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El discipulado misionero al estilo de San Pablo

La correspondencia paulina con Corinto

1) Prólogo situacional
Ayer dejamos a Pablo saliendo de Tesalónica por razones que podemos entrever de presión
socio–política. Salió de prisa, salió sin mucha meditación, probablemente con la idea de volver
pronto. Es más, parece que entre más se aleja de Tesalónica, más le entran dudas de si fue la
mejor opción haber salido. Pero el camino ya lo emprendió y ahora se han embarcado, él y sus
compañeros, hacia Atenas. ¿Por qué Atenas? Seguramente ya en su formación académica en
Tarso habrá oído de esta importante ciudad sobre todo por su fama de ser un centro cultural
mundialmente reconocido. Allí había una universidad “rival” con la de Tarso. Habrían muchos
pensadores y, pensémoslo así, un terreno fértil para predicar el evangelio a la élite intelectual.
Eso sí, difícilmente podía Pablo dejar de pensar en los tesalonicenses, a quienes había
abandonado abruptamente. Quizá no temía tanto que cediesen a las presiones externas, pues ya
las habían vivido con él. Su preocupación sería que tal vez esta joven comunidad habría pensado,
un poco ingenuamente, que la fe en Jesús les habría liberado de esa violencia silenciosa,
endémica y cotidiana, que pesaba sobre sus espaldas trabajadoras. Lo que temía Pablo que fuera a
hacer mella en la nueva fe de los tesalonicenses era en realidad más que el temor a la
persecución, la desilusión, la decepción profunda que lleva al abandono de la fe. Si estos neófitos
hubieran tenido la impresión de haber sido engañados por algún charlatán (Pablo), todo se habría
perdido.
Por eso no sorprende que Pablo estuviera frenéticamente ansioso por saber qué estaba sucediendo
allá en Tesalónica, al punto de querer volver. Pero no lo logra. La atribución de tal imposibilidad
a Satanás (1 Tes 2,18) es poco reveladora. Quizá esta sea la manera de ver una enfermedad que lo
dejó muy débil para viajar. Apenas se repuso envió a Timoteo (¿y a Silas?) desde Atenas a
Tesalónica, un viaje que podría haber durado poco más de tres semanas. Si tomamos en cuenta
que Timoteo no podría haber llegado a hacer la “visita de médico” sino habría tenido que
quedarse algunas semanas, Pablo tuvo que esperar un par de meses para volver a tener noticias de
los tesalonicenses.
Mientras esperaba no perdió tiempo y comenzó la evangelización en Atenas. Ahora, su silencio
respecto a esta tarea y a su resultado, confirma, en sustancia, el relato de Hch 17,16–34. No es
improbable que la preocupación por los tesalonicenses y por Timoteo no lo dejaría concentrarse
en una ciudad que no tan fácilmente aceptaba cualquier argumento. Es posible que pronto se
hubiese dado cuenta que fue un error ir a Atenas. En realidad era una ciudad ya en decadencia,
que vivía de las memorias de un pasado glorioso, pues desde hacía siglos ya no era una ciudad
productiva intelectualmente, ni creativa artísticamente. Ya no contaban con mentes brillantes y,
como ciudad esencialmente universitaria, estaba más bien dedicada a la conservación de su
patrimonio intelectual, por lo que veía con mucha desconfianza las ideas nuevas.

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Fue seguramente allí, en Atenas donde Pablo oyó hablar de Corinto, una ciudad ¡portuaria! a unos
80 kilómetros al oriente de Atenas. Esta era una ciudad rica y con muchas relaciones comerciales.
Evidentemente eso causaba la envidia de los atenienses, quienes ya desde el siglo IV, en un
tiempo “de oro” para Atenas, se burlaban de Corinto y le achacaban todos los pecados y vicios
propios de las ciudades portuarias, sobre todo la corrupción moral en el campo de la sexualidad.
Se habían inventado verbos como “corintear” para decir “fornicar”, y “corintia koré” para decir
“prostituta”. Pero todas estas censuras y reproches contra Corinto, no eran vistas con los mismos
ojos por Pablo, más orientado hacia el futuro que hacia el pasado. Para él eso de “ávidos de
dinero” sonaría a “dinámicos en los negocios”; “faltos de cultura” sonaría a “gente más atenta a
las cosas concretas que a las ideas abstractas”; “sin vida intelectual” sonaría a “abiertos a las
nuevas ideas”, y –sobre todo– “situación privilegiada” evocaba la imagen de una gran movilidad
de gente que iba y venía en todas las direcciones. Seguramente fue en ese tiempo que en Pablo
nació la idea, que fue creciendo hasta ser una obsesión, de ir a predicar a Corinto. Seguramente
habría de ser un lugar muy fértil para la misión.
Dado su temperamento, habría querido salir antes que Timoteo llegase de vuelta, pero luego,
¿cómo lo habría encontrado en una ciudad tan grande, donde las casas no llevaban número ni las
calles nombres? Cuando por fin llegó Timoteo de Tesalónica ¡y con buenas noticias!, Pablo se
llenó de alegría y sin dilación partió para Corinto, desde donde les escribiría su primera carta
pastoral, una vez se hubiera “hallado” en aquella ciudad. En esta carta se percibe la sensación de
alivio que habrá experimentado Pablo al tener tan buenas noticias de Timoteo. Y parece que aquí,
con esta experiencia que ha tenido, las cosas toman un nuevo derrotero en la evangelización de
Pablo: La visita de Timoteo a Tesalónica y su carta son el testimonio de una nueva relación de
parte de Pablo con las comunidades cristianas a donde pensaba ir o donde había estado. Hasta
ahora se había contentado con dejar que las comunidades fundadas por él fueran sostenidas por el
Espíritu Santo. Pero ahora, como si hubo un “click” afectivo y esto cambió las cosas. La
motivación era personal, se había preocupado tanto por la comunidad porque se había
involucrado afectivamente. El “amor por Jesús” se hacía carne en el “amor por la comunidad”. Y
la comunidad cada día sería más y más ya no una masa anónima sino una serie de nombres
propios y de recuerdos personales. Las redes de comunión y participación se harían cada vez más
fuertes, personales e igualitarias. Se ve que, a partir de esta experiencia vivida en Tesalónica,
Pablo fue captando que era necesario permanecer en diálogo con los convertidos ahora lejanos.
Un padre no podía abandonar a sus propios hijos (1 Tes 2,11). ¡Ahora podía comenzar a hablar de
la paternidad responsable!

2) En la ciudad de Corinto
Esos 80 kilómetros que debía recorrer no estaban para nada exentos de peligros. Sobre todo los
pasos por lugares como Skirone, llamado así por un bandido famoso. Este lugar era pura montaña
acantilada donde el camino no medía más de unas dos brazadas de ancho y acantilado abajo. Este
Skirone obligaba a los transeúntes a lavarle los pies y después de eso los arrojaba por el

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acantilado, hasta que a él mismo le tocó probar una cucharada de su propia medicina y terminó el
problema. Sin embargo, a lo largo del camino no eran infrecuentes los asaltos y asesinatos (no
son alardes retóricos los de 2 Cor 11,26 cuando Pablo dice que experimentó “peligros de
ladrones… peligros en el desierto”).
Corinto, arrasada por los romanos el 146 a.C., fue fundada de nuevo como colonia romana el 44
a.C. por Julio César, y el 29 a.C. se convirtió en capital de la provincia romana de Acaya, que fue
erigida aquel año.
Para que veamos con qué gente activa se encontró Pablo en Corinto veamos estos datos. El
estrecho istmo que comunica el golfo de Corinto (con el puerto de Lequeo) con el de Sarono (con
el puerto Céncreas) mide unos 6.4 km. Ya ¡desde el siglo VI a.C.! los corintios habían ideado
cavar un canal para crear una alternativa a la circunnavegación por el Peloponeso para pasar por
mar de Brindisi hasta las costas occidentales del Asia Menor. Como no lo lograron porque
siempre hubo otros proyectos, encontraron una solución “provisoria” que duró casi 1300 años
para conectar estos golfos. Pavimentaron esos más de 6 kilómetros con una carretera de entre 3,4
y 6 metros de ancho. En esta misma carretera cavaron unos “carriles” que servirían de guías a los
carromatos que transportarían sobre sí las naves que debían pasar de un golfo al otro. ¡Hicieron
un canal seco! Y para las bestias de carga utilizaban los caminos de tierra que también se habían
construido a los lados a todo lo largo de esta carretera.
Pablo se habrá llevado un susto al llegar a Corinto. Las ciudades de la provincia de Asia, y aun
Tesalónica eran “apacibles lugares de retiro” comparados con la actividad y frenetismo de esta
ciudad portuaria. Diríamos que llegó a una ciudad capitalista. La competencia era despiadada por
el afán de ganancias y sólo quien tenía recursos lograba destacar. Había un dicho antiguo que
decía que “el viaje a Corinto no es para todos”. Pocos lograban amasar riquezas. No era extraño
que el mito de Sísifo1 en Corinto fuera tan popular. Así las cosas, Pablo se habrá preguntado
seriamente si gente así de ávida de ganancias pudiese encontrar el tiempo para escuchar su
mensaje.

3) La formación de la comunidad
Seguramente trabajo encontraría. Fabricantes de tiendas habrían muchos en Corinto, pero la
Providencia hizo encontrarse a Pablo con un matrimonio cristiano, Priscila y Aquila, antiguos
esclavos judíos que habían llegado a obtener la manumisión y en Roma se habían convertido al
cristianismo. Probablemente hacía unos 10 años habían dejado Roma temiendo una persecución
contra los cristianos de parte de Claudio, el emperador, como consecuencia de una constante
agitación en torno a la figura de Cristo. Probablemente traumados por esta experiencia, habrían
1
Sísifo, rey legendario en Corinto que era “el más hábil de los hombres” (Homero) y para tenerlo
tranquilo y ocupado fue condenado a subir una piedra pesada hasta la cima de una montaña y cada vez que
estaba por llegar a la meta se le resbalaba de las manos y la piedra rodaba hasta el pie de la montaña,
haciendo que Sísifo tuviera que comenzar siempre de nuevo. Llegó a ser un símbolo de la absurdidad de la
existencia humana.

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estado con un bajo perfil dedicándose a su trabajo únicamente y así fue como conocieron a Pablo,
por su profesión.
Seguramente el taller habría sido el primer lugar de compartir el evangelio, pero pronto este
debió resultar insuficiente para albergar a gente que llegaba a escuchar la buena nueva. Sus
dimensiones no permitían el reunirse más que la gente indispensable para trabajar. O se trabajaba
o se evangelizaba. Pronto debió Pablo buscarse casas donde pudieran hospedarlo para que
pudiera enseñar libremente. La gente que él recuerda haber bautizado (1 Cor 1,14–16), Crispo,
Gayo y Estéfanas, son personas que disponen no sólo de medios sino de tiempo para acompañar
la misión paulina. Lo mismo ocurre con Febe, la diácono del puerto de Céncreas, quien era lo
suficientemente rica como para ser benefactora de Pablo y de muchos (Rom 16,1–2). Sería gente
que estaría –a nivel económico– un poco por encima del creyente medio. Pablo se habría dado
cuenta, por la experiencia en Filipos y en Tesalónica, que la misión necesita medios para
sostenerse. También se habrá dado cuenta, por lo sucedido en ambas ciudades mencionadas antes,
que era necesario formar equipos o grupos de personas a quienes instruir de mejor manera en los
caminos del Señor, de modo que ellos pudiesen difundir el evangelio de mejor manera. El
evangelio se ofrecía a todos, pero, no hay duda, sólo quien tenían tiempo, educación e iniciativa
iba a poder tener un rol como asistente en su difusión.
Si es cierto que Pablo se hizo la pregunta sobre si lo escucharían o no en Corinto no lo sabemos,
pero lo que sí sabemos es que muy rápidamente su palabra fue acogida. La iglesia de Corinto
tuvo una partida veloz. ¿A qué se debería? No podemos saberlo tampoco con exactitud, pero, al
igual que lo dicho con los tesalonicenses, también a los corintios el evangelio tuvo que haberles
dicho algo para su vida.
Tomemos dos ejemplos de las personas apenas mencionadas. Erasto, tesorero de la ciudad, cuyo
nombre aparece en una inscripción en Corinto, había mandado a construir una obra pública con
sus propios medios. Dejó una inscripción en la que sólo aparece su nombre y no el de su padre, lo
que significa que en un tiempo Erasto era esclavo. Logró llegar a ser un liberto y no sólo eso sino
llegar a tener un cargo público y a tener un buen caudal. Sin embargo, un liberto nunca se sentiría
bien en medio de ciudadanos libres. No importa qué hiciera, sus orígenes como esclavos serían
por siempre un sello que marcaba toda su existencia. Febe, suficientemente rica como para ser
benefactora de Pablo, sin embargo antes que nada era considerada como mujer, lo cual no le daba
todos los privilegios. El mensaje del evangelio, según el cual el salvador del mundo había muerto
torturado, hablaba a las contradicciones de la vida de las personas. Aunque eran consideradas
débiles, estas conocían su fuerza y, por tanto, podían comprender sin dificultad la idea, revelada
en Cristo, y en la vida de Pablo, que “la fuerza se perfecciona en la debilidad” (2 Cor 12,9). El
cristianismo daba un sentido a la ambigüedad de la vida de las personas, al mismo tiempo que los
introducía en una comunidad donde todos eran considerados individuos únicos, todos igualmente
apreciados. Esta daba un espacio para florecer en libertad.
Habría una cierta tendencia “de moda” en ese tiempo a inclinarse por la sabiduría y el
conocimiento (palabras que justamente comienzan a formar parte del vocabulario de aquel

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movimiento intelectual que se estaba fraguando en la primera y segunda mitad del siglo I y que,
más tarde, se conocería con el nombre de gnosticismo).
Esta es una comunidad en la que Pablo no ha fundado su predicación en “persuasivos discursos
de sabiduría, sino en la demostración del Espíritu y poder” (1 Cor 2,4). Podríamos pensar que el
apóstol se está refiriendo a manifestaciones carismáticas extraordinarias que habrían acompañado
los inicios de la comunidad corintia; de hecho, en otros textos de las cartas a los corintios habla
de los signos, prodigios y milagros como una de las características del apóstol (cf. 2 Cor 12,11–
12). En realidad, sólo desde la experiencia inicial fuertemente carismática en el seno de aquella
comunidad puede explicarse suficientemente la problemática surgida luego entre los corintios en
torno a los dones espirituales y que Pablo le dedique tres capítulos a dicha problemática. Quizá
por esta misma problemática que se está viviendo es que Pablo sea tan austero al hablar a los
cristianos de Corinto de las manifestaciones del Espíritu en los comienzos de aquella comunidad.
Pero también es probable que esos problemas relacionados con los carismas espirituales no se
hubieran planteado en la comunidad si esta no hubiera vivido intensamente la novedad del
Espíritu como don de los tiempos nuevos. Es más, el acento en este aspecto de la experiencia
cristiana pudo haber compensado de algún modo el atractivo que habían ejercido anteriormente
entre los convertidos corintios los cultos paganos y sus expresiones de exaltación mística2.
Pablo se quedó en Corinto un año y seis meses, muy probablemente entre los años 51 y 52. Dejó
tras de sí una comunidad muy viva y paradójicamente muy inestable, de entre unos 50 (según
algunos) hasta 200 miembros (hoy se coincide en que no sería más de este número el que
constituían las comunidades cristianas corintias).

4) La composición de la comunidad
Gente como la mencionada (y otros pocos) serían los que en 1 Cor 1,26 Pablo menciona como
sabios, poderosos, nobles3. No serían mayoría, ni siquiera numéricamente significativos en la

2
Hay que tomar en cuenta que en la época de la primera predicación del Evangelio se pusieron de moda
en el imperio romano las llamadas religiones mistéricas o de los misterios; en ellas, los nuevos adeptos,
después de un tiempo de instrucción, eran introducidos en el culto correspondiente, mantenido secreto
hasta ese momento, mediante un rito de iniciación realizado por un mistagogo. La religión mistérica
intenta transmitir el conocimiento a través de la experiencia. Presenta entonces ciertos misterios que no se
plantea explicitar, toda vez que los detalles doctrinales han de conocerse a través de la experiencia
iniciática ritual y no mediante la palabra o la razón. Por lo tanto, más que una religión es un modo de vivir
una religión, existiendo a lo largo de la historia de las religiones muchas que pueden encajar en este tipo.
El secretismo y exclusivismo de algunas de estas religiones mistéricas conlleva una serie de ritos
iniciáticos, y frecuentemente un periodo de preparación y de pruebas, antes de aceptar a un nuevo adepto
en la comunidad. Estas ceremonias recibían el nombre de misterios.

3
“Sabios”: o con una buena educación académica, o gente tenida por prudente y moderada; “potentes”:
personas influyentes, cuyo parecer tenía valor en cuestiones políticas y económicas; “nobles” miembros

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comunidad cristiana (como tampoco en la sociedad civil), pero seguramente tuvieron un rol
predominante en los asuntos de la iglesia.
No obstante lo hasta ahora dicho, la mayoría de la comunidad no era gente acaudalada. En
realidad lo que tenían todos en común era ser creyentes. Era una comunidad ciertamente muy
heterogénea. Había grandes diferencias de educación, de recursos económicos, de religión
(aunque aquí podemos decir [cf. 1 Cor 12,2] que la mayoría era de extracción pagana, es decir,
habría pocos de origen judío) y de expectativas personales. Por lo mismo, también habría dentro
de la iglesia, ya desde sus orígenes, para bien y para mal, un cierto espíritu competitivo.
Lo que Pablo valoraba mucho era la disponibilidad y el entusiasmo de todos. Esto, junto con el
hecho de la heterogeneidad referida, podía contribuir a sus cualidades misioneras. La gente estaba
dispuesta a tomarse el cristianismo muy en serio y llevarlo a otros. Difícilmente el miedo de
equivocarse los detendría. La confianza en sí mismos (mostrada indirectamente por los escritos
que les enviará Pablo), no preveía posibilidades de errar.
Tal vez Pablo erró al subestimar este detalle. Prontos y ávidos como estaban de aprender y poner
en práctica, y con una cierta inclinación a entender lo que querían entender de la enseñanza de
Pablo, fueron como un medio de cultivo para que las enseñanzas de Pablo crecieran –ya en su
ausencia– desordenadamente, y las aplicaran a su vida, cada uno de la manera más extraña
imaginable. Mientras Pablo estuvo presente algo logró rectificar, pero, una vez ausente…

5) La correspondencia paulina con Corinto


La correspondencia paulina con la comunidad corintia, acaecida durante la misión en Efeso de
Pablo, fue motivada por la compleja problemática de aquella comunidad cristiana de Corinto, tan
viva pero también tan difícil. Estas cartas son un documento muy valioso para la reconstrucción
de una comunidad cristiana de los primeros tiempos.
Esta correspondencia trata los numerosos problemas que la comunidad de Corinto tuvo en cuanto
a su socialización intracomunitaria, esto es, en su configuración como nuevo grupo religioso, y
también en cuanto a su socialización dentro de la sociedad civil de su entorno, es decir, en su
identidad como comunidad nueva dentro del mundo social y cultural del helenismo. Todo apunta
a que el origen de esos problemas estuvo en la acomodación de la comunidad cristiana al
entramado social y a la ideología cultural y religiosa de su entorno helenista. Tal situación estaba
propiciada por la configuración social de la misma comunidad: la mayoría de sus miembros
pertenecientes al estrato social más humilde, pero con una minoría muy activa perteneciente a un
estrato social más acomodado. También tuvo que influir el talante cosmopolita y la estructura
social y políticamente abierta de la ciudad de Corinto. Esos factores provocaron, por una parte,
una peligrosa integración de la comunidad en la ideología y en las prácticas sociales de la ciudad
helenista, que amenazaba con disolverla como grupo religioso, pero, por otra parte, ocasionó una
no menos peligrosa falta de integración intracomunitaria que amenazaba con escindirla.

de la aristocracia.

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Es evidente que en estas cartas hay más de lo que se ve. Para algunos, no puede ser que 1 Cor sea la
primera carta que Pablo le escribe a la comunidad cuando contiene un texto como 5,9 (leer); ni se
termina de explicar cómo 2 Cor 2,4 pueda referirse a 1 Cor cuando dice que “por la mucha aflicción
y angustia de corazón les escribí con muchas lágrimas” (leer).
Hay hipótesis más acuciosas que dicen que no, que la mayoría de lo escrito por Pablo no se
perdió sino un compilador incluyó casi todo lo que este escribió en 1 y 2 Cor, evidentemente,
quitándole los saludos o despedidas correspondientes. Así, hay quienes piensan que hay dos
cartas que se conservan y al menos dos que se perdieron, y hay quienes piensan que en realidad
todas las cartas de Pablo (al menos hasta donde podemos tener acceso), están conservadas,
aunque sea fragmentariamente, en 1 y 2 Cor4.

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Así, Senén Vidal: 1 Corintios: Hay indicios que apuntan claramente a dos cartas en la actual 1 Cor, en este orden
cronológico:
Cor A: 6,1–11; 10,1–22; 11,2–34; 15,1–58; 16,13-18. Se ha conservado sólo fragmentariamente. Es una carta de
advertencia muy breve sobre algunos problemas de la comunidad, a la que se refiere 5,9–11 (en Cor B). Los
informantes de Pablo fueron Estéfanas y sus acompañantes, y ellos mismos llevaron la carta a la comunidad de
Corinto (16,15-18). El recopilador introdujo algunos fragmentos de ella dentro de Cor B, en los lugares que mejor le
pareció. Fijándose ante todo en la semejanza temática de los textos.
Cor B: 1,1–5,13; 6,12–9,27; 10,23–11,1; 12,1–14,40; 16,1–12.19–24. Se ha conservado completa. Los informantes
de Pablo fueron “los de Cloe” (1,11), que le trajeron además una carta de los corintios (cf. 7,1). Tiene dos partes: en
la primera, Pablo trata algunas cuestiones sobre las que le han informado oralmente los de la casa de Cloe (1,10-5,13;
6,12-20); en la segunda, contesta a la carta de los corintios (a partir de 7,1). A pesar de su estructura un tanto
inconexa, debido a los diversos temas tratados, ambas partes están relacionadas y suponen una idéntica situación: así,
por ejemplo, la referencia a Apolo al comienzo (cap. 1–4) y al final (16,12); la indicación del viaje de Timoteo en
4,17 y en 16,10.11; el proyecto del viaje de Pablo en 4,18–21 y en 16,5–9; la referencia al tiempo de pascua en 5,7–8
(fórmula pascual) y en 16,8; la asunción del dicho de 6,12 en 10,23, y de la fórmula de 6,20 en 7,23. No parece,
pues, que haya razones para separar los cap. 1–4 (o los cap. 1–6) como una carta independiente. El recopilador tomó
Cor B como base para la composición de la actual 1 Cor.
2 Corintios: Hay indicios que apuntan a cuatro cartas en la actual 2 Cor, en este orden
cronológico:
Cor C: 2,14–7,4. Sólo se conserva el cuerpo de la carta, que con una apología de la misión de Pablo
frente a la acusación de unos misioneros cristianos llegados a Corinto. La información la trajo Timoteo a
su regreso del viaje indicado en Cor B (1 Cor 4,17 16,10–11). El recopilador introdujo la carta en la
actual 2 Cor dentro del motivo de un viaje misional de Pablo, quizá para definir la misión como una
marcha triunfal (2,14–16a); por lo demás, 7,2–4 cuadra inmediatamente antes de 7,5ss (referencia en los
dos textos a la tribulación y al consiguiente consuelo y alegría).
Cor D: 10,1–13,13. Se conserva el cuerpo y el final de la carta, que es una seria advertencia a la
comunidad y una dura polémica contra los misioneros opositores. Es la carta “con muchas lágrimas”
(2,3–4; 7,8.12). Pablo la escribió a la vuelta de una visita fracasada a la comunidad corintia (12,14; 13,1–
2). El recopilador la colocó al final de la actual 2 Cor, quizá por el motivo tópico de que la herejía es un
fenómeno de los tiempos finales (tiempo actual del recopilador).
Cor E: 1,1–2,13; 7,5–8,24. Se conserva completa, excepto en el final (¿pertenece a ella 13,11-13?). Es
una carta de reconciliación; al final se introduce una credencial oficial para la colecta (8,1–24). Fue
escrita a la vuelta de Tito de Corinto (2,12–13; 7,5 16); Tito mismo y dos hermanos acompañantes suyos
fueron los portadores de ella (8,16–24). El recopilador la tomó como base para la composición de la
actual 2 Cor.

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Como no seremos capaces de entrar de lleno a ambas cartas, vamos a comenzar por ir leyendo la
primera carta tratando de descubrir cuál sería la situación que estaría viviendo la comunidad y
cuál es –en el fondo– la respuesta que le da el apóstol.
Empecemos por conocer un poco la carta en su estructura:
1 Cor comienza con la habitual salutación (1,1–3) y acción de gracias (1,4–9). Acaba con
exhortaciones y saludos (16,13–24). Dentro del cuerpo de la carta se tratan temas muy diversos.
No parece que tras la composición haya una organización estrictamente conceptual. Difícilmente
se encuentra progresión alguna de pensamiento ni razonamiento. Pablo trata sucesivamente
diversos temas. Al menos esta es una primera impresión.
Las principales secciones de 1 Cor
Las siguientes ocho grandes secciones se pueden distinguir fácilmente:
1,10–4,21: divisiones
5,1–6,20: un caso de inmoralidad; pleitos; laxitud
7,1–40: matrimonio y vida no matrimonial
8,1–11,1: el consumo de comida ofrecida a los ídolos
11,2–34: participación en la asamblea cristiana: vestimenta en la oración pública; abusos
en la cena del Señor
12,1–14,40: diversidad de dones espirituales
15,1–58: la futura resurrección corporal de los cristianos
16,1–12: la colecta y planes de viaje
En 1,11 Pablo anuncia una primera cuestión que le fue comunicada mediante un mensaje oral. En
7,1 Pablo menciona una carta que los Corintios le habrían enviado; emplea la primera de las
cinco construcciones introductorias “acerca de” (cf. también 7,25; 8,1; 12,1; y 16,1). Resulta
tentador, por tanto, distinguir una doble división: en los caps. 1–6 Pablo responde a mensajes que
le han llegado oralmente (los escándalos); en los caps. 7–15 (¿y 16,1–4?) Pablo responde a
preguntas que le han planteado por carta (dificultades más teológicas). Pero en la literatura
griega, el uso de “acerca de” no denota necesariamente un escrito, y no tenemos certidumbre
alguna, ni sobre el contenido exacto de los informes orales (cf. 11,18: “ha llegado a mis oídos”),
ni sobre el propósito de la carta.
Con respecto a la composición de 1 Cor, hay que notar dos cosas. (1) Parece haber alguna
coherencia de materia y analogía de tema dentro de cuatro grandes bloques: caps. 1–4
(divisiones); caps. 5–7 (vida sexual); caps. 8–14 (asuntos relacionados con el culto); y el cap. 15
Cor F: 9,1–15. Sólo se conserva el cuerpo de la carta. Es una credencial para la colecta, dirigida a las
comunidades de Acaya (9,2), del mismo tiempo que Cor E. Los portadores coinciden con los de Cor E,
que fueron los delegados para la colecta tanto en Corinto como en Acaya (9,3–5). El recopilador la colocó
después del cap. 8 porque trataba el mismo tema.

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(resurrección). (2) La posición del cap. 9, así como la del cap. 13, manifiesta la afición de Pablo a
la estructura concéntrica A–B–A’. Entre los caps. 8 (A) y 10 (A’), que tratan ambos sobre la
comida ofrecida a los ídolos, se encuentra el cap. 9 (B), donde Pablo señala su propia conducta
ejemplar. Entre los caps. 12 (A) y 14 (A’), se encuentra el cap. 13 (B), que subraya la absoluta
importancia del amor.
6) 1 Corintios, una ventana a la comunidad y un espejo en el cual mirarnos
Por razones de tiempo no vamos a leer detenidamente toda la carta sino vamos a fijarnos en
algunos pasajes que pueden ser muy reveladores de cuál podría ser la situación que está viviendo
la comunidad y cómo son las relaciones entre esta y Pablo.

A) Las divisiones entre los corintios (1 Cor 1,10–4,21)


En este escrito al que hemos aludido que los corintios hicieron llegar a Pablo a través de
Estéfanas, Fortuntato y Acaico (1 Cor 16,17), no le hablaban de un problema, al que el apóstol
concede la mayor importancia entre los tratados en su escrito y que por ello mismo es el primero
que aborda: las divisiones en el seno de la comunidad.
En este caso Pablo se refiere algo, más concretamente a sus fuentes de información: son los de
Cloe (1,11); se trataba posiblemente de gente que estaba al servicio de una mujer de este nombre.
Algunos dicen que no tenía por qué ser ella misma cristiana; el hecho de que hable de ellos sin
más explicación (lo que da a entender que son conocidos a la comunidad), permite suponer que
tanto Cloe como sus servidores eran gente:
– conocida a la comunidad
– que viajaba habitualmente de Éfeso a Corinto, pudiendo por ello enterarse fácilmente de
lo que pasaba en esta última ciudad y decírselo a Pablo, que se encontraba por entonces en
Éfeso.
Los de Cloe informaron a Pablo de que entre los corintios había discordias (1,11); la
trascendencia que Pablo concede a la situación la muestra el hecho de que, antes de abordar el
problema propiamente dicho, hace una llamada cargada de fuerza afectiva y de autoridad (1,10),
invitando a los corintios a oponerse a las disensiones, a tener un mismo pensar.
Del tenor de la exhortación se puede decir que las discordias y disensiones se concretaban en
forma de pensar distintas que creaban distanciamiento cordial e incluso hostilidades entre algunos
miembros de la comunidad: todo ello afectaba a la comunidad puesto que favorecía la existencia
de distintos grupos en su seno: “cada cual anda diciendo: ‘Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo
soy de Cefas, yo soy de Cristo’” (1,12). No parece que las divisiones las crearan directamente los
cabezas de serie mencionados por Pablo (él mismo, Apolo, Cefas...); quienes las creaban eran
más bien los propios corintios al invocar a aquéllos en favor de su facción (“cada cual anda
diciendo...”). Pese a todo, las divisiones tenían que ver de algún modo con los personajes a

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quienes invocaban unos u otros: Yo soy de Pablo, yo soy de Cefas, yo soy de Apolo, yo soy de
Cristo.
De los personajes invocados, resulta completamente normal la referencia a Apolo. En efecto, el
papel de Pablo en la fundación de la comunidad de Corinto explica suficientemente que hubiera
cristianos misioneros que se apoyaran en él frente a los que pudieran invocar a otro personaje,
Apolo, a quien también conocían los corintios (cf. Hch 18,27–28; 19,1). De hecho, al exponer la
situación más ampliamente Pablo hablará únicamente de sí mismo y de Apolo (cf. 3,4 y 4,6)
como quienes han estado de hecho en la comunidad. En el argumento conclusivo de 3,22-23, la
mención a Cefas y a Cristo es más bien retórica, como aludiendo a lo que los mismos corintios
andan diciendo (1,13) que a una referencia histórica de la predicación de Pedro en aquellas
comunidades.
Pero, ¿en que medida podía alguien invocar a Cristo para oponerse a quienes invocaban a Pablo,
a Apolo o a Cefas/Pedro? ¿Y qué tenía que ver este último con la comunidad de Corinto? El libro
de los Hechos no se conoce ninguna relación de Cefas/Pedro con los cristianos de esta ciudad; en
la comunidad corintia sólo se volverá a hablar de él en 9,5 y 15,5: en el primero de estos pasajes
al referirse a la renuncia que él había hecho a ciertos derechos que le pertenecían como apóstol,
Pablo evoca a Cefas y lo presenta como uno de los que llevaban consigo a una mujer (hermana)
creyente; por su parte, en 15,5 se menciona la aparición del resucitado a Cefas, en un texto en el
que se suele reconocer una pieza de la tradición eclesial.
De todos modos, la manera de hablar de Cefas en los dos casos permite suponer que los corintios
lo conocían y conocían sobre todo la función especial que desempeñaba en el seno de la
comunidad naciente; ello explicaría que se use el nombre arameo que, según la tradición
evangélica recogida por Juan, le impuso el Señor en el primer encuentro con él (cf. Jn 1,42).
Ello significa que quienes decían “yo soy de Cefas” no tenían por qué ser judeocristianos que
invocaban la autoridad de Pedro para apoyar la exigencia de una mayor fidelidad de los cristianos
a la ley de Moisés; bastaría pensar que lo invocaban para fundar una relación más estrecha con
las tradiciones más genuinas del cristianismo.
De todos modos, no parece que el grupo que se remitía a Cefas tuviera demasiado peso en la
comunidad de Corinto, pues en la nueva referencia a las contiendas que se hará en 3,4 no se
incluye el nombre de Cefas (cf. 4,6). Es decir, la referencia a él pretendería dar un contenido más
amplio a la noticia de las divisiones entre los corintios.
En la misma línea podría entenderse la indicación tocante al grupo de los que decían: “Yo soy de
Cristo”. En este caso, se podría imaginar
a) La existencia de un grupo anárquico que negaba cualquier forma de mediación apostólico-
eclesial en su relación con Cristo.
b) También se podría pensar que Pablo quería referirse a quienes acentuaban la dimensión
gloriosa del kerigma sobre Jesucristo y relegaban a un segundo plano o silenciaban la muerte en
la cruz.

Al interno de la comunidad de Corinto 10


El discipulado misionero al estilo de San Pablo

c) Pero cabe la posibilidad de entender la mención del partido de Cristo en línea con el crescendo
retórico que se establece. Dicho crescendo se resolvería aquí en una especie de reductio ad
absurdum; sobre esta base, adquiere toda su fuerza la pregunta que se plantea en su 1,13: ¿Esta
dividido Cristo?
Ya hemos indicado que en algunos casos Pablo concentra la problemática en su propia persona y
en la de Apolo; así leemos en 3,5: “Pues si uno dice yo soy de Pablo y otro, yo de Apolo, ¿no os
comportáis al modo humano?” Tal concentración parece dar a entender que eran sobre todo los
grupos que invocaban su nombre y el de Apolo los que preocupaban realmente al apóstol. De
hecho, sólo en relación con los que invocaban a Apolo parece explicarse la argumentación con la
que Pablo hace frente a la problemática de las divisiones/disensiones a partir de 1,17: de lo que se
trata en definitiva es de un predicación del Evangelio y de una visión de la fe, que pretendía
apoyarse en sabiduría de palabras o en persuasivos discursos de sabiduría o, lo que es lo mismo,
en el prestigio aparente que da la palabra o la sabiduría (cf.1 ,17; 2 ,14.13.20)5.
Los datos que poseemos sobre Apolo y lo que ya hemos aludido permiten suponer que un grupo
de corintios se remitieron a aquel judío versado en las sagradas escrituras en instruido en el arte
de la retórica grecorromana, como modelo de predicador del Evangelio; al decir de Lucas,
aquellas cualidades hicieron que refutara vigorosamente en publico a los judíos, demostrando que
Jesús era el Cristo (cf. Hch 18,24).
La comparación e incluso la contraposición de Apolo con Pablo tuvo que surgir
espontáneamente. El apóstol recoge expresamente las críticas que se le hacían a él en este
sentido: Se dice que las cartas son severas, pero que la presencia del cuerpo es pobre y la
presencia despreciable (2 Cor 10,10). Pareciera que lejos de la seguridad típica del orador, Pablo
se presentó con temor y temblor, y no con palabras de sabiduría…
En cualquier caso, leyendo las noticias que ofrece el apóstol, se tiene la impresión de que Apolo
no tuvo nada que ver directamente en el nacimiento del grupo que le presentaba como paradigma
de anunciador del Evangelio, y mucho menos los otros cabezas de serie referidos por Pablo. Este
lo dice expresamente de sí mismo, pues lo primero que hace tras hablar la existencia de los
grupos es desmarcarse positivamente de quienes se reclamaban a él (1,13-16).
Por otra parte, la forma en que Pablo se refiere a Apolo no parece implicar a este directamente en
las pretensiones de sus seguidores: cada uno de ellos desempeña una labor diferente en el campo
de Dios que es la comunidad de Corinto (Yo planté, Apolo regó [3,6], “Yo, como hábil arquitecto,
puse el cimiento, mientras que otro levanta el edificio” [3,10]); con todo, ambos son servidores
(3,5), colaboradores de Dios (3,9), instrumentos “a través de los cuales accedisteis a la fe, y cada
uno de ellos como el Señor les dio a entender.” (3,5).
Es más, llegado casi al final de sus argumentos, Pablo vuelve a invocar el nombre de Apolo y
presenta el comportamiento de ambos como ejemplo que deben imitar los corintios, a fin de que
“no os engriáis el uno contra el otro” (4,6). Por otra parte, Pablo da cuenta de que Apolo se niega

5
A Apolo lo presenta Lucas en Hch 18,24–28.

Al interno de la comunidad de Corinto 11


El discipulado misionero al estilo de San Pablo

a ir a Corinto pese a la insistencia del propio Pablo en que fuera (16,12); esta actitud podría
interpretarse como signo de las buenas relaciones que mantenían ambos y, sobre todo, de las
distancias que quiso tomar el alejandrino frente a sus exaltados seguidores de Corinto.
En definitiva, eran éstos los que preocupaban a Pablo; su preocupación no la provocaba
principalmente el hecho de que invocaran modos humanos de presentar la palabra, que verían
encarnados en Apolo; tampoco la provocaba la posibilidad de salir mal parado de la comparación
con Apolo en este terreno: Pablo sabe lo que es un apóstol y cuál es su función (cf. 4,9ss); no le
importa haber sido la basura del mundo, el deshecho de la humanidad (4,13b). Lo de la
elocuencia o no de la predicación era sólo la punta de iceberg de un problema de hondura y
proporciones mucho más vastas.
El conjunto del discurso paulino en 1,18–4,21 y, sobre todo, la oposición entre la sabiduría de la
palabra y la palabra de la cruz permiten, concluir que lo que preocupaba realmente a Pablo eran
las consecuencias que se deducían de todo ello y que, en su opinión, podían acabar vaciando de
contenidos el mensaje cristiano (cf. 1,17, donde usa la palabra kenoo para hablar del vaciamiento
del sentido de la cruz; cf. también 1,18.22.25.26–28 en el contexto de la inclinación por el afán
del arcano; 2,1–5; etc.).

B) Algunos problemas sexuales y familiares (5,1–13; 6,12–17)


Pablo tuvo que luchar contra comportamientos familiares muy atractivos, otros muy populares,
otros muy extendidos, otros muy bien valorados, etc., pero que no respondían a la originalidad de
la fe en Jesús crucificado. Entre estos modelos destacan los que ofrecían algunos cultos
mistéricos, como los de Isis y Osiris, Dionisos, Cibeles, Afrodita, Deméter, etc., muy extendidos
y populares.
Tomemos uno de estos cultos y veamos cómo esto nos puede dar pistas comparativas con los
problemas que se suscitaban en la comunidad y el peligro que esta corría de convertirse en una
religión mistérica más6.
En el comienzo de la época imperial, como respuesta a la centralización de la religión en el Culto
al Emperador (que era un eficaz medio de control social), tomaron importancia las religiones
personales como un modo de compensar las necesidades espirituales que no terminaba de saciar
la Religión Oficial. Así, proliferaron diferentes tipos de cultos 7. Las clases sociales tenían ciertas
preferencias, aunque se percibe una enorme mezcla de gentes diferentes en los mismos cultos. En
el culto a Isis debían predominar gente no muy acomodada; sin embargo, el hecho de que se
6
Las antiguas religiones mistéricas tenían en común con el cristianismo el que la iniciación (proceso
jalonado por ritos, prácticas cultuales, pruebas y ejercicios, etc.) era la puerta de entrada de acceso a las
realidades divinas.
7
Había tres corrientes de creencias religiosas en Corinto durante la época romana: las divinidades
sagradas y tradicionales del panteón griego (fundido con el romano) como Zeus, Afrodita o Poseidón
(Júpiter, Venus y Neptuno); cultos específicos romanos (como el culto imperial) y religiones orientales
(incluidas judaísmo y cristianismo); cf. ENGELS, Roman Corinth, 95.

Al interno de la comunidad de Corinto 12


El discipulado misionero al estilo de San Pablo

requiriese una cierta cantidad de dinero para la iniciación, indica que tampoco era exclusivamente
de clases bajas. El hecho de que los templos más importantes de Isis estén fuera de los muros
podría indicar su carácter “marginal”. La mezcla de gentes provenientes de muchos lugares tuvo
que ser la tónica general.
La figura de Isis muestra interesantes contrastes. De ella se dice que amaba la guerra y la
hostilidad y que podía ser cariñosa y amante o severa y airada. Además, así como en su conducta
familiar podía mantener estricta castidad, fuera de casa podía (como la Madre de los dioses)
comportarse con gran obscenidad; es decir los ámbitos de la casa o de la ciudad podían modificar
profundamente el tipo de valores y comportamientos defendidos por los adoradores de Isis (si
bien la confusión de espacios se perciba a veces como la característica más llamativa de su culto).
Aunque para Plotino el Iseium era el “único lugar impoluto en Roma”, para la mayoría del pueblo
el mismo lugar era poco menos que un burdel. En la poesía de Roma aparece Isis no como la
casta y amante esposa y madre, sino como la mujer de escasa virtud, que defiende los juegos y las
relaciones sexuales. Esta laxitud moral es la que, según Flavio Josefo, produjo un escándalo en el
templo de Isis de Roma: una noble señora fue seducida por un hombre disfrazado de Anubis y el
hecho conmocionó a Tiberio (emperador del 14-37 d.C.) que destruyó el templo, destrozó las
estatuas y crucificó a los sacerdotes. Isis, por tanto, personificaba el amplio abanico de las
posibilidades del amor. Este dato, que ilumina el análisis contextual de la comunidad de Corinto,
resulta a la vez, iluminador para la identificación de las posturas adoptadas por los corintios en su
relación con la sexualidad.
Por otra parte, en las ciudades más importantes del mundo grecorromano del siglo I se va a dar
otro interesante conjunto de contrastes, en lo relacionado con el modelo de familia. Es el que
algunos denominan el surgimiento de la “nueva mujer”, un fenómeno en gran medida provocado
por el patriarcalismo y la promulgación de la Lex Julia de Augusto, que limitaba el papel de la
mujer a la casa y a la procreación. Así, en este siglo, en las ciudades más importantes surgieron
movimientos de mujeres que reclamaban autonomía, libertad, igualdad... y que procuraban
ejercerlas, bien en asociaciones voluntarias o en algunos cultos, especialmente de dioses
orientales. El culto a Isis (junto con el de Dionisos y Deméter, a los cuales estaba asociado) fue,
quizá, el más popular en estos grupos de mujeres y contribuyó a legitimar teológicamente sus
aspiraciones domésticas y políticas. Isis, por esos contrastes propios de su condición, también era
adorada como diosa de la familia y legitimaba un lugar tradicional para la mujer en la casa.
En la comunidad paulina de Corinto, estos contrastes entre la vida doméstica y la vida pública
también tuvieron que existir. La ekklesia se convierte en un ámbito intermedio que asume
algunos rasgos de la casa y otros de la polis; la característica más destacada de la ekklesia de
Pablo en este aspecto es, probablemente, la falta de definición de las fronteras entre lo público y
lo privado dentro de la comunidad. Esto va a generar algunos problemas que pueden tener
relación con la doble visión de Isis y sus contrastes.
¿Qué tenía en mente Pablo cuando formaba una ekklesía?

Al interno de la comunidad de Corinto 13


El discipulado misionero al estilo de San Pablo

La ekklesía era originalmente la asamblea de los varones libres, cabezas de familia,


que se reunían para discernir las cuestiones de la polis.
 Definición: “Asamblea de los ciudadanos de pleno derecho de una polis”
 Miembros: Pertenecen únicamente los varones libres. Mujeres, niños y esclavos
eran de la casa pero no de la polis
 Actividad: Oraciones, culto y ofrendas por el estado, debates… Se junta lo
político y lo religioso
 Lugar: Las reuniones tenían lugar en el boulêterion, lugar público
 Objetivo: “Convenir conjuntamente” (synerchomai epi to autó)
Era la asamblea que definía las cuestiones de la ciudad (donde poner agua, que hacer
c on un monumento, etc.). Era un término político. Todo lo demás pertenecía a la
casa y no a la polis, al ámbito de lo privado.
Cuando Pablo propone formar una eklesía suena extraño.
Pablo habría podido hablar de la casa de Dios, pero eso sólo aparece en las cartas
pastorales.
Es que lo que Pablo quería era otra cosa. Por eso con este término define a las
comunidades de los creyentes en Cristo.
Pero la ekklesía tiene sus notables diferencias:
 Las asambleas paulinas son más inclusivas (varones, niños, mujeres y extranjeros)
 El objetivo no es la polis sino la propia comunidad
 El culto no es por el estado (¿nueva ciudadanía?)
Sus comunidades implicaban una amenaza de desintegración en la ciudad, algo que al
imperio le aterraba. Esto explica las persecuciones de Pablo en las ciudades.

Sigamos con Isis: El mito de la muerte y desmembramiento de Osiris, esposo y hermano de Isis,
a manos de Seth, su hermano, describe el vagar de Isis por todo el mundo para recuperar cada
parte del cuerpo y darle vida de nuevo. Cuando encuentra todos los miembros les insuflará vida y
lo hará resucitar. Isis engendra sola a Horus, sin intervención de Osiris (¡estando este muerto!)
que, sin embargo, es considerado su padre. Isis es la que propicia todo esto, resucitándolo y
dándole el trono, que heredará su hijo Horus (y que lo dará en herencia a cada uno de los
Faraones, Alejandro Magno, los Ptolomeos, Cleopatra y después los emperadores romanos).
La naturaleza le permitió engendrar a Horus sin intervención directa de Osiris, de forma que no
está sujeta a las normas sexuales. Por eso no deja sitio a la distancia entre razón y religión o a la
mojigatería en el sexo.
Entre las atribuciones y cualidades de Osiris, está la de ser nombrado “el marido de su madre”.
Osiris era considerado indisolublemente unido a Isis por nacimiento, por relaciones
matrimoniales y por parentesco: la tradición le ha hecho a Osiris esposo, hermano e hijo de Isis.
Estas costumbres influyeron directamente en el comportamiento familiar de la clase real en
Egipto.

Al interno de la comunidad de Corinto 14


El discipulado misionero al estilo de San Pablo

En la comunidad de Corinto el comportamiento incestuoso al que Pablo alude en 1Cor 5,1 podría
estar relacionado con la frase que recoge en 1Cor 4,8: “¡Ya estáis hartos! ¡Ya sois ricos! ¡Os
habéis hecho reyes sin nosotros! ¡Y ojalá reinaseis, para que también nosotros reináramos con
vosotros!”. Quizá para los corintios este comportamiento era una prerrogativa de la nueva
condición “real” adoptada tras el bautismo; de ahí, también, que se sintiesen “hinchados” (5,2:
fusioo), y que tuvieran “orgullo” (5,6 kauxêma).
De la respuesta de Pablo, llama la atención la presentación de tal comportamiento, cuando dice
que “no se da tal porneia ni entre los gentiles” (5,1); resulta chocante, porque sí se daba, como
vemos; es, precisamente, uno de los elementos que caracterizan el culto de Isis. Debe tratarse de
una exageración, como las que Pablo utiliza en otros lugares8, que tienen como finalidad,
probablemente, llamar la atención sobre la valoración negativa de este comportamiento, al que
califica de porneia (1Cor 5,1), desautorizándolo. Pablo quiere marcar con claridad su
desviación y dejar claro que es un comportamiento inadmisible; este es el primer paso para
abordar el tema.
Pero hay más datos que nos revelan el fondo del problema para Pablo. En primer lugar, está el
hecho de que Pablo se enfrenta no con el incestuoso, sino con la comunidad, especialmente con
los dirigentes (los que tenían que haberle expulsado) 9. Esto indica que el problema que detecta
Pablo aquí es un problema, fundamentalmente, de autoridad. Por eso, para abordar el conflicto,
Pablo no delega su autoridad en la asamblea, sino que hace de esta un instrumento para que toda
la comunidad experimente en ese momento la autoridad que él tiene aun cuando no está presente
(5,3-5). Pablo insiste en que su no presencia física no lo es en absoluto “en espíritu”, y que, por lo
tanto, su autoridad sigue presente. De modo que, más que un caso de desviación moral, se trata de
un caso de autoridad. Lo que está en cuestión no es sólo la moralidad del grupo sino además la
autoridad de Pablo. Por eso les echa en cara su “engreimiento” y “jactancia” (1 Cor 5,2.5),
porque supone que aceptan ese comportamiento extraño que confunde la identidad del grupo,
socava la originalidad del mensaje cristiano y cuestiona la autoridad de Pablo. Como los
dirigentes locales debían haber dirimido el caso y no lo han hecho, Pablo tiene que intervenir. Las
relaciones de gobierno entre Pablo y los dirigentes estaban en crisis.
En segundo lugar, Pablo determina expulsar (“entregar a Satanás”) al que así ha hecho (1Cor
5,5). Utiliza para ello, como explicación, la imagen de la levadura en referencia a Ex 12,15-20.
La alusión a la “masa nueva” (5,7a), imagen bíblica, sugiere la necesidad de Pablo de distinguirse
de lo viejo y marcar distancia con aquello que puede confundir a los cristianos. Es decir,
separarse de aquellos comportamientos que los pueden seducir y acercar a cultos como el de Isis
y que, por tanto, amenazaban la originalidad y santidad de la comunidad.
8
Como en 1Tes 1,7.
9
Las regulaciones de las asociaciones de Zeus Hypsistos en Egipto (PLond 2193) y las de los adoradores
de Baco en Atenas (IG II.2 1368) incluyen normas con penas sobre la desobediencia a los líderes,
prevención de abusos de unos contra otros; cf. P.A. HARLAND, Associations, synagogues, and
congregations: claiming a place in ancient Mediterranean society, Fortress Press, Minneapolis, 2003, p.
75.

Al interno de la comunidad de Corinto 15


El discipulado misionero al estilo de San Pablo

Este el sentido que tiene la alusión a la muerte de Cristo (5,7b), en contraposición al mito de la
muerte y resurrección de Osiris, relacionado en el culto con las relaciones sexuales; para Pablo,
pues, el incesto legitimado teológicamente con el mito de Isis-Osiris es una idolatría.
Estos datos revelan que el problema que aborda Pablo aquí es también una cuestión de
sincretismo, de identidad y de autoridad, no sólo un problema de comportamiento sexual.
Con esta última orientación, sobre todo en su dimensión más vital y carismática, sí que tienen que
ver algunos de los problemas abordados por Pablo en la segunda parte de nuestra 1 Cor,
vinculados la mayoría de ellos a la fuerte experiencia del Espíritu y a su expresión en
manifestaciones entusiastas y carismáticas. La información sobre estos problemas le ha llegado a
Pablo de la misma comunidad, que ha querido responder a la primera carta (perdida) del Apóstol
(cf. I Cor 5,19), planteándole una serie de cuestiones sobre la vida comunitaria. A esta consulta se
refiere expresamente Pablo en7,1: Acerca de lo que me habéis escrito... La presencia de una
fórmula similar (acerca del asunto x) en determinados momentos del escrito (7,25;8,1;l 2,t; 16,1)
permite suponer fácilmente que también sobre ellos consultaron los corintios a Pablo.
Entusiasmo carismático revelan sobre todo los cap. 12-14: de su lectura no es difícil concluir la
imagen de una Iglesia rica en manifestaciones del Espíritu.
Sin embargo, el problema planteado en 1 Cor 12 es sobre todo el peligro que supone para la
unidad eclesial el orgullo espiritual de quienes creen poseer carismas superiores y la consiguiente
humillación de los dotados con otros carismas menos llamativos o menos valorados en la
comunidad.
La misma superioridad orgullosa parece haberse planteado en la cuestión de la carne sacrificada a
los ídolos, que Pablo aborda en una larga unidad de su escrito (8,1-ll,l): había miembros de la
comunidad a quienes no les suponía ningún problema ni comer carne sacrificada a los ídolos
(cf.8,4a.7) ni participar en banquetes celebrados en templos paganos (cf. 5,l0). Pablo no recrimina
el comportamiento de esos tales, interpretado como libertad (8,9), sino que reitera más bien lo
que lo justifica: Sabemos que en el mundo un ídolo no es nada y que no hay más Dios que uno
(8,4b). Esa fe otorga a el primer grupo de cristianos (los fuertes) una libertad de acción (8,9) que
no poseen otros (/os débiles).
Lo que Pablo recrimina a los fuertes es precisamente Ia actitud que adoptan frente a los segundos;
o, dicho de otro modo, la despreocupación
Hacia ellos. En este contexto habla el Apóstol de la gnosis/conocimiento que poseen los fuertes,
pero de la que carecen los débiles. Tal conocimiento tiene que ver, sin duda, con la afirmación
teórica de la existencia de un solo Dios v de la nulidad de los ídolos (ct. 8,4-6), pero comprende
al mismo tiempo las consecuencias prácticas de dicha afirmación; sólo así se entiende que pueda
decir que quien tiene este conocimiento sabe que en el mundo un ídolo no es nada y que no hay
más Dios que uno...; se debe suponer, en efecto, que también los de conciencia débil admitían la
unicidad de Dios y negaban que los ídolos fueran algo. La debilidad de conciencia, la falta de

Al interno de la comunidad de Corinto 16


El discipulado misionero al estilo de San Pablo

conocimiento de /os débiles consistía en que acostumbra a la idolatría hasta hace poco, comen
pensando que la carne esta consagrada al ídolo (8,7b).

C) No a los procesos entre hermanos (6,1–11)


A diferencia del caso anterior, que la comunidad no ha enjuiciado, Pablo denuncia aquí que
algunos hermanos sí han llevado sus pleitos a juicio, pero no ante personas sabias de la
comunidad sino ante los tribunales civiles. Es muy probable que también este caso, como el
anterior, le haya llegado a Pablo no por carta oficial (como en 7,1), sino por noticias orales, es
decir, por medio de personas de los estratos humildes de la iglesia, que probablemente incluyen a
los que han sido acusados ante la ley por sus hermanos de nivel social superior, único estrato que
tenía derecho a litigar.
En los primeros versículos (1–6), Pablo utiliza la pregunta retórica “¿no sabéis que…?”, para
razonar junto con los corintios sobre la base de enseñanzas cristianas que ya conocen. Así llega al
meollo del problema, el que exista este tipo de pleito entre hermanos (7–8). Por último, se
recuerda a los responsables de esta y otras faltas, que han sido rescatados ya de conductas
deplorables que los descalificarían para “heredar el Reino de Dios” (vv. 9–11).
El problema inmediato y su corrección (vv. 1–6):
Entre los vv. 1 y 6 tenemos una inclusión temática: los que pleitean contra sus hermanos ante los
tribunales (civiles). En medio de estos vv. se menciona tres veces (vv. 2.3.5) que la Iglesia, y no
las cortes civiles, deben ser el lugar para arbitrar sus querellas.
Pablo quiere construir un mundo con una visión distinta, alternativa. Por lo tanto resta validez al
fundamento judicial del imperio. Parece ser que el derecho de acusación ante los tribunales lo
tenían únicamente los hombres del estrato dominante de la sociedad; los pobres tenían pocas
posibilidades de llevar a estos juicios y los esclavos ninguna. Pablo exige a los pocos cristianos
que tenían acceso al sistema judicial a no utilizarlo y de esta manera renunciar a su propio poder
sobre los demás.
El término “injustos” aplicado a los paganos y el de “santos” a los cristianos no deben inducirnos
a engaño; es una manera de designar a los no creyentes y a los creyentes, pero lo permite a Pablo
hacer un juego de palabras: es el colmo que los injustos nos hagan justicia. En su lugar la
comunidad cristiana –aun siendo tan heterogénea– debe ser capaz de plasmar su expectativa
escatológica de “juzgar al mundo… a los ángeles” 10 en un proceso de arbitraje interno (v. 5),
acorde con la justicia del reino de Dios (vv. 9–10). De todos modos, no deja de ser irónico que
“los justos” (o santos) vayan a que los juzgue un juez “injusto” (y se ría de la “justicia” de estos
cristianos).
¿Por qué deben los creyentes tener su propia jurisdicción?

10
Que era algo conocido por la comunidad –al menos en teoría– se puede inferir de la pregunta
retórica “¿no sabéis?”.

Al interno de la comunidad de Corinto 17


El discipulado misionero al estilo de San Pablo

a) Las asociaciones griegas o la sinagoga helenista tenían sus propias jurisdicciones. Por tanto, no
resulta sorprendente aconsejar esto a una comunidad mixta judía y griega; b) Pablo tiene una
motivación más profunda: de 5,12 a 6,3, el verbo “juzgar” aparece siete veces. Apelar a un juicio
no es para Pablo un simple recurso jurídico. Los cristianos están destinados a asociarse a Cristo
glorioso cuando vuelva (Mt 19,28; Dn 7,22). He aquí el razonamiento del apóstol: si estáis
destinados a juzgar al mundo y a los ángeles (6,2.3), ¿por qué no tomar entonces al más pequeño
de los miembros de la comunidad para hacerlo juez y árbitro de vuestras causas (6,2.3.4.5)?; c)
Pablo no desprecia a los tribunales romanos. La forma en que él mismo acudió personalmente a
ellos (Hch 16,36–39; 22,25–29; 25,10–12; Rom 13) demuestra la competencia y el valor de estos
tribunales en los asuntos de este mundo; d) pero Pablo quiere destacar en 6,1–11 algo que los
corintios no han captado: las implicaciones profundas de su pertenencia a Cristo. En efecto, desde
el momento en que son tratadas por los creyentes, las cuestiones de dinero no son solamente
“negocios” en el sentido corriente y financiero de la palabra. Los que habrán de pertenecer al
tribunal de Cristo, tienen que llevar una vida tan recta que no tengan que acudir de hecho ante
ningún tribunal.

El problema de fondo y su corrección (vv. 7–11)


Como hemos esbozado, el meollo del asunto es la falta de justicia entre los mismos hermanos de
comunidad (v.7)11. Ya es un escándalo que una persona “despoje” (robo, hurto) a otra. Más lo es
si es cristiana, pues se trata de un injusticia, y por eso les recuerda que “ningún injusto heredará
el Reino de Dios”. Por lo dicho en el apartado anterior, es posible que las querellas hayan sido de
los cristianos más pudientes contra los cristianos de menor categoría económica, que aquellos se
hayan sentido “despojados” por éstos. Poco se repara ante la solución que da san Pablo: “¿Por
qué no preferís soportar la injusticia?” Es evidente que no se puede leer este texto
descontextualizado y decirle a los que ya viven de por sí las injusticias que “deben soportar la
injusticia” (cuando esta viene, encima, de sectores o personas (bien estantes) que ya viven de la
injusticia o de gracias a un sistema injusto). Pablo les recuerda a los que se sienten “despojados”
u “ofendidos” que ellos mismos ya obran con injusticia y son los que en realidad despojan a los
demás12… es preferible aguantar que los que tienen menos “despojen” a los que tienen más 13 (o,
en último caso, juzgar el asunto ante gente sabia en “las cosas de Dios” y no ante los tribunales),
y no que éstos reclamen lo poco que se les ha quitado cuando ellos mismos han sido injustos y
tienen lo que tienen. A ellos es a los que se les exige que renuncien a su capacidad e demandar a
quien les haya hecho algún daño; es más, no deben ni defenderse ante el perjuicio. No es a la

11
La palabra traducida por “fallo” en realidad significa mucho más: “desastre”. Significa una
cuantiosa pérdida para los cristianos.
12
Es posible que estos sean los mismos que san Pablo denunciará más adelante, en 11,21–22, que en
la cena comunitaria se hartan con abundante comida y bebida, dejando con hambre a “los que no tienen
nada”.
13
Y se estaría siguiendo el consejo de Mt. 5,38–42.

Al interno de la comunidad de Corinto 18


El discipulado misionero al estilo de San Pablo

gente humilde, que siempre ha tenido que callar ante la explotación, a quien Pablo pide que
acepte de forma pasiva el despojo.
Al concluir este asunto Pablo utiliza una expresión clave en la tradición de Jesús cuando recuerda
a los corintios que “los injustos no heredarán el reino de Dios” (vv. 9 y 10). Las conductas citadas
a continuación son aquellas que explicitan “la injusticia” de la que se ha hablado.14
Vemos, pues, que deducir de este texto que un cristiano sólo puede ser juzgado por otro cristino
sería una generalización injustificada de sus ideas.
Con una pincelada –“esto eran antes… pero …” se traza la experiencia transformadora de la
conversión cristiana. La triple descripción “lavados… santificados… justificados” se refiere a
esta misma realidad, lograda por la operación del “Señor Jesús y el Espíritu de nuestro Dios”.
Con todo lo que ha denunciado Pablo en cuanto a la conducta tan inadecuada de muchos de los
cristianos de Corinto, este anuncio de su santificación y justificación parece un sinsentido. Sin
embargo, esta realidad tan contradictoria forma parte de la existencia cristiana, tanto en el nivel
comunitario como personal. La fórmula “en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de
nuestro Dios” recuerda a los autores de la salvación y no reduce estos tres actos de Cristo a ser
tan sólo actos pasados. Los tres “pero” y la mención del Espíritu dan un valor actual, casi
existencial, dotado de una fortísima eficacia presente, a lo que hace y hará Cristo por los
corintios.

D) Conciencia y conocimiento, libertad y amor (caps 8.10)


Por razones de espacio, aquí no comentaremos el interesante capítulo 9, que sería una
explicitación, llevada a la práctica, de lo dicho en el capítulo 8 sobre la autolimitación de la
libertad en aras del bien común.
Comencemos haciendo notar el genio creador de san Pablo, que, de un tema “vulgar” como la
comida de carnes sacrificadas a los ídolos, toca las cuestiones más decisivas de la vida moral
(conciencia y libertad), comunitaria (relación entre creyentes de diversas opiniones), sacramental
(las exigencias espirituales de los ritos de iniciación), política (¿hasta dónde y cómo participa el
cristiano en la vida social?).

14
Habría que traducir, más que “impuros”, “fornicarios”; por “afeminados” ( malakoi.; lit. suaves,
blandos) podría traducirse también “cobardes”. Nos detenemos un poco más con la palabra traducida por
“homosexuales”: avrsenokoi/tai es una palabra desconocida en la literatura griega de la época de
Pablo. Combina la raíz “varón”, con la raíz “cama”, como referencia a relaciones sexuales entre hombres.
Algunos intérpretes piden un poco de cautela ante la tendencia a atribuirle a este término el concepto
moderno de homosexualidad como orientación sexual congénita. A la luz de la práctica común en el
mundo griego de la pederastia, es decir, la explotación sexual de muchachos muy jóvenes por parte de
hombres adultos, se ha sugerido que el contexto de 1 Cor 6 orienta este neologismo paulino hacia esa
práctica. Sin más datos sobre el caso específico que Pablo tenía en mente, la única conclusión segura es
que con este término quería condenar una conducta sexual que perjudicaba y maltrataba a otra persona.

Al interno de la comunidad de Corinto 19


El discipulado misionero al estilo de San Pablo

En los sacrificios ofrecidos a los dioses paganos, las carnes ofrecidas eran utilizadas en parte en
el sacrificio y casi siempre consumidas por sus oferentes, y en parte se ponían a disposición de
los sacerdotes que las volvían a vender o las llevaban al mercado. Los templos tenían unas salas
anexas donde la carne recién inmolada era vendida o consumida allí mismo o donde se
celebraban fiestas privadas (aunque eran relativamente abiertas a la vista del público y una
celebración de estas podría ser vista por un transeúnte cristiano de conciencia escrupulosa, que se
escandalizaría si divisara ahí a un hermano en la fe (v. 10)).

La práctica de invitar a conocidos y amigos a banquetes de divinidades se halla


perfectamente atestiguada en las muchas tarjetas de invitación que se han conservado en
colecciones de papiros como los papiros griegos encontrados en Oxirrinco (lugar al sur del
Cairo donde se encontraron papiros que van desde el s. I a.C. hasta el s. IV d.C., estos
documentos se llaman de Oxirrinco, por el lugar donde fueron hallados): “ Cremón te invita a
cenar en la mesa del Señor Serapis en el templo de Serapis, mañana que es día 15 a partir
de las 9 horas.”

A los judíos les horrorizaba todo este paganismo. Los mancillaba el entrar en un templo. Nunca
participaban en ningún banquete sacrificial pagano por ningún motivo. Además, las bestias
sacrificadas no siempre respondían a las prescripciones alimenticias levíticas. Por otra parte,
estaban dispensados de esos banquetes. Igualmente, se les prohibía a los judíos comer de esas
carnes en privado, después de haberlas comprado en el mercado.
Entre los griegos convertidos, algunos, totalmente liberados (los fuertes), no daban ningún valor
al poder de los ídolos y se sentían suficientemente libres para consumir sin prejuicios las carnes
compradas en el mercado. Para ellos, esto no les hacía comulgar con los ídolos, y su consumo no
impedía la comunión con Cristo. Pero otros (los débiles) veían en los ídolos cierto poder, y el
consumo de las carnes sacrificadas a los ídolos no les era indiferente, pues hacía correr riesgos a
su fe cristiana; tenían miedo de (re)caer en el paganismo y en su idolatría.
Carne de sacrificios: comida aceptable y conducta responsable (8, 1–9,27)
En Corinto, algunos se jactan de su conocimiento y de la libertad de acción que esto les da. Para
otros, esto es motivo de duda y para otros más, de escándalo. Así que Pablo va a responder yendo
a la “finalidad” con que se hacen las cosas; ayuda a todos (“fuertes” y “débiles” a ver más allá de
los hechos en bruto). Aquellos que se jactan de su conocimiento sobre la nulidad de los ídolos y
por lo tanto de poder comer sus carnes “tranquila y libremente”, defienden su conducta
insistiendo en que todos los creyentes comparten este conocimiento (v. 1). Pablo les hace dos
observaciones: a) el conocimiento sin amor sólo enorgullece (v. 1); y b) por la ceguera que
produce el orgullo, no han percibido que algunos hermanos suyos no tienen este conocimiento (v.
7) y consumen la carne de los sacrificios como un vínculo real con aquellos dioses (vv. 10–12).
El dilema presentado no tiene que ver con qué postura tendría más mérito ante Dios, comer o no
comer esta carne (v. 8). Se trata más bien de la responsabilidad que tiene el creyente de
comportarse de tal forma que edifique a otros (v. 1) en lugar de perjudicarlos (v. 9). Finalmente,

Al interno de la comunidad de Corinto 20


El discipulado misionero al estilo de San Pablo

el consumo de carnes inmoladas a los ídolos tiene menos importancia que la edificación de la
comunidad (8, 7–13).
El grupo de los fuertes se recluta de entre los convertidos del paganismo. Su slogan es: “Tenemos
el conocimiento”. Quizás sea el mismo grupo que repetía: “Todo está permitido” (6, 12). Su
punto de vista es muy sencillo: el conocimiento libera. Pablo, con cierto humor, no duda en
situarse entre ellos y en extender a todos (8, 1) la afirmación: “Tenemos el conocimiento”. La
réplica apostólica que Pablo desarrollará en un himno (13, 1–13) es: “El amor edifica”.
Pablo comprende la actitud de los fuertes y describe ahora lo que todos tienen que conocer: no
hay ídolos, sino un Dios único (8,4). Esbozando un paralelismo entre el politeísmo y la teología
cristiana, el apóstol opone las numerosas divinidades griegas y los numerosos señores al único
Dios y único Señor. El que los ídolos no son nada y que no hay más que un Dios, son clara
herencia de la fe de Israel, recogida y proclamada en el Shemá (Dt 6,4), que los judíos y los
judeocristianos consideraban como un evidente elemento diferenciador frente a los paganos. De
ahí la confesión de fe de 8,6, que expresa el conocimiento que todos tienen que tener. Sin que se
formule su conclusión explícita (como en 10,25–26), esta demostración significa: la carne no es
más que carne.
“Pues aunque la gente les dé el nombre de dioses, bien en el cielo bien en la tierra –de forma que
hay multitud de dioses y señores–…” (v. 5): Pablo, esbozando un paralelismo entre el politeísmo
y la teología cristina, opone las numerosas divinidades griegas (los grandes dioses) y los
numerosos señores (héroes u hombres divinizados) al único Dios y único Señor. Los ídolos son
además señores, es decir, ejercen un señorío sobre quienes los veneran.

Al ver la presentación de Dios como Padre (cf. 8,6) –no es infrecuente este apelativo ni en
el judaísmo ni fuera de él– que extiende esta profesión de fe a los humanos, mostrando el
lugar singular que ocupamos en el conjunto de la creación (esto sí es innovación), notemos
un detalle en la segunda parte del versículo: la referencia al Señor Jesucristo. Aquí
notamos un paralelismo antitético entre el versículo 5 y el 6: a los “muchos dioses” se
opone Dios, el Padre, y a los muchos señores, se opone Jesucristo…
El título de Jesucristo como el solo Señor de los cristianos, supone una cristología muy
avanzada, que aplica a Jesús un título que, en su correspondiente arameo, se reservaba a
Yahvé en el judaísmo palestino. Y, por otro lado, en el mundo grecorromano, la sustitución
de “los señores” –hombres divinizados en las mitologías griega y romana- por “un solo
Señor”, es una osadía teológica y cultural/religiosa.

La libertad implica el respeto a la conciencia del otro


Aunque no se utilice la palabra, para los fuertes el comer de la carne sacrificada a los ídolos es un
criterio decisivo de libertad y de conocimiento: es casi la demostración de la no–existencia del
ídolo15. Los débiles, más timoratos, deben venir en parte del judaísmo o del grupo de los
15
El término utilizado en 8,1 es “idolotito” (en forma plural). Este era el nombre que daban los
judíos a las carnes ofrecidas por los paganos a sus divinidades. El término más frecuente –en ambientes
paganos– era el de zeotitos o hierotitos (este último es el término utilizado en 1 Cor 10,28), que

Al interno de la comunidad de Corinto 21


El discipulado misionero al estilo de San Pablo

“temerosos de Dios”; siguen viendo un riesgo en la proximidad del ídolo y perciben ciertos
peligros que los fuertes no aprecian. A los fuertes les gustaría “enseñar a vivir a los débiles”,
educar su conciencia y hasta construirla (8,10), llevándolos a comer, a pesar de su temor y de sus
reparos. Para Pablo, sólo el amor construye (8,1), ese amor que hace responsable del débil, un
hermano por el que murió Cristo (8,11). La libertad del fuerte origina la caída del débil, ya que su
evangelio se convierte en una ley que, en vez de liberar con amor, esclaviza al débil y destruye la
obra de Cristo. De ahí la conclusión de 8,13: Pablo, que es un fuerte, está dispuesto a ser débil
con los débiles (9,22), a abstenerse de toda carne y a renunciar a su libertad personal para
manifestar el amor de Cristo. Ese será el tema de todo el capítulo 9: Pablo renuncia a sus
derechos de apóstol para hacer triunfar el evangelio (9,1–23), y muestra que no hay vida cristiana
sin ascesis (9,24–27; aunque ya en 8,13). La espiritualidad paulina parece corresponder aquí a la
sentencia de Mc 9,42, sobre la gravedad de escandalizar a los pequeños. Pablo marca así un
camino para los que procuran seguir a Jesucristo, tal como él indica al final de esta sección
(11,1).
Carne de sacrificios: comida prohibida (10,1–22)
Esta sección contrasta con las dos que la rodean por el enfoque fuertemente intolerante que tiene.
¿Se trata de una contradicción o de una corrección que Pablo tiene que hacer de su pensamiento?
El ejemplo de la historia de Israel que utiliza en los vv. 1–13, conocido por judeo y gentil–
cristianos, ubica al lector en el ámbito de lo cultual, de la idolatría “como desviación del
corazón”. Después de haber experimentado la potencia del Señor, el pueblo ha cedido a la
tentación de buscar “otros señores”. No es que en realidad haya “otros señores”, es que se buscan
“otros caminos” alternativos a los que propone Dios. La actitud más dura que Pablo asume aquí
en estos versículos sugiere que ya no se refiere a las mismas actividades sociales que figuran en
el primer abordaje del tema de la carne de los sacrificios (8,1–12; 10,23–11,1). Estamos, pues, de
nuevo (después de la anterior sección donde Pablo evoca su ejemplo [9,1–27] como argumento
de peso para apoyar su postura) ante el tema de los idolotitos, pero enfocado desde una
perspectiva diversa y concreta: no se trata sólo de comer la carne sacrificada a los ídolos, sino de
la participación de los cristianos en banquetes idolátricos. Aquí Pablo va a adoptar una postura
mucho más rígida que en 8,1–13.
Se interpreta el tema de “los padres” en el desierto como clave de lectura del presente, es decir,
con una intención claramente parenética. La serie de experiencias positivas que ellos tuvieron
(“bautizados en la nube y en el mar”16; el “alimento espiritual” (10,3); la “bebida espiritual” y la
significaban respectivamente víctimas ofrecidas a la divinidad u ofrendas sagradas. Al llamarlas
idolotitos, los judíos expresaban su convencimiento de que las divinidades paganas eran ídolos y, sobre
todo, manifestaban su oposición a esas ofrendas idolátricas. El uso de este nombre por parte de Pablo y la
misma problemática abordada en su carta a los cristianos de Corinto constituyen un ejemplo claro de la
fuerte relación del cristianismo naciente con el judaísmo helenista.
16
Sabemos que el verbo bautizar significa sumergir en el agua y tiene que ver con los ritos de
inmersión que se practicaban en el entorno religioso del cristianismo naciente. Al referirlo a estas
experiencias de “nuestros padres”, Pablo quizá está pensando principalmente en los efectos salvíficos del
bautismo cristiano y considera que el episodio d ela nube y el del paso del mar fueron un bautismo por

Al interno de la comunidad de Corinto 22


El discipulado misionero al estilo de San Pablo

“roca espiritual” interpretada como el mismo Cristo (10,4)), no aseguran la fidelidad. Es preciso
implicarse personalmente y seriamente y no atenerse a falsas seguridades (10,12). Los corintios
tenían la tentación de seguir participando en los banquetes paganos, y el apóstol aborda esta
problemática en marcado contraste con la praxis cristiana de la Cena del Señor con la fe en el
significado de la misma como “comunión” en el cáliz y en el cuerpo del Señor (10,15–17). Por lo
tanto, quien participa de esta praxis, no puede participar de la mesa de los cultos paganos pues,
aunque los ídolos en sí (las imágenes) no son nada, se entra en comunión con una realidad
espiritual que él denomina como “los demonios” (10,20–21).
10,14–22 nos sitúa más bien en el contexto cúltico. Primero se comienza evocando la liturgia y el
culto cristiano, topos común en la catequesis cristiana: la comunión con la sangre y el cuerpo de
Cristo, provoca comunión entre nosotros y con “el altar”, es decir la divinidad (Dios Padre) a
quien es ofrecido este sacrificio. De igual manera, según esta lógica, la comida de los altares
paganos vincula a los participantes con los seres trascendentes invocados en el culto, calificados
aquí como démones (v. 20), es decir, entes espirituales inferiores a Dios, en su mayoría maléficos.
Se propone pues, que, detrás de las imágenes, que en sí son impotentes, existen realidades
espirituales no solamente muy inferiores al Dios creador, sino también opuestos a este Dios que
se ha manifestado en el sacrificio de Cristo por los seres humanos (v. 16). A diferencia de los
eventos sociales donde se sirve carne de sacrificios (8,7–12; 10,27–28), las actividades enfocadas
en 10,14–22 tienen que ver con el acto cúltico en sí, como se vislumbra por los términos “altar”
(v. 18), “mesa del Señor” y “mesa de los demonios” (v.21). Lo que se les prohíbe a los cristianos
es una participación en el ofrecimiento de sacrificios ante aquellos “dioses”. Por el carácter cívico
de muchos de estos actos cúlticos, la no participación en ellos representaría para los cristianos de
clase alta un impedimento para el mantenimiento de sus relaciones políticas, sociales y
económicas. Para los pobres, significaría sacrificar la oportunidad de beneficiarse de la comida
repartida en esas ocasiones.
Por eso, ya desde el inicio de la sección Pablo da a entender su preocupación central: la idolatría
en que pudieran incurrir los cristianos de Corinto. Y recurre a este argumento relativo a los
banquetes sagrados: tanto la praxis cristiana como la judía o la pagana crean comunión, cada cual
en su ámbito propio. La primera experiencia religiosa evocada la conocen suficientemente sus
interlocutores, pues toca al rito que celebran los cristianos como memorial del Señor: la
bendición del cáliz y la fracción del pan. La comunidad cristiana sabe que, al participar en la
mesa eucarística, los creyentes entran en comunión con el mismo Cristo, con el misterio de su
sangre derramada y de su cuerpo entregado (cf. 11,24–25); porque esto es así, entran además en
una comunión mutua tan estrecha, que, pese a la multiplicidad de los participantes, todos forman
un solo cuerpo.
Si Pablo afirma que los idolotitos no son nada, ¿de dónde nace el peligro de idolatría que Pablo
descubre en la participación en los banquetes sagrados? De su carácter demoníaco. El culto a los
ídolos no se dirige de hecho al Dios verdadero, y por esa razón no es culto auténtico; pero ello no

haber sido experiencias salvíficas.

Al interno de la comunidad de Corinto 23


El discipulado misionero al estilo de San Pablo

lo convierte en inocuo, sino todo lo contrario: aunque se ofrece a los ídolos, a quien en realidad
se rinde culto es a los demonios y, como consecuencia, crea comunión con ellos. Las dos últimas
preguntas parecen ir dirigidas a los que se han llamado –o Pablo ha llamado– “los fuertes” y que
se creían autorizados –convencidos como estaban de la nada de los ídolos, se creían autorizados a
participar en los banquetes paganos. Es sobre todo a ellos a los que plantea también la
prohibición del v. 21 de ver como una alternativa viable participar “de las dos mesas”.
Carne de sacrificios: comida aceptable y conducta responsable (10,23–11,1)
Esta subsección retoma el tema del punto A (8,1–9,27): el consumo legítimo de carne sacrificada,
esta vez en una cena privada en la casa de un amigo (vv. 27–29a). Al igual que en el punto A, tal
consumo está condicionado por la responsabilidad que tienen los cristianos de limitar su propia
libertad en aras del bienestar de personas de conciencia escrupulosa.
Citado dos veces, el lema “todo es lícito” (v. 23) representa con toda probabilidad una consigna
de los corintios que más insisten en su libertad cristiana, como se nota por su uso en la polémica
sobre conducta sexual (6,12). Al mismo tiempo que la consigna queda matizada por la propuesta
de que la libertad vive buscando lo que beneficia a otros (vv. 23–24.33), se reafirma la libertad,
fundamentándola en el señorío de Dios sobre toda la creación (v. 26; cf. 8,6). La licitud teórica de
cualquier cosa no debe medirse desde sí misma; no vale tan siquiera la medida del provecho o
desventaja que pueda aportar a la pesrona que entra en relación con ella (cf. 6,12); cualquier
actuación debe tener en cuenta la necesaria referencia a otros. Cuando el criterio de
responsabilidad por el bien de otros se aplica en el contexto de una cena privada donde se sirve
carne de sacrificios, la libertad quedará relegada a un segundo plano si alguna persona no
creyente considera que el consumo de esta carne por parte del cristiano contradice la fe que este
profesa. En tal caso, el cristiano debe abstenerse de comerla (vv. 27–28). Estamos ante un cambio
de escenario respecto de 10,1–22; ahora volvemos de nuevo a la carne comprada “en las
carnicerías” y que provenía en buena parte de la carne de los sacrificios a los ídolos.
Pablo parece adoptar una postura mucho más cercana a la de los fuertes: no tengan escrúpulos y
coman de todo lo que se venda en el mercado, sin necesidad de indagar si ha sido sacrificado a
los ídolos o no. Con esto no sólo se distancia de “los débiles”, sino de los judíos mismos, para
quienes, aunque el ídolo no era nada, estaba prohibido completamente comer de las carnes que
les habían sido sacrificadas por la posibilidad de incurrir en impureza legal.
En los vv. 25 y 27 se da una solución parecida, comer sin escrúpulos. Y si todo se quedara allí,
parece que se estaría contradiciendo con el capítulo 8. Pero en realidad sólo se está reforzando el
tema de la libertad. Más todavía, en el v. 28 se vuelve a adoptar la perspectiva del cap. 8. Aquí
hace intervenir a un tercero, a un cristiano “débil” que advierte al otro sobre el origen de la carne
(no se explica que fuera el mismo pagano quien advierte a su comensal, pues estamos ante una
etapa muy inicial de la comunidad cristiana; por otro lado, si fuera un pagano que ya sea que
siente el escrúpulo por su comensal amigo, ya sea para ponerlo a prueba, Pablo no
desaprovecharía la oportunidad para decir que sean ejemplo también “delante de los de fuera”
[recordemos 1 Tes 4,12]).

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El discipulado misionero al estilo de San Pablo

Los corintios se preguntarán por qué un cristiano debe limitar su libertad por causa de una
conciencia ajena (vv. 29–30). La respuesta ya está dada en los 23–24: “no todo es conveniente”
porque “no todo edifica”, y en un caso como este, nadie debe buscar “su propio interés, sino el de
los demás”. Se vuelve a apelar a la conciencia, como en 25 y 27, pero esta vez la conciencia que
limita es la conciencia del otro, no la propia.
En 10,31 Pablo sitúa tanto el comer como el beber dentro del ámbito de toda la existencia
humana: ya hagan lo que hagan… Así se relativiza el problema planteado por los corintios: lo que
interesa en definitiva es la gloria de Dios y a ella debe orientarse toda la actuación de los
cristianos. También el círculo de los que no deben ser escandalizados se amplía: ya no sólo es el
hermano de conciencia débil, sino incluso no debe escandalizarse a judíos, paganos y cristianos.
El testimonio personal de Pablo en el v. 33 tiene la misma función aquí que su extenso aporte
autobiográfico en el cap. 9: ejemplificar la conducta recomendada y estimular a los lectores a
imitarla. La nota nueva es la referencia a Cristo en esta exhortación final (11,1). Con esta
exhortación a la práctica, se reviste de carne y hueso aquel precepto “el amor edifica” (8,1), con
que se abrió el tema de la carne de los sacrificios.

Hoy nos puede causar una cierta sonrisa estas discusiones, pero en realidad no están tan lejos de
las riñas o discusiones intraeclesiales de todos los días… ¿Cuál es el espíritu que está detrás de
estas líneas y cómo nos ayudaría a resolver algunos de los planteamientos actuales (podemos
bailar los cristianos?, podemos fumar?, agua bendita; carne en viernes santo; invitaciones a cultos
en otras iglesias…)?

Al interno de la comunidad de Corinto 25