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PRODUCTIVIDAD Y COMPETITIVIDAD

En un contexto globalizado y desreglado, la competencia se amplía al mercado mundial.


Todas las empresas independientemente de su tamaño, del producto que fabriquen, o
del mercado en que comercialicen sus productos, sufren la competencia internacional.

Este hecho se convierte en un factor que condiciona la situación económica actual:


Competitividad. Pero este concepto, positivo en principio, se desvirtúa y se utiliza como
excusa para otros fines.

El término competitividad dada su falta de concreción, es entendido de forma diferente


según el colectivo considerado.

Ser competitivos se ha convertido en una exigencia para todos. Tanto las empresas,
como los estados e incluso los trabajadores han de ser competitivos para sobrevivir en
un sistema marcado por la competencia.

Así, en el caso de los Estados, significa ser de interés para los capitales internacionales,
para lo que han de tener estabilizadas las variables macroeconómicas. También han de
contar con empresas exportadoras que sitúen al país en un buen nivel en el marco del
comercio mundial.

Las empresas son las destinatarias especiales de la necesidad de ser competitivas. Estas
han de convivir con un sinfín de competidores, siendo la mejora de la competitividad la
única garantía de supervivencia.

• La mejora de la competitividad y la productividad

Muchos empresarios interpretan el aumento de la competitividad como la necesidad de


reducir costes, y no en el sentido de incrementar la calidad y la especialización.

Por regla general, el primer paso que dan estos empresarios para disminuir costes es la
reducción de la mano de obra o la disminución de los costes salariales. En aras de una
mayor competitividad, los empresarios reclaman una mayor flexibilización del mercado
de trabajo, manifestada a través del despido libre, así como de la disminución de las
cargas sociales y la individualización de las relaciones laborales.

La necesidad de ser más competitivos ha generalizado la introducción de nuevas


tecnologías y de nuevos métodos de gestión y organización del trabajo en algunos casos
copiando miméticamente, sin ningún tipo de adaptación a su situación concreta,
modelos exitosos en otros contextos o culturas (un buen ejemplo de ello son los
modelos japoneses de organización basados en la calidad total.)

Por último, otras medidas adoptadas por las empresas son la diversificación de riesgos,
ampliando la gama de productos fabricados, o las fusiones con otras entidades para
alcanzar el tamaño más adecuado al mercado.
Todas estas acciones provocan cambios significativos en el tejido productivo y generan
aumentos de los beneficios que, en la mayoría de los casos, no son reinvertidos.

Los trabajadores no pueden permanecer ajenos a este proceso de incremento de la


competitividad. Cualquiera de las medidas antes citadas que adopten las empresas tiene
unas repercusiones claras sobre los trabajadores. Se les exige adaptarse lo más
rápidamente posible a los cambios, en el convencimiento de que únicamente se
mantendrán en el mercado los que dispongan de una mayor calificación.

• Productividad, competitividad y el fenómeno de la deslocalizacion


Es importante destacar que este fenómeno no es nuevo. Es inherente a cualquier
economía industrializada y se mueve en términos de competencia internacional, y
existen por tanto precedentes de iniciativas de este tipo por parte de empresas
multinacionales que se viene produciendo desde hace varias décadas.

Por otra parte hay que decir también que las deslocalizaciones que se han producido en
países como Alemania, Francia, Bélgica y Holanda están directamente relacionadas con
los avances de la globalización financiera y comercial; y con la entrada de nuevos actores
en el escenario económico internacional que compiten para ganar nuevos mercados.

Lo que está ocurriendo es que el proceso de globalización económica y la liberalización


del comercio mundial, ha supuesto un aumento de la presión competitiva de aquellos
países caracterizados por unos marcos regulatorios de relaciones laborales y de
protección social débiles; provocando, bajo el argumento de la mejora de la
productividad y la competitividad, el surgimiento de actuaciones, bien privadas o
públicas, que han dado como resultado un recorte de derechos laborales y sociales. Y
ésta es una corriente de actuación que, desde el mundo de las organizaciones sindicales,
lógicamente, preocupa.

En los últimos tiempos se han producido en algunos países de la Unión Europea,


distintos procesos de deslocalización productiva, que han dado como resultado un
recorte de derechos laborales y sociales.

Así, por un lado, en los últimos meses nos hemos podido encontrar con que algunos
grupos empresariales emblemáticos, bajo la justificación de mejorar la productividad de
sus plantas productivas y manteniendo estrategias competitivas vía costes, están
presionando muy a la baja en el ámbito de la negociación colectiva, proponiendo
distintos modelos de flexibilización de la jornada laboral, como la prolongación de ésta
sin contraprestación salarial o, en sentido opuesto la reducción de la jornada por debajo
de las 35 horas semanales con la correspondiente reducción del salario.

Y por otro lado, también nos hemos encontrado con que algunos gobiernos europeos
promueven reformas de calado en los sistemas de relaciones laborales y de protección
social, que suponen importantes recortes al estado de bienestar alcanzado en países
como Alemania, Francia y Holanda (en Alemania la fusión de los subsidios de desempleo
y la ayuda social en un único subsidio público; en Francia la derogación de la Ley de 35
horas para las pequeñas y medianas empresas; en Holanda traspaso de competencias
del gobierno central a los municipios en materia de prestaciones sociales ).
La realidad no es otra que actualmente con la ampliación de la Unión Europea, los
efectos de las deslocalizaciones productivas, tanto económicos como sociales, se hacen
más relevantes que hace unos años y son más preocupantes, en cuanto se conjugan
toda una serie de circunstancias que alientan la reasignación geográfica de la inversión
extranjera.

Esas circunstancias son: mejor desarrollo de las Tecnologías de la Información y


Comunicación –TIC-; de las infraestructuras del transporte, mejora de la calificación
profesional, ventajas del desarrollo tecnológico; al que se le suman otros factores como
menores costes laborales y mejores costes de producción, en cuanto a energía y
materias primas.

Sin menospreciar y reconociendo las nuevas oportunidades que esta quinta ampliación
de la Unión Europea presenta para la economía europea y en concreto para la española,
no hay que olvidar que dicha ampliación tiene y tendrá efectos sobre el flujo de inversión
extranjera, con riesgo de desviación de inversiones, o lo que es lo mismo desinversiones
y deslocalizaciones; y ello traerá los consiguientes riesgos sobre el mercado laboral, en
concreto sobre el empleo.

Unas deslocalizaciones que han sido y podrán ser parciales (las empresas sacan fuera de
nuestras fronteras sólo parte de su producción), y por tanto compatibles con el
mantenimiento o crecimiento del empleo y de la actividad económica, siempre que
exista la posibilidad de empleo alternativo a través de las nuevas actividades que la
empresa pueda desarrollar y otras que consisten o consistirán en el cierre total de las
plantas de producción y traslado de éstas fuera de nuestras fronteras (a países menos
desarrollados, pero con menores costes laborales y exigencias sociales, así como un
movimiento sindical menos organizado y con menor capacidad de reivindicación) que es
precisamente el rumbo por el que parece que amenazan la mayoría de las empresas que
optan por la desinversión.