Sunteți pe pagina 1din 26

Bulletin for Spanish and Portuguese Historical Studies

Journal of the Association for Spanish and Portuguese Historical Studies

Volume 37 | Issue 1 Article 4

2012

Negroafricanos, marginación y violencia en el


mundo hispano en la Edad Moderna
Aurelia Martín Casares
Universidad de Granada, aurelia@ugr.es

Luis Méndez Rodríguez


Universidadde Sevilla, lrmendez@us.es

Follow this and additional works at: https://digitalcommons.asphs.net/bsphs

Recommended Citation
Martín Casares, Aurelia and Méndez Rodríguez, Luis (2012) "Negroafricanos, marginación y violencia en el mundo hispano en la
Edad Moderna," Bulletin for Spanish and Portuguese Historical Studies: Vol. 37 : Iss. 1 , Article 4.
https://doi.org/10.26431/0739-182X.1056
Available at: https://digitalcommons.asphs.net/bsphs/vol37/iss1/4

This Article is brought to you for free and open access by Association for Spanish and Portuguese Historical Studies. It has been accepted for inclusion
in Bulletin for Spanish and Portuguese Historical Studies by an authorized editor of Association for Spanish and Portuguese Historical Studies. For
more information, please contact jesus@udel.edu.
Negroafricanos, marginación y violencia en el mundo hispano en la Edad
Moderna
Cover Page Footnote
Este trabajo se inscribe en el proyecto de investigación I+D aprobado y financiado por el Ministerio Ciencia e
Innovación (MICCIN): “Voces y ausencias: esclavitud negroafricana y abolicionismo en España (siglos XVI
al XIX)”, código HAR2010-15970, dirigido por la profesora Aurelia Martín Casares.

This article is available in Bulletin for Spanish and Portuguese Historical Studies: https://digitalcommons.asphs.net/bsphs/vol37/
iss1/4
BULLETIN FOR SPANISH AND PORTUGUESE HISTORICAL STUDIES
37:1/December 2012/64-87

Negroafricanos, marginación y violencia en el mundo


hispano en la Edad Moderna*

AURELIA MARTÍN CASARES


Universidad de Granada
LUIS MÉNDEZ RODRÍGUEZ
Universidad de Sevilla

La consideración social de la población esclava -negroafricanos,


moriscos o berberiscos- en la mentalidad de la España moderna era nula; no
pasaban de ser la escoria de la sociedad. Esclavos y esclavas eran tenidos por
“objetos” que podían ser trocados, comprados, heredados, donados o
vendidos. Tanto en la legislación municipal como en la estatal aparecen a
menudo asociados a los animales.1 De hecho, los corredores de esclavos se
ocupaban también del corretaje de las bestias, es decir, que los comerciantes
de esclavos de ordinario vendían también animales; e incluso el herraje se
practicaba indistintamente a unos y otros. Además, esclavos y esclavas
estaban al margen de las relaciones de parentesco, puesto que difícilmente
podían crear familias ya que sus hijos pertenecían también a sus propietarios y

* Este trabajo se inscribe en el proyecto de investigación I+D aprobado y financiado por el


Ministerio Ciencia e Innovación (MICCIN): “Voces y ausencias: esclavitud negroafricana y
abolicionismo en España (siglos XVI al XIX)”, código HAR2010-15970, dirigido por la
profesora Aurelia Martín Casares.
1
Como en el caso de las Ordenanzas de Sevilla: “Cuando el pregonero oviere de
pregonar algún esclavo o caballo o mula (...)”, Ordenanças de Sevilla: recopilación de las
ordenanças de la muy noble y muy leal cibdad de Sevilla de todas las leyes et ordenamientos
antiguos et modernos cartas et prouisioines reales, Sevilla, Juan Varela de Salamanca, 1527,
folio 134. Asimismo, J. Rodríguez Molina escribe: “las ordenanzas de Jaén los incluye en el
capítulo de las bestias, “...las vestias, así caballos, como yeguas y mulas y azemilas y hacas y
asnos y esclavos y esclavas...”. Rodríguez Molina, J., “El Reino de Jaén”, en: Historia de
Andalucía. La Andalucía del Renacimiento (1504-1621) (Madrid: Planeta, 1980), 147, vol.
IV.

64
podían ser vendidos en cualquier momento. En definitiva, al estar excluidos de
la sociedad, la mayoría de los esclavos tan sólo podían aspirar a ser liberados,2
lo que tampoco cambiaría substancialmente su condición social, aunque
obtendrían ciertos beneficios.

En consecuencia, el imaginario social sobre las personas de origen


subsahariano estaba a menudo asociado a la pillería, el engaño y la
deshonestidad en el inconsciente colectivo de la Europa Moderna, tal y como
señala Kate Lowe al referirse a las características asociadas a los
negroafricanos, que eran definidos como propensos al alcoholismo y la
criminalidad, ligando ambos aspectos a la consideración de su
desconocimiento e incomprensión de las normas civilizadoras o de la conducta
europea, así como a la falta de autodisciplina.3 De esta manera, se creó una
suerte de estereotipo que marcó, sin duda, la vida y la realidad social de las
personas de origen africano que fueron transportadas a España y América en
los buques negreros a partir del siglo XVI. Así lo proclama Filipo, el negro
protagonista de El prodigio de Etiopía de Lope de Vega, cuando dice: “y de
un negro no te fíes / con esa facilidad,”4 y más adelante cuando se pregunta:
“¿qué esclavo no es embustero / aunque la vida le cueste?”5

Por otra parte, es evidente que los negroafricanos también cometieron


crímenes, a pesar de estar muy controlados y que se les impusieran durísimos
castigos. Precisamente, el miedo a que se rebelasen y la necesidad de
mantenerlos sujetos, en tanto que mano de obra barata, allanó el camino para
su criminalización. En cualquier caso, la delincuencia, en una comunidad
sometida mayoritariamente a esclavitud, podría incluso interpretarse en
determinadas situaciones como una vía de insurrección contra el sistema. La
convivencia en los ambientes marginales (plazas públicas, tabernas, cárceles u
hospitales) de criminales, vagabundos, jugadores, pobres y esclavos, hacía que
todos estos grupos se mezclasen; ello también daba lugar a la convivencia con
la violencia de manera cotidiana.6 En Sevilla, por ejemplo, que contaba con la
mayor comunidad negra de España en el siglo XVI, numerosos esclavos y

2
Los casos de promoción social son muy limitados, aunque también existieron. Un
ejemplo de ello lo constituye el esclavo Juan Latino. Véase Martín Casares, Aurelia, “Free
and freed black Africans in Granada in the time of the Spanish Renaissance”, en: Earle, T. F.
y Lowe, Kate (eds.), Black Africans in Renaissance Europe (Cambridge: Cambridge
University Press, 2005), 247-260.
3
Lowe, Kate, “The stereotyping of black Africans in Renaissance Europe”, en: Earle,
T. F. y Lowe, Kate (eds.), Black Africans..., 28.
4
Lope de Vega, Félix, “El prodigio de Etiopía”, en: Obras de Lope de Vega, T. IV:
Comedias de vidas de Santos (Madrid: Sucesores de Rivadeneyra, 1894), 123.
5
Lope de Vega, Félix, “El prodigio de Etiopía”…, 125.
6
Vincent, Bernard, “La cultura de los marginados en la Europa de la época Moderna”,
en: Fortea, José I., Gelabert, Juan E. y Mantecón, Tomás A. (eds.), Furor et rabies. Violencia,
conflicto y marginación en la Edad Moderna (Santander: Universidad de Cantabria, 2002),
339-351.

65
libertos vivían en el barrio extramuros de San Bernardo, un área depauperada
de elevada criminalidad; de ahí que Ruth Pike constate la presencia de
numerosos esclavos definidos como ladrones o matones.7

No obstante, en numerosas ocasiones, esclavos y esclavas suelen ser


presentados en la historiografía como “inadaptados” o “indóciles”, como si
fuesen culpables de no amoldarse a las normas sociales, cuando en realidad
eran víctimas de un sistema injusto. Es la misma lógica del propietario que
señala que su esclava es “fugitiva y es interesada y responde y es mal
acondicionada.”8 Quizá la culpabilidad habría que buscarla en la injusticia de
las relaciones de dominación esclavista, que no atañían exclusivamente a los
propietarios, sino también a los poderes fácticos, entre los que se encontraban
la monarquía, la iglesia y sus representantes. De hecho, Iván Armenteros
señala que la resistencia de los esclavos a la realidad impuesta del cautiverio,
divergente en todo punto a la voluntad del individuo, estrechaba los lazos
entre esclavitud y conflictividad; es decir, que la fuga o la adopción de
conductas y comportamientos conflictivos como el robo, el juego, la
prostitución o el alcoholismo constituía la base del rechazo hacia la cultura
dominante, en un proceso de “aculturación negativa.”9

Precisamente, los negroafricanos que cometieron delitos, o


simplemente fueron tachados de “natural incorregible”, fueron a menudo
condenados a recibir latigazos o azotes, y en algunos casos incluso
sentenciados a realizar los trabajos más duros, como remar en las galeras
reales o dejarse la piel en las minas de Almadén en Ciudad Real. En todo caso,
cabe señalar que la concepción de la violencia y la relación con el dolor en la
Europa del siglo XVI distaba enormemente de la actual; las ejecuciones y las
torturas públicas formaban, en cierto modo, parte de la “normalidad” tal y
como señala Foucault.10

Negroafricanos ladrones, fugitivos y borrachos

Por lo que respecta a la documentación histórica, en el caso concreto


de los documentos de compraventa de esclavos (o esclavas), se suele señalar
que la persona objeto de la venta no era “borracho, ladrón ni fugitivo”. Esta
fórmula se repite una y otra vez como si se tratara de un elemento

7
Pike, Ruth, “Crime and Criminals in Sixteenth-Century Seville”, The Sixteenth
Century Journal, 6/1 (1975): 3-18.
8
Archivo de Protocolos de Granada (APG), legajo 160, folio 1071 (1568).
9
Armenteros Martínez, Iván, “ ‘Si tu non delinquiris’: conflictividad en torno a la
esclavitud en la Barcelona tardomedieval”, Anuario de Estudios Medievales, 38/2 (julio-
diciembre 2008): 969-1007.
10
Foucault, Michel: Surveiller et punir: Naissance de la Prision (Paris: Gallimard,
1975).

66
constituyente del texto, de manera que podríamos llegar a pensar que la
afición desmedida al vino, la frecuencia del robo y la tendencia a escapar de
casa del amo eran muy frecuentes. Sin embargo, según las investigaciones que
se han realizado hasta el momento, no era así. Concretamente, el estudio
sistemático de las compraventas en la Granada del siglo XVI pone de
manifiesto que el porcentaje de hombres y mujeres esclavos de origen árabe o
subsahariano reseñados como ladrones no supera el 2,4%, el de alcohólicos de
ambos sexos se sitúa en un 3% y el de fugitivos y fugitivas, el más alto, tan
sólo supone un 4,3%.11 Además, las mujeres constituyen una cuarta parte del
total de estos porcentajes, aunque las ladronas se aproximan al tercio (más
concretamente: borrachas 26,6%, fugitivas 27% y ladronas 37,5%). Por su
parte, el porcentaje de fugitivos vendidos en la Córdoba de principios del siglo
XVII era aún más bajo según Alfred Ndamba.12

Por lo que respecta a las fugas, cabe señalar que, en la mayoría de los
casos, los esclavos y esclavas que escapaban de casa de sus amos eran
herrados para sancionar su conducta. No obstante, la mayoría de ellos eran
reincidentes a pesar de los castigos y no es raro encontrar en la documentación
archivística frases como: “es huydor y se me ha huydo muchas veces.”13 Los
procesos del Santo Oficio contienen un buen número de ejemplos de esclavos
y esclavas encausados por intentos de fuga que se produjeron, generalmente, a
consecuencia de malos tratamientos. Éste es el caso de Diego Francisco, que
se expresa en los siguientes términos: “dixo que su amo le daba muy mala
vida y tenía muy recia esclavitud.”14

Así, muchos hombres y mujeres esclavizados fueron marcados a hierro


en el rostro a consecuencia de haber escapado para que pudieran ser
rápidamente descubiertos en caso de intentarlo de nuevo. La relación directa
entre fuga y herraje se pone de manifiesto a través del nombre que recibía la
herrería de Sevilla: “mesón de los perdidos o del herrador.”15 El herraje más
frecuente era una S en una mejilla y una especie de I (que representaba un
clavo) en la otra, para expresar, a modo de jeroglífico la palabra “SCLAVO”.
Según Sebastián Covarrubias, en realidad, estas letras significaban Sine Iure,
es decir, “Sin Derechos”, porque, como dice el autor: “el esclavo no es suyo,

11
Véase capítulo 9 de Martín Casares, Aurelia, La esclavitud en la Granada del siglo
XVI: género, raza y religión (Granada: Universidad de Granada, 2000).
12
1% de fugitivos. Ndamba Kabongo, Albert, Les esclaves à Cordoue au début du
XVIIe siècle (1600-1621), tesis doctoral inédita, Université de Toulouse-le-Mirail (France),
1975, p. 224.
13
APG, legajo 167, folio 151 (1569).
14
Citado por Fournie, Christine, Contribution a l’étude de l’ésclavage en Espagne au
siècle d’Or (Tesis Doctoral, l’École Nationale de Chartres, 1987), 195.
15
“Por cada esclavo perdido o huido que se lleve al “mesón de los perdidos o del
herrador”; se dan al que lo hallare 2 reales y al mesonero un real”. Ordenanças de Sevilla…,
folio 85.

67
sino de su señor y assí le es prohibido cualquier acto libre.”16 Como señala
Alessandro Stella, todos los historiadores que han estudiado los documentos
concernientes a la esclavitud conservados en los archivos notariales españoles,
han encontrado esclavos con estas marcas.17 No obstante, no todas las señales
que portaban los negroafricanos en la cara fueron realizadas en suelo español,
ya que algunos de ellos llegaron con cortes tribales practicados en sus
territorios de origen. Dichos subsaharianos portaban diseños geométricos
compuestos generalmente por rayas y puntos; los textos son explícitos: “tiene
en cada mejilla tres señales como rayas”, “tiene unas sahaduras en los
carrillos”, “con unas rayas en las sienes de la cara”, etc.18

1. Marcas de la Audiencia de Charcas. Archivo Nacional de Bolivia.

16
Covarrubias Orozco, Sebastián, Tesoro de la lengua castellana, o española (Madrid:
Luis Sánchez, 1611).
17
Stella, Alessandro, “ ‘Herrado en el rostro con una S y un clavo’: l’homme-animal
dans l’Espagne des XVe-XVIIIe siècles”, en: Bresc, Henri (dir.). Figures de l’esclave au
Moyen-Age et dans le monde moderne (Paris: Editions L’Harmattan, 1996), 147-163.
18
APG, legajo 222, folio 430 (1579); legajo 186, folio 481 (1574); legajo 180, folio
642 (1571). Quizá el dibujo menos frecuente entre los subsaharianos sea el que portaba un
joven guineano de 18 años: “un ramo en la frente”, APG, legajo 203, folio 817 (1576).

68
Comportamientos como la fuga eran socialmente juzgados como
“ingratos” y “desleales”, pero constituían, en ocasiones, atisbos de rebeldía
frente a la humillación y la opresión a que estaban sometidas las personas
esclavizadas por los malos tratamientos a los que los sometían sus
propietarios, y expresaban cierta conciencia de injusticia social e, incluso, un
cierto grado de subversión a la condición de esclavo. En consecuencia, la
insistencia en la condición de incorregibles y rebeldes de los fugados formaba
parte de las representaciones sociales sobre la esclavitud que imperaban en la
época. De hecho, la fuga en el caso de las personas esclavizadas podría incluso
considerarse legítima; era una forma de resistencia a su injusta condición de
servilidad. No obstante, también se daban casos en que esclavos fugados
hacían del bandidaje su forma de vida, como los mulatos Juan Bautista y
Bartolomé, esclavos huidos que actuaron como bandoleros en la campiña
sevillana durante varios años antes de ser capturados.19

Por otra parte, la insistencia de la mencionada fórmula (“no es


borracho, ladrón ni fugitivo”) tenía como fundamento certificar la “calidad” de
las personas objeto de venta; pero, además, el estudio de los documentos nos
ha demostrado que estos tres elementos (el robo, el alcoholismo y la huida)
solían presentarse enlazados como si de un círculo vicioso se tratara. Esto
significa que prácticamente todos los alcohólicos robaban, quizá para poder
pagar el vino, y que casi todos los ladrones se fugaban, probablemente para
escapar al castigo que les esperaba, en muchos casos el herraje. Por otra parte,
el vino era un bien de consumo muy popular en la España Moderna e incluso
las prostitutas de la mancebía tenían derecho a “medio cuartillo de vino a cada
comida.”20 De hecho, los millones, un impuesto indirecto sobre la
alimentación creado en la época de Felipe II, gravaban las cuatro especies
básicas: vino, vinagre, aceite y carne. Resulta evidente que no era difícil
conseguir vino en los mesones, sin duda hasta la más baja estofa tenía acceso,
y tampoco hay que olvidar el aporte calórico que el alcohol suponía para una
población hambrienta y desnutrida. A todo ello cabe añadir que se bebía vino
por las dificultades de encontrar agua en buenas condiciones.

Estos mismos prejuicios fueron abundantes en el continente americano,


aplicados no sólo a los negros sino también a los indios, a quienes se les
tildaba de bebedores, pendencieros y jugadores. En la vista de la Catedral de
Guatemala, pintada por Antonio Ramírez Montufar en 1678, se observa cómo
en la plaza se representa un animoso grupo humano compuesto por todas las
clases sociales, desde las autoridades eclesiásticas, religiosas, familias
importantes, estudiantes, damas con sus hijos, caballeros y pajes negros que

19
Pike, Ruth, “Crime and Criminals in Seville”…, 16.
20
Ordenanzas de la Mancebía de Granada (1539), Archivo Municipal de Granada
(AMG), legajo 1904.

69
transitan a pie. La diversidad de indios y negros de todas las edades y sexos es
significativa, como también lo es su indumentaria. En esa multiplicidad de
razas, actitudes y particularidades de las gentes aparecen algunos relacionados
con el juego, sobre todo en dos corrillos con criollos y negros jugando a los
naipes.21

2. Antonio Ramírez Montufar. Construcción de la Catedral de Guatemala (detalle) (1678)

3. Antonio Ramírez Montufar. Construcción de la Catedral de Guatemala (detalle) (1678)

21
AA.VV., Catálogo de la Exposición Los Siglos de Oro en los Virreinatos de
América. 1550-1700, Madrid, 1999, pp. 163-166.

70
En la zona central del cuadro, localizamos a un pobre y joven negro
que ha robado unas verduras y que es perseguido con un palo por el vendedor.

4. Antonio Ramírez Montufar. Construcción de la Catedral de Guatemala (detalle) (1678)

Sin duda los robos menudos debieron ser una constante entre la
población esclava de origen negroafricano ya que el hambre, el frío y las
dificultades debieron ser extremas en la mayoría de los casos. Precisamente,
tenemos constancia de negros que roban mantas en las huertas para abrigarse,
como en el caso de Nicolás, un joven de 22 años, residente en la ciudad de
Jerez de los Caballeros (Extremadura), en 1626.22 De hecho, las ordenanzas de
la mayoría de las ciudades españolas hacen constante alusión a la calidad de
ladrones de los esclavos y negros. Tomemos por ejemplo las ordenanzas de
Granada de 1528, en cuya disposición de la Alhóndiga del pan se prohíbe que
entren en ella los esclavos porque roban mantas, pan y costales a los arrieros,

22
Archivo Histórico Provincial de Badajoz, protocolos notariales, legajo 2191.
Agradecemos a Rocío Periáñez habernos ofrecido la información relativa a este documento.

71
bajo pena de 50 azotes, doblados la segunda vez.23 Asimismo, en la ordenanza de
“Cómo se ha de vender carbón” de la misma fecha, se dice “que ningún negro ni
otra persona de los que acarrean carbón, sean osados de entrar, ni entren en el
Alhóndiga donde se pesa y vende el carbón a cosa ninguna, so pena de
doscientos maravedís.”24 Por último, la normativa más explícita es la contenida
en la “Ordenanza para que los tenderos, ni especieros no compren de esclavos
cosas de comer ni les den nada sobre prendas”. Esta ordenanza prohíbe a los
especieros y tenderos granadinos que vendan mercadurías que hayan adquirido
previamente “de ningún esclavo ni esclava”, porque se entiende que las roban en
casa de sus amos o en otras partes. Las mercancías a que se hace referencia son
alimentos básicos: especias, queso, aceite o aceitunas, y también se alude a las
alhajas que llevan a empeñar para que les den dineros o mercadurías.25 Similares
disposiciones se adoptan, por ejemplo, en la villa de Alcalá de los Gazules
(Cádiz), donde se prohíbe comprar ningún bien que sea vendido por esclavos o
esclavas, bajo pena de multa y azotes.26

23
“El señor licenciado Juan Romero dixo que porque a él le consta que los esclavos que
entran en el Alhóndiga del Pan hazen mucho daño a los harrieros que traen a ella pan a
vender, assí a hurtar pan y costales y mantas de cuya causa cada día crecen ladrones en la
dicha Alhóndiga y para evitar los daños que de esto se sigue y puede seguir: dixo que
mandava y mandó que de aquí en adelante los dichos esclavos que entran en la dicha
Alhóndiga a llevar cargos no entren en ella, salvo que estén en la puerta de fuera y de allí
lleven cargos que les dieran, so pena, que le serán dados 50 azotes en la cárcel y por la
segunda vez la pena doblada y mandolo pregonar públicamente en esta dicha ciudad”. AMG,
Recopilación de Ordenanzas de 1678, ordenanza del 24 de marzo de 1528, folio 18v.
24
“Y asimismo manda, que no sean ossados de llevar ni lleven más de un maravedí por
cada arroba de carbón que llevaren, so la dicha pena repartida como dicho es”. “Ordenanza de
cómo de ha de vender carbón en la ciudad para los vecinos”, AMG, Recopilación de
Ordenanzas de 1678, ordenanza del 9 de mayo de 1528, folio 87.
25
“Los muy Magníficos Señores de Granada, estando juntos en el Cabildo, dixeron que
por quanto son informados que los especieros y tenderos de esta ciudad que venden especias y
cintas y otras cosas, compran de esclavos muchas cossas, asi como queso, azeyte y azeytunas, y
otras cosa que hurtan en la cassa y heredad de sus amos, y otras partes, y assimismo hurtan otras
cosas como alajas, y las llevan a los especieros, y tenderos y las empeñan, y sobre ellas les dan
dineros y mercadurías, lo qual es en mucho daño de los vecinos desta ciudad, y queriéndolo
proveer y remediar, acordaron y mandaron que ninguno de los dichos tenderos y especieros sean
ossados de comprar ni compren de ningun esclavo ni esclava azeyte ni queso ni cosa ninguna ni
menos reciban de ellos prenda ni prendas ningunas en guarda, ni sobre ellas les den ningunas
mercadurías so pena de seiscientos maravedises por cada una cosa de las susodichas por cada una
cossa de las susodichas que assi no guardare”. AMG, Recopilación de Ordenanzas de 1678,
ordenanza del 13 de marzo de 1528, folio 121.
26
“Otrosí mando que ninguna persona, vecino ni morador inestante ni forastero ni otra
ninguna persona sea osado de comprar de ningún esclavo ni esclava ninguna cosa que le
venda so pena que lo que oviese comprado lo buelva a su dueño con el doblo y mas que pague
é las setenas de lo que valía la tal cosa é si no tuviese bienes de qué pagar le sean dados cien
azotes”. Romero de Torres, Enrique, “Ordenanças de D. Fadrique de Rivera, marqués de
Tarifa, adelantado mayor de Andalucía, mandó que se guardasen y cumplan en la villa de
Alcalá de los Gazules año de 1513”, Boletín de la Real Academia de la Historia, 56 (1910):
71-72.

72
Esta reputación de los negroafricanos como menuderos también aparece
en obras clásicas de la literatura, como el Lazarillo de Tormes. En el primer
capítulo, cuando Lázaro nos habla de su padrastro, el negro Zaide, hace
referencia a los hurtos que este caballerizo hace en casa de su amo para tener con
que criar al hijo mulato que tiene con la madre del protagonista.27 Por supuesto,
cuando se descubren los robos, el negro es castigado, siendo azotado y
“pringado”, es decir, untado con pringue (aceite o manteca) hirviendo.

En la obra El prodigio de Etiopía,28 Lope de Vega reivindica la


práctica del robo entendida como resistencia y rebeldía en la actitud del negro
Filipo, su protagonista, quien actuará de forma independiente cometiendo
delitos, en los que llega a emplear la fuerza. La experiencia militar del
personaje le permite utilizar armas en sus asaltos, además de la maña y la
fuerza que posee en este tipo de artes. Pero no sólo actuará de manera
individual, esporádica y oportunista, sino que en un momento dado, Filipo
encabezará una cuadrilla de bandoleros. Esta delincuencia organizada encierra
en sí misma el germen de la rebelión social y la ruptura del orden establecido.
Además, la práctica del bandidaje conduce a Filipo al éxito social, puesto que
llega a ser proclamado rey de Tebaida por parte de sus hombres. Para ello,
derrota a las tropas que debían someterlos y captura a su líder, Alejandro, que
no es otro que aquél que un día lo llevó cautivo desde Etiopía a Alejandría. No
obstante, hay que señalar que la trama experimenta un giro definitivo al final
de la obra, ya que Filipo sufrirá una revelación espiritual que le hará
arrepentirse de sus pecados y de todas las acciones emprendidas, retirándose
del mundo a imitación de los eremitas para que, de este modo, el orden social
reemplace al caos de la subversión. Así, Baltasar Fra Molinero señala que en
esta obra se utiliza la condición de Filipo como antihéroe, y lo que ello implica
de desafío al orden, para dar lugar, al final, a “un nuevo orden cristiano en el
que los negros aceptan voluntariamente su condición social inferior.” 29

También hubo esclavos jugadores que dieron con sus huesos en la


cárcel. Éste es el caso de Juan Carlos el negro, un criado de la Corte del que
tenemos noticias por unos memoriales que envía al rey en 1682, para que lo
liberasen de la prisión en la que se hallaba desde hacía dos años. El 3 de
septiembre de 1682 se informó que la Marquesa de los Vélez, aya de Carlos II,

27
“Quiso nuestra fortuna que la conversación del Zaide, que así se llamaba, llegó a oídos
del mayordomo, y, hecha pesquisa, hallase que la mitad por medio de la cebada, que para las
bestias le daban, hurtaba, y salvados, leña, almohazas, mandiles, y las mantas y sábanas de los
caballos hacía perdidas; y, cuando otra cosa no tenía, las bestias desherraba, y con todo esto
acudía a mi madre para criar a mi hermanico”. La vida del Lazarillo de Tormes y de sus fortunas
y adversidades, edición de Francisco Rico (Madrid: Cátedra, 1987).
28
Lope de Vega, Félix, “El prodigio de Etiopía”…, p. 130. Véase también: Beusterien,
John, An eye on race. Perspectives from theater in Imperial Spain (Lewisburg: Bucknell UP,
2006).
29
Fra Molinero, Baltasar, La imagen de los negros en el teatro del Siglo de Oro
(Madrid: Siglo XXI, 1995), 56.

73
envió a Juan Carlos a la cárcel real para que estuviese en ella: “por causa de
muchas travesuras e inquietudes del dicho negro, y de ser un perdido y no
querer trabajar a oficio alguno”, y también porque era aficionado al juego;
afición que continúa incluso en prisión, y que no se pudo impedir: “por el mal
natural del dicho negro.”30 Por ser “de natural incorregible” y no haberse
enmendado en los dos años que estuvo encarcelado, fue condenado a trabajar
en las minas reales de Almadén. A estas minas enviaban algunos amos a sus
esclavos a modo de escarmiento. Alessandro Stella nos da noticia de las duras
condiciones de trabajo en dichas minas, en las que los esclavos eran
destinados a las tareas más peligrosas e insalubres, y permanecían casi
constantemente encadenados.31

Maestros de esgrima, espadachines y riñas comunes

Uno de los oficios relacionados con el mundo de las armas y la


violencia en el que negros y mulatos tuvieron cabida es el de esgrimidor o
maestro de esgrima. Dicho oficio, sujeto a las normas gremiales, únicamente
podía ser desempeñado por personas libres porque los esclavos tenían
prohibido portar armas. En cierto modo, los esgrimidores se dedicaban a las
tareas de menor rango en el mundo de las armas, lo cual puede explicar que se
aceptara que personas de color ocuparan dichos puestos, reservándose los
escalafones superiores a los blancos.

En Sevilla, la soldadesca de mar y tierra, los rufianes, los bravos de


profesión, moriscos e indios, mulatos y negros, se concentraba en torno al
puerto del Arenal y en la orilla de Triana, donde se daban lecciones públicas
de esgrima.32 Algún maestro de los muchos que había por entonces en la
ciudad demostraba su excelencia con la espada blanca o prieta,33 así como la
bondad de las escuelas, de los maestros Francisco Román, Bernal de Heredia,
o de los sucesores de éstos, los famosos Carranza o Pacheco de Narváez.

30
Archivo Histórico Nacional (AHN), consejos, 7194, número 221.
31
Stella, Alessandro, Histoires d’esclaves dans la Péninsule Ibérique (Paris: Éditions
de l’École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS), 2000), 92.
32
Gestoso Pérez, José, Curiosidades antiguas sevillanas (Sevilla: Ayuntamiento de
Sevilla, 1993), 130-131.
33
En la época se empleaban las denominadas espadas negras, en contraposición con las
espadas blancas que, según Covarrubias, son las de acero con las que se puede hacer defensa,
a diferencia de las de esgrima, que son de hierro, sin lustre, sin corte y sin punta, donde llevan
un botón. Covarrubias Orozco, Sebastián. Tesoro de la lengua castellana….

74
5. Luis Pacheco de Narváez. Grandezas de la Espada (1599).

Cuando el público se acercaba el maestro tendía su capa en el suelo


para que aquellos fuesen echando maravedíes sobre ella, y mientras él trazaba
una gran circunferencia en la tierra con la punta de su espada, empuñándola
arrogantemente, describiendo círculos rectos, tajos adelante y atrás, revolvíase
como energúmeno, saltaba agilísimo de un lado a otro, acometía, o bien
retrocediendo, simulaba parar los golpes de su imaginado contrario, toda tan
verdaderamente como nos lo pintó al vivo Quevedo en su crítica de los que
elevaban la esgrima a la altura de la ciencia matemática, ridiculizado en el
Buscón Don Pablos. Muy interesante es señalar que en el habla de las gentes
de germanía se llamaba negra a la espada, y a que su nombre, por metonimia,
hacía referencia al color del hierro de que estaba hecha.34 No faltarán en las
vistas de Sevilla representaciones de duelos y luchas con espadas. En una
Vista del Museo del Prado se observa precisamente en el Arenal el combate de
algunos individuos y uno de ellos yace muerto.35

34
Hernández Alonso, César y Sanz Alonso, Beatriz, Germanía y sociedad en los Siglos
de Oro. La cárcel de Sevilla (Valladolid: Universidad de Valladolid, 1999), 354.
35
AAVV., Catálogo de la Exposición España y América. Un océano de negocios.
Quinto centenario de la Casa de Contratación. 1503-2003 (Sevilla: 2004), 289.

75
Justamente, los espadachines de origen subsahariano aparecen
frecuentemente como personajes literarios secundarios de las novelas
picarescas. Salas Barbadillo, en El subtil cordobés Pedro de Urdemalas, nos
da noticia de uno de estos personajes esgrimidores. Se trata de Baltasar, un
mulato que había sido esclavo de un caballero veinticuatro de Córdoba, quién
lo liberó a su muerte. Esta libertad parece que le permitió establecerse como
maestro esgrimidor, con bastante fortuna, pues su escuela era de las de mayor
prestigio y a ella acudía incluso el hijo del corregidor. Tuvo una pugna con el
corchete del alguacil mayor, que quería acudir a la Corte para obtener su carta
de examen de maestro mayor para poder poner una academia que hiciese
competencia a la del mulato. Baltasar es descrito como diestro en su oficio,
pero tenía el rostro bien acuchillado, señal de las pendencias en las que
siempre andaba metido.36

Otro de los pícaros más afamados del Siglo de Oro, el Buscón de


Quevedo, se encuentra en su camino a un mulato esgrimidor. Cuando se dirige
de Alcalá a Segovia, se topa con un diestro en el manejo de la espada, de los
que querían reducir la esgrima a reglas matemáticas. En la posada, en su
conversación con Pablos, acusa a los maestros de esgrima de ser grandes
bebedores, a lo cual aparece en escena un “mulatazo”, con la cara acuchillada
y malhumorado por el comentario, que dice ser examinado en el arte de la
destreza y le reta en combate.37 No obstante, Quevedo se permite emplear la
burla en la descripción del mulato, pues lo presenta pobremente vestido,
contrahecho de piernas y con una daga mellada, además de la cara llena de
cicatrices.

Pero no sólo hallamos mulatos versados en el arte de la destreza, sino


que también lo ejecutan los negros, tal y como nos da noticia El libro de

36
“El rostro tenía bien acuchillado, no de heridas que recibió en pendencia corriente
con su espada tendida, sino que se las dieron a su pesar algunos que fueron más liberales con
él de lo que quisiera. Su lengua no era muy sana, y de eso le procedió el traer su rostro con
tantas señales de la Santa Cruz, con que andaba siempre abroquelado contra el demonio, que
era lo propio que contra sí mismo. Nada le hizo más desgraciado que haber hecho conceto de
sí que era gracioso. Verdad es que en la ignorante y vana destreza que él profesaba, se
desenvolvía con agilidad, y ejecutaba con pujanza aquello que alcanzaba con su conocimiento,
de modo que con la negra era Lucifer en campaña”. Salas Barbadillo, Alonso Jerónimo de, El
subtil cordobés Pedro de Urdemalas (Madrid: Juan de la Cuesta, 1620).
37
“No lo había acabado de decir cuando de un aposento salió un mulatazo mostrando
las presas, con un sombrero injerto en guardasol, y un coleto de ante, bajo de una ropilla suelta
y llena de cintas, zambo de piernas a lo águila imperial; la cara, con un per signum crucis de
inimicis suis; la barba, de ganchos, con unos bigotes de guardamano, y una daga con más rejas
que un locutorio de monjas; y mirando al suelo dijo: “Yo soy examinado y traigo la carta; y
por el sol que calienta los panes, que haga pedazos a quien tratare mal a tanto buen hijo como
profesa la destreza”. Quevedo, Francisco, Historia de la vida del Buscón (Paris: Nelson
Editores, 1951), 115-116.

76
entretenimiento de la pícara Justina.38 Estando su protagonista en una romería
cerca de León, entre los bailes, juegos de naipes y esgrima que tienen lugar en
el prado en el que se desarrolla la romería de Nuestra Señora del Camino, le
llegan las alabanzas de un negro que esgrime bien.39

Un elemento anecdótico de muchas vistas de Sevilla son las peleas de


aguadores negros y blancos que riñen por el agua o por la posible clientela. En
una vista anónima de la Alameda de Hércules se produce, a los pies de las
columnas y frente a una fuente, una riña con espadas. Junto a éstos aparecen
dos aguadores que también se pelean tras una disputa por el agua de la fuente.
Uno de ellos es negro, que se pelea a puñetazos con otro blanco porta una
maza.

6. Anónimo. Vista de la Alameda de Hércules (Siglo XVIII).

Una escena similar la encontramos en la pintura que reproduce una de


las mejores vistas de Sevilla, recientemente adquirida por la Fundación Focus-
Abengoa. En la orilla del río, junto a Triana, aparecen dos aguadores, uno
negro y otro blanco, que se pelean con palos, mientras que los burros,
nerviosos, tiran su carga y derraman el agua.

38
Úbeda, Francisco de, Libro de entretenimiento de la pícara Justina (Medina del
Campo: Cristóbal Laso Vaca, 1605). Libro II intitulado La pícara Romera. Segunda parte,
capítulo cuarto: De la romera de León.
39
“Comenzaron muchos corrillos de bailes, juegos de naipes y de esgrima. Allí oí que
alababan a un negro que esgrimía bien con dos espadas y montante; en especial, decían que
jugaba por extremo un tiempo que llaman los esgrimidores tajo volado, con sobre rondón y
mandoble…”. Úbeda, Francisco de, Libro de entretenimiento…

77
7. Anónimo flamenco. Vista de Sevilla (c. 1640).

Esta violencia cotidiana, de “baja intensidad,”40 que surge de manera


espontánea, y que incluye agresiones tanto físicas como verbales, también ha
dejado huellas en la documentación histórica. Así, en la villa de Llerena; en
1622, se abre un proceso criminal contra Agustín, esclavo negro de un fiscal
del Santo Oficio, por pelearse con una mujer cuando iba a coger agua con su
cántaro a la fuente.41 La disputa, por un problema sobre la prioridad de acceso
al caño de agua, comienza con insultos y prosigue con bofetadas, pedradas y,
en un momento dado, se descubre que el negro iba armado con una daga y
opone una fuerte oposición a su apresamiento.

Las riñas entre esclavos de origen negroafricano también se dieron en


las colonias americanas, como en 1627, cuando Pedro de Angola, esclavo
negro del capitán Antonio Núñez de Gramajo, fue condenado a vergüenza
pública, azotes y galeras por las lesiones causadas a Diego, otro esclavo negro
de la viuda de Luis Blanco de Salcedo, secretario del Tribunal de la
Inquisición de Cartagena de Indias.42 Precisamente en un documento de 1760,
en el que se trata de dilucidar las competencias entre el tribunal de la
Inquisición de Lima y los alcaldes del crimen de la Real Audiencia de dicha
ciudad, para juzgar a esclavos y criados de miembros de la Inquisición, se
presenta un listado de casos en los que estos familiares están implicados en
delitos desde el siglo XVI hasta el XVIII.43 En él observamos a negros y

40
Sobre la “sociabilidad violenta” puede consultarse: Fortea, José Ignacio; Gelabert,
Juan Eloy Mantecón, Tomás (Ed.): Furor et rabies: vilencia, conflicto y marginación en la
Edad Moderna (Universidad de Cantabria, 2002).
41
AHN, inquisición, legajo 1977, expediente 1.
42
AHN, inquisición, legajo 1616, expediente 10.
43
AHN, inquisición, legajo 1651, expediente 1.

78
negras participando en robos, peleas y homicidios, aunque también como
victimas de ellos. En 1576 se abre una causa contra Manuel negro, esclavo de
Domingo de Garro, notario de secuestros de la Inquisición limeña, por haber
matado al negro Diego de Torres. En 1587 se inicia causa contra Miguel,
negro libre, Juan Rubio, mulato, Andrés de Heredia, esclavo, y Juan
Fernández de Heredia, por haber herido gravemente a Baltasar de los Reyes,
negro libre que servía a Antonio de Aspide, promotor fiscal de la Inquisición
de Lima.

En 1582 hay una causa criminal contra Juan, negro esclavo de Simón
Luis Lucio, y contra Inés, esclava de Francisco Hernández, por la herida que
le hicieron a Nicolás, esclavo del inquisidor Antonio Gutiérrez de Ullo. Lo
traemos a colación porque en esta agresión interviene una mujer que, por lo
general, están implicadas en robos más que en actos de violencia física. Así
sucede en 1691, en la causa criminal contra Susana, negra esclava de
Francisco de Vargas Machuca, médico de la Inquisición limeña, por cómplice
en un robo. Pero también podían ser víctimas de lo que hoy se denomina
violencia de género, como nos muestra la causa que se abre en 1670 contra
Joseph Rondon (alias Requena), esclavo del doctor Pedro de Requena, médico
del Santo Oficio, por las heridas que dio a su mujer, la negra Pascuala Morillo
Criolla, esclava de Jerónima de Urrutia.

Violadores y perpetradores de abusos sexuales

La historiografía europea de los años ochenta ha tratado la cuestión de


los abusos sexuales y las violaciones con valiosos estudios para Gran Bretaña
o Italia;44 sin embargo, la violencia de género apenas ha sido objeto de
investigación en España hasta los últimos años.45 Con todo, resulta evidente
que, en la España moderna, se producían numerosos abusos sexuales en la
casa y fuera de ella. Por supuesto, las mujeres en general, y las criadas en
concreto, así como los niños, eran uno de los flancos más débiles de la

44
Para Gran Bretaña, véase: Sharpe, J., Defamation and sexual slander in early modern
England: The Church courts at York (York: University of York, 1980); Ingram, M., Church
Courts, sex and marriage in England : 1570-1640 (Cambridge: Cambridge University Press,
1987). Para Italia, véase: Ruggiero, G., The boundaries of eros: sex crime and sexuality in
renaissance Venice (New York: Oxford University Press, 1985).
45
Barahona, R., “Mujeres vascas, sexualidad y la ley en la España moderna, siglos XVI
y XVII”, en: Historia silenciada de la mujer. La mujer española desde la época medieval
hasta la contemporánea (Madrid: Editorial Complutense, 1996); Mantecón, Tomas A.,
“Mujeres forzadas y abusos deshonestos en la Castilla Moderna”, Manuscrits, 20 (2002):
157-185; Córdoba Llave, R. (ed.), Violencia, mujeres y marginación en la España Medieval
y Moderna (Córdoba: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Córdoba, 2005).

79
comunidad doméstica.46 Y los esclavos y libertos negroafricanos también
fueron condenados por estupro o por intentos de violación.

En la Sevilla del siglo XVI, el negro Manuel, un esclavo de 18 años


que en menos de seis meses había sido vendido y revendido una docena de
veces por su conducta “problemática”, fue condenado a muerte al ser hallado
culpable de tentativa de violación y asesinato.47 El hecho de que un negro o
mulato mancillase el honor de una dama blanca resultaba un crimen horrible
en una sociedad que basaba muchos de sus prejuicios en el color de la piel.
Así lo pone de manifiesto Arturo Morgado cuando presenta el caso de un
mulato acusado de la agresión y violación de una niña de unos siete años en
Vejer de la Frontera (Cádiz) en 1781.48 Antonio, que así se llamaba el
supuesto violador, era hijo de Francisco de la Cruz, un trabajador asalariado,
lo que significa que probablemente nació libre o fue liberado en algún
momento de su vida. A lo largo del proceso judicial surgieron otras
acusaciones de violación o intento de agresión de otras mujeres del pueblo, lo
que hace pensar a Stella que, independientemente de los crímenes cometidos,
el reo se vio afectado por los prejuicios de la comunidad debido a su color;
aunque al menos pudo conservar la vida, pues fue condenado a ser deportado
al presidio de Ceuta.

Otra cuestión diferente se presentaba cuando era la hija del amo la que
escapaba con el negro. Así se relata cómo en Granada, en 1639, Iván de la
Cruz, esclavo de Antón Gutiérrez, molinero, fue preso por “aver estuprado a
una hija legítima de su amo, de edad de diez y seys años, y llevándosela hasta
la ciudad de Loxa, ocho leguas distante de Granada, donde los aprehendió
juntos y prendió la justicia”. Parece que esta huida fue de mutuo
consentimiento, y así lo confesó la joven delante del notario del juez
eclesiástico, quedando recogido por su testimonio “que de su voluntad la
estupró, y se la llevó, y dixo (...) que se quería casar con él”. Para poder huir
robaron a su padre 250 reales, aunque éste dice que fueron más de mil junto
con otros bienes. Detrás de esta historia se encierra el trágico destino de estas
personas, pues tras haber sido condenado el esclavo, por sentencia del Alcalde
Mayor, a doscientos azotes y ocho años de galeras, el Fiscal de Su Majestad
apeló, por no haber sido condenado en la pena que él consideraba apropiada,
para que se revocase la sentencia y el reo fuese condenado a muerte y
quemado, pues lo que se ponía en cuestión no era si había habido o no
violencia en esa huida, sino más bien “la gravedad y circunstancias de este

46
Mantecón, Tomás A., “El mito del cortejo galante: seducción y abuso sexual
masculino en la Castilla Moderna”, en: Daumas, M. (ed.), Le plaisir et la transgression en
France et en Espagne aux XVI et XVII siècles (Pau: Presses Universitaires, 2006), 109-149.
47
Vincent, Bernard, “Les marginalitées sévillaines au XVIe siécle”, en: Lavalle,
Bernard (ed.), Séville, vingt siécles d’histoire (Bordeaux: Maison des Pays Ibériques, 1992),
80.
48
Morgado, Arturo: Derecho al asilo y delincuencia en la diócesis de Cádiz,

80
delito no está en que aya fuerza, que esto es cosa diversa, sino en que aya tan
nefanda junta entre las amas con sus esclavos, y criados, o con las de sus
padres, y por esto las leyes ponen pena a ellas mismas.”49

La literatura también nos muestra casos de abusos sexuales y


violaciones de mujeres blancas cometidas por negroafricanos. Y, aunque
resulta indudable que los casos literarios no tienen por qué ser históricos,
ciertamente constituyen un reflejo de la mentalidad dominante de la época que
nos atañe. El primer ejemplo procede un romance impreso en Málaga entre
1781 y 1805, cuyo título es muy largo, ya que constituye un breve resumen de
la historia que narra: Relación verdadera y curioso romance, en que se da
cuenta de un particular suceso, que sucedió a un enamorado Caballero de la
Ciudad de Ronda, el qual viéndose despreciado de una Señora a quien
adoraba, executó por medio de un Negro esclavo suyo, la mas infame
venganza que se ha escrito jamás en las Historias.50 Ya se anticipa que nos
encontramos ante el caso de un esclavo que se convierte en verdugo ejecutor
de los castigos de su amo. En este romance se narra la historia que aconteció a
un noble de Ronda (Málaga) llamado Fernando de Aragón Guzmán Camacho
Galindo,51 quien se enamoró de la hermosa Elvira Romero, hija de un
mercader rico, y fue rechazado. Don Fernando fraguó y ejecutó su venganza a
través de Francisco, su esclavo negro.

El noble enamorado pidió la mano de la bella, obviando la distancia


socioeconómica que los separaba y la prescripción social que existía hacia los
matrimonios desiguales, esgrimiendo que el amor está por encima de la clase
social y, si es verdadero, es capaz de traspasar las barreras sociales.52 Sin
embargo, Elvira y su padre rechazaron sutilmente la oferta, argumentando la
desigualdad socio-económica entre ambos, lo que dejó al noble desairado, por
lo que amenazó de muerte a padre e hija si no accedían a sus deseos.

La negativa de Elvira lo sume en una honda melancolía que le hace


clamar venganza y la restitución del honor perdido, que sólo obtendría con la
muerte de la osada. En este punto entra en escena Francisco, el esclavo negro
de don Fernando, que le pregunta por las razones de su congoja y se ofrece
para vengar la ofensa. La obediencia y lealtad de Francisco a su propietario se
interpreta como equivalente a su “blancura” interior y constituye un símbolo

49
British Library (BL): 1322.1.10, El L. Don Ivan Pérez de Lara, fiscal de Su
Magestad en esta real Chancilleria por su Real jurisdicción en el Pleyto con Ivan de la Cruz,
esclavo de Antón Gutiérrez, molinero, preso en la cárcel desta Corte, Granada, 1641.
50
Biblioteca Nacional (BN), VE/1367-16 (1).
51
La lista de apellidos populares (Guzmán, Camacho, Galindo) constituye un recurso
cómico para reírse del origen de algunos nobles.
52
“que el amor todo lo iguala, / cuando es verdadero y fino / e imposibles atropella /
para conseguir sus designios”.

81
de la asimilación de la moral castellana.53 Francisco actúa movido por un amor
“paternofilial”.

Don Fernando le promete la libertad si sigue sus órdenes y asesina a la


dama, pero el negro le propone un plan aún más sutil y maligno. Dicho plan
consistía en seducir a la dama, aprovechando los momentos en los que ésta se
encontraba sola, sin la protección y vigilancia de su familia. Sin embargo, ella
rechazó contundentemente el intento de seducción por parte del esclavo,
señalando el sinsentido que suponía rechazar a un caballero rico y tener
relaciones con un hombre negro e indigno marcado por su origen.54

En definitiva, el plan de Francisco no resultó y ante la resistencia de la


dama, éste se decidió por la violencia física y violó a Elvira. Prevenido el amo,
éste se encarga de llevar a la justicia a casa de la dama. El juez, ante la
evidencia de la deshonra, aparentemente voluntaria, y las pruebas del delito,
decide enviar a Francisco y a Elvira a la cárcel, pero don Fernando reclama al
esclavo para castigarlo por su mano. Así lo libera y, posteriormente, finge que
ha huido.

Sin embargo, la justicia divina interviene al final del romance para


restablecer el orden moral, ya que a los quince días de los sucesos, el amo cae
mortalmente enfermo, lo que le impulsa a confesar y arrepentirse. De este
modo, la doncella agraviada sale de la cárcel, pero le espera el convento como
destino pues, una vez violada, con el honor y la virginidad perdidos, la
sociedad patriarcal le impone su recogimiento y la renuncia a cualquier otro
tipo de aspiración. En cuanto Francisco, es apresado en Málaga, torturado,
ahorcado y desmembrado, para exhibir sus restos por los caminos y disuadir
así a los posibles trasgresores del orden establecido.

En este romance, la hermosura blanca de Elvira es descrita a través de


comparaciones con materiales preciosos, flores blancas y otros elementos de la
naturaleza.55 No obstante, se trata de metáforas relativamente comunes
utilizadas para describir la belleza femenina en la literatura del Siglo de Oro.
De hecho, cuando Cervantes describe a Dulcinea, en el capítulo 13 del
Quijote, señala que los poetas asocian atributos quiméricos a la hermosura de
sus enamoradas y enumera los más comunes, la mayoría manifiestamente
asociados a la blancura.56 Por el contrario, los descriptores de la negritud del

53
“que aunque negro, soy muy blanco / por la ley con que te sirvo”.
54
“No he estimado a tu Señor, / siendo Caballero y rico, / e hiciera caso de ti, / siendo
Etyope indigno”.
55
“En un campo de azucenas / blasona un jardin bruñido, / de su nariz que campea / en
todo el campo florido / de las albas azucenas /de su rostro peregrino, / su boca llena de perlas,
/ sus labios de coral fino, / el oyuelo de su barba / naturaleza le hizo / el descuido con cuidado,
/sepulcro de muertos vivos, / trampa cautelosa y bella, / de aquel que llaman Cupido”.
56
“…su nombre es Dulcinea (…) su hermosura, sobrehumana, pues en ella se vienen a
hacer verdaderos todos los imposibles y quiméricos atributos de la belleza que los poetas dan

82
esclavo Francisco están asociados a características negativas, y así, aparte de
“moreno”, se le compara con un cuervo, un “lunar horroroso y fiero”, y se le
denomina: “tizón del Abismo” y “de la noche / borrón tinto”.

Pero si Francisco actuó como verdugo de su amo, también existen


personajes literarios que son presentados como personas “de natural
malvado”, y que actúan por cuenta propia. En el Romance de los amores, y
trágicos sucesos de Don Isidro, y Doña Violante, y el negro Domingo57
narrado por Juan Miguel Fuentes, los hechos se desarrollan en Jerez de la
Frontera (Cádiz). Los protagonistas son don Isidro, un noble rico, doña
Violante, una dama ilustre y Domingo, el esclavo negro que, por ser taimado y
ladino, fue vendido a Don Isidro por un caballero de Cádiz. La pareja
protagonista planea su fuga una noche para poder así contraer matrimonio,
pues el padre de la dama tiene planeado otro matrimonio para ella. Se expone
así un hecho habitual en la realidad de la época: la de la fuga de los novios o el
rapto de la novia como estrategia para poder casarse contra la voluntad de los
padres.

La fuga se convierte en punto de partida de una serie de desgraciados


acontecimientos que tienen a Domingo como astuto protagonista, pues
aprovecha la indecisión del amo para adelantarse a sus actos y tratar de raptar
a la novia, haciéndose pasar por el enamorado. Éste es un recurso
relativamente habitual en la literatura de la época, y así encontramos este tipo
de enredos en los que el negro suplanta al galán enamorado para raptar a la
dama blanca, en otras obras, como por ejemplo en El prodigio de Etiopía de
Lope de Vega, cuando el negro Filipo se hace pasar por Alejandro para
intentar seducir a Teodora.58 En el romance de don Isidro y doña Violante, la
dama consigue zafarse al descubrir el engaño, lo que no hace sino encolerizar
aún más al esclavo negroafricano, que nos muestra su carácter malvado desde
el inicio del romance. En el primer intento, doña Violante descubre al negro
por su particular manera de pronunciar el castellano,59 es decir, por el “habla
los negros.”60 En la segunda ocasión es el viento el encargado de levantarle la

a sus damas: que sus cabellos son de oro, su frente campos elíseos, sus cejas, arcos de cielo;
sus ojos, soles; sus mejillas, rosas; sus labios, corales; perlas, sus dientes; alabastro, su cuello;
mármol, su pecho; marfil, sus manos; su blancura, nieve (…)”. Cervantes, Miguel de, El
ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, Madrid, Clásicos Castalia, 1986, p.176
57
BN, VE/1349-9 (1).
58
Lope de Vega, Félix, “El prodigio de Etiopía”…, pp. 121-150.
59
“por lo grajuno, / y habérsele suelto un dicho”
60
El “habla de negros” es distintiva de los bozales, que es la palabra utilizada en los
documentos históricos para describir a los subsaharianos recién llegados a la Península. Esta
forma particular de hablar también es denominada como “media lengua” o “guineo”. A
comienzos del siglo XVII, Francisco de Quevedo, preocupado por la importancia de dominar
la técnica de imitación de los acentos de los negroafricanos debido a lo exitoso de los
personajes cómicos de negros, escribía que si un autor quería escribir comedias o ser poeta,
debería conocer el “guineo”, cambiando “l” por “r” y viceversa, “como Francisco, Flancico;
primo, plimo”. Ver Martin Casares, Aurelia y Barranco, Marga G., “Popular Literary

83
máscara a Domingo, desvelando su identidad. Entre ambos intentos, Domingo
encuentra refugio en Jerez en casa de un amigo, también de origen
subsahariano, que tenía un mesón. Además, para preparar el segundo asalto, el
esclavo buscó a otros dos negroafricanos que le ayudaron a vigilar a su amo,
para evitar que se interpusiese en sus planes, lo que implica que contaba con
una red de apoyo entre la población negra de la ciudad.

Cuando los enamorados consiguen por fin huir juntos, se topan de


nuevo con Domingo en el camino, que esta vez ejercía de guarda a caballo de
los trigales de un cortijo del camino hacia Badajoz, donde planean ir los
fugados. Como viajan de noche, Domingo será nombrado por el patrón del
cortijo para guiarlos, ocasión que aprovecha para jugarles otra mala pasada, de
la que también consiguen escapar. Para que no le descubriesen, entre otras
artimañas, recurrió a cambiar su forma de hablar, para que su acento no le
delatase.

En el siguiente episodio, Domingo, enfurecido como un demonio, se


había unido a una banda de diez bandidos para ir en pos del amo y la novia, y
consigue apresarlos en una emboscada. Entonces, cuando parece que el
romance va a tener un desenlace fatal para sus protagonistas, aparece el
valiente caudillo Juan Moreno, que se encarga del castigo y ajusticiamiento
del esclavo.61 Y el romance termina con la boda de don Fernando y doña
Violante, actuando de padrino el famoso caudillo.

Este romance presenta la revuelta del esclavo contra su amo, sin


proporcionar más justificación que la de hacer el mal, sin ningún motivo
aparente, pues a lo largo de la relación se observa cómo el odio y la ira del
negro van creciendo hasta que la venganza se convierte en su única razón de
ser, persiguiendo al amo allá donde vaya; y la noche, oscura como él, lo
ampara en sus acciones. Sin embargo, la rebelión al orden establecido y el
quebranto de la norma se pagaba con la vida, tal y como sucedía en la
realidad.

Esclavos negroafricanos acusados de asesinato

En las fuentes históricas encontramos casos de esclavos negroafricanos


que cometieron crímenes contra sus propios amos, o contra otras personas
blancas, delitos por lo que fueron duramente castigados. De hecho, este tipo de
violencia interracial preocupaba más, aunque fuese minoritaria, que la que se

Depictions of Black African Weddings in Early Modern Spain”, Renaissance and


Reformation / Renaissance et Réforme, vol. 31.2 (spring/printemps 2008): 109-121. Ver
también LIPSKI, John M., A History of Afro Hispanic Lenguaje (Cambridge: CUP, 2005).
61
“Entre todos han cogido / al negro, y por las vergüenzas / lo colgaron de un quexido,
/ y en la frente le pusieron / un blanco papel, no escrito, / que a balazos lo escribieron, /
tirando al blanco al morcillo”.

84
producía entre hombres blancos y/o libres por lo que de negativo suponía para
el sistema y para el poder establecido, razón por la que las medidas punitivas
eran más extremas y definitivas; y suponían generalmente una condena a
muerte.

Francisco Henríquez de Jorquera relata en sus Anales cómo en 1613,


“se hizo justicia” en la ciudad de Granada a un esclavo fugitivo de origen
subsahariano acusado de haber matado a su amo, que era un jabonero rico. Al
dicho negro lo “atenaçearon vivo en un carretón por las calles acostumbras”
(es decir, le arrancaron con tenazas pedazos de carne) y luego de cortarle las
manos, lo ahorcaron en la plaza Bibrrambla para escarmiento de todas
aquellas personas esclavizadas que tuviesen oscuros sentimientos de rebelarse
contra su condición. El texto señala que el homicida confesó “muy contrito”
antes de morir y que causó a la gente grandísima admiración.62

Del mismo modo, en 1569, un esclavo llamado Luis fue acusado de


haber asesinado a un vecino de Granada. Con todo, por muy paradójico que
parezca, el propietario logró venderlo por 34 ducados.63 Luis aparece descrito
en la fuente como un hombre de color negro, que es ya viejo y enfermo de mal
de corazón y de gota coral, que además era fugitivo, ladrón, borracho y
endemoniado. Por otra parte, en Córdoba, en 1676, fue condenado a la horca
un esclavo negro que entró a medianoche a hurtadillas a la casa de Antonio
Bravo para “comunicar ilícitamente” con una esclava suya, y al verse
sorprendido por la dueña de la esclava, le dio una puñalada con un cuchillo
que llevaba, dejándola gravemente herida, hechos por los que fue detenido y
condenado a muerte.64

Igualmente, hemos identificado tres casos en que las acusadas de


asesinato fueron mujeres, pero cabe señalar que el modus operandi dejaba al
margen la violencia física ya estas esclavas optaron por el envenenamiento.
Uno de estos homicidios es rememorado por Henríquez de Jorquera, y se trata
del asesinato “del noble cavallero Don Fernando de Mendoça y Solis” a
manos de su esclava en 1623. La susodicha lo envenenó, depositando ponzoña
en un vaso de vino que su amo degustó sin sospechar. La razón que llevó a la
esclava, cuyo nombre desconocemos, a efectuar el homicidio queda clara en el
texto: su amo “no le consentía casarse”65. El castigo infligido a la esclava no
aparece reflejado en el texto, pero podemos presumir que fue ajusticiada
públicamente. Unos años más tarde, encontramos otro caso similar en la
capital granadina. Salvadora, esclava de Martín de Mérida, fue juzgada por

62
Henríquez de Jorquera, Francisco, Anales de Granada (Granada: Universidad de
Granada, 1987), 585, tomo II.
63
APG, legajo 69, folio 412.
64
AHN, consejos 7122, número 28.
65
Henríquez de Jorquera, Francisco, Anales de Granada…, p. 656.

85
envenenar a sus amos el 7 de mayo de 1638, en un pleito que se siguió en la
Chancillería de Granada66

De cualquier forma, cabe cuestionarse si los culpables de asesinato se


buscaron entre los más desvalidos, ya que en numerosos casos carecemos del
pleito y el interrogatorio que precedió a la condena. Además, el anonimato de
los asesinos en determinadas fuentes, definidos a veces como “un negro” o
“una esclava”, tiende a reforzar la identidad grupal (podría tratarse de
cualquier negro o cualquier esclava) y a ocultar la personalidad individual,
quizá para borrar de la memoria colectiva a estos personajes y sus
comportamientos.

Pero los asesinatos no sólo involucraron a los esclavos con sus amos,
sino que también fueron cometidos contra otros esclavos; sin embargo, estos
delitos fueron tratados de manera distinta y los castigos, como puede
observarse, fueron notablemente menos severos. En la sección de Inquisición
del Archivo Histórico Nacional encontramos procesos contra delincuentes y
asesinos negroafricanos, que se desarrollan fundamentalmente en la América
hispana. El proceso criminal seguido en 1666 contra Juan Chaves, esclavo
negro del fiscal del Tribunal de la Inquisición de Cartagena de Indias, por la
muerte de un negro libre, se dictaminó que se le dieran azotes y fuese
desterrado.67

Conclusiones

Como hemos puesto de manifiesto a lo largo de este artículo, parte de


las personas de origen subsahariano que vivieron en la España Moderna
participaron en episodios de violencia y criminalidad. No obstante, el
imaginario colectivo, alimentado por la ideología dominante y los estereotipos
que reforzaba la literatura, se encargó de presentarlos como personajes
extremadamente negativos y de naturaleza violenta. De ahí la asociación entre
negro y demonio,68 que aparece frecuentemente en los documentos
inquisitoriales. Todo ello está íntimamente ligado a la construcción social de
las categorías raciales. No cabe duda de que el uso de un marcador biológico
como elemento identificador de las personas esclavizadas de origen

66
BL, 1322.1.10, Por el Ldo. Ivan Pérez de Lara, fiscal de el Rey nuestro Señor en esta
Corte y Chancillería de Granada, en el pleyto con Salvadora, esclava de Martín de Mérida, y
Mariana de Enciso, liberta, presas en la cárcel de la villa de Oxixar de las Alpuxarras,
Granada, 1640.
67
AHN, inquisición, legajo 1618, expediente 14.
68
En la descripción que María, una esclava morisca, hace del demonio, cabe destacar la
estrecha vinculación entre diablo y negritud. Como ella misma relata: “se le aparecía el
demonio en figura de hombre negro”. AHN, inquisición, legajo 1953, expediente 19, causa
21, folio 8r-9r.

86
negroafricano tiene la función de legitimar las diferencias sociales
naturalizándolas. La clasificación de las personas a través del “color de piel”
pretende una biologización de las desigualdades sociales ya que las categorías
raciales, percibidas como naturales, eran estratégicamente necesarias para el
funcionamiento del poder en una sociedad con personas esclavizadas como la
España moderna.

Está claro que el color de la piel suponía un estigma inborrable,


que no sólo señalaba la condición servil (independientemente de que el
individuo fuese libre o esclavo), sino que también se asociaba con el mal y la
marginalidad.69 Sin embargo, la adscripción de características fenotípicas con
el carácter de los individuos no es más que un proceso de marginalización de
las personas. En definitiva, fueron las relaciones socio-económicas de
dominación, y no la etnicidad, las que prevalecían para discriminar a los
colectivos dominados, en este caso los negroafricanos.

69
BOOSE, Linda E., “The gettings of lawful race: racial discourse in Early Modern
England and the unrepresentable black woman”, en HENDRICKS, Margo, y PARKER,
Patricia A., Women, race and writing in the Early Modern Period (London, Routledge, 1994).

87