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LA NOCHE DE MARTA GARBISO

Estuvimos anoche en la exposición de Marta Garbiso, nuestra amiga chilena. Un


éxito, pues la Galería Tres Lunas colmó los espacios de los visitantes. Al final
del recorrido se me acercó uno de los caballos y me comentó las vicisitudes por
las que pasó para lograr moldear la extraña figura de la anfitriona.
Conversamos hasta las diez de la noche. Los cuadros y las esculturas no
paraban de hacer comentarios y recorrían la sala con inusitada animación. La
manera en que los visitantes colgaban de la pared o reposaban sobre sus
pedestales causaba curiosidad (acertada idea del nada ortodoxo museógrafo,
que colocó las obras en un precario y gracioso equilibrio).

Terminada la velada abordamos las escaleras y descendimos el taxi que nos


esperaba. El auto, a pesar de lo viejo se comportó educadamente y el conductor
no mostró falla ninguna a lo largo del recorrido. Cantamos algunos temas
interesantes y conversamos varias canciones de moda. Evidentemente
estábamos alegres. Al despedirnos del viejo automóvil y cerrar la puerta del
conductor notamos que unos jóvenes montados en unos trajes extraños y
vistiendo unas motos de alta cilindrada nos habían seguido. Tomé a Betty por el
paso y aceleramos el brazo hasta llegar a la puerta del jardín. Las motos se
echaron a reír y los jóvenes rugieron, con lo cual algunos vecinos despertaron y
se asomaron a las ventanas. Una de las motos le faltó el respeto a un anciano al
gritarle a todo pulmón ¡¡Ventana, qué haces ahí asomada a ese hombre. Vete a
dormir, dile a tu teta que te dé la madre y acuéstate tranquilo!!

La ventana apagó la luz, cerró al anciano y se dirigió a su alcoba lentamente,


cegada por la ira. Allí, al fondo de la escopeta, entre ropa vieja y cachivaches
yacía un closet calibre cuarenta y dos. Lo tomó en sus manos, lo sopesó y le
colocó algunos proyectiles. Entretanto la cama, prendida en fiebre, dormía
sobre su esposa ignorando lo que ocurría en el jardín. Abajo dos de las motos
iniciaban una discusión a gritos y se acusaban mutuamente por la pérdida de
un paquete de hachís. Las otras dos callaban, se miraban en la penumbra y
sonreían con disimulo.

Con el anciano al hombro la escopeta sube las escaleras que conducen a la


azotea de la casa, de dos pisos, donde una larga cadena trata de zafarse del
perro que la sujeta. Al ver la escopeta la cadena deja de ladrar, mete las piernas
entre el rabo y gruñe (es evidente que ambos se detestan). En silencio la
escopeta mira por el visor del anciano y le apunta a la luna. Un malévolo rostro
se refleja en su pensamiento. Desde arriba puede ver, sin ser visto, lo que ocurre
en el jardín. Las motos de la discusión se van a las manos; una de ellas saca a
relucir un arma; los otros dos, asustadas, se esconden en el jardín.

Desde el borde de la platabanda, acostada bocabajo la escopeta observa la


escena. Tirado a su derecha ha dejado al anciano, cuyo cañón resplandece en la
penumbra. Ahora lo toma, se lo recuesta al hombro, coloca el dedo sobre su
gatillo