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[ÍNDICE]

COMITÉ EDITORIAL, REVISORES Y AGRADECIMIENTOS ..........................................2


EDITORIAL...................................................................................................................................3
ARTÍCULOS ..................................................................................................................................5
Los nudos de la memoria. El viaje del tardofranquismo a la democracia en La prima Angélica,
de Carlos Saura (Reynaldo Lastre) ..............................................................................................6
Rebelión en la cultura política mexicana. Enrique González Rojo como crítico de José
Revueltas, Adolfo Sánchez Vázquez y Octavio Paz (Jaime Ortega) ........................................15
POEMAS ......................................................................................................................................27
La comunicación que se produce al morder una naranja (Álvaro Carbonell Cerdá) .................28
Sonámbulos (Edin Moric Kinkel) ..............................................................................................33
Aborto planetario de la orden vigente (Marcco Moratto) .........................................................34
Mariposas (Máximo Ballester) ..................................................................................................41
Una ciudad (Katerin Fonseca Gamboa) ....................................................................................44
Homenaje a la estatua de sal (Diego Armando Guerrero) .........................................................45
HOMENAJE ................................................................................................................................50
Elegía a Gabriela Mistral (Enrique Lihn) ......................................................................................51
CUENTOS ....................................................................................................................................54
El faquir en su 4L (Estela González)..........................................................................................55
Sí, me gusta el agua (Margarita Mejía) ......................................................................................58
Hortaliza de tierra negra (Lisbeth Juliana Monroy) ...................................................................61
De cómo doblegar un espíritu. Homenaje a Mario Levrero (Javier García Castro) .................64
Mi tío Aquiles (Apolinar García Badillo) ..................................................................................65
ENTREVISTA..............................................................................................................................67
Jérôme Baschet: “La producción literaria es parte de la insurgencia zapatista” (José Carlos
Díaz Z.).......................................................................................................................................68
DOSSIER ......................................................................................................................................75
Mi (est)ética (Eliecer Jiménez)..................................................................................................76
Ruinas introspectivas: pérdida y deterioro en los trabajos de Eliecer Jiménez Almeida (Juan
Carlos Rodríguez) ......................................................................................................................79
Entropía: para un modelo rizomático del espectador cubano (Justo Planas) ............................84
Persona y la nación por venir (Nils Longueira Borrego) ..........................................................89
Director:
José Carlos Díaz Z. (Rutgers University)

Comité Editorial:
Sandra C. Medina (Rutgers University)
David Roldán (Rutgers University)
Roseli Rojo (Rutgers University)
Katia Yoza (Rutgers University)
Carolina Sánchez (Rutgers University)

Revisores:
Dra. Edith Negrín (Universidad Nacional Autónoma de México)
Dr. Robin Lefere (Université Libre de Bruxelles)
Dr. Darío Sánchez-González (Gustavus Adolphus College)
Alberto Sosa Cabanas (Florida International University)

Diseño de portada:
Christian Zelaya (Rutgers University – Mason Gross)
czelaya1996@gmail.com

Agradecimientos:
A nombre del Comité Editorial agradecemos a los profesores y personal administrativo del
Departamento de Español y Portugués de Rutgers University por apoyarnos en todo momento con
la realización de la revista, así como a los miembros del grupo de revisores sin cuyo apoyo la
calidad de los textos que integran esta edición no habría sido posible.

Abril, 2019
New Brunswick
Rutgers University
ISBN: 2578-4110.
Contacto: lit.yzur@gmail.com

Abril 2019, Vol.2, No.1| 2


Rebelión en la cultura política mexicana. Enrique González Rojo como crítico
de José Revueltas, Adolfo Sánchez Vázquez y Octavio Paz

Jaime Ortega
Universidad Autónoma Metropolitana Xochimilco

La crítica a la cultura política mexicana en la segunda mitad del siglo XX tiene en la figura de
Enrique González Rojo un momento de lucidez muy significativo. En las páginas que siguen
mostraremos como su producción alrededor de importantes figuras de la cultura política convocan
a desmontar pilares reveladores de un conjunto de tradiciones del discurso académico e intelectual
en México. Se trata más que de una valoración puntual de cada una de ellas, de un esfuerzo de
presentación y síntesis, que permita un abordaje más detallado con posterioridad.
La importancia de González Rojo, aunque bien conocida en los círculos de pensamiento
crítico (particularmente del marxismo), ha sido insuficientemente destacada en toda su amplitud.
Hasta ahora, solo un número reducido de trabajos académicos han mostrado la importancia de sus
formulaciones. Aunque en términos periodísticos se le reconoce desde hace algunas décadas como
un interlocutor fundamental del debate público. González Rojo es un escritor, filósofo y activista
de izquierda, nacido en 1928. De una larga trayectoria en las filas de la izquierda mexicana, su
compromiso político lo ha colocado en el centro de debates y discusiones entre el siempre limitado
grupo de interlocutores de esa opción política. Sin embargo, ese mismo posicionamiento lo ha
excluido también de otros círculos de importancia en la vida intelectual mexicana. Dentro de la
izquierda su obra es reconocida como un nudo central en las tramas de la segunda mitad del siglo
XX, en tanto que frente a la cultura política dominante (liberal, sobre todo) es más bien un outsider.
Su obra ha transitado veredas muy distintas, pues ha incursionado en el ensayo, ha
concentrado gran parte de su producción en la poesía y por supuesto, el trabajo académico lo ha
colocado como uno de los filósofos y pensadores más importantes de la segunda mitad del siglo
XX. Su trayectoria comienza a finales de los años sesenta y se extienda hasta nuestros días, en
donde se le ha homenajeado en distintos espacios. Sin embargo, no ha sido solo la producción
intelectual lo que lo ha distinguido, pues de largo tiempo atrás adquirió un compromiso con ese
conglomerado ideológico cada vez más difuso que es el de la izquierda. Como es bien sabido, este
término resulta polisémico y solo puede ser rastreado a partir de coyunturas específicas, de fuerzas
sociales particulares y de contextos que vuelvan inteligible la toma de posición.
La organización política ha sido entonces algo definitorio de su trabajo intelectual, pues
desde su temprana juventud inicia su militancia en el Partido Comunista Mexicano (PCM). En los
años cincuenta, marcados por una profunda represión anti-comunista y por un proceso de crisis al
interior del partido, que se encuentra atrapado por las coordenadas de la “ideología de la revolución
mexicana”, sale expulsado de ese partido, junto a un importante grupo intelectual. Los años de
formación de González Rojo forman parte de ese momento de crisis y redefinición de la izquierda
mexicana. El comunismo mexicano atravesará en los años sesenta una profunda recomposición, el
grupo de militantes al que pertenece González Rojo es excluido del partido, lo que originó la
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búsqueda de nuevos referentes. Una de las cabezas más importantes de aquel grupo fue José
Revueltas, el afamado escritor y militante, con quien nuestro autor compartirá buena parte de las
andanzas de ese agitado periodo de la segunda mitad del siglo XX. Junto a él y otro grupo de
compañeros fundan la Liga Leninista Espartaco. El camino con Revueltas se separará de manera
temprana, lo que dará lugar al nacimiento de la Liga Comunista Espartaco. Más tarde –en los años
setenta– será militante de la maoísta Organización de Izquierda Revolucionaria-Línea de Masas
(OIR-LM).
El movimiento del 68 borra al autodenominado “Espartaquismo”12 y los grupúsculos que
rondaban las canchas de la izquierda universitaria y deja como escenario de organización algo muy
distinto hasta lo entonces conocido. A partir de ahí, aunque ubicado en la izquierda, deviene un
intelectual comprometido con la pedagogía de la teoría y militante de bases de tipo maoísta.
Aunque es cierto que también participará en la fundación del Partido de la Revolución Democrática
(PRD) con muchos reparos.
La producción intelectual de González Rojo es muy amplia, particularmente en la poesía,
sin embargo, aquí haremos referencia a su calidad de crítico de la cultura política. En lo que refiere
a su adscripción marxista (coqueteando siempre con el anarquismo y realizando un diálogo
profundo con alguna vertiente del psicoanálisis) es preciso señalar la aparición de Para Leer a
Althusser (1974), de Teoría científica de la historia (1977) y Hacia una teoría marxista del trabajo
intelectual y el trabajo manual; Bosquejo para una teoría del Estado: el caso México (1980); La
revolución proletario intelectual (1981); Epistemología y socialismo (1985) y entre 1985 y 1987
su Obra político-filosófica, entre la que destaca un volumen dedicado a las “ideas políticas de José
Revueltas”. Finamente entre 1989 y 1990 aparecen dos volúmenes dedicados a criticar las
posiciones políticas de Octavio Paz: El rey va desnudo y Cuando el rey se vuelve cortesano.
En las siguientes páginas haré una referencia a lo que son los tres momentos más
significativos de la crítica que González Rojo realiza a la cultura política mexicana a partir de la
confrontación de tres figuras: José Revueltas, Adolfo Sánchez Vázquez y Octavio Paz. Las dos
primeras, figuras centrales de la tradición marxista y de izquierda en México, Revueltas como
militante comunista desde su juventud y el segundo como el gran filósofo exiliado que abrió las
puertas para pensar la estrecha relación entre estética y marxismo. El último, el gran escritor
mexicano del siglo XX, Premio Nobel de literatura, es una figura central de la cultura y la literatura
a nivel mundial. La elección de estos tres referentes, con respecto a la producción de González
Rojo permite sostener que en gran medida su obra aguarda una veta crítica del siglo XX mexicano
en el terreno intelectual. Es decir, que gran parte de la tradición de izquierda o progresista se juega
en la forma en que analiza críticamente la obra de estos intelectuales. Finalmente, hay que señalar
que la aproximación crítica de González Rojo se realiza desde una concepción original, labrada al
calor de las décadas: la teoría de la “clase intelectual”.
Dado el tamaño y la importancia de las obras analizadas, de sus consecuencias y sus
implicaciones, es preciso señalar que el texto cumple ahora un modesto objetivo de introducción
a una veta que tiene que ser explorada con todos sus matices. Cada una de las formas de

12
Como ha señalado Luis Hernández Navarro, el concepto “espartaquismo” es más bien un oximorón, dado que
retoman la experiencia alemana conducida por Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, pero tienen un acepción
plenamente “leninista”, es decir, siguen la idea de que exista una “teoría del parido” que debe ser cumplida como
requisito.

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confrontación teórica e intelectual que González Rojo encabeza requieren ser analizadas en detalle,
por sus presupuestos y sus efectos. Ahora solo pretendemos ofrecer un trabajo sintético, que
concentre los principales núcleos argumentales desde su propio punto de vista. Excluimos una
presentación intensiva de cada uno de los recorridos y optamos por una visión extensiva, que dé
cuenta de un conjunto amplio, sacrificando los detalles. Este señalamiento es importante, pues la
intención no es pretender agotar una temática de un plumazo, sino dar inicio a la ubicación de
ciertas coordenadas que creemos no suficientemente atendidas.
Dejado en claro tanto el esbozo biográfico, como los objetivos del presente trabajo,
podemos señalar brevemente las condiciones a partir de las cuales es posible comprender el
proyecto intelectual. González Rojo dedicó gran parte de su reflexión teórica a criticar el binarismo
del marxismo dominante, que aducía la existencia de dos clases; a saber, burgueses y proletarios.
Con las transformaciones en la sociedad capitalistas, argumentaba, los intelectuales (en un sentido
amplio) se convertían en una clase independiente, capaz de controlar y monopolizar los medios de
producción de conocimiento (es decir, la ciencia, la técnica, la filosofía). Ante el avance científico
y la profundización de la automatización de los procesos productivos, los poseedores de los medios
de producción intelectuales ganaban centralidad, irradiando su presencia a todo el cuerpo social.
De estas consideraciones nace su teoría sobre la “clase intelectual”: una crítica del marxismo
dominante, que, sin embargo, aducía haber aprendido la lección principal de Marx, es decir, pensar
con cabeza propia los dilemas que generaba el desarrollo capitalista. A partir de este mirador,
González Rojo emprende la crítica de pilares centrales de la cultura política.

Deconstruir el “marxismo leninismo”


La tradición marxista en México tiene una larga data. Como lo han mostrado textos clásicos y
contemporáneos, su inserción data de finales del siglo XIX. La revolución mexicana, sin embargo,
lo coloca en un lugar incómodo: una ideología propia de una época de movilizaciones radicales
que tiene que dialogar con un movimiento “nacional-popular” que al paso del tiempo cristaliza en
una poderosa estructura estatal. El Estado mexicano de las primeras décadas del siglo XX
incorpora al marxismo, negociando con él la estructura nacionalista propia de la revolución agraria.
El desarrollo del marxismo tomó distintos cauces: fue incorporado de manera subordinada
en la ideología del Estado nacido de la revolución, dando nacimiento a numerosas corrientes que
reclamaban su adhesión. Dos de ellas destacan: por un lado, la encabezada por el Partido
Comunista, organización con fuerte presencia en los años 20 y 30, que durante las siguientes dos
décadas vivió un periodo profundo de crisis, producto tanto de la represión como de la dependencia
con la “ideología de la revolución mexicana”. La otra, encabezada por el dirigente sindical Vicente
Lombardo Toledano, quien aspiraba a la construcción de un Estado fuerte, como parte de una
trama teleológica en la que la modernización sentaba las bases para un futuro (lejano) socialista.
Para este dirigente de gran peso con organizaciones sindicales a nivel mundial, el socialismo no
era otra cosa que la continuación de la revolución mexicana. Entre ambas perspectivas se alza un
nombre que comparte por un tiempo los presupuestos ideológicos, y que, además, se levanta como
un crítico: el de José Revueltas.
El escritor duranguense, múltiples veces estudiado por su papel fundamental en la literatura
del siglo XX, que expresa el desgarro de una sociedad atravesada por los procesos de

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modernización, es parte de ambas trayectorias. Basta ver el nivel de discusión y dependencia
ideológica que los marxistas tenían frente al Estado en los años cuarenta, cuando acontece la “Mesa
redonda de los marxistas mexicanos” (1948). Ahí aun es perceptible la omnipresencia de la
revolución mexicana como el acto fundacional de todo proceso político y el socialismo no es sino
una deriva de dicho proceso social.
Sin embargo, pasados esos años de dependencia y confusión, la crítica comienza a emerger
con fuerza. Los comunistas por un lado y Revueltas por el otro, arriban en los años sesenta a la
misma conclusión: la necesidad de romper con la ideología del Estado y encaminar al marxismo
por una senda independiente a la revolución mexicana. Liberado de cualquier restricción partidaria
(Revueltas fue expulsados de numerosas organizaciones) el escritor puede encabezar el proyecto
del “Espartaquismo” y mostrar sus mejores dotes como teórico. Entre la amplia bibliografía sobre
sus aportes teóricos destaca la que produjo durante el movimiento estudiantil de 1968, que lo
llevará a la última de sus reclusiones carcelarias y a partir del cual elaborará una sugerente
teorización sobre la autogestión. Previo a este momento, Revueltas es también reconocido por su
multicitado Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, auto-editado en 1962 y expresión del grupo
de militantes que, alejados de las opciones partidarias, inician el breve e intenso periplo del
“Espartaquismo” mexicano. Este punto resulta crucial. En la elaboración teórica de Revueltas hay
un abismo entre los planteamientos del 62 y los del 68, aunque en algunas ocasiones se les pretenda
presentar como herejías equivalentes dentro del espacio de las izquierdas.
Aunque resulte difícil de creer el día de hoy, el Ensayo del 62 pasó inadvertido para la
intelectualidad. Es esta una época de recomposición del Partido Comunista (que al fin rompía con
la “ideología de la revolución mexicana”) y una izquierda que, si bien iba en ascenso, aún estaba
lejos de sus mejores momentos. Tras su aparición solo mereció algunas reseñas, ambas positivas
y de celebración: la que realizó el entonces joven militante trotskista Manuel Aguilar Mora en el
periódico de su pequeña organización y la que hizo su compañero en las andanzas espartaquistas
Enrique González Rojo en las páginas de la importante revista Política. Resulta sugerente
mencionar que la reseña del joven poeta desató la furia del politólogo Francisco López Cámara,
suscitándose un debate sugerente sobre la utilización del arsenal heredado por la filosofía hegeliana
por parte de Revueltas.
Mencionamos este periplo, pues González Rojo al calor de los años, realizará una de las
mejores críticas de la obra de Revueltas, enmarcada tanto en el afecto de la camaradería militante,
como en la seriedad de quien revisa el pasado de la izquierda. Esta crítica ajusta cuentas con el
marxismo, el cual pretendía romper los lazos ideológicos con la vertiente “soviética”, pero que no
lograba romper definitivamente con sus más importantes presupuestos. La relación de González
Rojo con Revueltas es de larga data. Ambos atravesaron las avenidas de la resistencia al poder
desde los años cincuenta. Conviven en el último tramo del periodo más estalinista del Partido
Comunista, del que son finalmente expulsados. A partir de ahí y hasta mediados de los años
sesenta, comparten espacios políticos, aunque posteriormente se separan. Es este periodo,
González Rojo publica la reseña sobre el Ensayo sobre un proletariado sin cabeza de Revueltas,
aparecida en la importante revista Política en octubre del 62. No es hasta el año 1986 –es decir,
casi 25 años después– que finalmente se condensa la reflexión crítica sobre su antiguo maestro y
compañero de batallas. En ese año aparece el Ensayo sobre las ideas políticas de José Revueltas.
A partir del núcleo central que articula y moviliza la intervención de González Rojo, queremos
aproximarnos a lo que nos parece el estatuto más importante: su crítica de la teoría del partido.

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En su Ensayo, Revueltas realiza una crítica al PCM por considerar, tras las derrotas del
movimiento ferrocarrilero de los años 1958-1959, que este organismo no es la “vanguardia” del
proletariado y que, aunque exista fácticamente (tiene periódicos, células organizadas, realiza
conferencias y congresos etc.), carece de “realidad histórica” o en sus términos, prevalece la
“inexistencia histórica” (Revueltas 242). Revueltas expresa una metáfora deudora de la poderosa
influencia que tiene la filosofía de la conciencia de cuño hegeliano y que es bien conocida: en la
sociedad capitalista el cuerpo proletariado, poderoso y vigoroso, carece de cerebro propio, piensa
con los conceptos, la ideología y los símbolos de otra clase y, por tanto, imagina un futuro que no
es el suyo. La revolución mexicana con su ideología “enajenó” el cuerpo proletario y comunista.
En lugar de luchar contra esa enajenación, la fortalecieron. Revueltas les critica a los comunistas
no ser la “verdadera vanguardia” del proletariado, no ser su “cerebro” y, por tanto, al no ser un
ente racional, quedar en una “inexistencia histórica”, más allá de su realidad empírica. Con el
bagaje hegeliano, Revueltas formula dentro del marco de una filosofía de la conciencia, la crítica
en un momento previo a una coyuntura que será crucial para todos los actores políticos.
Este resumen apretado, expresa los alcances y límites de la concepción de Revueltas antes
de 1968: sigue encandilado por una filosofía especulativa por medio de la cual pretende atacar una
realidad concreta y específica. El ya maduro poeta y filósofo González Rojo, en 1986, finalmente
podrá ejercer la crítica de su antiguo maestro. Y es que, ubicado en las coordenadas ideológicas
en las que Revueltas se desenvolvió, resulta evidente que este sigue, a pesar de su oposición al
PCM, atrapado en las redes del “marxismo-leninismo”, es decir, de la ideología exportada desde
el Estado soviético desde los años treinta. Y ello por una razón fundamental: Revueltas piensa que
existe una “teoría leninista del partido” que ha sido traicionada y que debe ser reestablecida en su
pureza. Si en su literatura –cuento y novela– había logrado criticar esta concepción al
comprometerse con los desgarros de la vida del México posrevolucionario, la teoría avanzaba con
mucho retraso. Aún en 1962 expresaba su confianza, por ejemplo, en el Partido Comunista de la
Unión Soviética como ejemplo de una supuesta “vanguardia” proletaria. Para Revueltas, México
era una anomalía frente a una regla que se cumplía en otras geografías: no había “partido-
vanguardia” porque no había fidelidad a la teoría “leninista”.
Ejercitando el pensar crítico sobre este tipo de convicciones, dice González Rojo: “José
Revueltas nunca abandonó la teoría leninista del partido, como puede apreciarse en los tres tomos
de sus Escritos Políticos, en el Ensayo sobre un proletariado sin cabeza y aun en sus últimos
ensayos. Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que durante varias décadas la obra ¿Qué
hacer? de Lenin fue su libro de cabecera” (González Rojo, Ensayo 20). El tema central es para
González Rojo este: la lectura que se hace del Ensayo de Revueltas se encuentra aún en las
directrices de la idea de una “teoría del partido” y de la certeza política de que este es posible y
deseable. Existen varias motivaciones para realizar la crítica de esta persistencia en Revueltas. Una
de ellas es por supuesto que no existe algo así como una “teoría leninista” sino más bien una
creación desde la ideología del Estado soviético que desde la muerte de Lenin fue motivo de
disputa entre quienes aspiraban al poder. De Trotsky a Stalin, de Zinoviev a Bujarin, todos en
algún momento escriben un tratado que clasifica, ordena, sistematiza y codifica la “teoría de
Lenin”. En todas ellas aparece que el dirigente ruso elaboró en 1903 una reflexión sobre la
organización política en ciertas condiciones, pero que era necesario universalizar, dada la
experiencia triunfante en 1917. Revueltas sigue este camino, tanto en su crítica al PCM, como en
su convicción militante que lo llevó a formular el grupo “Espartaquista”. González Rojo suscribe

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otra indicación: al final, como otros teóricos, Revueltas eludía las relaciones de poder que se
labraban al seno de la sociedad capitalista y de la cual los militantes de la izquierda también eran
parte. Así, para el poeta los “revolucionarios profesionales” no eran otra cosa que intelectuales, un
grupo reducido de técnicos y políticos que aspiraban a dirigir al “cuerpo proletario”:
La teoriá leninista del partido es una pieza doctrinaria esencial, por consiguiente, de la
revolución llevada a cabo por el frente asalariado (intelectual-manual) contra el capital
privado, a la que hemos dado el nombre de proletariado-intelectual. Sin pretenderlo, sin ser
consciente de esta forzosa implicación de sus opciones, Revueltas es un teórico, mas no de
la revolución socialista, no de la revolución hecha por los obreros y campesinos para los
obreros o campesinos, sino de la revolución hecha por los proletarios para la clase
intelectual (González Rojo, Ensayo 34).
El destino de esta situación, finalmente se observaba en la trayectoria misma de la Unión
Soviética: para González Rojo la burocracia se había convertido en una clase independiente cuya
característica era el control de los medios de producción tanto técnicos como intelectuales
(expresados tanto en la planificación como en el monopolio estatal de la ciencia). La planificación
económica y el control que ejercía la burocracia sobre la riqueza y el poder de decisión, era solo
la punta del iceberg. Para González Rojo esta constituye la debilidad de la teoría de Revueltas: que
no logra ver las lógicas del poder y la dominación que reproducen los intelectuales sobre el
conjunto de la clase trabajadora. Con esto González Rojo se desmarca de la tradición leninista, que
Revueltas siguió al menos hasta el año 68, momento en el que comienza a imaginar y pensar otras
formas organizativas, como las que convocan a la autogestión. Es gracias al movimiento estudiantil
de 1968 que descentra la idea del partido como única expresión de la politicidad de las clases
subalternas. Se trata, como decíamos al principio, de la crítica del marxismo de la primera mitad
del siglo XX, que se encontraba totalmente comprometido con una supuesta “teoría leninista del
partido”. Momento clave, pues a su manera, finalmente la izquierda mexicana se desembarazaba
de aquel constructo ideológico del poder soviético: el “marxismo-leninismo”.
Rebelarse contra la filosofía de la praxis
González Rojo, no obstante, no solo dirigirá su crítica a Revueltas. En la misma época concluye
un largo trayecto de lectura de la obra de Louis Althusser, al que comenzó a leer a finales del 68.
En un primero momento, rechaza las premisas del teórico francés (de nuevo en las páginas de la
revista Política). Posteriormente cambiará su posición, encontrando un filo productivo en la obra
del galo: el concepto de “práctica”. Este le permite plantear que Althusser provee los inicios de
una teoría materialista del conocimiento, en donde “conocer” es considerado un acto productivo
y no un ejercicio de abstracción por parte de un sujeto privilegiado, como lo era en la tradición
hegeliana-lukácsiana, en donde el proletariado poseía un privilegio epistemológico a partir de su
lugar en la producción. Critica que Althusser no mira el conjunto de las condiciones de producción
del conocimiento, particularmente en lo que refiere a la clase que encarna este acto productivo: los
intelectuales. Con este último planteamiento procede a criticar al francés, sobre la base de
reconocer los aportes significativos que existen en su obra.
Es esta última situación la que le permite usar, criticar y defender a Althusser del conjunto
de ataques que se realizarán en el campo intelectual mexicano. De entre todas ellas las que se
destaca por su sobriedad, su capacidad de disección y su conocimiento profundo de la obra de
Marx, es la que realiza el filósofo hispano-mexicano Adolfo Sánchez Vázquez. Esta es una figura

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clave del desarrollo teórico y filosófico del marxismo en México y pieza central de la formación
de generaciones enteras de intelectuales marxistas. El papel de este pensador ha sido reconocido
como central en el desarrollo de la filosofía en México y tuvo destellos significativos en la opinión
pública, por ejemplo, cuando enfrentó el consenso liberal en el encuentro organizado por la revista
Vuelta en 1990.
Español de nacimiento llegó a México tras la derrota de la República española a manos del
falangismo de Francisco Franco, gracias a las iniciativas dirigidas por el presidente Lázaro
Cárdenas. Con estudios de filosofía en la Universidad Central de Madrid, su estancia en el país
que lo asiló comenzó con dificultades, como lo es todo traslado violento a un mundo extraño y
nuevo. A medio camino entre la filosofía y la poesía, Sánchez Vázquez mantuvo un fuerte vínculo
con el Partido Comunista Español, del cual fue militante y, por ende, con las tradiciones teóricas
asociadas con dicha organización. Las filiaciones de Sánchez Vázquez con las tradiciones
marxistas provenientes de la Unión Soviética se expresan con claridad en Conciencia y realidad
en la obra de arte (1955). Su proceso de separación de dicha matriz se refleja a partir de la
publicación de sus ensayos sobre estética y marxismo y de una lectura profunda de los Manuscritos
económico-filosóficos de 1844, los cuales no abandonará en su problematización en el resto de su
trayectoria. Hacia 1967, cuando aparece editada su tesis doctoral titulada Filosofía de la praxis,
Sánchez Vázquez ha consumado su ruptura con las tradiciones soviéticas y ha encaminado una
versión del marxismo que se emparenta con la de Georg Lukács, Jean Paul Sartre, Karel Kosísk,
entre otros.
Así, cuando Sánchez Vázquez da los pasos para salir de la versión más tradicional del
marxismo, arribando a la “filosofía de la praxis”, la obra de Althusser expresa motivos de crítica
a dicha concepción. Sobre la base de la crítica del humanismo y del historicismo, que para el
francés expresaban rémoras del “idealismo” dentro del movimiento comunista, Althusser
emprende una demoledora crítica de los supuestos de dichas concepciones, generando una
verdadera “tormenta teórica” sobre las apacibles aguas del consenso después de la época posterior
al XX Congreso del partido soviético que proclamó el advenimiento del humanismo y la
coexistencia pacífica. La trayectoria de Sánchez Vázquez se ligará a partir de ese momento con el
renovado discurso marxista, crítico de la vertiente soviética, pero anclado en las tradiciones antes
mencionadas: el historicismo y el humanismo; en tanto que los Manuscritos de 1844 se convertían
en el principal motivo teórico para sostener dichas perspectivas. Quizá por esta razón la obra de
Althusser se presentó desde el principio como un reto a encarar. La pronta difusión de la
perspectiva del francés, con los consecuentes espacios de disputa generados, obligó al hispano-
mexicano a pronunciarse al respecto.
De esta manera, la aparición en 1978 de Ciencia y revolución: el marxismo de Althusser,
representó la aparición de una de las mejores críticas dirigidas al teórico francés. En ella Sánchez
Vázquez argumenta los que considera los principales equívocos del filósofo galo. Para él, entre los
defectos se encuentra su excesivo teoricismo, producto de una lectura de Marx que separa
radicalmente el objeto de conocimiento del objeto real. Sánchez Vázquez expone que profundizar
dicha separación provoca que Althusser rechace que el marxismo es una comprensión de
adecuación entre uno y otro momento.
El teoricismo, sin embargo, no se limita a este nivel. Al desmovilizar la dicotomía “teoría-
práctica”, tal como la “filosofía de la praxis” la entiende y promover la idea de una multiplicidad

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de “prácticas” (en plural), Sánchez Vázquez detecta un proceso de autonomía de la dimensión
teórica. De nuevo, el teoricismo sería el gran defecto del francés, pues consideraría que la “práctica
teórica” (o lo que en la filosofía de la praxis sería la “teoría” a secas) tiene como gran defecto el
alejar dicha dimensión de la “práctica” (de nuevo a secas).
Sánchez Vázquez fuerza la lectura de Althusser para mostrar lo inadecuado de su marco categorial
dentro de la dicotomía antes aludida, dando como resultado un teoricismo exacerbado. Aunque
reconoce algunos avances tras la publicación de los “Elementos de autocrítica”, Sánchez Vázquez
considera que ello no resuelve la estructura general del pensamiento de Althusser. Antes bien,
demuestra que produce un cambio aparentemente radical de posición, pero un énfasis desmedido
en lo político, que genera, a su vez, un “practicismo” que nuevamente desquicia el supuesto
equilibrio al que aspira la “filosofía de la praxis” mediante la dicotomía “teoría-práctica”.
Es en este marco de discusión que aparece la labor crítica de Enrique González Rojo en su
monumental Epistemología y socialismo: la crítica de Sánchez Vázquez a Louis Althusser (1985).
La extensión tan notoria (tres veces más grande) frente a la de su blanco tiene una explicación que
hace complejo el asedio a la obra. En ella se labran en realidad tres niveles discursivos distintos.
El primero esboza la crítica a las tesis de Sánchez Vázquez; el segundo aborda la crítica a las tesis
de Althusser; finalmente un tercer discurso expone los posicionamientos propios del autor. No se
trata de un libro que comente una polémica externa, sino que hace él mismo lugar para el espacio
teórico.
Concentrémonos ahora en la crítica que hace al filósofo hispano-mexicano: señala que fue
incapaz de entender la radicalidad del althusserianismo y por lo tanto de superarlo. Para González
Rojo el problema de Sánchez Vázquez es que este quiere restaurar las coordenadas historicistas
previas a la irrupción de la obra del francés. Particularmente detecta un fallo en la “filosofía de la
praxis”: su incapacidad de separar y explicar el funcionamiento de la dicotomía “teoría y práctica”;
corazón mismo de su filosofía. Esta dicotomía funciona como el motor teórico mediante el cual el
hispano-mexicano critica al francés y resulta el eslabón débil de su argumentación.
En la evaluación que realiza González Rojo, en la obra de Sánchez Vázquez persistiría un
error que la obra de Althusser ya habría superado y, que cataloga con el concepto de
“homologación”. La dicotomía eje de Sánchez Vázquez (“teoría y práctica”) aparece
indiferenciada, no se establecen los mecanismos de operación interna ni en su funcionamiento
relacional. Esto quiere decir que bajo esas dos nociones no adquieren un contenido que permita
diferenciarlas, establecer sus líneas de contacto, sus formas de operar específicas y mucho menos
sus grados de autonomía de la una respecto a la otra. Es esta la “homologación” que persiste en
Sánchez Vázquez, aun cuando la obra de Althusser había aportado –a juicio del autor de
Epistemología y socialismo– los elementos iniciales para una teoría sobre las prácticas. ¿En qué
consistiría este adelanto de la empresa althusseriana frente a la filosofía de la praxis? En que el
francés establece a partir de los elementos otorgados por Marx en el capítulo V (Proceso de trabajo
y proceso de valorización) de El Capital, el cuerpo mediante el cual se evalúan todo el resto de las
prácticas, ya sea en la economía, en la política y también en la teoría.
Para González Rojo la empresa althusseriana sienta las bases para una teoría materialista
del conocimiento, al considerar que este último es un acto productivo. El conocimiento es una
producción de un conocimiento nuevo, en el cual se emplean medios de producción (conceptos,
teorías) que se aplican a un objeto (la realidad económica, la coyuntura política, etc.) de lo que

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resulta un conocimiento nuevo. La misma estructura que es descrita por Marx en el capítulo sobre
proceso de trabajo, es pensada para la teoría. Así, el marxismo no es la suma de la economía
política y la filosofía idealista, sino algo nuevo. Para el filósofo mexicano el privilegio abstracto
del concepto “práctica” (indiferenciada, sin niveles, sin matices) que opera en la crítica que lanza
Sánchez Vázquez resulta de un privilegio sobre la teoría. Ahí la incomprensión del hispano-
mexicano, que aferrándose a la dicotomía “teoría-práctica”, no logra ver los avances que Althusser
logró para el marxismo: desmovilizar cualquier idea de que el marxismo es un método de
conocimiento universal y colocar esta actividad como una producción.
Finalmente, González Rojo considera que, aunque Althusser tiene equívocos y múltiples
silencios teóricos, estos son preferibles a la restauración de las coordenadas del marxismo por parte
de la “filosofía de la praxis”. Entre esos silencios teóricos, el filósofo mexicano detecta que ni
Sánchez Vázquez ni Althusser logran comprender el verdadero papel de la “clase intelectual”, que
es la que posee tanto los medios de producción teóricos (es decir, los conceptos, las teorías, las
técnicas) como el control sobre las condiciones de producción. De nuevo, la “clase intelectual”
aparece como el mecanismo de ruptura de la dicotomía burguesía-proletariado y pone el acento en
los contingentes especializados que se arropan la emisión de discursos a partir de su lugar cada
vez más central en el mundo de la producción, diríamos hoy, material e inmaterial.
Enfrentando al rey de la cultura
Finalmente, González Rojo afina sus armas críticas a segmentos importantes de la obra crucial de
Octavio Paz. Se trata del personaje cultural más importante de la segunda mitad del siglo XX,
figura clave del liberalismo y la crítica del Estado mexicano y hacia los años noventa un entusiasta
de la “modernización neoliberal” que desestructuró el pacto-social. Es, además, uno de los
intelectuales que más adhesiones generó a lo largo del siglo, cuya proyección encarnó una forma
de entender la realidad mexicana. Crítico de la Unión Soviética y del marxismo, Paz se volvió un
referente obligado entre quienes se adscribían a dicha corriente: aspectos diversos de su
pensamiento fueron criticados por intelectuales de adhesión marxista como Arnaldo Córdova,
Dora Kanoussi y Carlos Pereyra, dentro de México, y por Ludovico Silva fuera del país.
A finales de los años ochenta el ya maduro filósofo González Rojo enfila las armas de la
crítica al “Rey” de la cultura. Es importante recordar que Paz obtendrá el premio Nobel de
Literatura en el año 1990, siendo en esa época un intelectual muy cercano del gobierno mexicano.
González Rojo, percatándose del cambio de posición de la figura más importante de la cultura,
decide asediar su obra a partir de dos textos, cuyos significativos títulos anuncian ya la radicalidad
del cuestionamiento. En 1989 aparece El Rey va desnudo y en 1990, Cuando el Rey se vuelve
cortesano. El primero de ellos se presenta como transcripción de un seminario que el autor tuvo
con jóvenes estudiantes y militantes políticos de izquierda. Se concentra en la evaluación de la
posición de Octavio Paz con respecto a la Unión Soviética. En torno del diálogo, González Rojo
teje una crítica de la caracterización del “totalitarismo” y busca someter la obra de Paz a una
evaluación desde conceptos como el de clase “clase intelectual”. Para el filósofo mexicano el poeta
se equivoca al no considerar el problema de la burocracia, entendida como una clase diferenciada
al resto de las clases sociales, que logra mantener el monopolio de los medios técnicos de
producción del conocimiento. Como otros, González Rojo niega que la Unión Soviética pueda
considerarse socialista.

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Sin embargo, este no es por el momento nuestro tema. Aquel primer libro dice más de la
concepción de González Rojo que de la de Paz, aunque este sea el pretexto. En cambio, el segundo
de los libros, si apuntala de manera mucho más clara la crítica directa al poeta laureado. En él
expresa tanto el deseo de intervenir en una coyuntura específica, como cuestionar los pilares de la
construcción discursiva. Lo hace, sometiendo a juicio algunos artículos periodísticos en los que el
Premio Nobel se regocija ante los esfuerzos modernizantes impulsados por el gobierno de Carlos
de Salinas de Gortari. La coyuntura era significativa: en 1988 una marea democrática apuntaló la
candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas (a la sazón, hijo del expresidente Lázaro Cárdenas), pero
una poderosa maquinaria política aceitada desde el Estado, le concedió una dudosa victoria al
candidato oficialista Salinas de Gortari. El halo de ilegitimidad del nuevo gobierno se hizo presente
desde los primeros días y la operación política del nuevo presidente consistió en dotarse de
elementos para encontrar la legitimidad perdida ante la sociedad. Uno de ellos fue rodearse de
“cortesanos” intelectuales de todo tipo. El más importante y más brillante de ellos fue Octavio Paz.
La posición de Paz con respecto al gobierno de tinte neoliberal fue de abierto apoyo, tanto
a su política “modernizante”, como a la “apertura” que México realizaba ante el mundo por medio
de acuerdos comerciales y negociaciones con el Fondo Monetario Internacional. Para Paz,
finalmente, el gobierno modernizador podía desplazar las rémoras “nacionalistas” y “populistas”
del viejo Estado. Pasaba entonces a la crítica de la izquierda partidaria, a la que ubicaba como
ensoñada con la ideología de la revolución mexicana y con el sueño de un Estado protector y
propietario. Para Paz estaba claro que la modernidad estaba encarnada en el gobierno de Salinas y
que la “tradición” que impedía el desarrollo económico pleno, se encontraba en el discurso de la
izquierda. En 2018, este viejo discurso se reeditó de figuras como Roger Bartra, quien insistía en
que el triunfo de Andrés Manuel López Obrador era el del “pasado populista”. Nada nuevo bajo
el sol, pues no es sino la copia del discurso de Paz.
La crítica de González Rojo se mueve en varios planos, que podríamos sintetizar como: a)
de coyuntura; b) de periodo histórico y c) de crítica conceptual. La primera resulta clara: para
González Rojo deviene incomprensible que alguien que se vanagloria de ser un liberal y un
demócrata apoye un gobierno ilegítimo, cuestionado por su forma fraudulenta de hacerse del poder
y al mismo tiempo, niegue y critique al movimiento que desde la sociedad lo impugna. Frente a:
“la insurrección ciudadana del 6 de julio (y, con ella, la más evidente manifestación de
transformación democrática registrada en el México contemporáneo) le da la espalda, la ignora, la
minimiza y en lugar de respetarla y ponerse humildemente a su servicio, se pone del lado de
quienes pretenden aplastarla, ahogarla, descuartizarla” (González Rojo, Cuando 46).
La crítica de la coyuntura va acompañada de una crítica del periodo histórico, en donde el
Estado mexicano ha cambiado de poder entre una “derecha burocrática a la derecha tecnocrática”
(González Rojo, Cuando 52). Esto es eludido por Paz, quien hace como que el neoliberalismo no
existe, confundiéndolo con un esfuerzo de modernización anodino o desinteresado. Las “cartas de
intención” que el Estado firmaba con el Fondo Monetario y el proceso de privatización de lo
público son elementos suficientes para cuestionar la forma neoliberal del gobierno a la que Paz se
adscribió, sin embargo, este vio en todos esos actos esfuerzos modernizantes que apuntalaban al
desarrollo.
Finalmente, y más importante, González Rojo concentraba una crítica de fondo que
implicaba tanto a las posiciones de Paz como a las de la izquierda. Sobre el primero, señalaba que

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la idea de asociar al candidato Cárdenas (expresión de un liderazgo político-social) con la
“tradición” anclada a un Estado fuerte, burocrático e ineficiente, en contraposición con un discurso
renovado, era falsa. Dice: “Paz se debate, en efecto, en el seno de la dicotomía derechista:
populismo o “modernización”, estatismo o “sociedad a la que se envuelve la iniciativa económica.
En realidad: derecha burocrático-burguesa o derecha tecnocrático-capitalista. Paz es víctima, como
ya lo advertí, de la vieja cultura política” (González Rojo, Cuando 43). Aún más, calificando la
posición, dice: “Paz no es derechista por oponerse al estatismo, sino que lo es por defender, como
la derecha estatista, puntos de vista, prácticas e ideales anti populares” (González Rojo, Cuando
35). Así, la dicotomía “modernidad/tradición” sobre la cual construye su planteamiento político
resulta inadecuado, tanto teóricamente como en la práctica.
Todo ello, sin embargo, no evita que González Rojo se pronuncie también a propósito del
destino de la izquierda. Frente a una “cultura política” en donde solo hay “populismo” (anclado a
la tradición) o “modernización neoliberal”, apunta otra opción: “Quienes estamos a favor de una
revolución democrática, de una reestructuración de toda la sociedad, no podemos por consiguiente
aceptar la vieja topografía política” (González Rojo, Cuando 35), es decir, apunta a salirse de la
dicotomía entre “los ideales de la revolución mexicana” o “el neoliberalismo modernizante”. La
crítica del segundo aspecto está clara, pero respecto a la primera, González Rojo señala que no es
pertinente revivir un cadáver: tanto una como otra opción no son caras sino de la misma moneda,
la del dominio del capitalismo. Apuntamos esta crítica a la izquierda, surgida del cuestionamiento
a Paz pues expresa la posición radical de González Rojo. Siguiendo la estela de su maestro –José
Revueltas– insiste en que el problema se encuentra en la auto-organización de la sociedad, en su
autogestión. Este tema, será desarrollado en tiempos más recientes de manera más contundente
(González Rojo, Manifiesto 57).
Apuntes finales: coordenadas para la crítica de la cultura política
Enrique González Rojo es una figura que resulta clave para la reconstrucción de la historia del
marxismo en México, pero también, como hemos querido sintetizar, una expresión de la forma en
que la cultura política se desarrolló a partir de tomas de partido diversas. Su posicionamiento, es
al mismo tiempo deudor de tradiciones políticas y teóricas locales, como original en la manera en
que marca distanciamientos y rupturas. En el texto hemos hecho un esfuerzo de síntesis y
presentación de sus posicionamientos a partir de un marcador: su crítica a tradiciones de la cultura
política mexicana. No se trata, como escribimos al principio, de una reflexión que confronte
expresamente los planteamientos de cada uno de los autores cuestionados, con lo dicho por el
también poeta. Nuestra perspectiva recoge apenas de forma inicial algunos de los que pueden
considerarse los primeros elementos. Cada uno de los personajes convoca reflexiones distintas. En
el caso de José Revueltas, está claro que la persistencia del ejercicio de cuestionamiento se avoca
a desmenuzar una de las tradiciones más significativas de la izquierda mexicana, que, aunque
minoritaria socialmente, tuvo algún impacto en el terreno de la cultura política. En el caso de
Adolfo Sánchez Vázquez, el proceder se instala en el ámbito de la reflexión académica e
intelectual, en el cual los esfuerzos de renovación, en este caso de Althusser, filósofo al que el
transterrado se negó a incorporar acusándolo de teoricista (Sánchez 17). Finalmente, dentro de lo
que González Torres ha denominado las “guerras culturales” de Octavio Paz, se encuentra el
posicionamiento hacia el final de la vida del también Premio Nobel con respecto a la disputa entre
liberalismo y nacionalismo o en el lenguaje del momento entre “tradición y modernidad”

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(Rodríguez 487); la cual es cuestionado por González Rojo, buscando socavar el consenso liberal
que se tejía en los primeros años noventa.
El modesto esfuerzo de este texto es colocar las principales coordenadas, a partir de la
movilización de conceptos y dilemas que el filósofo mexicano enfrentó en el desarrollo de la
cultura política mexicana. Cada uno de los autores interpelados ha generado su propio corpus
bibliográfico –mucho más extensivo en Paz y Revueltas– y una revisión de los planteamientos
originales es también necesaria. Queda esta tarea como parte de un proyecto más amplio.

Bibliografía
González Rojo, Enrique. Epistemología y socialismo. Universidad Autónoma de Zacatecas. 1985.-
--. Ensayo sobre las ideas políticas de José Revueltas. Domes. 1986.
---. Cuando el rey se hace cortesano: Octavio Paz y el salinismo. Posada. 1990.
---. Manifiesto autogestionario. Brigada para leer en libertad. 2017.
González Torres, Gabriel. Las guerras culturales de Octavio Paz. El Colegio de México. 2014.
Revueltas José. Ensayo sobre un proletariado sin cabeza. Era. 1984.
Rodríguez Ledesma, Javier. El pensamiento político de Octavio Paz. Las trampas de la ideología.
PyV. 1996.
Sánchez Vázquez, Adolfo. Ciencia y revolución: el marxismo de Althusser. Grijalbo. 1983.

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