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El mito del trabajo.

José María Lahoz Pastor


Se trata de criticar la idea de trabajo tanto desde las teorías filosóficas como desde el cristianismo y el sistema
capitalista actual y construir una «teoría» propia que clarifique la confusión de esa idea y destruya el culto al trabajo

En este artículo quiero, primero, hacer una síntesis de las teorías de los filósofos que han tratado esta idea y,
después, realizar una breve crítica de las mismas y exponer unas conclusiones personales.
La idea filosófica de trabajo está muy relacionada con otras ideas como: acción (operación de un agente humano; los
animales no realizan acciones sino que tienen conductas), técnica y arte (ambos son: habilidades que siguen unas
reglas, un oficio, por las que se hace un objeto o producto artificial; desde este punto de vista, el arte y la artesanía
serían técnicas poco desarrolladas). Veamos lo más importante que sobre estas ideas se ha argumentado en la
historia de la filosofía:
Aristóteles distingue entre acción (praxis) y producción (poiesis). La acción es el proceso y el resultado de actuar,
consecuencia de una elección deliberada (por ejemplo: la ética y la política son acciones o prácticas). La producción
es el proceso y el resultado de hacer, fabricar o elaborar algo siguiendo ciertas reglas racionales que se aplican
sistemáticamente (por ejemplo: las técnicas –del zapatero, del albañil, del médico o del ingeniero–, el arte y la
artesanía son productivas o «poéticas»).
Aristóteles considera que la actividad contemplativa o racional es superior a la actividad manual porque esta se guía
por las reglas que da la razón; además, hay que recordar que en Grecia el trabajo manual estaba menospreciado
porque lo realizaban los esclavos, no los ciudadanos libres.
En la Escolástica se diferencia entre acción inmanente y acción transitiva. En la primera, la acción permanece en el
sujeto, como cuando se piensa o siente (subrayo que pensar o sentir también son actividades o acciones). En la
segunda, la acción sale del sujeto, éste interviene en el entorno.
Además, defienden que no hay un actuar u obrar previo al ser: sólo si antes hay un ser, éste puede actuar (la filosofía
moderna y contemporánea pensarán lo contrario, como ahora veremos).
De modo breve, porque creo que es muy relevante para la formación de la idea moderna de trabajo, voy a recordar
las posiciones enfrentadas que se produjeron durante esta época en el seno de la religión cristiana en Europa:
Según el catolicismo todos somos iguales puesto que todos somos hijos de Dios (en la conquista de América, a los
«indios» se les considera, al menos teóricamente, personas); y uno se salvará (irá al cielo) según las buenas obras o
acciones que realice en su vida (por esto defiende el sacrificio, no el sacrificio productivo o trabajo, sino el sacrificio
ético: sufrir por lo que me suceda o les suceda a los otros, lo que nos mande Dios). El catolicismo postula que el
trabajo es un castigo divino por el pecado original (si Adán no hubiese pecado en el paraíso, no tendríamos que
trabajar: «te ganarás el pan con el sudor de tu frente») El desprecio al trabajo se extiende a la riqueza: «no atesores
en la tierra», «deja todo y sígueme», «los ricos no entrarán en el reino de los cielos» y el llamado «voto de pobreza»
de los sacerdotes (aunque la riqueza y las propiedades de la Iglesia parecían contradecirlo). Trabajar para vivir.
Con la reforma protestante de Lutero la perspectiva cambia: para el protestantismo «sólo tu fe te salvará, no tus
obras». Y Calvino llega aún más lejos, pues dice que la voluntad divina es omnipotente y que Dios puede salvar o
condenar a los que Él quiera, independientemente de las acciones que hayan realizado (puedes matar o robar, pues
si estás predestinado por la voluntad divina a ir al cielo, irás hagas lo que hagas). Según Calvino, la única manera de
saber si uno es un elegido por Dios es el éxito económico en el trabajo. Hay que luchar y trabajar duro, puesto que si
uno se hace rico trabajando o en los negocios sabrá que es un elegido por Dios para ir al cielo (los pobres son
despreciables tanto económicamente como moralmente, porque están condenados por Dios). Según el
protestantismo, no todos los hijos de Dios son iguales: hay buenos y malos, elegidos y condenados, previamente,
independientemente de su comportamiento ético. La competitividad en el trabajo es una idea protestante. Vivir
para trabajar.
Es evidente la influencia de estas ideas en el desarrollo del capitalismo y de la industrialización en los países en los
que prendió la fe protestante: Alemania, Países Bajos, Inglaterra y, después, Estados Unidos, paradigma del
capitalismo económico y social (aún hoy, vemos el poder de las ideas y de las sectas religiosas protestantes en los
dirigentes norteamericanos y en el «modo de vida americano» con su distinción vital prioritaria, por ejemplo en las
películas norteamericanas, entre ser un perdedor o un ganador, pues hay que descubrir trabajando si uno es un
elegido de Dios; y recuerdo que en los USA hay más de treinta millones de pobres miserables).
Ya antes, en el Renacimiento, con el descubrimiento de la cultura griega clásica y con la reforma protestante se
desarrolló el libre pensamiento crítico, el humanismo y el antropocentrismo; y, en plena Edad Moderna, durante la
Ilustración, se promueve la sociedad libre, el uso de la razón y el individualismo.
Sólo desde la época moderna ha habido un creciente interés por las artes mecánicas y por el trabajo, y una
verdadera meditación sobre la técnica (se introduce la idea de que el saber es técnico). Para la Filosofía Moderna
algo es real sólo en la medida en que ejerce alguna acción (en contra de la idea escolástica del ser previo al obrar). El
propio Goethe dice en su Fausto: «en un principio fue la acción».
Pero, sin duda, el autor que ha tratado más profundamente la idea de trabajo en su filosofía es Marx y, después, las
múltiples corrientes filosóficas con influencias marxistas.
El marxismo es una teoría sobre los mecanismos sociales: «Los hombres entran en la producción social de su
existencia en relaciones determinadas, necesarias, independientes de su voluntad. Estas relaciones de producción
corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El modo de producción
de la vida material condiciona el proceso de vida social, política e intelectual. La realidad productiva material es la
que determina la conciencia de los hombres y no al contrario.» Podemos decir que la filosofía marxista es objetivista
pues, es la estructura económica la que determina la estructura ideológica.
Para Marx, el hombre es un ser activo que transforma al mundo y a sí mismo por medio del trabajo. El trabajo es la
esencia del hombre. Pero, en el capitalismo el hombre se encuentra alienado de su trabajo y del producto del mismo
por la propiedad privada. Por esto, odia su trabajo, que es ya, trabajo forzado. Y todo, incluso el propio hombre, se
ha convertido en mercancía con un valor de cambio medido en dinero, en las horas/hombre necesarias para
producirla; y el beneficio (la plusvalía, en terminología de Marx) se lo queda el capitalista.
Para el pragmatismo (Peirce, Dewey, James, &c.) todo conocimiento tiene lugar en vista de la acción (el pensamiento
es válido sólo si tiene uso práctico). El hombre es un agente, un artífice que actúa en el mundo y entre sus
semejantes.
El existencialismo afirma que la existencia humana consiste en estar en el mundo: el hombre debe hacer y hacerse a
sí mismo. Para Sartre la acción es intencional, es proyecto, está unida a la libertad y es imposible no actuar. Jaspers
dice que la técnica surge cuando el hombre trabaja y que el trabajo es el comportamiento fundamental del ser
humano.
En Heidegger el trabajo coincide con la existencia porque es transcendencia, lo que el hombre ha decidido ser. Pero,
este autor es hostil a la técnica porque traiciona la relación del hombre con la verdad: el objeto técnico, útil, fuerza a
la Naturaleza y oculta la verdad.
La escuela de Frankfurt de orientación marxista y freudiana reivindica los ideales de la Ilustración (sociedad libre
fundada en la razón o la razón como base de la libertad). Pero, piensan que la razón se ha convertido en técnico-
instrumental y que la Filosofía, actividad racional, debería buscar la emancipación o liberación del hombre, no su
sumisión a la técnica. El sistema económico actual es irracional con la idea de progreso que ha degradado al hombre
y ha deteriorado la naturaleza. El hombre está alienado en todas las facetas de su vida, porque la productividad
destruye el libre desarrollo de las facultades humanas. Y la opinión pública está dominada por unos medios de
comunicación sumisos al capital que les respalda. La escuela de Frankfurt (Marcuse, Adorno, &c.) fue la base
ideológica del mayo de 1968 en París y de la revolución hippie.
Me parece relevante para conformar la idea filosófica del trabajo citara Paul Lafargue, yerno díscolo de Marx, que
escribe un libro llamado Derecho a la pereza contra el libro de su tío Derecho al trabajo. En él, defiende que no es el
trabajo sino el placer el objetivo máximo del ser humano, que todo trabajo es enajenado y embrutecedor. Hay que
trabajar lo menos posible y disfrutar lo más posible: «Al día siguiente de la revolución habrá que pensar en
divertirse.» Y piensa que, en el futuro, se podrá vivir sin trabajar gracias al desarrollo de la maquinaria que realizará
todo el trabajo (como los esclavos en la antigua Grecia).
Y, por último, citamos al situacionismo (Debord, Ratgeb, Sanguinetti, &c.), surgido en el último tercio del siglo XX,
corriente de orientación marxista, existencialista y anarquista. Recordemos que el anarquismo rechaza la autoridad
de todo tipo: política (el Estado y las leyes), económica (el capitalismo), religiosa (la Iglesia) y cultural (el patriarcado
y cualquier otra forma de opresión contra la plena libertad y autonomía de los individuos) y propone sociedades
basadas en la asociación voluntaria, la autogestión y la ayuda mutua.
Los situacionistas denuncian la conversión de la mercancía en espectáculo (la dominación de la sociedad por objetos
convertidos en símbolos), la cuantificación de todo que ha unificado la tierra como mercado mundial. La vida se ha
convertido en subsistencia para obtener mercancías, y el obrero en consumidor. Una sociedad de la supervivencia en
la que todo es tiempo de trabajo, ya que hasta el tiempo libre está determinado por el trabajo: en los horarios, en el
consumo (el ocio es el tiempo para gastar el dinero que se ha conseguido trabajando, en productos o servicios, en
mercancías), &c.
Proponen luchar por una sociedad en la que cada cual disponga de su tiempo y de su espacio (critican la arquitectura
y el urbanismo mercantilista actual y proponen sustituirlos por una ciudad libre donde puedan producirse
situaciones interesantes): «Nos aburrimos en la ciudad. La arquitectura es un medio para articular el tiempo y el
espacio. La ciudad será modificable siguiendo la voluntad de sus habitantes, creando lugares reservados a la libertad
del juego.»
Expuestas las principales teorías filosóficas sobre la idea de trabajo, vemos que se enfrentan dialécticamente entre
sí, como era de esperar (el filósofo Gustavo Bueno dice que sólo se puede pensar a la contra). Quiero ahora
criticarlas, en la medida de lo posible, y obtener algunas conclusiones propias:
Tomo como base de la crítica la filosofía de Marx: por su importancia y porque resume gran parte del «problema»
del trabajo para el pensamiento moderno y contemporáneo.
Pienso que no es el trabajo la esencia del hombre sino la actividad, productiva o no (incluida la pereza que decía
Lafargue, y pensar o sentir que decían los escolásticos). Veamos por qué: Marx define el trabajo como «la acción
ejercida, directa o indirectamente, sobre la naturaleza con objeto de satisfacer algún tipo de necesidad humana».
Según esto, es trabajo tanto el onanismo como la minería. La definición de Marx es confusa, es más, es inválida pues
no cumple con la función de una definición, que es delimitar las actividades que son trabajos para distinguirlas de las
que no lo son.
En la situación actual la definición más adecuada de trabajo (y la que presupone la mayoría de la gente y el
capitalismo) me parece que sería: actividad obligada por la que me pagan y que es un medio, no un fin. Sólo aquellas
actividades que realiza el ser humano que sean (en cierta manera, como veremos) obligadas por otros, por las que
reciba un dinero, y que se realicen buscando un fin distinto de ellas, serán trabajo. Tenemos así tres criterios
(obligación, remuneración y medio para otra cosa) para distinguir el trabajo de otras actividades que no lo son.
Ahora bien, la obligatoriedad del trabajo no significa que sea obligatorio tener un trabajo (uno puede decidir
libremente ir a trabajar o no: aceptando las consecuencias de que lo despidan o de no cobrar) pero, una vez
aceptado trabajar no puede elegir las actividades que debe realizar en el trabajo y, en la mayoría de los casos, ni el
horario en el que debe hacerlas (uno tiene que cumplir un horario, unos objetivos, hacer tales cosas, &c.). A esta
obligación nos referimos en la definición: no puedo hacer lo que quiera en el trabajo.
Así, tenemos actividades obligadas y remuneradas, esto es, trabajos: minero, camionero, profesor, abogado, albañil,
&c. (y recordemos que hoy no se paga en función del esfuerzo realizado o de las horas invertidas en el trabajo, como
decía Marx, sino de los beneficios o la actividad económica que se produce: un futbolista famoso cobra mucho más
que un minero). Y actividades que no son trabajos porque no son obligadas ni pagadas, aunque muchas de ellas
requieran más esfuerzo físico o mental que muchos trabajos (ama de casa, padre, poeta, resolver crucigramas, leer,
pasear, cazar, hacer senderismo, cavar en el jardín, esquiar, &c.) pero, no son trabajos porque no son obligadas o no
pagan por ellas (uno paga por ir a cazar o a esquiar). Tenemos así, el absurdo de que, en la sociedad actual, un ama
de casa no trabaja porque no le pagan (aunque no deje de realizar actividades durante veinticuatro horas al día), o
un artista no trabaja porque crea, no obligado por nadie (aunque esté toda su vida pensando y elaborando su obra);
tal vez, un artista sólo trabaja realmente, cuando realiza obras por encargo. Según la definición actual, Mozart no
trabajó en su vida (ni Jesucristo), aunque su actividad creativa fuese inmensa; pero, si a mí me pagasen por estar
tumbado en la hierba contando nubes de ocho a tres y de lunes a sábado, estaría trabajando.
Creo que la razón de esta absurda interpretación deriva de no tener en cuenta la distinción que hizo Aristóteles
entre actividad y producción. Un ama de casa y un artista realizan producción o «poiesis» pues, hacen o fabrican
objetos o productos (como un zapatero o un médico) pero, no según la idea actual de trabajo porque lo que
producen parece no tener valor en el mercado. Pienso que esto es totalmente erróneo: la actividad del ama de casa
o del artista sí que producen bienes y beneficios económicos y sociales (nada menos que la «intendencia» física y
mental de los ciudadanos: lo que producen los artistas o las amas de casa lo consumimos con necesidad urgente). Es
vil despreciar su actividad sólo porque no tienen jefe y no trabajan fuera de casa. En muchos trabajos no hay jefe
(agricultores o autónomos) o se realizan en casa (periodista de opinión) y los respetamos como trabajos.
Por otra parte, el trabajo es un medio para conseguir un fin ajeno al mismo: normalmente el dinero para vivir
(«trabajar para vivir, no vivir para trabajar» dice el aforismo español); si el trabajo fuese un fin, uno estaría dispuesto
a trabajar sin cobrar. Pero, el arte o el juego son fines, se hacen por sí mismos no buscando otros fines ajenos a ellos.
Es decir, aunque estén sujetos a normas o reglas –que pueden parecer obligaciones–, no son trabajos (excepto que
el artista haga una obra sólo para venderla o que el jugador se convierta en profesional; pero entonces, dejan de ser
artistas o dejan de jugar, porque una actividad se define por su finalidad y el fin del arte es crear y el del juego es
jugar no cobrar, que es el fin del trabajo).
El hombre es un ser activo, un sujeto operatorio que realiza acciones libres (en vez de conductas determinadas como
los animales) eligiendo entre varias alternativas, movido por razones o causas y que elabora planes o proyectos.
Según estos presupuestos, el hombre actúa cuando toma decisiones, en el ejercicio de su libertad y responsabilidad.
No actuamos por motivación (dice Gustavo Bueno que sólo se motiva a los animales como en el aprendizaje por
premios y castigos) sino porque así lo hemos decidido y aceptamos las consecuencias de nuestra decisión. Motivar a
alguien es empujarle a hacer algo que no quería porque sino ya lo hubiese hecho, es lo contrario a la libertad con
responsabilidad, a la decisión. Uno puede, muchos días, ir desmotivado al trabajo, o un estudiante no estar motivado
hoy para estudiar, o en una relación de pareja tener momentos de poca motivación, o los jugadores de fútbol estar
desmotivados para un partido; pero, uno va a trabajar, el estudiante estudia, se sigue la relación de pareja y los
jugadores (no todos) se esfuerzan porque así lo han decidido, estén motivados o no.
La motivación en el trabajo es irrelevante. Es más, pienso que a uno no le puede gustar su trabajo. Dice Aristóteles
que «toda acción obligada se hace desagradable» y recordemos que uno de los criterios que hemos dado en la
definición de trabajo para distinguirlo de otras actividades humanas es que es obligado luego, va contra la libertad y
la decisión y se hace desagradable, trabajo forzado decía Marx (aunque alguno parezca gozar en esta especie de
esclavitud, que decidan por él sin tener que enfrentarse a su libertad y responsabilidad; incluso, hay quien no sabe
que hacer en su tiempo libre, en sus vacaciones: es «el miedo a la libertad» que denunciaba Erich Fromm en su
famoso libro o, peor aún, el ocio como trabajo y el aburrimiento en la ciudad mercantilista, que todos hemos
sentido, y que destacaban los situacionistas). A uno le pueden gustar algunas actividades que realiza en su trabajo
pero, no le puede gustar tener que realizarlas obligatoriamente todos los días y con un horario impuesto (estamos
esclavizados por el tiempo, que es una entidad abstracta; pero, éste es otro tema). Entonces, los «mejores» trabajos
serán aquellos que menos se parecen al trabajo: por su libertad de horarios, porque uno es su propio jefe, o porque
son creativos (agricultor, algunos trabajadores autónomos, artista, &c.) ya que son menos obligados, en ellos uno es
más libre y responsable.
Para concluir: el hombre es un ser activo, pero su esencia no es el trabajo sino la actividad deliberada (incluso la
pereza como decía Lafargue). Trabajar es necesario en la sociedad actual para sobrevivir (puede que en el futuro los
robots realicen todos los trabajos y las personas nos dediquemos a actividades creativas: cultivar la tierra, charlar,
pintar, estudiar, poner enchufes, pasear, sentir, pensar, &c.) y lo hacemos porque así lo hemos decidido (podríamos
haber decidido no trabajar e irnos a vivir al monte con unas cabras).
En internet, muchas personas realizan páginas web en las que «cuelgan» información y conocimientos para los que
quieran acceder a ellos, gratuitamente. Es una actividad deliberada que les ha supuesto esfuerzo y dedicación, una
intensa actividad no obligada y no remunerada. Todos los que hemos colaborado en esta revista al realizar nuestros
artículos no hemos trabajado (porque no nos han pagado por ello) ni nadie nos ha motivado. Tal vez, sea para abrir
un nuevo espacio poético (productivo, según Aristóteles) no laboral.