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Patrizia Violi

El infinito singular

EDICIONES CÁTEDRA
UNIVERSITAT DE VALENCIA
INSTITUTO DE LA MUJER
Introducción a la edición castellana

Hace algo más de una década que, desde el feminismo, diversas


mujeres del entorno en que vivo -no entiendo de países y patrias-,
nos venimos planteando las implicaciones que tiene en nuestras
vidas el sexismo de la lengua castellana.

Al tiempo que rastreamos sus orígenes, sus causas y sus efectos,


ensayamos opciones tienen la utilidad de la provocación, brindando
oportunidades al pensamiento crítico. La mayoría sirve para
modificar profundamente nuestra mutilada capacidad de percibir,
interpretar, imaginar, reconocer e identificar posibles lenguajes que
nos permitan expresar nuestra experiencia. Muchas En todo caso
esta reflexión individual y colectiva nos hace compartir una
experiencia común que, al no haber sido nombrada como tal, ha
permanecido oculta, confundida e irreconocible, condenada a no
existir por representar «lo que no se dice»: aquello que se considera
una desviación de la experiencia masculina pretendidamente
universal.

En este contexto, pienso a menudo en el lenguaje patriarcal que he


aprendido como en una perversa traducción de la experiencia de las
mujeres, realizada a través de la experiencia de los hombres y a su
servicio.
Me satisface comprobar que, mujeres que tenemos destinos y vidas
diversas, vamos descubriendo tal perversidad en los distintos
ámbitos y en las distintas lenguas; se refuerza así mi convicción,
compartida con la autora de Infinito singular, de que existe esa
experiencia común: la experiencia de la diferencia sexual que,
también a través del lenguaje, nos es negada.

Las leyes del sistema patriarcal y las trampas que nos tiende su
lenguaje nos obligan continuamente a situarnos en posiciones duales
y contrapuestas, dividiéndonos mediante clasificaciones y etiquetas
de fundamentación confusa. Por ello creo necesaria aquí una
aclaración sobre los términos igualdad y diferencia. «Igualdad» se
confunde en muchas ocasiones con eliminación de lo femenino por
medio de la identificación con lo masculino, perdiendo así el
contenido de equiparación de derechos y oportunidades para que
hombres y mujeres puedan desarrollar los valores que elijan,
cualquiera que sea el género que socialmente se haya asignado a
dichos valores. «Diferencia» es un término al que se ha cargado de
rasgos esencialistas y jerarquizantes, aun en los casos en que de
modo explícito ha querido reflejar únicamente diversidad.

La diferencia sexual, de orden biológico, se ha utilizado para


construir culturalmente dos géneros llenos de esencias y jerarquías,
géneros que en el campo del lenguaje aparecen como diferencias
accidentales, tratando de borrar su relación con la diferencia sexual,
suplantando la experiencia diversa de mujeres y hombres por una
experiencia que se quiere universal, la experiencia masculina.

Desde esa diversidad que deriva de la diferencia sexual podemos


encontrar, en el pasado, «las huellas de un sistema de significación
distinto, los síntomas de una resistencia que aparecen implícitos e
indirectos» en algunas manifestaciones literarias de las mujeres, no
así en la conceptualización de las ciencias del lenguaje, que se
resisten a admitir un sujeto distinto del masculino y una
significación diversa.
A pesar de ello, aún apartadas de un lenguaje propio, en terreno
extraño, colonizadas por un lenguaje que nos resulta ajeno, situadas
en la posición de objeto y no-sujeto, definidas en negativo,
dependientes o derivadas de quienes se han constituido a sí mismos
como sujetos, no desistimos de la tarea de traspasar la barrera que
separa el silencio o el lenguaje extranjero del discurso femenino
singular.

Con voz propia, Patrizia Violi, en posición de sujeto que produce su


propio discurso, analiza las difíciles relaciones del lenguaje con la
diferencia sexual. Parte de la convicción de que existe un nexo de
unión entre estas dos realidades, basándose en la ciencia y en su
experiencia, y también se plantea preguntas, sobre lo que le rodea y
sobre sí misma. Como investigadora y como mujer manifiesta que
sus experiencias en el ámbito de la ciencia y en el ámbito individual
aparecen como una doble realidad en la que están escindidos los
lugares y las funciones, escisión ésta que ella considera necesario
articular. Para emprender su tarea, que como señala no es un simple
ejercicio de estilo, sino una necesidad vital, no cuenta con caminos
ya recorridos ni con modelos a seguir o perfeccionar; como otras
mujeres han hecho, tendrá que partir de la difícilmente reconocible
experiencia común y de su experiencia individual inventando nuevas
formas de análisis y de expresión ante la amenaza de no ser capaz de
entender ni de expresarse en absoluto.

Creo importante poner de manifiesto que a su trabajo se añade el


esfuerzo de recorrer los caminos que ya están trazados por quienes
han establecido lo que constituye ciencia y lo que no debe
considerarse como tal: los antropólogos, filósofos, lingüistas y
semiólogos, hombres como cabía esperar por la posición que
ocupan, han dedicado en este siglo parte de su atención a lo que
unos han convenido en llamar «lenguaje de las mujeres», otros han
considerado como desviaciones en el lenguaje, y muchos han
estimado como tema no pertinente para sus investigaciones.
Recorriendo estos caminos, tan aparentemente bien cimentados y
establecidos, Violi encuentra las carencias, los sesgos; descubre
cómo la pretendida objetividad, en muchos casos, no es más que
simple subjetividad masculina y cómo, en otros, lo que se dice
ciencia es sólo ideología. Resalta también que la lingüística a la hora
de elegir la «forma primaria» no vacila en optar por la masculina,
estableciendo así la femenina como secundaria, opuesta o derivada;
todo ello sin referencias o explicaciones que justifiquen lo
reiterativo de esta elección, argumentando a lo sumo razones de
importancia, arbitrariedad, antigüedad o de mero accidente.

Por tanto, su esfuerzo es un doble esfuerzo, como si toda acción nos


supusiera la bien conocida «doble jornada». Por una parte deberá
desmontar las argumentaciones que se presentan como válidas y
universales sin serlo y, por otra, deberá articular nuevas
argumentaciones, respetando a su vez la lógica y la coherencia, que
permitan expresar la experiencia de las mujeres y hagan posible
comunicarla.

La autora ofrece también un inventario de investigaciones que se


están realizando en este campo, sobre todo en lengua inglesa,
haciendo constar que, desde su punto de vista, algunas de ellas
pueden llegar a «vía muerta». En cualquier caso, es importante
destacar que el aprendizaje a través del error es un método de
investigación que no hemos utilizado las mujeres, dada la hostilidad
del medio en el que nos hemos movido quienes hemos osado entrar
en la casa de la ciencia. El tanteo, con aciertos y errores, también
nos enseña por dónde debemos o no debemos continuar; por ello, el
miedo al error no debería frenar ningún impulso de conocimiento.

No quiero terminar mi introducción, por una parte, sin agradecer a la


autora los relámpagos de luz que nos ofrece en los distintos
capítulos de este libro, iluminando todo lo que esconde bajo su
manto el sistema patriarcal y, por otra, sin dedicar una sonrisa de
complicidad a las mujeres nambikwara, quienes, según cita la
autora, instadas por Lévi Strauss para que hiciesen más
comprensible su lenguaje eliminando «las marcas femeninas» que lo
alejaban de la norma masculina, y hacerlo así inteligible al
antropólogo, respondían con una acentuación de dichas «marcas»,
reforzando las características que las distanciaban de la norma, y
terminando su discurso con una irónica carcajada.

De afectadas, manieristas, maliciosas o preciosas ridículas y, mas


tarde de feministas, utilizado este adjetivo como un insulto, han sido
calificadas las mujeres que, situadas en posición de sujeto, se han
negado a adaptar su discurso a las exigencias del sujeto que se
quiere universal y rechaza compartir el espacio, el tiempo, el
lenguaje y el protagonismo que nos corresponde a las mujeres y a
los hombres como personas. Por ello, mi complicidad,
agradecimiento y solidaridad a quienes como ellas y como Patrizia
Violi han colaborado y colaboran en acercar cada vez más el ocaso
del sistema patriarcal, momento en el que podremos reír, pero no
para interrumpir un diálogo imposible, sino para continuar un
discurso que contenga lo femenino y lo masculino, sin someternos al
sistema de oposiciones hegemónicas al que todavía nos condena el
orden patriarcal.

ANA MAÑERU MÉNDEZ