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Mateo 14: 30-31

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PEDRO rema con todas sus fuerzas en medio de la oscuridad que


cubre el mar de Galilea. De repente ve un ligero resplandor a lo lejos.
¿Será que al fin va a amanecer? Las olas chocan violentamente
contra la barca. El fuerte viento que azota su cara ha despertado la
furia del mar. Empapado y con el cuerpo adolorido, Pedro sigue
remando sin descanso.

Aunque hay otros discípulos junto a él en la barca, Jesús no está con


ellos, pues se quedó en la costa. Ese mismo día, habían presenciado
cómo su Maestro multiplicaba unos cuantos panes y pescados para
alimentar a miles de personas. Como resultado, la gente quiso
hacerlo rey. Sin embargo, él estaba decidido a no involucrarse en
asuntos políticos y quería enseñarles a sus discípulos a hacer lo
mismo. De modo que se escabulló de la multitud y les ordenó a sus
apóstoles que se fueran en la barca a la ribera opuesta. Mientras
tanto, él se iría a una montaña para orar a solas (Mar. 6:35-
45; lea Juan 6:14-17).

Cuando los discípulos salieron, la luna —casi llena— estaba en lo


alto del firmamento, pero ahora ya va desapareciendo por el oeste.
Con todo, solo han logrado avanzar unos pocos kilómetros.
Volcados en su lucha contra el mar y ensordecidos por el estruendo
del viento y las olas, apenas pueden hablar entre ellos. Así que es
muy probable que Pedro esté inmerso en sus pensamientos.

CONOCIENDO UN POCO DE PEDRO


Fue Andrés, su hermano, quien le dio la sorprendente noticia:
“Hemos hallado al Mesías”. Poco se imaginaba cuánto cambiaría su
vida a partir de ese momento (Juan 1:41).

Pedro vivía en Capernaum, ciudad situada en la costa norte del mar


de Galilea, un enorme lago de agua dulce. Andrés y él tenían un
negocio de pesca. Para mantener a su familia, los pescadores tenían
que ser hombres fuertes, trabajadores y diestros. No era raro que
pasaran largas noches en el mar, echando y recogiendo las redes
entre dos barcas para sacar los peces que pudieran encontrar.
Su jornada continuaba por la mañana, pues entonces tenían que
clasificar y vender los peces, así como limpiar las redes y
remendarlas.

La Biblia explica cómo Pedro llegó a convertirse en seguidor de


Jesús. Indica que su hermano Andrés era discípulo de Juan el
Bautista, por lo que es posible que Pedro escuchara con mucho
interés todo lo que su hermano le contaba sobre Juan

Hasta entonces, el nombre con el que se conocía a Pedro era


Simón.Ahora bien, la primera vez que Jesús lo vio, le dijo: “‘Tú eres
Simón, hijo de Juan; tú serás llamado Cefas’ (que se traduce Pedro)”
(Juan 1:42).

Todo parece indicar que Jesús le puso de manera profética el


nombre “Cefas”, una palabra que significa “piedra” o “roca”.
Seguramente vio en Pedro a un hombre que llegaría a ser como una
roca: alguien firme y confiable que ejercería una influencia
estabilizadora en la congregación cristiana. Pero ¿tenía Pedro ese
concepto de sí mismo? Es poco probable. De hecho, tras leer los
Evangelios, muchas personas opinan que no reflejó esas cualidades.
Incluso hay quienes piensan que, según lo describe la Biblia, más
bien parece un hombre inseguro, inestable e indeciso.

Por supuesto, Jesús sabía muy bien que Pedro tenía sus defectos. Sin
embargo vio que Pedro tenía mucho potencial y quería ayudarle a ir
puliendo sus cualidades. Jesús también se concentra en nuestras
virtudes. Pero ¿y si nos cuesta creer que puedan hallar algo bueno
en nosotros? En tal caso, tenemos que confiar en el modo en que
ellos nos ven y dejarnos enseñar y moldear como lo hizo Pedro.

VOLVIENDO AL PRINCIPIO

Ya es la cuarta vigilia de la noche, es decir, entre las tres de la


mañana y el amanecer. De pronto, Pedro observa algo a lo lejos que
se mueve sobre las aguas. Intrigado, deja de remar y se levanta para
ver lo que es. ¿Será el reflejo de la luna en la espuma de las olas?
No puede ser; parece más bien una figura que avanza de forma
constante. Cuando al fin alcanza a verlo mejor, no puede creerlo: ¡es
un hombre que viene caminando sobre el mar y va a pasar junto a
ellos! Los discípulos, asustados, creen que se trata de un fantasma.
Pero el hombre les dice: “Cobren ánimo, soy yo; no tengan temor”.

Ante esto, Pedro responde: “Señor, si eres tú, mándame venir a ti


sobre las aguas”. ¿Puede usted imaginarse lo que siente al ver que
sus pies no se hunden? Admirado, empieza a caminar con paso firme
hacia Jesús. Pero, de repente, otro sentimiento se apodera de él
Qué error cometió Pedro, y cuál fue el resultado?

Pedro tiene que mantener la vista fija en Jesús; pero en estos


momentos críticos, se distrae. “Al mirar a la tempestad de viento, le
dio miedo”, explica la Biblia. Cuando Pedro ve el mar revuelto y las
olas chocando violentamente contra la barca, el pánico lo domina.
¿Será que va a morir allí, tragado por las aguas? En unos instantes, el
miedo ahoga su fe, y Pedro empieza a hundirse como una piedra
lanzada al mar. Aunque es un nadador experto, no confía en sus
propias fuerzas y comienza a gritar: “¡Señor, sálvame!”. Enseguida,
Jesús lo agarra de la mano y lo saca hacia la superficie. Ya de pie
sobre las aguas, le dice estas impactantes palabras: “Hombre de
poca fe, ¿por qué cediste a la duda?”

¿Por qué son tan peligrosas las dudas, y cómo podemos


combatirlas?

Ceder a las dudas es muy peligroso, pues estas ejercen un tremendo


poder sobre nosotros. Pueden llegar a devorar nuestra fe y
ahogarnos espiritualmente. Por eso, debemos estar resueltos a
luchar contra nuestros temores y dudas. ¿Cómo lo lograremos?
Manteniendo el enfoque adecuado. Si nos concentramos en lo que
puede intimidarnos, desanimarnos o distraernos de seguir a Cristo,
nuestras dudas crecerán. Pero si mantenemos la vista fija en nuestro
Dios y en su Hijo —en todo lo que han hecho, hacen y harán a favor
de quienes los aman—, seremos capaces de vencer las dudas
destructivas.
Pedro sigue a Jesús mientras este se dirige a la barca. Al subirse, ve
que la tormenta ha desaparecido. El mar de Galilea vuelve a estar en
calma. Tanto Pedro como los demás discípulos reconocen
admirados: “Verdaderamente eres Hijo de Dios” (Mat. 14:33).
Mientras el Sol despunta en el horizonte, Pedro de seguro se siente
inmensamente agradecido. Esa noche había aprendido a vencer sus
dudas y temores, a confiar más en Jehová y Jesús. Pero aún le faltaba
mucho para llegar a ser aquel pilar que Cristo predijo. No obstante,
estaba decidido a seguir luchando. Y nosotros, ¿estamos resueltos a
hacer lo mismo? ¡Qué gran ejemplo de fe nos dio Pedro!