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_TEXTOS Estilos, trama y creatividad

UN ESTILO PROPIO SIN FLORITURAS: ROALD DAHL

LA MARAVILLOSA HISTORIA DE HENRY SUGAR

Henry Sugar tenía cuarenta y un año y era soltero. También era rico. Era rico porque
había tenido un padre rico que ya había muerto.

Era soltero porque era demasiado egoísta para compartir su dinero con una esposa.
Medía un metro ochenta y cinco de estatura, pero en realidad no era tan guapo como él creía.

Prestaba mucha atención a su atuendo. Encargaba sus trajes a un sastre muy caro, sus
camisas a un camisero, y sus zapatos a un zapatero.

Gastaba una costosa loción para después del afeitado, y para tener las manos suaves
utilizaba una crema que contenía grasa de tortuga.

Su peluquero le cortaba el pelo cada diez días y siempre aprovechaba la ocasión para
hacerse la manicura.

Se había gastado una fortuna en hacerse esmaltar los dientes de arriba porque los
dientes originales tenían un color amarillento bastante desagradable. Un cirujano estético le
había extirpado un pequeño lunar de la mejilla izquierda.

Conducía un «Ferrari» que debía de haberle costado más o menos lo mismo que una
casa de campo.

Pasaba los veranos en Londres, pero en cuanto aparecían las primeras heladas de
octubre se iba a las Indias Occidentales o al sur de Francia, donde se alojaba en casa de sus
amigos. Todos sus amigos eran ricos porque habían heredado dinero.

Henry no había trabajado un solo día en toda su vida y su lema personal, inventado por
él mismo, era éste: Es mejor soportar una leve regañina que realizar una tarea onerosa. Sus
amigos opinaban que dicho lema era divertidísimo.

Hombres como Henry Sugar los encuentras flotando a la deriva como algas por todo el
mundo. Se les ve especialmente en Londres, Nueva York, París, Nassau, Montego Bay, Cannes
y Saint Tropez. No son unos hombres especialmente malos. Pero tampoco son hombres
buenos. No tienen verdadera importancia. Simplemente forman parte del decorado.

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Todos ellos, toda la gente rica de este tipo, tienen una peculiaridad en común: sienten
un tremendo deseo de hacerse aún más ricos de lo que ya son. El millón nunca es suficiente.
Tampoco lo son los dos millones. Siempre sienten ese anhelo insaciable de obtener más dinero.
Y eso se debe a que viven bajo el terror constante de despertarse una mañana y encontrarse
con que no les queda nada en el banco.

Toda esta gente emplea los mismos métodos para tratar de incrementar su fortuna.
Compran acciones y valores y contemplan cómo suben y bajan. Juegan fuertes cantidades a la
ruleta y al blackjack en los casinos. Apuestan a los caballos. Apuestan a casi todo. En cierta
ocasión Henry Sugar se había jugado mil libras sobre el resultado de una carrera de tortugas
celebrada en el campo de tenis de lord Liverpool. Y había doblado dicha suma para jugársela
con un hombre llamado Esmond Hanbury en una apuesta aún más estúpida, que era la
siguiente: soltaron al perro de Henry en el jardín y lo observaron desde una ventana. Pero
antes de soltar al perro, cada uno de los dos hombres tuvo que predecir cuál sería el primer
objeto ante el cual el animal levantaría la pata. ¿Sería una pared, un poste, un arbusto o un
árbol? Esmond eligió una pared. Henry, que llevaba días estudiando los habitas de su perro
con vistas a hacer aquella apuesta precisa, escogió un árbol y ganó el dinero.

Con juegos ridículos como éstos trataban Henry y sus amigos de vencer el mortal
aburrimiento que les producía el hecho de ser tan ociosos como ricos.

El propio Henry, como habrán observado, no le hacía ascos a estafar un poco a sus
amigos cuando se le presentaba la oportunidad. La apuesta sobre el perro fue decididamente
poco honrada. Y, si quieren saber la verdad, tampoco fue honrada la apuesta sobre la carrera
de tortugas. Henry hizo trampas, ya que una hora antes del comienzo de la carrera obligó a la
tortuga de su contrario a tragarse una pildorita para hacer dormir.

Y ahora que ya tienen una idea aproximada de la clase de persona que era Henry Sugar,
puedo empezar mi historia.

Un fin de semana veraniego Henry cogió el coche y bajó de Londres a Guilford para
pasar un par de días en casa de sir William Wyndham. La casa era magnífica y lo mismo los
jardines, pero, al llegar Henry aquel sábado por la tarde, caía un fuerte chaparrón. El tenis
quedaba descartado; el croquet, también. Lo mismo cabía decir de nadar en la piscina al aire
libre de sir William. El anfitrión y sus invitados se sentaron en la sala de estar, contemplando
con expresión aburrida la lluvia que azotaba los cristales de las ventanas. A la gente muy rica
el mal tiempo les sienta como un tiro. Es la única incomodidad que su dinero no puede
remediar.

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—Juguemos a la canasta. Cantidades elevadas —dijo uno de los que se encontraban en
la sala de estar.

A los demás la idea les pareció espléndida, pero, como eran cinco personas en total,
una de ellas tendría que conformarse con ver jugar a las demás. Cortaron las cartas. Henry
sacó la carta más baja, la de la mala suerte.

Los otros cuatro se sentaron y empezaron a jugar. A Henry le molestó verse excluido
de la partida. Salió de la sala de estar y dio un paseo por el inmenso vestíbulo. Pasó un rato
contemplando los cuadros, luego siguió paseando por la casa, muerto de aburrimiento por no
tener nada que hacer. Finalmente se refugió en la biblioteca.

Roald DAHL: Historias extraordinarias

LA VOLUNTAD DE ESTILO

AMANERADO: Eran los aledaños de un julio meridiano. El sol reinaba con todo su esplendor
sobre el horizonte de múltiples ubres. El asfalto palpitaba dulcemente, exhalando ese tierno
aroma de alquitrán que origina en los cancerosos ideas a la par pueriles y corrosivas sobre el
origen de sus dolencias. Un autobús, de librea verde y blanca, blasonado con una enigmática
S, vino a recoger, junto al parque Monceau, un pequeño pero agraciado lote de viajeros

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candidatos a los húmedos confines de la disolución sudorípara. En la plataforma trasera de
esta obra maestra de la industria automovilística francesa contemporánea, donde se
amontonaban los transbordados como sardinas en lata, un pillastre que frisaba la treintena y
que llevaba, entre un cuello de una longitud cuasi serpentina y un sombrero cercado por un
cordoncillo, una cabeza tan sin gracia como plúmbea…

PASOTA: O sea, qué palo, colega, el cacharro no venía ni de coña. Y yo que llegaba tarde al
curre. Y luego, qué alucine, qué pasote, iba lleno cantidad. Y me veo, o sea, un chorbo cantidad
de pirao, con un sombrero cutre, mangui perdido.

Raymond Queneau: Ejercicios de estilo

UN BUEN INICIO

Quisiera no haber visto del hombre, la primera vez que entró en el almacén, nada más
que las manos; lentas, intimidadas y torpes, moviéndose sin fe, largas y todavía sin tostar,
disculpándose por su actuación desinteresada. Hizo algunas preguntas y tomó una botella de
cerveza, de pie en el extremo más sombrío del mostrador, vuelta la cara —sobre un fondo de
alpargatas, el almanaque, embutidos blanqueados por los años— hacia fuera, hacia el sol del
atardecer y la altura violenta de la sierra, mientras esperaba el ómnibus que lo llevaría a los
portones del hotel viejo. Quisiera no haberle visto más que las manos, me hubiera bastado
verlas cuando le di el cambio de los cien pesos y los dedos apretaron los billetes, trataron de
acomodarlos y, en seguida, resolviéndose, hicieron una pelota achatada y la escondieron con
pudor en un bolsillo del saco; me hubieran bastado aquellos movimientos sobre la madera
llena de tajos rellenados con grasa y mugre para saber que no iba a curarse, que no conocía
nada de donde sacar voluntad para curarse.

Juan Carlos Onetti: Los adioses

PRÁCTICA LITERARIA

★ Vamos a practicar lo que hemos visto hasta ahora (estilo, trama y creatividad).

Piensa en un argumento y la trama que le puedes dar, luego intenta hacer lo mismo que hizo
Queneau. Puedes empezar con una receta de cocina, una fórmula matemática o una llamada
de teléfono en la que estuvieras pidiendo ayuda, como si fueras un extraterrestre, un señor
burgués del XIX o en forma de poesía. Puedes inventar lo que quieras. También puedes probar

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con un relato tuyo: reconviértelo para ser otros escritores mientras usas técnicas, registros y
tonos distintos a los que estás acostumbrado y explora posibilidades.

★ Cuenta una historia breve y tremenda, pero sin un solo adjetivo.

Imagina, por ejemplo, que el protagonista (puedes ser tú) es secuestrado por un grupo
terrorista, o que tiene un accidente de coche en el que muere su mejor amigo, o que lo despiden
del trabajo y su casero lo echa del piso por no pagar el alquiler. Ponte dramático, pero hazlo a
través de las acciones y los diálogos sin concesiones. Al final, cuando hayas terminado el relato,
pon un adjetivo (solo uno). Verás que cuando hay un solo adjetivo, brilla con intensidad.
Cuando hay muchos, pierden toda su fuerza.