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Dietrich Gerhard, Old Europe. A Study of Continuity.

1000-1800, Academic Press, 1981


(trad. cast.: La Vieja Europa. Factores de continuidad en la historia europea. 1000-1800,
Madrid, Alianza, 1991)

Preliminares metodológicos

Abandono sistemático de las expresiones "Edad Media" y "Edad Moderna". Recelo respecto a todas las
periodizaciones de la historia (siguiendo el ejemplo de los miembros de la Escuela de los Annales: Bloch, Braudel y
Febvre).

¿Significa esto que, para evitar el peligro de quedar prisioneros de nuestros conceptos, vamos a perder toda
posibilidad de comprender la historia y de conferir un orden a los hechos? No.

El pensamiento histórico se encuentra determinado por dos conceptos fundamentales que en gran medida son
antitéticos: evolución e individualidad histórica. a) Desde la Ilustración se ha puesto el acento en el primero de ellos -
enfoque evolutivo y genético (Hegel, Marx...) - énfasis en lo que se ganaba, no en lo que se perdía - surgimiento
periodizaciones típicas: Absolutismo... y, sobre todo, el peor: Edad Media y Medieval (Hornius y Cellarius, finales s.
XVII - costó casi dos siglos su adopción generalizada) - al perderse la individualidad histórica de cada época,
filósofos e historiadores se esforzaron por dotar de sustancia al concepto, bien de manera negativa (Ilustración), bien
de manera positiva (Romanticismo). b) Como reacción, acento en la individualidad histórica hasta caer en el
historicismo [relativismo].

En el libro se intenta mantener el equilibrio entre ambos conceptos. Medios: profundidad del tiempo histórico
(Braudel), estructura de las instituciones como osamenta de una civilización (Brunner). Así y todo, el libro se ocupa
más del qué que del porqué. Descripción "estructura" de una época (concepto "realista", no "nominalista" de
estructura): esto es, de aquella entidad real presupuesta por los que vivieron ese tiempo, en la que se entrelazan todos
los elementos -materiales, institucionales, ideológicos, etc.- sin que se otorgue prioridad o significación causal a
ninguno de ellos; la emersión de cada estructura puede ser descrita, no causalmente explicada (sólo aproximaciones).

Tema del libro: la estructura institucional de Europa y el cambio de la Vieja Europa (Brunner, Burckhardt,
Tocqueville: Europa preindustrial y predemocática) a la Europa Moderna.

Prólogo: la época de los monasterios y del primer feudalismo. Del s. VIII al s. X.

Al intentar analizar la emersión de una civilización europea, topamos con dos fenómenos: el final del mundo antiguo
y la coalescencia de las tradiciones romana y germánica. Empieza un proceso de basculamiento progresivo
(invasiones, pérdida provincias norteafricanas a manos de los árabes...) hacia el mundo bárbaro del norte.

Relación señor/comunidad campesina: no contraposición, sino complementariedad (Brunner, Hintze). Peculiar


combinación elementos autoridad y asociación como lo más característico de la época. FEUDALISMO (alcance
limitado: no en todas las culturas, no en todos los lugares de Europa con la misma intensidad y en el mismo
momento): combinación funciones militares (protección), judicial-administrativas y económicas en manos de un
señor / formación unidades territorales amplias / señoría sobre un campesinado dependiente: ritual de homenaje
como expresión de un pacto mutuo de protección y fidelidad. Elemento contractual = base feudalismo. Concepto
básico: fidelidad recíproca. Revestimiento de la realeza de elementos feudales y penetración de conceptos feudales
en la esfera de la religión. Punto final evolución: ss. XI-XII, cuando la hereditariedad de los feudos llegó a ser
jurídicamente establecida.

Estructuras-marco de orden mayor en que operaban las relaciones feudales señor/campesino: realeza (germen futuras
nacionalidades; origen precristiano-germánico; carácter sacral - unción real como sacramento hasta la reforma
gregoriana; principal competencia: administración del derecho ateniéndose a la costumbre y, más adelante, a la ley
escrita) e Iglesia (que daba cuerpo a la idea de una comunidad más amplia: la Cristiandad, que se restringe a partir de
los ss. XI-XII a la Cristiandad occidental; no clero como entidad separada en la era carolingia; interpenetración
elementos seculares y clericales; sólo teóricamente formaba un orden por sí mismo; sólo influencia intermitente del

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vértice romano de la Iglesia; Ecclesia = toda la Cristiandad; pocas disputas doctrinales, hasta el momento en que la
oposición con Bizancio cobra más fuerza; elementos litúrgicos p. 34; no deben sobreestimarse ni estos cambios
litúrgicos, ni el grado de centralización de la Iglesia Romana).

Muy frágil conciencia de unidad en Europa (a diferencia de los ss. XI-XIII, cohesionados por la Iglesia). Doble
obligación/lealtad política al señor y a la comunidad inmediatos, y a las unidades superiores a la pura vinculación
regional creadas por la realeza. Antes del s. X, la lealtad al rey es el único factor que sobrepasa los límites de la gens.
El Imperio es visto distintamente por la Iglesia y por los germánicos: por la Iglesia, como intento de agrupar la
Romanitas bajo la doble dirección del Papa y del Emperador; por los germánicos, como super-rey que había sido
capaz de controlar varios reinos (no competencia -como luego ocurrirá hasta los Hohenstaufen de los ss. XII-XIII-
con Bizancio, ni siquiera con Carlomagno???).

La cristalización de la Vieja Europa: el período de formación. Del s. XI al s. XIII.

El período comprendido entre los ss. XI-XIII ha de ser considerado más decisivo para la formación de Europa que
cualquier otro antes de la Ilustración y hasta el tiempo que vio la Revolución francesa y la Revolución industrial. Un
ritmo acelerado y una creación dinámica marcan esta época. Movimientos de gran alcance, comunes a todas las
regiones, permitieron la emersión de Europa. Tras un largo proceso de gestación, elementos clásicos, cristianos y
germánicos se combinaron, y las tradiciones mediterráneas resultaron completamente incorporadas en una estructura
que daba forma al conjunto del continente. A partir de estos movimientos generales se desarrollaron instituciones que
vendrían a perdurar a través de los siglos. Estas instituciones moldearían a partir de este momento las actitudes de los
diferentes grupos sociales y las relaciones entre ellos.

Condiciones materiales que favorecieron este singular proceso: a) ausencia de invasiones; b) mejora en las
condiciones materiales; c) crecimiento demográfico.

Movimientos de significación fundamental (inicio: s. X): a) mov. de Paz (41-42); b) mov. de reforma monástica
(origen del anterior): los monasterios reformados, bajo la guía de Cluny, restauraron la estricta vida monástica y se
convirtieron de nuevo en centros de devoción litúrgica. Su meta era espiritual, si bien abades y obispos actuaban a
menudo como consejeros de los gobernantes.

Otros elementos: notable reafirmación del poder de príncipes y reyes; maduración lenguas vernáculas (índice
creciente diversidad habitantes Europa); sin embargo, sigue habiendo cohesión, carente, no obstante, de un foco
central determinado. Hasta mediados del s. XI: reforma del papado, que asume el papel central de líder de la unidad
europea. Este poder, por acción y reacción, contribuyó más a la incipiente estructuración sociopolítica de Europa que
ninguna otra fuerza.

Lo que los papas reformadores comenzaron a mediados del s. XI ha sido denominado revolución, ruptura, inicio de
una nueva época. Hasta entonces: ecclesia = cristiandad (no cuerpo separado); igual responsabilidad clérigos y laicos
(emperador...) en reforma Iglesia; carácter sacral poder temporal; Cluny aún objetivo extensión universal de la fe.
Hacia 1040, Enrique III, titular de la dignidad imperial restaurada casi un siglo antes por Otón el Grande, libra al
papado de ser presa de las facciones romanas. El papado emprende entonces la lucha por la libertas ecclesiae
[Brunner], dentro de la cual es preciso entender el conflicto entre sacerdotium e imperium (querella de las
investiduras). Inicio cambio de significación término ecclesia: cada vez más se refiere al cuerpo visible (jurídico) de
la Iglesia en tanto que organización [Ladner]. Pasos decisivos: a) remodelación del Colegio Cardenalicio, al que es
confiada en exclusiva la elección papal; b) definitiva ruptura con la Iglesia Oriental. El espíritu racional de la
distinción lógica, ya presente desde antiguo, sólo ahora empieza a impregnarlo todo. No pone en tela de juicio la
religión (de hecho le sirve al papado en su lucha por la libertas), aunque sí lo hará más tarde. El papado reformista
hizo uso de una definición legal-racional en orden a estabilizar la autonomía de la Iglesia como entidad corporativa
al margen de toda influencia secular. Este espíritu jurídico-lógico-analítico, no exclusivo de la Iglesia, lo empieza a
impregnar todo. El impacto de la reforma papal es enorme, aunque ambivalente: en el espíritu de la verdadera
reforma, abre el camino hacia un orden sociopolítico penetrado de elementos cristianos; Concilio Letrán IV (1215,
Inocencio IV, más importante sucesor de Gregorio VII) determina la lista definitiva de los sacramentos, excluyendo
la consagración de los reyes [consumación desacralización poder temporal ya iniciada por Gregorio VII - Courtine];
fortalecimiento de la Iglesia sacerdotal (orden indeleble), transsubstanciación (fiesta del Corpus Christi, eucarístico-
eclesiológica). Pontífices agresivos, sin embargo, llevan la emancipación de la Iglesia hasta su casi transformación en
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un poder mundano [Brunner], que, en la práctica, se cree obligado a intimidar [absorber] lo temporal. En su empeño
autoliberador, la Iglesia llegó a dotarse de una organización superior a cualquiera de las seculares [primer ejemplo
monarquía absoluta centralizada - Courtine]. En un esfuerzo por introducir racionalidad y eficacia, poder espiritual y
temporal aprenden el uno del otro. La Iglesia tiende a convertirse en un entidad sociológica terrenal (Jungmann).
Establecimiento del derecho canónico (importancia central del Decreto de Graciano) como una disciplina, cosa que
contribuye decisivamente a la transformación de la Iglesia en una corporación altamente centralizada.

Esta transformación religiosa de la Iglesia, impresionante y decisiva, tuvo sus expresiones tanto en el arte como en el
pensamiento de la época: a) arte: prevalece el aspecto encarnacional... (47, comparar con 34); b) pens.: imperio del
espíritu lógico-jurídico, emancipación de las universidades bajo patronazgo papal, imperial y real...; centralidad del
Derecho (Romano y Canónico) y, sobre todo (hasta los ss. XVIII-XIX), de la Teología; inmensa apertura del espíritu
(sobre todo en el s. XIII), que contrasta con el cierre posterior...

Desarrollo vida urbana, no en oposición al feudalismo, sino integrándose en él (prejuicios y desenfoques mentalidad
s. XIX -Guizot, Thierry, Marx-: lucha de clases, oposición feudalismo/vida urbana). Ciudades dentro del contexto
sociedad agraria; ciudades = mercado del campo circundante; lucha de las ciudades, no contra la sociedad feudal,
sino por su lugar en esa sociedad. Los ciudadanos dirigentes que controlaban los asuntos del gobierno urbano
aceptaron la sociedad feudal. Adquirieron tierras y a menudo intentaron entrar a formar parte de la nobleza. Es
cierto, sin embargo, que el desarrollo de la vida urbana conllevó una mayor autonomía del elemento laico respecto
del eclesiástico.

Una Iglesia que había adquirido independencia respecto a los poderes seculares y que había colocado al clero más
claramente separado del elemento laico que nunca antes de ese momento; unas profesiones liberales organizadas
corporativamente que, a pesar de seguir empotradas en la Iglesia, desarrollaban un honor propio en instituciones
separadas; unas ciudades que habían dado lugar a un orgullo local específico: todos esos fenómenos evidencian una
nueva fase en la historia europea. Como ya hemos apuntado, la mayor seguridad y el incremento de la población
fueron condiciones básicas para este cambio. El cambio se caracterizó fundamentalmente por una organización más
racional del gobierno y del derecho, tanto dentro de la Iglesia como en la administración secular, y por la
cristalización de los "estamentos". En palabras de M. Bloch, las relaciones personales, las lignes verticales que
habían prevalecido en los siglos anteriores, perdieron importancia respecto a los couches horizontales, al
agrupamiento en estratos sociales en una Europa más densamente poblada. Las "libertades" de la Iglesia, de las
universidades y de las ciudades son parte de esa nueva fase, como también lo son los cambios producidos en el
campesinado y la nobleza.

Estructura corporativa estamental general (holista - p. 59 y n. 20). ¿Qué son y qué no son los "estamentos"? El
entramado estamental u orden corporativo: a) no contenía a toda la población (62); b) los estamentos no son ni clases
(Marx) ni élites (Pareto) -fatal intrusión conceptos s. XIX-; c) los términos usados en la época son status, estate,
state, état, Stand, ordo [cfr. Schmitt VL, ∋ 7, III; el proceso histórico va fron Status to Contract -H. Summer Maine-,
de Gemeinschaft a Gesellschaft -F. Tönnies-: del orden ontológico trascendente-constituido al orden jurídico-social-
económico inmanente-constituyente]; todos estos términos designan un lugar definido dentro de la comunidad
humana por debajo de Dios; cada uno de ellos es un elemento en el organismo de la Creación emanado de la
voluntad de Dios, esencial y jerárquico, tan venerable como la jerarquía angélica (Huizinga) (tuvieron que pasar
siglos para que uno de estos estados, el del príncipe, lograra monopolizar el término y adquiriese un carácter
dinámico); d) conforme a un antiguo tópico indoeuropeo, los estamentos eran considerados a su vez parte de un
orden dividido en tres grupos: oratores, bellatores o defensores y laboratores (clero, nobleza y el posteriormente
llamado "Estado del común" o "Tercer Estado"); e) los estamentos eran innumerables, teniendo cada uno de ellos su
propio valor y su propio concepto del honor dentro del orden sociopolítico europeo; eran aceptados en su
multiplicidad como la verdadera espina dorsal de este orden; f) en este orden, los judíos quedan por primera vez
claramente excluidos; la primera persecución violenta, sin embargo, tiene lugar por parte del pueblo, cuando la
Primera Cruzada, contra la voluntad tanto del poder secular como del eclesiástico [cfr. Cohn]; g) los estamentos eran
hereditarios tanto como funcionales; desde el principio (y no progresivamente) la función estuvo inextricablemente
ligada con el privilegio y con el honor del estamento; h) pero el estamento no era una casta cerrada; era posible,
aunque no fácil, acceder a él por matrimonio o por otros medios; nunca le faltó la movilidad, ni vertical ni horizontal;
el estamento era capaz de asimilar nuevos elementos, impregnándolos de su tradición específica; i) se trataba de una
universitas de la que el individuo era y se sentía parte (noción de entidad corporativa, fortalecida por el Derecho
Romano); j) en absoluto cabe comparar este orden corporativo con el moderno orden "corporativo", organizado
nacionalmente; la organización es siempre local o, a lo más, regional, cosa que contribuyó notablemente al orgullo
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municipal y a la adhesión a una determinada región.

La realeza (monarquía) juega un papel crecientemente importante, que muestra las ambivalencias de las reformas
introducidas por el papado. Tanto el poder secular como la Iglesia se beneficiaron de la tendencia general a una
interpretación y una organización racionales. Pero los nuevos juristas, formados en el Derecho Romano (y en el
Canónico), convertidos en influyentes funcionarios de la corona, acabaron dando forma a nuevas teorías de la
superioridad del poder real sobre todos los otros derechos, que intensificaron las pretensiones regias. La idea, por
ejemplo, de una Corona transpersonal (Kantorowicz), tomó forma bajo estas influencias romano-canónicas.
Excepción de Inglaterra en el desarrollo del "Absolutismo" (p. 66). Tema nación (pp. 68-69). Mayor factor de
unidad: palabra escrita. La expresión "Europa" aparece pocas veces. Es más frecuente "Christianitas" (transformada
por los humanistas en "res publica Christiana").

Cambio y continuidad en la Vieja Europa. Del s. XIV a mediados del s. XVII.

La estructura fundamental de las instituciones europeas, así como la correspondiente disposición mental, se mantuvo
inalterada durante varios siglos; a pesar de descubrimientos y modificaciones de amplio alcance, las condiciones
básicas de vida no experimentaron cambios radicales.
La población (73ss.). Efectos limitados de los inventos y descubrimientos (76-80): el espacio como
devorador del tiempo y de los esfuerzos de los hombres (76); efecto limitado y tardío de los grandes
descubrimientos: la pólvora, el compás y otros medios de navegación (no consciencia otras culturas hasta
finales s. XVII -p. 79: Hazard: "crisis de la cultura europea"), imprenta (crecimiento alfabetización sin que
eso signifique gran cosa hasta la aparición de las grandes academias en el s. XVII, que indican el
nacimiento de una nueva época -pp.79-80). Limitado efecto del crecimiento del capital; mantenimiento de
las estructuras antiguas básicas (81-88).

La crisis de los siglos XIV-XV [cfr. Huizinga, Seibt...]: A) Crisis de la Iglesia con Felipe el Hermoso (traslado a
Aviñón); vacío en el centro espiritual de la Cristiandad latina; además, el papado de Aviñón lleva a su consumación
lo que los grandes pontífices juristas del s. XIII habían iniciado: la Iglesia se convierte en una jerarquía
completamente organizada; la corte papal se transforma en un modelo administrativo [modelo absolutismo, cfr.
Courtine], aprovechando ventajosamente en sus relaciones con los laicos todos los mecanismos del Derecho
Canónico; una intrincada organización se convierte en un fin en sí, ofreciendo hacia el exterior y al mundo la
impresión de otorgar sólo una atención de orden menor a sus deberes de conducción espiritual (94-5). Italianización
del papado... (potencial crítico frente a la emergente "nación" alemana...). La crisis posterior del cisma no hace sino
dar expresión a esta situación. Reflejos artístico-litúrgicos (96). B) De todas formas, los importantes escritos de
pensadores del s. XIV referente a la cuestión de la independencia del poder secular no habían apuntado hacia la
secularización que a veces suele atribuírseles. En expresión de uno de los más inteligentes estudiosos del emergente
pensamiento "laicista", Georges de Lagarde, esos escritos tendían por el contrario a la integración de la Iglesia en el
Estado [Courtine: no secularización, sino sacralización del Estado, semejante a la del Imperio por parte de los
partidarios medievales del emperador, pero ahora circunscrito al emergente Estado nacional territorialmente
delimitado]. Persiste la primacía de la problemática religiosa; los movimientos heréticos de la época tienen un
sentido religioso, aunque puedan asociárseles cuestiones de orden socioeconómico [cfr. Cohn]. Ockham:
nominalismo individualista - escisión/yuxtaposición fe-razón, teología-filosofía, etc.: sustitución del credo ut
intelligam anselmiano por el credo quia absurdum - la voluntad de Dios aparece como inescrutable poder arbitrario
[repercusiones eclesiológicas y políticas: Wilks, Courtine]. Sin embargo, y a pesar de las múltiples indicaciones de
tendencias de secularización, la época sigue siendo una época de fe. C) En relación con todo ello, se hace patente la
progresión del gobierno central hacia la consecución de un aparato administrativo racionalizado [a imagen del de la
Iglesia, cfr. Courtine]; pero, en verdad, sólo a finales del s. XVI y principios del s. XVII logra el Estado alcanzar una
posición de "monopolio de la fuerza". Persistencia del orden estamental, con sus limitaciones del poder real
(agravadas por las luchas dinásticas...). Del mismo modo, las luchas "nobleza/burguesía" no tienen el carácter que les
quiere atribuir la historiografía del s. XIX, sino la de pugnas dentro de un orden por un lugar en el mismo.

El Renacimiento como época inicial o introductoria de la Edad Moderna es el resultado de una construcción artifical,
fruto de una serie de retroproyecciones. Hay que clarificar, en primer lugar, las dimensiones espaciales y temporales
del así llamado Renacimiento: se limita sobre todo a Italia y otras áreas del sur de Europa. La noción de renacer sólo
puede rastrearse en el terreno de las artes visuales y de la literatura (101-103). En lo intelectual, el autor cree que los
elementos normativos penetraron de una u otra manera todas las dimensiones del pensamiento renacentista
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(subjetivismo, individualismo, secularización, sin exagerar su importancia) (103-104). En lo político: las ideas del
Renacimiento penetraron el mundo aristocrático y jerárquico, sin llegar a transformarlo (104-106).

De modo correcto, la interpretación de la época por parte de los historiadores se ha concentrado en las grandes
monarquías. Hay importantes cambios (el poder acumulado por las grandes familias reinantes había desbordado el
conjunto de capacidades que podían movilizar en virtud de una vinculación feudal), pero de ninguna manera puede
darse por periclitado el vínculo feudal. Las grandes coronas (con la excepción de la Inglaterra isabelina) en rara
ocasión persiguieron metas que puedan calificarse de "nacionales". Eran agregados de territorios que la Corona
intentaba incrementar, usualmente sobre la base de pretensiones jurídicas, con la finalidad de superar a sus rivales.
Pese a la creciente acumulación de poder (Strayer persigue en sus escritos el surgimiento del concepto de poder
supremo como resultado del renacimiento del Derecho Romano y del desarrollo burocrático en la Edad Media), sólo
tardíamente logran las grandes Monarquías tener un ejército permanente [nunca lograrán la conscripción general; cfr.
Jouvenel] y un poder que justifique la expresión absolutismo (finales s. XVII). El Estado dinástico puede ser
comparado con un coloso compuesto y en expansión que sólo pudiera actuar con dificultad. Bajo la presión de las
guerras y de un esfuerzo fiscal creciente en las décadas centrales del s. XVII, el Estado dinástico finalmente habría
de experimentar una fuerte crisis general (Revolución inglesa, la Fronda en Francia, revueltas contra los Habsburgo
en Portugal, Cataluña, Nápoles y Sicilia). Sobre esta crisis, se citan los libros de Trevor Aston y Th. K. Rabb. Éste
último correlaciona esas revoluciones con una subyacente pérdida de metas y convicciones comunes (113-114).

Antes de esa crisis, sin embargo, hay que considerar la que supuso la Reforma protestante, con sus secuelas (guerras
de religión) (ver pp. 115-129, aquí muy reducidas a puntos fundamentales). A) La Reforma, pese a todo, debe ser
considerada en el contexto de la primacía de la religión propia de la Vieja Europa (aunque contribuyera a la larga a
la secularización). B) El intento de reforma, en continuidad con los medievales, intentó ser un retorno a los orígenes
del cristianismo y quiso mantener, purificándola, la concepción medieval de la Iglesia universal (aunque contribuyera
a la aparición de las Iglesias nacionales). C) La autonomía de lo personal (textos p. 117) propiciada por el
luteranismo no debe ser vista como un estadio imperfecto en la progresión hacia el concepto ilustrado de autonomía
de la Ilustración. Se está ante una autonomía fundada en religión y contenida en el marco de iglesias establecidas. D)
Durante aprox. 100 años, desde mediados del s. XVI hasta mediados del s. XVII, el elemento religioso resultó
crucial, o cuando menos un elemento sustancial, de los conflictos internos de los territorios europeos. Sólo como
resultado del conflicto interconfesional llegó a adquirir el Estado dinástico control completo sobre sus territorios;
sólo al final del período, en las últimas décadas del s. XVII, hizo su aparición un "sistema de estados europeos" cuya
existencia se suele antedatar, y fue este mismo s. XVII el que vio la formulación de una teoría del poder divino de los
reyes. La Reforma Católica, por su parte, quiso hacer de los países en los que se impuso protectores de la
Cristiandad, cosa que se tuvo como una amenaza para los Estados particulares. Fue en este contexto que Bodin
formuló su teoría de la soberanía, sin abandonar por ello la idea que hacía del rey el guardián del derecho. Dentro y
fuera de Francia, el concepto de soberanía se convirtió en el principal instrumento para la definición de un espacio de
decisión superior en el marco del cuerpo político. De esta manera preparó la emersión de lo que los historiadores
suelen llamar poder absoluto.

Emancipación incipiente en el marco de la persistencia del viejo orden. De mediados del s. XVII a finales del s.
XVIII.

Ninguno de los movimientos de los siglos anteriores había desafiado la base del orden sociopolítico y las
concepciones a él subyacentes, a pesar de la disgregación implicada a largo plazo por las guerras de religión. Una
vez más ha de ponerse énfasis en el hecho de que el objetivo ecuménico de los promotores de la Reforma había sido
la recuperación del espíritu cristiano original, y no el establecimiento de la autonomía del individuo. Hacia finales
del s. XVII encontramos una actitud diferente, una tendencia hacia la secularización; a la vez, las condiciones
económicas y políticas empezaron a cambiar. El resultado fue que la estructura sociopolítica tradicional se vio cada
vez más puesta en cuestión. La tarea de este capítulo es analizar el cambio que condujo a la desintegración de la
Vieja Europa. Muchos factores tuvieron su papel en la emersión de una nueva Europa, una Europa "moderna": el
movimiento intelectual, la alteración de las condiciones económicas, la transformación política que implicó el
llamado gobierno absolutista y la Revolución Inglesa, que en dos décadas de sacudidas religioso-políticas, destruyó
la estructura tradicional de gobierno. Sería osado atribuir a uno solo de ellos carácter de causa principal; han de ser
vistos todos en conjunto como signos del inicio de una época.
La Revolución Científica y la configuración de la Ilustración (132-139). Autonomización de la razón. Ruptura
definitiva del credo ut intelligam anselmiano por el cogito, ergo sum cartesiano. Ruptura de la antigua cosmología de
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raíz aristotélica y cristiana en manos de la nueva ciencia ("del mundo cerrado al universo infinito", cfr. Koyré). Del
interés por el porqué al interés por el cómo. Del miedo a la naturaleza al dominio técnico de sus fuerzas.
"Desencantamiento" del mundo (Weber). Disolución de la jerárquica "Cadena del Ser" (Lovejoy). (Magnífico poema
de John Donne, p. 135). Cambio correlativo en la interpretación de la religión cristiana. Abandono del marco
cristiano de la historia, dentro del cual la Encarnación había sido considerada el acontecimiento principal.
Transformación general ("crisis") de la forma de percibir la realidad (cfr. Hazard). Advenimiento de la tolerancia
religiosa, "no tanto un triunfo del principio moral sobre la oportunidad política, sino más bien de la oportunidad
política sobre el principio religioso" (L. Stone). Abandono progresivo incluso del componente metafísico de la nueva
filosofía, cada vez más emancipada respecto a la verdad revelada (enfoque secularizado del legado cristiano).

Economía (139-144). Estallido a finales del s. XVIII de la Revolución Industrial en Inglaterra. Cada vez mayor
consciencia del papel jugado por el capitalismo comercial (importancia navegación, potencias marítimas...). Cambio
profundo en las ideas sobre las relaciones humanas. Ejemplo concepto de propiedad: emancipada de los estamentos,
base del nuevo individualismo posesivo [cfr. MacPherson]. Imperio de un modelo cada vez más mecanicista en el
Derecho y la Ética social. Emancipación del Derecho natural de su nexo previo con las leyes de la naturaleza [fruto
nueva concepción mecanicista y "libre de valores" de la naturaleza]. La naturaleza, en palabras de R. H. Tawney,
"había venido a implicar, no la voluntad divina, sino los apetitos humanos". Incremento demográfico y mayor grado
de urbanización, que preparan la explosión del s. XIX.

El Estado (144-151). El rasgo más destacado de la época en este ámbito es el de la concentración del poder en las
manos del monarca, expresado en su exclusiva prerrogativa de reclutar tropas y mantener plazas fuertes y un ejército
permanente, con la consiguiente domesticación de la nobleza y el crecimiento de la burocracia. La discusión sobre la
"crisis en Europa" a mediados del s. XVII se centró en los violentos conflictos ocasionados por las demandas fiscales
que surgían al compás de la guerra, justificando aquella prerrogativa. La necesidad de cada Estado de mantener su
posición en el contexto de la feroz rivalidad europea, se encontraba de hecho en el mismo núcleo de la acción y el
pensamiento políticos. Este último estaba dominado por dos conceptos, razón de Estado [cfr. Meinecke...] y
soberanía [cfr. Bodin, Hobbes, Schmitt, Heller, Laski, Jouvenel...], de los cuales el uno se remontaba a los tiempos
del Renacimiento y el otro a finales del s. XVI. Dentro del sistema de Estados europeos ahora emergente, ellos
justificaban la acción del poder supremo del Estado. Ninguna cuestión tuvo más influencia en la centralización del
Estado y en la profesionalización de sus servidores que la política exterior. A razón de Estado y soberanía se
correspondieron ahora otros dos términos clave para la dirección de la política exterior: el sistema europeo de
Estados y el equilibrio de poder, que hicieron su aparición a finales del s. XVII. Simultáneamente, Cristiandad fue
reemplazado definitivamente por Europa. Esfuerzos conjuntos de la Cristiandad, sobre todo contra los turcos,
todavía se concebían...; pero el lugar de la unidad cristiana, ahora quebrantada, fue ocupado por el derecho
internacional naciente [Ius Publicum Europaeum], que regularizaba las relaciones entre Estados; a menudo, el
sistema de los Estados europeos "en equilibrio" ha sido denominado un Corpus Christianum secularizado
(importancia del elemento nacional, cfr. pp. 150-1). Pero, pese al indudable avance del poder absoluto hacia la
eficacia y la centralización, el gobierno absoluto no consiguió abolir en ningún lugar los elementos de la vieja
estructura sociopolítica. El absolutismo operó dentro del marco tradicional dado [o, por decirlo de otro modo: la
monarquía estatal dinástica absoluta, como antes que ella el Imperio y el papado medievales, pese a todos los
elementos que habían ido introduciendo y que habían ido eclipsando el ordo medieval, seguían concibiéndose a sí
mismos como poderes constituidos, partes de un orden superior a la voluntad de cualquier gobernante humano. De
éste se sigue hablando en lo que viene a continuación].

Debilitamiento y persistencia del orden corporativo (151-159). El orden corporativo (la estructura estamental) no
había contenido nunca a la totalidad de la población. Con el crecimiento de las grandes ciudades, especial-mente de
las capitales, los elementos periféricos, los pobres (esto es, los dependientes) se habían incrementado. Aunque en
ciertos aspectos (no en todos ni mucho menos) tales elementos son los predecesores del proletariado industrial, en
ningún momento desafiaron ni programática ni fácticamente la estructura tradicional. Fue el cambio dentro de los
estratos superiores de la sociedad el que dinamitó el orden corporativo. La actitud de la Corona respecto del orden
corporativo era ambigua. Por un lado, el rey se consideraba a sí mismo el vértice de una pirámide proveniente de los
tiempos feudales, sobre la que se sostenía su primacía, y el Estado absolutista ni quiso ni pudo abolir los cuerpos
intermedios sustraídos a su control. Por otro lado, empero, la concentración de poder en manos del monarca
(instrumento: el concepto de soberanía precisado con la ayuda del Derecho Romano) sólo podía hacerse a base de
"domesticar" a los estamentos intermedios, especialmente la nobleza, liquidando su capacidad efectiva de limitar el
poder central, y promoviendo a los puestos de la creciente clase burocrática dirigente los mejores elementos de la
"plebe", en una especie de proceso "nivelador" u "homogeneizador" de largo alcance [cfr. Jouvenel, Tocqueville]. La
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uniformidad y el pleno control sobre todos los súbditos acabarían convirtiéndose en la meta del "despotismo
ilustrado". Cambio en el concepto de representación (156). Cambios diversos cuando la vieja estructura se desintegra
y el Estado pasa a monopolizar el poder. La nuevas formaciones surgidas de esos cambios eran producto de una
nueva era individualista que, creyendo en el progreso, luchaba cada vez más conscientemente por la emancipación.
El cambio de perspectiva se reflejaba en el nuevo significado de la palabra revolución (cfr. Rosenstock Huessy, Out
of Revolution, New York, 1938, y otros). El término había formado parte de una visión cósmica del mundo. El
concepto de la revolución de los cuerpos celestes fue adoptado con referencia a la historia humana. Ya en 1688
acuñaron los ingleses el término glorious revolution, cuando, después de medio siglo de violentas sacudidas, su
historia parecía haber desembocado en un afortunado equilibrio entre Corona y Parlamento, un equilibrio que fue
interpretado como restitución de la situación anterior [cambio del ordenamiento que parte de un poder constituido:
reforma; cfr. Schmitt]. Pero, al mismo tiempo, la palabra comenzó a ser utilizada con referencia a cambio básicos,
especialmente, aunque no sólo, a los de carácter político. A finales del s. XVIII el término había adquirido un nuevo
significado: el de ruptura con el pasado, el de giro violento hacia un futuro mejor [emersión de un ordenamiento a
partir de la nada, por la actuación de un poder constituyente; cfr. Schmitt]. La era moderna, la era revolucionaria,
comienza con la Revolución francesa. Cerca de un siglo más tarde, los historiadores comenzaron a llamar
"Revolución industrial" al paso, contemporáneo en Inglaterra, a la nueva era del maquinismo. Pero la ruptura
completa con el pasado sólo se hizo evidente en las primeras fases de la Revolución francesa, y no antes. En las
mismísimas postrimerías del Ancien Régime, las nuevas fuerzas no habían emprendido aún un asalto frontal al viejo
orden. Sólo en los meses inmediatamente anteriores a la reunión de los Estados Generales franceses, comenzó a ser
cuestionado el modo de reunirlos en el marco del orden corporativo tradicional ["Esto se pudo ver tan pronto como
los Estados Generales convocados por el rey se constituyeron, el 17 de junio de 1789, en Asamblea nacional
constituyente", C. Schmitt, VL, ∋ 8, II, 2, p. 96]. La verdad es que la Vieja Europa murió lentamente. Algunos
elementos de la estructura anterior hubieron de ser incorporados a una sociedad cuyos impulsos dominantes eran la
democracia y la igualdad. La libertad individual reemplazó en esta nueva época a las viejas "libertades", a los
privilegios [aquí me parecen más lúcidos Jouvenel y Schmitt: la liquidación de la Vieja Europa, liquidación de la
estructura estamental que limitaba de hecho el poder del monarca, empezó con las reformas papales de la Edad
Media (las mismas que, paradójicamente, al liberar al estamento sacerdotal, contribuyeron de forma decisiva al
surgimiento de la Vieja Europa; en otros términos: el nacimiento de la Vieja Europa contenía en sí mismo los
gérmenes de su propia liquidación), cuyos resultados los Estados dinásticos se fueron apropiando progresivamente,
teopolitizando definitivamente con el concepto de soberanía el concepto, ya a finales de la Edad Media totalmente
teopolítico, de la plenitudo potestatis papal. Lo que ocurría es que, pese al claroscuro en el que subsistía, seguía y
siguió vivo un cierto concepto de orden constituido que permitió la persistencia de la antigua estructura estamental
con sus diques al poder soberano, aunque cada vez más débiles. Los monarcas de los emergentes Estados nacionales
hicieron en efecto cuanto pudieron por suprimir todos los contrapoderes que las diversas asociaciones o agrupaciones
de intereses de la sociedad estamental les oponían, pero a la vez eran conscientes de que su legitimidad reposaba en
el mismo orden en el que descansaban estas asociaciones, por lo que, y por poner un ejemplo, aun cuando
aumentaron cuanto pudieron la presión fiscal que les permitía mantener sus ejércitos (y que provocaron las diversas
revueltas de mediados del s. XVII), nunca se atrevieron a adoptar ciertas medidas como, por poner otro ejemplo,
imponer el servicio militar universal y obligatorio. Esto fue así hasta que la Revolución, apurando hasta sus últimas
consecuencias la evolución histórica aquí esbozada, proclamó el principio de la soberanía ilimitada del pueblo como
poder constituyente [inmanente]. En un cierto sentido, tal hecho no significó más que el mero cambio del titular del
poder absoluto: el monarca por el pueblo; por lo que el nuevo régimen se limitó a dar el poder a la nación sin
cambiar nada en absoluto de la estructura fundamental del Estado. En otro sentido, sin embargo, este cambio de
titularidad, en la medida en que significó la negación de todo orden constituido (legitimidad divino-dinástica) y su
substitución por el poder constituyente de la nación, y en la medida en que partió de la identidad del Estado con el
pueblo, con la sociedad, permitió la emergencia de un poder tan ilimitado como nunca habían podido soñar o desear
los propios reyes absolutistas. La combinación de ideas propiamente democráticas como igualdad y soberanía
popular con ideas burguesas y aristocráticas como libertad y derechos individuales, frecuentemente considerada
como normal y propia de la Revolución francesa, y que se prolonga en el tiempo hasta confundirse en el ambiguo
uso, generalmente pasado por alto, del término "democracia" común entre nosotros, procede de las extrañas alianzas
que la lucha contra el poder absoluto del monarca suscitó entre sus diversos oponentes (personificadas ya en algunos
de los intelectuales que la precedieron y la prepararon, así como en algunos de sus protagonistas e, incluso, en
muchos de los que vivieron con posterioridad a ella): alianza de los demócratas propiamente dichos (que pretendían
reemplazar el poder real por el popular) con los liberales burgueses (que querían preservar las libertades
individuales, en particular las de pensamiento y propiedad, contra el crecientemente absorbente poder del monarca),
y de éstos con ciertos círculos aristocráticos (que querían preservar sus libertades o privilegios estamentales contra el
mismo poder central). Pero mientras éstos últimos se oponían a la soberanía del rey en base a una estructura
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sociopolítica fundamentada en un orden trascendente (versión precariamente consistente del ordo medieval,
progresivamente erosionado y eliminado de la consciencia europea por una evolución secular, y ambiguamente
compartido por el propio poder real a gratia Dei), los segundos lo hicieron, inicialmente (s. XVII: Locke), en virtud
de unos derechos naturales del individuo humano en cuanto tal, en último término también de raíz religiosa (restos o
fragmentos, islotes, del orden cósmico-divino cristiano medieval; cfr. MacIntyre), y luego (s. XVIII: Ilustrados) en
virtud de unos derechos también autodenominados naturales, pero de raíz estrictamente inmanente-racionalista, esto
es, enteramente secularizada; los primeros, por fin, lo hicieron (oponerse a la soberanía real) en nombre de la
necesaria identidad de los gobernantes con los gobernados, garantía de la igualdad de todos los hombres (de la
nación) y de su libertad (confundiendo poder del pueblo con libertad del pueblo; cfr. Montesquieu, Jouvenel).
Alianzas establecidas sobre presupuestos tan divergentes debían mostrar con celeridad sus limitaciones y los
equívocos sobre los que reposaban: con el triunfo de la Revolución, el principio democrático de la soberanía popular
deja claro al poco tiempo que, con el rey, se rechaza también la idea de un orden constituido; al declararse el pueblo
a sí mismo poder constituyente, resulta evidente que, con la cabeza del cuerpo político, debían acabar rodando
también las de todos aquellos que formaban parte del mismo, y que pretendían la perpetuación de un ordenamiento
obsoleto contrario a los intereses del pueblo, aun cuando se hubieran opuesto anteriormente con mayor o menor
vigor a la acumulación de los poderes regios (de hecho, que se hubiesen opuesto a la acumulación de los poderes
regios no significaba, naturalmente, que se opusiesen a la figura del monarca en cuanto tal, y, en cambio, que se
opusiesen a la acumulación de poderes, tanto en el rey cuanto aún más en el pueblo, era algo que los hacía
inevitablemente enemigos de la Revolución popular). Por otra parte, y como indica Tocqueville, una vez
desencadenada, la Revolución debía dejar también claro al poco tiempo que, si no había respetado a reyes,
aristócratas y eclesiásticos, no se detendría tampoco ante las clases medias burguesas que pretendían la preservación
de derechos individuales tales como la propiedad privada u otros. La diferencia existente entre la democracia como
proclamación de la soberanía popular ilimitada y el liberalismo como rechazo de toda soberanía ilimitada, resultó
patente de forma casi inmediata (Burke), fue denunciada explícitamente por los liberales doctrinarios del primer
tercio del s. XIX (monarquía de julio) y su olvido fue profundamente llorado y lamentado tras la Revolución de
1848].

Epílogo: mirando más allá. (161-169)

Libertad individual e igualdad -concebidas como metas separadas o, más frecuentemente, en combinación- ya no
serían perdidas de vista desde este punto en adelante. Continuaron siendo un grito de batalla para los movimientos
que daban continuidad o revivían recurrentemente el impulso dinámico de la Revolución Francesa.
Fundamentalmente, y por principio, se contraponían a los restos del orden corporativo de la Vieja Europa. La
historia, sin embargo, no sabe de ninguna ruptura total. El hecho mismo de la superviviencia de rasgos corporativos
durante un período de cambios revolucionarios, constituye prueba suficiente de cuán profundamente habían
engranado en la estructura de la Vieja Europa. A la postre, aunque no sin ulteriores esfuerzos, la uniformidad estatal
reemplazó a la estructura corporativa. En una sociedad de creciente movilidad, las clases tendieron a ocupar el sitio
de los antiguos estamentos. En el período de la Revolución Francesa, tras la destrucción del orden corporativo, la
expresión clases apareció por vez primera dotada de un específico sentido moderno; poseyó inmediatamente la
connotación de conflicto de clase. Los historiadores burgueses de principios del s. XIX, F. Guizot y Augustin
Thierry, usaron ya el término a efectos de interpretación del pasado, tal y como también harían Marx y Engels poco
más tarde. No obstante, aunque la vieja estructura de Europa había sido hecha pedazos, algunos de sus principales
componentes sobrevivieron durante largo tiempo, consiguiendo con más o menos éxito ajustarse a la nueva situación.

El sentimiento nacional sobrepasó el encuadramiento religioso. A tenor de los resultados, a menudo se convirtió en la
religión del s. XIX. Donde la realidad de la Corona aún existía y se predicaba, el fenómeno resultó sumergido por el
sentimiento nacional. Desde la Revolución Francesa, la nación encontró su anclaje en el concepto democrático de
soberanía popular.

En Francia, la revolución de julio de 1830 puso fin a cualquier intento de retorno al viejo orden. Ninguno de los
experimentos posteriores de cambio de gobierno intentó una restauración del pasado. La significación de largo
alcance de los acontecimientos de 1830 fue ya plenamente reconocida por dos observadores de la escena
contemporánea, Barthold Georg Niebuhr y Alexis de Tocqueville. Niebuhr había pertenecido al círculo de los
reformadores prusianos; sus logros eran equiparables a los principios originales de la Revolución francesa. No
obstante, durante toda su vida Niebuhr mantuvo una irrenunciable oposición respecto al movimiento de igualitarismo
radical originado en la última fase de la Revolución. Para él, los acontecimientos de 1830 no indicaban simplemente
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otro brote de fiebre revolucionaria; más bien mostraban que el movimiento revolucionario, lejos de haber sido
canalizado hacia reformas beneficiosas, constituía un proceso en marcha que estaba a punto de destruir la cultura
europea. Murió en la aflicción y la desesperación algunos meses más tarde, temiendo una ruptura completa de la
tradición europea. Para un Tocqueville de 25 años, una generación más joven que Niebuhr, los acontecimientos de
1830 otorgaron sentido a su pensamiento político. Éste fue conformado por la constante observación de la escena
política y social contemporánea, y por un estudio intenso de la joven democracia americana, un estudio cuyo
incentivo había sido la revolución de julio. En lo sucesivo, todos sus escritos resultarían influenciados por la
percepción de su propio tiempo, de cuyas implicaciones revolucionarias y dinámicas estaba convencido. Imaginó
este desarrollo como un conflicto entre dos ideas, la idea de libertad política y la urgencia cuasi-providencial de
igualdad. En su opinión esta última, al moverse más allá de la igualdad ante el derecho en pos de la demanda de
equidad de condiciones, ponía en peligro la libertad política; para él, sin embargo, alcanzar la libertad política era la
tarea más esencial, en sustitución de las libertades -los privilegios- de una era aristocrática desaparecida.

En una fase temprana del movimiento revolucionario radical anterior a Marx, Saint-Simon y Proudhon articularon el
concepto de revolución como proceso continuo. Al principio del s. XX, Trotsky acuñó la expresión de Revolución
Permanente como máxima y para denominar su época y la venidera -el polo contrario a lo que en este libro se ha
descrito como Vieja Europa. Treinta años antes, J. Burckhardt había impartido lecciones sobre la época de la
Revolución francesa. Afirmó que todo el tiempo desde entonces era ciertamente una época de revolución, y que este
"gran drama" contrastaría posiblemente cada vez más con todo el pasado conocido del planeta. [Carl Schmitt
prolonga esta intuición por lo que se refiere a la postguerra de la Segunda Guerra Mundial, hablando de la
"revolución legal mundial"].

Cambios particulares: educación generalizada, avances tecnológicos, ampliación de la esfera pública, creciente
impacto de la prensa, explosión poblacional, desarrollo económico y tecnológico [consolidación del homo
oeconomicus; cfr. Dumont], potenciación del espíritu racional como lo específico de la civilización occidental (cfr.
Weber), consciencia de las amenazas de la nueva época (alienación -Marx-, pérdida de libertad individual -
Tocqueville-, liquidación de los recursos naturales y del medio ambiente -J. Burckhardt-).

A mediados del s. XX, Europa había roto por completo con su originario punto de partida de base corporativa. Ahora
incluso el más antiguo de los estamentos, el sacerdotal -cuya independencia lograda por el papado reformador había
facilitado la cristalización de los otros estamentos-, estaba siendo conmovido en su posición única por los recientes
desarrollos de la Iglesia Católica. En una sociedad que ha de adaptarse a los cambios continuos, en un tiempo de
discontinuidad, la superviviencia del "mundo científico-tecnológico" se ha convertido en una preocupación de orden
mayor, que ha de ser investigada en sus premisas básicas. Bien pudiera ser que hubiera comenzado una nueva época.