Sunteți pe pagina 1din 4

ANTONIO Y CLEOPATRA

ESCENA III

Alejandría. Otra sala del palacio. Entran CLEOPATRA, CARMIANA, IRAS Y ALEJAS

CLEOPATRA: ¿Dónde está?

CARMIA: No le he visto desde ese momento.

CLEOPATRA: Ve dónde está, con quién y lo que hace; actua como si yo no te hubiera
enviado. Si lo encontrás triste, decile que bailo; si lo encontrás alegre, decile que he caído
súbitamente enferma. Apurate y regresá.

CARMIA: Señora, me parece que, si lo amás tiernamente, no seguís un buen método para
conseguir de él la reciprocidad.

CLEOPATRA: ¿Qué tengo que hacer que no esté haciendo?

CARMIA: Ceder en todo y no contrariarlo en nada.

CLEOPATRA: Me enseñas como una loca; ese es el camino para perderlo.

CARMIA: No lo sometas a una prueba demasiado dura; tené cuidado, te aconsejo. Con el
tiempo odiamos lo que tenemos a menudo. Aquí viene Antonio.

CLEOPATRA: Me siento enferma y triste.

ENTRA ANTONIO

ANTONIO: Lamento verme obligado a revelar mi propósito…

CLEOPATRA: Ayúdame a irme, querida Carmia; voy a caerme. Esto no puede durar mucho
tiempo así: las fuerzas de la Naturaleza no lo permitirán.

ANTONIO: Mi queridísima reina…

CLEOPATRA: Te ruego, que te mantengas más lejos de mí.

ANTONIO: ¿Qué sucede?


CLEOPATRA: Leo en tus ojos que has recibido buenas noticias. ¿Qué dice la mujer casada?
Podés partir. ¡Ojalá ella nunca te hubiese dado permiso para venir! Que no diga que soy yo
la que te retiene aquí; no tengo poder sobre vos. Sos de ella.

ANTONIO: Los dioses saben mejor…

CLEOPATRA: ¡Oh! ¡Nunca fue una reina traicionada a tal punto! Sin embargo, vi desde el
origen plantar estas traiciones…

ANTONIO: Cleopatra…

CLEOPATRA: ¿Por qué iba a pensar que eras mío y leal aunque al jurar movieras los tronos
de los dioses, si fuiste falso con Fulvia? Locura alborotada (extravagante) enredarse con
tales promesas de la boca que se rompen ni bien se juran.

ANTONIO: Dulcísima reina…

CLEOPATRA: Vamos, te lo ruego, no busques pretextos para tu partida, mejor decí adiós y
partí. Cuando pedías quedarte, era entonces el tiempo de las palabras, no hablabas
entonces de partir; la eternidad estaba en nuestros labios y en nuestros ojos; la dicha en
nuestros rostros; inclinados el uno contra el otro, nada de lo nuestro tan mísero que no
fuera venido del cielo (ninguna parte de nosotros mismos era tan pobre que no contuviera
un sabor anticipado del cielo). Aún es así, vos que sos el más grande soldado del mundo te
has convertido en el mayor mentiroso.

ANTONIO: ¿A qué viene esto, señora?

CLEOPATRA: Ojalá yo tuviera tu altura; sabrías entonces que hubo un corazón en Egipto.

ANTONIO: Reina mía, las graves circunstancias del momento requieren de mi servicio algún
tiempo; pero mi corazón queda completamente junto a vos. Nuestra Italia centellea con las
espadas de la guerra civil. Sexto Pompeyo se aproxima a las puertas de Roma. La igualdad
de fuerzas de los dos partidos nacionales engendra un ardor faccioso. Pompeyo, el
condenado, rico por el honor de su padre, se insinúa rápidamente en los corazones de
aquellos que no han prosperado bajo el presente estado de cosas, y cuyo número se hace
amenazador; y la tranquilidad enferma a fuerza de reposo, buscaría de buena gana un
remedio en cualquier cambio desesperado. Mi asunto puramente personal, y el que con
preferencia a otro debe tranquilizarte sobre mi partida, es que Fulvia ha muerto.
CLEOPATRA: Aunque la edad no haya podido librarme de la locura, me ha librado, sin
embargo, de la ingenuidad. ¿Puede Fulvia morir?

ANTONIO: Está muerta, mi reina. Mira aquí y lee en tu soberano ocio las conmociones que
ha levantado; y al final de la carta lee, sobre todo, cuándo murió y cómo murió.

CLEOPATRA: ¡Oh, falso amor! ¿Dónde están los vasos sagrados que debieras llenar con
lágrimas de tu dolor? Ahora veo, por la muerte de Fulvia, cómo será recibida la mía.

ANTONIO: Basta ya de peleas y preparate a conocer los propósitos que tengo, que se
ejecutarán o no se ejecutarán según la opinión que emitas. Por el fuego que calienta el
Limo del Nilo que me voy, tu soldado y tu servidor, para hacer la paz o la guerra, según lo
estimes.

CLEOPATRA: Carmia cortame el lazo, no dejalo. De pronto me siento mal o bien en un abrir
y cerrar de ojos, así ama Antonio.

ANTONIO: Mi preciosa reina, calma y brinda testimonio de un amor que sostiene todo
juicio honorable.

CLEOPATRA: El ejemplo de Fulvia me ha alentado. Te lo ruego, date vuelta y llora sobre ella;
dame luego tu adiós y decime que esas lágrimas pertenecen a la reina de Egipto. Vamos,
querido mío, represéntame una escena de excelente disimulo y que dé la ilusión del
perfecto honor.

ANTONIO: ¡Ya basta! Me vas a hacer hervir la sangre.

CLEOPATRA: Podés hacerlo mejor todavía, pero va muy bien.

ANTONIO: Te juro por mi espada…

CLEOPATRA: ¡Y por nuestro escudo! Hay progreso, pero no llega aún a la perfección.
Carmia, te suplico, mira cómo este romano descendiente de Hércules, hace honor a las
formas de su antepasado.

ANTONIO: Me voy a ir señora…

CLEOPATRA: Una palabra más, cortés señor. Señor, vos y yo debemos separarnos, pero no
es esto lo que quería decir; señor, vos y yo nos hemos amado; pero no es esto; eso lo sabés
perfectamente bien. Quería decir algo… ¡Oh mi memoria es un verdadero Antonio y no me
acuerdo de nada!

ANTONIO: Si no fuera porque vuestra Majestad tiene al ocio por súbdito, diría que sos el
ocio mismo.

CLEOPATRA: Dura labor es esta, llevar semejante ocio junto al corazón como lo hace
Cleopatra. Pero, señor, perdóname, puesto que las cosas que me dan placer me matan
desde que no son vistas por vos con buenos ojos. ¡Te llama tu honor, sé sordo a mi locura
desatendida entonces y que los dioses vayan con vos! ¡Que la victoria, coronada de
laureles, guíe tu espada! ¡Que un fácil éxito se eleve sobre cada uno de tus pasos!

ANTONIO: Es hora de irnos, vamos. Nuestra separación permanece y se va de modo que,


aunque estés aquí vienes conmigo y yo, por más que parta, me quedo aquí contigo.
¡Partamos!

Interese conexe