 51

Lado de la calle

2. Giro de 2702
3. La deslizo
(2 bis: imposible retirar la llave horizontalmente
horizontal, labio y muesca se oponen)

Figura 3 .4

Prueba este gesto absurdo y, en efecto, lo logra. Sin


subestimar las aptitudes matemáticas de nuestra arqueó­
loga, estemos seguros de que podría permanecer toda una
noche ante la puerta de su inmueble sin acertar a entrar.
Sin humano, sin demostración, sin instrucciones de uso,
el ataque de nervios está garantizado. Esas llaves atravie­
sa-murallas recuerdan demasiado a los fantasmas como
para no provocar miedo. Un gesto tan poco habitual solo
puede aprenderse de alguien, de un berlinés que a su vez
lo aprendió de otro berlinés, quien a su vez . . . y así suce­
sivamente hasta llegar al inventor genial a quien, por no
conocerlo, llamaré el Cerraj ero Prusiano.
Si nuestra amiga creyera en la antropología simbólica,
de no poder entrar habría podido consolarse otorgando a
la llave una « dimensión simbólica » : sintiéndose encerra­
dos en Berlín Occidental, los berlineses habrían doblado
los paletones de sus llaves. « Exacto, esto es, una compul­
sión repetitiva, una fiebre obsesiva, un eje Berlín-Viena . . .
Ya me veo escribiendo un magnífico artículo sobre el sen­
ti do oculto de los objetos técnicos alemanes. Bien vale una
noche glacial tiritando en Berlín » . Pero nuestra amiga, gra-
52 BRUNO LATOUR

cias a Dios, es una perfecta arqueóloga fiel a las duras exi­


gencias del objeto.
Se encuentra, así pues, del otro lado de la puerta, con
la llave en horizontal, y percibe que por fin va a poder re­
cuperarla . « Estos teutones, se dice, ¡ por qué hacerlo sen­
cillo cuando puede hacerse complicado ! » .
Sin embargo, en el preciso instante en que se veía li­
berada, nuestra arqueóloga roza de nuevo el ataque de
nervios. Una vez que ella y la llave -una de forma hu­
mana, la otra como un fantasma- han pasado del otro
lado, sigue sin poder recuperar su ábrete sésamo. Tira y
empuj a sin ningún resultado: la llave solo quiere salir si
se la introduce desde el otro lado. Nuestra amiga no tie­
ne más remedio que volver al punto de partida, lado calle,
empuj ando horizontalmente la llave atraviesa-murallas,
cerrando la puerta y hallándose de nuevo afuera, baj o el
frío y con su llave.

4. Tiro hacia m í Lado del portal

S. G i ro de 2702

(4 bis: i mposible reti rar 6. Recupero mi


la llave horizontalmente; llave retirándola
labio y muesca se oponen) de la cerradura

Figura 3 .5

Vuelve a empezar desde el principio y por fin cae en la


cuenta (alguien se lo ha enseñado, ha leído unas instruc­
ciones, lo ha intentado el tiempo suficiente, Michel Authier
LA LLAVE DE BERLÍN 53

p as a ba por allí. . . 5 ) de que, cerrando de nuevo la puerta


tras ella , puede recuperar la llave. ¡ Oh j úbilo, oh delicia,
h a co mprendido cómo funciona !
Gritos de alegría prematuros. Al querer mostrar a su
amigo lo buena berlinesa y lo buena arqueóloga que se ha­
bía vuelto, hacia las diez de la mañana siguiente, volvió a
sentir vergüenza . Cuando quiso exhibir sus conocimien­
tos recién estrenados, no pudo girar la llave más de cinco
grados. Esta vez el portal permanecía abierto sin que pu­
diese cerrarlo. Tan solo a las diez de la noche, volviendo
del cine, pudo volver a desplegar su habilidad, ya que el
portal, igual que la víspera, se encontraba herméticamen­
te cerrado. Se vio obligada a participar de aquel hermetis­
mo volviéndolo a cerrar tras ella para recuperar la llave.
A las ocho de la mañana del día siguiente encontró al
portero, quien sacando su llave de la puerta le brindó la
clave del misterio:

Figura 3 . 6

La llave del portero no tenía labio, era más delgada y


solo presenta ba un clásico paletón. Solamente el portero
podía abrir y cerrar el portal a su antoj o, introduciendo
su llave horizontalmente y retirándola acto seguido, igual

5 Matemático, filósofo y sociólogo francés, inventor del « á rbol de


lo s conocimientos » . ( N . del T. )
54 BRUNO LATOUR

que en París, y a continuación quedarse bien calentito en


su portería. Tras esa acción, sin embargo, los residentes
del inmueble se encontraban ante la imposibilidad de ce­
rrar el portal (durante el día ) o bien obligados a cerrarlo
( de ocho de la tarde a ocho de la mañana ) . En Berlín esa
llave de acero asegura mecánicamente la misma función
que los códigos de los portales de París electrónicamente.

D U RANTE EL D ÍA D U RANTE LA N O C H E

pluma pluma

----� Placa
hace
de tope

Figura 3 . 7

Nuestra arqueóloga, habituada a la sociología, disfrutó


mucho con la forma en que el Cerrajero Prusiano obligaba
a todos los berlineses a plegarse a la estricta disciplina co­
lectiva. Ya se disponía a escribir un artículo bastante fou­
caldiano sobre el tema, cuando su colega del Wissenchaft
Zentrum sacó del bolsillo una llave berlinesa que había li­
mado cuidadosamente. Su llave se había vuelto muy pare­
cida a la del portero. En vez de verse obligado a cerrar tras
él, podía dej ar la puerta abierta a sus visitantes noctám­
bulos o bien cerrarla de día en las narices de los inopor­
tunos, anulando de este modo la aplicación del mecanis­
mo por parte del portero . . . Amo de su destino, escapaba
de nuevo al Cerraj ero Prusiano. Decididamente, Berlín era
la ciudad ambivalente que simbolizaba la duplicación de
los paletones y también su anulación.
LA LLAVE DE BERLÍN 55

Puesto que decidimos llamar « programas de acción »


al g uion de un dispositivo, ¿cuál es el programa de acción
de una llave berlinesa ? « Por favor, cierren el portal por la
noche y no durante el día » . ¿ Cómo se traduce este pro­
grama ? En palabras, claro está. Todas las grandes ciuda­
des, todas las asambleas de copropietarios, todos los pe­
riódicos de administradores de fincas, todas las porterías
de inmuebles rebosan de quej as, noticias, recriminaciones
y gruñidos a propósito de los portales, su imposible cie­
rre y su imposible apertura. Pero si se tratase de palabras,
noticias, gritos de « ¡ Cierren la puerta ! » o pancartas, per­
maneceríamos en el mundo de los signos. Si todavía vivié­
ramos el bendito tiempo en que los porteros velaban día
y noche para dej ar paso tan solo a aquellos a quienes ha­
bían examinado cuidosamente, nos hallaríamos inmersos
en las relaciones sociales. Los chivatazos, denuncias y so­
bornos q ue facilitaban aquellas relaciones han alimentado
la intriga de más de una novela. Pero con esta llave berli­
nesa no nos hallamos en el mundo de los signos ni en el de
las relaciones sociales. ¿ Nos hallamos en el mundo de la
técnica ? Por supuesto que sí, pues nos vemos enfrentados
a ojos de cerradura, llaves dentadas de acero, gargantas
y labios. Por supuesto que no, pues también descubrimos
habilidades, porteros puntuales y defraudadores obstina­
dos, sin olvidar a nuestro Cerrajero Prusiano.
Recordemos que todos los dispositivos que pretenden
anular, destruir, subvertir, sortear un programa de acción
se llaman antiprogramas. El ladrón que quiere franquear
el portal o los representantes del sexo opuesto prosiguen
sus antiprogramas, naturalmente desde el punto de vista
del abnegado portero. Nadie les ha reconocido la com­
p etencia de franquear el portal, pero insisten en hacerlo.
Los chicos de recados, los proveedores, el cartero, el mé-
56 BRUNO LATOUR

dico y los esposos legítimos también quieren entrar du­


rante el día y se creen autorizados. La llave berlinesa, el
portal y el portero se libran a una lucha encarnizada por
el control y el acceso. ¿ Podemos decir que las relaciones
sociales entre inquilinos y propietarios, entre residentes y
ladrones, entre vecinos y proveedores o entre copropieta­
rios y porteros son mediatizadas por la llave, la cerradura
y el Cerraj ero Prusiano ? La palabra mediación, muy útil,
puede convertirse en asilo de ignorancia según el uso que
se le dé. Uno tomará la mediación como intermediario,
otro como mediador.
Si la llave es un intermediario, no hace más en sí misma
que llevar, transportar, desplazar, encarnar, expresar, codifi­
car, objetivar, reflej ar el sentido de la frase: « Cierren la puer­
ta por la noche y no durante el día » o, en su versión más
política: « Regulemos la lucha de clases entre propietarios
e inquilinos, ricos y ladrones, berlineses de derechas y de
izquierdas » . ¡ Denme la sociedad berlinesa y les diré cómo
está hecha la llave ! Las técnicas no son más que discursos
totalmente expresables por otros medios. Pero entonces,
¿ por qué esta llave, estos paletones, estos ojos de cerradura
surrealistas y esta sutil inversión de la muesca horizonta l ?
Si e l paso al acero, al latón, a l a madera n o cambia nada,
los mediadores técnicos no pintan nada. Solo sirven para
decorar, para dar que hablar a los curiosos. El mundo ma­
terial no hace más que servir de espej o de las relaciones
sociales y de diversión a los sociólogos. Sin duda, acarrea
un sentido, puede recibirlo, pero no lo fabrica . Lo social se
hace en otras partes, siempre en otras partes.
Todo cambia si la palabra mediación toma algo de
cuerpo y designa la acción de los mediadores. Entonces el
mediador no transporta sencillamente el sentido, sino que
lo constituye parcialmente, lo desplaza, lo recrea, lo modi-
LA LLAVE DE BERLÍN 57

fica , es decir lo traduce y lo traiciona. No, la muesca asi­


métrica del oj o de la cerradura y la llave de doble paletón
n o « ex presan » , no « simbolizan » , no « reflej an » , no « co­
difi ca n » , no « objetivan » , no « encarnan » relaciones disci­
plinarias, sino que las fabrican, las forman. La propia no­
ción de disciplina es impracticable sin el acero, la madera
del portal y las cerraduras. ¿ Prueba de ello ? Los propieta­
rios no lograban construir una relación social sólidamente
establecida sobre la disciplina, la coerción verbal, las no­
ticias impresas, las advertencias o la suavidad de costum­
bres. Las puertas quedaban abiertas por la noche o cerra­
das durante el día. Por eso necesitaron ampliar su red de
relaciones, forj ar otras alianzas, reclutar al Cerrajero Pru­
siano, movilizar las matemáticas y sus principios de sime­
tría. Dado que lo social no basta para construir lo social,
necesita llaves y cerraduras. Y puesto que las cerraduras
clásicas todavía dan demasiada libertad, se necesitan lla­
ves de doble paletón. El sentido no preexiste a los dispo­
sitivos técnicos. El intermediario solo era un medio para
un fin, mientras que el mediador se vuelve medio y fin al
mismo tiempo. De simple herramienta, la llave de acero
pasa a adoptar toda la dignidad de un mediador, de un ac­
tor social, de un agente, de un activo.
¿ Son o no relaciones sociales la simetría y la pequeña
ru ptura de simetría que se percibe al mirar por el ojo de
la cerradura ? Sería concederles demasiado y muy poco al
mismo tiempo. Muy poco porque todo Berlín debe pasar
por eso: imposible sacar la llave por culpa del desfase de
la muesca horizontal . ¿ Son, por tanto, relaciones sociales,
relaciones de poder ? No, porque nada permitía adivinar
en Berlín que una diferencia de simetría, una llave de do­
bl e paletón y un portero obsesivo se unirían para trans­
fo rmar en punto de paso obligado un programa de acción
58 BRUNO LATOUR

que, hasta entonces, estaba compuesto de meras palabras


y costumbres. Si tomo mi llave de doble paletón que me
permite entrar en mi casa y me obliga a cerrar por la no­
che y me prohíbe cerrar de día, ¿ acaso no se trata de re­
laciones sociales, de moral y de leyes ? Sin duda, pero de
acero también. Definirlas como relaciones sociales prose­
guidas por otros medios no estaría mal si, precisamente,
fuéramos capaces de reconocer a los medios y a los me­
diadores la eminente alteridad, la eminente dignidad que
la filosofía moderna les ha negado durante tanto tiempo.
Junto con la alteridad también debe reconocérseles la
fragilidad, esa eminente debilidad que esta vez los tecnólo­
gos se niegan a otorgarles. Un espabilado armado con una
lima basta para arrebatar al portero su papel de guardia
alternativo. Y al portero, por su lado, todavía falta disci­
plinarle. No sirve de nada tener la llave en la mano: tam­
bién debe controlarse al portero humano, para que aplique
el dispositivo puntualmente, mañana y noche. Y la solidez
de esta cadena saber-vivir-saber-hacer-portero-llave-cerra­
dura-portal no es menos provisional, ya que un instalador
de código electrónico puede transformar la vigilancia del
portero en una señal eléctrica con minutero y convertir la
llave de acero en un código que será preciso memorizar.
¿ Quién es más frágil: « 4 5 - 6 8 E » (mi código de puerta ) o
la hermosa llave de acero ? ¿ Quién es más técnico: el ace­
ro o el cuentecito « fin de la guerra, mayo del 6 8 , Europa »
que repito por la noche para recordar lo que me autoriza
a entrar en casa ? ¿ Qué es más duradero, esa sólida llave
o el cuentecito nemotécnico cableado en mis neuronas?
Tomen en consideración cosas y hallarán humanos. To­
men en consideración humanos e inmediatamente se topa­
rán con cosas. Presten atención a cosas duras: irán suavi­
zándose, ablandándose o humanizándose. Presten atención
LA LLAVE DE BERLÍN 59

a h um anos: verán cómo s e vuelven eléctricos, automáticos


0 informáticos. Ni siquiera sabemos definir con claridad lo

q ue a unos hace humanos y a otros técnicos, pero podemos


documentar con precisión sus modificaciones y sustitucio­
ne s, sus delegaciones y representaciones. Hagan tecnología
y se convertirán en sociólogos. Hagan sociología y se verán
ob ligados a ser tecnólogos. Resulta tan difícil escapar a esa
obligación, esa unión, ese vínculo, ese continuo, como en­
trar en casa por la noche en Berlín sin sacar la llave y cerrar
la puerta por dentro. Hoy en día (y desde hace dos o tres
millones de años ) está inscrito en la naturaleza de las cosas.
El lector ha debido preguntarse desde el principio cómo
hacen los berlineses para colgar esa llave surrealista en su
llavero, sin contar con que dos paletones en vez de uno re­
presentan una posibilidad más de agujerear los bolsillos.
No quiero dej arles con la intriga. El Cerrajero Prusiano
también se propuso inventar un llavero berlinés, pequeño
estuche que contiene un paletón, unido a una anilla que
a su vez permite colgarlo de una hebilla que puede suj e­
tarse al cinturón .

Figura 3 . 8

Lo cierto e s que los mediadores constituyen puntos


de partida de cadenas de mediadores, llamadas también
redes. Nunca se concluye. Pero los sociólogos, como los
tecnólogos, sus hermanos enemigos, creen poder concluir,
60 BRUNO LATOUR

unos sobre lo social, otros sobre objetos. Lo único que no


logran concluir es su guerra fratricida, guerra que nos im­
pide comprender el mundo en que vivimos.
LA CARGA MORAL DE UN LLAVERO

Sea una innovación minúscula, consistente en añadir a las


llaves de los hoteles un enorme peso que tenga por fun­
ción recordar a los clientes que deben depositarlas en la
recepción en vez de llevárselas con ellos Dios sabe dónde.
El enunciado imperativo « Devuelvan la llave de la habi­
tación en la recepción, por favor » escrito en un cartelito
no parece suficiente para imponer a los clientes una con­
ducta conforme a los deseos del responsable. Los clientes,
volubles, parecen tener otras preocupaciones. Las llaves se
pierden. Pero si el innovador llamado en auxilio despla­
za el enunciado y lo sustituye por una gran bola de hie­
rro colado, el hotelero ya no debe contar con el sentido
moral o la disciplina de sus clientes, pues estos solo pien­
san en deshacerse de la masa que llena sus bolsillos o que
carga sus bolsos. Acuden espontáneamente a la recepción
para depositarla . Lo que el cartelito, el enunciado, la dis­
ciplina y la moral reunidas no podían imponer, la bola de
hierro colado lo logra . Este conformismo tiene su precio:
ha sido necesario que el hotelero se aliase con un innova­
dor y que el innovador se aliase con varios pesos y proce­
dimientos de fabricación.
62 BRUNO LATOUR

Esta innovación menor ilustra el principio de todos


los estudios sobre ciencias y técnicas: al comienzo, la fuer­
za con que un responsable lanza un enunciado nunca es
suficiente para predecir el recorrido del enunciado, pues­
to que tal recorrido depende de lo que hagan los oyentes
sucesivos. Si el cliente del hotel olvida la orden inscrita en
el cartelito o si desconoce el idioma, el enunciado queda
reducido a pintura sobre cartón. Si, en cambio, el cliente
escrupuloso obedece la orden, da fuerza al imperativo y
añade realidad a las palabras. Así pues, la fuerza del enun­
ciado depende al mismo tiempo de lo inscrito en el carte­
lito y de lo que cada uno haga con la inscripción.
Miles de clientes distintos harán seguir mil recorridos
distintos a la misma orden. Para hacer previsible el reco­
rrido conviene convertir a todos los clientes en parecidos
-que todos sepan leer el idioma y que todos sepan que
ir al hotel supone tener una habitación cerrada, de la que
es preciso devolver la llave a la salida- o bien cambiar el
enunciado de tal forma que imponga a los distintos clien­
tes la misma conducta, sean cuales sean sus idiomas y sus
costumbres hoteleras.
El imperativo de la gramática francesa es una primera
carga -«Devuelvan la llave »-; la inscripción en el car­
telito la segunda; la fórmula de urbanidad « por favor »
añadida al imperativo para intentar atraer la simpatía del
huésped, la tercera; el peso de hierro colado la cuarta; la
súplica « Yo . . . me quedo aquí» la quinta . El número de
cargas que deben añadirse al enunciado depende a la vez
de la resistencia, la despreocupación, la grosería y el mal
humor de los clientes, de la voluntad del hotelero de con­
trolarlos y, por fin, de las astucias del innovador. Los pro­
gramas del responsable se complican en respuesta a los an­
tiprogramas de su interlocutor. Si un cliente con humor de
LA CARGA M O RAL DE UN LLAVERO 63

H6tel Beau Sájour-Goballns *


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·····-· ·
····-·- +--!>
··-· ···-·,, -
· - -1- -·

·- ..

__ :� - ---
M O i . . . JE RESTE ICI

Figura 4 . 1 En esta nota el hotelero person aliza l a llave del hotel las­
tra da con u n peso hasta el p u nto de a d j udicarle la s u p l ica nte frase
« Yo . . . me quedo aq u í » , prueba de que siempre deben seguirse aña­
diendo p a l a b ras e inscripciones a las p a l a b ras, incluso cuando se han
convertido en hierro colado.
64 BRUNO LATOUR

perros puede romper la anilla que une la ligera llave con


el peso -lo que para el hotelero configura un antiprogra­
ma-, el innovador deberá añadir una anilla soldada que
haga imposible tal ruptura -¡y que se convertirá en un
antiantiprograma ! Si un hotelero paranoico quiere evitar
toda pérdida de llaves, puede por ej emplo añadir a cada
puerta un guardia que cachee todos los bolsillos y bolsos
-pero ¿ le quedarán clientes ? Cuando la mayoría de an­
tiprogramas hayan sido contrarrestados, el recorrido del
enunciado se volverá previsible. La orden será obedecida
por los clientes, a pesar de algunas llaves extraviadas que
el hotelero apuntará al capítulo de pérdidas y beneficios.
En cualquier caso, la orden a la que el cliente obede­
ce no es la del inicio. Ha sido traducida y no transmitida.
No analizamos una frase en un determinado contexto de
aplicación; no pasamos de la lingüística a la pragmática.
El programa « devolver las llaves en la recepción» que la
mayoría de clientes respetan escrupulosamente ya no es el
del comienzo. Al transportarlo, lo hemos transformado y
traducido. Los clientes ya no devuelven la llave de su ha­
bitación, sino que se deshacen de un cachivache engorro­
so que deforma sus bolsillos. Si obedecen al deseo del ho­
telero no es porque hayan leído el cartelito o porque sean
particularmente educados. No pueden hacer otra cosa. Ni
siquiera lo piensan. Se ven forzados. Ya no es el mismo
enunciado, ya no son los mismos clientes, ya no es la mis­
ma llave, ya no es exactamente el mismo hotel . Pasando
del signo al hierro colado la conducta de los clientes cam­
bia por completo. Actuaban por deber, ahora por egoís­
mo. Antes el hotelero debía contar con los pocos clientes
desinteresados y respetuosos de la ley. Tras la innovación
puede contar con la población de interesados que no quie­
ren deformar sus bolsillos ni pechar con una inútil carga.
LA CARGA M O RA L DE UN L LAVERO 65

y da do que el egoísmo se encuentra más expandido que


la obe diencia a la ley, la orden será más obedecida en su
s egu nda encarnación que en la primera .
Este pequeño ejemplo ilustra el « primer principio » de
c ual quier estudio de las innovaciones: la suerte de un enun­
ciado está en manos de los demás y cualquier método de
seguimiento de una innovación no tiene más finalidad que
reconstituir a la vez la sucesión de manos que transportan
el enunciado y la sucesión de transformaciones que cono­
ce. Imposible tener lo uno sin lo otro. La propia palabra
« enunciado » debe cambiar para tener en cuenta esas trans­
formaciones sucesivas. De acuerdo con la etimología, en­
tiendo por enunciado todo aquello lanzado, enviado, de­
legado por el enunciador, por el nuncio. El sentido de la
palabra puede por tanto variar a lo largo del recorrido en
función de la « carga » operada por el enunciador: puede,
pues, designar alternativamente una palabra, una frase,
un obj eto, un dispositivo o una institución. En el ejemplo
presente, el enunciado puede remitir a una frase pronun­
ciada por el hotelero, así como a un dispositivo material
complicado que fuerza a los clientes a devolver la llave.
La palabra « enunciado » no remite por tanto a la lingüís­
tica, sino al gradiente que va de las palabras a las cosas y
de las cosas a las palabras.
Incluso de un ejemplo tan sencillo se desprende que, en
el estudio de las ciencias y las técnicas, no debemos seguir
nunca un enunciado dado a través de un contexto. Segui­
mos la producción simultánea de un « texto » y un « con­
te xto » . Dicho de otro modo, la distinción entre la socie­
dad por un lado y los contenidos científicos o técnicos por
o tro sigue siendo una división arbitraria. Solo hay una dis­
t in ción que no sea arbitraria, la que separa los enunciados
« desnudos » de los enunciados cargados.
66 BRUNO LATOUR

Intentemos ahora cartografiar mi pequeño ejemplo.


Por un lado, quiero poder seguir el encadenamiento de res­
ponsables y de sus enunciados y, por otro lado, la transfor­
mación de los responsables y sus enunciados. Como hice
con Tomás el Gafe y su puerta, definiré dos dimensiones:
la asociación ( semejante al sintagma de los lingüistas) y la
sustitución (el paradigma ) , o lo que es lo mismo, la dimen­
sión Y -que j ugará el papel de la latitud- y la dimensión
O -que me servirá de longitud. Según esta proyección,
toda innovación puede detectarse gracias a, por una par­
te, su situación a lo largo de las dimensiones Y y O y, por
otra, su historial, esto es el registro de las posiciones Y y
O que la han definido sucesivamente. Si sustituyo los dis­
tintos actores por letras distintas, puedo abreviar el reco­
rrido de una innovación por una forma del tipo:

A
ABC
BCDEFG
BCDEFGH
DIJK
DIJKLM

en que la dimensión vertical corresponde a la explo­


ración de las sustituciones y la dimensión horizontal al
vínculo de un número más o menos elevado y más o me­
nos duradero de actores. En cuando al orden alfabético,
figura ser la sucesión de seres movilizados cada vez en
esta exploración. Todo sucede como si cada nuevo actor
contratado exigiera la salida, o bien el mantenimiento, de
otros actores, forzando al innovador a evaluar cada vez
con mayor precisión quién acepta ir con quién y quién es
enemigo (o antiprograma ) de quién. Cuantas más letras
LA CARGA M O RA L DE UN LLAVERO 67

se dib ujan, más difícil resulta el trabajo del innovador. Y


cu an tas más letras aceptan permanecer j untas después de
ha ber sido escogidas, más fácil resulta .
Para construir el diagrama elijo como origen el punto
de vista del hotelero: él es el enunciador que envía el enun­
ciado. Colocaré en el programa de acción lo que el hotele­
ro desea que cumplan los clientes y en los antiprogramas
la conducta de dichos clientes. Numero con cifras entre
paréntesis las versiones sucesivas del programa de acción.
Convengamos situar siempre a la izquierda los programas
y siempre a la derecha los antiprogramas, en relación con
el punto de vista elegido. Proyectemos ahora mi pequeña
anécdota en el espacio así definido.

programa anti programa

(1) { t tttfi t tHtltltfHtfttftft

(2) { tttltftftttfttltft

(3) { tttfH tttt ltfHtfHftft

(4) { -t tttf t t t tHftftftHft ft ..

Figura 4 . 2 El hotelero añade sucesiva mente llaves, avisos, ca rtelitos


Y fi nalmente bolas de hierro colado, modificando progresivamente la
ac titud de una pa rte del grupo « clientes del hotel » ,

¿ Cómo leer este mapa ? En l a versión ( 4 ) e l hotelero


y casi todos sus clientes están de acuerdo, mientras que
en la versión ( 1 ) el hotelero se queda solo con su deseo
de devolución de llaves volubles . El sintagma, la asocia-
68 BRUNO LATOUR

ción y la dimensión Y -desde el punto de vista del ho­


telero- se han extendido de forma duradera : los hotele­
ros y sus clientes se entienden. Pero esa extensión hacia
la derecha tiene un precio: el descender a lo largo de la
dimensión O, enriqueciendo el programa de acción me­
diante una serie de sutiles traducciones : a los deseos se
han añadido órdenes, después cartelitos escritos, luego
pesos en hierro colado. Los clientes se han visto erosio­
nados poco a poco -han a bandonado el antiprograma
para « trasladarse » al programa-, así como las finan­
zas, la energía y la inteligencia del hotelero . Al principio
el deseo se hallaba desnudo; al final -final provisional,
ya que podrían aparecer nuevos antiprogramas- se en­
cuentra vestido o cargado. Al principio era poco real; al
final ha ganado en realidad.
El diagrama no retrata el desplazamiento de un enun­
ciado inmutable a través de un contexto de uso o de aplica­
ción, ni el de un objeto técnico -aquí la llave lastrada con
plomo- a través de un contexto de uso o de aplicación.
Dibuja un movimiento que no es lingüístico ni social ni
técnico ni pragmático. Conserva la huella de las sucesivas
modificaciones de los clientes, las llaves, los hoteles y los
hoteleros, registrando la manera en que un desplazamien­
to ( sintagmático) en las asociaciones es « pagado por » un
desplazamiento en las sustituciones (paradigmáticas ) . En
ese diagrama, resulta imposible dirigirse hacia la derecha
sin ir hacia abajo, así como ganar en realidad sin emplear
una lista siempre abierta de nuevos actores.
Olvidemos ahora las figuras del hotelero y de sus
clientes, así como los signos concretos de los objetos que
movilizan en sus controversias. Demos provisionalmente
a cada actor una casilla y un nombre. Los grados de vin­
culación de un actante a un programa de acción varían
LA CARGA MORAL DE UN LLAVERO 69

d e ve rsión en versión. Las palabras « actante s » y « grados


d e vin culación » son simétricas, es decir que se aplican in­
di sti ntamente a los humanos y a los no-humanos; la llave
está fuertemente unida a su peso por una anilla, del mismo
modo que el hotelero está muy unido a sus llaves. Poco
i mpo rta ahora que el primer vínculo se denomine « físi­
co » y el otro « afectivo » o « financiero » , pues el problema
para el hotelero consiste precisamente en vincular de for­
m a duradera las llaves al tablero de la recepción cuando
los clientes parten, vinculando los clientes a la recepción
de forma más duradera y sólida que las llaves al bolsillo o
al bolso de los clientes. Convengamos asimismo numerar
con cifras sin paréntesis los segmentos de programas de
acción. Convengamos por fin señalar con un trazo grue­
so la línea divisoria entre los programas y los antiprogra­
mas, lo que corresponde al frente de la minúscula contro­
versia que intento representar.
Nos percatamos de que el grupo social de los clien­
tes del hotel se ve poco a poco transformado: la acumu­
lación de elementos -la voluntad del hotelero, la rigidez
de sus propósitos, la multiplicidad de sus carteles, el peso
de sus llaves- acaba por agotar la paciencia de ciertos
clientes que aceptan conspirar j unto con el hotelero y de­
volver fielmente sus llaves. El grupo de clientes que se nie­
ga a aceptar la versión ( 4 ) ya no está constituido, según
el hotelero, más que por irreductibles noctámbulos, sa­
bio ndos particularmente despistados o sociólogos como
y o que coleccionan llaves de hotel por razones estricta­
me nte profesionales.
70 BRUNO LATO U R

y
2 3 4 5
-
-
(1 ) Hotelero ++ Oientes f. - Uaves f.
(2) Hotelero ++ lmperatiw + Clientes 1 f. Uaves f.
(3) Hotelero ++ lmperatiw + Letrero + Oientes 1. 11 + Clientes 111 + f. , Llaves f.
(4) Hotelero ++ lmperatiw + Letrero + Peso ++ Llaves ++ Clientes 1, 11. 111 + Clientes V-

1
o
1 '

Figura 4 . 3 Al nombre de los actores se a ñ a den aquí los grados de


apego marcados por los signos + + , +, -, - - , / (por indiferente) y ? -

( po r no lo sé ) .

Pero esta transformación progresiva n o vale solo para


el grupo social « clientes del hotel » , también se aplica a las
llaves, y en ello radica todo el interés de mantener la sime­
tría entre humanos y no-humanos. Las llaves indiferentes
o indiferenciadas se vuelven « llaves de hotel » , obj etos muy
específicos que pueden y deben distinguirse y aislarse tan
cuidadosamente como los « clientes noctámbulos irreduc­
tibles » o los « despistados » . Las innovaciones solo son po­
sibles porque no existen mundos repletos de actores con
contornos fijos. No solamente su grado de vinculación al
enunciado varía, sino que sus competencias, su actuación
y su definición pueden renegociarse. Esta transformación
de actores revela que el actor primeramente unificado -en
este caso el cliente-de-hotel-indisciplinado-que-olvida-su-lla­
ve- era propiamente una asociación, un agregado cuyos
elementos se pueden redistribuir. Por no saber seguir co­
rrectamente esas negociaciones e intercambios, nos con­
tentamos con oponer objetos técnicos a suj etos humanos.
En el caso aquí presentado, el éxito de la innovación
-es decir la extensión hacia la derecha según el punto de
vista del hotelero- depende del mantenimiento de todos
LA CARGA M O RAL DE UN LLAVERO 71

Jos medios sucesivamente empleados. Como el hotelero


quiere sus llaves, como se obstina en recordar las consig­
nas en voz alta y persevera en la redacción de cartelitos
y la compra de llaves de hotel, al final termina logrando
un poco de disciplina. Es esta acumulación la que da la
impresión, en la figura 4 .3, de que ganamos en realidad.
Mientras los estudios sobre la innovación técnica man­
tienen una asimetría entre lo que es realizable y lo que no
lo es, real o soñada, realista o utópica, esta cartografía
solo reconoce variedades de realización y desrealización
progresiva. Esta curva registra las compatibilidades e in­
compatibilidades entre humanos y no-humanos, es decir
la socio-lógica del mundo en el que vivimos. No somos,
pues, esclavos para siempre de la evidente separación entre
el mundo social y el mundo técnico. Sustituyendo la falsa
evidencia de esta distinción por la asociación (Y) y la sus­
titución ( 0 ) , no perdemos agudeza ni capacidad de análi­
sis. Debemos abandonar, no cabe duda, algunas queridas
divisiones -la que separa a los humanos de los no-hu­
manos, la que disocia las palabras de las cosas-, pero a
cambio logramos entender cómo los hoteleros asocian la
moral con un llavero' .

1 Para u n tratamiento completo de esta cartografía, véase Bruno


La t our, Philippe Mauguin y Genevieve Teil: « Une méthode nouvelle
de suivi des innovations. Le chronomatographe » , en D. Vinck (dir. ) :
L a gestion d e la recherche. Nouveaux problemes, nouveaux outils, De
Bo eck, Bruselas, 199 1; así como Bruno Latour, Philippe Mauguin y
Genvieve Teil: « A Note on Socio-Technical Graphs » , Social Studies of
Science, vol i. i. , 19 9 i. .
« EL BOTONES ESTÁ EN HUELGA.
POR E L AMOR D E D I O S ,
C I ERREN LA PUERTA. »

Un día gélido de febrero pudo verse, pegado en la puer­


ta del Mercado del Cuero de la Ciudad de las Artes y las
Ciencias de La Villette, en París, donde Dominique Pestre
intenta convencer a los franceses de tomar en cuenta la his­
toria social de la ciencia, un cartelito manuscrito: « El boto­
nes está en huelga . Por el amor de Dios, cierren la puerta. »
Las paredes son un gran invento, pero si no estuvieran
agujereadas por aperturas no habría forma de atravesar­
las; tan solo tendríamos a nuestra disposición mausoleos o
tumbas. La dificultad comienza al habilitar aperturas en las
paredes, ya que cualquiera o cualquier cosa puede atrave­
sarlas: las vacas, los visitantes, el polvo, las ratas, el ruido
(el Mercado del Cuero está al lado de la vía de circunvala­
ción de la ciudad de París, el famoso y ruidoso Boulevard
Périphérique ) y, peor aún, el frío (el Mercado del Cuero se
encuentra al norte de París, del otro lado del Périphérique,
en el extrarradio ) . Así que nuestros antepasados arquitec­
tos inventaron este híbrido: un agujero practicado en la
pared usualmente llamado « puerta » . Pese a su banalidad,
este dispositivo siempre me ha parecido un auténtico mi­
lagro de la tecnología . La inteligencia del invento gira en
EL BOTONES ESTÁ EN HUELGA 73

rorno a los goznes: e n lugar d e hacer un agujero e n la pa­


red con un mazo o un pico, basta con empuj ar suavemen­
te la puerta (suponiendo, obviamente, que la cerradura no
ha sido inventada todavía, lo que complicaría la de por
sí alambicada historia de mi cartelito ) . Una vez franquea­
da la puerta, no es necesario buscar cemento y una paleta
para reconstruir el muro que uno acaba de destruir; bas­
ta con tirar suavemente de la misma puerta ( prescindo,
por el momento, de la complicación suplementaria de las
directrices « empuj ar» o « tirar » , que siempre confundo ) .
Para entender correctamente e l trabaj o efectuado por
los goznes y las bisagras, basta con imaginar, cada vez que
queramos entrar o salir, el trabaj o que deberíamos efectuar
en caso de ser prisioneros tratando de escapar o gánsteres
intentando robar un banco -y aún deberíamos añadir el
trabaj o de quienes después deberán reconstruir la pared
de la cárcel o de la sala de la caj a fuerte. Si no les apete­
ce imaginarse a gente destruyendo y reconstruyendo pa­
redes continuamente, imaginen el trabajo necesario para
mantener adentro o afuera el conj unto de cosas y perso­
nas que, libradas a sí mismas, tomarían la dirección equi­
vocada. Imaginen al demonio de Maxwell trabajando sin
una puerta . Cualquier cosa podría invadir el Mercado del
Cuero y pronto se daría un equilibrio total entre el entor­
no, deprimente y ruidoso, y el interior del edificio. La puer­
ta reversible es la única forma de atrapar irreversiblemente
en el Mercado del Cuero a una acumulación j erarquiza­
da de historiadores de sangre caliente y de conocimientos
y, por desgracia, también la masa de papeleo que exige la
Ciu dad de las Ciencias. La puerta con goznes permite se­
leccionar lo que sale o lo que entra con el fin de reforzar
lo calmente el orden o la información . Si se dej an pasar las
corrientes de aire (tan peligrosas para la salud de los fran-
74 BRUNO LATOUR

ceses como para el belga Buena vista ) , puede ocurrir que los
manuscritos no salgan nunca con destino a las editoriales.
Ahora tracemos dos columnas: en la de la derecha si­
tuemos las tareas que la gente debería acometer si no dis­
pusiera de puerta; y en la de la izquierda anotemos sim­
plemente las energías que haría falta emplear para hacer
lo mismo empuj ando una puerta. Comparemos las dos
columnas : el enorme esfuerzo de la de la derecha queda
equilibrado por el esfuerzo nimio de la de la izquierda; y
todo ello gracias a las bisagras. Calificaré esta transforma­
ción de un gran esfuerzo en uno pequeño con las palabras
desplazamiento, transposición, delegación, transferencia o
traducción; diré que hemos transferido ( o delegado, etc . ) a
la bisagra la tarea de resolver de forma reversible la con­
tinua contradicción agujero/pared. Al acudir a visitar al
historiador Dominique Pestre, ya no tengo que hacer ese
trabajo; ni siquiera tengo que preocuparme por él: el car­
pintero lo ha encargado a un « personaj e » , la bisagra, y yo
me limito a entrar en el Mercado del Cuero. Por regla ge­
neral, cada vez que queremos pensar en lo que un no-hu­
mano hace, basta con imaginar lo que otros humanos o
no-humanos deberían hacer si ese personaje no existiera.
Tal sustitución imaginaria calibra exactamente el papel o
la función que asegura .
Antes de proseguir, permítanme subrayar una de las
bondades secundarias de este cuadro imaginario: hemos
determinado una escala en la que ligeros esfuerzos equili­
bran pesadas cargas; la escala así determinada reproduce
el aligeramiento efectivo que permiten los goznes. Que el
pequeño pueda invertir la relación de fuerzas en su favor
parece eminentemente moral ( pensemos en David y Go­
liat), pero también constituye -al menos desde Arquíme­
des- una excelente definición de la palanca o del punto
EL BOTONES ESTÁ EN HUELGA 75

de ap oyo y de la fuerza : el mínimo que es preciso poseer


y de splegar astutamente para producir el máximo efec­
to. Recordemos la frase genial de Tomás: « Cada vez que
Buenavista quiere j ugar al aguafiestas, encuentro un tru­
co y no lo logra » . Esta inversión de las relaciones de fuer­
za es, precisamente, lo que los sociólogos deberían tomar
en consideración si quisieran entender la construcción so­
cial de las técnicas, en lugar de enmarañarse siempre con
el hipotético «contexto social » que no están capacitados
para comprender. Hecha esta precisión, prosigamos si me
lo permiten con mi historia del botones.

DELEGACIÓN A HUMAN O S

Los agujeros/paredes, a menudo llamados «puertas » , pre­


sentan graves inconvenientes. Si los visitantes las empuj an
para entrar o tiran de ellas para salir (o viceversa ), quedan
abiertas. En lugar de la puerta, aparece un agujero abier­
to de par en par en la pared, por el que pueden entrar co­
rrientes de aire frío o salir corrientes de aire caliente. Na­
turalmente, puede pensarse que la gente que vive en el
edificio o que visita el Centro de Historia de las Ciencias
y las Técnicas es lo bastante civilizada como para haber
aprendido a cerrar la puerta tras ellos, transformando así
el agujero provisional en una pared perfectamente sellada.
S in embargo, la disciplina no constituye la principal cua­
li dad de los que visitan La Villette; incluso puede tratarse
de simples sociólogos que visitan el edificio o pedagogos
del centro de formación vecino. ¿ Serán igual de bien edu­
cados ? Una vez inventados los goznes, podría pensarse que
queda resuelta la cuestión del cierre de las puertas. Pero,
si consideramos la masa de tareas, innovaciones, carteli-
76 BRUNO LATOUR

tos y recriminaciones que se acumulan por todas partes


y sin cesar para que la gente cierre las puertas (al menos
en las regiones al norte del paralelo 45 ), parece claro que
este saber vivir está poco difundido. En cuanto a cerrar la
puerta tras haberla franqueado, no cabe ni pensarlo ( véa­
se el triste ejemplo de la llave de Berlín) .
Ahí surge l a antigua elección tan bien contada por
Lewis Mumford: disciplinar a todos los usuarios o susti­
tuir a las personas poco fiables por otro personaje humano
delegado que tendrá como única función abrir y cerrar la
puerta. Un botones, un portero, un conserje, un vigilante o
un carcelero. La ventaja es que solo tenemos que discipli­
nar a un único humano; los demás pueden seguir con sus
conductas aberrantes. No importa quién sea ni de dónde
venga: el botones se encargará siempre de cerrar la puer­
ta. Un no-humano ( las bisagras) más un humano (el bo­
tones) resuelven así el dilema del agujero/pared.
¿ Lo resuelven ? No del todo. Por un lado, si el Merca­
do del Cuero paga a un portero, no le quedará dinero para
comprar café o libros o para invitar a eminentes extran­
j eros a pronunciar conferencias. Por otro lado, si se otor­
gan otras tareas, además de la función de portero, a ese
pobre muchacho, se ausentará continuamente y la puerta.
quedará abierta. Incluso si La Villette tuviera presupuesto
para seguir empleándole, nuestros amigos historiadores se
verían entonces enfrentados a un problema que doscien­
tos años de capitalismo no han logrado resolver por com­
pleto: ¿cómo disciplinar a un joven para hacerle cumplir
de forma fiable una tarea aburrida y mal pagada ? Aunque
ya solo quede un único humano por disciplinar en vez de
varios centenares, se atisba fácilmente el punto débil de
la táctica: si este único muchacho no es fiable, se hunde
toda la cadena. Si se duerme durante el trabajo o sale a
EL BOTONES ESTÁ EN HUELGA 77

pa se ar, el mal no tiene remedio: la puerta quedará abier­


ta . Naturalmente el portero puede ser castigado por negli­
ge n cia . Pero disciplinar a un botones -aunque le pese a
f oucault- exige un gasto tan elevado que solo los grandes
hoteles pueden permitirse, y ello por razones que no tie­
nen nada que ver con mantener una puerta correctamen­
te cerrada. La Ciudad de La Villette, por más dispendiosa
que sea, no puede permitirse el lujo del Ritz.
Si comparamos el trabaj o de formación del botones
con el trabajo al que se sustituye, según la fórmula pro­
puesta más arriba, comprobamos que este pequeño per­
sonaje humano tiene un efecto exactamente opuesto al de
la bisagra: un objetivo sencillo -obligar a todo el mundo
a cerrar la puerta- se logra a un precio increíble: el efec­
to mínimo se obtiene a costa de un gasto y una formación
máximos. Observamos asimismo al comparar las dos lis­
tas una diferencia interesante: en la primera relación ( las
bisagras que sustituyen el trabaj o de varias personas) no
solo tenemos una inversión de fuerzas (la palanca autori­
za manipulaciones suaves para desplazar pesadas cargas ) ,
sino también una modificación e n el pliegue d e los tiem­
pos. Una vez colocadas las bisagras, solo queda asegurar
su mantenimiento (con algo de aceite de vez en cuando ) .
En e l segundo conj unto d e relaciones (el trabaj o del bo­
tones sustituye la indisciplina de numerosas personas) no
solo no se logra invertir la relación de fuerzas, sino que se
fracasa igualmente en cuanto a modificar el pliegue de los
tiempos: no puede hacerse nada para impedir que el boto­
nes, fiable durante dos meses seguidos, falle el día número
sesenta y dos. No debe asegurarse una tarea de manteni­
miento, sino el mismo trabaj o que el primer día, dej ando
de lado algunas costumbres que pueda haber desarrollado
el botones. Aunque las dos delegaciones parezcan simila-
78 BRUNO LATO U R

res, la primera se concentra en el momento de la instala­


ción del dispositivo, mientras que la segunda es continua .
Más exactamente, la primera introduce divisiones claras
entre la producción, la instalación y el mantenimiento,
mientras que en la segunda la distinción entre formación
y mantenimiento permanece borrosa. La primera remite
al pretérito indefinido ( « una vez colocadas las bisagras » ) ,
la segunda al presente continuo ( « cuando el botones se
encuentra en su lugar » ) . La primera contiene una inercia
incorporada que, en buena medida, está ausente en la se­
gunda. La primera es newtoniana y la segunda aristotéli­
ca (que es otra forma de decir que la segunda es humana
y la primera no-humana ) . Una cesura temporal se instaura
al recurrir a no-humanos: el tiempo pretérito actúa como
suspendido en el presente.

D E LEGAC I Ó N A NO-HUMAN O S

Alcanzado este punto, nos enfrentamos a una nueva elec­


ción: disciplinar a los pobres humanos o sustituirlos por
un personaje delegado no-humano cuya única función sea
abrir y cerrar la puerta. Este dispositivo se llama cierre de
puerta automático o «cierrapuertas » ( « No cierre la puer­
ta, el Blunt se encargará » , dice la publicidad, con una pro­
fundidad antropológica que probablemente no sospecha ) .
Inmensa ventaja d e esta solución: e l ingeniero solo debe
disciplinar a unos cuantos no-humanos y puede dej ar a los
demás ( botones y porteros incluidos ) tranquilos con sus
versátiles conductas (y con recursos humanos ) . No importa
quiénes sean o de dónde vengan, educados o brutos, len­
tos o rápidos, amistosos o sombríos . . . los botones no-hu­
manos se encargarán de la puerta haga el tiempo que haga
EL BOTONES ESTÁ EN HUELGA 79

y a t odas horas. Algunos no-humanos ( los goznes ) j unto


co n otro no-humano (el cierrapuertas ) logran resolver el
d ile ma agujero/pared.
¿ Resuelto ? No del todo. Surge la cuestión de la des­
cal ación, tan apreciada por los historiadores de la tec­
ific
nología: miles de botones humanos reducidos al paro por
sus homónimos no-humanos. ¿ Han sido sustituidos ? Todo
depende del género de acción que se haya logrado trans­
feri r o delegar. En otros términos, cuando los humanos se
ven desplazados o descalificados es preciso sobrevalorar
y recalificar a los no-humanos. No es poca cosa, como va­
mos a ver.
Todos nos hemos enfrentado alguna vez a una puerta
provista de un mecanismo de resortes todopoderoso que
nos ha dado en las narices. Indiscutiblemente, los resor­
tes aseguran la sustitución de los botones humanos. Pero
j uegan el papel de un portero bastante bruto, sin educa­
ción y considerablemente obtuso, que prefiere claramente
la versión « pared » de la puerta a su versión « agujero » . En
suma, se contentan con dar portazos. Puede sacarse una
lección de esas maleducadas puertas: si se cierran con tan­
ta violencia, significa que usted, visitante, tiene que atra­
vesarla con rapidez y no debe pisar los talones a nadie, de
lo contrario su nariz corre el riesgo de acortarse y sangrar.
Un botones no-humano sin inteligencia presupone pues un
usuario humano inteligente. Se trata siempre de un inter­
cambio. Llamaré a la conducta impuesta a los humanos
p or delegados no-humanos una prescripción. La prescrip­
ción explica la dimensión moral y ética de los dispositivos
mecánicos. A pesar de las quej as constantes de los moralis­
tas, ningún humano es tan despiadadamente moral como
una máquina, en especial si esta es tan « amiga del usua­
rio » (user-friend/y, como dicen mis colegas informáticos )
80 BRUNO LATOU R

como mi Macintosh. Hemos sido capaces de transferir a


no-humanos no solo fuerza, sino también valores, debe­
res y una ética. Precisamente por ello nosotros, los huma­
nos, nos comportamos de forma tan razonable, sean cuales
sean la debilidad y la maldad que podamos resentir inte­
riormente. La suma de moral no permanece esta ble, sino
que crece enormemente con la población de no-humanos
( véase el caso del cinturón de seguridad ) .
¿ De qué modo las prescripciones codificadas del me­
canismo pueden expresarse en palabras ? Sustituyéndolas
por encadenamientos de frases (a menudo en imperativo )
dichas ( silenciosa y continuamente ) por los mecanismos en
beneficio de quienes son mecanizados: « Haga esto, haga
lo otro, compórtese de tal modo, no vaya por ahí, debe
hacerlo de tal manera, puede ir ahí» , etc. Es lo que, como
Madeleine Akrich, llamo un guion ' . Esas frases se parecen
mucho a un lenguaje de programación. Gracias a un expe­
rimento mental, el analista puede transformar el silencio
de las máquinas en palabras, aunque esta traducción en
palabras también puede hacerse por medio de las instruc­
ciones o de forma explícita, como en todo curso de forma­
ción, mediante la voz del monitor, instructor o profesor.
Los militares son especialmente eficaces para vociferarlas
por medio de instructores humanos, quienes se delegan a
sí mismos la tarea de explicar, en nombre del fusil, las ca­
racterísticas del usuario ideal de dicho fusil. Otra manera
de escuchar lo que las máquinas hacen y dicen silenciosa­
mente reside en los accidentes. Cuando el transbordador
espacial Challenger estalló en pleno vuelo, miles de pági-

1 Madeleine Akrich: « Cómo describir los objetos técnicos » , Tech­


nique et culture, vol. 5 , 1 9 8 7.
EL BOTONES ESTÁ EN HUE LGA 81

na s de transcripciones cubrieron de pronto cada detalle


de la máquina hasta entonces silenciosa y centenares de
inspectores, miembros del Congreso e ingenieros sacaron
de la NASA miles de páginas de planos y directrices. Esta
descripción de una máquina recorre las etapas franquea­
das por los ingenieros para transformar los textos en ob­
jetos, los esbozos en proyectos. No sabemos seguir el re­
corrido que conduce de los textos a los objetos y de los
obj etos a los textos.
¿ Cuál es el resultado de tal reparto de competencias
entre humanos y no-humanos ? ¿Acaso los usuarios ha­
bituales del Mercado del Cuero atravesarán indemnes la
puerta maleducada a suficiente distancia unos de otros,
mientras que los visitantes extranj eros, ignorantes del con­
texto cultural local, se apretuj arán unos detrás de otros y
se darán de narices ? Los no-humanos adoptan las actitu­
des de quienes los han instalado. Para evitar esta exclusión,
los inventores deben regresar a su mesa de diseño e imagi­
nar un personaje no-humano que no prescriba las mismas
competencias culturales a sus usuarios humanos. Instalar
un resorte más floj o podría parecer una buena solución,
pero no es el caso, pues estaría sustituyendo a un botones
muy torpe, muy indeciso, incapaz de estar seguro del es­
tatuto de la puerta (no más que del suyo ) . ¿ Es un agujero
o una pared ? ¿ Soy abridor de puerta o cerrador de puer­
ta ? Si es las dos cosas al mismo tiempo . . . podemos decir
adiós a la calefacción. En la jerga de los informáticos, una
p uerta es un O exclusivo, jamás un Y.
Soy un gran admirador de las bisagras, aunque debo
confesar que admiro mucho más todavía a los goznes hi­
dráulicos, en especial al pesado dispositivo de cobre que
antaño cerraba suavemente la puerta principal de mi casa
en Aloxe-Corton. Me seduce la suma de un pistón hidráu-
8 2. BRUNO LATO U R

lico, que astutamente saca su energía de los visitantes que


a bren la puerta, la conserva un tiempo y luego la restituye
suavemente con esa especie de implacable firmeza que se
puede esperar de un butler inglés bien instruido. Encuen­
tro especialmente inteligente su forma de extraer de cada
usuario la energía necesaria para su funcionamiento. Mis
amigos militares llaman a este tipo de extracción involun­
taria un « punto de paso obligado » o PPO, nombre bastan­
te adecuado para una puerta . Sea lo que sea aquello que
usted sienta, piense, quiera o haga, siempre se verá obli­
gado al entrar en el edificio a dej ar en el umbral algo de
su energía, que servirá más tarde para volver a cerrar la
puerta . Es tan astuto como un peaje de autopista.
Pero no resuelve todos los problemas. Incluso si el cie­
rra puertas hidráulico dej a de aplastar las narices a los ex­
tranjeros ignorantes de la situación local, de tal forma que
sus prescripciones puedan considerarse menos restrictivas,
sigue ejerciendo una desagradable selección frente a cier­
tos segmentos de la población humana : ni mis sobrinitas
ni mi abuela podrán entrar sin ayuda, puesto que nues­
tro botones necesita la fuerza de una persona en plenas
facultades para acumular la energía necesaria para volver
a cerrar la puerta. Utilizando una expresión política, ta­
les puertas, debido a sus prescripciones, discriminan a las
personas débiles. Y si no hay forma de mantenerlas com­
pletamente abiertas, también discriminan a los mozos de
mudanzas y, en general, a cualquier persona cargada con
bultos -lo que, en nuestra sociedad capitalista, es sinó­
nimo de empleados de la clase obrera y las clases medias
inferiores ( ¿ quién, incluso entre los miembros de las cla­
ses superiores, no ha sido zarandeado alguna vez por un
cierre automático yendo cargado de paquetes de regreso
de algún centro comercial ? ) .
EL B OTONES ESTÁ EN H U E LGA 83

Por suerte, estas numerosas discriminaciones pueden


remediarse: la delegación del botones puede anularse ( blo­
queando su brazo articulado) o, más prosaicamente, su
ac ción delegada puede contrarrestarse con el pie ( los co­
merciales y los vendedores ambulantes tienen fama de ex­
pertos en la materia ) . El pie puede, a su vez, reemplazar­
se por una cuña o cualquier otro ingenio capaz de hacer
fracasar al botones ( siempre me ha llamado la atención
el número de obj etos que no logran superar tal prueba de
fuerza, ya que muy a menudo veo la puerta que acabo de
entornar cerrarse educadamente en el instante de girarle
la espalda para agarrar mis paquetes ) .

ANTROPOMORFISMO

El eminente colegio de los ingenieros industriales podría


a firmar con orgullo que, una vez asegurado el trabaj o de
instalación o mantenimiento del botones, siempre que se
ignore a los escasos sectores de la población que quedan
excluidos, un botones hidráulico hace bien su trabaj o de
cerrar con suavidad y firmeza la puerta detrás del visitan­
te. La máquina mostraría de este modo, a su humilde ma­
nera, cómo tres series de delegados no-humanos ( bisagras,
resortes y pistones hidráulicos ) sustituyen en el 9 0 % de
los casos a un portero indisciplinado que nunca está cuan­
do se le necesita y a los cartelitos desesperados para recor­
dar al amplio público que cierre correctamente la puerta
cuando hace frío.
Siempre he pensado que los goznes y el cierrapuer­
tas debían constituir el colmo de la acción mecánica efi­
caz, hasta el desgraciado día en que vi, pegado a la puerta
de La Villette, el anuncio con que he iniciado la presente
84 BRUNO LATOUR

meditación: « El botones está en huelga » . ¿ En huelga ? No


solamente habríamos sido capaces de transferir la acción
de cerrar la puerta de un humano a un no-humano, sino
también la falta de disciplina característica del obrero (y
tal vez del sindicato al que está afiliado) . ¡ En huelga ! ¿ No
resulta cómico ? Los no-humanos abandonando el traba­
j o y reivindicando no sé qué. ¿ El pago de las pensiones ?
¿ Más tiempo libre ? ¿ Despachos con vistas? Sin embargo,
no sirve de nada indignarse, pues los no-humanos no son
tan fiables como para delegarles irreversiblemente nuestras
acciones. Deseábamos no tener que preocuparnos más de
esa puerta, a parte de su mantenimiento previsto por ade­
lantado (lo que es otra forma de decir que ya no debíamos
preocuparnos más por ella ) , pero nos vemos enfrentados de
nuevo al eterno problema de mantener la puerta cerrada y
los despachos al abrigo de las mortales corrientes de aire.
¿ Y qué decir del humor de esta frase que concede una
característica humana a un fallo considerado habitualmente
« puramente técnico » ? La encuentro más profunda que si el
cartel hubiese dicho simplemente: « El botones no funciona » .
Siempre hablo con m i ordenador, quien me responde; estoy
seguro de que ustedes insultan a su coche viej o; prestamos
continuamente misteriosas facultades a los gremlins ocultos
en todos los electrodomésticos posibles e imaginables, por
no hablar de las grietas en el cemento de nuestras centrales
nucleares. Los sociólogos j uzgan este comportamiento como
una escandalosa violación de las barreras naturales. Al
escribir que el cierra puertas está « en huelga » , solo ven una
« proyección » , como ellos dicen, de un comportamiento
humano sobre un objeto no-humano, frío, funcional y técnico,
incapaz por naturaleza de todo sentimiento. Equivale, según
ellos, a practicar el antropomorfismo, pecado cercano a la
zoofilia y mucho peor.
EL B OTONES ESTÁ EN HUELGA 85

Precisamente el tono moralizante es lo que encuentro


e xa sp erante, puesto que el cierra puertas automático ya es
« antropomórfico » de arriba a abaj o. Las palabras grie­
gas «anthropos » (hombre ) y « morphe» ( forma ) sumadas
sig nifican « que tiene forma humana » o « que da forma a
los humanos » . Así que el cierrapuertas es antropomórfi­
co por partida triple: primero, ha sido fabricado por hu­
manos; segundo, sustituye acciones humanas y, como de­
legado, ocupa permanentemente la posición del humano;
tercero, da forma a otras acciones humanas, prescribiendo
de rebote qué tipo de persona puede franquear la puerta .
¿ Y algunos quisieran prohibirnos adj udicar sentimientos
a esta criatura enteramente antropomórfica o delegarle re­
laciones de trabajo o « proyectar » en el cierrapuertas (es
decir transferirle ) propiedades humanas ? ¿ Cómo enten­
der entonces otras transferencias mediante las cuales las
puertas se vuelven mucho más sofisticadas que las de La
Villette ? Algunas puertas son ya capaces de ver llegar a al­
guien desde lejos (cámaras ) , pedir una identificación (ce­
rrojos con tarj eta magnética ) o cerrarse herméticamente
en caso de peligro. ¿ Quiénes son esos sociólogos y qué sa­
ben del mundo para decidir sobre la forma (morphe) real
y final de lo humano (anthropos) ? ¿ Para trazar con tan­
to aplomo la frontera entre una delegación « real » y una
« simple » proyección ? ¿ Para rebatir para siempre y sin in­
vestigación previa los tres tipos de antropomorfismo que
hemos enumerado más arriba ? ¿ No estamos acaso mode­
lados por cierrapuertas no-humanos, aunque admito que
sea solo en una pequeña parte de nuestra existencia ? ¿ No
son nuestros hermanos ? ¿ No merecen nuestro respeto ?
El cartelito es muy preciso. Presenta con humor la cróni­
ca exacta del comportamiento del botones hidráulico: no
« fu nciona » , no « trabaj a » , está en huelga .
86 BRUNO LATOUR

U S UARI O S Y OTRO S INCORPORAD O S

Todos estos debates sobre los peligros del antropomorfis­


mo se dan al creer en la existencia real de « humanos » y
« no-humanos » . Tan solo se trata de papeles adjudicados
por adelantado. La mejor forma de entender esta distribu­
ción consiste en comparar las máquinas con los textos, ya
que las indicaciones de los constructores y los usuarios se
parecen mucho a las de los autores y los lectores de una no­
vela. Desde el principio de este artículo he utilizado reite­
radamente el « ustedes » , incluso les he pedido « trazar una
tabla » o « permiso para mi continuar mi relato » . De este
modo he construido a un lector inscrito a quien he prescrito
cualidades y una conducta, con tanta seguridad como un
semáforo de circulación o un cuadro en perspectiva prepa­
ran la posición de quienes los miran. ¿ Ha firmado o suscri­
be usted, lector, esta definición de sí mismo ? Peor todavía,
¿ realmente hay alguien ahí para leer este texto y ocupar la
posición preparada para él ?
Esta pregunta es una fuente de dificultades constantes
para quienes ignoran la semiótica o la tecnología . Nada en
un guion establecido puede impedir al usuario o al lector
inscrito comportarse de forma diferente a lo esperado (al
menos hasta los párrafos siguientes ) . El lector ( o la lecto­
ra ) real puede ignorar totalmente la definición que doy de
él (o ella ) . El usuario del semáforo puede cruzar en roj o,
lo vemos cada día en París. Incluso los visitantes del Mer­
cado del Cuero pueden no aparecer nunca porque resulta
demasiado complicado encontrar el lugar, pese a que su
conducta y su trayectoria hayan sido perfectamente anti­
cipadas por el botones. Lo mismo ocurre con el arranque
de mi ordenador: el cursor puede parpadear sin cesar sin
que el usuario esté o sepa qué hacer. Puede haber un enor-
EL BOTONES ESTÁ EN HUELGA 87

me h iato entre el usuario prescrito y el u suario de carne y


h u es o, una diferencia tan grande como la que existe entre
el « y o » de la novela y el novelista2• Es exactamente esta
di fe rencia lo que tanto exaspera a los autores del cartel
an ón imo que he comentado. Ningún texto puede forzar
al lector a comportarse conforme al guion. En otros casos,
sin embargo, el hiato entre ambos puede reducirse a cero:
el usuario prescrito se ha anticipado ágilmente, se ha si­
tuado exactamente en el guion y se ha aj ustado tanto a él
que hace lo que se esperaba.
Los guiones técnicos están muchas veces bien prepa­
rados para anticiparse a lectores o usuarios muy cercanos
al objeto. Por ejemplo, el cierrapuertas sabe muy bien lo
que la gente tiene que hacer para abrir la puerta y darle
la energía para cerrarla, pero es incapaz de ayudar a na­
die a llegar hasta ahí. Al cabo de cincuenta centímetros,
su guion queda sin efecto y no sirve, por ejemplo, para
aclarar los mapas repartidos por el parque de La Villette
explicando dónde encontrar el Mercado del Cuero. Nin­
gún guion se prepara sin una idea preconcebida del tipo
de actores que ocuparán las posiciones que les han sido
p rescritas.
Por esta razón he pretendido más arriba que usted es
solo relativamente libre de leer o no este capítulo. ¿ Por
qué ? Porque al escribirlo he contado con un cierto núme­
ro de propiedades ya inscritas en usted. Si usted fuese un
lector serio interesado en entender los nuevos desarrollos
producidos en el estudio social de las máquinas, habría

2 Sobre ese hiato consú ltese con buen rendimiento el sagaz li bro de
D o nald A. Norman : La psicología de los objetos cotidianos, Nerea, San
Sebastián, 20 10.
88 BRUNO LATOU R

tenido que poner notas y citas y sobrecargar el texto has­


ta pasar por un anglosaj ón. Mej or aún, lo habría escrito
en inglés y lo habría publicado en la editorial del Massa­
chusets Institute of Technology. De modo que la invita­
ción « Sociólogos de las técnicas, lean este texto » no ha­
bría sido muy arriesgada . En cambio, si debo prepararme
para lectores frívolos o volubles, tal y como los editores los
describen en la actualidad, lectores que sobrevuelan estas
páginas confiando tan solo en el texto de la contraporta­
da, no me queda ninguna posibilidad de que me lean has­
ta el final y tengo que hacer trampa con otros trucos. Esta
forma de contar o no con un reparto anterior de compe­
tencias para ayudar a reducir el hiato entre los usuarios o
lectores incorporados y los usuarios o lectores en carne y
hueso lo denomino una preinscripción.
Resulta fascinante observar, tanto en un texto como
en un obj eto, cómo los autores o los ingenieros se las arre­
glan para repartir aquello que inscriben en los dispositi­
vos y lo que deben preinscribir en los usuarios o los lec­
tores. Cada dispositivo está rodeado de distintas zonas
interrumpidas por tabiques que llamo esta vez una cir­
cunscripción. Un texto, por ejemplo, está claramente cir­
cunscrito -pensemos en la portada, la página de créditos,
la encuadernación-; también un ordenador -miren si
no las carpetas, la pantalla, el lector de disco, el teclado
del usuario. Lo que llaman interfaz permite a cualquier
programa conectarse con otro mediante múltiples entra­
das cuidadosamente calculadas. Algunos mecanismos so­
fisticados edifican toda una red de círculos concéntricos
a su alrededor. Por ejemplo, en muchas fotocopiadoras
modernas hay problemas que los usuarios más incom­
petentes pueden a bordar por sí mismos, como « P O N G A
PAPE L » , pero otros son más complicados y exigen algo
EL BOTONES ESTÁ E N HUELGA 89

m ás de explicación: « PO N GA TÓNER. VÉA S E MANUAL, PÁG.


3 o » . Esta instrucción puede verse reforzada por cartelitos
d e la casa : « N O PONGA E L TÓNER U STED M I S M O , LLAME
A L A S E CRETARIA » , lo que limita el número de personas

ca paces de arreglarlo. Otros problemas más serios pue­


den tratarse con avisos: « LLAM E A L S ERVI C I O TÉC N I C O
A E S T E N Ú M ERO » , mientras que algunas partes de la má­

quina se encuentran selladas por completo con etiquetas


roj as en las que puede leerse : « N O A B R I R . P E L I G R O , A LTA
TENS I Ó N , P E L I G R O DE I N C EN D I O » o incluso, ya puestos:
« EN CAS O D E AVERÍA, L L A M E A L A P O L I C ÍA » . Cada uno
de estos mensaj es se dirige a un público distinto, desde el
más amplio (cualquier persona que posea la competen­
cia hoy muy extendida de utilizar fotocopiadoras) has­
ta el más reducido ( los bichos raros capaces de reparar­
las y que, naturalmente, nunca atienden al teléfono ) . La
circunscripción define tan solo los recursos que el dispo­
sitivo se ha adj udicado para preparar su relación con el
usuario, pero este conj unto de puntos de referencia, cír­
culos, tabiques y vías de entrada al interior del texto o de
la máquina no garantizan en absoluto que los lectores o
usuarios los obedezcan. Nada más triste que un ordena­
dor obsoleto, con sus hermosas interfaces y nadie en el
mundo para conectarse.
Permítanme sacar de paso una conclusión provisio­
nal: llamaré sociologismo a la pretensión según la cual,
en función de la competencia, de la preinscripción y de
la circunscripción de los usuarios y de los autores hu­
manos, se pueden descifrar los guiones que los actores
no-humanos deben interpretar; y tecnologismo a la pre­
te nsión simétrica según la cual, en función de la compe­
tencia y de la preinscripción de los actores no-humanos,
se puede descifrar o deducir fácilmente la conducta pres-
90 BRUNO LATOUR

crita tanto a los autores como a los usuarios. Espero que


ambas absurdidades desaparezcan, ya que los actores
pueden ser humanos y no-humanos en cualquier punto
de la cadena y que, por otra parte, el desplazamiento ( o
transferencia o transcripción ) hace imposible la traduc­
ción término a término de un repertorio al otro. La ex­
traña idea según la cual la sociedad podría estar consti­
tuida exclusivamente por relaciones humanas reflej a esta
otra idea, no menos extraña, de que las técnicas podrían
estar hechas exclusivamente de relaciones no-humanas.
En ambos casos nos hallamos ante personajes, delega­
dos, representantes, « lugartenientes » ( es decir, quienes
ocupan un lugar en representación de otro ) . Algunos fi­
gurativos, otros no figurativos: algunos humanos, otros
no-humanos; algunos competentes, otros incompeten­
tes. ¿ Queremos de verdad dividir esta fantástica diver­
sidad de delegados y crear artificialmente dos montones
de residuos: « sociedad » por un lado y « tecnología » por
otro ? Puede hacerse, sin duda alguna, pero entonces no
entenderemos nada, ni de las cosas ni de las personas.
Sería como separar en una batalla los cuerpos desnudos
de quienes luchan, por un lado, y amontonar armaduras
y armas por el otro.
Un guion, un texto, un automatismo pueden hacer
mucho por los usuarios a quienes han prescrito conduc­
tas, pero lo esencial del efecto que se le atribuye final­
mente depende del alineamiento de los demás dispositi­
vos. Por ejemplo, el botones solo cierra educadamente la
puerta si la gente la a bre al alcanzar finalmente el Cen­
tro de Historia de las Ciencias. Esa gente solo llega a la
puerta si ha encontrado mapas ( otro delegado provisto
de la prescripción que refiero: « Usted está aquí » , rodea­
da por un círculo roj o ) y si hay caminos que llevan al
EL BOTONES ESTÁ EN H U E LGA 91

M e rcado del Cuero baj o el Périphérique (condición que


p ocas veces se cumple ) . Y, por supuesto, esa misma gen­
te s olo estará dispuesta a descifrar los mapas, ensuciar­
se los zapatos y empuj ar la puerta si está convencida de
que Dominique Pestre vale la pena ( tal vez la única con­
dición fácil de cumplir ) . Este conjunto de dispositivos
alineados acaba por preinscribir en los usuarios compe­
tencias suficientes como para que se pongan a fluir sin
esfuerzo como un río en su punto de mayor pendiente: la
gente atraviesa la puerta del Mercado del Cuero y el bo­
tones, cien veces al día, vuelve a cerrar la puerta, cuan­
do no está en huelga . Este alineamiento de dispositivos,
que llamaré conscripción, reduce el número de ocasiones
en que se utilizan las palabras: la mayoría de acciones se
vuelven silenciosas, familiares, incorporadas en los hu­
manos o excorporadas en los no-humanos, lo que hace
más difícil el tra baj o del analista. Hasta los debates clá­
sicos sobre la libertad, el destino, la predestinación, la
fuerza bruta o la voluntad -debates que constituyen la
versión actual de las antiguas discusiones sobre la gra­
cia- carecerán progresivamente de objeto. ( Si ustedes
han alcanzado este punto de mi argumento, significa que
tenía razón al decir que no eran completamente li bres de
detener la lectura de este capítulo: colocándome en una
línea de mayor pendiente y añadiendo algunos trucos de
mi cosecha propia, les he conducido donde quería, redu­
ciendo el a bismo que separa al lector inscrito de mi re­
lato del lector de carne y hueso, tú, aquí, ahora . Pero tal
vez se hayan saltado lo esencial, tal vez no hayan enten­
dido ni una sola pala bra de todo esto, ¡ oh lectores volu­
b les, inconstantes e indisciplinados ! )
92 BRUNO LATO UR

Figura 5 .r Este es el esquema enviado por carta por e l Centro de His­


toria de las Ciencias para permitir a los visitantes dotados con l a com­
petencia de leer signos llegar hasta el Mercado del Cuero. Implica na­
turalmente la preinscripción de algunas competencias de base -saber
fra ncés y poder leer u n p lano- y no tiene ninguna influencia sobre los
demás programas de acción que llevan a la gente a querer ir a l Cen­
tro. Extiende el mecanismo de la puerta -su conscripción-, pero si­
gue siendo l imitado en sus objetivos. Como los manuales de uso y otras
instrucciones, es una de las numerosas inscripciones que cubre «el hiato
de ej ecución » entre la gente y los dispositivos.
EL BOTONES ESTÁ EN HUELGA 93

D E LO NO-HUMANO A LO SUPRAHUMANO

« El botones está en huelga. Por el amor de Dios, cierren la


p ue rta . » En nuestras sociedades hay dos sistemas de recur­
so : el no-humano y el suprahumano, es decir, las máquinas y

lo s dioses. El redactado del anuncio indica el grado de deses­


pe ración alcanzado por sus autores anónimos y congelados
( nunca he podido encontrarlos y rendirles los honores que
merecen). Empezaron por fiarse del sentido moral innato
a todo hombre. Fracaso, la puerta permanecía abierta. Re­
currieron entonces a aquel lo que los mecánicos consideran
la suprema instancia de recurso, es decir un dispositivo de
no-humanos que cumplen regular y correctamente con su
trabajo en lugar de los humanos volubles. Para vergüenza
de los ingenieros, debe confesarse que esta solución tam­
poco funcionó, pues la puerta seguía abierta . Entonces los
autores fueron a buscar todavía más lejos, al más antiguo y
sólido recurso que jamás haya existido ni existirá. Los hu­
manos y los no-humanos habían fracasado, pero Dios no
podía decepcionarles. ¡ Escalada espiritual conmovedora !
Me avergüenza decir que al atravesar el vestíbulo aquel fa­
tídico día de febrero la puerta seguía abierta. Pero no debe
acusarse a Dios: la súplica no se dirigía directamente a Él,
que no es accesible sin mediador ( los autores anónimos del
anuncio conocían el catecismo ) . En vez de implorar directa­
mente un milagro ( que Dios mantuviera la puerta cuidosa­
mente cerrada o que actuara por medio de un ángel, como
ha sucedido en varias ocasiones, por ejemplo, cuando San
P e dro fue liberado de la cárcel), hicieron un llamamiento
a l respeto de Dios en el corazón de los hombres. Este fue
el error de los autores del cartelito. Habrían debido saber
que en nuestra época secularizada el amor del Creador no
b asta para mantener las puertas cerradas.
94 BRUNO LATOUR

En nuestros días nada parece poder disciplinar a los


hombres y a las mujeres para enseñarles a cerrar la puerta
cuando hace frío. Lo mismo ocurre con los delegados y con
los estupefacientes: se empieza por los blandos y se acaba
con una sobredosis. Tal vez exista una inflación de perso­
najes delegados; al cabo de un tiempo se debilitan. Anti­
guamente, bastaba quizá con tener una puerta para que se
supiese cómo cerrarla. Pero ya se sabe que hoy en día nadie
presta atención y que es preciso llamar al orden mediante
procedimientos cada vez más firmes. Entonces se empie­
zan a instalar botones automáticos, antes de llegar tal vez
al uso de descargas eléctricas, como se hacía con las va­
cas del antiguo Mercado del Cuero. Lo mismo sucede con
los no-humanos. En los buenos viejos tiempos, aquellos en
que la calidad todavía imperaba, habría bastado con echar
unas gotas de aceite a los goznes de vez en cuando; hoy día
hasta los dispositivos automáticos se declaran en huelga.
Ello no significa que el proceso vaya siempre de lo más
suave a lo más duro, es decir de las relaciones de razón
a las relaciones de fuerza, pasando por la forma interme­
dia de las órdenes, como lo sugiere el drama de la puerta.
Afortunadamente, puede ir en sentido contrario, de lo ma­
terial a lo lógico. Es cierto que en París ningún conductor
respeta las señales de tráfico ( por ejemplo, la línea blanca
o amarilla que prohíbe estacionar), ni tan siquiera la ace­
ra (es decir una línea amarilla a la que se añade un buen
desnivel de unos veinte centímetros ) . Por eso en lugar de
inscribir en la consciencia parisina una competencia « in­
trasomática » , las autoridades prefieren emplear un tercer
delegado ( bloques macizos en forma de pirámide trunca­
da, espaciados de tal manera que los coches no puedan
colarse ) . A la vista del resultado, tan solo una gran mura­
lla continua de dos metros lo lograría. Podría por tanto
EL BOTONES ESTÁ EN HUELGA 95

p ensarse, siguiendo el ej emplo de los automovi listas pari­


sinos, que la tesis de la descalificación sea el caso general:
ir s iem pre de la competencia intrasomática a la competen­
cia extr asomática, nunca basarse en gente indisciplinada
si no en no-humanos delegados y perfectamente seguros,
sie m pre ir de lo lógico a lo material, de lo soft a lo hard.
Pero hasta para los casos aparentemente sin esperanza
de los conductores parisinos sería demostrar un pesimis­
mo abusivo. Por ejemplo, respetan a veces los semáforos,
al menos unos segundos después de la luz roj a y siempre
que los semáforos sean lo bastante sofisticados para inte­
grar los fluj os de tráfico gracias a detectores instalados en
la calzada. ¿ Qué es un semáforo si no un policía delegado
que está ahí día y noche y se hace obedecer sin ni siquie­
ra disponer de silbato, guantes ni cuerpo para imponer el
respeto a la autoridad que representa ? Ningún semáforo
puede forzar a nadie a detenerse. Es preciso añadirles algo.
Los encuentros imaginados por cada conductor con otros
vehículos o con policías de carne y hueso bastan para de­
tener a los coches en el semáforo (algo tarde, sin duda ) .
Hemos pasado efectivamente d e l o hard a l o soft, d e lo
material a lo lógico, de lo extrasomático a lo somático, de
la fuerza a la razón.
Volvemos a encontrar la misma incorporación del guion
en los manuales de los automóviles. Nadie concede más
que un vistazo rápido al librito antes de arrancar el motor
de un coche que sin embargo no conoce. Existe un amplio
corpus de calificaciones que hemos encarnado o incorpo­
rado hasta convertir en inútiles las instrucciones escritas.
D e extrasomáticas se han vuelto intrasomáticas. La incor­
por ación en los cuerpos humanos o la « excorporación »
en los cuerpos no-humanos es una de las numerosas deci­
siones dej adas a los conceptores.
96 BRUNO LATOUR

La única forma de seguir el trabajo de los ingenieros


no es considerar las delegaciones extra o intrasomáticas,
sino solamente su trabajo de reinscripción, que se define de
la misma manera que la inscripción, proseguida ahora en
su dinámica. Al recorrer este movimiento, hasta entonces
silencioso, tácito y taciturno, se vuelve charlatán, activo y
polémico. La belleza de los objetos radica en que revisten
los deseos o necesidades contradictorios de los humanos
y los no-humanos. El cinturón de seguridad del que ya he
hablado debe sujetar firmemente en caso de accidente. Se
impone por tanto respetar la advertencia « NO ATRAVIESE
E L PARABRI SAS » , que es la transposición del objetivo irreali­
zable « NO CORRA D EMAS IADO, O B E D EZCA LA LEY » en otro
menos inaccesible (porque es más egoísta ) : « S I CIRCU LA
DEMASIADO DEPRISA, AL MENOS NO SE MATE » . Sin embar­
go, los accidentes son escasos y normalmente el cinturón
no tiene que apretar demasiado, a fin de poder cambiar de
marcha o sintonizar la radio. Pero si los ingenieros inventan
un cinturón completamente elástico -a la manera inimita­
ble de Tomás el Gafe-, no servirá de nada en caso de ac­
cidente. Esta primera contradicción (encontrarse al mismo
tiempo ceñido y distendido) se complica, como sabemos,
con un segundo dilema (el cinturón debe poder abrochar­
se rápidamente, sin lo cual nadie lo llevaría, pero también
desabrocharse deprisa por salir de un vehículo accidenta­
do ) . ¿ Quién asumirá todas estas especificaciones contra­
dictorias ? El mecanismo del cinturón de seguridad. Los in­
genieros especialistas en seguridad automovilística tienen
que reinscribir en el cinturón de seguridad todos esos usos
contradictorios. Cuesta un precio, naturalmente: el meca­
nismo se pliega, lo que le hace más complicado.
Si hablamos de un mecanismo complicado sin percibir
que reinscribe especificaciones contradictorias, se ofrece de
EL BOTONES ESTÁ EN HUELGA 97

él una descripción carente de interés, de la que se habrá ex­


tirpado todo el j uego de intereses. En cambio, cada rueda,
cada piñón, cada correa, cada resorte se vuelve fascinan­
te s i se entiende la objeción a la que responde. Todo pro­
grama de acción responde en la práctica a un antiprogra­
ma contra el que se alza el propio mecanismo. Observar
solamente el obj eto sería como prestar atención a la mi­
rad de un campo de tenis durante el partido: no se verían
más que movimientos desprovistos de significado. Devol­
viendo sus antiprogramas a los programas técnicos de los
cinturones de seguridad, las bandas de frenado y los bo­
tones, los convertimos en guiones con resorte y suspense.
Los amantes de las técnicas hacen con los objetos lo que
hicieron primero con la literatura científica considerada
aburrida. Restituyendo las objeciones contra las que se al­
zan, el artículo erudito y el objeto técnico se vuelven tan
apasionantes como una ópera (véase el caso del riñón en
el capítulo siguiente ) .
D e hecho, ¿ cómo me comporté con e l dichoso boto­
nes aquella fatal mañana de febrero ? Como un ciudada­
no piadoso y educado. Sensible ante la invocación al amor
de Dios y respetuoso del derecho de huelga de los no-hu­
manos, verifiqué cuidadosamente que la puerta quedase
cerrada a mi paso y luego proseguí mi visita al Centro de
H istoria de las Ciencias y las Técnicas.
( ¿ Ven como cada historia se alargaría si prestáramos
in terés a todos los botones, a todos los mediadores técni­
cos que componen los segmentos visibles de nuestros re­
corridos ? Quería hablar de la historia de las técnicas y tan
solo he hablado de la puerta que conduce al centro que
h ace su historia. Zenón el Celoso no se equivocaba, pero
por otro motivo : cada segmento puede convertirse en un
la berinto, un dédalo del que no se sale más que volando. )
11

EL DURO O F I C I O
DE LO S TRABAJAD O RE S
DE LA EXPERIMENTAC I Ó N
LA ANGUSTIA D EL C ONFERENC IANTE
POR LA NO CHE EN EL HOTEL

Co n c l u s i ó n . Las experi e n c i a s que preced e n nos p a recen a p o r­


t a r l a prueba de q u e lo q u e se h a b ía c o n s i d e ra d o h a sta a ho ­
r a como u n b i o - ca l i b ra d o d e los p o l i péptidos d e l a serie d e
l a s e n d o rfi n a s n o es específico d e e s o s po l i péptidos y q u e ­
da binded (¿cómo se dice en francés?) q u e t i e n e n u n a a f i ­
n i dad con l a h e m og l o b i n a ga m a . Si escribo eso me matan.
No, vuelvo a empezar. Co n c l u s i ó n . Las expe r i e n c i a s prece­
d e ntes a po rta n l a prueba d e que e l bioca l i b ra d o d e po l i pé p ­
t i d o s d e l a serie d e l a s e n d o rfi n a s n o es t a n específico como
sería d esea b l e . N o puede d esca rta rse por ta nto q u e l a tasa
-aquí cito a Hor­
d e e n d o rfi n a rese ñ a d a e n varios a rt íc u l os
cheid, esta vez no se lo voy a dejar pasar- sea u n a rte­
facto c a u s a d o por l a n o espec i f i c i d a d del b i oca l i b ra do. Ar­
tefacto tal vez es un poco fuerte; por otro lado, ya me he
mojado, así que por qué no ir hasta el final y mandar al
cu erno todas las tonterías publicadas sobre el papel de
las endorfinas, que para eso me han enviado. Flower esta­
rá satisfecho. Y ahora el arranque, in cauda venenum. Po r
el contra rio, e l b i oca l i b ra d o de l a s e n d o rf i n a s es m u y espe­
c ífi co e n c u a nto a l a med i d a d e l a h e m ogl o b i n a ga m a -no,
no puedo escribir eso, es demasiado irónico- debido a la
1 02 BRUNO LATOUR

n o especifi c i d a d d e l b i o ca l i b ra d o d e m a s i a d o sen s i b l e a los


fragm e ntos 5 a 2 0 d e l a h e m ogl o b i n a ga m a . Con esto bas­
ta y seguro que voy a sorprender, sobre todo teniendo en
cuenta que hablo después de Horcheid y les habrá ense­
ñado todas las diapositivas, la endorfina que hace esto y
lo otro, 4 pictogramas por topo en la sangre de los esqui­
zofrénicos, 3 mg por topo en el de los amputados aneste­
siados por acupuntura and so on. Acto seguido llego yo
y les suelto: «Al decirse que se mide la endorfina hay 8 0
posibilidades sobre r n o de que se mida la hemoglobina» .
Todo por e l suelo . . . L e habría tenido que pedir a Valérie
hablar antes que Horcheid, de este modo Horcheid habría
sabido que el suelo iba a hundirse bajo sus pies y tal vez
le habría echado algunos bemoles más para no quedar en
ridículo. Habría podido, pero ahora es demasiado tarde.
De todos modos, después de la jugada que me hizo en To­
ronto, no tengo ningún motivo para simplificarle la tarea.
Avanza a pecho descubierto, lo ametrallan, es normal; ha­
berse cubierto . . . Pero, ¿y si contraatacan? Si presento mis
data sobre el espectro de masa me montarán un número
increíble, nos veremos arrastrados a una discusión técni­
ca y Horcheid podrá escabullirse proyectando la duda so­
bre toda la demostración, «critican al biocalibrado pero
nada es seguro», y va a seguir midiendo la endorfina con
los fondos de Henaieche durante diez años más. Bueno,
no presento estas diapositivas, de todos modos, no estoy
muy seguro del trabajo de Mike, no tengo ganas de que
metan las narices ahí en plena sesión de striptease. Ese me
las va a pagar. A mi regreso me lo cargo, peino al milíme­
tro todos sus registros hasta el primer run si es necesario.
Un tipo como él puede hundir a un laboratorio y no me
gusta la sonrisa irónica del profesor Cunnings: «Ah, Mike
Danaway trabaja para usted, espero que le apriete bien las
LA ANGUSTIA DEL CONFERENCIANTE 1 03

tu ercas » . ¿ Qué? No tengo por costumbre apretar las tuer­


cas a nadie, confío en la gente, Mike tenía la pinta okay,
bien recomendado. Bueno, en cualquier caso, ni una sola
pa lab ra de mi arranque debe sustentarse en esos malditos
dat a. Esas diapositivas son las mejores. Okay, acto segui­
do concluyo, ustedes han metido la pata hasta la cintura,
to davía no se ha medido la tasa circulante de endorfina
de forma concluyente. Luego el arma secreta, el rayo de
la muerte solo lo saco si me preguntan: «¿ Cómo se puede
medir la endorfina, no vamos a aislarla cada vez?» . En­
tonces una palabra, una sola palabra, firme pero alusiva:
U n n u evo método e l a borado en n u estro l a borato rio ya per­
m i te m ed i r l a tasa de e n d o rfi n a c i rc u l a nte con d o s i s i n fe rio­
res a l n a n otopo con una especificad cerc a n a a l No, si 90 %.
digo demasiado todos van a gritar «¡nombres, nombres!»
y tendré que decirlo todo. No, más bien pesimista: N ue­
vos métodos t i e n e n que ser d ev i d a d o s -mierda, otra vez el

franglais, ¿cómo se dice?-, i nve ntados -no-, pu estos a


p u nto p a ra m e d i r l a tasa de p o l i pépt i dos en l a sa ngre c i rc u ­
l a nte. No, eso es demasiado blando, hay tanto dinero en
juego, preferirán pagar a Horcheid incluso si mide la he­
moglobina en vez de suspender la investigación a la espe­
ra de un biocalibrado idóneo. Necesito una frase que dé a
entender que tengo el método pero sin avanzar demasia­
do al descubierto, lo justo para que la esperanza renazca
tras haberlo echado todo por tierra. S i n e m b a rgo un n u evo
método de b i oca l i bra d o ra d i o i n m u n o l óg i co perm i t i rá pronto
m ed i r l a e n d o rf i n a c i rc u l a nte con tasas d e espec i f i c i d a d satis­
fa cto r i a s .
Esto es, así gano la jugada en dos tiempos, como
si n ada, y hundo a todos los mindundis que dicen mara­
villas de la endorfina, me lanzo en auxilio de los progra­
mas pirateados por mi crítica tendiéndoles generosamen­
te la mano con un nuevo calibrado. Como dice siempre
1 04 BRUNO LATOUR

Flowers, «no podemos ser un arca de Noé si no hay Dilu­


vio » . El golpe puede fallar. Primer tiempo, nadie cree que
el calibrado sea tan malo; segundo tiempo, no creen que
nosotros tengamos uno mejor; o peor aún, segundo tiem­
po: todo el mundo nos cree y nos piden inmediatamente
pruebas y entonces me gano una bronca de Flowers: «No
reveles nuestras posiciones bajo ningún concepto, no debe
saberse hasta el congreso de Henepillé cómo hacemos nues­
tro calibrado» . Así pues, en tres movimientos: torpedear a
los colegas, presentarse como salvador, no prometer nada.
Suerte que me ha enviado a mí en lugar de a Nick, lo ha­
bría fastidiado todo. Demasiado modesto, no sabe drama­
tizar, no siente a las masas. Lástima que no haya escuela
de guerra para los neurofisiólogos, estoy seguro de que hay
alguna batalla célebre que se parece a esta, en tres tiem­
pos, me habría venido genial. Si este maldito congreso se
hubiera celebrado tres semanas más tarde habríamos po­
dido ir a saco. Ni siquiera valdría la pena atacar a Hor­
cheid, un solo párrafo de introducción: N u m erosos res u lta­
dos experi menta l es tienden a mostra r q u e e l b i o ca l i b ra d o d e
l a e n d o rfi n a no t i e n e l a especifi c i d a d req u e r i d a y m i d e m á s a
m e n u d o a rtefactos, en part i c u l a r l a s sec u e n c i a s 1 0 a 30 de l a
h e m ogl o b i n a ga m a . S i n e m b a rgo, u n n u evo método perm ite
obte ner, etc. Todo bien duro, imparable, sin filigranas, sin
posiciones al descubierto, el Kriegspiel, compramos toda
la finca, una acción del laboratorio de Flowers por cuatro
del laboratorio de Horcheid y cinco de la Clínica Mayo.
Y en vez de eso me veo obligado a despistar y ni siquiera
puedo utilizar los data de Mike which really sticks. Bue­
no, el gran show es mañana. Tengo que dormir.
Millones de gotas de lluvia alineadas en desorden baj o
las nubes de las ciudades inglesas, sobre los tej ados de los
cottages ingleses, cicatrices blancas sobre fondo negro como
LA ANGU STIA D E L CONFERENC IANTE 105

a l co mienzo de La marca amarilla • . Varios miles de millo­


n es de neuronas pierden la cabeza en los cráneos de los
n eu rofisiólogos dormidos en sus hoteles antes del congre­
s o de mañana . Sus filamentos parpadeando baj o las agu­
jas de los microelectrodos, sus ondas cortas con hipo en
las pantallas catódicas, sus oleadas de neurotransmisores
pasando histéricas y aullantes como gamberros en moto,
más lentamente ciberninas deslizándose de cable en ca­
ble, los sueños entremezclados intercambiándose estupe­
facientes y calmantes de lóbulo en lóbulo y de tálamo en
hipotálamo, las tempestades eléctricas derivando de cen­
tral en central admiradas por los Lombroso noctámbulos
fulminados por sueños. Millones de frases serpentean, in­
vertebradas, roedoras, olicordemas o marsupiales, todas
las especies vivas de frases dichas, soñadas o matadas que
se mezclan sin rima ni razón alrededor de oscuras mito­
condrias, palabras sobre témpanos de hielo, en paquete,
en glaciar, en agua de lluvia, tempestad entre tempesta­
des que no terminan de pasar, de pensar, de arrastrarse en
pandilla . Millones de gotas de lluvia . Lluvia de palabras
y de meteoros. Corrientes de acetilcolina y de frases sin
fin, de alcantarillas a depósitos, de depósitos a ríos, hasta
el mar, por la mañana.

1 Libro de historietas de la serie Blake y Mortimer, creada por


Edg ar P. Jacobs. ( N . del T. )
LA Ó PERA D EL RIÑÓN:
E S C ENI F I CAC I Ó N Y APLI CAC I Ó N1

Demostración experimental del proceso de construcción


de la realidad mediante la aplicación de métodos
sociosemióticos a los textos científicos.

A lo largo de los últimos quince años nuestras concepcio­


nes sobre la naturaleza del artículo científico han hecho
progresos decisivos gracias a la aplicación de métodos
prestados por la historia, la crítica literaria, la retórica,
la semiótica y finalmente la microsociología de las cien­
cias y las técnicas. En unos años el discurso científico que
podía verse como inaccesible para el profano o redacta­
do « sin efectos literarios » se ha visto plenamente inte­
grado a las disciplinas que tratan de la literatura . Vamos
a modificar experimentalmente textos para demostrar
ante el lector los distintos efectos provocados por tales
modificaciones.

1 Este artículo se escribió en colaboración con Fran�oise Bastide


unos años antes de su muerte. Fran�oise redactó muchos artículos más
serios sobre la semiótica de los textos y las imágenes.
LA ÓPERA DEL RIÑÓN 1 07

E F ECTO I

Demostración de un proceso de cambio de agua


por contracorriente en las regiones profundas
del riñón del hámster.
Por F. F. Franc;ois, R. Maxime y C. Claude.
Servicio de Biología, Comisaría de la Energía Atómica.
Recibido el 22 de marzo de 1 9 60

( 1 ) En el transcurso de los últimos años nuestras con­


cepciones sobre los mecanismos de concentración de la
orina en el riñón han hecho progresos decisivos tras las
observaciones experimentales de Wirz, Hargitay y Khun
( 1 9 5 1 ) y las interpretaciones que se han hecho de ellas.

( 2 ) Pese a las observaciones experimentales de Wirz,


Hargitay y Khun ( 1 9 5 1 ), nuestras concepciones sobre
los mecanismos de concentración de la orina en el riñón
han evolucionado poco durante los últimos años. Solo
muy recientemente una interpretación nueva de sus re­
sultados ha generado un progreso decisivo de nuestros
conocimientos y ha permitido finalmente la demostración
del proceso de cambio de agua por contracorriente.

En el párrafo ( 1 ) el tiempo se ve bruscamente quebra­


do por « progresos decisivos » ; la causa de tales progresos
se atribuye a los trabajos de tres personajes, « Wirz et al. » ;
y finalmente s e establece una distancia entre las « observa­
cio nes » y las « interpretaciones » , como es costumbre en la
epistemología contemporánea. En el párrafo ( 2 ) se mantie­
ne la misma distancia, pero sirve para negar que « Wirz et
al. » sean responsables de « progresos decisivos » ; las « ob­
servaciones » carecen de valor antes de que la nueva inter­
pretación venga a explicarlas y fundamentarlas. El propio
108 BRUNO LATOUR

tiempo cambia de ritmo: es « recientemente » cuando se ha


visto acelerado y con el impulso no de Wirz, sino de los
autores del artículo.
De este modo, en tres líneas, un artículo científico debe
decidir sobre una historia de las ciencias y una epistemo­
logía, a la vez que debe distribuir las responsabilidades de
esa historia. Pasar de la forma ( 1 ) a la forma ( 2 ) requie­
re evidentemente largas discusiones y laboriosas negocia­
ciones entre los autores y luego entre ellos y los comités
de lectura . El estado de las negociaciones queda marcado
en las tachaduras, interpolaciones y añadidos en los bo­
rradores sucesivos.

EFECTO 2

( 3 ) La procesión avanzaba lentamente por las calles tor­


tuosas de la ciudad viej a. Desde lo alto del campanario
se distinguía sin dificultad a los señores del consejo de
fábrica llevando el pendón, los pequeños hoy scouts y los
músicos de los Hijos de Francia. La multitud se agolpaba
en las aceras y, más bien descreída, escuchaba en silen­
cio a las Hijas de María rezando. Pero observé en cada
esquina que unos hombres uniformados, con prisa por
ir a comer a casa del capellán, se colaban con dificultad
entre los espectadores, cruzaban de una calle a la otra,
cortocircuitaban la procesión y desaparecían entre las
barracas de feria. Por calles y callejuelas la procesión iba
perdiendo a sus hijos y se concentraba gradualmente en
almas piadosas de cierta edad.

(4 ) Los resultados expuestos se explican perfectamente


si se admite la hipótesis de una permeabilidad mucho
mayor para el agua que para el sodio en los tabiques de
LA ÓPERA DEL RIÑÓN 1 09

los meandros vasculares y urinarios, lo que provoca un


cambio de agua por contracorriente entre las ramas as­
cendientes y descendientes. Si los tabiques de esos tubos
poseen una gran permeabilidad al agua, una « difusión
transversal» acarrea, por cambio en cada nivel, el paso de
los meandros ascendientes a los meandros descendientes
de una fracción de moléculas de agua marcada circulante.

Ambos párrafos construyen a un observador, el prime­


ro desde el campanario, el segundo en el laboratorio. Los
dos se supone que ven un fenómeno de la misma forma :

riñón d e hámster ciudad viej a


meandros a contracorriente callej uelas tortuosas
tabiques de los meandros masas agolpadas

En el decorado general circula un conj unto entremezcla­


do: por un lado agua y sodio marcados y no marcados, por
el otro una procesión. En ambos casos la multitud de agen­
tes termina por diferenciarse y concentrarse, ya sea como
sodio al final de los meandros o en almas piadosas de edad
madura. En ambos casos el sodio y las Hijas de María rea­
lizan todo el recorrido, mientras que el agua y los mucha­
chos pasan a través de las multitudes/tabiques y se largan.
Ninguno de los dos párrafos es más concreto, más téc­
ni co o más simple que el otro. « Hijos de Francia » es un
término local que solo conocen los habitantes de Beaune.
En cuanto a « consej o de fábrica » , seguramente es menos
conocido que « sodio » . Pocos han disecado sin duda los
meandros de un riñón u observado cómo funciona en la
fáb rica un sistema de concentración por contracorriente,
¿ pero cuántos franceses han visto alguna vez una proce­
sión de Corpus Christi desde lo alto de un campanario ?
I IO BRUNO LATOUR

En cuanto a la separación entre fervor y deseo de ir a co­


mer, apenas es más elocuente que el tabique ·que dej a pa­
sar el agua y confina el sodio.
En ambos párrafos es preciso hacer ver al observador
y luego al lector una concentración. El primer observador
sube al campanario y nos dice lo que ve, el segundo des­
ciende al riñón y nos dice lo que ha visto.
Pero llegados a este punto ambos observadores diver­
gen por completo. Para ver la organización de la ciudad
viej a y sus recorridos, el primer observador aprovecha la
fiesta de Corpus Christi. Desde lo alto del campanario ve
desarrollarse la procesión como un continuo en el espa­
cio y el tiempo. El segundo observador no ve nada. El ri­
ñón es demasiado oscuro. Debe crear el acontecimiento,
construir el espacio y el tiempo y restituir los recorridos
continuos a partir de observaciones.
Para crear un acontecimiento, el experimentador tiene
que hacer procesionar agua y sodio radioactivos por ahí
donde el sodio y el agua no marcados se paseaban habi­
tualmente sin aspavientos. El riñón no verá la diferencia,
pero el observador sí. Del mismo modo que los pantalones
marrones de los boy scouts y el uniforme azul de las Hi­
j as de María, el agua y el sodio radioactivos marcarán las
diferencias. La concentración relativa de los actores pue­
de volverse visible. Sin duda no se ve nada todavía, pero
al menos se podrá restar una cifra de la otra.
Eso no basta para contar una historia. Quien quiera
observar algo en el riñón debe crear el desfile de su invisi­
ble procesión mediante una superposición de fotos finish:
como los responsables de un rally automovilístico colocan
a controladores en puntos concretos y lugares escogidos,
segmenta por etapas cada riñón en ocho rebanadas, desde
el córtex hasta la papila. Pero dado que es imposible seguir
LA ÓPERA DEL RIÑÓN III

el pa so de una procesión de agua marcada en un riñón re­


b a na do, es preciso que el observador repita la salida de la
p roc esión en riñones distintos y luego la interrumpa a in­
te r valos cada vez más largos. La historia inmóvil de este
des plazamiento se encuentra relatada en el cuadro.

EFECTO 3

El observador en el campanario del párrafo ( 3 ) veía pe­


queñas manchas marrones colarse entre la multitud, pero
su lector solo veía un texto diciendo que las veía. El ob­
servador del párrafo ( 4 ) , contrariamente al primero, re­
mite su lector a la figura 1 del artículo, explicada por un
pie que remite al cuadro 1 , el cual inscribe baj o la forma
de cuadro con doble entrada lo que ha sucedido en el la­
boratorio (cf. 7 . 1 y 7 . 2 ) . Para demostrar la contracorrien­
te se precisa naturalmente esforzarse un poco. ¿ Qué se ve
en la figura 7. 1 ? En sentido propio una viñeta de dibujos
animados en que el tiempo pasa de izquierda a derecha
de la figura -convención admitida y tan fácil de aplicar
al leer Tintín en América. El acontecimiento del que trata
este dibuj o animado se reconoce mediante una disminu­
ción de la superficie rayada que limita una curva; « todo
el mundo » es capaz de ver que la superficie es menor a la
derecha que a la izquierda. Pero cada imagen del dibuj o
an imado se encuentra así codificada según la abscisa y la
co ordenada, lo que todos pueden discernir desde el bachi­
ll er ato; en abscisa la profundidad y la superficie del riñón
o b ien, para los anatomistas, la papila y el córtex; en coor­
d en ada una escala de o a 1 20, lo que tampoco constitu­
ye ningún problema ya que todo el mundo sabe al menos
le e r una escala de cifras tan simple como un termómetro.
II2 B RU N O LATO U R

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Figura 7. I Renovación, en función del tiempo, del agua y el sodio en


las diferentes zonas del riñón. En a bscisa: las di stintas zonas del riñón
en el cuadro r . En coordenada, arriba: la radioactividad del agua del
tejido ( i . p . m/mg) expresada en % de la del córtex; a b a j o : la radioacti­
vidad específica del sodio ( i . p . m/µg Na ) expresada en % de la del cór­
tex. Las cifras indicadas en la pa rte superior de la figura expresan para
cada curva el interva lo de tiempo ( min) entre la inyección de isótopos
y la toma de muestras de los riñones.

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Tt'mpt koulé 10 m1n
X IO·' 1,1 1 ,6 2.3 ' ·' . .. l,9 ... '·' 2,1

e : Conu J °)onc11iJnn>rtl(u·mfdulh11rt' M R I , MR2, MR3 mt'dulla � p: (Ult'rM ). M R 1 , M il mt'dulla blancht' (inlt'r'nt') 8P ....
papillr PI : Pl11m1.

Fig u r a 7 . 2
LA ÓPERA DEL RIÑÓN II3

Sin embargo, a fuerza de utilizar simples convencio­


ne s de lectura, la imagen se vuelve bastante difícil de en­
te n der. « Todo el mundo » puede leer cada elemento, pero
la su perposición de esas convenciones ordinarias termina
por ser leíble fácilmente tan solo por parte de diez perso­
nas en el mundo. Las dos franj as superpuestas no deben
leerse una a continuación de otra, como en los dibujos
animados, sino en contraste: la de arriba describe el paso
del agua marcada y la de abaj o la procesión de sodio mar­
cado. Para acostumbrarse a leer esta figura se debe hacer,
pues, como en la gimnasia, un encadenamiento de movi­
mientos simples: leer cada imagen como una curva según
la abscisa y la coordenada, leer cada serie de cinco imáge­
nes según el tiempo (ver la derecha ) y luego leer cada fran­
ja comparándola con la otra (de arriba hacia abaj o y de
abaj o hacia arriba ) , para finalmente traducir cada punto
de la curva en posición de los elementos que procesionan
en el riñón del hámster. Esta imagen no es simple ni com­
plicada, fácil ni difícil de leer. Según el pie que se acepte
leer, « hace daño a la vista » o bien « no significa nada de
nada » . El pie, como su nombre indica, dice lo que es nece­
sario leer en esta historia de sacrificio y procesión:

( a ) las áreas disminuyen de izquierda a derecha y dismi­


nuyen más rápidamente de abajo hacia arriba.
( b ) el agua se renueva con menos rapidez que el sodio en
la profundidad del riñón.
(c) se percibe pues un retraso; el agua ha tomado un atajo,
por así decirlo
( d ) se ha demostrado una contracorriente.

Puede dudarse de dos maneras de aquello que el autor


p retende haber demostrado. Puede admitirse la figura y ne-
1 14 BRUNO LATOUR

garse a remontar « más arriba » en el sentido del pie o puede


rechazarse la imagen y bajar « más abaj o » en la experien­
cia. El lector gruñón puede decir que ve cómo disminuyen
las áreas, pero que no ve un « retraso » ni menos aún una
« contracorriente » ; puede decir que esta figura no « demues­
tra nada » . Rechaza entonces la cadena de transformacio­
nes que permite pasar de la forma unívoca del dibujo ani­
mado al proceso de cambio de agua por contracorriente.
Pero el lector puede asimismo rechazar la figura por
abajo y negar que los puntos de cada imagen correspon­
dan a algo. Por eso los autores remiten a este lector (po­
tencial) al cuadro 1 ( figura 7 . 2 ) .
E l cuadro utiliza las mismas oposiciones visuales que
la figura pero al revés. Arriba y abajo corresponden aho­
ra a una reclasificación de las experiencias según el tiempo
transcurrido entre la inyección y la toma de muestras; la
izquierda y la derecha corresponden a una reclasificación
de franj as del riñón según los puntos de referencia sumi­
nistrados por la anatomía. El sentido del cuadro procede
de múltiples restas que deben practicarse en él. El cuadro
contiene muchos más detalles, pero enseña menos que la
figura. Sin embargo la figura se apoya por completo en el
cuadro del que extrae una columna y del que disminuye la
cantidad de cifras. Gracias a una serie de transformacio­
nes, la figura establece relaciones que desembocan en por­
centajes. De este modo el autor logra transformar las res­
tas discontinuas en una lectura continua de superficies. El
lector ve pues en la figura lo que no veía en el cuadro. Sin
embargo, en caso de que dude de la figura, deberá fiarse
del cuadro. Este último comporta indicaciones que remiten
siempre a un mundo exterior, el del laboratorio en que pa­
recen haber ocurrido cosas bien reales: « Experiencia del 1 7
de j ulio de 1 9 5 9 ; hámster 9 6 gr; tiempo transcurrido: 0 , 5
LA ÓPERA DEL RIÑÓN 115

rn in » . Mediante sus columnas vacías o mutiladas el cua­


d r o da fe de errores o vacilaciones. El cuadro está reple­
to de esos pequeños detalles de los que se dice que « pare­
c en v erdad » . Contrariamente a todas las ilustraciones de
re latos usuales de ficción, la figura no extrae su seriedad
de ninguna fuente « exterior » , sino exclusivamente de un
cuadro cifrado que apunta de forma precisa al mundo del
laboratorio. Llegados a este punto, sin embargo, el lector
no ve más que si lee el relato del observador en su campa­
nario. Tiene que dar crédito al autor al que lee.

EFECTO 4

( 7 ) La figura 7. 1 pone en evidencia la diferencia de con­


ducta del agua tratada y del radio-sodio en las zonas pro­
fundas: la superficie de la zona rayada en cada momento
es proporcional a las cantidades de agua y de sodio que
quedan por renovar antes de alcanzar el equilibrio con
el córtex. Esa superficie disminuye en función del tiempo
pero según modalidades distintas para el agua y para el
sodio. En efecto, 10 min. después de la inyección de los
indicadores la concentración del agua tritiada en las zo­
nas más profundas sigue siendo inferior a la del córtex.
Lo que indica que la renovación del agua de las zonas
profundas del riñón es mucho más lenta que la del sodio.

El texto en prosa del artículo comenta la figura con


palabras, del mismo modo que la figura 7 . 1 comenta el
c u adro 7 . 2 mediante oposiciones visuales y convenciones
de lectura. Después de ver el cuadro, después de ver el pie,
de b e poderse entender la explicación en prosa . El párrafo
( 7 ) alinea una serie de equivalencias que permiten ir de las
I I6 BRUNO LATOUR

simples imágenes al riñón de hámster de modo que, tras


ver la figura 7 . 1 , sea como si se hubiera visto funcionar el
riñón del hámster. Según el texto en prosa, la « zona raya­
da » es/representa/figura/vale por/ocupa el lugar de « canti­
dades de agua » . Las « modalidades siempre distinta s » son/
representan/figuran/valen por « el retraso » , quien a su vez
« demuestra » la contracorriente.
El texto del artículo no dice nada que no muestre.
No muestra nada que no se apoye, como suele decirse, en
datos. Sin embargo no muestra nada, traza una cadena
de transformaciones que permiten vincular la demostra­
ción de una contracorriente con los hámsteres en oligu­
ria ( es decir, muriéndose de sed ) que fueron sacrificados,
en el otro extremo de la cadena, el 1 7 de j ulio de 1 959
en el servicio de biología de la Comisaría de la Energía
Atómica. El texto lo muestra todo, el texto no muestra
nada. ¿ Qué es pues lo que muestra ? Rastros, inscripcio­
nes, huellas de las que se dicen muchas cosas en prosa re­
sumidas en una frase del título. ¿ El texto científico cuenta
una historia como todas las demá s ? No, puesto que acu­
mula rastros y dice de cada uno la transformación térmi­
no a término con relación al anterior. ¿ Se repite constan­
temente, puesto que habla de los mismos hámsteres diez
veces seguidas ? No, porque añade algo cada vez, sin mos­
trarlo realmente, sin que tampoco sea infundado. El tex­
to avanza elementos como piedras de una bóveda rústica;
cada una se apoya sobre la anterior pero pende sobre el
vacío. Sí, es una construcción. ¿ Frágil ? ¿ Sólida ? Depende
de los albañiles, de las presiones a que se vea sometida,
del montaje y sobre todo de la negociación a través de la
cual cada piedra se ve equilibrada con la anterior: dema­
siada timidez y el artículo no acabaría; demasiada auda­
cia y se desmorona.
LA ÓPERA DEL RIÑÓN 1 17

EFE CTO 5

( 8 ) -Objetor de ciencia 1 : « Si los riñones no se congelan de


inmediato, se transforman, las concentraciones de isótopos
siguen evolucionando y las cifras no significan nada . . . » .
-Material y métodos, línea 9 : « Los riñones extirpados
se sumergen inmediatamente en nitrógeno líquido » . . .
-Objetor de ciencia 2 : « Pero saben perfectamente que
no es suficiente. Basta con que la hoja de afeitar al rebanar
el riñón congelado esté caliente y otra vez se perturban
los resultados » .
-Material y métodos, línea 1 2: « Cada riñón se corta
en la cámara fría ( 5 grados) evitando toda descongelación.
-

Con una hoja de afeitar enfriada se prepara una lámina de


riñón que comprenda la totalidad de la papila y se extienda
hasta el córtex» .
-Objetor de ciencia 3 : « De todos modos no tienen más
remedio que descongelarlo en algún momento para preparar
las muestras y entonces el vapor radioactivo se escapa . . . »
-Material y métodos, línea 1 9 : « Los fragmentos con­
gelados se colocan en tubos de cristal Pyrex y se taponan de
inmediato con un capuchón estanco de papel de aluminio» .
-Objetor de ciencia 4 : « Ah, pero tendrán que desta-
parlos para añadir algún solvente . . . » .
-Material y métodos, línea 2 1 : « Se pesan los tubos
y se inyecta en cada uno 1 ml de agua destilada con una
jeringa de precisión a través del papel de aluminio. Esta
precaución evita destapar los tubos y perder vapor de
agua de alta radioactividad específica procedente del agua
marcada en los tejidos extraídos » .
-Objetor de ciencia 5 : « No saben nada de su tra­
baj o. ¿ No van a triturar el tej ido ? ¿ Cómo pueden estar
seguros de que el sodio y el agua marcada se equilibrarán
íntegramente en el solvente ? » .
II8 BRUNO LATOUR

-Material y métodos, línea 2 5 : « La pequeña dosis de


fragmentos ( 2- 1 0 mg) permite al agua marcada y a los
electrolitos de los tej idos expandirse rápidamente en el
medio de cultivo en que se dosificarán » .

E l párrafo ( 8 ) recrea u n diálogo imaginario que e l autor


puede mantener con « queridos colegas » , con sus coauto­
res o con su superego. Se pasa de este modo del texto a
la discusión. El cuadro 7 . 1 remitía a acontecimientos que
parecían haberse desarrollado en el laboratorio. Incluso si
solo se refiriera a sí mismo, el texto debe apuntar en algún
momento hacia otro universo. Este es el punto débil, el ta­
lón de Aquiles de cualquier artículo científico. El coloso
tiene tal vez pies de barro, esa contracorriente solo reco­
rre tal vez un riñón de papel. Por tal motivo el cuadro se
apoya a su vez sobre otra parte, escrita en prosa e impresa
en pequeños caracteres, que se denomina desde hace largo
tiempo « Materiales y métodos » . Es la parte más polémi­
ca de cualquier artículo, una polémica tan aguda que tie­
ne toda la apariencia de la prosa más siniestra .
Imaginemos para convencernos que los autores solo
dan las cifras del cuadro 7 . 2 . Después de todo, estas cifras
podrían ser suficientes. Los autores parecen honrados, se
han esforzado, se les puede hacer confianza . Sin embargo
confiar de forma tan ligera en la buena pinta de los auto­
res provocaría de inmediato un alud de protestas. « ¿ De
dónde vienen sus cifras ? ¿ Cuál es su genealogía ? ¿ Cómo
han extirpado los riñones ? ¿A qué temperatura estaba la
hoj a de afeitar? ¿ Los capuchones de aluminio eran estan­
cos ? ¿ De dónde hablan ? » . Cada una de estas preguntas
posibles de un querido colega designa un gesto por hacer,
una precaución por tomar, un instrumento por comprar,
una costumbre por establecer y todos son necesarios para
LA ÓPERA DEL RIÑÓN I 19

c o ndu cir el riñón del hámster hasta la demostración de su


fu nc io namiento. Es como una larga manguera de riego he­
c h a de decenas de mangueras seguidas. Un solo nudo, una
so la j untura defectuosa, un solo escape y ni una gota de
a gua llega hasta la boquilla. El funcionamiento del riñón
se de muestra a lo largo de todas esas transformaciones. Si
falla una sola, nada convencerá al colega ( véase más ade­
la nte el caso del suelo amazónico ) .
Entonces, ¿ se tiene que decir todo a los colega s ? ¿ No
se les dice nada ? Bueno, negociemos. No hablaremos de
todo aquello que es rutina. Tampoco de lo demasiado ín­
timo. Que se tengan que llevar guantes blancos de algo­
dón al pesar los fragmentos de riñón para que el peso del
sudor en la punta de los dedos no altere la tara no es pre­
ciso contarlo. Estas son las pequeñeces que se aprenden
en los buenos laboratorios y entre los grandes maestros
cocineros . Pero cada vez que la ausencia de una precau­
ción ha fastidiado los riñones de los hámsteres y provo­
cado, en el otro extremo del tubo, una nube de cifras, la
sección « Material y métodos » indicará que se tomó la
precaución . El estilo de esta sección parece austero, pero
detrás de cada adj etivo y cada nombre el lector atento
puede dibujar por transparencia la silueta de un críti­
co al acecho para quien esa es la consigna. Tranquiliza­
d o, el especialista sospechoso dej a pasar al autor hasta
l a siguiente precaución, como los guardias de una for­
t al eza con varias murallas dej arían pasar a una comiti­
va . Si el heroico autor logra llegar hasta el último paso,
l a cifra inscrita en el cuadro será cruda y el lector empe­
zar á a discutir el sentido del artículo « hacia arriba » . La
vo lu ntad de no engañar es la misma que la voluntad de
no equivocarse, eso lo sabemos desde Nietzsche . El au­
to r- lector se impone a sí mismo las penitencias más du-
1 20 BRUNO LATO UR

ras. ¿ Quién puede dudar de a utores y de resultados tan


so breprotegidos ?
Si alguien dudase todavía, no sería motivo suficien­
te para remitirlo de los textos a la práctica de laboratorio.
Porque el texto se apoya sobre otros escritos que solo se
m uestran a los íntimos o que solo vuelven a abrirse en los
pocos casos de fraude. Las libretas de laboratorio, los libros
de experimentos guardan el rastro de todas las precaucio­
nes tomadas, de todos los fracasos, de los montajes fallidos.
Si se dudase aún de las cifras y los experimentos se podría
baj ar más en esta contabilidad y hallar otros escritos que
prueban que ese experimento se realizó, que ese aparato se
compró, que ese miembro del laboratorio estaba presente
aquel día o que el encargado de los animales les sacó efec­
tivamente los biberones para ponerles en oliguria. La duda
se agotará antes que el amontonamiento de inscripciones.
Junto con la multiplicación de los colegas proliferan
y se apilan los rastros. El defraudador, si quiere perdurar
un poco, tendrá que falsificar cada vez más hábilmente
hasta los libros de protocolos. En el límite el defraudador
tendrá que mostrarse tan hábil que se convertirá sin duda
en un investigador honrado como los demás, impedido de
defraudar por la extrema desconfianza de sus colegas . . .

EFECTO 6

( 9 ) André: Estas eran las cosas más importantes que te­


níamos que decir, es auténtico cemento, porque pienso
que quienes hayan leído los dos artículos se preguntarán
cuál de los dos es correcto, el nuestro o el suyo. Han
sido publicados al mismo tiempo en Nature, así que la
contradicción salta a la vista . . .
LA ÓPERA DEL RIÑÓN 121

Pierre: Sí, pero si mandamos a Nature un comentario


técnico tendrán derecho a responder y hablarán en último
lugar, mientras que si escribimos un auténtico artículo
son ellos quienes deberán replicar con un comentario
técnico y nosotros podremos hablar los últimos (risas) .
Jean: Vale, e s muy sagaz.
André: De acuerdo, buen trato, firmo; pero me siento
obligado a hacer algunas pruebas según la vía PAG.
Pierre: Vale, si intentamos hacer de nuevo lo que han
hecho, es correcto.
André: Sí, sí, porque sin eso podrían argumentar,
decir que no hemos hecho lo mismo que ellos. Creo que
lo que puedo hacer, en vez de un gran estudio, es ir a PAG
con apenas unos pocos animales.
(Sigue una larga conversación sobre la imposibilidad de
imitar a los autores del otro artículo sin conocer sus méto­
dos y sin confiar en sus deseos de comunicar los detalles).
André: Me gusta la sugerencia, creo que es lo que
voy a hacer, simplemente algo con el haloperidol, con­
centrarme solamente en eso y tal vez también hablar de
nuestros resultados con la naloxona, que permiten una
interesante comparación.

El párrafo ( 9 ) no procede de un texto científico, es un diá­


logo transcrito por el observador entre futuros escrito­
res de un texto científico. En el curso de la discusión los
autores deciden sobre la espera de los lectores potencia­
les afirmando que se han asombrado ante la enorme con­
tradicción entre uno de sus artículos y el de otro grupo .
La contradicción se plantea de forma bastante flagrante
p ara que los editores de Nature se vean obligados a po­
nerle fin. Sería sin duda posible imaginar a otros lecto­
res que no vieran entre ambos artículos ningún tipo de
contradicción.
1 22 BRUNO LATOUR

Los autores se ponen de acuerdo entre ellos sobre


la forma literaria de su futuro artículo, del periódico en
que lo publicarán y del momento en que lo propondrán.
El artículo no está escrito todavía, pero sus lectores y su
género literario ya están definidos. También deciden lo
que pondrán en el artículo, los recursos que deberán pro­
curarse para obtener las cifras necesarias que impidan a
los lectores suscitar objeciones. Finalmente dibujan las
obj eciones posibles de los lectores, responden por ade­
lantado y construyen un protocolo experimental para
sustentar su respuesta . Luego, dado que a lo largo de la
discusión se dan cuenta de que sería necesario demasia­
do tiempo para contrarrestar las obj eciones de los lecto­
res que se han inventado, se adj udican inmediatamente
otros distintos y se deciden por otro artículo. Eligen un
cierto número de hechos y de efectos para componerlo y
la « buena comparació n » sustituye útilmente a la « con­
tradicción flagrante » .
Los autores discuten sobre sus lectores, sus editores, el
género literario, los efectos, los experimentos por decidir,
la alineación de argumentos y determinan de este modo
las historias que cuentan a la gente que quieren convencer
y los datos que pueden procurarse al mejor precio.

EFECTO 7

( 1 0) Demostración de un proceso de cambio de agua


por contracorriente en las zonas profundas del riñón de
hámster.

( 1 1 ) « Si bien F. F. Fran�ois et al. han demostrado un proceso


de cambio de agua por contracorriente, no han ofrecido
LA ÓPERA DEL RIÑÓN 1 23

explicación fisiológica para la disipación del gradiente de


presión osmótica en los animales con diuresis. El objetivo
de este artículo es medir la velocidad de renovación del
agua en condiciones de diuresis osmótica con manito} » .

( 1 2 ) « Fran�ois et al. dicen haber demostrado un proceso


de cambio de agua por contracorriente, pero sus experi­
mentos solo implican el riñón del hámster, cuyas papilas
son muy largas. No parece que se puedan generalizar sus
resultados a los riñones de mamíferos . . . » .

( 1 3 ) ¿ Demostración, demostración ? ¡ Se dice en seguida!


Cortaron el riñón, de acuerdo. Dispersaron radioacti­
vidad hasta pelarse los dedos, de acuerdo, pero ¿ qué
prueba eso ? , les pregunto. ¿ Han leído los artículos ? Hay
una diferencia entre dos curvas, nada más. Lo demás,
si me preguntan mi opinión, es literatura. En cuanto a
los hámsteres, no tienen mucho que ver en todo esto.

( 1 4 ) « El riñón de mamífero está dotado de un proceso


de cambio de agua por contracorriente que evita la di­
sipación del gradiente de sodio gra d as al cual la orina
primitiva se concentra » .

Otros leen e l artículo científico, l o citan, l o discuten,


l o i gnoran, lo silencian o se lo creen. El párrafo ( 1 0 ) ates­
tig ua lo que el autor pretende ver cumplido. ¿ Pero le cree­
rá n ? La historia de las ciencias no es más previsible que
l a otra, la grande. También depende de cómo pululan los
dem ás autores-lectores y de lo que encuentren para repli­
c a r. El autor del párrafo ( 1 1 ) cree en lo que han dicho los
fis i ólogos, pero para pasar de inmediato a un problema
n uev o: cómo se disipa el gradiente de presión osmótica.
Tanto más resulta creíble un artículo, más pueden apo-
1 24 BRUNO LATOUR

yarse en él para acometer un problema que no ha tratado


todavía. Del mismo modo que en el párrafo ( 2 ) el autor
se atribuía los « progresos decisivos » , en el párrafo ( 1 1 )
duda de que Fran\:ois et al. hayan encontrado los elemen­
tos de la solución.
El párrafo ( 1 2 ) es el más cruel. No pone en duda el ar­
tículo, pero le niega el alcance al que habría podido aspirar
si no hubiera aparecido ante él ningún otro « querido cole­
ga » . El problema de la inducción solo es fundamental en
apariencia. Sin el artículo ( 1 2 ) nada impediría a Fran\:ois
et al. pasar cómodamente del hámster a los mamíferos.
Por el contrario, si los competidores fuesen más feroces y
los fisiólogos estuvieran menos bien armados, podrían re­
ducir el artículo a cinco riñones de hámster. No hay gra­
dos permitidos de inducción, porque ese grado depende
de las relaciones entre investigadores más que del derecho.
El entrevistado del párrafo ( 1 3 ) es un cliente difícil
que niega toda relación entre el artículo de Fran\:ois y los
riñones de hámster. Se comprueba de este modo que el re­
lativismo, igual que la inducción, no es una cuestión fi­
losófica, sino que para los investigadores se trata de un
problema práctico que tienen que resolver en su trabajo,
cada día, y que mide las relaciones de fuerza, de razón o
de confianza entre colegas. Si ( 1 3 ) es cierto, entonces ( 1 0 )
e s u n artefacto. S i ( 1 0 ) e s cierto, entonces ( 1 3 ) n o e s más
que la vana recriminación de un minus habens. En cam­
bio, el párrafo ( 1 4 ) , sacado de un manual, otorga tanta
realidad a la frase ( 1 0 ) que deja de señalar que se podría
discutir o incluso haberla descubierto. Lo real y lo irreal
dependen por tanto de cada autor o más bien de lo que
cada autor dice de los demás artículos que le han prece­
dido y de los efectos que acaban por establecer colectiva­
mente la convicción.
LA ÓPERA DEL RIÑÓN 1 25

A cada texto la realidad de todos aquellos que se ven


cita d os o ignorados avanza o retrocede, se amplifica o se
r ed u ce. Es inútil hablar de una « representación exacta »
d el funcionamiento de un riñón. Tan solo aparece al final
del recorrido, cuando todo está ya j ugado. La « exacta re­
presentación » es el efecto literario particular producido
por los manuales. En la literatura científica la « demostra­
ción » es una extraña alineación de procedimientos, ges­
tos, inscripciones y párrafos que permiten a esa dichosa
« representación » avanzar lentamente, como las imágenes
piadosas en las procesiones del Corpus Christi, desde los
fragmentos de cinco riñones de hámster hasta el « funcio­
namiento del riñón de mamífero » y luego regresar a los
riñones de hámster acabados de citar y de sacrificar.
La representación de la realidad es un resultado entre
otros que construyen frase a frase los laboratorios y los ar­
tículos científicos y que pueden « deconstruir » frase a frase
los colegas y los bichos raros aficionados a leer artículos
científicos. Lo cual debía demostrarse experimentalmente.
RETRATO D E UN BIÓLO G O
C O M O CAPITALI STA SALVAJ E

Pierre Kernowicz tiene 40 años en el momento de nues­


tro encuentro. Francés de ascendencia polaca, bioquímico,
profesor en una universidad de la Costa Oeste de Estados
Unidos, se dice a menudo de él que es « genial » . Algunos
de sus amigos susurran incluso que es << nobelizable » . En
la bolsa del Science Citation Index vale unas 300 citas al
año. Durante las tres horas de la entrevista cuenta con to­
tal seriedad cómo ha llegado hasta ahí.

LAS PRIMERAS O P C I O N E S :
D E L MERCAD O LOCAL AL MERCADO MUND IAL

De entrada Kernowicz j uega a la investigación contra la


enseñanza, luego al extranjero contra Francia . Desde el
comienzo j uega con una enorme diferencia de potencial
entre América y Francia, que se repite a lo largo de toda
la entrevista . Su padre, ingeniero, y su hermano mayor
le hicieron leer desde la secundaria manuales ingleses de
biología :
R ETRATO DE UN BIÓLOGO COMO CAPITALISTA SALVAJE 1 27

Tenía una idea bastante buena de lo que representaba


la biología moderna y no solo la zoología y la fisiología.

Las ciencias « francesas » eran entonces, según él, « la


qu ímica, la zoología y la botánica » , sin una palabra sobre
bio química:

La bioquímica no existía, la biología molecular tampoco,


salvo después de 1 9 6 4, cuando Monod fue nombrado
profesor.

Así se explica su decisión de aprobar en un solo año


los cuatro cursos de ciencias obsoletas y francesas nece­
sarias para la licenciatura. « Bastaba con leer inglés para
arreglárselas en aquel galimatías » . Esta opción en favor
del inglés contra el francés, de la biología moderna contra
la biología tradicional, está vinculada a una opción fun­
damental: el mercado mundial contra los mercados loca­
les. Tras la licenciatura y para elegir un empresario Pierre
no se fio del azar, sino que movilizó a un tío suyo, pro­
fesor de facultad. « Le pedí que se informara sobre quién
trabaj aba bien en Francia, no en el contexto francés, sino
digamos mundial» .
La inversión en el primer laboratorio puede ser de­
te rminante:

No tenía ningún interés, eso ya lo sabía, entrar en un labo­


ratorio en que se hubiese diseñado el corazón-pulmón en
l 9 3 o y no se hubiese producido nada más desde entonces,
( . . . ) yo quería un laboratorio en plena productividad.

Una vez informado, su tío propuso el nombre de Jost.


P ie rre Kernowicz hizo entonces el doctorado de tercer ci-
1 28 BRUNO LATO U R

clo en un laboratorio francés que parecía reconocido a ni­


vel mundial.
Hasta ahora ni Kernowicz ni yo hemos entrado en nin ­
gún contenido científicamente preciso. Las decisiones se
toman en función de criterios sociológicos muy clásicos y
muy vagos: ganas de viajar, acceso al mercado anglosaj ón
y a la biología moderna, movilización de relaciones fami­
liares para sopesar las mejores inversiones. Kernowicz, al
cursar la licenciatura en un año, simplemente probó que
era alguien brillante y motivado. En el laboratorio de Jost
comienza el contacto con la investigación .
El título de doctorado -antepasado del actual diplo­
ma- es una « catástrofe » , según confiesa Pierre. Por dos
razones: Jost obliga a sus estudiantes a realizar muchos
trabajos manuales; Pierre es muy torpe y se resiste ante la
jerarquía de funciones en el laboratorio: « Según su visión
se tenía que empezar lavando platos antes de poder hacer
investigación » . Pero sobre todo Pierre no cree en la apro­
ximación psicológica de Jost:

Yo ya veía un nivel celular y no veía el interés de extraer


una hipófisis; puede pagarse fácilmente a un técnico para
que lo haga .

Hay en esta frase una doble oposición psicológica y


científica al programa de investigación de Jost, cuya psi­
cología :

consistía en describir fenómenos excesivamente intere­


santes pero al mismo tiempo vagos y que no podían
ceñirse; habían podido verse provocados por múltiples
causas y eso les convertía en excesivamente complejos y
de enormes proporciones.
R ETRATO DE UN BIÓLOGO COMO CAPITALI STA SALVAJE I 29

El interés de los temas radica en la complej idad de las


o p er aciones y en la masa enorme de destreza manual re­
q ue rida para los experimentos. Esta destreza es el resulta­
do de una iniciación de abajo a arriba de la escala, lo que
c oloca a un j oven investigador por debaj o de un buen téc­
n ic o, y le destina a tareas repetitivas. El cálculo de Pierre
roma en seguida distancias:

Lo que sucedió es que puse interés en la parte molecular


de lo que enseña ban y fueron los esteroides segregados
por la glándula suprarrenal.

El profesor Bealieu imparte esa asignatura . Pierre se


d e s plaza inmediatamente. Va « donde le interesa » , como
se dice sin pensar. Pierre abandona a Jost y se vincula a

Beaulieu. Abandona la fisiología francesa en favor de la


biología molecular anglosajona, abandona el trabajo ma­
nual de los técnicos en favor de un trabaj o intelectual en
que los técnicos, reducidos a tareas repetitivas, dej an a los
j óvenes turcos resolver las cuestiones.
Hay muchas metáforas económicas tras la frasecita,
t a n querida por los sabios, de « resolver una cuestión » . Es­
c uch emos a Kernowicz resumir su estrategia:

Los esteroides eran moléculas conocidas ( . . . ) que hacían


algo bien definido, un tema sobre el que tenía la impresión
de poder hacer una tesis relativamente limpia y neta, o al
menos que podía procurarme una respuesta negativa o
positiva a partir de una cierta cantidad de trabajo limitada,
mientras que en otros temas tenía la impresión de que
hubiera podido trabaj ar durante veinte años para llegar
al mismo punto. Así pues, elegí los esteroides.
1 30 BRUNO LATO UR

Están los temas de investigación, como decimos a me­


nudo, están las tesis, los laboratorios, los conceptos y las
carreras, y todo eso no debe mezclarse. Pierre Kernowicz
lo mezcla bastante alegremente. No solo lo mezcla sino que
lo vincula a un ciclo del que calcula la rentabilidad glo­
bal: Jost no interesa, Beaulieu interesa; la biología es más
rentable. El « tema » es en el ciclo de Pierre lo que el car­
bón y el átomo en la compañía nacional de electricidad.
¿ Carbón o átomo ? ¿ Fisiología o biología celular ? ¿ Mer­
cado francés o mercado mundial ?
Incorporado al la boratorio de Beaulieu, Pierre prosi­
gue su aceleración, lo que dibuja retrospectivamente como
una estrategia. En vez de cursar un tercer ciclo y luego una
tesis oficial, arranca de inmediato hacia la tesis oficial. Tie­
ne, se dice, la suerte de encontrar a un director de tesis que
le proporciona un tema « interesante » . ¿ Qué significa esta
inocente pala bra en labios de un sabio desinteresado ? Se­
gún Pierre, es un tema que « ha dado resultados muy rápi­
damente » , por oposición al ciclo de producción muy lenta
de la fisiología de Jost que acababa de abandonar.

Es un tema conforme a la estrategia global de Beaulieu.


Conocíamos las hormonas, se trataba de saber lo que
ocurre en el interior de las células, en este caso por qué
los testículos bloquean la espermatogénesis a 3 8 grados
y no a 3 2 grados.

Se trata, además, de un tema cuyo dispositivo experi­


mental es muy sencillo, a diferencia de la destreza manual
del otro la boratorio: baños maría, fragmentos de testícu­
los, hormonas enteramente conocidas. El primer resulta­
do de esta operación consiste, según Pierre, en « quitarle
sus inhibiciones » . No tener inhi biciones es sin duda una
R ETRATO DE UN BIÓLOGO COMO CAPITALISTA SALVAJE lJl

vi rt ud intelectual, también es para Pierre una aptitud para


de sp lazarse, para j ugar, como dice Nietzsche, « a l Don juan
del conocimiento » . En el presente estadio Pierre ya ha ob­
t e ni do resultados: ha encontrado por qué los testículos se­
gregan hormonas distintas a distintas temperaturas; supe­
ra la prueba, porque puede. Recoge sus resultados en una

fra se que encadena todo lo que nos gustaría ver separado


en los reinos encantados de la epistemología :

Me proporcionó tres artículos que equivalían más o menos


a una tesis y Beaulieu me mandó directamente a Estados
Unidos pensando que me sentaría bien.

Ignoro cómo las cosas deberían ocurrir según las re­


glas del método científico, pero en « economía de lo real » ,
según l a expresión de Foucault, los testículos calentados
al baño maría se transforman en series de figuras que se
transforman en artículos que se cambian por un título de
doctor, quien, con el reconocimiento del empresario, se
transforma en una marcha a uno de los mej ores la borato­
r i os de Estados Unidos, el de Pincus.

KERNOWICZ O BTIENE RESULTAD O S


Y S E HACE U N NOMBRE

Kernowicz todavía no es un investigador: es sencillamen­


te doctor en ciencias. Ha pagado el derecho de entrada,
pe ro todavía no ha apostado verdaderamente ni ha ganado
m á s que cierta estima para que le presten algunas fichas,
u n poco de espacio en el tapiz, unas horas de los técnicos
Y unos ratones. Hasta ahora no ha perdido sus fichas, ha
r e cuperado las pérdidas j ugando pequeñas sumas a temas
I 32 BRUNO LATOUR

precisos en los que todo era conocido salvo algunos facto­


res. Sin embargo, cuando piensa en su pasado Pierre consi­
dera que todo se j ugó en este periodo: habría podido cur­
sar la licenciatura en cuatro años, creer en Francia y hacer
botánica, o bien perder veinte años disecando hábilmente
testículos en Jost sin aprender nada sobre las cuestiones
apasionantes. Mezclo las metáforas deliberadamente por­
que Pierre hace lo mismo al pasar de la guerra al j uego o
del j uego a la economía de mercado.
En Pincus, donde se inventó la píldora anticonceptiva, 1
Pierre se encuentra a la vez en la mej or y la más peligrosa
de las posiciones. La mej or porque para alguien que quie­
re encarar el mercado mundial es como para un banco te­
ner despacho en Wall Street. La más peligrosa porque Pie­
rre debe convertirse en productor independiente en aquel
lugar donde la competencia es más fuerte y las « firmas »
más poderosas intentan absorberle.
A veces se piensa que hay investigadores individuales,
pero esta unidad de análisis no constituye un dato primi­
genio. Pierre nos demuestra, al contrario, cómo es preciso
luchar para siluetear en el tej ido social una noción como
la de « investigador autónomo » . A su llegada a Pincus fue
objeto de la codicia de unos cuantos investigadores que
querían hacerle trabajar para ellos:

Entendí en seguida que si trabajas para otro se queda con


todo el beneficio y tú te quedas con nada, es mejor estar
solo, ( . . . ) se queda con todo lo bueno y te dej a la mierda
para ti, no vale la pena .

1 Sobre Pincus y la química de los esteroides véase « El invento de la

píldora » en el número 1 0 de Cahiers de Science et Vie, agosto de 1992.


R ETRATO DE UN BIÓLOGO COMO CAPITALISTA SALVAJE 133

Pierre se encuentra ante una nueva opción: « trabé>t


jar co n alguien o para alguien » . « Si trabaj as para alguien,
quie n se desarrolla es la persona que dirige el grupo » . Si
Pie rre cede, se convierte en el brazo de alguien y pierde
ha sta el derecho a decir « yo » : se vuelve parte de un grupo,
so mbra de un amo, técnico de un cerebro situado en otro
cu erpo. Su firma confundida en los artículos con la de mu­
ch os otros sin poder salir nunca del anonimato.
Conociendo a Kernowicz sabemos que hará todo lo
posible para resistirse a los doctores en ciencias de cuaren­
ta o cincuenta años que « se abalanzan sobre indios, ale­
manes y franceses de paso » para integrarlos en un grupo.
Suponiendo que lo consigan. Pierre puede, según él, por
las razones siguientes:

Primera razón: entonces, hacia 1 9 62- 1 9 66, había mu­


cho dinero. ( . . . ) Pincus podía permitirse tener gente que
corriera riesgos. La segunda razón era que Jost era un
buen amigo de Pincus, y como yo había formulado el
deseo de trabaj ar en un tema que a Pincus le parecía
tener posibilidades, dijo a sus colaboradores: « Déjenle
solo seis meses y si dentro de seis meses se estrella, ya
le cuidaremos » .

En este punto, el sociólogo, el economista o el psicó­


lo go de las ciencias dudan demasiado a menudo, ya que
se ría necesario entrar en lo que se denomina sin motivo
el « contenido » o los « detalles técnicos » de una discipli­
na . Sin motivo porque no hay ruptura entre el exterior de
una disciplina y su interior. Si Pincus tiene tanto dinero es
po rque la investigación sobre una píldora contraceptiva
fu e la mayor apuesta de los años sesenta . Y si Pincus tie­
ne interés en Pierre es porque su tema puede favorecerle
1 34 BRUNO LATOUR

en sus intereses. Pierre cuenta ahora por su capacidad de


ahondar en un tema. Para seguir al investigador es preci-
. . .

so seguir a una ciencia.


El tema de Kernowicz es el ovario, pero su manera
de investigarlo resulta particular y llama la atención de
Pincus. Observemos con los ojos de Pierre lo que parece
de entrada un simple contenido científico. Sabemos por el
diccionario que el ovario está hecho de tres tej idos: folí­
culo, cuerpo amarillo y tej ido intersticial: el folículo está
constituido por dos tipos celulares distintos con acción
complementaria, los de la teca externa y los de la granu­
losa. ¿ Cómo hacen los ovarios la síntesis de esteroides
ya identificados ? Esta es la pregunta general que el gru­
po de Pincus le impone. Pierre, fiel a su estrategia, des­
plaza la pregunta y propone otra : ¿ cuál es la reacción de
cada uno de esos tej idos por separado ? Sus colegas « cor­
tan el ovario en trocitos » , mientras que él separa los dis­
tintos tej idos, toma los ovarios de conejas bloqueadas en
fase folicular y aísla cada tipo celular. Se deriva de ello
una nueva organización del tiempo y del trabaj o. Sus co­
legas obtienen lentamente respuestas complej as para un
fenómeno compuesto al menos por cinco señales distin­
tas . Kernowicz logra rápidamente respuestas simples para
fenómenos terriblemente simplificados.
Sigue siendo la mima estrategia que le llevó a abando­
nar Jost por Beaulieu, Francia por América y la fisiología
por la biología celular. En el reino de las ideas esta estrate­
gia se llama « reduccionismo » . Sin embargo, el reduccionis­
mo es algo común a todos los biólogos, ¿ por qué entonces
Kernowicz tendría que ganar en este punto concreto una
ventaja que j ustifique la confianza que Pincus depositó en
él ? La respuesta de Pierre a esta pregunta nos revela otro
rasgo que explica la rapidez de su carrera :
R ETRATO DE UN BIÓLOGO COMO CAPITALISTA SALVAJE 135

En Estados Unidos trabajan sobre el ovario entero, estoy


seguro de que mucha gente pensaba que debería trabajarse
sobre los elementos constitutivos del ovario pero creían
que quedaba tiempo, que el momento no había llegado
aún y que no habían agotado completamente las vías
metabólicas del ovario entero.

La tortuga acabó por vencer a la liebre. Kernowicz


a provechó la ocasión, alteró un poco el orden lógico y
cronológico de los programas de investigación y se hizo
sin mucho esfuerzo con un tema que todo el mundo ha­
bía tratado ya pero de puntillas.

EL C I C LO DE LA CRED I B I LIDAD C I ENTÍFICA

Pierre no pretende haber hecho un gran descu brimiento.


L a rentabilidad de la operación no radica todavía en la
progresión de la endocrinología, solo en la de su carrera.

No significa que fuese algo revolucionario. Me dijeron


que era válido, en el sentido de que era competitivo con
lo que hacían los mej ores grupos de Estados Unidos. ( . . . )
Sencillamente querían saber si la idea era válida hasta el
punto de j ustificar que una persona trabaj ase solo en ella
o si tenía que perder el tiempo j unto con otras personas,
eso es todo.

Para entender toda s estas evaluaciones Pierre dibuj a


en borrador de un ciclo completo de credibilidad : a un
i nves tigador no le interes a la información e n sí misma,
si no solo por la nueva información. Si rehace algo que
Y a había sido descubierto, e l valor de s u tra b a j o equiva-
136 BRUNO LATOUR

le a cero. Peor aún, es negativo, puesto que ha consumi­


do para nada trabajo, energía, animales, material, espa­
cio. Para que no haya pérdida es preciso que el crédito
de la operación sea por lo menos igual -o a poder ser
ligeramente superior- al débito. Desde Marx llamamos
capital a lo que circula baj o forma de un ciclo cuyo úni­
co cometido es la renovación o la expansión de ese ciclo.
Todo ocurre en la ciencia de tal manera que el cometi­
do de la operación constituya un a umento de ese capital.
El capital de credibilidad no está reservado al reconoci­
miento (simbólico ) que los investigadores puedan tener
entre ellos ( Pincus por Kernowicz, Jost por Pincus ) , sino
al conjunto del ciclo (datos, verdades, conceptos y artí­
culos incluidos ) .
Pincus presta a Pierre u n cierto capital d e partida en
forma de espacio, instrumentos, redes de información,
y Pierre gasta ese capital en u n tema : el ovario. Podría
malgastarlo sin beneficio alguno . Recordemos que solo
tiene seis meses para « aportar pruebas » . Recordemos
asimismo que los tres tej idos del ovario tienen cada uno
respuestas distintas en función del tiempo, lo que con­
vierte a las respuestas del ovario entero en caóticas y aná­
logas a u n ruido de fondo. Pierre moviliza una técnica
(la microdisección ) , un material experimental (la cone­
ja bloqueada en fase folicular) y opta por inyectar go­
nadotropinas en cada tej ido por separado; invierte seis
meses de su propio trabaj o. Este tra bajo « aporta » da ­
tos claros que pueden distinguirse fácilmente del ruido
de fondo. Convierte tales datos en argumento en un se­
minario de la Fundación Pincus. Los colegas opinan que
« tiene buena pinta » .
Kernowicz prosigue y convierte sus argumentos en
artículos que la reputación de Pincus permite colocar
R ET RATO DE UN B I Ó LOGO COMO CAPITALISTA SALVAJE 137

e n b uenas p u blicaciones, en las que son por tanto bas­


t a n te leídos. Dado que Pierre ha alterado la serie lógi­
c a y optado por una aproximación a contracorriente, lo

l e e n con « interés » quienes iban a hacer lo mismo pero


cr e ía n sin motivo que les quedaba tiempo . Dado que
es tos lectores están interesados no en la información
s i n o en la nueva información, no les serviría de nada
r ehacer lo que Pierre ya ha hecho, sobre todo teniendo
en cuenta que el crédito de Pincus garantiza que los re­
s u ltados de Pierre no se necesitan repetir. Los lectores
del artículo de Pierre tienen que partir por tanto de sus
datos. Dado que Pierre ha luchado desde el principio
para ser independiente y aparece como primer a utor,
s u s lectores están obligados a atribuir a su nombre pro­
p io la cita y el reconocimiento que conlleva . Finalmen­
te, dado que Pierre tra baj a en Pincus y p u blica en una
buena revista, nadie puede permitirse utilizar su tra ba­
jo sin citarle, como hubieran hecho en caso de tratarse
de un francés de Francia o de u n j aponés de Japón. Por
todas estas razones Pierre se encuentra en posesión de
u n capital de credibilidad netamente superior al que le
prestaron a su llegada. El conj unto formado por Pie­
r re y sus ideas es « válido » y proporciona beneficios a
q u ien invierte en é l .
El título del capítulo s e vuelve m á s claro: Pierre es un
ca pitalista -en capital de credi bilidad- y es sin duda un
salvaj e porque está dispuesto a desplazar en cualquier mo­
mento el conj unto de sus valores para reinvertidos donde
cr ea percibir que su rentabilidad será más alta . A medida
.
q ue se da a conocer, cada vez es más móvil.
I 38 BRUNO LATOUR

PIERRE S E CONVI ERTE TRES VECES

De los esteroides a los polipéptidos

Apenas ganado un comienzo de reputación con sus ova­


rios, reevalúa el conj unto de la rama, quiero decir de la
disciplina:

Tenía un buen training en esteroides pero entendí que la


epopeya de los esteroides iba a finalizar bastante rápi­
do, que como suele decirse la «vaca empezaba a secar­
se » y que me convenía interesarme en los polipéptidos.

Un rumor corre en la bolsa de valores: los esteroides es­


tán acabados, como mucho representan el 3 % . Aviso para
gentes móviles. Pierre está dispuesto a cambiar de tema
por dos razones. Primero porque quiere ir a California y
los dos mej ores químicos de péptidos están en San Fran­
cisco y en Los Á ngeles. Pero también porque los esteroides
no son puros -son gordas moléculas de las que no se co­
nocían por aquel entonces las estructuras químicas exac­
tas-, mientras que los péptidos -moléculas muy peque­
ñas hechas tan solo de ácidos aminados- se encuentran
en vísperas de verse purificados. A Kernowicz le gusta la
pureza, aunque recordemos que no por religión, sino por
espíritu de economía : con un péptido absolutamente puro
pueden darse respuestas unívocas y redactar rápidamente
magníficos artículos que los queridos colegas no podrán
replicar con facilidad; con los esteroides medio purifica­
dos se obtienen respuestas confusas que solo proporcionan
poco a poco artículos fácilmente contesta bles por otros.
Kernowicz se prepara para hacer las maletas y partir ha­
cia California y los péptidos, cuya era parece comenzar.
R ETRATO DE UN BIÓLOGO COMO CAPITALI STA SALVAJE 1 39

Pero una vez en el laboratorio químico C. H. Li en Ca­


l i fo rni a, los fondos empiezan a escasear en todos los siste­
m as de investigación. Ya no es posible que Pierre tenga su
p rop io proyecto, sobre todo en este nuevo campo en que
e s un principiante: « He tenido que trabajar en un tema
del laboratorio » , confiesa despechado. Aislar y caracteri­
zar a un péptido necesita además una gran empresa, ca­
p ital intensivo y división del trabaj o reforzada. Durante
d os años y medio Pierre aprende el oficio y se familiariza
con el nuevo tema : el único auténtico capitalista en este
la boratorio es C. H. Li, quien se aprovecha, como razón
social de su grupo, del trabaj o colectivo de los investiga­
d ores vinculados. Ellos trabajan, él capitaliza.

De California a Francia

El regreso de Pierre a Francia para hacer el servicio mili­


tar proporciona un buen ejemplo de conversión del crédi­
to. Pierre va a visitar a su antiguo profesor Jost. Durante
el encuentro se sopesan mutuamente. Jost peina todos los
artículos de Pierre sobre polipéptidos diciendo:

No es más que cocina, no me interesa, ah or a va a acometer


trabaj o interesante, va a trabajar conmigo.

Pero solo valora a Pierre como asistente. « Yo estaba


off, 2 cuatro años en Estados Unidos y regresar para
P isse d

2 Tras su larga estancia en Estados Unidos Pierre habla la jerga


también extendida en Francia entre las profesiones de biólogo molecular
o de informático. Mantengo las expresiones para conservar el color local.
1 40 BRUNO LATOUR

volver a encontrarse al mismo nivel que antes de marchar » .


Pierre saca entonces del bolsillo una carta de recomenda­
ción muy halagadora redactada por C. H. Li. Carta como­
dín. Sin embargo el menosprecio de Jost por este tipo de
ciencia -menosprecio inverso al de Pierre por la de Jost,
no lo olvidemos- es más fuerte que la carta de recomen­
dación. Pierre vale lo que un asistente. No más. De un país
al otro, de un campo al otro, las definiciones de lo que es
« cocina » y lo que es « interesante » son inconmensurables.
Pierre, en este punto de su carrera, no se ve como un
asistente ni como un pequeño capitalista li bre. Va de un
amo a otro para vender su fuerza de trabajo, negociar
sus diplomas y sobre todo obtener gracias a los artículos
publicados un puesto de funcionario en la jerarquía uni­
versitaria . La razón es muy simple : ser verdaderamente
independiente y crear un la boratorio alrededor de sí mis­
mo. Condición de cualquier capitalización un poco am­
plia: es necesario cierto nivel de jerarquía, por lo menos
en Francia . Su movilización futura y por lo tanto la opor­
tunidad de capitalizar importantes descubrimientos de­
pende ahora de la posición j erárquica que pueda ocupar
mercadeando con el crédito ganado en Estados Unidos.
En la empresa de Jost, Kernowicz vale lo que un asisten­
te porque su ciencia parece « cocina » . Tiene entonces que
desplazarse sin salir de Francia de una rama a otra para
encontrar un grupo que valore su ciencia lo bastante para
darle un puesto que pueda garantizar a cierto plazo su
independencia.
Pierre, como hemos visto, posee el don de j ugar con
las diferencias de potencial existentes de rama en rama ,
de país en país, de tema en tema . En la empresa de Jost no
vale nada, entonces va a visitar a Jacques Monod, quien
j ustamente busca un endocrinólogo y a la vez bioquímico :
R ETRATO DE UN BIÓLOGO COMO CAPITALISTA SALVAJE 141

Me dijo, ya ves, se acabó la bacteria, ahora queremos


dedicarnos a fenómenos más importantes y usted nos
viene como anillo al dedo porque queremos interesarnos
por las hormonas.

De asistente a encargado

Monod no valora a Kernowicz porque sea amigo de C. H.


Li o de Pincus ni reconoce forzosamente sus méritos pro­
fundos. Sencillamente le necesita . Se puede comprender
por qué si consideramos la propia naturaleza de los he­
chos acaecidos. No olvidemos que Monod, Pierre, Pincus
o Jost no están interesados en la información por sí mis­
ma, solo les interesa la nueva información, la única que
permite j uzgar la rentabilidad del ciclo de créditos: si tras
haber recorrido todo el ciclo no hay más que verdades ya
conocidas por todo el mundo, se pierde el tiempo y pro­
bablemente se entra en quiebra. Si por el contrario se lo­
gra un conj unto de argumentos un poquito nuevos, el ci­
clo se rentabiliza y la diferencia entre capital de partida y
capital de llegada puede reinvertirse de inmediato en un
nuevo tema. La nueva información, soltemos la palabri­
ta, es la « plusvalía » de ese capital. Vayamos más lej os, no
es la información ni la plusvalía de la información lo que
i nteresa al investigador, es la « reproducción acelerada y
a mpliada » del conj unto del ciclo, excepto si abandona el
ca mpo y va a mercadear su capital de credibilidad por otra
cosa (enseñanza, gestión, administración, periodismo, etc. ) .
Queda claro que Pierre n o s e interesa por los ovarios
en sí mismos. Pierre tampoco se interesa por redescubrir
por sí mismo y para su propio placer lo que ya se sabe so­
b re los ovarios: lo demuestra el hecho de que abandone el
142 BRUNO LATOUR

campo de los esteroides desde el momento en que la vaca


empieza a secarse. Podría verse en este desplazamiento la
marca de un amor por la verdad -y tal vez sea el caso-,
pero entonces debería decirse lo mismo de un especulador
que abandona el azúcar por el café y dej a que sus cole­
gas pierdan el tiempo en un mercado en caída libre mien­
tras él gana a espuertas en otro. No digo nada fisiológi­
co ni tampoco que pueda atentar contra la dignidad de
los sabios . Poco importa en este momento cómo el inves­
tigador expresa sus intereses o más bien qué parte del ci­
clo prefiere designar como fin y objetivo de su acción. Se­
gún sus gustos, su cultura o su situación podrá decir que
trabaj a para cuidar a la gente, para j ugar, para manipu­
lar animales, para convencer, para saber, para ganar reco­
nocimiento, para ganarse la vida o por amor a la patria.
Sea cual sea la sección del ciclo que prefiera designar, ne­
cesitará haberlas recorrido todas. Quienes quieren saber
por saber, saber para ganar dinero o saber para salvar a la
humanidad, todos se ven sometidos a la férrea ley del ci­
clo de credibilidad. En esta entrevista, por razones que no
sería útil discutir ahora, a Pierre le gusta expresar con un
cinismo j uvenil el conj unto del ciclo y disfruta de su mo­
vimiento completo.
Volvamos a Monod. Si empieza a reinventar la endo­
crinología perderá diez años y quebrará, porque los res­
ponsables del presupuesto del Instituto Pasteur quieren ver
los resultados de su dinero. Si por el contrario alguien le
permite ser competitivo en endocrinología, podrá cosechar
los beneficios que espera obtener aplicando a este nuevo
campo los métodos desarrollados en el antiguo. Toda esta
inversión científica suscita pues una demanda. La compe­
tencia de Kernowicz permitirá a Monod responder a esa
demanda . Los epistemólogos pretendieron ver en este fe-
R ETRATO DE UN BIÓLOGO COMO CAPITALISTA SALVAJ E 143

n ó me no u n gran misterio y para explicarlo inventaron


n or mas o reglas de método. Pero para Pierre es un trato
n i más ni menos difícil que todos los demás tratos. Cual­
qu ier grupo que quiere adquirir credibilidad suscita una
de manda; puesto que hay otros grupos, la demanda de
uno puede beneficiar a la oferta del otro: se crea un mer­
cado, en buena doctrina liberal, mediante esta coinciden­
cia de voluntades. Cuando Pierre hizo sus experimentos
con los tej idos separados del ovario, sus colegas leyeron
lo que hizo no por educación ni por desinterés, sino por
interés. Por un lado tal vez le odiaban por haberles arre­
batado el tema sobre el que iban j ustamente a ponerse a
trabajar, pero por otro se veían inmediatamente liberados
de aquel tema que se había vuelto sin interés y capaces de
utilizar en otro campo los resultados a fin de producir en
otros temas informaciones nuevas y acelerar de esta for­
ma la circulación de su propio ciclo.
Kernowicz siente en su propia carrera las variaciones
de esta oferta y esta demanda, ya que en la empresa de
Jost solo valía un puesto de asistente, mientras que en la
de Monod vale un encargado de investigación del Centro
Nacional de la Investigación Científica.

PI ERRE H UYE DE FRANC IA

Al parecer Kernowicz se afinca en Francia para siempre,


co n una carrera asegurada en uno de los primeros gru­
pos mundiales, cuya aproximación estrictamente molecu­
l ar le seduj o. Sin embargo Pierre, tras abandonar a Jost
po rque planteaba preguntas demasiado complej as, pron­
to abandonará a Monod porque plantea preguntas dema­
si ado simplistas:
144 BRUNO LATOUR

Era un tema difícil, iniciado de forma ingenua debido


a una over-confidence en los resultados que habían ob­
tenido con las bacterias y porque Monod clamaba por
aquel entonces a los cuatro vientos que la bacteria o el
elefante son lo mismo.

La idea era lograr diferenciaciones celulares in vitro:

La idea de Monod era poner mioblastos con una célula


endometrial y al día siguiente tener un útero completo.

Tampoco ahí la economía del tiempo convino a Pierre;


no por perder demasiado tiempo como en la empresa de
Jost, sino porque esta vez querían ir demasiado deprisa:

[Monod decía ] « no se preocupe, esto se va a resolver en


seis meses, basta con aguantar » . Para hacerte una idea,
la historia comenzó en 1 9 6 6 y hoy [en 1 9 7 6] ni siquiera
han avanzado una pulgada.

Pierre quiere avanzar y rápido. Se pierde el tiempo y


se cae en el agotamiento si el tema es demasiado comple­
jo o demasiado simplista. Las células se dividían in vitro
a partir del instante en que se les añadía estradiol, pero
nunca in vivo:

No había explicación lógica para el hecho de que no


podían replicar los resultados in vivo; no querían ver
esta incoherencia porque pensaban que el tiempo lo so­
lucionaría .

Pierre es un salvaje que se mueve con el tiempo, no


espera a que este solucione las cosas. « El paso del tiempo
R EIRATO DE UN BIÓLOGO COMO CAPITALI STA SALVAJE 145

s ol o empeora las cosas, ahora hay grupos enormes que tra­


ba j an sobre este tema, ( . . . ) no se ha movido ni una pulga­
d a , las células siguen sin dividirse in vitro » . Pierre se aís­
l a , ro mpe con Monod, deja de responder a una demanda
i mposible de satisfacer. Los otros, a su parecer, fallan y su
ciclo se ralentiza . Pierre sigue con lo suyo: la biosíntesis de
Jos polipéptidos. Quiere crear alrededor del tema su pro­
p i a unidad de producción. Pero para eso debería ascender
en la j erarquía del CNRS. Dado que Pierre trabaja sobre
el mismo tema que el presidente de la comisión, no dej an
de clasificarle, según él, en el puesto 2 3 de 2 3 miembros
de la lista para pasar a jefe de investigación. Sintiéndo­
s e bloqueado, se desplaza una vez más. ¿ Por qué ? La res­
puesta a esta pregunta es sencilla en la mente de Pierre: en
Francia domina la economía feudal, en Estados Unidos el
capitalismo salvaje, la verdadera competición científica.

En Francia habría logrado lo mismo [que en Estados


Unidos] si hubiera convencido a la gente de que eran
válidos y solo habría convencido a la gente de que yo era
válido si pensaban que yo pensaba que también ellos lo
eran, lo que no pienso en absoluto.

Los expatriados de aquella época compartían a menu­


do el mito de que en América reina un capitalismo científi­
c o puro frente a la economía feudal de Francia . Kernowicz
r ep rocha a Francia vivir en una economía simbólica de po­
si cio nes y de distinción. Lo confronta con el sistema ameri­
c ano, en el que cuenta el valor real de los jóvenes empren­
d edores y no solo su posición. Pese a este « mal francés »
s e habría quedado, confiesa, si hubiera tenido la certeza
d e convertirse tam bién él en poderoso. Pero el mayo del
6 8 barrió tal posibilidad. A la presión de los mandarines
146 BRUNO LATOUR

vino a añadirse el « triunfo de la mediocridad » , la « nivela­


ción por abaj o » . Antes bloqueado por la oligarquía, ahora
Pierre lo estaba por la anarquía . « Entonces tomé el cami­
no más fácil y volví a Estados Unidos » . No marcha, huye.

Pierre se labra una posición

Pierre regresa a Estados Unidos en 1 9 69 y solo quiere afin­


carse en California. Sigue el canal habitual: Monod en el
Instituto Pasteur le permite deslizarse sin esfuerzo como a lo
largo de un cable teleférico de París al Instituto Salk, en San
Diego, del que se convierte en uno de los consejeros cien­
tíficos. Una vez allí, Pierre cambia de estrategia. Ahora tie­
ne 3 4 años, se siente más fuerte, prepara un gran golpe. Es
decir que va a invertir un año entero de trabajo, gracias a
un pequeño salario adelantado por el Instituto Salk, en re­
dactar solicitudes de subvenciones. De este modo podrá po­
seer por primera vez a su propio nombre todos los medios
de producción de credibilidad. Hasta entonces le prestaban
un rincón, le adelantaban material, pero no recibía para él
más que su salario. Por lo tanto cualquier ampliación del
tema, cualquier movilización de material para otro tema,
cualquier aceleración del ciclo resultaba imposible sin una
larga negociación con el amo o sus colegas. Pierre quiere
convertirse en su propio amo para poder moverse más de­
prisa en los temas que ha elegido. Al mismo tiempo quiere
poder abordar temas difíciles y que le crean. Cuanto más
difícil es el tema, más pesadas son las inversiones para pro­
ducir resultados convincentes. La forma material de tales
inversiones es conocida, es lo que se llama un laboratorio.
Cómo Pierre elige los temas que van a proporcionar­
le sumas suficientes para la formación de su laboratorio:
R ETRATO DE UN BIÓLOGO COMO CAPITALISTA SALVAJE 147

-¿ En función del crédito que puedan facilitar?


-No exactamente, eso solo viene en tercer lugar. Pri-
mero el dinero . . . No, primero, lo confieso, la sencillez,
que va de la mano: por el mero hecho de pedir dinero
para un tema hay que demostrarlo o j ustificar el dinero.
Porque si pides dinero y el tema es demasiado complej o
y fallas, quienes te han dado el dinero no estarán muy
contentos.

Recuerdo que se trata de la elección de los temas en


una disciplina « fundamental » , como suele decirse, abso­
lutamente alejada de la industria y sin ninguna aplicación
práctica a corto plazo.

El criterio último es una cuestión simple con un siste­


ma simple sobre el que nadie trabaja y al que yo pueda
aportar una respuesta simple de modo que mis fondos se
renueven, esto es verdaderamente lo primero . . . El interés
que la gente pueda tener también cuenta, pero resulta
verdaderamente secundario.

El ciclo ante todo, su renovación y a ser posible su


ampliación. La sencillez, viej a virtud epistemológica des­
de Descartes, es simplemente una virtud de economía: la
cuestión demasiado complej a o demasiado simplista con­
d uce a la quiebra.
Pierre consigue el dinero, mucho dinero, lo invierte
r ápidamente y -¿ es necesario precisarlo ?- tiene suerte.
Pe ro la suerte solo favorece al capitalista dispuesto a mo­
ver se con rapidez ( como no dijo Pasteur ) . Intentando pu­
ri ficar una hormona capaz de fomentar el desarrollo ce­
l u la r, Pierre y un colega con quien colaboraba fracasan.
l a línea ovárica que su amigo desarrolló solo prolifera-
148 BRUNO LATOUR

ba en respuesta a preparaciones impuras de la hormona.


A medida que la purificaba más, menos se desarrollaba la
línea . « La conclusión fue que había un contaminante en
la preparación que inducía este efecto de proliferación » ,
D e inmediato Pierre desvió todas las operaciones: ya no
buscaba la hormona, sino el factor residual que desenca­
denaba el efecto. Movilizó todas las técnicas que apren­
dió durante cuatro años con C . H . Li y las aplicó para
perseguir al contaminante. Como en una sucesión de fil­
tros, separó de las demás una nueva sustancia, el factor
de crecimiento.
¿ Cuál es el valor de su descubrimiento ? El valor está
en función de la información, es decir de la distancia entre
la expectativa de sus colegas y lo que él puede proponer.
Mucha gente trabaj a sobre la proliferación celular, pero
buscan hormonas específicas. La idea de partir no de las
hormonas sino de los contaminantes de las preparaciones
impuras sorprende con el paso cambiado a las costum­
bres y constituye por tanto una información importante,
al menos para el mundillo en que se mueve Pierre. Pierre
demuestra que el valor es el efecto momentáneo de una
posición, una información o un movimiento, de modo que
utiliza inmediatamente su sustancia, el FGF, par acrecen­
tar su ventaja en lo que vive como un auténtico Blitzkrieg.

Hicimos tres apuestas: la primera, que este Growth Fac­


tor no es específico de una línea celular determinada; la
segunda apuesta era que pensábamos que era lo mismo
que el Neurotropic Factor que todo el mundo buscaba
desde hacía tiempo sin encontrarlo; y tercer punto, el más
importante, no hacer los estudios de binding como todo
el mundo por aquel entonces.
R ETRATO DE UN BIÓLOGO COMO CAPITALI STA SALVAJE 1 49

Tres apuestas, tres distancias establecidas en compa­


ra ción con lo que todos creían, tres nuevos tipos de infor­
mación. Se triangulaba de este modo una posición nueva
de ntro de un campo. Empecemos por la última apuesta .
Consiste en la decisión de no realizar ciertas experiencias.

Decidimos hacer las experiencias dirty and sloppy first


en vez de hacer un trabajo neto: simplemente decidimos
que tomaríamos lo que nos parecía más interesante y no
todo lo que nos parecían detalles o follow up .

Pierre siempre tuvo miedo de estancarse, miedo que


marcó la voluntad de que le impusieran una cierta divi­
sión de tareas. Para él, el trabaj o del pionero que cosecha
l o más rápidamente posible las máximas informaciones;
para los demás el trabaj o « limpio y neto » cuya rentabili­
dad declina con rapidez. Cuando le denomino capitalista
salvaje no es en broma, es él quien emplea la imagen más
mítica de la conquista del Oeste :

E l principio consiste e n n o dej ar n i un solo pothole a los


demás [risas] , es la analogía que yo tenía . . . El tipo que
descubre una claim como en la época de la fiebre del oro:
o te precipitas con pequeñas estacas de madera y luego
[gesto de pegar muy rápido] ; entonces tienes el principio,
o bien vas hasta la vertical, excavas, o te dices: « venga,
sin bromas » , y vas a picar piedra lo más rápido posible y
vas lo más rápido posible para sa ber lo que es interesante
y lo que no es interesante.

¿ Cuántas veces la gente desinteresada habla de intere­


ses ? Pierre se mantiene fiel a sí mismo al rechazar las expe­
ri e ncias de binding, son muy costosas, muy exactas, muy
1 50 BRUNO LATOUR

lentas y además descansan sobre una teoría del receptor


( por aquel entonces tal vez mítica ) que convierte los datos
en difíciles de interpretar. También para la exactitud nues­
tro capitalista hace cálculos, no solo para calcular datos,
también para evaluar el interés de hacer tal o cual cálculo:

Hay otra forma de lograr la misma información que es


menos neta pero ofrece lo mismo y quedas a cubierto
puesto que ya lo has publicado; saber si hay un microgra­
mo o un nanogramo no me interesa, eso puede esperar.

En el reino de los epistemólogos solo hay un factor


1000 cuya exactitud siempre está progresando. Para Pie­
rre este factor 1000 es desdeñable, ya que el tiempo inver­
tido en obtenerlo es un tesoro de descubrimientos bara­
tos que se habrá perdido. Para los demás los rendimientos
decrecientes: a todas partes donde lleguen con sus gran­
des máquinas encontrarán una pancarta: « Kernowicz lo
ha publicado ya » y se verán obligados a citarle y su cifra
mil veces más precisa pasará desapercibida.
Pierre intenta copar el máximo terreno. Primera so­
lución: la estaca . Segunda solución: mostrar en aquello
que los demás creen haber descubierto, hasta entonces
disimulado, lo que Pierre acaba de demostrar. A los filó­
sofos les gusta mucho lo que llaman teorías unificadoras.
No se dan cuenta de la apropiación brutal que eso repre­
senta : decenas de fenómenos distintos sobre los que va­
lientes investigadores sustentaban sus carreras se ven ba­
rridos de un plumazo por el factor Kernowicz, único y
simple. Puede verse como una formidable lucha intelectual
a mayor gloria de las teorías, pero lo que se encuentra en
j uego y compromete mucho más que un j uego intelectual
es la carrera y el pan de los demás. Pierre explica cómo
R ETRATO DE UN BIÓLOGO COMO CAPITALISTA SALVAJE I 5I

d escubrió que el factor de crecimiento buscado por uno


d e sus queridos colegas podía identificarse con su propio
Growth Factor:

Dicen que su factor, que llaman TAF, lo producen úni­


camente las células hormonales y que eso induce a la
proliferación de capilares únicamente; si puedo probar
que el TAF es lo mismo que mi FGF todo el dinero irá
para el FGF.

Y añade lo que a pesar de su risa no es para reírse: « Si


quieren trabajar sobre el FGF, quien cosecha soy yo, lo to­
man o lo dej an » . En efecto, el FGF puro es una mercancía
escasa y costosa de la que Pierre tiene casi el monopolio en
el mercado. No puede producirse ningún artículo sobre la
cuestión sin tener algunos microgramos de esta sustancia
para inyectarla en los cultivos o en los animales. Cuando
lo da, incluso gratis, es a cambio de una deuda de honor.
Pierre domina el terreno con su factor unificador.
La primera de las tres apuestas es tan importante como
las otras dos. La cuestión parece epistemológica : ¿ debe to­
marse el nombre de los factores descubiertos como esen­
cia de los fenómenos que designan ? Pierre cita el ejemplo
de la somatostatina, descubierta por el grupo de Roger
Guillemin en el mismo Instituto Salk. Quienes la encon­
tr aron la habían aislado sobre la base de su capacidad de
b lo quear el desencadenamiento de la hormona del creci­
miento, de ahí su nombre3.

3 Véase Nicholas Wade: Le duel des Nobels, Messinger, París 1 9 8 1 ,


Y Bruno Latour y Steve Woolgar: L a vida en el laboratorio, Alianza,
Madrid, 1 9 9 5 .
I 52 BRUNO LATOUR

No buscaron cuál era su función real, ( . . . ) si hubieran


hecho un trabajo dirty and sloppy habrían observado
lo que observaron otros, carentes de esa inhibición: la
somatostatina se descubrió en todas partes, no tiene es­
pecificidad celular ni especificidad de función.

¿ Por qué ir a buscar en el intestino una hormona del


cerebro ? ¿ Por qué ensayar el efecto sobre la insulina de
un factor que bloquea el crecimiento ? Según Kernowicz,
el grupo de Roger Guillemin no pudo plantearse estas pre­
guntas porque concentró todo el esfuerzo sobre la « cosa »
cuyo nombre signific a ba: « Bloquea el control de la hor­
mona del crecimiento » . Pierre carece de inhibiciones, ya
lo sabemos. Decide de entrada que su factor no es especí­
fico; nominalista por interés, decide que el nombre de su
sustancia procede del azar y que él la probará en todas
partes. Audacia intelectual exactamente parecida a la de
un industrial ambicioso que no · excluye por adelantado
ningún mercado para sus hallazgos. La imagen que utili­
zo no tiene la intención de ridiculizar a Pierre ni sugiere
que no sea un buen investigador, sino que quiere plasmar
la hipocresía del doble sistema de valores que usamos. Si
Pierre abandona con rapidez la idea de una especificidad
de su factor, lo vemos como una prueba de espíritu cien­
tífico, de apertura de espíritu, de agilidad intelectual; que
un industrial esté dispuesto a deslocalizar todas sus fábri­
cas de una punta a otra del planeta al menor movimiento
de la coyuntura, lo vemos como el vivo ejemplo de la co­
dicia. ¿ Por qué dos raseros distintos según si el empresa­
rio capitaliza credi bilidad o dinero ?
Para las tres apuestas Pierre da a su nuevo factor un
gran valor. ¿ En qué consiste ? Antes se podía saltar de un
tema a otro sin pasar por Pierre y su FGF. Ahora que Pie-
R ETRATO DE UN BIÓLOGO COMO CAPITALI STA SALVAJE I 53

rre ha vinculado su factor a muchos otros temas y redu­


ci do muchos temas a su factor, no quedan muchos pro­
ble m as de su disciplina que puedan a bordarse sin pasar
por él. Pierre ocupa por tanto una posición que ha crea­
do -un punto de paso obligado- modificando la forma
de l campo científico en su provecho. La ocupa con más
comodidad todavía en la medida en que es el único que
d ispone de valiosas muestras de la sustancia . Se dirigen a
él, le escriben, pasan por él, le ofrecen colaboraciones y
cada vez que encuentran nuevas aplicaciones del FGF su
campo se extiende. El valor de su descubrimiento se con­
vierte en la suma de todos los pasos y de todas las peti­
ciones de los demás investigadores. Localmente Pierre se
ha labrado un imperio -un conj unto de taquillas- que
l e permite capitalizar a lo grande. La posición que ocupa
es indisolublemente « social » e « intelectual » , por usar dos
términos obsoletos.

Tengo el factor que no tienen, voy dos años por delan­


te; es como una partida de ajedrez; te colocas en mejor
posición, ( . . . ) a menos que un listillo piense que lo que
yo he encontrado es un artefacto, entonces el dinero va
a su bolsillo automáticamente.

Las tres apuestas que hizo, añadidas a las tres peque­


ña s ventajas decisivas, triangulan a las mil maravillas la
posición de Pierre. Mantener una posición pese a los mo­
vi mientos de los demás j ugadores se llama también per­
suasión. Los jugadores pretenden que otros enunciados
so n tan creíbles como el suyo; Pierre resiste, muestra que
su enunciado es más creíble que los demás. Mantiene una
asi metría. Los j ugadores desean reducir la diferencia ( l a
or iginalidad, la información ) : Pierre aguanta y les fuerza
1 54 BRUNO LATOUR

a confesar que tiene razón hasta el punto de que los de­


más no tienen más remedio que pasar por él para prose­
guir sus propias carreras. El contenido de información de
su descubrimiento es la suma de todos los esfuerzos de los
colegas para reducir las diferencias y convertir el enuncia ­
do en algo trivial, llano. Pierre crea diferencias -picos,
gradientes, valles, montañas-, un campo en el que ocu­
pa todas las posiciones. Los demás se esfuerzan en redu­
cirlo, achatarlo, integrarlo para no tener que pasar por su
macizo. Al fin ( siempre local y provisional ) Pierre gana.
Las imágenes de la guerra, del j uego, de la economía de­
ben mezclarse ahora. Las utiliza no solo por provocación,
también por cinismo de buena ley que le permite tratar
a la ciencia sin otros privilegios que aquellos que le son
realmente debidos.

PIERRE SE CONVI ERTE EN UN PEQUEÑO PATRÓN

Nuestro Pierre Kernowicz ya no es una j oven promesa a


quien prestaban un rincón para ver si encontraba algo a su
propio nombre, ya no es un pequeño artesano que trabaje
con algunos técnicos sobre temas de alto riesgo. Ahora di­
rige en el mercado científico una especie de pequeña y me ­
diana empresa. Tres o cuatro personas trabajan para él. El
investigador es un extraño híbrido; según el momento de
su carrera es obrero, directivo, pequeño patrón, gran ca­
pitalista y de nuevo artesano. Parece desafiar las reglas de
la economía -al menos se enorgullece de ello-, pero si­
gue tal vez con rigor las del capital. Hemos visto con qu é
brio Pierre rechazó ser el técnico de otro. Luego cómo se
convierte en patrón y rechaza dos veces que otros le com­
pren. El principio es muy simple: solamente quien controle
R ETRATO DE UN BIÓLOGO COMO CAPITALISTA SALVAJE I55

r o do el ciclo puede esperar acumular a lo grande. Lo ideal


e s c ontrolar también esa parte del ciclo en que se distri­
bu ye el dinero.
Sin embargo, en este punto debe dej ar de trabaj ar en
el r incón y convertirse en un capitalista a tiempo comple­
to. ¿ En qué consiste tal trabaj o ? Se tiene que vigilar que
las distintas conversiones de una forma de crédito en otra
se realicen al más alto nivel posible en el mercado. Con­
siderable tarea: se tiene que vigilar que las demandas de
su bvención se refieran a los temas más interesantes, asegu­
rar que los dossiers importantes lleguen a los mejores oí­
dos, negociar la mayor suma de dinero posible para cada
una de las subvenciones, vigilar que el dinero se invierta
bien en los mej ores instrumentos, contratar a los mej ores
técnicos y a los mejores jóvenes doctorandos. Se tiene que
empujar a todo el mundo a trabaj ar, forzarles a conver­
tir sin cesar sus datos en argumentos, sus argumentos en
artículos: se tiene que cuidar la forma en que escriben los
artículos, cómo critican, hasta dónde pueden llegar de le­
j os. Es preciso a continuación colocar los artículos en las
publicaciones más visibles y luego consentir un intenso es­
fuerzo de promoción para que los artículos se lean y co­
menten. Se tiene que entrar en todo tipo de negociaciones
co n los grupos que quieran colaborar utilizando los enun­
ciados producidos en los artículos y preocuparse de que
l os artículos del grupo se citen y que los j óvenes produc­
tores sean invitados a congresos, reconocidos oficialmen­
te y bien visibles en sus campos. Finalmente, y seguro que
l o más importante, tiene que reinvertirse inmediatamente
el conj unto de capital en un nuevo ciclo, redactar nuevas
demandas de subvención, establecer nuevos temas, nue­
vos mercados. ¡ Qué trabajo para el capitalista de la expe­
r im entación ! Y todo eso solo es una parte de la labor de
156 BRUNO LATOUR

patrón de laboratorio. Quedan otras tareas que se sitúa n


río arriba de cada una de las instancias capaces de efec­
tuar una conversión de crédito: crear publicaciones don­
de editar artículos, popularizar la disciplina para que el
dinero llegue a raudales, interesar a las industrias, mej o­
rar la enseñanza y la formación, tomar partido en los de­
bates políticos, etc.
Pierre no es un « gran capitalista » como Guillemin,
sino un patrón de pequeña y mediana empresa. Sin duda
controla todo el ciclo, pero ninguna de las instancias que
sustentan ese ciclo. Como pequeño patrón trabaj a todavía
él mismo en el rincón y acumula con sus propias manos
una parte de su credibilidad. Dispone de técnicos, pero no
le gusta el papel que hacen:

Es el oficio más desgraciado que existe sobre la tierra. En


el fondo cuando eres un técnico solo recibes el mal humor
y la cólera del patrón cuando las cosas no funcionan,
mientras que si funcionan se precipita a dar conferencias
y no le ves más.

Al técnico se le explota claramente como a cualquier


otro empleado, vende su trabaj o por un sueldo. Sin títu­
lo, no puede pasar al ciclo del capital. Tras veinte años
de trabaj o científico, estará en el mismo punto (sa,lvo s i
es capaz de aprobar la tesis ) , incluso si Pierre establece
en su laboratorio el equivalente científico del interés gau­
llista por los beneficios: siempre se pone el nombre de los
técnicos en los artículos ( « les hace trabaj ar mej or » ) y co ­
bran « como doctores » . Así pues, al menos en teoría, les
corresponde a su nombre una parte de la credibilidad de l
grupo. Pero en realidad, claro está, no pueden lograr por
sí solos un grant o ni siquiera una beca: son sencillamen-
R E TRATO DE UN BIÓLOGO COMO CAPITALISTA SALVAJE 1 57

re fiables ( « seguros » , dice Pierre mezclando argumentos


y personas) y cambian de laboratorio como los buenos
o breros calificados.
El caso es muy distinto para los pocos doctores que
Pi erre contrató con fondos propios. Trabajan para él, aun­
que en teoría pudiesen pedir una subvención y establecer­
se por su cuenta . Contrariamente a los técnicos que valo­
ra, Pierre les ata corto para acumular la credibilidad a su
propio nombre y no en el de ellos:

Si quieren ser independientes pueden serlo, pero que apor­


ten su propio dinero; si trabaj an con mis fondos, tienen
que hacer lo que yo les diga .

La rivalidad entre el patrón y los investigadores es co­


nocida; aunque iguales por títulos, unos tienen el dinero y
el control del ciclo y los otros no, pero pueden convertir­
se en patrones según las circunstancias. Pierre menospre­

cia un poco a sus investigadores que no han tenido como


él la voluntad de trabajar solos desde el principio; favore­
c e a los técnicos -que nunca podrán rivalizar con él- y
explota en el sentido clásico a los titulados.
Ser patrón de pequeña y mediana empresa implica
responsabilidades: la primera, moverse, y ya sabemos que
la ley del capital es una ley de hierro. Desde el momento
en que se logra un mercado se tiene que empezar a buscar
o tro, sobretodo en el caso de Pierre, que adopta una es­
tr ategia « agresiva » desde hace quince años. Se piden nue­
vas subvenciones para orientar al pequeño grupo en tres
nuevas direcciones. Ya sabemos que abandona por prin­
c ip io todos los temas cuya rentabilidad sea baj a y el ca­
pital intensivo. Cede a otros el problema de la regenera­
ción celular: « Ya no me apasiona lo suficiente . . . Basta ya
I 58 BRUNO LATOUR

con eso, si otros quieren proseguir les daremos la sustan­


cia » . Por el contrario, empuj a su factor de crecimiento ha­
cia los tres temas cuyas implicaciones sociopolíticas son
considera bles. En la ciencia se j uega como al Scrabble: la
misma palabra puede rendir dos o tres veces más según se
pueda vincular a una casilla blanca, rosada o roj a. De este
modo Pierre es capaz de vincularse primeramente al cán­
cer, fuente casi inagotable de dinero, mediante la vascula­
rización de tumores que su factor acelera; luego a la ar­
terioesclerosis -primera causa de mortalidad en Estados
Unidos-, ya que su factor posee la inmensa ventaja de ser
« no específico » y puede acelerar « el mantenimiento del en­
dotelio arterial » . Junto con estos dos temas que pueden in­
teresar fácilmente a los investigadores, Pierre puede pro­
poner un tercero:

Me gustaría lanzarme a ello, pero necesitaré gente capaz,


se trata del intracellular control de la proliferación . . .
Conocemos las señales exteriores, pero ¿ cuáles son las
señales interiores [de la célula] ?

Las elecciones de Pierre, según él, no vienen dictadas


como seis años atrás por la intención de dar un gran gol­
pe. « En gran parte trabajamos para que nos renueven el
dinero, creo que es el objetivo primordial » . Pierre apunta
explícitamente al propio ciclo, a su renovación. Ante todo
es necesario no perderse y mantener la actividad incluso
en tiempo de crisis. Durante veinte largos minutos de en­
trevista Pierre explica que « la importancia que la gente
otorga al tema es raramente algo que se tome en conside­
ración » y que la cuestión principal que se plantean los in­
versores es la siguiente:
R ET RATO DE UN B I Ó LOGO COMO CAPITALISTA SALVAJE 1 59

¿ El muchacho e s productivo ? Trabaj a como u n puerco


pero grosso modo lo que ha descubierto ha sido más o
menos reproducido por numerosos grupos, ya veremos
lo que hace con eso; beneficio de la duda en sentido fa­
vorable si tienes buen crédito.

Pierre no habla en este caso de la utilidad práctica


de sus descubrimientos, solo de que todo el mundo se in­
teresa exclusivamente por una cosa: la reproducción del
propio ciclo.

EL CAPITAL, LIBRO 1 , CAPÍTU LO 111,


S EGÚN KERNOWI CZ

He expuesto varias veces cuál era, según Pierre, la forma


de conj unto del ciclo de credibilidad. Se trata de un capi­
tal, es decir de un conj unto de valores cuya acumulación
no tiene otro objetivo que la propia acumulación. Pero este
capital produce información, es decir un enunciado cuyo
valor se mide por una diferencia relativa con respecto al
conj unto de enunciados igualmente probables. Pierre nos
i nvita a resumir todo esto en una frase: la información no
tiene valor de uso, solo valor de cambio. Basta con super­
p oner la entrevista de Pierre con el capítulo 111 del Capital
para entender cómo Pierre Kernowicz es verdaderamente
-y no metafóricamente- un capitalista. Al ciclo Mercan­
cía-Dinero-Mercancía que debe acabar en una igualdad de
valor (M-A-M) se le sustituye, dice Marx, un ciclo Dine­
r o- Mercancía-Dinero, estéril salvo si es desigual (A-M-A + ) .
Es l a definición misma d e l a plusvalía.
Para Pierre todo sucede como si fuese posible practicar
l a misma conversión con enunciados. Anteriormente los
1 60 BRUNO LATOUR

enunciados (E) servían de intermediario entre situaciones


( S ) , igual como el dinero permitía en el pasado movilizar
mercancías que eran las únicas con valor de uso. Se habla ­
ba para actuar sobre situaciones y nadie se interesaba por
el valor de cambio de las palabras, que solo servían para
facilitar el paso de una situación a otra ( S-E-S ) . Pero su­
pongamos que el enunciado se convierta en el principio y
el fin del ciclo y que se empiecen a capitalizar enunciados.
Esta capitalización se vuelve tan estéril como la del dinero
mientras el ciclo permanezca equilibrado. Solo puede ser
fecunda si el ciclo termina con una desigualdad y si en lu­
gar de un enunciado se encuentra al final del ciclo un nue­
vo enunciado, una plusvalía de información, es decir una
información en sentido estricto ( E-S-E + ) . Así se engendra
sencillamente esta « nueva información » , que interesa tan
exclusivamente a nuestro amigo Pierre Kernowicz que la
convierte desde el comienzo de la entrevista en el objeto
de todas sus opciones.
¿ En qué se convierten las situaciones (S) en esta nue­
va economía capitalista de lo real ? Intermediarios, simples
intermediarios sin más valor de uso que las mercancías.
¿ Cuál es para Pierre el equivalente de la industria, esa in­
dustria de la que Marx decía que fabricaba mercancías
exclusivamente para obtener plusvalía s ? El la boratorio,
situación artificial creada exclusivamente para la produc­
ción de nueva información. Pero eso ya lo sa bíamos. He­
mos comprendido que para Pierre los ratones, los testí­
culos, los ovarios, las conejas y los factores de crecimiento no
cuentan o más bien solo cuentan como medio para acu­
mular conocimientos. Admitámoslo de forma bastante
inocente cuando queramos defender las ciencias frente a
los ataques de que a veces son objeto invocando los dere­
chos del conocimiento « por el conocimiento » . Inocente-
R ETRATO DE UN BIÓLOGO COMO CAPITALISTA SALVAJE 1 61

m en te creemos enfrentar las investigaciones científicas con


l a c odicia de los industriales, pero decimos simplemente
l o mismo que los más puros capitalistas; la investigación
es un ciclo del capital, los enunciados, igual que las situa­
ci o nes, no tienen valor propio, solo cuentan la reproduc­
ción y la extensión del ciclo. ¡ Cuando yo digo que Pierre
es un capitalista salvaj e !

S u hipótesis tiene e l mérito d e ser más simple que la


enorme masa de revoluciones galileicas, cambios de men­
talidades, rupturas epistemológicas, milagros que los filó­
sofos de las ciencias han creído oportuno inventar para
explicar por qué la ciencia apareció antiguamente y por
qué sigue acumulando cada vez más. ¡ Imaginen lo que po­
dría escribir un Marx del capital científico ! « En el pun­
to en que el enunciado se convierte en el fin y el princi­
pio del ciclo, todas las sabidurías, todos los proverbios,
todos los mitos, todas las adivinanzas, todos los consej os
se vuelven falsos. Tenían un valor de intermediario entre
dos situaciones y un valor en sí mismos -placer de me­
morizar, gusto de las palabras en la lengua-, pero ya no
tienen por función más que permitir la producción de un
nuevo enunciado y entonces tales enunciados se convierten
e n inutilizables y sin valor. Todos los vínculos complejos y

variados que les unían a las circunstancias se rompen sin


piedad para dej ar solo el frío interés entre un enunciado
y el siguiente, las duras exigencias de la plusvalía de in­
fo rmación. Todos los estremecimientos sagrados del éxta­
sis religioso, de la magia, del mito se han ahogado en las
ag uas gélidas del cálculo egoísta. En lugar de las liberta­
des de creencia se ha colocado a la única y despiadada li­
b ertad de conocer por conocer.
La diferencia entre la creencia y la ciencia ya no es
mi steriosa . No vale la pena buscar muy lejos ni muy alto
1 62 BRUNO LATOUR

-en Platón, en el « espíritu científico » , en las reglas del


método- el origen de esta diferencia . Basta con mirar
cómo circulan los enunciados. Pierre Kernowicz no se in­
teresa por los ovarios ni por los testículos ni por la proli­
feración celular, sino por una única cosa: ¿ puede obtener
gracias a ellos más información ? ¿ Acaso porque esta in­
formación importe por sí misma ? No, solamente porque
permite obtener otra y acelerar la circulación y la exten­
sión de todo el ciclo. La explicación de Pierre va más a
fondo que todas las que se han buscado para compren­
der el progreso de las ciencias y su carácter acumulativo.
Bastaba con mirar a un banquero. Tiene todas las virtudes
del espíritu científico o incluso del nuevo espíritu cientí­
fico. Inversamente, si queremos entender la magia, la re­
ligión, la creencia tendríamos que analizar ahora cómo
funcionan verdaderamente las economías capitalistas. Te­
nemos que seguir en su campo al campesino africano que
« se obstina » en plantar ñames para su subsistencia en lu­
gar de café, que es lo único que se cotiza en el mercado
mundial, y que « se obstina » en creer en máscaras pese a
la presión del mercado mundial del saber. Existe una eco­
nomía de subsistencia real y a ella tendría que compararse
tanto el tra baj o como los desplazamientos de Kernowicz.
Escuchémosle hablar de las posibilidades que tiene to­
davía de trabajar en el futuro:

Para empezar nosotros estamos diversificados, entonces


el riesgo es relativamente reducido, un poco como Gui­
llemin cuando trabajaba a la vez con el LRF y con la
somatostatina; en segundo lugar somos productivos y
finalmente lo que hacemos sirve a los demás, por lo tanto
no hay ninguna razón para que nos corten los fondos.
R ETRATO DE UN BIÓLOGO COMO CAPITALISTA SALVAJE 1 63

No solo indica que el capital científico « se parece » al


ca p ital monetario, no solo que el capitalismo « tiene una
i nfl uencia » sobre la ciencia o que el espíritu científico ins­
p iró o fue inspirado por el espíritu del capitalismo. No, es
el mismo capital, ya se estudie a Pierre Kernowicz o a los
hermanos Lazard4• No hay dos capitalismos: un capitalis­
mo industrial --con su revolución industrial- y un capi­
talismo científico --con su revolución científica-, sino un
solo capital y, si me apuran, una sola revolución.
Al final de la entrevista Pierre saca una gran lección:
« No se han de tener inhibiciones, se tiene que salir del obs­
táculo psicológico consistente en estar ligado a algo » . Oh
no, no tiene inhibiciones nuestro amigo Pierre, miren cómo
desde hace veinte años salta de tema en tema, de patrón en
patrón, de país en país jugando con todas las diferencias
de potencial, agarrando los polipéptidos, liquidándolos
a partir del instante en que van a la baj a, apostando por
Monod y luego abandonándole a partir del momento en
que queda estancado, listo para hacer las maletas de nue­
v o para la Costa Oeste, un título de profesor y un nuevo
laboratorio. ¿ Qué acumula ? Nada en particular, más que
tal vez la ausencia de inhibiciones, una especie de energía
libre lista para invertirse en cualquier parte. Sí, él es así, el
D on Juan del conocimiento. Algunos hablarán de « curio­
sidad intelectual » , de « sed de verdad » , pero la ausencia de
i nhibiciones designa otra cosa: un capital de elementos sin
valor de uso que pueden adoptar cualquier valor siempre
qu e el ciclo se cierre sobre sí mismo ampliándose cada vez
m ás. Pierre Kernowicz capitaliza los comodines del saber.

4 Célebres banqueros de origen francés. (N. del T. )


TRE S PEQUEÑ O S D INO SAURI O S
O LA PESAD ILLA D E U N S O C I ÓLO G O

Fábula para leer e n voz alta sobre l a tumba


del relativista desconocido

Éranse una vez tres pequeños dinosaurios. El primero se lla­


ma Realsaurio, el segundo Cienciosaurio y el tercero res­
pondía al nombre de Popsaurio. Nadie conocía su origen,
por lo que se contrató a un sociólogo para desenredar la
escala genética de sus relaciones incestuosas1 • Desde el co­
mienzo su investigación chocó con problemas de método.
De entrada intentó establecer la cronología de esos grandes
bichos: el primer dinosaurio se remontaba a unos 150 mi­
llones de años atrás, el segundo vio la luz hacia mediados
del siglo XIX en Inglaterra y el tercero había vivido al pa­
recer desde siempre y se encontraban sus rastros tanto en
las novelas de ciencia ficción como en los circuitos de Dis­
neyland. ¿ Qué dinosaurio había engendrado a los demás?

1 Tra bajo apoyado p o r una beca de la National Science Foun­


dation nro. 1 8 6 7 6 y por una su bvención especial del Sindicato de
Tra baj adores Relativistas de la Experimentación nro. AC- 2 3 4 5 6 7 .
TRES PEQUEÑOS DINOSAURIOS 1 65

La primera y muy lógica idea de nuestro sociólogo


fu e al encuentro de Realsaurio para preguntarle sobre
ir
su nacimiento y costumbres sexuales. Sin embargo com­
p rendió rápidamente que, en ausencia de una máquina del
tie m po verdaderamente eficaz, sería muy azaroso volver
a la era secundaria. Como su hermano mayor no parecía
dispuesto, nuestro sociólogo decidió plantear las mismas
preguntas al siguiente Cienciosaurio.
Se encerró en la biblioteca del Jardín de Plantas para
aprender cómo se había modelado lentamente a Ciencio­
saurio a lo largo de algunas decenas de años de disputas
entre Buckland, Cubier, Mantell, Owens y los dos hom­
bres de negocios paleontólogos Marsh y Cope. Piezas suel­
tas en los gabinetes y colecciones, designadas hasta enton­
ces con nombres como « brazo de gigante » , « herramienta
monstruosa » o « huella de dragones » , se habían visto pro­
gresivamente unidas y metamorfoseadas para componer el
bosquejo de un nuevo esqueleto de dinosaurio.
Cuando nuestro sociólogo hubo leído muchísimos li­
bros, se alegró al percibir que podía disertar largamente
sobre Realsaurio y quedó aún más sorprendido al ver que
repetía lo mismo a propósito de Realsaurio que de Cien­
ciosaurio. Juzgó oportuno escribir un informe preliminar
para la Fundación que le apoyaba en aquella aventura, in­
fo rme en el que declaró que los dos dinosaurios eran nada
m ás y nada menos que gemelos homocigóticos.
Sin embargo, el informe no satisfizo a Cienciosaurio.
¿ Cómo podía ser el hermano de Realsaurio, nacido millones
de años antes que él ? Claro que no, ya que él, Cienciosau­
ri o, era el hijo de Realsaurio. Conmovido por tal contra­
d icción entre su informe y las amonestaciones de Ciencio­
sa urio, el sociólogo fue en búsqueda del tercer pequeño
din osaurio, Popsaurio, para preguntarle su opinión. Este
1 66 BRUNO LATOUR

se apresuró a confirmarle el punto de vista del primer ani­


mal: le aseguró modestamente que él era nieto de Realsau ­
rio, y puesto que también era hij o de Cienciosaurio, podía
deducirse con toda lógica que este último fuese el hij o de
su abuelo. Nuestro héroe, que como todo buen sociólogo
estaba abierto a todas las opiniones, escribió un segundo
informe preliminar en el que explicó que las relaciones ge­
néticas en aquella familia eran las siguientes: Realsaurio
había engendrado a Cienciosaurio, quien a su vez había
engendrado a Popsaurio. Y puesto que había leído a Pla­
tón, añadió una pequeña glosa demostrando que, dado
que el segundo dinosaurio era la sombra del primero, el
tercero se proyectaba más que la sombra de una sombra.
Sin embargo, nuestro sociólogo tenía la sensación de
que no podría aportar ninguna prueba definitiva hasta que
no lograra entrevistar directamente a Realsaurio, el supues­
to patriarca. Antes de que sus fondos se agotaran, intentó
encontrarle en un congreso de paleontólogos al que asis­
tía. Pero no tuvo tiempo ni de prender el magnetófono an­
tes de que una onda de choque recorriera a los asistentes:
los investigadores se levantaban para tirarse mutuamente
a la cabeza sus paquetes de diapositivas. En tres días de
parloteos, la forma de Cienciosaurio había cambiado pro­
fundamente. Antes de la reunión era un zoquete de sangre
fría, perezosamente tumbado en las marismas; al final del
congreso tenía la sangre caliente, con un perfil cuidadosa­
mente dibujado, corría como el demonio y probaba toda
clase de nuevos alimentos. Una gran excitación reinó en
la sala de congresos durante toda aquella minirevolución.
Nuestro sociólogo, extremadamente intrigado, pregun ­
tó a uno de los paleontólogos: « ¿ Qué ha sucedido para
provocar tal emoción ? ¿ Me he perdido la llegada de Real­
saurio ? ¡ Yo que tenía tanto interés en entrevistarle ! » . Su in-
TRES PEQUEÑOS DINOSAURIOS 1 67

fo r mante se rió en sus narices: « No seas idiota, sabes muy


b ien que Realsaurio es incapaz de venir a nuestras reunio­
nes, pesa demasiado; además no existe realmente, es una
interpretación . . . » . El investigador no creía lo que oía : ¿ es­
taba hablando con el mismo científico que dos años antes
le había demostrado sin controversia posible que Ciencio­
saurio era el retrato calcado de su padre Realsaurio ? Za­
randeado en sus convicciones, el sociólogo siguió de cer­
ca las publicaciones durante el mes siguiente al congreso.
Cada vez que Cienciosaurio se modificaba, Realsaurio le
seguía los pasos. Si Cienciosaurio se erguía sobre sus patas
traseras, Realsaurio trotaba con sus patas traseras. ¿ Que
Cienciosaurio tenía cuernos en las pezuñas en vez de en
la nariz ? • Ningún problema, el cuerno de Realsaurio emi­
graba tranquilamente de su apéndice nasal hacia los de­
dos de los pies. ¡ El padre imitaba al hij o ! Este servilismo
resultaba demasiado paradój ico para nuestro sociólogo.
Tras el congreso se zambulló en la redacción de un tercer
informe preliminar que exponía triunfalmente cómo Cien­
c iosaurio se había convertido en el padre de Realsaurio,
haciendo notar de paso que el pobre Platón se hizo un lío
con la genética y con la óptica: la sombra del dinosaurio
científico era el dinosaurio real.
Al publicarse el informe no recibió la acogida entu­
siasta que esperaba. Una reseña ácida en una revista de

2. Todos los detal les han sido extraídos de los artículos y libros
si guientes: E. Buffetaut: « Le centenaire des lguanodons de Bernissart•> ,
La Recherche 8 8 , 1 9 7 8 ; E. H. Colbert: Dinosaurs; their Discovery and
th eir World, Hutchinson, Londres 1 9 62; Stephen jay Gould: La Foire
aux dinosaures, Le Seuil, París 1 99 3 , y sobre todo el inimitable l ibro
de Adrian Desmond: The Hold-Blooded Dinosaurs, Blond and Brigg,
Londres, 1 9 7 5 .
1 68 BRUNO LATOUR

paleontología habló de « relativismo » y del punto de vista


estúpido de algunos sociólogos que se empecinaban en ver
factores sociales donde no los había . In cauda venenum, el
artículo acababa con una espléndida descripción de Real­
saurio « tal como se le conoce hoy y no como se lo imagi­
na absurdamente en un oscuro y ya lej ano pasado » .
Nuestro héroe se precipitó a la universidad exigiendo
explicaciones: « ¿ Qué ocurre ? ¿ Me toman el pelo ? ¿ Cómo
pueden hablar de forma sensata de Realsaurio ? » . Le de­
mostraron que la controversia ya se había calmado y que
el interés general se había desplazado a otra parte {alre­
dedor de una nueva argumentación taxonómica sobre la
filiación de los pájaros y los dinosaurios ) . De todos mo­
dos, según sus informantes, nadie con facultades mentales
normales podía contestar la nueva imagen de Realsaurio.
-Espere, ¿ de qué dinosaurio estamos hablando ?
-dij o el sociólogo.
-¿De cuál va a ser ? Pues del único, del auténtico di-
nosaurio que vivía hace r 50 millones de años. Era un ani­
mal de sangre caliente y . . .
-Pero hace tres meses usted me dijo que no había
nada menos seguro.
-Tal vez, pero ahora Peabody lo ha demostrado.
-Pero usted me dijo que Realsaurio no era más que
una interpretación -casi gritó nuestro héroe, olvidando
el deber de reserva de la sociología .
-No recuerdo haber dicho nunca algo tan estúpido
-replicó el paleontólogo, irritado.
Durante los meses siguientes, para mayor estupefac ­
ción de nuestro investigador, los científicos parecían habe r
perdido la memoria de la minirevolución que ellos mismos
operaron. Ya nadie hablaba de interpretación . Cienciosau ­
rio era de nuevo la sombra de Realsaurio, su vivo retrato .
TRES PEQUEÑOS DINOSAURIOS 1 69

Nuestro amigo se sentía tan desalentado como Wins­


ro n Smith revisando la única copia del Time en la novela
d e Orwell I 9 84 : « Día a día, casi minuto a minuto, el pasa­
do se ponía al día . ( . . . ) La Historia entera era un palimp­
s es to tachado y reescrito tantas veces como fuese necesa­
rio. ( . . . ) Los libros también se retiraban de la circulación y
se reescribían varias veces. Los reeditaban a continuación
si n ninguna mención de las modificaciones » .
¿ Cómo, se decía nuestro infortunado investigador, los
científicos son acaso capaces de mentir tan desvergonza­
damente como los adeptos totalitarios de la neolengua ? 3
¿ Los valientes fanáticos d e l a verdad científica s e unen a
los peores oscurantista s ?
Esta vez e l sociólogo estaba tan preocupado q u e n o
escribió ningún informe, ni tan siquiera preliminar. Como
Winston Smith, murmuraba para sí: « La única certeza ra­
d ica en mi espíritu y no puedo estar seguro de que otro
ser humano comparta mi memoria » . Más afortunado que
Smith pese a todo, logró una prórroga de su subvención y
sin decir nada a nadie diseñó una estrategia más agresiva
para separar las relaciones genéticas entre esos tres mal­
ditos dinosaurios.
Armado con un magnetofón, acechó la aparición de
algún nuevo debate sobre el tema, esperando descubrir
indicios que indicasen qué dinosaurio había precedido al
otro. ¿ Realsaurio daría a luz a Cienciosaurio, o se confir­
maría lo contrario ? Tan solo tuvo que esperar unos meses
an tes de que un sabio eminente llamado Krulick torpe-

3 La neolengua o nuevahabla (newspeak en inglés, novlangue en


fr ancés ) es una lengua artística que apa rece en la novela i 9 84 , de Geor­
ge Orwell. (N. d. T. )
I 70 BRUNO LATOUR

dease partes enteras de la ecología del dinosaurio proyec ­


tando una diapositiva: la relación presa-predador se vi o
completamente modificada y el número de carnívoros dis ­
minuyó de golpe en tres cuartas partes. El sociólogo su­
brayó que al menos esta vez Cienciosaurio engendraba sin
ninguna duda a Realsaurio; en cuanto al último, se hab ía
evaporado discretamente en la naturaleza esperando que
se apagara la controversia sobre él. El sociólogo se preci­
pitó al estrado, se abalanzó sobre el micrófono y exigi ó
que Krulick atestiguase y reconociese por escrito que este
aspecto, al menos en lo referente a Realsaurio, no era más
que « una interpretación » . Tuvo razón de actuar de forma
tan audaz, ya que menos de diez minutos después el audi­
torio comenzó a mostrarse convencido por las demostra­
ciones de Krulick. Realsaurio aparecía de nuevo como la
única razón en la que se ponían de acuerdo. El pasado iba
a poder reescribirse. Sorprendido con el paso cambiado,
Krulick dirigía una mirada compungida al papel que ha­
bía firmado. Nuestro sociólogo se sentó de nuevo con una
sonrisa maquiavélica, a la espera de la próxima ocasión.
Tras algunos años de aquel ejercicio cruel, nuestro
observador pudo trazar una cronología completa: en un
mapa anotó las fechas en que « aspectos » de Cienciosau­
rio y Realsaurio habían sido remodelados. Confirmó de
este modo su primer descubrimiento: nada podía decir­
se de uno que no se aplicara al otro. Acto seguido inte n­
tó mediante flechitas establecer un árbol genealógico que
mostrase quién había engendrado a quién. El resultado se
parecía en líneas generales a lo siguiente:
TRES PEQUEÑOS DINOSAURIOS 171

Rea lsaurio n2 1 - Cienciosaurio n2 1 (enero 1985)

Rea lsaurio n2 1 - Cienciosaurio n2 1 (febrero 1985 - mayo 1986)

Rea lsaurio n2 2 - Cienciosaurio n2 2 (ju n i o 1986)

Realsaurio n2 2 - Cienciosaurio n2 2 (ju l i o 1986 - abril 1988)

Rea l saurio n2 3 - Cienciosaurio n2 3 (mayo - j u l i o 1 988)

Rea lsaurio n2 3 - Cienciosaurio n2 3 (agosto 1 988 - presente)

- Dirección de la descendencia genética

Figura 9 . 1 Dirección de la descendencia genética

Con gran sorpresa descubrió que cada vez que la cues­


tión volvía a ponerse sobre la mesa ( enero 1 9 8 5 , j unio
1 9 8 6 y mayo-j ulio 1 9 8 8 ) la flecha iba de Cienciosaurio a
Realsaurio, pero en periodo de calma chicha -que era lo
h abitual durante la mayor parte del tiempo- la flecha iba
e n sentido contrario . Sin embargo nunca Cienciosaurio

condicionaba o provocaba modificaciones en Realsaurio.


Simplemente, según los años, Cienciosaurio y Realsau­
rio se convertían alternativamente en padre e hij o . « Por
este motivo escribí tantos informes diferentes -se dij o
nuestro hábil hombre-, mis queridos amigos científicos
fueron más relativistas que yo en enero de 1 9 8 5, j unio
de 1 9 8 6 y mayo-j ulio de 1 9 8 8 , pero entre medio se com­
portaban como realistas rematados. Además estos dino­
saurios son auténticos patchworks compuestos por gran
número de piezas fluctuantes unidas a otras que apenas
se mueven. El problema resulta imposible de resolver si
consideramos los hermanos dinosaurios como seres com­
p letos y homogéneos . »
Resumiendo su informe, los aspectos fluctuantes y ca­
li entes de los dinosaurios parecían ser causados por Cien­
ciosaurio, mientras que las partes estables y frías parecían
1 72 BRUNO LATOUR

causadas por Realsaurio, aunque en los periodos de calm a


se hacía difícil distinguirlo, ya que se parecían totalmen ­
te en los dos bichos y sin ni siquiera se discernía una lige ­
ra diferencia, tan típica en los periodos agitados. Escribi ó
un informe final en el que explicaba de qué modo, según
la época del año, la intensidad del debate y la porción del
animal que se considerase, las relaciones genéticas entre
Cienciosaurio y Realsaurio eran diametralmente opuestas.
No obstante la pesadilla no había concluido. Krulick,
el sabio que impúdicamente firmó su retractado, pidió a
un epistemólogo que le ayudase a salir de la situación ridí­
cula y embarazosa invitándole al congreso siguiente. Pero
nuestro sociólogo ya era bastante fuerte y podía resistir
los ataques del filósofo. Tenía su pequeño diagrama. Cada
vez que el epistemólogo hablaba de la « verdadera reali­
dad » , de la « cosa en sí misma » , del « o bj eto intransitivo del
saber » , se limitaba a plantear unas preguntas: « ¿ De qué
detalle habla usted ? ¿ Es fluctuante o estable ? ¿ Caliente o
frío ? ¿ Duro o blando ? ¿ En qué momento lo analiza ? ¿ En
enero de 1 9 8 5 o en mayo de 1 9 8 6 ? ¿ Dónde lo encontró ?
¿ En un libro, en un congreso, en un laboratorio, en una
campaña de excavaciones o en unos dibujos animados ? » .
El epistemólogo apartó esas preguntas « vulgares » de un
manotazo y ni tan solo quiso considerar el diagrama cuyo
« simple aspecto empírico » demostraba que el sociólogo era
incapaz de acceder a las cuestiones del « fundamento trans­
cendental» de las ciencias. El filósofo quiso concluir todo
aquel debate que amenazaba con agriarse rápidamente in­
ventando un nuevo dinosaurio, Realrealsaurio, de quien
decía que era el supuesto bisabuelo de Popsaurio. Al pre­
guntarle Krulick qué podía decirse de Matusalén, el filósofo
respondió que era un dinosaurio, que había vivido muchí­
simo tiempo atrás y que era el origen de todos los demás .
TRES PEQUEÑOS DINOSAURIOS 1 73

El sociólogo indicó entonces educadamente que la propia


p alabra dinosaurio era un invento de Owen y databa de
1 8 4 2, información que claramente solo podía derivar de
Cienciosaurio; en cuanto a la simple posibilidad de que vi­
viera millones de años antes, solo fue concebida en el siglo
x1x en Inglaterra, ya que antes de esa fecha la creación no

tenía más de seis mil años. Por consiguiente ninguno de es­


tos detalles pudo salir del patriarca en que pensaba el filó­
sofo. Por suerte sonó una campanilla que interrumpió el
debate. Krulick y nuestro héroe salieron en estampida de la
sala para precipitarse a otra sesión de la que cada uno de
ellos esperaba mucho, aunque por razones distintas. Dej a­
ron solo al filósofo en el despacho con el brazo levantado,
señalando en silencio un puntito invisible y desconocido
que según él tenía que ser la causa de todas las genealo­
gías de los dinosaurios, Realrealrealsaurio, quien debido a
su supremo vacío llamaba Teosaurio.
Se producía en la sala de conferencias un ejemplo tí­
p ico de lo que el sociólogo había tenido ocasión de obser­
var. Encontraron nuevas huellas fósiles en Wyoming, pre­
sentadas en el congreso por Bonemarrow, que proyectó
por lo menos doscientas diapositivas. Bonemarrow ase­
guró que los dinosaurios caminaban gracias a patas muy
bi en insertas en su parte inferior y no como lagartos. « Las
huellas lo demuestran sin desmentido posible » , dijo. Te­
nía tantas dispositivas y fue tan convincente que sus cole­
gas olvidaron los bemoles que solía añadir a esta clase de
el ucubraciones. Antes de la sesión se oían frases del tipo:
« Ya sabes, ha venido ese, ¿ cómo se llama ? , Bonemarrow,
que proclama por todas partes que los dinosaurios cami­
naban erguidos, pero no tiene ni una sola prueba » . Al final
declararon al unísono que Bonemarrow había demostra­
do que los dinosaurios no caminaban como los lagartos.
1 74 BRUNO LATO UR

Para mayor sorpresa de los observadores externos que


nuestro sociólogo había invitado como testigos, los inves­
tigadores no habían terminado de pronunciar aquellas pa­
labras cuando su frase se dividió en dos partes: la primer a
salió de la boca de Bonemarrow para convertirse en una
« representación de » algo, una verdadera frase, construi­
da tan solo con palabras y perteneciente únicamente a los
parloteos humanos, mientras que la otra mitad se refería
a Realsaurio, y modificaba su forma de andar, petrifica­
ba esta nueva imagen y se volvía en seguida un elemento
de la naturaleza exterior, algo en sí mismo. Nuestro hé­
roe, ya cansado por la reproducción periódica del peque­
ño milagro, esperaba la metamorfosis siguiente mirando
su reloj : efectivamente un minuto más tarde la realidad
exterior se convertía en la causa de la interpretación de
Bonemarrow y única razón que permitía explicar la con­
vicción de sus colegas.
A pesar de su protocolo particularmente astuto, el so­
ciólogo permanecía tan solo como el pobre Sith conven­
cido mediante su propia argumentación sobre el carácter
« construido » de los dinosaurios. Cada vez que un nue­
vo razonamiento a propósito de los dinosaurios del pasa­
do convencía a los paleontólogos, se veía inmediatamente
« naturalizado » mediante el mismo malabarismo y la ope­
ración de disecado transcurría tan deprisa que nuestro so­
ciólogo no tenía tiempo de convocar a la prensa para to­
mar una foto.
Intentó una vez más convencer a sus colegas y concen ­
tró sus esfuerzos en el fenómeno opuesto. En vez de estu­
diar la construcción de un hecho, eligió estudiar la decons­
trucción de un artefacto. Antes de uno de los congresos
de la Sociedad de Paleontología, Realsaurio estaba dota­
do con un cerebro ridículamente pequeño, y naturalmente
TRES PEQUEÑOS DINOSAURIOS 175

s u h ijo Cienciosaurio no lo tenía mayor. Sucedió que poco


des pués del coloquio se encontraron ambos con « j usto la
buena talla de cerebro que se puede esperar encontrar en
u n gran reptil » . ¿ Qué había ocurrido con su cerebro has­

ta entonces ridículamente pequeño ? Durante el congreso


la pequeñez del cerebro de Realsaurio se transformó pro­
g resivamente en artefacto baj o los golpes propinados por
H arry Jerrison. Aunque tal proporción formaba parte de
las evidencias de la naturaleza, primero se deslizó de Real­
saurio a Cienciosaurio (como si el ancestro ya no quisiera
asumir la responsabilidad de un rasgo cuyo origen se vol­
vía dudoso ) y acto seguido se convirtió en una simple in­
terpretación en la cabeza de los paleontólogos, para con­
vertirse finalmente en un error. ¿ Dónde estaban las pruebas
evidentes de un cerebro pequeño, cráneo plano, seso de
la talla de un guisante ? Se habían diluido simplemente en
el aire de manera tan completa como los electrones de un
texto escrito en el ordenador que borramos por error. La
famosa pequeñez del cerebro de los dinosaurios solo era
un artefacto, un error de cálculo, un mito, una opinión,
menos que nada, una ficción. Realsaurio era tan inteligente
como podía serlo y los sabios se burlaban ahora de quie­
nes veían a los dinosaurios plegarse « bajo el yugo de una
estupidez artificialmente impuesta » .
Nuestro amigo sociólogo declaró triunfalmente que
sin duda alguna el destello de Jerrison era la única causa
que había transformado el cerebro de Realsaurio y no la
co nsecuencia de ningún cambio del patriarca, quien sin la
valiente intervención del investigador habría podido per­
manecer 1 07 años con un cerebro grotescamente peque­
ño. Al concluir que Jerrison era realmente Cienciosaurio
y que solo él, en el fondo, era quien animaba desde el in­
te rior la enorme maqueta de Realsaurio, nadie le aplau-
176 BRUNO LATOU R

dió. De hecho fue pura y simplemente expulsado por un


grupo de paleontólogos furiosos y excomulgado de todo s
los coloquios venideros. Como en la obra de Ionesco, sus
amigos investigadores se habían medio transmutado en
dinosaurios y el rechinar de sus mandíbulas y sus garra s
le persiguió durante meses.
« ¿ Por qué no me creyeron, se preguntaba todavía tem ­
bloroso, pese a mi irrefutable demostración ? Algo debió
fallarme » . Se acordó súbitamente del tercer dinosaurio
que había descartado por completo hasta aquel momento,
ya que este se proclamaba modestamente el benj amín de
la familia. Nuestro héroe decidió entrevistar a Popsaurio.
¡ Qué diferencia entre la vida de este afortunado y la de
sus supuestos ancestros! Realsaurio permanecía invisible
salvo en los periodos de calma y en los libros de filosofía
de las ciencias, donde se arrastraba y rumiaba en compa­
ñía de su padre Realrealsaurio. Cienciosuario llevaba una
vida dura, arrinconado en algunos metros cuadrados del
Museo de Historia Natural o del British Museum, mani­
pulando (o manipulado por) diapositivas, huellas, moldes
y cálculos, existiendo tan solo a través de frágiles redes te­
j idas por apenas unos centenares de paleontólogos apa­
sionados y mal pagados. En cambio Popsaurio se exten­
día por todas partes, instalado confortablemente en cada
dibuj o animado, cartón de leche, parque jurásico, palacio
de los descubrimientos, anuncios de televisión o novelas de
ciencia ficción, y poblaba los espíritus maravillados de los
niños o les aterrorizaba a fuerza de efectos especiales. Po­
día estar hecho de cera, de cemento, de plástico, de papel
maché, en cualquier forma y cualquier tamaño. Mientras
que Realsaurio permanecía sordo y atontado y Ciencio­
saurio muy circunspecto, Popsaurio era increíblemente so­
ciable hasta el extremo de mezclarse con todos y con todo.
TR ES PEQUEÑOS DINOSAU R IOS 1 77

N u estro sociólogo lo encontró a menudo con hombres de


l a s cavernas, teones y cohetes; vio a gente tomando el te
en una reconstitución de su estómago en cemento o inclu­
so como colgante titilante sobre el pecho de una morenita.
Discutiendo con él, nuestro paleo-sociólogo descubrió
u n detalle inesperado. Popsaurio pretendió esta vez no des­
cender de Cienciosaurio, sino en « línea recta » de Realsau­
rio. Desconcertado por la respuesta, el investigador intentó
profundizar y lo que descubrió fue muy raro. Preguntadas
sobre Realsaurio, la mayoría de personas hablaban de de­
talles que pertenecían claramente a Popsaurio. Si conocían
un rasgo definitorio de Realsaurio es porque lo habían ob­
servado en un parque de atracciones, en una feria, en un
l i bro infantil o, mej or aún, en un diccionario . . . Todo su­
cedía como si Popsaurio estuviese verdaderamente en el
origen de Realsaurio y nadie podía encontrar rasgo algu­
no del segundo que no procediera del primero. No suce­
día solo con los analfabetos, también con los paleontólo­
gos . Desde 1 8 5 3 se encontraba inaugurada la sala de los
iguanodones en el Crystal Palace: los iguanodones tenían
u n ligero parecido con los iguanodones científicos, sin em­
b argo los iguanodones reales se inspiraban ampliamente
en su imagen popular4 .
A nuestro pobre sociólogo no le quedaba más que re­
conocer que todos los caracteres de estabilidad, solidez,
permanencia y exterioridad que se atribuían a Realsaurio
procedían de hecho de Popsaurio, aunque algunos detalles
del esqueleto, la conducta o la ecología fuesen aportados

4 Véanse los sorprendentes ej emplos dados en Martin J. S. Rud­


w ick: Scenes from Deep Time. Early Pictorial Representations of the
Prehistoric World, The University of Chicago Press, Chicago, 1 9 9 2 .
178 B R UNO LATOUR

por Cienciosaurio. La resistencia de la gente a admitir su


punto de vista constructivista tenía dos causas: la primer a
era la « inversión » natural de la dominación genética entre
Realsaurio y Cienciosaurio mientras imperaban las polé­
micas, la segunda procedía de la transformación subrep­
ticia de Popsaurio en Realsaurio para consolidar un poco
la « realidad exterior » , sin ser ello demasiado evanescente.
Creyendo haber descifrado este pequeño problema de
genética, quiso redactar el informe final, pero una voz ca ­
vernosa le interrumpió: « ¿ Qué fuerza engendró a los tres
dinosaurios ? » . Se despertó de golpe, ahuyentado las úl­
timas brumas de la pesadilla y, después de desayunar, se
instaló en su despacho para compilar las estadís ticas del
Science Citation Index mientras j uraba, aunque fuese un
poco tarde, no preocuparse nunca más por la filosofía.
111

LAS TRIBU LACI ONES


D E LA IMAGEN CI ENTÍF ICA
E L TRABAJ O D E LA I MAGEN
O LA I NTELI GENC IA ERU D ITA
RED I STRI B U I DA

Figura I O . I Este gra bado de D u rero refleja el e q u i p o más s i m p l e de u n


l a b orato r i o . S e trata d e u n instrumento. Perm ite v e r e l m u n d o en tres
di mensiones (en forma de c i u d a d fo rtificada representada eri dos d i ­
me nsiones) , transformado g r a c i a s a l a rej i l l a , a l g n o m o n y a l l á p i z en u n
m u n d o en dos d i mensiones s o b r e l a h o j a de p a p e l de l a derech a i g u a l ­
mente c u a d r ic u l a d a . La r e g l a y e l c o m p á s no p o d í a n a p l ica rse a l m u n ­
do e n t r e s d i m e n s i o n e s y a hora podrán a p l icarse s i n dificu lta d s o b r e e l
ma pa trazado según l a s coorden adas ca rtes i a n a s . E l g n o m o n levantado
es i n d i s pensable para c a l i b r a r la visión y fijar e l punto de vista del obser­
v a dor ( s i em pre q u e no sea tuerto ) . El proto l a boratorio se encuentra i n s ­
ta l ado en p l e n o campo p e r o ya trans fo r m a n uestra vís i ó n . F o t o : CNAM
I82 B RU N O LATO U R

F i g u ra 1 0 . 2 ¿ Q ué v e este i nvestigador a través d e l m icroscopio de McAr­


th u r ? Un m u n d o demasiado pequeño para n uestros sentidos. ¿ Qu é hace ?
Lo prepara lentamente, Jo fi j a , lo colorea, lo i l u m i n a , lo agranda, lo de­
for m a , l o reforma, l o corrige, l o hace girar varias veces hasta e l ángu­
l o recto y fi n a l mente l o p ro yecta hacia s u o j o . Pero l o que cuenta es s u
m a n o i z q u i e r d a . Con e l l a escribe y d i b u j a lo q u e ve sobre u n a h o j a de
papel m i l i metrado. Como en la i magen anterior, el m u n d o se convierte
en un d i b u j o sobre u n a su perficie p l a n a q u e puede exa m i n a rse con l a
m i rada, m a n i p u l a r l a , c l a s i fica r l a , a rch i v a r l a , repro d u c i r l a o s u perpo­
nerla a otros d i b u j os . Foto: CRCT
EL TRABAJO D E LA I MAGEN I 83

Figura 1 0 . 3 En el l a boratorio de Etienne-J u les M a rey el método gráfico


a l canza su apogeo. E l movim iento es l o que ahora se trata de transfo r­
m a r en papel, y no ya sola mente el m u ndo en tres di mensiones o uno
cuyas d i mensiones se nos escap a n . E l l ugar experimental es completa­
mente artific i a l . E l l a borato rio se enc uentra cui dadosa mente separado
de l a pi sta por un tabique de m a dera y crista l . E l pobre soldado corre,
pero a cada poste que supera u n a corriente e l éctrica tra n s m i te u n a se­
ña l a l peq ueño i n scri ptor que dese n ro l l a un revest i m iento de h o l l í n . E l
re l o j e n e l l a boratorio m a r c a l a cadencia. A l desenr o l l a r e l papel tin­
tado, el esti l ete reve l a l a s varia bles ocu l ta s de l a ca rrera q u e permane­
cía n i nvisibles a simple v i sta . E l m o v i m iento se h a vuelto i n scripción .
E l tiempo se ha v u e l to espacio en dos d i m e n siones. Etienne-J u les se en­
cuentra a usente. Foto: Escuela de M i nas
I 84 B R U N O LATO U R

T" -i

fi,.;11 r'W'.'j!Pt:v1MJY't1JIM/
:;;ur /111 ¡uve er <4f(lf,;ll1JU(

fu/,e .lV' /t•t¡t1�/ lit1ll�?(


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Jv/Je 1!/Jnl iiu t�111h11,


tn,t¡.-s/ntH

k/Qd .Jfll'tlll( tlt


j'l/ld�

Figura r o .4 E l método del fisiólogo y ergónomo J ules A m a r, fiel d i scí­


p u l o de M a rey, es q u e un i nstru mento se encuen tre conectado en toda s
p artes donde se desarrol l a u n a fuerz a . ¿ Cómo h acer d e l tra b a j o h u ma ­
no u n obj eto de l a cienci a ? ¿ Cómo estu d i a r l a ergon o m ía de u n a p a l a ?
Insta lando un detector. Toda fuerza ejercida puede con vertirse en i n for­
mación en el l a boratorio y en el ta l l er del i nvestigador astuto. El obje­
to m á s anodino o más antiguo se c o n vi e rte en instr u m ento sofisticado
de la ciencia . Foto: CNAM
EL TRABAJ O DE LA I MAGEN I85

Figura 1 0 . 5 ¿ Có m o re lacionar la geometría y l a s m a temáticas con u n


m u t i l a d o de guerra ? I m p o s i b l e . S i n e m b a rgo e s perfectamente pos i b l e
a pl ica r l a s a los d i a g r a m a s producidos por e l esti l ete de los i nscripto­
re s de J u les A m a r, a l u m n o de M a rey d u ra n te l a guerra de 1 9 1 4 - 1 9 1 8 .
Las matemáticas n u nca se a p l ican al m u n d o fís ico de forma d i recta .
Neces itan u n intermed i a rio, el papel m i l i metrado, el c i l i n d ro revesti­
do de h o l l ín , e l est i l ete, l o s detectores, las corrientes e léctricas, e l ta l ler
convertido en captor de señales. A b a j o está el m u ndo, a r r i b a l a cien­
c i a . Abajo l a mesa del l a boratorio en q u e solo s ucede l o q u e se inscri­
be, arriba e l á rea del l a boratorio, l ugar de cálculo donde también se
m i den las i n scripciones. Foto: CNAM
186 B R U N O LATO U R

Figura 1 0 . 6 Nada garantiza sin embargo que sea fácil encontrar detecto­
res . ¿ H ay a lgo más evanescente que u n o l o r ? Un l a boratorio que fa b rica
desodorantes debe ser capaz de decidir sobre esto. Convocan un panel
que recrea un instrumento fiable mediante la nariz m u l t i p l icada de mu­
j e res que h uelen las axilas de los cam ioneros. Algo de estadística, algu­
nas réplicas y ya tenemos en e l despacho del q u ímico una nueva h o j a de
papel que indica por med i o de alguna hermosa curva las venta j a s com­
paradas de distintos compuestos. Que el detector sea humano no d i s mi­
n uye en nada l a fiabil idad de los resu ltados. Las damas en batas blan­
cas y el a l ineamiento de los cobayas demuestran que se trata de ciencia .
EL TRABAJ O D E LA I MAGEN 1 87

Figura 1 0 . 7 En su l i b ro Casi humanos, S h i rley Stru m dem uestra u n o de


los extremos posibles d e l i n strumento científico. Un cuerpo d i sc i p l i n a ­
do, un l á p i z , u n a h o j a de p a p e l , un r e l o j , un a poyo rígi d o p a r a escri b i r,
un d ictáfono para d ictar a veces m u y deprisa l a s i nteracciones que n o
s e a lcanzan a escri b i r, un inventario codificado de l a s conductas q u e se
h an memorizado para poder anotarlas más rápidamente. Nos h a l l a ­
m o s l e j o s de u n l a boratorio pero dentro de l a cienci a . E n v e z de traer
a los babuinos de Kenia h a sta l a j a u l a del la boratorio de fi s i o l ogía, la
antropóloga h a v i a j a d o y se h a hecho b a b u i n a entre b a b u i n o s . Pero s i ­
gue s i e n d o un i n scri ptor, y de l o s más metic u losos. N i nguna i n forma­
ción recogida deja de tra s l adarse al ordenador, comparada estadística­
mente, sometida a prueba por tests cada vez más ex igentes, re l acionada
con otras y verificada por los colabora dores. Cada mes los o bservado­
res del mismo grupo c a l i bran sus detectores comparando las descrip­
ciones q u e rea l i z a n del m i s m o comporta m i ento. Foto: S h i lery Strum
I88 B R U N O LATO U R

Figu ra 1 0 . 8 Esta mos a h o ra e n el otro extremo. Esta vez el m undo viene


al l a boratorio. La i n vestigadora del Instituto Salk se ve completamente
rodeada por el espectómetro de masas, efecti vamente masivo. No lee los
resu l tados en l a panta l l ita del instru mento, ya que son i legi bles. Necesita
u n ordenador que vomitará a la i m p resora situada tras e l l a los resu l tados
previamente digeridos. No se trata, como en l a i magen anterior, de u n a
t o m a de i n formaciones a p a r t i r de l a propia materia de l a interacción,
sino de u n a montonamiento de s u b instrumentos en que cada u n o de e l l os
es un m i n i l a boratorio creado por u n a rama distinta de l a s ciencias o l a
industria. Cada uno d e esos m i n i m u ndos pone a prueba m u estras cui­
dadosamente preparadas. Todas l a s pequeñas d i ferencias de resistencia
registradas en esas pruebas se convertirán en signos sobre la naturaleza
de l a m u estra . La j oven i n vestigadora está rodeada de c i fras y l u cecitas,
de las que algunas tienen como función el control de l a s operaciones 'f
otras una función de conocimiento, de toma de datos. Foto: Instituto Salk
EL TRABAJ O DE LA I MAGEN I 89

Figura 1 0 . 9 Entre a m bos extremos están todos los intermediarios. « Si no


vas a l l a boratorio, e l l a boratorio vendrá a ti » . Lo que desplazan los i nge­
ni eros de Sch l u m berger entre las dos guerras m u n d i a l es no es sola mente
su competencia, sino sus i n stru mentos e incluso su cabina, a u téntico la­
boratorio rodante. Aprovechando l a penetración de las perforadoras en
lo s pozos de petróleo, insertan en e l l a s el mayor n ú mero posible de de­
tec tores y transforman en i nscripci ón, en jogging, las peq ueñas di feren­
ci as de resistencia que sus a pa ratos regi stran . E l l a boratorio centra l no
es el de los in vestigadores, sino el de los empresarios del petróleo para
l os q ue tra b a j a n . Su l a boratorio solo debe proporcionar i n formaciones
sobre l a mej ora de los métodos de detección. Los resu l tados son secre­
tos y solo deben beneficiar a los c l ientes. Foto: a rchivos Sch l u m berger
1 90 B RU N O LATO U R

Figura 10 . 10 H a y otros medios pa ra volver p resenta b l e y conoc i b l e e l


m u n d o , además d e l de transform a r l o en papel m i l i metrado. L a s colec­
ciones son los i n strumentos de n u merosas ciencias naturales. Presentan
las m uestras en sus estadios intermedios entre e l m u ndo natural (como
e l de los b a b u i n o s de la foto 5) y el a rtificial del l a borato r i o . En l a a n ­
t i g u a galería del M u seo de H i storia Natu ral magni ficado por e l texto
de M ichel Butor y l a s fotos de Pierre Béranger ( Les Naufragés de / 'A r­
che, La D i fference, P a r ís, 1 9 8 1 ) , p á j a ro s del m u n d o entero se encuen­
tran s i m u l táneamente agrupados y sinópticamente visibles gracias a la
taxiderm i a , l o que en fra ncés se denomina c u r i osame nte con l a herm o­
sa p a l a bra de « natural ización » . Las colecciones permiten agrupar el
m u ndo que se ordena en los a r m a r i o s y los c a j ones tan co rrecta mente
como sobre el p a pe l . Foto: Pierre Béranger
EL TRABAJ O DE LA I M AGEN 191

Figura r o. I 1 En este grabado del Scientific American de 1 8 5 5 se ve otra


colección, esta vez de m á q u i n a s de una escuela de ingenieros en la u n i ­
versidad de Corne l l de Estados Unidos. De n uevo el a l i neam iento, l a
agrupación, l a clasi ficación h a c e n visible l a compa ración . ¿ Cómo l le­
va r a cabo una ta xonom ía de las máquinas si no pueden verse j u ntas de
u n solo vistazo ? Las máquinas n u nca pueden describirse con p a l a b ras.
Pero las a u ténticas máquinas son enormes y re pelentes . La solución una
vez más es intermed ia, modelos red uci dos y c u idadosa mente manteni­
dos y a l i neados. No se trata de u n m u seo. La tecnol ogía, es dec i r l a cien­
cia de los técnicos, n o es posible, desde la b i b l ioteca de Alejandría, más
q ue a condición de a p l icar tales componendas. Foto: Eugene Ferguson
192 B RU N O LATO U R

Figura 1 0 . 1 2 A veces se tienen q u e crear i nstru mentos enormes para


acceder a fenómenos que n a d i e puede contro l a r. Ya n o es el l a borato­
rio e l que se desplaza, ya n o es e l m u n d o q u i e n se prepara, se a l inea o
se m o v i l iza, s i n o n u estros sentidos a q u ienes hacemos variar para ser
capaces de captar a q u e l l o que está presente entre nosotros pero que no
perc i bíamos hasta este momento. Las emisiones de radio q u e nos en­
vía e l cielo n o son l e j a n a s . Esta mos i n m e rsos en e l l a s sin d a rnos cuen ­
ta. Este r a d iotelescop io a u stra l i a n o de los años sesenta permite a lcan­
zar l o q u e teníamos a m a n o y q u e a h ora « cae por s u propio pes o » .
Pero para constr u i r l o es preciso recurrir a otros i nstrumentos. S i n un
a l i ne a miento concreto de acordes, el r a d i otelesco pio será borroso. Los
instrumentos del geómetro-topógrafo son pues i n d ispensables para e l
astrónomo y t a m b i é n p a r a los operarios de u n a obra de construcc i ó n .
F o t o : Austra l i a n N e w s and I n formation B u reau
E L TRABAJ O DE LA I MAGEN 1 93

F igu ra 1 0 . 1 3 S i n la metrol ogía no h a bría ciencia ni casi i n d u stria . Estos


i nstr u mentos no tienen por obj eto producir d irectamente conoc i m i e n ­
to s y sin e m b a rgo contienen todos los conocim ientos. Sin este p rotec­
tor del voltio en el Laboratorio Nacional de Metrol ogía n i ngún voltí­
metro podría c a l i brarse tan a j u stadamente. Sin vol tímetro ca l i brado,
¿ cuántos i n strumentos fa l la r ía n ? Las cadenas metrológicas control a n
to d a s l a s cadenas i n s t r u m e n t a l e s . Foto: Laboratorio Centra l de l a s
I n d u st r i a s E l éctricas
1 94 B R U N O LATO U R

Figura 1 0 . 1 4 Ningún instrumento e s fi n a l en sí m i s m o . La inscripción de


u n o se convierte en el m un d o de otro. Las i mágenes de Monte P a l o mar
se convierten en fotogra fías, y entonces se necesita otro instrumento para
exa m i na r l a s l i bremente. ¿ Qu é m i ra el profesor R u d o l p h M i n kowski ?
¿ El c i e l o ? ¿ Una fotogra fía del c i e l o ? ¿ Es u n telescopio o u n microsco pi o ?
N o h a y representación sin re-representaci ó n . No s o n l a s i nscripciones
l o q u e estu diamos, sino una cascada de i n scripciones q u e se represen­
tan u n a s a otras, se resumen, se a n a l izan, se reco m b i n a n . Foto: CRCT
E L TRABAJO D E LA I MAGEN I 95

Figura 1 0 . 1 5 No, seguro, e l tra b a j o científico no se parece a l mito que


presenta esta fotografía del I nstituto de Psico l ogía . Incluso admitiendo
q ue l a ciencia sea una m u j e r de grandes alas que leva nta d e l icadamen­
te e l velo de l a verdad -en vez del macho h a b i t u a l v i o l a n d o sus secre­
tos-, res u l ta d i fíc i l creer que Ja verdad sa lga desnuda de sus encuen­
tro s con los sabios. Pa rece más bien q u e a los i n vestigadores les gusta
l a verdad cálidamente vestida, del icadamente velada por los propios
i n strumentos que l a reve l a n . Foto: D. R .
196 BRUNO LATOUR

VO LVER A SUMERGIR LOS SABERES


EN EL SAVOIR-FAIRE

¿ Por qué los iconoclastas no pueden respetar la iconofi­


lia de los sabios ? Un ejemplo entre mil ofrece una expli­
cación. Un filósofo del lenguaje, A. Gardiner, escribió cre­
yendo definir el espíritu científico: « La tarea de la ciencia
no es dar a entender (imply), sino enunciar explícitamen­
te (state); su tarea es sacar a la luz del día hechos intrica­
dos y superpuestos, separarlos unos de otros y exponerlos
a la vista de todos » ' .
Los epistemólogos toman por metáforas lo que la
práctica erudita toma literalmente. Creyendo hablar de
ideas, Gardiner está describiendo exactamente el traba­
j o de desplegar un mapa, un cuadro sinóptico o un ár­
bol clasificatorio. ¿ Cómo enunciar algo « explícitamente »
si no es mediante una inscripción que alguien se encar­
ga de transportar lej os de los elementos del contexto ?
¿ Cómo « sacar a la luz » sin desplazar a través del tiem­
po y el espacio, sin capitalizar por acumulación en cen­
tros de cálcul o ? ¿ Cómo separar lo que es « intricado » sin
multiplicar las inscripciones y combinarlas unas j unto a
otras en una tabla o una pantalla de ordenador ? ¿ Cómo
tener una « vista pública » sin ver y discutir entre cole­
gas ? Si se quitan los clichés epistemológicos de esta fra­
se, queda una buena definición de las inscripciones: se
tiene que cargar el enunciado, desplazarlo y combinarlo
para ver entre varios algo que dominamos con la mirad a
y discutimos en común (véase más adelante el caso de la

1 Citado en Francois Récanati: La Transparence et l'énonciation.


Pour introduire a la pragmatique, Le Seuil, París, 1 979. El subrayado es mío.
EL TRABAJO DE LA IMAGEN 197

Amazonia ) . A partir del momento en que el epistemólo­


go cree elevarse infinitamente por encima de las formas de
conocimiento vulgar ( llamado por contraste « implícito » ,
« intricado » , « oscuro » , « enmarañado » o « privado ), está
definiendo un oficio entre otros que solo moviliza capa­
cidades cognitivas completamente usuales, pero aplicán­
dolas a inscripciones efectivamente originales.
Las ciencias se desarrollan aplicando competencias or­
dinarias a materias nuevas, del mismo modo que la pana­
dera produce pan o bollos aplicando una fuerza de traba­
jo común a la masa de pan o a la masa de bollo. Sin duda
las costumbres profesionales terminan por crear cuerpos
entrenados de manera tan selectiva que pueden acabar
divergiendo, hasta el punto de que podrá distinguirse a
un panadero matinal por los brazos cubiertos de harina
de un matemático noctámbulo con manos manchadas de
tiza. Pero las pequeñas diferencias de oficio no son tan
grandes como para que los epistemólogos monten todo un
número y lleguen hasta separar los « conocimientos explí­
citos » de los pobres « savoir-faire implícitos » . El trabaj o
científico para desplegar, explicitar y alisar las inscripcio­
nes nos parece implícito en sí mismo, intricado, oscuro,
adiestrado en una práctica que hasta hace poco casi na­
die sabía estudiar.
Si se quisiera resumir en una frase la transformación
reciente de la filosofía de las ciencias que ilustra este re­
portaje sobre las imágenes, debería decirse que el saber se
ha convertido en savoir-faire. El conocimiento que hasta
ahora dominaba las prácticas no es hoy más que un sub­
conj unto de estas últimas. El desarrollo de las institucio­
nes científicas, algunos sobresaltos en psicología, el naci­
miento de la antropología cognitiva y el más reciente de
la etnometodología han influido mucho sin duda, pero
198 BRUNO LATOUR

quien ha contribuido a la materialización de este pen­


samiento es el uso corriente del ordenador. Una máqui­
na que calcula, escribe, lee, visualiza y combina es algo
que da ideas a los materialistas. El pensamiento no so lo
se encuentra encarnado en ellas, sino producido y calcu­
lado. Lo que la teoría de la información empezó, la prác­
tica de la información lo ha terminado: la información
se convierte en un elemento del mundo físico. El filósofo
y la secretaria que cuentan en baudios y en bytes ya no
pueden ser idealistas. El uso cada vez más extendido de
la palabra « tecnologías de la inteligencia » marca este hí­
brido antaño impensable1•
Claro está que la difusión de la informática por sí sola
no habría bastado, ya que los mitos de la máquina pen­
sante pesan tanto como el de sabio con ideas. Una má­
quina que calculase lógicamente aún sería idealista . Para
ir más allá era necesario que la práctica del pensamiento
fuese estudiada en detalle por sí misma . Los psicólogos,
los etnólogos, los etnometodólogos que se abalanzaron
sobre los laboratorios les retiraron uno a uno los privile­
gios del saber para devolverlos al savoir-faire, humilde y
menospreciado desde los griegos. En vez de la escala de
conocimientos que subía desde los grados más baj os de
la práctica irreflej a hasta los cielos de la Idea, no qued ó
más que una tabla rasa de savoir-faire igualmente reflexio­
nado. El trabaj o teórico recuperaba su lugar honorable y
digno entre los demás gremios de la lampistería, la ca r­
pintería o el dibujo industrial. El aprendizaje del cálcu ­
lo, la actividad matemática, la producción de teorías, la

2 Pierre Lévy: Les Technologies de /'intelligence. L'avenir de la pensée


a /'ere informatique, La Découverte, París, 1 990.
EL TRABAJO D E LA IMAGEN 1 99

comprobación de los hechos se volvieron prácticas indi­


vidualizadas, localizadas, concretas, humanas, demasia­
do humanas. Las máquinas j ugaban un papel en esta pro­
ducción, pero los gestos, los ritos, los trucos del oficio,
el compañerismo, las costumbres locales, los modos de
cada época y la edad del capitalismo también revestían
su importanci a . Comprender un laboratorio, un insti­
tuto de investigación o un centro de cálculo es hoy ha­
blar, empleando la pala bra de los cognitivos, de inteli­
gencia distribuida. La inteligencia ya no se parece a un
lugar -no radica en el cerebro ni en el conocimiento tá­
cito ni en las máquinas ni en el grupo social ni en los con­
ceptos-, sino que se distribuye.
Esta inmensa transformación equivale a invertir la
forma y el fondo, las causas y las consecuencias, el papel
de los productos y el de los modos de producción. Hasta
los años setenta subsistían todavía algunas circunstancias,
casos particulares, bolsas de arcaísmos o de irracionalidad,
pero todos esos arcaísmos ensuciaban como vertederos un
paisaje por otro lado sólido y sano. Todo cambia con la
redistribución de la inteligencia. Por el contrario, las teo­
rías, los universales, las abstracciones aparecen como bol­
sas, islotes, circunstancias locales en medio de un océano
de prácticas de las que psicólogos y sociólogos perciben
que lo ignoran casi todo. Sin duda se necesitan savoir-fai­
re particulares para producir teorías, abstracciones, uni­
versales, pero se vuelven j ustamente productos y no cau­
sas. Los sustantivos « abstracción » , « universal » , « teoría »
son malos como adj etivos y horrorosos como adverbios.
Una teoría no se hace teóricamente. Una a bstracción no
se produce de modo abstracto. Un universal no se fabri­
ca universalmente, igual que una refinería de petróleo no
es refinada . . .
200 BRUNO LATOUR

A veces se escandalizan ante esta inversión de la for­


ma y el fondo. Algunos defensores de la ciencia llegan a
acusar a los filósofos y sociólogos de haber cometido con
sus estudios una impiedad. Algunas docenas de etnólogo s
de las ciencias serían responsables, según ellos, de esta vi­
sión vulgar, materializada, localizada, práctica de la cien­
cia de otros cientos de miles. Mis amigos y yo seríamos
los responsables de desencadenar esta revolución coper­
nicana colando el saber en el savoir-faire, entrechocando
los peldaños de la escala de los conocimientos, rebaj ando
la teoría al nivel de la simple práctica . . .
Es concedernos mucho honor. Nos limitamos a tomar
en cuenta la transformación del mundo, la emergencia de
la Big Science y el desarrollo fulminante de las tecnologías
intelectuales. No hemos hecho más que adaptar la psico­
logía erudita a sus condiciones de ej ercicio. El pensador
aislado como Descartes j unto al brasero reflexionando a
través de sí mismo sobre los conceptos más abstractos de
la física universal no puede tener la misma psicología, la
misma sociología, la misma epistemología que un investi­
gador del CNRS manipulando un detector del CERN de 5
millones de francos con un equipo de cuatrocientas perso­
nas que hablan seis lenguas y se enfrentan a un zoológico
de partículas perdidas en superordenadores. Si no se que­
ría distribuir la inteligencia erudita, entonces no tenían que
haber desarrollado las redes científicas, los equipamientos
pesados, las lentas experiencias que la han instituido. Des­
pués de todo, Bachelard hablaba de « trabaj adores del ex­
perimento » y señalaba los instrumentos como otros tan­
tos « fenómeno-técnicos » .
EL TRABAJO DE LA IMAGEN 20 1

¿ QUÉ ES LO CONTRARI O D E L RE LATIVI S M O ?


EL AB S O LUTI SMO

El agotamiento de la antigua epistemología no resuelve


nada, puesto que los savoir-faire no son más fáciles de es­
tudiar que los saberes. Una vez colados los segundos en
los primeros, todos los problemas se plantean de nuevo
y nuestra ignorancia no disminuye. Sin duda ahora ya es
inútil recurrir al método científico, al cerebro de los sa­
bios, a las aptitudes cognitivas de los teóricos, a la facultad
misteriosa que los sitúa a parte de los demás. Se han vis­
to asimilados a la humanidad común, puesto que sus pro­
ducciones no son absolutamente diferentes de las demás.
La disolución de este gran reparto, el fin de esta división
absoluta entre saberes y savoir-faires es útil y fortalecedo­
ra, pero el problema sigue planteado por entero. Quienes
producen sondas de ADN son relativamente diferentes de
quienes producen rastros de partículas, exactamente igual
que el savoir-faire de un viticultor de la Ardecha difiere algo
de otro de la Borgoña. Una vez desembarazados de abso­
lutos, las relaciones subsisten y exigen ser especificadas.
Pero esta tarea no es tan fácil como podría creerse.
Leyendo las obras sobre el trabaj o de los sabios se perci­
be que hemos ido de Escila a Caribdis. Más exactamente,
permanece el error epistemológico con una forma inverti­
da. Los epistemólogos pretendían antes que, dado que los
productos científicos eran universales, abstractos y teóri­
cos, sus modos de producción (método, cerebro, conceptos )
también tenían que ser universales, abstractos y teóricos.
Una vez descubiertas por Newton las leyes de la gravedad,
escaparon a la Inglaterra del siglo xv n . Por lo tanto, ¿ qué
pretenden ahora los psicólogos y sociólogos del trabajo
de los sabios ? Puesto que los modos de producción de las
202 BRUNO LATOU R

ciencias son locales, idiosincráticos, manuales y prácticos,


sus productos también deben volverse localizados, circuns­
tanciales, prácticos y manuales J . Si solo se puede apren­
der a detectar las ondas gravitatorias absorbiendo in situ
el savoir-faire del profesor Weber, por recuperar un céle­
bre ej emplo de Colins, las ondas gravitatorias deberán ser
siempre locales y depender en todo momento de las esca­
sas competencias incorporadas por algunos prácticos. El
argumento parece inverso, pero la estructura del razona­
miento sigue siendo la misma, lo que explica a la vez la
intensidad de las controversias y su esterilidad. En ambos
casos los « universalistas» y los « localistas» (tan distintos
unos de otros como los « grandes finalistas » o los « peque­
ños finalistas » ) desplazan el modo de producción hacia el
producto, el sustantivo hacia el adj etivo. La forma de ra­
zonar de la epistemología sigue predominando entre los
adversarios más encarnizados. Al parecer se siguen sin con­
cebir producciones universales-abstractas-teóricas que sean
fabricadas localmente. Los « localistas » aceptan en el fon­
do la tesis de sus enemigos, quienes les acusan de rebaj ar
la dignidad de los productos científicos. Pero no se trata
de productos, sino de modos de producción.
¿ Es posible distinguir y zafarse a la vez de los universa­
listas (quienes no explican nada ya que convierten al sabi o
en un ser teórico y abstracto ) y de los localistas (quienes
tampoco explican nada ya que transforman los produc-

3 Véase por ejemplo Karin Knorr: The Manufacture o( Knowledge,


An Essay on the Contructivist and Contextual Nature o( Science, Pergam­
on Press, Oxford, 1 9 9 8 1 ; Harry Collins: Changing Order. Replication and
Induction in Scientific Practice, Sage, Londres/Los Á ngeles, 1 9 8 5 ; Experts
artificiels. Machines intelligentes et savoir social, Le Seuil, París, 1 99 2.;
Steve Woolgar: Science. The Very Idea, Tavistock, Londres, 1 9 8 8 .
EL TRABAJ O DE LA I MAGEN 203

ros científicos en otras tantas obras locales y particulares ) ?


¿ Puede respetarse la especificidad de las obras sin otorgar
a los operarios fantásticos privilegios ?
El problema solo es difícil para las ciencias, puesto que
todos conocemos las soluciones cuando se trata de obras
p úblicas o técnicas. Nadie pretenderá que una red telefóni­
ca que acabe por cubrir todo el planeta permanezca siempre
como algo local. Pero nadie negará tampoco que se necesi­
tan obreros, ingenieros, capataces y máquinas para instalar
localmente las líneas y montar las centrales. Tomando otro
ejemplo, es la propia naturaleza de los tuneladores excavar
túneles que nos permitirán ignorar su savoir-faire y despla­
zarnos de París a Londres en tres horas. Los savoir-faire des­
aparecen en el producto acabado, son una banalidad de la
sociología del trabajo. ¿ Por qué esta banalidad resulta tan
difícil de adoptar para los productos científicos ? Porque no
consideramos las ciencias como redes técnicas entre otras.
Los epistemólogos a la antigua habían experimenta­
do ya esta dificultad. Por eso inventaron una diferencia
absoluta entre el contexto de descubrimiento (el mundo
local y circunstancial de la cocina científica ) y el contex­
to de j ustificación (el mundo universal de la experimenta­
ción y la verdad ) . Aunque esta solución paralizase duran­
te años la investigación sobre la investigación haciendo de
una distinción relativa una diferencia absoluta y por tan­
to no estudiable, expresa a título de síntoma una dificul­
tad real . Hay dos elementos que deben explicarse y no uno
solo como creen demasiado expeditivamente los localis­
tas: sin duda la producción circunstancial, pero también
la distribución universal de los productos; la caj a abierta y
también la caj a negra; la controversia y también el hecho
comprobado. La tarea consiste en interpretar este síntoma
sin engañarse, respetar la distinción de los productos sin
204 BRUNO LATOUR

acordar nada al mito que pinta productores radicalmente


diferentes de la humanidad común.
La dificultad se vuelve filosófica ( no solo epistemológi­
ca ) ya que nuestra impotencia para entender las relacione s
entre lo local y lo global nos impide plantear el problem a
de la inteligencia erudita. A partir del momento en que re­
servamos lo universal ( producto ) en lo local ( producción )
tomando como modelo de las ciencias a las grandes obras
técnicas, nos acusan inmediatamente del pecado de relati­
vismo. Según los sabios algo parece perderse en esta inver­
sión. Pero si nos ponemos localistas algo esencial también
se pierde: la aptitud de los productos científicos para di­
fundirse, tejer vínculos universales. Contrariamente a los
« universalistas » , admito sacrificar el método, los privile­
gios sin razón del espíritu científico, pero contrariamente
a los localistas no quiero abandonar la particularidad de
las cosas eruditas -del mismo modo que estudiando la vi­
nificación no admitiríamos confundir un vino peleón con
un gran caldo. El problema es en todo momento respetar
las diferencias sin pasar por ello por el absoluto.
Los localistas creen realmente, como he dicho hace un
momento, que las circunstancias de su producción converti­
rán el producto en local, que siempre llevará y deberá llevar
esa tara, ese pecado original o esa virtud, esa gracia origi­
nal. El primer pulsar estudiado por el localista Steeve Wool­
gar nunca tendrá derecho a salir del telescopio en el que fue
construido, mientras que para los universalistas solo tendrá
derecho a transitar rápidamente por él en el momento de su
descubrimiento. Ni unos ni otros son capaces de imaginar
caminos nuevos que vinculen lo local y lo global (trazados
sin embargo por el más sencillo fotomontaje, como hemos
visto al principio del presente capítulo). O se otorga univer­
salidad a las productos igual que a los modos de producción
EL TRABAJO DE LA IMAGEN 20 5

o caemos irremediablemente unos y otros en las circunstan­


cia s locales. Este es el diktat común a ambas escuelas.
Para zafarse de la dificultad deben reconocerse dos re­
la tivismos, de los que solo uno es completo. Llamaré « ab­
soluto » al relativismo de quienes quieren irremediablemente
localizar las ciencias vinculándolas para siempre a su modo
de producción circunstancial. Este relativismo absoluto con­
sidera que concluye su tarea cuando critica la epistemolo­
gía y hace bascular lo global en lo local. Desgraciadamen­
te para él este relativismo posee en común con aquello que
critica la palabra «absoluto » . Llamaré por el contrario « re­
lativismo relativo » o « relacionismo » al que se opone por
completo a lo absoluto. Lo local no es más asignable que
lo global. Los modos de producción no limitan de forma
duradera la naturaleza local de los productos. La actividad
científica dibuja redes cuya topología no entra nunca en la
alternativa de puntos y superficies. La palabra relativismo
no se opone para nada al universalismo, cosa que se olvida
demasiadas veces, sino tan solo a ese monstruo que todo el
mundo dice que pretende combatir: el absolutismo.

PAUSA DE IMAGEN

Los trabajos cada día más numerosos sobre la imagen cien­


tífica se ven a menudo mal entendidos porque exploran esas
configuraciones inusitadas de lo local y lo global que no
pueden encuadrar literalmente los localistas ni los univer­
salistas4. Los segundos no entienden nunca cómo alguien

4 Véase por ejemplo, para limitarnos a trabajos recientes: Ann


Blum: Picturing Nature, Princeton University Press, Princeton, 1 99 3 ;
206 BRUNO LATOUR

puede apasionarse tanto por simples inscripciones y los pri­


meros por el movimiento de los rastros. Los universalista s
encuentran que la pausa de imagen se convierte en una fi­
j ación, en sentido propio; sus adversarios piensan que se­
guir el movimiento de la imagen equivale a pecar contra el
estricto método etnográfico. Sin embargo el trabajo de la
imagen erudita obliga a seguir a ambos aspectos, la pausa
y el movimiento, lo local y lo global, el papel de la imagen
y la forma que traza su rotación. Da igual que la filosofía
habitual, a veces miope, a veces présbita, no logre nunca
acomodar ambos fenómenos de la imagen científica.
Empecemos por el primer aspecto, ahora bien estudia­
do, de la fijación. ¿ Por qué los universalistas se agitan tan­
to ? Porque tomamos literalmente lo que ellos creen tomar
metafóricamente. Las « vistas del espíritu » , las « imágenes
mentales » , los « mapas mentales » , las « tomas globales » ,
las « vistas sinópticas » n o suceden nunca e n e l espíritu,
sino en la visión de un ojo bien real, de un instrumento
bien encarnado que regula manos bien callosas. Sin ins­
trumento no vemos nada, y los instrumentos solo los ve­
mos científicamente.

Colectivo: Seeing Science. Special Issue of Representation, University of


California Press, Berkeley; 1 99 2, Eugene Ferguson: Engineering and the
Mind's Eye, MIT Press, Cambridge Mass, 1 99 2; Bruno Latour y Joce­
lyn de Noblet (dir. ) : Les « vues» de /'esprit. Visualisation et connaissance
scientifique, John Law y Gordon Fyfe (dir): Picturing Power. Visual De­
pictions and Social Relations, Keele, 1 9 8 8 ; Mike Lynch y Steve Woolga r
(dir): Representation in Scientific Practice, MIT Press, Cambridge Ma ss ,
1 990; B. Tassy: L'arbre a remonter le temps: les rencontres de la systéma­
tique et de l 'évolution, Christian Bourgois, París, 1 99 1 ; Michael Ruse Y
Peter Tayolor (dir. ) : Special Isuue on Pictorial Representation in Biology
of the journal Biology and Philosophy, Ed. Lieu, 1 99 1 ; Edward R. Tuhe:
Envisioning Information, Graphic Press, Cheshire Connecticut, 1 990.
EL TRABAJO DE LA IMAGEN 2.0 7

Confieso no haber entendido nunca qué podía tener


de escandaloso esta recolocación del trabajo erudito en las
prácticas de inscripción. Todo el mundo está de acuerdo en
que este trabajo produce claridad, pero que él mismo sea
claro es una hipótesis tan fantástica que debería incomodar
a quienes se creen racionalistas. Vertiendo el saber en el sa­
voir-faire conservamos a la vez los efectos de explicitación, de
explicación, de precisión, de visión, de publicidad y de obje­
tividad que son específicos de los oficios de los trabajadores
de la experimentación, rechazando las causas inverosímiles
que los epistemólogos quieren que nos traguemos. Humildes
causas materiales producen grandes efectos; minúsculas va­
riaciones en el genotipo provocan inmensas variaciones en
el fenotipo . . . Incluso si esto pudiera ser considerado reduc­
cionismo, que no es el caso, permanecería aún dentro de la
recta línea de las ciencias, a menos de admitir que los sabi9s
tengan derecho a ser reduccionistas sobre todo aquello que
nos atañe pero nunca sobre su propio trabajo . . . ¿ Desmitifi­
carían el mundo burlándose de nuestras creencias ingenuas
y al mismo tiempo exigirían que creyéramos ingenuamente
que ellos poseen facultades superiores de razonar? El proce­
dimiento sería bastante burdo y carecería de fair play.
Sin embargo la fijación de la imagen por sí sola no bas­
ta. Se le debe añadir el segundo aspecto que esta vez los lo­
calistas no logran considerar. Las imágenes solo existen en
tanto que muestras sobre fluj os de rastros en movimiento.
Debe comprenderse que una imagen desnuda no tiene re­
ferente (véase más adelante el caso de la Amazonia ) . Sin
duda los investigadores muestran diagramas, fotografías,
curvas, tablas. Se detienen a menudo en sus disertaciones
en una imagen y dirigen el rayo láser de su puntero o el
extremo de su vara hacia algún rasgo que quieren subra­
yar ( véase el índice apuntando de la foto 1 1 . 2 ) . Hablan
208 BRUNO LATOUR

de esa imagen como referente de su discurso, convirtiendo


aquellos rastros en prueba de la presencia de un fenóme­
no. Sin embargo, su manera de señalar con el dedo un fe­
nómeno real, tan simple en apariencia, es difícil de imitar.
Los paracientíficos, los observadores de platillos volantes,
los radioestesistas y los visionarios también son grandes
aficionados a la imagen5 . El curioso fuego cruzado entre
científicos y paracientíficos revela bastante netamente cier­
tas propiedades de la imagen erudita .
Para imitar a su autoridad los paracientíficos toman a
los sabios al pie de la letra y producen a su vez una imagen
de platillo, una polaroid de la Virgen, una grabación del es­
píritu que responde. Sin embargo, curiosamente, los cien­
tíficos no conceden crédito a esos testimonios aislados. In­
dignación de los paracientíficos, quienes martillean con sus
pruebas y acusan a los demás de oscurantismo oficial. Ahí
los paracientíficos actúan como los cientistas. Creen para­
dójicamente aquello que los epistemólogos dicen de las cien­
cias. Los investigadores también lo dicen, pero no lo creen,
y ahí está la diferencia. Creer en la existencia de platillos
volantes no basta para probar que los ufólogos deliran. La
prueba procede de que creen, como buenos positivistas, que
una sola foto de platillo volante puede provocar la adhe­
sión, como si los sabios creyeran que una foto de galaxia
representa a una galaxia. Para resumirlo torpemente en un
esquema (figura r n. 1 6), los cientistas (ufólogos o epistemó­
logos) creen que cada imagen científica posee un referente

5 Véase sobre este tema el número especial de Terrain y más en


particular Elizabeth Claverie: « La Vierge, le désordre, la critique » , Ter­
rain vol. 1 4 , 1 9 90; y Pierre Lagrange: « Enquete sur les soucoupes volan­
tes » , Terrain vol. 14, 1 9 90.
EL TRABAJO DE LA IMAGEN 209

y que este referente es único y exterior a la imagen, como


un retrato de familia lo es de una familia. Pero miremos la
preparación, el montaje, la escritura, la lectura, el reproce­
sa miento de un riñón de hámster ( véase capítulo anterior)
o de un corte en microscopía electrónica, 6 o la lenta pro­

ducción de un mapa de pedología (véase capítulo siguien­


te) . ¿ Qué vemos ? Nada, y menos aún un referente exterior
de una imagen. En el mejor de los casos podemos esperar
que algo se conservará a través de la serie de transformacio­
nes de rastros. En vez de un referente exterior, nos enfrenta­
mos a un referente interior transversal, no localizable, que
circula a través de la red de transformaciones cuando todo
va bien y que se interrumpe cuando falla una u otra de los
miles de operaciones que le permiten correr.

Referente
lateral

PARACIENCIAS

Ida

Transformación de inscripciones


Regreso
Referente transversa/

CIENCIAS

Figura 1 0. 1 6

6 Véase la apasionante investigación del microscopista Michel


Mercier: Recherches sur l'image scientifique; genese du sens et significa­
tion en microscopie électronique, tesis de doctorado, Burdeos-1 1 9 8 7; y
del mismo autor: « Les images de microscopie électronique, construire
un réel invisible » , Culture technique vol. 2, 1 9 9 1 .
210 BRUNO LATOUR

El referente científico « se enciende » como un televiso r


si todos los elementos sucesivos de la red de transforma­
ciones se encuentran alineados. « Se apaga » si la mira del
telescopio está borrosa, si el ordenador vacila, si la tinta
de la estación gráfica se desparrama, si los biberones de
los ratones mantenidos en oliguria están demasiado lle­
nos. En la práctica científica una imagen desnuda no tiene
referente pese al repetido uso que se hace de tales imáge­
nes en la prensa popular o en las obras de vulgarización.
Tan solo se extraen a veces en el fluj o transversal de ras­
tros algunos ejemplos típicos que entonces se enmarcan y
se designan de forma solemne como el retrato del referen­
te o incluso como el propio referente. Pero nadie se enga­
ña en los oficios científicos a propósito de esa extracción
ni de ese enmarcado, y precisamente en este escepticismo
se reconoce a quien ha practicado la investigación. Con­
trariamente a los prej uicios creyentes, la profundidad de
las ciencias procede de que nos niegan definitivamente la
posibilidad de un acceso directo, inmediato, brutal al re­
ferente. Es incluso lo que las hace a la vez hermosas y ci­
vilizadoras. Por medio de una sorprendente paradoj a los
epistemólogos acreditan justamente a las ciencias lo que
ellas son incapaces de hacer: arrancarnos de la mediación
para entregarnos por fin al acceso desnudo a la referencia .
Al final del recorrido, en la cumbre de la montaña ,
tendremos con toda seguridad un referente estable, pero,
¿ qué hacer para probar su solidez ? ¿ Sacar inscripciones
para acceder a la propia cosa, como en la fábula de los
tres pequeños dinosaurios ? ¿ Abandonar a los mediadores
por el propio objeto de la mediación ? Es lo que piensan
los localistas, tan aterrorizados por la idea de abandonar
su mundo de prácticas locales que ni siquiera quieren oír
hablar de referente. Influidos por las creencias positivis-
EL TRABAJO DE LA IMAGEN 21 I

tas que combaten, ni siquiera pueden ver la originalidad


del trabaj o erudito. Sin embargo el referente que este últi­
mo produce difiere del de la creencia. No se encuentra en
el exterior, sino en el interior. Hablar de él no es imposi­
ble ni misterioso ni vergonzoso. A diferencia del numen de
Kant, no tiene nada de inaccesible. Por el contrario, corre
por todos los puntos de la red, sólido, movedizo y estable.
Una vez más será siguiendo el movimiento de la imagen, el
movimiento del desplazamiento de las inscripciones, como
podremos literalmente seguir su huella.

LA D INÁMI CA DE LOS IN STRUMENTO S

¿ Qué hacer con un referente transversal que circula a tra­


vés de una red de transformaciones o se interrumpe en el
momento en que falta cualquiera de sus operadores? Dos
cosas y solo dos. Por un lado disciplinar a los operadores
y alinearlos de modo a que « cuenten por uno » . Por otro,
extender la circulación de la red. Estas dos prácticas tam­
poco tienen nada de misterioso.
La primera es bien conocida por quienes reconstru­
yen la dinámica de los instrumentos: una manipulación
costosa y larga, hecha de operaciones sucesivas, se con­
vierte en una caj a negra que cuenta a su vez como una
sola operación -sea cual sea el número de elementos que
la componen. La impresión de inmediatez que dan ciertos
instrumentos deriva de esta disciplina. Nadie toma ya un
contador Geiger o un voltímetro por ejemplos complejos.
Cuentan « por uno » en el interior de otros instrumentos. Su
mediación no deja de ser indispensable -puesto que su au­
sencia basta para interrumpir la circulación de la referen­
cia-, pero pueden convertirse en simples intermediarios.
212 BRUNO LATOUR

Una investigadora, acumulando tales intermediarios en su


laboratorio sin disminuir el número de mediadores y sin ac­
ceder pese a todo al referente externo, asegurará sin embar­
go la circulación fiable del referente. Es esta mezcla de in­
mediatez (debida a la disciplina de los intermediarios) y de
mediación (debida a la multiplicidad verdaderamente ver­
tiginosa de los mediadores) lo que ha impedido hasta hoy
acomodar su imagen erudita. Los epistemólogos solo han
visto a los intermediarios, y los localistas a las mediaciones.
Pero es la segunda práctica de extensión del referen­
te lo que ha alterado tan profundamente a los observado­
res de las ciencias, porque parece aún más paradójica que
su circulación. No se puede salir al « exterior » de una red
científica, aunque no haya límite a su extensión. Compro­
bar la solidez de un hecho es extenderlo más allá mediante
una nueva conexión. Tomemos el ejemplo de un micros­
copista que desee fabricar la imagen de un mitocondrio.
No puede saltar fuera del estrecho radio de su haz de elec­
trones, los límites del conocimiento son los de los instru­
mentos -hasta entonces localistas como los positivistas
pretenden con razón. Sí, pero se equivocan sobre el lími­
te al imaginar que siempre permanecerá local y circuns­
tancial. Nuestro microscopista no saltará nunca fuera de
su red, pero mostrará en pleno centro de la biología mo­
lecular sus hermosas imágenes de mitocondrios. El mi­
tocondrio no se obtendrá con menos manipulación -se
extiende, por decirlo así, a lo largo de toda la red de pre­
paraciones-, pero se convertirá en adelante en un objeto
garantizado por los laboratorios de los biólogos. La red
no se detiene ahí. Los biólogos, a partir de ahora « abona­
dos » a la práctica del microscopista, dibuj arán diagramas
de mitocondrios y compararán una j unto a otra en sus ar­
tículos la imagen del microscopista y la de su esquema de
EL TRABAJO DE LA IMAGEN 213

funcionamiento. El mitocondrio -referencia transversal­


se extenderá más lejos aún. Esto no es todo. Los manua­
les de biología incorporarán las imágenes y los esquemas,
extendiendo el mitocondrio a lo largo de un número de
puntos mayor aún. Tampoco termina aquí. Se construirá
en un Exploratorium una maqueta de tamaño natural de
dicho mitocondrio. La referencia transversal se extenderá
a su vez entre los escolares. Tampoco es todo. El público
medicalizado acabará por « tener » células y esas células
acabarán por « tener » mitocondrios. Desde los laborato­
rios hasta los hospitales circula ahora una referencia eS ta­
ble que puede ilustrarse, subrayarse o dibuj arse extrayen­
do en todo momento un rastro cualquiera a lo largo del
fluj o. Siguiendo de este modo el rastro de la práctica de
extensión, ¿ qué perdemos de la verdad científica ? Conser­
vamos la especificad del trabaj o erudito -la seguridad de
los referentes objetivos- sin conservar nada de la filosofía
de las ciencias que pretendía dar cuenta de ello.
Los localistas, como buenos positivistas, quieren de­
volver los conocimientos a los límites de la práctica. Muy
bien. Entonces sigamos esa práctica hasta el final. Pero
precisamente no tiene final. Es una red que se prolonga
en los dos extremos y a la que no puede dictarse a prio­
ri ningún fin. Al contrario, la referencia trasversal se vol­
verá más real cuanto más lejos circule. Diseminándose se
encarna, se carga, hasta el punto de que el mitocondrio se
convierte en un objeto corriente de nuestra realidad. Segu­
ro que no saldremos nunca de las redes de producción del
mitocondrio, del mismo modo que una merluza no pue­
de seguir congelada si sale de la cadena de frío, pero pue­
do « abonarme » al mitocondrio conectándome a la red en
que circula, del mismo modo que puedo comprar merlu­
za tanto fresca como congelada a mil millas de cualquier
214 BRUNO LATOUR

mar conocido. En ambos casos la deslocalización no tien e


nada de misterioso, expande en muchos puntos elemen­
tos estables, siempre que los instrumentos estén aj ustados,
mantenidos y sobre todo que permanezcan alineados en
continuo. Si se dotasen los hechos científicos con peque­
ños dispositivos para detectar la interrupción de esta « ca­
dena de frío » se percibiría que la mayor parte de los que
consumimos diariamente no son frescos y han permane­
cido largo tiempo fuera de los habitáculos o receptáculos
que les protegen de la corrupción.
Se dirá que la metáfora es mala porque los barcos-fac­
toría pescan a pesar de todo pescado y que el microcopio
electrónico no atrapa un mitocondrio, sin lo cual volve­
ríamos al realismo ingenuo y los instrumentos se conver­
tirían en simples intermediarios que conservarían intacta
una carne fresca exterior a nuestras prácticas. Para quien
haya comido « pescado cuadrado » , como dicen mis hij os,
la metáfora no es tan mala. Será muy listo quien descubra
en esos rectángulos sólidos y empanados el brillo vivo de
la merluza en el mar ( ¡gracias a esa distancia logro que
coman pescado ! ) . Los paralelepípedos granulados tienen
una relación con él -relación que se puede rastrear hasta
el día de la pesca en el barco-factoría siguiendo los núme ­
ros del código inscritos en la caj a-, pero esta relación no
dej a de ser distante y solo podemos medirla incluyendo la
serie continua de operaciones que han transformado y a
la vez mantenido el pescado cuadrado. Tales operaciones
no transportan intacto el pescado vivo. Lo regeneran y le
dan una extensión formidable que le permite sobrevivir al
aire libre, more geometrico, sumergido en cámaras de frío
hasta el plato de mis hij os. Del mismo modo que la palabra
« pescado cuadrado » designa al conj unto de lo que circula
en la red de la pesca industrial de la merluza, la palabra
EL TRABAJO DE LA IMAGEN 215

« mitocondrio » no puede designar solamente un extremo,


sino el conj unto de la red de transformaciones. No, segu­
ro que no, la metáfora no era tan mala, ya que los cono­
cimientos eruditos, al igual que la pesca industrial, proce­
den de savoirs-faire de los constructores de redes.
Las dos prácticas que acabo de describir demasiado
rápidamente mediante imágenes y comentarios --el alma­
cenamiento en la caja negra de los intermediarios y la ex­
tensión de las redes de inscripciones- explican la dificul­
tad de entender correctamente la inteligencia erudita. Se
redistribuye dos veces. Comparte sus privilegios con los
instrumentos que nunca pueden suprimirse, incluso cuan­
do es posible alinearlos y hacerlos « contar» por uno. Es
coextensiva con sus redes de difusión. Su universalidad
no tiene nada que ver por lo tanto con los privilegios in­
verosímiles que desean darle los epistemólogos. Pero tam­
poco es localizada como a los antiepistemólogos les gus­
taría . Todo el mundo puede « abonarse » a un referente
científico del mismo modo que se abonan a la televisión
de pago o al gas. Pero « todo el mundo » tiene que pagar
el precio fuerte. Se necesitan conductos, conductas, ins­
trumentos, empleados, máquinas, centrales. Lo universal
relativo es producto de la inteligencia erudita, pero ni los
universalistas ni los localistas lograban entenderlo antes
de que se intentaran describir los savoir-faire de la ima­
gen científica . Lo que solo podía mostrarse mediante un
reportaje fotográfico.
E L « PE D Ó F I L » D E B OA VI STA,
M O NTAJ E FOTO F I L O S Ó F I C 0 1

Figura r r.r

Figura r r . r - A l a izquierda u n a gran sabana, a l a de­


recha e l extremo abrupto de un tupido bosque. Se d iría
que los campesinos crearon esta l ínea de demarcación en­
tre dos m undps, uno seco y vacío, el otro hú medo y l leno,
media nte e l hacha y la sierra . Sin embargo nadie cultivó
n u nca esas tierra s . Ningún cordel sirvió n u nca para tra·

1 Agradezco a A r m a n d C h a u v e l haberme inici ado a los encantos


de la pedología y a René Bou let h a ber enderezado, con paciencia y mag­
nanim idad, mis n u merosos errores.
EL « PEDÓFI L» DE BOA VISTA 217

zar esa línea de demarcación que s e extiende centenares


de kilómetros. Aunque la sabana sirva de pasto para los
bueyes de un latifundista, se detiene naturalmente en el lí­
mite del bosque que no señala ninguna barrera artificial.
Pequeños personajes perdidos en el paisaje, desplaza­
dos como en un cuadro de Poussin, apuntan con el dedo,
con la mirada o con un bolígrafo ciertos fenómenos que
les parecen dignos de interés.
La primera señala con el dedo árboles y plantas. Edi­
leusa Setta-Silva es brasileña, vive en esta región, en la pe­
queña ciudad de Boa Vista, capital de uno de los estados
de la Amazonia, el de Roraima, donde enseña botánica en
la minúscula universidad del lugar. (No miren automáti­
camente el mapa de su casa para situarse, puesto que del
mapa precisamente quiero hablar más adelante para situar
la referencia de las ciencias exactas y de las más flexibles
que las estudian . )
U n segundo personaje a l a derecha mira con atención,
interés y algo de placer lo que le indica Edileusa. Armand
Chauvel es francés, enviado en misión por el ORSTOM, ins­
tituto de investigación de nuestro antiguo imperio de ultra­
mar, convertido sin cambiar de sigla en « de investigación
científica para el desarrollo y la cooperación » . Armand no
es botánico, sino pedólogo (la pedología es la ciencia de los
suelos, no hay que confundirla con la geología, ciencia del
subsuelo, ni con la podología, medicina de los pies) . Vive en
Manaus, casi a mil kilómetros, en un centro de investigación
brasileño, el INPA, al que el ORSTOM financia el laboratorio.
Hélolse Filizola, la tercera, toma notas en un cuader­
nito. Es geógrafa o más bien, como ella misma insiste,
geomorfóloga, estudia la larga historia natural y a la vez
humana de las formas del relieve. Brasileña igual que Edi­
leusa, pero del sur, de Sao Paulo, a varios miles de kiló-
218 BRUNO LATOUR

metros, también es profesora en una facultad de ciencia s,


desmesuradamente mayor que la de Boa Vista.
Yo disparo la foto y soy quien les muestra esta esce­
na y la monta mediante la presente explicación. Antrop ó­
logo francés, mi oficio es seguir a los científicos en su tra­
bajo . Familiarizado con los laboratorios, por una vez he
decidido seguir los pasos de una expedición gracias a un
contrato del Ministerio de Medio Ambiente. Un poco fi­
lósofo, he optado por utilizar el relato de esta misión para
entender el trabaj o de la referencia científica. Mediante el
presente ensayo de fotofilosofía también yo les traigo, lec­
tores, un poco del bosque de Boa Vista, les muestro algún
rasgo de la inteligencia de los sabios y me esfuerzo en to­
car con los dedos la labor necesaria para tal transporte,
para tal referencia.
¿ De qué hablan nuestros amigos en esta mañana de
1 99 1 , tras haber conducido el Land Rover por malos ca­
minos hasta este lugar de observación que Edileusa reco­
rre con atención desde hace varios años, anotando el cre­
cimiento de los árboles y haciendo tanto sociología como
demografía de las plantas ? Hablan de suelo y de bosque.
Pero dado que pertenecen a dos disciplinas bastante dife­
rentes, hablan de ello de modo diferente.
Con el dedo Edileusa señala primero ciertas especies
de árboles, endurecidos contra el fuego, que solo crecen
en la sabana, rodeados de plántulas. También encuentra
las mismas especies en el borde del bosque, más vigorosas,
pero sin plántulas. Incluso logra encontrar algunas diez me­
tros bosque adentro, pero mueren por falta de luz. ¿ Acaso
el bosque avanza ? Edileusa duda. Según ella el gran árbo l
que ustedes contemplan en el centro de la imagen podría
ser un pionero, lanzado tomo una avanzadilla por el bos­
que, al menos que sea lo contrario, la retaguardia sacrifi-
EL « PEDÓFIL» DE BOA VISTA 219

cada por el bosque que la sabana hace retroceder sin pie­


dad. ¿ Avanza o retrocede el bosque ?
Es la pregunta que interesa a Armand y le hace venir
de tan lejos. Edileusa tiene la intuición de que el bosque
avanza, pero no puede estar segura ya que los datos bo­
tánicos son demasiado confusos y el mismo árbol podría
j ugar ambos papeles contradictorios de pionero o de reta­
guardia. A simple vista, para el pedólogo Armand, quien
roe lentamente el bosque es la sabana, degradando el sue­
lo arcilloso que necesita el crecimiento vigoroso de los ár­
boles y volviéndolo arenoso, donde solo crecen la hierba
y magros arbustos. Si todo el saber de un botánico hace
inclinar a Edileusa del lado del bosque, todo el saber de
la pedología hace inclinar a Armand del lado de la saba­
na. Los suelos van de la arcilla a la arena y de la arena a
la arcilla, todo el mundo sabe eso. Nunca se han visto a
los suelos remontar la pendiente de esa degradación. Si
las leyes de la pedología no se opusieran, las de la termo­
dinámica lo harían.
Nuestros amigos se encuentran por tanto ante un buen
conflicto, a la vez cognitivo y disciplinario. Para resolver­
lo, una expedición sobre el terreno es plenamente j ustifica­
ble. El mundo entero tiene interés en la selva amazónica.
Que la de Boa Vista, en el extremo de las zonas tropica­
les húmedas, avance o retroceda debería interesar a los
financieros. Que deban mezclarse en una misma misión
los saberes de la botánica y la pedología lleva a un argu­
mento fácil, aunque sea poco habitual. La cadena de tra­
ducciones no es demasiado larga y permite que cuadre el
presupuesto. No me extenderé ahora sobre la política de
esta expedición, puesto que trato de seguir como filóso­
fo la referencia científica y no como sociólogo su « con­
texto social » .
220 B R U N O LATO U R

Figura r r . 2

Figura r r . 2 Por l a mañana, antes d e salir, nos encon­


-

tramos en la terraza del pequeño hotel-restaurante Euse­


bio en el centro de Boa Vista -pueblo bastante desvenci­
j ado donde se vende el oro que los garimperos arrancan
al río, al bosque y a los indios Yanomami con palas, mer­
curio y fusiles.
.
Para esta misión Armand, a la derecha, ha pedido ayu­
da a su colega René Boulet, el hombre de la pipa, francés
como él y también como el pedólogo del ORSTOM, pero
instalado en Sao Paulo. Dos hombres. Dos muj eres. Dos
franceses, dos brasileñas. Dos pedólogos, una geógrafa,
una botánica . Tres extranj eros, una autóctona . Los cua­
'
tro se inclinan sobre dos tipos de mapas y señalan con el
dedo el lugar preciso en que se encuentra el punto baliza­
do por Edileusa. Sobre la mesa una caja naranj a, el indis­
pensable topofil del que volveré a hablar.
El primer mapa, impreso en papel, corresponde a la
hoj a del atlas compilado por Radambrasil a la m illonési-
EL « PEDÓFI L» DE BOA VISTA 221

ma que cubre toda l a Amazonia. Pronto aprenderé a po­


'
ner entre comillas e l verbo « cubrir » , ya que los hermosos
colores amarillos, naranjas y verdes del mapa no siempre
corresponden, según mis informadores, a los datos pe­
dológicos. Por eso quieren precisarlos mediante una foto
aérea en blanco y negro al cincuenta milésimo. Una sola
inscripción no puede inspirar confianza, pero la superpo­
sición de dos permite garantizar, por lo menos a grandes
rasgos, la ubicación del lugar.
La situación es tan banal que olvidamos su completa
originalidad: cuatro sabios dominan con la mirada dos ma­
pas del paisaje en el que sin embargo se hallan inmersos.
{ Las dos manos de Armand y la mano derecha de Edileusa
tienen que alisar los bordes de la foto que se levantan, ya
que la c omparación se perdería y el trazo que todos bus­
can dejaría de aparecer. ) Quitemos los dos mapas, difumi­
nemos las convenciones cartográficas, borremos las dece­
nas de miles de horas invertidas en los atlas Radambrasil,
interceptemos los radares de los aviones y nuestros cuatro
sabios se encontrarían perdidos en el paisaje, forzados a
recomenzar todo el trabaj o de exploración, de ubicación,
de triangulación y de tramado de sus centenares de pre­
decesores. Sí, los sabios dominan el mundo, pero solo si
el mundo viene a ellos en forma de inscripciones en dos
dimensiones, superponibles y combinables. Es siempre lo
mismo desde Thales al pie de las pirámides.
Observe el querido lector que el propietario del res­
taurante parece tener el mismo problema que nuestros in­
vestigadores y que Thales. Si no hubiera inscrito en gran­
des caracteres negros sobre la mesa de su terraza la cifra
« 29 » se vería incapaz de recorrer su propio restaurante y,
desprovisto de puntos de referencia, no podría tomar la
comanda de cada mesa ni repartir luego las cuentas. Aun-
222 BRUNO LATOUR

que tenga la pinta de un mafioso cuando por la mañan a


asoma su enorme vientre sobre las mesas, también necesi­
ta inscripciones para dominar con la mirada la economía
de su negocio. Si se borrasen las cifras escritas sobre las
mesas, se encontraría tan perdido en su restaurante como
los sabios privados de mapas.
En la imagen anterior nuestros amigos se hallaban
sumergidos, dominados por el mundo del que tenían que
extraer formas con el dedo. No sabían. Dudaban. En esta
imagen saben. ¿ Por qué ? Porque pueden señalar con el dedo
fenómenos dominados con la mirada utilizando los saberes
institucionalizados de disciplinas centenarias: la trigono­
metría, la cartografía, la geografía. En el suplemento de sa­
ber ganado de esta forma tenemos que contar los satélites,
el cohete Ariadne, los bancos de datos, los dibuj antes, los
grabadores, los impresores . . . a todos aquellos cuyo traba­
jo se encuentra aquí movilizado sobre el papel. Queda el
gesto del dedo, la deíctica por excelencia. « Aquí, allá, yo,
Edileusa, salgo del discurso y señalo sobre el mapa, sobre
la mesa del restaurante, la situación del lugar al que ire­
mos en un rato, cuando el técnico Sandoval nos venga a
buscar con el Land Rover » .
¿ Cómo pasar de la primera imagen a la segunda ? ¿ Como
pasar de la ignorancia a la certeza, de la debilidad a la fuer­
za, de la inferioridad al dominio del mundo mediante la
mirada ? Esta es la cuestión que a mí me interesa y me hace
venir de tan lejos no para resolver como mis amigos la di­
námica de la transición bosque-sabana, sino para describir
este pequeño gesto con el dedo señalando al referente del
discurso. ¿ Las ciencias hablan del mundo ? Es lo que pre­
tenden, y sin embargo el dedo de Edileusa solo señala un
punto codificado en una foto que parece por algunos ras ­
gos como una serie de figuras grabadas en un mapa. Aire-
EL « PEDÓFIL» DE BOA VISTA 22 3

dedor de la mesa del restaurante estamos lej os el bosque


del que ella habla con tanto aplomo, como si lo tuviera en
la mano. Las ciencias no hablan del mundo, sino que cons­
truyen artificialmente sus representaciones, las cuales pa­
recen alejarlo cada vez más y sin embargo lo aproximan.
Mis amigos quieren descubrir si el bosque avanza o re­
trocede y yo cómo las ciencias pueden ser al mismo tiem­
po realistas y construistas, inmediatas y mediatas, seguras
y frágiles. ¿ El discurso de las ciencias tiene un referente ?
Cuando hablo de Boa Vista, ¿ a qué nos remite esta pala­
bra ? ¿ Ciencia y ficción se distinguen entre ellas ? ¿ Cómo
mi manera de hablarles de ellas mediante un fotomontaje
se distingue de la manera con que mis informadores ha­
blan a propósito del suelo ?
Los laboratorios constituyen excelentes lugares para
entender la producción de certezas, por eso me gusta tan­
to estudiarlos, pero tienen el grave inconveniente de des­
cansar, como aquellos mapas, sobre una sedimentación
indefinida de otras disciplinas, instrumentos, lenguajes y
prácticas. Ya no se ve en ellos balbucear a la ciencia, sur­
gir, hacerse a partir de nada, enfrentándose directamente
al mundo. En el laboratorio siempre hay un universo ya
construido parecido al de las ciencias. Por consiguiente
la referencia se parece siempre en ellos a una tautología,
al mundo conocido y el mundo conocedor actuando en­
tre sí. Pero no en Boa Vista . Las ciencias se mezclan aquí
bastante mal con los buscadores de oro y las aguas blan­
cas del Río Branco. Acompañando a la expedición voy
a poder seguir el rastro de una disciplina relativamente
pobre y liviana que hará baj o mis ojos sus primeros pa­
sos, como habría podido observarla si en los siglos ante­
riores hubiera recorrido Brasil tras las huellas de Jussieu
o de Humboldt.
224 B RU N O LATO U R

Figura r r . 3

Figura I I . 3 - E n e l gran bosque, una rama horizontal


destaca sobre u n fondo uniformemente verde . En esta rama
u n a pequeña eti q ueta metálica blanca prendida con u n cla ­
vo o x i d a d o e n e l que se h a l l a inscrito e l n ú mero « 2 3 4 » .
D u ra nte los miles de años e n q u e los h u manos han re­
corrido este bosque para cultivar las á reas defo restadas,
nadie tuvo l a curiosa idea de colgarle números. Ha sido
EL « PEDÓFIL» DE BOA VISTA 225

necesario que u n científico pasara por ahí, a menos que se


trate de un forestal que designe de este modo los árboles
para talar. En ambos casos debe tomarse como la acción
de un contable meticuloso.
Después de una hora de Land Rover llegamos a la
parcela estudiada por Edileusa . Igual que el propietario
del restaurante de la imagen anterior, la investigadora no
podría recordar durante mucho tiempo la diferencia en­
tre lugares sin marcarlos de una forma u otra. Así pues
colocó a intervalos regulares esas pequeñas etiquetas de
modo que cubrieran, como en un embaldosado de datos
cartesianos, las varias hectáreas de su zona. Los números
le servirán a continuación para registrar en su cuaderno
de notas las variaciones de crecimiento y de aparición de
especies. Cada planta posee lo que se llama una referencia
a la vez geométrica ( por atribución de coordenadas) y de
gestión de stocks ( por colocación de un número específico) .
Pese a l a liviandad de esta expedición, n o asistiré al
nacimiento de una ciencia a partir de nada . Mis colegas
pedólogos solo pueden comenzar con provecho su traba­
jo si discurren por un área ya balizada por otra ciencia, la
botánica. Creía que me encontraba en el bosque, pero por
el efecto de este cartel nos encontramos en un laboratorio,
sin duda minimalista, balizado por la tabla de coordena­
das. El bosque, pautado, se presta a la recogida de infor­
maciones sobre el papel igualmente pautado. Me encuen­
tro ante la tautología naciente que creía abandonar. Una
ciencia siempre oculta a otra . Si quitara los cartelitos o los
mezclara, Edileusa sería presa del pánico como esas hormi­
gas gigantes cuya trayectoria perturbo cuando paso sua­
vemente el dedo sobre sus autopistas químicas.
226 B RUNO LATO U R

Figura 1 1 .4

Figura r r . 4 - Edileusa toma muestra s . Siempre olvi­


damos que la pala bra « referencia » , prestada del inglés,
procede de l a pala bra latina referre q ue significa i n for­
mar. ¿ La referencia es lo que señalo con e l dedo fuera del
discurso o lo q u e incorporo al discurso ? Este es el o b j eto
del presente monta j e .
EL « PEDÓFIL» DE BOA VISTA 22 7

En la abundante variedad de plantas, Edileusa toma


muestras de ciertas especies representativas que correspon­
den a los tipos reconocidos por la taxonomía: Guatteria
schomburgkiana, Curatella americana, Connarus favosus.
Las reconoce, como ella dice, igual que a los miembros de
su propia familia. Cada una de las plantas que extrae re­
presenta a los miles de ejemplares de la misma especie pre­
sentes en el bosque, en la sabana y en la orilla entre am­
bos. No es un ramillete de flores lo que reúne, sino pruebas
que desea conservar como referencia, utilizando ahora otro
sentido de la palabra. Lo que ha escrito en su cuaderno de
notas con el bolígrafo debe poder recordarlo y referirse a
ello en el futuro. Si dice que Afuma/ata diasporis, planta
habitual en el bosque, se encuentra en la sabana solamen­
te a la sombra de algunas especies forestales que logran
sobrevivir, es preciso que conserve no toda la población,
sino una muestra que le servirá de testigo silente.
En el ramillete que acaba de recoger podemos reco­
nocer dos rasgos de la referencia : por un lado la econo­
mía, la inducción, el ataj o, el embudo que la lleva a aga­
rrar una brizna de hierba como único representante de
miles de hierbas y, por otro lado, la conservación de una
muestra que le servirá más adelante como garante cuan­
do dude de sí misma u otros colegas duden de sus pala­
bras por distintos motivos.
Igual que las notas a pie de página que sirven en las
obras eruditas como referencias -he aquí otro uso de la
palabra- para que los curiosos y los escépticos puedan
remitirse a ellas, el ramillete de muestras garantizará el
texto de su informe de misión. El bosque no puede conce­
der directamente crédito al texto de Edileusa, pero puede
hacerlo indirectamente mediante la extracción de garan­
tes representativos cuidadosamente conservados y etique-
228 B RUNO LATO UR

tados que transportará a l mismo tiempo que el cuaderno


de notas hasta su pequeña colección en la universidad de
Boa Vista . Se podrá pasar de su informe a los nom bres de
las plantas y de esos nom bres a las m uestras desecadas y
clasificadas. A partir de esta ú ltimas, en caso de necesida d
y gracias a su cuaderno, se podrá regresar al área pauta­
da de la que partió.
Un texto habla de plantas. Un texto tiene plantas por no­
tas a pie de página. Un texto reposa sobre un lecho de hojas . . .

Figura 1 r.5
EL « PEDÓFIL» DE BOA VISTA 229

Figura 1 r . 5 - Tres estanterías componen un cuadro cru­


zado de columnas y líneas, de abcisas y coordenadas. Nos
encontramos en un instituto de botánica, lejos del bosque,
en Manaus. Cada casilla del cuadro sirve para clasificar, con­
servar y nombrar. Este mueble es una teoría, apenas más pe­
sada que el cartel de la foto 1 r . 3 , pero capaz de organizar
el despacho en que nos encontramos como intermediario
perfecto entre lo material (ya que lo alberga) y la lógica (ya
que lo clasifica), entre la caja y el árbol del conocimiento.
Las etiquetas señalan los nombres de las plantas re­
cogidas. Carpetas, camisas y subcamisas no cobijan tex­
tos, formularios administrativos o correo, sino plantas, las
mismas plantas extraídas del bosque, pero que el botáni­
co ha desecado a 40 grados para matar a los hongos y ha
prensado con papel de periódico.
¿ Estamos lejos o cerca del bosque ? Cerca, puesto que
se halla por entero en esta colección. ¿ Todo el bosque ? No.
Faltan las hormigas, las tarántulas, los árboles, el suelo, los
gusanos, los monos chillones cuyos gritos se oyen a kiló­
metros a la redonda. Solo han llegado hasta la colección
las muestras o representantes que interesan al botánico.
¿Así pues estamos lejos del bosque ? Digamos que nos en­
contramos entre los dos, poseyéndolo por entero median­
te algunos delegados, como si el Congreso de Diputados
permitiera encerrar a todo el país, metonimia muy econó­
mica, tanto en ciencia como en política, mediante la cual
una minúscula parte permite captar al inmenso todo.
¿De qué serviría transportar hasta aquí a todo el bos­
que ? Nos perderíamos. Haría calor. El botánico no po­
dría discernir nada más que en su parcela. Aquí ronronea
el dimatizador. Aquí las propias paredes se convierten en
tablas cruzadas donde las plantas encuentran el lugar que
les pertenece en una taxonomía estandarizada desde hace
230 B RUNO LATO U R

varios siglos. El espacio se ha convertido en cuadro, el c u a ­


d r o en estantería, la estantería en concepto y el concepto
en i nstituci ó n .
No esta mos por l o tanto n i muy lej os n i muy cerca
del área de un rato antes. Esta mos a considerable distan­
cia y l a abandon a m o s transportando u n pequeño núme­
ro de rasgos pertinentes. En e l tra nsporte algo se ha con­
servado. Si lograse captar este invariante, este no sé qué,
tengo l a i mpresión de que entendería l a referencia erudita.

Figura r r .6
EL « PEDÓFIL» DE BOA VISTA 23 1

Figura 1 1 . 6 En el pequeño reducto donde el botá­


-

nico alberga su colección, una mesa se extiende como la


del restaurante de antes. Encima se despliegan las mues­
tras traídas de distintos lugares en momentos distintos.
La filosofía, el arte del asombro, tendría que preocuparse
ante esta mesa, puesto que en ella se entiende por qué el
botánico gana más con su colección de lo que pierde ale­
jándose del bosque.
Primera ventaj a: más confort: desplegando las pági­
nas de papel de periódico el botánico abre paso a tallos
y flores secas para poder examinarlos tranquilamente, es­
cribiendo a su alrededor como si se imprimiesen directa­
mente en papel o al menos se volviesen compatibles con
él. La gran distancia entre lo escrito y las cosas ya solo es
de pocos centímetros.
Segunda ventaj a, igualmente valiosa: una vez clasifica­
das, las muestras procedentes de tiempos y lugares distin­
tos se vuelven contemporáneas sobre la mesa, y por esta
razón visibles con la misma mirada unificadora. La planta
clasificada tres años antes y la de ahora, recogidas a más
de mil kilómetros, conspiran en la mesa para formar un
cuadro sinóptico.
Tercera ventaja, también decisiva: el investigador puede
desplazar las muestras y sustituirlas unas por otras como
si mezclara naipes; las plantas aún no son del todo signos,
pero ya se han convertido en tan móviles y recombinables
como los tipos de imprenta en plomo.
No resulta sorprendente que el botánico pueda exa­
minar las hoj as con calma y al fresco hasta ver emerger
patterns que ningún predecesor pudo nunca discernir. Lo
contrario debería sorprendernos más. La innovación del
conocimiento sale con toda naturalidad de la colección
desplegada en la mesa . En el bosque, en el mundo directo,
23 2 BRUNO LATO UR

con los árboles enteros, las plantas, las raíces, el suelo, los
gusanos y todo el asunto, el botánico no podría desplegar
tranquilamente esta paciencia, este puzle sobre la mesa
de j uego. Sentada cómodamente, ahora ve otras configu ­
raciones, invisibles hasta el momento, ya que nunca estas
hoj as dispersas en el tiempo y el espacio habrían podido
encontrarse sin ella ni redistribuir sus rasgos con nuevas
combinaciones sin ella.
Cualquier sabio en la mesa de j uego a partir del mo­
mento en que tiene sus cartas en la mano se vuelve estruc­
turalista . No sirve de nada buscar más allá la martingala
que les hace ganar siempre contra quienes sudan en el bos­
que, abrumados por los fenómenos complej os tan simple­
mente presentes, indiscernibles, imposibles de captar, reba­
tir o dominar. Perdiendo el bosque se gana saber sobre él.
En la colección del naturalista suceden cosas a las plan­
tas que no les habían sucedido nunca desde que el mundo
es mundo. Se ven desprendidas, separadas, conservadas,
clasificadas, nombradas y luego reagrupadas, reunidas, re­
distribuidas según principios enteramente nuevos que de­
penden del investigador, del botánico estandarizado des­
de siglos atrás y de la institución que los alberga, pero que
ya no se parecen demasiado a los principios del génesis a
que obedecían en el gran bosque. El botánico aprende co­
sas nuevas y se transforma en la misma medida, pero las
plantas también se transforman. Ninguna diferencia des­
de este punto de vista entre la observación y la experien­
cia, que son construcciones en ambos casos. Desplazándo­
se hasta esta mesa, la interficie bosque/sabana se convierte
en un mixto de sabio, botánico y bosque cuya composi­
ción deberé calcular más adelante.
Sin embargo el naturalista no siempre gana. En el rin­
cón derecho de la imagen veo un espectáculo que me asus-
EL « PEDÓFIL» DE BOA VISTA 23 3

ta. Un enorme montón de hojas de periódico repleto de


plantas recogidas sobre el terreno a la espera de ser clasi­
ficadas. El botánico lleva retraso. Ocurre siempre lo mis­
mo en todos los laboratorios. A partir del momento en que
se sale en misión o se conecta un instrumento, pronto se
ve uno sumergido por los datos. Yo también tengo el mis­
mo problema, incapaz de decirlo todo sobre esta misión
de quince días. Cuentan que Darwin, al regreso de su via­
je, tuvo que mudarse rápidamente de casa por culpa de
las caj as de tesoros que no dej aban de salir de las bode­
gas del Beagle. El bosque, incluso cuando se le reduce a la
mínima expresión, puede volverse espeso tan rápidamente
dentro de la colección como los arbustos entremezclados
de los que se partió. El mundo puede volverse confuso en
cualquier momento de este desplazamiento, en el montón
de hoj as por repertoriar, en las notas que toma el botáni­
co que le sumergen, en los reprints enviados por sus co­
legas, en la biblioteca donde se amontonan los números
de las revistas. Apenas ha regresado debe partir de nuevo;
apenas el primer instrumento está conectado debe pensar
en otro de segundo rango para esponj ar lo que ha inscri­
to el anterior. Debe apañárselas siempre con rapidez para
no verse dominado de nuevo por el mundo de los árbo­
les, las plantas, las hoj as, el papel, los escritos. El conoci­
miento procede de este movimiento, no de la simple con­
templación del bosque.
234 B RU N O LATO U R

Figura l l .7

Figura I I . 7 - Las cinco últimas fotografías no nos han


enseñado nada que no supiéramos4• He tenido que sobre­
volar demasiado deprisa las transformaciones a que Edi­
leusa sometía a l bosque. He opuesto muy bruscamente la

2 Véase el capítu l o anterior, así como l o s notables a rtícu los de Su­


san Leigh Star y J i m Griesemer: « l nstitutional Ecology, 'Translations'
and Boundary Objects: Amateurs and Professionals in Berkeley's M use­
um of Vertebrate Zoology, 1 9 07 - 1 9 3 9 •> , Social Studies of Science v o l . 1 9 ,
1 9 8 9 ; John Law y M i k e Linch: « Lists, Field G uides and the Descripti ve
O rganization of Seeing: Bi rdwatching as an Exemplary Observational
Activity » , en Michael Linch y Steve Woodgat ( d i r. ) : Representation in
Scientific Practice, M IT Press, Ca m bridge Mass, 1 9 90; y Michael Linch :
« La rétine extériorisée: sélection et mathématisation des documents vi­
suels » , en Culture technique vol. 1 4 , 1 9 8 5; así como Bruno La tour: Cien­
cia en accción, Ed. Labor, Barce lona, 1 9 9 2, capítuJo N.
EL « PEDÓFIL» DE BOA VISTA 23 5

imagen del botánico señalando a los árboles con el dedo


a la del naturalista dominando las muestras sobre su mesa
de trabaj o. Pasando de golpe del terreno a la colección, me
he perdido el espacio entre ambos, sin embargo decisivo.
Nunca se pasa de esta forma de las cosas a las palabras,
de la referencia al signo, sino por caminos intermedios que
debo describir con más cuidado. Si digo « el gato se en­
cuentra sobre la estera » puede parecer que designo direc­
tamente a un gato cuya presencia efectiva sobre la estera
validará mi frase. Pero si digo que el bosque de Boa Vista
avanza sobre la sabana, ¿ cómo puedo señalar con el dedo
eso cuya presencia efectiva es lo único que puede otorgar
a mi frase un valor de verdad ? ¿ Cómo convertir en cosas
un enunciado más complicado y sobre todo más infrecuen­
te que el del célebre gato sobre la celebérrima estera ? ¿ Por
qué medios comprometer a los obj etos en el discurso? Se
debe regresar sobre el terreno y seguir con atención no ya
a Edileusa en su colección, sino a nuestros amigos en el
propio bosque. Tras haber resumido lo que ya sabía sobre
la imaginería erudita, tengo que captar en vivo otros inter­
mediarios que hasta ahora se me han escapado.
En esta foto no se ve nada con claridad . Porque j us­
tamente hemos abandonado el laboratorio y nos encon­
tramos en pleno bosque virgen. Los investigadores solo se
distinguen como manchas marrones y azules sobre fondos
verdes que podrían desaparecer en cualquier momento si
se alejaran unos de otros.
René, Armand y Hélolse discuten alrededor de un agu­
jero. Los agujeros son a la pedología lo que la colección de
muestras a la botánica: oficio de base y obj eto de todas las
atenciones. Dado que la estructura de un suelo se encuen­
tra siempre oculta baj o los pasos del caminante, los pedó­
logos solo pueden desplegar su perfil cavando una zanj a .
23 6 B R U N O LATO U R

El perfil es e l conj u nto de c a p a s sucesivas que denominan


con el hermoso nom bre de horizonte. El agua de l l uvia,
las p l a ntas, las raíces, los gusanos, los topos, los m i l l ones
de bacterias transforman la roca madre ( estudiada por lo s
geólogos ) en otros tantos horizontes distintos que los pe­
dólogos aprenden a d iscernir, clasificar y enca j a r unos con
otros en u n a historia que llaman « pedogénes is » .
Siguiendo las costumbres de s u oficio, han querido sa­
ber si l a roca madre era distinta, a cierta profundidad, e n la
sabana y en el bosque. Hipótesis simple que habría puesto
fin a la controversia entre la botánica y la pedología . Ni el
bosque ni la sabana retrocederían, ya que el límite abrupto
que los separa reflej aría simplemente la diferencia del suelo.
El epifenómeno se explicaría por la infraestructura . Pero a
profundidades superiores a 5 0 cm el suelo aparece rigurosa­
mente igual baj o la sabana que baj o el bosque. La h ipótesis
por infraestructura no se sostiene. Nada en l a roca madre
parece explicar la diferencia total de horizontes s uperficiales
-arcillosos bajo el bosque, arenosos bajo l a sabana. El per­
fil es raro, muy raro . La excitación de mis amigos aumenta.

Figura r I.8
EL « PEDÓFIL» DE BOA VISTA 23 7

Figura 1 r . 8 - En la imagen René, de pie, me apunta


con un aparato que asocia a la brúj ula con el clinómetro
para levantar un primer punto de referencia topográfico.
Aunque lo aprovecho para sacar una foto, j uego en reali­
dad el papel de poste de alineación sin duda menor pero
adaptado a mi estatura, para que René pueda situar con
precisión el lugar donde los pedólogos van a cavar sus zan­
jas. Perdidos en el bosque, los investigadores se apoyan en
las formas más antiguas y las organizaciones del espacio
más primitivas, apropiándose del lugar mediante estacas
que permitan distinguir formas geométricas sobre el rui­
do de fondo o al menos establecer las condiciones de po­
sibilidad para el reconocimiento de las formas.
Inmersos de nuevo en el bosque, se ven obligados a
apoyarse en la más antigua de las ciencias, la medida de
los ángulos, la geometría de la que Michel Serres ha con­
tado varias veces el origen mítico' .
Una vez más una ciencia, la pedología, debe inserirse
en la red trazada por una disciplina más antigua, la agri­
mensura, sin lo cual cavaríamos las zanjas al azar, incapa­
ces de remitirlas al papel milimetrado del mapa concreto
que René quiere elaborar. La sucesión de triángulos servi­
rá de referencia y se añadirá a la numeración de cuadra­
dos ya aplicada por Edileusa en su parcela ( véase la foto
1 r . 3 ) . Para que los datos de la botánica y los de la pedolo­
gía puedan superponerse más tarde en un mismo diagrama,
es necesario que los dos referenciales sean compatibles. En
definitiva, nuca debería hablarse de « datos » , sino en todo
momento de « obtenidos » .

3 Michel Serres: Los orígenes de la geometría, Siglo XXI, Poza Rica,


1 996.
23 8 B RU N O LATO U R

La práctica h a b i t u a l de R e n é consiste en reconstituir


el revestimiento del suelo según transectos cuyos extre­
mos impliquen a suelos lo más distintos posi ble. Aquí por
ejemplo m u y a renosos b a j o la sabana, m u y a rcillosos b a j o
el bosque. Procede acto seguido por a proximación, esco­
giendo primero dos suelos extremos, haciendo u n sondeo
en medio y l u ego recomenzando h a sta o btener horizon­
tes homogéneo s . S u método recuerda a la vez a la arti lle­
ría, por aproximación med ia nte e l método de los medios,
y a l a anato m ía , porque retraza de este modo la geome­
tría de los horizontes, a u ténticos « Órganos » del suel o . Si
no me ocupase de segu ir como filósofo el tra b a j o de refe­
rencia, contaría largamente como historiador la forma en
que este h ermoso « pa radigm a » de l a pedo l ogía se disti n ­
gue de los d e m á s , así c o m o las controversias que susc ita .

Figura I I . 9
EL « PEDÓFI L » DE BOA VISTA 239

Figura 1 1 .9 Para i r d e u n punto a otro los pedólo­


-

gos no pueden utilizar una cadena de agrimensor, dema­


siado difícil de emplear en este mundo que ningún agricul­
tor allanó nunca. Utilizan un instrumento genial, el Topofil
Chaix, que sus colegas brasileños llaman amistosamente
el « pedofi.l » , cuyo principio de funcionamiento Sandoval
muestra en la imagen, abriendo su caj a naranj a .
Una bobina d e hilo d e algodón s e desenrolla regular­
mente haciendo girar una polea que a su vez activa las rue­
das dentadas de un contador. Al poner el contador a cero,
el pedólogo puede ir de un punto a otro soltando tras él
este verdadero hilo de Ariadna. Una vez llegado a su des­
tino, basta con que corte el hilo con un disco seccionado
fij ado cerca de la salida que retiene el extremo del hilo de
algodón, evitando que se desenrolle de forma intempestiva .
Un simple vistazo al contador le permite leer la distancia
que ha recorrido, con un margen de tolerancia de un metro.
Doble ventaj a: su camino se convierte en una cifra fácil de
transcribir en el cuaderno; su trayecto queda materializa­
do por el hilo que sigue ahí. Imposible perder a un pedó­
logo despistado en el infierno verde, el hilo de algodón lo
devolverá a su lugar. Si Pulgarcito hubiera tenido un « To­
pofil Chaix de hilo perdido número de referencia l-8 2 3 7 »
el cuento se habría desarrollado de forma muy distinta.
Tras varias j ornadas de trabajo la parcela se encuentra
saturada de hilos dispersos en que tropiezan los pies, pero
gracias a las medidas de ángulo de la brúj ula y a las medi­
das de arista del « pedofil » se ha convertido en un proto­
laboratorio, un mundo euclidiano en que todo fenómeno
puede registrarse mediante un conj unto de coordenadas.
Si Kant hubiera practicado con el « pedofil » le habría gus­
tado sin ninguna duda y hubiera reconocido en él la for­
ma práctica de su filosofía . Para que el mundo se vuelva
240 B RUNO LATO U R

conocible tiene que convertirse en un la boratorio, y para


transformar un bosque virgen en un laboratorio tiene q ue
prestarse a la conversión en diagra m a . Y para extraer u n
diagrama de la confusión de las plantas, los l ugares dis­
persos deben convertirse en p untos balizados y medidos,
unidos entre sí por hilos de a lgodón que materialicen ( o
espiritualicen) l a s ari stas de u n a s ucesión de triángulos en
red . No sería posible agrupar los lugares mediante una
intuición sensible que no estuviera equipada con compás,
clinómetro y topofils.

Figura I I . I O
EL « PEDÓFIL» DE BOA VISTA 24 1

Figura 1 1 . 1 o San do val, el técnico, descendiente de


-

indios, el único nativo auténtico de esta expedición, cavó


la mayor parte de la zanj a. Armand, apoyado en la barre­
na, extrae las muestras gracias a una cámara situada en
su extremo. Contrariamente a la pala roj a, instrumento
de labor que Sandoval acaba de dej ar en cuanto ha finali­
zado su tarea, la barrena ya es un equipo de laboratorio.
Gracias a dos muescas situadas a 9 0 centímetros y a un
metro, también sirve de instrumento para medir la pro­
fundidad y, por torsión y presión, de herramienta de ex­
tracción. Los pedólogos observan la muestra que Hélolse
introduce acto seguido en una bolsa de plástico en la que
inscribe el número de aguj ero y la profundidad a que ha
sido extraído el terrón.
Igual que para las muestras de Edileusa, la mayor parte
de los análisis no pueden hacerse sobre el terreno, solo en
el laboratorio. Las bolsitas de plástico comienzan un largo
viaje que llevará a algunas de ellas hasta París vía Manaus y
Sao Paulo. René y Armand son los únicos que pueden j uz­
gar la calidad de la tierra, la textura, el color, la actividad
de las lombrices, pero no podrían analizar su composición
química, su granulometría o la radiactividad del carbono
que contienen sin instrumentos caros y sin un savoir-fai­
re que no se encuentra con facilidad entre los pobres ga ­
rimperos ni tan solo entre los ricos latifundistas. Los pe­
dólogos en misión j uegan pues un papel de vanguardia de
laboratorios lej anos a los que llevarán sus muestras, que
solo permanecerán unidas a su contexto de origen medi­
tante un frágil vínculo de números inscritos con rotulador
negro sobre bolsitas transparentes. Si ustedes tienen como
yo la suerte de conocer a algunos pedólogos, no les pro­
pongan nunca acarrear sus pesadas maletas: van repletas
de bolsas de tierra que transportan de una punta de mun-
24 2 BRUNO LATOUR

do a otra y con las que llenarán la nevera de su casa . . . L a


circulación de sus muestras dibuj a sobre la Tierra una red
tan densa como la tela de algodón de sus topofils.
Lo que los industriales denominan « trazabilidad » de
las muestras depende de la sensatez de Hélolse, sentada
ante la zanj a con el encargo del grupo de llevar el cuader­
no de misión con todo el esmero posible. Tiene que ins­
cribir las coordenadas de cada perforación, el número de
agujero, el tiempo, la profundidad a la que se extrae las
muestras y anotar, al dictado de sus dos colegas, todos los
datos cualitativos que contiene de cada terrón antes de
meterlo en las bolsas.
Todo el éxito de la misión descansa sobre las anota­
ciones de este cuadernito, equivalente al libro de protoco­
los que rige la vida de cualquier laboratorio. Gracias a él
se podrá volver sobre cada uno de los datos para recom­
poner su historia. Hélolse impone para cada sesión de ac­
tuación la misma tabla -decidida por adelantado en el
restaurante- que tenemos que llenar sistemáticamente de
información. Es la garante de la estandarización del pro­
tocolo de experimentación, del modo cómo realizar siem­
pre las mismas extracciones en cada lugar, asegurando la
compatibilidad y la continuidad en el tiempo y el espacio .
Hélolse no se limita a la etiqueta y el protocolo. Como geo­
morfóloga, aporta su granito de arena a todas las conver­
saciones y permite a los expatriados colegas « triangular»
sus opiniones con la suya .
Escuchando cómo Hélolse nos llama al orden, pide
a René que repita las indicaciones dictadas o verifica dos
veces la inscripción de las bolsas, entiendo que nunca este
bosque de Boa Vista había conocido tal disciplina. Los in­
dios que lo recorrían antiguamente se imponían otros ritos ,
tan meticulosos como los de Hélolse, pero seguro que no
EL « PE D Ó F I L » DE B OA V I STA 24 3

tan extraños. Enviados por instituciones situadas a miles


de kilómetros, obligados a mantener a cualquier precio la
traza bilidad de datos que debemos llevarnos con e l míni­
mo de deformaciones, a u nque los tengamos q u e transfor­
mar totalmente y desproveerlos de todo contexto local, los
indios nos ha brían visto (si n o les h u bieran exterminado a
todos) como a lgo verdaderamente muy exótico. ¿ Para qué
extraer con tanto cuidado m uestras cuyos rasgos solo se­
rán visibles m u y lejos cuando todo e l contexto haya desa­
parecido ? ¿ Por qué no q uedarnos en el bosque ? ¿ Por qué
no converti rnos en nativos ? ¿ Acaso no soy yo e l más exó­
tico de todos, inútil, de brazos caídos, incapaz de distin­
guir e ntre u n perfil y u n horizonte, extrayendo de la dura
tarea de mis informadores lo mínimo necesario para u n a
filosofía de la referencia que s o l o i nteresará a colegas p a ­
risinos, cali fornianos o tej anos ? ¿ Por qué no convertirme
en pedólogo ? ¿ Por qué no volverme autócto n o ?

Figura r r. r r
244 BRUNO LATOUR

Figura 1 1 . 1 1 Para entender estos pequeños misterios


-

antropológicos tenemos que aproximarnos a este hermoso


objeto, el pedocomparador. En la hierba de la sabana vemos
una serie de pequeños cubos de cartón vacíos que por su
alineación forman un embaldosado cuadrado. Más coor­
denadas cartesianas, más columnas y franj as. Los peque­
ños cubos descansan en una especie de marco de madera
que permite comprimirlos a todos en un caj ón. Gracias a
la astucia de nuestros pedólogos el caj ón se transforma en
maleta mediante una empuñadura, cierres y una cubierta
acolchada ( invisible en la foto) que sirve de tapa fija a to­
dos los cubos de cartón y permite transportar de una sola
vez los terrones convertidos en coordenadas cartesianas
y archivarlos en lo que está destinado a ser una pedoteca.
Igual que la estantería de la figura 1 1 . 5, el pedocom­
parador nos permitirá captar la diferencia práctica entre
lo abstracto y lo concreto, entre el signo y el mueble. Por
su empuñadura, su marco de madera, su acolchado y sus
volúmenes de cartón el comparador pertenece a las cosas.
Pero por la regularidad de sus cubos, su disposición en hi­
leras y columnas, su carácter discreto y su posibilidad de
sustituir libremente cada una de las columnas el compara­
dor pertenece a los signos. O más bien por medio de este
invento híbrido el mundo de las cosas se va a convertir en
signo. Gracias a la secuencia de las tres imágenes siguien­
tes vamos a captar concretamente la acción de abstraer.
Me veo obligado a emplear términos vagos ya que no
disponemos, para hablar del compromiso de las cosas con
el discurso, de un vocabulario tan afinado como para ha­
blar del propio discurso. Los filósofos analíticos siemp re
se preocupan por saber cómo podremos discurrir a pro­
pósito del mundo en una lengua por fin verídica . Curiosa­
mente atribuyen a la lengua su estructura, su coherencia
EL « PEDÓFIL» DE BOA VISTA 2. 4 5

y su validez, pero en todas sus demostraciones el mundo


espera simplemente verse designado por las palabras de
las que solo garantiza la verdad o la falsedad a través de
la simple presencia4• El gato « real » espera sabiamente en
su estera dar su verdad a la frase « El gato se encuentra so­
bre su estera » . Pero para alcanzar la exactitud es preciso
que el mundo se agite y se transforme bastante más que
las palabras. Esta otra mitad de la filosofía analítica es lo
que ahora conviene añadirle.
De momento el comparador está vacío. Es una forma
de captación que aún no ha captado nada. Se suma pues
a todas esas formas vacías cuya lista se prolonga desde el
inicio de la expedición: el tramado de la parcela de Edi­
leusa mediante números inscritos en etiquetas clavadas en
los árboles, la señalización de zanj as mediante la brúj ula y
el topofil de René, la numeración de las perforaciones y la
secuencia regulada del protocolo controlado por Héloi'se.
Todas estas formas vacías se encuentran detrás de los fe­
nómenos, antes de que se manifiesten, para que se mani­
fiesten. Oscuros en el bosque por el mero hecho de su acu­
mulación, los fenómenos aparecerán finalmente, es decir
se desprenderán justamente del fondo que hemos situado
astutamente tras ellos. Ante la mirada de mis amigos y la
mía los rasgos pertinentes se bañarán en una especie de
luz cenital tan blanca como la del pedocomparador vacío
o la de la hoj a de papel milimetrado, muy distinta en todo
caso de los verdes o los grises profundos del vasto y ruido­
so bosque donde silban tan vulgarmente los pájaros que
por este motivo se llaman « páj aros ligones » .

4 Véase por ejemplo A.W. Moore (dir. ) : Meaning and Reference,


Oxford University Press, Oxford, 1 9 9 3 .
24 6 B R U N O LATO U R

F i g u r a I r. 1 2

Figura I I . I 2 - En esta foto, René a bstraíd o . Tras ha­


berlo cortado con u n cuchillo, extrae u n terrón , a l a pro­
fundidad dictada por el protocolo, y lo deposita e n u no
de los cubos de cartó n . Con u n rotulador Hélo:ise codi-
EL « PEDÓFIL» DE BOA VISTA 24 7

ficará el borde del cubo con un número que anotará en


su cuaderno para que pueda volverse a encontrar de qué
muestra se trata .
Miren este terrón . Sostenido a medias en la mano de
René, mantiene todavía la materialidad del suelo. « Pol­
vo eres y en polvo te convertirás » . Pero colocado en el
cubo de cartón que tiene en la mano izquierda se con­
vierte en signo, toma forma geométrica, se vuelve por­
tador de un número de código y pronto se definirá por
un color. En filosofía de las ciencias la mano izquierda
ignora lo que hace la derecha. En antropología somos
ambidextros . Concentramos la atención del lector en la
quimera, en el momento de la sustitución, desde el mo­
mento en que abstraemos del suelo el futuro signo. Nunca
tenemos que perder de vista el peso material de esta ac­
ción. Todo el platonismo práctico se hace visible en esta
imagen: no pasamos del suelo a la Idea del suelo, sino
de un terrón continuo y múltiple a un color discreto en
un cubo geométrico codificado por abscisa y coordena­
da. Sin embargo René no impone categorías predeter­
minadas a un horizonte que careciese de ellas; carga su
pedocomparador con el sentido de un terrón . Tan solo
cuenta el movimiento de sustitución por el cual un sue­
lo real se convierte en un suelo conocido por la pedolo­
gía . El inmenso abismo de las cosas y las palabras se ve
intermediado desde todos los puntos de vista por peque­
ños abismos entre el terrón y el cubo-casilla-código del
pedocomparador.
24 8 B R U N O LATO U R

Figura r r. r 3

Figura u . 1 3 - ¡ Qué transformación, que tránsito, que


deformación, qué invento, qué descubrimiento ! Saltando del
suelo al caj ón el terrón se beneficia de un medio de trans­
p orte que ya no le transform a . En l a foto anterior veíamos
cómo cambiaba de estado, en esta cómo cambia de l ugar.
Ya no se trata de ir de la tierra a los códigos, sino de po­
der v i a j a r en el espacio y conservarse i ntacto a través del
EL « PEDÓFIL » DE BOA VISTA 249

tiempo sin sufrir ninguna nueva alteración. Al regresar por


la noche al restaurante, René abre los dos cajones-maleta
de los dos pedocomparadores y contempla con la mirada
la serie de cubos de cartón agrupados por franj as según
las zanj as y por columnas según las profundidades. El res­
taurante se convierte en el anexo de una pedoteca. Todos
los « transectos » se vuelven compatibles y comparables.
Las casillas llenas encierran terrones en vías de con­
vertirse en signos. Pero sabemos que las casillas vacías de
una tabla, humilde como este o famosa como la de Men­
deleiev, siempre son las más importantes5 • Aquí definen,
vacías, lo que nos queda por encontrar, recordándonos
por anticipado el trabaj o que al día siguiente se aprestan
a recoger. Gracias a ellas vemos los espacios en blanco de
nuestro protocolo. Según René: « Es el pedocomparador
quien nos dice si hemos terminado el transecto » .
Primera ganancia formidable del comparador, tan ren­
table como la clasificación de los botánicos de la foto 1 1 . 6 :
todos l o s distintos puntos d e perforación, a todas l a s pro­
fundidades, se vuelven simultáneamente visibles aunque
hayamos extraído los terrones durante una semana sin
poderlos abarcar nunca sinópticamente. Gracias al com­
parador las diferencias de color componen una tabla. La
transición bosque-sabana se traduce ahora en matices de
marrón y beige en columnas y franj as, se vuelve captable
gracias a la toma que nos da el instrumento.
Miren a René: domina el fenómeno invisible que unos
días antes permanecía sellado bajo el suelo, disperso en un
continuum. Nunca he seguido a una ciencia, rica o pobre,

5 Bernadette Bensaude-Vincent: « Le tableau de Mendeleiev » , La


Recherche vol. 1 5 , 1 9 8 4 .
250 BRUNO LATOUR

dura o blanda, caliente o fría, que no encuentre su momen­


to de verdad sobre una superficie plana de uno o dos me­
tros cuadrados que un investigador, lápiz en mano, pueda
inspeccionar con la mirada ( véanse las figuras 1 1 . 2 y 1 1 . 6 ) .
E l pedocomparador h a hecho d e l a transición bosque-sa­
bana un fenómeno de laboratorio casi tan plano como un
diagrama, tan cómodamente observable como un mapa,
tan fácilmente recombinable como un j uego de naipes, tan
fácilmente transportable como una maleta, sobre el que
René toma notas en un cuaderno fumando tranquilamen­
te su pipa tras haberse duchado para sacarse el polvo y la
tierra, ya inútiles.
También yo, claro está, mal equipado y poco riguro­
so, someto al lector mediante la superposición de fotos y
pies de foto a este fenómeno hasta ahora invisible, con­
fundido a conciencia por los epistemólogos, disperso en
la práctica de los sabios, sellado en los saberes, que ahora
despliego con calma ante una taza de té, en mi casa de Pa­
rís, informando sobre lo que observé en el límite del bos­
que de Boa Vista.
Otra ventaja del pedocomparador una vez saturado
de datos: también emerge un pattern y, como con las inno­
vaciones de Edileusa, sería asombroso que no fuese así. El
invento sigue casi siempre a la toma ofrecida por la nue­
va traducción, el nuevo tránsito. Lo más incomprensible
del mundo sería que no se volviera comprensible después
de tales reaj ustes.
Esta expedición, por medio de un comparador, des­
cubre-construye un fenómeno inusitado. Entre la arenosa
sabana y el arcilloso bosque parece que se despliega una
franja de veinte metros que bordea el límite por el lado de
la sabana. La franj a es ambigua, más arcillosa que la saba­
na pero menos que el bosque. Diríase que este último tir a
EL « PE D Ó F I L » D E B OA V I STA 25 I

frente a él su suelo para preparar condiciones favorables


-a menos que, contrariamente, no sea la sabana quien
se prepare para invadir este h u m u s previamente degrada­
do. Los distintos guiones que mis amigos se exponen por
la noche en el resta urante se encuentran ahora compro­
metidos por una prueba. Se convierten en otras tantas in­
terpretaciones posibles de u n a matter-o ff-act sólidamente
instalada en la tab l a del pedocomparador.
El guion pronto se convertirá en texto y el pedocom­
parador-tabla en u n artículo. Ya solo falta una m i núscu­
la transformación.

F i g u r a I I. 1 4

Figura I I . I 4 - Sobre la mesa del bar, en primer plano,


a la izquierda l a sabana, a la derecha el bosque, los mis­
mos que e n la foto I I. I con solo algunas tra nsformaciones.
( Como las casillas del comparador no son suficientes, l a se-
25 2 BRUNO LATOUR

rie de perforaciones debe replegarse, rompiendo el hermos o


ordenamiento de la tabla y obligando a inventar una clave
de lectura ad hoc. ) Junto a los caj ones abiertos, un diagra ­
ma en papel milimetrado y una tabla en papel cuadricu ­
lado. El diagrama representa un corte de las coordenadas
de perforaciones efectuadas por el equipo a lo largo de un
transecto, mientras que la tabla resume las variaciones de
color en función de la profundidad y del punto. Sobre el
cajón un doble decímetro transparente depositado negli­
gentemente asegura la transición entre el mueble y el papel.
En la foto 1 1 . 2 René pasaba de lo concreto a lo abs­
tracto con un gesto rápido, de la cosa al signo, de la tierra
en tres dimensiones a la tabla en dos dimensiones y media.
En la foto 1 I . 1 3 se deslizaba gracias a la tabla convertida
en maleta de la parcela al restaurante, de un lugar incómo­
do y poco equipado al confort relativo de un café -aun­
que nada en principio ( salvo las aduanas) se oponga a que
transporte esa tabla con caj ones de una punta a otra y que
la compare con todos los demás perfiles en otras pedotecas.
Mediante esta nueva imagen captamos otra transfor­
mación de la misma importancia que las demás, pero que
ha recibido más atención bajo el nombre de inscripción. Pa­
samos del instrumento al diagrama, del híbrido tierra-sig­
no-caj ón al papel .
La gente se sorprende a menudo de que las matem á­
ticas sean aplicables al mundo. Esta vez la sorpresa es del
todo improcedente. Cabe preguntarse más bien cuánto debe
transformarse el mundo para que su forma papel empiece
a superponerse sin demasiadas diferencias a la geometría
colocada sobre otra forma de papel. Ningún matemático
ha salvado nunca el gran abismo entre las ideas y las co ­
sas, pero el pequeño abismo, el gap minúsculo entre un
pedocomparador que es ya geométrico y la hoj a de pap el
EL « PEDÓFIL» DE BOA VISTA 253

milimetrado e n l a que René h a reflej ado sus perforacio­


nes, este sí que puede salvarse. Incluso puedo medirlo con
la regla de plástico. No llega a diez centímetros.
Por más abstracto que sea el pedocomparador, sigue
siendo un objeto, menos pesado que el bosque, más pesado
que el papel; menos corruptible que la geometría; más mó­
vil que la sabana, menos móvil que el diagrama que puedo
incluso telefonear -si Boa Vita dispusiera de un fax. Por
más codificado que sea el pedocomparador, René no puede
insertarlo en el texto de su informe. Solo puede guardarlo
como reserva por si duda en su artículo, archivarlo para
futuras comparaciones. Mediante el diagrama, en cambio,
la transición bosque-sabana se convierte en papel, asimi­
lable por todos los artículos del mundo, transportable en
todos los textos. Su forma geométrica lo vuelve compati­
ble con todas las transformaciones geométricas archivadas
desde que existen los centros de cálculo. Lo que perdemos
en materia por reducciones sucesivas del suelo volvemos
a ganarlo centuplicado por la conexión que esas reduc­
ciones permiten con lo escrito, lo calculado, lo archivado.
En el informe de misión que nos aprestamos a redac­
tar ( véase la figura 1 1 . 9 ) solo quedará una ruptura, a la
vez inmensa y minúscula, como todas las etapas que aca­
bamos de seguir, la que distingue un texto en prosa de un
anexo dibujado al que el texto se referirá . Hablaremos de
la transición bosque-sabana que mostraremos en el texto
baj o los aspectos de una grafía. Distinto de todas las otras
formas de relato, el texto científico, como sabemos, habla
de un referente presente en el propio texto baj o otra for­
ma que no es la prosa: tabla, diagrama, ecuación, mapa,
esquema. Mediante la movilización de su referente inter­
no, contiene en su seno su propia verificación ( véase el
caso anterior del riñón ) .
254 BRUNO LATOUR

•-• b m l t r. 4'hor1 u n
• • • •• b1111 tt t\f: co11lr.ur {d1to1t11l
-··-·· b 10 1 t c de t e,oo turt ()1�1 .41<j)
···· ·- li"'1tt de ! e i ! u r e (!oo b l .)

Figura l 1. l 5

Figura 1 1 . 1 5 - Este es el diagrama que agrupa todos


los datos obtenidos durante la campaña y que sirve de fi­
gura 3 en el informe de misión, del que tengo el orgullo
de ser uno de los autores y que se titula:

« Relación entre la dinámica de la vegetación y la diferenciación


de suelos, en la transición bosque-sabana, en la región
de Boa Vista, Roraima, Amazonia ( Brasil ) »
Informe de la misión en Roraima del 2 a l 1 4 de octubre de 1 99 1.
E . L . Setts Silva ( 1 ), R. Boulet ( 2 ) , H . Filizola ( 3 ) , S. Do N. Morais
( 4 ) , A . Chauvel ( 5 ) y B. Latour ( 6 )
( 1 ) Mirr, Boa Vista RR, ( 2- 3 ) USP, Sao Paulo, ( 3 - 5 ) INPA,
Manaus, ( 6 ) CSI, ENSMP, ( 2- 5 ) ORSTOM Brasil .

Volvamos a tomar en sentido inverso el camino que


acabamos de recorrer tras la huella de nuestros amigos.
La prosa del informe final habla de un dibuj o; el dibu­
j o resume la forma desplegada por la disposición del pe­
docomparador; este extrae, clasifica y codifica el suelo
localizado, rastreado, punteado por el j uego de coorde­
nadas. Se observa que en todas las etapas cada elemen-
EL « PEDÓFIL» DE BOA VISTA 25 5

to se vincula a la materia por sus orígenes y a la forma


por su destino, se desprende de un conj unto muy con­
creto para convertirse a su vez en muy concreto en la
etapa siguiente. No apreciamos ruptura en ningún mo­
mento entre las cosas y los signos. Tampoco nos encon­
tramos nunca ante la imposición de signos arbitrarios y
discretos a una materia informe y continua . Vemos siem­
pre una serie continua de elementos encaj onados, en que
cada uno j uega un papel de signo para el precedente y de
cosa para el siguiente .
En todas las etapas encontramos formas elementales
de matemáticas que sirven de resumen a materias por me­
dio de una práctica que incorpora el cuerpo de los investi­
gadores. Un nuevo fenómeno surge cada vez de este híbri­
do entre forma, materia y cuerpo hábil. Acordémonos de
René en la figura 1 I . 2 depositando la tierra marrón en el
cubo de cartón blanco marcado inmediatamente con una
cifra. No cortaba el suelo según categorías intelectuales,
como en la mitología kantiana, sino que expresaba el sen­
tido de los fenómenos llevando las materias a dar el paso
que las separaba de las formas.
En efecto, si recorremos con rapidez todas las imáge­
nes percibimos que cada etapa, por más precisa que sea mi
investigación, revela una ruptura tan total con la siguiente
como con la precedente. Por más que, como un nuevo Ze­
nón, multiplique los intermediarios, nunca hay parecido
entre ellas como para poder superponerlas. Hagan la ex­
periencia, comparen los dos extremos delimitados por las
figuras 1 1 . 1 y 1 1 . 5 . La diferencia no es mayor ni menor que
entre el terrón agarrado por René (figura 1 i . 2 ) y el punto
que proporciona en el pedocomparador (figura 1 I . 3 ). Aun­
que elij a los extremos o multiplique los intermediarios, en­
cuentro siempre la misma discontinuidad.
256 BRUNO LATOUR

Sin embargo existe continuidad, puesto que todas la s


fotos dicen lo mismo y se refieren a la misma transició n
bosque-sabana que cada etapa asegura y precisa algo más.
Nuestro informe de misión se refiere efectivamente a la
figura 1 1 . 1 ; hablamos efectivamente de Boa Vista y de la
extraña dinámica de la vegetación que parece llevar a ga­
nar al bosque sobre la sabana, como si los árboles vol­
vieran arcilloso el suelo arenoso para poder crecer mejor
lanzando ante ellos una franj a de veinte metros de an­
cho. Pero esta referencia parece más segura si descansa
menos sobre el parecido y más sobre una serie regulada
de transformaciones, transmutaciones, traducciones. Algo
se mantiene de forma más duradera y se transporta más
lej os y más rápido si se transforma más en cada etapa de
esta larga cascada.
Al parecer la referencia no es lo que se señala con el
dedo o lo que, desde el exterior, garantiza la verdad de un
enunciado, sino más bien lo que permanece constante a
través de una serie de transformaciones. El conocimiento
no hablaría entonces de un mundo real exterior al que se
parecería miméticamente, sino de un mundo real interior
del que aseguraría la coherencia y la continuidad. Es una
acrobacia que corta el aliento y parece sacrificarlo todo
en cada etapa para volver a encontrar la misma forma in­
tacta por la propia rapidez de la transformación. Extraña
conducta contradictoria que equivale a la de un bosque
creador de su propio suelo . . . Si encuentro la solución de
este puzle, mi expedición no será menos productiva que
la de mis afortunados colegas.
EL « PE D Ó F I L » DE B OA V I STA 257

Figura rr.r6

Figura I r . 1 6 - Para captar la con stante m antenida a


través de estas tra nsformaciones consideremos un peque­
ño aparato tan astuto como el topofil o el pedocompa­
rador. Dado que n uestros amigos no p ueden contentarse
con traer con sigo el suelo, tienen que poder transformar
el color de cada c u b o mediante una etiqueta, idea l m ente
mediante un número, de modo a volver el terrón compa­
tible con el u n iverso del cálculo y beneficiarse de la ven­
taj a que ofrecen todos los demás calculadores a cada ma­
nipulador de signos.
258 BRUNO LATO UR

¿ Pero el relativismo no va a meter sus narices monstruo­


sas a partir del momento en que quieran calificar los mati­
ces de marrón ? Sobre gustos y colores no hay nada escrito.
Tantas cabezas, tantas opiniones. Vemos en esta imagen la
solución de René para reparar los destrozos del relativismo.
Se ha pateado en los últimos treinta años los suelos
tropicales del mundo provisto con un pequeño cuaderno
de páginas rígidas: el código Munsell. Este pequeño fascí­
culo agrupa en cada plancha una gama muy apretada de
tonos. Hay una plancha para los roj os violáceos, otra para
los roj os amarillentos, otro para los marrones. Como nor­
ma relativamente universalizada, el código Munsell sirve
de estándar común a los pintores, a los fabricantes de pin­
turas, a los cartógrafos y a los pedólogos, puesto que de­
clina, plancha tras plancha, todos los matices de todos los
colores del espectro y les atribuye un número, una referen­
cia rápidamente comprensible y reproducible por parte de
todos los coloristas del mundo, a condición sin embargo de
disponer de la misma antología, de la misma tabla de des­
codificación. No se puede comparar una muestra de papel
pintado hablando por teléfono con el vendedor de pintu­
ras. Pero sí se puede leer por teléfono el número de refe­
rencia sobre la escala de matices disponible.
Ventaj a decisiva que el código Munsell permite a René.
Perdido en Roraima, local, trágicamente local, se convierte
por medio de este código en algo tan global como puede
serlo un simple ser humano. El color único de un terrón par­
ticular se convierte en una cifra ( relativamente ) universal.
El poder de la estandarización me interesa menos esta
vez que la astucia técnica, asombrosa, de los agujeritos
practicados encima de cada matiz de color. Aunque enor­
me, el umbral entre lo local y lo global puede traspasarse
instantáneamente, si se es capaz de confrontar el terrón
EL « PEDÓFI L» DE BOA VISTA 259

con el código Munsell. Para poder calificar su terrón con


una cifra, es preciso que René pueda encarar, superponer,
alinear el terrón de suelo local que tienen en la mano y el
color estándar elegido como referencia. Para ello le basta
con un rápido barrido de la muestra por detrás de los ori­
ficios del cuaderno y seleccionar por aproximaciones su­
cesivas el color que se diferencia menos .
Se da, ya lo he dicho, una ruptura completa en cada
etapa entre la parte cosa de cada obj eto y su parte signo,
entre el lado cruz del terrón y el lado cara . El abismo es
tanto mayor en la medida en que nuestro cerebro es in­
capaz de memorizar un color con precisión. Si el terrón y
el estándar se alej an ni que sea de diez o quince centíme­
tros -la anchura del cuaderno- es suficiente para que el
cerebro de René olvide la correspondencia concreta entre
ambos. El único medio para establecer el parecido entre
un color normalizado y un terrón consiste en practicar un
agujero que permita al oj o ver de forma sinóptica ante él,
exactamente ante él, sin más de un milímetro de distancia,
el burdo terrón y el liso color del muestrario. Sin el aguje­
ro no hay alineación ni precisión ni lectura y por lo tanto
no hay transmutación de la tierra local en código univer­
sal. A través del abismo de la materia y la forma tiende un
puente, una pasarela, una línea, un gancho.
« Los japoneses hicieron uno sin agujeros, no puedo
usarlo » , explica René. Siempre nos maravilla el espíritu de
los sabios y es j usto, pero deberíamos admirar todavía más
la ausencia total de confianza de la que hacen gala sobre
sus propias capacidades cognitivas. Dudan tanto de su ce­
rebro que tienen que inventar trucos para asegurar su per­
cepción sobre el simple color de un pobre suelo . . . ( ¿ Y cómo
podría hacer yo para dar a entender al lector este trabajo
sobre la referencia sin las fotografías que tomé y que de-
260 BRUNO LATOUR

ben mirarse al mismo tiempo que se lee el pie de foto con


que las explico ? Tengo tanto miedo de equivocarme en mi
comentario que no quito el ojo de las fotos ni un instante . )
L a ruptura siempre esta ahí, total, entre e l puñado de
polvo y el número impreso, aunque sin embargo se vuelva
ínfima gracias al agujero, puesto que por medio del código
Munsell un terrón se lee como un texto: « 1 0YR 3 h » . Una
prueba más del platonismo práctico que hace del polvo una
idea gracias a las dos manos rugosas de René sosteniendo
firmemente el libro-instrumento-calibrador.
Sigamos con mayor detalle la pequeña cadena desple­
gada en la imagen y que dibuj ará para nosotros el camino
perdido de la referencia. René extrajo el terrón descartan­
do el suelo demasiado complej o, demasiado rico. El agu­
jero permite a su vez enmarcar el puñado de tierra y se­
leccionar solamente su color, ignorando su volumen y su
textura. El pequeño rectángulo plano de color brillante
sirve entonces de intermediario entre la tierra, resumida
solo por su color, y la cifra inscrita encima del rectángu­
lo. Del mismo modo que puede ignorarse el volumen del
terrón para centrarse en el rectángulo de color, también
este último pasará pronto a verse ignorado para conser­
var solamente el número de referencia. Luego, en el infor­
me, se omitirá el número, demasiado concreto, demasiado
detallado, demasiado preciso, para retener tan solo el ho­
rizonte, la tendencia. Volvemos a encontrar la cascada de
hace un rato, de la que solo una minúscula etapa (el paso
del color del terrón al estándar ) descansa sobre el pare ­
cido, sobre la adequatio. Todas las demás dependen úni­
camente de la conservación de los rastros que establecen
un recorrido reversible, que permite volver sobre sus pa ­
sos en caso de necesidad. La reducción, la compresión, el
trazado, la continuidad, la reversibilidad, la estandariza-
EL « PED Ó F I L » DE B OA V I STA 261

ción, l a compati bilidad con l o escrito y l o cifrado cuenta


infinitamente más que solo la adequatio . Ninguna etapa
-excepto una- se parece a l a anterior y sin embargo, al
final, cuando leo el informe de misión tengo en mis ma­
nos el bosque de Boa Vista , un texto que habla del mun­
do en verdad. ¿ Cómo e l parecido puede salir de esta exó­
tica serie de transformaciones tan escasamente descritas ?

Figura 1 i.17
262 BRUNO LATOUR

Figura r 1. r 7 Sandoval, agachado, con el man go de


-

la pala aún baj o el brazo, contempla el nuevo agujero que


acaba de cavar. Hélo'ise, de pie, contempla el bosque ver­
de gris de los animales raros. Lleva la cartera de los geó­
logos en cuyo reverso un cinturón de oj ales más estrechos
que cartuchos permite llevar los lápices de colores, indis­
pensables en el oficio de cartógrafo. En la mano tiene el
famoso cuaderno, libro de protocolo que permite creerse
en un laboratorio. Aguarda para abrirlo y tomar notas a
que los dos pedólogos, a izquierda y derecha, hayan con­
cluido su examen y alcanzado un acuerdo.
Nuestros amigos se entregan al ej ercicio bastante ex­
traño de los « pruebatierras » . Cada uno ha tomado en la
palma de su mano un poco de suelo extraído del aguj ero
a la profundidad dictada por el protocolo de Hélo'ise. Han
escupido delicadamente sobre el pequeño terrón y ahora,
con la otra mano, lo amasan suavemente. ¿ Por el gusto de
modelar figuritas ? No, para extraer otro j uicio que ya no
se refiere como el anterior al color, sino a la textura. Des­
graciadamente para esta última no existe el equivalente
de un código Munsell, o si existe no podría ser transpor­
tado sobre el terreno. Para definir de forma estandarizada
la granulometría se necesitaría la mitad de un laboratorio
bien equipado. Nuestros amigos tienen que contentarse
con un test calificativo que descansa sobre treinta años de
oficio y que confrontarán bastante más tarde con los re­
sultados del laboratorio. Si la tierra se dej a modelar con
facilidad, es arcilla. Si se deshace entre los dedos, se tra ­
ta de arena. Prueba aparentemente muy simple que recrea
en la palma de la mano una miniexperiencia de laborato ­
rio. Ambos extremos, claro está, se reconocen sin esfuer­
zo incluso para un principiante tan torpe como yo. Per o
los compuestos intermedios de arena y arcilla constituyen
EL « PEDÓFI L» DE BOA VISTA 26 3

toda la dificultad y todo el interés, puesto que se trata de


calificar en el borde del bosque las sutiles modificaciones
del suelo de transición más arcilloso del lado del bosque,
más arenoso hacia la sabana .
Sin instrumentos de calibrado, Armand y René se remi­
ten a la discusión cruzada de sus j uicios de gusto, como mi
padre cuando probaba sus vinos de Cortón6• « ¿ Areno-ar­
cilloso o arcillo-arenoso ? » « No, yo diría más bien arcillo­
so, arenoso, no areno-arcilloso. Espera, tenemos que ama­
sarlo un poco más, dej arle que venga . Vale, de acuerdo,
digamos entre areno-arcilloso y arcillo-arenoso. Hélo'ise,
toma nota: de P 2, entre 5 y 1 7 centímetros, de areno-ar­
cilloso a arcillo-arenoso » .
La discusión, el savoir-faire pasado, la manipulación
física permite extraer una calificación calibrada de la tex­
tura que reemplaza de inmediato en el cuaderno a la tie­
rra que ya pueden desechar. Una pala bra reemplaza a una
cosa de la que conserva algún rasgo que la define suficien­
temente. ¿ Correspondencia término a término ? No, el j ui­
cio no se parece al suelo. ¿ Desplazamiento metafórico ?
Tampoco. ¿ Metonimia ? Tampoco, puesto que si se toma
a un puñado de suelo por el todo de un horizonte, nada se
anota en la hoj a del cuaderno de la tierra que ha servido
para calificarla . ¿ Compresión de datos ? Sin duda, puesto
que cuatro palabras ocupan el lugar de un terrón, aunque
con un cambio de estado tan radical que un signo apare­
ce en lugar de una cosa . Ya no se trata de una reducción,
sino de una transubstanciación.
¿ Atravesamos una vez más el limes sagrado entre el
mundo y el discurso? Sí, claro está, pero lo hemos atrave-

6 Comarca de la Borgoña conocida por sus vinos. (N. del T. )


264 BRUNO LATOUR

sado ya más de diez veces y este nuevo umbral no es m á s


brutal que el anterior, en el que la tierra extraída por Ren é,
desprovista de briznas de hierba y deposiciones de gus a­
nos, se convertía en prueba para medir su resistencia; o
que el penúltimo, en que Sandoval cavaba con su pala la
zanj a P2; o que el siguiente, en que todo el horizonte de
5 a 1 7 centímetros se volvía de la misma textura sobre el
diagrama, cubriendo así por inducción una superficie a
partir de un punto; o que la transformación n+ 1 que per­
mite incluir el diagrama dibujado en papel milimetrado
llamado a j ugar el papel de referente interno en el infor­
me en prosa. El paso a las palabras no tiene privilegios y
todas las etapas pueden servir igual para captar el encajo­
namiento de referencia. En ninguna etapa se trata de imi­
tar a la anterior, sino solamente alinearla con la anterior
y la posterior, de modo que a partir de la última se pueda
volver hasta la primera.
¿ Cómo calificar esta relación de representación, de
sustitución tan poco mimética y sin embargo tan regu­
lada, exacta, cargada de realidad, tan realista en defini­
tiva ? ¡ Cómo se equivocan los filósofos cuando buscan
en la correspondencia entre palabras y cosas la explica­
ción de lo verdadero ! Existe la verdad, la realidad, pero
no hay correspondencia ni adecuación. Existe un movi­
miento mucho más seguro para atestiguar, comprobar lo
que decimos y nos hace ir de lado, al revés como cangre­
j os, a través de las capas sucesivas de transformaciones,
perdiendo a cada ocasión la mayoría de los elementos y
ganando cada vez otros nuevos, saltando el paso que se­
para la materia de la forma a veces sin otra ayuda qu e
un parecido más tenue que esas rampas de hierro que al ­
gunas veces ayudan a los escaladores en los pasos dema­
siado acrobáticos.
EL « PE D Ó F I L » DE B OA V I STA 26 5

Figura rr.18

Figura 1 1 . I 8 - Sobre el terreno, hacia el final de nues­


tra misión, René comenta el diagrama e n u n papel mili­
metrado que dibuj a, en sección, e l transecto que acaba­
mos de recorrer cavando. Tachado, arrugado, manchado
de sudor, incompleto, todavía a lápiz, este diagrama es el
predecesor directo del de l a imagen I I . 5. De uno a otro se
dan muchas transformaciones -selección, encuadrado, le­
trado, limpieza-, pero son menores e n comparación con
las que acabamos de recorrer.
En el centro de la image n René señala con el dedo u n
trazo que designa y comenta, el m i s m o dedo que segui­
mos desde el principio ( figuras I I . I y 1 i . 2 ) . Salvo que
sea vengativo, esta tensión del índice señala siempre el ac­
ceso a la rea lidad, por más que apu nte a u n trozo de pa­
pel que sin embargo agrupa l a tota lidad del l ugar, aunque
este haya desaparecido, pese a encontrarnos de lleno e n él,
266 BRUNO LATOUR

sudando . . . Es la misma inversión del espacio y el tiemp o


que ya encontramos varias veces: dominamos con la mi­
rada una situación en que estamos inmersos, somos supe­
riores a algo más grande que nosotros, agrupamos sinóp­
ticamente el conj unto de nuestras acciones dispersas a lo
largo de varios días de los que hemos perdido el recuerdo.
Pero el diagrama hace algo más que redistribuir el flu­
j o temporal e invertir el orden j erárquico de los tamaños
espaciales, nos revela rasgos invisibles hasta ahora, aun­
que estén literalmente baj o nuestros pies de pedólogos. Es
imposible para nosotros ver en sección la transición bos­
que-sabana, calificarla por horizontes homogéneos, loca­
lizarla con puntos y trazos. René señala con su dedo de
carne y hueso y atrae nuestra mirada de seres vivos hacia
un perfil cuya observadora no puede existir. No solo se­
ría necesario que viviera bajo tierra como un topo, sino
que hubiera podido serrar el suelo con una sierra de va­
rios cientos de metros y logrado substituir la confusa va­
riación de formas por cortes homogéneos.
A pesar de esa imposible escena, el diagrama aña­
de información. Ha perdido la tierra grasa pero ha gana­
do otra cosa y esa ganancia vale bien aquella pérdida. En
esta misma superficie de papel podemos unir fuentes muy
distintas, que podrán mezclarse por medio de una lengua
gráfica homogénea. La posición de las perforaciones a lo
largo del transecto, las profundidades, los horizontes, las
texturas, los números de referencia, los colores podrán aña­
dirse unos a otros y volver a ofrecer, por superposición, la
rica realidad que acabábamos de perder.
René acaba de añadirle las deposiciones de los gusa­
nos de las que no he hablado hasta ahora. Al parecer, se­
gún mis amigos, los gusanos tienen en sus tubos digesti­
vos particularmente voraces la solución del enigma. ¿ Qué
EL « PEDÓFIL » DE BOA VI STA 26 7

puede producir esta franj a de suelo arcilloso en la sabana


que bordea el bosque ? El bosque no, puesto que se extien­
de veinte metros más allá de la sombra protectora y la hu­
medad nutriente de los árboles. Tampoco la sabana, puesto
que sabemos que siempre reduce mediante lavado la arcilla
a arena. Esta misteriosa acción a distancia del bosque que
prepara el suelo para su llegada, remontando la pendiente
de la termodinámica que degrada siempre a la arcilla, ¿ por
qué no podría deberse a los gusanos, promovidos de este
modo a agentes de la pedogénesis? El diagrama, al mode­
lizar la situación, permite imaginar guiones nuevos de los
que nuestros amigos discuten con pasión antes de decidir,
mirando lo que falta, dónde cavar el próximo agujero y vol­
ver mediante el pico y la barrena a los « datos » elementales.
¿ El diagrama que René sostiene en su mano es más
abstracto o más concreto que las etapas anteriores ? Más
abstracto, ya que una fracción ínfima de la situación se en­
cuentra aquí conservada; más concreto, ya que captamos
en nuestras manos, baj o nuestra mirada, la esencia de la
transición resumida en pocas líneas. ¿ El diagrama es una
construcción, un descubrimiento, un invento o una conven­
ción ? Las cuatro cosas, como siempre. Construye mediante
la labor de cinco personas y por la traslación de construc­
ciones geométricas sucesivas; descubre una forma oculta
hasta ahora pero de la que resentimos retrospectivamen­
te la sempiterna presencia, aun a sabiendas de haberla in­
ventado --como se dice de un tesoro- y que sin los pe­
dólogos nunca habría aparecido; al mismo tempo también
sabemos que sin la codificación convencional de j uicios,
formas, etiquetas y palabras no podríamos ver en el dia­
grama extraído de la tierra más que garabatos informes.
Todas estas cualidades contradictorias para la filoso­
fía lastran el diagrama de realidad. No es realista, no es
268 B R U N O LATO U R

parecido. E s a lgo mejor. Equivale a la situación de parti­


da, con l a que se relaciona mediante una serie de transfor­
maciones de las que podemos seguir la h u e l l a gracias a l
l i b ro de protocolos, las etiquetas, e l pedocomparador, l a s
fichas, las estacas y la fina telaraña tej ida p o r e l « pe d ó fi l » .
Sin e m bargo no podemos extraerlo del conj unto de esas
transformaciones. Aislado, no sign ificaría nada. S ustituye
sin sustitu ir nada . Res u m e sin poder sustituir por comple­
to lo que agr u p a . Extraño obj eto transversal, operador de
alineación que solo es verídico a condición de permitir el
paso entre aquell o que le precede y l o que le sigue.

Figura r i.19

Figura r r . 1 9 - E l último día nos encontramos e n el


resta urante, transformado ahora e n sala de reunión de
nuestro l a boratorio móvil, para redactar e l borrador del
informe de misión. René sigue sosteniendo en la mano el
diagrama, completado, que comenta con e l lápiz para i l us-
EL « PEDÓFIL » DE BOA VISTA 26 9

trar a Edileusa y Hélolse. Armand acaba de leer la úni­


ca tesis publicada sobre nuestro rincón de bosque y la ha
abierto por las páginas en que se despliegan las fotos co­
loreadas obtenidas por satélite. En primer plano los cua­
dernos del antropólogo que toma la foto, formas de regis­
tro entre otras formas de inscripción. ¿ Hemos regresado
al punto de partida de la figura I I . 2 ? Sí, porque nos en­
contramos de nuevo entre signos y mapas, documentos
en dos dimensiones y literatura publicada, lej os ya del lu­
gar en que hemos trabajado durante diez días. No, porque
hemos ganado esos diagramas, esas inscripciones nuevas
que ahora intentamos interpretar, insertar como anexo y
como prueba en un relato del que negociamos colectiva­
mente y en dos lenguas cada párrafo.

El interés del informe de misión deriva del hecho que,


en esta primera fase de trabajo, las conclusiones desde
el punto de vista de la botánica y la pedología parecen
contradictorias. Sobre la base de la aportación de datos
de la botánica, los pedólogos habrían concluido que la
sabana progresa hacia el bosque. La colaboración entre
ambas disciplinas fuerza pues en este caso a plantear
nuevas preguntas a la pedología.

Nos hallamos en el terreno del conocimiento, en la


escritura de artículos, en la retórica, en el discurso, en la
epistemología, ocupados en pensar todos los argumentos
a favor o en contra del avance del bosque. No supone nin­
guna dificultad para los filósofos del lenguaj e ni para los
sociólogos de las controversias ni para los semióticos ni
para los retóricos ni para los literatos.
Por más apasionantes que sean las transformaciones
que conozca Boa Vista de texto en texto, no deseo seguir-
270 BRUNO LATOUR

las por esta vez7• La transferencia de suelo incorporada a


las palabras es lo que me interesa ahora. ¿ Cómo resum ir­
lo? Sin duda necesito igual que mis colegas dibuj ar no un
diagrama en papel milimetrado, pero al menos un esque­
ma que pueda permitirme también a mí situarme y señ a ­
lar con el dedo, en la filosofía, lo que he descubierto y que
valga la tarea de arado de nuestros hermanos inferiores
los gusanos . . .

Mundo Lenguaje

1
Referencia

T Corte

Figura 1 I . 20

La filosofía del lenguaj e hace como si existieran dos


conj untos disj untos separados por un corte radical y úni­
co que acto seguido tenemos que esforzarnos en redu­
cir mediante la búsqueda de una correspondencia, una
referencia entre el mundo y las palabras. Pero siguien­
do los pasos de esta expedición alcanzamos una solu­
ción muy distinta .

7 Véase en el capítulo sobre el riñón un ejemplo de este seguimi­


ento, así como en Fran�oise Bastide: « lconographie des textes scientifi­
ques; príncipes d'analyse » , Culture technique vol. 1 4 , 1 9 8 5 .
EL « PEDÓFIL» DE BOA VI STA 27 1

Forma
Elemento
r-i
L...:!!:::.J Ru �tura
. · --·- ··-

Ida

Re-representación

'° 1 ?I 1 1 ?I 1 1 ?I 1 1 ?I 1 1 ?I ex>

Vuelta
Encadenamiento de elementos

Figura 1 1 . 2 1

E l conocimiento, como vemos, n o radica e n u n cara


a cara entre el espíritu y un obj eto, del mismo modo que
la referencia no designa a una cosa con una frase de este
modo verificada . Al contrario, hemos reconocido en cada
etapa a un operador común vinculado a la materia por un
extremo y a la forma por otro y que se distingue de la eta­
pa siguiente por una ruptura, un gap que ningún parecido
podría colmar. Estos operadores se encadenan en una se­
rie que atraviesa la diferencia de las cosas y las palabras y
redistribuye los dos antiguos conj untos de la filosofía del
lenguaj e: la tierra se convierte en cubo de cartón, las pa­
labras se convierten en papel, los colores se convierten en
cifras y así sucesivamente.
Como propiedad esencial, esta cadena ha de perma­
necer reversible. La trazabilidad de las etapas tiene que
permitir recorrerla en ambos sentidos . Si se interrum­
pe en cualquier punto deja de transportar lo verdadero,
producirlo, construirlo, conducirlo. La referencia es una
cualidad de la cadena en su conj unto y ya no de la ade­
quatio rei et intellectus. La verdad circula por ella como
la electricidad a lo largo de un hilo mientras no se vea
seccionado.
272 BRUNO LATOUR

Otra propiedad revelada por la superposición de los


dos esquemas: la cadena no tiene fin ni de un lado ni de
otro, mientras que en el antiguo modelo el mundo, igual
que el lenguaje, seguían siendo como conj untos cerrado s
que tenían que poder concluir en ellos mismos. Aquí, por
el contrario, se puede alargar indefinidamente la cadena,
prolongándola por ambos extremos y añadiéndole otras
etapas, pero no se puede cortar la línea ni saltar secuencias,
aunque puedan resumirse en una sola y única caj a negra.
Sin embargo para comprender la cadena se debe mirar
en plano alzado así como en sección para captar la dialéc­
tica de la pérdida y la ganancia que caracteriza, como he­
mos visto, a cada etapa.
Compatibilidad
Estandarización
Texto
Cálculo
Circulación
Reducción
Universalidad relativa

Localidad Amplificación
Particularidad
Materias
Multiplicidad
Continuidad

Figura 1 1 . 2 2

Del bosque al informe de misión no hemos dej ado de


re-representar la transición bosque-sabana cono si dibu­
jásemos a la vez dos triángulos isósceles recubriéndose el
EL « PEDÓFIL » DE BOA VISTA 27 3

uno al otro con la cabeza gacha. A cada vez hemos per­


dido en localidad, particularidad, materialidad, multipli­
cidad y complej idad, de modo que al final solo nos que­
daban unas hoj as de papel. Llamemos « reducción » a este
primer triángulo del que solo la punta termina contando.
Sin embargo, a cada etapa hemos vuelto a ganar algo, ya
que hemos podido mediante este mismo trabajo de re-re­
presentación lograr mucha más visibilidad, compatibilidad,
universalidad, superposición, texto y cálculo, de modo que
al final encerramos dentro del informe de misión no sola­
mente a todo el bosque de Boa Vista al que podemos re­
gresar, sino igualmente la explicación de su dinámica . En
cada etapa hemos podido unirnos más al conj unto de sa­
beres ya establecidos, empezando por la viej a trigonome­
tría situada « detrás» de los fenómenos y terminando por
la nueva ecología . Llamemos « amplificación » a este segun­
do triángulo mediante el que hemos dotado al minúsculo
transecto de Boa Vista de una formidable base.

Cosas en sí mismas Ego trascendental

Fenómenos

Fenómenos

Amplificación

Figura 1 1 . 2 3
274 BRUNO LATO UR

¡ Cómo se equivocaba la antigua tradición filosófica


al querer hacer de los fenómenos el encuentro de las co­
sas en sí mismas, por un lado, y el de las categorías de la
comprensión humana por otro ! Realistas, empiristas, idea­
listas y racionalistas no cesaron de pelearse alrededor de
este modelo con dos polos. Pero los fenómenos no radi­
can en el punto de encuentro de las cosas con las formas
del espíritu humano, sino que se propagan a lo largo de
toda la cadena reversible de transformaciones en la que
pierden a cada etapa ciertas propiedades para ganar otras
que los vuelven compatibles con los centros de cálculo ya
instalados. En vez de crecer a partir de extremos fijos ha­
cia el medio, en un punto de encuentro estable, la referen­
cia inestable crece a partir del medio hacia los extremos a
quienes empuj a cada vez más lej os. Para comprender cómo
la filosofía kantiana se metió con los triángulos basta una
misión de quince días (a condición de no exigir que hable
de mi trabaj o con el mismo lujo de detalles que del de los
pedólogos, ya que los quince días se convertirían en vein­
te años de dura labor y vivas controversias con decenas
de colegas equipados con cientos de instrumentos y con­
ceptos . . . La reflexividad no puede seguir a la vez todos
los hilos y yo me presento aquí, sin miedo a contradecir­
me, como un simple espectador que accede sin esfuerzo al
saber de mis informadores ) .
¿ Es posible gracias a m i esquema comprender, visua­
lizar, detectar por qué el primer modelo de los filósofos
del lenguaj e se encuentra tan extendido, pese a que « la
menor investigación » muestra de inmediato su imposi­
bilidad? Nada más fácil, para pasar de uno a otro basta
borrar poco a poco todo los que hemos aprendido en el
transcurso de este fotomontaje.
EL « PEDÓFIL » DE BOA VI STA 27 5

o Olvido de mediaciones intermedias


o
Creación de C reación de
un extremo C reación de un corte un extremo
« mundo» para sustituir a las « l enguaje»
mediaciones ausentes

Figura 1 1 . 24

Bloqueemos los dos extremos de la cadena como si


el primero fuese el referente, el bosque de Boa Vista, y el
segundo extremo una frase, « el bosque de Boa vista » . Su­
primamos todas las mediaciones que he descrito. Cree­
mos en lugar de las mediaciones olvidadas un corte ra­
dical, lo único capaz de abrir el abismo entre una frase
que pronuncio en París y su referente distante 6.ooo km.
De este modo volvemos al antiguo modelo que intentaba
colmar el vacío que acabamos de crear con una adequa­
tio, un parecido entre dos variedades ontológicas tan dis­
tintas como pueda imaginarse . No resulta sorprendente
que los filósofos no logren entenderse sobre la cuestión
del realismo y el relativismo: toman los dos extremos pro­
visionales y los « alumbran » uno frente a otro en el con­
j unto de la cadena.
27 6 B R U N O LATO U R

Figura r r .25

Figura r r . 2 5 Al día siguiente por l a mañana, después


-

de h a ber redactado el informe de misión, subimos a l Land


Rover las valiosas c a j a s que contienen los gusanos en for­
mol y l a s bolsas de tierra cuidadosamente etiq uetadas. Es
lo que no logran expl icarse los argumentos fi l osóficos que
pretenden unir el lengu a j e a l mundo mediante u n a sola
EL « PEDÓFI L» DE BOA VISTA 277

transformación regulada. Del texto volvemos a las cosas


desplazadas más lej os una vez más. Del restaurante-labo­
ratorio marchamos hacia otro laboratorio a 1 .ooo km de
distancia, en Manaus, y luego desde allí hacia otro en Jus­
sieu, a 6.ooo km. El técnico, Sandoval, regresará solo con
las valiosas muestras que debe mantener intactas pese a la
terrible pista . Ya lo he dicho, cada etapa es materia para
la siguiente y forma para la anterior, separada de una y de
otra por una ruptura tan neta como la antigua distancia
entre las viej as palabras y las viej as cosas.
Nos preparamos para salir, pero también para vol­
ver. Cada secuencia desborda a la vez « hacia arriba » y
« hacia abaj o » , amplificando así el movimiento de do­
ble sentido de la referencia . Conocer no es explorar sino
poder volver sobre nuestros pasos siguiendo el camino
que acabamos de balizar. El informe que redactamos la
víspera lo dice claramente : se necesita otra misión para
estudiar en la misma parcela la acción de los misterio­
sos gusanos.

Admitir que el bosque gana terreno a la sabana implica


desde el punto de vista pedológico:
1 . que el bosque y la actividad biológica que le es
propia transforman un suelo arenoso en sus 1 5 o 20
centímetros superficiales en un suelo arcillo-arenoso.
2 . que esta transformación comenzaría en la sabana
a una distancia comprendida entre 1 5 y 30 centímetros
del límite del bosque.
Aunque las dos concepciones sean difíciles de imaginar
a partir de las concepciones clásicas de la ideología, debe­
mos intentar verificar tales hipótesis teniendo en cuenta la
solidez de los argumentos deducidos del estudio botánico.
El enriquecimiento en arcilla de los horizontes supe­
riores no puede hacerse por neoformación ( ausencia de
278 BRUNO LATO UR

fuente de aluminio conocida ) 8 • Los únicos agentes capaces


de cumplir este trabajo son los gusanos, cuya activid ad
hemos podido comprobar en el lugar estudiado y qu e
disponen de grandes cantidades de caolinita contenidas
en el horizonte por debaj o de 70 cm de profundidad. El
estudio de la población de estos gusanos y la medida de su
actividad debe por lo tanto proporcionar datos esenciales
para la continuación del estudio.

Desgraciadamente no podré participar en la siguiente


misión. Dicen hasta la próxima a Edileusa, yo tengo que
decirle adiós. Marchamos en avión. Ella se queda, un poco
emocionada por esta colaboración intensa y amistosa a
la que no estaba acostumbrada, velando sobre su parcela
que acaba de ganar en espesor por la superposición de la
pedología con la botánica y que ganará más aún cuando
se le añada la ciencia de los gusanos. Construir por capas
sucesivas un fenómeno lo convierte en cada vez más real
en el interior de la red trazada por los desplazamientos en
doble sentido de los investigadores, las muestras en for­
mol, los gráficos, las otras muestras, los mapas, los infor­
mes y las solicitudes de subvención.
Para que esta red empiece a mentir, a dej ar de referir­
se, bastaría con interrumpir su prolongación por ambos
extremos, dej ar de mantenerla, cortarle los fondos, rom­
perla en cualquiera de sus puntos. Si el Land Rover de
Sandoval vuelca y se rompen los botes de las lombrices y
se dispersan los paquetitos de tierra, toda la misión debe­
rá empezar de nuevo. Si falta dinero para regresar sob re

8 El aluminio es lo que permite formar arcilla a partir del silicio


contenido en el cuarzo de las rocas.
E L « PE D Ó F I L » D E B OA V I STA 2 79

el terreno n unca se sa brá si la frase del i nforme sobre e l


p a p e l de los g u s a n o s es u n a verdad científica, u n a hi póte­
sis gratuita o una ficció n . (Y si yo pierdo mis dispositivas
e n casa del fotógrafo encargado de imprimirlas e n papel,
¿ cómo sa ber si he mentido ? )

., -�

Figura r r .26

Figura r r . 2 6 - ¡ Por fin a i re acondicionado! P o r fin


u n lugar que se parece algo más a u n la boratorio. Esta­
mos en Manaus, e n el INPA, e n una a ntigua sala de prác-
280 BRUNO LATO UR

ticas transformada en despacho. En la pared, el mapa de l


Amazonas por Radambrazil y la tabla de Mendeleiev. Se­
paratas, carpetas, diapositivas, cajones, bolsos, bidones
de gasolina, un motor fuera borda . Armand redacta en su
ordenador portátil la visión final de nuestro informe fu­
mando un cigarrillo.
La transición bosque-sabana de Boa Vista prosigue sus
transformaciones. Transcrito a máquina, el informe circu­
lará por fax, disquete o correo electrónico y precederá a
través de las ondas a las pesadas maletas de tierra y gusa­
nos que van a conocer en distintos laboratorios seleccio­
nados por nuestros pedólogos una serie de nuevas pruebas
cuyos resultados sumarán más notas y carpetas en el des­
pacho de Armand para permitirle sustentar su nueva soli­
citud mediante la cual poder regresar sobre el terreno. Ron­
da indefinida de crédito científico que a cada paso absorbe
más la Amazonia en la pedología y cuyo movimiento no
puede detenerse sin perder inmediatamente su significado.
También yo, en mi ordenador portátil, escribo mi in­
forme fumando un cigarro, sobre una mesa de despacho
cubierta de libros, carpetas, diapositivas, ante el inmenso
mapa de la cuenca amazónica . También yo, en París, ex­
tiendo la red de la transición bosque-sabana puesto que
ahora circula, gracias a mí, hasta los filósofos y los soció­
logos. Sin embargo, esta porción de red que construyo no
está hecha con referencias, sino con alusiones e ilustracio­
nes. Mis esquemas no son diagramas ni mapas. Mis fotos
no transportan aquello de lo que hablo como las inscrip­
ciones de Armand lo hacen con el suelo de Boa Vista . Mi
texto de filosofía empírica no rerepresenta sus pruebas a la
manera de mis amigos pedólogos. La trazabilidad de mis
palabras no es tan buena como para permitir al lector vol­
ver sobre el terreno. Como pies de foto, mi texto final no
EL « PEDÓFIL» DE BOA VI STA 28 1

puede resumir la cosa de la que habla. ( Dej o al lector la


capacidad de medir la distancia que separa a las ciencias
exactas de las blandas, ya que este otro misterio requeri­
ría una nueva expedición que estudiase el pequeño filóso­
fo empírico que soy . . . )
Ahora pueden mirar en el diccionario el mapa de Bra­
sil para localizar Boa Vista . No busquen, se lo pido por
favor, ningún parecido entre el mapa y el lugar del que les
acabo de contar la historia. Todo este asunto de corres­
pondencia entre las palabras y el mundo procede de una
simple confusión entre la historia del arte y la epistemo­
logía. Tomaron a la ciencia por un cuadro realista imagi­
nando que copiaba exactamente al mundo. Las ciencias
hacen algo muy distinto -y los cuadros también (véase el
capítulo siguiente ) . Nos vinculan por etapas sucesivas al
mundo alineado, transformado, construido. En ello perde­
mos el parecido, es cierto, pero ganamos algo más: apun­
tando con el índice los trazos de una inscripción impresa
en un atlas, mediante una serie de transformaciones todas
igualmente discontinuas podemos unirnos con Boa Vista .
Disfruten de esta larga serie de transformaciones, de es­
tos resultados de los mediadores, en vez de mendigar los
pobres placeres de la adequatio. Nunca puedo verificar el
parecido entre mi espíritu y el mundo, pero pagando el
precio puedo extender la red por donde circula median­
te transformaciones constantes la referencia confirmada.
¿ No es esta filosofía de las ciencias más realista, en los dos
sentidos de la palabra, que las otras ?
Ah sí, lo olvidaba, el árbol que cae en el bosque de
Boa Vista cuando no estamos presentes ni Hélolse ni Edi­
leusa ni Armand ni René ni Sandoval ni yo, este árbol tan
célebre como el gato sobre su estera, ¿ existe realmente ?
Claro que sí, seguro, pero sin nosotros. Añadan el obser-
282 BRUNO LATOUR

vador al árbol, no es gran cosa, no es todo, no es nada .


El idealista quisiera que lo fuese todo. Pretensión extra­
vagante, como si el observador lo crease de arriba abajo
solo mediante sus fuerzas intelectuales. El realista quisie­
ra que no fuese nada. Pretensión igualmente extravagante,
puesto que el árbol se transforma por etiquetado, sondeo,
extracción, desplazamiento, marcaje. Por temor a perder
la realidad si confiesa su construcción, el realista quisiera
que el trabaj o de los observadores no contara para nada.
Por despecho a no poder engendrar el mundo a partir de
él, el idealista quisiera que las cosas en sí mismas nos fue­
sen desconocidas para siempre. Pero no es así, conocemos
las cosas-sucedidas-en-nosotros. Como toda la existencia,
el árbol se define por sus asociaciones. Añadan dos, lue­
go tres expediciones al límite del bosque de Boa Vista y lo
transformarán todo: árboles, plantas, gusanos, pedólogos
y botánicos ( por no hablar del antropólogo y de los lec­
tores del informe de misión o de los de este artículo . . . ) .
L O S ÁNGELES N O S O N B UENO S
INSTRUMENTO S C IENTÍFI C O S

Figura 12.1 Holbein, Los embajadores, 1 533 ( National Gallery ) .


284 BRUNO LATO U R

Están de pie apoyados en la mesa-velador sobre la


que se encuentran algunos instrumentos de geografía . En
el centro del cuadro, en diagonal, el espectador distingue
una especie de hueso de sepia de tono parduzco. Si centra
la mirada en el lado izquierdo del cuadro, casi al borde
de la superficie pintada, percibe un cráneo. Estos geógra­
fos que comienzan a construir el nuevo espacio del nuevo
mundo pidieron al artista que en su retrato figurase una
vanidad, un memento morí. Si convenía, para obedecer a
las leyes de este género venerable, situar un cráneo al pie
del cuadro, ¿ por qué deformarlo ? ¿ Por qué no añadirlo a
los instrumentos de agrimensura, de medida y proyección
como se había hecho en tantas otras naturalezas muertas
y tantas otras vanidades ?
Parece como si una sorda inquietud habitase aún a es­
tos inventores de mapas y agrimensores. ¿ De qué estaría
hecho su mundo si lograsen trazarlo exactamente por pro­
yección ? ¿ Dónde pondrán al mundo, al ultramundo, al de
Dios y su fe ? Una sorda inquietud habita asimismo a este
pintor primeramente católico, luego protestante, Holbein,
uno de los mej ores artesanos de la nueva perspectiva que
ofrece al espectador la impresión de mirar, por una venta­
na del mismo tamaño que el cuadro, un espectáculo que se
despliega ante él. Si Holbein logra muy bien producir esta
impresión de espectador exactamente proyectado y repre­
sentado, ¿ cómo pintar el otro mundo ? ¿ Cómo retratar lo
que no es un espectáculo al que se asiste, sino el movimien­
to de la fe que transforma y convierte ? Más aún, ¿ cómo
representar bajo el mismo prisma y en el mismo cuadro
la exacta proyección del nuevo mundo geográfico y la del
mundo divino ? Tal es el enigma de este cuadro: la repre­
sentación triunfa, con sus pompas y sus obras, sus servi­
dores y sus amos, ante los ojos deslumbrados del especta-
LOS ÁNGELES NO SON BUENOS INSTRUMENTOS 28 5

dor. « ¿ Pero a dónde ha ido la rerepresentación, es decir la


puesta en presencia, de nuevo, del convertido y del sujeto
de su conversión ? » , se preguntan inquietos quienes encar­
gan el cuadro, el pintor, el fiel y el espectador.
Para resolver esta dificultad Holbein superpone en el
mismo cuadro dos puntos de vista antagónicos. De los ser­
vidores y agentes de la fe solo queda un cráneo, pero un
cráneo deforme, que rechaza integrase en el resto del cua­
dro según la misma coherencia óptica que el embaldosa­
do, los tapices, los cuerpos, la mesa-velador y los instru­
mentos de observación. No solo este c r áneo nos recuerda
a la muerte, como en toda vanidad, sino que está pinta­
do de lado, proyectado a partir de otro plano como para
recordarnos que existe j ustamente otro ángulo de visión,
otro plano. « Están vivos, morirán » , decía la antigua va­
nidad. « Admiran la belleza de su cuerpo, del mundo y de
las formas, pero se verán desfigurados y deformes como
este cráneo » , murmura la nueva.
Fijémonos de nuevo en el borde del cuadro, acerque­
mos la mej illa al barniz (con la imaginación, ya que el vi­
gilante se enoj aría mucho y se dispararían las alarmas ) . El
hueso de sepia se convierte en un cráneo. ¿ Pero entonces
en qué se convierten los orgullosos embaj adores ? Cuer­
pos deformados y monstruosos. Si miran de frente a los
geógrafos, el mundo de la fe se vuelve disforme, obsceno;
si miran de frente al mundo de la fe, del que este cráneo
es el residuo, quienes se vuelven desfigurados y grotescos
son los artesanos del semblante del mundo, los geógrafos.
No se puede contener al mismo tiempo y baj o el mis­
mo prisma a la representación y la rerepresentación; no
se puede ser al mismo tiempo y baj o el mismo prisma es­
pectador y converso. Entre la ciencia nueva y la religión
( ¿ antigua ? ) hay ahora una incompatibilidad de puntos de
286 BRUNO LATO UR

vista . Lo que se encuentra oculto en los ojos de una se re­


vela en los ojos de la otra . Lo que una presenta, la otr a
lo aleja. Lo que se ve formado y figurado por una, la otra lo
deforma y desfigura.
Sin embargo, en este cuadro la alternativa no es más
que una inquietud y un recordatorio, j ustamente un me­
mento. Todo el espacio está ocupado por la embaj ada y la
geografía, la perspectiva y los instrumentos. Ha triunfado
la representación. Solo queda apenas el banco de bruma y
el pañuelo marrón para inquietarnos, para recordarnos que
la visión puede verse alterada, que las embajadas pueden
fracasar, que la geografía puede no bastar para describir
el mundo, que hay, que ha habido, que habrá tal vez otros
ángulos de visión. El cráneo deformado se parece más bien
a un remordimiento, un temor, una nostalgia. Los embaj a­
dores y los geógrafos ya no quieren abandonar su nuevo
mundo. Tan solo quieren acordarse de la posibilidad del
antiguo. De los venerables cuadros religiosos solo queda
lo mínimo, proyectado de lado. Al introducir el cráneo,
los embaj adores tan satisfechos de sí mismos y el pintor,
Narciso, contemplan literalmente su ombligo, es decir la
única cicatriz que les queda de la antigua matriz que los
hizo. Remontemos ahora el curso del tiempo, sigamos con
el pensamiento el cordón umbilical que Holbein quiso re­
cordar con su anamorfosis. Volvamos por un momento a
la antigua matriz que nos permita entender, por contras­
te, las tribulaciones de la imaginería sabia comparándolas
a las de la imaginería piadosa, ni más ni menos dolorosa.
Los dos embajadores o los dos geógrafos están aco­
dados en la mesa-velador sobre la que reposan los instru­
mentos de la cartografía, la cosmografía, la topografía, en
definitiva de la grafía del mundo. Sus caras mudas, sus pe­
sados vestidos, el embaldosado, la mesa-velador, la hermo-
LOS ÁNGELES NO S O N B U E N O S I N STRU MENTO S 287

sa cortina verde que les sirve de fondo, todo eso se ve plas­


mado meticulosamente en una perspectiva tan pura que los
numerosos comentaristas de este cuadro lo sienten como
medio maníaco. Este cuadro ofrece a nuestras miradas la
imagen exactamente reproducida de los representantes que
seguramente tienen el aspecto un poco tieso de quienes se
ponen « en representación » . Aunque Jean de Dinteville, se­
ñor de Polisy, y Georges de Selve, obispo de Lavour, estén
ahí de carne y hueso y que el primero de ellos encargase el
cuadro, parecen tan ostensiblemente representantes de algo
que el título del cuadro no menciona casi nunca sus nom­
bres; Holbein plasma exactamente el tipo del embajador,
es decir de esos mediadores fieles y hábiles, bastante orgu­
llosos de sí mismos, a los que se pide dar cuenta exacta de
su misión. Pero a estos perfectos intermediarios los presen­
ta en un espacio geométricamente construido, en compañía
de instrumentos de la construcción geométrica o de la agri­
mensura geográfica del mundo. Por eso al cuadro se le cono­
ce tanto por « los geógrafos » como por « los embaj adores » .
La forma de plasmar e l espacio de l a perspectiva, los
instrumentos colocados entre los dos hombres, el aire de
representación que adoptan las dos figuras de pie, todo
sugiere una meditación sobre la naturaleza de los nuevos
mediadores, de los nuevos intermediarios. El antiguo me­
diador también está presente, pero en lo alto del cuadro,
a la izquierda, en forma de crucifij o minúsculo colgado de
lado en la pared, atrapado por el borde del cuadro y medio
oculto por el tej ido verde que sirve de fondo a la escena .
Ya no es el velo del Templo desgarrándose ante el crucifi­
cado en agonía, es el tej ido de la escena que medio cubre
este horror que no queremos, no podemos mirar. La cruz
ya no ocupa el centro del cuadro, rodeada de figuras des­
trozadas por el dolor. Como en un homenaj e anticipado
288 BRUNO LATOUR

a Max Weber, dos figuras rebosantes de sí mismas enmar­


can a un coro de Lutero y a la Aritmética de los mercade­
res de Petrus Apianus. Dicen que el obispo de Lavour era
algo reformador' . Estoy dispuesto a creerlo. ¿ Qué obisp o
habría aceptado que lo pintasen de pie ante un libro so­
bre el cálculo de intereses mientras su Señor, en forma de
crucifij o trasero, colgase arrinconado tras un velo en la
periferia del cuadro ?
La antigua pintura sagrada, la antigua representación ,
la antigua meditación, se vuelve incomprensible para los
nuevos embaj adores y se vuelve tal vez comprensible a los
ojos de los amantes de las ciencias. Los hombres ocupan
el lugar de las santas figuras, pero en vez de contemplar
piadosamente arrodilladas una celeste aparición, están de
pie ante nosotros y nos miran fij amente a los ojos como
si ocuparan el lugar del antiguo Pantocrator. Ofrecen a la
mirada los instrumentos que por fin permiten ofrecer el
mundo a la mirada. Los centros de cálculo se han vuelto
todopoderosos. ¿ Estamos contemplando una vanidad o
bien lo que convendría llamar una « satisfacción » , incluso
una « extrema satisfacción » ? La respuesta depende del cor­
tinaje verde: si lo descorren, los dos personajes se encuen­
tran, según Baltrusaitis1 en plena catedral de Wesminster,
tan perdidos como los dos Hernández y Fernández, según
Haddock, en pleno San Pedro de Roma -« Descubrámo­
nos, señores . . . » . En cambio, si se mantiene la cortina del
santuario cerrada, se encuentran al abrigo y calentitos en
el castillo de Polisy.

1 Hervey Mary: Holbein's Ambassadors, the Picture and the Men,


an Historical Study; George Bell and Sons, Londres, 1 900.
2 Jurgis Baltrusaitis: Anamorphoses; Flammarion, París, 1 9 84 .
LOS ÁNGELES NO SON BUENOS INSTRUMENTOS 289

Según se levante o no la anamorfosis, se descorra o no


la cortina, se resiente la extrema fragilidad del mundo de la
representación o bien el carácter exsangüe del mundo de la
rerpresentación. En este último caso, el Cristo mediador ya
no tiene sangre que derramar, nadie posee fuerza suficiente
para recoger su Santa Faz en la tela pintada. Los cuadros ya
no generan epifanías, ya no encarnan la Presencia en óleo,
barniz, huevos y pigmentos. Ya no presentan realmente a los
mediadores de Dios; representan al mundo, a los hombres,
a los mercaderes y a las ciencias. Se han vuelto instrumen­
tos, inscriptores como los que he apuntado antes y tenemos
ante nosotros el retrato místico de los sabios fieles como Ar­
mand y René en el capítulo anterior. La perspectiva ha in­
ventado el desplazamiento sin deformación de una imagen
en el espacio3 . A partir de una figura dibujada el espectador
puede reconstruir con regla y compás, sin información su­
plementaria, cómo esa figura aparecería según todos los de­
más ángulos de visión. Tal construcción geométrica acelera
la producción de esos móviles inmutables, de esas constantes
que definen, como acabamos de ver en caso de la Amazonia,
el trabajo de los sabios, duros o blandos, calientes o fríos.

LA Ó PTICA DE LA GRAC IA

Setenta y tres años antes, en 1 4 60, Antonello da Messina


pintó a San Jerónimo en su estudio. También él usaba ya la
perspectiva, también él había colocado alrededor del santo

3 William M . lvins: « La rationalisation du regard » , Culture tech­


nique nro. 1 4 1 9 8 5 y M. Kemp: The Science o( Art. Optical Themes in
Western Art from Brunelleschi to Seurat, Yale University Press, New
Haven, 1 990.
290 BRUNO LATOUR

obras e instrumentos, también él dibujaba el embaldosado


de un santuario. Para figurar el cielo no tuvo necesidad de
ningún ángel, ningún oro, ningún querubín. Ningún cráneo
deformado evocaba la posibilidad de lo sagrado. Aquello
que bañaba en lo sagrado sin la menor vacilación era el con­
junto de la pintura o más bien, como señala j ustamente Ed­
gerton, 4 desde 1 4 2 5 lo sagrado baña en la perspectiva. Por
primera vez y por poco tiempo la óptica, la geometría, la
teología, la gracia y la pintura obedecen a las mismas leyes.
En Antonello, que une los principios y los métodos de
la pintura flamenca a los de la pintura italiana, el mismo
espacio acoge a los animales, las construcciones del hom­
bre, la naturaleza vista a través de la ventana del santua­
rio, el león simbólico y el santo de Dios captado también
él por el espectador como a través de una ventana. La fic­
ción, el otro mundo, la naturaleza y los santuarios cons­
truidos por los hombres para los dioses tienen la misma
coherencia óptica, gracias a la cual intercambian sus atri­
butos: los santos y las ficciones ganan en realismo, la rea­
lidad gana en luz y en perfección. Igual que el santuario
acoge a San Jerónimo, a la naturaleza, los hombres y los
animales unidos, el espacio de la perspectiva permite con­
templar con el mismo o;o lo sagrado y lo profano. Me­
diante este redoblamiento del santuario y de la construc­
ción legítima, es el propio cuadro quien se convierte en un
santuario y recoge la Presencia reals.

4 Samuel Edgerton: The Renaissance Discovery of Linear Perspective,


Harper and Row, Nueva York, 1 976.
5 Véase sobre Antonello el hermoso libro de Fiorella Srichia San­
tro: Antonello et l 'Europe; Jaca Books, París 1 9 8 6; y sobre el tema de
San Jerónimo Daniel Russo: Saint jeróme en Ita/ie, La Découvert�ole
Fran�aise de Rome, París-Roma, 1 9 8 7 .
L O S ÁN GELES NO S O N B U EN O S I N STRUMENTO S 29 1

F i g u r a 1 2 . 2 A n t o n e l l o de M e s s i n a , San jerónimo en su estudio


(National Gallery) .
29 2 BRUNO LATOUR

Entre estos dos cuadros, a tres salas de distancia en


la National Gallery, ha ocurrido algo esencial para las tri ­
bulaciones de la imagen piadosa : lo que se redoblaba en
Antonello se distingue en Holbein. La Presencia real se ha
vuelto realmente lej ana; las tierras lej anas se han vuelto
realmente presentes. El régimen de mediaciones se ha in­
vertido. Igual como la perspectiva presenta lo alejado y la
pintura sacra de iconos presenta lo que siempre existe de
nuevo, todo sucede como si durante algunas décadas los
dos sentidos de la palabra « presencia » se hubieran com­
binado, permitiendo a la antigua fe y a la nueva ciencia
intercambiar sus atributos.

PROCESIONES

Contexto 1 Contexto 1 Contexto 1

RED DE REFERENCIA
Centro
Mensaje Al A2 A3 A4 Mensaje AS

7 l 1? 1 l 1? 1 l 1? 1 l 1? 1 .
Periferia
Contexto 1 Contexto 1 Contexto 1

Figura 1 2 . 3 Dos formas distintas de transmitir mensajes a través de


contextos; la primera no duda en modificar el mensaje para repetir lo
mismo -no hay tránsito sin retraducción; la segunda logra mantener
el mensaje constante a través de la serie de transformaciones-: se
trata de construir los móviles inmutables. La primera no se capitaliza,
la segunda capitaliza indefinidamente hacia el centro.
L O S ÁNGELES NO S O N B UEN O S I N STRUMENTO S 29 3

Figura 1 2 . 4 Claude Le Bault, San Lucas pintando a la Virgen


María ( Museo de D i j on ) .
294 BRUNO LATO UR

En el cuadro de Holbein los dos sentidos de la pala­


bra « presencia » ya difieren tanto que podemos caracte­
rizar fácilmente a los dos regímenes distintos de traduc­
ción. El mensaje ya no va a modificarse por completo en
función del contexto, de modo que se pueda resentir la
misma presencia en cada lugar; se intentará transportar
información de un contexto a otro a través de una serie
de transformaciones para, en un cierto punto, poder ac­
tuar a distancia sobre otro convertido por este motivo en
conocido y dominado. En ambos regímenes hay traduc­
ción, transformación y mantenimiento de una constan­
te, pero el sentido de estas tres palabras difiere totalmen­
te. En el primero se debe inventar para permanecer fiel a
lo que siempre está presente. En el segundo se tienen que
poder alinear inscripciones de modo que permanezcan
siempre superponibles y permitan acceder a lo lej ano. El
primero no permite ninguna capitalización, ya que de un
contexto al otro no se adquiere ninguna información. El
segundo crea centros de cálculo por acumulación de in­
formaciones, rechazando todos los demás lugares a la pe­
riferia. El primer régimen mantiene mediante la serie de
mediaciones una revelación mientras que el segundo per­
mite descubrimientos. El primero traza lo que yo llama­
ría procesiones, mientras que el segundo dibuj a alinea­
ciones de referencias.

TRAICI ONAR O TRADUCIR

El pintor que pinta a San Lucas pintando en primer plano


del cuadro una imagen de la Virgen María, según el mode­
lo ofrecido en segundo plano por una Virgen María « real »
que aparece entre nubes rodeada por ángeles y querubines,
LOS ÁNGELES NO SON BUENOS INSTRUMENTOS 29 5

dibuj a baj o el punto de vista del espectador a la vez una


procesión y una referencia . Dado que hay pequeñas dife­
rencias de interpretación entre lo plasmado por San Lu­
cas sobre la santa aparición y la propia aparición, el es­
pectador podría tomar la alineación de ambas imágenes
como prueba suplementaria de que la Virgen María tuvo
realmente esa cara. Nos encontraríamos ante un inicio de
red, j uzgando la fidelidad por la superposición posible de
la Virgen de carne y hueso en tres dimensiones (ya repre­
sentada en dos dimensiones ) y la Virgen pintada en el ca­
ballete de San Lucas. En tal caso el dedo apuntando de los
ángeles y querubines j ugaría el mismo papel que el estilete
de los inscriptores científicos.
Sin embargo ningún espectador, a menos de ser un im­
_
pío, tendría la idea disparatada de superponer las dos imá­
genes para obtener un suplemento de certeza en cuanto a la
realidad de la Virgen allí en el cielo (como tendría el deber
de hacer con el bosque de Boa Vista, allí en la Amazonia,
véase la figura 1 1 . 2 ) . En una lógica de procesión, el fiel no
ve en esa alienación más que un redoblamiento, una re­
petición en el sentido que he definido antes. El espectador
reza ante este cuadro como San Lucas ante la aparición
de la Virgen. Del mismo modo que la primera se encarna­
ba en la pintura del Evangelista, ahora se encarna ante él.
¿ Es exacta la pintura ? ¿ El propio San Lucas pinta fiel­
mente ? ¿ San Lucas pintó verdaderamente a la Virgen ? ¿ San
Lucas existió ? ¿ La Virgen se apareció alguna vez en una
nube ? ¿ La Virgen existe ? Todas estas preguntas cambian
de sentido según el régimen de lectura . En una lógica de
procesión, la pintura solo es fiel si el enésimo espectador
se conmueve y comprende esta emoción como si fuese la
misma que la suscitada en San Lucas. Si la Virgen se le
aparece en el cuadro, él se vincula efectivamente, median-
29 6 BRUNO LATOUR

te una larga cadena de repeticiones y redoblamientos, a la


madre de Jesús. « Así pues, era eso lo que querían decir las
Escrituras. Creo, ven en ayuda de mi incredulidad . . . » . Si
el espectador se siente más fiel es que la pintura efectiva­
mente ha representado fielmente, es decir que le ha ofre­
cido una nueva oportunidad de captar ahora el contenido
sin contenido de la fe. En una lógica de referencias, por el
contrario, la pintura es fiel si el enésimo espectador pue­
de tener acceso a la Virgen en el cielo, allí, tal como está
a lo lej os, mediante la alineación casi perfecta de media-
. .

c10nes sucesivas.
Sabemos leer tan bien los instrumentos científicos que
ya no recordamos otros regímenes de representación. Para
nosotros un cuadro de la Virgen María ya solo se puede
leer como un fragmento de estética o de historia del arte,
como testimonio de una creencia o de la historia de las
mentalidades. Nos cuesta imaginar un régimen de repre­
sentación que no trace el camino que conduce al objeto.
La fidelidad, para quienes estamos embebidos de ciencia
hasta la médula, solo puede significar el desplazamiento
sin deformación de una inscripción. No podemos leer la
traición voluntaria a lo largo de un camino más que como
una mentira -una creencia infundada- o como una es­
tética -las libres divagaciones de un artista .
Sin embargo un ejemplo escogido en plena « querella
de los ritos » permitirá tal vez comprender las dos fuentes
opuestas de traición y fidelidad que permanecieron tan­
to tiempo una j unta a otra . Los jesuitas radicados en Chi­
na escriben a Roma y se quej an de que, baj o la presión de
los hermanos predicadores, se les obliga a pronunciar la
fórmula de la consagración en latín. Cuando el sacerdote
dice « Hoc est enim corpus meum » , parece al oído de un
chino: « Ho-cu ye-su-tu ye-nim co-lo-pu-su me-um » , lo que
LOS ÁNGELES NO SON BUENOS INSTRUMENTOS 29 7

podría considerarse una buena aproximación, con margen


de erro de algunas consonantes, si los j esuitas no ofrecie­
sen la traducción en francés de lo que los infortunados
chinos escuchan en el momento de la transubstanciación:
« emanación, antiguo señor, oficina, regla, bello, reposo,
cada uno, camino, huir, cosa, meditar, verdes, praderas » 6•
¿ Dónde radica el mayor sacrilegio ? , preguntan los je­
suitas. ¿ Dar a escuchar al oído chino una letanía sin pies
ni cabeza o traducir el latín al chino, con riesgo de usar
palabras que posean en la lengua corriente o erudita un
sentido tal vez chocante para Roma ? Dos definiciones de
fidelidad de la traducción se oponen a lo largo de la que­
rella de los ritos. O bien los j esuitas pronuncian de nuevo
el mensaje haciéndose chinos entre los chinos, aunque en­
tonces el contenido del mensaj e se vuelve irreconocible si
se le compara palabra por palabra con el de Roma, o los
j esuitas imitan a los hermanos predicadores y repiten pa­
labra por palabra el mensaje romano, aunque entonces el
movimiento del mensaj e hasta otra lengua, hasta otra ci­
vilización, se encuentre en suspenso. Los hermanos predi­
cadores y los jesuitas pueden tratarse entre ellos de anate­
mas y herejes, los primeros porque se hacen valientemente
martirizar y ven en este martirio una prueba suplementa­
ria de su fidelidad a Roma y en la inmunidad de la que go­
zan los j esuitas una prueba de su tibieza, los segundos por­
que esos monjes ignorantes y desarrapados pierden toda
Asia para Cristo al rechazar la adaptación de su mensaj e
y siendo fieles exclusivamente a Roma . Ya sabemos lo que
sucedió. Los jesuitas se vieron forzados a abandonar sus

6 R. Etiemble: Les jésuites en Chine: la querelle des rites, Julliard,


París, 1 9 66 .
29 8 BRUNO LATOUR

« peligrosas acomodaciones » y la Iglesia de Roma perdió


efectivamente la mitad de la tierra, guardando valiosamen­
te un poso que luego se vio reducido y que ella misma ya
solo considera como un tesoro que debe transmitirse sin
deformación, es decir que paradój icamente le hace j ugar
a contrapié el papel de una referencia científica.
He elegido la querella de los ritos porque es el mo­
mento en que la máquina de repetir se averió, del mismo
modo que he elegido el cuadro de Holbein porque ya solo
aludía a la pintura sacra de un siglo atrás como a un re­
mordimiento.
Sin embargo esa máquina no siempre estuvo averia­
da. Cuando funcionaba a pleno rendimiento parecían una
prueba de fidelidad, repeticiones j ustas, una serie de dis­
cursos cuya letra difería . Si San Pablo, si Jesús de Nazaret,
si los Padres de la Iglesia, si los infortunados obispos per­
didos entre visigodos hubieran solucionado sus querellas
de ritos de la forma como Roma reguló la del siglo xvn ,
nunca habríamos oído hablar del cristianismo. Se habría
quedado en una de las innumerables sectas milenaristas
arameas conocidas tan solo por los historiadores.
La amplitud de la repetición, la amplitud de la traduc­
ción, la amplitud de la traición es justamente lo que carac­
teriza la fidelidad al mensaje de todos aquellos invento­
res, innovadores, traidores y traductores. Pensemos en la
formidable traición fiel que hizo de Jesús, anunciador del
reino de Dios y a la vez quien fue anunciado, Cristo. Pues­
to que ahora ha resucitado, se dijeron los discípulos en su
lenguaje, los griegos, los romanos, los visigodos deben en­
tenderlo por sí mismos. Empecemos de entrada por tradu­
cir al griego, al latín las palabras «Jesús » y « resurrección » ,
transformemos d e arriba abaj o los textos, intercalemos,
añadamos, recosamos, adaptemos, inventemos. San Pablo
LOS ÁNGELES NO SON BUENOS INSTRUMENTOS 299

no dice otra cosa en todas sus epístolas: si es necesario ser


infieles a la Ley y a la circuncisión, seámoslo. « No le bus­
quéis entre los muertos, sino entre los vivos » . La predica­
ción remite a Jerusalén, a las costumbres y hablas de una
secta aramea de circuncisos y entonces los circuncisos no
entienden el mensaje y el mensaj e, todo presencia, no se
transmite fielmente, o bien se transmite fielmente y de in­
mediato cada uno se pone a decir otra cosa hablando en
sus lenguas como el día de Pentecostés.
En este régimen de traducción, por una paradoj a que
ya no comprendemos, nunca se debe dej ar de decir de otra
forma para poder repetir lo mismo. No hay tránsito de un
lugar a otro sin transformación. Los pueblos que habita­
ron la cuenca mediterránea y Europa durante quince si­
glos eran demasiado distintos para que la letra del men­
saje permaneciera reconocible. Incluso en el interior de
una cultura dada la letra debe cambiar constantemente,
ya que el mensaj e solo se entiende si parece nuevo, pre­
sente de nuevo como la primera vez. Tampoco hay entu­
siasmos sin transformación profunda de las vidas, los ri­
tos, las frases, las obras, las costumbres, las prácticas, las
piedades. En este régimen de traducción se puede perma­
necer fiel por invención o bien por transmisión y se puede
traicionar tanto por repetir como por innovar.

Fidelidad Infidelidad

Identidad rito machacar

Diferencia renovación herejía

Figura 1 2 . 5
3 00 BRUNO LATOUR

REPRESENTAR O RE-PRES ENTAR

Esta forma de fidelidad se nos ha vuelto paradójica porque


ya no comprendemos ni los trances religiosos ( por repeti­
ción siempre distinta del mismo mensaje sin contenido) ni
los trances científicos ( por maximización de los desplaza­
mientos sin deformación ) . En los términos comunes desde
el siglo xvn, la historia de los primeros se convierte en un
tej ido de invenciones, mientras que los segundos se con­
virtieron en el acceso a las cosas por fin desveladas tras
siglos de oscurantismo y que ya solo se pueden negar con
mitos más o menos respetables o absurdos. La religión se
vuelve una creencia cuando acepta la moda del desplaza­
miento de las ciencias al mismo tiempo que quiere salvar
su mensaje. Entonces se imagina que habla de otro uni­
verso, lejano como el de la referencia, pero distinto. Em­
pieza a creer que cree en otro mundo, mientras que hasta
entonces solo intentaba hablar de otro modo. En cuanto
a las ciencias, también se convierten en obj eto de creencia
a partir del momento en que olvidan el trabaj o de la refe­
rencia y la frágil red que necesitan trazar para acceder a lo
lej ano a partir de un centro de cálculo. Empiezan a creer
que saben y que residen en un mundo inmanente, como si
la naturaleza no fuera trascendente, lejana y mediatizada.
Consideradas a partir de las redes científicas, las pro­
cesiones mienten. No cesan de especular a su alrededor,
añadirles episodios a los Evangelios, multiplicar anécdotas
piadosas, sumarles milagros, desarrollar cultos, reconstruir
iglesias, enriquecer dogmas, establecer correspondencias,
multiplicar reglas canónicas, fundar o reformar institucio­
nes y órdenes; las apariciones se extienden por todas par­
tes, las curaciones se vuelven cada vez más numerosas, los
púlpitos rebosan de nuevos oradores con parábolas im-
LOS ÁNGELES NO SON BUENOS INSTRUMENTOS 301

pactantes, las paredes s e cubren d e frescos con invencio­


nes cada vez más audaces . . .
Pero este tej ido d e mentiras e s u n tej ido sin costura.
El asunto prosigue porque no cesan de inventar cada vez
que alguien comprende por sí mismo que el mensaje de
la presencia está presente hic et nunc, se pone a hablar de
golpe de apariciones de la Virgen, a construir una capilla,
a conducir un flujo de peregrinos y a encargar a un pin­
tor un cuadro perfecto que conmemore su aparición. Y
puesto que llegan otros que, a su vez, comprenden ante el
cuadro lo que el primero comprendió, se curan y hablan
de imagen milagrosa. ¿ Están todos chalados? ¿ Desvarían?
Ya no tenemos palabras para definir su invento, sus men­
tiras piadosas: esa comprensión que les obliga a añadir
formas a otras formas, transmitiendo el mensaje tras ha­
berlo transformado debidamente, porque lo han transfor­
mado debidamente.
Ya no podemos entender esta invención continua, esta
recreación permanente. Del mismo modo que no enten­
demos esta tarea de selección, investigaciones, tribunales,
decisiones eclesiásticas, formalismo frío, erradicación a
través de la que se define a tientas la ortodoxia, es decir el
recto camino entre la insistencia machacona y la herej ía,
dos formas igualmente errantes de traición .
En efecto, a las mediaciones continuas de todos aquellos
que comprenden el mensaj e transformándolo debe añadir­
se la de la autoridad que distingue, en medio de las trans­
formaciones, aquello que prolonga el mensaje de aquello
que lo traiciona. ¿ Cómo distinguir a los falsos profetas, a
las innovaciones peligrosas, a las piedades fingidas, a los
estigmas pintados con mercurocromo, a las apariciones
mediante fotos trucadas ? ¿ Cómo regular este régimen tan
particular de la traducción que exige a la vez y en el mis-
3 02 BRUNO LATO UR

mo movimiento infidelidad y fidelidad? ¿ Cómo seleccio­


nar durante estos quince siglos en que millones de perso­
nas innovan alocadamente, cada uno a su bola, y cubren
la tierra de iglesi as, santos, milagros, relicarios, órdenes y
conventos ? ¿ Cómo mantener lo que los fabricantes de or­
denadores llaman hoy la « contabilidad informática » en­
tre máquinas de interpretación inventadas por arameos el
año o y las de los cartesianos del año 1 6 5 0 ?
Nos sorprendemos ante tal formalismo, ante esos tri­
bunales eclesiásticos, esos concilios que parecen de nota­
rios, esos reglamentos puntillosos, esos procesos de beati­
ficación más meticulosos que una experiencia del CERN7•
Nos gustaría que pudiera traducirse simple y llanamente el
mensaje, que pudiera decirse simple y llanamente si tal ver­
sión es fiel o infiel. Nos gustaría expulsar a todos los me­
diadores y que nos dijesen de una vez cual es el contenido
de la religión cristiana, del mismo modo que nos gustaría
eliminar todos los instrumentos científicos para que nos
enseñasen de una vez y para siempre la verdad saliendo
desnuda de su pozo. Es algo imposible tanto para la reli­
gión como para las ciencias, porque el análisis de esa me­
diación (tal vez un milagro ) por la que se entiende la me­
diación de los mediadores ( por ej emplo la Virgen ) es en sí
mismo una mediación más tupida aún ( un proceso de re­
conocimiento que no cesa ) . Que cese, dicen los iconoclas­
tas; que añadan más mediaciones, gritan los iconófilos.
Quienes vivimos baj o otros regímenes de traducción
solo logramos entender la innovación religiosa en las dos
formas que ha adoptado desde el siglo XVI : o se trata de
puras (y piadosas) invenciones o bien de añadidos inúti-

7 Consejo Europeo para la Investigación Nuclear. ( N . del T. )


LOS ÁNGELES NO SON BUENOS INSTRUMENTOS 303

les. La primera interpretación es racionalista, la segunda


protestante. La primera, descreída, pretende que se ha elu­
cubrado mucho a lo largo de las edades de la fe; la segun­
da, creyente, que se ha corrompido en exceso el mensaj e
original. Ambas se imaginan que se trata de un mensaje,
una revelación parecida en su forma a lo que las ciencias
nos han acostumbrado y que este mensaje hubiera podi­
do, hubiera debido, mantenerse inalterado durante quin­
ce siglos. Ambas pretenden que de todos modos la Iglesia
es un intermediario del que se puede prescindir para deci­
dir sobre tales asuntos y separar el grano de la paj a. Más
adelante, mezcladas ambas con el cientifismo en la gran
exégesis bíblica, se esforzarán en volver a encontrar el Ur­
text que permita oír hablar a « Ieshua » de Nazaret en per­
sona como si un reportero hubiera podido entrevistarle
con magnetofón. Triunfo del periodismo y del cientifismo.
Pero la más curiosa paradoj a de esta nueva forma de
considerar la innovación religiosa es que la Iglesia cató­
lica, intimada, la ha aceptado como tal. Durante la Con­
trarreforma admitió que había exagerado un poco, que
había tenido que especular un poco y que convenía regre­
sar a la pureza primitiva. Pero ya no comprendió aquel
regreso igual como aceptó hasta entonces todos los movi­
mientos de reforma, de purificación, de renovación que la
habían sacudido cada cincuenta años. En vez de compren­
derlo como una invitación a volver a poner la máquina en
movimiento, a distinguir de nuevo entre la letra y el espí­
ritu, al continente del contenido, a las formas particula­
res del movimiento de presentación, la Iglesia entendió la
Contrarreforma como el retorno a un cierto mensaje, un
cierto contenido, una cierta forma . Con ello interrumpió
realmente la propia alma de su movimiento de repetición:
decir de otra forma, decir de nuevo, no dudar en traicionar.
3 04 BRUNO LATOU R

En vez de progresar y volverse menos fiel, aceptó la


postura de sus adversarios y siguió la dirección que le indi­
caban, hacia atrás, hacia el pasado, transformando una ló­
gica de repetición para convertirla en una creencia en algo
supraterrenal. Invención más obscena aún que el cráneo
blancuzco pintado por Holbein. Probablemente debemos
a la ciencia el oscurantismo de la religión, pero solo la Igle­
sia puso su pundonor en jugar el papel de la Noche que la
ciencia le ofrecía en su gran drama de las Luces. La religión
aceptó ser una creencia y hablar también de un referente,
del mismo modo que las redes científicas, aunque la suya
permanezca inclasificable. De lo cual se desprende la solu­
ción dada a la querella de los ritos, impensable en tiempos
en que la Iglesia, no intimidada, salía a mezclarse con los
irlandeses o los celtas y se volvía « romana con los roma­
nos, griega con los griegos, gentil con los gentiles » . Tomó
su particularismo como una prueba de su fidelidad reencon­
trada. En vez de seguir convirtiéndose en católica « hacién­
dose toda ella para todos » , aceptó ser solamente romana.

PROCESI ONES Y REDES

Para medir el abismo que separa la lógica de las procesio­


nes de la lógica de las redes regresemos a Holbein y consi­
deremos la forma como Enrique VIII, tras haberlo tomado
a su servicio en 1 6 3 3 , lo envió de embajador al continen­
te para que trajera un exacto retrato de una de sus novias
putativas. La representación tenía que ser tan perfecta que
Barbazul pudiese tomar la decisión sobre la imagen mis­
ma. Sin duda nos hallamos ante el problema de la presen­
tación, de la representación, de la relación con el original
y del efecto de una imagen, de un intermediario con un
LOS ÁNGELES NO S ON BUENOS INSTRUMENTOS 3 05

espectador vivo. Pero cada uno de estos elementos de la


traducción se encuentra ahora transformado.
Si Holbein pintaba un icono, si dibujaba el tipo de la
hermosa novia, si incluso emocionaba profundamente a
aquel asesino de mujeres, no habría cumplido con ello su
nueva función de embaj ador. No habría traído a la novia
pintada de forma que una relación de superposición fue­
se posible entre la silueta barnizada y la hermosa cara de
carne, igual como se superpone un mapa de geografía con
un mapa de geología. No habría vinculado el palacio del
rey con el de la novia por un camino reversible que per­
mitiera a cualquiera ir y venir comparando al original con
el cuadro. No habría producido un representante de tela
y barniz sustituible por un tiempo al original que perma­
necía en la periferia del reino. No habría ofrecido a En­
rique VIII un suplemento de poder sobre el bello sexo ni
permitido tomar sin salir de su palacio una decisión me­
ditada a propósito de la cara propuesta al sacrificio con­
yugal. Pintando un tipo en vez de reflej ar una cara, Hol­
bein habría interrumpido la presentación de una red de
referencias. Al rey que rompió las venerables cadenas que
unían su reino a Roma no le gustaba que suspendieran la
construcción de sus redes y escogía con esmero a los em­
bajadores encargados de trazarlas.
Excelente elección la de Holbein, puesto que había
aprendido aquella forma meticulosa de plasmar caras y
situaciones sumergiéndolas en un espacio geométrico cal­
culado. El retrato de la novia fue exacto. Se desplazaba a
través de Europa sin que viniera a añadírsele ninguna de­
formación suplementaria. En el palacio de Windsor el rey
pudo contemplar a su víctima como si viviera en el casti­
llo. Cuando la j ovencita llegó -si es que llegó, ya que los
transportes no eran entonces tan seguros como la plasma-
3 06 BRUNO LATOUR

ción de un cuadro-, el rey no debió quedar sorprendido.


Gracias a su pintor embaj ador sabía por adelantado a qué
se parecería. La conocía .
Un hombre rodeado de tales imágenes y servido por
tales intermediarios es un gran sabio. ¿ Cómo extrañarse de
que despreciara un poco las cadenas de la antigua religión ?
Los dos embaj adores pintados por Holbein no están
representados con los instrumentos de la pasión portados
por los ángeles, sino con los instrumentos de la navega­
ción, el comercio, la cosmología y la geografía enmarca­
dos por hombres. La fidelidad había cambiado de forma
y de régimen; la antigua fe ya no era lo que torcía y de­
formaba los cráneos. La nueva fidelidad necesitaba gráfi­
cos, tablas trigonométricas, libros de cuentas, astrolabios
y mapas. La propia superficie del cuadro ha transmutado
en mapa proyectado por intermediación de una parrilla
de coordenadas listas para su numerización.
Las procesiones transportan también mensajes, imáge­
nes, ritos, leyes, libros, obras, narraciones, pero cada uno
de esos desplazamientos se opera al precio de una trans­
formación distinta que tiene la forma de una tradición. Se
mantiene mediante esta cadena de tradición la certeza en
que, sea cual sea el número de intermediarios, todos repiten
fielmente algo parecido incluso si lo transforman, porque
lo transforman. La intensidad de la revelación es propor­
cional a la puesta en escena, a la multiplicación, al amon­
tonamiento, al redoblamiento de los mediadores. Una am­
plia comunidad se dibuj a entre todos esos transformadores
fieles, cada uno de los cuales realiza por sí mismo lo que
los demás dicen y que no había entendido hasta entonces.
La comunión de los santos sale de esta fraternidad: han
tenido la misma experiencia, también ellos han compren­
dido eso. ¿ Qué es « eso » ? Lo que sus predecesores habían
LOS ÁNGELES NO SON BUENOS INSTRUMENTOS 3 07

comprendido y que permanece presente aun hoy bajo las


mismas formas, bajo otras formas.
La lógica de procesión no progresa más que en inten­
sidad; teme a la innovación, aunque no cesa de inventar
continuamente; se esfuerza en no insistir machaconamente,
aunque no cese de repetir los mismos ritos. La tradición se
enriquece continuamente sin querer ganar. Segmenta a los
intermediarios, no los capitaliza. Le gusta por encima de
todo establecer correspondencias, saturar con relaciones
transversales los distintos mensaj es amasados a lo largo
de los tiempos. Le gusta depurar continuamente el mensa­
je, pero cada depuración se convierte en un tesoro nuevo
que viene a sumarse al depósito sagrado y a enriquecerle,
a complicarle un poco más. Le gusta precisar el mensaj e,
pero eso desencadena cada vez concilios, sesiones de los
tribunales, congregaciones que acumulan puntos de doc­
trina, de teología, de derecho canónico y complican más
el movimiento del mensaje.
Inmensa, venerable, complej a, infalible, traidora y tra­
ductora, saturada de mediaciones, así es esta comunidad
que mantiene la tradición intacta enriqueciéndola, inven­
tándola de arriba a abajo, esta Iglesia romana con la que
Enrique VIII acababa de romper, estas largas cadenas de
re-presentación entre las que Holbein renunció a colocar­
se y que solo hizo figurar oblicuamente, como un remor­
dimiento, en su lógica de redes.

LA CAÍDA DE LO S ÁNGELES

Lo que segmenta y dibuja a las procesiones lo llamaré ángel,


por oposición a lo que alinea y mantiene a las redes, que
llamo instrumentos.
3 08 BRUNO LATOUR

Los embaj adores-geógrafos no son ángeles. Con esto


no pongo en duda su moralidad sino su aptitud para tra­
zar consecuencias de repetición. A la inversa, los ángeles,
contrariamente a la creencia común y a la etimología, son
malos mensajeros y horrorosos geógrafos. Sus capacida­
des intelectuales o su espíritu de rigor no están tampoco
en duda, sino simplemente su incapacidad para presen­
tar tan buenas referencias como las de los instrumentos.
Los ángeles no transportan un mensaje indeformable
a través del espacio-tiempo, sino que interpelan y dicen
siempre: « ¡ Atención ! ¡ Con cuidado ! ¡ Nos es aquí! ¡ Esta
no es la cuestión ! ¡ Se trata de ti ! ¡Vamos a hablarte ! ¡No
te vayas ! » Los ángeles no son mensajeros, sino meta-men­
sajeros, y precisamente por eso se les representa como se­
res superiores a los carteros, a las telefonistas y a todos
los módems y sistemas de conexión de este mundo. Tanto
en pintura como en los relatos, tienen una función fática,
dicen: « ¡ Hola ! » . ¿ Quién habla, qué dicen, cuál es el obje­
to de la decisión, cuál es el contenido del mensaje ? , eso el
ángel no lo dice nunca, no lo transporta nunca en forma
de un burofax, de un telegrama, de un paquete de bits. El
interlocutor es quien tiene que descifrarlo.
Tan solo si el espectador comprende por sí mismo de
qué se trata puede decirse del mensaje que fue fielmente
« transmitido » . Dicho de otro modo, el exacto contenido
del mensaje está en manos del interlocutor, del destinata­
rio, y no en las del mensajero. El mensajero lleva un con­
tinente, una interpelación, un metalenguaje, un modo de
establecer toda mediación posible. Si se despliega la filacte­
ria desenrollada por los ángeles se encontrará a otro men­
sajero, por ejemplo: « Alegraos, un Salvador ha nacido » .
Y s i se despliega el nombre de Salvador se encontrará de
nuevo a un mensajero: « É l es el Hijo de Dios » . Dicho de
LOS ÁNGELES NO SON BUENOS INSTRUMENTOS 3 09

otro modo, nunca hay mensaje, solo mensajeros; este es


el mensaje angélico y evangélico.
El ángel pintado en el cuadro sacro -o el cuadro que
puede considerarse en su integridad como un ángel- se
dirige al destinatario. Si este ocupa el lugar previsto por
el remitente y por el mensajero, comprende lo que ambos
quieren decir. Comprender es enviar a otro mensajero,
distinto en su contenido del primero, pero que permita a
un tercer destinatario comprender por sí mismo lo que el
segundo y el primero también comprendieron. Del terce­
ro al primero no puede decirse que se haya ganado gran
cosa, ya que cada cuadro, cada relato, cada figura difie­
re del anterior.
Desde el punto de vista del observador exterior se
ha ganado sin duda en riqueza, puesto que nuevas obras,
nuevos dogmas, nuevos actos de fe se han producido, pero
no existe ningún punto a lo largo de esta cadena en que
puedan capitalizarse todos los intermediarios y acumular
aquello que los otros han dicho, hecho o sido. Justamen­
te no hay, no hay todavía, observador exterior capaz de
capitalizar. El primero no ha enviado mensaje-contenido
al tercero. El tercero no ha obtenido información sobre el
primero. En cambio, el tercero tiene la impresión de com­
prender exactamente lo que le ha sucedido al primero, lo
que le ha caído el segundo, lo que desciende bruscamen­
te sobre él en un gran tumulto de plumas y alas. Lo mis­
mo le ocurre ahora .
La verdad religiosa tiene esto de particular, no puede
aparecer nunca como una novedad, puesto que no infor­
ma, y sin embargo es engañosa si no se tiene la impresión
de oírla por primera vez. Comprender la buena nueva que
trae el mensajero es percibir por fin que dicha nueva es
una renovación de todos los mensajeros llegados desde el
3 10 BRUNO LATOUR

alba de los tiempos. Todos los enviados vuelven; los de­


legados se abaten sobre el interlocutor como un vuelo de
tordos, ya no es un gran aleteo. Si otros enunciados, como
por ejemplo el de la ficción, consisten en enviar mensajes y
mensajeros a otras partes, a otro espacio-tiempo, para sa­
lir del ego, hic et nunc, entonces puede decirse que los án­
geles devuelven por el contrario el interlocutor a ese ego,
hic et nunc. La personas se presentan cuando aparecen. To­
das las huelgas se anulan, todos los delegados se fusionan.
La multiplicidad de testigos ya solo dice una cosa y forma
un solo cuerpo. Estas venerables expresiones no son tan
inexactas al decir que el cielo se entreabre, que se ven teo­
rías de ángeles, que se oye una divina música, que la luz se
vuelve cegadora . Pintar tales iluminaciones es la forma fiel
de repetir al mensajero: el tiempo ha sido vencido, el es­
pacio ha sido vencido. « ¿ Muerte, dónde está tu victoria ? »
Tomemos como ej emplo estas dos lógicas de represen­
tación del texto de San Marcos:

5 Una vez en el interior de la tumba, ellas vieron sentado a


la derecha a un joven vestido con ropaje blanco y quedaron
atemorizadas. 6 Pero les dijo: No temáis, a quien buscáis
es a Jesús, el Nazareno, el crucificado. Ha resucitado, ya
no está aquí. Este es el lugar en que lo habían colocado.
7 Marchad a decir a sus discípulos y especialmente a
Pedro que os lleven a Galilea, allí le veréis, según lo que
os dij o. 8 Salieron y huyeron de la sepultura, presas de
temblores y miedo. Y no dijeron nada a nadie, porque
tenían miedo . . . (Marcos 1 6, 5 - 8 )

Pero s i l e preguntamos a San Marcos que nos diga lo


que sucedió la mañana de Pascua del año 3 0 en Jerusa­
lén, ¿cómo se transforma el relato ? Ya no es la mañana
LOS ÁNGELES NO SON BUENOS INSTRUMENTOS 311

de Pascua. Ya no es el año 3 0. Lo que sucedió es muy dis­


tinto. Los mismos ángeles, que eran fieles transmisores de
mensajeros, se ponen a farfullar si se les pide transmitir

mensajes. El mismo evangelista que relataba fielmente la

Buena Nueva de jesucristo Hij o de Dios se vuelve infiel.


Peor aún, se pone a contar cualquier cosa y el relato de
la sepultura vacía se convierte en una sarta de mentirasª.

La historia de las mujeres aquella mañana de Pascua es


una formación completamente secundaria ( ... ) Su intención
de embalsamar el cadáver no concuerda con 1 5 , 4 6 ( . . . )
El versículo 7 es pues ( . . . ) una observación en forma de
paréntesis colocada por Marcos en la línea de la tradición
para preparar la aparición de Jesús en Galilea ( . . . ) La
historia de la sepultura vacía es « una leyenda apologética
de formación tardía » . (p. 3 5 2)

Son pues motivos dogmáticos y apologéticos los que han


formado esencialmente las historias de Pascua ( . . . ) La
cuestión más importante y también más difícil es saber
si la datación de la resurrección en domingo descansa
sobre la designación anterior del domingo como día de
culto. Si así fuese, la datación de la crucifixión en viernes
quedaría explicada y el viernes se convertiría en el día de
la crucifixión por el motivo bíblico ( « al tercer día según
las Escrituras » ) . (p. 3 5 6)
Schenke (Auferstehungsverkündigung und leeres
Grab, 1 9 6 8 ) considera el relato como una leyenda de
culto etiológico ( . . . ) N. Q. Hamilton (JBL, 84, 1 9 6 5 , p.
4 1 5 -4 2 1 ) considera el relato una creación antigua: Mar-

8 Rudolf Bultmann: L'Histoire de la tradition synoptique, Le Seuil,


París, 1 97 1 .
3I2 BRUNO LATOUR

cos habría situado intencionadamente la historia de la


sepultura vacía en lugar de otras apariciones pascuales
para justificar la idea de una última actividad terrestre
de Jesús en Galilea. (p. 6 3 0)

¿ Qué sucede ? Estábamos a punto de ver el cielo en­


treabrirse, de captar las palabras enigmáticas del ángel, de
comprender esta frase misteriosa donde las haya: « Ha re­
sucitado » , íbamos por fin a revivir fielmente aquella irrup­
ción de la gracia y nos encontramos en pleno centro de
la exégesis alemana, en plena controversia erudita, com­
parando fragmentos de textos y preguntándonos cuál de
ellos es menos inventado, reco mpuesto, recosido, trafica­
do, fabricado.
Se debe a que el régimen de traducción ha cambiado.
Las reglas de fidelidad e infidelidad se han invertido. Las
definiciones de un mensaje, un mensajero y un desplaza­
miento del mensaje se han visto trastornadas.
Ahora se pide a los ángeles que informen sobre lo su­
cedido en otro punto del espacio-tiempo y que proporcio­
nen informaciones lo menos alteradas posible para permi­
tir a un punto convertido en centro extender su influencia,
acumulando el mayor número posible de intermediarios
fieles que se convertirán en otros tantos sustitutos de lo
que sucedió allí tiempo atrás.
El sentido de la palabra representación ha mutado.
Ya no se pide a los ángeles anunciar una vez más la bue­
na nueva a un interlocutor que dará contenido al mensa­
je, se les pide que desplacen a través del espacio-tiempo
un contenido que sea su exacto representante, sea cual
sea el estado moral o mental del receptor y los materia­
les sucesivos que aseguren el transporte. Ya no se pide a
los ángeles transportar con entusiasmo un mensajero y
LOS ÁNGELES NO SON BUENOS INSTRUMENTOS 3 I3

un fiel, sino transportar fielmente un mensaje. Ya no con­


vocan al fiel, se les convoca para que se alineen todos y
formen, por superposición de sus mensajes, un solo con­
ducto continuo que permita acceder a Jerusalén « como
si estuviéramos allí » .
Pero convocados y alineados de este modo ni uno solo
de los antiguos mediadores superpone su mensaje al prece­
dente. Los ángeles buenos se vuelven ángeles malos. ¡ Que
desgarro percibir que los admirables cuadros son horro­
rosos informadores, que las apariciones sucesivas de la
verdad son elucubraciones, que los relatos que transpor­
taron con entusiasmo durante quince siglos no informan
en detalle sobre nada y que cuanto más precisos son, psi­
cológicos, históricos y detallados, más son tardíos, apó­
crifos o manipulados !
Utilizados como instrumentos de conocimiento, los
ángeles pierden de inmediato sus colores y sus plumas.
Se caen. Obligados a decir de una vez cuál es el mensa­
j e que traen, se ven forzados a confesar, embarazados y
vergonzosos, que no tienen mensaje, que lo han perdido
en el camino y que durante quince siglos han sustituido
con buena intención al mensaje original por otros mu­
chos mensaj es. Una vez descifradas, sus filacterias cuel­
gan miserablemente y ni siquiera valen el precio de una
cinta magnética virgen.
Esta caída de los ángeles parece tanto más dramática
teniendo en cuenta que los dos regímenes de traducción
que se oponen son ambos igual de completos, que ambos
apasionan a los mej ores espíritus de la época y que cada
uno define la verdad, la exactitud, la fidelidad y la menti­
ra, pero de formas distintas. En la traducción de los ánge­
les, el significado puede cambiar de forma sin que impor­
te mucho, siempre que el significante permanezca intacto.
3 14 BRUNO LATOUR

Tiempos verbales tan distintos como « Yahvé ha venido » ,


« el Reino de Dios se acerca » , «Jesús era el Mesías » , « Hijo
de Dios » , « María mediadora » pueden expresar todos fiel­
mente el participio presente, el significante, pero a condi­
ción de que quien los pronuncie participe actualmente en
el movimiento.
Se vuelven todos igual de engañosos a partir del ins­
tante en que el infiel invierte el movimiento y toma la su­
perposición de significados como una fidelidad, con in­
dependencia de su participación en el significante. Sin
embargo es precisamente esta traducción lo que asegu­
ra, en el otro régimen, la fidelidad. Tan solo si es posible
mantener intacto un significado, un contenido, sean cua­
les sean los significantes sucesivos, se podrán represen­
tar exactamente en un punto del espacio-tiempo a todos
los demás puntos.
Si el espectador logra alinear el cuadro de Le Bault, el
de San Lucas y la aparición de la Virgen María, entonces
verá aparecer como un contenido, pese a la variedad de
significantes, la cara de la Virgen María . Pero en la otra
lógica no verá nada, ya que esta lectura impía de la repe­
tición de los contenidos perdería para siempre el conti­
nente. La Virgen no se aparece a quien quiera descubrirla
de este modo. A la inversa, quienes buscan las apariciones
por medio de los ángeles hacen pocos descubrimientos. El
mundo de la revelación y el de la ciencia se han vuelto el
uno para el otro lo que el cráneo deformado de Holbein
era para los orgullosos embajadores.
LOS ÁNGELES NO SON BUENOS INSTRUMENTOS 3I5

Lógica de PROCESIÓN Lógica de RED

mismo continente a través mismo contenido a través


de contenidos distintos de continentes disti ntos

fidelidad = juego de la repetición que fidelidad = superposición


mantiene siempre nuevo el mismo mensaje de contenidos inscritos

infidelidad = la innovación peligrosa infidelidad = pérdida de alineación


o la insistencia machacona a través de los continentes

el mensaje es un mensajero el mensaje es una i nformación

el sentido depende del receptor el sentido no depende del estado


moral del receptor
ganancia = repetición distinta
del mismo mensaje ganancia = nueva información

multiplicidad de mediadores capital ización de las mediaciones

si transferencia lograda: todos los si transferencia lograda:


mediadores están presentes anulación de los mediadores

retorno sobre el hic et nunc extensión en el espacio-tiempo

presentación acceso a lo lejano

re-presentación representación

fiel captado sabio domi nante

conocimiento sin adquisición conocimiento cumulativo

compatibil idad con el pasado progreso por eliminación

Figura 1 2. 6

Dej amos d e entender la religión porque dej amos de


comprender las ciencias y porque los propios religiosos,
cientifistas de tomo y lomo, aceptaron la humillación de
tomar por una creencia lo que circulaba hasta entonces
como una procesión. Los ángeles no están más allá del
mundo, por la excelente razón de que el propio mundo
reside más allá. Las ciencias no son más cercanas, más in­
mediatas, más continuas, más accesibles, más mundanas
3 16 BRUNO LATOUR

que el « otro mundo » . Existe una trascendencia de la cien­


cia como existe una trascendencia de la religión; hay una
referencia de la religión igual que un trabajo de la referen­
cia científica; hay una representación científica igual que
una re-presentación religiosa. Las trascendencias abundan.
Solo las creencias faltan, ya sean religiosas o científicas,
hoy las más numerosas.
AGRADECIMIENTO S

Estoy muy agradecido a Jean-Marc Lévy-Leblond, redactor jefe


de Alliage por haber tenido la idea de hacer esta recopilación.
Dado que los artículos agrupados en el presente libro
aparecieron bajo distintas formas en francés o en inglés, agra­
dezco asimismo a los editores y directores de publicación que
me han permitido reproducirlos de nuevo en una versión a
veces bastante modificada:

« Il faut qu'une porte soit ouverte ou fermée . . . petite philoso­


phie des techniques » , Alliage, n. 1 4 , 1 9 89 .

« La ceinture de sécurité » , Alliage, n. 1 , 1 9 8 9 .

« lnscrire dans la nature des choses ou la clef berlinoise » ,


Alliage, n. 6 , 1 99 1 .

« Where are the Missing Masses. Sociology of a Few Mundane


Artefacts » , en Wiebe Bijker y John Law (eds.), Shaping Tech­
nology - Building Society. Studies in Sociotechnical Change,
MIT Press, Cambridge, Mass, 1 99 2.

« Writing Science-Fact and Fiction » , en M. Callon, J. Law y


A. Rip (eds. ), Mapping the Dynamics of Science and Tech-
318 BRUNO LATOUR

nology, Macmillan, Londres, 1 9 8 6 (con Fran�ois Bastide) .

« Le dernier des capitalistes sauvages : interview d'un biochi­


miste » , Fundamenta Scientiae, vol. 4 , n. 3 - 4 , 1 9 8 4 .

« Trois petits dinosaurs ou le cauchemar d'un sociologue » ,


Alliage, n. 7 -8, 1 99 1 .

« Le travail de l'image ou l'intelligence scientifique redistri­


buée » , Culture technique, n. 22, 1 99 1 .

« Le topofil de Boa-Vista ou la référence scientifique » , Raison


pratique ( obra colectiva ) .

<< Quand les anes deviennent d e bien mauvais messagers » ,


Terrain, n. 1 4 , 1 990.