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Balnearios de Etiopía
Javier Guerrero

Balnearios de Etiopía
Guerrero, Javier
Balnearios de Etiopía. - 1a ed. - Buenos Aires : Eterna
Cadencia Editora, 2010.
160 p. ; 22x14 cm.

ISBN 978-987-1673-08-7

1. Narrativa Venezolana. I. Título


CDD V863

© 2010, Javier Guerrero


© 2010, Eterna Cadencia s.r.l.

Primera edición: abril de 2010

Publicado por Eterna Cadencia Editora


Honduras 5582 (C1414BND) Buenos Aires
editorial@eternacadencia.com
www.eternacadencia.com

ISBN 978-987-1673-08-7

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

Impreso en Argentina / Printed in Argentina

Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra


por cualquier medio o procedimiento, sea mecánico o electrónico,
sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.
A Luigi
La enfermedad

La enfermedad se desató con violencia. Convirtió el


cuerpo de Lázaro en una marca remota, subyugó su
voluminosa belleza, lo ahogó en delgadez absoluta. El
primer movimiento fue repentino y hostil. A pocos días,
Lázaro comenzó a desaparecer. El segundo fue definiti-
vamente obsceno, lo obligó a permanecer recluido. De-
velada su espantosa presencia, me convertí en el amo de
un cuerpo obediente.
Noche a noche, la enfermedad expandía su incle-
mencia. La ferocidad me impidió recordar que, deba-
jo del engaño, reposaba Lázaro, oprimido por un mie-
do que nunca pronunció. La enfermedad me coronaba
como sustituto de sus miembros, me convocó a adivinar
sus deseos e imponer, ante la indefensión de Lázaro, to-
dos los míos.
Cuando aún compartíamos cama, yo trataba de reco-
nocer la carne que antes profanaba mi cuerpo. En vano
rebuscaba en la silueta y en su menuda respiración algún
rastro que me hiciera recordarlo, una mínima señal. La
enfermedad lo había suprimido, le arrebataba sus bordes
y finalmente extendió un gran abismo entre nosotros.

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Pronto, lo abandoné, su cuerpo diminuto se perdía entre
sábanas ensopadas de sudor y ungüentos.
Tras dos semanas aterradoras cedieron las fiebres.
La tregua vaticinó lo que pronto sucedería. Mi impe-
ricia con el enfermo hizo del lecho un pozo, contami-
nado por sus excreciones y los restos de alimentos en
una orgía de descuidos. Los desechos desbordaron mis
posibilidades. Una franja espesa sobre su piel desafiaba
los continuos baños. Variados desinfectantes estaban a
la orden del día. Llegó el momento. Abandoné la habi-
tación con la firme excusa de un dolor insoportable de
muñecas. Mis manos se habían lesionado severamente.

La enfermedad se extendió por toda la casa. Su olor


pasaba por debajo de la puerta, inundaba los espacios
comunes, me perseguía. Ninguna disposición, por más
estricta que fuera, parecía detener su proliferación.
Una enfermera malencarada ocupó mi lugar. Llevaba
sin orgullo el mítico nombre de Aviva Malayalam. Su
llegada selló una importante mejoría que de inmediato
justificó mi ausencia. La enfermera malencarada incre-
mentó las medidas de higiene y convirtió la habitación
en un claustro. Sin embargo, la puerta que mantenía
cautivo al enfermo no era suficiente para esconder su
macabra exhibición.
De noche, oía los quejidos. Parecía que un animal se
alimentara por dentro, consumiendo poco a poco sus ór-
ganos vitales. Yo soñaba que ese animal vencería y que su
victoria finalmente iba a restablecer la decencia. Pero la
enfermedad se imponía y Lázaro lograba resistir, como
una malla eléctrica, al desgarro y la insolencia. Generaba
una materia capaz de soportar todo el horror.

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Mi cuerpo, por el contrario, gozaba de una salud
inédita. La enfermedad de Lázaro puso fin a mis aler-
gias y migrañas. Su presencia era razón suficiente para
la desaparición de mis síntomas. La continuidad de su
padecimiento me fortaleció y sentí mi cuerpo renacer
como tubérculo inesperado.
Los primeros días, me sorprendió una resistencia
ajena. El espejo me devolvió una imagen que creía clau-
surada. Era la carne de otros tiempos. La voluptuosi-
dad desterrada volvía a plantarse en un momento equi-
vocado. Pero en silencio y a escondidas, yo celebraba
su reaparición. Mi cuerpo desbordaba una sexualidad
inesperada.
Me embargó, entonces, una felicidad intolerable.
Maravillado por mi cuerpo, sentí el despliegue, la
inexplicable belleza. En la ducha, mis manos marca-
ban todo el territorio, hincando, una y otra vez, su
complejidad.

El culto a la carne comenzó.

Confieso la vergüenza que padecía. Era como si ca-


minara desnudo por un cementerio. Me aterraba que
Lázaro notara mi florecimiento pero la enfermedad lo
impedía. Solo la mirada de la enfermera me intimidaba.
Por momentos, pensé que me descubriría, que alguna
vez vería escurridizamente por debajo de mi pose. Pron-
to confirmé que su gesto era puro vacío. Sus ojos adies-
trados solo miraban la gota o tomaban con precisión la
vena. Del resto, descansaban fijos generando mis espe-
culaciones. Yo era otro punto desenfocado en la distan-
cia. Eso me consolaba.

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La enfermedad impuso su orden y protocolo. La eti-
queta hospitalaria. Por las noches, silencio absoluto. Por
las mañanas, la parafernalia del enfermo: alimentación,
lavados, cambios, exámenes de sangre, dolores. Lázaro
debía tomar un poco de sol por las tardes. Yo recibía las
recomendaciones de la enfermera malencarada, quien a
las seis se despedía con discreción, como para no hacer
alarde de su necesaria presencia.
Al retirarse, yo abría las persianas para que la luz
cambiara el destierro que imponía la enfermedad. Mien-
tras arreglaba la cama veía ese cuadro desolador. Lázaro,
mínimo, exhibiendo la dolorosa experiencia que suponía
tomar el sol. A veces confiábamos en su efecto curativo,
como si la exposición continua pudiera secar la enferme-
dad o simplemente sacarla de cuajo. El resultado siempre
frustraba: proseguían los dolores y la rutina continuaba
sin cambio. El desayuno a medias, los medicamentos, la
larga espera. Sin piedad, la enfermedad nos obligaba a
una nueva organización, inconsulta y miserable.

Para Lázaro, el sueño era su único calmante. Al ten-


der la cama, lo traspasaba en brazos. Era como cargar a
un recién nacido. Sentía que podía quebrarse. En ocasio-
nes, no lograba ocultar la extraña ternura que me pro-
ducía. Arrullaba a mi pequeño Lázaro, la enfermedad
lo había transformado en un prematuro. Lázaro era un
muñequito empobrecido, desgastado, que por poco des-
aparecía entre mis brazos. Yo dejaba que durmiera, ce-
rraba nuevamente las persianas y acomodaba su cabeza.
Caminaba casi en el aire para no hacer ruido. Su desfa-
llecida respiración ahora me consolaba. Sospeché que
algo habitaba en sus profundidades. Y Lazarito dormía,
despreocupado, como si quisiera ganarse el cielo para

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siempre. Luego despertaba, angustiadito, con el corazón
en la boca y la vida escurriéndose por el ano.

Llegado el día libre de la enfermera, me esmeraba


en atender a Lázaro pero mi poca habilidad entorpecía
y a menudo me paralizaba. Cuando el enfermo se dor-
mía, exhausto ante la lucha con los dolores, yo espiaba
su cuerpo y lo comparaba con el mío. Su vientre había
perdido aquel encanto, el mío volvía a estar en su lugar.
Mi cuerpo revitalizaba a su lado, era una extensión po-
derosa, magnánima y sobrecogedora.

Comenzó el contraataque.

Ante la inexorable frontera que la enfermedad colo-


caba, inicié la reconquista de los espacios. Empecé por
el baño. Sepulté la colección de perfumes de Lázaro.
Solo dejé mi favorito, una marca vieja llamada Blue doll.
También sumergí sus libros de cabecera, su bata de baño,
sus recuerdos, un reloj que ya no funcionaba y que pa-
ralizó el tiempo en un eterno 11:11. Deseché las revistas,
un obsequio de su madre muerta, una colección de más-
caras y una pizarra con notas. También su agenda telefó-
nica. Mi presencia acaparó todo espacio. Por necesidad
o descuido, en cada rincón dejaba una marca. Devine en
máquina de restos y despilfarro. Mi diseminación optó
por lo absoluto. La casa se convirtió por completo en
mi propiedad. A Lázaro le bastaba el claustro. Solo la
mirada de la malencarada perseguía mi lujuriosa disten-
sión; pero yo sabía que no, que la amenaza estaba vacía,
era un telón púrpura que solo albergaba silencio. Yo ce-
lebraba el exilio, los bajos sentimientos.

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Una noche, mi cuerpo comenzó a desprender un
calor sorprendente. Me quité la ropa y recordé cómo
nos conocimos. Lo miré y me miró, no pudimos se-
pararnos más. Fue mi primer amante. Lázaro me ena-
moró enseguida. Era seguro y arriesgado. Sus ojos lo
prometían todo. A la semana de conocernos, me invitó
a su apartamento. Recuerdo haberme sentado, tomar
un trago y ver cómo una pantera derribaba mi cuerpo.
En un instante, yacíamos desnudos y hambrientos. Yo
seguía sus movimientos con solemnidad. Lázaro des-
hilachaba el poco pudor que quedaba en mi cuerpo
adolescente. Su verga se impuso descomunal.
Partido en dos, se inmiscuyó en mi ano con destreza
sorprendente. Parecía meterse por completo, sus manos
escalaban los placeres. Rojo desconcertante, su talla des-
parramó en abundancia, su verga caníbal erecta hasta las
nubes parecía desplomarse. En efecto, los dos paseamos
colgados de las nubes en un improbable teleférico soste-
nido por su verga inflada en mi ano púber. Abrochados,
viajamos juntos hasta la enfermedad.

Todo el recuerdo vino de cuajo en esa noche larga en


la que yo lloraba por el cuerpo de Lázaro. Improvisaba
en voz baja una canción de cuna y lo llamaba: Lázaro-
Lázaro-Lazarito. A partir de allí, las noches se convir-
tieron en infamias. El enfermo yacía dormido y casi ni
respiraba. Los monstruos comenzaron a salir.

Lázaro se confundió con mis pesadillas. En una


de ellas, yo jugaba con muñecas robadas. De niño las
abría, simulaba operarlas para inocularles enfermeda-
des. Con la punta del cuchillo de merendar hacía in-
cisiones en sus barriguitas. Les vendaba los ojos, no

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porque me importara que sufrieran: lo hacía para des-
hacerme de sus parpadeos. Luego de penetrarlas, les
introducía mis desperdicios. A veces caminaba por
toda la casa recogiendo objetos que luego reportaba
perdidos y las preñaba.
Mis hermanitas conseguían el engendro. Mamá me
obligaba a deshacerlo. Para ella se trataba de algo aterra-
dor. Yo descosía la sutura con manos de cirujano y me
inmiscuía hasta lo profundo para luego hacerlas abortar.
De ellas extraía mi obscenidad: medias mingas, ropa in-
terior, mechones de pelo, restos de la merienda, insec-
tos, animalitos. Yo prometía no volver a hacerlo. Mis
hermanitas, sin embargo, veían con secreta satisfacción
el procedimiento. Era la única razón de su denuncia. La
más alta desorbitaba sus ojos al ver cómo manipulaba
la interioridad de sus muñecas. La más baja entumecía
su mano izquierda de excitación. En silencio, envidia-
ban el cuerpo abierto, la profanación que mi insegu-
ra masculinidad producía. Al finalizar, ambas corrían a
toda prisa arrastrando despojos y silencios. Las muñe-
cas eran depositadas en un cementerio improvisado de
cabezas, piernas y carnes mutiladas. Allí habían perdido
toda ilusión.
En la pesadilla, mi mamá amenazadora como las agu-
jas afiladas de sus tacones me obligaba a desvestir a las
muñecas: lo hacía con pudor y paciencia. Con las puntas
de mis dedos iba deshaciendo el bordado de fábrica con
los que a la vez descubría las fallas de origen. Después,
comenzaba a descoser mis actos. Pero al abrir, ya mis
restos habían desaparecido. No sabía a dónde podrían
haberse mudado. Me asomaba a la herida y quedé bo-
quiabierto. Vi a Lázaro, chiquito, en la barriguita de la
muñeca. Mamá esperaba que deshiciera el bulto pero

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yo no podía sacarlo de la barriguita. Estaba tan enfer-
mito y no quería despertarlo. Mi mamá con las puntas
afiladas de sus pezones señalaba, mis hermanas con las
puntas afiladas de sus narices esperaban. Yo lloraba por
mi Lazarito, no sabía cómo había llegado hasta allí. Fue
cuando el enanito resucitó y lloraba porque no quería
que lo vieran tan enfermito. Allí desperté.

La enfermedad enmudeció a Lázaro. Desde su cama,


solo observaba o dormía. El sueño se acompasaba a su
corazón que latía apresuradamente con ganas de esca-
par, salir de golpe de la celda y huir conmigo de todo
el dolor.

La enfermedad continuó manteniendo el control.


Mis pesadillas prosiguieron.

En una de ellas me despertaba como cualquier otro


día y al ir a ver a Lázaro, no lo encontraba. Se me ha-
bía escurrido. Desesperado, yo lo buscaba por todo
el claustro. Oía cómo me llamaba pero no lo veía.
Luego, en un rincón me encontraba a un bebecito que
no era Lázaro pero sabía que estaba allí dentro, en la
barriguita del bebecito y no podía hacer nada. Mamá
había llegado.

Lázaro empezó a experimentar dolores insopor-


tables.

Una tarde, recorrí el centro de mi ciudad a la cacería de


medicamentos. En el camino, me topé con un gimnasio.
Desde la calle, como pecera, se podía mirar hacia dentro
y viceversa. Las vitrinas descubrían impúdicas exhibicio-

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nes. Los entrenadores ejercían presión sobre otros cuerpos,
estirando sus músculos hasta lograr flexiones nada mode-
radas. Descubrí en caras ajenas los gestos de Lázaro y la
enfermedad, las muecas de los torturados. Por el contrario,
la mirada de los entrenadores parecía extraviada: no pensar
en nada, ni siquiera en los cuerpos sobre los que ejercían
presión. La transparencia dio una vuelta sorprendente: el
brillo se convirtió en espejo y me puso al descubierto.
Ya realizada la compra de los medicamentos, me de-
tuve en la carnicería. Logré abastecerme con elocuen-
te gula de diversos cortes. Chuletas de ternera, lomo y
puerco. Rebosando de esplendor, quise pensarme en la
abundancia.

Comencé a recibir amantes. Los metía por la puerta


de atrás. Salían por la puerta de adelante. Repasé todas
las técnicas y juegos sexuales. Aprendí a desobedecer.
Impuse a mi cuerpo una dieta balanceada. Apliqué dolor
cuando lo requería, me convertí en una máquina irresis-
tible y bien aceitada.
Los juegos ocurrían en mundos nocturnos cuando la
malencarada ya había desocupado. Yo corría a limpiar las
migas de su mirada y a cerrar las puertas del infierno.

T. pidió que me desnudara y abriera las piernas como


nunca antes las había abierto. Hice un movimiento de ti-
jeras. Extrajo de un bolsito negro un aparato pesado que
fue armando hasta convertirlo en una verga mecánica de
estimable longitud. Taladró mi ano hasta enrojecerlo.

J. era experto en felatio y succionó, succionó mi ver-


ga hasta tragarme por completo.

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W. hizo que penetrara su ano. Mi verga le producía
espasmos y desmayos. Me reprochó que no lo hubiera
llamado en mucho tiempo.

L. rogó que le pegara y no me detuve hasta que soltó


un llanto conmovedor. Mis palmas acabaron rojas.

Me sumergí en una incontinencia de palabras, esti-


muladores y nombres. Sin embargo, cuando discipli-
nábamos los cuerpos yo pensaba en Lázaro, que solito
soportaba el silencio de la enfermedad. Pero pronto lo
olvidaba, y al templar y destemplar los músculos del
cuerpo, trenzar y destrenzar los de mis subalternos,
me dejaba llevar por la incandescencia, el sonido de los
metales y los nitritos. En secreto fantaseaba que todo
ese desorden era un altar que le ofrecía al enfermito del
claustro.
Tras la excitación y el charco, entraba a reconocerlo.
Espiaba su simulación al dormir.
A veces, llegaba hasta el claustro y quería contarle las
transformaciones de mi cuerpo, la espesura de mis encuen-
tros y la felicidad. Pero enmudecía al verlo tan quietecito.
Sospeché que Lázaro retaba en silencio a la enfermedad.

Una noche, comencé a jugar a la geometría. Pensa-


ba en los triángulos que podrían graficarse a partir de
las posiciones que Lázaro, Malayalam y yo asumíamos
dentro de la casa. Equiláteros, isósceles y escalenos, sin
mayor complejidad. Yo migraba en los confines e imagi-
naba las líneas punteadas, las conexiones secretas. Hacía
y deshacía los triángulos. Leía y releía a la malencarada.
De atrás hacia adelante: Aviva, Aviva Malayalam.

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Una madrugada, luego del acostumbrado desgarro,
me escurrí en la cama del enfermo. Encontré en la nariz
de Lázaro un brillo inesperado, venía de una persiana
mal colocada. La corregí, volví a la cama y en una hora
desgasté todo el amor. La pesadilla vino de golpe. Una
vez más, yo manejaba un cochecito donde dormía mi re-
cién nacido. Enseguida, veía que un pájaro se acercaba.
Yo intentaba proteger a mi muñequito. Pero la amenaza
se aproximaba con insolente pico. Volteaba a verlo y el
enanito ya no estaba. El cochecito se había recubierto de
una membrana de patente, por demás negra y lustrosa.
Su interior se convertía al terciopelo rojo, profundo y
salvaje. A un lado yacía el equipo de caza. El exterior
del cochecito se cruzaba en cinturones. Dentro, descan-
saba un minúsculo dedo con movimiento de oruga que
enseguida reconocí como de mi propiedad.

Desperté. Había sido depuesto.

A la mañana siguiente, la rutina de la malencarada


giró ciento ochenta grados. Llegó más temprano. Con
solemne prontitud, la enfermedad se había apoderado
de mi cuerpo abandonando inexplicablemente los con-
fines de Lázaro. Mi niño recuperó su estatura y volvió a
tener el control. Mi cuerpo se debilitó y enseguida sintió
todo el pavor.

La transfusión ha sido un éxito.


La fiesta ha comenzado.

Esta es la historia de mi enfermedad.

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Lázaro y los elementos

Encajes de fiebre, pespuntes de oro, texturas azules vi-


nieron de golpe. Sin darme cuenta, la enfermedad ta-
lló mi cuerpo. La suntuosa horizontalidad descubrió
el poco espacio que había entre carne y hueso. Desde
mi nueva postura divisaba el paisaje. Mi proceso mar-
có una diferencia. Con cierta agilidad, la enfermedad
me desinfló y hubo más de dos movimientos. Forma y
fuerza perdieron la batalla. Una idea preciosista con-
servó el resto. La espina dorsal se trenzó al colchón or-
topédico, anudándose como hiedra. Las encías sangra-
ron sin detenimiento y el fluido desembocó en ríos. El
cuello respetó cierta simetría: se hinchó de ambos lados
exponiendo con ferocidad sus incisiones. Mis dientes
se aflojaron, los dedos se recogieron. La piel se tiñó de
algo parecido al amarillo y enseguida se impregnó de un
fuerte olor a púas. Los ojos se salieron. El pie derecho
fue víctima de un movimiento involuntario, vegetal e
intermitente. Cierto olor inundó el claustro. El hambre
había desaparecido.
Tras florecer la enfermedad, mis palabras se hicieron
cada vez más confusas y, a ratos, tan solo pronunciar-

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las me hundía en penosos ahogos. Tuve que inventar
una postura corporal algo extravagante. Con un sutil
arqueo, podía tender un puente que me comunicara. De
a poco aprendí a recitar la cartilla. Primero balbuceaba,
luego leía.

El oxígeno llegó pronto. Directo a un día jadeante.


Las bombonas debían ser alimentadas y por eso desfila-
ron ante mí. Las pastillas e inyecciones se superponían.
Ya no jugaba a la geometría. Los exámenes de sangre
eran constantes. Y ahora Lázaro se encargaba de repetir,
para mí, números de magia. Volvía repleto de trucos y
celebraba, así, mi derrota.

Quise hacer el inventario del claustro.

Una perra negra de cola larga comenzó la lista. Era


mi guardiana. Se posaba a mis pies como si fuera una
esfinge, elegante y seductora. Aquel día, Lázaro la ex-
trajo de su sombrero. Quise recuperar el tiempo, ha-
bía esperado por ella toda la vida. Decidí cambiarle el
nombre con frecuencia. No anclarla a uno solo. La lla-
mé Tilia, luego Avestruz, Junco, Gatica, Llaga y Capulí
(son algunos que recuerdo). Ella agradeció mi versati-
lidad y enterraba sin melancolía sus nombres muertos.
Aprendió a desecharlos con rapidez, sabía que nunca
regresaban. Luego, todo era rutina.
La primera vez que vio a la malencarada no paró de
ladrar. De seguro, la enfermera amenazó el territorio
que recién conquistaba. Al mando del enfermo, Tilia
debutó con honores. El día anterior yo no había pegado
un ojo. Entonces, luchaba para no quedarme dormido
y dejar a Tilia en manos de la enfermera. Vencido por el

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cansancio, caí en las profundidades del sueño y dormí
por unos minutos. A mi salida, Tilia yacía callada, reple-
gada sin temor a un lado de la cama. De un brinco, vol-
vió al territorio que ahora compartíamos. En una sola
sesión, la malencarada la había domesticado. Escasos
minutos le fueron suficientes para imponerle a mi perra
la disciplina exigida por la enfermedad. El exceso no era
una característica de Malayalam. Sin duda, la enfermera
prefería lo austero.

Mi primera pesadilla de enfermo se presentó con


notable retraso. La recuerdo claramente, una y otra
vez. Avestruz cumplía un mes de haber llegado a casa.
Decidí celebrarlo dándole una migaja de mi manjar
diario. Lo pescó en el aire y volvió a mis pies. No sé si
era de tarde o de día. Esa mañana prohibí abrir las per-
sianas. Avestruz odiaba la claridad, prefería la sombra
de mis padecimientos. Caímos de golpe en un sueño
inesperado y, conscientes, los dos nos sumergimos en
la inmensa penumbra.
Llegué a la pesadilla vestido de gala aunque con un
brillo inusual en el cuello de la camisa, también en los
puños del traje. Descubrí que tenía una erección enor-
me y no podía disimularla. Mi única opción era sen-
tarme y cruzar las piernas, estrangularme con fuerza la
verga. Pero no hallaba sitio. Finalmente encontré una
butaca color zafiro que estaba en un teatro de varieda-
des. La función comenzó puntualmente cuando Lázaro
apareció en escena. Aplaudí a rabiar porque sabía que
era el anfitrión de la noche. Pidió silencio, mi erección
acató la orden.
Enseguida, mi madre apareció. Llevaba una túnica
negra que dejaba sus pechos al descubierto. Arrastró un

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cajón hasta la mitad del escenario cuando con premedi-
tación mis hermanitas salieron de uno de los costados
del teatro. Mi madre las introdujo en el cajón. Con un
cuchillo eléctrico para cortar pollo picó el objeto. Mamá
hacía presión para poder cortar la caja. Una vez abier-
ta, proclamó mi recompensa. Volví a tener una erección
animal. Mi madre enseñó las caras del corte. Los cuer-
pos abiertos de mis hermanitas dejaban ver con facilidad
el hueco. Las carnes mutiladas soltaron arañas que ca-
minaron con facilidad hasta mi rojísima verga. Pero no
se alojaron allí. Se escurrieron con rapidez hasta mi ano,
colonizándolo. Mis hermanitas gritaban de miedo. Les
tenían terror a los roedores e insectos. Yo posaba como
monumento, muerto de miedo pero firme con el ano al
aire. Mis hermanitas gemelas cantaron el himno con la
mano izquierda puesta en el triángulo de sus zonas. En
la derecha ondeaban con obscenidad una regla de trein-
ta centímetros. Y yo me tragaba los pocos pelos que la
gemela más baja arrancaba de su recién estrenado pubis;
“me quieres, no me quieres, me quieres…”.
Avestruz salió primero del sueño y vino a rescatar-
me. Tenía hambre, Lázaro había llegado para servirle la
cena y darle el acostumbrado paseo nocturno. Descubrí
que eran las ocho en punto.

El reloj era otro objeto fascinante. Lázaro solía ser


exacto. Los primeros días de mi padecimiento guindó
el espécimen plateado. Lo colocó con parsimonia para
estar seguro de su ubicación. Aún las marcas del cuerpo
de Lázaro no se borraban, su espalda desnuda descubría
un amplio mapa anatómico. La enfermedad prometía su
desaparición pero aún su piel continuaba sellada, tatua-
da en su transparencia. Tilia supervisaba con curiosidad

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el procedimiento. Erguía sus orejas hasta dar con la for-
ma de un murciélago. Luego pegaba las patas delante-
ras, muy juntas, y ladeaba la cabeza para comprender
los movimientos. El sonido del reloj nos acompañó por
mucho tiempo. Nos ayudaba a predecir las apariciones
y desapariciones. Era un objeto exacto.

Una abeja africana logró burlar nuestro territorio.


Entró una tarde al claustro. Las ventanas permanecían
cerradas, las persianas también. Llaga tembló de coraje.
La reconoció enseguida. El noticiario local había aler-
tado con extraña seriedad sobre la plaga. Su nombre
oficial era Apis mellifera scutellata. La televisión in-
formaba que se trataba de una especie defensiva capaz
de perseguir a sus víctimas hasta novecientos metros de
distancia. Decían que la plaga había venido del África
y luego de hacer escala en Haití, llegaba hasta nuestros
predios para copular, contagiar y asesinarnos. Yo sabía
que estaba a salvo pero temía por mi Llaga. Era muy
impulsiva y defendía el claustro como si se tratara de su
propia colmena.
Las picaduras eran mortales. Un extenso reportaje
había mostrado innumerables fotografías y testimonios
de adoloridas mujeres. Las víctimas en general eran fa-
tales. Su veneno contenía altas dosis de sustancias res-
ponsables de reacciones alérgicas y efectos tóxicos; el
más dramático, la muerte. Me sorprendía el coraje de
estas abejas malhumoradas. Recuerdo que en el repor-
taje una experta decía que al picar, la especie africana
no solo dejaba el aguijón en el cuerpo de su oponente,
sino que también sepultaba en él parte del abdomen
y hasta su aparato glandular. Las pobres morían des-
protegidas y desacreditadas. El coraje les costaba caro.

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Una mujer que venía de hacer las compras en un su-
permercado las tildó de “inmigrantes ilegales”. Yo me
sentí defraudado.
Mi madre llamó por teléfono. Lázaro le comentó
que una abeja africana había traspasado inadvertida las
barreras del claustro. Yo le insistía que ya se había ido
y que no era africana. Mi madre ordenó que alguien re-
visara, que nos aseguráramos de que no hubiera rastros
de ninguna especie. Le rondaba la idea de traer un ejér-
cito de hormigas safari. Decía que según los expertos,
eran las únicas capaces de resguardar el claustro ante
el acecho de las abejas asesinas. De lo contrario, ella
compraría avispas, abejas amarillas, moscas parásitas o
cualquier otra especie enemiga de mi potencial asesina.
A gritos, decía desde la distancia y, de seguro, parada
sobre las puntas de sus tacones:
–Si es necesario, importo una polilla, una docena de
pájaros depredadores o hasta un tejón. Pero esa indo-
cumentada no podrá arrebatarte la vida.
La frase revelaba que habíamos visto el mismo no-
ticiario.
Luego de la conversación en la que no emití ni un
suspiro, le pedí a Lázaro que buscara en el diccionario
la palabra mágica. El resultado era previsible: “Mamí-
fero carnicero, de unos ocho decímetros de largo des-
de la punta del hocico hasta el nacimiento de la cola,
que mide dos, con piel dura y pelo largo, espeso y de
tres colores, blanco, negro y pajizo tostado. Habita
en madrigueras profundas y se alimenta de animales
pequeños y de frutas”. Mi madre había enloquecido.
¡Un tejón…!
Llamó de nuevo. Habló con Lázaro. Admitió haber
exagerado un poco, que tal vez se había excedido, que

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dónde meteríamos el tejón. Insistía que la enfermedad
me había sido contagiada por una abeja africana, que
quién sabía, que tal vez no me di cuenta del pincha-
zo, que estaría dormido, que probablemente no sentí el
aguijón, o que me lo había extraído sin darme cuenta.
Incontrolable.
Lázaro aprendió a manejarla pero nunca pudo de-
tener su incontinencia. Antes de colgar, mi madre res-
cató la idea de una legión de hormigas safari. Lázaro le
explicó que no era un proyecto viable, que las costosas
hormigas no sobrevivirían, que Llaga se las comería
apenas aterrizaran, que no iban a soportar el clima,
que podían demandarnos, que cualquier cosa. Mi ma-
dre finalizó la llamada diciendo que ya era tarde, que
había pedido un catálogo, que estaba investigando el
protocolo de inmigración y que por ahora, cerráramos
las ventanas. Le hicimos caso.

La enfermedad imponía un único tema. Su incle-


mencia totalitaria devoraba la domesticidad. No había
otra manera de hablar. Las conversaciones triviales fue-
ron canceladas de forma indefinida. La burocracia de la
enfermedad nos sobrepasaba y la única forma de des-
gastarla era reproduciéndola en palabras. Para ello se
imponían estrictas reglas temporales. El futuro era cas-
tigado. Solo el presente era posible. El pasado fue ad-
mitido cuando se le reprochaba. El condicional, a veces,
dependía del caso. Lo restante en presente, claro, senci-
llo, limpio: presente.
La espera a la que me sometía la enfermedad era in-
soportable. Contar las horas, ya lo sabía. Lo más difícil
era tener la sensación de que resultaba preferible que-
darse en cama, ser engullido por ella y continuar con el

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miedo que producía pensar en escapar de nuevo, cru-
zar siquiera la línea que divide el claustro del resto. Las
preguntas y respuestas resonaban como ecos. Era una
espera sin sala de espera. Un comienzo sin fin, un fin sin
comienzo. Reversible, atrapado otra vez, recorría las ac-
ciones que me llevaron a esta zona. ¿La abeja africana?
La ausencia de amigos y amantes me lastimaba. Esto
sería un problema que postergaría. Solo mantenía con-
versaciones con Llaga, ocasionalmente con Lázaro (a
quien el tiempo siempre consumía). También con la
malencarada. En una ocasión, cuando la enfermera me
administraba un costoso medicamento, le pregunté por
el futuro. “No el mío, el suyo”, le dije con seguridad.
Ella evitó responder, creía que no iba a repreguntar. Al
hacerlo, movió su cabeza como diciendo que esperara,
que el silencio era indispensable para que la vena pudie-
ra aprovechar las propiedades medicinales del medica-
mento. Esperé despierto hasta la última gota. Al fina-
lizar, la enfermera se tiró a mi vena y extrajo el aguijón
para zafarse de la escena. Conscientemente estaba obli-
gándola a violar las reglas de la enfermedad. Pregunté
de nuevo. Ella se resignó y contestó con simpleza “el
futuro es viajar” pero una cascada de palabras vendría
de golpe.
Aviva Malayalam habló de los viajes que tanto ha-
bía diseñado y para los que trabajaba como enfermera
privada. Conocía con propiedad los territorios más re-
motos. Por supuesto, nunca había estado en ninguno
de ellos. Pero qué importaba, daba igual imaginárselos,
se basaba en datos enciclopédicos y en revistas de viaje
que coleccionaba desde hacía más de una década. Era
capaz de nombrar las ciudades más extrañas del mundo,
también las archiconocidas. Contestaba con facilidad a

28
las preguntas más corrientes: capital, gobernante, clima,
comida típica, flor nacional, lenguas y número de habi-
tantes. Su conocimiento enciclopédico incluía consejos
de viaje y descripciones sensibles de los parajes: “En la
meseta Qinghay-Tibet, localizada a cuatro mil metros
sobre el nivel del mar, puedes deslizarte como en un
tobogán; la naturaleza hará el resto”. La malencarada
mostraba así su lado más oculto: su buena cara. Yo había
palpado un punto débil y Malayalam me arrullaba con
sus cuentos sobre ciudades multitudinarias e impregna-
das de un olor a semillas de mostaza. Construimos un
mapa a nuestro gusto.
Le conté a la malencarada de la sorpresiva visita de la
abeja. Ella respondió: “Eso es felicidad”. Así de simple,
“felicidad”. Una vez más me sorprendía su respuesta y
solo mucho tiempo después entendí las razones de tan
inesperadas frases.

Las fiebres habían regresado. Experimentaba un es-


tado de emergencia. Probablemente sería necesario hos-
pitalizarme, aunque no valía la pena. Lázaro se comía
las manos. Llaga se mantuvo a mi lado y solo movía
la cola de vez en cuando. Se adosaba a la forma de mi
cuerpo. Por más rebuscada que fuera la postura, lograba
amoldarse. Ella era una prótesis ortopédica que sujetaba
cuando era necesario y molestaba cuando no lo era. Con
su lengüita me acariciaba y me contaba secretos. Llaga y
la malencarada me devolvieron la temperatura.

Lázaro entró al claustro. Traía consigo una bolsa de


tela coronada por un cordón de cabuya. Comenzó a
describir una terapia alternativa que un amigo le había
recomendado. Con absoluta prolijidad, abrió la bolsa y

29
extrajo de ella un juego de imanes. Las piezas se atraían
y repelían, de acuerdo al caso. Yo las miré sin interés
pero Lázaro comenzó a leer en alto las propiedades
de cada una. Los imanes debían colocarse en diversos
lugares de la habitación. Se suponía que imantaban un
perímetro capaz de incluirme.
Las piedras magnéticas debían localizarse a una
distancia controlada y medida que de ninguna mane-
ra podía alterarse por un período de tiempo preciso.
Lázaro se movía con rapidez y las colocaba en lugares
exactos. Oía cómo se alegraba cuando encajaban. Te-
nía una hojita punteada que corregía a cada instante
con una pluma roja. Llaga caminaba por el borde de la
cama y con su mirada seguía los movimientos. Enten-
día a la perfección su lógica y, en ocasiones, guiaba la
instalación. Después de dos horas, Lázaro terminó el
inusual rompecabezas. Me preguntó si sentía alivio. El
manual de uso advertía sobre posibles mareos y hasta
desmayos. Realmente no sentía nada y no quería men-
tir. Para evitar una frustración precipitada (otra más),
le dije a Lázaro que tal vez sentía un poco de cansan-
cio. Concluimos que era un estado normal.
Los imanes se activaron cuando ya otra pesadilla me
había secuestrado. Esta vez, aguardaba en un aeropuerto.
Sabía que estábamos en 1956. Yo miraba a la gente que
llegaba con peculiares atuendos de viaje. Una voz feme-
nina repetía de forma ininteligible que un vuelo prove-
niente de Tabora aterrizaba. Entendía a la perfección sus
palabras. Otra voz femenina decía que otro vuelo prove-
niente de Angola estaba retrasado, que no llegaría a tiem-
po o que se había caído, no recuerdo. Otra voz ininteli-
gible preguntaba por un vuelo procedente de Zaire. Yo
esperaba con mucha paciencia, sentado en una silla lateral

30
de la sala de espera. A mi lado, una mujer se limaba las
uñas. Sus asperezas me molestaban. Ya iba por su último
dedo. Los demás habían sido limados con asombrosa per-
fección. Cuando pensé que había terminado, la mujer se
quitó un tacón y comenzó a trabajar en el dedo número
11. Con la misma fuerza, inició con profesionalidad una
costosa pedicure. La mujer pronunció una palabra que me
recordó que estábamos en Curitiba. Abandoné de inme-
diato la escena. Al incorporarme, volví la mirada hacia la
zona de entrada. Había unas puertas batientes que se en-
contraban al final del pasillo, lejos de donde esperábamos.
Enseguida, vi que una tropa de aeromozas se acercaba
pero pronto me di cuenta que no eran aeromozas, sino
mujeres vestidas con un traje negro de bandas amarillas.
No sabía si se trataba de su uniforme o simplemente era
una moda pasajera; ¿serían reinas de belleza?
Podía contarlas con facilidad, era un grupo de ciento
setenta y tres. Las primeras ciento setenta venían ves-
tidas como lo indiqué, pero las tres restantes llevaban
trajes distintos, unos vestidos corte princesa de color
dorado oscuro salpicados de cristales rojos. No podía
detallarlas, estaban muy lejos todavía. Las ciento seten-
ta caminaban como un ejército. A pesar de la disciplina
y de su incuestionable práctica, una de ellas perdió el
equilibrio y cayó. El accidente produjo una conmoción
inusitada. Al tratar de auxiliarla, las que venían detrás
se precipitaron. Las de más atrás perdieron también el
equilibrio y aplastaron a sus subsiguientes. Esto hizo
que de inmediato muchas se quebraran la cadera. Cien-
to veintiún mujeres experimentaron heridas fatales. Las
agujas de sus tacones eran tan finas que cuando la pri-
mera perdió el equilibrio, las demás se vinieron abajo
en fila india.

31
El paisaje era macabro. Las mujeres trataban de in-
corporarse pero no lo lograban. Las heridas eran bo-
chornosas, los desgarros sangrientos. Una de ellas tra-
taba de ayudar a su compañera pero aquejada por sus
propias dolencias, cayó muerta. Las cuarenta y nueve
sobrevivientes seguían su paso, imperturbables. Las tres
restantes caminaban sobre los cuerpos heridos y mutila-
dos, con sus tacones afilados como garras deslumbran-
tes perforaban las caderas de sus subalternas, el sonido
aterraba: schak, schak. Pronto me percaté de que las
reinas que caminaban sobre los restos femeninos eran
mi madre y las gemelas. Accidentalmente una de mis
hermanas (la más baja) cayó al suelo, por supuesto se
quebró la cadera; la más alta siguió de largo pero no
pudo aguantar la curiosidad, giró la cabeza y perdió el
equilibrio para entonces sufrir una fractura segura de
cadera. Mi madre lloró por algunos minutos pero con-
tinuó el paso. Traía una cartera Chanel recién adquirida.
Cuando logró llegar a la sala de espera, sacó de su car-
tera roja un frasquito. Sabía que no podría abrirlo con
facilidad. Lo tomé. Su cuerpo era majestuoso y yo me
acercaba con sensualidad de adolescente.
Mi madre se rajó el vestido corte princesa dejando
ver el corsé que torneaba su cuerpo. Experimenté una
sensación incontrolable de sed. Pedí que me amaman-
tara, miraba con deseo la posición que ocupaba una de
sus tetas. Ella me negó que la descubriera y su mano iz-
quierda acercó con ternura mi cabeza a su popona. Los
tacones que usaba eran tan altos que no tuve que arro-
dillarme para comenzar a succionar. Enseguida procedió
a alimentarme. Un líquido amarillo y sedoso fluía de
su popona. Mi boca sentía los pliegues y la espesa selva
púbica me acariciaba. La sed era insaciable pero estaba

32
seguro de que ya sorbía la última parte. Mordisqueé
una masa gelatinosa que sentí como un chicle que podía
estirar hasta que se rompiera. Mi madre no se quejaba,
tampoco gemía.
Pronto, la refrescante bebida se agotó y me em-
bargaron unas ganas enormes de soplar, soplar, in-
flarla como un globo y luego dejarla libre para que
diera la vuelta al mundo que tanto deseaba. Recuerdo
que mientras soplaba, mi madre gritaba en un tono
muy agudo y desagradable.

En pocos minutos mi corazón comenzó a latir con


violencia. Mis labios se durmieron y tuve una sensación
de hormigueo. La cabeza me picaba. Los mismos sínto-
mas se reproducían en mis pies pero las hormigas solo
se sentían en las rodillas. Tuve un fuerte mareo y úni-
camente veía en blanco. Mi mano izquierda se dirigió
automáticamente a la muñeca derecha y no pudo sentir
el pulso. Me vinieron unas ganas salvajes de expulsar.
Perdí el conocimiento. Sonó el teléfono.
Nadie se percató del padecimiento, era de noche.
La malencarada descansaba cómodamente en su propia
casa y Lázaro soñaba con los imanes (esta vez se trataba
de otro tipo de imanes, unos de carne y hueso que co-
nocimos en un viaje a Marruecos). Solo Llaga rondaba
con ansiedad mi cuerpo, se metía debajo de la sábana,
se salía de ella. Improvisaba una carpa. Caminaba so-
bre mi pecho, se echaba en el hueco que dejaban mis
piernas asumiendo que era su cuna. Aún no aprendía
a detectar mis luces de emergencia. Lo haría más tarde,
por supuesto.
Al despertar, quise incorporarme con inusual rapi-
dez. No veía a la malencarada. Llaga estaba oculta, algo

33
temerosa. Al sentarme, luego de un gran esfuerzo, vi
cómo las manchas de sangre se reproducían a lo largo
de la cama. Cobertores, sábanas, toallas auxiliares, la
hemorragia había sido copiosa y desesperada. Encontré
rastros sanguíneos en varias partes de mi cuerpo pero
no ubicaba el orificio. Me examinaba una y otra vez,
aunque con precariedad y evidente desesperación. La
malencarada llegó en un momento oportuno.
Desesperado y al borde del llanto, pedí explicacio-
nes. Sus ojos demostraban incredulidad y hasta sorpre-
sa. Se detuvo, evaluó la escena. Levantó uno de los co-
bertores y pronto el brillo de sus ojos me devolvió la
vida. La enfermera dijo con notable entereza: “Avestruz
merece unas vacaciones”. La frase me desconcertó no
solo por el inaceptable error en el nombre de mi Llaga
sino por estar fuera de contexto. La malencarada salió
con parsimonia a buscar nuevas sábanas, cobertores y
toallas auxiliares. Llaga me miró y no pasó mucho tiem-
po cuando por fin comprendí: Llaga había tenido su
primera regla.
Lázaro entró a la habitación, peinó con su mano la
cola larga de la perra negra e hizo una breve alusión al
incidente. Llegó con la noticia de que mi madre había
llamado, que se quejaba mucho porque el día anterior
no le contestábamos el teléfono. Preguntó que cuál co-
lor prefería para la colonia de hormigas que pretendía
importar. Dos o tres tonalidades estaban disponibles. Lo
más curioso era que mi madre únicamente hablaba en
portugués. Lázaro le preguntó por su inexplicable elec-
ción y ella mencionó, sin mucha intención de ofrecer
explicaciones, que quería practicar, que estábamos en un
mundo industrial, híbrido y multicultural y que él era
perfecto para “falar”. A pesar de los talentos de Lázaro

34
en la comprensión de idiomas extranjeros, por alguna
razón no pudo entender todo el mensaje que trasmitía
mi madre. No hubo manera de que regresara a nuestra
lengua. Lázaro se despidió en portugués.

La luz me cegó.

El sol dibujaba la transparencia del estanque. Al bor-


de del rectángulo, yo dormía boca abajo. Mi espalda
funcionaba como antena, mi cuerpo se cargaba de múl-
tiples radiaciones. Sentí pasos lejanos. El sol mostraba
todo su esplendor, las corrientes del estanque exhibían
su punto más cristalino. Observé los pies desnudos de
un hombre desconocido. Era Lázaro. Llegó al lugar
con una bolsa de color zafiro atada por un cordón de
cabuya. Se colocó en el centro de mi panorámica para
ejecutar el acto. Yo seguí su demostración con cautela.
Lázaro comenzó a desatar la bolsa para luego meter el
brazo entero en sus adentros. Sacaba objeto por objeto.
El primero fue un imán, el cual resultó bastante previsi-
ble. Luego de mostrarlo, lo lanzó al estanque. Así hizo
con cada uno de los objetos. El imán se hundió con
facilidad de principiante dejando un rastro de burbu-
jas a su paso. El siguiente fue el reloj colgante, lo hizo
desplazarse como platillo volador. Logró flotar un rato
sobre la superficie pero su cuerpo metálico cedió y co-
menzó a hundirse con dramática rapidez. Las bombonas
de oxígeno vinieron luego, pudieron llegar al fondo sin
dificultad. Más tarde, arrojó cabellos, cañas, juncos, un
espárrago, un vientre oscuro, un pasaporte auténtico,
un par de sauces, patos, cisnes, un grupo de discos, los
tacones de mi madre, las pantaletas de mis hermanitas,
un olivo, un pájaro acuático, el frasquito y una pipa.

35
Todos se hundieron con solemnidad. Las aves dor-
mían, su incorporación acuática fue del todo respetuo-
sa. Luego de la proliferación, Lázaro sacó un panal de
abejas africanas. Con sus manos untadas de miel lo co-
locó al borde del estanque. Con sus pies desnudos y
embadurnados de miel, lo empujó hacia las aguas. El
objeto procedió a empaparse, cambió de color y en un
instante desapareció ante nuestros ojos. Lázaro se acer-
có a la bolsa y sin contemplación alguna, sacó a Llaga.
Tal como el resto de la fauna seleccionada, permanecía
dormida, bajo los efectos de un misterioso somnífero.
Sus orejas sin embargo continuaban en estado de erec-
ción. Lázaro cogió impulso y como si se tratara de un
conejo, pudo sumergirla en las aguas transparentes del
estanque. Cintas de color rojo flotaban en la superficie,
algún desconsiderado las había dejado allí. Una pelvis
de mujer fue lo siguiente. Ahora las manos de Lázaro
chorreaban de sangre pero al momento de la inmersión,
la peligrosa sustancia había desaparecido de su cuerpo.
La pelvis de mujer reclamaba su sangre.
Un último objeto seguía en falta. Lázaro pidió que
me desnudara, tomé la sentencia como una orden. De
clavado, sugirió que ingresara al estanque. De clava-
do, asumí el riesgo. En el trayecto pude componer una
acrobacia y el rectángulo me aspiró con fuerza y hasta
con cierto agradecimiento.

Me hundí. Desaparecí en la espesura. Nadé desnudo


en las corrientes acuosas de mi querido estanque. Mis
ojos se abrieron como lámparas de cirujano y pude ob-
servar el paisaje marino con una nitidez sorprendente.
Seguí nadando. En el trayecto, descubrí los objetos. Re-
corrí el fondo del estanque como si fuera un barco hun-

36
dido. Los objetos bailaban en las sombras. Otra vez,
conté y reconté: el reloj colgante, el espárrago, Llaga, el
pájaro acuático. Entendí que no eran objetos, eran ele-
mentos. Lázaro los había materializado todos. A través
del espejo acuático pude ver lo que sacaba de su bolsa.
Era el elemento faltante. Lo lanzó sin pudor y tras él,
se sumergió con soltura de atleta. El ausente entró al
estanque dejando una estela blanca y espesa. Era una
bola grande y fibrosa, perlina o quizá amarillenta. Via-
jaba con cadencia inigualable y con suma ilusión, ob-
servé cómo se precipitaba. Envuelto en un halo de luz
maravilloso, generaba una sensación extraña de vacío.
Sentí las incisiones en mi cuello, me dolían. La conclu-
sión fue definitiva. Se trataba de mi amígdala izquier-
da, Lázaro la había extraído aquella noche en la que
soñaba con los imanes. A medida que se precipitaba,
la amígdala sorbía los líquidos. Con rapidez ellos am-
pliaban sus dimensiones. El inmenso huevo llegó hasta
el fondo. Al tocar el piso, generó un pequeño efecto de
rebote que le permitió enseñorearse. El ilusionista apa-
reció desnudo. Había producido su último elemento y
estaba satisfecho. Lo tomé de las manos y simulando un
círculo rodeamos la inmensa bola. Nadamos en la pasi-
vidad de las aguas del estanque y nos sentimos felices.
El huevo comenzó a latir con la fuerza que acostum-
braba mi corazón. De sus entrañas, la amígdala expulsó
una materia capaz de flotar. La cosa logró llegar a la
superficie y su fuerza nos arrastró.

En el centro del estanque, entre lirios de agua y aros de


Etiopía, nuestras vergas flotaron con violácea violencia.

37
Malayalam

Desde el claustro, imaginaba la recomposición. Láza-


ro apartó unos días para reorganizar el producto de mi
distensión y negligencia. Sin una palabra adversa, re-
cuperó con inmediatez lo desechado. Mi enfermedad
hizo posible una absoluta renovación del apartamen-
to. Lo que sucedía en territorio extranjero era de mi
total ignorancia. Yo solo dominaba la alcoba, nuestro
inefable claustro. Tales días, oía cómo Lázaro clavaba
con fuerza las paredes y desplazaba de un lado al otro
los muebles. Por los sonidos que ingresaban, supe del
descubrimiento. Había encontrado sus entrañables co-
lecciones apiñadas en el fondo de un clóset de trastos
y notable inmundicia. Por error, durante mi período
de lujuria había puesto cajas pesadas sobre la colección
de máscaras de Angola que, como herencia, atesoraba.
Al darse cuenta de mi terrible acto, improvisó un ta-
ller de restauración y una a una, salvó del desmorona-
miento sus piezas más preciadas. Limpiar, lustrar cuan-
do era necesario, cauterizar las rupturas, desconchar
las pertenencias. Con precisión despojó de sus objetos
las costras de la enfermedad.

39
Luego de algunos días, más de los previstos por el
maestro de obra, el apartamento lucía la plenitud sere-
na y contenida de Lázaro. Por supuesto, eso era lo que
sospechaba. Yo había decidido no cruzar la frontera y
especulaba sobre el nuevo orden. Garabateaba en una
tabla de dibujo, especialmente instalada para mí, aquel
espacio desconocido. Adivinaba el orden, la lógica y so-
bre todo la estética. Lucubraba si sería o no un espacio
confortable. No hice ninguna pregunta y jugaba a pescar
las pistas que Lázaro me concedía al referir algún evento
cotidiano. Con frecuencia, me invitaba a salir, a echarle
un vistazo al resto, a por lo menos confirmar o negar mi
ejercicio. Desaprobé continuamente tal opción.
Lo que conocía a fondo era la viscosidad de mi
claustro. Confiable era, sin lugar a dudas, mi descrip-
ción de la zona. La cama era amplia, al colchón orto-
pédico lo soportaba una plataforma negra con textura
de tronco quemado. La pieza era una antigua parihuela
que mantenía un techo forrado de tejidos gruesos de
color crudo e incrustaciones en marfil. Las vigas que
sostenían su estructura eran tallos trabajados en bajo
relieve con trazos color cigüeña. Lázaro la había adqui-
rido en una exclusiva subasta de un refinado coleccio-
nista de Madagascar. Era una joya confeccionada por
una tribu de cultura milenaria con el fin de ser lecho
móvil de una princesa africana. El coleccionista había
supervisado personalmente su necesaria conversión a
los requerimientos de una alcoba moderna. Su visto
bueno, imprescindible para cerrar el trámite, llegó lue-
go de algunas negociaciones adicionales. Firmamos un
contrato que especificaba su expropiación de violarse
las condiciones básicas del mueble.

40
El amplio lecho estaba fijado por clavos de acero, su
fortaleza impedía cualquier movimiento accidental. In-
crustada, una alfombra de pelo de alpaca lo circulaba.
El roce de los pies desnudos con la superficie del tape-
te producía un efecto térmico que combatía el frío noc-
turno. A los lados de la cama, dos mesas colgantes su-
jetadas por guayas disponían varios compartimientos
para libros y objetos de cabecera. También reposaba el
teléfono. Un escritorio construido con tejidos de fibras
secadas al sol se alineaba a la perfección y una gran poltro-
na de Mali ocupaba una de las esquinas. El armario cubría
toda una pared y era profundo. La iluminación consistía
en una retícula metálica de pequeñas luces graduables. Si-
mulaba una tela de araña que luego convertí en nuestro
cielo estrellado. A un lado de la cama, una silla incómoda
servía de estación de trabajo para la malencarada. Su co-
rrecta columna jamás exteriorizó el menor sonido. Lázaro
y en ocasiones Gatica hacían uso del mueble. Recuerdo
haber llevado la silla hasta los predios cuando entonces
Lázaro era su víctima. Se trataba de una silla rodante.
Resultaba sorprendente observar cómo la enferme-
dad se había instalado y propiciaba una intervención fan-
tástica. Los tubos de goma de la malencarada se enrosca-
ban en uno de los tallos que sostenían el rectángulo. A
la vez, se conectaban de uno a otro lugar simulando un
tendedero. En ocasiones me detenía a comprobar las ló-
gicas del enlace. La bolsa lactante se enganchaba en la es-
quina del tejido del techo, que ahora sufría de perforacio-
nes. La pinza maltrataba uno de los extremos. Las mesas
de noche se ahogaban de medicamentos y en las guayas se
enlazaban bolsas de jeringas, algodones, gasas y ungüen-
tos antiescaras. Al colchón ortopédico lo recubría una
película impermeable que no consentía la penetración de

41
mis incontinencias nocturnas. De la pared, salía un bra-
zo mecánico que facilitaba la tabla de dibujo. A un cos-
tado reposaba la caja de herramientas de la malencarada;
toda una exhibición de profesionalismo. Bajo la cama, un
cubo plástico resguardaba mis obscenidades de enfermo:
el pato (animalito necesario para recoger las heces ante
la falta de fuerzas), los envases para la orina, los pomos
desinfectantes y las toallas de limpieza. Todo el material
esterilizado por las mañas de la malencarada. Luego del
uso iba directo a severas duchas de ebulliciones.

Fugaz vino el recuerdo de cuando Lázaro era la pre-


sa. A la caza de los medicamentos, insuficientes y a veces
adquiridos por obligación en el mercado negro, yo re-
corría las más inusuales intersecciones del centro de mi
ciudad. A menudo me daba cuenta de que, desesperado
ante la inanición de Lázaro, giraba en el mismo circuito
esperando una revelación. Un punto constante me ad-
vertía sobre la absurda circularidad: era una lavandería
con aspecto de pecera. Desde afuera podían observarse
las labores internas, las faenas propias de estos lugares.
El punto que me sacaba del círculo era una tímida mira-
da. Las labores de lavado, planchado, doblado y secado
eran ejecutadas por hombres poderosos. Sus brazos ma-
cizos y toscos contrastaban con las tareas meticulosas.
Los hombres poderosos no sostenían la mirada, simple-
mente hacían el trabajo. Yo huía del círculo cuando me
percataba del pudor de los cuerpos descubiertos en fe-
menino. Verse bañados por una mirada ajena los sobre-
cogía, especialmente por estar expuestos en una vitrina.
Casi olvidaba que había soñado con el arco de acero de
una ballesta contundente.

42
Mi madre llamó. Continuaba hablando en portugués,
esta vez con acento bahiano según decía. Preguntó por
las abejas. Ya ni podía contradecirla. Le mencioné con
un tono desinteresado que las habíamos espantado. En
plural, sí. Mi respuesta le pareció escandalosa, insistió en
que siempre habíamos negado la presencia de las asesi-
nas. Con suma urgencia pidió que inspeccionáramos la
zona, que buscáramos dentro de los almohadones. Yo
dejé caer el auricular simulando un cansancio inespera-
do. En cuestión de segundos lo recuperé al visualizar
peores consecuencias. Como de costumbre, gritaba des-
de lejos y parada en las puntas de los tacones: “Quiero
que busquen hasta en la última pluma. Esa maldita afri-
cana no me ganará la partida”. Todo esto en portugués.
Advirtió que las hormigas safari estaban en camino.

Lázaro instaló una repisa para exhibir su colección


de esculturas primitivas. Se trataba de una instalación
a base de láminas de mármol perfectamente alineadas
en una correlación simétrica absoluta. De izquierda a
derecha sospechaba la posición que habrían adquirido.
La primera en ser divisada era un busto de algún rey
de Nigeria. Su frontalidad llegó a aterrarme. La cabe-
za parecía estrangulada por una serie de serpientes que
se enroscaban en su cuello. La segunda era una mujer
flaca, sentada con un canasto entre las piernas; con su
sexo llenaba de agua el inmenso jarro. La tercera era un
hombre en cuclillas fumando una pipa. Era un indivi-
duo de alabastro. Su mano izquierda sostenía el instru-
mento como si se tratara de una buena masturbación,
su mano derecha se replegaba al hombro. Una jirafa era
la siguiente, su cuello largo y monumental traspasaba la
lámina superior. Estaba hecha de madera y las manchas

43
eran quemaduras producidas por brasas. Después vino
Gatica, que posaba como siempre con las orejas erectas
y el rabo largo enlazado como mono al cuello de la ji-
rafa. Su hieratismo me sorprendía. Malayalam ganó la
sexta posición. En cuatro patas mostraba la languidez de
sus pechos y su asombrosa y tupida popona. Su lengua
se asomaba con timidez. La cabeza de mi madre atrajo
toda la atención, era la séptima escultura primitiva. Con
los ojos rasgados, su boca entreabierta revelaba dientes
disparejos y un poco volados. Se asemejaba a una tritu-
radora de alimentos. Su nariz tenía la misma dimensión
de la boca pero definitivamente era su cabello el punto
de atención. Dos porciones construían su muy elabora-
do peinado. Ambas se armaban a cada uno de los lados
a partir de finas trenzas que se sobreponían torneando
a la vez dos bultos disparados en direcciones contrarias.
Su grandiosidad descubría los cuernos de cabra. Las es-
culturitas de mis hermanitas gemelas salieron corrien-
do ante los lustrosos cuernos de mi madre. Enseguida,
divisaron a Malayalam y como alimañas bebedoras se
guindaron a sus pechos con inquietante agilidad. La más
alta bebía desesperada, la más baja se columpiaba mien-
tras sorbía. Salí aterrado de ver a mi madre con cabeza
de cabra y ante la gula de las gemelas, decidí pegarme a
Malayalam, succionar de su popona la dulce y primitiva
sustancia que lubricara la enfermedad.

Mi boca amaneció mojada.

Abrir los ojos fue una experiencia dolorosa. Dudaba


si volvía a la conciencia o permanecía rezagado. Cuan-
do entró un poco de luz encontré que la blancura de los
restos de la mañana se había tatuado en mis pupilas. Mis

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ojos aún expectantes no lograban acostumbrarse al cam-
bio. La blancura se convertía de golpe en texturas dis-
persas y nebulosas. Abrí un poco más los ojos y nevaba
en el interior del claustro. Caían las tramas blancas que
había creído impresas en mi mirada; ahora podía sentir-
las, percibir cómo rozaban mi cuerpo y comenzaban a
sepultarlo. Eran partículas sumamente esponjosas que, a
pesar de su aspecto de nieve, condensaban las altas tem-
peraturas del claustro. Abrí mis ojos más grandes y el
espectáculo fue formidable. El claustro vivía su primer
invierno, todo se nublaba en texturas algodonadas; sen-
tía también a Gatica mordisquear los copos, saltar entre
la blancura para pescar algún trozo. También celebrába-
mos nuestro primer invierno de enfermedad.
La bruma comenzó a disiparse y nuestra alegría hizo
lo mismo. A corta distancia apareció Lázaro encegueci-
do por la situación y en sus manos apretaba con fuerza
el cuerpo del delito. Por insistencia de mi madre, acce-
dió a inspeccionar los almohadones del lecho. Estaba
seguro de que, en su interior, encontraría el nido de las
asesinas o por lo menos el abdomen de alguna de ellas.
Lázaro había abierto las costuras y ya era muy tarde
cuando recordó que en un afán de confort habíamos
seleccionado almohadones de plumas comprimidas de
faisán albino. Aunque frustrado, se sepultó con noso-
tros y esta vez celebramos la saturación.

De niño, mi madre me convenció de una operación


inofensiva. El doctor haría su trabajo con brevedad. Yo
solo debía abrir la boca y cooperar. Luego tendría que
beber sustancias heladas por mucho tiempo. Pero nada
sucedería más allá de dormir un rato, tras una leve anes-
tesia, y volver a casa sin dolor. Un médico amigo estaría

45
vigilándome en pabellón. Esto me consolaba. Se trataba
de un cirujano chileno que vivía cerca de nuestra casa.
La primera consulta salió como la habíamos plani-
ficado. Llegué al consultorio, abrí la boca y lo demás
fue una descripción especializada que nunca comprendí.
La única parte sencilla fue una alusión a una bola roja
que debía tener un color diferente. Yo mantenía la boca
abierta mientras la luminosidad del guante de goma del
doctor me hurgaba. Mi verguita palpitaba al ritmo de
su corazón.
La segunda consulta me atemorizó. Ahora vendrían
los exámenes de sangre seguidos de un nombre que mi
madre pidió que memorizara: 0 rh positivo. Así lo con-
servé en mi memoria. El doctor me señaló la sala de ci-
rugía y la consideré demasiado grande y complicada. Él
ni siquiera había pedido que abriera la boca ni tampoco
comprobado si tenía o no fiebre. Me dio una cita definiti-
va y esto disipó mis miedos. Me acostarían desnudo, dor-
miría quietecito abriéndole la boca a mi doctor chileno.
Tengo pocos recuerdos de la operación. Tal vez un
vasito que reposaba sobre la mesa auxiliar del pabellón
de cuidados intensivos y un breve paseo a otra sala. Nin-
gún dolor quedó registrado.

Mi boca amaneció morada.

Logré que Malayalam me alcanzara la caja secreta


que había sepultado antes de la resurrección de Lázaro.
Saqué de ella mi agenda telefónica. Pensé que a algu-
no de mis recientes amantes le gustaría venir a verme.
Llamé a T. Me contestó con emoción. Le conté de mi
enfermedad. Pasó a decir que la verga mecánica estaba
obstruida, que las pilas se vencieron, que había decidido

46
llevarla a un especialista, que la vendería como chatarra
para comprarse una nueva en Zúrich, más eficiente que
la que tenía. Una con lubricador instalado. Marqué el
número de J. Me salió una grabadora. No dejé mensaje.
Intenté ubicar a W. y le conté todo. Inesperadamente
me dijo que sufría de narcolepsia y que no debería ex-
trañarme que si quedábamos en algo, él no llegara a la
cita por haberse quedado dormido, además me repro-
chó que lo llamara tan pronto. Le colgué. Marqué el te-
léfono de L., lo saludé y hablamos por cinco minutos,
le conté de la enfermedad, se quedó mudo y de buenas
a primeras me confesó que se había vuelto dominador
y que de seguro a mí no me gustaba que me pegaran.
Tenía razón. Tuvo que dejarme porque se le quemaba la
cena. Así me dijo. Volví a intentar con J. Ahora me con-
testó, le narré los detalles de mi enfermedad y me dijo
que lamentaba no poder venir a verme ya que le habían
sacado las muelas del juicio y estaba indispuesto, que
me llamaría en cuanto estuviera recuperado aunque el
cirujano le había advertido que podían pasar hasta dos
años. ¡Arrivederci!

País Tanzania
Superficie 945.000 km2
Población aproximada 35.000.000 de habitantes
Moneda Chelín tanzano
Capital Dodoma
Idiomas oficiales Swahili e inglés
Localización Costa este de África Central

Así jugaba con Malayalam. Yo preguntaba, ella res-


pondía con seguridad. La malencarada dejaba todo
cuando apenas sugería nuestro juego, incluso su cara.

47
Cerraba la expedición con una frase célebre: “En Mo-
rogoro, cuando divises el paisaje sentirás cómo una ma-
nada de elefantes marcha a toda prisa. Todo esto a pocos
metros de visibilidad”. Así continuábamos, una y otra
vez, en el mapa infinito de la enfermedad.

Las náuseas volvieron y ahora temía por mi condi-


ción. Malayalam me mantenía entretenido. El amplio
mapa que juntos explorábamos me distraía y lograba
ejercitar la dispersión. Nuevos almohadones y almoha-
das vinieron a salvarme y ligeramente cambiaron mi po-
sición. De pronto, luego de tantos países que habíamos
recorrido juntos, le pregunté por su familia y los oríge-
nes de tan mítico nombre.
–¿Usted no habla malayalam?
Me refería, por supuesto, a la lengua, al malayalam.

La malencarada se sintió atrapada. Había retirado su


protección y decidió contarme un recuerdo infantil, do-
loroso y remoto. Su padre, un hombre mexicano de otros
tiempos, la había vuelto una mujer de otro mundo.
Una noche, cuando aún era niña, su padre la llevó
hasta una fosa. Sujetada por una soga, la bajó hasta per-
manecer colgada. Desde arriba, le gritó: “Busca bien,
Aviva”, pero ella no veía nada. Luego de alumbrarla con
una lámpara, su padre decidió bajarla hasta que tocó
el suelo. En este tránsito, atravesó un pequeño agujero
untado de tierra pegajosa. Su padre la invitó a ir más
allá: “Baja más, Aviva, y encontrarás lo que te digo”. Y
bajó en columpio, meciéndose en las profundidades has-
ta enmudecer de miedo. La insistencia paterna la obligó
a buscar en todas partes. Agarró una calavera entre sus
manos que dejó caer cuando la lámpara la iluminó. “Es

48
una calavera de muerto”, dijo Aviva. Con la caída, la
pieza se deshizo como azúcar y ahora podía ver el resto
del cadáver. Su padre, desde las alturas, le insistió: “Bus-
ca algo más, Aviva, dinero, ruedas redondas de oro”.

Las lágrimas de Malayalam me estremecieron. Desde


la tabla de dibujo de la enfermedad, ya no podía más.

49
La cena etíope

El utensilio de palo bordeaba el recipiente. El chocolate


se condensaba a los lados prosiguiendo su circularidad.
Lo repasaba, espeso, en mi cabeza mientras con la mi-
rada seguía los confines del círculo. Brotó la comisura.
La sustancia devino roja y el espesor lentamente adel-
gazó. En hilos filosos se tejió una malla roja y tibia que
yo entendí como producto de su menstruación. Fue así,
el recipiente menstruaba salvajemente y el olor de la in-
fancia se asomó a la enfermedad.

El claustro parecía igual. En la tabla de dibujo so-


brevivían mis garabatos recientes y a mi lado, reposaba
Luba con su clásica postura de gata. Lázaro entró de
golpe trayendo en sus manos un pedazo de torta negra
servido en una vajilla que había importado de Ruanda.
Los contornos dorados enmarcaban la generosa porción
que me negué a paladear. Solo admiré la perfección del
trozo y el corte exacto de mi querido Lázaro.
Una vez más, la tos me había extirpado la noche, im-
pedía que mi cuerpo reposara y tejía una extraña malla
de pesadillas. La tos era el nuevo ritmo que anclaba la

51
descomposición. Me envolvía en una esfera que intenta-
ba excluirme del resto. La tos, la tos era lo que faltaba.
El hambre se fue lejos, a un lugar remoto que ya no
divisaba.

La malencarada me dio la noticia, había llegado el


encargo de mi madre; las hormigas safari le darían ja-
que a la enfermedad. Jaque mate. Luego de abrir un
extenso tubo de compleja construcción, con tempori-
zador y control climático incluidos, Malayalam des-
cubrió lo que todos sabíamos. Los insectos habían
arribado pero totalmente muertos. Un montículo de
cadáveres se apiló en mi cama y Luba metió su hocico
confirmando la defunción. A partir de este incidente,
decidí dibujar hormigas y por supuesto, el hormigueo
de mi espalda retornó.
Lázaro era la voz oficial de la enfermedad. A él solo
le preocupaba mi madre. Le inquietaba que comenzara
a quejarse, que utilizara palabras que su precario portu-
gués no entendería. Para resolver el problema, decidió
estudiar un banco de palabras que tenía archivado hace
algún tiempo; luego, consultó la sección de ciencia de
algunos diarios brasileños pero continuaba inseguro. La
preparación dio paso al plan: le diríamos a mi madre que
las hormigas habían llegado vivas y que seguimos al pie
de la letra las instrucciones anexas. Problema resuelto.
Por el momento.
Mi madre llamó. Habló con Lázaro. Le pidió que
contara las hormigas, comentó que había pedido dos-
cientas cincuenta y esperaba que hubieran llegado todas.
Ni una menos. Gastó una fortuna en el traslado certifi-
cado con condiciones climáticas estables. Le recomendé
a Lázaro que le dijera que habían llegado todas pero una

52
razón de peso contradijo mi frivolidad: tal vez se trata-
ba de una trampa con la que mi madre intentaba con-
firmar nuestra farsa. Tenía sentido. Lázaro no durmió
en toda la noche. Yo tampoco. La tos conectó con una
especie de tendedero las dos alas de la casa: el claustro
con el resto. Ambos somnolientos, a dos manos, dibu-
jamos el desvelo y la soledad.
Al día siguiente, Lázaro pasó la tarde contando los
cuerpos inmóviles de las temibles hormigas. Resulta-
do: doscientas cuarenta y nueve, ni una más. Indagó en
el tubo fortificado pero no había rastros de la ausente.
Practicó muchas veces cómo se lo diría a mi madre, in-
cluso ante el espejo. Yo le dije que no sufriera, que por
una mugrienta hormiga no podía perder el control, que
le dijera que las doscientas cincuenta estaban cazando a
la abeja africana y fingiera que la comunicación se había
interrumpido. No me prestó atención.
El sueño me venció mientras Lázaro, zombi, revi-
saba la casa, la ponía de cabeza. ¿Habría alguna sobre-
viviente?

Los codos me dolían muchísimo.

Mi madre llegó enseguida, venía de un agitado día


de compras. Me sorprendió de espaldas mientras jugaba
al doctor con mis hermanitas, que estaban vestidas de
la misma manera. Llevaban pantaletas rosadas. Con un
creyón de cera, dibujé las marcas de las operaciones que
efectuaría. Cuadriculadas, mis hermanitas se recostaron
tomadas de las manos y apretando los labios finamente.
Con el cuchillo de merendar abrí orificios adicionales,
repasaba también los naturales. El más doloroso fue el
lacrimal, pasar el cuchillito por el borde de los ojitos sin

53
lagrimar. Al ver a mi madre, las gemelas se incorpora-
ron y notaron que alrededor de mi boca había marcas
sospechosas. Abrieron uno de los paquetes que mamá
traía. Sacaron globos y soplaron uno tras otro creando
ramos de globos, ataron sus trenzas con globos un poco
más grandes, y comenzaron a devorar cotufas azucara-
das. Con una aguja hicieron estallar los globos, todos
a la vez. ¡baamb! Mi madre se quitó los tacones, y las
agujas eran grandes filos de patente, lustrados para esta
ocasión. Abrió otro paquete, y sacó sobres de semillas
que se lanzó a sembrar con compulsión. Se trataba de
unas pepitas de sorprendente rapidez. El comercial tele-
visivo mencionaba que en un cerrar de ojos retoñarían.
Mis hermanitas se llenaron las manos de tierra mojada
y cerraron los orificios de la operación no culminada.
Modelaron bolitas de tierra para clausurarse las bocas.
Advertí de los peligros de las heridas, las infecciones, los
contagios, los costos de los antibióticos, la resistencia.
Cerré los ojos. Volví a abrirlos.
Comencé a ver arbustos, matorrales, frondas, arbo-
lillos que desafiaban los espacios de la casa, que rom-
pían de cuajo los pisos, matojitos que se abrían paso
entre chaparros, maleza, cactus y espinos. Entonces to-
dos brotaron. Florecieron. Y en vez de polen, piñones,
capullos aromáticos, frutos, pimpollos, al unísono na-
cieron vergas, grandes y hermosas vergas, afelpadas, de
terciopelo, aduraznadas, lisas y carnosas, aberenjenadas,
botones de vergas que se llenaban y crecían en un ins-
tante, brotes que invitaban a la caricia, yemas que hacían
agua la boca, mohos, bejines, vergas como guanábanas,
setas envergadas y a una trepadora le seguía una hiedra
que ahorcaba un vergón como papaya. Guindaba tam-
bién otra verga verde y áspera como de piel de mamón.

54
Mi madre había vuelto a calzarse, ahora sus agujas eran
vergas lustradas y grandiosas, y de un camafeo sacó una
semillita que lanzó al azar cayendo en el centro del sa-
lón. Del piso, brotaron las raíces, espesas e inmensas
cepas que explotaron el granito dando paso a un árbol
gigantesco. Se trataba de un baobab, especie de corteza
negra y hojas oscuras. La revelación me dejó paralizado.
La mayor sorpresa vino cuando del macizo germinaron
vergas globosas y ovoides guindadas de lianas. Todas de
un solo color: negras.
Mi madre y mis hermanitas, vestidas de campesinas,
se recogieron las faldas, y comenzaron a trepar descal-
zas el descomunal árbol. Llevaban cestas de picnic su-
jetadas por cintas rojas. Hincaban sus uñas en la oscura
corteza, alternándolas con sus pezuñas y hasta con sus
dientes, que sangraban copiosamente al despegarse. Al
llegar a la copa, con mucho esfuerzo estiraban sus bra-
zos para poder recoger las vergas morenas que esta vez
parecían melones alargados que al desprenderse mana-
ban un líquido perlino parecido a la leche. En sus cestas,
mi madre y mis hermanitas lanzaban sin compasión las
grandiosas vergas, que apiñadas se rozaban en sospe-
chosa fruición. Luego de llenar sus canastas, decidieron
bajar aferrándose fuertemente de las pezuñas. Sus cuer-
pos fueron perforados por las espinas que recubrían la
enredadera adosada al tronco del baobab.
Observé cómo en un semicírculo mi madre y mis
hermanitas me acecharon. La más alta me pidió que me
colocara en la postura de cuatro patas. Yo les tenía mie-
do pero aún llevaba conmigo aquel cuchillo que me per-
mitió bordearles los orificios a mis hermanitas. Mi ma-
dre sangrante de boca, uñas y pezuñas, enseguida tomó
el cuchillo, hizo una incisión posterior que terminó en

55
el ano para introducirme las grandes vergas recogidas
hace instantes. A algunas, primero les arrancaba la ca-
beza con sus afilados dientes para luego escupirlas con
algún rastro de sangre. Mi madre me preñó.

Cuando ya estaba a punto de explotar, mis herma-


nitas que por supuesto para el momento ya habían es-
cupido las bolitas modeladas de tierra mojada, senten-
ciaron:
–Ahora te toca parir.
Saltaban alegres mientras lo decían. La inmediata risa
de mi madre me sorprendió y enseguida, pregunté:
–¿Cómo lo hago? ¿Cómo…?
Lloraba de terror.
–¡Es como cagar un coco!
Hicieron entonces un gesto vulgar utilizando sus en-
trepiernas.
–Te damos nueve segundos. Nueve, ocho, siete,
seis…
Abrí las piernas, mi verga se había borrado y de mi
ano comenzó a salir algo espeluznante.
–Cinco, cuatro, tres…
Una mola, una masa inmensa formada por todas las
vergas negras y muertas en forma de racimo de uvas
que mi madre empezó a devorar con los dientes de su
florida popona.
–Dos… ¡Bota la placenta!, ¡la placenta!
La costra gelatinosa ungida del líquido perlino que
se asemejaba mucho a la leche, salió de golpe. Mi madre,
como alguna otra vez, me colocó contra ella y me ama-
mantó directamente de su popona. Tragué aquel líquido
que transportaba restos alimenticios, cabezas de vergas
desechadas, uñas, pezuñas y dientes filosos que ya ha-

56
bían hecho su trabajo. En un instante, me di cuenta de
que nuevamente estaba preñado.

–Ahora te damos ocho segundos. Ocho, siete,


seis…
Esta vez, por naturaleza, abrí la boca.
–¡Abre grande! ¡Ahhh! ¡Saca la lengua! Cinco…
Comenzó la hemorragia, la sangría indetenible.
–¡El cuello está cerrado! A pujar. Cuatro…
Las gemelas hacían triángulos con sus manitos mien-
tras una viscosidad oscura atravesaba mi garganta. De mi
boca salió un espécimen irreconocible cubierto por una
mata de pelos de zorra. Esta vez, la boca de mi madre lo
devoró mientras mis hermanitas se pegaron como san-
guijuelas a la popona desdentada de mi progenitora.

–¡Queremos preñarnos, mamá! ¡Como sea! ¡Que-


remos preñarnos…!
Chupaban gozosas pero ya no encontraron vergas
vivas. Toda la negritud había sucumbido en mis con-
secutivos partos. Mis hermanitas se dieron vuelta y co-
rrieron a mí. Pero mi verga había desaparecido y no
podían hacer nada. Entonces, la más baja se remangó y
se sentó encima de mi cabeza. Redondo y rotundo, mi
cuerpo hizo la función de una verga globosa, untándo-
se de una goma maloliente mientras mis hermanitas se
hundían en mí.
Sonó el teléfono.

–Quantas chegaram?
–Duzentas e quarenta e nove.
–Vou escrever uma petição agora mesmo para ex-
traditá-la. Já que temos a maldita africana, a companhia

57
vai ter que me dar resposta. Senão vou ter que pegar
um avião e trazê-la pelos cabelos. Combinado, Lázaro?
Lázaro tragó grueso y respondió.
–Combinado.

Era un territorio árido, una explanada inconmen-


surable de arenas oscuras en la que a la distancia, no
se divisaba sino cielo. El polvo se levantaba por la
brisa seca que provenía del sur. El sol quemaba con
fuerza y la única salvación era el desplazamiento. El
calor no se soportaba, el ardor prevalecía. En mi ca-
minata, oí el rumor de un grupo gigantesco. El soni-
do venía de lejos, era como un batallón acercándose.
Temía. Los chirridos guturales y el retumbe de tam-
bores comenzaban a desesperarme. Yo continuaba la
errancia.

Lázaro entró al claustro. Todavía buscaba a la disi-


dente, caminaba en el aire con la esperanza de encon-
trarla, de detener las gestiones internacionales que mi
madre planeaba a distancia. Sus ojos no podían concen-
trarse en las preguntas sencillas, el cansancio, mi queja
constante. De un momento al otro, dejó de pensar en
la africana y decidió tantear mi apetito. Le dije que se
había ido lejos, a un lugar inexplicable. Me preguntó
por la torta negra; le confesé que no había probado
ni una migaja, que toda se la había comido Luba, que
panza arriba disfrutaba de una siesta. Empezó enton-
ces a describir un plato etíope, de esos que se comen
con las manos. Mientras recitaba las historias y oríge-
nes de los mil y un ingredientes que se utilizaban para
la cocción del suculento platillo, yo me adelantaba a la
próxima pesadilla. Estaba seguro de que esta vez ten-

58
dría la ocasión de comer directamente de la popona de
mi madre, que restregaría el pan sedoso y blando por
los pliegues secretos y sus contornos. Debía aprove-
char la ocasión ya que estaba desdentada y pronto cre-
cerían sus fauces infinitas.

El ruido continuaba sin cesar. La sed se apoderó de mi


cuerpo. La insolación generó un espasmo inesperado.

Luba llevaba días hinchada. Me culpé incesantemen-


te por haberla dejado devorar aquel pedazo lujoso que
Lázaro me había obsequiado. Estaba abultada de una
manera extraña. Sospeché. Me preguntaba si en un pa-
seo nocturno la habría interceptado algún perro realen-
go que con anuencia o descuido del responsable (quizá
Lázaro, quizá la malencarada) la hubiera inseminado.
Temía que le hubiese transmitido alguna enfermedad
contagiosa, tal vez venérea.
Malayalam me contó que posiblemente no era lo que
pensaba, que en su juventud (cuando estudiaba para en-
fermera) había sabido del caso de una mujer que en una
visita médica de rutina, ya en su octavo mes de embara-
zo, el doctor había descubierto que en su útero no repo-
saba nada. Era un vientre vacío. Después de la noticia,
la mujer había pedido usar el sanitario, y de inmediato
descargó un caudal de agua para luego aparecer des-
hinchada, totalmente plana, ante los ojos incrédulos del
médico y su acompañante. Un embarazo psicológico.
Podía ser, Luba era un ser psicológico.

Pensé enseguida en los ríos profundos, la vanidad y


el sueño.

59
Los rumores se transformaron en gritos, en cantos
tribales incesantes. Volteé a ver el panorama y pude ob-
servar cómo una fila venía directamente a mí. Eran hom-
bres negros desnudos, de cuerpos esqueléticos, escolta-
dos por pájaros de cuero negro. Se movilizaban como un
ejército mientras las náuseas me visitaban. Los hombres
exhibían con orgullo sus vergas, jugosas, gigantescas y
tiernas; vergas que mantenían su vigor pese a los cuerpos
diminutos que las acompañaban. El ruido atormentaba y
la polvareda me cegó. Los pájaros expedían un olor des-
agradable. El retumbe de los tambores, las arenas que se
estremecían, las vergas que, guindadas, rebotaban como
goma. Me encantó el paso acelerado y la indecencia.

La doctora Lobo siempre se preocupó por mi denta-


dura. Desde que era niño se responsabilizó de mis dien-
tes. Decía que, por estragos de la naturaleza, me faltaban
dos piezas dentales; específicamente un par de incisivos
superiores que completarían el juego de cuatro que de-
bía poseer todo ser humano. Era un extraño caso que
solo sucedía en un 0,03% de la población odontológica.
La ausencia de los susodichos me hacía tener espacios
vacíos que perturbaban la estética. El plan inicial de la
doctora Lobo era correr las piezas posteriores para que
los caninos (vulgarmente llamados colmillos) se colo-
caran en lugar de los incisivos faltantes, los molares to-
maran el lugar de los caninos, y así sucesivamente. Pero
eso no era todo. Luego de lograr el desplazamiento ma-
sivo de las piezas dentales, la doctora Lobo tenía previs-
to realizar un trabajo cosmético. Debía hacer pasar los
dientes por sus nuevas identidades. Les haría una punta
a los molares para parecer caninos y les eliminaría las
puntas a los caninos para parecer incisivos. Por supues-

60
to, nunca sería igual; pero la doctora Lobo prometía
que tan solo una profesional como ella, tan detallista y
acuciosa, se daría cuenta de los procedimientos ejecu-
tados. Del resto, todos pensarían que había nacido con
una dentadura perfecta. Recuerdo a la doctora Lobo
tensando y destensando los dientes, como si tirara de
imaginarios cordones ante un corsé renacentista.

La enfermedad había tomado todo mi cuerpo, con


excepción de mis uñas y pelos.

Malayalam, que sabía mucho de muertos, me contó


que cuando el cuerpo fallece, el cabello y las uñas siguen
creciendo. Aparentemente, estas ramificaciones se afianzan
a la descomposición del cuerpo, la cual se convierte en una
especie de abono que hace posible el crecimiento. También
me comentó que, una vez, observó de cerca el cadáver de
una niña de ocho años, al que ya el paso del tiempo había
convertido en polvo y solo sobrevivía un pedacito del crá-
neo. De ese hueso, sorpresivamente, pendía una cabellera
exuberante, brillante y vital. Una melena de oro.
Aunque odiaba las peluquerías, yo debía hacer algo
pronto, pues mi pelo me enceguecía y molestaba. Para
mí, las peluquerías eran zonas insoportables de conta-
gio. Focos infecciosos en los que los microbios se arras-
tran y los virus vuelan.

Caminaba en una explanada de Etiopía. Las manadas


de hombres de cuerpos austeros y vergas grandiosas me
impresionaban, manadas ruidosas acompañadas por el re-
tumbe de los tambores y el vuelo de los fétidos pájaros
de cuero negro. Los cuerpos corrían y oleadas de vergas
negras pasaban y pasaban. Conté 3.080 vergas hinchadas

61
y continuaba el caudal en aquella aridez. Los sonidos de-
vinieron gritos que repetían una y otra vez una palabra
secreta: ababa, ababa. Mi ceguera no me impedía admi-
rar las vergas de los dolientes cuerpos que tensas parecían
guiar a la manada. Cuando ya se alejaban, me di cuenta
de un grupo inadvertido que se acercaba corriendo desde
otra latitud. Eran hombres negros de cuerpos robustos y
bellos, de musculaturas intactas, escoltados por pájaros de
exuberante plumaje y exquisito aroma. Una sola cosa ha-
cían a las manadas mugrientas más apetitosas y deseables:
sus vergas. Este grupo llevaba taparrabos que impedían
observar las dimensiones. Pero en un descuido, a alguno
se le desprendió el suspensorio y pude advertir que no
tenía verga. Era una tribu desvergada.

–La comida está servida.


Malayalam avisó con una campanita. Me incorporé y
sin lavarme las manos, caminé al salón comedor donde
Lázaro y Luba me esperaban sentados a la mesa. Lázaro
había decidido estrenar su vajilla de Gondar y sus copas
de Mekele. Sirvió un vino carísimo. En el centro de la
mesa, junto a flores de loto y racimos de uvas blancas,
había una gran bandeja, honda y hecha de cobre, cu-
bierta por una tapa tipo banquete que no dejaba ver los
alimentos. Malayalam sirvió la cama de vegetales que
Lázaro había cocinado. Eran unas hojas verdes de aro-
ma inigualable. Luego de que Malayalam se había sen-
tado, Lázaro con sumo cuidado destapó la bandeja, que
de inmediato desprendió un vapor enceguecedor. Por
minutos no pudimos advertir lo que había preparado el
misterioso cocinero. Cuando el humo se despejó, vimos
aquellas tiernas presas. Eran vergas etíopes cocidas en
su propio jugo.

62
Mi madre y mis hermanitas se incorporaron a la ta-
bla. Mi apetito volvió de repente y le arrebaté a Lázaro
la primera presa. Con mis colmillos afilados por la doc-
tora Lobo, comencé a devorar aquella verga gustosa que
sudaba copiosamente. Lázaro saboreaba el glande de
alguna, succionando el jugo que se había quedado apri-
sionado en la arteria bulbouretral. Luba mordisqueaba
una más pequeña pero igualmente nutritiva. Malaya-
lam utilizaba los cubiertos y cortaba la fibrosa verga en
bocados aptos para un paladar exigente. Trinchaba sin
conmiseración los cilindros. Mis hermanitas lamían los
fluidos de una misma verga y la sujetaban juntas mien-
tras la más alta le arrancó una parte del cuerpo caver-
noso y la más baja se quedó con segmentos del cuerpo
esponjoso. Mi madre se dedicó al prepucio. Comentó
con sabiduría que en él residía el secreto del suculento
plato. Lázaro no estaba de acuerdo, aseguraba que era
el escroto y mostró cómo debía comerse para lograr
una buena digestión. Malayalam se cansó de guardar la
compostura y tiró los cubiertos. ¿No se trataba de un
plato etíope? Como si fuera una mazorca, tomó con
sus manos la pieza y comenzó a pelarla acompañando
la ingestión de las carnes negras, con la deliciosa cama
de hojas verdes que había dispuesto Lázaro. Una vez
deglutidas las vergas, panza arriba disfrutamos todos
del sueño profundo.

Desde la punta de la cama observé que en la lengüita


de Luba reposaba algo oscuro. Aunque estaba dormi-
da, me acerqué a observarla: el abdomen de la hormiga
safari yacía instalado en la punta de su lengua y ya Luba
no despertaba.

63
Carne sobre carne

El sonido de los pitos comenzó a deslizarse por la ven-


tana que la malencarada había dejado semiabierta. La
bulla me despertó más temprano de lo usual. Rompió
el absoluto silencio del claustro. Aún sentía la hincha-
zón por el festín culinario de la noche pasada. El plato
rebosante retó mi falta de apetito y en esta ocasión, le
había ganado. Traté de aislarme del ruido inusual, me
detuve a ver el techo de la fantástica parihuela. Pensé
cómo sería esa princesa africana de ojos rasgados que
había ocupado la cama de la enfermedad. Trataba de re-
cordar las palabras de Lázaro, quien un día me confió
sus secretos morenos. Ya no podía recordar. Una vez
más escuché la algarabía de la procesión que continuaba
transitando por las calles de mi barrio. Se oían gritos,
sirenas, cascabeles, todos unidos al ritmo solemne de
una banda. Pero de vez en cuando se sentían silencios,
silencios aterradores.

La enfermedad siempre sorprendía con giros ines-


perados. Uno de ellos, mi agudeza olfativa. Desde el
claustro no solo podía adivinar lo que se estaba pre-

65
parando en las áreas de la cocina (sus ingredientes más
mínimos y los acompañantes) sino también todo tipo de
olores como el perfume diario que utilizaba Lázaro, los
medicamentos que Malayalam destapaba y mezclaba a
distancia, o alguna loción con la que mi madre rociaba
las piernas de mis hermanitas ante el calor sofocante. La
enfermedad había trastornado otro sentido.

En una oportunidad la doctora Lobo me pidió que


llevara a mi madre a consulta. Tenía que informarle sobre
nuevas decisiones en mi tratamiento. Así lo hice. Pun-
tualmente mi mamá, embarazada de mis hermanitas, se
presentó a la consulta quincenal. En esta ocasión, en vez
de dejarme en la puerta del complejo empresarial donde
se ubicaba el consultorio, vino conmigo. Entré tomado
de su mano. Mi madre tenía ocho meses de embarazo y
su panza era enorme. La asistente de la doctora Lobo nos
hizo entrar al consultorio casi de inmediato. Era una téc-
nico dental muy competente que se encargaba de ejecutar
los planes sesudamente trazados por la doctora. Llegamos
al glamoroso despacho, un lugar distinguido, lejano a la
sala donde me atendían, a los ruidos del taladro, al olor
que desprendía la anestesia y a los buches de agua con
sangre que los pacientes devolvíamos.
La doctora Lobo, quien para la oportunidad lucía
unos labios carnosos inigualables, le pidió a mi madre
que se sentara mientras la asistente les servía una in-
fusión de kinkeliba. Yo me pegué a su lado con una
fuerte erección causada por el frío del despacho. A los
pezones de mi mamá el clima extremo tampoco les era
indiferente.
La doctora Lobo se sentó en su poltrona siruela y
sacó una lámina que mostraba mi dentadura. Comen-

66
zó a recitar toda la estrategia que había trazado para
normalizar mi mordida y, con un puntero, señaló las
diversas tácticas implementadas. La lámina incluía los
elásticos, correctores y todo el arsenal férreo que em-
pujaba con fuerza las piezas dentales. Recuerdo que mi
madre asentía con la cabeza afirmando que compren-
día, a cabalidad, su exposición. Pero aunque utilizaron,
según la doctora Lobo, todos los recursos (incluso las
novedades presentadas en el más reciente congreso de
ortodoncia realizado en Ciudad del Cabo), mis dientes
solo se habían desplazado una distancia milimétrica, im-
posible de ser advertida por otros ojos que no fueran los
de una experta. Mi madre pasó la lengua por delante de
sus dientes superiores, mientras la doctora me señalaba
con su dedo diciendo que yo era un raro caso dental en
un millón. La doctora Lobo prosiguió comentando que
aunque ella misma se había encargado de redoblar los
mecanismos de barrido, no dejándolos por esta vez en
manos de la competente técnico dental, el desplazamien-
to no se producía. Mi madre se acomodó en su asiento y
ahora pasó la mano por la curva de su vientre.
La doctora Lobo sacó otra lámina y comenzó a ex-
poner con locuacidad un nuevo plan de ataque. Se tra-
taba de desplazar en dirección contraria los caninos y
sus subsiguientes para colocar en lugar de los incisivos
faltantes dos prótesis permanentes. No creía que hubie-
ra ningún problema pues su vasta experiencia (y hasta el
sentido común, pensé) le decía que si las piezas dentales
negaban su desplazamiento hacia una dirección, serían
luego dóciles al correrlas hacia la otra. La doctora Lobo
concluyó su presentación diciendo que de aceptar este
nuevo plan, no sería necesario el oneroso trabajo cos-
mético y en menos de dos meses contaría con una nue-

67
va dentadura cuya artificialidad únicamente podría ser
detectada por ella, la doctora Lobo. Punto.
El punto llegó en el momento en que mi madre ob-
servaba la salamandra dorada que, enroscada al cuello,
lucía ese día la prestigiosa doctora Lobo.

Cuarenta grados de temperatura.

Malayalam finalmente llegó. Se había retardado de-


bido a las manifestaciones ocurridas por las festividades.
Le comenté que estaba prendido en fiebre pero que la
tos había pasado. Inusualmente utilizó su mano, siem-
pre protegida por un guante quirúrgico de goma, para
decidir si estaba en lo correcto. Acerté. Comenzó a pre-
parar las compresas frías y sin dilaciones me enchufó a
un hidratador. Me sentí gradualmente renovado.
Al desaparecer los sudores, le pregunté a qué festi-
vidades se refería cuando llegó por la mañana. La mal-
encarada me miró como si no entendiera la pregunta,
como si yo le estuviera hablando en portugués pero
abruptamente respondió sin adorno alguno: “Estamos
en carnaval”, y se fue de inmediato.

Treinta y nueve grados de temperatura.

Mi madre se sintió estafada, no en el aspecto econó-


mico sino en su buena voluntad. Gritó que no iba a per-
mitirlo, que por supuesto no daría permiso, que debían
traer lo que estimaran para reconstruir esa dentadura a
la perfección, que quería los caninos como incisivos, los
molares como caninos y todo el trabajo cosmético que
fuera necesario. Al fin y al cabo, yo era su único hijo
(enseguida sentí cómo mis hermanitas se estremecieron

68
dentro de mi madre) y no importaba si eran imprescin-
dibles costosas sesiones de endodoncia o que viniera a
verme la mejor periodoncista de la ciudad, pero mi den-
tadura debía ser preciosa y sobre todo encontrar una
perfecta naturalidad aunque la mismísima doctora Lobo
tuviera que trabajar horas extras. La sentencia terminó
con un chirrido de dientes que molestó al agudo y muy
entrenado oído de la doctora Lobo, quien ahora ner-
viosa mordió sus carnosos labios, sacándose un poco de
sangre que corrió a curarse de inmediato.

Treinta y seis grados de temperatura.

Me bajaba ya la fiebre cuando mis hermanitas se


acercaron a la cama y empezaron a darme besitos por
estar enfermo. Con mi mano derecha, les acariciaba las
barriguitas, lo que las hacía reír con desparpajo. Ense-
guida se fueron corriendo como perritas, en cuatro patas
ladraban y levantaban las patitas simulando que orina-
ban. Lázaro casi las pisa al entrar al claustro. Me miró
con ternura y conmiseración. Observé a mi alrededor
y Luba no estaba. Busqué debajo del cobertor, donde
usualmente le gustaba sepultarse cuando no me servía
de prótesis, pero no la hallaba. Con terror, le pregunté a
Lázaro, quien miró al piso una vez atajada la pregunta.

–¿No te acuerdas?
Negué con la cabeza repetidas veces.
–¿Pero si lloraste y maldijiste al punto de deshi-
dratarte?
Nuevamente supliqué que me explicara lo sucedido.
–Tuve que llevármela al veterinario, la internaron en
el pabellón de cuidados intensivos. Está muy delicada.

69
–¿Pero por qué?
Otra vez insistí con desesperación y sin dar crédito
a lo que sucedía.
–Aún no lo sabemos…
Y se templó el aire del claustro. A la distancia toda-
vía se escuchaban los ladridos de mis hermanitas.

Cuarenta y tres grados de temperatura.

Las aguas oscuras se precipitaron. Fluía la tristeza en


oleadas salvajes. Las plumas de ganso flotaban a la dis-
tancia. Se me hundieron las uñas, el paladar se rompió
de golpe. Contuve la sangre, se impuso el olor a piedra,
primó la sequía. No hubo huella táctil. Se inflamó el
corazón, los ojos inundados. Los nudillos incómodos.
La punzada.
El fantasma de la princesa africana se había oscureci-
do. Ahora imaginaba la parihuela como jaula. Pensé en
las celdas que conocía y ninguna se comparaba a la mía,
a estar metido dentro de mi propia boca de fierros que,
ahora en emergencia, apretaba sin compasión la doctora
Lobo. El encierro. El confinamiento.

Cuarenta y dos grados de temperatura.

El timbre sonó. Sentí una punzada cuando al agu-


do estruendo no le siguió el tradicional ladrido de
Luba. “Correo expreso”, gritó Malayalam. Esta vez,
se trataba de una caja gigantesca que traía un proto-
colo de inmigración de varios folios. Lázaro comenzó
a revisar los documentos y enseguida advirtió que se
trataba de la hormiga safari que habíamos reportado
desaparecida.

70
Como ya había informado Lázaro, mi madre hizo
un reclamo a la compañía, lo cual había resultado en
la reposición inmediata del costoso espécimen. Lázaro
y Malayalam pasaron cuarenta y cinco minutos desar-
mando la caja. Finalmente llegaron al cubo de cristal
de 5x5, que aunque transparente, su grosor no permitía
observar lo que se encontraba dentro. Luego de colo-
car las combinaciones que un documento detalladísi-
mo ordenaba, todas nuestras miradas se dispararon a la
puertita por donde debía salir rodando el cadáver del
flamante insecto. Nuestra sorpresa llegó de inmediato:
la hormiga había cruzado el Atlántico y gozaba de una
salud inigualable.
Lázaro gritó:
–¡Está vivita y coleando!

La doctora Lobo nunca había sido tan desacreditada


como aquel día en el que mi mamá le exigió que cum-
pliera con su trabajo. Mientras mi progenitora encendía
las palabras, la doctora experimentaba cómo la salaman-
dra se encogía alrededor de su cuello, haciendo aún más
abultados sus labios carnosos. Sintió un nudo en la gar-
ganta que no la dejaba respirar. Llamó a una reunión de
equipo, invitó a una ortodoncista legendaria que había
sido su profesora en la universidad y a todas las técni-
cos dentales de su consultorio. Entre ellas idearon un
plan que no podría fallar. Por supuesto, fue la doctora
Lobo quien propuso la novedosa manera de desplazar
las piezas dentales y la legendaria ortodoncista tan solo
le corrigió un paso del procedimiento, corrección que
hizo sonrojar a la doctora Lobo pero que desató un
aplauso masivo entre las competentes técnicos dentales
del consultorio. Cuando a la siguiente semana arribé a la

71
consulta, todavía se oía el eco de los gritos de mi madre,
quien luego de pedir que se cumpliera lo prometido,
abrió las piernas en el sofá aceituna de tan glamoroso
despacho y parió a mis hermanitas salpicando de mal-
va la poltrona ciruela y hasta la bata marfil que ese día
vestía la doctora Lobo.

Cuarenta grados de temperatura.

Era una noche calurosa. Mis hermanitas y yo no re-


sistíamos el ardor. Decidimos hundirnos en el sedoso
pozo de mi madre. Entre las aguas de su esponjosa po-
pona, comenzamos a nadar desarrollando varias piruetas
y estilos. Mis hermanitas eran especialistas en espalda,
yo en mariposa. Nadamos haciendo buches con el agua
turbia de mi madre. La más alta se hundía en la espesu-
ra mucosa para hacer con sus piernas un ocho. La más
baja imponía las piruetas que el equipo debía realizar.
Yo dejaba que los fluidos penetraran los agujeros na-
turales de mi cuerpo y mientras tanto, flotaba. Pero un
remolino puso fin a la pacífica corriente y nos succionó
con fuerza. Mi hermanita había logrado colgarse de un
pelo púbico cuya raíz era fuerte y considerada. Con mis
ganchos, reforzados por la doctora Lobo y su legenda-
ria ortodoncista invitada, pude morder el tobillo de la
hermanita guindada, mientras la más baja se trepó en un
pedazo roto de himen. La marea vaginal se tornó agre-
siva, y aunque ya mis ganchos comenzaban a penetrar
el hueso del tobillo de la más alta, yo seguía pendiendo.
Una fuerte succión nos arrancó a todos con violencia y
fuimos sorbidos por la golosa popona de nuestra madre.
Nos hundimos por túneles rojizos, rellenos de zarzamo-
ras y fresas, donde poco a poco perdimos la conciencia.

72
Aspirados, flotamos como nunca antes (líquidos) hasta
llegar a ese lugar de arenas oscuras y viento seco. Está-
bamos de vuelta en Etiopía.

En cuanto llegué a la sala de espera, la asistente me


hizo pasar y una vez en la silla, la doctora Lobo, las
técnicos dentales y la legendaria ortodoncista comen-
zaron a introducirme los nuevos ganchos que harían de
mi dentadura un modelo para el futuro. “¡No tragues!
¡Abre grande, así!”. Más de nueve manos tensaron alam-
bres, tornillos, elásticos y arcos. Los instrumentos se
deslizaban con facilidad ya que me mantenían abierta
la boca con moldes acrílicos que aislaban la dentadura
de otras áreas mucosas y sensibles como el paladar, las
encías y los labios. Cinco horas tardó la tropa femenina
en acomodar el enjambre. Cuando me liberaron, sen-
tí el nuevo sistema que tensaba las piezas dentales de
manera salvaje y altamente invasiva. Al sonreír ante el
espejo, morisqueta que marcaba el final de la dolorosa
sesión, observé un tornillo que parecía fuera de lugar
bailando en el arco superior que rodeaba mi dentadura.
La legendaria ortodoncista miró de reojo a la docto-
ra Lobo, quien avergonzada ante las técnicos dentales,
tomó la aguja afilada de su tacón e incrustó el tornillo
con tal destreza y rapidez que fue esta vez la legenda-
ria ortodoncista quien produjo un estruendoso aplauso
haciendo que se le desgarraran los guantes quirúrgicos
que usó para la intervención.

Luba no llegaba. Imaginándola, la llené de tubos, de


transfusiones, tendida en el pabellón del veterinario. No
tenía otro pensamiento. La cárcel, la galera, la reclusión,
el aislamiento. La vida me volvió al cuerpo cuando Lá-

73
zaro trajo la noticia. “Está fuera de peligro. Una sim-
ple indigestión”. El grito salió de adentro, como nunca
antes. El claustro esperaba a su esfinge. La repatriación
estaba en puertas.

Treinta y seis grados de temperatura.

Una nueva plaga amenazaba con poner fin a las fes-


tividades, al punto de que el alcalde de mi ciudad no
descartaba dictar un toque de queda. Se trataba de una
legión de plantas carnívoras que comenzaba a crecer en
áreas vitales de mi ciudad. Según los cálculos de exper-
tos se creía que, de no encontrarse solución, las plantas
carnívoras acabarían con las reservas alimenticias en tan
solo una semana. El noticiario recomendaba que nos
pertrecháramos de comida, incluso exhortaba a hacer
compras nerviosas. Cuando Lázaro apareció en el claus-
tro, le dije que era necesario que fuera a la carnicería,
aquella localizada en el centro de mi ciudad y que tenía
las mejores carnes. Hizo largas colas por las multitudes
que se abalanzaron al sitio, mientras otras carnicerías de
mi barrio no tenían ni un solo cliente.
Un reportaje entrevistaba a varios ciudadanos: una
mujer atestiguó que durante la hora de almuerzo, cuan-
do preparaba unas chuletas de cerdo, una planta carní-
vora entró furtivamente por la ventana y sin considera-
ción alguna para con su familia, se tragó las suculentas
piezas. Otra mujer confirmaba que luego de ver a su
perra cada vez más esquelética, se había percatado de
que una mata exótica del jardín se robaba su comida y
hasta sus huesos. Otra mujer de lentes negros de pasta
dijo ante la cámara que no tenía problema alguno con
sus plantas carnívoras ya que les había enseñado a ser

74
vegetarianas. Mientras hablaba con el reportero le daba
de comer a la muy agradecida planta repollitos de Bru-
selas y zanahorias bebé. Otra mujer, sin embargo, de-
nunció que en su patio crecía una especie lesbiana, pues
una vez regando de noche su jardín, la planta le había
pellizcado una nalga. La señora exigía a las autoridades
acabar con tan peligrosa plaga pues temía por su vida y
también, por qué no decirlo, por su dignidad.
Un nuevo avance del mismo noticiario, esta vez más
detallado, informó que ya se había encontrado la so-
lución para el crecimiento desmesurado de las plantas
carnívoras. No dio más detalles.
Lázaro volvió con cinco paquetes repletos. Yo podía
oler desde el claustro la sangre coagulada que chorizos,
panza, sobrebarriga, chupetón, mollejas, entraña, bola
de lomo, riñón, morcillas y vacío acumulaban. El coci-
nero comenzó a cortar los trozos en elegantes filetes y a
separar las porciones dependiendo del tipo de carne. La
destreza de Lázaro me sorprendía aunque por supuesto
conocía de antaño su inigualable arte en el territorio de
las carnes. A medida que cortaba, la coagulación cedía y
la sangre chorreaba hasta desembocar en mares. El coci-
nero preparó paquetes de acuerdo al corte. Su prolijidad
era asombrosa. Colocaba en cada uno: la fecha de com-
pra, la carnicería, el tipo de carne, la cantidad de filetes
incluidos, el corte, el cuchillo utilizado (número y mar-
ca) y una breve referencia a los platos y las cantidades
que se podían preparar con tales porciones. Resultaba
una valiosa ceremonia ver cómo Lázaro acomodaba los
paquetes en el frigorífico.

Luba sonreía a distancia. Flotaba en las aguas tem-


pladas del estanque. Tibia, prometía volver a reinar el

75
territorio de la enfermedad. Blanda, exigía su retorno
con un nuevo nombre.

A un solo día de que Lázaro hubiera vuelto con los


paquetes de carne, comencé a percibir olores extraños.
Pensé que podía tratarse de algún trozo que acciden-
talmente cayera y se hubiera descompuesto con cierta
rapidez. Pero Malayalam me negó por completo tal po-
sibilidad y yo traté de pensar en otra cosa.
Al día siguiente, el olor se intensificó y empecé a
preocuparme. Lázaro negaba cualquier posibilidad de
que las carnes estuvieran malogradas, él mismo había
atestiguado cuán tiernas estaban las piezas. Sin embargo,
revisó y no encontró ningún rastro que elevara la sos-
pecha. A los dos días, cuando ya no soportaba el olor a
carne podrida, mis hermanitas comenzaron a quejarse.
Lázaro olfateó sus entrepiernas y nos convenció de que
no eran culpables. Fueron absueltas. Malayalam empe-
zó a sentirse incómoda por resultar sospechosa y vul-
nerable a ser revisada. Lázaro tuvo que admitir que algo
estaba podrido. Decisión unánime.
Al fijarse en el frigorífico, el hedor los recibió con
una estruendosa cachetada. La enfermera le había ofre-
cido a Lázaro una máscara de quirófano, pues de lo
contrario hubiera sido imposible acercarse. Lázaro, sin
embargo, prefirió una máscara de Angola que tomó
prestada de su muy preciada colección. Comenzaron a
abrir uno por uno los paquetes hasta no poder creer lo
que veían. Aunque las carnes estaban totalmente con-
geladas, por causas todavía desconocidas, en algunas se
había desatado el proceso de descomposición y otras
estaban totalmente podridas. Desde las entrañas de las
carnes, aparecían innumerables grupúsculos de gusanos

76
blancos. Los chorizos y las morcillas se inflaban en tu-
mores que repentinamente explotaban fermentándose.
La entraña infecta tenía una apariencia gelatinosa y el
chupetón estaba totalmente ulcerado. El bolo de lomo
había sido tomado por hongos gomosos. Supuraciones
salían de los espacios dejados entre filete y filete y la pú-
trida panza lucía carra. El vaho putrefacto había inun-
dado la casa. En efecto, era la carne. La malencarada
suspiró de alivio. Para que los vecinos no protestaran,
Lázaro decidió colocar todo en una caja. A la mañana
siguiente desecharía las carnes podridas lejos de nues-
tro barrio.

No se reportó fiebre.

Llegó el momento de mi operación. Mi doctor chile-


no me pasó la mano por la guatita extendiendo su pulgar
hasta la ingle. Me advirtió que tenía que desnudarme y
ponerme una bata quirúrgica para entrar al pabellón.
Una vez dentro, me inyectó un líquido blanco pareci-
do al emanado por las vergas que mis hermanitas y mi
madre desprendieron del baobab. Me pidió que abrie-
ra la boca y caí en un sueño profundo del que pronto
desperté. Estaba solo, tendido en la camilla principal de
la sala de operaciones. Entonces mi doctor chileno se
acercó sin ropa, era peludo de pies a cabeza y resultaba
obvio que yo dejaría que me llevara a donde él quisie-
ra. Caminamos por pasillos aguamarina en los que solo
veíamos puertas. Anduvimos desnudos sobre cosechas
de uvas y manzanas, embadurnándonos los pies de ju-
gos frutales. Llegamos a un pabellón donde mi doctor
me sujetó por la cintura y me colocó en el lugar desde
donde disfrutaría del espectáculo. Allí observé con te-

77
rror cómo le amputaban la pierna derecha a un hombre
que había sufrido un accidente. El olor a carne quemada
y los chirridos del hueso me perturbaron. Pero lo más
terrible de la situación fue advertir que al hombre no le
habían aplicado anestesia, lo cual le generó un desmayo.
Allí mismo sucumbí.

El hedor permaneció por semanas. Algunos veci-


nos se quejaron al sospechar que se trataba de la enfer-
medad. Lázaro les explicó lo sucedido pero, con toda
razón, la jauría no parecía creerle. Malayalam pensó
que se trataba de una situación muy extraña. Lázaro
llamó inmediatamente a la carnicería, cuyos dueños se
negaron a devolverle el dinero aduciendo que sus car-
nes eran tiernas y jugosas. No había manera de con-
tradecirlos. Yo sentí algo inexplicable cuando aquellas
carnes se descompusieron.
Semanas atrás, advertimos que ciertos alimentos se
dañaban sin ninguna explicación. Usualmente era la le-
che y la mantequilla, o algún otro lácteo. Pensamos que
podía tratarse de fallas de refrigeración, quizá algún des-
cuido en la compra de los víveres. A veces, sus fechas
de vencimiento eran ilegibles. En repetidas ocasiones,
Lázaro y Malayalam se quejaron de la descomposición.
Por supuesto, nada igual a esta carnicería. De pronto,
todo se juntó en mi cabeza y entendí. Observé mi cuer-
po y reparé que pese a la enfermedad, aún diminuto y
seco, no se había forrado de llagas. Por vez primera,
encaré el pánico que me producía ver mi propio cuerpo
poblado de lesiones y pústulas. Noté entonces que aho-
ra las carnes, antes aparentemente los lácteos, atrapaban
los síntomas de la enfermedad.

78
Así era. Las carnes ulceradas habían salvado mi cuer-
po de la corrupción y la tristeza.

–Llamada por cobrar desde Oruro, ¿la acepta?


Lázaro preguntó con terror de quién se trataba. La
operadora confirmó su sospecha. No entendíamos por
qué mi madre llamaba de esta manera. Sería otra extra-
vagancia más. Lázaro tembló pero, ante mi determina-
ción, firmemente dijo:
–No la conocemos. Llamada denegada.
Colgó.

En Etiopía, nos desplazamos a una playa de marea


alta y arenas movedizas. Hacía un sol potente y mis
hermanitas decidieron que debía broncearme, que el
color de la enfermedad no me venía nada bien. Co-
loqué la toalla zafiro en la arena mojada y me acosté.
Mis hermanitas llegaron con bebidas refrescantes para
luego tumbarse tiernamente junto a mí. Me incorporé
un poco, me mojé los labios con los líquidos y empe-
cé de golpe a percibir un aroma que recordaba. Miré
hacia los lados pero no atisbé ningún movimiento, ni
el más leve. Volví a mi posición inicial y el olor me co-
bijó protegiéndome de los despiadados rayos solares
de Etiopía. Abrí los ojos nuevamente y pude ver que
muy cerca de donde nos encontrábamos, había acam-
pado la tribu desvergada.
Una vez más era custodiada por sus aves exuberan-
tes de exquisitos perfumes. Observé en detalle cómo
sus cuerpos intactos exponían claramente la falta. No
se percataron de que estábamos en la misma playa. En
lugar de vergas, mostraban un tejido liso, sin cavidad
alguna. Comencé a ver bien la belleza de estos cuerpos

79
ilesos y pronto encontré que eran superficies abultadas,
que a pesar de su visible seducción no me generaban
erecciones. Al pensar en esto, la desértica playa comen-
zó a ser ocupada por la tribu de hombres diminutos
y vergas estupendas. Confirmé que estábamos en una
zona nudista.
Lázaro fue por más carne. Se acercó hasta la tienda
del centro. Los mostradores goteaban de sangre por la
ya ausente marabunta. Las carnes se habían agotado.
Recorrió todas las carnicerías, incluso las de nuestro ba-
rrio, sin mayor éxito. Solo en un matadero lejano en-
contró carne de cerdo. Lázaro compró toneladas. Re-
cordó la voz del noticiario matutino y volvió a casa con
quince paquetes.
La plaga estaba siendo combatida. Se pedía que al día
siguiente nadie saliera a la calle de no tratarse de algo ur-
gente o muy necesario. Esparcirían por la ciudad un pro-
ducto para engañarlas. Era una tierra con olor a carne,
aroma altamente gratificante para ellas, que al ser deglu-
tida paralizaría el frágil sistema digestivo de tan peligrosa
especie. El alcalde de mi ciudad ordenó que aquellos que
hubieran domesticado a sus matas o sintieran piedad por
ellas (lo cual acarrearía el deber de alimentarlas a diario)
debían transplantarlas al interior de sus casas. Una aler-
ta importante: a los dueños de perros y gatos les corres-
pondía abstenerse de sacar a pasearlos por una semana,
a menos que se tratara de especies con un alto umbral de
obediencia. Todo quedaba a juicio del ciudadano. Quie-
nes cumplieran las leyes a cabalidad y tuvieran mascotas,
debían solicitar un servicio especial de limpieza que la
alcaldía costeaba en su totalidad. Las líneas telefónicas
estaban disponibles las veinticuatro horas.

80
En todas partes, comenzaron a lanzarse estos seres
esqueléticos de grandes mástiles. Por supuesto, el hedor
vino con ellos y también los pájaros de cuero negro que
me picoteaban incesantemente el pelo. Mis hermanitas
se taparon la nariz e ingresaron al mar para preparar una
nueva coreografía.
Yo veía que la playa se sobrepoblaba, incluso en mi
campo zafiro ya se habían apiñado trece hombres. Pero el
lugar que ocupaban los desvergados era exclusivo y nadie
podía acercarse. Los de allá se frotaban bronceadores le-
chosos acostados en cómoda tumbonas, los de acá se un-
taban aceites unos sobre otros. ¿Qué hacía yo allí? ¿Por
qué tenía puesto el traje de baño? Cuando intenté quitár-
melo para estar a tono con el lugar, vino el terror. Encon-
tré que llevaba las carnes de mi madre. Vestía su bikini
preferido (uno turquesa) y sus senos, ahora míos, caían
como mangos verdes por falta de cuidado. Era un terreno
desconocido. No daba crédito de lo que sucedía. Me había
sido transplantado el cuerpo de mi propia madre.

Malayalam llegó perturbada al claustro. Me comen-


tó, con lágrimas en los ojos, que había recordado una es-
cena infantil que la entristecía. Un día, cuando era niña,
vio que su madre (también enfermera como ella) se ha-
bía manchado de sangre el uniforme blanco a nivel de la
entrepierna. Al advertir cómo se colocaba lo que luego
supo que era una toalla sanitaria, Malayalam –mínima–
le preguntó:
–¿Por qué sangras, mamá?
La madre descubrió con sorpresa a su hija, bajó la
mirada y se palpó el vientre diciendo:
–Porque aquí tengo un pedacito de carne a la que le
da por llorar una vez al mes.

81
La niña sin pensar le replicó, mientras la madre se-
guía tocándose el bajo vientre:
–¿Y por qué llora, mamá?
Sin dudar, la madre le respondió:
– Porque no puede salir, mi amor… por eso llora.

La hormiga salió con paso firme. Era un espécimen


robusto. Muy superior a los ejemplares vistos hasta el
momento. Todos dirigimos la mirada a su hermoso ab-
domen, era una pátina lustrosa como de ébano profun-
do. La hormiga hizo un movimiento mecánico con sus
patas delanteras, parecía prepararse para la misión en-
comendada. Enseguida oímos un sonido curioso, un
cric-cric que nos conmovió. De pronto, Malayalam
gritó. Nadie sabía lo que pasaba. La enfermera infor-
mó que era una hormiga hembra, lo cual no explicaba
el asombro. El grito hizo que la hermosa negra safari
huyera despavorida. De un salto se perdió en la jungla
del claustro. Todos reímos pensando que mi mamá se
saldría con la suya, que la única sobreviviente cazaría a
la abeja africana. Le daría muerte.

–Llamada por cobrar desde Bahía, ¿la acepta?


–No la conocemos. Llamada denegada.

murgas, comparsas, panderetas, algarabía, lechu-


zas que paren como locas, jugos gástricos, cuernos de
la abundancia, narices descomunales, aves carroñeras,
tumulto, tambores, algazara, lobos de mar en cópula,
sangres artificiales, pompas de humo, lunares acéfa-
los en forma de uvas, maracatú, sortijas, chiclete com
banana, cuentas doradas, moluscos excitados, ojos de
vidrio en aceite, pandas rumiantes, retumbe, cintas

82
multicolores, estruendo, conchas dilatadas, maracas,
cuchillos amolados, rugidos, enjoyados lulos en celo,
cueros tensos, macramé, lóbulos abiertos, paleros, calas
aladas, jaleo, rosas de la noche, pubis, trabazón, lobas
en enlace, machetes que viven a la distancia, desatadu-
ra, octópodos fornicantes, babosas, sandunga, perico
rosado, madreperlas, rizos inferiores, rectos ondulan-
tes, aéreas castañuelas, bocas que vomitan adoradas
lenguas, gargantas priápicas en contención, antifaces
de sebo, papelillo, ruido intestinal, serpentinas de co-
bre, cueros secos al amanecer, mantecas, gatas negras
a la brasa, escupido, cascarilla, huesos descalcificados,
tarugos, rusas en sillas de rueda, perros de alambre,
pelusa, mostaza, pedos de vieja, leche de zorra, peces
mohosos que balan, monumentos, sobacos encrespa-
dos, ossobuco, corazas de nácar, papilas de cerda, co-
mulgantes, gónadas de la verdad, orine animal, cola
de pato, trifulca, vacas cortadas sin mediación, piñas
escoriadas, enanos cachuos, ropavieja, pinzas que se
oxidan con la mirada, jolgorio, papos vapuleados, há-
bitos cesantes, picos, espuelazo, melao de batata, re-
vuelta, careyes, almejas infiltradas, seco de chivo, tu-
bas peludas, ostras, velos de novia que se deshacen en
azúcar, sapos obesos, grasas de la gloria, lagrimones,
galápagos en resaca, lagartos mellizos, latas vencidas,
cantos, tamarindos que se molestan, conchones, callos
en vinagre, moras rugosas, mortajas indias

–Llamada por cobrar desde Carúpano, ¿la acepta?


–No se oye… ¡Que la desgraciada vuelva a marcar!
Respondimos con desvergüenza. El teléfono se
reventó.

83
Me perdí. El pasto me sobrepasó. Yo gateaba por el
cañaveral como si alguien me persiguiera. No sé por qué
no me era posible correr. Ya era grande, como de siete
años pero solo gateaba, me arrastraba raspando mis ro-
dillas, dejándolas en el hueso. Doloroso. Y vi una som-
bra, una cosa espantosa.

Domingo. Lázaro preparó con antelación el almuer-


zo, se trataba de una receta sofisticada. Me despertó el
olor a hierbas y pronto advertí que no podía hablar.
Mi voz salía deformada tras un dolor que aún no había
experimentado. Era como tener a la doctora Lobo con
todo su equipo e instrumentos dentro de mi garganta.
Malayalam había acampado en casa por las dificul-
tades que se avecinaban. El transporte urbano estaba
colapsado. Entró enseguida como si hubiera sentido mi
molestia. Le señalé con un dedo y sacó una linterna para
observar mi laringe. Descubrió la llaga que anidaba en
mi garganta. La enfermera me aplicó un medicamento
que había tenido que ir a comprar a la farmacia de en-
frente, untaba la molesta llaga con un hisopo empapado
de solución.
Lázaro llegó al claustro devastado. No preguntó ni
siquiera por lo que sucedía. Dijo que el cerdo en tan
solo un día de refrigeración se había secado. Aunque lo
cocía a altas temperaturas, sus carnes no lograban ablan-
darse y para comerlas, serían necesarias garras animales.
Aunque el hisopo todavía hurgaba infligiéndome seve-
ro dolor, yo sonreí con cierto alivio. ¡La carne porcina
también funcionaba!

Mis hermanitas salieron del mar, habían preparado


un número especial de nado sincronizado. Al ver a los

84
hombrecitos de la manada, se excitaron. Pegándose a
sus orejas, comenzaron a contarles chistes subidos de
tono. Me molesté. No les había dado permiso, esta-
ban allí bajo mi cuidado. De saberlo, mamá se habría
muerto de envidia. Cuando mis hermanitas lograron
el efecto deseado en uno de ellos, cuya verga se inflaba
potentemente, saltaron con seguridad olímpica enro-
llándose ambas al macroencefálico glande. Los cuerpos
de mis hermanitas se fijaron abrazándose de manos y
piernas a la oscura verga que mostraba su máximo es-
plendor. Ya sujetas, el hombrecito me encañonó y una
manada llegó para abrirme las nalgas. La fuerza no ad-
mitía oposición. El hombrecito excitado me metió la
verga con tanta fuerza que no solo desgarró mi ano,
sino que de un tiro me inseminó. Me había preñado
de mis hermanitas. Tendría entonces un parto gemelar.
Mi vientre se extendió y las piltrafas se movían dentro
de mí como liendres hambrientas. Mis ojos se tiñeron
de rojo. Ser, a la vez, hermano y madre de las gemelas
aterradoras…

Una vez más, Lázaro recorrió las carnicerías de mi


ciudad. Ni un pedazo de carne disponible. La gente, tal
como recomendaba el noticiario, estaba acaparando has-
ta el punto de que las pobres plantas carnívoras se mo-
rían ante el desabastecimiento. Además, los ciudadanos
habían resuelto cerrar ventanas y puertas, medidas que
las condenaba a la inanición. El hambre.
Lázaro llegó cargado de bolsas plásticas. Reconocí el
olor a una cuadra de distancia de casa. Era pescado. El
mar era el único que seguía abasteciendo a mi ciudad.
Esperé los resultados con cautela.

85
Mis hermanitas no serían esta vez las comadronas.
Debía parirlas, darles vida. Las contracciones vinieron
de golpe cuando aún me encontraba sobre la toalla za-
firo de aquella playa de Etiopía. Fue una sensación ex-
traña verme en tal estado. Era mi primer parto gemelar.
Tenía conciencia de las complicaciones. Pujé y pujé por
ocho horas. La luna salió y las aguas se caldearon. Bru-
ma, frío, viento. Volvió el sol implacable en la playa nu-
dista que continuaba desértica. No podía más.
Abrí las piernas con determinación y de mi ano sa-
lieron dedos que de inmediato se sujetaron al pliegue
rectal empujándose con fortaleza hacia fuera. La ca-
beza de la más alta logró salir y con sus dientes cortó
la estrechez anal. Con dificultad empezó a nacer. Ya
casi fuera, maldiciéndome por mi desconsideración,
observé la mano de la más baja, quien se sujetaba de la
pantorrilla de la más alta. La segunda salió con mayor
facilidad. Florecí por una hora, había parido a mis dos
gemelas aterradoras. Con el ano estallado, pude con-
templar a mi cría por primera vez. Mis dos gemelas
estaban cubiertas de una espesa película de heces, cuya
pastosidad limpié pacientemente con la toalla zafiro y
hasta con mi propia lengua.

Todos cenamos pescado, abundante y suculento pes-


cado para celebrar el nacimiento. La constitución.

Abrí los ojos. Fui invitado a la exhibición más impú-


dica de la enfermedad. Mi cuerpo era una roncha, roja
y supurante. Desde la garganta, se había empollado la
nueva piel. Las llagas se extendían de pies a cabeza. Mi
torso rugoso se deformó y estaba tan abultado de lesio-
nes que parecía nacerle senos. Mis caderas se ensancha-

86
ron de golpe por la recomposición de las grasas y mi
boca se hinchó como si fuera pato. El dolor, el ardor, la
vergüenza, la miseria.

Lázaro entró al claustro. No pudo contener el llan-


to y maldijo a ababa. Yo moví con dificultad mi brazo
izquierdo y me rasqué levemente uno de los pechos, del
cual saltó un chorro de pus verde que hizo retroceder al
mismo Lázaro. Traté de bajar la marea, las aguas turbias.
Lo miré, me observó con terror.

87
Ocho muñecas y media

Un tenedor empuñaba la más alta. La más baja le mor-


dió la muñeca. La más alta le sacó un ojo. La más baja le
mostró sangre, la más alta le rajó la cadera. mamá. Una
le tiró un cuchillo, otra le cortó el cuello. Una le tronó
la tráquea. Otra le arrancó la oreja. La más alta le des-
prendió la córnea, la más baja le mutiló una nalga. La
más alta le quemó el ombligo, la más baja le dislocó el
tobillo. mamita. Ella desgarró el tendón, ella comió la
batata, ella metió dedo en la llaga, ella perforó el intes-
tino, ella voló los dientes. mami. La más alta hizo collar
de arterias, la más baja cosió guante de hígado. Una rota.
Otra tranca. Una rasguño, otra costra. La más alta, uña;
la más baja, corta. Maquillose una de sangre, empapose
otra de saliva. “Te rajo”, “te ahorco”, “te pincho”, “te
castro”, “te muelo”, “te engullo”. Escupió una con
sangre, transpiró otra con tiza. “Zorra”, “cerda”, “su-
cia”, “gacha”. Estranguló una con cable, guindó otra
con hilo. Cruz, lanza, corte, raya. “Te empalo”, “te
quiebro”. mamita. Una desgarra. Otra engarrota. Una
desuella, otra la trincha. “Más puta que una gallina”, “te
la meto con gelatina”. Tijera, puñal, navaja, machete.

89
“Agarra la bayoneta”, “te la meto con metralleta”. “Te
hincho”, “te arrastro”, “te chupo”, “te mato”.
Los juegos de mis niñitas llenaron el vacío del claus-
tro. Las gemelas aterradoras aprendieron a decir mamá.
No les costó tanto. Tampoco les fue difícil incorporar-
se al gateo. La más alta arrastraba la cabeza, la más baja
exhibía un hueco grande en la nuca. Goteaban sangre
y pedacitos de carne. Ahora se oían audacias de infan-
tas: “Te llaman la pelona”, “te la meto con dormilona”.
Mi cuerpo forrado de llagas, ahora forrado de niñas.
“¡Mamita, juguemos rojo!”, “¿cómo que rojo?”, “tú te
agachas y yo te cojo”. “¡Mamita, mejor juguemos pi-
ragua!”, “¿cómo que piragua?”, “el mismo rojo pero
bajo el agua”.
Un gran error fue negarle acceso a mi madre. Como
no le contestamos, buscó las maneras de entrar al claus-
tro así fuera transplantándose a mi cuerpo. El repique
incesante del teléfono no me dejaba descansar. Decidí
responder a costa de cualquier consecuencia (incluso
la más impredecible). De todas maneras, había noticias
frescas. ¡Era abuela de sus propias hijas! Respondí con
interés pero nadie contestó. Solo una respiración anóni-
ma, seguida de un grito aterrador de la gemela más alta
al ser atravesada por el cuchillo de la más baja.

Descubrí una filtración en el techo del claustro.

La noche helaba las playas de Etiopía. La espuma


arrastraba piedras porosas que chupaban y escupían sal.
Las aguas mansas se vertían unas sobre otras con caden-
cia de muelle. En la exterioridad, el viento transportaba
el salitre y las olas se deslizaban como seda. Profunda-
mente y en secreto, las corrientes conservaban las brasas,

90
el sol licuado y el cuero tenso del mediodía. Los peces
esquivaban los remolinos fogosos y los tibios espasmos
de la hondonada. Las especies subacuáticas preferían
las corrientes frías de la noche africana. Sobre la oscura
superficie, flotaban trozos de cartílagos que parecían
moluscos exudando a su paso tintas rubíes. Cientos de
pedazos nadaban sensualmente en la apariencia de la
opacidad. Eran anos, anos estallados por el parto, anos
desplazando la dolencia, anos humanos que celebraban,
con sangre, la constitución y la materia.

Lázaro comenzó a salir con frecuencia. No me in-


formaba a dónde se dirigía y en algunas oportunidades
esquivaba ciertas conversaciones. Desde el claustro, yo
preguntaba poco a pesar de la creciente curiosidad. Mi
discreción hospitalaria.
Ya parido, le pedí a la enfermera que sacara mi co-
lección de muñecas. Continuaban en perfecto estado y
orden gracias a la generosidad de mi ausente Lázaro.
Las gemelas aterradoras podrían aprovechar sus venta-
jas. lana, lena, lina, lona, luna, mica, moca y muca
eran los ocho curiosos ejemplares femeninos.
Al verme hecho roncha, rescatando muñecas con difi-
cultad y dolor, Malayalam se apiadó de mí y contamos.

lana. Le quebré la cadera. Morena clara de ojos ne-


gros. Le agangrené la pierna e infecté las heridas abier-
tas del abdomen. También desfiguré su cara aplicándole
calor con un yesquero. Le extraje cuatro piezas dentales
importantes. lena. Pelo negro, blanca como luna. Le
arranqué los bracitos y le corté los dedos del pie izquier-
do. Sufría de sarpullido y ronchas horrorosas. Le inoculé
una especie de rabia animal. Dejé que las ratas le comie-

91
ran los pómulos. lina. Negra de Kenia. Le practiqué una
histerectomía. Tenía cáncer uterino. Apliqué salvajemente
radioterapia. Quedó calva para siempre. Decidí matarla.
Le saqué las uñas y se las incorporé ya muerta. lona.
Pelirroja. De cara y cuerpo mestizos. La preñé de azúcar
y dulces hasta podrirla por dentro. Al poco tiempo, le
diagnostiqué diabetes. Quedó ciega. luna. Gorda. Vino
con elefantiasis de fábrica. Hedionda, no la bañé nunca.
Le extirpé los pezones. Le quemé la popona. Le cosí la
boca para que bajara de peso pero no fue posible. Se re-
ventó los labios para comer ratones. mica. Rubia. Bara-
ta. Le saqué un ojo. La fiebre amarilla le tiñó la piel. No
la alimenté y se volvió anoréxica. Le exterminé todo el
vello púbico. Le inoculé en la cabeza una colonia de pio-
jos. moca. Leprosa. Linda. Le produje el padecimiento y
todos los dedos se le cayeron. muca. Rusa, le injerté una
verga grandiosa. Quedó tapusada. Generé un daño irre-
versible. Vino preñada pero la verga la hizo abortar con el
método de sofocación sanguínea. La ligué para siempre.
De niño preñé a todas, a todas las osteoporósicas
menos a muca.

Sentí que mi piel brotaba, que aunque su aspecto


rojizo y llagoso parecía terminal, mi cuero se despe-
gaba y de un momento a otro mutaría, renovándose,
cambiando de piel. La falta de apetito, la fiebre, la tos,
las infecciones intestinales, el sangramiento de encías, la
escasez de oxígeno habían sido desplazados por el cuer-
po de mi madre. Ella había barrido con los síntomas de
la enfermedad y ahora la encarnaba. Abultado, redon-
deado, continuaba creciendo y yo temía la repetición,
la vuelta.

92
Llegó un nuevo avance informativo del noticiario.
La campaña había sido un éxito. El alcalde de mi ciu-
dad anunció haber exterminado un 84% de las plantas
carnívoras, esterilizado un 7% y el restante se repartía
entre almas caritativas y aquellas especies incólumes que
lograron abstenerse de caer en la tentación. El alcalde
pidió votar por su partido en las próximas elecciones.
Malayalam apuntó su nombre.

Una negra caribeña llegó hasta el claustro para ha-


cerme un buen corte de pelo. Era una estilista diestra
en las artes de la tijera. Según comentó, su madre des-
de que era muy niña le repetía con insistencia: “La que
nace pa’ peluquera, del cielo le caen las anchoas”. Y una
noche oscura, le cayeron todas encima. De allí en ade-
lante, no paró de hacer moños, rolletes, pollinas, crine-
jas, desrices, afros o el modelado de cualquier animal
exótico que a las clientas se les antojara lucir. Mencionó
que una vez una mujer de proporciones insuperables
que había nacido en las vertientes del Nilo, le pidió
que le modelara un pavo real en la cabeza. “Quiero ser
una mamá pavo real”, gritaba, vapuleando los brazos
en triángulo mientras imitaba el desagradable grazni-
do del ave.
Mi caso era más sencillo. Malayalam se había em-
peñado en traer a una experta para ayudarla ya que los
ingresos de la profesional habían mermado debido a las
plagas recientes. Muchas clientas, por temor a las carní-
voras, se encerraron en sus casas y solo ahora comen-
zaban a salir aunque con prudencia. Otras más libera-
les, sin embargo, acudían al salón para chismear sobre
los encuentros sexuales que mantenían con la especie.
“¡Candela lo que se oye!”, gritaba la caribeña.

93
Aquella mujer no paraba de hablar, aunque no pre-
guntó por la enfermedad que padecía, ni hizo gesto al-
guno de asco o de incomodidad. Con firmeza, se negó
a utilizar los guantes quirúrgicos que la enfermera le
ofreció mientras abría bien los ojos como luz roja de
semáforo de contagio. La estilista era una fiera con la
tijera y, con rapidez de pájara de cuero negro, cortó mis
excesos y el cordón que había dejado pendiente el par-
to gemelar.

Gotas de agua se filtraban en el techo del claustro.

Comenzaron los juegos anales. “¡Mira, mira, una


tuna!, ¡me la meto como aceituna!”. “¡Mira, un oso hor-
miguero!, ¡me lo meto sin tu dinero!”. Mis niñitas se ca-
gaban en los pasillos y con la caca untaban los objetos
del claustro. Modelaron con dificultad figuras geomé-
tricas que luego usaban sin éxito para sus penetraciones
anales de marca hereditaria. Chorreaban caca por todos
lados. Se zampaban los objetos por detrás para probar
su resistencia anal. Patinaban por la caca derramada, en
ocasiones floja y maloliente siempre. “Mamá, cómpra-
me caca, porque la que poca caca come, poca caca com-
pra”. La más alta intentó meter su pierna derecha en el
ano de la más baja pero no cupo, la más baja intentó
ingresar su cabeza en el ano de la más alta, pero ya era
demasiado ancha.
Pronto mis niñitas advirtieron que no podían parir
de esta manera. Heredaron el gusto mas no los poderes
de mi ano.

Posición estirada de espalda. Brazo. Cuerpo exten-


dido con cara, pecho, muslo. Pies en la superficie del

94
agua. Cabeza alineada con caderas. Brazo florido, bra-
zo tullido. Cuerpo extendido con cabeza, parte supe-
rior de la espalda, glúteos y talones en la superficie.
Carne de gallina. Pierna, pierna, punta de pie. Pierna
izquierda extendida perpendicularmente a la superficie:
cabeza, tronco y pierna derecha horizontal, con el nivel
del agua entre la rodilla y el tobillo dislocado. Tobillo.
Pierna izquierda flexionada hacia el pecho deformado,
media pantorrilla contra la pierna vertical, pie y rodilla
en la superficie y paralelos a la misma. Cabeza, cabeza
hueca. Cabeza abierta y espinilla de la pierna doblada en
la superficie del agua. Noventa grados entre el tronco y
la pierna lacerada extendida. Brazo, brazo, brazo roto.
Pierna de ballet doble, punta, punta, piernas juntas y
extendidas perpendicularmente a la superficie.

Con dolor seguí trazando desde mi tabla de dibujo


untada de excreciones gemelares. Comenzó a crecer.
¿Qué estaría tramando mi madre? ¿Dónde estaba
metida mi mamá?

El claustro se convirtió en un campo de guerra, mis


niñitas se mataban la una a la otra con harta frecuencia.
La más baja empaló a la más alta, la más alta desolló a
la más baja.
Tronco espigado. Cabeza alineada con tronco. Tron-
co y cabeza paralelos. Espalda, espalda. Noventa gra-
dos entre tronco y piernas extendidas. Nivel de aguas
contaminadas entre rodillas y tobillos. Posición vertical.
Cuerpo podrido extendido perpendicular a la superficie,
piernas juntas, cabeza hacia abajo, cabeza a la altura de
las orejas en línea con caderas y tobillos. Posición grúa.
Cuerpo extendido en posición vertical, con una pierna

95
hacia adelante, formando un ángulo de sangre con el
cuerpo. Posición cola de pez. Pierna derecha, pierna iz-
quierda. Split. Posición encogida, fetal. Cuerpo compac-
to con espalda redondeada y piernas juntas. Tacones pe-
gados a las nalgas. Cabeza pegada a las rodillas. Posición
carpa de frente a la altura de caderas. Piernas extendidas
y juntas. Fuente. Buches de excrementos. Parte inferior
de la espalda arqueada, con las caderas, hombros y ca-
beza alineados en vertical. Piernas inflamadas juntas y
en la superficie. Bolitas de caca alineadas a la altura de
las orejas. Ventosidades. Piernas uniformemente abier-
tas, una frontal y la otra dorsalmente, con los pies y los
muslos en la superficie. Explosión bucal. Parte inferior
de la espalda arqueada, con las caderas, los hombros y la
cabeza en línea vertical. (A dos voces) En la escuela nos
llaman las anales porque nacimos por el ano. Posición
carpa de espalda. Somos niñitas de caca. Buche. Corrien-
te de aguas estancadas. Posición arqueada en delfín. (A
dos voces) No vomitamos. Cuerpo flexionado a la altura
de las caderas formando un ángulo agudo de cuarenta
y cinco grados o inferior. Piernas extendidas y juntas.
Tronco quebrado extendido con la espalda recta y la ca-
beza alineada. Desechos de niñas. Somos las niñas fétidas
de caca. Giro. Inmersión. Somos las niñas más olorosas.
Pierna doblada, con el dedo gordo del pie tocando cara
interna de la pierna extendida a la altura de la rodilla.
Posición plancha estirada de espalda y arqueada en su-
perficie, el muslo de la pierna doblada perpendicular a
la superficie de las aguas sucias. Posición tonel. Somos
dos niñas de mierda. Piernas juntas y dobladas, pies y
rodillas paralelos a la superficie, y muslos perpendicu-
lares a la misma. Cabeza alineada con el tronco y cara
en la superficie. Posición inodoro. Somos cuerpos adora-

96
dos. Posición caballero. Por favor, no bajen las palancas.
Plancha o pronal. Somos féminas de secreciones. Grúa
o grulla. Giro simple. Giro complejo. Carpa. Humus,
boñiga, plasta, freza: en la iglesia nos llaman deposición.
Escuadra vertical. En el hospital, flojedad de vientre. Ba-
llet simple. No necesitamos papeles higiénicos. Posición
cola de pez lateral. (A dos voces) Somos gemelas anor-
males y aterradoras. Posición variante de caballero.
En la poza, generada por las filtraciones del techo del
claustro y las sustancias corporales, mis niñitas practica-
ban la coreografía de nado sincronizado que ensayaron
con grandeza en las playas de Etiopía. Aquí las aguas
eran de humor espeso y pegajoso, de olores mezclados
de restos propios y extranjeros. Mis gemelas aterradoras
en pleno nado debían hacer buches con grumos de caca
de Malayalam, de su madre y de mi querido Lázaro. Eran
fuentes de excrementos y suciedad pero ellas (como pro-
fesionales) disfrutaban la rutina a pesar de la pestilencia.
Agradecían que la abuela estuviera de viaje. “Oro parece,
caca no es, la que no adivine bien tonta es”.

Junto al agua, la luz se coló por el techo del claustro.

Labios luminosos. Costuras rechinantes. Las uñas de


la estilista me despertaron de noche. Sentía cómo arran-
caban las costras de mi piel. Las pústulas me agujereaban
de dolor, desparramándolo como polvo dorado sobre mi
cuerpo. Lingotes. Monedas lisas impresas al sol. Escar-
cha que pegada a la carne destella texturas esplendorosas,
brillantes, refulgentes. Superficies bruñidas y carnes ru-
bias resplandecientes en franca flexión. Vi la cara pulida
de la enfermedad.

97
Luego de agotar sus juegos anales, comenzaron los
vaginales. La más alta intentó comerse a la más baja
usando su novel y calva popona. La más baja la tensó
tanto que se cortó. La más alta y la más baja corrieron
al claustro para gritar, arrodillarse, llorar y suplicar (a
dos voces): “Queremos preñarnos, ayúdanos, mamá”.
Pronto se dieron cuenta de que sus poponas tampoco
estaban preparadas. Sus genitales no reaccionaban, eran
inmaduros. Mientras tanto, me dolía, me dolía mucho.

El techo del claustro escurría.

Una nueva secta abría sus puertas en mi ciudad. Se


trataba del templo plantecostés, una feligresía adoradora
de las plantas carnívoras que no habían caído en la tenta-
ción de las carnes. Un reportaje especial de la televisora
local se adentraba en los secretos de esta nueva creencia.
La secta ya se había ubicado en mi ciudad hace algún
tiempo pero hasta la llegada de la plaga, según se informó,
no había podido decidir su objeto de culto. Numerosas
fotografías y videos demostraban las plantas de su adora-
ción. En el altar principal, la sacerdotisa Marita regaba a
la especie más querida por las feligresas. A esta la llama-
ban la Santa. Era una planta que me recordaba los carno-
sos labios de la doctora Lobo. Las creyentes más jóvenes
y tiernas podían pasar por su altar con faldas diminutas o
incluso en paños menores, y la Santa no volteaba a verlas
ni de refilón. La periodista hizo una prueba destapándose
parte del cuello. Ni un suspiro. A la planta también po-
día colocársele enfrente, un lechón recién horneado y ni
siquiera se inmutaba. Muchas veces se quedaba dormida.
Su alimentación era únicamente vegetal y no tenía ni el
más mínimo deseo lesbiano.

98
Se rumoreaba en mi barrio que muchas mujeres
huían de casa o botaban a sus maridos para vivir una
relación amorosa con sus plantas carnívoras. La historia
no se quedó en chismes de peluquería, e incluso muchas
mujeres solicitaron al alcalde licencias matrimoniales o
de formalización de concubinato.
En vivo y directo, la sacerdotisa Marita dio un discur-
so ejemplarizante. Llamó a todas las plantadoras (profa-
nadoras de plantas) a unirse a su secta. Garantizó la segu-
ridad de las mujeres diciendo que tanto la Santa como las
plantas menores estaban suficientemente probadas. Una
de las primeras plantas excluidas, tan solo por desviar su
mirada ante las curvas de la sacerdotisa, fue desplantada
inmediatamente del templo. Luego, se enteraron de que
la picarona tenía actitudes divisionistas y ya había reclu-
tado a otras colegas para unirse a la disidencia.
El culto plantecostés se basaba en la prohibición in-
terracial (planta-mujer) y era liberal. Su máxima líder,
la sacerdotisa Marita, era una prostituta feminista que
contagiaba a sus clientes de enfermedades venéreas.

Tenía el abdomen inflamado. Sonó el teléfono. El


tubo se deslizó por el exceso de mocos gemelares, pero
logré atender. Otro silencio, una nueva respiración. Res-
pondí con vehemencia: “Aló, mamá” y entonces comen-
cé a sentir las palpitaciones de su corazón.

El techo siguió llorando.

La sacerdotisa Marita, según informaba Malayalam,


había logrado reclutar a setecientas adoradoras. La secta
plantecostés dispuso un rito único. Las mujeres no solo
se reunían para contemplar a la Santa, sino que la litur-

99
gia se trataba precisamente de confirmar su fortaleza.
Las creyentes se colocaban en fila e iban acercándose
al altar como comulgantes. Una vez enfrente se despo-
jaban de una prenda o enseñaban una parte pudorosa.
Una feligresa, según contaba Malayalam, se destapó el
seno izquierdo, otra se abrió la popona soltando incluso
parte de su aliento, una en parada de manos mostró sus
piernas jamonas y recién rasuradas. La Santa continuaba
erguida. Imperturbable, sus labios ni siquiera se movían.
En pocas oportunidades se le ponía a prueba otros de-
seos, los de carne animal. Una joven llevó un pollo asa-
do y su aroma no logró despertarla, otra menos joven
pero más suspicaz se colocó una pata de cordero en el
escote pero la Santa miró con desdén hacia otro lado.
Y así una infinidad de pruebas que daban más poder de
convocatoria a la novedosa secta.

Un solo repique ahora, uno solo y colgó. No hubo res-


piración. Me creció la panza dos centímetros más. La ten-
sión cervical. Las niñitas me untaron el vientre con sus mo-
cos vaginales. Mis llagas fueron severamente infectadas.

La secta plantecostés había logrado una feligresía en-


vidiable. Una mañana, como cualquier día de semana,
las mujeres acudieron en masa para ver las reacciones de
la Santa. Se ingeniaron nuevas piruetas, pasos extrava-
gantes, posiciones audaces y la constante rectitud de la
ex carnívora engrandecía el culto. Muchas mujeres llo-
raban y se sentían gratificadas por su fortaleza.
Una anciana había oído del templo y acudió esa ma-
ñana para nutrirse de tan magnífica ceremonia. Después
de hacer una larga fila ya que no había excepcionalidad
alguna (norma inquebrantable de la sacerdotisa Marita),

100
la anciana llegó hasta el altar de la Santa. Allí decidió
abrir bien grande su boca y mostrar una muela caria-
da. Aunque todas las mujeres se atrevían a exposiciones
transgresoras, la anciana consideraba que la pieza dental
era la parte más pudorosa y secreta de todo su cuerpo.
El dedo arrugado tensó el cachete para desnudar com-
pletamente su dentadura ensalivada. Pero la Santa no se
inmutó ante semejante molar descompuesto. Al perca-
tarse de que su desinhibición no había generado ningu-
na conducta lasciva en la Santa, se sintió inmensamente
gozosa y llena de júbilo. Estaba extática, ensimismada,
pero decidió retirarse al sentir un ligero empujón de
la mujer que le seguía en la larga fila, quien ya se saca-
ba el tacón para mostrar un grandioso callo. La ancia-
na se pasó la lengua por la muela cariada y comenzó a
retirarse con lentitud. Pero cuando aún daba la media
vuelta, del interior de su cartera una perrita asomó con
timidez sus orejas. Era, sin duda, la mascota de la vieja
que, oculta, había transgredido las estrictas reglas del
templo. A la Santa, según numerosas testigos, se le bro-
taron los labios, se le erizaron las hojas, afiló bien sus
espinas, tomó impulso y de un bocado se devoró a la
perrita pequinesa.

El agua se había secado. Las arenas mojadas lucían


delgadas. Los balnearios siempre desérticos ya no es-
peraban a la multitud. El viento recrudeció y usurpó el
lugar de las olas, del extinto vaivén del mar. Los pájaros
de cuero negro no pronosticaban la presencia de la tri-
bu, los aromas exquisitos hacían pensar que cerca yacían
los desvergados.
Una gran piscina se instaló en el segmento más ex-
clusivo de las playas etíopes. Un cubo perfecto de aguas

101
transparentes reemplazaba la antigua acuosidad. Allí era,
los desvergados poblaron con sofisticación las blancas
tumbonas. Comenzaron también a zambullirse desnudos
en las aguas impávidas del cubo. Se profundizó el canto
de los pájaros exuberantes y se aspiraban sus dulces per-
fumes. Mientras unos desvergados nadaban, otros lima-
ban sus cuerpos intactos con las hojillas aéreas de Etio-
pía. Los pájaros también se zambulleron y en ocasiones
posaban con el plumaje extendido sobre el segmento liso
y mutilado de los cuerpos flotantes. Los pájaros hacían
florecer la ausencia y por segundos reproducían una ima-
gen cautivadora. Pronto volaban a otros territorios des-
cubriendo la trampa, el juego óptico.

Ya casi no se filtraban gotas desde el techo del


claustro.

El templo estaba repleto de comulgantes y todas


se conmocionaron. Gritaron pero en pocos segundos
la perrita pequinesa había sido digerida por la Santa.
Todas las mujeres se enfrentaron a ella, destrozándola
en minutos. La furia fue acompañada por el llanto in-
consolable de la anciana. Las feligresas corrieron tras la
sacerdotisa Marita, quien se había escapado ante la ira
de la multitud. En la plaza, la apedrearon salvajemen-
te abandonando su cuerpo herido en la vía. Malayalam
comentó que entre este grupo de mujeres enloquecidas
estaban la doctora Lobo y tres de sus competentes téc-
nicos dentales.
Las autoridades de mi ciudad dejaron que se desan-
grara, prefirieron no contagiarse con la fama de la sa-
cerdotisa. Las mujeres se sintieron engañadas por la pri-
mera autoridad de la secta, pues las estrictas medidas de

102
ingreso de mascotas ocultaban las verdaderas debilida-
des de la Santa. El templo fue clausurado por el alcalde
y las feligresas se declararon irreversiblemente ateas.

Los desvergados nadaban con estilo y ligereza. De


un tobogán, los cuerpos negros se impulsaban ingre-
sando de clavado al cubo. Otros hacían un diamante
perfecto en el aire para luego hundirse sacando muy
poca agua del interior. Le hacían caso omiso al vien-
to punzante. Un grupo rezagado comenzó a prepa-
rar cocteles con increíble rapidez y habilidad. Cua-
tro medidas de brandy, cuatro medidas de ginebra,
cuatro medidas de whisky de centeno. Agitaron con
hielo y sirvieron. Una medida de champán, dos me-
didas de vermouth y agua de Vichy. Removieron con
hielo, rezaron mientras lo bebían. Media onza de vo-
dka, una cascarita de limón, cuatro onzas de consomé
de res. Vertieron el vodka en un vaso de boca ancha.
Añadieron el consomé y la cascarita de limón. Sirvie-
ron. Dos onzas de tequila, una onza de jugo de limón,
una onza de curaçao azul, cuatro hielos. Colocaron los
ingredientes en la licuadora hasta lograr una consisten-
cia aterciopelada. Sirvieron en la copa previamente es-
carchada con sal. Dos onzas de ron blanco, dos onzas
de ron dorado, una onza de jugo de limón, una onza de
granadina, una botellita de soda, cuatro hielos. Coloca-
ron los hielos en un vaso largo. Mezclaron los rones, el
jugo de limón y la granadina. Agregaron la soda hasta
llenar el vaso. Decoraron con una rebanada de limón
y una cereza. Bebieron con prudencia.

Recuerdo haber destrozado de niño la popona de


mica. Tantos abortos resultaban insoportables y decidí

103
hacerlo sin remordimiento. Cristalino como el agua, las
inflamaciones de luna eran ahora deformaciones geni-
tales irreversibles. Aprendí a vivir con el progreso de las
enfermedades de mis ocho especies femeninas.

El agua se ha detenido.

Amanecí preñado. Esta vez no supe quién lo ha-


bía cometido. Las llagas se tensaron, la piel adolori-
da por la preñez. ¿Puede uno preñarse por teléfono?
¿Era una respiración suficiente? Abrí las piernas. De
mi ano estallado por el parto gemelar comenzó a salir
algo horroroso. Sentí por demás una fuerza que con-
trariamente a dilatar, me estrechaba aún más. Era un
picar extraño, nunca sentido en ninguno de mis dos
ensayos ni tampoco en mi reciente trabajo de parto.
La grandeza del vientre me impedía asomarme a ver
lo que salía de mi ano, pero estaba seguro de que traía
complicaciones. Sentí que algo se había trabado, que
lo que fuera intentaba salir pero nuevamente la estre-
chez anal (aun cuando ya había sido rasgada en varias
oportunidades) no lo permitía. Como era de noche,
Malayalam no estaba y Lázaro había desaparecido. Mis
niñitas rezaban escondidas debajo de la cama, cruzadas
de dedos y pantorrillas.
Pasaron las horas heladas de la madrugada. Sudaba
copiosamente y solo tenía el deseo de que viniera mi
mamá, me perturbaba su silencio, la respiración anó-
nima. La llamé, la llamé con fuerza. Entonces, entre las
sudoraciones y el miedo de ahogar a la criatura, se me
ocurrió una solución. La estilista caribeña tenía manos
expertas y una tijera filosa que podía ayudar. En la mesa
de noche había dejado su tarjeta de presentación. La

104
llamé, repicó, la mujer respondió atontada, medio dor-
mida, pero al comentarle mi situación metió sus dedos
afilados por la línea telefónica y sin necesidad de tijera,
con sus relucientes uñas, me desgarró el ano. Sentí en-
seguida cómo el cuerpo de la criatura comenzó a salir
con facilidad mientras el brazo negro de la experta se
devolvía por el cable telefónico dejando a su paso trazos
de mi sangre, pellejos y excreciones. Ya desinflamado,
aunque débil, traté de ver a mi criatura.
Me incorporé y allí estaba. Empapada en sangre, Me-
dia despertó. Se sacudió como cuando Lázaro le daba un
buen baño dominical y lloró al verme. Esparció la san-
gre y vino hacia mí para darme besos de amor. La alegría
de llegar al claustro la hizo recorrer con torpeza de re-
cién nacida todos los rincones, ahora inundados de pu-
trefacción. Media disfrutaba la caca, ladraba, se hundía
en ella, se arrastraba y limpiaba en las sábanas de la en-
fermedad. Yo veía a mi niña, la besaba mil veces y ense-
guida, las gemelas aterradoras (quienes apostaron a que
su hermana perecería ahogada en el trabajo de parto)
se incorporaron al júbilo, a la consagración.

El techo del claustro dejó de filtrarse.

Preparé un coctel celebratorio para toda la familia.


Doce cucharadas de aceite de oliva, siete cebollas tro-
ceadas, diez kilos de tomates partidos en cuartos, quince
hojas de albahaca, sal y pimienta negra al gusto, cinco
copitas de vino dulce, dos copitas de coñac con dos cu-
charaditas de azúcar morena y ron, mucho ron. Colo-
qué siete cebollas en juliana a pochar con cinco dientes
de ajo laminado y al cocinar le añadí los diez kilos de
tomates maduros, agua y caldo hasta cubrir un dedo

105
el tomate. Cocí por quince minutos. Trituré, tamicé y
agregué el vino dulce, el coñac y el punto de sal. Piqué
la albahaca muy finamente y vertí el ron. Refrigeré.

Aún no era el momento de servir.

Los juegos menstruales coronaron la reproducción.


Mis niñitas se desangraban por la popona y a su paso
coloreaban la poza del claustro. Tenían en cuenta el efec-
to para su rutina de nado sincronizado, una extravagan-
cia. “Ya estamos listas, mamá, ya podemos parir”, grita-
ban mientras se restregaban las caras con sangre nueva.
Sin esperar respuesta corrieron a buscar sus muñecas
y guindaron a lina y a lena. Con la sangre menstrual
maquillaron los detalles bucales de ambas.

Lázaro entró con la nariz tapada. Sus pies se hundieron


en el charco que producía la poza y por primera vez obser-
vó que la parihuela parecía una tienda de campaña en plena
guerra. Percibió de inmediato los cuatro elementos: caca,
orine, moco y sangre. Ya habían llegado los juegos uri-
nales. Mis tres niñitas competían por el trofeo de la niña
más meona. “¿A ver quién le cambia el agua al canario?”.
Media iba adelante. Las gemelas aterradoras se hidra-
taban mucho pero aunque eran dos no podían compararse
con mi Media. Las niñitas descubrieron que de la mezcla
de caca y orine se formaba una pasta extraordinaria para el
modelado. Mis niñitas también compitieron por el mejor
modelado. Media ganó ambos trofeos. La esfinge del claus-
tro se hizo fuente y las gemelas disfrutaron hechas pozas.

Lázaro desapareció en otro acto de magia. Reí, reí


hasta dejar de mirar. Hundí el dedo y comparé la carne.

106
Borbotones, pedazos atrincados que cortaban. “Juego,
mi capitana, no me retiro”. Un pájaro que hace amari-
llo y negro aterrizó resplandeciente en mi paladar, pro-
bar, nadar, tragar. No conté esto. Solo sonar labial, el
latigazo traqueal que repetí en posturas. Miré y caminé
de espaldas, sin antifaz. Fui el sonido traqueal. “Piedra,
papel y tijera” liguita, “piedra, papel y tijera” por de-
trás. “Mamita, no dices nada”. Quería mover los dien-
tes hacia delante, las encías inflamadas de tragar. Tanta
endodoncia moderada. “Liga, papel o tijera”, tijera para
cortar. No me reí más. Me lengüé los dientes y unidos
todos estaban: mis caninos eran peligrosos. “Tira del
cuello, lobita: no contaré más”. Fui el amarillo labial,
labidental, modular, modelar, molar. “Debes tragar, ma-
mita”. Quise coronar, sonar. Verte todo el cuello traco-
near, trastragar, hasta colar, recortar.

“Liga, papel y trac”.


Las desapariciones me preocuparon. Mi madre no
aparecía, a veces lo hacía Lázaro pero la gran ausente era
la hormiga safari, quien un día se fue de caza y aún no
regresaba. La hormiga pródiga era un enigma, inquie-
tante, que debía resolver.

De mi ano desgarrado salió un hilo de sangre tan


largo y vergonzoso que hasta ruborizó las inmundas
sábanas de la enfermedad.

Mi madre no me cedería el inmenso goce de parirla.

107
Anus horribilis

El alcalde confirmó la llegada de una nueva plaga. Mi


ciudad había sufrido los estragos de las abejas africanas,
la retaliación de las polillas hermafroditas, los excesos
eroto-alimentarios de las plantas carnívoras y esta vez,
se acercaba otra epidemia. Eran los ginecomejenes, in-
sectos suramericanos productos de una mutación ocu-
rrida en Ghana que se adherían a la zona púbica feme-
nina. Para ser retirados, debían extraerse uno por uno
con un instrumento parecido a una pinza. La extracción
era dolorosa ya que los ginecomejenes se incrustaban en
las partes más íntimas de la mujer flexionando sus patas
al abrocharse. Para lograr su eliminación, la pinza de-
bía inmovilizarlos primero, lo cual generaba resistencia,
y con fuerza extraerlos desprendiéndoles en el acto las
patas. A veces, aunque preferían los bordes vaginales,
los insectos lograban abrazarse a las paredes interiores
de la mujer haciendo más difícil la tarea. Las irritaciones
femeninas eran serias y en muchos casos las víctimas po-
dían quedar estériles. Aunque enseguida un gran alma-
cén de ropa femenina lanzó una promoción de faldas y
pantalones de aluminio, el alcalde de mi ciudad informó

109
que los insectos lograban burlar las prendas de vestir
con rapidez y sorpresiva habilidad. Aprovechaban cual-
quier ocasión (con frecuencia cuando las mujeres iban al
baño, o al momento de cruzar las piernas) para ingresar
a los pliegues. Por supuesto, en la cueva (esta fue la pa-
labra que usó el alcalde para referirse a la popona) los
ginecomejenes se reproducían con facilidad, causando
múltiples problemas si no se trataban a tiempo.
El alcalde barajó varias medidas de emergencia para
cuando arribara la plaga. La más drástica fue la reclusión
femenina por un período prudente que se negó a preci-
sar. Los ginecomejenes eran inofensivos para hombres
y niños, por más afeminados que fueran. Otra posible
medida, de tratarse de una colonia menos numerosa a la
esperada, era el uso de las prendas metálicas con broches
y cierres herméticos o de toallas sanitarias tipo hongo
que bloquearan a presión la zona íntima. El alcalde ad-
virtió que estas últimas no podían ser usadas por mu-
jeres o niñas vírgenes a menos que decidieran perder la
virginidad al colocarse la toalla.
Desde el claustro, Malayalam siguió con terror la
noticia y decidió permanecer en casa, acampar en el sa-
lón y no salir de allí por el resto del año. El alcalde no
mencionó cómo proceder en caso de mascotas.

La tierra se cuarteó. La sequía aceleraba el desmorona-


miento. Los peces morían de sed en las playas sin agua. El
desierto era el único paisaje. La sal fosilizaba las especies,
el sol quemaba las algas, las hormigas creaban las costras
de las tierras secas, ahora duras y estériles. Las últimas
gotas se extinguían con los rayos inclementes. El viento,
salado y punzante, solo insistía en lo inhabitable.

110
El alcalde volvió a dirigirse a la ciudad ante las mi-
les de llamadas que colapsaron el sistema telefónico del
cabildo. Los ciudadanos preguntaban si las medidas de-
bían ser tenidas en cuenta en caso de mascotas hembras.
El funcionario público declaró sin titubear que los gine-
comejenes únicamente se adherían a carnes femeninas
humanas. Las mascotas (gatas, loras y perras) debían
sentirse liberadas porque en esta ocasión, la plaga no
podía afectarlas.

De la desolación, aparecieron los fétidos olores de los


pájaros de cuero negro, seguidos por los hombres dimi-
nutos de grandes vergas. Crujían los tambores, volvieron
los sonidos guturales. Pero ahora se oían lamentos, la-
ceraciones, cortadas, quejidos esqueléticos, pisadas que-
bradas, molestias. Los cuerpos rugosos levantaban polvo
y vestían trajes de sal, mortajas salitres que se rompían
como cristales ante mis ojos esclavos de Etiopía.

Se reportaron las primeras víctimas. Una quincea-


ñera había adquirido una colonia de doscientos quince
ginecomejenes cuando saltaba la cuerda en su escuela,
una mujer de mediana edad fue afectada al momento de
pasar por encima de una alcantarilla llevando una falda
vaporosa, una bailarina de la compañía de danza clásica
de la ciudad contrajo la enfermedad cuando en una pi-
rueta de La bella durmiente extendió su pierna derecha
más allá de lo ensayado. Se le incrustaron setecientos
dieciséis ginecomejenes y fue atendida por una para-
médica de la compañía una vez concluida la función. La
bailarina debió ser reemplazada por otra, muy temerosa
pero doblemente preparada para combatir la plaga.

111
El cubo no solo estaba lleno de aguas transparen-
tes, sino que su propia materia también lo era. Desde
el trampolín, los cuerpos negros y mutilados se ba-
lanceaban hasta encontrar el impulso matemático per-
fecto. Algunos no solo lograban construir diamantes
con sus contexturas intactas, sino también trapecios,
círculos y hasta rectángulos que se sumergían con ele-
gancia y elasticidad. Desde afuera, podía visualizarse
la suerte mutante de estos cuerpos que se reproducían
en el aire para luego disolverse a sus líneas rectas en
las aguas del cubo.

Mis niñitas corrían ondeando las toallas sanitarias


tipo hongo como si fueran banderas. De seguro, se las
habían robado a Malayalam pues aunque no temíamos
por la virginidad de las gemelas, Lázaro aún no había
comprado las prendas que resguardarían las poponas
de mis dos criaturas aterradoras. Media estaba a salvo
y lo sabía. Corría sin precaución. Las gemelas, aunque
ondeaban juguetonamente las toallas sanitarias, lleva-
ban una de sus manos puesta en las zonas predilectas de
los ginecomejenes, caminando a veces como pingüinas.
También organizaban turnos de vigilancia en las que
Media no participaba.
Sonó el teléfono. Solo repicó media vez. Lo tomé,
grité: “mamá, dime que eres tú”. Esta vez era una tra-
bajadora social de la alcaldía para cerciorarse de que
estuviéramos preparados ante el inminente aterrizaje
de la nueva plaga. Media ladró como protestando en
nombre de las gemelas.

Las ginecólogas se negaban a atender a nuevas clientas


con problemas ginecomejénicos. Solo aceptaban a aque-

112
llas que eran sus pacientes fijas y tuvieran historial gine-
cológico. Las profesionales creían que eliminar los in-
sectos era una tarea indigna para la disciplina médica que
ejercían. Tan solo realizaban los tratamientos para cum-
plir con las pacientes que siempre se habían preocupado
por la sanidad de sus zonas íntimas. El resto de mujeres
debía acudir a peluquerías e incluso a consultorios odon-
tológicos u otros lugares que ofrecieran el servicio.
Un restaurante chino de mi barrio acondicionó parte
del salón comedor para atender a las sufridas mujeres.
Los cocineros estaban siendo entrenados por trabaja-
doras sociales de la alcaldía de mi ciudad. Del cuchillo
afilado que trozaba un pato, los hombres pasaban a uti-
lizar un instrumento parecido al mecanismo de los pa-
lillos chinos. Con este desarticulaban colonias enteras
de ginecomejenes. Las mesas del salón se disponían a
transformarse por medio tiempo en consultorios ínti-
mos. El dueño de El Wantón, como se llamaba el restau-
rante chino de mi barrio, pensó incluso en promocionar
una oferta que incluyera tratamiento ginecomejénico y
almuerzo ejecutivo.

Mis niñitas seguían patinando por la alfombra de


pelo de alpaca que circulaba la parihuela, ahora conver-
tida en una tela bruñida por los excrementos y secrecio-
nes gemelares. Entonces, tomaron las toallas sanitarias
tipo hongo colocándolas sobre sus poponas de manera
inversa y crearon vergas blancas, vergas ficticias y sa-
nitarias con las que erectas perseguían a Malayalam y a
Media por todo el claustro y sus territorios limítrofes.
Desataron los temores femeninos. Eran claramente los
tiempos fálicos.

113
Llegó el día de sacarme para siempre los ganchos. El
tratamiento de la doctora Lobo había sido exitoso. Los
caninos reemplazaron a los incisivos y los molares a los
caninos. Oí cuando una técnico dental comentaba por
teléfono que buena parte del éxito de mi tratamiento ra-
dicaba en el uso del material. La doctora Lobo había di-
señado unos efectivos aparatos de titanio que solo haría
públicos en la sección de descubrimientos y nuevas téc-
nicas del inminente congreso mundial de odontología.
Cuando entré a la sala, una anciana completamen-
te de luto sollozaba sin consuelo. Me llamó la atención
que llorara pues aún no había sido atendida y tan solo
esperaba por el inicio de su tratamiento. Imaginé que
tendría pavor al dentista, quizá algún trauma infantil,
que le dolía intensamente una pieza, o que aún sufría
por un ser querido.
La doctora Lobo llegó escoltada por su técnico den-
tal favorita y la legendaria ortodoncista. Las tres mu-
jeres se pusieron manos a la obra y extrajeron con so-
fisticación cada una de las partes del aparato. Luego de
tres horas de destornillar, aflojar, desmontar, las tres mu-
jeres llenaron dos cubos enteros de chatarras (clavos, al-
fileres de gancho y tornillos) que la técnico dental me
empacó como souvenir.
Cuando ya no detectaba metales en mi cavidad bu-
cal, la doctora Lobo comenzó a conectar una máquina
que utilizaría para realizar parte del trabajo cosméti-
co: convertir mis caninos en incisivos y todas las demás
transformaciones necesarias. El instrumento limó con
fuerza las asperezas y me desmayé.

En la noche sentí cómo mi cuero se hinchaba. Las


pústulas y ronchas secas comenzaban a despegarse de mi

114
piel, a levantarse para componer una costra. Mi cuerpo
emanaba un líquido doloroso cuya finalidad era lubri-
car profundamente mi carne empujando hacia fuera el
revestimiento.
Mi ano destrozado se apretó, se recogieron los pe-
llejos sobrantes y esperé desnudo el acontecimiento,
la realización.

La técnico dental que me embaló los ganchos como


souvenir reveló por teléfono que la anciana que so-
llozaba en una silla del consultorio era la muy famo-
sa dueña de la perrita pequinesa que aquella planta
carnívora (conocida como la Santa) se había tragado
de un sopetón. La doctora Lobo conoció a la ancia-
na cuando apedreaban juntas a la sacerdotisa Marita
y en esa oportunidad le había jurado que curaría su
muela cariada para que pudiera olvidar el trágico in-
cidente. En un comienzo, la anciana dudó aceptar tan
noble gesto; pensaba que olvidar el horrendo ataque
de la Santa haría desaparecer el recuerdo de su mas-
cota. Pero finalmente concluyó que ningún dolor (o
más bien, su falta) podría oscurecer el recuerdo de la
perrita pequinesa y que debía solucionar su padeci-
miento. Noté que llevaba en su cuello una cadena de
oro de la que guindaba un pequeño hueso. Suponía
que la anciana lo había rescatado de la digestión inte-
rrumpida de la planta.

Las aguas del cubo permanecían quietas y arrogan-


tes. Los desvergados ahora usaban las fórmulas mate-
máticas para preparar cocteles. Manejaban instrumentos
de titanio, pipetas, sofisticados envases, goteros, todos
con extrema cautela y asepsia absoluta. Con las bebidas,

115
los clavados geométricos devinieron más complicados y
seguían las posturas profesionales.
(Desvergado 1) El cuerpo totalmente extendido, las
piernas juntas y los brazos sobre la cabeza, a la altura de
los hombros en el momento de la caída. (Desvergado 2)
El cuerpo doblado en la cintura con las piernas exten-
didas y los brazos sujetando los muslos. (Desvergado
3) El cuerpo doblado en la cintura con las piernas do-
bladas en las rodillas y los brazos sujetando la espinilla.
(Desvergado 4) El cuerpo estirado y una mano sobre la
cabeza y la otra sobre el pecho como consecuencia del
impulso para girar en el tirabuzón. El cubo transparen-
te se convirtió en pecera de especies africanas de pelaje
insuperable.

Al despertar observé cómo la doctora Lobo había


empezado a atender a la anciana. Aunque le inmovili-
zaron la cabeza y aislaron la dentadura con moldes de
acrílico, continuaba sollozando como tributo al alma
perdida. La doctora Lobo discutía con las técnicos den-
tales sobre posibles tratamientos para salvar la precia-
da pieza, pero las deliberaciones arrojaron un resultado
unánime: debían extraerla. Al pronunciar la decisión, la
anciana se ahogó en un llanto conmovedor que solo se
detuvo cuando apretó con fuerza el hueso de su infor-
tunada perra.
La doctora Lobo preparó el arsenal necesario para
desplantar la muela. Los instrumentos brillaron en los
ríos oculares de la compungida anciana. Una vez insta-
lado el separador, la técnico dental insertó la cánula de
aspiración. La doctora Lobo esterilizó el botador, pre-
paró el fórceps y con un movimiento de palanca, extrajo
la muela cariada. Un chorro de sangre enjugó los rostros

116
protegidos de las profesionales. Una abnegada asistente
corrió a secar las prendas protectoras.
Al momento de retirarse la doctora, aquella mujer
que hablaba siempre por teléfono daba los últimos to-
ques a mi dentadura utilizando un espejo dental. A tra-
vés del instrumento, observé cómo la doctora Lobo se
zafó la máscara y la bata quirúrgica, irguiendo entre sus
manos el botador que continuaba coronado por la ado-
lorida muela. En un acto de profesionalismo extremo,
tomó entre sus dedos desnudos la pieza cariada, la ob-
servó detenidamente desde variados ángulos y luego, la
acercó hasta su nariz aspirando con fuerza la fetidez an-
cestral. La doctora Lobo se descompuso ante el disparo
del hedor atávico y sus labios se inflaron de tal manera
que llegaron a lucir, como nunca, un rojo fuego. Sin
embargo, su cara parecía expresar que el conocimiento
de la ciencia transitaba los cinco sentidos y para ingre-
sar a él debía permitirse todo, incluso las prácticas más
incomprendidas.

Llegué a casa. No estaba mi madre. Quería darle


la sorpresa: tenía la dentadura que siempre había so-
ñado. La doctora Lobo, antes de terminar la consul-
ta, me expuso a una sesión fotográfica para presentar
mi caso en el próximo congreso mundial de odonto-
logía que se llevaría a cabo en Yaundé. La legendaria
ortodoncista y las técnicos dentales aplaudieron. La
doctora Lobo saludó como si estuviera en un teatro
de variedades.
Mis niñitas me recibieron saltando como conejas
mientras sacaban sus dientes en una clara alusión a mis
piezas protuberantes.

117
Sonó fuerte. El desprendimiento crujió. La costra,
cuidadosamente materializada, se despegó por com-
pleto de mi cuerpo. Como sancochándose, el lubri-
cante sudó copiosamente convirtiéndose en bálsamo.
¿Mudaba la piel o cambiaba de concha? Me descon-
ché, así parecía. Me deshice de la membrana dura e
incómoda que retenía a mi cuerpo recto en la cama
de la enfermedad. La concha moldeaba la figura de
mi madre y sus protuberancias. Un sabor a sal inun-
dó el claustro y me oriné plácidamente arrullando el
cuerpo de Media con los líquidos fluorescentes de mi
renovación.

Mamá no llegaba y las gemelas aterradoras hacían


todo lo posible para tumbar mi dentadura. Constru-
yeron una catapulta de toallas sanitarias con la que ha-
cían estallar en el aire los hongos salvajes. Decidieron
teñirlos colocándoselos en el ano para dispararlos con
mayor fuerza y precisión. Tomaron un jarrón sura-
fricano de Lázaro, lo quebraron y llenaron mi cepillo
dental de trozos filosos. Desmontaron una escultura
egipcia, dorada, y simularon un espejo sensible a mi
risa narcisa. Me lo habrían incrustado en la boca de ha-
ber caído en aquella trampa. Hicieron lo posible para
que mi madre encontrara en ruinas mi exitoso caso
odontológico. La doctora Lobo pidió que no ingiriera
alimentos en las siguientes cuarenta y dos horas y que
durmiera bocabajo.

No reconocí lo que veía. En la oscuridad del claustro


tanteaba las formas nuevas. Mi cuerpo transitó hacia una
materialidad que ya no parecía la de mi madre, ni la mía
misma previa enfermedad. Eran apariencias desconoci-

118
das (extranjeras) que configuraron cambios, contornos
ignorados y ajenos.

Malayalam salió de compras. Fue tras unas prendas


íntimas especialmente diseñadas para niñas púberes.
Eran réplicas desechables de los cinturones de castidad
que protegían la virginidad de las damas en el Medio-
evo. Los guardadoncellas, como se les llamaba comer-
cialmente, estaban compuestos de arneses hipoalergé-
nicos con embudos que posibilitan el perfecto engarce
en las tiernas poponas. Correctamente introducidos, no
generaban ningún riesgo de perder la virginidad ni de
daño íntimo.
En el caso de las gemelas aterradoras, ya no impor-
taba mucho. Se habían deshecho de la completitud de
sus hímenes cuando recién comenzaron los juegos va-
ginales. Como no querían usar las toallas sanitarias tipo
hongo, los guardadoncellas las obligarían a cuidarse de
la peligrosa plaga. Las prendas evitaban procedimientos
más radicales como la clitoridoctomía y hasta la circun-
cisión faraónica, que comenzaban a publicitarse con éxi-
to en todos los diarios locales.

Las paredes del claustro retumbaron. Los obje-


tos comenzaron a caerse, bailaban mientras la cama
se mecía. El piso se sintió como gelatina. Polvos de
cal inundaban el espacio. Un sonido sólido hacía re-
molinos en la poza, generando a su vez ecos podero-
sos. Las gemelas aterradoras se sostenían de las pier-
nas, guindadas de las retículas lumínicas del claustro.
Luego, llegaron los sonidos huecos que se alternaban
con huesos crujiendo. Las descalcificaciones sonaban
de manera similar.

119
Las gemelas aterradoras estaban totalmente aterradas
y ahora se cruzaron de lenguas y toallas sanitarias tipo
hongo. En las alturas temblaban de terror. La puerta
parecía querer despegarse por las ráfagas de viento o el
intento de tumbarla. Así fue. La puerta se desplomó y
el claustro le dio la bienvenida.
La hormiga safari había vuelto y ahora tenía la es-
tatura de la gemela más baja, multiplicada por dos.
Tiempo atrás, cuando sucedió lo de las carnes podri-
das, Lázaro apartó la putrefacción para desecharla al
día siguiente en un lugar lejano, de modo que los ve-
cinos no se quejaran. Pues luego, la carne desapareció
y Malayalam pensó que Lázaro volvía a sus actos de
magia. La hormiga safari se comió la putrefacción y
ahora mostraba una armadura colosal, por supuesto,
negra y lustrosa.
Reconoció el claustro, hizo el sonido de costumbre.
Ahora su sexo podía apreciarse mejor gracias a la muy
notoria multiplicación corporal. Ostentaba una popo-
na grandiosa. La hormiga me miró contundentemente
mientras las aterradas gemelas aterradoras se paraliza-
ron pensando que era un gran ginecomején que quería
ocuparlas. La safari no se percató de las arañas ceni-
tales (ni ellas de su sexo) y me siguió mirando como
quien cumplía la misión llevando ante su amo la presa.
Media estaba tan aterrorizada que se escondió en mi
ano aunque antes tuvo que luchar contra su renovada
estrechez. Desde allí asomó su cabeza para ver lo que
acontecía.
La africana empezó un movimiento pélvico que
cuarteó su abdomen, impulsando lo que traía desde sus
adentros hacia el buche. Luego de contorsiones triba-
les y sonidos espantosos, que les pusieron los pelos de

120
punta a las gemelas aterradoras, la hormiga vomitó una
bola que rodó hasta chocar con una cara lateral de la
enferma parihuela.
No bien expulsada la bola, la safari se vino abajo
implosionando sus propios despojos como si fuera una
casa prefabricada.

Mamá no llegaba a casa y mi dentadura corría peli-


gro. Las gemelas aterradoras se proponían un plan ma-
cabro. Deseaban destrozar mis dientes perfectos confi-
gurando una estrategia que no fallaría. Era solo cuestión
de tiempo. dar el golpe. Conocían mi debilidad, mi
doloroso talón anal.

La bola comenzó a pararse, se armaba torpemente


pero con determinación. Las aterradas gemelas aterra-
doras comenzaron a menstruar desde las alturas. Ha-
bían decidido cruzar las toallas sanitarias tipo hongo y
los chorros de sangre salpicaban las paredes humeantes
y ya desmanteladas de la hormiga africana. De la bola
comenzó a salir algo que me condujo de inmediato al
llanto. Eran tacones. ¡Eran los tacones de mi madre!
La safari había cazado a mamá y ahora el cuerpo de
mi madre se recomponía de los múltiples procesos gás-
tricos vividos durante el viaje. Los tacones crecieron
y en media hora, reconstruyó su cuerpo y el anguloso
peinado. Se acomodó un poco, tomó la cartera y se acer-
có a la cama. Entró definitivamente, en carne y hueso
propios, a las profundidades del claustro. ¿La hormiga
africana había cazado a la enfermedad?

“Mi mamá llegó”. Las gemelas abortaron la gran


verga que habían construido con esfuerzo. Por el mo-

121
mento, no podían acabar con mi linda dentadura. Se
oían las pisadas huecas en el pasillo principal de nues-
tra residencia. Las agujas negras se acercaban y yo sentí
de nuevo el cosquilleo. Mamá me tomó por la cintura,
me besó en la mejilla y yo no quería abrir la boca para
alargar la sorpresa.
Mi madre recordó que para ese día programamos
la extracción de los ganchos y me pidió con lágrimas
en los ojos que sonriera. Yo seguía extendiendo el mo-
mento y me escondí para que me correteara por toda
la casa. Me tomó nuevamente por la cintura y sonreí
con esplendor.

La tribu de hombres diminutos de vergas asom-


brosas planeaba el movimiento. Harían todo lo posible
por inmiscuirse en las corrientes heladas. Contaminar
el cubo con sus cuerpos. Aunque corrían el riesgo de
deshacerse en las aguas, darían el golpe.
Continuaba la transparencia del cubo. Los saltos ma-
temáticos y los cocteles cristalinos mantenían activas las
aguas. Los cuerpos medicinales, negros y desvergados,
hacían piruetas extraordinarias, ahora poligeométricas.
Las posturas permanecían profesionales.
Integrantes de la tribu diminuta de vergas esplen-
dorosas se infiltraron por uno de los ángulos del cubo.
Disfrutaban de sus profundidades acuáticas. (Desver-
gado 1) observó un cuerpo intruso. (Desvergado 2)
corrió la voz de alerta. (Desvergado 3) buscó el instru-
mento adecuado. Los cuerpos diminutos desplegaron
sus velas y hasta los pájaros de cuero negro se delei-
taron con las corrientes heladas. (Desvergado 4) sacó
un arpón y se dispuso a cazar pirañas. (Desvergado 1)
atravesó la gorda verga de un cuerpo. (Desvergado 2)

122
destrozó la cabeza de otro. (Desvergado 3) cortó un
cuerpo tan largo como su verga. (Desvergado 4) reven-
tó el corazón de un pájaro de cuero negro. Algunos se
escaparon. Los demás fueron ajusticiados a sangre fría.
Los cuerpos muertos tiñeron de oscuridad las aguas
cúbicas de Etiopía.

El llanto se aceleró. El sollozo se hizo caudales. Las


agujas de sus tacones se derritieron. La cara de espera
de mi madre se coaguló formando una mueca irrecono-
cible, una desfiguración amarga. En sus pupilas acuosas
pude ver reflejada mi dentadura. Los dientes, esclaviza-
dos por la doctora Lobo, lucían anochecidos: se habían
puesto negros.
Escupí, escupí, pensé que mis niñitas aterradoras ha-
brían envenenado algún líquido pero aún no tomaba
nada. Cumplía con rigurosidad la dieta ordenada por la
doctora Lobo. Fui al espejo del baño y pude ver en de-
talle la negritud de las piezas, su inexplicable color. Mi
dentadura era ahora de ébano, de ébano del Congo.

Las luces volvieron a causa de la imantación produ-


cida por los pelos de punta de mis niñitas y sus aterra-
doras menstruaciones. Lázaro había aparecido, al igual
que Malayalam. Todos entonces observamos lo que en
solitario yo palpaba a tientas en la espesura de la noche.
Mi cuerpo era irreconocible, el orden parecía alterado,
se había suspendido la norma. Más allá de las aparien-
cias táctiles, impresionó un pasmoso detalle. La piel se
entintó, se manchó de un color penetrante.

Me volví irreversiblemente negro.

123
Mi madre se acercó y preguntó por lo sucedido. De
no ser mi mamá, no me habría reconocido. Eso dijo.
Sacó un frasquito de su cartera que me resultaba fami-
liar. Explicó en perfecto español que contenía la sangre
de once gatas vírgenes, sacrificadas en once noches con-
tinuas de luna llena en Burundi.

El cubo sangraba. De su malva brotaron los cuer-


pos, las carnes atravesadas tomaron aire. El viento de
Etiopía, reforzado por la noche, desconchaba las pieles
muertas (remojadas y flotantes), haciendo que las aguas
se desbordaran a chorros.

El alcalde de mi ciudad volvió a declarar ante los


medios. Solo pocas mujeres habían sido atacadas por
los ginecomejenes. La colonia invasora era desman-
telada, a tiempo, por el equipo de salud y asistencia
social de la alcaldía. El burócrata llamó a la calma
mientras un público totalmente femenino aplaudía y
vitoreaba el nombre de su partido. La bailarina de la
compañía de danza clásica (una de las primeras víc-
timas de la plaga) posaba en puntas con su acostum-
brado tutú rosado, animándose por el aplauso a hacer
una pirueta.
De repente, el acalde engoló la voz e informó a la
concurrencia que no todas eran buenas noticias. Un si-
lencio metálico puso fin a la algarabía. Mis niñitas ate-
rradoras comenzaron a aplaudir en este momento. Las
mujeres, que ya se habían desprendido públicamente de
las toallas sanitarias tipo hongo, se sintieron desnudas
y se tapaban (aún vestidas) las zonas triangulares de sus
temerosas poponas.

124
Otra amenaza se acercaba a mi ciudad. El alcalde no-
tificó que el nuevo azote era aún más sofisticado.

Un cortocircuito hizo que las gemelas aterradoras,


guindadas en las alturas lumínicas del claustro, estallaran
como rojas sabandijas.

125
Mi madre es un caracol

Luego de la explosión, los cueros de mis niñitas se pega-


ron al techo del claustro. Las gemelas aterradoras resul-
taron quemadas. Sin importarle sus dolencias, mamá se
metió a la cama conmigo. Lo comprendía todo, incluso
toleraba el color de la enfermedad. También mis nuevas
formas. Eso sí, me hizo prometerle que en once días con-
secutivos tomaría en ayuno la sangre de las once gatas
vírgenes sacrificadas en las once noches borundeses.
Las estalladas gemelas se morían de envidia. Supli-
caban que les fuera devuelto el amor de sus dos madres.
Para ello, cumplieron penitencias aterradoras. La más
baja pasó remolcando un pesado rosario. El esfuerzo
hacía que le sobresaliera el hueso desnudo y quemado
de su antebrazo derecho. La más alta se flagelaba la es-
palda con los hilachos de pierna que aún retenía. Am-
bas miraban con ojos peligrosos a Palú pero mi prótesis
animal dormía plácida en la comodidad de mi renovado
ano. Palú sacaba la cabeza de vez en cuando para respi-
rar (y en ocasiones por pura curiosidad). Debía retener-
la en mi bolsa. Las estalladas gemelas aterradoras eran
capaces de todo, incluso de asesinarla.

127
A mi mamá no le importaba revolcarse en los pañales
del claustro. Ella estaba allí para cagarme, para cagarnos
la enfermedad. Era una madre fecal, no fetal, fecal con
c de cucaracha. También muy sanguinaria. El claustro
era un inmenso cultivo de los cuatro elementos y ella
estaba allí para reinarlos.
Al instalarse en la cama, mi mamá juró no abando-
narla hasta que la enfermedad me liberara. Lázaro se
acercó con prudencia. Trató de saludar a mi madre en
portugués pero ella contestó nuevamente en español. Le
dio la bienvenida al claustro mientras intentaba man-
tener el equilibrio ante lo resbaladizo del piso, untado
también de sanguinolencias, producto de las gemelas
recientemente estalladas.
Malayalam volvió con una solución salina que re-
compondría los síntomas inesperados de la enfermedad.
Dijo que mi cuerpo se normalizaría de un momento al
otro. La enfermera actuaba con inusual torpeza y des-
agrado ya que la invasión de mi progenitora le parecía
inaceptable (e incluso contraproducente). Mi madre no
advirtió la tensión. Disfrutaba empaparse de mis sus-
tancias y excreciones.

El mar se fue con el sol. Los desvergados actuaron


con rapidez ante las infecciones acumuladas por los
cuerpos muertos y sus sangres vertidas. Decidieron agu-
jerear el cubo, drenar las sustancias contaminadas. Los
chorros de sangre, ya negra y coagulada, salieron a pre-
sión y abandonaron definitivamente a Etiopía. La tribu
y los pájaros exuberantes comenzaron a deshidratarse.
La sequía era el paraje obligatorio.
Las aguas viajaban zigzagueantes por los caminos
intricados. Absorbían el calor de la tierra africana y se

128
aproximaron con fuerza a las desembocaduras. El cubo
mostraba la transparencia de su desnudez aunque en
las paredes aún podía observarse la huella de las severas
infecciones. Los cantos de los pájaros exuberantes des-
aparecían, la deshidratación los obligaba a mantenerse
resguardados. Los dulces olores se esfumaban. La tri-
bu de cuerpos intactos revisaba mapas, ubicaba secretos
pozos de agua y hacía sus plegarias a ababa. No hubo
excepción, Etiopía era un manto de brasas que no ad-
mitía sustancia alguna.

Las gemelas aterradoras se habían quedado dormi-


das en el piso. Las heridas infectadas ya comenzaban a
engangrenarse. Palú continuaba vigilante.
Aparentemente, la nueva plaga aún no llegaba a
nuestra ciudad. Sin embargo, las funcionarias de la al-
caldía trabajaban incansablemente. El alcalde descartó
cualquier alocución pública ya que sus consecuencias
eran del todo impredecibles.

Las abrasadoras aguas continuaban su curso. Reco-


gían a su paso las infecciones africanas más letales e ini-
maginadas. El caudal espeso se aproximaba a la costa
donde se expandiría en el aire. No se esperaba que se
vertiera en el océano. Las aguas harían ráfaga. Ni una
gota permaneció en Etiopía.

Mi madre cambió la cara. Me tomó de la mano y juró


que la doctora Lobo iba a arrepentirse. Tendría que ex-
plicarle el color de mi dentadura. Un portazo selló nues-
tra partida. Llegamos de inmediato al lujoso consultorio
donde, según mi madre, me habían malogrado. La doc-
tora Lobo no se encontraba allí. Las técnicos dentales

129
corrían de un lado al otro ante los gritos de mi proge-
nitora exigiendo la presencia de la culpable. A la vez,
todas hurgaban en mi boca, buscaban en mi historial,
llamaban por teléfono, se enloquecían. Por casualidad,
la legendaria ortodoncista llegó al consultorio. Trató de
acercarse a mi madre, pero su cara de odio impidió que
el gesto progresara.
La anciana víctima de la Santa, aquella planta degene-
rada que se había comido a la perrita pequinesa, esperaba
ser atendida. Aparentemente acudía a consulta de rutina
ya que en su cara se había exterminado la mueca del do-
lor. Yo quería ver el agujero, la falta de la muela cariada,
el vacío. Pero la anciana no sonreía. Continuaba de luto
y mantenía el huesito de la perra guindado al cuello.
La legendaria ortodoncista anunció que la doctora
Lobo estaba en camino. Mi madre dejó de gritar y se
cruzó de piernas.

Las estalladas gemelas aterradoras se desesperaron


ante la indiferencia de sus dos madres. Como las es-
cenas de tortura no lograron su cometido (alarmarnos
y en consecuencia, acogerlas en nuestro seno), deci-
dieron entonces representar intentos suicidas. La más
alta amarró un cable de la retícula lumínica y se guindó
del cuello. Observamos cómo se desesperó al dejar de
respirar pero no hicimos nada. El cable cedió hacien-
do que mi niñita se cayera al piso estrepitosamente. La
caída propició que se restregara aún más de excrecio-
nes y sanguinolencias. Su gangrena continuaba. La más
baja se cortó las venas pero al haber estallado reciente-
mente, no había sangre que pudiera salir de su cuerpo.
Ambas suplicaban que las dejáramos subir al lecho de
la enfermedad. Una vez más, negamos la petición.

130
Malayalam debía suministrarme los medicamentos
de rutina. Pateó a las gemelas estalladas para entrar al
claustro. Esta vez mi madre sintió la mirada asesina de
la malencarada.
Al intentar irse la enfermera del claustro, mi mamá
tomó un objeto contundente que Lázaro había dejado
en la habitación y de un golpe seco se dislocó el tobi-
llo derecho. La enfermera se vio obligada a atenderla
(su código de ética le impedía abandonar a una pacien-
te en tales circunstancias). Entablilló e inmovilizó su
pierna que luego guindaba con gracia desde las alturas.
Mi muy complacida madre escoltaba oficialmente la
enfermedad.

Las aguas llegaron a la costa pero al desembocar,


el océano había desaparecido. El vacío exhibía los pe-
ces muertos y el mundo marino agonizante. Las aguas
contaminadas se esparcieron por los aires ante la au-
sencia del mar. La podredumbre y las infecciones se
diseminaron, se hicieron viento. El aire metálico de
Etiopía le arrancaba la piel corrupta a la fauna muerta.
Las ráfagas se convirtieron en vendaval. Partió.

La doctora Lobo no aparecía. La anciana aguarda-


ba a que la técnico dental pudiera controlar los ner-
vios que mi madre había desestabilizado. Cuando vol-
vió la calma, la profesional se sentó frente a la anciana,
quien acostada en la silla odontológica procedió a abrir
la boca. Mis ojos se salieron para observar el vacío bu-
cal de la anciana. Pero una sorpresa enjugó mis ojos. La
falta fue reparada por una prótesis. La doctora Lobo le
había instalado a la anciana una muela de oro.

131
Lázaro se sentía excluido. Luego de su desapari-
ción, había vuelto a casa para luchar conmigo contra
la enfermedad. Aunque nunca pregunté por las razo-
nes de su ausencia (imaginé siempre que se debía a sus
comprensibles necesidades eróticas), su retorno me lle-
nó de alegría. Pero mi madre ocupaba el claustro.
La malencarada había descolgado su pierna enta-
blillada ante las repetidas quejas de mi mamá. Ahora
como guardiana de la enfermedad, pretendía asumir
el control absoluto. Debutó obligándome a cumplir
mis promesas. Debía tomar la primera dosis de la san-
gre felina vertida en aquellas once noches vírgenes de
Burundi. Procedí. Abrí el frasquito, y llené una cucha-
ra de plata. La acerqué a mi boca, la introduje y tra-
gué. Una sensación indescriptible me arrastró. Sentir
cómo la sangre se coagulaba al pasar por mi garganta
me erizó. La sangre bajaba lentamente y el sabor con-
tenía la más oculta descomposición africana. Quedé
inconsciente.

La doctora Lobo aterrizó. Llegó ataviada en un


vestido aceituna con aplicaciones papaya. Mi madre se
incorporó. La rabia deformaba su cara. No dijo pala-
bra. Señaló mi cavidad bucal y obediente, abrí la boca.
Al ver cómo mi dentadura se había oscurecido, a la
doctora Lobo se le cayó el bolso que traía guindado
de su brazo izquierdo. Carraspeó, entonó y disparó
como metralleta. Sentenció que había un porcentaje
mínimo, un 0,003% de error, que debía revisar todo
el procedimiento, que llamaría a una reunión de emer-
gencia (en ese momento, la legendaria ortodoncista,
quien se encontraba atendiendo a la anciana, intentó
levantarse). Mi madre cerró los ojos, me tomó de la

132
mano y gritó con tal fuerza que hizo estallar las den-
taduras de la doctora Lobo, de la legendaria ortodon-
cista y de la anciana. Abrió los ojos, la doctora lloraba
al ver sus preciados dientes desperdigados por el suelo.
En el piso, desconsolada, la legendaria ortodoncista
recogía sus piezas dentales y únicamente la anciana
parecía tranquila. La paciente abrió la boca, como no
sabiendo qué había sucedido. Solo la muela de oro
sobrevivió al terremoto sonoro causado por la rabia
de mi madre. La anciana sonrió al ver la fortaleza de
la muela y creyó presenciar el fantasma de su perrita
pequinesa.
Abrí la boca. Le mostré a mi madre una dentadu-
ra intacta. Fija, inamovible, perfecta. Aunque negra, la
doctora había hecho un buen trabajo. Esas fueron las úl-
timas palabras de mamá antes de salir por aquella puer-
ta, la que nunca más atravesé.

Mi madre se quedó dormida. Malayalam le había


administrado intensos medicamentos para prevenir los
dolores de la dislocación. Las estalladas gemelas ate-
rradoras, por su parte, descansaban sobre una cama de
pinchos. Como faquires, exponían su huérfano dolor.
Ante el fracaso de los actos suicidas, decidieron volver
a las flagelaciones.
Palú continuaba alerta desde mi ano. Solo salía para
cumplir con sus necesidades. Se descargaba sobre la
cama: soltaba la suciedad y volvía a mis adentros. “Una
raya más para el tigre”, gritaban mis niñitas, quienes no
abandonaban su característico humor corrosivo. Mamá
continuaba durmiendo.
Mi cuerpo preservaba las formas nuevas pese a las
promesas salinas de la malencarada. Mi verga había des-

133
aparecido, la carne se reacomodó con absoluta libertad.
De pronto, sentí un líquido tibio que circulaba por di-
versas partes de mi cuerpo. Era como un animal ras-
trero que serpenteaba por mi cintura y piernas. Pensé
que alguna bolsa de solución habría estallado, que quizá
mi cuerpo reaccionaba tal como la enfermera prometía.
Pero estaba equivocado. Mi madre se había meado la
cama. Su orine bordeaba mi cuerpo. Acunado, protegi-
do por las tibias sustancias de mi mamá, observé que la
bella durmiente asumía una posición fetal (esta vez sí,
fetal con t de tamarindo). El sueño la enroscaba, la
hacía camarón de mar. Arqueada y pegada a mi nuevo
cuerpo, seguía destilando la tenue sustancia maternal.

Los desvergados desplegaron una carpa sorprenden-


te que los aislaba del sol implacable de Etiopía. Sudaban
y muchos desfallecieron a causa de la deshidratación.
Los pájaros exuberantes seguían en sus nidos. Por su-
puesto, ya no volaban. Bajo la carpa, la tribu continua-
ba buscando con urgencia el vital líquido. Ya no había
balnearios, ni cubos transparentes de agua, ni exquisitos
cocteles. En el vaivén de los cuerpos, noté un detalle que
no había observado. No tenían anos. Eran cuerpos in-
tactos completamente asexuados. ¡Los desvergados eran
también desanados!

Sospeché. Mi madre no despertaba. Era probable que


Malayalam la hubiera drogado. Por más que la sacudía,
no se despabilaba. De seguro, en vez de antibióticos o
analgésicos, la malencarada le había administrado fuer-
tes somníferos. ¡La guardiana de la enfermedad fue ven-
cida por la enfermera! Los ojos de la malencarada reían
secretamente. Volvían a distender su buena cara.

134
Mis niñitas advirtieron que su otra madre no respon-
día. Entonces, le aplicaron corriente eléctrica pero no
hubo reacción. Trataron de convencerme para que las
montara al lecho. Negué la petición. Tomaron una me-
dida más radical. Decidieron extirparse las poponas. Sin
remordimientos, la más alta buscó un cuchillo. La más
baja, una tijera afilada. Mutilaron, recortaron, cercena-
ron, hincaron las puntas filosas. Circularon las tiernas
carnes. Soportaron dolencias miserables. Extrajeron sus
poponas como tapones. La más alta gritó, la más baja
derramó saliva. No utilizaron anestesia. Tampoco fue-
ron aceptadas.

El aire. El vendaval siguió su curso. Su ferocidad


continuaba en franca aceleración. El tránsito era largo,
la noche espesa. Las fibras de vida acuática fallecida, así
como las hebras de los cuerpos ajusticiados, se disemi-
naban en el trayecto. Arenisca, polvos infectos volaban
en una sola dirección.

La tribu de hombres diminutos de vergas estupendas


había logrado hidratarse suficientemente. Los pájaros de
cuero negro se repotenciaron después de sendos chapu-
zones en el cubo. No desplegaron carpa alguna. La esen-
cia de la tribu era su nomadismo. A diario, recorrían los
caminos de Etiopía. De noche, cuando el viento africano
era tan filoso como un cuchillo, se resguardaban.
Infiltrar el cubo había sido una proeza que merecía
un festejo. Hicieron lo suyo. Se dedicaron a juegos eró-
ticos ancestrales.
La felatio grupal era uno. Como sus vergas eran gi-
gantescas, la estimulación debía ser llevada a cabo por
más de un miembro de la tribu. El primer participante

135
posaba y cuando ya su verga estaba lista, inflada, los de-
más comenzaban a estimularlo oralmente (a mamarlo).
La operación era colectiva pues todos se iban turnando
para recibir el intenso gozo de las lenguas.
También celebraron penetraciones grupales. Este
procedimiento era más ceremonial. Un participante po-
saba con su verga lista y los demás la untaban de grasa
animal (porcina o bovina, según la existencia). Luego,
montaban al voluntario a ser penetrado en la punta de
la verga, a quien también se le aplicaba en abundancia el
mencionado lubricante. Dos participantes lo sostenían
en las alturas. El resto se encargaba de estimularlo para
que abriera el ano y comenzara a bajar con cadencia.
Esta estimulación consistía en chuparle los pies y las
rodillas. También en excitar otras zonas erógenas con
provocaciones eróticas bucales. Los miembros que lo
sostenían en las alturas guiaban la penetración estirando
las nalgas y ejerciendo presión sobre el ano hasta que se
hundía plácidamente en la verga inflada. Al llegar abajo,
la verga debía soltar toda su sustancia propiciando el in-
tercambio de fluidos corporales. El penetrado, entonces,
era entronado y enaltecido. Había logrado acomodar,
con majestad, toda la verga dentro de sí.

Mi madre seguía enroscada. La droga parecía pro-


ducirle pesadillas, balbuceaba incoherencias en portu-
gués. Noté un detalle inadvertido. Llevaba puestos los
tacones relucientes. Aunque con un pie entablillado, se
las ingenió para que la enfermera mantuviera intacto el
tacón cuando aplicó los vendajes. Sus agujas brillaban
como sirios en la noche del claustro. De las gasas salía
una aguja potente. Como mamá permanecía enrollada,
los tacones ya pegaban las agujas filosas a su frente.

136
Perforaron. Abandonó la posición fetal asumida. Ahora
realizaba una variación. Se enroscó al revés, arquean-
do su espalda hasta formar una o, una o de orquídea.
Encorvada, movía su boca para lanzar incoherencias
intraducibles y succionaba (por más que Lázaro escu-
chaba atentamente, no podíamos descifrar lo que de-
cía). Malayalam volvió a inyectar a mi madre. Explicó
la necesidad del medicamento. Todos de acuerdo. Re-
doblada la dosis.

Mis niñitas, estalladas y aterradoras, se dieron cuen-


ta de que de continuar adelantándonos sus estrategias,
no obtendrían su cometido. Entonces, decidieron ha-
blar en cuti. La más alta empezó con fluidez: “cuti-te cuti-
ne cuti-mos cuti-que cuti-ha cuti-cer cuti-al cuti-go cu-
ti-ra cuti-di cuti-cal cuti-por cuti-que cuti-se cuti-nos
cuti-a cuti-ca cuti-ba cuti-el cuti-tiem cuti-po, cuti-hay
cuti-que cuti-ma cuti-tar cuti-a cuti-la cuti-mal cuti-
di cuti-ta cuti-pe cuti-rra”. La más baja respondió, la
gangrena seguía comiéndole la cadera: “¿cuti-sí cuti-pe
cuti-ro cuti-cuál?”. La más alta añadió: “cuti-la cuti-
que cuti-es cuti-tá cuti-me cuti-ti cuti-da cuti-en cuti-
el cuti-cu cuti-lo”.
Las gemelas se fueron a preparar la operación. Creye-
ron que yo no hablaba cuti, ¡qué ilusas!, cuti-ton cuti-tas.

Las playas de mi ciudad seguían inquietas. La espe-


ra se palpaba en las orillas. El mundo marino sufría una
conmoción. Los mariscos se crisparon, los moluscos sa-
lieron de sus conchas, los pargos saltaban fuera del agua.
Las ráfagas poderosas sacaban a las especies de su hábi-
tat. Muerte de algas, muerte de aguamalas y medusas.

137
Sentí un movimiento extraño. En mi cuerpo, la cir-
culación sanguínea parecía acelerarse. Pude observar mis
venas negras. Aunque ahora la piel era más oscura que
la noche, podía divisar mis arterias y venas con mayor
facilidad. Eran conductos gruesos que vibraban con el
paso de la sangre. De carreteras, mis venas pasaron a ser
autopistas. Mi cuerpo era un distribuidor en el que la
sangre bullía, centrifugaba.
Pero a pesar de la oscura transparencia, no podía ver
mis órganos. Solo las líneas gruesas y transitadas que
aceleraban mi corazón. Fantaseé que mis órganos ha-
bían desaparecido.
Mi madre continuaba enroscada como caracol. Un
impulso marino coincidía con el olor a pescado de su
popona. “Ese papo está muerto”, gritaron las gemelas
desarmándose de risa desde la sala situacional. Ya la co-
lumna de mi mamá había dado una doble vuelta. Las
curvas habían roto las tablillas y los vendajes. Su vestido
de alta costura se rasgó y el peinado era un nido.
Con un pañuelo en la nariz, la gemela más alta daba
los últimos toques al macabro plan. La más baja vigilaba
con atención la puerta del claustro.
Malayalam entró. Pateó nuevamente a la gemela más
baja dislocándole la mandíbula. Observó a la más alta
con ojos asesinos (nunca la había mirado así). La enfer-
mera entró para administrarme un medicamento, uno
bastante costoso que solo podía ser autorizado por la al-
caldía. Preparó la goma y cuando procedió a inyectarme
se dio cuenta del problema. Tenía los tacones de mi ma-
dre infiltrados en mis venas negras. Su cuerpo, comple-
tamente entumecido, se había deshidratado. Engarzada
a mi famélica armadura, era una habitante del mar. Sus
garras también se habían incrustado en mi piel morena,

138
anudándose algunas a mis huesos. Nunca entendí por
qué ya no experimentaba dolor.
Malayalam se sintió avergonzada al no haber descu-
bierto con anterioridad las conexiones maternales que
además generaban serias consecuencias para mi salud.
Le inyectó a mi madre un relajante muscular. Cierta
docilidad permitió desencajar uñas y agujas. La enfer-
mera limpió y desinfectó las delicadas perforaciones. La
desconexión dolió, especialmente cuando desenmarañó
las hincadas uñas de mi madre.

Un jugoso bistec caminaba por una repisa del claus-


tro. Un huesito lo secundaba. Palú advirtió su presen-
cia y estiró el cuello. Cuando sentí que un corcho salía
a presión, estreché mi ano con fuerza para no dejar que
se escapara. Palú, aunque psicológica, seguía siendo un
ser muy impulsivo.
En estado de alerta, tomé los tacones desconecta-
dos de mi madre y se los tiré tumbándoles los disfraces.
Desenmascaré a las gemelas aterradoras. Sentí en mis
adentros el cariño de la agradecida perra que, anidada,
movía la colita.
Mis niñitas pidieron la absolución. Para perdonarlas,
exigí que fueran mis esclavas. Debían abanicarme por
toda una noche. Yo decidiría cuándo detenerse, mear
y volver a sus funciones de esclavas. Ellas corrieron a
pintarse las pieles con betún. Serían verdaderas esclavas
africanas por una noche. Hablaban en una nueva lengua,
el glutu: “¡glutu-qué glutu-más glutu-nos glutu-que glu-
tu-da!”. Se volvieron negras, de pieles negras con dos
palmas abanicantes. Por una noche, fui aquella princesa
africana de quien tanto hablaba Lázaro. La verdadera
dueña de la parihuela, del lecho de la enfermedad.

139
Agangrenadas, estalladas, mutiladas (la más baja,
adicionalmente dislocada), las gemelas aterradoras so-
plaron como mis esclavas. La más baja debió montarse
sobre un libro. Su título: Útero bicorne. Ambas com-
placieron las necesidades de la enfermedad. Malayalam
se cruzó de brazos.
Mientras tanto, mamá caracoleaba. Seguía encorva-
da. Pero ahora, en vez de balbucear, soltaba quejidos
muy agudos, chillidos marinos.
Lázaro entró al claustro tras los inusuales ruidos
que salían. Seguía preocupado por las acciones legales
que los vecinos pudieran ejercer. Mi situación lo aba-
tió. Además, se sentía excluido por la presencia (aunque
dopada) de mi madre. Era una frontera que superaba la
impuesta entre nosotros por la propia enfermedad. Pero
la fetidez era tan demoledora que Lázaro nos abandonó.
Salió de casa con la excusa de comprar un medicamento
necesario. Volvió pronto. Las calles estaban desiertas.

El silencio del gobierno local cesó. Informaron que


el alcalde había renunciado. La nueva alcaldesa deci-
dió declarar. Se trataba de una mujer con experiencia,
la licenciada Cristina Gallo. Subida en grandes tacones,
irrumpió en el auditorio del palacio. La excesiva altura
hizo que las periodistas tuvieran que mirar hacia arriba,
sintiéndose intimidadas por la nueva funcionaria. Las
representantes de la amau (Asociación de Mujeres Ateas
Unidas) celebraron la victoria femenina y esperaban oír
buenas noticias. Todas se cruzaron de piernas para escu-
char con atención el discurso. Coreaban el nombre de
la alcaldesa y luego juntas eructaron un contundente (y
afeminado): “quiquiriquí”.

140
(A una sola voz con eco)
–Los arroyos, todos los estanques, las playas, los de-
pósitos de aguas, las lagunas se convertirán en sangre.
Habrá sangre por toda la región. Nuestro lago será pura
y profunda sangre. Se aproxima una tormenta… será un
alud de sangre contagiosa.

La alcaldesa finalizó e ipso facto, ante la multitud,


comenzó a menstruar salvajemente por los ojos.

Las ráfagas ya llegaban a las costas de mi ciudad.

141
La caverna

Anochece. Lázaro abre las persianas. Entra la oscuridad


y el viento. Yo abro las piernas. Las playas de mi ciudad
lucen inquietas. Un nuevo derrame petrolero ennegrece
las arenas. Las ráfagas de viento mueven las palmas que-
madas por el sol. Yo no puedo moverme. La sal se es-
parce con ligereza. Se pega a las paredes del claustro.
Fosiliza las descomposiciones. Me parte los labios.
Tiemblo. Vuelo de fiebre. Ardo. Mi delgadez es inquie-
tante. La enfermedad me fosiliza. Malayalam parece
nerviosa tras los recientes anuncios. ¡Sangre! ¡Mil veces
sangre! Mi madre permanece dormida. Su popona hue-
le a pescado, pescado saldado. Los somníferos genera-
ron el hedor. La enfermera lo hizo. También quiere dor-
mir a las gemelas. Mis niñitas (estalladas, aterradoras,
amputadas, una dislocada) se han quedado sin poponas.
“papo, mamá, se dice papo”, vociferan columpiándose
con los cordones de las persianas. Malayalam finalmen-
te se deshace de sus tacones. La malencarada usa tacones
altos. Filosos y blancos. Tacones aguja tipo enfermera.
Pienso en el apagón. Dibujo en la oscuridad. Pinto con
mis dedos untados de mierda. Mi sangre infiltra el di-

143
bujo. La gemela más baja me lanza la popona. “¡papo!”.
Me estalla el jugoso papo en el ojo. Se siente como trapo
mojado. Lulú tiene hambre. Se come el papo de la ge-
mela más alta. Le ordeno que no, que no lo haga. Me lo
arrebata. Come con gusto. Lo desgarra. Se introduce
satisfecha a mi ano. Los vecinos tocan la puerta, tocan
la puerta con determinación. Lázaro se asusta. No les
abras. Quiere gritar. Me mira. Lo convenzo. Corre al
baño. Otra vez, se lava las manos. Dibujo. Escribo y
dibujo con temor. Pienso en la muerte. Todos los días
pienso en ella. En la desaparición, el dolor, la huida. La
enfermedad es un territorio que definitivamente conoz-
co. Me pare. Es distinta a la muerte. Escribo en la enfer-
medad. Lloverá. Chorreará. Caerá un aguacero. Corro
a cerrar las ventanas. No puedo correr. Lázaro corre y
cierra las persianas, también las ventanas, las puertas, los
agujeros del claustro. Todos los orificios. Lanza a las
gemelas contra la pared. Les quiebra los dientes. No so-
porta un juego más. Otro simulacro de suicidio, tortura,
amputación y las mata. Las mata. Mis dientes continúan
negros como mi piel. Soy un carbón. Se fue la luz. No
sabemos cuándo volverá. El viento arrecia. El agua cae
sobre mi ciudad. Azota. Arrasa. Las ráfagas se hicieron
tormenta. Llueve de sangre. Cierro. Cierras. Cierran.
La filtración se hincha, se infla, engorda. La mirada de
plomo de la enfermera me molesta. Puedo ver en la os-
curidad. Prende velas por doquier. Las velas negras de
la enfermera son antorchas que iluminan débilmente el
claustro. Dibujo. No hay agua. Toda cae de arriba. El
cielo azabache se viene abajo. La enfermera me avisa que
debe aplicar un medicamento. Mamá caracolea en mi
pecho. Malayalam debe extirpar a mi marina madre para
suministrarlo. Evito la extirpación. La arrimo. La meto

144
bajo el almohadón. Caracolea. Presiono. Caracolea. Pre-
siono. Sale. Se escapa a paso de caracol. Las babas chi-
closas rebosan su boca. Logro apartarla. No caracolea
más. La enfermera dice que debe colocarme un suposi-
torio. Tiene que introducirlo. El medicamento estrena
presentación. Debo desocupar mi ano. La enfermera lo
ocupará. Se coloca los guantes de goma. Arden. Brillan
en la oscuridad. Las gomas destellan en la noche como
dos lamparitas. Lulú se estremece por dentro. Su cuerpo
piloso tiembla. No quiere salir. Les tiene miedo a mis
niñitas (quizá también a la malencarada). La llamo. Se
hunde. La arrullo. Se esconde más. Se entierra. Se siente
en mi garganta. Sigue viniéndose el cielo abajo. Chapa-
rrón. Lágrimas. Toneladas de lágrimas sangrientas bañan
a mi ciudad. Lulú se asusta. No quiere salir. Comienzo
a estrechar mi ano para obligarla. Debe sentir la orden.
Lulú llora. No puede salir. No quiere salir. Las gemelas
aterradoras dejaron de ser esclavas. Abandonaron las
palmas. Aún tienen miradas asesinas. Sus pieles siguen
bruñidas. Ahora se disfrazan. Asustan en la oscuridad.
“Me llaman la Pelúa”, “Me llaman la Dominó”, (a dos
voces) “Nos llaman las Reinas”. Sí, debe salir. Mi niñita
de cuatro patas no quiere pero debe. ¡Debe salir! Las
gemelas aterradoras traen bombas lacrimógenas. “Sa-
quémosla a bombazos”, ¡cuti-cla, cuti-ro, cuti-no! “¿cu-
ti-por, cuti-qué cuti-no?”. Pateo a mis niñitas. Las quie-
bro. Le canto a mi niñita. Me comunico por dentro. Le
digo a Lulú que salga. Si no, iré por ella. No sale. El
viento golpea las ventanas morenas del claustro. La fe-
tidez merma por la sal. La sal que entró antes de la tor-
menta. Lázaro sepulta a mi mamá caracol. Viene al lecho
de la enfermedad. Trae un vaso de leche. Leche quema-
da. Leche fuliginosa. Toma, tomo, tomamos. Se unta

145
conmigo de la suciedad. La inmundicia. Entonces Lá-
zaro y yo nos meamos la cama juntos. Nos meamos la
enfermedad. Lázaro llama a Lulú. Entonces Lulú sale
confiada. Mojada de porquería. Flaca. Flaquísima. Mi
perra está flaca. Flaquita. Los ojitos de mis niñitas (es-
talladas, quemadas, amputadas, una dislocada, ambas
quebradas) brillan en la noche. Malayalam prepara el
supositorio. Hay algo nuevo en su mirada. Va a intro-
ducirlo. Se coloca las manos juntas en forma de oración.
Las coloca en su cabeza. Como una cresta. Como toda
una campeona, se clava dentro de mi ano. ¿Qué hace?
Se introduce. Entra. Lulú ladra. Lulú aúlla. Lulú llora,
Lulú grita. La enfermera ocupa mi ano. Lázaro está sor-
prendido. Tengo la boca abierta. Lázaro toca mi abdo-
men. Se metió, se zampó, se inmiscuyó. Se clavó con
facilidad. Una campeona. Siento adentro a la enfermera.
Tocan la puerta. Tocan nuevamente la puerta. La enfer-
mera sigue dentro de mi ano. Tocan duro. No respon-
demos. No respondas. Ahora usan un objeto contunden-
te. Vuelven a golpear. La malencarada se mueve dentro.
Se acomoda en mi ano. Golpean. Derriban la puerta.
Entran al claustro. Tres sombras se iluminan con las ve-
las que encendió Malayalam. Aviva Malayalam. La viva
Malayalam. La bailarina entra en puntas. La víctima de
los ginecomejenes. Sus zapatillas rosadas no se resbalan
por las excreciones, sanguinolencias, orine. Posa frente
a mí. Pirueta. Punta. Pirueta. Aprovecha la abertura y
se clava en mi ano. ¡Otra vez! Las puntas ensangrenta-
das desaparecen en mi ano abierto. Lulú da vueltas. Aú-
lla. La otra sombra. La segunda. La doctora Lobo, em-
papada y desdentada, entra a gatas al claustro y salta
como fiera desapareciendo tras meterse a mi ano. Ano
ocupado. Su técnico dental favorita, igualmente desden-

146
tada y empapada de sangre, camina con dificultad. An-
tes de meterse a mi ano da las buenas noches. Por lo
menos, es educada. Lázaro no sabe qué sucede. Se aso-
ma por la ventana. No puede ver nada. Mis niñitas se
pegan a las ventanas. Limpian la humedad. Caen bo-
quiabiertas. No pueden ver nada. El terror histérico las
paraliza. Mi vientre se mueve y ya se nota abultado. Lá-
zaro corre a cerrar la puerta. Arrima muebles. Todos los
estantes que puede. No se colará nadie más. Nadie. Lulú
grita. Lulú llora. Lulú está conmocionada. Odia a la en-
fermera. La quiere ver muerta. Desangrada. Un rayo
rojo cae y los truenos. Lulú se asusta. Truena. Truena.
Se viene abajo. Golpean la puerta. Lulú aprovecha y se
mete a mi ano antes de que sea tarde. Escarba. Dejo que
entre con facilidad. La quiero dentro. Otra vez golpean.
Agresivamente. Derriban la puerta. La licenciada Cris-
tina Gallo entra. Se tapa la cara. La reconocemos. ¡Ban-
dida! Los tacones altos la denuncian. Se sumerge en mi
ano. Se saca los tacones. Se pierde. Lázaro vuelve a ce-
rrar. Esta vez contundentemente. Tapia. Clava. Atorni-
lla. Clausura. Nadie más podrá entrar a mi ano. Se oye
un sonido. Se quiebra una ventana y una sombra se in-
miscuye por ella. Es la legendaria ortodoncista (también
desdentada). Toma impulso y plas. Aterriza en mi ano.
Se mete sin siquiera mirar mi dentadura. Habría sonreí-
do. Lázaro trata de cerrar las ventanas. Antes de poder
hacerlo, entra mi doctor chileno con una de mis amíg-
dalas en la mano. Me la ofrece. Yo la tomo y me la trago.
La mastico. No la repongo. Él se mete con su bata de
quirófano en mi ano. Siento sus brazos que, como na-
dando, se cuelan en mi ano. Estoy ancho. Lázaro tapa
el hueco que ha quedado en la ventana. Un peñón de-
rriba la otra. Entro en pánico. Esta vez es la anciana. La

147
víctima de la Santa. Llega y sonríe. Me muestra su mue-
la de oro. Mi ano se abre y le da la bienvenida. Ella, con
dificultad de anciana, se encaja. Con respeto. Como
toda una dama. Por debajo de la puerta (clavada, ator-
nillada, tapiada) se desliza el fantasma de la perrita pe-
quinesa. No abandona a su ama. Ladrido de fantasma.
Como bálsamo, penetra mi ano. Acompaña a la anciana
de muela de oro. El agua empieza a encharcar y revive
el pozo séptico. La sangre coagulada entra por las ven-
tanas. Las ráfagas arrancan los paños que Lázaro ha
puesto para detener la jauría. Una horda de la amau per-
sigue a la licenciada Gallo hasta el claustro. Pide justicia.
Comparecencia. Dan con el ano. Una a una, entran con
la excusa de buscarla, de hacerla pagar. La primera, la
segunda… la quinta… la vigésimo primera. Todas en-
tran. Todas a gusto en mi generoso y democrático ano.
Truena nuevamente. El cielo se ilumina de rojo. El telé-
fono parece explotar. Quiere estallar. ¿Llamada de emer-
gencia? Lo tomo y entiendo por qué no ha repicado
más. La estilista caribeña se quedó atrapada desde el día
de mi parto. La ocasión en la que me atendió con sus
larguísimas y pujantes uñas. Lázaro me ayuda a sacarla.
Jalamos, jalamos y pum. No sale. Necesitamos un cor-
dón. Más ayuda. Las gemelas aterradoras han desperta-
do. Han salido del shock. soc, soc. Se unen solidarias.
Traen el cable con el que la más alta intentó guindarse.
Atamos la muñeca de la peluquera y volvemos a jalar.
Los cuatro tiramos del cable. El teléfono pare a la mo-
rena. La negra caribeña abre los ojos. Enseguida sabe
dónde meterse. ¡Salta a mi ano! Lo ha escuchado todo.
La estilista se inserta haciéndose paso con sus uñas in-
candescentes. Vuelve a ocurrir. Se mete a mi ano. Las
gemelas aterradoras (con todos sus adjetivos y heridas)

148
cooperan en obstaculizar las entradas y los huecos del
ensangrentado claustro. Ni la fetidez impide la inserción
anal. Lázaro utiliza los almohadones para cubrir las ven-
tanas rotas. Las gemelas arrastran el escritorio y la pol-
trona de Mali. Lanzan las inyecciones de Malayalam por
el camino, haciendo proliferar las minas antipersonales.
Un grito descubrirá al forastero. Sigue lloviendo sangre.
Mamá caracolea. Caracolea y tiembla. Sus globos ocu-
lares amenazan con salirse de las órbitas. Caracolea.
Tiembla. Siento un ruido. ¿Cómo no ha caído en las mi-
nas antipersonales? Otra. Otra vez a mi ano. Es el cadá-
ver insepulto de la sacerdotisa Marita. Viene volando.
Deambulaba por mi ciudad suplicando que la enterra-
ran. Encuentra refugio en mi ano. suaz. Ano, mi ano.
Ama mi ano. Amo mi ano. Ano adorado. Ano buscado.
Mi vientre se abulta. Se hincha de ocupantes. Mi ano
hinchado y ocupado. Un tronco tumba la puerta y una
turba entra al claustro. Se pincha con las minas. Gritan.
Grito. Otro grita. No les importan los pinchazos. T. J.
W. y L. (mis amantes en el período de la enfermedad de
Lázaro) llegan. Traen la verga mecánica. La nueva, la
recién importada. Lázaro intenta detenerlos. Les mete
la pierna para que se caigan. T. se clava. J. se clava. W. y
L. se clavan. Detrás llegan lana, lena, lina, lona,
luna, mica, moca y muca, quienes aguardaban en la
sala de la casa. Se quejan de las enfermedades pero se
incorporan al ano. Mi ano salvador. Mi arcano. Láza-
ro no sabe ya qué hacer. Las puertas desplomadas dejan
colar la sangre. Arranca el techo de la parihuela y cubre
la entrada. Las gemelas, agangrenadas, han traído las es-
culturas africanas de la colección de Lázaro. Utilizan su
lanzagranadas. Logran alejar de un totazo a una técnico
dental, quien desdentada también escala el claustro. Le

149
sacan un ojo. Después de un ojo afuera, no vale Santa
Lucía. Pasa por encima el alcalde. Bandido. Se mete y
me abre una tronera. El ano que no puede cerrarse. El
alcalde saca la mano para guiar el bastón. Ingresa el bas-
tón a mi negrísimo ano. Por la ventana, logra saltar la
mujer de lentes de pasta que enseñó a su planta carnívo-
ra a ser vegetariana. También logran ensartarse la perio-
dista y las demás mujeres de aquel reportaje. También
aquella niña que saltaba la cuerda. Saltan y vuelven a
derribar la puerta. Esta vez son las azafatas sobrevivien-
tes, las del aeropuerto. Con sus caderas quebradas, abo-
chornadas, se embuten sujetándose todas de las manos.
Siguen usando los tacones aguja. Como recortadas de
papel, entran en cadeneta. Las gemelas arrastran la al-
fombra de pelo de alpaca para volver a cubrir las venta-
nas. Hay muchos ocupantes y mis niñitas no se quieren
quedar afuera. Ingresan. Sufren dolores al penetrar. La
gangrena, la dislocación, las mutilaciones. Tiene expe-
riencia por el nado. El nado sincronizado. Entran de la
mano. Dulces y aterradoras. La desdentada técnico den-
tal lo intenta de nuevo. Sin un ojo, aprovecha la incor-
poración e invade. Se mete a mi ano. Acierta. Todos
entran. Se embarcan. Atraviesan mis umbrales. Mi ano
los contiene. Desde adentro, las aterradoras gritan:
“¡glutu-cie, glutu-rra, glutu-ya!”. No puedo. Las velas
de la enfermera están por acabarse. Las últimas flamas
de luz. Lázaro continúa afuera. No quiere dejarme. Lá-
zaro, Lazarito, métete a mi ano. Oigo graznidos. Can-
tos desagradables. Los pájaros de cuero negro han lle-
gado. No podemos hacer nada. Se meten a mi ano. 1, 2,
3, 5, 17, 214. Todos se clavan con sus puntas y exhalan
fetidez. No han perdido su hedor. Siento el picoteo.
Cosquillas gozosas. La desfalleciente luz me deja mirar

150
el claustro. La puerta desvencijada, el catre, las paredes
desconchadas, las pantuflas viejas. La enfermedad. Ve-
nir. Llegar. Transitar. Orugas. Aparecen 1212 orugas. Se
pasean por mi cuerpo. Mamá caracolea. Sus ojos desor-
bitados. Su boca de pescado. Caracolea en portugués.
Una languidez marina la lleva hasta mi ano. Entra. Me
asalta. Mar, marimba, malabar. Langosta. Mi mamá se
mete. Es un caracol. Trata de calzarse. Ve sus tacones
aguja estallados contra la pared. Los olvida. Se mete
como caracol. Rizada. Se oyen manadas de langostas.
Los carniceros han llegado. La carnicería de Lázaro. Los
cinco carniceros se hunden en mi ano. Se deshacen de
los cuchillos antes de ingresar. Agradezco no portar ar-
mas. Luego llegan los meseros de El Wantón. Entran.
Algunos patos se cuelan. Se incluyen. Lázaro ha dejado
de obstaculizar. Puerta franca. Lázaro, Lazarito, métete
a mi ano y cierro. Entran toditos. Se adhieren a las pa-
redes del ano. Llegan los entrenadores del gimnasio. Los
musculosos torturadores se lanzan de bomba. plaff.
Mi panza se infla. Mi ano de globo. Global. Anoto.
Anodino. Anochezco. Anónimo. Mi sangre petrolera.
Mi oro diablo. Oro, oro por Lázaro, oro por las pústu-
las del diablo, la excreción de Lucifer. Los pájaros caga-
ron antes de entrar. Mierda dorada. Oro por el ano.
orogenital. Loro, lorito. Lázaro. Lazarito. Entra para
darte un dulcito. Te sabes el caminito. Lázaro se funde.
No me mira. Se hunde como siempre. Desaparece en mi
ano. Mi ano de oro. Siento su punzada en la amígdala
recientemente recuperada. Masticada. Después de tanto
tiempo. Dorado Lazarito. La enfermedad. Sufro la en-
fermedad. Gritan desde adentro: “¡cuti-la, cuti-en, cuti-
fer, cuti-me, cuti-dad, cuti-del, cuti-cu, cuti-lo!”. Sí. La
enfermedad. La enfermedad del culo. La enfermedad del

151
caracol. La enfermedad de mamá. La enfermedad de
Etiopía. La enfermedad del agua. La enfermedad de oro.
¿Qué nombre le pongo a la enfermedad? La mamá de la
enfermedad. La mamá de las enfermedades. La enfer-
medad. Debo cerrar. Clausurar. Taponar. Atrancar el
ano. Caracol. Caracoleo. Coleo. Coleo. Culeo. Afianzo.
A mis dibujos se los lleva el viento. Llegan las aves exu-
berantes sin sus dulces perfumes. Solo dos han podido
viajar. Soy el ano de Noé. Ayudados por las corrientes,
se sumergen exhaustas. Sedientas. Aterrizan para hacer-
se doradas. Las rabiosas ráfagas que vienen de Etiopía.
Picotean. Su amplio plumaje. A su vez, en cuatro patas
llegan seis desvergados/desanados. (Desvergado/desa-
nado 1), (Desvergado/desanado 3), (Desvergado/desa-
nado 125), (Desvergado/desanado 200) comparecen. Sin
aliento ya no pueden más. Ruedan hasta mi ano. Mori-
bundos. Es generoso. Mi ano comunista. blum blum
blum. Oigo manadas. Otra vez. Manadas. Llegan todos,
todos los miembros de la tribu de vergas gloriosas. Han
caminado por los desiertos secos, vacíos de océano. Lle-
gan ayudados por sus poderosas vergas. Vergas saltari-
nas. No tengo las cuentas. Son muchos los que entran.
Con facilidad. Diminutos. Tienen las vergas plegadas.
Se vuelcan a mi ano. Puñados de hombrecitos con ver-
gas estupendas. Caen enanitos. Caen dentro de mí. Mis
dibujos de sangre. La mierda que sangra. El ano que
sangra. Las ráfagas arrecian. Navajas, cuchillos, hojillas
de afeitar. Las antorchas se extinguen. El claustro es os-
curo. El derrame petrolero llega hasta mi ano. Lo con-
sumo. Absorbo. Zigzaguea. Las pirañas negras. Las pi-
rañas encurtidas, curditas. Mi ano se toma la sustancia
negra. Mi cuerpo negro. Mi piel negra. Mis dientes ne-
gros. Mis ojos negros. Sorbo petróleo. Aceito el ano

152
negro. Debo tapar. Miro el claustro. Se extingue. Solo
quedo yo, yo, yo. Sirvo el coctel. No lo tomo. Sirvo. Sir-
vo. Me baño en él. Me baño con él. La sangre coctel. Coc-
tel sanguíneo. Veo. Veo un insecto, un insecto volador,
un insecto que vuela directo. Sin escalas. Es la abeja afri-
cana, la disidente, la abeja que traspasó la seguridad del
claustro. La abeja reina. La abeja, muy campante, se para
en mi ano. Recta, se aloja, se clava, se embute. Las flamas
desfallecen. Soplo. Y, rezagado, viene Luigi. Patea la A.
Ingresa. Se interna. Decide. Decido. Me decido. Me meto
en el ano. Yo mismo. Flexiono la pelvis. Doy una vuelta
de tronco y columna, me entierro. Yo mismo. Entro. Ins-
talo la cabeza. Recuerdo el propósito. Vuelvo. Apago la
última vela. Soplo. Mi ano está preñado de mundo. Esti-
ro la mano y escribo, escribo con precisión. Me entierro.
Escribo, La enfermedad.

153
Agradezco a Diamela, Madeline, Claudia, Mar, Elisa,
Margarita, Jorge, Gina, Nathalie, Sylvia, Felipe, Lorea,
Alejandro, Carolina, Rubén, Sandra, Micaela, Ana y
Leonora, por sus comentarios, entusiasmo y lecturas.
Índice

La enfermedad 9
Lázaro y los elementos 21
Malayalam 39
La cena etíope 51
Carne sobre carne 65
Ocho muñecas y media 89
Anus horribilis 109
Mi madre es un caracol 127
La caverna 143
Eterna Cadencia Editora

Dirección general Pablo Braun


Dirección editorial Leonora Djament
Edición y coordinación Claudia Arce
Corrección Maximiliano Papandrea
Diseño de colección Pablo Balestra
Diseño de tapa Ariana Jenik
Diseño de interior Daniela Coduto
Diagramación Federico de Giacomi
Gestión de imprenta Lucía Fontenla
Prensa y comunicación Ana Mazzoni
Comercialización Lucio Ramírez

Para esta edición de Balnearios de Etiopía se utilizó


papel ilustración de 270 g en la tapa y Bookcel de 80 g en el interior.
El texto se compuso en caracteres Trajan y Stempel Garamond.

Se terminó de imprimir en abril de 2010 en Talleres Gráficos Color Efe,


Paso 192, Avellaneda, Provincia de Buenos Aires, Argentina.

Se produjeron 1.200 ejemplares.

Interese conexe