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LA SOMBRA DE UNA SOMBRA Y

OTRAS MENTIRAS
A los vagabundos, los conspiradores
y los ahorcados.
PROLOGO

Como pétalos que se desprenden de una flor


porque está muriendo, o el aire liberado de una
tumba antigua que se disipa al abrirla después de
diez mil años, los fragmentos, retazos, pinceladas
de éstos pequeños cuadros me fueron
abandonando. No puedo mirar estas pocas páginas
sin cierta miopía, con esa misma dificultad que
ataca a la vista cuando se mira a los hijos. Todos
esos autores que se fueron sucediendo día a día
cuando intentaba poner en palabras algunas
reflexiones o imágenes saben que dicen cosas que
ya han sido dichas, mucho mejor dichas, pero si
aún a alguien inquietan hay necesidad de volver a
repetirlas, componiendo un eco indestructible en
las paredes de una caverna húmeda, en una
melodía maldita, en un lienzo podrido, o en el
mármol inerte.
Por qué “Soy hombre, nada humano me es
ajeno” como pronunciaba Terencio en el verdugo
de sí mismo.
Que entre y salga como una limpia cuchillada
y no se robe tu valioso tiempo

5
MIL AÑOS

Durante el día de la cosecha que se


celebraba en la ciudad Juan Santos recordó a aquel
hombre que dejó abandonado en el bosque
desnudo y cubierto de miel para que lo devorasen
las hormigas.
Había llegado a la ciudad en un barco de
piedra, esta roca gris con forma de cascara de
nuez surcaba el agua que se abría a su paso con
insólito temor. Los tripulantes cansados de sus
esqueletos colgantes, de sus recuerdos y de sus
rostros mordidos por la sal, rostros que se
despiden de sí mismos en los espejos malditos
codiciaban vivir mil años a pesar de los dolores de
amor, de la decidida persecución de los dioses del
hambre y de los latigazos.
La metrópoli estaba oculta sobre un pedazo
de tierra escondida que no figuraba en ningún
mapa, pero todos la buscaban, allí tardaban los
hombres mil años en morir de muerte natural, a
pesar de sus inmensos esfuerzos para sujetar la
vida muchos morían en luchas con los demás y
otros cansados de vivir o de permanecer allí
abandonaban la isla y su ciudad milagrosa porque
al cabo de muchos años esta terminaba
pareciéndose a aquel toro de bronce del tirano
Falaris.
El demonio parecía acompañar a Santos
dondequiera que vaya atormentando su alma con

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su lengua negra, recuerdos tristes y promesas de
imposibles escapatorias a sus suplicios.
La ciudad fue destruyéndose a si misma
hasta desaparecer como todas las ciudades lo
hacen y lo harán; la tierra y el viento la fueron
devorando, sus colosales columnas, las estatuas
de bueyes y héroes, los templos arcaicos, mas
también los hombres fueron apagándose unos a
otros y esa utopía, ese faro secreto de ilusión
divisado una vez desde aquel barco de piedra se
volvió un castigo, una conspiración del tiempo
invencible. Las horas, los minutos, los segundos,
como esas hormigas que tragaban la carne de
aquel abandonado que Santos no podía olvidar,
roían todo a su paso y aprendió lentamente,
mucho más lento que cualquier otro hombre que
no había pisado la ciudad, a no confiar en sus
esperanzas.

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LA COMEDIA

He leído que Dios se halla en la tierra


vagando entre las montañas y el desierto,
arrastrándose sólo por el mundo; que aquí donde
estamos es el infierno, por este infierno de otro
mundo vamos y venimos, cansados, adormecidos,
éste es un sagrado secreto.
Dante ha imaginado diversos castigos para
nuestras imperfecciones, para nuestras
inocultables miserias, pero este infierno, tan
nuestro, esta obra infame donde nuestra
fragilidad, agonía y desesperación son inminentes,
no es menos original.
Cada uno con su propio infierno privado a
cuestas, todos malditos, todos Caínes, todos
condenados, el cielo es para unos pocos y ésos no
han vivido, tampoco han amado.

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EL REY HA MUERTO

La boca roja, mariposas de fuego, carne


reventada, hematomas en la piel de una fruta,
dulce barro encarnado alrededor del palacio en
llamas que se desmorona. Humo reflejándose en
las vidrieras de la avenida en pétalos desprendidos
de una luna perdida o blanca leche materna en las
escamas de un dragón que se retuerce en su
último respiro.
El rey ha muerto, afuera la avenida continua
iluminada, dentro del castillo solo queda un cuerpo
fétido con un puñal caliente clavado en la espalda,
bañado en sangre real, tan real y verdadera como
la de cualquier esclavo.

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CIUDADES

Un camino yace a la luz de la noche.


Horribles faunos cubiertos de pelos entonando sus
flautas con aliento infecto, adornados sus
cinturones de uvas dulces, y doncellas que serán
seducidas, que no podrán detener el deseo por lo
monstruoso. Sera una violación fingida, todos
consienten actuar, representar una obra entre
bestias de cuernos huecos y muchachas rosadas
que recogen agua de las fuentes más frescas, en
un escenario entre hojas amarillas que crujen, los
olores son ocre, las sombras agitadas
convulsionan, el fuego serpentea, la tierra mojada
de sudor, la noche verde oculta el oscuro sexo,
incluso el viento que siempre se está yendo, y es
un extranjero en todas las tierras también es parte
de la orgía.
La mitad animal se ha desvanecido, flota
como un órgano invisible, se ha vuelto inmaterial a
fuerza de exterminar a la bestia. Los cuernos han
sido quebrados, las pezuñas escondidas dentro de
zapatos bien lustrados, nos arrancamos los pelos
unos a otros para alejarnos de la animalidad, pero
aún hay algo que nos tienta a inspirar el terror de
los viajeros, a dejar largo rato los codos en la
mesa así fuese todos los días domingo y a
despertar eternamente de un sueño de la tarde
después de una borrachera como haría cualquier
fauno que se precie de serlo.

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Es que los animales entregados al placer del
cuerpo y a las fiestas orgiásticas no han deseado
desaparecer, distraídos llegaron al momento de la
encrucijada, tuvieron que decidir entre retirarse a
zonas remotas o volverse estériles, porque la
ciudad con su pavimento, sus luces artificiales, sus
containers de basura, sus edificios gigantes,
estúpidos y ciegos avanzó sobre los bosques
cubriendo al hombre y al suelo con su
matemática. No más siestas después de los
banquetes, es la época de correr sin detenerse en
las fuentes de aguas frescas, de atravesar la
metrópolis geométrica dentro de un tiempo
cuadriculado, atrapado dentro de una fría hoja de
cálculo que no tiene puertas, estas han sido
selladas desde afuera y las llaves fueron fundidas.
Junto con el bosque se retiró el animal
asustado ante los glaciares y los vientos helados
de la ciudad; quizás los mendigos, los sin techo,
los desposeídos que niegan firmemente las
matemáticas nos recuerden a los faunos,
durmiendo descuidados, embriagándose hasta
perderse a sí mismos, enemigos eternos de la
ciudad y los viajeros.

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JUDAS ISCARIOTE VAMPIRO
“Éste, pues con el precio de su
infamia adquirió un terreno y
cayendo de cabeza se reventó por el
medio y todas sus entrañas se
desparramaron”

Hechos 1:18.

Cuentan que avergonzado y ahogado en la


desesperación, Judas Iscariote se ahorcó y las
flores blancas de aquel árbol elegido se sonrojaron
para siempre.
A pesar de ser sinónimo de traidor, se ha
considerado que sin la traición y en consecuencia
sin resurrección, Jesús sería un sabio entre otros y
su leyenda se hubiese apagado lentamente con la
erosión de los años, desde esta perspectiva la
traición de un hombre ha sido una piedra necesaria
para la gloria de otro.
Judas fue considerado el primer vampiro,
cuentan que luego de colgarse en el campo, Dios
habría restaurado su vida luego condenándolo a
caminar hasta el fin de sus días sediento de sangre
por su imposibilidad de acceder a cristo, con un
terrible temor al crucifijo, imagen recordatoria de
su traición.
Vagando al abrigo de la oscuridad, con una
eterna aversión a las dagas de plata (material de
aquellas treinta monedas que pagaron su traición)
busca constantemente la muerte pero no ha de

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hallarla jamás, o quizás se encuentra en el infierno
de Dante dentro de las fauces del emperador de
aquel doloroso reino, junto a Bruto y Casio.

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BARRILETES

A mis amigos.

Los fantasmas de los viejos amigos recorren


la ciudad tallada en piedra a través de las cloacas
humeantes que conectan todas las arterias de la
metrópolis, recuerdan sus voces y los murmullos,
los bares llenos de desconocidos, las risas
angustiosas, los ecos que aúllan de años pasados.
Ahora vagan extraviados como todos los que
habitan las grandes ciudades, se entrelazan quizás
en alguna esquina en una amistad plasmática, una
unión fantasmagórica.
La ciudad huele a ratas mojadas que huyen
de la luz, de los venenos y las trampas mortales,
las alcantarillas respiran vapores calientes, y ellos
esperan pacientes a que el viento los impulse
como si fueran barriletes perdidos en el cielo
ulcerado, las velas de sus almas espectrales se
abren para volar como una rueda de la fortuna que
gira por la ciudad atestada de apretones de
manos, autos perdidos que se dirigen a cualquier
parte y ojos fríos que se quiebran en las tinieblas.
Nuestros corazones son llevados por el
viento entre miles de paraguas y conciertos de
congojas y consuelos, porque detestamos la
felicidad y abrazamos la fatalidad; entre amigos no
nos escarbamos el alma, ni nos miramos las uñas,

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levantamos las copas en el hospital emperrados en
seguir siendo cada uno el mismo de siempre.

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HIPNOS FRENTE AL DESAYUNO
La muerte es piadosa porque de ella
no se regresa, pero para quien
retorna de las esferas profundas de
la noche, consciente y desorientado
no puede existir la calma.
H.P. Lovecraft

La cueva huele dulce, las paredes son cuatro,


son espesas, como un insecto se lanza a succionar
la luz que cae sobre todas las superficies y rebota
en el polvo de unos pocos muebles, luego llegará
la oscuridad para devorar todos los objetos.
Mirando al interior de los párpados, con un bostezo
despierta mareado por la realidad que somete, el
sueño y la luz se prende ahora en los cielos que
disparan rayos que dan vida a las mariposas y
cebras que galopan en las sombras.
Si soñar es una aventura despertar no es
menos, despertar en la grieta de unos labios
carnosos que te abrigaron durante la noche, tan
diminuto, tan comprimido, ¿Abrir los ojos es
despertar? ¿Gritar es despertar? ¿A qué huele el
sol?
Hipnos, el de los mil hijos bosteza
vencido, las alas se agitan en sus sienes, hijo de la
noche, hermano de la muerte tambalea en su
cueva decorada de amapolas y de plantas que
embriagan la tierra con un veneno soporífero. Un
antiguo reloj late apagado en la pared como un
corazón, es la habitación del silencio y la

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oscuridad, invadida por vez primera por la luz del
sol salvaje.
Harto de estar despierto maldice la
consciencia, intenta enfocar pero se siente
mareado y se derrumba en una silla frente a un
desayuno que no desea.

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LA TIERRA ES DE CARNE

El mundo se abrirá para que lo


desenmascares, habrá de retorcerse
seductor ante tus ojos. En realidad
no sabe hacer otra cosa.

Franz Kafka

La Tierra está envuelta en piel tibia, es de


carne, late en su interior un temblor cíclico a ritmo
de tambor ¿Quién puede afirmar que en el centro
no hay un corazón?
Montañas se alzan colosales con ojos de
gigantes ocultos en la piedra, todo crece aquí
hasta la destrucción, todo estalla en infinitos
pedazos sin remedio. El hombre es una herida
abierta, una llaga viva que no quiere sanar, como
toda laceración es imperfecto; en su rebeldía
natural arranca la piel y siembra asfalto, mientras
la tierra aúlla desde las tripas, desde ahí donde
todo es tendones, arterias y vísceras.
Crecen palacios lujosos con reyes tristes y
edificios llenos de cuevas oscuras en su piel
enferma; todo es belleza, incluso sus hematomas y
sus arrugas.
La tierra en su superficie y en su modo de
andar cada día más cerca del futuro, más llena de
cosas nuevas, siente que avanza hacia el mañana,
maquillada como la luna y llena de brillo,
simulando no conocer su decadencia. El nuevo
mundo es más viejo aún que el viejo mundo.

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En oposición el hombre es de tierra, humano,
humus, un dios idiota los esculpió con barro, es un
trueno que nadie oye pero ilumina el cielo y
desaparece, hace temblar los cimientos de todas
las naciones, amenaza el destino de todo lo que
está vivo y de todos los minerales inertes.
La madre tierra está cubierta de caníbales
con labios de piedra, el suelo lleno de heridas
donde se guardan y siembran los huesos de
nuestros hermanos y hermanas que han soñado
sin ningún destino, levantaron pilares de tiranía,
trazaron puntos cardinales, abandonaron parques
de diversiones antes de su inauguración que el
tiempo oxida.
Millones de manos moldean ídolos, pulmones
envejecidos escupen un soplo de vida mientras se
extinguen en un largo y lento adiós.

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REZAR/MORIR

No rezo a nadie, nunca, es el perfume del


deseo de obligar a la fortuna, es la ambición de
pretender que una fuerza invisible haga nuestro
capricho, es un pedido de arte de magia, una
demanda de hechicería
El final sin final de una obra sin guion, un
telón grueso, pesado de color sangre coagulada,
una revolución dormida en los brazos suaves de la
comodidad.
Las rodillas clavadas en la tierra del hombre
condenado a muerte, los ojos cerrados del que
espera ahogarse sin remedio, el rostro se hunde
hasta el pecho, el cuello se ofrece desnudo en un
estado de sumisión completa, la espada se alza
impiadosa, firme de orgullo y victoria. El hierro, su
reflejo, pupilas dilatadas en los ojos del verdugo.
El suplicante se ofrece cada vez que se
inclina a rezar en sacrificio a ser quemado en claro
holocausto como un inocente cordero, rezar es
ofrecerse a morir.
Los rezos aúllan por dentro y se aguarda
mientras el alma desesperada se agita y golpea
contra las paredes internas del cuerpo como un
demente encerrado.
La carne padece, la carne es dolor, la carne
cruza el desierto, la carne suplica, la carne se
dobla ante el rey que le vuelve a negar su milagro.

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EL MAL AIRE

5 a.m. Se oye el rumor amable de la lluvia e


imagino una tormenta sobre Egipto, desperté, se
levantó mi cuerpo, el alma sigue siendo un cuchillo
que se oxida en una vaina, no me nace una
palabra, entiendo el tedio de Baudelaire, el mío es
peor, carezco de talento, no hay un ápice de brillo
en mí, soy opaco, todo parece estar en una lejanía
imposible, como aquel Egipto que imaginaba.
Afuera la plaza yace custodiada por los
árboles, ciegos guardianes, el sol también está ahí,
me paro de frente, sin párpados, con los ojos en
llamas, la piel colgando ridícula de mi frágil
esqueleto, con una gran necesidad de ahogo, el
corazón empequeñecido como la cabeza de un
alfiler, en ocasiones el despertar resulta como
asistir a la celebración de la muerte de alguien.
Voy al centro de la ciudad, allí duerme un
pantano, la aves lo sobrevuelan, succionan el
aliento de los enfermos, es el aire del centro de la
ciudad, “el mal aire”. Se sospecha que la locura
deviene de la mordida de las tarántulas (la región
está infestada de estas agresivas criaturas, se
ocultan en los rincones fríos y oscuros), los
enfermos danzan en un espasmo frenético, aunque
en realidad creen que así remueven la locura de
encima de sus cuerpos, como si esta se tratase de
un insecto de varias patas que hay que espantar
sacudiéndose.

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Hombres, mujeres, niños, ancianos danzan
en las calles, las casas, los manicomios y las
iglesias, un completo infierno en el que todas las
vaginas fueron la puerta de entrada, algunos se
cubren con pieles de lobo, otros cabalgan ciegos a
lomos de caballos ciegos, el bosque es siempre el
bosque, las montañas y las ciudades son las
mismas.
Dios cae a la tierra cada día, lo llevan en
andas y nadie presta atención, es el mal aire del
centro de la ciudad que ingresa en las oficinas por
las ventanas, por debajo de las puertas y
desvanece los paraísos constantemente, el mal
aire que se acumula en las plazas volviendo
espejismos los sueños de los despiertos.

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DEJARSE ENLOQUECER

Locura. S. Don divino, facultad


exquisita cuya energía creadora guía
los actos del hombre y ordena su
vida.
El diccionario del diablo. Ambrose
Bierce

Todos pobres diablos perdidos, aquel que no


enloquecía aunque sea durante unos minutos
diarios era un mutilado, teníamos un santuario en
ruinas infestado de ecos en el pecho y tumbas
vacías acunadas entre los brazos; día a día se
arrastraban latiendo pavorosos nuestros restos,
sobras que iban quedando de un cuerpo desollado
que se pudre como un muerto expuesto al sol
invencible. Organismos hambrientos de vida y
muerte degradándose, rodeados de ruidos y
océanos de rostros nuevos.
Necesitábamos un amante que nos apriete el
corazón hasta dejarnos en la inconciencia,
comprimiéndolo hasta el desfallecimiento; que la
sangre huya desesperada de nosotros hasta el
sumidero, hacia esa boca negra que traga y
encubre todo.

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SAN SIMEÓN

Sobre una columna yace el cuerpo sin vida


de San Simeón estilita, el viejo.
La serpiente gigante de la tentación
enroscada en la piedra, intentó alcanzarlo hasta el
momento de su muerte. Durante treinta y siete
años de oraciones estuvo devolviendo los gusanos
a sus llagas. Trepó a la columna para alejarse de
los hombres, ese desierto dividido en dos partes
iguales de cielo y arena no estaba lo
suficientemente despoblado para él, aunque su
sola palabra arrastra inmensidad, vacío y soledad.
Poseía la carne de su cintura podrida y
sangrante castigada por un cinturón de espinas y
el estómago reseco debido al ayuno.
Luego de pasar años en una cisterna y otros
tantos en una cueva, ascendió a la columna
alejándose de lo terrenal para acercarse así al
cielo, volvióse una estatua de carne ofrecida a
Dios, expuesta al sol, al viento y a la lluvia.
El zambullirse en su propio abismo, la
consecuencia de ser quien era, lo llevaron al
desprecio de sí mismo. Ofrecer sus despojos en
ofrenda al abandono, a la soledad que se despliega
como un órgano, fundirse con la piedra, mortificar
la carne, todo ello roza el masoquismo.
La gente se acerca a pedir bendición al héroe
de la resignación.

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LA NOCHE EN EL OMBLIGO

Despertó dentro de un cómodo ombligo, en


el vientre de un mundo húmedo, tibio y suave.
Cubierta de fotografías viejas de polaroid de gente
desconocida, desnuda como un animal salvaje,
junto a un cáliz dorado vacío en la mesa de luz y
colillas de cigarrillo manchadas de lápiz labial en
un cenicero.
Una vez en la cocina llenó una copa de vino,
sus dedos como los tentáculos de un pulpo
hambriento rodearon el cristal, se sentía tan libre
como prisionera, el mundo, el universo era
demasiado pequeño para sus alas gigantescas que
llenaban todo de sombras.
Su esqueleto había dormido plácido sobre
el empedrado, en alguna oportunidad la noche la
había cubierto eléctrica, exhaló desde sus
pulmones viscosos y el humo del tabaco escapó en
forma de dos caballos negros veloces en la playa a
todo galope.
Se hizo un huevo frito.

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LA HORA 13

El hielo crece sobre la ciudad a la hora de la


siesta, tiernos glaciares, blancas montañas se
alzan entre los edificios y sus sombras
fantasmales. Todos carecemos de abrigo, solo la
piel cubre los huesos que se arrastran hasta la
plaza buscando un lugar para almorzar.
La hora de descanso en medio del día de
trabajo puede tornarse angustiante, ahogándote
en una especie de libertad efímera con su
sobredosis de oxígeno. Esa liberación limitada por
el reloj se presenta delante de mí cual paloma
atascada entre alambres de púas extendidos sobre
un muro helado que separa dos pueblos.
Aun resta la mitad del día para que ese
pájaro de blancas plumas manchadas de sangre,
consiga soltarse de su trampa y volar herido hasta
el nido.

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LA CANASTA DE MIMBRE

Lloraba a todo pulmón un demonio de los


campos, destinado a arruinar las cosechas, a
coagular el vino, a matar los animales o impedir
que crezca lana a las ovejas si no puede matarlas
o amargar la leche de las vacas si no logra que se
enfermen y otro catálogo de maldades necesarias
para la vida de campo.
Fue encontrado al rayo del sol que pinta de
oro el trigo por un campesino que andaba entre los
pastizales, acudió alertado por el llanto que rompió
la calma de la mañana, se acercó temeroso pues
un niño tan pequeño le causaba en su alma más
temor que una yarará bajo el pie, tomó la manta y
descubrió sus manos y se encontró con unas
garras negras, sucias y bien afiladas.
- ¿Viste qué uñas largas tengo Tata?
Su voz era la de una bestia en una cueva
húmeda.
El campesino, lo alzó entre sus brazos y lo llevó
a su rancho.

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ESCALERAS DERRUMBADAS

No somos más que escaleras derrumbadas,


las mesas de una fiesta terminada donde abundan
manteles manchados de vino tinto, platos sucios
adornados con frutas podridas y crema de postres
abandonados.
Los corazones en las tumbas de los pechos
ardientes anidan venenos y antídotos, son
músculos algo falsos y un poco traidores que
deben ser atendidos con moderación. Carecer de
colmillos no les impide morder sin compasión en
los momentos que ciegos pretendemos
obedecerles.
¿No están todos nuestros corazones
colmados de espejos rotos, de trozos de cristales
que reflejan imágenes fragmentadas, de rostros,
momentos rasgados y deseos negados? ¿No
contienen miles de laberintos deshabitados,
caminos sin salida y escaleras derrumbadas?
El arquitecto de todos los venenos desacargó
una gota en la sangre de cada humano, no hay
agua en ningún pozo, en ningún charco perdido
donde podamos ver nuestro destino.
El hombre primitivo que luchaba con las
bestias y buscaba un Dios que amase los mares
con manos que curan está encerrado dentro
nuestro, la muerte y el dolor son el pan de cada
día, no hay cura para el sin sentido, no hay orden
que dure un segundo entero.

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TORO ROJO

“El toro rojo acelera la sangre sagrada que


corre como un río bravo, la tierra vibra trémula,
bajo el galope feroz. Los ojos del animal aparentan
un abismo negro como agujeros en el sol.
La plaza de toros ruge aunque la bestia no
está allí, corre por las venas fuera de control, allí
flotan todas las despedidas y coexisten todos los
sabores de la muerte.
Los cuernos de oro rompen y desgarran al
matador, vencido en una prisión de costillas rotas
cae en la perpetua arena como una última gota de
vino, para renacer del polvo como el toro rojo
acelera la sangre sagrada...” El canto volverá a
empezar y se repetirá hasta el infinito como un
mantra, quién sabe qué hombre lo entonara en
una cueva húmeda y se convertirá en aire, en una
fotosíntesis de palabras, un hechizo, un minotauro
en las puertas del laberinto o en un sortilegio de
un futuro quebrantado.

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LAS ISLAS DESOLADAS

Retornaron a mi memoria los años en los que


fui rey de las pequeñísimas Islas Desoladas, lugar
donde todos vivían felices y las ceremonias y ritos
finalizaban forzosamente en una orgía masiva. Una
bandera lucía un ramo de uvas con serpientes que
flameaba en lo alto del palacio, dispuesto de
manera quirúrgica en el corazón de las islas.
Huérfanos de dioses que nos ampararan,
decidí convocar una asamblea integrada por todos
los jefes de tribu para concebir deidades
protectoras. Nuestra Diosa suprema sería divinidad
de la tormenta y el sol, fue el fruto de aquellas
interminables reuniones empapadas de vino y
alegre comunión.
Ordené la construcción de una estatua de
mármol que fue ubicada en la plaza central,
decidimos que sea de estatura promedio y que no
se levantaría sobre un pedestal inalcanzable, sino
sobre la tierra como todos nosotros. Así el
monumento con los pies en el suelo se confundía
con los apurados que infestaban cada jornada.
Todos los habitantes podían pasar a su lado
cuando salían al mercado, no parecía nada
importante, sino uno más de los pobladores de las
islas, solo que todos la adorábamos, era probable
que esto se debiera a que era de piedra y al
esfuerzo que poníamos en desconocer que se
trataba de un invento fundado en común acuerdo,

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mas también se suponía que debíamos hacerlo.
Accionar el musculo del olvido representaba soltar
una llave en un pozo infinito porque es preciso
olvidar que se ha olvidado.
Los constantes concilios se celebraban para
organizar mitologías de historias y batallas épicas,
leyendas de magníficas hazañas y derrotas
formidables en las que el pasado y la reputación de
los dioses estaban en nuestras manos, como ha
ocurrido siempre, salvando las islas, apagando con
un gesto de sus cejas un temporal o todo el día de
pijama invadidos por la pereza y comportándose
vulgarmente.
No dudábamos de culpar a los dioses por
algunas de nuestras desgracias y agradecerles los
tiempos de paz y buenas cosechas, dejando de
lado parte de nuestras responsabilidades y malas
decisiones. Podíamos limpiar a algunos hombres
de amargas culpas y exceptuarnos de ejercer con
las propias manos ese acto nocivo y destructor que
es el castigo. Con los dioses vueltos héroes y
villanos implacables podíamos ocuparnos de ser y
deshacernos en luchas, fuegos y vino.

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PRÓCERES EN EL JARDÍN

Un jardín de dioses vivos, de caminos sin


sentido construidos por la vida de plantas que se
estiran, suspiran con nostalgia. Una réplica tuya
camina perdida entre las estatuas de los próceres
del futuro que ha pasado. En el fondo de una vieja
casa que aún no se erige, que nadie habita,
permanecen los ojos fríos de los rostros de piedra
y sal. Sus muecas de sonrisas duras prometen,
aunque nunca van a cumplir.

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ATRERRIZAJE

Anunciaron que el avión iba a estrellarse, lo


sospechábamos, incluso el más optimista, aquel
que se ata a la vida como si fuese el último muelle
del mundo.
El vientre de la nave temblaba, máscaras
amables cayeron frente a cada uno de los
pasajeros. Nadie entró en pánico, el silencio
despertó en todos como si fuésemos pequeños
santuarios humanos, no hubo lágrimas ni
oraciones, solo apretábamos la bolsa para el
mareo, nadábamos en un coma colectivo. El final
estaba ahí, cerca y lo aceptamos de inmediato
como si se tratase de un hermano perdido que ha
vuelto a casa.
La calma era tal que parecía que habíamos
muerto hace siglos, como burros hipnotizados
mirando los labios rojos de los ángeles mientras la
nave caía como un pájaro herido.
En trance con la muerte la vida era un mal
sueño de barro, nos evadimos descalzos de los
sepulcros fríos, el odio se había disuelto en todas
las lágrimas que alguna vez lloramos,
perseguíamos las nubes rojas con total indiferencia
hacia todo, era el momento de la vida en el que se
empieza a tener conciencia que hace tiempo todo
se convirtió en espera, que nos fuimos volviendo
piedra, luego polvo y más tarde nada.

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El miedo que antes crecía como la vegetación
entre las baldosas y las grietas de las paredes, ese
miedo inextirpable, ese agujero, ese pozo que hay
en nosotros al que tiraron piedras que nadie puede
sacar, se apaga, mientras el alma se va
despojando del cuerpo, mientras nos sacamos el
animal de encima como si fuese un pesado disfraz.

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EDIFICIOS QUE CAMINAN

Y un día se levantaron los grandes edificios


colosos de cemento cansados de permanecer
quietos. Perdidos en un sueño comenzaron a
marchar sobre sus piernas frágiles rumbo a la
costa para sumergirse en una procesión lenta, en
agonía paso tras paso. Un retumbar de toneladas
de cuevas vacías que desea hundirse en el abismo
del mar.

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ERRANTE

La antigua ciudad, un caldo de vapores


humanos, la gente arrojaba sus heces por las
ventanas, se enredaban en riñas a muerte por una
gallina o un juego de pelota. Sus únicas armas no
eran más que cuchillos y espadas grises hechas de
piedra.
Conocí una mujer comprando especias en el
mercado una mañana, una prostituta de alma
esponjosa, una burbuja a punto de estallar. Al ver
mis ojos en esa burbuja supe de inmediato que me
había enamorado, en contra de mis deseos y de la
naturaleza de mi esqueleto nómade que me impide
la demora en un mismo lugar.
Con el correr de los días todos los lugares
comenzaban a emanar un hedor fétido, incluso los
paraísos más dulces y placenteros se marchitaban
veloces para mí y sus adornos de diamante se
volvían piedras vacías, hasta el agua se
avinagraba.
Al atardecer salí de la ciudad para dormir a la
vera de las dunas en el desierto blanco. La tienda
me protegía de los insectos que arrullaban en un
zumbido similar al llanto de los perros. Bajo el
dominio de la noche que parecía encerrarme en el
interior oscuro de un cofre con estrellas vomitadas
por un dragón.
Sumergido en el sueño, di con esa mujer de
ojos de araña y veneno amargo, tendida entre

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almohadas y humo dulce de tabaco. Era
desconocida pero parecía poder respirar mi alma.
Mire el espejo y sobre mis ojos asomaba una raya
negra que los atravesaba, el reflejo tenía la
identidad protegida. Soy un nómade que huye del
amor, algo tan absurdo como pretender correr
lejos de la propia sombra para saltar fuera de ella.
De pronto me encontré perdido en el
laberinto de una huella digital, el sudor me
ahogaba en sal y grasa, entre paredes de carne
tibias como el vientre materno, los pies se hundían
en el suelo blando. Mi corazón sabía que en ese
estado de desorientación parece no haber salida,
pero existe la búsqueda, la cacería es todo, correr
una presa invisible en la punta de un dedo o en las
arterias envejecidas de una ciudad ciega.
Huía frenético persiguiendo sin descanso a
esa mujer que olía a flores y tierra húmeda de
cementerio, construyendo su imagen a medida que
me acercaba, desintegrando la soledad y las
piedras iban cayendo de a una.
Todos los ojos estaban ahí, miles, viscosos,
cristalinos, casi líquidos, me necesitaban para
expandir sus pupilas y generar mi imagen, solo y
multiplicado dentro de cada ojo desconocido.
El sol disparó una horda de rayos secos de luz
contra la tela de la tienda, decidí alejarme porque
en cada ciudad, aldea o suburbio que se hallaba a
mi paso ahí estaba el amor, yo era su presa, esa
era la verdadera cacería, nunca quise ser

37
enteramente devorado por mi perseguidor, había
decidido morir en otros términos.

38
ANTENAS

Antenas de televisores y radios comunican


que son las dos de la tarde, pero es mentira, en
realidad es de noche, estás durmiendo, no sentís
nada, solo la ventana abierta como una cuchillada
en la pared. La oscuridad espesa toca todas las
cosas y se filtra por todos lados como el agua de la
inundación que arrastra todo, juguetes rotos y
zapatos.
Las antenas mienten o comparten secretos,
incomunican, se introducen en todas las cavernas
pintando las paredes con tragedias o sucesos
intrascendentes, apagan las revoluciones de los
hombres cansados y encienden el odio como una
pira funeraria.

39
POZO BLANCO

Soy un pasajero que viaja en un barco de


huesos secos, un exorcismo sobre el agua negra
donde se pueden ver las estrellas que no guían a
ningún marino. En el cielo la luna mira en el agua
creando un pozo blanco brillante, donde todas las
naves perdidas caen.
Náufrago, en ese océano monstruoso,
ahogado por el viento y la sal que se anida en mi
garganta, me sostengo de las cuerdas cuando la
tormenta intenta destruir la embarcación, aun
sabiendo que el agujero blanco que proyecta la
luna atrae mi embarcación hacia la caída, el olvido
y la desaparición. Todos luchamos para alejarnos
de esa boca hambrienta que ejerce una fuerza
centrífuga y rompe en pedazos las vidas de los
marinos perdidos, la costa está cada vez más
lejos y nada puede detener ese destino
irremediable pero también necesario.

40
PUEBLOS DORMIDOS

Los banderines atraviesan el patio, las


baldosas color mostaza se desinflan con el brillo de
las luces de colores, la luna se expande plateada
como un diafragma. En el interior de la casa el
televisor está en soledad, escupe un murmullo,
una multitud habla estéril un torrente de palabras
que sólo son un aliento seco en el aire.
Desde el fondo un gallo verde canta cuando
se hace de noche y todos duermen, al vibrar de su
garganta se desata la lucha del pueblo contra el
sueño en un combate desigual; como una vela que
deja de arder en la aurora o una rueda que deja de
girar mientras se dirige cuesta abajo, los ojos de
todos los habitantes comienzan a pesar como
budas gigantes de oro, los párpados de miles de
toneladas caen al vacío y todos entran a un mundo
irreal, un mundo a veces de crema, a veces de
plumas o de cualquier sustancia, siempre es una
confusión.
La aldea duerme unánime, sin excepción, y
lo más inquietante es que todos se encuentran en
ese sueño comunitario, el pueblo entero se reúne
como en una película donde cada día cambian de
roles pero continúan siendo ellos mismos, se
mezclan en una masa dormida, una masa
soñadora.

41
NOTA SOBRE KAFKA

Transformación, ¿Es necesario ser un insecto


a los ojos de los demás, ante esos ojos húmedos,
juzgados por su aspecto viscoso y repugnante, por
esa imagen que repta hasta las ventanas del
rostro? Y si te sintieras un insecto en tu interior
¿No proyectarías ese mismo símbolo? Y si los
demás te percibieran como un insecto, ¿No sería
rechazada tu proyección, abandonado lentamente
no la carne sino el espíritu?
¿Soy un insecto con aspecto de hombre?
Recuerdo la noche de ayer, cuando desplegué mis
alas lanzándome sobre la incandescencia con los
ojos hambrientos, succionando luz con el
estómago partido, como si se tratase de leche
materna, bebiendo hasta el éxtasis, ¿Fui un insecto
con innumerables patas y abdomen curvado que
un día despertó en una cama transformado en
humano?
Kafka es universal, ese mundo absurdo vive
dentro de cada humano, perseguir algo
desconocido con la absoluta certeza de no
alcanzarlo jamás, abrirse paso entre una multitud
helada hasta morir de cansancio.
El laberinto sin salida está configurado de manera
distinta dentro de cada uno, en el extravío el
agotamiento es inminente, la búsqueda es
imposible, hay fractura en la comunicación, hay

42
falta de consuelo ¿A qué obedecemos? ¿Quién
puede asegurar que no nos matan las penas?

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LAS TIJERAS

La encrucijada es una cruz, unas tijeras


abiertas, justo en la esquina vive una anciana con
las caderas besadas, dislocadas a fuerza de visitas
inesperadas que no llegaban. Las piernas (que
también son una encrucijada) se unen en una
boca, en unos labios tiernos, como la carne de un
durazno, soportan piel y años que han pasado. Ella
aún maquilla su calavera, aún quiere besos esa
calavera.
-Dale, bésame la calavera, apriétame
trágame. Los remolinos de polvo que se levantan
en estas calles ya se me metieron en el alma.-
Piensa en el pueblo abandonado, el sol pega
un latigazo de luz entre las cortinas, el calor hace
crujir la madera de la casa y se abraza a una cruz
del sur, a una cruz de piedra, en el punto infinito
donde llevan todos los caminos.
La novia de la muerte va caminando al altar.

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EL RELOJ DE LA PLAZA

Se levanta como un faro, coloso del tiempo


el reloj de la plaza. Allí arden las horas, sólo
números, sólo orden, la ley manda a introducirse,
permanecer y marchar como ratones ciegos al
ritmo de las campanas dentro de un círculo
perfecto.
Nadie disfruta estar encerrado en una prisión
invisible, paredes construidas de minutos, celdas
hexagonales que forman una colmena
transparente, una mano oculta es dueña del poder
que estructura y ordena. Ninguno de nosotros cree
en esto, nos negamos con firmeza a creerlo;
nuestros relojes son lineales y siguen avanzando,
en ellos nunca vuelve todo a comenzar, marchan
como el tiempo verdadero: sin tregua.
Las horas van mordiendo hacia adelante,
orugas hambrientas con dientes de diamantes
afilados, reptan voraces hacia el final.
Su constructor mora en una cueva, ningún
hombre lo ha visto, fue imponiendo el reloj,
también el gigante fue apareciendo sin ser
advertido, solo al haber concluido su obra el
tiempo comenzó a existir.
Un Dédalo sin rostro edificó el tiempo e
inventó nuestro sistema de conteo, el inmenso
mecanismo devora la noche y cubre el día de
tinieblas, esparce la bruma que atraviesa el reloj.
El creador desde su cueva, sentado junto al fuego

45
de un caldero, con su sombra de alquimista
tumbada a sus pies, postergado en la habitación
dentro de una montaña sigue en silencio.

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GENTE DE CIRCO, EL EQUILIBRISTA

En este sueño era equilibrista de un circo


rodante que danzaba para no caer, luchaba, se
ejercitaba, dedicando toda su fuerza y tiempo a no
sucumbir.
Hijo de una mujer estéril y un padre enfermo
de náusea que pasó sus últimos años sintiéndose
caminar en un barco, “el mal del navegante” dicen
en voz baja los cuidadores entre las jaulas que
abrazan a las fieras. Yo soy la elegante pluma de
un pavo real, suave como la brisa y tenso como la
cuerda que tanto frecuentaba.
Caminar sobre una cuerda es semejante a
pasar cerca de un animal salvaje, los músculos
deben tener la tonicidad justa, la relajación
necesaria puede darse imaginando un encuentro
sexual con todos los detalles del caso implicados.
El público, los niños de bocas abiertas y sus
helados derritiéndose, los hombres de panzas
voluptuosas y corbatas baratas, las mujeres de
ojos mal pintados, deben desaparecer, ese es el
acto de magia, todos deben desvanecerse para
poder caminar hacia el otro lado de la cuerda.

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GENTE DE CIRCO, DOMADOR DE LEONES

También estuvo haciendo equilibrio con una


silla en una mano y un látigo en la otra, encerrado
en una jaula enorme de barrotes fríos, en
compañía de bestias.
Uno de los leones se llamaba Ángel, era del
color del trigo de un cuadro de Van Gogh y su
mirada era una daga psicológica, un anzuelo
afilado, un veneno amargo, vértigo puro. Ángel era
celestial. El otro león, Buda, un arma mortal, un
arma viva con sangre hirviendo en las venas, su
boca tenía el hedor de la muerte, el perfume del
final.
Los ataques que sufrió fueron demasiados,
los días eran duros en la oficina de rejas duras y
perfume animal, algún hueso roto, dientes,
mordidas, sangre., entrar a la jaula con Ángel y
Buda era desactivar una bomba a punto de estallar
en tu cara, podía despedazarte como a veces hace
el tiempo que no te permite soltar ni la silla ni el
látigo, el déspota más cruel de este mundo, lo más
vencedor de todo lo que existe, es una jaula sin
puertas, solo pueden sacarte de ahí
completamente roto.

48
DEL BRINDIS

El sonido vibra eterno en el choque de dos


copas, la ondulación se dispara en direcciones
opuestas, recorren el cristal perturbando los
dedos, las muñecas, los brazos, reptan hasta el
cuello, trepan a los ojos que se encienden, su luz
también tiembla y se funden con la luz que está
del otro lado. Así tiembla también el mundo.

49
FLORES DE UN VAMPIRO

Las flores de un vampiro oculto en su


guarida adornan la cueva húmeda. La inmortalidad
es un suicidio, la maldición de nacer y despertar a
la vida eterna, para siempre, es demasiado.
Desplegar las alas lastimadas para huir del
amanecer, alejarse del nuevo día, jadear por aire,
perder por completo la noción del tiempo que ya
no corre con su carruaje veloz atravesando el cielo
de Roma inmortal.
Ratas, callejones y aguardar un alma
solitaria perdida en la niebla de París. Los otros
son la caída al infierno y agujeros negros en el sol.
La sangre es vino, un cuello desnudo es un campo
de flores donde el viento es dorado y la piel
inocente.
Anhelos de mediodía, de gargantas
coloreadas finamente con hemoglobina. Crucifijos
torcidos en las manos temblorosas de los
cazadores hipnotizados con el canto de los insectos
nocturnos, atraídos hacia la luz de las linternas
sostenidas por los guantes delicados de las damas.
Persigo la luna desde Túnez hasta la que se
encuentra reflejada en el lago más helado, una
tumba me aguarda cada mañana ubicada
delicadamente en el trópico de Capricornio.

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LAS ESCAMAS

El padre víbora incapaz de sostener un puñal,


permanece con el vientre sujeto a la tierra vestido
de sol frío, no puede despegarse del contacto con
su sombra, tampoco consigue verla, imagina que
devuelve el brillo y el arte único de sus escamas.
El cielo está lejos, lo odia tanto como a las botas
gastadas de los cazadores, la arena roja le resulta
agradable.
La cáscara de una fruta amarga lejos del
árbol son sus ojos amarillos, su bilis potente
diseñada para deshacer las profecías de cualquier
mendigo que siente que la calle es su nido.
Mujer de corona roja que vaga en las dunas
¿Cómo los hombres han osado poner la mentira en
tus labios? Ese engaño te enredó en las ramas del
que quizás fue el único árbol al cual nunca has
trepado.
Serpiente, látigo de las fieras Erinias, navega
la arena como una hoja de papiro verde, se
sumerge en el desierto, las cruces quebradas son
un recuerdo bañado por un solo rayo del ardiente
sol.
Las escamas no necesitan ningún barco para
cruzar la arena infinita. La noche sopla vida en el
corazón de los muertos, el faraón lava sus ojos con
vino hecho de las uvas más negras y se lanza
detrás de la última estrella, más tarde despierta de

51
sueños de casas vacías, de torres, puñales,
incendios, medusas dormidas.

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LA MUERTE DE LA BRUJA

Una tumba fría aspiró el cuerpo de la bruja,


la oscuridad abrió su boca hambrienta, le arrojaron
tierra negra encima.
Nutrió nuevas flores salvajes, dio vida al
viento y erosionó las rocas de las montañas con su
soplo invisible, hinchó olas gigantes que azotaron
las costas y empujó las velas de los barcos que
han llevado a miles de marinos de retorno a sus
amadas. Esto traerá tu muerte en sus manos
huesudas. ¿No te crees inmortal? ¿Por qué temer a
la espada amenazante que se refleja en el rostro
de un enemigo? Nada muere, todo trepa
dolorosamente a las alas de la muerte vencedora.
La bruja condenada está ahí, en las risas del
viento y los callejones oscuros, en los ojos de los
gatos que vagabundean y en todo el incienso y el
vino.

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CHAMPAGNE

Sonidos de motores, murmullos de miles de


voces vienen empujando el aire como una
avalancha sin color, arrastran todo a su paso, se
introducen por todas las rendijas, cubren todos los
huecos y rincones, son momias en un grito sin
sonido, en una mueca distorsionada. Los motores
en la calle trasladan muertos en ataúdes con
techos de colores grises, que miran fijo el camino
sostenidos del volante.
Siempre dentro tuyo, encadenado en el patio
de una casa deshabitada, frío como la hoja de una
espada clavada en la nieve, todas las voces son
lejanas, islas remotas aún no descubiertas.
Escuchas el quejido de los pulmones de los
transeúntes que pasan cerca, que no te miran,
también están encadenados en su patio entre
hojas doradas que caen de los árboles secos.
Cuando estás embriagado puedes volverte
un actor muy bueno, no ese pedazo de animal con
ojos inseguros que eres mientras dura la
sobriedad. La frescura te envuelve en su falsedad.
Te vi, sentado en tu cama, en tu vieja y
efectiva costumbre, la jeringa y la dosis justa del
champagne más caro, el alcohol mezclándose con
la hemoglobina dulce, trepando hasta el sistema
nervioso, el mundo se vuelve borroso, las cadenas
y barrotes se disipan, los frenos no funcionan.
Cayendo desde un acantilado, nada importa,

54
arrojado al vacío, náufrago en la marea. No sabes
dónde termina el brazo, donde empieza la aguja,
son el mismo hombre, la embriaguez nubla,
enamora, invita al olvido y a la más firme
consciencia.
Sin burbujas el champagne seco lleno de
magia alcanza para una pérdida de sentido
refinada y de caballero, no hacen falta males
estomacales para adquirir una náusea placentera
¿No quieres correr al baño a vomitar las entrañas
después de tratar de salir de la insignificancia de lo
real, de sentirte una flecha disparada al cielo, sin
dirección, que solo espera caer para dejar de ser
flecha perdida y convertirse en un instrumento
abandonado, carente de inercia, sin impulso?
La vena se ofrece henchida a la aguja
plateada, pies entumecidos te llevan por el
empedrado para olvidar que no hay diana o blanco
a la vista. Eres una paloma blanca, un símbolo de
libertad con alas amputadas caminando por la
plaza perdida, sucia de barro, aguardando que no
haya nada más después de la muerte, que baje el
telón y llegue el final absoluto de tu historia,
quizás esto ya sea la muerte y no te diste cuenta.
La cobardía nunca te hubiese permitido
cometer un crimen pero lo deseabas solo para
sentir que el corazón rompía tu pecho con una
embestida de búfalo. Ese músculo envenenado,
atrofiado, de perro hambriento, que te obliga a

55
perseguirlo, del cual no puedes librarte como
tampoco el lienzo de las pinceladas violentas.

56
SOMOS ROBOTS

Todos nosotros somos robots sin piel, sin


nombres, fabricados para cumplir determinadas
funciones mecánicas, trabajos invariables. Durante
todas las horas iguales del día intentamos con
todas nuestras fuerzas salir de la rutina, pero no
somos lo suficientemente fuertes para lograrlo,
fuimos fabricados para ello aunque nos
empeñemos en olvidarlo, nuestra memoria
también ha sido diseñada meticulosamente por
nuestros señores.
Por las noches, cuando todo se apaga y la
naturaleza pugna por recuperar su lugar
acechando en los espacios olvidados, algunos en
nuestras cajas cerradas soñamos con ser huesos y
sangre, conscientes de que nuestros ojos son
televisores y que todos los componentes
imperfectamente ensamblados, sin testosterona, ni
úteros tibios, nos convierten en títeres sin religión.
Queremos ser hombres para embriagarnos,
enamorarnos y llorar, con nuestros corazones fríos
que sufren ante un destino inapelable nos
oxidaremos hasta el final, más no hacemos
promesas, nadie tiene que creernos, ustedes
señores de este mundo, de esta empresa, queman
los océanos mientras nosotros solo queremos
aprender a bailar.
No tenemos fronteras el mundo es nuestro.

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EXTRAER LA SUSTANCIA

El verdugo, la horca, la soga, los ojos, el


ritmo del corazón, las muecas que esperan y van a
terminar apartando la mirada. Sustraer la vida
desde el interior del envase con un tirón, esa fruta
que la naturaleza tomará cuando sea el momento.
Una condena a muerte es, pues, adelantarse a la
naturaleza; forzarla y forzar a la vida a que
abandone el cuerpo, vomitada en el suelo ya no
tiene quien la contenga, la vida es una sustancia.

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DIEZ MINUTOS

La tumba tiene hambre, cual perro famélico


devorado por los gusanos, no es más que un pozo
en estado de descomposición. Hace unos días
estaba vivo y ahora la destrucción, final dramático,
épico, glorioso a una vida miserable. La tumba
espera a ricos y pobres, héroes y cobardes. El
valor del oro es nulo y vale mucho menos aún si
no está en contacto con la piel de una mujer.
Estuve despidiéndome toda la vida, haciendo
y ensayando palabras de adiós ¿Qué helaría más la
cáscara que saber que vas a morir diez minutos
antes de que ocurra? Contando con ese ínfimo
instante que se tornaría en una precipitada caída al
abismo más negro la desesperación se
restructuraría en una sólida escalera descendente.
Podría imaginarlo como un reptil constrictor
que te estruja con sus músculos arrancándote el
alma segundo a segundo sin detenerse.

59
CAFETÍN

El vapor emerge de la máquina de café y se


confunde con el tabaco que arde, formando
caballos negros en un bosque habitado sólo por
ancianos monstruos torcidos por el viento en
muecas horrorosas y tristes posturas.
Desilusionados soñadores, enemigos a muerte del
sol, con cuentos escondidos entre las arrugas,
irreconciliados con las muchedumbres pero
subyugados por ellas, todo lo que parecía una vez
importar fue introduciéndose dentro de un saco
negro, se desinflan entre las paredes y las
manchas de humedad.
Lo horrible y lo monstruoso está en los
ojos de los que miran desde afuera ligados a todo
lo que ocurre bajo este cielo, mientras adentro en
la atmosfera triste los ancianos permanecen con
sus cabezas apoyadas en las manos, sentados sin
hablar. Prometieron no levantar la vista del suelo
toda la vida.
Así es el café donde muchos desesperan.

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EL HÍGADO Y EL HUEVO

Tengo un pedazo de hígado sangriento en el


plato blanco junto a un huevo viscoso, eyaculado.
El ruido de los cubiertos retumba en los rincones,
estoy solo, el techo de la habitación parece querer
aplastarme con sus ganas de caer.
Olor a tabaco, a café, todo es negro y gris,
las plantas como yo no tienen corazón solo
esperan desintegrarse. Me voy poniendo verde
desde la punta de los dedos, la clorofila va
reptando por mis venas amargas, glutinosa.
Puedo llenarme de gusanos y una vez
infectado no hay remedio. Me succionan con sus
trompas negras dejando hematomas, partes
blandas de una fruta pasada, drenan el tiempo de
mi cuerpo robándome constantemente sin que
pueda notarlo.
Todos seremos transformados, la muerte nos
va maquillando desde que somos engendrados,
construyendo cadáveres decentes, de suerte que la
metamorfosis de vivo a muerto cuando la mano
asesina del tiempo nos busque no sea tan abrupta.
El cambio es continuo.
Juego con la yema del huevo, veo la sangre
brotar dulce del hígado crudo ¿Qué cara? No tengo
ninguna, aunque intente ser otro cada día me
parezco más a mí mismo, a pesar de todas las
inclemencias, voy preparando, lavando y

61
remendando mi cadáver, me voy pareciendo más a
él, lo voy esculpiendo, lo afeito, corto sus uñas, lo
peino, cuando termine no estará ahí para verlo,
pero después de dedicarle la vida supongo que se
verá justo como debería.
Odiar al presente es inhumano, el pasado
casi siempre es una tortura, así me siento frente a
un pedazo de hígado sangriento y un huevo.

62
LAS PAREDES DEL SANATORIO

Las paredes del sanatorio encierran


esfuerzos por aire, son casi blancas, debajo seguro
hay amarillo y si seguís hurgando aparece el gris
desnudo. Se escuchan los murmullos sordos de los
televisores y las risas de las enfermeras en los
pasillos que contrastan con los aparatos que
asisten a los enfermos en las habitaciones oscuras.
Alguien sostiene la mano de su madre dormida,
otro está inconsciente en una silla agobiado por la
noche, en la ventana la calle y la niebla se ofrecen
luminosas como si se tratase de otra dimensión.
El olor es de padecimiento, de persianas
gastadas y cortinas tristes.

63
LÍNEAS

Sin líneas no es posible trazar un límite.


Somos una onda expansiva, la mayor parte del
día agazapados, tan vacíos como una botella de
vino al final de una noche en un encuentro
romántico, como la madera podrida de un ataúd,
somos el clavo oxidado de ese ataúd que devora la
tierra a mordidas feroces, el mundo nos escupe de
su estómago descompuesto y después vuelve a
tragarnos.
No logramos conexiones reales, nos
consumimos como pequeños soles, salimos de
nuestro horizonte escasas veces, con nuestras
luces cegamos todos los ojos y somos en verdad
despreciables.
Cuando termina el sueño despertamos a la
locura que nos revienta las arterias. La vigilia nos
transmuta en fantasmas de hombres, en constante
estado de alerta, animales heridos de muerte para
siempre.
A dos cuadras doblando la esquina está la
muerte y nos susurra a toda hora “vives bajo mis
uñas, un día más y te toca, vas a besar la
serpiente hasta que el veneno se mezcle con tu
sangre y una constricción te estalle el corazón con
la fuerza de mil látigos”. Siempre tenemos nuestro
látigo a mano y líneas rojas se dibujan en la
espalda unas encima de otras y el pecho es una
caverna, y un eco gira eterno.

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DECIR ADIÓS

La mañana mágica de mi muerte finalmente


había dado con mi tumba, la busqué durante años
sin descanso, había pedido como última voluntad
que coloquen una rueda en lugar de una cruz y ahí
estaba el círculo perfecto, sobre la tierra que
devoró mis huesos. La fantasía de pararme en mi
lugar de descanso eterno y de despedirme de mi
vida ya concluida me persiguió siempre, en un
apuro por desaparecer nos lanzamos a la muerte,
después, mañana, el año que viene, proyectando
una sombra larga de catedral silenciosa.
Miré hacia arriba, el sol seguía siendo el
mismo, los pobres dormían en las afueras del
cementerio, mi fantasma cerró los ojos y los
sepulcros se volvieron jardines, y los muertos
semillas germinando y los hombres árboles sin
raíces, plantas aéreas que vuelan sin plumas,
flores sin néctar de pétalos suaves.

65
LA CRUZ EN EL AGUA

Soy un hombre que proyecta la sombra de


una cruz imperfecta en el agua y el cielo retrocede,
disparo la flecha empapada en veneno, una
serpiente lanzada en línea recta hasta la carne,
hasta las entrañas. Se abre un grito que rompe el
aire.
Soy el hombre que se devora a sí mismo
desde adentro, se muerde y la sangre casi lo
ahoga, al límite de perder la consciencia al mirarse
y ver nada, no ver su yo.
Soy un muerto que camina, un muerto que
se adentra en el hielo de la ciudad en el esqueleto
de su caballo ¿Guerrero llevas armas para la paz?
¿Llevas anestesia para no soñar tu poesía que se
aferra a tu espalda? ¿Tu corazón yace a la luz de
las lápidas infectado de demonios que no quieres
extirpar?
Se huele un nuevo día, una nueva
decadencia, un escándalo, y no estoy vivo, estoy
no muerto.
Mi alma es un paracaídas que no abre, soy
una especie de Superman de vidrio que vuelve a la
ciudad que no lo necesita, arrastrándose.
Soy una cruz en el agua y esta noche creo
que soy el sueño de un hipopótamo que duerme
sumergido en un estanque de agua tibia, animal
gigante pero vacío, que despertará para que yo
muera y finalmente haga mi acto de desaparición.

66
Y la cruz sea una onda y se vuelve un círculo de
brujas, y cada bruja lágrimas de locura y cada
lágrima una legión de enemigos que vienen
marchando a campo abierto llevando bien alto el
estandarte de la muerte.

67
EROS ABANDONADO

No quedan aquí corazones puros, músculos


limpios, ni un solo hombre hay entre nosotros que
a las esperanzas no se haya entregado, ninguno de
los alguna vez condenados a muerte se lamenta,
Eros yace entristecido y con la lengua envenena
las viñas, las uvas se vuelven grises y el agua
clara enferma de muerte a los animales.
El corazón roba y es robado, ama y es odiado
por todos, el alma es presa de toda esta empresa
de negocio amoroso, a la rapiña del amor el
mundo, está abandonado.
Un trance de muerte consuela, la aspereza
ahoga, yace el cuerpo vacío, el esqueleto y las
entrañas se han ido. El hombre bebe su propia
sangre, Eros derrotado es arrastrado a la calle,
todo es ruido en este sueño, toda palabra es flecha
que atraviesa el cuerpo.
Cabalgando, la luna acuchillada es roja, es
Eros con el arco, es niño y está armado, su arco
apunta directo y dice la verdad, navega
atravesando el aire, con sus alas eléctricas y la
soga de la horca te sigue en tus últimas horas
antes de ser alcanzado.

68
LA TREGUA

Reunidos en las calles en un abrazo


comunitario, el pueblo festejaba inmerso en
embriaguez y alegría la presencia de la peste,
vestidos con togas purpura, arreglos dorados,
elegantes botones y costuras exquisitas. Detrás de
las máscaras del color del oro y sin ninguna
expresión visible iban y venían entre las mesas y
sillas que descansaban en las veredas y los
caminos impidiendo el paso de los carros. Los
niños reían y los ancianos miraban al cielo limpio
con cataratas en sus ojos y las manos sobre sus
bastones de madera clavados en la tierra.
En las afueras del pueblo, a algunos
kilómetros de distancia un edificio se levantaba
detrás de un muro casi cubierto de vegetación, que
cruzaba el monte en una línea desprolija pero
firme, allí se reunían los enfermos, detrás de
cortinas sucias y puertas clausuradas.
Permanecían alejados por voluntad propia, no
existía ley dictada ni acuerdo que obligase a la
reclusión detrás del muro, pero desde hacía siglos
nadie dejaba de hacerlo, formaba parte de la vida
de los habitantes de esa comunidad y no se
cuestionaba por nadie, una tradición, una entrega
que venía como la peste, que se remontaba a
generaciones ya olvidadas. Siempre desde el
comienzo del mundo el muro y el edificio de

69
aislamiento estuvieron allí antes que los
habitantes, antes que la peste.
Solo una vez al año los enfermos salían de su
lugar de encierro, brotaban del edificio, de sus
puertas y ventanas como insectos y la peste como
un espectro gigante cruzaba el bosque y sorteaba
el muro que se alzaba en una unión divina de
mineral y vegetal para festejar, todos vestidos
iguales y enmascarados, los rostros de dolor y
alegría escondidos detrás de expresiones
petrificadas mezclados en el pueblo que parecía
por un día al año, específicamente el 24 de
septiembre ser inmune al contagio, enfermos de
vida y enfermos de muerte compartían abrazos sin
miedo al dolor, en una especie de tregua, una
detención, una suspensión temporal de las
hostilidades y del olvido.
La peste que azotaba la población parecía
tener un criterio de selección propio para sus
víctimas, mantenía la aldea en los límites de
crecimiento, pero la familia desafortunada a la que
tocaba en desgracia entregar a uno de los suyos a
la enfermedad sufría como si la muerte misma se
hubiese sentado a su mesa, las despedidas tenían
rituales similares a un funeral, el infectado seria
desterrado y solo una vez al año podría volver a
ver a su familia, ya todos, los casi vivos y los casi
muertos cubiertos por la máscara del
padecimiento.

70
Los muertos abandonados e ignorados por
tres días en su lugar de fallecimiento, luego eran
cargados por un solo familiar, en general su madre
o padre hacia una cueva que se abría como una
boca negra, ubicada en un lugar que los
pobladores creen es el centro del bosque, allí
puede verse tallado en piedra a la cabeza de la
caverna Caro data vermibus.
Pasados los festejos de septiembre al
regresar los enfermos a su encierro los pobladores
iban a la cueva de los difuntos a llevarse los
huesos para pintarlos de distintos colores
elaborados a partir de vegetales que crecen en la
zona y daban fin al rito arrojándolos en una fosa
profunda de forma circular, una especie de torre
invertida que era el último lugar de residencia de
los restos.
El curandero del lugar, un hombre con
una joroba a cuestas, verrugas en su nariz y
labios, (desde siempre el don de curar pertenecía a
los hombres con defectos físicos) solía buscar su
arte en la farmacopea vegetal, su más famoso y
elogiado preparado era una especie de caldo
elaborado con algunos insectos y principalmente a
partir de la carne de un pájaro pequeño color azul
muy difícil de hallar, dueño de un canto hipnótico,
se decía que funcionaba como “remedio para el
remordimiento”, rara vez era cocinado, pero una
vez que el curandero lo preparaba todos se

71
desesperaban por meter sus cabezas y sumergirlas
en el caldero.
El último día de la tregua todo había sido
dispuesto para recibir a los enfermos, era el suceso
más feliz del año, abundaban la alegría y los
adornos de colores, los caminos se llenaron de
mesas con manteles bordados de bellas
figuras. Se preparó un banquete colmado de
delicias, felices, inundados de esperanzas por
volver a ver a sus seres queridos. Era un día
luminoso y cálido, el aire estaba quieto y las nubes
se arrastraban suaves, sin perder las formas. A
pesar del momento cargado de ilusiones y anhelos
los anfitriones comenzaron a impacientarse al
notar que los enfermos se demoraban, cada uno
evitaba los rostros de los demás, la preocupación
andaba suelta por la villa, pasaron días y los
enfermos no llegaban, hasta que los ancianos
llamaron a todos los habitantes para dirigirse a
ellos, nunca se había presentado semejante
situación, nadie sabía qué hacer ni que sentir en
su corazón desalentado.
Los ancianos alzaron la voz para todos luego
de debatir entre ellos durante un largo momento,
esa rueda del tiempo parecía haber sido detenida
por completo, la tarde era eterna, alguien debía
subir y averiguar qué había pasado con los
infectados, los murmullos comenzaron a tejerse
como insectos en una colmena, ningún hombre o
mujer libre de la enfermedad había subido al

72
monte, nadie había traspasado los muros y
visitado la fortificación de los moribundos.
Ante la indecisión y la angustia los
pobladores, los ancianos y el curandero resolvieron
hacer un sacrificio, debían ofrecer una vida al dios
de la enfermedad, fueron convenciéndose que todo
volvería a ser como siempre había sido, cualquier
intento de solución era más apropiado que ir a ese
lugar poseído por el espíritu de la caída del cuerpo
en desgracia.
Un muchacho adolescente que tenía a toda
su familia detrás del muro se ofreció a la muerte,
accedió a convertirse en sagrado en un ritual que
sería creado y pactado especialmente para la
ocasión.
Las mujeres del pueblo lavaron con agua
sucia al futuro sacrificado y lo vistieron con ropas
blancas, el hombre había dejado de ser un joven
desde el momento que ofreció su vida, no sentía
miedo, la causa era justa a sus ojos y ya había
perdido la vida desde la toma de la decisión, se
repetía a sí mismo que la vida huye de a poco y
que arrancarla de la piel de un tirón era como
escapar de un incendio.
Amarraron su cuerpo a un poste de madera,
clavado en la tierra y pronunciando unas palabras
frente a todo el pueblo, el más anciano introdujo
un puñal entre sus costillas dentro y fuera como un
relámpago y concluido el sacrificio se retiraron a
dormir en silencio, en cada cama se enquistaba un

73
pensamiento distinto, todos los ojos se mantenían
abiertos en la oscuridad.
Pasaron los días, un año entero y nadie
descendió de la colina nunca más, tampoco nadie
más volvió a enfermarse, como en un acuerdo
silencioso eligieron creer que el sacrificio había
funcionado, hasta que pronto aquel pájaro azul
desapareció y ya no fue posible preparar el
remedio para el remordimiento.

74
DIALOGO EN EL REINO DE LOS MORIBUNDOS

Desde los dominantes muros del palacio


hacia adentro todo es tristeza, afuera el sol se
desinfla y los perros se pudren.

Rey triste - Estoy vivo, sometido a vivir, esa


es la razón de que todos seamos insurrectos en
secreto, la miseria está dentro confinada en algún
rincón, una enfermedad venérea del espíritu. Cada
caricia es una garra, un abismo nos separa, el
futuro se quiebra cuando intentamos espiarlo con
un ojo y con el otro escarbamos hacia adentro.
Espero que nada pase sentado en mi trono y el
esclavo hace lo propio en su catre inmundo.
¡Si pudiera inventar dioses!
Bufón - Mil rumores resuenan en el exterior
de estas paredes, miles de lenguas que hablan
tratan de organizar la locura, todos se sienten
desterrados dondequiera que se encuentren.
Mago - (susurrando a los oídos del rey) El
hombre no es parte de este universo, es parte de
un mundo que imagina, que cree soñar, que
construye, por eso destruye todo lo que toca, por
eso somete todo lo que hay en él.
Bufón - El ser humano destila horror,
siempre encadena y se encadena, cree tener la
razón absoluta, indisoluble tirano de la verdad.

75
Rey triste - Se alzan muros entre nosotros,
apoyamos las manos y son fríos e impenetrables, a
la vez somos inseparables.
Reina - ¡El mundo no es nada! Es una tumba
abierta que escupe y traga hombres, una flor de
carne que se abre, una fosa de piedra de océanos
amargos.
Rey triste - El tiempo se parte sobre mí,
como un corazón engañado ¿no están astillados
todos los corazones? Veo pedazos de amor,
pétalos rojos lloviendo sobre una laguna fría.
Mago - La naturaleza nos odia, no podemos
contentarnos con nada, roemos, violamos. La
tierra sin hombres seria el jardín del universo,
somos genios destructores.
Rey triste - ¡Ustedes retírense! Devoran mi
silencio sagrado, lo tragan sin reparo, son gusanos
del espíritu que se aferran a mis huesos. Ustedes
no se dirigen a mí, sino a esta silla, a esta capa y a
esta corona que pesa sobre mi cabeza, fácil me
decepcionan, necesito a los que están en
desacuerdo conmigo más cerca, les he entregado a
todos lo que creía más necesario, pan, amor y
libertad. Nada espero de ustedes y eso me hace
fuerte.

Un hombre ciego en las afueras del palacio,


sentado en el suelo, con las manos vacías, un
pobre camina fatigado hacia su morada.

76
Hombre ciego - He aprendido a estar solo, el
mundo se agiganta cuando se está ahogado en la
oscuridad, ya he vivido, ahora solo sobrevivo
adicto a esta niebla que me rodea, la abrazo por
que no puedo con ella y necesito amarla.
Hombre pobre - Quiero un camino bajo mis
pies, tengo obsesión por seguir viviendo incluso
cuando sé que todo es inútil, que la muerte me
lleve a la rastra, que me empuje a través de la
puerta desnudo y despojado a la calle, al barro, a
las piedras y a las antorchas con sus fuegos
húmedos. Toda mi carne desaparezca, alto es el
precio que pago junto a mis bueyes para poder
dormir.
Hombre ciego - Oigo a los niños reír y sus
espadas de madera chocan en un juego, cuanta
felicidad es no saber que la condena es
irrevocable.

El verdugo se lamenta, la poderosa reina lo


consuela y un insurrecto en el encierro se afirma.

Verdugo - Tengo la piel adherida a mi


calavera seca, el rostro del desasosiego, soy el
mango de una herramienta, un brazo de músculo
atrofiado, el vehículo de la muerte, pero no soy
solo un instrumento, la soga y el cuchillo no
pueden negarse al cuello de los condenados.
Reina - Hay un mecanismo de resignación
que es muy necesario mantener bien aceitado, nos

77
permite renunciar a algunos deseos y sueños
inalcanzables. Difícil continuar ante muchas
injusticias intolerables, un puñado de amores
truncos, y unas pocas aspiraciones heroicas sin
echar mano a una resignación acorde a estas
cuestiones.
Se puede ser una cosa, guerrero, campesino,
rey o mendigo, en cada papel a interpretar hay
una resignación de los miles de caminos no
probables, sin embargo también es necesario tener
una pequeña fábrica de esperanzas, que funciona
con prosperidad durante la juventud. Con el correr
del tiempo las máquinas irán quedando carentes
de mantenimiento, la fábrica terminara por cerrar
sus puertas y suspender sus actividades; sin
darnos cuenta empezará a escasear la materia
prima que se necesita para fabricar perspectiva y
optimismo, mas también las esperanzas dejaran
de ser un artículo necesario. En algún momento la
resignación estará tan satisfecha de ir devorando
los sueños y los deseos que terminara
resignándose también.
Insurrecto – Los hombres son hormigas,
viven una ficción dolorosa que no deja de ser un
acto sobre un escenario, una mentira, una puesta
en escena, podrá decirse que el sol es frío, que es
una esfera de hielo y todos asentirán con caras de
seguridad absoluta. Soy otro tipo de insecto, le
digo que no a todo, me siento lejos del hormiguero
y de esas colaboradoras que dicen si a todo. Busco

78
una tormenta, lo tengo escrito en la cara, pueden
tomar mis venas como si fuesen sogas viejas, tirar
de ellas llevándome a ese hormiguero oscuro, lo
logran, siempre hay un buen motivo para bajar los
brazos aceptando humillado, con el corazón
oprimido, avergonzado por deudas futuras y
obligaciones eternas. Por momentos creo que la
muerte es más bondadosa.

El hombre ciego se echa a andar con paso


valiente envuelto en su manto de oscuridad, que lo
acompaña como una canción infinita.

Hombre ciego – Es el miedo, eso sí te pierde,


y el refugio es aturdirse con alcohol, sexo o
cualquier vicio inventado por un Dios depravado.
Debería de haber una señal que indique “No eres
bienvenido” en las salas de parto para que se
grabe en el recién nacido, sólo queda llorar, dormir
y seguir, perderse, regalar el corazón ¿qué más?
Pasar la vida buscando un lugar solitario para
morir.
Atados por un lazo irrompible sólo podemos
seguir improvisando hasta caer exhaustos.

El rey triste sale al balcón que se abre como


una boca del colosal muro, frente a la plaza
pronuncia sus últimas palabras antes de apurar de
un trago el frasco de veneno.

79
El rey triste – Los oigo y veo a todos reír y
lamentarse al unísono, las mismas expresiones, y
sólo quiero diferenciarme, aunque sea algo
doloroso permanecer retorciéndome como un
estómago hambriento, envuelto en mis alas
quemadas, tratando de alejar la sensación de asco
y desprecio que me apena, aunque poco importan
las penas particulares, esas que pertenecen a las
auto infringidas, todo es inútil, intentar vivir y no
sufrir es crucificar a un muerto.

80
MEMORIAS DE UN GIGANTE

Soy un gigante viviendo en una casa colosal


posada sobre una colina verde que se funde con el
cielo, poseo un jardín lleno de flores rojas con sus
centros amarillos, de tallos largos que parecen
envolver delicados insectos trovadores de
canciones dulces que el viento lleva por todo el
bosque de eucaliptus.
Cargo con la fuerza de cincuenta hombres
concentrada en cada uno de mis brazos bien
aceitados de tanto trabajo, todo lo que me rodea
dentro de mi casa es de dimensiones acordes a mi
tamaño, en mi botella de vino caben cuatro
hombres de pie, en el bolsillo de mi camisa podría
guardar varios niños como si fueran soldaditos de
juguete; el pueblo recostado junto a la colina es
pequeño y sus habitantes son gente diminuta, ser
el único gigante es la razón para tener un demonio
prendido con sus garras de mi corazón.
Nunca quiero acercarme a la gente pequeña,
tampoco puedo hacerlo, ellos me miran con ojos
rebosantes de odio y ofensa, temo que quieran
atarme a estacas e incendiar mi carne y huesos.
Eso siento desde la lejanía de mi colina, desde mi
gran ventana y los desprecio, pero algunas noches
los oigo reír, emborracharse alrededor del fuego,
coquetear con sus mujeres, los oigo cantar alegres
canciones y me siento solo. Intento reír, también
cantar, pero mi cuerpo se niega a hacerlo, quiero

81
acercarme, hacerme pequeño y ser uno de ellos,
pero tengo miedo (todos tenemos miedo), no
resistiría que se queden mirándome con sus bocas
abiertas y huyan a sus diminutas casas. Termino
quedándome solo, siempre, y sueño a través de
las formas del cielo, hablo con mi ventana, no
encuentro compañía más que cuando se acercan
los insectos y el murmullo de sus débiles alas, o
arrullan las flores con el suspiro de sus pétalos
tristes.
Si pudiera pedir algo a la gente pequeña, ya
que nunca les pediría más de lo que pudieran
darme, seria calmar la angustia sin fin que lleva mi
diminuta alma de gigante, necesito al menos morir
acompañado de esos pequeños hombres, rodeado
de ellos para no tener una muerte tan infeliz,
aunque por efímeros momentos me agrada la vida
y algo resuena dentro mío, una voz de otro
tiempo, un eco de un grito humano. ¡No soy una
bestia! Solo soy un cuerpo que no se corresponde
con su alma, aunque no haya remedio sigo
marcando mis huellas en los charcos y observo
desde lejos, trato de esconderme, evito ser visto,
se nota en mi rostro la sangre que hierve en mis
entrañas, detesto esta enorme soledad, las horas
ya están muertas.
Hace años cavé mi tumba bajo el sol blanco,
me eché varias veces en ella hasta acertar con el
tamaño, ahora la mantengo lista el día, cuando

82
sienta que mi muerte está cerca, me dirigiré ahí y
dormiré para siempre.
Dudo que la gente del pueblo sea realmente
pequeña, siempre los he observado desde lejos, el
temor de acercarme me ha mantenido apartado,
no sé cuan pequeños realmente son, desde aquí
sus caballos parecen ratones y sus casas juguetes.
Ellos tampoco se han aproximado hasta mí, puede
que teman a mi desmesurado tamaño o que no les
importe.
Hoy encontré una bolsa de cuero, parecía
hecha con el estómago de algún animal, estaba
atada con una cuerda sucia y era tan pesada que
no podía levantarla, quise desatar el nudo y
tampoco pude hacerlo. Levante la vista con la
manos doloridas por el esfuerzo y quemadas por la
áspera soga, vi a un hombre acostado bajo la
sombra de un árbol, me acerque arrastrando la
pesadísima bolsa. Me habló de la soledad, de los
gigantes y del mundo, de su saco lleno de penas y
recuerdos, que estos disminuían a pesar del paso
del tiempo y de la imposibilidad de sacar de la
bolsa el recuerdo deseado, mencionó que cada vez
que se acercaba a un gigante solitario éste no lo
era realmente, que todos los que había visto
mientras recorría el mundo tenían una sensación
de enormidad debida a su condición de ermitaños,
mas todos los solitarios se creen deformes,
tullidos, enfermos, parias, bestias. El frotarse los
humanos unos con otros les devuelve algo de su

83
animalidad, los vuelve animales humanos y
comprendí que yo no era gigante, sino que todo
esta realmente demasiado lejos.

84
PRIMERO DE AÑO

Primero de año, la ciudad está desierta, ¿No


han construido los indiferentes las ciudades?
¿Necesita un refugio la indiferencia? ¿Requiere de
una ciudad para desenvolverse en su forma más
acabada? ¿No tiene algo de piedra y naturaleza
arrancada? La ciudad tiene ojos, los hombres de
ciudad ojos embriagados de luces artificiales, de
rostros que se hunden en el olvido, de relojes que
pasan las lenguas por los cuerpos desnudos.
Los rayos de sol se filtran por todos lados,
los pocos restos que deambulan como fantasmas
abandonados continúan hirviendo desde anoche, el
cielo está fracturado. Me crucé con dos charcos de
sangre y un reguero que se introducía sigiloso por
debajo de una puerta, imagino un puñal violando
la carne en medio de los festejos, los abrazos y los
buenos deseos de prosperidad. El día después la
ciudad parece estar feliz en su apático silencio, se
liberó de los festejos de los miserables humanos y
su teatro de crueldad y voracidad; el tiempo sigue
su camino como el agua de lluvia que huye
diligente hacia las alcantarilla.

85
LA SOMBRA DE UNA SOMBRA

Unas manos invisibles nos atan una sombra


al cuerpo, ésta nos persigue bajo los faroles
nocturnos como un guardián implacable, mimo que
se burla de todos nuestros movimientos, quizás un
día se revelen contra nosotros tomando sombras
de armas y sombras de fuegos y nos destruyan en
una batalla imposible de ganar. Mientras brille
alguna luz, aunque de a uno caigamos muertos
sobre ellas y las aplastemos para siempre.

86
LUCES, SOMBRAS

No podemos escondernos del día ni de la


noche, llegan sigilosos como felinos en un silencio
dulce de ladrones delicados. El sol con toda su
violencia pesa mil toneladas, hace crujir los
huesos, sus rayos secan el cuero de los animales y
de los hombres, en cambio la atmosfera de la
noche se introduce por todos los poros e inunda
por dentro, pudre los cuerpos como si fuesen un
muebles húmedos, solo podemos soportarla.
Cada vez que despierto experimento esa
derrota que solo proporciona el día desafiándome a
tolerarlo. El aire, la luz se mecen a mi alrededor
como una bandera de victoria, un viejo e insistente
dolor, solo quiero que pase, que se aleje de mí,
pero el día es viscoso, se pega a la piel.
La noche no terminó pero se huele la
tristeza, apesta entre las paredes espesas, afuera
hay nada, el amanecer ¿Quién necesita más? Solo
los niños para quienes aún el mundo parece algo
interesante que descubrir, toda una tierra que
conquistar. Para los animales adultos afuera solo
hay un eco de nostalgias a las que mantenerse
aferrados con uñas y dientes.
Desperté en este cuerpo de todos los días y
en ese momento mientras el techo aún era borroso
a mis ojos, me invadió la angustia en las tripas

87
tibias, en la espalda un sentimiento de alas
cortadas.

88
ALGUNAS VERDADES

Las mascotas durante el día planean como


comerse a sus dueños.

La gente en vez de esconderse detrás del


decorado, bajo un peinado, dentro de sus ropas y
demás reductos prefiere hacerlo entre los
repliegues del ruido (el mundo es sordo).

Nadie persigue a las nubes como suele


creerse, sino que las nubes lo persiguen a uno.

La fealdad no existe (nunca ha existido). El


tiempo tampoco, pero no podemos vivir sin orden
(nos deleita atarnos a cualquier tótem).

Hay que ordenar el universo, el placard, tu


vida, las medias por color, el orden es ordinario.

La carne es sagrada, el amor es obstinado.

Siempre algo suena en el viento, es la


esperanza que hipotecamos.

89
CUADRO DEL PUERTO

Un payaso borracho en un puerto sueña ser


rescatado por una prostituta; un barco explotó y
arde desde hace unas semanas, el calor que
derritió un poco las casas y sus cortinas
grasientas, fue elevándose permitiendo que los
vagabundos con el espíritu acalambrado vuelvan a
reunirse con sus coronas de perlas y su aliento de
muerte no muy diferente al perfume de los ricos
que se comportan como cerdos, van buscando
alegrías. Los pliegues y arrugas de la ciudad
pueden abrigarlos a todos.
Los mendigos giran en el puerto sin
atreverse a levantar la cabeza, que les pesa llena
de sueños y porquerías, buscan una respuesta
mirando la tierra, son ciegos que siguen a quien
sigue a otro ciego, todos en una procesión, cada
cual se abisma a su propio precipicio.
El muelle encarna la sala de espera de un
hospital, los mendigos se arrugan. Lejos las luces
vuelan sobre un viñedo eléctrico mientras algunos
se devoran por un puñado de uvas agrias.
El corazón desnutrido encerrado entre
costillas, no tiene la culpa, ningún corazón es
culpable enteramente.

90
TODOS SOMOS PROMETEO

¡Ay, ay ¿Qué será ese cercano


aletear como de aves que vuelan y el
silbo sutil con que surcan el éter? ¡A
mí todo aquel que se acerque me
inspira temor!

Prometeo encadenado - Esquilo

Está hecho, hemos robado el fuego, la voz se


precipitó como un trueno, desde aquel lejano cielo,
mientras los dioses del Olimpo distraídos se
contemplaban en sus fríos espejos, el padre
maldito pronunció las terribles palabras de
condena, nos ha sentenciado a cada uno de
nosotros a permanecer encadenados a nuestra
propia roca fría en soledad, en los abismos de esta
tierra. Como si fuéramos muertos ya enterrados
por otros muertos de otros tiempos, en un sueño,
dentro de un cálculo preciso, pretendemos ocultar
todo lo que ignoramos en las entrañas del mundo
para sobrellevar la crueldad de la existencia,
intentamos sin descanso refinar nuestra maldad
que siempre está acechándonos, cabalgando sobre
nuestras espaldas bien sentada en su montura,
para no culparnos de locura todos los sueños
durante la vigilia no son más que una disputa
desigual, una batalla ya perdida con la muerte que
derroca todo lo vivo.

91
El hígado de Prometeo, benefactor de la
humanidad, es devorado sin piedad, se regenera
cada día así también el hambre y el sueño que nos
hostigan. Todo deseo por más ardor que haya
generado, una vez saciado es contemplado por los
ojos profundos de un águila impiadosa que acude
diligente a devorar el órgano renovado, a tragar
todo lo que ya parecía estar resuelto para que
vuelva a crearse.
El deseo es una cadena de oro, la necesidad
una herramienta, un órganum, cuya falta de
funcionamiento o ausencia es incompatible con la
vida, al igual que el hígado rojo oscuro situado a la
derecha del abdomen. Prometeo desea la
liberación, en su fantasía muerde la cadena
mientras sueña que la destruye, encuentra el
escape una vez muerta el águila de un flechazo a
manos de Heracles. El amigo de los hombres
vuelve al Olimpo cargando su roca con él. ¿Quién
no carga una pesada roca consigo y los restos de
su cadena?
Todo deseo y toda necesidad son cadena y
piedra personal, aislamiento y castigo circular por
haber robado el fuego, medio y símbolo de la vida
y maestro de todas las artes, o quizás por
engañarnos sin descanso a nosotros mismos, por
creernos capaces de todo, de compararnos con
dioses o de crearlos a nuestra imagen en piedra y
mármol, en carne y hemoglobina.

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Moverse al son de las cadenas con su ritmo
cansado pero constante que se enreda con el
sonido ambiente del mundo, sin la menor intención
de librarse de ellas, así andamos como remeros
atados a los remos que confunden los lamentos del
esfuerzo con el rugido de las olas. Algunas
palabras pueden disimular el ruido del arrastre
cansado de las ataduras de oro, pero por
momentos la consciencia vuelve y roe, casi susurra
que ni siquiera sabemos porque hacemos lo que
hacemos, como si estuviésemos en una jaula con
barrotes de humo, o con la puerta abierta,
terminamos amando el cautiverio, parasitando en
él, junto con las cadenas, la jaula y todo lo que
nos detiene. Es que la roca y la cadena son parte
de la carne, se han fusionado como el borde de la
tierra al mar, como una frontera invisible a
cualquier ojo.
Este mundo no es un lugar esperanzador, y
la esperanza quizás sea una ilusión absurda ¿El
anhelo de un mal, de algo desolador quizás? Más
de tanto en tanto olvidamos la cadena de oro que
nos sujeta, la pesada piedra que nos acompaña
parece no estar ahí, nos sentimos andar, aunque
privados de porvenir.
Los Dioses antiguos imponían castigos
eternos, desear una fruta y estirarse para no
alcanzarla jamás, tejer hasta el infinito, subir una
roca por una pendiente sin descanso, llenar de
agua cuencos sin fondo. El castigo sin fin lleva en

93
su interior la peor arma secreta, la repetición y
todo se repite hasta que se rompe, los
amaneceres, los deseos que se desean, esperar,
desesperar, el amor frágil, los pequeños fracasos
de cada día. Vivir es una constante repetición, la
misma canción que vuelve a empezar una y otra
vez y se canta porque sí, a contraviento y sin
saber por qué, y llega la liberación y la muerte
corta la cadena como si fuese una cuerda de piano,
apaguen las luces y cierren el teatro, esta obra sin
guion, sin telón y sin aplausos, por fin ha
terminado.

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CARAGUATA

El agua está en completa libertad, es


obstinada pero paciente, lame las orillas como si
saboreara la tierra, el viento su aliado eterno la
sobrevuela invisible.
Y el río crece en silencio, nada puede
detenerlo, se inflama como un corazón enamorado
que está muriendo, la vegetación se dobla para
mirarse en la superficie, los arboles parecen
inclinarse ante el agua del río, reina que nutre sus
raíces.
Un coro de insectos y pájaros decoran el
silencio sagrado, la lluvia no parece caer del cielo
sino ascender desde el río hasta las nubes.
Los intrusos encadenan el agua a los muelles
y quiebran el canto con sus sonidos metálicos; son
los humanos que van por ahí orgullosos, planeando
y construyendo infiernos por donde sea que
caminan. Su derrota es inevitable, su sangre está
envenenada, se convierte poco a poco en cemento.
El Río Caraguatá permanece.

95
LAS CARTAS
Fausto. - ¿Dónde está el camino?
Mefistófeles. - No lo hay al través de
senderos que no han sido ni serán
hollados; no hay camino hacia lo
inaccesible y lo impenetrable. ¿Estás
dispuesto? No se han de forzar
cerraduras ni rejas. ¿Te has formado
idea del vacío y la soledad?

Fausto – Goethe

Perla está tendiendo la ropa, sus dedos


huesudos llenos de nudos cubiertos de piel tersa
aprietan los broches de madera descoloridos,
asoleados, blandos. Mira al cielo turquesa, la luz
de la mañana se zambulle en sus
pupilas cansadas, ya vio demasiado, pero en
verdad no vio nada.
En su buzón se amontonan las cartas que
continúan llegando todas las semanas, nunca las
lee, nunca mira quien las ha enviado, solo las
acumula dentro de un cajón como nostalgias
húmedas, como el lento y cansado regreso de
algún dolor lejano, así como un viaje a través de
caminos casi olvidados que termina dormido en un
mueble antiguo.
Por las noches desde su cama perfumada
siente que debe abrir esos secretos lacrados, que
allí habitan voces que quieren hablarle, más
cuando está casi decidida a hacerlo cae dormida.

96
En algunas ocasiones sueña con sobres vacíos, la
esperanza y el temor de encontrar exactamente
las palabras que desea recibir o un mensaje
aterrador que nunca debió haber recorrido con sus
ojos la mantiene petrificada.
Conocer sería acabar con el hechizo, acabar
con la agobiante angustia, esperar esas cartas
ayuda a Perla a conciliar el sueño a veces esquivo;
consuela su corazón descolorido tener alguien o
algo que se quiere comunicar desde algún lugar
lejano, casi no importa que es lo que tienen para
decir.
Con los primeros rayos del sol arrastrándose
se escucha el galope del caballo transpirado y el
cartero con su bolso de cuero lleno de palabras
pasa a dejar el mensaje, aunque los correos han
sido cerrados y sus oficinas abandonadas hace
años. Hoy nadie escribe cartas, incluso la tinta en
estos días ha dejado de correr, con el paso de los
años sin que nadie lo haya advertido la palabra
escrita fue desapareciendo; pocos saben leer, fue
dejando de ser necesario, así como muchas cosas
fueron desapareciendo escribir pasó a ser una
rareza, la comunicación se fue quedando en el
tiempo, hasta que quizás un día ya nadie hable y
poco a poco nos olvidemos de las palabras.
Perla nunca pudo encontrarse con el cartero,
quien siempre pasaba cuando ella estaba dormida
o distraída, a veces lo esperaba con ansias, y
había hecho todo tipo de ardides para intentar

97
encontrarse con él en el momento justo que se
detenía en su casa, pero nunca funcionó. Soñaba
con su figura en la niebla de invierno sobre el
caballo exhalando humedad, su mano alargándose
para dejar el sobre en el buzón hambriento y luego
alejándose al galope sobre la hierba verde antes
del amanecer.
El lenguaje mudo de las cartas ya oxidadas
por el tiempo sigue ahí en los cajones, Perla tiene
altos muros alrededor de su corazón, ama los
sobres cerrados.

98
EL LAMENTO DEL CAMINANTE SOBRE EL
ESPIRAL

Esto no es una historia, es el vómito de un


ángel leproso, la voz inaudible de un muerto, de
un ahorcado, que parte el tiempo y arranca de su
cofre escondido este vacío en el que está perdido,
buscar es para él la manera de perderse.
Capaz de soportar las miserias, las penurias
y los dolores más profundos, también de quebrarse
como una rama seca, consciente de la ley de la
muerte que arrastra consigo desde el nacimiento,
capaz de crear belleza de lo horrible, de cometer
injusticias y crueldades terribles por las razones
más injustificadas y de lanzarse a los actos más
heroicos. Un fantasma en la bruma del océano, un
espíritu que grita en la soledad de un desierto
espiralado.
El mundo tiene epilepsia, babea y
convulsiona hasta quedar agotado, cubierto de
piojos y ratones amaestrados que se miran idiotas;
nadie saldrá limpio, estamos acá para
mancharnos, vivir nos corrompe, es difícil no
asociar la vida a la descomposición, a la
decadencia, a la desesperación.
El caminante ama sus heridas y a su alma
pequeña, tullida, deformada, podrida, que
terminara por irse algún día anhelando un nuevo
comienzo. Agonizando por el abandono inminente,
con el corazón lleno de pájaros, habiendo

99
destruido todo lo que lo rodea resolverá continuar
por qué es lo único que queda por hacer. Todos
estamos de sobra, todos estamos de más;
podemos mirar el cielo y ver una estrella más o
una menos, ¿Cuál puede ser la diferencia? ¿Quién
puede notarla? Un pez menos en el colosal océano
no significa nada, menos aun si este ángel puede
sostener el alma indecente en su lugar, manchada
del barro de la vida, colgada en el patio secándose
al sol, para que evapore la humedad, no se
necesita ninguna clase de simpatía.
El caníbal que duerme dentro de él y
amordazado en cada uno es una cuestión humana.
Arrancarse la carne unos a otros, abandonarla para
soñar, para vivir aunque sea en una pesadilla es lo
que quiere la naturaleza; todos permanecen en un
sueño de caracoles que explotan de tanto quejarse
y maldecir, en ese espasmo injurian a todos los
demás hombres y a sus anhelos oxidados de
tantas lluvias que no cesan de caer. Nos enseñan a
crear enemigos, a materializarlos, es un modo de
buscar amparo, todo debe permanecer injusto.
Vivir sumergido en barro negro puede ser un
alivio, en última instancia, se puede echar la culpa
al barro... asomar la cabeza a la superficie puede
ser demasiado esfuerzo, demasiado dolor.
Un toro en llamas siempre lo persigue, lo
acecha con el fuego serpenteando en su lomo y
sus ojos negros como un espíritu vacío sobre un
campo dorado o en una ciudad en ruinas, siempre

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perseguido con la certeza absoluta de nunca ser
alcanzado. Mientras, imagina a los arboles
danzando a ambos lados del camino o a sí mismo
caminando dentro de un útero rosado, no cree en
“el cuerpo cárcel del alma”, la jaula es el alma y el
cuerpo libertad. Vivir es casi imposible en esta
tierra, se esfuerza en encontrar una respuesta
afilada para poner sobre su corazón, ¿Por qué la
vida se empeña en crearme y destruirme?

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