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Elena Poniatowska

Tinísima
N O V E L A

©
Ediciones Era
Primera edición: agosto de 1992
Primera reim presión: octubre de 1992
Segunda reimpresión; noviembre de 1992
ISBN: 968-411-305-6
DR © 1992, Ediciones Era, S. A. de C. V.
Avena 102, 09310 México, D. F.
Im preso y hecho en Máxico
Prínted and made iti México
A Paula Amor,
mi madre
•Julio Antonio Mella•
Fotografía de Tina Modotti

Y
r 10 DE ENERO DE 1929

a viene su sonrisa bajo el ala


del sombrero. En cuatro zancadas cruza la oficina de cables. En
Tina disminuye la opresión. Se adelantan dos brazos que pronto
han de envolverla.
—¿Cómo estuvo, Julio?
—Bien. ¿Pusiste mientras el telegrama?
—Sí, Julio, pero ¿qué te dijo?
—Vámonos.
—¿De qué hablaron?
—En la casa te platico.
—Dímelo ya.
—Bueno, pues han venido a México dos matones cubanos.
Magriñá me advirtió que andan tras de mí.
La opresión vuelve a doler en el pecho de Tina; tanto, que
debe detenerse. Julio Antonio le echa el brazo izquierdo alre­
dedor de los hombros, junta su cabeza con la de ella: “No te
pongas así”. V an cada vez más aprisa. El frío arrecia los
pasos.
—Ves, Tinísim a, ese asno con garras que gobierna C uba me
considera más peligroso aquí que en La H abana —in ten ta b ro ­
m ear, pero se le cae la voz. Por cada dos pasos suyos T in a da
cuatro.
C ruzan Balderas. México, qué d u d a d tan vacía, qué desierto.
Desde que suenan las ocho cam panadas de C atedral, su m illón
y m edio de habitantes echan cerrojo y se p arap e tan en su casa.
No pasa u n alm a p o r la calle Independencia; hasta el azul m a­
rin o de los gendarm es fue a dorm ir.
—Vámonos p o r M orelos, Ju lio . Es más ancha, m enos oscura.
Ju lio le ciñe la cin tu ra bajo la chaqueta n eg ra. T in a quisiera
h u n d irse e n su costado, ser con él u n solo arom a nocturno.
Ojalá tuviera las piernas más largas, cam inarían enlazados. “Fal­
ta poco”, piensa. A unos m etros los espera el abrazo.
Al doblar a la izquierda en A braham González, u n estam pido,
u n a raya de fuego la inmoviliza. O tra detonación casi sim ultá­
nea. “Es contra él”, piensa T ina. Se da cuenta de que ya no
sujeta el brazo de Julio. “Julio, Ju lio ”, ¿grita, nom bra, calla? U na
som bra se aleja a sus espaldas —“ Julio” —, allá va adelante. Lo ve
d a r tres pasos, otro más y desplom arse. "Julio”, corre hacia él,
G rita en todas direcciones. Auxilio, auxilio, Ju lio , auxilio. U n
autom óvil, ayuden p o r favor, u n médico, p o r caridad. Lo único
real en la calle es el olor a pólvora en la m anga quem ada de su
chaqueta y entre sus brazos la cabeza de Ju lio m u rm u ran te: “Pe­
pe M agriñá tiene que ver en esto”. Ju lio desangrándose, y en u n
suprem o esfuerzo: “M uero p o r la revolución".
—N o, Julio, vas a estar bien, Ju lio , ahorita —lo besa en la
frente.
Las rodillas de T in a se em papan en sangre, Ju lio no pesa. Se
le va. ya casi no. es é l . ,
—¡Pronto, señor, u n autom óvil p o r favor! ¿Usted no es m éd i­
co? Señor, ¿no hay u n m édico p o r aquí? ¡Hay que llevarlo al
hospital!
Ya no está sola. En la oscuridad m iradas los rodean.
—Mi amor.
T in a lo besa u n a y otra vez, le acaricia la frente, los cabellos.
—Señor, su som brero, se quedó tirado, es aquél. Démelo,
p o r favor.
En la C ruz Roja, los familiares de los internos no luchan; pos­
trados, se tiran al suelo y esperan lo que Dios quiera. T in a
exige, ningún p o d er hum ano va a im pedírselo. Va y viene. La
m ala noticia corre p o r los barrios como el viento de enero.
Los com pañeros del p artid o com unista com ienzan a llegar,
R osendo Gómez Lorenzo, el Canario, a m edia noche va p o r
café a la esquina de El Oro: "Anda, T ina, traje para todos”. El
frío se ata al m iedo y T in a no deja de estrem ecerse. J u n to a
ella, Enea Sorm enti le devuelve el idiom a de su infancia, la se­
ren a con golp éalo s en el brazo; ya, ya, ya, ya, caricias suaves,
ya, ya, idénticas, ya, ya, ya, hasta que T in a ren d id a recarga la
cabeza en su hom bro y parece su frir menos; se da cuenta de
que las lágrim as le escurren hasta el cuello, de que trae el pelo
en desorden, de que siente tanto frío.
—N on si puó fare altro, aspettiam o, T ina, aspettiam o.

El doctor Díaz Infante sale del quirófano, a T in a le parece n o r­


m al.escuchar que "técnicam ente, la operación h a resultado u n
éxito”. La noticia tiene el tam año de su esperanza.
—Suturam os con siete puntos la herid a de proyectil. El orifi­
cio de ocho m ilím etros en el tórax atravesó el epigastrio y la
cavidad abdom inal. O tro proyectil en tró en el eje m edio del
brazo, pero esa h erid a es d e m en o r im portancia.
—¿Habló?
—No. Lo recibimos inconsciente... M ire, son poquísim as las
esperanzas, su estado es grave en extrem o, pero resistió la in­
tervención; es u n atleta, quizá con la ayuda de Dios salga ad e­
lante; tenem os que darle un plazo...
T in a deja que él llanto la anegue p o r esa m ínim a esperanza.
Q ue viva, reza, au n q u e yo jam ás vuelva a verlo, que viva.
O fren d a todo en u n m om ento brevísimo. E n tre los batientes
de vidrio opaco sale otro de los cirujanos y, al en co n trar sus
ojos, T in a presiente sus palabras:
—Ha m uerto.
Son casi las dos de la m añana. Los amigos la rodean, se
abrazan en tre sí, Luz A rdizana no pierde u n o solo de sus m o ­
vim ientos, T in a es su dueña, Sorm enti se quita el som brero de
fieltro negro, parecido al que Ju lio acostum braba y dice con
voz grave en el idioma de su infancia:
—Devi essere forte d ’ora in avanti.

•U •
—¿Podrían dármelo, doctor?
—Lo siento, señora, es contra la ley.
—Oh Dio —Tina aprieta los puños... —, quiero entrar a verlo.
—Tiene que esperar, señora.
—El cuerpo —insiste ella, crispadas las manos —, el cuerpo,
quiero su cuerpo...
—De aquí, lo llevarán al hospital Juárez, allá después de la
autopsia se lo darán.
—La señora quiere verlo —interviene el Ratón Velasco— un
ratito, mi Doc.
—No es petición, es exigencia. Soy su esposa —miente Tina —,
tengo derecho a verlo.
El médico retrocede, incómodo.
—Con su permiso.
—¿Puedo pasar?
—No, pero mire, póngase abusada. Cuando se lo lleven al
Juárez, pídales a los de la camilla que la dejen verlo. ¿Traje­
ron sábana?
¿Cómo van a traer sábana? ¿Quién anda por las calles con
una sábana para envolver a su muerto? Sandalio Junco ofrece:
“Voy por una a mi casa”. “¡No hombre, Peralvillo está muy le­
jos!” “Vivo .por el Reloj Chino”, informa el Ratón Velasco, “yo
la traigo.” “¿Qué hora es?” “Fíjate bien que nadie te siga.” “Me­
jor compramos una nueva.” “No; todo está cerrado.” “Por fin,
¿quién va?” Hay temor en la voz de Alejandro Barreiro: “Segu­
ro nos andan siguiendo. Si esto le pasó a Julio, qué no nos
pasará a nosotros. Es mejor que no nos vean en la calle”. “Po­
dríamos pedir aquí una prestada, luego la devolvemos.”
El comisario, señor Carrillo Rodríguez, y el empleado de la
comisaría, señor Palancares, llegan desde el fondo de un pasi­
llo con sus largos cuadernos de cartón bajo el brazo. Frente a
Tina conservan sus sombreros puestos, nada tienen que ver
con el interfecto, mucho menos con sus deudos. Con voz de
subastador, el comisario enumera en medio del silencio
Un pantalón negro.
Un saco negro.
Una combinación color morado.
Una camisa.
Un suéter café.
Unos tirantes.
U n abrigo color rata.
U n cinturón negro.
U na libreta roja, con lápiz.
U n periódico: E l Machete.
—A ver, Palancares, ap u n te usted: “...Al registrar la ro p a del
occiso se encontró claro u n orificio de proyectil en la espalda
del abrigo color rata, de tela corriente; igualm ente en la espal­
da del saco de casim ir negro, en la p arte trasera de u n su éter
de estam bre, en la de la camisa, y en la de la cam iseta color
m orado...”
El com isario tom a cada p ren d a, m anoseándola. Al m encio­
n a r cada orificio in tro d u ce su m eñique p o r el agujero p ara
m ostrarlo y luego avienta la p re n d a sobre el escritorio, en u n
m ontón de desam paro.
“...La salida del proyectil se n o ta en la com binación y en la
camisa, pero no en el su éter ni en el saco, tam poco en el ab ri­
go. Esto denota que el proyectil, después de h ab er traspasado
el cuerpo, debió quedarse en el estam bre del su éter y caer,
probablem ente al ser recogido el lesionado...”
—¿Me van a en tre g ar su ropa? —inquiere T in a con voz
neutra.
—Usted, ¿quién es?
—.Soy su com pañera. ¿Puedo llevarm e su ropa?
—A usted se le va a citar p ara que declare y no le vamos a
d a r la ropa. Desde ahora va a ser m uy acuciosa en sus resp u es­
tas, p o rq u e van a q u ed ar asentadas en el expediente. Diga u s­
te d si reconoce en esta ag e n d a la le tra d e su m a rid o o
com pañero.
- S í.
—N o hay nad a en ella, sólo este nom bre garabateado y este
núm ero. Diga usted si sabe quién es M agriñá.
—Sí, y ése es el n ú m ero de su teléfono.
—¿D ónde está el arm a?
—¿Cuál arma?
—La que m ató a su m arido o com pañero.
—¿Cómo voy a saberlo?
—¿Recogió usted el proyectil que lo mató?
—¿Qué? N o pensé en eso. Yo buscaba su som brero, él lo
necesitaba.
—Señora, el cadáver queda a disposición del Servicio M édico
Forense en el hospital Ju árez y usted a disposición del M iniste­
rio Público.
—En el Ju árez trabaja u n cuate mío —recu erd a el Canario.
—Q uiero tom arle a Ju lio u n a fotografía. ¡Mi cámara!, que al­
guien vaya p o r ella, tengo que d ejar u n a constancia. Luz, ¿pue­
des traerla de mi casa? Tienes llave.
Luz sale corriendo como los voceadores de Bucareli.
—¿Q uiénes están esperando el cuerpo? —chilla u n a voz.
—Nosotros —salta el Canario.
—Bueno, ya mero.

Desde las tres de la m añana el g ru p o se trasladó al co rred o r


de la sala de autopsias del hospital Ju árez. En la ru ed a del in ­
fortunio giran sangre, orina, vapor de cloroform o, gargajos.
Cerca del baño de m ujeres se desborda u n tam bo atascado con
vendajes, papel de excusado y las porquerías ensangrentadas
de todo el día que nadie se ha ocupado de retirar. Sorm enti
m ira a T in a recargada en la p ared de mosaico blanco, Graflex
en m ano, m ortalm ente cansada. Ya no llora. Tiem bla. S orm en­
ti se quita el saco y se lo acom oda en los hom bros.
—No tengo frío.
—Q uédatelo.
Le perm itieron to m ar la fotografía de Ju lio A ntonio, su ca­
beza. No la dejaron sola, ni siquiera en ese instante. D isparó
el o b tu rad o r y salió erguida. No iba a darles a los c u í c o s el
gusto de que la vieran d erro tad a. Más tard e le contaría a Luz
A rdizana: “Con el pretexto de la tom a, acaricié su mejilla. Só­
lo eso, mi m ano sobre su mejilla, u n segundo, sin que se die­
ran cuenta”.
T in a le pasa la Graflex a Sorm enti y enciende otro cigarro
raspando el cerillo en la pared. T o d a la noche, a la altura de
las sienes, la cabeza le ha latido tanto que pensó con alivio: “Se
me va a rev en tar”, y eso le dio esperanza; la ten d erían ju n to al
cuerpo de Julio, la am ortajarían con él. Pero sigue viva. La
etern id ad se ju n ta con la m añana.

—¿Q uién es el responsable? —se asoma u n enferm ero.


—La señora... bueno, nosotros; todos somos responsables.
—Ah, bueno, p o rq u e ya m ero.
—H om bre, estamos aquí desde las tres de la m añana, ya son
casi las dos de la tard e, no es posible que u n a necropsia d u re
once horas.
—Es que no nam ás es el de ustedes, tenem os m uchos, y van
p o r turno.
T in a aplasta el cigarro contra u n rad iad o r, la colilla ru e d a al
piso; la patea y la destroza con el zapato. A utom áticam ente to ­
m a otro, se lo pone en u n ángulo de la boca y lo p ren d e, ocul­
tando el cerillo en el hueco de su m ano.
E ntre los que esperan el cadáver de Mella, destaca p o r n e ­
gro Sandalio Ju n co . Cada vez que los batientes de la p u erta se
abren, Sandalio se precipita, con T eu rb e T olón y el cigarrero
A lejandro B arreiro Olivera. “Son buenos com pañeros”, solía
decir Julio, “los tres.” Y ah o ra T in a busca en ellos algo de J u ­
lio, los “no, chico” en su conversación ráp id a y desolada. No
se h an sentado u n m inuto; fum an los ojos enrojecidos, las ca­
bezas ju n tas.
“Así que la vida es esto”, piensa T ina, “este tránsito, esta es­
p e ra .” R ecorre el pasillo u n a y o tra vez, cigarro en m ano. “Has
fum ado ya u n a cajetilla”, le rep ro ch a Sorm enti. “T om a tu sa­
co.” “Sigues tem blando, T in a.” “Sí, p ero no de frío, de rab ia.”
“Claro, es com prensible. T e has p o rtad o como u n a v erd ad era
com unista. T u valentía...” Al ver su m irada se detiene.
Su valentía... C uando más la necesitó fue al verlo en la p la n ­
cha. T in a cierra los ojos, oye en sordina la voz de los com pa­
ñeros. De p ro n to u n portazo la vuelve a la realidad: está en u n
corredor, espera el cuerpo de Ju lio como se espera u n a m ale­
ta: ahorita sale su bulto.
—¿Usted se lo va a llevar? —se asoma u n guardia.
—Hace horas que llegó la fu n eraria —reclam a exasperado
Gómez Lorenzo —, y como nosotros, tam bién espera el cuerpo,
ya ni la am uelan.
—Ah carajo, bueno... pues ya m ero.
T in a encaja sus dedos en la palm a de sus manos; tiene que
enfrentarse al simple hecho de seguir viviendo. Siente que no
p u ed e m over los dedos, ni sus piernas.
El C anario advierte:
—¿Saben qué? Sin m ordida, no hay celeridad. La única m a­
n era de apresurarlos es con u n billete. ¿Cuánto traen?
El único que trae din ero es Sormenti.
Los com pañeros deciden velar a Ju lio en el salón principal de
la sede del partido com unista en Mesones 54, Visten el féretro,
paños rojos y negros cubren las ventanas y los m uros del sa­
lón. Los focos apenas escurren luz, todo invita al recogim iento.
T ina busca la p en u m b ra de u n rincón y p o r u n m om ento se
tranquiliza con sonidos familiares. Em pieza a verlos a todos en
lontananza, u na que otra silueta se perfila en Ja som bra y cu an ­
do se acercan a abrazarla renace el dolor lacerante. Es p o r J u ­
lio todo esto, es p o r Ju lio , y así como él van a m o rir ellos, los
de la Liga Antim penalista de las Américas, los del Socorro R o­
jo Internacional, los de la Liga Nacional Cam pesina, los de la
F ederación Com unista de México, todos condenados, los que
aspiran a liberarse del ham bre. Y lib erar a los dem ás: al p u e ­
blo. P orque los otros, los que no son el pueblo, ésos sí van a
salvarse, a ellos nadie los cazará como a ratas callejeras, nadie
los verá desplom arse y ro d ar, la sangre encharcándose bajo su
cuerpo,
Jacobo H urw itz se sienta a su lado, ex trañ am en te presuroso.
H abla tam bién con rapidez, y de súbito T in a advierte eferves­
cencia en él partido, siem pre tan lento en arrancar.
La atm ósfera ha cam biado; ah o ra es u n campo de batalla.
En la sala de velación hay silencio, p ero en la escalera, en los
pasillos, en la recepción, en la calle, el m ovim iento es evidente.
T in a se acerca al balcón, observa y dice p ara Julio: “ICuánto
esfuerzo, fíjate cuánto! Pintan m antas, rep arten volantes que
h u elen a tinta fresca. En pocas horas han organizado más actos
de protesta que en los pasados tres meses. Cóm o luchabas, J u ­
lio, p o r sacar adelante u n m itin, la cantidad de reuniones p re ­
lim inares, tus idas a la im p ren ta,ttu rabia de que la gente no
acudiera. M iedosos, decías, miedosos. ¡Míralos nom ás ahora,
Ju lio , hay u n hervidero de gente aquí abajo!”
Son m uchos los telegram as, las delegaciones de provincia
que anuncian su llegada. Por la noche se h ará la p rim era m a­
nifestación de protesta. U na comisión, integrada p o r M onzón,
C erda, Crespo, O rtega y H urwitz, organiza las guardias ju n to
al féretro. V arias agrupaciones esperan en los pasillos y solici­
tan la presencia de la com pañera M odotti,
A costum brada a la disciplina, T in a se p o n e de pie. J u n to a
ella, Luz hace lo mismo sin d ejar de m irarla. “T en g o que to ­
m arm e en tre m anos, tengo que rehacerm e”, quiere ser la m u ­
je r reservada y serena que los com pañeros conocen. N o se
dejará vencer, el cansancio am ortiguará eL dolor, así la; ayu­
dará.
—T in a —aconseja Luz A rdizana —, deberías ir a cam biarte.
T ienes la falda m anchada.
—¡Diol
Ve la sangre seca de Ju lio , siente la* cabeza de Ju lio en sus
brazos, escucha la voz de Julio: “M uero p o r la revolución”. ¿O
fue ella quien im aginó estas palabras? Porque Ju lio y ella h a ­
bían llegado a ser u n o solo, inm enso, indivisible. Gomó la vida
que es una, inm ensa, indivisible, au n q u e ah o ra se, le astilla en
calles y banquetas que sus zapatos negros de trabita reco rren
solos rum bo a su casa, sin las zancadas de Ju lio a su lado.

—¿YTina? —p reg u n ta el Canario.


—Fue a su casa, a cambiarse.
—¿Sola?
—Se m e adelantó, ya no la vi.
—H om bre, Luz, es im p ru d en te dejarla sola.
—Ella es fuerte.
—No m e refiero a eso.
A los veinte minutos Tina regresa sofocada y busca el rostro
de Luz Ardizana.
—No p u d e e n tra r a mi casa. H ay policías.
—¿Q ué?
—Están cateando mi casa. No sabían quién era yo, les p re ­
gunté qué pasaba, y me dijeron —T in a palidece de p ro n to —
que hubo u n crim en pasional; vi todos los libros tirados, mis
m edias en el suelo. H an vaciado los cajones, Luz, lo esculcan
todo. No sé ni cómo regresé. No sé ni en qué cam ión m e subí.
—T ranquilízate, T ina, siéntate. A horita te consigo u n a falda.
—¿Q ué va a ser de mí, Luz? ¿Qué hago?
Luz m ira hacia la p u erta; h an en trad o dos hom bres de som ­
brero que no conoce. Exam ina al gentío. El local del p artido
es la segunda casa de los com pañeros. Pero ah o ra ve caras
nuevas. N inguno habla. Los desafia en voz alta.
—T en , T ina, esto nos protege —y Luz A rdizana le pone, so­
bre la m anga del brazo izquierdo, el brazalete neg ro con la
estrella roja. Ven, hay que decírselo a los com pañeros. Vamos
a d en u n ciar esta infamia.

—C anario, aquéllos son agentes.


—Siem pre h an sido m uy notorios. De secreta no tien en n a ­
da. V ienen p o r T ina. Vigilan hace horas.

En u n rincón se ag ru p an T eu rb e T olón, Sandalio Ju n co , Ale­


ja n d ro B arreiro y varios cubanos más. H acen m em oria de J u ­
lio, de La H abana, de la lucha.

Rafael Carrillo —inform a Gómez Lorenzo — se h a ido a enviarle


u n telegram a a los Wolfe, en N ueva York, p ara que le notifi­
quen al Daily Worker “el crim en y la situación gravísim a p ara
masas trabajadoras América L atina”.
•La máquina de escribir de Mella•
Fotografía de Tina Modotti

4 DE ENERO DE 1923

los estudiantes de la Univer­


sidad de La H aban a subían d e p risa la larga escalinata. E n fu n ­
dados en trajes de d ril cien con chalecos d e ojales y corbata
bien a n u d ad a se deten ían a posar como m aniquíes p ara u n
invisible fotógrafo en lo alto de la colina universitaria, u n pie
sobre u n escalón, el brazo con el som brero de pajilla levanta­
do, a m odo de saludo, la sonrisa al fu tu ro p o rq u e u n lu m ino­
so p o rv en ir ascendía d esde las calles de La H abana hacia
ellos. T res mil alum nos inscritos en las facultades de derecho
y m edicina ejercerían las carreras de m ayor prestigio, gozarían
de w eek-ends en V arad ero , m em bresía del H av an a Y atch
Club, viajarían a E uropa.
En la colina, u n círculo se form aba en to rn o a Ju lio A ntonio
Mella, algunos se abrían cam ino a codazos p ara q u e d a r más
cerca de él o p o r lo m enos oírlo; otros, m uy pocos, seguían de
largo.
—¿Vamos a to lerar que le d en el doctorado honoris causa al
procónsul Crow der? Es u n insulto a la patria.
El pelo crespo de Mella se insubordinaba; el traje, m ejor
cortado que el de sus com pañeros, le caía bien de los hom bros
a las largas piernas y p o r los puños de la camisa de seda esca­
paba la llam a de sus manos.
—El gobierno de W ashington tiene n u estra isla convertida en
colonia. ¡Y todavía querem os h o n ra r a su procónsul!
—H ablem os con el rector, chico.
—¡Qué rector ni qué nada! —gritó Mella —. H ay que llegar al
presidente. ¿Cómo es posible que n u estra universidad acceda a
darle lo m ejor que tenem os a u n generalote de W est Point? ¡El
sólo hecho nos deshooooooooonra, nos deshonraaaaaaaaaaaa!
¡Tenemos que im pedirlo! —se desgañitaba Mella.
AiTebataba a sus oyentés. Los .viejos prófe^ores se m iraban.
¿Q uién era ése -mozálbété táh rudo.;eiV su rechazo a los y an ­
quis? “H ay qu e.tenerle cuidádó a Meikv" “Un apasionado de la
revolución d<S0c tú b fe ^ lé s ^ m ó s a niilés de|í$iUas'íde los rusos
y nadie sabe en claro qué sucede allá, p ero éste habla sin cesar
del triunfo del proletariad o .” “Conoce a Martí. Lo cita b ien .”
“N o estudia. Lo único que hace es política.” “Es u n provoca­
dor. No sé de dó n d e saca su odio a los am ericanos, su p ad re
es un-sasfcre de polendas, el más p róspero de La H ab an a.” “Es
u n fanático; todo fanatismo es aberración.”
Los terratenientes y los em presarios se disputaban el h o n o r
de ser recibidos en el USS Minnesota. Como lapas ad heríah^us,
em barcaciones al cuerpo del acorazado. B eber u n m artini con
C row der, definitivo; él podía im poner y d estituir secretarios de
estado. The World jhabía: publicado: “Esperam os que la visita
del general C row der despierte al ;pueblo cubano y le haga ver
la posibilidad dle^una intervención”
Mella propagó su rebeldía no sólo a sus com pañeros de d e ­
recho sino a los de m edicina y farmacia. De la colina u niversi­
taria bajaron apiñados: “¡Fuera yanquis! ¡Crowder go home!
¡Unete pueblo!” Al verlos pasar, los obreros se incorporaban.
Era bueno desahogarse a m entadas de m adre.
El presidente, de ojos plisados —le decían el C hino Zayas —,
aceptó recibir u n a comisión de quince estudiantes. En su p re ­
sencia enm udecieron. Mella rom pió el silencio, reclam ó el d e­
recho a tom ar p arte activa en el gobierno de la universidad,
denunció á'flb's'profesores fósiles. “No hay ni siquiera formo!
en los laboratorios de anatom ía y disección.” En la universidad
habían enraizado el verbalism o, la ru tin a, la corrupción, copia
fiel de la corrupción del país. Y p ara rem atar, ah o ra le regala­
ban ú n doctorado a CrOwder: . «.feasKÍ eúcí
i T om ado p o r sbr^resaí-Zayas Crespón citó ¡que ^citaría a lré c tb r
y al secretario de Educación y los despachó.* p
Apenas ayer el zorro de C row der le había -dicho "M e p re ­
gunto cómo p o d rán salir del S tó liad efó 1kiñ"el'|)^ésüimÓ:d é j.P .
M organ”. Echarse encim a u n enerfiigo dél-táW año'ide lós^Esta-
dos U nidos era suicida¡ ¡Imbéciles!-¿Iban a-enseñafle a él testos
ctíó^tbdavfáren pañales a m anejar el país? 2 .
MMlá’teníáídifecioeho’añOs. Al m irar sus ojos incendiados, el
G hino Zayás supo q u e lo recordaría m uchos años. La im agen
le pro d u jo insom nio. “Parece u n a p ira”, se dijo, “no le im porta
quem ar su p ro p ia vida.^jrn-Xí?. yft nu ub sfcübaítsoj
.en
T em erario, Mella lo fue desde niño, desde que Longina, la m u ­
je r que lo cuidó, lo llevó de la m ano p o r el m alecón de La
Hábarift: ’^SÓlo fsé>tbmé Ió !qüé no se entiende, tú p uedes hacer
ciíaiqúidij-é0áa'que t^ p ró p b rig as.” U na tarde ella subió ú n a p e­
q u eñ a t^W sd.'sEl"se'quedó ¡abajó llorando. “T ú puedes, ven tú
hasta acá, chico.” A gatas, b errean d o de rabia, el niño iba tre ­
pando Á ;Véctís résbalabásyJÍás piedritás rodaban presagiando
su caída ]Afi'iba¡' Ló'ngiña ^le iten d íá'^á "maño C uándo llegó,
arrastrándose com ó gusano, ítetnblüba> de >felicidad y Longina
besó sus mejillas em papadas. JüliójArítoniÓ jam ás olvidó la lec­
ción. Así aprendió a n ad ar a los Cuatro áñós, yi'aún adolescen­
te sería cam peón de rem o. J .bxióiísM hí no -or; stí ->b .f&m
E ntré los m uros de su casa la voz de Longina era el único
estím ulo a la vida. En la salay de co m n ás tó n id á s para; q u eJiió
en tra ra el sol, su m ad re, C ecilia;-aguardaba. lM irah arsiem prc
p o r la ventana hacia u n m ar que nada" téh íacq u e ' ver: co n !él
m ar gris que se'Yéfcarga' péVádó en ’las’cósta^ ele'1! tlandíi Si'sa­
lía; u n párásól y'V iW 'sóm bréró^dé'^ajaidé^tíchás 1álásr áislabafí
del trópico sus cabellos rizados. O diaba eb S ó ld éíG u b áí'p d ríél
pérm áñé'cíS ^’ficéflrádá, á ; lá "espera.[M iraba ;ari'süs hijos,^Jüíió
AntoñiÓ'^y Géoilio'nsin v é rlo sj'y !se-íd irig íá la ,ellósf'éñ’;inglés. ó
nó hablíiba'l''Esperaba rabiosa ;Sú impacierid&í'permea'ba toda
la casa. U na b o m b a'de tiempo,'fesa casa; ü n d eto n ad o r; su ma-
drel C uando los niños sentados a sus pies se volvían tu rb u le n ­
tos —sobre todo Ju lio A n to n io —, decía e n su m al español: “Va­
yan a su m anejadora". Algunas tardes, hacia las seis, h o ra en
que cede el sol, llegaba N icanor Mella. L ongina servía té o n a ­
ran ja d a y Mella besaba a sus hijos. L uego Cecilia o rd en ab a p a­
searlos y lo últim o que Ju lio veía era la cortés inclinación de su
p ad re que inquiría:
—How are you today, Cecily?
—N otw ell —respondía vindicaüva.
—C an I do anything ab o u t it?
—It’s up to you —la voz se hacía hiriente.
A unque no en ten d ía esas palabras, el ren co r m aterno habría
de enraizar en su m em oria. Y d u ran te todos sus años h u iría de
las m ujeres que no se sienten bien, las de suaves chalinas, las
vaporosas, las que alargan sus piernas dem asiado blancas como
manecillas de u n reloj de tedio, siem pre en espera de u n tic-tac
ajeno.

T res veces p o r sem ana, M artínez V illena daba u n sem inario de


m arxism o, en el que adem ás de hablar de Lenin y M artí, R u ­
bén los increpaba: ‘‘D íganm e, sin Cuba, ¿qué son ustedes? ¿Pa­
ra qué quieren su vida?" E n tre otros, lo escuchaban Ju lio ,
Sarah, Olivín.
Ju lio sintió u n a enorm e sim patía p o r Sarah Pascual, p o rq u e
nu n ca se enferm aba, se veía dispuesta a llevar a im prim ir los
volantes, o a reca u d ar las firmas de protesta. A unque era deli­
cada, grácil, de huesos delgados, como que no se hacía caso.
Desde m uy joven, Sarah ap rendió a vivir vuelta hacia los d e­
más, de lleno en la realidad. U na noche, le dijo a Julio: “Sabes,
soy m uy afo rtu n ad a, tengo un concepto real del m u n d o ”. Sa­
ra h no planteaba problem as de índole em ocional o doméstico:
“Sólo tengo esta vida y q uiero vivirla com pronietida con las
causas de los hom bres".
Olivín Zaldívar tam bién era batalladora, se en fren tab a a los
profesores y eso atraía a Julio. N ada reten id o en ella, desbor­
daba mieles, ju g u ito s, perfum es, esencias. T am bién su voz era
sabrosa, escurría y había que chuparla. A trabancada, su form a
de adelantarse a los dem ás la hizo ser la p rim era en cortarse el
pelo a la g arló n , y Iqué bonita se veía su cara red o n d a, los
hoyuelos en sus mejillas, el pelo negro corto!
“¡Vamoá chicas!” Mella enlazaba la esbeltez de la cintura de
O livín y de Sarah y e n el m alecón los estibadores veían ap are­
cer, entre las grandes pencas de plátano m achino, al trío re ­
den tor. V enían cam inando de prisa sobre el piso resbaladizo y
hu m ean te. “Aquí todos somos desem pleados’', le decía un cn-
cam isetado. "Se ha restablecido la libre contratación en el
p u erto y nos pagan lo que se les d a la gana.” Sarita com pungi­
d a hablaba con ellos; Olivín Zaldívar se iba fam iliarizando con
los changadores, ocupados en estibar bultos de azúcar y pacas
apretadas de tabaco e n ram a. R ubén M artínez V illena abrazaba
al líd er Alfredo López; Alfredo palm eaba a Ju lio , cómo te va
chico, lo tom aba del brazo, ¿tienes sed? Ju lio sorbía el ju g o de
piña de un jalón , Alfredo le ofrecía otro, ustedes los jóvenes,
son capaces de tragarse el m ar. O livín bebía café con ron en tre
los carretilleros. Sarita, b u en a chica esa, con su voz delgadita y
sus inm ensas ganas de ayudar, n o aceptaba ni u n vaso de agua.
Ju lio llegaba ro d ead o de chicas; se veía a leguas su avidez p o r
las m ujeres, el gusto p o r el óvalo de su rostro, lá red o n d ez de
sus nalgas. La ju v e n tu d sudorosa y ard ien te de los tres restau ­
raba al fatigado Alfredo López; lo envolvían en su euforia.

Siem pre de saco blanco y de camisa ^ c o r b a ta de m oñito b lan­


ca, A lfredo López se m an tenía im poliito en tre cáscaras y b a rri­
les, h e d o r y ferm entación. M ella antepon ía el “m aestro ” a
cualquier p reg u n ta a Alfredo López y éste lo aquilataba con su
m irada profunda. “¿Cuántos ingenios yanquis hay en nu estro
país, a ver, ustedes lo saben m ejor que nadie, a ver?”, se infla­
m aba Julio. “T odas las m inas de h ierro , oro, el asfalto, los d e­
pósitos de cobre, petróleo, crom o y m anganeso perten ecen a
com pañías yanquis. C uban A sphalt Com pany, H avana P etro­
leum C orporation, A ntillan C orporation, C uban Cañe ¿es esto
español? Cuba es la azucarera del m u n d o pero cuatro de cada
cinco terrones p erten ecen a los yanquis. Ellos fijan los precios.
Los yanquis nos co m p raro n como a N icaragua y a H aití, n u es­
tro gobierno nos vendió.”
Ju lio m anejaba cifras, porcentajes, el n ú m ero de toneladas
obtenidas en cada zafra, “u n m illón de toneladas más que la
In d ia”, aseguraba. Este m uchacho era de confianza. “¿Por qué
no somos los dueños de la riqueza?” Su lenguaje ló enten d ían
los torcedores, chaveta en m ano, los despalilladores, los jo rn a ­
leros, las'm ujeres dé'skrvicio que c o n i ú s am plias canastas del
brazpí se detenían a estucharlo en el m ercado m ientras Olivín 1
se perdía entre los^puestos de v erduras y volvía a aparecer, ar-
g ü endera y pid o n g u era/ cachonda Reía p o r encim a de las n a ­
ranjas a pun to de desparram arle.¿P onía-una j pifia encim a de su
cabeza y rnovía las c a d e r a s e n tr e ’laSvm ontañas d é ciruelas cam ­
pechanas am arillas. Oliyíri decía que hasta en’ la fru ta había
música; las sandías daban vuelta sobre sí mismas, refulgían so­
bre los doce costados:,! “Mira: qué fru ta bom ba. Baila chica, bai­
la.” El aire traía" olóres^de m alanga con chicharrón, tasajo,
boniato bien cócido, ¡ajiaco con ñam e. Las negras zam bombas
exhibían sus Viandás^eki cacerolas d e peltre. Sárah, cohibida
p o r Olivín, le advertía que algún día el pueblo ya no pediría
baile sino u n techo, educación y m edicinas p ara süs hijos, e d u ­
cación sí, ésa sí, v erd ad era fru ta bomba.
■í Julio hacía revolotear la lucha social en tre el fino polvo del
frijol negro que produce tos al pasar del costal al cucurucho
de papel periódico; el tabaco etiquetado: G uban Land an d
Leaf Tobacco Gompany, y las ideas se iban posando en cada
cubano. Sin em bargo;vno lograban ¡penetrarLen los grem ios de
tabacaleros y portuarios. Éste es mi país, se repetía y lo sabía
p o rq u e 'sii vid¿ misrrta-era esa m u ch ed u m b re cuya ondulación
lo fascinaba. H ubiese q u erid a gritarles; “Vivo p ara ustedes, soy
de ustedes, doy mi vida p o r su vida, son ustedes mi razón de
ser” al m ar de gente, la m ar d e cubanos entretejidos en la pla­
za y el m ercado, sacudiendo sus huesos, su carne, su costal h u ­
m ano en tre los peines de carey y el coral en ram a, recién
sacado del m ar como u n rojo arbolito del deseo.
La H abana era su casa, pero más la universidad. La am aba
con su sexo ard ien d o , su corazón insatisfecho, la p ro fu n d id ad
de sus pulm ones de rem ero. Los cubanos am an con su sexo.
Salen a buscar a las m ujeres; las alientan con su sexo. Mella así
am aba a la universidad; La tom aba en brazos, la d etenía en la
esquinadla poseía, filtraba el sol p o r sus ventanas. C uando los
dem ás llegaban Ju lio A ntonio ya estaba allí; e ra el últim o en
irse. M uchas noches las dorm ía en u n a banca, ¡tres o cuatro
horas de sueño le eran suficientes. A todos les im presionaba su
entrega; para m uchos estudiantes, la universidad era Mella,
presente en su paso rápido p o r los corredores, en el arrebato
de su palabra. ‘‘Va a hablar M ella” y los profesores veían va­
ciarse las aulas. “Este chico es u n a calam idad” g ru ñ ía el máes-
tro Loredo. “H a confundido la universidad con u n p artido p o 1
lítico; ha8fe'5proselitismo;”?>’í
N icanor Mella ya no aguantaba a Julio. “Estoy p erd ien d o mi
clientela. T ú ju eg as a la política como jugabas con Cecilio al
cachum bubé. Gasta tu energía rem ando, vete al H avana Yatch
Club, no té metas en líos. ¿Qué tienes tú que ver con u n gua­
jiro , tú / educado en colegios católicos? Si sigues, te vás de
fiá nift ’M] >y r37 K Víió: r.*z o iro c rA ai!ir
—N uestro gobierno es tan sucio, tari torpe, tan inepto que
hasta el procónsul yanqui se p ro p o n e im plantar la; hon rad ez y
la eficacia en n uestra adm inistración p ara qué Cuba p u ed a p a­
gar su deuda. E ntre otras m edidas, C row der exigió que la lote­
ría cubana dejé de ser un an tro d e inm oralidades. :*
S arah Pascual se comía a Ju lio con los ojos, p ara ella la vida
era u n m itin cálido, fogoso, en vez de las cátedras de los p ro ­
fesores cüya expulsión Mella exigía. H u b iera podido exclam ar
de, no ser tan pudorosa: ‘'Jü lió !es mi alm a m a te r’’.
o fA*-S'arah ►iet'áp'ásittriáLbáli lós planteam ientos d,e Mella pero
ai"?M j ér í Mard itez Villéna quien tenía la palabra final. C ono­
cía a fondó í-Iá' ley,';Sabía11 ó que se podía hacer, calculaba la
reacción dél gobierno, preveía las consecuencias: “Serán im pla­
cables”.
D espués dé acom pañar a Saráh a su tranvía, a Ju lio le daban
las tres dé la m añana en el local del C entro O brero escuchan­
do a Alfredo López, el tipógrafo de traje blanco que sé veía
como u n general o rd en an d o la batalla en tre los linotipos y las
mesas de formación: “Q ué gran estratega”, pensaba Julio. “Esté
taller es la m ejor escuela y Alfredo López el m aestro que siem ­
p re esperé.” '! ' >i 10 < ' ya ! f>:: rn;:c ; .t ;;
Volvía a su casa codo con codo con Alfredo López y R ubén
M artínez Villéna. A ntonio Penichet se ufanaba: “Con veinte
años de retraso p ero lo hicimos. F undam os la F ederación
O brera de la H ab an a ” ; 1 ' ! 'i¡j .í z i:; ■■jo/-''
—En la lucha contra los yanquis, la fuerza o b rera debe ser la
clase dirigente —decía R ubén; .d.> rifi-ieS vwy/v o:í
.OudgY4«í éstüdiaWti^’^-'HKiiíiiO--1 .«ítívnpncM «sod¿v.> >'•(>>'
—La estudiantil no p u e d e ser u n a clase, Julio: Su transitorié-
d ad lo im pide. Yo ya no soy estudiante y d en tro de dos años
tam poco lo serás tú ; i^T-J I0.b¡j*írjfj Ir. 5¿ra¡?iiiifc r
Alfredo López se entusiasm ó con la idea de Mella: crear u n a
universidad para los obreros.
—T en d rás todo el respaldo de la Federación O brera.

U n mes después del C ongreso Estudiantil, quinientas obreras y


obreros se inscribieron en la U niversidad P o p u lar José M artí
in a u g u ra d a en el aula m agna de la universidad, con la p resen ­
cia de Raúl H aya de la T o rre, recién d ep o rtad o del Perú.
Ju lio A ntonio se dedicó a reclu tar trabajadores y cam pesinos
en Santiago de las Vegas, G uanabacoa, Bejucal, San A ntonio
de los Baños, G uantánam o, M anzanillo, C árdenas, M atanzas.
N adie más receptivo que los guajiros abandonados en el cam ­
po p o r el gobierno.
Al llegar a algún ingenio, Julio, Sarah Pascual, R ubén, A nto­
nio Puerta, Gustavo A ldereguía y otros m ontaban su tablado:
“C om pañerito, ayúdam e; com pañera, ven p ara acá, vamos a
encim ar estas cajas”. R ubén cautivaba a sus oyentes. ¿Cómo
era posible que tanto a rd o r saliera de u n cuerpo tan frágil?
Afiebrado, repetía a M artí: “Con los pobres de la tierra quiero
yo mi suerte echar” y advertía: “De vez en cuando es necesario
sacudir al m u n d o p ara que lo p o d rid o caiga a tierra... H a lle­
gado la hora. Porque no tenem os nada, estam os dispuestos a
to d o ”.
Ante los cam pesinos de la M edia Luna, de Palm a Soriano,
de Bayamo, la figura de Sarah era u n a aparición sobre la im ­
provisada tarim a. S arah los oía corear: “Sara, Sarita, Sara, Sari­
ta, S ara”, sus voces la cim braban de la cabeza a los pies.
Pedían tan poco, vivían con tan poco y a cam bio de nad a d a ­
b an su vida, sus d u ras jo rn ad a s y ah o ra le en tregaban su espe­
ra confiada. A Sarah se le ocurrió ponerse a recitar de pie
frente a ellos Bandera roja. Esto, dicho como discurso, hab ría
provocado encarcelam iento, p ero Sarah lo entonaba m eciéndo­
se en su vestido blanco. Los propios cam pesinos la prevenían:
“Aquel de la camisa celeste, no lo conocem os” o “V inieron dos
m am alones, m ira, son los que fingen esp erar el acto”. Después
de Bandera roja Sarah explicaba q uién era su au to r, Carlos Ba-
liño, cuya cabeza blanqueaba, com pañero de lucha de M artí,
fu n d ad o r con Mella del p artido com unista cubano, poeta y tra ­
d u cto r de obras marxistas. Entonces, m uchos ensom brerados
se form aban p ara afiliarse al partido. U na noche oscura, al des­
pedirse Sarah, los guajiros sacaron sus m achetes y ap lau d iero n
con ellos en alto. Al chocar las hojas se produjo u n ru m o r
de fragua que prim ero atemorizó a Sarah y luego la llenó de
asom bro. Asociaba ese ru m o r con el rostro móvil de Mella.
Aquella tarde en la plazuela de Cristo, sobre la banca des­
vencijada en la que Ju lio y ella se sentaron —u n a treg u a en tre
dos obligaciones inaplazables —, él tom ó su m ano, ju g u e teó con
su anillo de perla, su cabeza rizada pegada a la suya, su color
trig u eñ o rosado al lado de su mejilla blanca, sus labios m uy
rojos, su aliento tierno ju n to al de ella y le dijo sonriente: “Al­
g ú n día, esta sortija será m ía”, y siguió haciéndola g irar en tre
sus dedos como a ella la hacía girar en la universidad. Ambos
riero n , ella de felicidad, pero él, Julio, ¿de qué se había reído?

C uando el Italia atracó en La H abana, se veían los camisas n e ­


gras afanándose en la cubierta de p ro a y en el puente.
—F u era de C uba los camisas negras. ¡Abajo Mussolini! ¡Mue­
ra el fascismo! —los agredió Ju lio Antonio.
Cecilio advirtió a su herm ano:
—N uestro p ad re está furioso.
Lo mism o sucedió cuando llegó a La H abana V icente Blasco
Ibáñez. Mella se opuso violentam ente a que diera u n a confe­
rencia en el aula m agna. N icanor lo conm inó: “¿Q ué p u ed e
im p o rtar que hable u n novelista viejo y famoso? N o seas secta­
rio ”. “¿Qué, no has leído su El militarismo en México, papá, ed i­
tado p o r los yanquis, tú que querías que en tra ra yo en México
al H eroico Colegio M ilitar?” “Eres tan obcecado como tu m a­
d re .” “T engo sangre irlandesa, p ad re.” “La sangre irlandesa lle­
va al m artirologio. ¿Eso buscas?”
El colmo fue cuando Julio no quiso unirse a la celebración
pública de agradecim iento a los Estados U nidos, p o rq u e el se­
nado norteam ericano había reconocido el derecho de C uba a
la Isla de Pinos.
—Isla de Pinos es nuestra. ¿Por qué Estados U nidos no les
da su libertad a Puerto Rico y a Filipinas? ¿Por qué no devuel­
ve los territorios robados a México y a Panam á? ¿Por qué p ro ­
m ueve la g u erra en tre Chile y P erú violando el laudo de T acna
y de Arica? H em os acordado alterar el desfile.
—Me has colm ado la paciencia, p ero lo más grave es que
tam bién se la has colm ado al gobierno.
' Anticipándose'' a -la •tnah'ifes'tatíóní oficíftlj-’Melía íy-Siií coitlpa-
ñéros entregaron su protesta iftipresá-fen-tinta'roja e n fél pala­
cio presidencial-'lil' Ghiñ¿ Zayásísé'sülfurÓ'.-lEn^ué térm inos
se ex^íéiabant d é ;él y 'd é los'diplom áticos' extráTijéros!'!Mella
erávhijb'ñ'áturáli^éón ríi?!óri los mal nácidós;estaban infestados
póf la- lepra- roja. “¡Detengan aL bastardo y a sus secuaces!”,
é M t e ñ t K ‘í , í - Oi U' l H l í í í>£UOS ’S . - - S'V .C iSxrilqtfjj: s ^ iT '.lb íiJ J if d íí c’-.íb
«El'Chino;'Zayásy ei'C acó Grówder, como lo conocía el p u e ­
blo, G erardo ¡Macha'dó ly-'lás autoridades civiles encabezaron el
desfile/,“IPi'ócesióh dé'ñ ritodillados!”- :gíitó¡R ubén rM 'ártínez^i-
lléna. “¡Servilismo!” hizo écO J u a n MárihéllO ‘Los estudianteS>y
los hom bres libres repudiam Os-la1farsa:” Cecilio jü filó ’íi ¡su' h e r­
m ano: “¡Isla de Pinos siempre-.fúe 6übánár ÍM u¿ra felinipériáli¿-

sota." Alfredo López e n a rd e c ía n lo s Obrerós.


Resguardado en el palacio présidéH¿iál '-CfoWder preguntó:
“Tell me, whatever happeñéd tó ,Üiá[)stúdeíit-Me]la?»',‘¡Abajó el
impérialismóiyanqüi;!” contéstó 'por arte de magia1el-11gritó Jd¿
Mella'querllegó'al'balcón; “Ésta és uña farsa'inmúndá, é lJgó~
biérno ’está vendido ¡¿'■lo? yanquis'. . Tiranos, polichinelas, Záyas"
lácaySo'o,r[lacayóó'ool''lacáyóÓÓbOÓA’,-is ■ '■>¡ ' '
¡E1jue^im piresiónado ¡pordá m ultitud en el recinto de Gua-
tróíCám iños1y;ía presencia>de. catedráticos’comó Emilio-Rbig
dé Leuchsbnring] >]uan Marinelló -y iRubén^Mai tínez Viltená/
sancionó a los treinta detenidos •Con,'tina'!ñiulta d e >doscientos
pesos’ó dentó Ochenta días ¡de5cárcel! • -1l ’ ' rr:-0'» ■'
- Corí m i din ero no alim ento parásitos ^ g r i tó Mella:
Pagaron la m ulta én tre todos '.'1 Méílá-, -la frb ñ te'ab ierta p o r
u n a ancha herida, siguió arengándolos. Cecilio no i& p érd fa'd e
vista, veía pelig rar su bida. ‘‘H érm áno^hás dvariiáclo'hiuclío; ya
cállate, hay qué!cifrarte¿herm anó, <pór favor, tranquilízate, vá*
mos al 105 dé la callef0 bisp 0 ;íi'-Ñúestr0r;pádre.'.',/ ’<
—Yo no Vuelvo a la S á S tre ríá Y -»íir»0 min-> «rítHíji «l .yr.njir¡
,r.líb-jb b ’ni »!.b: ofsí.b'io'^' íoí:jsI1 ‘íoir.A ni» *(
Ju lio se había Casado con Olivín Zaldívar, y a Sarah le dolió el
alm a porque Olivín nunca hizo nad a p ara que Ju lio la am ara.
M ientras ella hacía doble jo rn ad a , Olivín cuidaba los hoyuelos
en su cara bonita y lo que m enos le interesó fue que su re d o n ­
da persona desaparecieraitra's¡;unr ideal ^ C u án tas noches ella
frente al m im eógrafo y Olivín ^ ñ íe L c in e ! .O livín se im ponía
como individuo y a Sarah le parecía so rp ren d en te que Ju lio
aceptara sus caprichos que hab rían de apartarlo de los dem ás.
Ju lio está enculado, oyó decir Sarah.
i v»ip ijraí! TVíit;1"' 'id 1 i.i ri'íu/i
NOVIEMBRE DE 1925

jJ;¡‘ •■■uplj fea •>.;> s'bk í'.Í 'nV!! V -


M achadoisustituyo a ;Zayas en la presidencia ¡“Cárceles,vpálizas,
pérsecucionesj ,.a ;Mella n o d e. hacen i m ella1’:,. coreaban los< m u ­
chachos.: Olivín tuvo u na-hija ,1 N atasha,;después;de ¡lin ;p n m er
hijo 'q u e nació;imuei;to.T'fí J o¡ki*»:( .wiíílJjV v iííí'ií-Ivi f;»unV[
■v La^fama de Mella se exten d ía;h asta ;lá)pr,oviriciavíno ,había
b rote de descontento en el que no interviniera. "Él está detrás
deseada acto, c o n tra ,el gobierno '"-“Bastando ” 4*1?ieiíejpadre, es
dom inicano.” “Ya ves chico,¡ese provocador,;iio és ;ni,cubano."
La -policía hizo estallar*tres, petardos, en distintos ¡lugares de> La
H abana jpara acusar, a :1qs:.comunistas; M achado ¡ordenó e n c e ­
rrarlo |emJa; galera 5 .de jlaicárcél ¡dcj.La H abana junto, con .¡At
fi‘edo),Lópe^,'„Sandalio ;Juneo,i¡A ntoniouP enichet/; A lejandró
BarrbiróiiGárlasíBáUñó'vy freirita-y cuatro m ás.'íEniréspueslai’la
Liga.AuLÍmperiaIi¡sta;y.ie l 1parLÍdo: com unista irep a rtic ro n v o lan -
tes [en .las calles ; ‘‘. C uarenta hom bres estám en já 'c á rc e l,ño ,por
p o n er u na bom ba sino p orque se tem e su influencia;sobre-los
o b r e r o s " , , ¡ : rnrníifud lab ¡•vrijjjiu «iO
i -bV anios-aconveriirlaen,¡casa de, estudio; la; prisión política
es: u n a ;buena escuela ;de;.combate-.'- J ti * .¡> ) ■ . ! . 1 wK
— Com o nos te n d rá n aq u L d u ran tej añtís,, Ju ü to , ¡podemos*
teó ricam en te ,d e rrib a r a M achado ,y: a [todos ]os títeres a sueldo
de;América;Latina¡ r-- rioi San dajio Ju n co .
En ¡una, mesa coja,: al; centro d e ,la.galera, Ju lió A ntonio ¡y sus
com pañeros iniciaron, su círculo, político yisocial, u n a extensión
de la .U niversidad ¡popular,¡José -Marti ¡p a ra je s preSos,-.Y-Aquí,
cam arada,íLe.ensqñam osi a; leer,; atescribiir," J u lio Ino¡ dejaba idé
tecleai'ien su ■,máquina|pprtátil;.ieser.ibía el.artículonfLa un id ad
dé ¡América” ¡para la rey is lü .Venezuela Ljb'rey..p\ >Rubén :lei h abía
pedido otro,’/Enj¡esos.) prim eros, días/!niñguñp,¿5e<:sintió,¡preso.
Discutían,»tomaban eí-sol; la,cárceLera¡una.experiencia¿form a-
tiva. Sin em bargo Alfredo López, que llevaba varios encierros,
decía que sólo era u n al Lo en el cam ino y como hom bre fo­
gueado sabía que la lucha no debe detenerse. “Se diluye el e n ­
tusiasm o; los m ilitantes se dispersan.”

5 DE D ICIEM BRE DE 1925

—Mella ha decidido no com er hasta que salgamos libres.


Alfredo López fue a la celda a convencerlo de que era inútil:
—M iren com pañeros, la ju g a d a de M achado es d ejar que co­
rra n las sem anas hasta que la gente nos olvide. Pero mi huelga
de h am b re levantará un m ovim iento de protesta popufar. Voy
a ayunar hasta arran carle a "Machado la o rd en de libertad.
R ubén M artínez Villena, Jacobo H urw itz, exiliado del Perú,
y otros activistas, atizaron la huelga general. El gabinete se
alarmó:
—Si estalla la huelga general, las garantías que hem os dado a
los norteam ericanos caerán al suelo.
Cam pesinos y obreros de los centros azucareros p re g u n ta ­
ban p o r Mella. R ubén M artínez Villena entregó u n a carta al
presidente M achado pidiéndole que fijara fianza a los presos.
H asta a los delincuentes com unes se Ies otorgaba libertad bajo
palabra. Firm aban J u a n M arinello, Porfirio B arb ajaco b , de p a ­
so p o r Cuba, Enrique Roíg de Leuchsenring, E nrique J. Varo-
ña y M anuel M árquez Sterling, quien años antes in tentó salvar
a M adero en México.
Las m ujeres del p artid o h u b ieran querido tu rn arse ju n to al
cam astro de Ju lio p ara cuidarlo, sin em bargo Sarah Pascual no
iba a la cárcel. La sola idea de visitarlo le hacía el efecto de
u n a m ano apretán d o le las entrañas.
Sarah conservaba sus adem anes, traía los mismos zapatos, lle­
vaba a los m ítines su vestido blanco, su cu ad ern o rayado, pero
in terio rm en te había cam biado. Algo se había roto, algo que h a ­
cía su vida atrozm ente distinta. Le resultaba intolerable ver en
p rim era plana la fotografía de Mella con el rostro adelgazado y
barbudo. El d erru m b e físico era evidente; cada m añana am ane­
cía con m enos fuerza, su m usculatura de rem ero se d erretía a
ojos vistas. A los diez días, Gustavo A ldereguía, q uien consiguió
ser nom brado m édico de Mella, lo trasladó al hospital.
Ya las protestas venían no sólo de Sagua la G rande y Tejadi-
líos sino de América Launa. Intelectuales, estudiantes, el presi­
d ente de México Emilio Portes Gil, el senado de México, el
senado argentino, dem andaban su libertad. Los jóvenes ape­
drearo n las em bajadas de Cuba. El cuadró clínico de Mella se
hizo más crítico. H abía p erd id o dieciocho kilos.
—Gustavo, ya no p u ed o pensar ni decidir. T e pido que veles
p o r mi dignidad de revolucionario.
A lderéguía envió un mensaje al p artid o com unista: "Si no
se pone fm a la huelga de ham bre en veinticuatro horas, M e­
lla m orirá. El dilem a es acep tar su m uerte o alim entarlo a la
fuerza”. ^
José Peña Vilaboa, secretario general del p artido com unista,
protestó:
—No consultó, violó la disciplina p artidaria. Se lanzó a la
huelga de ham bre sin autorización del com ité central.
—Es cierto —respondió Carlos Baliño —, el recurso de Mella
es extrem o, pero lo h a convertido en u n héroe.
El Heraldo anunció huelga general, decretada p o r el com ité
ejecutivo de la Confederación Nacional O brera.
La tenacidad de Mella había volteado a la población en con­
tra del régim en. Era un escándalo ya nacional. El gabinete en
pleno aconsejó a M achado liberar al rebelde y, al día siguiente,
el jtiez dictó su libertad m ediante una fianza de mil pesos.
A las cinco de ]a tarde, sostenido p o r M artínez Villena y Al-
dereguía, Mella salió libre. En su p rim era entrevista de prensa,
atacó a M achado. En los días que siguieron, no dejó de in ju ­
riar al régim en machadista.

—Chico, corres peligro —le advirtió R ubén —, debem os o rg a­


nizar tu salida de Cuba a la m ayor brevedad.
D ejar Cuba, nunca lo había pensado. Olivín llorosa, la a n ­
chura de su vientre, su hija N atasha; salir de su país. Cecilio,
N icanor, el malecón, los espacios abiertos, el calor, y sobre to­
do el m ar, las colosales palm eras.
Gustavo A ldereguía lo acom pañó hasta la p equeña estación
de A guadulce a tom ar el tren a Cienfuegos. En el an d én se
abrazaron. Desde la plataform a del tren, Ju lio le gritó: “H asta
la vista en Cuba lib re”.
En el m uelle esperaba el carguero Cumanayagua, de la Flota
Blanca, em presa naviera de la U nited Fruit.
Mella en señ ó ;su,pasaporteíunóinbré: d e Juam L ópcz. El capi­
tán,-puesto sóbré aviso,! lo .encerró ;e'ii úncám aróteU iasta llegar
a.m ar;.abiertoL'>A1 abrirle;, el,capitán ¡oyó ól tecleo ..desuna má-
quináide escribir D u ran te tóda.-.la travesía','Juliom oidejaría d e
escribir ni de leeriU %/.b.vbM> -ibi-bir-iq <.vtn:v¡ at-oi os* ti
lEn.Piierlio (Coftésj HonduraSi.’la policía-bajó a-Mella yílo en ­
carceló d u ra n te quince días. -Viajó entonces e n uñ ¡barcoi de b e ­
la? liasta.''.Puerto:,-Bai.rios,qGuatémala.! El Boletín de -Torcedores
habría d e publicar :eñ G uham n fragm ento’ del»diario:que M ella
escribía ¡en‘Su íéabina: '■‘■...de destierro- en^destiérró/la.peste.roja
es la más peligrosa de las enferm edades de esta época. Los qué
estám osiatacád o sp ó ríeíla'n o ;tenémos.:perdóriiéñ.''nÍñguna; p a r­
te del m u n d o ”. De G uatem ala tam bién lo deportaron,-?En la
frontéraím exicaña,¡sobre el-río' Süchiate’;- desdé¡M arista, 'Julio
pudo envían .«telegramas :a;dosm exicanos¡ am igos, <EhriqupfFlo^
res-vMagón*y} Garlos, León,^qüe. Je ¡consiguieron p erm iso .d e.en ­
trada. “Veremos: lo :que nos depara ¡en, México n uestra-calidad
dé i apestados p o r vía-apeste .roja”, anotó M ella A .'A lejandro
B arreiro le escribió:IfN p.dejes¡de enviarm e:.todas -lástnódeias,
periódicos ¡obreros; etcétera; .queutú sepas, s ó n '.d e ;-interés_pa-
ra> mí"viií

17 DE FEBRERO DE 1926

Ju lio AnLbnioidescendió ¡dehlreii!en la éátaciómde ¡Buénavistíl:


Las callesjdél centro de ¡la ciudad de México ilévpárecieromva-
cías. No vio a nadie, no se oía el m ar, ¡el aire iiiO'.era salitroso;
D espués del bullicio de La H abana, q u e vivía de cara al m a r y
con eL cora¿óh,en ilasicalles;'¡México era .m u d o ^u n a.ciú d ad ce­
rrad a, de párpados de concreto. En,5u recorrido, J u lio sólq.en-
contr.ó.aHuná; m an ada^de..perros; tras .de ¡una :perra.,cxhausta.
¡Cuántos perros sin dueño!, D esaparecieron en ,u n rebum bio-de
p atas.én la neblina deh am anecer. ."/!
Cansado de cam inar durante, horas ¡en luna fonda en .la calle
d e ; Do!oi;esj«.-pidió ,un.tcafé:con *leche eli v a s o “-Es. lo *primero
queitom é en (México cuando vine. a los diecisiete,años,a .y er si
podía in g resan al'.Colegio- M ilitar”, >le iexplicó al chino ¡que .le
llevó los bisquets. m !h.; ' ni
Gonjsuí máquina-.de .escribir:,en :lá .m anojcam inó¡hasta la ’se­
de del periódico ÉlM.achete,¡cxí Ja;CaUe./dGÍ'MesoneS|54- ,E1 ¡reci­
bim iento no p u d o ser más caluroso. Xavier G uerrero, de n a tu ­
ral reservado, lo abrazó. El Canario, Tachuela, el T ap ó n , Evelio
Vadillo, el Ratón Velasco, Fausto Pom ar lo saludaron efusiva­
m ente. Xavier G u errero le enseñó u n artículo publicado d u ra n ­
te su huelga de ham bre. “Mira, estos dibujos los hice yo”, le
dijo G uerrero enseñándole u n a colección de El Machete. “Esta­
mos muy familiarizados con todo lo que sucede en Cuba. T ie­
nes que colaborar en el periódico. Lee cuanto hem os escrito
sobre tu huelga de ham bre, la cubrim os p o r en tero .” “Julio
A ntonio Mella, el p rim er estudiante proletario de la América
Latina, está en peligro de ser sacrificado. Enviad protestas, o r­
ganizad m anifestaciones y mítines pro-libertad de Mella. El sor­
do presidente de C uba ten d rá que oírnos; ten d rán que oírnos
sus amos, los im perialistas gringos. Y si Mella m uere ju ram o s
que su m uerte será vengada.”
—Enviamos telegram as al cabrón de M achado —intervino el
C anario Gómez Lorenzo viéndolo tras de sus anteojos de ari­
llo. Protestam os frente a la em bajada de Cuba, organizam os
u na manifestación.
M iguel Angel Velasco, con su sonrisa de hom bre bueno, le
dijo:
—Vas a estar bien en tre nosotros, ya verás.

El Ratón Velasco recordaría esa bienvenida al e n tra r al local


del partido a ver el ataúd de su am igo aquel 11 de enero de
1929.
•Campesinos leyendo El Machete •
Fotografía de Tina Modotti

G
14 DE DICIEMBRE DE 1927

f"ran fiesta en el cam po aéreo


con desfile m ilitar y la presencia de Plutarco Elias Calles, p resi­
d ente de la república. En u n avión de alas forradas de lona
im perm eabilizada con parafina y sebo, en u n vuelo sin escalas
desde W ashington, aterrizó el joven piloto C harles L indbergh.
Es el mismo avión con el que cruzó el Atlántico, en trein ta y tres
y m edia horas, el Spirit o f St. Louis. El em bajador de los Estados
U nidos Dwight W hitney M orrow, lo invitó p ara estrech ar los
lazos de am istad en tre los dos países. C uando el héroe C harles
L indbergh desdobló su im presionante estatu ra p ara salir de la
carlinga, la m u ltitud lo vitoreó. M uchas banderolas agitadas al
aire decían: “W ashington-M éxico”.
T ina, Enea Sorm enti y J u a n de la Cabada ap lau d iero n felices:
—¡Ese h o m b re tiene la edad mía, Sorm enti, la edad mía, te
das cuenta, yo p o d ría ser él, y llegar en veinte m inutos a C am ­
peche!
Enea y T in a ríen.
—Hace u n año, Mella y yo oímos las noticias p o r radio cu an ­
do el yanqui ese cspiritifláutico atravesó el Atlántico. Mella no
cabía en sí de la furia: “¡Ya va ai llegar, ya va a llegar!... P odría­
mos ser nosotros Jos prim eros, carajo, Ju an ito . IQué rabia que
estos cabrones hagan los viajes antes; nosotros estam os capaci­
tados, lo im pide n u estra situación de país hipotecado, nu estro
atraso, caray!” G olpeaba la radio. "En p arte son nuestras caren ­
cias que nos hacen d ep en d e r del im perialism o, en n u estra
América no hay ni con qué investigar.”
—Inteligente ese m uchacho Mella, ya me he fijado en él. Lo
e sc u c h é en la Liga Anticlerical R evolucionaria de esa catalana
Zárraga.
—Mella vive m uy mal en la casa de huéspedes de San A nto­
nio Abad, no tiene ni en qué caerse m uerto, Sorm enti.
—¿Y tú sí tienes?
—Yo tam poco, pero mi cuarto de alquiler en Topacio' no
está infestado p o r las ratas. C uando Mella y yo no tenem os
para el café de chinos, nos sentam os en cualquier acera. A ve­
ces, com pram os plátanos y dos bolillos de a dos p o r cinco,
así grandote§, les m etem os los plátanos ad entro, en la leche­
ría nos venden u n litro de leche a diez centavos y p u m pas
pum , pa d en tro , ya está, vám onos, ya listos. C u an d o ni a
quince centavos llegamos, vamos a ver al chaparrito Antonio
Puerta, el de la h erm a n d ad ferroviaria de Cuba, y nos ayuda,
¿ya sabes cuál? Ese que da pasitos chiquitos, tin, tin, tin, tin,
tin... Si no, buscamos a Siqueiros que siem pre trae más que
nosotros.
—M iren, m iren —señala T in a —, lo va á abrazar Calles, m iren
la valla, m iren, lo quiere besar la m uchacha de blanco pero no
lo alcanza, m iren, allá va la afición con u n ram o de flores, m i­
ren a los pilotos mexicanos, qué alborotados ¡Ya le echaron
serpentinas y confeti en los ojos! ¡Pobre del litote! ¡Se ve m uy
buena gente!

—Hiciste m uy m al en ir a recibir a L indbergh, J u a n —se m o­


lestó Gómez Lorenzo —, ¿No ves que le haces el caldo gordo a
M orrow y com pañía? O ¿no te has dado cuenta cómo se mete
e! em bajador en la política m exicana? Sorm enti es libre de h a­
cer lo que se le da la gana, es internacional, pero ¿tú? Y ¿para
qué diablos se llevaron a T ina? Me quedé solo con el m onto-
nal de trabajo en El Máchele.

Enea Sorm enti desaparecía continuam ente. Salía en misión. De


Moscú recibía una o rd en m isteriosa. A veces se ausentaba d u ­
ran te tres, cuatro meses. A su regreso, el relato de sus av en tu ­
ras se convertía en un acontecim iento en la redacción de El
Machete. En su últim o viaje a la Conferencia Panam ericana en
La H abana, apenas si salvó el pellejo, Calvin Coolidge previno
a G erardo M achado: “Aquí está u n tal Enea Sorm enti, italiano,
que quiere m atarlo".
E ra del dom inio público que el dictad o r cubano tiraba a sus
enem igos políticos desde el Castillo del M orro a la bahía infes­
tada de tiburones. Dos hom bres pescaron u n tib u ró n y en co n ­
tra ro n en él u n p re n d e d o r de corbata y u n anillo. Se averiguó
que el anillo pertenecía a un com unista de n o m b re C abrera.
De Cuba, Sorm enti había viajado a Moscú, regresado a Cuba
y organizado la ju v e n tu d com unista cubana con Fabio G robart.
A Fabio lo tom aron preso, Sorm enti se salvó gracias a R ubén
M artínez Villena, quien lo puso en u n carguero. “Si te quedas
te m atan .”
T in a lo escuchaba incrédula. Sorm enti, gestudo y vehem en­
te, la hacía reír.

De provincia, J u a n do la C abada traía pésimas noticias, lo h a ­


bían m etido al bote p o r hablar mal de los cristeros y del go­
bierno. “Es una p u ra ro b ad era la del m ovim iento cristero, los
cristeros roban, los del gobierno roban. La cristiada es una
fuerza ciega, b ru ta, que los curas conducen. ¿Q ué cam pesino
se va a levantar en arm as p ara d efen d er a los terratenientes?
¿Tú crees, T ina, que si a los trabajadores les h u b ieran d ad o
tierra y educación habría cristeros? INo m ujer!”
J u a n de la C abada insistía:
— Hay que darle en la m ad re al líd er Luis N. M orones quien
controla el m ovim iento obrero. No sé qué le ve Sorm enti a ese
Lom bardo, si es lugarten ien te de M orones.

Mella no se quedaba atrás en cuanto a viajes. Muy p ro n to d es­


tacó y el comité lo escogía. En febrero de 1927, Ju lio había ido
al C ongreso M undial A ntim perialista en Bruselas con Jo sé Vas­
concelos y R am ón P. de N egri en representación de México.
Era el delegado de la Liga A ntim perialista de las Américas y de
la Liga Nacional Cam pesina de México; tam bién de la sección
salvadoreña de la Liga A ntim perialista.
Firm aba ju n to a H en ri Barbusse, N eh ru , los luchadores ale­
m anes Willi M ünzenberg y Alfonso G oldsm ith, y Carlos Qui-
j a n o , r e p r e s e n t a n t e d e la A so c ia c ió n d e E s tu d ia n te s
Latinoam ericanos de París. Allí, en el palacio belga de Egm ont
se encontró a V ittorio Codovilla, del Socorro O brero In te rn a ­
cional y a Víctor Raúl H aya de la T o rre, del F rente Único de
T rab ajadores del P erú. E n esos días, los chinos cam pesinos y
obreros le quitaro n Shanghai a los ingleses. Los delegados lo
celebraron. C hiang Kai-shek envió u n telegram a de felicitación
al Congreso; ah o ra sí la revolución china resplandecía.
Ju lio se unió a R oger Baldwin p ara exigir la libertad de los
pueblos africanos y de origen africano, la igualdad de la raza
negra con las ..otras, y pro p u so m edidas co ntra el im perialism o,
el chauvinism o, el fascismo, el kukluxklanism o y los prejuicios
de raza^A poyado p o r su am igo L eonardo Fernández Sánchez,
las intervenciones de Ju lio fueron m uy aplaudidas. H en ri B ar­
busse lo invitó al Segundo Congreso que tendría lugar en Pa­
rís, el 20 de julio de 1929. "Es usted u n delegado de u n a
brillantez poco com ún.” “Es dem asiado visceral e individualis­
ta”, criticó V ittorio Codovilla. “Necesitamos m ilitantes discipli­
nados, no proceres.”
De Bruselas m uchos delegados viajaron a la U nión Soviética,
entre ellos Mella, p ara asistir al IV Congreso de la Internacional
Sindical en el palacio de los sindicatos de Moscú. Mella volvió a
destacar el 4 de m arzo, cuando rindió su inform e sobre los
trabajadores antillanos en los ingenios azucareros. El argentino
V ittorio Codovilla se prom etió in fo rm arlea Sorm enti que había
visto a Mella conversar con A ndrés N in, acusado de desviacionis-
ino. P or iniciativa de Codovilla expulsaron a N in, y de b u en a
gana el arg en tin o habría expulsado a Mella p orque tenía m uchas
simpatías en tre los asistentes. "'00010 van a elegirlo re p re ­
sentante de n uestro continente y del Caribe si no tiene ex p erien ­
cia?”, alegó Codovilla. Ismael M artínez, del sindicato de obreros
y cam pesinos de T am píco y T am aulipas, seguía a Mella como
perro a su dueño, Los delegados de H aití, de P anam á, Alfonso
Goldsmith, represen tan te del partido Revolucionario Socialista,
se inclinaban p o r Mella y eso Codovilla no p odía tolerarlo.
Rafael C arrillo les escribió a los Lobos, los Wolfc, B ertram ,
“El Coyote”, y Ella, “La ArdilHta” a “G ringolandia”, el 4 d e d i­
ciembre de 1928:
AI regreso Sorm enti y Ram írez, pasaron p o r Cuba y allí
vieron d u ran te u n a sem ana al comité central del p artido com u­
nista de Cuba. Éste les entregó una resolución p o r m edio d e la
cual se pedía que el g ru p o cubano en México se subordinase al
CC del PCM y no escribiese y obrase p o r su cuenta y riesgo,
com prom etiendo de u n a m añ era verd ad eram en te crim inal a
nuestros com pañeros que trabajan e n Cuba. N osotros les hici­
mos saber esa resolución a Mella y sus secuaces y él se desató
con furia contra el com ité central del p artid o com unista cubano
y contra nosotros enviándonos u n a renuncia insultante. N oso­
tros estam os listos a publicar vina resolución sobre su caso y
circularla p o r to d a la América L atina y EEUU inclusive, pero ayer
mismo me hizo llegar u n a carta arrep en tid a d o n d e retira la re ­
nuncia y prom ete seguir trabajando en el partido. Esta misma
sem ana resolverem os el asunto. Sobre esto yo les escribiré más
largo. Mella ha tenido siem pre debilidades trotskistas.”

4 DE JU N IO DE 1928

La p rim era vez que T in a y Ju lio se q u ed aro n solos en la red ac­


ción de El Machete, el cuerpo en tero de ella en tró en expecta­
tiva,'com o p erro de caza que de p ro n to ag u ard a perfectam ente
quieto en su tensión. T in a trató de ap retar sus labios que se
entreabrían, de acallar los latidos bajo su ombligo, supo que
no podría erguirse sino hasta que él se alejara, sus piernas no
la sostendrían, él la condujo al cuartito llam ado “el archivo".
Se am aron de pie, luego sobre los periódicos caídos. N inguno
de los dos se p reocupó de que alguien en trara a la sala de El
Machete. O lvidada ele sí misma T ina se sintió Ju lio . Ella era J u ­
lio, él era T ina, ella era el deseo de Julio, lo mismo que él
sentíanlo sentía p o r sí misma. Ju lio era lo m ás'fu erte de T ina,
lo más vigoroso, iba más allá de ella misma. T in a lo m iraba y
se veía en sus ojos, y detrás de él estaba la T in a a la que aspi­
raba. "Q uiero ser eso que está detrás de tu cabeza, Ju lio , q u ie­
ro ser la form a en que me m iras.” Ju lio era su vía de acceso al
conocim iento, la m ejor concepción de sí misma.

Para ver a Ju lio , J u a n de la Cabada ya no iba de su cuarto de


alquiler en Topacio a la casa de huéspedes de San A ntonio
Abad sino a casa de T ina. Al m udarse Ju lio con ella a Abra-
ham González, T in a ya no supo de qué o tro m odo podía ser la
vida. Le parecía que desde siem pre había ido a la esquina de
López con A yuntam iento p o r m edio kilo de caracolillo y m e­
dio de planchuela, p ara regresar a m olerlo a su casa en u n
viejo m olino de cajita que sujetaba en tre sus rodillas. Julio, al
verla, sim plem ente la levantó en brazos y la llevó a la cama.
“No vuelvas a m oler café delante de m í.” Le habló de sus rodi-
’llas, las más herm osas que había contem plado, d e sus piernas
de b arro pulido, que en ese m om ento echaban chispas, como
si estuvieran h o rn ean d o los granos de café que tronaban.
Si tenía que salir, T in a regresaba dc/prisa, con la necesidad
de Julio, el horm igueo en su vientre, el deseo de que la estre­
chara por la cintura, la m ano de él sobre su m uslo, sí, ella era
su m ujer, la de él, su com pañera. N unca antes tuvo el sentido
de pertenecer, ni con Robo, ni con Edw ard, ni con Xavier.
Con Julio sí.[Al p e n e tra rla J a absorbía] deleite casi intolerable,
que se respiraba electrizando las partículas, u n a danza m isterio­
sa borbolleaba en el espacio, se dejaban ser, sin conciencia de
estar transportados.
T in a prefería ver su casa convertida en estación de tren de
tan concurrida, con tal de que Ju lio no se fuera. Los inm igra­
dos cubanos prácticam ente vivían con ellos y los escuchaba re ­
petir: “H oy va a caer el M ussolini del C aribe”. V enían todos
los días. Si Julio no estaba, serían bien acogidos p o r la com pa­
ñ era T ina, su fortaleza, la plen itu d em anando de sus adem a­
nes. T in a nunca sospechó que si p rim ero fueron p o r Julio,
después irían por ella.
En los prim eros tiempos, ofrecía: “¿Un cafecito?”, se esfum a­
ba para hacer la cama, g u a rd a r la ropa, m ientras los hom bres
hablaban. H abía días en que la victoria era posible y se exalta­
ba, pero otros en que lavaba u n a taza, u n a cuchara, con el
m iedo acogotándola p o r el fu tu ro de ambos, m iedo a seguir
viviendo, m iedo a consum irse en ese desgaste in terio r que sen­
tía al escuchar el mismo lenguaje de lucha que no parecía lle­
varlos a parte alguna; la clandestinidad, ese sentim iento de
falta de espacio, de no vivir a todo lo ancho, de cam inar p o r
las calles repegándose a la p ared y estar usándose p o r d en tro
en esta vida que sin em bargo había escogido: “¡Es mi voluntad,
carajo!” se repetía enjuagando la taza p ara llevarla de nuevo a
la mesa. “¡Qué contradictoria, qué inconsciente soy!” H abía
otros días en que los granos de café crujían bonito y T in a se
reconocía en la vida de los revolucionarios. La falta de din ero
era el sino de todos y cuando T ina recibía de su h erm an a Yo­
landa, de San Francisco, unos cuantos dólares, iban a d a r a la
organización de u n acto, el alquiler de las sillas, la com pra del
papel para los volantes.
T odo con tal de llegar a la noche. A esa hora, sus labios se
hinchaban en anticipación, Ju lio la tom aba de la m ano p ara
guiarla a la recám ara o la levantaba en brazos, tiran d o la silla
en su prisa. Ju lio la am aría esta n o ch e en form a nueva, inven­
tarían, la sentaría sobre su vientre, ensartándola, la colum pia
ría, subiéndola y bajándola a todo lo largo de su pene hasta
que ella cayera sobre su pecho, su cabeza pegada a la de Julio,
anidada en su cuello, T in a sin piel o como u n a piel vaciada de
sí misma, T ina vaciada de su día de trabajo y de sus p reo cu p a­
ciones, olvidada de todo, la boca abierta, estática, a no ser
p o r su respiración sobre el hom bro de Julio, sus gritos sofoca­
dos, su m ano vuelta hacia arriba, la palm a laxa, colmada.
T in a vivía en u n torbellino. H abía escogido el peligro del
lado de los com unistas y com partía su clandestinidad, sus lu­
chas. Si antes veía a intelectuales, ah o ra sus amigos eran lucha­
dores,'ferrocarrilero s, albañiles. T in a y Ju lio congregaban en
A braham González al exilio latinoam ericano, a los líderes o b re­
ros, a los campesinos. “Aquí se está m ejor que en el p artid o .”
V enían del Caribe, de N icaragua, de El Salvador. Al lado de
Mella, los com pañeros cobraron p ara T in a u n fulgor inusitado.
Ya no eran grises. Refulgían. Sus pasiones desatadas provoca­
ban conflictos aleccionadores, corrían riesgos, la fuerza de su
ideal le resultó d u ran te esos meses inspiradora. T in a acom pa­
ñaba a Julio a sus mítines y lo oía hablar con fervor. Con Ju lio
a su lado, po d ría enfrentarse a todo, Ju lio A ntonio com batía a
la CRO M , la poderosa central de obreros. Placía m ucho que su
líder Luis N. M orones se había quitado el overol para hacerse
du eñ o de edificios, casas, terrenos y queridas y, gordo y con
papada, sus m anos ensortijadas le descontaban a todos u n día
de trabajo. Lo llam aban Luis N. Millones.
"Hay u n tiem po p ara el debate, o tro para la acción, vivimos
en la época de la acción”, se enronquecía Mella. A hora sí, surgi­
ría u na organización roja, no u n a dependencia del gobierno,
u n a verdad era confederación obrera. “Los trabajadores —antes
peones de h acien d a— verán el fruto de sus esfuerzos. La R evolu­
ción se hizo p ara au m en tar salarios. ¿Qué hacen los em presarios
fuera de ganar dinero? A los obreros no nos consideran h u m a­
nos, para ellos somos m ercancía, la única form a de tenej' p o d er
es organizam os. Estamos hartos de sistemas de gobierno a base
de oro, espada y sotana.” El proponía el bautism o socialista.

—Julio, te estás m atando.


—Yo sólo hago mi deber y todavía me queda tiem po p ara
am arte.
T in a conoció el peligro desde que Ju lio se m udó a su casa
de A braham González. Sobre su cabeza pesaba la o rd en de ex­
tradición; en Cuba —si el gobierno de México accedía —, su
m uerte era segura, pero tam bién aquí podían m atarlo. Sentirse
vigilado cansa, T in a ya no iba p o r la calle sin volver la cabeza.
¡Cuánta tensión!
—Ojalá pu dieras salir unos días, Julio, ha sido tanto el aje­
treo de los últim os meses. Bien sé que eres fuerte, pero estás
abusando de tu resistencia.
A Mella lo tocó el tono triste y suave en su voz. Parecía u n a
niña reclam ando u n ju g u e te largam ente deseado.
—Tinísim a —la abrazó —, no te pongas así, te prom eto que
nos escaparem os, te lo ju ro , a fines de mes, nos vamos a Vera-
cruz, el p ropio M ussolini del Caribe será causa de nu estro via­
je; festejaremos su caída, irem os a La H abana a darnos un
hartazgo de victoria.
A ella le entró u n a alegría olvidada. “Vamos a tom arnos
unas vacaciones”, repitió Ju lio para au m en tar su emoción.

En El Machete Ju lio denunciaba que la bahía de La H abana era


la sepu ltu ra de cientos de desaparecidos y “suicidados", e n u ­
m eraba rabioso nom bres de,líderes asesinados: E nrique V aro­
na, Tom ás G rant, Baldom ero D um énigo, José Falcón, los cien
cam pesinos isleños de las C anarias baleados en La T ro ch a y
colgados de los árboles como pesadas banderas em papadas en
sangre. Estallaba en mayúsculas. ¡Abajo la dictad u ra del b an d i­
do Machado! “V an a venir a buscarlo hasta M éxico”, pensaba
T ina, “G erardo M achado va a d ar la o rd en .” T am bién en El
Libertador, que dirigía U rsulo Galván, defendía a los presos p o ­
líticos. R ubén M artínez Villena, Gustavo A ldereguía —“él me
salvó de la m uerte, sabes, T in a” —, O rosm án V iam ontes, Alejo
C arpcntier y dos m exicanos contra quienes M achado tenía es­
pecial encono p orque “todos los m exicanos son unos forajidos,
u no de ellos apellidado E nrique Flores M agón". En La Hoz y el
Martillo, se quejaba de que El Universal y Excélsior dedicaban
sus páginas al N iño Fidencio y sus curaciones escandalosas p a ­
ra distraer a la opinión pública de la sum isión vergonzosa de
los gobiernos de América Latina a los Estados Unidos a raíz
de la Conferencia de La Habana,
“Ya se va C uauhtém oc Zapata” (seudónim o con el que fir­
maba en El Machete o con el de Kim). “D entro de poco, escri­
birás tú solo el periódico.” “Sí, sí y si me das u n plum ero
q uitaré las telarañas del edificio y lim piaré el pasillo, destaparé
los caños, tiraré la basura, El Machete es mi casa.”
Ese lunes, T in a sacó la Graflex y tomó la m áquina de escri­
b ir de Julio A ntonio. Sobre el rodillo había q u ed ad o la frase
con la que quería em pezar su artículo: “La técnica se conver­
tirá en u n a inspiración m ucho más poderosa de la producción,
artística; más tard e en co n trará su solución en u n a síntesis más
elevada, el contraste que existe en tre la técnica y la n a tu ra le ­
za”, León Trotsky.

A lejandro Gómez Arias lo detuvo en el patio de la Facultad de


Leyes de la universidad.
—Es im portante la lucha, p ero hay que recibirse, hom bre.
—La lucha es mi escuela...Vine a im p rim ir Tren Blindado.
—¿Por qué ese nom bre? ¿No está m uy ligado a Trotsky?
Ju lio corría a la im prenta. Perm anecer d u ra n te horas fren te a
la mesa de form ación corrigiendo páginas y viendo com poner
u na plana con los m aestros tipógrafos le recordaba a su querido
Alfredo López, secretario de la Federación O brera, recien tem en ­
te asesinado p o r Zayas. ¿No le'había dicho Gómez Arias que sus
artículos eran doctrinarios? A lejandro, lúcido y escéptico, lanza­
ba sus dardos. El pesimismo es reaccionario. Y sin em bargo qué
pasión en ese niño bonito, ese catrín, cuánta elocuencia y cuánta
capacidad para convencer. Ju lio caviló. ¿Era doctrinario escribir:
"T riu n far o servir de trin ch era a los demás. H asta después de
m uertos somos útiles. N ada de nu estra obra se p ie rd e”?

T ina, Ju lio y Luz, de cam ino a El Machete, se detuvieron. Luz


A rdizana se quitó de inm ediato los anteojos como si fuera a
recibir macanazos. T in a se conmovió. Dos m uchachos llegaron
corriendo y diero n vuelta a la esquina. O tro los perseguía cu­
beta en m ano.
—Es que es el día de San Ju an . Al rato, nos toca el baño a
nosotros.
Se escucharon gritos. En la banqueta de enfrente, otro p ea­
tón se sacudía el agua.
—¡Qué estúpidos! —estalló Julio.
El m uchacho le aventó al siguiente peatón la cubeta a la ca­
beza.
—Esto es intolerable.
T an ta furia asustó a Tina.
—¿Q ué te pasa, Julio? Es sólo u n juego.
—Es inaceptable. ¿Viste cómo le abrió la ceja? ¿Sabes en qué
acaban las novatadas? Prim ero es sólo el agua, después vienen
los golpes, el abuso de la fuerza, más tard e el sadismo.
T ras de sus anteojos, ah o ra en su lugar, los ojos de Luz se
agrandaron.
—Más tarde, el de la cubeta asesinará a los nativos de H aití,
de Santo D om ingo, Filipinas y C entroam érica. Las novatadas
son invención de los universitarios yanquis que p rim ero p ersi­
guen p o r dep o rte y después se transform an en bestias.
- J u lio , no es p ara tanto.
—Sí lo es T ina, lo es. ¿Qué no te das cuenta de que se trata
de u n a represió n colectiva im puesta p o r u n a masa a otra?
—Es u n ju eg o , no dram atices.
—T iene razón Julio —intervino Luz, sombría.
—N o puedo vivir pensando que los dem ás sólo inten tan
agredirm e —rechazó Tina.
—O violarte —finalizó Julio.
T in a soltó su brazo y no volvieron a dirigirse la palabra. Era
su p rim era discusión. Desconsolada, al llegar al periódico se
sentó frente a su m áquina.
—¿Eres tú la que va a hacer la crítica a la CGT? —preguntó
Gachita.
—No, ésa le toca a Rafa.
—Q ue la haga el cubano.
—No, él no, necesitam os a alguien más pacífico —acotó el
C anario —. E ntre él y Evelio Vadillo h arían volar W ashington.
Q ué libres eran los cubanos, hablaban atropellándose, m o n ta­
dos los diálogos de unos en los de otros, los “pero chico”, los
“qué tú ere’”, saltando p o r encim a de su cabeza como salta el
aceite fuera de la sartén, ay tanta carne y yo com iendo hueso,
ay, ay, ay, a T in a la envolvían, la m areaban. En A braham G on­
zález p rep araro n la comida para la noche cubana.
—El secreto es el mojo, chica, si tú sabes guisar el mojo, chi-,
ca, ya sabes guisar a la cubana. Aquí no hay plátanos chalinos,
esos platanitos dom inicos son u n a m ierda, p o r eso el arroz no
sabe como en Cuba. Los lim ones córtalos en cuatro, así hasta
oyes el ru id o de los lim oneros, okei, que se les vea su pulpita.
M enéale al arroz p ara que se dore p o r igual. M ientras, noso­
tras preparam os el alijo.
—E ntre tanto vamos a echarnos u n a bailadita, no te pongas
brava; u n bailecito a nadie le hace mal, okei...
—A m over el bote, a m over el bote. No es posible que u n
cubano no baile. T ú , Sandalio, m uévete patiflaco, pareces u n a
mesa coja.
—C hangó, changó, qué ganas de ten er u n radio, qué m ujer
es ésa. Con razón el Ju lio anda tan picao...

Así sabrosam ente p rep araro n la noche cubana en el local del


C entro de O breros Israelitas, calle de T acuba n ú m ero 15, p ara
reca u d ar fondos destinados a la ANERC y a la revista Cuba Li­
bre. “N ingún tipo de p ro p ag an d a política” especificaron los is­
raelitas y, el mismo día, antes de que com enzara la fiesta, Raúl
Amar al A gram óm e puso en el lu g a r d e h o n o r u n a b an d era cu ­
bana de papel de china m uy mal h ed ía:
—No chicó, no —protestó T e u rb e T o ló n —, ¿cómo vas a po­
n e r esta b an d era tan b urda? Es ridículo. Los ju d ío s nos pidie­
ro n que no pusiéram os n a’, llévatela.
T eu rb e T olón lo sacó a golpes con todo y b an d era. Y no
hubo noche cubana, ni T in a bailó con Julio. Amaral no era
n in g ú n perseguido sino u n soplón al servicio de M achado. De
todos, era el único que podía e n tra r a Cuba. Ese m am arracho
de b an d era de papel era una clásica provocación.
Ju lio aún defendía a Amaral, cuando apareció la noticia a
ocho colum nas en La H abana: Fue profanada en México la ban­
dera cubana por Julio Antonio Mella. Mella se alarm ó: “Con esto,
el asno con garras va a voltear la opinión pública en mi con­
tra... Este tipo de ataques im presionan a la gente... C abrón, co-
m em ierda, pisoteó la bandera, ¿te imaginas, Tina? Seré u n a n ­
tipatriota que ultraja el lábaro patrio. Los que me conocen
sabrán que es m entira, pero los que no, lo van a creer a pie
juntillas”.
—U rge enviar u n telegram a, Tinísim a, ¿podrías tú llevarlo
hoy en la noche a la oficina de cables y allá me reu n iría conti­
go? Yo tengo que encontrarm e con M agriñá en u n a cantina
cercana y pro cu raré que la entrevista sea lo más corta posible;
te recojo en la oficina de cables...
—Dio, ¿tienes que ver a ese tipo, Julio?
—A fuerza. M ientras, tú envías el cable al periódico La Se­
mana. Sergio C arbó es mi amigo. Aquí te escribo el texto:
“Rogamos desm ienta calum niosa cam paña iniciada enem igos
nuestros. N unca profanóse bandera. Detallamos correo. Afec­
tuosam ente, M ella”.

T in a m ira la cabeza rizada de Julio, su cuello, sus hom bros. De


pro n to una ráfaga de agua lo desnuca. En la playa sólo ve la
b an d era cubana, el papel de china pegado a la aren a como
u n a débil m em brana; a la segunda ola, T in a todavía alcanza a
ver unos fragm entos retorciéndose como gusanos sobre la ori­
lla de la playa. De la nad a surge u n m ilitar y se agacha: “Es
papel, sólo p ap el”, grita T in a presurosa, pero el hom bre, alto y
fornido, abom bando el pecho responde: “Hay algo m ás”. El
agua llega hasta la p u n ta de sus botas, él no parece verla, las
botas relucen al sol m ientras él pica con su bastón en la arena
buscando los gusanos de papel. “H ay algo más, estoy seguro,
hay algo m ás.” T in a tam bién h u rg a con la m irada, pero sólo ve
burbujas de agua en el declive de aren a m ojada; n in g ú n papel,
nada, nada, ni el recu erd o de u n papel, sólo el h ervor del agua
reventando la arena, ploc, ploc, ploc, ploc.

10 DE ENERO DE 1929

B ajaron a la calle con u n café negro en el estóm ago, porque


hoy el dinero se gastaría en el telegram a. T in a cam inó en la
dirección opuesta; a veces tom aban ju n to s el cam ión y esto le
significaba u n a alegría que habría de alim entarla d u ra n te h o ­
ras, pero desde la carta de su amigo F ernández Sánchez, Ju lio
decidió salir p o r separado. A veces, a través de la ventana, T i­
na lo veía alejarse, su cabeza ensom brerada, u n p u n to negro
que avanzaba sobre la banqueta, hasta que de p ro n to ya no
tenía cabeza, ya no estaba, ya...

15 DE ENERO DE 1929

C ierra los ojos. La envuelve el agua, se va a pique m ar ad e n ­


tro; cerca de la esquina form ada p o r las calles de M orelos y
A braham González, el m ercenario oculto tras la b ard a ap u n ta
su arm a en contra de Mella; u n a bala en la espalda, la o tra en
el codo. A T ina la jala u n a corriente de agua helada, la arras­
tra más adentro. De golpe la pone a salvo en otra playa. M ira
a Julio cruzar la calle, pero no llega a la otra orilla. T in a grita
auxilio, auxilio, pero de su boca sólo salen burbujas de aire.
“N adie me oye, nadie me en tien d e.” Vuelve a escuchar: “Pepe
M agriñá tiene que ver en esto”, y ahora ve al asesino M agriñá
e n tra r en el juzgado, enorm e y lustrosa víbora de agua y r e ­
cuerda el estertor de Julio: “Pepe M agriñá tiene que ver en
esto” y piensa: “Ese hom bre es tan h orrible como su voz p o r
teléfono”: M agriñá no le quita los ojos de encim a m ientras res­
po n d e con prestancia a las p reguntas del ju ez, su voz resbalan­
do como batracio, avanzando hacia ella, los ojos saltones, p ara
lanzar el d ard o final:
— Yo desconfío de usted, señora, lo n atu ral era que volviese
la cabeza para ver a los individuos que m ataron a Mella.
A lo m ejor sí, tiene razón, sería norm al, ¿por qué no lo h a ­
bía intentado siquiera? T ina se estruja las manos. P ude salvar­
lo, no lo hice. H abría dado mi vida p o r Julio, sí, mi vida, sin
em bargo los tiros no me tocaron. En el juzgado, M agriñá ves­
tido de paño azul m arino, peihado hacía atrás con gom ina,
causa buena im presión. Su figura resalta p róspera; tiene los
atributos de la decencia, pañuelo blanco en la bolsa pechera,
zapatos lustrados, corbata discreta. Sus amigos son el em baja­
dor, el em presario, el p ad re de 'familia; él mismo se recoge
tem prano todos los días, en su casa de privada de Nazas n ú m e­
ro 19, con su m ujer y sus hijos; su negocio de anuncios de gas
neón le da tranquilidad; en cambio Mella siem pre fue u n estu­
diante revoltoso, u n extranjero enem igo del o rd en y de las a u ­
toridades, m etido con u n a av en tu rera extranjera de costumbi'es
n a d a , recom endables, con la que com partía una bu h ard illa de

artista, u na i-ta-lia-na, nada más véanla ustedes.


T ina se m ira en un gran espejo de agua, U na ola levanta el
bulto de su cuerpo, la ola crece, el golpe de agua la voltea
boca arriba. Arroja espum a y sangre p o r la boca. A lguien la
saca del agua, alguien tam bién le da respiración boca a boca.
“Es p u ra ru tin a ”, escucha una voz, “p orque esta m u jer tiene
varios m inutos de ahogada." Un fu erte olor a alq u itrán invade
el aire, un Olor como el de N ueva York al llegar en el barco
de inm igrantes.
“Por más que se quiera no va a volver en sí”, dice el salvavi­
das. Aguza el oído, a lo lejos se adivina el ru id o del m ar. Y se
dice a sí misma: "No oigo más que el m ar, sólo el m a r”.
•Diego Rivera encabeza el sepelio de Mella •
Archivo General de la Nación

12DE ENERO DE 1929

E n el juzgado, T in a escucha
la lectura de las declaraciones que hizo en la C ruz Roja y en
el hospital Ju árez, y sus palabras suenan cruelm ente im perso­
nales. Ju lio tuvo cita con el cubano M agriñá en la cantina La
India, esquina de Bolívar y República del Salvador, m ientras
ella lo esperó en Independencia y San J u a n de L etrán, d o n d e
puso u n cable.
“...que a las veintiuna horas llegó Mella y acom pañado de la
que habla se dirigieron a pie hacia Balderas, siguieron por
la avenida Morelos y en traro n a A braham González y que al
d a r vuelta a esa calle oyó dos detonaciones y el señor Mella,
que iba del brazo de la que habla, echó a co rrer y cayó tan
p ro n to como atravesó la calle. Q ue se dio cuenta de que el
ataque fue hecho p o r la espalda de am bos y hasta percibió el
h u m o de la pólvora. Q ue antes de todo esto, el señor Mella le
había dicho que M agriñá a su vez, en la entrevista celebrada, le
había advertido que habían venido de Cuba unos m atones ex­
presam ente p ara asesinarlo. Q ue en m om entos en que fue h e­
rido, el señor Mella dijo: ‘José M agriñá tiene que ver con este
delito’, y entonces se dirigió a los transeúntes que se detenían
diciéndoles que M achado lo había m andado m atar y agregó es­
tas palabras: ‘M uero p o r la revolución’...”
—Señora, al dar sus generales dijo usted llam arse Rosa Smith
Saltarini.
—No, yo me llamo T ina Modotti.
—¿Ah, sí? ¿Por qué dio usted o tro nom bre?
—Porque estaba... es lam entable... Soy fotógrafa... no quería
que me... tuve m iedo... a los com unistas, la policía nos... ad e­
más, pu ed o ser Rosa Smith.
—Dijo usted ser profesora de inglés, dom iciliada en la calle
Lucerna.
Silencio en el aire. La m ecanógrafa hace girar el rodillo de
la U nderw ood. T a rd a en sacar papel carbón e insertarlo en tre
las hojas.
Rosa Smith Saltarini, de veintidós años, viuda, o riu n d a de
San Francisco, California, profesora de inglés y dom iciliada en
la casa n ú m ero veintiuno de la calle de Lucerna. ¿Por qué h a ­
bré pensado en Saltarini?, se p reg u n ta sonriente en su fatiga.
Saltarini es otro de mis apellidos, tonta que soy, n u n ca he sa­
bido m entir. El Saltarini la hace sentir te rn u ra p o r sí misma y
p o r ese abuelo y aquel bisabuelo, al reco rd ar que saltaban co­
mo chivos en los cam pos de U dine, ganándose así el nom bre
de saltarines, de chivitos brincones. E ran tan pobres que no
habían alcanzado apellido, sólo un sobrenom bre: “Allí vienen
los saltarines”. T in a gozó u n a súbita visión de Istria, de Friuli,
de su abuelo-niño saltando los arroyos, de ella, de M ercedes,
de G ioconda, de Yole, de B envenuto, a brinca y brinca, sus
piernas en el aire, y la m am m a gritándoles que ya, que se m e­
tieran porque Beppo quería cenar, y ellos —p orque sólo saltan
los que son felices— en trab an a p u ro salto en la casa a recoger­
se al final del día en to rn o a la polenta.
Hacía m ucho que T ina no pensaba en su infancia, en U dine;
todo lo había absorbido Ju lio , era como si de p ro n to Ju lio la
arrojara al m undo, desnuda, recién nacida.
De llam arse Rosa. Smith, no sería ella, T ina, la que ahora
bajo esta luz descarnada resp o n d iera p reguntas, ni sería Ju lio
quien la ag u ard a ra m etido en u n cajón, p orque Ju lio Antonio
nunca am ó a Rosa Smith.
—Señora, tiene usted que ser m uy precisa. T in a ¿es su verd a­
dero nom bre? ¿Tina, así como la del baño?
—Bueno, es Assunta, pero me dicen T ina.
T in a recu erd a que su m ad re la llam a Tinísim a y de p ro n to
m ira cómo el rostro de su m adre se ensancha en el juzgado.
“Dio, estoy p erd ien d o la razón, qué les estoy diciendo”.
—¿Es ése su único nom bre?
—Assunta, Adelaida, Luigia...
—Eso no consta en el expediente; hay que añ ad ir esa letanía
que siem pre se p o n en los extranjeros. ¿Y el apellido?
—Modotti.
—¿Cómo se escribe? A ver, escríbalo usted p ara p o d er co­
piarlo y de u n a vez el m aterno.
—Mondini.
—A ver, póngalo letra p o r letra.
Súbitam ente T in a ya no es fotógrafa, ni tiene obra. No es
nadie salvo u n apellido que se deletrea trabajosam ente, con
displicencia, casi con asco, lanzándole adem ás m iradas de d es­
precio que subrayan que ella es ex-tran-je-ra, y p o r tan to capaz
de inm iscuirse en política y de hacer declaraciones falsas.
A las preg u n tas del juez, T in a responde que antes de tratar
a Ju lio A ntonio Mella se enteró p o r la prensa de su huelga de
ham bre en La H abana. Lo conoció en México en la redacción
de El Machete, au n q u e lo había escuchado —era u n o rad o r de
p rim era —, en el gran acto de protesta p o r el asesinato d e Sac­
co y Vanzetti, en abril del año anterior.
A p artir de ju n io de 1928 hizo con él u n a b u en a am istad,
que sé convirtió en íntim a a fines de' septiem bre. T res meses
de vida en com ún le bastaron p ara darse cuenta de que él es­
taba am enazado de m uerte.
Acerca de su estado civil, T in a confirm a que es viuda y que
Mella era casado, con u n a señora cubana de nom bre Olivín a
quien él escribía con frecuencia pidiéndole el divorcio.
Sí, es com unista, sí, tiene su carnet desde 1927 y lloró de
alegría al recibirlo, p o rq u e ser m ilitante es lo que más anheló
en su vida. Sí, a ella y al occiso los u n ían los mismos ideales,
querían u n cam bio en el m undo.
De p ro n to las preguntas y las respuestas suenan aviesam ente
insidiosas. El recinto las amplifica y la m ecanógrafa las registra
m ientras el M inisterio Público in terro g a como em pujándola a
u n a tram pa, cuando lo único que ella desea es reg resar a M e­
sones para sentarse ju n to a Julio.
Sí, le parece que la riqueza está injustam ente rep artid a y d e ­
be quitárseles a los ricos p ara dársela a los pobres.
Sí, la revolución rusa es adm irable, nad a tan im portante ha
sucedido sobre el planeta T ierra y los países tienen m ucho que
ap re n d e r de ella.
Sí, el socialismo sí, el socialismo sí, el socialismo sí.

Regresa a Mesones, custodiada p o r dos agentes, Luz A rdizana


tom ada de su brazo. Le dice que no ve la necesidad de resp o n ­
d er con tanta voluntad a p reg u n tas de tan m ala fe. "Pero si yo
lo que quiero es que deten g an al asesino”, resp o n d e T in a can­
sada, m irando sus pies presurosos. H ay que concentrarse en lo
inm ediato, no tropezar, no p e rd e r tiem po, cam inar, u n m inuto
en la calle es u n año sin Julio.
—No necesitas ser tan explícita; respondes con dem asiada
amplitud.
—¿Tú también, Luz?

13 DE ENERO DE 1929

En la gran sala convertida en capilla ardiente, T ina ya no se


considera agredida; frente a ella desfilan las agrupaciones que
form aron p arte de la vida de Mella en México: el Club O brero
Radical Israelita, la U nión de C arpinteros de los Ferrocarriles,
el Partido Revolucionario' V enezolano, El Niño Luchador (órga­
no de los Pioneros Rojos), la C onfederación Nacional de E stu­
diantes Com unistas... Los de la ANERC, que se reu n ía n con
Julio todos los días a p re p a ra r el n ú m ero de Cuba Libre. La
m iran consternados, som brero en m ano, sin saber qué decirle,
y ella los va estrechando en sus brazos, agradeciéndoles el solo
hecho de ser como son. U na ráfaga de m iedo reco rre a los
dolientes. Al hacerse presentes desafían el peligro.
La m ayoría no ha venido a velar a Ju lio sino a refugiarse al
local del partido, en torno al cadáver de Mella. Buscan su p ro ­
tección. Hay agentes don d eq u iera, los distingue su prepotencia
al lado del desam paro general. Q ué desvalidos se ven. Q ué
amolados. T achuela, con su p eq u eñ a estatu ra y su som brero
metido hasta los ojos, la m ira desolado. Evelio Vadillo habla
con sus paisanos tabasqueños. El Ratón Velasco y el C anario
Gómez Lorenzo conversan sin darse cuenta del contraste entre
sus personas: u n o pequeñísim o y avispado, el otro alto, flaco y
narigón. Siem pre están ju n to s. Fausto Pom ar, con su herm osa
cabeza olmeca, se ha recargado en el b arandal de la escalera.
A barrotan la pieza. El C anario tiene que pedirles que la desa­
lojen: “Esto p u ed e venirse abajo, el edificio es muy viejo, hay
riesgo de sus vidas”.
En la calle se h an form ado hom bres, m ujeres y niños tras el
estandarte del p artid o com unista. Los jóvenes, con Jo rg e F er­
nández Anaya a la cabeza, levantan m antas: “El asesinato de
Mella, obra del crim inal machadismo. Centro Internacional
de Mujeres”. "Condenam os el inicuo asesinato.” “Exigimos ju s­
ticia," “M achado asesino.” Las m antas gritan sus letras negras,
y tam bién las m anchas negras en tre la m ultitud: los enlutados.
Son tantos, que u n comité de o rd en vigila la subida a la capi­
lla. “Hay m uchos orejas.” “Q ue sólo pasen los que enseñen su
carnet.” “Esos tres son agentes, los conozco. Voy a m entarles la
m ad re.” “C ontrólate, Vadillo, éste es u n acto luctuoso.” “Eres
u n coyón, C anario.” “Y tú u n provocador, ¿qué sacas con tus
desplantes?*’ La m u ltitud los desborda, no hay posibilidad de
exigir nada; delegaciones de cam pesinos se acom odan con sus
hijos en los rincones. Dos m áquinas de escribir ju e g a n a las
carreras y la escalera se bloquea constantem ente. Vocean en
los pasillos: “Se solicita la presencia del com pañero Carrillo.
H ay u n a llam ada p ara Zapata V ela.” “No está, chico”, resp o n d e
u n a agu d a voz con acento cubano, “está haciendo u n a p arad a
en la esquina de T acú baya y Francisco M árquez desde las ocho
de la m añ an a.”
Luz A rdizana inform a:
— El em bajador de Cuba se negó a recibirnos, ya pidió p ro ­
tección a la policía y van a acordonar ,1a em bajada. Les llevé
tortas a B altasar D rom undo, José M uñoz Cota y Carlos Zapata
Vela, y dicen que, pase lo .que pase, no se van a ir. Allí mismo
se tu rn a n p ara lanzar vivas a Mella y m ueras a M achado.
Las banderas del p artido y de la ju v é n tu d com unista abren
la manifestación. Sandalio Ju n co grita, p u n o en alto: "M uera el
asesino presidente M achado”, hasta convertir su grito en una
p o rra que los: dem ás taconean en el asfalto: “Q ue m ue-ra M a­
cha-do. Q ue m ue-ra M acha-do”. Los niños tam bién patean el
suelo: “¡Que m ue-ra M acha-do!”, y se le escapan a su m ad re de
la m ano. "F uera M orrow ”, "Fuera M ascaró de M éxico”, “Sa­
q uen a F ernández M ascaré”. La m u erte de Mella no p u ed e
quedarse así, lo vengarán, sí que lo vengarán.
U n grito abre todas las bocas: “Viva Mella, viva Mella, Mella
presente, Mella presente, Me-lla, Me-lla, Me-lla. Viva el p ro leta­
riado cubano. Viva la C uba de Mella. Viva el p artid o com unis­
ta. Viva Lenin. Viva la U nión Soviética”.
En la descubierta, Luz es la más vehem ente. Se ve m uy p e­
queña al lado de Diego Rivera, quien habla del ejem plo lum i­
noso del general Sandino. “Si los países latinoam ericanos no
nos unim os el oro de Wall Street va a trag arn o s.” Por u n m o­
m ento, los niños dejan de corretearse y esperan en silencio lo
que va a suceder.
A m edida que el tiem po avanza, T in a em pieza a tem er el
m om ento en que tam bién se ro m p a esto: la presencia de Ju lio
en su ataúd. No es la cantidad de gente lo que la molesta, ni
su respiración caliente; al contrario, sus alientos la acom pañan;
teme el instante en que este bloque h u m an o lo cargue en
hom bros para llevárselo.
“No quiero separarm e de Ju lio ”, piensa T ina. De nuevo el
sonido g u tu ral que viene de m uy ho n d o se abre cam ino a tra ­
vés de sus pulm ones, su tráquea y surge quem ante de su g ar­
ganta. “No quiero dejar a Ju lio ”, dice en u n sollozo.
—Tina.
-¿Y a?
-S í, ya.
Seis com pañeros del com ité central tom an la caja en ho m ­
bros. Entonces, Rosendo Gómez Lorenzo, el Canario, hace un
com entario obvio:
—Es la últim a vez que el com pañero Mella baja estas esca­
leras.
C uando el ataúd está en la calle, cubierto con la b an d era
roja de la hoz y el m artillo, Rafael C arrillo sale al balcón:
—¡Com pañeros, el responsable de esie asesinato es G erardo
M achado, presidente de Cuba! Ese chacal p ued e sonreír ah o ra
cuando lea la prensa de México; p ero al p roletariado del m u n ­
do ya le tocará tam bién su instante de reír. El em bajador F er­
n á n d e z M ascaró tie n e e n las m a n o s s a n g re d e M ella.
Recogemos todo el odio de Mella p o r la tiranía m achadista y
cada u no de nosotros ha ganado u n enem igo más. Desde aquí
despido al cam arada caído en la lucha. A un m uerto como está,
su m uerte hace tem blar al tirano miserable. ¡M uera M achado,
com pañeros, m u era el traidor! ¡Viva Ju lio A ntonio Mella!...
El cortejo inicia su m archa, T in a siente u n golpe en el estó­
mago. El sol de en ero lanza rayos que taladran; cuando se m e­
te, el frío acuchilla.
“M achado, cobarde v erd u g o ” grita Sandalio Ju n co los brazos
al aire, y los com pañeros en las filas siguientes corean: “Ma-
cha-do, co-bar-de ver-du-go, Ma-cha-do, a-se-si-no”. Miles de pies
lo aplastan sonoram ente contra el piso.
T in a m ira el féretro obsesivam ente; le p reocupa alejarse de
él m edio m etro. Al llegar ai zócalo, Rafael C arrillo le asegura:
“N adie te va a sep arar de él, T ina, n ad ie”. En el herm oso patio
de la Facultad de Leyes, T in a piensa que van a arrebatárselo;
los estudiantes colocan el féretro en u n sitio de h o n o r y ju n to
a él u n m icrófono. Alfonso Díaz Figueroa, de la C onfederación
N acional de Estudiantes y de la Sociedad de Alumnos, es el
prim ero en hablar: “...El cam arada Ju lio A ntonio Mella no era
cubano ni mexicano; no tuvo p atria p o rq u e los socialistas no
tenem os más patria que el m undo... Ya no es Ju lio el cam ara­
da, el am igo; ah o ra es el símbolo, la b an d era de la Facultad de
Leyes”.
U n joven de adem anes distinguidos, perfectam ente trajeado,
tom a el m icrófono:
— Soy A lejandro Gómez Arias y hablo a nom bre de las m ino­
rías no-com unistas de la Facultad de Leyes. Mella nos u n e m e­
jo r que todas las banderas. Todos los que am am os esta cosa
inform e y dolida que es México, vemos en él u n propósito p u ­
ro... M uere p o r aquéllos que no p u ed en ver la claridad d o n d e
la hay de sobra. La m u erte debe haberlo visto llegar con sus
ojos verdes y tranquilos. Para nosotros, su ejemplo. En paz, J u ­
lio A ntonio Mella.
M uchos quieren llevar el féretro en hom bros. T in a nota que
Gachita abraza u n ram o de claveles rojos, tan grueso que ap e­
nas p u ed e sostenerlo, y em pieza a re p a rtir m anojos encarnados
que salpican de fuego el cortejo. La comitiva de obreros y es­
tudiantes sigue p o r San Ildefonso hasta d ar vuelta en Brasil;
allí q ued an em botellados, pegados hom bro con hom bro. Le re ­
cu erdan a T in a la tercera del trasatlántico repleto de refugia­
dos que h ab rían de perm anecer en cuaren ten a en Ellis Island
antes de ser adm itidos en los Estados Unidos; el rostro tem ero­
so de los hom bres d en tro de sus bufandas, las m ujeres con su
pañoleta en la cabeza y su hijo en brazos. C uánto sufrim iento
en su m anera de recargarse unos en otros, los niños siem pre
en tre las piernas de los mayores. A hora es el mismo m areo, el
mismo calor, los mismos hom bros vencidos; llevan el cuerpo
de Ju lio , el cuérpo m u erto de Ju lio , cómo estará el cu erp o de
Julio. En el J u á re z lo había acariciado, loh Julio, si p u d iera d e­
volverte el calorl
En la calle M adero, u n a voz en to n a La Internacional, se u n en
otras, y siguen todos cantando tras del féretro la Marcha Fúne­
bre y Im Varsoviana.
Pasan frente a Bellas Al tes que está en construcción, es un
esqueleto a m edio vestir. En la calle de A braham González, se
detienen d o n d e Mella cayó herid o . H ern án L aborde tom a la
palabra: "C om pañeros, aparte del desgarram iento hecho en
n u estra p ro p ia carn e p o r las balas qué asesinaron a Mella,
aparte del derram am ien to de n u estra p rop ia sangre, la sangre
de los com unistas y antim perialistas de todo el m u n d o , u n h e­
cho reclam a la m ás vehem ente protesta de todos y la inm e­
diata atención del gobierno, y es que el brazo asesino del
presidente M achado se extiende hasta México p ara ejercer el
te n o r. Esto constituye u n a violación a n uestra soberanía... No
es tiem po de llorar, cam aradas, es tiem po de exigir al cobarde
gobierno de la revolución que tantos sacrificios ha costado al
pueblo m exicano, que rom pa relaciones con el gobierno de
Cuba”.
U na salva de gritos ratifica a Laborde. Los aplausos resue­
nan en los m uros; parecen volar apalóm ados de las m anos de
los m anifestantes que los hacen tro n ar; rebotan en los costados
de la calle; luego el aire se los lleva haciendo que nuevas ven­
tanas se abran.
T in a m ira hacia la b ard a de la carbonería; Ju lio y ella pasa­
ron p o r allí hace apenas dos noches; intenta en trev er su venta­
na en el edificio Zam ora, p ero la m ultitud tapa la esquina.
“Q ué ra ro ”, piensa, "no siento nada, no siento absolutam ente
n ada.” A hora sí, el sol ard e con fuerza, ese sol de en ero que a
m ediodía es u n a bola de fuego y h o rn ea la ro p a de lana. Sin
em bargo todos resisten; algunas m ujeres se h an echado el sué­
te r sobre la cabeza; llevan más de cuatro horas cam inando y
todavía falta C hapultepec, el bosque, la cuesta de Dolores y la
cerem onia final en el panteón. T in a oye la p reg u n ta de u n
niño:
, —¿A qué horas se acaba?
A la izquierda, más allá de unos barbechos, negrean en un
descam pado las casas del pueblo de T acú baya, p o r allá u n ejér­
cito de albañiles construye el edificio Condesa. En la ciénaga
de la Condesa, la to rre de la C oronación está en obra. El sol
de invierno quem a y congela a la vez. Es un sol blanco. U n
alfalfar se extiende hasta perd erse de vista. “Ojalá no le caiga
u n a helada."
En Dolores, trece banderas rojas ro d ean la fosa recién ab ier­
ta. E m puñadas p o r hom bres sudorosos, em piezan a d a r coleta­
zos, Los com pañeros cubanos abren la tapa del féretro unos
segundos y T in a p u ed e ver p o r últim a ve?, el rostro de Ju lio
Antonio. Más pálido, m enos herm oso que cu an d o lo retrató en
la C ruz Roja. S ufrir cansa m ucho. "N o siento nada, no sé n a ­
da, no entiendo n ad a.” Ni u n a lágrim a escurre sobre su meji­
lla. Los ojos le ard en secos. Q ué ganas de estar sola, arro p arse
en la cama, descansar la cabeza sobre la alm ohada. Volver a
casa... “¡Cuál casa, si la ha tom ado la policía!”
De pron to u n a ráfaga de viento frío golpea; las ban d eras o n ­
dean a sabanazo limpio. T in a se endereza bajo el chicotazo.
Dos pasos al frente, Rafael Carrillo se adelanta, el pelo al aire,
de cara a los dolientes.
Gachita y Cuca dejan de re p a rtir claveles. No q u ieren dis­
tra e r a Rafael con su rito silencioso:
—A hora cayó Julio A ntonio Mella en pleno combate, de cara
al enem igo implacable, y en esta tard e venimos a darle la últi­
ma despedida. Posiblem ente'sus restos sean conducidos a la
patria lejana de todos los revolucionarios, a la Moscú querida
donde, p o d rán descansar ju n to a los restos de los grandes caí­
dos p o r la lucha del com unism o internacional. Nosotros vamos
a ocupar nuestros puestos, sí... Porque no tenem os derecho a
la tregua.
Rafael quita del ataúd la b an d era que cubrió a Mella y los
em pleados de la funeraria com ienzan a bajarlo con anchas cin­
tas corredizas. T ina entonces tira su clavel a la fosa y una ava­
lancha roja incendia el féretro. La pala del sep u ltu rero rasca el
cem ento fresco, Luz- A rdizana cim bra el aire con un grito fuer­
te y duro: “Adiós, Julio", que hiende el silencio como pedrada.
Luego Rafael Carrillo echa u n p u ñ ad o de tierra blanda y los
dem ás lo imitan.
La procesión desciende p ara dispersarse en la p u erta del ce­
m enterio. C uando T in a vuelve la cabeza p o r últim a vez, sabe
que Ju lio es ya p arte de la inm ensidad. Su tum ba ocupa un
espacio dim inuto sobre la tierra frente a los volcanes.

14 DE ENERO DE 1929

El ju e z Pino C ám ara asignó a T ina su casa, en el quinto piso


del nú m ero 31 de A braham González, como prisión prev en ti­
va. Allí se tu rn an los agentes, día y noche custodian a Tina.
Luz A rdizana sale de m ad ru g ad a a com prar los periódicos a
Bucareli y regresa tem blando a leerlos. En nin g u n o de sus m ú l­
tiples encarcelam ientos ha padecido este nerviosism o; cada
portazo la sobresalta, no p u ed e tolerar p reg u n ta alguna. La es­
peranza de ver a T in a im pide su d erru m b e, au n q u e no las d e ­
je n solas.
Echa doble llave a la p u erta y pone los periódicos sobre la
cama. N unca se encierra pero ahora necesita estar sola. El ase­
sinato de Mella ha reventado como u n a pústula y desquicia al
partido, nadie p u ed e fijar su atención sino en las noticias.
Luz se cala los gruesos anteojos, tom a El Universal, luego
Excélsior, La Prensa y El Nacional: “La creencia de que T in a Mo­
dotti conoce al asesino y que no quiere denunciarlo a las au to ­
ridades se robustece p o r las diligencias policiacas...” “V ersión
com unista del vil asesinato. T in a M odotti y algunos de sus
com pañeros reconstruyeron ayer la tragedia cíe la calle de
A braham González... C reen que el individuo que asesinó al es­
tudiante cubano estaba oculto tras una b ard a no m uy elevada."
“T ina.cuenta sus am ores y sostiene que es inocente.’' "Protestas
en Sudam érica.” “H istoria poco p u lcra.” “P rep aran los elem en­
tos com unistas u n a velada él 24 del actual en hom enaje al es­
tudiante m u erto .” “Mensaje de Moscú con motivo de la m uerte
de Mella. O tros cablegram as han sido enviados p o r diversos
países protestando por lo m ism o.” “El m isterio continúa im pe­
netrable.”
Luz recorre colum nas de letras pequeñas y duras que se le
clavan en la retina. Le salta a la cara el cadáver de Julio A nto­
nio Mella puesto a disposición del hospital Ju árez p ara la a u ­
topsia: “...C orrespondía a u n hom bre como de veinticuatro
años de edad, rígido, que m edía ciento ochenta y dos centím e­
tros de longitud, ochenta y cuatro d e perím etro torácico, y
ochenta y seis de abdom inal, con livideces en las partes decli­
ves, sangre seca en la pared in terio r del tronco y del m iem bro
su p erio r izquierdo”.
U na ráfaga de espanto la en tu m e al seguir la trayectoria del
proyectil y leer que “el estóm ago tenía olor a éter y restos de
com ida —garbanzos, p ara m ayor precisión —, los pulm ones páli­
dos, el corazón vacío, la vejiga con poca orina, el hem otórax
izquierdo con u n lleno de dos litros”. T o d o acaba en estas ac­
tas, su infam e je rg a legista, las visceras pálidas ah o ra destaza­
das, la vejiga inútil, el corazón vacío. Ju lio en letras de m olde,
sus órganos en la tabla de picar del carnicero, frente a sus tri­
pas expuestas zum ban los periodistas, ¿Quó les hacen a las vis­
ceras? ¿Vuelven a m etérselas al cu erp o o las tiran todavía
calientes al basurero? A Ju lio ¿lo entregarori sin en trañ as para
su sepultura? Sus lágrim as no le im piden seguir leyendo.

Dé lejos, era fácil confundir a Luz con un adolescente. A ndaba


de pantalones, saco negro, m asculino, y su nuca, u n poco más
frágil -quizá, tenía el mismo corte de pelo, las mismas orejas
despejadas de u n m uchachito. T ras los anteojos de ta rro de
cerveza, la m irada inquisitiva, vigilante, lista p ara caer sobre su
presa. Las dem ás la adivinaban y volvían la cara: "M ira, ya lle­
gó Luz".
Indispensable en las pintas, Ju lio A ntonio la levantaba en
hom bros y Luz escribía a tres m etros de altura: "Abajo la ca­
restía", “F uera el mal gobierno”, “M uerte a los ham breadores",
y pegaba los anuncios de los mítines. Lo mismo hacía con Ju a-
nito de la Cabada, sum ar alturas para que los mozos de limpia
nó alcanzaran a rasp ar aquellos papeles que el sol am arilleaba.
De un salto a la banqueta, Luz la em p ren d ía de nuevo, “g ra ­
cias, com pañero”, e inm ediatam ente cogía la cubeta del e n g ru ­
do para dirigirse a toda velocidad a la siguiente b arda. C uando
la policía los atrapaba, ella corría p e o r su erte, p o rq u e le llovían
las cuchufletas de los c u íc o s . “M ira nom ás, una m achorrita. ¿Te
gusta sentirte hom bre? ¿Cómo te llamas, Lucho o Lucha? De­
berías estar e n tu casa tejiendo, mamacita, ¿o qué? ¿te crees
m uy gallo-gallina? T ú necesitas que te cojan, u n a b u en a cogida
y se te quita la m aña.” Luz m iraba de frente el m u ro descara-
pelado y sucio de la delegación; eran m uchas las bancas de
m adera en que había pasado la noche, u n a más no le afectaría.
Lo que ah o ra la espantaba era esa feroz exhibición de la
intim idad, T in a y Ju lio en boca de todos, su recám ara abierta,
su lecho revuelto, sus caricias desgajadas como quien arranca
las hojas de u n periódico, su piel adelgazada hasta la tran sp a­
rencia.

15 DE ENERO DE 1929

En su casa de A braham González, los agentes siguen a T in a


hasta para ir al excusado, y au n entonces se p aran tras la p u e r­
ta. La saña desplegada en su contra es ilim itada; T in a se
m antiene p o r encim a del acoso. Su gran deseo de que se e n ­
cuentre al asesino es evidente, colabora con el ju ez, no pierde
u n a palabra de los interrogatorios. “T ina, ese cuate es u n des­
graciado”, le advierten H e rn á n Laborde y Luis G. M onzón a
propósito del detective V alente Q uintana, y ella tiene entonces
u n desfallecim iento, “no p u ed e ser”. Laborde la anim a: “T ra n ­
quilízate, T ina, el p artid o no va a dejarte sola”.
El interro g ato rio se lleva toda la m añana, p ero T in a regresa
al ju zg ad o en la tarde, siem pre flanqueada p o r los agentes a
ver si hay algo nuevo. Su vida es el juzgado, y sus com pañeros
los escribientes. Antes que n ad a les p reg u n ta: “¿Tienen alguna
noticia?” Saluda con su cigarro en la m ano al ju e z Pino C ám a­
ra y hasta al últim o de los mozos; le interesa el profesionalis­
m o de José Pérez M oreno, rep o rtero de policía de El Universal,
quien investiga p o r cuenta propia.
—No debe descartarse la posibilidad de que hayan sido dos
los que atacaron, pero de esos dos sólo u n o hizo fuego —aven­
tu ra el periodista.
En el juzgado, las entradas y salidas de testigos con nuevas
evidencias dejan a T in a exhausta. P rocura que su em oción no
se trasluzca, pero enciende u n cigarro con la colilla del otro;
fum a devorada p o r las im ágenes de Ju lio que surgen de lo que
escucha. El señor V ictoriano González, p ropietario de u n taller
mecánico en A braham González, presenta u n a bala calibre 45
que, según él, conserva alguna pelusilla del abrigo de Mella.
—Es la bala que lo m ató, licenciado.
—¿Cómo la encontró?
—En el asfalto, a u n m etro de la banqvieta. Se conoce que
algún carro le pasó p o r encim a y la aplastó. M ire, tóm ela usted.
—Pero entonces fueron más tiros —exclama Tina.
Q uintana sostiene la bala en tre índice y pulgar.
—Éste es el proyectil que causó la lesión m ortal. La bala q u e­
dó en tre el su éter y el panialón, y p robablem ente cayó al ser
puesto el h erid o en la am bulancia. De allí la pelusilla. El hallaz­
go del señor González viene a d eterm in a r el sitio del crim en.
Valen te Q uintana parece oficiar la Sania Misa, Salvo Pérez
M oreno, los periodistas son sus acólitos; participan en el sacri­
ficio con aplicación; no im porta su desconocim iento del latín
jurídico, ellos se hincan a tiem po.

Luz A rdizana recu erd a la p rim era audiencia, cuando le p re g u n ­


taron a T in a en qué form a cam inaba con Mella p o r la calle de
A braham González “aquella noche fatal”; >se levantó sin más
del banquillo y fue a tom ar el brazo de Q uintana.
—Así iba yo del brazo de Mella, yo del lado de la p ared y él
hacia afuera, le sujetaba el brazo izquierdo así...
No advirtió los codazos y las risitas; sim plem ente siguió el
im pulso 'de re p e tir la escena de la cam inata. A p a rtir de ese
m om ento ni los ujieres le quitaron los ojos de encima.
—¿Cómo se explica usted entonces que Mella haya recibido
u n balazo en el codo izquierdo, mismo que usted cubría con
su brazo, y otra h erid a del mismo lado, sin que usted resultara
lesionada?
—N o me lo explico, no me lo explico. De veras, ¿qué raro,
verdad? —interro g ó a su vez a V alente Q uintana.
D esconcertada, se llevó la m ano al codo buscando u n a im ­
probable herid a p ara después llevársela a la frente y q u ed ar
pensativa. R espondió con u n a in g en u id ad que h u b iera d esar­
m ado al más fiero:
—No recu erd o con exactitud cómo iba yo cogida del brazo
de Mella, pero sí iba yo del lado de la pared; sentí los fogona­
zos en la mejilla derecha, m ire, aquí mismo...
T ina volvía obsesivam ente a la reconstrucción de los hechos:
la ju n ta del Socorro Rojo Internacional en la calle de Isabel la
Católica nú m ero 83, a la que habían ido Mella, Enea Sorm enti
y Jacobo H urwitz; el encuentro en el correo. Se to rtu rab a tra ­
tando de desm enuzar paso a paso lo que habían hecho, en tre
u na fum ada y o tra revivía en voz alta su cam inata, en qué p a r­
te de la banqueta se hallaban cuando escuchó la p rim era d eto ­
nación, cómo había corrido tras él; cayó p rim ero frente al
núm ero 15 y todavía tuvo fuerzas para levantarse y volver a
caer frente a la casa nú m ero 19, d o n de ella lo alcanzó y lo
tomó en tre sus brazos. “¿Por qué no volvemos a A braham
González, señor juez? A unque sea espantoso, yo podría reco r­
d a r m ejor.”
— No se preocupe, tenem os que hacer la reconstrucción en
el lugar de los hechos.
Ellos la m iraban de arriba abajo buscando sus muslos, l ina
se movía continuam ente y cada p reg u n ta suscitaba u n a reac­
ción corporal. La seguían con los ojos ávidos y Luz se o rd e n a ­
ba a sí misma: “T engo que advertirle que no hable con las
m anos, que no se mueva; así son los italianos”. Pero no se
atrevió, lo único que sostenía a Tina era la certeza de que
se haría justicia. De vez en cuando, Tina mojaba sus labios; las
m iradas de los hom bres se colgaban pastosas en las com isuras
de su boca, su lengua rosada que hacía asom ar sobre los labios
para elim inar la creciente resequedad, sus mejillas enrojecían
al calor del interrogatorio. Entonces, envuelta en la intensidad
de sus propias declaraciones, y ya sin som brero, algunas m e­
chas se le escapaban fam iliarm ente del chongo. Más convincen­
te que su alegato era su cu erp o , sus m anos que siem pre
encontraban el gesto cuando su voz no hallaba la palabra y de
p ronto se estam paban sobre su falda evidenciando su vientre.
Luz concluyó que T in a atraía porque aquellos hom bres nunca
habían visto a una m ujer tan de acuerdo con su cuerpo, como
si acabara de hacer el am or y la plen itu d de su carne fuera
contagiosa. Invitadora, eso era Tina, invitaba p o r su disposi­
ción a la entrega. A traer era su naturaleza. Los periodistas es­
cribían: “La atractiva veneciana de ojos negros y de m irar
p ro fu n d o ”, “la bella protagonista del trágico suceso”, y José Pé­
rez M oi'eno se extendía al atuendo: “T ina M odotti se presentó
vistiendo u n traje estilo sastre de color azul m arino, con una
blusa celeste y u n som brero de fieltro color beige”. “De un
aspecto bastante agradable, sin ser bonita es de las m ujeres
que atraen desde luego por su sim patía.”
Los editorialistas, apoyándose en el m aterial recogido por
“las infanterías en el lu g ar mismo de los hechos”, solem nes
pontifican:
a través de los adjetivos con que la calificó algún re p o r­
tero entusiasta, es inquietante, seductora, cautivadora, to rtu ra n ­
te y m eueable. T in a M odotti, si hem os d e ju zg arla a través de
su situación social y aspecto físico, es u n a m ujer m o d ern a a
quien no traban los prejuicios ni estorban los escrúpulos de
antaño. T in a M odotti, si la hem os de ver con el prism a de las
doradas ilusiones, resulta una com pañera ideal para la vida tro ­
pical, u n a dulce h u rí con alma de artista y cuerpo de p equeña
bailadora... T in a M odotti, si todavía la querem os exam inar más
cuidadosam ente p o r m edio del criterio técnico policial, ya no
es u n a inocente adolescente sino u n a av en tu rera peligrosa que
sabe más de lo que le h an enseñado...”
Luz levanta la vista de El Universal-, ser m ujer descalifica a
l ina. Producto en el m ercado: la sopesan. G uajolota, gallina,
ternera. ¿De qué será su relleno? Se relam en. “Lo que aconte­
ce en el ju zg ad o es fisiológico”, piensa, “visceral.” T odos la
poseen, los tinterillos, el juez, los escribientes, los ujieres se le
m ontan y no la van a soltar. Ju lio A ntonio es un pretexto, es
ella quien les interesa. ¡Jijos, qué b u en a está! T o d a la defini­
ción de ser hu m an o de T in a se condiciona p o r ese cuerpo, su
espacio físico en tre los hom bres. Los rep o rtero s acum ulan
epítetos bajunos y los asom brados com pañeros del p artid o co­
m unista leen u n día que T ina es u n a h u rí y al otro u n a m ujer
otoñal quien debe contentarse con la piedad de los que antes
fueron sus am antes. “No p u ed e inspirar sino u n sentim iento
de compasiva am istad, ya que sus treinta y cuatro años la r e ­
ducen a una vida tranquila, sedentaria como las canas que
obligadam ente no tard ará en p ein ar.” Incluso el buenazo de
T eu rb e T olón, amigo íntim o de Mella, revela su desconcierto
cuando el ju e z Alfredo Pino C ám ara le p reg u n ta si Mella era
celoso:
—Mella decía que antes que las m ujeres estaba el triunfo de
la causa. Así, u n hom bre no p u ed e ser celoso.
—¿Y cuál era la vida que llevaban Mella y T in a M odotti?
—Es un poco elástica la pregunta... p ero desde luego ya dije
que él era m origerado.
—¿Morigerado?
—Sí, porque en Cuba Julio tuvo m uy buenas op o rtu n id ad es
p ara relacionarse con bellas m ujeres y no lo hizo p o r dedicarse
a la lucha.
—Y la italiana, ¿no le daba motivo p ara estar celoso?
—No, ella no es u n a m ujer coqueta.
Luz lee en voz alta que T in a es u n a m u jer de acero revesti­
do de carne, que se obstina en no decir la verdad, que no la
estorban ni los prejuicios ni los escrúpulos de antaño.
D esgraciados, la q u ieren fregar. Los editoriales son voceros
del gobierno y todos están contra ella. ¿Q ué vamos a hacer?
T engo que hablar con Gómez Lorenzo, el p artido debe em itir
u n com unicado, algo, lo que sea. “T in a posee la v erd ad era clave
del asesinato”, lee Luz. “¿Crim en pasional? ¿Crim en político? De
todos m odos, si el móvil del hom icidio de Mella no es pasional,
T ina es el instrum ento de los enem igos del com unista cubano.”
Luz esconde los periódicos en el ro p ero de su recám ara, sa­
le cori'iendo y avisa de pasada:
—Voy al juzg ad o , ya se me hizo tarde.

U na barandilla aísla a T ina en un escenario como de circo ro m a­


no con foso y leones. Los testigos, interrogados p o r Q uintana,
responden levem ente aturdidos. A firm an estar seguros de lo que
vieron, y T ina se asom bra de que tantos presenciaran el asesinato
en la calle vacía. ¿Por qué no la auxiliaron antes? El gendarm e
núm ero 72, M iguel B an ales, vio u n autom óvil —desde el cual se
hicieron los disp aro s— escapar hacia Paseo de la Reforma. Al
final se desdice. E n realidad, no quiere que sus superiores se
entéren de que aquella noche no estuvo en su puesto. El p ro p ie­
tario del estanquillo La Bohem ia dorm ía a la h o ra del crim en y ni
disparos oyó. Los d ueños de la carbonería, en cuyo m uro q u ed a­
ron incrustados los proyectiles, tam poco escucharon nada. El
patrón de la Sanitai'y Bakery sí oyó dos detonaciones y m andó a
su em pleado T oribio Illescas, con domicilio en Calzada de San
Lázaro casa sin núm ero, a ver qué pasaba, y éste regresó dicién-
dole que habían asesinado a un hom bre. El electricista Mario
M ontante, según V alente Q uintana testigo presencial del dram a,
ahora asegura que ni siquiera pasó la noche en su casa de Abra-
ham González. Sin em bargo, Q uintana, el “fiscal de las causas
célebres”, no ceja en su em peño:
—A ver, a ver, esto es im portante. Vamos a regresar al pu n to
de partida.
T ina hace esfuerzos inauditos p o r g u ard ar la calma. Resulta
que T ina iba del brazo de dos hom bres. El mozo de la carnice­
ría La Invencible los vio cam inar p o r la izquierda y no p o r la
derecha de la calle, y que no en tra ro n p o r M orelos, sino p o r
el Paseo de la Reforma.
A cada declaración, Toribio Illescas ha rep etid o lo mismo,
hasta que en su tercera com parecencia confiesa que no p u ed e
ser testigo de nada, porque salió a ver lo que había pasado
cuando ya Mella agonizante yacía en el suelo. En cambio, el
estudiante Alvaro Vidal escuchó más palabras del m o ribundo
que la propia Tina:
—Me han m andado m atar y voy a m o rir p o r la causa del
proletariado. Estoy tranquilo con mi suerte. El atentado proce­
de del gobierno de Cuba.
Como b u rro s de noria, los testigos repiten lo mismo: “¿Por
qué no pasamos a lo que sigue?”, p reg u n ta T in a cuando Va-
lente Q uintana insiste, como si se p ropusiera en to rp ecer el
proceso, ¡porca miseria!, con declaraciones que p rim ero la sor­
p ren d en y luego la encolerizan: “O h, esto es p ara volverse loca,
¿de dónde h ab rán inventado esto?” En un m om ento dado, no
puede más e in terru m p e:
—Caram ba, ya esto me molesta, esas declaraciones que escu­
cho me exasperan, yo he dicho la verdad.
—Si dijera la verdad, señora —sentencia V alente Q u in tan a —,
se evitaría usted estas molestias. ¿Quiénes la acom pañaban y
quién mató a Mella?
T in a vuelve a relatar —y a todos llama la atención su fortale­
z a — que en p u n to de las nueve y veinticinco de la noche entró
Ju lio a la oficina de cables y que de ello está segura p orque se
fijó en u n gran reloj que veía con impaciencia. “Entonces nos
fuimos hasta A braham González.”
—A pie no hicieron este recorrido, señora —la in terru m p e
Q uintana —, p orque a las nueve y cuarenta y cinco m inutos se
registró el dram a, y a las nueve ,y cincuenta se dio aviso a la
Com isaría y a la C ruz Roja. A pie en ese tiem po, no se p u ed en
cam inar más calles. ¿Iban del lado del Paseo de la Reforma
cuando desem bocaron en A braham González?
—No, señor, esto ya lo hem os discutido, íbamos del lado de
la avenida Morelos.
—El señor H erberich afirm a lo contrario.
De todos los testigos, H erberich es el más pesado p orque se
ofende y reclam a, su rostro gordo y blancuzco, su pelo lacio
pegado al cráneo.
—No, señora, yo los vi llegar a los tres del lado del Paseo de
la Reform a, tan seguro estoy de ello como de que mi nom bre
es Ludw ig H erberich, de cuarenta y tres años, con domicilio
en A braham González n ú m ero 22.
—N inguno iba con nosotros, seguram ente es usted víctima
de u n a ilusión óptica.
—No, señora, yo vi bien. Desde luego no es v erdad que uste­
des vinieran p o r el lado de Bucareli; venían p o r el del Paseo
de la Reforma.
—¿Cómo no voy a saber p o r d ó n d e cam inam os? —se desespe­
ra Tina.
-S eñora, no tengo p o r qué m entir ni engañar a la ju sti­
cia. Soy un com erciante que no gusta de verse envuelto en
líos; p o r mp no hubiera venido aquí a declarar, pero lo que
he dicho es la verdad y así lo sostengo. Siento te n er que des­
m entir a la señora, yo me veo más perjudicado ten iendo que
dejar abandonada mi panadería. Yo la conozco, señora, p o r­
que usted iba a com prarm e pan p o r las tardes a la colonia
Condesa.
Con razón su rostro, que ah o ra ve ensancharse, le pareció
familiar. Dejaba caer el pan en la bolsa.de papel contando en
voz alta el precio de cada cuerno, cada banderilla, cada polvo­
rón, para después levantar su rostro inflado de concha blanda
sobre ella y silabearle el diez centavos. Esto era cuando vivía
con Edw ard W eston en la avenida V eracruz. Los incidentes ab­
surdos, ofensivos, se acum ulan y V alente Q u in tan a les da paso
y los divulga con tal de prestigiarse. T in a ha sido vista sentada
en la banca de u n p arque y m anoseándose con u n hom bre,
hará m enos de quince días. O tro p u ed e atestiguar de su con­
ducta im púdica en u n salón de baile. El tercero la m iró d esn u ­
darse en la noche frente al Lago de C hapultepec. U n testigo
anónim o asegura en u n a carta que al te n er que viajar a Cuba
encargó a T in a —entonces su am a n te — a su m ejor amigo: “C uí­
dam ela”. El am igo se acostó con ella. T in a escucha encoleriza­
da. Q uisiera decirles que baila mal, que a ella nadie la cuida,
que es d u eñ a de su cuerpo y de sí misma, que nunca nadie se
ha aprovechado de ella; los largos conciliábulos, el continuo
interrogatorio en torno a su vida privada, el arresto dom icilia­
rio la enfurecen p ero no quiere estallar.
Los com pañeros del p artido se m iran atontados en m edio
de la consternación general. “¡Calma, T ina, calma, así son las
cosas judiciales en México! No pierdas el control, sería lo peor
que p u ed e pasarte.” Los periódicos no publican ni las protestas
del partid o ni sus manifiestos. Sus mensajes indignados yacen
rotos en el cesto de la basura de la redacción de Excélsior, de
El Universal.

El partido no sólo tiene que preocuparse p o r la detención de


T ina. H ay que m ovilizar al'país, form ar conciencia. Luis G. M on­
zón y José M uñoz Cota organizan m archas; lo que sucede en el
ju zg ad o es u n jaloneo de sábanas y no están acostum brados a
inm iscuir la vida privada en la militancia. Desde el asesinato de
Mella, hay efervescencia en Villa Cardel, V eracruz, d o n d e Mella
fundó la sección sur de la Liga A ntim perialista. V alentín C am pa
tiene organizado u n acto en M onterrey, y de T am pico llegan
telegram as exigiendo la inm ediata aprehensión de los criminales.
Los estudiantes am enazan paralizar el p u erto de V eracruz, y
doscientos cincuenta trabajadores del Sindicato M ayorazgo, se­
gu n d o tu rn o , p id en ro m p er relaciones con el gobierno cubano
im perialista. Baltasar D rom undo continúa la p arad a perm anente
frente a la sede de la em bajada de C uba no obstante que la
policía la acordonó. Carlos Zapata Vela, José M uñoz Cota y él se
tu rn a n en arengas continuas a los transeúntes: “M achado m andó
asesinar a M ella”. El Machete y La Hoz y el Martillo son volantes al
aire al lado del p o d er de la g ran prensa.
Al m argen de estas actividades, T in a sólo tiene a Luz A rdiza­
na, los ojos de Luz atisbados en tre las filas de oyentes. Apenas
si Luz p u ed e com unicarle en voz baja, p o r m edio de frases
m uy cortas a la pasada: “V inieron Diego y M iguel C ovarru-
bias”, “Rafael C arrillo acusó a M agriñá frente a Puig Cassau-
ran c”, “T odos dicen que M achado o rd en ó el crim en”, “La
U nión de C arretilleros de V eracruz envió sesenta telegram as”,
“La m uerte de Mella es u n a vergüenza p ara América L atina”.
Sin em bargo, T ina percibe más la anim adversión del público
que el apoyo de los com pañeros. Permanece sola, enfrascada
en “recuentos de alcoba” como los llam a Baltasar D rom undo.
Sólo Luz repite, incansable:
—T e vamos a sacar de esto, T ina, vas a ver, te vamos a sacar.
T in a encolerizada, respondona, gallarda, su cigarro en la m a­
no, le da fuerza; p ero T in a con la voz queb rad a y el rostro
apagado, la asusta. A guisa de saludo deja caer: “Q ué imbécil
soy, ¿eh Luz?”
M ira a Luz largam ente, pero más que a Luz, parece descu­
b rir a u n a nueva T in a reflejada en los ojos de su am iga, como
si adquiriese una visión de sí misma que antes no tenía, co­
mo si otra m ujer que viviera dentro de su piel súbitam ente le
fuera revelada. Algo le pasa; su corazón late en su contra. En
los ojos de su amiga, T in a percibe u n escalofrío. Luz se levanta
precipitadam ente y sale. De nad a le sirve perm an ecer en el ju z ­
gado m ientras quién sabe qué fuerzas oscuras se confabulan
contra T ina. T iene que fom entar alguna acción, precipitarla.
Jirones de pláticas la sobresaltan y la confunden.
—¿Ya vieron la putiza que le están d an d o a T in a en los p e ­
riódicos? —escucha Luz tras de u n a p u erta en M esones y cu an ­
do está a p u n to de en tra r, silba la encolerizada respuesta,
quizá de Rodolfo D orantes.
—N o hables así de T ina, cabrón, o te p arto la m adre.
—¡Pobre m ujer, ah o ra sí ya la fregaron!
—N ada de pobre —irru m p e Luz exacerbada —, no la p o b re­
teen. En vez de chism ear en el café, vamos a hacer u n a cam pa­
ña p o r la ru p tu ra de relaciones en tre México y el gobierno de
M achado, fu n d ar u n Com ité Fem enil d e Defensa de T in a M o­
dotti. T ú , Gachita, podrías encabezarlo.
—Sería bueno esp erar al pleno del p artido p ara conseguir
más firmas.
—Újule, p ara entonces ya T in a estará hecha pedazos.
“T engo que hacer algo, tengo que hacer algo, ay T ina, cómo
te quiero, eres toda mi vida, eres mi p artid o .” Luz redacta tem ­
blando u n manifiesto, ella lo pagará au n q u e no coma d u ran te
días, lo llevará a la prensa, recogerá las firmas de Graciela
A m ador, M aría Luisa López, G uadalupe Narváez, C oncha Mi-
chel, Refugio García, E sther Ju árez, Mela Sandoval, Frida Oh-
ne, M aría Luisa González, ¿quién más? A unque sólo sean diez,
con ella once, al m enos u n a protesta de las m ujeres. ¡A ver
qué alega Gachita, la más im pugnádora!
El tiem po vuela. Q ué caótica se ha vuelto la vida en el p a r­
tido. Cada vez que Luz p reg u n ta p o r Rafael Carrillo, Gachita
A m ador responde: “Está en lo de M ella”. Rodolfo D orantes
zanja la discusión con voz de m ando:
—H agan su desplegado hoy mismo.

En su casa de A braham González, T in a se sienta en la cama.


Los policías esp eran en la o tra pieza, sobre los sillones, en el
suelo, total, ya están acostum brados. Para ir al baño tiene que
llam arlos; cru zar con u n o de ellos la salita y la cocina. La e n ­
cierran bajo llave. “Por favor”, grita tras la p u e rta e in m ediata­
m ente la abren. Al rato ya no tiene que gritar: el oído de los
agentes es finísimo; si busca algo d en tro de su ro p ero p re g u n ­
tan a través d e la p uerta: “¿Le pasa algo?” Si cierra la ventana
inquieren: “¿Q ué hace?” T in a está segura de que la escuchan
orinar. A hora u n o de ellos, el más robusto, le tiende u n p e­
riódico con el encabezado: “La M ata H ari del K o m in tern ”. Lo
que más la decepciona es el artículo de Pérez M oreno. “C reí
que estaba de mi lado.” Es u n hom bre atento; El Universal, su
periódico, u n o de los más serios. “T iene cara de b u en a g en te”,
se dijo la p rim era vez que lo vio, pero igual que los dem ás,
habla de su vida “licenciosa”.
“T in a M odotti habita u n a v erd ad era b u h ardilla, nid o de a r­
tista,, y allí tiene su estudio. Viste la in teresante italiana u n a
falda neg ra y u n su éter gris p erla que entalla su ágil cuerpo. Se
denota en su fisonom ía u n p ro fu n d o abatim iento...
“No tiene attelier (atelier con u n a sola t, T in a corrige m en­
talm ente) pues retra ta a domicilio y nos relató que com enzó a
tom ar p arte en el m ovim iento revolucionario antifascista con­
cu rrien d o a diversos mítines.
“ —¿Por qué es usted antifascista?
“ —Porque soy enem iga de las tiranías, y más aú n de la de mi
país, do n d e la gente hum ilde vive en condiciones lam entables.
“Al m argen de este asunto nos refirió con toda clase de d e ­
talles su vida desde el comienzo. H ija de u n v erd ad ero lucha­
d or, G iuseppe M odotti, nació en Venecia, pero m uy n iñ a pasó
a A ustria d o n d e su p ad re viajó a buscar trabajo. Antes de te r­
m inar su instrucción volvieron a Italia y en su escuela de p ro ­
vincia la b aja ro n a los p rim ero s g rad o s. P o r lo ta n to se
considera u n a inculta. En los Estados U nidos trabajó en u n a
fábrica, aú n es aficionada a la costura, se confecciona su p ro ­
pia ro p a en casa, hizo vida de bohem ia, se casó con u n n o rtea­
m ericano quien m urió en México de viruela y tuvo que pasar
m uchos trabajos p ara form ar su personalidad hasta el m om en­
to en que se reu n ió con Ju lio A ntonio.”
T in a p ren d e u n cigarro. ¡Qué irrisoria suena esa versión de
sus palabras! U na vida era como p ara tom ársela en serio, la
gente cuidaba el recuento de sus vidas con solem nidad, en
cambio a ella le arrastrab an sus días en la página roja. Le dolía
la m ención de G iuseppe M odotti, apasionado p o r los círculos
socialistas y amigo ¡qué gran orgullo! de D em etrio Canal, d i­
rector del p rim er diario socialista de U dine, Voz Libre. R ecor­
daba cómo su p ad re la cargaba en brazos en los desfiles del
prim ero de mayo p ara que viera a los obreros. De estar vivo,
¿qué diría él de que la llam aran la M agdalena Com unista?
Si a Ju lio lo habían asesinado, a ella, T ina, le pateaban la
vida, reventándosela en la banqueta. México, México cruel y
b árbaro le infligía el p eo r sufrim iento im aginable. “Si no h u ­
biera cam inado del brazo de Ju lio esa noche del 9 de enero,
no estaría yo viviendo en este infierno.”
¿Q ué insinuaban los periodistas cuando rep etían u n a y otra
vez: “Mella cayó asesinado a sus pies y ella no sufrió n i u n
rasguño”?
“Sabe más de lo que dice...” concluía Pérez M oreno.

En 1927, en la gran m anifestación a favor de Sacco y Vanzetti,


entre las cabezas de los oyentes, T in a vio p o r p rim era vez la
figura de Ju lio A ntonio Mella en lo alto de u n podium . E ra el
único o rador. “¿Viste nom ás que hom bre.m ás chulo?”, com en­
tó u n a m uchacha a su lado. Ejercía gran p o d er sobre la m ulti­
tu d porque n in g u n o lo perd ía de vista. Electrizaba. T o d o podía
p rovenir de él, sus satisfacciones y sus dolores. Su eficacia mis­
teriosa los hacía p o n er en él su esperanza. Salvaría a Sacco y
V anzetti, pero tam bién los salvaría a ellos. Pensaba p o r ellos;
ellos d irían lo mismo, de saber hacerlo. T enía la facultad de
p ensar y de com unicarse. T enía fuerza sexual: los com pletaba.
T in a se dejó ir. Este Ju lio A ntonio Mella podía responsabilizar­
se del conjunto de u n cuerpo, de la vida colectiva como la de
u n a m ujer am ada.
Al final, en tre los que se acercaron a abrazarlo después de
la ovación, T in a esperó. Q u erían levantarlo en vilo. Ju lio son­
riente no lo perm itió. C uando, p o r fin, T in a le .d io la m ano
sintió su m irada como u n bien precioso. Al verla, él la alzaba
p o r encim a del ru id o , la singularizaba.
Lo siguió viendo en la sede del partido, en El Machete, en el
café, acom pañado p o r Gómez Lorenzo, en reuniones de trab a­
jo. Ju lio A ntonio ejercía su mismo p o d er mágico de o ra d o r y
su p o d er de hom bre, ¿me perm ite darle u n abrazo?, ¿puedo
llam arte Ju a n , chico?, su exuberancia sonriente, encantadora.
Su presencia transform aba. T enía u n a visión clara de lo posible
y lo imposible. T in a se dio cuenta de que si él lo perm itía, los
com pañeros d ep en d erían de él Ju lio -e ra u n hom bre h abitad o ,
Los países de América Latina se apelotonaban en su voz, los
traía prendid o s a su garganta, resguardados en su pecho.

15 DE ENERO DE 1929

Desde la noche del 13 T in a se acuesta con la ro p a puesta, casi


sentada, su cabeza sobre las dos alm ohadas, la suya y la de
Julio. Evita dorm irse p o rq u e entonces lo busca, no p u ed e ce­
rra r los ojos sin sentir su piel, su brazo pesándole, alguna p arte
de sí mism a bajo el cuerpo de Ju lio , alguna p arte del suyo p e­
gado al de ella. A veces, a m edianoche, d esp ertab an y se b u s­
caban en la tibieza del lecho, en la d u lzu ra de sus propios
cuerpos adorm ilados.
“D ame tu m ano”, T in a se siente arrastrad a p o r u n a corriente
m arina que la ja la llevándosela hasta el fondo del océano. “Ju lio ,
me ahogo, Ju lio , no p u ed o .” Sus pies arañ an la arena. Si p u d ie ra
fijarlos en el fondo, sentiría alguna seguridad, pero el fondo del
océano, allí d o n d e se hace el silencio, es u n a región inalcanzable.
T in a despierta sum ida en su pro p ia m arejada, su g arganta
p ro d u ce extraños sonidos, la boca llena de flemas, u n a rev en ­
tazón sobre su costillar, miles de gotas de agua en su frente,
en su cuerpo cubierto de u n su d o r frío.
—A branm e, ábranm e.
De inm ediato oye u n m ovim iento en la pieza contigua. Segu­
ro la espían p o r el ojo de la cerrad u ra; corre al baño a vom itar
la viscosa baba verdosa, maligna como la ola que la revolcó.
V uelve a su cama. Al alba, el ron q u id o p en d u la r de uno de los
guardias gotea p o r debajo de la p u erta. T in a se repite u n a fra­
se que u n a noche le escuchó a Jo rg e C uesta en casa de Lupe
M arín y Diego Rivera: “T odos somos unos pobres diablos”.
• Tina en la azotea •
Fotografía de Edward Weston

I 16 DE ENERO DE 1929

T ina co m p ren d ió que busca­


ban culparla a toda costa y decidió no colaborar con jueces y
abogados. Esa m añan a en la audiencia, Luz experim entó p o r
su am iga u n a infinita curiosidad, qué fuerte, qué im previsible,
qué vida insospechada, qué m isterio de energía tras de esa
m ujer que le decía con la m irada: “Sí, Luz, aquí estoy, cuenta
conm igo”. En la m ad ru g ad a Luz había devorado las anchas
hojas del Excélsior: “¡Qué m anera de destrozar a u n a m ujer,
en cinco días la pren sa ha acabado con ella!" Ni en el sueño
más desorbitado habría im aginado a T in a desnuda, a Ju lio
A ntonio Mella tirado sobre el pasto d esn u d o tam bién. Excél­
sior decía que en tre las fotografías que la policía “recogió de
la casa de T in a M odotti se en cu en tra u n a de u n a prim orosa
chiquilla llam ada N atalia que tiene la dedicatoria: ‘Para Ju lio
de su hija N atasha’... O tro retrato hecho p o r T ina, que es
u na hábil artista de la fotografía, rep resen ta a Ju lio A ntonio
desnudo, recostado sobre la hierba del cam po, con la cabeza
recargada sobre u n brazo y en actitud de d o rm ir p ro fu n d a­
m ente y ap are n tan d o estar m u erto .” Excélsior afirm aba que
otras fotografías aú n más com prom etedoras o braban en su
p o d er y Luz ansiaba verlas. ¡Desnudos, T in a y Julio! ¿Así que
algún dom ingo en que salieron al cam po lo que hacían era
desnudarse? Al releer el artículo descubría u n a nueva cara de
Tina, algo que jam ás com entaría con ella.

Con su blusa blanca, su falda negra, sus zapatos de trabita, la


figura de T in a apaciguaba la oficina de El Machete. H asta sus
m anos eran recatadas. T in a tenía su tiem po, el tiem po en to r­
no a ella se aquietaba form ando u n a valla de silencio, hablaba
poco de sí misma, n in g u n o se atrevería a p reg u n tarle algo que
ella misma no aventurara. Algunos m iem bros del p artid o la co­
nocían m ejor, p ero en la militancia la vida privada era u n so­
brante. Luz se p reg u n tó qué sabía de su m ejor am iga y no
halló qué responderse. ¡Ay Tina! Y ahora, ¿qué hacemos? N a­
die te va a co m prender, Ju lio encontraría la form a de defen ­
d erte, pero sola, sin él, eres sim plem ente u n a desvergonzada.
Luz se retorció las manos: “¿Qué hago? ¿Qué p u ed o hacer
yo?” H abría que esp erar la publicación de El Machete p ara d i­
fu n d ir las protestas; n in g ú n otro periódico aceptaba los artícu­
los de los cam aradas. De nad a valía la indignación de H ern án
Laborde, no tenía d o n d e desfogarla.
En las veladas del p artido se entonaban cantos revoluciona­
rios a Mella, com puestos p o r Luis G. M onzón y el piso de Me­
sones hervía de g ente que coreaba a E pigm enio G uzm án,
quien entonaba Nosotros lo vengaremos con música de La Virgen-
cita. C oncha Michel, g u itarra en m ano, llevaba la voz de m an­
do. U n día, H ern án Laborde estalló:
—Bueno, y esto ¿de qué sirve? T odo el día oigo a Concha
cantar y ah o ra aquí tam bién.
—Al m enos nos desahogam os —alegó M onzón.
—Este no es u n tren p ara que vayan cantando, no estamos
m atando el tiem po...
—¡Qué mal conoces a n u estra gente!
Laborde azotó la p u erta de su oficina, p ero au n allí resona­
ban las voces.
Marco A. M ontero había com puesto el corrido de la m u erte
de Ju lio A ntonio Mella y Alfonso Sierra M adrigal otro. “¡Imbé­
ciles! A p uros corridos vamos a d efender a M ella”, se desespe­
rab a H e rn á n L ab o rd e. La talacha de los com unistas era
invisible, o no parecía ten er trascendencia alguna a pesar de
que apoyaban huelgas en el in terio r de la república y tenían
m uy buena relación con M akar, funcionario de la em bajada de
la U nión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. En los corrillos
repetían que Portes Gil estaba dispuesto a d estituir a V alente
Q uintana, pero al saber que lo exigía el p artid o com unista, to­
do quedó en rum ores, m ientras la prensa desollaba viva a T i­
na. Sola en México, sin familia, con estatus de extranjera,
¿cómo pelear contra el infundio, sin tribuna pública? El Mache­
te, m ensual; Cuba Libre volvería a circular quién sabe cuándo.
A los pies de los com unistas se abría algo más h o n d o que los
golpes, las vejaciones, la huelga de ham bre; sentían cuestiona­
da su vida privada. Los com pañeros, p o r lo general tan parcos,
tan apocados, se lanzaban: “Puedes no am ar a u n a m ujer y
am ar su cuerpo”. “Puedes no am ar el cuerpo de una m ujer
y am ar todo lo demás: su gracia, su inteligencia.” ¡Qué raro,
de las com pañeras antes no se hablaba sino en la cantina! Más
bien se les ponían apodos: “La estufita”, "La g u an g a”, “La piña
m a d u ra ”, “La p in tad a”; se hacían chistes pero en el p artido
siem pre estuvieron en segundo plano. Podían p ro testar p o r las
im prentas saqueadas, la requisa de boletines y su destrucción,
los com pañeros golpeados y encarcelados, p ero les daba m iedo
ese colchón al aire, la ro p a in terio r m anida, olfateada p o r to ­
dos, no dejaban con qué taparse. N unca nadie se había fijado
en ellas de esa m anera. Cierto que la cam aradería de la lucha
rom pía cánones, las com pañeras eran m uy jaladoras, tenían h i­
jos, ellas se hacían cargo, visitaban a los com pañeros en la cár­
cel, pero la exhibición de T ina d esn u d a en los periódicos los
encueraba a ellos.
D esde el día 12 de en ero de 1929, los periódicos eran
agendas íntimas, citas, cartas de am or. Ju lio no se llam aba
Mella sino N icanor M cPartland. B astardo y enam orado, m uje­
riego y hablador. Le había escrito desde México u n sinfín de
cartas a Silvia Masvidal. Y guapa, la Masvidal, según fotogra­
fías que El Universal desplegaba en gran form ato. Eso sí, qué
m angos tan buenos se conseguía Mella. T ina tam bién tenía
cola que le pisaran, no era n in g u n a p erita en dulce, y p o r eso
andaba p o r la calle provocativam ente indefensa. T odos podían
m eterle m ano, se la pasaban el u n o al otro, tan b u en a que
daba para m uchos, tenían derechos sobre ella —la llam ada
gran prensa se los había otorgado —; m ira, m ano, qué b u en a
está la fuereña, y los m anitos y m anos se picaban las costillas,
oye m ano, con ésta sí quiero m anito, m írale nom ás las tetas,
pásam ela m ano, con ésta sí, yo quiero con ella, después me
toca a mí, pido m ano, m ano, m ira los tiene de m anzana, m ira
que a todo dar, m ira, y apiñonada, ay negrita de mis pesares,
a todos diles que sí pero no les digas cuándo. La m ata negra,
frondosa de su sexo hacía efecto. No e r ¿uy sus-pechas los cau ­
santes de su desnudez sino es a^m átariz;idfa" esc trián g u lo que
escondía to dasJ a s ~ma r a v illas! ~¿Cu~álIcIo~s~c~hab fa "visfó u n a m a­
ta así? Algo debía hacerse, pero ¿qué? Del Com ité Fem enil de
apoyo a T in a M odotti ni sus luces. La carne de suave m ore-
nez de T ina abultaba los encabezados. Los lectores vivían u n a
novela por entregas; ju n to con su café con leche del desayuno
sorbían u n capítulo del folletín, u n pelo de su pubis se les
quedaba sobre la lengua, tocaban con los labios el in terio r de
los muslos sedosos de T ina. ¿Cómo d eten er la jau ría? Luz si­
guió hojeando El Universal ¿A quien recu rrir? H asta ah o ra, a
T in a la había sostenido la certeza de que el sacrificio de M e­
lla acercaría a m uchos a la causa, p ero nadie pensaba ya en el
m artirio de Ju lio ; el tem a era ella, la italiana, piedra de escán­
dalo. Y más que de sus ideales, los presentes qu erían saber
del tum ulto en su corazón.
Los ojos de Luz se detuvieron en u n a plana in terio r del Ex-
célsior en u n peq u eñ o encabezado: “Las fotografías de T in a
M odotti y Ju lio A ntonio Mella según varios artistas... Dicen que
no se trata de desnudos pornográficos inm orales sino de des­
nudos artísticos".
t ♦ » v
Diego Rivera y M iguel C ovarrubias m o straro n fotografías de
desnudos, academ ias, dibujos a lápiz y a tinta, reproducciones
del arte universal, “las cuales nadie absolutam ente que posea
m ínim a educación artística podría jam ás calificar de inm ora­
les". Entre otras barajaron fotos de T in a tom adas p o r W eston
en la azotea de la casa de Tacú baya.
— No —dijo el jefe de redacción —, no son ésas las fotos que
sirvieron de base p ara la opinión del editorialista sino otras.
—Q uerem os verlas.
— No estoy autorizado, es más, ni siquiera tengo acceso a ese
m aterial, el único que p u ed e enseñarlo es el señor R odrigo de
Llano, director de Excélsior.
En efecto, leyó Luz, el director de Excélsior recibió a las seis
de la ta rd e a Diego y al Cham aco y les enseñó una fotografía
de Ju lio A ntonio Mella desnudo "frente a la p u erta de u n baño
de reg ad era y que fue tom ada reglam entariam ente p ara in g re­
sar a u n club atlético de rem eros de La H abana. Ju lio A ntonio
Mella, u no de los m ejores rem eros de Cuba, debió posar p ara
esta fotografía como se hace en todos los clubes atléticos del
m undo. T om ada hacía más de tres años, antes de conocer si­
quiera de nom bre a la señora M odotti, no tenía n ad a que ver
con ella”. En cuanto a la otra fotografía —proseguían Rivera y
C ovarrubias —, la de T in a M odotti era u n d esn u d o artístico, h e ­
cho p o r el fotógrafo Edw ard W eston, hoy reconocido como el
más gran d e artista de su especialidad en América; la señora
M odotti sirvió de m odelo, profesionalm ente.
Vaya, descansó Luz, hasta que alguien la defiende.
Claro, se trataba de Diego Rivera, p o r eso lo publicaban; allí
d o n d e se paraba él revoloteaban los periodistas, después im p ri­
m ían que Diego apestaba p ero seguían zum bando en to rn o su­
yo. Desde que em pezó el acoso contra T ina, Diego se había
bajado del andam io; in terru m p ió de tajo su m ural p ara ocuparse
de T ina. Se presentaba en el juzgado, citaba a reuniones, hacía
colectas para enviar cables y movilizar, a la prensa internacional,
se hizo n o m b rar defensor del caso, pidió u n a reconstrucción de
los hechos. Desde tem p ran o se le podía ver en la calle de M eso­
nes, redactando los mensajes y aren g an d o a los com pañeros. Lo
ro deaban en la delegación, en los careos, en la redacción de La
Prensa o de Excélsior. Desde la p u erta em pezaba a h ab lar muy
alto. Vociferaba hasta p ara saludar. C uando él y Lupe su m ujer
entraban a una reu n ió n , lo hacían en forma tan estruendosa que
los llam aban “los gritones”. En casos desesperados, como éste,
los som brerazos de Diego eran bienvenidos; sólo él con su m ag­
netism o podía concertar la acción.

Con u n agresivo m ovim iento del brazo, el agente del M iniste­


rio Público, V alente Q uintana, coloca frente a T in a u n a carta.
—¿La reconoce?
La m olestia de T in a es evidente.
—¿Qué, ya tam bién ésta la leyeron?
—Sí, nos la trajo el coronel Talam antes y me pareció una
pieza interesante p ara añ ad ir al expediente.
—Pero, ¿cómo es posible? ¿Qué tiene que ver? ¿De d ó n d e la
sacó? —p reg u n ta T in a que bajo el im pacto sufre dos o tres con­
tracciones nerviosas.
—De su bu h ard illa de artista, señora. El coronel tiene m an ­
dato judicial p ara hacer requisa de docum entos y confiscó esta
carta escrita a m áquina y fechada en Moscú, el día 5 de ju n io
de 1928, para archivarla en su expediente. ¿La recuerda? Debió
usted recibirla hace poco m enos de seis meses.
—Pero esta carta no tiene nad a que ver con...
—Cómo no, señora, todo tiene que ver.
—No entiendo p o r qué mi intim idad deba hacerse pública.
—Perm ítam e, señora, usted ¿le escondió el contenido de esta
carta a Julio A ntonio Mella?
—N unca le escondí n ad a a Mella.
—Esta persona que m isteriosam ente firm a con u n a equis, ¿es­
tá en México?
—No señor, en Moscú.
—Puede usted p ro ced er a leernos el contenido de la carta,
coronel Talam antes.
El ju e z Pino C ám ara ordena: "Asiente usted las palabras de
la señora M odotti en el sum ario”, y Telésforo O cam po señala
con la cabeza que está listo p ara tom ar el dictado. T in a piensa
con h o rro r: "Ahora tam bién lo van a e m b arrar a él...”
—En virtud de que la señora M odotti se ve sum am ente can­
sada y nosotros conocemos la carta del señor X, ¿querría usted *1
hacernos u n a síntesis de ella, coronel Talam antes?
—Pues en la carta le habla cariñosam ente a la señora u n in d i­
viduo que se firm a sim plem ente “Tuyo X” y le dice que si pien­
sa em prender el viaje a Europa busque el consejo de un abogado
p ara saber si es más conveniente nacionalizarse m exicana a efec­
to de tener franco el regreso a México. Le dice que le ap en a
p en sar que ella te n d rá que trabajar p ara re u n ir el m onto de su
pasaje y que él, de no estar preso, lo haría p o r ella.
—No está preso —responde T ina con voz fuerte — es su m an e­
ra de decir que estudia en la universidad.
—Luego le recom ienda —prosigue Talam antes en tono engo­
lado — que si em p ren d e el viaje estudie la m ejor ru ta trasatlán-
tica y vaya provista de ab u n d an te m aterial docum ental de gé­
n ero fotográfico p ara v en d er en Moscú en do n d e, le dice, e n ­
co n trará u n magnífico agente comercial. Repite que busque
de antem ano la m ejor form a de sacar su pasaporte de acu e r­
do con el código de este país de los bárbaros y le dice tam ­
bién que no quisiera ven ir a México p o r no m o rir bajo las
balas de su m agnífica pistola 45. La insta vivam ente a que
em p ren d a pron to el viaje y term ina firm ándose con lápiz en
la form a ya dicha, x.
—Esta carta —am enaza V alente Q u in ta n a — la hem os descifra­
do en todas su partes. X, que obviam ente es m exicano, llam a a
su patria “un país de b árbaros” y confirm a n u estra suposición
de que la pistola calibre 45, la misma con que se m ató a Mella,
es suya y que usted, como b u en a extranjera, dispara m agnífica­
m ente. Sabemos tam bién que la P es la del p artido com unista
del cual ambos, X y usted, son fanáticos. Es más, señora, X no
sólo firm a X sino que lo hace con lápiz p ara b o rra r toda...
—O h m am m a mia —se irrita T in a —, él es dibujante y lo que
tiene a la m ano es un lápiz. La pistola era de él, me la dejó y
ya no la tengo. T o d o lo dice usted en form a am añada.
—Se defiende usted mal, señora, contrólese. P o r más penoso
que le resulte es su obligación colaborar con la ley.
—Pero si no he hecho más que eso, p ed ir que se le haga
justicia a Mella.
Al día siguiente todos los periódicos hablan del misterioso
señor X y hacen conjeturas. En El Universal, José Pérez M oreno
escribe:
“Este suceso viene a sum arse a ciertas am arguras de su ro ­
m ance personal, pues parece que estuvo en am o rad a de u n p in ­
to r de apellido Orozco, com unista que se en cu en tra en Moscú
estu d ian d o arte com unista. Se afirm a que T in a sintió p o r
Orozco, que le fue p resentado ju n to con oíros jóvenes com u­
nistas, u n a pasión vehem ente, sólo que el am ado partió de Mé­
xico y ella q u ed ó sem iab an d o n ad a, so sten ien d o sólo u n a
cariñosa correspondencia. C uando conoció a Mella, llegó la úl­
tim a carta de Orozco y como el estudiante cubano era u n tipo
interesantísim o, todo acción y todo nervio, la joven italiana sin­
tió a su vez la atracción poderosa que se d esp ren d e de los se­
res fuertes... Y se enam oró de Mella, Por eso no se hizo el
ánim o de reunirse con Orozco.
“Es alred ed o r de este rom ance de T in a M odotti sobre el que
gravita la posibilidad del crim en pasional. ¿Podrá la policía e n ­
contrar el nexo que hay en tre esta historia rom ántica y el san­
griento suceso de la calle de A braham González?”

Q ué distinta es la M odotti de las m ujeres que conozco, piensa


José Pérez M oreno. Al levantarse en la m añana siente ganas de
verla; sus respuestas son amistosas, directas, da gusto escuchar­
la y más aún m irarla. ¿Cómo será vivir con u n a m ujer así? Las
de su familia son abnegadas. Por más tard e que llegue le sir­
ven su m erienda y se qu ed an ju n to a él: “¿Te sirvo más? ¿Q uie­
res otro cafecito?” T in a p reg u n ta ría sin sum isión, alegaría,
opinaría. Ellas, apocadas, no dicen esta boca es mía. T enues, se
deslizan sin ser notadas. O apenas. Padecen la vida, eso es, p a­
decen al hom bre y aguardan. T in a deja en trev er u n a ab u n d a n ­
cia de vida apenas refrenada. E ntra en una pieza con su paso
enérgico y los dem ás le sonríen sin darse cuenta. Pérez M ore­
no desea ardien tem en te ese encu en tro en el juzgado. ¡Qué bo­
nita mujer! Y qué bonito su m odo, p o r desusado, au n q u e lo
inquiete sobrem anera. Sólo con verla intuye que es u n a m u jer
que verdaderam en te sabe am ar a los hom bres, sin resentim ien­
to, sin com pasión, sin asco. Los ama, y ya. Los asum e, son car­
ne de su carne.
Pérez M oreno ha tom ado el caso con ard o r. No deja de
p ensar en su form a de en cen d er u n cigarro, de echar p ara
atrás la cabeza, de resp o n d er con fiereza, extrañ o brillo el de
sus ojos negros. "N adie cam ina como T in a M odotti", oyó d e ­
cir al com unista Ju a n de la Cabada. T o d o le gusta de ella, su
pelo fuerte, sus ojos, su cinturita, la curvatura de sus labios
llenos. D etalla cada u n a de sus p ren d as, el cam bio en su
atuendo.
“Vestía u n a falda corta negra, u n suéter gris ceñido p o r u n
cinturón negro, medias de color hum o y u n som brerito de te r­
ciopelo negro con u n ad o rn o de dos cerezas de plata.”
“En su rostro notam os huellas de cansancio; quizás pasó una
noche de insom nio.”,
"T ina continúa vigilada p o r agentes, que la acom pañan a to­
das partes y d u erm en en u n a habitación contigua a la suya.”
“Este caso va más allá de las basurillas de com isaría y tiene
toda la em oción de u n a novela p o r entregas.”
Es T in a quien trasto rn a cánones; riene el it, el sex-appeal
que a él lo hace vivir días plenos, días que lo excitan. No es
sólo g an ar la noticia, es ella. Su visión de la M odotti gusta a
los lectores; así lo manifiestan las llam adas telefónicas, las car­
tas y la circulación en aum ento desde el 12 de enero.
En la mesa del jefe de redacción se apilan los periódicos. De
pronto, ve el encabezado de La Prensa-. “Form idables declara­
ciones de Diego Rivera en torno al asesinato de Julio A ntonio
Mella”.
“C hin, ya me ganaron la noticia”, lee con el pulso acelerado.
“Diego Rivera hizo serios cargos. Cree el discutido p in to r que la
investigación de la policía en to rn o al asesinato de Mella ha sido
desviada." Pérez M oreno devora las palabras de Diego; al term i­
n ar suspira tranquilo. Coincide con lo que él ha escrito. Diego
habla del papel activo de Mella contra la tiranía m achadista y el
im perialism o. En cuanto a M agriñá, más de doce testigos de su
pasado p u ed en afirm ar que es un ta h ú r y u n m atón de oficio. En
M éxico, actúa como agente político provocador.
—Pérez M oreno, teléfono.
—¿U na nueva pista? Claro, allá voy.
Si se trata del asesino, T in a qu ed ará limpia, recobrará su li­
bertad. Entonces, cuando ya no la vigilen, la invitará a u n café
p ara conversar con ella, verla a sus anchas.
En el juzgado, ve a T ina sentada en u n a banca ju n to a la
flaca de pantalones. Sobre el escritorio d esnudo de papeles del
ju e z Pino C ám ara destaca u n sobre am arillo.
—Mire, Pérez M oreno —dice Telésforo O cam po —, en el cateo
practicado p o r la policía judicial fue hallado en la pro p ia casa
de la M odotti el plano.
—¿Qué plano?
—El recorrido exacto de la víctima la noche del crim en.
—¿Cómo está eso?
—Los agentes requisaron cartas, misivas am orosas, papeles,
aho ra en custodia del juzgado. Los exam inam os con todo cui­
dado y en este sobre com ún y corriente con la dirección de
T in a M odotti: “A braham González 31”, está trazado u n plano
de las calles con el trayecto de Bucareli a A braham González.
U na cruz m arca precisam ente el núm ero de su casa.
—¿Y qué?
—Q ue ella lo planeó todo; la interro g u é y reconoció el sobre
como suyo. Dijo que la letra era de Mella y que él mismo d i­
bujó en la p arte de atrás u n plano p ara que el m ensajero p u ­
diera llevarle a su casa u n recado.
—¿Y eso qué?
—T in a condujo a la víctima p o r estas mismas calles. Se con­
tradice continuam ente; al principio dio u n nom bre falso, hizo
creer a la justicia que era gringa y que su nom bre era Rosa
Smith Saltarini.
—El plano en el sobre no es p ru eb a suficiente. Puede tra ta r­
se de cualquier recado, como ella lo afirma.
—No esté tan seguro, Pérez M oreno.

T ina está fuera de sí. ¿Cómo es posible que violen su corres­


pondencia, divulguen sus cartas personales? Hace u n m om ento
protestó ante el juez: “Soy hija de trabajadores pobres de Ita­
lia; pero nu n ca abrim os cartas ajenas”. Ju lio n u n ca la in te rro ­
gó: “¿A quién le escribes, qué le dices?” R ecuerda u n a frase de
su p adre a propósito de m eter m ano en lo ajeno: “En el delito
e^lá ^L-castígo— Aquí en el ju zg ad o no sólo divulgan su intim i­
dad sino que Pérez M oreno y toda la p ren sa m exicana la in ter­
p retan a grandes letras a su m odo, la envilecen.
Algiana vez Ju lio y ella ju g a ro n a leerse sus más secretos p e n ­
samientos, p ero en ese ju e g o hubo p u d o r, n u n ca se hirieron.
A hora la prensa vomita su vida privada distorsionándola, la
revuelca a gritos procaces en las barriadas más encanalladas, lo
herm oso, como aquel día en el bosque del D esierto de los Leo­
nes en que Ju lio se adorm iló d esnudo y ella lo fotografió, se
vuelve ahora soez.
Al p rim er rayo de sol, Ju lio y ella se desp ren d ían de su ropa
y la dejaban ju n ta , de suerte que al volver a vestirse, T in a se
ponía los calcetines de Ju lio y corría, corre conejo de patas
azul m arinas y él la perseguía p ara quitárselos. T in a siem pre
ju g ó encuerada, en la azotea con W eston cuando se bañaban
en los tinacos a im itación del Dr. Atl; nunca le preocupó la
desnudez, hacían com petencias a ver quién se quitaba la ro p a
prim ero para después bailar, libre de ataduras, botones, cue­
llos, cordeles, ganchos, los brazos en alto, sus senos colum pián­
dose al aire, com o dos peras. A lguna vez Ju lio y ella se
contaron tím idam ente su vida de adolescentes; pero ahora, en
los sórdidos diarios mexicanos, parecía que se h u b ieran relata­
do cuentos de terro r; se desplegaban a ocho colum nas conver­
tidos en ratas, culebras, alacranes de dardos ponzoñosos que
se pican el u no al otro.

Desde que Excélsior publica el diario de Julio, T in a se siente


peor. El del diario es su Julio, pero tam bién es otro; es su
hom bre, pero tam bién fue de otras. Los acentos apasionados
le suenan familiares, pero no le están dirigidos. Ju lio jam ás le
contó de Silvia Masvidal —quizás la había olvidado —, ni de
Edith; de la única que hablaba era de Olivín, su m ujer, y eso
en relación al divorcio que les perm itiría casarse. Hacía tiem po
que Olivín había dejado México con su hija, N atasha. Silvia
Masvidal, explica Excélsior, fue u n a de las novias a quien más
amó, pero como ella hubo otras: Edith, M argarita, Olivín, su
m ujer, y T ina, su últim a am ante.
Excélsior no aclara que el diario se rem o n ta a 1920, nueve
años antes del asesinato y T ina, como los ávidos lectores, cae
en la tram pa, abre el diario en cuya tapa se lee Lest use forget,
con sus días fechados en inglés.
Excélsior se lanza, triunfante: "La em otividad palpita en cada
una de las páginas p o rq u e parece que no podía estar sin ser
am ado”. Su filosofía erótica es algo m uy personal, e n cambio
su filosofía de acción se com pendia en este pensam iento: “La
v erd ad era felicidad no consiste en ten er todo cuanto se desea
sino en desear cosas que no se tienen y en lu ch ar p o r conse­
guirlas”.
“...T arde me levanté, no hice casi nada. Le puse u n cable a
Silvia, ¡oh, qué d u ro es no saber de ella! Por la tard e estuve
rem ando en C hapultepec. T riste estuve pues sólo pensaba en
lo feliz que sería con ella a mi lado en esta puesta de sol cuyos
tintes m orados m e recu erd an sus ojeras grandes y m isteriosas.”
T in a no sabía que J ulio tenía u n a foto de la Masvidal en tre
sus papeles.
(Tam bién a ella, T ina, le hablaba de sus ojeras.)
T in a m ira p o r la ventana. A veces cuida la esquina desde su
ventana y la gente en la calle jam ás levanta la cabeza. Cada
quien va a lo suyo. Dio su vida, piensa T ina, en esa banqueta
está su sangre, se llevan su sangre en la suela de sus zapatos
sin darse cuenta.
“Las m em orias de Ju lio A ntonio Mella obtenidas exclusiva­
m ente p o r Excélsior, h an d espertado vivo interés. N uestro éxito
periodístico no sólo deriva de publicar los íntim os ap u n tam ien ­
tos del célebre huelguista de ham bre, sino de que las páginas
del diario son valiosas intrínsecam ente... Si Ju lio A ntonio se
hubiera p ro p u esto u n libro p ara el público no h u b iera logrado
interesar tanto como sus frases cortas que tan adm irablem ente
retra tan sus estados espirituales.”
¿A quién estuvo destinada esta inform ación confidencial? La
invade el sentim iento de hab er q u edado fuera. T o d a esa vida a
ella no le ha tocado. La descripción de su ro p a levanta u n a n ­
dam iaje m uy frágil, m uy lejano; flota al viento como la ropa
lavada en las azoteas; allí está la camisa de Ju lio , su abrigo gris;
cuelgan en u n mecate que va de u n clavo al otro, su camiseta,
el calzón m orado, el suéter, los calcetines, p u ed e contem plar
las prendas a solas, ver como nunca antes las fotografías que le
tomó. ¿Y éstas que n u n ca tomó? Se sobresalta. Jam ás le enseñó
su diario ni esta carta, ni esta otra, ni la credencial que Excél­
sior rep ro d u ce con tanta fidelidad. La dejaron fuera del ju eg o ,
como en U dine de niña, u n a vez que salieron al río a bañarse
y no la esperaron. Se siente igualm ente traicionada. ¿Por qué
no me lo dijo? ¿Por qué no me lo enseñó? No sabe quiénes
son las personas que envían sus condolencias, o la m ujer que
la tomó del brazo al salir del ju zg ad o p ara decirle: “Yo viajé
con él a V eracruz; sabe usted, yo iba a ser su enlace, tengo la
posibilidad de ir y venir de Cuba cuando me lo o rd e n a n ”. T ina
se apartó defensiva, los enlaces no suelen ser com unicativos.
Al mismo tiem po que la agrede, Ju lio ejerce sobre ella u n a
fascinación agotadora. ¿Q uién es? Su im agen la abrum a. Re­
construye sucesos de su vida diaria en u n intento p o r recu p e­
rarlo, los desm enuza y luego no en cu en tra la p u n ta; Ju lio de
pro n to es u n extraño. Hace u n esfuerzo p o r ap artar esta vi­
sión: Ju lio con Silvia Masvidal, Dio, que se deslice otra im agen
en su lugar, Ju lio cam inando con ella. No la calle, no, ni la
calle, ni la banqueta, ni la oficina de cables. ¿Q uién fue Julio,
en realidad? Resulta que decenas de hom bres y de m ujeres
han viajado con él, com partido con él. ¿No le gritó encorajina­
da Belén Santam aría que ella, T ina, era sólo u n eslabón en su
vida p orqu e él, destinado a grandes cosas allá en su isla, desde
luego las haría sin m ujer? N ingún casado o arreju n tad o podía
encabezar u n proyecto tan vasto como la liberación de Cuba;
Julio, ése sí, tenía la talla de u n líder continental, saldría a C u ­
ba como hom bre solo, solo, ¿com prendes, chica? Solo con los
suyos, los cubanos, cu-ba-nos; cum pliría su misión libertaria;
forzosam ente T ina tendría que desaparecer. ¿O qué, no sabía
de la grandeza de su misión?
A hora ya no está Ju lio ju n to a ella p ara calm ar, restar im ­
portancia; sola recibe la em bestida. Probablem ente Sandalio,
A lejandro B arreiro conozcan su vida. La fu tu ra, ¿cómo habría
sido? ¿Cabía T in a en ella? Ju lio le dijo que vivirían en su isla y
T ina aceptó com partir su suerte. U na vez derrocado el Musso-
lini tropical, él construiría la nueva C uba socialista, a ejem plo
de la revolución rusa. Integraría u n trib u n al an tim p en alista
centroam ericano y del Caribe, rom pería con los Estados U n i­
dos, daría a los cam pesinos escuela, m edicinas, todos com erían
lo mismo; los cubanos ap ren d erían a bastarse a sí mismos, h a­
rían su propia ciencia y su tecnología, hasta cám aras fotográfi­
cas fabricarían. Sí, T ina, filmarás en las calles de La H abana,
ro d ead a de tus alum nos, cine del pueblo y p ara el pueblo; ya
verás T ina, sí, mi am or, verás qué país es mi país, harem os el
am or, m añana, tard e y noche, las artes serán como las grandes
flores rojas del flamboyán, los pétalos sobre tu pecho, los p éta­
los de tus labios encendidos a la ho ra del am or, n u estra isla
está d eten id a p o r la luz en los ojos de las m ujeres, en Cuba
hacen falta tus ojos, como a m í tu saliva, tus glándulas, tus
secreciones, tu linfa, las lágrim as de tus ojos.
Agotada, m ojada, se revuelve en la cama, u n quejido de d o ­
lor acom paña su m ovim iento, ¿sólo a ella le han sido concedi­
das las im ágenes del am or? ¿Tam bién a otras las am ó en esa
forma? Ella sólo lo ha am ado a él, con esa ansia, con ese im ­
p u d o r, abriéndose toda, sólo a él. M uchas tardes, al separarse
en Ja calle, T ina se sentó en u n a banca de la C iudadela, antes
de llegar a la calle de Mesones. Lo am aba tan fuertem ente que
aislarse de él era su salvavidas. El am or de anoche en ese m o­
m ento daba u n vuelco en su bajo vientre. Se ponía a tem blar;
invocaba la sonrisa de después, sus labios com bados, el cabello
sobre su frente, sus piernas pesándole, sus m anos en to rn o a
su espalda, su nuca, su cintura. Casi p u ed e p alp ar su boca so­
bre la suya, Ju lio encim a de ella; sí, Ju lio , sí, convulso, desha­
ciéndose en espasm os; sí, Ju lito , sí. En esa banca, p o d ía
recogerse a sí misma, recobrar las horas, repasarlas u n a p o r
una, ¡ay Julio! Amó a W eston, su m aestro, pero n u n ca así, n u n ­
ca con esa urgencia, ese d olor aprem iante. Creo que no voy a
p o d e r trabajar, se repetía. Era tan b ru tal la atracción que ejer­
cían u no sobre otro, que T in a se atontaba, a riesgo de caerse.
V erlo e n tra r a la redacción de El Machete y sentir el conocido
golpe en su bajo vientre, quedarse sin aire, resollando, sus e n ­
trañas jadean tes; el pálpito en sus m anos, en las yemas de sus
dedos, el pulso latiéndole; estoy loca, desear a u n hom bre en
esta form a es brutal. T odos h an de darse cuenta. T en g o fiebre,
todos los días deliro. Fui u n a m ujer norm al; hoy ya no sé h a ­
cer n ad a sino esperarlo.
—Oye T ina, te saltaste los renglones, m ira, el texto es in ­
com prensible.
N ada com prendía sino los gestos de Ju lio , las m anos de Ju lio
sobre su cuerpo. H abía reducido todas sus funciones a u n a so­
la, am arlo. Se quedaba en blanco frente a la m áquina, oyéndo­
lo d en tro de ella, el deseo doblándola.
—¡Ay, estas italianas! Vas a ten er que volver a pasarlo todo
en limpio.
—Bene, bene... —su voz no provenía de ella mism a sino de
su tem blor interno.
A la m edia hora, T in a abandonaba la banca del p arq u e y
mal que bien se iba a Mesones. T odavía entrecerrab a los ojos
para im aginarlo cam inando hacia ella, abría los brazos p ara re ­
cibirlo, y luego confundida se apresu rab a a El Machete. A lo
m ejor term ina antes y pasa p o r mí.* A dentro, en la redacción,
la p u e rta que antes no notaba ah o ra la hacía sobresaltarse; voy
a m orir del corazón, adivinaba los pasos, es Ju lio , no, es Ro­
sendo Gómez Lorenzo, no, es Rafael Carrillo. Y seguía acu m u ­
lando errores. ¿C uándo vendrá? Me duele el corazón, voy a
m orir. Ya se le hizo tarde. ¿Q ué le hab rá sucedido? ¿Q ué me
sucede a mí? N unca me había pasado. Me estoy m u rien d o p o r
él. A veces hacían el am or como en u n ju e g o y los objetos
ro d ab an en to rn o a ellos; la cam a misma, las sábanas y las co­
bijas adquirían u n a calidad risueña, se volvían niñas; todas eran
plum as como las de la alm ohada. A veces, Ju lio en trab a grave
y entonces las cobijas no bailaban ni se iban al suelo. H abía
algo desesperado en su h u n d irse en ella, como si p reten d iera
ir más lejos que ella. T in a u n a noche lo oyó sollozar, su queji­
do la despertó y lo tom ó en tre sus brazos, su cabeza en tre sus
senos, anidándolo, hasta que el deseo regresó; Mella asido co­
mo náufrago a su cintura, jalán d o la hacia abajo, su nom bre u n
solo lam ento: T ina, T ina, T ina, Tinaaaa. Y de nuevo las lág ri­
mas sobre su hom bro. N o p ren d ió la luz p o r p u d o r, ni se a tre ­
vió a m ira rlo ; sin tió el lla n to , y d ejó q u e éste sa lie ra
acariciándolo en form a suave, ya, ya, ya.
Al día siguiente, en la recám ara, u n a luz am arilla, tibia, iba
avanzando sobre el lecho; alum bra nuestros pies, ahora sube
p o r nuestras rodillas. C uando llegaba al vientre, Ju lio d esp erta­
ba. Ya no era el h om bre de la noche anterior; am anecía al
m undo, al sol y a la transparencia del aire; el día venía a su
encuentro y de nuevo hacían el am or, reían, pegosteados, h ú ­
m edos u n o del otro, las piernas blanqueadas de sem en, sánda­
lo, almizcle, sudor, sus pieles resbalaban abrillantadas y Ju lio se
venía en u n borbotón que lo hacía aventar las sábanas. Si T in a
corría al baño, corría él a alcanzarla, o tra vez.
Era la calidad de la luz, la form a en que iba ganando espa­
cio sobre el piso, su avance sobre los m uros encalados, la que
daba al am or de la m añana su asentam iento. Se instalaban en
el día, en la vida, el u n o en el otro, la piel encim ada, la piel;
encontrada. “T enem os la misma superficie” reía Julio. Tene-I
mos el mismo perím etro. La misma boca. Acababan ju n to s. Sei
confundían. El vientre sobre todo. U no solo. Atados. Después
hasta les era difícil no quitarse la com ida de la boca, no lo
tragues, espéram e; cuando Ju lio levantaba su taza, T in a lo h a­
cía instantáneam ente, uno, tú y yo, uno, com ían del mismo
plato con los mismos cubiertos, el mism o bocado p o r sus gar­
gantas, lo otro h u b iera sido inconcebible.

En la p en u m b ra del am anecer, T in a recu erd a el m ar de Julio:


“Sabes T ina, no hay u n a sola ola que se parezca a la otra; así
es el Caribe de diverso”, y Julio m uestra al sol la sonrisa de sus
dientes blancos. Así sonriendo, los cabellos encrespados, debió
subir por la escalinata del Vorovski. Ju lio en la cubierta del Vo-
rovski es u n a visión deslum brante, la obliga a cerrar los ojos, su
vista es ahora u n caleidoscopio. Por p rim era vez u n barco ruso
ancla frente a La H abana. Ju lio organiza la bienvenida, festejos
a los m arineros, pero M achado, “el pelele”, tem eroso de dis­
gustar a los yanquis, prohíbe su desem barco. “¿Te im aginas mi
coraje?” El Vorovski navega hasta la costa de M atanzas a cargar
azúcar y allá van a verlo en u n a pequeña barca de rem os Ale­
ja n d ro B arreiro, Peña Vilaboa y Mella. “Total, soy el p rim er
cubano en pisar territorio ru so .” N unca h an visto a u n ruso,
m ucho m enos a veintidós. Al despedirse de noche cu ando ya
se h an encendido los faroles a b ordo, la tripulación en to n a el
him no de los oprim idos del m undo: La Internacional. Los tres
cubanos cantan en español, tres contra la cadencia y el vigor
de veintidós tovarich. A m edida que se alejan, las luces se van
achicando, las ven bailar en el horizonte m ucho tiem po. C u an ­
do llegan a C árdenas, la luz roja del Vorovski es u n p u n to en la
noche y em pieza a llover. “Fíjate, mi am or, qué intenso debe
ser este recu erd o que todavía tengo ese pequeño p u n to rojo
en la m ente.”
En T ina, el p u n tito rojo se ha convertido en u n a bola de
fuego acrecentada p o r las sesiones en el ju zg ad o en que se exa­
cerba su atención p ara en co n trar al asesino de Julio. Pero las
noches son m uros de agua salobre que le caen encima, gol­
peándola u n a y o tra vez. R espira hondo, T ina, respira.

A cambio de sus recuerdos, T in a sostiene u n telegram a envia­


do desde N ueva Y ork p o r Cecilio M cPartland: “N om bre p ad re
mío, sinceram ente hago votos profundos g ratitu d m uestras in ­
dignación pueblo m exicano, asesinato mi h erm ano Ju lio com e­
tido esbirros dictad u ra M achado. H ago llam am iento espiritual
ju sto y revolucionario. México cooperó gobierno cum plim iento
justicia reivindicación sagrados derechos generosa hospitalidad
violada ante fascismo cubano. Cecilio Mella".
•Xavier Guerrero»
Fotografía de Edward Weston

17DE ENERO DE 1929

C onteste a mis p reguntas, diga


usted, ¿en qué fecha conoció a Ju lio A ntonio Mella?
—D urante la cam paña de Sacco y V anzetti, pero no lo traté
personalm ente.
—¿En qué fecha la req u irió de am ores?
—El año pasado en el mes de ju lio ; le co rresp o n d í en sep ­
tiem bre. Sólo alcanzam os a vivir ju n to s cuatro meses,
—¿No tenía usted relaciones con n in g u n a otra persona?
—Ya le dije que al escoger a Mella me desligué d e u n com ­
prom iso anterio r.
—¿D ónde conoció a Xavier G uerrero?
—En Los Ángeles, Fue enviado p o r la secretaría de in dustria
a u n a exposición de artes.populares, en 1923, antes de que me
instalara definitivam ente en México.
—¿Sabía usted que él era com unista?
-S í.
—¿Amaba usted a G u errero y a Mella?
—No al mismo dem po.
—El 8 del mes pasado ¿hacía usted vida com ún con Mella?
-S í.
—Y usted recibió el din ero del otro. E ntre sus papeles e n ­
contram os este mensaje de Moscú, fechado hace u n mes. Dice
así: “Particular: Muy estim ada señora, en nom bre del m inistro
D enegrí tengo el gusto de rem itirle adju n to u n cheque sobre
N ueva Y ork p o r la sum a de veinticinco dólares, mism os que
m e e n tre g ó p ara usted, su esposo y am igo mío, el señor Xavier
G uerrero. De usted atto. y ss. O rnar Josefe, agregado com ercial
de las delegaciones de México en A lem ania, H olanda y la
URSS".
U n ru m o r se levanta en la sala. Q u in tan a lo rem o n ta con la
voz.
—U sted es la señora G uerrero, su m arido está en R usia y
usted acaba de decir que no tenía n in g u n a o tra relación.
—Seguram ente el mismo O rnar Josefe m e puso señora de
G uerrero p ara facilitar las gestiones. La correspondencia en tre
com unistas es difícil.
—¿G uerrero la m antenía m ientras vivía usted con Mella?
—'Xavier m e envió estos veinticinco dólares p o r delicadeza;
yo le ayudé a p ag ar su pasaje a E uropa, no sólo p o r él, sino
p o r la causa. Siem pre fue b u en o conm igo.
—U sted viviendo con M ella ¿m antenía a G uerrero?
—H e dicho que lo ayudé en esa ocasión.
—Y usted ¿le contó a Mella sus relaciones con G uerrero?
—Q uise ser sincera tan to con él com o con G u errero . Lo que
M ella n o supo fue la lucha que tuve que librar p a ra resolverm e
a vivir con él. Esos meses de vacilación él los in terp retab a co­
mo falta de am or o de coraje. N o es que a ú n quisiera a G ue­
rrero , es que no podía herirlo; y esperé, p o rq u e quería que él
lo supiera antes de...
T in a se m u erd e los labios. O tra vez, está hablando de más.
—Sí, ya nos dim os cuenta de que hace sufrir a sus hom bres,
señora, ya leimos la carta que el occiso le envió desde V era-
cruz.
—Eso es mi vida privada.
¡Qué mal estaba Julio entonces, cuánta angustia en su escri­
tu ra nerviosa! “Si no, explícame. ¿Qué am or es éste que sólo
me lleva a la desesperación?”... “T e quiero serena y tem pestuo­
sam ente, como te he dicho varias veces, como algo definitivo
en esta vida...” “Q ue me amas y que serás mía. Pero ¿cuándo?
¿cómo? ¡Nada! O h, Tina, ¿es ju sto esto?”... “Si me amas ¿con
qué derecho y en nom bre de qué me haces u n d olor vivien­
te?”...“Por la vergüenza de que te vean conm igo o, como dices,
p o r no darle qué sentir a él, ¿tanto te interesa todavía?’’... “La
fantasía de tu viaje que no se p u ed e tom ar en consideración...”
“T ina, no está en mí suplicarte, pero en nom bre de lo que nos
am am os dam e alguna cosa cierta que no sea hum o... Me asfi­
xio.” “TÚ NO DEBES SABER NADA ¿com prendes?” Q u in tan a le
espeta:
—A quién le vamos, ¿a Xavier G u errero o a Ju lio A ntonio
Mella?
—¿Cuál es su intención, Q uintana? —responde airada.
—No tengo otra que en co n trar la verdad. Cae usted en con­
tradicciones; se desdice en más de u n a ocasión.
—U sted p rete n d e po n erm e tram pas. Vuelve sobre sus p re ­
guntas; son insidiosas.
—Señora, aquí no tratam os lo que sea de su gusto. Diga:
¿qué ideas políticas tenía G uerrero?
—Era y es com unista, afiliado al partido com unista de México.
—¿Q uién cree usted que haya tenido ideas más firmes sobre
el com unism o, Mella o G uerrero?
—A m bos.
—T en ien d o relaciones íntim as con uno, ¿no lo ultraja si se
escribe de am or con otro?
-S í.
—¿Le tenía usted gran cariño a G uerrero?
—En su época, sí.
—U sted, ten iendo relaciones con Mella, ¿creyó b u en o recibir
regalos de otra persona?
—O h sí, de amigos.
—Me refiero a personas que tenían intenciones am orosas h a­
cia usted. ¿Es honesto, lícito o m oral recibir esas dádivas?
—Si yo hu b iera sabido que las hacían con u n fin am oroso e
interesado, no las habría aceptado; pero hay m uchas m aneras
de ofrecer u n regalo.
—¿Puede usted afirm arnos si G u errero le profesaba gran ca­
riño?
—Sí, pued o afirm arlo; pero el am or que tenía p o r mí era
inferior al fundam ental en su vida: la revolución; estaba dis­
puesto a sacrificarse p o r ella.
—¿Cree usted que cuando u n a persona siente g ran cariño
p o r otra p u ed e sacrificarla p o r u n a idea?
—Si la persona es digna, sí. El am or en los revolucionarios
está relacionado con sus ideales políticos.
—C uando com enzó a ten er relaciones íntim as con Mella
¿rom pió usted p o r com pleto con G uerrero?
—Sí, no, es decir, seguí enviándole sem anariam ente p erió d i­
cos para sus actividades, sólo la prensa; me pidió que lo tuvie­
ra al tanto de la política en México.
—¿En qué form a tuvo lugar el rom pim iento en tre usted y
G uerrero?
—Por una carta que le m andé en agosto o principios de sep­
tiem bre; el correo a Moscú tard a en llegar unos veintitrés días.
Recibí la respuesta p o r conducto de u n a persona, p o rq u e co­
m o era m uy conocido como com unista, tem ió que no la p a­
saran.
—Después, ¿recibió usted d inero de su parte?
—Sí; ese cheque p o r veinticinco dólares, lo rep artí en tre am i­
gos pobres. La situación de Xavier nunca fue buena, no g an a­
ba casi nada.
—¿Y la suya?
—Siem pre he tenido escrúpulo de que n in g ú n hom bre me
dé d in ero y p o r eso trabajo.
—¿Alguna vez se separó Mella de usted p ara hacer algún viaje?
—Fue varias veces a V eracruz, a Puebla, a Atlixco y a otras
poblaciones como defensor obrero; a D urango, como re p re ­
sentante de la Liga Nacional de Campesinos.
—¿Relató a Mella sus relaciones con G uerrero?
—Sí, ya lo dije, desde el p rim er m om ento.
—¿Qué conducta observó G u errero con usted en la in ti­
midad?
—Ya le dije que era tierno.
—¿Reconoce usted esta carta? —V alente Q u in tan a se acerca a
mostrársela.
—Es de Julio Antonio, me la envió de V eracruz. ¿Vamos a
tra ta r de nuevo este asunto? ¿O tra vez?
—Señora, estamos investigando un asesinato. Esta carta la fir­
ma N icanor M cPartland. ¿Q uerría usted explicarm e este p á rra ­
fo?: “T ú sabes que conm igo no tendrás n ad a que tem er”.
—Yo estaba nerviosa, indecisa, no me resolvía a ser su com ­
pañera. Para él resultó inexplicable que lo hiciera esp erar m e­
ses, le dio otra interpretación a mi rechazo. Pensé ir a Moscú
para hablar con G uerrero. Ju lio creyó que al ver de nuevo a
G uerrero, optaría p o r él. D urante u n a sem ana en que Mella
estuvo ausente p u d e pensarlo bien y resolví corresponderle.
—¿Conocía usted los trabajos políticos secretos de Mella?
—Secretos, no.
—Entonces explíquem e tam bién esta frase: “Lo que tú sabes
no quiero que lo sepan o tro s”.
T in a siente u n a ag u d a p u nzada en el vientre, la ausencia de
Julio.
—H abiendo m uerto él, ya p u ed o decirlo. Ju lio viajó a V era-
cruz con la intención de e n tra r a Cuba para hacer la revolu­
ción, p ero no quería que se supiera.
(Alguien dio el pitazo y los com pañeros de la ANERC volvie­
ro n de V eracruz con los ojos derrotados, encogidos de h o m ­
bros. V ivieron días de duelo. T in a acogió a Ju lio en su abrazo
y sintió sus lágrim as sobre su hom bro. A hora vuelven a escu­
rrir, le m ojan el cuello, bajan sobre su pecho, “oh J u lio ”, co­
rre n m ientras V alente Q u in tan a p reg u n ta agresivo:)
—¿Q uería hacer la revolución nada más en Cuba? Dése cu en ­
ta, señora, de que buscando un hom icida hem os encontrado
u n conspirador.
—N ada más en Cuba.
—¿Cómo explica usted este otro párrafo?: “Ya había hablado
de mis planes: Cuba o A rgentina pero n u n ca M éxico”.
—En México hay m ucho nacionalism o, el terren o no es p ro ­
picio; en cambio A rgentina sí, porque allá hay m uchos ex tra n ­
jeros.
—Si usted no le correspondía a Mella, ¿cómo daba Mella como
u n hecho el que usted se fuera a C uba o a A rgentina con él?
—Esto era en caso de que yo le escribiera a V eracruz, corres-
pondiéndole.
—¿Tenía usted tem ores de que G u errero regresara de Moscú
intempestivamente?
—No regresaría antes de dos años. Eso dijo él.
El ju e z Pino C ám ara trata de abreviar:
—C uando se fue G u errero ¿tuvo usted otros preten d ien tes
antes que Mella?
—Ninguno.
—¿Fue la carta que Mella envió desde V eracruz lo que la d e ­
cidió a escribirle a G u errero a Moscú?
—No, su sufrimiento.
La voz del coronel Talam antes resuena en el juzgado:
—“X, no hay d u d a alguna que ésta será la carta más difícil,
más penosa y más terrible que yo habré escrito en toda mi
vida...”

T ina ya no escucha, sólo recu erd a con qué ansiedad la escri­


bió: “X. No hay d u d a alguna de que ésta será la carta m ás difí­
cil, más penosa y más terrible que habré escrito en to d a mi
vida; h e ta rd a d o m ucho antes de escribir, p rim ero p o rq u e q u e­
ría estar bien segura de lo que te voy a decir, y segundo, p o r­
que sé de antem ano el terrible efecto que esto ten d rá sobre ti.
“Necesito de toda mi calma y de toda mi serenidad de espí­
ritu para exp o n erte mi caso claram ente, sin am bigüedades, y
sobre todo p ara no dejarm e em ocionar, lo que sería inevitable
si me pusiera a p en sar lo que p ara ti rep resen ta esta carta.
“X, a veces, cuando pienso en el d olor que te voy a causar,
m e parece ser u n ser m onstruoso más que u n ser hum ano; y
no d u d o que tú sí pensarás esto de mí. O tras veces m e veo
como un p o b re ser víctima de u n a terrible fatalidad y con u n a
fuerza oculta que a pesar mío m e hace o b rar como obro en la
vida. P ero soy yo la p rim era en rechazar estos factores: ‘fatali­
dad o fuerza oculta’, etcétera. Entonces ¿qué queda? ¿qué es lo
que soy? ¿Por qué obro así? C reo sinceram ente te n er senti­
m ientos intrínsecos buenos, y h ab er buscado el bien p ara los
otros antes que p ara mí, no ser cruel p o r serlo —p ru eb a está
que cuando lo tengo que ser como ah o ra contigo yo sufro más
que tú tal vez, p o r sus consecuencias.
“Pero ya es tiem po de que te diga lo que debo decirte.
Q uiero a otro hom bre, lo quiero y él m e quiere a mí, y este
am or ha hecho posible lo que creía que nunca p odría pasar; o
sea: dejar de q u ererte a ti.
“X, podría hacerte u n largo relato de toda la historia de este
am or; de cómo nació, de cómo se desarrolló hasta el grado de
hacerm e resolver decírtelo; de cómo he luchado conm igo mis­
ma para extirparlo de mi vida (te ju ro que hasta en el suicidio
he pensado, si éste h u b iera podido d ar u n a solución que no
fuese cobarde). Podría relatarte, en fin, todas las to rtu ras cau­
sadas p o r este terrible dilem a que tenía frente a mí; en todo
he pensado, y principalm ente en ti (esto no te ofenderá, estoy
cierta). Más todavía he pensado en las consecuencias que mi
paso tendrá sobre el trabajo revolucionario. Esto ha sido
mi más grande preocupación, más grande aún que la preocu­
pación de ti. Y bien, he llegado a la conclusión de que, como
quiera que sea, contigo o con otro, aquí o en otro lugar, lo
poco de utilidad que yo p u ed a d ar a la causa, a n u estra causa,
no sufrirá, y eso p orque el trabajo p ara la causa no es p ara mí
u n reflejo, ni el resultado de q u erer a u n revolucionario, sino
una convicción m uy arraigada en mí. Y p o r lo cual te debo
m ucho a ti, X. T ú fuiste quien me abrió los ojos, tú fuiste el
que m e ayudó en el m om ento en que sentía que bajo mis pies
se había em pezado a tam balear el p u n tal de mis viejas creen ­
cias. Y pensar que p o r todo lo que tú me has ayudado yo ah o ­
ra te pague así. ¡Qué terrible, x! Solam ente me da u n poco de
consuelo saber que eres m uy fuerte y que lograrás do m in ar el
dolor que yo te causo. Y me p reg u n to si tú ah o ra d udas de la
sinceridad con que te he querido, X, p o r la vida sagrada de mi
m adre, te ju ro que te he querido como nunca había podido
q u e re r antes en la vida, y te ju r o que el sentim iento que tenía
p or ti era el más g ran d e orgullo de mi vida. Y a pesar de esto
ha pasado lo que ha pasado. ¿Cómo fue posible? Yo misma no
lo sé, no lo com prendo, pero sí siento que lo que pasa ahora
es u na realidad precisa e inevitable y que no p u ed o m enos que
o b rar como obro.
“Pensaba esperar p ara decirte todo esto verbalm ente a tu r e ­
greso, aquí, o ir allá d o n d e tú estás para decírtelo; pensaba
que esto seria más h o n rad o y más leal que decírtelo p o r este
m edio que estoy em pleando; pero me di cuenta de que seguir
escribiéndote en el tono que antes era n atural, pero que ah o ra
sería fingido, sería engañarte; te respeto dem asiado p ara hacer
esto y tam poco puedo, no debo engañarte o traicionar la reali­
d ad presente.
“Yo siento que no debo qu ererte más; siento que esto debe
ser tam bién tu deseo y te prom eto que p ara cuando tú re g re ­
ses ya me habré ido de aquí. No te pido u n a contestación, ¿pa­
ra qué? Ya me im agino de antem ano lo que me contestarás;
pero sí quisiera ten er la seguridad de que esta carta llegue a
tus manos, p orque no quiero alterar nad a de mi vida hasta sa­
ber esto.”

Todos vuelven la cara hacia ella.


—El epílogo de esta historia —sentencia T alam an tes— es u n
m ensaje desde Moscú que obra en autos: “Recibí tu carta.
Adiós. G u errero ”.
En medio del silencio, T in a hace todo lo posible p o r escon­
d er su emoción.
Pino C ám ara da p o r term inado el interrogatorio. T in a se
dispone a salir con Luz A rdizana cuando u n hom bre de barba
blanca le cierra el paso:
—Soy el profesor M aximilian Langsner.
Telésforo O cam po explica:
—Es el sicólogo crim inalista que logró hacer hablar al joven
asesino canadiense Boohar.
—¿Y qué quiere?
—¿No ha oído hablar de él? H em os pedido al profesor que
la exam ine; es u n a diligencia necesaria, ya que p u ed e lo g rar
con usted lo mismo que con Boohar.
—Eso es charlatanería.
—Señora, al contrario; el profesor L angsner obtiene confesio­
nes m ediante u n procesó absolutam ente científico: la hipnosis.
—¿Q ue qué? ¿Q uieren que hable dorm ida?
—Algo así.
—Y ¿cree usted que voy a perm itirlo?
—No va usted a ten er más rem edio. U sted misma quiere que
se haga justicia, ¿o ya cambió de opinión?
—Antes de pro ced er a la hipnosis, debo conversar con la se­
ñora —el profesor L angsner habla con u n fuerte acento ale­
m á n —, Q uiero saber cuál es el nivel escolar de la acusada.
—Eso, si yo lo perm ito —se alza T ina arro g an te —. Estoy d ete­
nida, pero no en el circo.
T ina golpea su cigarro dos veces sobre la carátula de su re ­
loj antes de p ren d erlo . Ve la hora, más de m edianoche. ¿Hasta
dó n d e van a llegar? El profesor insiste:
—Siéntese, señora, p o r favor.
El se sienta frente a ella:
—We can speak English if you want.
—I can answ er in Spanish, I have n o th in g to hide...
L angsner em pieza a in terro g arla separando cada sílaba. T ina
va apaciguándose bajo el peso dé su m irada bovina, “Ju lio me
quitaría de encim a esta vaca alem ana: ¿Langsner o Jersey?” El
m édico hipnotizador la m ira sin p arp ad e ar casi aplastándola.
T in a piensa: “A lo m ejor sí me va a hip n o tizar” y siente el can­
sancio de tantos días bajo interrogatorio; tem e adorm ecerse p o r­
que L angsner crea u n a atm ósfera de sueño y su persona despide
u n almizclado olor a incienso; su pelo afelpado form a en torno a
su rostro u na aureola de suave terciopelo am odorrado.
—Señora, ha llam ado la atención su apariencia tranquila y
sonriente. Incluso, usted no guardó luto.
—Para mí Ju lio A ntonio no ha m uerto.
—¿Usted am aba a Ju lio Antonio Mella?
- S í.
—¿Y cree que no ha m uerto?
—Sobrevive en su obra, en los afectos que dejó en sus am i­
gos, en sus pensam ientos.
—¿Cree usted en la reencarnación?
-N o .
—¿Es usted religiosa?
—Soy comunista.
—Dígame, ¿cómo cree que se p erp etú an los hom bres sobre
la tierra?
—M ediante sus ideas. Q uizá tam bién en sus hijos. Yo no los
tengo.
—¿Por qué no?
—No sé.
—Según me han dicho usted fue casada, ¿con quién?
—Con el poeta Roubaix de 1’Abrie Richey; m urió de viruela
en México, está en terrad o aquí.
—Ese nom bre no es am ericano.
—Es de origen francés.
—¿Visita usted su tumba?
—Poco.
—¿Tiene un m onum ento?
(¡Ay, qué pesado viejo, porca miseria, qué suerte la mía!) T i­
na no contesta.
—¿Tiene la tum ba algún tipo de m onum ento? —reitera
Langsner creyendo que T in a no lo ha com prendido —. Does
the tomb...
—Sí, una lápida.
—Y ¿quién la m andó hacer?
-Y o .
—Esto es lo que yo quería saber —se golpea satisfecho las dos
piernas enfundadas de negro —, ¿C uándo lo hizo?
—En 1923, cuando viajé a México.
—¿Ya tenía usted las ideas políticas que profesa?
—En los Estados U nidos me interesé p o r los movim ientos
obreros sindicalistas porque trabajé en u n a fábrica como costu­
rera. Allá escuché las canciones de Jo e Hill, T om M ooney...
Mis herm anos son m ilitantes... No me hice com unista sino has­
ta hace poco... yo...
El calor de la sala va en aum ento, T in a cabecea. A lo m ejor
este hom bre ya la está hipnotizando con esa voz pareja de p a ­
labras que golean, siem pre iguales, tac, tac, tac, tac, tac, re ­
m ontándola al pasado lentam ente.
—¿Está cansada?
—Sí. Mucho.
—Es la u n a de la m añana, señora... one o’clock —saca su leonti­
na —, podem os suspender la sesión, tendrem os otra entrevista.
A esA h o ra é l reporLero de El Universal José Pérez M oreno
dorm ita en una banca del ju zg ad o . T ina lo saluda con u n a fría
inclinación de cabeza y pasa de largo. Pérez M oreno no tiene
más rem edio que acercarse al doctor L angsner a pedirle su
opinión. T in a alcanza a o ír el acento 'g u tu ral del médico ale­
m án que da su diagnóstico:
—A unque voy a verla de nuevo, en mi concepto éste es u n
crim en pasional; se trata de u n a m ujer de m ucho tem pera...
T ina ya no quiere escuchar; sale del brazo de Luz, cruzan la
puerta. Inm ediatam ente enfilan, tras de ella los dos policías m u ­
nicipales y espesos encargados de custodiarla,
f
—¿En qué país vivimos? —grita Diego Rivera y sacude encole­
rizado su bastón de Apizaco en el aire —. Dígamelo usted, p o r
favor, p orq u e eso de que u n hip n o tizad o r intervenga en las
averiguaciones raya en lo hum orístico, m ejor dicho en lo p até­
tico.
No sólo los curiosos, que han aguantado horas y horas, sino
el personal del juzgado, form an u n círculo en torno a su ab u l­
tada figura: los cubanos de la ANERC, H ern án Laborde, el n o r­
team ericano C arleton Beals, Fausto Pom ar, Luz A rdizana,
Rafael Carrillo, Rosendo Gómez Lorenzo, C oncha Michel. T o ­
dos se p reg u n ta n qué dirá Diego; el escándalo lo precede y él
lo alim enta. “A ver qué hace ahoxa.”
—Este no es u n crim en pasional sino político —grita Diego —,
¿por qué no investigan a M agriñá? ¿Por qué lo p rotegen las
autoridades? ¿Qué, nadie se ha dado cuenta de que ése es el
asesino?
C uando la arenga de Diego está convirtiendo la sala del ju z ­
gado en u n m itin, la policía los obliga a salir, pero Diego p ro ­
sigue en la banqueta con la gente arracim ada tras sus'palabras.
Diego dirige su alegato a José Pérez M oreno, el que siem pre
perm anece al acecho de la noticia; en El Universal sus artículos
aparecen en p rim era plana.
—¿Saben lo que hizo M agriñá cuando llegó a México? Echar­
se todas las m onedas de las m áquinas esas, gringas. Ese era su
negocio. Además de m atón, ladrón, tiene ju n ta s las dos cosas.
En Cuba, M agriñá goza fama de tah ú r, u n chulo, u n vividor de
las m ujeres. Y ¿saben quién lo sacó de la cárcel? N ada m enos
que el ex-ce-len-tí-si-mo em bajador de C uba F ernández Masca­
ré, que se m uestra airado p o r nuestras m anifestaciones. Sí, se­
ñores, el M ascaró que todos los diplom áticos visitan p ara
desagraviarlo. A m arren ustedes cabos; amigos periodistas. Y
sin em bargo, a la que vigilan, in terro g an día y noche, y hacen
perm anecer encarcelada en su propia casa como a u n a vil d e ­
lincuente, y ah ora hasta hipnotizan, es a la com pañera T in a
M odotti. ¿Por qué misteriosa razón, díganm e ustedes, no se d e ­
tiene a M agriñá? ¿Por qué q u ieren culpar a u n m iem bro del
partido?
—Se dice en los corrillos que la pistola que m ató a Mella es
de la señora M odotti —inform a José Pérez M oreno.
—Pobre T ina, sólo falta que estos títeres de la política la h a ­
gan confesar que ella mató al hom bre que amaba.
—La pistola era de ella, y todos están acordes en que fue un
delito pasional. Me lo confirm ó el doctor Langsner.
—Me lleva la que me trajo. U n m aldito hipnotizador, u n
charlatán, extranjero adem ás, se pone ah o ra a im partir justicia.
—Pero —insiste Pérez M o ren o — ¿dónde está la pistola que el
señor G uerrero m enciona en su caita? La entrevisté y m e dijo
textualm ente: “Me la dejó en p ren d a u n am igo como garantía
de pago. Ú ltim am ente la vendí a u n periodista ex tran jero cuyo
nom bre proporcionaré a la policía si así se me exige y si ese
periodista me d a su autorización..,” ¿No le parece a usted ex­
traño, señor Rivera, que no p u ed a siquiera d a r el n om bre del
periodista? Las huellas en el arm a p u ed en ser de ella. Eso
constituye u n a presunción en contra. ¿Por qué no revela quién
es el com prador? Esa ap aren te discreción es u n ocultam iento.
—La señora M odotti, Pérez M oreno, no quiere d a r el n o m ­
b re del co m p rad o r p o r delicadeza; su respuesta la pin ta de
cuerpo entero . La señora es incapaz cíe inm iscuir a nadie en
u n asunto desagradable, ¿No los ha tratad o a ustedes, p eriodis­
tas, con cortesía, con gentileza?
—Sí, nos ofreció galantem ente que ap o rtaría su p arte y n u n ­
ca nos ha negado inform ación, pero el asesino sigue oculto y
podría ser ella; al callar, otorga. Ú ltim am ente le ha d ad o p o r
eludirnos, y su aislam iento la daña. Además, in cu rre en co n tra­
dicciones que d an base a todas las presunciones.
—U sted solko se hace bolas, am igo Pérez M oreno. Ella no se
aísla, Ha tienen presal Y las contradicciones, si se fija bien, son
del p erro policía ese Q uintana, al servicio del im perialism o. El
arm a que deben buscar es la de M agriñá, no la de la señora.
—Yo fui testigo de la venta de esa pistola —estalla C arleton
B eals— y estoy dispuesto a d a r mi declaración p o r escrito.
—Démela, yo se la publico.
—Sí, señores, sí —vocea Diego como m erolico —, este señor es
C arleton Beals, u n magnífico periodista de los Estados U nidos,
un hom bre que acaba de estar con Sandino en la h erm an a N i­
caragua, corresponsal de...
—Yo fui a ver a T in a —in terru m p e C arleton Beals —, le pedí
unas fotografías p ara Creative Arts y en eso llegó de visita el
periodista alem án Fritz Bach. T in a le enseñó u n a pistola. El
señor Bach trató de desm ontarla, p ero no p u d o y le p reg u n tó
a T ina cómo m anejar el arm a. Ella le dijo que no sabía. E nton­
ces Bach me p reg u n tó si yo podía enseñarle p ero no sé m an e­
ja r pistolas y no p u d e com placerlo.
—P ero hom bre, usted que anduvo con Sandino —malicia Pé­
rez M o ren o — ¿ignora cómo se desm onta u n a pistola?
—Fui a entrevistar a Sandino, no a desarm ar pistolas.
—¿Y la pistola, qué se hizo?
—Bach dijo que iba a exam inarla d etenidam ente en su casa.
Se la llevó él. Yo recibí las fotografías de T in a p ara Creative
Aris y m e fui.
—Ya ven. Bach la tiene, pero ni siquiera esto averiguó la
prensa. Lo que sucede es que si T in a M odotti no fuera m ujer,
ni com unista, ni extranjera, ni tan esplendorosa, no se en carn i­
zarían en su contra.
—Bueno, señor Rivera, el asunto da lu g ar a engaño; la vida
y las costum bres tan libres de la señora con Mella y con el
señor X. ¿Q uién h u b iera im aginado que M cPartland y Mella
eran la misma persona? ¿Por qué no creer que se trata de u n
am ante despechado? Político o no, cualquiera que sea el móvil
del asesinato de Mella, sólo p u ed e aclararlo la señora.
—¡Me lleva el carajo! —se enoja D iego— Y ¿por qué ella?
—P orque seguram ente conoce y oculta al asesino de su
“com pañero”, según llam a con cierto p u d o r de m u jer al d ifu n ­
to. Si la policía le da vueltas a lo hipotético es p o r culpa de
ella. ¡Ni siquiera adm ite que sólo p o r instinto de conservación
tenía que m irar hacia el agresor en el m om ento de los dispa­
ros! Para ella lo n atu ral fue no ver nada. Algo calla. ¡Y m ire,
señor Rivera —se exalta Pérez M oreno —, si T in a M odotti no
declara quién disparó pasará m ucho tiem po p ara que se descu­
bra! No quiere confesar p ara no co rrer idéntica suerte que J u ­
lio Antonio.
—Eso no tiene sentido, Pérez M oreno.
—Bueno, Rivera, ¿por qué, si Mella sabía que dos esbirros
habían venido a m atarlo, no dio aviso inm ediato a la policía?
¿Por qué no lo denunció en la inspección saliendo de la ofici­
na de cables? ¿Por qué en vez de esconderse o p ed ir pro tec­
ción se vino cam inando del brazo de la señora, como en u n
paseo rom ántico?
—Así era Mella —in terru m p e Diego —, así era él, am igo Pérez
M oreno. Yo tam bién le advertí que se cuidara, le aconsejé que
no saliera de noche, que an duviera siem pre con dos jóvenes
del partido; pero no me hizo caso. C uando Siqueiros y yo vol­
vimos de la U nión Soviética, desem barcam os de paso en La
H abana; queríam os saludar al líder A lejandro B arreiro y nos
enteram os de que estaba exiliado en México. Nos seguían poli­
cías cubanos, y se lo conté a Julio. “Probablem ente te siguen a
ti tam bién, me pareció verlos en V eracruz; te están cercando,
Julio. C uídate.” Me respondió: “¿Q ué quieres que haga? T en g o
confianza en mi b u en a estrella”. Era n atu ralm en te optim ista.
Ése es el riesgo de los militantes. ¿Por qué cree usted que yo
siem pre a n d o arm ado?
—Por comunista.
—Por mi vida, am igo Pérez M oreno, p o r mi vida.
—Yo no traigo arm a ni la trae Rafael C arrillo —interviene el
C an ario — y m uchos m iem bros del p artid o tampoco. B ueno,
nadie.
—¿Está en terad o , Pérez M oreno, d e que los com unistas son
víctimas de encarcelam ientos y asesinatos? —se enfurece Diego
R ivera—. ¿Desconoce la suerte que corren? ¿Por qué cree que
el gobierno p ro teg e a M agriñá y enloda a Tina? ¡No m e vaya a
decir qué El Universal n o recibe consignas gubernam entales!
T odos los periódicos h an acatado la o rd en de lavar a M agriñá
y ensuciar a los com unistas. Al gobierno lo único que le im p o r­
ta son sus relaciones con La H abana y a am bos países les con­
viene la salida del crim en pasional. Más claro no p u ed e ser.
Según los periódicos, incluso el suyo, ni M achado m andó m a­
tar, ni Portes Gil encubre al asesino. U na av en tu rera ex tran je­
ra, d esv erg o n zad a, com o n o h a n d ejad o d e llam arla, ha
provocado incom odidad internacional. Sí, señores, in-ter-na-cio*
nal, porque Mella tenía estatura u-ni-ver-sal, perdim os u n líder
enorm e... Pero como al canciller G enaro Estrada se le ha albo­
ro tad o el gallinero diplom ático, les cía d e com er los despojos
de la M odotti para tenerlos contentos. Yo fui a ver al señor
m inistro Estrada y m e recibió de inm ediato. Me confió muy
preocupad o que no p odría volver a su m anuscrito ni a su bi­
blioteca hasta no desem barazarse del asunto de la calle de
A braham González. A él lo que le im porta es im prim ir su Ar­
chivo Histórico Diplomático Mexicano, no la suerte de "la italia­
n a ”, como usted la llama.
—M agriñá quedó limpio en la comparecencia, m aestro Rivera.
—M agriñá no quedó limpio; ustedes lo lim piaron, la prensa
le regaló u n a m áscara de inocencia.
Diego Rivera en to rn an d o los ojos rem ed a la voz tip lu d a de
u n com entarista.
“M agriñá vive con su familia, M agriñá tiene o tuvo u n p u es­
to en la presidencia m unicipal de no sé qué carajos. M agriñá

• too •
esto, M agriñá lo otro... como si u n puesto gubernam ental fu e­
ra u n a garantía de honestidad y no todo lo contrario... M agri­
ñá se com pró su casa, todas las noches m e rien d a con su
esposa, M agriñá an d a de traje, M agriñá tiene sus relaciones e n ­
tre los encum brados, M agriñá habla con prestancia... En cam ­
bio ¿qué es lo que h an escrito de Tina? Dígamelo usted, Pérez
M oreno, periodista de u n diario bajo consigna.
—Personalm ente, adm iro a la señora.
—Pues dem uéstrelo. ¿Por qué le avienta a la opinión pública
encima?
—No creo tener esos poderes, m aestro, usted m e sobrestim a.
Sucede que la señora M odotti es m uy distinta de otras m uje­
res, y sobre todo de las mexicanas. Algunas dam as que he in ­
terrog ado sienten ofendido su p u d o r ante esa vida licenciosa.
Exclaman: “¡Qué b árb ara, m ire nom ás qué desfachatez. Con
razón, es extranjera!” No coincide con n u estra idiosincrasia.
—Viejas cuzcas, brincos dieran. Damas, dice usted, que se
m u eren de envidia...
—Si usted quiere recordarlo, m aestro, yo he escrito que se
trata de u n a m ujer m o d ern a e inteligente.
—Lo que usted debe hacer es desenm ascarar a Q uintana,
que es capaz de mil argucias m añosas con tal de recibir los
dólares de la em bajada cubana.
—¿El señor abogado Q uintana?
—N ada de señor abogado, ése es u n p e rro policía. ¿No sabe
usted quién es Q uintana? U n cazador d e cristeros, u n robacon-
ventos. Está enfurecido con nosotros, com unistas y amigos de
Mella, porque intervinim os en la investigación del crim en. Pe­
dim os que se hiciera con presencia de la señora M odotti u n a
reconstrucción del crim en; usted vio que yo mism o acom pañé
a la señora M odotti d u ran te el reco rrid o y ella puso todo de
su parte. Pero según ese p erro estam os u su rp an d o las sagradas
funciones de la policía... El u su rp ad o r es él, que pasó de ratón
a gato y se arrogó la función de agente policiaco. ¿No sabe
usted que fue traficante de drogas heroicas? ¿Sabe cómo llevó
a cabo la investigación del asesinato de O bregón? Mire, Pérez
M oreno, hay u n papel que Q u in tan a no p o d rá u su rp a r jam ás:
el de hom bre honrado.
—T engo o tra hipótesis, m aestro. ¿Y qué tal que los propios
com unistas lo h u b ieran m andado m atar y p o r eso la italiana
los encubre? ¡Una o rd en de Moscú y ya está! E ntre ustedes se
g u ard an secretos, hay envidias, m uchas rivalidades; aquí vienen
extranjeros, gringos, alem anes, italianos... de todo.
A pun to de ro m p er su bastón en la cabeza de Pérez M ore­
no, Rivera grita fuera de sí: “Sólo eso nos faltaba. ¿Por qué
habrían de m atarlo si era el m ás leeeaaaal deeee...” Pérez M o­
ren o se aleja a to d a velocidad.
¡Qué hom bre co n tu n d en te, Diego Rivera! Allí está su e n o r­
m e volum en a m edia calle con su som brero olan u d o y su bas­
tón de Apizaco, sus ojos de sapo fijos en el periodista que
huye. La m o num entalidad de Diego trae irritad o al ju e z Pino
Cám ara. “A lo m ejor así de gordo voy a acabar tam bién yo.”
Ve con asco sus pantalones m ugrientos de andam io, sin p la n ­
char, y la camisa m al fajada cuya bolsa pechera abulta de ta n ­
tos papeles doblados. “Me convierte el ju zg ad o en m ercado,
los alborota a todos.” C uando no pide la palabra, saca u n a li­
b reta y se p o n e a d ibujar suscitando la curiosidad de sus veci­
nos, a veces su hilaridad. El ujier le confió: “Ya vi su caricatura
señor ju e z y está reb u en a”. Diego le resta seguridad; cada día
gana adeptos; ni a las secretarias más rem ilgosas les parece
afrentoso su aspecto. “M aestro” p o r aquí, “m aestro” p o r allá.
Lo excusan: “Muy es rete am able, re te coqueto, no se cree n a ­
da, él mismo m e contó que vivió en Francia, y los franceses
tienen fama de cochinos, y p o r eso in v en taro n los perfum es.
Además, es u n artista, y es bohem io”. N inguno de los guardias
se atreve a m eterse con Diego p o rq u e bajo el saco flojo de
dril, que no alcanza a cu b rir su vientre, se asom a u n pistolón
pavoroso. Q uién sabe qué tiene ese hom bre que las m iradas
cuelgan del m en o r de sus m ovim ientos y él hace todo p o rq u e
se fijen en él; su brazo izquierdo hace m olinetes en el aire:
“Pido la palab ra”, en m edio del estu p o r general, p o rq u e Diego
fue nom brado defensor adjíinto pero desconoce el p ro ced i­
m iento y habla cuando no le toca. Pobre de la italiana esa tan
confiada que enflaca a ojos vistas, pobre, que recoja sus p ed a­
zos y se largue, que vuelva a su vida de m ilitante a ver si no la
sigue regando. Parece vivir en u n a nebulosa. En su casa, Pino
C ám ara oculta el periódico a los ojos de sus hijas. C am biar de
tem a es u n acto de salud pública: la M odotti se ha hecho más
famosa que L upita Vélez.
Personalm ente, Portes Gil le ha pedido al m inistro Puig Cas-
sauranc a p re su ra r el trám ite; peligran las relaciones con Cuba,
los diplom áticos visitan a Fernández M ascaré para desagraviar­
lo; los estudiantes se han vuelto locos, ya no hay respeto, la
m oral decae, qué país salvaje este México. El m inistro G enaro
E strada resulta dem asiado conciliador; con razón le da por la
literatura. Lo único que le interesa es ir los dom ingos con Fe­
lipe T eix id o r a buscar libros raros al m ercado de El Volador.

C uando el ju e z Pino C ám ara sale del ju zg ad o com unica seca­


m ente a José Pérez M oreno:
—V alente Q u in tan a acaba de ser destituido de su puesto de
jefe de las comisiones de seguridad,
—¡Qué notición! Gracias, m uchas gracias, señor juez.
—Es o rd e n del presidente dé la república para elim inar sus­
picacias, en vista de los cargos de parcialidad de algunos secto­
res de la opinión pública.
—¿La opinión pública o Diego Rivera?
—En su lu g ar no m b ran al señor comisario T alam antes que
hasta hoy desem peñó la je fa tu ra de la Policía Judicial del Dis­
trito.
•Mella muerto•
Fotografía de Tina Modotti

21 DE ENERO DE 1929

M eterse a la cama es desenca­


llar. D orm ir es flotar. La m area llega a la altu ra del lecho, T in a
gira en el túnel ro d an te de la ola. Líquidos verdes, azules, viole­
tas la llevan al final del aliento. Cae al fondo del océano. Le
parece oír el graznido de las chachalacas. Ju lio le ha contado que
escuchó el bram ido de una tin to rera, u n sonido agudo, p ro d u ci­
do a intervalos; así gime la hem bra en celo, y Ju lio se clavó e n el
agua, au n q u e le ad virtieron que las tintoreras en celo eran peli-
grosas; lun llanto-casi hum ano hendía el fondo del mar! la h em ­
bra buscando al macho. D entro de T in a crece el lam ento, su
bram ido de hem bra atraviesa las m urallas acuíferas, se va elevan­
do el nivel del agua hasta anegar su garganta. Dio, ¿cuándo
dejará de salirle tan ta lágrim a que le salta al rostro, le moja la
alm ohada? A rquea la espalda, em pieza a vibrar, sofoca u n queji­
do, trata de p arp ad ear, sus ojos ab andonaron las órbitas, ah o ra
con las m anos en tre los muslos, Ju lio ávidam ente crece d en tro
de ella y la hace crecer, Ju lio en el fondo de sus ojos, anclado en
el fondo de su océano, escucha la voz:
—Tinísima.
—T e enterram os, Julio.
—¿Cómo podría m orir si tú estás viva?
G rita ¡Julio!, el vaivén de las olas en su cuerpo, el rostro en
lágrim as, su cuerpo en cada ola; Julio desaparece en la mole
oscura que curva su dorso y se desplom a; la resaca lo hará
visible, ella lo rescatará p o r los cabellos revueltos de aren a y
espum a; aplicará su boca a sus labios rotos, resp irará en su
pecho copos de sal hasta ver las sábanas otra vez levantadas a
su lado, Julio recuperado.
—Tinísima.
El viento trae risas de Julio. De p ro n to se b o rra todo, vuelve
el silencio, salvo el ru m o r del m ar al pie de su cama.
O tro sueño.
H a soñado siem pre. U n mismo sueño, repetidas veces. R e­
cuerda, o quizá no, y sueña otra vez como lo viene haciendo
desde su infancia, u n libro hojeado en U dine. En el m ar de la
página u na barca, grabándose a sí misma en el m etal se desliza
a p u n ta de plata contra una torm enta; T in a en la barca es u n a
estatua cubierta p o r u n a sábana, avanza hacia la oscuridad que
am enaza. El choque es inm inente. ¿Cómo escapa u n a estatua?
T ina despierta en el m om ento en que la mole se le viene enci­
ma, la sábana sobre sus párpados, ahogándola.
Regresa de las p rofundidades boqueando; sus m anos tem ­
blorosas encienden u n cigarro, el pecho adolorido y la cabeza
a p u n to de estallar; el agua quiere arrastrarla a o tra pesadilla;
T in a aprieta fuerte el cigarro en tre los labios y arroja el hum o
p o r la nariz para que no en tre el m ar p o r la boca; el cigarro
es su único salvavidas; tiene que concentrarse en él, exhalar
muy lentam ente; está n adando la vida a contracorriente. El res­
to de la noche perm anece sentada al borde de la cama, su ca­
beza ladeada en el respaldo de m adera. H asta resp irar le
resulta doloroso. Si no sueña con Julio, lo recuerda. Q uisiera
u na tregua.
Al am anecer, Ju lio se yergue en el cuarto, T ina siente que
respira a su lado, va a tocarla, las sábanas que ve o n d u la r le
en tre g arán de p ro n to el cuerpo del náufrago que ru ed a enci­
ma del suyo para asírsele al cuello. Julio está allí, su som brero
colgado, su cepillo de dientes en el vaso, sus zapatos, su e n tu ­
siasmo: “Vi algo que tienes que fotografiar, Tinísim a; vamos
antes de que desaparezca. U na esquina de Donceles, u n a ven­
ded o ra...” C uántas veces él cargó la Graflex y cu an d o 1c p re­
g u n ta b a n si era fotógrafo re sp o n d ía señ alán d o la: “Soy el
tam em e de la señ o ra”. ¡Ay Julio! Revive las cam inatas p o r la
ciudad caliente y casi vacía. Dio, cómo am aban am bos el o rg u ­
llo desnudo del cielo de México, las form as hum ildes y recogi­
das de la gente, sus casas, la violencia d e los colores, esos rosas
estridentes que aparecen de p ro n to en m edio del v erd o r oscu­
ro de la selva. ¡Qué país maravilloso! Todavía escucha su voz
en tre las sábanas, velas de barca anclada en la recám ara.

Se levanta, pide que le abran y o rin a larga, hirvientem ente.


•Juchiteca •
Fotografía de Tina Modotti

T
, 30 DE ENERO DE 1929

ina im prim e u n a fotografía en


el cuarto oscuro, la últim a que tom ó de Ju lio cuando vivía. A pa­
recen con él David Alfaro Siqueiros, Sandalio Ju n co , T eu rb e
T olón y A lejandro B arreiro, integrantes del Com ité de Defensa
Proletaria.
Pone la foto en la mesa de noche, se recuesta en la cam a y
se adorm ece, la luz p ren d id a. Al d esp ertar, pide:
—A branm e.
Ni u n a voz. Ni u n ru id o en el otro cuarto.
—A branm e.
Entonces se da cuenta: “Estoy libre”.

Desde que V alente Q u in tan a dejó el caso, se despejó la sospe­


cha del crim en pasional p ara d a r paso al político. M agriñá fue
in terro g ad o nuevam ente. Al p reg u n tarle Telésforo O cam po su
itinerario después de ver a Mella en la cantina La India, res­
pondió: "Cada quien es libre de an d ar p o r d o n d e le plazca”.
M agriñá destruyó la b u en a im presión que había causado en sus
prim eros careos. El agente dedujo que M agriñá tuvo todo el
tiem po del m undo p ara d a r instrucciones a un pistolero. “Ya
nadie lo considera tan decente”, le com unicó Luz a Tina.
Los com unistas acusan a M agriñá; tiene antecedentes penales,
la italiana no. T in a es de costum bres ligeras, p ero así son las del
viejo continente. Q ué caro lo está pagando. Y sin em bargo, vién­
dola, la extranjera no da la im presión de casquivana. Peina ca­
nas, se le ven arrugas en torno a los ojos, está flaca. Algo tiene.
No es bueno ser m ujer, Pino C ám ara piensa: “Voy a cu id ar a mi
viejerío, a mis sobrinas, son buenas chicas, pero n u n ca se sabe.
Pobre m ujer, verdaderam ente la h an hecho polvo”.
El testim onio de d o n Froylán C. M anjarrez, g o b ern ad o r de
Puebla, resultó definitivo. En Cuba no hay perseguidos políti­
cos, hay m uertos. El vivió d u ran te dos años y m edio en La
H abana y conoce bien la situación. “Es m uy probable que el
crim en contra Mella se haya fraguado desde La H abana como
lo afirm an los com unistas”, declaró el señor gobernador. Don
Froylán inspira m ucho respeto. C onstituyente de 1917 en Q ue-
rétaro y u no de los im pulsores del artículo 123 que consagra
los derechos de los trabajadores, gran lu ch ad o r social, don
Froylán contó de u n coronel Massó al que balacearon en la
terraza d e su casa en La H abana. El gobierno cubano no p e r­
dona a sus opositores. El doctor Rafael Itu rrald e, exsecretario
de Educación Pública en Cuba, hizo u na cam paña en contra
del gobierno m achadista, y M achado m andó extraditarlo.
Ayer sábado, Alfredo Pino C ám ara, ju e z segundo de lo p e ­
nal, dictó el auto de formal prisión contra José M agriñá, p re ­
sunto responsable del homicidio de Ju lio A ntonio Mella.
El juez, h arto de Diego Rivera, se libró de su d iaria p resen ­
cia. Gracias a Dios este asunto há term inado, al m enos en lo
que a T ina y a Diego y los com unistas se refiere. Levantó el
arresto dom iciliario a la M odotti. H asta p o d rá salir del país si
así lo desea. O tra lo haría. Ella, q uién sabe. S eg u ram en te
ag u ard a las directivas de su partid o . [Curiosos estos com unis­
tas, son mojigatos pero ál revés! En la noche, intrigado, el ju e z
Pino C ám ara buscará a M arx en su biblioteca.

Libre, libre, la italiana está libre. Si el crim en no quedó total­


m ente esclarecido, al m enos a ella la sueltan, vivirá libre. Es
u n a libertad bajo palabra, pero es libertad. Pérez M oreno sube
corriendo la escalera de A braham González. Para su decepción
ya se en cu en tra en el quicio de la p u erta el rep o rte ro de La
Prensa acom pañado de la flaca anteojuda. ¿No estará la cegato­
na esa dándole inform es al de La Prensa? ¡Qué m u jer an tip áti­
ca! En cambio la M odotti... Abre T in a envuelta en u n a bata
mal ceñida “que hace resaltar su tez m arfilínea” —escribirá des­
p u é s —. T in a se excusa de recibirlos en kim ono.
—Venim os en pos de detalles.
—Son ustedes incansables. Lástima que no se aclare n ad a de
im portancia.
—U sted ya está libre.
—Es relativo...
Lanza u n suspiro que deja en trev er las du d as que la asaltan
y p reg u n ta abruptam ente:
—¿Creen que suelten a M agriñá?
—P or ah o ra no; el ju e z le dictó form al prisión.
En u n arran q u e de absoluta sinceridad exclama:
—T engo m ucho m iedo a ese hom bre.
—Usted, ¿por qué?
—N o sé; pero presiento que ese hom bre, si sale de la prisión
in ten tará hacerm e daño, más del que me ha hecho. Quizás
hasta p rete n d a m atarm e.
“T ratam os de alejar los tem ores de T in a y, convencidos de
que no tenía algún nuevo dato, descendim os p erd ién d o n o s en
el bullicio de la calle.”

De todas las insinuaciones de M agriñá n in g u n a pareció más


dolosa a T in a que la de “espía fascista”. ¡Pobre de G iuseppe,
su padre, luch ad o r contra el fascismo! ¡Pobre Benvenuto! Q ué
rabia sentiría. M enos mal que la Liga Antifascista había p ro tes­
tado diciendo: “La com pañera M odotti es m iem bro del Com ité
de Defensa de las Víctimas del Fascismo. La familia M odotti es
enem iga a m u erte de Benito M ussolini, el M achado e u ro p eo ”.

10 DE FEBRERO DE 1929

T in a preside u n acto de protesta en el teatro H idalgo, a u n


mes del crim en. El Socorro Rojo Internacional, la Liga Antim-
p enalista y el recién fundado Com ité p ro Mella son los o rg an i­
zadores. Diego Rivera tam bién participa. T in a es la p rim era en
hablar y lo hace con voz fuerte:
“En Mella m ataron no sólo al enem igo de la dictad u ra de
C uba, sino al enem igo de todas las dictaduras. En todas partes
hay individuos que se venden p o r din ero , y u n o de éstos ha
tratado aquí de desv irtu ar el móvil del asesinato de M ella p re ­
sentándolo como u n crim en pasional. Yo afirm o que el asesino
de M ella es el presid en te de Cuba G erardo M achado.
“M achado, u n a caricatura de Benito Mussolini, ha com etido
u n nuevo crim en, p ero hay m uertos que hacen tem blar a sus
asesinos y cuya m uerte representa, p ara aquéllos, el mismo p e­
ligro que su vida de com batientes...”
Se proyecta la película Octubre y el coro del Club Ruso canta
el him no Víctimas inmortales.

9 DE MARZO DE 1929

■^Quienes no están conscientes de su libertad no son libres.


T in a se revuelve en la cama.
El ju z g ad o es u n a inm ensa planicie casi sin hierba. Los ju e ­
ces son G iuseppe, su p adre, y u n descabezado. T in a reconoce
el torso de Julio A ntonio y a u n a m u ltitud d e cam aradas que
form an u na m ancha gris y hacen u n esfuerzo desesperado p o r
ad q u irir un rostro; a veces se les dibujan ojos, a veces boca,
pero al instante desaparecen. Un gentío m ovedizo se agita so­
bre la llan u ra m uerta, los hom bres son otro cam po negro
sobre el cam po vacío.
—La libertad es un proceso creador. T e condenam os a ser
libre.
• T ina m ira en torno suyo, ¿es a ella a quien se d irigen los
jueces?, es la única acusada en la llanura, y se percata, a te rra ­
da, de que es la única m ujer.
—A lo largo de tu vida, deberás resp o n d er de tus actos ante
nosotros.
—La vida es u n a etern a com parecencia.
El juez tiene m irad a trasp asad o ra, atroz, com o de Ezra
Pound, T ina quisiera llam arlo p ero no puede. Edw ard leyó sus
Cantares y le dijo que sus ojos eran como lagos y como zorras.
—Pula desnuda.

• lio •
“T ú puedes más que cualquier acusación”, se repite T ina a sí
misma. Jala u n hilo en su cuerpo, lo jala a lo largo de su vien­
tre, de su pecho, y ella sale al aire. Desdobla su piel en la azo­
tea, la extiende sobre los mecates del ten ded ero , de p u n ta a
p u n ta la extiende y, desollada, intenta bajar p o r la escalera de
fierro p o r la cual descienden las criaditas de todas las azoteas
de México. Aquí no hay u n a sola m ujer, la m am m a no se ve
p o r n in g ú n lado, nadie, ni Luz A rdizana, ni M ercedes, ni Elisa
la m uchacha de El B uen Retiro, sólo ella, T ina, la desollada. El
h ierro de la escalera se le encaja en los pies descarnados. Sin
piel, ya no es T ina, nad a la contiene. In ten ta bajar u n peldaño,
su corazón, su cabeza llenos de espum a no responden; echa
espum a p o r la boca.
—Vacíenla, es obligatoria la autopsia, saber qué hay d en tro
de sus intestinos, d en tro de su corazón, qué música cantan sus
pulm ones.
—Maldita.
^>-S e r responsable es estar sola.
—Sola.
—M íralos a todos allá en m edio de la tolvanera, han pasado
años en el desierto; com en raíces, chapulines. Enloquecen de
miseria. Tóm ales u n a fotografía ahora, tóm asela, anda, re trá ta ­
les la cuenca de los ojos.
—¿Mis entrañas, d ó n d e tiraro n mis entrañas?
—T en d rá s que venir todos los m artes al Juzgado, tu libertad
es condicional, vendrás a darnos tu palabra; a cambio ab rire­
mos el cajón don d e guardam os tus m enudencias. A hora p ro ­
m ete, Tina...

Francés Toor, la vecina de Tina, le cuenta a Luz Ardizana


que todas las noches, como a la misma hora, la despierta un
grito agudo. T in a grita de noche, y su grito llena todo el ed i­
ficio.
—Necesita calcioepara los nervios. ¡La voy a llevar a u n m é­
dico! T a n controlada que se ve, tan aguantadora.
—Pues sí, pero ya ves, no d u erm e bien.
Com o b u rro de noria, una suerte de jo ro b a en la raíz del
pescuezo, tensiones acum uladas, los hom bros vencidos p o r el
trajín, T in a se ord en a en el partido; ahora estiro el brazo, ah o ­
ra tom o el folio, ahora sigo la ru ta en tre los escritorios, dejo el

• lll •
folio y me siento a esperar a Rafael C arrillo p ara que me dé
las órdenes. La única form a de p ro g resar es la insistencia en
los mismos actos.
—A esta pobre com pañera hay que ayudarla —dice u n a m a­
ñana Enea Sorm enti al verla e n tra r a El Machete —, que se vaya
unos días, que salga de aquí presto.
—No va a querer.
—Eso lo arreglo yo ahora mismo.
—Yo ya le dije —insiste Rafael C arrillo —, le p ed í que se fuera
a Juchitán, allá tenem os buenos cam aradas. M ira, acom páñam e
a su escritorio:
—T ina, necesitas otro aire, an d a a cam biarte las ideas... Lo
que no hagas p o r ti misma nadie lo va a hacer.
—No puedo, hay m ucho trabajo.
Sorm enti ordena:
—Vete, T in a, ¿qué haces aquí con esta cara ojerosa? ¡Pareces
espinaca lacia! ¡Que te dé el sol! Así no puedes gustarle a n a ­
die, ni a mí.

Al descender del tren atestado que la llevó a Salina C ruz, la


sola h um ed ad del aire le cambia el ánimo. Viajó pensando:
“Con qste zarandeo se me va a ro m p er la lente”, y recordó el
cuidado con que Edw ard em pacaba su m aterial fotográfico, ca­
da aditam ento en u n a bolsita de franela. La Graflex le pesaba
sobre las piernas, p ero no había m ejor form a de protegerla.
“O tras m ujeres cargan a su hijo”, pensó irónica, “yo soporto el
peso de u na m áquina.”
A p artir del m om ento en que la reciben los com pañeros to­
do es seducción. Los platanares, la ham aca en la terraza, los
flamboyanes, el ru id o reconfortante y etern o de las chicharras
y otros m urm ullos de la tierra que no se oyen en la ciudad.
D uerm e como no lo ha hecho’en meses. “Esto es como volver
al vientre m atern o ”, sonríe al d esp ertar en la d u lzu ra de su
hamaca. “Estas tostadas de jaib a recién sacada del m ar, van a
caerte a toda m ad re.” Em pieza a seguir a las juchitecas como
río en su cauce, ¡qué mujeres! N a’Chiña, vieja y sabia, las pas­
torea a todas.
Los loros alharaquean en lo alto, las iguanas al sol, las brisas
ríen de la liviandad del batiente y en treab ren la ventana. Atrás
quedan las acusaciones. El follaje escurre m ojado p o r la lluvia
n o ctu rn a tan suave que T in a ni la siente en la ham aca colgada
en la terraza.
—V en, T ina M odotti —la llama N a’Chiña.
M acario M atus se acerca malicioso.
—¿Tina M odotti? A poco así te llamas.
-S í.
Se sienta ju n to a ella en la ham aca y saca u n a libretita de la
bolsa de su pantalón.
—Soy poeta. M ira todo lo que p u ed e hacerse con tu nom bre.
T in a M odotti
Ni m odo T ití
T itina, mi Tina.
N a’T in a nadó.
¿Sabes nadar? T e invito u n a cervecita.
—No, voy a ir al río a retra ta r a las m ujeres. ¿Crees que se
m olesten si las tom o en el agua?
—¿De qué, van a molestarse? Estamos en confianza. Los h o m ­
bres no celan a las m ujeres. Aquí nos d an deseos de com er de
todo. ¿Q uieres m ango verde con sal? ¿Q uieres m ango verde
con chile? ¿Q uieres plátano macho? ¿Q uieres jicam a con li­
m ón? ¿Q uieres pico de gallo? ¿Q uieres h orchata de alm endra?
—¿No pasas lueguito a alm orzar sopa del pescado que ayer
trajo Chico? —le p reg u n ta N a’C hiña aí poeta.
—Bueno Na’Chiña.
—Oye, ¿a que no sabes d ó n d e dejó anoche los calzones
Chico?
En Ju ch itán en tran y salen de las casas abiertas. Com o las
gallinas y los puercos, los niños revolotean en tre los cacareos,
“yo te lo cuido, allí déjam elo”; u n a especie de efervescencia
dionisiaca se explaya en los lugares públicos; todo Ju ch itán ,
m ercado, cantina, plaza, es lu g ar público, g irándula de feria,
en él deam bulan familias com pletitas, cam pesinos venidos de
Ju q u ip ila y Cacalotepec, Comitancillo y San J u a n Lalana, m uje­
res que son figuras de exceso, como lo es la abundancia de
jicaras pintadas, iguanas, cántaros, bateas repletas de fru ta en
lo alto de sus cabezas.

“N unca volveré a re ír”, y el sonido de su garganta la tom a p o r


asalto. M aría H enestrosa y Catalina Pineda le pican las costillas
m idiéndole u n huipil de cadena p o r encim a de la falda florea­
da. Las voces en zapoteco caen en avalancha frente al puesto
de ro p a del m ercado bajo los arcos del Palacio M unicipal. "Mi­
ra, éste te ha de q u ed ar bien a ti que estás chiquita, oye tú,
enséñale tam bién el de terciopelo rojo", vocales que se p ro lo n ­
gan en el aire, “gunabadiiidxa tu u u n g a naa, X iindi g u n e ”, y
Rufina, Cirila, Isabel y G udelia la ro d ean , parecen em bestirla
con sus senos, sus trenzas caen en ham aca sobre las nalgas,
m ientras el su d o r invade sus cuerpos. N ada m ejor que las en a­
guas para b a rre r la tierra. “¿Estás triste, verdad?, la tristeza no
sirve, sácatela de la cabeza.” T in a enrojece. “Q ué se me hace
que tú tienes los ojos vueltos hacia atrás. D isfruta lo de ah o ri­
ta, estás joven. ¿Qué tanto haces con ese cajoncito negro? Che
Gómez nos aprevino que eso ve a través de la ropa, a poco te
sirve para d arte taco, con lo único que podem os dárnoslo las
m ujeres es con esa flor neg ra que tenem os en tre las piernas,
que todos quieren ju rg o n e a r.” Catalina y G udelia y M aría He-
nestrosa levantan los brazos y u n enjam bre de oscuridad relam ­
paguea en lo alto. Ser m u jer es hablarle fuerte a la m ilpa que
se extiende de m ar a m ar, esparciéndose como se esparce el
alud de sus cabellos sobre sus hom bros cu ando lo alisan p ara
después trenzarlo con listones rojos y azules y am arillos.
A lo largo de m uchos meses, n in g u n a com pañera llegó a
tratarla en el p artid o con esa confianza, y éstas en tra n en su
intim idad con una im pudicia que la tambalea. “A nda, tú, ca­
m ínale.” Esquivan la cecina cubierta de moscas colgada del te­
cho, encim a de los charcos hediondos y de las palanganas de
pescado a ras del suelo, los tamales envueltos en hojas de plá­
tano, los chiles apilados, los totopos quebradizos cocidos en
un agujero en la tierra, unas tortillas am ponas como vientres
asoleados y crujientes. “A nda, éntrale, vam os.” Algunas tienen
u n bozo oscuro sobre el labio superior, “m ueve el bigote, M a­
ría ”, se sientan a com er con las piernas separadas y extienden
los totopos como países sobre sus rodillas. “Búllete, a qué le
tem es.” “¿Que qué?” T in a n u n ca está segura de oír bien, tan ­
to la so rp ren d en sus propósitos. H ablan del sol, de la luna,
del pájaro que pica, y ríen deteniéndose las costillas con las
m anos hasta que T in a cae en cuenta de u n doble sentido. El
pensam iento de T in a ya no em poza en su h erid a, se aventura
p o r cauces de río d o n d e Ju lio A ntonio resbala como u n niño
que juega. La tom an de la cintura, le pasan la m ano sobre los
cabellos, siguen el contorno de su barbilla, cierra los ojos de
tanto apapacho. “Estás bonita, pero te verías m ejor con tus
dientes de oro; si no quieres casquillo, cóm prate cadena. Q ue
algo te relu m b re.” “Q uítate esa falda negra, el huípil deja que
el viento corra, ¿para qué quieres sostén si tienes bonitos tus
dos corazones?, sácate las medias, ¿de qué sirve conservar los
hum ores?, no seas cabrona contigo misma, con la calor hay
que an d ar a raíz, ¿quién te va a ver? ni que la tierra fuera
espejo.” La desvisten, le m eten m ano, le hacen cosquillas, b a­
rre n el lodo con su falda, le b arren sus pesares. Libres, sus
pasos em anan del verdor, del agua, de la m adera. “Vamos a
llevarte a u n a vela p ara que te despabiles y se te quite esa ca­
ra de palo.”
U n atardecer, le confía a N a’C hiña que perd ió al am ado
— difícil confidencia p ara T in a —; la vieja alza los hom bros:
“B ueno ¿y qué? ¿De qué te preocupas tú? M añana vamos al
m ercado. T anto cargador que an d a p o r allí. N o te andes h a ­
ciendo pendeja, sólo a ti te perjudicas”. En la noche, la h am a­
ca la envuelve en el m ism o su eñ o delicioso de la noche
anterior. Y am anece en blanco; n in g ú n pensam iento p ara to r­
turarla. “Aquí te curam os au nque no quieras”, le dijo N a’C hi­
ña. ¿Para qué cerrarse a la vida de los hom bres y las m ujeres
que continuaban resp iran d o a su lado? “Si ya se te cortó la
leche, no llores; po n te a hacer jo co q u e.” ¡Qué alegría saberse
viva!, ¡ah, qué N a’Chiña! Esa m añana se com pra unos aretes de
m onedita; el p rim er gesto de coquetería desde la m u erte de
Ju lio A ntonio Mella. T in a florece, su espacio sobre la tierra ya
no es esa vereda estrecha rep eg ad a a los m uros de la ciudad
de México sino u n cam ino real b o rd ead o de palm eras. Aquí
no se topa con las escurridizas ratas citadinas sino con m ujeres
majestuosas por libres, reinas-cántaro, vasijas de b arro en cuyas
faldas se en red a n las tortugas y los conejos, las langostas y los
venados, las estrellas y la lluvia. T ra ta n el falo como u n objeto
de uso diario al que m oldean en tre sus m anos a su antojo has­
ta convertirlo en u n cascabelito de su propiedad.
¡Qué fácil es la vida en Juchitán! La lluvia cuelga del cielo y
de rep en te se deja caer p ara recogerse y caer de nuevo. “Es
agüita del cielo que refresca”, dice V irgen. Se m eten al m ar,
enaguas y huipiles pegados al cuerpo; así en tra n a las h uertas
y cortan chirimoyas y aguacates.
—Mira, Enea, las fotos que tomé.
-Enea Sorm enti las reco rre como u n a baraja volteándolas b o ­
ca abajo.
—Bene, bene, no sé de arte, m e parecen m uy bien.
Las ve como m ira la tarea escolar de u n adolescente, y el
recu en to d e Ju ch itán , la frondosidad de las m ujeres, su vigor,
su actitud ante la vida, se viene abajo.
—Allá no había ju zg ad o s ni tinterillos m alignos, n i p eriodis­
tas libreta en m ano enjuiciándom e a cada p reg u n ta insidiosa.
—Me lo im agino. Oye T ach u ela, ven acá u n secondo...
¿C uándo es )a reu n ió n con el sindicato de La H orm iga?
T e n d rá que g u ard ar d en tro d e sí toda la te rn u ra de m ilpa
joven de N a’Chiña, la ham aca y el follaje.
—¿Por qué n o me acom pañas a la redacción? —le p reg u n ta el
C anario —. H ay m uchos pendientes. El Frijolillo no está.
El único tem a es la política. Debió preverlo. Ni siquiera a
Luz A rdizana p u ed e contarle su viaje: “Q ué bu en o que te fue
bien, te hacía falta el cambio p a ra seguir con el trabajo”.

¿Cómo volver a preocupaciones personales si tiene u n a causa


que req u iere de todas sus horas? Ya no cavilará en torno a
problem as de exposición y revelado; esa foto ilustrará el cartel,
apoyará la inform ación en El Machete, debe en treg arla hoy.
F uera esteticismos; sin em bargo, la atraen irrem isiblem ente las
fotografías de Edw ard, las m ira con arrobo, con envidia, qué
grande, cómo logró esta textura, a qué h o ra del día le dio esta
luz, qué jo y a n u n ca vista es u n pim iento.

¿Cómo llegué aquí? ¿Q ué era yo? L a vida que llevo ah o ra ¿es


verdaderam en te mi vida? Es la de G iuseppe, trabajador ita­
liano, la d e inm igrantes de espalda encorvada, camisa sudada.
La fuerza de los pobres —decía G iuseppe —, subyugaría al m u n ­
do. H abían em pezado a construirla y T ina, la principiante, era
miga de pan, algo que se tira si se quiere, pero que hace falta.
IQué ficticia su vida an terio r, qué dispersa, cómo se avergon­
zaba de ellal
No quisiera m orir en el p apel equivocado, se rep etía a sí
misma. Q uisiera m o rir con mi rostro v erd ad ero habiendo e n ­
contrado lo que m e toca hacer sobre la tierra.
“¿Y cómo veniste a d a r aquí?” le p reg u n tó N a’C hiña y T in a
cerró los ojos y vio que había p erd id o algo. D evanó sus re c u e r­
dos precipitadam ente, algunos en voz alta, otros piel ad entro,
para sí misma, u n id a a N a’C hiña en u n a ra ra com plicidad.
•Tentación (Tina Modotti)•
Dibujo de Roubaix de L’Abrie Richey

l DE ENERO DE 1920

E n el estudio de Robo, J o h n
C ow per Powys escandalizaba; T in a a sus pies, devota, parecía
rezar.
—Yo no tengo creencia alguna, ni siquiera la creencia de que
no la tengo. Q uiero decir con esto que mi escepticismo es a u ­
téntico, au n q u e no p u ed a creerlo, ni creer que no lo creo.
T in a sonríe divertida; J o h n se d a cuenta de cómo lo escucha
y se dirige a ella. '
—Pero debo aclarar que a mí no me cierra las p u ertas de mi
libertad n in g u n a in terpretación idealista del pensam iento; p o r
lo tanto no soy u n materialista.
—¿Eres u n descreído, p o r lo menos? —p reg u n ta Ram iel
M cGehee, en fu n d ad o en su kim ono.
—Sé que no lo sé, o quizá sí. Yo m iro la religión, la Iglesia
católica p o r ejem plo, como u n a bella y noble obra de arte, re ­
alizada p o r la h u m an id ad , anónim am ente, p ara su p ro p ia satis­
facción, para ofrecer u n escape rom ántico y en can tad o r de las
banalidades de la existencia.
Gómez Robelo lo rechaza con u n adem án a dos m anos.
Powys rem ata:
—Y como pru eb a de mi sinceridad hacia mis amigos religio­
sos, acepto que no p u ed o explicar lo que acabo de decir.
Gómez Robelo concluye:
—Eres u n p o p u rrí de filosofías.
—Soy hedonista. Yo m e m asturbo furiosam ente, es mi p rim e­
ra práctica de salud m ental. Si los hom bres se vaciaran a sí
mismos no atacarían a otros. La m asturbación es u n gesto ri­
tual privado y político, ¿no lo crees, Tina?
T in a busca su respuesta. T iene que estar a la altura. Dio,
qué digo. Le da u n a larga ch u p ad a a su cigarro y echa el h u ­
mo lentam ente para que la encubra.
—Yo estoy más allá del bien y del mal. Nací antes del pecado
original.
La sonrisa de Powys la tranquiliza.
—Eres powysiana p o r excelencia.
T in a quería a Powys p orque lo había visto d a r u n ro d eo
p ara no pisar la hierb a en su cam ino, recoger las hojas de los
árboles, cuidar de las flores. T o d o tiene vida. Coincidía total­
m ente con Powys en el tem a de la vivisección. H acer sufrir a
anim ales de cuatro patas p ara salvar a otros de dos le parecía
intolerable. “M ientras se experim ente con ellos, no se encon­
tra rá la curación contra el cáncer”, decía Powys, “es u n a ley
de la naturaleza.”
Powys llam aba “la secta” al g ru p o que acudía a la casa de
T in a y Robo. E ntre ellos había vibraciones síquicas, se envia­
ban m ensajes secretos. Powys im partía vida a las piedras bajo
sus zapatos, les pedía perd ó n . Vivían en u n Los Angeles toté-
mico, im previsible, u n Los Angeles a su altura, distinto a aquel
que reco rren los autom ovilistas con las ventanillas cerradas.
Powys era el centro, im ponía los temas, se tem ía a sus sar­
casmos, a su hu m o r, a su brillantez. H ablaba de G eorge Eliot,
de Melville, de Tolstoi, de Nietzsche y sobre todo de Dostoievs-
ki, cosa que atrajo al m exicano R icardo Gómez Robelo, exilia­
do político.
—Fíjense, u n a noche, en u n b u rd el —bordello rep etían ellos,
tras Gómez Robelo —, cuando era estudiante de leyes, me arro-
dilié ante u n a prostituta p ara besarle los pies. “¡No te beso a
ti”, le dije, “beso en ti todo el sufrim iento h um ano!”
Este acto dostoievskiano p u ro le valió la aceptación de Cow-
p e r Powys y la sim patía de T ina. Desde esa noche, la secta lla­
mó a Gómez Robelo, R odión R om anovitch Raskolnikov.
En las conversaciones surgían a cada instante G rutchenka,
Zossima, fuerzas subterráneas espirituales, vértigo, turbulencia,
éxtasis, m iedo a ser u n farsante. Para J o h n C ow per Powys, el
único elem ento de censura que tiene el hom bre es el hom bre
mismo, condenado a ser libre. El placer es u n a p u e rta a la li­
bertad. T in a a sus pies sorbía sus palabras. Llevado p o r é l bai­
la rín Ram iel M cG ehee, hizo su e n tra d a E d w ard W eston,
pequeño, de tórax poderoso y m irada im periosa; atrajo a T in a
desde que escogió sentarse ju n to a ella.
Sobre cojines de batik hecho en casa, escuchaban música:
—N unca oigo a Bach sin sentirm e h o n d am en te atrap ad o , me
fertiliza —dijo W eston.
Robo doblaba en dos su fragilidad p ara vertir el sake. Como
las tazas traídas de San Francisco e ra n dim inutas, rep etía su
caravana continuam ente en plena ley seca. T in a observó la vi­
talidad, la fuerza d e W eston ju n to a la languidez de su m arido.
Gómez Robelo insistía:
—México es su m edio verdadero, allá p o d rían florecer. ¿Qué.
hay p ara ustedes en Los Ángeles?
—Claro que yo iría a México —se entusiasm ó Roubaix de
L'Abrie Richey.
—Y ¿usted, Tina? ¿No irían ju n to s?
Robo, con su bigote caído y sus elegantes adem anes —figura
rom ántica si las h a y —, era el más gentil de los anfitriones. Su
corbata flotante y sus ojos pendían sobre sus invitados; ojos
grandes y u n poco tristes dispuestos a com placer. U n fervor
calenturiento lo recorría de pies a cabeza. N o se im ponía, inte­
rrogaba, Era u n h om bre fino. “¿Q uieren ver los últim os batiks
que T in a y yo im prim im os?”, “¿desean oír música ahora? ¿St.
Saéns? St. Saéns, ¿no, verdad?, no después de Bach, p ero u n
Frescobaldi n o estaría mal, ¿o tienen o tra preferencia?”
A pesar de sus atenciones todos acudían p o r su m ujer, T ina.
Q uerían verla cam inar p orque al seguirla recuperaban las violen­
tas e intocadas pasiones de su adolescencia. T in a, gozosa, busca­
ba al salvador, al de las respuestas, La más hum ilde contingencia
podía darle u n a pista. Las frases de sus invitados contenían sig­
nos, ella los desentrañaría. En los ojos de algunos, en su p a rp a ­
deo, yacía lo que ella qu ería en co n trar. Pero ¿qué q u ería
encontrar? “T u corazón es u n lobo ham briento, T in a ”, asentó
Ramiel, “todos los analistas son neuróticos.” “Los orgasm os p u e ­
d en p rogram arse.” “El hom bre bien com ido im pone sus orgas­
mos. Son orgasm os b urgueses.” “Y our gaze is beautiful, T in a.”
Q uizá si su rostro llenara la pantalla cinem atográfica, ella tam ­
bién sentiría satisfecho su narcisismo. Y ¿los orgasmos?
—¡Qué planos son los am ericanos, qué chatos, y esta ciudad
es el aplanam iento mismo! Masa de pizza sin h o rn ear, cru d a
para siem pre. Con la masa, los italianos hacem os pizza, la cu­
brim os de queso y de salami —T in a amasó u n a pasta invisible
y extendió sus brazos en el aire enseñando sus lustrosas axilas
negras —; los am ericanos no tienen im aginación.
—Los am ericanos com en lo que otros hacen, T in a —rio Ra­
m iel M cGehee —. ¿Q ué piensa Robo de lo que usted dice?
—O h, él es u n aristócrata, tiene los ojos oscurecidos p o r los
sueños, es dem asiado fino p ara pensar en pizzas. Eso me lo
deja a mí que soy u n a depravada...
—¿Así que él es m uy sensible? —insistió W eston.
—D em asiado sensible, no parece de este m u n d o , se evade.
—T odos somos unos desterrados en busca del paraíso.
—T ina, tú eres el paraíso —dijo Ramiel, cómplice de W eston.
T in a no se daba cuenta que el paraíso era ese m om entáneo
asomo de gorila en sus axilas.
—T h a n k God, encontram os el ghetto Richey-M odotti.
—C reo en la fuerza de la naturaleza; la n aturaleza cura, la
n aturaleza enferm a. M ary B aker Eddy tiene toda la razón.
C hristian Science is my doctrine...
—Yo tam bién pienso que el cuerpo se cu ra solo —enfatizó
Edw ard W eston.
Ram iel M cGehee sostenía' que el cuerpo del bailarín podía
desafiar la gravedad, “voy a dem ostrárselo en este mismo ins­
ta n te” y de u n gran d je té cruzaba la sala. J o h n Cow per Powys
lo m iraba con deleite, “Lo único que tenem os es nu estro cu er­
po; podem os cam biar de país, n u n ca de cuerpo. N o hay m ayor
su rtid o r de placeres que el cu erp o ”.
—H ay cosas que sabe O n án que las ignora d o n J u a n —Gó­
mez Robledo citó a M achado.
Jo h a n H agerm eyer, su pipa en tre los dientes, escuchaba.
W eston lanzó u n a p ero rata sobre la creatividad del cu erp o fe­
m enino. “A las m ujeres”, a T in a se dirigía, “les p erm iten u n a
serie de m ovim ientos que p ara nosotros resu ltan prohibidos.
Me gustaría cam inar como usted, T ina; pero ¿se im agina lo
que m e dirían en la calle?
—Son los infam es burgueses los que im p o n en límites —ad e­
lantó Tina.
—F reu d p u ed e ser m uy ingenioso.
—No creo que se lo haya propuesto; no tenía el m en o r sen­
tido de la verd ad era, la trágica ironía. P o und, ése sí...
Ezra P ound y su poesía, el hinduism o, las ciencias nuevas, la
m editación, la sensualidad, lo esotérico y sobre todo la secta
como el único p arap eto contra la vulgaridad del m u n d o , los
m antenían unidos. R icardo Gómez Robelo bebía con el sake su
p ro p ia com plejidad. Jap ó n , qué esencial, O ccidente en cambio
era inventor de lo superfluo (Europa, q u é pesada, qué parduz-
ca! H abía que ver los gruesos cuerpos europeos, p re m a tu ra ­
m ente envejecidos y esclavos del casimir. Por cierto, ¿sabían de
las maravillosas camisas de seda h in d ú color azafrán que ah o ra
colgaban en u n a tienda en la calle Sawtell ru m b o a Santa Mó-
nica?
—Esté es el único paraíso del cual no querem os ser d esterra­
dos, Tina.
Ricardo, R odión Gómez Robelo era,en efecto u n d esterrado,
proscrito p o r V enustiano C arranza en 1914. H abía sido p ro c u ra ­
d o r general de justicia con V ictoriano H u erta, el traid o r. E ru d i­
to, u na noche los encandiló recitándoles Keats, Shelley, Byron.
Su fuerte, E dgar Alian Poe, sobre quien daba conferencias. N in ­
guno intentaba la lucidez de Powys —Blake hablaba p o r su
boca —, pero Gómez Robelo lo superaba con gracia. La Revue des
Deux Mondes bajo el brazo, Loti, R ostand eran su bagaje. T in a lo
escuchaba so rp ren d id a. A pesar de su fealdad, el m exicano de
gruesos labios y cara angulosa era seductor, como el Cyrano de
Bergerac. ‘ IQué divertido, u n E dm ond Rostand m exicano, sin su
Roxanne!”, asentó Powys.
—A mí me parece atractivo —sentenció T in a —, quizá p o r su
m isma fealdad, y p o rq u e repite siem pre que su única pasión es
la pasión de la belleza. Le fascina T oulouse-L autrec p orque él
mismo es un T oulouse-L autrec.
Gómez Robelo no se inm utó.
—Publica tu poesía, R odión —lo rescató Robo —. Yo la ilustro.
—Yo pu ed o diseñar el libro —intervino Ram iel McGehee.
—Hace magníficos libros —apoyó J o h n Cow per Powys.
Robo insistió en ilu strar Sátiros y amores, título que encantó
a J o h n C ow per Powys.
Los dibujos a línea de Robo tenían u n a m odelo: T ina, su
m ujer, a quien puso u n a rosa en el sexo y pétalos giratorios en
los pezones. En su cabeza, u n a m antilla española; a sus pies,
u n a calavera con u n a víbora en tre los dientes. Robo y R icardo
tenían fijación en la m uerte, pero más fijación tenía Gómez
Robelo en T ina: en su rostro blanco, en sus ojos m uy negros,
en esa form a peligrosa de cruzar la p iern a “m ientras sonreía
im perceptiblem ente”.
Robo tradujo:

Blanca como si alguna luz in tern a


alum brara su carne transparente.
Los ojos enigm áticos de O riente;
m uy negros, y en el fondo, u n a luciérnaga...

“Deja que term in e mi cigarro”, decía T ina, cuando alguien


p reten d ía despedirse: “Deberíam os vivir ju n to s, fu n d ar u n a co­
m una; tenem os los mismos intereses del cuerpo y del alma. No
saben hasta qué grado m e apoyo en los amigos; sin su p resen ­
cia, me sería difícil vivir”.
Im pulsiva, reten ía contra su pecho, contra su vientre, contra
su cuello. R etenía con sus m anos pequeñas, delicadas.
En cada encuentro, Gómez Robelo descubría u n a T in a in ­
sospechada. “¿Hay pirám ides en México como las de Egipto?
¡Eso me fascinaría! Aquí no tenem os nada, somos planos. ¿Se
im aginan u n a pirám ide en el centro de Los Ángeles? ¡Nos
cam biaría la vida! ¡O u n gran p intor!” Ricardo habló entonces
de Diego Rivera, el m uralista que se oponía a la influencia de
R odin y al im presionism o p ara volver los ojos al pasado pre-
hispánico de México, “precisam ente la obra de los constructo­
res de pirám ides”. Los pintores m exicanos descendían de los
m uralistas indígenas; se volvían obreros, identificados con las
masas que trabajan. “¡Cómo me gusta eso, cómo me gusta, yo
fui o b rera y puedo volver a serlo! El trabajo es lo que m enos
m e asusta en esta vida. Mi único manifiesto es el goce de la
vida: gozarla plen am en te.” T in a le contó que lo prim ero que
hizo al llegar a San Francisco fue e n tra r a u n a fábrica textil,
en 1913, cuando había en el país cuatro m illones de desem ­
pleados. Los habitantes de los Little Italies qu erían salir de
pobres. Italia im prim ía su m odo de ser, sus costum bres, sus
gritos y sus cantos; ¿no lo había notado Gómez Robelo? T in a
jam ás viviría sin trabajar; lo hacía desde niña y continuaría
hasta el día de su m uerte. ¡Cuántos italianos en San Francis­
co, más de quince mil, italianizando el p u erto con sus pizze-
rías, sus salchichonerías, su teatro! ¿Sabía Gómez Robelo de
las “filodram m aticas”? B ueno, pues Hollywood no le había d a ­
do la satisfacción que le b rin d aro n las filodram m aticas, unas
obritas de teatro que rep resen tó en el patio de vecindad y
hasta en la calle, con italianos de San Francisco. ¡Allí sí lo h i­
zo bien, allí sí que era actriz!
T in a y Robo em pezaron a vivir en función de los fines de
sem ana, y la secta, sin p o d er esperar el sábado o el dom ingo,
decidió verse tam bién en tre semana. El único requisito: el ki­
m ono. H abía que japonizarse. El bailarín Ram iel M cGehee lle­
vó a Sydney Alien, u n crítico de cine y de fotografía que
firm aba con el seudónim o de Sadakichi H artm a n n . M argarethe
M ather, bella y excéntrica, com partía su estudio con W eston y
quién sabe qué m ás. W eston m ostró algunos de sus desnudos.
M argarethe lo acom pañó varias veces al ghetto. W eston, coque­
to, le dijo a T in a al oído: "No te preocupes, sospecho que es
lesbiana. Si no ahora, lo será más ta rd e ”.
A T in a le atraía inm ensam ente este hom bre fuerte que la
alentaba sin darse cuenta:
—Soy tan ignorante —se quejó u n a tarde.
—T ienes talento, y eso es m ucho más im portante que acu m u ­
lar inform ación.
—¿Cómo sabes que tengo talento?
—Me basta ver tus movimientos; m írate ahora mismo, la for­
m a en que extiendes el brazo es inteligente.
—¿Crees?
La voz de W eston se hizo dulce y envolvente.
—Creo que eres notable. N ada hay m ejor que la inteligencia
natural; la tuya es m uy aguda.
—Siem pre he querido ser alguien y no pasar p o r la vida in é­
dita —le confesó T in a —. Lo he in ten tad o en el teatro, en el
cine, en la vida diaria. T en g o algo maravilloso en mí y quiero
darlo.
La form a en que W eston la m iró, T in a no la olvidaría. P are­
cía decirle: “Yo me responsabilizo de que lo en cu en tres”. El
enam oram iento definitivo vino cuando Edw ard le enseñó sus
fotografías. “Este es el genio”, supo, arrobada, desde el p rim er
vistazo. Al m om ento siguiente decidió: “Q uiero estar al lado
del genio”. Q ue u n hom bre de ese calibre la m irara le confería
u n a solidez que antes no tenía.
En la m adru g ad a, T in a viajaba a Hollywood, a la M etro
Goldwyn Mayer. La hacían rep resen tar a la típica italian girl y,
p ara el director, ser italiana oscilaba en tre vam piresa y apache.
“Siem pre m e ven con u n p u ñ al atravesado en la boca.” “T ú
tienes la culpa p o r ser tan herm osa.” ¡Qué papeles! H asta ah o ­
ra no le habían dado n in g u n o que valiera la pena, no fuera a
creer Ricardo Gómez Robelo que Hollywood era el arcoiris.
“Y, ¿qué tal es Lawson B utt?”, p reg u n tó W eston, “dicen que es
m uy g uapo.” Lawson B utt había sido su enam orado en The Ti-
ger’s Coat. “¡No me hables de esa película, es m ediocre!” “Sí, leí
la crónica en el Vanity.” “Me gusta m ucho más I Can Explain.”
“W hat can you explain, T ina?” “Oye, ¿conoces a Sherw ood An-
d erson?” “No conozco a nadie; en Hollywood no p u ed e cono­
cerse a nadie; a mí me dan cada día u n a p arte de mi papel, lo
ap ren d o , en la m añana tem prano me envían a m aquillaje, ap e­
nas si hablo con las m aquinistas, salgo al plateau, encienden
los reflectores, obedezco al director, se repite la escena, no
p u ed o opinar, term ina el rodaje y... regreso aquí al atelier con
Robo. No creo que allá conozcan mi nom bre siquiera. Ayer oí:
‘Llam en a la exótica’. Es lo que sé de Hollywood y de mí m is­
ma, que soy la exótica.” “Pero tú tienes conciencia de ser b u e ­
na actriz”, intervino Edw ard alentador. “Sí, pero soy la única
que lo sabe. A n adie le im porta. M ientras yo no produzca d i­
n ero, ¿a quién p u ed o im portarle en Hollywood? Riding with
Death es igual de m ala que las otras.”

W eston tom ó u n a fotografía de Robo y T ina, en su am plio ate­


lier: Robo el p intor, T in a la modelo.

Robo y T in a se habían conocido en 1915, en la Exposición Pan


Pacific, en San Francisco, Robo m iró a las herm anas M odotti.
M ercedes lo señaló.
—Mira, qué distinguido.
Q uizá T ina se enam oraba de la form a en que la m iraban
porque esa m irada la conmovió. Q uería descubrirla. “Este artis­
ta busca algo más p ro fu n d o d en tro de mí, quizá me ayude a
enconerarlo." Robo le dijo: “T ina, eres rojo de vino y algo e n ­
trañable que hay que cuidar, al posarlo, p a ra que se vuelva
más valioso”. Pensó que q u erría vivir con u n h o m b re así. Robo
adem ás le contó que im prim ía batiks, que podía p erd erse en la
poesía, la de la form a y la de las palabras. T in a era costurera.
E ntre los dos ¡qué no lograrían juntos!
(Años más tarde, en Balbuena, Charles L ind b erg h saliendo
interm inable de su avión le recordaría la altura de Robo, el
aviador de sueños.)
Él, seis años m ayor, la protegía. La am aba con sus ojos. La oía
con sus ojos. AI cabo de u n tiem po, T in a se sintió flotar; Robo
había im preso a su relación la misma te rn u ra que em anaba de su
persona. T enía razón T ina al decir que no era de este m undo.
'Podía perm anecer horas m irando p o r la ventana sin hacer nada,
y‘eso a T ina la sacaba de quicio. Un día Gómez Robelo dictam i­
nó: “T ú eres u n a trágica, él un rom ántico; tú, como m ujer, tie­
nes inclinación a la catástrofe, él prefiere evadirse. T ú cam inas al
borde del precipicio, él sobre las nu b es”.

W eston invitó a T ina a su estudio p ara hacer otras fotografías.


T ina, hinchada, el deseo desbordándose bajo sus párpados que
en vano intentab a cerrar; imposible no tom ar su rostro entre
las m anos. La relación fue implacable. IQué locura! W hat’s co­
m e over me?, repetía T ina. La pasión le consum ía las entrañas,
Robo refu n d id o en el fondo de su m em oria. Al día siguiente
h u b iera querido re p e tir la sesión de pose; ah o ra sólo vivía p ara
el llam ado de W eston: “V ente al estudio". T ina le escribió el
25 de abril de 1921: “U na noche después... todo el día he esta­
d o intoxicada con el recuerdo de anoche y an o n ad ad a p o r la
belleza y la locura de todo ello... ¡Cómo p u ed o esp erar hasta
que nos volvamos a ver!” W eston era más com plicado. Sí, T in a
era exquisita, pero otras formas se dibujaban frente a él, igual­
m ente exquisitas.
“U na vez más he leído tu carta, y como siem pre, mis ojos se
llenaron de lágrimas. N unca antes me había dado cuenta de lo
espiritual que p u ed e ser u n a carta... ¡Le has dado u n alm a!”
Escribía con u n sinfín de signos de adm iración; su letra fe­
bril convertía los p u n to s en rayas y las mayúsculas en zigza­
gueantes relám pagos.
“¡Oh, que p u d iera yo estar contigo en esta h o ra que tanto
amo! In ten taría decirte cuánta belleza ha en trad o últim am ente
en mi vida. ¿Cuándo p u ed o ir hacia ti? Espero que m e llam es.”

El am or abarcaba a todo el grupo; esto que había en la secta,


este delirio entre amigos era más su bterráneo aú n que el am or
de dos; “somos conspiradores”; el dolor, el ingenio de Powys,
los celos, la envidia, el deseo, la pasión, todo lo fom entaba la
secta en u n inm enso abrazo que no acabaría jam ás; nadie p o ­
d ría quitárselo au n q u e se separaran y no volvieran a verse; lo
que habían vivido lo habían m odelado ju n to s, la intensidad de
la convivencia los había transform ado en creadores, algo h a ­
bían construido, todo podía o currir. El am or M odotti-W eston
era obra de todos y lo vivían en com ún. T in a se agostaba p o r
W eston; su espíritu, su ser total enfebrecidos p o r la intensidad
de su deseo. Lo decía llanam ente: “Surge desde mis sentidos
aú n vibrantes u n deseo ardiente de volver a besar tus ojos y tu
boca”. R ecordaba el sabor del vino en la boca del am ado, sor­
bía sus labios, su saliva y lo único que existía p ara ella en los
días p o r venir era la cita y la presión de su cuerpo.
Robo observaba. El tem peram ento de T in a lo desbordó des­
de el p rim er m om ento. Su m ujer tenía épocas en que no cabía
d en tro de sí. “Can I do anything for you? W ould you like to
travel to San Francisco to see your m other and father? W ould
you like us to go som ew here?”, le p reg u n tó con angustia. “Yes,
b u t alone.”
T ina tom ó el tren a San Francisco a ver a su familia, a refu ­
giarse en el 901 de la calle U nion. Q uizá la solidez de las con­
vicciones políticas en torno a la mesa de cocina, quizá la voz
de G iuseppe, darían u n poco de sentido a su cabeza enloque­
cida, a su corazón atónito, lugar de hogueras.
E ncontró al p ad re m uy preocupado, lleno de ira contra la
injusticia social. El 3 de mayo de 1920, A ndrés Salcedo, el tipó­
grafo m exicano, cayó del piso catorce del M inisterio de Justicia
de N ueva York do n d e lo interrogaban. Era u n o de los a n a r­
quistas de M assachusetts, amigo de Nicola Sacco y B artolom eo
Vanzetti, tam bién inm igrantes italianos. En 1913, cuando T in a
llegó a los Estados U nidos, G iuseppe le habló largam ente de la
huelga textilera de Lawrence, M assachusetts, en que dos italia­
nos, Ettore y Giovanitti, fueron acusados del asesinato de u n a
joven, m uerta a m anos de la policía. Las luchas obreras, las
huelgas, los paros y las m archas eran u n clavo ard ien te en la
vida de G iuseppe. T ina, a través de su p ad re, se interesó en el
destino de los dos obreros como habría de apasionarse p o r
Sacco y Vanzetti. Leyó con fervor los ejem plares de The Masses
que su p ad re coleccionaba, y u n a tard e en u n a galería de arte
se enfureció con u n a m ujer que dijo: “El obrero sueña con te­
n e r lo que tiene el b u rg u és”.
Los M odotti habían vivido con la m iseria cara a cara. La fami­
lia M odotti, en San Francisco, totalm ente de acuerdo con la
cam paña en contra de la g u erra, se unió a socialistas y sindicalis­
tas norteam ericanos, los Wobblies guiados p o r Big Bill Hay-
wood, quien peleaba con puños y palabras, y los slackers que se
negaban a en trar al ejército. Tenían razón. Cualquiera que supie­
ra lo que significaba la g u erra se negaría. Ciento quince mil
norteam ericanos no regresarían en 1918. N ada más adm irable
que las voces de Max Eastm an y de Em ma G oldm ann en el IWW,
International W orkers o f the W orld. Aconsejaban salir a la calle,
m anifestarse, m archar, gritar en público su oposición. “La única
form a de ten er p o d er es o rg an izam o s.” Eugene Victor Debbs,
trabajador ferrocarrilero, hacía u n a cam paña desde su celda de
prisionero. Q uien más atraía a los M odotti era Luigi Cario Frai-
na, u n napolitano flaquito de pelo rizadísimo, brillante en sus
alocuciones. Earl Russell B row der tam bién era u n hom bre p e ­
queño, encarcelado p o r conspirar contra la draft law, la ley de
reclutam iento. No era excepcional ni como o rad o r ni como es­
critor y sin em bargo m uchas organizaciones subsidiarias del p a r­
tido com unista fueron creadas p o r él. En cierto m odo, escapaba
al severo control de Moscú p o rq u e era capaz de p erd erse en la
oscuridad del fondo. T odos ellos tenían u n a finalidad concreta,
algo inm ediato que hacer.
A T in a le hacía bien estar con sus padres, con B envenuto,
tan sólido en su lucha, con la m am m a que la adivinaba. ¡Y yo
que me h u n d o en el individualism o, qué vergüenza mis tu r ­
bulencias pequeñoburguesas! Sus padres la devolvían a su
esencia. “Deja que a tu personita la invadan las idéas, el send-
m iento vendrá después.”
Al reg resar de su trabajo en u n a im prenta, Ben, el m ilitante
m ejor estructurad o , el herm ano que hablaba inglés como n o r­
team ericano, charlaba con su h erm an a m ayor hasta m uy e n tra ­
da la noche. Bebían vino tinto en la mesa de la cocina. “En el
IWW las m ujeres reciben el mismo trato que los cam aradas
— exactam ente el mismo, ¿me oyes? —, y cualquier palabra es
perm itida: coito, aborto, orgasm o, sexo, control natal, hom ose­
xual, lesbiana, n in g u n a hipocresía, n in g ú n p u d o r burgués d e n ­
tro del nuevo socialismo. Senti, sorella, senti: las m ujeres son
responsables de su cuerpo, p u ed en hacer con ese cuerpo lo
mism o que los hom bres.” Si la M ercedes, la herm an a mayor,
decidía dejar a su com pañero, toda la familia la apoyaría. “La
m ujer en la sociedad com unista d ep en d e de su trabajo, no de
su m arido, y esto cam bia totalm ente las relaciones. T ien en d e ­
rechos idénticos y ambos son libres, cam aradas, amigos resp e­
tuosos. La m ujer ya no está al servicio del p atró n del hogar.
Capisci, sorella, capisci?”

Por más que se esforzó, p o r más ocupada que se m antuvo, T in a


pensaba en Edw ard; la obsesionaba todo lo que tenía que ver con
él. Escribió a Jo h a n H agerm eyer, el m ejor amigo de W eston, una
carta hum ilde solicitándole u n a entrevista con el solo propósito
de hablar de Edw ard. “...El señor W eston me dio su dirección
antes de mi partid a (m ejor dicho, yo se la pedí), porque deseaba
ardientem ente verlo. El me habló tam bién de los buenos libros y
de la b u en a música que usted posee (por eso mi atrevim iento).
Estaré aquí sólo u n a sem ana más, así que llám em e cuando le
convenga e iré. Mi n ú m ero es F ranklin 956, la m ejor h o ra es p o r
la m añana, alred ed o r de las nueve...”
H agerm eyer la recibió, puso música, sirvió vino, ofreció ciga­
rrillos, habló de W eston, seducido como los dem ás. T in a bebió
hasta lo más ho n d o de su copa, si bebía así hondo, ho n d o el
vino descubriría el secreto de Edward. Entre tanto se extasió
con sus libros, citó a Oscar Wilde: “Sólo hay dos tragedias en
este m undo, u n a consiste en no conseguir lo que se desea; la
otra consiste en conseguirlo”. Le confió que posar p ara Wes­
ton la hacía feliz y la llenaba de orgullo.
Q uería pregu n tarle: “¿Crees que tu amigo me am a?” pero se
contuvo. T in a h u b iera querido hipnotizar al m undo; no ag u an ­
taba su indiferencia.
Fue u na herm osa tarde y después, cuando T in a se la descri­
bió a su am ante, éste se enceló.

R eintegrada a la secta en Los Angeles, T in a siguió escuchando


panegíricos de México.
—La vanguardia es la revolución, ustedes tienen la revolu­
ción aquí tras la frontera ¿por qué no van? Yo los invito. (Las
largas y flacas m anos de Gómez Robelo resultaban elocuentes;
en la fealdad de su rostro, en el grosor de sus labios había
tanta inteligencia que los dem ás se convertían en sus especta­
dores; le devolvían su m irada pesada, intencionada.) “Al alcan­
ce de su m ano”, gesticulaba Gómez Robelo, “están todas las
posibilidades que ofrece la revolución.”
—Oye, Robelo, ¿quiénes son unos herm anos Flores M agón?
E ditaron aquí Regeneración, p ro p o n ían la revolución m undial.
—Son anarquistas, están locos.
—¿Y u n a revista que se llama Gale’s Magazine, del p artid o co­
m unista de México? —inquirió Tina.
—No sean insensatos —intervino Powys —. ¿Cómo va a conocer
Gómez Robelo u n a revista comunista?
—Mi gobierno está interesado en las transform aciones sociales
—respondió Rodión —. Es el prim ero en prom overlas. Ocho bata­
llones de obreros rojos p elearon al lado.de O bregón en el Bajío.
Son p arte de la revolución.
—Lo curioso es que la edita Linn A. B. Gale, quien p rim ero
hizo la revista Slacker, en inglés, dirigida a todos los n o rteam e­
ricanos que viven en México —insistía Ramiel.
—¡Nada con los bolcheviques, nad a con los bolcheviques!
—gritó Powys.
—C ualquiera que apoye a los slackers es digno de encom io;
estoy en contra de los explotadores del pueblo. ¿A quién b e n e ­
ficia u n a gu erra, sino a los altos burgueses fabricantes de a r ­
mas? —secundó el poeta a su m ujer.
En ocasiones, Robo podía so rp ren d erlo s a todos.
—Yo colaboraría con gusto en una revista así. ¡Viva el bol­
chevismo!
—La situación de México es ideal para u n cread o r —enfatizó
Gómez Robelo —, p ara u n a vanguardia. Allá, los no rteam erica­
nos viven m uy tranquilos, se saben libres; nadie los enrola en
el ejército. Los anarquistas; los sindicalistas, todas las filosofías
y todos los credos tienen cabida en mi país. ¡Puedes ser hasta
bolchevique si se te da la gana! Vám onos a México; hay te rre ­
nos baratísimos, m enos de quinientos dólares, m ucha tierra, si­
tios de etern a prim avera como C uernavaca, todo regalado;
podrem os vivir en com una; com partir el ja rd ín , hacer crecer
hortalizas, lejos de la industrialización. Xochimilco, la Venecia
de América, T ina, abre sus canales d en tro de u n a tierra cubier­
ta de flores, Robo. El espectáculo quita el aliento, Cowper. En
V enecia no hay flores, Ramiel, sólo piedras m ojadas; en X ochi­
milco florean hasta las piedras. Podríam os ed u car a los hijos
en tre todos. U no les enseñaría arte, otro idiomas. ¡No es u n
sueño! T ina, Edw ard, el general Francisco M urguía antes de
tom ar las arm as era fotógrafo; dígam e, T ina, ¿cree usted que
hay algo m ejor p ara los hom bres sobre este pinche y herm oso
m undo? Yo salgo m añana p ara México, el gobierno me llam a
para trabajar en la educación.

1 DE FEBRERO DE 1922

En respuesta a la inspiración de Gómez Robelo, L'Abrie Ri-


chey tom ó u n tren en diciem bre de 1921. Aún más entusiasta
que el m exicano, escribió que en México el arte es u n acto
m oral. T ina, vente en seguida, vengan todos; Edw ard, esto es
m aravilloso; T ina, n u n ca pensé que encontraría u n país p ara
los artistas y México lo es: da todo.
H abía conocido al poeta Santos Chocano; José Vasconcelos,
m inistro de Educación, era u n titán; gracias a él, los cam ­
pesinos leerían a Plotino, a Sócrates; los diálogos de Platón
estarían en libreros de m am postería en C hapultepec: sin biblio­
tecario, esperando al paseante. Vasconcelos, u n visionario, p ro ­
movía la p in tu ra m ural, tenía u n a mística y u n a doctrina p ara
su país, ¡cuánta nobleza en sus loas al desarrollo del talento
innato de los mexicanos! El destino de México era superior.
N ada en su vida, óiganlo bien, nada antes lo había tran sp o rta­
do tan alto como México; vivía al b o rd e de las lágrimas, qué
ejem plo, México, qué país noble, qué g ran país.
Robo exhortaba a W eston, a quien iban dirigidas doce pági­
nas de ap retad a escritura:
“...Hay más poesía y más belleza en la figura solitaria, e n ­
vuelta en u n sarape y recostada a la ho ra del crepúsculo en la
p u erta de u n a pulquería, o en u n a joven azteca de color b ro n ­
ce que am am anta a su hijo en u n a iglesia, de las que se p o d rá
en co n trar jam ás en Los Angeles en los próxim os diez años.”
“...¿Puedes im aginarte u n a escuela de arte do n d e todo es
gratuito p ara todos —m exicanos o extranjeros —: clases, com ida,
alojam iento, colores, lienzo, m odelos, todo gratuito? N in g ú n
exam en de adm isión. La única condición es que u n o quiera
aprender.”
Robo inform aba que Gómez Robelo, ah o ra jefe del D ep arta­
m ento de Bellas Arles, instaba a W eston a ex p o n er y a v ender
sus fotos en México; a él ya le habían solicitado dos dibujos en
la Biblioteca Nacional; describía el polvo d orado en las calles
de México City y a las señoritas de párpados pesados asom adas
al balcón, “Saluda a tu familia y a la señorita M ather. Escríbe­
me p o r favor lo de tus fotos y dim e si vendrás. C réem e, soy tu
am igo de siem pre, Robo.”

10 DE FEBRERO DE 1922

A p u n to de salir a México p ara reu n irse con él, T in a recibió


u n telegram a: Robo m uerto de viruela en México, solo, en el
hospital Am ericano, el 9 de febrero de 1922. ,
1Pobre Robo, pobrecito mío! Sintió p o r él más am or del que
había sentido en el últim o año. Buscó sus poem as. Los reu n i­
ría en u n libro. H aría p o r el m uerto lo que no hizo en vida;
darle un sentido a su presencia en Los Ángeles, en México,
valorizarlo, i Pobre Robo, pobrecito mío! Lloró. Él jamás había
trabado su camino.
Viajó entonces con su suegra Rose Richey; am bas qu erían
levantarle u n a tum ba. Al cru zar la frontera, a T in a le pareció
escuchar un italiano dulce cantado p o r hom bres y m ujeres h u ­
mildes que se acercaban a la ventanilla del tren. El país se ex­
te n d ía inm enso, la luz d eslu m b ró a las dos m u jeres. En
México, el propio Ródión, cada vez más flaco, y sus amigos,
recibieron muy bien a la joven viuda de veinticinco años y a
Rose Richey, la m adre. Ambas leyeron conm ovidas en El Uni­
versal Ilustrado el escrito dedicado a Robo p o r Rafael ílelio d o -
ro V alle y e! de Rafael Vera, Algunos mexicanos hablaban de
la m irada de Robo, llena de ilusión, su asistencia a conferen­
cias en el anfiteatro de la p rep arato ria y en la Escuela de Arte
al Aire Libre, su simpatía. Robo no había pasado p o r México
como u n fantasm a; dejaba constancia de su obra y de la gene­
rosidad de su figura hum ana. H asta en el B ritish Cow dray H os­
pital, donado a la colonia británica p o r el zar petro lero cuyos
éxitos com o ex p o rta d o r le valieron el título de L ord Cowdray,
recordaban que parecía oír voces del más allá y que a pesar de
que su agonía fue m uy violenta, una suave sonrisa perm aneció
sobre su rostro hasta después de su m uerte. A am bas m ujeres
les conm ovió visitar los sitios que Robo había descrito. A T ina,
el país la atrapó- Sí¿ México, tenía razón Robo, poseía la g ra n ­
deza y la magnificencia de u n a tem pestad.
T ina, estim ulada p o r el cálido recibim iento y la vivacidad del
am biente artístico, se dedicó a m ostrar las fotografías de W eston
con vistas a u na exposición fu tu ra en la Academia de Bellas
Artes. Ese era el arte que Robo había prom ovido. La acogida fue
entusiasta. Los amigos de Gómez Robelo, m édicos como F ederi­
co M arín, Leo M. M atthías, “¿cómo negarm e ante una em isaria
tan atractiva?”, el escritor alem án H al Croves o Ret B aru t o B.
T raven, y Ju lio T o rri, ap laudían el arte de W eston, y u n joven de
u n a gran cultura, P epe Q uintanilla, ofreció co m p rar varias foto­
grafías y com unicarle adem ás su entusiasm o a su h erm ano dip lo ­
mático, Luis, m uy bien relacionado. N inguno quería dejarla ir.
La d u lzu ra y el picor de los platillos m exicanos se estrem ecían
en su paladar; el crujir de la tortilla tostada, el guacam ole u n tu o ­
so, el tequila descendiendo enardecido, el lim ón verde, más li­
m ón que en n in g ú n otro país, tem plaban sus nervios; el mole le
daba peso con sus especias achocolatadas y su caída, pero la
espum a angelical de los m erengues rosas, evanescentes, la subía
al cielo. “Com ulga con alegrías y pepitorias, T in a, son un santísi­
mo sacram ento. ¿Tú sabes lo que son las semillas de am aranto?"
Incapaz de germ an ecer m ucho tiem po sentada, T in a los ha­
cía vivir con su cuerpo. E l'm uchachiio Pepe Q uintanilla, des­
pués del banquete, todavía con el sabor del café de olla en los
labios, la atrajo hacia él y con u n a ex trao rd in aria seguridad la
besó en la boca. “No te vayas, quédate siem pre conm igo.”
A T in a le tem blaron los muslos.
¿Era ésa la inm inencia del futuro?
U na vez term in ad a la tum ba en el Panteón de Dolores, T in a y
Rose Richey regresaron a los Estados Unidos; allá, otro golpe
esperaba a Tina: la m uerte de G iuseppe.
Su p érd id a era la ausencia de u n caudal de h o n rad a energía.
Su carencia de recursos lo hizo siem pre trabajar artesanalm en­
te y con el pro d u cto de sus m anos logró traer a “la Am érica” a
su familia. C on sus m anos había sostenido en U dine la b an d era
rojinegra; su m ano izquierda se hizo p u ñ o en las m anifestaciones
reclam ando su derecho y el de sus com pañeros. Sus m anos le­
vantaron a T in a en alto en el p rim er exilio p ara que viera a la
m ultitud de obreros exigir u n aum ento de sueldo; debían com er
algo más que polenta, sus hijos tenían derecho a la educación.
Sus m anos le hicieron su único ju g u ete. T in a am aba esas m anos
venosas y no había p o dido verlas p o r últim a vez, decirle: “Papá,
qué bien lo has h ech o ”. A hora T in a haría suyos sus sueños de
libertad, viviría el sueño incitador de los pobres, el de la lucha
p or u n lugar digno en la tierra.

La m uerte de G iuseppe la confirm aría en su deseo de ab an d o ­


n a r los Estados U nidos. En San Francisco, T ina, en brazos de
la m am m a, confió: “Q uiero em pezar de nu ev o ”.
Prom etió escribirles apenas llegara y hacerlos partícipes de
su nueva vida. Ellos, los_M odotti, eran como gitanos, do n d e
uno iba, los.otros lo alcanzarían.
Esta decisión cobró aú n más peso cuando T in a y Edw ard
visitaron u n a exposición de artesanía mexicana m ontada en
Los Angeles p o r el joven pintor, grabador, dibujante y carica­
turista, Xavier G u errero . A hora sí, nad a ni nadie podía re te n e r­
los en.Los Ángeles.
“Sei'é tu ayudante, Edw ard; a cam bio de casa y comida. Me
enseñarás fotografía; desde ahora tengo trabajo; soy tu asisten­
te. No podría viajar contigo si yo no fuera a trabajar."
P ara curarse en salud y no sentir q u e abandonaba a su fami­
lia, adem ás de u n ayudante, W eston llevó a México al m ayor
de sus cuatro hijos, C handler. Flora, la esposa de W eston, los
acom pañó al m uelle y gritó al zarp ar el 55 Colima'. “T ina, take
good care o f my boys".
En el SS Colima T in a pasó días inclinada sobre la b orda y u n o
de los m arineros le trajo u n lim ón partido: “C húpelo fuerte,
jálele todo, el ju g o y la p u lp a y va usted a ver que se le pasa”,
pero el barco seguía sacudiéndose en u n zarandeo que parecía
no ten er fin y W eston exclamaba en español: “Pobrecita” y la
conducía hasta el cam arote, cargándola casi, p ara acostarla y
cubrirla con u na sábana, porque las cobijas no se aguantaban;
la atm ósfera era sofocante como si todo el barco se hu b iera
vuelto u n inm enso cuarto de m áquinas. A T in a sólo le q u ed a­
ba dejarse ir como u n a pobre cosa, sin nad a en el estóm ago
salvo la sensación de m areo. C uando el barco se deslizaba so­
bre las aguas sin u n a arru g a, sin u n a burbuja, intactas, el dulce
ru id o del m ar m oría en el casco; T in a m iraba la p equeña b a n ­
d era del SS Colima colgar m ansam ente, veía a W eston con su
cám ara y a C han d ler convertido en la som bra de su p adre.
Desde su asiento en cubierta podía seguir con los ojos a la
tripulación d eso rd en ad a y bulliciosa a la cual el capitán, u n
austriaco gritón, m aldecía enrojecido. La escogió a ella p ara
darle inform ación sobre el país, la form a de ser de los m exica­
nos, su suciedad, su ignorancia, su ineficacia que a ella le p a re ­
cía u n descanso después de los movim ientos metódicos y el
horrible mecanicismo de Los Angeles. En el SS Colima el es­
fuerzo no se sentía, au n q u e debía existir, claro, si no, el barco
no navegaría; todos corrían como animalitos. En u n barco n o r­
team ericano el esfuerzo hu b iera sido patente: “M iren qué bien
trabajam os, m iren qué puntuales, qué organizados”.
T in a había llegado a odiar su eficiencia. Le encantaba ver a
u n m uchachito m oreno y delgado en pantalones de m anta p a ­
sar tres veces la je rg a cerca de su asiento sin enjuagarla jam ás
p ara luego levantar sobre ella unos ojos que tenían la calidad
de la brasa. Al p rim er grito del capitán se escurría como u n a
ardilla, las palm as de sus m anos rosas. T odos eran m orenos,
lam piños y trabajaban con el torso d esnudo, el suyo era u n
torso fino y elástico lleno de reflejos que le hacían pensar en
la líquida pelam bre de la pantera.

O tro había sido su p rim er viaje p o r m ar. Q ué espanto la im a­


gen de su pequeña figura acuclillada en lo más h o n d o del bar-
co, envuelta en chales, hasta que p o r fin, vencida p o r el can­
sancio, se dejó caer sobre su m ísero bulto: u n a colcha raída en
la que su m adre, adem ás del fondito, las dos blusas, la m u d a
de ropa interior, el tapado, había puesto u n m antel: “M amm a
¿para qué u n m antel?” “Puedes venderlo, ese m antel es lo m e­
jo r que tengo.” Los prim eros días, T in a tuvo b u en cuidado de
no m achucar su falda negra, cortada d en tro de la falda de su
m adre, u n paño m uy resistente p orque p u d o salir otra falda
p ara la m uchachita. A guantaría no sólo la travesía sino los p ri­
m eros meses en América. T in a pegó su frente contra la lám ina
verde y los gruesos rem aches boludos y conservó d u ra n te casi
todo el trayecto su posición fetal d en tro del gran m onstruo
m arino. Desde el m om ento en que supo que la tercera —la cla­
se de los em igrados — estaba más abajo del nivel del m ar, sintió
el h o rro r paralizarla. Se había cerciorado, in crédula prim ero:
“¿Que el m ar está más arriba? ¿Cómo?” “Sí, viajamos ad en tro
del agua. Por eso no hay escotillas.” Ay dio, dio, dio, dio mió,
el agua caía sobre su cabeza, doblándole el cuello. “El m ar está
arriba de nosotros, yo cargo el m ar.” Im aginaba la quilla del
barco rozando el fondo del océano y ella separada de la tro m ­
ba p o r esta lám ina m ohosa que se resquebrajaría al p rim er
golpe. Sin derecho a u n rayo de luz, a u n a brizna de aire,
aguardaba la avalancha. C ualquier encontronazo y los em igra­
dos serían los prim eros que el agua engulliría, ¡qué m uerte! El
agua encajonada seguiría su rug ien te cam ino hacia el océano
llevándoselos a todos, arrastrándolos bru talm en te, los p u lm o ­
nes destrozados p o r la fuerza m ortal de la corriente. El barco
se desfondaría, q uedaría acostado en el lecho del océano, peg a­
do a la arena. Sólo la p rim era clase p o d ría salvarse; p ara la
p rim era eran esas barcazas que colgaban y que había visto des­
de el muelle. Por eso cuando tuvo noticia de las turbonadas y
golpes de viento huracanado, T in a no se movió. J u n to a ella
alguien m u rm u ró : “H u racán en form ación”. O tra voz añadió:
“La radio o p erad o ra central anunció la llegada de vientos más
fuertes que los calculados”. De pronto, en pleno vendaval, es­
cucharon los gritos desaforados de u n a m ujer que intentaba
subir a prim era. Casi todos los de tercera eran refugiados ita­
lianos; no tenían derecho a pasar a segunda, m ucho m enos a
cubierta. F uera de la m ujer a la que p ro n to devolvieron a su
litera, nin g u n o se aventuró al exterior de esa cavidad negra,
rugiente, que constreñía a hom bres, a m ujeres y niños, repe-
gándolos unos a otros y a la lona de sus costales o de los os­
cu ro s lienzos q u e h acían las veces de costal c u a n d o no
recubrían cuerpos hum anos. T rapos y gentes eran lo mismo,
bultos todos, tirados todos, am ontonados todos. D orm ían, los
pies del un o sobre la cabeza del otro, los niños en tre los cu er­
pos de los adultos, a riesgo de p e rd e r la vida p o r asfixia, las
m ujeres con sus cabezas envueltas p o r hilachos grises y negros.
C uando el barco se levantaba p ara luego clavarse, u n a ola de
gem idos se levantaba tam bién de los cuerpos yacientes, los
niños se incorporaban sobre sus codos m irándose em pavoreci­
dos, y en algún sitio bajo sus párpados había m ucho sufrim ien­
to adulto.
Si T ina escogió el lu g ar más alejado fue para elu d ir el olor
fétido y dulzón de los que devolvían el estóm ago. Comían, vo­
m itaban. Salvo llegar a p u erto , nad a podría salvarla.
Dos días antes de atracar en el m uelle de N ueva York, al­
guien le tocó el hom bro: u n joven de pelo en m arañ ad o le se­
ñaló u n a puerta. N ada le dijo, ni siquiera síguem e. No había
p o r qué hablar; T ina lo obedeció con dificultad, los zapatos se
le atoraban a cada paso; apenas podía m antenerse en pie, y
azotándose aquí y allá en el pasillo se dejó caer con todo el
cuerpo en el sitio indicado: u n espacio en el piso. Por una es­
cotilla entraban la luz y el aire salado. T in a puso su cabeza
sobre su colcha hecha bulto y d urm ió con la cara vuelta al
m ar, u na infinidad de gotas salpicándola. Así llegó al m uelle
de N ueva York y atisbo en tre la espesura de la niebla otro p ro ­
m ontorio de niebla sobre el cielo gris y sucio del hu m o de
chim eneas. “A su izquierda la estatua de la L ibertad.” Sólo la
antorcha podía distinguirse. Bajo el lento, triste u lu lar de las
sirenas, recogió su colcha, se alisó la falda y am arró a su cabe­
za su m ascada negra. El barco avanzaba lentam ente sobre las
aguas m ercuriales y tres barqüitos negros venían a su en cu en ­
tro. Algunas formas oscuras y encorvadas seguían em ergiendo
de tercera, porque ah o ra que tocaban p u erto , tenían perm iso
de subir. El m areo todavía se pintaba en los rostros desencaja­
dos, y los em igrantes vieron con asom bro y una sensación de
desesperanza la luz eléctrica a las doce del día. “¿Y el sol?”
U na voz intentó alentarlos: “Siamo arrivati, siamo arrivad.
Q uesta é Nuova Y ork”, pero hasta la hilera de focos se veía
opaca —naranjas sin ju g o en m edio de la grisura —. “Siamo arri-
vati bam bini, vai p resto ” y cautelosas familias enteras descen­
dían a la neblina.

A hora en el 55 Colima pegaba su frente a la lám ina verde, reco r­


dando, m areada, ¿o sería el am or de W eston el que la m areaba?
•Tina y Eduardo'
Fotografía anónima

20 DE AGOSTO DE 1923

C u an d o Llewellyn, el asistente
de W eston, vio la lluvia, tuvo u n a ocurrencia: “Vamos a la azo­
tea”, y em pezó a quitarse la ropa. Subió la escalera: “T ina,
C h andler, E dw ard”, llamó. Lo alcanzaron el niño, que en M éxi­
co crecía cada vez más rubio, la m u jer que reía de entusiasm o y
el fotógrafo ya desnudo. “Vamos a ju g a r a las escondidas. La
trae T in a.” A ella le tocaba p erseg u ir a los dem ás; W eston esca­
paba en tre brincos; C h an d ler se escondió tras el tinaco. De u n
resbalón el niño fue a d a r a los pies de su padre: “No se vale”. “It
hu rts, daddy, it hurts. I haté this gam e o f hide an d seek.” “T h e
w ater will heal it, d o n ’t w orry”, lo levantó W eston. ¡Ah, cómo
creía en las propiedades curativas del agua! T in a reía con el pelo
en la cara, “no veo nada, me enceguece la lluvia”. El agua a rre ­
ciaba. “Come on C handler, come o n .” La risa sacudía los pechos
de T ina, m enos grandes que en Los Ángeles; de tanto cam inar
en México, adelgazaba.
Las gotas resbalaban sobre sus dientes blancos en hilitos has-
ta su cuello, sus piernas ofrecidas, sus piernas viniendo hacia él
calientes, temblorosas, sus piernas que podían ser tijeras que le
cercenaran la cabeza. W eston, resorte de sí mismo, escapaba:
“Sal, cobarde”, gritaba a Llewellyn. Débil cuando niño, W eston
en tren ó para ser co rred o r y como b u en norteam ericano los d e ­
portes fueron su obsesión. A los trein ta y seis años, diez más
que T ina, estaba orgulloso de su condición física, su estóm ago
plano, sus músculos duros. En G lendale, p o r las m añanas lu ­
chaba desnud o con sus cuatro hijos y en T acubaya ni u n solo
día dejó de bañarse a jicarazos en el patio de El B uen R edro,
en la avenida del H ipódrom o 3. A pesar de ser más jo v en , Lle-
wellyn tenía lonjas, p ero T ina, ¡qué belleza! El triángulo perfec­
to y tu p id o de su sexo a d q u iría en la lluvia fulgores d e
diam ante. “T ú la traes”, C h an d ler de u n brinco alcanzó a su
p ad re y éste lo abrazó feliz. Después, en la p u ra gloria de estar
vivos bajaron, se envolvieron en toallas y sentados leyeron
Moby Dick. Q ué azoteas las mexicanas, eran 'las sábanas de la
ciudad, blanqueaban la luz, la hum edecían. ¿Qué había en los
L e c h o s californianos? N unca le interesó saberlo. De vez en
cuando, W eston r e c o g í a alguna g o t a q u e todavía escurría de
los cabellos de T in a, que leía en voz alta. Sus dedos húm edos
m arcaban el b o rd e de la página. “Esto no l e disgustaría a Mel-
ville”, sonreía W eston, "Soy bárb aram ente feliz”, concluía T ina.
Sus ojos i r r a d i a b a n salud. Puso s u b r a z o derecho en t o r n o al
c u e l l o de Edw ard y lo besó con t a n t a en erg ía que él L u v o que
d e f e n d e r s e : "Ya, y a , y a , tu am or m e m a t a ” .

T enía los ojos fijos en el cielo cuando al bajarlos vio a T ina,


bañándose al sol, desnuda. A puntó su cám ara hacia el objetivo
terrestre. C uando ella se puso el kim ono, la alcanzó anhelante
en su recám ara, su piel caldeada p o r el sol. Al revelar los n e ­
gativos, T ina y él los exam inaron entusiasm ados. “Ésta es la
m ejor serie de desnudos que he hecho.” Las fotos tenían cara
y sexo —raro en W eston que ocultaba ya fuera el rostro o el
vello púbico de su m odelo anterior, M argarethe M a th e r—. A du­
cía razones de composición, pero debían ser otras.
En el cuarto oscuro, ju n to a su m aestro, T in a hacía ap arecer
d en tro del líquido revelador una nueva im agen de sí misma, su
cuerpo que siem pre la acom pañaba y le era desconocido.
La piel, su envoltura hum ana, la com pletaba. No tenía pala­
bras para decirlo, reinventaba su relación consigo misma, se
quería. Si su cuerpo podía transm itir esa fuerza, la p ro fu n d i­
dad de las sombras, la arm onía y el ritm o de su diseño, en to n ­
ces ella tam bién sería inolvidable. Su cuerpo allí en el papel
trabajaba sobre ella, adquiría u n carácter im presionante. E d­
w ard, su m aestro, le b rin d ab a u n a nueva m anera de ser Tina.
Estar desnuda era ser ella misma, sin disfraz, y m ostrarse en su
desnudez era presentarles a los dem ás el más herm oso vestido.
Edw ard le había dado los instrum entos, abriendo d en tro de
ella u n flujo de energía creativa antes desconocido o apenas
intuido, y las placas de gelatina y plata, el celuloide, la em u l­
sión y la luz para fijar la im agen, eran los elem entos del descu­
brim iento que él, sin más, había puesto en sus manos.

Antes del am anecer en la casa silenciosa, W eston se deslizaba


a la mesa a escribir su diario. De cada sesión consigo mismo,
se levantaba limpio de polvo y paja; b arría su corazón y su ca­
beza con la escritura: “Este es u n b u en sitio p ara vaciarse... u n a
form a honesta, directa y reverente de acercarm e a la gracia de
la revelación.”
A fuera, México perm anecía al acecho, México lentísim o, vio­
leta, el gran valle azteca como lo llam aba Je a n C harlot, México
torvo, em pistolado, deslum brante. A dentro, el silencio, la p e ­
n um bra, la soledad frente a la mesa de trabajo, en este tiem po
creado p o r él, este tiem po detenido en la m ad ru g ad a p ara él,
este espacio sólo suyo, sacado de la etern id ad y que ten d ría
que devolverle a la.etern id ad . W eston lo sabía suyo m ientras
escribía o cortaba u n a de sus fotos y la sostenía ansioso para
exam inarla. T am bién ese trozo de papel ante sus ojos era u n
pedacito de eternidad.
W eston vivía en la revelación, la de T in a y la del país que
T in a le brindaba. “T odo me gusta, me siento p arte de la g en ­
te ”, acogía lo que estaba a su alcance. “M ira T ina, el color del
m uro, la buganvilia.” “Fíjate E duardito, antes que el sol, van a
salir las m uchachas a reg ar la banqueta. Cada u n a b arre su p e­
dazo de ciudad. ¿No es éste el rep arto equitativo de la belleza:
una ciudad engalanada entre todos? En México cada p ied ra es­
tá viva, habla, voy a hacerm e u n lugar en esta tierra, voy a
traer a la m am m a, a los míos, oh, ellos se sentirán aquí como
en U dine, ¿viste el aire, Edw ard, lo viste? Este alto valle está
tan cerca del cielo que podem os alcanzarlo. ¿Viste qué aire d el­
gado? Dan ganas de salir volando. De niña soñé que volaba,
dejaba caer la tierra detrás de m í y sólo el cielo y yo, el cielo
y yo, el cielo y yo.” T in a lanzaba los brazos al aire, W eston
seguía el m ovim iento de sus pechos levantados.
T in a le nom braba a México.
N unca la había visto tan exuberante y febril; atraía com o la
luz, una sonrisa flotaba entre ella y los otros; las llamadas a
la puerta eran para “la señorita”. Al saber que había regresado
a México, Federico M arín, el jo v en José Q uintanilla y Baltasar
D rom undo se p recipitaron a la casa de El B uen Retiro. In q u i­
rían p o r ella, no p o r W eston. Si no la encontraban, insistían:
“Al rato vengo”. Todos m enos Ricardo Gómez Robelo, al fren ­
te del D epartam ento de Bellas Artes desde 1920. “C ualquier
día p u ed en encontrarlo e n el café C hapultepec.”
U na m adru g ad a, u n estallido de pólvora los despertó. C o rrie­
ro n al balcón; W eston abrazó a T ina. “¿Será u n a nueva re ­
volución?” El color se le había ido de la cara. D espués se
acostum braron a los cohetes. O tro día, W eston le dijo a Elisa, la
criada: “Q ué coheterío el de esta m añ an a”, la m uchacha contes­
tó impasible: “.Sí, en T acubaya hubo balacera”. “¡Qué!” “Sí, no se
ap u re, lps peliados p o n en las am etralladoras y cuando están
listos, agitan sus som breros al aire p ara que los m irones se es­
condan y no les toque la bala.” W eston le p reg u n tó a Rubicek, el
d u eñ o de la galería Aztec Land si habría otra revolución:
—No una, cuarenta.

Cada vez que W eston m ontaba su Graflex sobre el tripié, a


m edia calle se form aba u n a ru e d a de curiosos. En los m erca­
dos era mal recibido. “Aguas, la p ren sa.” “No se vayan, somos
am igos”, rogaba T ina. “¿Me van a sacar en el periódico?” No
en ten d ían su adm iración p o r el b arro negro de Oaxaea, p irin o ­
las, canastas, sirenas que soplándoles p o r la cola silban, los pla­
tos en m ontones. ¿Qué tanto le verán a esa loza del diario?
¡Huy!, esos fotógrafos no traen el teloncito con los volcanes. ¿A
poco van a re tra ta r así nom ás a ráiz? Ni dejan que u n o se pei­
ne. Llegan al m ercado, se em pinan sobre los trastes y a re tra ­
tarlos, ni siquiera u n trapito ponen en el suelo, q u ieren sacar
el p u ro cochinero. Allí está la señora ab rien d o u n a chirim oya,
llevándosela a la nariz, qué perfum e dice, y la m u erd e, estoy
com iendo perfum e, pruébalo, Edw ard. H abla raro español, p e­
ro no ha de ser gringa, él no dice u n a palabra, p ara todo va
con ella, bonita la señora, lo que sea de cada quien, y am able,
felicita a todos, bate palm as ante lós puestos y exclama: “¡Qué
lindo, pero qué lindo!” Así son los extranjeros de volados, to­
dos se chiflan, como si no supieran lo que es acarrear agua,
cortar zacate, ab rir u n guaje, como que nacieron ayer.
V er a T in a reg atear era p ara W eston u n espectáculo. L ogra­
ba bajar cualquier m ercancía hasta u n a m itad o m enos del p re ­
cio original, los pasantes se detenían ju n to a ella a escucharla.
Su candor desarm aba. Los hom bres le m iraban descaradam en­
te las piernas y siguiéndola no quitaban la vista de sus nalgas.
C hiflaban adm irativam ente, la llam aban m am á, mamacita, T in a
parecía no oírlos o lo fingía. De no estar T ina, jam ás se h u b ie­
ra n acercado. La belleza de T ina era u n pasaporte con el que
en trab an W eston, C handler, Llewellyn y su p erro Panurgo.

E dw ard, sensible hasta la exacerbación, no im aginó que su m u ­


je r causara ese efecto sobre los hom bres. Sería la pólvora, sería
la revolución, los ánim os, el clima, el caso es que T in a los
atraía. En México todo era extrem oso. El café, negro como el
infierno; la com ida picosa transform aba la boca en h o rn o de
fundición; el aguard ien te sacaba lágrim as, la llovizna lluvia, la
lluvia chorros. T in a so rp ren d ió varias veces a su am ante con
los ojos arrasados. Lo atribuyó al chile. Federico M arín con el
café les ofreció anís y unos puritos envueltos en canela en ra ­
ma. “A usted le gusta fum ar, T in a.” T in a fum aba cigarros n ú ­
m ero 12 de El B uen T ono. ¿Cómo era posible que todos
conocieran sus gustos? Para W eston la noche habría sido ag ra­
dable de no ser p o r el acercam iento que el apuesto M arín b u s­
caba con T ina. ¿Por qué la m iraba en esa forma?
Al salir de la cena, las calles estaban vacías. “¿No hay centros
nocturnos en México? ¿D ónde está la gente?”, p reg u n tó Wes­
ton. “Están ocupados ad e n tro ”, enfatizó Federico malicioso,
“pero si quieren vamos al Café de Nadie. Lo acaban de abrir
los estridentistas, esos adoradores de D adá”. M anuel Maples
Arce y G erm án List A rzubide se levantaron a saludar a Tina.
List lo hizo con un a caravana: “Somos sus más rendidos ad m i­
rad o res”. Ni siquiera le dedicó a W eston u n a segunda m irada.
Leopoldo M éndez, en cambio, le dio la m ano con cordialidad
—T ienes tantos enam orados como hay perros en las calles de
México, T in a —com entó W eston en El B uen Retiro.

Desde que subieron al 55 Colima y el capitán se fijó en ella,


com enzó a Favorecerlos de m uchos m odos. F ueron los p rim e­
ros qnc invitó a su mesa; puso su lancha a su disposición en
M azatián para qtte fu eran a tierra. “Cada vez que el 5 5 Colima
ancle en algún p u erto , no vacilen en ped írm ela.” El últim o día
en M anzanillo él mismo cargó los velices y los guió hacia un
restaurante en que los m ariachis cantaron p ara T in a canciones
de am or. W eston no estaba p rep arad o p ara este asalto. México
era im previsible. Los mexicanos eran insolentem ente contem ­
plativos. Le regalaban su tiem po al tiem po. “Este país es un
volcán en eru p ció n ”, pensó W eston. El aire radiante, azul, era
pólvora.

De haber sido m enos ególatra, W eston se habría dado cuenta


de que su fuerza provenía de T ina; las m iradas se congregaban
en ella —qu erían verla cam inar —, había algo im púdico en ellas
y W eston no podía dejar de pensar: “¡Qué terriblem ente p rim i­
tivos son los mexicanos!”
T in^ tenía con el país una relación eléctrica. T odo lo esp era­
ba de México. Amanecía con u n a fuerza nueva que sólo había
sentido de adolescente en U dine. “Edw ard, I feel as if I had
been born again.” Oscilaba en tre el júbilo y el estupor; éste es
u n país intem poral, maléfico, eterno, m aligno, es u n país de
salvajes, de brutos, u n país de sabios. Sus grillos nocturnos, el
piar de sus pájaros después de la torm enta, el grito de los p re ­
goneros en la calle: “C arbón siú”; el silbato del afilador de cu­
chillos llegaba hasta la p u erta de El Buen Retiro y recorría sus
venas.
—Este país —dijo T in a — me llam a todos los días a ser mejor.
—¿Mejor qué? —preguntó W eston irónico.
—M ejor am ante, m ejor discípula tuya, m ejor fotógrafa, m ejor
ser hum ano. Aquí me construyo y me reinvento.
—¿Ah sí? ¿Y qué diablos significa “ser h u m a n o ”? Desde el
m om ento del nacim iento se es hu m an o si es que no eres un
borrego de dos cabezas, u n conejo de ocho patas, u n bicho
raro, vaya.
Im pulsiva a más no poder, T ina salía a la calle, m uchas ve­
ces con C handler de la mano: “V am onooooos” decía como los
cam ioneros y corrían a la puerta. T in a acudía al llam ado de
algún p reten d ien te p o rq u e éste le había ofrecido llevarla al
convento de C hurubusco, a La M erced, al zoológico de Cha-
pultepec. “Esquina, bajaaan” y saltaba a tierra. En el lago de
chocolate, rem aba con gran vigor salpicando a C handler, olvi­
dada del enam orado en turno. De los tianguis volvía cargada
con las más sorpren d en tes ja rra s en form a de perico, venados
de b arro rojo y alta cornam enta verde, macetas que eran ranas
o cabras, algún ja rrito p ara el café de olla, y anunciaba con voz
fuerte: “¡Ya vine! V engan a ver los tesoros”.
T in a vivía en p erp etu o estado de euforia, repelida y cautiva­
da. La miseria, su crudeza, le revolvieron el estóm ago. A cam ­
bio de sus noches con Edw ard, recibía el golpe del ham bre
contra los m uros de El B uen Retiro. “¿Cómo podem os sen tar­
nos a com er? Se están m u rien d o allá afu era.” ¿Así es que
México, riquísim o —cornucopia de la abundancia como la d ib u ­
ja b an en los libros —, no d erram aba frutos sobre sus hom bres?
W eston regresaba del m ercado con u n ju g u e te de petate.
—This is incredible, look at it.
¿Cómo era posible que m anos encanijadas, desvalidas, p ro ­
du je ra n el arte que los extasiaba? Poseían el espíritu de las for­
mas. ¿Era el aire en rarecid o y apenas visible el que había
desarrollado sus cualidades visuales? T en ían u n a so rp ren d en te
tendencia a la abstracción.
—H ay que tem erle al país —les dijo René d ’H arn o n co u rt,
quien los acom pañaba en sus paseos —, es traicionero.
—No tienen ni con qué traicionar —ironizó W eston —, son
huérfanos.
—México es de quien nace p ara conquistarlo. Yo nací p ara
México. México es mío, yo soy de México.
—¿Ah sí, Tina? Pues vas a ver cómo m uy p ro n to México te
ap u ñ ala por la espalda. ¿Qué no sientes en el aire los cuchillos
de obsidiana? En México no vale la palabra, no se fíen de lo
que les dicen; aquí la verdad es m últiple, cada quien usa la
suya según su conveniencia. Los m exicanos dicen u n a cosa y
hacen otra. Ya verán.
T in a protestó airadam ente.
—V an a ver —insistió d ’H arn o n co u rt —, van a ver. En este
país, la única ley o institución es el presidente de la república.
—T endría que fotografiarlo.
— El general M anuel H ern án d ez Galván p u ed e conseguirte la
cita, Edward.

Diego Rivera pinta su "bañista de T eh u a n tep ec”, dem asiado


atrevida p ara integrarla a su baile en la Secretaría de E duca­
ción; cuatro tableros de frutos y de m ujeres, u n a exuberancia
de m atronas magníficas y rítm icas en tre pencas de plátanos y
lustrosas hojas devoradoras. T in a llevó a Edw ard a verlos. El
Patio de las fiestas era u n a feria de pueblo. Bajo el arco p rin ci­
pal entraban y salían los transeúntes a v e r qué estaba pasando
y se detenían sorprendidos ante los pintores trepados en los
andam ios a horcajadas, de pie, subidos en tre los travesanos,
sentados frente a los m uros. "Aquí sí q u e se m ueven los pince­
les", com entó el portero. Abajo, en el co rred o r, los ayudantes
molían febrilm ente el azul cobalto, el'sien a, el ocre. Diego Ri­
vera agitaba su paleta cuando necesitaba más color, y allá as­
cendía com o chango, colgándose del m ad eram en , M áxim o
Pacheco. E n los andam ios, Amado de la Cueva, Je a n C harlot,
JFermín Revueltas m etían sus pinceles en savia y en pétalos m a­
chacados, en rojos sangrantes, en azules dorso de tiburón, en
enorm es ram os de alcatraces, en carretas cargadas de .vegeta­
ciones m arinas, en baba y en jitom ate, en zacate, en chile a n ­
cho y en conchas de tortuga, y gota a gota, con el pincel,
llevaban el color a lo s m uros. El arte salía a la calle. T ro n ab a
como las habas tostadas, los m uéganos en canasta. T o d o s o p i­
naban. El arte era de todos. T o d o se hacía e n tre todos. José
Vasconcelos, el secretario de Educación, había decidido darle
al arte las llaves del cam po; no m ás cerrad u ras ni cajas fuertes,
el arte dejaría los museos, la ciudad, sería una gigantesca ex p o ­
sición colectiva, la música an d aría en el aire como la loca del
pueblo y todos la escucharían, en traría p o r las ventanas, su b i­
ría por el cubo de la escalera; las artes em bellecerían la vida
del cochero y de la quesadillera; ya los niños m exicanos habían
dado sus prim eras pruebas, dibujos geniales, p ro d u cid o s d e n ­
tro de esa atm ósfera libré, creadora, perm ead a p o r la única ley
que nos interesa a todos: la del am or y la belleza. lAy, ay, ay,
qué bonito am or! El general O bregón, presid en te de la re p ú ­
blica, apoyaba a Vasconcelos en su lucha contra el analfabetis­
mo. Invitó a todo el pueblo a enseñarle a los que no sabían
leer. Form ó u n ejército infantil precioso que daba clase en las
esquinas de las casas y de las calles, y otro ejército de señoras
y señoritas que en sus días de descanso se convertían en m aes­
tras en patios de vecindad. Al que dem ostrara que había ense­
ñ ado a leer a cien analfabetas, O bregón personalm ente le daba
u n diplom a. No había pueblo más artista en el continente que
el mexicano. El arte le era intrínseco. Por eso los m uralistas
p intaban para él, p ara que se reconocieran, se am aran y a su
vez, México, recién nacido, niño, después de u n a revolución
sin filosofía, se reconociera en ellos.
W eston subió a los andam ios; “A bre bien los ojos, ábrelos
para que te en tre lo que estás viendo, a pincelazos te vamos a
m eter nuestras raíces. ¿Ya viste? A hora baja y regresa a la n o ­
che, mi cuate. C uando se acabe la luz, te enseñarem os a cortar
caña y a tu m b ar cocos.” Com o a u n lobo delgado lo llevaron a
Los M onotes. Diego reclam ó, d an d o con su p u ñ o en la mesa:
“M edia ánfora de mezcal p ara b rin d a r con mi cuatacho W es­
ton. A éste vamos a hechizarlo”.

C uando L upe Rivera convidaba a T in a y a W eston a m eren d ar


a su casa de Mixcalco, salía con el m olinillo en la m ano a
abrirles la puerta. Si el chocolate m exicano es famoso, el m ejor
era el que L upe m andaba trae r recién m olido de su casa de
G uadalajara. “No es como el de aquí que hasta le m uelen ase­
rrín .” Para Lupe todo lo b u en o venía de G uadalajara. Lo servía
con la espum a d esbordando de la ja rra de T laquepaque. Wes­
ton llevó u na fotografía de la cabeza de Lupe g ritando en la
azotea de El B uen Retiro. Diego la m iró largam ente y luego se
volvió a Tina: “Es m olesto p ara u h p in to r ver fotografías así”.
L upe m iró a las volandas, la ja rra de chocolate en la m ano,
m ientras iba y venía p o r gorditas, queso fresco, tostadas, sin
sentarse a la mesa jam ás: “¡Ay, pero si estoy h orrorosa, m ira
nom ás con qué greñas salí, no háy derecho, pinche W eston,
m e dan ganas de ch o rrearte el chocolate en los ojos!”
En alguna ocasión, anunciaba Lupe: “Voy p o r los vecinos”, y
volvía con G erm án y Lola Cueto tom ados de sus m anazas, p e ­
queños al lado de su fogosidad. A tem peraban la reu n ió n , so­
bre todo Lola. Por el m om ento, ambos hacían títeres; Lola en
realidad era grabadora, G erm án escultor; pero G erm án p erd ía
m ucho tiem po. Diego lo am onestaba: “G erm án, todo se te va
en p u ro güiri g ü iri”. "Por eso lo invito", intervenía Lupe, “p o r­
que se sabe m uchos cuentos, chismes y de todo, y no ab u rre
como tú, Panzas, que fastidias de tanto pinte y pinte y p in te.”
De pasadita le daba con la ja rr a u n coscorrón a Diego.
A W eston le gustaba inm ensam ente esa pareja singular, tan
genuinos que sin d u d a se hacían de enem igos, pero eso a Die­
go lo tenía m uy sin cuidado. L upe contó que noches antes h a­
bía desbaratado u n a fiesta, a la que no la invitaron, en h o n o r
de la poetisa G abriela Mistral. Al verla en tra r, G abriela se
levantó y, según Lupe, “Vám onos Palm illina”, le dijo a la pina-
cata de P a ln a G uillén, m uy culta y m uy bizca. “¡Huy, d esban­
dada gener'u!" Diego reía a carcajadas. “¡A mí qué diablos me
im porta esa bigotona con cara de señor, de veras que parece
‘m aestra de Am érica’!”
L upe se daba vuelo. H acía su en trad a a las fiestas y las dem ás
m ujeres se retraían: “¡Ay, tan groserota, ni quien se ju n te con
ella!” Para m ostrar su desacuerdo con Diego se le iba a las p ata­
das y él reía encantado. H abía m ucho de sensual en sus m an o ta­
zos. A rrem edaba a la Singerm an en to rn a n d o los ojos m ientras
México enloquecido llenaba el toreo de la C ondesa p ara verla,
“m iren nom ás a la g arra esa, tan fachosa con sus teleles”. Wes­
ton lloró de risa con la im itación de Lupe y aplaudió. “En M éxi­
co ser culto es ser cursi.” Lupe dio ía últim a p iru eta: “Q ué
diferencia con la Rivas Cacho en el Lírico, ésa sí que es artista”.
“Sí, pero no recibe la ovación de la Singerm an", dijo Diego, y le
explicó a W eston que u n g ru p o de artistas m exicanos fu n d ad o ­
res de u n Sindicato de O breros Técnicos, Pintores y Escultores,
se consideraban “trabajadores y nad a m ás”. “Me gusta esta acti­
tud. U n verd ad ero artista no es más que u n trabajador y u n o que
trabaja end iabladam ente”, habría de escribir W eston en su d ia­
rio. México era u n caudal de creatividad. Je a n C harlot abrió una
carpeta: “C reo que n u n ca h an visto nad a sem ejante”, y sacó con
reverencia en m edio del silencio grabados de u n tal Posada,
calaveras, revolucionarios, soldaderas, borrachos. ¡Qué país, este
país es u n m ilagro cotidiano! Lupe M arín volvió a la carga. “O tra
cursi es la Ana Sokolow, la flaca esa que persigue a Nacho Agui-
rre. Puso “El lago de los cisnes” y en el Lírico, la Rivas Cacho
p ara burlarse de ella “La m uerte del zopilote”, y todos le ap lau ­
dieron de pie.
Rafael y M onna Sala, entusiasm ados p o r su reciente viaje a
N ueva York, describieron p ara Diego las estructuras, el h ierro ,
los rascacielos, el desafío. “Si yo fuera allá seguram ente p in ta­
ría m áquinas... A puesto lo que q u ieran a que las generaciones
futuras verán las m áquinas como el arte de nuestros días.”

Una m añanita llegó a El B uen Retiro la b orrasca de Lupe


Marín:
—T ina, voy a d ejar las ollas en la mesa de la cocina. Me fal­
tan m uchas especias. ¿Com praste las pechugas dobles que te
toca poner? Al rato vienen a deshebrarlas Dalila y M aría mi
herm ana. A ver tú, m uchacha, po n te a escom brar, levanta los
trastes del desayuno.
U na azorada Elisa se inclinó sobre el fregadero:
—Me dijiste que p o r aquí había u n m olino d o n d e no le
echan porquerías a la masa. T ú , E duardo, regrésate a tu azo­
tea, trépate en tus nubes. Aquí vamos a acom odar los chiles
rellenos, los de picadillo acá, los de queso en éste, las enchila­
das en aquel larguito, las verdes n ad a más, y las rojas en otro;
el mole negro en el platón ese am arillo p ara que resalte.
—C reo que no trajiste suficiente queso blanco —aventuró
Tina.
—¿M edio kilo no va a ser suficiente? T ú p o rq u e eres italiana,
eres quesera... A lo m ejor, tienes razón. Son tan tragones que
voy a com prar m edio kilo de añejo y los mezclamos.
C on sus manazas en el aire y su chongo apretado, Lupe cruzó
su rebozo como cananas sobre la planicie de su pecho y gritó:
—No me tardo nadita; m ientras vuelvo m uevan sus m anitas
en las tablas de picar... ¡Ah, el cilantro, me falta el cilantro y el
papaloquelite. Les ab ren a las otras cuatas ¿eh? A ésas siem pre
se les pegan las sábanas...
Desde la azotea, W eston m iró a Lupe que se alejaba como
pantera; desplazaba ondas pertu rb ad o ras. La qu ietu d que Lupe
dejó tras ella pareció gris. Pudo ver en la cocina las nucas de
T in a y de Elisa lavando los rábanos: “H ay que ap u rarse”, m u r­
m u rab a Elisa, “dijo que no se ta rd a ”.
A la h o ra volvió Lupe, los brazos llenos de paquetes:
—¿No h an llegado las otras? ¡Par de huevonas! ¿A poco
creen que voy a hacer todo?
Dalila y M aría O rozco R om ero se p resen taro n a las seis de
la tard e y M aría le secreteó a Tina:
—¡Ay, es que no aguanto los gritotes de mi herm ana!
—Par de idiotas, ¿qué se h an creído? ¿A poco éstas son h o ­
ras? Aquí la italiana ha sudado, lo que sea de cada quien. ¡Mu-
las! Se aparecen ya que acabam os y van a llegar los invitados.
M onna y Rafael Sala y su inseparable Felipe T eix id o r eran
de u n a p u n tu a lid ad europea, lo mismo el francés J e a n C harlot;
Federico M arín, h erm an o m en o r de Lupe, hizo su en tra d a con
u n m ontón de hierbas p ara tés curativos que quería darle a
T ina; Carlos M érida, M iguel y Rosa C ovarrubias se in teresaro n
en los rem edios prehispánicos. “Aquí, este como cactus verde
es el peyote... Estas delicadas ram as son m arih u an a.” Jo sé Cle­
m ente O rozco pasó a salu d ar nad a más; no se llevaba con Die­
go y antes de que llegara huyó. El C hango García Cabral hacía
apuntes de unos y otros en su libreta y al enseñarla, estallaban
las carcajadas.
La alargada figura de Fito Best M augard acom pañado p o r
dos bellezas, M aría Asúnsolo y su prim a h erm an a Lolita, causó
revuelo. W eston al verlas subió corriendo p o r su diccionario
p ara hablar con las “bellísimas señoritas”. U n sen ad o r con m a­
riachis arm ados con pistolas y guitarras saludó m ano en alto:
“¡Salud, herm anos, salud!” Ya traía su copa en la m ano y sin
más se sentó a n a rra r sus dos años con Villa: “¡Es el hom bre
que México más ha querido, nadie como él!” E n traro n Jo rg e
Enciso, m uy bien parecido, y su m ujer Em ma, h erm an a de Fito
Best M augard; se d etuvieron al lado de Fito. “¿Y Ricardo G ó­
mez Robelo?”, preguntó Tina. “Huy, está más flaco que un gato
flaco”, dejó caer Fito desde su ap o stu ra de dandy revoluciona­
rio. Gómez Robelo —lo com entaban to d o s— se consum ía p o r
T ina. H asta el m inistro de Educación José Vasconcelos decía
que su fiebbre era culpa de la italiana. Anita B ren n er y Francés
T o o r traían a N ahui O lín entequilada, sus inm ensos ojos v er­
des más violentos, más agresivos que nunca, p o rq u e el Dr. Atl
la dejó plantada. “Pinche m edicucho coyón, ya me las p ag ará.”
“M ira a la N ah u i”, gritó Lupe, “cada día está más pelona. Mí­
rale el coco, parecen m ordidas de b u rro .” “Este hom bre §e va
a m o rir”, com entó el C hino O rtiz H ern án cuando vio a Gómez
Robelo por últim a vez. Lupe gritaba en la plaza pública: “An-
tonieta Rivas M ercado p rim ero se enam ora de Novo, iay qué
guapo!, luego de V illaurrutia y ahora de R odríguez Lozano.
¿Q ué no sé da cuenta? Pero como ella, hay m uchas gallinas
esponjadas, cot, cot, cot, eot, estúpidas de ciegas, patológica­
m ente fértiles, “que retacan el planeta con poderes elem enta­
les”, según T o rres Bodet. Allá van tras de Novo. V illaurrutia, el
púdico, echa a correr. C uando N ahui vio al cadete más guapo
de todo el Colegio M ilitar: R odríguez Lozano, se lo pidió a su
papá de regalo: “Ay, dám elo”. ¡Y allá va el general M ondra-
gón!, ¿verdad N ahui? con su m oño y su papel de china".
Con los ojos bajos, tím ido, se aventuró en tre los grupos u n
gringo recién llegado. Q uería ser ayudante de Diego Rivera.
“Mi n om bre es Paul O ’H iggins.” Xavier G u errero lo seguía
flanqueado p o r su h erm an a Elisa, de pelo trenzado con lanas
de colores iguales a los de su blusa b ordada. “Q ué chic”, excla­
m aron Ó scar y Beatriz Braniff, “tiene casta”. L upe M arín p re ­
sentó a Ju lio T o rri. “Así como lo ven de chiquito y de m ustio,
este im p u n tu al es el m ejor escritor de México, bueno, después
de V illaurrutia.” “Es que se me ponchó la bicicleta”, se achicó
T o rri aú n más. “Sufre de satiriasis al igual que Gómez Robe-
lo”, dijo O rtiz H ern án en voz baja, “nom ás que éste es gatero;
an d a en bicicleta detrás de las criadas.” Cada vez que T in a vol­
vía la cabeza, se encontraba con los ojos insistentes de T o rri.
W eston interceptó sus m iradas. “¿El tam bién?”, se p reg u n tó
fastidiado. El últim o en tocar fue Diego Rivera, con su cena de
uvas y m anzanas liadas en u n paliacate rojo. “T en g o las tripas
más pu ras del m u n d o .” W eston se enfrascó en u n a conversa­
ción bilingüe acerca de la lim pieza intestinal. “Este país con su
abundancia de fruta tropical es el paraíso de los vegetarianos.”
U nos señores vestidos de charro cavaron su cam ino en tre los
grupos. “Son unos colados”, aseguró Lupe, “ahorita los corro a
patadas.” Los tres sonrieron: “Nos conocimos en casa de los
BranifF”. “¡Ah, son los Rincón Gallardo!”, los rescató M onna
antes de que Lupe cum pliera su am enaza. “M ucho m acho, m u ­
cho m acho”, se pito rreó Lupe, “m iren nom ás qué charritos
m onta-perros.” Elisa G u errero le regalaba sus ojos a W eston,
p ero él no podía ap artar su vista de la enorm e figura de Diego
Rivera. La pistola al costado de su vientre contrastaba con su
sonrisa casi dulzona que no desaparecía de su rostro fofo. Le
explicó a u n a de las Asúnsolo: “T odos los artistas mexicanos
somos com unistas, todos los buenos. A mí me llam an el Lenin
de México. No somos políticos nalgones de café, nosotros nos
la ju g am o s”, y sobaba su pistola con sus pequeñas y sensitivas
m anos. W eston llamó a C handler, que se repegaba a Elisa co­
m o p erro faldero: “Fíjate bien en ese hom bre, es u n genio,
fíjate bien en sus manos, son las de u n artesano; m ira su fren ­
te, la frente ancha delata el tam año de la inteligencia; la suya
es u n dom o inm enso, hijo, m íralo bien, se trata de la frente de
u n pen sad o r”. Diego hablaba sin p a ra r y cuando se callaba era
para o ír a sus interlocutores otorgándoles la misma plácida
sonrisa, sus m anilas sobre el vientre, hasta que u n a risa conta­
giosa sacudía sus lonjas con todo y arm am ento, Iqué risa la de
Diego! C handler 110 podía dejar de m irarlo —su proporción
digna de ser p o n d erad a —, su pistola todopoderosa, “¿La usa
para defender su p in tu ra?”, p reg u n tó a su p adre.
C uando se acercó Lupe, el diálogo silbó rápido y p u n zante,
dirigido sobre todo a los espectadores. Después del “¿Q ué Lal
te fue hoy, chap arrito ?”, los oyentes em pezaron a reír: “Gordo,
tienes pechos de vieja, y como yo no tengo n ad a, hacemos
buena pareja”. “Chichis de culebra”, “É l trata de vendárselos”,
“Ella se los atib o rra de medias viejas". El tem a de las "chicho­
n as” era recu rren te en Lupe. Si se enojaba con su “Panzas"
gritaba irrem ediablem ente: "Lárgate con tus chichonas”. Des­
pués de la cena, Diego anunció que L upe y H ern án d ez Galván
cantarían canciones que Concha Michel había recogido en sus
viajes a lom o de b u rro p o r la república. Concha, vestida de
te h uana, acom odó su g u itarra sobre sus piernas abiertas. Unos
alem anes m iraban sin en ten d er, y Rosa C ovarrubias les tra d u ­
cía al inglés algunos de los chistes, pero no reían. A petición
de C harlot, W eston m ostró su fotografía de chim eneas in d u s­
triales de la fábrica de M iddletón, O hio, favorita suya y de
M onna:
—Q ué b uen a es, qué b u en a es —m u rm u ró Diego.
En la m adrugada, en la paz de El B uen R etiro frente a su
diario, W eston intentaba ajustar cuentas consigo mismo. M éxi­
co, país dispuesto al incendio; hasta el agua quem aba. T ina, en
el centro de las llam aradas. Si T in a h u b iera leído su diario, h a ­
bría quedado estupefacta al descubrir celos en W eston. Ella se
dejaba querer, sin más. La asediaban p o rq u e sí; no asediarla
hubiera sido contra natura. En cambio, W eston como buen an ­
glosajón tenía las horm onas en su lugar, no que los m exi­
canos...
Para ella, Edw ard era el mismo que en Los Ángeles: el ad o ­
rado, el famoso, el artista. En México, ella se había vuelto in ­
dispensable. Era la d adora, la rep artid o ra de bienes. Él no h a­
blaba español; pasaban la m ayor p arte del día juntos, él
dep en d ía de ella. "Eres mi M alinche.” Sus noches eran mejores
que en Los Ángeles. Ignoraba que Weston la poseía con la fu­
ria del despechado.

— M añana, com ida en la casa BranifT —anunció el C hango


García C abral en la pu erta de salida.
En la opulenta casa de los BranifT, en tre sus doradas hojas
de vid y sus m árm oles de C arrara, L u p e subía la voz. y dom ina­
ba la reu n ió n con sus puntadas. Ó scar y Beatriz in ten tab an el
m ecenazgo en u n salón literario do n d e músicos, poetas, p in to ­
res se reu n ie ran a escuchar una conferencia, u n recital de poe­
sía, u n cuarteto. La casa palaciega en P uente de Alvarado y sus
ja rd in es se abrían con un propósito culto. B raniff quería brillar
en la luz refleja de Diego, pero la fiera de su m u jer todo lo
echaba a p e rd e r con sus gritos destem plados. Diego contem po­
rizaba am able, flanqueado p o r dos extranjeras a cual más dis­
tinta: la m u n d a n a Alice Leone Moats y la cronista Ernestine
Evans ju n to al conde de Regla, Alfonso Rincón G allardo y Ro­
m ero de T errero s, d u eñ o de la hacienda C iénega de Mata,
quien parecía buscar a sus peones en tre los meseros. Las dos,
la Moats y la Evans pro cu rab an evitar a Lupe: “She’s really ob-
noxious”, exclam aba la Moats; en cambio, ad o rab an a Roberto
M ontenegro. “T h e re ’s a gentlem an for you”, decían de Best
M augard, “he fits anyw here.” García Cabral, el Dr. Atl y su N a­
hui O lín aguardab an el m om ento de pasar a la mesa.
En la mesa, p rep arad a bajo los altos fresnos del ja rd ín , la
conversación derivó hacia el sexo, ante el desconcierto del em ­
bajador d e In g laterra y su esposa que jam ás lo habrían im agi­
nado, "Pues en G uadalajarafitodos son jotos", exclamó Lupe.
“El pito de Novo no pita.” N ahui Olín inform ó a W eston: "En
México, u n o de cada dos hom bres es hom osexual1’. "¿Lo dices
p o r R odríguez Lozano?”, gritó Lupe destem plada. “¡Hasta que
te diste cuenta!” Ju lio T o rri no tenía ojos sino p ara T ina; la
seguía ansioso a todas partes sin p o d e r ocultar su deseo.
Diego h a d a u n a nueva dieta. "Sólo fresas, es lo único que
- como; en París me dio m uy buen resultado”, y las sacó de una
bolsa de estraza, las echó en avalancha roja sobre su plato. Lu­
pe ie advirtió al m esero en guantado: “A éste no le sirva nada;
está m uy defam ó te. ¿V erdad que parece mi papá?” L u p e pidió
arroz con u n huevo frito en el m om ento en que los tam em es
(nom bre dado p o r ella a los m eseros) pasaban los platones con
oeufs m ousseline sobre corazones de alcachofa, según el m enú
escrito en cartulinas de filo d orado an te cada com ensal. “¡Ay,
Beatriz, qué bien te quedó tu tepachel” exclamó al p ro b ar el
cham pagne. “Chin, chin", brin d ab an entrechocando sus copas.
“This m eans fuck you’', explicó N ahui a los ingleses, “fuck you,
fuck yourself exactly like in B uckingham .” L upe explicó que ni
ella ni Diego com ían p orque, en el últim o banquete BraniíF,
Diego se había envenenado y quería evitarse el espectáculo de
verlo retorciéndose en el excusado.
El Dr. Atl lanzó la conversación hacia las pirám ides; aseveró
que las de T eotihuacán eran más antiguas y mayores que las
egipcias, que los chinos pobladores de Asia provenían de M éxi­
co y que de T enochtitlán salieron los egipcios y las tribus sem í­
ticas. Braniff, súbitam ente alentado, se colgó de la posibilidad
de u n a disquisición que se alzara p o r encim a de los “M ira tú,
cabrón” y los “Ay no, m anito” de Lupe, y dijo al vulcanólogo
lo que él sabía de las naos de C hina y los chinos en México.
Entonces éste puso el ejem plo de la A tlántida, el continente
perdido. U n libro publicado en Francia después de veinte años
de descifrar en el V aticano docum entos robados a México p o r
H e rn á n Cortés, dem ostraba con m apas la existencia de la
A tlántida y daba los nom bres de p u erto s y ciudades. En el p a ­
roxism o del entusiasm o, gritó que en San Ángel bajo la lava se
había descubierto una ciudad de más de diez mil anos antes de
Cristo. W eston se acodó fascinado a escucharlos, no tanto p o r
lo poco que en ten d ía sino p o r cómo lo decían. Diego fue más
lejos, las naves espaciales con habitantes de otros planetas, de
M arte, p o r ejem plo, aterrizaban en T eno ch titlán y en el Valle
de A náhuac; eran claros los indicios del paso de extraterrestres
en D urango, en el desierto de Sonora y en la sierra de San
P edro M ártir. En el sur, n in g ú n astrónom o más avanzado que
el maya, n in g ú n matemático, ¡qué C opérnico ni qué nadal Su
m aravilloso calendario era la evidencia de su contacto con
m entes superiores; p o r la form a d e su cabeza, los mayas tenían
un pensam iento más desarrollado que el resto del género h u ­
m ano, “m entiras, ésas son m entiras, ni h ab lar p u ed en , sólo ta­
rarean, están llenos de enferm edades, tienen nubes en los ojos,
se les seca el tu étan o ”, in terru m p ía Lupe, pero Diego seguía
discurriendo y llevándose a la boca sus fresas, m asticándolas al
acom pasado m ovim iento de sus tres papadas, sus dos estóm a­
gos y su infaltable sonrisa.
A lgunos de los m iem bros del sindicato de pintores iban a
casa de los B raniff a abastecerse de com ida y bebida en tre los
enorm es espejos dorados, los candiles y las sillas Luis X V . “Mi­
ra, como en el Castillo de C hapultepec. Sólo falta M amá C ar­
lota, narices de pelota.”
Rafael y M onna Sala y Felipe T eixidor, más com edidos,
acom pañaban a Óscar y Beatriz a la velada literaria. En el m o­
m ento en que tom aban su lugar, Lupe se despedía: “Allí los
dejo con su ab u rrid era, yo me largo a o tro vacilón; luego ven­
go p o r ti, n iñ o ”. Los m eseros ofrecían coñacs y chartreuses y
algunos com ensales se adorm ecían mecidos p o r la mezcla de
jugos digestivos y discursivos.
C uando Lupe regresó, o rd en ó de inm ediato: “Se acabó la
cultura, ah o ra vienen el relajo y la cantadera. Sem bré u n ejote
y salió u n padroooteeee. ¿Qué les pasa pues? Vamos a vacilar,
¡carajo!” El propio B raniff sonreía ante la espontaneidad de la
dam a que en privado llam aba bestia apocalíptica.
L upe cantó corridos y coplas. A Diego lo em belesaban sus
Borrachita me voy, El quelite y La barca de oro. C oncha Michel
hizo segunda. T in a tam bién. H asta A ntonieta Rivas M ercado,
con su som brero de cam pana m etido hasta las cejas según la
últim a m oda de París en treabrió sus labios delgados p ara se­
guirlas. De todas, la más deslum brante era la p an tera. Con su
pelo negro recogido en vano escapándosele crespo y fuerte,
crin de caballo a los cuatro vientos, Lupe era u n a figura form i­
dable. Sus larguísim as piernas cruzadas se ex tendían frente a
ella y al subir la falda m ostraba unos muslos alargados y n o ­
bles, sus m anazas de uñas pintadas de rojo d eten ien d o sus ro ­
dillas, su cabeza echada p ara atrás, su pecho ahuecado siem pre
con algún collar de cuentas de ja d e y plata, alguna sonaja p re ­
colom bina, toda la m iraba Diego los ojos p ren d id o s a la boca
llena, los labios gruesos y movedizos y los grandes dientes
blancos de su niña, bárbaram ente espléndida en rojo y oro,
con pesados festones de tira d o rad a y aretes largos que tin ti­
neaban.
C uando oscureció, Lupe seguía cantando. Los m eseros peg a­
dos a las cortinas, las m anos m uy quietas, su servilleta ap retad a
en tre los dedos, no se movían.

La exposición de W eston en Aztec Land el 22 de octubre fue


triunfal. "La m uestra no lleva ni u n a sem ana y ha causado sen*
sacíón en la ciudad d e México,” U na norteam ericana que vino
a posar en la casa d e El Buen R etiro le inform ó coquetam ente:
“¿Sabe que usted es el habla de México? A cualquier fiesta, té,
m esa de bridge, s u m uestra e s ' t h e Lalk o f the lo w n \ Se inicia
usted con una bom ba". C oncurrían más hom bres que m ujeres,
“ ¡Qué alivio!”, pensó W eston, “¡en México son los hom bres los
que hacen la cultura, a diferencia de Estados U nidos y sus
clubes culturales sostenidos p o r m ujeres!” Lo conm ovieron l o s
cam pesinos frente a los r e t r a L o s de su p ropio arte: “M ira el
caballito de petate". N adie había retra tad o los ju g u etes, el ba­
rro, ia paja, que W eston les brindaba como diciéndoles: "M ira
la belleza de lu obra, aprecia el valor q ue tienes”. Tím idos, se
atrevían a en tra r. Rubicck, el pro p ietario de Aztec I.and, no
cabía en sí de la sorpresa. No Ies hablaba para no espantarlos.
W eston recordaba a d o n Nicho inclinado sobre su paja deste­
jiéndola irritado: “No me sale, no es así como m e gusta”,- y
deseaba con toda su alm a que los tejedores de canastas y som ­
breros de palma, los alfareros, se d ieran cuenta del hom enaje
que les rendía a sus muñecas; cuánta dignidad en sus juguetes
hechos con pedacitos de nada.
Diego y L upe Rivera vinieron; él con restos de cal en su ove­
rol y ella p o rtan d o un som brero de g rand es flores que la hacía
aú n más extraordinaria. JQué rum bosa, cómo se arreglaba esa
m ujer! Diego m ostró genuino entusiasm o: discutía con R o b er­
to M ontenegro: “Frefiero cuarenta mil veces u n a b u en a foto­
grafía a una p in tu ra m odernista". A nte la foto del techo de
lona del circo dijo: “Ésta es la que más m e gusta”. N ada le
com placía más a Edw ard que el dilatado gozo de Diego Rivera
ante sus m ejores fotografías. Al v er u n torso desnudo de M ar-
g arethe M atber en la playa com entó: “Esto es lo que algunos
buscamos cuan d o salpicamos arena en n u estra p in tu ra; p e d a ­
zos de vidrio, cáscaras, papel, tira b o rd ad a, trozos de realidad".
W eston se p ro p u so explicarle, ayudado p o r T ina. “La cám a­
ra debería ser útil para reg istrar la vida, d a r la sustancia y la
quintaesencia del objeto en sí, ya sea h ierro pulido o carne
palpitante... En las nuevas cabezas de Lupe, Galván y Tina, he
captado fracciones de segundo de intensidad em otiva que n in ­
gún trabajador en n in g ú n otro m edio podría lograr. Lo más
difícil es registrar esa realid ad .”
Diego asentía satisfecho, era n atural que en México tam bién
otros hallaran su expresión personal. El encu en tro con México
era definitivo. Su época cubista había sido u n a concesión a E u ­
ropa. México era la única ru ta posible, sus indígenas la única
salvación, y había que devolverles la conciencia de su propia
grandeza. ¡No más academia! M ientras otros ren eg ab an del in ­
dio, él, Diego, lo rescataba. Racistas, los m exicanos lo rechaza­
b an . “ ¡Q ué p in tu r a tan fea!” “ ¡M ira n o m ás esos m o n o s
prietos!” No sólo eran los europeizantes y los enriquecidos con
don Porfirio los que criticaban, tam bién en el teatro Lírico có­
micos populares lanzaban sus ataques y en tre otros Jo aq u ín
Pardavé cantaba:

Los m uchachos de la Lerdo


se bañan en reg ad era
para que jam ás parezcan
m onos de Diego Rivera.

El atardecer traía a Aztec Land los rostros familiares: C har-


lot, los Sala, M onna y Rafael y Felipe T eixidor, los Q uintanilla,
Pepe siem pre anhelante, y el general M anuel H ern án d ez Gal­
ván. H ojeaban el libro de visitantes en d o n d e el Dr. Atl escri­
bió que ahora, con esta exposición, sentía m ayor interés p o r el
arte p o p u lar y M aría A ppendini anotó: “U n nuevo to rm en to ”.
En otras páginas se leía: “W eston, ¡cómo am a y en tien d e a
n uestro país!” o “U sted es latino, no es anglosajón”. “S egura­
m ente posee una lente maravillosa, u n a cám ara ex trao rd in aria,
un equipo de p rim era.” M uchos no se daban cuenta de que las
buenas fotografías, como cualquier cosa buena, se hacen con
el cerebro. La de la cabeza de Galván disparando, las de Lupe,
la de N ahui Olín, la de R uth Q uintanilla eran las fotos más
com entadas. Pero las más adm irables de todas, los desnudos
de T ina. ¡Qué orgullosa me siento de ti, Eduardito! —le re p e ­
tía. Sí, a T ina podían cortejarla otros hom bres, pero al que
adm iraba era a él; se lo decían sus ojos.
T in a y W eston atribuían el silencio de R icardo Gómez Robelo a
la distancia; T acubaya estaba m uy lejos del centro de la ciudad de
México, se hacía casi u n a hora. T ina, extrañada, había p re g u n ta ­
do p o r él u na y o tra vez, en todas las reuniones. Enciso y T o rri le
inform aron: “Está muy enferm o”. En torno a Gómez Robelo se
espesaba el m isterio. El malicioso de Alfonso T aracena, som bra
de José Vasconcelos, la escandalizó: “D evorado p o r el deseo, se
m uere p o r usted. Según Vasconcelos padece de satiriasis, pasio­
nes malsanas ¿sabe usted?, y a pesar de las calenturas que lo
atenazan escribe u n libro sobre las pirám ides, u n libro genial. Es
u n gran matem ático, ha hecho u n plano de la ciudad de México y
de T eotihuacán que coinciden perfectam ente con el plano de
Pekín; cada escalón de T eotihuacán, según su teoría, co rresp o n ­
de a las lunas de V enus, a los anillos de Saturno. No vaya a verlo,
T o rres B odet me previno, no vaya a verlo, está tuberculoso. O
sifilítico. De todos m odos, contagioso”.
Días después de la exposición en Aztec Land, W eston ap e­
nas lo reconoció al verlo e n tra r a El B uen Retiro.
—P erdónenm e, he estado en cerrado en mi casa. Allí trabajo.
Veo a Vasconcelos en la Secretaría de Educación pero no me
aventuro a las afueras, es dem asiado lejos.
—Ya tenem os meses en México.
—¿En cuál de todos los Méxicos? —sonrieron los gruesos la­
bios de Gómez Robelo.
—En el de los artistas. Diego Rivera nos tiene m uy im presio­
nados.

T enía razón Gómez Robelo. Varios Méxicos culturales que T i­


na y W eston descubrirían a través de los años se confrontaban.
La gente “b ie n ” odiaba los m onotes de Rivera, sus m ujeres h o ­
rribles, sus colores repulsivos que deg rad ab an la clásica belleza
de la raza esculpida en bronce, los m uralistas p onían a México
en ridículo ante los visitantes Alfonso T aracena contó cómo
u n turista p reg u n tó si esas p inturas las habían hecho los salva­
jes. Q ué e rro r el de Vasconcelos al darles los m uros a esos
rebeldes que afeaban la figura hum ana; en cuanto se designara
a u n nuevo secretario se cubrirían los m urales con cal; en tre
tanto, los estudiantes los rayaban ¡qué bueno! Los viajeros ilus­
tres recibidos p o r los pintores, los poetas, los funcionarios de
la cultura sentían que el país estallaba en volcanes púberes.
Volcanes tam bién los pechos de los mexicanos, sus cabezas y
sus corazones im previsibles. Vasconcelos quería liberar el alma,
darles a los escritos y a los actos culturales u n p o d er catártico.
H abía llegado la era de la raza cósmica. En el h o rn o de fundi­
ción de H ispanoam érica llam eaba la quinta raza, de la que te n ­
d ría que nacer la h u m an id ad del futuro. Por lo tanto, México,
con su mezcla de sangres y de m etales incendiaría al m undo.
Salvador Novo, Ju lio T o rri y otros se reían de estos desvarios y
el g rupo de vanguardia de los estridentistas qu ería h acer polvo
la grandilocuencia y ro m p er los esquem as de la "langosta ro ­
m ántica" de la Secretaría de Educación. M anuel M aples Arce
dedicó su poem a “U rbe” a los obreros de México, b rin d á n d o ­
les u n a ciudad sindicalista, paisajes vestidos de am arillo, tardes
acribilladas de ventanas que flotan sobre los hilos del teléfono
y otros andam ios interiores.
En u n a com ida a W aldo Frank, Novo tom ó la palabra: “Voy
a hablar según el estilo de don Ezequiel A. Chávez, quien cor­
ta sus frases, b r r r r r r r e , b r r r r r i T e : Estamos/ aquí/ tocios reuni­
dos en esta/ n o c h e / C o n secu en c ia/ veo a mi a lre d e d o r/
personas/ Las personas/ a su vez/ m e ven a mí/ Y m e p re­
g u n to / ¿por qué/ estam os reu n id o s/ todos/ en esta noche?/
¿Cuál es el modvo que nos congrega?/ Consecuencia/ resp o n ­
do/ que es para celebrar/ el arrib o feliz a México/ de gran
escritor/ no rteam erican o / Este g ran escritor/ n o rteam erica­
no/ se llam a/ W aldo F rank/ quien a su vez/ ha escrito/ un
libro que se llama/ La España virgen/ C onsecuencia/ está sen­
tado a su lado/ Best M augard/ p ro longado p in to r/ Síguele
/consecuencia/ J o rg e E n d so / a quien todos llam an p in to r/
con el mismo derecho que a Ju lio T o rri/ lo llam an escritor/-
porque Jo rg e Enciso es un p intor que no p in ta/ y;.Julio T o rri
es u n escritor que no escribe/ Consecuencia/ a su’ lado veo a
T ata N acho/ que/ no sólo enseña el corazón cuando canta/
sino tam bién/ cuando aljre la boca/ T am bién veo/ a Rafael'
H eliodoro Valle/ quien ya no g u ard a secretos/ todo él se ha
prod igado/ Por últim o/ veo a Salvador Novo/ quien ha escri­
to/ u n libro que se llam a/ Psicología ele los adolescentes/ q u e
tiene la particularid ad / de que se com ienza/ a leer en la ad o ­
lescencia/ y se term ina en la senectud”.
T odos, m uertos de risa, hacían reír p o r contagio a W aldo
F rank que no en tendía ni papa. Xavier V illaurrutia, Salvador
Novo, Alfonso T aracena destilaban veneno; el ingenio m aligno
de Novo señoreaba el grupo. “Oiga T aracena ¿qué era lo p ri­
m ero que hacía Eva cuando se levantaba?”
—Yo qué sé...
—Cambiarse de hoja, ¿verdad?
Novo le hizo u n a calavera a Ju lio T o rri, quien era ta rta­
mudo:

Por hablar en pedacitos


y escribir u n libro en trocitos
se lo llevó la m uerte
dan d o brinquitos.

Los escritores eran implacables. Salvador Novo, feroz, aven­


taba sonetos m ortíferos. T in a y Edw ard p referían la com pañía
de Diego a la de Novo y los suyos, casi todos funcionarios de
la Secretaría de Educación. Novo, adem ás, era enem igo de la
epopeya m ural de Rivera. T in a y Edw ard pensaban que el g ru ­
po de Mixcalco, al que acudían C arleton Beals, Francés T o o r y
Anita B renner, se había en tregado a u n a causa más generosa
que la del ingenio a costa de los demás.

Luis Q uintanilla y R uth Stallsmith p rep arab an u n a versión m e­


xicana de The Bat, “El teatro del m urciélago”. Tina sería la
actriz principal, vestida de chauve-souris. Arqueles Vela, G er­
m án List A rzubide, M anuel Maples Arce, Leopoldo M éndez,
G erm án Cueto, R am ón Alva de la Canal, Salvador G allardo
eran los creadores del m ovim iento estridentista y afirm aban:
“Sólo nosotros existimos, todos los dem ás son sombras pegajo­
sas”. Para la revista Actual, y más tard e p ara Irradiador, Luis
Q uintanilla el dibujante y viajero era K in-Taniya, conocedor
del dadaísm o y de T ristan Tzara, A pollinaire y Max Jacob. En
su revista hablaban de la descarada risa de los pianos, del jovia-
lismo de u na sonrisa ja rd in e ra , y ofrecían p o r m edio de carte­
les a la “preciosa m ujer de m añ an a”, o a la “suntuosa m ujer
para soirée”. El doctor Ignacio Millán que daba consultas de
las veintisiete a la treintaicinco horas, estridentista tam bién, los
atendía a todos y concordaba con List A rzubide al decir que
había que dinam itar las ciudades de los versos malditos.
•La gran nube blanca de M aiatlán'
Fotografía de Edward Weston

T
I 4 DE ENERO DE 1924

ina tom aba fotos tras de su


m aestro y enfocaba su K orona, regalo de Edw ard, hacia el
m ismo objetivo, pero desde otro ángulo y si p ara W eston la
tienda de cam paña del circo era u n a gran tela parchada a to ­
do lo ancho de la lente, T ina introducía a u n espectador soli­
tario bajo la tela. “Siem pre estoy n^etiendo gente, ¿verdad,
E dw ard?” El tutelaje del fotógrafo era ilimitado, T ina lo resp e­
taba, quería su aprobación. “Estoy orgulloso de mi q u erid a
discípula.” Para ella, era cruciahque W eston la reconociera co­
mo fotógrafa, que la apreciara no sólo p o rq u e él la había se­
ñalado, sino p o rq u e su p resencia m erecía u n tratam ien to
ejem plar. Sus fotografías tenían que ejercer ese p o d er de in te­
riorización. ¡Ni inconsciencia, ni motivación intuitiva, ni chiri-
pazo, ni paisaje fácil! A lguna vez le dijo irónico: “Esto parece
una postal de H ugo B rehm e” y T in a rom pió su negativo. El
arte prim itivo, el que venía de la tierra, el de los artesanos, el
de las maravillosas piezas prehispánicas no era descriptivo ni
anecdótico. Sus fotos tam bién te n d ría n q u e ser abstractas,
esenciales; le h ablarían al intelecto y tam bién a las fuerzas
que se en cu en tran en otro nivel: las del inconsciente.

Apenas Llewellyn descubrió S anborn’s decidió llevar a C h an d ­


ler. W eston se les unió p ara ver si com praba algún periódico
norteam ericano. Llewellyn y C h an d ler hicieron más frecuentes
sus visitas a la Casa de los Azulejos. C h an d ler reclam aba h am ­
burguesas, leches m alteadas y brownies. Llewellyn alegó:
—I w ant to keep in touch.
—¿Q uieres g u a rd a r contacto con las ham burguesas?
—Sí, y con el apple pie a la m ode y con Los Angeles Times.
Llewellyn se rindió:
—N o creo que p u ed a aguantar más tiem po. Este país m e da
escalofríos... Los bailes term in an en balacera, los taxistas son
locos al volante, los indios taim ados son im predecibles...
T em ía hasta p o r P an u rg o , el co m p añ ero de ju e g o s de
C handler.

—Este es u n país fascinante —reafirm ó W eston — y estoy dis­
puesto a pag ar el precio.
—Yo no. C reo que vas a te n er que buscar a o tro asistente.
T in a p u ed e hacerlo, ya aprendió.
Y Llewellyn tom ó el tren de regreso.

El aspirante que más inquietaba a W eston era X avier G u erre­


ro, p o r callado. No bailaba, no cantaba, exasperante, W eston
se vistió de m ujer en una fiesta de disfraces de los Sala. C aptó
n n a m ueca despectiva en G u errero . No, no, no, él no era m a­
cho como Xavier, Dios lo librara, ni se fajaría pistola o p an ta­
lón de charro. ¡Qué estúpido machism o el de los m uralistas, ni
que pintaran con la pinga! WcsLon se acercó contoneándose a
G uerrero: “¿Me perm ite esta pieza?” El ídolo lo m iró in d ig n a­
do y al poco rato se fue. “T e fijaste, T ina, qué hom bre tan
cerrado, no es hum ano, es piedra." “Sí, pero m uy b ien talla­
d a ”, contestó ella,
A cambio de las tam aladas de L upe, los moles de olla de
M aría Orozco Romero, el bacalao de los Sala (Filo Best M an­
ga rd 110 invitaba p ara no e n tra r en gastos), T in a ofrecía en El
B uen Retiro spaghetti al dente, vino tin to y u n a ensalada bos­
cosa de lechuga orejona, b erro fresco, hierbas de olor, huevos
duros, aceitunas y aceite de olivo. O scura la m añana, los am i­
gos anunciaban:
—Nos quedam os a desayunar.
—A tus fiestas vienen m uchos hom bres, ¿verdad? —picó L u­
pe, intencionada.
—Aquí son los hom bres los que están en bram a —com entó
W eston —, es el único aspecto previsible de México.
—H erencia española, deberías ir a España, ap ren d erías a p i­
ro p ear a las m ujeres —aleccionó Rafael Sala —; pero apenas se
casa, la m ujer es sagrada.
—Pues en C ataluña sucede lo mismo que en España —añadió
Teixidor.
W eston pensó aclarar que T in a era su m ujer, p ero calló. V a­
rias veces escuchó decir: “Es u n a m u jer lib re”. Ya se daba
cuenta de lo que esto significaba p ara los mexicanos.

En el ajetreo de invitaciones y salidas al cam po había días b lan ­


dos, la flojera parp ad eab a en la casa, de suerte que cada uno
se adorm ilaba en su recám ara, semivestido en su cama, recu p e­
ran d o con la siesta el sueño perdido. T in a envió u n a nota con
Elisa: “E duardo, ¿por qué no vienes aquí arriba? Es tan bella la
luz a esta h o ra y yo estoy u n poco triste”.
El atardecer tran scu rrió en brazos de T ina, ante el balcón
abierto. C handler llegó con naranjas, chirimoyas y pulque de la
fiesta de N ahui Olín a la que fue delegado. Los tres com ieron
la fruta en el lecho pero no p u d iero n con el p ulque curado de
fresa. T in a sí y le dijo a su am ante al oído: “Es como beb er
sem en”.
W eston m encionaría en su diario “u n a cierta inevitable tris­
teza en la vida de u n a m ujer bella y solicitada”.
T in a no tenía amigas ni cómplices; de ahí su cam aradería
con los hom bres. Salía a todas partes, pero ¿qué sucedía a la
h o ra de la verdad? Edw ard describió a cierta m ujer fea, re p ri­
m ida, incapaz de conseguir am ante, apreciada sin em bargo p o r
ambos sexos. T in a exclamó patética: “Al m enos, tiene buenos
am igos”. W eston deseaba ser su am igo, sin p re te n d e r cobrarle
la am istad como los mexicanos. Su relación d u raría siem pre,
p orque el am or a T in a era exactam ente el que necesitaba p ara
su arte, vivir sentado sobre carbones ardientes; pero ¿cuánto
aguantaría esa tortura? Edw ard podía ap artar los celos y am ar
tam bién la libertad de Tina.

24 DE MARZO DE 1924

El día de su cum pleaños —trein ta y o ch o — recibió en tre otros


regalos tres jacintos m orados en botón con u n a carta de T ina.
Sólo dos palabras: “¡Edward, Edw ard!” Y en los días que siguie­
ro n T in a no salió con nadie. Se afanaba en la cocina ju n to a
Elisa, y E duardito, tranquilizado, volvió a la azotea; las nubes
lo llam aban de nuevo. Ya en la cubierta del 55 Colima, las n u ­
bes ejercían u n a form a de fascinación. ¿Cómo n u n ca antes las
había notado? ¿Alzó la vista alguna vez en G lendale? No reco r­
daba siquiera el cielo de Los Ángeles, m ucho m enos las nubes.
N adie las fotografiaba.
“Después del registro de u n a expresión fugitiva o de revelar
la patología de u n ser h um ano ¿p u ed e hab er algo más elusivo
que u n a nube?” Diez días trepó Edw ard a la azotea, el sol en
el cénit quem ándole la niña del ojo. Esperaba la n u b e acostado
sobre su espalda, la Graflex pesándole sobre el pecho. Así des­
de la popa del 55 Colima u n a m añana de aguas tranquilas tom ó
u n a gran nube sobre el m ar de M azatlán y a p a rtir de ese m o­
m ento se obsesionó p o r cúm ulos y cirros, las nubes que a p re n ­
dió a distinguir. Acostado sobre la m adera estimó los nudos de
navegación y la velocidad de la nube; “la nube es más rá p id a ”,
resolvió y calculó la exposición. A lo lejos, la costa era u n a ceja
apenas levantada; la nube salía del horizonte como u n a ballena
que asalta el cielo, abría u n a boca inconm ensurable, se echaba
sobre la cám ara. En el instante en que iba a engullirlo, W eston
apretó el obtu rad o r. Llamó a su placa: “La gran n u b e blanca
de M azatlán”. Al fijarla, utilizó ácido hidroclórico y añadió al
revelador potasio bicrom ático p ara enfatizar la brillantez de lo
¡ blanco. Pero em pezaron a suceder cosas que lo angustiaron;
los negativos m ostraban claros signos de deterioro. ¿Se les m e­
tía la neblina adentro? ¿La p ro p ia n u b e se volvía agua? ¿Puede
aprisionarse u n a nube? W eston trabajaba en sus nubes con
desconfianza. ¿Por qué eran tan endiabladam ente femeninas?
¿A qué h o ra lo traicionarían?

El general Galván fue el p rim ero en ro m p er su intim idad de


días; pasó a invitarlos, su coche en m archa con el chofer A ure­
lio aguardando . Los inseparables M onna, Rafael Sala y Felipe
T eixidor seguían en otro coche con o tro chofer y u n g u ard aes­
paldas. H acia Pachuca, a sesenta p o r h o ra —velocidad que sólo
podía alcanzar un carro m uy pótenle, anotó W eston —, los in­
dios m ontados sobre sus b u rro s apenas si tenían tiem po de
volver la cabeza p ara verlos. T in a ju n to a Galván; C handler,
W eston y A urelio detrás. “Podem os pasar p o r Acolm an.” A tra­
v esaro n p u eb lo s de v en tan as cerrad a s, sem iab an d o n ad o s.
C uando em pezaban a ad en trarse en la planicie de T eotihuacán
los detuvo u n retén dé soldados que cortaron cartucho; p ero
al reconocer al general H ern án d ez Galván se le cu ad raro n y
esto dio pie a que él relatara u n sinfín de proezas en la revo­
lución. Bajo el asiento que ocupaba T ina traía algo p ara las
em ergencias. A parecieron tres autom áticas, dos carabinas, cajas
de m uniciones y una botella de H ennessy. “H ay que venir p re ­
p arados p ara cualquier eventualidad. H ace unos días en co n ­
tram os barricadas; en la sierra ag u ard a n m uchos hom bres
arm ados. Los delahuertistas se llevaron trein ta caballos.” “¡Dio,
esto parece u n a g u erra!” “Sí, la revolución no ha term in ad o .”
No era la p rim era vez que Galván los invitaba al campo.
Con su rostro quem ado p o r el sol, su flacura de sarm iento, en
todas partes lo conocían: “Mi general, qué m ilagro, mi general,
u n abrazóte”, y las casas se abrían, “pase usted a su pobre ca­
sa”, p ara ofrecerles mezcal, tortillas con sal, nopalitos, h u au -
zóntles, hongos o flor de calabaza según la tem porada. A unque
pobres, “usted p erd o n ará", festejaban a su general.
Galván los palm eaba, sabía sus nom bres, p reg u n tab a p o r el
recién nacido, lo tom aba en brazos. Algunas niñas le decían
“T ata”.
Galván m iraba de reojo a Tina. La buscaba, pero sin asediar­
la, como sabía que lo hacían el ag u errid o Gómez Robelo, el
m isterioso Federico M arín, el taim adito de Ju lio T o rri, el dis­
creto Jo rg e Enciso, el d ernito Pepe Q uintanilla, el crítico Jo rg e
J u a n C respo de la Serna, el enfático Diego Rivera, el del conti­
n u o acoso, el anticuado doctor M atthías, el más callado Xavier
G uerrero y el de m ayor cuenta: W eston. Sus nom bres daban
vuelta en la cabeza del general, como si revisara u n a lista de
fusilables. Por su p arte W eston debía aceptarlos. O vivir en tre
ellos, o vivir sin T ina.
Muy p ro n to el paisaje anegó los celos de W eston, y los de
Galván. El silencio en el carro se iba espesando y los eucalip­
tos, las casuarinas, los robles fu ero n sustituidos p o r magueyes
y pirules. C uando se estacionaron, el cielo se ap retab a de oscu­
ridades y el viento silbaba contra las pirám ides. “Fájate ésta.”
Galván le dio u n a C ok autom ática a W eston, que obedeció
riendo. “Puedo ap u n ta r con mi cám ara, p ero ¿con esto?”
Galván ordenó: “N o vamos a quem ar todo el p arque, p o r si
se ofrece”. Puso u n peso de plata a treinta m etros y lo reventó
al p rim er tiro. “U n recu e rd o ”, dijo tendiéndole la m oneda a
T ina. M onna y Rafael no quisieron tirar. T in a se tapaba los
oídos. Felipe se fue a cam inar en busca de idolitos. U n g u a r­
daespaldas ap u n tó contra el tronco de u n arbolito. W eston y
T in a protestaron: “¿Por qué contra u n árbol?” W eston o rg an i­
zó u n concurso de salto de altu ra y lo ganó en tre aplausos de
la concurrencia.
Galván propuso: “Una botella de Hennessy al que llegue
a la punta de la pirám ide del Sol antes de que caiga la to r­
m enta”.
El cielo cargado de tristeza los aguardaba. C ruzaron u n m ai­
zal más alto que sus cabezas. El viento soplaba en tre las cañas
con el sonido de mil escobas. D espués de atravesar la m ilpa,
subieron a la pirám ide. T in a los adelantaba. D esde abajo era
u n p u n tito negro cada vez más alto. La seguían, en tre el cielo
oscuro y el talud. Para Galván era suficiente transform ar el si­
tio arqueológico en cam po de tiro, pero vio o p o rtu n id ad de
alcanzar a T ina. A W eston su cám ara lo lastraba, siem pre era
así, siem pre a la cola, “pago el precio de m i quizá único
am o r”. El tem poral se volvía feroz. Las nubes en caída p a re ­
cían inclinar la pirám ide. El olor de la tierra m ojada em pezó a
subir. T in a arriba, sus piernas dos colum nas de pied ra, tendió
los brazos a Galván. “Vamos a quedarnos aquí a esp erar la to r­
m enta. Estamos a sesenta y tres m etros de altu ra sobre la Cal­
cada de los M uertos. M ira cómo se oscurece la pirám ide de la
L una.” Algunos fueron llegando.
Sentían frío, p ero esperaban la o rd en de Galván. T enía la
mism a expresión que cuando apretaba el gatillo: u n a volu p tu o ­
sidad feroz en los ojos. W eston recordó la p rim era vez que
quiso captarla: Galván ap retó el gatillo de la Colt y W eston el
obturador.
T in a abrió la boca a las prim eras gotas. La lluvia arreció.
W eston, que no acababa de llegar arriba, bajó cub rien d o la G ra­
flex con su cham arra. M onna se apoyó en los brazos de Rafael y
de Felipe. Al descender, era necesario m edir cada paso, fijos los
ojos en el escalón. Tina en la cúspide bebía el agua con los b ra ­
zos en alto, la cara al cielo, la boca abierta, los pechos ya dibuja­
dos bajo la tela m ojada, ofrecidos a la torm enta.
—¡Tláloc, te amo! —gritó.
—Vamos —dijo Galván tom ó del brazo a T in a —, es más peli­
grosa la bajada que la subida; a veces el pie no m ide el es­
calón.
—Son de adobe, no hacen daño, según Jo rg e Enciso.
—¿Ves con frecuencia a Jo rg e Enciso? —p reg u n tó Galván con
suspicacia.
—Lo más que pu ed o . Es u n sabio.
D esde u n autom óvil, M onna, Rafael, Felipe y Edw ard vieron
llegar el vestido de T ina pegado al cuerpo. Las m iradas de
W eston y de G alván se en co n traro n , fueron al cuerpo de T ina
y allí tropezaron de nuevo. Ella reía, exprim iéndose el pelo, los
codos en alto, sus axilas negras, anticipo de su sexo. Luego
exprim ió su vestido: “You have lovely legs, T in a ”, dijo Weston.
Q uiso alard ear de lo que sólo él podía hacer público; el chofer
rugió u na risa. W eston no pensó que tam bién Aurelio sabía
inglés y ante el silencio de los varones concluyó que acababa
de ser poco delicado. Para él, era imposible captar la forma
tan total en que los m exicanos se ad u eñ an de sus m ujeres.
Salieron de T eo tih u acán a los m uros del convento de Acol-
m an. “La tem pestad no rom pía la calma del claustro” —habría
de escribir después W eston —, “los monjes agusdnos se p ro te­
gieron no sólo de los elem entos y las bestias salvajes, sino
co ntra los forasteros. Q ué m aestros de la construcción, qué a r­
tistas para la vida”.
W eston se concentró en las tortillas doradas en el rescoldo
de la fogata encendida p o r Aurelio. ¡Qué sabor el de este
maíz! Sabía a árbol quem ado. “M iren cómo le gustan al gringo
las cham uscadas”, com entó Galván. U na tortilla tostada hacía
las delicias de W eston. Podía alim entarse sólo con eso. Los
m uros que antes abrigaron a los monjes pasm aron a W eston.
“O h, México, lo tocas a u n o d esg arrad oram en te”, escribió en
su diario. El gru p o todo parecía em brujado. El viaje nocturno
de vuelta a casa fue lento, ren u en te, desganado. La luna, como
niña buena, se quedó en el convento. “¡Cómo me gustaría m e­
dia horita de com bate p ara calentarm e!”, dijo Galván.

O tra vez otro día, trabajo, rutina. Como am aneció nublado, las
señoritas Amor, Bichette y Paulette, cancelaron p o r hoy su sesión
de pose. Llamó Bichette: “Es que con este tiem po no p\>edo
lavarm e el pelo”. W eston filosofó: “U n día n ublado y el pelo sin
lavar de u na m uchacha bonita p u ed en cam biarle a uno la vida.
N o tengo u n peso para m añana". T in a avisó que iría a buscar a
Gabriel F ernández Lcdesm a para cobrarle u n a de sus fotografías.
R egresó sin la paga. Al pasar en cam ión p o r el Reloj Chino de
Bucareli no alcanzó a ver la hora y le p reg u n tó a u n o que viajaba
sentado “¿Q ué ho ra es?” “Las tres, señorita.” T in a intuía que era
más tarde y se lo dijo: “Entonces, señorita, son las cuatro o las
cinco”. “La mism a indiferencia ante el tiem po que tiene el in d io ”,
dijo T ina, “debem os tenerla ante n u estra falta de tortillas.” Elisa
entraría al quite con su lealtad y su sueldo; lo había hecho en
otras ocasiones. Con sus ojitos como cuentas de rosario y sus
m anos, dos ganchos de bruja p o rq u e de niña se las quem ó un
perol de aceite, era intuitiva y generosa. C om praba flores p ara
W eston y él, avergonzado al pagarle el sueldo, aliviaba su con­
ciencia dándo le cincuenta centavos para el cine. A guda y rápida,
le atraía más la vida de sus patrones que la suya propia. Sobre el
m uro de su cuarto tenía u n retra to de W eston y a veces p reg u n ta­
ba p o r la señora y los otros hijos en Estados U nidos. "¿C uándo
vendrán?” Insistía en que Edw ard colgara u n retrato de su señora
encim a de 3a cama. "No es que no quiera a la señorita pero ella
no es la señora.”

—¿No puedes subirte al taxi en otra forma?


T in a m iró confundida el rostro distorsionado de Edward.
—¿No puedes hacer algo sin que tu cuerpo llam e la ate n ­
ción?
Gritaba, estrem ecido de coraje. El chofer m iró p o r el re tro ­
visor al hom bre de bigote fino. Luego m iró a T ina. Con razón
tan alterado, la vieja estaba rebuenota, cachonda de a deveras,
qué bonito brillaban sus piernas, se ha de p o n er h arta Crem a
de A lm endras del doctor Ibáñcz, qué suerte de estos gringos
que consiguen viejas lisitas, de p u ra seda.
—T odos te m iran, no podem os d ar dos pasos sin atraer u n a
ja u ría, ¿crees que soy pendejo?
T in a jaló su falda sobre sus rodillas y m iró p o r la ventanilla
contraria a W eston; no quería que le viera los ojos.
—La próxim a vez m e busco u n a am ante fea.
Era la tercera vez que se lo decía. ¿A sí mismo o a ella? El
regreso a su condición de am ante la hizo h u n d ir la cabeza, co­
m o tortuga am enazada en tierra. W eston se puso fuera de sí,
esta vez olvidaba que sin ella ¡adiós amigos, adiós fiestas, adiós
salidas al campo! T enía ganas de ro m p erle la cara a Xavier
G uerrero y hasta al dulce, m odesto Pablo O ’Higgins. ¿Acaso
no se habían dado cuenta de que no era T in a la única m ujer
en el m undo?
Esta m ujer era suya, él la poseía, n in g ú n otro. El la m ontaría
victorioso sobre el deseo de los otros; su posesión los b arría a
todos; fuera, largo de esta cama, perros hocicones, sólo él con
ella, sólo él para hacer de ella lo que le dictara su real gusto,
tom a, tom a, éste soy yo, y luego la dejaría sola p ara d em o strar­
le que a él nadie lo tenía. M uchas veces T in a le rogó: “No me
dejes, d u erm e conm igo, am anezcam os ju n to s ”, pero él se neg a­
ba. “No sé do rm ir sino solo, necesito u n a b u en a noche de sue­
ño, m añana tengo m ucho trabajo.” Desde el principio de su
relación, cuando d u rm iero n en cuartos separados, W eston no
intuyó que hería a T ina. Ella habría q uerido e n re d a r sus pier
ñas en las suyas, calentar sus pies fríos en tre sus muslos, d o r­
m ir pegada a él confundida en su abrazo, verlo ab rir los ojos,
despertar. “Desde niña, Edw ard, tuve otros cuerpos ju n to al
mío en el suelo y después en la única cama; otros brazos me
daban en la mejilla; estoy acostum brada a sentir al d esp erta r­
me que con sólo ex ten d er la m ano toco o tra piel. Mis h erm a­
nos, M ercedes, Y olanda, Gioconda, B envenuto, B eppo y yo,
todos dorm im os debajo de 1^ misma cobija, cabellos y resp ira­
ciones revueltas. G ioconda me decía: ‘H azm e u n a sillita’, y yo
entonces doblaba mis rodillas y la n iñ a se sentaba en ellas y
dorm íam os em bonadas. M ercedes era más alta y me hacía silla
a m í.” A Edw ard le m olestaba la proxim idad de otro cuerpo,
su am or no se expresaba después del acto am oroso. D orm ir
solo. Salir de su recám ara rápido y al baño. Era su m an era de
iniciar el día, la única.
En Los Ángeles, T in a había ido al estudio de W eston a las
cuatro de la m añana y sin ruido se coló ju n to a él bajo las sá­
banas; él abrió los ojos regresando de u n sueño p ro fu n d o y
T in a encontró en ellos rechazo. C uando intentó besarlo, él fue
al baño a tom ar agua, a lavarse los dientes, quién sabe a qué.
Y después regresó a cum plir su tarea de hom bre; pero m ien ­
tras yacía sobre T ina, ah o ra sí em ocionado, la m ujer no reco r­
daba sino aquella expresión en sus ojos. E dw ard se había
quejado de que p o r su culpa no dorm ía, el deseo lo desvelaba.
Eso la anim ó a buscarlo, p ero no lo halló insom ne sino d o rm i­
do y luego enfadado p o r su presencia no esperada.
T in a no se fijaba en los malos olores o m uy poco, había sido
dem asiado pobre; no veía la línea neg ra en los cuellos de las
camisas. Tam poco se levantaba a lavarse después del am or, p e r­
m anecía d en tro del gran vientre cálido de la cama, río p ro fu n d o
en el que navegaba. C uando la veía adorm ilarse W eston inquiría:
—¿Q ue no te vas a asear?
—No, prefiero quedarm e así, m e hace bien.
—Sería más prudente.
—Mejor tú d entro de mí.
El sueño p ro fu n d o después del am or la asem ejaba a u n ani-
m alilo satisfecho, su leche en los labios. Se arrellanaba, una
pierna encim a de la o tra “p orque no quiero p e rd e r u n a gota
de ti, lo quiero todo d en tro de m í”.
—Q ué prim itiva eres, nunca había conocido a u n a m ujer co­
mo tú.
La educación norteam ericana lo había hecho así —pensaba
T in a —, todos esos letreros de “D eposit h e re ”, “In sert h e re ”,
“O p en ”, esas zonas de carga y descarga, las rendijas p ara las
m onedas de a níquel, las advertencias. “In case o f fire, use the
staircase.” No había cueva do n d e m eterse, n in g u n a p en u m b ra
do n d e secretearse, país sin m isterio. T odo expuesto. México le
gustaba p o r su falta de ordenam ientos; nad a indicaba nada, no
había una sola guía en el cam in a y cualquier cosa podría suce­
der. Faltaban reglas, sobraba libertad. Era mágico em p u jar la
p u erta de la sacristía y en co n trar exvotos, m ilagros, piernas y
brazos, corazones de oro abandonados a la rapiña, salvados
p o r la santidad de Los Rem edios y el h um o de cirios y velado­
ras que subía ennegreciéndolos. En México, los tesoros estaban
a la vuelta de cada esquina; bajo el yeso blainco, surgía la p in ­
tu ra colonial; rascando con la u ñ a aparecía otra realidad; bas­
taba te n er paciencia y la gente decía algo maravilloso. ¿Cómo
no pertenecerle?
T in a registró en su K orona las texturas, el aplanado de los
m uros, la arquería fugitiva del convento de T epoztlán, y p o r
u n im pulso que obedeció a ciegas com enzó a buscar el rostro
de la gente. ¿Podría arrancarles la máscara? “Bajo la prim era,
hay siem pre otra, n u n ca sé lo que están p en san d o ”, renegaba
W eston. “Yo no siento que tengan m áscara, Edw ard; sé que
sufren, no esconden la cara, bajan los ojos p ara ocultar su su­
frim iento. Eso, no saben com partirlo.”

A penas T in a y W eston descolgaban la exposición —¡qué m udas


las paredes desnudas! — recibieron u n ofrecimiento del secretario
de Educación para ex p o n er diez fotografías en el Palacio de
Minería. “¿También yo?” preguntó Tina. “Sí, los dos; se trata
de una exhibición conjunta.” Era la prim era. W eston la abrazó:
“Estoy orgulloso de mi q u erid a aprendiz. Hoy te g raduaste de
fotógrafa.” José Vasconcelos se había p resentado en Aztec Land
con el eterno Ricardo Gómez Robelo que se sobrevivía a sí
m ismo y Julio T orri. Vasconcelos se m ostró especialm ente in tere­
sado en las nubes y pidió varias copias. En M inería colgaron
veinte fotografías en marcos sencillos, Edw ard le hizo notar: “T us
fotos no p ie rd e n nad a en com paración con las mías y son tu
p ro p ia expresión”. El H im no Nacional resonó en tre los m uros y
el presidente O bregón in au g u ró la m uestra. Allá fu ero n de n u e ­
vo todos los amigos, Luis Q uintanilla y R u th acom pañados de u n
inglés alto y flaco, reservado hasta la timidez, D.H. Lawrence,
con u n a espesa barba color ladrillo. Sus com entarios fu ero n
breves; al final se m ostró amistoso; quería que W eston lo re tra ta ­
ra. “Pero si sólo nos conocemos superficialm ente.” Lawrence
insistió. Q uintanilla apartó a Weston: “Yo te presto uno de sus
libros, es m uy buen escritor”. “No es eso, ya lo conozco, su osadía
no es nada al lado de la de J o h n C ow per Powys; lo que pasa es
que estoy exhausto, dieciséis horas de cuarto oscuro d u ra n te dos
sem anas me han hun d id o , quiero que me dé el aire; T ina, C h an d ­
ler y yo pensábam os ir a C uernavaca a casa de Fred Davis.” Je a n
C harlot intervino: “T ú trabajas dieciséis horas d u ra n te dos sem a­
nas y ya te andas m u rien d o , pero vean nada más a Diego en sus
m urales en la Secretaría. ¡Se queda a d o rm ir allá, no sé cómo le
hace! T ienes que verlo p in tar en jo rn ad a s de dieciocho horas; yo,
que soy uno de sus ayudantes, vivo estrem ecido. Y no se diga los
otros dos; J u a n O ’G orm an parece estar en el nirvana y O ’Higgins
tam bién. ¡Produce u n a obra m aestra y nosotros tres somos testi­
gos!”
W eston accedió entonces a retra ta r a Lawrence. En el m o­
m ento de enfocar la cám ara supo que le faltaba el im pulso.
Dos días más tarde Law rence sonrió satisfecho y en esa sonrisa
tím ida vio algo infantil; un claro en m edio de las púas rojas.
“U sted trae a la C aperucita Roja en su b arb a.”

Al recibir su cheque quincenal enviado p o r su m asoqiiista es­


posa, la m aestra Flora, W eston le escribía que T in a progresaba
como alum na y a cambio de sus clases dé fotografía pagaba
“room and b o ard ”, el alquiler de su recám ara y su p ro p ia co­
m ida. Le daba noticias del hijo de am bos e inquiría p o r los
otros tres quienes le hacían falta.

—¿Por qué no se m udan? ¿Qué hacen allá en ese cerro de


Tacubaya, cómo p u ed en trabajar si todo está aquí en el cen­
tro? —arrem etió Lupe.
—Es que le hem os m etido m ucho a esa casa.
—¿Y eso qué?
Casi u n a h o ra de ida y otra de vuelta cada vez que viajaban
a surtirse de m aterial fílmico a la Casa B rehm e, en la calle de
M adero; H ugo B rehm e se refería al pueblo de T acubaya como
p arte de la provincia. T ina, Edw ard, C h an d ler y Elisa se m u d a ­
ro n a la calle de L ucerna nú m ero 12. Poco d u ra ro n allí:
—Acabo de ver u n a avenida de jacarandas, tranquila y asolea­
da. Es para nosotros. Además el cuarto oscuro que tenem os
ahora está m uy mal.
Se cam biaron a la avenida V eracruz nú m ero 42. El alem án
H ugo B rehm e era generoso con sus consejos y sus productos
de Alemania. Exponía en cascada sus postales que vendía co­
m o p an caliente. W estón se burlaba de que la tien d a se llam a­
ra Fotografía Artística Brehm e. H ugo, el doctor W eber y su
asistente Luis Q u in tero excursionaban p o r los volcanes vesti­
dos de riguroso traje y chaleco. Luis Q u in tero decía que Wes­
ton y T in a tom aban fotos al aventón: “C ualquier cosa allí
tirada, así como esté, la retratan . Ni siquiera le p id en a la g en ­
te que se dé una arregladila. Es u n a falta de resp eto ”.
En u n cum pleaños de Diego en Mixcalco, T in a fue a ayudar a
la cocina. En u n a olla m uy h o n d a acom odó los tamales y los
tapó para que hirvieran en baño m aría. Lupe en tró m alhum o-
rienta:
—¿Los pusiste todos? Los de dulce se calientan después.
—C upieron todos —explicó Tina.
A L upe se le dificultaba callarse.
Elisa G uerrero, Dalila M érida y Ella Wolfe batían los atoles
de fresa y el cham purrado:
—Yo soy u na m ujer con m uchos candados —asentó con co­
quetería Elisa.
—Sí —gritó Lupe —, pero cualquiera tiene la llave.
—La mía —atenuó Dalila —, la trae Carlos colgada del cuello
en u n a cadenita de oro...
—¿Y tú, Tina? —inquirió Ella Wolfe.
—Ella no tiene d u eñ o —volvió a g ritar Lupe —, las italianas
an d an sueltas...
Las agresiones de Lupe eran frecuentes, pero T in a prefería
no hacer caso. W eston había llegado a la fiesta con u n a foto­
grafía de regalo para Diego y éste los llamó aparte. En ag rad e­
cim iento Ies pidió que escogieran algún ap u n te (le los que
había hecho para los m urales de la Secretaría de Educación.
“D ando y dando", sonrió, “pajarito volando." Diego hablaba
sin p a ra r m ientras W eston revisaba de uno en u n o los bocetos
sin saber a cuál irle; todos eran magníficos. T ina, em ocionada,
los tom aba con reverencia. Ni cuenta se diero n de que el tiem ­
po corría y ya la casa se había llenado de voces. De pro n to
L upe abrió la p uerta, estrangulándose de rabia, la cabeza echa­
d a para atrás, los ojos verdes saliéndose: “Por eso la invité, p a ­
ra ver cómo se portaban los dos; allá abajo estoy espere y
espere y aquí los agarro ju n to s ”.
—Estás loca.
Diego la retuvo con su corpachón sin cam biar u n solo rasgo
de su rostro.
—Así los quería pescar, palomos, así mérito...
Diego dio la espalda a su m ujer y siguió entregándole a p u n ­
tes a T ina, m uy pálida de pie. Lupe ni siquiera tom aba en
cuenta a W eston. Salió azotando la p u erta y los tres se m iraron
consternados. A los cinco m inutos, volvió a e n tra r con la mis­
ma rabia, pero ah o ra los ojos enceguecidos p o r las lágrimas.
—B ueno pues, ¿que no van a bajar? Carajo, están echando a
p e rd e r la fiesta. Todos p reg u n tan p o r ti, gordo.
Lo arrinconó:
—Me dan ganas de pulverizarte.
—Sosiégate vieja, ah o ra mismo bajamos.
—Bajas, pero detrás de mí, y no te m e apartas ni un seg u n ­
do. IY estos extranjeros se me van m ucho a la chingada!
W eston y T in a se encam inaron hacia la salida. L upe alcanzó
a T in a en el pasillo tendiéndole el regalo de dos guajes re lu ­
cientes: “¿Placemos las paces?”, dijo aún tem blorosa. “Á ndale,
chócalas, es que m e cuentan imichas cosas de ti y del g o rd o .”
T ina puso su m ano en la enorm e m ano ex tendida de Lupe.
W eston m iraba. Las pasiones de los mexicanos iban más allá
de su entendim iento. Recordó la definición del D r. All: “Lupe
es u n a furia,q u c n ació antes del diluyio.univcr^aL”. A lo m ejor
en eso radicaba su encanto. B ueno, p ero ¿y T ina? N unca se
veía tranquila frente a la m ujer de Diego; parecía tem er esos
bruscos cambios de h u m o r, que saltaban de la nada. ¿De la
nada? W eston no habló d u ran te el cam ino de regresó. Fingió
no te n er interés sino en los guajes fantásticam ente pintados.
Ya era tiem po de salirse del infierno de celos, “get o u t” se
repetía, "get o u t”; su gente lo esperaba, Ramiel, Jo h an , M arga-
rethe, Consuelo K anaga, Roy P artridge, gente como él, civiliza­
d a, q u e sabfa te n e r rela cio n es am o ro sas, sin reac cio n es
exageradas. Allá lo respetaban, pedían su regreso, sobre todo
Ramiel cuyas cartas lo aprem iaban.
¡Allá T in a con sus aztecasl
• Excusado•
Fotografía de Edward Weston

I ' 28 DE DICIEMBRE DE 1924

T res días después de la Navi­


dad, T ina, C harlot y Elisa despedían sin hablar a W eston y a
C handler. Elisa iba de negro como si W eston ya fuera d ifu n ­
to, su rebozo cubriéndole la frente. “Parece v iu d a”, pensó
Charlot.
El tren echó a andar. W eston se dio cuenta de que no sólo
dejaba a T in a sino a grandes amigos. Sum ido en el estu p o r de
la p artid a confundía im ágenes y sonidos, le parecía oír .los p re ­
gones familiares a su vida en la avenida V eracruz nú m ero 42,
el ssshhhhh de las escobas de vara, el “¿Me da p ara la leche,
d on E d uardito?” de Elisa recién bañada, el “T ierra de encino
pa las m acetas”, la súbita aparición de la policía m ontada en
los días de lluvia, sus capotes cubriendo las ancas de sus m o n ­
turas. El rostro de T in a le bailaba en los ojos: “Edw ard, E d ­
w ard ”. En la estación de Legaria, u n pordiosero hacía vibrar
u n serrucho del cual extraía notas espeluznantes parecidas a
La borrachita. W eston hubiera podido llorar. En Irapuato, u n
ven d ed o r insistió en que le com prara u n a canasta: “Para su se­
ñ o rita”. “No tengo.” “Pero tiene usted novia”, prosiguió con
ojos picaros. “Tam poco tengo”, cortó sombrío.

México lo persiguió hasta Los Ángeles. Se sentía extranjero, ca­


si rechazado. ¿Q uién era toda esa gente gris en automóvil?
“¡Oh, denm e la m u ltitud que en tra a los toros los dom ingos y
avienta al ru ed o sus som breros de palm a!”, escribió.
En su casa de Glendale, lo acometió la misma extrañeza. Los
niños no podían ser sus interlocutores. B rett daba señales de
originalidad, y Flora am enazó con enviarlo a u n in tern ad o p ara
corregir su rebeldía.
Flora intentó ser am able, pero a pesar del esfuerzo, a W es­
ton lo invadió u n sentim iento de irreconciliable antipatía. Aún
no veía a M argarethe; corrían rum ores de que se había vuelto
lesbiana. Sólo Ram iel M cGehee fue como antes; habló con él
hasta que le dolió la quijada.
A W eston le caía encim a su patern id ad . Sus ju g u etes m exica­
nos parecían reclam ar: “¿Por qué nos trajiste?”
Ramiel le dio la solución: “Si eres tan infeliz, cum ple con tu
exposición en G um ps de San Francisco y te regresas”. En vez
de llevar su diario, Edw ard escribía a T ina. Lo único bueno:
cenar con la familia M odotti en su casa del 901 de U nion
Street. Desde su balcón asoleado sobre la calle em pinada se
veían las aceras de San Francisco que suben y bajan. M ed iterrá­
neos, ellos sí sabían vivir: p u d o recu p e ra r las sobremesas m exi­
canas. “¡Ay, cómo am o a tu mam acita y a M ercedes, T in a mía,
qué bella es tu m adre! Las enam oré a las dos sin discrim ina­
ción. B envenuto cantó ópera en la cocina, comimos hongos
frescos, perdices tiernas que podían tragarse con todo y huesos
y tom am os m ucho vino, ¡qué vino! ¡Cómo reímos! La más ale­
gre, tu mamá. Estoy loco por ella. T o reé para que se dieran
cuenta de cómo son las corridas y lo hice tan bien como Sán­
chez Mejías. B envenuto hizo de toro em bistiendo con las patas
de una silla.”
El m atter o f fact de los gringos, su sentido del tiem po lo
repelían. “En San Francisco, odié a las m ujeres de los clubes,
que lo abrum an a uno con com entarios insensatos acerca del
arte. ¿Preguntan acaso p o r el precio de u n a fotografía? No,
¡qué va! La entrad a a mi exposición es libre y p o r eso le esca­
m otean diez m inutos a su shopping, buscando no saben qué
sensación en la galería. Espetan sus sandeces y vuelven a la
trascendental tarea de com prar trapos y fruslerías.”
A vuelta de correo, T in a respondía, un id a a él p o r la separa­
ción. Los amigos lo instaban a regresar; u n a postal firm ada
p o r T ina, N ahui, M onna, Felipe y Rafael le pro d u jo nostalgia;
los im aginó d en tro del círculo de luz de la lám para proyectado
sobre la mesa, charlando con su mezcal en la m ano, las nueces
de Castilla, el perfum e de las guayabas, y ansió estar en tre
ellos, tom ar del brazo a T in a p o r calles olorosas a heliotropo,
cam ino a Tacubaya.

Para ayudarse en sus finanzas, T in a en tró a trabajar a la Casa


G uastaroba. A guantó m edia semana: “No sirvo p ara v en d er”,
le dijo a Ettore G uastaroba. Volvió a la fotografía. No da gran
cosa pero quita el ham bre. T en d ría que m udarse de casa, no
podía p agar sola la renta.
Seguían las reuniones con los Sala y Felipe T eixidor, los
unía su extranjerism o. Peggy, la p erra de los Sala, se había e n ­
ferm ado; Xóchitl (tam bién p erra) estaba grave, esto les im pedi­
ría salir a Amecameca. De cada excursión, T in a era p arte
im portante. A la h o ra de la siesta sobre la tierra, a la som bra
de los m agueyes, recordaban a Edw ard, lo extrañaban.
T in a retrató el acueducto de Los Rem edios y aparecieron
los fuelles de su cám ara cortando la im agen. ¡Qué coraje a la
h o ra del revelado! Furiosa consigo misma, T in a se prom etió
tom arlo de nuevo. Su preocupación más p ro fu n d a era vivir el
arte sin dejarse desgastar p o r la vida, que tam bién gasta a los
hom bres. Su falta de disciplina y capacidad creativa era u n pro-
blem a de vida. Peor aún, de índole fem enina. ¡Qué poco había
trabajado j in su m aestro! No tenía concentración; la jalab an
,los am igos,~10s m ercados, Diego, J e a n C harlot, el enigm ático
Xavier G uerrero. H asta la enferm edad de las p erras de los Sala
resultó motivo de distracción.
Podía disfrutar dé cada instante, tom ar u n a fotografía, y lu e­
go pensar en ella en la hierba de C hapultepec, la vuelta al tra ­
bajo verdadero. C argar la im agen d en tro y luego llevarla p o r
todos los estadios hasta verla técnicam ente igual a la reflexión
interior. En su form a de trabajar había poesía; T in a se sentía
como si estuviera a la búsqueda de la esencia de la vida, su
propia esencia. T enía que estirar ese m om ento a lo largo del
día, no m ellarlo, no co rrer a otras ocupaciones. Sólo Edw ard
con su poderoso intelecto podía vivir varias instancias a la vez
sin p e rd e r dirección. Ella, en cambio, iba vaciándose de sensa­
ciones. Ponía sentim iento hasta en el acto de p elar chícharos y
en la noche, em ocionalm ente exhausta, se p reg u n tab a: “¿Qué
hice hoy?” ¡C uánta energía perdida! "E d u ard ito , ¿cuándo vie­
nes? ¡Regresa, p o r favor, sin ti caigo en la dispersión!”

7 DE JU LIO DE 1925

“No he sido m uy creativa, Edw ard, m enos de u n a copia im p re­


sa al mes, ¡esto es terrible! No es tanto la falta de interés como
la falta de disciplina, la falta de voluntad. A hora estoy conven­
cida de que las m ujeres, en lo que se refiere a la creación (ex­
cep tu an d o la creación de la especie) son ineficientes. Son
dem asiado poco im portantes y les falta el p o d er de concentra­
ción y la capacidad de dejarse absorber totalm ente p o r u n a co­
sa. ¿Acaso esta declaración es prem atu ra? T al vez; si así fuera,
les pediría hum ildem ente p erd ó n a las m ujeres. T en g o la cos­
tum bre im perdonable de generalizar siem pre u n a opinión a la
que he llegado m ediante el análisis de mí misma, y hablando
de mí personalm ente no puedo, como alguna vez me aconse­
jaste, resolver el problem a de la vida p erd ién d o m e en el p ro ­
blem a del arte; no sólo no lo p u ed o hacer: siento incluso que
el problem a de la vida afecta el problem a del arte... En mi ca­
so la vida p u g n a constantem ente p o r p red o m in ar, p o r lo que
el arte n aturalm en te sufre. Con ‘arte’ me refiero a la creación
d e lodo tipo. Podría decir que, ya que en mí el elem ento de la
vida és más fuerte que el elem ento del arte, yo p u ed o resig n ar­
m e sencillam ente y hacer lo m ejor de ello, pero no p u ed o
aceptar la vida tal como es, dem asiado caótica, dem asiado in ­
consciente, p o r eso mi resistencia, mi lucha. Ansio constante­
m ente ad ap tar la vida y mi tem peram ento a mis necesidades,
en otras palabras, invierto dem asiado arte, dem asiada energía
en mi vida, y p o r eso no me q u ed a n ad a p ara dárselo al
arte...”

T in a no le contaba que cada vez la atraía más el México oscuro,


que se cubre de polvo y de llagas a m edida que se aleja del centro
altivo de la ciudad, el de los ham brientos, de casas como p e rre ­
ras. X avier G uerrero la llevó a la C andelaria de los Patos. “Como
ésta hay cien colonias ad o n d e no en tra n ni los policías p o rq u e los
en cu e ran .” Era u n México que W eston no había conocido. Los
mexicanos no parecían esp erar gran cosa; sobrevivían, sin em bar­
go. T ras de ellos se abría todo u n pasado de mitos, herbolaria,
consejos de vida de u n a fuerza que T in a jam ás sintió en Estados
U nidos. Esa vida an terio r, la certidum bre de u n a acción espiri­
tual que los esculpía, la en treg a en m uchos de sus rostros, le
daban u n a certeza que no había ex perim entado en América el
norte: la de la civilización. Allá jam ás resistirían ham bre, no
tenían con qué; en México los años de entren am ien to al dolor
físico, a la desposesión eran infinitos. T en ían dos vidas: su vida
de m iseria sobre la tierra y la otra que era su vida verd ad era, la
de la casa del sol que los transfiguraría.

9 DE JU LIO DE 1925

U n jovencito delgado, de pelo negro y lacio que le caía sobre la


frente, diputado p o r el estado de V eracruz, le dijo con ojos
soñadores que llegaría a México u n gran poeta, V olodia Maya-
kovski. ¿Le gustaba a T in a la poesía? A Francisco M oreno le
hu b iera encantado ser poeta. V ladim iro Mayakovski hacía poesía
con sólo ab rir la boca, libre, innovadora, fresca, im previsible, y la
decía con u n a voz herm osísim a, catedralicia, espantando a los
oyentes: “Me haré pantalones negros/ del terciopelo de mi voz./
U n blusón am arillo con tres m etros de puesta de sol./ C am inaré
p o r la avenida Nevski del m u n d o / p o r sus piedras resbalosas,/
con paso de elegante y de d o n j u á n ”. V olodia im provisaba sus
versos al verles la cara. El público no sabía cuándo term inaba la
poesía y se iniciaba la locura.
C uando Mayakovski desem barcó del España en V eracruz, la
em bajada giró invitaciones p ara u n a fiesta. F rente a los ojos
del ruso, Diego Rivera resultó “u n ser enorm e de p rom inente
barriga, cara grande y etern a sonrisa”. Para T ina, Mayakovski
resultó fascinante, alto, subversivo y mágico como su poesía. El
com unista Francisco M oreno se p ren d ó de él y Mayakovski
acogió sin más la adm iración en los ojos melancólicos del am i­
go m exicano. “¡Qué feliz, qué feliz estoy de estar con ustedes,
qué feliz!” José M anuel Puig C asauranc, que había sustituido a
Vasconcelos en la Secretaría de Educación, quiso hablar con él
y fue insólitam ente cordial. Los m exicanos cultos estaban e n ­
cantados con la visita del excéntrico poeta. C om entaban que
teniendo u n boleto de Pullm an, había descendido de u n vagón
de segunda “para conocer m ejor a los m exicanos”. José D.
Frías, quien lo entrevistó p ara El Universal Ilustrado, quedó im ­
presionado al escucharlo: “...incluso la persona más suspicaz
percibe en él la poderosa voluntad de su p ueblo”. Mayakovski
odió la corrida de toros: “Lo único que lam enté”, escribió, “es
que no p u ed a colocarse en tre los cuernos del toro u n a am etra­
lladora y que no p u ed a enseñársele a d isp arar”
El 20 de ju lio escribió su poem a “M éxico”:

¡Qué país!
¡A ver,
somételo!
Se alzan en el lu g ar de u n Zapata
u n Galván,
los M oreno.

T in a vivió estas em ociones a la som bra de X avier G uerrero.


A fines de ju lio , corrió la noticia. El dulce Francisco M ore­
no, d ip u tad o com unista, había sido m uerto a balazos p o r unos
m atones al servicio ¿de quién? ¿del gobierno? ¿de algún caci­
que veracruzano, ya que V eracruz siem pre se había m anejado
como u n país in d ependiente? Mayakovski tenía razón. M oreno
se había levantado en lu g ar de Zapata. ¿Q uién sería el p ró x i­
mo? ¿Ú rsulo Galván?

19 DE AGOSTO DE 1925

En su diario, W eston se definió como individualista p o r ley de


la naturaleza, pensar p rim ero en él era lo m ejor p ara sus hijos.
Después de siete meses de añoranzas, tomó a B rett de la
«nano y em barcó en el ss Oaxaca. "Tu m ad re ya no p odrá q u e ­
ja rse de ti. A hora yo me responsabilizo.”
En el barco vació, “look Brett, your private yaclu’’, W eston
no volvió a reflexionar sobre el egoísmo; esos días de m ar
afianzaron su propósito; se som etería a disciplinas espartanas.
En Los Ángeles había visto las vitam inas alineadas en las far­
macias, los alim entos procesados en los almacenes. En México
sería fiel a u n ascetismo cósmico: ayuno, desnudez, sol. R espi­
raría el aire que baja del Popo, se alim entaría con fru ta del
trópico. Bailaría rum ba, tango. Le enseñaría o rd en a Brett. El
a r t c j c finca en el o rd en , sin él no se alcanza la altura. Sólo los
aptos sqbr.eviv.en. A C h án d ler lo había convertido en u n m u ­
chacho fuerte y sensible. Lo mismo haría con Brett. Sólo aq u é­
llos con cuerpos feos y m entes sucias no se b añaban desnudos
en la azotea. A nticipaba regocijado la cara de susto de Elisa,
que escondería sus ojos con las m anos p ara no verlo desvestir­
se a m edio patio.
En el an d én de la estación de G uadalajara, T in a y Elisa agi­
taban la m ano. T in a atrajo a B rett y lo hizo girar, luego corrió
hacia Edw ard y perm aneció largo rato en sus brazos.
José G uadalupe Zuño le dio u n abrazo rom pecosüllas: “¡Vén­
gase pacá mi cuate!” “¡Vénganse pacá mis chaparritos!”, ro d eó
los hom bros de T ina, B rett y Elisa. H aría u n a exposición de sus
fotografías en G uadalajara. Les b rin d ó posada en su casa y esa
m ism a noche trajo m ariachis y cuando se fu ero n a las cinco de la
m añana, m andó echar cohetes. Q ue el g ringuito ése pelos de
estropajo, B rett, le diera el golpe a México. A esa h o ra em peza­
ro n a circular los caldos con alón y pata, los refritos, la salsa
picosa, las cervezas p ara la cruda. B rett se asom bró de las largas
mesas de los M arín cubiertas de m anjares y de la belleza de
Victoria. Al tercer día p reg u n tó azorado: “¿Qué los m exicanos
no trabajan?” El bronco José G u adalupe Zuño parecía rey, y si él
andaba de fiesta, G uadalajara tam bién. “Vamos a enseñarles a
estos gringos lo que es u n a noche m exicana.” T iras de papel
picado, rosa y azul, grandes flores de papel, piñatas de cinco
picos encabritaban el aire. Irían a C hapala al día siguiente a
descansar ¿de qué? y a com er ¿otra vez? frente al lago.
Para la fiesta de disfraces de Carlos y M aría O rozco R om e­
ro, W eston se disfrazó de m ujer, T in a de hom bre y a B rett lo
confundieron con u n a preciosa gringuita, vestido de T ina. La
pren sa anunciaba: “W eston, em p erad o r de la fotografía. A p e ­
sar de su nacim iento en N orteam érica tiene u n alm a latin a”. A
T in a le dio p o r an d a r de camisa y corbata, cosa que escandali­
zaba a las jaliscienses.
La exposición fue o tro éxito, los tapatíos acudían en masa; a
diferencia de los capitalinos, sus com entarios intensos e inteli­
gentes lo colm aron de satisfacción. ¡Qué artistas los tapatíos,
cómo lo com prendían! En la capital decían que la fotografía
no es u n arte, si bien se reconocía al que era u n b u en fotógra­
fo como “u n artista de la cám ara” p o r extensión metafórica.
A rrebatado, W eston habría gritado a m edia canción ranchera.
“¡Ay, ay, ay, ay, l a s olas de l a laguna!” Siqueiros escribió: “En
las fotografías de W eston, la textura, la calidad física de las co­
sas se d an con la m ayor exactitud; lo áspero es áspero, lo sua­
ve es suave, la carn e está viva, la p ie d ra es d u r a ”. Zuño
com pró diez fotografías a cincuenta pesos y organizó u n paseo
a la barranca al que asistieron Siqueiros, Ferm ín Revueltas, Xa­
vier V illaurrutia, J e a n C harlot, V ictoria M arín y u n a niña, su
h erm an ita C arm en M arín que prom etía ser tan guapa como
Lupe. V ictoria contó que L upe se quejaba m ucho de la falta
de dinero. Diego vendía sus cuadros en cien pesos. Cosa que
le pedían, cosa que regalaba. “¡Ay Diego, (¡no me obsequias es­
to?” “Sí, cómo n o .” En G uadalajara, bebieron m ucho ro n , salvo
C harlot que siem pre luchaba contra todos p ara ir a acostarse
tem prano. E ra m uy bravo. Ni Siqueiros podía con él. U n día se
atrincheró en su cuarto, todos los m uebles contra la p u erta, y
cuando Siqueiros p reten d ió en trar, lo sacó a patadas. U n niñi-
to de cara de caballo y ojos de sulfato d e cobre registraba to ­
do: J u a n Soriano.
C am inaban de la m añana a la tard e p o r las calles de G u ad a­
lajara, pro b aro n el más delicioso de los pozoles, la b irria de
T laquepaque, las tostadas del Santuario. ¡Qué ap retad o abrazo
el de México! Sólo faltaban las grandes palm adas de M anuel
H ern án d ez Galván, la m irada de Rafael Sala, su m ejor am igo,
las excursiones al Popo, los elogios de Diego, los gritotes de
L upe, la apreciación de M onna sobre su fotografía. A W eston
México le b o rrab a cualquier rem ordim iento.

—No, Edw ard, no subo en este vagón, yo voy a viajar en se­


gunda.
O nce días y T in a ya discutía.
—B rett y yo com pram os boletos de p ullm an desde Los Á n­
geles.
—Yo quiero viajar con la gente.
—Son durísim as las bancas.
—Si ellos p u ed en , yo también.
Prefería los huacales de gallinas, el vómito, los hilachientos
m ontones de ropa, el intolerable olor a orines de los baños.
—V ente al com partim ento —le rogó W eston tres horas más
tarde.
—T e digo que no quiero.
Parecía decirle: “T ú no perteneces. H arías m ejor en irte”.

D esde la azotea de la casa de la avenida V eracruz, T in a veía


pasar a M aría, su vecina, con u n a cubeta de nixtam al rum bo al
m olino.
M aría se detuvo:
—¿D ónde está su masa? Yo le echo sus tortillas. ¿Q ué trabajo
m e cuesta?
M aría no veía la intensidad con que T in a la m iraba. Cada
hijo era bien recibido: “Ya Dios m e socorrió, los hijos son la
riqueza de los pobres, no h an de faltar la masa ni los frijoles”,
dijo, las m anos sobre su vientre, “a ver usté cuándo le regala
u n hijo al señor d o n E d u ard ito ”.
¿Así que M aría estaba en terad a de lo que sucedía puertas
ad en tro en la avenida V eracruz 42?
C uando M aría le com unicó que su Reinita era angelito, T in a
deseó con todas sus fuerzas que la criatu ra viviera.

—Edw ard, M aría quiere que le bendiga a su hija. Soy su m a­


d rin a de entierro , voy a acom pañarla al cam posanto.
F rente a él, con su falda negra, su blusa blanca y su pelo
recogido, T in a insistió:
—Vamos a Mixquic, no voy a dejar sola a María.
M aría llevó a su hija R einita en u n a caja blanca, casi de za­
patos.
En el cem enterio, ju n to a W eston, T in a cerró la caja, la p u ­
so en la tierra:
—Adiós, Reinita.
—No llore, E rnestinita —le m u rm u ró M aría a T in a —, p o rq u e
si llora le va a q u itar la gloria a mi hija.
W eston sólo veía exteriores. “H ay que trabajar con asepsia,
g u a rd a r las distancias, no mezcles, T ina, si no vas a cam biar su
vida, no perm itas que cam bien la tuya.”
Volvieron a M ixquic el Día de M uertos. El cem enterio era
u n a alfom bra de luz anaranjada, cientos de veladoras en cen d i­
das, u n halo de tierra santificándose a sí misma. “B ut w hat are
these peoplc doing?” E ntre las tum bas, T in a h u b iera querido
explicar a los turistas: que le estaban devolviendo el pulso a la
tierra, que el cuerpo d e los m uertos la abonaba, que ellos se
ofrendaban con las calaveras de azúcar, los panes, la candela.
¿Cómo explicarles a los curiosos la conform idad de M aría ante
la m uerte de su criatura? Aceptaba la m uerte como el asenta­
m iento de una m ontaña. Era cosa de Dios.
Un hom bre se detuvo ju n to a un m ontículo de tierra y em ­
pezó a barrerla sosegadam ente. T in a observó la paciencia; tina
a u na fue tom ando las flores de cem pasúchitl y clavándolas en
la tierra, ponderándolas, siguiendo u n trazo con exactitud. Es­
cogía las más herm osas y les ponía su m elena viendo hacia la
noche; los pétalos anaranjados giraban ya sin tallo, dbios y p a­
chones. A p u n to de cruz, iba p esp u n tean d o la tum ba en un
acto de am or lentísim o, u n ritual florido y cadencioso. C uando
term inó, todavía le hizo u n m arco de pétalos al m ontículo, se
sentó a u n lado y se quitó el som brero.
—Cómo ha de q u erer a su m u ertito —dijo Tina.
—No es m uertito, es mi difuntita.
—Ah, su mamá.
—No, mi m ujer.
—Ay, cuánto lo siento. Y ¿cuándo m urió?
- E n 1904.
—¿Tantos años?
—Sí, ahora tengo otra, allá está parada.
T ina fue a W eston y le explicó:
—Edw ard, ahí está la m u erta más am ada del m undo. Y allá
lo espera su segunda m ujer.
Echaron a an d ar, ella confundida e n tre los dolientes, él car­
gando su cám ara y su tripié.
—Si yo fuera de T láhuac o de Xochimilco, E duardito, mi p a­
d re habría bajado a la h o ra del crepúsculo, yo h ab ría sentido
su aliento sobre mi frente. Pero en Los Ángeles crem an los
cadáveres.
—B ueno —ironizó W eston —, aquí enterraste a tu m arido hace
casi cuatro años y no has ido a su tum ba.
—¿Se la limpio, jefecito?
—¿Se la deshierbo, patroncito?
—¿Q uiere que se la busque? U sted nam ás dígam e el nom bre.
W eston tenía razón. No había vuelto al pan teó n de Dolo­
res. Robo se le olvidaba desde que estaba vivo. R ecordó níti­
dam ente a su suegra, Rose, sentada al lado de las grandes
letras de cem ento. Roubaix de L ’Abrie Richey, 5 de marzo 1880,
29 de febrero 1922, su esposa. Su nom bre era tan largo como
su figura.
Pocas lápidas descuidadas agu ard ab an su ofrenda, la mayo­
ría eran túm ulos de luz: “Edw ard, vamos a florear esas tum bas
abandonadas”. W eston protestó: “Apenas si nos alcanza p ara
llegar a fin de mes. No vamos a gastar en flores”. “¿Y qué im ­
porta? Ya tendrás algún pedido de fotos.”
W eston guardó silencio. No se daba cuenta de que T in a lo
odiaba cuando no participaba.

11 DE SEPTIEMBRE DE 1925

W eston recuperó su trastero y acom odó a Panchito, su caballi­


to de cuarenta centavos, sus alcancías, su palm a santa y sus
dem ás juguetes. El cuarto era el mismo, la misma blancura; T i­
na no lo había tocado, la luz seguía barriéndolo. El grabado de
H okusai, el Abrevadero de Picasso y la fotografía de las altas
chim eneas de la Armco Steel C om pany de M iddleton, que Al-
fred Sdeglitz adm iró y habría de convertirse en la p o rtad a de
la revista Irradiador de los estridentistas. “Al ver el Picasso,
pienso que eres tú ”, dijo T ina, “te veo lavándote a jicarazos en
el patio ante el escándalo de Elisa. Estos jinetes desnudos so­
b re sus m onturas d an la mism a sensación de fuerza que tú, los
caballos beben la vida como tú .”
El lecho solitario le dio a W eston u n sentim iento de re n u n ­
cia jam ás experim entado etj G lendale ni en su estudio retaca­
do de libros, ju g u etes y arte popular. H abía vuelto al espacio
abierto, al aislam iento, al silencio, al agua de cántaro, que sabe
a derrita. Elisa p rep aró u n a ensalada de nopalitos con cilantro,
jito m ate y cebolla salpicada de queso fresco e hizo u n a sopa de
elote tierno; en la mesa una batea gigantesca desbordaba
de frutas, ¡qué recibimiento! Mercedes M odotti, de visita, lo
abrazó tan fu erte o más que en San Francisco. Lo llam ó
‘E d u ard ito ’, como lo hacía Tina. “¿Por qué no me dijiste que
regresabas?”, le preg u n tó . “Porque no lo sabía.” México era
aú n más herm oso que en su recuerdo.
A B rett le com pró en el m ercado u n sonriente leo p ard o de
m adera con pelos de gato en las orejas y u n m atrim onio
de pulgas vestidas de novio y novia con todo y cortejo y señor
cura. En la tarde, W eston tom ó su cam ión Tacuba-Tacubaya-
C hapultepec y bajó en la Secretaría de Educación. Diego le
abrió los brazos desde el andam io: “¡Qué m uchacho bonito!”,
dijo de Brett, “aquí va a alborotar a las changuitas”. Abrió su
portafolios: “T om a E duardo, u n dibujo de bienvenida. El sába­
do vénganse a u n a tam alada a Mixcalco p ara que conozcas a
m i renacuajo; es tan chiquito que me cabe en la bolsa pechera.
Le decimos ‘Pico’ p o rq u e cuando Galván vio a Lupe con la
niña en el rebozo dijo: ‘Allí vienen L upe y pico’."
N ada le p reg u n tó de T in a ni ella le había contado a W eston
que posaba para Diego.

D urante su ausencia de siete meses, T in a se había organizado


u n a vida en la que él no tenía lugar: “¿Me acom pañas?”, decía
T ina p o r no dejar. A unque sonriente, a W eston se le cerraba
la garganta. No quería escenificar dram a alguno, y se p re g u n ­
taba si se había vuelto senil o tarado. ¿Estaría p erd ie n d o su
propia estima?
Era él quien había puesto las reglas del ju eg o , y ah o ra que
ella ju g ab a y bien, él se sentía desplazado. T ina, fortalecida,
d u eñ a de sí, corría a la calle. ¿Por qué escribió entonces que él
le hacía falta? ¿Sería cierto? Su actual com portam iento no e n ­
cajaba con sus brincos de chiquilla en el an d én de G uadalajara,
qué rara alegría. H abría de escribir en su diario que sólo tenía
que p o n er u n nuevo disco, darle vuelta a la m anivela de sus
em ociones y esperar en m edio de los chirridos a que se hiciera
oír otra tonada; él siem pre podía cam biar el ritm o, usar su
im aginación.
T íñ a se había hecho muy am iga del em bajador ruso, Estanis­
lao Stanislavovich Pestkóvski, de su m ujer, M aria N aum ovna y,
a través de Xavier G u errero , frecuentaba la em bajada en la ca­
lle de Rhín, en u n a casita de dos pisos. Siqueiros, Rivera, Mi­
guel de M endizábal, Rafael Carrillo, Ú rsulo Galván, M iguel
Angel Velasco, José M ancisidor, José M onzón, el m uchachito
jo rg e Fernández Anaya y dos com unistas hindúes, G upta y
K han Khoji, ayudantes de Diego en sus m urales de C hapingo,
eran invitados frecuentes. Pestkovski, hom bre culto, dinám ico,
tenía u n a m anera inteligente y nueva de am ar a México. C om ­
p artía la vida de todos, ni siquiera tenía autom óvil p o rq u e el
triunfo de la revolución de octubre aú n no lo perm itía. P or lo
tanto se codeaba con la gente de a pie y no hay m ejor m anera
de conocer u n país que en la calle y en los tran sp o n es p úbli­
cos. Tam poco tenía vigilancia, La había rechazado. T odos eran
herm anos; dos países revolucionarios se reconocían en sus b u e­
nas intenciones. T in a hubiera dado su vida p o r ir a la U nión
Soviética y estrechar la m ano de Stalin, como ese M anuel Díaz
R am írez, qué su ertu d o ; había conversado con él, con José
Alien, con José M ancisidor, del p artido com unista, que re p e ­
tían consignas: "T odo el p o d er a los soviets, to d a la tierra para
los cam pesinos. H ay que ab o liría pro p ied ad p riv ad a”, Inflam a­
da de buenos sentim ientos, T in a em pezó a creer que no,había,,
cielo que valiera si n o lo hend ía n miles de p u ños en alto; el
m u ñ d ’ó séríífclelós op r i mi dos, no de los o p re so re s.i Q ué orgu -
lio que México fuera el p rim er país del m u n d o en reconocer a
la URSS!

W eston se refugió en sus amigos, los Sala, T eixidor; el estado


de salud de Rafael Sala lo alarm ó. Decían que en Venecia, Ro­
berto M ontenegro había hecho el retrato de la m arquesa Cas-
sati Stam po, quien m andaba cerrar la plaza de San Marcos
para sus fiestas. Los invitados llegaban en góndola. “Fíjate, a
T in a no le gustó que p in tara yo a la dichosa m arquesa hace
años”, com entó M ontenegro. Adolfo Best M augard lo abrum ó
con su Método de dibujo en el que dem ostraba que en el arte
prehispánico las líneas jam ás se cruzan y las formas son recu ­
rrentes: el círculo, la espiral, la línea q u eb rad a en zigzag. Si sus
teorías se ponían en práctica en las escuelas, el pueblo g en era­
ría las expresiones del pasado, alcanzaría la grandeza de los
constructores de pirám ides.

— ¿Sabías que Plutarco Elias Calles les aplicó el 33 a B ert y a


Ella Wolfe porque él arengó a los ferrocarrileros?
A Edw ard no le afectó. No sentía sim patía p o r Bert; p o r Ella
sí, porque sabía hablar de H erzen. Rusa, trabajaba en la legación
soviética y a W eston le ab u rrían tanto Estanislao Pestkovski, el
em bajador, como León Haykiss, el secretario encargado de n e ­
gocios, que daban unas fiestas poco ortodoxas a las que asistían
los del partido com unista y personajes de la política y del arte,
los C ueto, Diego y Lupe y las dos prim as Asúnsolo, m ás guapa la
una que la otra. Pestkovski, apasionado p o r la vida política de
México, tom aba la palabra en reu n io n es d e trabajadores y los
azuzaba llam ándolos herm anos. B ertram Wolfe tam bién. “ ITo-
dos esos com unistas creen que tienen derecho de in terv en ir en
la vida de los dem ás!”, gru ñ ía W eston. “¿Te im porta?”, resp in g a­
ba T ina. “Sí, porque no tienen im aginación.”

Edw ard se refugió en el estudio de Carlos M érida que le m os­


tró sus búsquedas con u n a línea in in terru m p id a: frisos, estelas,
grecas, el sintetistno que desde su prim er viaje lo había seduci­
do. M érida no estaba obsesionado p o r ilu strar la revolución o
la violencia, ni p reten d ía alcanzar u n a dim ensión popular; sólo
quería in teg rar form a, color y línea, y relacionar colores. ¿Qué
era lo esencial en la p in tu ra? Claro, el color; p o r lo tanto, Mé­
rid a diría con u n solo signo lo que otros con historiadas expli­
caciones. U na hoja con estilo diría m ás que u n m u ro de
p in tu ra. ¿Acaso no lo habían logrado los mayas, los toltecas?
—M ira esta piedra; la im posibilidad de salirse de la m ateria
la delim ita. O bedece a u n sistema de leyes. La pied ra es la que
im pone su propio diseño. Hay que ceñirse a ella, despojarse.
W eston observaba el rostro cortado a cincel de M érida, la
firm eza de los rasgos que él mism o había simplificado. Era
exactam ente lo que W eston buscaba, la esencia.
M érida respondió a la em oción del fotógrafo:
—T odo pu ed e ser herm oso. Lo feo es lo que no hace falta.

W eston se tiró tem pranito en el suelo de azulejos del baño de su


:asa para fotografiar el excusado'. 1.a taza qué iba abriendo
su vuelo desde la base en progresiva hinchazón, el movimiento
pujante eran la p ru eb a más ro tu n d a de q u e la form a sigue a la
función; n in g u n a falla en los cosLados esm altados y sensuales. La
higiene m odern a había creado u n a ánfora esplendorosa. ¡Oh
glorioso excusadol Apenas podía esperar a ver su placa revelada.
En los días que siguieron, se instaló frente al excusado y no
perm itió utilizarlo después de las diez de la m añana. Elisa le
sacaba brillo, y secaba bien el piso en q u e W eston se tiraría.
Prim ero todo fueron brom as; B rett ofreció sentarse en el tro ­
no para enriquecer la toma; M ercedes, la h erm ana m ayor de
T ina, echarle pétalos de rosas p o r si a W eston se le ocurría
fotografiarlo desde arriba.
M ercedes, subyugada por México, alargaba su estancia. Esa
nueva T in a que parecía saber m ejor que nunca a d ó n d e iba, la
seducía. Al igual que T ina, reconocía m uchas cosas de U dine
en México. “Me siento m ejor que en San Francisco y, si no
fuera p o r la m am m a, me qued aría.” T in a invitó a cenar a Al-
fons G oldschm idt y a su m ujer, a Pepe Q uintanilla, a Jean
C harlot y a m adam e C harlot, su m adre, a C arleton Beals, a
Felipe T eixidor. Los Sala no vinieron; M onna avisó que Rafael
seguía enferm o. H ablaron m ucho de la expulsión de Los Lo­
bos, como llamaba Rafael Carrillo a los Wolfe. “T ú cuídate,
C arleton, en realidad, los com unistas tienen razón al m an ten er
such a low profile. M ejor pasar inadvertidos a que te exilien a
patadas. Lo malo es que en México, los extranjeros siem pre se
n o ta n .”
M ercedes escribía en su diario: “Visitado T lalpan el 18 de
octubre con G uastaroba, W eston y su hijo y T ina. Comimos en
un restaurante francés bajo u n a pérgola. J o rn a d a bellísima.
C om pañía buena. Paseo gracioso”. Y al día siguiente: “C huru-
busco con G uastaroba. T ina y yo visitamos un convento an ti­
guo de cuatrocientos años. U na jo y a”. “Xochimilco, u n paraíso.
Pasamos u n día ideal y comimos en u n a barca.” “México tiene
m onum entos espléndidos, el zócalo es m ajestuoso.”
Con el entusiasm o de los días más creativos, W eston se ex­
playaba:
—Es difícil; el excusado tiene mil facetas y aú n no en cuentro
el ángulo; requiere de u n cuidado exquisito en su enfoque.
Vistas desde el nivel del suelo, las líneas son suprem am ente
elegantes, los griegos no lo hicieron mejor.
—Papá, ¿nunca más vas a salir del baño?
—Brett, les suplico que me dejen solo.
¡A ver, a ver, a ver! W eston analizaba su negativo. ¡Qué jú b i­
lo intenso trabajar de nuevo después de meses de esterilidad!
Ansiaba enseñarle la foto a M onna, y tam bién a ese joven de
herm oso rostro: M anuel R odríguez Lozano. A cada tom a cam ­
biaban las respuestas em ocionales. A la ho ra de la cena, el Dr.
Atl se presentó listo p ara escalar esa misma noche su m ontaña:
el Popo. Saldría a las cuatro de la m añana desde Tlamacas. Se
extasió ante la im agen:
—T iene la pu reza de la nieve. Y su brillo. El Popo es po rce­
lana p u ra cuando le da el sol.
En seguida invitó a W eston a acom pañarlo.
—No, si no quiero retra ta r paisajes, eso se lo dejo a H ugo
B rehm e; sólo formas, form as fun-cio-na-les.
—A mí me gusta el excusado pero nunca usaría uno igual;
prefiero los de aguilita. Son más sanos. Ejercitan los músculos
del vientre. En el convento de La M erced acostum bro b añarm e
en los tinacos de la azotea, me tallo con estropajo y jab ó n . Los
inquilinos se quejan de que el ag u a sabe a jab ó n , pero si to ­
m an píldoras del doctor Ross, bien pueden beb er agua del
Dr. A ti.
—Lo que pasa es que la gente cree que eres doctor —intervi­
no Tina.
El Dr. Atl volvió al Popo:
—Me consultan otros vulcanólogos; soy el único que conoce
bien el cráter.
—Pero, ¿qué hay en el cráter salvo agua?
—Allí está el centro de la Vía Láctea.
—¿Qué?
—Del cráter del Popo arranca la Vía Láctea. Puedo com pro­
barlo.

W eston se encelaba de Xavier G uerrero. Veía que a T in a le


atraía inm ensam ente ese hom bre fuerte y hosco cuyos ojos
caían sobre ella en cada fiesta. “Así debió ser la m irada de
Em iliano Zapata”, se decía. A traer a hom bres tan distintos: Ro­
bo, W eston, Q uintanilla y ah o ra G u errero le daba a T in a la
m agnitud de su im perio. “Puedo hacer lo que me dé la g an a.”
El m u n d o y sus hom bres eran fuente de p oder; cuánta fuerza
ex traía de que la am aran.
La m irada de Xavier encontraba u n a T in a im periosa, infini­
ta. Era u n a m irada que no se dejaba doblegar.

“Ayer observé la foto d u ran te dos horas sin lo g rar aceptarla.


Blake dijo: ‘El ojo ve más de lo que el corazón conoce’, y yo
digo: ‘La cám ara ve más que el ojo’, entonces ¿por qué no h a­
cer b u en uso de ella?”
Las sesiones del excusado afectaron a la familia. T in a fue la
p rim era en reaccionar:
—Voy a bañarm e en casa de los G uerrero. Me llevo a M er­
cedes.
W eston los inculpaba:
—T rabajo en estado de tensión tem iendo que vayan a en trar.
—Pero Edw ard, nos has expulsado de la casa.
B rett echó leña al fuego:
—¿Q ué es u n a casa sin su excusado?
—Creo que hoy en la m añana encontré exactam ente lo que
quería: hice cuatro negativos sin cambio de enfoque y sustitu­
yendo mi pequeño focus RR. A hora sí, no sé cuál de los nega­
tivos me gusta más, si el séptim o o el segundo.

W eston quería desatornillar la tapa de m adera del excusado.


—No entiendo cómo no se me ocurrió antes. T en g o que h a ­
cer otras tomas porque m e desagradaría trem en d am en te m ani­
p u la r u n bellísimo negativo.
La m ad re de Je a n C harlot, invitada a cenar esa noche lo es­
cuchaba atónita:
—T en g o u na disculpa. H e tom ado estos negativos bajo m u ­
cho stress tem iendo a cada instante que alguien quisiera usar
el excusado para propósitos no artísticos.
Al ver su rostro, T in a fue hacia él y lo abrazó:
—E duardito, descansa, descansa unos días; le harás m ucho
bien a tus negativos. Al regreso, el excusado será p ara ti más
excusado.
A gradecido p o r esa dem ostración afectiva, Edw ard aceptó.
El dom ingo en la tarde, W eston llevó a M ercedes y a B rett
a los toros. ¡Sánchez Mejías! “No hay quinto m alo” según el
dicho, y Chicuelo hizo furor. M ercedes participó en la m agia
de la corrida a diferencia de T in a que la detestó. En la noche,
m eren d aro n en Mixcalco en casa de Diego y L upe que servía
con Pico en brazos; estallaba en risas guturales y sacudía a la
m inúscula criatura. “Le vas a ro m p er los tím panos, L u p e.” El
joven poeta Carlos Pellicer los hacía reír con sus caravanas y su
voz de barítono en la portentosa caja de su pecho. Presum ía
de su torso. “Lo que éste tiene de hom bre es la voz”, advirtió
Lupe. A Diego lo llam ó “desgraciado, idiota” sin que el p in to r
se inm utara. Dos días antes había corrido a “unas chichonas
sinvergüenzas, que se atrevieron a venir, las m uy jijas”. Diego
rió: “No creo que Adela Formoso ni Amalia Castillo L edón
sean chichonas. Amalia en todo caso es ojona”. Amado de la
Cueva y Pablo O ’H iggins fingían no oírla. Xavier G u errero y
Porfirio A guirre disertaron acerca de los huicholes y su planta
sagrada, el peyote. Xavier Icaza quiso leerles a la h o ra del café
Gente mexicana. “¿Todo? ¡No la friegues!” protestó Lupe. “No,
el principio y el final.” E ntraron Anita B ren n er y su h erm an a
D orotea, vestidas de hom bre, con Paca T oor, altísima. A D oro­
tea, p o r plana, le decían La Tabla. Se quejaba del trabajo.
—Si fum ara la prodigiosa trabajaría más horas —aconsejó Pe-
llicer.
—¿Marihuana? —preguntó La Tabla.
—Fum arla la fum a el vulgo. Diego, lo que hay que hacer es
m acerarla y tom arla con ron, bien m achacadita.
—¡Ay, yo lo que quiero p ro b ar es el peyotito! —exclamó
Paca.
—Ese da chorrillo —advirtió Ferm ín Revueltas —. Me consta.
C ontaron que M anuel H ern án d ez Galván, ahora senador de
la república p o r el estado de G uanajuato, había puesto a la
disposición de T in a u n gran Packard con el águila nacional
pintada en la portezuela. Su nueva investidura no le im pedía
cantar a voz en cuello ni cargar su botella de H ennessy. G er­
m án y Lola Cueto dejaron p o r unas horas su taller, él de car­
pintería y fundición, ella de títeres, y le en tra ro n al relajo.
T am bién Ignacio Asúnsolo, otro de los vecinos de Mixcalco,
entró a divertirse.
Con Pico siem pre en brazos, Lupe anunció:
—Yo ya me voy a G uadalajara.
—¿A qué?
—A vivir con m ’ija. Diego a m ’ija no le hace caso p orque no
tiene chile.
Lola Cueto, bondadosa, la acom pañó a su recám ara:
—Vente a descansar.
—Está m uy cam biada desde el'nacim iento de la niña —le ex­
plicó Lola a M ercedes —, De todo le da sentim iento; ya no p u e ­
de viajar con Diego, ni llevarle la com ida a los andam ios. C ree
que él la engaña con tu herm ana.
—¿Tina? Imposible.
Cada vez que T in a posaba p ara Diego en la calle de Mixcal-
co, L upe atravesaba a zancadas el estudio, sus ojos echando
relám pagos verdes. M u rm u rab a en tre dientes: “Pinche g reñ u d a
apestosa”. T in a no se inm utaba, concentrada en la pose. “Los
de L upe parecen ojos de ciego”, le com unicó a M ercedes.
“C on ella hay que te n er cuidado, T ina, p o rq u e está enferm a
de celos, nunca sabes a qué horas enloquece.” U na m añana,
L upe rem ató sus insultos de g reñ u d a apestosa con u n a explica­
ción: “N o creas que te reclam o p o rq u e me interesa este des­
graciado gordo, h orroroso, idiota, sinvergüenza, hipócrita, sino
p o rq u e tengo u n a hija que él m e jincó y tiene que m antenerla.
Lo único que me interesa es el din ero que gan a”. T in a resp o n ­
dió con voz suave de m isionera en el Congo: “A mí m e in tere­
sa de Diego absolutam ente todo lo que a ti no te interesa;
q uédate con el dinero, su p in tu ra y sus dibujos”.

Edw ard dejó para lo últim o la foto del excusado. “N unca he


visto en todfl mi vida u n a fotografía tan bella”, Diego se sentó
a contem plarla en u n silencio que resultó m ayor elogio que su
elogio. W eston le regaló dos retratos suyos, u n o de espaldas
en u n andam io de la Secretaría de Educación y o tro descan­
sando. Diego abrió entonces su carpeta p ara que escogiera u n
dibujo. L upe no volvió a bajar y el único que p reg u n tó p o r
ella fue W eston.
De nuevo, M ercedes anotó en su diario: “C hapingo en au to ­
móvil con C arleton Beals, B rett, T in a y yo. Visitamos la escuela
de agricultura; personas gentilísimas. Allá p robé p o r p rim era
vez com ida mexicana. Me gustó. Seguimos hasta Texcoco d o n ­
de com pré dos sarapes”.
En la capilla de C hapingo, Diego había term inado de trazar
la figura princip al, u n a L upe de v ientre ab u ltado, pechos
agrandados p o r la m atern id ad y u n a frondosa cabellera. “Lo
que más m e gusta son mis chichis”, había com entado Lupe.
“Pero yo allí toda en cu erad o ta en u n a capilla ¿qué van a decir
en G uadalajara, gordito?” “Lo que sea de cada quien, son m e­
jo res mis chichis que el chile de D iego.” T ina, C oncha Michel,
Luz M artínez y Graciela G arbalosa serían las dem ás figuras fe­
m eninas. L upe rep resen tab a la Tierra fecundada; T ina, la Tierra
acaparada y la Tierra virgen; C oncha Michel, el Agua; Luz M ar­
tínez, la m ujer de La familia humana y Graciela Garbalosa, la
de Los metales en el interior de la tierra. T in a posaba con el ca­
bello encim a de los ojos. Pero tam bién con los brazos en alto,
aventando los senos hacia adelante.

En su diario, M ercedes consignó el viaje en tre n a C uernavaca


y su asom bro ante el palacio de Cortés, la sem ana pasada en
casa de F red Davis, “u n a casa que es u n en can to ”, la com ida
de T hanksgiving celebrada en el ja rd ín en tre las flores, las m ú l­
tiples fotografías que T in a y W eston tom aron sobre todo en el
um broso J a rd ín B orda que fue el refugio de M axim iliano y
Carlota, T am bién le alegró que B rett apresara u n a m ariposa
espléndida en tre m uchas otras. “En este país he dejado el cora­
zón,” “Esa noche, C arleton se inspiró.” C arleton no se p erd ía
u n a salida con las herm anas M odotti. M ercedes escribía que de
m aravilla en m aravilla el viaje iba tocando a su fin. “A cinco
mil pies sobre el nivel del m ar, el clima sólo varía diez grados
a lo largo de todo el año.” México, país de la etern a prim ave­
ra, la exaltaba, y el joven y guapísim o Pepe Q uintanilla reía de
su entusiasm o. William Spratling le ofreció v er los volcanes
desde su avión, “soy u n magnífico piloto”, p ero ella se negó,
p o r m iedo no al avión sino a la m irada de C arleton q uien p a ­
recía p ren d ad o de ella.
Bajo la rúbrica People I met, M ercedes anotó el n o m b re de
C arleton Beals, escritor; Diego Rivera, artista; L upe, su m ujer;
Rafael Sala, artista; M onna, su m ujer; Felipe T eixidor; Adolfo
Best, artista; Anita B ren n er, escritora;, el D ottore Atl, doctor de
volcanes; Francés T o o r, escritora; F rederick W. Davis, em presa­
rio; Jean C harlot, artista plástico; m adam e C harlot, su m adre;
Ettore G uastaroba, José Q uintanilla, Paul O ’H iggins, Federico
M arín, Carlos M érida, artistas; y en la página que decía Autó­
grafos, todos le escribieron algún recu erd o , “U sted em ana e n ­
canto” afirm ó C arleton Beals y T in a apuntó: “C ara sorella,
siento que am o m ejor a México desde que tú dejas en todo lo
que vimos tu presencia”.
M ercedes regresó a Estados U nidos encantada de su viaje y
i na se apartó aú n más de Edw ard, Él prefería esconder su yo
m alherido tras sarcasmos y frases despectivas. A dm itía ah o ra la
incom patibilidad y la acrecentaba con palabras hirientes. T in a
parecía no oírlas.
C uando salían en g rupo, todo se diluía; p o r lo tanto T in a
evitaba estar a solas en la casa con Edw ard. M uchas m añanas
se llevó a B rett tom ándolo de la m ano. ¿A d ó n d e iba? B rett
inform aba: “T o take pictures”. La citaban en la Escuela de A r­
te al Aire Libre de Ramos M artínez, la llam aban Gabriel F er­
nán d ez Ledesm a, el sindicato de p in to res y escultores, los
estridentistas y, lo más im portante, se suceden sus encuentros
con Xavier G uerrero , ese hom bre serio y hum ilde, que en la
intim idad se abría ante ella y la aleccionaba. Más aú n que Die­
go Rivera, él era México, el México hum ilde, pobre, m iste­
rioso.

X avier G uerrero la tom ó de la m ano, y esa m ano la envolvió


p o r entero. En la Villa de G uadalupe, al ver a u n p ereg rin o
avanzar de rodillas desde el atrio, T in a quiso intervenir:
—N o lo hagas, no es cosa tuya.
—¿Cómo voy a perm itirlo, u n hom bre con las rodillas ensan­
grentadas? ¡Y en plena persecución religiosa!
—Ya lo vqs, quiere ser m ártir.
—¿No te im porta que m uera?
La m ano fuerte la retuvo.
—Hay que respetar.
—¡Esto es indigno!
—A lo m ejor lo que tú haces, T ina, a ellos les parece in ­
digno.
G u errero iba ex ten d ien d o su im perio, a T in a le gustaba p o ­
n e r su m ano d en tro de la suya, fuerte, sólida.
U na noche, sin más, Xavier le dijo, con el ro stro ensanchado
p o r la esperanza:
—¿Te quitas tu ropa?
La tom ó lenta, cerem oniosam ente, m irando su cuerpo como
el p in to r que era. Edw ard no pesaba encim a de ella, este h o m ­
b re sí.

2 DE DICIEMBRE DE 1925

Fito Best M augard dejó caer: “Parece que L upe se fue a Gua-
dalajara. Cada vez que le en tra u n o de sus ataques se refugia
en la casa paterna. En Mixcalco ya cambió la fauna: Diego tra ­
ta a puras rubias oxigenadas y a p uros políticos”. “¿Q uién será
ah o ra su fulana?”, p reg u n tab an Jo rg e Enciso y R oberto M onte­
negro, habitualm ente reservados. T in a volvió la cabeza hacia el
ventanal. W eston sintió u n resquem or que iba subiendo de
p u n to a m edida que avanzaba la noche. ¿Valía la pen a p rovo­
car u n a de esas largas conversaciones del pasado cu an d o él y
T in a deliberaban asidos desesperadam ente con llantos y besos
hasta que desp u n tab a el sol? Sentía urgencia de volver a su
país, h u ir de esta tierra que le había arreb atad o a su m ujer.

W eston se levantó hasta que oyó el portazo, y supo que no


tropezaría con ella. Ni con Brett. El frío no cesaba y le d ab an
ganas de co rrer a Cuernavaca a casa de F red Davis d o n d e h a ­
bía retratad o bajo el sol el tronco de la palm a real o a la de
Mrs. Moats, quien le pagaba bien sus fotografías, o ir a Taxco,
d o n d e lo aten d ería W illiam Spratling, o a cualquier sitio aso­
leado: estaba h arto de retocar a m ujeres arrugadas, de adelga­
zar cinturas; hartísim o de so p o rtar en el cu arto oscuro el
estru en d o infernal del granizo sobre el techo de lám ina, que lo
hacía sentir que trabajaba d en tro de u n tam bor de negros.
U na de sus preocupaciones era en treg arle a Elisa el gasto.
“¿C uánta leche com pro hoy, d o n E duardito?” “La mism a que
ayer, Elisa, ¿para qué me lo p reg u n tas?” Si no tenía pedidos,
no habría leche en la casa. ¿No sería b u en o re c u rrir a sus com ­
patriotas? La m ejor solución era que varias gringas se p resen ta­
ra n con su m antilla, su peineta y sus claveles p ara que él las
convirtiera en bellísimas señoritas. Pero qué friega, tan ta g rin ­
ga vieja y ajada.
El día siguió ensopado, y d u ra n te la noche h u b o u n a lluvia
torrencial que él sintió caer sobre su espalda. Al am anecer,
ríos lodosos corrían p o r la calle buscando u n a alcantarilla.

A nita B renner, m ujer dinám ica con cara de pájaro, se presen tó


a m odelar. Le dio excusas; no tenía el m en o r deseo de trab a­
ja r. T a rd ó en rasu rarse, aventuró que la luz era m uy pobre,
que ella tiritaría en el cuarto sin calefacción.
Anita no tom ó en cuenta su desgano; em pezó a desvestirse
m ientras él, a regañadientes, p rep arab a su cám ara. H u b iera p o ­
dido bajar u n pequeño calefactor del cuarto de B rett, p ero no
lo hizo. Así, la m odelo se iría más p ronto.
M alhum oriento, acercó su ojo al lente. Ante él aparecieron
las líneas más exquisitas, form as y volúm enes que en la frial­
d a d de la atm ósfera tenían u n a tex tu ra m arm órea, casi tran slú ­
cida. “A hora, po n te de espaldas y agacha la cabeza.” T rabajó
con rapidez y seguridad. Anita, con su pelo corto, flexible y
blanca parecía u n a adolescente, el David de M iguel Ángel.
Los quince desnudos de Anita le devolvieron a W eston su
capacidad creativa; em ocionado, escogió seis p ara im prim ir; el
entusiasm o resultó d u ra d e ro y al volver a exam inar las copias
llegó a la conclusión de que eran desnudos maravillosos. Im ­
personales, casi abstractos; sobre todo el de la espalda en fo r­
m a de p era tenían u n a p u reza estética estim ulante. R ara vez se
había sentido tan feliz; h u b iera p o dido abrazar la foto, bailar
con ella, era u n a de las más logradas; con sólo q u itar las m a n ­
chas sobre el fondo q uedaría perfecta. Desde ah o ra podía h a ­
cer caso omiso de la realid ad y te n d e r a lo abstracto. M ientras
m ayor era su introspección más se alejaba de la realidad. Podía
visualizar los objetos en form a cada vez más pro fu n d a; u n se­
no, unas nalgas, u n hom bro de m ujer. Al intelectualizar el
cuerpo hu m an o afinaba su espíritu y éste a su vez le refinaba
el ojo. Exultante, W eston sentía que ah o ra sí había descubierto
algo.
A la noche siguiente de su pose, A nita tuvo u n accidente de
autom óvil y fue a d a r al hospital con varios golpes contusos y
u n tobillo roto. ¡Pobre m ujer! Q ué bestias los taxistas m exica­
nos. U n trayecto en taxi era u n reto al destino, n u n ca sabía
u n o si llegaría vivo, p obre Anita.
Las misivas am orosas de M iriam L ern er, cortejada d u ran te
su estancia en Los Ángeles, lo confirm aban en su talento no
sólo en la fotografía. “Deberías dedicarte a escribir.” U n h o m ­
b re sobresaliente. Esta certeza lo envolvió, corriéndole p o r las
venas.
W eston escogió u n a serie de fotografías p ara llevárselas a
A nita y levantarle el ánimo. Entre los amigos, los desnudos
de A nita causaron sensación. ¡Qué pureza de líneas! Sin em ­
bargo, W eston había planeado repetirlos p o rq u e en su prisa
descuidó el fondo, p ero ¡con este accidente! H abía que p en sar
en todo, asir la línea, la po stu ra en el instante. “N ada regresa
jam ás”, reflexionó.
Sus estallidos coincidían con los del cielo; dem asiado es­
truendosos. T ran scu rrid a la violencia del diluvio la naturaleza
se recogía ren d id a; W eston, exhausto tam bién, se acostaba
tem prano. U na noche, en ausencia de T in a llegó el telegram a
de M ercedes. W eston lo abrió: “M amá gravem ente enferm a”.
Salió de la cam a a buscarla. Lupe, de vuelta de G uadalajara, le
cerró la p u e rta de Mixcalco en la cara. Tam poco estaba con
los Sala cuidando a Rafael como se lo había prom etido a Mon-
na. Por fin llegó a casa de los G uerrero. No, T in a se había ido
con Xavier. Pero ella, Elisa, lo invitaba a pasar. E sperarían j u n ­
tos. W eston se negó y regresó a su casa.
C uando p o r fin oyó cerrarse la p u erta de en trad a, le pidió a
su m u jer que subiera p o r favor a la recám ara. Sin u n a palabra
le tendió el telegram a. T in a se lo devolvió p ara decirle con voz
firme: “M añana mismo m e voy”.

9 DE DICIEMBRE DE 1925

A la h o ra de la p artid a de T ina, W eston escribió en su diario:


“¡En respuesta al telegram a que le inform a sobre la delicada
situación de su m adre, T in a salió p ara San Francisco hoy en la
m añana! ¡La casa está extrañísim am ente vacía!”

17 DE ENERO DE 1926

Q ué país- fantasioso, reco rrid o p o r locuras místicas y locom oto­


ras, hilos de telégrafo y cuerdas de gu itarra, violines cuyos so­
nidos iniciales provenían de tripas de gato y sonoras m arim bas
de m adera tropical. De Cocula llegaban noticias de p ro fan a­
ción. Los del gobierno habían en tra d o a galope sobre sus m o n ­
tu ras a u n a iglesia. El general C ruz botó de u n balazo la
cerrad u ra del tabernáculo y obligó a su caballo a m eter a d e n ­
tro los belfos. Sus hom bres en el atrio gritaron: “¡M ueran los
cuervos!” Se había desatado la g u erra cristera y los defensores
de Cristo eran fanáticos.
•Manuel Hernández Galván disparando •
Fotografía de Edward Weston

E
7 DE FEBRERO DE 1926

n ausencia de Tina, Elisa


m andó tra e r a su h erm an a Elena p ara que la acom pañara. Se
asom aban a la recám ara, p reg u n tab an qué se le ofrecía al se­
ñ o r d o n E d u ard ito y h u ían a saltitos p o r el c o rred o r en tre ri­
sas y sacudidas de trenzas. B rett se alzó de hom bros: “Son
como niños, ¿a poco no?” y W eston rep u so que sus carreras y
su falta de aplom o las hacían más atractivas. “Prefiero sus ri­
sas a la parlotería de las intelectuales.” ¡Ah, qué ardillitas, m o­
vían sus colas esponjadas en el aire y to d o se les iba en
ju g a rre ta s y brincos! Para esp an tar la lluvia se ponían a can­
tar: “San Isidro L abrador, quita el agua y p o n el sol”. Al e n ­
tr a r W eston en la cocina, lo festejab an ; él a cam bio les
desataba las cintas del delantal, les jalaba las trenzas, les p e­
llizcaba las piernas.
P ara Elena, todo fue al principio u n a tím ida y distante adm i­
ración. W eston le sonreía. Ella se acercó como u n suave gato a
su escritorio y le acarició el pelo con tan ta devoción que W es­
ton la tom ó en sus brazos y besó sus labios; desde entonces sus
abrazos eran frecuentes: el sentim iento de W eston era tan ge­
nuin o com o el de Elena; am or inesperado, el más extrañ o de
su vida, que lo com pensaba p o r la ausencia de T ina. U no p u e ­
de inventarlo todo; el am or, como el arte, devuelve la em oción
q ue u no le pone.
—No quiero que se vaya n u n ca a los Estados U nidos, d o n
Eduardo.
—Debo regresar algún día.
—¿Q ué tanto tiene que hacer allá? V ám onos todos a H uix-
quilucan.
—Allá no pu ed o ganarm e la vida.
—No necesitam os dinero, ponem os u n ranchito, criam os galli­
nas y puercos y usted retra ta los pollitos cuantas veces quiera...
B rett tam bién era beneficiario de esta asiduidad.
—Me atiend en m ejor que T ina.
IQué bien sabían cortejar estas inditas apiñonadas! W eston
las llam aba “mi m o ren a”, “q u erid ita”, “Elisita”, “Elenita”, “n i­
ñ a ”, y atraía sus caritas red o n d as p ara besarlas. E ran ju g u etes,
lindas cositas p ara am ar. Además no tenía que em plearse en
enam oral- a Elena, ella le traía su “yo” recién descubierto. ¡Qué
frescos sus besos de cebollita! Gracias a Dios ni la u n a ni la
o tra sabían de arte, ni qu erían u n a invitación a ver su ob ra y
tom ar té en su estudio. Se plegaban dóciles al m en o r de sus
antojos.
T an to Elena como Elisa estaban locas p o r él, n ad a obstruía
el cam ino de su deseo y las dos daban rien d a suelta a los an-
tojitos, las flores en la mesa, las camisas albeantes, los alim en­
tos p rep arad o s en u n segundo y servidos con prim o r. El día de
su cum pleaños, Elisa y Elena en to n aro n Las mañanitas en el
patio. M ientras u n a le servía su café, la otra lo peinaba, le p o ­
nía los calcetines. “M uchos días de éstos, d o n E d u ard ito .” De
toda la cerám ica de T onalá, Elisa le regaló la pieza p eo r p in ta­
da. Y Elena unas carpetitas de crochet que n u n ca acabarían de
ser suficientem ente horribles.
—Vamos a hacerle u n pozole m uy rico p ara festejarlo, y verá
usted qué tostadas de pollo y qué frijoles de la olla. Avíseles a
todos sus amigos.
Siguieron enam orándolo hasta que llegó la señora de la cita
de las diez que había o rd en ad o "fotografías de familia”, u n a
familia rica com puesta p o r la m adre, la hija y los perros. P ri­
m ero tom ó a la m adre, la niña y los perros, luego la m ad re
sola, la niña sola y los p erro s solos, luego la m ad re y la hija
ju n tas, los perro s y la n iñ a abrazados, la m ad re con u n o solo
de los perros. La cabeza de W eston se convirtió en u n a m ara­
ña de m ujeres m oviendo la cola ju n to a canes que p re g u n ta ­
ban: “¿Me brilla la nariz?” con ladridos afectados, todos en
poses p erru n as. C uando u n o de los perros se o rinó en el p eta­
te y la señora com entó: “B ueno, no es más que u n p etate”,
W eston estuvo a p u n to de p ro p in arle u n a patada. A la señora,
no al perro. ¡Qué sesión!
En vista de sus deplorables finanzas, W eston daba clases a
u n aficionado que pagaba bien la ho ra y cargaba películas y
lentes de todos tam años. Lo despachó pronto. Podía oír las
risas de Elisa y Elena que picaban la lechuga y tostaban el chile
p ara la fiesta de en la noche. V endría Erico, su nuevo amigo;
acudirían todos los amigos de T ina. Sería la p rim era fiesta sin
ella. H asta el acaram elado doctor Leo M atthías aceptó asistir
cuando lo llamó p o r teléfono.
A m edia tarde se presentó Diego: “Vine a ver tus fotografías
antes de que lleguen los gorrones”. W eston colgó con rev eren ­
cia el som brero de fieltro aguado del genio. Visita de Diego,
¡qué regalara de cum pleaños! Se forzó a hab lar español, le im­
portaba m uchísim o conversar con Diego, que no se le escapara
una sola idea y ésta era su prim era o p o rtu n id ad real, sin tra ­
ductores. El m aestro m iró las fotografías con len titu d , W eston,
el alm a en u n hilo, contuvo la respiración. Para su deleite es­
cogió las fotos que consideraba sus m ejores, desde luego la
espalda en form a de p era de Anita B renner.
— El trabajo de Marcel D ucham p es bu en o , p ero m e gustan
más tus fotografías. La pasión del trabajo, la pasión del am or,
ésas son las únicas que cuentan y tú, W eston, las tienes am ­
b a s —. Edw ard recordó furtivam ente a sus dos enam oradas, so­
bre todo Elena, la más ardiente.
Diego volvió a exam inarlas. Dejaba caer frases que W eston
recogía como oro líquido. ¡Y T in a no estaba allí p ara escuchar­
lo! “T odos los vanguardistas son sentim entales. Picasso tam ­
bién lo es, salvo en su cubism o.” “E u ro pa ya no me interesa,
incluso m e disgusta París. Soy u n típico am ericano. ¿Q ué im ­
porta si los Estados U nidos conquistan México? E ntre más
p ro n to se mezclen las dos razas, m ejor,” Le m ostró después las
fotografías de su amigo Jo h an H agerm eyer y Diego levantó la
cabeza: “Este hom bre tiene sentido de la com posición pero no
deí valor estético. Lo p rim ero que pienso es quién es su sujeto.
En cambio, todo en ti es esp íritu ”.
Ay, T ina, ¿por qué no estás aquí oyendo lo que dice Diego?
T equila en m ano, W eston se explayó: “La fotografía es b ú s­
q u eda intelectual. En p in tu ra, en escultura, la m ano asesora al
cerebro, pero la cám ara sólo dispara y ya está. Mi técnica n u n ­
ca es exactam ente igual a mi visión. En estos días, reim prim í
viejos negativos, especialm ente los de unas nubes, y vi con gus­
to que hoy obtengo m ejores resultados técnicos que hace un
año, no tanto p o r la técnica, que dom ino, sino p o rq u e sé lo
que quiero hacer estéticam ente. En el excusado y en el d esn u ­
do de Anita, logré lo que quería".
Elisa subió a avisar que “estaba llegando rete h arta gente".
M ientras bajaban, escucharon la voz de Paca T o o r, q uien de
regreso de T eh u an tep ec entusiasm aba a todos con su descrip­
ción de los bailes en tre m ujeres, la iguana rajada, guchachi re ­
za, la sábana m anchada de sangre que la familia saca a la plaza
después de- la noche nupcial.
L u p e no se presen tó y N ahui le chism eó a W eston que h a ­
bía dicho que estaba harta de él, “cochino fotógrafo m aricón”
que e n todas las fiestas se disfrazaba de m ujer, y más h a rta aún
de la italiana apestosa.
O W eston se había vuelto susceptible o no era su noche. El
dandy de Fito Best M augard cuyo traje jam ás se arru g ab a lo
arrinconó para asestarle su m étodo d e dibujo. P o r ahí, Raouli-
to F ournier, médico de varios pintores, A gustín Lazo, M anuel
R odríguez Lozano, Rafael H eliodoro Valle y M iguel O lhón de
M endizábal planeaban una fiesta de disfraces; don Pablo G on­
zález CasanOva y Jo sé de J. N úñez y D om ínguez hablaban del
odio q ue le tenía Vasconcelos a Alfonso Reyes; M aría Asúnso-
lo de la necesidad de prom over una b u en a galería de arte,
re u n ir fondos, u n patronato. “¿Invitaron a Novo? Ése es u n a
víbora. Mil veces Xavier V illau rru tia.” Pablo O ’H iggins los es­
cuchaba sin pestañear. Lo presentó N ahui O lín a O scar Bra-
niff: “Vino del otro lado a ayudarle a Diego, y ya pinta de
carrerita. En cam bio J u a n O 'G orm an da u n as pinceladas de
m iniaturista y p o r eso lo van a co rrer p orque así no va a aca­
b a r n u n c a ”.
C arleton Beals bailó con N ahui u n danzón tocado en el p ia­
no p o r T ata Nacho. Se quejó con él de todo lo que le hizo
sufrir M anuel R odríguez Lozano y de lo que le hacía ah o ra el
Dr. Atl. Jo rg e J u a n Crespo de la Serna traía del brazo a su
h erm ana; W eston y Elisa G u errero coqueteaban. Elisa sugirió:
“¿Por qué no me enseñas tu cuarto oscuro? Y no vayas p o r tu
diccionario, bien que m e has e n ten d id o ”. W eston la tom ó de
la m ano, em pezaba a quitarle la blusa cuando tocaron a la
p uerta: “Señor d o n E d uardito, lo buscan”. Era Elena. “¿Sabías
que Ju lio Castellanos quiere pintarle u n retrato a A ntonieta Ri-
vas M ercado?”, le p reg u n tó A ndrés H enestrosa a G abriel F er­
nández Ledesm a.
C uando X avier G u errero entró, le gritó F ernández Anaya:
“Oye Xavier, ¿aún no te repones de lo de T ina?” Cada vez que
oía ese nom bre, W eston se sobresaltaba. ¿Que, no sabía este
am igo que T in a era su m ujer? R oberto Reyes le sugirió a D ie­
go: “¿Por qué no le echam os unas hojitas bien m achacadas de
la prodigiosa al pozole del gringo p ara en to n ar a toda esta
p u n ta de babosos?” A m ado de la Cueva y Carlos M érida p ro ­
testaron: Diego tenía interés en el peyote, la biznaga sagrada;
u n a vez la probó su ayudante y aplanó m uros sin descanso d u ­
ran te más de cuarenta y ocho horas.
De p ro n to , W eston salió de la cocina con Elena en brazos
en tre los aplausos de todos; la m uchacha parecía u n venadito
con sus m oños blancos parados en la cabeza; W eston le dio
cuatro vueltas y Elena regresó a la cocina cubriéndose la cara
de vergüenza. Al m om ento, W eston hizo lo mismo con su h e r­
m ana, Elisa; “¡Ay señor don E duardito, qué b arb arid ad señor
d o n E duardito, qué pena!” “¡Ése es mi regalo de cum pleaños,
bailar con ustedes, frescas flores del cam po!” “M ira”, le com en­
tó N ahui en francés al pelirrojo Raoul F ournier, “com parte la
afición de Ju lio T o rri, p ero éste aquí las tien e”.

Al desvestirse para e n tra r a la cama en la m ad ru g ad a, u n a voz


en sordina llamó “E d u ard o ”. B rett dorm ía en o tro cuarto, los
invitados se habían ido ja lan d o a la reticente Elisa G uerrero.
T in a ausente ¿quién podía estar en la recám ara vecina? Volvió
a oír la voz: “Señor d o n E duardito, venga conm igo”. Su cora­
zón se aceleró y sin pensarlo corrió a abrazar ese cuerpo que
lo llamaba. ¡Qué o p o rtu n id ad ; n u n ca pensó que la m uchacha
llegaría tan lejos! Em pezó a acariciarla con curiosidad, cómo
sería hacerlo con ella, cómo; pero a m edida que sus caricias se
volvían más atrevidas, Elena lo d etenía hablando de los p o rm e­
nores de su am or; hacía semanas que soñaba con él, jam ás cre­
yó que le correspondería. W eston trató de ahogarla a besos
pero ella siguió desm enuzando su m onólogo, “ag arré y le dije
a usted señor d o n E duardito, y usted ni m e oyó, eso fue el
dom ingo de Ramos, se acu erd a”, la m uchacha se rem ovía e n ­
tre sus brazos, sus tortolitos pechos co n tra su rostro; W eston
trataba de poseerla, pero ella se escurría. “Entonces agarró us­
ted y me dijo, señor d o n E d u ard ito ...” “N o p u ed o , no puedo,
do n E d u ard ito .” El in tentó sofocar sus protestas, percibía su
deseo, p ero Elena se retraía, “no m e va a caber, d o n E d u ard i­
to”, cruzaba las piernas y, como si rezara, volvía al recuento de
su am or con todo y fechas, horarios y lugares. “¿Y si o rita llega
su señora? ¿Cuál? Su señora, la que tiene usted allá, con sus
hijos en los Estados U nidos. Elisa, mi herm ana, qué dirá, ella
tam bién lo quiere, va a e n tra r mi m am á. Diosito me ve desde
el cielo, ay virgencita, este am or no debe ser...” E xhausto p o r
el estira y afloja decidió retirarse, Elena lo retenía. A las seis de
la m añana, logró escapar. ¡Qué noche! H arto de palos no d a ­
dos logró conciliar el sueño.
A la m edia h ora, Elena en tró de puntillas, con la charola
del café y u n largo, tiern o abrazo. Siguieron los besos. “Le va
usted a decir”, rep ro ch ó “y luego la señorita m e va a co rrer.”
—La señorita no es mi esposa.
—¡Diosito santo!
Y con esto se desvistió p ara m eterse en su cama, pero al
deseo se añadió el te rro r: “M ejor me m u riera yo”. Y brincó de
las sábanas ru m b o a la cocina. Algo exquisito y triste, en tre
dos polos de ed ad y tradición, quedó en la recám ara.
Para Elisa y Elena la ausencia de T in a significaba u n a fiesta
p erp etu a. V er los cuadritos rosas y blancos del vestido de Ele­
na venir hacia él ya no era u n deleite. Si W eston le decía que
estaba ocupado, Elena se ponía a llo rar y desconsolada forzaba
el refugio de sus brazos. Las cebollitas en trab an al cuarto con
cualquier pretexto a p re g u n ta r lo que ya sabían: cuánta leche,
cuánto de carbón; él quería, ella se negaba: “Me voy a co n d e­
n a r ” y si él no la buscaba, su rostro se iba hin ch an d o de tanto
llorar. Q ue T in a volviera p ro n to , p ara que term in ara la to rtu ­
ra; lo seguían hasta el baño, u n revuelo de cuchicheos detrás
de la p u erta, y si él en trab a a la cocina se escondían p ara
echársele encim a u n m inuto después. T in a ¿por qué te fuiste?
Alzaba la vista al cielo. T ú eres responsable, ¿por qué m e d e ­
jaste solo? A hora prefería pasar las horas solo cam inando p o r
la calle o sentarse en el p arq u e México que reg resar al acoso,
Elena deshecha en llanto. “Dios, T in a, Dios, ¿por qué m e haces
esto?”

—M amm a, tienes las m anos m uy frías.


La m am m a no pestañeó. Sólo entonces T in a vislum bró la
posibilidad de que a la m am m a le sucediera algo. N o lo tenía
previsto, p o r lo tanto no podía ser. ¿En d ó n d e term in a la vida
y com ienza la m uerte? A ella, a la m am m a, la m u erte no la
habitaba, nunca la rozaría. Su m irada no había envejecido,
la de Giuseppe sí, así com o sus cabellos fueron cayéndole blan­
cos y disparejos sobre la frente. La m am m a no. La chispa en
sus ojos era de adolescente y había tanta in g en u id ad en su m i­
rad a que a fuerza te n d ría que vivir hasta agotarla; u n a g ran
carga de asom bro era su m irada dispuesta a ser rap tad a. No, la
m am m a no, la m am m a no. T enía u n a esencia mágica, la de ser
la m adre. Si la m am m a se iba, autom áticam ente invalidaría su
vida.
A ssunta cerraba los párpados con d u lzu ra pero bajo ellos
latía la vida; sólo era u n poco de cansancio pasajero, parecía
decirles, el corazón, saben ustedes, el corazón se va desgas­
tando...
El m édico advirtió:
—H ay que esp erar a que baje la fiebre.
—La m am m a no está roja ni delira, ni tran sp ira —inform ó
M ercedes. Sim plem ente conserva los párpados bajos y sobre
sus labios flota la mism a sonrisa que usted ve.
T in a em pezó a vivir días iguales, nunca en su vida habían
sido los días tan iguales, ni siquiera en la fábrica textil. R ecor­
dó cómo, en U dine, la m am m a abría la p u erta con esa misma
sonrisa. Los cubría con su arrullo. Los cubría con su ser m a­
dre; Y olanda la más p equeña de los seis herm anos, colgada de
su falda, la soltaba p ara que T in a corriera hacia ella. Siem pre
hu bo herm anos pequeños. Y ham bre. G iuseppe se desespera­
ba, A ssunta no.
—M amm a ¿cómo te sientes?
Sonrió, movió sus manos, levantó los p árp ad o s y las M odotti
vieron m ucha pena en sus ojos, Estaba apen ad a p o r la p reo cu ­
pación que les había causado, avergonzada de quitarles el tiem ­
po, el aliento, la vida. C u an d o p u d o hablar, sus Hijos oyeron:
—El m undo da m uchas vueltas.
—¿Qué dices, mamma?
—A hora los tengo a todos ju n to a mí, salvo a Gioconda.
H asta entonces p u d o escribirle T in a a W eston de la mamaci-
ta convaleciente; le perm itía salir a la calle a aten d er sus asu n ­
tos, e n tre ellos la com pra de u n a G raflex a cam bio de la
K orona. Por lo tanto podía dejar el 901 de U nion Street y
aceptar las invitaciones de todos los buenos amigos, v er a C on­
suelo K anaga, a D orothea Langc, a Im ogen C unningham , a
R o í P artridge y a Ramiel M cGehee. La ayuda de C onsuelo re ­
sultó invaluable, incluso se ofreció a acom pañarla a Los Á nge­
les a buscar lo que había dejado e n sus baúles desde 1923.
T in a se dedicó a ro m p er sus recuerdos, su vida con Robo, ta n ­
tas cosas m ateriales. U no acaba esclavizándose hasta de u n p a r
de pantuflas. No q u ería que las posesiones im pidieran el vuelo;
viajar ligero, apenas con lo puesto, cerrar la p u erta de su casa
sin tem or a que algo desapareciera.

8 DE FEBRERO DE 1926

“Repasé d u ra n te toda la m añana mis viejas cosas en maletas;


he roto m ucho. A veces, esto es doloroso pero bendigo no te­
n e r nada. De ah o ra en adelante lo que tengo te n d rá sólo que
ver con la fotografía; el resto, incluso cosas que amo, cosas
concretas, las transform aré en abstractas p ara p o d er poseerlas
para siem pre en el corazón.”
En esa mism a carta T in a anunciaba que p ara m arzo estaría
en la avenida V eracruz 42, la mam acita totalm ente recu p e­
rada.

9 DE MARZO DE 1926

El regreso de T in a fue u n acontecim iento p ara todos, m enos


p ara Elena anegada en lágrim as que T in a confundió con em o­
ción p o r su llegada. De inm ediato, tom ó el m ando. “Debemos
a p u ra r a Anita B ren n er p ara salir de viaje. M añana mismo le
hablo.” ¡Qué energía frente a las vocecitas nim ias de las dos
muchachitas! “A hora que estoy aquí, Elisa ya no necesita la
com pañía de Elena. Q ue su herm an o venga p o r ella.”
—¿No que no era su esposa? —gimió Elena.
T in a resolvía sin saberlo u n a situación insostenible. A m edio­
día, volvió con el itinerario y el din ero del viaje a Puebla, Oa-
xaca, Jalisco, “casi to d a la rep ú b lica”, rio. P artirían en la
m ad ru g ad a a to m ar las fotografías p ara el Idols Behind Altars
de Anita B renner.
Salir de la capital era recu p erar los tiem pos de antes. En
Amecameca cubrieron sus alm ohadas con geranios blancos. El
aliento nevado del Ixtacíhuatl descendía sobre ellos y las m an ­
tas no calentaban, p ero d o rm ir pegado el uno al otro sí. A bra­
zados desde su cama, vieron d esp ertar a la M ujer D orm ida
silenciosa, cercana. El Popocatépetl ag u ard ab a tras la niebla.
Les habían dicho que el café con leche estaría listo a las cinco
y trein ta y así fue. Pan y queso fresco com pletaron su desayu­
no. Allí do n d e W eston se habría desesperado, ella seguía ad e­
lante con u n a firm eza de cam pesina. “¿V ienen a escarbar
ídolos?” “¿M ercarán canastas?” “¿Q uieren p ro b ar mis sopes?”
“¿U na faja b o rd ad a p ara la señorita?” Los m archantes subían al
tren con b arro vidriado verde de Patam bán, ollas de Oaxaca.
O tros llevaban costales de cebollas, cajas con jitom ate, alguien
les ayudaba a acom odar sus cám aras, el revelador y las in n u ­
m erables adquisiciones d e Weston. La actitud risu eñ a de T in a
rom pía el m utism o del más h u rañ o . W eston escuchó a un
hom bre decirle a su cuate: “M ira, tiene toda la carita de T o-
nantzin G uadalupe”.
—¿Q ué pasa en T onalá, Tina? Su alfarería se ha vuelto feí­
sima.
—Es p o r Atl; fue a decirles a los alfareros: “Sus ancestros
usaban la greca, ustedes h ered a ro n la greca, hagan grecas”, y
les rep artió el m étodo de dibujo de Fito Best.
Así habían p erd id o pájaros, flores, anim ales infinitam ente
más graciosos e im aginativos. En cambio, el día de plaza en
Zaachila, cerca de Oaxaca, T in a vio a u n hom bre vestido con
u n sarape m aravilloso y de plano lo abordó p ara com prárselo.
Sí, lo vendería pero en no m enos de tres pesos. Por u n a vez,
T in a no regateó. Ese mismo día, en la plaza, T in a y Edw ard
vieron al cam pesino estren ar u n sarape de grecas tiesas.
Sin T ina, W eston no habría p o dido sacar u n a sola foto. Les
besaba la m ano cebada a sacerdotes desconfiados, ocultos en
casas particulares, vestidos de civil, p ara pedirles autorización
de e n tra r en la iglesia a fotografiar tal retablo, tal santo, tal
Cristo acostado bajo vidrio, las tom as o rdenadas p o r Anita p a ­
ra el libro Idolos tras los altares. Sin p e rd e r u n o solo de sus m o­
vim ientos, u n a beata los seguía hasta el altar, sus ojillos negros
clavados en su espalda p eo r que los clavos en Cristo. “I can’t
stand it”, se irritaba W eston. La sacristía, fuente valiosa de in ­
form ación, cerrada con candado, los patios de arcadas con vie­
jos naranjos que todavía p erfum aban a azahar ya no p odían
disfrutarse. C ada tem plo estaba a cargo de u n a ju n ta . El clero
había o rd en ad o la suspensión de cultos. ¿No había en contrado
B rett en u n costal los cálices e incensarios que u n revoluciona­
rio ladrón o u n cura ratero olvidó en su carrera? “Look at this,
it’s a crim e!”, se enfureció W eston ante u n angelito estofado,
la boca reventada a balazos. “This is th eir art. H ow could they
do such a thing to th eir own art? T hey are b arbarians.” Al salir
de la iglesia los atem orizó la expresión hostil de u n g ru p o de
fanáticos. O de revolucionarios. W eston em pezó a sublevarse
contra el asedio de los cristeros y el papeleo de los burócratas
que entorpecían su trabajo. Dejaban a B rett custodiando la
p u erta m ientras tom aban la foto. “Esto ya es intolerable. Nos
m iran con odio.” En la m ayoría de los pueblos, los tem plos
cerrados al culto se enroscaban como cochinillas; el perm iso
para re tra ta r el bautisterio o la bóveda era inalcanzable. De no
ser p o r T ina, W eston y su hijo se habrían regresado en el acto.
A W eston le parecía atroz lo que antes consideró filosofía p u ­
ra: “m añ an a”, “al ratito vengo”, “no hay”, “p u ed e que sí y p u e ­
de que no, pero quién sabe”. La espera de dos horas en la
estación de tren no constituía ya u n a im agen típica sino u n
torm ento al que había que sustraerse.

—¿Tiene jam ón?


—No hay.
—¿Tiene huevos?
—No hay.
—¿Tiene pepinos?
—No hay.
—¿Tiene queso?
—No hay.
“Edw ard, let me do it”, interviene T in a al ver el rostro con­
gestionado de W eston.
—S eñor ¿no tiene tortillas que nos haga usted el favor?
-S í.
—¿Y algunos frijolitos?
- S í.
—¿No nos p o d ría picar alguna cebollita, u n poco de cilantro
y si tiene jitom ate, mejor?
- S í.
—¡Ay qué bueno! M uchas gracias señor, va a ser u n a com ida
deliciosa. Si nos trae todo bien caliente, se lo voy a agradecer
de aquí al Popocatépetl.
M ilagrosam ente los pueblitos se abrían y en la m esa aparecían
los alim entos terrestres. W eston recuperaba su b u en hum or. “És­
te es el, único pueblo del m u n d o que se come sus cucharas”,
decía sopeando los frijoles. No se im pacientaba ya con el in te r­
pelado en la calle y su respuesta: “Yo no soy de aquí”. Pero si
T in a preguntaba, con tal de retenerla, se lanzaba en explicacio­
nes dilatadas aunq u e éstas condujeran al despeñadero.
En la noche, volvían a los días de antes; cobijas en las venta­
nas, toallas bajo la p u e rta p ara que no en tra ra la luz. Revela­
ban bajo tensión. La m anga de h u le de W eston servía de
bandeja p ara el líquido, y p ara conservarlo sólo la bacinica r e ­
sultó eficaz. Le peg aro n u n a etiqueta: “No vaciar” y la escon­
d ie ro n en el ro p e ro . W eston veía las fotos d e T in a y la
abrazaba: “Estoy orgulloso de ti”, ahora sí T in a a la altu ra de
su m aestro. En la m añana el alm uerzo en los m ercados, y la
búsqueda de nuevas piezas de artesanía. Al regresar a México
en tre g aro n a Anita cuatrocientos negativos.

Los citadinos ya consideraban a Plutarco Elias Calles la encar­


nación del mal sobre la tierra. Días antes de la clausura de los
cultos, W eston había ido a ver la larga cola de los fieles en
espera de ser confirm ados p o r el arzobispo M ora y del Río.
T am bién vio a los bom beros rep rim ir u n a m anifestación de ca­
tólicos frente a la iglesia de la Soledad. “Expulsem os a los ex­
tranjeros.” “México p ara los m exicanos”, era el lem a. La Iglesia
y los fieles respondieron. “Plutarco Elias Calles, sus secuaces,
todos los que in teg ran su m aldito gobierno están condenados;
su infierno em pieza ah o ra.” “A hora sí, libre del freno religioso,
la revolución cum plirá sus ideales; tierra y libertad p ara todos”,
volvía Calles a la carga, “¡nuestra m eta es ex p ro p iar los bienes
de la Iglesia, las tierras del clero, y devolverlos a sus legítimos
dueños, a ese ejército de harapientos!”
—Bullshit! —gritaba Edw ard —, T ina, how can you believe all
this trash?
Q uizá la actitud m odesta de T ina, su ensim ism am iento, su
falda negra o su pelo recogido, hicieron que u n a m u jer le su ­
su rrara al oído: “M añana, misa en L ucerna 17, a las siete”.
Curiosa, T ina llegó al sótano de la casa indicada. T rein ta
personas, vestidas de oscuro, oían misa. Tensas ante la inm i­
nencia del peligro, dos monjas habían ten d id o u n m antel b lan ­
co sobre el altar im provisado. El sacerdote pálido parecía llevar
a cabo u n a gesta heroica. Todos com ulgaron. El m iedo acre­
centaba la fe.
—¿Así que dicen misa en los sótanos de la colonia Roma, en
la Ju árez, o f all places? —ironizó W eston —, C uando fotografíe
yo a Calles, le voy a inform ar que toda clase de objetos religio­
sos viajan en silencio en las entrañas de México. Las p u ertas
secretas, los túneles, los corredores y pasajes clandestinos ya
no son dom inio de las ratas sino de las beatas que van y vie­
nen con sus palm atorias, crucifijos y corderos pascuales. Las
entrañas de México h uelen a nardos; en sus intestinos ard en
los cirios.
—¿Que, no oyes cómo rezan a las cuatro de la m añana, E d ­
ward?
W eston se había h artad o de las noticias de iglesias incendia­
das, trenes volados y los ¡Viva Cristo Rey! en la calle. “Estos son
lunáticos, todos los fanáticos son locos, este país es peligroso,
T ina, de veras, ‘I really m ean it’, tenem os que salir de aquí.”
—B ut Edw ard, this is n o t at all like you.
—¿Q uieres ser héroe o qué te pasa? B rett an d I are getting
out o f here.
—C orren ru m o res de u n a treg u a religiosa; los cristeros se
h an replegado, las iglesias ya no son asaltadas, los ensotanados
p o d rán volver a su paz de los sepulcros.
— N o seas ingenua, T ina, aquí todo term in a mal. Las cuentas
se saldan con m uerte. Estoy h arto de balas y de pistoleros.
A Xavier G uerrero , en cambio, le entusiasm ó el cierre de las
iglesias. T in a sorbió sus palabras como m aná del cielo. N ada
había d añado tanto al pueblo como el fanatism o religioso, los
pinches curas p ro m eten el paraíso a cambio de la esclavitud
sobre la tierra. “Con el control de cultos, el país pasará de la
infancia a la m adurez.” Seguram ente, las palabras de Xavier
en co n trarían eco en el origen cam pesino de su m ujer, pensaba
W eston, p ero ¿que no se daba cuenta T in a del simplismo de
ese indio taciturno? Prefería mil veces las visitas de su h erm an a
Elisa, dispuestísim a al cachondeo después de dos tequilas. P re­
ciosa m ujer Elisa y bien o rien tad a hacia él. M añosa tam bién,
p o rq u e en público fingía no verlo. O írla cantar era u n deleite,
no sólo tenía b u en a voz, sino picardía en el gesto y en la en to ­
nación.
T am bién a T in a le horrorizaba la bestialidad, p ero había al­
go en esta desacralización que la atraía; la tu rb ab an las cróni­
cas que venían de Jalisco, N ayarit y Colima. “¡Los de Cocula ya
se levantaron en arm as, los de Santa M aría tam bién van a d e ­
fender a Cristo guiados p o r el señor cura!” “¡Le p ren d ie ro n
fuego a la iglesia de San Gabriel! Los habitantes oyeron las
carcajadas de los incendiarios. Las lenguas de fuego no los
quem aban porque tenían pacto con el diablo.” El discurso de
X avier se im ponía al de W eston p o rq u e ’era el que T in a quería
oír; mil veces m ejores los años fieros de Xavier, su b rav u ra, su
pasión p o r México, que la desconfianza de W eston, su escepti­
cismo, su rechazo a cualquier nacionalism o; m ejor las hojas de
maíz que envuelven los tamales de puerco que la higiene
de Los Angeles, a la que W eston sin duda pertenecía.

23 DE JU N IO DE 1926

W eston y T in a prosiguieron su viaje. Con B rett, subieron al


tren rum bo a G uadalajara. “Jalisco es el gallinero de la re p ú ­
blica, la tie rra de los em pistolados; bajo todas las cam as
ag u ard a n carabinitas”, advirtió Xavier G uerrero. A nita les h a ­
bía encom endado fotos de varios tem plos en el cam ino y de
la cestería de San J u a n del Río. “T o m en a los artesanos te­
jien d o la vara.”
En Celaya, súbitam ente T in a dio u n “o h ” de h o rro r y en m u ­
deció. W eston siguió la dirección de sus ojos espantados y tam ­
bién palideció. U n periódico anunciaba el en tierro del general
y senador M anuel H ern án d ez Galván. Ni lu g ar a dudas, era su
amigo. W eston puso u n brazo en los hom bros de su m ujer.
“¿Regresamos a M éxico?” “No tiene caso, ya lo e n te rra ro n ”, las
lágrim as escurrieron p o r el rostro de Tina.
La últim a vez que lo vieron, H ern án d ez Galván había pasado
en su gran Packard: “Por favor, avísenm e cuando an d en cerca
de G uanajuato; les voy a hacer u n a pachanga con carnitas, can­
tos y bailes”. Ya no vivía. Y para colmo em pezó a llover. Sobre
los rieles las ru ed as del tren tam bién lloraban. T om ados de la
m ano, sus pensam ientos estaban con Galván; T in a m iraba la
lluvia; todo el valle em papado en lluvia, y los ojos de T in a 11o-
viéndole adentro.
W eston se sentía cada vez m enos atado a México. El asesina­
to de Galván rebasaba el vaso de su paciencia. ¡Qué clase de
país era éste d o n d e u n hom bre podía ser asesinado en form a
tan artera! ¿Y el crim inal? “H uy ¿que no ven que tiene fuero?
Sigue libre hasta que cum pla su térm ino en la cám ara, si no lo
m atan antes.”
En G uanajuato, T in a se acostó en seguida y W eston salió al
balcón para ver los árboles y vio a Galván. Era u n cartel m o n ­
tado sobre el techo de una casa, hecho con su fotografía. Al
día siguiente, en todas las esquinas, se toparían con el mismo
retrato en tam año más pequeño. Por si fuera poco, al ir a m e­
re n d a r, u n gru p o de hom bres se sentó en la mesa de al lado y
W eston reconoció al asistente que acom pañaba a Galván en
sus excursiones a T res Marías, al Desierto de los Leones, a
T eotihuacán. El asistente desvió la m irada. Edw ard estaba segu­
ro de que los había reconocido. Esta era otra de las carencias
de México: la lealtad. Esa noche W eston escribió en su diario:
“México le rom pe a uno el corazón. Mezclado al am or, he sen­
tido u n a creciente am arg u ra, u n odio que trato de sofocar. H e
visto las caras más sensibles y tiernas que los dioses p u d ie ro n
crear y otras que le hielan a uno la sangre de tan crueles y
salvajes, capaces de cualquier crim en”.
F rente a ellos, en la calle, u n g ru p o de m ujeres vestidas de
n egro desafiaron a u n turista: “¡Viva Cristo Rey!” El no les hizo
caso. V olvieron a gritar: “¡Que viva Cristo Rey!”
—Viva —respondió, pero su falta de entusiasm o provocó que
las m ujeres lo ap ed rearan .
“Los m exicanos están locos”, concluyó W eston, “si desean
otra revolución que la hagan sin m í.” Le había colm ado la p a ­
ciencia tanto desprecio a la vida, la falta de respeto, la irracio­
nalidad. Los conductores de coche lo sacaban de quicio. Subir
al cam ión de pasajeros era entregarse en m anos de la divina
providencia. En los Fords m arcados libre, las em ociones del
principio ahora le daban coraje. Lo enferm aba la inestabilidad
de México, tierra tan fácil de am ar, em b arrad a con la baba de
las intrigas políticas y la traición. Los Estados U nidos habían
ju g a d o u n papel vergonzoso, claro está, p ero n u n ca tan co­
rru p to como el de los dirigentes mexicanos. T an to sentim enta­
lismo en torno al proletariado, y los cam pesinos m uriéndose
de ham bre. Siem pre había piedras, m achetes, invasión de tie­
rras, riñas callejeras, m uerte. W eston recordaba ah o ra el re g re ­
so con H ern án d ez Galván de u n a hacienda p u lq u era en los
llanos de Apan: O m etusco, con sus mosaicos italianos y su lujo
traído de Europa, en el tinacal las gigantescas barricas de pul­
que h ediondo frente a escenas del Im perio Rom ano. Galván
m anejaba en silencio cuando de p ro n to gente en arm as detuvo
el Packard y lo ro d earo n . Galván salió azotando la portezuela
y trein ta hom bres cortaron cartucho. A ún conservaba W eston
el ru id o de las arm as d en tro de su cabeza.
—¿Q ué les pasa? ¡Mátenme! ¿Eso es lo que quieren? ¡No p u e ­
d en hacerm e nad a más que m atarm e! ¿C ortarm e los huevos?
¿Caparm e? ¿Q ué más? ¡M átenme cabrones, hijos de la chin­
gada! A ver ¿qué esperan? ¿Qué esperas, cabrón, p ara d a r la
orden?
Galván aullaba.
—Pero eso sí, a mi gente no la toquen.
Los señalaba a ellos, d em udados d en tro del automóvil.
—¡Respeten a mi familia, hijos de la chingada! Yo soy u n ge­
neral de la revolución que he luchado p o r mi país, órale dis­
paren!
P erdía el aliento, escupía.
—¡Pero apúrenle, cabrones!
El jefe dio u n a o rden, los hom bres bajaron las arm as. A ho­
ra era el jefe quien se quejaba: “Pero no nos an d e m entando
la m adre, mi jefe...” Galván subió al autom óvil todavía reso-
piando. N o volvió la cabeza, y arrancó. En el poblado siguien­
te bajó a la cantina y se echó tres tequilas dobles. Entonces
com entó:
—Conm igo no p u ed en los hijos de la chingada.
Esos desafíos rabiosos W eston los había enco n trad o en los
m ercados, en las cantinas, bajo la lona del circo. Sin H e rn á n ­
dez Galván no habría en trad o a las pulquerías, p o rq u e había
algo taim ado en los m exicanos que lo repelía. Esos hom bres
recargados en el p rim er poste, ociosos, los ojos huidizos, ¿a
quién esperaban? En cambio, las inditas eran suyas, con sus
encías rojas y su Diosito Santo, sus m anos escondiéndoles la
risa.
En G uadalajara, lo prim ero que hicieron fue p ed ir noticias
en casa de los M arín; sí, lo habían asesinado, sí, en u n a balace­
ra, sí, en u n a cantina, sí, Galván había m uerto disparando.
C ontó Victoria que L upe y Diego en México habían ido a la
sexta delegación d o n d e habían tirado el cadáver del senador
como basura en el piso. T in a pensó en aquel hom bre que en
vida era u n tigre, altivo como él sólo. ¿En calidad d e qué lo
habían llevado a la sexta? ¿Q uién le había cerrado los ojos?
—¿Dónde lo m ataron?
—En el Royalty —W eston solía ir al Royalty con Llewellyn, su
discípulo, a sorber ponches calientes de ron.
Los rivales electorales de Galván en G uanajuato, en tre q u ie­
nes se encontraba Arroyo Ch, se ad elan taro n en la balacera,
p ero au n así Galván les hizo dos bajas p arap etad o tras u n a m e­
sa, hasta que un o de sus siete atacantes le acertó en el pecho.
G alván siguió disp aran d o m ientras caía, pero lo hacía con ojos
de m uerto. “N o le diero n la m en o r o p o rtu n id ad ”, repetía Vic­
toria M arín, “le p artiero n el corazón, en la m era vida le ati­
naron.”
W eston se hacía conjeturas pero no d u ra n te m ucho tiem po,
era dem asiado dinám ico p ara h u n d irse en u n solo estado de
ánimo.

2 DE OCTUBRE DE 1926

De regreso a la ciudad de México, T in a y W eston volvieron a


evitarse. A T ina, episodios de su vida en com ún se le aparecían
bajo u na luz distinta, como aquella vez en que W eston bailó
parodiándola, rep artien d o besos con su boca pintada. Sus visajes,
sus contoneos p reten d ían caricaturizarla y, a u n q u e era u n juego,
T in a sintió que W eston desfogaba su rabia contra ella, se sentaba
en las piernas de unos y de otros. R icardo Gómez Robelo ponía
cara de sufrim iento; los besos de Edw ard tan tronados y ap arato ­
sos in terru m p ía n a los conversadores que se volvían inquietos a
m irarlo. L upe M arín lo persiguió p ara levantarle la falda: “Desca­
ra d o ”, gritó, “eres u n descarado”, y le en tró u n a furia tan b árb ara
que sin más se le echó encim a a cachetadas, arañ án d o le el rostro.
L upe sólo le pegaba a Diego, p ero entonces su pugilato provoca­
ba la risa general p o rq u e los golpes caían sobre u n gigantón
am able y acolchonado que no parecía sentirlos. C on u n a sola
m ano reducía a su alta y vindicativa m ujer, apartándola, “ya niña,
estáte q u ieta”; pero ah o ra con W eston, peq u eñ o y delgado, la
lucha tom ó otras proporciones, Lupe lanzaba denuestos: “G rin ­
go, pinche gringo cabrón, ¿por qué se b u rla de nosotras? Si él se
siente m uy cabrón, que no crea que somos sus pendejas. Pinche
gringo, nos quiere tom ar el pelo, no trae calzones”. Parecía p a n ­
tera, el fuego salía de sus ojos verdes, iba y venía con sus manazas
dispuestas a o tra cachetada, o tro ja ló n de orejas, o tro arañazo,
“Párale L upe estás loca, déjalo, ¿qué te pasa?" U nos la m iraban
con estupor, otros reían, su h erm an a M aría de O rozco Rom ero
la azuzaba. En u n a de ésas, L upe gritó: “¡Sácate de n u estro país
con tu italiana apestosa!”
H asta ese m om ento se habían llevado bien; m eren d ab an j u n ­
tos cada quince días y la im agen d e L upe era m uy grata. ¿Tan­
to ren co r le tenía L upe a Tina? Al ver su ro stro descom puesto,
le dijo Lola Cueto: “Ni caso le hagas, es m uy rencorosa, así
nos trata a todos. C uando le en tra el telele dice cualquier cosa
y al día siguiente ni se acuerda. N unca bebe p ero ah o ra tom ó
tequila; es el alcohol lo que la volvió furiosa".

C on la separación de W eston, T in a hab ría de p e rd e r a m uchos


de ellos, a M onna, cuyos juicios sobre su fotografía W eston
apreciaba. Los tiem pos de las fiestas y disfraces habían pasado.
De com ún acuerdo, cada quien iba a lo suyo; T in a a su trabajo
aplazado, a sus com idas en La O riental, en Belisario D om ín­
guez, al Café de N adie a visitar a G erm án C ueto y a M anuel
M aples Arce y sobre todo a sus citas con X avier G uerrero.
W eston p rep arab a su partida. Sin em bargo, enco n tró tiem po
para ir a recibir a dos tarahum aras que co rriero n de Pachuca
al estadio de México, u n a distancia de cien kilóm etros, en n u e ­
ve horas y treinta y siete m inutos en guaraches. ¡Qué país,
Dios mío, qué país!
T am bién encontró tiem po p ara cortejar abiertam ente a la
gringa M ary Louis. Lo acom pañaba a cenar a casa de Anita, a
la de M onna, a visitar a Fred Davis.
—No pu ed o ro m p er el m ito E dw ard-T ina —se resistía Mary
Louis.
—Ya se acabó.
—No lo creo; la leyenda sigue viva.
Je a n C harlot le entregó siete dibujos p ara v en d er en Los Á n­
geles.
—Son tan buenos que ojalá y no se vendan —deseó W eston.

4 DE NOVIEMBRE DE 1926

A últim a hora, u n a señora Llamosa en tró vestida de novia a


posar al estudio. Por favor, se lo rogaba, no podía irse de M é­
xico sin retratarla a ella. B rett tuvo que intervenir: “Papá, va­
mos a p e rd e r el tre n ”.
En el taxi que corría a la estación de Buenavista, W eston
m iró los ojos de T ina. C uando vio lo que tenían que decir
—escribiría en su diario —, la tom ó en tre sus brazos, sus labios
se en co n traro n en u n beso y sólo se d etu v iero n cu an d o u n
gendarm e sonó su silbato. El chofer advirtió que los atentados
al p u d o r estaban penados. Esta vez el adiós, T ina, México, gen­
darm es, perros, pericos, sería p ara siem pre.

Al cam inar T ina y Luz A rdizana p o r la calle de Bucareli, deci­


dieron e n tra r al cine: King o f Kings era la película. C uando te r­
m in ó la fu n c ió n , cu ál n o fu e la s o rp re s a al v e r a los
espectadores arrodillados en tre las filas de butacas. H om bres,
m ujeres, niños, sus rostros m ojados de lágrim as, rezaban las
oraciones que no podían recitar en la iglesia. “Es p o r el edicto
gubernam ental que cierra las iglesias.”
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Fotografía de Tina Modotti

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5 DE NOVIEMBRE DE 1926

J L in
ina escribió al día siguiente
u n a carta triste. Los cuartos vacíos le dolían. Buscó el C anto
LXXXI de Ezra Pound, que solía leer con el ausente, y lo dijo
en voz alta.

Lo que bien amas perm anece,


lo dem ás es escoria.
Lo que bien amas no te sqrá quitado.
Lo que amas bien es tu v erd ad era herencia.
¿De quién el m u n d o , o mío o de ellos o de nadie?
P rim ero lo no visto, después y p o r ello lo palpable
Elysium, au nq u e fuera en las salas del infierno,
Lo que bien amas es tu verd ad era herencia.

R ecordar a Edw ard sería su herencia.


Em pacó. D ejaría la casa de la avenida V eracruz, costosa p ara
ella. Le dio gusto darse cuenta de que no había acum ulado
nada superfluo. “Viajar ligero”, sonrió. H abía conseguido un
departam ento vecino al de Paca T o o r en la calle A braham
González. W eston le dejó la am pliadora y u n a mesa de trabajo.
Im provisó u n estudio y u n cuarto oscuro.
A ese tercer piso fue a alcanzarla Xavier.

El am or con Xavier era u n rito, la sacralización de gestos m ilena­


rios. Edw ard, al hacer el am or, la instaba a m ontarlo, “¡Tú eres
u n m acho cabrío!” El era su cosa, u n hom bre en tregado, haz de
mí lo que quieras, delgado y m anuable, su vegetarianism o lo
volvía apolíneo, la carne pegada a sus huesos, d u ra, firm e, le
confería u n a infinita capacidad de ju eg o . Saltaba como gato,
eléctrico en el aire. Podían contársele las costillas, volverlas arpa,
“son tuyos todos mis huecos”, le ofrecía él, tem bloroso.
Retozaban. Edw ard inquiría, el rostro infantilizado de u n n i­
ño perverso. “¿Fue bueno, verdad? Estuvo bien. Esta vez ha si­
do la m ejor.”
T ina, pegada a él, en u n estrem ecim iento m aravillado, le res­
pondía, “sí, E duardito, sí Edw ard, sí, sí”.
C uando no, a T in a se le escurrían las lágrim as de deseo re ­
m anente. L lorando de frustración se acurrucaba contra el p e­
cho de Edw ard.
—¿Me quieres? Edw ard, di que me quieres.
H acer el am or con Xavier era pasar de las caritas sonrientes
de V eracruz a la gravedad de las cabezas olmecas. Se h u n d ía
en ella, trabajando la piedra, su p rem a destreza. Cavaba en su
interior, buscando. T in a se fascinaba p o r sus labios negroides,
la cautivaban sobre todo los lugares en que su piel se suavizaba
hundiéndose, p erd ien d o su n eg ritu d p ara a d q u irir u n color
azuloso. Buscaba su pecho de barro , la extensión de su piel
despoblada. A T in a le atraía p en etrar la distancia, cruzar sola
al silencio. A m ar a Xavier era ascender a u n a an tig ü ed ad p o r­
tentosa, im ponente, a la acción suspendida, a la esencia ajena,
p orque en el fondo T in a se sabía m editerránea.

Rebosante de vida que ah o ra inauguraba, su energía m atutina


la hacía co rrer a Mesones. “¿Q ué hago? ¿En qué ayudo?” La
ciudad y su gente ejercían u n a clara atracción. Amarlos, cono­
cerlos, ser de ellos. D etenerlos en la calle, decirles: “¡Los amo!
¡Soy suya! ¡Estoy a su servicio!” En la noche regresaba agotada
y con u n a insatisfacción más antigua que el Popo y el Ixta. No
había logrado nada, su inm ensa energía se había desgastado en
ires y venires, en hojas m etidas en la U nderw ood, en p arla­
m entos de hom bres teóricos inm ersos en sí mismos.
Joven, ju g u e to n a, al día siguiente T in a se levantaba de nuevo
enfebrecida. A hora sí, encontraría lo que buscaba. La entrega
sería absoluta. En Mesones, hecha u n vendaval, T in a abría ex­
pedientes, escribía hasta que la noche la consum ía. Al regreso,
la ciudad parecía fatigarse bajo sus pasos, contagiándola, ¡qué
cansancio tan inútil!
Muy p ro n to el dep artam en to de A braham González p erd ió su
desnudez, se am oldó a Xavier, a su trabajo. Desde el p rim er día,
X avier colgó su visera sobre u n a foto de W eston y u n a colección
de periódicos en tram p ó la en tra d a al baño; alm acenó folletos, el
destino de la h u m an id ad en folletos apilados contra los m uros;
usó la olla n eg ra de Oaxaca p ara rollos de bocetos; bajo la cama
g u ard ó u n enjam bre de mecates; su saco perm anecía sobre el
respaldo de la silla. O lvidaba en la mesa u n a sartén con restos de
u n guiso indefinible. “Deja eso, T ina, déjalo, dedícate a la causa.
Das im portancia a cosas que no la tienen.”
T in a quería decirle que le era difícil vivir en esa sucursal de
las oficinas de Mesones. En la sede del p artid o el aire era es­
peso, las comidas hechas a las volandas sobre u n a p arrilla eléc­
trica. C om er en el café de chinos de D olores era u n lujo
asiático.
La luz tam bién había cam biado; ya no eran los colores del
sol, ahora la rod eab an el gris, el negro, el chocolate; si los ca­
m aradas estrenaban u n saco era p ara p ro lo n g ar el color de su
piel: café o caqui. Recordaba la explosión de color en las cam i­
sas de Rufino Tam ayo. ¡Qué hom bre tan guapo! ¡Qué suerte la
de M aría Izquierdo! P ronto en tendió que recu rrían a todo lo
que ag u an tara la m ugre; su único canon de belleza: la resisten­
cia; así que pasen cinco años, zapatos: plan quinquenal. Su fal­
da n eg ra la uniform ó. De sus años con W eston, conservó el
kim ono de seda y la Graflex, y en su in terio r la nostalgia del
recuerdo.
¡Eduardito, qué día tan herm oso y yo aquí encerrada! La luz
afuera y tanto que fotografiar. Decías que había pocas perso­
nas que viven p ara el arte y que yo soy u n a de ellas. M íram e
ahora. A dos cuadras, en la pulquería, las m ujeres espían p o r
debajo de las puertas abatibles las piernas de sus hom bres, los
reconocen p o r los pies, y como no p u ed en sacarlos, van a la
sección M ujeres a beber como ellos, hasta caer en la banqueta.
Y si me u n iera a las m ujeres, ¿podría fotografiarlas? ¡Qué esti­
m ulante la vida de la calle, incluso en m edio del h e d o r del
pulque! Xavier la am onestaría. “A los extranjeros les atrae el
vicio, su m irada sobre lo típico denigra a México. H as p erd id o
m ucho tiem po —sus palabras la hostigaban —; si quieres m ilitar
en serio tienes que p o n erte al corriente. No sabes ni u n a déci­
m a parte de lo que sabe Cuca G arcía.”
Pero ¿esas horas que tran scu rrían lentam ente eran el saber?
“Estoy aten tan d o contra mí m ism a”, se recrim inaba. “N o soy
m odesta. ¿Qué tal si las m ujeres que cocinan p en saran que su
trabajo es indigno de ellas? A m ecanografiar, T in a.”
¡Oh Edw ard, te extraño! Le punzaba la ausencia de aquel
h om bre extasiado ante u n tejido de palm a. T en ía p resente có­
m o separó u n día las hojas de alcachofa hasta llegar a la pelusa
blanca del corazón: “Look T ina, look, this is incredible, this is
fantasdc”. En los pim ientos m orrones surgía u n brillo nunca
visto,, como el de berenjenas al sol, u n a nueva av en tu ra de la
luz. ¿Has visto antes algo igual? En el p artido, sólo en los cabe­
llos locos de J u a n de la C abada había fantasía, p o r lo que La-
b o rd e le llam aba continuam ente la atención.
“T his m orning I feel so sexy, I ju s t can’t stand it”, solía decir
a Edw ard. Si lo dijera ahora, Xavier la ju zg aría loca. Antes de
e n tra r al partido había vivido en u n a atm ósfera de b u en a su er­
te con gente a la que todo le sale bien. Le parecía oír a W es­
ton b u rlá n d o s e de aq u el socialista n o rte a m e ric a n o , Scott
N earing, que B ertram y Ella Wolfe llevaron a El B uen Retiro,
tan sim plista en su doctrina. “H e’s a preacher, n o th in g m ore,
he has no ideas.” “M ira cómo lo escuchan”, protestó T ina.
“P orque qu ieren engañarse. Lo que él dice n ad a tiene que ver
con la belleza.” W eston buscaba la belleza desde que abría la
ventana; subir a la azotea a encontrarse con el cielo era su cre­
do; fijar la transparencia del aire, la calidez de la luz en M éxi­
co, sus nubes. Y com er todo lo que b ro tara de la tierra. Lo
dem ás era retórica. Las únicas órdenes que estaba dispuesto a
obedecer eran las de la quím ica del revelado, la del registro de
la luz con el Asa y el Din, así m edía su tiem po sobre la tierra.
P or p rim era vez tuvo conciencia de ser u n a ex tran jera que no
tenía sus papeles en regla. ¿Cuál regla? ¿Q ué era estar en r e ­
gla? Antes, el p o d er de M anuel H ern án d ez Galván lo allanaba
todo; ni Edw ard ni ella pensaron jam ás en perm isos ni en p ró ­
rrogas ni en otros papeles que los fotográficos. A hora ten d ría
que salir a la frontera, llenarse de tem ores, ir a gobernación.
Se le aparecían los años idos, Hollywood, qué imbécil había
sido, Dio, qué vanidosa. Si en vez del cine h u b iera ingresado al
m ovim iento de T o m M ooney, o tro gallo le cantara; en to n aría
“I’m a b u m ”, habría pertenecido a u n a organización obrera.

W eston y ella se m etieron a u n cinito en la calle de Bucareli,


cerca del reloj chino, y ¿cuál no fue su sorpresa al verse en la
pantalla convertida en u n a m exicana de pelo alborotado y chal
de fleco? Así concebía Hollywood a las m orenas. Desde su b u ­
taca, T in a cerró los ojos; había olvidado esa cinta. A T in a la
contagió el ataque de hilaridad de su com pañero, pero en
la noche no pudo dorm ir. “¡En eso se me fue el tiempo!” Q ué
falsa, qué grotesca. En aquel año tam bién em pezaron sus citas
en Los Angeles con W eston. Le avisaba a su m arido que no la
esperara a com er, y la m irada triste de Robo la seguía a
la puerta. ¿Estaría enterado? Aquella visión, que antes borraba
en dos segundos, pendejo Robo, hoy la perseguía. Las horas
en la cabina de maquillaje, “you are beautiful, honey”, la espe­
ra antes de cada filmación, su p rim er estelar, ¡qué mala pelícu­
la The Tiger’s Eye\ De ser m ilitante, n u n ca h u b ie ra ido a
Hollywood. R enegaba del espejo y los focos que la en m arca­
ron, los tubos de labios que ya no usaba.

—T ú no vengas, yo como en cualquier fonda.


—L upe le lleva a Diego u n portaviandas.
—Y ¿tú crees que convida? Es díscolo. T rag a solo. A nosotros
nos da m edia h o ra p ara ir al p rim er m ercado.
X avier no le perm itió ir a los andam ios. Lo im aginaba en el
cam ión, el portaviandas en tre las piernas, adorm ecido, los ojos
cerrados; en el p artido lo llam aban “el m ono con su eñ o ”.

V er al Diego que veía Xavier era descorrer u n a cortina:


—Le dije que no usara agua de la llave p ara m oler los p ig ­
m entos y ¿tú crees que m e lo agradeció? “En E u ro p a bebía
agua de la llave y jam ás me hizo d añ o ”, contestó. Com o se­
guían saliendo im purezas volvió a consultarm e. Yo insistí:
—M uele los pigm entos con agua destilada, Diego.
“Le aconsejé que hiciera su pasta en u n a plancha de m árm ol
y a cada trazo hum edeciera su pincel. ¡Vieras qué caram bal de
grum os en el almagre! Parecían semillas de uva. C uando se dio
cuenta de que en vez de paleta yo usaba u na lám ina de peltre,
porque se pegan m ejor los colores, me copió. Haz de cuenta
que él inventó el peltre.”
Xavier regresaba de los andam ios con u n rictus de d espe­
cho; la p in tu ra seguía cayéndose; R am ón Alva de la Canal se
aparecía con libros técnicos de la biblioteca de San Carlos y no
daba u n paso sin el C enino Cenini bajo el brazo.
—No pu ed o p e rd e r tiem po en los procesos técnicos del apla­
nado, cualquier bu en albañil se hace cargo de eso.
—No Diego, estás equivocado, se necesita u n experto.
A horcajadas, pintaban Je a n C harlot, el gringo de reciente
adquisición Paul O ’H iggins, Xavier G u errero y la m uchachada:
Ferm ín Revueltas, R am ón Alva de la Canal, F ern an d o Leal, E r­
nesto García C ahero y M áximo Pacheco. Por más que Xavier
insistiera en la p ro n titu d , Ferm ín y sus cuates le gritaban:
—Vamos 3 echarnos unos tacos aquí nom ás al m ercado, veni­
mos volados. Ahí te pudres.
A su regreso, imposible continuar:
—Este aplanado no sopla, ya se secó. ¡Me lleva la tiznada!
—E ntiende, Ferm ín, p ara que el aplanado p u ed a ch u p ar el
pigm ento, tienes que p in tar de inm ediato. Por eso se llama
p in tu ra al fresco, no al seco.
—Vamos echándole agua.
—No seas buey, Ferm ín, no es igual, ya no la absorbe. Es la
hu m ed ad original del aplanado la que chupa, no seas terco.
Rem ojado por fuera, te va a rechazar la pintura. Los frescos
florentinos han d u rad o cientos de años p o rq u e el pigm ento se
incorporó al aplanado.
Citaba a Giotto, a Cim abue.
El más obsesionado p o r los problem as técnicos era Carlos
M érida, que pasaba a verlos casi a diario; pero él iba más allá;
quería la integración de los m urales al edificio.
—Q ué lata del guatem alteco; nos dieron los m uros, vamos a
pintarlos y ya.
—A este pinche encalado le salen bolitas blancas —renegaba
Diego.
—Sí, p orque la cal está viva.
—¿Qué es eso?
—T o d o preguntas y todavía dices que sabes más que n in g u ­
no. No se p u ed e p in tar con cal viva; la cal está en flor, debe
quem arse con leña, no con carbón, p orque el azufre del car­
bón altera los pigm entos. Es m ejor sustituir la aren a con polvo
de m árm ol.
—Ya, no nos eches encim a tu sabiduría; m ejor vigila tú que
el encalado no se reseque.
X avier era tan ferviente en su búsqueda que había que ap a­
garlo como a la cal. Al p o n erle agua, la cal quem a, tru en a,
despide hum o. “Fíjate, m írala cómo hierve. El proceso de ap a­
gar la cal p u ed e d u ra r m ucho tiem po hasta que se rin d e .” Xa­
vier era el único que dom inaba el aplanado de u n m uro. Esos
fueron sus días de gloria.

Vasconcelos cruzaba rápidam ente el pasillo e inclinaba el ala


de su som brero p ara no ver los m urales.
—El m inistro nos llam aba “m oneros” —se quejó Xavier.
T in a com partía la fiebre de los pintores; todo el patio de la
Secretaría de Educación en trab a a su recám ara. Q ue Vascon­
celos no había pagado, que hacía u n doble ju eg o ; que Vas­
concelos era u n hip ó crita como lo son todos los políticos
mexicanos. T uviero n que re c u rrir a O bregón p ara arreg lar las
cosas; al único que tragaba Vasconcelos era al afrancesado de
M ontenegro, p o rq u e pin tab a paneles decorativos; no tenía
conciencia revolucionaria.
—¿Y Puig Casauranc?
—Tam poco nos acepta, pero es más taim ado. Se lleva a M á­
xim o Pacheco de m uralista particular a su casa y lo explota.
E ntiende, la hipocresía es epidém ica en México. Y Diego es el
p eo r tartufo. A u n periodista le m ostró lo que yo había p in ta­
do como si fuera obra suya.
El recuerdo de Diego la ruborizó; no lo veía sino en las ple-
narias del partido. Q ué deleite oírlo. El silbido de u n a flauta la
hizo co rrer a la ventana de Mesones; unos perritos bailaban
con faldas de colores y gorros puntiagudos. T in a bajó a en g ro ­
sar la ro n d a de los m irones. Gómez Lorenzo le gritó desde la
ventana. “Tina, eso urge. Los burgueses siem pre obedecen a
im pulsos.” T in a volvió a la m áquina en silencio.

—Diego, ya bájate —gritaba G u errero , p ero el m aestro sólo


cedía a la h o ra del crepúsculo. Y a veces aú n en la h o ra del
lobo, los ojos saltones pegados al m uro, adoloridos de tanto
m irar, Rivera sum aba pinceladas. “Ni que fueras m iniaturista”,
le había dicho Siqueiros. “Yo voy a re c u rrir a todos los ad elan ­
tos de la ciencia, voy a u sar u n a brocha g o rd a.”
—Diego, ya párale —insistió X avier —, voy a p re n d e r la luz.
—No vayas a encender, se am arillean los colores.
—Pero si ya no se ve el color.
—Yo lo conservo en la retina, si prendes, pierdo la m em oria
visual.
—Lo que vas a p e rd e r es la vista.
—Q ue no, carajo.
—T e estás exigiendo dem asiado, te vas a desplom ar.
Sólo Lupe lograba bajarlo con sus órdenes destem pladas.
H abía m ucho de voluptuosidad en esa red o n d a bonanza senta­
da sobre la tabla del andam io, sus nalgas sobresalientes a dife­
rencia de las inexistentes de O ’Higgins. A riesgo de que la
bonanza le,cayera encima, Lupe gritaba. Entonces él aprove­
chaba p ara ir al excusado. U na noche, de tan cansado, allí se
quedó dorm ido. “Nomás te quitates las lagañas y te venites,
verdá Panzas” y Lupe recorría los m etros de p in tu ra buscando
a sus rivales: “Y esa individua ¿quién es? ¿Por qué metiste a esa
changa horrorosa? No me digas que la Rivas Cacho tiene así
los ojos, los tiene gachos”.
T in a escuchaba el relato de G u errero con nostalgia. Diego
había quedado del lado del sol, y la oficina del p artid o del la­
do de la oscuridad. Ella veía la vida ah o ra desde la sombra.
Los cam pesinos en trab an con calzones de m anta blanca, pero
al rato los tiznaba la ciudad, y las comisiones —que así las lla­
m a b a n — regresaban a su tierra sin hab er arreglado su asunto.
“V engan m añ an a”, les decían en la A graria, hasta que sus escri­
turas llenas de lam parones se volvían quebradizas. “Lo que
qu ieren sus m ercedes es chingarnos”, se enojaba el de más ca­
rácter. “Claro, saben que en la ciudad desde que Dios echa su
luz nos levantam os unos a chingar y otros a no dejarse.” Infini­
tam ente pobres, su desasim iento indignaba.
T in a se sorpren d ía ju zg an d o a Xavier con los parám etros de
W eston. “T enem os la obligación de ser felices”, repetía Wes­
ton; Xavier grababa en El Machete, el ceño fruncido p o r la p ri­
sa y el disgusto; no llegaban los m ateriales, los cam aradas qué
incum plidos, todo se convertía en preocupación. G uardaba u n
silencio opaco; encogido, los labios apretados, se hacía de pie­
dra. Los com pañeros lo saludaban: “¡Quiúbole Perico!, ¿qué
estás preparando?” Tina añoraba hasta los gritos de guacam a­
ya de Lupe rom piéndole a Diego sus piezas precortesianas.
“¡Ah, ¿no trajiste p ara el gasto? Pues ai te va tu sopa de tepal-
cates.”
A hora el espíritu de W eston ejercía m ayor influencia en T i­
na que cuando estaba a su lado.

Los com entarios eran acres: “Dicen que Diego se cayó del a n ­
dam io desde u n a altu ra de diez m etros y rebotó como pelota”.
“¿Por qué verá al género hu m an o tan feo? Es que pin ta como
él es.” “¿Y esa m ona tan espantosa?” “Esa n eg ra de perfil es su
m u jer.”' “Por mí m an d aría encalar la p a re d .”

“¿Recuerdas que en las reu n io n es he asentado que debem os


valorar a los indígenas? Yo soy indio y siento orgullo de serlo.
A hora Diego es el que resulta revolucionario cu an d o le sacateó
a la revolución: se la pasó en París. Es el h aced o r de la revolu­
ción, el d u eñ o del México prehispánico, el p ro m o to r de ‘lo
n u estro ’. Francam ente prefiero a Orozco. Es auténtico. T e n d rá
mal genio, lo que tú quieras, p ero no le hace al cuento. D ebe­
rías oír hablar a Diego, ¡qué grandilocuencia y cómo lo obede­
cen los babosos!”

8 DE DICIEMBRE DE 1926

Llegó a México la nueva em bajadora de la U nión Soviética:


A lexandra Kolontai. N o le habían perm itido bajar a tierra ni
en N ueva Y ork ni en La H abana. Perm aneció en el La Fayette
hasta V eracruz. Los m exicanos esperaban u n a sufragista enoja­
da pero apareció u n a m u jer de ro stro red o n d o bajo u n som ­
b rero de paja floreado, su cuerpo tam bién red o n d o y m aduro.
D espués de p resen tar sus cartas credenciales vestida a la m oda
con u n traje n egro de seda con m angas chauve-souris y dem os­
tra r que hablaba inglés y alem án, A lexandra abrió al público con
la ayuda de u n a secretaria las p uertas de la em bajada y los del
p artid o fueron con curiosidad a conocerla. Su fama la precedía,
sus propuestas escandalizaban: era la p rim era em bajadora en el
m u n d o , am iga de Lenin, o rad o ra fogosa, escritora, p artid aria de
la u n ió n libre, la em ancipación de la m ujer. En conferencias y
escritos había declarado que la m u jer era tan libre de hacer con
su cuerpo lo que el hom bre, y que su sexualidad no podía re d u ­
cirse sólo a la concepción. H ablaba del placer, de la im aginación
en el am or, de la falsa m oral; afirm aba que sólo u n as cuantas
m ujeres y hom bres llegan hasta el extrem o del placer sexual.
“Q ué barbaridad, aquí va a venir a alborotar el gallinero.” “A ban­
d onó a su m arido y a su hijo p ara hacerle a la revolución.” Los
norteam ericanos tam poco veían con buenos ojos su venida a
México, la influencia bolchevique era nefasta en tre los trabajado­
res. Los funcionarios rusos intervenían con la m ano en la cin tu ra
en los conflictos obreros y sobre todo m etían m ano en los in tere­
ses petroleros norteam ericanos. Esa m adre ard ien d o de la Kolon-
tai, em isaria del com ité central del p artid o com unista, sería u n a
fuente segura de problem as.
T in a no reconoció la em bajada soviética de tiem pos d e Pest-
kovski. A lexandra K olontai la había fem inizado y convertido en
u n hogar con u n a mesa albeante p ara servir el té. Ram os de
flores silvestres, macetas de begonias se esparcían aquí y allá.
“Ésta es mi em bajada”, pensó T in a y recordó que al segundo
año de su estancia en México cada quien escogió la suya: W es­
ton la norteam ericana; ella la rusa. Para ir a la de los Estados
U nidos, W eston pidió p restada u n a corbata; no le hizo extensi­
va la invitación a T in a p o rq u e en las listas del D epartam ento
de Estado aparecía casado con Flora May C handler. En su em ­
bajada, a T in a le llam ó la atención que u n a m ujer de cuello de
encaje y ojos tiernos fuera ejem plo del erotism o soviético. E x­
trem adam ente grácil, la em bajadora K olontai extendió sus dos
m anos enjoyadas a Tina:
— H e oído h ab lar m ucho de usted. T odos la q u ieren, la a d ­
m iran y la consideran u n a g ran artista.
Posiblem ente le estaba diciendo lo que se acostum bra en el
m u n d o diplom ático, p ero su m irada le pareció genuina. De su
mism a estatura, es decir pequeña, era totalm ente opuesta en
color: ru b ia do n d e ella era m orena; azul cuando en T in a brilla­
ba el ébano; rosa, blanca, reg o rd eta en contraste con la au ste­
rid ad de la italiana.
—U sted es de las mías —abrazó a T in a —, de las que desafían
al m undo, de las que pavim entan el nuevo o rd en . La felicito.
T ien e que venir conm igo a to m ar el té; prefiero verla a solas y
no en u n a recepción en la que m e debo a mis invitados. Díga­
me, ¿qué está haciendo ahora?
—Fotografío los m urales de los m aestros —respondió T in a
con orgullo.
—¡Ah, qué gran tarea, qué g ran tarea! El m uralism o m exica­
no asom bra al m undo. Gracias a los pintores, se habla del arte
del nuevo continente, y el líder es este maravilloso país, M éxi­
co. T ien e usted m ucha suerte.
—Sí, p ara mí, pasarm e m añanas y tardes en los patios d e la
S ecretaría de Educación es u n a experiencia única. T am bién to­
m o fotografías p ara E l Machete, el ó rgano del p artid o com unis­
ta m exicano.
—Las he visto, leo El Machete; qué buenas fotografías, tienen
m ucho contenido político.
A lexandra K olontai fue saludando a los com pañeros y les d e­
m ostró que estaba fam iliarizada con su obra o con su actividad.
M uy p ro n to , la em bajadora form ó p arte de las actividades políti­
cas, sociales y culturales de México. T in a no la volvería a ver.
Sólo perm aneció en la ciudad hasta el 5 de ju n io de 1927 —m e­
dio año —; la altu ra la cansaba, sufría palpitaciones, desmayos.
N o dejó u n solo día de fom entar las relaciones comerciales y
económ icas; el trabajo sin equipo m inó su salud.

12 DE MAYO DE 1927

D esde ayer salieron los com pañeros a p eg ar u n manifiesto


“C ontra el te rro r fascista”, p ara p ro testar p o r el asesinato del
obrero G astone Sozzi en la prisión de Perugia. Convocan a u n
acto en el que h ablarán Enea Sorm enti y T in a M odotti. C u an ­
do a T in a le toca su tu rn o la indignación su p era su n atu ral
tim idez y se enardece. Dice que la Italia de M ussolini es u n a
inm ensa cárcel y u n vasto cem enterio. Cien personas ap lau d en
a los dos oradores italianos. H ay extraños. La em bajada de
M ussolini en México tom a nota.

7 DE JU L IO DE 1927

T in a escribe a Edw ard:


“Algunas personas, am igos de Ella Wolfe que han venido
aquí de N ueva York, qu erían visitar la escuela en la colonia de
la Bolsa. Com o tam bién yo estaba interesadísim a en conocerla
ofrecí llevarlos. Edw ard, cu an d o salimos del lu g a r todos ten ía­
mos lágrim as en los ojos. Lo que ha logrado el señor O ropeza
(el fu n d ad o r y director) es algo que no in ten taré rela tar aquí.
Y cuando lo (felicitamos p o r sus logros, contestó: “iNo po d ría
h aber hecho nad a sin los niños!” T ien en secciones de carp in te­
ría, p anadería, costura, im presión, fotografía, ag ricu ltu ra, zapa­
tería, etcétera. T odo, claro está, en pequeñísim a escala pero
serio; cada sección tiene a u n a persona ex p erta como m aestro,
quiero decir u n v erd ad ero p an ad ero profesional, u n zapatero,
etcétera. T odo se hace sobre la base de sindicatos —cada sec­
ción tiene su delegado —, y en reu n io n es sem anales discuten los
problem as que h a n surgido en la sem ana y la m an era de m ejo­
rarlo todo. Tam bién tienen una com isión de justicia elegida
p o r los m uchachos e in teg rad a p o r ellos. Este es u n caso: U n
m uchacho fue descubierto robando una considerable cantidad
de d in ero de los fondos generales. ¿Cómo crees que lo castiga­
ron? H aciéndolo tesorero.
“Además de los trabajos m anuales todos tienen ciertas horas
de educación general, y algunas de gim nasia, juegos, etcétera.
P odría seguir escribiendo sin p a ra r sobre esto, p ero en fin de
cuentas no sería capaz d e hacerlo. El señ o r O ropeza está escri­
biendo u n libro sobre la fundación y el desarrollo de la escue­
la. J o h n Dewey (uno de sus más grandes adm iradores) ha
prom etido financiar la publicación.
“R ealm ente lam ento que no hayam os visitado la escuela
m ientras estabas aquí, como tantas veces lo planeam os.
“Q u erid o mío, esto es todo p o r esta noche.”

G abriel F ernández Ledesm a la llam ó p ara fotografiar la p u e rta


de cedro rojo del C onvento de la M erced, diseñada p o r él y
tallada p o r sus alum nos de la Escuela de E scultura y Talla Di­
recta; T in a accedió, conocía bien el convento. En la azotea vi­
vían el D r. Atl y N ahui Olín. N ah u i insistía en que Atl la tenía
secuestrada y se la veía cam inar y peinarse al sol, reg ar sus
geranios desnuda. En las tardes, recitaba a gritos sus poem as
escritos en el francés de las señoritas educadas p o r las religio­
sas de San Cosme.
C u an d o no iba al Popo, el Dr. Ad bajaba a ver lo que hacían
los alum nos y sobre todo a visitar el pequ eñ o zoológico que
m antenían para que los estudiantes d ib u jaran del n atural. Los
alum nos se habían encariñado con los anim ales. M apaches, tejo­
nes, arm adillos, iguanas, u n ciervo y el más im portante: u n coyo­
te salvaje enjaulado. El Dr. Atl se aficionó al coyote y pidió darle
de com er: le ensartaba la carne en u n a varilla. U na m añana
acortó la distancia y el coyote le atravesó la m ano y p o r poco le
destroza las falanges. G abriel q u ería a u n m ono arañ a llam ado la
Panchita, mascota de la escuela. La p rim era vez que T in a los
visitó, la Panchita se había colgado de su cin tu ra en red án d o le la
larga cola n eg ra al cuello: “¡Ya se enam oró: quiere ser tu ayudara
te!”, los alum nos festejaron. La abrazó con fuerza y T in a rio
hasta las lágrim as, la changuita sobre su pecho, m irán d o la a los
ojos. “N o sé si quiere ser mi novia o mi hija.”
Gabriel la invitó p ara ver de nuevo a la Panchita. Llegó
con la Graflex, el tripié y las placas. Gabriel la recibió en la
puerta.
— Los anim ales están m uertos. El coyote escapó, hizo m ata­
zón; al cervatillo le arran có pedazos. Ya viene el veterinario.
H abía sangre en el suelo y contra los m uros. De vez en
cuando se escuchaba u n lam ento; nadie podía localizarlo hasta
que u n estudiante sacó de debajo d e u n a viga a la Panchita
todavía viva. Con ojos casi hum anos enseñaba sus intestinos. El
veterinario dijo que no tenía rem edio. La cara de T ina, p o r lo
general tranquila y suave, se contraía con dolor. N o quiso irse
hasta que se llevaron a la Panchita.
Pensó escribírselo a W eston, era su m an era de consolarse.

¡Qué revelación, las fotografías de Edward! A hora mism o com ­


p raría u n pim iento, vería sus jo ro b as y sus declives, jam ás lo
im aginó tan sugestivo; W eston iba tras lo insólito. ¿Q ué im p o r­
taba cuántas horas había trabajado si éste era el resultado?
De Edw ard ap ren d ió a descubrir la belleza, y eso tenía que
ver con el am or a los dem ás. Al escribir su em oción, T in a se
sabía distinta. U na T in a an terio r podía ver a la actual con dis­
tancia; la que le escribía a W eston era la m ujer de m u n d o , que
casi n ad a com partía con la actual, arm ada con m ateriales b u r ­
dos, cafés, negros, cenizos. T in a exam inaba entonces sus za­
patos de trabita que habían sustituido las zapatillas de Los
Ángeles y de los tiem pos de Edw ard. Los zapatos no m ienten,
pensó, entretejían sus pasos con los de a pie, los de la calle,
decían lo mism o que los zapatos de sus com pañeros.
Pero las fotos de W eston hacían tam balear su renuncia.
“Edw ard, n ad a m e h a afectado antes en el arte como estas
fotos; sim plem ente no p u ed o m irarlas u n largo rato sin sen tir­
m e excesivam ente p e rtu rb a d a —m e intranquilizan no sólo m e n ­
talm ente sino en form a física. H ay algo tan p u ro y al mismo
tiem po tan perverso en ellas, contienen tanto la inocencia de
las cosas naturales como la m orbidez de u n a m ente refinada y
distorsionada. Me hacen p en sar en lirios y em briones a la vez,
son místicas y eróticas.”
Las caracolas, los pim ientos, las im ágenes de W eston v en ­
cían a la m iseria y a ella la inm unizaban contra la angustia. ¿La
inm unizaban? ¿Podía seleccionar rosas, alcatraces, copas de
cristal cuando a Gómez Lorenzo le u rg ía que retra tara a los
cam pesinos leyendo E l Machete? “T ina, vivimos en el continente
del ham bre, u n h am b re tan pavorosa como la de la In d ia.”
¿Podía ella gastar placas en u n a escalera de T epoztlán si las
calles reventaban de miseria?
—U na foto —continuó Gómez L o ren zo — es u n docum ento
irrefutable. Las fotos que tú haces son u n a bofetada a la con­
ciencia del burgués.
—U na foto tam bién es u n a forma...
La m iseria en cam bio no tenía form a, o las tenía todas. Esa
m iseria le estorbaba p ara ser, había que trascenderla, ir más
lejos, volverla arte.
T in a le llevó las fotos de Edw ard a Diego; él las m iró y des­
pués de rem irarlas preguntó:
—¿Q ue W eston ha estado enferm o últim am ente?
¿Acaso seré yo la enferm a?

N ada le im portaba tanto como enviarle a su m aestro u n b u en


paquete de fotografías y esperar p o r correo la gloria o la con­
dena. Q uizá toleraría la hoz, la g u itarra y la m azorca, su sínte­
sis de la revolución mexicana, au n q u e W eston rechazara los
símbolos.
Al solicitarle el C anario: “Por favor, com pañera, debes viajar
a Texcoco, posiblem ente seas la única m u jer en ese m itin de
cam pesinos, espero que no tengas inconveniente”, le dio la lla­
ve del cam po. Llevaría su overol p ara treparse a d o n d e fuera;
tom ar fotos desde lo alto, abarcar más gente, era el interés de
E l Machete: dem o strar que u n m ar de som breros de soyate acu­
día al llam ado del partido. Sí, ése era su oficio y no el de m e­
canógrafa; m ostrar a todos la calle. T a rd ó días en la foto del
h arap ien to que escondía su rostro desesperado, sentado bajo
el anuncio de la casa de modas: “Desde la cabeza a los pies,
tenem os todo lo que req u iere u n caballero p ara vestir elegan­
te. E strada H nos, S egunda Brasil 15, P rim era de T acu b a”. W es­
ton la condenaría; era u n m ontaje. Al México m ás hum ilde, el
más golpeado, el más p ro fu n d o , el que la conm ovía, había que
dejarlo en paz, no m anosearlo.

A la h o ra del revelado, se sintió u n a prim eriza, sudaba frío, “se


me va a resbalar la placa, cuánto tiem po le d a ré ”; sus brazos
eran d e palo, “tengo que controlarm e; qué b u en o el equipo de
E dw ard”, “no me lo agradezcas, eres b u en a fotógrafa”. T enía
que voltear la placa cada trein ta segundos, que el líquido la
cubriera uniform e; el p ro p io W eston había p rep arad o el rev e­
lad o r y ella repetía la fórm ula como u n encantam iento contra
el fracaso; hiposulfito de sodio, dos gram os; hid ro q u in o n a, n o ­
venta gram os; cristales de ácido bórico, trein ta gramos. En la
oscuridad, u n a vez quem ó u n a copia, “está u n poco oscura”, se
excusó tendiéndosela. “La echaste a p erd er, g ru ñ ó Edw ard.”

¿C uánto tiem po faltaba? IDio, qué proceso angustiante! “N o sa­


bes establecer la diferencia en tre la técnica y la m agia.” T o d a ­
vía hoy, el q ue los co n to rn o s se d e lin earan d e n tro de la
em ulsión le parecía magia. En la oscuridad brotaba el sortile­
gio; dos, tres m inutos, u n a etern id ad . El alcatraz era p u ro y
sensual. ¿T endría la mism a calidad carnosa y lím pida a la vez?
Diego Rivera la daba en la p in tu ra pero podía retocar, echarse
atrás buscando el efecto de la luz, cam biar colores, p ero ella
no podía hacerlo en la fotografía. En u n pestañeo se ju g ab a el
arte.
Ya con la placa en la am plificadora m u rm u ró : “E duardito,
ayúdam e”. Acomodó el papel de gran o fino, el más costoso.
A parecieron sus dos am ados alcatraces, exactam ente como
los había querido, frente al m u ro jasp ead o de m u g re, la som ­
b ra en el tallo largo que se perfila y culm ina en la d eslu m b ran ­
te b lan cu ra de las copas, la savia en las fibras del pétalo
term inada en esa aguja negra, p relu d io de m uerte. En lo bello
está im plícita la crueldad, en la naturaleza hay u n a falla, la
m u erte que reco rre el cam ino inverso a la vida, Dio, que no se
m e vaya. Su ojo derecho contra la lente, sin resp irar, tensa,
clic, la foto tom ada, la em ulsión rep etía el m ilagro. Colgó la
copia a secar, como u n a p eq u eñ a sábana de su im aginación.
Y se p reg u n tó p o r qué pensaba tan to en Edw ard si los últi­
mos meses habían sido tan ásperos. W eston salía abiertam ente
con Mary, T in a se acercaba cada vez más al p artido. “Déjate de
esteticismos, sé testigo, sal a la calle, re tra ta a la gente, a los
que van cam inando”, decía Xavier. N o era fácil; tenía que esco­
ger el sitio exacto y acechar a sus m odelos. “O lvida tus p reo cu ­
paciones formales; lo im portante es la vida de México, la de su
gente desam parada, ésos d eb en ser tus personajes.”
Para T ina, la fotografía era u n objeto de arte, com o la p in ­
tu ra; así se lo había enseñado W eston. C on u n equipo pesado,
u n a Graflex de cajón, era im posible el azar, la chiripada, la
prem u ra. La foto de la ab an d erad a en el p u en te la planeó con
anticipación; el pensam iento precedía a sus fotos. C autivarían
p o r sus propios valores, no p o r la anécdota^

Xavier destinaba más horas al Machete que a la p in tu ra m ural.


—Q uiero estar d o n d e sea más útil.
—¿Tu arte? ¿Tu oficio?
—Mi oficio es la solidaridad.
—No lo du d o , p ero creo que eres u n b u en p intor.
—Sigo haciendo mis ap u n tes en la calle, m ira mi cuaderno.
T in a hojeaba los bosquejos de X avier en u n a libreta, fo rrad a
con papel periódico. X avier los hacía en el tranvía, en cualquier
banqueta. E ran m uy buenos. ¿Por qué entonces m utilarse?
—A lgún día te h arán justicia, Xavier, me gusta la nitidez de
tu trazo, las form as sólidas, el acabado cuidadoso que les das.
F rente a ellas m e siento fuera del tiem po, sabes abolirlo, tus
figuras son intem porales.
—¿El gris de las grisallas que es lo único que me perm itió
Diego? —preguntaba rencoroso.
—No pienses en eso, tú tienes talento, p uedes conseguir tus
propios m uros... Dicen que ah o ra les van a d a r los m uros de
los m ercados nuevos...
X avier no contestaba o m u rm u rab a en u n gruñido.
H abía pasado el tiem po del A nfiteatro Bolívar en que pintó
el arcoiris, y Siqueiros lo llam aba “el científico” p o rq u e desde
niño su p ad re le enseñó a deco rar paredes allá en Coahuila.
N adie como él p ara m oler el copal, la alucena, la cera en to­
dos los colores. N adie con esa fuerza escultórica.
—Soy más útil en El Machete.

El m achete sirve p ara co rtar la caña,


para ab rir las veredas en los bosques um bríos,
decapitar culebras, tro n ch ar toda cizaña
y hum illar la soberbia de los ricos impíos.

Antes del p rim er nú m ero , X avier había grabado u n p u ñ o


para la cabeza del periódico. B urilaba con rabia p o rq u e lo sa­
crificaban, los com pañeros llegaban tard e o no aparecían. “Es
la falta de costum bre; el p artid o acaba de nacer”, decía conci­
liador H ern án Laborde. “Pues de recién nacido vamos a pasar
a sep u ltad o ”, resp o n d ía Xavier.
G u errero y Pacheco habían ayudado a Diego en C hapingo y
m ientras T in a posaba, Xavier esculpió el frontispicio del com e­
d o r de la escuela de agricultura.
T in a ya no era esa criatu ra de sensualidad siem pre renova­
da sino u n a copia cautelosa de sí misma. N o p odía evitar que
la vieran con curiosidad, p orque su energía sexual salía en ca­
da u n o de sus m ovim ientos, ‘sobre todo en su form a de cam i­
nar. Im itaba la conducta de C onsuelo U ranga, de G achita
A m ador, de M aría Luisa; decía en voz casi baja “con p erm i­
so”, “buenos días”, “al rato vengo”. Por más que trataba de
escurrirse a su casa como ellas, los com pañeros siem pre la r e ­
tenían. C oncha Michel p artía plaza a guitarrazos, u n poco a la
m anera de G uadalupe M arín. H u b iera deseado que Diego no
la conociera “de antes”; la T in a de W eston ah o ra era u n ser
autónom o, orgullosa de su individualidad. C ualquiera de las
cosas que hacía antes, los com pañeros las h ab rían ju zg ad o ex­
travagantes: W eston vestido de m ujer, vicioso, m aricón; ella
disfrazada de hom bre, cam inando p o r la calle de su brazo,
m achorra, degenerada; Brett, a q uien le prestaba su brasier
relleno de naranjas, u n pervertido; los bailes con Elisa tem e­
rosa y excitada, u n a desviación, u n a falta de respeto al p u e ­
blo, u n a m alignidad sin nom bre, y las tentativas de W eston
p o r u n apocalipsis sexual que lo llevara a intensificar su pla­
cer, cosa de maniacos. ¡Bola de anorm ales! ¿Q ué era lo m o­
ral? ¿Qué era lo norm al? ¿Cómo canalizarían su sexualidad los
com pañeros? ¿Cómo haría el am or H ern án Laborde? ¿Y el
Frijolillo? ¿Cuáles eran las realidades de su deseo? ¿Cómo h a ­
rían los cam pesinos el am or con sus pies de lodo, sus talones
curtidos, sus piernas y sus brazos cortados en la talacha dia­
ria, sus pechos jad ean tes como la tierra, la llam arada de su
aliento? ¿Cómo, las m ujeres envueltas en su rebozo, los ch ar­
cos mansos de sus ojos, sus m anos siem pre escondidas? Los
pobres se agarrab an a palos. Las esposas, los hijos, los perros,
los burros, las m uías, recibían su b u en a dotación de palos.
G olpear era form advo. “No me pegue, no m e pegue, papá,
no me pegue, m ire, ya m e abrió el lom o”, escuchó T ina.
“¿Cómo no te voy a peg ar si es p ara tu bien?” Vivir derecho,
ser razonable, vivir como Dios m anda, u n a b u en a tu n d a p ara
cam inar derechito, T ina; según el código de valores del p a rti­
do com unista, los com pañeros cada m ad ru g ad a se levantaban
a la lucha, abajo la im aginación; n in g u n o era como Diego, ex­
hibicionista y cómplice del capital; desde la opresión lograrían
construir o tra realidad, la de u n México p ara todos los d eshe­
redados, y sobre todo u n México p ara los indígenas, los cam ­
pesinos, los verdaderos mexicanos.

Q uizá fue cuando trajero n al com pañero Raúl Álvarez golpea­


do, las uñas sangrantes, los póm ulos abiertos, la carne inflam a­
d a abom bándose, la cabeza suelta, u n a m asa de san g re y
excrem ento, cuando T in a se dio cuenta de que los com unistas
se ju g a b an la vida.
Desde u n principio, la fogosidad de ese jo v en que sin ó rd e ­
nes o con ellas salía a las colonias populares la atrajo. N inguna
palabrería; sabía resum ir.
—En concreto, hacen falta lavaderos, agua potable, letrinas,
depósitos de basura.
—¿Por qué vienen a la ciudad?
—Porque ya no ag u an tan el ham bre.
Los niños daban chillidos de u n a agudeza hiriente.

El partido todo lo transform aba en comités que luego se divi­


dían en subcomités, y las reuniones de comités y subcom ités
podían ta rd a r días enteros m ientras en los lotes invadidos se
declaraba la tifoidea. No habían desm enuzado los pasos a se­
gu ir cuando ya tenían que com prar cajas de m uerto.
Raúl Alvarez, el ro stro enrojecido y tem bloroso, les decía a
los paracaidistas cómo arm arse con piedras, palos, lo que e n ­
co n traran a la m ano, cualquier cosa antes de entregarse a la
autoridad. Resistir, exigir lo suyo. “¿Cuál nuestro, si no somos
dueños de n ada?” N o sentían que tenían derecho a la vida,
m ucho m enos a la tierra. Los pobres se acostum bran p ro n to a
su previsible mala suerte. “No se dejen. Reaccionen.” Aconseja­
ba: “N o o rin en ni defequen cerca del lu g ar d o n d e van a d o r­
mir; vamos a conseguir picos y palas y a traérselos p ara cavar
zanjas, ya verán; p o r lo p ro n to aquí tienen cartones p ara levan­
tar su casa”. Escuchaban a Alvarez con desconfianza, como si
no se d ieran cuenta de la dim ensión de su desgracia. ¿Estarían
tan ham brientos que no entendían?
Los com pañeros del p artid o desaprobaban sus tácticas. “Es
o tra la estrategia, te estás desgastando inútilm ente y u n día te
van a d a r u n mal golpe; hay que responsabilizar al gobierno;
tú denuncia en las asambleas, escribe p ara El Machete, dicen
que el presidente de la república tiene nuestro periódico sobre
su escritorio. ¿Qué ganas con ir todos los días?”
T in a com partía la ansiedad de Raúl, ¿cómo dejar a esos p o ­
bres a la intem perie?
—El gobierno lo único que quiere es desalojarlos. Se van a
m orir de ham bre.
El partido ¿com edor público? T in a h u b iera añadido u n d o r­
m itorio. “No sean absurdos, el trabajo del p artid o es políti­
co.”
—Estoy dispuesta a hacerlo con mis propias m anos —gritó T i­
na p o r p rim era vez —, tengo amigos, p u ed o conseguir cobijas,
catres, lo que sea.
—T ina, n u estra tarea es d en u n ciar los hechos, no resolverlos,
no tenem os con qué. D entro de poco, Raúl y tú nos p ed irán
que m ontem os u n hospital.
—¿Por qué no? —p reg u n tó rabiosam ente recuperada.
—N o es ésa la función del partido. H ay que obligar al go­
bierno, tú quieres convertirte en la C ruz Roja.

3 DE AGOSTO DE 1927

En P uente de A lvarado, T ita y T om ás B ran iffla recibieron efu­


sivamente:
—V engo a pedirles ayuda.
—N o faltaba más. ¿Q ué necesitas? P erd o n a que te hicimos
esp erar p ero Tom ás tiene g ran interés p o r la aeronáutica y ve­
nim os de u n a práctica de vuelo en B albuena.
—En el partido nos hem os com prom etido a ay u d ar a varias
familias a p u n to de ser desalojadas.
—T ina, estam os p o r salir a E uropa; a n u estro regreso quizá
podam os ayudarte. P or lo p ro n to , aquí están cien pesos, en
vista de tus malas condiciones.
—No son mías las condiciones, yo estoy m uy bien —repuso
airad a —, hablo de miles de mexicanos.
E n la mesa, en tre los candelabros, encim a de la charola de
plata de las tarjetas de visita, dejó los cien pesos. H abía ido a
verlos casi con la alegría de las reu n io n es de antes. Los BranifF
le hicieron m edir la brecha en tre la T in a de W eston y la T in a
de G uerrero.
Fue a la avenida Ju á re z esquina con San J u a n de L etrán, al
edificio do n d e M onna, viuda de Rafael Sala y ah o ra casada con
Felipe T eixidor, tenía su d epartam ento. N o sentía ya la aver­
sión que la estrem eció al salir de P uente de A lvarado. Los T e i­
x id o r vivían en u n am biente de libros, eran intelectuales, qué
to n ta había sido al acu d ir a los Braniff. A brazó a M onna,
quien inm ediatam ente le p reg u n tó p o r Edw ard. L uego le ofre­
ció té. “¡Qué bien te ves, guapa como siem pre!” T in a se sentó
frente a ella h u nd ién d o se en el sillón de terciopelo verd e y le
planteó con energía la ayuda a los colonos, fija la vista en
M onna, inteligente, generosa la expresión en sus ojos. Al te r­
m inar, su expresión siguió siendo la mism a m ientras resp o n ­
día, p onderada:
—Por el tiem po en que nos hem os tratado estoy segura de que
tienes en cuenta n u estra form a de pensar, la de Rafael, que en
paz descanse, y la de Felipe, su m ejor amigo. R ecordarás que
siem pre nos hem os m antenido al m argen de ideologías. A yudar­
te, T in a, sería traicionarm e a mí misma p o rq u e no com parto tus
actuales convicciones. N o creo en la dictad u ra del proletariado.
Esto se lo digo a la m ilitante; sin em bargo estoy dispuesta, y
Felipe tam bién lo estaría, a ayudar a la amiga.
—La am iga no pide nada, no necesita nada.

A X avier le' ocultó su decepción. La habría culpado: “¿A qué


vas? T e lo buscaste. Así son. Lo sabías. T e lo dije. Q ué b u en o
que lo experim entas en carne p ro p ia”. El rechazo le confirm ó
que estaba del o tro lado de la b arrera, en las afueras. Algo
nuevo había nacido en ella, algo ex trañ am en te herm oso que le
había hecho retro ced er hacia u n a inm óvil distancia; el reen co n ­
trarse con su esencia, volver a ser la n iñ a sobre los hom bros
de G iuseppe en los m ítines, la ahijada de D em etrio Canale, p u ­
ño en alto. Los ard u o s días en El Machete en la calle de M eso­
nes h ab ía n p re p a ra d o el e n c u e n tro consigo m ism a. Algo
exultante se abría paso en ella. No sentía ren co r contra sus
am igos ricos o sabios de entonces. Sim plem ente sabía que no
los volvería a ver; su cam ino era o tro y la suya era u n a sensa­
ción sagrada. Esa noche se entregó a X avier fundiéndose en él
a través de todos sus tejidos y toda su conciencia. Al día si­
guiente en tró al p artid o con agradecim iento.
—T ina, p o r tu participación social, la célula de los p eriodis­
tas te h a escogido como candidata. Vas a in g resar a la v an g u ar­
dia del proletariado.
Xavier, m iem bro del com ité central, p erd ió p o r u n m om en­
to su adustez, orgulloso de su com pañera.
—A hora sí, se te apareció el diablo —la palm eó Silvestre Re­
vueltas.
—¡Y qué diablo! —la abrazó J u a n González.
Luz A rdizana no cabía en sí de la felicidad. A unque Enea
S orm enti tachaba al p artid o com unista m exicano de “partidi-
to ”. La cerem onia que la hizo com unista de carn et la em ocio­
nó profundam en te. Recibió su m em bresía como si la h u b ieran
arm ado caballero. Xavier G u errero la arm aba. A él le debía
este m om ento, el com prom iso hasta la m uerte. Frijolillo, el R a­
tón Velasco, Fausto Pom ar la abrazaron. “¡Lástima que no nos
acom pañan los Lobos. Estarían contentos la A rdillita y el Coyo­
te!” que así llam aba Rafael a los Wolfe. El carnet ten d ría que
m antenerlo al día con estam pillas de la hoz y el m artillo, el
diez p o r ciento p ara el partido. Enea Sorm enti le había conta­
do de los carnets atravesados p o r u n a bala, exhibidos religiosa­
m ente en aparad o res en el p artid o com unista ruso, de los
rojos que habían caído con gloria, como las m uchachas m u e r­
tas en am or, sí T ina, las que m ueren de am or.
—Me sentí m uy h o n rad o —dijo Enea Sorm enti — cuando reci­
bí mi carnet como m iem bro del p artid o com unista m exicano.
—¡Ah, pero tú eres internacional!
—T ú tam bién puedes llegar a serlo, Tina.
—En adelante —brom eó el C anario — n ad a de relajo, n in g ú n
am orcito, nin g u n a copita, ni u n a copa de vino tinto siquiera,
adiós al vacilón, ni p érd id a de tiem po, ni u n solo día sin servir
a la causa.
—¡Para la pinche vida que vas a llevar! —brom eó el R atón
Velasco.
Era u no de los chistes que se hacían a los nuevos, a los que
ingresaban a la célula Carlos M arx, a la Engels, a la Zapata,
cada u n a con advocación como de santo de iglesia. H abría u n a
célula Clara Zetkin. A C lara Zetkin muy p ro n to la canoniza­
rían. T in a sintió que en los años p o r venir la vida la viviría a
ella, y que el tiem po ya no sería suyo sino de los otros. ¿H a­
bría alguna vez u n a célula T in a M odotti?
C oncha Michel tom ó la guitarra p ara festejar a la cam arada
de reciente ingreso y cantó:

Soy u n pobre venadito


que habita en la serranía...

C uando a Raúl p o r fin le autorizaron u n a b rig ad a a la colonia


Bondojo, T in a deseó que él la llam ara. Más que nin g u n o , Raúl
tom aba furiosam ente el p artido de la vida. Pero no la llamó.
Lo de las tom as de tierra era p ara las ju v en tu d es, los im p etu o ­
sos de prim er ingreso, no p ara T ina. “No quiero que te pase
nada.”
—Si no me llamas, Raúl, ¿de qué sirvo?
—No personalices, T ina. En la lucha, lo prim ero es obedecer.
—Me siento m ejor con el niño en brazos, ex tendiendo sobre
dos palos el techo de cartón, que en las sesiones, d o n d e los
pasm ados esperan la o rd en de Moscú, el viaje a Moscú, el
C ongreso en Moscú. Moscú será mi cabeza p ero mi corazón
está en México, en la Bondojo.
—Sentir lástim a p o r los desheredados no sirve de nada. Los
com pañeros son igual de pobres, y bien que se las arreglan
p ara seguir viviendo.
—Es que prefiero tu exasperación en los barrios populosos, a
las disertaciones; es m ejor conseguir u n a olla, u n a m anta, que
ese discu rrir interm inable. H u n d irm e en tre la gente es mi m a­
nera de sostenerm e en vilo, Raúl.
—¡Cuánto individualism o! El p artido no va a resolver tus
problem as em ocionales, a ésos sólo tú debes hacerles frente.
No te preocupes, nad a más que pase todo esto, vamos a p lati­
car tú y yo.

De p ro n to Raúl quedó d esp atarrad o sobre el escritorio, las


suelas agujereadas, la piel tran sp aren te vaciándose de sangre,
dobladas las m anos sobre sus genitales, como si hu b iera q u eri­
do p ro teg e r su vientre. M uerto. Gómez Lorenzo le pasó el b ra ­
zo alred ed o r de los hom bros. T in a instintivam ente se hizo a u n
lado: “Ves, ves lo que sucede. En cuántas ocasiones se lo ad v er­
timos a Raúl. De h ab er seguido en esa brigada, correrías tú la
m ism a su erte”.
A ñadió más cansado que indignado: “A hora, vamos a hacer
la denuncia. ¡Y la que se va a arm ar!”
•Lupe Marín •
Fotografía de Edward Weston

22 DE AGOSTO DE 1927

A veces T in a quería m orirse


como Raúl. D escubría u n México que le dolía hondo. Las p a ­
labras oscurecían el camino; los com pañeros hablaban de un
M oscú irreal y lejano. M aría Luisa tenía prisa p o rq u e después
del trabajo del p artido corría a servirle de cenar a Rafael C a­
rrillo a su casa, su v erd ad era célula. A M aría Velázquez, la
m ujer de J u a n González, la reducían en Mesones a p re p a ra r
café, a ir p o r las tortas. Para cada u n a cuidar a su hom bre
era lo que la acercaba al partido, salvo a Luz A rdizana que ni
tenía hom bre ni ganas, Luz cum plía sus tareas como si estu ­
viera rezando y a T in a la m iraba con devoción, a p u n to de
invocarla.
U nas cuantas apasionadas desfogaban su tem peram ento en
Mesones, pero la m ayoría iba como cargando u n fardo adicio­
nal al doméstico. El m iedo a que el gobierno allanara las ofici­
nas volvía opresiv o el am b ien te. Allí n o caía sino g en te
perseguida, de esa que expone su vida o ya la perdió, como
los inm igrantes.
¿Qué sabían de ella las com pañeras? E ran de las personas que
jam ás p iden u n cuarto con vista al m ar, ni bailan desnudas en la
azotea. No podía im aginarlas con otra falda, con o tro saco; tam ­
poco q u errían vestirse de tehuanas como C oncha Michel. “Ésa,
p o r fachosa.” Lo que significaba libertad, como escoger su ropa,
estaba proscrito. U na tarde, T in a llegó con u n a buganvilia en la
cabeza. Cuca García le p reg u n tó si iba a cantar en trío con
C oncha Michel y Elisa G uerrero. Con Edw ard, pensaba “hoy, el
blanco”, “para este día de sol, el am arillo”; vestía al día de colo­
res; “voy a salir sin som brero, m añana me p o n d ré el maravilloso
panam á de C hiapas”, “a la fiesta de Diego llevaré el negro en ta ­
llado”. Sus pechos florecían; la blusa bordada de Oaxaca era u n
hallazgo feliz porque en u n a de sus andanzas siguieron d u ran te
horas a u n a india con u n a blusa asom brosa que ofreció v en d er­
les otra igualita, p ero allá en su casa. T ro tab a delante de ellos:
“Allá nom ás, allá nom asito”, respondía cuando le preguntaban:
“¿Cuánto falta?”, hasta que* W eston protestó: “Deja co rrer ese
conejo, regresem os”. “No, no, quiero la blusa que tiene en su
arcón.” C uando p o r fin la m ujer levantó la blusa en la m iseria de
su choza, resultó más bella que la puesta. Edw ard adm itió que la
carrera había valido la pena. “Allá nom asito”, reían frente a
copas de vino tinto con fruta. El p ropio Diego confirm ó más
tard e que era u n a pieza de m useo y L upe p reg u n tó d ó n d e la
había obtenido. Jam ás se le ocurriría hoy co rrer tras blusa algu­
na; aquellos días ya no im portaban, ni el m ar, ni los antojos. Ya
no tenía sentido la vida que se vive a sí mism a despacito, el
bienestar de saberse vivo.
A unque Xavier era del g ru p o de Diego y Lupe, T in a se dio
cuenta de que ella jam ás regresaría a las desveladas. Su tiem po
era otro. R etratar cam pesinos, atenderlos en El Machete, b rin ­
darles su sonrisa: “Pase, tom e asiento, ésta es su casa”. No te­
nían ni d ó n d e pasar la noche, ni cómo echarse u n taco. T in a
ideó la cafetera y los pocilios, el azúcar, ideó tam bién la sonri­
sa que m itiga el tem or y la desconfianza. De ahora en adelante
siem pre p reg u n ta rían después de tocar con respeto a la puerta:
—¿La señorita Tina?

J u a n de la C abada m anoteó:
—¿Por qué me hacen eso a mí, p o r qué me corta E l Machete?
Son ideas mías, no tuyas, el estilo que tienen ustedes aq u í es
de funeraria. ¿Por qué me lo cam bian, eh? ¿Por qué?
Gómez L orenzo lo palm eó:
—Porque eso es lo que en tien d e el obrero, m uchacho, tú tie­
nes u n lenguaje m uy lírico, no llegas al grano.
—¡Y qué, es mi estilo! —gritó J u a n de la Cabada, m esándose
los cabellos.
—T u estilo sólo tú lo entiendes —X avier G u errero secundó a
Gómez Lorenzo.
—Aquí todos escriben am puloso, q u erien d o lucirse —m ano­
teó en defensa p ro p ia J u a n de la C abada cada vez más despei­
n a d o —, ¿cómo te atreves, cómo te atreves? En el Diario de
Campeche no me quitan ni u n a coma, en El Libertador tam poco.
—Pues así estará C am peche —se levantó Xavier G u errero de
su asiento —. C u an d o seas g ran d e nos lo vas a agradecer.
—A horita mismo q uiero que m e devuelvan mis artículos
—gritó J u a n librándose de u n abrazo im aginario.
—¿Ah sí? pues m uy bien. Y ¿dónde te los van a publicar?
—Pues no sé, p ero prefiero tirarlos a la basura a que tú me
censures.
T in a se acercó a Ju an :
—Espéram e, jap o n és, vamos a to m ar u n café.
J u a n se distinguía de los dem ás p o rq u e llegaba de corbatila
y saquito a la redacción y a la célula. Era u n a mosca en la
leche de los encham arrados. C on tad o r en la fábrica de zapatos
La H ispana, lo obligaban a vestir traje. B ueno, tam bién Frijoli­
llo andaba de traje. Pero a J u a n , no lo g raro n aplacarle el pelo.
E ntre risas le pasó a T in a a Vargas Vila: "M ira, es el p rim er
libro antim perialista que leo, m ira nom ás que verbalista, llama
a los'gringos ‘las bestias rubias’”, “Me parece m uy bien." “¿Có­
m o te va a p arecer bien? Esas son vaciladas." “¿Ya leiste las
Conquistas hispánicas de Gómez Carrillo, el guatem alteco, T i­
na?” Se habían hecho amigos p o rq u e u n día al llegar a la Liga
A ntim perialista de las Américas, en la calle de Bolívar n ú m ero
55, T in a al distinguirlo en tre el p eru an o Jacobo H urw itz, Mon-
terito y u no al que le decían Silvita, com entó: “Allí está el ja p o ­
n é s”. De la C abada d esap arecía larg as te m p o rad as en su
Cam peche natal. Regresaba asoleado, disparatado y encantador
a rela tar u na serie de aventuras inconexas. El arrib o de los
com pañeros de la C abada y José Revueltas con su costal de
hazañas im probables era u n gusto. A Revueltas se lé hacía ta r­
de p o rq u e u n a árbola se había subido al autobús en la p arad a
del bosque de C hapultepec, u n a ¿qué? u n a árbola chiquita con
su falda de hojas m achucadas a la que Pepe le pagó el pasaje
y llevó a resem b rar al D esierto de los Leones. Y todavía h u b ie­
ra llegado a tiem po, p ero al despedirse de la árbola, ésta le
pidió prestada su navaja de bolsillo y se grabó en el tronco un-
corazón y el nom bre “P epe”, tarea en la que ocupó la m edia
ho ra de retraso con que Revueltas llegó a la cita. A veces se
olvidaban de la militancia. En o tra ocasión Rafael C arrillo e n ­
contró a Revueltas tom ando café como gente g rande, en el
Hollywood.
—¿Q ué haces aquí a las doce del día, Pepe?
—Q uedé de verm e con mi herm an o a las dos, si n o llega a
las tres lo espero hasta las cinco p o rq u e yo m e voy a las seis.
Para T in a, el tiem po com enzó a ten er m edidas m uy cortas.
L aborde a los artistas y a los escritores no les concedía la pala­
b ra porque con sus disquisiciones se acababan el tiem po, era
sabotaje. T in a cayó en el sortilegio de creer lo que contaban
Revueltas y de la C abada hasta que M aría Velázquez y C oncha
Michel sentenciaron:
—Esos im pulsos de los com pañeros o son de locos o de reac­
cionarios.

24 DE AGOSTO DE 1927

Enea Sorm enti la invitó a p articipar en las reu n io n es de la Liga


A ntim perialista de las Américas y las del Socorro Rojo In te rn a ­
cional. Se iniciaban a las ocho de la noche, a la h o ra del cierre
de la oficina; adem ás el italiano salpicaba la ju n ta de com enta­
rios personales. Ya desde el g ran acto a favor de Sacco y Van-
zetti, el encuentro con Enea fue u n a alegría. “Pues ¿de d ó n d e
eres?”, p reg u n tó T in a con curiosidad. “De M uggia.” “¡Dio, yo
soy de U dine, a unos pasos de Trieste! ¡Somos friulanos, com ­
patriotas!”, y le abrió los brazos. Además, ¡oh privilegio sin
igual!, conocía a Sacco y tenía correspondencia con Vanzetti.
“¿Cómo son ellos? Dime, cuéntam e todo lo que sabes de los
dos.” Sacco, de físico insignificante, llegó a gan ar veintidós d ó ­
lares diarios como zapatero, m uchos más de los que req u ería
su m odestia, y Rosa, su m ujer, aceptó su decisión. “Sí, dale la
m itad a nuestros buenos com pañeros.” T am bién com prendió a
su m arido cuando le explicó que no iría a la g u e rra p o rq u e
jam ás podría tom ar u n arm a contra otro trabajador como él,
alem án; ruso, austríaco, hú n g aro , qué m ás daba.
“H em os sido ju zg ad o s d u ran te un p erio d o de histeria, resen ­
tim iento y odio contra los extranjeros —declaró V anzetti —. En
setenta ciudades fueron arrestados miles d e extranjeros y p ro ­
gresistas norteam ericanos, trabajadores, sindicalistas y an arq u is­
tas, socialistas, com unistas, acusados d e ate n ta r co n tra las
instituciones Los que se m anifiestan e n . contra de la g u erra
son traidores a los Estados U nidos. No odio a n in g ú n pueblo
sobre la tierra y no creo en las razones p o r las que se está
haciendo lá g u erra.”
Esa sola declaración bastaba p ara granjearle el desprecio
norteam ericano. Los anarquistas italianos pertenecían a la p eo r
de todas las inm igraciones. H abía que verlos descen d er de)
barco envueltos en sus hilachos, esa lenta caravana era la esco­
ria de la hum an id ad , venían a ensuciar la América, a p ro seg u ir
su vida de parásitos en barrios de shit, shit, shit. No había más
que darse una vuelta p o r Littíc Italy p ara ver sus costum bres
prim itiva^, gritos, cerrazón al progreso. R etrasaban la obra de
los founding falhers anglosajones, y de su destino manifiesto.
“America for Americana.”
“T o d a América Latina considera a ,México como un faro de
luz”, voceaba Sorm enti. “Aquí vamos a org an izar revoluciones.”
N unca tenían un centavo. Las revoluciones las organizaban a
toda hora, en el café, en la Liga, en el Socorro Rojo; revolucio­
nes, conjuras, com plots, zafarranchos, en Cuba, en G uatem ala,
en Costa Rica, en El Salvador, en P erú, hasta en Bolivia y en
E cuador. Algunos jóvenes m exicanos iban a N icaragua a p elear
en el pequeño ejército loco del G eneral de los H om bres Li­
bres; el Com ité M anos F uera de N icaragua los enviaba. Allá
fueron Salgado, O rtega, Paredes. El p artid o com unista m exica­
no era de seiscientos m iem bros activos que creían te n er en su
m ano “al m undo"; los com pañeros pensaban que El Machete
era el periódico más grande “del m u n d o ”. Sorm enti sonreía al
decir:
—Vamos a m entarle la m ad re “al m u n d o ”.
Los imitaba:
—Yo soy p u ro m exicano, soy chingón, soy el más revolucio­
nario, soy el cabrón.
La Liga tenía contactos con m uchos grupos arm ados, U rsulo
Galván venía del cam po a la calle de Bolívar n ú m ero 55 y des­
pués prefirió la casa de T ina. E ra u n gran o rganizador cam pe­
sino. T am bién Jo sé G u ad alu p e R odríguez, p ro v en ien te de
D ürango, se apersonaba con sus buenas carcajadas al estilo de
Villa.

—T in a ¿quieres u n vasito de agua con vinagre? En M uggia


éram os tan pobres que no podíam os com prar vino; mi m ad re
inventó este elixir.
R espirar a través de Sorm enti era reg resar a la infancia.
Además él era tan libre que le hacía p reg u n tas a las que jam ás
se hu b ieran atrevido los dem ás com pañeros:
—¿Q ué haces tú con ese m ono?
—¿Cuál m ono?
—La estatua, la momia, el m ono con sueño, ¿no sabes quién es?
—¿Xavier?
—Sí, el Perico... —reía a carcajadas.
T in a no podía enojarse.
—¡Nada tiene que ver contigo el Perico! A nda, ven, ayúdam e
a organizar el acto en favor de Sacco y Vanzetti.
¿Así que los revolucionarios podían echar relajo? Definitiva­
m ente los extranjeros tenían más m undo. P or eso se llevaba
m ejor con el C anario Gómez Lorenzo, con Sorm enti; eran m e­
nos previsibles, m enos quisquillosos. Salvo Raúl, pero R aúl es­
ta b a c o m ien d o h ie rb a p o r la raíz com o d iría G iu sep p e
Modotti.

A casa de T ina, centro de reu n ió n , llegaba Diego Rivera em pis-


tolado. U na tarde, le colmó el plato a Sorm enti, que lo d esar­
mó. “H om bre, aq u í no la necesitas.” Vasconcelos le había
pedido a Diego que q uitara de su m u ral la hoz y el m artillo.
Enea Sorm enti se enojó:
—Ésta es u n a capitulación. ¿Q ué le pusiste al cam pesino en
las m anos, entonces?
—Uvas, u n racim o de uvas.
—Es cobardía.
—N o es cobardía. En u n papel pinté u n a hoz y u n m artillo y
lo m etí en u n frasquito d en tro del m uro y lo m andé enyesar.
Así que mi idea de todos modos quedó en el m uro.
—¿Ah sí? ¡Qué farsante! —rio Sormenti —, ¡qué gran mentiroso!
Diego reía estruendosam ente.
T in a no podía reír. Hacía tiem po que Diego coqueteaba con
D wight M orrow. El em bajador de Estados U nidos quería reg a­
larle u n m ural a México como símbolo de b u en a voluntad. El
gobierno de M orelos rep arab a el palacio de Cortés en C uerna-
vaca. T odo eso lo sabía T in a p o r William Spratling, el in term e­
diario. “V an a pagarle doce mil dólares que co m p ren d en su
sueldo, el de sus ayudantes, albañiles y el costo de los m ateria­
les. A ún no acepta, p ero sé que adem ás le h an pedido que
pinte en D etroit.” Hacía tiem po que Diego iba de concesión en
concesión. Ya en la Secretaría de Educación en años anteriores
había cedido ante Vasconcelos al b o rra r u n poem a de Carlos
G utiérrez C ruz en el m u ro dedicado a los m ineros:

C om pañero m inero
doblegado bajo el peso de la tierra,
tu m ano yerra
cuando saca m etal p ara el dinero.
H az puñales
con todos los metales,
y así,
verás que los m etales
después son p ara ti.

A demás de hacer p in tu ras antiestéticas, Diego Rivera invita­


ba al asesinato. ¡Era el colmo! Diego tuvo que elim inar el p o e­
m a “que es infam e y ni a poesía llega”, gritó Vasconcelos.

26 DE AGOSTO DE 1927

U na noche, sin más, Xavier bajó su veliz de arrib a del ropero.


—Salgo a Moscú, m e envía el partido.
-¿ Q u é ?
—Me voy a la U nión Soviética.
Com o u n autóm ata, con los gestos precisos y lim pios del d i­
bujante, em pezó a arreg lar sus cosas. No había más que decir.
Él se iba, la dejaba atrás. Q ué obediencia. Q ué disposición al
sacrificio. A su com pañera, servidora del partido, no le debía
explicaciones. Además ir a la U nión Soviética era u n h onor a n ­
helado p o r todos.
T in a le p rep aró en silencio la ro p a más caliente. Los calce­
tines, las camisetas; en tre los pañuelos y los paliacates envol­
vió te rro n e s d e azúcar, co m p ró u n a g o rra de lana, u n o s
guantes forrados. Se sentó en su sillita baja cercana a la ven­
tana a tejer u n a bufanda: “Me estoy convirtiendo en la mam-
m a”, se dijo al reco rd ar a A ssunta inclinada sobre calcetines
de estam bre barato.
En la noche, su cabeza sobre el pecho de Xavier, se rebeló:
“¿Y yo, entonces? ¿Y yo? ¿Qué será de mí?” El m ilitante res­
pondió: “Voy a ju n ta r lo de tu pasaje, v enderé dibujos, m e al­
canzarás en Moscú, te lo p ro m eto ”. A m edida que avanzaba la
noche y la respiración de Xavier se volvió uniform e, a T in a no
le quedó más rem edio que resignarse.

—Imbécil el Perico, d ejar atrás sola a u n a m ujer como T in a


— com entó Sorm enti al Frijolillo —. T res años en la Escuela Le-
nin son u n a etern id ad . Yo me la hu b iera llevado. Hay m ujeres
que a u n o se le olvidan p ero T in a es de las que siem pre p e r­
m anecen. Imbécil el Perico; en su lugar, jam ás la dejo.

12 DE SEPTIEMBRE DE 1927

X avier partió. Lo prim ero que hizo T ina fue establecer u n o r­


d en del día. D espués de la vida, lo más precioso es el tiempo.
Se daba órdenes p o r escrito: “Revelar placas”, “P rep arar em ul­
sión”, “Pablo O ’H iggins”, “G abriel F ernández Ledesm a”, “La
M erced”, “A ntonieta Rivas M ercado: fotos obra M anuel R odrí­
guez Lozano”. D ibujó u n diagram a: actividad; tiem po. Plan de
Trabajo. Evaluación cada fin de sem ana. N úm eros: 5 a 9: El
Machete. Se em peñó a toda costa en cum plir este horario.
Antes, era otra su idea del tiem po. Al llegar a México con
W eston, nada m ejor que reu n irse con los amigos a “echar rela­
j o ” como decía Lupe. A hora, cuando acudía a cualquier re u ­
nión era para hacer algo: organizar la m archa, red actar la
protesta, apoyar al sindicato en contra de M orones. Xavier le
había enseñado a castigarse. La suya era u n a tarea política. La
im agen de la T in a que reía en las fiestas se había p erd id o en
el fondo de la m em oria. Ya no desataría la h ilarid ad rem e d an ­
do sus películas de Hollywood.

Las paredes de su estudio están cubiertas de frases de L enin y


recordatorios de trabajo p rendidos con u n alfiler, Rafaela Ber-
nal, C hopo 5, Apt. 3, Mexican Folkways, Alamo 24, d epto 6,
Tel, M exicana, 02940, Sonora News Com pany, M adero 17,
Francés Flynn Payne, 74 T rinity Place, New York, Carlos Chá-
vez, Bucareli 24, Bill Spratling, hotel Los Arcos, Taxco, Casa
del E studiante Indígena, colonia A náhuac, Emily Edw ards Can-
tabrana, Belisario D om ínguez 43, M iguel Covarrubias, avenida
del Palacio Legislativo n. 3, Portes Gil, esquina de Iztacíhuatl e
Insurgentes. A punta en desorden en u n a suerte de diario, es­
cribe en los m árgenes de u n a libreta, encim a las palabras con
su letra n eg ra y p u n tiag u d a, siem pre presurosa. Lo que más le
gusta es ir a casa de Francés T o o r p orque sale co rriendo a la
p u erta a recibirla el niño Francisco Luna con su cara red o n d a
y reflexiva. “Va a ser u n artista”, le confía la Paca T oor: “M ira
nom ás su cuad ern o de dibujo”. Su m adre trabaja en casa de
Francés quien pone m ucho interés en su educación. T in a le
regala fotografías, la de los guajes, la de los ju g u e tes de petate,
la de los títeres y las m anos del titiritero. Las m ira largam ente.
T in a le sugiere:
— ¿Por qué no apuntas lo que piensas? Yo trato de llevar u n
diario. Escribo p ara no olvidar.

13 de octubre de 1927. En el bosque de C hapultepec, u n g ru p o


de complotistas de la Liga de Defensa Religiosa arrojó bom bas
de dinam ita al auto de Alvaro O bregón. No le pasó nada. Me
hace m ucho bien ver al titiritero Lou V ounin. Son creativos
sus títeres y él es u n ser lleno de fantasía. Lou V ounin quiere
reg resar a los Estados Unidos. Lo voy a ex trañ ar. A su familia
tam bién. 23 de noviembre de 1927. H oy fusilaron al p ad re Mi­
guel Pro, a su h erm an o H u m b erto Pro, Luis S egura Vilchis y
A ntonio T irad o , en la Inspección de Policía, a cincuenta m e­
tros de la estatua de Carlos IV, en pleno centro, a plena luz del
día y sin o rd en judicial. Y luego dicen que vivimos en u n esta­
do de derecho. 6 de diciembre de 1927. Son colgados y rem ata­
dos siete católicos en Jalisco ante los pasajeros del tren de la
línea G uadalajara-Colim a. No es que m e im p o rten los católicos,
m ucho m enos los curas, lo que me parece intolerable es cómo
se hacen justicia los mexicanos.

N adie cercano con quien com entar los acontecim ientos.


Rafael Carrillo, Frijolillo, había salido con Enea Sorm enti al
VI C ongreso M undial de la Internacional C om unista, allá se
reu n irían con X avier G uerrero. N inguno iba tan frecuente­
m ente a Moscú como Enea Sorm enti, los m exicanos lo envi­
diaban.

10 DE ENERO DE 1929 Y LOS AÑOS POR VENIR

M overse lo m enos posible p ara g u ard ar fuerzas, no cam biar


nada p o r d en tro , reg resar el reloj, d ejar todo como antes,
N a’C hiña, vivir despavorida. No tocar, no tocar, no tocar. Vol­
ver al día anterior. Los días que siguieron a la m uerte de Ju lio
A ntonio habían sido tolerables. El ju zg ad o era u n espacio n u e ­
vo, insospechado y quise lanzarm e a la lucha, em p u jar las pes­
quisas, d arlo todo en mis com parecencias con tal de que
en co n traran al asesino de Mella.
D espués el d o lo r cayó com o u n bloque n egro. H u b iera
q uerido p rep ararm e p ara recibirlo, siem pre se me adelantó.
Amanecía en la alm ohada, era lo prim ero que veía al abrir
los ojos.
El am or se inventa, el sufrim iento no.
Ju lio A ntonio supo que iba a m orir. En el instante mismo de
los disparos reconoció a su m uerte. El peso de la m u erte ya
estaba en su cuerpo cuando dijo: “M uero...” y todavía alcanzó
a p ro n u n cia r las tres palabras: “p o r la revolución”. No tuve
tiem po p ara seguirlo, él se iba; Ju lio , mi am or, no Ju lio , no,
Julio, Ju lio ¿qué voy a hacer?
En u n a h o ra loca creí reencontrarlo; Ju lio te m ataron, Ju lio
te revivo.
Poco a poco las fuerzas regresaron. En Ju ch itán , en tre u ste­
des volví a dorm ir, a com er. Lo más difícil: com er. No podía
dejar que la com ida se p u d riera en el plato. Com o la vida. Me
lo dijo usted, N a’Chiña. A la vida hay que vivirla, si no se le
p u d re a u n o ad entro. ¿Qué más venganza que la del 10 de
enero? Algunas noches desperté en el espanto, me sorprendió
no m orir. No m o rir era u n a tram pa. T eng o que reap ren d erlo
todo. A vivir. A no m orir. Por Julio. Julio inm enso ante mí,
dejándose m irar, su som bra alargándose en el piso. “Ju lio d a ­
me u n a tregua, u n m om ento en blanco.”
En Ju ch itán p u d e respirar, Ju lio A ntonio m e m andó ese res­
piro. “Si me salgo de mí misma al reg resar no volveré a encon­
tra r el d o lo r.” Yacía agazapado, me saltaba al cuello. “Q uiero
tirarm e al suelo”, le dije, N a’Chiña, y usted me respondió: “A n­
da, échate sobre la tierra, desahógate, ya te levantarás”.
—T o d o eso ha sido mi vida, N a’ Chiña, hasta aquí llegué.
—Pues órale, p a’delante.

T in a se lim pió la cara y las m anos de tierra, alisó sus cabellos,


sacudió su enagua larga, y se levantó.
•Tina Modotti en su exposición en la Biblioteca Nacional•
Archivo particular

2 DE MARZO DE 1929

& m in el estudio de T in a se api­


lan cartas. A ntonieta Rivas M ercado solicita u n a serie de fotos
u rgentes de la p in tu ra de caballete de M anuel R odríguez Lo­
zano p ara la señora Francés Flynn Payne, mecenas, gringa;
O rozco, desd e el d e p a rta m e n to de Alma R eed en N ueva
York, encarga tom as de sus m urales, indica cómo colocar la
G raflex. A Gabriel F ernández Ledesm a le u rg en ángulos espe­
cíficos de puertas y ventanas p ara Forma. “Escríbale p o r favor
a W eston que siga colaborando con nosotros.” Creative Arts,
de C arleton Beals, y Mexican Folkways, de Francés T o o r, hacen
pedidos semanales. La req u ieren de Agfa Paper, de Praga, del
British Journal o f Photographyi. En Bruselas, piensan organizar
u n a exposición de su obra. Desde Alemania, Willi M ünzen­
b erg reclam a más fotografías. En Moscú, en la revista Puti
Mopra, del Socorro Rojo Internacional, sus fotos den u n cian la
m iseria en América Latina. C arleton Beals la anim a: “Estás en
tu época más creativa. Este es tu m ejor m om ento”. T in a sabe
que a W eston le disgustarían estas fotos; no las ha com puesto
con suficiente cuidado, se les ve la p rem u ra, y ¿qué d iría el
gobierno m exicano de la publicada en AIZ, esa de los m en d i­
gos borrachos? S eguram ente la tacharán de ex tran jera p e rn i­
ciosa. Ya se lo advirtió Xavier antes de irse, esa m irada fija en
lacras nacionales como la m ujer tirad a en la banqueta, h in ch a­
da d e pulque, vom itada en su em briaguez, ofende a México.
T am poco le gustaría a Edward, "¿Por qué tom ar eso? ¿Q ué
estás tratan d o de probar? En realidad, me parece u n a falta de
respeto al individuo." Le respondería q u e tam bién la pobreza
es una falla de respeto a los cam pesinos, sus camisas y sus
pantalones rotos, y que ella sabe que allá en la sierra los m al­
tratan, les quitan sus tierras y que eso tam bién quisiera retra­
ta rlo . Su s a n g r e , su m ie r d a , sus h e r id a s , su s ro s tr o s
reventados a culatazos. T in a se ha p ropuesto alejarse del este­
ticismo, del arte p o r el arte, pero desea a la vez elevar la re a ­
lidad a la altura del arte. N unca ha sido tan req u erid a. El
rin rín del teléfono es constante. Hoy, p o r ejem plo, v endrá a
posar u n a de las Amor: Carito, p rim a de aquellas herm anas
que retra tó W eston. Piden cita las Escandón, las Bringas, las
Rule, las BranifT. H ered ó la clientela de su m aestro. Para to­
mas de estudio, debe p re p a ra r las placas de gelatina; p re p a ra r
las luces. En su portafolio, T in a ve al o b rero que carga su
cruz y los cam pesinos que leen El Machete en tre los rostros n i­
veos, tersos, de óvalo perfecto.
—Aquí se alim enta casi todo el Com ité M anos F u era de N i­
caragua —dice O ’Higgins.
—No exageres, Pablo.
Luz A rdizana interviene:
—M áximo Pacheco vino a buscarte; tocó y tocó y fue a ver si
andabas retra tan d o lo de Orozco.
—Estaba en el cuarto oscuro; qué pena...
—Llegó al p artid o hablando de su m ala suerte.
—M áximo tiene u n a enorm e vocación de fracaso...
—¡Ay, cómo eres, Tina! De verdad, creo que te estás dedican­
do dem asiado a fotografiar a la sociedad.
—Esas son las que me dan de com er.
—En M esones tam bién necesitam os tus fotos.
—Claro que le voy a hacer sus fotos a Pacheco, p ero m ira
nada más las instrucciones detalladas que O rozco le envió a
C harlot respecto a la posición de la cám ara... ¡Y le urgen! Ni
m odo de no cum plir. En las escaleras debajo de los arcos, paso
las de Caín acom odando la Graflex.
—Es que esa p in tu ra no le va al edificio.
—Sí le va; yo te hablo de las dificultades técnicas; se necesita
inventiva.
A m ar a Xavier G u errero tam bién significa re tra ta r la obra
de los m uralistas en la Secretaría de Educación, en Palacio N a­
cional, y T ina lo hace con reverencia. Idolatra esos m urales.
Son la historia de México, la obra de quienes adm ira, Diego
Rivera, sobre todo. N ada desea tanto T in a como ser u n a b u e ­
na m ilitante. Dividida en tre su adhesión al p artid o y la fotogra­
fía, se culpa: “¡Cuánto tiem po he perdido, cuánto tiem po!” El
cansancio la acelera; d u erm e poco. Lee m ucho. “T en g o que
forjar mi carácter, tem plarlo.”
U na m añana corre ham brienta al café, los com pañeros le va­
ciaron la despensa, y se alegra cuando le sirven huevos y café
con leche. U n bolerito se acerca, su cajón bajo el brazo: “Me
da u n p a n ”. T in a reacciona: “Siéntate tú en mi lu g ar y com e”.
Se levanta a pagar, la d u eñ a protesta: “El no p u ed e com er
aquí, co m p ren d a”.
—¿Por qué?
—P orque este café es p ara gente como usted.
¿Cómo lograr ir más allá del individualism o y e n tra r a la
lenta ru e d a de la danza hum ana, m ecerse con todos, conocer
sus rostros? “Pues voy a alm orzar al m ercado”, desafía. En el
m ercado le sucede lo mismo. T odos la llam an “n iñ a” infantili-
zándola. Sabe de antem ano que cualquier cosa que se le ocu­
rra m overá a risa. T in a yace en la noche n eg ra p ensando en
cómo llegarles a estos mexicanos, im pávidos y salvajes. La reco­
rre n insólitas energías, reacciona con todo su ser ante los ojos
huidizos, altivos, suaves. ¡Qué difícil alcanzarlos! T in a nunca lo­
gra adivinar lo que piensan. En el p artid o p reg u n ta a Gachita
Amador:
—¿Y si en tra ra yo a trabajar a u n a fábrica?
—Olvídalo, com pañera, tú cum ple con tus obligaciones en El
Machete y en el p artid o y ya.
—Q ué daría yo p o r te n er más tiem po, h ab er em pezado
antes.

T oda esa correspondencia de E uropa la estim ula y la angustia.


A hora que quisiera ah o n d ar en el trabajo del partido, le caen
propuestas fotográficas de varios países. No está p rep arad a p a­
ra el éxito. Lo teme. La publicación de sus fotografías en New
Masses, en los Estados U nidos, tam bién ha sido u n aliciente,
sobre todo la reacción de la familia. La m am m a la m anda feli­
citar con B envenuto. Y olanda tam bién se declara “m uy orgullo-
sa” de su herm an a m ilitante.
Sería m uy bello reu n irse con la m am m a, con M ercedes, con
la familia, ver el te rru ñ o de nuevo, lu ch ar allá ju n to s contra el
fascismo. ¡Los ha invitado tantas veces a México! Pero la m am ­
ma, B envenuto, Y olanda y M ercedes se com plican la vida, n u n ­
ca p u ed en dejar la casa. “¿Viven ustedes p ara la casa?”, les
p reguntó-T ina fastidiada. El tem a de la ren ta, el hecho de que
B envenuto sea com unista declarado y ejerza varios oficios p ara
ganarse la vida, va y viene en tre México y San Francisco. H asta
que B envenuto escribe:
—La próxim a carta seré yo mismo.

C uánta fuerza p u ed e darle u n a ideología a u n ser hum ano.


B envenuto M odotti, venido de San Francisco, irrad ia optim is­
mo. T ien e la misma herm osa seguridad de Enea Sorm enti. Sus
creencias le han conferido prestancia, desenvoltura, u n a fuerza
in terio r que T in a no le recordaba. Desde el m om ento en que
llega a México la tranquiliza; “hay tiem po p ara todo, no te a n ­
gusties”; la acom paña a las reuniones del Socorro Rojo In te r­
nacional, discute de tú a tú con Enea Sorm enti. A él tam bién
le parece atractiva la personalidad de Sorm enti au n q u e no
coincide con m uchos de sus planteam ientos ni con las acciones
de su ju v e n tu d , d inam itar puentes y astilleros.
T in a le escribe a W eston: “...pero ni siquiera m e p u ed o
perm itir el lujo de la tristeza. Sé m uy bien que éstos no son
tiem pos para lágrimas, se nos exige lo últim o y no podem os
titubear o deten ern o s a la m itad .del cam ino. La calma es algo
im posible. Ni n u estra conciencia ni el recu erd o de las víctimas
m uertas nos la perm itirán. Vivo en otro m u n d o , Edw ard...
B envenuto está aquí y te m anda saludos; es u n m uchacho tan
bu en o y tan sano, y u n cam arada tan valioso... H ay otra cosa
que se me olvidó p reg u n tarte en mi últim a carta. La cosa está
m uy poco segura aquí p ara “extranjeros nocivos”. Espero lo
peor. Cada día nos p u ed en aplicar el 33, ¿qué hacer con todos
tus negativos?”
Sorm enti anim a las asambleas con su brío y la discusión se
prolonga en el café París. Los tres hacen rem em branzas de
T rieste y de los Estados U nidos, Sorm enti les cuenta que salió
de T rieste “como u n to ro ”. “Yo no soy m odesto, siem pre fui
u n m iem bro no conform ista de la sociedad, del p artido, u n
opositor indisciplinado, me gusta d a r mi opinión y me fastidia
terriblem ente g u ard arm e lo que pienso.” En El Machete, en El
Libertador, Sorm enti es el de la últim a palabra y no parece
darse cuenta que algunos lo resienten. Los m uchachitos José
Chávez M orado y Carlos Sánchez C árdenas lo en cu en tran p re ­
potente. Lo buen o es que Sorm enti se ausenta d u ran te largos
meses. Es u n personaje internacional. A donde llega, su p erso ­
nalidad se im pone. Desde que desem barcó del Martha Washing­
ton, en el que viajó de polizonte a N ueva Y ork el 22 de agosto
de 1923, es u n activo antifascista que no le tiene m iedo a n a ­
da. A prende inglés en los muelles descargando barcos, se rasu ­
ra y m edio lava en los baños de las estaciones y d u erm e en
cualquier banca lejos de la m ira de la policía. “Mi vida es u n a
larga estación de tren com puesta de llegadas y partidas. No
tengo casa, no tengo vida familiar, no tengo quien venga a des­
pedirm e, no tengo más que esta camisa.” T o d o lo aguanta con
alegría, al cabo es joven; sus despertares en la banca del p a r­
que son jubilosos y gasta sus energías hablando contra el fascis­
mo. Gesticula. Hace reír. Cae bien. T om a la palabra frente a
los obreros, publican sus arengas en Labor Defender, escribe en
II Lavoratore, órgano del p artido com unista italiano en los Esta­
dos U nidos, y term in a dirigiéndolo. C uando Cario Tresca o rg a­
niza la Alianza A ntifascista de N o rteam érica, S o rm en ti se
convierte en uno de sus “boys”. Repite tras él: “Occhio p er
occhio, dente p e r dente, sangue p er sangue”. Azuza a los tra ­
bajadores, habla contra el gobierno, no parece im portarle h a ­
b er en tra d o ilegalm ente al país, corre todos los riesgos. Claro,
viene la o rd en de expulsión. Lo declaran ex tranjero indesea­
ble. Tresca lo defiende. Si Sorm enti es d ep o rtad o será hom bre
m uerto en la Italia de M ussolini. ¿Qué le pasa a la república
de W ashington y de Lincoln? Lo que más enorgullece a Sor­
m enti es que su defensor sea Clarence D arrow, u n tipazo, y
que lo acoja la U nión Soviética como hijo de la C om intern.
Riga es la ciudad de los inm igrantes. La URSS es la patria h e ­
roica de los revolucionarios, su gente m aravillosa lo reconoce
como a u no de ellos. Así como lo ven de jovencito, él, Sor-
m enti, ha atravesado el océano diez veces, ida y vuelta, siem pre
de polizonte, y d o n d e quiera que esté acaba p o r g an ar la p a r­
tida.
T in a lo escucha con adm iración; en México tam bién Sor­
m enti ha ganado la partida, lo respetan, le p id en su opinión.
Rafael Carrillo lo consulta p o r u n sí y p o r u n no. M iguel Angel
Velasco y Fausto Pom ar tam bién lo aprecian. B envenuto m e­
nos. El herm ano de T in a cree más en América que en n ingún
otro continente; coincide con el triestino en que E uropa va de
salida, o al menos, vive su ocaso, pero p ara él el fu tu ro de la
h u m anidad está en “la A m érica”, no en la URSS.

C uando José Pérez M oreno le solicita en El Machete u n a nueva


entrevista, T in a protesta contundente: “A los tres meses del
asesinato de Mella, todavía no aparece el asesino. ¿Cómo es
posible tanta corrupción? Sí, sí, esto es lo único que tengo que
decirle, Pérez M oreno, publíquelo tal cual, p o r favor”.
—T en cuidado, T in a —advierte Gómez Lorenzo —, te traen
ganas.
Siqueiros, pasándose los cinco dedos de la m ano p o r los ca­
bellos, aconseja lo contrario:
—N unca se debe refren ar la actividad pública, nunca. Es u n a
batalla que hay que librar todos los días y a todas horas; me
so rp ren d e que le pidas pru d en cia a T ina.
—U na fuerza in terio r me em puja —dice T in a —, el espíritu de
Julio d en tro de mí. Sé que mi actividad pública p u ed e costar-
m e la cárcel.
—Pues te expones —dice Gachita m alhum orienta —, acuérdate
del 33.
—El mismo gobierno está ofreciéndole trabajo —protesta Si­
queiros.
—N o sé bien lo que es el 33, sé que la Constitución nos pro-
hibe intervenir en política.
—El artículo 33 de la Constitución m exicana de 1917 —recita
G achita— se refiere a los extranjeros y define sus derechos. Si
su presencia se considera indeseable, p u ed en ser expulsados
del país. Así es que no te calientes, granizo.
—Eso sí me dolería, p orque am o a'M éxico.

T ina com ienza a p ed ir la palabra en las reuniones del partido:


—T enem os que hacer público n u estro rep u d io .
—¡Qué bueno, T ina, te felicito, has cambiado!
—No me felicites, Luz, lo hago a costa mía; no m e gusta h a ­
cerm e notar; pero quiero ser u n a m ilitante capaz, como tú, co­
mo todas.
—T u participación es más valiosa p o rq u e estás en la m ira de
la policía.
—¿Crees que no lo sé? A veces suena el teléfono, respondo:
“¿Bueno?” y cuelgan. Me da la sensación de que m e espían.
—¿Todavía te vigilan los cuicos?
—No creo.
—Pues sé p ru d en te . H az lo que Sorm enti, d u erm e en distin­
tas partes.
—No p u ed o ab an d o n ar la casa, Luz, allí trabajo. Desde allí
ayudo, y ¿qué pru d en cia cabe contra el destino?

7 DE MARZO DE 1929

—¿Q úé has pensado hacer con tu vida? —le p reg u n ta R aina


u n a noche especialm ente calurosa.
Raina, la com pañera de Sorm enti, vino de Estados U nidos, y
Enea, siem pre a salto de m ata, le pidió a T in a que la alojara
en su casa.
De b u en a gana T in a le confiaría su deseo de irse a N icara­
gua; tanto le entusiasm a el trabajo de A ugusto C ésar Sandino
y su form a de com batir a los norteam ericanos con guerrillas.
La Liga A ntim perialista de México tam bién participa de sus
triunfos; hace más de cuatro años apoya a Sandino y tiene la­
zos estrechos con los com batientes. Por la Liga y p o r la sede
del Com ité M anos F uera de N icaragua pasan los volantes, las
noticias de los triunfos en Ocotal, Las Cruces, San Fernando.
Sandino controla cuatro departam entos del país. Q ué ganas de
estar con él. Sin em bargo, ante Raina g u ard a silencio.
—¿No has pensado en u n nuevo com pañero?
-N o .
—M uchos te aprecian; tienes el it que buscan los hom bres.
Lo que T ina tiene, pero los dem ás no logran definir, es u n a
ex trao rd in aria form a de estar despierta.
Esa m ism a noche, acom pañados p o r A delina Zendejas y
C oncha Michel vestida de largo, llegan a la casa de A braham
González A ugusto César Sandino y su h erm an o Sócrates con
F arabundo M artí, quien vive en casa de Adelina. “A hora es
cuando”, piensa T ina, espera a que todos se despidan, salvo
Sorm enti y Raina, p ara sentarse al lado de Sandino, su café en
la m ano, y p reg u n tarle en voz baja, discreta, qué piensa de la
posibilidad de que ella vaya a su país a u n irse a los g u e rri­
lleros.
—¿Q ué quiere usted hacer en las Segovias, T ina?
—Bueno, si no hay otra cosa, testim onios gráficos de la lu ­
cha, re tra ta r El Tropical, el b arquito en que llevan el arm a­
mento.
Ante ese hom bre delicado y firm e a la vez, se acen d ra su
convicción: vivir p ara los dem ás, servir a u n a causa.
—¿En la m ontaña, Tina? Mire, peleam os en condiciones difí­
ciles. No tenem os com ida, ni vestido, ni hacem os vida norm al.
No olvide, com pañera, que cinco mil m arines se van relev an ­
do, nos acosan p o r todos lados. No h an p o dido con nosotros.
En dos años hem os m atado más de diez mil. No p u ed o p o n er
en peligro su vida. U sted es m ucho más útil p ara C entroam éri-
ca en México, en la liga que en M anagua. El C om ité Manos
F uera de N icaragua nos ayuda m oral, m aterial y sobre todo
políticam ente; la política, sabe usted, nad a tiene que ver con el
arte sino con el ham bre, con la m u erte y con eso no se ju eg a.
Los Estados U nidos nos invaden porque, según ellos, nu estro
país hace peligrar su seguridad. H e visto sus fotos, T ina, siga
con ellas.
—Estados U nidos —interviene R aina —, ap aren ta ser el dem o-
cratizador de América Latina. En realidad quita u nfriendly dic-
tators para p o n er friendly dictators.
T ina quisiera decir que se siente insegura en México, pero
¿qué caso tiene? ¿A poco se .sienten seguros Sandino y sus
hom bres, siem pre a salto de m ata? ¿Para qué in q u ietar a Ben-
venuto? Sandino parece más interesado en hablar con él que
con n in g ú n otro. Q uiere saber qué sucede en tre los com unis­
tas norteam ericanos.
Al despedirse Sandino le dice a Tina:
—Sabe, tengo m ucha fe en las m ujeres, p o r ellas tuve yo mis
prim eras arm as. En 1927, las prostitutas de P u erto Cabeza su­
pieron de boca de los m arines d o n d e habían escondido arm as
y m uniciones. Secreto de cama, secreto de estado. V inieron a
decírm elo ju g án d o se la vida y con esas arm as em pecé yo a p e­
lear. D esde entonces las considero las m ujeres más dignas de
la historia de N icaragua.
Esa noche, Raina le hace u n a petición curiosa.
—Enséñam e las fotos que dice Sandino.
T ina, extrañada, coloca u n paquete frente a ella. R aina las
extiende en el piso, y las m ira u n largo rato.
—¡Qué buenas son! Registras la esencia de u n lu g ar y de u n
m om ento. T u visión es original, no ves a México desde el p u n ­
to de vista del fuereño, sino desde den tro . ¡C uánta claridad y
discernim iento en esta escalera! ¡Mira, hasta parece que le des­
cubriste el sexo a esta pared! ¡Y con sólo m irar a la m ujer con
su hijo a horcajadas saltan a la vista tu com pasión, tu com pro­
miso!
Raina la abraza. Lástima que no se dio antes ese acerca­
miento.
A la m añana siguiente, ignorante del bien que h a hecho, Rai­
na tom a el tre n rum b o a N ueva York.
—T am bién yo debo irm e —avisa B envenuto.
—¡Ay, Ben! En tu carta dijiste que podrías q u ed arte más
tiempo...
—N o pu ed o p e rd e r mi em pleo, me esperan en la im prenta.
H ablan de u n fu tu ro encuentro. “Me es fácil ir a La H abana
¿no podrías ir allá, sorella?”
¿La m am m a, M ercedes, Y olanda, el p ropio B envenuto no
viajarían a Italia? “T en g o ganas de volver a mi tie rra ”, insiste
Tina.

11 DE MARZO DE 1929

Vasconcelos ha convertido a México en u n hervidero. Desde


que aspira a la presidencia de la república y llegó a la ciudad
en cam paña electoral, u n a lluvia de flores le cae encim a desde
los balcones y las ventanas. Los del p artido oficial, el PNR, es­
tán inquietos. No sólo la capital, todo el país es u n polvorín.
T in a sigue con la m irada los papelitos en el m u ro de su
cuarto, frases que la alientan, dichos populares: “Para todos sa­
le el sol p o r más tard e que am anezca”. A ratos, escribe direc­
tam ente en la pared. Como M ercedes, como B envenuto, al
lado de las órdenes de trabajo anota los acontecim ientos que
más la cim bran p ara analizarlos después con los com pañeros.
Días después, Vasconcelos d a u n a conferencia en el hotel Im ­
perial. H abla de "bandas de rufianes’’ q u e se acuchillan m u tu a­
m ente en M azatlán y de los crim inales a quienes enviará a la
cárcel cuando sea presidente. Para él no hay revolución m exi­
cana ni ejem plo al m undo. O bregón es u n ratero. D enuncia
que el em bajador gringo M orrow conduce a México a u n siste­
m a de gobierno como el de N icaragua. P ropone com o salva­
ción la p e q u e ñ a p ro p ie d a d y la crea ció n d e u n P a rtid o
Nacional del T rab ajo integrado p o r ricos y pobres, au n q u e ya
no q u ed an ricos, excepto los que están en el poder.

I DE ABRIL DE 1929

T in a va a Xochimilco a escuchar a Vasconcelos h ab lar de la


“caterva de bribones que com ponen el p artid o de la im posi­
ción”; de la hacienda de Santa B árbara, ad o n d e “se h an ido los
caudales del país”, de Santa Clara, la hacienda de pollos de
Plutarco Elias Calles a la salida de Texcoco, en la que candiles
de prism as robados a las m ansiones porfirianas ilum inan a las
gallinas y las estim ulan a p o n e r dos veces al día, de los latifun­
dios dé N ainari, p ropiedad de Alvaro O bregón, y dice que si
en noviem bre no se ganan las elecciones, México caerá en u n
sistema de gobierno im puesto p o r Estados U nidos. T in a ap lau ­
de con fuerza el antinorteam ericanism o vasconceliano y seis
días después decide ir al teatro Politeam a p o rq u e el n o rteñ o va
a hablar de la condición vergonzosa de los trabajadores m exi­
canos en Estados U nidos con salarios iguales a los de los espa­
ñoles, italianos y sudam ericanos, es decir, “individuos que
gustan de te n e r Césares, dictadores, M ussolinis, Prim os de Rive­
ra, O bregones”. El rem edio estriba en la educación. "Ahora r e ­
sulta que Diego Rivera es am igo de Dwight W. M orrow quien
interviene en to d o ”, le com enta a Luz A rdizana.

23 DE MAYO DE 1929

—T ina, la noticia es m uy mala, el 16 fusilaron en D urango a


nuestro cuate, José G uadalupe R odríguez.
Luz A rdizana se lo dice como si fuera culpable.
—¿Quién lo hizo?
—El jefe de las operaciones m ilitares del estado.
José G uadalupe, jefe de las Defensas Agraristas, llegaba m uy
seguido a la casa de A braham González; era el que más venía,
villista de hueso colorado, la hacía re ír con su franqueza.
“¿Q ué pasó mi T ina, cómo la trata esta b u en a vida?” T eso rero
de la Liga Nacional C am pesina, anunciaba: “V engo a arreg lar
u n asunto. ¿C uándo m e la llevo a D urango?”
—¿Cómo fue, Luz?
—Ju lio Rokowsky m e contó que fue m uy valiente, b u en o así
era él. En el patio del cuartel Ju á re z se encaró a los soldados
que lo iban a fusilar y trató de arengarlos. Al im perdírselo el
oficial enfureció, se arrojó sobre él, le quitó la pistola e hizo
fuego. Q uería m o rir peleando como había vivido. C uando iban
a tira r sobre él gritó: “Viva el p artid o com unista”. Lo sujeta­
ron, lo am arraro n y le m etieron tres balas de m auser en el
cuerpo. El oficial tom ó la revancha y le deshizo el rostro con
dos tiros de 45.

1 de mayo de 1929. La CGT, la CSUM desfilan con el sindicato de


panaderos y hacen alto frente al consulado norteam ericano.
C u aren ta mil personas de la C entral Sindical U nitaria M exica­
n a protestan. Son detenidos Rafael C arrillo, Silvestre Reyes y
otros luchadores. Los golpes contra el p artid o com unista se
m ultiplican. Lo peor, la m u erte de José G u adalupe R odríguez.
1 de junio de 1929. Prelados m exicanos exiliados llegan a M éxi­
co p ara lo g rar u n arreglo en la cuestión religiosa. La presencia
de M orrow ha cam biado la política mexicana, M orrow presio­
na al gobierno y a los obispos de México p ara que term in en la
g u e rra religiosa. 5 de junio de 1929. Es asaltada la redacción de
El Machete y la oficina del p artid o en M esones; en el taller del
periódico, la im p ren ta d o n ad a p o r los com unistas alem anes es
confiscada. 11 de junio de 1929. En la universidad flota la b a n ­
d era rojinegra. Los estudiantes p id en la salida del secretario
D aniel Cosío Villegas y de Alfonso Caso y los obligan a oír
furibundos discursos en los que p id en sus renuncias. 21 de j u ­
nio de 1929. Q u ed a resuelto el conflicto religioso. 27 de junio
de 1929. Se re a n u d a el culto público. 18 de septiembre de 1929.
En T o rreó n , fracasa u n atentado a balazos en contra de José
Vasconcelos. 19 de septiembre de 1929. En el ja rd ín de San F er­
nando, com baten a p ed rad as vasconcelistas y ortizrubistas. De
pronto, ráfagas de m etralleta. M ueren los vasconcelistas Eulalio
O lguín y Alfonso M artínez, el jo v en G erm án de Cam po, sobri­
no de Micrós y com pañero de A lejandro Gómez Arias y Mi­
guel N. Lira. A G erm án de Cam po, todos lo querían. 22 de
septiembre de 1929. Sepelio de G erm án de Campo.

Desde que el p artido en tró en la ilegalidad, la persecución a n ­


ticom unista no ceja. Los escasos m iem bros del p artid o que se
ven clandestinam ente se debaten en tre el heroísm o y la grisu-
ra. Moscú está tan lejos y las órdenes del com ité central tard an
tanto en llegar que viven flotando en tierra de nadie. M anuel
Diez Ram írez y H ern án Laborde se inquietan. M ientras no se
sepa cuáles son las directivas, tejen y destejen sus acciones; a
los tem erarios como el jovencito José Revueltas hay que jalarles
las orejas; a los críticos, am onestarlos o expulsarlos. A cual­
quiera en desacuerdo o con algún sentido crítico, H ern án La-
bo rd e lo recrim ina con acritud:
—Estás haciéndole el ju e g o al capitalismo, cállate.
—Pero ¡es verdad! —alega Revueltas.
—Hay verdades que no son buenas.
—Entonces ni siquiera soy honesto conm igo mismo.
—T u individualidad es lo que m enos im porta. T u personita
debe desaparecer tras las ideas. De o tro m odo sólo le sirves al
capitalismo.
Los que llegan de E uropa y de Rusia son más tratables, so­
bre todo ese Enea Sorm enti que nunca espera órdenes p orque
las da. Dicen que así son los italianos de operísticos. H asta d e ­
ben pedirle a Sorm enti que baje la voz en el café de chinos, no
vayan a oírlos. J u a n de la Cabada, a la cabeza de u n g ru p ito de
com unistas, grita en la calle: “¡Vasconcelos no, O rtiz Rubio no,
tan malo es el pinto como el colorado. A rriba T rian a!” P edro
R odríguez T rian a, quien fue g o b ern ad o r de C oahuila, es el
candidato de los com unistas. U n telegrafista, R enato Leduc, le
pone al general A belardo R odríguez: “el corsario beige”. O rtiz
Rubio, el N opalito, al igual que Portes Gil perseguirá a los del
partid o com unista y bien que el p artido le trae ganas a ese
ro to deslavado; las órdenes y la táctica a seguir vienen de Mos­
cú y es Moscú quien tiene la últim a palabra. C uando T achuela
se atreve a p reg u n tar: “Pero ¿qué va a saber Moscú de nuestras
necesidades?”, Evelio Vadillo se indigna ante la estrechez de su
pensam iento. “¿A poco Moscú estuvo p resente en la cam paña
inquilinaria de H eró n Proal en V eracruz p ara que habiten
cuartos desocupados quienes no tienen techo?”, insiste T ach u e­
la. “¿Moscú los va a sacar del bote?” T odos term in an , críticos
o no, en el C uartel de la Libertad, o en el C uartel de Peredo
p o r las Vizcaínas cu an d o bien les va, p o rq u e el destino final de
cualquier com unista que se respete es las islas Marías. E n to n ­
ces M oscú no tiene la m en o r posibilidad de liberarlos y los d e ­
votos se q u ed an presos hasta nuevo aviso de las autoridades
mexicanas.
“Es dem asiado fu erte la persecución, aquí no hay nad a que
hacer y no p u ed o qu ed arm e cruzado de brazos.” Enea Sorm en-
ti sale a Jalisco con Siqueiros a levantar a los m ineros. Siquei-
ros, arm ado, pelea co n tra la g u ard ia blanca que cuida los
intereses de los d ueños de las m inas. A Sorm enti tam bién le
gustan los balazos.

7 DEJULIO DE 1929

U na tard e T in a le abre la p u erta a u n jo ven de anteojos.


—G abriel m e dio su dirección, el que dirige Forma. Vi unas
fotos que me em ocionaron, p o r eso m e atrevo.
—¿Q uiere pasar? ¿De d ó n d e es usted?
—Vivo en Oaxaca. Mi motivo principal al venir a México era
conocerlos.
La em oción de ese jo v en de voz delgada y queda, de frases
cortadas, que levanta los ojos con tim idez, la halaga:
—¿De veras?
—Sí, de veras. T am b ién vi su exposición y la del señor Wes-
ton en Aztec Land. Más antes, alguien m e los señaló y los se­
guí hasta la iglesia de la Santísima; iban a re tra ta r algo, creo,
buscaron al sacristán. Esperé en el atrio, sus cám aras se me
hicieron m uy estorbosas, recu erd o que usted parecía doblarse
con el peso de la suya.
A la m ención de Edw ard, T in a siente u n a punzada; ah o ra
m ismo p o d rían fotografiar ju n to s; esos tiem pos felices han
q u ed ad o atrás o com o dijo N a’Chiña: “N o llores sobre la leche
derram ad a, m ejor po n te a hacer jo co q u e”. La voz baja, las p a­
labras espaciadas, dichas con tem or, d an al m uchacho u n as­
pecto inofensivo; n ad a de lo que él diga po d ría m olestarla; p o r
lo visto, nada sabía acerca de ella puesto que no vive en la
capital.
—Espero que no la esté im p o rtu n an d o —silabea con m o­
destia.
—No se preocupe.
—Es que no quisiera quitarle el tiem po —insiste m irándola
desde su encogim iento —, su tiem po es m uy valioso.
—Al contrario, oírlo me d a gusto.
Este joven parece u n enviado de la divina providencia.
—U sted —se anim a el m uchacho — y el señor W eston m iraro n
la iglesia deten id am en te p ero no im prim ieron placa; no habla­
ban. Ésa fue la p rim era im agen que tuve de ustedes. C reí que
iban a tom ar fotos pero sólo m iraron. Q uise ofrecer mi ayuda
pero no m e atreví. Me les quedé viendo desde la banca.
—Sí, recu erd o la Santísima —se anim a T in a —, n u n ca tom ába­
mos fotos a la prim era. Es preferible conocer el terreno...
El joven levanta u n rostro extasiado hacia ella. ¿Es u n esp e­
jism o? El feliz regreso a tiem pos pasados que este jo v en le p ro ­
porciona la hace llegar a u n a saliente en el camino.
—Y ¿usted qué hace? —le pregunta.
El joven parece em pequeñecerse aú n más.
—Soy fotógrafo... bueno, lo intento.
—¡Ah! Q ué bien.
—Por eso quise conocerlos a usted y al señor W eston, ense­
ñarles lo que hago, claro, sin quitarles nada de tiem po; les d e ­
ja ría mi trabajo p a ra que lo vieran d e pasad ita en algún
tiempecillo libre...
—¿Trae usted algo ahora?
—No —contesta casi inaudible —, p ero si usted m e lo perm ite
podría volver con algo.
A pagado, titubeante, habla chiquito, no insiste; no trajo sus
fotos; nada en él pesa; la m ira con tem or, como u n pajarito
avejentado, sus m echones sobre los ojos.
—Me ap u ra enseñarle mis cosas.
—No se apu re, no tenga apuración ninguna.
Este m uchachito tiene u n a em oción atenta, contenida, que a
T ina le llega.
—¡Qué buen o que usted y el señor W eston no se conform an
con la p rim era visión!
—¿La prim era visión?
—Sí, regresan a cerciorarse.
—¿A qué?
H abla con la voz tan quebrada, tan indecisa, que p o r u n m o­
m ento T in a piensa que es tartam udo.
—Entonces ¿me va usted a p erm itir volver a visitarlos?
—Claro que sí, p ero Edw ard ya regresó a Estados U nidos.
—¡Ah! —dice el joven, la voz cayéndosele al suelo —, no lo sa­
bía... Pero usted, ten d ría la bondad...
—Claro, a mí me encantaría ver su trabajo.
—C reo que m e va a d a r m iedo enseñárselo.
C uando el joven vuelve a tocar la p u erta de A braham G on­
zález, T in a se topa con la misma inseguridad y el mismo deseo
en sus ojos pálidos. T rae una carpeta b urda y d e en tre los p e­
dazos de cartón va sacando sus fotografías, las acom oda sobre
la mesa y huye a sentarse en u n a silla p intad a de flores cerca
de la ventana, la misma en que T in a vigilaba la llegada de J u ­
lio. N o es com ún que los visitantes escojan esa sillita baja, de
niño, com prada en El V otador.
—A quí espero...
T in a palpa su ansiedad. “¡Qué simpático!” El jo v en vuelve la
vista a la calle, de espaldas a la mesa, luego T in a m ira d eten i­
dam ente los ju g u e tes de palm a, las piedras de u n a tum ba, los
trabajadores que platican, el m achetero dorm ido, u n a sábana
tendida, u n a cruz clavada en la tierra.
—Son muy buenas fotografías.
—¿Mande?
—Digo que su trabajo es excelente.
Levanta hacia ella u n a cara de niño que se ha sacado diez
en la tarea.
—N o sé. ¿No me equivoco m ucho?
No quiere aceptar el elogio; esto lo hace todavía más ag rad a­
ble porque su desazón es genuina, g enuino su “no sé”.
—Es que me hago bolas.
—¿Bolas?
—No m e m uevo p ara no echar a p erd er, pero a veces...
T in a se sum e de nuevo en la contem plación de las fotos.
—¿Ya term inó de ver aquello? —p reg u n ta él con los ojos
bajos.
—Sí, y le aseguro que usted es u n artista. Com o prem io, voy
a enseñarle fotografías de W eston. Mire, no d em eritan las su­
yas ju n to a ellas. Es usted m uy b u en o y le prom eto enviarle sus
fotografías a W eston. ¿Puede traerm e copias?
—¿De veras?
—Claro que sí.
—Pero cuáles sería bueno m andarle, p orque yo...
T ina las selecciona.
—No voy a decirle a Edw ard de quién se trata. A ñadiré las
suyas a las mías. Pero dígam e, ¿cómo se llama?
-¿Y o?
—Sí, usted ¿quién más?
—M anuel.
—M anuel ¿qué?
—M anuel Álvarez Bravo.
—Bueno Manuel, regrese pronto.
T in a oye u n gracias y ve que ha enrojecido. “Ya nadie se
ruboriza”, piensa.

Al día siguiente se so rp ren d e esperando la visita del m uchacho


que la reinteg ra al apasionam iento de la fotografía. M anuel re ­
gresa, pero n u n ca vuelve a encontrarla sola. C arleton Beals,
Je a n C harlot, Anita B ren n er, Fred Davis, Emily Edw ards, Pablo
O ’H iggins convertido en el ayudante favorito de Diego, se tu r ­
n an en casa de Tina. D eslum bran a M anuel Álvarez Bravo; en
cam bio lo fastidia el lento discurso de los com pañeros del p a r­
tido com unista. T in a lo aísla para m ostrarle fotos de Edw ard y
suyas que él exam ina ávidam ente, sustrayéndose a cualquier
conversación. Abre su cam ino hacia la sillita floreada y se sien­
ta a m irarlas u n a y otra vez. Perm anece al m argen, el rostro
cohibido, las m anos sobre las rodillas.
—¿Le gusta la política, M anuel?
—No m ucho.
—¿Le interesa lo que dicen los com pañeros?
—Sí, es decir, más o menos. Es que yo, fíjese usted, ni siquie­
ra com pleté la p reparatoria... Es que...
T in a tom a fotos de los m urales de Diego en la Secretaría de
Educación, em pieza a com entarle problem as técnicos.
—Es que yo soy u n aficionado —se disculpa Álvarez Bravo.
—No M anuel, no lo es, dígam e, ¿dónde cree usted que deb e­
ría colocar la cám ara?
—¿Podría yo acom pañarla a los patios?
—Claro.
T in a se entreg a a la qu ietu d de ese hom bre en m edio del
barullo de las discusiones políticas o el etern o discu rrir de Ani-
ta B ren n er sobre la esencia de México. ¿Cómo definir al país?
¿Q ué es México? U na tard e T ina le tiende la placa fotográfica
Flor de manita.
—Es para usted, M anuel, u n regalo.
En o tra ocasión, le pide que la acom pañe a la Liga Antim pe-
rialista de las Américas en la calle de Bolívar n ú m ero 55. “Es
u n a reu n ió n extra u rg en te .” V erla moverse, dirigirse a los com ­
pañeros, la voz dulce y baja, siem pre con p rudencia, es u n d e ­
leite. T ina habla m uy poco, apenas más que él. Con u n a gran
elegancia, ella asiente cuando solicitan que se haga cargo de la
colecta de fondos. T am bién la responsabilizan de la co rresp o n ­
dencia al extranjero y de los visitantes.
Sólo después de varios meses, M anuel le cuenta a T in a que
tiene m ujer y u n hijo.
—¿Tan joven? ¿Por qué no me lo había dicho? Pues tráigala.
—Es que tengo m iedo de que me robe cám ara —ríe m ali­
cioso—. Desde que nos vinimos de Oaxaca la vida se nos ha
com plicado, rto tiene con quién d ejar al niño.
U na noche se presen ta con u n a m uchacha de rasgos más
definidos que los suyos. Lleva a su hijo en brazos, y m uestra
curiosidad por la conversación. Lleva los cabellos tejidos con
lanas de colores y u n a blusa lim písim a de cuello red o n d o , b o rd a ­
da de flores. Todo su aspecto es nítido. Tina, p o r no dejar, le
ofrece u n cigarro y m ucho se so rp ren d e cuando la joven acepta:
—Es que fum a como chacuaco —la disculpa M anuel.
M ucho más abierta que él, Lola interviene, alega, se detiene
al exhalar el hum o de su cigarro; a diferencia de M anuel, se la
vive platicando de su niñez, su vida en G uadalajara; se afirm a
con vehem encia, su originalidad hace que el in terlocutor espe­
re divertido cualquier cosa que salga de su boca. “¡Qué gracio­
sa! ¡Qué sim pática!”
“¿A quién m e recuerda, a quién me recu erd a?”, se p reg u n ta
T ina. “Ya sé, hasta en sus arrebatos se parece a Lupe M arín. N o
le im porta que hablen de política, Lola m ete su cuchara y hace
so nreír hasta al más e n fu rru ñ a d o .” T in a em pieza a ab rir la p u e r­
ta de su casa a las seis de la tard e con la esperanza de ver tras de
ella la cara anim ada de Lola, su volubilidad y desparpajo.
—Ustedes son una buena pareja —les dice —, se com plem entan.
—Ay sí —agradece Lola —, pero a m í ya m e an d a p o r d ejar el
bulto y tom ar tam bién la cám ara p o rq u e soy achichincle de
M anuel; yo le revelo, yo le seco, yo le tiendo las fotos. El o tro
día hasta m etí al niño al cuarto oscuro y se m e cayó en la
palangana. M ira T ina, te traje unos arrayanes que m e llegaron
d e G uadalajara. T raje pa todos.
¡Cuánta alegría la de esta muchacha! Parece potranca, cada
salida a la calle es u n a aventura. “¡Ay Lola, sólo a ti te suceden
esas cosas!” A veces ya llega Lola sin M anuel, con su bebé e n ­
vuelto en el rebozo.
—Es que tenía yo u n ratito y pasé a dejarte esta gelatina de
g uanábana y guayaba que me salió rica, la hice con p u ra crem a
y azúcar.
—T ú todo lo com partes, ¿verdad Lola?

Lola no le cuenta a T in a que p ara venir a verla desafía a su


suegra: “¡Ay Lola, pero ¿cómo deja usted que M anuel vaya a
ver a esa m ujer? ¿Cómo va usted misma? ¡Esas com unistas son
malísimas y u n día se lo va a quitar!”
—Pues yo no la veo así; al contrario, es sum am ente afable y
sencilla y le gusta ay u d ar a las personas.
—Q ué ayud ar ni qué nada, no sea usted inocente, Lola; p a ­
rece de la edad de su criatura. ¿Q ue no sabe que los p erió d i­
cos publicaron que su casa está llena de fotografías indecentes
y se dedica al com ercio de este tipo de postales? ¡Dicen que
hasta le retrató a Mella el falo en erección!
—¡Ay qué h o rro r! ¡Cómo cuenta usted eso!
—Pues para que no vaya, no sea tonta.
—A M anuel le ha ayudado m uchísim o y m oralm ente a mí
tam bién. C uando le enseño mis fotos n u n ca m e dice “N o m e
gusta”, sino: “¡Ay, qué bonito este blanquito, qué bonito el de-
tallito de acá!”, siem pre an d a buscando algo con que an im ar­
me. Sabe encontrarles lo bueno a los dem ás. Es m uy positiva,
m uy am able, nad a egoísta y m uy trabajadora.
—¡Y m uy cuzca!
—A mí m e parece n atu ral que u n a m ujer con u n a vida tan
d u ra necesite u n a com pañía, u n afecto. El h o m b re no nació
p ara vivir solo como u n rábano. M ientras más ru d a es su vida
más necesita con quién com partir.
—Pues esa m ujer, se lo digo a los dos, es u n a coleccionista
de am antes y u n a destructora de hogares.

A diferencia de M anuel, Lola no se sienta en la sillita baja;


acom oda a su “retaq u ito ” o “b u taq u ito ” o “tam bachito” o “cha-
m aquito” o “bod o q u ito ” o “taquito”, T in a nunca dilucida cómo
lo llama, en la cam a p ara que d u erm a m ientras Lola acerca a
T in a el olor fresco de sus mejillas.
—¿En qué te ayudo, Tina? T erm in é tem pranito mi quehacer;
p re p a ré para hoy unos huauzontles capeados, bu en o , u n a deli­
cia. Oye ¿cómo le haces p ara ser tan ordenada? A m í ya se me
entilichó la casa.
—Es que tengo m uy pocas cosas, Lola.
—Dicen que la casa es el reflejo de la vida; la mía entonces
es u n a m araña. A ti lo sencillo se te ve en todo, T ina, en tu
faldita oscura, en tu blusa blanca y sanseacabó, ah, y en tus
horarios.
—¿En mis horarios?
—Sí, el otro día que te llamé dijiste: “No vengas p o rq u e voy
a estar en el cuarto oscuro de tal a tal h o ra ”. Y cuando frente
a mí te solicitaron u n trabajo respondiste: “No p o rq u e ya te n ­
go otro com prom iso”.
—Es que si no, no cum plo mis obligaciones en el partido;
me necesitan en El Machete.
La m uchachita habla hasta p o r los codos; transform a sus p a­
labras en rehilete de feria; lo que le cu en tan en el cam ión, el
sabor de los pam bazos de la esquina, se vuelven m ateria m e­
m orable. “¡Ay T ina, enséñam e a cam inar como tú, así derechi-
ta, derechita; pareces árbol!” “...M ira, T in a, qu iero lo que
M anuel quiera, pero ¿a poco no crees tú que yo debiera o re a r­
me como él, en la calle, a que me dé el sereno siquiera? Desde
que nació M anuelito, me tiene bien encerrada. El o tro día que
m e escapé, tom é unas fotos, las revelé y las veo igualitas a las
suyas, oye tú, pero igualititas; hasta él se confundiría. M anuel
m e tiene nom ás como vaca espantándole las moscas al m oco­
so, y oye tú, yo no soy vaca, oye. ¿Por qué no m e dejas que te
acom pañe a alguno de tus trabajos? Al niño p u ed o encargarlo
con la portera, no da nada de lata. Me voy a ir a tatem ar al
infierno de tantos antojos que tengo.
—¿Y a M anuel tam bién lo van a tatem ar en el infierno?
—¡Huy, a ése lo van a achicharrar, p o rq u e ése trae la música
p o r dentro! Es u n taim ado, un coqueto, ¿sabes lo que me hizo
en el cam ión de venida el otro día que vio lina m uchacha bo­
nita? Pidió p arad a e hizo que me bajara porque...
Lola se desfoga con una T in a sonriente, vuelta a Ja vida p o r
Ju ch itáñ , p o r el trabajo, p o r M anuel, p o r esa jo v en pareja, m a­
d re y niño obra de M anuel.
N o sospecha u n m inuto que la adm iración del tím ido M a­
nuel se debe en p arte a su cuerpo en la azotea de la casa de
Tacubaya, en las fotografías de W eston, El joven quisiera que
T in a posara tam bién para él, contem plar el original, pero ¿có­
mo pedírselo? Apenas incursiona en el cam po del desnudo, y
ninguna m ujer resulta tan im pactante. La ve salir en la m añana
como soldadito con su cám ara y su tripié, para reg resar en la
tarde y enfundarse en su overol de o b rero . Ni m odo de ro g a r­
le: “T ina, m e gustaría verte como te vio W eston”.

27 DE SEPTIEMBRE DE 1929

Carlos O rozco R om ero y Carlos M érida invitan a T in a form al­


m ente, a nom bre de la Dirección de Acción Cívica del D istrito
Federal, á expon er en la Biblioteca Nacional de México, d e p e n ­
diente de la universidad que dirige Enrique F ernández Ledesma,
el próxim o 3 de diciem bre de 1929. T am bién le ofrecen el puesto
de responsable de fotografía del M useo Nacional p o r encargo del
m inistro A arón Sáenz, el an terio r fue José M aría Lupercio quien
acaba de m orir. T in a M odotti, fotógrafa oficial del m useo. Balta­
sar D rom undo se entusiasm a: “Es tu o p o rtu n id ad ”.
—Eso no pued o aceptarlo; después de como se ha p o rtad o el
gobierno con lo de Ju lio Antonio, me resulta imposible.
—Vista tu situación de extranjera sin papeles en regla —le
aconseja M aría Orozco R o m ero — acepta la exposición au n q u e
no el puesto oficial. Es lo m ejor que podría sucederte. Dalila y
yo perm anecerem os ju n to a ti con nuestros dos Carlos y te n ­
drás todo el apoyo de los artistas de México.
—Pero ¿no significaría venderm e al gobierno?
—Óyeme, T ina, mi m arido no está vendido al gobierno y
que yo sepa Carlos M érida tampoco. Además se trata de u n a
invitación del rector de la universidad, Alfonso P runeda. El la
va a inaugurar. ¿Qué más podrías pedir? T e conviene.
El día de la inauguración, u n río in in terru m p id o de gente flu­
ye hacia la Biblioteca Nacional. Los que no p u ed en e n tra r se
qu ed an parados en la p u erta. "Magnífica exposición, magnífica,
estoy conm ocionado”, la abraza efusivam ente el joven crítico
Jo rg e J u a n C respo de la Serna. “Es su apoteosis.” Con u n a
gran sonrisa, Siqueiros vocea: “Es tu glorificación: le tout Me-
xique está aquí para festejarte. H as logrado m ezclar a la alta
con el p ro letariad o ”. “Sí”, dice Gachita A m ador, “y tam bién a
los ladrones porque aquí hay más agentes secretos que cam pe­
sinos.”
-¿D ónde están? —p reg u n ta Tina.
—T e apuesto que m uchos de ésos de overol son de la policía
secreta.
Gachita siem pre tiene la fórm ula para hacerla sentir infeliz.
Federico M arín le pasa el brazo alred ed o r de los hom bros y
le dice al oído: “A veces es igual te n er amigos que enem igos”,
y se m antiene a su lado cual guardaespaldas. ¿Necesita T in a los
com entarios de Gachita p ara ver las cosas con o tro cristal? Fe­
derico M arín se so rp ren d ería al ver cómo piensa T in a ahora.
M ira a A urora Reyes e n tra r p artien d o plaza, violenta y ju sticie­
ra, vestida de overol. Q ué m ujer fuerte. “Así como bajé de los
andam ios vengo a acom pañarte.” A lguna vez las dos hablaron
del partido y A urora le confió que era m uy difícil p ara los
hom bres del partid o reconocer los m éritos de u n a com pañera.
“Soy com unista y m oriré sin claudicar, pero si el p artid o llega
a tom ar el poder, inm ediatam ente después voy a suicidarm e,
porque conozco a cada u n o de ellos y sé de lo que son capa­
ces.” G abriel F ernández Ledesm a las in terru m p e y abraza a T i­
na. “¡Qué hom bre íntegro es!”, piensa. Por u n m om ento, le
gustaría la presencia de Edw ard; curioso es que no piense en
Ju lio A ntonio, como que no tiene que ver. La gente sigue e n ­
tran d o en grupos: A lejandro Gómez Al ias y cuatro vasconcelis-
tas más, Adolfo López Mateos, M anuel M oreno Sánchez, Angel
Carvajal y el chaparrito Alfonso Taracena. Gómez Arias ofrece
sus respetos: “Le m anifiesto asimismo el apoyo de la com uni­
dad universitaria”. H asta Lupe M arín se apersona acom pañada
p o r u n hom bre alto y flaco, de párpados caídos, que la sigue
p e rru n o “Soy Jo rg e C uesta”, dice, p o rq u e L upe no lo p resen ­
ta La fiera se abre paso a paraguazos. “Oye tú, pues qué éxito
el de esta pirujilla”, le com enta a su h erm ana M aría. Chabela,
V illaseñor llama la atención de todos. Lola Álvarez Bravo la
acom paña: “No sé p o r qué te casaste con u n h o m b re tan celo­
so —se refiere a Gabriel F ernández Ledesm a —, no te deja ni a
sol ni a som bra. Yo que tú 110 ag u an taría”. “¡Ay Lola, a ti tam ­
bién te cela M anuel!" “¡Qué va! fAl contrario, yo soy la que lo
tengo que a n d a r cuidando! No sabes las que me hace.” "H uy,
vinieron todos,” T in a recu erd a la devoción apasionada de G ó­
m ez Robelo, la de H ern án d ez Galván, ¡cuántos idos, cuántos
ausentes! “Voy a escribir algo sobre ti”, la tom a fam iliarm ente
del brazo un hom bre de pelo chino, “acom páñam e p ara a d e ­
lantarle algunos de mis juicios.” "T ú ve", interviene M aría
Orozco Rom ero, "este Chino O rtiz H ern án es m uy inteligente,
yo tam bién quiero escucharlo." Se detien en frente a un g rupo
de fotografías. “Ésta", señala Gustavo O rtiz H ern án , “es una
síntesis perfecta de u n a g ran ideología social: la hoz, la g u i­
tarra, la canana y la mazorca; la de las copas de cristal es
estupenda, tiene ritm o y m usicalidad, Iqué perfecta Ja sincroni­
zación de las transparencias!"
T ina agradece:
—Ay, qué bu en o que lo piensas p orque al revelarla sentí
que la foto no decía nada, como nada dice la del m anojo de
rosas. '
—Sí dice, no te preocupes.
—Es que no tienen mensaje.
—¿Y eso qué? Estás dándonos nuevas naturalezas m uertas;
tienes un gran sentido plástico. Estas escenas de la vida cotidia­
na, las de los edificios en construcción, escaleras, estadios, ca­
bles, adquieren gracias a tu lente u n prestigio casi exótico y
una personalidad única.
Siqueiros, que escucha p o r encim a del hom bro, asevera:
“Q uiero d a r una conferencia sobre tu obra, la fotografía se
abre puertas como a rte ”.
A ndrés H enestrosa le anuncia: “Mira, te traje al m ecenas Pa­
quita Iturbe, es u n original. Si le. caes bien p u ed e com prarte tu
producción entera. Protege a M anuel...
—¿A cuál Manuel?
—Rodríguez Lozano... T am bién a Carlitas Pellicer y a Orozco.
La m uestra de T in a suscita el reconocim iento de otros artis­
tas y el de los cientos de trabajadores im presionados p o r la
denuncia de su pobreza; los com pañeros del p artido, las d ele­
gaciones de cam pesinos en tra n despacio, som brero en m ano, y
siguen la ru ta fotográfica trazada p o r Tina.
José Vasconcelos llega casi al final del acto y reco rre la ex­
posición con detenim iento. Al term in ar le dice: “Estoy en ple­
na cam paña política; si usted quisiera seguir mis pasos y tom ar
fotografías, me interesaría que me acom pañara”. T in a no res­
ponde. Vasconcelos la intim ida y la inquieta; desde los tiem pos
de Gómez Robelo, siem pre la criticó. “H abla mal de las m uje­
res”, le chism ea Alfonso T aracena, “y escribió de ti a raíz de la
m u erte de Gómez Robelo. Es m uy fácil reconocerte p o rq u e te
llam a La Perlotti. Dice que R odión llevaba u n a ex trañ a vida de
poseso de los dem onios de la carne y del alm a y que p o r ti
vertía lágrim as de te rn u ra sensual.” Vasconcelos, p ara T ina, es
tem ible p o rq u e su lenguaje es otro.

El p artid o em pieza a considerar a Diego Rivera u n pésim o m i­


litante, exhibicionista, frívolo, y T in a se form a en la fila de acu­
sadores.. “Los com pañeros tienen razó n .” T in a, detractora, le
escribió a Edw ard que Diego se casaba de nuevo “con u n a p re ­
ciosa chica de diecinueve años, p in to ra de p ad re alem án, fotó­
grafo, y m ad re m exicana, am a de casa: F rida Kahlo... Pero la
noticia más so rp ren d en te sobre D. es o tra que se d ifu n d irá en
todos los rincones del m undo. Sin d u d a te en terarás de ella
antes de que te llegue esta carta. D iego está fuera del partido.
La decisión fue tom ada apenas anoche. ¿Razones? Q ue los
m últiples trabajos que ha aceptado a últim as fechas del gobier­
no, en tre otros la decoración del palacio de Bellas Artes, son
incom patibles con su m ilitancia en el partido. E incluso el p a r­
tido no le pidió que d ejara sus puestos, todo lo que le pidió
fue que hiciera u n a declaración pública de que esos trabajos
no le im pedían lu ch ar contra el actual gobierno reaccionario.
U ltim am ente toda su actitud en relación con el p artid o h a sido
m uy pasiva y, como se negó a firm ar la declaración, lo ex p u l­
saron. No había o tra alternativa.
“H ay tantos aspectos de esta cuestión. T odos sabemos que
es m ucho m ejor p in to r que m ilitante del p artido, así que el
p artid o no le pidió que ren u n ciara a la p in tu ra; lo único que
le pidió fue que hiciera esta declaración y la m antuviera. T o ­
dos sabemos que estos puestos se los endilgó el gobierno p re ­
cisam ente para sobornarlo y p o d er decir: los rojos dicen que
somos reaccionarios, pero m iren, estam os dejando que Diego
Rivera pinte cuantas hoces y m artillos se le antojen en los ed i­
ficios públicos. ¿Ves la am bigüedad de su posición? C reo que
su salida del p artid o será más d añ in a p ara él que p ara el p a rti­
do. Será considerado como u n traidor. No necesito añ ad ir que
yo tam bién lo veré como tal, y que de ah o ra en adelante, lim i­
taré mi contacto con él a nuestras transacciones fotográficas.
Por lo tanto te agradecería te dirigieras directam ente a él en lo
que se refiere a su trabajo. H asta luego, q u erid o .”
Sorm enti influye en T ina: “Ese Rivera es u n a vedette que se
hace publicidad a costa de los com pañeros que caen asesina­
dos. Estoy seguro que utilizó las m uertes de Mella y de José
G uadalupe R odríguez, la de M ontenegro en V enezuela, para
figurar. Los com pañeros se ju e g a n la vida a diario y Diego sólo
busca hacerse pro p ag an d a. Si he conocido a alguien inm oral,
ése es Diego R ivera”.
“U n hom bre inm oral no p u ed e ser u n g ran artista”, sen ten ­
ció en El Machete Rafael Carrillo. “A mí m e im porta la obra en
sí, no quién la ha hecho ni cómo la h a hecho” se atrevió A u­
rora Reyes. A p a rtir de la expulsión de Diego Rivera, en el
p artido los com pañeros a b u n d an en el tem a del com prom iso
del artista. A lguna vez A u ro ra Reyes av enturó que nada se
sabía sobre los anónim os constructores de catedrales y m onas­
terios, nada tam poco sobre los hom bres que levantaron Teoti-
huacán. T ina se sum ó a las críticas contra Diego: m entiroso,
oportunista, cam biante.
T ina olvida que apenas hace u n año, Diego dejó absoluta­
m ente todo con tal de acom pañarla, bajó del andam io y, sin
faltar u n solo día, se presentó en el ju zg ad o , se hizo n o m b rar
defensor de T ina. A hora se u n e al coro de los com pañeros que
aseguran que Diego desconoce la disciplina, que lo guían in te­
reses individualistas: la fama, la vanidad y la glorificación d e su
propia persona. U n ególatra no p u ed e ser u n cam arada.
A Baltasar D ro m u n d o que la corteja, T in a le regala u n a fo­
tografía de la serie “T in a con u n a lágrim a”, de W eston. D eba­
jo, escribe, en u n cartoncito: “Baltasar, n in g u n a palabra podría
expresar m ejor que esta cara la tristeza y la p en a que siento
p o r no p o d er d a r vida a todas las m aravillosas posibilidades
que entreveo y que existen ya en germ en, y que sólo esperan
el ‘fuego sagrado’ que debería p ro ced er de m í pero al buscarlo
encontré apagado. Si me perm ites em plear la palabra d erro ta
en este caso, te diré que la d erro tad a me siento yo p o r no
te n er más nada que ofrecer y p o r ‘no te n er más fuerzas p ara
la te rn u ra ’. Y tengo que adm itir esto, yo que siem pre he d ad o
tanto de mí, he dado todo de mí con esa exaltación que tran s­
form a la dádiva en la más g rande voluptuosidad para el que
da. H e aquí p o r qué me gustó tanto y repito: ‘F ratern id ad es­
piritual de hoy y de siem pre’."

O rtiz Rubio, el N opalito, es declarado presid en te p o r la C ám a­


ra de D iputados y, a los cuatro días, Vasconcelos cruza la fro n ­
tera hacia los Estados Unidos. N o pasan ni quince días de la
declaración cuando ya Calles regresa a la ciudad de México.
El sábado 14 de diciem bre de 1929, en la clausura de la ex­
posición de T ina, Siqueiros habla de la “p rim era exposición fo­
tográfica revolucionaria en M éxico”, y B altasar D ro m u n d o
tam bién tom a la palabra p ara ensalzarla. Esa misma noche,
T in a le escribe a Edw ard: "Ojalá hubieras escuchado la confe­
rencia de Siqueiros. Fue estupenda. Q ué conocim iento más
p rofundo de la historia del arte a través de los siglos y qué
p u n to de vista tan vital y significativo. C iertam ente fuimos m uy
inteligentes al lograr que se presentara, pero después de que el
gobierno, la universidad y todos los polídcos m exicanos se
vanaglorian de su revolucionarism o, difícilm ente podían re ­
h u sar.”

13 de enero de 1930. México rom pe relaciones con la URSS y


o rd en a el retiro de su legación en Moscú; al mismo tiem po el
m inistro ruso M akar es expulsado. U na sem ana más tard e, ca­
torce vasconcelistas acusados de conspirar contra las vidas de
Calles, O rdz Rubio y Portes Gil son ap reh en d id o s y, el 25 de
enero, las aprehensiones ascienden a vein d u n o y se dice que
serán más de cincuenta. 5 de febrero de 1930. D espués de la
tom a de posesión, cu an d o O rtiz Rubio se dirigía al auto con
su esposa y u n a sobrina, el jo v en D aniel Flores le disparó cinco
balazos hiriéndolo en el m axilar. La bala le fue extraída en u n
puesto de la C ruz Roja. Sus acom pañantes resu ltaro n levem en­
te heridas. Flores, ap reh en d id o , se niega a hablar. Se le dejó
solo u n m om ento y se tendió a dorm ir. U nos dicen que es
vasconcelista y estudiante; otros, que es com unista.
Desde Los Ángeles, Vasconcelos com unica: “N o h ab rá paz en
México hasta que no se haga u n a elección libre. Estoy apenado
p o r la actitud del jo v en que acaba de sacrificarse. En la cere­
m onia de tom a de posesión de hoy, el v erd ad ero asesino de
G erm án de C am po llegó en el mismo coche con el ex p resid en ­
te Calles. Por supuesto, es u n a lástim a que se haya aten tad o
contra O rtiz Rubio, que no es nadie, sino u n pelele de Calles”.
•Enea Sormenti en México•
Fotografía de Tina Modotti

T
I 7 DE FEBRERO DE 1930

raigan a la M odotti.
J u a n de la Cabada levanta la cabeza espantado. ¿Tienen tam ­
bién a T ina? ¡Malditos!
—¿Tú crees que de veras sea T ina? —le p re g u n ta a González.
—¡Pero Juanito!, ¿qué otra M odotti conoces?, ¡en su casa nos
reuníam os todos! ¡Y no sólo eso, le traen ganas desde lo de
Mella!
—¿Tú sabías, González?
—Sé que a ella y a otras com pañeras del partido las aislaron
y les qu itaro n todo.
—¿A cuáles otras?
—A M aría Luisa, la de Rafael Carrillo, a Cuca García, a C on­
suelo U ranga, a M aría Velázquez. T am bién ag arraro n a J o h a n n
W indisch, como es extranjero seguro le aplican el 33. H an h e ­
cho razzias en todas partes; en M esones voltearon los archive­
ros boca abajo; se ro b aro n el rad io y la p arrilla eléctrica,
dejaron los escritorios patas arriba, se llevaron a C oncha Mi-
chel con todo y guitarra.
—¿No podríam os conseguir u n periódico, González, siquiera
para saber de qué nos acusan?
—Q ué p reg u n tas las tuyas, Ju an ito , ¿en qué m u n d o vives?
Ayer balacearon al N opalito, pam , pam , pam , pam , pam , pam ,
seis tiros p ero con tan m ala p u n te ría que nom ás le q u eb raro n
la quijada. A hora en cierran parejo a com unistas, anarquistas,
vasconcelistas, de todo, pácatelas, ¡vámonos p a dentro! Dicen
que aquí en la inspección están Pellicer, M auricio M agdaleno,
Salvador Azuela, u n b u ti de vasconcelistas. H asta u n policía
que tiene cara de gente buena.
—Pues, ¿dónde estamos?
—¡Qué despistado eres, De la Cabada! En Victoria, en la ins­
pección de policía, n ad a más que nos m etieron p o r la p u erta
de Revillagigedo.
—Ya sé que estam os en la com andancia —J u a n agita sus m a­
nos en el aire y ap arta sus cabellos largos que le caen sobre
el rostro —. Lo que siento es que los balazos no d ieran en el
blanco.
—¡Y qué ganas con eso, quitam os a ése y p o n en a o tro igual
o peor!'
—P or lo m enos nos habríam os librado de ese N opalito, des­
colorido, cabeza de bitoque, cara de nabo.
—Seguram ente nos van a ay u d ar —se tranquiliza J u a n G on­
zález.
—¡No m e hagas reír! ¿Q uiénes nos van a ayudar? ¿En qué
nos van a ayudar? Estás como regadera, m ano. Además, el ú n i­
co que tiene contactos reales con Moscú es Sorm enti; sabe y
an d a escondido... M ira, voy a p reg u n tarle a ese m ono.
—Á ndate con cuidado, es u n o de los jefes.
J u a n de la C abada se acerca:
—¿Cómo te va, m uchacho? —le p reg u n ta el em pistolado —.
Oye, ¿no te en señ aro n a peinarte?
—Nos p u ed en m atar p ero no saben nad a —se indigna J u a n —;
estam os aquí ilegalm ente, nos tom an presos, p ero no saben
nada.
—Cálmate, m uchacho, los van a cam biar a la peni.
—¿Acusados de qué? ¿Con qué derecho? T ráiganos a u n abo­
gado.
—Q ue te calmes, te digo.
—¿Y la Modotti?
—Allá hay u n a ru n fla de revoltosas. A la única que conoce­
mos es a G uillerm ina Ruiz, secretaria del com ité de m ujeres
del P artido N acional Antirreeleccionista.
—N o se haga, es la italiana.
—H aberlo dicho antes. La tenem os en u n a celdita muy có­
moda.
—¿De qué la acusan?
—Participó en el aten tad o contra el señor presidente de la
república. Su casa era centro de reu n ió n , allí encontram os d o ­
cum entos y planos.
—¿Y qué hay del viejo general revolucionario, León Ibarra?
—Pásate de listo, mi cuate; yo en u n m inuto te apando.

El día 6, T ina, Enea Sorm enti y F arab u n d o M artí fueron a los


dinam os de C ontreras, ¡qué b u en paseo de pinos y de sol! De
regreso, Enea y F arab u n d o la acom pañaron hasta la esquina de
A braham González. “L uego te llam o”, le dijo Sorm enti. Al
abrir la p u e rta de su dep artam en to , T in a vio a la policía espe­
rándola. De nuevo cateaban su casa. T in a pensó de inm ediato
en S orm enti y M artí, ¿los h ab rían ag arrad o en la esquina?
S o rm en ti llam ó a T in a com o previsto. Le co n testó u n
hom bre:
—¿Q uién es usted?
—Policía.
—Eh... m uy bien, me pasa a la T in a M odotti.
—La hem os detenido.
Esa m ism a noche, Sorm enti localizó al general Ram írez y és­
te le aconsejó que se fuera.

8 DE FEBRERO DE 1930

A pesar d e su aiylamiento, la d eten id a se en teró de que con


ella varias m ujeres del partido, ah o ra ilegal, y varios de los
com pañeros habían sido encerrados. Del que más se hablaba
era de David Alfaro Siqueiros, incom unicado en u n o de los se­
pares de la Inspección G eneral.
México es siniestro, piensa T in a con escalofrío. ¿Q ué escribi­
rá ah o ra José Pérez M oreno? No hace ni dos años cubrió el
asesinato de O bregón; luego en 29 el de Mella, y tam bién en
29, el fusilam iento de León T oral, que sólo p u d o decir: “¡Vi­
va,..!” y recibió la descarga. Así son los mexicanos, al m o rir
gritan que algo Viva. Viva Cristo Rey, Viva Villa, Viva la Revo­
lución, Viva yo. T iene razón M artín Luis G uzm án, en México
las balas hacen fiesta. Pérez M oreno va de fiesta en fiesta, de
m uerte en m uerte. U nos m inutos antes de ser fusilado, León
T o ral le tendió u n espejito al coronel Islas en m edio de un
silencio absoluto: “En ese espejo me m iraba. C onsérvelo us­
te d ”. A T in a le llam ó la atención que u n chiquillo quisiera re ­
coger la bala del tiro de gracia, que rebotó a un o s cuatro
m etros, pero el general Lucas G onzález puso el pie sobre ella.
Sería para él. T in a recordó a V alente Q u in tan a que m ostraba
en tre el p u lg a r y el índice, como si fuera u n diam ante, la bala
que había cortado la vida a Julio A ntonio Mella.

En u n a julia, J u a n González, Ju an ito de la Cabada, Carlos Pelli-


cer, M auricio M agdaleno y Salvador Azuela son trasladados a
la penitenciaría de Lecum berri. T in a p erm anece en los separos
de la calle de Victoria. Se d a cuenta de que a ella, a Isaac Ro­
se nblum y a J o h a n n W indisch los d ep o rtarán . T ien e razones
para creerlo. D eportaron hace poco a Julio Rosovski, el buen
am igo de M iguel Ángel Velasco al que llam aban Ju lio Gómez.
¿Q ué les habrá pasado a Sorm enti y a F arab u n d o Martí?

13 DE FEBRERO DE 1930

A T in a la cam bian a la penitenciaría, sección m ujeres.


Le h an dad o u n pocilio y u n plato de peltre; la tortilla será
su cuchara; tiene derecho a café, frijoles y u n caldo en el que
flotan pellejos y astillas de huesos. A Siqueiros le gritan: “Si
quiere café, po n g a las m anos”. La com ida se la echan en la
p arte inferio r del su éter que él estira. “Y ¿por qué lo tratan
así?”, p reg u n ta T in a a la celadora. “Porque es m uy bronco,
m uy m ajadero; hasta p ara p ed ir cobija lo hace a m entadas y
cuando le gritan contesta: ‘Si q u ieren que m e calle, vengan a
callarm e’. Por eso lo golpean.”
—Yo voy a hacer huelga de ham bre.
—Yo creí que ya la estaba haciendo. T iene tres días en que
lo único que tom a es agua. ¿No prefiere m antenerse viva?
—No se preocupe; soy fuerte. Si me trae u n lim ón se lo ag ra­
deceré. Me tienen aquí sin decirm e de qué se m e acusa y sin
llam arm e a declarar. Es ilegal.
—T am bién es ilegal el com unism o.
—H asta ayer era legal. A hora nos persiguen p o r encargo de
los gringos.
—Oiga, usted que está enterada, ¿por qué le dicen el N opali­
to al presidente?
—Los nopales al hervirlos sueltan baba, pues p o r baboso.
La prisionera rep ite chistes tantas veces escuchados en M eso­
nes y la celadora se instruye. Es u n a m uchachita m orena con
un lu n a r sobre el labio su p erio r y curiosidad en los ojos. T in a
se la gana al cabo de unos días y le consigue papel y plum a. Se
com prom ete a enviar los mensajes.
La p rim era carta es p ara esa b u en a alm a de Mary Louis
D ougherty, en la calle de M inerva 42 esquina con Balderas.

“Q u erid a María: Me en cu en tro en la penitenciaría desde el ju e ­


ves en la tarde. Aquí es m ucho peor, u n a v erd ad era celda de
h ierro y piedra, y la com ida, pues te la puedes im aginar. C reo
que se debe hacer algo, si no quién sabe cuánto tiem po me
dejen aquí. Consulta p o r favor con alguien, tal vez con M endi-
zábal pero no le digas que yo lo m encioné. Pienso que es n e­
cesario ver a u n abogado. ¿Crees que el licenciado Lozano
quisiera intervenir? Dile que tengo p o r el m om ento como cua­
trocientos pesos, los de mi viaje que estaba ju n ta n d o . Puedo
conseguir más. Pregúntale qué p u ed e hacer. T ú sabes que aquí
generalm ente sólo traen a los que ya h an sido sentenciados, de
m odo que esto es u n procedim iento arbitrario. No digas a n a ­
die cómo supiste que estoy aquí, p o d rían p erju d icar a quien
tan am ablem ente se ofrece a ayudarm e y a m í tam bién. Como
te p uedes im aginar está prohibido enviar recados. Gracias p o r
todo y recibe u n abrazo de quien sólo p o r u n en o rm e esfuerzo
de voluntad no se Vuelve loca.”

La o tra carta es p ara Beatrice Siskind, Labor Unity, 2 W. 15th


St. NYC.NY.
17 de febrero de 1930

“Mi querida Beatrice:


“Estoy escribiéndote desde m i celda en la cárcel en la que
estoy desde el 7. Esta carta es tam bién p ara mi herm an o y to ­
dos los amigos. N o tengo la certeza de que ésta te llegará, p e­
ro u n a buena alm a aquí ha prom etido ayudarm e, así que corro
el riesgo. Estoy incom unicada en el sentido más estricto de la
palabra, así que no sé nad a del m u n d o de afuera y m enos aú n
de los otros cam aradas. Podrás im aginar mi estado de ánim o.
N o sé siquiera si tú y los dem ás en NY están inform ados de mi
encarcelam iento. Las cosas pasaron así. Apenas tuvo lu g ar el
atentado al nuevo presidente, inm ediatam ente la p ren sa y los
círculos oficiales em pezaron a in sin u ar que los com unistas eran
los responsables, los culpables y así. Esto n atu ralm en te se hizo
para p re p a ra r a la opinión pública y surtió efecto p o rq u e en
todas partes corrió la voz de que era u n atentado com unista.
N aturalm ente nos preocupam os m ucho y esperam os que en
cualquier m om ento, las investigaciones descubrirán a los v erd a­
deros responsables y nos lim piarán de la vil acusación. El p a r­
tido estaba p rep aran d o u n manifiesto explicando lo absurdo y
lo grotesco de tal hipótesis, cuando, el 7 de febrero en la ta r­
de, tres altos jefes de la policía secreta aparecieron en mi casa
y m e pidieron los acom pañara. Me en ce rra ro n en la delegación
de policía hasta el 13, después m e trajero n a la penitenciaría,
en la que sólo se encierra a los presos sentenciados. Repito,
estoy estrictam ente incom unicada. P reg u n té si p odría te n er vi­
sitas y com ida del ex terio r pero no m e lo perm itieron, A hora
no voy a e n tra r en detalles acerca de la falta de com odidades
físicas. Mis condiciones son m uy malas como p uedes su p o n er­
lo; u n a celda de h ierro y piedra, u n catre sin colchón, u n ex­
cusado apestoso clenLro de la m ism a celda, no hay luz eléctrica
y la comida, bu en o , pues supongo que es la com ida que acos­
tum bran las cárceles. P ero esto no es n ad a com parado a mi
angustia al no saber nada de los cam aradas. Me p reo cu p o es­
pecialm ente po r los extranjeros, cuyos nom bres no m enciona­
ré, pero quizá tú sabes en quiénes pienso. No me im porta este
sufrim iento y estoy p rep arad a p ara aguantarlo tanto como sea
necesario pero me gustaría que sirviera de algo, desde el p u n to
de vista de n u estra propaganda. Estoy segura que ni los cam a­
radas ni los dem ás saben que estoy aquí. C uando me llevaron
a la delegación de policía me p erm itieron llam ar a u n a q u erid a
am iga, neutral. O btuvo u n perm iso del jefe de policía del Dis­
trito Federal. La segunda vez que trató de verm e, le fue n eg a­
da la entrada. Ahora, es m uy posible que a qu ien q u iera que
intente verm e en la delegación de policía le sea negado el p e r­
miso, así es que sin d u d a todos deben p en sar que sigo en ce rra­
da en la delegación d o n d e me encontraba yo m ucho m ejor en
lo que se refiere a com odidad m aterial.
“Mi salud es hasta ah o ra b u en a au n q u e m e siento débil p o r
la falta de b u en a comida. Sólo como lo indispensable p ara se­
guir. A ún me parece u n mal sueño y p o r m om entos siento
que mi m ente da vueltas p ero m e controlo con la fuerza de
la voluntad, de cuyo p o d er, en mí, n u n ca m e había dado
cuenta.
“B ueno, q u erid a am iga, pasa esta carta p o r favor a mi h e r­
m ano y recibe u n cariñoso abrazo.”
Es en la carta de M ary Louis D ougherty en la que finca sus
esperanzas. La recu erd a tal y como la retrató Edw ard, con su
cuellito de encaje, su camafeo, la intensidad en sus ojos azules
siem pre p reocup ad o s, el ceño fruncido. En n o viem bre de
1926, unas cuantas sem anas antes de reg resar a California, E d ­
w ard decidió cortejarla furiosam ente. M ary Louis D ougherty se
le resistió. Después de bailar con ella d u ra n te horas, de m irar
sus mejillas enrojecidas p o r el placer, le dijo:
—Vámonos.
-N o .
—¿Porqué?
—Por Tina.
—Pero si lo de T in a se acabó.
—T odos hem os creído en la leyenda de Edw ard y T ina; te
vas a ir ah o ra y yo quiero seguir creyendo. Fue u n a fotografía
m uy bella.
Edw ard, que no estaba acostum brado a las negativas, se
enardeció y le declaró su am or. Era cierto. Se había en am o ra­
do de ella. Así como México influyó en su pensam iento, en su
alma, a través de su gente, de la expresión hum ilde, esencial
de sus cam pesinos, la irlandesa lo m arcó p o r su g enuino in te­
rés en los dem ás, su deseo de ayudar, su actitud en Xochimilco
frente al p in to r Francisco Goitia quien vivía en u n jacal sobre
u n a chinam pa, su solidaridad. Las conversaciones con ella y
con K atherine Ann P o rter le resultaban estim ulantes.
De que Mary vendría a la cárcel, T in a no tenía la m en o r
duda. Seguram ente movilizaría al abogado José M aría, Chem a,
Lozano y a M iguel O th ó n de M endizábal.

18 DE FEBRERO DE 1930

La celadora le franquea el paso a Luz A rdizana. “Sólo unos


segundos”, estipula, “si no es a m í a quien van a freg ar.” Se
p ara en el co rred o r fuera de la celda, cuidando la p u erta.
*Exaltada, delgadísim a, Luz la abraza.
—H e estado en contacto con tu am iga la gringa Mary, la que
siem pre an d a con la escritora P orter. V ino u n a segunda vez,
no la dejaro n e n tra r y te envió u n m ensaje con la celadora. T e
vamos a sacar...
—Y ¿Sormenti? —la interrum pe Tina.
—Está escondido; lo vamos a llevar a u n ran ch o p o r T am -
pico.
—Dio, qué bueno. ¿Y Rosalío?
—A Blackwell no le pasa nada. C arrillo está en la Procu p ara
ver lo de tu caso, el de J o h a n n W indisch, el de Isaac Rosen-
blum y los dem ás. T enem os suerte, p o rq u e h an desaparecido a
más de sesenta vasconcelistas y nadie sabe d ó n d e están.
—¿Q ué nos va a pasar?
—N o sé. Me dijo la celadora que no comes; no tiene caso,
vas a necesitar todas tus fuerzas.
—T en g o que p rotestar. Esto es injusto.
—C uantim ás que ya ag arraro n al que lo hizo, u n tal D aniel
Flores, u n m uchacho de veintitrés años que no es del m ovi­
m iento. A los com unistas van a te n e r que soltarlos; ya hay p ro ­
testas de obreros, de cam pesinos, de intelectuales, al rato va a
haberlas del exterior.
—N o como p o rq u e no aguanto la rabia, Luz. Voy a seguir
igual. ¿Q ué ha hecho Diego Rivera?
—N ada, no ha dicho u n a palabra a favor de los com pañeros
ese gordo m iserable. ¡Mira las vueltas que da la vida! ¡Hace u n
año se la vivía en el ju zg ad o , ah o ra ni sus luces! ¡Así son los
artistas! Tam poco Gómez Lorenzo dice esta boca es mía.
—Eso no es cosa de artistas, Luz, no digas idioteces.
—No vine a p elear contigo.
—Ya sé. ¿Q ué va a ser de mí, Luz?
—En México, cuentas con nosotros, p ero si te d eportan...
—Dio, Luz, todos m e están fallando.
—No eres la única perseguida; dicen que a los acusados de
com plot los están to rtu ran d o . Agentes del gobierno se hicieron
pasar p o r vasconcelistas y nadie sabe el p arad ero de los d ete­
nidos.
—Dio.

A las seis de la m añana les notifican su expulsión del país a


T ina, a J o h a n n W indisch y a Isaac Abramovich Rosenblum .
—T ien en ustedes cu aren ta y ocho horas p ara ab an d o n a r el
país.
A la salida de la Penitenciaría, no hay nadie sino la fiel y
poco conspicua Luz A rdizana que le tiende u n frasquito:
—Tóm atelo, es el ju g o de u n a naranja; es lo m ejor p ara des­
pués del ayuno...
T in a siente que resucita.
—Es p o r el potasio... Más tard e te comes u n plátano y otro
poco de ju g o . A sorbitos, con cuidado. Y hasta m añana, otro
plátano.
—¿Adónde vamos, Luz? —se recarga en su brazo.
—A A braham González p o r tus cosas. Nos van a acom pañar
unos agentes; sólo tienes cuarenta y ocho horas p ara arreglarlo
todo, T ina. Dwight M orrow, el am igo de Diego, le dijo a Rafa
que la em bajada de los Estados U nidos te considera ciudadana
norteam ericana, y si renuncias a cualquier m ilitancia política te
d a rá n pasaporte.
—Eso es chantaje. No lo acepto. Prefiero solicitar mi pasa­
p o rte italiano. Q uisiera vivir con mi m adre, con mis herm anos.
En Alem ania, en Francia hay más posibilidades...
—Necesitas a tu familia p o rq u e te sientes bocabajeada; r e ­
ponte, com pañera.
—Yo soy italiana —T in a levanta la cabeza.
—Pues el Ratón Velasco ya fue a la em bajada de Italia y te
ofrecieron u n pasaporte: “Válido p ara u n viaje de regreso a
Italia”. E speran a los antifascistas como tú p ara chingarlos.
—M am m a mia, qué va a ser de mí.
—H a habido protestas p o r tu caso —le asegura Luz. N ada le
dice de los nuevos editoriales calificándola de “la feroz y san­
grienta T in a M odotti”.
—¿Y F rank Seaman? ¿Y Paul O ’Higgins?
—Están bien, deja de preo cu p arte p o r todo m undo, p reo cú ­
pate p o r ti. M ira, allí viene co rriendo la gringa.
Es M ary D ougherty. ¡Qué b u en a m ujer, de veras! Se ab ra­
zan. H ablan en voz baja, cam inan abrazadas. “H e ido a ver a
todos, he escrito a todas p artes”, oye Luz que le dice a T ina.
—Nos siguen —avisa Luz.
—Mary, debes ten er cuidado, eres extranjera; en México, hay
m ucha xenofobia en este m om ento. Más vale ser p ru d en te.
D espídete aquí, avísale a quien más puedas en N ueva York —le
da la m ano T ina.
Los ojos de Mary se llenan de lágrimas.
Com o el año anterior, dos policías hacen g u ard ia frente a su
p u erta y dos más esperan en u n coche en la calle.
—¿Me ayudas a v en d er algunas cosas?
—Sí, tú, a poco va a d a r tiem po.
—¿Puedo hacer uso del teléfono? —inquiere Tina.
—Está usted en su casa —resp o n d e u n policía m irándole las
piernas.
T in a debe actuar y pronto. M arca el n ú m ero de M anuel Al-
varez Bravo:
—Lola, tengo que irm e del país, les vendo mi cám ara, ¿la
quieren?
—O bra de Dios que ya la soltaron. O ritita vamos —contesta
Lola.
T ina saca su veliz de abajo de la cama. No quiere pensar;
tiene q ue ocuparse en algo m anual. Los policías no 1c quitan la
vista de encim a y la p u e rta del d ep artam en to ha q u ed ad o
abierta. Si Paca T o o r estuviera se asom aría para alentarla con
su cara ancha, sus pantalonzotes kaki de soldado raso.
M anuel y Lola se p resen tan consternados. C om pran u n a cá­
m ara grande, con la que T ina torna los m urales, y u n a Graflex.
—Era d e W eston —sonríe triste —, ustedes p u ed en seguir re ­
tratan d o los m urales de la Secretaría, los tengo a medias. V ean
tam bién la Eastm an Kodak...
—Este altero de fotos, ¿te las vas a llevar? —p reg u n ta Luz.
—T engo que d ejar casi todo. ¿Q ué p u ed e caberm e en esta
maleta? Me llevo adem ás la Graflex.
Álvarez Bravo se ruboriza:
—¿Podría yo g u ard ar algunas de las fotos que está usted d e ­
jando?
—Sí, M anuel —sonríe de nuevo Tina; hace el esfuerzo tre ­
m endo de sonreír —, me da gusto que usted las conserve. Hace
u n tiem po le di u n paquete a Ju an ito de la C abada, p ero no
sabe dó n d e lo dejó.
—¿Fotos a él? ¡Qué barb arid ad , a qué santo fue usted a e n ­
com endarse! ¡Ese no se cuida ni a sí mismo!
La m ira desolado. La angustia de T ina aum enta al p u n to del
sollozo, p ero sonríe al ver la reverencia con que M anuel y Lola
tratan sus fotos. Los abraza:
—¡Qué buenos amigos!
—S eguram ente a Diego van a interesarle m ucho las de los
murales...
—Sí, p ero a él, quisiera vendérselas...
—¿El tripié?
—El trípode, ése lo vendo y tam bién estas cajas de papel fo­
tográfico. Pesan dem asiado. Y las botellas de revelador.
—Llévate u n a siquiera —aconseja Luz —, podrás necesitarla
allá.
—¿Allá, dónde, Luz?
—Pues allá do n d e te m an d an —se ap en a —, no sé adonde.
Luz se pone a llorar.
T in a la tom a en brazos.
—Voy a escribirte, no te apures.
—¿De veras?
No les va a d a r a los agentes el gusto de verla d erro tad a.
—No llores, Luz, me vas a debilitar.
—No, si no lloro —llora Luz.
—Esa ropa, Luz, rep ártela en la Bondojo; lo de cocina lléva­
telo a tu casa. Y los m uebles dáselos al que más los necesite.
No he pagado la luz, ni el teléfono. Debo la m itad de la renta.
T ú entregas las llaves.
—¿Y la colcha?
—H az lo que quieras con la colcha, las cortinas, las toallas.
Realm ente hay poco. Q uisiera llevarm e algunos libros a u n q u é "
pesen.
—¿Te ayudo a em pacarlos?
—A hora, me gustaría quedarm e sola, tengo que escribir dos
cartas. Me despides de El Machete, del C anario, de todos los de
Mesones, de Rafael, de todos los com pañeros. Me voy p reo cu ­
pada p o r Siqueiros, p o r Frijolillo, p o r Juanito...
Abraza a Lola y a M anuel.
—Los voy a acom pañar.
En la p uerta, se vuelve hacia la sillita baja p in tad a con flores.
—Esa silla siem pre le gustó, M anuel, y no pesa ¿no quiere
llevársela?
—T ina, yo me quedo —dice Luz —; te prom eto que no es­
torbo.
Luz em paca sin decir palabra. Se p u ed e m o rd er el silencio.

S entada frente a su mesa de trabajo, T in a revisa su co rresp o n ­


dencia, cartas que la policía no se llevó, curiosam ente las de
Edw ard están com pletas, son pocas. Del fondo de u n cajón sa­
ca u n a fotografía de pasaporte de Ju lio y la m ete en su bolsa.
E ntrega a Luz u n m ensaje de despedida p ara los com pañeros
encarcelados. T in a conoce el peligro desde que asesinaron a
Julio; desde entonces no dejan de hostigarla. El Frijolillo se lo
advirtió: “T odo lo que hagas será utilizado en tu co n tra” y ella
repuso: “¿Q ué más p u ed o p e rd e r si m e h an quitado a Julio?
¿Q ué más p u ed en hacerm e?” Rafa tuvo u n a clara idea de la
desesperación que T in a escondía tras el trabajo atorm entado.
U na vez encontró u n a hoja d en tro de la m áquina de escribir:
“C uatro meses, sólo fueron cuatro meses de vida con Ju lio A nto­
nio; la relación más plena, más satisfactoria que p u ed a darse.
Sufro el envilecim iento de toda mi vida. N adie olvidará lo que se
publicó en los periódicos, seré la cómplice del asesino”.
No p e rd e r la cabeza, estar p re p arad a p ara lo peor, a eso se
h a dedicado T in a los últim os meses. Por eso le envió a Edw ard
sus negativos, le escribió que allá iban los paquetes m uy bien
envueltos; tenía que to m ar providencias p ara u n desenlace im ­
previsto. Ya se lo había escrito a su familia, a B envenuto sobre
todo; México la rechazaba d esd e el asesinato de Mella. W eston
no reconocería el México en el que ella vivía. Le parecería in ­
tolerable ese m u n d o sin arte, sin belleza. Y a ella ¿la recono­
cería ahora? ¿Reconocería a su discípula en esta m ilitante
angustiada?
“T u vida, recuérdalo bien, nos es m uy valiosa”, le había d i­
cho Frijolillo, “y con el gobierno hay que ser cauto si quiere
u no seguir vivo.” T am bién los antirreeleccionistas desaparecían
m isteriosam ente; y eran más de sesenta. Los acusados de com ­
p lo t fu ero n encontrados ahorcados. ¿Cómo escribirle esto a
Edward?
T in a acom oda sus últim os papeles en u n a caja de cartón.
—Tóm alos Luz, guárdalos.
—Voy a pasar aquí la noche.
Luz in terro g a a los agentes. Regresa y estalla en sollozos.
—No m e dejan. V engo m añana a p rim era hora.
—M ejor busca a Sorm enti. A verigua qué le ha pasado.
—Voy a ir a la estación.
—No. Necesito todas mis fuerzas p ara mí. Luz, te lo ruego.
A hora vete.
Luz se abraza a ella, desesperada. Los policías la m iran, b u r­
lones: “Además... tortilleras”.
—Luz, salte ya, p o r favor.
El llanto de Luz baja la escalera. A fuera, la oscuridad es
com pleta. Agotada, T in a se recuesta y al apoyar su cabeza so­
bre la alm ohada piensa: “Es la últim a noche que d u erm o en
México”. Sólo entonces se perm ite llorar.

21 DE FEBRERO DE 1930

En la estación de Buenavista, la niebla m añ an era parece u n a


m anta abandonad a sobre las vías. T in a cam ina en tre M anuel,
Lola, M anuelito y Luz, quien vino a pesar de la prohibición y
carga el veliz. Los de gobernación vigilan.
—A la h o ra de la verdad, le qu ed an a u n o m uy pocos amigos
—dice Tina.
—Es que están en la peni —los disculpa Luz —...Yo como soy
m uy insignificantita, nadie me ve ni le im porto a nadie.
—¡Ay Luz, no digas eso! H as estado en m uchas cárceles; eres
u n a ex trao rd in aria luchadora. ¡Adiós, amiga!
—Yo subo la maleta, T in a —ofrece M anuel.
Ella tom a asiento ju n to a u n a ventanilla, y M anuel, callado,
se sienta a su lado. El agente de gobernación ocupa la otra
ventanilla e Isaac Rosenblum se p ara en los escalones de sali­
da. T in a no levanta la vista. Suena el silbato, M anuel la m ira y
dice en voz baja: “Adiós, T in a ”, y como ella no da señal de
reconocim iento sale ru m b o a la p u erta. U n doble silbato hace
d esp ertar a T ina. Se asoma; los ve en el an d én , u n m inúsculo
g ru p o desolado. C orre a los escalones de la p u erta, los llama.
El agente la sigue. A Luz ya no se la ve p o r n in g ú n lado. Sólo
Lola y M anuel con M anuelito en brazos. T in a tom a al niño
que alza Lola, coge su cabecita y le da u n beso: “Espero volver
a verte, M anuel, p ero en u n México m ejor y en circunstancias
no tan am argas”. En ese m om ento, el llanto la asfixia y en treg a
al niño.
No vuelve a asomarse.
D urante largo rato perm anecen en el an d én , M anuel ag itan ­
do la m ano en u n adiós que T in a sólo adivina.

22 DE FEBRERO DE 1930

En V eracruz, T in a aborda esposada el barco holandés Edam. El


capitán la m anda a u n cam arote, le quitan sus esposas y la e n ­
cierran. C ada vez que es h o ra de com er, el capitán ordena:
—¡Que suban a la deportada!
El grito hace que T in a deje su p lu m a con la sensación de u n
golpe en el estóm ago, como si el Edam q u ed ara suspendido en
el aire, paralizado, au n q u e al levantar los ojos ve el m ar a tra ­
vés de Jla claraboya.
—¡Que suban a la detenida!
Los diez pasajeros no vuelven los ojos p ara m irarla; el rubio
capitán holandés Jochem s, seducido p o r su belleza y p o r su ac­
titud m odesta, da órdenes de que no la escolten. Rígida, sorda,
m uda, ha ingerido su com ida en u n a mesa apartad a, m ientras
R osenblum come en otra mesa. A hora p u ed e pasear lib rem en ­
te p o r cubierta, tom ar el aire y el sol en u n a silla de lona que
alguien insiste en cederle. De nuevo, su elegancia se im pone.
P ronto los pasajeros se la disputan.

Al llegar a Tam pico, T ina, J o h a n n W indisch y R osenblum d e ­


ben a g u a rd a r en u n cuarto, ju n to a la capitanía, a que el Edam
zarpe nuevam ente. Por suerte son pocas horas. Al ab o rd ar, u n
hom bre alega d eten ien d o la cola frente al control de m igra­
ción. T ina le dice a Rosenblum :
—Ma ¿quién es este señor que im pide que la fila avance?
—¿Q ué le im porta a usted, señora? —dice Sorm enti volvién­
dose a Tina.
Lo m ira boquiabierta, a p u n to de exclam ar su nom bre.
Oye al agente de m igración felicitar a Sorm enti p o r d ed icar­
se a la docencia. Enea le dice:
—Vea, señora, cómo me tratan a mí las autoridades de m i­
gración.
T in a no p u ed e creerlo. Su atrevim iento no tiene límites. A
ella la h an expulsado p ero a él lo buscan en México, en Italia,
en Estados U nidos. Si lo ag arran será su fin, y sin em bargo,
cuando el Edam hace escala en N ueva O rleáns, Sorm enti a-
nuncia:
—H e decidido asistir al carnaval.

Enea Sorm enti se había inform ado en qué barco d ep o rtarían a


T in a y decidió em barcarse tam bién en el Edam, p ero en T am -
pico. U n am igo anarquista, tipógrafo e im presor, falsificaría los
docum entos. A Jacobo.H urw itz le pidió:
—D ame tu pasaporte, Jacobito.
—¿Q ué vas a hacer?
—Q uitarte la cabeza, Jacobito; me voy a p o n er cara u n poco
de idiota o de intelectual p ara parecerm e a ti, y voy a viajar
como Jacobo H urw itz Zender, profesor p eru an o . C uando cese
la persecución, recobrarás tu identidad.

25 DE FEBRERO DE 1930

En N ueva O rleáns, a T in a la bajan esposada a la sala de m igra­


ción y la encierran en unos separos. Dos horas después le avi­
san que la busca u n periodista que tiene autorización p ara
entrevistarla.
—Señorita, de seguro es la p rim era vez que escucha usted
español desde que salió de México.
T in a levanta la vista de la carta que escribe a Edw ard y ve
frente a ella a Sorm enti.
—Señorita, ¿podría decirm e en unas cuantas palabras cómo
ve el fu tu ro de la América socialista?
¡Qué bárbaro este Sorm enti, es capaz de hacerla sonreír y
darle esperanza en las peores circunstancias! A lo largo de la
entrevista se las arregla p ara decir varias veces que la situación
es favorable, sonreírle, guiñarle u n ojo y, al despedirse, darle
u n cálido, significativo ap retó n de manos.
Para escribirle a Edw ard, T in a se obliga a u n a serenidad que
n o siente.

“Mi querido Edw ard: Supongo que a estas alturas ya sabes lo


que m e pasó, que estuve trece días en prisión y que después
m e expulsaron. Y ah o ra estoy en cam ino hacia E u ro p a y hacia
u n a nueva vida, al m enos u n a vida diferente a la de México.
“Sin d u d a conoces tam bién el p retexto usado p o r el gobier­
no p ara arrestarm e. N ada m enos que ‘mi participación en el
reciente intento de m atar al presidente electo’. Estoy segura
que, p o r más que lo intentes, no lograrás verm e como ‘te rro ­
rista’ ni como ‘j efa de u n a sociedad secreta de tira-bom bas’ y
quién sabe qué otras cosas... Pero si me pongo en el lu g ar del
gobierno com prendo lo inteligente que fue; sabía que si in ten ­
taba expulsarm e en cualquier o tro m om ento, las protestas h a ­
b rían sido m uy duras; así esp eraro n el m om ento en que la
opinión pública, agitada a causa del atentado estuviera dispues­
ta a creer todo lo que leía o todo lo que le contaban. Según la
pren sa escandalosa y venenosa, en mi casa se en co n traro n toda
clase de pruebas, docum entos, arm as y quién sabe qué; en
otras palabras, todo estuvo listo p ara m atar a O rtiz Rubio, p e ­
ro desgraciadam ente, yo no había calculado bien y el otro tipo
se m e adelantó... Esta es la histeria que la opinión pública m e­
xicana se tragó ju n to con el café de la m añana; ¿puedes criti­
carla si suspiró de alivio al en terarse que la feroz y sanguinaria
T in a M odotti había aban d o n ad o —p o r fin — p ara siem pre el te­
rrito rio mexicano?
“Q u erid o Edw ard, con todas las torm entas de este mes pasa­
do, he pensado m ucho en las palabras de Nietzsche que u n a
vez m e citaste: ‘Lo que no me m ata, me fortalece’; y así me
siento en estos días. Sólo gracias a u n a enorm e fuerza de vo­
lu n tad no me he vuelto loca algunas veces; así, p o r ejem plo,
cuando me llevaban de u n a prisión a otra, o cu an d o m e lleva­
ro n p o r p rim era vez a u n a cárcel d o n d e sentí, detrás de mí, el
golpe de la p u e rta de h ierro y del cerrojo, viéndom e en u n a
p eq u eñ a celda con u n m inúsculo hueco con reja, dem asiado
alto para p o d er m irar hacia afuera. U na cam a de fierro sin col­
chón, u n retre te h ed io n d o en u n rincón, y en m edio de la cel­
da yo que me p reg u n tab a si todo esto no sería u n mal sueño...
“A hora estoy en cam ino hacia Alemania. Por favor, m án d a­
m e algunas líneas a la siguiente dirección: C hattopodyaya, Frie-
drichstr. 24 IV B erlín SW 48, Alem ania. Pero no pongas mi
nom bre en el sobre exterior, utiliza dos sobres y ponlo en el
interior...”

28 DE FEBRERO DE 1930

“Q u erid o Edw ard, el lu g ar d o n d e estoy es u n a ra ra mezcla de


cárcel con hospital —u n a inm ensa sala con m uchas camas va­
cías y sin hacer, que m e da la ex trañ a sensación de que en
ellas h u b iera habido cadáveres —, ventanas con rejas y u n a
p u e rta siem pre cerrada. Lo p eo r de esta inactividad forzosa es
que u n o no sabe qué hacer con el tiem po; leo-escribo-fumo,
observo a través de la ventana u n pasto am ericano m uy lim pio
y perfecto con u n asta en el m edio, en cuya p u n ta o n d ea la
b an d era de las barras y las estrellas —visión que si no fuese yo
u n a rebelde incurable debería reco rd arm e en form a p erm a n en ­
te el im perio de la ‘ley y el o rd e n ’ y otros pensam ientos reco n ­
fortantes de la mism a índole.
“Los periódicos me h an p erseguido y a veces —con u n afán
de lobos— se me h a n adelantado. Aquí en los Estados U nidos
todo se m ira desde el p u n to de vista de la ‘belleza’ —u n g ran
diario habló de mi viaje, llam ándom e ‘u n a m u jer de u n a belle­
za llam ativa’—; otros rep o rtero s a quienes les negué u n a e n tre ­
vista trataro n de convencerm e, diciendo que sólo contarían ‘lo
guap a que era yo’, a lo que resp o n d í que no en ten d ía qué te­
nía que ver el ser g u ap a con el m ovim iento revolucionario o la
expulsión de com unistas. O bviam ente, aquí, las m ujeres se va­
lú an con la m edida de las estrellas de cine.”

A costum brado como está a esquivar policías, a b u rla r leyes,


Sorm enti no p u ed e darse cuenta del estado de ánim o de T ina.
Le es difícil concebir que u n a m ilitante se desm oralice. La vida
¡qué aventura! En Moscú lo esperan nuevos retos, ya verá T i­
na, todo está p o r hacerse. Libre de ataduras, T in a volará p ara
luego clavar el pico como los pelícanos que se dejan caer a lo
que el cuerpo da. Así hay que clavarse en el agua de la vida.
Sorm enti no sospecha el infierno de las noches de T ina, que
acogotada p o r la angustia tiene que taparse la boca con la m a­
no p ara ahogar el grito, ir hacia el espejo, ver la devastación
en su rostro y echarse agua. No duerm e, le da vueltas al pasa­
do, se recrim ina; cuántos años perdidos, qué vida desperdicia­
da, qué h acer p a ra lleg ar al alba, Dio, entonces su b irá a
encontrarse con los otros siete pasajeros, tom ará café, se in te­
grará a algo que no sea ese m onstruoso sentim iento de sí mis­
m a que la devora.
M uchas veces, Enea la so rp ren d e en la cubierta del Edam
absorta en sus pensam ientos, la m irada fija en el horizonte;
O tras la encuen tra escribiendo u n diario o u n a carta; ella cie­
rra precipitadam ente su carpeta.
Sorm enti la escucha hablar alem án con u n pasajero.
—No me habías dicho que sabías alem án.
—Lo hablo mal; casi todos los de Friuli lo aprendem os trab a­
ja n d o en A ustria, pero no fui feliz en San R uprecht, p ro cu ro
olvidarlo.
Sus conocim ientos son más am plios de lo que ella dejaba
traslucir en México. H abla y escribe el italiano, el inglés, el es­
pañol y conoce el francés. Y ahora tam bién el alem án.
Sorm enti no vuelve a acercarse cuando la ve inclinada sobre
sus escritos.
•Vittorio Vidali •
Fotografía de Tina Modotti

9D E MARZO DE 1930

E I
carga que ya no debería surcar los m ares; p o r más que la tri­
pulación se em peña en lim piarlo, el óxido lo come, los rato ­
Edam

nes h a n in festad o su b o d e g a y ni el ag u a d e todos los


océanos los ahoga.
C uando se acercan a tierra, en m edio de las bocanadas del
calor, T in a recibe, traído p o r la brisa, el olor aceitoso del co­
co y el de las ciénagas form adas en m edio de la ju n g la. “Allí
hay caim anes” advierte el capitán Jochem s. P ronto aparecen
palm eras reales, bancos de arena, la franja de los corales. El
Edam atraca en La H abana y a T in a la asalta el calor y u n
sabor ard ien te de especias que sube de la tierra: “Es el café”,
le dice Sorm enti, “es el tabaco, es la vainilla, es la caña”.
M ientras el barco carga azúcar, Sorm enti baja al pu erto . U n
enjam bre de insectos zum ba en to rn o al carg u ero y, deten id a
en cubierta, T in a se seca el sudor, le pro d u ce náusea el alm í­
b ar en el aire, como si el sol d erritiera en u n a olla u n a peg a­
josa m elaza que se desborda y ya m etiéndose p o r las escoti­
llas. Pero es m ejor asarse en cubierta que estar en cerrad a en
la C abaña do n d e o tro capitán m enos m agnánim o la habría
m andado encerrar.
En La H abana, Sorm enti va a casa de la v iuda de Alfredo
López do n d e se re ú n e n m arineros, estibadores, obreros, y les
pide que divulguen que la com pañera de Ju lio A ntonio Mella,
T ina M odotti, viaja en calidad de d eportada. A los que no sa­
ben nada, salvo que Mella fue asesinado, a los que sólo re c u e r­
d an a Olivín Zaldívar, Sorm enti les cuenta los últim os meses
del héroe, y el estoicismo de su com pañera italiana: T in a M o­
dotti. Olivín Zaldívar, según ellos, tam bién era u n a valiente lu ­
chadora, pero nadie como la M odotti, Olivín vive ah o ra en los
Estados U nidos. Sorm enti n a rra fogosam ente los acontecim ien­
tos, cim bra a sus oyentes. P ronto corre la noticia. ¿Está T in a
arrestada en la tem ible Cabaña? “N o”, asegura Sorm enti, “el
capitán me prom etió que no la bajaría; la tiene presa en
el barco.” La noticia se publica en el Diaño de la Marina.
C uando el Edam enrosca la cadena del ancla, varias lanchas
se acercan en la oscuridad, sus faroles reflejándose en el agua.
R ecargada sobre la barandilla, T in a ve las luces que bailan e n ­
tre vaporosas colum nas de agua y de p ro n to u n grito resu en a
en la noche cubana: “C om pañera T ina, te adm iram os. Para ti
n uestro cariño y n u estro resp eto ”.
Las lágrim as hacen tem blar los faroles de luz sobre el agua;
el Edam zarpa; todavía alcanza a ver algunas m anos en alto.
Ju lio tam bién lo ha vivido; es él quien le está rin d ien d o h o ­
m enaje, él quien le da el regalo de su m ar cubano; el Vorovski
ruso se su p erp o n e al Edam-, Ju lio en su barca rem a hacia ella y
mezcla su voz en tre las otras: “T in a, T ina, T inísim a”.

El m ar parece la en ag u a m ovediza del barco. En la tercera n o ­


che, se desata u n a torm enta. El Edam cruje como si fuera a
partirse. C uando el tiem po es malo, el capitán Jochem s aconse­
ja encerrarse. T in a no sale a cenar. Sorm enti toca a su p uerta:
—T ina, sal u n m om ento.
M ientras otros pasajeros se recuestan a gem ir, Sorm enti la
obliga a resp irar hondo, inhalar, exhalar, y a ejercer control
sobre su propio cuerpo:
—T o d o está en que tú tengas fúerza m ental suficiente p ara
d a r órdenes a la envoltura h u m an a que llam am os cuerpo.
Para T ina, resistir la náusea, no recostarse cada vez que vie­
ne el m areo, es u n presagio de lo que po d ría lo g rar si se lo
propone.
—C reí que u n a persona que se m area como yo, n u n ca se
aliviaba. Ma lei, Enea ¿cómo sabes esas cosas?
—Yo soy u n hom bre de m ar, T ina, m ejor dicho, u n m ucha­
cho de m ar, todos los que vivimos cerca de T rieste lo somos.
Salí de Trieste, me en co n traro n escondido en la carbonera del
barco, querían tirarm e al m ar.
T in a im agina al m uchachón bragado en los m uelles triesti-
nos debatirse contra la bora, el viento frío que baja de los Al­
pes y golpea furioso las techum bres convirtiendo las tejas de
pizarra en navajas m ortales. Sorm enti, el cuerpo echado hacia
adelante, las mejillas rojas p o r el esfuerzo, sopla en to rn o a
T ina, actúa los estragos de la bora, “en el m ar se h an h u n d id o
dos em barcaciones, u n a teja decapitó a u n hom bre, el m ar al­
canza la altu ra del rom peolas”; la avalancha de recuerdos tries-
tinos los vuelve jóvenes y los identifica. “U n viento me sacó de
mi casa, otro me condujo a Argelia, otro m e em pujó a N ueva
York; u n n o rte me hizo llegar a México, el viento más fuerte
es éste que nos lleva a Rusia.”
—Yo no voy a Rusia.
—Ya irás. A mí el m ar me sirvió p ara todo, p ara lavarm e,
p ara soñar. ¿Tú n u n ca quisiste viajar?
—D esde los trece años esperaba que mi p ad re enviara el bo­
leto para ir a los Estados U nidos. Me llegó a los dieciséis. N u n ­
ca siquiera había subido a u n vaporetto.
—M uy joven me dije que no perm anecería en esa h e rra d u ra
en que el Adriático aprisiona a M uggia, au n q u e veía Istria, el
Carso, el golfo, el m ar desde la via C andía, desde la Piazza
G rande. Fui a Venecia de aventón. La conoces, claro.
—No —se avergüenza Tina.
—Yo te llevaré algún día.
Le cuenta del capitán Giacomo, de M uggia, que le enseñó a
navegar, del m iedo al ver que no respondía.
—Fue el p rim er m u erto que vimos, mi herm ano H u m b erto y
yo, con su barba blanca sobre la sábana m ortuoria. H u m b erto
era m enor, no com prendía, entonces le expliqué: [“M orir signi­
fica no ver más, no oír más, no com er y no beber, no resp irar,
no moverse. U na vez que te has m u erto, ya no sirves. T e avien­
tan a la fosa, y te tiran al m ar’^.
—A m í m e gustaría que me tiraran al m ar.
H acía años que T in a no oía a nadie hablar de cosas fam i­
liares.
—De niño quise ser pirata, gladiador rom ano; m e p rom etí
que seguirían a V ittorio Vidali. Ése es mi nom bre.
—¿Así que no te llamas Sorm enti?
—Los revolucionarios cambiamos de nom bre. T en g o otros.
T ú tam bién cam biarás de nom bre a lo largo de los años.
—Sólo si m e agarran; cuando lo de Ju lio m e puse Rosa
Smith.
—En la lucha, te llam arás de m uchos m odos, sobre todo en
Europa...
—Me gusta más V ittorio que Enea. ¡Victorioso!
—La p rim era vez que me llamé así fue cúando firm é u n a rtí­
culo en Baltim ore.
T in a lo escucha con sim patía y al cabo de los días ¡cuánto
agradecim iento siente! Sin él, qué sería este viaje.
—Yo de niñ a lo único que deseaba —dice T in a — es que no
m e dolieran los dedos. Siem pre tuve los dedos rojos y ad o lo ri­
dos en la filatura y siem pre me dio vergüenza mi cara h am ­
brienta. Eram os m uy pobres.
—N osotros tam bién comíamos lo que nos daban. Mi p ad re y
mi m adre trabajaban, la encargada de la lim pieza fue mi h e r­
m ana, mi herm an o m ayor viajó a Brasil y lo d eclararon d eser­
tor. Conocí el vino cuando era yo grande; en la casa sólo
tom ábam os agua con u n poco de vinagre.
T ina le cuenta de San R uprecht, de su p ad rin o D em etrio
Canale, de G ioconda, la más joven de los seis herm anos, quien
tuvo u n hijo con u n soldado y p o r eso se negó a ir a los Esta­
dos U nidos.
—Es la única de nosotras que tiene u n bam bino, u n maschio,
se llam a Tullio.
—U n niño p o r su sola presencia lo salva todo. No tienes de
qué preocuparte... ni p o r G ioconda ni p o r su bastardo.
—Siento que mi fu tu ro está en E uropa; m e gustaría trabajar
p o r Italia, liberarla de los fascistas. Desde que m ataro n a Mella
tuve m iedo en México. Es u n país cruel p o r im previsible.
—No seas obsesiva, T ina. En n in g ú n país del m u n d o tienen
los extranjeros derecho de m eterse en los asuntos políticos del
país. Piensa en el futuro, en vez de m em orizarte el pasado.
—Conozco la revista Union Bild y sé que m e d arán trabajo;
en B erlín h an publicado fotos mías, en el AIZ; allá me sentiré
e n tre gente de mi oficio; Willi M ünzenberg es u n personaje,
pienso re c u rrir a él. T engo tres buenas razones p ara escoger
Berlín. En 1929, h u b o u n veinticinco p o r ciento de votantes
com unistas. Hay g ran actividad fotográfica y los italianos no
necesitan visa para ir a Alemania. ¡Me gustaría conocer a Ká-
the Kollwitz, a G eorg Grosz! Además, V ittorio, ¿te p u ed o lla­
m ar V ittorio?, es m ucho más fácil p ara la m am m a y M ercedes
ir a A lem ania que a cualquier otro país, y ya tengo ganas de
verlas...
—¿Q uién es G eorg Grosz?
—U n pintor, Vittorio.
—Ah, ¿es com unista?

D espués de la torm enta, los pocos pasajeros se reú n en a hacer


ju eg o s de salón, b rin d a r con vino del R hin y com er u n es­
tu p e n d o jam ó n , quesos holandeses y alem anes, apfelstrudel.
V ittorio habla con todos y jala a Isaac R osenblum y a T ina,
que de b u en a gana bajaría a su tum ba-cam arote d en tro de la
n eg ru ra. V ittorio la adivina: “¿De qué te sirve ru m iar tu situa­
ción y perm anecer al m argen?” T in a platica con facilidad con
A ndrés de U rioste y San M artín, que desem barcará en La Co-
ru ñ a ju n to con los González, u n a pareja que subió con V ittorio
en Tam pico. Viajan con su hijo. En la sobrem esa, cada uno
m uestra lo que sabe hacer. T in a acom paña a V ittorio sus can­
ciones italianas y norteam ericanas. Después en to n a ella sola:
“B orrachita me voy p ara la capital”, ganándose los aplausos de
la concurrencia. V ittorio canta como u n Wobblie, como u n
anarcosindicalista:

O h why d o n ’t you work


like o th e r m en do?
How in hell can I work
W hen th e re ’s no w ork to do?

H allelujah, I ’am a bum ,


H allelujah, b u m again,
H allelujah, give us a h an d o u t
T o revive us again.

Prosigue: “W orkers o f the w orld, awaken, break yo u r chains,


d em and your rights, all the wealth you m ake is taken by ex-
ploiting parasites”, qué tipazos esos com unistas n o rtea m eri­
canos.
—¿Tina, conoces a Clarence D arrow, el abogado que m e d e ­
fendió en los Estados Unidos? Es el mismo que defendió al
m aestro que enseñaba la teoría de la evolución de D arwin, el
del M onkey Trial.
-N o .
—¿Sabes de Elizabeth G urley Flynn y su lucha p o r salvar a
Sacco y Vanzetti? Se enam oró locam ente de C ario Tresca. T o ­
das las m ujeres se enam oran de Tresca. ¿Y Bill H ayw ood, u n
hom bre enorm e, m ucho más gordo que Diego Rivera, que d e ­
fendió huelgas con puños y palabras? Su huelga más exitosa
fue la textil de Lawrence, M assachusetts, en 1912.
—Sí que mi pap á m e habló de esa huelga —aplaude T in a —.
T am bién me contó que Isadora D uncan am enazó con bailar
d esn u d a frente a la em bajada de los Estados U nidos en París
para protestar p o r la condena de Sacco y Vanzetti.
—¿Recuerdas lo últim o que dijo B artolom eo V anzetti a su
ju e z en 1927? Aquí tengo el recorte: “No desearía p ara u n p e ­
rro , ni para u n a serpiente, ni p ara la criatu ra más m iserable y
desafortunad a de la tierra lo que yo he tenido que sufrir p o r
culpas en las cuales no incurrí. H e sufrido p o r ser radical y, en
efecto, yo soy radical; he sufrido p o r ser italiano y en efecto yo
soy italiano... Estoy tan convencido de estar en lo ju sto , que si
usted tuviera el p o d er de m atarm e dos veces, y yo p u d ie ra n a ­
cer dos veces, volvería a vivir p ara hacer de nuevo, exactam en­
te, lo que hice hasta ah o ra.”
T in a se conm ueve, y V ittorio cam bia de tema.
—¿Has oído la canción de Jo e Hill?

Long h aired preachers come o u t every night,


T ry to tell you w hat’s w rong an d w hat’s right;
B ut w hen asked how ’b o u t som ething to eat
T hey will answ er with voices so sweet;
You will eat, bye an d bye,
in th a t glorious land above the sky;
W ork and pray, live on hay,
Y ou’ll get pie in the sky w hen you die.

Sin darse cuenta, T in a corresponde a ese to rren te; hace


años que no piensa en su tierra, ah o ra sus recuerdos buscan
salida. Creía h aber olvidado su vida en la filanda y Enea, es
decir V ittorio, viene a revaluarla.

U na tard e V ittorio ve a T in a en la pro a del Edam, recargada


sobre la barandilla, y tiene la certeza: “Se va a caer”. C orre
hacia ella casi sin aliento. Al volver la cabeza, la m irada de T i­
na lo rechaza en tal form a que lo paraliza. Lo ve como a u n
extraño, como al vacío, como si frente a ella no h u b iera nadie.
“¡Extraña mujer! ¿no estará neurasténica? En todo caso, es
dispareja; u n día está de buenas y al otro no quiere ni que le
hable. D onne, do n n e, ¿quién las entien d e?”

14 DE MARZO DE 1930

¡D esaparecer, m o rir tragada p o r el m ar, envuelta en agua, sería


u n alivio! Q ué es lo que va a m o rir si su “yo” no tiene vida, si
al “yo, T in a ” lo ha m atado, si en los últim os años se ha conver­
tido en p u ra sum isión, vehículo de otros; ésta con la que ah o ra
lucha, no es sino la oquedad; soy u n agujero, a través de mí
pasan las corrientes, los pescados en tra n p o r mi sexo y salen
p o r mi boca, m iren.
El Edam en tra en tinieblas; la m ujer se deja envolver p o r el
aire salobre; sería fácil abandonarse al agua negra, su sexo n e ­
gro volvería al agua, su sexo que ah o ra la ato rm en ta es cuerpo
de esa agua; su sexo d erram aría esa agua en tin tad a y venenosa,
barco lento, m isterioso como su sexo, que d u erm e y se cierra
alm eja de sí misma, todo en to rn o es u n cuerpo inm enso, el
golpe del agua contra el barco, el aire, el m otor allá ad en tro
que p en etra hasta la hélice y abre y derram a.
C uando se sienta en la d im in u ta taza del excusado de h ierro
verdoso cum ple u n a función. Lo que sucede a su cuerpo tran s­
cu rre allá lejos, afuera de ella, en u n lu g ar que no ocupa, p u es­
to que no tiene lu g ar sobre la tierra. El calor hirviente que
llena el barco le recu erd a u n a noche en que el orgasm o fue
tan largo que la levantó de la cama y de pie sobre el piso reci­
bió los últim os espasmos, hasta que Ju lio vino a abrazarla, a
servirle de colum na p ara que en su piel tem blorosa no h u b iera
desam paro. ¡Ay!, el lago blanco de la sábana, el deseo que su-
bíá hiriéndola, quejido que venía desde tan lejos p ara luego
q u ed ar inerte, no me toques, nad a quería saber de sus m anos
después de abrirse a él.
Se revuelve en contra de sí misma, si p u d iera b o rrarse bajo
sus propios párpados descansaría. Pero no, su d o lo r la avasalla.
A fuera nada, salvo el llam ado líquido del agua.

D u ran te el día, en el ju e g o de los rayos del sol sobre la su p er­


ficie del agua, T in a en cubierta sigue el surco del barco. Más
allá de la estela, el p an teó n de Dolores, el cuerpo de Ju lio , su
im agen p erd id a en la transparencia del aire; allá los com pañe­
ros, Luz A rdizana que a esta h o ra debe an d ar reco rrien d o las
calles de México con sus piernitas flacas y tenaces, allá Rafael
C arrillo y su ecuanim idad, Encinas y su tozudez, allá los com ­
pañeros entrañables. Ve extenderse este inm enso m anto de
agua sobre la tierra y piensa: soy apenas u n p u n tito del tam a­
ño de la cabeza de u n alfiler y ni siquiera relu m b ro al sol. Le­
jos de todo, separada, suspendida entre la inm ensidad del cielo
y la inm ensa p ro fu n d id ad del m ar; sin ver tierra d u ra n te días,
corta am arras a su pensam iento. Aquí no es sino u n a b asu ra
de luz, para qué tanta preocupación, ma, déjate ser, T ina. Es­
cucha los lascia stare de Enea o V ittorio; lo m ira eufórico de
estar en el barco, de resp irar contra el viento el aire salado,
contento de vivir.

—V en T ina, tóm am e u n a foto aquí en la popa del barco.


—Sí, a condición de que te quites el borsalino. Pareces u n
condottiero, en México, te tom é u n a foto con el som brero
negro.
T ina lo retra ta m irando el océano.
—A hora te tomo u n a a ti.
—No, nadie toca la Graflex, eso sí que no. Además a m í no
m e interesa te n er mi retrato.
V ittorio siente a T ina inaccesible. Sobre todo cuando escri­
be. Lo expulsa de su intim idad.
—Pareces u n castillo con todos los puentes levadizos en alto.
Ella sonríe y arregla los m echones que el viento le arranca
del chongo.

No cabe d u d a, el m ar tiene poderes curativos. Y si no el m ar,


V ittorio. C uando él vuelve al pasado no se to rtu ra como ella.
“Y si me hubiera ido con Ju lio a La H abana, si estuviera con
X avier en M oscú...” Con los “sis” concluye V ittorio, él podría
m eter a París en u n a botella: “si, si, si, m ira, m ejor po n te a
pensar que si vuelves a vivir tu vida lo harías m ucho p e o r”, y
T ina ríe con sus indicaciones prácticas. “Lo que im porta, aquí
y ahora, Tina, es este sol, este mar, este barco que cruje lleno
de ratones, la plática que tenem os, tú frente a mí, sin que n a ­
die nos in terru m p a, el destino que no viene a nosotros, sino al
cual nos encam inam os. La vida es siem pre más g ran d e que
uno. D entro de dos meses, te culparás p o r no h ab er disfrutado
de todo lo que te es dado hoy. C uando desem barquem os serás
u n a m ujer nueva; no te dejes vencer.”
El destino de Vittorio es Moscú; el de Tina, Berlín. Pero
V ittorio le habla como si jam ás fuera a abandonarla. ¡La hace
sentirse bien! El Edam acaba resu ltan d o el nirvana. T in a m ira
el cielo; grandes nubes de p ro n to ilum inadas p o r el sol avan­
zan intentando cu b rir la totalidad del cielo; recu erd a la gigan­
tesca nube blanca de M azatlán que Edw ard tom ó acostado
sobre la cubierta y que los siguió como nube p erro d u ran te
toda la travesía. ¿Acaso W eston en California no persigue n u e ­
vas ilusiones? “D erroteros” dirían los com pañeros del partido,
qué fea palabra. Los com pañeros, qué lejanos en la inm ensi­
d ad del agua, cuántas torm entas en el vaso de agua de la ofici­
na de El Machete. El único com prom iso que p u ed e cum plir hoy
es dejarse estar, seguir el balanceo. Yo soy el barco —se dice —
yo soy. la que se m ece; cuando descienda conservaré bajo mi:
párpados el aire azul y la m ovilidad del agua.

En La C oruña, España, el carguero ancla u n a sola noche y de


nuevo la refu n d en en su cam arote. D esem barca el viejo em i­
grante español que regresa a su tierra cansado y enferm o del
corazón, tan pobre como salió. T in a lo ve descender, los h o m ­
bros encorvados, la respiración dificultosa. D u ran te el viaje le
hizo el relato porm enorizado de sus desventuras; todo él es
u n a desventura; su esposa lo ha traicionado; habla solo y canta
la mism a canción:

Ay pena, penita pena,


pena de mi corazón
que me corre p o r las venas
con la fuerza de u n ciclón.

Es u n desierto de arena, pena...

—Sabes, V ittorio, quisiera ser siem pre u n a pasajera, no bajar


a tierra.
—Yo al contrario, ya me an d a p o r volver a la lucha...

N avegan p o r el canal de La M ancha hasta R otterdam . En la


cena de despedida, el capitán Jochem s los felicita alzando su
copa ante T in a y le pide que pro n u n cie unas cuantas palabras.
T in a agradece: “En el Edam he sido libre; gracias p o r el m ar y
p o r el cielo. Estas sem anas fueron de treg u a p ara mí. A hora
no sé lo que vaya a suceder”.
Al alba, el Edam en tra a p u erto en R otterdam ; los pasajeros
suben a'cu b ierta su equipaje; como escolares llevan sus d o cu ­
m entos en la m ano. T in a e Isaac perm anecen en el cam arote.
V ittorio en tra a tranquilizarla:
—Vas a ver que todo sale bien.
Muy pálida, T in a le pide abrazarlo:
—Q uién sabe... todo p u ed e pasar, incluso que no volvamos a
vernos.
Se aprieta contra él.
V ittorio desciende del Edam y va a alertar al Socorro Rojo
holandés. V ittorio regresa al poco tiem po. J u n to con las au to ­
ridades de m igración y los ad u an ero s suben a b o rd o tres p e r­
sonas que p reg u n ta n p o r él:
—Moscú nos avisó de su llegada, Vidali. Yo soy el secretario
del Socorro Rojo holandés y traigo salvoconductos p ara sus dos ^
amigos. Los señores que me acom pañan son nuestros abogados. w
El capitán Jochem s se acerca con otro visitante.
—Soy el cónsul general de Italia. Vengo p o r la d ep o rtad a de
M éxico, T ina M odotti. Va a co n tin u ar su viaje en u n barco ita­
liano. Salimos hoy mismo.
El inspector de m igración p reg u n ta al cónsul:
—¿Tiene usted perm iso del M inisterio del Interior? N o estoy
autorizado a en tre g ar pasajero alguno si no trae usted la o rd en
de extradición de H olanda.
—La señora M odotti es u n a ciudadana italiana y viaja con
pasaporte italiano.
—En H olanda no p u ed e d isp o n er de ella sin la debida d o cu ­
m entación.
—Se trata de u n a terrorista peligrosa. Revisen sus docum en­
tos. Mi gobierno la reclam a; yo rep resen to al Duce.
—U sted p u ed e rep resen tar a quien quiera, pero aquí están
dos abogados del Socorro Rojo que traen u n perm iso en o r­
d en para que la señora M odotti y el señor Isaac Abramovich
R osenblum perm anezcan cuarenta y ocho horas en H olanda;
gozan p o r lo tanto de la protección de nu estro país.
En pocos m inutos, T in a e Isaac descienden del Edam escol­
tados p o r el secretario del Socorro Rojo y los abogados. V itto­
rio se h a ido p o r delante. Dos horas más tard e, a m edida que
avanzan, en cu en tran el te rre n o allanado p o r Vidali. Consigue
boletos de tren, salvoconductos, defensores. Los com pañeros
han reservado habitaciones en u n pequeño hotel y al día si­
guiente les ofrecen u n a com ida en la que p o n en en los brazos
de T in a los prim eros narcisos de prim avera. V ittorio la alcanza:
—¿Ves como em pieza u n a nueva vida?
La fiesta se prolonga. C uando los tres salen a la noche h ú ­
m eda de R otterdam , T in a abraza sus flores:
—Les confieso que en la m añana me dio u n m iedo terrible.
A hora estoy dispuesta a trabajar y a construirm e u n a nueva
vida.
V ittorio no le advierte a T in a que la am enaza del gobierno
de Italia es el inicio de u n a larga persecución en su contra. Le
dice que la presencia del cónsul lo ha helado. Sólo él sabe lo
que significa. Tam poco habla del inspector de la policía h o lan ­
desa Sirks, al que todos tem en.
T om an el tren hacia Berlín. En la estación, la gente bien
vestida se ap resu ra cam inando d en tro de buenos zapatos, y T i­
na reconoce en cada m ovim iento la eficacia europea. C ubier­
tos con gruesos abrigos, proyectan u n a im agen de p rosperidad.
D entro del com partim ento cada quien acom oda su m aleta en
lo alto, se sienta en el lu g ar asignado y desdobla u n periódico.
Por la ventanilla, el cam po aú n nevado refleja ese mismo o r­
d en rectangular. ¡Lejos queda México con su incertidum bre, su
confusión de huacales y gallinas y el sollozo de sus guajolotes!
En Berlín, a través de la nieve, d esp u n tan briznas de hierba
tierna.
—Mira, ya viene lo nuevo —sonríe Tina.
V ittorio piensa: “No tiene conciencia de que ah o ra em pieza
el verdadero peligro”, y le sonríe de vuelta. T am bién Isaac,
contagiado, sonríe.
En la estación de Berlín, V ittorio los anima:
—Los invito a tom ar u n café en Leipzigerstrasse, ¿o p refieren
el hotel A dler en U n ter d en Linden?
El spree está muy concurrido, m ujeres de som brero de fiel­
tro o toca de piel cam inan alertas, vivas, las mejillas sonrosa­
das. T am bién las de T in a h an enrojecido; recobra el ritm o
europeo, el b u en paso de los que siem pre tien en que hacer y
saben adonde van.
—No traes som brero —le dice V ittorio —, pero qué bien te
ves.
Es cierto, luce más joven, su traje sastre gris y la mascada al
cuello le sientan bien; a pesar de su peinado severo de raya en
m edio, ,el pelo jalad o hacia atrás, todo su rostro expresa su d e ­
seo de vivir. Por lo p ro n to , espera instalarse en casa de los
W itte, amigos de México, adm iradores de su fotografía y de la
de W eston. Le h an escrito que siem pre te n d rá n u n cuarto listo
p ara ella. C uando T in a toca a su p u erta, frau W itte la recibe,
los brazos abiertos.
—Sólo m e q u ed aré unos días...
La habitación cuenta con u n baño propio, cosa poco fre­
cuente en E uropa.
—Prom étem e que cada vez que vengas a B erlín, dorm irás
aquí. La llam am os desde hace m ucho “la recám ara de T in a ”.
Q ué linda m ujer, de ella em ana u n a belleza in terio r que es­
timula.
Los días que siguen no son tan venturosos. D espués de va­
rios encuentros con cam aradas, V ittorio, Isaac y T in a se d an
cuenta de que la situación de los com unistas en Alem ania no
es la que creían; su polémica con los nacionalsocialistas los ha
debilitado, están aislados. La policía los persigue p o r las calles
con cachiporra de hule y revólver. C uando hay u n a protesta
obrera no vacilan en disp arar sobre los que llevan palos o p ie­
dras. H ay ham bre. Tam poco p ara los ricos la econom ía es b o ­
yante y resulta imposible que u n extranjero obtenga perm iso
de trabajo. T ina, sin em bargo, ha recu p erad o su b u en h u m o r
y no va a p erd erlo tan pronto:
—Los cafés, los bares, las tiendas, las pastelerías están lle­
nas...
—Siem pre sucede eso en tiem pos de crisis; la gente se vuelca
a la calle y vacía su m onedero.
—Pues yo voy a ob ten er el perm iso p ara ejercer mi oficio. La
Union Bild va a darm e facilidades. Willi M ünzenberg es p o d e­
roso.
Willi M ünzenberg es influyente en E uropa y tiene relaciones
con Louis Aragón, R om ain Rolland, H en ri Barbusse, A rth u r
Koestler, para quienes resulta u n p ropagandista form idable
con todas las dotes necesarias al periodism o nuevo: fulgurante,
rápido, eficaz. M ünzenberg viaja a E uropa, América y Asia; es
m oderno, elocuente, todos lo consideran jefe de difusión polí­
tica y cultural de la Internacional C om unista. Su revista AIZ
tira u n m illón de ejem plares y ha publicado fotos de T ina. De
su p u ñ o y letra recibió en México su felicitación invitándola a
seguir colaborando. En él tiene puestas sus esperanzas.
Además del salvoconducto holandés, su pasaporte italiano
nu m ero 3300, em itido a su nom bre en la ciudad de México el
7 de enero de 1930, le da u n año de respiro.
En la Friedrichstrasse los tres se d etienen im antados p o r u n
a p ara d o r en el que refulge u n a gran cantidad de cám aras, es­
tuches, profusión de lentes y de accesorios regados como dia­
m antes. E ntran. El m ovim iento de la tienda so rp ren d e a T ina.
Los aficionados llevan sus rollos a revelar. ¿Así de fácil resulta
lo que a ella le costó tantísim o trabajo? J u n to a esas cám aras,
su Graflex resulta u n paquiderm o antediluviano. Casi en la
p u e rta ve a u n hom bre ab rir y cargar su cám ara en u n santia­
m én, como quien pega u n tim bre con la lengua. V ittorio p e r­
cibe la desazón de Tina:
—T om a tiem po adaptarse a cualquier país; debes ten er p a­
ciencia, la técnica no suple al talento.
—Lo sé. Pero jam ás im aginé que la técnica avanzara a esa
velocidad. En México, uno está al m argen de los adelantos...
—Y tam bién de la ciencia... H ablando de América Latina,
tengo u n a m isión de Sandino que cum plir: in fo rm ar al C entro
A ntim perialista sobre la lucha en N icaragua y solicitar apoyo.
T raigo u n a carta de su p u ñ o y letra. ¿Vienes conm igo? ¿Me
acom pañas? M ientras tanto, a lo m ejor estos com pañeros p o ­
d rían d arte trabajo de traductora...
—¡Ay, no, trad u cir no, p o r ah o ra no!
Sm era, el dirigente de la Liga A ntim perialista los recibe con
u n abrazo. C hattopodyaya, el rep resen tan te de la India, y su
com pañera Lotte son p articu larm en te cordiales. U na inm ediata
sim patía nace en tre T in a y Lotte.

Isaac R osenblum p arte solo a la U nión Soviética; no conviene


que él y V itloiio lo h ag an ju n to s.
T in a se va apagando poco a poco hasta resp o n d er p o r m o­
nosílabos. Inquieto, V ittorio le dice:
—T ina, si así lo deseas puedes venir conm igo a la U nión So­
viética; estoy seguro de en co n trarte trabajo.
—No, quiero hacer el in tento aquí en Alemania; desde aquí
es más fácil ir a Austria; allí mi m ad re y M ercedes p o d rían
verm e con más facilidad. Si no consigo verlas y no en cu en tro
trabajo, prom eto escribirte.
T in a n o le dice a V ittorio que no piensa quedarse m ucho
tiem po en la bella recám ara de los W itte; su am or p ro p io no
lo perm ite; apenas consiga trabajo, buscará u n cuarto en el
que p u ed a revelar su m aterial fotográfico. Insiste en acom pa­
ñarlo hasta la p u erta p ara d a r unos pasos en la calle. A fuera el
cielo está gris y T in a m uy pálida; p o r vez p rim era V ittorio ve
desesperación en su m irada. La tom a del brazo:
—V ente a la U nión Soviética.
-N o .
Aquella m irada de rechazo acom paña a V ittorio d u ra n te to ­
do el viaje.
•Manos de trabajador•
Fotografía de Tina Modotti

B
19 DE MARZO DE 1930

erlín la devuelve a los soni­


dos de su infancia. En cualquier m om ento, la sirena de la fá­
brica va a despertarla. Las casas em papadas p o r el agua y la
nieve de invierno se alinean oscuras, parduzcas. C uando no
llueve, T in a ve ro p a tendida en los balcones, espacio ínfimo,
apenas u n a tira de sol en tre la ventana y el barandal. Q ué d i­
ferencia con las azoteas de México. Se topa con organilleros
que le d an vuelta a la m anivela del pesado H o h n er: atraen
más p o r el changuito vestido de rojo sobre la caja, que p o r la
música; los niños bailan en to rn o al simio, quieren abrazarlo
al ritm o del vals de Strauss. Las calles grises hu elen a malta.
T in a se ap arta de los batientes de las cervecerías que avientan
u n vaho caliente y ferm entado igual al aliento de los b o rra ­
chos que u n a vez salieron a p iro p earla a grandes voces.
Al lado de México, Berlín es im púdico, h orm iguea de gente
que corre p o r las calles frente a los ap arad o res y los restau ra n ­
tes que tam bién son aparadores; desde la acera se p u ed e ver a
los com ensales ab rir la boca y con el te n ed o r em p u jar u n tro ­
zo de gruesa salchicha blanca, luego u n trago de cerveza, sin
que les im porte que los vean com er. Seguro hacen tro n a r r u i­
dosam ente la carne, la revientan bajo sus veintiocho dientes
— algunos tienen trein ta y dos —; golpean sus tarro s en la mesa
p ara que vuelvan a llenárselos. Al lado de u n a fonda, u n a zapa­
tería, luego u n cine que anuncia a Pola N egri, u n a sastrería,
u n a som brerería, u n a cervecería, y otra zapatería. Las m ujeres
enseñan los muslos al probarse los zapatos. El p u d o r m exicano
parece u n recu erd o equivocado. Aquí nadie pide p erd ó n p o r
estar vivo.
T in a busca u n cuarto en las vecindades de los trabajadores,
en algún edificio de tres o cuatro pisos, sin elevador y con u n
excusado p o r planta, que todos se encargan de m an ten er lim ­
pio. E ntre ellos quiere vivir, en tre esa gente que come papas
hervidas y para quienes el pan n egro con m erm elada es u n a
fiesta. Escucha niños que cantan en las esquinas de la calle p a­
ra que les echen u n pfennig:

D er schóste Land das ich a u f erd en weise


das ist m ein V aterland.

“El más bello país que conozco en la T ie rra es m i patria,"


H abía olvidado qué húm eda es E uropa. El sol m exicano b a ­
rría con Ja pobreza y los malos olores, A hora la expresión en
los ojos de la gente la atem oriza. D ura, incolora, d u ra, deslava­
da, d ura. Los m exicanos no tienen esas m andíbulas agresivas,
ni esas cejas cargadas, ni ese mal h u m o r. Los barrios pobres
en Berlín g ru ñ en descontentos. En México, los pobres se te n ­
d ían m ansam ente al sol a rascarse sus costras, A hora no ve
m ansedum bre; al contrario, cuando pide alguna indicación, le
resp o n d en con malas razones, ladrándole. “Aquí tengo que e n ­
durecerm e.”
Cerca de U n ter d en Linden, las pastelerías resplandecen de
golosinas de colores, chocolates am ontañados, pilas de pan
de especias. Cuestan una fortuna. A la genLe de Berlín le pa­
gan dos veces al día, una en la m añana y otra en la tarde, y
corren a la calle a canjear p o r bom bones sus billetes y sus
pfennigs, tan devaluados que con ellos p o d rían tapizar las p a­
redes. ¡Puro papel m oneda! C u en tan que en H am b u rg o las
m ujeres reciben el sueldo de los m arineros y se ap resu ran a
com prar comestibles p o rq u e al día siguiente subirán de precio,
o ya no habrá. La inflación los hace gastarlo todo; inconfor-
mes, los estibadores se en fren tan a diario con la policía, las
luchas callejeras term in an con sangre.
Las voces agudas de las m ujeres aconsejan aventar los bille­
tes al aire, gastarlos en la pista de baile, p ed ir con ellos u n
eierkuchen m it apfel, arroz con leche, cerezas al m araschino,
p an francés con azúcar y canela, toda la opulencia de la repos­
tería vienesa acom pañada de je re z y oporto; q u ieren paliar con
lujo la inflación. Inquietos, retóricos, falsos en sus carcajadas
forzadas. ¡Abajo la república de W eimar!, g ritan los nacionalso­
cialistas en la Friedrichstrasse. H asta los p erro s tienen u n a son­
risa postiza.
El frío del asfalto m ojado y ennegrecido sube p o r las p ie r­
nas, ensom brece el espíritu. T in a recu erd a las calles de México
con su gente leve y pobre rep eg ad a a los m uros, gente que
cam ina sin estorbar, sonríe con los ojos, a ratos picara, y los
com para a estos corpulentos alem anes sum idos en la m ediocri­
dad de su ru tin a, con su descontento en la cara, en sus pasos
pesados. La indiferencia le oprim e el corazón. ¡Ay E uropa, qué
cocida estás, cebada de castañas y de tripas y de hígados m ace­
rados, y en tus traspatios, p an d u ro y negro!
N adie a quien recu rrir, nadie a quien hablar, nadie tocará a
su p u e rta como en A braham González cuando Francés T oor,
antes de e n tra r a su p ropio d epartam ento, asom aba su cara de
p erro bueno: “¿Me invitas u n café?” De p ro n to escucha gritos
hirientes y se detiene cuando todos siguen su camino. U na ale­
m ana go rd a de abrigo y som brero café reg añ a a su p erro
salchicha color de su abrigo. ¡Qué gente fea! ¿O se ha acos­
tu m b rad o a ser fea? En México, la gente pequeñísim a, dulce,
es graciosa.
Al principio, T ina no advierte la atm ósfera de desconfianza.
CentradaQ en sus problem as, no rep ara en que Berlín se ha
vuelto u n a inm ensa re d de espionaje. C hattopodyaya y Lotte la
previenen: “C uídate, desconfía, no hables con desconocidos”.
En México ha sido precavida, aquí ¿quién po d ría saber de su
existencia? T an no la conocen que la dejan m o rir de ham bre.
Vivir ahora en la pensión Schultz es como hab er cam biado
de metabolismo; tiene que ad ap tar cada u n a de las células de
su cuerpo a su nueva situación. A dolorida, se repite en u m erán ­
dolos los esfuerzos p ara seguir viva: “A hora me levanto, ah o ra
me lavo, ahora me visto, ah o ra m e caliento u n café y me obli­
go a m asticar u n pan, ah o ra me aprieto el chongo”. Su vida ya
no tiene aquella fragm entación que la dividía d án d o le a cada
h o ra u n sentido propio. No tiene obligaciones. N adie v en d rá a
posar a las doce del día, no hay fotos que en treg ar. La vida en
su estado p u ro le cae encim a como u n bloque de cem ento.
Razona para sí misma: “Me siento mal p o rq u e no tengo a qué
am anecer; cuando trabaje, regresaré a la n o rm alid ad ”.
N unca en su vida ha pasado varios meses sin la presencia de
gente que la am a o q u erid a p o r ella. N unca ha vivido sin u n
ingreso económ ico que le p erm ita subsistir. Los quinientos d ó ­
lares se le diluyeron en la ren ta, en l