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HISTORIA SOCIAL

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Rémond, René, et al. <i>Hacer la Historia del siglo XX</i>, Biblioteca Nueva, 2014. ProQuest Ebook Central,
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El «pasado-presente»: una aproximación diferente
de la historia del «tiempo presente»
GÉRARD NOIRIEL
École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS), Paris

La emergencia de la historia del «tiempo presente» ha tenido consecuencias muy im-


portantes para la investigación histórica francesa a partir de los años 80. Una de las razo-
nes de su éxito se debe al hecho de que este nuevo campo de investigación, más que aña-
dirse a los otros, les ha afectado desde dentro. Tal como se desprende del propio programa
de este encuentro francoespañol, existe hoy una historia económica, política, cultural, re-
ligiosa, militar del «tiempo presente». En lo que se refiere a la historia social, las cosas
son algo más complicadas. Ese campo de la investigación histórica tuvo su momento de
gloria en los años 50 y 60 con la historia económica y social impulsada por Fernand Brau-
del y Ernest Labrousse, pero desde hace unos quince años esa perspectiva sufrió un decli-
ve y la historia social hubo de recomponerse a través de muy diversos caminos. No me
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considero competente para presentar todas las tendencias que, poco o mucho, pueden in-
vocar su filiación con la historia social, por lo que, más modestamente, me limitaré aquí
a evocar la corriente de investigación colectiva a la que se adhieren mis propios trabajos,
con objeto de intentar situarla en relación con la historia del tiempo presente.

DE LA HISTORIA SOCIAL A LA SOCIOHISTORIA

Generalmente, la historia social se entiende como el campo de investigación que es-


tudia la «sociedad» o los «hechos sociales». Tal definición tiene el inconveniente de re-
sultar extremadamente amplia. Como ya en los años 30 decía Lucien Febvre, puesto
que son los hombres los que hacen la historia, todo es «social» en historia. De modo
que la historia social sería una historia total. Pero, si aceptamos esa lógica, todos los his-

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toriadores podrían afirmar, cualquiera que fuese el campo de su competencia, que tam-
bién ellos hacen historia social, y ésta carecería entonces de toda consistencia. En la
práctica, los mejores historiadores sociales han soslayado esa dificultad tejiendo una
red de alianzas con las disciplinas próximas. La historia económica y social de Braudel
y Labrousse ha sido en realidad una historia económica de la sociedad, enriquecida des-
pués por una historia demográfica y más tarde por una historia antropológica. En resu-
men, la historia social no puede realmente existir como campo autónomo de investiga-
ción histórica más que si se define no en relación con la parcela de la realidad que
estudia (lo «social»), sino en relación con el tipo de competencia científica que pone en
juego. Tal constatación es la que me ha llevado, junto con otros colegas, a dejar de lado
la etiqueta de «historia social» para sustituirla por «sociohistoria», término que designa
la corriente de investigación histórica que mantiene una relación más estrecha con la
sociología. Aunque la expresión no se empleara entonces, la «sociohistoria» fue una de
las líneas maestras del proyecto defendido por Annales en los años 30, gracias sobre
todo a Marc Bloch, el más sociólogo de los historiadores franceses. Pero, tras la Segun-
da Guerra Mundial, el desarrollo de los lazos con la economía, la demografía y la an-
tropología no permitió la realización de esa historia sociológica que tan ardientemente
deseaba Marc Bloch. Por eso tomamos hoy su herencia como punto de partida1.
Si no cabe considerar la sociohistoria como una simple tendencia de la «historia del
tiempo presente» es, sobre todo, porque no se basa en la misma definición del «presen-
te». Precisamente para marcar esa diferencia los «sociohistoriadores» han tomado la
expresión «pasado/presente» de Marc Bloch. Para evitar malentendidos me apresuraré
a precisar que esta «otra» historia del tiempo presente no pone en ningún caso en cues-
tión los méritos de la que se practica hoy en día. Por el contrario, toda la disciplina se
beneficiará de la diversificación de los métodos de aproximación. Como decía Marc
Bloch, cada campo del conocimiento es «una perspectiva que otras perspectivas habrán
de completar» y «el peligro comienza cuando cada proyector pretende verlo todo él
solo, cuando cada región del saber se considera una patria»2. Insisto en el hecho de que
esta ponencia se refiere exclusivamente a las tentativas de definición de la historia del
tiempo presente. Como he intentado demostrar en una obra reciente3, los debates entre
historiadores se ven a menudo oscurecidos por el hecho de que los protagonistas con-
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funden dos niveles que conviene distinguir: el nivel de la investigación empírica y el ni-
vel de los discursos sobre la historia. Como la mayoría de los otros campos de la inves-
tigación histórica, la historia del «tiempo presente» se desarrolló al principio por
razones contingentes. Como en muchos otros países, la preocupación por comprender
los errores del nazismo y de la Segunda Guerra Mundial originó una demanda de his-
toria centrada en el pasado reciente que la historiografía clásica no estaba capacitada
para satisfacer. Por esa razón un reducido grupo de historiadores, alentados por los po-

——————
1
Esta constatación es válida sobre todo para la historia contemporánea, pues, para los «modernistas», la
historia cultural impulsada por Daniel Roche y Roger Chartier se definió explicitamente como una «socio-
historia» desde los años 70.
2
Marc Bloch, Apologie pour l’histoire ou métier d’historien, París, A. Colin, 1993 (reed.), pág. 163.
3
Gérard Noiriel, Sur la «crise» de l’histoire, París, Belin, 1996.

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deres públicos, se unieron para colmar esa laguna. A la larga, las investigaciones se fue-
ron extendiendo progresivamente a otros puntos cercanos, llegando a cubrir toda la
época de la posguerra. Tal expansión se vio facilitada por la apertura de nuevos fondos
de archivos, la voluntad de recolectar y conservar los testimonios de los protagonistas,
el interés patente de algunos ministerios y otros organismos públicos o privados por su
propia historia. La historia del tiempo presente se institucionalizó para dar respuesta a
estas crecientes exigencias a finales de los años 70, gracias a la creación del Institu-
to que lleva su mismo nombre. El dinamismo de esta nueva corriente historiográfi-
ca se hace patente observando la gran diversidad de investigaciones empíricas que ha
generado. No es sólo que, como antes dije, casi todos los terrenos de la historia se vean
implicados, sino que además los historiadores del tiempo presente adoptan hoy proble-
máticas, métodos y conceptos cada vez más diversificados, merced a alianzas anudadas
desde hace unos diez años con las otras disciplinas, especialmente en el seno del IHTP.
Si examinamos todos estos trabajos empíricos para intentar extraer una definición de la
historia del «tiempo presente», constatamos que su verdadero punto común proviene
del hecho de que todos se centran en el pasado próximo. Así, la historia del tiempo pre-
sente aparece a menudo como un período que continúa al período llamado «historia
contemporánea». Este período delimita un espacio global de competencias (conoci-
mientos concretos sobre la historia de la posguerra y familiaridad con los archivos) que
cimienta una idea colectiva, del mismo modo que existe una identidad propia de los
«medievalistas», de los «modernistas» o de los especialistas en el siglo XIX, etc. Es
cierto que se podrían criticar los criterios adoptados para establecer estas divisiones.
Algunos epistemólogos han contestado el papel que los historiadores asignan a los
«hechos fundacionales» (el descubrimiento de América, la Revolución Francesa, la
Segunda Guerra Mundial, etc.), a la hora de distinguir los grandes «períodos» de la
historia4. Pero no quisiera situar el debate en este terreno. Pienso que todo investiga-
dor tiene, necesariamente, que delimitar su campo de estudio para poderlo abordar
empíricamente, y, para mí, los criterios cronológicos no son más arbitrarios que cua-
lesquiera otros para justificar tales divisiones. Son convenciones similares a las que
existen en todas las ciencias. A partir del momento en que dichas convenciones han
sido aceptadas por una comunidad de investigadores, tienen una legitimación cientí-
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fica que me parece absurdo contestar desde «el exterior». Si nos situamos en el pla-
no de la investigación empírica, una crítica global de la historia del tiempo presente
no tiene más sentido que una crítica global de los otros períodos. Por esta razón la
presente comunicación no trata más que de las definiciones explícitas que se han
dado de la historia del «tiempo presente», y no de las investigaciones empíricas que
pertenecen a este campo.
En el limitado marco de esta ponencia, centraré mi reflexión en el estudio publica-
do por Denis Peschanski, Michael Pollack y Henry Rousso «Le temps présent, une de-
marche historienne à l’épreuve des sciences sociales» que constituye el primer capítu-

——————
4
Cfr. particularmente Daniel Milo, Alain Boureau (dir.), Alter-histoire. Essais d’histoire expérimentale,
París, Les Belles Lettres, 1991.

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lo de una obra colectiva editada por el IHTP5. Este texto es importante porque los auto-
res responden a las críticas realizadas contra la historia del tiempo presente y demues-
tran al mismo tiempo por qué se trata de un campo con plenos derechos dentro de la in-
vestigación histórica. Pero esta obra marca también el comienzo de una nueva etapa en
la historia de esta corriente, ya que los autores se sitúan claramente en la vía del diálo-
go interdisciplinario. Según ellos, el criterio esencial que permite afirmar que la histo-
ria del «tiempo presente» constituye «un campo científico específico», es la presencia
de «testigos» vivos. Éstos «condicionan el trabajo del historiador, quiera o no quiera»,
porque permiten fijar los límites cronológicos del «tiempo presente». Este campo de la
investigación histórica constituye pues, en opinión de los autores, un período. Pero
mientras que los otros períodos («antiguo», «medieval», «moderno» o «contemporá-
neo») están enmarcados por límites cronológicos fijos, los límites del «tiempo presen-
te» son móviles y se desplazan a medida que desaparecen los testigos más viejos y son
sustituidos por nuevos actores. Esta flexibilidad de los marcos cronológicos es peculiar
de la historia del «tiempo presente». Pero para dichos autores resulta sobre todo proble-
mática la labilidad del límite post quem. Teniendo en cuenta que la «frontera [...] entre
el momento presente —la actualidad— y el instante pasado» es «a menudo delicada de
situar», el historiador del tiempo presente debe redefinir constantemente sus objetos de
estudio para «integrar continuamente nuevas secuencias cronológicas, lo que conlleva
tensiones y dificultades»6. Estas tensiones se explican especialmente por el hecho de
que el historiador del tiempo presente tiene que contar con otras formas de aprehender
el pasado próximo; concretamente, con las desarrolladas por los periodistas, especialis-
tas en el tratamiento de la actualidad, y, sobre todo, por las ciencias sociales. Esta pro-
ximidad acarrea a menudo una «competitividad llena de animosidad y de exclusividad»
que los autores rechazan abogando por un diálogo interdisciplinar que preserve la espe-
cificidad de los diferentes acercamientos. Añaden que las particularidades de la histo-
ria del tiempo presente explican «la singularidad de sus métodos». Entre ellas, los au-
tores señalan «cierta obsesión por la cronología», «una predilección por el estudio de
los períodos de ruptura, particularmente (pero no sólo) políticos», la importancia dada
a la «historia oral», y una «descofianza instintiva, más marcada aquí que en otros sec-
tores de la historiografía francesa, hacia todo intento de conceptualización o de mode-
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lización, desconfianza a menudo infundada, a veces hipócrita incluso, especialmente


cuando no es sino un alibí que esconde la falta de perspectiva o de ambición intelectua-
les»7. Estas precisiones demuestran el afán de los autores por una evolución de la his-
toria del tiempo presente que la abra más hacia las ciencias sociales. Pero al mismo
tiempo se esfuerzan en justificar sus orientaciones de base contra aquellos que las cri-
tican, y muy particularmente contra Annales. Poco tiempo antes de la publicación de
este texto, en efecto, el comité de redacción de la revista había lamentado «el retorno

——————
5
Denis Peschanski, Michael Pollack, Henry Rousso (dir.), Histoire politique et sciences sociales,
Bruselas, Éd. Complexe, 1991. Esta obra reúne las contribuciones presentadas a lo largo de un seminario in-
terdisciplinar organizado por el Institut d’Histoire du Temps Présent.
6
Ibíd, pág. 15.
7
Ibíd., pág. 16.

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de lo narrativo, del acontecimiento, de lo político, de la biografía»8. Lejos de compartir
la opinión de Annales, Denis Peschanski, Michael Pollack y Henry Rousso consideran,
al contrario, que la investigación histórica francesa ha experimentado en las tres últimas
décadas tres mutaciones esenciales: el retorno de los acontecimientos, el retorno de lo
político y la renovación de las investigaciones sobre el siglo XX. En su opinión, uno de
los grandes méritos de los historiadores del tiempo presente es haber sabido, a diferen-
cia de Annales, tener en cuenta dichas mutaciones en las investigaciones que han pro-
piciado9.
He citado ampliamente este estudio porque nos permite comprender en qué se di-
ferencian la historia del «tiempo presente» y la historia del «pasado/presente». La ori-
ginalidad de esta última procede del hecho de no ocuparse de un período determinado,
sino de un problema que podríamos enunciar de la siguiente manera: ¿de qué modo se
relacionan entre sí pasado y presente? Pero hay que apresurarse a añadir que esta cues-
tión, de momento, no ha suscitado la atención de ninguna corriente estructurada de in-
vestigación histórica, sino que ha sido planteada (y tratada) de los más diversos modos
por los historiadores, pero también (y sobre todo) por sociólogos, politólogos, antropó-
logos, e incluso filósofos, que la designan con diversos términos («génesis»10, «genea-
logía», etc.), quienes han dado respuesta a la cuestión en función de las preocupaciones
propias de su disciplina. Si esta cuestión implica a todas las ciencias del hombre y de la
sociedad, es debido a que el presente que estudian es en sí mismo un producto de la his-
toria. Por su parte, los historiadores no pueden ignorar que la visión que proyectan so-
bre el pasado está condicionada por el presente. Así pues, la reflexión sobre el «pasa-
do/presente» se inscribe de inmediato en el ámbito interdisciplinar, pero desde una
perspectiva alejada de la que defienden los historiadores del tiempo presente. Como ya
hemos visto en el estudio citado, estos últimos comienzan por proponer una definición
del «tiempo presente» propia de historiadores y se tornan después hacia las otras disci-
plinas con propuestas de colaboración. En esta perspectiva la interdisciplinariedad afec-
ta al contenido de las investigaciones empíricas, pero no a la elaboración del propio
marco de investigación. Para los historiadores del pasado/presente, la interdisciplinarie-
dad constituye una cuestión previa, puesto que la elucidación de las relaciones entre pa-
sado y presente concierne por igual a todas las disciplinas. Si cada una de ellas enfoca
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el problema de una forma específica, el objetivo debiera consistir en homogeneizar las


distintas perspectivas para constituir una nueva disciplina. Al preconizar una historia
del «pasado/presente» Marc Bloch mostró el modo en que los historiadores podrían
contribuir a esta empresa común. Desgraciadamente, el terreno que empezó a desbro-
zar no fue posteriormente muy cultivado por sus sucesores. Así pues, me apoyaré espe-

——————
8
«Histoire et sciences sociales. Un tournant critique?», Annales ESC, 2, marzo-abril, 1988, pág. 292.
9
«El campo del tiempo presente es también particular porque focaliza la atención sobre el aconteci-
miento, la contingencia, las aceleraciones de la Historia», Denis Peschanski, Michael Pollack, Henry Rous-
so, ob. cit., pág. 15.
10
La revista Genèses. Sciences sociales et histoire, que creamos en 1991, reúne a historiadores, sociólo-
gos, antropólogos y politólogos que se esfuerzan desde hace diez años en impulsar la historia del pasado/pre-
sente tal como la presentamos aquí.

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cialmente en su obra para exponer en esta ponencia las características fundamentales de
la historia del «pasado/presente».

«TODA HISTORIA SE ESCRIBE EN PRESENTE»

Interrogarse sobre las relaciones entre pasado y presente, para un historiador, signi-
fica ante todo extraer las últimas consecuencias de la conocida afirmación de Benedet-
to Croce: «toda historia se escribe en presente». Con estas palabras el filósofo italiano
se enfrentaba a los historiadores «metodistas» de finales del siglo XIX, convencidos de
que el «alejamiento temporal» bastaba para hacer objetiva cualquier investigación his-
tórica. En contra de la idea ingenua de que el historiador podría «desaparecer» para res-
tituir el pasado tal como verdaderamente fue, filósofos y sociólogos subrayaron muy
pronto que la mirada del investigador no es nunca neutra. Aun inconsciente de ello, se-
lecciona y organiza sus materiales de archivo en función de unos planteamientos que
obedecen a las preocupaciones de su tiempo. Decir que la historia se escribe en presen-
te significa pues afirmar que toda investigación histórica depende de un particular pun-
to de vista. A comienzos de siglo se insistió especialmente en el hecho de que el histo-
riador es tributario de su época. Max Weber considera que la historia es una ciencia
condenada a permanecer eternamente joven, pues el estudio del pasado, aun del más re-
moto, se enriquece continuamente con nuevas interpretaciones en función de los varia-
bles intereses del presente11. Desde comienzos del siglo XIX, las lecturas sobre la histo-
ria de la Revolución Francesa se han renovado incesantemente, porque este hecho
fundacional no ha dejado nunca de ser cuestionado en función de las transformaciones
sociales, culturales y políticas de Francia. Pero el punto de vista del historiador no está
sólo condicionado por la época en la que vive. Al decir que la historia se escribe siem-
pre en presente, se resaltan también los presupuestos sociales y políticos que determi-
nan la investigación científica; la nacionalidad, el sexo o el origen social juegan un pa-
pel indiscutible en la elección de los temas y en la forma de entenderlos. Aun cuando
intentamos actuar con la mayor objetividad posible, las palabras que empleamos están
cargadas de la historia del país en el que nos formamos. En realidad, cuando el historia-
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dor del «pasado/presente» afirma que toda historia se escribe en presente, plantea una
cuestión de orden epistemológico que concierne a todos los historiadores: si toda inves-
tigación histórica está condicionada por «puntos de vista» particulares (propios de una
época, de una nación, de un grupo social, de un género), ¿hay que renunciar definitiva-
mente a la idea de objetividad? Los historiadores más comprometidos con una visión
de la historia puesta al servicio de los intereses de su comunidad, especialmente en
Estados Unidos, contestan afirmativamente. La idea de que el historiador adopte una
«distancia» en relación con los intereses y la problemática del presente, es vista como
una supervivencia del positivismo. Por otro lado, desde comienzos del siglo, las cien-
cias sociales han afirmado que el alejamiento temporal no basta para tener la necesaria

——————
11
Max Weber, Essais sur la théorie de la science, París, Plon, col. Presses Pocket, 1992.

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distancia científica, pero que ésta podría conseguirse gracias a la elaboración conscien-
te de un cuestionamiento teórico, adaptado a las exigencias del presente. Por esa razón
afirmaban Durkheim y sus discípulos que la historia se transformaría en una verdade-
ra ciencia cuando lograra superar el estadio de los estudios monográficos y se centrara
en descubrir las generalidades de los fenómenos estudiados. Desde esa perspectiva, al
extraer «las leyes de la historia» o al menos sus constantes, el historiador alcanzaría
realmente la objetividad.
Si retomamos la definición de la historia del tiempo presente, constatamos que sus
autores se distancian de los historiadores «metodistas», sin asumir por ello el punto de
vista de los sociólogos. Al contestar a todos aquellos que han reprochado a la historia
del tiempo presente «falta de distancia» y estar «demasiado próxima al periodismo»,
los autores se limitan a afirmar que ese debate «está hoy superado» pues «la práctica ha
demostrado que tal historia puede perfectamente fundarse sobre bases científicas (y
que) de todas formas su necesidad social existe y debe ser asumida por los historiado-
res»12. Lo problemático en este razonamiento es que no aporta ningún criterio que nos
permita definir la noción de «alejamiento científico». La referencia a la «necesidad so-
cial» no dice nada sobre la manera de dar respuesta a dicha necesidad. El argumento de
la «practica» funciona aquí como un criterio de autoridad («lo que hacemos es científi-
co, porque somos doctos»). Parece como si para los autores, en materia de historia del
tiempo presente, toda tentativa de deducir criterios generales y poder definir la distan-
cia entre el investigador y su objeto de estudio estuviera destinada al fracaso. El histo-
riador del pasado/presente está más o menos de acuerdo en este último punto. En su
opinión, no es posible deducir fundamentos del conocimiento que nos den la garantía
de ser «objetivos», Por esta razón rechaza tanto el alejamiento temporal de los «meto-
distas» como la distancia teórica del sociólogo. Pero no por ello el historiador del tiem-
po pasado/presente renuncia a explicar en que consiste la «distancia» que caracteriza a
todo proceso científico. Para elucidar este problema se vuelve hacia las ciencias socia-
les, intentando comprender mejor lo que diferencia, en un plano práctico, a las comu-
nidades científicas de los otros medios sociales. Si abordamos la cuestión de la «distan-
cia» desde esta perspectiva, observamos que el término designa en realidad un
problema social. A finales del siglo XIX, el argumento de la «distancia temporal» lo es-
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grimieron los historiadores universitarios contra el mundo de los historiadores diletan-


tes (aristócratas, eclesiásticos, notables) que utilizaban la historia como arma en los
combates políticos del momento (generalmente contra la República). Según los histo-
riadores universitarios, para merecer el nombre de ciencia, la historia debía ser «objeti-
va», en el sentido de que debía dejar de ser utilizada para alimentar rencillas partidis-
tas. Es cierto que los historiadores metodistas equivocaron el camino al creer que «la
distancia temporal» era el criterio de objetividad por excelencia. Sin embargo, tuvieron
el mérito de afirmar que todo proceso científico necesita distanciarse de las pasiones e
intereses del presente. Este ideal de objetividad ha llevado a todos los Estados democrá-
ticos a adoptar medidas tendientes a preservar la autonomía de la universidad. El Estado

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12
Denis Peschanski, Michael Pollack, Henry Rousso, ob. cit., pág. 14.

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remunera a los historiadores para que puedan realizar sus investigaciones sin tener
que depender de grupos que utilizan la historia para defender sus intereses particulares.
La misión de los científicos es servir a un único interés, el de la verdad. Es cierto que
entre el planteamiento y la realidad hay una diferencia considerable; pero el hecho de
que este ideal no haya sido nunca alcanzado no impide que haya funcionado como un
argumento, como una norma interna de la disciplina. Desde hace un siglo los historia-
dores han criticado las insuficiencias y las contradicciones de su disciplina en nombre
de esta norma. Gracias al aguijón de estas «llamadas al orden» la investigación históri-
ca ha ido ganando poco a poco objetividad respecto a comienzos de siglo. Hoy ya no es
posible defender ingenuamente el interés nacional pretendiendo enunciar verdades uni-
versales. Pero la investigación histórica se ha vuelto más objetiva, sobre todo, porque
los puntos de vista sobre el pasado se han diversificado. Desde esta perspectiva, la cues-
tión de la objetividad no se plantea en la lógica del todo o nada, sino en términos de gra-
duación: más o menos objetivo, más o menos cierto.
Al fin y al cabo, para el historiador del pasado/presente, afirmar que toda historia
se escribe en presente no es sólo recordar que las investigaciones sobre el pasado están
determinadas por la época, la nacionalidad o el género, sino que están también determi-
nadas por la pertenencia a una profesión: el «oficio» de historiador. Desde este punto
de vista, defender la «distancia» científica viene a ser una defensa de la autonomía de
la disciplina, a fin de que pueda continuar elaborando un saber propio, incluso si éste
entra necesariamente en conflicto (especialmente en historia contemporánea) con los
deseos y los intereses de otros grupos sociales. Pero, ¿en que consiste dicha autonomía?
Éste es el último problema que se desprende de la afirmación de que toda historia se es-
cribe en presente. Para esclarecerlo conviene distinguir dos niveles:

En primer lugar, una disciplina es autónoma cuando es capaz de elaborar sus pro-
pios interrogantes. Por eso el historiador no puede limitarse a contestar a las preguntas
planteadas por los protagonistas del mundo social. Ciertamente, sería una ilusión creer
que el historiador puede vivir en una torre de marfil separado del mundo que le rodea.
Es incluso totalmente lícito que las investigaciones que emprende estén en relación con
las preocupaciones del «gran público» o de la «opinión pública». Pero debe ser capaz
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de traducir las preocupaciones de los «profanos» planteando las cuestiones de acuerdo


con el grado de desarrollo alcanzado por las ciencias del hombre y de la sociedad. Es
lo que Marc Bloch llamaba la historia-problema. Mientras que los hombres manifies-
tan a menudo una tendencia espontánea a juzgar (denunciar/rehabilitar) a los actores
del pasado, el historiador quiere comprender y explicar sus comportamientos. Gracias
a ello el historiador puede «sacar lecciones de la historia» y ayudar a los hombres de su
tiempo a que no repitan los errores del pasado.
En segundo lugar, una disciplina es autónoma en la medida en que la vida colecti-
va de sus miembros obedece a reglas que le son propias. Las universidades han con-
seguido su autonomía en relación con el poder político defendiendo la idea de que
sólo los especialistas de un campo están capacitados para juzgar sobre el valor de los
conocimientos que se producen en su ámbito. Por eso los estados democráticos han do-
tado a los científicos de medios concretos para que la crítica interna pueda desarrollar-

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se plenamente (multiplicación de las revistas especializadas, papel cada vez más am-
plio dado a las comisiones de especialistas, a los tribunales de tesis, etc.). Desde este
punto de vista, un conocimiento puede ser considerado «verdadero» cuando ha sido va-
lidado por los pares. La verdad no es un «estado», sino un proceso social, un procedi-
miento que implica un debate colectivo. Finalmente, el historiador del pasado/presente
que afirma que toda historia se escribe en presente, defiende los principios democráti-
cos sobre los que se asienta su disciplina. Cuanto más autónoma es la comunidad, más
se respetan las normas que definen su funcionamiento y los conocimientos que produ-
ce tienen más posibilidades de ser «verdaderos». Evidentemente, esto no significa en
ningún caso que los historiadores estén horros de toda reflexión sobre los criterios que
permiten diferenciar lo verdadero de lo falso en su ámbito de investigación empírica.
La perspectiva «pragmatista» que aquí defiendo afirma simplemente que dichos crite-
rios no pueden separarse de las cuestiones que se estudian concretamente. Por eso, los
debates abstractos y generales relativos a la historia conducen normalmente a un calle-
jón sin salida. Esta afirmación constituye otro punto de divergencia con la historia del
tiempo presente sobre el que quisiera detenerme un momento, tomando como ejemplo
las polémicas suscitadas por el debate sobre la historia cronística.

LA CUESTIÓN DEL «ACONTECIMIENTO»

Denis Peschanski, Michel Pollack y Henry Rousso consideran en su obra que el es-
tudio de los «acontecimientos» es una dimensión esencial de la historia del tiempo pre-
sente. En efecto, «el siglo XX —nuestro tiempo presente— ha sido particularmente rico
en transformaciones de todo tipo, políticas, económicas, tecnológicas, culturales, en las
que el acontecimiento devastador o fundador, como las guerras, las crisis o las revolu-
ciones, han desempeñado un papel fundamental». Además, gracias al desarrollo de los
medios de comunicación, el acontecimiento es «más que nunca un punto de referencia
de los individuos, grupos sociales y naciones».
Los autores justifican también su interés por los acontecimientos invocando razo-
nes de orden epistemológico. El filósofo Paul Ricœur ha mostrado que los historia-
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dores de Annales, y particularmente Fernand Braudel, habían creído poder liberarse


de la «historia cronística», cuando en realidad habían seguido poniendo en práctica
los principios que gobiernan la historia-relato13. Firmes en sus opiniones, Denis Pes-
chanski, Michael Pollack y Henry Rousso, afirman que Annales emprendió un cami-
no falso al oponer «duración larga» y «acontecimiento» para restar crédito a la histo-
ria política. Apoyándose en las reflexiones de René Rémond, discuten la idea de que
la historia política esté abocada a lo efímero y subrayan que las nuevas investigacio-
nes desarrolladas en este terreno ya no oponen «tiempo corto» (el acontecimiento) y
«tiempo largo» (las estructuras), sino que sacan a la luz la pluralidad de los ritmos
políticos14.
——————
13
Cfr. particularmente Paul Ricœur, Temps et récit, París, Seuil, 1991, 3 vols.
14
Denis Peschanski, Michael Pollack, Henry Rousso, ob. cit., pág. 28.

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Para el historiador del pasado/presente este tipo de polémicas (en pro o en contra
del «acontecimiento») no aporta nada al conocimiento histórico, pues los puntos de vis-
ta que entran en conflicto se asientan en presupuestos irreconciliables. Afirmar que los
historiadores del siglo XX han de interesarse forzosamente por los acontecimientos po-
líticos porque durante ese período fueron numerosos y trágicos, es adoptar un punto de
vista «realista» sobre la historia. Desde esa perspectiva, en efecto, es la «realidad» la
que impone al historiador sus objetos de estudio. Se trata de una presuposición como
cualquier otra, pero no vemos por qué habría de tener fuerza de ley. Dicho de otro
modo, el hecho de haber vivido dos guerras mundiales en el siglo XX, no implica que
los historiadores tengan «necesariamente» que privilegiar el estudio de los grandes
acontecimientos políticos. Se trata de una elección, una preferencia que se puede justi-
ficar por muy diversas razones (la falta de estudios sobre el tema, el interés del públi-
co, la voluntad de comprender mejor la lógica de la guerra para así evitar otras, etc);
pero no es «la historia» la que dicta al historiador qué cuestiones debe elegir. Otro pun-
to problemático de la cita anterior concierne a la relación entre «acontecimiento» y
«larga duración». Contrariamente a lo que dan a entender los autores, la crítica que An-
nales hizo de la historia «cronística» no iba dirigida contra los objetos de estudio (cri-
sis, guerras, revoluciones), sino contra la manera de estudiarlos. Por ejemplo, la histo-
ria económica y social en «tiempo largo» que desarrolló Ernest Labrousse en su tesis,
se proponía explicar un gran «acontecimiento»: la Revolución Francesa. Pero tomó
para ello un nuevo camino, que privilegiaba las estructuras y las fuerzas de orden eco-
nómico, cuando hasta el momento los historiadores no se habían interesado más que
por la coyuntura y las peripecias de la acción política.
Vuelvo a precisar que mi objetivo no es en absoluto criticar la importancia que los
historiadores del tiempo presente conceden a los grandes acontecimientos políticos. Lo
problemático, para mí, son los argumentos que esgrimen al defender su punto de vista.
Dichos argumentos no son pruebas, sino preferencias, por lo que pueden ser fácilmen-
te refutados por aquellos que tienen otras preferencias. Así se entiende por qué este tipo
de polémicas («por o contra el acontecimiento») carecen de salida. Para el historiador
del pasado/presente es preferible reconstituir la historia de la polémica a fin de esclare-
cer las apuestas que subyacen en ella, que prolongarlas indefinidamente. Sin entrar en
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los detalles de un análisis que he desarrollado en otra ocasión15, recordaré que las dis-
cusiones sobre el estatus del acontecimiento en historia enfrentaron al comienzo a so-
ciólogos e historiadores. A finales de siglo, todos los protagonistas de este debate están
de acuerdo en definir el acontecimiento como un «acto que no se produce más que una
vez». Los historiadores piensan que su disciplina debe centrarse en el estudio de los fe-
nómenos singulares, únicos. Por el contrario, los sociólogos estudian el pasado buscan-
do leyes, constantes (lo que la escuela de Durkheim llama a menudo «instituciones»).
Observan los acontecimientos no en sí mismos, sino aislando en cada uno de ellos los
elementos que se encuentran en los demás. Como subraya el historiador Paul Lacombe
«leyendo a los historiadores narrativos no se encuentran más que acontecimientos; para

——————
15
Gérard Noiriel, Sur la crise de l’histoire, ob. cit.

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los sociólogos, en cambio, no hay sino instituciones»16. Charles Seignobos —conside-
rado por muchos uno de los «padres fundadores» de la historia cronística— combate
con fuerza a quienes pretenden establecer una ciencia social siguiendo el modelo de las
ciencias naturales. Según él, «sólo los historiadores narrativos se libran de tal ilusión,
pues sus estudios les enfrentan a individuos»17. Como se pone de manifiesto en este re-
sumen, en aquel entonces los debates sobre «el acontecimiento», no enfrentaban a los
partidarios de la historia social y a los de la historia política: el enfrentamiento se daba
entre los que centran su estudio en los individuos y los que se interesan por las «insti-
tuciones». A lo largo de los años 30, los fundadores de Annales, retoman y adaptan los
argumentos de los sociólogos de la escuela de Durkheim con el objetivo de desacredi-
tar la historia política. Debemos a Lucien Febvre la expresión «historia cronística» tal y
como la empleamos los historiadores. En una reseña dedicada a la serie de obras diri-
gida por Henri Hauser sobre la historia diplomática de Europa (1871-1914), critica un
procedimiento que recuerda y prolonga los manuales de política extranjera publicados
por Émile Bourgeois a partir de 1892. Obnubilado por los «hechos eventuales, como a
veces se dice », subraya Febvre, tal procedimiento insiste en las negociaciones diplomá-
ticas olvidando la «constante presión de lo económico sobre lo político», que es un ele-
mento determinante de la conducta de los Estados18. Después de la Segunda Guerra
Mundial los partidarios de Annales imponen la expresión «historia cronística» en el vo-
cabulario usual de los historiadores. La primera verdadera definición de este término la
encontramos en el célebre artículo de Fernand Braudel sobre la «larga duración», pu-
blicado en 195819. Braudel pone en tela de juicio «la historia tradicional, llamada cro-
nística, etiqueta que se confunde con la de historia política»; y añade: «la historia de los
últimos cien años, casi siempre política, centrada en el drama de los grandes aconteci-
mientos trabajó en y sobre el tiempo corto. Tal vez fue el precio que hubo que pagar por
los progresos realizados durante ese mismo período, en la conquista científica de ins-
trumentos de trabajo y de métodos rigurosos». Como puede verse, para Braudel, histo-
ria cronística, historia política e historia tradicional son prácticamente sinónimas. Esta
«vieja» historia se opone a la historia «nueva» que desea ardientemente ver aparecer, y
que se centraría en los factores económicos y sociales, la larga duración y los métodos
cuantitativos.
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Si nos parece útil recordar la génesis de esta polémica centenaria es porque ilustra
perfectamente las razones por las que, aún hoy, la historia social mantiene con la histo-
ria del tiempo presente una relación más difícil que con los restantes campos de la in-
vestigación histórica. La reflexión sobre el lugar que ocupa el acontecimiento en histo-
ria no fue nunca un medio de hacer progresar la disciplina, sino que fue utilizada
fundamentalmente como un arma en la competitiva lucha que enfrenta la historia social

——————
16
Paul Lacombe, De l’histoire considérée comme science, París, Hachette, 1894.
17
Charles Seignobos, La Méthode historique apliquée aux sciences sociales, París, Félix Alcan, 1901,
pág. 240
18
Lucien Febvre, «Contre l’histoire diplomatique en soi», dans Combats pour l’histoire, París, A. Colin,
1953, pág. 62 (1.ª. ed. 1931).
19
Fernand Braudel, «La longue durée», Annales ESC, 4, octubre-diciembre, 1958.

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y la historia política. Hay que reconocer que los historiadores de Annales (principal-
mente Lucien Febvre y Fernand Braudel) hicieron de motor de esas polémicas. Fueron
ellos, en efecto, quienes impusieron en el vocabulario histórico, las connotaciones ne-
gativas al término «cronística». En el informe redactado en 1965 para el Congreso In-
ternacional de Ciencias Históricas, Jean Glénisson (a pesar de estar cerca de Annales)
marcaba sus distancias sobre el tema, lamentando que el adjetivo «cronística» hubiese
adquirido «un lugar privilegiado en el catálogo de las denominaciones peyorativas de la
historia tradicional». Unos años más tarde, Raymond Aron20 subrayaba a su vez que «la
historia cronística es una noción oscura porque la escuela de los Annales la utiliza con
intención polémica para desacreditar a quienes la practican». La noción es, en efecto,
obscura, pues no designa ningún ámbito concreto de la investigación empírica. Si exa-
minamos los trabajos científicos publicados por los historiadores franceses entre 1880
y 1930, no tenemos más remedio que reconocer que la historia cronística —esa histo-
ria-batalla, puramente cronológica, que Lucien Febvre estigmatiza— no ha existido
nunca. No es casualidad que el proceso comenzase con una reseña sobre el Manuel
d’histoire diplomatique de Emile Bourgeois. Este «historiador» colmado de honores no
estuvo nunca familiarizado con la crítica histórica y sólo había publicado obras de di-
vulgación. Este tipo de escritos tiene poco que ver con los trabajos de erudición que los
historiadores habían producido desde comienzos de siglo sobre los grandes aconteci-
mientos de la Revolución Francesa o sobre las crisis diplomáticas. Al condenar la his-
toria cronística, los fundadores de Annales rechazaban, en realidad, una concepción de
la historia volcada sobre su dimensión pedagógica. Si la emprendieron especialmente
contra Charles Seignobos, es porque, más que ningún otro historiador, mantuvo la con-
fusión entre las dos funciones que debe cumplir el universitario: la investigación y la
enseñanza. Lo que Lucien Febvre reprochaba a los jefes de fila de la generación ante-
rior es que hubiesen abandonado el frente de la reflexión histórica rigurosa para limi-
tarse a publicar manuales y/o síntesis repetitivas, gracias a los cuales incrementaban sus
ingresos, pero a la vez contribuían a la esclerosis de la historia. Por lo tanto, cabe criti-
car a Annales por haber situado el debate sobre el «acontecimiento» en un nivel episte-
mológico abstracto en vez de discutir los trabajos empíricos publicados por los historia-
dores del momento. Del mismo modo, cuando los historiadores del tiempo presente
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diagnostican hoy un «retorno» del acontecimiento (o de la historia política), se inscri-


ben en una lógica de carácter polémico que no se asienta sobre ningún análisis concre-
to de la literatura científica de nuestra disciplina. Basta con examinar, como yo he he-
cho, los temas de las tesis defendidas en Francia desde hace veinticinco años, para darse
inmediatamente cuenta de que en el plano de las relaciones de fuerza, la historia políti-
ca ha sido siempre ampliamente dominante. En tales condiciones, hablar del «retorno
de lo político» no tiene sentido. Además, los debates cuyo objetivo es jerarquizar los
ámbitos del saber imponiéndoles las etiquetas tradicionales: lo «político», lo «social»,
lo «cultural», etc., ocultan el hecho de que la investigación histórica progresa la mayor
parte de las veces adoptando nuevas designaciones. La historia de la emigración, por

——————
20
Cfr. L’historien entre l’ethnologue et le futurologue, París, EHESS, 1972, pág. 65.

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ejemplo, que ha tenido un gran desarrollo en Francia en los últimos años, participa a la
vez de la historia económica, social, política, cultural, etc. El último punto negativo que
resulta de estas polémicas concierne al uso que los historiadores hacen de la filosofía.
De nuevo constatamos que los historiadores del tiempo presente retoman la lógica de la
argumentación popularizada por Annales. En la época de Fernand Braudel y de Ernest
Labrousse, Marx servía de aval epistemológico. Hoy, los historiadores del tiempo pre-
sente se escudan bajo la autoridad de Paul Ricœur. Pero del mismo modo que los histo-
riadores de Annales no tuvieron nunca la competencia necesaria para apreciar el valor
estrictamente filosófico del pensamiento de Marx, sus adversarios del «tiempo presente»
utilizan hoy a Ricœur como una referencia/reverencia. La concepción hermeneútica del
conocimiento que defiende este eminente filósofo no la comparten otros eminentes filó-
sofos que pertenecen a otras corrientes filosóficas. En tanto que historiadores, no estamos
capacitados para dirimir esas controversias. En tales condiciones, si citamos a un filó-
sofo para justificar nuestro punto de vista, empleamos un argumento de autoridad que
otros historiadores no pueden discutir por falta de la competencia precisa para ello, por
lo que, generalmente, responden invocando a otro filósofo.

EL PASADO EN EL PRESENTE

Si la historia del pasado/presente se esfuerza en llevar hasta sus últimas consecuen-


cias la afirmación «toda historia se escribe en presente», se esfuerza también, a la in-
versa, en analizar las mil y una maneras en que el pasado pesa sobre el mundo de los
vivos. Marc Bloch ha mostrado en su obra que esta historización del presente respon-
día a dos grandes exigencias del «oficio de historiador». En primer lugar se trata de una
dimensión esencial de la función crítica de la historia evocada anteriormente. Del mis-
mo modo que el historiador se diferencia de los otros productores de conocimiento so-
bre el pasado por su esfuerzo de problematización, busca también esclarecer las repre-
sentaciones que acarrea el pasado inserto en el presente. Los recuerdos que los hombres
guardan de los acontecimientos que han vivido alimentan a menudo esas presuposicio-
nes, pues «el recuerdo nubla a veces la imagen del presente»21. Marc Bloch ha demos-
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trado que el fracaso militar de Francia en 1939-1940 podía explicarse en gran parte por la
ceguera del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas. Todos sus miembros habían parti-
cipado en la Primera Guerra Mundial, y seguían «dominados por sus recuerdos de la
anterior campaña»22. El historiador entra aquí en conflicto con los testigos que oponen
sus experiencias vividas a las constataciones de la investigación histórica. La historia
del tiempo presente ha analizado este punto muy detalladamente, multiplicando los tra-
bajos sobre la memoria colectiva23. Pero para el historiador del pasado/presente la me-
moria de los protagonistas no es el único vehículo a través del cual el pasado se mani-

——————
21
Marc Bloch, L’Étrange Défaite, París, Gallimard, col. Folio-Histoire, 1990 (reed.).
22
Ibíd, pág. 154.
23
Cfr. particularmente Henry Rousso, Le Syndrôme de Vichy, París, Seuil, 1987.

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fiesta en el presente. Los hombres del pasado nos han dejado en herencia documentos
y otros rastros materiales que hacen posible la tarea del historiador. Pero esas huellas
también contribuyen a dar forma a las representaciones, e incluso a orientar las accio-
nes, de los hombres del presente. Desde que nacemos nos acostumbramos a vivir en un
espacio amueblado por las generaciones que nos han precedido. Hablamos una lengua,
obedecemos leyes que fueron lentamente elaboradas por hombres de épocas anteriores.
Esta familiaridad explica que, a menudo, las herencias del pasado nos parezcan natura-
les, evidentes. Sólo la iluminación de la historia nos permite comprender que esas hue-
llas han sido un escenario de confrontaciones, que el sentido que damos a las palabras,
lejos de ser «neutro», transmite a menudo la visión de los vencedores, la mirada de los
que consiguieron imponer su concepción de las cosas. El historiador, al estudiar la gé-
nesis de esas huellas, logra restaurar la historicidad del presente, mostrando que las co-
sas hubieran podido ser diferentes de lo que son hoy en día. Luchando contra la cosifi-
cación del presente, el historiador participa en el combate contra los estereotipos que,
casi siempre, se nutren de la negación de la historia24.
Esclarecer el papel que juega el pasado en el presente supone pues contribuir a am-
pliar la función crítica de la historia. Pero es también trabajar en el desarrollo de un
campo autónomo de la investigación histórica. Marc Bloch ha estudiado en su obra tres
dimensiones de este campo: dos conciernen a la metodología de la historia, la tercera
tiene relación con el objeto de estudio. A nivel metodológico, Marc Bloch emprende la
reflexión sobre la presencia del pasado en el presente en el marco de una reflexión más
amplia sobre el «método crítico». En L’Apologie pour l’histoire subraya que todo his-
toriador se ve confrontado a dificultades que provienen de la naturaleza misma del len-
guaje. Las palabras con las que trabaja se han fijado gracias a la escritura. Han podido
así atravesar los siglos mientras que su significado evolucionaba con el paso del tiem-
po. Para no caer en esa trampa que conduce al anacronismo, el historiador debe añadir
al abanico de herramientas que componen el «método crítico» instrumentos tomados
de la lingüística y la semántica25. Pero Marc Bloch ha demostrado también que la cues-
tión del pasado en el presente podía desembocar en una manera original de concebir la
síntesis en historia. El estudio de los archivos constituye, indiscutiblemente, el aspecto
central del «oficio» de historiador, aunque éste pueda publicar ocasionalmente obras de
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divulgación. Marc Bloch no condena este tipo de trabajo, pero lamenta que esté tan es-
tereotipado. La mayoría de las veces, las obras de síntesis se apoyan en un marco cro-
nológico que sirve para todo y que cohonesta los presupuestos de la historia cronística.
Marc Bloch contrapone a esa concepción rutinaria de la historia una aproximación más
inteligente de la síntesis que tenga en cuenta las preocupaciones del presente y se es-
fuerce por elaborar verdaderos problemas históricos. Su libro sobre Les Caractères ori-
ginaux de l´histoire rurale française ilustra maravillosamente bien esta forma de abor-

——————
24
La historia de la palabra «nacionalidad» permite comprender por qué este tema ha sido siempre un de-
safío político de primera magnitud en Francia. Cfr. Gérard Noiriel, «Socio-histoire d’un concept. Les usages
du mot «nationalité» au XIXe siècle», Genèses. Sciences sociales et histoire, 20, oct., 1995.
25
Sobre esta cuestión, cfr. Reinhart Koselleck, Le Futur passé. Contribution à la sémantique des temps
historiques, París, EHESS, 1990 (1.ª ed. 1979).

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dar la historia-síntesis26. Empieza el autor señalando las huellas que el mundo rural ha
dejado en el paisaje de su época (los años 20 y 30), para desarrollar después un aná-
lisis regresivo y comparativista de tiempo muy largo que le permite descifrar los rasgos
específicos del caso francés en Europa. Como él mismo señala en la introducción, se
trata de un análisis de «segunda mano» que se apoya en los trabajos que los especialis-
tas en ese campo habían acumulado desde hacía décadas. Marc Bloch reunió esos tra-
bajos en el seno de lo que llamó una «síntesis provisional» con objeto de extraer hipó-
tesis de trabajo que la investigación ulterior27 debería confirmar o invalidar. Este
modelo me sirvió de referencia a la hora de elaborar la problemática que desarrollé en
mi último libro, Les Origines républicaines de Vichy28. Mostré como algunas formas de
exclusión que surgieron durante la Tercera República, particularmente respecto a los in-
dígenas de las colonias y los franceses de origen extranjero, habían servido a la políti-
ca del Mariscal Pétain que las llevó hasta sus últimas consecuencias en el marco de su
política antisemita. Aunque el Gobierno de Vichy suponga una ruptura en relación con
las tradiciones democráticas de la Tercera República, es indiscutible que esos aspectos
negativos del pasado republicano jugaron un papel en el presente de Vichy.
Finalmente, la cuestión del pasado en el presente se puede también tratar como un
problema de la investigación empírica. Marc Bloch exploró esta dimensión en su libro
Les Rois Thaumaturges. Aquí, el «presente» no es el del historiador, sino el presente de
los protagonistas del período considerado. Marc Bloch parte de la constatación de que,
bajo la Restauración, las tentativas de Carlos X de reactivar los rituales ancestrales de
los «reyes curadores» fracasan porque el pueblo ya no cree en ellos. El problema que
Marc Bloch intenta elucidar es el de las «pervivencias». ¿Cómo una creencia popular
puede subsistir durante siglos y luego desaparecer? De nuevo aquí el análisis es decidi-
damente comparativista (ya que el problema se estudia a la vez en Francia e Inglaterra)
y se desarrolla en un tiempo largo, pero el objeto de estudio es relativamente restringi-
do, de forma que permite un análisis de «primera mano», fundado en la explotación de
los archivos. Volviendo a la cuestión de la historia cronística evocada más arriba, re-
marcaremos que en esta obra Marc Bloch no contrapone en absoluto historia social e
historia política. En la introducción dice sobre esto: «en suma, lo que he pretendido
aportar es esencialmente una contribución a la historia política de Europa, en el senti-
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do amplio, en el sentido auténtico del término»29. Mientras que hasta ese momento los
historiadores habían abordado el estudio del poder real bajo el prisma de los aconteci-
mientos, preguntándose principalmente sobre las consecuencias institucionales del
«corte» revolucionario, Marc Bloch desplaza el proyector. Estudia la cuestión del poder
a partir de las creencias del pueblo y no a partir de las actuaciones de la elite. El análi-
sis se funda en una hipótesis sociológica (que Max Weber y Emile Durkheim ya habían

——————
26
Marc Bloch, Les Caractères originaux de l’histoire rurale française, París, A. Colin, 1988 (1.ª edi-
ción, 1931).
27
En su prefacio, Pierre Toubert señala que las numerosas investigaciones desarrolladas en la estela de
esta obra pionera han confirmado las hipótesis de Marc Bloch.
28
Gérard Noiriel, Les Origines républicaines de Vichy, París, Hachette, 1999.
29
Marc Bloch, Les Rois Thaumaturges, París, A. Colin, 1961, pág. 21 (1.ª ed. 1924).

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desarrollado antes de 1914): toda forma de poder, incluso el más «absoluto», debe po-
seer una legitimidad propia para poder ser ejercido. En esta perspectiva, no tiene impor-
tancia teorizar sobre el lugar que ocupa el acontecimiento, sino mostrar concretamente
que para este tipo de investigación, la aproximación a través de la larga duración es in-
dispensable. La historia cronística va unida, en efecto, a una historia «vista desde arri-
ba» que se plantea las cuestiones políticas a partir de las preocupaciones y de los inte-
reses propios de la elite. Justamente porque defendía la posibilidad de una historia
política «vista desde abajo» y no cronística fue por lo que Marc Bloch escribió en
L’Étrange Défaite: el historiador que «sólo quiere mirar el presente o el pasado muy re-
ciente [...] se torna incapaz de explicarlos. Así un oceanógrafo que se negase a elevar la
mirada hacia los astros, con el pretexto de que se hallan demasiado lejos de la mar, se-
ría incapaz de descubrir la causa de las mareas»30. Mis primeros trabajos, dedicados a
los obreros siderúrgicos de la región de Lonwgy (en Lorena), se inscribían en esta pers-
pectiva. Con ocasión de las grandes huelgas de 1979-1980 contra el cierre de fábricas
en la región, me había dado cuenta de que a los obreros en huelga les gustaba desfilar
en las manifestaciones tras los símbolos de la Lorena tradicional (concretamente el tra-
je folclórico, transformado en uno de los símbolos del nacionalismo francés a finales
del siglo XIX). Esta actitud me parecía especialmente curiosa teniendo en cuenta que la
mayoría de ellos eran emigrantes o hijos de emigrantes, y habían sufrido en el pasado
dicho nacionalismo. Para comprender ese problema del «tiempo presente» emprendí
una investigación regresiva, lo que me condujo a dibujar la historia del proletariado ex-
tranjero en esa región y delinear los mecanismos de su integración en la sociedad fran-
cesa31.
El último punto que quisiera mencionar para indicar las diferencias entre la historia
del tiempo presente y la historia del pasado/presente se refiere a la función social de la
historia. Ambas perspectivas tienen en común la gran importancia que conceden a esta
cuestión. Pero, como vimos más arriba, los portavoces de la historia del tiempo presen-
te la ven bajo la óptica de una «demanda», de una «necesidad social», que el historia-
dor debe satisfacer. Ello explica la importancia que otorgan a la actuación pericial. De
forma esquemática, se puede considerar que un investigador se comporta como un ex-
perto cuando utiliza sus competencias para responder a preguntas que no se ha plantea-
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do él mismo, sino que provienen de otros agentes del mundo social (políticos, iglesias,
sindicatos, justicia, etc.). Este aspecto de la función social del historiador es totalmente
legítimo y corresponde, por otro lado, a una de las misiones que los intelectuales deben
a menudo cumplir en una sociedad democrática. Pero para el historiador del pasa-
do/presente, un investigador tiene también que asumir una función crítica respecto a los
discursos y las representaciones dominantes. Debe mantener la necesaria distancia ha-
cia esos agentes y hacia su forma de interrogar a la historia, poniendo de manifiesto que
las preguntas que se le plantean no son neutras, sino que implican intereses y visiones
del mundo que la investigación histórica no tiene por qué sancionar. En cuestiones de

——————
30
Marc Bloch, L’Étrange Défaite, ob. cit., págs. 187-188.
31
Gérard Noiriel, Longwy. Immigrés et Prolétaires, París, PUF, 1984.

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historia, como en otros campos, las «necesidades sociales» no son homogéneas. Los
políticos, los periodistas, los «decididores» de toda laya, desempeñan un papel determi-
nante en la definición de esas «necesidades». No es escandaloso que el historiador ten-
ga en cuenta las preocupaciones de esa elite. Pero, en mi opinión, no es posible conce-
bir el «oficio de historiador» sólo como una actividad encaminada a proporcionar
respuestas a la opinión pública, pues ello equivaldría a atentar contra la autonomía de
nuestra profesión. El peritaje y la crítica son dos facetas contradictorias y complemen-
tarias de la función social de la historia. Desgraciadamente, no se da un equilibrio en-
tre ambas, pues si a las elites les gusta el peritaje, la función crítica de la historia les
atrae mucho menos. Otro problema delicado proviene del hecho de que, generalmente,
no son los propios historiadores los que desempeñan las dos funciones sociales inhe-
rentes a su oficio. La experiencia demuestra que, según el origen social, el tempera-
mento o la concepción que tenga de su trabajo, el historiador tiende a dar mayor pree-
minencia a una de las dos dimensiones. Por eso la «función social» de la historia resulta
a veces objeto de discordia en el seno de la disciplina. Estas tensiones se pueden acen-
tuar por el hecho de que los historiadores más eminentes —aun cuando no sean espe-
cialistas del campo considerado— son requeridos por editores, periodistas, etc., para
opinar sobre temas actuales y esclarecerlos a la luz de la historia. A menudo tal proce-
dimiento resulta pródigo en enseñanzas, pero ocurre también que el historiador así re-
querido utilice la historia para sancionar puntos de vista sobre el presente que están le-
jos de ser neutros. Tomaré un ejemplo sacado de mi propio terreno de investigación.
A mediados de los años 80, en el prefacio a una erudita obra sobre la historia de la emi-
gración, Jean-Baptiste Duroselle, —miembro del Instituto y uno de los historiadores
más eminentes en relaciones internacionales de las décadas de posguerra— establece
una relación entre el pasado y el presente. En un momento en que «los problemas de la
emigración» están en el centro de la actualidad política francesa, se apoya en la histo-
ria para afirmar que «la lenta acumulación de extranjeros acaba creando tensiones. Ten-
siones tanto mayores cuanto más difícilmente asimilable resulta el grupo extranjero; los
inmigrantes de lenguas romances, o incluso los polacos católicos del período de entre-
guerras, parecen haber tenido menos dificultades para integrarse en la población fran-
cesa que los actuales inmigrantes extraeuropeos». Jean-Baptiste Duroselle añade que
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en Francia hay «51.400.000 de franceses de origen y 4.800.000 de extranjeros, de los


que 2.600.000 son extraeuropeos. Ahora bien, éstos se naturalizan en gran número, e
incluso automáticamente, puesto que los hijos de padres inmigrantes nacidos en Fran-
cia pueden optar a los veinte años por la nacionalidad francesa. El problema consiste en
evaluar el riesgo de que, puesto que su tasa de natalidad es mucho más elevada que la
de los franceses, lleguen a constituir un grupo numeroso vinculado a una patria lejana
que se beneficia a su vez del diferencial de crecimiento. Ésa es la teoría del cuerpo ex-
tranjero»32. El historiador del pasado presente no puede aceptar esta manera de recurrir
——————
32
Jean-Baptiste Duroselle, prefacio a Ralph Schor, L’Opinion française et les étrangers en France,
1919-1939, París, Publications de la Sorbonne, 1985, págs. IX-X. Hay que precisar que en esta tesis, el mis-
mo Ralph Schor muestra que la «teoría del cuerpo extranjero» forma parte de los estereotipos que circulan
desde hace un siglo en la opinión pública.

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al pasado para esclarecer cuestiones de actualidad. Se trata de la lógica del peritaje, que
utiliza la historia para responder a las preocupaciones de periodistas y políticos y no a
un problema científico. La «teoría del cuerpo extranjero», invocada por Duroselle, es
una construcción ideológica que nunca fue tomada en serio por los investigadores es-
pecializados en cuestiones de emigración. Este tipo de discursos sitúa al historiador del
pasado/presente ante un dilema. Puede guardar silencio para no traicionar la solidaridad
interna de la profesión, o para no dar la impresión de faltar al respeto a sus mayores.
Pero su silencio sanciona un uso de la historia que no deja de tener consecuencias polí-
ticas, puesto que se utiliza el pasado para acreditar la idea de que la integración de emi-
grantes «no europeos» en la Francia actual constituye un «problema» específico. Por
tales motivos, el historiador del pasado/presente que pretenda mantenerse fiel hasta el
fin a Marc Bloch debe rechazar la idea de «que una opinión que falte a la verdad me-
rezca en ningún caso no ser contradicha»33, y debe asumir hasta sus últimas consecuen-
cias la función crítica de su profesión, rechazando, aun a riesgo de desagradar, la «teo-
ría del cuerpo extranjero».
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——————
33
Marc Bloch, L’Étrange Défaite, ob. cit., pág. 56.

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Un siglo de cambios sociales, una historiografía a remolque
de la ideología
ÁLVARO SOTO CARMONA
Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Madrid

La Guerra Civil española no sólo marcó la vida de varias generaciones y la historia


de los últimos sesenta años en España1, sino también la forma de aproximarnos al co-
nocimiento de nuestro pasado. De hecho la historiografía aparecida tras la Guerra Civil
estuvo condicionada por ésta, lo que ha supuesto un daño difícil de evaluar, pero que en
todo caso ha tenido consecuencias negativas. Una de ellas, y no precisamente la menor,
fue la fuerte ideologización de todo lo escrito, lo cual llevó al prestigioso historiador
Jaime Vicens Vives a decir que el «esquema mental previo» condicionaba los resulta-
dos2. El profesor Tusell denunció asimismo el «pecado de practicar en exceso el para-
lelismo entre situaciones del pasado y situaciones del presente», lo que dio lugar a la
elaboración no tanto de investigaciones históricas, sino de ensayos3.
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Estos pasivos se pusieron de manifiesto en las publicaciones que se realizaron du-


rante la dictadura franquista, pero también en las posteriores, condicionando con ello el
conocimiento, y lo que fue más preocupante, trasladando dichos condicionamientos
ideológicos a cualquier análisis sobre los hechos que se habían producido. Así nos en-

——————
1
Aunque las aportaciones del libro de Paloma Aguilar Fernández son limitadas, su mérito reside en po-
ner de manifiesto, con una importante base documental, aquello que ya sabíamos, en Memoria y olvido de la
Guerra Civil española, Madrid, Alianza Editorial, 1996.
2
Son muy interesantes los comentarios que sobre dicho historiador y sobre este tema en concreto reali-
za Javier Varela en, La novela de España, Madrid, Taurus, 1999, págs. 370-375.
3
Javier Tusell, «La historia política de la España contemporánea en los últimos diez años», en V. Vaz-
quez de Prada, I. Olabarri y A. Floristan Imizcoz (eds.), La Historiografía en Occidente desde 1945, Pamplo-
na, Ediciones Universidad de Navarra, 1985, págs. 353-361.

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contramos con una historiografía en el campo social identificada con la dictadura que
muestra apoyada en datos estadísticos un antes y un después, situándose el primero en
los años de la posguerra y el segundo a comienzos de los años 70, haciendo ver los éxi-
tos de la política social debido a los profundos cambios de las magnitudes sociales4. En
este tipo de trabajos el análisis de cualquier comparación internacional, o del retroceso
que supuso la implantación del nuevo régimen político, o del coste social de los cam-
bios acaecidos brilla por su ausencia. Se trata de un ejercicio ahistórico, donde se insis-
te en los males de la herencia recibida y las virtudes de la herencia dejada por la dicta-
dura. A ello han contribuido sin duda las memorias escritas por los ministros de Franco
responsables de la política social5.
En paralelo a la aparición de esta historiografía fue apareciendo otra, realizada en
su mayor parte por personas de reconocida militancia antifranquista, que trataba de
compensar la «historia oficial», insistiendo sobre los efectos negativos de la política so-
cial6 y cuando no tenía más remedio que reconocer un hecho como positivo lo cargaba
en el balance de los efectos imprevistos o no queridos. Este tipo de historiografía tuvo
un éxito indudable, dada la composición mayoritaria del gremio de historiadores, y si
bien ha producido trabajos de indudable interés y calidad7, también ha dado lugar a la
publicación de ciertas simplificaciones8, o el retorno a viejos tópicos extendidos por los
hispanistas anglosajones9.
Más ponderados y con la utilización de fuentes nuevas, como son los informes socioló-
gicos de la época, y con conocimiento de la bibliografía existente, son las síntesis realizadas

——————
4
Dicho ejercicio, muy propio de la propaganda, y alejado del método histórico, ha sido realizado por
Luis Suárez Fernández, Francisco Franco y su tiempo, 8 tomos, Madrid, Azor-Fundación Nacional Fran-
cisco Franco, 1984; aparece claramente reflejado en la obra dirigida por dicho autor, Franco y su época,
Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 1993, especialmente en la colaboración de Enrique Mar-
tín López, «El cambio social durante el régimen de Franco», págs. 157-187; este mismo autor tiene un
trabajo («La Sociedad») de mayor extensión, pero que incurre en el mismo tipo de planteamiento en José
Andrés Gallego (coord.), Historia General de España y América, Tomo XIX-1, Madrid, Rialp, pági-
nas 167-291.
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5
Dos ejemplos de este tipo de memorias son las escritas por José Antonio Girón de Velasco, Si la me-
moria no me falla, Barcelona, Planeta, 1994; y las de Licinio de la Fuente, Valió la pena. Memorias, Madrid,
Edaf, 1998.
6
El mejor ejemplo de este tipo de historiografía sería Manuel Tuñón de Lara en «El poder y la oposi-
ción», segunda parte del tomo X de la Historia de España dirigida por él mismo, titulada España bajo la Dic-
tadura Franquista (1939-1975), Barcelona, Labor, 1980, págs. 165-431.
7
Como son los de José María Maravall, Dictadura y disentimiento político. Obreros y estudiantes bajo
el franquismo, Madrid, Alfaguara, 1978; y, El desarrollo económico y la clase obrera (Un estudio socioló-
gico de los conflictos obreros en España), Barcelona, Ariel, 1970; o el de Juan Pablo Fusi, «La reaparición
de la conflictividad en la España de los sesenta», en Josep Fontana (ed.), España bajo el franquismo, Barce-
lona, Crítica, 1986, págs.160-169.
8
Manuel Pérez Ledesma, Estabilidad y conflicto social. España, de los iberos al 14-D, Madrid, Ne-
rea, 1990, el capítulo 8 («Arcaísmo y modernización: la sociedad española durante el franquismo»), pági-
nas 223-240.
9
Adrián Shubert, Historia social de España (1800-1990), Madrid, Nerea, 1990, capítulo 5, de la página
301 en adelante.

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para manuales sobre el franquismo publicados en los últimos años10, que si bien no son in-
vestigaciones profundas sobre el tema, constituyen un punto de referencia del que partir.
El debate sobre la historia social en España no es si nos encontramos en un secano
o no11, sino si somos capaces de desprendernos de nuestras posiciones políticas a la
hora de interpretar el pasado. Con ello no estoy defendiendo la existencia de un histo-
riador aséptico, no contaminado, ya que eso no existe, sino que seamos capaces a la luz
del método histórico y el análisis de las fuentes de exponer lo que sucedió y no lo que
nos hubiese gustado que sucediese.
Es probable que este tipo de debate ya haya sido superado, o ni siquiera se haya
planteado en otros lugares, pero en España tiene su trascendencia, ya que aquí no hubo
una revolución historiográfica, como se produjo en Occidente, y especialmente en
Francia, en los años 50 y 6012, que condujo a que el debate se centrara sobre posiciones
políticas, siendo el método adoptado, no tanto una seña de identificación de la labor del
historiador, sino una disculpa para expresar las primeras. Por ello, Julio Aróstegui, uno
de los pocos historiadores españoles que se ha preocupado por el método histórico, no
encuentra en la obra de Manuel Tuñón de Lara otro legado que el esprit, es decir, una
«dedicación servida con ejemplar entrega, capacidad de convicción y voluntad de diá-
logo»13, o más claramente, la recuperación de la tradición democrática en España,
como afirma Josep Fontana14.

EN BUSCA DE UNA EXPLICACIÓN A LA MODERNIZACIÓN SOCIAL

La influencia ejercida sobre la historia por la sociología desde la década de los 60


contribuyó notablemente a la difusión de una interpretación estructuralista para expli-
car el desarrollo de algunas sociedades contemporáneas. Este sustrato sociológico de
las aproximaciones historiográficas se formuló, en una u otra medida, como la teoría
de la modernización.

——————
10
Me refiero a los trabajos realizados por Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sán-
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chez, «La sociedad española durante el régimen de Franco», en Javier Paredes (coord.), Historia contempo-
ránea de España (siglo XX), Barcelona, Ariel, 1998, págs. 756-805; o el capítulo, referido al tema, realizado
por mí, en José R. Díaz Gijón y cols. Historia de la España actual 1939-1996. Autoritarismo y democracia,
Madrid, Marcial Pons, 1998, págs. 193-222; y también «La transformación social», en Abdón Mateos y
Álvaro Soto, Historia de España. 29. El final del franquismo, 1959-1975. La transformación de la sociedad
española, Madrid, Historia 16-Temas de Hoy, págs. 22-45.
11
Julián Casanova, La Historia Social y los Historiadores. ¿Cenicienta o princesa?, Barcelona, Crítica, 1991,
págs. 159-166.
12
Como han puesto de manifiesto entre otros Ignacio Olábarri, «El peso de la historiografía española en
el conjunto de la historiografía occidental (1945-1989)», Hispania. L/2, núm. 175, 1990, pág. 436; y Maria-
no Esteban de Vega, «La historiografía española contemporánea en 1991», en Antonio Morales (ed.), La His-
toria en el 91, Ayer, núm. 6, 1992, pág. 46.
13
Julio Aróstegui, «La obra de Tuñón de Lara en la historiografía española (1960-1977)», en José Luis
de la Granja, Alberto Reig Tapia y Ricardo Miralles (eds.), Tuñón de Lara y la historiografía española, Ma-
drid, Siglo XXI, 1999, pág. 19.
14
Josep Fontana, «Manuel Tuñón de Lara y la tradición democrática española», en Ibíd., págs. XIII-XVI.

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En España, en concreto, se llevó a cabo desde la sociología una visión característi-
ca de nuestra historia contemporánea —en especial de la debilidad de la democracia y
las causas del franquismo— que debía mucho a las tesis de Barrington Moore. Los so-
ciólogos entendieron que España poseía un «rasgo diferenciador», una constante socio-
estructural en su historia, que la diferenciaba frente al resto de países de la Europa oc-
cidental15. Esta peculiaridad no era otra que su «modernización frustada», es decir, su
incapacidad histórica para incorporarse al proceso de modernización capitalista y de-
mocrático seguido por el resto de los países de nuestro entorno16. En este marco teóri-
co, la debilidad y casi inexistencia de una burguesía a nivel nacional se convertía en uno
de los factores claves para comprender nuestra historia, porque aquello determinó el
fracaso de la «revolución burguesa» en España y el retraso en la emergencia de un sis-
tema de clases propio de la sociedad industrial17.
A cambio, se decía, España vivió la singularidad de un devenir histórico que no
contemplaba la secuencia «revolución nacional —revolución industrial— urbaniza-
ción». La revolución española ilustrada del siglo XVIII resultó un proceso truncado, lo
que explica que incluso desde las Cortes de Cádiz (1812) las posibilidades para llevar
a cabo una transición a la modernidad hubieran desaparecido. Desde entonces a Espa-
ña sólo le esperaban pronunciamientos, guerras, dictaduras y, con excepción de la peri-
feria, fracaso del proceso de industrialización18.
Esta visión pesimista y crítica de la España contemporánea, sin embargo, no goza
en la actualidad de un acuerdo generalizado. Entre una parte de los historiadores se
tiende a rechazar la «excepcionalidad española» y la interpretación de su historia como
la de un «fracaso». Como afirman Juan Pablo Fusi y Jordi Palafox, «lo sucedido en ella
no fue inevitable: los hechos, las cosas, pudieron haber sido casi siempre de otra mane-
ra»19.
Una interpretación en esta línea, y que resulta interesante, tuvo lugar también en el
terreno de la historia. El hilo conductor del debate giró alrededor de la ausencia o rea-
lización de la «revolución burguesa», tal y como esta categoría histórica fue acuñada
por el marxismo20.

——————
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15
Esta excepcionalidad, en todo caso, sería compartida por ciertos países de la Europa meridional, por-
que al estar incluidos en la semiperiferia de los países occidentales los mismos responderían a ciertas pautas
similares, véase Salvador Giner, «La economía política, la legitimación y el Estado en la Europa meridional»,
en G. O’Donnell, Ph. Schmitter y L Whitehead (comps.), Transiciones desde un gobierno autoritario, vol. 1,
Barcelona, Paidós, 1994, págs. 27-30.
16
Tesis sostenida por Lluis Flaquer, Salvador Giner y Luis Moreno, «La sociedad española en la encru-
cijada», en S. Giner (dir.), España. Sociedad y política, Madrid, Espasa Calpe, 1990, págs. 27-30.
17
José Félix Tezanos, «Clases sociales», en Ibíd., págs. 113-119.
18
Salvador Giner y Luis Moreno, «Centro y periferia: la dimensión étnica de la sociedad española», en
Ibíd., pág. 171.
19
Juan Pablo Fusi y Jordi Palafox, España 1808-1996. El desafío de la modernidad, Madrid, Espasa
Calpe, 1997, pág. 12.
20
La denominación de los acontecimientos revolucionarios en la España del siglo XIX como «revolución
burguesa» se remonta a Marx, aunque la introducción generalizada de este término en la historiografía —por
historiadores marxistas— se constata únicamente en el transcurso del siglo XX, Manfred Kossok, «Karl Marx
y el ciclo revolucionario español del siglo XIX», Historia Contemporánea, 2, 1989, pág. 72.

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La teoría marxista, influida por el clima intelectual que rodeó a la experiencia de la
Revolución Francesa, interpretó la revolución burguesa como un momento necesario e
imprescindible en la transición entre el feudalismo y el capitalismo. Marx, sin embar-
go, no se propuso «explicarla». De hecho no se preocupó por elaborar una teoría de la
revolución, sino simplemente «encontrarla». Entendía que la conquista heroica del po-
der por parte de la burguesía era una «regla necesaria del cambio social», lo que deter-
minó la impronta decididamente teleológico de su discurso21.
En España, con el peso del modelo descrito de revolución burguesa incorporado
por el marxismo, se asistió a una intensa polémica, cuyos ecos se prolongan hasta nues-
tros días, acerca de si ésta tuvo o no lugar y en qué circunstancias. En el año 1980, Juan
Sisinio Pérez Garzón resumió este debate historiográfico señalando que el origen de la
negación de la revolución burguesa había que rastrearlo en el fracaso de las dos repú-
blicas. En primer lugar, el republicanismo histórico —fracasado su proyecto tras el Se-
xenio Democrático (1868-1874)—; después, la izquierda marxista —fracasada la expe-
riencia de la Segunda República (1931-1936)—, estuvieron de acuerdo en negar el
desarrollo de la revolución burguesa en España al no haberse consumado los aspectos
democráticos de la misma22.
Unos años antes del artículo de Pérez Garzón, era habitual encontrar afirmaciones
en las que se consideraba que la burguesía, debido a una supuesta debilidad o impoten-
cia, no había sido capaz de realizar las tareas de la revolución burguesa. Esta idea daba
por supuesto, que la única línea de acción consecuente para sentar las condiciones en
las que el capitalismo pudiera prosperar era la realización de reformas como las que tu-
vieron lugar en Francia en 1789, y que habían conducido a la democracia. De lo dicho
se infería que la burguesía era por naturaleza democrática, pero se pensaba que dada su
debilidad se encontraba impotente para enfrentarse con las fuerzas tradicionales. Así
pues, la imagen feudal era usada por «táctica política» para dar consistencia al deseo de
la izquierda de conseguir un pacto con la burguesía23.
La inconsistencia de los postulados teóricos en los que se desenvolvía la izquierda
española era, sin embargo, manifiesta. Resulta que mientras ésta seguía empeñada en
afirmar la incapacidad del régimen franquista para modernizar el país por la vía del ca-
pitalismo, cerraba los ojos al hecho obvio de que desde la década de los 50 y 60 ya se
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——————
21
Ludolfo Paramio, «La revolución como problema teórico», Revista del Centro de Estudios Constitu-
cionales, 7, septiembre-diciembre, 1990, pág. 151.
22
Con lo cual «confundieron los aspectos democráticos de la revolución burguesa con toda ella como
cambio histórico de relaciones de producción». Juan Sisinio Pérez Garzón, «La revolución burguesa en Es-
paña: los inicios de un debate científico, 1966-1979», en Manuel Tuñón de Lara y cols., Historiografía espa-
ñola contemporánea. X Coloquio del Centro de Investigaciones Hispánica de la Universidad de Pau. Balan-
ce y resumen, Madrid, Siglo XXI, 1980, pág. 98.
23
Aulo Casamayor, «Por una oposición que se oponga. Críticas a las interpretaciones del capitalismo y
a las alternativas que ofrece la “oposición política”», Cuadernos de Ruedo Ibérico, segunda época, 54, no-
viembre-diciembre, 1976, págs. 8-87; Juan Martínez Alier y Jordi Roca Jusmet, Economía política del cor-
porativismo en el Estado español: del franquismo al postfranquismo», Revista Española de Investigaciones
Sociológicas, 41, 1988, págs. 27-30.

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estaba produciendo esa modernización sin necesidad de acometer previamente las re-
formas por ella propuestas. No es extraño, pues, que cuando esta circunstancia era ya
una realidad se tuviera que justificar desde un punto de vista teórico. Así se argumen-
taba que el franquismo, como régimen político de la dictadura militar-fascista de la
burguesía, había «permitido la realización de las tareas fundamentales de la revolu-
ción burguesa y la afinación de la transición al capitalismo monopolista de Estado»24.
Asistimos así a una «manipulación política» del concepto de revolución burguesa y
cuya referencia no obedecía originariamente a un sincero interés científico por el tema,
sino a una «estrategia política» de los dirigentes y partidos de izquierda que no se aban-
donó hasta la transición política25.
Interesa destacar, por otro lado, que este discurso influyó decisivamente para que
dicho esquema teórico fuera asumido por una parte de la historiografía española de la
década de los 50 y 60, la cual sirvió de caja de resonancia a aquellos postulados. Esta
impronta es visible, por ejemplo, en autores como Antonio Ramos Oliveira, Pierre Vi-
lar, Vicens Vives, Tuñón de Lara o Ramón Tamames26.
No obstante, investigadores como F. G. Bruguera, Ignacio Fernández de Castro o
Enric Sebastiá comenzaron a matizar dichos esquemas, concluyendo en sus estudios
con una tesis opuesta a la defendida por aquellos: la formación social española era real-
mente capitalista tras la revolución burguesa27. Pero el punto de inflexión que cambió
de forma radical con la perspectiva del momento lo fijó el profesor Miguel Artola a fi-
nales de los años 50. En su trabajo Los orígenes de la España contemporánea, y otros
posteriores, se resume la interpretación más difundida de la revolución en España defi-
nida, al fin, como liberal y burguesa28. Con la formulación de este nuevo discurso se

——————
24
Miguel Viñas, «Franquismo y revolución burguesa», Horizonte Español 1972, vol. 3, París, Ruedo
Ibérico, 1972, pág. XXXVIII.
25
José Álvarez Junco, «A vueltas con la revolución burguesa», Zona Abierta, 36-37, julio-diciembre
1984, págs. 98-99.
26
Véase, respectivamente, Historia de España, México, Compañía General de Ediciones, 1952; Histoi-
re de l’Espagne, París, PUF, 1947; Manual de Historia Económica de España, Barcelona, Vicens Vives,
1967; «Sociedad señorial, revolución burguesa y sociedad capitalista, 1834-1860», en Estudios de Historia
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contemporánea, Barcelona, Nova Terra, 1976; y Estructura económica de España, Madrid, Guadiana, 1960.
27
Véase, respectivamente, Histoire Contemporaine d’Espagne (1789-1950), París, Ophris, 1953; De las
Cortes de Cádiz al Plan de Desarrollo, 1808-1966. Ensayo de interpretación política de la España contem-
poránea, París, Ruedo Ibérico, 1968; y «Crisis de los factores mediatizantes del régimen feudal. Feudalismo
y guerra campesina en la Valencia de 1835», en José Luis García Delgado (ed.), La cuestión agraria en la
España contemporánea, Madrid, Edicusa, 1976, págs. 395-413.
28
Los orígenes de la España contemporánea, 2 vols., Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1959. Los
otros trabajos a los que me he referido son: Antiguo Régimen y revolución liberal, Barcelona, Ariel, 1978, y
La burguesía revolucionaria (1808-1874), Madrid, Alianza Editorial, 1973. Un repaso sobre estas cuestio-
nes, además de los artículos citados, pueden encontrarse en Manuel Pérez Ledesma, «Las Cortes de Cádiz y
la sociedad española», en Miguel Artola (ed.), Las Cortes de Cádiz. Ayer, 1, Madrid, Marcial Pons, 1991,
págs. 167-206; Esther Martínez Quintero, «Del Antiguo Régimen al Régimen Liberal. En torno al supuesto
del «fracaso» de la Revolución Liberal», en Antonio Morales Moya y Mariano Esteban de Vega (eds.), La
historia contemporánea en España, Universidad de Salamanca, 1996, págs. 93-102; y José A. Piqueras Are-
nas, «La revolución burguesa española. De la burguesía sin revolución a la revolución sin burguesía», Histo-
ria social, 24, 1996, págs. 95-132.

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conseguía cuestionar la supuesta excepcionalidad histórica del caso español, de forma
que su evolución a lo largo del siglo XX podía concebirse en líneas generales como ins-
crita en los mismos procesos políticos de las del resto de los países europeos. No pue-
de decirse, por tanto, que aportaciones valiosas como la antes mencionada de Fusi y Pa-
lafox sean del todo novedosas, sino más bien continuadoras de esta línea interpretativa.
A finales de la década de los 70 una nueva perspectiva comenzó a cambiar la visión
crítica que la historiografía española tenía hasta ese momento del siglo XIX. Se fue
abandonando la imagen radical de la revolución democrática, de su acceso a ella a tra-
vés de la «revolución burguesa», para dejar su lugar a la idea de cambio gradual, la cual
tenía mucho que ver con el concepto de «modernización» que por entonces se estaba
introduciendo en la historiografía española29.
La incorporación del lenguaje de la modernización a la historiografía tenía la ven-
taja de que permitía llegar a conclusiones parecidas a las anteriores descritas, pero sin
compartir necesariamente la idea de que el cambio social se identificaba con el tipo de
revolución que había tenido lugar en Francia. Con este concepto, por el contrario, la
modernización podía contemplarse como un proceso gradual, varias veces interrumpi-
do en España, hasta que el desarrollo industrializador de los años 60 permitió, al fin,
nuestra incorporación económica y política al resto de los países occidentales30.
A partir de entonces, el proceso histórico comenzó a concebirse de un modo distin-
to. Pero, pese a ello, seguía insistiéndose en los rasgos tradicionales que caracterizaban
la sociedad española del siglo XIX. De la revolución o revoluciones no había salido una
moderna sociedad verdaderamente burguesa, sino una sociedad agraria y oligárquica.
El proceso resultaba extremadamente lento hasta el punto de que los cambios iniciados
en 1808 no parecían concluidos hasta prácticamente ayer, con la industrialización de los
años 60. Por consiguiente, más que de «revolución» se tendría que hablar de «evolu-
ción» o «transición»31. Por otro lado, el retraso de la modernización económica del país
se explicaba, en último término, por el estancamiento de la agricultura32. Así pues, se

——————
29
Pedro Ruiz Torres, «Del Antiguo al nuevo régimen: carácter de la transformación», en Antiguo Régi-
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men y Liberalismo. Homenaje a Miguel Artola. Vol. 1. Visiones generales, Madrid, Alianza Editorial-UAM,
1994, págs. 171-172.
30
Los «logros» que se han derivado de su incorporación al estudio de las sociedades occidentales de los
siglos XIX y XX han sido destacados por Teresa Carnero (véase su introducción al libro Teresa Carnero (ed.),
Modernización, desarrollo político y cambio social, Madrid, Alianza Editorial, 1992, págs. 9-34). Según esta
autora, abordar la investigación del cambio social contraponiendo una supuesta sociedad tradicional a otra
considerada moderna «es una limitación». La investigación de la modernización de una sociedad, como «un
proceso de transición, en el que las mudanzas conviven por necesidad con las pervivencias del viejo orden»,
pág. 16.
31
José Álvarez Junco, «A vueltas con la Revolución Burguesa», ob. cit., pág. 103.
32
Gabriel Tortella, «La economía española, 1830-1900», en G. Tortella y cols., Revolución burguesa,
oligarquía y constitucionalismo. Historia de España, dirigida por Manuel Tuñón de Lara, vol. VIII, Barce-
lona, Labor, 1993, pág. 15; Josep Fontana y Jordi Nadal, «España 1914-1970», en Carlo M. Cipolla (ed.),
Historia económica de Europa, vol. 6 (2), Barcelona, Ariel, 1980, págs. 120-131. Hoy esta tesis se encuen-
tra muy cuestionada, como se pone de manifiesto en el libro de Josep Pujol y cols., El pozo de todos los ma-
les. Sobre el atraso en la agricultura española contemporánea, Barcelona, Crítica, 2001.

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mantenía la idea de que la sociedad del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX mostra-
ba las «persistencias del Antiguo Régimen»33, que la revolución no había sido capaz de
eliminar del todo.
Según esta visión a largo plazo, el primer intento de modernización de España en
todas sus dimensiones, y no sólo económica o social, tuvo lugar a comienzos de los
años 30. La Segunda República representó el momento final de un largo proceso de cri-
sis que afectaba al sistema político de la Restauración. Éste había comenzado a des-
componerse de manera clara a partir del impacto de la Primera Guerra Mundial, con un
momento culminante en 1917 y un intento frustado de solución «desde dentro» en
1923. Y finalmente desembocó en una crisis definitiva del orden social y del estado en
1931. La República fue, en este sentido, una ruptura —en contraposición a la transi-
ción de los años 70— porque supuso el ensayo, aunque fracasado, de llevar a cabo una
transformación revolucionaria del sistema social que había creado la Restauración34.
España, escribe Tuñón de Lara, «tocaba ya de cerca su modernización», pero «una vez
más, la resistencia de los sectores sociales que otorgaban prioridad a la tradición ponía
en marcha la dialéctica del conflicto histórico entre dos grandes fuerzas»35. Moderniza-
ción frente a tradición, esa era la dialéctica establecida en el proceso histórico contem-
poráneo español.
El problema residió, según este discurso, en que las fuerzas que accedieron al po-
der, esto es, el republicanismo burgués y el obrerismo, cambiaron las formas políticas,
pero fueron incapaces de materializar el proceso revolucionario deseado al dejar intac-
tas las bases socioeconómicas y las posibilidades del poder social. Las debilidades del
régimen republicano se explican por las debilidades de la burguesía republicana, inca-
paz de articular un proyecto social y político que pusiera fin a la crisis de hegemonía.
La división de la coalición gobernante, provocada por la frustración del proyecto refor-
mador, permitió la organización de las fuerzas reaccionarias contrarias al mismo, que
lideradas por un sector del Ejército y con el apoyo de la Iglesia puso fin no sólo al ré-
gimen democrático republicano, sino a su proyecto modernizador en todos los sentidos.
La Guerra Civil fue, en este sentido, un enfrentamiento entre cambio y resistencia36.
España, después de escasos y frustados intentos de integración en el proceso de
modernización de las sociedades occidentales más avanzadas, habría conseguido por
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fin «dar el salto» gracias a la industrialización alcanzada en la década de los 60 y a la


transición política a la democracia. Estos acontecimientos se observan como el intento
exitoso de España de equiparar su proceso modernizador con el de las sociedades occi-
dentales, en un doble sentido. La transformación de una sociedad rural y agraria en otra
——————
33
En el sentido descrito por Arno J. Mayer, La persistencia del Antiguo Régimen, Madrid, Alianza Edi-
torial, 1984.
34
Julio Aróstegui, «De la Monarquía a la República: una segunda fase en la crisis española de entregue-
rras», en Antonio Morales Moya y Mariano Esteban de Vega (eds.), La historia contemporánea en España,
ob. cit., págs. 145-158.
35
Manuel Tuñón de Lara, «Transformaciones Políticas e Ideológicas de España durante el Primer Ter-
cio del Siglo XX (1898-1936)», Historia Contemporánea, 4, 1990, pág. 254.
36
Julio Aróstegui, La Guerra Civil, 1936-1939. La ruptura democrática, Madrid, Historia16-Temas de
Hoy, 1996, págs. 5-26.

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urbana e industrial, regida por la economía de mercado, por un lado; y la configuración
de un Estado nacional democrático, por otro. Este compromiso de España con Europa,
que la crisis del 98, la Guerra Civil y la dictadura franquista dejó en suspenso, ha for-
mado parte de la tradición del pensamiento regeneracionista, que prendió en figuras
como Ortega y Gasset, el cual trasladaba la noción de modernidad a Europa como la
solución a todos los males: «España es el problema, Europa es la solución»37.
Para esta línea interpretativa, que asume el discurso de la modernización, el fran-
quismo demanda y exige de la historiografía no sólo un tratamiento específico, sino
una ubicación adecuada en la historia de las formaciones sociales españolas contempo-
ráneas. Como dictadura se juzga que no es relevante, sino que representa un paréntesis
«que acompaña a un proceso de fondo que entraña el paso del capitalismo agrario oli-
gárquico a la sociedad de renta industrial». Es decir, se trata de un «Estado de excep-
ción en una fase crítica del desarrollo capitalista (...). Un “estado de excepción” a lo lar-
go del proceso de acumulación»38. Por otro lado, no puede olvidarse, según esta tesis,
que la modernización, si es auténtica, «ha de ser, a la vez, tecnológica, económica y po-
lítica». Si el cambio económico estaba dado, lo que ocurrió en la transición política a la
democracia de los años 70 fue que, superado el paréntesis de la dictadura, los partidos
políticos emergieron a la superficie y encabezaron el tránsito «para reemprender el ca-
mino de la modernización». Luego lo que estuvo en juego desde 1975, más allá de un
problema coyuntural, fue «la gran temática de la modernización, y por consiguiente, el
enfrentamiento de modernización y tradición39.
Hay quien ha interpretado, incluso, que la tarea «prioritaria e ineludible» del Parti-
do Socialista Obrero Español en el momento de su acceso al poder a finales de 1982
era, además de consolidar la democracia, «realizar la tarea histórica que la derecha era
incapaz de llevar a cabo: la «revolución burguesa» que España necesitaba». Puesto que
la «burguesía democrática» —representada entonces por la Unión de Centro Democrá-
tico— había sido incapaz de alumbrar el proyecto modernizador que España demanda-
ba, el PSOE tenía la obligación de protagonizarla «como sustitutos de la inexistente
burguesía democrática española»40. Los socialistas, por entonces, no sentían necesidad

——————
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37
José Ortega y Gasset, Obras Completas, vol. 1, Madrid, Revista de Occidente, 1963, pág. 521.
38
Julio Aróstegui, «La historiografía sobre la España de Franco. Promesas y debilidades», Historia Con-
temporánea, 7, 1992, págs. 88 y 86-87, respectivamente.
39
Las dos primeras citas en Manuel Tuñón de Lara, «Transformaciones Políticas...», ob. cit., págs. 234
y 258, respectivamente. La tercera cita en la introducción al libro Manuel Tuñón de Lara y cols., Transición
y democracia (1973-1985), Barcelona, Labor, pág. 12.
40
Antonio García Santesmases, «La transición política en perspectiva», Sistema, 78, mayo 1987, págs.
41-42. Probablemente esta interpretación puede comprenderse mejor si se tiene en cuenta el momento en que
se llevó a cabo, esto es, poco tiempo después de haber tenido lugar el referéndum propuesto por el PSOE en
relación a la OTAN. El ingreso de España en la Comunidad Económica Europea y la vinculación a la OTAN
venían a ser como la afirmación de la vocación europea y occidental de España. De algún modo se tenía la
sensación de que era algo inevitable, la culminación histórica hacia la modernidad. Véase, además, José An-
tonio González Casanova, El cambio inacabable, Barcelona, Anthropos, 1986, pág. 401, donde afirma que
«el PSOE debe afrontar hoy el doble reto de sustituir, por un lado, a la inexistente derecha democrática espa-
ñola (...) y llevar a cabo, por otro, el proyecto democratizador profundo de la tradición revolucionaria de
nuestro país.»

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de realizar ninguna revolución, sino que la única práctica posible que se contemplaba
era la acumulación de reformas. De ahí que se hablara de la modernización del Estado
y de la sociedad41.
Hoy nadie pone en duda que España es un país industrializado y de servicios y con
una estructura social coincidente con las sociedades avanzadas. El problema ha sido
cómo detectar el momento en el que se llegó a dicho estadio. Una de las pistas que de-
bemos utilizar es la historia económica, que en el caso de España ha dado pasos de gi-
gante desde los años 60, gracias a la renovación que han supuesto los planteamientos
de profesores como Gabriel Tortella, Leandro Prados de la Escosura o Pablo Martín
Aceña42. Albert Carreras en un excelente trabajo sobre la tipología de la industrializa-
ción43 puso a prueba los datos existentes sobre las magnitudes socioeconómicas44,
aplicándoles los modelos establecidos por Walter Hoffmann45, Colin Clark, Simón
Kuznets y Walt Rostow. El resultado, aunque muestra ciertas diferencias en función de
las variables escogidas, es clarificador: entre la década de los 50 y la de los 70 España
se convierte en un país industrial. Rostow publicó en 1973 (Revista Española de Eco-
nomía) un texto en el que situaba el despegue (take-off) a mediados del siglo XIX, pero
a diferencia de otros países alargó en exceso el camino hacia la madurez tecnológica,
ya que no tardó cuarenta años, sino noventa años en atravesar esa etapa, por lo que no
habría un fracaso de la revolución industrial, como había señalado Nadal, sino el fraca-
so de la segunda revolución industrial46. Por último, a finales de la década de 1950 «Es-
paña consiguió todo a la vez», en referencia a su éxito en completar el tránsito por la
madurez tecnológica y en ingresar plenamente en la etapa del alto consumo de masas.
Rostow concluía que «España (...) va cerrando el desfase con Europa occidental inicia-
do hace unos ciento sesenta y cinco años.»
Utilizando las cuatro tipologías de industrialización de los autores mencionados,
existe coincidencia en el tiempo en el que se fija el triunfo de la industrialización y así
mismo se pone de manifiesto el grave impacto que había tenido en el proceso de moder-
nización económica el fin de la Segunda República, la Guerra Civil y las políticas lleva-

——————
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41
Santos Juliá, «Continuidad y ruptura en el socialismo español del siglo XX», Leviatán (II Época), 17,
otoño, 1984, págs. 128-129.
42
Sebastián Coll, «La Nueva Historia Económica y su influencia en España», en Germán Rueda (ed.),
Doce estudios de historiografía contemporánea, Madrid, Universidad de Cantabria-Asamblea Regional de
Cantabria, 1991, págs. 69-119.
43
Albert Carreras, «España en las tipologías de la industrialización», en Albert Carreras, Industrializa-
ción española: estudios de historia cuantitativa, Madrid, Espasa Calpe, 1990, págs. 97-110.
44
A Carreras le debemos la reconstrucción de las estadísticas industriales en España, «La producción in-
dustrial española, 1842-1981: construcción de un índice anual», Revista de Historia Económica, núm. 1,
1984, págs. 127-157; y el haber sido coordinador de la mejor recopilación de series estadísticas, Estadísticas
Históricas de España. Siglos XIX y XX, Madrid, Fundación Banco Exterior, 1989.
45
Este modelo ya había sido aplicado por Jordi Nadal en su esplendido libro El fracaso de la Revolución
industrial en España, 1814-1913, Barcelona, Ariel, 1977, págs. 226-245.
46
Rostow apuntaba como causas de este retraso a la insuficiente modernización de la agricultura, inca-
paz de proporcionar un mercado adecuado para la industria, a la insuficiente integración en la economía in-
ternacional, y a la sucesión de impactos políticos (perdida de las colonias, autarquía...).

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das a cabo, sobre todo, durante los años 40 por los responsables políticos de la dictadu-
ra, pudiéndose afirmar que la Guerra Civil y sus inmediatas consecuencias implicaron
una quiebra en el proceso de modernización, no sólo económico, sino también social y
político.

LA TRANSICIÓN DEMOGRÁFICA Y EL MERCADO DE TRABAJO

A lo largo del siglo XX se puede afirmar que en España hubo una revolución demo-
gráfica47. La población se duplicó, la tasa bruta de natalidad descendió a menos de la
tercera parte, la esperanza de vida creció más del doble, el descenso de la tasa bruta de
mortalidad fue continuado, salvo en dos momentos, la gripe de 191848 y los años de la
Guerra Civil e inmediatamente posteriores a la misma49. Estos cambios han provocado
una modificación en la estructura de la población por edades, disminuyendo el porcen-
taje de jóvenes y aumentando considerablemente el de los mayores de 65 años, por lo
que se ha producido un considerable envejecimiento de la población.
España ha pasado de ser un país rural a urbano. Se ha modificado de manera inten-
sa la distribución de la población activa por sectores de actividad. Por último, se ha pa-
sado de ser un país donde la población tenía que emigrar para poder sobrevivir a un país
donde la presencia de inmigrantes comienza a tener importancia.
Antes de comienzo del siglo XX, tan sólo en las Islas Baleares y en Cataluña se ha-
bía producido la «transición demográfica». Pero a lo largo de esta centuria se extendió
a toda España. Pese a ello no se puede decir que a lo largo del siglo se produjera una
explosión demográfica, porque el descenso de la natalidad ha ido paralelo al de la mor-
talidad, sino que el crecimiento fue acumulativo, y más fuerte que en las centurias an-
teriores.
El motivo principal de dicho incremento se debió al crecimiento vegetativo, pese a
la distorsión que causó en el mismo los importantes movimientos migratorios de las

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47
Para seguir este tema se debe consultar el trabajo de Joaquín Arango, «La modernización demográ-
fica de la sociedad española», en Jordi Nadal, Albert Carreras, Carles Sudría (comps.), La economía españo-
la en el siglo XX. Una perspectiva histórica, Barcelona, Ariel, 1987, págs. 201-236. También se deben
consultar: Jordi Nadal, La población española (siglos XVI a XX), Barcelona, Ariel, 1976; Juan Díez Nicolás,
«La transición demográfica en España 1900-1960», Revista de Estudios Sociales, 1, 1971, págs. 89-158; Sa-
lustiano del Campo, Análisis de la población española, Barcelona, Ariel, 1972; Amando de Miguel, Manual
de estructura social de España, Madrid, Tecnos, 1974; Vicente Pérez Moreda y David S. Reher, Demogra-
fía histórica en España, Madrid, Ediciones El Arquero, 1988; Álvaro Soto, «El cambio demográfico: Espa-
ña, 1860-1930», Revista Internacional de Sociología, vol. 45, 4, octubre-diciembre, 1987, págs. 683-712.
Una excelente recopilación estadística es la realizada por Roser Nicolau, «La población», en Albert Ca-
rreras (coord.), Estadísticas Históricas de España. Siglos XIX-XX, Madrid, Fundación Banco Exterior, 1989,
págs. 49-90. (Contiene una amplia bibliografía)
48
Beatriz Echeverri Dávila, La Gripe Española. La pandemia de 1918-1919, Madrid, Centro de Inves-
tigaciones Sociológicas, 1993.
49
Juan Díez Nicolás, «La mortalidad en la Guerra Civil Española», Boletín de la Asociación de Demo-
grafía Histórica, año III, 1, marzo 1985, págs. 41-55.

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dos primeras décadas de siglo hacia América50, y más aún el de la década de los 60
hacía Europa51.
El descenso de la mortalidad, excepto en los dos momentos señalados anteriormen-
te, fue acompañado de una caída muy importante de la mortalidad infantil52. Tras el pa-
réntesis de la Guerra Civil, el descenso continuó hasta alcanzar en la actualidad niveles
muy bajos, semejante al de los países desarrollados.
En cuanto a la natalidad se produjo un descenso paralelo al de la mortalidad. De he-
cho hasta mediados de los 70, cada año nacieron un número muy similar de españoles
con un ligero aumento a comienzo de los 70. Pero a partir de dicha fecha se produjo una
drástica caída en las cifras de nacimientos.
La disminución de la natalidad sólo se puede explicar por el uso generalizado de
prácticas anticonceptivas voluntarias. Estas prácticas provocaron una reducción de los
miembros de la familia. El número de hijos por mujer evolucionó de la siguiente for-
ma: 2,8 en 1970; 2,2 en 1980 y 1,3 en 1991. Este descenso continuado de la natalidad,
muestra una continua caída de la fecundidad53.
Este cambio se relacionó inicialmente con la crisis económica de los años 70,
ya que el empeoramiento de las perspectivas de empleo y el temor al futuro incidían ne-
gativamente en el comportamiento de las parejas. Pero una vez pasada la misma, y dado
el continuo descenso, se debieron buscar otros factores explicativos, que mostraban en
buena medida un cambio de mentalidad entre los jóvenes y en especial en las mujeres.
Si bien el descenso de la natalidad fue común en los países industriales en los años
70, a partir de los 80 se produjo una cierta recuperación en los países nórdicos, mien-
tras se acentuaba la caída en los países latinos. De hecho, la tasa de natalidad de Espa-
ña e Italia es de las más bajas del mundo.
Llama la atención, por la novedad que supone, el aumento constante de la natalidad
extramatrimonial. Así, mientras en 1975 representaba tan sólo el 1,3 por 100 de los na-

——————
50
Ricardo Robledo, «Crisis agraria y éxodo rural: emigración española a Ultramar, 1880-1920», en Ra-
món Garrabou (ed.), La crisis agraria de fines del siglo XIX, Barcelona, Crítica, 1988, págs. 212-244; Blan-
ca Sánchez Alonso, Los determinantes de la emigración española, 1880-1930, Florencia, Instituto Universi-
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tario Europeo, 1993 (tesis doctoral inédita); Álvaro Soto, «Mano de obra hacia América (1912-1930)», en In
Memorian. Estudios dedicados a Antonio M.ª Calero, Córdoba, Ayuntamiento de Córdoba, Diputación Pro-
vincial de Córdoba, 1988, págs. 341-357.
51
Jesús García Fernández, La emigración exterior de España, Barcelona, Ariel, 1965; Ana Fernández
Asperilla, «Estrategias migratorias. Notas a partir del proceso de emigración española en Europa (1959-
2000)», Migraciones & Exilios, 1, diciembre, 2000, págs. 67-94; la misma autora tiene un interesantes estu-
dio, «La emigración como exportación de mano de obra: el fenómeno migratorio a Europa durante el fran-
quismo», Historia Social, 30, 1998, págs. 63-81; F. Sánchez López, Emigración española a Europa, Madrid,
Confederación Española de Cajas de Ahorro, 1969; A. Sorel, El cuarto mundo. Emigración española a Eu-
ropa, Madrid, Zero, 1974 y Guillermo Díaz-Plaja, La condición emigrante. Los trabajadores españoles en
Europa, Madrid, Cuadernos para el Diálogo, 1974.
52
Antonio Arbelo, La mortalidad de la infancia en España, 1901-1950, Madrid, Instituto Balmes, Con-
sejo Superior de Investigaciones Científicas, 1962.
53
Los Informes FOESSA son fundamentales para conocer la evolución de la población desde los años 60.
El último Informe (V Informe sociológico sobre la situación social en España, 2 vols., Madrid, Fundación
FOESSA, 1994) incide especialmente en los cambios en el comportamiento de las españolas ante la natalidad.

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cimientos, a finales de la década de los 80 se había elevado al 9,1 por 100. Este aumen-
to de la natalidad extramatrimonial es consecuencia de la secularización de la sociedad,
de la mayor independencia y libertad de la mujer y de los cambios habidos en el siste-
ma de valores.
Las tasas de nupcialidad se habían mantenido muy estables a lo largo del siglo, pero
desde 1979 comenzaron a descender, para situarse por debajo de la medía de los países
de Europa occidental. Las causas de este cambio son variadas: la mayor permisividad y
tolerancia de la sociedad; las dificultades que tienen los jóvenes para encontrar trabajo
estable, que les permita una cierta seguridad económica y la compra de una vivienda;
la mayor incorporación de la mujer al trabajo extradoméstico y mejor valoración profe-
sional, lo que las conduce a retrasar el matrimonio o a permanecer solteras. A su vez se
asiste a un reconocimiento social, y en menor medida institucional, de las denominadas
uniones de hecho.
Estos cambios en los comportamientos demográficos han implicado también un
cambio en el modelo de la familia. En los años 60 se produjo una transformación silen-
ciosa de la familia54. El modelo familiar impuesto por la dictadura, donde la autoridad
del padre era indiscutible y el papel de la mujer sumisa y dedicada al cuidado de los hi-
jos y del hogar, ha sido sustituido por la denominada «familia moderna» o nuclear.
La transición política a la democracia supuso la aceptación de modelos plurales y
tolerantes de organización social. Ello implicó que no pudiese hablarse de la familia es-
pañola, sino de tipos distintos de familias, de familias monoparentales, e incluso de ho-
gares sin núcleo familiar. La familia se basa, cada vez más, en un modelo de libertad y
de igualdad entre los cónyuges. Se separan los modelos de familia y de matrimonio, así
como de matrimonio y procreación.
El ritmo de la urbanización, que fue muy intenso en los años centrales del siglo XIX,
ralentizóse entre 1877 y 1910, y aunque algunas ciudades conocieron aumentos impor-
tantes de población, como fue el caso de Bilbao y Barcelona, el crecimiento de la ma-
yor parte de ellas fue muy lento. Durante la Primera Guerra Mundial, las migraciones
interiores primaron sobre las exteriores y esta tendencia se reforzó en los años 30, lo
que favoreció el crecimiento de Madrid y Barcelona. Tras la Guerra Civil, y los años 40
que se asiste a un fenómeno de rerruralización, se incrementa el éxodo rural y el creci-
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miento urbano.
El intenso desplazamiento de la población dentro de España, dio como resultado
dos realidades contrapuestas (dos Españas): una que tiende hacia la congestión pobla-
cional y otra a la desertización; una que atrae y otra que repele población. El éxodo ru-
ral no sólo supuso un cambio de residencia, sino de ocupación y profesión, así como de
la posición en el sistema social, e incluso del marco cultural de referencia. Todo ello
implicó profundos cambios de vida.

——————
54
Alfonso Pérez Peñasco y cols., «La familia española en la transición política», en Fundación Foessa,
Informe sociológico sobre el cambio social en España 1975-1983, vol. 2, Madrid, Euramérica, 1983,
págs.365-513. También se debe consultar: Miguel Beltrán y cols., Estudios sobre la familia española, Ma-
drid, Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, 1987; Salustiano del Campo, La evolución de la familia es-
pañola en el siglo XX, Madrid, Alianza editorial, 1982.

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Entre 1940 y 1970, Cataluña, Valencia, Baleares, Canarias y Madrid aumentaron
porcentualmente su población con respecto al resto de España; mientras que Navarra
mantuvo el mismo porcentaje, y todas las demás regiones perdieron peso en relación
con el total. El movimiento interior de población se intensificó a partir de la década de
los 50, desplazándose de los lugares con escasez de recursos y trabajo hacia las zonas
industrializadas.
Para hacernos una idea del volumen de habitantes que emigró a las ciudades, baste
decir que en 1950 el 69,8 por 100 del total de la población residía en municipios meno-
res de 20.000 habitantes; en cambio, en 1970 este grupo representaba el 51,4 por 100.
En palabras de Amando de Miguel y Juan Salcedo: «(...) el auge de las ciudades espa-
ñolas en la última década es tan espectacular que apenas se puede encontrar otro ejem-
plo similar en toda Europa en los últimos tiempos»55.
La avalancha de nuevos ciudadanos produjo efectos negativos en las condiciones de
vida de los recién llegados, dando lugar a la aparición de suburbios en torno a las gran-
des ciudades con unas condiciones de salubridad muy deficientes y faltos de cualquier
tipo de infraestructura urbana.
Las zonas más urbanizadas fueron: Madrid-capital y zona metropolitana; Barcelo-
na que extiende su influencia por la costa mediterránea, por las Baleares y por el inte-
rior a través de Zaragoza, para enlazar con el País Vasco. Este último, con múltiples
centros de atracción (Bilbao, San Sebastián, Eibar...), se une con la cornisa cantábrica,
hasta enlazar con Oviedo-Avilés-Gijón. Por el Este, Valencia-Alicante, que se desbor-
da por Castellón y Murcia. Por último, Andalucía occidental, sobre todo a través del eje
Sevilla-Cádiz; las Canarias; y la Galicia costera que, aunque más débilmente, muestra
dos focos de atracción: La Coruña y Vigo.
En la década de los 80 descendió notablemente el éxodo rural, aunque la movi-
lidad de la población española siguió siendo importante, superando los dos millones de
desplazamientos entre 1989 y 1991; sin embargo, a diferencia de lo que ocurría en las
décadas anteriores, ahora los núcleos industriales y urbanos se están convirtiendo en
centros de salida de población. Este hecho tiene que ver con la nueva política de las Co-
munidades Autónomas y con la «vuelta a casa» de los miles de trabajadores emigran-
tes que se han jubilado, o son parados de larga duración.
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La configuración del proceso de urbanización resultante fue de tipo-estrella y res-


ponde históricamente al trazado de la red de carreteras y ferrocarriles, que tiene una es-
trecha relación con la política centralizadora llevada a cabo desde mediados del siglo XIX.
Ya hemos indicado que España fue tradicionalmente un país de emigración. A la al-
tura de 1970 una parte importante (3.406.147) de la población española residía fuera de sus
fronteras: 1.182.264 en Europa y 2.223.883 en América, localizándose en estos dos conti-
nentes el 98 por 100 de los españoles residentes en el extranjero. En los años 1987-1989
ese número había descendido a 1.687.649.
La conversión en país de inmigración se concreta en que mientras en 1970 residían
legalmente en España 147.127 extranjeros, en 1997 ascendían a 609.813, sin contar con

——————
55
Dinámica del desarrollo industrial en las regiones españolas, Madrid, Tecnos, 1972.

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los «indocumentados». Dichas cantidades son inferiores a las que se registran en los
restantes países de la Unión Europea, a excepción de Italia y Portugal56.
La llegada de los inmigrantes es un fenómeno estructural y no coyuntural, y es de
prever que los factores que favorecen este tipo de movimientos de población se intensi-
fiquen en los próximos años. Una parte importante de la inmigración procede de paí-
ses del Tercer Mundo. Según informes de las organizaciones no gubernamentales la mi-
tad de los inmigrantes de dicha procedencia son pobres, estando un 35 por 100 en
situación de pobreza severa. Las dificultades con el idioma, las distintas formas de en-
tender la vida y sus costumbres diferentes les hacen ser caldo de cultivo para situacio-
nes de exclusión social y marginalidad, así como vulnerables a los ataques de claro con-
tenido xenófobo, propiciados y alentados por la extrema derecha.
A comienzos del siglo XX, la población dedicada a la agricultura y pesca represen-
taba el 66 por 100 del total de la población activa, mientras en la industria y construc-
ción suponía el 15,4 por 100 y en los servicios el 18 por 10057. El peso del sector pri-
mario continuó incrementándose hasta 1910, para comenzar un descenso continuado
que se verá frenado en la década de los 40, como consecuencia del proceso de rerrura-
lización causado por la Guerra Civil y la política autárquica puesta en marcha por los
primeros Gobiernos de la dictadura.
A partir de la década de los 50 el cambio en la estructura ocupacional fue muy in-
tenso. Pese a ello, el porcentaje de ocupados en el sector agrario era todavía considera-
ble. La caída de la población activa agraria, vino acompañada de un incremento de la
mano de obra industrial y de servicios, aumentando el número de obreros y empleados.
Las transformaciones en el mudo rural fueron claras: éxodo rural, mecanización del
campo, y descenso de la población campesina por cuenta ajena.
La población activa aumentó entre 1940 y 1970 en un 29,8 por 100, algo menos de
un punto respecto a la población total. Este hecho, junto a la fuerte ocultación del tra-
bajo femenino, daba como resultado una de las tasas de actividad más bajas de Europa.
La distribución sectorial de la población activa mostró un claro y pronunciado des-
censo del sector primario, el cual entre 1950 y 1970 perdió casi 2.400.000 empleos. Por
el contrario, la industria manufacturera experimentó un importante crecimiento, dando
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56
Álvaro Gil-Robles, «Inmigración y política de integración», en Juan Antonio Garde (ed.), Informe
1999. Políticas sociales y Estado de Bienestar en España, Madrid, Fundación Hogar del Emplead-Editorial
Trotta, 1999, págs. 711-728.
57
Existen ciertas divergencias entre los porcentajes debido a la mala calidad de los datos estadísticos.
Los señalados en el texto son los que proporciona Julio Alcaide Inchausti en «Apéndice Estadístico. Series
históricas españolas 1898 a 1998», en Juan Velarde Fuertes (coord.), 1900-2000. Historia de un esfuerzo co-
lectivo. Cómo España superó el pesimismo y la pobreza, V. II, Madrid, Fundación BSCH-Planeta, 2000, pág.
673. En nuestra opinión había que elevar el porcentaje de población en el sector primario al 71,5 por 100, dis-
minuir la empleada en el sector secundario, incluida la construcción, al 13,5 por 100, y, también descender la
del sector servicios al 15 por 100, en Álvaro Soto Carmona, El trabajo industrial en la España contemporá-
nea (1874-1936), Barcelona, Anthropos, 1989, pág. 57. Sobre las dificultades a la hora de establecer el por-
centaje en la distribución de la población activa, se puede consultar el capítulo «Fuentes» del libro anterior,
págs. 17-39, o el artículo de Santos Gil Ibañez, «Un intento de homogenización de las clasificaciones profesio-
nales en España (1860-1930)», Revista Internacional de Sociología, 25, enero-marzo, 1978, págs. 7-40.

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trabajo en 1970 a 1.100.000 trabajadores más que en 1950. Lo mismo sucede con el
sector terciario que aumentó su capacidad de ocupación en más de dos millones de em-
pleos. Nos encontramos pues ante un intenso proceso de cambio que nos lleva de una
economía agraria a otra industrial y, por fin, de servicios. Este proceso, que ya se había
dado en los países desarrollados a lo largo de más de medio siglo, tiene como peculia-
ridad la rapidez con que se lleva a cabo, poco más de veinte años.
En 1975, año de la muerte de Franco, según un informe del Banco de Bilbao58, la
distribución del empleo era la siguiente: la agricultura contaba con 2.938.856 activos,
es decir, el 22 por 100 del total, con un porcentaje de asalariados del 32,7 por 100. La
industria tenía 3.593.156, 27,2 por 100 del total de activos, que, sumando la construc-
ción, elevaba dicho porcentaje al 37,1 por 100. Su tasa de asalariados era del 90 por
100. La construcción ocupaba a 1.315.489, el 9,9 por 100 del total, con un porcenta-
je de asalariados del 88,8 por 100. Y, por último, los servicios empleaban a
5.383.495, el 40,7 por 100, con un porcentaje de asalariados del 75 por 100. Como se
puede apreciar, la tendencia hacia la terciarización es clara, junto al predominio de
los asalariados en la estructura productiva, signos inequívocos de crecimiento y mo-
dernización económica.
Entre 1975 y 1985 se entró en una fase recesiva del ciclo económico, motivada por
la crisis económica a nivel mundial. En España dicha crisis tuvo una especial inciden-
cia dada la debilidad de nuestro sistema productivo, fuertemente protegido, y su inca-
pacidad para adaptarse a los cambios que se estaban produciendo en la economía inter-
nacional. Ello provocó una contracción en la oferta de trabajo.
El crecimiento medio de la oferta de trabajo fue del 0,4 por 100, y ello a pesar del
importante aumento de la oferta potencial del trabajo y del retorno de los emigrantes59.
La demanda de empleo experimentó una intensa caída, superando los 2,1 millones de
puestos de trabajo destruidos. El descenso fue especialmente intenso en el empleo de
los asalariados, incrementándose el número de autónomos, que así podían evitar con
más facilidad las rigideces normativas que condicionaban la contratación. El sector de
la construcción y el industrial fueron los que más acusaron la pérdida de empleo, mien-
tras que el sector servicios fue el único que continuó creciendo, especialmente por lo
que se refiere al empleo público.
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La fuerte descompensación entre oferta y demanda dio lugar a un crecimiento muy


importante del desempleo, que se situó en torno a los 2,5 millones de personas. Este in-

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58
El Banco de Bilbao viene publicando desde finales de la década de los 50, estudios bianuales sobre la
evolución de la Renta Nacional en España y su distribución provincial. Dichos estudios han venido constitu-
yendo una fuente básica para cualquier investigador ya que su calidad supera a las de las fuentes oficiales. A
partir de 1964, y con relación al empleo, se ha ido publicando cuatrimestralmente o semestralmente la En-
cuesta de Población Activa (EPA) que se ha convertido, pese a los problemas de enlace con las series histó-
ricas y con la propia serie, debido a los cambios metodológicos, en la mejor fuente de las existentes para es-
tudiar los mercados de trabajo. Una buena investigación que muestra como se debe de utilizar la EPA es la
realizada por J. Albarracín Gómez, Las tendencias básicas de la población, el empleo y el paro en el perio-
do 1964 a 1980, Madrid, Banco de España, Servicio de Estudios, 1982.
59
Desde 1975 la emigración fu prácticamente nula y desde el inicio de la crisis los retornos arrojaron ci-
fras muy elevadas, lo que contribuyó al incremento de las cifras de paro.

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cremento favoreció la aparición de «trabajo sumergido» con bajos salarios y sin cober-
tura social.
Desde 1985 y hasta 1990 el ciclo económico fue favorable. En estos años se co-
mienza a sentir los efectos de las medidas tendentes a la flexibilización del mercado de
trabajo, tomadas en los años anteriores, y los beneficios derivados de la integración de
España en las Comunidades Europeas. Se produce un aumento de la oferta de trabajo
debido, en buena medida, a la incorporación de las mujeres, lo cual supuso el aumento
de la tasa de actividad de las mujeres, aunque ésta siguió siendo inferior a la media de
los países comunitarios.
La demanda de empleo creció, lo que significó la creación de más de 1,9 millones
de puestos de trabajos. Este hecho implicó la reducción del desempleo, aunque en una
pequeña cantidad.
A partir de 1991 se inició una nueva recesión que coincidió con una leve contrac-
ción de la oferta de trabajo. Entre 1991 y 1994 el número de empleos descendió en tor-
no a las 293.000 personas, siendo el factor más determinante de dicha situación el des-
ánimo que provocaba el mal estado del mercado laboral, lo que llevó a los posibles
oferentes a retrasar su entrada en él. Sin embargo, desde 1995 el número de activos se
incrementó en unas 160.000 personas más que en el año anterior, debido a la recupera-
ción económica y a las mejores perspectivas de empleo, lo que impulsó a incorporación
de nuevas personas al mercado de trabajo.
La ocupación entre 1992 y 1993 tuvo una caída muy intensa. Durante 1992 la me-
dia anual del descenso fue del –1,9 por 100, intensificándose al año siguiente hasta el -
4,3 por 100. Durante 1994 disminuyó el ritmo, aunque aún el porcentaje fue todavía ne-
gativo (–0,9 por 100). A lo largo de 1995, las tasas de crecimiento de la ocupación
fueron consolidando el proceso de recuperación iniciado en el último trimestre de 1994.
Por fin desde 1994 y hasta 1999 se produjo el período de mayor expansión en la
creación de empleo, ya que la media anual superó los cuatrocientos mil puestos de tra-
bajo al año.
La composición por sectores de actividad experimento fuertes cambios en los dos
últimos decenios del siglo XX. La agricultura perdió desde 1976 más de la mitad de sus
ocupados, que fueron absorbidos por otros sectores. Por su parte, la industria y la cons-
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trucción presentan una evolución cíclica, aunque en la primera se pone de manifiesto


su tendencia al declive. Acaso el dato más significativo es que el crecimiento del sec-
tor servicios, desde el final de la etapa socialista, no se está realizando en el empleo pú-
blico, sino en el privado.
El desempleo es el mayor problema del mercado de trabajo. Su porcentaje fue cre-
ciendo desde los inicios de la crisis económica. En 1977 la población activa parada, se-
gún la EPA, era del 5,3 por 100; en 1985, del 20,8 por 100, para comenzar a descender
hasta comienzos de los años 90, donde de nuevo volvió a situarse en porcentajes supe-
riores al 20 por 100; 1994 fue el año de mayor número de parados 3.763.000 (24,3
por 100). A partir de dicho año el descenso fue continuo, situándose en 1999 el porcen-
taje en torno al 15 por 100.
La composición interna del desempleo muestra como colectivos más afectados a
los jóvenes y a las mujeres. También se observa un importante porcentaje de desem-

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pleados de larga duración. Esta situación ha provocado una creciente segmentación del
mercado laboral.
El elevado número de parados, si bien es un fenómeno general, es especialmente in-
tenso en el caso español donde mantenemos el triste registro de poseer las mayores ta-
sas de desempleados en comparación con los demás países de la Unión Europea (UE).
Dicha situación sería insostenible desde el punto de vista de la paz social sin los nive-
les de cobertura existentes, y la existencia de una economía sumergida, o sector infor-
mal cada vez mayor, que se sitúa al margen de la normativa legal.
Esta sintética visión del mercado de trabajo español pone en evidencia diversos as-
pectos diferenciales con respecto a los demás países de la Unión Europea, que se pue-
den resumir:
1.º El crecimiento económico español en las fases alcistas del ciclo se sitúa por en-
cima de la media de la UE. En cambio, en los años de crisis, fase bajista, es inferior
aunque levemente a la media comunitaria.
2.º La tasa de actividad en España es la más baja de toda la UE, siendo el factor de-
terminante la baja tasa de actividad femenina.
3.º La oferta potencial de fuerza de trabajo sigue creciendo, aunque disminuye
constantemente su ritmo. No debemos olvidar que España es, junto a Italia, el país de
más baja tasa de natalidad del mundo. Dicha disminución no sólo se debe a factores de-
mográficos, sino al alargamiento de la vida inactiva tanto a la entrada del mercado de
trabajo (jóvenes), como en la salida (jubilaciones anticipadas). Ambos aspectos impli-
can un incremento de los gastos sociales.
4.º La demanda de trabajo tiene un funcionamiento cíclico y por tanto es muy sen-
sible a cualquier variación de la coyuntura económica. A ello se debe añadir que el
empleo que se está creando es básicamente precario, lo que genera una fuerte inestabi-
lidad que favorece la caída del consumo privado. Igualmente se asiste a un creciente
proceso de terciarización.
5.º Las tasas de paro son espectaculares, constituyendo el problema más grave de
la economía española. Dicho drama no sólo afecta a la situación actual, sino que tiene
efectos acumulados en el tiempo durante un período de 10 a 15 años, tanto en el nivel
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de formación como de las aspiraciones de las nuevas generaciones.

DE UNA SOCIEDAD TRADICIONAL A UNA SOCIEDAD INDUSTRIAL AVANZADA


Existe una amplia coincidencia en subrayar que a comienzos del siglo XX la socie-
dad española tenía escasa movilidad y el peso de lo tradicional condicionaba las actitu-
des y formaba las mentalidades. La economía tenía un claro predominio agrícola y el
recurso fundamental era la tierra.
El proceso de desvinculación del siglo XIX, contribuyó a asentar las relaciones de pro-
ducción capitalistas en el campo, aunque éstas ya se venían dando desde el siglo XVIII60. La
——————
60
Comparto en este sentido la opinión expresada por Miguel Artola en Antiguo Régimen y revolución li-
beral, Barcelona, Ariel, 1978.

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desvinculación, en sus diferentes formas, produjo una consolidación de la estructura de
la propiedad. Este hecho perpetuó una situación social no muy diferente a la heredada
del Antiguo Régimen. Así un siglo atrás, en la cúspide de la sociedad se encontraba la
nobleza y el alto clero terrateniente; ahora, por el cambio de la función económica, se
encuentran, excepto en el caso del clero, los mismos propietarios nobles, pero que cum-
plen una función de burguesía agraria, habiendo accedido a la propiedad la burguesía
comercial y de negocios, que ha comprado bienes desamortizados, y, en algunos casos,
los antiguos arrendatarios que han accedido a la propiedad61.
La alta concentración de la propiedad de la tierra, motivo de permanentes denun-
cias y conflictos sociales, adquiere en el marco de la nueva sociedad liberal continui-
dad. Según diferentes estudios existentes62 el número de propietarios con más de 250
hectáreas se situaba entre los 12.000 y los 17.000.
Esta alta concentración de la propiedad limitaba desde un punto de vista social el
recurso más importante: la tierra. La cuestión era tenerla o no y en el caso de los pro-
pietarios, tener más o menos. La adquisición de nuevas tierras apenas era posible, ya
que nadie se quería desprender de la que tenía; además tan sólo los grandes propieta-
rios podían comprar, dado el precio de la tierra, por lo que se producía una tendencia
lenta pero constante a una mayor concentración de la propiedad.
Prácticamente la única forma de acceder a la tierra era mediante fórmulas de trans-
misión. Los dos sistemas fundamentales eran el sistema de heredero único y la heren-
cia «a partes iguales»63. El primero de estos sistemas no planteaba ningún problema si
el hijo era único; pero en el caso contrario, la decisión de beneficiar a uno de ellos plan-
teaba el problema de qué hacer con los demás. Una de las formas más habituales, para
que no se produjera un quebranto en el patrimonio de los elegidos, era el matrimonio,
que así se convertía en un medio de mantener el estatus social y, en otros casos, de au-
mentarlo; por ello se va a producir, no sólo entre los propietarios de tierras, sino tam-
bién entre los empresarios, una tendencia hacia la endogamia, que trendrá como conse-
cuencia que los grupos situados en la cúspide de la sociedad se autorreproduzcan y se
cierren a los demás, por lo que la movilidad será muy escasa.

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61
Aunque no coincidimos plenamente con sus afirmaciones es muy interesante la investigación realiza-
da por Manuel Tuñón de Lara, «Estructuras sociales 1898-1931», en Los comienzos del siglo XX. La pobla-
ción. La economía. La sociedad. (1898-1931), tomo XXVII, de la Historia de España dirigida por Ramón
Menéndez Pidal, Madrid, Espasa Calpe, 1984, págs. 435-674.
62
Es básico el libro escrito por Pascual Carrión, Los latifundios en España, Barcelona, Ariel, 1975; par-
tiendo del mismo se extraen los datos que aparecen en el ya clásico estudio de Edward Malefakis, Reforma
agraria y revolución campesina en la España del siglo XX, Barcelona, Ariel, 1971; también realiza un estu-
dio cuantitativo sobre el tema Miguel Martínez Cuadrado, La burguesía conservadora, 1874-1931, Madrid,
Alianza Editorial, 1974. El tema también ha sido estudiado por Antonio Miguel Bernal en Economía e His-
toria de los Latifundios, Madrid, Instituto de España-Espasa Calpe, 1988; este último autor establece una re-
lación básica entre la concentración de la propiedad de la tierra y el conflicto social en, La propiedad de la
tierra y las luchas agrarias andaluzas, Barcelona, Ariel, 1974. La mejor investigación sobre el conflicto
agrario y las condiciones de trabajo en el campo es la realizada por José Rodríguez Labandeira, El trabajo
rural en España (1876-1936), Barcelona, Anthropos-Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, 1991.
63
Para este tema es conveniente consultar el libro de Javier Echeverría Zabalza, La movilidad social en
España (1940-1991), Madrid, Istmo, 1999.

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El sistema de herencia «a partes iguales», implicaba el reparto de la propiedad en-
tre los hijos e hijas. Ello suponía, si no se concertaban matrimonios que reemplazaran
la parte del patrimonio perdida, un descenso de posición económica y social, por lo que
se trataba de evitar dicha solución.
Esta última estrategia de reproducción fue muy común en la España de principios
de siglo XX entre los propietarios de tierra, de los que una parte tenían título de noble-
za y emparentaron con empresarios, en algunos casos para salvar los viejos blasones, o
bien incrementar el patrimonio, o en el caso de que esto no fuera posible, dotar a los hi-
jos de los empresarios, que tenían buena situación económica de títulos de nobleza; con
lo que al mantenimiento del poder económico, se sumaba el estatus social que implica-
ba el ennoblecimiento.
De los cien grandes capitalistas españoles64, veinticuatro tenían títulos de nobleza,
aunque todos ellos, excepto el duque del Infantado, habían obtenido el título durante la
segunda mitad del siglo XIX y comienzos del siglo XX.
Al poder social (nobleza, escala de valores determinada, estilo de vida, mentali-
dad), se sumaba el poder económico (propietarios de tierras y capitalistas) y también el
poder político. Esta combinación dio lugar a la formación de un bloque dominante y
una sólida oligarquía que controlaba los resortes del poder y se situaba en la estrecha
cima de la pirámide social. Su poder se verá amenazado por la Segunda República, por
lo que apoyarán los intentos de acabar con el proyecto más elaborado de democratiza-
ción política habido hasta dicha fecha en España, para preservar sus intereses económi-
cos frente a las pretensiones reformistas del Gobierno Azaña, como fue el caso de la
frustada reforma agraria.
Por tanto, se formó una alianza entre los grupos más tradicionales y los sectores
burgueses ligados a las actividades industriales y financieras, que apoyándose en un
fuerte «nacionalismo» tomó el Estado, sirviéndose de él, para favorecer un mercado ce-
rrado y protegido.
Junto a este grupo existían sectores de la burguesía que no se encontraban en el blo-
que oligárquico de poder, pero coincidían con el mismo en sus demandas económicas,
aunque no necesariamente en las políticas, de hecho algunos de ellos apostaron por el
reformismo.
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Tras este grupo aparecía otro muy heterogéneo, que formaba la clase media en la
que participaban los autónomos, junto a los tenderos y los artesanos, los funcionarios
de una Administración Pública de pequeño tamaño y los profesionales, a ellos debe-
mos añadir numerosos pequeños agricultores que explotaban directamente la tierra.
La dimensión de la clase media es difícil de precisar65, pero nosotros estimamos que
se debía de mover entre el 20 y el 25 por 100, con tendencia al crecimiento, debido

——————
64
La formación de esta oligarquía se encuentra muy bien documentada en el libro de Santiago Roldán y
José Luis García Delgado con la colaboración de Juan Muñoz, La formación de la sociedad capitalista en
España 1914-1920, 2 tomos, Madrid, Confederación Española de Cajas de Ahorro, 1973.
65
Los datos que aporta Miguel Martínez Cuadrado, La burguesía conservadora (1873-1931), Madrid,
Alianza Editorial, 1974, son poco creíbles; para 1930, estima que la clase alta representaba el 3,5 por 100, la
media el 50,9 por 100 y la baja el 45,6 por 100.

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al proceso de cambio en la estructura sectorial de la población activa y de urbaniza-
ción. Dentro de la clase media conviven sectores reaccionarios y conservadores,
como los pequeños propietarios agrícolas y los tenderos, y sectores reformistas,
como los profesionales liberales. Esta heterogeneidad, unida al dato de que los secto-
res que crecen son los que forman las «nuevas clases medias» indica que se estaba en
un proceso de tránsito. Así el proyecto republicano se vio favorecido por esta «nueva
clase media», pero dada su escasa experiencia política e influencia se verá desborda-
da por la radicalización creciente del movimiento obrero y la actitud reaccionaria de
la oligarquía.
La pirámide social se ensanchaba considerablemente por la base, formada por la
clase trabajadora, que seguía siendo fundamentalmente agraria, durante el primer tercio
del siglo XX. Entre la misma, junto a los empleados fijos conviven un muy numeroso
grupo de trabajadores que se emplean temporalmente, ya sea a jornal para auxiliar a los
trabajadores fijos, o temporalmente y a destajo (cuadrilla de segadores, jornaleros, yun-
teros...), para la siega y la recolección. En las tareas agrícolas existe una alta movilidad
interna entre los empleados fijos, mientras que entre la mano de obra eventual se pro-
duce sobre todo una movilidad interocupacional y geográfica. Respecto a estas dos úl-
timas sobresale el caso de los jornaleros que forman las «cuadrillas de segadores» y que
una vez acabada el tiempo de la recolección trabajan en la minería. La cualificación de
la mano de obra agraria es muy baja.
Los trabajadores industriales, en ascenso, son en su mayoría asalariados, aunque en
algunos oficios sigue predominando el destajo u otras formas de remuneración. Su mo-
vilidad es escasa y tienden con el tiempo a vivir en las ciudades. Su cualificación tien-
de a mejorar en lo que se refiere a la instrucción general y en menor medida la profe-
sional, aunque la dictadura de Primo de Rivera realizó un importante esfuerzo para
acabar con el «analfabetismo técnico»66.
El sector servicios fue el que mayor transformación sufrió, ya que hasta princi-
pios de siglo la mayor parte de sus componentes se dedicaban a los servicios perso-
nales, lo cual nos muestra una sociedad tradicional, que no ha sido capaz, de cambiar
tal y como el «ideario liberal» preveía, los conceptos de «sumisión y obediencia»,
que por algunos es entendido como un derecho, y por otros atendido como un deber.
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La quiebra de esta dependencia, motivada no tanto por el espíritu de «rebeldía», sino


por la aceptación de las normas que se adecuan a las demandas de una sociedad en
proceso de modernización, va a suponer no un descenso cuantitativo del peso del sec-
tor terciario, sino la variación de los servicios que prestan. Si bien estos cambios se
originan en los propios hijos de los servidores, no serán ellos los que ocupen los
«nuevos servicios», sino las clases medias, que entienden como forma de diferencia-
ción frente a la clase obrera no realizar trabajos de tipo manual; no obstante, el sec-

——————
66
El libro básico sobre el tema es el de Clara Eugenia Núñez, La fuente de la riqueza. Educación y desa-
rrollo económico en la España Contemporánea, Madrid, Alianza Editorial, 1992. Para una comparación in-
ternacional, Clara Eugenia Núñez y Gabriel Tortella (eds.), La maldición divina. Ignorancia y atraso econó-
mico en perspectiva histórica, Madrid, Alianza Editorial, 1993.

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tor por su variedad ofrece actividades como el transporte, para el que son reclutados
obreros como si de otro trabajo industrial se tratase; en cambio, tanto en el comercio
como en la Administración o en las profesiones liberales el reclutamiento se realiza
dentro de la clase media.
La Guerra Civil implicó una quiebra en el proceso de modernización de España y
un paso atrás en el camino iniciado. Por ello a lo largo de los años 40 nos encontramos
ante un sombrío panorama donde se reproducen situaciones que ya habían sido supera-
das a lo largo de los primeros años del siglo. Ello fue imposible, ya que la dictadura no
podía asentarse de forma permanente sobre la victoria militar, es decir sobre las bayo-
netas, sino sobre cambios efectivos en la sociedad, que no afectasen, al menos eso eran
lo que pretendían los dirigentes políticos del momento, los fundamentos políticos que
habían establecido los vencedores.
Por lo que la acción política, una vez consolidado el poder, fue dirigida a impulsar
y facilitar dichos cambios. No se puede afirmar que los cambios sociales y económicos
habidos desde comienzo de los 50 se produjeron al margen de la acción política. Ésta
los facilitó, y aunque ello va a suponer a la larga que aparezcan sectores de la población
que se politicen, debido a dichos cambios, de ello no fueron conscientes los dirigentes
gubernamentales, que por el contrario pensaron que el bienestar que se iba a generar
con sus propuestas favorecería la despolitización, y por ello el mantenimiento de la dic-
tadura.
El tema es especialmente complejo, ya que el pensamiento tecnocrático al impulsar
cambios en la política económica, que necesariamente favorecen la transformación so-
cial, estimó que el aumento de la «eficacia» gubernamental conllevaría un alejamiento
de los ciudadanos de la política, pero ello no fue así.
La transformación social se puede seguir gracias a la aparición de nuevas fuentes67
que describen con gran precisión los cambios habidos, de estudios especializados rea-

——————
67
Cáritas Española, Plan CCB: Plan de promoción social, asistencia social y beneficiencia de la Iglesia
en España, 3 vols., Madrid, Euramérica, 1965-1968. Fundación Foessa, Informe sociológico sobre la situa-
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ción social de España, Madrid, Euramérica, 1966. Fundación Foessa, Informe sociológico sobre la situación
social de España 1970, Madrid, Euramérica, 1970. Fundación Foessa, Suplemento al informe sociológico so-
bre la situación social de España 1970, Madrid, Euramérica, 1971-1974 (En total se editaron 14 suplemen-
tos informativos trimestrales). Fundación Foessa, Estudios sociológicos sobre la situación social de España
1975, Madrid, Euramérica, 1976. Data SA, Comportamiento y actitudes de las economías domésticas hacia
el ahorro y el consumo, Madrid, Confederación Española de Cajas de Ahorro, 1968. Data S. A., Estructura so-
cial básica de la población de España y sus provincias, Madrid, Confederación Española de Cajas de Aho-
rro, 1973. Dirección General de Urbanismo, Áreas metropolitanas de España en 1960, Madrid, DGU, 1965.
Instituto Nacional de Estadística, Encuesta de presupuestos familiares de 1973-74, 1980-81 y 1990-91, Ma-
drid, INE-UAM, 1996. Ministerio de Educación y Ciencia, La educación en España: Bases para una políti-
ca educativa, Madrid, MEC, 1969. Ministerio de Educación y Ciencia, Libro blanco para la reforma del sis-
tema educativo, Madrid, MEC, 1969. Presidencia del Gobierno, Plan de desarrollo económico y social
1964-1967, Madrid, Presidencia de Gobierno, 1963. Presidencia de Gobierno, II Plan de Desarrollo Econó-
mico y Social: Ponencia de desarrollo regional, Madrid, Presidencia de Gobierno, 1969. Sección de Estu-
dios de Cáritas Diocesana de Madrid-Alcalá, Informe sociológico sobre la estructura social de la provincia
de Madrid, Madrid, Euramérica, 1967.

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lizados por centros de investigación68 y de la cada vez más abundante y de mejor cali-
dad bibliografía académica69.
A partir de la década de los 60 se inicia en España el despegue económico. Junto al
mismo, se producen cambios intensos en la estructura social, resultado de la conjunción
de procesos demográficos, estratificación social y diferenciaciones regionales.
Al final de dicha década los sociólogos comenzaron a debatir si España era una so-
ciedad de consumo70. Los datos avalaban en cierta medida dicha tesis, así el dato sobre
los hogares que poseían automóvil pasa de un 4 por 100 en 1960 al 27 por 100 al final

——————
68
El Centro de Estudios Sociales realiza a lo largo de los años 60 y el primer lustro de los 70 una serie
de investigaciones de indudable calidad y cuya consulta es necesaria. Entre ellos se deben de mencionar: La
promoción social en España, 1966; La familia española, 1967; Sociología de la Administración Pública es-
pañola, 1968; La concentración urbana en España: Problemas demográficos, sociales y culturales, 1969; La
educación en España, 1970.
69
Joseph B. Aceves, Social Change in a Spanish Village, Cambridge, Massachusetts, Schenkman Pu-
blishing, 1971; Joseph B. Aceves y William A. Douglas (eds.), The Changing Faces of Rural Spain, Nueva
York, Wiley, 1976; Isidro Alonso Hinojal, Algunos aspectos sociológicos de un barrio madrileño de incor-
poración, Madrid, Ministerio de la Vivienda, 1969; Juan Anlló, Estructura y problemas del campo español,
Madrid, Edicusa, 1966; Margaret S. Archer y Salvador Giner, Contemporary Europe: Class, Status, and Po-
wer, Londres, Weidenfeld and Nicholson, 1971, se debe consultar el capítulo dedicado a España, págs. 125-161;
Rafael Calvo Serer, Las clases medias y la movilidad social en la sociedad industrial, Madrid, Congreso del
Instituto Internacional de Clases Medias, 1960; Horacio Capel, Estudios sobre el sistema urbano, Barcelona,
Universidad de Barcelona, 1974; del mismo autor, Capitalismo y morfología urbana en España, Barcelona,
Libros de la Frontera, 1975; Demetrio Casado, La pobreza en la estructura social española, Madrid, Ayuso, 1976;
José Castillo, La sociedad de consumo, Madrid, Escuela de Organización Industrial, 1968; José Cazorla, Es-
tratificación social en España, Madrid, Edicusa, 1973; CECA, Sociología española de los años setenta, Ma-
drid, Fondo para la Investigación Económica y Social de la Confederación Española de Cajas de Ahorros,
1971; Juan Díez Nicolás, Tamaño, densidad y crecimiento de la población en España 1900-1960, Madrid,
Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1971; Juan Díez Nicolás y Juan del Pino, Estratificación y
movilidad social en España en la década de los setenta, Madrid, Moneda y Crédito, 1972; M. Ángeles Du-
rán, El trabajo de la mujer en España: Un estudio sociológico, Madrid, Tecnos, 1972. Ignacio Fernández de
Castro y A. Goytre, Clases sociales en España en el umbral de los años setenta, Madrid, Siglo XXI, 1974;
Joe Foweraker, La democracia en España, Madrid, Arias Montano, 1990; Manuel Fraga, Juan Velarde y Sa-
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lustiano del Campo, La España de los años setenta, Madrid, Moneda y Crédito, 1972 (El segundo volumen
está compilado por Salustiano del Campo y se dedica a «La Sociedad»); Alfonso García Barbancho, Las mi-
graciones interiores españolas en 1961-1970, Madrid, Instituto de Estudios Económicos, 1975; Juan José
Linz y Amando de Miguel, Estructura y dinámica de los grupos sociales en España, Madrid, Presidencia de
Gobierno, 1967; Rafael López Pintor y Ricardo Buceta, Los españoles de los años setenta: Una versión so-
ciológica, Madrid, Tecnos, 1975; Amando de Miguel, Manual de estructura social de España, Madrid, Tec-
nos, 1974; del mismo autor con otros, La pirámide social española, Barcelona, Ariel y Fundación Juan
March, 1977; Víctor Pérez Díaz, Estructura social del campo y éxodo rural, Madrid, Tecnos, 1966. Ro-
mán Perpiñá, Corología: Teoría estructural y estructurante de la población de España 1900-1950, Ma-
drid, CSIC, 1954; Juan Salcedo, Madrid culpable: sobre el espacio y la población en las ciencias sociales,
Madrid, Tecnos, 1977.
70
José Castillo afirma en Sociedad de consumo a la española, Madrid, Eudema, 1987, pág. 111, que Es-
paña era una «sociedad de consumo de masas»; Alejandro Rebollo, «La transformación del consumo priva-
do en España: 1958-1974», en La sociedad de consumo y su futuro: el caso de España, Madrid, Instituto Na-
cional del Consumo, 1978; Francisco Andrés Orizo, Cambio socio-cultural del consumo y del ahorro en
España, Madrid, Confederación Española de Cajas de Ahorro, 1977.

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de la década; el frigorífico se incrementa del 4 por 100 al 63 por 100, y la televisión del
1 por 100 al 62 por 100. Dicho nivel de consumo, cada vez más parecido al europeo,
estuvo acompañado de fuertes desigualdades regionales.
A lo largo de los años 60 existe una amplia coincidencia entre los autores71 y
las distintas fuentes del crecimiento de las clases medias, estableciendo una estratifica-
ción con las siguientes proporciones: clase alta de 2 a 5 por 100, clase media de 41 a 47
por 100 y clase baja de 49 a 57 por 100.
En los años 70, los estudios de José Félix Tezanos72 ponen en evidencia el proceso
de modernización de la sociedad española, que ha supuesto la quiebra del viejo sistema
de clases y su sustitución por uno «emergente», que responde plenamente a la estratifi-
cación propia de las sociedades capitalistas avanzadas. El nuevo sistema sería el resul-
tado de la creciente desruralización, el proceso de industrialización y terciarización, el
incremento del número de asalariados y la mesocratización. Existe cada vez más una
identificación de la población con las clases medias.
La evolución de los sectores ocupacionales pone de manifiesto las tendencias co-
mentadas. Así, entre 1964 y 1976, los sectores ocupacionales que aumentan son: los ge-
rentes y directivos, el personal administrativo, comercial y técnico, el personal de ser-
vicios y los obreros especializados de la industria y los servicios. Los sectores que
disminuyen son: los obreros sin especializar de la industria y los servicios, los peque-
ños propietarios agrícolas, los obreros agrícolas y los autónomos. Este comportamien-
to es el habitual en los procesos de industrialización y coincide con el «desarrollismo».
Durante la transición (1976-1982) todos los sectores disminuyen, excepto los ge-
rentes y directivos. En cambio durante el primer período de gestión de los socialistas
(1982-1986) se incrementan los autónomos, personal de servicios, personal administra-
tivo, comercial y técnico, y los gerentes y directivos, para disminuir todos los demás.
Las oscilaciones que se observan en algunos años responden al ciclo económico, pero
lo que hay que poner de manifiesto son las grandes tendencias:

1.ª El retroceso de las clases trabajadoras manuales.


2.ª El incremento de la denominada «nueva clase media», es decir, de empleados
de oficina, técnicos, profesionales y vendedores, caracterizados por realizar un trabajo
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manual asalariado. Este sector en 1988 representaba un 24,3 por 100 del total de la po-
blación activa ocupada, habiendo crecido de 1964 a 1988 en un 85,5 por 100.
3.ª El descenso de las «viejas clases medias», es decir, los pequeños propietarios y
autónomos de la agricultura, industria y servicios. Aunque estos dos últimos grupos se
——————
71
José Cazorla, Problemas de estratificación social en España, Madrid, Edicusa, 1975. Luis García San
Miguel, Las clases sociales en la España actual, Madrid, Centro de Investigaciones Sociológicas, 1980. Sal-
vador Giner, «La estructura social en España», en A. López Pina (ed.), Poder y clases sociales, Madrid, Tec-
nos, 1978, págs. 73-133.
72
Estructura de clases en la España actual, Madrid, Edicusa, 1975; Estructura de clases y conflic-
tos de poder en la España postfranquista, Madrid, Edicusa, 1978; «Clases sociales», en Salvador Giner
(dir.), España. Sociedad y política, I, Madrid, Espasa Calpe, 1990, págs. 109-141; y José Félix Tezanos
y cols., Las nuevas clases medias: Conflicto y conciencia de clase entre los empleados de la Banca, Madrid,
Edicusa, 1973.

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mantienen e incluso ascienden, ya que debido a la crisis económica, una de las formas
de evitar las rigideces del mercado de trabajo fue hacerse autónomo.
4.ª La escasa presencia de empresarios con asalariados y de gerentes y directivos.

Esta estructura de clase, que sustituye el viejo sistema, apenas ha variado en los úl-
timos treinta años, pese a los cambios políticos, económicos y demográficos habidos.

EL LARGO CAMINO EN LA CONSTRUCCIÓN DEL ESTADO DE BIENESTAR

El término «Estado de bienestar»73 (welfare state) fue aplicado en un principio a


Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial. Después de la guerra el término se
utilizó de forma más general para referirse a los cambios en política social y económi-
ca que estaban teniendo lugar. Entre los citados cambios caben destacar tres aspectos:
1) La introducción y ampliación de una serie de servicios sociales en los que se incluía
la seguridad social, el Servicio Nacional de Salud, los servicios de educación, vivienda
y empleo, y los de asistencia a los ancianos y a minusválidos, así como a los niños ne-
cesitados; 2) el mantenimiento del pleno empleo como objetivo político primordial; y
3) un programa de nacionalización. Estas tres líneas constituían en su conjunto el Esta-
do de bienestar. Políticamente implicaba un gobierno intervencionista.
Al Estado de bienestar no se llegó de súbito. Gran parte los servicios de dicho Es-
tado se fueron desarrollando en largos periodos de tiempo. Después de la Segunda Gue-
rra Mundial todos los países capitalistas aceptaron el principio del Estado de bienestar,
aunque con distinta amplitud y con grados diversos de entusiasmo. Cuatro factores in-
fluyeron para el desarrollo del mismo desde 194574: 1) El impacto directo e indirecto
de la guerra y el deseo de estabilidad en Europa occidental como defensa tanto contra
——————
73
Ramesh Mishra, El Estado de Bienestar en crisis. Pensamiento y cambio social, Madrid, Ministerio
de Trabajo y Seguridad Social, 1992; Norman Johnson, El Estado de Bienestar en transición, Madrid, Mi-
nisterio de Trabajo y Seguridad Social, 1990; Carlos Ochando Claramunt, El Estado del bienestar. Objetivos,
modelos y teorías explicativas, Barcelona, Ariel, 1999; David Harris, La justificación del Estado de Bienes-
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tar, Madrid, Instituto de Estudios Fiscales, 1990; Albert Broggi y cols., Crisis económica y Estado del Bie-
nestar, Madrid, Instituto de Estudios Fiscales, 1989; José A. Herce y Jesús Huerta de Soto (coord.), Perspec-
tiva del Estado del Bienestar: devolver responsabilidad a los individuos, aumentar opciones, Madrid,
Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales, 2000; Teresa Montagut, Política social. Una introduc-
ción, Barcelona, Ariel, 2000; Douglas E. Ashford, La aparición de los Estados de Bienestar, Madrid, Minis-
terio de Trabajo y Seguridad Social, 1989; S. P. Mangen, Spanish Society after Franco. Regime Transition
and Welfare State, Londres, Palgrave, 2001; E. Alvarado, «La crisis del Estado de Bienestar en el marco
de fin de siglo: algunos apuntes sobre el caso español», en E. Alvarado (ed.), Retos del Estado de Bienestar
en España a finales de los noventa, Madrid, Tecnos, 1998; E. Bandrés, «A quién beneficia el Estado de Bie-
nestar», en Fundación Argentaria (ed.), Dilemas del Estado de Bienestar, Madrid, Visor, 1996; Francisco
Comín, «La formación histórica del Estado Providencia en España», Información Comercial Española, 712,
1992, págs. 11-26; C. Cousins, Society, work and Welfare in Europe, Basingstoke, Macmillan, 1999; A Gui-
llén, «The emergence of the Spanish Welfare State: Role of ideas in the policy process», International Jour-
nal of Political Economy, vol. 20, 1990, págs. 82-96.
74
Norman Johnson, El Estado de Bienestar en transición. La teoría y la práctica del pluralismo de bie-
nestar, Madrid, Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, 1990.

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el comunismo como contra el fascismo; 2) la memoria del desempleo de entreguerras
y el deseo de los electores, al menos en Europa occidental, de no volver a tener gobier-
nos que no estuvieran comprometidos con políticas de pleno empleo y reformas socia-
les; 3) crecimiento económico sostenido y sin precedentes; y 4) aceptación de las teo-
rías económicas keynesianas.
El primer signo de dificultades para el Estado de bienestar fue la crisis del petróleo
de 1973. Los resultados económicos de los 70 y principios de los 80 en el mundo capi-
talista avanzado se deterioraron bruscamente. Las causas de la crisis han merecido muy
diversas interpretaciones, si bien todas han coincidido en poner en duda la viabilidad
del Estado de bienestar, argumentando su crisis financiera (gasto público, política fis-
cal...), de legitimación (igualdad...) e institucional (ineficacia de los Gobiernos centra-
les en la prestación de servicios...). De hecho, los cambios políticos habidos en los Es-
tados Unidos (Ronald Reagan) y en el Reino Unido (Margaret Thatcher) supusieron la
puesta en práctica de políticas «neoliberales», que implicaron un serio recorte en las
prestaciones sociales, el fin de las políticas keynesianas y la disminución del papel del
Estado en las sociedades. Todo ello no deja de ser un duro ataque al Estado de bienes-
tar, que algunos autores (Ramesh Mishra) consideran en crisis.
Es conveniente indicar que las políticas de protección social constituyen, junto con
el sistema fiscal y en menor medida la política de rentas, el fomento del empleo o el
apoyo a determinados sectores productivos, los instrumentos básicos de que se vale el
sector público para modificar la distribución de la renta que dimana del mercado.
Excepto en el caso de las medidas de protección social75, de las cuales existen
antecedentes desde la dictadura de Primo de Rivera, con los otros instrumentos de
redistribución de la riqueza, la actitud de los gobernantes del franquismo fue rea-
cia a su utilización, o simplemente no existió, como es el caso de la política de ren-
tas. A comienzos de los 70 el gasto no financiero de todas las Administraciones
Públicas representaba en España el 22,2 por 100 del PIB. Diez años más tarde, en
1980, el porcentaje era ya del 33,1 por 100, y a final de la década de los 80, del
43,3 por 100.
La fuerte expansión del gasto público en España fue significativa no sólo con res-
pecto al nivel de actividad económica, sino también si se llevan a cabo comparaciones
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internacionales: mientras que en España aumentaba 21,1 puntos, en los países de la


OCDE y de la CEE se registraban crecimientos de 11 y 11,7 puntos respectivamente.
Así, en 1985 el índice español superaba al del conjunto de países de la OCDE, aunque
cinco años después se mantenía en un porcentaje similar. Con respecto a la CEE, si bien
seguía manteniéndose por debajo, acortaba claramente distancia: de 14,8 puntos en
1970, se pasa a 5,4 en 1990.

——————
75
Feliciano Montero García, Orígenes y antecedentes de la previsión social, Madrid, Ministerio de Tra-
bajo y Seguridad Social, 1988; Josefina Cuesta Bustillo, Hacia los seguros sociales obligatorios. La crisis de
la Restauración, Madrid, Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, 1988; Mercedes Samaniego Boneu, La
unificación de los seguros sociales a debate. La Segunda República, Madrid, Ministerio de Trabajo y Segu-
ridad Social, 1988; Sebastià Sarasa y Luis Moreno (compiladores), El Estado del Bienestar en la Europa del
Sur, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1995.

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Esta importante subida del gasto público se concentró principalmente entre 1975 y
1985, años en los que los compromisos sociales asumidos por la naciente democracia
y los efectos de la crisis sobre el presupuesto fueron determinantes en la definición de
los objetivos de la hacienda pública española, propiciando un fuerte crecimiento de los
gastos en pensiones, educación, sanidad, ayudas a empresas en reconversión y presta-
ciones por desempleo. A partir de 1985 el gasto público se estabilizó en relación con el
PIB en torno al 41-42 por 100, hasta que a partir de 1990 experimenta una nueva etapa
de crecimiento que le coloca por encima del 45 por 100.
Es posible establecer tres etapas en los veinte años que van de 1970 a 1990 respecto
a los gastos sociales. La primera etapa cubre de 1970-1976, en ella los gastos sociales se
incrementan en 3,1 puntos sobre el PIB. Los principales impulsores del gasto fueron las
pensiones y la sanidad. En la segunda etapa, 1977-1981, el crecimiento de los gastos
sociales puede calificarse como explosivo. El esfuerzo del sector público en un mo-
mento de grave crisis económica fue muy considerable, de hecho entre 1976 y 1981 el
peso relativo de los gastos sociales sobre el PIB aumentó en más de un 50 por 100. Las
prestaciones por desempleo y las pensiones fueron las partidas que más crecieron. Por
último, la tercera etapa, que comprende los años 1982-1990 conoce un desarrollo de los
gastos sociales más moderado que la segunda mitad de los años 70 y ligeramente in-
ferior al de la primera mitad. Las prestaciones en especie (educación y sanidad) y los
servicios de asistencia social, son los que mayor crecimiento tuvieron a lo largo de los
años 80.
En síntesis, puede afirmarse que entre 1970 y 1976 se inicia en España un avance
en la asunción por parte del sector público de las funciones propias de un sistema de
protección social moderno76; sin embargo, será después, en los primeros cinco años de
la democracia, cuando se sienten las bases de lo que se ha venido denominando Estado
de bienestar, que se consolida en los años posteriores.
La evolución creciente del gasto público fue destinada básicamente al incremento
de los gastos sociales. La mitad de los 20,2 puntos en que aumentó la relación del gas-
to total respecto del PIB entre 1975 y 1990 se dedicó a dicho tipo de gastos. Durante
los años 70 los gastos sociales ganaron importancia a costa de los bienes públicos tra-
dicionales (defensa, justicia...) y de las inversiones en infraestructura. La década de los
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80 señala el inicio de un período de menor dinamismo de los gastos sociales en compa-


ración con las demás partidas, pues aunque siguen creciendo en relación con el PIB,
ceden su anterior protagonismo a las subvenciones y transferencias de capital y
más tarde a los intereses de la deuda pública. Sin embargo, y aunque las cifras re-
flejen porcentajes similares, la extremada desproporción entre el gasto público en
los años 1970 y 1990 hace que nada tenga que ver, en una y otra fecha, ni la importan-
cia de los gastos sociales, ni su composición, ni la población protegida, ni los niveles
reales de las prestaciones77.
——————
76
G. Esping-Andersen, Budgets and democracy: towards a Welfare State in Spain and Portugal, 1960-
1986, Florencia, European University Institute, 1992.
77
E. Bandrés Moliné y A. Sánchez Sánchez, «La política de protección social en España (1970-1990)»,
en Bernado Pena Trapero (dir.), Distribución personal de la Renta en España, Madrid, Pirámide, 1996, pági-

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Al hablar de prestaciones sociales nos vamos a referir a pensiones contributivas,
protección del desempleo, incapacidad temporal y otras prestaciones en efectivo, edu-
cación, sanidad y vivienda.
El presupuesto social de 1970 no sólo era pequeño, sino que en él mismo tenía un
protagonismo inusual la incapacidad personal y otras prestaciones (22,5 por 100). Con
el Estado de bienestar se produce una drástica reasignación de las partidas, y mientras
que para el apartado antes citado tan sólo se destina, en 1990, el 2,3 por 100, aumenta
significativamente (diez puntos) el gasto en pensiones, que absorbe en 1990 el 41,6 por
100 del total; así mismo sanidad y educación mantienen en términos generales su par-
ticipación, con un ligero incremento de la segunda, y la protección al desempleo au-
menta de modo espectacular, al pasar de un 1,5 por 100 en 1970 a un 11,7 por 100 en
1990. El resultado de todo ello es una composición de los gastos sociales que, con la
notable excepción del desempleo, es muy similar a la de los demás países de la Comu-
nidad Europea, en los cuales pensiones, sanidad y educación reúnen más del 80 por 100
de las prestaciones del Estado de bienestar.
La llegada al Gobierno del Partido Popular planteaba serios temores en los sectores de
la población más beneficiados por las políticas sociales, y en las organizaciones que, por
su vinculación histórica y sociológica con la izquierda, habían mantenido su oposición a
las actuaciones de la derecha. Este planteamiento de partida resultaba demasiado simple,
ya que el nuevo Gobierno estaba necesitado de una «legitimación social», por lo que no
podía enfrentarse de manera directa al reciente establecimiento del Estado de Bienestar,
ni podía soportar una fuerte y continua presión sindical; aunque era consciente de la ne-
cesidad de racionalizar algunas de las políticas sociales para poder mantenerlas. Por todo
ello su estrategia se centró en una política económica que le permitiese recuperar empleo,
continuar, con reformas, la política social y llegar a acuerdos con los sindicatos con el fin
de garantizar la paz laboral y obtener la tan deseada legitimación social78.
Una cuestión fundamental que se debe dilucidar es si la acción del Estado produce
mejoras en la estructura existente de desigualdad social. La respuesta es sí. En las dé-
cadas de los 80 y 90 en España, el índice de desigualdad de las rentas que origina el
mercado es mayor en todos los casos a la misma renta si a ésta se añaden las prestacio-
nes sociales en dinero (renta disponible) y las prestaciones sociales en especie. Ahora
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bien, el hecho de que los servicios y la política social sea redistributiva no nos debe lle-
var a afirmar que es lo suficientemente intensa como para transformar la estructura de
la sociedad, pese al importante desarrollo y crecimiento económico habido en España
no se ha conseguido disminuir la desigualdad social 79.

——————
nas 15-62; también se debe de consultar: Ricard Gomá y Joán Subirats, Políticas públicas en España: conte-
nidos, redes de actores y niveles de gobierno, Barcelona, Ariel, 1998.
78
Una visión general sobre el tema, fue realizada por mí, «Política social. Relaciones con los sindica-
tos», en Javier Tusell y cols., El Gobierno Aznar, Barcelona, Crítica, págs. 71-96.
79
En este sentido es necesario consultar el libro de Javier Echeverría, La movilidad social en España,
Madrid, Istmo, 1999; y el I Simposio sobre Igualdad y Distribución de la Renta y la Riqueza, La distribución
de la renta, volumen II, Madrid, Fundación Argentaria, 1993. Este último contiene dos estudios interesantes
sobre la pobreza.

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Durante las etapas de mayor protección social de nuestra historia y de funciona-
miento del Estado de Bienestar, surgió con fuerza la preocupación por la «pobreza» y
los fenómenos de «exclusión social»80. La respuesta a ello estaría ligada a la mejora del
nivel de vida, a la existencia del propio Estado de Bienestar y al auge de los sentimien-
tos de solidaridad entre la población81.

LAS HUELGAS: UNA FORMA DE PARTICIPACIÓN EN LA POLÍTICA DE LOS TRABAJADORES

En este último apartado me voy a referir a la evolución de la conflictividad laboral


en España desde finales del siglo XIX.
La manifestación más común de la lucha colectiva es la huelga. El fenómeno huel-
guístico es un hecho característico de la época contemporánea. En España82, al igual
que en Francia83, las oleadas de huelgas van ligadas a las fases de liberalización políti-
ca de crisis gubernamental.
Existen cuatro oleadas huelguísticas. La primera de ellas se produjo durante el Se-
xenio Democrático (1868-1874), momento en el cual se desarrollaron las primeras or-
ganizaciones obreras autónomas de los partidos republicanos. La segunda se produce
durante la crisis de la Restauración y se inicia a finales de 1916 con la huelga ferrovia-
ria, prolongándose hasta 1921. En este periodo, la intensidad del conflicto es muy im-
portante en el campo (Andalucía), en la minería (Asturias y Peñarroya), en los servicios
públicos y en la construcción. Barcelona sufrió entre otras la huelga de la Barcelona
Traction («La Canadiense») en 1919, que provocó la paralización de dicha ciudad du-
rante cuarenta y cuatro días, considerándose por su intensidad y amplitud como la huel-
ga más importante de España hasta el momento.
A partir de 1921 comenzaron a descender el número de huelgas, para caer drástica-
mente, tras la implantación de la Dictadura, que a través de la represión pondría fuera
——————
80
Existe una cada vez mayor bibliografía sobre el tema de la pobreza destacando: Manuel Aguilar, Ma-
rio Gaviria y Miguel Laparra, La caña y el pez, Madrid, Fundación Foessa, 1995; EDIS y cols., Las condi-
ciones de vida de la población pobre en España, Madrid, Fundación Foessa, 1998; Javier Ruiz-Castillo, La
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medición de la pobreza y de la desigualdad en España, 1980-81, Madrid, Servicio de Estudios del Banco de
España, 1987; Cáritas Españolas, La pobreza en España. Extensión y Causas, Madrid, Cáritas Española,
1986; Consejo Económico y Social, La pobreza y la exclusión social en España, Madrid, Consejo Económi-
co y Social, Informe 8/1996, 1996; AAVV, Pobreza, necesidad y discriminación, Madrid, Fundación Argen-
taria-Visor, 1996; Antonio García Lizana, La pobreza en España, Madrid, Ediciones Encuentro, 1996; M.
Juárez (ed.), V Informe sociológico sobre la situación social en España, Madrid, Fundación Foessa,
1994; P. Martín-Guzmán y cols., Encuesta de Presupuestos Familiares. Desigualdad y pobreza en España,
Madrid, INE, 1996.
81
F. Andrés, Los nuevos valores de los españoles: España en la encuesta europea de valores, Madrid,
Fundación Santa María, 1991; D. Casado, Introducción a los Servicios Sociales, Madrid, Acebo, 1987; y del
mismo autor, «Las organizaciones socio-voluntarias», en J. Álvarez (ed.), Organizaciones voluntarias e in-
tervenciones sociales, Madrid, Acebo, 1989.
82
Álvaro Soto, «Long Cycle of Social Conflict in Spain (1868-1986», Review, vol. XVI, 2, primavera,
1993, págs. 173-197.
83
Edward Shorter y Charles Tilly, Las huelgas en Francia 1830-1968, Madrid, Ministerio de Trabajo y
Seguridad Social, 1986.

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de la ley a aquellos que participen en las mismas, y a algunas organizaciones sindi-
cales.
Tras dicho paréntesis y a partir de 1930 se produce una progresiva normalización
de la actividad de los sindicatos y un incremento en el número de huelgas (tercera olea-
da huelguística), así como una radicalización de las mismas, planteándose en ocasiones
huelgas generales que rebasan en sus demandas el marco estrictamente laboral. Tras el
triunfo de la derecha en noviembre de 1933, se va a producir un salto cualitativo en los
planteamientos de las organizaciones obreras, que va a conducir a la intentona «revolu-
cionaria» de octubre de 1934, la cual supone un descalabro para los sindicatos y un des-
censo de la conflictividad laboral, que se reavivará en los meses anteriores a la Guerra
Civil.
En este período, se producen dos elementos contradictorios, ya que si por un lado
asistimos a la modernización de la acción reivindicativa, por otra parte se produce la in-
tensificación de las acciones ilegales, lo que nos permite detectar la creciente crispa-
ción de las relaciones laborales en España. Ello conduce a trasladar toda la tensión al
campo de la acción política, en el cual la transacción no es el resultado por excelencia,
sino la derrota del contrario, lo que lleva tanto a sectores patronales como obreros a en-
contrarse cada vez más al margen del sistema político.
Tras la Guerra Civil, los sindicatos libres fueron abolidos y las huelgas prohibi-
das84. Más que de oposición se debe hablar de lucha por la supervivencia y resistencia,
ya que la represión que se ejerció contra los perdedores fue muy intensa. A la hora de
analizar las huelgas durante el franquismo, lo que se debe tener en cuenta, es que mien-
tras la causa inmediata de la mayor parte de las huelgas se refiere a demandas de tipo
laboral y en menor medida sindical, su práctica implicó no sólo el cuestionamiento del
marco legal sobre el que se sustentaba el régimen político, sino también su legitimidad.
De ellos eran conscientes las propias autoridades pues a la hora de explicar la existen-
cia de las huelgas afirman: «Un conflicto laboral es siempre un problema político y de
orden público»85, por lo que desde su posición entienden que se enfrentan a un conflic-
to de «orden político», que sólo tiene solución en dicho contexto. Por ello lo que en una
democracia se convierte en el ejercicio de un derecho, en una dictadura como la fran-
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84
Álvaro Soto, «Huelgas en el franquismo: causas laborales-consecuencias políticas», Historia Social,
núm. 30, 1998, págs. 39-61.También se deben consultar: Carme Molinero y Pere Ysás, Productores dis-
ciplinados y minorías subversivas. Clase obrera y conflictividad laboral en la España franquista, Madrid,
Siglo XXI, 1998; José Babiano, Emigrantes, cronómetros y huelgas. Un estudio sobre el trabajo y los traba-
jadores durante el franquismo (Madrid, 1951-1977), Madrid, Siglo XXI-Fundación 1.º de mayo, 1995; Se-
bastián Balfour, La dictadura, los trabajadores y la ciudad. El movimiento obrero en el área metropolitana
de Barcelona (1939-1988), Valencia, Edicions Alfons el Magnànim, 1994; Javier Domínguez, La lucha
obrera durante el franquismo en sus documentos clandestinos (1939-1975), Bilbao, DDB, 1987; Instituto de
Estudios Laborales, El conflicto obrero en España 1960-1970, Barcelona, Esade, 1972; los ya citados traba-
jos de José M.ª Maravall en la nota 7; Álvaro Soto (dir.), Clase obrera, conflicto laboral y representación sin-
dical (Evolución sociolaboral de Madrid, 1939-1991), Madrid, GPS, 1994.
85
Ministerio de Trabajo, «Criterios ante una posible situación conflictiva», s. f. (finales de 1971),
en Fondo María Luisa Suárez (Archivo Histórico de Comisiones Obreras-Fundación 1.º de mayo), carpeta
63-7, pág. 10.

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quista se convierte en un desafío al propio régimen. Dicha lectura no sólo se da entre
las autoridades, sino también en buena parte de los organizadores de las huelgas.
Esto no significa que todos aquellos que participaron en las huelgas lo hicieran con-
tra el régimen político, sino que tanto los inductores y organizadores, como las autori-
dades y sectores patronales hacían de su existencia una lectura política, adjudicándoles
por tanto dicha dimensión.
Tres etapas se pueden establecer a la hora de estudiar las huelgas entre 1939 y 1975.
La primera (1939-1951) estaría marcada por el reducido número de huelgas y la lucha
por la supervivencia de las organizaciones obreras, en un marco caracterizado por una
intensa represión. En dicho período, la memoria colectiva sirve de aglutinante a la opo-
sición.
La segunda etapa (1951-1962), se caracteriza por los cambios que se van a produ-
cir en la estructura económica, acompañados de una intensa transformación social y en
escasa medida política, lo que dará lugar al incremento del número de huelgas, a la me-
jora en las formas de organización de la oposición, a ciertos cambios en sus plantea-
mientos y a la incorporación de jóvenes trabajadores a la lucha colectiva, que supone
relegar la «memoria» y dotar a las demandas y las formas de lucha de un mayor realis-
mo. Pese a ello siguen existiendo «miradas hacia el pasado», que convierten el período
en una etapa transitoria.
Por último, la tercera etapa iría desde 1962 hasta 1975, aunque se alarga hasta la lle-
gada a la presidencia del Gobierno de Adolfo Suárez (julio de 1976). En ella las huel-
gas se generalizan, extendiéndose a nuevos sectores productivos, incrementándose la
participación y centrando las demandas en los contenidos de los convenios colectivos y
la libertad sindical. Las prácticas utilizadas por la oposición, principalmente Comisio-
nes Obreras (CCOO)86, favorecen la generalización de usos democráticos en los cen-
tros de trabajo, así como la incorporación de la «nueva clase obrera», lo que permite un
mayor apoyo y seguimiento de las huelgas y un sentido democrático, no revolucionario,
a diferencia de lo que ocurrió durante ciertos momentos de la Segunda República. Du-
rante esta etapa el nuevo movimiento obrero se benefició escasamente de la experien-
cia de los sindicatos históricos. Las fábricas y la construcción se llenaron de inmigran-
tes que no tenían experiencia de organización. La entrada en la lucha colectiva de estos
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obreros se hizo a través de reivindicaciones salariales, extendiéndose a demandas polí-


ticas, en especial el reconocimiento de sindicatos democráticos. Es en este último apar-
tado donde se aprecia con más claridad la tendencia a la politización.
Tras la muerte de Franco se produjo un incremento del número de huelgas, así
como de huelguistas y de jornadas de trabajo perdidas, hasta alcanzar cotas desconoci-
das desde los años 30 (cuarta oleada huelguística)87. El proceso de transición abrió un
período en el cual múltiples sectores de la sociedad se movilizaron no sólo para conse-
guir el cambio del sistema político, sino demandas que habían sido postergadas y «si-

——————
86
David Ruiz (dir.), Historia de Comisiones Obreras (1958-1988), Madrid, Siglo XXI, 1993.
87
Álvaro Soto Carmona, «Conflictividad social y transición sindical», en Javier Tusell y Álvaro Soto
(eds.), Historia de la transición 1975-1986, Madrid, Alianza editorial, 1996, págs. 363-408.

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lenciadas», debido a la represión que durante años había presidido las actuaciones gu-
bernamentales. Al igual que el final del franquismo convivió con el conflicto laboral, la
transición a la democracia se llevó a cabo en un ambiente de conflictividad, que sirvió
como impulso del proceso de cambio político, pero también para mostrar los límites del
camino escogido.
En el ámbito laboral, vecinal, autonómico y en otros movimientos sociales (femi-
nistas, pacifistas, ecologistas...), se asistió a una amplia movilización, que implicó no
sólo una presión «desde abajo», sino también un modelo alternativo de transición. No
podemos olvidar que tanto durante la dictadura franquista como en el proceso de tran-
sición se produjo una superposición de los movimientos sociales y de las acciones po-
líticas, confundiéndose ambos en la práctica.
Desde 1976 a 1986 se alcanzó un elevado volumen de conflictividad laboral en un
marco condicionado por el cambio de régimen político y por la crisis económica. Esta úl-
tima va a afectar de manera especial a la clase obrera, que se verá perjudicada por el in-
cremento del desempleo y la destrucción de trabajo asalariado, lo que hará que su peso
social se vea mermado con el tiempo. Además las medidas tomadas para hacer frente a la
crisis van a ir en la línea de proceder a una paulatina desarticulación de la clase obrera.
No se trata únicamente de que hubiese más huelgas y de que se perdiesen más jor-
nadas de trabajo, sino de las peculiaridades que las huelgas presentaron:1.º Se realiza-
ron en un clima de cambio político y crisis económica; 2.º se sumaban a la protesta nue-
vos sectores de actividad; 3.º implicaron un apoyo explícito al proyecto rupturista en la
medida en que las plataformas reivindicativas recogían de modo muy extendido la pe-
tición de amnistía y derechos políticos, y 4.º reflejaron una creciente radicalización.
Desde 1976 hasta 1985 se observan dos fases en el movimiento huelguístico. La
primera de ellas llega hasta 1980 (cuarta oleada huelguística), y se encuentra condicio-
nada por el proceso político, presentándose como una acción ofensiva. La segunda co-
rresponde al período 1980 a 1985, marcada por la crisis económica, por lo que la ac-
ción huelguística presenta un carácter defensivo, en especial del empleo.
Entre 1976 y 1980 las huelgas fueron utilizadas en un primer momento como apoyo
al proyecto rupturista. Durante el primer trimestre de 1976 hubo más de cincuenta millo-
nes de horas perdidas y, al menos, el 13 por 100 de la población activa acudió al paro en
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poco más de dos meses y medio88. La mayor parte de dichas huelgas eran ilegales89.
Esta escalada de la conflictividad se veía como una «situación prerrevoluciona-
ria»90 en zonas como Getafe-Villaverde, San Fernando de Henares y Torrejón, en Ma-
——————
88
Asociación Española de Dirección del Personal, Reivindicaciones y conflictos laborales (España-
1976), Madrid, Ibérico Europea de Ediciones, 1977, pág. 169.
89
El Gobernador Civil de Barcelona comentó sobre la situación vivida en dicha provincia durante el pri-
mer semestre de 1976: «O sea (...), que hemos tenido 5 huelgas legales y 255 ilegales. Evidentemente algo
está mal: la ley o la huelga», en Salvador Sánchez-Terán, De Franco a la Generalidad, Barcelona, Planeta,
1988, pág. 41.
90
Palabras de José M.ª López de Letona a Laureano López Rodó, el 16 de enero de 1976, que llevaron
a decir al general Santiago y Díaz de Mendívil, vicepresidente para la Defensa, que «el Ejército no consenti-
rá que se quebrante el orden institucional. Yo no soy el General Berenguer», en Laureano López Rodó, Cla-
ves de la Transición. Memorias, IV, Madrid, Plaza & Janés, 1993, pág. 211.

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drid, o en otros lugares del País Vasco y de la provincia de Barcelona. La conflictividad
fue especialmente grave en algunas empresas y la respuesta del Gobierno fue en oca-
siones dura, bien a través de la militarización de servicios públicos, o haciendo uso de
la violencia.
Durante 1979 el enfrentamiento político y la falta de un marco de negociación co-
lectiva favorecieron un alto nivel de conflictividad (el más alto, desde el punto de vista
laboral, de la historia de España). Se asistió a una auténtica ofensiva de la patronal con-
tra el movimiento obrero.
Desde 1980 hasta 1985 desciende la conflictividad laboral, a excepción del año
1984 en el que se producen agudos conflictos provocados por la reconversión indus-
trial, configurando el genuino «repunte revival español»91. Las huelgas habidas en esta
fase tuvieron un carácter defensivo, sobre todo del empleo, pero también político, fren-
te a la amenaza golpista y a determinados atentados terroristas.
El punto final de esta fase se puede situar en la huelga general del 20 de junio de
1985, en la que UGT se mantuvo al margen, y que señala el camino a seguir en los años
siguientes, en los cuales se pone fin a la política de concertación social y se reconstru-
ye la unidad de acción sindical. A partir de entonces se recupera la actividad del movi-
miento obrero en un marco de notable mejoría de la situación económica con creci-
miento del empleo y, en consecuencia, con un menor temor a perder el puesto de
trabajo.
El cambio de actitud de UGT frente al Gobierno posibilitó la convocatoria de la
huelga general del 14-D de 1988, que fue un éxito rotundo. No fue únicamente una huel-
ga de trabajadores, sino de ciudadanos que se movilizaron contra el Gobierno por más
«agravios» de los que el «llamamiento» de los sindicatos contenía. Respecto a las ex-
plicaciones que se han venido dando sobre la misma, los criterios oscilan desde los que
opinan que lo que se pretendía era modificar «la relación de fuerza en el terreno políti-
co»92, a los que buscan una interpretación economicista93 o sociológica-sindical94.
A nuestro entender el éxito de la huelga tiene varias causas y se debe acudir para
mejor entenderla a la combinación de al menos tres de ellas: 1.ª el reparto no solidario
de los costes de la crisis económicas; 2.ª el creciente desgaste y desilusión de los ciuda-
danos respecto al Gobierno socialista; y 3.ª la alta capacidad movilizadora demostrada
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por los sindicatos. La explicación económica por sí sola nos permite afirmar que, en
una fase alcista del ciclo económico, los sindicatos tratan de recuperar las pérdidas su-
fridas durante la crisis y, por lo tanto, adoptan una posición más ofensiva, hecho que po-

——————
91
José Babiano y Leopoldo Moscoso, «Los conflictos sociales en fase depresiva ante la adopción de po-
líticas de ajuste: El caso español», Zona Abierta, 56, 1991, pág. 153.
92
Santos Juliá, La desavenencia, Madrid, El País/Aguilar, 1988, pág .16.
93
Álvaro Espina, «Los sindicatos y la democracia española. La huelga general de diciembre de 1988 y
sus implicaciones políticas», en Álvaro Espina (comp.), Concertación social, neocorporatismo y democra-
cia, Madrid, Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, 1991, págs. 191-226.
94
Salvador Aguilar i Jordi Roca, Epíleg: La Vaga General del 14-D, VI en la obra dirigida por Salvador
Aguilar, Sindicalisme i canvi social a Espanya, 1976-1988, Barcelona, Fundació Jaume Bofill/Fundació
Volkswagen, 1991.

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sibilita la huelga general, pero no la desencadena. ¿Qué fue entonces lo que provocó la
convocatoria? Sin lugar a dudas la actitud gubernamental de tratar de marginar, e inclu-
so anular, a los sindicatos por no bendecir su política económica y social, la creencia
del Gobierno de que toda oposición se debía eliminar, y la ausencia de «talante» demo-
crático de las autoridades políticas para encauzar los conflictos en las sociedades indus-
triales avanzadas. En suma, una falta de madurez democrática de los gobernantes. Por
ello, es necesario hacer una lectura política de dicha huelga.
Dos nuevas huelgas generales se producen bajo el mandato socialista y ambas mo-
tivadas por reformas del mercado de trabajo. Nos referimos a la habida el 28-M
de 1992, que tuvo una incidencia reducida entre los ciudadanos, y mayor entre los tra-
bajadores, y la del 27-E de 1994 que reveló de nuevo la capacidad del movimiento sin-
dical para movilizar a los trabajadores frente a la reforma laboral proyectada por el Go-
bierno. Esta última constituyó un éxito en cuanto a la movilización, aunque no logró
frenar las reformas previstas.
Con la llegada del PP al Gobierno, se vio favorecido el diálogo entre los sindicatos
y los empresarios. Ello dio lugar a un clima de confianza que se demostró en un impor-
tante descenso de la conflictividad laboral.
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