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EL VAMPIRO .R~-( ,. .
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moai
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CARLOS PUERTO
Ilustraciones de
GUSTI
Premio Nacional de Jiu tración 1990

TIMUN MAS
DiseJi de ul it:rtT \ 1 ·te t \ i: n

.. J "'o o
Con rni agradecimiento
i F. Júnénez del Oso por haberme
perniitido descubrir, de su mano,
t1!guno_ de los secretos de la
Isla de Pascua.
¡.

in1

T.
d ,.,
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a\' n tu r rl l( ' 1 ~- ~
lo r frao · • I
todo 1c gu to
Para junar
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b
d lo r
colocándolo al
tos refranes l ~
tenéi qu ene
una pi ta: la n1
Si o rendí· n
final del libr "
así encontrar l
imoteo Pakarati es el hombre más sabio de la Isla

T de Pascua. Es capaz de hacer frente a los mo-


mentos de mayor temor -y como veréis, en esta
aventura los hay, y muchos- con su arma favorita:
los refranes. Los conoce de todos los colores y para
todos los gustos.
Para jugar con vosotros he querido recopilar al-
gunos de los refranes favoritos de Timo te o Pakarati
colocándolos al principio de cada capítulo. Pero a es-
tos refranes les falta siempre una palabra que vosotros
tenéis que encontrar. Para daros facilidades se incluye
una pista: la misma palabra aparecerá en pascuense.
Si os rendís y no dais con el refrán, podéis ir a la parte
final del libro, donde hay un pequeño diccionario, y
así encontrar la solución.
_ «Quien tiene miedo,
en todas partes escucha ............... »
(hatutiri)

1
Extraños sucesos
as oído} -preguntó el hombre, atemorizado.

H -¿Que?
-Un grito, un gemido, un aullido, no sé ...
-Bah, imaginaciones tuyas -la mujer siguió co-
cinando la langosta, comida muy habitual en la isla.
El hombre, con cierta cautela, asomó la cabeza
fuera de su casa pintada de color amarillo. Un ex-
tranjero que en cierta ocasión pasó por allí le explicó
que el amarillo era un color gafe, y q?e a los que lo
utilizaban les pasaban cosas malas. El nunca había
creído en supersticiones, pero desde que oyó lo que
su mujer decía no haber oído, decidió cambiar el color
de la casa, a la mañana siguiente, en cuanto amane-
ciera.
La noche estaba estrellada y parecía como si uno
pudiera alcanzar la bóveda celeste con la mano. El
silencio era absoluto en la pequeña isla de los moais.
La isla de los moais, a la que los lugareños lla-
maban presuntuosamente «el ombligo del mundo»,
era el lugar del planeta en que la gente vivía más ais-
t~d~.
/
0
Los vecinos más próximos estaban a casi tres mil
metros de distancia. Así eran las cosas en la Isla
e Pascua.

13
1 do (menos con--
El estar aislado era bueno por un ~ otro, si lo que
taminación menos bullicio), pero Pºrno decía su mu .
' . . es co
había oído no eran imaginaci_on ?
jer. .. , ¿cómo escapar del pehg{i~n Teao, tropezó con
El hombre, que se llamaba Parecía un saco de
,, palparlo• 11 · .,
un fardo. Se agac o ª
h dantes en aque a reg1on
hierbas de totora, tan abun era blandita Y aquello
del mundo. Pero no, la totora . · d
ez? ¿O 1nc1uso pie ras
1
volcánicas? ~o_rque la isl~
piedras volcan1cas, pero ¿q
::n
estaba más duro. ¿Pat~tas ~a \ién tenía cantidad de
las iba a llevar allí, a

su puerta? , dedos que notó húmedos. ¿El bulto


Restrego sus , ite de vino?
estaba mojado de agua, de ace ; . d
· ·d d y el color del liquido e 1ataron su
La v1scos1 a
auténtica naturaleza: ¡sangre!
-·¡Ven, ven, corre! . ,, .
La mujer de Juan Teao deJO la cocina con desga-
na. Sin duda, otra imaginación de su temeroso mari-
do. ¿A qué tanto alboroto? Si allí nunca pasaba nada.
Nada de nada. Todos se conocían, y la vida era de una
monotonía aplastante. Además, si algo anómalo hu-
biera sucedido, el perro habría ladrado. Y el perro no
había ladrado, de eso estaba segura.
Pero el perro, seguro que no volvería a ladrar. .. ,
estaba muerto.

f!acía días que Leonardo, el que mejor tallaba Ioi


moais de madera, notaba que algo estaba sucediendo.
Por las noches solía dedicarse a fabricar las figuritai
que !u~g~ le compraban los turistas. U nas veces eran
moa1s im1tand I d . toda
la isla im o a os ~ piedra que sembraban. abD (

· ' ponentes Y emgmáticos. Otras se delett


14
do de la madera copias más o menos fºd ct·
sacan b I e ignas
de aquellos otros que rotaban en las laderas del vol-
/
can Rano Raraku, ,, la verdadera
,, . cantera de los .
moa1s.
y cuando no tema mas remed10, porque así se lo pe-
dían expresamente, reproducía a los moais kava-kava
Jos de cara monstruosa, más _Propios de los espíritu~
malignos que de las personalidades protectoras de la
isla.
Hacía días que Leonardo notaba una extraña agi-
tación en las aguas del mar. Por las noches, tan agra-
dables en verano, solía montar en su decrépito caballo
y se alejaba de Ranga Roa, la capital, para llegar al
1bulto mágico lugar de Anakena, allá donde fijaran su resi-
dencia los antiguos reyes.
Era una preciosidad ver cómo la luna se reflejaba
en las aguas del océano Pacífico. Pero desde hacía un
rato creía percibir unas extrañas agitaciones en esa
esga- parte del mar.
El caballo relinchó a sus espaldas.
-¡Calla, Ariki! . . ,,
Ariki en pascuense qmere declf «rey», _Y el llama~a
una así a su caballo por cariño, aunque ~n reah~ad debena
hu- haberlo bautizado Anuhe, que quiere decir «oruga»,
no por lo lento que caminaba. .
,, •mportaba que caminara tan lentame~-
Pero ¿que 1 ,, h'
.. ' . pequeña y si el caballo corria mue o
, te?· La 1s1a era ,/ ' 11" A k
, la orilla y caer al agua. A a en na ena
podia llegarª Itura pero en el otro extremo, en
no había gra? da d sa~rada, los acantilados eran im- .
Orongo, la ciu ª
ponentes. .0,, a mirar las extrañas reacciones
ardo vo 1 vi · 1 ·11 ·
L eon si· empre van del interior a a ori a,,
Las o 1as 1 . ,. ,
del agua. mpiendo, eso lo saben hasta os ninos
donde acaban ro . .
15
_ -
que sean o
pequenos. Y lo de menos es su tamano, d sen dí
dulces como el delicioso mango o encrespa fªuera S~s
d dentro a
de tormenta pero todas van e. · 1n
. hacia arriba
embargo, allí parecían brotar del mtenor habitual e.
Ariki volvió a relinchar, lo que no era n
un penco tan ·cansino y silencioso· d ·t
h _ 1 dijo Leonar o amis osa .
-Pero mue ac h O
~ b ? · Tienes su
mente- ¿ qué te pasa? ¿ Tienes ham re. ¿ e.
ño? Enseguida volvemos a casa. .
. ,
L.eonar d o miro . los oJ·os de su moa1
. de madera, tan
. · t
dumnu o campar ado con los de piedra. . Pero aquel
kava-kava tenía unos ojos saltones de mir~?ª profun-
da. En realidad, era una perfecta encarnacion del mal.
El modesto escultor se dijo que nunca más haría ~

l
una talla de esos espíritus malignos. ¿ Y si por trabajar
1
en ellos acababa de desatar su perversión?
Se sentía inquieto, como si notara una presencia a
sus espaldas. Tenía miedo de volverse y encontrarse
cara a cara con un aku-aku, espíritu de la isla que ha-
a
cía mucho que no demostraba su existencia. ¿Se vol-
a
vería, no se volvería? ¿ Y si le atacaban por no mo-
verse? Y por el contrario, ¿y si le atacaban única y
exclusivamente por volverse?
Leonardo comenzó a sudar. ¿Qué hacer? Miró el
agua Y la encontró tranquila, de oleaje manso y nor-
mal. Tal vez sólo se trataba de una alucinación. El
miedo, sobre todo por la noche, juega esas malas pa· ce
sadas. le
El caballo emitió un tercer sonido distinto a los ef
otros dos, como si quisiera decir algo.' ta
. .-:-yª voy,
d1c1endose que ya voy• •. -Leonardo recogió sus cosas,
~ 0 de
una vez montado en su companer
16
. 5 los temores desaparecían" y ·unt()~ , . ,,
tiga , d
fª mal trago pasa o aquella noche. . · .
1 se
1.'l reinan
1
de Al llegar al lugar donde había dejado al caballo
pa S tando, cerca
,, de un
•k • • grupo de pahneras .
, Leo ,
ndrCJoJ

0 encontro un ari z, n1 una anuhe sino sencillarnent


~n papaku. Y papaku. en el idioma de los antiguo:
habitantes de la Isla. de Pascu1, significa «cadáver».
Tumbado en med10 de un charco de sangre el ca-
ballo acababa de morir. '

La luna acababa de cubrirse por una nube. De día


y de noche sucedía igual en Ja isla: nubes blancas y
algodonosas se desplazaban sin cesar y dejaban paso
intermitentemente a los rayos de sol o al resplandor
metálico del satélite.
esencia a Los siete imponentes moais del Ahu a Kivi pare-
ontrarse cían vigilar todo lo que sucedía por la noche. Eran los
moais favoritos de los viajeros, los primeros que iban
que ha- a visitar, los que más fotografiaban. Llevaban siglos
¿Se vol- allí, imperturbables, con su mirada de piedra perdida,
no mo- quizás en busca de una aldea a la que deseaban pro-
,¿# •

un1ca y teger.
Rigoberto Fati asomó la ca?eza ~º! la puerta de
iró el su chamizo. Hacía años que hab1a dec1d1do abandonar
y nor- la civilización para dedicarse a lo qu~ más le gustaba:
,, n. El lo t ct·os
1 astronómicos. Acampanado de un teles-
s ~s
cop10 queu alguien le hizo llegar desde Santiago de Chi-
aspa- ba las noches, o al menos buena parte de
1
el' se pas:eroplando el firmamento y haciendo ano-
a los e las, con
tacio1!e!· de lo que le proporcionaban unas cuantas ga-
osas .
V1v1a ·
ue eran todo su patr1mon10.
· A , ,,
s1 consegu1a
ro de' lhnas, q
17
una ve Z P
,,
or seman
carne y huevos que luego ven ia, d .
en el mercado popular. b do a distinguu en.
stu
De pronto, su oído, aco md rf oeste, captó algo
tre un viento del Este de otro e
diferente. . 0 algo se deslizaba
Estaba seguro de que alg~ien Algo, o incluso aj.
st
por detrás de su mode ~ casi_tªhacia el corral de sus
guien, se aproximaba en silen~I~as bulliciosas de Por
gallinas. Lo c_urioso era, que ::ba~ en el más absoluto
sí ante cualquier anomaha, es
de los silencios. Ir lanzó un cacare 0
De repente una de las ga inas . ,,
.
muy especia1 esd' de el corral · Rigoberto Jamas la había
oído expresarse de esa manera. Pero la verdad es que
ya estaba harto de aquel!a compañía: En cuanto am~-
neciera vendería las galhnas y pondr1a un huerto. Di-
cen que la tierra volcánica es f~rtil, aun9ue nadie se .
había atrevido a cultivar en serio en la isla. ¡Pues él
lo haría! Y las lechugas y pimientos no arman escán-
dalo cuando crecen. Serían la compañía perfecta.
La gallina ruidosa pareció quejarse, y de nuevo ex-
c~~mó a su manera algo muy especial. Rigoberto se
d1Jo que ya estaba bien, que como la cogiera la iba a
estrangular con sus propias manos.
La verdad es que no hizo falta. Al llegar al corral
se encontró con la alborotadora tumbada en el suelo,
con el cuello retorcido, estrangulada.

18
«Quien necesite consejos,
que escuche a los ................ »
(korohua)

b
a1,
ll\J
Or

to La amenaza del moai


ea
,
1a

.
1-
se
él
n-

x-
se
a

al
O,
uera feliz, muera contento; pero , por fa-1, or.
mu~ra aguí _dentro.» Junto a la leyenda apa-
rec1a el d1buJo de un isleño señalando na aúd
Aquél era el emblema propagandístico del neiwcio
de Santiago Veriveri, el dueño de la funeraria de a
isla. Puesto que Santiago Veriveri era el único que
acogía a los muertos, podría pensarse que estaba fo-
rradito de oro, que todo señor que se moría tendría
que pasar por sus n1anos y que, en ese caso, el anuncio
suplicando que los difuntos fueran a parar a sus ataú-
des podría resultar superfluo. Pues no.
Cuando las gentes de Pascua morían, podían ocu-
rrir tres cosas: que efectivamente fueran enterradas en
la isla, en cajas de pino de Veriveri. Esa era una, la
que a él le interesaba. Pero las otras dos suponían su
ruina. Algunos prefer!an ser enterr~dos en el conti-
nente y de allí se hacian,, traer los feretros de plomo
para un viaje por mar. Esta era la segunda, y no le
convenía lo más mínimo, ª~?que era legal y tenía que
aguan~arse. La tercera opc10n no era legal, pero tam-
bién tenía que aguantar~e. ~arque formaba parte de la
tradición, y ante la trad1c1on todos los pascuenses de-
bían inclinarse: cuando un muerto no quería reposar
21
.Jado al mar Po
a arro . ,, d
. a firme, er , s slll a tau , en.
et ·'rnamt:nte en t1er_r Así, sin_ rna ' lgodón .
._ us fa1niliares o amigos.un sudario de a publicita .
vuelto senc1 a ·11 mente. en Veriven· rogaraf t bl ria .
De ahí que Santiago murieran con or ª.
ernen. de
mente a sus vecinos que sed raso. «Muera fehz, mue . porq
te en u atau es , d forrados e
or »
ra contento; pero, po r fav · · · d t
rrían por to as par es de
.. s que co b. .
Por eso las ~ot!cia 1 hacían conce Ir ciertas es.
muertes indiscriminadas, e los negocios son los ne.
.
peranzas. A fin de cuentas,
que
,,. .
gocios. . .1 ue mueren son animales --le vom1
-Pero, chico, s1 os q t
. . . El
d130 su novia en a al verle tan canten
• o.
ct· · · ,.
· -Ya, ya ... , po r algo se empieza El- IJ o,
t enigma.
d de Ju
tico. Pero la verdad es que al ver a e1:a, an re on- E
dita y guapetona, se olvidó de su t_rabaJo.
-Esta noche no hace mucho aire, la temperatura que a
es estupenda. ¿Damos una vuelta?
-Bueno ... -dijo Elena echando a andar, hasta
que Santiago la detuvo.
-De andar, ¡ni hablar! ¿Para eso tenemos una
moto?
c1ero
-Ah, pero ¿funciona? -preguntó medio irónica,
medio sorprendida. No era la primera vez que la moto
los había dejado plantados, y todavía recordaba una
vez que para no llegar tarde a una cita tuvieron que
coger el coche funerario ¡y eso sí que no!
El
Pero la moto arrancó a la segunda. ta de e
-¡Increíble! -
sus na1
-~am?s antes de que se arrepienta.
--· (.,
-¿Adonde vamos?
Daba 10 · · • que
mismo, porque, por muy despacio
--·
--1'
(.,

22
utilizando el camino más largo en .
an, Y / . , quince o
fa~rnte n1inutos lleganan a 1os confmes de la · 1
1 1.1.1. d 1s a.
1
ve -En Anakena te, ec araste, ¿recuerdas? .
-¿Anakena? ~lh es d?nde sucedió lo del caballo
de Leonardo -d1Jo Santiag? un poco tembloroso.
porque la muerte de los <lemas le traía al fresco, pero
la suya ya era otra cosa. No le apetecía ser la próxima
víctima del fantasma.
-Pero ¿qué fantasma? -preguntó Elena, que era
muy echada par~ delante-. Ese caballo era más viejo
que el abuelo T1moteo. Yo creo que se murió de un
vómito.
-No es eso lo que dicen. Le pasó lo que al perro
de Juan o a la gallina de Rigoberto. El fantasma ...
Elena le interrumpió:
-Pues si hay un fantasma, mejor, ¿no? Eso es lo
que acabas de decir: mejor para el negocio. ¿Quieres
acompañarme, sí o no?
Ante la decisión de su novia, Santiago Veriveri no
tuvo más remedio que encaminar su motocicleta hacia
la bahía de Anakena. .
Una vez allí olvidaron todos los temores y se hi-
cieron unos cuantos arrumacos.
- . Cuándo vamos a casarnos? .
-~n cuanto los negocios me vayan un poqmto
.
meJor · . J·e entran unas ganas de ser feliz ...
Con este pa1sa .
- mántica tanto que no se dio cuen-
Elena se puso ro turna p' asaba a pocos metros de .
d un ave noc . /
ta e q~e a no se dio cuenta, pero Santiago s1.
1
sus nances· E ~1: ?
-¿Te has fiJado.
·En la luna? 1 d
-l, d luna algo ha pasado vo an o.
-Nada e '
23
. ?
-¿Una mosca, un mosquito, una mariposa.
-Más grande, mucho más grande. V

--¡ Qué más da! .


-No da igual... Si es un búho es un bicho de mal a
agüero. , 1
-Pero ¿qué búho? Si en la isla no hay buhos -le
tranquilizó Elena. . . ti
Santiago respiró aliviado. Era cierto, en la isla no
había búhos, ni lechuzas, ni ... Pero lo que fuera volvió
a revolotear por allí. Y ahora los dos lo vieron.
-Parece un pájaro.
-Pero no es un pájaro. Tiene unas alas muy ex-
trañas. la
-Y grandes orejas.
-Yo diría que es un ...
Y los dos a la vez pronunciaron la palabra:
-¡Murciélago!
Luego se miraron fijamente a los ojos. Pero no era se
una mirada tierna y acaramelada, sino ciertamente te-
merosa. m1
-¿Un murciélago?
das
-Bah, no es posible, en la isla no hay esos bicha- no
rracos.
Y fingieron ignorar lo que acababan de ver. Seco- nun
gieron de la mano y miraron el reflejo de la media
luna en el mar.
-Parece de plata. fosfc
del~
-Y el mar un espejo.
-¡Escuchadme!
s
, I · s
La u tima palabra no la habían dicho ellos. e vol- Polvc
· . . rafl
vieron bruscamente hacia los moais de piedra de g
estatura.

24
-¿Bas oído? -preguntó Santiago con un hilo de
voz, tembloroso. d'. El
-Be oído - ~Jo ena, abrazándose a su novio,
al tiempo que olvidaba el vuelo del posible murcié-
lago. /
-¿No sera un efecto de las olas? -aventuró San-
tiago, querien_?o creer que aquella voz era imaginaria.
no -Eso sera, el efecto de las olas -repitió Elena
ió mientras arrastraba a su novio hacia la moto para lar-
garse de allí lo antes posible.
-¡Quietos!
La voz era autoritaria, solemne, y parecía salir de
la boca misma de una de las estatuas de piedra.
La pareja se detuvo, mientras unos goterones de
sudor frío les caían por la frente. «¿Por qué habían
tenido que ir precisamente allí?» , se preguntaba men-
talmente el aterrorizado Santiago ~ «¡Con lo bien que
se estaba en casa, rodeadito de tranquilos ataúdes! »
Durante unos segundos , que se les hicieron inter-
minables, no sucedió nada. .
La pareja, discretament~, retroc~d1endo de_ espal-
das , comenzó a dirigirse hacia el veh1culo estac10nado
no muy lejos del palmeral.
Pero la voz se oyó de nuevo , más atronadora que
nunca: /. ,
- · Quietos infames! ¡Lo pagareis. 1 d
l ' 1 ·¡ ·0 un resp an or
y 1 hacerse de nuevo e s1 enc1 ,
ª
fosforescente envo vio 1 · / la figura de una de las estatuas

del gru~o. 1 •a/ d de su novia, puso pies en


Santiago, o v1 an ose / /
olvorosa, pero ella no se qued~ atra,S-
p
-, ,,
·Espera espera, no me deJeS. · · ·
'
. ·Ran rannn, rannnnn .. ••·
H '
25
b arrancar.
La moto se nega a a , momento! .
¡Vaya por Dios! ¡~n quemiró suplicante al cielo.
Elena cerró los punos_ y al edal de arranque_, con
Santiago daba con furia pt antes el maravilloso
la esperanza de escuc har cuan ° b 11"' ·
d Ellos esta an a I, llll-
sonido del motor; per? ºªct ª· 1 moai se iluminaba de
. t Ja figura e
potentes, m1en ras las luciérnagas pero a lo
un verde muy intenso; como
bestia. .
Santiago, por lo que más quieras!
• ·
-¡Arranca, ede pasar cualqu1er cosa!
·Arranca que nos pu ,
'.Arranca ' por tus ,natu ,a y tus tup unas . b 1
' Quer1a , , dec1r . por tus «padres» y tus «a ue os»., , Y
,
corno 1as sup 1 , 1·cas no le daban resultado, comenzo
. . a
dar patadas a la moto, maldiciéndola en el 1d1oma de
sus antepasados:
-¡Koka, moko, kino koura!
Que era tanto como decir «cucaracha, lagartija,
maldita pulga».
A la moto no le debió de gustar que la llamaran
esas cosas tan feas, porque por fin se puso en marcha.
En un instante, por el camino de polvo, la pareja
de novios se perdió en el paisaje, dejando atrás no
sólo la figura iluminada del gran moai, sino también
a un despistado murciélago que había contemplado la
escena completamente atónito.

-«Quien nísperos come, bebe cerveza, espárragos


chup~, Ybesa a una vieja ... , ni come, ni bebe, ni chu·
pa, n1 besa.»
T0 d ·
~s callaron al escuchar las palabras sentenc~o-
~as de ~imoteo Pakarati uno de los hombres más vie·
Jos Y, sin dud ,, ~
a, mas sabios de la Isla de Pascua.
26
á
lqu. erquieras.,
cosa!
<abu eio >> y
e .
omenz~
el ict·iomaodea

ª lagartija

la llamaran
en marcha.
o, la pareja
do atrás no
no también ~
emplado la

espárragos
be, ni cbtl'

sentenc~o-
es más vie·
scua-
t: d.,.
{i~.·;l; ·.,
·~l, '.
Se habían reunido en su casa para pedirl~ cons
sobre los extraños acontecimientos que venian Suce. .
diendo últimamente. De todos era conocida su afición
por los refranes y sabían que los solía utili~ar en cual-
quier circunstancia, sobre todo en las mas c?mpro-
metidas. Y aquélla era, sin duda, una de las mas com-
prometidas de los últimos tiempos. ./
Cada cual había comenzado a dar su version de los
hechos, atolondradamente, pisándose las palabras. Y
entonces Timoteo Pakarati había levantado la mano
para lanzar su sentencia: «Qui~n nísperos co1:1e ... »,,.
-¿Sabéis lo que quiere decir? Pues que s1 habla1s
todos a la vez no hay ser humano que os entienda.
Vayamos por partes y todos saldremos ganando.
Y así es como explicaron sus casos Rigoberto,
Leonardo y Juan. El jardín de la casa de Timoteo es-
taba atiborrado de gente. No sólo habían acudido los
que habían padecido directamente las iras del perso-
naje misterioso, sino también otros jefes de familia y
hombres independientes, como Arturo el alcalde, Ma-
teo Tepano, pescador de langostas o Pedro Araki
jefe de bomberos del aeropuerto. '
Nada más escucharlos, Tin1oteo volvió a levantar
la mano solicitando silencio.
-Sin duda muchos de vosotros conocéis la leyen-
da del rey Hotu ~atúa. Cuando dicho rey se instaló
en An~kena se d10 cuenta de que se habían olvidado
el moai que le representaba y encargó a dos hombres
qu_e fueran por él, pero les advirtió que lo trajeran con
cmdado para no quebrarlo. Los hombres enviados
eran .torpes
,. y qu b .
e raron e1 cuerpo del moa1. Y en ton _
ces, ¿sabe1s lo que sucedió?
Los que conocían la leyenda callaron para que ter·
28
·nara
111l de contarla Timoteo Pakarati ~L .
· os que solo la,
cordaban vagamente aguardaron con un· p ac1enc1a . . el
re
1 b
final de sus pa a ras.
- ... Cuando
. se quebró
. el cuello del moai· co 111en-
zaron a morir
. 1os animales,
,, se encresparon .
1as o1as.
silbó e1 ~iento, cay~ ~ ,Uuvia, sonaron los trueno_ ,_
1
un aer,0~1to se prec1p1to sob~e la isla. y además . .-.
¡ademas. -ei: ese punto elevo el tono de voz como si
utilizara la misma supuesta voz de la estatua-... el
moai habló Y exigió a los súbditos respeto adoración.
sumisión y vasallaje. En resumen , quiso "ser adorado
como si en realidad él mismo fuera el rey ... baio la
amenaza de castigar de nuevo a los isleños con n"Lie\ as
muertes.
-¡Igual que ahora, igual que ahora! -exclamó
Mateo, temiendo quizá que la antigua maldición al-
canzara también a las langostas, de las que , iYía.
-¿ Y qué pode1nos hacer? -preguntó Leonardo.
recordando a su caballo muerto.
-Estad alerta -dijo el anciano.
-¡Eso no basta! -añadió el pescador-. Si la
maldición proviene del moai, habrá que ir a él y pe-
dirle consejo. ¿No opináis así? . .
-«El gato y el ratón nunca son de la misma opi-
nión» -replicó Timoteo, bebiendo un sorbo de agua,
la única bebida que se permitía.
-¿ Qué quieres decir?
-Que cada cual tiene su forma de hacer las cosas.
Si preferís ir a ver al moai, hacedlo, no creo que os
cuente nada ... Los moais sólo suelen hablar en las le-
yendas .
. -¡A mí me ha hablado! -excla~ó Santia~o Ve-
nveri, que hasta ese momento se habia mantenido en
29
. , . . y explicó lo que le ~abía
un nncon, en sdehnc10. y no sólo eso, tamb1en había
cedido la otra noc e-.
1r extraño ser volador·
por~-~~~ hombres-pájaro ~e Orongo! -exclarnó
Mate~, para el cual, por lo visto, todo lo que allí se
dijera era motivo de alarma. ./
-Los hombres-pájaro de Oro~go tamb1~n,for_rnan
parte de las leyendas de nuestra isla -rephc~ T1rno.
teo, un poco harto ya de la machacona credulidad de
sus convecinos.
-Será el pájaro del mar -explicó Leonardo.
-Anakena significa, precisamente, cueva del pá.
jaro marino. ¿O estoy equivocado?-preguntó Mateo
a 1,imoteo, como desafiándolo.
-Estás en lo cierto -aseguró el anciano-. Nues-
tro antiguo idioma pascuense es rico en símbolos.
j El grupo se dispersó, regresando a sus casas. En
sus cabezas había temor y confusión, duda y desaso-
siego; pero todos, cada uno por su lado, pensaron que
había que hacer algo, ¡y pronto!
Y pronto, muy pronto, iban a suceder cosas aún
más misteriosas, peligrosas y desconcertantes.

30
<< Por mucho .......... que haga
(raa)
no dejes tu capa en casa.>>

El zahorí
u ~ n1 a
Retorcido, su más cruel enemigo. En Egipto estu
ron a punto de morir ensartados como un pincho mo.
runo, y por eso ahora se encontrab~n en la l~la de
Pascua, el lugar habitado más tranqml? de la T1~rra.
Nadie los había visto llegar. Aterrizaron alh una
noche, mientras todos dormían. t
Instalados en una de las numerosas cuevas de la
isla, podían pasar unas agradables vacaciones sin ser 1
molestados. Pero ... , siempre hay un «pero». Paloma
se había traído una radio-casete, para «estar infor-
mada», dijo. Pero ahora le había salido con lo de las
lecciones de gimnasia para estar en forma.
-Aerobic, no lo confundas -solía decir ella cada
vez que él hablaba de gimnasia. Pero para Kasimir
ambas cosas eran iguales: tortura china ( en este caso
t?~tura polinésica, dada la ubicación de la isla), mar-
tirio para sus músculos y huesos, desesperación cada
vez que escuchaba la vocecita del magnetofón que le ·
ponía en guardia:
«Y ahora, queridos amigos, preparad vuestros
cuerpos para ha~erlos más bellos y flexibles, más se-
ductores y atractivos ... »
Pero, jqué cuchufletas! ¿Acaso para estar más se-
ductorVhab1a que pasar por aquella mald.lCIOil.
./ ?
- eng~, vagueras, no te quejes, que ya sólo que-
dan unos minutos.
Paloma se lo tomab . .
Kasimir viénd , ª ~uy en seno, Y el caso es que
1
uniform~ 1 o a as1 ataviada, con aquella especie de
. , a encontraba muy atractiva
«,Uno dos' 1·U d ·
trol. .. » ' · no, os! ¡Uno, dos, tres y cua·
Durante unos · .
a someterse mmutos la casete obligó a Kasimtr
ª aquella penosa obligación. Es cierto que
34
o se solía sentir mucho meJ·or .
1ue g · , Y que 1n 1
desplazamientos voladores hab.,1 e uso en
sus . ., ª notado .
·dad
1
inusual. Pero tamb1en había des cub.1erto una
p ag1-
l riniera lo que eran las agujetas. or vez
p . . .
<<M1c, m1c, m1c» ... El pequeño mu rc1e · . . 1ago se in .
1 b
tradujo en a ~ueva, ~sc~ndo a sus amigos. -
-Hola, Mzc -Kas1m1r aprovechó
. la op t .d
or un1 ad
ara mandar, , a 1a porra la gimnasia (perdón , e1 aero-
P
bic)-. ¿Q ue ta1 tu paseo nocturno?
Paloma recogió con resignación la cinta del mag-
netófono y se secó el sudor con una toalla de puro
algodón chileno.
llaca~ -Te noto muy agitado -dijo la muchacha, a la
Kasunu que no se le escapaba una; evidentemente mantenía
ste caso en forma su vocación periodística.
a), mar- Mientras tanto, Kasimir se había deslizado hasta
ón cada el exterior y, mirando al cielo y a las estrellas, había
n que le comenzado a recitar uno de sus poemas predilectos:

Ojalá fuera un sueño


vuestrm muy largo y muy profundo;
más se· un sueño que durara hasta la muerte ...
Y o soñaría con mi amor y el tuyo.
más se·
? Luego recordó aquél otro que Paloma le enseñara
/lo qtW en El Cairo, y cuya sonoridad le encantaba:

Ni la noche ni el día quieren venir


para que por ti muera
/ /

y tu mueras por mi.


Mic había co-
Paloma, en su mudo diálogo,
menzado a comprender el porque
e~; la inquietud del

35
. . enterara dejaría de
murciélago. Cuando Kas1mlf s~te Porqu~ cuando e} q
de amor y 1nue1 . d
recitar poemas , haber muy poco e amor la
peligro acecha., en el Sue1e
y' sin embargo, inucho de muerte.
di
·Adelante que na d ·e
1 se eche atrás! -Mateo
,, · ·ct Te . s
-, d'
P ano el pesca or e d langostas ' se hab1a
d er1g1 d o en
'. 1 .
cabecilla de aque rmp . rovisado grupo e
b cazab ores. · Vé
Unos cazadores muy especiales, porque usca a~, n1 z
más ni menos, que una persona a la que cazar-. iSe .
'd
gu1 n1e.r
.b d
Todos los que integraban la patrulla 1 an arma os
con palos, azadones, picos. AJlí estaban todos los _que
habían sufrido las agresiones del fantasma de la isla.
Santiago, Juan, Leonardo, Rigoberto ... y una docena
más de hombres de diversas edades que deseaban ter-
minar de una vez por todas con aquella amenaza. be
-Tiene que ser un bromista ... -decía uno, al que el
no le llegaba la camisa al cuerpo, pues tenía tanto mie-
do como los que le acompañaban.
-Un bromista que se carga a los animales, es más
animal que ellos -dijo otro disimulando el temblor
de su voz.
-¿ Y si nos ataca a nosotros? -preguntó un ter-
los
cero deteniéndose e invitando a los demás a hacer lo
mismo. oj
de
-Pero ¿qué hacéis? -los increpó Mateo. Al pes- Veí
cador de langostas se le notaba más entero y decidido ne
que a los demás-. Si es un bromista como decís, le Vie
'
vamos a dar una lección para que no nos olvide. Y 51 .
es un demente matabestias, le devolveremos la cor-
dura con esto -blandió su estaca, un palo de béisbol bar
36
ue u 11 t u ri st ; 1 y ;, 1H I u i Ie I e" 1u .d 1O,, .d CrHfl r . j
(l¡¡¡ng()s1as . >J<> 'r: 11n f;éi,r r~-::

l)e pronto
;1 . t
se
. oy~rot 1 un·(• .
d ) V ( J CC, '> ffl l ' t r. r: r , ~ ,
--¡ ( 11 s ., q 11 1et os , 0 r d (' rl ( · I . 1... ~ ..,, > ) o..-) . j
,. ,. . ../ > e c_,.,·v >e e~Jl l · \;1- t
d¡co por se 11 (• s a Ios su y O s <1ttJ ,'-". ,Je d p 1· _,,,. 1, .,. r,, · · ª }j r) J -
.ªtea 'h suelo; pat·a que el ()lle habl•tt.), n 1
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ªiact ~~ l t uz
.J(<. d u n d no era . rn u y r . ,
)fJ 11 ntc y 2trlr•rna.( ri~. ,, ·
cabaºte,. . . vez en cuan<.
~ lo se veía velada · p< r ·J ._ .
> C C<;nt1n U(; dt.<: r : ~- •. . ,. ..
)• -...,,.
ar-----.. ~ za1111cn to ue las nubes. Pero r b"r J
11 . aún ~< 1" n > ca, J
f..-1. )a ' r ( u r \ a ,. ~. .
"!JJ.IJ ~-

ue
· iSe, q . no 1CJOS
• de ellos había una r•xtr·
v n~,
a a, Jgura_. r;¡ f. ~ ...J_..,., r•~

apanenc1,1 nada tenía ,•uc '1 ver C<>n la ac] ---.


.. os 1s1en 'J (). /
- ~., ~
arrnactoi - -Van1os a rodearla - susurró Mate()
4

,, .·
trr ,
1
a a.n r r.) ti.n
2 , #
. ,

slos qui circulo en el suelo, c_orno para indicar que la acci JD


e la isla. envolvente era la 1ncJor en aquellos mementos-. La
a docena mitad p~r aquel ~ado_, la otra mitad conmigo, por al'.
Santiago Ver1ver1 se encontró , sin comerlo nj be-
aban ter- berlo , al frente del grupo que tenía que avanzar por
naza. el lado oeste, cuando él lo que deseaba era e tar en
o, al que su camita, tan ricamente. Y mentalmente cambió el
nto mie· eslogan de su negocio «Muera feliz, muera contento;
pero, por favor, muera aquí dentro,>, por otro pare-
s, es ma~
I
cido en el que un hombre señalaba una cama y decía:
temblor «Duerma feliz, duer1na contento, etc.~>.
Conforme los hombres armados avanzaban sigi-
losamente en la noche, la silueta que aparecía ante sus
/ un ter· ojos se les antojaba más y más imponente. En lo alto
bacer Jo de una piedra, recortada contra las fugaces nubes, se
veía una figura completamente envuelta ~n una capa
negra que de vez en cuando resultaba agitada por el
viento.
-¡Es el diablo! -dijo Rigoberto, temblor?so.
También Mateo parecía desconcertado, s1~ em-
d
bargo su vacilación duró apenas unos seguo os.
37
-Cuando le rompamos el espinaz a palos ~ a e
remos si es ángel o diablo. .
Kasimir, si no hubiera estado embobado reC1tando
poemas a voz en grito, como para que le e~c~charan
las estrellas, se habría percatado de la prox1m1dad de
seres humanos. Y cuando se dio cuenta resultó de.
masiado tarde. Ya no podía huir ni transformarse.
sólo apechugar con lo que sucediera.
-¡Alto, no te muevas!
Kasimir no pensaba hacerlo.
-¡Rodeadle , que no escape!
A Kasimir no le hacía mucha gracia lo q e los
hombres llevaban en las manos. Porque suponía que
todos ésos aperos no eran para trabajar , ) un golpazo
de pico bien dado podía serle tan mortal como la e . ~
taca que el Marqués del Colmillo Retorcido quiso cla-
varle en el corazón . Pero también se dijo que aquél
no era el Valle de los Reyes egipcio, y que el Marqué'° ----·-··'
se había sumergido para siempre en las aguas del Nilo.--~-~
Sin embargo estaba preocupado. Sobre todo por la
mirada de uno de aquellos hombres, que parecía tener
fuego en los ojos.
-¡Es él! -exclamó furioso Mateo Tepano-. ¡Él
es quien ha matado a vuestros perros, a vuestras ga·
llinas ... !
- ... Y a mi caballo -dijo Leonardo por lo bajini.
-¡Acabad con él! -ordenó el cabecilla de aquel
modesto ejército.
Kasimir se dio cuenta de que algo tenía que decir:
-Un momento
. ' amigos . ,
·non
Su melodiosa voz tan diferente del tono ch!
con que declamaba a García Lorca los hizo detenerse
en seco. '

38
. / Mateo-. ¡No es
- ·No le hagá.is caso! -rug10 ·ct ' ·Habéis te .
' . , p··, , 'ómo va vest1 o. l,
nuestro aniigo. ¡ IJª~s e / ·
0
así vestido? -Y
nido alguna vez en l)ab1sla a~g~nt:;~oroso Rlgoberto
recordando las pa a ras e '
~ r , · ·Es el diablo'
ana( 1o- .. , ~ / · hizo la menor gracia.
A Kas 1m 1r eso ya s1 que no e 1
Comprc~día que su atuendo podía descon~ertar a
;qucllos hombres ~ que su capa no er~ ~a mas apro.
piada para aquella isla del oceano ~ac1ftco. Per?, de
, ,
a h 1 d que "\ le confundieran con el diablo.•• Abno
b la
boca para decir algo, pero Paloma que aca aba de
aparecer a sus espaldas,,,, <se le adelanto:
-¡ E s un zah. or1. . .
Los guerrilleros volvieron a frenar sus furiosos im-
pulsos al ver a aquella bonita mujer que salía del in-
terior de la cueva vestida de forma tan sugestiva. In-
cluso Mateo se quedó con la boca abierta.
--Un zahorí. El mago más mago de todos los ma-
gos. El que tiene más poderes desde el Trópico de
Capricornio para acá. Aquél al que los dioses envidian
y los humanos rinden pleitesía. ¡Arrodillaos ante el
gran zahorí!
La voz de Paloma había ido subiendo en intensi-
dad._ Primero parecía la de una presentadora que en
un circo anuncia el próximo número, pero al final re-
sultaba amenazadora, como haciendo responsables ª
los que la escuchaban de no obedecer sus órdenes.
. ~eonardo Y algunos más iniciaron un gesto de su·
m1Sio~ qu_e Mateo cortó nada más percibirlo. 1

-:-iOmetos! ¡Es un farsante! ·Son unos farsantes,


1
Aqm no hay zahoríes.
L Por lo bajo, sin dejar de castañetear los dientes,
eonardo se at . ,, r
revio a preguntar:
40
. ~~ i es un e -- p1ritu n1·:1lio-n y i e_ J. k
--;- · ~ ·~l , . :::: · . U l1 t1 ( ll - a ll ':
r

El :at ia n1UL 1 e e intu - , r=iue 1 s había in-


ad
re1lt " r . .nlas1nar en . u .. tall : · Per la'"' tall'1
L üs eran e d
n1 ad era. sin , ida.
/ n11entr s . ue '" , uel pers -) · 1

na1e ae 1a
capa estaba alh. ante =1:1s J - . ·
-Los aku-aku n tienen 1erp -replicó ivlateo
aYanzando un pas n u bate-. ~ a veréis si este
aku-aku siente n siente m· s al s.
Pal ma se interpus entre m1: · s. nientras _._~Jic,
que contemplaba la esLena decde la embocadura de la
cueva. se tapaba 1 s oj e n la'"' las.
-¡Quieto! ·. Qué Ya , h cer·. Ta ·e se atreve a
sos un. tocar a un faquir . todo el mund respeta a los san-
del· tones la gente del planeta T' erra adora a l s que tie-
. m- nen poderes sobrenaturales ... Y tú. , lgar mortal.. ¿te
1va. In.
vas a atrever a levantar tu mano contra el gran zahorí? ~

Kasimír estaba encantado con la labia de Paloma.


los ma-
Además de quererla. siempre la había admirado. Y
pico de
ahora incluso le hacía reír aunque se guardaba mucho
nvidian
de aparentarlo. Le hacía reír el que llamara a aquel
ante el
hombre «vulgar mortal», que lo era. no como ellos.
. Y que dijera de él que tenía poderes sobrenaturales
intens1- ¿y es que acaso un vampiro no es precisamente al-
que en
guien sobrenatural con poderes?
inal re- Pero la risa se le heló en cuanto imaginó el estado
abies a en que, vampiro y todo lo que quisiera, habría que-
enes. dado de recibir el golpazo de madera de aquel ?ruto.
de su- -Yo digo que ese fantoche ni es mago. m nada
es! -se atrevió a decir Mateo , al tiempo que deJaba caer
rsatl t
el bate.
Kasimir se dijo que ya estaba b_ien. Se_ acercó al
(iieflteS' revoltoso y le miró fijamente a los OJOS. ¡Como se po-
41
día atrever a llamarle fantoche! ¡A él, a un príncipe
de la noche! nd0 11
Mateo no pudo aguantar ni tres segu s a~ue a
mirada que parecía traspasarle hasta el corazon. ~e
giró para reponerse y ver cómo estaba su pequeno
ejército.
En un último arranque de fuerzas, para no quedar
mal ante los suyos, pudo exclamar:
-Yo os digo que no es quien dice ser... . .
Le sorprendió la respuesta pausada de ~!1-s1m1r:
-En eso tienes razón. Y si supieras quien soy se
te caerían los pelos, uno a uno, hasta quedarte com-
pletamente calvo. .~
Mateo quedó desconcertado. ¿Quien era aquel
que así le hablaba y, sobre todo, quien así le miraba?
Paloma respondió por él:
-Es el gran zahorí. Y para que quedéis conven-
cidos, él, que no os quiere hacer daño, que quiere ser
vuestro amigo, os hará una demostración de su po-
derío y grandeza. Algo que sólo un gran zahorí puede
hacer. ¿Alguno de vosotros tiene un espejo?
Todos empezaron a mirar a Mateo, pues sabían
que era un vanidoso y que cada vez que salía del agua,
de pescar, se pasaba un peine, contemplándose en un
peq~eño espejo de bolsillo. Y precisamente por eso
ha~Jla dos cosas que no podían faltar en su bolsillo: un
peine y un espejo.
L~ ~nstaro~, incluso con codazos, a que mostrara
st
e e ultimo obJeto, cosa que hizo Mateo de mala gana.
Pal~~ª se lo arrebató de la mano.
-F~Jaos bien, porque sólo lo va a hacer una vez,
~~al9mer ser humano, animal, planta o cosa, puede
eJarse en un espejo, ¿no es así?
42
L "1S allí reunidos asintieron con la cabeza al tiem-
po que. para subrayar sus palabras, Paloma Í,asaba el
espejo frente a sus rostros.
-Pues bien vais a asistir a la magia n1ás grande
del 1nás grande zahorí de la historia. Se pondrá ante
el espejo, pero en él nada se reflejará.
-¡Eso es ünposible! -dijo Mateo en plan chulo.
-I111posible, es cierto ... , in1posible para cualquie-
Sini~ ra que no sea Kasin1ir el gran zahorí de la Isla de
"'J.ur: Pascua. ¡Ta-ta-ta-chán ... !
sov. e Y al tiempo que itnitaba el sonido de tambores y ·
te colll. trompetas, Paloma colocó el espejo ante Kasimir.
Los isleños, despavoridos, huyeron en todas las di-
a aquel recciones. Abandonaron palos y picos para correr con
iraba: más ligereza, deseosos únicamente de llegar a sus ca-
sas y cerrar bien firmemente por dentro. Y Mateo no
conven- fue el último. Corrió hasta la orilla del mar y allí se
. tiró de cabeza, buscando cobijo en el medio que tan
1ere ser
supo· bien conocía.
~ puede Paloma y Kasimir se echaron a reír. Mic se destapó
los ojos y, viendo que el peligro había pasado, tam-
bién los acompañó en sus risas.
sabían
Pero esas risas en realidad iban a durar bien poco.
el agua,
e en un
r eso
~fto: uo

43
✓✓ El miedo da más picor,
u l ,
q e as ............. ., si senor. )>
~

(koura)

4
La estatua que habla
-Mejor me lo pones. Un hom~re dcultiv_addo no :7a
, matando animales ni metien o m1e o a in-
por ah 1
enuos isleños. .
g A Mateo aquello le pareció algo despectivo y de-
·a·/
Cl 10
dar por terminada.
la reunión.
.
-Por última vez, T1moteo, ¿vienes con nosotros,
sí o no? _
_ . Adónde queréis que os acompane?
-tamos a Anakena, a visitar a los moais de pie-
dra, a pedirles consejo.
-¿ y acaso esperáis que alguno de esos moais os
hable? -preguntó Timoteo con cierta sorna.
-A mí me habló -explicó Santiago-. Y Elena
también lo oyó.
-Ya ves, Timoteo, hay testigos. -Mateo parecía
impaciente por dejar aquella casa y acercarse a la ba-
hía más hermosa de la isla--. ¿Vienes o no?
-Id vosotros, yo estoy ya muy cansado -les res-
pondió Timoteo Pakarati, que tenía otra idea en la
cabeza-. Luego me lo contáis todo ¿de acuerdo?
-De acuerdo. Así lo haremos.
Los hombres abandonaron el jardín del anciano
más sabio de Pascua y se encaminaron en sus furgo-
netas hacia Anakena.
Timoteo los vio alejarse y, cuando estuvo bien se·
guro de que ninguno podía verle entró en casa para
coger un bastón y luego montó a '1omos de su caballo
blanquinegro. nes
• • •
1

-Vamos
.
a ver '
querido caballo '
si tu 1ntuicio
.
,
,...........sv
meJor que la de todos esos cabezas de chorbto 0e
cer · ~ b· do 1° q
ci~ro 1en de que en las alforjas llevaba to ue8º
necesitaba para aquel singular viaje nocturno- L

48
animó al caballo a p ner:e
ao
t;, .,
arre~
• . .
Sin pnsa pero m au-a. el
' karati se puso en marcha e
resolviera el verdader mi= e ·
terio que Mateo y lo uy - _. . . . ._. . . " "
otro mucho má rntere -a te -
de existen cía.

Cuando los i leñ ~ e _a


s moais de Anakena no tení; ·
ceder. Algunos aún con en-a a
a el miedo de la otra noc e e
hombre de la capa. Otr . ueY :
a rrerías nocturnas. sencillame t -
var, bien por temor a q 1e suce ·er . n
cías, bien porque eran conocedore -
s- y decidieron seguirlas.
Lo mejor era caer de rodillas y ent
la con que sus antepasados iniciaban t d =
religiosas:

¡Matavai roa a Hatua é


Ka-hoa-mai koe kirako,
Ka-rei-mai koe kirako.'

Que quiere decir:

¡Oh lágrimas grandes de Dios,


caed, bajad,
Dejaos caer de golpe!

49
E la bahía se escuchó el canto de un pájaro le-
. nLos hombres se estremecieron, esperando lo
1ano. Pero pasaban los minutos
. d"' d
y no suce 1a na. a.
peor. . d" t
Repitieron la oración, por s1 los 1~ses es uv1eran
adormecidos, pero el efecto fue el mismo. En esta
ocasión ni siquiera se escuchó el canto. del ave.
Alguno pensó que mejor era así, deJando las cosas
como estaban.
Otros pensaron que ya era hora de regresar a casa
y olvidar lo que había sucedido, como si sólo hubiera
sido una pesadilla.
Incluso hubo quien se incorporó y se dispuso a dar
media vuelta para ir a acostarse.
Una sombra abandonó el grupo y desapareció en la
oscuridad. Cuando el grupo comenzaba a dispersarse,
la estatua habló. No se podía saber a ciencia cierta cuál
de aquellos cinco moais era el que hablaba, pero su voz
salía de allí y los dejó a todos petrificados:

«j Yo soy el Dio~ y ~o os ordeno venir aquí y traer-


me ofrendas. N1ngun otro moai de la isla será vi-
sitado, ni s~q~iera contemplado por ojos humanos.
O
Y soy el umco y estos cuatro mis acompañantes.
Yo soy el Dios!»

Las palabras parecían rebotar contra los palme-


1
ra es Yluego lanz h ·
. arse
fin a 1o largo de I I ac1a el mar para regresar por
h . '
a
Los hom bres m,,,P aya ac1a las figuras de piedra.
.
vados en 1 i' as que arrodillados parecían cla-
e
pués de la úlf
sue of aun d ·
cuan o comprendieron, e
d s-

'
ª,
menos no haibml rase, que el moai, por esa noche al
aria ya m,,,
as.

50
}1
~'
«¡Y si no o~edecéis mi de e:ls. pre . ra 1 fil -
J()
ét rir. Yo lo d1 )n. o t ,_ I Dio,!,.
-tétt¡
é\Stét

dar

-¡Escucha! - ' U urn_ P·


Kasin1ir e rró lo ojo~ r '- r-
van1 nte'I hacia él lle gal ~ l r rn r u
sin e1nbargo'I no eran lo· l u
-No será un ser hun1·1n - r u --
meando el airc-'I l ert) l u t ~ • 1 tln~ 1 .
Mic colgado de una ru~ .i ~ l 1

h r t
era humano pero nt In era . i1n~t...in · a un 111 n tru 111· -
tológico y se puso a h.: nll lar. Lut: _ü e d tuYier n l 1
pasos y se oyó un roct: de ,apele y t la . ~ ·:i in1ir
cidió salir a ver quién perturb~ ba u paz.
Allá en la boca de la cue, a'I junto a un c·:iball
tan viejo con10 su ducúo'I se encontrab·1 un hc1nl r
unos papeles en la 1nano. Ante~~ de que .
nada el otro se pr sentó:
-Tirnoteo Pakarati~ par s n irle.
Kasin1ir no tuvo n1ás .n:1nedit qu a . r e 1 \ ,
trecharle la n1ano. En r ·1li iacL p·?trt t 'l un · n i· lll in -
fe.0s1·vo qu nad'l t nía qu ·
r . 111 1 s , gr . t\ s ·
111 1·
1 -
Viduos de la ( tri no h .

51
-Me dijeron que le habían encL ntradL en e:=t
va y he ve_nido a hablar con ust,ed. . . . ,
-¿Quiere que le haga algun nun1en.t de 1111 gl
-preguntó Kasinür a la defensiva~ .
-No, no es eso. Estoy aqtú para pedirle a)U a.
-¿ Usted a mí? -Kasímir estaba un_ t~ 1~tL de_ n-
certado, pero la mirada de Pakaratí er~ hn1p1'" Y en ell·
no se veía ninguna doble intención. .
Paloma, por su parte., quedó en 1, LUeY~. :111 a rr1ar
la nariz pero dispuesta a actuar si penjbí~ en L ~ n-
versación algo sospechoso.
-Usted no es de aquí· no sé de dónde h' rá Y n1 .
pero lo cierto es que no es de aquí. Y tan1¡= L e: un
turista.
-¿Por qué no he de ser un turista·. --qui: · ber
Kasimir.
-Los turistas vienen y se van., pero núentL. = e tán
aquí se alojan en los hoteles de Hanga Roa . n en Llle-
vas. Eso sólo lo hacían mis antepasados. Per 1 ted
tampoco es un antepasado mío. ¿A que no·:
Kasimir hubo d~ aceptar los razonan1iento de Ti-
moteo.
-Verá, hace mucho tiempo que estaba esperando
encontrar a una persona como usted. Inteligente. pen
que nada tenga que ver con la isla.
Kasimir sonrió como gesto de amabilidad al e cu-
char que le definían como inteligente, y al hacerlo dejó
entrever dos afilad 1 ill - . ·
b . ,, os co m os. Pero T1n1oteo no pres-
ta a atenc1on a esas menudencias
-Pues verá el c · ,, .
serie de h h ? aso es que estan sucediendo una
ec os inexplicabl 1
con la leyenda del . es que ta vez tengan que ver
-No tengo 1 antiguo rey Hotu Matúa.
e gusto de conocerle.
52
--Ni yo le ~o?ocería si no fuera por estos escritos ...
Timoteo agito unos papeles en los que, presumible-
mente, estaba la ley~nda de_ Hotu Matúa y que no era
otra que la que conto a los isleños cuando fueron a \l-
sitarle. Leyenda que v?!vió a relatar a Kasirnir, quien
le escuchaba con atenc1on.
-Cuando hablé con mi vecinos quité importancia
a estos sucesos, incluso esta noche me he negado a
ar acompañarlos a visitar al moai.
n. . -¿ Cree usted que el moai de piedra habla?
-No estoy seguro. Puede tratarse de una alucina-
o, ción colectiva ...
un -Pero la muerte de animales nada tiene que ver con
una alucinación.
er -Eso es lo que me inquieta. O algún mortal está
haciendo esto por alguna razón, o el moai de piedra ha-
bla. Y entonces ...
e- -¿Entonces? -preguntó Kasimir cada vez más in-
ted trigado.
-Entonces lanzará una amenaza de muerte. No ya
Ti- contra los animales, sino también contra los seres hu-
manos. Pero ...
do -¿Diga, dígame? -Kasimir quería saber hasta el
ero último detalle de aquella interesante historia.
-A mis amigos les conté la leyenda, sí, pero no toda
la leyenda. No les dije la forma que existe para contra-
rrestar la maldición del 1noai.
-¿Existe alguna forma? .
-Existe. Y ahí entra usted. Pero antes tiene que
Prometerme que no repetirá nada de lo que le diga. Al
menos hasta que todo acabe.
Kasimir prometió, por su Transilvania natal, que se-
53
ría como una tumba. Y para un vampiro, ser «como u
tumba» es la mayor y la más seria de las prom~sc_tS.
-Pues verá, querido amigo, todo el maleficio de . .
saparecerá si encontramos el legado del antiguo rey
Hotu Matúa.
-¿ Y qué legado es ése?
-Un tesoro. ¡Un maravilloso tesoro encerrado en
un baúl de oro! Y he pensado que usted, señor zahorí,
con su magia y su inteligencia tal vez podría ayudarme
a encontrar ese tesoro.
Kasimir quedó pensativo. Un tesoro. Esto le hizo
recordar aquel otro que hubo de sacar del Museo por
las amenazas del desaparecido Marqués y que aún yacía
enterrado en algún lugar de Rumanía. Pero se dijo que
esto era diferente, que esto era como hacer de arqueó-
logo, y que ayudar a tan venerable anciano, salvando
de esta forma a todos los habitantes de la Isla de Pascua
era una manera de ser amable. Al fin y al cabo le habían '
prestado alojamiento sin cobrarle ni un céntimo; aun-
que se tratara de una cueva.
Mientras Kasimir pensaba, el anciano desplegó ante
sus narices un plano de la isla.
-Ahora mismo nos encontramos por aquí -dijo
señalando un punto entre A Kivi y Terevaka-. Ana-
kena está por aquí y la isla es todo esto.
-¿ Tiene alguna idea de dónde puede encontrarse
el tesoro?
-Es evidente que entre el mar del Norte Yel rnar
del Sur, entre el mar del Este y el del Oeste -Y corno
stl fa-
para subrayar tamaña perogrullada diJ. o uno de s
m f . ' .
osos re ranes-: «Quien contra el aire se pone ª
mear.
por fuerza se ha de mojar».
A Kasimir
/ le hizo
.nf gracia la fra .
eCJ.ta Y rec d,,.
que se d ecia en su 1 ancia: - r una
--«Es malo del relámpaao ese
. d e apar para en el ravo
ir a ar». -
A Timoteo le encantó que u a · .
•e/n gustara de refranes Tle ct· · fil~ reL e te t'"'n1-
J encant d ·
b1
--<<Hombre de refranes no es h b d.
· ? N. . . m e e rnales~
¡ Socios, pues. 1 que decir tiene que de 1 ·
u · d · que encon-
trern~s, 1a mita e_: para u_ ted. S 'l que ...
T1moteo ~uedo pensativ . K irnír esper, que el
hombre continuara la frase:
- ... Lo único que me pre cupa es que todo esto
sea solamente una puesta en escena. En ese caso" adí(s
tesoro.
-Podemos buscarlo, sea como sea.
-No, amigo Kasimir, los dioses nos avudarán si
Hotu Matúa quiere. Y para que el gran re_ de la bahía
quiera, ha de irse cumpliendo su le _ Tenda" punto por
punto. Los animales ya han n1uerto y una to1menta pue-
de hacer en cualquier momento que < se encrespen las
olas, silbe el viento, caiga la lluvia y suenen los truenos).
Pero para que todo se cumpla, para que la búsqueda
del tesoro sea fructífera, además de los ademanes ha de
suceder algo más, ¿recuerda?
Kasimir hizo memoria y, en efecto, faltaba un hecho
singular.
-Ha de caer un aerolito sobre la isla.
-Exacto. Y eso es algo que en toda mi vi?a nunca
st
he visto. Y créame si le digo que rili vida ha do muy,
pero que muy larga. ./ . .
1 ci·elo Ron1p1en-
d
E n ese momento algo suce 10 en e / : , ~
do la oscuridad una bola de fuego cruzo la tSlJ de _lado
a lado. '
55
<<Del hombre mdlvado, ¡ ................. !»
(ho te ahi)

5
Misterioso cargamento
, v1rJn normal q·ue
1 h biera j J sj
~ . .
1c m ter10s0 car-
v sic n .;s de avitua a-
n i ·1 l< y al 1 (rn e t m· s· iida 1mp rtanc· a,
1 >8 11 1 lcad< s e e, r ·1 y esc;i b' e:; ;ar n del a ión
1

·ti ah 1a é le s' r . n 'e,\ C' ·.. de ar ;ra. Aunque eran


·x,1 ta e te j ,ualcs / un.. ci e eJJ a() 8 Je a.J p'"" aba, pero
la o t1 a parecía e plomo. Incluso Jedr J A a i, e jefe
de h I en s del acropuC::,rto , n J t vo má remedio
que ponerse a ayudarles.
-Pcr) ¿qué hay aquf dentro ?
uando legue e] dueño y la abra , o sabremos
- dijo un e de los empleados.
- 1.,sto~ turistas son ]a mar de excéntricos -dijo
el otro secándose e] sudor.
- ¿Tendrá que ver con lo del moai?
- Aquí, en la isla, todo (ene que er con los
oais.
-Sí, pero ;,es cierto lo de su maldición?
-Yo, por si acaso, cuando paso cerca de unas es-
bajo los ojos o aparto la mirada. o quiero líos.
59
,.,.. • i - ,,
-¿ 1 st tol ü es una pat rana. ---. se at· revió a a
turar el 111üs arricsfado. · 1
. . • da
- M1ra., an11go por s1 acaso na · · #cuc.~c._ta deJar
. v.)
a o
dioses en paz .
. - A akena a ren

1r o-
- Y o voy a Ir 1nanana a n ,
menaje al moai. Después de lo de Ja bola de_ !uego·; ·
P~dro Araki se rascó la cabeza. Su profesJon ten a
que ver con el fuego y él mismo había visto la bola.
Pero en su interior algo le decía que aquel ~eroh to era
muy diferente de los que vienen del espac1?. . . ,.
Las cajas de 1nadera, juntas y sin más 1nd cac1on
que el nún1ero de vuelo en que habían llegado ~ de~-
cansaban en la oscuridad del almacén del aeropuerto
Mataveri .

Timoteo desplegó el mapa de la isla ante los o· o


de Paloma y Kasimir. Se habían refugiado en el in-
terior de la cueva de estos últimos para evitar miradas
curiosas.
-Mirar un mapa es como ver las cosas desde arri-
ba. Quizás algún día suba a un avión. ¿ Quieren us-
tedes creer que a mi edad todavía no lo he hecho ?
-dijo soñador el anciano.
-Pero si es usted un chaval -bromeó Paloma
dándole una palrnadita-. En cualquier momento~
¡zas!, por los aires. ·
-Sí, como el Superrnan ése. ¿Me imaginan uste-
des con capa haciendo el ganso por ahí? -Nada más
decirlo se arrepintió. Ante él estaba Kasimir y de sus
hombros colgaba una capa. Quiso arreglarlo-. Me
refiero a esas capas ridículas de las películas , de color
. r
e
TOJO.
Kasimir hizo un movimiento mostrando el interior r
60
~, de su capa: de color rojo. A\ll' ~
Timoteo, también él se
- P ues na
.
d a, amigo cuando
echó a
ve~-----=----
r/ lf.
e
1 -

.
- -.
azoramiento
- - -
de
- - - --

·t 1 . ' quiera que de .


una vue1tec1 a por e a1re no tiene más , mos
y ta-ta-chán, ¡a volar! que dec1rmelo
Al decirlo hizo un gesto de form ,, .
d. , 1 b 1 . a mecamca Ex -
ten io o_s rlazos, a tiem_po que abría la capa. A Pa-
loma casi se -e· salen los
· h ,, . . . OJOS de las órb·t 1 .
as, porque sin
querer/ 1o, K as1m1r
, f abia . ,, m1c1ado el
,, . proc eso que con-
duc1a a 1a trans . ormac1on.
. ¿Y que iba a· p ensar aque1
Ció venerabl e ,.anciano s1 veía cómo un respetabl h ,,
. e za on
de._. se convert1a en vampiro?
eno . ~ara evitarlo, Paloma se lanzó a los brazos de Ka-
s1m1r.
-¡ Qué cosas dices, cariño!
.
OJO: Le be_s_? efusivamente. Kasimir en un principio se
1in- sorprend10, pero cuando Paloma le tiró disimulada-
ada~ mente de la capa comprendió el error que había es-
tado a punto de cometer.
-¿Lo dejamos para otro día? -bromeó, al tiem-
arn·
po que se quitaba la capa-. La verdad es que si lle To
us·
capa es porque estoy un poco resfriadillo. -Y como
cho1
para confirmar su diagnóstico, estornudó.
A Timoteo le parecían extravagancias las cosas
que veía y oía, pero se dijo que los zahoríes son per-
sonajes especiales, capaces de cualquier cosa, hasta de
constiparse en pleno verano.
-Fíjense bien en el mapa. Aquí está Ha~ga Roa,
la capital, aproximadamente a mitad de cammo entre
los siete moais de A Kivi y el volcán Kau (Rano Kau) ·
Paloma y Kasimir contemplaron atentamente
a~uel dibujo de la isla que parecía trazado por las pro-
pias manos del anciano.
61
-Pero en Rano Kau se encuentra Orongo, Y o
vez tenemos que hablar de vuelos. Porque en Orongo
es donde está la aldea ceremonial y allí se lanzaba al
aire el hombre-pájaro. Si van allá todavía verán gra.
bados en la piedra con su leyenda.
-¿ Y qué tiene todo esto que ver con el tesoro?
-preguntó Paloma, impaciente. .
-Señorita -respondió Timoteo, sentenc1oso-
«En el juego. del dominó, cada ficha tiene su valor.>>
Podríamos decir que la Isla de Pascua es el juego del
dominó, que sólo se puede jugar teniendo todas las
fichas. Y tendríamos que valorar cualquier circuns-
tancia aparentemente casual para sacar una enseñan-
za. Y en este asunto se están dando demasiadas cir-
cunstancias aparentemente casuales. Por ejemplo ...
Antes de que el anciano pudiera continuar, lo hizo
Kasimir, que se había integrado perfectamente en la
investigación y que había estado meditando mientras
Pakarati hablaba.
-Por ejemplo, es una casualidad que el terrorífico
mo~i se encuentre en Anakena (la cueva del pájaro
marino) ...
-Casualidad o no-replicó el anciano-, lo cierto
es que volvemos a hablar de algo que vuela. En Oron-
go ~l hombre-pájaro, en Anakena el pájaro marino;
aqui en el aeropuerto de Mataveri los aviones na-
tu 1 ' '
. ra men!e; Y la otra noche la bola de fuego. Dema-
siadas coincide · · · · ., de
casu f ncias que, en m1 modesta opm10n,
1
ni - ª _ienen_ que yo de langosta. Nada. Fíjense que
10
8iqu1era se nadar .
Paloma estab ···d. ., · as
le de ,.
c1an que
ª me 1tando · sus dotes period1sttc
' · bO
con tanto elemento volador había btC
62
dren1 e 1c 1 tr'-. rl 1 ·.
-A eso\ \
nos-· re ulta
una isla lo más · p ar. t es 1, ti T'l 1 .
y el agua q e nos rodea, e1 f r • d
aire, aparte de so la
¿para qué irve?
-Para mover la ube T d
rcun· luna.
eña.• -·Muy bien! - la1 zó n r·t J
1

as cu. y dio una onora p~. . . . ada.


J.._._ ...

-Mic que e taba d rn1ido cab za a


lo ...
del techo¡ se sobre altó, perd1ó 1 quirb i
ohizr
sobre la espalda del vi itante.
en la -¿ Qué ha pasado. -preguntó el viejo al n ,
entra: pequeño pe o a la altura del hombro izqm r
gó la mano para darle un manotazo p re
rífic( le adelantó. Para evitar que Tin t 1J
ájaro amigo se lo arrebató antes de que pudi r
lanzó al interior de la e 1eva. < 1 r I l
secas.
-Una mariposa. un·1 r 1· ri¡ 1
ma dijo lo primero qu e l · < ·u1, r. .·
1 1 1
-¿ Una maripos·1? -prt::l unt, · < :
su larga vida. jamás lnbí· u n ·1 > nr r
sadas.

63
. , . - t l l()t- y 'tsí echar una m
peso de tan lrag1 1111sec ovo a<- . '~
a Palo1na, añadió--: () un nianposon.. . #

·El colmo! Mic se puso de morros, in<l1gn_a<lo., Ser


' . 0 ser un n1anposon.
una n1anposa era 111a 1o, per . . . d p ··
,, ,, , . amigo de Kas1m1r, n1 e a-
Nunca n1as
. vo 1vena a set
d,,, , , .• , ,
do,,, 0 . El un mar1poson. an . . , L
loma s1 no 1e pe 1an pcr ·1 , • ,,
, , h'll·ct·t de protesta y luego se envolv10 en
zo unos c 1 1 1 os /

sus alas para no verlos nunca mas.


-Bueno, el caso es que estábamos ~ablando del
viento que sopla y cubre y descubre el cielo· Y en el
cielo, mis queridos amigos, están las estrellas. Y ellas,
en mi modesta opinión, tienen la respuesta.
-¿ Usted cree que por medio de las estrellas po-
dremos descubrir el tesoro de su rey?
-Al rey Hotu Matúa le encantaban las estrellas.
Descubrió, mucho antes que los astrónomos, la dis-
tancia que nos separa de ellas y la distancia que separa
a unas de otras. Por tanto, si era tan sabio como para
averiguar cosas tan lejanas ¿no sería posible que el
descubrimiento de su tesoro estuviera relacionado con
el firmamento?
-Es muy posible -exclamó Paloma, emociona-
da. Ya creía estar excavando, sacando de la tierra el
arca de oro--. Pero ¿cuál es el código secreto de las
estrellas?
-Eso es lo que nos toca a nosotros averiguar.
Y sin decir más, Timoteo Pakarati plegó el mapa
Y salió de la cueva .
. , Paloma Y Kasimir, tras unos instantes de vacila·
cion, le siguieron. Al rato, no salían de su asombro,
se.lo encontraron sentado sobre unas rocas volcánic
· as ·
mirando al cielo.

64
Rigoberto Fati acabó de instalar su nuevo teles-
copio y lo_ ~nfocó h_acia las estrellas. Aquella noche
había dec1d1do no ir a Anakena. Estaba harto del
asunto del ~oai. Es cierto que había oído su voz y
visto los fenomenos sorprendentes. Pero le interesa-
ban rnás estos últimos que lo primero.
La voz del moai tenía aterrorizada a toda la isla
menos a él. Los _d~más eran supersticiosos, se dijo.
Amenazas, _m~ld1c1ones ..._, y todo ¿para qué? Si el
asunto cons1st1é:~ en no mirar las estatuas de piedra
pues con no n11rarlas ¡en paz! Aunque en el fondo,
era una tontería. Nadie, salvo los turistas, iba por Pas-
cua mirando fijamente las estatuas. Eran parte con-
sustancial del paisaje, e igual que un peluquero no se
strella~. fija en los pelos que corta, los pascuenses estaban
, la dh. acostumbrados a los moais y no les prestaban dema-
separa siada atención.
o parn
Otra cosa eran los de la cantera. Aquéllos eran los
preferidos de Rigoberto, y de forma instintiva enfocó
que el su telescopio en la dirección del volcán Raraku.
ado con ¿Y si la bola de fuego hubiera salido de allí?
¿No sería el anuncio de una explosión volcánica,
ociona· con humos y lava?
tierra el A través de las lentes de aumento, Rigoberto Fati
de 1ai contempló, cuando la luna se lo permitía, la ladera del
0
volcán. Allí estaban los moais que nunca acabaron de
nacer. Los que parecen brotar del suelo, sin pie!n~s,
o con los pies enterrados; o con la cabeza to~avrn m-
crustrada en la piedra de la cantera. Los habrn de to-
dos los tamaños y pesos. Desde los que apenas alcan-
zaban la longitud de un ser humano, hasta eso~ otr~! ·
con pesos superiores a las cuarenta toneladas, ¡que s
dice pronto!
65
lo mejor sería enfocar de nuevo al cielo.
Buef d~ porqlie allí era donde a Rigoberto le gus-
Por un. a . 1 parpadeo de las estrellas, el descubri-
taba mirar. e
· to repentino de un cometa fugaz.••
y por otro
Fa~t~ porque si la amenaza era ciert~,. ~ontemplar de
frente a los moais podría traer mald1~10n eterna.
Ya iba a cambiar de punto. de mira, cuando algo
/

llamó poderosamente su atenc10n. ,


•Era una alucinación o acababa de ver como un
6
moai se movía? ..
Por unos instantes dudó entre venflcar la sospecha
0
dejarlo tal y como estaba, no fuera a despertar la
ira de los dioses.
Pudo más su curiosidad científica y volvió a mirar.
Nada, no se veía nada más que las sombras de las
nubes. Sin duda se había tratado de una ... ¡Pero no!
¡Allí estaba otra vez! Sin duda era el moai más pe-
queño de todo el volcán, pero se deslizaba sigilosa-
mente por la ladera.
Pero ¿era realmente un moai? ¿Acaso no sería un ser
humano? En tal circunstancia, ¿qué hacía un ser hu-
mano a aquellas horas y en lugar prohibido?

Pedro Araki encendió un cigarrillo. Sólo lo hacía


en momentos muy especiales, porque su profesión era .
la de apagar fuegos y no la de encenderlos. Además,
fumar no le gustaba. Pero cuando estaba nervioso,
encendía un cigarrillo, daba un par de caladas _sin
tragarse el humo, y lo volvía a apagar bien apagadito,
apl~st ándolo con la punta del zapato para mayor se·
gur1dad.
y si Pedro Araki acababa de encender un cigarril!~
era porque estaba inquieto. Sin motivo aparente, si

66
sena un ser .·.
/

un ser hu·• ;, '


o?
. s·· , specialmente justificada. La historia del moa¡
l tr ,. ía a todos de cabeza, pero por otra parte 1·no
r· para tanto! Un moai que hablaba, ¿y qué? Mcj or
, í tendrían algo de qué hablar, algo con lo que en~
tretener e.
Todo esto lo pensaba para tranquilizarse, porque
la erdad es que él era _uno de los más aterrorizados
por lo que estaba sucediendo en Anakena. Los moais
on de piedra y las piedras no hablan ... ¿O sí?
Apagó el cigarrillo y dio un paseo por la pista vacía
del aeropuerto. No había nadie más que él en varios
kilómetros a la redonda. Cuando pidió aquel destino
lo hizo porque deseaba aislarse un poco del mundo;
pero luego se dijo que tal vez era un aislamiento ex-
cesivo. Eso sí, le servía para meditar y, como por otra
parte los incendios eran escasos, el trabajo era muv
tranquilo. ·
Oyó un crujido.
¿De dónde provenía? Parecía proceder del alma-
cén de carga.
Pedro sabía que algunos incendios se manifestaban
en su inicio por medio de crujidos, como el crepitar
de la madera en la hoguera.
Encendió la linterna y entró en el almacén. .
Todo parecía normal, absolutamente en silen~w.
Incluso se podía decir que aquel silencio era excesivo.
anormal, sospechoso. ··do
Pero si había silencio, quería decir que_ el c~u~11
o lo que fuera no había partido de allí. Se dIO la ,ui.ti '·
·dO e reP
y ya iba a cerrar la puerta, cuando el som s , do,
-¿Quién anda por ahí? -preguntó, asuSía
Nadie le respondió. f rdos : ·
111
t
Pasó el haz de luz por encima de los ª
68
almacenados: paquetes, baúles, cajas y cajones de
01 adera . .1.t\.hora recordaba que él había ayudado a
transportar aquellos dos cajones idénticos. l.Jno <le
ellos pesaba muy poco, el otro, bastante. ¡,()ué habría
dentro?
Tuvo una primera intención de abrirlos y así salir
de dudas. Luego se dijo que no era correcto, no tenía
ningún derecho a abrir una mercancía que no era
suya. Pero al mis1no tiempo hubiera dado algo por sa-
ber lo que había allá dentro.
Con pulso tembloroso, alargó una mano hacia lá
tapa y la posó con suavidad sobre la madera.
En ese momento sucedieron varias cosas a la vez:
Pedro sintió como una quemazón en la palma de
la mano.
Pedro oyó un nuevo ruido, como el crujido de an-
tes, pero amplificado, como si algo se Je acercara a
gran velocidad.
Pedro vio dos ojos verdes que le miraban desde la
oscuridad.
anifestabar Luego el gato pegó un respingo, maulló y acabó
e1 crepitru por desaparecer entre los bultos.
0 Pedro Araki se sentó a descansar y a secarse el su-
dor que le empapaba el cuerpo. ¡Qué susto!, y todo
por un gato ratonero. Sin duda el minino era el cau-
sante de los crujidos, pues se habría puesto a pasear
por encima de una tabla cualquiera. De él eran los
ojos verdes vistos en la oscuridad. ¿Y la quemazón en
la mano?
El bombero se miró la palma derecha a la luz de
la linterna. Parecía ligeramente enrojecida Y un poco
~ás caliente de lo normal. ¡Bah!, esto es algo que no
tiene importancia.
69
s·i ., un i ·1rri llo y y·1 lo i l a ·1 i.:nc I l r ctnndo se
d ·_¡ · q u¡; n 1 i.:n n - cesario .. Que él sól< f u1 al a un po.
quit cuando estaba nervioso. Y ah >ra ya I habí·
motiv ). El gato lo explicaba todo. c1
Pero no estaría de más quedarse unos 1ninut sal):
sentado, pues con tanto sobresalto el corazón se le ha~
bía acelerado y tenía que dejar que se tranquilizara
~ada vez estab~ más y ,más tranquilo. F-1 sust Y<t
habia pasado. ¡Que tontena asustarse de un ruidit()'
se dijo. En cuanto llegase a casa se iba a beber un litr..
de zumo de piña. Tenía la boca seca. e
Pero para llegar a su casa primero debía acabar su
turno de guardia ... , si es que lo acababa.
Porque a sus espaldas, muy lenta y sigilosamente
uno de los cajones misteriosos comenzó a abrirse ... ·
a abrirse ... , a abrirse.
«Quien anda entre . ,. ....... ,
(ihf)
se quema el sornbrero. >

El castigo
de los espíritus
edro Araki fue recogido a la n1añana siguiente .
inconsciente. Explicó que alguien le había ata-
cado por la espalda'\ golpeándole con un obieto
contundente. Lo qu •no pudo justificar fueron los ~ra-
ñazos que se n1arcaban en su cuello. El gato tal Yez ...
Los isleños tuvieron una reunión para afrontar de
una vez por todas los acontecimientos que comenza-
ban a hacerse moneda común en aquel lugar hasta en-
tonces tan tranquilo del océano Pacífico.
-Primero han sido nuestro animales, ahora han
empezado a atacar a las personas ...
-· ¿Qué sucederá después?
-¿Por qué esta n1aldición?
-¿Qué hemos hecho?
-Eso me gustaría saber -dijo Mateo subiéndose
encima de una silla para que todos pudieran verle-· .
¿Hemos respetado todos las órdenes de nuestro Señor
el Moai?
Se hizo un silencio expectante. Todos miraban de
reojo a sus vecinos, por si alguno delataba que su
comportamiento no había sido el correcto. Pero como
t
~o se oía respuesta alguna, el pescador de langoS ªs
insistió:
73
_·Estáis seguros de que ninguno de vosotros h
mirad~ cara a cara a los otros moais de la isla? ¿Estáis ·
absolutamente seguros de que ninguno de vosotros se
ha acercado al Rano Raraku? .
Todos negaban con la cabeza. Sin demasiado con.
vencimiento porque resultaba muy difícil caminar por
Pascua sin ver a los cientos de moais desparramados.
Pero una cosa era ver y otra mirar. Y mirar, lo que se
dice mirar, ninguno lo había hecho. Tal vez algo fu-
gaz, sin intención. Salvo ...
Rigoberto recordó la noche en que estaba contem-
plando las estrellas. No, tampoco él se había acercado
al volcán Raraku, pero había visto cosas a través de
su telescopio. Una figura que se movía. Tal vez lo me-
jor sería contarlo todo a la comunidad. Y así lo hizo.
Si el de antes había sido un silencio expectante, el
que siguió a sus palabras era tan denso que podía cor-
tarse con un cuchillo. Había rostros temblorosos
otros ligeramente aliviados porque parte del enigma
'
había sido resuelto. El rostro de Mateo Tepano, por
su parte, adquirió el color de las langostas recién her-
vidas.
-¡~e ... , pero ... , insensato! ¿ Cómo te has atrevido
a desafiar a los espíritus? Has arrojado sobre nosotros
Y sobre nuestros hijos la maldición, el castigo de los
aku-aku.
-No lo creo -afirmó Rigoberto sacando fuerzas
de flaqueza ante tamaña acusación-. Y o no digo que
fuera una estatua la que se movía, ni siquiera puedo
estar seguro de que m1• v1s10n. . ., no tuviera que ver con
1as sombras de la luna
Mateo no le d · ., · · · · z
may ., . e Jo continuar. Su enojo era cada ve
or Y mas gritón:

74
rüis había guerras, había escenas de canibalismo y ha-
bía sacri ricios.
- ¿Sacrificio? ¿Qué sacrificio? -preguntó Rigo ..
bcrto, te1nbloroso. ¿Acaso pensaban matarle para
ofrendarle a los dioses?
- Decídelo tú -respondió Mateo con ojos enfu ..
recidos- . Tuya es la culpa, tuya ha de ser la repa-
r1ción. -Y como el pobre hombre no dijera nada,
continuó-: Un sacrificio consiste en renunciar a lo
que más quiera uno y ofrecérselo al moai.
-¿Y qué tengo yo, pobre hombre que ha renun-
ciado a todo? ¿Gallinas, queréis mis gallinas? Pues to-
madlas.
-¿Gallinas? -Mateo Tepano se echó a reír-.
No creo que eso sea lo que más quieres. Tienes algo
de mucho más valor, algo que ha sido precisamente
el objeto de tu pecado.
Rigoberto movió la cabeza de un lado a otro.
-¡No, no, el telescopio no! Es mi vida.
-Tu vida, ¿verdad? ¿ Y qué nos importa tu vida
cuanc.i:o está en juego la de toda la isla?
Rigoberto miró al cielo oscuro, como pidiendo
ayuda a los otros dioses, a los benévolos que sin duda
existirían en algún lugar.
Y a no se atrevía a decir nada en voz alta, \pero
hubiera jurado que por encima de su cabeza habían
pasado dos especies de ángeles volando. Eran pe-
queños, eran de color negro. ¿Acaso había ángeles
negros? ¿Acaso esos ángeles, fueran del color que
f~eran, podrían ayudarle? Rigoberto así lo deseó, fer·
v1entemente.

76
1
l '10111a Y '"ªsis i estaban dando un vuelo de re-
Hl i111i nto I or t~> la la isla. I.:ra precioso contem-
¡ I II l., .,s, d_l sd · arnha, en la tranquilidad de la noche.
Por ~n( 1111a, l;,s estrellas. Las estrellas del Hemis-
h. rhl , ust ral las ·onstelaciones situadas al Sur del
z lth;H. o'
l
\1 ,unas d" "Stas constelaciones tenían nombres
4

nHt\ h 'rtnosos: la del rl' ucún del Pez Volador del Pá-
. ' '
jaro dt I Paraíso del lJ nicornio ...
· f\i1ira., Palo111a, ahí está la constelación que lleva
tu no1nbrt.
l n cf 'cto, allí, entre las constelaciones de Orión
~ la d la ( orona Austral, estaba, rutilante, la de la
Palo1na.
Pt.:ro los ojos de ella estaban fijos en otra conste-
la i( n~ pequeña pero preciosa: la de la Cruz del Sur.
Sus cuatro principales estrellas forman una cruz,
atravesada de parte a parte por La Vía Láctea.
-Observa, Kasimir. La Cruz del Sur. Fíjate bien.
¿No te dice algo?
-Que es la más hermosa de toda esta parte del
.
universo.
-Pero fíjate en la cruz que forman sus estrellas.
-Me fijo.
-Y ahora mira hacia abajo.
Kasimir vio bajo sus alas los perfiles de la isla. Allí
había unas lucecitas que parecían ser las de la capital,
Hanga Roa.
-Tracemos una línea entre Ranga Roa y Ana-
na. Luego hagamos una cruz, empezando por Rano
Raraku ¿dónde acabará el cuarto punto?
--Pasa entre el Ahu a Kivi y Terevaka.
acto, Terevaka, el monte Terevaka. Pero ob-
77
serva otra cosa, Kasimir. -Paloma iba trazando men-
talmente las líneas como si tuviera un bloc en 5ti5 ma-
nos. Pero no necesitaba bloc alguno, ya que los vtm•
piros tienen una especie de computadora en el cer~ ro
I · ·1 he como s1 tu-
q~e es permite desplazarse por a nodc los datos-
vieran ante ellos una pantalla con to .os _ · ·
¿ Qué sucede si trazamos la línea entre los dos volca-
nes, entre el Raraku y e] Kau, en C?r~ngo?.
-Ya está, trazada -dijo Kas1mir utilizando el
mismo sistema de computadorización de Paloma-.
¿Y ahora?
-Ahora formemos otra vez la cruz. ¿Por qué lu-
gar de Pascua volvería a pasar?
-Por Terevaka.
-Exacto.
Continuaron su vuelo, pensando ambos lo mismo .
Si el antiguo rey H otu Matúa era tan aficionado a los
astros, ¿qué estrellas del cielo eligiría para trazar sus
mapas? Posiblemente las más hermosas de todas, la
constelación de la Cruz del Sur.
Y al diseñar su mapa en la isla, partiría de uno de
los lugares principales, Anakena, su reino, o Rano
Raraku la cuna de los moais. ¿ Y dónde enterraría su
famoso tesoro, que iba a dejar a la posteridad sus se-
cretos?
-En Terevaka.
- . En el cerro, en los alrededores del cerro , no sa-
bemos exactamente dónde, pero cerca de Terevaka . .
Cambiaron el rumbo de su vuelo y se dirigieron
hacia aquel lugar, bastante próximo a donde ellos te-
nían su gruta-hogar. ·
Desde el cielo pudieron contemplar la imponente
78
. o-- Creo que estamos en el buen can,uno,
Tnnote ue seguir adelante. Vuestra teor1a de
o tenemos q . d '?
per es verosímil. ¿ Cómo se os ha ocurn o .
· ¡e 1o d e su vuelo .
las crucesnto estuvieron de explicar
A pu / ..
Incluso Kasimir comenzo a decir.
-Desde arriba... . /
Pero Paloma le hizo callar de un ~~soton.. .
-Huy, huy, huy ¿qué pasa? -_d1Jo Kas1mir do-
liéndose. Pero Timoteo se puso sonador. .
-¡Qué hermosa debe de ser la isla desde arnba.
Cualquier día pediré a los del aeropuer~o que me den
una vuelta en avión. Por cierto, ¿sabéis lo que le ha
sucedido a Pedro, el bombero?
Y les explicó los extraños acontecimientos.
-Ya hay malpensados, y en estos días con lo del
moai los hay a cientos, que dicen que la culpa la tienen
las enormes cajas de madera que llegaron el otro día.
-¿Dos cajas de 1nadera? -Paloma miró a Kasi-
mir y éste a la muchacha . Su sexto sentido les adver-
tía que algo estaba sucediendo, algo que tal vez tendría
que ver con el terrorífico moai, con la bola de fuego_
con las fosforesce?cias, con el plano del tesoro, con ...
_En cuanto deJaron a Timoteo, Paloma y Kasimir
tuvieron la misma idea:
-¿Vamos?
-Vamos.
Micp quiso acompaña 1 /
ros, sentia que le hacían poco
caso. ero ~aloma le disuadió amablemente·
-Necesitamos que t d ·
lo veas todo q e que es aquí vigilante, que
1
cuentes Eres' nuue to re~uerdes todo y luego nos lo
· es ro mas · d ./
Mic se colgó d 1t precia o guardrnn.
un poco. Pero ene fecho cabeza abajo, refunfuñando
in, ser guardián no era 1noco de
80
y menos el guardián de toda una cueva. Mejor
pavo. . . /
que ser mariposa ... , o mar1poson.
eso Cuando Kasimir y Paloma llegaron al aeropuerto
de Mataveri, el silencio era supulcral. Y además no se
veía ni un alma. Sólo algunas cucarachas echaron a
correr buscando los rincones.
Kasimir se dijo que no era el momento para perder
el tiempo cazando cucarachas, aunque de todos es sa .
bido que es uno de los entretenimientos favoritos de
los vampiros. Pero hasta allí les había conducido un 1

tema más importante, o que, al menos, podía serlo.


Se acercaron al almacén de carga con cautela, con
todos los sentidos en tensión. En aquellos momentos
no tenían ganas de ser descubiertos y verse obligados
a hacer el numerito del zahorí.
-Mira, ahí están.
En efecto, en medio de la nave se distinguían los
dos grandes cajones de madera, en los que figuraba
el número del vuelo que los había llevado hasta allí.
-Y ahora, ¿qué hacemos?
-Tendremos que abrirlos.
No sabían lo que se iban a encontrar, pero fuera
lo que fuera serían los primeros habitantes de la Isla
de Pascua en averiguarlo.
Con sus afiladas uñas, cada uno por un lado, pro-
cedieron a levantar las tapas.
Nada más hacerlo sintieron un estremecimiento.
Y eso que en el interior de las dos grandes ~a~as
5
no había nada, absolutamente nada. Pero algo di ttn·
guía a la una de la otra. Un olor muy singula~ Jque
ellos, desgraciadamente, conocían a la perfeccio~an·
Un intenso, profundo y empalagoso olor ª
drágoras.
82
, , (,'rJmpañero de fiar,
rrti ..... . ..... y yo nada más.»
fh,;hu)

El erdadero peligro
esde luego, si sus sospechas eran cierta--~ :=~
.- ~-r

dadero peligro acababa de llegar a Ja J. a, r~e:


cua. Ahora comprendían Jos arañazos en e 1
.:~~-

llo que mostró el bombero Pedro Araki cuan,~o ::-


cobró el conocimiento. Y esos arañazos no eran ~ e
gato, pensó Kasimir contemplando sus propias ña:
-¿Qué habrá venido a hacer aquí? -pregu ó
Paloma intentando imaginar el porqué de aquella pre-
sencia malévola y amenazadora.
-Pero ¿crees de verdad que se trata de él? --dij o
Kasimir, intentando conservar la esperanza de que
todo aquello no fuera sino una imaginación suya.
Vano intento, pues en el fondo estaba tan convencido
como Paloma de la aparición de su peor enemigo.
-Kasimir, tenemos que descubrirlo, y sea lo que
sea a lo que haya venido, impedirlo.
-Estoy de acuerdo. No puede haber venido a
nada bueno ...
-Y menos de vacaciones.
-Pues vamos.
Dejaron los cajones cerrados, tal y como l?s en-
contraron. Deseaban sorprender a su antagonista, a
ser posible antes de que éste diera con ellos.
85
t -'l.
u p día e halar ese pe il
m ndrág ras.
- nt nce ¿es que no pereció en gipto. ·
u al arse?
-Pregúnta elo cuando le eas.
Tanto Paloma como a imir sabían que un
piro no e ahoga a í como a í· que puede mo ·r
ulpa del ol que le con ierte en polvo· qu
pueden terminar cuando una estaca e l 1
razón· que lo ajo (¡ug, qué asco!) l
á que la cruce son antídotos qu
a o contra él. Pero ¿el agua?
z l hab.,an ayudado a alir a fl
nd dades, ésa qu
e 'an en lo pi
ac a el ab1...., . . . . -
tri,,
l•:' el Marq 1 ·s había utiliz·1d) para s1:;guir haciendo la pu-
ñda a la l nt ! 1 1 c·:1s_) '- qu e. tal a ·=illL en aquella
isla a1nrtad:1. qu · ·1 se había el .splaz·1 k h· t•1 tan
lejos, si11 du 1, sus t l( ti < s t ndrí·t. y
s~ 1ur<. solo a 1 1 drían be efi :iarl :;"\

les ha --ía 111 n~s h n 10Sl. E


cierto qu ah~,jo s .. u1~1 Pas ~ua e,n la o curidad e n
di 1ninutas lu · se 1 • '"ntradas en la capital. Y que arri-
ba continuaban la. --. tr '"llas, ajenas a to lo· aqu llo
conflictos t rrícola:. P '"ro la ·i nquietu l que entía la
pareja nu 1 .- alnndonaría hcL·ta dar con el objeto de
su l sar.
A punto estuvieron de avi ·ar a Timoteo, pero al
lle 1 ar a su c·1sa lo vieron plácida1nente dor1nido . y se
ara dijeron que ya tendrían tiempo de contarle lo que es-
lo tab,, sucediendo.
Kasitnir llegó a sonr írse p( r l) bajini al imaginar
que si el anci'mo supiera lo que estaban haciendo,
buscando sin descanso al 1nayor de sus enemigos, les
habría salido con uno de sus clásicos refranes. Por
ejemplo, «Arrimarse a la boca del lobo es de hombre
bobo». ¿Y cómo podría acabar un refrán que empe-
zara con «Arrimarse a la boca del vampiro ... »?
qt1C Paloma le respondió sin dejar de mover las alas.
1go -Arri1narse a la boca del vampiro es algo sin sen-
ses tido.
dC Sobre todo si el vampiro era el baboso y empelu-
¡to 5 cado Marqués del Colmillo Retorcido.
10 s , . Al pasar sobre la vertical del monte Terevaka sin-
her) l ·
l n as perturhaciones magnéticas sobre sus cuer-
pos. Era casi seguro que el tesoro del rey Hotu Matúa

87
• andaba por allí enterrado, pero aquel no era momento
para tesoros.
-¿Qué dirección tomamos, hacia el volcán o ha .
cia la bahía?
J
l
-Cada uno por un lado. Luego nos encontrare .
mos en casa.
En casa quería decir en la cueva. A Kasimir no le
apetecía lo más mínimo separarse de Paloma, pero
comprendía que de esa manera ganaban tiempo. Por
lo tanto, Paloma marchó hacia el Rano Raraku, mien-
tras que Kasimir volaba en línea recta hacia Anakena.
El Rano Raraku parecía una fortaleza custodiada
por sus guardianes de piedra. Unos estaban tumba-
dos, aguardando el momento en que alguien los re-
sucitara, extrayéndolos definitivamente de la cantera.
Pero la mayoría estaban erguidos, con sus largas
orejas, sus grandes bocas y sus ojos ciegos a los que
habían despojado de la obsidiana que les cubría en
otros tiempos. Eran unos moais de medio cuerpo, cla-
vados en el suelo, casi únicamente cabezas y todos
ellos mirando hacia el interior de la isla.
Parecía como si durante siglos nadie hubiera pi-
sado aquellos lugares. Incluso la laguna que reposaba
en el fondo del volcán estaba inmóvil, rodeada por las
plantas de totora y protegida por las inconfundibles
estatuas de piedra.
«¡Qué lugar más mágico y misterioso!», se dijo Pa·
loma, feliz por aquella contemplación. Para los pas·
cuenses aquellas figuras formaban parte de su entorno
· 00 da-
y casi no les prestaban atención. Pero ¡cuánto r
/ 1 h b.
r1an os a 1tantes de cualquier otro lugar Pº r tene
aunque sólo fuera uno de aquellos moais!
88
t
Todos ellos parecían respetar el paso de t · e
sin prisas por salir de su letargo. Todos menos._¡ , ,
Paloma descendió hacia él y adoptó forma h c1

para p~de: tocarlo _con sus propias manos. Era q


el moa1 mas pequeno de todos, del tamaño má~
nos de un ser humano. Ni el más bonito ni el má~ ~ -
presionante, pero sí e~ más manejable.
A su alrededor la tierra parecía removida com ~
Or la estatua quisiera hacer un intento por dejar a e
en. lugar, salir de su eterno descanso y echar a andar .. ~-=
na o a volar.
ad& Salvo aquella aparente anomalía, nada había u~
ba- perturbase la paz de la cantera de los hombres de · e-
re- dra.
Paloma extendió los brazos, los cambió por a as . -
dirigió su vuelo hacia la cueva en la que había que-
dado con Kasimir.

Mientras tanto, Kasimir daba vueltas sobre la ba-


hía de Anakena. Era un lugar especialmente bonito .
con su playa, sus palmeras y sus imponentes figu-
ras. Una de ellas era la que hablaba, la que había
pi-
'
atemorizado a toda la isla. De las cinco allá levanta-
aba das, la amenazadora era la del medio.
las Kasimir tomó tierra. Todo estaba tranquilo. Es-
1es tudiando las huellas en la arena se podía deducir que .
unas horas antes los isleños habían estado rindiendo
'
pleitesía al terrorífico moai.
La verdad es que era un moai como los demás tal
~ez más completo y mejor acabado que los otros se-
n~l de que aquél fue el lugar predilecto de Hotu Ma-
tua. Y era lógico que así fuera pues en toda la isla no
hab'1 · '
ª otro lugar tan bello como aquél.
89
f ,oH 1110 :iis, como sicn:prc, ~aban ~a espalda alma .
'i el O . ·ano, que de dia tema un mtenso color es-
·r ·,fd;i 1,or la noche era negro y plateado; todo
11 H , ., d. .
lPll~il. .. ., excepto en un punto en que se 1st1nguía una
·~ ) ~ •ic d ~ chisporroteos.
li 1 , d
K:,siinir ech(> a correr para ver mas e cerca aquel
cxtr:tlH) r --11ó1neno, y en ese momento sus pies tr 0 ..
pcz:1ro11 ron algo y cayó al suelo.
Fue al incorporarse cuando sus manos tocaron
:tl~o tnás que arena. Bajo ésta había algo tenso y pro-
lo11~~1do.
, rl irando suave1nente descubrió que se tra-
tah·• de un cabl , hasta entonces enterrado.
l ,J cable, con10 todos los cables del mundo, tenía
dos t;, · t rcn1os. U no de ellos conducía a la espalda del
tt rrorífico n1oai, donde había, escondido bajo las pie-
iras de su b·1se, un dim.inuto altavoz.
E~l otro cxtre1no conducía hacia el mismísimo mar,
all~i por donde era posible ver el agua agitada de abajo
arriba y los intermitentes chisporroteos cuyo signifi-
cado todavía desconocía.
Siguió el rumbo que le marcaba el cable, con mu-
cho tiento, sin hacer el menor ruido que llamara la
·1tcnción. Deseaba descubrir lo que fuera sin ser visto.
LtH::go regresaría a la cueva y se lo contaría todo a
Palorna. ·

-¡ Paloma, Paloma! ¿Sabes lo que acabo de ver?


No puedes ni imaginártelo.
Palonn le hizo un gesto de que se callara.
-¿,Por qué? ¿Qué sucede?
I_>at_oma se le acercó y se estrechó contra su pecha·
~asmm _le acarició el cabello y miró con amor sus pr~;
iosos o_1os azules. Pero en los ojos de Paloma babt
90
a lgo más que amor ... , también había p . ,
reocupac1on y
111 ucha. '
Q ,, ? 1 .,,
. -:_l ue_ padsa. -vo vio a repetir' aunque en esta
ocas10n baJan ~ o ~l tono de_ voz, casi susurrando.
Paloma senalo con la mirada en una direcc·,, h _
cia el techo. Allá donde solía estar Mic dur~~~d~.
Allá donde aho~a estaba Mic: .. , sin dormir. Porque
no creo que nadie pueda dormir cuando tiene dos car-
tuchos de dinamita atados al cuerpo.
. . '
.
-¡Jo, JO, JO, JO.
La risa salió de la profundidad de la cueva, al tiem-
po que una chispa encendía la llama del mechero que
el personaje llevaba en sus manos.
-Otra vez cara a cara. ¿No te lo esperabas, ver-
dad, Kasimir? Pues ya me ves, gusano miserable.
Kasimir dio un paso pai;a lanzarse al cuello de
quien le estaba insultando y cuyos ojos, inyectados en
o sangre, brillaban en la oscuridad. Pero el Marqués le
1- detuvo con un gesto.
-¡Quieto! Un paso más y enciendo la mecha. ¿Y
sabes lo que pasará si enciendo la mecha? Pues que
vuestro amiguito el murciélago saltará hecho pedazos.
En realidad será un espectáculo muy divertido, por-
a que estos cartuchos no contienen sólo dinamita, sino
también fósforo verdoso. Y el bicharraco explotará
entre fosforescencias como los mismísimos fuegos
?. '
artificiales. Casi estoy por probarlo ... -Alargó la
mano con la llama hacia la mecha.
-¡No, espera! ¿ Qué es lo qu~ quieres?
El Marqués apagó el mechero, porque entre otras
cosas el metal se estaba calentando Y comenzaba ª
t
quemarle en la punta de los dedos. Aún así eS ªba
91
r a a ·i Hl'trl ) si p, 1 n 1·t Ka-
1u a ,. . l n ) l , u tas .
\ u lto ra on'1ble" an i o Ka i-
..._usta. Porq 1e 'lde11ús~ has de
, s ·)ñ r Sl ~' v ). que ha
111 r _ 1 todo 111011 n t , que ...
. le ínter u1npi /:
nsergas. · Acaso te crees toda\ ía
uelta ahora mismo a t1fi .
n da. Será mi rehén ha ta qu
i a buscar.
e a buscar.
í decirte quién he , nid
dio ras1mir. ¿T lo di 0 0 El 1
• -·

a u aju t " l peluca e hizo rechinar u di ~nt


tiz - . ·T 1 digo? ¡A ti!

92
« El que peces quiera pescar
el .............. se ha de mojar.»
(kahua)

Coltnillos
frente a frente
l Marqués, sin d~jar de sonreír, acercó la llama

E del mechero hacia la mecha de la dinamita fos-


forescente que envolvía al sudoroso Míe. En rea-
lidad, el pequeño murciélago aún no había compren-
dido bien lo que le estaba pasando. Rodeado por su
carga mortífera , envuelto en sus alas, sólo podía es-
cuchar las palabras de sus amigos y enemigo.
-¡Un momento ! ¿Qué vas a hacer? -Paloma so-
pló desde alguna distancia con tanta fuerza que apagó
aquel fuego amenazador.
-¡Jo, jo, jo!. .. -El Marqués se contonéo, al
tiempo que descolgaba a Míe-. ¿Creéis que iba a des-
truir mi seguro? Porque esta cosa insignificante con
alas y ore jotas, este repelente mamífero volador, será
la garantía de que tú , de que vosotros, me vais a dejar
en paz ... , hasta que haga lo que tengo que hacer.
Kasimir avanzó un paso y miró a su contrincante
a los ojos.
-Eres un cobarde , Marqués del Colmillo Retor-
cido, ¡un cobarde!
El viejo vampiro sufrió un estremecimiento. En su
larga vida nadie se había atrevido a hablarle en ese
éi,
tono. ¡A al Marqués del Colmillo Retorcido! Tragó
95
rnentos no
. sos mo d .
.. e lo n1e1or en e. . atado e p1es
- :e lJ ~ u ·s . sentía bien
d
· er te iscutlr • e
uieras ... ' por el Iní;..
·e Kasimir, di lo qu~ qs palabras. Pero ·ttn
I 11
" s necia , s· .
~ v a escuchar tu.... cujdado .. 1 me hin,
, /. ue ir con t f
.:1, • ·L d s te~e1s q de este meque re e, que
O
~ , ;= la nances hagd rtificio que se \ a a ver
e: r 1 ·go un
fuego e a
. t . Compren e1s.
d /. r,
0 cont1nen ,·
e. ¿ ,,
e= e el · 1msllll
1 tivo, ¿por que no te en-
-"=-o~ - n: '
ª
- - tú. cobarde super no a través de un pobre
.recta1nente y
1,,...

-.:'.l efenso·.
• d ·
-'- / . / a Mic con esprec10.
- ~ ra es a
f
El~ rquest1:1111.rn~efenso. Pero por su culpa erdí
.b
p.

1 1
e=-,ro del Museo Nacional, por su cu pa os I ras-
e I maldición de la Momia·
;:>.· -

--Por cierto, ¿cómo te libraste tú? -quiso saber


P l ma.
El J\farqués se echó a reír, con carcajadas que pa-
e ✓an rotar del fondo de un cementerio.
- . Algún día os lo explicaré ... , si es que todavía
e-ráis aquí para escucharme. De momento, Kasimir:
- /lo quiero una cosa de ti. Tu inmovilidad. Tu cegue-
ra. Que no veas nada, que no hagas nada aunque_~º
~eas. Porque si te mueves, o si ella se mueve -dtJO
-eñalando a Paloma-, os quedáis sin acompañante.
De v~la?or lo convertiré en volátil. ¡Plaf, explosión Y
a los mfiernos !
Kasimir avanzó un paso más.
-¿Qué estás tramando?
· Pero te puedo ase gurar
- ·A, ti t e IO voy a decir!
que seras el p ·
-E · . nmero en enterarte. .. •Jllir
so s1 no me he enterado ya ... -dtJO J{as1
mostrando algo que llevaba en su mano- · T ct·
a e---to? M ;' · 1.., e ice
alguna cos · - ostro un cable negro y un en-
chufe.
El arqués ..aciló. por unos instantes . lb a a con-
,L ,
d
testar~ pero no lJO n1 que sí ni que no.
-Ya hemos hablado suficiente por esta noche.
; hora me voy· Y espero no volver a verte hasta el
mom~nto en que_t~ngas ~ue arrodillarte para pedirme
perdon. para solicitar m1 gracia, para suplicar mi be-
nevolencia. para ...
Ante de que Kasimir o Paloma pudieran respon-
der~ el arqués se transformó en vampiro y echó a
"olar. Abandonó la cueva, llevando consigo a su re-
hén.
En aquella ocasión, ni Paloma ni Kasimir queda-
ron aliviados por la marcha de su peor enemigo. En
primer lugar, porque se había llevado a Mic. En se-
gundo, porque les había dejado el hogar con un em-
palagoso olor a mandrágoras.
-¿ Y ahora ¿qué vamos a hacer?
Sabían que si hacían algo, fuera lo que fuera, pe-
·graba la vida de su más querido compañero de aven-
turas.

unca desde los tiempos de las luchas entre tri- ·


b se habían dado momentos de tanta tensión en la
nd
a de Pascua. Aquel apartado lugar del mu º' el
. · ·1· ·,, staba
gar habitado más aleJado de la civi izacIO_~, e
. iendo momentos desconcertantes, someti_endose a
implacables órdenes de una estatua de piedra. ll
Ri . . . día ver las estre as
goberto Fati ya m siqmera po d f dedo con
su telescopio. Había intentado e en , 1 y en
. ás fuerte que e
Ydientes, pero Mateo era m ·
97
la

lTI
e
n an ..
Pedr rr • 'e de bo nbe10s el a
aún e taba ba · fecto de lo que l l a
did . ecluid e1 el hospital cada ez qu
un crujid e o resaltaba, y las enf . rn . ·
que dar] edantes.
P r ~u parte, Santiago Veriveri e a a
abatjdo que ni su novia Elena era cap· z d
on cierta inelancolía contemplaba . l
n goci : < Muera feliz muera cont
vor muera aquí dentro>. Siempr
un e Jo · n eficaz y que quitaba
p1 e a pero ahora ., a ni ·iq lie a 1

tido.
-Nos vamos morir t d s . 1 tr arr
do . Uno fallec rá en la pl· y , , l 11- aran la
~el océano. A otro lo tirarán los vi .nt _>s P r ~
1

tllados de Orongo. Otros des<lparec -ran rapta 01


los aku-aku de la isla. Ninguno morirá en · u 1
como Dios manda. Ninguno será ent rrado en
98
llLUtd.l

·ult
_·1r 'U l
1~r1·un nt
1'11 l 1\_ i 'l l ·l l

·isa un
c. l ·u.
111·1 ·1 t
f )11 cFl un r ~al 1u ho un
·uqueok g'- . ·111 .¡uí ¡ r lnl rl a·'- m¡ anach
n cer pahu ¡ 1 l ·llnH l·1 ís\·i. l ij
e m p ·u11 ·1 h ·1b na t ·1r l ·1 i l l r \ 1n no , t r ,. s ,n .~ t; s
en hac r lo que . '-k 1.: :a f, rma. hahta r su lh)
m Il'l . l ' p a g ) a r t u l) s a 111 nt .l ll \ . 1q ll I s. l. o
que ra h r n . 1·1 i fantili~L
n algmn · n Kht: n qllt t h)s l )S d mas ln-
bitante d la Isla h: Pas'-·ua s n ·ernl ·1n asustados
silencios 1s t: n su · asas. lnst a -11, )S 11 · al,a n bs m -
lodía d slal izadas q lit' · l itl1l) t ·,) sa ·;tl a ·1 su sa .- o fún.

-¿Todo n ord , 11 ? -pr uuntl) la fí~ma desd \;1


s mbra.
-Tod n or l n. -H \lit ru,pondta se hvo las
[";• nos n la orill·1 l l 1nar.
99
)111) d h
n r · ut' lh .
-Ye c.
h::
· di

as
l 1

.,
·1
ti mJ . Le pare

1
extraña la actitud de su jefe que extend,, 1
untiagudos dedos hacia éÍ. Pero se ct1·J·o1a sus 1 argos
Y P · b . que os ex-
tranJer~s son astante rar1tos, y no le dio mayor im-
portancia. ,, .
- y a esta' Jefe. y ahora si lo desea' podemos ir
al Rano Raraku.
-Claro que lo deseo. ¿Acaso crees que he venido
hasta aquí, que es el culo del mundo, para hacer tu-
rismo? -de repente el Marqués se había enfurecido.
Tal vez porque no había podido arañarle, porque te-
nía hambre y le apetecía morder alguna yugular ju-
gosita. Tal vez porque su mal humor iba o venía como
aparecen y desaparecen las fases de la luna.
at~s aua.~
r
El hombre se puso unas zapatillas de suela de
\l,
goma.
Je salía -Es importante llevar un buen calzado para ca-
o e.
'}?
minar por aquí. Las rocas volcánicas cortan a veces
el Mar• como navaJas.
legue su -¿ Y a mí qué me importan las rocas volcánicas?
-dijo el Marqués haciendo un gesto de impaciencia.
-Se lo digo porque lleva usted unos zapatos de
apariencia muy frágil. Bonitos pero delicados.
En efecto, el isleño estaba contemplando los za-
patos del Marqués, que pertenecían a otra época, si- •
glos atrás. Eran de raso, bordados en oro y con la pun-
ta ligeramente hacia arriba.
-Eres un patán -replicó el Marqués con un gru-
ñido-. Son unos escarpines señoriales. Pero ¡tú que
vas a saber de eso!
-Sé que se le van a destrozar cuando vayamos al
Volcán -insistió el otro.
-Preocúpate de lo tuyo. Y vámonos cuanto a~tes.
Ya estaban a punto de irse, cuando el Marques se
101
fijó en algo que correteaba por el sucio.
de ~gruesas y .lustrosas cucarachas.
1. . ¡.1·
. gu 'l __, 1e : ,. n es
~
ciertc·)
Los coln111los se le 11c1cron ,,d gre ~
'- · fresca, H
pero a ,

ue preferi·1 un buen vaso i


te sc:1n b l
q '" · . . del hom re que e
falta' de p·1n
'" · · · Ante la, sorpresa . d
, ,. , en pica o contra el
acompañaba, , · el Marques
• se l<1~zo t
. ettda v se es re o e na . . 11,, d
suelo. Fallo la pr1111era acom J
.
rices. E 1f d d b
-·Maldición y maldición! - _,n e on se ª a °
' ., 1 e
cuenta de que ya no etd e qu · fue y de que estaba
. ,, u
n
tanto achacoso. Pero esta idea la desprecio con so-
berbia. ¡El Marqués es siempre el mismo! _Se ~justó
la peluca y escrutó la oscundad con sus OJOS mcan-
descentes.
El isleño movió la cabeza resignadamente. Desde
luego ¡qué gente más rara le tocaba en suerte! Menos
mal que le iba a pagar en oro macizo. Porque si no,
· ¿quién iba a aguantar a un excéntrico cazador de cu-
carachas?
El Marqués falló también la segunda acometida,
pero se dijo que la tercera era la vencida. Y acertó.
Bueno, medio acertó, porque sólo consiguió atrapar
a uno de los relucientes insectos. Lo contempló por
unos instantes, viendo cómo movía patas y antenas.
Luego abrió la boca y se lo zampó tan ricamente.
Mientras aún se estaba relamiendo., el otro, por
aquello de ser amable, dijo algo que no debería haber
dicho:
, , . . d aderezo.
- E st ar1an mas ricas con un poquito e
¿Le apetece un poco de cebollita ... , o de aj?~ 1 que
Al oír la palabra fatídica el Marqués vonnto ~a u~
acababa de tragar. Nada hay más repugnante Pª
102
vampiro que el ajo. Y aquel patán, tal _vez para pro.:
vocarle, se lo estaba ofreciendo como s1 tal cosa.
El Marqués se quitó uno de sus guantes Y abofeteó
en la cara al deslenguado.
-¡No hables hasta que te lo diga!_ ¡N_o resJ?ondas
hasta que te pregunte! ¡No pienses :'1quiera ? no te
doy yo permiso para hacerlo! ¡Estúp1,do. ¡MaJad_eroi
El hombre se protegía como podia de la funa de
su jefe. Estaba incluso a punto de mandarle a hacer
gárgaras, cuando pensó en el oro macizo. ¡Lo que hay
que hacer para ser rico! Una vez le oyó decir a T{.
moteo que «el oro hace poderosos, pero no dichosos>,
Pero eso era pura palabrería del andano. Él con e:
oro dejaría su ingrato oficio, abandonaría inclus~
aquella isla para instalarse en el continente y ...
~o pudo se~~ir pensando, porque el Marqués le
pego un puntap1e con la punta de uno de sus zapatos·
con la punta de uno de sus ~scarpines, mejor dicho.
-Venga, vamos al volean. Se me ha quitad l
hambre. oe
y como dos au~é?~icas sombras, que en realidad
e~ lo que eran, se d1r1g1eron en medio de la noche ha·
c1a las laderas del Rano Raraku.

104
« ... ,. .. . . . con guantes marrones
r kuri)
no caza ratones.»

((:;

her,
T:.
Carrera contra reloj
e:
uso

s le
os;
O,
el
e temo -comentó Kasimir a Palc m8.- q1 ~ rJj':.

M encontram~s frente a una auténtjca Cétrrer2.


contra reloJ.
-Para evitar lo que el Marqués se haya pr p estr·
hacer, sea lo que sea.
-Para encontrar el tesoro del rey de Pascua. e~té
donde esté. ✓
-Y sobre todo, sobre todo, para salvar a ,.· da de
nuestro querido Mic.
Paloma y Kasimir, sin tener que decir o en '\"'OZ
alta, estaban seguros de algo: que todo estaba inte-
rrelacionado, que para salvar la vida a Mic había que
encontrar el tesoro; y que encontrando el tesoro era
más que probable que evitaran la maldad que, a cien-
cia cierta, el Marqués estaba a punto de realizar.
-De momento no podemos acercarnos a 1'1ic
-dijo Kasimir pensando en lo que pasaría con el pe-
queño murciélago si intentaban liberarlo. ¡Saltaría por
los aires como una traca!
. -Pero tampoco podemos perderlo de vi:ta -añ~-
dió Paloma que temía no tener al Marques lo sufi-
tement; cerca como para seguir sus huellas y ver
se proponía.
107
a a pasar la
-Haga lo que haga, sabemos dónde v
noche. En el almacén del aeropuerto. . era el mo-
d . · e s1 no
-Está bien. -Paloma se IJO qu J.[c y el Mar-
mento de actuar directamente so~r~d d~s nocturnas
ués
q ' tendrían que enfocar sus activi ªoiver a hablar
d bían v
sobre el tesoro. Aunque antes · e, lo que estaba su-
con Teodoro Pakarati. ¿Le cont_a~i~n n
· ,, 1 d1r1g1ero ·
cediendo o no? Y hacia_e se r itaron a relatar-,
-Alguien está en la isla -se J~bólico.
alguien que está tramando a~go ª
1
de decir:
. d,,O nsattvo antes
T1moteo se que pe b. e espera que se
D 1 1 d O sólo un ien s '
-« e ma va . · ,, · No me extra-
muera» -tras la sentencia continuo--. ~
_ ',, ,, .
na 1o mas m1n1mo. La leyenda del rey Hotu Matua
cuenta muchas cosas, algunas las conocen ustedes.
otras no. y en las que no conocen, se habla de un
extraño, de un intruso dispuesto a robar un tesoro.
Nuestro tesoro.
-¿Robar el tesoro? -interrogó Kasimir, sorpren-
dido.
-Pero si usted, que ha pasado en la isla toda la
vida, aún no ha dado con él, ¿cómo lo va a encontrar
un extraño?
-Lo tendremos que averiguar. Pero deprisa por·
que también cuenta la leyenda que si el intruso con·
sigue su propósito, la paz desaparecerá para siemp!e
de Pascua, volverán los tiempos de lucha y canibafr~-
mo, seremos infinitamente desdichados ... -Tras un 3

pausa,añadió co!1 energía-: ¡Hay que evitarlo_! ,


«Si, pero ¿como?», se preguntó Paloma nuentr3~
contemplaba el mapa de la isla. Trazó mentalroent
sob~e aquell?~s dibujos esquemáticos la Cruz del sur.
La mtersecc1on de las líneas estaba en Terevaka-
108
a

e-

m-
1
, , OéJ. e r-
r ab r de-
ruz deJ
i e ..1tam ,
que a Ri-
1 t·1nto Hno a nos( tro acabar de
una ez n ta· n1dldicion \s.
El ancian lanzó un acord con su saxofón ante
de partir. p r hubo d p·1rtir solo. Ni Kasimir ni Pa-
lo a ta an di pu tos a perder tiempo.
- a a u t d a visitar a su convecino. 1 osotro
amo dire tamente a T revaka allí nos veremos.
-Pero · "mo van ·1 buscar? -preguntó rápida-
Timote .
-¿OI ida qu soy zahorí? -replicó Kasimir con
nri a-. Y un zahorí es capaz de muchas co a .
- or j mplo d no refl jarse en un esp~J~,
d. --dijo Time t , 0 r C{ rdando lo que Kas1mu
h en u n u ntro on lo. isl ño •
10
y mu-
-Verdad -afirmó Paloma, orguHosa-.
• r mos a poner en
chas cosas más, que ahora mismo va
ráctica para dar cuanto antes con el tesoro. _ ct·,,.
P ontrado -ana 10
-Y una vez que Jo hayamos e_nc 1 aldad de}
Kasimir- tenemos que neutrabzar ª rn 1O
r moai, la perversidad del intruso Y salvar por menos
una vida. . d h
. . , . Ti·moteo- con to os sus a.
_ U na 1s1a - corr1g10 . lt
bitantes, sus tradiciones, su sosiego, su cu ura, su
arte. R. b
Mientras Pakarati iba en busca de igo_ erto, Pa .
loma y Kasimir volaron en línea recta hacia el mon-
tículo por donde podía estar el tesoro.
-¿Habrá encontrado el Marqués las coordenadas
del mapa del tesoro? Para él, encontrar el tesoro del
rey Hotu Matúa podría ser el inicio de actividades de-
lictivas. Lo vendería en Occidente, reagruparía a los
suyos y, poco a poco, se iría apoderando del mundo.
-¿ Crees que vamos a encontrarlo por aquí?
-Pues no lo sé ... -En ese momento sus radares
mentales percibieron las perturbaciones magnéticas
de la zona. Kasimir aterrizó acompañado por Palo-
ma-. ¿Has ·n otado?
-Sí, lo mismo que tú, el magnetismo.
-¿ Y sabes lo que quiere decir eso? Pues que el
Marqués no va a venir por aquí.
· Paloma sonrió.
-El marcapasos.
En efecto, el Marqués utilizaba un marcapasoi
/ · .1 tfO'
para inantenerse mas o menos en forma y s1 se ? 8r
d / ' 011
ucia en aquella zona el aparato dejaría de funct
regularmente.
-Claro está que puede tener un compinche,
110
-Seguro que tiene un compinche que se lo habrá
P reparado
. todo antes
. de su llegada a la isla . Pe ro no
es lo m1s~o un compmche que el mismísimo Marqués.
;--Y s1 ahora mismo sabemos algo es que el Mar-
ques ~o se va a _acercar por Terevaka y nos va a dej ar
trabaJar tranquilos. ~
(!na duda c~uzó por la mente de los dos vampiros:
¿Y s1 el Marques estaba buscando otra cosa? Pero en-
seguida 1~ desecharon, porque lo que más le gustaba
al Marques en este mundo , y quizá también en el otro,
eran los tesoros. Fueran cuales fueran .
Paloma y Kasimir trazaron en el suelo el dibujo de
la cruz.
Ooratw·
-¡La cruz! -dijo Kasimir pegando un salto atrás.
1!e om1:
-¿ Qué pasa con la cruz? -preguntó Paloma
tiviaaat1 asustada.
uparia a'. En ese momento lo comprendieron. La cruz, fuera
del nm~ cual fuera, era uno de los enemigos ancestrales de
.
a~uf~ vampiro.
u~ raa~r¡ -Pero nosotros llevamos noches enteras hablando
agneíl''
de cruces, trazando cruces en el cielo , en el mapa, y
;r f1i
1 no hemos sentido nada.
,
-Ni siquiera me he acordado del peligro que co-
rr1amos.
-Y eso ¿por qué habrá sido? .
Se sentaron meditabundos, un poco must10s. Por
un lado era una _alegría descubrir qu~ alg~ que hasta
entonces era peligroso para ellos, babia deJado de ser-
lo. Pero •y si la cruz ya no funcionaba porque estaban
empezan~o a perder facultades? Primer_o podía ser _la
cruz, luego los espejos, más tarde ~os ªJ~S. · ·
-¡No no digas esa palabra! AJ ... , aJ .. ·
Meno~ mal. Todavía sentían aversión por algo. Se-
111
guían íendo ,,a1npiros acababan de volar, de trans-
.. ' ,, la
" rn1 rse. Estupendo. Pero entonces, ¡ por que
4·• ·t·v, rncntc
Cruz del Sur no les había expulsado c 1 d 1 111 1
ª
· I ., N. · · 11
e 1a 1s a: 1 s1qu1era aque a cruz qu · e acababan de
· i u j ar en el suelo les había hecho cfce to· ,
- ~ D. K · · J una vez en I ran--
1me una cosa, asnn1r, ¿ a g .J •

silrnnia sentiste el rechazo de la cruz? -q,,mso ~abcr


Paloma. pues a fin de cuentas ella, ~ra mas reciente
ue Kasin1ir en su naturaleza va1np1nca.
-~ o. pero las historias que h~ leído... .
-Que has leído, tú lo has dicho. Y en Egipto,
·.recuerdas que vivíamos en el barrio copto? Aquello
estaba lleno de cruces. ,
-"\ iYían10s allí para evitar la presencia deJ Mar-
qués. Y recuerda que para protegernos inventé unas r
gafas nocturnas especiales que impedían el efecto de d
las cruces. p
-Lo que recuerdo es que jamás nos hemos en-
frentado directamente con una cruz. ¿ Y si no tiene e
efecto?
-Yo he visto el efecto que tienen las cruces sobre le
los vampiros -dij o Kasimir, preocupado, tras una
breve meditación-. Allá, cerca de mi castillo ruma-
no, un acólito del Marqués quiso robar en la sacristía
de la iglesia, le cayó una cruz de plata en la mano Yse
le quedó marcada, como si estuviera al rojo vivo.
-Pero recuerda una cosa, querido -continuó~~-
loma, ahora con una sonrisa de alivio-. Tú tambte~
. t paso
estuviste en la Iglesia Negra de Brasov y no e
nada. de-
t
-Es cierto. . . -Kasimir había olvidado eS e
talle.

112
- Lu~go, es posible que las cruces sólo afecten a
Jos vampJfoS que vayan a hacer algo malo.
Podta ser. No es que a Kasimir le hiciera much
gracia_ el_ qll;e Paloma le considerara un vampiro bue~
no. N1 s1q~1era el_ que ella fue~a. ~na vampira buena.
porque los ,, vampiros,
. por defm1c1ón , tienen que ser
malos, ma l1s1mos, requetemalos, supermalos ...
Pero no, en efecto, ése no era su caso. Él era un
vampiro poeta:
Ni la noche ni el día quieren venir
para que por ti muera
y tú mueras por mí
oc/ M~ Un vampiro que hacía gimnasia (mejor dicho, «ae-
ente~;: robic>>) para estar en forma y que ni siquiera era capaz
efecto, de hacer daño a una cucaracha, como los demás vam-
.
piros.
-Entonces, ¿tú crees? ... -preguntó Kasimir con
esperanza.
-Es muy posible. Yo no conozco todas vuestras
leyendas. Al fin y al cabo soy una recién llegada. Te
ssoM prometo que en cuanto tengamos un poco de sosiego,
as u~ las estudiaré a fondo. Pero ¿y si las cruces sólo afectan
rumt a los que hacen el mal? Al fin y al cabo, la cruz es el
cri~ti' símbolo del bien.
oy~ -Bueno sea como sea -interrumpió Kasimir
volviendo a 'la realidad-, no podemos perder más
'ópt tiempo. Acuérdate de Mic. ¿Por dónde crees que es-
biél tará el tesoro?

I -Por aquí -dijo la sombra señalando el camino


al Marqués. ., ,
¡Qué camino más incómodo! -se queJO el per-
113
fido aristócrata al tiempo que pensaba que hubiera
sido más fácil para él ir volando. Pero en es~ caso,
¿qué habría pensado su compinche, tan tcrncola y
mortal?
-Ya nos queda muy poco. / .
El viento soplaba en las laderas del vol~an, desli-
zándose silbón por entre las estatuas de piedra que
parecían mirarlos con sus ojos ciegos.
-Más te vale que sea así, porque _ya estoy hasta
los mismísimos colmillos de tanta cammata.
-Es que he tenido que buscar algo manejable.
-Pero ¿qué tal es?
-Mire, si es una preciosidad. Y si no, dígamelo
usted mismo.
El compinche señaló un objeto y el Marqués se
quedó con la boca abierta, mientras una babilla le res-
balaba por la comisura de los labios. Se le estaba ha• t
ciendo la boca agua de pensar que iba a ser otra vez g
rico, que iba a hacer la pascua a los pascuenses (¡jo,
jo, jo ... !), y que se iba a vengar de Kasimir haciendo
saltar por los aires a su fiel y querido camarada Mic.
Aquél sí que era un tesoro, un tesoro mucho más
importante que el que estaban buscando los isleños 1
compañía. (El Marqués en esta ocasión se limitó a!la·
mar despectivamente «compañía» a Kasimir.)
-¡Jo, jo, jo ... , los árboles no les dejan ver el bo::
que! -rió el del Colmillo Retorcido, porque tia- ta
ba que lo más importante lo tenían del~nte de ::yen· V

rices y se complicaban inútilmente la vida con o


das. ¡Vaya estúpidos! tuviera
/f. tesor 8(1
0
lll1
Claro que para que aquel mag_n1 ico JejoS· P ' Pr~
algún valor había que llevarlo le1os, muY
eso estaba el Marqués.
__ -¿Qué le parece? diJ·o
· ' or g u)J(, , ., ,
J J. e 1 (l/../ ; rr1 fJ21 -
J

nante. ·
El Marqués no que ría dcm<>str~ r u ()at 1 f ac;u.r, n
( ,A,

así que puso cara de pocos amigos J '

-Aún
,. no está donde
/. tie ne r~
'1 ue e<-t' r J
La • f>P(;.f(J q UF_;
manana e 1 terror1fico. m oa1 actúe c;(;rr1r; nun r•< v<::t h.,.o..\lé:t
.. "
ahora. T o d~s tienen que c~tar pcnd 1entc\ dc1 mrJaL
¿has entendido? Todos allá, en la playa.. . '
-En Anak~na -puntualizó el comp1nche .
-Eso es, mirando al mar, para que no vean 1o que
sucede a sus espaldas .
-Y en!onces, usted me dará la recompensa , ¿ver-
dad? -qmso saber el que traicionaba a los suyos sim-
plemente por dinero.
-Claro que te daré la recompensa -respondió el
Marqués, sonriendo como sólo él sabía hacerlo, al
tiempo que los ojos comenzaban a inyectársele en san-
gre-. Pero antes, mi querido Mateo, antes tendre-
mos que rematar esta singular aventura. Como bien
sabes, no he venido desde tan lej os para hacer turis-
mo. Me largaré en cuanto tenga esta pieza en su sitio.
-Es una lástima que no se quede más tiempo.
Aquí las noches son preciosas. Esta es mi hora pre-
ferida para pescar langostas. Y cuando salgo del agua
miro al cielo. Fíjese, señor, fíjese qué preciosidad. Las
nubes, las estrellas y la que más me gusta de todas ...
El Marqués, de forma inconsciente, _h~bía levan-
tado la mirada hacia el firmamento. Exphco que pocas
veces se paraba a contemplar lo que allá se veía, la
Osa Mayor, la Osa Menor ...
-No señor esas constelaciones pertenecen al he-
Ulisferio ~orte. Á..quí tenemos otras, por ejemplo, mi
ferida, la Cruz del Sur.
115
Al _oír esta palabra y al darse cuenta de lo que es-
taba viendo, el Marqués sintió una especie de descar-
ga. ¡Una cruz! Se tapó los ojos y se escondió tr~s una
de las estatuas del Rano Raraku. Estaba aterronzad<J
J:Iasta Mateo, su acompañante, llegó un o1orcill<,
pestilente. El Marqués se lo acababa de hacer por fa:.
patas abajo.

116
« Las ............ y la oscuridad
(kokas)
son amigas de verdad.»

10
Los tesoros
de la isla
ínwtn, Pal·;11:di ( ~l:.1ha ('(>lll <' 11f,, y h :1, 1:1 •:011 ; 1r ·u

T S~l. lL
- ¡l{st~ltlH)S l II lo t·h·1 to
l'intllttll 1 "S ~ ·plico
co¡:,01< ;:~ pi< ·<, ~ y p,11;1 ~,
l:1 l onv('r: ·:, ·i(>n que IJ;d,ía tc-
nidl) lt)tl su VCl ÍIHl PipolH~rfo .
-No k he diL:ho ;1hsol11f;n1u~1dc 11;td;1 d(; l t esor o,
pero lt h . e.-plicado ;tlgo de l;1 leyenda del H~Y ~
Efectiva1nc: n te . la const ~ l;1ci<,ll 1 a us11 ;ti de Ia 'ruz del
Sur podría s . r intt. rpret;,da ~11 la isb, con10 todo un
sín1bolo.
-Entone s ten "tnos qu~ ir ·u:,nto antes. l~I tiem-
po pasa v nu :-.stro arnigo conti11ú:, e.n peligro.
Tin1oteo lanzó otro acorde 1nusical en 1nitad de la
noche.
-Pero, hotnbre, deje usted de tocar. Va1nos a '"rc-
revaka.
El anciano colgó el saxof6n de la pared y les en-
tregó los utensilios con los que., presu1nihlc1nentc, ha--
bían de encontrar 7¡I te~alnl.
Ni Paloma ni Kasi1nir le infonnaron de que venían
d~ allí Y habían estado investigando la zona <le rná-
XUnas perturbaciones magnéticas. Tampoco le expli-
caron lo que habían percibido con su radar mental,
119
·r .: :e mue an y se co-
......... ..._ .." l~....

:í , 1 r , plen día. S 1

f lda occidental del


n e e creían que se po.. s1
· - ue este tesoro existía. g1
·.· ·E- re ~ H tu Matúa lo dejó dt

sus súbditos y lo gas.. da

encontraron -repJi .
- adi ,. tras una pausa-: <<Te .
-tad ni perdido».
.;l.}.J.,}.J., \ . 4 .Á -

u ~ que no lo haya sido -dijo


O
ca
ue e tá un poco perdido para no .
re lo,
e: le~,. el mapa a la luz de la luna.
e ar~ . está por aquí.
El ian hizo algo que llamó la atención de la
p- r j . Se dejó caer de rodillas, se golpeó el pecho
n el puño cerrado y puso sus ojos en la bóveda ce-
le-te. Luef!o
....., lanzó su oración:

E matavai roa
Ka-hoa-mai koe kiraro
Ka-rei-mai koe kiraro
E matavai roa!

Que quiere decir, más o menos: «¡Oh Iágri~;~


grandes caed, bajad, dejaos caer de golpe, oh gr
des lágrimas!» uoª
Después Timoteo se puso de nuevo en pie cº:C0ro:
·1 ·d d · p ía
ag11 a insospechada para su edad. arec . darácon de
- Ya está, el gran dios de la isla se apta
120
nOSotrOS- Y sj e tamos en el buen camino nos dará una

señ~Ícho y hech J. Como sj la rogatjva hubiera surtido


e fecto/ las nubes se agruparon y de entre ellas sur-
s~, un ra)O que se perdió en el mar. Pocos instantes
f~pués se oyó el sonido ronroneante del trueno.
e -Una tormenta -dijo Kasimir- tendremos que
darnos prisa si no quere;11c:s mojarnos.
A Timoteo no parec1a 1mportarle que se acercara
la J]uvia. Estaba muy feliz por Jo que consideraba una
señal.
-·El gran dios ha hablado! ¡Estamos en el buen
.
camino.'
y ahora fue una bola de fuego la que cruzó el cie-
lo, surgiendo de Anakena.
-¡El moai! ¡Otra vez el moai! ¡Tal vez esté furioso
porque va a perder su poder una vez que encontremos
el tesoro! --exclamó Timoteo , tembloroso, mitad de
atención :
miedo, mitad de excitación.
lpeó el~·- Paloma miró a Kasimir. Ambos sabían cómo ha-
n la bóve~ · blaba el moai, y la electricidad que le daba la voz no
venía precisamente del cielo. Pero otra cosa bien di-
ferente era la bola de fuego, la segunda que había apa-
recido en la noche pascuense.
El rayo que ahora iluminó el paisaje parecía más
cercano que el anterior. La tormenta, natural sin
dhu~a, sin duda pasajera, se acercaba a gran velocidad
acta ellos.
. -Kasimir -susurró Paloma al oído de su pare-
Ja-, estamos corriendo un gran peligro.
qu/ Kasim~r se le pusieron las orejas más de punta
tu_prop10 cabello. No cabía duda de que la tor-
a ha directamente hacia ellos, con toda su carga
121
. 1·1 zona de
1ue pasaría cuando llegara <I '
, . ?
. 1 1'1gnct1cas • . P"iJorna.
s 1-1 que pasará -n1us1t6 '
. , 1•,),Y )s f
("- . -- · ,
,,
S'"fla
n atraíd<is
.
·r 11 ,a 1ía bien. _jolI s rayos 1'""
,1 chamuscados
I"
JL~
.. 1

1 a z 11·1 Y ellos poc ª


r1 11 qucuar
, , enturas.
ct·
1

t.
· , e e..,ta onna violenta . sus av
d al anciano JS-
- ·11
--d 1· · Kasin1ir tiran
.1°
°
t nemos que irnos de
de la c.haqueta-, e

-·De e"' . na d a.' -re¡ )l icó el venerab]e isleño-.


're-
de q1 e encontremos el tesoro. ,
. acerca
- P er 111re, se (, la tormenta. y los rayos ...
T. te no le dejó terminar: . .
-L ravos son enviados por el gran dios de la isla gu
uminarnos. es
_ ,O para convertirnos en barbacoa -sugirió Pa- leo
ma i..11tentando encontrar una solución al problema.
Lo malo es que no se veía ningún refugio próximo. las
Ta ~ez tendrían que transformarse y salir volando. men
Pero eso. sin duda, sería lo último que harían. Antes
agotarían cualquier otra posibilidad.
-;Deprisa, Paloma, deprisa! -Kasimir sabía que
tenían que poner en funcionamiento todas sus facul-
ade vampíricas si querían salir con bien de ésa. Y
pronto.

1
Porque la tormenta estaba cada vez más próxi1:1f'
) su gran aparato de truenos y relámpagos tambien
Par~cia
~ .
en aumento. Había que encontrar, lo an a
tes
posibl~ · el famoso tesoro del rey. Antes de que tuer
demasiado tarde.

122
.St;tll>L 1111·1 torrnenta:
1 1 l\ ~1 rq u
1 • s frotó las m.anos.
--¡Fantast ico! Lo h·,s hecho muy bien con tor-
tlll'nt·1 in ·luid·, Y todo. Tus amigos estarán Pendientes
k l 11 ll ~ 1í ~; r aµ ad I t os de 111 ied o .
--l . nl seúnr - quiso precisar Mateo, el pescador
k ¡~1n~'l, tas- cs~1 torn1enta no la he hecho yo.
- .: h . no? Ya 1ne parecía demasiado perfecta,
l Hlll ~ lp_l) 11110 - la vanidad del Marqués no tenía lí-
ntit~ ~ . 1 ú lo tnús que sabes hacer son fosfores-
1

~t1h.i·1 ntarinas, turbulencias acuáticas y, en todo


l·a, l ~ l l)la,' d~ fu .,o. Por cierto, me tienes que dar la
· t ·nnula para llt.;várn1Lla a mi nueva residencia.
- l ue:: 1 .. rú" señor, la bola de fuego la hago si-
L.Uicndn el sistc:,tna de los peces voladores. Utilizo una
c.¡ t "Íl de catapulta, aparte de totora seca, de petró-
leo, ...
-No sé qué tienen que ver los peces voladores con
hs bolas de fuego -dijo el Marqués, mo1nentánea-
, n1ent d sconcertado.
-Pues que la lanzo desde el agua y al agua cae.
De esta fonna no deja huellas.
-Astuto., 111uy astuto. Lo dicho, me llevaré la fór-
1 mula a 1ni nueva residencia, que me construiré con
t do 1 dinero que me den a cambio de este fabuloso
t ro.
. Mat o ayudó a su amo a depositar el preciado ob-
l to ~ h caja vacía del almacén del aeropuerto. Una
z bi n tumbadita el Marqués contempló la esta-
~u ~ d l ite, mie,ntras un hilo de baba le caía por
mi Uta de los labios.
;M dar1n todo Jo que pída por este precioso Y
m i de la lsla de Pascua.
123
[
f :s
1 de Ios 111 as h 'n n ll , os . s
11 11 o
den> tesoro de ,nis a11tcpns·1dos. .
- Pu ·s os ha beis quedado ~in . 1 ◄
1· •

_ ¡\J Marqués le sohrevínn un at ·1 1u' i t ,


escupía salivill:1 sobre Mateo - . h n.
ñana rnc aco1npa11ar~1 en n1i vut h. ha "l'
ccncia y la riq ucza. , . .,
Mateo pcnsú que aquel estratalar1 · 1

taha un poco chalado. I 1a verdad s 1 · , 11


ayudado en su propósito, traiciona1~d .) a.·1 ~
era por la rccon1pcnsa. Por ella hab1·1 n ·
to ria del terrorífico 1noai, hacié tH.il1 l l1'1 l
maldiciones. l)c esta forn1a todos su' v
atemorizados, sin prestar atención a l
estaban haciendo: robar uno de los 111·1 1,
tera del volcán ni más ni n1enos.
Mateo sabía que robar un 1noai t: ·a u 1 i-
yorcs delitos que se podían con1e.ter n 1·1 i., l '1.
era, no sólo robar arte sino tan1bí ,11 tr·1 , "l 1
toria. Y eso era abso luta1nen te in1pt: r j n, 1- .
-Señor, ahora quiero tni recon1p n ·L
El Marqués estaba extasiado cont n f l-111
gura de piedra. Su boca fina, sus or\: i t'l, ~ ~-- 1 -
vacíos y su afilada narizota. ,..
. Mateo tuvo que repetir por segt11i·1 'l '
. . -- 1-

c1tud.
-Señor, ¿qué hay de mi recompt'.n "1·: ' 1

nero para poder dejar la isla. Me irt cu·u i 1 t i


haya pasado y nadie sospeche de nu. pt.: r ) p•lf' 1
1
El Marqués fijó sus ojos en el nt.: nd )f i
gostas. · t

-¿Qué dices de la recompensa? ... 1


,
-Que la qu1·ero - ct·1.10
· Mateo con ·
ctct
•t·i t11 n
pero esta flrmc;za U>mc;nz(, a debilitar e cuando cruzó
mirada con la del . arq ués.
su "'º el a Jmacen ; J J
< e (1ercJpuc;rto de Mataveri no se
escuchaba eJ m~n<Jr r irJrJ . PrJr unry:., 1nstantes pareció
como sj ha'>tr1 la t<Jrrrlf..:.ntct e hubiera calmado. Los
ojos dd Mar4u6<., c<Jrnenzahan a V( l erse rojos y los
colmilJ<J') a')()fna han p< )(;() pr;C(J prJr su pequeña boca
r -

babean te.
- -;,I "ª quiere" ah<;r;: rr1l smrJ rJ puede · esperar a
mañana'!
I~J Marqu6\ Ji<J un pas<; hacia el js]eño y éste, sin
saber muy hien por q u6¡ retrocedj( manteniendo
siempre la distancia.
-Yo, la verdad es q uc ...
El Marqués extendió una de sus manos y la de-
positó en el hombro de ,\1ateo Tepano. Las afiladas
uñas del vampiro comenzaron a clavarse lentamente
en la carne del atemorizado h Jmbre.
-¿Quieres la recompensa a ahora? -insistió el
Marqués.
Y el pescador, a pesar de ]o que la necesitaba, se
sorprendió a sí mismo negando con la cabeza:
-No es necesario ... , puedo esperar a mañana.
-Mejor así, compañero -dijo el Marqués reti-
rando su mano. Mateo sintjó como si le hubieran qui-
~ado una brasa del hombro. ¿ O acaso era la sensación
e quemazón que produce el hielo?
--Ahora vete a la bahía y termina lo que tienes
t ~inar. -El Marqués sacó un papel del bolsillo
1 t a u compinche-. Tienes que hacer que la
pi dra hable por última vez. Y que diga

125
1 ~1 i .
1 ·· ~1 ch:'cir, es el

l li 1 t: ,1 hacer

lll los su .
Mateo
le pedía.

126
<<' ••••••••••••••••• que no cant i
(moa to'a)
algo tiene en la garga,nt i.

11
La voz del moai
aloma y Kasimir estaban concentrados. Prin

P se miraban fija~ente a los ojos y ~na vez que :·L ·


gaban su energ1a, paseaban la mirada por at
paisaje de las faldas del Terevaka.
Timoteo Pakarati tomó impaciente e n sus 111 t ,
una de las palas y se puso a cavar pese a su av•,ur ,·1 't
edad. Parecía como si la proximidad del tesoro ·
ra renovadas fuerzas. Pero él mismo sabía , t ➔
cavando sin método podría llevarle días, senru ·1~ ,
incluso meses dar con el cofre de oro . Y ad ·~ niá-· s -
preguntaba: «¿Por qué habían tenido que ir el .~ t -
che?» No se veía a dos p almos, pese al quinqu ~ t,
petróleo. Menos mal que de vez en cuando las n 1 , ·
dejaban pasar la luz de la luna. Y con los r1yos , \ 1
más, se iluminaba todo el valle. Siguió cav·1ndo ~
Paloma cerró los ojos, potenciando de est't f) ~111·\
su «ecolocación». Generalmente esta facultad 'C l ti
lizaba en pleno vuelo para detectar y sortear cu·üqui ·t
0 ?stáculo,por pequeño que fuera. Los científicos l t
bia~ hecho el experimento de meter a murciéhgús ·u
fabitaciones oscuras, todas ·ellas cruzadas por finos l 1-
~s de seda, y posteriormente habían cornproln h.,
mo el mamífero volador se había paseado pLw to h
129
la estancia, Yolando sin parar y sin tocar ni uno solo
de l: stos hilo ,., .
Kasimir, por su parte, se había retirado uno~ cuan-
tos metrl s v también tenía los ojos cerrados. e es:a
.. · 1 llegaban hasta el
f 1rnu1 las ondas n entales de Pa ama b .'
) tras rebotar en su cerebro, se lanza?an en rsca de
un objeto oculto de cierto peso y densidad. lnc_ ~so las
pertu~baciones magnéticas de la zona eran utilizadas
por la pareja para aumentar los impulsos:.
-Estoy cerca, bastante cerca.:. -diJo_ Paloma,
que notaba cómo en su cerebro se iban perfilando los
detalles subterráneos del paisaje.
-Noto algo calorífico -apuntó Kasimir-, tal vez
una gran caja n1etálica.
-¡ E.I arcón de oro! --exclamó Timoteo acercán~
dose a ellos a zancadas. En más de una ocasión estuvo
a punto de perder el equilibrio y caer de narices contra
el suelo.
Al verlos con los ojos cerrados no entendió nada
de nada.
-Pero ¿es así como buscáis? ¿O es que os habéis
quedado dormidos de pie? -Después de tantas pe-
ripecias ya se tuteaban.
-Calla, amigo Timoteo -dijo Kasimir en su su-
surro- y prepara la pala, que no cabe duda de que
ésta es la zona.
Timoteo volvió a por la pala que se había dejado
ª p_ocos metros, y esto le salvó. Porque mientra1::
aleJaba, un rayo avanzó hacia donde se encontra
los amigos. 8
/ ·mirer
La energia concentrada por Paloma YKast reCͪ
tan grande que, unida a la natural del terreno, pa
130
llamar a la tormenta como el olorcillo de la sopa llam.a
al vagabundo que lleva varios días sin comer ·
-¡ Kasimir ! .
Paloma captó la electricidad que se ac~rcaba Y a 1-
só a I(asimir, aunque éste también se hab1a pue. to Ya
en guardia.
Tirnoteo se tiró al suelo y se cubrió la ~abeza con
las manos. Al fin y al cabo, se dijo «¿y_ s1 el rey no
quería que nadie tocara su tesoro?, ¿y s1 aquello era
un castigo para tamaña osadía?». Cerró fuertemente
los ojos y aguardó a que sucediera una de esta dos
cosas: o que la tormenta pasara de una vez o que el
rayo le partiera por la mitad. «A cada pez le llega su
vez», se dijo~ pero temiendo que aquel refrán fuera el
último de su vida quiso pensar en otro más optimista:
«Quien canta, su mal espanta». Y se puso a canturrear
por lo bajo.
Pero el rayo no quería nada con Timoteo. Aca-
baba de salir de la nube y ya iba camino de aquella
pareja que parecía estar llamándole con sus onda
electromagnéticas. Los reduciría a cenizas para de-
mostrar su enor1ne poder. Pero en ese momento
vaciló, tuvo que vacilar. ¿Hacia cuál de los dos diri·
girse? Porque la pareja se había separado, habían
echado a correr; casi se diría que habían echado a ro·
lar, cada uno en una dirección. 1
El rayo zigzagueó. Cuando estaba a punto de ª1.:
tenc º
canzar a la chica, el hombre lo atraía con su Pº uel
n1ental. Y cuando estaba próximo a alcanzar ª abq() r
. . tra '' ·
persona_¡e de -la capa, la muchacha se caneen
lo captaba para ella. . 0 rad · 0 y
11
El rayo tras unos segundos de ir Y venir, .ªgestD :
1
o
se dejó caer sobre la tierra. Aunque su furtª
132
or última vez,
Anakcna d<Jndc estaban congrega~os,¡ nar su voz
l<>'> pa<,cucmcs. fl moai estaba hacien ° sonca era d~
. ,, . ,, s que nu '
y su mcn<,aje , en e ta ocas1on ma
muerte. ,, . tar la mirada del
- unca más volvere1 a levan ·
,· ,, . , • arme a los OJOS, por..
'->uclo > nunca ma. · v<]vere1s a_m1r . eterno. Sól
. t· . . f. ·tr m1 desprecio o
q uc m1 una es 1n 1n1 a y restablecer la az
una cosa puede aplacarme y con ella P
y e] sosiego de la js]a .. •
1
La estatua de piedra hizo una pausa, en a que cas~
se p )día escuchar el latido de los c_oraz_ones de l_os alh
1 ?ª
reunidos. Todo · sabían que el moai les _ a p~d1r algo
a cambio de la tranquilidad y tamb1en sabian que
lo que se le.· iba a pedir no iba a ser muy bueno.
Pero aún así cuando la voz tronó de nuevo, los isleños
'
sufrjeron un escalofrío de pavor.
-¡Tenéis que matar! ¡Matar al intruso, matar al
extranjero que ha venido a nuestra tierra! ¡Y aquí,
bajo nuestra tierra, se habrá de quedar!
Santiago Veriveri pensó en su negocio y se dijo
que tenia que cambiar, que eso de tener una funeraria
no era nada agradable, por muy simpático que fuera
su eslogan.
Juan Teao se dijo que la voz del rnoai sin duda
hablaba del hombre de la capa que ya habían visto en
otra ocasión, pero ¿por qué había que matarle? Y e
además ¿dónde estaba en esos momentos? La estatua
siguió ordenando. ,
1
-¡Buscadlo y atrapadlo! ¡Tenéis que dar co? d~
antes de que ~alga el sol! Después ya será demasi~ al a
rd
ta e Y mi funa será imposible de aplacar. ¡Busca es·
st
fora ero Y a su compañera y acabad con ellos con
tacas y palos!

134
e levantó u a --sp_,cf~ _.,, _, __
1 la víctima a ·ababa re ar·•"'---•,/"·•-
n ro del que hab'a a _;,,:/o
bia morir.
Tepano, al notar en :us ojo. la
o que el forastero estaba a ta
e~ · ad física, incluso su vida, corría
·o del miedo comenzó a gritar·
- ·E él! ¿No lo veis? ¡Es él' ¿Aca o o
ci.'"-~ hado al moai? ¡Acabad con él.
. os. i leños, instintivamente, dieron un pa o, ,, .
umr pero éste los detuvo con un gesto e e~
- ¡ lto, insensatos! ¿Acaso creéis poder
zahorí?
gunos, como Arturo, el alcalde, o incl o L -
______.. _, e~ tallista de figuras, habían olvidado que ,
na1e era un zahorí, y que, por lo tan ° te

135
. ,, ra la siguiente:
~ran d es poderes. Pero la cuestton e _
¿quién podría más, el zahorí o el /moai? t lmente
Y como si Kasimir hubiera 01do men ª 1a
pregu~ta, respondió: . Como lo so
-Esta es sólo una estatua de piedra· h b /. /dn
los demás moais de la isla. Y todo lo que ª eis 01 o
es un truco. d d
A Mateo le caían gruesos goterones e su or por
la frente. A pesar de que era de noche, tenía la camisa
pegada al cuerpo, empapada, com? si fuera pleno día.
Pero aún reunió fuerzas para replicar: . ,,
-¡El farsante es él! ¡El es el extranJero! ¡El es el
que ... !
No pudo acabar, porque Kasimir comenzaba a es-
tar furioso y su voz se escuchaba más poderosa que la
del aterrorizado pescador de langostas.
-¡Calla, infame! ¡Tú has engañado a tu pueblo!
¡Tú y no yo! Bien lo sabes. Y para que todos vosotros
comprobéis cómo los poderes de un zahorí son su-
periores, infinitamente superiores a los de una estatua
de piedra, la voy a hacer hablar, pero con una voz
diferente. La voz del corazón, de la sensibilidad de
esta isla, la voz de las entrañas de la tierra de donde
salen estos magníficos moais. Pero no los moais terro-
ríficos o acusadores, que no existen, sino las obras de
arte de vuestros antepasados, por las que el mundo
entero os admira.
El silencio era absoluto. Sólo se percibía el clise;~
to romper de las olas en la playa olas que parecida
incluso más tranquilas que de cosÍumbre después e
una tormenta. · J
K . . , . os en e
. · as1m1r trazó una serie de signos cabahsttc
aire antes de ordenar enfáticamente:
136
o~.

137
« Los angelitos a .. .. .-~

y a la panza los .b , -

12
El ombligo
del mundo
uién ha sido? -se preguntaron mirándose unos
a otros. Estaban absolutamente seguros de que
uno de ellos era el causante de todo aquel de-
saguisado. El enemigo estaba allí.
Kasimir mostró el cable y los altavoces. ¿Quién los
había puesto para hacer como que hablaba el moai?
Pero al mismo tiempo comprendió lo peligroso que
era que los vecinos se acusaran unos a otros, creando
entre ellos la inquietud. Había que señalar al culpa-
ble ¡y enseguida!
/

-¡El es el culpable! -comenzó a decir Mateo Te-


pano en un afán desorbitado por pasarle a otro el
/

muerto-. ¡El es el compinche del hombre del aero-


puerto!
-¿Del hombre del aeropuerto? -preguntó Pedro
Araki, el jefe de bomberos que recibiera un golpe en
la cabeza.
-¿De qué hombre del aeropuerto? -quiso saber
Arturo, el alcalde. .
Pero Paloma, que acababa de aparecer tras las es-
tatuas de piedra, fue más lejos:
est -;-¿Cómo sabes que hay otro hombre implicado en
º·
141
A Mateo comenzaron a temblarle las manos Y la
voz le salía con dificultad:
-No ... el caso es que yo ... no sé cómo.·· pero.··
Los allí reunidos comenzaron a rodear al que aca-
baba de delatarse.
Juan Teao pensaba en su pobre perro muerto, al
que confundió con un saco lleno de totora.
Leonardo recordó el charco de sangre en que des-
cubrió a su caballo, precisamente a poca distancia de
donde ahora se encontraba.
Y Rigoberto Fati se preguntó qué culpa tenía una
pobre gallina, la que apareció con el cuello retorcido;
además, le habían roto el telescopio.
Entre todos se dispusieron a ajustarle las cuentas
al traidor que había convertido su isla en un infierno.
-¡Un momento! -interrumpió Kasimir ponién-
dose entre el grupo amenazador y el tembloroso pes-
cador de langostas-. Ajustarle las cuentas no serviría
de nada.
-¿Cómo que no? -se quejó Santiago Veriveri,
que aún recordaba el susto que recibió cuando fue a
pasear en moto con su novia.
-No. Nadie podrá recuperar sus animales perdi-
dos, y sin embargo Mateo puede sernos muy útil si
hace lo que le pedimos.
Mateo cayó de rodillas ante Kasimir y se cogióª
su capa con desesperación.
-Haré lo que me pidáis. No sabía que mi jefe era
un loco. Yo no quería hacer daño a nadie. Sólo le ayu-
déª robar un moai a cambio de...
0
No pudo acabar la frase. Arturo le cogió de las -
lapa Y le zarandeó.

142
-¿ Quién ha robado un moai, cuándo, dónde
está?
Mateo contó la historia con el Marqués y su relato
encrespó más los ánimos. No en vano los moais eran
los tesoros más preciados de la isla.
-¡Y que lo digáis! -dijo Timoteo , que hasta ese
momento había permanecido en silencio, oculto en el
interior de su furgoneta-. Sólo un tesoro podía igua-
lar, incluso superar, a los moais. El tesoro del rey
Hotu Matúa.
-Pero eso es una leyenda -dijo uno de los pre-
sentes.
-Nadie ha sido capaz de encontrarlo -añadió
otro.
Timoteo descubrió un objeto que llevaba a lomos
de su viejo caballo pinto , tapado con una lona.
-Pues ¡aquí está!
Los isleños, incluido Mateo, quedaron deslumbra-
dos por la aparición del cofre dorado .
-El tesoro ... , ¡el tesoro!
\·¡~;í -Un tesoro -aclaró Timoteo- que sólo el anti-
0 ~1 guo rey era capaz de valorar. Pues aquí dentro está
311M nada más y nada menos que toda su historia, la del
monarca, la de sus hermanos Honga, Kena, Oroi y
~e· \i
.oc~
~~ 0
Ava Recipna.
Timoteo abrió el recipiente y todos los presentes
• experimentaron un escalofrío. Tal vez Santiago Ve-
11
/ riveri más que los otros, porque lo allí almacenado
mucho tenía que ver con su profesión.
-·Esqu
, e1et os ,....
--Huesos, sólo huesos ...
En efecto dentro del arcón sólo había tibias , ca-
laveras Ycostillas,
' d 1 ·
desordenadas por el paso e tiem-
143
po _' los aj e treos a que habían sido sometidas en esos
ultín1os momentos.
De cualquier forma, aquél era el tesoro.
- . ·•Y según la leyenda, con él se puede ~eu_tra-
lizar cualquier maldición --explicó Timot~o, anad1en:
do dentro de su estilo--: «Un tesoro no tiene por que
ser de plata ni de oro».
Pero los vecinos de Pascua estaban ciertamente
decepcionados. Fue Kasimir quien volvió a levantarles
la n1or11.
-Queridos 'lmigos no tenemos tiempo que per-
der staba pensando en el moai, en el Marqués, en
. el tesoro de huesos, pero también en Mic. La imagen
del 111urciélago envuelto en dinamita no se le olvida-
ba-. Sí n1e ayudáis a liberar a mi amigo, os prometo
que el moai de piedra no abandonará la isla.
-¡Bien! -fue el clamor espontáneo--. ¿Qué te-
nen1os que hacer?
Y todos se volvieron a 1nirar a Mateo. Sin duda la
resolución del problema pasaba a través de él.

La mecha era larga y todavía tardaría unos mi-


nutos en llegar a provocar la explosión. Mic tenía los
ojos tan saltones como los de los sapos, desencajados
de sus órbitas. Sudaba como un condenado, sin poder
decir ni pío. Notaba el frío contacto de los cartuchos
de dinamita atados a su cuerpo. Y se dijo mental-
mente que aquél iba a ser su último vuelo.
Desde el interior de su caja, listo para ser em?ªrj
cado en el avión dispuesto en la pista de Mataven, e
Marqués se frotaba las manos con satisfacción. bré
-Cuando escuche la explosión, sabré que le ~a O 8
hecho la pascua, no a ese estúpido murciélago, stJJ
144
.
r sirP r ·
Le habré bech · , daño n. un
, de s
· us puntos
1
i~115 sen ibl ·s. y 1m r ne m
. . .. . rene como un lo co o
f!le>
·or com o una ca. ·11 ]1 ¡i
. •... '
u.trét, ¡11eJA pe ar d las e t · chece del cajón el Mar ués
Jen .. t1do a·u tarse 1· e,uca y pul erizarse con un ~to-
9ué ~zador de u. d1 c1· de 11andrágoras.
-Soy I m~_¡ r. ¡Soy I mbigo del mundo!, ¡je,
je; Je .....
p r int . · 1 ·is<1 cuando oyó unos ruidos
ba tant ¡ r ·mm. . ra como si alguien estuviera hur-
gando n l a nn.cén de carga. ¿Tal vez en el otro ca-
'ón qu aho1, contenía el moai?
Con i Tilo levantó la tapa de su habitación. A tra-
1é de la rendija no vio nada anormal. El almacén es-
taba tranquilo. Dentro de unos minutos, ambos ca-
jone embarcarían rumbo a Tahití, con su preciosa
e- carga. Cerró la tapa .
.· ada más hacerlo, unas cuantas sombras volvieron
la a su faena, satisfechas por no haber sido descubiertas.

.. staba cada vez más próxima. Mic cerró


. a e
L• h• 1spa e . . d ,
eJ· or sería no segun v1en o como se apro-
J- 10s o 1os, oro • · t t b no
1
. 1 t muerte Tan mqme o es a a que
x1maba,, su cer erat s que ·se entrecruzaban por encima .
escucho unos a e eo 1
de su cabeza. ,, , 1 --diJ. 0 Paloma.
-¡ M1 ' ·ra ah1 esta.
la mecha! --exclamo as1m1r. , K . .
- ¡ AP aguernos dos seres alados nada consegman ,
1 5
Pero aquel <:' Su soplo era demasiado débil Y el
con su 1 · r y venir. , •
zaba y avanzaba, umcamen e un par t
chisporroteo avanban la chispa de su destino fatal.
de rnetros separa
145
·sla y el Mar-
1
La explosión se escuchó en tod.~ ; ~e e con las ba-
0
qués se rió como un loco , atragantan
bas de satisfacción. b a Tahití. Desde
El avión despegó ?e Pascua :u~ 1~ despidieron si-
s
la pista, Pedro Arak1 Y us amigo J nto a ellos tam-
.
°
· d la mano u
lenc1osamente, agitan
bién había una figura que no P ª
cÍ'
0 1
moverse , porque

era de piedra. ba volando - y no


El Marqués al notar que eSía ,
. '
prec1samente con sus a1as vamp íricas- .. pego una pa-
nd
tada a la tapa para salir de su esco nJO.
Viendo a través de la ventanilla de la bode~~ del
avión cómo la isla se perdía en la noche , sufr10 un
ataque de risa. . ,.
-¡Soy el mejor, soy el más grande! ¡Nadie podra
igualarme! Porque a partir de hoy me haré llamar «El
ombligo del mundo».
Sus babosas manos acariciaron la tapa del cajón
donde reposaba el moai robado.
-Me darán millones por él y mi poder será legen-
dario. El Marqués del Colmillo Retorcido no tendrá
rival. ¿Verdad que no, bonito? -preguntó al objeto
que le acompañaba en aquel vuelo nocturno.
Con sus afiladas uñas levantó la tapa del otro re-
ceptáculo. Al ver lo que había dentro al Marqués se
le quedó la boca abierta, tan abierta que de golpe
se le cayeron los dientes postizos al suelo.
-Pe ... , pero ... ¿esto qué es? /
Dentro del cajón de madera una calavera parecia
sonreírle, como si quisiera sacarle la lengua, caso de
haberla tenido. Y unos cuantos huesos desparramados \
, d pelo,
parecian ser el complemento de esa tomadura e ·.
.K . . fur1
I

-, asim1r! ¡Maldito Kasimir! -exclamo,


146
hundo, el !Ylar~ U8\ 8~ Jrjr..,~ zr.r ~- )fL.. '"" e u. des-
gracias - . , 1\1 e~ ha () earn J2.r ) ,
.1 gL é.~ , , . r te e que-
1et o! ¡l~sté~ d<;ndé (_;')ti;\ ; I~~ ~ .e r que me
las pagará\, ¡prJr ~rJs sig ]rJ\ r..::.: , s .,:;1
lJna cucaracha. a.1 rJfr á es ·r , e ,.,.u tó echó rJ.

°
) _,

a correr en busca de rcf ug~ . n iemp ·


El Marqués, para ca]m21.r -- e _ra · / ; e la zam--
pó con patas ant nas ./ trJd ; in la m oor pre ara-
ción, sin degustada s1qui ra.. gue en ,.,t de co-
mer cucarachas 1 arq / n era. o ue e d ·e un
exquisito.
1
Mientras Mic bebía un p CJ d a::uª que e frecía
Titnoteo, Paloma y Ka jmir e r r caban su cha-
muscadas mano en una tina.
Para salvar a u amig ha ía tenido que quitarle
el paquete mortal que 1Jevaba uj t a u cuerpo} sin
preocuparse de las ardiente chi a e la mecha que
se negaba a dejar e apagar. Lueg habían arrojado la
carga de dinamita por un acr ntilado. ct·namita que ex-
plotó poco antes de llegar a la uperficíe del océano.
-¡ Y le hemos hecho una vez más la pedorreta al
Marqués, eso sí que me gusta'. -dijo Paloma inician-
do unos pasos de aerobic.
-Oh, no, Paloma, gimnasia ahora no . por fayor
-dijo Kasimir, cansado sólo con verla.
En el interior de la casa se escucharon unos sim-
páticos acordes musicales, y al poco apareció Timoteo
Pakarati tocando el saxo, y con Mic sobre uno de us s
hombros.
-Vuestro amigo ya está completamente
Creo que tiene unas ganas enormes de levantar el
b!:~
lo por ahí.

148
-(./
__. l
nosotros
' .,,
-dijo Kasimir,
.
sin dar m:-18
<"
e .
Xp 11-
, s de como eso era posible.
, c1one, . ., . d 1 . 1 ?
ca . os 1re1s e a 1s a. -quiso saber el anciano
.

:]eguramente -respondió Paloma. ·


/ . /

__Ya no tene1s por que preocuparos -añadió rl ¡_


teo--- la paz ha vuelto, el sosiego ha vuelto y 1·i
rn O d b . ., (
tranquilida tam 1e1:.
-Ta!, vez _ne~esltemos un sitio menos tranquilo
--corrig10 Kas1m1r, pensando que allí, en Pascua, eran
fácilmente localiza~les por el Marqués. Y seguro que
I
1
el siniestro personaJe volvería a por ellos en cuanto se
,
léj I diera cuenta del cambiazo. Lo mejor sería largarse a
¡, ¡ un lugar más populoso, donde la misma multitud fue-
1

1
ra una garantía de su anonimato.
I -«De bien nacidos es ser agradecidos» -dijo Ti-
¡ moteo Pakarati, al tiempo que les ofrecía su instru-
1
1
mento musical.
-¿Y esto? -preguntó Paloma con una sonrisa.
-Un regalo -explicó el anciano-o un recuerdo,
como queráis. Me habéis ayudado a encontrar el te-
soro ...
-Un extraño tesoro, sin valor.
-Un valiosísimo tesoro, pues gracias a él hemos
I podido recuperar nuestro pre~io~o moai. .
I El vejete los abrazó con lagnmas en ,~os OJOS.
1

!
I -Estéis donde estéis' cuando toque1s este saxo,
acordaos de mí. / . d
-No necesitaremos la mus1ca para acor amos
amigo. Timoteo
· · ., b
b. , d hombro colocandose so re e e 1 d
K ~t~ c:ii~fó s:s clásico¡ chillidos que significaban
as1~11~. cción
ue deseaba irse cuanto antes.
mov1m1ento,.,, a 'lqMarqués volviera a aparecer.
Tal vez tem1a que e
149
l tt i· n l . pondría }ª di-
ti.1 l lHl 'ª' ~nt1a.

r iad de la no . .
n n de su vista.
t ~1 n l I u sea n1cn-
l )r ~utpa de la
l i ja l ·111 ver con
1 arcón de oro
n arcón que
t l-1 isla.

r· 11 t r·1 it a su hogar, ]a

la L la de Pascua
r n~ ) ~ desde cuya al-
·11 l l n1bre-pájaro de
# 1 · 1 t~ n gran empresa.
~ ntelllf 1·111 el océano desde
: . · 1n 1 éan) in1nenso que
~ de L ~iYilízación. Pero uno
~ · ... ::) ~iel y lue~ e:plic1 a los demás
.: ::- , : lit . ne ha ía , isto pasar so-
n re-f 'ijar . O n1ejor., a tres hom-
1 - grande . uno 1nás pequeño.
r I l ~ í el hl 111 bre-páj aro había
en aquc.> 1 11101111::nto de acción de
uen·:1 ~ú·1l. eúal de que Pascua se-
.
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A Nui , <<la
~ .~· ~ de-
., re= n e 1ente . L01110 decían unos; o como
an o_. el n1l lig.... 1 del n1undo .

1~0
Apéndice
~
1 JiQlJENO V OCABULARIO

( Por si alguna vez vas a la Isla de Pascua


y quie res hablar con los isleños en el
idioma de sus antepasados.)

Números

- K/\TAI 11 7 -- KAHITU
1
-
.... K()RUA 8 - KAVARU
3 - KCYI ()RO 9 - KAHIVA
4 - KAllÁ 10 - KATAHI TE KAVATU
5 - K,A RIMA 100 - KARAU
6 - KHONO 1000 - KAPIERE

Algunos animales

Cucaracha - KOKA Mariposa - PEPA RERE


Lagartija - MOKO Tiburón - MAMAMA NIUHI
Langosta - lJRA Tortuga - HONU
P z volador - HAHAVE Gallo - MOA TO,A
Pulga MOA TANGA
- KOURA Pollo -
Pulpo - IIEKE Gallina - UHA
Oru a - ANl.JIIE Gato - KURI
res l1t11nanos
.A
- Padre (rnadre) - MAT
- l lennanos - TAI. A
- Í\1arido - K·
- Muj r( --sposa) -vr ~
- - . AR

Partes del cuerpo


B - HA.NA Labio - NUTU
e r - /\RINA L~naua - ARERO
e az ' n - INA I Nariz - IHU
Cu! - KAHlJA ()j )S - MATA
Ca eza - Pl OK()
1
Pits - VA'E
Hue o == · IVI Pierna . - HERU
Uiias == AKIKUKU
E
E
e
A
Palabras FI
e
V
Ho} - I A. ANIRA Dentro - IROTO s
A\er - I A~ ATAIAHI l
Fuera - IHAHO
añana - APO~ T¡
quí
Delante - IMUA
- I E I{
Allí Detrás - ITUA
- IRA~ Arriba IRUNA

Ante -
- ERA-A, Abajo - IRARO
Despué -
KIOTI Cerca TUPUAKI Kl
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Lejos = KC)NAKUMI
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1
Otras 1 ·tl· l
1 l lllllll) = Al
Fuego 1I l
Sepultura _ \IIU NklH) = /\VANA
( ,histt' = 1l/\HARI
Ancla = 1\K \ Pit'dr;1 pnlllL'I = 11/\NlllANI
Estaca - i\K;\ \ F = HANll/\ Nl A Ml·~A
\reo iris
spí ri tu - 1\K 1- \Kl = 11 ATll'l'l Rl
TruetH)
Cueva - ANl\ = llFTll'l
;stn:lla
Aire -- 1 L:\. l L:\ l == HAK/\l\ltAT/\Kll
- PUA Miedo == KIN()
Flor R Nl l\ttalo
- = K()lll
R \NO , t)mhra = K< )PEKA
okán - RAA Vl·n~adt1r
~ t\1AT/\
Sol (día) - MAHJN:\ Ol sidíana
Luna - 1IEN l A l\lltlL'flt'
= 1\L\TFNi\
= 'l tNA"I
::::
Tierra ARIKI l'vtat:H .;; TlY/\
::::::
Re AT A \s ·sim1
Dios - ( ad:h ·r ::::: 1 APAKl
ELVAMPI
KA S l M 1
Kasim ir es un s1mp, ti qu ,
se ve en vuelto en div os
Policíacos. Para resoJv rl ; r e ·
Uírlré
a sus sin gu lares armas d vampiro .

En cada libro de la colección; Ka irnir


viaja a un m aravilloso país en el que
resuelve un enigmático misterio.
Paloma, su compañera
inseparabl e, y Mic, su fiel
murciélago, lo acompañan en sus
aventuras, mient ras que el Marqués
del Colmillo Ret orcido, su mayor
enemigo, utilizará todas las tretas
posibles para conseguir que Kasimir
no resuelva con éx ito los misterios
planteados.

.
Títulos publica~os:
1. Los vamptros
atacan de n?~~e
2 . La mald1c1~n
de la Morn1~
3. El terrofíf ico moa,

N M A S ________ ,
R I A L T M U ~--------
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\.· .ELVAMPIRO :.
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KAS I M I R ·{-:. ,
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. .,_... t :a.:·
· .. .:\ _: Kasimir es ~n vampiro que quiere ''.i~~'~IJ.l ..,~~. 1 . . ~ .·~·.
,~-, :mseparable m~uga_Paloma. pero_ ~ue. sm'1?!9 -~,n~r:scl '.} q •e ._ •.t·.
_ _+-, / ' / envuelto en dtYerttdos casos pohc1acos. que.logrt!lªI~!f~~•;, !•~>::/
... ~ ~ ~-- gracias a las singulares anuas de los de su especie . . \~~ . ~ .._,.~. -~.
' -
~i~> ·
.,..._. ,__ -
En El ,e,.ror(fi<·o 111oai, Kasi111ir y Palotna s~ han ·
t? · n1archado a descansar a la Isla de Pascua" el lugar habitado
1nás alejado del planeta. Pero un n1al (jia uno de los nu1chos
1noais (las estatuas de piedra que hay en la isla)._ cotnienza a
hablar y dice cosas terribles. Los anilnalcs e1upiczan a morir._
una bola de fuego cruza el delo y un a,·ión aterriza con un
extraño cargan1ento. Entonces la placentera isla se convierte
en un ,·erdadero infierno. Sólo en el tesoro escondido del
antiguo rey Hotu ~1atúa está la solución.
¿.Logrará Kasitnir encontrar el tesoro? ;. Voln~ni a n~r \'i\'o
a :\1ic? Kasimir tendrá que poner en funcionamiento todas
sus facultades Yatnpiricas si quiere liberar a la isln de la
terrible ainenaza del moai.