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Amazonas apasionadas o la resistencia al olvido

El México virtual
La modernidad, esa palabra. La modernidad permea nuestros días y nuestras vidas.
Apenas sí hay algún intersticio de nuestra cotidianidad que no tenga que ver con ella.
Robótica, microeléctrónica, bioquímica, cerámicas, chips, CD-ROM, internet,
cibernautas y computadoras personales forman parte de la nueva realidad que
acompaña a los habitantes de las urbes. La revolución de las comunicaciones, las
capacidades del equipo, lo poderoso de los programas, la velocidad con la cual se
puede accesar el internet, son elementos del nuevo paradigma que acompaña a la
aparición de la "aldea global". La aldea global supone un rompimiento del tiempo y la
distancia. Se accesa lo mismo, desde la comodidad del cuarto de trabajo, una
universidad de Zurich, que a la UNAM; otra del Canadá o del Brasil. El correo
electrónico sustituye, de alguna manera, el lento, tortuoso e incierto camino del correo
tradicional pero nunca la personalísima letra o la textura de las hojas que elegimos
para hacer llegar nuestro mensaje.

Hablar de la aldea global es hablar de economía globalizada; es hablar de un


neoliberalismo que cabalga en apariencia triunfante hacia el tercer milenio. Es hablar,
también, de que los países de América Latina seguimos a la saga de los países
desarrollados, con las antenas vueltas hacia el norte. En esta nueva realidad,
globalizada, harto diferente de la que la economía mundial vivió a principios o
mediados del siglo -pero igual o peor por sus consecuencias-, se inserta la economía
nacional. Esa economía de bloques, de guerra sin cuartel por los mercados, que entró
formalmente en vigencia el 1 de enero de 1995 con el Tratado de Libre Comercio.

Pero el ingreso de México a la estrategia de bloques y su plena incorporación a la


geopolítica de fin de siglo fue empañado por la terca, empeñosa realidad. La incursión
de los zapatistas en San Cristóbal de las Casas, sus manifiestos políticos que
encontraron eco lo mismo en las agencias informativas que en el corazón de millones
de mexicanos tenían, tienen aún, el valor de lo simbólico: los indios, irremisos, estaban
allí para recordarle al país una deuda de siglos y que la factura estaba, está, sobre la
mesa para ser cobrada. La pretendida modernidad en la que de alguna manera nos
insertamos es sólo parte de nuestra realidad. Hay otra que no figura en las cifras
oficiales del optimismo; es aquella que Oscar Lewis vio en Los hijos de Sánchez, es
aquella que nos asalta en cualquier cruce de calles de cualquier ciudad con niños
tragafuego o vendedoras de lo vendible. Son la imagen de la miseria que incomoda
nuestras vidas y son, también, vidas que tienen historia; una historia que, acaso, jamás
conoceremos.

El México real: vida, obra y milagros de algunas mujeres de San Juan


Amazonas apasionadas, el libro que Patricia Ponce nos entrega, muestra historias de
vida que no podrán pasar inadvertidas luego de ser recreadas en el ejercicio de la
lectura. Una lectura que no será fácil ni amable pero que no dejará de ser apasionante;
y no es amable porque no es amable la estadística que nos habla de que el cuarenta
por ciento de la población nacional vive en condiciones de pobreza o de pobreza
extrema. Dicho así, frío el dato, entendemos parte del costo de un programa
económico empeñado en alcanzar la modernidad. Pero esos más de 35 millones de
mexicanos afectados por el neoliberalismo no tienen rostro. Su rostro se perfila en
parte gracias a las voces de las mujeres de San Juan que, sin cortapisas y gracias al
trabajo de Patricia Ponce, nos cuentan sus historias.

Ser mujer en San Juan, campesina, y pobre por añadidura, es traer, literalmente, el
destino escrito en el cuerpo. Es sufrir, desde la más temprana edad, la violencia en sus
más variadas formas: de la apropiación del producto de su trabajo -en el campo, en el
azadón, la limpia del surco o el corte del café-, por parte de su padre, al abuso sexual
del padrastro; del pago menor a trabajo igual a la negación de la educación por el
hecho de ser mujer.

Se mujer, en San Juan, es enfrentar el hecho de ser hija de uno de los varios hombres
con los que la madre ha compartido parte de su vida; es ser novia robada en busca de
un destino que, invariablemente, obliga al regreso por el perdón de la casa paterna
para encontrarse que el destino no será otro sino el mismo: madre de sus hijos, mujer
desilusionada por lo que esperó inútilmente de su hombre y éste, irresponsable,
mujeriego pese a su pobreza y borracho para más, se negó a darle.

Ser mujer en San Juan, campesina y pobre por añadidura, es hilar un rosario cuyas
cuentas incluirán la esperanza de una vida distinta a la vivida con sus padres, es decir,
sin pobreza; pero es ser tan pobre que se amanece sin nada y se encuentra que la
felicidad puede ser un puñado de frijoles, cebollas, chiles, azúcar y café, es decir, la
comida del día; es saber, también, que esa forma de la felicidad no dura, o dura lo que
dura el bocado; es la realidad de una sexualidad ignorada y exigida en el irremediable
momento de los hechos; los golpes cuando el atole de maíz está caliente a juicio del
marido o se ha enfriado demasiado; es la violencia del nacimiento de los hijos, la
infidelidad del marido, más hijos e hijas, el abandono.

Se mujer, en San Juan, es saberse el sostén del hogar porque el dinero que da el
marido -cuando lo da y no se lo tira en borracheras de fin de semana-, no alcanza para
dar de comer a los "negos", es decir, a los hijos. Es saber que cuando llega el
desamparo y lo que se vende en las calles del pueblo: pañuelos bordados, chiles
rellenos, no es suficiente se pueden y se establecen relaciones en las que se fincará el
"tú me quieres, yo te ayudo". Relaciones en las que el cuerpo se comparte para que la
ayuda llegue, para que la comida del día salga; para que el cariño y el agradecimiento
florezcan. Y florecen. Porque si dan las doce y en la casa no hay qué comer pues la
mujer verá cómo y de qué manera proveerá, pero proveerá: "porque no soy la
primera, habemos varias". Es la aceptación del marido, resignada e impotente, de la
presencia de uno o más "queridos" cuyo dinero contribuirá a levantar a los hijos.

Y con más razón si "ese amor ya se acabó" o si "a la chingada se fue su cariño". Qué
remedio. Los hijos son los hijos y uno los tiene que mantener. Porque en San Juan las
mujeres no pueden "botarse" a los hijos, sacárselos. Y la que lo hace se convierte en
llorona y cuando le llega la hora de su muerte y no se muere hay que atarle las
herraduras de la mula porque la mula es incapaz de parir. Y si pese a ello la agonía no
termina, ha que atarle la silla de la mula para que se muera, porque sólo así se muere y
está lista para llorarle a los hijos, para asustar a los hombres, para prevenir a las
mujeres. Para ser llorona, pues.

Ser mujer en San Juan, mujer campesina y pobre por añadidura, es enfrentar, sin
estoicismos, una vida cuya heroicidad acaso se encuentre en el hecho de que, pese a a
saber que no hay remedio, que la vida es así, no hay tiempo para la resignación. No
hay tiempo para la resignación. Hay que cabalgar en los hombres si es necesario para
vivir y jalar las riendas cuando se pueda... y vaya que se puede. Es tener alma en el
cuerpo, sentir y rendirse ante el deseo, hacerlo también por gusto porque "Dios me lo
dio para eso" y porque "al cuerpo hay que darle lo que pida". Es defender la vida como
gato panza arriba y empeñarse en que la vida, otra vez la vida, sea o pueda ser
diferente para los hijos, aunque la realidad se empeñe en devolver desencantos a
cambio de ilusiones. No importa. Estas mujeres, estas Amazonas apasionadas, buscan,
buscan y algo habrán de encontrar. Entre el desencanto y la amargura algún cariño
habrá que haga de la vida un milagro fugaz e inaprensible pero no por ello menos real.

Amazonas apasionadas cumple el ciclo que Patricia Ponce iniciara hace más de dos
décadas con Gabriel: un rasgo de la realidad campesina en la región de Coatepec; que
continuaría con Palabra viva del Soconusco y con La montaña chiclera, Campeche: vida
cotidiana y trabajo.

Amazonas apasionadas es la persistencia del trabajo de una antropóloga apasionada


por la vida; de una antropóloga que, en este caso, además de compartir el género,
comparte esa búsqueda de una identidad distinta, de la posibilidad de una identidad
distinta. Con Amazonas apasionadas, Patricia Ponce nos recuerda que, en nuestro
empeño por vivir, pese a la modernidad, no debemos olvidar ese otro México que se
anida en los cafetales, entre las zonas chicleras, en la frontera sur de nuestro país.
Amazonas apasionadas es un libro que refrenda la vocación de la autora por el estudio
de las historias de vida y ello, por supuesto, no es casual. En el centro de sus
reflexiones no está sólo la preocupación del cómo se articulan las relaciones del poder
político o económico en una región. No es sólo el hecho de constatar que la mujer es
esclava de los esclavos o que es doblemente oprimida y que la violación de sus
derechos humanos es parte de su realidad cotidiana; su preocupación es más
profunda y atiende al ser humano en su conjunto. En Amazonas apasionadas Patricia
Ponce da cuenta de como los paradigmas de las ciencias sociales resultan insuficientes
para explicar una realidad que, pese a su cercanía geográfica, nos resulta extraña -
pero no por ello menos válida (esa otredad que, paradójicamente, nos define)-; más
aún, plantea la necesidad de revisar las categorías de análisis a partir de una
perspectiva más interdisciplinaria. Obliga a reflexionar sobre quehacer mismo de las
ciencias sociales y el afán inútil de erigir parcelas de conocimiento que no hacen sino
fragmentar el conocimiento del hombre mismo en tanto sujeto de reflexión. Las
reflexiones teóricas y las acciones prácticas que pudieran resultar deben atender al
hombre en tanto género humano porque en él se cumplen; porque su vida es única e
intransferible, dramáticamente única en el tiempo y en el espacio. Y si la cultura es la
manera en cómo los hombres se apropian de su realidad, el conjunto de
interpretaciones que codifica su comportamiento hacia su entorno social, su vida, la
historia de su vida vuelta palabra escrita, condensa y nos muestra el drama social de
nuestro tiempo. He allí una de las virtudes de estas historias de vida.

Amazonas apasionadas es un libro que nos previene, además, contra el olvido; es la


resistencia al olvido ante una sociedad empeñada en ver sólo hacia el futuro
ignorando el México profundo que vio Bonfil Batalla y con el cual se tiene una deuda
añeja, de siglos. Luego de la lectura de Amazonas apasionadas somos otros y los
mismos, irónicamente enriquecidos por una realidad lacerante. Sí, es cierto, la
realidad de las mujeres campesinas en San Juan es así, pero podría ser de otra manera.
Si estas mujeres comparten una identidad fundada en la cultura de la pobreza podrían
fundar y compartir otra, más solidaria, menos dramática, más humana; una realidad
donde la palabra felicidad encuentre un significado que vaya más allá de tener la
certeza del alimento del día.

Amazonas apasionadas es un libro que revitaliza nuestra capacidad de asombro,


nuestra capacidad de indignación; es un libro que, de alguna manera, revitaliza los
sueños de quienes sueñan al mundo de otra manera; es un libro a través el cual
Patricia Ponce nos recuerda la vitalidad de las utopías, su imperiosa necesidad, la
urgencia que tenemos de ellas.

José Carlos Blázquez Espinosa